Читать книгу: «La bruja»

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Para Zythella, que es mi madre,

sin ella no habría cuento que contar

Presentación

Alfredo Ortega sabe que el oficio de un escritor es mostrarnos nuestra realidad humana a través de los personajes que protagonizan las historias. Ellos nos revelan mucho de lo que somos, de lo que anhelamos; también de lo que nos hace soñar, sufrir, imaginar.

La Bruja contiene seis cuentos muy distintos entre sí, en especial por la estructura narrativa, los temas y los espacios donde se desarrollan las historias. Sin embargo, los une un tono que linda en la nostalgia, el abandono, la tristeza, los recuerdos, la esperanza.

A pesar de que los cuentos de este libro son de largo aliento, la gran virtud del autor es mantener la tensión desde sus primeras líneas hasta concluir, lo cual no es fácil de conseguir.

En La Bruja, Alfredo nos muestra una gran capacidad para narrar múltiples hechos, un amplio uso del lenguaje, un buen abanico de temas y el uso de varios recursos estilísticos para contar.

En estos cuentos encontraremos diversos actores: políticos, brujas, niños, pescadores, capitanes, monjas, estudiantes… Todos viven conflictos constantes —de otra manera no se puede concebir un cuento— que a lo largo del texto van resolviendo. La descripción física, sicológica, social e ideológica de los protagonistas es muy precisa. Con pocos detalles que el autor nos ofrece, es fácil adentrarnos a la cosmovisión de cada uno. A veces esto es suficiente con pocos adjetivos, algunas expresiones en los diálogos o ciertas acotaciones del narrador.

Los finales de los cuentos de La Bruja son tristes, otros alegres, otros trágicos. Augusto Monterroso comentaba que “la literatura está más hecha de lo negativo, de lo adverso y, sobre todo, de lo triste. El bienestar, y específicamente la alegría, carecen de prestigio literario”. En estos seis cuentos sucede igual.

El mismo Monterroso escribió que “un cuento es un fragmento de vida cotidiana que luego la vida misma va complicando; por eso, no debemos estorbar su desarrollo con la acumulación de datos u objetos superfluos”. En estos seis cuentos, Alfredo Ortega nos ofrece descripciones y diálogos ágiles, sin abrumarnos con datos innecesarios.

Julio Cortázar dijo alguna vez que el cuento “es algo que tiene un ciclo perfecto e implacable; algo que empieza y termina satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos”. En estos cuentos —y en los otros que ha escrito— Ortega sigue al pie de la letra estas palabras.

De los libros de cuentos publicados por Ortega, vale decir que son diferentes entre sí, lo que habla de un escritor que ha buscado diversos caminos para contar. Luego de leer El cumpleaños de la maniática pirómana, La inapetencia de Pedro, El Pato cabalga/El secreto de La Señora, Yo no quiero ir en tren, advertimos una gama muy amplia de temas, recursos, personajes, espacios, etcétera. Sin embargo, en La bruja se advierte a un escritor más consolidado en su estilística narrativa. Seis cuentos lo demuestran.

Jorge Orendáin

El encuentro

No podía creerlo cuando la vi, parada en la esquina de López Cotilla y Corona, esperando el cambio de luces para cruzar la calle. ¿Qué hacía en Guadalajara? No había vuelto a verla en años, y de pronto aparecía allí, con una mochila de excursionista en la espalda, unos pantalones de mezclilla raídos y sucios, y unos huaraches de cuero maltrechos por el uso. Se veía un poco más encorvada y flaca, pero igual su pelo largo, negro y lacio, siempre suelto, su mirada distraída, su figura desgarbada que nunca llegó a ser hermosa. Era como si todavía no hubiese terminado de salir de la universidad.

Le toqué el claxon y ella no me hizo caso. Debí suponer que no me reconocería, yo sí que había cambiado. Nada quedaba ya del pelo largo y los jeans de mi vida estudiantil, mi otrora inseparable morral con grecas de Montealbán, hacía tiempo que había ido a parar al cesto de basura, siendo reemplazado por un portafolio de cuero importado. Saco y corbata, peinado de moda, teléfono celular. En nada me parecía ya al bisoño socialista que ella perdió de vista en el decenio anterior. El auto deportivo que ahora ella miraba con fastidio, todavía olía a nuevo. Tuve que bajar la ventanilla y llamarla por su nombre.

—¡No es posible que seas tú! —me dijo, luchando por meter su enorme mochila en el asiento trasero, mientras se elevaba el volumen de las bocinas de los autos de atrás—. ¡Estás hecho una porquería!

Venía de Oaxaca, de algún rincón perdido en la sierra, donde desde hacía varios años ella y sus colegas prestaban servicios a ejidos indígenas. Hasta donde pude deducir, se habían convertido en una suerte de misioneros socialistas, en una vertiente del maoísmo hacia la cual ella sentía inclinación desde que yo la recordaba. Su entrega a la causa de los desposeídos no era nueva, pero su autoexilio en la serranía oaxaqueña la había alejado durante los últimos años del mundo civilizado.

Estaba en la ciudad para recibir un embarque de maquinaría agrícola, destinada a facilitar las penosas faenas del cultivo en las montañas. Maquinaria que habían adquirido a través de un incierto intermediario, y que había llegado por tren desde la frontera norte, cosa extraña si se la pensaba bien, teniendo ellos tan cerca los puertos de Coatzacoalcos y Salina Cruz. Debía ella supervisar, porque sus hermanos indígenas no sabían leer ni escribir, el traslado de las pesadas cajas del Ferrocarril del Pacífico al Ferrocarril Central, para que fuesen enviadas a México y de allí a Oaxaca, para terminar su largo viaje en algún ejido mixteco de nombre largo e impronunciable.

Todo esto me contaba atropelladamente mientras yo hacía un rodeo amplio alrededor del Centro, procurando prestarle atención, tratando de reponerme de la sorpresa y de tomar una rápida decisión. Por supuesto que me ofrecí a ayudarla, pero tendría que ser hasta el día siguiente, pues el de hoy era un día singularmente ocupado para mí. Ella venía llegando a la ciudad y no la conocía bien, su único antecedente era una visita fugaz, cinco años antes, para participar en un evento político. No tenía la menor idea de donde se encontraba la terminal del tren, de manera que la llevé hasta allí y le propuse reunirnos para comer. Ella sugirió el Madoka, que era lo único que parecía conocer en Guadalajara. Yo estuve de acuerdo, pues con esa facha suya, no me animaba a llevarla a un buen restaurante.

