Читать книгу: «Cuánto pesa una cabeza humana»
Primera edición: marzo, 2021
© Alfonso Armada Rodríguez, 2021
Publicado de acuerdo con Pontas Literary & Film Agency
© Vaso Roto Ediciones, 2021
ESPAÑA
C/ Alcalá 85, 7° izda.
28009 Madrid
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ISBN: 978-84-122937-9-1
eISBN: 978-84-123487-1-2
BIC: DCF
Depósito Legal: M-4209-2021
Alfonso Armada
Cuánto pesa una cabeza humana
Diario de un virus coronado
por el miedo

A Corina,
temporal tras temporal
Índice
La lengua materna
Día 1, domingo 15 de marzo de 2020
Día 2, lunes 16
Día 3, martes 17
Día 4, miércoles 18
Día 5, jueves 19
Día 6, viernes 20
Día 7, sábado 21
Día 8, domingo 22
Día 9, lunes 23
Día 10, martes 24
Día 11, miércoles 25
Día 12, jueves 26
Día 13, viernes 27
Día 14, sábado 28
Día 15, domingo 29
Día 16, lunes 30
Día 17, martes 31
Día 18, miércoles 1 de abril
Día 19, jueves 2
Día 20, viernes 3
Día 21, sábado 4
Día 22, domingo 5
Día 23, lunes 6
Día 24, martes 7
Día 25, miércoles 8
Día 26, jueves 9
Día 27, viernes 10
Día 28, sábado 11
Día 29, domingo 12
Día 30, lunes 13
Día 31, martes 14
Día 32, miércoles 15
Día 33, jueves 16
Día 34, viernes 17
Día 35, sábado 18
Día 36, domingo 19
Día 37, lunes 20
Día 38, martes 21
Día 39, miércoles 22
Día 40, jueves 23
Día 41, viernes 24
Día 42, sábado 25
Día 43, domingo 26
Día 44, lunes 27
Día 45, martes 28
Día 46, miércoles 29
Día 47, jueves 30
Día 48, viernes 1 de mayo
Día 49, sábado 2
Día 50, domingo 3 de mayo de 2020
Coda
Epílogo a modo de agradecimiento
LA LENGUA MATERNA
En la lengua con la que empezamos a nombrar el mundo radica uno de los misterios que los lingüistas en sus fundadas fantasías creen haber desentrañado. Con la ayuda de los neurocientíficos y los telescopios del alma lo lograrán. La lengua materna nos permite palpar la piel y el interior de la caracola, y escuchar las tonalidades del viento, que raspa nuestras orejas y deja a contrapelo ese césped que sirve de felpudo al tímpano y el resto de los huesecillos con los que oímos el rumor de lo que somos. Si a alguien tengo que dar las gracias antes de que nadie se interne en esta selva de palabras es a los traductores que me han permitido adentrarme en otras lenguas maternas que no han sido ni podrán ya ser nunca las mías. Por eso quiero recalcar en esta suerte de prólogo que todos los poemas de Paul Celan citados en este libro (que empezó por él y para él, llamándole queda e insistentemente a conversar) fueron traducidos por José Luis Reina Palazón del alemán y publicados por Trotta en una fervorosa edición de sus Obras completas. Mi gratitud es inconmensurable. Pero no puede quedarse aquí. Aunque al final se citan todas las ediciones de las que me he servido para alumbrarme antes, durante y después de la pandemia, me gustaría extender mi debe más sentido a otros traductores que han vertido en un español prístino y navegable los versos de Louise Glück en Averno, Abraham Gragera y Ruth Miguel Franco, que publicó Pre-Textos antes del Premio Nobel; como Andreu Jaume hizo con La belleza del marido, de Anne Carson, para Lumen; y Martín Schifino, secundado por María Luz Nóchez, con Lo que han oído es cierto, de Carolyn Forché, para Capitán Swing. Así como también las versiones de toda la poesía de Matsuo Basho que Beñat Arginzoniz amasó pacientemente para El Gallo de Oro. Si mi lengua materna pudo intercambiar señales de humo y algo más con esos escritores fue gracias a estos traductores que han abierto un camino que se parece mucho a lo que una linterna hace en la oscuridad.
A. A.
En Madrid, enero de nieve de 2021
Ni la peonía ni el poeta
tienen aspiraciones.
