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Alicia Stolkiner
Prácticas en Salud Mental

Stolkiner, Alicia
Prácticas en Salud Mental / Alicia Stolkiner. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2021.
(Perfiles)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-843-7
1. Salud Mental. 2. Medicina Social. 3. Investigación de Campo. I. Título.
CDD 362.204
Coordinación editorial: Daniel Kaplan
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Fotografía de cubierta: RES
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1˚ edición, septiembre de 2021
Edición en formato digital: octubre de 2021
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina
Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com
ISBN 978-987-538-843-7
Conversión a formato digital: Libresque
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ACERCA DE LA AUTORA
Licenciada en Psicología, hizo su formación en Salud Pública en la Escuela de Salud Pública (UBA, 1985). Previamente cursó una Maestría en Psicología Clínica (UNAM). Doctora Honoris Causa (UNER). Profesora Titular Regular de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología (UBA). Profesora del Doctorado Internacional y de la Maestría en Salud Mental Comunitaria (UNLa), de la Maestría en Salud Mental (UNER) y de otros posgrados nacionales y extranjeros. Dirige la Maestría en Infancias y Juventudes (UADER).
Inició su carrera docente académica en la UNC en 1974, entre 1977 y 1984 la continuó en la Universidad Nacional de México, llegando a cargo de Profesora concursada, y luego en la UBA desde 1984 y en la UNLa desde 1998.
Investigadora Categorizada I, directora desde 1994 de Proyectos de Investigación financiados por UBACyT, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, la UNLa y el IDRC/CIID de Canadá. Ha dirigido becarios de maestría, doctorales y posdoctorales de CONICET, de UBACyT y de la Organización Panamericana de la Salud. Ha sido durante diez años Coordinadora del Nodo Argentina de la Red de Investigación en Sistemas y Servicios de Salud del Cono Sur, financiada por el IDRC/CIID de Canadá con sede en la FIO-Cruz, Brasil. Ha dirigido numerosas tesis de grado, maestría y de doctorado y recibido rotantes extranjeros en el equipo de investigación. Ha publicado dos libros en coautoría y numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales con y sin referato, así como publicaciones de divulgación y material para actividades docentes. Desde 1992 dirigió proyectos de Extensión Universitaria que articulan con programas de Salud/Salud Mental. Coordinadora del Equipo Interdisciplinario Auxiliar de la Justicia de la CONADI, Secretaría de Derechos Humanos de la Nación desde 2010. Fue Presidente de la International Association of Health Policies y es actualmente miembro de la Coordinación Colegiada de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social, ALAMES.
Coordinadora de la Maestría en Infancias y Juventudes, de la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos- UADER, desde julio de 2021. Ha recibido los siguientes premios y distinciones: Doctora Honoris Causa (UADER), Distinción por “Excelencia Académica” (UBA, 2017), Premio a la Trayectoria del Observatorio de Salud de la Facultad de Derecho (UBA, 2015). Premio a la Producción Científica y Tecnológica (UBA, 1993). Premio “Universidad” (UNC, 1972) por promedio más alto de la promoción.
A mi padre y mi madre
A mis hijos
Y a sus padres
La gratitud es un sentimiento alegre y podría no tener límites la enumeración.
A la editorial Noveduc, por haberme propuesto la realización de este libro y a Liliana Szwarcer, quien fue designada para acompañarme en el proceso y lo hizo con mucha dedicación.
Al colectivo de la II Cátedra de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA, por su capacidad de producir y pensar desde singularidades y recorridos diversos, pero con potencia y alegría, y a quienes la cursaron.
A la educación pública en la que me formé, especialmente a la Universidad de Córdoba, Universidad Nacional Autónoma de México y Universidad de Buenos Aires.
Al área de Posgrados en Salud Mental Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús, a la Universidad Nacional de Entre Ríos y la Universidad Autónoma de Entre Ríos por la tarea compartida y la hospitalidad.
A colegas de distintas disciplinas y espacios de trabajo, con los que he aprendido y compartido.
Como siempre, a mis compañeros y compañeras cuyas vidas terminaron tempranamente por el Terror de Estado y a las Madres y Abuelas que incansablemente instalaron la Memoria y reclamaron Justicia, condiciones para el pensamiento.
A Res, mi hermano, por las fotos.
A Dardo, por su compañía y diálogo.
Y a las personas a las que me ha ligado el amor, la fraternidad y la amistad, sin lo cual no es posible la vida.
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Acerca de la autora
Dedicatoria
I. Introducción. Fragmentos de un recorrido Capítulo 01. Diálogo entre Alicia Stolkiner y Emilia Cueto
Parte I. Conceptualizaciones sobre las prácticas y el campo de la Salud Mental Capítulo 02. Prácticas en Salud Mental Capítulo 03. Tiempos posmodernos: procesos de ajuste y Salud Mental Capítulo 04. Subjetividades de época Capítulo 05. Pobreza y subjetividad. Relación entre las estrategias de las familias pobres y los discursos y prácticas asistenciales en Salud Capítulo 06. Las familias y la crisis Capítulo 07. Consideraciones sobre la Salud Mental desde el pensamiento de la medicina social/salud colectiva latinoamericanas Capítulo 08. Medicalización de la vida y sufrimiento subjetivo
Parte II. Interdisciplina Capítulo 09. De interdisciplinas e indisciplinas Capítulo 10. Derribando barreras. Diálogo sobre interdisciplina Capítulo 11. El enfoque interdisciplinario en el campo de la Salud/Salud Mental y la perspectiva de derechos Capítulo 12. Prácticas médicas y abordaje interdisciplinario: desafíos
Parte III. Gestión e investigación Capítulo 13. Asesoría a servicios de Salud Mental: una metodología participativa Capítulo 14. De la Epidemiología Psiquiátrica a la investigación Capítulo 15. Nuevos actores en la Ley Nacional de Salud Mental N° 26657 Capítulo 16. Salud Mental: avances y contradicciones de su integración a la salud comunitaria Capítulo 17. Asistir e investigar Capítulo 18. Las dimensiones políticas de la investigación en el campo de la Salud Mental y sus prácticas
A modo de Epílogo. Un manifiesto colectivo
Bibliografía
I. Introducción.
Fragmentos de un recorrido
Primero que nada: me complace enormísimamente ser un buen poeta de segunda del Tercer Mundo.
Efraín Huerta
Cuando la editorial Noveduc me invitó al emprendimiento de este libro, debí enfrentar varios obstáculos. Uno fue volver sobre lo producido antes de la pandemia, una conmoción más en la temporalidad vital que había sido abismalmente trastocada por la tragedia mundial. Revisar y seleccionar textos previos me remitió inevitablemente a un pasado visto ahora en la vivencia de final de época y quizás de vida. Una forma más de los duelos, tema sobre el que escribí desde 2020.
Pertenezco a la generación que nació después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial y creció durante la llamada Guerra Fría. La que participó de cambios y rupturas culturales, vivió procesos profundos de transformación, períodos dictatoriales y Terror de Estado, con ideales, dolores y muertes tempranas. La que asistió a la caída del polo socialista y al reemplazo de los Estados sociales de Occidente por la lógica de mercado, seguida por la descontrolada concentración de la riqueza, la volatilidad de la financiarización de la economía, una nueva revolución tecnológica y la evidencia de millones de personas en desamparo, a la par que la colisión de lo humano con la naturaleza y la vida.
Pero la mía también es la generación que vio –en la Argentina– a sus madres dejar los hogares para transformar los Derechos Humanos en un movimiento que marcó la historia. Asimismo, la que junto con generaciones jóvenes conformó un colectivo potente que desinivisibilizó y desnaturalizó las desigualdades estructurales de derechos de las mujeres y de las diversidades de género, logrando legislaciones que constituyen una herramienta necesaria para la indispensable tarea de cambio de instituidos desigualantes, como el patriarcado. Hemos visto reaparecer la voz y el pensamiento de pueblos negados y acallados en América Latina, lo que nos provee la riqueza y, a la vez, el desafío de recuperar la potencia de las identidades diversas de este territorio multifacético, sus aportes a una forma de vivir, de Buen Vivir. Cada vez más nos reconocemos en las huellas de nuestros orígenes: descendientes de pueblos sometidos y de sus sometedores, de quienes fueron secuestrados en África y traídos como esclavos, y de millones arribados desde distintas partes del mundo como fugitivos de las guerras, el hambre y la persecución política o religiosa. Durante mucho tiempo, todo eso fue invisibilizado en el supuesto de una homogeneidad cultural única eurocéntrica, colonial, influida luego de los años cincuenta por el modelo de vida de Estados Unidos de Norteamérica. Hoy es posible preguntarnos, incluso, si somos parte de Occidente o de otro tipo de espacio.
La pandemia COVID-19 precipitó catastróficamente un sistema hipercomplejo que ya estaba en desequilibrio y, si bien seguimos actuando con las herramientas teóricas que teníamos y no descartamos, sabemos que ya están puestas en revisión y reconfiguración. Debemos acentuar descentramientos importantes y profundizar revisiones reflexivas. Hay autores que estoy recorriendo ahora, sin seguridad de si podré o querré incorporarlos, y preguntas nuevas que comienzan a esbozarse. El filósofo Yuk Hui (2020) propone, en su campo, una filosofía posteuropea que debe reinventarse como poder transformativo; aclara que no se trata de que sea “antieuropea”, sino que debe ser inventada en Asia, África, Latinoamérica y también en Europa. A su vez, la magnitud del problema a escala mundial ha puesto la cuestión de los procesos de salud-enfermedad-atención-cuidado de colectivos humanos en el eje del debate y también en el centro de la tensión entre accionares y responsabilidades colectivas vehiculizadas por formas de gubernamentalidad estatal, o acciones que continúan ciegamente el camino de la concentración de la riqueza a costa de la vida, precipitándonos al abismo. El mundo que se organizó en la posguerra y en el que nació mi generación está en un acelerado proceso de reordenamiento geopolítico, de transformación, de desintegración y de riesgo.
Este libro, que agrupa momentos y fragmentos de un recorrido, tiene escritos producidos desde mediados de los años ochenta hasta 2019. Decidí detenerme en él e intencionalmente no incluí las publicaciones de 2020 y 2021. Fueron demasiado urgentes, todavía estoy tratando de pensar, de pensarlas.
No creo que estos textos muestren el desarrollo de un “pensamiento” y me sonaría pretencioso hablar de una “obra”. Cada uno de ellos condensa el momento de producción escrita de una tarea permanente de docencia, extensión, investigación, formación y prácticas en servicios. Exactamente eso es lo que he intentado a lo largo de mi carrera: conceptualización en las prácticas y recuperación de la experiencia. Cada texto también debe ser comprendido en contexto, en relación al momento en que fue producido.
Por la índole del libro –cuyo carácter de reconocimiento agradezco– no incluí las publicaciones en coautoría, que son muchas, porque creo que toda producción es colectiva y suelo trabajar acorde a ello.1 Y también porque los escritos de las sucesivas investigaciones que dirigí desde hace décadas, que fueron gestando un método de trabajo y abordaje interdisciplinario, se publican con mención de todo el equipo interviniente. No obstante, en algunos de los capítulos se comentan resultados u observaciones de las mismas, aunque ninguno tiene el formato de paper. Omití también las publicaciones específicas acerca de derechos humanos y subjetividad y sobre la experiencia de trabajo con las víctimas de sus violaciones, aunque no es un tema que esté ausente de los trabajos seleccionados y se liga a otros sobre derecho a la salud.
El libro abre con una entrevista (Capítulo 1) que me realizó Emilia Cueto con excelente destreza y que permite situar y contextuar aspectos importantes de la trayectoria y el marco en el cual se fueron produciendo los textos que siguen. Luego se continúa en tres partes que se corresponden con ejes temáticos que seleccioné para esta publicación porque me parecían centrales. Cada uno de esos bloques o partes organiza los capítulos en orden cronológico. Aconsejo a quien los lea que se fije, antes de hacerlo, en la fecha en que cada uno de ellos fue producido. Contextuarlos puede aportar a su comprensión y también a cierta clemencia con respecto a sus errores y omisiones. Para ayudar a esto adelanto una síntesis con un comentario acerca de cada texto y la fecha que lo ubica en el momento de su producción:
La PARTE I, “Conceptualizaciones sobre las prácticas y el campo de la Salud Mental”, comprende cinco capítulos y se inicia con el que, a su vez, titula el libro: “prácticas” es una marca de casi todo lo que he producido.
Capítulo 2: Prácticas en Salud Mental. Fue publicado en 1988 en Colombia, pero escrito con anterioridad. Fundó mi trayectoria académica en la Facultad de Psicología de la UBA, al ser el trabajo monográfico sobre un tema sorteado que debí escribir en diez días, como una de las pruebas para concursar el cargo de profesora adjunta de la materia Salud Pública - Salud Mental de la Facultad creada muy poco tiempo antes. Con él ingresé como profesora regular en 1985. El título original sorteado para el concurso era bastante altisonante: “Fundamentación epistemológica de la Salud Mental en sus aspectos teóricos y operacionales”. Para escribir la monografía en tan breve tiempo apelé a lo aprendido en Introducción a la Filosofía, en mi carrera de grado; al Seminario sobre Epistemología que había cursado siendo profesor Néstor Braunstein en la Maestría en Psicología Clínica que hice en la UNAM, y a mis estudios y lecturas formales e informales sobre psicoanálisis, salud mental y diversas corrientes de pensamiento y de Psicología. Un año después y con el título de “Prácticas en Salud Mental”, presenté este texto en el Primer Congreso de ALAMES/IAHP al que asistí en Medellín, iniciando una pertenencia institucional que dura hasta hoy.
Hace años lo saqué de la bibliografía de la materia que dicto, porque las críticas que le haría son muchas, entre ellas, su eurocentrismo en la evolución del pensamiento y su interpretación “libre” de temas filosóficos. Diré en su descargo que todavía no teníamos acceso a rastreos en Internet; que fue el último texto que mecanografié en una vieja Olivetti de la década del treinta (luego llegaría el primer ordenador); que mis libros acababan de llegar en barco desde México, donde había vivido largo tiempo, y también que tenía poco más de treinta años de edad. En la escritura de este texto influyó la experiencia recientemente vivida en Nicaragua y el entusiasmo participativo en la Argentina recién retornada a la democracia. Y, en Salud, la idea remozada de participación que había traído la propuesta de Alma Ata en 1978. Reivindico del mismo el intento de romper con la dicotomía mente-cuerpo y de avanzar a una integración del concepto y las acciones de salud, así como la propuesta de “modelo participativo integral”, las referencias al psicoanálisis y el conductismo en el recorrido y algunos esbozos parciales de líneas que retomaría luego. Como desenlace de un conflicto institucional que me impidió ejercer el cargo ganado, inauguré con este texto la responsabilidad de asumir en 1988 la recién creada II Cátedra de Salud Pública y Salud Mental. Como se verá en el próximo texto, un año después de su creación, la crisis hiperinflacionaria de 1989 y los años siguientes marcarían una línea de desarrollo.
El Capítulo 3, Tiempos posmodernos: procesos de ajuste y Salud Mental data de 1993. Ante la emergencia de la crisis hiperinflacionaria de 1989, trabajamos en la cátedra con un programa especial de talleres sobre Salud Mental y Economía. Es el antecedente del inicio de estudios y análisis de las reformas estructurales promercado de los años noventa, con su trípode derivado del Consenso de Washington. Un debate que en ALAMES/IAHP sostuvimos consistentemente y culminó con la organización del Congreso de ALAMES en Buenos Aires, en 1997, bajo el título “Economía, ciudadanía y derecho a la salud”.
En este período iniciamos –primero como Programa de Extensión y luego como dos proyectos de Investigación UBACyT consecutivos– el estudio de caso de Eldorado (Misiones)2, con abordaje interdisciplinario y estrategia de investigación en políticas, sistemas y servicios de Salud.
En este texto se introduce y aplica el método de articulación de las dimensiones de lo económico, lo institucional y la vida cotidiana en la comprensión de los procesos de salud-enfermedad-atención y los padecimientos psíquicos, sobre algunos ejes: comunidad, trabajo, formas familiares, etcétera. Finalmente, se lo relaciona con las propuestas del campo de la Salud Mental. Este fue un artículo de base para pensar utilizando categorías sobre subjetividad y cómo eran afectadas las prácticas de cuidado de salud de las familias y de los trabajadores del sector Salud mientras sucedía el proceso de reforma, descentralización y mercantilización del sistema prestador de servicios de salud, a la par que aumentaban las barreras de acceso.
El Capítulo 4, Subjetividades de época, fue escrito en 2001, pocos meses antes de que se precipitara la crisis de diciembre de ese año. Trabaja articulando la categorización sobre subjetividad y producción de subjetividad con la situación que se atravesaba, pero extendiéndolo a un proceso ligado a lo anterior. La reflexión teórica se articula con viñetas de sesiones y fragmentos de entrevistas realizadas en terreno.
El Capítulo 5, Pobreza y subjetividad. Relación entre las estrategias de las familias pobres y los discursos y las prácticas asistenciales en Salud se publicó en 2003. La crisis con que había terminado el siglo XX en la Argentina era extensiva a otras regiones, a partir de las reformas neoliberales y los endeudamientos. El Informe sobre el Desarrollo Mundial 2000-2001 del Banco Mundial se titulaba “Lucha contra la pobreza”. También proliferaban los estudios sobre la misma. El texto analiza críticamente algunos de los supuestos de estos (como, por ejemplo, la consideración del citado texto del Banco Mundial de que la condición que caracterizaría a la pobreza es “la impotencia”), e introduce como herramienta definiciones de subjetividad combinadas con observaciones en terreno de las investigaciones, donde se analizan las estrategias activas de cuidado de las familias pobres en ese contexto desfavorable. Intenta una aplicación concreta de herramientas teóricas sobre subjetividad y Salud Mental.
El Capítulo 6, Las familias y la crisis, fue originalmente publicado en 2004. Corresponde a un período en el que me centré en las formas familiares como dimensión institucional para pensar su articulación con lo económico y la vida cotidiana. Autoras como Elizabeth Jelin, Élisabeth Roudinesco y Susana Torrado, entre otras, fueron tomadas como referencia para pensar por un lado las familias en la crisis y, por otro, la crisis de las formas familiares, articuladamente.
El Capítulo 7 es Consideraciones sobre la Salud Mental desde el pensamiento de la medicina social/salud colectiva latinoamericanas. Se editó en 2012. Desde los textos anteriores hasta la fecha de esta publicación, la situación de crisis había menguado en la Argentina y las condiciones de vida y trabajo habían mejorado, aunque la crisis económica mundial de 2008 comenzaría ya ese año a producir efectos. En 2010, entre otras leyes importantes con enfoque de derechos en Salud y diversidades, se había promulgado la Ley Nacional de Salud Mental y se discutía su reglamentación. Eso convocaba al debate; este artículo fue solicitado por una reconocida revista de Psiquiatría, que dedicó el número a las definiciones de Salud Mental desde distintos campos disciplinarios. Este artículo teórico, que contó la colaboración de una de las investigadoras del equipo como interlocutora3, se plantea profundizar la articulación entre el pensamiento médico social/salud colectiva latinoamericanas y los desarrollos alternativos del campo de la Salud Mental, que por momentos han sido paralelos, con raíces comunes. Al momento de preparar este libro, como miembro de la Coordinación Regional de ALAMES, Asociación Latinoamericana de Medicina Social, participo del próximo congreso internacional de la entidad en el que, por primera vez, se integrará una Red Latinoamericana de Salud Mental y Buen Vivir.
