Читать книгу: «Espejos de príncipes y avisos a princesas»

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Créditos

Colección Historia Fundamental

Responsable de la colección: Francisco Javier Expósito Lorenzo

Cuidado de la edición: Tatiana Blanco Parrilla

Diseño: Prodigioso Volcán

© De esta edición: Fundación Banco Santander, 2021

© Del texto: Alfredo Alvar Ezquerra,

2021Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-16950-08-9

ÍNDICE

SIGLAS Y OTRAS OBSERVACIONES

INTRODUCCIÓN

1 AMBIENTES: CAMBIOS Y CONTINUIDADES

Papeles y funciones de los hombres y de las mujeres

Continuidad al borde del cambio en lo que había que enseñar (siglos xv y xvi)

Humanistas y maestros

Antonio de Nebrija (c. 1444-1522): un modelo nuevo basado en el rigor y el conocimiento

Erasmo de Rotterdam (1466-1536): planes de estudios, manuales de civilidad y reivindicación del niño

Fray Antonio de Guevara (c. 1480-1545): cómo educar al niño-príncipe

Una addenda a tiempo y destiempo: Monzón, López de Montoya y López Vega

Juan Luis Vives (1492-1540): la expansión de un nuevo magisterio y de la dignidad del niño

Sobre escuelas y cartillas para niñas y niños en España e Indias

El triunfo de la buena letra y del escribir bien

2 ISABEL I Y SUS HIJOS: LOS ORÍGENES DEL MODELO APLICADO

Isabel de Trastámara, niña

Una reina que ¿estudió latín? para estar en el mundo

La educación en Palacio de las personas reales gracias a Isabel I: don Juan y sus hermanas

La educación en Palacio de los jóvenes aristócratas: una novedad gracias a Isabel I (hasta 1526)

Cultura y libros en los palacios de Isabel I: la primera reina lectora y escritora

3 LA EDUCACIÓN DEL ARCHIDUQUE CARLOS

Educación pietista e intimista: Adriano de Utrecht (desde 1511)

4 CARLOS V, LA EMPERATRIZ ISABEL Y SUS HIJOS

El nacimiento de Felipe [II] en 1527 y los erasmistas en la Corte

En tiempos de la emperatriz Isabel y la elección de maestro para el príncipe Felipe [II]

Don Francisco de Bobadilla y Mendoza (1508-1566)

Viglius Zuichemus

Juan Luis Vives de nuevo, pero como candidato

Honorato Juan (1507-1566), primera aparición

Un Junta para elegir preceptor en 1534

Juan Martínez Silíceo, maestro de Felipe [II] (desde 1534 hasta 1541)

Un día en clase con el príncipe Felipe [II]

Compras de libros para las lecciones de Felipe [II]

La madre también pendiente de la educación de los pajes y su apoyo a Bernabé de Busto (1531-1539)

La aventura de la «maricuriosa» Isabel de Josa (1490-1564) en 1533

El ayo del príncipe Felipe [II]: El Imperio era cosa de familia(s). Juan de Zúñiga desde 1535

La sustitución temporal de Silíceo por Juan Cristóbal Calvete de Estrella (1541), y otros humanistas como profesores de apoyo

Maestros para las infantas (alrededor de 1540)

El padre que educa: Las Instrucciones de Madrid (1539) y las Instrucciones de Palamós (1543)

Los resultados de la educación de Felipe [II]

Addenda: Un día en la educación de una niña: la nieta de Dantisco (septiembre de 1538)

5 FELIPE II Y SUS HIJOS

La penosa tarea de hacerse cargo de don Carlos

Antonio de Rojas, ayo

García de Toledo, ayo

Honorato Juan, maestro de don Carlos desde 1554

Sobre los libros que tuvo don Carlos

A vueltas con las cartas de Felipe II a sus hijas (entre 1581 y 1596)

La disparatada Nueva y sutil invención de Pedro de Guevara (¿1581?) dedicada a las infantas

Otras novedades orientadas hacia la educación de los niños desde 1582

Pedro Simón Abril (1530-1595)

Juan López de Velasco y la Ortografía y pronunciación castellana (1582). Un primer encuentro con este genio

Un caótico libro para enseñar a leer y escribir: el de Juan de la Cuesta (1584-1589)

Proyectos de evaluación de los maestros de primeras letras en Madrid (1587)

A la búsqueda de maestro para Felipe [III]

Benito Arias Montano, en las habladurías de Palacio (1584-1585)

El II marqués de Velada, ayo de Felipe [III] y de Isabel Clara Eugenia (9 de agosto de 1587). Sus primeros pasos

Espejos y relojes de príncipes entre los libros del II marqués de Velada

La biblioteca de Velada y sus escritos

García de Loaisa Girón, maestro de Felipe [III] desde 1585

La biblioteca de García de Loaisa y su círculo de «hispanistas» flamencos

El Quaderno de ejercicios escolares del príncipe Felipe [III] de 1588 y otros estudios posteriores

Al príncipe le enseña francés Jean Lhermite, así como geometría, y repasan el latín (1592-1598)

El Espejo de Príncipes de Martín Carvallo (1598)

A modo de reflexión final sobre Felipe II en Felipe III

6 FELIPE III Y SUS HIJOS

Felipe [IV] hasta los siete años: objetivo, sobrevivir

Garcerán Albanell, maestro de Felipe [IV] desde 1610 hasta 1617

Pedro Díaz Morante, renovador de la caligrafía, desde 1609

Casa propia para el príncipe Felipe [IV], la boda de 1615 y Baltasar de Zúñiga, ayo y mayordomo mayor (1614-1619)

El nuevo reinado: las preocupaciones de Garcerán Albanell

El singular caso de la primera Ortografía castellana impresa en América: la de Mateo Alemán en 1609

Un arbitrio para enseñar ciencia política en la «Universidad de Palacio» (1619)

7 FELIPE IV, SU HIJO BALTASAR CARLOS Y…

La educación del príncipe Baltasar Carlos. Lo nunca visto hasta entonces: tiempos de reforma de la educación de la juventud aristocrática (1632). La Autosemblanza de 1633 y de nuevo cartas a un hijo príncipe

La educación del príncipe Baltasar Carlos. Lo nunca visto hasta entonces: un contundente plan de estudios y sus maestros (Brandâo e Isasi) y algo de Saavedra Fajardo

La biblioteca real en 1637

El «Papel largo» y el pensamiento político del rey: la aparición del alma de Baltasar Carlos y la segunda introspección (enero de 1647)

8 …CARLOS II: EL FINAL DE UN CICLO CULTURAL

Los maestros de Carlos II: Ramos del Manzano, Pedro de Villafranca, González de Salcedo y José B. de Zaragoza. Ante una revolución didáctica gracias a la divulgación científica

CIERTAS FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA ESCOGIDA

NOTAS

«Pero, en fin, si tanto deseo tienes de saber lo que dicen sobre esto los autores antiguos, lee la Paideia, de Jenofonte, que dice cómo se ha de educar un rey desde la infancia; lee a Plutarco, que trata exprofeso en uno de sus libros de la educación de los hijos; lee a Quintiliano, que forma al orador desde la cuna; lee a los demás que sostienen que este cuidado de la educación pertenece a los padres».

[Nebrija a Almazán, enviado regio]

NEBRIJA: De liberis educandis, (trad. de F. Olmedo)

«Madres a medias [son] las que solamente paren y no crían ni educan. Padres a medias son los que no tiene otra mira que procurar el bien material para sus hijos».

ERASMO: De cómo los niños han de ser precozmente iniciados en la piedad y en las buenas letras (trad. de L. Riber)

«No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo; que como son hijos de Adán, y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa».

SANTA TERESA: Camino de perfección

«Con este aplauso de los que le conocían y no conocían, llegó el niño a la edad de siete años, en la cual ya sabía leer latín y romance y escribir formada y muy buena letra; porque la intención de sus abuelos era hacerle virtuoso y sabio, ya que no le podían hacer rico; como si la sabiduría y la virtud no fuesen las riquezas sobre quien no tienen jurisdicción los ladrones, ni la que llaman Fortuna».

CERVANTES: La fuerza de la sangre

«Yo aseguro que si entendierais que también había en nosotras valor y fortaleza, no os burlaríais como os burláis; y así, por tenernos sujetas desde que nacemos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con los temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas».

Doña María de ZAYAS SOTOMAYOR (1590-c.1661)

«Rosa al nacer el día/ te ostentas con tal fragancia/ que sin ser en ti arrogancia/ estimas tu lozanía./ Cortada das alegría/ y vivifica tu olor/ mas te advierto con dolor/ que tu vida será breve,/ que el que a cortarte se atreve/ quiere verte ajada flor».

Doña Ana ABARCA DE BOLEA: Octavario, «Décima a una rosa»

SIGLAS y otras observaciones

Todos los textos se han modernizado.

[…] quiere decir que se ha suprimido parte de un texto.

ACA es Archivo de la Corona de Aragón.

AGI es Archivo General de Indias.

AGS es Archivo General de Simancas.

AHN es Archivo Histórico Nacional.

BNE es Biblioteca Nacional de España.

BNF es Biblioteca Nacional de Francia.

BUS es Biblioteca de la Universidad de Salamanca (fondo histórico).

CODOIN es Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España.

CSIC es Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

DBRAH es Diccionario de Biografías de la Real Academia de la Historia.

RAH es Real Academia de la Historia.

INTRODUCCIÓN

El historiador llevaba mucho tiempo intrigado sobre cómo se había educado a los príncipes, como niños, en los tiempos de la Casa de Austria en España.

Sabía que había habido esfuerzos por compilar las obras dedicadas a la educación de los príncipes, pero como futuros gobernantes, o tratados políticos sobre los príncipes en su acepción de reyes, compilaciones que poco tenían que ver con la educación de los párvulos.

Además, le interesaban sobre todo los aspectos sociales del fenómeno de la educación: quiénes educaban, bajo qué principios o valores, cómo se les escogía, qué leían los preceptores y qué hacían leer a tan distinguidos estudiantes.

Para dar respuesta a esas preguntas, a esas curiosidades, era necesario salir de Palacio y ver qué ambiente se respiraba fuera. ¿Qué se creía entonces que era un niño?; ¿desde qué edad se le podía enseñar?; ¿y el qué?; o más aún, ¿cómo? ¿Había escritos sobre estos temas?

Al historiador le apetecía leer y releer sobre la vieja tradición medieval de espejos de príncipes, ya prácticamente en desuso en la España del xvi; como lo del trivium y el quadrivium, fenómenos culturales que en puridad estaban dando sus últimas bocanadas.

Ahora había fenómenos, acontecimientos nuevos, ¡y todos a la vez! Así el descubrimiento de las Institutiones oratoriae de Quintiliano en 1416, que revolucionó la materia educativa desde el Renacimiento hasta el siglo xix, y aún hoy (porque implícita y explícitamente, con consciencia o no los legisladores y sus asesores arremeten contra principios enunciados por Quintiliano). Solo en Italia, y desde allí irradiando por toda la Cristiandad pues se hicieron en latín, hubo dos ediciones comentadas en 1470, otra en 1471, 1482, 1493, 1494…

En segundo lugar, la invención y difusión de la imprenta dio al traste con la larga tradición de copias conventuales de manuscritos de los autores que fuera. El tema es, como se sabe, de película: si un convento allá decía que tenía un texto de Cicerón (aunque fuera del siglo iv) y otro al norte decía lo mismo, y otro en las orillas del Mediterráneo, que también, ¿serían los mismos contenidos?; ¿copiarían igual unos monjes que otros?; ¿sabrían leer igual el original?; y en caso de duda sobre los contenidos, ¿cómo la resolverían?

Por tanto, a partir del siglo xiv y más tarde y con la imprenta de telón de fondo, los filólogos fueron aprendiendo más y mejor latín. Cogieron las copias y las analizaron y llegaron a sus conclusiones. Hicieron ediciones críticas, desterrando las impurezas, ratificando textos de calidad. Y lo hicieron porque lo iban a imprimir, a difundir, a mostrar a la república de las letras…, y a las universidades. Como la de Alcalá, cuyos orígenes fueron netamente filológicos, para hacer la correcta edición, interpretación y reescritura de la Biblia.

Así que si era bueno que un niño príncipe, o sus hermanas o hermanos, leyeran cosas de historia, magistra vitae, para bien regir y regirse, nada como que hubiera buenas ediciones de aquellos textos clásicos, o buenas traducciones.

Inherente a la función del rey era la de leer informes y consultas y responderlas. Por ende, ¿cómo se les enseñaba desde la más tierna edad a leer y a escribir? ¿No había debates fuera, entre filólogos, sobre cómo enseñar a ello? El mundo de la historia de la gramática, de la ortografía y de la caligrafía es, en sí mismo, inmenso. De todo ello, se recogen algunos episodios en este libro. Y sobre la letra de nuestros reyes.

Nunca se había hecho en España un estudio de larga duración para responder a esas preguntas iniciales, y las que fueran añadiéndose durante la investigación; nunca se habían obtenido conclusiones generales sobre cómo se educaba, si educaban igual los maestros que educaron a Felipe II y los que educaron a Carlos II. Mas comoquiera que todo apuntaba a que se educó con los mismos mimbres a Felipe II que al príncipe don Juan, el hijo de los Reyes Católicos que descansa en paz, pero solo, en Santo Tomás de Ávila y sin guanteletes, porque no murió en campo de batalla, digo que, como su educación fue modélica para las generaciones posteriores, ¿no tendría más sentido subir un peldaño e iniciar la investigación en tiempos de Isabel y Fernando, confirmar que ellos sentaron las bases de un modelo de educación y a partir de ese momento, seguir bajando escalones hasta el final de la Casa de Austria?

Por otro lado, ¿quiénes eran los que habían formado a los príncipes y a las infantas? Tampoco nunca se había reconstruido la lista de los maestros oficiales y de los «invitados». La confusión entre maestros y ayos, o mayordomos mayores, era también bastante común, y todo porque no se habían tenido en cuenta las diversas funciones de unos y otros, que se podían solapar, máxime en función del carácter (de los asideros cortesanos) que tuvieran en cada momento: se daba la circunstancia de que normalmente el maestro dependía del grupo de presión del ayo, toda vez que este era aristócrata y el maestro un pechero con estudios.

Pero la educación de los niños príncipes y de las infantas no se podía quedar en los aspectos externos, visibles. Era imprescindible aventurarse, según el estado actual de nuestros conocimientos, en cómo actuaron las reinas en la educación de sus hijos.

Tres son los agentes de socialización que siempre han formado a los hombres: los grupos de iguales o de pares, los medios de comunicación (para los Siglos de Oro podríamos hablar de los púlpitos y sus homilías o sermones; de los libros y bibliotecas) y finalmente la familia.

Con el análisis de los maestros y en su caso de las escuelas del príncipe más las escuelas de aristócratas en Palacio estaba respondida la pregunta, ¿cuál era la incidencia del grupo de pares en la formación del príncipe? Con el análisis de las bibliotecas de esos maestros, de los príncipes y de los reyes, amén de lo que se les iba enseñando a rezar quedaba respondida la segunda pregunta.

Para responder a la tercera pregunta, ¿qué papel desempeñaron los padres y las madres en la formación de sus descendientes? Desde luego que la Casa de Austria tuvo por norma el que los padres reyes dejaran unos fabulosos escritos sobre la educación de los niños príncipes. Lo hizo Carlos V, lo hizo Felipe IV de varias maneras. Además, no sólo eran los escritos de su puño y letra dedicados a sus hijos, sino que oficialmente, se redactaban instrucciones sobre el qué, el cómo, el cuándo educar.

En ocasiones, los propios validos se ocuparon de ello: educar a un príncipe de Asturias no era un juego, sino que la estabilidad del reino se debía, en buena manera, a la exquisita formación humanística y política del rey, heredero de una tradición y transmisor de lo mejor de ella. A los que ellos llamaban «políticos», les interesaba sobre todo asentar sus linajes, el de los Cobos, el de los Sandoval, o el de los Guzmán, por poner algunos ejemplos.

Pero lo más fascinante de ese proceso de educación está en el papel que desempeñaron las madres, siendo tan interesante el de los padres. Ellas, asumieron unas funciones de primera magnitud.

Para empezar, la reina propietaria de Castilla, Isabel I cuidó personalmente de la educación de su hijo Juan y de todas sus hijas, que infantas de Castilla, fueron —en su caso— princesas de Asturias y reinas consortes en Portugal o Inglaterra; archiduquesas de Austria y reina propietaria también en Castilla. Con toda seguridad, algunas princesas, infantas, o aristócratas recibieron educación similar en la Cristiandad, pero lo que hace especialmente significativo este dato es que las hijas de Isabel y Fernando fueron alabadas por Erasmo, por Juan Luis Vives…

Pero, además, la Reina Católica tuvo la feliz idea de montar una escuela de Palacio regida por leales humanistas, que habían abandonado la inestable Italia y se habían venido con libros y bagajes a la potente Castilla, a la estable España. Así, grandes apellidos como el del milanés Angleria, o el siciliano Sículo, regentaron aquella escuela. Escuela cuyos logros fueron admirados por un viajero alemán, Münzer. La Europa cristiana admiraba lo que se enseñaba a los hijos de los aristócratas en Palacio. Y aquella escuela se mantuvo, con las dificultades que se quiera, a lo largo de todos los reinados de la Casa de Austria. Y como junto a esos aristócratas se formaban los príncipes de Asturias, las reinas elegían no sólo a los maestros, sino a los niños que iban a esa escuela.

Las reinas no eran unas pías rezadoras. El caso de la emperatriz Isabel, afanosa defensora de sus reinos de España (en su cabeza incluía, a su manera, Portugal) mantuvo una excelente correspondencia con Carlos V, que la oía y admiraba. De tal forma y manera que cuando ella murió de sobreparto, él cayó en una profunda depresión, de la que le costó salir, si es que lo logró hacer. Y tal fue su desesperación al encontrarse viudo, y con la religión resquebrajándose a sus pies, que decidió abdicar. Pero no lo pudo hacer, por sentido de la responsabilidad, pues su madre, la reina Juana —que estaba enajenada— era la reina propietaria y abuela del que, en todo caso, sería el rey: Felipe II. Así que hubo que esperar a que su madre muriera para dejar los tronos, imperial y de los de España, e irse de retiro a Yuste. ¿No encontró un sitio más escondido y lejano? No obstante, Carlos V le dio a su hijo por escrito, unas Instrucciones sobre cómo regirse en la vida.

Y aquel príncipe Felipe que se quedó sin madre a los doce años de edad, en pleno proceso de formación, también se sumió en una noche de tinieblas, de la que le costó salir lo suyo, pues niño huérfano era y su padre tenía que asistir a las cuestiones del Imperio. Los informes de su maestro Silíceo al César, de cómo el pupilo no estudia —o que va aprendiendo a su ritmo, en lenguaje cortesano— y prefiere evadirse en el campo, y con la caza, son un termómetro perfecto para tomar la temperatura de su hundimiento psicológico.

Andando el tiempo, a Felipe II le tocó una y otra vez, hacerse cargo personalmente de la educación de sus hijos, del príncipe don Carlos, a quien intentó hacerle un joven abierto, llevándolo a la Universidad de Alcalá, con los tristes resultados que tuvo. Por ello, a Felipe [III] se le educó aisladamente, en privado, en el Alcázar o en El Escorial, y a veces estando presente el padre en las clases que se le daban, en su despacho, mientras respondía por escrito a los asuntos de Estado. Felipe III fue un hombre muy retraído. Se conservan sus cuadernos de trabajo de cuando tenía diez años. También se conservan las increíbles cartas de Felipe II a sus hijas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela: otra muestra más de las relaciones, de todo tipo, entre un padre rey y sus hijas.

Margarita de Austria, la esposa de Felipe III, poco pudo hacer por la educación de Felipe IV, pues murió cuando él era un niño de apenas seis años de edad. Bastante había tenido que luchar durante su reinado para recomponer la facción proaustriaca de la Corte, contra la profrancesa de Lerma, y no parar de dar a luz.

Felipe IV sintió y sufrió esa carencia durante toda su vida. Esa carencia y la muerte de su padre cuando tenía dieciséis años. Así que decidió hacerse cargo personalmente de la educación del príncipe Baltasar Carlos y tras su catastrófica muerte, del siguiente príncipe de Asturias, ya el futuro Carlos II.

Una mujer aparece de nuevo en primera línea compartiendo espacio con la reina madre Isabel de Borbón. Sor María de Ágreda, desde el respeto y el saber bien qué lugar ocupa en el cosmos del poder real, le habla al rey, cuando se siente autorizada para ello, sobre cómo guiar a la esperanza de España, a Baltasar Carlos.

Y es de tal porte la presencia del joven Baltasar Carlos en la vida de sor María, que pausadamente le cuenta al rey cómo se le ha aparecido el alma del adolescente tras la muerte rogándole que vele por su padre. El espíritu del hijo indica a la monja qué le debe decir al rey más poderoso del orbe, a Felipe el Grande, cómo se ha de conducir en materias de gobierno: por la boca de la mujer, el aparecido es el que da instrucciones de buen gobierno. ¡El mundo al revés; todo es ficción; es el Barroco!

Sobre la educación de Carlos II, ¿qué decir? Acaso tan solo, ¡tan solo!, que de nuevo la madre reina y regente, Mariana de Austria, se ocupó personalmente de cumplir con los mandatos testamentarios de su esposo el rey, y los aplicó a su manera, eligiendo —oyendo, por supuesto, a los consejeros de su confianza—, pero ella eligió para el plan de estudios del niño, a los mejores humanistas-letrados y a un gran matemático. Otra cosa es que el pobre heredero tuviera la fortuna que tuvo.