MATSUO BASHO
Día 1, domingo 15 de marzo de 2020
Como no quiero
que nada se olvide
he abierto
un cuaderno infantil
y con una pluma estilográfica
he empezado por el principio:
Diario de un virus coronado por el miedo
en Madrid, domingo
15 de marzo de 2020,
es decir:
día 1,
primero de una era
que tal vez tenga las patas cortas como un insecto
o se convierta
en el principio
de algo
que ni sospechamos.
Todavía no sé muy bien
qué contaré aquí
como si un poema
aunque sea narrativo
tuviera algo que contar.
En la pantalla del ordenador
que es
nuestra otra ventana
al mundo
y a veces a la realidad
veo reflejado
un cielo nocturno
y al mismo tiempo
una piscina de agua pesada.
Chapoteando
como si jugara a ser Jesucristo
(todo esto es cosa mía,
sé que no le haría la menor gracia.
Lleva más de diez años muerto)
aparece mi padre:
camina sobre las aguas
del mar:
su elemento.
Su alma era un balandro.
El fantasma se me parece tanto
que debería darme miedo.
Viene desde el lugar de la experiencia
donde los coleccionistas de coleópteros
escriben con caligrafía gótica
la gran palabra que nos hace humanos:
memoria.
Pero como ellos mismos saben,
no en vano se enamoran
sufren
se emborrachan,
viven su vida, y desalojan:
cada vez que abren ese cajoncito
se altera su contenido
y a veces para siempre.
¿Por eso escribo este diario?
Empiezo la mañana haciendo gimnasia
como hacía él
y con una pieza valiosa de la herencia que
sin saberlo mis hermanos
me apropié:
su manual de belleza,
que arranca así:
«En el año 1814, el profesor sueco Ling revoluciona con sus
nuevos métodos la gimnasia de movimientos respiratorios
denominada gimnasia sueca».
Hago mi pequeña tabla
frente a la dudosa luz del día
como los presos
que no se van a rendir
y preparan
los músculos de la inteligencia
para el ring de ahí fuera
donde golpear mejor
la próxima vez.
El guionista del virus coronado
ha imaginado una película
a la altura de nuestra educación sentimental
somos carne de pantalla
y lo lamentaremos:
calles deshabitadas
replicantes
pájaros estridentes
automóviles convertidos en chatarra
oxidándose
sombras corredizas
noctámbulos
que imaginan que en los bares
se escribe un guion a su medida
ramas brotando obscenamente
como una selva
que va a recobrar la ciudad
pero eso es literatura
la muerte se ha puesto a segar
con la productividad
de un exterminador
y yo me acuerdo de mi padre
mientras escribo a tientas
tratando de averiguar
lo que no sé.
Escribe Emilio Clot
el instructor de gimnasia de mi padre:
«Cada espíritu tiene que estar constantemente alerta, observando, y la serenidad, presencia de ánimo, rapidez de juicio, determinación y dominio de sí vencen frecuentemente a la fuerza y pericia automáticas».
Una estrategia contra el virus
insidioso
contra los vaivenes del ánimo.
Palabras
líneas cortas
segadas
en busca de sentido
como si la muerte
o la vida
lo tuvieran.
«Sólo más allá de los castaños está el mundo»,
dice Paul Celan.
Ojalá cantara bajito,
como los grillos.
Como él.
Como él has de dragar cada palabra
antes de pasar página
si no quieres que a medianoche
nada tenga sentido.
No todas las frases están hechas.
Día 2, lunes 16
La lluvia ha sido como un viático
cerró la noche
una tormenta de efectos especiales:
nos cosió a los alféizares
pozo horizontal de la realidad
un espejo minucioso
como un microscopio electrónico
para dibujar en silencio:
con patitas de insectos
trazamos nuestro retrato.
¿Éramos así?
Tengo la suerte
del mirador:
una calle en punto de fuga
que me nace bajo pies de uranio enriquecido:
dos hileras de árboles
podados por jardineros ciegos,
y la vía muerta de un tren imaginario
que no va a ninguna parte.
¿Qué buscábamos con tanta ansia?
Con el canto de la lengua
¿ha de ennegrecerse la escritura?