El Capítulo 8, Medicalización de la vida, sufrimiento subjetivo y prácticas en Salud Mental fue publicado en 2013. Es uno de los trabajos sobre medicalización, medicamentalización y psicopatologización que escribí en un período en que estuve fuertemente centrada en los procesos de medicalización de las infancias. Agradezco el rico debate compartido con miembros del Fórum Infancias durante el mismo. En esos años, se gestaba y discutía el reemplazo de la categorización DSM-IV por el DSM-5, que aumentaba la cantidad de “patologías” de manera notable. Asimismo el problema de medicalización superaba lo específico de las infancias y el campo de la Salud Mental, para articularse con determinaciones del complejo médico-industrial-financiero en el proceso de mercantilización de la salud y productor de subjetividades.
La PARTE II, “Interdisciplina”, contiene una selección de textos que he publicado sobre este tema en el que me inicié en mi primera actividad profesional. Tuve experiencias previas interesantes como estudiante de una carrera que integraba una Facultad de Filosofía y Humanidades en la UNC, en la que cursábamos materias comunes con las otras carreras, y además hice parte de la de Medicina, pues lo consideré necesario para complementar mi formación como psicóloga. Apenas recibida, enfrenté el desafío de trabajar en una sala de terapia intensiva neonatal en una intervención interdisciplinaria; esta experiencia es relatada y analizada en el Capítulo 10. Con frecuencia se me solicita participar en equipos de Salud o servicios por este tema y el trabajo en investigación en políticas, sistemas y servicios de Salud en el que se enmarcan mis proyectos implica necesariamente un abordaje interdisciplinario.
El Capítulo 9, De interdisciplinas e indisciplinas, fue publicado en 1987 y tuvo una particular difusión. Surge de una invitación que me hiciera Nora Elichiry para dictar un teórico en la cátedra de la cual ella era profesora titular, en la Facultad de Psicología de la UBA. Esa invitación, que agradezco, fue un gesto de amistad y amparo en uno de esos momentos de inhospitalidad de la institución. Con Nora habíamos trabajado interdisciplinariamente en una investigación en Nicaragua, en el Eje Estudio Trabajo de la Facultad de Medicina diseñado por Juan Samaja, y también en el primer proyecto de UBACyT que ella dirigió y del cual fui codirectora. A Nora Elichiry le debo haber leído a Rolando García. Este escrito inició una serie de publicaciones sobre el tema. Por cierto, la investigación en políticas, sistemas y servicios de Salud, marco de los proyectos que he dirigido, requiere un enfoque interdisciplinario. También he asesorado con frecuencia equipos interdisciplinarios en hospitales y servicios.
Derribando barreras. Diálogos sobre interdisciplina, de 2012, es el Capítulo 10. Surge de un diálogo mantenido en Montevideo, para ser publicado en una revista de extensión de la Universidad de la República. Valoré las preguntas, que fueron muy exactas para desarrollar aspectos nodales de la práctica interdisciplinaria, el funcionamiento de los equipos el liderazgo y el poder en ellos, y la incorporación de saberes no disciplinarios. Sintetiza muchos conceptos aparecidos en publicaciones anteriores.
El Capítulo 11, El enfoque interdisciplinario en el campo de la Salud/Salud Mental y la perspectiva de derechos, fue publicado en 2017. La compiladora fue la profesora uruguaya Beatriz Fernández Castrillo, cuya tesis de doctorado dirigí y que falleció este año, lo que lamento mucho. El objetivo del trabajo fue reflexionar sobre los aspectos tanto teóricos como prácticos del abordaje interdisciplinario de los problemas del campo de la Salud/Salud Mental, y relacionarlos a su vez con el enfoque de derechos, tomando como núcleo del análisis y del desarrollo teórico el proceso de constitución y el debate sobre la Ley Nacional de Salud Mental. Su articulación con la perspectiva de derechos de algún modo referencia esa línea de publicaciones que no introduje en este libro, aunque lo atraviese.
El Capítulo 12 (Prácticas médicas y abordaje interdisciplinario: desafíos) es un texto breve escrito en 2019, que no se publicó. Abona a una reflexión sobre la Medicina y la complejidad del objeto salud-enfermedad-atención-cuidado, así como la del pasaje de los enfoques monocausales a multicausales ligados a los abordajes multidisciplinarios, y el paso posterior que abandona el concepto de causalidad lineal para entrar en el terreno de la concertación interdisciplinaria.
La PARTE III es “Gestión e investigación”. Recoge textos basados en tres tipos de experiencias: una es la asesoría a servicios de Salud/Salud Mental, que ha sido una tarea de extensión constante en mi carrera de manera institucional o voluntaria. Otra es la investigación, que también he sostenido en ambas universidades (UBA y UNLA), con apoyos tanto de ellas como de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, el IDRC/CIID de Canadá, la Red de Investigación en Sistemas y Servicios de Salud del Cono Sur y el CONICET, por las becas de doctorado y posdoctorado de investigadoras que dirigí y participaron de ellas. Y la experiencia de participación en el debate de la Ley Nacional de Salud Mental y su reglamentación. Hasta la fecha, la cátedra que dirijo participa del Consejo Consultivo Honorario de Salud Mental.
No incluí en este libro las publicaciones sobre evaluación de servicios de Salud Mental y las referidas a una investigación realizada en la década de 1990 sobre atención en Salud Mental en Obras Sociales y su posible normatización.4 Todas ellas fueron en coautoría, al ser producto de investigaciones.
Asesoría a servicios de Salud Mental: una metodología participativa data de 1993 y conforma el Capítulo 13. Este texto fue preparado como presentación para el XXIV Congreso Interamericano de Psicología. Intenta conceptualizar y sistematizar una práctica desarrollada durante años: brindar asesoría a servicios de Salud/Salud Mental frente a problemas diversos. En el escrito se propone una metodología y una estrategia para ello, que incluye la delimitación de momentos y algunas indicaciones concretas.
El Capítulo 14, de 2003, es De la epidemiología psiquiátrica a la investigación en el campo de la Salud Mental. En el programa de dictado de la materia abordábamos, por un lado, el pasaje de lo asilar manicomial a las políticas en Salud Mental y, por otro, la evolución de la epidemiología desde un modelo biologista aplicado a lo poblacional hasta un modelo crítico que complejizaba su objeto, siguiendo el pensamiento médico social-salud colectiva. Este trabajo se propuso articular ambos recorridos e interpelar epistemológicamente muchos diseños tradicionales de epidemiología en este campo.
El Capítulo 15 se titula Nuevos actores en la Ley de Salud Mental N° 26657 y fue publicado en 2012. En investigaciones anteriores a la sanción de esta ley habíamos planteado como supuesto que la aparición de nuevos actores en el campo podía modificar la lógica y el conflicto corporativo que siempre había obstaculizado las reformas. Esos actores eran las organizaciones de familiares y usuarios de servicios de Salud Mental, y los organismos de Derechos Humanos. En 2007, uno de estos organismos, el Centro de Estudios Legales y Sociales-CELS, en colaboración con el Mental Disability Rights International-MDRI, había publicado su informe Vidas arrasadas. La segregación de las personas en los asilos psiquiátricos argentinos, que dio un importante impulso al debate. Desde la Dirección de Atención a Grupos en Situación de Vulnerabilidad, de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, la licenciada Victoria Martínez había convocado a una Red Federal de Salud Mental y todos los años, en los multitudinarios Congresos de Salud Mental y Derechos Humanos de la Universidad de las Madres, se debatían y compartían experiencias nacionales y de otros países, como Italia y Brasil. Allí, los familiares y usuarios ya eran invitados a exponer como expertos.
Este breve estudio inició una serie de investigaciones acerca de la participación de organizaciones de familiares y usuarios en las decisiones relativas a modelos de atención y políticas, con un importante protagonismo de investigadoras formadas en nuestros equipos, plasmado en sus tesis y publicaciones. Como corresponde, van configurando luego perfiles propios.
El Capítulo 16 es Salud Mental: avances y contradicciones de su integración en la salud comunitaria. Publicado en 2015, fue escrito como capítulo de un libro sobre salud en general y por ello está dirigido a lectores que no necesariamente son del campo de la Salud Mental. En su primera parte, sintetiza el pasaje del modelo asilar manicomial a las propuestas de asistencia comunitaria de los padecimientos psíquicos, culminando con la necesidad de la integración de un sistema de Salud notablemente fragmentado y, como parte de ello, la integración de las prácticas de Salud Mental en las prácticas generales de Salud. En la segunda parte, transita los momentos fundacionales y de cambio de las políticas en Salud Mental en la Argentina, en el marco de las transformaciones de las políticas generales de Salud. En la tercera parte, se detiene en el análisis de la Ley Nacional de Salud Mental y los obstáculos y potencialidades para su implementación. El recorrido histórico ha sido muy sintetizado y merecería un desarrollo más extenso, que suelo hacer en la tarea docente. Este es un trabajo introductorio para compartir con colegas de otros campos o para realizar una introducción al tema en una actividad docente.
Asistir e investigar es el Capítulo 17 y fue editado en 2016. El texto se basa en la experiencia en investigación en políticas, sistemas y servicios de Salud. Dada la índole de la publicación, está dirigido a residentes y profesionales jóvenes, y propone la profundización de la investigación en los servicios con acuerdos posibles de trabajo conjunto con equipos académicos. No se trata de investigar sobre los servicios, sino de hacerlo en ellos. Propone así “profanar la investigación”, devolverla al uso cotidiano en las prácticas y acercar la metódica producción de conocimientos a los problemas y saberes concretos que tienen lugar en la cotidianidad de los servicios.
El Capítulo 18, publicado en 2019, se titula Las dimensiones políticas de la investigación en el campo de la Salud Mental y sus prácticas. El mismo prolonga una línea iniciada en 2008 con el libro Las dimensiones políticas de la investigación en Psicología; también continúa y complementa los Capítulos 14 y 16 de este libro. En este texto trabajo la idea de intersección entre campos (el de la investigación científica y el de la Salud Mental), tomando la definición de Pierre Bourdieu para analizar las particularidades de la investigación en el nuestro. Se consideran aspectos generales de la producción de conocimientos disciplinares y científicos actuales y se introducen las categorías de “sociedad del conocimiento” y “capitalismo cognitivo”, conceptualizaciones divergentes de las que se toman algunos conceptos como “capital intangible” y “knowledge workers”. El escrito aborda la actual “mercantilización” del conocimiento científico, que incluye no solo sus resultados sino sus procesos mismos, el mercado de las publicaciones científicas y sus efectos en los procesos de investigación, así como las propuestas alternativas. En el momento siguiente se ejemplifica sobre las articulaciones entre investigación en Salud y el complejo médico-industrial-financiero, para luego analizar los desafíos y obstáculos de investigar hoy en Salud Mental. Cuando me invitaron a escribir este trabajo elegí ese tema y no alguno de los que tenía más elaborados, como interdisciplina, porque mi proyecto era iniciar una etapa de centramiento en la investigación como objeto de estudio y docencia. Coordino el Taller de Tesis del Doctorado en Salud Mental Comunitaria de la UNLa, llevo años dirigiendo investigaciones, becarios y tesistas y quería comenzar a profundizar, escribir y compartir acerca de los procesos de enseñanza-aprendizaje, con eje en ello. Como los de millones de personas, mi proyecto se vio interrumpido a partir de marzo de 2020 por la pandemia; hubo otras urgencias y también necesarias revisiones. Si hay tiempo suficiente, ese material será incluido en un próximo libro.
NOTAS
1. A veces invito a otra persona a compartir un escrito, como mi interlocutora en relación al mismo. La escritura es un acto individual, pero el diálogo, a mi gusto, es un trabajo de coautoría.
2. Ese proyecto se inició por solicitud de Alejandra Barcala, actual directora del Doctorado en Salud Mental Comunitaria de la UNLa, que en ese momento trabajaba en Eldorado como profesional y con quien compartimos un importante tramo de esa experiencia.
3. La Dra. Sara Ardila Gómez, en ese momento becaria de CONICET bajo mi dirección.
4. Se trata del Proyecto “Sistema de Normatización de las Prestaciones de Salud Mental en Obras Sociales de Capital Federal” (trianual), perteneciente al Subprograma de Innovación Tecnológica de SECyT/CONICET.
Capítulo 01.
Diálogo entre Alicia Stolkiner y Emilia Cueto
–En el año 1972 obtuvo el título de Licenciada en Psicología en la Universidad Nacional de Córdoba. ¿Cómo llegó a dedicarse a las temáticas de Salud Pública/Salud Mental una psicóloga formada en psicoanálisis?
–Sucede que comencé la carrera en 1969, el año del Cordobazo y la terminé en poco más de tres años, en consonancia con la velocidad que el tiempo y los acontecimientos adquirieron en esa época. Vivir apurado y morir joven, un título que la demógrafa Susana Torrado utilizó para un artículo sobre jóvenes en desamparo en la década del noventa, es también –aunque con una significación distinta– una frase que produce sentido para la generación a la que pertenezco. En ese contexto, entrar a la universidad fue un aprendizaje simultáneo del campo disciplinar y de la participación en la vida pública y política.
Supongo que la construcción de pensamiento y prácticas de un sujeto deviene simultánea e inseparablemente de las vicisitudes de su historia singular y de las condiciones históricas generales en que se desenvuelve. La Universidad de Córdoba era entonces un espacio de debate permanente, que en la facultad en la que estudiaba alcanzaba niveles teóricos importantes. La carrera de Licenciatura en Psicología formaba parte de la Facultad de Filosofía y Humanidades; algunas de las materias –Introducción a la Filosofía, Antropología Filosófica, Antropología Cultural, etc.– las cursábamos con alumnos de otras carreras. Simultáneamente, cursé los primeros años de Medicina, porque me parecía insuficiente lo que Psicología brindaba en relación a la comprensión de la dimensión biológica del enfermar.
Tales experiencias fueron, probablemente, un primer antecedente de lo que he escrito sobre interdisciplinariedad a partir de los años ochenta y del enfoque interdisciplinario de las investigaciones que dirijo. En ellas se incubó una posición no dogmática con respecto a cualquier saber disciplinario. El conocimiento e intercambio con otros discursos relativiza los propios y la posición irreverente (alguna vez he dicho que se la necesita ante los saberes disciplinarios, lo que significa simplemente no reverenciarlos) se correspondía con una generación de estudiantes que se había sentido capaz de cuestionar a sus profesores y de debatir con ellos.
La formación de los psicólogos era, en ese período, fundamentalmente psicoanalítica kleiniana. Lacan entró a principios de los 70 como un pensamiento contrahegemónico al plantear la vuelta a Freud y cuestionar el dispositivo de análisis didáctico. Los Escritos I, a tono con la época, fueron publicados en español por primera vez bajo el título de La lectura estructuralista de Freud. Comencé a leerlo en ese período, pero no soy una especialista en su obra.
Así, llevaba dos formaciones paralelas que no articulaba demasiado: una como psicoanalista y otra estudiando las teorías sociales y los aspectos epistemológicos de El Capital. También mi entrada en el mundo profesional coincidió con la ruptura de la APA, los grupos Plataforma y Documento, y los debates sobre el sentido social y político de las prácticas. No participé de ese movimiento porque estaba en una provincia, pero sus debates y protagonistas también influyeron en mí, así como un autor poco recordado: Georges Politzer.
En 1976, luego del golpe militar, tuve que exiliarme en México y allí comencé a participar del Movimiento de Trabajadores de Salud Mental Argentinos en México, que daba asistencia a exiliados del cono sur y posteriormente a refugiados que llegaban de Nicaragua, en guerra contra la dictadura de los Somoza. En esa actividad conocí a Marie Langer y Silvia Bermann, entre otros. Mi primera publicación fue sobre los efectos de la represión política en los niños, dado que me formaba como terapeuta de niños.
Trabajar con sujetos cuyas vidas han sido atravesadas por situaciones traumáticas colectivas –como el terrorismo de Estado o la guerra– nos obligaba a repensar con cuidado algunos de los modos de practicar la clínica. Básicamente se derrumbaba el marco de sentido que tendía a ontologizar “lo psíquico” y reducir el sufrimiento a los cuadros psicopatológicos supuestamente fundados, de modo exclusivo, en la trayectoria singular. También se rompían los límites teóricos entre lo social y lo subjetivo, y en simultáneo se cuestionaba el lugar del analista y su implicación. El hecho de que cursara una Maestría en Psicología Clínica de orientación psicoanalítica en la UNAM no hacía sino profundizar estos interrogantes. Por ejemplo, en una investigación que realizamos sobre niños en situación de exilio, las características de las problemáticas, si bien eran singulares, variaban también según cuál fuera el país receptor, su cultura, sus políticas con respecto a los refugiados, su lengua.
El trabajo en Nicaragua fue fundamental para el viraje que me llevaría a formarme en Salud Pública, lo que formalicé luego de mi vuelta a la Argentina en 1984, haciendo el posgrado en la Escuela de Salud Pública de la UBA.
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–Durante los años 1980-1984 formó parte del Equipo Internacional de Salud Mental México-Nicaragua, con Marie Langer como una de las coordinadoras. ¿En qué marco se desarrolló esa actividad y cuáles fueron sus principales abordajes, conclusiones y efectos?
–En ese período tuve la experiencia de participar en el equipo internacionalista de solidaridad coordinado por Marie Langer, Silvia Bermann e Ignacio Maldonado. Luego del derrocamiento de la dictadura y el final de la guerra, habían recibido una solicitud del gobierno sandinista para colaborar con el Ministerio de Salud en el desarrollo de políticas y acciones de Salud Mental, así como también en la formación y capacitación de personal del área.
El equipo cumplía una semana de trabajo por mes en Nicaragua; viajábamos en subequipos de a dos personas conformados por psicoanalistas, psiquiatras, una psicopedagoga y terapeutas familiares sistémicos. Una parte de nuestra preparación fue conocer y debatir cómo trabajaban sus miembros. Recuerdo haber visto sesiones de terapia sistémica en cámara Gesell como parte de tal intercambio.
En México, donde residíamos, teníamos reuniones semanales de análisis de situación, debate teórico y planificación de las tareas. Mientras participé del equipo, las actividades fundamentales se desarrollaban en las ciudades de Managua y de León. En Managua brindábamos formación en el Hospital Psiquiátrico donde, además, implementamos y supervisamos un dispositivo grupal de admisión. En León colaborábamos con la única Facultad de Medicina estatal y con el Hospital General. Capacitábamos al personal de Salud Mental del hospital y promovíamos programas de prevención y promoción en salud mental, por ejemplo el acompañamiento familiar de niños internados o los grupos de reflexión con el personal. Además, asesoramos e incorporamos actividades de investigación en el Eje Estudio Trabajo, un dispositivo pedagógico que había diseñado un compatriota, Juan Samaja, para la carrera de Medicina.
Siempre aparecían otras actividades que, si bien no eran constantes, se acordaban en relación a la demanda. Entre ellas, me tocó trabajar con un campamento de refugiados de El Salvador y participar en la elaboración del Plan de Salud de Emergencia cuando, luego del bombardeo norteamericano al pequeño país de Granada, parecía inminente una invasión a Nicaragua. De esa experiencia recuerdo el trabajo de reflexión que significó para quienes estábamos preparando el plan, dado que también estaríamos allí y en el mismo riesgo que todos si se desencadenaba la agresión. También recuerdo a los pacientes del Hospital de Día de Ciudad Sandino, que colaboraron en la preparación de refugios antiaéreos en las escuelas primarias y cómo eso modificó, positivamente, la relación que ellos tenían con la comunidad.
Mimi, Silvia e Ignacio1 mantenían un vínculo permanente con el Ministerio de Salud y con la OPS; a partir del mismo, se programaban las actividades específicas de cada subequipo.
Sé que narrado así no parece demasiado original; se trataba de asesorar y capacitar. Pero necesitaría más espacio del que es prudente usar en esta entrevista para comentar la increíble originalidad a la que nos veíamos obligados por las características del proceso con el cual colaborábamos y del país del que se trataba.
