Читать книгу: «En la mente de un perro»

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Título original: Inside of a dog

© Alexandra Horowitz

© de la traducción: Roc Filella Escolà

© de esta edición digital: RBA Libros, S. A., 2013

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO107

ISBN: 978-84-9867-966-3

COMPOSICIÓN DIGITAL: El Taller Editorial

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

INTRODUCCIÓN

Nota preliminar sobre el perro, el adiestramiento y los propietarios • Llamar «el perro» a un perro • El adiestramiento del perro • El perro y su propietario

EL UMWELT: EL PUNTO DE OLFATO DEL PERRO

Cógeme el impermeable, por favor • Cómo ve el mundo la garrapata • Situémonos en el Umwelt • El significado de las cosas • Preguntémosle al perro • Los besos del perro • Perrólogos

ALGUIEN DE CASA

Cómo hacer un perro: instrucciones paso a paso • Cómo los lobos se convirtieron en perros • Nada de lobo • Y entonces, nuestros ojos se encontraron... • Perros de todo tipo • La diferencia distintiva entre las razas • Animales entre comillas • Canis unfamiliaris • Darle forma a nuestro perro

EL OLOR

Los olfateadores • Una nariz de narices • La nariz vomeronasal • El aguerrido olor de la piedra • Los simios de olor fuerte • No pongas cara de miedo • El olor de la enfermedad • El olor del perro • Las hojas y el césped • ¡Mmm, esos olorcillos!

EL HABLA

En voz alta • Las orejas del perro • ¿Mudo? Ni hablar • Quejidos, gruñidos, chillidos y risitas • Guau, guau • El cuerpo y la cola • Intenciones ocultas

LA VISTA

Los ojos del recogepelotas • ¡Trae la pelota! • ¡Trae la pelota verde! • ¡Trae la pelota verde que está rebotando... en la televisión! • El Umwelt visual

VISTOS POR EL PERRO

Los ojos del niño • La atención de los animales • La mirada mutua • El seguimiento de la mirada • Conseguir la atención • Avisos • Manipular la atención

ANTROPÓLOGOS CANINOS

Deconstrucción de los poderes psíquicos del perro • Cómo nos interpreta el perro • Todo sobre ti

MENTES NOBLES

¡Qué listo es mi perro! • Aprender de los demás • ¡Fíjate: así! Ahora tú • Más de humano que de pájaro • La teoría de la mente • La teoría de la mente del perro • El juego y la mente • Cómo quedó el chihuahua • No humano

EN LA MENTE DE UN PERRO

I. Qué sabe el perro • Los días del perro (sobre el tiempo) • El perro interior (sobre ellos mismos) • Los años del perro (sobre su pasado y su futuro) • Buen perro (sobre lo correcto y lo incorrecto) • La edad del perro (sobre las emergencias y la muerte) • II. Qué es ser perro • Está cerca del suelo... • ...se puede lamer... • ...cabe o no cabe en la boca... • ...está lleno de detalles... • ...ocurre en este momento... • ...es efímero y se sucede velozmente... • ...lo lleva escrito en la cara...

ME ENAMORASTE EN CUANTO TE VI

Merecedores de afecto • Animales que se tocan • En cuanto te vi • El baile • El efecto del vínculo

LA IMPORTANCIA DE LAS MAÑANAS

Salgamos «a oler» • Adiestrémoslo con sensatez • Dejemos que sea perro • Pensemos en sus razones • Démosle algo que hacer • Juguemos con él • Observémoslo bien • Espiémoslo • No lo bañemos todos los días • Interpretemos las señas que nos hace • Acariciémoslo con cariño • Mejor un chucho • Antropomorficemos al perro teniendo en cuenta su Umwelt

EPÍLOGO: MI PERRA Y YO

AGRADECIMIENTOS

BIBLIOGRAFÍA

A los perros

Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre.

Dentro del perro está demasiado oscuro para leer.

Frase atribuida a GROUCHO MARX

INTRODUCCIÓN

Primero se ve la cabeza. En lo alto del promontorio asoma un hocico, moqueando. De momento no se ve nada a lo que esté unido. Luego aparece una extremidad, seguida sin prisas de una segunda, una tercera y una cuarta, y sobre ellas veinte kilos de cuerpo. El perro lobo, noventa centímetros hasta los hombros y ciento cincuenta hasta la cola, espía al peludo chihuahua, de un tamaño que es la mitad de la media de los perros, que está en la hierba a los pies de su amo. Pesa tres kilos, y todo él tiembla. De un salto indolente, con las orejas tiesas, el perro lobo se coloca delante del chihuahua. Éste aparta la vista recatadamente; el otro se inclina hasta su nivel y lo mordisquea en el costado. El chihuahua se gira hacia el perro lobo, que levanta su parte trasera, con la cola en alto, dispuesto a atacar. En lugar de huir del peligro evidente, el chihuahua imita su postura, de un brinco se coloca ante su cara y le agarra el hocico con sus diminutas patas. Empiezan a jugar.

Durante cinco minutos los dos perros dan volteretas, se agarran, se muerden y se embisten. El perro lobo se tumba de lado y el chihuahua le responde con ataques a la cara, el vientre y las patas. Con un golpe del perro mayor el pequeño sale despedido hacia atrás, y se aleja poco a poco del alcance del otro. El perro lobo ladra, salta y se levanta de nuevo sobre sus cuatro patas con un ruido sordo. La reacción del chihuahua es lanzarse contra una de esas patas y morderla, con fuerza. Están medio abrazados —el pastor alemán rodea con su boca el pequeño cuerpo del chihuahua, y éste le devuelve el gesto con un lametón en la cara—, cuando el amo del perro lobo pone una correa al collar y tira para que se levante otra vez. El chihuahua se yergue, los mira, da un ladrido y regresa corriendo a su amo.

Estos perros son de un tamaño tan dispar que bien pudieran pertenecer a especies distintas. La simplicidad con que juegan siempre me ha desconcertado. El perro lobo se abalanzó sobre el chihuahua, lo mordisqueó y lo ciñó con la boca; pero el perrito reaccionó sin miedo y con idéntica determinación. ¿Qué explica la capacidad de ambos de jugar juntos? ¿Por qué el perro lobo no ve en el chihuahua una presa? ¿Por qué el chihuahua no ve en el perro lobo un depredador? Pues resulta que la respuesta no tiene nada que ver con los delirios de grandeza del primero ni con la falta de instinto predador del segundo. Ni se trata tampoco de la simple consecuencia de un instinto innato.

Hay dos formas de aprender cómo funciona el juego —y de averiguar qué piensan, perciben y dicen los perros mientras juegan—: nacer perro o dedicar mucho tiempo a observar detenidamente a los perros. La primera era inalcanzable. Acompáñeme el lector en la exposición de lo que he averiguado con esa observación.

Soy persona de perros.

En mi casa siempre ha habido algún perro. Mi afinidad con ellos empezó con nuestro perro familiar, Aster, con sus ojos azules, su cola caída y sus excursiones nocturnas por el barrio que tan a menudo me tenían levantada, en pijama y preocupada, a la espera de su regreso a medianoche. Lloré mucho tiempo la muerte de Heidi, una springer spaniel que se lanzó fogosa directamente bajo las ruedas de un coche que avanzaba por la carretera que pasaba cerca de casa —mi imaginación infantil retuvo la imagen de su lengua que salía por la comisura de la boca y la de sus largas orejas que ondeaban con el alegre vigor de la carrera—. En mis años de universitaria, miraba con admiración y cariño a Beckett, un chow chow cruzado que me vigilaba estoicamente cuando salía de casa.

Y hoy tengo a mis pies el cuerpo cálido, jadeante y de pelo rizado de Pumpernickel, Pump, un chucho de dieciséis años que vive conmigo desde que nació y que me ha acompañado a lo largo de mi madurez. He empezado todos y cada uno de los días de mi estancia en cinco estados, de mis cinco años en la universidad y de mis cuatro trabajos con su cola moviéndose para saludarme cuando me oye despertar por la mañana. Como cualquier amante de los perros comprenderá, no puedo imaginar mi vida sin esta perra.

Soy persona de perros, amante de los perros. Y también soy científica.

Estudio el comportamiento animal. Profesionalmente, tengo cuidado de no antropomorfizar a los animales, de no atribuirles sentimientos, pensamientos y deseos que las personas empleamos para describirnos. Al aprender cómo estudiar la conducta de los animales, me enseñaron y adopté el código del científico para explicar acciones: ser objetivo; no explicar una conducta apelando a un proceso mental cuando se puede definir mediante procesos más simples; no olvidar que un fenómeno que no sea observable ni confirmable no es objeto de la ciencia. En la actualidad, como profesora de comportamiento, cognición comparativa y psicología animales, baso mis enseñanzas en textos autorizados y de prestigio que se ocupan de lo cuantificable. En ellos, todo se expone siempre con el mismo tono regular y objetivo, desde las explicaciones hormonales y genéticas de la conducta social de los animales hasta las respuestas condicionadas, los patrones de acción fijos y las tasas óptimas de búsqueda.

Pero...

Esos textos, veladamente, dejan sin responder la mayor parte de las preguntas de mis alumnos sobre animales. En las conferencias donde expongo mis investigaciones, otros académicos dirigen inevitablemente las charlas posteriores a las ponencias hacia sus propias experiencias con sus mascotas. Y siempre se plantean las mismas cuestiones que me había hecho sobre mi perro —sin que surja de improviso un raudal de respuestas—. La ciencia, tal como se practica y se plasma en los manuales, raramente se ocupa de nuestras experiencias fruto de vivir con nuestros animales y tratar de comprender su mente.

En mis primeros años en la universidad, cuando empecé a estudiar la ciencia de la mente, con interés especial por la de los animales no humanos, nunca se me ocurrió ocuparme de los perros. Me parecían muy familiares, con una conducta bien sabida. Nada hay que aprender de los perros, decían mis colegas: son criaturas simples y felices a las que debemos adiestrar, alimentar y querer, y esto es todo. En los perros no existen datos. Ésta era la idea dominante entre los científicos. Mi director de tesis estudiaba los babuinos, una ocupación respetable: los primates son los animales preferidos en el campo de la cognición animal. Se da por supuesto que el lugar donde más probabilidades hay de hallar habilidades y un tipo de cognición similares a las nuestras es en nuestros hermanos primates. Era, y sigue siendo, la idea dominante entre los científicos conductistas. Peor aún, parecía que los propietarios de perros se habían ocupado ya de la teorización sobre la mente del perro, y de sus anécdotas y su antropomorfización erróneamente aplicada surgían las convenientes teorías. La propia idea de mente del perro estaba contaminada.

Pero...

En mis años de universitaria en California, pasaba muchas horas de ocio con Pumpernickel en los parques y las playas de la zona donde podían entrar los perros. Era la época de mi formación como etóloga, científica del comportamiento animal. Entré a formar parte de dos grupos de investigación que observaban unas criaturas altamente sociales: los rinocerontes blancos del Wild Animal Park, en Escondido, y los bonobos (chimpancés enanos) de este parque y del Zoológico de San Diego. Aprendí la ciencia de las observaciones minuciosas, la recogida de datos y el análisis estadístico. Con el tiempo, esta forma de observar la realidad empezó a impregnar aquellas horas de recreo que pasaba en los parques para perros. De repente, los perros, con su fluido paso entre su propio mundo social y el de las personas, se transformaron en completos desconocidos: dejé de ver su conducta como algo simple y bien comprendido.

Donde antes veía un juego que me hacía sonreír entre Pumpernickel y un bull terrier, ahora advertía un baile complejo que requería una cooperación mutua, unas comunicaciones de fracciones de segundo y la evaluación de las capacidades y deseos de cada uno. El más leve giro de la cabeza o del hocico ahora parecía apuntar a un blanco y tener su significado. Veía perros cuyos propietarios no entendían nada de lo que hacían; descubrí a perros demasiado inteligentes para sus compañeros de juego; observaba personas que malinterpretaban las peticiones caninas como si fueran confusión, y el placer como si fuera agresividad. Empecé a llevar con nosotros una videocámara y a grabar nuestras salidas a los parques. En casa miraba las cintas de los perros: cintas de persecuciones, peleas, caricias mutuas, carreras y ladridos. Con aquella nueva sensibilidad a la posible riqueza de las interacciones sociales en un mundo completamente ajeno a la lingüística, todas aquellas actividades que antes consideraba corrientes ahora me parecían una fuente de información sin explorar. Cuando empecé a observar los vídeos a cámara superlenta, percibí conductas que jamás había visto en todos los años de había convivido con perros. Los juegos más simples entre dos perros, cuando los analizaba detenidamente, se tornaban una vertiginosa serie de comportamientos sincronizados, de activos intercambios de papeles y de variaciones de las exteriorizaciones comunicativas; una flexible adaptación a la atención de los demás, y un movimiento rápido entre una gran diversidad de actos lúdicos.

Lo que contemplaba eran instantáneas de las mentes de los perros, que se manifestaban en sus formas de comunicarse entre ellos y en sus intentos de hacerlo con las personas de su alrededor, y también en su modo de interpretar las acciones de otros perros y de las personas.

Ya nunca volví a ver a Pumpernickel, ni a ningún otro perro, igual. El cristal de la ciencia con que ahora los miraba, lejos de aguarme la fiesta de interactuar con él, me proporcionaba una forma nueva y valiosa de observar lo que hacía: una nueva manera de entender la vida como perro.

Desde las primeras horas de observación de aquellas cintas, no he dejado de estudiar el juego de los perros: cuando juegan entre sí y cuando lo hacen con las personas. Sin darme cuenta, participaba en un cambio radical que se estaba produciendo en la actitud de la ciencia hacia el estudio del perro. La transformación no es aún completa, pero el panorama de los estudios sobre perros ya es notablemente distinto del de hace veinte años. Donde antes no había más que un número inapreciable de estudios sobre la cognición y el comportamiento animales, hoy existen conferencias sobre el perro, grupos de investigación dedicados a su análisis, estudios experimentales y etológicos sobre el perro en Estados Unidos y otros países, y las publicaciones científicas están salpicadas de este tipo de investigaciones. Los científicos que se dedican a todas esas tareas ven lo que yo he visto: el perro es una perfecta puerta de entrada al estudio de los animales no humanos. Los perros llevan viviendo con los humanos miles de años, tal vez cientos de miles. Mediante la selección artificial de la domesticación, han evolucionado hasta ser sensibles precisamente a todo aquello que compone de forma importante nuestra cognición; entre otras cosas, y fundamentalmente, la atención a los demás.

En este libro expongo al lector la ciencia del perro. Los científicos que trabajan en los laboratorios y en este campo, estudiando los perros trabajadores y los perros de compañía, han reunido una impresionante cantidad de información sobre la biología del perro —sus capacidades sensoriales, su conducta— y sobre la psicología del perro —su cognición—. A partir de los resultados acumulados tras cientos de programas de investigación, podemos empezar a elaborar una imagen del perro desde dentro —la habilidad de su hocico, lo que oye, cómo nos dirige la vista y el cerebro que está detrás de todo ello—. El trabajo sobre la cognición del perro incluye el mío propio, pero se extiende mucho más allá, hasta resumir todos los resultados de los estudios más recientes. Para algunos temas sobre los que aún no existe información fiable sobre los perros, incorporo estudios sobre otros animales que pueden ayudarnos a comprender también la vida del perro. (Para quienes tengan curiosidad por las fuentes originales de lo que aquí se expone al final del libro hay una completa relación de éstas.)

En nada perjudicamos al perro si soltamos la correa para alejarnos y observarlo desde una perspectiva científica. Sus capacidades y su punto de vista merecen una atención especial. Y el resultado es magnífico: la ciencia, lejos de distanciarnos de este animal, nos aproxima más a él, de modo que la naturaleza del perro puede maravillarnos todavía más. El proceso y los resultados de la ciencia, si se utilizan con rigor pero con creatividad, pueden arrojar nueva luz sobre lo que las personas comentan a diario acerca de lo que su perro sabe, entiende o cree. En mi viaje personal, al aprender a observar el comportamiento de mi propio perro de forma sistemática y científica, llegué a comprenderlo y a apreciarlo mejor, y a tener con él una relación también de mayor calidad.

Me he adentrado en el perro y he vislumbrado su punto de vista. El lector puede hacer lo mismo. Si tiene un perro a su lado en la habitación, lo que ve en esa espléndida y lanosa masa de naturaleza canina está a punto de cambiar.