«De las siete y cuarto a las nueve menos cuarto he estado cortando piezas en una larga tira de metal, en la prensa grande, junto con Roberto: 677 piezas. He marcado una hora y diez minutos. Las he rasgado al principio por falta de aceite. He tenido dificultad en cortar la tira. He ganado 1,85 francos.
[…]
De las cuatro a las cinco y cuarto: en el horno.
Trabajo agotador. No sólo hace un calor insoportable, sino que las llamas llegan a lamer las manos y los brazos. Es necesario dominar los reflejos, pues de lo contrario estás expuesto a sufrir quemaduras. Durante la primera tarde que paso en el horno, hacia las cinco, el dolor que me ha causado una quemadura, el agotamiento y las jaquecas me hacen perder el dominio de los movimientos. No acierto a bajar la puerta del horno. Un calderero se adelanta a ayudarme y me la baja. ¡Qué agradecimiento se experimenta en semejantes momentos!».
SIMONE WEIL (1934)
(Recogido en Sobre Simone Weil. El compromiso con los desdichados, de Franciso Fernández Buey).
Día 3, martes 17
En plena debacle
pasa el perro paseando a su ama
el orden de los factores
los incendios de Australia
un resplandor
la luz es una clepsidra llena de coronavirus
la monarquía se pone en modo bancarrota moral
y nosotros nos asomamos a la noche
para aplaudir a sombras como las nuestras
a los médicos
a los enfermeros
a los enterradores
a los que nos salvan de nosotros mismos.
Como si eso fuera posible.
Salvarse.
En «Shibbólet»
(espiga, contraseña),
Paul Celan habla
de la «flauta doble de la noche»
y de la «oscura
aurora gemela
en Viena y Madrid»,
como si hubiera resucitado
o yo hubiera soñado la temeridad
de tirarme también al río
a los estanques
al mar de la Costa de la Muerte:
para sujetarle por los hombros
un instante antes de.
Gracias a la lluvia
y a los parques tomados por la policía
crecerá la hierba como nunca
y brotará brutal la primavera
sin que la desfloren los poetas
gastados como una mascarilla.
«Se esparcen los pasos
(sàn bù)
cuando se sale a pasear
y se esparce el corazón
(sàn xin)
cuando uno se distrae
o se divierte.
Se esparce el corazón.
Al viento»,
anota Berna Wang
en Cosas que me explica mi madre.
¿Qué nos explicamos a nosotros?
El geógrafo Massimo Livi Bacci,
que parece vivir en tiempos de Tucídides
recuerda en el periódico
que «después de la Segunda Guerra Mundial había cinco países separados por muros. Hoy son setenta, a pesar de la globalización. En lugar de mirar las causas, miramos al destino final. No puedes vivir siempre cerrado en casa».
Cerrado,
encerrado,
en estado de sitio
decretado por el miedo.
«Ten miedo, Alfonso, ten miedo.
Por tu propio bien,
ten miedo», me decía un joven
durante el cerco de Sarajevo.
¿Era peor?
Ya lo creo.
Antes de pasar página
para adentrarme en el pedregal del día
vuelvo a Paul Celan
que me sale al encuentro
como si me estuviera esperando
con la palabra en la boca:
«Te vemos, cielo, te vemos.
Viruela a viruela
vas creciendo,
pústula a pústula.
Así aumentas la eternidad».
¿Qué vemos nosotros
desde nuestro privilegiado mirador
panóptico del pánico?
Coronavirus a coronavirus
vas creciendo
nos vas atornillando
a la silla de la conciencia.
Sigue, Celan:
«Te vemos, tierra, te vemos.
Alma tras alma
vas exponiendo,
sombra tras sombra.
Así respiran los incendios del tiempo».
Mientras hacía gimnasia
para no perder el tono vital
y los Juegos Olímpicos
la descubrí a pie de obra
en la estantería a ras de suelo.
Así llegan los aldabonazos,
cuando menos te lo esperas,
en medio de la noche
o bajo la quebradiza luz del día
el aire que respiramos
amoníaco disuelto en humo
una gasa mortal
que nos impide salir
del encierro del cuerpo,
aunque forcemos los cerrojos
de la razón
y las llaves maestras
de la sinrazón.