Nicaragua era un país de poco más de cuatro millones de habitantes; de ellos, el 40 % eran niños. Había atravesado una guerra cuyas huellas estaban presentes en los cuerpos y las vidas. Recuerdo que apenas terminada la misma, los niños jugaban a la guerra con sonidos y gestos de un realismo impresionante. Esos juegos eran parte de procesos colectivos y singulares de elaboración de lo vivido.
Se trataba de un particular proceso revolucionario que, por primera vez en la historia, no aplicó pena de muerte y juzgó a los culpables de los delitos somocistas con el Código Penal existente. No recuerdo ninguna consigna que impulsara a matar a otros. En cambio, sí recuerdo una referida a la guardia nacional somocista, a cuyos miembros se les había permitido refugiarse en Honduras, desde donde (con financiación norteamericana) iniciarían el asedio. La misma decía: “Aunque se mueran de nostalgia, no pasarán”. Y otra más que he citado muchas veces: “Defendamos la alegría, el enemigo le teme”.
En consonancia con eso, el Hospital Psiquiátrico era un laboratorio donde confluían los italianos, algunos antipsiquiatras reconocidos, un equipo canadiense, médicos cubanos y nosotros. El hospital funcionaba en asamblea, de la que participaban los pacientes y el personal. En una de ellas se decidió, ante la queja de los pacientes por la calidad de la comida, unificar la cocina y el comedor para pacientes y personal, y así se solucionó el problema. En otra se debatió sobre la aplicación de terapias electroconvulsivantes. Todavía se utilizaban, y algunos médicos psiquiatras presentaron estudios convalidando su eficacia para problemas específicos. Ante ello, y después de analizar cómo se desarrollaba esa práctica en el hospital, se decidió en asamblea que si un médico prescribía tal tratamiento, debía aplicarlo él personalmente y en un horario de seis a ocho de la mañana. Prácticamente cesó la aplicación de electroshock, que solía ser delegada por quien la recetaba en personal de menor jerarquía.
Nosotros introdujimos el dispositivo de grupo de admisión para los servicios de consultorio externo, a fin de dar un espacio de respuesta oportuna a la solicitud de asistencia. Lo coordinábamos conjuntamente con personal del hospital. Comenzó a correr la voz de que se podía ir los jueves a las 14 horas al Hospital Psiquiátrico a debatir los problemas personales con otros, y la gente venía por eso. Recuerdo que en las reuniones aparecían frecuentemente el dolor y la pérdida, pero también muchos problemas suscitados porque se habían transformado velozmente las relaciones entre géneros y entre generaciones. Era un país gobernado por jóvenes y donde las mujeres habían participado en todo el proceso, lo que entraba en colisión con representaciones familiares fuertemente patriarcales y machistas, y esto complejizaba las relaciones. Podían confluir en un grupo una madre en conflicto con sus ideas acerca de cómo criar una hija mujer (que era una joven que estaba en la milicia) con una hija que atravesaba algo similar con su madre. La dinámica misma que le fue dando al dispositivo la utilización por parte de los consultantes nos obligó a repensarlo. He utilizado esta experiencia para definir la accesibilidad a los servicios de salud en forma vincular, en investigaciones posteriores.
Había un cuadro “psicopatológico” frecuente que aparecía como un episodio delirante florido; a ellos los llamaban “los fundidos”. En general, eran personas jóvenes, que no habían tenido espacio para procesar duelos importantes y que desarrollaban múltiples actividades, laborales y militantes, con extrema responsabilidad y nulo descanso. Aprendimos que no debían ser tratados como psicosis, que el tratamiento se iniciaba haciendo una “cura de sueño” y luego un trabajo de palabra en entrevistas. Una vez restablecido, no requería medicación. Marie Langer hablaba de “duelos congelados”.
Otra experiencia que me marcó mucho fue la de formación de estudiantes de Medicina. Juan Samaja había ideado un dispositivo que, sin cambiar radicalmente la currícula, introducía a los alumnos desde el inicio en la práctica viva de la profesión: el eje estudio-trabajo. En primer año, la práctica de los estudiantes se llamaba “Apoyo emocional al paciente”: durante un día, todas las semanas, acompañaban a un paciente en sus consultas o proceso de internación, y quedaban a cargo de su acompañamiento hasta que se fuera. De alguna manera, conocían el hospital desde el lugar del paciente; luego se reflexionaba sobre ello en grupos. En segundo año, el eje era “Salud del escolar”: cada estudiante de Medicina tenía a su cargo un grado escolar durante un año. Una vez por semana debía realizar acciones de cuidado y promoción de la salud con el mismo y llevar el seguimiento de variables de crecimiento y desarrollo de todos esos chicos. En tercer año, trabajaban “Salud maternoinfantil” en los centros de atención primaria y recién en cuarto y quinto volvían al hospital para las prácticas. Con Nora Elichiry, la psicopedagoga del equipo, participamos en la investigación que se desarrollaba en el eje de segundo año en las escuelas, cuyos resultados tuvieron algunos aspectos novedosos.
Entré al equipo como terapeuta de niños, pero comenzó a interesarme participar en el desafío de planear y comprender el funcionamiento de las problemáticas de instituciones de salud en su dimensión colectiva. Creo que fue decisivo para que, al volver a la Argentina, trabajara y me capacitara en el campo de la Salud Pública. Poco después, desde 1986, mi relación e intercambio con la corriente de pensamiento médico-social latinoamericano y la corriente de salud colectiva de Brasil me proveyó un referencial teórico con el cual sentí que podía hacer confluir intereses que tenía disociados. En ese campo se encuentran reflexiones sobre lo genérico y lo singular, sobre la complejidad y sobre la potencia de los sujetos, sobre lo político y lo disciplinar, que armaba un enlace con aquellas cuestiones del psicoanálisis que más me ligaban a su teoría y prácticas.
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–Hace aproximadamente treinta años comenzó tareas docentes y de investigación en torno a salud mental. ¿Qué ha cambiado en ese ámbito en estas décadas?
–Si uno lee, por ejemplo, las revistas argentinas de Psicología de 1972 o 1973 encuentra debates que permanecen hasta la fecha acerca de los manicomios y la necesidad de modificar las formas de abordaje de la “locura” a nivel de las políticas. Con el retorno a la democracia, durante la presidencia de Raúl Alfonsín y con Vicente Galli como director nacional de Salud Mental (y Mauricio Goldemberg como asesor por la OPS) se plantearon y efectivizaron algunas reformas del campo. También comenzaron, en ese período, algunas experiencias provinciales de modificación de las formas de asistencia a los problemas tradicionales de la Salud Mental, como la de Río Negro. Eso se interrumpió durante el período de los años noventa y las reformas promercado del sistema de salud. De hecho, en un país donde el psicoanálisis forma parte de la cultura y que tiene cerca del 75 % de los recursos humanos de Salud Mental de toda América Latina, la forma hegemónica de asistencia siguió siendo la internación prolongada. Esta paradoja se extiende a que la solución que cuantitativamente es más frecuente en la población para los padecimientos subjetivos es el consumo de psicofármacos. De hecho, un psicofármaco siempre ocupa el lugar de segundo medicamento en ventas en Argentina.
Creo que uno de los problemas hace a la constitución del sistema de Salud mismo del país, fuertemente segmentado y fragmentado. Es un sistema que ha resistido todos los intentos de transformación estructural, aun los realizados en dictadura, debido al carácter fuertemente corporativo de sus actores; no es extraño que resista las transformaciones en Salud Mental.
Lo que sigue lo planteamos como hipótesis hace unos años y parece cumplirse: hay tres factores que inciden para que hayamos llegado a la existencia de la Ley Nacional de Salud Mental y su reglamentación: la existencia de políticas sociales de corte universalista, una sociedad que ha dado muestras de mayor conciencia del valor de sostener los derechos humanos (probablemente, a partir de su historia de dolor) y el reconocimiento de derechos de los diversos (tal el caso de leyes como las del Matrimonio Igualitario, Ley de Derechos de los Pacientes, Ley sobre Derechos de los Niños/as y Adolescentes, etcétera)2. A eso se suma, como parte de este escenario, la aparición de actores nuevos, no corporativos. Entre estos últimos fundamentalmente están los organismos de Derechos Humanos y las asociaciones de usuarios y familiares, que suelen enlazarse y potenciarse. Por ejemplo, la publicación del CELS/MDRI en 2009, Vidas arrasadas, sobre la situación de los derechos de las veinte mil personas internadas en instituciones psiquiátricas fue un elemento importante de impulso. También influye que la OMS y la OPS hayan tratado, desde el año 2000, de dar mayor impulso a las transformaciones en el campo.
La Ley Nº 26657 de Salud Mental y su reglamentación no salieron de un gabinete de elaboración legislativo. Si bien el impulso surgió de un legislador (Leonardo Gorbacz), hubo una multiplicidad de actores involucrados, incluyendo a aquellos críticos a ella, como la Asociación de Psiquiatras Argentinos.
Emiliano Galende plantea que en los países desarrollados, luego de la Segunda Guerra Mundial, la configuración de las políticas en Salud Mental y las reformas psiquiátricas se ligaron básicamente a la existencia de estados sociales con políticas universalistas, la expansión de la idea de derechos y el desarrollo de la farmacología. Suelo agregar que los sistemas de salud universales también fueron uno de sus impulsos. Creo que tenemos condiciones para que aquello que se viene planteando como necesidad hace décadas deje de concretarse exclusivamente en experiencias puntuales o locales.
La contracara de esta tendencia es la entrada de un discurso medicalizante, coherente con las fuerzas que impulsan la mercantilización y medicalización de la salud, y la fuerza de los actores corporativos preexistentes.
Como lo he afirmado en algunos trabajos, el antagonismo fundamental de nuestra época es entre objetivación y subjetivación. En un polo de este antagonismo está la tendencia a subordinar todos los aspectos de la vida a la lógica mercantil, en el otro la tendencia a profundizar ese constructo de la modernidad que es la idea de derechos, y este antagonismo atraviesa todas las prácticas. La dignidad, concepto nodal en el campo de los derechos humanos, consiste en que nadie sea tratado “como objeto, como medio o como mercancía”. Toda práctica disciplinaria tiende a la objetivación, pero no necesariamente debe ser ese su polo predominante.
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–Usted ha participado desde los inicios en el Doctorado Internacional en Salud Mental Comunitaria: Teoría y Técnica de la Investigación y del Taller de Tesis de la Universidad de Lanús, que dirige Emiliano Galende, ¿cómo se generó el proyecto y cuáles son sus objetivos?
–Hace poco más de veinte años Emiliano Galende convocó a un grupo de trabajo para discutir y producir sobre políticas y acciones de Salud Mental; me sentí y me siento muy agradecida de que me invitara a participar de él. Ese grupo desarrolló distintas actividades a partir de sus reuniones periódicas, entre ellas la configuración de una efímera Red Nacional de Salud Mental que funcionó durante un tiempo, y fue la base de la conformación del programa de posgrados en Salud Mental Comunitaria que se desenvuelve en el Departamento de Salud Comunitaria de la Universidad Nacional de Lanús. Este proyecto se inició prácticamente desde la creación de la universidad, por impulso de Valentín Baremblitt y Emiliano Galende, que fue su responsable. Se enlazó, a su vez, con la Red Maristán de la que forman parte algunas unidades de universidades latinoamericanas y europeas. Su objetivo fue promover la formación, investigación y aporte en el campo de las reformas de los servicios de Salud Mental desde una perspectiva ambulatoria y comunitaria, con miras a terminar con la internación prolongada o prácticamente de por vida como respuesta a las problemáticas de sufrimiento psíquico, tradicionalmente abordadas de tal manera.
También existe desde hace veinte años (y hemos participado en ella) la primera Maestría en Salud Mental del país, la de la Facultad de Trabajo Social de la Universidad Nacional de Entre Ríos, que apunta a lo mismo. Creo que la aparición y desarrollo de estos posgrados también es –volviendo a la pregunta anterior– un cambio favorable dentro del campo de la Salud Mental.
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–Desde julio de 2003 es profesora de la Carrera de Especialización en Gestión en Salud Mental. Desde su perspectiva, ¿qué es la Gestión en Salud Mental y qué aspectos es fundamental tener en cuenta?
–No he participado en la elaboración de la currícula de ese posgrado o sea que lo que expondré sobre gestión no necesariamente lo refleja. Dicto en él una materia que es “Gestión de programas y de redes”. Los modos de gestión en salud no son definidos de manera exclusivamente técnica. De hecho, deben ser analizados en su dimensión política, político-técnica y técnica. Decir “dimensión política” es hacer referencia a la cuestión del poder; incluso la técnica, como sabemos, nunca es una cuestión neutral.
Inicialmente, los modelos de organización de servicios hospitalarios y de salud se basaron en el modelo de funcionamiento de los ejércitos, de allí su verticalidad. Lo mostraba incluso el lenguaje, en una época en que a la jefa de enfermeras se la llamaba “caba”, el grado más alto dentro de la suboficialidad.
El pensamiento sanitario clásico, a su vez, intentó introducir una racionalidad de gestión que la suponía como una serie de acciones técnicamente programadas de administración y utilización de recursos, entre ellos los así llamados “humanos”. Esta perspectiva tecnocrática se fundamentaba en la idea de un conocimiento científico “neutro” y “objetivo” del cual se podían desprender programaciones y ejecuciones. La crítica a este enfoque fue desarrollada en el campo de la salud por Mario Testa y Carlos Mathus, al plantear la lógica y el pensamiento estratégico.
Durante las reformas promercado de los sistemas de salud de los años noventa, el lenguaje económico neoclásico colonizó el lenguaje sanitario, poniendo como principio rector la relación costo-efectividad y como supuesto básico la idea de que los servicios de salud eran un bien “transable” más que debía regirse por las leyes de mercado como forma de lograr mejor distribución y calidad. En muchos casos, se trasladaron a la gestión en salud criterios de gestión productiva capitalista, obviando el hecho de que el “producto” de las instituciones de salud no es equivalente a una mercancía en cuanto a su valor. El ejemplo más claro fueron los intentos de medir e incrementar la “productividad” del sector salud aumentando el número de consultas por profesional a expensas de la duración de las mismas. Obviaron que la consulta no es el “producto” del acto de cuidado de la salud, sino uno de los espacios en que el mismo puede (o no) suceder. Al reducir al mínimo su temporalidad, pulverizaron el producto (o sea el acto en Salud) y ni siquiera disminuyeron los costos, dado que se incrementaron las reconsultas y aumentó la indicación de estudios complementarios.
Como se puede observar en estos brevísimos ejemplos, la gestión en salud se define básicamente por sus postulados y hay mucha diversidad en las formas de desarrollarla.
El pensamiento en salud colectiva es rico en revisión crítica de esos modos. Desde el aporte efectuado por autores como Mathus y Mario Testa sobre pensamiento estratégico, hasta las propuestas matriciales de la Gestión Colegiada, Gestión Democrática o Gestión centrada en los equipos de salud que propone, por ejemplo Gaston Wagner de Sousa Campos, y una revisión del proceso de trabajo en salud como la que realiza Emerson Merhy. Ambos autores de Brasil de la corriente de Salud Colectiva.
En un modelo tecnocrático de gestión, las posibilidades de participación de los principales implicados, los usuarios, se reducen –en el mejor de los casos— a las encuestas de satisfacción, cuyo nombre mismo muestra sus fundamentos y su limitación. En las nuevas formas de gestión colegiadas, se piensa la voz de todos los actores, lo cual favorece que los usuarios sean reconocidos como sujetos y no como objetos de atención.
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–Usted ha presidido y forma parte de la Asociación Internacional de políticas de Salud, también coordina por Argentina la Red de Investigación en Sistemas y Servicios de Salud del Cono Sur. ¿Cuáles son las ventajas de pensar políticas conjuntas para la región?
–Más que pensar políticas conjuntas se trata de pensar conjuntamente las políticas. Sucede que cada país tiene su particularidad y no tratamos de generar homogeneidad, sino que las características y problemáticas de cada uno amplíen la comprensión del conjunto. Supongo que esto forma parte de una tendencia, que me parece favorable a todos, a una mayor integración regional. Trabajar problemáticas comunes sin negar las diferencias es lo que permite actividades de integración.
En la Red hemos desarrollado estudios multicéntricos, el último –financiado por el IDRC de Canadá– fue sobre alcances y potencialidades de la atención primaria de la salud en sistemas de salud fragmentados y segmentados. Participaron Brasil, Uruguay, Argentina y Paraguay. Entre todos logramos generar una metodología de trabajo e investigación y una matriz para indagar datos que permitieran la comparabilidad sin reducir las diferencias y, a la vez, nos facilitaran conceptualizar sobre un problema compartido: la fragmentación y segmentación de cada uno de los sistemas.
En este momento se está planeando realizar en Bélgica un encuentro de la IAHP (Asociación Internacional de Políticas en Salud) entre europeos y latinoamericanos, para discutir la situación actual de la salud en la crisis de los países de Europa. Curiosamente, se han invertido los términos y los europeos son los interesados en pensar nuestras experiencias en relación a un tipo de crisis que ya padecimos y que ellos atraviesan.
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–En ¿Qué es escuchar un niño? Escucha y hospitalidad en el cuidado en salud, texto presentado en el III Simposio Internacional sobre Patologización de la infancia, destaca que “la infancia y la adolescencia son disruptivas y los/as niños/as y los adolescentes son analizadores privilegiados de las instituciones”. ¿De qué manera sucede esto?
–Walter Benjamin ha escrito sobre lo revulsivo del gesto infantil; según él, los niños y los artistas escapan a la lógica racional/instrumental de los adultos. De hecho, los niños/as y jóvenes son generaciones nuevas; para ellos es natural lo que quizás ha sido novedoso para generaciones anteriores (por ejemplo, los avances y lenguajes informáticos) y necesariamente responden de otra manera ante los instituidos existentes. Por ello, algunas de sus acciones o manifestaciones los constituyen fácilmente en el lugar de analizadores. Ser un analizador no es lo mismo que ser un actor. Un analizador pone en escena, obliga a hablar y desnuda algún instituido. No obstante, eso no significa que hayan tenido la intencionalidad de hacerlo, simplemente sucedió. Un actor social tiene la intencionalidad de producir una transformación.
Suelo poner el ejemplo de los jóvenes que protagonizan episodios de violencia en el contexto escolar; no lo hacen “para” que la sociedad se cuestione sobre su condición o sobre la educación, simplemente protagonizan ese acontecimiento y ponen el cuerpo en ello. En cambio, un colectivo de jóvenes que se plantea determinados objetivos se constituye en actores, además de analizadores.
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–Luego agrega: “Su accionar ilumina de otra manera los instituidos sociales y los desnuda”. ¿Podría situar algunos ejemplos donde esta premisa se ponga en evidencia?
–Por ejemplo, los modelos y representaciones de la escuela han entrado en debate a partir de la dificultad que el mismo funcionamiento de la institución escolar presenta hoy, debate que ha trascendido la escuela para tocar otros instituidos sociales. Esta crisis de las instituciones no sería tan visible si no fuera porque los niños y los jóvenes la hacen evidente todos los días a través de conflictos, fracasos o actitudes inesperadas. Obviamente, hay una fuerte tendencia a “psicopatologizar” o a medicalizar esas conductas disruptivas, a tratar de reducirlas a casos individuales. Esto se manifiesta en la proliferación inaudita de diagnósticos de ADHD, la aparición en el DSM-5 de la extraña categoría “riesgo de psicosis”, la creación del “Síndrome de oposicionismo desafiante”, etcétera. Pero la masividad de estos problemas ha hecho que hasta las mismas categorías psicopatológicas con que se trató de encuadrarlos también hayan resultado cuestionadas. Tal el caso de la desautorización del DSM-5 por el Instituto de Salud Mental de EE.UU.: probablemente subyace a este episodio un conflicto entre los intereses de las aseguradoras de salud, que deberían pasar a cubrir todas estas “patologías”, y los laboratorios, que verían expandirse su mercado. Así de revulsivo puede ser el lugar de un grupo etario cuando opera como analizador.