Después de dejarla le pisé al acelerador, pues aquel día era la asamblea del partido en la que elegirían a los candidatos para las diputaciones federales. Yo conocía de antemano la lista de los agraciados, de manera que no me interesaba lo que ocurriera durante la reunión. Lo que quería era ver a Guillermo, quien había conseguido la designación por el Distrito 23. Yo sería su coordinador de campaña, de modo que además de festejar nuestro triunfo era mucho lo que teníamos que hablar ese día. Pero la repentina aparición de Gabriela, además de haber agitado una parte de mis recuerdos que yo tenía por muerta y sepultada, venía a complicarme una jornada que de suyo ya me iba a resultar difícil.

—Licenciado, permítame felicitarlo —le dije a Guillermo, abriéndome paso entre los que lo asediaban en el vestíbulo al término de la reunión. Escenas similares se repetían alrededor de los demás candidatos recién ungidos.

—¡Hermano! —me dijo, abrazándome con una efusión que sólo yo podía entender—. Ahora sí tenemos un gran compromiso con nuestro partido.

Yo le devolví el abrazo. Sabíamos lo que nos había costado y la fortaleza de los enemigos que nos acabábamos de montar en la espalda. Ser joven y ambicioso no era suficiente para escalar en la rígida estructura del partido, pero la inesperada llegada de un muy querido maestro de la facultad al Comité Nacional nos había permitido tomar la delantera a nuestros contrincantes, algunos de los cuales se acercaban ya, acordes con la disciplina partidaria, a darle a Guillermo el abrazo de felicitación, asumiendo con incomodidad su condición de perdedores. Ya de salida, enmedio del tumulto que ocupaba la explanada, me excusé con mi candidato de no asistir a la comida de festejo, pretextando urgente asunto familiar.

—Si es una dama, te lo paso —me dijo, mirándome a los ojos— pero es la última de la campaña.

—Tienes mi palabra —le respondí, y me escabullí entre los que le acompañaban rumbo al estacionamiento.

La comida en el Madoka fue una experiencia extraña. Había pasado algún tiempo desde mi última relación sentimental, de la que no salí tan bien librado como hubiese deseado, y a partir de entonces mantenía vínculos de orden más mundano con algunas mujeres, pero nada que me llegase al corazón. No es que me hubiese abatido un repentino golpe de amor, pero sí me daba gusto volver a ver a Gabriela, después de tantos años, y estaba seguro que a ella le sucedía otro tanto. Suponía yo, con algún fundamento, que no andaría viviendo en aquellos sitios olvidados del mundo sin tener un hombre a su lado, y sospechaba de un antiguo condiscípulo suyo, un individuo torvo y oscuro, radical en extremo, que nunca me inspiró confianza. Pero conociéndola como la conocía, tenía por cierto que aquello no sería obstáculo para que ella y yo recordásemos los tiempos idos.

La observaba mientras charlábamos, entre una y otra interrupción de la mesera. Seguía siendo la misma, si acaso un poco más ajada. Miraba yo su rostro moreno y con pecas, su cabello oscuro que ya peinaba algunas canas, me preguntaba qué tan acabado me vería ella a mí. No estaba mejor que las mujeres que yo veía por aquel entonces; de hecho, lo admito, me avergonzaba la posibilidad de que alguien conocido me viese con ella. Pero en cambio, Gabriela tenía el encanto del cariño viejo, decantado en los recuerdos y enriquecido por el paso del tiempo.

—No acabo de asimilar que te hayas convertido en un catrín —me decía, mientras devoraba con fruición unas enchiladas de aspecto desabrido—. Tú, que eras el crítico más agudo de las costumbres burguesas.

—Hace ya mucho que esa palabra pasó a la historia —me defendía yo—. ¿Dónde has estado todo este tiempo? Mis alumnos de la prepa no saben qué significa ser burgués.

—Que los estudiantes cada vez sean más ignorantes no te exime de responsabilidad. Estás hecho un maldito burgués. Te aseguro que hasta juegas tenis con tu jefe y tarugadas de esas—. No le respondí, por supuesto, aunque aquello fuera verdad.

—“Dos de octubre no se olvida”, ¿lo recuerdas? —le pregunté con ironía, e hice un esfuerzo por recordar lo que algún día nos había unido.

—No sabes cómo lamento que te hayas convertido en parte de aquello contra lo que he luchado todo este tiempo. No es que me interese lo que hagas con tu vida, pero recuerdo que estabas contra el “Sistema”.

—Yo me siento mejor que nunca —le respondí—, créeme que es la mejor época de mi vida.

—Yo creo que ya te pudriste hasta los huesos, nomás con pertenecer al partido ya tienes suficiente. ¿Qué no te das cuenta?

—Precisamente eso es lo que me ha permitido llegar hasta aquí, es lo más bueno que me ha pasado en años.

—Pues tú sabrás lo que haces. Yo de corazón lo lamento, preferiría que te hubieras convertido en jesuita. Aunque la verdad habría sido un desperdicio, los años te han sentado, al menos estás más bueno que antes. —Yo le agradecí el piropo, y traté de devolvérselo.

La de Gabriela era la relación que mejor sabor me había dejado durante mi vida universitaria, contando que no era la más atractiva de las estudiantes. Compartimos en ese tiempo un cariño fuerte pero no borrascoso, ni conflictivo ni turbulento, como otros en los que me vi envuelto años después. La recordaba por encima de otras mujeres debido a un rasgo singular; fue la única relación afectiva en mi vida que terminó por motivos ideológicos. Ocurrió durante una campaña electoral, cuando yo me incliné por la socialdemocracia, deslizándome todavía más a la derecha del ya de por sí “reaccionario”, según lo catalogaban ella y sus camaradas, Partido Comunista, y ella abandonó el leninismo ortodoxo y las lecturas analíticas del “¿Qué hacer?”, para ir en pos del maoísmo más radical que yo había conocido hasta entonces. Aquella corriente descalificaba el proceso electoral en el cual yo participaba, bajo el precepto fundamental de que eso era seguirle el juego al “Sistema”. Esta postura suya llevó a nuestra relación a un punto que se iba haciendo más y más insostenible a medida que se acercaban las elecciones, y a pesar del mucho cariño que nos profesábamos, llegó el momento en que las ideas nos separaron. Tiempo después aquella ideología la llevó, como pasante de sociología, a las comunidades indígenas de la Sierra de Guerrero. Ésta fue la última noticia suya que tuve después de nuestra ruptura, habían pasado diez años, y de pronto allí estaba ella, cruzándose a la mitad de mi vida, con sus ideas pasadas de moda y su pinta de redentora social.