Es como si tuviera una cita a ciegas
con La piedad peligrosa,
donde anota Stefan Zweig
(que también se quitó de en medio
por su propia mano,
y junto a ella):
«Empezó con ese repentino tirar de las riendas. Fue por así decirlo el primer síntoma de ese peculiar envenenamiento por compasión».
Día 4, miércoles 18
Con una pluma de porcelana
made in China
como el malhadado virus
a pesar del pangolín que
perplejo
nos interpela
porque es inocente
del hambre insaciable que gastamos,
una pluma que mi hermana la ceramista
me trajo de Jingdezhen
(léase Chintechén)
antes de que el mundo
entrara en hibernación.
Con una pluma se abraza
con una pluma se cava un pozo
con una pluma se mata
con una pluma se ama
con una pluma se pincha un globo
con una pluma se llena una barriga
con una pluma se imanta un brazo
con una pluma se zarpa
con una pluma se llega
con una pluma se compadece
con una pluma se calla
con una pluma se cancelan metáforas
con una pluma se reza
con una pluma se acaba con Dios
con una pluma se funda un paraíso
con una pluma se habita un páramo
con una pluma se enciende una ventana
en el silencio clínico de la noche
cuando todo es
fuera de campo
y nos limitamos
en un abrir y cerrar de ojos
a corregir
el curso del tiempo
lo que íbamos a ser
lo que íbamos a hacer.
«¿Quién puede decir lo que es el mundo?»,
se pregunta Louise Glück,
y se responde:
«El mundo
fluye, por tanto es
ilegible»,
pero el poema
«Prisma»
se prolonga como una partitura
que cada uno
sepa o no música
debe interpretar a solas:
«un corazón al aire se construye
su casa»
y
«Al dejar entrar
a un enemigo, a través de estas ventanas
uno deja entrar
al mundo»
o
«Los sonidos del lago. Los tranquilizadores, inhumanos
sonidos del agua lamiendo el muelle»,
todavía es Louise Glück
convocándonos
en Averno
de uno en uno
sin saber
que iba también
a acompañarnos
en este tiempo de virus coronado
asediándonos
como en Sarajevo
pero sin asesinos
atrincherados
en las colinas
que es mucho peor
matándonos
matándoles
que es mucho peor
por no hablar
de todo lo que faltaba.
Pero es también
un toque de queda
una señal de alarma.
Espero, atrincherado en mi ventana,
cuando se han apagado ya
todas las luces del vecindario:
a que pase
en una bicicleta desvencijada
insomne
Cioran:
«El hombre no es sólo un animal enfermo,
sino que es el producto
de la enfermedad».
En medio de la tarde
cuando todavía
parece remediable
vuelvo a sus Cuadernos:
«Mientras no sabemos sufrir,
no sabemos nada».
¿Quién se atreve a contradecirle?
Aún peor:
¿Quién se atreve a decirlo en voz alta
justamente ahora
en medio de este aguacero de cadáveres
que son escamoteados
para que la peste
no convierta
el miedo en pánico
y el pánico libere
nuestro más íntimo credo?
Una vez más por este día
una vez más por esta noche
Louise Glück será
a pesar de los pesares
un candil
como el que Georges de La Tour
encendía
para alumbrar las caras
de sus inspiraciones:
«El hombre en la cama era uno de los muchos hombres
a los que entregué: mi corazón. La entrega de uno mismo
no tiene límites.
No tiene límites, aunque se repita».
Nos gusta pensar
que la desgracia será vencida
y nos hará más fuertes.
Nos gusta pensar
lo que nos conviene.
El geógrafo Massimo Livi Bacci
que viene de una estirpe de geógrafos
y recorrió todas las costas del mundo
dice que «la humanidad
tiene una vitalidad enorme».
Lo sabe el virus
y por eso nos ataca
con tan endiablada inteligencia,
como si nos hubiera tomado la medida.
¿Hemos sido demasiado arrogantes?
Ah, ¡cómo están siempre ahí
los dioses
acechándonos
divirtiéndose
a nuestra costa!
Para eso nos crearon.
Para eso los creamos.
Día 5, jueves 19
No sólo de palabras vive el hombre,
por eso salgo a la calle
con el salvoconducto de mi carrito de la compra
para buscar provisiones
y explorar el estado de las cosas.
La primera evidencia es la soledad
de las calles
de los que caminan:
solos.