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–En Nuevos actores del campo de la Salud Mental, publicado en la Revista Intersecciones de la Facultad de Psicología de la UBA, realiza un estudio de varias organizaciones o agrupaciones que nuclean a usuarios, familiares, profesionales, etc. de servicios de Salud Mental. ¿Cuáles son las conclusiones más salientes de sus investigaciones en torno a la inclusión de esos actores en este campo?
–Creo que son indispensables. Los otros actores, aun los profesionales o gremiales, tienen una visión que incluye –quiéranlo o no– un componente corporativo. Son los usuarios y los familiares los que pueden expresar la voz de quienes no han sido escuchados nunca cuando se toman las decisiones centrales con respecto a sus vidas. “Nada sobre nosotros sin nosotros” es la consigna de uno de los colectivos de usuarios. Y, justamente, al constituirse como actores, recuperan aquello que el lugar objetivado de “paciente” o “loco” les había privado: su posición activa de ciudadanía, la defensa de sus derechos. Es notable cómo los participantes de estos colectivos se presentan ahora públicamente en medios de comunicación, en espacios académicos o públicos de una manera que obliga a reconocerlos como pares en el debate. Eso es, en sí mismo, un acto de salud mental.
En un encuentro internacional de organizaciones de familiares y usuarios, un grupo de un país vecino planteó como reivindicación que fueran incluidos en el censo poblacional. De hecho, en ese país, los pacientes psiquiátricos internados no eran censados. Plantearon una reivindicación que no cambiaba en lo inmediato sus condiciones materiales de existencia, pero tenía una importante carga simbólica en cuanto a la misma.
Al estar y hacerse escuchar, modifican el debate. No es lo mismo hablar de otros que no tienen voz, que tener que incorporarlos en algún “nosotros”. No existe hoy un congreso científico sobre HIV, por ejemplo, donde no se representen las organizaciones de usuarios; espero que en el futuro no haya un congreso de Salud Mental o de Psiquiatría en el que no estén.
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–Algunos de estos grupos estuvieron muy cerca, apoyando y participando en la gestación de la Ley Nacional de Salud Mental Nº 26657. ¿Cuál diría que ha sido el aporte más relevante de estos movimientos?
–Algo de eso referí en la pregunta anterior. Su aporte más importante ha sido su misma presencia como voceros. No se trataba de que los “expertos” hicieran una ley para ellos, se trataba de reconocerlos a ellos como expertos en la elaboración de la ley. De hecho, sus organizaciones están representadas en el órgano de asesoría de la ley, o sea que su participación pasa a instituirse en ella.
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–En referencia a la citada Ley de Salud Mental, ¿cuáles son los obstáculos más grandes que encuentra su aplicación?
–El primer obstáculo es que el sistema de salud tiene un alto nivel de fragmentación y la implementación plena de la ley requiere de articulaciones entre instancias y sectores que deberán ser creadas y funcionalizadas. Por ejemplo, este es un país federal y la gestión de la salud es básicamente una responsabilidad de los gobiernos provinciales, con el agregado de que el primer nivel de atención es, frecuentemente, de dependencia municipal. A esto se suma la existencia del sistema de obras sociales y del sector de medicina prepaga. También es un sistema fuertemente hospitalocéntrico. Un sistema de salud es más que el conjunto de establecimientos que prestan servicios de atención; incluye hasta las representaciones sobre salud/enfermedad de la población. Por ende, también es un obstáculo la existencia de una perspectiva estigmatizante con respecto a las personas con padecimiento psíquico y sus capacidades, compartida con frecuencia por la población y los profesionales.
Recientemente, una candidata a diputada en las próximas elecciones utilizó el término “autista” para dirigirse críticamente al gobierno. Una madre de un niño diagnosticado como TGD puso en las redes sociales una carta mostrando el fuerte peso estigmatizante de esa utilización del término. Existe una hegemonía discursiva, por la cual términos del campo de la psicopatología se deslizan de manera peyorativa al lenguaje cotidiano y esto no es secundario en el proceso de exclusión y objetivación.
El segundo obstáculo, al cual me referí anteriormente, es el fuerte carácter corporativo de sus actores y que la implementación de la ley necesariamente modifica espacios de poder e intereses económicos. También es cierto que hay resistencia a los cambios y temor a que los mismos redunden en el desamparo de los afectados y el desempleo de los trabajadores del sector, si la asignación de recursos no resulta afín a la magnitud de la tarea. Más allá de que la reglamentación de la ley establece un porcentaje bastante generoso del presupuesto en salud que debe destinarse a Salud Mental.
Finalmente, hay condiciones externas a la ley, como las posibilidades de empleo. Franco Basaglia, el gestor de la psiquiatría democrática italiana, afirmaba que para una política de desmanicomialización se requería una política de empleo pleno. La posibilidad de una persona con padecimiento psíquico severo de llevar una vida con el máximo de autonomía en nuestras sociedades depende fuertemente de su capacidad de incorporarse al mundo del trabajo, contando con los soportes necesarios para ello.
Creo que no he agotado la respuesta posible; a medida que esta ley se ponga en funcionamiento veremos cómo se presentan no solamenteo los obstáculos, sino las facilitaciones. Hay que tener en cuenta que ella implica no solo al sector salud, sino a otros que también le son fundamentales, como el poder judicial.
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–“Tuve un Edipo imperial: detrás de la figura de mi padre estaba la del emperador Francisco José”. La cita, de Marie Langer, da inicio a uno de los apartados de Tiempos “posmodernos’”: ajuste y Salud Mental, y le servirá para dar cuenta de la articulación entre el Estado y el Padre, línea que considera que habría que profundizar actualmente. ¿En qué vía o vías debería avanzar esa profundización?
–Esa frase de Mimi, que está en su biografía, me parece de una increíble densidad teórica. En ese escrito comenzaba a ejercitar el método de análisis de articulación entre lo económico, las formas institucionales y la vida cotidiana como dimensiones para pensar la producción de sufrimiento subjetivo. Con ese epígrafe se inicia el subcapítulo destinado al tema de familia, sobre el cual trabajé y publiqué en la década pasada. Es este método, que articula dimensiones y niveles de análisis que ponemos a prueba en cada proceso de investigación. Obviamente, esto lleva a cuestionar la idea de individuo como equivalente a sujeto, y a considerar la subjetividad de la forma en que se singulariza lo genérico. Esa frase, particularmente, la analizo sobre el eje de la caída de las formas patriarcales, la modificación de las relaciones y las representaciones de género y las formas institucionales como el Estado. En los últimos años estoy trabajando estas temáticas.
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–En consonancia con estos desarrollos, en el mismo texto señala que “La reivindicación del hospital público no puede llevarnos al absurdo de defender el hospicio”. ¿Es posible salvar esta controversia? ¿De qué manera?
–Esta frase adelanta un debate que está planteado actualmente. La transformación de los modos de atención en el campo de la Salud Mental implica una revisión no solo de sus instituciones sino de sus establecimientos. Muchos de ellos, por ejemplo el Hospital Moyano, el Hospital Borda o la Colonia Cabred fueron fundados junto con el Estado nacional o a principios del siglo XX con los idearios de la Psiquiatría de la época. Pocos recuerdan o saben que la internación compulsiva y prácticamente de por vida no fue solo privativa de los “enfermos psiquiátricos”, sino también de los leprosos. A partir de la Ley Aberastury de 1926 se crearon los leprosarios, algunos de los cuales subsisten, aunque con otra legislación. Los otros grandes establecimientos de internación prolongada fueron los de tuberculosos. Estos últimos desaparecieron cuando la tuberculosis comenzó a ser tratada ambulatoriamente y algunos, tal el caso de Santa María en Córdoba, se transformaron en colonias psiquiátricas.
Los modelos de atención actuales consideran a la internación un recurso terapéutico más, que debe utilizarse en casos agudos, a fin de restablecer lo más rápidamente posible las condiciones de vida en sociedad de la persona. Por ende, requieren de otro tipo de establecimientos y los anteriores deben ser repensados. Pero estos postulados pueden ser apropiados por políticas cuya intencionalidad de base sea recuperar esos espacios para fines inmobiliarios o de inversión, por ejemplo, sin que ello redunde en una asignación adecuada de recursos para los nuevos modelos de atención. Es por ello que se trata, por un lado, de reivindicar el derecho a la atención en salud y, por otro, de ser capaces de revisar críticamente tales establecimientos. Si bien la mayoría ha incorporado nuevas formas de prácticas, en todos ellos subsisten partes o pabellones en los que se desenvuelve la lógica manicomial.
Los trabajadores tienen derecho a luchar por el sostenimiento de su fuente de trabajo (tal es el caso de los gremios de salud), pero no pueden hacerlo sin incorporar simultáneamente la posibilidad de desarrollar otro tipo de tareas y actividades en el marco de una asistencia centrada en la comunidad.
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–Volvamos a Nuevos actores del campo de la Salud Mental donde, al hablar de la Asociación de ayuda a la persona que padece esquizofrenia y su familia, refiere que entre las premisas que toman en cuenta está la de considerar a tal padecimiento como “efecto de un problema cerebral posible de tratar...” y desaconsejan el psicoanálisis aun cuando sugieren otro tipo de psicoterapias. ¿En qué fundamentan tal indicación?
–Ese trabajo lo hice exclusivamente con análisis documental de campo. En los documentos no está muy desarrollada la fundamentación de esta posición. Supongo que se basan, entre otras cosas, en la eficacia de la farmacología y en estudios de referencia. Todavía me falta hacer las entrevistas para la investigación;, en ellas puede que aparezcan los fundamentos. Por el momento, describí y analicé los documentos.
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–¿Cuál es su posición al respecto?
–Más que mi posición, plantearía algunas preguntas que me hago a partir de escucharlos en exposiciones públicas. Por ejemplo, ellos rebaten la idea extendida de que “la familia abandona al paciente”. Lo fundamentan en la trayectoria de la “enfermedad”, durante la cual la familia no suele tener el soporte y la asistencia adecuada para acompañar el proceso. Eso, sumado a la institucionalización prolongada, puede terminar en una desvinculación. A partir de mi experiencia práctica, les doy razón en ese punto. Durante una investigación que realizamos con el Programa de Externación asistida del Hospital Esteves, los profesionales comentaban que, pese a que el mismo es para “pacientes sin familia”, cuando las pacientes comenzaban a vivir en los hogares y a recibir asistencia ambulatoria, los familiares solían “aparecer”. Lo que pasaba es que las posibilidades de cuidado de los familiares eran limitadas. No siempre podían alojar a la paciente en su casa, pero sí desarrollar formas de acompañamiento y apoyo. Por ejemplo, una paciente, luego de ser externada a uno de los hogares, se reencontró con su hija. La joven vivía en un hogar bastante precario con su marido e hijos. Su situación social –y quizás también la familiar y subjetiva– le hubiera hecho imposible llevar a su madre a vivir con ella, pero cuando la tuvo que acompañar en una cirugía y en un tratamiento oncológico lo hizo con mucha eficacia y la recibía en familia los fines de semana.
Igualmente, los miembros de AAPEF hacen mucho énfasis en que, para poder acompañar a la persona que padece esquizofrenia, los familiares deben librarse de la culpabilización y del estigma que recae sobre ellos mismos, entre ellos, la idea de que son “los causantes” de la enfermedad. Pienso que desde el campo psi (psiquiatría, dinámica, psicología o psicoanálisis) se construyó un discurso que tendía a colocar a la familia como la “causa” de la esquizofrenia. Cuando yo era estudiante, proliferaban los textos sobre “la madre esquizofrenizante” en los que la madre era a la esquizofrenia como el bacilo de Koch a la tuberculosis. No me parece que esta concepción se derive directamente de la riqueza de la teoría psicoanalítica, sino de algunas de las prácticas que se realizan y de los discursos que se derivan de ella. No es inherente a la teoría psicoanalítica el concepto de causalidad lineal, pero al tener un fuerte peso en la cultura es fácil que se le superponga en algunos discursos.
Al hacer énfasis en la dimensión orgánica de la enfermedad, los familiares logran reempoderarse como actores de derechos, dado que se libran de ese estigma de culpabilización. En algunos de los textos se plantea que hay que relativizar cualquier saber profesional y compartir las experiencias de todos. Uno de los subgrupos, el de hermanos de personas que padecen esquizofrenia, ha producido un interesante documento sobre estigmatización.
En síntesis, mi posición sería que este tema es un debate posible a tener con ellos, en el que todos tendremos que reflexionar. Yo trabajo con personas diagnosticadas como esquizofrénicas y tengo un marco conceptual psicoanalítico en la clínica, pero lo hago siempre en equipo con psiquiatras y tengo en cuenta a la familia como involucrada en la situación. Hace mucho tiempo que no creo que haya “enfermedades orgánicas” y “enfermedades mentales”. La complejidad del proceso de salud-enfermedad-cuidado obliga a pensar siempre en términos de corporeidad y subjetividad simultáneamente.
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–En nombre de elSigma le agradezco la generosidad con que ha respondido cada una de nuestras preguntas, que reflejan el resultado de un intenso y fecundo trabajo en el campo de la Salud Mental, que se renueva y torna necesario cada día y en distintos ámbitos.
NOTAS
1. Marie Langer, Silvia Bermann e Ignacio Maldonado.
2. En Argentina, desde el año 2013 (fecha de publicación original de esta nota) se incorporaron leyes fundamentales en cuanto a Derechos Humanos y reconocimiento de derechos de los diversos, como por ejemplo la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y la Ley de Cupo e Inclusión laboral travesti-trans, entre otras.
ACERCA DE ESTE CAPÍTULO
Texto publicado originalmente en elSigma.com el 22 de agosto de 2013.
Parte I. Conceptualizaciones sobre las prácticas y el campo de la Salud Mental
Capítulo 02.
Prácticas en Salud Mental
Los problemas así llamados de Salud Mental adquieren en la actualidad una relevancia que obliga a una revisión de las acciones que se plantean en relación a los mismos. Por un lado, su magnitud demanda soluciones: por otro, no es improbable que se convoque una vez más a las acciones de Salud Mental a ocupar el lugar de gendarmes que se les asignó desde sus mismos orígenes.
La existencia de un término lo suficientemente equívoco (como es la categoría de “mental”, cuyo abordaje epistemológico constituye la primera parte de este trabajo) ha permitido que se engloben bajo su denominación una serie de “hechos”, “conductas” o “acciones sociales” sumamente disímiles.
Sería interesante preguntarse qué tienen de común, por ejemplo, el alcoholismo, la demencia senil, la oligofrenia, la depresión posparto, la delincuencia juvenil, las crisis adolescentes y una larga lista más de hechos absolutamente diversos (entre los que resalta la imbricación de lo biológico, lo social y lo histórico-subjetivo) para que los agrupemos en una misma categoría. Al hacerlo, sucumbimos a lo que con justicia ha sido llamado “el círculo vicioso positivista” (Braunstein et al., 1979), que consiste en suponer similitudes a partir de la creación de una categoría, como si la misma estuviera dada en la realidad. Nuestro análisis epistemológico no arribará, entonces, a ningún tipo de definición de salud mental en cuanto concepto, por considerar que la misma se fundaría en un equívoco de raíz dualista.
Reconocemos, sin embargo, que existe un campo de prácticas sociales que se denominan “de salud mental”. En él coexisten y antagonizan cuerpos conceptuales diversos, entran en contradicción formas hegemónicas y alternativas, se imbrican ideologías y teorías. Es en este espacio donde se devela en su forma más clara el carácter indefectiblemente político de toda práctica en salud.
Por otro lado, este campo de prácticas no es homologable, de ninguna manera, a la Psiquiatría. Esta constituye una parte del mismo, pero aun compartiendo marcos ideológicos comunes, la salud mental reconoce un nacimiento en la higiene mental, cuyo análisis no es reducible a la historia de la terapéutica de la locura, convertida en “enfermedad” en la era moderna.
Para la medicina “científica”, biologista e individualista, los problemas psiquiátricos constituyeron siempre el talón de Aquiles de la eficacia de la cual se jactó.
Frente a ellos, sus intentos de curación jamás tuvieron los espectaculares resultados obtenidos con las enfermedades infectocontagiosas. A partir del momento en que se apropió de la locura, catalogándola como enfermedad, solo pudo categorizarla, establecer sus nosografías, aplicarle técnicas biológicas (algunas de las cuales, como los choques eléctricos o insulínicos, poco disimulan su carácter punitivo) o, siguiendo una vieja tradición nacida en los leprosarios, recluirla y custodiarla.
El desarrollo de los psicofármacos no fue la panacea que se esperaba, aunque resultó en una rama particularmente redituable de la industria de los medicamentos. Su consumo se transformó en la medicación indicada para cualquier forma de “malestar subjetivo”, desde una depresión melancólica hasta la tristeza de la pérdida de un ser querido; desde un delirio psicótico hasta la extravagancia adolescente. En Argentina, por ejemplo el consumo de psicofármacos es una de las formas silenciosas de las adicciones socia1mente aceptadas.
Sin embargo, la convocatoria que el ideario cientificista de raíz “positiva” hizo a la medicina (que coadyuvara a regir “científicamente” el orden social) encontró una veta fértil en la higiene mental. Al respecto, es transparente este comentario: “A alguien se le ocurrió que la salud mental y la corrección de la conducta también podían ser objeto de medidas profilácticas. Si era posible tomar medidas para evitar la viruela y la tuberculosis, se podría encontrar asimismo la manera de prevenir la insania y el crimen” (Kanner, 1971).
Menéndez señala que el nacimiento del Comité Nacional de Higiene Mental en 1908, en EE.UU., estuvo estrechamente ligado a la necesidad de la sociedad norteamericana de controlar los efectos que pudieran tener sobre ella los inmigrantes (Menéndez, 1979).
En su Primer Congreso internacional, este movimiento de higiene mental reunió en Washington a delegaciones de más de cincuenta países. Desde principios de siglo hasta ahora, los intentos de utilizar las “ciencias de la conducta” o el “saber psicológico” para seleccionar sujetos y controlar situaciones sociales han rebasado en mucho los límites de las prácticas psiquiátricas. Valga el ejemplo del desarrollo de la psicometría y su utilización en esferas como la educación, la industria y el ejército. Las teorías psicológicas de diversas índoles han servido de herramienta no solo en las variadas formas terapéuticas, sino en espacios sociales como la educación y la publicidad.
Hemos incorporado en la segunda parte de nuestro trabajo una referencia a tres cuerpos conceptuales de indudable y contradictorio peso en las prácticas: el conductismo (como corriente psicológica más acabada del positivismo), el psicoanálisis y el materialismo dialéctico. Rastrearemos en ellos sus concepciones implícitas acerca del sujeto y el “bienestar” subjetivo. No se cuenta dentro de los objetivos de esta exposición analizar sus efectos y contextuaciones (tal el caso del materialismo dialéctico y la psicología cubana, o el psicoanálisis y su particular desarrollo en la Argentina).
Finalmente, vamos a incorporar un rápido análisis de los modelos posibles o existentes de prácticas en Salud Mental, ligándolos a la concepción ideológico-política de Salud Pública en la cual se imbrican.
Creemos innecesario insistir en la perentoriedad de la búsqueda de alternativas y opciones autónomas. Hemos afirmado que:
La dependencia de nuestros países adquiere una faz dramática. Esta etapa de la llamada civilización posindustrial, caracterizada por la brutal concentración financiera, el reemplazo de la mecánica por la electrónica, el desempleo, los sueños neoliberales o el escepticismo posmoderno, no tiene propuestas para ofrecernos, ni siquiera falsas propuestas (Stolkiner, 1987).
