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EL VA†ICANO

Capítulo 1. La misión

Sede de la CIA en la Embajada de Estados Unidos en Roma

Via Vittorio Veneto, 121, Roma

21 de abril de 2025

La carta constaba de apenas unas líneas.

Y fue precisamente eso lo que inquietó al jefe de la estación más que si el desconocido hubiera enviado una extensa exposición de sus intenciones, una lista de exigencias y pruebas de estar al corriente de todo. Quienes poseían algo verdaderamente valioso rara vez malgastaban las palabras. Quienes pretendían engañar a los servicios de inteligencia, en cambio, solían hablar demasiado.

En la pantalla del ordenador, el mensaje resultaba casi indecentemente sencillo. Sin firma, sin dirección de respuesta, sin explicaciones. Tan solo una propuesta escueta, como si se tratara de entregar un maletín olvidado en el vestíbulo de un hotel.

«Estoy dispuesto a entregar una carpeta con documentos que constituyen secretos de Estado de la Federación de Rusia a la ciudadana estadounidense A. N. Samsónova, en el Vaticano, dentro de la Capilla Sixtina, el domingo 4 de mayo de 2025, entre las 12:00 y las 13:00.

Por su parte, deberán garantizar el anonimato absoluto. Si se establece vigilancia o se intenta seguirme, el mensajero no recibirá los documentos.

A. N. Samsónova me conoce personalmente y puede reconocer mi rostro. No hacen falta contraseñas ni otras tonterías.

Espero que esto les sea de ayuda.

Un bienintencionado».

El jefe de la estación leyó el mensaje dos veces. Después miró el reloj. Eran exactamente las doce, hora de Roma.

No le gustaba aquella expresión: «un bienintencionado». Tenía algo de teatral, casi de burla. Podía firmar así alguien que no quisiera revelar su nombre. O alguien que deseara, precisamente, que el destinatario se detuviera a pensar en ello.

—Imprímalo —le dijo al empleado de la mesa contigua—. Y no lo reenvíe a nadie más hasta que haya revisado las cabeceras.

—Ya estamos rastreando la ruta del mensaje.

—Háganlo. Pero no finjan que la ruta nos dará la respuesta.

Se levantó, se acercó a la ventana y apartó un extremo de la persiana. En la calle transcurría la vida cotidiana de Roma: los escúteres zigzagueaban entre los coches, la gente conversaba junto a los cafés y los turistas fotografiaban fachadas sin sospechar cuántas decisiones sobre vidas ajenas se tomaban en los edificios por los que pasaban. El sol se reflejaba en los cristales, y la ciudad parecía inverosímilmente tranquila.

En Roma, un secreto podía perderse fácilmente entre milenios de secretos ajenos.

El jefe de la estación regresó a su escritorio.

—Samsónova —pronunció en voz baja—. ¿Por qué precisamente ella?

El empleado no respondió. Sabía que aquella pregunta no iba dirigida a él.

* * *

Para el mediodía, el mensaje ya había salido rumbo a Estados Unidos por un canal seguro. En McLean, Virginia, lo imprimieron y lo colocaron sobre el escritorio del director de la Agencia Central de Inteligencia. La versión electrónica ocupaba unas cuantas líneas; sobre el papel parecía todavía más breve. Quedaba demasiado espacio en blanco, como si su autor lo hubiera reservado adrede para unas preguntas que no pensaba contestar.

A las nueve de la mañana, hora local, comenzó la reunión del Departamento del Este. Cerraron la puerta de la sala. Los teléfonos quedaron fuera. Sobre la larga mesa había carpetas, y en la pared no se veían mapas ni los esquemas habituales: solo una pantalla con el texto de la carta.

El director no ofreció café a los presentes ni se entretuvo en formalidades. Apoyó la palma de la mano sobre la hoja.

—¿Qué sabemos de Anna Nikoláievna Samsónova?

El responsable del área de Rusia abrió una carpeta, pero no habló enseguida. En aquella sala había personas acostumbradas a valorar no solo lo que se decía, sino también las pausas entre las palabras. Todos advirtieron su vacilación.

—Está bajo nuestra protección desde 2022. Según su documentación de cobertura, es ciudadana estadounidense. Reside en Virginia. Colabora con la Agencia. Antes de trasladarse aquí trabajaba en un centro científico ruso, dedicada a la investigación virológica.

—Eso ya lo sabemos —dijo el director—. Pregunto por qué el desconocido la ha elegido a ella.

—Porque la conoce personalmente. Al menos eso afirma el autor de la carta.

—El autor afirma muchas cosas. La cuestión es cuáles son ciertas.

El director levantó la mirada hacia los demás.

—No sabemos quién escribió la carta ni siquiera si esos documentos existen. No sabemos por qué ha elegido el Vaticano ni qué significa eso de «Samsónova conoce mi rostro». Pero sí sabemos que está convencido de poder obligarnos a jugar según sus reglas.

—Si se trata de una provocación —observó uno de los funcionarios—, está diseñada para sacarla de su vigilancia habitual y llevarla al lugar elegido por el desconocido.

—Exactamente.

—Entonces no deberíamos enviarla.

—¿Y si los documentos son auténticos? —preguntó el responsable del área de Rusia—. ¿Vamos a renunciar a información a la que no tenemos acceso solo porque un desconocido haya fijado el encuentro?

—No tenemos por qué renunciar —respondió el director—. Pero sí debemos comprender qué arriesgamos.

Apartó la carta y abrió el expediente. En la primera página aparecía la fotografía de una mujer joven. Fondo neutro, mirada directa, el cabello retirado del rostro. Nada extraordinario, salvo que la imagen era incapaz de transmitir la impresión que producía alguien a quien nadie podría obligar a olvidar lo que había visto.

—Empecemos desde el principio. Y nada de abreviaturas que sirvan para esconder los detalles incómodos.

La secretaria repartió copias del expediente personal entre los asistentes.

* * *

Expediente de Anna Nikoláievna Samsónova

Nacida en San Petersburgo el 14 de octubre de 1990. Padre: Nikolái Grigórievich Samsónov, oficial de los órganos de seguridad del Estado, fallecido en mayo de 2008 en Chechenia en circunstancias que nunca se aclararon del todo a la familia. Fue enterrado en un ataúd cerrado. Madre: Verónika Serguéievna Samsónova, de soltera Levítskaya, fallecida en 2020 al comienzo de la pandemia.

Terminó la escuela secundaria con medalla de oro. En 2007 ingresó en la Facultad de Biología de la Universidad Estatal de Moscú, Departamento de Virología. Su trabajo de fin de carrera trató sobre el análisis molecular y genético de aislados de flavivirus que circulaban en el territorio de la Federación de Rusia. En 2012 obtuvo el título con honores.

Después de graduarse, fue contratada como investigadora júnior en el Centro Científico Federal M. P. Chumakov de Investigación y Desarrollo de Preparados Inmunobiológicos, perteneciente a la Academia de Ciencias de Rusia. Cinco años más tarde, tras defender su tesis doctoral, ascendió a investigadora y obtuvo acceso a proyectos clasificados.

Destaca por una memoria extraordinaria. Es capaz de reproducir con gran exactitud importantes cantidades de información visual. Habla inglés, italiano y portugués. Se interesa por el arte y visita exposiciones y museos.

En 2020, después de la muerte de su madre, fue reclutada por una fuente de la Agencia identificada con el número de código 923-349. El 1 de julio de 2022 abandonó clandestinamente la Federación de Rusia a través de una ruta georgiana, con ayuda de los servicios de inteligencia estadounidenses. Entregó documentos con información clasificada por la parte rusa como secreto de Estado. Posteriormente fue incorporada al programa de protección de testigos, recibió una nueva identidad y obtuvo la ciudadanía estadounidense.

En Rusia figura como desaparecida. No ha perdido formalmente la ciudadanía rusa. No se han identificado familiares que mantengan contacto con ella. Soltera. Mantiene una relación con un joven empresario que, según los datos disponibles, no tiene vínculos con los servicios de inteligencia estadounidenses.

Permanece bajo vigilancia no oficial constante de la Agencia.

* * *

Cuando la última página quedó sobre la mesa, nadie habló de inmediato. En aquellas salas, el silencio rara vez significaba ausencia de ideas. Más bien, cada uno trataba de decidir cuál de ellas era la más peligrosa.

—Su padre era un agente de seguridad del Estado que murió en circunstancias poco claras —dijo uno de los analistas—. Su madre falleció al comienzo de la pandemia. Unos meses después, Samsónova se convierte en nuestra fuente. Es posible que la tragedia personal la volviera vulnerable.

—Es posible —respondió el director—. O quizá se apresure usted demasiado a explicar su decisión mediante la psicología. No tenemos derecho a considerar predecible a una persona solo porque haya perdido a sus seres queridos.

—La reclutaron en 2020 —recordó el responsable del área—. No se limitó a entregarnos documentos. Accedió a abandonar su país y empezar de cero.

—Y ahora alguien sabe dónde encontrarla.

La última frase sonó más baja que las anteriores, pero fue precisamente entonces cuando todos volvieron la vista hacia la carta.

—Si el autor la conoce personalmente —dijo el analista—, pudo haber estado vinculado con su antiguo trabajo. O con su padre. O con los hechos que la llevaron a aceptar nuestra colaboración.

—Tres hipótesis —repuso el director—. Y ni una sola pista que nos permita elegir entre ellas.

—Nos quedan dos semanas hasta el encuentro.

—Nos quedan trece días para decidir si la enviaremos allí. No confunda el calendario con el tiempo real que tenemos para prepararnos.

Se volvió hacia el responsable del área de Rusia.

—¿Qué puede decirme de sus motivos?

El hombre pasó varias páginas.

—Según las entrevistas, su decisión no obedeció únicamente al dinero ni a la ideología. Creía que en el centro sucedía algo sobre lo que no le estaban contando toda la verdad. Después de perder a su madre se volvió más reservada. Aun así, no daba la impresión de ser una persona impulsiva. Al contrario: observó durante mucho tiempo, contrastó los hechos y solo entonces aceptó establecer contacto.

—Es decir, podía saber lo que hacía —dijo el director.

—Sí.

—Y también podía equivocarse.

—Sí.

—Bien. Entonces no vamos a convertirla en una heroína ni a tratarla como un peón. Necesitamos conocer a una persona, no a la leyenda que nosotros mismos nos hayamos inventado.

Cerró el expediente, pero dejó la fotografía ante él.

—Preparen una evaluación de riesgos por separado. Comprueben los posibles vínculos del autor de la carta con el antiguo entorno de Samsónova. No intenten contactar con el supuesto mensajero. Nada de iniciativas individuales sobre el terreno. Y, sobre todo, no revelen a Samsónova el contenido de la carta hasta que hayamos tomado una decisión.

—¿Por qué? —preguntó uno de los presentes—. Si lo conoce, su reacción podría ayudarnos a identificarlo.

—Precisamente por eso. No sabemos qué sucederá cuando vea su nombre o su rostro. Y, si el desconocido cuenta con su reacción, cualquier advertencia nuestra podría alterar las condiciones del encuentro.

—Pero ella tendrá que aceptar el viaje.

—Por supuesto. No la llevaremos al Vaticano contra su voluntad. Primero averiguaremos qué está dispuesta a hacer y qué recuerda de las personas que dejó en Rusia.

El director hizo una pausa.

—Y no lo olviden: el desconocido no ha elegido un lugar cualquiera. Ha elegido uno en el que cualquiera de nuestros movimientos resultará visible. La Capilla Sixtina no es un almacén vacío donde podamos meter a alguien y cerrar la puerta. Allí siempre hay visitantes, empleados, guardias, cámaras y miles de testigos accidentales. Si pretende pasar inadvertido, ¿por qué elige precisamente ese lugar?

—Quizá porque sabe que no podremos controlar el espacio —respondió el analista.

—O porque es allí donde Samsónova tiene que verlo.

—Entonces no controla el lugar. La controla a ella.

El director miró al hombre que acababa de hablar.

—Eso es lo que debemos comprobar.

* * *

Anna Nikoláievna Samsónova llevaba casi tres años viviendo en Virginia, pero a veces despertaba con la sensación de seguir en su antiguo apartamento. Durante los primeros segundos de vigilia, la memoria no le devolvía las paredes ni los muebles, sino los sonidos: el zumbido del viejo ascensor, unos pasos en el rellano, el rumor lejano de los coches al otro lado de la ventana. Después llegaba la certeza: aquella ya no era su casa, ni su país, ni su vida.

Había aprendido a no demorarse en esos instantes. En su nueva existencia convenía no recordar durante demasiado tiempo.

Tenía otro nombre en los documentos, otra dirección, la costumbre de vigilar los reflejos en los escaparates y de no hablar de sí misma más de lo imprescindible. Le decían que la vigilancia era necesaria para protegerla. A veces lo creía sin reservas. Otras veces pensaba que la seguridad no era sino otra manera de llamar a una jaula cuando la llave estaba en manos ajenas.

No se consideraba una víctima. Hacerlo habría significado eludir su responsabilidad. En algún momento había tomado una decisión por voluntad propia y nadie podía librarla de responder por ella. Pero haber elegido no eliminaba el precio. Su pasado había quedado al otro lado de la frontera, y su futuro estaba ligado a personas en quienes no podía confiar del todo.

Se había acostumbrado a la soledad. No era tan temible como los recuerdos que regresaban sin previo aviso. A veces su memoria le parecía un castigo. Podía olvidar el olor de una ciudad desconocida si no se esforzaba por retenerlo, pero era incapaz de borrar de su mente la página de un documento, una frase casual o la expresión de alguien que una vez le había mentido.

Recordaba especialmente bien los rostros.