Nos hemos convertido en islas a la deriva,
aunque parezca que tenemos un objeto
que esgrimir ante la policía
y ante nosotros mismos.
En la estafeta de correos
nada es como era.
Todos los empleados lucen guantes y mascarillas
como si fueran a operar
al que sólo pretende
enviar un libro a su hermano
cerca del mar
que ayer cumplió
más de cincuenta años:
Del Trastévere al Paraíso,
sobre los crímenes que algunos cometieron
para traer la felicidad a la Tierra.
Hay una marca en el suelo
que prescribe una distancia saludable
entre el mostrador de mármol
el cartero inmóvil
y nosotros.
Lo que está prohibido es tocarse.
Ante el cierre de loterías
ha quebrado el pensamiento mágico,
aunque soñamos que mañana
al despertar
el estado de sitio se habrá desvanecido.
De momento,
todos despertamos con algo de Gregorio Samsa.
Ahora tratamos de adivinar
cuántos viajeros lleva cada autobús:
la mayoría son carrozas vacías,
y conductores afantasmados.
El Circular que me rebasa
por si no hubiera bastantes paradojas
anuncia como herida
un musical en el costado:
Ghost!
La vida se ha vuelto redundante.
Demasiado extraña.
Todo está cerrado,
salvo los supermercados
las panaderías
las fruterías
los bancos
las funerarias
y las farmacias
(una boticaria me regala una caja de guantes violetas).
En los recintos
la distancia es ley.
Todavía se acepta dinero contante y sonante,
pero como el contacto personal
parece un vestigio del siglo xx.
Vislumbro el parque también sitiado
cerrado a cal y canto
e imagino las hierbas felices
creciendo lejos
de nuestra insaciable
necesidad de ser.
En mi ayuda vuelve Louise Glück y sus «Ecos»:
«Cuando aún era niña
mis padres se mudaron a un pequeño
valle, rodeado de montañas
en lo que se llamaba región de los lagos.
Desde el jardín de la cocina
se veían las cumbres
cubiertas de nieve hasta en verano.
Recuerdo un tipo de paz
que no volví a conocer nunca
[…].
Unos pocos años de fluidez
seguidos de un silencio largo como el silencio en el valle
antes de que las montañas te devolviesen
tu propia voz transformada en la voz de la naturaleza.
Ahora ese silencio me hace compañía.
Pregunto: ¿de qué murió mi alma?
y el silencio responde:
si tu alma murió ¿de quién
es la vida que vives y cuándo
te volviste esa persona?».
Yo también llevaba mucho tiempo en dique seco
sin la menor necesidad de escribir poemas
tal vez porque mi alma estaba muerta
y soterrada.
¿Amor?
Gracias a Basho sé
que el poeta chino Chuang Tzu
que vivió en el siglo iv antes de nuestra era
como las secuoyas
escribió preguntándose
si había soñado con una mariposa
o si fue la mariposa la que lo soñó.
¿Soñamos nosotros
o estamos siendo soñados?
La iglesia,
frente al parque
también estaba cerrada a cal y canto.
Nadie se salva del miedo.
Anota Basho:
«Bajo las mantas
sueño un país lejano.
Ya cae la nieve».
Y cuando la desesperación muestra los dientes
yo sueño con haberme ido
a un país cerca del mar,
como si fuera posible
alejarnos de lo que somos
de lo que hemos hecho
con el huerto y con nosotros
con los animales
y nuestra alma.
En un puesto de libros «a la ribera del Sena, en una caja llena de novelas policiacas inglesas» Cioran encuentra «¡un San Juan de la Cruz en formato de bolsillo! Se debe, creo, al título: The Dark Night of The Soul».
¿Acaso no buscaba
denodadamente
Juan
a Jesús
como un detective
del alma y del cuerpo?
¿Acaso no estamos ahora todos nosotros
sumidos en una nueva interminable
oscura noche del alma?
Alguien en La Vanguardia
evoca las palabras que Josep Pla
en el Cuaderno gris
dedicó a la insaciable gripe
que tantas vidas se llevó por delante
en 1918.
Busco mi precioso ejemplar negro
para retomar una lectura interrumpida
hace demasiado tiempo.
Lo abro donde lo dejé:
18 de octubre.
Lo juro.