Quedaba en nosotros un grato recuerdo de lo que fuimos mientras duramos juntos, suficiente para que, sin sentirme tentado a restablecer nada, tuviese deseo de pasar con ella al menos una velada, y sentirme seguro de que ella compartía ese pensamiento. De manera que sin pensarlo mucho, al terminar la comida la invité a quedarse en mi departamento. Ella fingió sorpresa de una manera que me encantó, y ante mi reiterada oferta de ayudarla en sus gestiones a la mañana siguiente, terminó por aceptar. La llevé entonces a casa para que se diese un baño y se recostase, mientras yo acudía al partido para atender mis ocupaciones. Guillermo, aturdido todavía por el festejo, pero impaciente por iniciar su anhelado cometido, me esperaba en su oficina. Me soltó una perorata inflamada por los vapores del coñac acerca de la lealtad y la disciplina, que yo tuve a bien considerar como su primer acto de campaña. Por mi parte, para halagar a su fuero y autoridad, me disculpé con holgura, pero no le mencioné a Gabriela.

Era verdad que me encontraba en mi mejor etapa. Tenía dinero, un promisorio futuro en la política, seguía siendo soltero y disfrutaba mucho de mi condición. Mi afortunada asociación con Guillermo, a quién consideraba mi hermano y maestro a pesar de ser un poco menor que yo, me había valido el ingreso al partido, y me llevaba ahora a la primera gran oportunidad. Nos iríamos a México, dejando aquí en Guadalajara un pie para la siguiente etapa, que bien podría ser la presidencia de algún municipio conurbado o, ¿por qué no?, una senaduría. A donde quiera que Guillermo fuese yo sería su hombre de confianza. A veces nos parecía que todo estaba sucediendo a una velocidad vertiginosa, como si fuésemos montados a lomos de una ola gigantesca.

La llegada no prevista de Gabriela me venía a confirmar, por la obligada confrontación, que llevaba yo la senda correcta. Incluso sentía lástima por ella, la veía desamparada, encadenada al pasado ideológico, desaliñada y rota, olvidada de sí misma. También pesaba en mí una ternura añeja, pues por encima de las diferencias políticas, cuando fuimos pareja, ella supo siempre ser buena y cariñosa.

Guillermo no me dejó ir sino hasta pasadas las diez, reprochándome con la mirada cuando le avisé que la mañana siguiente la ocuparía en un asunto personal. Como ya era tarde, pasé a comprar pizza y cervezas. Ella estaba fresca y descansada después del baño, se había puesto una de mis piyamas. Cenamos en la sala, viendo la televisión, y no entendí porqué a ella le pareció un hábito extraño. Las Chivas estaban jugando la semifinal, pero eso no significaba nada para ella, así que decidí poner el noticiero.

Comíamos, fumábamos y escuchábamos a medias las noticias, pero en algún momento ella se puso en pie y apagó el televisor sin siquiera tomarme parecer, no recordaba otra mujer que se atreviese a tanto. Así que a partir de allí conversamos, ella sobre la sierra, sus convicciones, su lucha y sus hermanos indígenas, y yo sobre el partido, Guillermo, mis planes para la campaña. Y a cada momento nos parecía que el otro estaba hablando sandeces.

—Por favor quítate esa corbata —me pidió, cuando abrimos la segunda cerveza—, no soporto verte así.

Ella habló de la miseria, la injusticia y las cosas que siempre han ocurrido en este país en los lugares donde viven indios. Yo la dejé hablar con la intención de que se desahogara, aunque tuve la impresión de que no llegaba al fondo de las cosas. Cuando algo de lo que decía comenzaba a emocionarla, callaba abruptamente, como si estuviese haciendo esfuerzos por controlar sus sentimientos. Creo que había cosas de las que prefería no hablar. Para mí todo estaba claro, ella estaba tan obstinada en sus creencias políticas que no deseaba admitir que sus camaradas, y ella misma, estaban equivocados en su anhelo de proteger a los indígenas contra la sociedad moderna y las leyes del mercado, que sus anquilosadas propuestas de igualdad social estaban siendo rebasadas por la historia.

—Créeme que yo admiro y respeto tu labor y tus convicciones —le dije, levantándome del sofá, encendiendo el aparato de sonido y buscando en el armario algunas de mis cintas viejas—. Pero tú sabes que mi pensamiento es diferente.

—Es Silvio —me interrumpió, tarareando la primera canción que sonó—. Tiene años que no lo escucho.

—¿Ni siquiera eso? —Ella se encogió de hombros.

—No tengo grabadora —respondió—. Sólo oigo el radio, en dialecto casi siempre. No tengo tiempo para esas cosas. Cuando uno se compromete con una causa debe hacerlo a fondo.

—Pero es tu causa, no la de ellos —le repliqué, aprovechando la oportunidad.

—Tú lo dices porque nunca has estado allá, no tienes la menor idea de lo que es eso.

—No necesito ir hasta allá para saberlo, en nuestro Distrito también hay zonas marginadas, jodidas de verdad, créeme.

—Lo que pasa es que tú ya te vendiste al sistema. ¡Mírate!, estás hecho un catrín y un padrote. Interpretas la realidad según tu conveniencia. Para ti todo está bien porque tú estás bien, pero en este país la gente está jodida, no contenta, tú lo sabes pero te haces. El verdadero México está en otra parte, pasas junto a él y no lo ves.

—Dime una cosa —le repliqué, mientras destapaba otra cerveza—. ¿Por qué tienen que venir ustedes desde las universidades a fabricarles sus demandas y explicarles sus necesidades? —le hice un ademán para que me dejase terminar—. Te voy a contestar, porque no son de ellos esas ideas, ustedes las arman y luego se las venden como propias.

—Ocurre que ellos están indefensos —me replicó—. Siglos de explotación y miseria les han impedido entender su realidad. Ustedes los mantienen ignorantes porque así los pueden explotar, no lo niegues. Nosotros les ayudamos a abrir los ojos. Tú sabes todo eso, eres lo bastante inteligente, lo que pasa es que eres egoísta.

—Y, ¿tú, Gabriela?, ¿qué hay de ti como mujer? ¿Qué hay de tus sueños propios, tu bienestar económico, tu realización profesional?

—¡Ah, qué pendejadas dices! —me respondió, soltando una carcajada honda y cristalina.