NOTA PRELIMINAR SOBRE EL PERRO, EL ADIESTRAMIENTO Y LOS PROPIETARIOS
Llamar «el perro» a un perro

Es propio de la naturaleza del estudio científico de los animales no humanos que unos pocos individuos animales a los que se ha observado, adiestrado o diseccionado con el más meticuloso detalle pasen a representar toda su especie. Sin embargo, con los humanos nunca permitimos que la conducta de uno de ellos personifique la de todos nosotros. Si un hombre no consigue resolver el cubo de Rubik en una hora, no deducimos de tal hecho que ningún otro hombre lo vaya a conseguir (a menos que el primero haya superado a todos los hombres vivos). Aquí nuestro sentido de la individualidad es más fuerte que nuestro sentido de una biología compartida. Cuando se trata de describir nuestras potenciales aptitudes físicas y cognitivas, primero somos individuos y después miembros del género humano.

En cambio, con los animales el orden es el contrario. La ciencia considera a los animales, antes que nada, representantes de su especie, y después individuos. Estamos habituados a ver un solo animal o dos en el zoo como representantes de su especie; para la dirección del zoo son incluso «embajadores» inconscientes de su especie. Nuestra visión de la uniformidad de los miembros de una especie la ilustra perfectamente la comparación que hacemos de su inteligencia. Para probar la hipótesis, de larga tradición popular, de que poseer un cerebro más grande indica mayor inteligencia, se comparó el volumen cerebral de chimpancés, monos y ratas con el cerebro de los humanos. Es evidente que el cerebro del chimpancé es más pequeño que el nuestro, el del mono, menor que el del chimpancé, y el de la rata no es más que un nódulo del tamaño del cerebelo del cerebro de los primates. Hasta aquí, la historia es bien conocida. Lo que resulta más sorprendente es que los cerebros que se utilizaron con fines comparativos eran los de sólo dos o tres chimpancés y monos. Ese par de animales que tuvieron la desgracia de perder la cabeza en favor de la ciencia fueron considerados desde entonces perfectos representantes de los monos y los chimpancés. Pero no se tenía ni idea de si resultaba que eran unos monos con un cerebro particularmente grande o unos chimpancés con un cerebro más pequeño de lo normal.1

Asimismo, si un animal individual o un pequeño grupo de animales no superan un experimento psicológico, la especie queda marcada con el signo de tal incapacidad. Aunque la agrupación de los animales por la semejanza biológica es sin duda una forma útil de abreviar, de ello deriva una extraña consecuencia: tendemos a hablar de la especie como si todos sus miembros fueran iguales. Con los humanos nunca hacemos tal generalización. Si un perro, ante la oportunidad de escoger entre una pila de veinte galletas y otra de diez, elige la última, normalmente la conclusión se formula con el artículo determinado: «el perro» no sabe distinguir entre pilas grandes y pequeñas, en lugar de «un perro» no sabe hacer tal distinción.

Así pues, cuando hablo del perro, implícitamente hablo de los perros estudiados hasta la fecha. Pudiera ser que los resultados de muchos experimentos bien desarrollados nos permitan generalizar razonablemente a todos los perros, y punto. Pero, aun en este caso, las variaciones entre cada uno de los perros serán muchas: un perro puede tener un olfato especialmente fino, quizá nunca nos mire a los ojos, tal vez le guste su cama o no soporte que lo toquen. No hay que considerar significativas todas las conductas de un perro, ni tomarlas como algo intrínseco ni fantástico; a veces simplemente son así, como nos ocurre a las personas. Dicho esto, lo que expongo a continuación es la capacidad conocida del perro; es posible que los resultados que el lector obtenga sean distintos.

El adiestramiento del perro

Este libro no trata del adiestramiento del perro. Pero es posible que lo que aquí se dice capacite al lector, de forma inadvertida, para amaestrar al suyo. Esto nos pondría a la altura de los perros, que, sin contar con libro alguno sobre las personas, ya han aprendido a adiestrarnos sin que nos percatemos de ello.

La literatura sobre el adiestramiento del perro y la que versa sobre su cognición y su comportamiento no se solapan mucho. Pero los amaestradores de perros sí siguen unos principios básicos de psicología y etología, unas veces con efectos muy relevantes, y otras con un final desastroso. La mayoría de ellos parten del principio de aprendizaje asociativo. Todos los animales, incluidos los humanos, aprenden fácilmente a establecer asociaciones entre sucesos. El aprendizaje asociativo está en la base de los paradigmas del condicionamiento «operante», en los que se ofrece una recompensa (un capricho, una atención, un juguete, una palmadita) después de que se produzca la conducta deseada (que el perro se siente). Mediante la aplicación repetida, se puede configurar en el perro la nueva conducta que se desee, ya sea la de tumbarse y revolcarse en el suelo o, para los más ambiciosos, la de esquiar con toda tranquilidad sobre el agua mientras es arrastrado por una lancha.

Sin embargo, ocurre a menudo que los principios del adiestramiento chocan con el estudio científico del perro. Por ejemplo, muchos entrenadores se basan en la analogía entre el adiestramiento del perro y la del lobo como elemento informativo sobre cómo hay que ver y tratar a los perros. Una analogía sólo puede ser tan buena como su fuente. En este caso, como veremos, el conocimiento que los científicos tienen del comportamiento del lobo es limitado y lo que sabemos muchas veces contradice la idea convencional con que se refuerzan esas analogías.

Además, los métodos de adiestramiento no están científicamente verificados, aunque algunos que los emplean digan lo contrario. Es decir, no se ha evaluado ningún programa mediante la comparación del rendimiento de un grupo experimental al que se amaestre y el de un grupo de control cuya vida es idéntica salvo por la ausencia de un programa de adiestramiento. Quienes acuden a los adiestradores suelen tener dos características en común: sus perros son menos «obedientes» que la media y ellos, los amos, están más motivados que el amo medio para que cambien esa conducta. Dada esta combinación de condiciones y pasados unos meses, es muy probable que el perro se comporte de forma distinta después del adiestramiento, casi con independencia de cuál haya sido éste.

Los éxitos que se consiguen tras el adiestramiento son apasionantes, pero no demuestran que sean fruto del método empleado. El éxito podría ser indicativo de un buen adiestramiento. Pero también pudiera tratarse de una afortunada casualidad. También podría tratarse del resultado de haber prestado más atención al perro en el transcurso del programa. Podría ser consecuencia de la maduración del perro durante el proceso. O de que haya desaparecido aquel perro tan agresivo de la esquina. En otras palabras, el éxito podría ser el resultado de decenas de otros cambios concurrentes en la vida del perro. Son unas posibilidades entre las que no es posible distinguir sin una rigurosa comprobación científica.

Y lo más importante es que por lo general el adiestramiento se adapta a los gustos del propietario —para cambiar al perro de modo que se ajuste a la idea que él tiene de la función del animal y de lo que quiere que haga—. Es un objetivo muy distinto de lo que nosotros pretendemos: observar para ver lo que realmente hace el perro y lo que de nosotros quiere y entiende.

El perro y su propietario

Se está imponiendo la moda de hablar no ya de ser propietario de una mascota, sino de tutelar una mascota o de gozar de su compañía. Los escritores ingeniosos hablan de los «humanos» de los perros, con lo que igualmente dirigen la flecha de la propiedad hacia nosotros. En este libro a menudo llamo propietarios a las familias con quienes viven los perros simplemente porque la palabra expresa la relación legal que tenemos con ellos: por raro que parezca, se los sigue considerando una propiedad (y una propiedad de escaso valor compensatorio, aparte del valor de cría,* una condición que espero que ningún lector tenga que vivir nunca personalmente). Celebraré el día en que los perros no sean de mi propiedad. Hasta entonces, utilizaré la palabra propietario sin ningún sentido político, simplemente por conveniencia y sin otro motivo. Por la misma razón hablo en masculino para referirme a ambos sexos, y sólo en femenino cuando aludo específicamente a la perra.

EL UMWELT: EL PUNTO DE OLFATO DEL PERRO

Esta mañana me ha despertado Pump, que ha saltado a mi cama y ha empezado a olisquearme enérgicamente a muy escasa distancia, con sus bigotes rozándome los labios, para ver si estaba despierta o viva o lo que fuera. Su entusiasmo ha culminado con un sonoro estornudo ante mi cara. He abierto los ojos y me miraba, sonriente, y me ha saludado jadeante.

Observemos un perro. Vamos, fijémonos en él: quizás el que está a nuestro lado en este mismo momento, enrollado alrededor de sus patas recogidas sobre una alfombra, o tendido de lado en el suelo, con las patas revoloteando por la pradera de su sueño. Mirémoslo bien y olvidémonos ahora de todo lo que sabemos sobre este perro o sobre cualquier otro.

Admito que es una proposición ridícula: realmente no espero que podamos olvidar con facilidad su nombre ni la comida que más le gusta, ni el perfil único de nuestro perro, ni mucho menos todo lo referente a él. Equiparo este ejercicio al de pedir al neófito en la meditación que entre en el satori, el estado superior, al primer intento: probémoslo y veamos hasta dónde llegamos. La ciencia, en su búsqueda de la objetividad, exige que uno adquiera conciencia de los prejuicios anteriores y de la perspectiva personal. Al mirar los perros a través del cristal de la ciencia, nos encontraremos con que parte de lo que creemos saber sobre ellos está completamente comprobado; en cambio, otras cosas que parecen manifiestamente verdaderas, después de un examen más minucioso son más dudosas de lo que pensábamos. Y al contemplar nuestros perros desde otra perspectiva —desde la perspectiva del perro— podemos ver cosas nuevas que normalmente no se les hacen evidentes a quienes están lastrados por el cerebro humano. De modo que la mejor forma de empezar a comprender a los perros es olvidar lo que pensamos que sabemos.

Lo primero que hay que olvidar es cualquier tipo de antropomorfismo. Vemos e imaginamos el comportamiento del perro y hablamos de él desde una perspectiva humana sesgada, e imponemos a esas vellosas criaturas nuestros sentimientos y pensamientos. Es evidente, diremos, que los perros aman y desean; es evidente que sueñan y piensan; también nos conocen y comprenden, se aburren, son celosos y se deprimen. ¿Qué otra explicación más natural se podría dar del perro que se nos queda mirando con pesar cuando salimos de casa para ir a trabajar, que la de su depresión por vernos partir?

La respuesta es: una explicación basada en lo que los perros realmente tienen capacidad de sentir, saber y comprender. Utilizamos estas palabras, estos antropomorfismos, para ayudarnos a comprender la conducta de los perros. Naturalmente, albergamos unos prejuicios internos hacia las experiencias humanas que nos llevan a entender las experiencias de los animales sólo en la medida en que coinciden con las nuestras. Recordamos historias que confirman nuestras descripciones de los animales y olvidamos cómodamente las que no muestran tal coincidencia. Y no dudamos en afirmar «datos» sobre simios, perros, elefantes o cualquier otro animal sin disponer de unas pruebas adecuadas. Para muchos de nosotros, nuestra interacción con los animales que no son mascotas empieza y termina en lo que vemos en el zoo o en programas de televisión. La cantidad de información útil de este tipo de observación que podemos vislumbrar es limitada: un encuentro tan pasivo desvela menos aún de lo que obtenemos al mirar de soslayo a la ventana del vecino mientras paseamos junto a su casa.2 Al menos, el vecino es de nuestra misma especie.

Los antropomorfismos no son inherentemente odiosos. Nacen de los intentos por comprender el mundo, no para subvertirlo. Nuestros ancestros humanos recurrían de forma regular a la antropomorfización en su empeño por explicar y prever la conducta de otros animales, incluidos aquellos de los que se querían alimentar o aquellos que se los querían comer a ellos. Imaginemos que nos encontramos con un extraño jaguar de ojos brillantes al anochecer en la selva, y le miramos fijamente a los ojos, que a su vez nos contemplan sin parpadear. En ese momento, probablemente lo adecuado sería meditar un poco sobre lo que pensaríamos «si fuéramos el jaguar», una reflexión que nos impulsaría a alejarnos corriendo. Los humanos perduraron: lo que acabamos por atribuir a los animales tuvo, cuanto menos, cierto grado de verdad.

Lo habitual, sin embargo, es que ya no nos encontremos en la situación de tener que imaginar los deseos del jaguar a tiempo para escapar de sus garras. En cambio, metemos los animales en casa para que pasen a formar parte de la familia. Para tal fin, el antropomorfismo no nos puede ayudar a integrar esos animales en nuestro hogar, ni a tener con ellos una relación más fluida y completa. Esto no significa que siempre nos equivoquemos en lo que atribuimos a los animales: tal vez sea verdad que nuestro perro está triste, celoso, inquisitivo o deprimido, o que le apetece un sándwich de mantequilla de cacahuete. Pero es casi seguro que no tiene justificación hablar, digamos, de depresión por las pruebas de que disponemos: unos ojos llorosos, un sonoro suspiro. Nuestras proyecciones sobre los animales normalmente se empobrecen, o están completamente fuera de lugar. Podemos pensar que un animal es feliz cuando vemos que levanta las comisuras de los labios; pero esta «sonrisa» puede ser engañosa. En los delfines, la sonrisa es una característica fisiológica fija, inmutable como la lisonjera sonrisa pintada en la cara del payaso. Entre los chimpancés, lo que parece una sonrisa es signo de miedo o sumisión, lo más opuesto a la felicidad. Asimismo, la persona puede levantar las cejas cuando se sorprende, pero en el mono capuchino el mismo gesto no indica sorpresa, ni manifiesta escepticismo o alarma: advierte a los monos de su alrededor de que sus intenciones son amistosas. En cambio, entre los babuinos la ceja levantada puede significar una amenaza deliberada (lección: cuidado con el mono al que mostremos las cejas enarcadas). Nuestra responsabilidad es confirmar o refutar lo que afirmamos sobre los animales.

Deducir de unos ojos llorosos que existe una depresión puede parecer algo bondadoso, pero sucede a menudo que en el antropomorfismo lo bondadoso se convierte en dañino. En algunos casos, incluso pone en riesgo el bienestar del animal en cuestión. Si al perro le suministramos antidepresivos por la interpretación que hacemos de su mirada, debemos estar seguros de lo que deducimos. Cuando presumimos que sabemos qué es lo mejor para un animal, extrapolando lo que es mejor para nosotros u otra persona, es posible que inadvertidamente actuemos en contra de lo que nos proponemos. Por ejemplo, en los últimos años se ha hablado mucho de lo que hay que hacer para mejorar el bienestar de los animales que se crían para la alimentación humana, como que los pollos puedan salir al aire libre o que tengan sitio para moverse en sus recintos. Aunque el final del pollo resulte el mismo —ser la cena de cualquiera—, cada vez es mayor el interés por el bienestar de los animales antes de ser sacrificados.

Pero ¿desean moverse libremente? Según la sabiduría popular, a nadie, humano o no, le gusta estar apretujado entre otros. Parece que los hechos lo confirman: ante la posibilidad de elegir entre subir a un vagón del metro repleto de viajeros sudorosos y estresados o a otro con sólo unas cuantas personas, optamos por el segundo sin pensarlo (considerando, por supuesto, que pueda haber también alguna otra razón —una persona que huela especialmente mal o un fallo en la refrigeración— que explique esa distribución). En cambio, la conducta natural de los pollos indica todo lo contrario: se apiñan. No se separan del grupo por propia iniciativa.

Los biólogos realizaron un sencillo experimento para verificar cómo prefieren estar los pollos: tomaron unos cuantos de ellos, los ubicaron aleatoriamente en sus recintos y observaron lo que hacían a continuación. El resultado fue que la mayoría de los pollos se acercaban más a los demás, no se alejaban de ellos, ni siquiera cuando había suficiente espacio. Ante la posibilidad de un espacio donde desplegar las alas... escogían ese vagón abarrotado.

Esto no quiere decir que a los pollos les guste estar apretujados en una jaula, ni que una vida así les sea cómoda. Es inhumano encerrarlos tan juntos que no se puedan mover. Lo que esto significa es que dar por supuesta una semejanza entre las preferencias del pollo y las nuestras no es la forma de saber lo que realmente prefieren estos animales. No es casual que se sacrifique a estos pollos antes de cumplir seis semanas; a esta edad, nuestros polluelos se siguen alimentando de sus madres. Privado de la capacidad de volar, el pollo de granja corre a juntarse con otros pollos.

CÓGEME EL IMPERMEABLE, POR FAVOR

¿Nuestras tendencias antropomórficas nos conducen a fallos tan garrafales en el caso de los perros? Sin duda. Tomemos como ejemplo el impermeable. En la fabricación y compra de esos chubasqueros diminutos, graciosos y de cuatro mangas para perros, se dan por supuestas varias cosas interesantes. Dejemos a un lado la cuestión de si el perro prefiere el de color amarillo claro, uno de cuadros u otro con motivos caninos y felinos bajo un aguacero (evidentemente prefiere los perros y gatos). Muchos amos de perros que los visten con impermeables lo hacen con la mejor intención: han observado, por ejemplo, que el perro se resiste a salir de casa cuando llueve. Parece razonable concluir de esta observación que al perro no le gusta la lluvia.