No me hago trampas al solitario.
No fuerzo la suerte.
Es lo que C llamaría un fractal
y Jung un sincronismo.
Anoto:
«La gripe hace terribles estragos […]. Desde la calle se oían los llantos. Llantos en la casa y en la escalera del piso. Espectáculo impresionante, que contrasta con el aire vestido de la gente […]. Cuando se oye llorar, se toma un aire de buena persona […]. Cuando uno llora, ¿sufre? La que no llora, ¿sufre menos? […]. El entierro del señor Linares ha sido muy sentido. Por la noche, el tren pequeño nos lleva a casa, dentro de la luz incierta, pobre, de los vagones […]. El tren va lleno. Todos se sientan en un silencio agobiante. Los que vienen del mercado imitan a los que venimos del entierro. Si fuese posible imaginar un tren de pensadores, tendría el mismo aspecto […]. ¿En qué pensamos? Quizá en nada. El drama es que haya tantas cosas ante las cuales no se puede pensar en nada –tantas cosas ante las cuales el mecanismo mental es estéril».
Pla parece estar parado ahí
bajo las acacias espantosamente mutiladas de la calle del
[Doce de Octubre
que tan arbitrariamente me recuerda a Giorgio Morandi.
¿En qué pensamos?
Nos devanamos los sesos.
Nos entristecemos.
Nos indignamos.
Buscamos chivos expiatorios.
Nos resignamos.
Tratamos de vivir como vivíamos.
«Éramos tan felices», dice Íñigo Domínguez en el periódico.
No, no sólo de palabras vive el hombre,
pero miro alrededor
y miro adentro,
y vuelvo a encontrarme con Paul Celan que
en «Habla tú también»
escribe:
«Mira alrededor:
mira cómo en torno todo deviene vivo –
¡Por la muerte! ¡Vivo!
Verdad dice quien sombra dice».
Día 6, viernes 20
Han sido tan salvajes
los podadores
como forenses.
La acacia
que se timaba con la farola
y que en noches de verano y de otoño
se dejaba mecer
y jugaba al escondite
con las hojas
ahora no es más que un muñón
metafórico
y real:
para salvarla
la han matado.
Sus hermanas de la calle rectilínea
que lleva al horizonte
ya han empezado a brotar.
Ella está muda
como un grito
que se ha quedado congelado en la boca
como un Munch cortado de cuajo.
La veo
como una hermana
con los labios sellados
pero sin líquenes
condenada
por una buena acción.
Nunca quedan sin castigo.
Así me voy preguntando
por los muertos
que no son más que un contador:
por cada sudario
un dígito que cae como una piedra
en un pozo negro.
Pero no hay ni rastro
de nombres
de vidas
de ataúdes
de velatorios
de cortejos fúnebres.
¿No tendrían que estar aquí
los trombonistas de Nueva Orleans
los saxofonistas de Kiev
pasando por nuestras calles
con crisantemos blancos en los ojales
para rendir tributo
a cada uno
a lo que se nos va
con cada aliento usurpado
por el virus
otro muerto que añadir
al calendario de los espantos?
Un adviento contra natura.
«nada cambia nada»,
anota Louise Glück en su Averno
mientras todo cambia
ante nuestros ojos
entrecerrados
abiertos con lejía
cerrados con planchas de plomo
un eyeline cobalto
un lagar lleno de uranio.
Nada cambia nunca
y sin embargo
aquí estamos
como estatuas de sal
contemplando el porvenir
con temor a ver aparecer
nuestro nombre en la subasta.
Vuelvo a Louise Glück
como si fuera un salvoconducto
para salir de uno mismo
como salen los que tienen perro
y entrar más adentro
en la espesura:
«Tuve un sueño: mi madre caía de un árbol.
Después de su caída murió el árbol:
ya había cumplido su misión.
Mi madre salió ilesa: sus flechas desaparecieron».
¿Para qué sirven los árboles?
Depende
si hablamos de la vida
o estamos en un sueño.
Día 7, sábado 21
Hacia la isla, junto a los muertos
[…]
¡Mañana nuestro mar habrá sido vapor
PAUL CELAN, Hacia la isla
Sé que si tardo así será.
A mí, que no me gusta emplear la palabra esperanza en vano,
es decir,
no me gusta emplear la palabra esperanza.