—De veras —le dije—. Veme a mí. Con dos telefonazos puedo solucionar tu problema en la mañana. Ni siquiera tienes que moverte de aquí. Cuentas conmigo y lo sabes bien, pero escucha un consejo de amigo, soy sincero. —Ella guardó silencio y me miró con sus ojos profundos y oscuros—. Así como me ves —continué, aprovechando que no hablaba— con corbata y auto del año, te aseguro que puedo hacer más por los desvalidos que tú. ¡Porque estoy dentro del sistema!, yo trabajo desde dentro. Cada día tomo decisiones que afectan a miles —seguí, mientras sentía que su mirada me traspasaba como si mi cuerpo fuera un cristal, y la expresión de su rostro era inescrutable. Sus ojos estaban en mí, pero su mente vagaba en algún punto lejano—. La asistencia social instrumentada por el gobierno…

—Te propongo algo —me interrumpió de pronto—. Hagamos una tregua. Realmente necesito tu ayuda mañana, y estoy disfrutando mucho este momento —añadió, levantándose a voltear la cinta—. Mejor no estropeemos la velada hablando de política. ¿No tienes tequila o algo parecido?

Ahora fui yo quien se rio. Después de todo tenía razón. Fui a la cocina y saqué el tequila. Pero de pronto se me ocurrió una idea; abrí el refrigerador, saque una botella de champaña y tomé dos copas. Ella, que jamás lo había probado, me reprochó el gesto machista y burgués. Mientras bebíamos escuchamos cintas muy viejas, tarareando las canciones pues ya no recordábamos las letras, y repasamos nuestras extraviadas memorias de la vida estudiantil, nuestras aventuras y episodios amorosos. Poco a poco, las burbujas en las copas y el humo de los cigarros fueron gasificando la charla, y ella volvió a ser buena y dulce.

A la mañana siguiente desayunamos en la cocina. Yo preparaba unos huevos y ella hojeaba mi periódico, leyendo con profunda atención alguna noticia de la sección “País”, que yo no alcanzaba a ver desde la estufa. Yo no esperaba de ella una reacción pueril, pero por experiencia sabía que uno no debe iniciar conversación con una mujer cuando en la víspera se ha tenido un primer lance amoroso, así que le serví su plato, me senté frente a ella y tomé la sección de deportes para enterarme del resultado del futbol.

Me reprochó por el tiempo que me tomaba arreglarme. Pero en cuanto me anudé la corbata, tomé el celular y llamé al partido. Le pedí a mi secretaria que hablara con el jefe de la estación de carga para solicitarle, a nombre del candidato, que brindara facilidades para el transbordo de las cajas de maquinaria, y luego le indiqué que enviara una camioneta y dos mozos a la terminal. Con eso hubiera sido suficiente, pero por atención a Gabriela decidí acompañarla personalmente. Y fue bueno que así lo haya hecho, porque apareció un oficial de aduanas, un individuo bajo de estatura y celoso de su deber, que a pesar del pedimento legalizado en la frontera insistía en abrir las pesadas cajas de madera, las cuales ostentaban letreros en chino y la leyenda “Made in Taiwan”. Me molestó mucho la actitud de aquel tipo, fanfarrón en sus maneras y hostil hacia Gabriela. Ni siquiera cuando me identifiqué pareció inmutarse, como si no creyera lo que le decía. No tuve otro remedio que llamar por el portátil a mi secretaria, pedirle que enlazara la llamada a la oficina de aduanas y solicitar, de parte de Guillermo, que pusieran al jefe en la línea.

—¿Bueno? ¿Con quién tengo el gusto? ¿Licenciado Fernández? ¿Eres el subdirector? Mira, habla el coordinador de campaña del Lic. Guillermo Márquez, a tus órdenes. —Al oír esto, el chaparrito puso cara de preocupación—. ¿Tu jefe anda en el desayuno?, el candidato también. —En ese momento, y sin que nadie se lo solicitase, el oficial se apresuró a sellar la documentación—. Sólo llamaba para saber si nos van a acompañar en la apertura de campaña —dije. El nefasto individuo respiró con alivio—. Por cierto que hemos recibido un apoyo invaluable de parte del oficial —le hice señas al chaparrito—. Beas, sí, Beas, debo decirte que es un excelente elemento. —De allí en delante todo fluyó como el agua.

—Es lamentable que el país funcione de esta manera —le comenté a Gabriela, ya en el coche—, pero nosotros no ponemos las reglas, sólo nos queda entenderlas y sacar provecho de ellas.

No me contestó, y hasta ese momento me percaté de lo seria y ensimismada que había estado todo el tiempo. Yo achaqué su sentir a lo desagradable del episodio, y a que mis métodos seguramente le parecían reprobables, cuando no repugnantes. Pero lo importante es que las cajas ya iban rumbo a México, y nosotros podíamos olvidarnos del oficial Beas.

La llevé de vuelta a mi departamento. Casi no hablamos durante el trayecto. Ella permanecía sumergida en un profundo pozo del que al parecer no le interesaba salir.

—¿Por qué no te quedas un día más? —le propuse cuando llegamos. Ella me miró de ese modo que me desconcertaba—. Tu asunto ya quedó arreglado —le insistí—. Tómate un descanso.

—¿Sabes una cosa? —me dijo—. ¡Me alegro tanto de haberte encontrado! —Debo confesar que aquella expresión, y el beso apasionado que le siguió, alimentaron mi ego. Le pedí que descansara, y prometí regresar para llevarla a comer. Me fui de prisa a buscar a Guillermo.

No esperaba yo nada de Gabriela, después del día siguiente no la volvería a ver y no lo lamentaba. Pero aquel encuentro inesperado me había traído una grata nostalgia de mis días en la universidad, había halagado mi orgullo de varón, y al mismo tiempo venía a reforzar mi convicción de estar bien, demostrándole que incluso a ella podía tenderle la mano. Y por añadidura, me había obsequiado un poco de ternura para el sexo, que no había disfrutado hacía tiempo.

No pude volver a tiempo para la comida, y así se lo hice saber por teléfono. Llegué casi al anochecer, con una botella de vino y un ramo de flores que ella no me iba a agradecer. Pero no la encontré.