No le gusta la lluvia. ¿Qué se quiere decir con esto? Que necesariamente le disgusta que la lluvia le caiga sobre el cuerpo, como nos ocurre a la mayoría de nosotros. Pero ¿es una deducción razonable? En este caso, parece que el propio perro da muchas pruebas de que así es. ¿Se ilusiona y mueve la cola cuando le ponemos el impermeable? Se diría que tal reacción avala dicho supuesto... o, si no, la conclusión de que se da cuenta de que la presencia del chubasquero es señal de un paseo largamente esperado. ¿Huye del impermeable? ¿Agacha la cabeza y mete la cola entre las patas? Si así fuera, el anterior supuesto perdería consistencia, aunque no quedaría desmentido por completo. ¿Parece desaliñado cuando se moja? ¿Se sacude el agua con vehemencia? Eso ni confirma ni desmiente la suposición. El perro se muestra un tanto inescrutable.

En este caso, el comportamiento natural de caninos salvajes afines ofrece la mejor información sobre lo que el perro pueda pensar del impermeable. Tanto los perros como los lobos llevan sus propios impermeables puestos de forma permanente, sin duda. Y basta con uno: cuando llueve, es posible que los lobos busquen cobijo, pero no se cubren con ningún material que les ofrezca la naturaleza. Y esta conducta no avala la necesidad del impermeable ni el interés por él. Por otro lado, el chubasquero, además de prenda de abrigo, también es algo distintivo: un manto ajustado, incluso opresivo, que cubre el tronco y el pecho del perro, y en algunos casos también la cabeza. Hay ocasiones en que los lobos sienten presión sobre la espalda o la cabeza: es cuando están dominados por otro lobo, o cuando otro lobo o familiar de mayor edad los regaña. Los dominantes suelen inmovilizar a los subordinados por el hocico. Es lo que se denomina mordida del hocico y explica, quizá, por qué los perros con bozal a veces parecen tan apagados. Y el perro que «vigila» a otro perro impone su dominio. En esta disposición, el perro subordinado siente en el cuerpo la presión del dominante. Podría ser que el impermeable produzca también esta sensación. Así, lo que se experimenta ante todo al llevarlo puesto no es un sentimiento de protección contra la lluvia; al contrario, el impermeable produce la incómoda sensación de que alguien de mayor rango está cerca.

La conducta de la mayoría de los perros cuando sienten que se les pone el impermeable confirma esta interpretación: se quedan clavados en el suelo porque se sienten «dominados». El mismo comportamiento se observa cuando el perro que se resiste al baño de repente deja de batallar al sentirse completamente empapado o cubierto con una toalla pesada y mojada. Es posible que el perro al que se va a vestir colabore en los preparativos para el paseo, pero no porque haya demostrado que le gusta el impermeable; lo hace porque ha sido sometido,3 No se mojará, pero quienes nos preocupamos por que así sea somos nosotros, no el perro. Para evitar este tipo de paso en falso hay que sustituir nuestro instinto de antropomorfización por un instinto de interpretación de la conducta. En la mayoría de los casos es muy sencillo: debemos preguntar al perro qué quiere. Lo único que hay que saber es interpretar su respuesta.

CÓMO VE EL MUNDO LA GARRAPATA

Ésta es la primera herramienta para obtener esa respuesta: imaginar el punto de vista del perro. Jakob von Uexküll, biólogo alemán de principios del siglo XX, dio un giro al estudio científico de los animales. Lo que proponía era revolucionario: quien quiera entender la vida del animal debe empezar por lo que él llamó su Umwelt (pronunciado Um-velt): su mundo subjetivo o «automundo». El Umwelt expresa cómo es la vida para el animal. Pensemos, por ejemplo, en la humilde garrapata de patas negras (Ixodes scapularis). Quien se haya pasado un buen rato acariciando de forma vacilante el cuerpo del perro en busca de esa reveladora cabeza de alfiler que indica la presencia de una garrapata ahíta de sangre, tal vez haya pensado ya en las garrapatas. Lo más probable es que el lector considere que las garrapatas son una plaga y sanseacabó. Apenas si se las puede considerar animales. Von Uexküll, en cambio, reflexionaba sobre cómo vería el tema la propia garrapata.

Repasemos un poco: las garrapatas son parásitos. Miembros de la familia de los arácnidos, una clase que incluye arañas e insectos, tienen cuatro pares de patas, un tipo de cuerpo simple y unas fuertes mandíbulas. Miles de generaciones de evolución han reducido su vida a lo más elemental: nacer, aparearse, comer y morir. Nacen sin patas ni órganos sexuales, que desarrollan en seguida, copulan y trepan hasta alcanzar un buen punto estratégico, por ejemplo una hoja de césped. Aquí es donde su historia se hace asombrosa. De todas las vistas, sonidos y olores del mundo, la garrapata adulta sólo aguarda una cosa. No mira a su alrededor: las garrapatas son ciegas. Ningún sonido la inquieta: los sonidos son irrelevantes para lo que se propone. Sólo espera que le llegue un olor muy concreto: un tufillo de ácido butírico, un ácido graso que emiten las criaturas de sangre caliente (las personas a veces lo percibimos en el sudor). Puede estar aguardando un día, un mes o una docena de años. Pero en cuanto le llega el olor del que está pendiente, se lanza desde su posición. A continuación entra en escena una segunda capacidad sensorial. Como la piel de la garrapata es fotosensible y puede detectar el calor, el insecto se dirige hacia él. Si tiene suerte, ese olor cálido a sudor es el de un animal, al que la garrapata se agarra para tomarse su ración de sangre. Después de alimentarse una sola vez, se cae, pone sus huevos y muere.

Lo que esta historia revela es que el automundo de la garrapata es distinto del nuestro en una inimaginable diversidad de sentidos: lo que siente o quiere; los objetivos que se fija. Para la garrapata, la complejidad de las personas se reduce a dos estímulos: el olor y el calor, en los que concentra toda su atención. Si queremos entender la vida de cualquier animal, debemos saber qué cosas son significativas para él. La primera forma de descubrirlo es determinar qué puede percibir el animal: qué puede ver, oír, oler o advertir con cualquier otro sentido. Para el animal, sólo tienen sentido los objetos que puede percibir; los demás ni siquiera los nota o le parecen todos iguales. ¿El aire que corre entre la hierba? Irrelevante para la garrapata. ¿Los sonidos de una fiesta de cumpleaños de algún niño? No aparecen en su radar. ¿Los deliciosos trocitos de la tarta que han quedado en el suelo? La dejan fría.

En segundo lugar, ¿cómo actúa el animal en el mundo? La garrapata se aparea, espera, cae y se alimenta. Así que para ella los objetos del universo se dividen en garrapatas y no garrapatas; cosas que pueden o no pueden aguardarse; superficies sobre las que se puede o no caer, y sustancias de las que puede o no alimentarse.

Así pues, estos dos componentes —la percepción y la acción— definen y delimitan en gran medida el mundo de todo ser vivo. Todos los animales tienen su propio Umwelt: sus propias realidades subjetivas, lo que Uexküll imaginaba como «pompas de jabón» en cuyo interior quedaban apresados para siempre. También los humanos estamos encerrados en nuestras burbujas. En cada uno de nuestros automundos, por ejemplo, estamos muy atentos al lugar donde están las demás personas y a lo que dicen o hacen. (Pensemos, como contraste, en la indiferencia de la garrapata respecto a nuestros monólogos más emotivos.) Vemos dentro del campo visual con luz, oímos los ruidos audibles y olemos los olores fuertes que se encuentran cerca de nuestra nariz. Sobre esto, cada persona crea su propio Umwelt personal, lleno de objetos de especial significado para ella. La mejor forma de verlo es dejarnos guiar en una ciudad desconocida por una persona que haya nacido y viva en ella. Nos conducirá por un itinerario que a ella le resulta obvio y que a nosotros, en cambio, nos es invisible. Pero ambos compartimos las mismas cosas: no es probable que uno u otro nos detengamos a escuchar el grito ultrasónico de un murciélago de los alrededores; ninguno de los dos olemos lo que el hombre que pasa por nuestro lado cenó anoche (a menos que tomara mucho ajo). Nosotros, las garrapatas y todos los demás animales encajamos en nuestro respectivo medio: somos bombardeados por estímulos, pero sólo unos pocos son significativos para nosotros.

Así pues, los diferentes animales verán un mismo objeto (o, mejor, lo sentirán, pues algunos animales no ven bien o no ven) de forma distinta. Una rosa es siempre una rosa. ¿O no? Para una persona es un determinado tipo de flor, un regalo para los amantes y algo hermoso. Para el escarabajo, la rosa tal vez sea todo un territorio, con lugares donde esconderse (en el reverso de una hoja, invisible para el depredador aéreo), cazar (en la parte superior de la flor, donde crecen las ninfas de la hormiga) y poner los huevos (en el punto en que la hoja se une al tallo). Para el elefante, es una espina imperceptible a sus pies.

Y para el perro ¿qué es una rosa? Como veremos, depende de la interpretación que de ella haga el perro, tanto mediante su cuerpo como en su cerebro. Resulta que, para el perro, la rosa no es ni algo bello ni un mundo en sí mismo. La rosa no se distingue del resto de la materia vegetal que la rodea: a menos que en ella haya orinado otro perro, la haya pisado otro animal o la lleve en la mano el amo del perro. Entonces esa rosa adquiere un vivo interés, ya que para el perro cobra mucha más importancia de la que pueda tener para las personas.

SITUÉMONOS EN EL umwelt

Distinguir los elementos relevantes del mundo del animal —su Umwelt— significa, en cierto sentido, convertirse en especialista en ese animal, sea una garrapata, un perro o un ser humano. Y será la herramienta que utilizaremos para resolver el conflicto entre lo que creemos que sabemos sobre los perros y lo que éstos realmente hacen. Pero sin los antropomorfismos dispondríamos de poco vocabulario con el que describir la experiencia percibida por ellos.

La comprensión de la perspectiva del perro —entender sus capacidades, su experiencia y su comunicación— facilita ese vocabulario. Pero no podemos interpretarla simplemente mediante una introspección que parta de nuestro propio Umwelt. Las personas no somos grandes olfateadores; para imaginar qué es ser un buen olfateador no basta con que pensemos en ello. Este tipo de ejercicio de introspección sólo funciona cuando va acompañado de una comprensión de la profunda diferencia que hay entre nuestro Umwelt y el de otro animal.

Esta diferencia la podemos vislumbrar si «actuamos en» el Umwelt de otro animal, tratando de ponernos en la piel de ese ser vivo —conscientes de las limitaciones que nuestro sistema sensorial impone a nuestra capacidad de hacerlo de verdad—. Pasar una tarde situados a la misma altura que un perro resulta sorprendente. Oler atenta y profundamente (aunque sea con nuestra humilde naricilla) todos los objetos con que nos encontramos a lo largo del día da una nueva dimensión a cosas que nos eran familiares. Mientras lee esto, intente el lector prestar atención a todos los ruidos de la habitación en que se encuentre en este momento y a los que se ha acostumbrado y que, por esta razón, normalmente le pasan desapercibidos. Cuando escucho atentamente, de repente oigo el ventilador que tengo a mi espalda, el pitido de un camión que avanza marcha atrás, el murmullo de múltiples voces que entran al edificio en el que me encuentro; alguien que se acomoda en una silla de madera, los latidos de mi corazón, el ruido que hago al tragar saliva, al volver la página. Si tuviera mejor oído, tal vez percibiría el rasgueo de ese bolígrafo sobre la hoja al otro lado de la habitación, el sonido de la planta al crecer, los gritos ultrasónicos de la inmensa cantidad de insectos que habitan a mis pies. ¿Es posible que en el universo sensorial de otro animal estos sonidos estén en primer plano?

EL SIGNIFICADO DE LAS COSAS

En cierto sentido, ni siquiera los objetos de una habitación son los mismos objetos para otro animal. El perro que observa el interior de esa habitación no piensa que está rodeado de objetos humanos; ve cosas de perro. Lo que nosotros pensamos sobre la finalidad de un objeto, o lo que hace que lo pensemos, es posible que no se corresponda con la idea que el perro tiene de la función o el significado de ese objeto. Los objetos se definen por cómo podemos actuar sobre ellos: lo que Uexküll llama sus tonos funcionales —como si un objeto hiciera sonar una campanilla cuando ponemos los ojos en él—. Es posible que al perro le sea indiferente una silla, pero si se lo adiestra para que se siente en ella de un salto, aprende que la silla tiene un tono de sentarse: uno se puede sentar en ella. Posteriormente, puede ocurrir que el perro decida por cuenta propia que otros objetos tienen ese mismo tono: un sofá, una pila de almohadones o el regazo de una persona sentada en el suelo. Pero el perro no ve otras cosas que a nosotros nos parecen similares a la silla: taburetes, mesas o el brazo de un sofá. Los taburetes y las mesas pertenecen a otra categoría de objetos: quizá son obstáculos con los que topa al dirigirse al tono de comer de la cocina.

Aquí empezamos a ver en qué se solapan y en qué se diferencian las respectivas visiones del mundo del ser humano y del perro. Para éste, muchísimos objetos del mundo tienen un tono de comer, probablemente muchos más de los que nosotros tenemos por tales. Las heces no entran en nuestro menú; los perros discrepan. Es posible que los perros tengan tonos de los que nosotros carecemos por completo —tonos de revolcarse, por ejemplo: cosas en las que uno se puede revolcar—. Si no somos especialmente dados a jugar ni muy jóvenes, la lista de objetos con el tono de revolcarse es muy corta o no existe. Y muchos de los objetos que para nosotros tienen un significado muy concreto —tenedores, cuchillos, martillos, chinchetas, ventiladores, relojes, etc.—, para el perro tienen poco o ningún significado. Para el perro, el martillo no existe. No actúa con él ni sobre él, por lo que no tiene importancia alguna. Al menos, no mientras no se relacione con otro objeto significativo: cuando lo empuña una persona querida; cuando orina sobre él ese perrito tan mono de enfrente; cuando se puede mordisquear su recio mango de madera como si fuera un palo más.

Cuando el perro se encuentra con humanos se produce un choque entre su Umwelt y los de las personas, cuyo resultado suele ser que éstas interpretan mal lo que el perro hace. No ven el mundo desde la perspectiva del perro, tal como él lo ve. Por ejemplo, el amo insiste, con seriedad, en que el perro nunca se tumbe en la cama. Para meterle en la cabeza tal orden, el amo puede adquirir lo que el fabricante de almohadas ha decidido llamar una «cama para perros» y ponerla en el suelo. Hará todo lo posible para que el perro se tumbe en esa cama, no en la prohibida. Lo normal es que el perro lo haga, aunque sea de mala gana. Y así uno se puede sentir satisfecho: otro éxito en la interacción entre la persona y el perro.

Pero ¿es realmente esto lo que ocurre? Muchas veces regresaba a casa pensando en las sábanas calentitas y las mantas arrugadas de mi cama sobre las que estaba tumbado hacía poco el perro inquieto que salía a recibirme a la puerta, a mí o a algún soñoliento intruso invisible. No tenemos problema en ver el significado que la cama tiene para las personas: el propio nombre de las cosas lo deja claro. La cama grande es para las personas; la de perros, para el perro. Las camas de los humanos representan descanso, pueden estar cubiertas de sábanas especialmente escogidas y mostrar todo tipo de mullidos cojines; la cama para perros es un lugar en el que nunca se nos ocurriría sentarnos, es (relativamente) barata y se suele adornar más con juguetes para masticar que con cojines. ¿Y para el perro? Para empezar, no hay una gran diferencia entre una y otra cama —salvo, quizá, que la nuestra es infinitamente más apetecible—. Nuestras camas huelen como nosotros, mientras que la del perro huele como cualquier material que su fabricante tuviera a mano (o peor aún, como las astillas de cedro: un perfume insoportable para el perro pero agradable para nosotros). Y en nuestra cama es donde estamos nosotros: donde holgazaneamos, de donde quizá se nos caen migas del desayuno o desde donde tiramos la ropa que nos quitamos. ¿Qué prefiere el perro? Nuestra cama, no cabe ninguna duda. El perro desconoce todo aquello que hace de nuestra cama un objeto tan obviamente diferente para nosotros. Sí, es posible que llegue a aprender que nuestra cama tiene algo distinto —después de sentirse regañado repetidamente por tumbarse sobre ella—. Aun en ese caso, lo que el perro sabe no es tanto la oposición entre «cama humana» y «cama para perros», sino la oposición entre «cosas por las que a uno le chillan si se tumba en ellas» y «cosas por las que a uno no le chillan por estar sobre ellas».

En el Umwelt del perro, la cama no tiene un tono funcional especial. El perro duerme y descansa donde puede, no sobre objetos que las personas fabriquen a propósito para ello. Puede haber un tono funcional para lugares donde dormir: los perros prefieren aquellos donde se puedan tumbar completamente estirados, donde la temperatura sea la deseable, donde haya otros miembros de su manada o de su familia de los alrededores y donde estén seguros. Cualquier superficie más o menos llana de nuestra casa reúne estas condiciones. Ofrezcámosela al perro y lo más probable es que la encuentre tan agradable, grande, cómoda y calentita como nuestra cama.