Prefiero pensar
entre deseo y voluntad
que el mar seguirá estando ahí
el tiempo necesario
y que lo veré
antes de que la muerte
–«azul tiburón», como escribe Celan–
me cierre los ojos,
me los coma.
Día 8, domingo 22
Algunas máscaras
las más picudas
vienen de Venecia
de la necesidad de que el virus
la muerte
no nos reconozca.
Son los que mueren solos
con su conciencia
en las angarillas de la razón
carne sin misterio
sombra inerte
y la pregunta
como una ráfaga de viento
que golpea
y hace añicos
lo que parecía a salvo.
Pero hay manos
que salvan ese abismo.
Los hospitales
ya eran estaciones.
Pero ahora están bajo custodia.
Que canten los pájaros no nos alarma
que rompan el estado de sitio
no son los tambores de una guerra
la de nuestra generación
son heraldos amables
de lo que Wislawa decía
que nos estábamos perdiendo
«sus buenas 24 horas
1440 minutos de ocasiones
86 400 segundos que mirar».
Nuestra amiga lleva siete años
–multiplicad esta noche
aprovechando el ábaco del pánico–
encerrada en sí misma.
Ella es un estado de sitio.
Ella es Orán y todas las ciudades.
Ella es un centinela.
Ella sí está confinada
y desde el panóptico de su azotea
nos observa:
escribe con los iris
y tiene servidores mecánicos
que la mantienen de este lado
donde la realidad
reparte ortigas y mascarillas
guantes e hidroalcohol
arrebatos de ira y oxígeno silencioso
estados de ánimo y trenes latentes
cuarzo, feldespato, mica y glicerina
armarios rotos
y hogueras en algún lugar del tiempo
señales para los barcos
y un morse de tinta china y temblor
manos bañadas en añil
niños disfrazados de azul cobalto.
En «La estrella vespertina»
Louise Glück
que se ha instalado en nuestra casa
sin saberlo
enciende un candil
que alumbra toda la noche:
luz de posición:
«Por primera vez en muchos años, esta noche
apareció ante mí
una visión del resplandor de la tierra:
en el cielo vespertino
la primera estrella
se hacía más y más brillante
a medida que la tierra se iba oscureciendo
hasta que ya no pudo oscurecerse más.
Y la luz, que era la luz de la muerte,
parecía devolver a la tierra
su poder de consolar».
Día 9, lunes 23
La lluvia ha venido a entristecerlo todo
con su minio
su capa de mercurio herrumbroso
armiño de los pobres
que iguala mate los tocados
pone una vela a los inocentes
y proporciona pluma
mojada
a los poetas
que piensan con un hacha de juguete
que basta con cortar las líneas
como ramas secas
para que el poema
como un Saturno domesticado
no nos devore
nos salga por la boca.
A la lluvia le gustan los cargueros
la obra muerta
las vías declinadas de los astilleros
los trenes de pasajeros
y los de ganado.
A la lluvia le gustan los andenes
los cementerios
las siemprevivas
los amantes cuando se aman y se destrozan
los detectives
la soledad la náusea
los hoteles de París
y los de Bujumbura.
A la lluvia le traen sin cuidado las estadísticas
las goteras
las riadas
los hospitales
las comisarías
las avenidas arboladas
la taiga siberiana
los descampados
y la melancolía.
Stefan Zweig se pregunta
cuántas clases de piedad existen:
«la débil y sentimental»,
que «no es más que impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la embarazosa conmoción que padece ante la desgracia ajena»,
y dispara:
«esa compasión no es compasión»,
y nos sigue
como una cucaracha
que se nos ha metido en la oreja mientras dormíamos:
«la única que cuenta…
la compasión no sentimental […] sabe lo que quiere y está decidida a resistir, paciente y sufriente, hasta sus últimas fuerzas, e incluso más allá».
¿Cuál es la tuya?
¿Cuál es la mía?
¿Cuál es la nuestra?
La lluvia deshace
«la huella del trineo de lo perdido»
que trazó Paul Celan en alemán
con todo su dolor
y una piedra
la del cantero del lenguaje
que no duerme
con su martillo de goma
y su martillito de acero
la chispa es hermosa
menos cuando te quema la córnea:
«tu ojo, tan ciego como la piedra».