En la penumbra del apartamento solitario encontré la cama sin tender, ropa tirada en el suelo, en la cocina los trastes sucios del almuerzo, y junto a un cenicero atascado, esta infausta nota sobre la barra del desayunador:

“Te esperé cuanto pude, hubiese preferido decírtelo a la cara. Aunque sé que no llegarás a perdonarme, te debo una disculpa interminable. Te mentí en dos cosas fundamentales: no es Oaxaca, sino Chiapas donde vivo. Y no son herramientas agrícolas, sino armas y municiones lo que gentilmente me ayudaste a transbordar. Por mi conducto, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional agradece tu desinteresada colaboración, que ayudará a sostener la lucha armada para la liberación de nuestros hermanos indígenas, y te garantiza un absoluto anonimato. Personalmente agradezco tu hospitalidad, tu trato y tu champaña, debo confesar que me gustó. Ha sido para mí la misión más grata en muchos años. No olvidaré que lo has hecho por mí.” Gabriela.

No sé cuánto tiempo permanecí mirando aquel papel terrible, sin comprender lo que me había ocurrido. Después fui al refrigerador, tomé la primera cerveza de la noche y, con el mensaje en la mano, me fui a sentar a la sala. A la primera le siguieron muchas cervezas más. Amanecía ya cuando vencí la tentación de abrir una botella de champaña.

El permiso

Para Alfredo, para Lolis,

que nos han enseñado como florece

la amistad en la Tierra Pródiga

I

Era viernes, de Nuestra Señora del Rosario, el día que perdí la inocencia. Como no hubo clases, la Madre Directora decidió que ese día después de misa se hiciera el paseo para el grupo de sexto. Paseo que nos tenía prometido desde Fiestas Patrias, cuando sin proponérnoslo, ganamos el concurso municipal de oratoria. Ni en sueños hubiésemos pensado que la gorda Licha podía llegar a la eliminatoria final, mucho menos hubiéramos imaginado que podía ganar. Pero lo hizo, y la Madre Conchita se puso tan contenta que en ese mismo instante nos ofreció llevarnos de paseo al río de La Villa. Ésa sí que fue sorpresa para nosotros, fue tanta nuestra alegría que le cantamos porras a la Gorda, la alzamos en hombros y algunos hasta besos le dieron.

Nuestro júbilo duró lo que tardó la Madre Conchita en entrar al despacho de la Madre Directora, y salir casi de inmediato, con la cara colorada por la regañiza y el gesto contrito por la negativa. Y allí hubiera quedado su buena intención, pero una llamada del papá de Tomás, que es el presidente de la sociedad de padres, logró que la Madre Directora atenuara sus recelos y terminara aceptando; dijo que sí pero no puso fecha. Como quiera, bastó con que dijera que sí para devolvernos la alegría y salvar la palabra empeñada de la Madre Conchita.

Este fue mi primer pecado. Porque yo, junto con los otros vales, fui de los que animamos a Tomás, o más bien, casi lo obligamos a que convenciera a su papá, a que lo atosigara con ruegos y súplicas para que hablara con la Directora, y nos dejara hacer el paseo. Todo porque Álvaro nos había ofrecido que, en un descuido de las madres, nos escurriríamos de la Poza Honda, que es a donde nos querían llevar, y que él nos guiaría hasta la cascada de Los Chorros, que conocía porque sus primos mayores lo habían llevado allí en vacaciones. Según él, en esa cascada se podía escalar y saltar desde lo alto, para caer entre la espuma que el agua revuelta hace, y si uno sabía nadar bien y tenía buenos pulmones, alcanzaría a tocar el fondo arenoso de la poza, a más de cuatro metros de profundidad. Álvaro alardeaba de haberlo logrado, y nos retaba a hacer lo mismo durante el paseo.

Era viernes de Nuestra Señora, y era mucha mi mala suerte que la Madre Directora hubiese decidido dos días antes ponerle esa fecha al prometido paseo. Porque yo era el único de todo el salón que no había entregado el maldito trabajo de Ecología, y la Madre Conchita, que ya me había dado por tercera ocasión la última oportunidad, contuvo por fin su misericordia y se animó a decírselo a Mamá. Lo cual no fue la peor parte, sino que Mamá, que no guardaba más paciencia para mi persistente inconstancia académica, y un poco también por fastidiarlo a él, terminó por contárselo a Papá.

Papá es un hombre sumamente ocupado. La frase que más recuerdo haberle escuchado es: “no tengo tiempo”. Nunca tiene tiempo; sale de casa antes de las siete, hora en que yo me levanto. Al mediodía llega a comer a toda prisa, hace una muy merecida siesta, durante la cual la casa debe permanecer en silencio, y vuelve al trabajo enseguida, para tornar ya noche, cuando Mamá ha terminado de ver su novela y yo, con mucha frecuencia, estoy ya dormido. Tan ocupado Papá, que más de una vez no llegó a la cena de aniversario que Mamá le tenía preparada, lo que ella no pierde ocasión de echarle en cara, sobre todo cuando hay visitas. Tan ocupado Papá, que no siente curiosidad por la marcha de mis estudios, y si alguna vez tiene que mencionar el grado en que voy, debe preguntárselo a Mamá primero. Pero en las raras ocasiones en que decide intervenir en mis asuntos escolares, como en ésta, las consecuencias suelen ser funestas. Así que al darnos la Madre Conchita la esperada noticia, yo les seguí el juego a los otros, grité y aplaudí, y con ellos hice planes para escabullirnos a la cascada, y juramentos de no rajarnos de saltar desde lo alto. Pero por dentro ya lloraba, de pensar que sería el único del salón que no iba a ir al paseo.

Lo que me agüita bien mucho es saber que fue mi culpa. Todo por mi maldita flojera. ¿Qué me costaba haber hecho la tarea? Mi abuelita Trina me dice siempre que el trabajo es una bendición de Dios, que gracias a él tenemos qué llevarnos a la boca, y que en cambio, la flojera es cosa del demonio. Yo, para desdicha mía y de mis papás, he sido perezoso desde chiquito, nunca me gustó hacer el quehacer, ni ayudar en la casa, ni hacer mandados y menos todavía hacer tarea. Puedo jugar futbol tres horas seguidas sin sentir cansancio, puedo subir en bicicleta al Cerrito con los compas, y a veces le ayudo a Chuy a lavar su troca, que está bien grandota, pero no me sienten en la mesa del comedor frente a una libreta de la escuela, porque de inmediato me empieza a doler la panza, me entran unas ganas terribles de ir al baño, me da sed o me duele la cabeza. Mamá, que nunca me cree, se enoja, grita, se desespera y termina rindiéndose antes de diez minutos. Sólo mi abue Trina es persistente, me atosiga con sus discursos sobre la maldad de Lucifer, las terribles llamas del averno, y las mil torturas que allí sufren las almas descarriadas. Me restriega una y otra vez mi flojera en los oídos y no todas, pero muchas veces, consigue que yo haga mi tarea.