PREGUNTÉMOSLE AL PERRO

Para reafirmar lo que digamos sobre la experiencia o la mente del perro, tenemos que aprender a preguntarle si estamos en lo cierto. Evidentemente, el problema de preguntar al perro si está contento o deprimido no es que la pregunta no tenga sentido. Es que tenemos poca capacidad para comprender su respuesta. El lenguaje nos hace terriblemente perezosos. Puedo adivinar las razones ocultas de esa conducta recalcitrante y distante que mi amiga lleva semanas mostrándome, y formarme una idea detallada y psicológicamente compleja de lo que sus acciones indican sobre lo que piensa de lo que yo pretendía en cierta situación de tirantez. Pero la mejor estrategia para cerciorarme es simplemente preguntar a esa persona. Y me lo dirá. Los perros, en cambio, nunca responden como desearíamos: con frases, bien puntuadas, con la justa entonación y enfatizando lo que quisieran resaltar. Pese a todo, si nos fijamos, nos responden con claridad.

Por ejemplo, ¿está deprimido ese perro que nos mira mientras suspira al ver que nos disponemos a irnos a trabajar? ¿Son pesimistas los perros que dejamos todo el día en casa? ¿Se aburren? ¿O simplemente espiran el aire despreocupadamente mientras se preparan para echarse una siestecita?

Observar el comportamiento para comprender la experiencia mental de un animal es precisamente la idea en la que se basan algunos experimentos recientes de inteligente diseño. Los investigadores no utilizaban perros, sino ese manido sujeto de las investigaciones, la rata de laboratorio. Es posible que la conducta de las ratas enjauladas sea lo que más haya aportado al corpus de conocimientos de la psicología. En la mayoría de los casos, la rata no tiene interés en sí misma: la investigación no versa sobre ella per se. Sorprendentemente, versa sobre los seres humanos. La idea es que las ratas aprenden y recuerdan mediante el uso de algunos mecanismos que utilizamos los humanos —pero es mucho más fácil meter a las ratas en pequeñas cajitas y someterlas a unos estímulos limitados con la esperanza de obtener una reacción—. Y los millones de reacciones y respuestas de los millones de ratas de laboratorio (Rattus norvegicus) han proporcionado mucha información para entender la psicología humana.

Sin embargo, las ratas también tienen interés en sí mismas. Quienes trabajan con ellas en el laboratorio a veces hablan de su «depresión» o de su exuberante naturaleza. Algunas ratas parecen perezosas, otras son alegres; unas pesimistas, otras optimistas. Los investigadores tomaron dos de estas caracterizaciones —el pesimismo y el optimismo— y les dieron una definición operativa: una definición desde la perspectiva científica que permitiera determinar si se pueden ver auténticas diferencias entre unas ratas y otras. En lugar de limitarse a extrapolar el aspecto de los humanos cuando nos sentimos pesimistas, podemos preguntar cómo se podría distinguir entre una rata pesimista y otra optimista por sus respectivos comportamientos.

Así pues, se analizó el comportamiento de las ratas no como un reflejo del nuestro, sino como indicador de algo sobre... las ratas, sobre las preferencias y los sentimientos de la rata. Los investigadores colocaron a los sujetos de sus experimentos en entornos muy restringidos: algunos eran entornos «imprevisibles», donde se cambiaban continuamente el lecho, los compañeros de jaula y la secuencia de luz y oscuridad. Este diseño experimental aprovechaba el hecho de que las ratas, al vagar por las jaulas con poco que hacer, aprenden inmediatamente a asociar los sucesos nuevos con los fenómenos que se producen simultáneamente. En este caso, se emitía a través de altavoces un determinado tono en las jaulas donde estaban las ratas. Era una señal para que pulsaran una palanca, un movimiento cuyo resultado era la aparición de una bolita de comida. Si se emitía un tono distinto y las ratas pulsaban la palanca, se producía un sonido desagradable y se quedaban sin comida. Esas ratas, seguramente como todas las ratas de laboratorio que las precedieron, descubrían inmediatamente la asociación. Sólo corrían hacia la palanca que les suministraba comida cuando aparecía el sonido de buen presagio, como hacen los niños cuando oyen el tintineo del carrito de los helados. Todas las ratas descubrían esa asociación en seguida. Pero cuando se emitía otro sonido intermedio entre los ya aprendidos, el resultado era que el entorno de las ratas cobraba importancia. Las que habían vivido en un entorno previsible interpretaban que el nuevo sonido significaba comida; esto no era así para las que procedían de entornos inestables.

Esas ratas habían aprendido el optimismo y el pesimismo sobre el mundo. Observar las ratas de entornos previsibles saltando con presteza al oír todo sonido nuevo equivale a observar el optimismo en acción. Bastaba con introducir pequeños cambios en el entorno para provocar un gran cambio de actitud. La intuición de quienes trabajan con ratas de laboratorio sobre el estado de ánimo de éstas puede ser acertada.

Podemos someter al mismo tipo de análisis nuestras intuiciones sobre los perros. Cualquier antropomorfismo que empleemos para describir a nuestros perros, podemos someterlo a dos preguntas. Una, ¿existe una conducta natural a partir de la que pudiera haber evolucionado esa acción? Y dos, ¿qué significaría esa afirmación antropomórfica si la deconstruyéramos?

LOS BESOS DEL PERRO

Los lametones son la forma que Pump tiene de establecer contacto, mientras me alarga la pata delantera. Cuando llego a casa me recibe con sus lametones en la cara al inclinarme para acariciarla; cuando me quedo dormida en el sillón, me despierta con sus lametones; me lame las piernas hasta limpiarlas por completo de sal al regresar de correr; sentada a mi lado, me golpea la mano con la pata y hace que la abra para lamerme la piel suave y cálida de la palma.

Oigo decir a menudo a los propietarios de perros que verifican el amor que éstos les tienen por los besos que de ellos reciben al llegar a casa. Estos «besos» son lametones: el baboso lametón en la cara; el que se centra de forma exhaustiva en la mano; la solemne limpieza de alguna extremidad con la lengua. Confieso que considero los lametones de Pump un signo de cariño. «Cariño» y «amor» no son simplemente inventos recientes de una sociedad que trata a sus mascotas como si fueran personas en pequeño, a las que hay que calzar convenientemente cuando hace mal tiempo, disfrazar por Halloween, mimar con masajes y caricias, y acicalar. Antes de que existiera eso de la atención de día para perros, Charles Darwin (quien, estoy convencida, nunca disfrazó a su perrito de bruja ni de duende travieso) ya hablaba de los besos o lametones que recibía de sus perros, y lo dejó por escrito. Estaba seguro de su significado: los perros, escribió, tienen una «sorprendente forma de demostrar su afecto, la de lamer la mano o la cara de sus amos». ¿Estaba Darwin en lo cierto? A mí los besos me parecen cariñosos, pero ¿son gestos de cariño para el perro?

Empecemos por la mala noticia: los estudiosos de los cánidos salvajes —lobos, coyotes, zorros y otros perros salvajes— dicen que los cachorros lamen la cara y el hocico de su madre cuando regresa de cazar a la guarida para conseguir que les regurgite la comida. Parece que los lametones alrededor de la boca son lo que da pie a la madre a vomitar voluntariamente carne a medio digerir. Cuán decepcionada ha debido de sentirse Pump al no haberle regurgitado carne de conejo a medio comer ni una sola vez.

Además, a los perros les sabe muy bien nuestra boca. Al igual que los humanos y los lobos, poseen receptores del sabor para lo salado, lo dulce, lo amargo, lo ácido y hasta lo umami, un sabor mezcla de tierra, seta y alga marina que se puede percibir en el glutamato monosódico, un potenciador del sabor. La percepción de lo dulce que tienen los perros se procesa de forma un tanto distinta de la nuestra, en el sentido de que la sal realza la experiencia de los sabores dulces. En el perro abundan especialmente los receptores de lo dulce, aunque algunos edulcorantes —como la sacarosa y la fructosa— activan los receptores más que otros, como la glucosa. Podría ser un rasgo adaptativo en un omnívoro como el perro, para quien es útil poder distinguir entre plantas y frutos maduros y verdes. Resulta interesante que ni siquiera la sal pura active de inmediato los llamados receptores de lo salado de la lengua y el paladar del perro tal como los activa en los humanos. (Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre si los perros tienen o no receptores específicos de lo salado.) Pero no he tenido que reflexionar mucho sobre la conducta de Pump para percatarme de que cuando me lame la cara suele ser después de haber sido testigo de la ingestión por mi parte de una buena cantidad de comida.

Y ahora la buena noticia: como resultado de este uso funcional del lamer la boca —lo que para el lector y para mí son «besos»— este comportamiento se ha convertido en un cumplido ritual. En otras palabras, ya no sirve únicamente para pedir comida; ahora se emplea para saludar. Los perros y los lobos simplemente lamen el hocico para dar la bienvenida a otro perro que regresa a casa

e informarse a través del olor sobre dónde ha estado o qué ha hecho quien acaba de llegar. Las madres no sólo limpian a sus cachorros con sus lametones, sino que suelen lamerlos con intensidad cuando se juntan de nuevo después de una breve separación. Un perro joven o tímido puede lamerle el hocico o las zonas de alrededor a otro perro que se muestre agresivo para apaciguarlo. Los perros que se conocen suelen intercambiarse lametones cuando se encuentran por la calle sujetos con sus respectivas correas. Puede ser una forma de confirmar, mediante el olisqueo, que ese perro que acude disparado es quien uno cree que es. Estos lametones de saludo suelen ir acompañados del meneo de la cola, la apertura de la boca con intenciones lúdicas y una excitación general, por lo que no es exagerado decir que los lametones son una forma de manifestar la alegría al vernos regresar.

PERRÓLOGOS

Sigo hablando aún de la mirada «cómplice» de Pump, o de que se siente contenta o de que es caprichosa. Son expresiones que para mí encierran algo especial. Pero no albergo ninguna ilusión de que ese algo coincida con lo que ella experimenta. Sigo adorando sus lametones, pero también me encanta saber lo que significan para ella y no sólo lo que representan para mí.

Si conseguimos imaginar el Umwelt de los perros, podremos deconstruir otros antropomorfismos —el de la culpa del perro por morder los zapatos; el de una ira vengativa plasmada en ese pañuelo Hermès nuevo hecho trizas— y reconstruirlos teniendo en mente lo que sabemos sobre el perro. Intentar comprender la perspectiva del perro es como ejercer de antropólogo en tierra extraña, una tierra habitada únicamente por perros. Es posible que no podamos traducir perfectamente todos y cada uno de sus movimientos de cola y sus ladridos, pero basta con observarlos detenidamente para conseguir interpretar buena parte de ellos. Así pues, fijémonos en qué hacen los nativos de esa tierra.

En los capítulos que siguen veremos las muchas dimensiones que configuran el Umwelt del perro. La primera es histórica: la evolución del perro a partir del lobo y en qué se parece y se distingue de su ancestro. Las formas de criar a los perros por las que nos decidimos condujeron a ciertos sistemas intencionales y a algunas consecuencias imprevistas. La segunda dimensión procede de la anatomía: la capacidad sensorial del perro. Necesitamos apreciar lo que el perro huele, ve y oye... y si existen otros medios con los que sentir el mundo. Tenemos que imaginar lo que se ve desde una altura de unos sesenta centímetros del suelo, y desde detrás de ese hocico. Por último, el cuerpo del perro nos lleva a su cerebro. Hablaremos de las aptitudes cognitivas del perro, cuyo conocimiento nos puede ayudar a interpretar su comportamiento. Juntas, estas dimensiones pueden dar respuesta a las preguntas de qué piensan, qué saben y qué entienden los perros. En última instancia, nos servirán como base para dar un salto imaginativo al interior del perro: a medio camino de convertirnos simbólicamente en perros.

ALGUIEN DE CASA

Aguarda junto a la puerta de la cocina, a pocos centímetros del suelo. De algún modo, Pump sabe exactamente qué significa «fuera de la cocina». Está ahí sentada y, cuando salgo a llevar la comida a la mesa, entra en la cocina a recuperar lo que se me haya podido caer al suelo. Junto a la mesa consigue un poco de todo y, cuanto menos, prueba todo lo que se le ofrece, hasta lo más inimaginable, aunque sólo sea para metérselo en la boca antes de dejarlo en el suelo sin miramientos. No le gustan las pasas. Ni los tomates. Acepta las uvas, siempre que pueda abrirlas en dos con los dientes para extraer su zumo, y luego pasar a masticarlas a conciencia, como si se tratara de algo duro. Todas las puntas de zanahoria son para ella. Toma los tallos de brócoli y de espárrago y los sostiene con delicadeza, mientras me mira un momento como si quisiera averiguar si caerá algo más, antes de retirarse a la alfombra a roerlos.

En los libros sobre adiestramiento de perros se suele repetir que «el perro es un animal»: es cierto, pero no es toda la verdad. El perro es un animal domesticado, palabra cuya raíz latina significa «perteneciente a la casa». Los perros son animales que pertenecen a las casas. La domesticación es una variable del proceso de evolución, cuyos factores de selección no han sido sólo las fuerzas naturales, sino también las humanas, y cuyo fin último es llevar los perros a las casas.

Para comprender qué es el perro hay que entender de dónde procede. Como miembro de la familia de los cánidos, el perro doméstico está lejanamente emparentado con el coyote y el chacal, el dingo y el cuón (o dole, perro rojo o perro jaro), el zorro y el licaón (o perro salvaje africano).4 Pero salió de una única línea antigua de cánidos, unos animales cuyo mayor parecido lo tienen con el actual lobo gris. Sin embargo, ver a Pumpernickel escupir con todo recato una pasa no me recuerda las crudas imágenes de esos lobos de Wyoming que abaten un alce y tiran de él a dentelladas.5 A primera vista, el aspecto de un animal que espera pacientemente a la puerta de la cocina, para luego examinar sin prisas la punta de una zanahoria, no parece que se relacione con el de un animal cuyo principal aliado es él mismo, y cuya colaboración con otros es siempre tensa y se alimenta de la fuerza.

El animal que hoy se queda analizando la zanahoria se alejó de los asesinos de alces siguiendo un segundo camino: el nuestro, el de las personas. Si la naturaleza «selecciona» indiferente y a ciegas los rasgos que llevan a la supervivencia de quienes los poseen, nuestros ancestros humanos también seleccionaron los rasgos —las características físicas y el comportamiento— que han conducido no sólo a la supervivencia, sino a la omnipresencia del perro actual (Canis familiaris) entre nosotros. Su aspecto, su conducta, sus preferencias, su interés por las personas y su vigilancia a la atención que les prestamos son todos rasgos resultado en gran medida de la domesticación. El perro actual es una criatura bien diseñada. Lo que pasa es que este diseño no fue del todo intencionado, ni mucho menos.

CÓMO HACER UN PERRO: INSTRUCCIONES PASO A PASO

¿Así que queremos hacer un perro? Bastan unos pocos ingredientes. Necesitaremos lobos, humanos, un poco de interacción y tolerancia mutua. Se mezcla todo y se espera... bueno, unos miles de años.

O, como hizo Dmitry Belyaev, el genetista ruso, no se requiere más que tomar un grupo de zorros cautivos y empezar a criarlos de forma selectiva. En 1959, Belyaev inició un programa que ha proporcionado muchísima información sobre los que conjeturamos que fueron los primeros pasos de la domesticación. En vez de trabajar con perros y extrapolar los resultados retrospectivamente, Belyaev estudió otra especie social de cánidos y propulsó los resultados hacia delante. El zorro plateado de Siberia de mediados del siglo XX era un pequeño animal salvaje que se había hecho popular por el comercio de las pieles. Encerrado en jaulas, criado únicamente para obtener su piel, particularmente larga y suave, el zorro no fue domesticado, sino que se mantuvo cautivo. Lo que Belyaev hizo con ellos, con una receta muy sencilla, no fueron «perros», pero tenían un parecido asombroso con ellos.

El Vulpes vulpes, el zorro plateado, guarda un parentesco lejano con el lobo y el perro, pero nunca había sido domesticado con anterioridad. Pese a su afinidad familiar evolutiva, ningún cánido ha sido domesticado completamente aparte del perro: la domesticación no se produce de forma espontánea. Lo que Belyaev demostró es que se puede producir rápidamente. Empezó con ciento treinta zorros, de los que seleccionó y crió aquellos que eran más «mansos», tal como él los describía. En realidad escogió los que mostraban menos miedo a las personas y parecían menos agresivos con ellas. Los puso en jaulas, para que esa agresividad se redujera al mínimo. Se acercaba a todas las jaulas e invitaba a los zorros a que comieran de su mano.