Aquella capacidad ya había llamado la atención en la universidad. Al principio, los profesores la consideraban una cualidad útil; después, sus colegas empezaron a bromear con que a Anna le bastaba ver a alguien una sola vez para reconocerlo diez años más tarde. A ella no le gustaba aquel don. Los rostros no quedaban grabados en su memoria como fotografías, sino como un conjunto de rasgos minúsculos: el dibujo de los labios, la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza, la asimetría de las cejas, una mirada que permanecía fija en su interlocutor una fracción de segundo más de lo necesario.

La gente creía que lo recordaba todo porque poseía una inteligencia fuera de lo común. No comprendían que había cosas que habría preferido olvidar.

Aquel día pensaba pasar varias horas en un museo. Le gustaba contemplar los cuadros sin tener que explicar por qué le atraían. En el arte, no todo exigía una respuesta. A veces bastaba con permanecer frente a un lienzo y sentir que, durante unos instantes, la propia vida dejaba de ser el único objeto de reflexión.

El teléfono vibró.

El mensaje era breve: le pedían que acudiera a una reunión a la hora señalada. Sin explicaciones ni detalles. Anna lo leyó una vez y luego otra. La convocatoria no la sorprendió; ya había recibido solicitudes semejantes. Pero la formulación le pareció inusualmente cautelosa. Como si quien la hubiera escrito quisiera comunicarle algo importante y, al mismo tiempo, reservarse la posibilidad de negar que hubiera comunicado nada.

Dejó el iPhone sobre la mesa.

Tras la ventana avanzaban las nubes. La sombra de un árbol se deslizaba lentamente por la casa vecina. En un día normal, Anna habría memorizado aquella imagen sin el menor esfuerzo. Ahora la contemplaba mientras pensaba cuántas personas en el mundo podían devolver a alguien a su pasado con un solo mensaje.

Todavía no sabía qué iban a proponerle. Tampoco sabía que en Roma ya había una carta en la que figuraba su nombre.

Pero la inquietud había llegado antes que cualquier explicación.

* * *

En McLean, la reunión estaba a punto de terminar. Los participantes ya habían recogido sus papeles, pero el director no les permitió levantarse.

—Hay otro problema —dijo—. En la carta, el autor no pide dinero, asilo, garantías para su familia ni que lo saquemos del país. No aporta pruebas de la autenticidad de los documentos. No exige una conversación previa. Solo pide una cosa: que no lo vigilemos ni lo sigamos.

—Sabe que no podemos garantizarle semejante condición —observó el responsable del área.

—Entonces, ¿por qué la impone?

—Para comprobar si obedecemos.

—O para obligarnos a elegir entre los documentos y el control —añadió otro funcionario.

El director asintió despacio.

—Y hay algo más. Se refiere a Samsónova como ciudadana estadounidense. No como fuente, ni como antigua empleada de un instituto ruso, ni como persona bajo protección. Solo como ciudadana estadounidense. Puede ser una formalidad. Puede ser un detalle deliberado. Pero el autor conoce el lugar que ocupa ella dentro de nuestro sistema.

—Puede que sepa mucho más.

—Sí. Y, hasta que no averigüemos cuánto más, no permitiremos que ninguna suposición se convierta en una decisión.

Volvió a tomar la fotografía de Samsónova. En la imagen, Anna miraba directamente a la cámara, sin sonreír. Su rostro no expresaba desafío ni sumisión. Solo la serenidad de alguien acostumbrado a evaluar a su interlocutor antes de responder.

—¿Alguno de ustedes la ha conocido personalmente? —preguntó el director.

El responsable del área contestó:

—Yo, dos veces. Es prudente, pero no parece alguien que viva temiendo a todo el que se cruza por su camino. Escucha con atención, hace preguntas precisas y rara vez habla de más.

—¿Y cuando le hacen una pregunta que no quiere contestar?

—Responde a otra.

Varios sonrieron, pero el director permaneció serio.

—Entonces sabe defenderse. Eso está bien. Aunque, a veces, las defensas nos impiden advertir el peligro.

Devolvió la fotografía a la carpeta.

—Organicen una reunión con Samsónova. No le revelen los detalles de la carta. Díganle que hemos recibido información sobre un posible contacto con alguien de su pasado. Veamos qué cuenta por iniciativa propia. El jefe del Departamento de Europa Oriental se encargará de preparar la operación y me informará personalmente. Ninguna etapa avanzará sin autorización previa.

—¿Nombre en clave? —preguntó la secretaria.

El director miró la carta que descansaba sobre el expediente.

—«Vaticano».

La palabra quedó suspendida en el silencio de la sala. No sonó como el nombre de un lugar, sino como el de una misión que ya tenía sus propias reglas y un autor desconocido.

—¿Alguna objeción? —preguntó el director.

Nadie respondió.

—Entonces, manos a la obra.

* * *

Unos minutos después, los asistentes se marcharon. Cuando se cerró la puerta tras el último de ellos, en la sala solo quedaron el director y el responsable del área de Rusia.

—¿Cree que aceptará? —preguntó este.

—Si piensa que el encuentro guarda relación con su pasado, probablemente.

—¿Y si se niega?

—Entonces averiguaremos por qué. No vamos a empujarla hacia la respuesta que más nos convenga.

El responsable dudó un instante.

—Hay otra circunstancia. Si ese hombre realmente la conoce, pudo haberla observado antes de que abandonara Rusia. O haber obtenido información después.

—Lo dice como si fueran dos posibilidades distintas.

—La primera significa que estuvo cerca de ella en Rusia. La segunda, que tiene acceso a información sobre nuestro programa.

El director no respondió de inmediato. Volvió a mirar la hoja impresa. En aquella breve carta no había amenazas, promesas ni un solo detalle que permitiera juzgar las intenciones del autor. Y, aun así, ya había obligado a la Agencia a convocar una reunión, recuperar un expediente y prepararse para un viaje al Vaticano.

El desconocido había conseguido lo primero que buscaba: los estadounidenses ya pensaban en él.

—Investiguen las dos posibilidades —dijo el director—. Y una tercera.

—¿Cuál?

—Que quiera hacernos creer que todo gira en torno a Samsónova.

El responsable frunció el ceño.

—¿Y si no gira en torno a ella?

—Entonces puede ser la única persona capaz de conducirnos hasta el verdadero objetivo.

Se puso de pie. La reunión había terminado, pero la decisión que les aguardaba apenas empezaba a tomar forma.

Al otro lado del océano, en Roma, la carta anónima ya había dejado de ser una simple carta. Se había convertido en una operación con nombre, fecha y lugar de encuentro. Solo faltaba lo esencial: comprender quién había impuesto las reglas.

* * *

Aquella tarde, Anna regresó a casa más tarde de lo previsto. No habría sabido explicar por qué se había quedado tanto tiempo en el museo: las pinturas no ofrecían respuestas, pero al menos, frente a ellas, nadie le exigía responder. El apartamento estaba en silencio. Dejó el bolso junto a la puerta, se quitó el abrigo y miró el teléfono.

Un mensaje nuevo.

«Mañana. Confirmaremos la hora por separado. Esté preparada para hablar de Roma».

Anna lo leyó varias veces.

Roma.

La palabra no debería haberle evocado más que recuerdos de viajes, museos y calles antiguas. Había estado allí antes, cuando su vida todavía no se había dividido en un «antes» y un «después». Sin embargo, el mensaje no mencionaba ninguna institución ni identificaba al remitente. Solo una ciudad y la promesa de una conversación.

Se acercó a la ventana. Su rostro se reflejaba en el cristal y, detrás de él, el patio se sumía en la oscuridad del atardecer. Por un instante, el reflejo le pareció el de una desconocida: una mujer con un nombre nuevo, en un país ajeno, con un pasado que no cabía en ningún documento oficial.

Anna rozó con los dedos el cristal frío y retiró la mano enseguida.

No sabía qué la esperaba. No sabía quién había enviado el mensaje. Y, sin embargo, en lo más hondo de su memoria ya se agitaba algo a lo que llevaba mucho tiempo prohibiéndole salir a la superficie.

No un nombre. Ni una voz. Un rostro.

El rostro de alguien a quien nunca debería volver a ver.

Cerró los ojos, intentando mantener el recuerdo a distancia. Pero la memoria no obedecía órdenes. Le devolvió una mirada, una curvatura apenas perceptible de los labios y una expresión que Anna, tiempo atrás, había confundido con serenidad.

Ahora comprendía que quizá había sido una advertencia.

El teléfono seguía sobre la mesa. La pantalla se apagó y la habitación se volvió más oscura.

A esa misma hora, en Roma, el jefe de la estación recibió una breve respuesta de McLean: se autorizaba el estudio preliminar de la operación y cualquier contacto con Samsónova debía aprobarse por separado. El mensaje llevaba una firma electrónica que no tenía nada de particular. Pese a ello, volvió a leerlo antes de cerrar la ventana. En el mundo de la inteligencia resultaban sospechosos tanto los errores como el cumplimiento impecable de los procedimientos, sobre todo si alguien había podido prever de antemano cada reacción.

Pidió a uno de sus empleados que le llevara el archivo original de la carta, no la copia impresa. Abrieron el texto en un monitor aparte. El especialista en análisis técnico informó de que las cabeceras disponibles no permitían identificar al remitente. No encontraron indicios evidentes de falsificación, pero tampoco pudieron confirmar el origen del mensaje. Era uno de esos resultados incómodos que no demostraban nada y, precisamente por eso, dejaban abiertas demasiadas posibilidades.

—Al menos sabemos que el autor sabe utilizar el correo electrónico —dijo el jefe de la estación.

—O que alguien lo hizo por él.

—El anonimato se puede comprar. El silencio también. Pero ¿por qué alguien que pretende entregar secretos de Estado empieza exigiéndonos que dejemos de hacer lo que hacemos siempre?

El especialista se encogió de hombros. No tenía obligación de responder a preguntas para las que no existían datos.

El jefe de la estación volvió a fijarse en la fecha del encuentro. Cuatro de mayo. Domingo. Mediodía. Una hora, ni un minuto más. Las condiciones recordaban menos a una oferta de colaboración que a una trampa cuidadosamente disfrazada de oportunidad. Pero hasta las trampas podían contener un cebo auténtico. Y a veces el cebo era tan valioso que rechazarlo equivalía a perder antes de empezar la partida.

—Preparen una lista de preguntas para la primera entrevista con Samsónova —ordenó—. Pero no la conviertan en un interrogatorio. Si siente que ya hemos decidido por ella, no averiguaremos nada útil.

—¿Y si pregunta de inmediato quién envió la carta?

—Entonces le diremos la verdad: todavía no lo sabemos.

El empleado se marchó. El jefe de la estación se quedó solo frente a la pantalla. Podría haber llamado a aquello una verificación rutinaria de una fuente, pero habría sido engañarse a sí mismo. Por primera vez en mucho tiempo, un desconocido no pedía ayuda a los estadounidenses. Les ofrecía una oportunidad y, al mismo tiempo, les explicaba bajo qué condiciones tenían derecho a aprovecharla.

En otra parte del mundo, Anna Samsónova intentaba convencerse de que la inquietud no siempre anunciaba un peligro. Sabía lo fácil que resultaba para la mente completar una imagen a partir de unos pocos detalles. En el laboratorio, así nacían los errores: primero una hipótesis, luego una selección de hechos que parecían confirmarla y, al final, una certeza que ya nadie quería poner a prueba. Siempre había procurado resistirse a esa tentación.

Pero aquella vez no tenía muestras, resultados de análisis ni manera de repetir una observación. Solo un mensaje sobre Roma y un recuerdo que no había conseguido reprimir.

Abrió el armario donde guardaba las pertenencias que había traído de su vida anterior. La mayoría ya no servía para nada: viejos cuadernos, algunos libros, un sobre con fotografías. Casi nunca los sacaba. No porque temiera al pasado, sino porque no quería convertirlo en la única prueba de su propia existencia.

En una de las fotografías aparecía más joven, con el cabello recogido y el rostro iluminado por un sol de verano implacable. A su lado había una persona a la que la cámara solo había captado de perfil. Una sola mirada le bastó para recordar aquel rostro y lo que había sentido ese día: una extraña impresión de que la conversación había terminado antes siquiera de comenzar.

Guardó de nuevo la fotografía. Si su memoria no la engañaba, aquella persona no podía volver a aparecer. Pero admitir la posibilidad de un error habría significado dudar del único don en el que Anna estaba acostumbrada a confiar.

Por primera vez en mucho tiempo, Anna no pensó en quién la vigilaba, sino en quién podía estar esperando su regreso.

En McLean, el director volvió a abrir la fotografía. Esta vez no observó el rostro, sino la leyenda que aparecía debajo: fecha, lugar, número de archivo. Todo era corriente, estaba comprobado, resultaba casi aburrido. Precisamente por eso se detuvo a mirarlo. En asuntos como aquel, el peligro rara vez parecía peligroso desde el principio. Solía presentarse bajo la forma de un detalle insignificante que todos habían visto, pero que nadie había considerado digno de atención.

Cerró la carpeta y apagó la pantalla. La operación ya tenía nombre, un responsable y un plan preliminar. Pero le faltaba lo principal: una idea fiable de quién estaba al otro lado de la carta. Eso significaba que todo lo que pensaban hacer a continuación podía no ser una preparación para el encuentro, sino la ejecución del guion de otra persona.

Faltaban trece días para el encuentro en el Vaticano.

* * *

EL VA†ICANO

Capítulo 2. La traición

Johnny la llamaba Ann: una forma breve, casi cariñosa, como si aquel nombre les perteneciera solo a ellos dos. En presencia de otras personas, a veces decía «Anna», sobre todo cuando hablaban de asuntos serios o había cerca alguien a quien Ann conocía desde hacía poco. Pero, a solas, siempre era Ann. En aquel nombre no había pasado, ni documentos, ni decisiones tomadas por otros. No evocaba San Petersburgo, Moscú, los laboratorios secretos ni a aquella mujer a la que un día habían dejado de buscar en voz alta.

—Ann, otra vez no me estás escuchando.

Ella alzó la mirada. Johnny la observaba con fingido reproche, aunque las comisuras de sus labios delataban una sonrisa.