Muchos fueron los autores que escribieron lo que he llamado «libros de oportunidad»: aprovechando unas bodas reales, o un parto, que los escribían para posicionarse entre los candidatos a maestros. Otras veces, los maestros, se veían en la obligación de escribir sus libros —a modo de informes— para que se viera que cumplían con su cometido.

La clausura del Concilio de Trento (1563 y ley regia en España desde 1564) y la aparición de los jesuitas, supusieron una novedad en la tradición didáctica del mundo cristiano-católico.

Muchos de los autores sabedores de sus limitaciones pedían clemencia a sus lectores. Es el caso: suplico misericordia para quien leyere estas páginas.

Por razones de planificación editorial, este libro se ha hecho, de principio a fin, en tiempos de COVID, llegando y yéndose una tras otra las oleadas de este pestífero castigo divino que, como hicieron las pestes con las que los protagonistas de esta obra tuvieron que convivir, no ha dejado títere con cabeza.

Metodológicamente, de no haber sido por la profesionalidad y la buena voluntad de los bibliotecarios y archiveros a los que he implorado su ayuda y me la han brindado con exquisita profesionalidad, no podría haber hecho ni la mitad. Desde la Biblioteca de la Universidad de Salamanca (Óscar Lilao Franca) a la Hispanic Society of America (John O’Neill); desde el Archivo General de Simancas (con Julia Rodríguez de Diego a la cabeza), al Archivo Histórico Nacional de la Nobleza (en Toledo, con la intermediación de Fernando Gómez Vozmediano), pasando por la Real Academia de la Historia (Feliciano Barrios, Asunción Miralles, siempre predispuestos); hasta «mi» biblioteca del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, por todas partes no he hallado sino ganas de ayudarme para sacar adelante este texto. Gracias a mi institución, al CSIC, puedo acceder a no sé cuántas revistas internacionales y nacionales que están alojadas en la red. Lo que hoy no está en la red, casi no existe.

Por otro lado, el ingente y a veces incomprendido, pero siempre insuficiente esfuerzo que se ha hecho de digitalizar nuestro riquísimo, abundantísimo y épico patrimonio documental y bibliográfico ha dado resultados que hoy revolucionan nuestras formas de trabajo, como otrora lo hizo la imprenta. Quiero rendir especial tributo a la Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España (y a las demás bibliotecas nacionales digitalizadas); para la búsqueda de algunos documentos en España, el Portal de los Archivos Españoles arroja sorprendentes resultados (PARES); el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español es irregular, pero útil; la iniciativa privada en la Biblioteca Larramendi, o la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (cervantesvirtual.com) son ayudas imprescindibles, como lo es ese pozo sin fondo que es Google Libros.

Mientras redacto estas líneas me acuerdo, otra vez, de mi hermano Manuel fallecido en estos días de Semana Santa de hace un año, y a cuyo esfuerzo (y al tesón de sus colaboradores) se debe la Biblioteca Virtual de la Filología Hispánica (https://bvfe.es/es/).

Ni que decir tiene que también la revolución logística, el mercado-en-la-red, es otro medio de excelente agilidad para conseguir esos libros que, como en tiempos de peste es mejor no salir a la calle, no puedes consultar de otra manera que comprándolos, en librerías de lance que estén en línea o nuevos, en otras librerías, o lo que sean.

Como siempre, a mis amigos y acompañantes en estos tortuosos tiempos de hierro y vulnerabilidad, os doy las gracias. Jorge, Silvia, Ignacio, Alberto, Guillermo, Paloma, Luis, Emilio, Javier, Antonio. Algunos me habéis mandado vuestros trabajos en PDF; con otros, hemos tenido larguísimas conversaciones o lo que es mejor, videoconferencias, para podernos ver; y en medio de tanta locura, he estado en muchas conferencias vuestras, en directo o en diferido; incluso hemos comprado lotería entre capítulo y capítulo; los paseos por el Retiro de Madrid me han despejado casi a diario. De todos he aprendido lo indecible. De vuestra humanidad, quiero decir.

José Miguel Muñoz de la Nava-Chacón y Jesús Muñoz Almazán me sacaron de algún apuro mecanográfico e informático en general. Dicho sea de paso, que a este libro, sin un ordenador cerca, no se le saca todo el jugo que tiene. Me encantaría que el lector, y la lectora, anduvieran navegando por donde les guiaran la curiosidad y las pistas aquí recogidas.

A quienes he citado sin citas, a todos los que habéis dedicado algo de tiempo a investigar aquello de lo que ahora me aprovecho y sintetizo, aunque no nos conozcamos, mi reconocimiento también.

Como también debo estar infinitamente agradecido a los señores —¡en todos los sentidos!— Rodrigo Echenique, Borja Baselga y Francisco Javier Expósito, de la Fundación Banco Santander, que me llamaron, confiaron y fueron pacientes para que esta investigación saliera adelante.

Pero a quien más agradezco es a Mariana Laurentina, mi hija, con la que he hecho no sé cuántos experimentos de los que se proponían en aquel tiempo y que recojo en este libro. Esos experimentos siempre los ha resuelto a su favor, esto es, positivamente, y más cerca de los humanistas, calígrafos, o maestros del siglo xvi, que de mala manera. Probablemente porque es mujer, de delicadísima sensibilidad, y con una excelente formación para su edad.

En Madrid. Desde la calle Cervantes, en el Barrio de las Letras

Lunes Santo de 2021

1. Ambientes: cambios y continuidades

Papeles y funciones de los hombres y de las mujeres

Todas las sociedades han dado unas funciones sociales y unos papeles a cada individuo, que al cumplirlos permitían que el grupo funcionara. Si no funcionaba correctamente, se autodotaba de mecanismos de corrección culturales, en un amplio espectro, de los que los jurídicos (el Derecho siempre va por detrás de los deseos de la sociedad) eran más rápidos que los procesos de socialización que pudieran nacer de la escuela, por ejemplo, que es uno de los grandes instrumentos de culturización.

Cada uno, pues, tenía unas funciones. La sociedad mercantil, agraria, preindustrial, que es la de los Siglos de Oro, tenía unas funciones y unos papeles encomendados a cada cual que eran diferentes a los actuales. Muy diferentes.

Y, aunque sea una tautología decirlo, todo estaba supeditado a las leyes de Dios.

En este libro vamos a hablar de educación. Por ello, nos vamos a ocupar de los papeles y funciones encomendados a hombres y mujeres, quienes, en sus relaciones con la educación, pasan a ser madres o padres. Pero siempre sometidos a la ley divina: «creced y multiplicaos».

En buena medida, lo que fuera inherente a la educación, a la culturización, estaba supeditado a la moralización. Por tanto, cuando se escribía sobre lo que se esperaba de las mujeres en sociedad, se hacía alusión a lo que se esperaba de cada una en cada uno de los estados (naturales) de su vivir: la doncella, la casada, la viuda, la monja. Cada una tenía unas funciones y papeles diferentes. Pero esa estructura social era la que usaban ellos para escribir.

Desde la Antigüedad se había sentido interés por definir el status y el papel social de la mujer en sociedad (Plutarco en adelante). Una vez más, los textos humanistas no eran nuevos, nacidos de la nada, sino que bebían de los clásicos y los reorganizaban para que tuvieran utilidad en sus tiempos.

La importancia de la familia en la Cristiandad estaba reconocida en la propia tradición cultural a la que se pertenecía, porque había una a la que se tenía, incluso por Sagrada Familia. Aquella tenía definidos sus esquemas correctamente: así José, era el protector («Levantándose, tomó al niño y a su madre....», escribe San Mateo, 2-21); María era la prudencia («Guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón...», San Lucas, 2-19); José era el responsable de la vida social de la familia («José subió de Galilea [...] para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta», San Lucas, 2-4)...

El modelo estaba construido en la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento, como en el Nuevo y «mejorado» por la inclusión de la excepcionalidad de aquello a lo que podía llegar una mujer virtuosa, que era el alcanzar la sabiduría.

Sin embargo, a lo largo del siglo xvi se produjeron ciertas novedades: la más clara de todas, la de la reorganización legislativa de las herencias (en Castilla, en Cortes de Toro de 1504), por la que se reconoció a la mujer el derecho a testar (recibido el permiso formal del marido), a recibir herencia, y a que sus bienes fueran privativos de ella para que ella los pudiera pasar a sus descendientes y no del marido, porque este podría pasarlos a los suyos olvidándose de los de ella.

Por lo tanto, organizadores sociales como juristas o teólogos, confesores y predicadores, pensadores o filósofos, todos escribieron para ver cómo se podía organizar una familia. Eran, como lo definió Ángel Rodríguez Sánchez, «los fundamentos ideológicos de la familia».

En un libro que se hizo clásico ya en 1986, Mariló Vigil se ocupó profusamente sobre la mujer en la España del Siglo de Oro. Y hábilmente, estructuró su estudio en función de cómo lo habrían hecho ellos entonces: en función de los estados naturales de la mujer: doncella, esposa, monja o viuda.

La mujer, la niña por mejor decir, era educada con un objetivo: casarse, o con Dios, o con un varón. El primero de los casos tenía ciertos inconvenientes, tales como el que había que dotarla (y según órdenes y conventos, más o menos y a discreción) o que había que tomar unos votos para toda la vida imposibles de burlar. Por otro lado, de tapias adentro se reproducían muchos de los esquemas sociales del exterior, de poder, prestigio y privilegio para estratificar la comunidad. Sin embargo, tenía ciertas ventajas: no se contraía matrimonio con varón, así que no había que aguantarlos. Y, por ende, no se procreaba, con la tranquilidad existencial que debía dar saber que nunca en la vida habría que enfrentarse a los espantosos dolores del parto o a sus riesgos. Si la novicia, o más aún la monja, podían hacerlo, si eran instruidas, leían y escribían, lecturas permitidas, claro, y lo que dejaban escrito lo supervisaba su padre confesor.

Por otro lado, el destino de la mujer podía ser el de casarse con los objetivos antropológicos que tenía hacerlo, en el sentido de fortalecer alianzas familiares o linajudas, perpetuar apellidos, asegurar rentas, y otras. Para ello, a la mujer había que instruirla en función de los cánones sociales.

Obviamente, comoquiera que si se contraía matrimonio se recibía un sacramento, y por tanto la bendición de Dios para siempre, los encargados de explicar el sentido del matrimonio eran los clérigos. Porque ellos sabían de teología y porque ellos sabían de la vida más que nadie: tanto era lo que oían en el confesionario que a poco que tuvieran algo de inteligencia y capacidad de seducción oratoria, podían organizar «correctamente» la sociedad. Existía la hipernomía porque sabían que con ella se podía planificar el funcionamiento de la sociedad y sin ella, era el caos. A quienes contravinieran las normas de la hipernomía, caería sobre ellos el castigo del pecado si se ofendía a Dios, o del delito, si al rey y la comunidad.

Desde luego que sobre todo ello se ocuparon muchos autores. No quedaron al margen Erasmo o Juan Luis Vives.

Pero en esas lecciones de moralidad, también participaron muchas mujeres escritoras.

Así que la madre, que para algo es la que paría con dolor y recibía el papel de las primeras sociabilidades de los nacidos, era definida y se esperaba de ella cosas diferentes de la doncella, por poner un ejemplo comparativo.

La madre, la figura maternal, no era tema literario recurrente, pues aparecía muy raramente en la comedia del Siglo de Oro, afirmó Mariló Vigil. Tal vez esto se deba a que se le concedía un protagonismo íntimo que no debía trascender los límites del hogar. Cuando la madre —la honorable— aparecía en literatura, no era en la comedia, sino en las obras mitológicas o históricas. Así que cuando aparecía, era despechada y, por tanto, indigna, infanticida, castradora, rival, y en ocasiones como su contrapunto, educadora, heroína y madre espiritual.

En las obras de los moralistas encontraban reflexiones sobre la madre amamantadora de sus propios hijos, dando lugar esas reflexiones a conclusiones complejas, como las de Erasmo de Rotterdam, y tantos más, porque veían en la madre o en la nodriza dos personas fundamentales en la estructura social toda vez que por la leche se transmiten valores y defectos.

La madre, igualmente, debía estar pendiente de los hijos hasta la edad de tres años, pero siempre más ocupada y preocupada por la hija, que todo lo aprendía y aprendería en el seno del hogar, que por el hijo, que alcanzaría antes la libertad de poder aprender fuera y además, más adelante la responsabilidad sería más paterna que materna.

Además, de la mujer se esperaba que fuera hermosa, casadera, y al tiempo, madre; sobria, casta, equilibrada en los deseos, humilde y callada.

Parece ser que se propugnaba que las relaciones de afectividad no fueran radicalmente distintas entre padre-hijos y madre-hijos, porque se esperaba que fueran, sobre todo rigurosas y con algún quiebro por parte de la madre. Se dividían en tres periodos: del nacimiento a los tres años, con preponderancia del control materno sobre hijos e hijas; de los tres a los siete años con cierta presencia del padre, pero aún con preponderancia materna y desde los siete años en adelante, hasta el abandono del hogar, con división por sexos.

Veamos ejemplos de lo anterior.

Los afectos no eran el principio de la educación. Incluso alguno, los despreciaba. Vives dirá:

Las madres deben educar a los niños en la virtud y en las letras, en vez de estarlos besando y abrazándolos todo el santo día, hechas monas, que de mucho jugar con sus hijos, los medio matan. Así no salen más sabios, más bien dispuestos, ni más bien criados, sino más asnos, más desobedientes y más bellacos.

Y, ciertamente, la relación de Vives con su madre debió ser —además de trágica y tristísima—, patética en lo emocional:

No me acuerdo verla que me hiciese una buena cara, sino siempre con ceño reprendiéndome y castigándome. De manera que yo tenía por partido nunca verla, y siempre andaba huyendo y escondiéndome della como de una enemiga [...] Pero no hay en mi memoria cosa más firme que el muy dulce nombre de mi madre [...] Estoy con ella en alma besando mil veces aquellas santas manos que fueron tan rigurosas, o mejor, tan piadosas en castigarme y hacer que fuera un hombre (sacado de Vigil).

Se trata de textos de autor elegidos al azar, porque son muy reiterados en sus términos a lo largo de toda la Edad Moderna.

El embarazo rompía la relación de amistad que pudiera haber entre el marido y la mujer y lo cambiaba por la de esposo-esposa. La mujer al quedar embarazada superaba una reválida social y era exaltada a objeto de culto. Demostraba su fertilidad. Oigamos a Vives:

No tengas miedo de incurrir en el crimen de la esterilidad [...] Guárdense las mujeres de echar la culpa de su esterilidad a sus maridos, porque pocos hombres creó la naturaleza estériles, y crió estériles mujeres infinitas (Vigil).

En este mundo de incertidumbres entre la vida y la muerte, que era lo que vivían cotidianamente, ya que en la hora del parto se la jugaban, no estaría mal permitirles ciertos antojos. La comparación que el franciscano Francisco de Osuna en su Norte de los estados de 1550 hace en el texto siguiente, aunque desafortunada, es ciertamente expresiva:

Los maridos, si sufren las gallinas escandalosas y sucias en casa porque les ponen huevos, mucho más han de sufrir los antojos de la mujer preñada, en cuyo fruto hacen perpetuar la vida del padre y la madre (Vigil).

Más humano, quiero decir más racional que animal, es Guevara, al recomendar a los maridos que no les roben un momento de su atención:

El marido desde el tiempo que sintiese estar su mujer preñada, hora ni momento se había de apartar de ella, porque en ley de buen marido cabe, que emplee los ojos en mirarla, las manos en servirla, la hacienda en regalarla, y el corazón en contentarla.

Lo cual no quiere decir holgazanería:

Son de reprender las mujeres plebeyas, las cuales después de preñadas, de todos los trabajos de casa quieren ser exentas, lo cual no deberían ellas hacer ni los maridos consentir, porque la ociosidad no sólo es causa de no merecer el cielo, si no de tener mal parto.

Benito Arias Montano, el más grande de los humanistas de Felipe II, hombre excéntrico (acabó retirado como un eremita, fue vegetariano, era bastante hipocondríaco) pero de gran predicamento en su época, escribió en el Dictatum Christianum que la mujer debía vivir sujeta al marido, o, según sus palabras:

Darán gran ejemplo e insigne testimonio de obediencia y fidelidad para con sus maridos [...] El traje y ornato de estas mujeres, no ha de ser vistoso [...] El más precioso, el mejor, el más agradable y el perpetuo ornato de las mujeres será aquel que adornándole el alma, hiciere que Dios y su marido les tengan amor...

Además, la sujeción implicaba unas exigencias y responsabilidades al marido, el cual era quien debía velar por recompensar la honra que ella con su actitud expandía en el apellido.

Por otro lado, para algunos la mujer perfecta era la mujer ignorante, la iletrada. Su falta de juicio las llevaría, en el caso de leer algo, a leer libros de caballerías o de fantasías dañinas (¿para qué soñar?). La reiteración de textos que recomiendan tal mecanismo de control es larga y prolija. Mas bástenos recordar las endiabladas palabras de Cervantes en la afilada Elección de los alcaldes de Daganzo, cuando el bachiller revisa los méritos de uno de los candidatos para ser alcalde:

BACHILLER: ¿Sabéis leer, Humillos?

HUMILLOS: No, por cierto,

Ni tal se probará que en mi linaje

Haya persona tan de poco asiento,

Que se ponga a aprender esas quimeras,

Que llevan a los hombres al brasero,

Y a las mujeres a la casa llana.

De esta manera se lograba que, desprovistas de la capacidad de salir a un mundo exterior, la sumisión fuera aún más perfecta.

Otra de las obsesiones de los moralistas fue la de ejercer control moral sobre los cónyuges. El ambiente alrededor de estos fenómenos debía de ser contradictorio. Las gráficas de la estacionalidad de matrimonios o de concepciones, demuestran que el creyente temía, respetaba, se abstenía en ciertas épocas del año (a partir de la Cuaresma hasta el final de la Pascua). Mas, por otro lado, la reiteración de las recomendaciones muestra que el moralizador social nunca estaba satisfecho con cuanto lograra coartar. En el mismo sentido, recordemos las palabras en El Crotalón (texto en el que la casuística de las uniones ilegítimas es tan completa como los juicios de valor que se lanzan sobre ellas) del falso profeta cuando recuerda los pecados que le comunicaban,

que por no inficionar el aire no te los quiero contar. Son estos pecados tan abominables que de pura vergüenza y miedo, hombres y mujeres no los osan fiar ni descubrir a sus curas y confesores.

Lope de Vega en La bella malmaridada argumentará que «puede una mujer, si el marido la aborrece, amar a quien le apetece». Liberación de la fémina, sí, pero supeditada al acto infame del varón. Porque, desde luego, nada más dañino a la sociedad que el adulterio, sobre todo si es femenino. Alonso de Andrade S. J., en su Guía de la virtud y de la imitación de Nuestra Señora de 1646, explica la fatalidad de tal acto:

por los inconvenientes que causan, ya en las haciendas, gastando con el adúltero lo que sus maridos ganan, ya en los hijos, suponiendo los que no son legítimos por legítimos [...] ya en las honras porque las quitan a sus maridos, a sus hijos y a todo el linaje, ya en las vidas, porque el día que abren las puertas al adulterio, las abren al homicidio y a las guerras y discordias domésticas con los de casa y los de fuera (Vigil).

No podían dejar al lado la vida íntima que se señalaba a la hora de la práctica religiosa, de tal manera que hasta las circunstancias naturales se convertían en pecaminosas o dignas de ser advertidas, o veladamente prohibidas; así, que tras ayuntamiento carnal —¿aunque fuera para crecer y multiplicarse?— no se comulgara, o que los esposos no durmieran juntos si uno de ellos hubiera comulgado ni en los días de fiesta, o en los de vigilia o ayuno, ni durante el embarazo, ni los días en que la mujer «sabe que está en su costumbre»…

¿Cuántos de estos moralizadores habrían caído en semejantes tentaciones?; ¿qué es lo que oirían en los confesionarios?; ¿cuántos de ellos no suscribirían las hermosas palabras de fray Luis de Granada, «porque oírlas, atrae los corazones; verlas, los daña y hablarlas, los inflama»?

Mas todos ellos compartirían las palabras de Lope en El cuerdo en su casa: «Es ciencia dificultosa esto de guardar mujer».

Todas estas aptitudes y obligaciones perseguían el mismo fin, el de la reproducción en una escala menor de los mecanismos de la obediencia y del respeto a la autoridad superior, de tal modo que se viviera siempre en el ambiente de respeto a la autoridad. Si un hijo ofendía a su padre, ofendía a Dios. Si un vasallo ofendía a su rey, ofendía, también a Dios. Gobierno de la casa; gobierno del Estado. La familia que estaba jerarquizaba reproducía el orden social.

El padre ponía orden en las funciones económicas y la madre en las domésticas.

Esperar que se escribieran textos a las princesas —y aun a las infantas— del mismo calado que a los príncipes herederos, era metafísicamente imposible. Pero a las madres, a las reinas, les cupo otro papel de enorme trascendencia y que fue en consonancia con sus destrezas de acción política: estar al tanto de la educación y de quienes educaban, a sus hijos, como vamos a ir viendo en este libro.

Las palabras de fray Antonio de Guevara proponiendo un modelo de convivencia a principios del siglo xvi son muy ilustrativas de aquel ambiente social. Su estilo literario, con infinitas reiteraciones, era muy propio de él:

[La mujer casada] tenga gravedad para salir fuera, cordura para gobernar la casa, paciencia para sufrir al marido, amor para criar los hijos, afabilidad para con los vecinos, diligencia para guardar la hacienda, cumplida en cosas de honra, amiga de honesta compañía y muy enemiga de liviandades de moza.

Del marido, por su parte, esperaba que fuera:

reposado en el hablar, manso en la conversación, fiel en lo que se le confiare, prudente en lo que aconsejare, cuidadoso en proveer su casa, sufrido en las importunidades de la mujer, celoso en la crianza de los hijos, recatado en las cosas de la honra y hombre muy cierto con todos los que trata.