Unos lo mordían; otros se escondían. Unos tomaban la comida, con recelo. Otros la tomaban y además se dejaban tocar y acariciar sin huir ni bufar. Los había también que aceptaban la comida y hasta movían la cola y le lloriqueaban al director del experimento, así que, más que obstaculizar la interacción, la favorecían. Éstos fueron los que Belyaev seleccionó. Por alguna variación normal de su código genético, aquellos animales se mostraban más tranquilos por naturaleza ante la presencia de personas; a todos se los exponía por igual al contacto de sus cuidadores, que les daban de comer y les limpiaban la jaula durante su corta vida.

Se dejó que estos zorros «mansos» se aparearan, y con sus crías se hicieron los mismos ensayos. Al llegar a su edad, se apareaban también; y así lo hicieron sus crías y las crías de sus crías. Belyaev siguió trabajando en el proyecto hasta su muerte (1985) y hoy el programa está aún en marcha. Al cabo de cuarenta años, un tercio de la población de los zorros pertenecía a una clase que los investigadores llamaron «élite domesticada»: no sólo aceptaban el contacto con las personas, sino que se acercaban a ellas, «gimoteando para llamar la atención, olisqueando y lamiendo»... como hacen los perros. Belyaev había creado un zorro domesticado.

Posteriormente, el mapeo genético ha desvelado que actualmente cuarenta genes distinguen los zorros de Belyaev de los plateados. Por increíble que parezca, con la selección de un rasgo conductual, en medio siglo se cambió el genoma del animal. Este cambio genético vino acompañado de una serie de cambios físicos sorprendentemente familiares: algunos zorros de la última generación tienen la piel multicolor, mezcla de manchas blancas y negras irregulares, como las que se pueden ver en muchos perros. Tienen las orejas caídas, la cola curvada hacia arriba, por encima del lomo, la cabeza más ancha y el hocico más corto. No son lo que se dice una monada.

Todas estas características físicas aparecieron después de escoger y separar una conducta determinada. La conducta no es lo que afecta al cuerpo; una y otro son el resultado conjunto de un gen o una serie de genes. Éstos no dictan comportamientos concretos, sino que determinan más o menos la probabilidad de que aparezcan. Si las características genéticas de alguien, por ejemplo, lo llevan a tener un nivel muy alto de la hormona del estrés, esto no significa que ese alguien esté agobiado permanentemente. Pero puede significar que su umbral de la clásica respuesta al estrés sea más bajo —mayor ritmo cardíaco y respiratorio, más sudor, etc.— en algunos contextos en que otros no generan una reacción al estrés. Digamos que esa persona de umbral más bajo le chilla al perro por arrastrarla diparado al parque. Esos chillidos al pobre cachorro no están determinados por la genética —los genes no saben de parques para perros, ni siquiera para cachorros—, pero la neuroquímica del propietario del perro, originada por sus genes, facilita que reaccione de esa manera cuando se presenta la ocasión.

Pues lo mismo ocurre con los zorros. Dado lo que los genes hacen,6 un pequeño cambio en uno de ellos —por ejemplo, activarse un poco más tarde que otros— podría cambiar la probabilidad tanto de determinadas conductas como de ciertas características físicas. Los zorros de Belyaev demuestran que unas pocas y simples diferencias evolutivas pueden producir un efecto de gran alcance: por ejemplo, sus zorros abren los ojos antes y muestran las primeras reacciones de miedo más tarde, un comportamiento más parecido al de los perros que al de los zorros. Esto les proporciona una puerta más temprana y prolongada para establecer un vínculo afectivo con los cuidadores —como los que trabajan en el programa de Siberia—. Juegan entre ellos incluso en su madurez, lo que tal vez les permita una socialización más extensa y compleja. Merece la pena señalar que los perros se separaron de los zorros hace entre diez y doce millones de años; sin embargo, después de cuarenta años de selección, parecen domesticados. Quizá pueda ocurrir lo mismo con otros carnívoros que nos llevamos a casa. Los cambios genéticos los empujan a parecerse a los perros.

CÓMO LOS LOBOS SE CONVIRTIERON EN PERROS

Aunque no solemos pensar en ello, la historia de los perros, mucho antes de poseer el nuestro, tiene mucho más que ver con cómo es nuestro perro que con los detalles de su parentesco. Su historia empieza con los lobos.

Los lobos son perros sin accesorios. El abrigo que es la domesticación convierte a los perros en criaturas bastante diferentes.7 Un perro domesticado que se extravíe y se pierda tal vez no pueda sobrevivir por sí mismo más de unos días; en cambio, en el caso del lobo, la anatomía, el impulso del instinto y la sociabilidad se unen para hacer de él un animal muy adaptable. Son cánidos que se pueden encontrar en muy diversos medios: en desiertos, en bosques y en terrenos helados. La mayoría de ellos viven en manadas, con un compañero de apareamiento y entre cuatro y cuarenta lobos más jóvenes y normalmente emparentados entre sí. Las manadas de lobos trabajan de forma cooperativa, se reparten las tareas. Los de más edad pueden ayudar a criar a los lobeznos y todo el grupo trabaja conjuntamente en la caza de presas de gran tamaño. Son muy territoriales y dedican mucho tiempo a demarcar y defender sus fronteras.

Dentro de algunas de estas fronteras, hace decenas de miles de años, empezaron a aparecer los seres humanos. El Homo sapiens, después de superar sus formas habilis y erectus, se fue haciendo menos nómada y empezó a crear asentamientos. Las interacciones entre humanos y lobos empezaron antes incluso de que se iniciara la agricultura. En qué desembocaron estas interacciones es fuente de especulaciones. Una hipótesis es que las comunidades humanas relativamente asentadas producían gran cantidad de residuos, incluidos los alimenticios. Los lobos, que además de cazadores son carroñeros, habrían descubierto pronto esta fuente de alimentación. Quizá los más atrevidos consiguieron superar cualquier temor a estos nuevos animales humanos desnudos y empezaron a montarse banquetes donde se acumulaban los montones de sus sobras. De esta forma se habría iniciado una selección natural de los lobos que tenían menos miedo a los humanos.

Con el tiempo, los humanos toleraron a los lobos, tal vez porque tomaban algunos lobeznos como mascotas o, en tiempos de mayor necesidad, para alimentarse de ellos. Generación tras generación, los lobos más apacibles consiguieron vivir en los márgenes de la sociedad humana. Al final, las personas empezaron a criar voluntariamente aquellos animales que les gustaban de forma particular. Es el primer paso de la domesticación: «rehacer» los animales a nuestro gusto. Con todas las especies, este proceso se suele producir mediante una asociación gradual con los humanos, con la que las sucesivas generaciones se van haciendo progresivamente más mansas, y al final su conducta y el aspecto de su cuerpo se distinguen de los de sus antepasados salvajes. Así pues, la domesticación va precedida de un tipo de selección inadvertida de los animales que habitan en las cercanías del ser humano y son útiles o agradables, lo que les permite vagabundear en los márgenes de la sociedad humana. El siguiente paso de la domesticación exige mayor intencionalidad. Los animales que gustan menos o son de menor utilidad se abandonan o eliminan, o se los destierra de los territorios colindantes con los que nosotros habitamos. De esta forma, seleccionamos aquellos animales a los que nos es más fácil criar por nuestra cuenta. Por último, en la fase que nos es más familiar, la domesticación implica criar a los animales para que tengan unas características específicas.

Las primeras pruebas arqueológicas de perros lobo datan de hace entre diez mil y catorce mil años. Se han encontrado restos de perro entre montones de basura (lo que indica que se utilizaban como alimento o como un bien de propiedad) y en enterramientos, con el esqueleto enroscado junto a esqueletos humanos. La mayoría de los investigadores piensa que los perros empezaron a asociarse con nosotros incluso antes, tal vez hace muchas decenas de miles de años. Existen pruebas genéticas, unas muestras de ADN mitocondrial,8 de una sutil escisión de hace nada menos que ciento cuarenta y cinco mil años entre los lobos puros y los que se iban a convertir en perros. Podríamos llamar a estos últimos lobos protodomesticables, ya que habían cambiado ellos mismos su conducta en un sentido que posteriormente atraería el interés de los humanos (o que simplemente haría que éstos los toleraran). Cuando aparecieron los humanos, aquellos lobos quizás estaban ya preparados para su domesticación. Los lobos que los humanos tomaron para sí probablemente eran menos cazadores y más carroñeros, menos dominantes y más pequeños que los lobos alfa, y más dóciles. En resumen, menos lobos. De manera que, en los inicios del desarrollo de las antiguas civilizaciones, miles de años antes de domesticar a cualquier otro animal, los humanos tomaron consigo a éste y se lo llevaron a sus primeras aldeas.

Estos primeros perros no podrían confundirse con miembros de una de las cientos de razas de perro hoy reconocidas. La baja estatura del teckel (perro salchicha) o el hocico aplastado del carlino son resultado de la cría selectiva que mucho después practicaron los humanos. La mayor parte de las razas caninas que hoy reconocemos se han desarrollado hace sólo unos cientos de años. Pero esos primeros perros habrían heredado las habilidades sociales y la curiosidad de sus antepasados lobos, para luego aplicarlas a la cooperación con los humanos y su apaciguamiento, tanto como a las relaciones entre ellos mismos. Perdieron parte de su tendencia a reunirse en manadas: los animales carroñeros no son proclives a cazar juntos. Cuando uno puede vivir y comer de forma independiente tampoco es relevante ningún tipo de jerarquía. Eran animales sociables, pero no con una jerarquía social.

El cambio de lobo a perro se produjo a una velocidad asombrosa. Los humanos tardaron casi dos millones de años en pasar de Homo habilis a Homo sapiens, en cambio el lobo saltó a la especie canina en muy poco tiempo. La domesticación refleja lo que la naturaleza, a través de la selección natural, hace a lo largo de cientos de generaciones: una especie de selección artificial contra el reloj. Los perros fueron los primeros animales domesticados y, en algunos sentidos, los más sorprendentes. La mayoría de los animales domésticos no son depredadores. Un depredador no parece ser el animal más adecuado para llevarse a casa: no sólo sería difícil encontrar las suficientes provisiones para un carnívoro, sino que su amo correría el peligro de convertirse en tal. Y aunque, en el caso de los perros, esa circunstancia los pudo convertir (y los convirtió) en buenos compañeros de caza, su principal función en los últimos cien años ha sido la de ser un confidente afable y acrítico, no un trabajador.

Pero los lobos sí poseen unas características que los convierten en excelentes candidatos a la selección artificial. El proceso favorece a un animal social de comportamiento flexible, capaz de ajustarlo a diferentes enclaves y circunstancias. Los lobos nacen en el seno de una manada, pero sólo permanecen en ella durante sus primeros años; luego parten en busca de otro de su especie para aparearse, crear una nueva manada o unirse a otra ya formada. Este tipo de flexibilidad para cambiar de estatus y roles es muy adecuada para tratar con una nueva unidad social en la que se incluye a los humanos. En una manada o en el paso de una a otra, los lobos tenían que estar atentos a la conducta de sus compañeros —del mismo modo que los perros deberán hacerlo con quienes los mantienen y ser sensibles a su forma de comportarse—. Estos primeros perros lobo que se encontraron con los primeros pobladores humanos no debían de ser muy beneficiosos para éstos, de manera que se los debía valorar por alguna otra razón: por ejemplo, por su compañía. La naturalidad de estos cánidos les permitió adaptarse a una nueva manada: una manada que incluía a animales de una especie completamente distinta.

NADA DE LOBO

Y así, algún antepasado común del lobo y del perro, de aspecto lobuno, se jugó el todo por el todo y empezó a holgazanear entre unos humanos también merodeadores, que acabaron por adoptarlo y posteriormente moldearlo a sus propósitos, de modo que no fue un exclusivo capricho de la naturaleza. Esta circunstancia convierte hoy a los lobos en una especie interesante para compararla con los perros: hay muchas probabilidades de que compartan gran cantidad de rasgos. El lobo actual no es el antepasado del perro, aunque ambos tienen un antepasado común. Incluso el lobo moderno probablemente es bastante distinto de los lobos primitivos. Lo que haya de diferente entre perros y lobos se debe posiblemente a lo que hizo que los protoperros gozaran de la oportunidad de que alguien los acogiera, además de todo lo que desde entonces los humanos han hecho para criarlos.

Y hay muchas diferencias entre ellos. Algunas son evolutivas: por ejemplo, los perros no abren los ojos hasta después de más de dos o tres semanas de haber nacido, mientras que los lobatos los abren a los diez días. Esta pequeña diferencia puede provocar un efecto en cascada. En general, tienen un desarrollo físico y conductual más lento. Los grandes hitos evolutivos —andar, transportar objetos con la boca, participar en los primeros juegos de morderse— normalmente los logran antes los lobos que los perros.9 Esta pequeña diferencia se transforma en una mucho mayor: significa que la puerta de entrada a la socialización de los perros y los lobos es diferente. Los perros disponen de más tiempo de ocio para aprender sobre los demás y para acostumbrarse a los objetos de su entorno. Si, durante los primeros meses de su desarrollo, se expone el perro a no perros —humanos, monos, conejos o gatos—, aquél genera un apego y una preferencia por la especie con la que se relaciona sobre las demás, lo que elimina cualquier impulso predador o de miedo que cabría esperar que albergara. En este llamado período sensible o crítico del aprendizaje social es cuando los perros descubren qué es un perro, un aliado o un extraño. Tienen una gran capacidad para aprender quiénes son sus iguales, cómo comportarse y a establecer asociaciones entre los sucesos. Los lobos tienen una puerta más reducida para determinar quién es familiar y quién enemigo.

Hay diferencias en su organización social: los perros no forman auténticas manadas; sólo merodean o cazan pequeñas presas juntos.10 Aunque no cazan de forma coordinada, son animales cooperativos: los perros de caza y los de ayuda, por ejemplo, aprender a actuar en sincronía con sus amos. Para los perros, la socialización entre los humanos es natural; no ocurre lo mismo con los lobos, que aprenden a evitar a los humanos de forma natural. El perro es miembro de un grupo social humano; su medio natural está entre las personas y otros perros. Los perros muestran eso que al hablar de los niños se llama «apego»: la preferencia por el cuidador principal sobre los demás. Sienten ansiedad al separarse de su cuidador y lo saludan de forma especial cuando regresa. Los lobos saludan a otros miembros de la manada cuando se encuentran de nuevo después de haber estado separados, pero no parece que muestren apego a ninguno en particular. Para un animal que va a vivir entre los humanos tienen sentido esos apegos concretos; no se puede decir lo mismo para el que vive en manada.

Perros y lobos son físicamente distintos. Aunque unos y otros son cuadrúpedos omnívoros, la variedad de tipos y tamaños de los perros es extraordinaria. Ningún otro cánido, ni especie alguna, ofrece tal diversidad de tipos de cuerpo dentro de la misma especie, del papillón de dos kilos al terranova de más de cincuenta; de los perros delgados de hocico largo y cola en forma de látigo a los perros regordetes de hocico retraído y cola corta. Las extremidades, las orejas, los ojos, el hocico, la cola, el pelaje, las ancas y el vientre son dimensiones que se pueden combinar de múltiples maneras en los perros, sin que por ello éstos dejen de serlo. En cambio, el tamaño de los lobos es, como ocurre con la mayoría de los animales salvajes, prácticamente uniforme en un determinado entorno. Pero incluso el perro «medio» —algo parecido al prototípico chucho— se distingue perfectamente del lobo. La piel del perro es más gruesa que la del lobo. Aunque ambos tienen la misma cantidad y el mismo tipo de dientes, los del perro son más pequeños. Y la cabeza del perro en su conjunto es menor que la del lobo: más o menos un 20 % más pequeña. En otras palabras, entre un perro y un lobo con un cuerpo de tamaño similar, el cráneo del perro es mucho más pequeño —y, en consecuencia, también el cerebro.

Nunca se ha dejado de hablar de este último dato, señal quizá del atractivo actual de la tesis (ya refutada) de que el tamaño del cerebro determina la inteligencia. La facilidad de pasar de hablar del tamaño del cerebro a hablar de su calidad, además de ser un paso en falso, no hace sino pregonar las pruebas para refutar este hecho. Los estudios comparativos realizados con lobos y perros sobre tareas de resolución de problemas al principio parecían confirmar la inferioridad cognitiva de los perros. Lobos criados en laboratorios en los que se examinaba la capacidad de aprendizaje de una determinada tarea —tirar de tres cuerdas de entre varias en un orden determinado— superaban a perros que realizaban la misma prueba. Los lobos aprendían más deprisa a tirar de cualquier cuerda para empezar, y luego pasaban a saber mejor el orden en que había que tirar de las cuerdas. (También deshilachaban más cuerdas que los perros, pero los investigadores nada dicen de lo que esto indica sobre su cognición.) Los lobos también son expertos en escapar de recintos cercados; los perros, no. La mayoría de quienes estudian a los cánidos coincide en que los lobos prestan más atención que los perros a los objetos físicos y los manejan con mayor habilidad.