—Sí te escucho.

—Entonces repite lo que acabo de decir.

—Has dicho que tu nuevo proyecto te llevará menos tiempo que el anterior, que por fin has aprendido a delegar responsabilidades y que esta vez no permitirás que tus socios conviertan los fines de semana en una prolongación de la jornada laboral.

—Increíble. De verdad me estabas escuchando.

—Es que se me da bien recordar lo que la gente repite tres veces.

Él se echó a reír. Johnny había comprendido hacía tiempo que Ann reparaba en más cosas que la mayoría. Le bastaba oír una palabra desconocida una sola vez para emplearla correctamente meses después. Recordaba nombres de calles, rostros de compañeros de viaje ocasionales y cuadros ante los que apenas se había detenido unos minutos. A veces aquello le maravillaba; otras, lo inquietaba un poco. Pero no trataba de convertir esa singularidad suya en un enigma que tuviera la obligación de resolver.

Estaban sentados junto a la ventana de una pequeña cafetería del norte de Virginia. Fuera caía una llovizna fina, los coches avanzaban despacio por la calzada mojada y, sobre la mesa, el café se enfriaba entre ambos. Johnny intentaba convencer a Ann de que sus próximas vacaciones debían ser vacaciones de verdad: sin portátil, sin llamadas de trabajo y sin mensajes interminables.

—Italia —dijo—. Hace mucho que quieres volver.

—No hace tanto que estuve allí como tú crees.

—Hablas de los museos como si los hubieras visitado ayer. Pero estoy seguro de que serías capaz de pasar otras tres horas delante de un solo cuadro y luego decir que no nos ha dado tiempo a ver nada.

—Si el cuadro es bueno, tres horas no son tiempo perdido.

—¿Y si a mí me apetece un helado?

—Pues puedes pasarte tres horas comiendo helado.

Johnny volvió a reír. Le gustaba su manera de responder: tranquila, a veces con una ironía apenas perceptible, casi sin acento. En su inglés rara vez se deslizaba algo que revelara el lugar donde había nacido. Sin embargo, cuando se entusiasmaba contando algo, surgían giros de una precisión singular, y ciertas palabras sonaban como si primero las eligiera mentalmente y solo después las dejara salir. Él sabía que Ann no había crecido en Estados Unidos y no le exigía detalles que ella no quisiera compartir.

A Ann le gustaba estudiar idiomas. El inglés se había convertido hacía tiempo en una herramienta cotidiana; amaba el italiano por su musicalidad y el portugués por sus inesperadas transiciones suaves entre sonidos. Johnny bromeaba diciendo que pronto tendría que pedir el café en tres idiomas para no quedarse atrás. Ella le respondía que le bastaría con aprender a pronunciar los nombres de los platos sin hacer aquella pausa angustiosa.

—Hablo en serio —dijo él—. Si vas a Italia, iré contigo.

Ella guardó silencio. Lo había dicho con tanta naturalidad que por un instante no entendió por qué aquellas palabras le provocaban una calidez casi dolorosa. Johnny no preguntaba si podía acompañarla ni intentaba averiguar el motivo del viaje. Sencillamente le ofrecía estar a su lado.

—Pero tú estás ocupado —repuso ella.

—Sé cerrar el portátil.

—No siempre.

—Entonces será mi hazaña personal.

Ella sonrió. Por un segundo se imaginó una escena demasiado corriente para parecer un sueño: ambos paseando por las viejas calles romanas, discutiendo qué museo visitar primero, perdiéndose entre los turistas y eligiendo una mesa en una terraza. Johnny compraba un mapa, pese a tener teléfono, y después se negaba obstinadamente a reconocer que se había equivocado de calle. Ella lo corregía y él fingía que aquel había sido su plan desde el principio.

—Está bien —dijo Ann—. Volaremos juntos.

Johnny alargó la mano por encima de la mesa y cubrió la de ella con la suya.

—Ahora sí me creo que me estabas escuchando.

Ann contempló sus manos. Quería retener aquel minuto tan sencillo, en el que no ocurría nada terrible. Nadie hacía preguntas sobre el pasado. Nadie le pedía cuentas. No tenía que sopesar cada palabra ni calcular qué peligro podía esconder una frase cualquiera.

Ann no le había contado a Johnny toda la verdad sobre sí misma. Él sabía que había llegado de otro país, que su vida anterior había terminado de forma abrupta y que había recuerdos de los que prefería no hablar. Ignoraba su trabajo en Rusia y el precio que había pagado por una nueva identidad. Tampoco sospechaba hasta qué punto su libertad dependía de personas en las que ella no confiaba por completo.

No le mentía a cada instante. Pero entre la verdad y la mentira se extendía un territorio de silencios sobre el que habían construido su intimidad. Ann esperaba poder reducir algún día aquella distancia. No hoy. Ni mañana. Pero algún día.

—Solo prométeme una cosa —dijo Johnny—: que no pasaremos todas las vacaciones metidos en museos.

—No prometo nada.

—¡Ann!

—Prometo pensármelo.

—Esa es la promesa más peligrosa que podías hacerme.

Ella soltó una carcajada, ligera y sincera. Johnny habría guardado aquel sonido en la memoria si hubiera sabido lo pronto que tendría que volver a él con el pensamiento. Pero ese día no pensaba en la pérdida. Pensaba en los billetes, en el trabajo que debía terminar y en que, por primera vez en mucho tiempo, quería viajar no para cerrar un negocio, asistir a una reunión o cambiar de aires. Quería hacerlo con una mujer a cuyo lado un día cualquiera dejaba de parecer vacío.

* * *

El viaje se organizó antes de lo que Ann esperaba. Le comunicaron que una reunión en Italia requería su presencia y que le explicarían los detalles más adelante. La convocatoria no parecía urgente: una fecha, un itinerario, instrucciones para comunicarse. Pero aquella concisión demasiado medida le recordó otros tiempos, cuando las órdenes más peligrosas solían pronunciarse con absoluta naturalidad.

No se lo contó todo a Johnny. Le explicó que había surgido la necesidad de ir a Roma durante unos días y que, por el momento, no podía decirle por qué. Él no insistió. Se limitó a preguntarle cuándo salía el vuelo y cuánto tiempo tenían para prepararlo todo.

El día de la partida, Johnny debía encontrarse con ella en el aeropuerto de Dulles y después ambos irían juntos a los mostradores de facturación. Le prometió salir de casa con antelación. Ann incluso lo pinchó diciéndole que alguien capaz de dirigir su propia empresa seguramente podría calcular cuánto se tardaba en llegar al aeropuerto.

—Lo he calculado —respondió él por teléfono—. Pero no contaba con que el mundo entero decidiera irse de vacaciones al mismo tiempo.

Al principio todo transcurrió según lo previsto. Ann ya se encontraba en la terminal del Aeropuerto Internacional Washington-Dulles, rodeada de viajeros con maletas, familias con niños y hombres de negocios que seguían mirando sus teléfonos incluso frente a los enormes ventanales que daban a las pistas. El espacio resultaba a la vez solemne e impersonal: techos altos, cristal, estructuras metálicas, una iluminación uniforme y anuncios cuyas palabras se disolvían en el murmullo general. Tras los ventanales descansaban los aviones, aunque aquella quietud era engañosa: cada uno se preparaba para llevarse a alguien hacia otra vida.

A Ann le gustaban los aeropuertos por esa sensación de tránsito. Allí la gente todavía no se había marchado, pero en su imaginación ya había dejado atrás las habitaciones familiares, el café a medio beber, las conversaciones y las promesas. Cada cual tenía un destino y un motivo para no quedarse donde estaba.

Miró el panel de salidas y luego el teléfono. Johnny le había escrito que ya estaba en camino y que llegaría a tiempo. Ella le envió una fotografía del inmenso ventanal acompañada de un mensaje: «Ya estoy casi en Italia. Solo falta que llegues tú».

Él respondió: «Ni se te ocurra irte sin mí».

Ann sonrió y guardó el teléfono. Al cabo de un minuto lo sacó de nuevo, como si solo quisiera comprobar la hora. La salida del vuelo se acercaba. Cumplió los trámites necesarios, facturó el equipaje y se dirigió a la zona de espera. Todo era normal. Demasiado normal para un viaje sobre el que tan poco le habían contado.

Veinte minutos después vibró el teléfono.

«El atasco apenas avanza. Estoy intentando encontrar otra ruta. No te vayas todavía».

Leyó el mensaje y lo llamó.

—Johnny, ¿cuánto te falta?

Al otro lado se oía el rumor de los coches y algunos bocinazos breves.

—No lo sé. Esto no se mueve. Parece que ha habido un accidente más adelante. Ya me he salido de la carretera principal, pero aquí también está todo colapsado.

—¿Llegarás a tiempo?

Él no respondió enseguida. Y aquella pausa dijo más que cualquier palabra.

—Lo intentaré, Ann.

—No me digas que lo intentarás. Dime si vas a llegar o no.

—No quiero que vueles sola.

Ella cerró los ojos. Tampoco lo quería. De pronto, el viaje a Italia dejó de ser un destino y se convirtió en todo lo que debía ocurrir entre los dos: las bromas ante el mostrador de facturación, su mano sobre el hombro de ella, la habitual discusión a propósito del equipaje. Se lo había imaginado con tanta claridad como si de verdad estuvieran juntos.

—Te esperaré hasta el último momento —dijo.

—Estoy de camino.

La comunicación se cortó. Ann contempló la pantalla hasta que se apagó. Después levantó la vista hacia el panel de salidas. El tiempo no se detenía porque dos personas no alcanzaran a reunirse. Los avisos continuaban. Los pasajeros se dirigían a sus puertas de embarque. Un empleado de la aerolínea repetía las instrucciones con voz serena, como si cada minuto fuera idéntico al anterior.

El teléfono volvió a vibrar.

«Ann, perdóname. No voy a llegar. Esto sigue parado. Por favor, sube al avión. Te llamaré cuando aterrices. Y no creas que he cambiado de opinión. Quería estar contigo».

Releyó el mensaje. Johnny no la había abandonado. No había antepuesto el trabajo a ella, ni se había arrepentido en el último momento, ni se había asustado por aquel viaje misterioso. Simplemente había quedado atrapado en un atasco, uno corriente, absurdo, completamente insignificante en comparación con lo que podía suceder después.

Y, sin embargo, fue precisamente aquel atasco el que los separó.

Ann escribió una respuesta: «Lo sé. Está bien. Te escribiré». Después borró la última frase y volvió a escribirla. Le habría gustado confesar que le daba miedo volar sola, que lo necesitaba y que estaba cansada de las personas que entraban en su vida bajo sus propias condiciones. Pero habría sido injusto con Johnny. Él no tenía la culpa de su pasado ni podía repararlo con su sola presencia.

«Lo sé. No te preocupes. Te llamaré desde Roma».

Pulsó «enviar», apagó la pantalla y se levantó.

Quedaba poco tiempo para el embarque. Ann caminó hacia la puerta sin mirar atrás. En el cristal se reflejaban su rostro y las personas que se movían a sus espaldas. De pronto pensó que una vez ya había caminado hacia una vida que no era capaz de imaginar. Entonces había creído que lo más importante era abandonar su país. Ahora sabía que a veces resultaba mucho más aterrador descubrir que ni siquiera después de salvarte te pertenecías del todo.

El avión la esperaba detrás del cristal.

* * *

En la cabina olía a tela limpia, a café y al aire fresco del sistema de ventilación. Ann se acomodó junto a la ventanilla. A su lado, un pasajero colocaba una bolsa en el compartimento superior; delante, un niño le pedía unos auriculares a su madre; una azafata comprobaba los cinturones. Todo sucedía con tranquilidad, siguiendo el orden habitual. El avión rodó lentamente hacia la pista, se detuvo unos segundos y luego inició la carrera de despegue.

Ann apretó la mano contra el reposabrazos. Cuando el suelo comenzó a alejarse, la ciudad se transformó en una cuadrícula de calles y tejados. La contempló hasta que sus contornos desaparecieron entre las nubes. Johnny probablemente seguía atrapado en el atasco. Tal vez ya intentaba dar media vuelta. Tal vez se reprochaba no haber salido una hora antes. Imaginó su rostro y sintió una ternura tan intensa que le dolió.

Quería creer que aquel viaje sería breve y que después irían de verdad juntos a algún lugar. No podía explicarle a Johnny por qué era tan importante aquella reunión. Pero al menos podía mantener la promesa de regresar.

El avión ganó altura. Bajo el ala quedó Estados Unidos, el país que le había dado un nombre nuevo y la posibilidad de empezar de cero, pero que no había conseguido borrar su pasado. Ann cerró los ojos. El zumbido constante de los motores fue llenando poco a poco su conciencia, y la memoria, que llevaba años manteniendo a raya, entreabrió una puerta.

Volvió a ver las montañas.

No eran como las de las postales, donde las cumbres siempre reciben una luz perfecta y los valles parecen pintados. Las montañas verdaderas eran inmensas e indiferentes al miedo humano. Surgían de la niebla en pliegues oscuros, ocultaban los caminos y cambiaban de color con el tiempo. Por la mañana, una sombra azulada cubría las laderas; cerca del mediodía, las rocas se volvían casi blancas, y al atardecer las cumbres se encendían de cobre y púrpura. Las nubes se aferraban a las crestas boscosas como si no quisieran dejarlas marchar hacia el cielo.

Aquello había ocurrido unos años atrás. Anna todavía no se había acostumbrado a pensar que su vida anterior había terminado. Atravesaba el Cáucaso y dejaba atrás Rusia y cuanto la unía a ella. Además del miedo y el cansancio, en su memoria permaneció la naturaleza: tan generosa que resultaba casi injusto cruzar aquellas tierras a escondidas, sin derecho siquiera a detenerse.