Pero tanta presión generó también su escape. Los textos de Santa Teresa, todos sus textos, son reflexivos y muy atrayentes. Santa Teresa, la tantas veces citada, es considerada como una protofeminista del siglo xvi. No sé si tal calificativo se puede usar, pero de lo que sí estoy seguro es de que fue una monja luchadora (y de qué manera) por la dignidad de la mujer.

Sería muy fácil caer en la tentación de desviarnos del objeto final de este libro (analizar los textos para la educación de los príncipes). Ninguna, hasta donde yo sé, redactó ningún libro de educación.

Efectivamente, a las mujeres escritoras se les ha clasificado por generaciones:

1. Escritoras nacidas antes de 1580, cuya obra se publica entre 1600 y 1610, aproximadamente.

2. Escritoras nacidas entre 1590 y 1605, aproximadamente. Se trata de la promoción que representa en toda su amplitud a las escritoras del Siglo de Oro, y publicaron a partir de 1630.

3. Nacidas en torno al decenio 1620-30, y que publican sus obras después de 1650. En su caso ya hay conciencia de la escritura femenina.

4. Nacidas a partir de 1650, sus obras se difunden en el último cuarto. Son pocas autoras y muestran que la escritura femenina ha perdido impulso (Baranda Leturio).

Esta clasificación generacional tiene, a su vez, una posibilidad de clasificación temática: esas mujeres se dedicaron a escribir poesía, prosa, teatro, escritura religiosa.

No escriben ni teoría política, ni educación para la política. Sin embargo, en esas clasificaciones se me ha hecho difícil ver citada a sor María de Ágreda, escritora de una vida de la Virgen y del monumental epistolario ni más ni menos que con Felipe IV, al cual, por fuerza, he de aludir en este libro.

Son muy importantes las quejas y las alusiones a la libertad velada de Santa Teresa, o de María de Zabala, o de la inmensa por su saber y su genio sor Juana Inés de la Cruz, o de tantas más. No todas se dedicaron a escribir vidas de santas o de vírgenes, o libros de castidad. Hicieron mucho más, crearon y reflexionaron más allá. Convivieron con los autores de sus días, como se ve en algunos poemas insertos en los preliminares de algunas obras de los siglos xvi y xvii. Pero comoquiera que la literatura escrita por mujeres no es el objeto de este libro, no puedo dedicarles más espacio. No obstante lo cual, las reivindicaciones del yo femenino se pueden seguir con admiración en los textos impresos y aun en los manuscritos, en prosa, en verso o en borradores. Un buen ejemplo de todo esto, se encuentra al acceso de todos en el centro virtual del Instituto Cervantes (https://cvc.cervantes.es/literatura/sabia/default.htm).

Por razones que no son al caso, me encanta leer y releer el Octavario de doña Ana Abarca de Bolea. Si lo encontraras, me entendieras.

Continuidad al borde del cambio en lo que había que enseñar (siglos XV y XVI)

Las Artes liberales eran aquellos conocimientos inherentes al intelecto, mientras que las Artes serviles eran las propias del trabajo manual, rudo.

Antes de empezar a estudiar las Artes liberales, a los niños y a las niñas (a los estudiantes párvulos) se les daba un primer acceso a los saberes contenidos en el trivium más unas nociones de doctrina cristiana. Esas primeras nociones estaban contenidas en los así llamados Libri Catoniani (o Libros de Catón) que eran la compilación de los Auctores sex (los Seis autores). Estos seis autores y sus obras recogidas en el Catón eran el propio Catón con sus Dísticos, Teodulo con su Égloga, Aviano con sus Fábulas, Maximiano con sus Elegías, Estacio con la Tebaida y Claudiano con El rapto de Proserpina. El origen de toda esta educación didáctica estaba en Roma.

Ni que decir tiene que a lo largo de la Edad Media esos textos o ese «canon de lectura» fue cristianizándose al precio que fuera, quiero decir que pervirtiéndolo si era necesario, o corrigiéndolo. De esta manera los Auctores sex pasaron a ser los Auctores octo morales que fueron reemplazando o engrosando la lista anterior durante los siglos xii al xvi: además de los dichos, una obra Facetus, el Contemptus mundi acaso de Bernardo de Cluny, el Tobías de Mateo de Vendôme, las Parábolas de Alain de Lille, por fin las Fábulas de Esopo de la mano de Walter Anglico y un Liber floretus o de adagios de Bernardo de Claraval. No creo que cueste mucho imaginar a unos monjes acá o allá copiando toda la vida algún texto, corriéndose la voz de la importancia moralizadora de tal cosa, tardando el tiempo que fuera en recorrer la fama el texto en cuestión y así sucesivamente.

No había un plan de estudios común a toda la Cristiandad durante todos aquellos siglos. Había unas ideas compartidas, que a saber qué contenidos tenían. Porque los libros de la biblioteca de tal monasterio a orillas del Danubio eran unos y distintos a los que había en Exeter, en el otro monasterio. Por no hablar de los que hubiera en la Castilla reconquistada. Que se fue perdiendo el latín «clásico»: ¿cómo no se iba a perder? Y nacieron lenguas escritas y habladas diferentes. Lo milagroso es que hubiera algo que uniera todo aquel monumental maremágnum. Y lo hubo: la religión cristiana, su doctrina y sus transmisiones.

Incluso los mismos Auctores octo conocieron variantes. En España, en concreto se les llamó Libri minores, pues menores eran. La maravillosa invención de la imprenta y su difusión ofrecieron a las almas inquietas editar esos Libri minores. Fueron los casos de Andrés Gutiérrez Cerezo en Salamanca en 1501; Nebrija en Alcalá de Henares en 1517, cuyo subtítulo es muy ilustrativo de que un mundo se venía abajo e iba a ser substituido por otro, pues anuncia que van corregidos (Libri minores de nouo correcti per Antonium Nebrissensem) y fue tal su éxito que se hicieron varias ediciones a lo largo del siglo xvi; al mismo tiempo que se hacían impresiones de los «antiguos», superponiéndose, por lo tanto, un canon cultural con otro. Estamos hablando del paso del siglo xv al xvi.

Pero aun con todo, esos Libri minores podían ser inútiles para enseñar cualesquiera primeros principios a unos niños que no sabían ni leer. El de Gutiérrez Cerezo tenía más de doscientas páginas; el de Nebrija, setenta. Para que los niños aprendieran, se inundó el mercado de cartillas. Muchos graves autores hicieron cartillas. Pero quien tuvo la mayor fortuna de las cartillas fue el cabildo de la catedral de Valladolid, al cual le concedió Felipe II en 1583 el privilegio de impresión de todas las cartillas en lengua española para Indias y para España. El negocio fue fabuloso y la manera de lograr la feliz supervivencia de la iglesia de su tierra natal, también. Era una práctica muy usada: por ejemplo, los jerónimos de El Escorial tenían el monopolio de impresión del Nuevo rezado para España e Indias sancionado después del Concilio de Trento. Eran mecanismos de autofinanciación. Al duque de Lerma se le concedió privilegio de impresión de todos los clásicos en lengua española. Se imprimirían en las imprentas de su villa ducal. Aun a pesar de la concesión, esta vez no se puso en marcha el fabuloso privilegio.

En fin: las Artes liberales eran siete y se dividían en dos bloques: el trivium y el quadrivium. El trivium estaba compuesto por la gramática, la lógica y la retórica. El quadrivium comprendía la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

Con la gramática se adquiría la capacidad de ordenar un universo de símbolos (letras, sílabas, palabras), de definirlos, de dar a cada palabra un sentido, que con la lógica construía un sistema de pensamiento verdadero del que se eliminaban los sofismas y las falacias que, finalmente, con la retórica se comunicaban, pues con ella se adquiría la capacidad de expresar ese pensamiento correctamente, con persuasión y no atolondradamente. Ordenar, construir y exponer.

Con la aritmética se aprendían las cuatro operaciones básicas de la matemática. Con la geometría se situaban los números en el espacio, con la música se aprendía la armonía (del sonido, del canto) y con la astronomía, el orden de los planetas y las estrellas. Todo era orden frente al caos.

Los niños debían estudiar el trivium y el quadrivium antes de pasar a estudiar los otros saberes superiores, que eran los Derechos, la Medicina, la Filosofía y la Teología.

Toda esta maravillosa historia cultural, frágil, vulnerable, pero al mismo tiempo admirablemente compacta, llegó a los tiempos de la imprenta y del Humanismo.

Un artilugio técnico arrasaría aquella antiquísima tradición de las copias manuscritas (que, por otro lado, no podían hacerse de otra manera). Además, conforme se fue re-aprendiendo el latín, se pudieron comprender algunos manuscritos, o retazos de manuscritos, que había arrumbados en los baúles o anaqueles de alguna biblioteca, porque antes nadie los podía leer, o no los podía leer bien hasta que llegaron los «filólogos» y con ellos, por medio de la lectura, se conquistó la verdad y el conocimiento clásico, al que se hizo revivir. Por tanto, técnica y ciencia se unieron para lanzar una nueva disciplina hacia el futuro. La ruptura con el pasado no podía ser sencilla, ni rápida.

Concluido el ciclo de estudio de las Artes liberales en unos siete años el muchacho ya era bachiller en Artes y podía ejercer como maestro rural o urbano de niños.

Si aspiraba a más, tenía que entrar en una universidad en la que podría obtener el «grado» en alguna de las licenciaturas superiores y, si era el caso, el título de «doctor» (que no quiere decir médico, sino el más sabio de cualquier disciplina que otorgue ese título).

Ese esquema educativo era el que se consideraba idóneo para todos los estudiantes, bien fueran hijos del pueblo llano, como de reyes.

Sin embargo, este modelo, casi ideal fue haciéndose cada vez más imperfecto o menos útil, hasta el punto de que una de las claves de los educadores humanistas consistió, precisamente, en ofrecer un plan de estudios, una ratio studiorum innovadora, en la que tuviera cabida una nueva gramática (del latín) más experimentada para poder entender mejor los nuevos escritos de los clásicos que se iban descubriendo en las bibliotecas conventuales o en donde fuera.

A los nuevos planes siguió también una nueva consideración del niño, un ser humano con dignidad, al que había que entender por sí.

Los «modernos», los humanistas, pusieron el sistema boca abajo y lo agitaron. Ahí están las recomendaciones de Nebrija, Erasmo y Vives. Lo que estos hicieron fue recuperar los textos por sí mismos. Había que aprender leyendo directamente a los clásicos, o a los Santos Padres, si era el caso. El siglo xvi parecía que iba a ser el siglo de los filólogos, tal y como el siglo xix lo fue de los historiadores.

En buena medida podríamos decir que de retóricos de las Artes liberales, se pasó a los sabios del nuevo Humanismo. Claro que el proceso no fue sencillo, ni aplaudido por todos, ni culminado.

Los nuevos humanistas disponían de novedosos artilugios para acelerar la difusión de su conocimiento (la imprenta y con el tiempo, por cierto, dos nuevos problemas, el de los derechos de autor y el de la propiedad intelectual) y gracias a la filología, mejores textos con los que enseñar. Pero, enseñar ¿cómo?

Obviamente no faltaron las reflexiones epistemológicas. Las dos primeras en Castilla fueron las de Rodrigo Sánchez de Arévalo Breuis tractatus de arte, disciplina et modo alendi et erudiendi filios, pueros et iuuenes escrito a mediados del siglo xv y el de Nebrija de 1509, De liberis educandis libellus. Estos humanistas españoles formaban parte de los embelesados con el Humanismo italiano, tan filológico y exaltador, si era necesario, de lo nacional. Y la influencia de lo italiano se deja ver en ellos dos porque, a su vez, en 1411 Guarino de Verona había traducido una obra recién hallada, de Plutarco, o un pseudo-Plutarco, bautizado con el nombre de De liberis educandis. Pero es que a su vez, en 1416 se redescubrieron las Institutiones oratoriae de Quintiliano. Y las Institutiones se convirtieron, desde entonces, y más aún según se fueron conociendo, y más aún según se fueron editando, en la columna vertebral de la educación moderna compartiendo espacios con De disciplinis de Cicerón, o con la República de Aristóteles, trilogía que sujetaba el edificio docente que los humanistas iban a renovar.

La tradición didáctica aquella del trivium y del quadrivium, si no iba desapareciendo, estaba al punto de ser absolutamente innovada, cambiada, modernizada, porque lo que propusiera enseñar Catón, era superado por lo que proponía Quintiliano, y más adelante (en España), Aristóteles (reivindicado porque Lutero propuso quemar sus libros) más Cicerón, más Quintiliano, más Nebrija, más Erasmo, más Vives, aunque, eso sí, aún todos ellos escribían en griego o en latín y no en lenguas vernáculas; hablaban de moralidad (en proceso evolutivo hacia la civilidad) y propugnaban criar a los niños con otros niños, no solos en casa, con austeridad, calladamente (se fuera niño o niña), con continencia, respeto a los mayores y por supuesto a Dios, y desterrar la impaciencia y la ira, etc.[1]

Los maestros de los príncipes se escogían por méritos áulicos subjetivos. Por tanto, cuando había sonidos de boda, o de parto, muchos aspirantes publicaban sus libros sobre las materias del trivium y del quadrivium ya casi abandonados, o de nuevos métodos de enseñanza, en la esperanza de reunir así más méritos para poder ser nombrados maestro del príncipe o del infante de turno, o para desplazar al que hubiere designado.

El concierto de «obras de oportunidad», de ejemplos traídos para halagar a alguien que a nosotros hoy se nos escapa, pero entonces no; al igual que las veladas críticas o las lisonjas más sutiles o burdas; los aplausos, o los señalamientos implícitos son vibrantes y… polifónicos. Hay que ser muy ingenuo para creer que lo que se escribía, se escribía desde la pureza, la objetividad, solo el buen corazón; hay que ser muy generoso con la humana conditio para pensar que lo denunciado no era denunciado con interesada exageración.

Hay que estar muy al margen del mundo para no pensar que ellos, aun a pesar de ser humanistas, no tenían contradicciones y lo hecho en tiempos de juventud era norma cabal cuarenta años después (cuarenta años nos los limpiamos en una frase, pero cuarenta años son cuarenta años de vivencias). Las confesiones en el lecho de muerte de Marco Aurelio a su secretario Panucio, redactadas por fray Antonio de Guevara son definitivas («Yo he vivido sesenta y dos años…»). Introspección —o examen de conciencia—, arrepentimiento, temor… ¿Y qué son, si no, las Instrucciones de Palamós de Carlos V a Felipe [II]?

Todo un mundo fascinante de transmisión del saber, con importación de corrientes extranjeras, con generación de saberes propios, con nuevas propuestas, con críticas a los antiguos y con absurdas propuestas que impregnaban por doquier a los personajes de la Corte, a los licenciados, a las universidades, a los arbitristas y a otros pensadores políticos, a las bibliotecas, a las imprentas, a las librerías, a los encuadernadores de joyas del patrimonio bibliográfico español, a la brillante, rutilante, dinámica, dispar, polémica y nunca adormecida cultura española del Renacimiento y Barroco. Nunca adormecida, por más que los instrumentos del poder y del control los fuera asumiendo cada vez más la Inquisición (institución política gestionada por hombres de la Iglesia) y la legislación defensiva real.

Y tal cual, todo aquello llegó a las Indias.

Ni el maestro de los príncipes, ni la escuela de Palacio permanecieron ajenos a la intensa vida que puertas afuera se libraba en orden a modelar la mente del que estaba llamado a regir el Imperio más grande hasta entonces conocido. A su sombra, incluso casi en el mismo pupitre, se formaban las hermanas-infantas, estas destinadas a rubricar con el matrimonio las grandes alianzas internacionales. Si bien formadas, si buenas retóricas y piadosas, mejores aliadas y espías serían para la monarquía de España desde el lecho y la Corte a donde fueran destinadas.

Y en la Casa de Austria los padres-reyes y las madres-reinas asumieron la responsabilidad personal de educar a sus hijos, tanto en la formación humanística, como en la técnica, como en la política, como en la religiosa.

La responsabilidad de la educación de las personas reales era del maestro, que para ello tenía su nombramiento y su sueldo. Él decidía qué hacer con el pupilo. Él, más los escogidos personajes cortesanos que hubiera cerca, como los ayos (que eran aristócratas mientras que el maestro, pechero). Pero esto no quiere decir que la educación de esos niños no estuviera fuera del mundo, pues eran muchos los que escribían sus tratados, sus «libros de oportunidad», como digo, y a algunos se les llamaba para dar noticia particular de algún saber singular, temporalmente.

Es más, desde que Felipe IV escribió unas instrucciones para cómo educar al príncipe Baltasar Carlos, esas mismas instrucciones se le entregaron después a los maestros de Carlos II. Fue la primera vez que un plan de estudios interesaba a dos príncipes de Asturias y que tenía «vigencia» durante tanto tiempo.

En cierto sentido la educación de los príncipes y de las infantas era una «educación abierta» que se plasmaba en varias vías (de las que propongo cinco): primero, en ella no participaba solo el maestro, sino que a los niños les podían dar clases otros profesores temporales; segundo, las aspiraciones de participar en la educación de los niños quedaba registrada en las dedicatorias de los libros a los príncipes; tercero, en la redacción de manuscritos que se mandaban en la esperanza de que —dado el visto bueno por el maestro— se usaran e incluso se imprimieran; cuarto, en la impresión de libros educativos con intencionalidad; quinto, en las recomendaciones, arbitrios y cartas que se mandaban a la Corte con opiniones personales.

Aunque como todo, los orígenes se pueden rastrear más arriba (hasta en Persia, si queremos, como deja claro A. Redondo), lo cierto y cabal es que lo que pudieron conocer y experimentar Mariana de Austria, Carlos [II] o Ramos del Manzano y sus demás maestros, tuvo una línea continua cuyos orígenes se pueden ver en las salas de los palacios de Isabel y Fernando.

Humanistas y maestros

Como vamos a dedicarnos al análisis de todos los maestros que educaron a los príncipes e infantas desde finales del siglo xv hasta finales del siglo xvii, es necesario explicar qué era un maestro entonces.

Luis Gil en su memorable Panorama social del humanismo español planteó varias cosas: que durante y después de la invasión musulmana se produjo tal destrucción de centros «culturales» de herencia romana que ardieron bibliotecas y escritos por todas partes. Ello supuso, en vísperas de la fundación de la orden benedictina y del renacimiento carolingio, que en las tierras invadidas y, en su caso, arrasadas, se careciera de lecturas, de obras de técnica. El vacío no se cubrió recopilando lo perdido, sino alimentando las necesidades que demandaban los centros de cultura; es decir, que en los scriptoria de conventos y monasterios se copiaron textos para el culto. No a Apuleyo.

En segundo lugar, a cada entrada masiva de dignidades eclesiásticas extranjeras (por ejemplo, durante el cisma de Aviñón, o con las reformas cluniacense y cisterciense, o en otros momentos determinados vinculados a la expansión de órdenes nacidas fuera de España), siguió el que muchos se plantearan el sentido de tomar hábitos, ya que la promoción intermedia podía estar vedada por estar taponada por los padres fundadores, o por extranjeros. Semejante falta de estímulos se veía agravada con que para qué esforzarse más, si con lo que se recogía del cepillo o de las donaciones a la parroquia se podía ir subsistiendo, e incluso viviendo bien (depende de las zonas y otros factores), o para qué estudiar si ya lo decía Alfonso X en Las Partidas (Preámbulo, tít. XXI):

La ciencia es don de Dios, y por ende no debe ser vendida porque así como aquellos que la tienen, la tuvieron sin precio y por gracia de Dios, así la deben dar ellos a los otros de buen grado.

De esta misma sentencia (nunca mejor dicho) participó también Juan Luis Vives, aunque tanto él como Erasmo eran partidarios de gastar lo que fuere preciso en la excelente educación de los hijos, lo cual es contradictorio, o ¿para quién sería lo que se pagara?:

Por lo que a mi toca, yo negaré en redondo que sea padre aquel que, en tratándose de la formación del hijo, siente la alarmada angustia de los dispendios.[2]

En efecto, de Juan Luis Vives son estas líneas en pos de la necesidad de dignificar el oficio de profesor, o que no ha de importar lo que se gaste en la educación del hijo (recomiendo el «Diálogo 13. La escuela»; similar en «Diálogo 3. Vamos a la escuela», donde Filópono responde a Padre: «Si el niño la aprovecha [la educación], será barata. De lo contrario, cara»):

TIRO: ¿Por cuánto enseñan?ESPÚDEO: ¡Vete rápido de aquí con pregunta tan grosera e inoportuna! […] ¿Se les puede acaso pagar con algo [a los profesores]? […] Dios creó al hombre, los padres engendraron el cuerpo y el maestro forma el alma.

Sin embargo, si el maestro (en sus distintas acepciones, maestro, preceptor o ayo si tenía funciones educadoras) tenía como acción generosa y filantrópica, enseñar de gratis, o lo que es lo mismo, no ver reconocido su trabajo, para qué estudiar, aprender, renovar, reflexionar. Más aún si en tiempos de universidades, o de escuelas municipales, se enseñaba cada vez a más población a leer, escribir y contar (y ya casi se había olvidado transmitir el trivium y el quadrivium), y en épocas de expansión ultramarina, se necesitaban cada vez más gentes versadas en los fundamentos o lo «oculto» de la administración, o de la contabilidad, al servicio de reyes, señores o comerciantes, ¿era el momento de dedicarse a soñar con la lectio de Cicerón, si eso no te daba ni para comer? Era imprescindible reivindicar el saber de las Humanidades, o de los studia humanitatis.