La actual faz monopólica financiera del capitalismo que tiende a la concentración corporativa del poder a nivel internacional no deja de tener significación en la forma de vida (y en la “salud mental”) de las poblaciones de los países capitalistas desarrollados. Por citar un ejemplo, “en los EE.UU. en 1975 el costo económico total del abuso de alcohol se estimó en US$ 43.000 millones, el del uso indebido de drogas en US$ 10.000 millones y el de la enfermedad mental en US$ 32.000 millones” (Feldman, 1985). Pero los países dependientes tienen problemas cuyas particularidades requieren análisis propios.
Como marco a cualquier diagnóstico para fundamentar prácticas en “salud mental” debe incluirse:
1 El peso sobre la realidad vital y sobre el imaginario colectivo de la deuda externa. Si en EE. UU. Incluso las pequeñas recesiones económicas parecen tener repercusión en la demanda de internación psiquiátrica, la que aumentaría durante las crisis y disminuiría en los períodos de reactivación económica (Brenner, 1973), ¿qué resultados arrojaría un estudio de esta índole en relación a nuestros pueblos, sometidos a políticas recesivas permanentes?
2 Los efectos de las diversas formas organizadas de implementación del terror de Estado como política. En el campo de las prácticas de Salud Mental nos hemos visto obligados a desarrollar marcos teóricos y técnicas de asistencia para los afectados directos (víctimas o familiares de ellas). Pero todos los estudios tienden a señalar que tal política tiene efectos sobre el conjunto de la población, que no han sido suficientemente estudiados.
3 Las amenazas de invasión y las formas de guerra franca o encubierta con que deben enfrentarse los pueblos que intentan vías de independencia con respecto a las políticas que fija el gobierno de EE.UU.
4 Las formas sociales particulares que genera el capitalismo dependiente, como nuestras grandes concentraciones urbanas, las migraciones de importantes sectores de la población, la ruptura de formas tradicionales de vida y relación social (el caso de las comunidades indígenas), la influencia de medios de comunicación masiva en los hábitos de consumo, etcétera.
5 Los efectos de las catástrofes naturales (terremotos, inundaciones, etc.) sobre los sectores más vulnerables de nuestros pueblos.
Vamos a tratar de fundamentar la necesidad de integrar las acciones de Salud Mental en las acciones generales de salud y de fomentar prácticas participativas e integrales. Las prácticas en Salud Mental pueden dejar de ser “gendarmes de la conciencia” y pasar a ser “prácticas de la conciencia” solo si salimos de las propuestas tecnocráticas.
Algunas aclaraciones acerca de la epistemología en la que nos situamos
No es nuestra intención realizar un desarrollo acerca de la epistemología y sus líneas actuales. Simplemente deseamos explicitar lo implícito (quizás sea eso, a otro nivel, una de las labores de “Salud Mental”) y dejar enunciado en qué concepción nos situamos para nuestro análisis posterior.
La suposición de la existencia de una epistemología en cuanto “ciencia de las ciencias”, capaz de dar cuenta de la “validez” de un campo del saber nos parece una perpetuación del pensamiento positivista, la categorización de un “método científico” o “sistema científico” que definiría, en su aplicación o no, el carácter de toda “disciplina”. Decir que es posible una ciencia de las ciencias es afirmar que “la ciencia” puede develar por simple autorreflexión las leyes de su constitución y, por ende, tanto de su funcionamiento como de su formación. Esto es afirmar que el “discurso científico” tiene la virtud intrínseca –y excepcional– de poder enunciar por sí mismo y sin salir de sí, los principios de su propia teoría (Lecourt, 1982).
Para nosotros, una aproximación epistemológica consiste en el develamiento de la filosofía implícita en un cuerpo teórico y la contextuación simultánea de esa filosofía en las determinantes históricas que la ubican en su lugar de representación estructurada de una ideología.
Plantear la filosofía como ideología estructurada en un saber no le quita su carácter de conocimiento válido: “Se trata de formas de pensar socialmente válidas y por lo tanto objetivas para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social e históricamente determinado” (Marx, 1976).
Coincidiendo con esto y con la definición de ideología, consideramos que no hay una distinción tajante entre ciencia e ideología: “La relación entre la ciencia y la ideología no es de ruptura sino de articulación” (Rancière, 1975). Pero sí hay rupturas entre campos del saber a lo largo de la historia, al gestarse intrincadamente nuevos espacios científicos, nuevas formas de representación y nuevas formaciones económico-políticas.
Es esta concepción la que nos lleva a afirmar que es esperable el surgimiento de propuestas originales en teoría y prácticas de la salud en los países de América Latina y el Tercer Mundo en general, por tratarse de un campo de problematización del saber atravesado por múltiples contradicciones, que imponen la necesidad de generación de soluciones propias frente a problemas acuciantes.
La posibilidad de esta producción está directamente ligada a las posibilidades de autonomía y autodeterminación. A su vez, no implica desechar las teorías y propuestas que puedan provenir de países desarrollados, sino utilizarlas como materia prima en una reinterpretación o recontextuación.
Hoy, la polémica central acerca de la participación en Salud, muy ligada a los modelos posibles de democracia en América Latina, nos parece un espacio de desarrollo teórico-práctico que solo puede encontrar su respuesta en nuestros países.
A su vez, la discusión acerca de los aspectos teórico-técnicos en Salud Mental (por ejemplo, concepciones terapéuticas) se debe derivar y encuadrar en una referencia permanente a los objetivos generales de Salud y el modelo o paradigma de situación deseada que se propone, partiendo de una caracterización de las demandas y potencialidades actuales.
La “salud mental” en cuanto concepto o representación
Las concepciones dualistas y sus distintas representaciones del “bienestar de la psique”
La concepción dualista (mente-cuerpo) está contenida en los orígenes del pensamiento occidental desde los primeros sistemas filosóficos (no siendo sin embargo exclusiva del mismo).
Hemos formulado la hipótesis de que tal dualismo expresa su congruencia, en el campo del pensamiento, con un sistema en el cual la división del trabajo (manual e intelectual) diferencia en la práctica social lo que aparece entonces como dividido en el sujeto. No estamos afirmando que la división del trabajo sea la “causa” de la concepción dualista, sino que esta última expresa su congruencia en carácter de representación. También puede relacionarse tal división con el asignar un carácter ontológico intrínseco al sujeto a realidades materiales del orden de la producción cultural humana como el lenguaje. Planteada la existencia de una “psique”, es dable suponer un “estado óptimo” posible de la misma. Un estado de bienestar que nosotros llamaremos salud y que trataremos de rastrear en aquellos modelos de pensamiento que aún repercuten en los nuestros.
También una doctrina dualista contendrá un supuesto de cuál es la relación entre tal “psique” y el “soma’’.
El pensamiento griego: la virtud y la lógica
En Platón (427-348 a. C.) esta dualidad ocupa su lugar en la naciente filosofía idealista.
En el contexto de una república de equilibrio entre los hombres libres soportada en un régimen esclavista, plantea que “el alma debe dominar al cuerpo como el amo al esclavo”. El alma platónica es inmortal, antecede y precede al cuerpo y logra el conocimiento, pese a la engañosa sensorialidad por “reminiscencia” de su contacto con las esencias inmutables.
Su bienestar deviene de las virtudes, como la Justicia y la Pureza:
El alma que mejor haya visto las esencias deberá formar un hombre consagrado a la sabiduría, a la belleza, a las musas y al amor; la que ocupa la segunda categoría, por un rey justo o un guerrero hábil en el mando; la que ocupa la tercera jerarquía, un político, un financiero, un negociante; la que ocupa la cuarta, un atleta infatigable o un médico; la de la quinta, un adivino o un iniciado; la de la sexta, un hacedor de poemas u otro de los que se dedican a imitar; la de la séptima, un artesano o un labrador; la de la octava, un sofista o un demagogo; la de la novena, un tirano. En todos estos estados el que practicó la justicia es llamado después de su muerte a un destino más elevado (…) no tendrá modo de huir de los males, ni salvación alguna, sino volviéndose muy buena y muy prudente (Platón, 1973).
Queremos señalar que este “bienestar” del alma está lejos de definirse por la ausencia de un mal determinado, sino por la presencia de virtudes “esenciales”. Nos hallamos ante una definición positiva (en el sentido matemático del término) de “salud mental”, coherente con la definición positiva que la cultura griega dará de la salud del cuerpo: no solo ausencia de enfermedad sino despliegue de sus potencialidades de fuerza, belleza y placer. Podríamos afirmar que en esta estructura de representaciones, la “enfermedad’’ es la ausencia de las virtudes que caracterizan y definen a la salud, no la inversa.
No resulta así sorprendente que el delirio se desvincule de la enfermedad:
Bien estaría eso si fuera evidente que el delirio de un mal; pero por el contrario, al delirio inspirado por los dioses es a lo que debemos nuestros más grandes bienes (…) puedo invocar el testimonio de los antiguos que formaron los nombres: ellos no consideraron al delirio (manía) como afrentoso y deshonesto, pues no hubiesen atribuido este nombre a la más noble de las artes (Platón, 1973).
Más aún, en esa misma obra el delirio aparece como prevención y cura: “Al delirio pues, se debieron los ritos de iniciación y purificación que preservaron, al que de ellos participa, de los males presentes y futuros, dándole un medio de librarse de tales males”.
El esencialismo idealista subyace en las concepciones “naturalistas” o “innatistas”.
En la filosofía construida por Aristóteles (384-322 A.C.) se fundan las bases de la lógica formal y se estructura el empirismo como base del conocimiento. Los sentidos exteriores son la vía por la cual el intelecto capta la “forma” de las sustancias materiales. El alma es indisociable del cuerpo, “como la forma lo es de la sustancia”.
Los “sentidos interiores” (sentido común, imaginación, memoria, etc.) son los encargados de escindir las formas de los contenidos perceptivos, mediante un proceso de abstracción.
Se puede deducir, como implícito de esta concepción, que la “salud” de tal “mente” será el correcto funcionamiento lógico del intelecto. La “psique” consiste en la adecuación de sus sentidos interiores a una “norma” ideal: las leyes de la lógica, universales y trascendentales al sujeto.
Si Platón se ligaba a lo innato, Aristóteles remite a lo adquirido (por la vía del empirismo) y replica en muchas concepciones de salud mental como ‘’correcta percepción de la realidad” (siendo esta realidad considerada como factible de una sola forma “objetiva” de representación).
Por último, señalaremos que, si bien en el pensamiento griego el dualismo está instalado, la relación entre el alma y el cuerpo no es de antagonismo sino de equilibrio (el equilibrio no exento de poderes de la República ideal).
El orden feudal: el sometimiento
Durante la Edad Media, en el orden feudal, la reflexión acerca del hombre y la naturaleza se realiza en el campo del pensamiento religioso. Solo el poder absoluto e incuestionable, fundado en el de Dios, puede sostener la relación de servidumbre, orden divino donde la Iglesia se estrecha con el poder secular.
San Agustín enuncia: “Nada debe aceptarse que no esté bajo la autoridad de la Sagrada Escritura, puesto que tal autoridad es mucho mayor que la de cualquier mente humana” (White, 1972).
Los hombres se dividen en “pastores” o “doctos” y “rebaño” o “simples”. Estos últimos deben ser estrictamente guiados por su tendencia al desorden, producto de las amenazas del mal. En este contexto, la dualidad alma-cuerpo se convierte en antagonismo y lucha despiadada.
Si bien las teorías de Platón y Aristóteles son replicadas en el interior de la Teología por San Agustín y Santo Tomás, se les aplica a los griegos el chaleco de hierro de la escolástica. El sujeto está dividido en un cuerpo (origen de las caídas y las degradaciones, puerta de entrada del demonio) y un alma capaz de toda perfección.
Prima la teoría de la “caída” del hombre (existente ya en la tradición judía), que “se funda en la creencia de que el hombre fue creado ‘en el principio’ como un ser perfecto, dotado con todos los poderes intelectuales y morales y que, al sobrevenir la ‘caída’ entraron como consecuencia de ella el mal, la angustia, las penalidades y la muerte”.
Esta “caída” o “pecado originario” señala al hombre como portador de tendencias “constitutivas” hacia el mal, a las que debe someter.
Podemos deducir que “el bienestar del alma” en esta época es el estado de gracia al que se llega por la vía del sometimiento. La enfermedad adquiere un carácter moral, es el producto de la “caída”, de permitir que el “demonio” entre o se apodere del alma por la vía de los sentidos y del cuerpo, o por la de la “soberbia” del pensamiento al cuestionar el dogma eclesiástico.
Esta connotación moral de la enfermedad sigue vigente hasta la fecha en algunas instancias ideológicas. También, como veremos, resurge en la concepción positivista el criterio de salud como acatamiento o sometimiento a la norma.
En este espacio maniqueo poblado de “basiliscos’’ “dragones”, “unicornios” y “ángeles”, el delirio es considerado según la jerarquía del que delira. Tanto puede ser posesión demoníaca como éxtasis místico. Alterna así entre su expresión máxima del “malestar del alma” o de su “bienestar”.
Este es el campo de representaciones que Europa trae a América durante la conquista como una forma más de ejercer el dominio y la “Santísima Inquisición” se instala en los virreinatos, dejando huellas en la cultura de nuestros países, que aún forman parte de nuestra identidad.
El pensamiento moderno: la razón/conciencia
En el seno de este mundo aparentemente monolítico, un nuevo orden comienza a gestarse en los burgos (ciudades), donde los artesanos agrupados en corporaciones y los encargados del comercio van reclamando, no sin conflicto, poderes que son antagónicos con los vigentes. Este nuevo orden se acompaña de nuevas formas de representación, el pensamiento medieval comienza a mostrar fisuras.
Bacon permite entrever la aurora de una ciencia experimental y entre el siglo XVI y el XVIII se suceden Copérnico, Kepler, Galileo, Descartes y Newton.
Esto no significa que la religión desaparezca en cuanto instancia de poder, sino que pierde espacio en el campo del desarrollo de la ciencia (aún la encontraremos polemizando con Darwin en el siglo XIX). El alma sigue siendo espacio de lo teológico, pero lo “natural” es pensado desde la Lógica, la Mecánica y la percepción empírica.
Comienza a insinuarse una nueva forma del poder político, que aliará su representación completa en el ideario de la Revolución Francesa: Suárez (1548-1617), el jesuita español “último de los escolásticos”, le da un giro a la teoría del poder delegado por Dios: este no delega el poder en el monarca sino en el pueblo, que a su vez lo delega en sus representantes. Pero esto es un preanuncio y el poder vigente es el de las monarquías, algunas de ellas, “ilustradas”.
Descartes (1596-1650) estructura en una filosofía el pensamiento moderno, y el dualismo se convierte en el eje central de su doctrina. El sujeto cartesiano está radicalmente dividido en dos “sustancias” distintas por naturaleza: res cogitans (pensante) y res extensa (materia). Se reservan para esta última los principios de la física mecánica que Newton (1642-1727) estableciera como el orden del cosmos.
En cuanto a la mente “conciencia pura”, tiene sus propias leyes: las de la razón; tal razón y su buen desempeño constituirá en el modelo de “bienestar de la psique” que asignamos a esta teoría.
Ambas sustancias (cogitans y extensa) entran en contacto en la glándula pineal, centro del cerebro. ‘’Esta doctrina impregnó tenazmente la psicología académica desde aquel entonces hasta nuestros días” (Braunstein et al., 1979). De esta concepción, según se elija como prioritario uno de sus ejes, se desprenden distintas relaciones entre “mente” y “cuerpo”: biologismo, psicologismo o interaccionalisrno. Volveremos a encontrarla junto con el concepto de causalidad mecánica en las distintas elaboraciones acerca de las “causas” de la psicopatología.
La Revolución Francesa: la “libertad”
La Revolución Industrial inglesa y la Revolución Francesa representan, en lo productivo y en lo político, el advenimiento de una nueva forma de estructuración social.
Surge el concepto de “libertad” e “igualdad” entre los hombres, junto con el de valor del individuo. Este concepto idealista de libertad individual en cuanto esencia de lo humano es, quizás, la representación de “bienestar subjetivo” que aporta esta época (consecuente con el de alienación o enajenación como enfermedad).
Esta “libertad”, consistente en la evitación de toda sujeción extrínseca, es la base, por ejemplo, del ideario pedagógico de J. J. Rousseau (1670-1741): Emilio encontrará un “sano desarrollo” en contacto con la naturaleza y a distancia de la sociedad, de esa misma sociedad que debe regirse por un “contrato” entre los hombres. Lo “sano” es la potencialidad “natural” que se despliega en el sujeto libre, lo “enfermo” proviene de la influencia social.
Este concepto de un orden al que se llega por contrato, sostenido por y garantizado/garantizante de la libertad individual, fue un progreso innegable en relación al de sometimiento absoluto a un poder divinizado.
Su repercusión en América Latina se liga a las independencias con respecto al poder colonial, para entrar en el difícil camino de la constitución de los Estados.
Sin embargo, la sociedad regida por contrato deviene en el imperio napoleónico. La Revolución Industrial somete a los hombres “libres de elegir” a jornadas interminables de trabajo, a la sujeción a las máquinas, a la insalubridad y al sufrimiento.
El desarrollo de la producción demanda, por otra parte, acelerar las ciencias, liberarlas de la “metafísica” que todavía las frena.
Entre el siglo XIX y el XX el pensamiento se revoluciona y veremos surgir distintas tendencias que, en su “determinismo”, van a generar opciones diferentes al concepto idealista de la libertad y, por la vía del reduccionismo o esbozando posibilidades nuevas, cuestionarán la concepción dualista.
Las teorías
El conductismo: de Comte a Skinner, “más allá de la libertad y de la dignidad”
Comte (1798-1857) sistematiza simultáneamente la necesidad de liberar a las ciencias “empíricas’’ de la Metafísica y de ofrecer un nuevo modelo político, en el que, ante las dificultades de mantener el contrato, se instituye una nueva razón de poder: la ciencia.
El positivismo como ideario abarca y fundamenta desde una concepción del conocimiento hasta un modelo político de Estado.
El empirismo llega a su máxima expresión. El conocimiento científico, según él, se construye por observación de las regularidades de los fenómenos a partir de las cuales se enuncian las leyes.
En América Latina, este ideario tuvo repercusiones diversas según los países, pero generalmente ligadas a la constitución de los estados liberales (Zea, 1973).
Cabe mencionar en Argentina a Sarmiento, Alberdi y Echeverría (como prepositivistas); a un grupo poderoso de influencia (posterior) en la Universidad de Buenos Aires y una tendencia de liberalismo avanzado y socializante (Juan B. Justo y José Ingenieros).
Bajo el influjo positivista, los problemas psíquicos o de la mente se categorizan en “enfermedad” y se los supone (coherentemente) como localizados en un órgano: el cerebro. En nuestro país vemos surgir instituciones manicomiales con carácter de hospital en las que se investiga, se enseña y se desarrolla “la ciencia”.
Derivan de esta concepción también las grandes categorizaciones de cuadros y nosografías psiquiátricas del siglo pasado, meticulosas descripciones de regularidades observadas en el “hombre asilar”. Lo observado “objetivamente” en la medida en que se repite constituye la norma, que adquiere categoría de “ley natural”.
Lo que se desvía de la norma constituye una alteración de ese orden que la ciencia convalida. He allí el criterio de salud-enfermedad que, como señala Canguilhem (1984), entre lo “normal” y lo “patológico” plantea una diferencia exclusivamente de grado o desviación.