De resultados como éstos nace la idea de que existe una diferencia cognitiva entre los lobos y los perros: normalmente, los primeros se muestran perspicaces en la resolución de problemas y los perros, simplones. En realidad, históricamente las teorías han oscilado entre afirmar que los perros son más inteligentes o que lo son los lobos. La ciencia a menudo está supeditada a la cultura en que se practica y estas teorías reflejan las ideas que en su momento prevalecen sobre la mente de los animales. Sin embargo, los datos recogidos sobre el comportamiento del perro y del lobo llevan a una posición más matizada. Parece que los lobos saben resolver mejor ciertos problemas físicos. Parte de esta habilidad se puede explicar por su propia conducta natural. ¿Por qué esos lobos aprendían fácilmente la tarea de tirar de las cuerdas? Pues resulta que en su medio natural hacen muchos ejercicios de agarrar cosas y tirar de ellas (por ejemplo, sus presas). Parte de la diferencia entre lobos y perros se puede rastrear en las necesidades más limitadas de estos últimos para vivir. Incorporados al mundo de los humanos, los perros ya no necesitan algunas de las habilidades que sí requerirían si tuvieran que apañárselas solos. Como veremos, lo que les falta a los perros de habilidad física lo compensan con su habilidad para convivir con las personas.

Y ENTONCES, NUESTROS OJOS SE ENCONTRARON...

Hay una última diferencia, aparentemente de escasa importancia, entre ambas especies. Esta pequeña variación conductual entre lobos y perros tiene unas notables consecuencias. La diferencia es que los perros nos miran a los ojos.

Los perros establecen contacto visual y nos miran en busca de información —sobre la ubicación de la comida, sobre nuestros sentimientos, sobre lo que esté ocurriendo—. Los lobos evitan el contacto visual. En ambas especies, este contacto puede ser una amenaza: mirar fijamente es una afirmación de autoridad. También en los humanos. En una de mis clases de la universidad, hago que mis alumnos realicen un sencillo experimento de campo: intentar establecer contacto visual y mantenerlo con cualquiera con quien se crucen por el campus. Tanto ellos como la otra persona objetivo de la mirada se comportan de una forma sorprendentemente sistemática: todos tienen prisa por suspender el contacto visual. A los alumnos les crea ansiedad y muchos de ellos dicen de repente que son tímidos: explican que se les empieza a acelerar el corazón y comienzan a sudar tras aguantar la mirada a alguien unos pocos segundos. Inventan sobre la marcha detalladas historias para explicar por qué alguien apartó la vista o se la aguantó medio segundo más. Lo más habitual es que su mirada se encuentre con que aquella persona a la que se dirige retire la suya. En un experimento similar, analizan la mirada de una segunda forma, para verificar la tendencia de nuestra especie a seguir la mirada de los demás hasta su punto focal. El alumno se acerca a cualquier objeto público y visible para cualquiera —un edificio, un árbol, una mancha en la acera— y se lo queda mirando fijamente. Otro alumno se coloca cerca de él y a escondidas graba las reacciones de los transeúntes. Si no llueve ni es una hora punta, comprueban que al menos algunas personas se detienen, les siguen la mirada y se quedan observando con curiosidad ese fascinante punto de la acera: seguro que hay algo.

Si esta conducta no resulta sorprendente es porque es humana: las personas miramos. Los perros también. Aunque han heredado cierta aversión a mirar a los ojos demasiado rato, parece que están predispuestos a inspeccionarnos la cara para informarse, asegurarse u orientarse. Una conducta no sólo agradable para nosotros —mirar profundamente a los ojos del perro que nos está observando produce cierta satisfacción—, sino que es perfectamente adecuada para llevarse bien con los humanos. Como veremos más adelante, también les sirve de base para su destreza en la cognición social. Las personas evitamos el contacto visual con los extraños, pero lo mantenemos en nuestras relaciones con quienes más queremos. Una mirada furtiva está llena de información; la mirada mutua cala muy hondo. Entre las personas, el contacto visual es esencial para la comunicación.

De ahí que la capacidad del perro de buscarnos la mirada y quedársenos observando pueda haber sido uno de los primeros pasos en su domesticación: escogimos a quienes nos miraban. Lo que hicimos entonces con los perros es peculiar. Empezamos a diseñarlos.

PERROS DE TODO TIPO

En la etiqueta de su jaula se leía: LABRADOR MEZCLADO. Todos los perros de la perrera eran labradores mezclados. Pero no había duda de que Pump, mi perra, nació de un spaniel: el pelo negro y sedoso le cubría su cuerpo estilizado; sus orejas aterciopeladas le enmarcaban la cara. Cuando dormía era un perfecto osezno. El pelo de la cola pronto se le hizo más largo y ligero: o sea, que es un golden retriever. Luego se le espesaron los suaves rizos del vientre, se le llenó un poco la papada: bueno, es que es un perro de aguas. A medida que crece, el vientre se le hace mayor hasta adquirir una forma sólida semejante a la del barril —después de todo, es un labrador—; la cola se le convierte en una bandera que hay que recortar —labrador mezclado con golden retriever—; es capaz de pasar del completo reposo al sprint más decidido —un caniche—. Tiene el pelo rizado y el vientre redondo: producto evidente de un perro pastor que se escondía con alguna bonita oveja entre los matorrales. Pump es su propio perro.

Los perros originales eran chuchos mestizos, en el sentido de que no tenían pedigrí. Pero muchos de los perros actuales no lo son, sino que son el resultado de cientos de años de una cría estrictamente dirigida. La consecuencia de esta cría es la creación de lo que son casi subespecies, de diferente forma, tamaño, vida media, temperamento11 y habilidades. El actual Norwich terrier, de unos veinticinco centímetros de altura y un peso de unos cinco kilos, no pesa más que la cabeza del sosegado, cariñoso y enorme terranova. Si se dice a cualquier otro perro que nos traiga la pelota que acabamos de lanzar, se nos queda mirando intrigado; en cambio, al border collie no hay que pedírselo dos veces.

Las diferencias familiares entre las razas actuales no siempre son resultado de una selección deliberada. Algunas conductas

y características son fruto de esta selección —cobrar la caza, tamaño reducido o la cola enroscada— y otras simplemente vienen dadas. La realidad biológica de la raza es que los genes de los rasgos y las conductas vienen en grupos. Si se cruzan durante unas generaciones perros de orejas especialmente largas, es posible que en las nuevas crías aparezca también el resto de sus características: un cuello fuerte, la mirada baja, disposición para una carrera suave o continuada —una longitud de las patas que se corresponde con el cuerpo (en el husky) o lo sobrepasa (en el galgo)—. En cambio, los perros dados a correr (como el teckel) tienen las patas mucho más cortas en relación con el cuerpo. Asimismo, al seleccionar una determinada conducta se seleccionan inadvertidamente las que la acompañan. Si se crían perros muy sensibles al movimiento —que probablemente tengan excesiva abundancia de fotorreceptores en la retina— es posible que este rasgo también le confiera un temperamento nervioso. Quizá también que le cambie el aspecto, con ojos grandes y globulares para poder ver de noche. A veces ocurre que lo que se convierte en característica deseable en una raza es un rasgo que primero apareció de forma inadvertida.

Existen pruebas de la existencia de distintas razas de perro que datan nada menos que de hace cinco mil años. En los dibujos del antiguo Egipto aparecen como mínimo dos tipos de perro: uno parecido al mastín, de cabeza y cuerpo grandes, y otro delgado de cola enroscada.12 Es posible que los mastines fueran perros de guardia; los delgados parece que fueron perros de caza. Así empezó el diseño de perros con determinados fines —y así se siguió durante mucho tiempo—. En el siglo XVI se añadieron otros sabuesos, perros de caza, terriers y perros pastores. En el siglo XIX, aparecieron los clubes y concursos, y con ellos se multiplicaron los nombres y las razas.

Las diversas razas actuales probablemente surgieron de esa proliferación de crías de los últimos cuatrocientos años. El American Kennel Club tiene hoy un listado de unas ciento cincuenta variedades, agrupadas según la supuesta13 ocupación de la raza. A los que nos acompañan a cazar los encuadramos en las categorías de «perro de caza», «sabuesos», «perros de trabajo» y «terriers»; luego están los «perros de arreo», los explícitamente «no de caza» y los «juguetes», tal vez el nombre más adecuado. Incluso hay divisiones entre los perros criados para participar en la caza, según el tipo de ayuda que proporcionan (los señaladores indican la presa; los cobradores la recogen; los lebreles afganos la agotan); según la presa que persiguen (los terriers son ratoneros y los lebreles van tras las liebres), y según el medio preferido (los sabuesos cazan en tierra; los spaniels se adentran en el agua). Y hay otros cientos de razas por todo el mundo. Las razas no varían únicamente por el uso que les damos, sino por su físico: por el tamaño del cuerpo, el de la cabeza, la forma de ésta, la del cuerpo, el tipo de cola, la clase de pelaje y su color. Quien busque un perro pura raza se encontrará con un listado similar al de las prestaciones de un coche, sobre cualquier aspecto del animal, desde las orejas hasta el temperamento de su futuro perrito. ¿Desea un perro de patas largas, pelo corto y papada? Quizás un gran danés. ¿Alguno de hocico más corto, piel con pliegues y cola enroscada? Ahí está el carlino. Elegir entre las distintas razas es como hacerlo entre distintos tipos de antropomorfismo. No nos llevamos sólo un perro, sino uno que puede ser típicamente «circunspecto, altanero, de entrecejo fruncido, formal y pretencioso» (un shar pei); «alegre y cariñoso» (un cocker spaniel inglés); «reservado y distante con los extraños» (un chow chow); tener una «personalidad divertida» (un terrier irlandés); mostrarse «sereno» (un boyero de Flandes); «que se dé mucha importancia» (un pequinés); «valiente, osado y hasta temerario» (un setter irlandés); o, lo más sorprendente, «un perro que se deje querer» (un briard o pastor de Brie).

Es posible que los amantes de los perros se sorprendan al oír que el agrupamiento por razas basado en la semejanza genética no coincide con el del American Kennel Club. El cairn terrier se aproxima más al sabueso; el perro pastor y el mastín comparten gran parte de sus genomas respectivos. El genoma corrige muchas veces lo que se da por supuesto sobre las semejanzas entre perros y lobos: los huskies de pelo largo y cola en forma de hoz se parecen más al lobo que el pastor alemán, furtivo y con su voluminoso cuerpo. El basenji, pese a no tener prácticamente semejanza física alguna con el lobo, está aún más próximo a él. Es una señal más de que, en la mayor parte de su domesticación, el aspecto del perro fue un efecto secundario accidental de su cría.

Las razas caninas son poblaciones genéticas relativamente cercanas, lo que significa que el acervo genético de cada una de ellas no acepta genomas nuevos que le sean ajenas. Para ser miembro de una raza, los padres del perro deben también pertenecer a ella. De modo que cualquier cambio físico del hijo sólo puede proceder de mutaciones genéticas aleatorias, y no de la mezcla de diferentes patrimonios genéticos que se suele producir cuando los animales (incluidos los humanos) se aparean. Pero las mutaciones, variaciones y adiciones suelen ser buenas para las poblaciones, y ayudan a prevenir enfermedades hereditarias. Ésta es la razón de que los perros de pura raza, aunque procedan de lo que se considera una «buena reserva», es decir, se puede rastrear la ascendencia del perro a lo largo de su línea de cría, son más susceptibles a muchos trastornos físicos que los perros de razas mezcladas.

Una gran ventaja de un patrimonio genético cerrado es que se puede mapear el genoma de una raza, cosa que se ha hecho hace poco: el primero fue el del bóxer, que tiene unos diecinueve mil genes. El resultado ha sido que los científicos están empezando a explicar dónde se encuentran en el genoma las variaciones genéticas que se han traducido en rasgos y trastornos característicos, como la narcolepsia, la repentina y completa pérdida de conciencia a la que son susceptibles algunas razas (en especial los dóberman).

Otra virtud de un acervo genético cerrado de una raza de la que hablan los científicos es que, cuando la selección se hace de entre ese patrimonio, se tiene la sensación de que se obtiene un animal relativamente fiable. Se puede tomar un perro «afable con la familia» o uno que se anuncie como experto guardián de la casa. Pero no es tan sencillo: los perros, como nosotros mismos, son algo más que su genoma. Ningún animal se desarrolla en el vacío: los genes interactúan con el entorno para producir el perro que conocemos. Es difícil especificar la fórmula exacta: el genoma configura su desarrollo neuronal y físico, que a su vez determina parcialmente lo que se observará en el entorno —y todo lo que se observe pasa a configurar también el desarrollo neuronal y físico—. El resultado es que, incluso con los genes heredados, los perros no son simples copias calcadas de sus padres. Por encima de todo esto, hay también una gran variedad en el genoma. Aunque el lector se sintiera tentado de obtener una copia exacta de su querida mascota, ni siquiera el perro clonado sería idéntico al original: las experiencias que tiene y las personas y otros animales que conoce influyen en lo que llegaría a ser, en muchos sentidos y formas no siempre rastreables.

Así pues, aunque hemos intentado diseñar a los perros, los que hoy vemos son en parte criaturas de la afortunada casualidad, de los descubrimientos fortuitos. ¿De qué raza es? es la pregunta que más veces me han hecho sobre Pump —y la que yo misma hago sobre los perros de los demás—. El carácter mestizo de mi perra estimula el divertido juego de adivinar su herencia: las sospechas resultantes son satisfactorias, aunque ninguna se pueda verificar.14

LA DIFERENCIA DISTINTIVA ENTRE LAS RAZAS

La literatura sobre las razas caninas es abundante, pero nunca se ha hecho una comparación científica entre sus diferencias de conducta: una comparación en que se controle el entorno de cada uno de los animales, se les den a éstos los mismos objetos físicos, la misma exposición a perros y humanos, lo mismo de todo. Es difícil creer en las diferencias que se suelen atribuir a cada raza, ya que son unas osadas afirmaciones que se refieren a la forma de ser de todos los perros de cada una de ellas. Esto no significa decir que las diferencias sean mínimas o inexistentes. No hay duda de que los perros de las distintas razas se comportan de forma diferente cuando, por ejemplo, se encuentran con un conejo. Pero sería un error dar por sentado que un perro, sea de una determinada raza o no, inevitablemente se comportará de un cierto modo al ver el conejo. Es el mismo error que se comete cuando se decide que unas razas son «agresivas» y se legisla en su contra.15

Aunque no se sepan las diferencias entre la reacción del labrador retriever y la del pastor australiano ante el conejo, hay una cosa que puede explicar las variables de conducta entre las razas. Cada una tiene un distinto nivel umbral de percepción del estímulo y de reacción ante él. El mismo conejo, por ejemplo, provoca diferente grado de excitación en dos perros distintos; asimismo, una cantidad igual de la hormona que produce esta excitación causa distintos índices de respuesta, desde levantar la cabeza con escaso interés hasta toda una persecución.

Todo esto tiene una explicación genética. A pesar de que se diga que un perro es «cobrador» (retriever) o «pastor» (shepherd), no es por esta conducta de cobrar la caza o pastorear por la que se lo seleccionó. Fue escogido por la probabilidad de que reaccionara en la justa medida a los diversos sucesos y situaciones. Sin embargo, en este sentido no podemos apuntar a un gen exclusivo. Ningún gen desarrolla directamente una conducta de cobrar —ni cualquier otra conducta—. Pero es posible que un conjunto de genes afecten a la probabilidad de que un animal se comporte de una determinada manera. También en los humanos una diferencia genética entre los individuos se puede manifestar con una cierta propensión hacia unas conductas dadas. Uno puede ser más o menos susceptible a hacerse adicto a drogas estimulantes, debido en parte al estímulo que necesite el cerebro para producir un sentimiento agradable. Por eso se puede rastrear la conducta adictiva hasta los genes que diseñan el cerebro —pero no hay un gen de la adicción—. En este sentido, sin duda también es importante el entorno. Algunos genes regulan la manifestación de otros genes —cuya expresión puede depender de las características del medio—. Quien fuera criado completamente aislado, sin acceso a las drogas, nunca desarrollaría un problema de adicción, por muy propenso que fuera a ella.