En San Petersburgo conocía otra clase de belleza. Allí estaban el agua, el viento húmedo, las noches blancas, las fachadas reflejadas en los canales y un cielo capaz de permanecer gris durante horas sin resultar nunca igual. Moscú le había enseñado otro ritmo: grandes avenidas, luces de escaparates, movimiento incesante, una arquitectura que unas veces abrumaba y otras fascinaba. Pero el Cáucaso era un mundo completamente distinto. Allí las distancias no se medían en calles ni manzanas, sino en puertos de montaña, desfiladeros y curvas tras las que aparecía un nuevo valle.

El aire olía a tierra mojada, hojas, humo de alguna hoguera lejana y a algo áspero, vegetal. Después de la lluvia, al olor del camino se sumaba el de la piedra fría. Los troncos de los pinos se calentaban al sol, y la resina desprendía una nota densa, casi dulce. A veces, el viento traía olor a agua: no al mar, sino a un torrente de montaña, impetuoso, con un matiz de limo y una frescura que parecía limpiar los pulmones desde dentro.

Anna no podía permitirse detenerse demasiado, pero aun así memorizaba los detalles. A los lados del camino crecían arbustos cuyas hojas brillaban después de la lluvia. En los desfiladeros estrechos, el ruido del motor rebotaba contra las laderas y regresaba al coche convertido en un eco sordo. A lo lejos rugía un río. No se veía, pero se hacía presente en el aire y en aquel rumor grave y continuo, semejante a la respiración de la tierra.

Al principio, Anna consideraba todo aquello un simple telón de fondo de su peligroso viaje. Luego comprendió que eran precisamente esas imágenes las que la ayudaban a no caer en el pánico. Una persona puede pensar interminablemente en su miedo si nada la obliga a mirar fuera. Pero cuando, tras una curva, se abre de pronto un valle bañado por el sol, la mente enmudece durante un instante. La belleza no elimina el peligro, pero recuerda que el mundo es mucho más grande que la trampa en la que uno se encuentra.

Un día recorrieron un tramo de carretera desde el que se divisaban montañas que se sucedían unas a otras hasta el horizonte. El cielo estaba despejado y las cumbres lejanas parecían talladas en cristal azul. Los bosques oscurecían las laderas y entre ellos centelleaban los arroyos. Anna pidió al conductor que no cerrara la ventanilla. El viento le golpeó la cara, llevándole olor a hierba y polvo, y de pronto sintió, no libertad, sino añoranza: la añoranza de poder viajar sin más, sin esconderse, sin contar los minutos ni temer una mirada casual.

Pensó en su madre. De su padre guardaba un recuerdo diferente: la figura que emergía de relatos incompletos, un hombre cuya muerte había dejado demasiadas preguntas sin respuesta. Su madre, en cambio, seguía presente en cada recuerdo doméstico: su voz, la costumbre de ajustarle el cuello de la ropa, el olor de la crema de manos, la luz de la cocina una tarde de invierno. Después de su muerte, el mundo se había convertido en un lugar donde no quedaba nadie a quien llamar para decirle: «He llegado». Ahora nadie ocupaba ese lugar.

Anna apartó el rostro de la ventanilla antes de que sus acompañantes pudieran verle la expresión.

El camino a través de Abjasia y Georgia no se parecía a un viaje. No había en él despreocupación turística, paradas improvisadas para admirar un paisaje ni la certeza de que por la noche les aguardaría un hotel. Cada tramo de carretera existía por separado, como una prueba. Las personas que la ayudaban hablaban poco. Apenas hacían preguntas. A veces le parecía que sabían más de su miedo que ella misma y que por eso ni siquiera intentaban tranquilizarla.

Pero incluso en aquellos días la vida insistía en reclamar cosas ordinarias. Tenía hambre. Tenía sueño. Quería lavarse con agua fría y ponerse ropa limpia. Quería oír una voz humana que no sonara a advertencia, sino a invitación a sentarse a la mesa.

En una casa pequeña, donde pudieron detenerse por un rato, le dieron de comer jinkali calientes. El plato estaba delante de ella, y el vapor ascendía bajo la luz tibia de una lámpara. La masa era elástica, fina pero resistente; dentro había jugo ardiente y carne especiada, con aroma a pimienta y hierbas. Le explicaron cómo sujetar cada jinkali por el pliegue superior y morder con cuidado el borde para no derramar el caldo. Anna lo probó, se quemó la lengua y se echó a reír sin querer. Era la primera risa auténtica que soltaba en varios días.

El dueño de la casa la miró con una sorpresa bondadosa.

—Con cuidado. Quema.

Ella asintió y volvió a tomar el tenedor. La comida era sencilla, pero encerraba una generosidad antigua y segura de sí misma: nadie le preguntaba si merecía aquella cena. Sencillamente la habían invitado a sentarse y le habían dado de comer.

Al día siguiente le sirvieron jachapuri. El queso se estiraba al separar un trozo, la corteza olía a horno y la mantequilla iba penetrando lentamente en la masa caliente. Anna conservó aquel sabor con casi tanta nitidez como la imagen de las laderas. Probó el vino Kindzmarauli más tarde, durante una cena breve, cuando las conversaciones se habían vuelto más tranquilas. Era suave, oscuro, de dulzor afrutado, y dejaba una sensación cálida en la lengua después del primer sorbo. No bebió mucho. Necesitaba mantener la mente despejada. Pero retuvo su sabor, no como un lujo, sino como parte de un mundo en el que la gente sabía recibir a un desconocido con pan, queso y vino, incluso sin saber qué traería el día siguiente.

Más tarde, ya en Estados Unidos, recordaba a veces aquella mesa y le sorprendía que su memoria hubiese conservado tantos detalles. Podía olvidar la curva exacta de un camino, el número de escalones de la casa o el color de la chaqueta de uno de sus acompañantes. Pero el olor de la masa recién hecha, el calor de una taza entre las manos, la nota agridulce del vino y el rumor vespertino de un río lejano habían permanecido intactos, sin esfuerzo alguno.

Quizá los recordaba tan claramente porque, incluso mientras huía, había descubierto lugares donde podría haberse quedado si su vida hubiera seguido otro rumbo.

Cuando el trayecto la condujo a la siguiente etapa, Anna ya casi no preguntaba qué ocurriría después. Seguía las instrucciones, observaba los rostros y procuraba no mirar demasiado a las personas que conocían su verdadero nombre. Un día le dijeron que, a partir de cierto punto, se harían cargo de ella unos agentes estadounidenses. Aquellas palabras sonaron a promesa, pero Anna ya comprendía que una promesa no equivalía a la salvación.

El vuelo especial la esperaba en un pequeño aeródromo. No hubo ceremonia alguna ni sensación de victoria. El avión parecía corriente, incluso anodino. Cerca se encontraban varias personas que no se presentaban ni hacían preguntas innecesarias. Le indicaron que subiera a bordo. Anna volvió la vista hacia la tierra que acababa de recorrer e intentó comprender qué estaba sintiendo exactamente. ¿Alivio? ¿Miedo? ¿Culpa? Todo a la vez.

En la cabina hacía fresco. Le dieron agua y le explicaron que no debía hablar de las siguientes etapas del itinerario con nadie salvo con determinados funcionarios. Anna asintió. Miró por la ventanilla, donde se reflejaba su rostro, y no reconoció a la mujer que la observaba desde el cristal. No porque su aspecto hubiera cambiado. Había cambiado el lugar desde el que se miraba a sí misma.

Cuando el avión despegó, el Cáucaso quedó bajo sus alas. Las montañas se volvieron pliegues oscuros, los ríos finas líneas de plata y las carreteras desaparecieron por completo. Anna no se sintió a salvo. Sintió que ahora la separaba de su antigua vida una distancia imposible de recorrer a pie. Pero la distancia no destruía la memoria. Solo la volvía más pesada.

Fue entonces cuando pensó por primera vez que algún día podría volver a aquellos lugares, no como fugitiva, sino como una viajera cualquiera. Detenerse junto a la carretera, pedir un jachapuri, sentarse en una terraza, escuchar una lengua ajena y no intentar adivinar quién de sus interlocutores conocía su nombre. Entonces aquella idea le había parecido casi imposible. Pero la guardó como se guarda un objeto pequeño que no puede enseñarse a nadie porque significa demasiado.

* * *

—Señorita, ¿quiere agua?

Anna abrió los ojos. Una azafata estaba a su lado con una botella en la mano. El avión volaba ya por encima de las nubes; la luz que entraba por la ventanilla era más intensa y la cabina se había llenado de las voces apagadas de los pasajeros que acababan de despertar.

—Gracias. Sí, por favor.

Bebió unos sorbos. El recuerdo se alejó, pero no desapareció. Era como si aún tuviera en la lengua el sabor de la masa caliente y en la memoria el frescor del aire de montaña. Anna se miró las manos. Entonces, en el avión que la sacaba de Rusia, había pensado que lo peor había quedado atrás. Ahora sabía que nadie puede abandonar definitivamente su vida anterior por el simple hecho de haber cruzado una frontera.

Su teléfono estaba en modo avión, de modo que Johnny no podía escribirle. Aun así, le respondía mentalmente: «He llegado. Estoy bien. Todavía haremos ese viaje juntos». Era una promesa que no tenía derecho a hacer en nombre del futuro, pero tampoco podía negarse a sí misma en el presente.

Varias horas después, el avión inició el descenso. Tras la ventanilla aparecieron costas, campos, carreteras y una densa extensión de edificios. Italia se acercaba no como un lugar de descanso, sino como un escenario en el que tendría que interpretar un papel que no había elegido ella sola.

En Roma solo debía seguir siendo Anna Samsónova en la medida en que lo exigiera la misión. A continuación entraría en vigor el plan acordado con la parte estadounidense. Sus documentos norteamericanos le permitían efectuar el vuelo y cruzar legalmente la frontera; después de llegar, debía entregar el pasaporte a un empleado de confianza de la embajada, conforme a una operación preparada de antemano. Para desplazarse a partir de entonces, disponía de un pasaporte ruso válido para viajar al extranjero y de la documentación necesaria para entrar en el país. Sobre el papel todo parecía sencillo. En la vida real, cada una de aquellas transiciones se asemejaba a un paso por un puente estrecho bajo el que corría el agua.

Anna no se engañaba pensando que aquel era un viaje turístico corriente. Sabía que su presencia en Roma importaba a personas que no tenían intención de explicárselo todo. Pero también sabía que un desconocido había accedido a entregar los documentos únicamente a ella. Eso significaba que no podía limitarse a rechazar el encuentro sin averiguar por qué la había elegido precisamente a ella.

Tras el aterrizaje, los pasajeros se levantaron, sacaron sus equipajes y formaron una fila en el pasillo. Ann esperó a que la multitud empezara a avanzar para ponerse en pie. En el aeropuerto olía a café, perfume, polvo tibio y a algo cítrico que llegaba desde una tienda junto a la salida. A su alrededor, el italiano sonaba rápido y musical. Anna se sorprendió prestando atención a aquellas entonaciones familiares. La tranquilizaban un poco.

Recorrió el pasillo con los demás viajeros, mostró los documentos necesarios y salió a la zona pública. Nadie la detuvo. Nadie pronunció su nombre como si fuera una advertencia. A su alrededor solo había viajeros corrientes, familias con niños, parejas, turistas mayores y hombres de traje. Todos llevaban su propia historia, pero ninguna podía leerse en sus rostros.

Junto a la salida la aguardaba un empleado al que solo podía reconocer por las señas acordadas de antemano. No la llamó por su nombre ni le tendió la mano. Intercambiaron unas frases breves, como dos personas que se encuentran por casualidad en un aeropuerto. Después la acompañó al lugar donde podría entregar el pasaporte estadounidense y recibir nuevas instrucciones. El trámite duró unos minutos. Desde fuera parecía un encuentro ordinario entre dos personas que necesitaban tratar un asunto de documentos.

Anna guardó el pasaporte ruso en un bolsillo interior del bolso. A ojos de los demás, volvía a ser una turista rusa. Más tarde debería incorporarse a un grupo turístico para pasar inadvertida entre los visitantes del Vaticano. Aquella decisión le parecía tan sensata como humillante: para hacerse invisible tenía que recuperar el papel que había dejado atrás.

Antes de salir del aeropuerto sacó el teléfono y lo encendió. Los mensajes de Johnny llegaron casi de inmediato.

«¿Has aterrizado ya?».

«Escríbeme en cuanto puedas».

«Sigo enfadado por el atasco. No contigo. Con el atasco».

Ann sonrió. Escribió: «Ya he aterrizado. Todo bien. Aquí hace calor. Ya oigo hablar italiano y estoy pensando en un café».

Quiso añadir: «Ojalá estuvieras aquí». Contempló las palabras unos segundos y acabó enviándolas también. Era una pequeña verdad que podía permitirse.

La respuesta llegó enseguida:

«Debería haber estado ahí. Perdóname. La próxima vez saldré de casa con veinticuatro horas de antelación».

«La próxima vez iremos juntos», escribió ella.

Esta vez no borró la frase.

Tras las puertas de cristal empezaba Roma. La ciudad la recibió con luz, ruido de motores y olor a piedra caliente. En algún lugar, más adelante, la aguardaban calles, plazas, museos y catedrales que habría querido visitar sin prisas. Pero en aquel momento no pensaba en la belleza. Pensaba en el rostro del hombre al que no debía haber vuelto a ver.

Anna apagó la pantalla y guardó el teléfono. En el bolso llevaba un pasaporte ruso; en la memoria, la voz de Johnny; y por delante tenía una reunión de la que sabía demasiado poco.

Había llegado sola a Italia.

Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la impresión de que el pasado no se había limitado a quedarse atrás. La esperaba delante.

* * *

EL VA†ICANO

Capítulo 3. El precio de la salvación

Roma. Abril de 2025

Anna leyó el mensaje una vez. Luego, una segunda.

«Han cambiado las condiciones del encuentro. El lugar inicialmente acordado ya no está confirmado. Espere nuevas instrucciones. No emprenda ninguna acción por su cuenta».