Por una parte, Comte pretende codificar los métodos científicos y, por la otra, pretende fundar científicamente una doctrina política. Al afirmar de manera general que las enfermedades no alteran esencialmente los fenómenos vitales, Comte justifica su afirmación de que la terapéutica de las crisis políticas consiste en volver a conducir a las sociedades a su estructura esencial y permanente, en tolerar solo el progreso dentro de los límites de la variación del orden natural que define la estática social (Canguilhem, 1984).
Lo “sano” será así lo “normal”, la ausencia de desviación de la norma (“salud” será ausencia de “enfermedad”). En Comte lo “mental” no existe, es reemplazado por la “conducta” en cuanto fenómeno observable y factible de experimentación. En este sentido, afirma la imposibilidad de una ciencia psicológica autónoma (“lo que en los seres humanos no es atribuible a la Fisiología lo es a la Sociología”).
Pese a esto, y frente a la demanda social de mayor eficiencia técnica, surge en el contexto del pragmatismo de los EE.UU. una teoría que afirma hacer de la Psicología una “ciencia natural”: el conductismo. Construye un modelo de determinaciones posibles de la conducta humana y sus formas de “encarrilamiento”. Repercute en la educación (los objetivos conductuales de la tecnología educativa) y en las técnicas terapéuticas.
Más allá de la libertad y la dignidad
Más allá de la libertad y la dignidad es el título de un libro de Skinner (1973), representante actual del conductismo. En este texto, el autor polemiza con el concepto idealista de libertad que enunciara la Revolución Francesa. Afirma que esa “supuesta libertad” no existe. Toda conducta humana está, intencionalmente o no, determinada (condicionada) y lo eficiente es condicionarla científicamente para el correcto funcionamiento de la sociedad.
Su sueño es una “tecnología de la conducta” puesta al servicio del orden social. La desarrolla en un texto novelado: Hacia una sociedad humana científicamente construida (1973). Como se ve, no difiere esencialmente del sueño del Estado positivo de Comte, salvo que para sustentarlo utiliza una ciencia cuya posibilidad Comte negó.
Nos hemos extendido en el positivismo porque es el sostén de los modelos tecnocráticos en Salud Pública. También, porque su concepto de “normatividad” como salud, extendida a “conducta socialmente adaptada” en cuanto a salud mental, es un concepto vigente en muchas de las prácticas en Salud Mental y sus fundamentos diagnósticos. Por ejemplo, las pruebas de inteligencia.
Lo mismo puede afirmarse de las prácticas de salud en general. Por ejemplo, la construcción de “Tablas de crecimiento y desarrollo” por países o regiones (no negamos su utilidad) incurre en el error de considerar “sano” al niño que a veces es normal, en cuanto comparte con la mayoría de los de su edad un mismo subdesarrollo; al decir de Escudero1, “Sanciona como sano lo inaceptable”.
En el proyecto de Skinner, la “ciencia de la conducta” transformada en gendarme de las conciencias parece ofrecerse como forma de mantenimiento de la estática social perfecta, cuyo carácter de perfección, ¿quién lo define?
Queremos señalar que encontramos en esta propuesta un modelo de prevención: programar “científicamente” para evitar que aparezcan conductas fuera de la norma. Es lo que llamaremos en relación a los aspectos operacionales, el criterio normativizante de prevención (unidireccional, dirigida a sujetos pasivos). No creemos necesario redundar en los alcances ideológico-políticos de esta doctrina.
El carácter normativo del positivismo se extiende a las ciencias, al afirmar la acientificidad de cualquier teoría que no siga el método empirista de las Ciencias Naturales del siglo pasado. Particularmente, en las ciencias así llamadas “del hombre” (como el psicoanálisis, por ejemplo), ha logrado frenar su inclusión en muchos núcleos académicos o, por otra parte, obligarlos a aplicar métodos experimentales ajenos a su modelo teórico para poder ser reconocidas.
Sin embargo, debemos estar de acuerdo en que el conductismo pone en juego la existencia de determinaciones extrínsecas a lo biológico, en contra de las teorías innatistas de mucho peso en la Psicopatología; las teorías de la inteligencia hereditaria, etcétera. Concluiremos este punto con una cita de Watson que lo sintetiza:
El interés del conductista en las acciones humanas significa algo más que el mero espectador: desea controlar las reacciones del hombre, del mismo modo como en la física los hombres de la ciencia desean examinar y manejar otros fenómenos naturales. Corresponde a la psicología conductista poder anticipar y fiscalizar la actividad humana (Watson, en Braunstein et al., 1979).
Si bien en Argentina el peso de esta teoría no es mucho en el campo de las prácticas terapéuticas (siendo hegemónico en la mayoría de los países), sí lo es en áreas como la publicidad (tan ligadas a la salud y a lo “mental”).
El materialismo histórico: la dialéctica del sujeto social
Mientras el positivismo se constituía como culminación del empirismo, el idealismo desembocaba en “la última de las filosofías”: la estructura del pensamiento de Hegel (1770-1831) y su particular Filosofía de la Historia, colocando la dialéctica en oposición al mecanicismo, también ligado al sueño de un Estado perfecto, producto final de la conciencia.
Desde la matriz de este pensamiento pero atravesado por los conflictos que desembocan en la Comuna de París, donde la “sociedad contractual” estalla en sus contradicciones, Marx (1818-1883) replantea la interpretación de la historia asignándole un sujeto (tampoco es ajeno a su pensamiento el sueño de una “sociedad perfecta”: el comunismo). De su teoría deseamos señalar únicamente que, al sentar las bases de una Ciencia de la Historia, simultáneamente enuncia las características de un sujeto activo de la misma en cambio permanente.
En su campo referencial el individuo desaparece radicalmente en cuanto eje central (si bien Durkheim en su Sociología positivista entra en el mismo intento, no estructura un sujeto social). Por ende, el sujeto social de Marx no es un individuo, sino un conjunto de ellos: una clase. Y es a su vez el sujeto de la conciencia, pero no de la conciencia como conocimiento o especulación, sino como acción.
La teoría idealista de la libertad como carencia de determinación reside en él como respuesta: “Libertad es conciencia de la necesidad” (entendiendo “necesidad” como determinación y “conciencia” como praxis transformadora).
Es inútil buscar en la obra de Marx una psicología del individuo. Sus producciones teóricas son de otro campo. Si bien define al hombre como “el conjunto de sus relaciones sociales”, su objetivo teórico es otro. Sin embargo, se deduce su antagonismo con las posiciones empiristas (“Se llega a lo concreto por la vía de lo abstracto”, Marx, 1978) y con el concepto positivista de “normalidad”, lo esperable (lo “sano”, forzando el término) es lo que cambia, lo que está permanentemente sujeto a constitución de síntesis nuevas, no imprevisibles en cuanto se rigen por leyes definidas; lo “enfermo” será lo estático.
Asimismo desaparece el mecanicismo; la relación causa-efecto es reemplazada por la estructuración particular que adquieren las determinaciones.
El psicoanálisis: la constitución subjetiva
Está lejos de nuestro intento en este trabajo hacer una Epistemología del psicoanálisis. Sin embargo, sabemos que nos basamos en una de sus lecturas posibles, siendo un campo, para nosotros no resuelto.
Hemos afirmado en la introducción que esta doctrina trasciende el positivismo, a pesar del carácter hegemónico del mismo en la cultura en la cual se gesta.
También hemos sostenido que elude la dicotomización mente-cuerpo. En este último sentido, diferimos de la afirmación acerca de que “el psicoanálisis divide el sujeto cartesiano”, lo que lo colocaría en el lugar del idealismo (dividir la res cogitans, a su vez dividida del cuerpo mecánico). El psicoanálisis rompe con el racionalismo cartesiano y nos presenta un sujeto separado así en consciente-inconsciente, eludiendo la división mente-cuerpo. No en vano surge relacionado con la histeria de conversión (esa patología del cuerpo poblada de significaciones).
Lo “psíquico” no resulta así un objeto de existencia ontológica sino teórica. Su representación del “aparato psíquico” adquiere el carácter de metáfora teórica para dar cuenta de la significación de los síntomas, sueños y demás “formaciones del inconsciente’’.
También hemos afirmado que se trata de una doctrina que sale del campo de la causalidad mecanicista para situarse en el de las estructuras de determinación.
Por otra parte, en sus concepciones lo “normal” no difiere “esencialmente” de lo “patológico” y a su vez el concepto de “normalidad” en cuanto “normatividad de las regularidades observables” no le es constitutivo.
Con respecto a sus concepciones de lo “sano”, ha tenido diversas derivaciones. Las lecturas evolucionistas han tornado la “genitalidad” como modelo de salud, otras la “capacidad de sublimación o la fortaleza del yo, en su doble función de controlar lo pulsional y adaptarse a la realidad”; otras en la capacidad de establecer relaciones de objeto “maduros”. Cada una de estas necesitaría un abordaje particular.
Pensamos que esto es una hipótesis, que si alguna concepción de “salud” puede encontrarse en el psicoanálisis, esta sería la capacidad de romper el circuito de repetición en el cual se desenvuelve el destino personal, resignificándolo. Insistimos en el carácter de hipótesis de esta afirmación; proviene de nuestra relectura de los textos a partir de la experiencia clínica con pacientes sometidos a situaciones traumáticas (y puede estar sesgada por ella).
No creemos que pueda deducirse del psicoanálisis una concepción de “estructura sana” del sujeto, radicalmente distinta de la psicótica, neurótica o perversa.
En cuanto a su concepción de bienestar (que diferencia de la felicidad) podríamos citar:
Como se advierte, quien fija el objetivo vital es simplemente el programa del Principio del placer (…) lo que en un sentido más estricto se llama felicidad surge de la satisfacción de necesidades acumuladas que han alcanzado elevada tensión y, de acuerdo con esta índole, solo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el Principio del placer solo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino del contraste, pero solo en escasa medida de lo estable. Así nuestras posibilidades de felicidad están ya limitadas por nuestra propia constitución (...) En cambio, nos es mucho menos difícil experimentar la desgracia; el sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo (...) del mundo exterior (...) por fin, de las relaciones con otros seres humanos (Freud, 1973).
Curiosa frase esta última, porque, ¿desde qué lado puede “amenazarnos” el bienestar que no sea del propio cuerpo, del mundo exterior o de las relaciones con los otros?
Algo de terrible debe haber en la representación de lo ‘’exterior” que constituye en un mundo azotado en medio siglo por dos guerras.
Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, solo unilateralmente informados, a distancia insuficiente de las grandes transformaciones que se han cumplido ya, o empiezan a cumplirse, y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos descaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valorización de los juicios que nos formamos (Freud, 1975, el subrayado es nuestro).
Con frecuencia oímos mencionar como derivada del psicoanálisis una concepción opuesta a toda prevención en Salud Mental. Eventualmente, se basa esta afirmación de imposibilidad en el carácter constitutivo del displacer y en la “imprevisibilidad del inconsciente”. No creemos que pueda homologarse exactamente el placer (en el sentido psicoanalítico del término) al bienestar y, por otra parte, “prever’’ y “prevenir” son cosas distintas (existen programas de prevención para sucesos tan imprevisibles como los terremotos).
Es por esta razón que subrayamos la frase de Freud (‘’solo unilateralmente informados”), porque nuestra experiencia de trabajo en Salud Mental con poblaciones sometidas a situaciones traumáticas nos ha permitido pensar que la información correcta, el sentirse partícipe resolutivo “en las grandes transformaciones” (en lugar de víctimas pasivas de ellas) sumado al poder construir en solidaridad con otros “un atisbo de futuro” tiende a prevenir eficazmente el sufrimiento de “andar descaminados en la significación que (se) atribuye a las impresiones que (nos) agobian”.
Creemos, sin embargo, que muchas de esas críticas a la prevención se dirigen a lo que llamaremos “prevención normativa” (por ejemplo, la tradicional psicohigiene) en el desconocimiento de otras posibilidades que recién comienzan a afirmarse.
No es imposible pensar que el “peligro del sufrimiento’’ pueda prevenirse en los espacios desde los cuales amenaza: el cuerpo, el mundo externo y las relaciones con otros seres humanos.
Volviendo al criterio de salud, el psicoanálisis aportará este sujeto de bienestar inestable y dinámico, en búsqueda permanente, amenazado por la repetición. Es indudable su repercusión en las prácticas de Salud Mental, en la medida en que rompe con la concepción causalista y biologista de la psicopatología (aquella instaurada por el positivismo) e introduce una nueva concepción de la cura.
Creemos que su aporte al campo de la Salud Mental es, entre otros, una teoría de la constitución subjetiva que reconoce su especificidad sin negar su carácter material. Pese a esto, no pocas veces ha sido instrumentado en prácticas adaptativas y normativizantes. En Argentina se han utilizado como ideario para la “psicologización de lo social”, concomitante a la medicalización de la vida. En ocasiones, se instrumenta su discurso con una clara connotación liberal ligada al ejercicio privado de la profesión.
Algunas reflexiones sobre “salud mental” como categoría
La expresión “salud mental” debe ser entrecomillada. En la medida en que se tiende a romper el dualismo mente-cuerpo y se integran las determinaciones sociales y culturales, las líneas entre salud y salud mental se tornan convergentes hasta producirse su integración. Hay prácticas que se definen como del campo de la salud mental, partiendo de cuerpos conceptuales y teóricos propios. Eso no significa un “tipo”, “carácter” o “especie” particular de salud, sino una parcialización operatoria fundamentada en la especificidad de sus formas de abordaje de la problemática de salud en general.
No planteamos ninguna definición de “salud mental” (no obstante la utilidad, eventualmente, de seguir empleando un término con reconocimiento consensual). La confluencia del carácter ontológico asignado a “lo mental” (no desde una perspectiva idealista y el empirismo positivista) nos ha llevado a crear esta categoría que debemos revisar.
¿Qué tiene en común el alcoholismo, la debilidad mental, las neurosis, la demencia senil, la depresión postraumática, las adicciones, el bajo rendimiento escolar, las conductas agresivas, las disfunciones sexuales, las esterilidades así llamadas psicógenas, las crisis familiares y una larga lista más que permita afirmar su categoría de “mentales”, salvo el hecho de que las agrupamos bajo ese término? Lo hacemos porque la razón “objetiva” muestra que está afectada ‘’la mente” o “el discurso” o “la percepción de la realidad” o “la inteligencia”, o porque “no hay señales claras del cuerpo que indiquen su origen”.
En nuestra práctica misma se han roto esas barreras. Por citar un ejemplo: ¿no se postuló la necesidad de que la madre acompañara al niño internado pensando en su salud mental, para terminar comprobando que eso disminuía el tiempo de convalecencia y aun la mortalidad?
Es necesaria la convergencia hacia nuevos modelos teóricos, ahora que la Biología rompe las ataduras del positivismo y el causalismo mecanicista y la Medicina biologista choca con sus propios límites frente a problemas de salud de grupos humanos y enfermedades enigmáticas.
Por otro lado, y en relación a lo social, ¿qué es lo que define a la debilidad mental como minusvalía: el daño neurológico que subyace o las exigencias de una sociedad con altos niveles de tecnificación y eficiencia, que no tiene espacio para el sujeto que lo porta? ¿Es igualmente “débil” un débil mental rural integrado a su ámbito a través de formas de producción sencillas, que el urbano condenado a depender en forma absoluta de otros? ¿Es el fracaso escolar algo intrínseco al niño o a una intersección de determinaciones entre el niño, la escuela y su familia?
Con respecto al delirio: ¿es tan ajeno o “alejado de la realidad” el delirio de Schreber (Freud, 1976) de que “Dios lo convertiría en mujer para gestar una nueva raza perfecta de hombres”; delirio paranoico del hijo del autor de un ideario educativo, que fuera recogido casi un siglo después por el nazismo? (Shatzman, 1979).
En las definiciones de salud mental que encontramos resuenan concepciones positivistas (“conducta normal o adaptada”), racionalistas (“correcto funcionamiento de las funciones mentales”), aristotélicas (adecuada percepción de la realidad), platónicas (armonioso desenvolvimiento de potencialidades naturales). Todas encubren un soporte ideológico bajo una supuesta objetividad.
Tomemos como ejemplo la elaborada por un comité de la Organización Panamericana de la Salud: “Salud mental: estado sujeto a fluctuaciones provenientes de factores biológicos y sociales, en que el individuo se encuentra en condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus tendencias instintivas potencialmente antagónicas, así como de formar y mantener relaciones armoniosas con los demás y participar constructivamente en los cambios que puedan introducirse en su ámbito físico y social”.
Podríamos criticarle su raíz funcionalista o su referencia a los instintos, apreciar su reconocimiento de la dinámica y objetar su definición de salud como un “estado”, señalar que los cambios no se “introducen”, sino que se “producen” o preguntarnos quién define lo que es “participar constructivamente’’. Pero fundamentalmente, ¿qué es lo que diferencia esta definición de salud mental de una definición de salud en general?
Salud no puede definirse en forma de una categoría absoluta, objetiva e inmutable (de tipo kantiano); no tenemos una piedra “científica” sobre la cual edificar nuestras prácticas. Nos toca construirla y reconstruirla junto con ellas. Es por eso que hemos afirmado que:
Preferimos definir “salud” como el máximo bienestar posible en cada momento histórico y circunstancia determinada, producto de la interacción permanente de transformación recíproca entre el sujeto (sujeto social) y su realidad. Se torna así en una definición abierta que debe cubrirse en cada circunstancia (funcionalmente), sujeta a tomas de posición ideológicas y políticas (…) La conceptualización de salud y la definición de sus indicadores constituye una tarea a desarrollar junto con sus práctica (Stolkiner, 1985).
Para nosotros, el principal indicador de “salud mental” de una comunidad o población será su nivel de participación y las vías de organización y aceptación de las diferencias (no de las contradicciones). Estos son quizás los indicadores de salud (no de enfermedad) de comunidades y poblaciones. Si bien no excluyen los estudios epidemiológicos basados en patologías individuales, descentran el diagnóstico de ellos. La incorporación de las conceptualizaciones y las prácticas de Salud Mental en las prácticas generales de Salud no puede dejar de tener un efecto de transformación en ambas y en los cuerpos conceptuales en los que se imbrican. Como lo hemos afirmado en otras oportunidades, la ruptura de las representaciones dualistas debe darse en una interacción constante y recíproca entre teorizaciones y acciones.
Las prácticas de la Salud Mental
Existen diversas formas operatorias de definir acciones, planes y programas de Salud Mental. Sus instituciones, sus orientaciones preventivas (o la ausencia de ellas) e incluso sus técnicas terapéuticas se enmarcan y son determinadas por concepciones ideológico-políticas diversas de la Salud “Pública”. En ellas encontraremos operando, en forma implícita, los supuestos filosófico-ideológicos enunciados anteriormente.