De la misma manera, una raza de perro se puede distinguir de las demás por su propensión a reaccionar de una u otra forma ante determinados sucesos. Todos los perros ven levantarse aves delante de sí, pero sólo algunos son particularmente sensibles al pequeño y rápido movimiento de algo que inicia el vuelo. Su umbral de respuesta a este movimiento es mucho más bajo que el de los perros que no han sido criados para ser compañeros de caza. En comparación con los perros, nuestro umbral es aún más alto. Es evidente que los humanos podemos ver los pájaros que levantan el vuelo, pero es posible que ni siquiera los notemos cuando los tenemos justo ante nosotros. Los perros de caza no sólo notan el movimiento, sino que además esto está conectado con otra tendencia: perseguir a la presa que se mueve en esa dirección. Y, naturalmente, para que exista esta tendencia a perseguir a las aves uno debe tener a su alrededor aves o algo que se le parezca.

Del mismo modo, el perro pastor que se pasa la vida guiando las ovejas posee claramente unas tendencias específicas: observar y controlar a los individuos de un grupo, detectar el movimiento extraño de la oveja que se aleja del rebaño, y un impulso de mantener el rebaño reunido. El resultado final es un perro pastor, pero esta conducta se compone de tendencias poco sistemáticas que los perros pastores dirigen a controlar las ovejas. También es necesario que el perro esté expuesto a las ovejas desde muy joven; de lo contrario, estas tendencias terminan por ser aplicadas no a las ovejas, sino de una forma desorganizada a los niños, a los que corren por el parque o a las ardillas de nuestros jardines.

Así pues, se dice que una raza de perros es agresiva cuando puede tener un umbral más bajo para percibir y reaccionar ante un movimiento peligroso. Si este umbral es demasiado bajo, es posible que un movimiento neutral —como el de aproximarse al perro— se perciba como una amenaza. Pero si no se estimula al perro para que siga esa tendencia, es muy probable que nunca manifieste esa agresividad por la que destaca su raza.

Conocer la raza del perro nos permite dar el primer paso para llegar a comprender algo sobre él, antes incluso de verlo. Pero es un error pensar que conocer la raza asegura que el perro se comportará como se anuncia; sólo supone que tiene determinadas tendencias. El perro de raza mixta tiene atenuados los rasgos más fuertes que se observan en los de raza pura. Los temperamentos son más complejos: versiones medias de sus antepasados de raza. En cualquier caso, decir que un perro es de una determinada raza no es más que un punto de partida para comprender de verdad su Umwelt, y no un punto final: no refleja lo que la vida del perro es para el perro.

ANIMALES ENTRE COMILLAS

Está nevando y empieza a anochecer, lo que significa que tenemos unos tres minutos para que yo me vista y salgamos a jugar al parque antes de que otros juerguistas empiecen a estorbar con la nieve. Fuera, bien abrigada, voy abriendo surcos en la ya gruesa capa de nieve y Pump sale disparada dando brincos y dejando sus huellas de conejito gigante. Me dejo caer para perfilar con mi cuerpo en la nieve lo que se diría que es un ángel, y Pump hace lo propio, en su caso quizás un ángel canino, mientras se revuelca sobre el lomo de un costado a otro. La observo con toda alegría por ese juego que compartimos. Luego percibo un olor terrible que procede de donde ella se encuentra. En seguida me doy cuenta de lo que pasa: Pump no está haciendo un ángel de nieve; se está revolcando sobre el cadáver en descomposición de un animal pequeño.

Existe un debate entre quienes consideran que los perros en el fondo son animales salvajes y quienes los tienen por criaturas que hemos moldeado con nuestras propias manos. Los primeros suelen apelar a la conducta del lobo para explicar la del perro. A los actuales y populares adiestradores de perros se los admira porque coinciden con quienes están del lado lobuno del perro. Se suelen burlar de los del segundo grupo, que tratan a sus perros como babosas personas cuadrúpedas. Ni unos ni otros están en lo cierto. La respuesta está exactamente en medio de las dos posturas. Los perros son animales, claro está, con tendencias atávicas, pero detenerse aquí significa tener una visión a medias de la historia natural del perro. Este animal ha sido reconvertido con mucho acierto. Hoy es un animal entre comillas.

La inclinación a ver a los perros como animales más que como creaciones de nuestra psicología es esencialmente correcta. Para evitar la antropomorfización, algunos recurren a lo que podría llamarse una biología desconsiderada: una biología libre de subjetividad o de confusas ideas como la conciencia, las preferencias, el sentimiento o las experiencias personales. El perro no es más que un animal, dicen, y los animales no son más que unos sistemas biológicos cuya conducta y psicología se pueden explicar con una terminología simple y general. Hace poco vi salir de una tienda de mascotas a una mujer con su terrier, al que acababan de calzarle unos diminutos zapatos —para evitar que con los pies arrastrara a casa la porquería de la calle, explicaba la señora mientras tiraba de él, que, muy rígido, parecía ir patinando por aquella sucia calle—. Es posible que la mujer hubiera salido ganando de haber pensado más en la naturaleza animal de su perro y menos en su parecido con cualquier peluche. En realidad, como veremos, captar algunas de las complejidades de los perros —la agudeza de su olfato, lo que pueden o no pueden ver, la pérdida del miedo y el sencillo cariño que demuestran al mover la cola— facilita muchísimo comprender al perro en su conjunto.

Por otro lado, y en muchos sentidos, decir que el perro es sólo un animal y explicar que todo su comportamiento nace de la conducta del lobo es una afirmación incompleta y engañosa. La clave por la que los perros consiguen vivir con nosotros en nuestra propia casa es el propio hecho de que no son lobos.

Por ejemplo, hace ya mucho que cayó en desuso la equivocada idea de que nuestros perros nos toman por su «manada». El lenguaje que se emplea con las «manadas» —el perro «alfa», el dominio, la sumisión— genera las imágenes más dominantes y omnipresentes de la familia que componen los humanos y los perros. Nace de donde nacieron los perros: los perros surgieron de unos antepasados lobos, y los lobos forman manadas. Por eso, se dice, los perros forman manadas. La aparente lógica de esta idea la desmienten ciertos atributos que no transferimos de los lobos a los perros: los lobos son cazadores, pero no dejamos que nuestros perros salgan a cazar para alimentarse.16 Con el perro nos sentimos seguros en la puerta de la guardería, en cambio nunca dejaríamos a un lobo solo en una habitación con nuestro bebé durmiendo, cuatro kilos de carne vulnerable.

Sin embargo, a muchos los seduce la analogía con una organización de dominación en manada —sobre todo aquella en la que nosotros somos quienes dominamos y los perros quienes están sometidos—. Una vez aplicada, esta idea popular de manada se abre camino en todas las interacciones con nuestros perros: primero comemos nosotros, luego el perro; nosotros ordenamos, el perro obedece; nosotros paseamos el perro, no él a nosotros. Inseguros de cómo tratar a un animal que se entromete en nuestra vida, la idea de «manada» nos sirve de marco de referencia.

Lamentablemente, esta actitud no sólo reduce el tipo de comprensión y de interacción que podemos tener de los perros, sino que sienta una falsa premisa. Esta «manada» a que se hace referencia se parece muy poco a las auténticas manadas de lobos. El modelo habitual de manada era el de una jerarquía lineal, con una pareja alfa dominante y por debajo de ella varios lobos «beta», «gamma» u «omega», pero los actuales biólogos especialistas en lobos piensan que se trata de un modelo muy simplista. Se formó con la observación de lobos cautivos. Con poco espacio y pocos recursos, en espacios pequeños y cerrados, unos lobos sin ningún grado de parentesco se organizan a su manera, y el resultado es un poder jerárquico. Lo mismo podría ocurrir con cualquier especie que se confinara en un espacio reducido.

En su vida salvaje, las manadas de lobos están formadas casi por completo por animales emparentados o que se han apareado. Son familias, no grupos de iguales que compiten por hacerse con el mando. En una manada típica hay una pareja de cría y una o dos generaciones de sus descendientes. La manada se organiza con una conducta social y otra de caza. Sólo se aparea una pareja y los demás miembros de la manada, adultos o jóvenes, participan en la crianza de los cachorros. Los diferentes individuos cazan y comparten la comida; a veces, para presas grandes que uno solo no podría cazar, se juntan varios lobos para hacerse con ella. De vez en cuando, animales no emparentados se unen para formar una manada con múltiples parejas con quien aparearse, pero son casos excepcionales, probablemente motivados por la necesidad de adaptarse al medio. Algunos lobos nunca se integran en una manada.

La única pareja de cría —padres de la mayoría de los otros miembros de la manada— guía el curso y las conductas del grupo, pero llamarlos «alfa» implica una competencia por ostentar el mando que no es exacta del todo. No son alfas dominantes más de lo que pueda serlo el padre o la madre en una familia de humanos. Asimismo, el estatus de subordinado del lobo joven tiene más que ver con la edad que con una jerarquía impuesta de forma estricta. Las conductas que se consideran «dominantes» o «sumisas» no se adoptan en una lucha por el poder, sino para mantener la unidad social. El rango no nace de una jerarquía, sino que es un signo de madurez. Normalmente se puede observar en las posturas expresivas de los animales cuando se saludan e interactúan entre ellos. El lobo joven que se acerca a otro mayor moviendo la cola, sin levantarla, y con el cuerpo casi rozando el suelo, está reconociendo la prioridad biológica del de mayor edad. Los cachorros se encuentran naturalmente en un nivel subordinado; en las manadas de familias mezcladas, los cachorros pueden heredar parte del estatus de sus padres. En algunos casos, se puede afianzar el rango o alcanzarlo mediante ataques y encuentros peligrosos entre miembros de la manada, pero la mayoría de las veces se trata más de una conducta agresiva que del intento de un intruso por escalar en el orden jerárquico. Los lobeznos aprenden cuál es su lugar más mediante la observación e interacción con sus compañeros de manada que porque de algún modo se los ponga en su sitio.

La realidad del comportamiento de la manada de lobos difiere manifiestamente de la de los perros en otros sentidos. Los perros domésticos normalmente no cazan. La mayoría de ellos nacen en la unidad familiar en la que van a vivir, cuyos miembros dominantes son los humanos. Los intentos de aparearse de las mascotas no tienen relación (afortunadamente) con los de sus humanos adoptivos —los de la supuesta pareja alfa—. Ni siquiera los perros asilvestrados —los que quizá nunca hayan convivido con una familia humana— suelen formar manadas sociales tradicionales, aunque puedan ir juntos.

Tampoco nosotros somos la manada del perro. Nuestras vidas son mucho más estables que las de una manada de lobos: el tamaño y la composición de la manada de lobos están en flujo permanente, cambian con las estaciones, con el número de crías, con los lobos jóvenes que se hacen mayores y dejan atrás sus primeros años, y con las existencias de presas. Lo habitual es que los perros que adoptamos pasen toda la vida con nosotros; a nadie se le echa de casa en primavera, ni nadie se nos une en invierno para ir a la caza de un gran alce. Lo que sí parecen haber heredado los perros domésticos de los lobos es la sociabilidad de la manada: un interés por estar con los demás. En efecto, los perros son unos oportunistas sociales. Se adaptan a las acciones de los demás y, curiosamente, resulta que los humanos somos unos animales a los que es muy fácil adaptarse.

Recurrir al modelo simplista y desfasado de las manadas supone pasar por alto las auténticas diferencias que hay entre el comportamiento del perro y el del lobo, y olvidar algunas de las características más interesantes de las manadas de lobos. Para explicar por qué los perros atienden nuestras órdenes, nos respetan y nos consienten, es mejor recurrir al hecho de que somos su fuente de alimentación en lugar de apoyar la idea de que somos alfas. Es cierto que podemos hacer que los perros se sometan a nosotros por completo, pero esto tampoco es biológicamente necesario ni particularmente enriquecedor para ninguno de los dos. La analogía con la manada no hace más que reemplazar nuestros antropomorfismos por una especie de «bestiamorfismos», cuya alocada tesis parece ser algo así como: «los perros no son humanos; por consiguiente, los debemos ver exactamente como no humanos en todos los sentidos».

Los perros y nosotros nos parecemos más a una inofensiva pandilla que a una manada: una pandilla de dos (o tres, cuatro o más). Somos una familia. Compartimos costumbres, preferencias y casas; recorremos los mismos trayectos y nos detenemos a saludar a los mismos perros. Si somos una pandilla, somos una pandilla alegre que no deja de mirarse el ombligo, sin más preocupación que la de mantenernos unidos. Nuestra pandilla funciona porque compartimos las principales premisas de nuestro comportamiento. Por ejemplo, aprobamos unas normas de conducta en casa. Acuerdo con mi familia que no se permite orinar en el salón en ninguna circunstancia. Es un acuerdo tácito, afortunadamente. Al perro hay que enseñarle esta norma de convivencia: ningún perro conoce el valor de las alfombras. De hecho, éstas podrían considerarse un agradable lugar donde aliviar la vejiga.

Los adiestradores que aceptan la idea de manada extraen de ella el componente de «jerarquía» e ignoran el contexto social en el que surge. (Además, ignoran que aún nos queda mucho por conocer sobre la conducta del lobo en libertad, dada la dificultad de seguir de cerca a estos animales.) El educador de ideas lobunas dirá quizá que los humanos somos los líderes de la manada, responsables de la disciplina y del sometimiento de los demás. Estos amaestradores enseñan al perro mediante la aplicación de un castigo cuando, por ejemplo, se encuentran con el inevitable pis sobre la alfombra. El castigo puede ser un grito, obligar con fuerza al perro a oler su orina, una palabra fuerte o un brusco tirón de la correa. Es habitual llevar al perro a la escena del crimen para poner en práctica el castigo, una táctica especialmente equivocada.

Esta postura se aleja de lo que sabemos sobre la realidad de las manadas de lobos y se acerca a la idea obsoleta del reino animal con los humanos en la cúspide de la pirámide, ejerciendo el poder sobre los demás. Parece que los lobos aprenden los unos de los otros no mediante el mutuo castigo, sino a través de la observación mutua. También los perros son grandes observadores de nuestra forma de reaccionar. En lugar de mediante el castigo que ellos sufren, los perros aprenden mejor cuando se les deja que descubran por sí mismos qué conductas se recompensan y cuáles no conducen a ningún resultado. La relación con nuestro perro se define por lo que ocurre en esos momentos no deseados —por ejemplo, al regresar a casa y encontrarnos con un charco de pis en el suelo—. Castigar al perro por esta conducta —algo que tal vez se produjo unas horas antes—, con una táctica basada en el dominio, es una forma rápida de avanzar hacia una relación en que impere el maltrato. Cuando el adiestrador castiga al perro, es posible que la conducta problemática desaparezca temporalmente, pero la única relación que se crea es entre el educador y nuestro perro. (Será una conducta que durará muy poco si no existe un trabajo conjunto entre el adiestrador y nosotros.) El resultado será un perro mucho más sensible y posiblemente miedoso, no uno que entienda lo que queremos enseñarle. Es mejor dejar que el perro utilice sus habilidades de observación. Ante una conducta no deseada dejamos de atenderlo y de darle de comer: no le damos nada que pueda desear. La buena conducta consigue todo esto y más. Es una parte integral de cómo el niño aprende a ser persona. Y así es como se genera la cohesión de la pandilla de humanos y perros.

canis unfamiliaris

Por otro lado, entre lobos y perros no median más que unas decenas de miles de años de evolución. En nuestro caso, deberíamos remontarnos millones de años hasta llegar al momento en que nos separamos del chimpancé; y lógicamente no nos fijamos en el comportamiento de éste para educar a nuestros hijos.17 Los lobos y los perros comparten un 99,66 % de su ADN. De vez en cuando vemos en nuestras mascotas rasgos lobunos fugaces: el asomo de un gruñido cuando nos acercamos a quitarles una pelota de la boca; el juego violento en el que uno de los animales parece más presa que compañero de juego; cierta mirada salvaje en el perro que mordisquea un hueso con ansia.

El orden de la mayor parte de nuestras interacciones con los perros choca con fuerza contra su lado atávico. Alguna que otra vez parece como si un gen ancestral y renegado dominara el producto domesticado de sus iguales. El perro que muerde a su amo, el que mata el gato de la familia, el que ataca al vecino... Hay que reconocer este imprevisible lado salvaje de los perros. Hace miles de años que estamos criando esta especie, pero antes de que nosotros interviniéramos estuvo evolucionando durante millones de años. Eran depredadores. Tienen las mandíbulas fuertes y unos dientes diseñados para desgarrar carne. Actúan sin detenerse a pensar en lo que van a hacer. Están prestos a proteger —a sí mismos, a sus familias, su territorio—, y no siempre podemos prever cuándo se impondrá este instinto de protección. Y no aceptan de forma automática las premisas compartidas por los humanos en una sociedad civilizada.