Ahora debo aceptar que ella tenía razón, y que yo ya debo de estar condenado. Porque yo sabía que no tenía derecho de ir al paseo, después de que Papá, furioso porque Mamá le había dicho de mi tarea inconclusa, y también porque según él, Mamá lo molestaba porque ella no era capaz de hacer lo que le correspondía, me pegó una santa cueriza, me castigó un mes sin salir a jugar y lo que más me dolió, me prohibió que usara la camiseta oficial de la Selección que acababa de traerme de Guadalajara. Todo por no haber hecho la tarea de Ecología, y haber provocado que Papá le reprochase a Mamá su descuido en mis estudios, y que ella le contestara que yo era hijo de los dos, y que él jamás se había dignado pararse por el colegio. A lo cual Papá respondía que su obligación era traer dinero a casa, y que diera gracias que ganaba lo suficiente para tenerme en el colegio, lo cual, por cierto, se hacía para complacerla a ella, pues de sus ganas, él me hubiera mandado a la escuela pública, para que me hiciese hombrecito como él, en vez de andar entre las faldas de las monjas. Invariablemente, Mamá le respondía que precisamente para eso me había metido al colegio, para evitar que me convirtiera en un bruto, como él. Y de estas razones pasaban a los reproches, los gritos y las majaderías, como les decía mi abuela, para terminar siempre con el portazo que daba Papá cuando, furioso y desencajado, abandonaba la casa. Lo peor no era que discutiesen, y que incluso hubiesen llegado a los golpes, sino que yo estuviera allí presente, escuchándolos y viéndolos encrespados como dos gallos de pelea, sobretodo cuando yo tenía la culpa de sus pleitos. Porque mi abue Trina dice que a pesar de su carácter arrebatado, Papá es un hombre bueno, y que Mamá hace muy mal en enfrentarlo y responderle, porque los hombres así son, y la mujer debe aguantarse y ofrecérselo todo a nuestro señor, pero las mujeres de ahora han olvidado el respeto y la devoción, y por eso el mundo anda ahora de cabeza. Y a mí me dice que yo no debo dar motivo para que ellos tengan disgustos, porque si no un día de estos Papá se va a cansar, y terminará por irse de la casa, y que yo soy el único que puede mantenerlos unidos. Por eso creo que ya me condené, pues aún sin tener derecho, y a pesar de que ni siquiera había empezado a hacer el trabajo que causó mis males, ese día, cuando la Madre Conchita nos anunció que la Directora acababa de autorizar el paseo para el día de nuestra señora, nomás llegué a casa, me lancé tras Mamá para pedirle, para rogarle que me dejase ir. Y aunque me dé vergüenza, no sólo supliqué, sino que lloriqueé, pataleé, juré por la virgen que Papá no se enteraría, al fin él nunca se daba cuenta de nada. Que ya tenía avanzado mi trabajo y que el sábado sin falta lo terminaría. Todo porque quedarme en casa ese día, mientras todo el salón se iba de paseo, y los otros vales se escapaban a la cascada, me parecía la injusticia más grande que podía ocurrir sobre la tierra. Y Mamá, pobrecita, fastidiada de tanta necedad, terminó por acceder.

Ese fue mi pecado, del que tantas veces me previno mi abue. Aunque yo podría alegar que en realidad la culpa fue de la Sofi, pero nadie va a creerme. Porque el día que la Madre nos dejó la tarea de Ecología, ella llevaba su faldita corta, que es muy corta, y cuando lo hace, la Madre la castiga mandándola hasta atrás del salón, a dos filas tan sólo de mi banca. Y yo apenas necesito voltear para mirarla, y entonces recuerdo lo que mis compañeros dicen de ella, lo que algunos afirman haber visto, y me vienen pensamientos raros, y parece que estuviera dormido y despierto al mismo tiempo, y me da por no entender lo que la Madre dice, y no apunto nada. Por eso no me di cuenta de que nos dejaron ese trabajo, hasta el día que teníamos que entregarlo y yo era el único que no lo llevaba.

II

Lo que sí, es que al principio fue bueno, o mejor decir, buenísimo, que me hubieran dejado ir. Porque tal y como lo habíamos acordado, en el primer descuido de la Madre Conchita y las otras madres, Álvaro, Rubén, Agustín, Braulio, el gordo Tomás y yo nos escabullimos entre las matas de la orilla y salimos destapados aguas arriba. Tal vez no tan alta como Álvaro nos la había pintado, pero allí estaba la cascada de Los Chorros, con aquella pared escarpada, de la que colgaban algunas matas solitarias, y a la cual había que trepar con cuidado, agarrándose de las salientes filosas, hasta alcanzar lo alto. De allí había que caminar, con el agua a la rodilla, hasta una piedra plana que sobresalía al centro del cauce, justo sobre el borde de la cascada. Y desde allí nos lanzábamos a las aguas turbulentas, pero por más esfuerzos que hacíamos, aguantando el aire hasta que los pulmones parecían a punto de explotar, sólo Braulio, en una ocasión, logró agarrar un puñado de arena del fondo de la poza.

Pero las emociones fuertes me esperaban al regreso. Después de un rato que parecía ya largo, Agustín y yo comenzamos a sentirnos nerviosos, y a decirles a los demás que ya era hora de regresar. Tomás, que es el más dañero, comenzó a decirnos maricones y los demás le siguieron, y se volvieron a trepar a la cascada. Yo era el más preocupado de que la madre notara nuestra ausencia, por las consecuencias que esto podía acarrearme, así que le dije a Agustín que si ellos querían, que se quedaran, pero que nosotros nos regresáramos. Agustín no se animaba, y cuando finalmente lo convencí, el gordo Tomás se dio cuenta de nuestra intención, corrió hasta nosotros y nos arrebató las toallas, se regresó a la poza y se las aventó a Rubén. Nosotros les gritamos que nos las devolvieran, pero ellos se reían y se las aventaban de uno a otro, ya totalmente empapadas. Agustín se metió al agua y yo me fui tras él, pero al ver que nos acercábamos, ellos las arrojaron tan lejos como pudieron y salieron a la orilla. Nosotros nos lanzamos a recogerlas y ellos, risa y risa, con el maldito gordo a la cabeza, emprendieron la vuelta. Agustín nadó hasta alcanzar su toalla, pero el infeliz no recogió la mía, así que cuando por fin la recuperé, ya todos se habían marchado.