En una síntesis esquemática, podemos representarlos en el cuadro siguiente, con la salvedad de que los modelos no aparecen en forma pura. El espacio de las prácticas en salud es un ámbito en el que se ponen en juego contraindicaciones sociales, donde se preanuncian formas y, eventualmente, coexisten modelos antagónicos.
| Concepción de la Salud Pública | Modelo médico | Ideología y filosofía | Modelo de atención en Salud Mental |
| 1. Liberal | Positivista (el llamado modelo médico hegemónico), basado en la demanda. Curativo. No preventivo. No supone planificación. El su jeto es pasivo. Se basa en el médico. | Concepción idealista de “libertad” y orden “natural” de la sociedad. Dualista. La enfermedad es “desviación de lo normal”. Connotación moral, eventualmente. Salud como ausencia de enfermedad. | Asilar. Manicomial. Terapias biológicas. |
| 2. Tecnocrática- normativa | Medicina social funcionalista. Concepción multicausal.Basado en las “necesidades”. Prevención normativa. Supone planificación normativa. El sujeto debe “colaborar”. Se basa en la acción del equipo interdisciplinario. | Concepción tecnocrática, funcionalismo. Mantiene el dualismo.Aunque reconoce las determinaciones sociales de la enfermedad, la considera intrínseca al sujeto. Salud como satisfacción de necesidades y no solo ausencia de enfermedad. | Psiquiatría dinámica. Desinstitucionalización del paciente.Servicios de Psicopatología en hospitales.Centros de Salud Mental de la comunidad. Múltiples enfoques terapéuticos. |
| 3. Participativaintegral | Atención primaria integral de la salud. Reconoce el proceso salud-enfermedad como determinado por la estructura de producción reproducción social.El sujeto en cuanto sujeto social es activo. Se basa en la población, con la colaboración de equipos y metodología transdisciplinaria. Generación de nuevos marcos conceptuales. | Concepción estratégica-político-técnica. Sujeto social. Conciencia/transformación No dualista. No mecanicista. Requiere un nuevo modelo. | Programas participativos integrales e intersectoriales (no hay programas específicos de Salud Mental). Se tiende a incorporarlo a otros programas de salud o de acciones sociales. |
Concepciones de la Salud Pública, filosofías y modelos médicos implícitos en las distintas prácticas de Salud Mental.
La concepción liberal
La consideración liberal clásica plantea el cuidado de la salud como una responsabilidad individual, basada en la “libertad de elección”. Es fácil leer en ella el ideario filosófico de “libertad’ (idealista) de la Revolución Francesa. En ella se mantiene la consideración de lo “privado” de la salud, reservándose la intervención de lo “público” para aquellos individuos o “grupos de indigentes” que no pueden valerse por sus propios medios.
Los nacientes Estados liberales del siglo pasado se hicieron cargo de lo que, hasta ese momento, había estado en manos de las congregaciones religiosas o la caridad pública.
El Estado, según este ideario, debe ocuparse de las medidas preventivas (consideradas como marginales) y de administrar las instituciones para indigentes. El resto de las prácticas en salud, consideradas en forma mercantil, quedan en manos del libre juego de la oferta y la demanda, ya sea desde la consideración individual, ya sea desde la versión “novedosa” de las agrupaciones de la comunidad (“representantes de las fuerzas vivas”) que generan y sostienen sus propias instituciones como sociedades civiles, seguros privados, etcétera.
Es el modelo que José Carlos Escudero llamará “La Salud Pública tradicional”. Con respecto a ella, afirma:
Esta visión de la Salud Pública como algo puntual y des contextuado, posible de soluciones técnicas igualmente puntuales, tiene (independientemente de su utilidad en circunstancias políticas difíciles) un origen histórico en el comienzo de la Salud Pública en los países latinoamericanos. En efecto, cuando se rastrean las primeras acciones sanitarias en nuestros países y el establecimiento de las primeras reparticiones oficiales encargadas de la salud colectiva, se ve que estas tuvieron su campo de acción en la lucha contra enfermedades con cadenas causales simples, vehiculizadas generalmente por insectos (…) sobre todo si se trata de enfermedades cuya existencia ponía en peligro la integración de los países de América Latina con la economía mundo capitalista (Escudero, 1985).
El modelo de atención en salud coherente con esta propuesta es el llamado Modelo Médico Hegemónico (Menéndez, 1979). Según este autor, las características de este modelo son: biologismo-ahistoricidad, asocialidad, individualismo, mercantilismo, eficacia pragmática.
Como vemos, tiene características básicas del modelo positivista. Se trata de una práctica centrada en lo curativo que se refleja en la “medicina del órgano” y que suma en los últimos tiempos la “eficacia” de la “alta tecnología” o “tecnología de punta” en salud. Lo preventivo son acciones específicas y puntuales.
Se basa en lo “normal” (en el sentido más frecuente o normativo) para definir lo “sano”. Salud es, así, ausencia de enfermedad o “el silencio de los órganos”. Mantiene una concepción dualista, velada por su biologismo.
En Salud Mental, la asistencia difiere según sea pública o privada. En la privada las posibilidades terapéuticas varían según lo que ofrezca el momento sociocultural. La pública se centra en el hospital psiquiátrico, desvinculada de la población. La actitud hacia la persona enferma, considerada como “anormal”, es una forma explícita o implícita de violencia.
La “eficacia pragmática’’ fracasa en esta “especialidad”, demostrando escasas posibilidades curativas con la consecuente acumulación de pacientes crónicos. Estos últimos recaen en el sector estatal. Ambas (pública y privada) coinciden en su nula intencionalidad de actuar sobre los determinantes sociales que interactúan en el malestar del paciente y por lo tanto se reducen a lo curativo. Suelen fundamentar “teóricamente” la imposibilidad de la prevención en Salud Mental, fundándose en criterios biologistas (carácter hereditario) o estructurales. En lo público, particularmente, priva el mandato custodial sobre el curativo.
Su forma clásica asigna al poder profesional en cuanto ejercicio liberal de la profesión. Su forma actual se basa en la inversión masiva de capital en instituciones privadas de diagnóstico o curación, centradas en la alta tecnología médica. Buena parte de los profesionales se transforman en trabajadores a sueldo y la necesidad de expandir el mercado lleva a la medicalización de la vida.
Esta tendencia a la concentración por inversión masiva de capitales en tecnología de alta complejidad no encuentra campo en las prácticas psiquiátricas. No obstante, siempre existe el recurso de la industria de los psicofármacos. En los últimos años es notorio un reflorecimiento de las terapias biológicas que parece congruente con el reflorecimiento de los idearios conservadores y neoliberales.
Concepción tecnocrática normativa
La hemos ligado a la concepción desarrollista (en su sentido amplio), porque su irrupción en los países de América Latina fue correlativa a la propuesta de la Alianza para el Progreso.
En realidad, tiene sus raíces en la década de 1930, cuando el principio de la natural regulación del libre mercado mostró sus fisuras, obligando al mundo occidental a aceptar un concepto (y una práctica) nacida con los países socialistas: la planificación.
La “planificación normativa” mantiene el sueño positivista de la “sociedad científicamente programada”. El Estado deja de ser el mejor garante del contrato y pasa a tener una participación más activa en el ordenamiento de las líneas a seguir por la sociedad.
La equiparación poder-saber del positivismo coloca los resortes de la planificación en manos de aquellos a quienes supone calificados para tal fin: los técnicos. La salud es reconocida en su dimensión social, incorporándose aportes de la Medicina Social Funcionalista, pluricausalista. Sin embargo mantiene, aunque velado, el concepto positivista de la salud en cuanto normalidad. Se desplaza el eje de la demanda explícita (modelo liberal) al diagnóstico de las necesidades de la población, necesidades evaluadas como tales por los técnicos.
Esta concepción asigna particular importancia a la prevención, dentro de un esquema que podríamos llamar de prevención “normativa”. Se centra, en la mayoría de los casos, en la disminución de la incidencia de problemas específicos planteados como necesidad a partir del diagnóstico. No excluye actividades de promoción de salud, basadas fundamentalmente en la educación y el saneamiento ambiental.
En Salud Mental, esta “prevención normativa” reconoce su afinidad con el sueño positivista/conductista. Se halla al filo de la evitación de conductas consideradas “inadaptadas” (no olvidemos que incluso se gesta un nuevo cuadro psicopatológico: sociopatía, luego psicopatía).
En EE.UU. aparecen los Centros de Salud Mental de la Comunidad, en los años sesenta, dentro de lo que se populariza como Plan Kennedy.
Esta propuesta es retomada y transformada en nuestros países, donde asistimos a una tendencia a la “modernización”. Como en la concepción tecnocrática, aquí también subyace el dualismo, desvinculándose Salud Mental del resto de las prácticas en salud. Surgen sin embargo, los servicios de psicopatología en hospitales generales, los centros periféricos de Salud Mental, la “acción sobre el área programática”, y el uso de técnicas terapéuticas combinadas con psicofármacos, suma con las medidas de “readaptación” a la sociedad del paciente psiquiátrico. Se incorpora el trabajo en equipos multidisciplinarios, coherentemente con el criterio multicausal.
La “comunidad” es llamada a colaborar (que no es lo mismo que participar), aunque se mantiene el poder de las decisiones en aquellos que, se supone, sostienen el saber.
Su modelo de salud-enfermedad subyacente sigue siendo el normativo y conlleva formas de violencia. Un expaciente psiquiátrico de EE.UU. dice, al respecto: “La des-institucionalización prometía un tratamiento más humano, sin embargo, el etiquetamiento psiquiátrico y el recetar al por mayor drogas psicotrópicas y tratamientos coercitivos continúan detrás de las paredes de los centros de Salud Mental de la comunidad (Masten, 1983).
Es necesario señalar que se mantiene el concepto “esencialista” de la enfermedad como algo que le sucede al sujeto, aunque se reconoce que pueda tener “causalidad” social. Se trata de un modelo con flexibilidad para absorber concepciones terapéuticas diversas, “dirigiéndolas” a sus propios objetivos.
Concepción participativa integral
La participación es “en sí” un hecho de “salud mental”, en la medida que permite a las poblaciones (y a los sujetos) salir de un lugar “imaginario” (y real) de sometimiento a una “autoridad” sentida como omnipotente y arbitraria. La ruptura de los vínculos de “servidumbre” real entra en interacción dialéctica con la ruptura de las formas de “servidumbre imaginaria”.
Es probable que muchas de nuestras concepciones acerca del sujeto estén imbricadas, en carácter de representación, con las formas de sometimiento reales existentes. Las acciones tendientes a su ruptura permitirán quizás la constitución de nuevas representaciones.
En Salud, esto implica que la participación debe hacerse en el contexto de la ruptura del vínculo de poder-saber entre los técnicos-científicos y la población. Ambos se constituyen en la construcción de modelos teóricos y de acción (simultáneamente). Se replantean los conceptos de planificación, debiendo esta ser pensada como un proceso permanente de formulación, acción, evaluación y reformulación. En todas estas instancias (que no son sucesivas sino simultáneas) deben incluirse explícitamente las formas de participación del conjunto de la población, reconociendo que hay fuerzas e intereses antagónicos (algunos de ellos, claramente antipopulares).
En América Latina este modelo puede ser considerado en gestación; existen experiencias puntuales con resultados diversos. Muchas de las propuestas encuadradas dentro de los grandes lineamientos de esta concepción han sido interrumpidas junto con las habituales interrupciones de las formas democráticas de vida.2
En las prácticas de asistencia de Salud Mental, solo un marco referencial y teórico de esta índole puede romper el claro carácter represivo de las mismas y facilitar la aceptación de las diferencias. Es en este sentido que algunos proyectos aparentemente transformadores no se encuadran en ella, en la medida en que siguen suponiendo la existencia de un saber preconstruido a la acción y que justifica su imposición por su carácter de verdad.
Pensamos que las teorías que entran en prácticas de esta índole son necesariamente transformadas, pero creemos que se puede (y debe) recurrir a referentes conceptuales disímiles (que van desde el psicoanálisis y la semiótica hasta la economía) y revisar experiencias que, como el caso de la italiana, tienden a plantear alternativas en Salud Mental.
La concepción de salud implícita en este tipo de prácticas es la de un proceso de búsqueda y constitución de situaciones nuevas. El criterio de normalidad no define la salud, y por ende sus acciones preventivas consisten en facilitar procesos en los cuales emergen conflictos y se transforman situaciones productoras de malestar. No se trata de propuestas “adaptativas”.
Hemos podido participar o conocer experiencias de Salud Mental de esta índole en Nicaragua, favorecidas por las formas organizativas de masas del sistema político democrático popular.
NOTAS
1. Clase sobre nutrición del Dr. José Carlos Escudero (ESPUBA, 1985).
2. En Argentina hubo un notable desarrollo de propuestas de esta índole, incluyendo formas organizativas interdisciplinarias de los profesionales: la de los trabajadores de Salud Mental, interrumpida por el golpe militar de 1976. Dentro de esta concepción se tiende a acciones integrales, incorporando formas comunitarias continentes que eviten la reclusión forzada de los asistidos o las acciones mutilantes y limitativas de atención. Esta propuesta supone rupturas radicales con la concepción positiva, parando lo específico de salud mental en las acciones generales de salud en relación permanente con otras prácticas sociales como educación, cultura, etcétera. La posibilidad de desarrollo de propuestas de esta índole está básicamente relacionada con las posibilidades y formas de participación popular en nuestros países.
ACERCA DE ESTE CAPÍTULO
Texto publicado originalmente en Revista Investigación y Educación en Enfermería. Facultad de Enfermería, Universidad de Antioquía. Vol. VI, Nº 1, pp. 31-51. Medellín, Colombia, marzo, 1988.
Capítulo 03.
Tiempos posmodernos: procesos de ajuste y Salud Mental
En la película Tiempos modernos, Chaplin sintetiza en imágenes una época. En las vicisitudes de una historia individual desfilan los principios del fordismo rigiendo la producción, los tiempos y las vidas; la Gran Crisis que rompe la ilusión del mercado autorregulado y precipita rupturas en los destinos colectivos y personales, y las fuerzas institucionales (en este caso, la policía y la Psiquiatría) que tratan de controlar las disfuncionalidades provocadas.
Sabemos cómo siguió la historia. Guerra de por medio y en un mundo bipolar, el capitalismo abrió una etapa. El keynesianismo, como principio de relación del Estado con la Economía, el Estado benefactor en funciones de redistribución de la riqueza y de regulación de las tensiones entre el capital y el trabajo y, para los países atrasados, el sueño del desarrollo por vía de la industrialización y la sustitución de importaciones.
Este proceso encontró su disrupción en la crisis de los años setenta, que algunos definen como “crisis del fordismo”, a la que se incorpora poco después la bancarrota del socialismo real. Nos detendremos en ella porque parece haber inaugurado la época de los “pos”: posfordismo, posindustrial, posmoderno, etcétera.
Refiriéndose a los países centrales, dice al respecto un autor italiano:
La crisis es un intermedio dentro de cuyos límites el presente se desconoce a sí mismo. Las fronteras entre posible e imposible se vuelven inseguras y los paradigmas que permitían fijar objetivos, instrumentos y comportamientos para el conjunto de las fuerzas sociales dejan de operar con la fuerza acostumbrada. El desarrollo sin cambios estructurales profundos es sustituido por cambios y tensiones que operan mientras el desarrollo parece haberse congelado (…) La crisis parece presentarse (…) como liberación de la realidad frente a la teoría, una realidad decidida a quebrar seguridades establecidas y que siembra un camino de acertijos. Desde 1974 hubo de todo: estancamiento con inflación, crecimiento económico con aumento del desempleo, políticas antikeynesianas con déficits presupuestales sin precedentes, retórica librecambista con reafirmación del papel central del dólar, baja en el nivel de vida de millones de trabajadores y altos niveles de paz social, etc. (…) aunque sea evidente para todos, es conveniente recordarlo: la crisis del capitalismo es también crisis de las ideas y de las perspectivas. Un momento de pausa que, mientras produce una baja sensible en las seguridades axiomáticas del pasado, impone una atención más puntual hacia procesos históricos originales que requieren nuevos instrumentos analíticos para su interpretación. La realidad deja de ser una extensión enriquecida de alguna teoría y se convierte en reto y momento de redefinición de toda teoría (Pipitone, 1986).
La “mundialización” de la crisis condujo a la aplicación de políticas comunes internacionales para su superación. La apertura de los mercados, la desestatización de la economía y la flexibilización laboral conforman hasta hoy el trípode organizador de la respuesta capitalista (Altamira, 1993).
Una aclaración necesaria es que, si bien muchos de los problemas a encarar son comunes con los países centrales, las diferencias también son grandes. Algunas de las investigaciones que se citarán corresponden a economías desarrolladas, pero consideramos necesario señalar que no es lo mismo hablar de procesos de marginación en un país central que en América Latina.
Aun cuando la política neoliberal ha empobrecido y lanzado al desempleo a grandes grupos en los países centrales, estos grupos no son mayoritarios y tienden también a ser marginales políticamente. En nuestros países, por el contrario, el empobrecimiento involucra a la mayoría de la población (Laurell, 1991).
Hablar de marginación, en nuestro caso, es hablar de los excluidos en sociedades que, a su vez, son periféricas y marginales en términos de poder y economía.
Esta misma diferencia vale para las formas políticas y las transformaciones del Estado. La mundialización de la economía, así como la velocidad y simultaneidad de la información, no implican que, en ese sistema único, los lugares sean equivalentes o similares, sino complementarios o alternos. Incluso cuando un modelo o propuesta sea similar –tal el ejemplo de la propuesta neoliberal– sus objetivos distan de ser los mismos en todos los países. La restricción del gasto público en nuestro subcontinente, por ejemplo, tiene como objetivo predominante cumplir con los compromisos de pago de la deuda externa, antes que ser parte de una estrategia de modernización global del aparato productivo.
Por otra parte, en lo que hace al Estado benefactor, cabe preguntarse si entre nosotros llegó a ser algo más que una tendencia. Asevera Marshall:
El modelo propuesto por el régimen liberal en este ámbito no representó una inflexión de las tendencias históricas anteriores, puesto que en el pasado bajo la apariencia de un Estado –protector–, la dinámica de financiamiento del gasto público en general y del de la seguridad social en particular ya hacía recaer sobre los trabajadores una fracción importante del costo de las prestaciones colectivas (Marshall, 1988).
Un análisis detallado del gasto del Estado las décadas de 1980 y 1990 dejaría en claro que su aspecto más grueso estuvo directamente traspasado a sectores privados que construyeron masas importantes de capital y poder a través de él (créditos impagos, subsidios, exenciones impositivas, etcétera). Se trata de un capitalismo de alta ineficiencia, acostumbrado a ganancias financieras coyunturales e improductivas. Esto, sin contar las formas corruptas de apropiación, en países donde es difícil discernir la frontera entre la legalidad y la ilegalidad de la actividad financiera.
Otra diferencia importante es que la implementación de las políticas neoliberales en los países centrales se hizo desde el inicio en formas democráticas de gobierno y con un margen de consenso importante. En América Latina, que alcanzó en la década de 1970 altos niveles de conflictividad y lucha social, la implementación de estas políticas estuvo, en la mayor parte de los casos, a cargo de gobiernos dictatoriales, que debieron anular las formas de resistencia social por medio del terrorismo de Estado. Hubo, es cierto, algunas excepciones, como México.
Solo con posterioridad a esta desarticulación sangrienta de las fuerzas sociales –que podrían haber significado un obstáculo– se hizo posible aplicar el modelo conservando las formas democráticas. El término “desmovilización indolora”, que suelen utilizar autores europeos, difícilmente sea aplicable a nuestro subcontinente. Al terrorismo de Estado se sumó el terror económico bajo la forma de escaladas hiperinflacionarias que operaron de hecho como mecanismo de traslación de ingreso de abajo hacia arriba y de adentro hacia afuera y que, en muchos casos, fueron un poderoso recurso de presión política en manos de los grandes grupos económicos.
Ya en el marco de una política internacional de control político y económico, se mantuvieron las formas indirectas o abiertas de coerción. Con respecto a estas últimas, basta mencionar que en la década del ochenta se sucedieron: dos invasiones directas de tropas estadounidenses (Granada y Panamá), dos injerencias militares encubiertas (la “guerra de baja intensidad” en Nicaragua y el conflicto salvadoreño) y otras formas que apenas consiguen disimularse bajo el discurso de la lucha contra el narcotráfico.
Todo análisis de campos de representaciones actuales debe incorporar el hecho de que el terrorismo tiene una operatoria que trasciende los límites temporales de su aplicación. Se invisibiliza en formas de aparente consenso pasivo o indiferencia, y opera en las subjetividades y en los funcionamientos institucionales.