El resultado es que, la primera vez que el perro se nos escapa, se desmadra y se lanza frenéticamente tras algo que no logramos ver en unos arbustos, nos entra pánico. Con el tiempo, nos familiarizamos mutuamente: el perro, con lo que esperamos de él; nosotros, con lo que hace. Somos nosotros quienes decimos que se desmadra; para el perro es una continuación lógica de andar, y en su momento aprenderá qué es lo uno y lo otro. Tal vez nunca veamos eso que se esconde entre los arbustos, pero al cabo de unos cuantos paseos aprenderemos que en los arbustos se esconden cosas y que el perro regresará. Convivir con un perro es un proceso de familiarización mutua. Ni siquiera el mordisco del perro es algo uniforme. Hay mordiscos que son producto del miedo, de la contrariedad, del dolor o de la ansiedad. No es lo mismo un mordisco agresivo que un pequeño bocado de exploración; los mordiscos de los juegos no son los mismos que los que se emplean para limpiarse.

Pese a esos momentos en que aparece su lado salvaje, los perros nunca vuelven a ser lobos. Los perros callejeros —que vivieron con personas pero se han ido o han sido abandonados— y los sueltos —a quienes alimentan los humanos pero viven separados de ellos— no tienen más cualidades lobunas. La vida de los sueltos parece que se asemeje a la de quienes vivimos en las grandes ciudades: junto a los demás y con actitud cooperativa, pero muchas veces solitarios. No se organizan socialmente en manadas con una sola pareja de cría. No construyen guaridas para los cachorros ni les procuran comida, como hacen los lobos. Es posible que establezcan un orden social como hacen otros cánidos salvajes, pero es un orden basado en la edad, más que en la lucha y el conflicto. Tampoco cazan en cooperación: husmean o cazan presas pequeñas solos. La domesticación los ha cambiado.

Tampoco los lobos que han sido socializados —criados entre humanos desde su nacimiento— pasan a convertirse en perros. Tienen un comportamiento intermedio. Los lobos socializados se interesan más por los humanos, les prestan más atención y siguen sus gestos comunicativos mejor que los que han nacido salvajes. Pero no son perros con piel de lobo. Los perros que se crían con un cuidador humano prefieren la compañía de éste a la de otras personas; los lobos no son tan selectivos. Superan con mucho a los lobos criados en cautividad en la interpretación de las señales de los humanos. Al ver un lobo atado a una correa, que se sienta y se tumba cuando así se le ordena, se podría pensar que hay poca diferencia entre el lobo socializado y el perro. Pero, cuando se ve ese mismo lobo delante de un conejo, se entiende la diferencia que aún sigue existiendo entre ellos: el lobo se olvida de la persona y se lanza a perseguir al conejo sin descanso. El perro que se encuentre cerca de ese mismo conejo puede esperar pacientemente, mirando a su amo, a la espera de que le permita correr. La compañía humana se ha convertido en el alimento motivador de los perros.

DARLE FORMA A NUESTRO PERRO

Cuando recogemos un perro de entre la basura o de algún refugio de animales que no dejan de aullar y nos lo llevamos a casa, empezamos a «darle forma al perro» de nuevo, siguiendo la lección resumida de la especie. Con cada interacción, día tras día definimos su mundo, que en cierto modo circunscribimos y a la vez ampliamos. En las primeras semanas de convivencia, el mundo del cachorro es, si no una completa tabla rasa, algo muy parecido a la experiencia «de una confusión radiante y sonora» del recién nacido. Ningún perro sabe, cuando fija los ojos por primera vez en la persona que lo observa en su jaula, qué espera de él esa persona. En este sentido, las expectativas de las personas son muy similares, al menos en Estados Unidos: cariño, lealtad y compañía, que el perro nos tenga por personas encantadoras y amorosas —pero que sepa que somos nosotros quienes mandamos; que no se haga pis dentro de casa; que no se abalance sobre las visitas; que no nos mordisquee los zapatos; que no hurgue en la basura—. Sea como fuere, parece que el perro no nace con la lección aprendida. Hay que enseñarle este conjunto de normas para que pueda vivir con las personas. Con nosotros, el perro aprende qué tipo de cosas son importantes para nosotros —y que queremos que también lo sean para él—. También las personas estamos, todas, domesticadas: se nos han inculcado los hábitos de nuestra cultura, el modo de ser humanos, la forma de comportarnos con los demás. Una tarea que el lenguaje facilita, aunque para completarla con éxito no es necesario el lenguaje hablado. En cambio, debemos estar alerta a lo que el perro percibe y dejarle claro cuáles son nuestras percepciones.

En su prodigiosa Historia natural, Plinio el Viejo (siglo I d. C.) explica convencido el nacimiento de los osos. Los cachorros, dice «son un pedazo de carne informe, un poco mayor que los ratones, sin ojos ni pelo, y del que sólo sobresalen las zarpas. Poco a poco, las madres van dando forma con sus lametones a este montoncillo de carne». Cuando el oso nace, señala Plinio, no es más que pura materia indeterminada y, como una auténtica empirista, la madre hace a su osezno con su continuo lamer. Cuando nos trajimos a Pump a casa, tenía la sensación de estar haciendo lo mismo, de estarla lamiendo para darle forma (y no porque nos lamiéramos mucho mutuamente: ella era la única que lo hacía conmigo). Fue nuestra forma de actuar juntas la que la hizo como es, lo que hace como son a la mayoría de los perros con los que convivimos: interesados en nuestras idas y venidas, atentos a su amo, no demasiado indiscretos y juguetones sólo en su momento. Mi perra interpretaba el mundo al actuar sobre él, al ver actuar a los demás, cuando se le enseñaba y al actuar conmigo sobre el mundo —ascendida al rango de buen miembro de la familia—. Y cuanto más tiempo pasábamos juntas, más se hacía como realmente era y más ligábamos nuestras vidas.

EL OLOR

El primer olisqueo del día: Pump entra sin fijarse mucho en la sala de estar por la mañana mientras le sirvo la comida en su cuenco. Tiene cara de sueño, pero el hocico completamente despierto, y lo orienta en todas las direcciones, como si se tratara de un ejercicio gimnástico matutino. Lo alarga hacia el plato sin mover el cuerpo y lo olisquea. Me mira. Vuelve a olerlo. Ya se ha hecho una idea. Se retira del cuenco y, como muestra de indulgencia, apunta con la nariz a la mano que le tiendo y me hace cosquillas con los bigotes mientras me examina la mano con el hocico. Salimos de casa; se diría que tiene una nariz gimnasta, casi prensil, y con ella agarra feliz los olores que le llegan a ráfagas...

Los seres humanos no nos detenemos mucho a pensar en los olores. Son señales menores de nuestra jornada sensorial, en comparación con la gran cantidad de información visual que nos llega y con la que nos obsesionamos a cada momento. La habitación donde me encuentro ahora mismo es una mezcla fantasmagórica de colores, superficies y densidades, de pequeños movimientos, sombras y luces. Y, bueno, si presto atención, llego a oler el café que tengo sobre la mesa y quizás el fresco efluvio del libro que acabo de abrir, pero sólo cuando sumerjo la nariz en sus páginas.

No sólo no estamos oliendo continuamente, sino que cuando percibimos un olor normalmente es porque es bueno o malo: raramente es una fuente de información. La mayoría de los olores nos parecen seductores o repulsivos; pocos tienen el carácter neutro de lo que percibimos con la vista. Nos complacemos en ellos o los evitamos. Mi mundo actual parece relativamente inodoro. Pero es evidente que no está exento de olores. Nuestro deficiente sentido del olfato sin duda nos ha limitado la curiosidad por cómo huele el mundo. Son cada vez más los científicos que trabajan para cambiar tal situación, y lo que han descubierto sobre los animales que se sirven en gran medida del olfato, incluidos los perros, basta para hacernos sentir envidiosos de esas criaturas con hocico. Del mismo modo que nosotros vemos el mundo, el perro lo huele. Su universo es un estrato de complejos olores. El mundo olfativo es cuando menos tan rico como el visual.

LOS OLFATEADORES

[...] rebuscando y olfateando, con el hocico hundido entre la hierba, por el suelo sin levantar la cabeza para tomar aire; el olisqueo explorador que juzga la mano que le tiendo; el olisqueo despertador, casi pegado a mi cara dormida para despertarme con los bigotes; el olisqueo extasiado, con el hocico levantado al leve soplo de la brisa. Todos seguidos de un estornudo —sólo el chiiís, sin el aaah—, como si se limpiara la nariz de cualquier diminuta molécula que pudiera haber aspirado...

La acción de los perros en el mundo no se basa en el manejo de objetos ni en mirarlos de arriba abajo, como solemos hacer las personas, ni en señalar y decir a los demás que actúen sobre el objeto (como puede hacer el tímido); en su lugar, avanzan con decisión y erguidos hacia cualquier cosa nueva y desconocida, alargan su magnífico hocico hasta situarlo a unos milímetros de ella y la olfatean profundamente. La nariz del perro, en la mayoría de las razas, no tiene nada de sutil. El hocico que la sostiene se proyecta hacia delante para examinar a una persona unos segundos antes de que el propio perro llegue al lugar en cuestión. Y el protagonista del olfateo no es un simple adorno puesto sobre el hocico; es la estrella húmeda por la que el perro se guía. Lo que indica su preeminencia, y lo que la ciencia confirma, es que el perro es una criatura de la nariz, de la que depende.

El olfato es el gran medio de que los perros disponen para captar todos los objetos que desprenden olor, el vehículo que transporta los olores químicos hasta las células receptoras que los aguardan en las cavernas de la nariz. Olfatear es la acción de inhalar aire, aunque se trata de algo más activo que eso, y normalmente consiste en unas ráfagas breves y precisas con las que se introduce aire en la nariz. Todos olemos u olfateamos —sea para aclararnos la nariz, para informarnos sobre la cena que nos espera, o como la primera parte de la inhalación—. Las personas incluso ponemos sentimiento en lo que olemos, o le damos sentido —para expresar indiferencia, desprecio o sorpresa, y para poner punto final al terminar una frase—. Los animales, por lo que sabemos, olisquean ante todo para investigar el mundo. Los elefantes levantan la trompa en su «olfateo periscópico», las tortugas alargan despacio la cabeza y abren de par en par las aletas de la nariz para oler, el tití olfatea mientras acaricia con el hocico. Cuando filman a los animales, los etólogos suelen tomar nota de todas estas formas de oler, porque pueden preceder a un intento de apareamiento, a una interacción social, a una agresión o al acto de alimentarse. Dicen que el animal «olfatea» cuando acerca la nariz al suelo o a un objeto, sin tocarlos, o cuando se le acerca una cosa a la nariz, sin que llegue a tocarla. En estos casos, los etólogos presumen que el animal está aspirando fuerte, aunque es posible que no puedan acercarse lo bastante a él para ver cómo se le mueven las aletas de la nariz, ni apreciar cómo lo hace el diminuto remolino de pelos que tiene en su extremo.

No se ha estudiado detenidamente lo que ocurre en el acto de oler. Pero últimamente algunos investigadores, mediante sistemas fotográficos especializados, observan el flujo del aire para determinar cuándo y cómo están oliendo los perros. Han descubierto que el olfateo no tiene nada de sencillo. De hecho, se puede afirmar que no es un simple acto de inhalación. El olisqueo se inicia con la tensión de los músculos de los orificios nasales para introducir aire en ellos, de modo que entre en la nariz una gran cantidad del olor que pueda ir en ese aire. Al mismo tiempo, hay que desplazar el aire que ya se encuentra en la nariz. Las aletas tiemblan de nuevo un poco para llevar el aire hacia el interior, o hacia el exterior por las hendiduras de los lados de la nariz. De esta forma, no es necesario que los olores que se aspiran empujen el aire que ya se encuentra en la nariz para acceder a las paredes de ésta. Y ahí está lo especial de toda esta operación: la fotografía revela también que el suave viento que se genera al espirar en realidad ayuda a empujar hacia dentro mayor cantidad del nuevo aroma, porque crea sobre él una corriente de aire.

Esta acción es notablemente distinta de la del olfato humano, con nuestro patoso sistema de «aaaspiramos... espiraaamos». Si queremos percibir bien el olor de algo, tenemos que hiperventilar, aspirar repetidamente sin espirar con fuerza. Los perros, cuando espiran, crean de forma natural pequeñas corrientes de aire que favorecen una inhalación rápida. De modo que, en los perros, el olfateo tiene un componente que ayuda a percibir bien los olores. Es algo que se puede ver a simple vista: sólo hay que mirar esa pequeña mota de polvo que se levanta del suelo y que el perro investiga con la nariz.

Dada nuestra tendencia a encontrar desagradables muchos olores, deberíamos alegrarnos de que nuestro sistema olfativo se adapte a los efluvios de nuestro entorno: con el tiempo, si permanecemos lo suficiente en un determinado sitio, la intensidad de cualquier olor disminuye, hasta que dejamos de notarlo por completo. El primer olor del café que preparamos por la mañana: fantástico... y desaparece en unos minutos. El primer olor de algo podrido olvidado bajo el porche: nauseabundo... y desaparece en unos minutos. El sistema olfativo de los perros les permite evitar habituarse a la topografía de los olores del mundo: renuevan continuamente el olor presente en su nariz, como si giraran la vista para mirar hacia otro lado.

UNA NARIZ DE NARICES

Le abro un poco su ventanilla, lo suficiente sólo para que asome la cabeza (recuerdo aquella vez que salió por la ventanilla para correr tras una ardilla que parecía hacer autoestop junto a la carretera). Pump se apoya en el brazo de la puerta y saca el hocico mientras avanzamos por la noche. Entrecierra con fuerza los ojos en su cara aerodinámica y proyecta la nariz hasta lo más hondo del aire que pasa volando a nuestro lado...

Una vez aspirado, el olor se encuentra con una gran bienvenida por parte del tejido nasal. La mayoría de los perros pura raza, y casi todos los de raza mezclada, poseen un hocico largo, en cuya nariz discurren laberínticos canales recubiertos de un tejido especial. Este tejido, como el de nuestra nariz, está preparado para recibir el aire cargado de «sustancias químicas»: moléculas de diversos tamaños que se percibirán como olores. Todos los objetos con que nos encontramos están envueltos en una bruma de estas moléculas, no sólo el melocotón maduro del expositor, también los zapatos que nos descalzamos en la puerta y el pomo que agarramos para abrirla. El tejido del interior de la nariz está completamente cubierto de diminutos puntos receptores, todos ellos con un ejército de pelos que ayudan a atrapar las moléculas de determinadas formas y arrastrarlas al fondo. La nariz humana tiene unos seis millones de estos puntos receptores; la de las ovejas, más de doscientos millones; la del sabueso, más de trescientos millones. Los perros tienen más genes encargados de codificar las células olfativas, más células y más tipos de células capaces de detectar más clases de olores. La diferencia en la experiencia olfativa es exponencial: al detectar determinadas moléculas del pomo de esa puerta, los puntos receptores no mandan cada uno su información al cerebro, sino que se unen para remitirla juntos. Cuando la señal llega al cerebro se experimenta como un olor: si somos nosotros quienes olemos, diremos: «¡Ajá, lo huelo!».

Sin embargo, lo más que probable es que no lo olamos. El sabueso, en cambio, sí lo hará: se calcula que su sentido del olfato puede ser millones de veces más sensible que el nuestro. A su lado somos completamente anósmicos: no percibimos olor alguno. Podemos detectar si el café lleva una cucharadita de azúcar; en cambio, el perro puede detectar esta misma cantidad de azúcar diluida en casi cuatro millones de litros de agua: unas dos piscinas olímpicas llenas.18

¿Qué supone esta capacidad? Imaginemos que todos los detalles de nuestro mundo visual estuvieran acompañados de su correspondiente olor. Cada uno de los pétalos de una rosa podría ser distinto, porque los han visitado diferentes insectos que dejaron en ellos huellas de polen de otras flores. Lo que para nosotros no es más que un único tallo en realidad lleva consigo el registro de quién lo sostuvo y cuándo lo hizo. Una serie de sustancias químicas marca dónde se arrancó una hoja, y además conserva un olor distinto. La hoja que se ha doblado tiene su olor, como lo tiene la gota de rocío que se posa en una espina. Y el tiempo está presente en estos detalles: mientras nosotros vemos cómo el pétalo se oscurece y se seca, el perro puede oler este proceso de decadencia y envejecimiento. Imaginemos que olemos todos los diminutos detalles visuales. Ésta podría ser la experiencia que el perro tiene de la rosa.

La nariz es también la vía más rápida por la que la información puede llegar al cerebro. Los datos visuales o auditivos tienen que pasar por lo que es un centro de operaciones en su camino hacia el córtex, el más alto nivel del proceso; en cambio, los receptores de la nariz están conectados directamente a los «bulbos» olfatorios (unos nervios que tienen esta forma). Los bulbos olfatorios del cerebro del perro constituyen más o menos una octava parte de su masa: proporcionalmente mayor que el tamaño del principal centro de procesado visual de nuestro cerebro: los lóbulos occipitales. Pero el sentido del olfato especialmente agudo de los perros se puede deber también a una forma adicional que tienen de percibir los olores: a través del órgano vomeronasal.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
410 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788498679663
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
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