Maldiciendo de todo corazón a mis amigos, con los ojos anegados de lágrimas, casi arrepentido de haber venido al paseo, inicié mi apresurado regreso. Mi mayor angustia era que los muy traidores fueran a acusarme con la Madre, porque entonces sí que me iba a esperar un fusilamiento en casa. A medio camino se me ocurrió una idea; si me subía al promontorio que bordeaba el río y caminaba entre los árboles, podría llegar a la Poza Honda por el lado opuesto, alegándole a la madre que había ido al baño y haciendo que aquellos infelices se llevaran un chasco. Entusiasmado con la idea, trepé el promontorio y me fui caminando bajo la sombra de los árboles, hasta que ya escuchaba la gritería de mis compañeros y sus chapaleos en el agua. Alcancé a oír que la madre los llamaba, avisando que era hora de comer. De pronto, al rodear el tronco enorme de una ceiba, me topé con la visión que me hizo olvidar lo que venía pensando. Allí, sobre un montículo de hierba, de espaldas a mí y a escasos metros de donde yo me hallaba, con el cabello mojado y los hombros bronceados de sol, estaba la Sofi, envuelta en una enorme toalla mientras se cambiaba de ropa. En ese momento, cayó al suelo su traje de baño, y yo sentí que el suelo oscilaba bajo mis pies. Ella volteó al sentir mi mirada, y no había enojo en su semblante. Yo debo haber ofrecido una estampa lamentable; desgreñado, con los ojos llorosos, paralizado de miedo como un conejo encandilado. La Sofi se echó a reír y se giró para verme de frente. Yo deseaba que la tierra se abriese a mis pies, y hubiera salido corriendo de allí, pero no lograba que mis piernas temblorosas respondiesen. Fue entonces cuando la sonrisa de la Sofi cambió, se hizo como dura, malévola, y sin decirme nada, abrió de repente la toalla y develó ante mis ojos incrédulos aquel misterio del que todos hablaban en el colegio. Y mientras ella se envolvía nuevamente en la toalla, y con risa burlona me daba la espalda, yo eché a correr como enyerbado, sintiendo que el corazón me saltaba por la boca, y repitiéndome, a cada golpe de la sangre en mi sien afiebrada, que efectivamente, como todos afirmaban, la Sofi ya había dejado de ser niña.

III

Cuando iniciamos el regreso, fui el último en abordar el camión, y el único lugar vacío estaba adelante, junto a la Madre Conchita, lugar que a propósito me habían dejado aquellos maloras, para que se me quitara lo sangrón, o lo turulato, porque no acababan de entender lo que me había sucedido cuando regresamos de Los Chorros. Primero se cansaron de burlarse de mí, de engañarme diciendo que la madre nos había descubierto y que me acusaría con mi mamá, y les parecía raro que yo no les hiciera aprecio. Después se preocuparon pensando que algún bicho me había picado, y terminaron enojados porque yo ni los oía ni les contestaba nada, nomás permanecía en silencio, con la mirada perdida, como si hubiese tomado de la bulinguita del chofer.

Porque desde la mañana, cuando íbamos en camino, el maloso de Tomás se dio cuenta de que el compadre del chofer, que lo acompañaba en el viaje, traía una bulinguita de plástico, de la cual de rato en rato tomaban ambos, cuando las madres no los veían, y luego bromeaban entre sí. Las madres ni se las olían, pero nosotros sí porque Tomás nos lo dijo, como su papá tomaba todos los fines de semana, su olfato estaba bien entrenado. Ellos siguieron recurriendo a la bulinguita durante todo el paseo, especialmente mientras nosotros nos bañábamos, y la risa les duró hasta la hora de la comida, cuando pidieron agua para beber. Ya en el regreso se les fue acabando la alegría, y cuando comenzamos subir La Cumbre, el chofer y su compadre permanecían largos ratos silenciosos y a veces daban cabeceadas. Como yo iba adelante podía verlos y quizá debí advertírselo a la Madre, pero yo no estaba dentro de mí, sino que flotaba en un sitio lejano, junto a una ceiba enorme, y además, la Madre a mi lado roncaba a placer, mientras su cabeza giraba a un lado y al otro con las curvas del camino. De vez en cuando el chofer bostezaba y se frotaba los ojos, y entonces su compadre le hacía algún comentario, que él respondía con un gruñido. El camión continuamente invadía la raya blanca del centro del camino, y tardaba en enderezar el rumbo, hasta que en la recta larga antes de El Tigre, de plano invadió el carril contrario. Como si fuera un video, yo vi aparecer en el otro extremo del camino una camioneta de redilas, y el chofer tardó bastante más que yo en descubrirla, pero al verla, pisó el freno bruscamente y giró el volante para recuperar su carril.

A partir de allí fue como si la película la hubiesen puesto en cámara lenta. El camión iba de un lado al otro de la carretera como los juegos de la feria. La camioneta tardaba una eternidad en acercarse a nosotros, y yo volteé a ver a mis compañeros, vi como se iban despertando con las sacudidas, ponían cara de susto y comenzaban a gritar como poseídos. Tengo la impresión de haberlos mirado, a cada uno, y aún oigo los gritos de la Madre cerca de mi oído. No estoy seguro, pero tengo idea de haber visto la camioneta pasar en sentido contrario por nuestro costado, y hasta recuerdo la cara asustada del chofer. El camión comenzó a chicotear con más fuerza, hasta que en una de esas alcanzó la orilla de la carretera, se detuvo allí por una milésima de segundo y luego comenzó a rodar de costado sobre la vegetación que cubría la pendiente. Fue como si nos hubiesen metido en una licuadora; yo veía, o soñaba que veía girar a mi alrededor mochilas, huaraches, gorras y rostros de mis compañeros. Y hasta me pareció que me salía por una de las ventanas.

IV

La tarde avanzaba y Papá la ocupaba revisando los informes de los sobrestantes. De pronto lo distrajo el timbre del teléfono que sonaba en el escritorio de al lado, a pocos centímetros de él, pero no se molestó en contestar. Al cuarto o quinto timbrazo entró Lupita, la secretaria, y alzó la bocina, mirando con reproche a Papá.