Los propios humanistas se quisieron apartar de semejante necedad de Las Partidas. El menosprecio a los maestros muertos de hambre fue y es constante. Si no tienes ni un hoyo en el que caerte muerto, ¿a qué el esfuerzo de aprender y transmitir —con tanta paciencia y abnegación— lo aprendido? No merece la pena pasar tanta penuria.

Con habilidad política y con dignidad proyectada por el saber, los humanistas intentaron usar las armas de que disponían (leer, saber, escuchar a los antiguos y a los experimentados) para entrar en los círculos del poder, o reivindicando, precisamente, la dignificación de su ciencia.

La lucha por el reconocimiento social y el salario digno (la estupidez del prestigio sin aparejarlo a dinero, o a renta, es mayúscula) fue permanente durante todo el Humanismo. Las diferencias salariales, también. Incluso los improperios salariales, o las peticiones de gracia y merced a los reyes.

Que es posible que los maestros no fueran excelentes inversores, puede ser. Pero que de todo se aprende, sin duda: en carta a Tomás Moro, Erasmo le cuenta que le han explicado que para recibir una cantidad de dinero procedente de Londres en Amberes, le han dicho que expida un poder para cobrarlo a un tercero, que se lo daría; o que lo cobrara Moro directamente y que luego se lo mandara contante y sonante; o haría lo que le dijo un tal Pedro el Tuerto,

me indicó que lo mejor es confiar el dinero a un cierto banquero alemán, con cuya firma yo lo recibiré en Amberes; escribiré yo que te entregué la cantidad a ti y por ti llegará a mis manos…

(Bruselas, 3 de junio de 1516)

Tal aprendizaje práctico estaba muy lejos de lo de Las Partidas.

En medio de este revuelto mar de los conocimientos y su transmisión, ocurrió en España lo que no ocurrió en ningún otro lugar, menos aún en la Italia del Renacimiento: el Descubrimiento de América y la necesidad de su colonización (que no todo pasó en 1492) y, en segundo lugar, el aumento y consolidación del Imperio español y la necesidad de su administración. La necesidad de la administración de un Imperio, y no sólo el ultramarino, sino el europeo también.

Nunca, pues, en Castilla había habido más estudiantes que en el siglo xvi. Hasta finales de siglo no se pudo ver que no iban correctamente emparejadas las enseñanzas en las universidades con las demandas sociales. Se introdujo ese mal de la falta de calidad y de sentido crítico; la constante reiteración. Sin embargo, el nuevo mundo abierto a lo largo de esa centuria, exigía novedades.

Qué duda cabe que hubo unas gloriosas enseñanzas, las orientadas hacia la administración civil y religiosa del Imperio. Cuantos más estudiantes había, menos calidad en la enseñanza. En efecto, no había que aprender para adquirir una epistemología del conocimiento, o una disciplina en el trabajo que se realizara, o un permanente preguntarse las causas y consecuencias de los fenómenos, o sentirse orgulloso de saber, sino que había que estudiar para adquirir las herramientas del cómo ganarse la vida, con celeridad… sin poso.

Para ello no era necesaria la profundidad del latín. Es impresionante ver cómo los escribientes en las escribanías (hoy los pasantes de las notarías) redactaban las fórmulas jurídicas en un lenguaje parecido a un latín fonético a veces imposible de transcribir, si no se conoce el contenido de las leyes que se mencionan en el documento.

Junto a ello (desde Erasmo en adelante, por lo menos) la reivindicación de textos sencillos, especialmente las gramáticas, cuando aún no se habían fijado las gramáticas «científicas», o acababan de nacer, como la de Nebrija. Hasta maestros de príncipes escribieron sus gramáticas de la lengua resumidas para no cargar en exceso la mente de su pupilo. Que eso se hiciera con los príncipes, es comprensible, pues se iban a dedicar a otras cosas que no a la filología; pero que eso se propugnara desde cátedras, o libros hechos para formar estudiantes en Humanidades (de las de aquellos tiempos) es un recurso excesivamente pragmático… aunque tal vez necesario. Queda servida la discusión sobre cómo las gramáticas se habían ido complicando por añadidos ulteriores, hasta hacerlas casi incomprensibles, o que como se iba perdiendo el latín, se enseñaba cada vez con menos profundidad.

En medio de estos dos debates se está (que tienen lugar desde los albores de los tiempos de Carlos V hasta el reinado de Felipe III por lo menos), cuando se cae en la cuenta, además, de que gente poco ortodoxa, como aquel Erasmo, hace, por medio del conocimiento del latín y del griego, comentarios al Nuevo Testamento, o lo que es peor, Lutero traduce desde el latín la Biblia al alemán. Difícil sería encontrar a alguien que supiera leer rectamente y que no supiera latín. Pero con la traslación a lenguas mundanas de los textos sagrados, desde luego se estaba provocando más la tentación del leer libros equivocados.

Mala enseñanza, escasa retribución, prestigio social en decadencia: ¿qué resultados? Desmotivados y pícaros maestros que en muchas ocasiones debieron llevar una vida poco ejemplar. Y si se cree a Erasmo, una educación monstruosa por todas partes.

Además, consejeros de la monarquía o regidores municipales de escasa formación humanística, preocupados en imponer la confesionalización social a ultranza (Pragmática Real de 22 de noviembre de 1559 de prohibición de ir a estudiar los españoles al extranjero, salvo a Roma, Bolonia, Nápoles o Coímbra), incapaces —los regidores de bajos vuelos— de entender el mundo cultural en el que estaban, desconocedores del latín y eso que a su cargo estaban las escuelas de gramática de los municipios, o de la paleografía, aprendices casi todos ellos de aspirantes a alcaldes de Daganzo (léase a Cervantes), vencidos por la inmensa capacidad de seducción —y de presión— de la Compañía de Jesús, cuya claridad de miras y objetivos, sus excelentes métodos de enseñanza y la selección de los saberes que se habían de transmitir para alcanzar a Dios, no podían tener rival con unas vulgarizadas escuelas gramaticales urbanas o rurales de muy baja calidad.

Por otro lado, si todo lo anterior no era bastante para que el horizonte se obscureciera, hubo decisiones que llevaron a una situación menos alentadora: la consagración de la gramática de Nebrija como único manual para estudiar la gramática castellana, que empezó a actualizarse a partir de 1594 por orden de Felipe II y se editó innovada en 1598 por Luis de la Cerda, y desde 28 de junio de 1601 declarada como única gramática de estudio (dándose al Hospital General de Madrid el monopolio de su venta) hasta tiempos de Carlos III; la falta de una rutilante república de editores, toda vez que los grandes negocios como la edición de la Biblia Sacra se imprimieron fuera de España (en la Corte hasta el siglo xvii no hubo una buena imprenta estable, e incluso Mayans en el siglo xviii se quejaba de la poca calidad de los impresores en España); la necesidad de los profesores de griego de pagar de su bolsillo la fundición de los caracteres necesarios para las impresiones de sus manuales; la concesión a todas luces estrambótica de Felipe III al duque de Lerma de la exclusividad de la edición de no sé cuántos clásicos para su nonnata imprenta de Lerma; la persecución a los libros que contenían banalidades (cédulas reales de 1502, 1558 y 1627); la imposición de censura previa (1480; ¡ay cuánto tenemos que agradecer que se vele por que conozcamos sólo la verdad!); la prohibición para imprimir fuera de España (1610), o los escritos de los agraristas contrarios a la educación de la juventud porque retraía mano de obra del campo que consiguió el 10 de febrero de 1623 que Felipe IV prohibiera la existencia de estudios de gramática en las ciudades sin corregidor y que en estas ciudades sólo hubiera en todo caso uno, así como otros menosprecios al hecho de que se aprendiese algo, todo ello —digo— reforzó el ocaso del Humanismo.

Pero a esa caída (finales del siglo xvi), no siguió la nada, sino que se reforzó un modelo que había ido echando raíces desde finales del Concilio de Trento y su implantación (1563/1564): la exaltación de un modelo en el que no hubiera resquicios para pensar en cosas banales y sí en la castidad, por decirlo abruptamente. Claro que, mal que bien, algunos se dedicaron a pensar en cosas banales, con Dios al fondo, desde luego, y en tiempos de Carlos II (desde 1680 como fecha de referencia) los novatores, muchos de ellos jesuitas, se empeñaron en subirse al carro de esa nueva ciencia empírica que se estaba agitando por Europa: vivían en paralelo dos realidades culturales.

Si además tenemos en cuenta que por encima de aquella sociedad sobrevolaba la sombra de la Inquisición, no es de extrañar que quien quisiera pensar, se fuera por los caminos de la imaginación, de la creación literaria, correctamente aceptable y que se abandonaran estudios más complejos y, por supuesto, todos aquellos que pudieran contradecir las Sagradas Escrituras. Por eso en España hubo dos Siglos de Oro de creación literaria. Es verdad que en tiempos de la Inquisición hubo ciencia y pensamiento científico en España (alguna carta de Menéndez Pelayo es irrefutable) y que hubo una ciencia aplicada de primer nivel, toda la relacionada con la náutica (y así cartografía, astronomía, construcción naval, etc.) y centros en los que enseñar (Academia Matemática de Felipe II en Madrid con Juan de Herrera al frente; luego, Colegio Imperial de los jesuitas; a la vez, las enseñanzas de «marear» en la Casa de la Contratación de Sevilla, etc.). Dos realidades culturales viviendo a la par.

Para comer de las Humanidades, de la enseñanza, había que colocarse en algún puesto. En la Corte del rey, unos pocos, en las cortes nobiliarias muchos, en los centros de formación episcopales, monacales y conventuales, otra legión; pululando por las escuelas municipales, los más. Así que el proceso de «ascenso social» era claro, había que entrar en una Corte real o en una aristocrática o religiosa, o se hacían oposiciones a la universidad o a los estudios municipales.

La revolución cultural que supuso el Humanismo de cuyo éxito todos los instruidos sacarían provecho, no estuvo exenta de feroces luchas internas, de enfrentamientos personales violentísimos, de crueldades notables en nombre de la «humildad». No parece que el ambiente interno de los miembros de la República Literaria, de los humanistas, digo, fuera una balsa de aceite. Al contrario. Vanitas vanitatum.

En definitiva, para el caso español y más aún el castellano, lo que ocurrió en términos económicos es muy sencillo de explicar: hubo un exceso de demanda de maestros (o de contables), que no llegaba a satisfacer el número de los formados en las universidades (los «bachilleres», que sabían leer, escribir, contar y algo más).

Por tanto, la demanda se cubría como se podía, con mala calidad que no era forzosamente por mala formación sino por la inexperiencia de los maestros jóvenes que se colocaban donde podían. Ante la falta de calidad de los maestros, los más instruidos, o las Cortes, protestaban. Y los maestros asentados exigían controles de calidad y que hubiera examinadores para dar licencia de enseñanza (alrededor de 1580 a 1590, por ejemplo). Desgraciadamente, lo que no se pedía era el ejercicio libre de la enseñanza tras haber pasado por universidades de contrastada calidad didáctica y de contenidos, o de un exigente plan de estudios.

Claro que, todo hay que decirlo, a las Cortes de Castilla de 1576, cuando mostraron su preocupación por la calidad de los maestros, no les preocupó si conocían al dedillo a Cicerón, a Quintiliano, o Nebrija, sino que aun reconociendo que

la habilidad y suficiencia, que tan necesaria es en los maestros que enseñan niños en tierna edad, es mucho más importante que sean personas de conocida cristiandad y ejemplares costumbres.

Es decir, que los maestros no presentaran orígenes conversos, o duda alguna en sus aptitudes religiosas y buenas costumbres. A la petición de las Cortes, Felipe II respondió que, estando de acuerdo con ello,

mando: que ninguno pueda poner escuela ni estudio para enseñar muchachos, sin tener aprobación de la justicia y regimiento del lugar do la hubiere de poner.

Es decir, que se entregaba a las autoridades municipales el examinar a los aspirantes a poner escuela, lo cual no era ni bueno, ni malo, pues todo dependería de la calidad del corregidor (o presidente del Ayuntamiento de la demarcación de turno). Menos mal que no pedía claramente probanza de limpieza de sangre para leer correctamente a Nebrija.

Este era el ambiente general. En resumidas cuentas, una criatura aprendía primeras letras en casa con un profesor particular, o con su padre o su madre, o en la parroquia, o en un convento próximo a casa, o en la escuela de la localidad que podía ser sufragada total o parcialmente por el ayuntamiento, como ser una sala en la casa de un maestro en la que se daba clase (o se leía) a todos a la vez indistintamente de su edad o nivel de conocimientos. Si seguía por la senda de las Artes liberales y no de las Artes mecánicas o serviles; se iría a una universidad, con beca o sin ella, viviendo en el colegio universitario de turno, en régimen semiconventual, o viviendo bajo el pupilaje y la protección de un profesor de la universidad que daba de comer, estudiar, y demás a varios estudiantes y así redondeaba sus ganancias, o vivía de alquiler en alguna pensión o posada de la ciudad universitaria.

Entonces empezaba a estudiar el primero de los cuatro años de bachillerato. Ya bachiller, podía legalmente ir a dar clase —de leer, escribir y contar porque no daría para más— por ahí y reiniciar el proceso. Si no abandonaba la universidad, podía continuar sus estudios para alcanzar su licenciatura en Artes, e incluso el grado de doctor. Si a ese grado le añadía alguno otro de Teología, o de Derecho, ya iba encaminando su vida. Si era el caso, se podía mudar de universidad, o irse fuera e incrementar su formación. Dentro y fuera de España se aprendía y mucho sobre los debates entre escolásticos y filólogos, o entre ortodoxos y herejes, aunque para evitar males mayores Felipe II prohibió esos perniciosos contactos. Durante estos años de universidad tejía la gran red de relaciones que muy posiblemente, le serviría para el resto de la vida adulta.

A todo esto, en este paisaje no ha aparecido ninguna mujer. La que hubiera tenido suerte con sus padres, habría aprendido a leer en casa y pocas veces en una escuela «pública». Y en casa habría seguido leyendo. Incluso habría podido aprender a escribir, porque se enseñaba antes y más a leer que a escribir. Y tal vez redactó alguna fabulación de sus imaginaciones si por sus manos hubieran pasado libros de caballería o poesía (que mejor no la vieran leyéndolos), o de la admirable vida de las santas, de la Virgen u otros flores sanctorum. Llegado el día, podría casarse y, cumpliendo con las máximas de las Escrituras (¡pero no con el Cantar de los Cantares!), o de san Jerónimo, o de los demás que tanto escribieron en el siglo xvi, convertirse en la pieza fundamental de la transmisión de los valores en casa y de puertas adentro. A sus hijos les enseñaría lo que a ella le hubieran enseñado y el sistema social se iría reproduciendo.

Pero podía darse el caso de que entrara en religión. Eso tenía sus ventajas que reitero: la experimentación de Platón en carne propia con el cuerpo que encarcelaba el alma se mitigaba; pero lo que desaparecía completamente eran las pesadillas de tener que aguantar a un marido, el yugo del matrimonio, o lo que era peor, el poner en riesgo la vida una vez al año por lo menos, en cada parto. En la soledad de la celda, con el tintineo de la vela cuya luz, proyectada contra el crucifijo, le daba movimiento, escribiría sobre alguna santa, o sobre la historia del convento, valiéndose de las licencias que le dieran el obispo o su confesor, y la abadesa, para poder leer libros de la biblioteca del convento. Y esos textos píos, correctamente corregidos por el confesor, podrían imprimirse, o tal vez quedarse en los anaqueles de la biblioteca, manuscritos por los siglos de los siglos. Desde luego, lo que no iba a hacer era escribir cartillas. Para eso estaban ellos.

Antonio de Nebrija (c. 1444-1522): un modelo nuevo basado en el rigor y el conocimiento

A la altura de 1450 Lorenzo Valla era reconocido como renovador de los studia humanitatis (gramática, retórica, poética, historia y filosofía moral) renovación del arcaizante trivium y del inútil quadrivium. Nuevos tiempos requerían nuevos estudios. Esos nuevos estudios serían los filológicos, entre otras cosas porque se estaban desempolvando tantos manuscritos o copias de textos clásicos, que había que aprenderlos a leer, a criticar para preparar textos básicos prístinos. Más filología y menos caducas disputationes.

Menos audaz que él fue Poggio Bracciolini. Desde luego, escuchó a Valla criticar a Virgilio y a Cicerón ante sus alumnos en Roma en 1454 y lo tachó escandalizado de todo, de «fanático», loco, soberbio, monstruo.[3] De entre las «innovaciones» que proponía Valla, una de ellas estribaba en la necesidad de saber hacer comentarios de los textos correctamente estructurados y la brillante defensa de la opinión, por medio de la dialéctica. Así que escribió sus Dialecticae disputationes, que pronto se convirtieron en un manual.

La diferencia de un método y del otro estaba en la defensa del comentario de texto estructurado aunque simplificado, o rehacer cada vez una suerte de pequeña enciclopedia eruditísima, vastísima, aun a pesar de ser incomprensible o inmanejable. No pensemos que escribir un libro con estructura era algo manejado por todos los autores. Aún no lo es. Y el hablar «derramándose» era tan común, como el largarse por los cerros de Úbeda. Como botón de muestra, que los he traído a colación con total intención.

La oposición a Valla se cifró en varios frentes. Sus detractores le tacharon de iconoclasta. Se granjeó enemigos entre juristas y teólogos, bien preparados, contra los que no había escatimado ataques. Es sabido que en cierta ocasión ante los dominicos, invitado a hablar sobre santo Tomás de Aquino, se dedicó a elogiar la patrística (más próxima al franciscanismo) en vez de la escolástica (más propia del dominicanismo). La lección causó estupor e indignación.[4]

En cierto modo, esto es lo que pasó en España con Nebrija. Veámoslo.

Decía Rodrigo Caro (1573-1647) de Elio Antonio de Lebrija que fue «gran hijo suyo [de Nebrija] que restituyó a España las buenas letras…».

Antonio de Nebrija debió nacer en Lebrija (hoy Nebrija, en la actual Sevilla) hacia 1444. Era el segundo de los cinco hijos de Juan Martínez de Cala e Hinojosa y de Catalina Jarana y Ojo.

Según él mismo refleja en su Vocabulario español-latino, debido a la cantidad de vestigios romanos que había en su localidad con advocaciones a los Elios o Elianos, decidió adoptar ese praenomen para sí.

Fue mandado a estudiar a Salamanca y de allí, a los diecinueve años, a Italia, con la intención (o así lo dice él) de aprender bastante como para desterrar, a la vuelta, la barbarie de España arraigada por la falta de estudios de latinidad. Su centro de formación en Italia fue el Colegio de los Españoles en Bolonia, en cuya celda aún siguen formándose eruditos de primera línea.

Entre 1470 y 1473 ya estaba de vuelta en España, al servicio del arzobispo de Sevilla, Alonso Fonseca. Le sirvió como preceptor de Juan Rodríguez de Fonseca, su sobrino y que acabaría promocionándose también en la carrera eclesiástica.

El 4 de julio de 1475 entró a formar parte del claustro de profesores de la Universidad de Salamanca. En efecto, daría al día dos horas lectivas, una de Elocuencia y otra de Poesía. Al año siguiente, en 1476, ganó la plaza de catedrático de prima de Gramática y se concentró en la redacción de sus Introductiones latinae, a imitación de las de Lorenzo Valla. Este es el momento en que contrae matrimonio con Isabel Montesino de Solía, con la que tuvo seis hijos.

El éxito de las Introductiones fue tal que Isabel la Católica, pidió, por medio del obispo fray Hernando de Talavera, que hiciera una versión en castellano para que pudieran tener acceso a su lectura las mujeres.

En 1485 entró al servicio de otro aristócrata, don Juan de Zúñiga, que llegaría al arzobispado de Sevilla. A su servicio permanecerá hasta 1504. Fue la época de su madurez como autor, con el Diccionario latino-español (1492), la Gramática de la lengua castellana (1492), el Vocabulario español-latino (1495), la Muestra de las Antigüedades de España (1499), la Tabla de la diversidad de los días (1499), etc. Fueron años de gloria. Él los recordaba felizmente en sus Introductiones latinae.[5]

Porque como gastase casi todo mi tiempo en declarar los autores, ocupando cada día cinco o seis horas en cosa no menos difícil que enojosa, quiero decir la verdad: que no era todo aquel negocio de tanto valor que hubiese de emplear tan buenas horas en cosa que parecía tocar al provecho de pocos […] Había razón de mirar por mi salud e ingenio, las fuerzas de los cuales sentía más y más enflaquecidas y por experiencia acontecerme lo que de la candela está en el refrán: que alumbrando los otros, ella recibe mengua. Así que, muy ilustre señor, que ya ninguna cosa más deseaba que ofrecérseme ocio en que pudiese escribir alguna cosa, que aprovechase no sólo a los presentes, más aún a los que están por venir.

Al tiempo, Cisneros iba madurando también la idea de fundar la Universidad de Alcalá y preparar una Biblia políglota (en griego, latín, hebreo y caldeo), aventura intelectual que compartía con Nebrija. De hecho formó parte de los primeros filólogos alcalaínos. Quedó una vacante de Prima en Salamanca y se le invitó a opositar. Ganó la plaza, pero no la ocupó porque prefirió seguir sirviendo a Zúñiga.

Ciertamente, Nebrija llevado de su rigor científico al revisar los textos de la Vulgata de san Jerónimo que son la base de la nueva Biblia, encontró incorrecciones en los textos nuevos, por lo que se originó un arduo debate: o seguir a san Jerónimo, aun a pesar de sus errores religiosos que habían llegado hasta principios del siglo xvi, o advertir de esos fallos y reescribir todo en lo que se creía equivocadamente. Cisneros, acaso llevado por la prudencia, más que por el rigor, escuchó a los teólogos, más partidarios también de mantener la ortodoxia. Nebrija, contrariado, abandonó el proyecto alcalaíno cisneriano. Nos sirve de ejemplo de cómo los conservadores teólogos vencían a los innovadores filólogos.