El objetivo de este trabajo es formular hipótesis y abrir interrogantes sobre las formas particulares de producción de subjetividad y/o de padecimiento inherentes a las actuales transformaciones económicas, sociales y culturales. Avanzar sobre esta problemática es indispensable para pensar cuáles son o deben ser las acciones a desarrollar en el campo de la Salud Mental, entendido como un conjunto heterogéneo y contradictorio de prácticas sociales. Cabe mencionar que estas prácticas y sus actores también se hallan sometidos y son sujetos de los efectos de estas transformaciones. Por ende el análisis los engloba.
Lo económico, las formas institucionales, lo cotidiano
La angustia producida por la inflación es algo parecido a un dolor agudo, aunque más prolongado. Es totalmente absorbente, requiere una atención completa mientras dura y se ignora o se olvida cuando ha terminado.
Adam Ferguson
Nunca quisimos más al arte en Austria que en esos años caóticos, porque la traición del dinero nos hizo sentir que solo lo imperecedero dentro de nosotros era lo realmente estable.
Stefan Zweig1
Hemos comenzado este punto con dos citas que tienen que ver con contradictorias sensaciones producidas en el seno de episodios hiperinflacionarios. Para muchos, esto puede parecer parte del pasado; asombra recordar que se trata de uno abrumadoramente reciente, cuyos efectos todavía perduran. Si bien la sensación es de remotidad, sus efectos se manifiestan, por ejemplo, en la valoración colectiva de las situaciones de estabilidad monetaria, independientemente de sus costos.
Sucede que, en los periodos de “enloquecimiento de la moneda”, se transparenta, al cesar en su función, aquello que en los lapsos de estabilidad se invisibiliza: el lugar del dinero como equivalente general, significante de relaciones entre los hombres, imbricado en todos los aspectos de la vida social.
La investigación de Adam Ferguson (1989) tiene el valor de no ser –él se encarga de afirmarlo– un estudio económico en el sentido estricto. Es así que se documenta en datos económicos, políticos y, a la vez, en historias de vida, en fragmentos de testimonios de personas particulares, en microepisodios sociales. En una descripción minuciosa, que carece de voluntad explicativa global, muestra la articulación entre las vicisitudes económicas, fenómenos sociales y vidas particulares. Todo esto en el particular contexto de la Alemania de los años veinte.
Pensamos que una problemática como la actual, en la velocidad y dramaticidad de sus cambios, requeriría ser abordada de esta manera. Proponemos introducir tres delimitaciones metodológicas en la articulación de sujeto/sociedad: lo económico, las formas institucionales y lo cotidiano. En el extremo estaría la irreductible particularidad de cada sujeto, esa que reconocemos en la práctica clínica, que sin embargo se constituye con los elementos de lo genérico, con la “materia” que le brindan las significaciones sociales de la época. La “forma” o el “modo” de esta producción, para ser explicada desde el psicoanálisis, requeriría que este reconociera su historicidad y la de sus instituciones, permitiéndose ser interpelado y transformado en este proceso.
Conviene, sin embargo, eludir una caracterización economicista de los fenómenos y devenires sociales, lo que implica aclarar que “lo económico” es un recorte, en todo caso metodológico, dentro de un campo de gran complejidad. Afirma Aglietta que:
(…) la delimitación del campo de la ciencia económica no resulta de un principio universal fundamentador de una economía pura. Y no es más que una división metódica en el campo de las relaciones sociales, división que constantemente es puesta en entredicho y desplazada por el mismo desarrollo del análisis. El estudio de la regulación del capitalismo, por tanto, no puede ser la búsqueda de leyes económicas abstractas. Es el estudio de la transformación de las relaciones sociales que da lugar a nuevas formas económicas y no económicas simultáneamente (Aglietta, 1979).
Lo económico es no solo inseparable de lo político, sino también de las minúsculas tramas de la cotidianidad en que se particulariza lo genérico-social (Heller, 1987). Por lo tanto, es preciso entenderlo dejando de lado toda externidad. No se trata de algo que “influye” en los sujetos, sino que se entreteje en el texto de su configuración en la medida en que se imbrica en las representaciones sociales y en las formas institucionales (las determina y a su vez es determinado por ellas).
Por citar un ejemplo, las representaciones sociales del tiempo son relativas a una determinada constelación ideológico-cultural que mucho tiene que ver con los tiempos de producción y reproducción social. Junto con la idea de progreso y de evolución, el capitalismo ha producido ritmos en aceleración creciente, obsolescencias cada vez más veloces, cuantificaciones temporales cada vez más estrictas. Puede afirmarse, sin exagerar, que los paradigmas en que se fundaron el taylorismo y el fordismo marcaron los ritmos no solo de trabajo sino de descanso, recreación e incluso del amor de generaciones enteras.
Que conste que, al hablar de este entramado de la subjetividad no nos referimos específicamente a las “mentes”, porque también están allí implicados los cuerpos. Un investigador sueco afirma:
Luego de 1979, la mortalidad por cardiopatía coronaria ha ido decreciendo en Suecia (...) el ascenso y caída del taylorismo en la industria sueca parece estar seguido de una ascenso y caída de enfermedades cardiovasculares entre trabajadores industriales del sexo masculino (Diderinchsen, 1990).
Es obvio que no puede pensarse en una determinación lineal que vaya desde las formas hegemónicas de producción de la industria a los corazones y las arterias de los hombres; este ejemplo (como muchos otros) nos enfrenta al desafío teórico de pensar una problemática que se resiste a una explicación unidisciplinaria y causalista.
Con respecto a las formas institucionales (entendidas como forma de producción y reproducción de las relaciones sociales), sus procesos de crisis aparentan diferenciarse del “estallido” del que se hablaba en la décadas del sesenta y setenta. En algunos casos, parecen implosionar sin que haya, al menos de manera evidente, un “instituyente” de nueva índole. Se rigidifican en rituales o gestos mientras, simultáneamente, se vacían de significación. Son atravesadas por la tendencia a la desagregación y a la fragmentación, y lo instituyente en ellas no siempre pude ser considerado “mejor” que lo instituido, desde el punto de vista de la realización humana.
Concentración vs. fragmentación
Si la melancolía vuelve a ser “el mal del siglo”, si crece el número de depresiones, ¿no ocurre en un contexto social en que se han cortado los nexos simbólicos? Vivimos una fragmentación del tejido social que no puede ofrecer ayuda alguna a la fragmentación de la identidad psíquica que vive el deprimido.
Julia Kristeva
Como si fuera una situación paradojal, la concentración de la economía a nivel mundial, la transnacionalización de los capitales y la universalización de la información parecen coexistir y polarizar con una tendencia a la desagregación y fragmentación cada vez mayor.
Los procesos de ajuste (a veces llamados “estructurales”) promueven una fragmentación social seguida de reagrupamientos parciales. En la medida en que determinan una gigantesca concentración de la ganancia, a nivel de la sociedad en su conjunto desplazan o sumergen sectores enteros y promueven otros a una cultura del consumo de niveles ascendentes. De una manera grosera, podría decirse que queda un sector mínimo con altísimos niveles de consumo a estándares internacionales, un sector que se mantiene en márgenes de integración relativos con exigencias laborales en aumento, y otro marginalizado en una subsistencia relativa y miserable. Cada uno de ellos tiene o padece vicisitudes distintas, pero a su vez se producen efectos en su interacción. Es imposible que una sociedad mantenga, por ejemplo, a un treinta por ciento de sus sujetos en condiciones de subsistencia precaria sin que esto implique al funcionamiento social en su conjunto. El aumento de las formas inorgánicas de violencia parece formar parte de esta situación.
Por otro lado, los mencionamos como sectores porque no se trata de grupos homogéneos o categorizables como clases sociales. En cada uno de ellos se atomizan los vínculos internos. La modificación de las formas laborales, la precarización del empleo y la proliferación de sus formas marginales rompen ejes centrales de organización social y de establecimiento de acciones solidarias. Asimismo, producen efectos en la familia y en las formas no laborales de relación. A esto se agregan los desplazamientos migratorios masivos.
Estos procesos también se manifiestan en las formas particulares de malestar o padecimiento subjetivo, así como en los perfiles epidemiológicos de la población. Por ende, las prácticas en Salud Mental deben poder resignificarse a partir de las demandas potenciales o efectivas que se les dirigen y por la operatoria que estos procesos tienen en ellas.
Nos detendremos momentáneamente en algunos de ellos; pese a puntuarlos por separado, recordamos que no suceden en forma desarticulada, sino como distintas facetas de un proceso.
Nuevas formas laborales/precarización del empleo
En el capitalismo, la existencia del desempleo es un problema que se agudiza cíclicamente. Los estudios sobre sus efectos en la salud adquieren relevancia en la crisis del treinta y se retoman a partir de los años sesenta.
Brenner (1973) investigó la correlación existente en Nueva York desde 1987 a 1967 entre recesiones económicas y aumento de internaciones psiquiátricas, mostrando que inclusive pequeñas recesiones se asociaban con un incremento de los índices de hospitalización. Sin embargo, se trata de otro tipo de crisis que implica, además del desempleo, transformaciones productivas drásticas.
Se modifican las formas y relaciones de trabajo, desaparecen industrias tradicionales y se desarrollan otras, se “flexibilizan” (o precarizan) las condiciones de contratación. Se incorporan formas diferenciales de pago que fragmentan estructuras sindicales preexistentes. Los “empleados” se dividen en dos grupos: el de los estables (que tiende a ser minoritario) y la masa flotante de trabajadores precarios, ya sea por contrato temporario, trabajo a domicilio o trabajo de tiempo parcial (Altamira, 1993). Se podría afirmar que una gran parte de la población oscila entre el temor a la pérdida del empleo y el desempleo. Aun los empleados estables tienen que afrontar los incrementos de productividad y las modificaciones de ritmos y modos de trabajo que impone la reorganización de la producción en la reconversión industrial.
Entre 1981 y 1982, Magdalena Echeverría realiza una investigación en Chile sobre los efectos de las transformaciones económicas en ese país y la salud de los trabajadores (Echeverría, 1984).
Entre sus conclusiones, consigan que, en el grupo de trabajadores de una rama en expansión, aumentan las consultas por accidentes laborales, por esfuerzo y posición. En cambio, los “problemas psicológicos” (agrupan en ellos trastornos psiquiátricos y enfermedades psicosomáticas) tienden a aumentar en las empresas deprimidas y en los desempleados. Dentro de estos, aparece una diferencia: los trastornos psicosomáticos son mayoritarios en aquellas personas que están en riesgo de perder el empleo, en cambio los “trastornos psiquiátricos francos” aparecen más en los que ya quedaron fuera de él. Concluye en que “La patología mental es, quizás, una de las características sobresalientes de la crisis actual” (Echeverría, 1984).
En las entrevistas realizadas como parte de la investigación, los trabajadores resaltan como un factor de su padecimiento el “enrarecimiento” de las relaciones personales dentro de las empresas en crisis: la aparición de delaciones, formas veladas de prostitución, falta de organizaciones con objetivos comunes, etcétera. En el caso de los desempleados, señalan la “pérdida de identidad social”.
La precarización alcanza a los sectores “medios” e incluso a profesiones consideradas clásicamente “liberales”. Por poner un ejemplo que nos compete: la mayoría de los profesionales de la Salud en la Argentina pasan a ser empleados con diversa valorización del trabajo y, en general, con formas de contratación inestable. Dentro del subsector público, por las políticas de restricción del gasto y dentro del subsector privado o de obras sociales (que contratan las prestaciones del sector privado), por la tendencia a la concentración de capitales en el área, por lo que se configuran empresas (o uniones transitorias de empresas) que contratan en bloque la prestación, subcontratando al personal para la misma. Al tratarse de empresas regidas por la lógica de la ganancia, de la cual una parte importante deviene de la inversión en alta tecnología, el gasto en salarios y contratación de personal se restringe a límites extremos.
Incorporemos una conceptualización más general. El fenómeno de la precarización desarticula mitos caros al soporte y construcción de una perspectiva de futuro: el del progreso por el trabajo, el de sentar las bases para que los hijos tengan una condición superadora de la de los padres, el de la previsibilidad o planificación de la vida (labrarse su propio destino). Promueve una temporalidad inmediata (“vivimos un presente continuo”, señala un joven entrevistado recientemente). Pero no se trata de un gozoso “vivir el presente” sabiendo que el futuro será dado. Es más bien la áspera afirmación que titula una película documental mexicana: La neta: No hay futuro.” La neta” es algo equivalente a “la justa” en la jerga de los jóvenes marginales de Ciudad Netzahualcoyotl, un asentamiento irregular de millones de personas que produce, incluso, su lenguaje.
Desarticulación comunitaria: El pueblo blanco
(…) que esta tierra está enferma y no esperes mañana lo que no te dio ayer, que no hay nada que hacer...
Joan Manuel Serrat
Un ejemplo claro de los efectos comunitarios de la reconversión estuvo dado, en Argentina, a partir los cambios en el proceso de producción de la acería Acindar, principal fuente de ingresos de la población de Villa Constitución, una comunidad con altos niveles de organización y una identidad definida. Durante los despidos masivos causados por el proceso de reconversión, se constató un aumento altamente significativo del consumo de psicofármacos. Para muchos de sus habitantes, la pérdida no abarcaba solo el empleo o la fuente de ingresos. También afectaba sus proyectos vitales, sus referencias de amistad o vecindad, obligándolos posiblemente a una migración forzosa. En ese mismo proceso, los niveles de organización y solidaridad de la comunidad permitieron poner algún freno a las medidas más salvajes y, de alguna manera, constituyeron un soporte subjetivo importante para sus actores (Piccinini, Bouvier y Valle, 1991).
Un estudio de Sclar (1980) analiza los efectos de la concentración monopólica y oligopólica en EE.UU. sobre las pequeñas comunidades, y lo relaciona con la demanda de los servicios de Salud Mental. En su análisis, incorpora las transformaciones sufridas por las comunidades desde el período en que cada una tenía el control sobre su producción hasta que son absorbidas por corporaciones monopólicas y oligopólicas, perdiendo referencia local y “despersonalizándose” sus responsables. Al ser absorbidas las empresas y organizaciones productivas por grandes corporaciones anónimas, son fácilmente desplazables sus ganancias; así disminuyen los recursos económicos colectivos de las comunidades. Los individuos son sometidos a mayores niveles de exigencia laboral para la subsistencia, a la par que sienten la falta de posibilidades de intervenir en las decisiones. Como resultado, pierden niveles de participación en las actividades comunitarias habituales, por lo que las formas organizativas se debilitan.
En su recorrido histórico, Sclar muestra cómo el principio único de maximización de ganancias de las corporaciones multinacionales deviene en costos sociales altísimos para las comunidades locales. La hipótesis, que sostiene en datos estadísticos, es que en la operatoria de este proceso los sujetos ven disminuido su apoyo social simultáneamente a un aumento de lo que denomina “estrés económico”. En una descripción meticulosa de hechos, muestra cómo un padecimiento vivido como individual forma parte de un complejo proceso social. Incorpora, además, el criterio subjetivo de “pérdida de control sobre su propio destino” y la imposibilidad de personalización de los responsables.
Todo esto tiene su impacto en los servicios de Salud Mental. En las comunidades estudiadas (recordemos que se trata de EE.UU. en la década de 1970), la población tiende a aumentar su asistencia a ellos. En este punto, el autor sostiene que la lectura en términos psicopatológicos que los servicios hacen de este incremento de la demanda es cuestionable. Deviene de que solo pueden leer la demanda en “código” de psicopatología convencional o sea, a partir de su oferta. Esto los llevaría a la hipótesis de un aumento de prevalencia de enfermedad, cuando se trata de un fenómeno de erosión de vínculos comunitarios. Afirma que la fluctuación en la cantidad de internaciones psiquiátricas parece estar fundamentalmente relacionada con la capacidad de las familias y los grupos sociales de contener o no un enfermo en su seno, más que con la incidencia de cuadros psiquiátricos individuales.
El análisis que Sclar aplica a las pequeñas comunidades en muchos sentidos podría aplicarse a naciones enteras que ven cada vez más distantes y anónimos los resortes del poder en que se deciden sus destinos.
Este efecto en las pequeñas comunidades se agrava en nuestros países, por las características particularmente “salvajes” de los procesos de ajuste. Por mencionar un ejemplo, en Argentina, la suspensión lisa y llana de los servicios de ferrocarriles anuló la vía fundamental de comunicación e intercambio de una serie poblaciones del interior del país, condenadas a una extinción rápida.
Habría que agregar en este análisis la tendencia a la “urbanización” creciente que, en los países periféricos, no deja de acentuarse. México es, hoy, la ciudad más poblada del mundo y la Argentina concentra el 30 % de su población total en la ciudad de Buenos Aires y su periferia. Concentración que coincide con menor nivel de vinculación entre sus habitantes y menor posibilidad, por parte de los mismos, de tener injerencia en las decisiones que les atañen.
Los sectores integrados, los que mantienen su inclusión con costos vitales crecientes, se ven afectados por la soledad relacional. Los vínculos barriales y de vecindad, los lazos familiares extensos, así como los gremiales y de participación política se labilizan. Simultáneamente, sucede una tendencia al abroquelamiento, dado que los espacios públicos se restringen y amplias áreas de la ciudad son vividas como peligrosas. Es en ellos que pesa la sustitución de relaciones interpersonales por relaciones con máquinas y objetos. Y es a ellos a quienes se dirige fundamentalmente la propuesta del neoindividualismo como valor.
La inmensa concentración de recursos y poder “despersonalizados” de esta faz del capitalismo le da un carácter de apariencia a las formas políticas y plantea una abismal distancia entre los sujetos y los resortes de resolución de sus vidas. Por otra parte la producción en gran escala implica la generación de un consumo en masa que “requiere que la población aprenda a expresar sus deseos a través de las unidades estandarizadas en que estos productos se ofrecen, desvalorizando las cualidades de singularidad” (Sclar, 1980).
En este contexto, la representación de individuo tal como que se produjera en el capitalismo naciente deja de tener sentido, pero simultánea y paradójicamente es exaltada. Sucede que ya no se trata del individuo de la competencia por la acumulación, capaz de sacrificios en el presente con miras a un futuro, sino de un individuo del consumo, centrado en placeres inmediatos. Se le propone que sea “individualista”, pero bajo la forma de ser exactamente igual a los otros, portador y sujeto de discursos homogeneizados por los medios de comunicación omnipresentes, con deseos enlazados a fantasías suntuarias (reflejo precario de los hábitos de los grupos de poder).
Proponemos llamar neoindividualismo a este posdarwinismo social, un modelo de pacotilla del original, que se caracteriza más por su negativa a la singularidad que por las oportunidades que ofrece: hedonismo de producción en serie, erotismo de sensualidad y corporeidad pautada por consumos definidos.
Sostiene al respecto Galende:
Bajo estas condiciones de empobrecimiento del espacio social, los sujetos tienden a desinvestir la realidad exterior, volcándose crecientemente sobre sí mismos, vuelco que es facilitado por la adquisición de objetos de utilización personal que sustituyen el encuentro con otros. De este modo se debilita el deseo y la acción, incrementándose el aislamiento y el sentimiento de vacío (Galende, 1992).
La familia: la muerte del padre (precarización del padre)
Tuve un Edipo imperial: detrás de la figura de mi padre estaba la del emperador Francisco José.
Marie Langer
La familia es, quizás, una de las formas institucionales que muestra en forma más transparente su crisis. En América Latina el creciente “matrifocalismo” (Menéndez, 1992) es un dato importante de transformación. En los sectores del conurbano bonaerense con necesidades básicas insatisfechas (NBI), casi el 45 % de las familias tienen por cabeza y soporte a una mujer. Con respecto a los sectores medios, pareciera que esta tendencia también se repite, aunque no contamos con datos estadísticos.
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