—¿Buenó? —contestó Lupita, con su voz aguda—.¿Quién es? Apenas te oigo, habla más fuerte —añadió, subiendo el volumen y haciendo que Papá se revolviera incómodo en su asiento—. ¿Cómo dices? —y después de un largo silencio, exclamó—: ¡Virgen Santa! —y acto seguido se desmayó. Cayendo detrás del sillón de Papá, que alarmado, la vio tendida en el suelo.

—¡Lupita!, ¡levántese!, ¿qué le pasa? —gritó Papá, asustado y colérico, soltando los papeles que tenía en la mano y agachándose hacia ella—. ¡Lupita! ¡Carajo! ¡Levántese! ¡Me lleva la jodida! —e intentó hacerla reaccionar, pero no lo logró—. ¡Auxilio, gente! ¡Lupita se desmayó! —gritaba histérico, pero nadie acudía a su llamado.

—¡Lupita, Lupita! ¡Por Dios! —exclamaba, nervioso. En ese momento, algunas cabezas se asomaron por la puerta del cubículo—. ¡Ayúdenme! —les gritó—. ¿No ven que está desmayada? —Y entonces varios se acercaron y la alzaron en vilo—. ¡Hay que llevarla al sofá! —ordenó Papá—. ¡Hablen al Seguro!

—¿Qué pasó? —preguntaban todos, y Papá se encogía de hombros.

Atraído por los gritos, el ingeniero Manzo se acercó en el momento en que llevaban a Lupita hasta el sofá. Manzo se asomó al cubículo y descubrió el auricular que colgaba del cable, chocando contra la pata del escritorio. Al levantarlo, alcanzó a escuchar una voz que gritaba.

Apurado con la inconsciencia de Lupita, Papá no se enteró que quien llamaba era el jefe de la brigada que andaba para la Costa. Con él se topó en El Zapote el chofer de la camioneta. Más espantado que un muerto reciente, tras haber librado el camión como de milagro, y ver por el retrovisor cómo éste se acostaba sobre el vacío y daba volteretas cuesta abajo. Le faltó valor para regresarse, pero se detuvo en El Zapote. Con piernas temblorosas se acercó a la brigada de la Comisión, que se había detenido allí para tomar un refresco, y les contó lo sucedido. Como su radio no tenía baterías, el jefe de la brigada corrió a la caseta e hizo la llamada que finalmente tomó Manzo, y después salió destapado hacia el lugar del accidente.

Cuando el alboroto de la llamada superó al que había armado Lupita con su desmayo, Papá preguntó qué sucedía.

—¡Es la excursión del colegio, Vale! —le informó Michel, que pasaba veloz junto al sofá—.¡Se accidentaron al subir la Cumbre!

—¡Qué bueno que yo no dejé ir a mi chamaco! —exclamó Papá sin siquiera pensarlo, y lo alcanzó a oír el gerente, que avisado por Manzo salió a tomar personalmente la llamada. Como su hijo era mi amigo, el gordo Tomás, pronto se organizó un grupo de rescate encabezado por el propio gerente. Cuerdas, palas, linternas, botiquines, todo lo que estuviera a mano fue montado en dos camionetas. Al igual que todos, Papá se ofreció de voluntario.

—¡Tú te quedas, no tienes asunto allá! —le espetó bruscamente el gerente, mientras se ajustaba un casco prestado. Y suavizando luego el tono, añadió—: Alguien debe atender el radio y los teléfonos. Avisas a Seguridad Pública, al Ayuntamiento, a la Federal, a la Cruz Roja; cuanta ambulancia encuentres de aquí a la costa, quiero que me la mandes —. Y ya en la puerta se detuvo, sin dirigirse a nadie en especial—: Todavía no avisen a mi casa.

Después de un rato que se le hizo largo, en el que cumplió uno a uno sus encargos y mandó que llevaran a Lupita al Seguro, Papá marcó a casa:

—¿Diga? —preguntó Mamá al alzar la bocina.

—¿Dónde está aquél? —inquirió Papá, sin mayor preámbulo. Aún sentía en el paladar el agrio sabor de la discusión con que se habían despedido aquella mañana.

—¿Perdón? —replicó Mamá.

—¿Que dónde anda aquel? —repitió Papá impaciente—. Te estoy preguntando.

—¿Te refieres a tu hijo? —preguntó Mamá, haciendo tiempo para descifrar por dónde venía la embestida.

—¿A quién más?, ¿dónde anda?

—Como no sabía quién llamaba —comentó Mamá, ácida y suavemente.

—No estoy para tus tarugadas —la cortó Papá—, pásamelo ya.

—Es que no está —respondió Mamá en tono de reto.

—¿Cómo que no está?, ¿qué no dije claramente que estaba castigado?

—Fue a casa de Nachito —replicó Mamá sin dejarse amedrentar. Todos, hasta Papá, sabíamos que Nachito no tenía teléfono— a copiar la tarea de Ecología. Como ya es viernes y no la ha terminado, tuve que dejarlo que fuera a copiarla. Si no la entrega el lunes, la madre lo reprueba.

—Pero yo le dije que le iba a ayudar el sábado —exclamó Papá molesto.

—Y ¿tú crees que tu hijo está tarado? —le espetó Mamá, aprovechando el movimiento en falso de Papá—. Ya no te cree ni el bendito.

—Y tú bien que te has encargado de ponerlo en mi contra, ¿verdad?

—Ni falta que hace. Tiene años de práctica, aprendió más rápido que yo a reconocer tus mentiras. Yo debí seguir su ejemplo, así me hubiera ahorrado muchos corajes.

—Mira, ahora no tengo tiempo para tus idioteces, pero ya nos arreglaremos…

—¡Nomás te advierto que si vuelves a tocarme, te las verás con un abogado!

—¡Cierra la boca! —ordenó Papá—. Sólo ve por él y dile que me llame, pero ahorita, ¿entendiste?

—¿Por qué? —preguntó Mamá—, ¿sucede algo?

—Sólo haz lo que te digo. Ya tengo que colgar.

—¿Me lo estás pidiendo por favor? —alcanzó a replicarle Mamá.

—Ya me tienes harto, es la última que te paso.

—Me arrebataste las palabras —le espetó Mamá antes de colgarle.

Papá azotó el auricular contra el escritorio, y luego se retorció ante la mordedura de la gastritis. Nadie se atrevió a acercarse para ayudarlo, y él solo tuvo que buscar una pastilla. Justo a tiempo, porque la radio comenzó a sonar. Hubiera deseado hablar a casa otra vez, para ver si yo había regresado, pero las muchas comunicaciones y su orgullo herido se lo impedían.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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181 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9786074504583
Правообладатель:
Bookwire
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