Desde 1504 a 1509 transcurrió un lustro muy agitado en su existencia. Muerto Zúñiga en1504, tomó posesión de aquella cátedra salmantina en mayo de 1505. Sin embargo, el absentismo, los incumplimientos y los enemigos granjeados hicieron que en 1509 fuera destituido de su cátedra. Las peticiones de merced de Nebrija lograron su fruto y desde 1509 fue nombrado cronista oficial de Castilla. Sin embargo, ese mismo año opositó otra vez a Retórica, obtuvo la plaza y tomó posesión para empezar el curso en octubre.

En 1513 volvió a quedar vacante la plaza de Prima, a la que opositó Nebrija contra otros dos candidatos. Para humillación de Nebrija, sacó la plaza el más joven de los opositores, García del Castillo.

Se marchó a Sevilla, donde se le recibió honorablemente; buscó el amparo de Cisneros en 1514, que le dio plaza en Alcalá, otra vez, además de un buen sueldo y, sobre todo, se hicieron famosas aquellas palabras, hoy suspiro de tantos y tantos, que nunca se volverán a dar habida cuenta de la burocratización de la ciencia:

Que leyese [hiciera lectura en clase] lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar [Cisneros] porque trabajase, sino por pagarle lo que le debía España.

La verdad es que Cisneros le dio todas las facilidades para que pudiera redactar una suerte de manual universitario de Retórica, que a imitación de las Introductiones honraran a la universidad en la que tal se leyera, al autor y, de nuevo a «toda nuestra nación». Resalto constantemente cómo Nebrija y Cisneros, Cisneros y Nebrija, herederos del Humanismo italianizante tienen un elevado sentido nacionalista, patriótico, de la función del saber.

Nebrija se puso a la tarea, pero en vez de hacer un manual, prefirió preparar una antología de textos, toda vez que lo escrito por Aristóteles, Cicerón o Quintiliano, correctamente comentado o seleccionado era más que suficiente. Así nadie podría calumniarle diciendo que usaba lo viejo como nuevo y lo ajeno como propio. La mayor parte de las referencias, procedían de Quintiliano, luego Cicerón y finalmente Aristóteles.

Su huella fue imperecedera. Su rigor metodológico, desconocido hasta entonces. La estructura de su trabajo es impresionante. La variedad de sus conocimientos típicamente del Renacimiento. Mas, conforme avanzó el siglo xvi, se consideró su método de enseñanza demasiado riguroso (o plúmbeo) para los niños, por lo que se hicieron muchos proyectos con los que bajar el nivel de sus enseñanzas. Y con esos proyectos y sus redactores aprendieron los príncipes: Luis Gil ya puso de manifiesto que, aun a pesar de la calidad de los contenidos de la Gramática de Nebrija, había ido incluyendo tal cantidad de correcciones y ampliaciones desde su primera edición que, en efecto, había terminado convirtiéndose en un libro-calvario para los estudiantes. Que se buscara su simplicidad no debe extrañar. Aunque la simplicidad generaría otra manera de concebir las gramáticas.

En Nebrija encontramos la quintaesencia del humanista de corte italianizante, ideológicamente nacionalista, revolvedor en pos de las antigüedades de su patria y de sus grandes héroes. En filología, eruditísimo redactor de instrumentos de conocimiento y de enseñanza.

El caso es que Nebrija murió en Alcalá el 2 de julio de 1522.

Erasmo de Rotterdam (1466-1536): planes de estudios, manuales de civilidad y reivindicación del niño

Y si desde Italia entró en tiempos de los Reyes Católicos un humanismo nacionalista (o exaltador de lo propio), desde Flandes llegó un humanismo ético y moral. Aunque llegó un poco más tarde, casi con Carlos V. Pero adviértase cómo España se iba convirtiendo en un potentísimo centro de absorción de corrientes culturales extranjeras, con fines y métodos diferentes, que aquí se esparcieron, desde Alcalá o Salamanca, y que desde aquí pasaron a Indias. La lucha intelectual se servía en bandejas de plata.

Aunque Erasmo no fue español, el erasmismo fue típicamente español, escribió Marcel Bataillon.

El cardenal Cisneros había fundado la Universidad de Alcalá para conseguir una buena formación del clero y para preparar una Biblia rigurosa. En la Cristiandad se adolecía de lo uno y de lo otro. No es el momento de volver a recordar las muchas prédicas que había pidiendo la reformación de los encargados de la cura de las almas. Si algo tenían en abundancia era la falta de ejemplaridad, de disciplina vital. Y, con respecto a las biblias que andaban por Europa, eran tantas que ya casi no se podía saber cuál era un texto sagrado, o cuál un texto inventado.

Para llevar a cabo ese doble empeño se necesitaban teólogos y filólogos. Manos a la obra se pusieron Cisneros y sus más allegados.

En 1516 se recibió en la ciudad Complutense un ejemplar de Erasmo de su Novum Testamentum, bilingüe griego-latín, que fue recibido con interés y admiración por los filólogos de Cisneros. De hecho, se solicitó por un García de Bobadilla que se invitara a Erasmo a Alcalá a trabajar en el Viejo Testamento y a revisar todo lo que se estaba haciendo, porque Erasmo le parecía —según escribió encomiásticamente al cardenal— «he visto personas singulares, no he visto cosa igual como ésta».

Cisneros tomó buena nota de ello y por dos veces le invitó a que se incorporara a ese gran equipo de exégetas quedando siempre abierta la posibilidad de su traslado a España, si él quería. Se le invitó por dos veces formalmente, en 1516 y 1517, en tiempos de Cisneros, y una tercera vez por el arzobispo de Toledo. La historia del rechazo de la invitación levantó sarpullidos por Alcalá. Corría la especie de que en carta desde Lovaina y a 10 de julio de 1517 dirigida al que sería santo Tomás Moro, le expresaba sus recelos para instalarse en Alemania, país frío y lleno de bandidos; poco dinero en Lovaina y muchas broncas («demasiados alaridos»); tampoco era apetecible Inglaterra por sus muchas revueltas y muchas exigencias cortesanas y, en fin, le escribía «Non placet Hispania»:

Todavía no resolví dónde plantar mi morada. España no me gusta, [aunque] con España me invita de nuevo el Cardenal de Toledo.[6]

Así pasaron los años. Empezó la Reforma protestante. Tuvo lugar el enfrentamiento entre Lutero y Erasmo a raíz de la libertad individual, del libre albedrío o la predestinación (sus cartas con Moro sobre el asunto son esclarecedoras). Erasmo estaba convencido de que las buenas obras servían para que el cristiano se salvara; Lutero, por el contrario, no creía en esa libertad de decisión y acción, porque todo estaba predestinado. Esta es la infranqueable diferencia entre católicos y reformados. Argumentará el católico: la libertad individual, el acto personal, ayuda a la salvación o a la condena, de tal modo que el arrepentimiento por medio de la confesión de los pecados, y de la conciencia, es imprescindible para ello. El reformado hablará de que sólo la fe salva y que Dios ha señalado a sus hijos elegidos. Luego, Calvino profundizará más aún; los elegidos pueden ver en vida que son la aristocracia de la gracia porque en la consecución terrenal de sus objetivos materiales —o no sólo materiales— se ve la manifestación vívida de Dios. Pero —apunto— el hombre plantea la cuestión de otro modo: me llevo por delante todo obstáculo a que las cosas me vayan bien. Arrasado cuanto se interponga en mi camino, será obvio que Dios está de mi lado, porque —efectivamente— se cumplen mis objetivos. Lo que se interponga, bien se puede llamar indios norteamericanos, que moral, o ética económica.

Pero este debate, con una Diatriba de por medio, se le puso cuesta arriba a Erasmo, que era bastante «prudente», o empezaba a vivir con miedo viendo cómo se expandía la persecución religiosa de los protestantes (que existió, por cierto). Moro y Tunstall le instan a que escriba contra Lutero y él:

[Me decís] que va a ser de gran trascendencia que yo con todo ímpetu arremeta contra Lutero. Y yo, al revés, tengo bien averiguado que no haré sino irritar aún más a esos tábanos […]

Yo […] gozaba de la estima de la estima de ambos bandos, y aun hoy no me desestiman, con excepción de unos cuantos ruines […]

Yo no puedo ser jefe de ninguna facción. Apremia el tiempo de recoger mis pobres alforjas y largarme de aquí.[7]

No sólo le causó desasosiego a Erasmo esa lucha teológica y doctrinal, sino que también la persecución extendida por Europa (intuye que al borde de una guerra total) y contra su persona, como se lamenta en varias cartas, como en la que comunica a Tomás Moro las razones de su exilio de Basilea:

Cierto que contra mi voluntad abandoné el nido que yo, por espacio de tantos años, había calentado […] pero prefería arrostrar el peligro de muerte a dar a entender que la Reforma merecía mi aprobación.[8]

Por ello, alucinado por su mucha fama en España, dicen que escribió, «me regocijo mucho de que ese país me sea tan favorable. ¿Por qué no me habré dirigido hacia allá, en vez de haberme ido a Alemania?».

Pero así son las cosas de la vida: murió Cisneros (1516), subió al trono Carlos I y hubo algo de inestabilidad política en España, llegaron las Comunidades (1520-1521) y sus violencias tan sonadas en Alcalá; la furia reformadora; los miedos por todas partes, el cierre de filas, el juicio de 1527 contra los textos erasmistas, precisamente el mismo año en que el nuevo cardenal de Toledo, Fonseca, apoyado por su secretario Juan de Vergara, volvía a invitarle a Alcalá y ahora, de verdad, que no le debía apetecer venir a España. Eso sí: agradecía la invitación y el dinero mandado por Fonseca para que imprimiera sus comentarios a san Agustín. En reconocido homenaje a su mecenas le dedicó la edición que estaba a punto de lanzarse en Basilea.

Entre el cruce de cartas, llegaron las noticias peores que cualquiera podía imaginar: Vergara era encarcelado acusado de hereje y el arzobispo moría. No habían ido mejor las cosas en Inglaterra, ni en Alemania. La guerra ideológica se había desatado hasta con salpicaduras de sangre…, no sólo de tinta.

Erasmo escribió por última vez a amigos españoles en 1533, pero a sevillanos, no a toledanos.

Juan Luis Vives advirtió a Erasmo el 10 de mayo de 1534 desde Brujas que

Estamos pasando por tiempos difíciles, en que no se puede hablar ni callar sin peligro. En España han sido encarcelados Vergara y su hermano Tovar, como también otros hombres doctos. En Inglaterra, los obispos de Rochester y de Londres y Tomás Moro. Ruego al cielo que te dé una vejez tranquila.

Tempus habemus difficilia.

En cualquier caso, bien podríamos mantener siempre viva la consideración de la lectura como un lenitivo para las penas de este valle de lágrimas. A María, la hermana de Carlos V, reina de Hungría, Erasmo le dedica La viuda cristiana de 1529 y así se lo explica a la hija de santo Tomás Moro. María había quedado viuda después de la batalla de Mohács, tras la cual los turcos penetraron casi hasta Viena:

Por la adjunta carta entenderás con cuánto celo esta hembra nobilísima acoge y abraza el estudio de las disciplinas liberales. Ahora ella [viuda] experimenta no ser vano lo que Marco Tulio escribió, conviene a saber: que las letras en la prosperidad son ornamento y en la adversidad son solaz.[9]

Por la Cristiandad corrían copias del De ratione studii que lo había impreso Miguel de Eguía (Alcalá, 1525) en compañía del De copia verborum et rerum libri duo y el De componendis epistolis, a los que seguirían otros libros que hoy consideraríamos como planes de estudios, o manuales de urbanidad y civilidad.[10]

El De ratione studii (Sobre un plan de estudio, o más extendido, Plan de estudios) a buen seguro que lo habían visto manuscrito. Pero los textos de verdad ya eran los impresos, en los que todo, todo, se reproducía igual (incluso los errores tipográficos, o los errores heréticos) y por cientos o miles de veces, una por cada ejemplar. Además, circulaban más deprisa esas copias y eran más baratas que las manuscritas. Ciertamente, para abaratar los precios y darles agilidad a los libros, hasta se ponían a la venta «en rama», en bruto, para que cada dueño luego lo encuadernara a su gusto.

Los editores tenían tanto ojo editorial como hoy. Así que algunos quebraban y otros no. Unos editaban antologías, otros sacaban esa especie de «biblioteca de autor», o los de más allá plagiaban ediciones que el autor no podía perseguir. Algunos, finalmente, se establecían al calor de alguna universidad.

¡Voto a las Furias, mi cabeza, que jamás publiqué cosa a la que no haya puesto mi nombre![11]

Con respecto al De ratione studii, cabe decirse que se editó en España junto con otros textos breves en Alcalá (Complutum) en 1525, y después en 1529, aunque su primera edición fue en París en 1512.

Está dedicado a su amigo Pedro Viterio, profesor de Artes liberales, que le había pedido sus recomendaciones metodológicas para enseñar mejor.

Así que este era uno de los nuevos libros del Renacimiento escritos sobre cómo educar a los niños. Iba más allá que el ser solo un remedo de Cicerón con añadidos de Quintiliano y otros. Superaba la tradición medieval de libros de educación, entre otras cosas porque Erasmo era un sabio y porque se estaban descubriendo y publicando textos clásicos a los que gracias a la imprenta se tenía acceso. Era, por supuesto, un texto basado en Quintiliano, pero con ciertas novedades. Ahora bien, Erasmo, desde la humildad o la prudencia, refiriéndose a Quintiliano y su enciclopédica Institutio oratoria reconoció que «parece desvergonzada osadía» escribir sobre ciertos preceptos después de haberlo hecho él. Y es que Quintiliano no fue la base de los estudios didácticos del Renacimiento y aún más.

El plan de estudios de Erasmo no era un texto de discusiones filológicas sobre términos bíblicos (que aunque no lo parezca a los ojos de los lectores del siglo xxi tenían la importancia inimaginable de fijar el texto sagrado), o un mamotreto sobre retórica y el tomar partido por Cicerón o Quintiliano; ya no era un diccionario o una gramática, sino que se trataba de un librillo para enseñar a los niños a ser personas adultas.

Era una obra «social».

Algo estaba cambiando en el Humanismo. Vamos a dedicarle un poco de tiempo ahora, además invito a la lectura de otras obras de Erasmo.

En la lectura del libro se ve a cualquier niño estudiando en el Renacimiento.

En primer lugar, porque Erasmo recomendaba que se enseñara la gramática griega y latina como base de todo. Dos causas esgrimía para ello: que en esas dos lenguas estaba escrito casi todo el saber y que era más fácil aprenderlas unidas que por separado. De hecho, Quintiliano propugnaba que se aprendieran primero las letras griegas.

Tiempo después, siglos después, algunos de esos argumentos se trasladarían a la enseñanza del inglés. Pero el desastre de haber perdido el estudio del latín y del griego «porque no sirven para nada» —¡como si oír algunas opiniones o exabruptos sirviera para algo!— implica una multiplicación de los problemas de estructura para aprender las lenguas romances porque si se aprendiera bien el latín, ¡qué fácil sería aprender todos esos idiomas!; perder nuestras bases culturales —y la cultura es como el flujo de los líquidos, que cuando un elemento desaparece, no queda vacío, sino que lo rellena otro— y empezar a estructurar las mentes para el razonamiento, por la gramática y la sintaxis con sus declinaciones y conjugaciones y la construcción de las frases y esas cosas, si no sabemos alemán, es muy dificultoso.

Erasmo proponía que se aprendiera con un buen preceptor y si no se pudiere, que se acudiera a los autores mejores, «muy pocos, pero bien escogidos». Así, Teodoro Gaza (el bizantino de 1400-1476), Constantino Lascaris (1434-1501, cuya biblioteca está en El Escorial), Diómedes, Nicolás Peroto (también del xv, autor de una Cornucopia en defensa del latín y gran admirador de Marcial). Por otro lado, para lograr dominio en la elocuencia, daba la primacía —de entre los griegos— a Luciano, seguido por Demóstenes y Heródoto, entre los prosistas; porque de entre los poetas la palma la tenían Aristóteles, Homero, Eurípides, Menandro. De entre los latinos, Terencio, «puro, terso, muy cercano al habla corriente» y capaz de deleitar a los jóvenes. Luego, un Plauto limpiadas sus comedias de obscenidades; y Virgilio, Horacio, Cicerón y César por ese orden. Podría animarse la lista con Salustio.

A la hora de enseñar, se había de ir a «la inteligencia de las cosas», al meollo —decimos ahora en castizo— y no hacer como quienes piensan «que el niño es de aquellos eruditos a quienes no se les escapa ningún dato». Además, buscar la base de la ciencia en los autores griegos, que eran el origen de todo.

En lo referente a la «búsqueda de la riqueza del lenguaje», Lorenzo Valla era la génesis: «ayudándote de sus luces y de sus preceptos, tú mismo y de tu propia mano, tomarás no pocas notas», aunque no hay que seguirle con servilismo. Porque sus doctrinas se pueden completar con las figuras gramaticales, la retórica, explicadas por Donato y Diómedes.

La dialéctica, de Aristóteles, y no en otro «garrulo linaje de sofistas que todos conocemos y padecemos».

En fin, que al hablar no había que pararse en la dialéctica. Había que ser hábil en la construcción de la prosa y la poesía, pero

no se ha de olvidar la memoria, que es el receptáculo y el tesoro de la lectura.

La memoria se basa en tres pilares, que son «inteligencia, orden y atención». Y Erasmo es concluyente, frente a los cantos de sirena que nos han invadido hoy:

Buena parte de la memoria está en el total entendimiento del asunto.

Y añadía una de sus múltiples reglas mnemotécnicas: lo que haya que memorizarse y sea más difícil, como los topónimos, los pies métricos, las figuras gramaticales, podrían ponerse claramente en una tabla y colgarla «en las paredes del dormitorio o en otros lugares destacados de la habitación». Algo similar se tendría que hacer con los dichos breves, como apotegmas, proverbios y sentencias, «unos, los escribirás en tus libretas de apuntes; otros los esculpirás en los anillos o al pie de las copas; otros en las puertas o en las paredes, o en los cristales de las ventanas» para que todo con lo que tope la vista, «ayude a la erudición».

Con respecto al maestro, lo primero que se esperaría de él es que fuera un sabio, porque «para enseñar lo mejor es fuerza que el maestro lo sepa todo». Conformémonos con que «sepa lo fundamental de cada una de las disciplinas». Pero, por el contrario, sin aceptar que se quede en una docena de autores, sino que tenga un saber enciclopédico. Se puede dar el caso de que a alguno le falten tiempo, o libros.

En ese caso, «Plinio solo le proporcionará muchos de esos lugares», y a continuación Macrobio, Ateneo y Aulo Gelio. Ellos son las síntesis del saber. Pero es mejor acudir a las fuentes. Leer, en filosofía, a Platón y a Aristóteles y sus seguidores, Teofrasto y Plotino. De entre los exégetas de las Sagradas Escrituras, Orígenes, Crisóstomo, Ambrosio y Jerónimo.

Hay un tipo de poesía que se engrandece con los saberes de las otras disciplinas y especialmente con fábulas. El mejor de todos sus creadores es Homero. Sin embargo, hay otros, aunque latinos, como es el caso de Ovidio y sus Metamorfosis, o sus Fastos. Para seguir la cosmografía, Pomponio Mela, Ptolomeo o Plinio. Además, en los trabajos de Estrabón cabe destacar la toponimia recogida en sus días y cómo establece sus correspondencias con la más antigua. Ese juego de correspondencias habría que hacerlo ahora con las plantas, animales, (y ahí aparece Andrés Laguna con su Dioscórides, por ejemplo), herramientas, vestidos o piedras preciosas «es increíble la ignorancia total [sobre esos asuntos] de la turbamulta de hombres de letras», protesta. Así que habría que recuperar a aquellos clásicos y en especial a Julio Pólux, recolector de nombres de cosas.

Por otro lado, la ciencia de la Antigüedad no sólo estaba en los autores, sino también en «las monedas y en los títulos e inscripciones epigráficas».

Proponía el ejercicio de destacar de aquellos trabajos la abundancia de toponimia antigua y se podría hacer la correspondencia con la actual.

También la «genealogía de los dioses que rebosan en las creaciones poéticas», camino marcado por Hesíodo y Boccaccio, que lo hizo mejor de lo que «era de esperar de su siglo».

La astrología, siguiendo a Higinio.

Debía saberse también «la virtud y la naturaleza de todas las cosas» y «toda la Historia», tanto la humana como la divina, la de las Escrituras. Así que para explicar gramática se habían de poseer todos esos conocimientos. Y continúa:

Ya veo que arrugas el ceño hace buen rato.

¿Dónde hay maestros de niños con semejante bagaje?; ¿o universidades que los formen así?

En lo referente a «la formación del habla de los niños y de la enseñanza», vuelve a referirse a Quintiliano. Pero añade de su cosecha, «yo desearía que» una vez el niño hubiera empezado su andadura por la vida, se le enseñara, como primera lengua, el griego o el latín. Pero eso ni se podría hacer con la mayoría de los niños, o además, requeriría el convivir con el maestro.

Este, que vigilaría los juegos, tendría como importante cometido reprender y ensalzar el error o el acierto en el uso de las palabras, o de las frases instándoles a ellos también a hacerlo entre sí. La verdad es que en este punto da la sensación de que Erasmo desbarraba. La falta de realismo es épica. Aún va a más: las expresiones que usen los niños en los corros, en los juegos o en la mesa «importa que sean doctas, al mismo tiempo que fáciles y gustosas».