Para tiempos de penumbra
estamos hechos.
Pero nos hemos afiliado al olvido.
Por eso no queremos creer en nada
como si eso nos pusiera
a recaudo de los virus
sólo en la esperanza
sólo en Dios
como los náufragos.
«Un desconocido ata su montura a un castaño desnudo.
El caballo, tranquilo, vuelve de pronto la cabeza
al oír, a lo lejos, el rumor del mar».
(Yo no sabía que Louise Glück
se iba a venir a vivir aquí,
no a dejar
que su caballo metafísico
con cuatro patas reales
y un cuello que seca el horizonte
me iba a mostrar
por dónde se vuelve al mar).
Día 10, martes 24
Por el sentido de la luz
admiras el alma
PAUL CELAN, Reja de lenguaje
¿Cómo no contaminarse de las palabras de Paul Celan cuando el aire que respiramos está tan contaminado de muerte y son nuestros padres y los padres de nuestros padres los que se van en silencio con las manos yertas sobre el azul cobalto del lenguaje?
Día 11, miércoles 25
«La vida de cualquiera es un misterio,
incluso para uno mismo»,
anota Jan Swafford,
que dedicó doce años de su vida
a escribir una biografía de Beethoven.
El sábado eran 1353 las vidas
apagadas en España
por la cuchilla
afilada
y silente
del virus coronado.
Ayer eran 2699.
Pero durante la noche
muchos no conciliaron el sueño
y otros
incrementaron el elenco
de los que van a sumarse
al sueño eterno.
Así van cayendo
bajo el mantillo
sobre el cemento rugoso
sobre el zinc
el aluminio
el mármol
el granito
que la lluvia vuelve más fúnebre.
Se van tantos
y tan de prisa
que han tenido que convertir
un palacio de hielo
en depósito de cadáveres.
Se van tantos
tan de prisa
que no hay estrella ni memoria que valga.
Y es preciso poner nombres
como les ponemos a los vivos
a los que parten.
No todo puede ser noche
y niebla
o comeremos jirones
palabras como piedras
levadura echada a perder
por los gusanos
y nuestra obsequiosa ceguera.
El doctor Rieux lo supo en Orán
y Albert Camus lo escribió a lápiz:
«Puede parecer una idea ridícula
pero la única forma de luchar contra la plaga
es con la decencia».
Virtudes tan olvidadas
en nuestra premiosa fuga.
Instalados en la catástrofe
para qué sirve lo que hacíamos.
Hemos ido cancelando oficios
porque así lo quería el porvenir.
Y ahora resulta
que las manos
las que cogen
las que enseñan
las que abren
las que palpan
las que cuidan
las que atan
las que entierran
las que amasan
las que encienden
son las que habíamos
desechado.
¿Qué sabemos
hacer
con nuestras manos
digitales
de lapislázuli
cableadas
rígidas
manicuradas
manos de acariciar
una pantalla líquida
que nos devolvía
narcisos tan tristes
nuestra cara
ante el fin de la historia
y el silencio de los animales?
Hablan de guerra
como si eso sirviera
para honrar a los muertos
y salvar a los vivos.
Un respeto.
Hablamos de los que están
en primera línea
como un solo hombre
trincheras morales
vencer o morir
–yo también he caído en la trampa–,
pero esto no es una guerra
no nos disparamos
no han sido destruidos
los puentes
las fábricas
las casas
los hospitales
las escuelas.
Esto no es una guerra,
aunque se le parezca.
Piensa. Pensad.
Hablamos de los médicos
de las enfermeras
de los celadores
y de tantos empleados
que ahora son imprescindibles
y hasta ayer eran invisibles
«cajera de supermercado
repartidor a domicilio
basurero
barrendero
camionero
agricultor
limpiador
cuidadora…
y por cierto mal pagados
y además
si te fijas
casi todos extranjeros»,
anota mi amigo Íñigo Domínguez
que también ha leído a Walt Whitman.
En la Sexta sinfonía
la Pastoral
Beethoven menciona
(hablo de la partitura)
al ruiseñor, a la codorniz
y al cuclillo.
Y en la Novena,
«¡Oh, hermanos, abandonad estos sonidos!
Alegres, alegres…
Millones de seres, abrazaos».
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