El texto no llevaba firma. Solo figuraban la confirmación de entrega y la hora de envío: unos minutos antes.

Estaba sentada junto a la ventana de su habitación de hotel. Abajo, al otro lado del cristal, Roma seguía con su vida habitual: los ciclomotores se abrían paso entre los coches, dos conductores discutían en un cruce y una mujer con un abrigo claro llevaba una bolsa de papel de una panadería. El viento agitaba las copas de los árboles y, sobre la pared del edificio de enfrente, una franja de sol avanzaba lentamente. Todo resultaba tan cotidiano que el mensaje parecía fuera de lugar, casi indecoroso. El hombre por el que Anna había cruzado el océano cambiaba las reglas del juego sin molestarse siquiera en explicar por qué.

Dejó el teléfono sobre la mesa, aunque no lo perdió de vista.

Lo más inquietante no era el cambio de lugar: alguien que temiera estar vigilado podía trasladar una cita. Lo que la asustaba era otra cosa. El desconocido sabía que el mensaje llegaría cuando Anna ya estuviera en Roma, cuando no pudiera limitarse a cancelar el viaje. Le había presentado un hecho consumado: el acuerdo anterior ya no significaba nada.

Anna conocía bien aquellas fórmulas. Tiempo atrás la habían obligado a firmar registros de notificación, esperar autorizaciones y volver a los despachos de sus superiores con una solicitud tras otra, solicitudes que desaparecían en oficinas ajenas. «Las condiciones han cambiado». «El asunto requiere una aprobación adicional». «Volveremos sobre ello más adelante». A veces, tras esas palabras solo había burocracia. Otras veces, miedo. Y otras, alguien tomaba decisiones de las que no debían enterarse las personas cuya vida dependía de ellas.

Se acercó a la ventana. El cristal le devolvió un rostro sereno, casi impasible. Había aprendido a adoptar aquella expresión en Rusia, cuando empezó a ocultar la irritación y la angustia. En Estados Unidos se había convertido en parte de su nueva identidad. Ahora volvería a necesitar aquella máscara, frente a personas cuyas intenciones desconocía.

El teléfono no sonó. No llegaron más mensajes.

Anna se sentó al borde de la cama y cerró los ojos. Las palabras «las condiciones han cambiado» le recordaron de pronto otra frase, pronunciada muchos años antes en un despacho que olía a papel, café y desinfectante. Por entonces aún creía que, si exponía los hechos con suficiente precisión, si mostraba los cálculos y no permitía que las emociones debilitaran sus argumentos, la decisión se tomaría necesariamente atendiendo al fondo del asunto.

No se había equivocado en lo referente a la ciencia. Se había equivocado respecto a las personas.

* * *

A principios de 2020, los laboratorios vivían inmersos en su concentración habitual. En aquel centro científico de acceso restringido, cada jornada seguía un orden preciso: pases, registros, permisos limitados, firmas y conversaciones breves junto a las puertas. Incluso la preocupación se convertía allí en un protocolo: se anotaba una anomalía, se comprobaba, se repetía el experimento y se comparaban los resultados. Eso era precisamente lo que le gustaba a Anna: aquella claridad. El mundo fuera de los muros del instituto podía ser contradictorio, injusto y ruidoso, pero la investigación exigía honradez. Los datos confirmaban una hipótesis o no la confirmaban.

Trabajaba en un equipo dedicado al desarrollo de productos inmunobiológicos. Su especialidad consistía en analizar procesos biológicos y determinar qué hipótesis científicas merecía la pena investigar. Nunca se había considerado capaz de cambiar el curso de la historia con un solo descubrimiento. Le irritaban los titulares sobre «remedios milagrosos» y «soluciones universales», especialmente cuando aquellas promesas grandilocuentes no tenían detrás nada más que esperanza y publicidad. Cualquier tratamiento debía someterse a ensayos; cualquier propuesta tenía que resistir las comprobaciones antes de poder ofrecérsela a la gente.

Pero, con la aparición del nuevo virus, el tiempo dejó de ser una magnitud abstracta de un momento a otro.

Las noticias cambiaban a diario. Al principio parecía algo lejano, otro brote que los especialistas conseguirían contener. Después comenzaron a repetirse palabras conocidas: aislamiento, falta de camas, fronteras cerradas, personas que enfermaban casi al mismo tiempo. Anna leía publicaciones, contrastaba datos y discutía con sus colegas sobre los límites de las conclusiones que podían extraerse de una información que cambiaba a toda velocidad. No creía en una vacuna milagrosa capaz de eliminar todos los riesgos de un día para otro. Creía en la necesidad de trabajar: en hipótesis verificables, en varias líneas de investigación paralelas, en la posibilidad de encontrar formas de reducir la gravedad de la enfermedad y ganar tiempo para desarrollar soluciones más fiables.

No llamaba medicamento a sus ideas. En un laboratorio, aquella palabra implicaba demasiadas cosas. Mientras no hubiera superado las pruebas correspondientes, una hipótesis seguía siendo una hipótesis, por prometedora que pareciera. Pero Anna estaba convencida de que su línea de trabajo merecía una evaluación urgente. Contaba con observaciones, cálculos preliminares y una argumentación que podía defender. No necesitaba autorización para obrar un milagro, sino la posibilidad de seguir investigando: acceder a los materiales necesarios, reunir a los especialistas, poner a prueba su planteamiento y descubrir si tenía alguna utilidad práctica.

Por aquellas mismas fechas, su madre enfermó.

Al principio, Veronika Serguéievna decía que solo estaba resfriada. Su voz al teléfono sonaba cansada, aunque todavía se esforzaba por parecer animada. Se quejaba de debilidad, de que ya no apreciaba el sabor de los alimentos de siempre, de un frío extraño que la atravesaba incluso bajo las mantas. Anna le preguntaba por la fiebre, por la respiración, por lo que había dicho el médico. Su madre respondía a regañadientes, como si temiera que dar demasiados detalles convirtiera aquel malestar en algo grave.

—Mamá, por favor, no me digas que todo está bien si te encuentras mal.

—Y tú no me hables con voz de jefa de laboratorio —replicó Veronika Serguéievna—. Al fin y al cabo, soy tu madre.

Anna intentó sonreír, aunque su madre no podía verla.

—Precisamente por eso te lo pregunto.

—Lo sé, hija mía. Es que no quiero preocuparte.

Ya estaba preocupada. Comprendía lo poco que se sabía de aquella nueva enfermedad y la rapidez con que las expresiones «vamos a observar» y «habrá que esperar» perdían su capacidad de tranquilizar.

Pronto su madre dejó de bromear. Las conversaciones se hicieron más breves. Entre las preguntas y las respuestas se abrían largos silencios, y su respiración se oía por el auricular como si cada inspiración exigiera un esfuerzo independiente. Anna llamaba, buscaba información e insistía en que no demorara la asistencia médica. Pero no podía convertir sus conocimientos en el derecho a intervenir en cada decisión. Era científica, no una médica omnipotente junto a la cama de una enferma. Por primera vez, aquel límite le parecía menos una restricción profesional que un muro imposible de derribar.

Cuando el estado de su madre empeoró, Anna casi dejó de dormir. En el trabajo seguía cumpliendo con sus obligaciones: leía documentos, participaba en reuniones, comprobaba cálculos y preparaba la justificación de su propuesta de investigación. A veces las líneas de la pantalla empezaban a desdibujarse y tenía que levantarse, ir al lavabo, abrir el grifo del agua fría y esperar a que el mundo recuperara su nitidez. Después regresaba a los papeles.

Se repetía que debía mantener la lucidez. Si dejaba que el miedo la dominara, su madre no mejoraría; si seguía trabajando, tal vez encontrara una solución que pudiera ayudar a otros. Poco a poco, la esperanza personal y el deber profesional se fundieron en una sola cosa.

Un día solicitó una entrevista con el director del centro. Preparó la documentación, eligió cuidadosamente las palabras y revisó una vez más las cifras. No iba a pedir una excepción para su familia. Quería que se tomara una decisión basada en los méritos del proyecto.

El director la recibió al final de la jornada. Detrás de él había armarios llenos de carpetas; sobre el escritorio, documentos; en un rincón, el aire acondicionado funcionaba con un leve zumbido. Parecía cansado, pero no sorprendido. Anna ya había acudido a la dirección para defender su línea de trabajo y siempre llegaba bien preparada.

—Me está pidiendo que revisemos con urgencia las prioridades del equipo —dijo él, después de hojear las primeras páginas.

—No le pido que las revise porque yo esté alterada. Le pido que nos permita comprobar una hipótesis. En este momento hay motivos para pensar que esta línea merece ser evaluada. No podemos prometer resultados de antemano, pero sí averiguar si los hay.

—En las circunstancias actuales, muchas líneas de investigación parecen urgentes.

—Por eso no he traído solo mis conclusiones, sino también las limitaciones. No propongo anunciar un descubrimiento. Propongo realizar el trabajo que nos permita determinar si hay algo que valga la pena.

El director se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.

—Anna Nikoláievna, ¿comprende que la investigación no se hace por el mero deseo de alguien? Existen procedimientos de autorización, recursos y aprobaciones. Hay decisiones que no se toman en su laboratorio, ni siquiera en nuestro centro.

—Lo comprendo. Pero, si todo tiene que esperar su turno, podemos perder un tiempo que ya no podremos recuperar.

—Todos estamos perdiendo tiempo ahora mismo. Y todos quisiéramos detenerlo.

—Entonces, ¿por qué ni siquiera estudian mi propuesta?

Él la observó con más atención. Por primera vez en toda la conversación, apareció en su rostro algo que no se parecía a la irritación, sino a la cautela.

—¿Quién le ha dicho que no la están estudiando?

—Me devolvieron la solicitud sin un dictamen sobre su contenido. Después aplazaron la reunión. Ahora me informan de que el asunto requiere una autorización adicional, pero no me explican de quién. No le pido que me revele secretos ajenos. Le pido que me diga si mi proyecto tiene alguna posibilidad de someterse a una evaluación normal.

El director volvió a ponerse las gafas.

—No puedo prometerle ni plazos ni resultados. Continúe trabajando dentro del plan aprobado. No extraiga conclusiones de los retrasos administrativos.

—¿Y si esos retrasos no son administrativos?

Él tardó en responder. Anna recordaría aquella breve pausa con más fuerza que todo cuanto había dicho antes.

—Aprenda a distinguir las sospechas de las pruebas —dijo por fin el director—. Es usted una buena investigadora. No permita que sus circunstancias personales le hagan perder la objetividad profesional.

Tal vez tratara de advertirla; tal vez solo quisiera dar por terminada la conversación sin decir nada más de la cuenta. Anna recogió los documentos y salió al pasillo. Olía a antiséptico y pintura vieja; las lámparas zumbaban con regularidad. Detrás de una puerta cerrada alguien se echó a reír. La vida dentro de la institución continuaba con una normalidad despiadada.

Unos días después, su madre empeoró. Anna consiguió hablar con ella por teléfono, aunque la conversación se interrumpía a cada momento. Veronika Serguéievna intentaba preguntarle por el trabajo, como si quisiera mantener a su hija dentro del mundo conocido, aquel en el que existían tesis doctorales, libros, exposiciones y cenas de fin de semana. Anna le hablaba de nimiedades y evitaba lo esencial. Temía que contarle cuánto había cambiado todo equivaliera a reconocer su propio miedo.

La última conversación fue corta. Su madre estaba agotada y le pidió que llamara más tarde.

—Tú no te olvides de dormir —le dijo—. Siempre crees que puedes soportarlo todo.

—Te llamaré pronto, mamá.

—Está bien, hija mía.

Anna siguió con el teléfono pegado a la oreja incluso después de que se cortara la comunicación. No sabía explicar por qué no había colgado enseguida. Quizá le parecía que, mientras sostuviera el aparato, la conversación no habría terminado del todo.

La llamada que anunció la muerte de su madre llegó al día siguiente.

Anna oyó las palabras, pero tardó en comprender su sentido. Preguntó quién llamaba y luego si había entendido correctamente. Su interlocutor repitió la noticia con otro tono, como si una entonación más suave pudiera cambiar su contenido. No lo cambió. Veronika Serguéievna había muerto. La pandemia empezaba a adquirir para Anna su forma definitiva: no eran estadísticas, artículos ni boletines, sino la ausencia de una voz que todavía el día anterior le había pedido que se cuidara.

Recordaba estar sentada a la mesa, con las manos apoyadas junto al portátil cerrado. La habitación estaba en silencio, pero en él persistían pequeños ruidos: el frigorífico, una tubería de la calefacción, los pasos de los vecinos detrás de la pared. La ventana estaba cerrada y, aun así, llegaba desde la calle el murmullo lejano de los coches. Anna miraba una taza que no había llegado a tocar y trataba de entender qué debería haber hecho de otra manera.

No había respuesta.

No podía demostrar que su idea de investigación hubiera salvado a su madre. La científica que llevaba dentro se lo recordaba: aquella hipótesis no era un método probado, no se sabía si habría funcionado y la enfermedad no obedecía a su deseo de cambiar el desenlace. Pero otra parte de ella, la que recordaba la voz materna y su propia impotencia, planteaba una pregunta distinta: ¿por qué no le habían permitido al menos comprobarla? ¿Por qué cada solicitud se hundía en interminables trámites? ¿Por qué quienes podían acelerar el trabajo habían preferido no darse prisa?

Aquellas preguntas no constituían una prueba de conspiración. Eran desesperación mezclada con sospechas. Y la desesperación resultó más fuerte que todas las reservas de la razón.

* * *

Después del funeral, Anna regresó al instituto antes de lo que todos esperaban. Le aconsejaron que descansara y se recuperara. Apenas contestaba. Necesitaba terminar el análisis y volver a plantear la cuestión del proyecto: obtener una respuesta que no tenía por qué ser favorable, pero sí honesta.