Una vez instruidos en ese prístino lenguaje deberían empezar a tratar con algún autor, a leerlo, a hablar sobre él y a escribir. El texto lo desgranaría antes el maestro para extraer las partes más significativas y adornar su explicación con ejemplos. Pero aquellos temas que pensara el maestro que se debían desarrollar, lo habría de hacer con cuidado para «que no resulten (caso por desgracia harto frecuente) imbéciles de sentido», sino que sean útiles y comprensibles para los estudiantes. ¿Cuáles son los temas útiles y que se puedan retener?: anécdotas históricas, o fábulas que tengan por debajo sentencias sabias o edificantes, o apólogos como «no debe encomendarse a los amigos negocio que tú puedas llevar a buen puerto», «todos ven la alforja que pende por delante, pero no por detrás», o apotegmas como «Sócrates desprecia a quienes no comen para vivir sino que viven para comer»; o proverbios, «el pulpo toma el color del objeto sobre el que se posa para frustrar el acecho del pescador»; gradaciones o clímaxes, «las riquezas engendran lujo, el lujo, hartura; la hartura, ferocidad; la ferocidad, odio general y el odio general, la muerte»; o símiles oportunos, «no debe añadirse fuego al fuego, ni cebar el incendio con aceite» o conmutaciones, o distribuciones y elegancia… Elegancia.

Adquiridos los conocimientos necesarios, y según opinión del profesor, se podría ascender al niño al estudio de la gramática superior. El método de enseñanza consistiría en ir explicando desde lo más sencillo a lo más complicado.

El cómo hacerlo está recogido en la gramática de Teodoro Gaza (y su Grammatica, impresa por Aldo Manuzio (Venecia, 1495). Teodoro Gaza (Tesalónica, c. 1411-Calabria, c. 1476) fue uno de los introductores del griego en la Italia del Renacimiento, sirvió y dio clases en cortes nobiliarias, virreinales y papales. Tradujo —al parecer con hondo sentido crítico filológico— a Aristóteles, al Teofrasto botánico y naturalista y a Alejandro de Afrodisia. Se permitió el lujo de trasladar el De senectute de Cicerón al griego. Cultivó, pues, el griego pero también la medicina. Fue, a su vez, el maestro de Ermolao Barbaro. La voz sobre él redactada por Concetta Bianca para el volumen 52 del Dizionario Biografico degli Italiani (1999) es excelente.

El éxito de Gaza fue notable: Erasmo —y otros— editaron comentarios al texto sobre la vejez y al del sueño de Escipión de Cicerón. Y su gramática, su famosa Grammaticae introductionis fue impresa y reimpresa por la república de las letras y ampliada con «interpretatione latina» que según reza el título de —por ejemplo— la edición de Colonia en 1525 es «sane cuam doctissima». Por cierto, dentro de la Gramática había también un texto sobre los meses entre los griegos que, como ocurría muchas veces, acabó editándose independientemente: así, Libellus elegantissimus de ratione mensium apud Graecos / autore Theodoro Gaza Thessalonicensi…, o lo que es lo mismo, Librillo elegantísimo… «Elegantísimo» (París, 1530).

Y Erasmo esperaba que el buen alumno de gramática, pronto le cogiera el tranquillo al Gaza por lo que podría pasar pronto a cuestiones más complejas. Pero para ello «yo exigiré un preceptor de tanta doctrina como diligencia». Y añade: «El profesor mediocre, si con su medianía une la modestia, no tendrá empacho de acudir a las mayores luces de una persona más sabia».

Lo malo es, a mi entender instruido en tristes experiencias, que el mediocre raras veces se reconoce como tal. Por tanto, no acude a personas más sabias, sino a mediocres como él, o aun a más inestimables mentes-cautos. Suelen ser más en número, así que triunfan.

El caso es que el muchacho habría de empezar a estudiar cosas más serias. Para ello, una epístola en lengua vulgar podría ser el inicio del ejercicio: que la tradujera al latín y al griego. Luego, se podría hacer lo mismo con un apólogo, o con un cuentecillo amable; después, una sentencia; más tarde, otra construcción más compleja y así sucesivamente, hasta volcar el verso en prosa, o imitar textos de Plinio o de Cicerón. Incluso se podría exigir que la explicación del profesor la pasasen a cinco o seis especialidades métricas y así fueran deconstruyendo (que diríamos hoy) el texto original, en un sinfín de estructuras diferentes.

De esta manera el niño iría aprendiendo sobre las características del griego y del latín y aquello que en un principio pareciera difícil, acabaría resultando un ejercicio trillado gracias a la práctica y al socorro del maestro cuando fuera preciso:

en este punto exigiré de la diligencia del sabio maestro, selección y variedad.

Además, por medio de la educación gramatical, se iría dando la formación moral. Por ejemplo, dice Erasmo, en el género disuasorio se explicará «que se debe tomar esposa o no debe tomarse; que se debe viajar o no se debe viajar» y en género judicial, «que M. Horacio no mereció el suplicio», y así sucesivamente para enseñarles a manejar la gramática con absoluta soltura y naturalidad. O sea, que el alumno aprendiera a escribir por encima de lo correcto: «Cuando hubieren hecho esto siete u ocho veces, ya empezarán, en frase de Horacio, a andar sin corcho», o también se alcanzará el momento en el que suministrado un tema escueto, «ya no será menester ponerles en la boca, premasticado el alimento como se hace con los niños mamantes».

Y en este punto la retahíla de ejemplos históricos o literarios que propone Erasmo sacados de Homero, Sófocles, Eurípides o Virgilio, es —cuando menos— aplastante.

Igualmente, recomendaba que el profesor al corregir, lo hiciera «con amigable aviso» y al felicitar «elogiará lo que le pareciere un hallazgo feliz». Advertirá «las faltas de elegancia». ¡Es Quintiliano puro y duro!

Habría que huir de querer decir todo: por el contrario, el buen profesor habría de saber sintetizar, habría de saber decir «taxativamente aquello que ilustra la explicación del pasaje concreto».

Erasmo exhortó: si «me preguntares el método a seguir, voy a decirte el que mejor me parece». Y en efecto, recomendó que se enseñara a los niños, «para captar el interés de los oyentes», cuáles son los méritos del autor que se va a comentar; luego, la amenidad y utilidad del texto; después, la explicación del argumento, la voz, o lo que fuere que se estuviere explicando. Y comentó, con claridad expositiva muy de agradecer y por extenso, qué hacer si lo que se eligiera fuera algo de Terencio e incluso la Égloga II de Virgilio.

Por otra parte, si se fueran a comentar epigramas, se loaría su «picante brevedad»; en la tragedia, «las pasiones por lo regular en su excitación más fogosa»; en la comedia, «el decoro y la imitación del vivir cotidiano», y añadía una nueva ristra de ejemplos extraídos de textos clásicos, del mayor interés. Las églogas, por su parte, eran «un reflejo de la Edad de Oro y de la dichosa vida de los primeros mortales»; y así sucesivamente, de tal forma y manera que se iría explicando al alumno qué es propio de la poesía heroica, qué es historia, qué diálogo, qué apólogo, qué sátira, qué oda, qué cada género literario.

Una vez que se hubieran alcanzado esos conocimientos, se señalarían las cualidades y defectos de cada autor

para que ya, desde entonces, se familiaricen los muchachos con lo que en toda circunstancia importa más: el criterio.

El caso es que el buen juicio del maestro se podría ver reforzado e incluso apoyado en una serie de textos, como el De los oradores ilustres de Cicerón; los de Quintiliano, Séneca o Giovanni Antonio Campano, Crítica de escritores (la editio princeps de In varios auctores censurae es, según entiendo, de 1495).

Erasmo seguía admonitoriamente molestando: «No faltará quien juzgue que este método ocasiona un trabajo pesado. Sin duda: pero es que yo quiero un preceptor de amplia cultura y de fecunda y prolongada experiencia».

Así como que, entre otras afirmaciones, tan importante es el exigir como el saber corregir:

Es una labor pesadísima para el maestro, mas para los alumnos es utilísima.

Por lo demás, deberían tomarse pocos apuntes, porque su exceso es perjudicial a la memoria.

Y concluía que, bajo su experiencia, sabía que si en la escuela primaria el niño hubiera aprendido lo anterior, podría enfrentarse «con buen agüero a más altas disciplinas».

Y al final del librillo, exclama Erasmo:

Estas normas pensé que por ahora debía escribirte acerca de un plan de estudios. Si son de tu gusto, cíñete a ellas. Insiste en el afanoso amor de las buenas letras y con tus honrados estudios da nuevo lustre a tu país.

Pero no era el único libro útil de los escritos por Erasmo (la verdad es que todos lo son). Por ejemplo, un segundo librillo para traer a colación ahora es el De cómo los niños han de ser precozmente iniciados en la piedad y en las buenas letras. La primera edición fue de 1529. El libro está escrito para Guillermo, duque de Cleves, que tras años intentándolo ha logrado tener descendencia.

Esta obra vuelve a estar cargada de preguntas al lector, «por qué hemos de pensar que no es idónea para las letras aquella edad que ya es apta para las costumbres», o también que hay cosas que se consiguen en la niñez que lejos de ser ridiculeces, al contrario, son importantísimas pues sientan bases para logros mayores más tarde en la vida.

El opúsculo, sabroso y extenso para recogerse en una sola idea, tenía apreciaciones de método, «a la tierna edad se le debe aplicar un preceptor que atraiga con su blandura, no que aterrorice con su sevicia», o que algunos conocimientos se pueden adquirir más por «juego» que por «trabajo», o que visto lo que se puede aprender en la edad pueril, porque «cuán fugaz sea la vida humana», y que lo que no se alcanza en su momento, es posible que sea tarde lograrlo en otro, o, en fin, no consentirás que a tu hijo se le vaya la niñez «sin cultivo de parte alguna de su existencia».

Y como Erasmo tenía claras las estructuras sociales en función de estatus y papeles, al padre correspondía «así que hubiere crecido un tanto» el niño, «sea iniciado en las buenas letras, instruido en las más honestas disciplinas y formado y aleccionado por los más saludables preceptos de la filosofía».

Ser padre es educar, o dicho en otras palabras, que el hijo no sólo «reproduzca la figura de tu semblante y las líneas de tu persona, sino que sea un vivo retrato tuyo por las dotes del ingenio».

Llevado de su didáctica optimista, proponía que hay que huir de aquellas mujerzuelas y de aquellos varones barbados que desprecian la edad infantil para recibir enseñanza, a aquellos que «no se cansan de decir que la primera edad es demasiado ruda y sin capacidad para las disciplinas y demasiado tierna para que pueda soportar el trabajo de los estudios». Por lo que Erasmo es rotundo, «rechazo cada una de estas afirmaciones», e inquiere, en quién mejor que en nuestro hijo único y varón fijar las esperanzas de una buena educación.

Continuaba con una prolija descripción de los cuidados de la embarazada y de la lactante, texto de indudable interés para la historia de las vidas privadas en el Renacimiento; de los cuidados a la madre, al feto, al recién nacido, «nadie califica de prematuro este cuidado», y con contundencia afirmaba: «La Providencia divina […] dejó la mayor parte de su formación [del ser humano] a la crianza». El argumento lo desarrollaba cuidadosamente, «la fuente de toda virtud es la educación diligente y esmerada», porque esa es la gran diferencia entre hombres y animales, la compensación para las deficiencias de la especie humana, «una mente capacitada para toda suerte de disciplinas».

Así que el hombre del Humanismo participaba de la idea de que, aunque la Naturaleza fuera obra de Dios e inmensa, se debía supeditar a la acción del hombre como constaba en el Génesis, y por ende, que el ser humano era superior a los demás seres vivos, e incluso, cómo de entre los hombres, los cultivados merecían más respeto que los rudos. Por eso, la obligación de los padres en formar a sus hijos, «¿para quién siembran, para quién aran, para quién construyen, para quién —por tierra y mar— van a caza de riquezas?; ¿no es por los hijos?». Pero si todos esos trabajos se hacían para futuros poseedores «¿quién regala una cítara al que no sabe tañerla; quién reúne una nutrida biblioteca para el que no sabe letras?». Los herederos han de recibir «la debida preparación». Aunque, «madres a medias [son] las que solamente paren y no crían ni educan. Padres a medias son los que no tiene otra mira que procurar el bien material para sus hijos».

Erasmo se nos muestra en la teorización de la educación, naturalmente un moralizador. Que habla de «deberes» del padre, o trata como «corrupción» del niño la condescendencia; llega a pedir

proceder judicialmente por malos tratos,

del mismo modo que es inflexible cuando afirma que

más perdonable delito es matar el cuerpo que el alma.

La novedad de Erasmo (y en cierto modo su fracaso porque no consigue casi nada en este aspecto) estriba precisamente en la defensa de los hijos frente al autoritarismo de los padres. El hijo le había de guardar obediencia y tenía que cuidar de la honra de la familia. Se ha hablado, a mi modo de ver con excesiva generosidad, de la pedagogía del miedo, para explicar en qué consistía el enseñar. Por el contrario, creo que era una pedagogía de la violencia. El hombre de la Edad Moderna, y la mujer, estaban hechos por la violencia y para la violencia. Ellos, la violencia física; ellas, la intelectiva.

Así, en efecto, la violencia de la casa se continuaba con la violencia de la colación, de la parroquia, o del barrio y se continuaba en toda la sociabilidad del individuo: terror y violencia en la predicación, en la confesión, en las relaciones humanas en general. Por eso, son un respiro los criterios educadores de Erasmo o de los jesuitas, tan influidos por el anterior y por Vives.

La proliferación de exempla que utilizó Erasmo en sus escritos, ágilmente escogidos, hacían la lectura de sus libros amena y seductora, nada pedante. Por todas partes saltan modelos que aún hoy nos sorprenden: ¿cuántos grandes inventos están inspirados en la Naturaleza y nos hacen series de televisión que maravillan? Pues ya lo insinuó Erasmo:

Apenas existe conocimiento útil para la vida humana del cual la Naturaleza no nos haya propuesto ejemplo a los brutos.

Los argumentos de Erasmo en pro de la educación de los niños eran atractivos y cargados de razón. En cierto modo, eran un alegato como nunca antes (o casi nunca, actualizado Quintiliano) lo habían visto, oído, ni leído. Lástima que estaban solo en latín: ¿entendía todo el mundo el latín? En 1525 puede ser que sí, aquellos que tuvieran que entenderlo. Pero, ¿y en 1570?

Otro capítulo que maravilló a Erasmo fue el de debatir sobre los salarios de los profesores, a los que había que pagar con dignidad y no como a esclavos. «La ruindad no es economía, sino demencia», cuando se trata del salario del preceptor de los hijos. Y no sólo es cuestión de salarios, sino de calidad: «Enferma un caballo: ¿escoges al albéitar por la recomendación de tus amigos o por sus conocimientos en veterinaria?».

Y Erasmo escribía con claridad sobre asuntos que otros trataban con antinaturalidad. Muchos fueron quienes leyeron cosas de estas por vez primera en Erasmo: que había que saber elegir para casarse y que había que elegir a una mujer sana, bien educada, de buena cuna; «que cuando el marido se ayunta con su mujer […] no esté ni alterado, ni bebido» porque se le puede transmitir todo al ser que se engendra. En tercer lugar, «que la madre alimente a su retoño del jugo de su pecho, o si se presentare un caso de fuerza mayor que lo imposibilite, que se escoja una nodriza sana de cuerpo, de leche pura y nutritiva, de probada moralidad», que no sea una alcohólica, ni casquivana. En cuarto lugar, se ha de tener mucho cuidado en la elección del maestro (adviértase cómo sobrevuela la idea de que las primeras letras se aprenden en clases particulares, o poco más, y que siempre exista la posibilidad de elección del buen profesor). El maestro ha de ser siempre el mismo, «nada más inútil y contraproducente que cambiar de maestro a menudo». Igualmente exhortaba a los padres a que observen al preceptor, y que velen por el hijo, y así Paulo Emilio «tenía por costumbre presenciar los ejercicios de sus hijos» (¡como Felipe II con Felipe [III]!), o Plinio el Joven, iba con gusto a la escuela «por causa del hijo de un muy su amigo de quien se había encargado para su instrucción».

Erasmo afirmaba que era una barbaridad torcer la vocación de un muchacho. Si está en sus aficiones dedicarse a una cosa, ¿a qué cambiarlo de interés? Por ello, había que observar al niño, e incluso aunque Erasmo tuviera dudas de ello, dejarse guiar por las expresiones del cuerpo, del cuerpo que puede ser el espejo del alma.

Y no sólo Erasmo proponía todo eso, sino también que se adecuara cada enseñanza a cada edad de la vida, así de los usos religiosos como de otras materias. El recorrido por la vida de un muchacho y sus socializaciones era deleitoso: «En los primeros meses de nacido no conoce diferencias entre sus padres y las personas extrañas […] Luego, empieza a conocer a su madre y más tarde a su padre». Así que «haberse acostumbrado a pequeñas obras es un bien muy grande». Y ello se había de hacer desde que se es chico, porque aunque Séneca dijera algo así como que «nunca es tarde para aprender», a los ojos de Erasmo tal afirmación era demasiado optimista. En efecto, el mimetismo y la docilidad son claves para un buen aprendizaje. Donde el mimetismo se veía con mucha claridad era en el hablar. Lo que se sacara o no se sacara de la casa, se dejaba ver en los comportamientos del niño.

Los padres tal vez vivan amedrentados por la responsabilidad de dejar en manos de un extraño la educación de los muchachos. Es verdad que antaño el modelo ideal era el de la educación asumida por los padres. Educación por igual para hijos varones o hembras. Decía Erasmo: «No han faltado quienes asumieron el meritorio empeño de restablecer el sistema primitivo […], en España doña Isabel de Castilla, esposa de don Fernando de Aragón, de cuya familia salieron muchas mujeres ejemplares por su erudición y su religiosidad»; cita después las relaciones de Moro con su esposa e hijas.

El niño, pues, debía entregarse a temprana edad a un preceptor. No había de buscarse que supiera aguantar el esfuerzo físico, ni que gozara de excelente salud, porque para los estudios no era imprescindible. Pero lo esencial era que el preceptor disfrutara con la transmisión del saber

el primer grado de la discencia es el amor del que enseña.

Por todo ello, Erasmo abominaba de los maestros que trataban a palos a los discípulos, padres que mandaban a sus hijos «a alguna mujerzuela borracha a fin de que los inicie en la lectura y en la escritura» (y cierra el lamento con argumentos misóginos muy importantes). De hecho, la narración de cómo cuando siendo niño, la injusticia de un maestro le costó una depresión y enfermar, e incluso casi dejar los estudios por culpa de esa mente enferma, como la de otros muchos profesores «hinchados con la convicción de su saber, pesimistas, bebedores, crueles, truculentos, que gozan con la tortura ajena; esa laya de hombres debieran hacerse carniceros o verdugos y no formadores de la niñez», digo que esas frase debió impresionar en sus días: hasta dónde pueden llegar las consecuencias de una injusticia infligida a un mozalbete.

También sobrecogían los párrafos siguientes, pero el sobrecogimiento quedaba equilibrado con la máxima

Conducta servil es castigar en previsión del mal.

Por los sufrimientos conocidos en sus propias carnes, Erasmo era contrario a las vejaciones, pero también a la entrega de niños a viejos preceptores, a instructores impacientes, que consideraran bagatelas educar entreteniendo. Es verdad: si el niño hubiera de empezar por hablar bien, leer correctamente y aun a escribir con propiedad, ¿se puede hacer a azotes, o aborrecerán el estudio? ¿Se pega más a un niño que a un burro? Por tanto, el maestro ha de ser suficiente y hábil.

Por ejemplo, para enseñar al niño a leer hágansele pastelillos con formas de letras «así, en cierto modo, se comían las letras» los niños golosos. Y al que acertare, ración doble. Premio y estímulo antes que reprimenda y castigo.

¡Qué placentera sensación la de encontrar que alguien te enseña, te ordena las ideas, te da nuevas herramientas para continuar madurando como intelectual, y con toda generosidad porque nunca sabrá qué fue del destino de esos niños a los que enseñó a leer!

En las bibliotecas había que tener Erasmos. Era necesario, porque en su defecto se era un pobre ignorante de lo que acaecía por ahí. Pero no tener uno, dos, tres libros de Erasmo o de erasmistas tenía que significar que se fuera también erasmista ideológico, o que se leyeran esos libros, o que una vez leídos se comulgara con todas sus ideas. Es curioso que en muchas ocasiones se resalta que un individuo tuvo un Erasmo y no que tuviera algo de Juan Ginés de Sepúlveda. Por lo demás, teniendo en cuenta que Erasmo estaba prohibido por los Índices de la Inquisición, se puede argumentar, y no sin errar que se leería más de lo que se pueda demostrar, pero también con más prevención (o miedo) y cada vez menos, conforme fueran pasando los años del siglo xvi.

Al margen de todo te diré, buen lector, que en 1784 se editó un librito muy agradable de leer, de Baltasar de Céspedes —yerno del Brocense—, que se titulaba Discurso de las letras humanas llamado «El Humanista». Corría la especie de que había sido escrito en 1600 y el editor, Santos Díez González no atinaba a explicarse por qué no se había publicado antes. La respuesta está diseminada por muchas páginas del libro. Por ejemplo, al final del todo, cuando hace una recomendación de los mejores libros que se han escrito y dice: «aprovechará mucho también [la lectura] de aquella gran obra de los Adagios de Erasmo, adonde recogió aquel gran hombre casi todo cuanto hay sobre letras humanas, y decía Nicolás Clenardo que sólo aquel libro podía bastar por todos los libros». Pues eso: aún en 1600 había ramalazos erasmistas en España (¡no neguemos la evidencia cervantina!). Como para publicar algún elogio. Pero no por citar a Erasmo o tener un Erasmo se era erasmista y nada más que erasmista.

Fray Antonio de Guevara (c.1480-1545): cómo educar al niño-príncipe

Dicen los que se han dedicado a este personaje (con los profesores Agustín Redondo y Emilio Blanco a la cabeza), que debió nacer hacia 1480 en Treceño (actual Cantabria), pero que en general se sabe poco de su vida. Siendo niño aún, se trasladó a la Corte (1492). Después de 1504 (muerte de Isabel I) y la crisis sucesoria siguiente, su linaje apoyó a la facción de Felipe I. Sin embargo, al poco de morir el rey consorte, él profesó en la orden franciscana (1507). Puede ser que entre 1503 o 1504 hubiera recibido la tonsura y se ordenara sacerdote. De nuevo, un nuevo vacío en el conocimiento de su devenir existencial hasta 1521 en que, sin que se sepa por qué, Carlos V le llama a su capilla…, a la que no se incorpora hasta 1523.

A partir de entonces su carrera literaria se dispara, siempre unida a la vida cortesana: sus obras se editan y reeditan en España sin parar y a lo largo de los siglos xvi y xvii se han contado más de seiscientas reediciones en Europa.

En 1527 participó en la Junta de Valladolid para ver qué hacer con las obras de Erasmo, y él le defendió: al leer a Guevara hablando sobre el matrimonio, la viudedad, los libros de caballerías (o de entretenimiento) y otros asuntos de civilidad y moralidad, parece leerse a Erasmo. Dicho sea de paso, que Vives y Guevara compartieron muchas ideas sobre esos mismos temas, o sobre la censura de otros, como en especial, la poesía.

En fin, entre 1528 y 1537 fue obispo de Guadix-Baza, que era una de las diócesis más ricas de Castilla. En el entretanto participó en la campaña de Túnez (1535), y tal vez sea uno de los escritores que se representan en los cartones de la expedición. Horros de la confirmación de esa hipótesis nos quedamos al leer la Introducción de su Arte de marear, de 1539, cuando escribe: «Todo lo que en esta materia diremos, y trataremos, han de saber todos nuestros oyentes, que no lo oímos de otros, sino que lo experimentamos nos mismos; porque apenas hay puerto, ni cala, ni golfo en todo el mar Mediterráneo; en el cual no hayamos hallado, y aun en gran peligro visto».

De Guadix pasó a ocupar la silla de Mondoñedo desde 1537 a 1545, año de su muerte. En 1539 fue uno de los predicadores en las exequias por la emperatriz, a la par que publicaba juntos el Aviso de privados…, el Menosprecio de Corte…, el Arte de marear y el primer tomo de sus Epístolas.

En conclusión: su cursus honorum fue amplísimo y selecto. Disfrutó de la gracia real, por proximidad al emperador.

Emilio Blanco ha puesto de manifiesto cómo ese quehacer literario del que hablo, y su estar en la Corte, van en paralelo: sus tres primeros libros fueron el Libro áureo de Marco Aurelio, el Relox de príncipes y la Década de Césares. Como estamos viendo y vamos a seguir viendo, el problema de la autoría y de la impresión se repetía una y otra vez. Fray Antonio de Guevara no fue menos: hay cierta confusión sobre el verdadero sentido del Marco Aurelio y el Relox de príncipes.

Veámoslo:

Sin nombre de autor aparece en la imprenta de Sevilla de Jacobo Cromberger (que tenía la exclusividad de impresiones para Indias) un Libro áureo de Marco Aurelio Emperador y eloqüentíssimo orador. Nuevamente impresso. En aquellos tiempos «nuevamente impreso» no quería decir «re-impreso», sino «impreso por vez primera». El libro gustó, y mucho: en dos años se sucedieron las reimpresiones en Amberes (fue el primer libro español publicado en Flandes), Valencia, París, Zaragoza y acaso en Lisboa, todo ello en dos años.

En 1529 apareció en Valladolid la segunda parte del Marco Aurelio, que llevaba por título Relox de príncipes. Si el Marco Aurelio era una biografía del emperador romano, en Relox de príncipes lo que hace Guevara es redactar un tratado propio sobre la educación de príncipes y cortesanos —y mucho más—. Hasta finales del siglo xvii se reimprimió diecinueve veces.

El éxito editorial del Marco Aurelio se puede entender (a propuesta de E. Blanco) por varias causas: las ganas de leer vidas de emperadores en castellano; en segundo lugar, porque aunque cite autores por él inventados, se trata de una obra novelesca de sencilla lectura —aunque falsa, como toda la novela histórica—; en la cual, Guevara cuando inventa, moraliza la invención, bien sean disputas familiares o de otro tipo y se aprovecha la vida del emperador para redactar una vida virtuosa y ejemplar, que se deja traslucir en las cartas que él escribe (todas falsas, pero sujetas al canon epistolar del momento) a sus familiares, cartas amorosas, consolatorias, o lo que fuera, que tan bien venía al lector el ver cómo redactarlas. Sobre sus cartas vuelvo enseguida.

El caso es que Guevara, recibida la formación que fuera, y como fuera, que por desgracia no lo sabemos, se había dado cuenta años atrás de que el claustro se le quedaba estrecho y que su ciencia podía ser muy útil a algún título aristocrático. Para ello engalanó alguna que otra anécdota con discursos (el habla frente al escribir) de honda función moral.

La historia de la redacción del Marco Aurelio vino a ser esta (salvo que también nos confunda con su imaginación, como en efecto, lo hace), según el testimonio del autor en 1528: el ambiente cortesano le llevó a buscar textos, y halló el Marco Aurelio en Florencia, en griego, y se decidió a publicarlo después de traducirlo al latín y al castellano (¿imita al Petrarca que encuentra en Verona tres cartas de Cicerón?; ¿no hubo otro que compró el manuscrito de su obra en la alcaná de Toledo y buscó a un traductor que se la vertiese a castellano por unas pasas y poco más? Estamos, obviamente ante un recurso literario):

Pienso [que] de esta historia tienen muy pocos noticia, porque hasta ahora no la hemos visto impresa.

Cuando me hube salido de los colegios de mi estudio, y llevado a predicar a palacio, como vi tan nuevas novedades en la Corte, acordé […] saber cosas antiguas. […]

Hallé esta historia acotada, y una epístola en ella inserta, y parecióme tan buena, que puse todo lo que las fuerzas humanas alcanzan a buscarla.

Después de revueltos muchos libros, andadas muchas librerías, hablado con muchos sabios, pesquisado por muchos reinos; finalmente descubríle en Florencia entre los libros que dejó Cosme de Médicis, varón por cierto de buena memoria.

Sin embargo, en el Relox de príncipes (no lo olvidemos, esa continuación del Marco Aurelio), escribe, a mitad de camino entre la verdad, la ficción, el robo de la autoría y la novela policíaca:

Yo comencé a entender en esta obra en el año de mil y quinientos y dieciocho, y hasta el año de veinte y cuatro ninguno alcanzó en qué yo estaba ocupado; luego el siguiente año de veinte y cuatro, como el libro que tenía yo muy secreto estuviese divulgado, estando Su Majestad malo de la cuartana me le pidió para pasar tiempo y aliviar su calentura.

Yo serví a Su Majestad entonces con Marco Aurelio, el cual aún no le tenía acabado ni corregido, y supliquéle humildemente que no pedía otra merced en pago de mi trabajo sino que a ninguno diese lugar que en su Real Cámara trasladase [entiéndase ‘copiase a mano’] el libro; porque, en tanto que yo iba adelante con la obra y que no era mi fin de publicarla de la manera que entonces estaba, si otra cosa fuese, Su Majestad sería muy deservido y yo perjudicado. Mis pecados que lo hubieron de hacer, el libro fue hurtado y por manos de muy diversas personas traído y trasladado.

Desde luego que con los antecedentes anteriores creer a pies juntillas a Guevara es acción bondadosa. Pero no darse cuenta de que es un creador cultísimo, es peor aún. Desde luego, lo que no cabe duda es de que nos da muchas claves para entender qué va a pasar en las décadas siguientes alrededor de la autoría de los libros… o de las tesis de Lutero: alguien roba el original, y sin permiso del autor lo imprime y lo lanza al mercado. En este caso nuestro autor da las claves del robo del original en carta a don Íñigo de Velasco en 1524:

Lo que pasa es que yo lo traduje [el original mediceo de Marco Aurelio], y le di a César, aún no acabado, y al Emperador le hurtó Laxao; y a Laxao, la reina; y a la reina, Tumbas; y a Tumbas, doña Aldonza; y a doña Aldonza, vuestra Señoría; por manera que mis sudores pararon en vuestro hurto.[12]Era una obra tan interesante, que hasta la reina se vio involucrada en la cadena de hurtos. De no ser verdad la existencia de esa cadena, ¿no habría caído en desgracia el atrevido denunciante? Lo gracioso es que cuantos pudieron, encargaron copias manuscritas del original, o de las copias, de tal manera que paulatinamente se iba adulterando el texto original. Pero no importó: le llevaban las copias al propio Guevara para que hiciera las correspondientes correcciones y para que visase las copias. Así, ya estaban listas para entrar en imprenta. El Marco Aurelio escrito había perdido el sentido del autor. Pero no es que las copias pudieran ser falsarias, sino que se hacían ediciones sin nombre de autor, atribuyéndolo a otros, o tomando capítulos que se insertaban en otras obras de otros autores. Todo un mundo del plagio y vulneración de los derechos de autor. Hasta donde llegara la verdad de lo que contaba Guevara, de momento no nos interesa. Lo que sí hay que resaltar es que ahora, hacia 1530 no estaba correctamente definido el concepto de «derecho de autor» y la inviolabilidad del texto del escritor.

Así es que a la biografía-no-autorizada de Marco Aurelio (con sus cuarenta y ocho capítulos, algunas arengas y el apéndice de diecinueve epístolas que tratan de todo lo que preocupa en la vida), siguió un bien-amarrado Relox de príncipes que se buscó publicar juntos para que no se tuviera dudas de quién era el autor, que sería la edición ampliada del primero.

La teoría epistolar no cayó en saco roto en España; pero tampoco la inventó Guevara. Desde el reinado de Isabel y Fernando, por no irnos más atrás, tanto Angleria[13] como Sículo se preocuparon por la redacción de unas cartas que aunque tuvieran juicios de valor, en lo más fueran cartas instructivas, pero objetivas. Coetáneamente, Erasmo, Vives (De conscribendis epistolis) propugnaron la creación libre en las cartas familiares aunque estén en latín y la creación epistolar siguió en un Gaspar de Tejeda que en 1549 publicó Estilo de escribir cartas mensajeras cortesanamente…[14]; Juan de Ycíar en 1552 editó el Nuevo estilo de escribir cartas mensajeras sobre diversas materias; o avanzado el siglo xvii Francisco Cascales editó su famoso manual titulado Cartas filológicas (1624), todo ello adornado con la edición de otros epistolarios privados (Antonio Pérez), como realización práctica del estilo epistolar preconizado en esos otros libros. Con el género epistolar familiar se propugnaba una mayor libertad en el escribir que con otros géneros porque al escribir cartas se «comunicaban» noticias, o sentimientos, de manera personal y ligera «con signos» como lo dice Vives. Con la carta personal, se exaltaba la individualidad, porque con discreción se contaban cosas uno a uno. Ahora bien, al mismo tiempo, con la imprenta proliferó la «perversión» de la intimidad de la carta, ya que algunos epistolarios nacieron para ser impresos.

Con las cartas familiares, cartas personales, el firmante se explayaba en sus experiencias y vivencias de manera abierta, sin grandes ataduras formales.

Guevara publicó sus Epístolas familiares. Efectivamente, las publicó y eso que eran familiares y por ende, discretas, particulares. Pero lejos de cualquier pudor se compara con «El divino Platón», con Falaris, con Séneca y con Cicerón para explicar que ellos «se quejaban una y muchas veces que las epístolas que a sus amigos escribían no sólo se las hurtaban, mas aún a sí mismos las intitulaban, haciéndose de ellas autores y escritores. La queja que aquellos varones ilustres tenían entonces, tengo ahora yo de que las epístolas que algunas veces he escrito a mis particulares amigos, mal escritas y peor notadas, no solo me las han hurtado más aún a sí mismo intitulado, callando el nombre del que las escribió y aplicándolo a sí el que las hurtó». La excusa es curiosa, pero no fue la única vez que la usó. Como recordaba en esta carta del autor-al-lector, y como enseguida vuelvo a tratar, contaba que no es la primera vez que le robaron sus textos y los publicaron o anónimamente o a nombre de otro: «Antes que sacase a luz el gran libro del Marco Aurelio hicieron en mi escritorio otro famoso hurto de manera que apenas he escrito letra que amigos no me la lleven o ladrones no me la hurten».

Y seguía con su fantasía, por no decir, exageración o media verdad, o su libertad creadora, o su reformulación de algún uso clásico: «confieso a Nuestro Señor que jamás escribí carta con pensamiento que había de ser publicada, ni menos impresa, porque si tal yo pensara por ventura cortara más delgada la pluma y me aprovechara de más alta elocuencia. Viendo, pues, que unos me las hurtaban, otros las imprimían y otros por suyas las publicaban, acordé de las repasar, y con todos comunicar porque el sabio y discreto lector por el estilo en que estas escribo, conociera las que por allá me han hurtado. Reconociendo, pues, mis memoriales y buscando mis borradores hallé estas pocas epístolas que aquí van muchas de las cuales van impresas como a la letra fueron escritas y otras de ellas también fueron castigadas y pulidas porque muchas cosas se suelen escribir a los amigos que no se han de publicar a todos».

(Me viene a la mente ahora una monumental venta de la librería anticuaria de Alberto Govi en Milán, en 2020-2021, de una inmensa colección de libros del Renacimiento sobre teoría epistolar).

En paralelo a todo esto, aparecían los libros de Erasmo y de Vives y Guevara publicaba la refundición del Marco Aurelio, titulándola Relox de príncipes. Y como Guevara es todo él un intento de renovar e innovar, puso un título que había que explicar (en el «Prólogo general»):

Qué fue mi fin de llamar Relox de príncipes a este mi libro, porque siendo como es la denominación del libro tan nueva, razón sería que la doctrina fuese muy estimada […] Este Relox de príncipes no es de arena, ni es de sol, ni es de horas, ni es de agua, sino es relox de vida, porque los otros reloxes sirven para saber qué hora es de noche y qué hora es de día, mas éste nos enseña cómo nos hemos de ocupar cada hora y cómo hemos de ordenar la vida.

Esta es la razón por la cual se conocen como «relojes de príncipes» aquellos que sirven para ordenar la vida de la res-publica, o de sus gobernantes. Pero no eran nuevos: la tradición de los relojes de príncipes era de orígenes orientales, persas probablemente, expandidos lentamente desde el este hacia el oeste a lo largo de la Edad Media. Naturalmente, en occidente la imprenta y el Humanismo alteraron ese fenómeno cultural.

A renglón seguido, Guevara aprovechaba la oportunidad para arremeter contra los libros «vulgares que hay en España», por lo que escribía

los cuales como unos relojes quebrados merecían echarse en el fuego para ser otra vez hundidos.

Y arremetía contra esos libros que merecerían ser «rotos o quemados», libros «sin vergüenza», «sin conciencia», «libros de amores del mundo»; seguidos por lectores por los que habría que sentir «compasión» por el tiempo que perdían leyendo a Amadís, Primaleón, Duarte, Lucenda, Calixto y Melibea, libros en los que no se aprendía a huir de los vicios, sino a caer en ellos. Libros que lo único que tenían de bueno era el papel o el pergamino en que estaban escritos.

Por tanto, como había que leer libros ejemplares por lo que contaban, bien fueran las vidas imitables de unos, o las deleznables de otros, nada como los escritos por Guevara, en los que contaban las brillantes vidas de los césares (en el Marco Aurelio y luego en Década de Césares).

Si, como defiende E. Blanco, la intención de Guevara era conseguir desde su posición de poder cerca del emperador, que hubiera lecturas moralizantes que desterraran a las demás y que se dejaran de leer las obras contra las que arremetían, es decir, conseguir anular a la competencia: estaríamos ante otro modelo más de utilización del poder para consolidación del puesto propio en detrimento de todo lo demás. De esta falta de generosidad, tan criticada por los moralistas, se deduce que, en efecto, más valía la alabanza de aldea, que la de la Corte.

Desde luego que Guevara fue un genio: todos sus consejos los ponía en boca de diversos personajes, de tal manera que su mundo de consilia está sabiamente distribuido en decenas de personajes, cada uno con unas características definidas. Esos serían los que le apoyaran. Contra los «competidores» ya iban otras diatribas en el libro.

No sé si es un principio platónico manoseado en la Edad Media, pero Guevara citó en ¡setenta ocasiones! (E. Blanco) la necesidad del príncipe de escuchar a los sabios y sus buenos consejos; a esos sabios se les había de honrar, y además más valía tener cerca hombres sabios, que no médicos, e incluso locos.

A mi modo de ver, Guevara, debido a su éxito editorial, no al hecho de haber publicado un libro, fue un eslabón entre una tradición antigua y medieval, que adquirió carta de «naturalidad» a partir de entonces, cual era la de que también en materia de educación, el rey necesitaba consejo[15] y, en segundo lugar, Guevara sería el gozne, también, entre aquellos que escribieran llevados por una aspiración virtuosa, moral, superior que sería el escribir por escribir para mejorar su mundo, o agradecer el puesto en que estuvieran, haciendo público así que tenían méritos para estar cerca de los reyes, y —por otro lado— esta legión de pedigüeños, aspirantes y otros que pululaban por las losas de Palacio, los unos con sus memoriales para pedir, los otros con sus libros para demostrar que se merecían ser maestros de príncipes.

Guevara, cuya capacidad moralizadora se discute sobremanera, pues Agustín Redondo la da por buena, mientras que Américo Castro resaltó en él sus contradicciones y Márquez Villanueva le negó totalmente esa capacidad socializadora, moralizadora... ¿al asistente a la Junta de 1527, al dos veces obispo?

Sea lo que fuere, podemos deducir de la lectura de Guevara que estamos ante un cortesano que es franciscano, aunque a veces podemos dudar si no estamos ante un franciscano riguroso que es cortesano. Como Cisneros, tan próximo a Savonarola según Joseph Pérez.

El caso es que Guevara sintió la necesidad de explicar el gobernar el hombre a los otros hombres (de ahí que sea un pensador político) del mismo modo que sintió la necesidad de explicar el gobernarse el hombre a sí mismo (de ahí que sea un escritor de la educación, o de la civilidad).

En Guevara se nota la necesidad de libertad, de libertad expresiva (por ello el uso de las cartas familiares, por ello los nuevos títulos o estructuras de sus obras) y la libertad en el referirse a los clásicos, a los que se respeta, por supuesto, pero también se siente ahogado cuando los usa. Citaba —como diríamos hoy— «de cualquier manera», pero sobre todo incidiendo en lo jocoso que se le ocurriera. Era un hombre libre en su creación y esa libertad debió gustar al público, aunque no a todos los estilistas rigoristas. Fue un hombre del Renacimiento porque anduvo con la misma inquietud por los territorios de la filología, que de la epigrafía, que de la arqueología de los papeles. Fue un hombre intrépido, y esa personalidad es la que generó desconcierto (?) entre algunos de sus más encumbrados coetáneos como Vives, el demoledor Pedro de Rúa, y sus seguidores, o más tardíos como Cervantes (Quijote, I, Prólogo) o Lope de Vega (en La desdicha por la honra). Guevara no se equivocaba; sencillamente fantaseaba. No es de extrañar que sacara de sus casillas a algunos y maravillara a otros más, como a fray Miguel de Salinas, allá por 1541, que ya lo puso a la misma altura que Erasmo.

En sus cartas, que leídas con atención son más ensayo que cartas, se ven sus grandes preocupaciones, por la sociedad en la que vive, por la situación política y religiosa que está conociendo. Ahí anda a medias el cortesano y el franciscano riguroso.

Pero ese hombre inquieto por su cotidianeidad es capaz de escribir con soltura y alegría. Usa indistintamente el adorno y la llaneza, según en boca de quién haya que poner el texto.

Tres ciclos creadores son los propuestos para desmenuzar la creación de Guevara (E. Blanco):

1.- Ciclo de los emperadores romanos.Libro áureo de Marco Aurelio (1528)Relox de Príncipes (1529)Décadas de Césares (1539)

2.- Ciclo cortesano.Aviso de privados… (1539)Menosprecio de Corte y alabanza de aldea (1539)Arte de marear (1539)(Estas tres obras se publicaron juntas)Epístolas familiares I (1539) y Epístolas familiares II (1541)

3.- Ciclo religioso.Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos (1542)Monte Calvario I (1545)Monte Calvario II (1549)

Fijados la personalidad, el estilo, las intenciones y los momentos literarios de fray Antonio de Guevara, podemos pasar leerlo con calma o a seguir con otros autores.

Una addenda a tiempo y destiempo: Monzón, López de Montoya y López Vega

Permíteme, lector, una licencia y un excurso: alrededor de 1539 debió acabar de escribir Francisco de Monzón su Libro segundo del espejo del perfecto príncipe cristiano. Es decir, que antes de esa fecha, o alrededor de esa fecha, terminó el Libro primero. Sin embargo, no publicó la primera parte hasta 1544. En cualquier caso, en 1539 los influjos de Guevara eran evidentes; y en 1539 se proclamó en Portugal a Juan como príncipe heredero (que se casó con Juana, la hermana de Felipe II y que dio a luz a don Sebastián). Se da la circunstancia de que fue reeditado en 1571, el año del nacimiento del futuro Felipe III. Pues bien, Francisco de Monzón escribió su obra en español y la dedicó al rey portugués. Él era español y había estudiado en Alcalá, aunque ahora era confesor real, catedrático en Coímbra, etc. Hago estas menciones porque el libro de Monzón es un interesantísimo compendio de lo que se había escrito hasta entonces sobre educación de príncipes, una reivindicación de la libertad del hombre (frente a los postulados luteranos) todo con gran elegancia y disimulo, aprovechando que expone las claves para la educación de un niño príncipe. Merece la pena tenerlo en cuenta, aun a pesar de sus fundamentos portugueses. Pero ninguno de sus prólogos tiene desperdicio, ni los contenidos, que son una mina de los saberes clásicos en aquel ya transido siglo xvi y en su segunda parte, la lucha en pro de la defensa de la dignidad del hombre (los estudios doctorales y críticos de Fernández Travieso son dignos de alabanza).