Trabajaba con una concentración casi inquietante: se quedaba hasta muy tarde, releía artículos y volvía una y otra vez a sus apuntes. Quería demostrarse que la muerte de su madre no había convertido todo en un caos sin sentido y que sus conocimientos aún podían ser útiles para otras personas.

Sin embargo, el instituto respondía con las mismas palabras de siempre. La solicitud se había remitido para su aprobación. Los resultados requerían una evaluación adicional. El acceso a ciertos materiales estaba temporalmente restringido. El jefe del equipo le aconsejó que no agravara la situación y esperara una decisión. Nadie decía que el proyecto estuviera cancelado. Nadie decía que fuera a recibir apoyo. Existía en un extraño estado intermedio, en el que se exigía a la investigadora seguir trabajando sin proporcionarle los medios para avanzar.

Un día Anna advirtió que un documento que había dejado en el sistema compartido, con su número habitual, tenía ahora una nueva marca de acceso. El cambio podía tener una explicación administrativa perfectamente corriente. Solicitó una aclaración y recibió una respuesta formal. Una semana después, un colega que antes discutía de buen grado su hipótesis le dijo que ya no quería hablar de aquel asunto en horario de trabajo.

—¿Por qué? —preguntó Anna.

—Porque ahora nadie sabe qué se puede comentar sin peligro y qué no.

—Estamos en un centro científico. Hablamos de cuestiones científicas.

Él la miró con el cansancio de quien ha renunciado hace mucho a formular preguntas en voz alta.

—Exactamente. Sigue pensando eso.

Ella no intentó retenerlo. Su miedo no demostraba que hubiera una fuerza oculta detrás de lo que sucedía. Pero Anna veía ahora cómo la prudencia se propagaba entre las personas como otra enfermedad. Uno enmudecía, otro dejaba de hacer preguntas y un tercero fingía no haber apoyado jamás una idea controvertida. Así se podía paralizar un proyecto sin tomar ninguna decisión que alguien pudiera calificar de prohibición.

Por entonces apareció en su vida un hombre al que conoció a través de contactos profesionales. No trabajaba en su equipo, no tenía acceso a su laboratorio ni se hacía pasar por un especialista con respuestas para todas las preguntas. Sabía escuchar de una manera que no obligaba a su interlocutor a llenar los silencios apresuradamente. Al principio hablaban de investigación científica; después, de libros, de viajes y de cómo cambia una persona cuando lleva mucho tiempo viviendo en un lugar donde no puede expresar en voz alta todo lo que piensa.

Él sabía que Anna había perdido a su madre. No intentaba explicarle cómo debía vivir el duelo ni recurría a frases sobre el tiempo que todo lo cura. Cuando hablaba del proyecto, le preguntaba qué obstáculos concretos habían surgido y qué necesitaba para continuar. Cuando la amargura la hacía responder con brusquedad, él no fingía no haberlo advertido.

—Crees que, si encuentras a un culpable, te sentirás mejor —le dijo una vez.

—No busco culpables. Quiero entender por qué una decisión que debería evaluarse científicamente no se evalúa de ese modo.

—¿Y si hay más de una razón?

—Entonces hay que decir cuáles son.

—La gente rara vez dice las razones cuando sabe que tendrá que responder por ellas.

Anna lo miró. Había algo insólito en aquella serenidad: él no justificaba al sistema, pero tampoco la empujaba hacia la conclusión fácil de que todos eran enemigos. Le permitía dudar. Tal vez por eso, poco a poco, empezó a hablarle con mayor franqueza.

Por entonces ignoraba que tenía delante a un hombre cuya atenta cordialidad no se debía únicamente al interés personal. Desconocía el número de código con el que figuraba en documentos ajenos y ni siquiera imaginaba que un día su propia biografía quedaría resumida en un expediente confidencial mediante unos pocos párrafos escuetos. Para ella era alguien con quien podía decir en voz alta lo que ocultaba a sus colegas.

—A veces me parece que sigo aquí solo porque no he tenido tiempo de pensar adónde marcharme —le confesó un día.

—¿Y si pudieras elegir?

—No puedo irme sin más. Tengo firmado un compromiso de no abandonar el país. Además, ¿quién me necesitaría en el extranjero? No tengo resultados concluyentes; solo una línea de investigación que ni siquiera aquí me dejan comprobar.

Él no respondió de inmediato. Primero le preguntó qué quería preservar exactamente: su trabajo, la posibilidad de seguir investigando, el recuerdo de su madre o el derecho a creer que todo aquello había tenido sentido.

—¿Acaso se pueden separar esas cosas? —preguntó Anna.

—A veces no queda más remedio.

Ella permaneció callada largo rato.

—Quiero que lo que sé hacer sirva de algo. No solo para los informes ni solo sobre el papel. Quiero saber que al menos lo hemos intentado.

—En otro país tal vez tengas la oportunidad de continuar con tu trabajo. Hay personas a las que podría interesarles tu experiencia. Pero eso no significa que todo vaya a ser más fácil. Tendrás que abandonar la vida que conoces. Y no podrás regresar como si no hubiera pasado nada.

Anna estuvo a punto de echarse a reír.

—¿Me estás describiendo la emigración o la muerte?

—A veces la gente habla de ambas con las mismas palabras. Pero no son lo mismo.

Aquella noche él no propuso ninguna ruta ni habló de billetes. Dejó la idea entre los dos, como un libro sobre la mesa que uno podía abrir o dejar pasar inadvertido. Unos días después fue la propia Anna quien retomó la conversación.

Empezó a hacer preguntas: qué pasaría con su trabajo y sus documentos, si podría seguir investigando, cuáles serían las consecuencias de incumplir el compromiso de no abandonar el país. Pero lo esencial ya había ocurrido: por primera vez, la vida fuera de Rusia dejó de parecerle una posibilidad abstracta y se convirtió en una elección real.

Él respondió con cautela. En el extranjero nadie recibe la libertad junto con el pasaporte: también allí existen normas, dependencias y un idioma ajeno. Pero, si deseaba continuar con su trabajo, merecía la pena considerar una salida que, al menos, le ofreciera una oportunidad.

—Hablas como si ya lo hubieras decidido todo por mí —dijo Anna.

—No. La decisión será tuya. Solo te estoy mostrando que existe otra salida.

—¿Y si es una trampa?

Él sostuvo su mirada.

—Entonces tendrás que evaluar el riesgo. Pero quedarte solo porque temes equivocarte también es una decisión. Y también tiene un precio.

Aquella frase le dolió más de lo que quiso reconocer. Anna siempre había creído que una decisión responsable era aquella que podía justificarse con argumentos. Ahora se enfrentaba a una elección para la que no disponía de información suficiente. Podía quedarse, seguir trabajando en las mismas condiciones y esperar a que la situación se aclarase. O podía marcharse y perder para siempre la posibilidad de regresar a la vida que conocía. Ningún camino garantizaba justicia; ninguno le prometía paz.

Pasaron los meses. La pandemia se convirtió en parte de la vida cotidiana, las instituciones se adaptaron a las restricciones y Anna siguió intentando sacar adelante su línea de investigación. A veces le parecía que todo podía arreglarse todavía; entonces llegaba una notificación aplazando una reunión, una denegación de acceso o una nueva conversación interrumpida a medias.

Recordaba a su madre tanto en el dolor como en los detalles más insignificantes: su té favorito, una melodía conocida, una anotación materna al margen de un libro. El trabajo no podía devolverle lo perdido. Pero, si Anna renunciaba a todo cuanto consideraba importante, la muerte de su madre no sería más que un vacío alrededor del cual habría construido su miedo.

No quería vivir exclusivamente movida por la culpa. Pero todavía no sabía cómo separar la culpa de la esperanza.

* * *

Volvieron a hablar de una salida concreta en 2022. Para entonces, la propuesta había dejado de ser una idea remota. El hombre al que Anna consideraba su amigo le dijo que existía la posibilidad de organizar su marcha. No intentó revestirlo de romanticismo. Le explicó que el camino sería difícil, que tendría que actuar con prudencia y que, una vez fuera, ya no podría disponer de su propia vida como antes. En Estados Unidos podrían recibirla y ofrecerle la posibilidad de trabajar, pero a cambio tendría que aceptar controles, restricciones y una protección inseparable de la vigilancia.

—¿Quieres decir que me salvarán y luego vigilarán cada paso que dé? —preguntó Anna.

—Quiero decir que la seguridad nunca es gratuita. Sobre todo en tu caso.

—¿Y el trabajo? ¿Mi proyecto? Dijiste que allí les interesaría.

—Les interesarán tus conocimientos. Pero nadie honrado te prometerá que mañana entrarás en un laboratorio y seguirás donde lo dejaste. Tendrás que pasar una evaluación, explicar lo que sabes y empezar a construir la confianza desde cero.

Anna apartó la mirada. Sus palabras no contenían aquella garantía mágica con la que a veces soñaba en sus momentos de desesperación. Estados Unidos no parecía una orilla salvadora, sino otra orilla a la que debía llegar nadando sin saber qué encontraría al desembarcar.

—Tengo firmado un compromiso de no abandonar el país —dijo—. No puedo comprar un billete y desaparecer sin más.

—Por eso nadie te propone hacerlo directamente. Puedes organizar un viaje corto a Abjasia, supuestamente para asistir a la boda de unos amigos. Comprar billetes de ida y vuelta, preparar una maleta para unos días. A los ojos de los demás será un viaje privado normal. En Abjasia te esperará un guía. Después te ayudarán a cruzar la frontera con Georgia y, del lado georgiano, habrá un avión especial aguardándote.

Hablaba sin dar detalles, sin dibujar la ruta sobre el papel ni prometer que todo saldría bien. Anna entendía que aquella reserva respondía a una organización que no quería dejar rastros innecesarios y que tampoco pensaba revelarle todas sus capacidades. Pero también comprendía que, a partir de ese momento, tendría que tomar decisiones que no podrían deshacerse con una simple llamada telefónica.

—¿Y si me detienen?

—Ese riesgo existe.

—¿Y si cambio de opinión cuando ya esté allí?

—Entonces tendrás que decirlo antes de dar el siguiente paso. Pero no puedo prometerte que cualquiera de las opciones de regreso sea segura.

—Tienes una forma muy convincente de ofrecer libertad —dijo Anna—. Sobre todo cuando enumeras todo lo que puedo perder.

—No te ofrezco libertad, Anna. Te ofrezco la posibilidad de elegir, aunque la elección dé miedo.

Se enfadó con él precisamente por su sinceridad. Habría querido oír que todo estaba organizado, que podría continuar investigando y que algún día tendría la posibilidad de volver. Pero él le ofrecía la realidad sin envolverla en consuelos.

Durante las semanas siguientes, Anna estuvo varias veces a punto de echarse atrás. ¿Y si sus conocimientos no le interesaban a nadie? ¿Y si el nuevo país no le permitía continuar con su trabajo? ¿Y si todo lo que le había parecido sospechoso no era más que el resultado del caos y de un sistema desbordado? Entonces marcharse no sería una salvación, sino una traición a su propia idea del deber.

Rusia no era un sistema abstracto. Allí había nacido y estudiado; allí había visto por primera vez un laboratorio, y allí su madre le acomodaba la bufanda antes de salir de casa. Las calles de San Petersburgo, las tardes de Moscú, los libros, las voces familiares y la tumba de su madre la unían al pasado con más fuerza que cualquier documento. Irse no significaba borrar todo aquello, sino llevárselo consigo sin poder volver a tocarlo.

Quedarse significaba vivir cada día rodeada de recordatorios de su impotencia. Anna no creía que su investigación pudiera derrotar la enfermedad de un golpe, ni sabía si habría salvado a su madre. Pero la posibilidad de comprobar la hipótesis se desvanecía entre decisiones cuyas causas nadie explicaba. Le daba miedo aprender muy pronto a callar como los demás.

Aceptó, aunque el miedo no desapareció y seguía sin confiar del todo en quienes le ofrecían ayuda. Pero quedarse inmóvil se había vuelto insoportable. Quería continuar con su trabajo. Quería demostrar que sus conocimientos podían servir de algo. Quería vivir sin que cada día comenzara con un juicio interior contra sí misma. Y, aunque a regañadientes se lo confesara incluso a sí misma, quería llegar a un lugar donde su pasado no fuese lo primero que la gente supiera de ella.

Poco antes de partir, fue al instituto y permaneció largo rato en un pasillo vacío. Las puertas de los laboratorios estaban cerradas. Detrás de una de ellas alguien trabajaba, moviendo con cuidado recipientes de vidrio. En otra brillaba la luz de un monitor. Todo estaba organizado como si el trabajo fuera a continuar sin ella, y, por supuesto, así sería. La gente llegaría por la mañana, abriría los registros, comprobaría las anotaciones y comentaría los resultados. En su mesa quedarían apuntes, algunos de los cuales nadie comprendería como ella.

Anna apoyó la palma de la mano en la superficie fría de una puerta. Habría querido decir en voz alta que no abandonaba la ciencia. Que no renunciaba a sus convicciones. Que se marchaba precisamente porque no quería dejar de hacerse preguntas. Pero el pasillo no era un testigo al que debiera dar explicaciones.

Apagó la luz del despacho y dejó la llave en su sitio.

* * *

Sobre el papel, el viaje a Abjasia parecía de lo más corriente: billetes de ida y vuelta, una bolsa pequeña, la excusa de la boda de unos conocidos y el regreso al trabajo a comienzos de la semana. Anna procuraba comportarse con naturalidad, pero cada gesto cotidiano se convirtió en parte de una despedida.

El rostro sabía fingir mejor que el cuerpo. Antes de partir se le secaba la boca; durante el trayecto apenas comía y despertaba con cualquier ruido. Se miraba los dedos e imaginaba que algún día aquellas manos sostendrían documentos con un nombre ajeno.