Al margen anotaré que la obra de Monzón más la de Pedro López de Montoya sobre la educación de hijos de nobles[16] y la de Antonio López Vega[17] sirvieron en 1995 a Laspéras para hacer una comparación entre estas obras (a pesar de la amplitud del título de su trabajo), para reivindicar la modernidad de los contenidos de la obra de López Vega sobre los que vuelve en 2002.

Juan Luis Vives (1492-1540): la expansión de un nuevo magisterio y de la dignidad del niño

Vives no fue un autor descubierto en épocas pretéritas a la de su propia vida, sino que fue encumbrado en sus días y por sus coetáneos. Ello se debió a la calidez de su magisterio, a sus innovaciones mesuradas.

Como los humanistas, o como Erasmo en particular, Vives concibió todos los saberes como susceptibles de tener una aplicación social. Además, todo lo que se sabía, había de ser transmitido y sobre todo lo que se transmitía se podía reflexionar y debatir. Vives estuvo constantemente ofreciendo textos de historia, de política, de epistolografía, etc., y a la vez completándolos con textos de reflexión ética o moral.

En este sentido, sólo voy a detenerme en un par de obras, toda vez que otra cosa sería una empresa inútil en este libro. Me dejo llevar, por supuesto, por Valentín Moreno Gallego (y como la bibliografía es inmensa, no cito más).

Juan Luis Vives no estaba al margen de la tradición sobre los papeles y funciones en la familia, de los que he hablado antes.

Alrededor de estas fechas, del Concilio de Trento quiero decir, se planteó la elección de cónyuge, por amor o por interés virtuoso (de tal manera que era muy recomendable el matrimonio entre iguales).

Vives para redactar el De Institutione foeminae christianae (Sobre la educación de la mujer cristiana) se inspiró en algunos clásicos (Cicerón, Plutarco, Platón y Aristóteles, fundamentalmente), en las autoridades bíblicas, y en los Santos Padres. Pero no le interesaron los autores de fines del xv de los que vamos a hablar inmediatamente en este libro: ni Hernando de Talavera, ni Martín de Córdoba, por ejemplo. Ahora bien, de entre todos sus referentes, destacaba Eiximenis, cuyo Llibre de les Dones, publicado en 1495, pero escrito hacia 1396 y desde entonces proliferando en manuscrito, le causó sensación (Valentín Moreno, 392). Pero esa sensación sería de ida y vuelta, o compartida por los coetáneos: en la edición de Valladolid de 1542 del libro de Eiximenis, el traductor, fuera quien fuera, incluyó textos de Vives, que eran largas interpolaciones de varias de las obras del valenciano en que reflexionó sobre la mujer o el matrimonio.

La primera de las obsesiones contenidas en el libro era la virginidad, aunque no sé si aquí la fuente de la que bebía era Eiximenis, o tantos escritores cristianos con san Jerónimo a la cabeza y sus cartas. Y además de la virginidad y por ende, la castidad. Además, ponderaba la laboriosidad (que en su ausencia anida el pecado), y la paciencia para aguantar al marido iracundo.

Pero junto a ello, Vives exigía la fidelidad en el matrimonio. Todo un mundo de status y papeles convenientemente expuestos y de obligatorio cumplimiento para los dos sexos: como vemos, ambos sexos tenían funciones sociales dentro el matrimonio (otra cosa es el espacio que reservó a cada uno de ellos, que a los ojos de hoy no deja de ser sorprendente). Además, novedoso fue también que escribiera pensando en mujeres lectoras directas; el que dedicara la obra a Catalina, la reina de Inglaterra, no es baladí.

Para Vives (no sólo para él, naturalmente), la mujer si era doncella y como tal quedaba, tenía unos papeles que cumplir; si se casaba, debía ser sobre la que descansara el peso de la familia en las vertientes morales y éticas, siendo la familia la institución fundamento de la sociedad.

Desde esos puntos de partida, los principios sociológico-religiosos que defendía Vives sirvieron lo mismo para católicos que para protestantes, lo cual explicaría el gran número de ediciones que de este libro (y de los demás) se hicieron en prensas de los reformados.

Las ediciones de Vives, y en particular De institutione…, fueron realizadas en España y en español, no precisamente de manera ortodoxa y permítaseme la ironía. Teniendo en cuenta que muchas de sus propuestas servían para cristianos en general, y que eran públicos y notorios sus orígenes conversos, escandalosamente aireados desde la ejecución del padre en 1524 y desde que se desenterrara a su madre (en 1530) y se le quemara para tener de esta manera derecho el Santo Oficio sobre sus bienes económicos y no sus hijas; o la ejecución de un tío por judaizante (Jerónimo, en 1534), digo que, tras estos actos, todo cuanto pudiera ser achacado a cualquier principio de la organización familiar siguiendo postulados judíos, o toda alusión de Vives a su padre o a su madre, fue (solía ser) retirado de las ediciones en España. Cuando hablo de postulados judíos, me refiero a la castidad del hombre casado (de la mujer, para qué decirlo), la exaltación de la familia en donde cada cónyuge no constituye un equipo sino una mitad de un todo, la exaltación de la unión de un hombre y una mujer para tener descendencia educada en la ley de Yahvé (y por ende, sobran homosexuales, pederastas y otros desviados naturales). Esta «disimulación» del converso o del descendiente de conversos (y sigo firmemente a Perez Zagorin o a Américo Castro, quien no conoció los procesos inquisitoriales contra los Vives, pero que lo intuía como a descendiente de conversos) es la que explicaría que fuera el editor de Alcalá en 1528 (Juan Justiniano) el que tomara la decisión de alterar el texto original: «verás muchas cosas añadidas en el [texto] romance que no están en el latín. Tampoco te escandalices de esto […] En todo [el libro] no se hallará sentencia [léase frase] apartada de nuestra santa fe católica, ni desvivir cristiano…».

Curiosamente, y lo han puesto de manifiesto diversos autores, un buen párrafo en el que Vives describía lo bien que se llevaban sus padres y que nunca riñeron, así como ponderaba que su madre «fue muy devota y aun osaré decir casi santa […] con su pura y buena vida y aun santas costumbres» y que iba a escribir un libro contándolo todo ello, digo que ese largo párrafo que salió en la edición de Alcalá de 1529, fue suprimido en otras ediciones. Y no es de extrañar porque había sido procesada por la Inquisición.

De todos modos Juan Luis Vives tenía algún problema de relación con las mujeres. Por un lado, la idolatría: «Ninguna discordia, ninguna rencilla, ningún desabrimiento puede haber entre los que vienen de un corazón mismo [los cónyuges], no deseando cosas diversas…»; por otro lado, una misoginia explícita: «Hay algunas [mujeres] que, aunque amen, no saben amar y vencidas por alguna pasión ponen a fuego y sangre la concordia de la casa», estrepitosa situación que solo puede salvar la cordura del marido, «será bien que les ayudemos con algún aviso a promover y adelantar su prudencia [¡adelantar la prudencia al apasionamiento nervioso!] para que sepan reprimir su ira y aquel aceleramiento que tienen».

La idolatría de la mujer aparece, en cierto modo, cuando habla de la lectura. Ensalza, como es bien sabido la fina educación clásica de las hijas de Isabel la Católica, pero al mismo tiempo recomienda qué deben o qué no deben leer las mujeres. Semejante estímulo no deja de ser simpático: ¿cuántas mujeres había capaces de leer? Y, además, ¿comprarían ellas los libros en las tiendas, o tendrían acceso limitado a los ejemplares que llegaran a casa?; ¿se reunían, acaso en clubes de lectura? Y si estas dudas nos surgen sobre las mujeres que pudieran leer (o que sentadas en pícaros corrillos oyeran la historia que contara alguna más atrevida), no hay que preguntarse sobre porcentajes de mujeres escritoras. Estas serían pocas y peligrosas. Por ello a algún iluminado de estos se le ocurrió proponer que no aprendieran a escribir, para que estuvieran más recogidas. Son los casos de fray Juan de la Cerda (OFM), Libro intitulado vida política de todos los estados de mujeres, (Alcalá, 1599) y Gaspar de Astete.

Pero a estas mujeres extraordinarias que sabían leer y entender lo que leían, había que prevenirlas contra los libros de caballerías, porque contaban una realidad inexistente que ellas, ¡pobres ingenuas!, se creían y caían en el engaño de la novela. Así que a leer textos sagrados, o poetas inofensivos (por supuesto, nada de amatorios) y mucho Evangelio y mucho Antiguo Testamento…, obviamente en latín. En lengua vulgar, textillos moralizantes.

Y en Vives aún encontramos más elementos de represión de la naturaleza de la mujer: contrario a los afeites, a la alegría en el danzar (recuerdan las críticas del cardenal Mendoza a Isabel de Castilla; y además es que más de una esposa de Enrique VIII había sido bailarina de joven), no es de extrañar que estas críticas, vertidas desde las Sagradas Escrituras, y revividas por Vives se usasen —citando o no al valenciano— en las décadas siguientes. Aunque creo, en estas obras, que más me parece ideología de persecución del cuerpo, que comunión directa con De institutione…

Ahora bien, que la proliferación de ediciones de Vives coadyuvara a la consolidación de estos ideales, es obvio. Si Erasmo, Vives o en Trento, se hubiera escrito de otra manera, el mundo habría sido otro y ellos no habrían sido ellos.

No ha de ser amado el marido del mismo modo que amamos al amigo o al hermano […, ha de haber] una buena dosis de refinamiento, de respeto, de mucha obediencia y sumisión.

Asimismo, la tradición y las instituciones sociológicas

proclaman que la mujer debe estar sometida al marido y obedecerle. En todas las especies animales las hembras obedecen a los machos, los siguen, los acarician y soportan pacientemente que ellos las castiguen y las maltraten. La Naturaleza enseñó que era conveniente y apropiado que esto sucediera…

Contra estos alucinantes párrafos, hay otros autores —un par de ellos se han podido espigar, y clérigos— contrarios a la sumisión y la esclavitud del matrimonio, así fray Vicente Mejía en su Saludable instrucción del estado del matrimonio (Córdoba, 1566) o el del doctor y canónigo Francisco de Ávila en sus Avisos cristianos para vivir en todos estados desengañadamente (Zaragoza, ¿1566?; tal vez una edición previa en 1565).

Y en esta misma línea, el irónico Cervantes expuso en el Juez de los divorcios sus opiniones: matrimonios por amor, matrimonios temporales y renovables cada tres años, como los contratos de las rentas reales, posibilidad de divorcio por halitosis o por desuso del matrimonio... No sabemos cuántas veces se representó ese entremés. Tampoco si se llegó a representar.

Este era el fundamento del pensamiento de Juan Luis Vives sobre la familia y sobre la mujer en concreto. Muy diferente se manifiesta en sus principios educativos.

Sobre escuelas y cartillas para niñas y niños en España e Indias

Víctor Infantes y Ana Pereira estudiaron las cartillas publicadas en los siglos xvi y xvii. En las cartillas se aprovechaba la ocasión para enseñar doctrina cristiana primero, y a leer y escribir después, tal y como se propugna tantas veces en tantos de los textos para príncipes e infantes analizados en este libro.

En el siglo xvii se ha podido localizar la existencia de veinticinco cartillas propiamente dichas y dieciséis textos «paradidácticos» destinados a niños pequeños. De esas cuarenta y un cartillas y doctrinas ninguna está escrita por mujeres. Las mujeres, cuando escribían, lo hacían sobre otros menesteres.

También se han analizado los grabados (xilográficos en su mayor parte y no calcográficos, que se imprimen en otro tipo de obras) que ilustraban las cartillas del siglo xvi. La profusión de imágenes de escuelas, con representaciones sociales es sorprendentemente amplia, variada y divertida. Aunque todo sea como cabe esperar, es decir que apenas hay representaciones de niñas recibiendo educación «pública» (es decir, con otros niños; por la mala calidad de los tacos, se pierde la posibilidad de identificar bien si hay una niña en uno o dos casos).

En conclusión: a las niñas no les estaba vedado el aprender a leer y escribir (aunque alguno lo considerase ejercicio inútil), pero lo hacían en casa, cuando lo hacían. Había mujeres que escribían, pero no relojes de príncipes, sino poesías, cartas, comedias, o libros religiosos, siempre bajo la tutela de su confesor, si de monjas se trataba.

Las reinas que quisieron que sus hijos aprendieran a leer, escribir y aún a más, lo hicieron rigiendo ellas esa educación, a veces a solas, a veces supeditadas a la voluntad del rey. Esa educación de hijos de reyes se solía cargar a los gastos de la Casa de la Reina.

En Palacio, las primeras letras que iban unidas a las primeras oraciones, las aprendían juntos los hermanos príncipes e infantas (si era el caso), para abrirse los cauces de la educación en dos, a partir de los siete años.

En un elocuente y brillante trabajo, Salido ha hecho hincapié en la transformación didáctica que se operó en las primeras letras antes y después de Trento: siempre dominó, naturalmente, el carácter religioso de la sociedad. Pero después de Trento aquellos anhelos humanistas de recuperar a los clásicos, se vio en cierto sentido pervertido por su corrección hacia la exaltación de la religión por encima de lo pagano. Por otro lado, la aparición casi anecdótica de algunas alusiones en las cartillas infantiles a la muerte, antes de Trento, se convirtió en admonición obsesiva después. Por ello, tras una brillante recorrido por algunos de los libros de primeras letras o caligráficos (localizando la procedencia de algunos textos clásicos ahora corregidos para adoctrinar con —o contra— ellos), Salido propuso que si a los niños pequeños se les martilleaba con las imágenes de la muerte, o la inutilidad del saber si con ello no se salva el alma cristiana, y otras cosas por el estilo que tendrán en las vanitates su machacona y cotidiana representación, digo que Salido defiende que «son muchos los motivos que pueden darse para explicar el carácter sombrío y el pesimismo vital de la España de la Contrarreforma, pero entre ellos el carácter adoctrinador de la educación en los valores que hemos analizado sin duda tuvo un rol fundamental». Y aunque para esa manera de ver la vida no hubiera una monocausalidad, lo que sí comparto con él es que aquellos niños nacidos a partir de 1563/64 (clausura de Trento/recepción en España como ley del rey) y acostumbrados desde los tres años a ver todas estas imágenes por doquier, no es de extrañar que hubiera una psicología colectiva determinada, o sea, la que hubo.

Por otro lado, en las Indias vivieron de lleno el gran debate filológico sobre la lengua castellana, que cada vez fue dejando de ser más castellana para convertirse, en integración en igualdad de condiciones, en el español de España y el español de América, en lengua española. Fue un proceso evolutivo y cultural. Se hablaba —y aún se oye la expresión— «pura castilla» (o «puritita castilla»), pero tan correcto era el uso de lo que decía un mestizo que fuera fraile de San Francisco en Quito, como lo que dijera un franciscano cristiano viejo de Alcalá de Henares.

No voy a detenerme en tan fascinante proceso cultural, y no por falta de ganas. Sin embargo, voy a dejar dadas algunas pinceladas para la reflexión, que se pueden seguir con la legislación indiana.

Comoquiera que los indios de América eran seres humanos, con alma, y por ello debían ser salvados, era imprescindible enseñarles la religión cristiana. Había que darles doctrina. Esta se podía enseñar de dos maneras, o bien en sus propias lenguas (ahí queda la riqueza de los diccionarios para la historia de la lexicografía desde el siglo xvi), o bien en la lengua castellana que se enseñaría —como en España— en conventos, parroquias, escuelas municipales, etc. y después de 1563/64 (clausura de Trento) en los seminarios que se fueran fundando. Existió, igualmente, una vía intermedia que se encarna en la pictografía de Pedro de Gante para la catequización de los infieles.

Otro mecanismo de esta «catequización espectáculo», o «catequización sensitiva» serían, a mi modo de ver, las representaciones teatrales, de autos de fe en los que los niños, o los jóvenes, representaran los misterios de las Sagradas Escrituras, por qué no, visualmente con vestimentas indígenas, sus músicas, o sus danzas, mientras que el trasfondo religioso era otro que el de la exhibición cultural. Reunidas las familias alrededor de la construcción abierta en la que se celebrara la fiesta, esas representaciones podían ser el día que quedara marcado por las conversiones familiares.

Como aún hoy vemos (pero estamos en el siglo xxi) muchas de esas escuelas nacían debajo de unas cañas en un bohío o en un cobertizo exento o anejo a las tapias de un convento. En ellas estudiaban los niños indios; en otro sitio los españoles y en otro, las niñas. Conforme los monasterios, o las autoridades civiles pudieron, se fue dignificando el espacio de esta especie de escuelas, que se sabe que las hubo en «México, Michoacán, Chiapas, Guatemala, Santa Marta, Cartagena, Mompox, Tulu, Popayán, Tocaima, Chiquinquirá, Lima, Huamanga, Cuzco, Quito, Santiago de Chile y Tucumán, por citar solo las más importantes».[18]

En estas escuelas se enseñaba, como en muchas de España, la doctrina cristiana, y a leer, escribir y contar; a cantar y algún oficio, mezclándose así lo que de un nivel superior se podrían considerar Artes liberales y Artes mecánicas.

El maestro disponía de varios instrumentos para realizar su labor: una legislación que le instaba a aprender las lenguas amerindias; unos diccionarios bilingües; unas doctrinas publicadas en el continente o importadas desde Sevilla y, finalmente, las cartillas.

En su concienzudo trabajo, Sergio Rodríguez arroja datos del máximo interés. Por ejemplo, en 1505 en una nao se registró el embarque de 158 cartillas rumbo a Santo Domingo; en 1512 los Cromberger recibieron un encargo de impresión de 2.000 cartillas rumbo a La Española; y el ritmo continuó, porque en 1585 en la armada que iba a la Nueva España se embarcaron en un solo galeón 2.500 cartillas, 1.200 catones, 20 artes de cuentas…, cantidades similares a las que se embarcarían siglos después para los vástagos de los sioux, o con destino a Ghana.

Y esos datos quieren decir que los niños españoles en Indias se podían instruir igual que los españoles en España y que los niños indios que recibieran instrucción allí, la recibían con los mismos instrumentos que los de acá. En tercer lugar, para los niños indios, se emplearon otras herramientas solo propias de (y para) ellos, las enseñanzas pictográficas y otros sistemas criptoescriturarios comprensibles a sus formas culturales, y a la hora de aprender, a sus costumbres fonéticas. En este momento estamos al borde de enlazar con el otro gran momento cultural, científico y antropológico: «el de la confección de gramáticas y vocabularios, que no tardaron en surgir. La gramática náhuatl de fray Andrés del Olmo estaba lista en 1547, y la primera edición del diccionario náhuatl de fray Alonso de Molina data de 1550; el Arte i doctrina christiana en lengua otomí de fray Alonso Rongel es anterior a 1548; la gramática de tarasco de fray Maturino Ghiberti está fechada en 1558 y su diccionario de la misma lengua en 1559. Dentro del siglo xvi, se pueden encontrar el Arte de la lengua Zapoteca de fray Pedro de Feria, la Gramática y arte de la lengua general de Perú y El Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú de fray Domingo de Santo Tomás, de 1560, y un largo etcétera».[19]

Ya es tradicional la clasificación de escuelas en Indias en función de internados femeninos, centros interraciales, centros interclasistas, colegios de enseñanza «media», educación de niños en España, escuelas elementales y colegios de niños nobles. Los internados femeninos funcionaron poco, porque allá como acá, era más claro el educar a las niñas en casa, con una aya que enseñara a rezar, leer, cantar, hilar y, en el mejor de los casos escribir, que no que la niña se fuera del hogar familiar a llevar a saber qué vida, salvo que fuera de novicia a un convento. Los centros interraciales acogían niños españoles, indígenas o mestizos, en régimen de internado o abierto, siempre bajo tutela de las órdenes religiosas; los centros que han llamado interclasistas eran colegios de jesuitas para niños internos indios, solo indios, y no forzosamente pertenecientes a las familias de los caciques. Los colegios de enseñanza media estaban dedicados a la formación preuniversitaria (por llamarla así) de hijos de familias hidalgas; la educación de niños en España, que era una forma de actuar común a todas las potencias en expansión, se vio pronto ineficaz y arriesgada, sobre todo teniendo en cuenta que no era necesario movilizar a esos hijos de caciques, a los que se podía educar en la mediación en América.

Conforme se fueron expandiendo las órdenes religiosas, con ellas se fueron expandiendo los colegios elementales en régimen abierto y las escuelas de nobles (o caciques). Ciertamente, era más útil y fácil de llevar adelante población externa que no interna, con los problemas de infraestructura, disciplina y sobre todo de control a partir de la adolescencia que habría que ejercer: los frailes preferían darles clase y que volvieran a sus casas hasta el día siguiente. Había tantos niños (varones siempre) en clase, cuan grande fuera la población. Dar clase a unos cien niños no era infrecuente; pero a veces había que organizar escuelas de más de ochocientos alumnos. Dicho sea de paso, que en Jalisco los maestros eran todos indios.

Los niños continuaban sus estudios en Artes mecánicas (fue el traslado a América también de la polémica sobre el «pobre verdadero» y el «fingido», que empezó con el Subventione pauperum de Juan Luis Vives y que fue seguida y alimentada por Giginta, o Cristóbal Pérez de Herrera y el Amparo de pobres) y, en su caso, podían plantearse empezar una enseñanza universitaria.

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