Después comenzó el viaje y ya no hubo tiempo para pensar. El aire era más húmedo y suave que en Moscú; olía a tierra, vegetación y mar. De día hacía bochorno; al anochecer, el frío calaba los huesos. El habla de la gente sonaba distinta y desaparecían las referencias familiares. Abjasia dejó de ser un punto en el mapa para convertirse en un espacio entre la vida que todavía podía alcanzarla y un futuro que le exigía seguir adelante.

El guía no le hacía preguntas sobre sus sentimientos. Solo decía lo que era imprescindible saber en cada momento y no prometía un paso fácil. Anna escuchaba, asentía y trataba de no pensar en los detalles que escapaban a su control. Solo tenía una certeza: si se detenía allí y pedía que la llevaran de regreso, su antigua vida no volvería a ser la misma. Las sospechas, las restricciones, el silencio y el miedo existían ya, independientemente de lo que ella decidiera.

Cruzar la frontera no se pareció a una escena de cine. No hubo un gesto heroico ni una sensación instantánea de libertad. Hubo frío, cansancio y espera; cada ruido parecía demasiado fuerte. Anna avanzaba porque cada paso era ya consecuencia del anterior.

Cuando le dijeron que el tramo peligroso había quedado atrás, no sintió alegría. El alivio fue tan intenso que comenzó a temblar, y tras él llegó la vergüenza. Había dejado atrás a personas que no sabían dónde estaba y a compañeros a los que no había explicado su desaparición. Sin duda, algunos la considerarían una cobarde; otros, una traidora. No podía justificarse.

Del lado georgiano la recibieron personas que no hacían preguntas innecesarias. Anna había dejado de intentar adivinar qué pensaban. Solo quería recorrer la siguiente etapa y despertar algún día en un lugar donde nadie le exigiera presentar su antigua vida junto con los documentos.

El avión especial no era una promesa de felicidad: una cabina fresca, varios asientos y personas que conocían su itinerario mejor que ella misma. Anna aceptó el agua que le ofrecieron, se sentó junto a la ventanilla y contempló la tierra de la que ya no la separaba únicamente una frontera, sino también su propia decisión.

Durante el vuelo nadie le preguntó por su madre ni por sus investigaciones. También el silencio exigía esfuerzo. El futuro se descomponía en palabras inciertas: nueva dirección, documentos, evaluación, trabajo, protección. Ninguna se parecía a un hogar.

Recordaba a su madre no en sus últimos días, sino en los momentos domésticos más sencillos: cuando la llamaba desde la habitación contigua, cuando dejaba una taza sobre la mesa, cuando la regañaba por trabajar hasta muy tarde. En esos recuerdos no había ciencia ni política. Anna no podía salvar a su madre retrospectivamente ni demostrar que las cosas habrían sido distintas. Pero sí podía decidir en quién se convertiría después de aquella pérdida.

Quería creer que delante la esperaba el trabajo. No un descubrimiento garantizado, ni la gratitud del mundo, ni el reconocimiento de que ella tenía razón: simplemente, la posibilidad de seguir buscando. Era menos de lo que había soñado conseguir y más de lo que le quedaba en casa.

Cuando el avión comenzó a descender, Anna no se sintió vencedora. Había dejado su país y su antigua carrera; a cambio, recibía una oportunidad que aún tendría que ganarse y una protección que inevitablemente implicaba vigilancia. La salvación no era una puerta abierta a una nueva vida, sino un pasillo estrecho con un número desconocido de puertas cerradas.

* * *

Ahora, en la habitación de Roma, Anna volvió a abrir los ojos. El teléfono seguía sobre la mesa. El mensaje que anunciaba el cambio de condiciones no había desaparecido y todavía no habían llegado nuevas instrucciones.

Se acercó a la mesa, volvió a leer el texto y dejó el móvil boca abajo. Recordó al director del instituto, la pausa antes de su respuesta, el zumbido tenue de las lámparas del pasillo. Recordó al hombre que le había propuesto marcharse. Recordó el avión especial en el que había comprendido por primera vez que su destino quedaba ligado a personas capaces de ayudarla, pero no obligadas a contarle toda la verdad.

Habían pasado casi tres años desde entonces. Se había acostumbrado al nuevo país, al nuevo nombre y al hecho de que algunas personas supieran de ella más de lo que le habría gustado. Había aprendido a ser Ann para Johnny y Anna Samsónova para quienes conocían su verdadero pasado. Podía reír, visitar museos, estudiar idiomas y hacer planes. Pero bastaba con que apareciera alguien dispuesto a cambiar las condiciones sin dar explicaciones para que regresara aquella sensación de antaño: estaba de nuevo ante una puerta cerrada, mientras la decisión se tomaba en algún lugar al otro lado.

Anna escribió una breve respuesta: «Mensaje recibido. Quedo a la espera de aclaraciones».

No hizo preguntas. No porque confiara en el remitente, sino porque entendía que disponía de muy poca información para distinguir una advertencia de una prueba. El desconocido podía temer la vigilancia. Podía haber descubierto algo nuevo. Podía estar poniendo deliberadamente a prueba su disposición a obedecer. O podía no ser siquiera la persona que pretendía ser.

Solo le quedaba esperar el siguiente mensaje y recordar que esta vez no había venido por el deseo de visitar Italia. Había venido en busca de una respuesta que tal vez nadie quería darle.

Al otro lado de la ventana, Roma iba sumergiéndose en la tarde. Una sombra se deslizaba por la pared de enfrente, abajo se cerró una puerta de golpe y alguien se rio en la calle. Anna apagó la luz y se quedó junto a la ventana, sin poner música ni abrir un libro. La habitación estaba a oscuras, pero la ciudad seguía viviendo como si no hubiera ocurrido nada.

El teléfono vibró.

Se volvió tan deprisa que golpeó el borde de la mesa. En la pantalla apareció un mensaje nuevo. Breve, sin firma.

«El mensajero ya no acepta el lugar acordado. Espere. Y recuerde: si no la ve en persona, el encuentro no se celebrará».

Anna releyó la última frase. Así que todo seguía dependiendo de ella. O alguien quería que lo creyera.

Contempló su reflejo en el cristal oscuro y, por primera vez desde el comienzo del viaje, se permitió formular una pregunta que había evitado desde que recibió la misión:

—¿Y si el hombre al que debo ver no quiere, en realidad, que yo regrese?

No hubo respuesta. Solo las ventanas iluminadas del edificio de enfrente y el teléfono, cuya pantalla volvió a apagarse.

* * *

EL VA†ICANO

Capítulo 4. El último encuentro

Roma, 26 de abril de 2025

El teléfono vibró a las 22:41.

Anna no miró la pantalla de inmediato. Estaba junto a la ventana, observando cómo dos hombres se despedían abajo, en una calle estrecha, al lado de una motocicleta aparcada. Uno hablaba en voz alta, agitando los brazos; el otro se reía mientras retrocedía hacia la puerta de una cafetería. Una escena corriente, de las que ocurrían a cada minuto en Roma. Anna se sorprendió memorizando detalles: la marca blanca que el sol había dejado en el hombro de uno, un hilo enganchado en la manga del otro, la luz de una farola temblando sobre una piedra mojada junto al bordillo.

Intentaba pensar en cosas sencillas: llamar a Johnny, contarle que Roma era maravillosa, aunque hasta entonces la hubiera visto sobre todo desde las ventanillas de un coche y de su hotel.

El teléfono volvió a vibrar.

El mensaje había llegado por el mismo canal que los anteriores. Sin nombre, sin saludo. Apenas unas líneas:

«Modificación de las condiciones. El mensajero ha descartado la fecha anterior. El encuentro tendrá lugar mañana, domingo 27 de abril, entre las 12:00 y las 13:00. El lugar no cambia: la Capilla Sixtina. Después de ese día quedará cerrada al público. Si desean recibir los documentos, Samsónova deberá presentarse personalmente. Cualquier intento de vigilancia puede dar lugar a la cancelación de la entrega».

Anna leyó el mensaje. Después volvió a leerlo.

Alguien cerró de golpe la puerta de un coche en la calle. La ciudad seguía siendo la misma, pero en la habitación pareció faltar el aire.

Primero pensó en una explicación sencilla: el mensajero tenía prisa. Los Museos Vaticanos cerrarían después del domingo, y la propia capilla debía incorporarse a los preparativos del cónclave. Si la cita se aplazaba otra vez, el desconocido podía perder la oportunidad de estar en el lugar que había elegido. Todo parecía lógico. Demasiado lógico para resultar tranquilizador.

Sin embargo, aquel único mensaje contenía varias precisiones incómodas. Su autor conocía el cierre de la capilla. Sabía que Samsónova ya se encontraba en Roma. Y volvía a insistir en que debía acudir ella misma. No un representante estadounidense, ni un intermediario, ni alguien que supiera formular las preguntas adecuadas. Únicamente ella.

Anna escribió una respuesta: «Mensaje recibido. Confirmen que el horario es definitivo».

La envió y dejó el teléfono sobre la mesa. No hubo contestación. Esperó casi cinco minutos, aunque sabía que aquella espera no resolvería nada. Después silenció el aparato y empezó a preparar las cosas para el día siguiente: los documentos, un bolso pequeño, un pañuelo, agua. Se quedó mirando el pasaporte más tiempo del necesario. El documento estadounidense ya no estaba en su poder. El pasaporte ruso para viajes al extranjero permanecía en el compartimento interior del bolso, guardado cuidadosamente en una funda transparente. En aquella operación tenía que volver a convertirse en Anna Samsónova, la mujer a la que en Rusia daban por desaparecida.

No sabía que, a pocas manzanas de allí, dos estadounidenses ya habían recibido la misma información sobre la hora del encuentro. Tenían prohibido acercarse a ella, dar a entender que la conocían o intervenir salvo que fuera necesario. En el informe de servicio, la misión se formulaba con sequedad: garantizar la seguridad de Samsónova y evitar la pérdida de la información que pudiera recibirse.

Sobre el papel, todo parecía factible.

En la práctica, ni siquiera sabían si la carpeta existía.

* * *

El domingo amaneció luminoso, aunque fresco. El aire matinal olía a piedra, a yeso húmedo y al café que los camareros sacaban a las pequeñas mesas antes de abrir sus establecimientos. Grupos de turistas recorrían ya las calles. Unos caminaban con mapas, otros consultaban sus teléfonos y otros escuchaban a guías que hablaban en distintas lenguas, todos con la misma seguridad de quien debe conducir por la historia a personas que contemplan por primera vez sus escenarios.

Anna salió del hotel antes de lo necesario. No quería tener prisa, pero tampoco soportaba seguir en una habitación donde cada minuto le recordaba el encuentro que se acercaba. Caminaba sin movimientos bruscos, procurando no mirar por encima del hombro. Aquella precaución se había convertido hacía mucho en una costumbre, pero ahora la irritaba: ni siquiera en una ciudad extranjera podía permitirse ser una turista cualquiera.

Cerca de los muros del Vaticano, la corriente humana se hacía más densa. En la explanada frente a la entrada de los museos se había formado una cola: el último domingo del mes la entrada era gratuita, y a las dos de la tarde los visitantes debían haber abandonado las salas. Se alzaban paraguas por encima de las cabezas, aunque no había llegado a llover. Unos fotografiaban la fachada; otros comprobaban sus entradas; los empleados dirigían al público hacia los controles de acceso.

Anna se unió a un pequeño grupo de turistas de habla rusa. No dio demasiadas explicaciones sobre sí misma. Dijo que había venido sola, que le gustaba el arte y que había decidido aprovechar el domingo. Era verdad; no toda la verdad, pero sí verdad. Una mujer con una bufanda rojiza le preguntó desde dónde había volado. Anna respondió con evasivas, alegando un viaje largo y el cansancio. La conversación derivó enseguida hacia los museos: quién había estado ya en Roma, quién pensaba visitar las Estancias de Rafael, quién soñaba con llegar por fin a la Capilla Sixtina.

—Hoy seguramente no se podrá ni andar ahí dentro —comentó la mujer—. Pero hay que verla de todos modos. He oído que a partir de mañana la cierran.

—Por el cónclave —respondió un hombre con gorra—. Lo dijeron en la televisión.

Anna fingió escuchar con el interés habitual de cualquier visitante. En realidad, registró cada palabra. La noticia del cierre se había convertido en una explicación que no obligaba al mensajero a demostrar nada. Pero ¿por qué había elegido precisamente aquel día? ¿Por qué la había hecho esperar casi una semana, para después adelantar la cita con apenas veinticuatro horas de margen? Tal vez porque antes no podía actuar. O tal vez porque quería encontrarla desprevenida.

No lejos de allí, entre la gente, un hombre con una chaqueta clara examinaba un plano de los museos. No miraba a Anna ni intentaba acercarse. En otras circunstancias, ni siquiera se habría fijado en él. Pero le resultó familiar la manera de sujetar el mapa doblado: el pulgar presionaba el pliegue mientras el índice alisaba el borde. Se detuvo a observarlo un segundo y se obligó a apartar la vista. Podía ser cualquiera. Después de vivir en dos países, había aprendido demasiado bien a no fiarse de las coincidencias.

Ignoraba que aquel hombre había llegado a Roma en el mismo vuelo que ella. Tampoco sabía que la segunda persona asignada por la Agencia a su protección estaba en aquel momento junto al extremo de la cola, con unas gafas oscuras y una mochila pequeña. Ambos agentes vestían para pasar inadvertidos. No hablaban entre sí a la vista del público, no permanecían juntos ni pretendían convertir su recorrido en una operación de seguridad ostensible.

El agente de mayor rango distinguía a Anna entre los huecos de la multitud. Conocía su fotografía, su manera de caminar y la costumbre de inclinar ligeramente la cabeza cuando escuchaba a alguien. Pero nunca se había reunido con ella. Para él era una mujer cuyo nombre figuraba en un expediente, una fuente a la que habían proporcionado una nueva biografía y cuya participación en la operación se consideraba indispensable. No sabía que le gustaba la pintura, que recordaba los olores mejor que muchos rostros ni que, a bordo del avión, le había prometido a un hombre llamado Johnny que pronto regresaría.

Solo sabía una cosa: no podían perderla.

La segunda agente permanecía más cerca del grupo de turistas, aunque no al lado de Anna. Entendía el ruso lo bastante bien para captar el sentido de las conversaciones y podía pasar por una viajera que iba por su cuenta. No llevaba nada extraño en el bolso. Solo había algo que la distinguía de los demás: no contemplaba las obras con admiración manifiesta. Observaba a las personas que contemplaban las obras.

El grupo pasó los controles y continuó por el recorrido del museo. En las primeras salas se oía un murmullo desigual de voces; los pasos resonaban en el suelo, los guías citaban pintores y fechas, y los visitantes aceleraban o se detenían frente a las vitrinas. En la Galería de los Mapas Geográficos, las largas paredes se prolongaban en la distancia cubiertas de representaciones de Italia, de islas y de mares. En el techo, los tonos dorados y azules se entrelazaban con los relieves, y parecía que el propio recorrido se convertía en un viaje por los siglos de otras gentes.

Anna procuraba mirar las obras expuestas, no el reloj. No quería permitir que el miedo le arrebatara también aquello. Reconocía detalles que había estudiado en los libros y experimentaba una extraña división interior: una parte de su conciencia se alegraba de haber llegado por fin hasta allí; la otra contaba las salidas, localizaba al personal de seguridad y buscaba una forma de caminar que le resultara familiar.

A lo largo del recorrido aparecían avisos que pedían silencio y el cumplimiento de las indicaciones del personal. Cuanto más se acercaban a la capilla, más a menudo los guías terminaban sus explicaciones antes de entrar. Dentro de la Capilla Sixtina se exigía silencio absoluto; estaban prohibidos los teléfonos y las fotografías. Los visitantes se mantenían hombro con hombro, levantaban la mirada hacia el techo y quedaban a solas con sus pensamientos.

Anna pensó que el mensajero no había escogido aquel lugar solamente por la multitud. Allí nadie debía hablar. Cualquier palabra tendría que pronunciarse casi en un susurro, y hasta un susurro podía llamar la atención. Sin embargo, la ausencia de conversación no significaba que fuera imposible comunicarse. Entre tanta gente, bastaban una mirada, un gesto o un roce fugaz para transmitir lo que no podía exponerse a la luz.

Se detuvo ante la entrada de la capilla y sintió por un instante la fuerza con que le golpeaba el corazón. De pronto quiso dar media vuelta, regresar por las salas, salir a la calle y llamar a Johnny. Se imaginó diciéndole que había cambiado de opinión, que encontrarse con un desconocido no merecía ningún secreto. Él seguramente le preguntaría dónde estaba y le propondría comprar el primer billete de vuelta a casa.

Pero ya no había ningún hogar al que regresar. Y retroceder tampoco garantizaba la salvación.

* * *

La Capilla Sixtina no era como Anna la había imaginado a partir de las fotografías. En ellas, el techo parecía una ilustración plana y las paredes, un decorado inmóvil. En realidad, todo el espacio se elevaba sobre los visitantes, rebosante de figuras, movimiento y color. Los ojos no sabían dónde detenerse primero: en las escenas de la bóveda, en los profetas y las sibilas, en aquellos cuerpos pintados con una verosimilitud tan rotunda que parecía que el color pudiera contener el aliento de una persona viva.

En el muro del fondo, sobre el altar, se desplegaba el Juicio Final de Miguel Ángel. Unas figuras ascendían y otras caían, algunas se esforzaban por alcanzar la salvación mientras otras eran arrastradas hacia las profundidades; nada de aquello tenía la serenidad acostumbrada de las postales turísticas. En la pintura se percibía no solo la solemnidad religiosa, sino también la angustia ante el último límite, ante ese instante en el que ni la posición social, ni la riqueza, ni la protección de los poderosos pueden cambiar ya el desenlace.

Anna alzó la mirada hacia el techo. En el centro de la bóveda, entre las escenas bíblicas, estaba la imagen que conocía desde niña gracias a las reproducciones: las manos de Dios y de Adán se extienden una hacia la otra, pero queda un espacio diminuto entre sus dedos. Los manuales de historia del arte explicaban la composición, las proporciones, la técnica del fresco y las circunstancias del encargo. Ahora, sin embargo, no le impresionó tanto que el artista hubiera representado un contacto, sino que ese contacto no llegara a consumarse. Lo más importante permanecía entre ambas manos.

—Por favor, guarden silencio —recordó con amabilidad un vigilante a un grupo en el que alguien había empezado a hablar—. En la capilla debe mantenerse un silencio absoluto.

Anna bajó los ojos. Los visitantes avanzaban despacio, procurando no alterar la quietud. Algunos permanecían inmóviles, con la cabeza echada hacia atrás. Otros cerraban los ojos, como para retener mejor lo que habían visto. Un niño tiró de la manga de su madre, pero ella se llevó un dedo a los labios. Nadie fotografiaba nada con el teléfono. Unos cuantos turistas se llevaron la mano al bolsillo por costumbre, vieron la señal de prohibición y desistieron.

Entre la multitud resultaba imposible saber quién había acudido por amor al arte, quién por fe y quién se limitaba a marcar otra atracción en su lista de visitas. A Anna le convenía: todos miraban hacia arriba y los rostros a la altura de sus ojos pasaban a un segundo plano.

Avanzó lentamente, dejando que el grupo se adelantara. Le parecía que su memoria funcionaba por separado, registrando siluetas, movimientos, pliegues de ropa y destellos sobre el suelo pulido. Una parte de su conciencia seguía buscando el rostro del pasado. Otra le ordenaba detenerse. Si se equivocaba, confundiría a un desconocido con alguien que había desaparecido de su vida hacía mucho. Si acertaba, la esperaba algo para lo que estaba mucho menos preparada de lo que quería reconocer.

El hombre de la chaqueta clara estaba junto a una pared lateral. Ya no sostenía el plano. Permanecía algo apartado del flujo compacto de visitantes, sin contemplar el techo como hacían los demás. Su mirada recorría lentamente la sala. No parecía buscar a Anna de manera evidente; más bien comprobaba si lo que veía coincidía con lo que esperaba encontrar. Su rostro era más viejo que en el recuerdo de ella, pero la edad no había borrado los rasgos conocidos. La línea de los pómulos, una ligera asimetría de la boca, la costumbre de levantar el mentón una fracción de segundo antes de girar la cabeza.

Anna sintió que la sangre se le retiraba del rostro.

No.

No podía ser él.

El hombre al que recordaba no tenía por qué estar allí. No después de tantos años. No después de todo lo ocurrido. No en un lugar donde esperaba encontrar una respuesta, no otra herida.

El hombre volvió la cabeza. Sus miradas se encontraron.

Anna lo reconoció.

En aquel instante dejó de oír cuanto sucedía a su alrededor, aunque la capilla seguía llena de gente. La bóveda inmensa, las figuras de las paredes, un susurro que alguien había pronunciado antes de que el personal le llamara la atención: todo quedó lejos. Solo veía aquel rostro que su memoria había conservado con excesiva nitidez. No un nombre. No una explicación. Tan solo una certeza de la que no podía resguardarse: aquel hombre no podía haber aparecido ante ella por casualidad. Al menos, eso le pareció.

Él no sonrió ni dio un paso hacia ella. Se limitó a inclinar ligeramente la cabeza, un gesto que podía significar saludo, confirmación o advertencia. Anna no podía saberlo. En todos aquellos años nunca había aprendido a descifrarlo del todo.

Ella dio un paso. Luego otro. En ese momento la corriente de visitantes se desplazó y una familia con dos niños se interpuso entre ambos. Unas personas se volvieron hacia el muro del altar, otras retrocedieron con cuidado para dejar pasar. El hombre desapareció detrás de los hombros ajenos, como si no fueran personas quienes lo ocultaban, sino el tiempo.

El agente de mayor rango advirtió que Anna había cambiado de dirección. Ya no seguía al grupo de habla rusa: avanzaba junto a la pared, como si quisiera contemplar los frescos desde otro ángulo. Él no podía acercársele sin motivo; cualquier aproximación demasiado evidente delataría que la vigilaban. Miró a su compañera. Ella cambió de posición sin perderla de vista.

El hombre de la chaqueta clara reapareció entre los visitantes. Ahora estaba casi al lado de Anna. No dijo una palabra. Solo levantó la mano, como para ajustarse el puño de la manga, y durante un instante rozó los dedos de ella.

El contacto fue brevísimo. Visto desde fuera, podía parecer el roce accidental de dos personas que se habían acercado demasiado en medio de la multitud. Anna sintió en la palma algo estrecho y duro; o quizá solo se lo imaginó. No le dio tiempo a mirar. El hombre pasó de largo y se perdió entre los visitantes.

Ella no se volvió enseguida. Tenía que mantener el rostro inmóvil, no revelar su conmoción ni llamar la atención. El corazón le latía con tanta fuerza que cada golpe parecía un empujón independiente dentro del pecho. La palma conservaba la sensación de aquel contacto ajeno. Pero ¿había habido una entrega? ¿Era realmente él? ¿Y si se había equivocado? ¿Y si el verdadero propósito de la cita no era la carpeta, sino conseguir que ella lo viera?

Abrió los dedos lentamente. Tenía la mano vacía.

Un instante después, la luz tembló ante sus ojos.

* * *

Al principio, Anna pensó que estaba agotada. Después del vuelo, de una noche sin dormir y de la tensión del último día, no habría tenido nada de extraño. Inspiró más profundamente e intentó concentrarse en el fresco que tenía delante, pero la imagen se descompuso en manchas de colores. La sala pareció inclinarse. Las voces, que apenas había percibido hasta entonces, se convirtieron en un rumor sordo, como si estuviera sumergida bajo el agua.

Dio un paso hacia la pared para apoyarse, pero su mano no encontró ningún soporte. Sintió una pesadez en el pecho: no era un dolor agudo, sino una presión extraña que no desaparecía al respirar. Los dedos se le enfriaron. Quiso llamar a alguien, pero la capilla exigía silencio y, aun entonces, la costumbre de respetar las normas ajenas resultó más poderosa que el instinto.

Anna trató de girarse. A unos metros, una mujer llevaba a un niño de la mano. Un poco más allá, un hombre alto contemplaba el techo sin reparar en nada. Junto a la pared lateral pasó fugazmente una chaqueta clara. Anna intentó enfocar la mirada, pero el hombre desapareció detrás de los turistas.

Solo comprendió que se estaba cayendo cuando las rodillas dejaron de sostenerla.

Rozó con el hombro a un visitante cercano. El hombre se volvió bruscamente y alcanzó a sujetarla por el codo, pero el peso de su cuerpo tiró también de él hacia abajo. Alguien gritó. Se oyó un golpe sordo contra el suelo y, después, varias voces rompieron a la vez el silencio.

—Signora! Signora, mi sente?

La gente retrocedió, formando un círculo irregular. La mujer de la bufanda rojiza, la misma con la que Anna había hablado en la cola, se arrodilló a su lado. El rostro de Samsónova estaba blanco; los labios, ligeramente entreabiertos. Tenía los ojos abiertos, pero no fijaba la mirada en nadie.

—¡Se encuentra mal! ¡Que alguien venga a ayudarla! —gritó un hombre en ruso.

Un guardia de seguridad acudió rápidamente. Otro levantó el brazo, exigiendo que despejaran el espacio. Los visitantes retrocedían a regañadientes: unos intentaban comprender qué ayuda hacía falta; otros miraban aturdidos, como si semejante desgracia no pudiera suceder en medio de algunas de las mayores obras de arte de la humanidad. Varias personas echaron mano a sus teléfonos, pero el guardia les ordenó tajantemente que los guardaran. Allí no estaba permitido filmar, y una desgracia repentina no anulaba las normas; aunque, en ese momento, nadie las consideraba ya simples formalidades de museo.

La segunda agente llegó casi al mismo tiempo que los guardias. No se presentó ni exhibió autoridad alguna. Simplemente se arrodilló, comprobó si Anna respondía y pidió asistencia médica en italiano. Su voz sonaba firme y sus manos actuaban con rapidez. Sabía mantener la calma cuando todo empezaba a desmoronarse, pero ahora, debajo de aquella serenidad, surgió otra sensación: la fría certeza de que Samsónova podía morir ante sus ojos.

El agente de mayor rango se detuvo medio paso más atrás. En su cabeza operaban al mismo tiempo dos órdenes: ayudar a la mujer y no perder a quien acababa de pasar junto a ella. Miró hacia el lugar donde había desaparecido la chaqueta clara. La multitud bloqueaba el paso. Si ahora corría tras aquel hombre, podía dejar sola a su compañera con Samsónova agonizando. Si se quedaba, el mensajero se esfumaría en el museo, y con él la única oportunidad de averiguar lo ocurrido.

Eligió a Anna.

El personal médico llegó unos minutos más tarde; unos minutos que parecieron más largos que todo el viaje desde Virginia. Empleados del museo arrimaron a los visitantes a las paredes y pidieron que dejaran libre el paso y no hicieran preguntas. La mujer de la bufanda rojiza lloraba, repitiendo que hacía apenas un minuto Anna estaba a su lado contemplando el techo. El hombre contra el que había tropezado murmuraba que no había visto cómo caía. Todos intentaban reconstruir aquellos segundos, pero cada cual recordaba solamente su parte de lo sucedido.

Anna no recuperó el conocimiento. La trasladaron a un espacio más despejado, lejos del gentío. Los sanitarios realizaron las maniobras necesarias. En la capilla, donde se exigía silencio a los visitantes, ahora resonaban órdenes breves, pasos y voces agitadas. Incluso quienes estaban junto a la pared opuesta comprendieron que había ocurrido algo irreparable.

La agente permaneció cerca hasta que le pidieron que se apartara. Sabía que, en momentos así, no debía sustituirse la realidad por la esperanza. Sin embargo, cada vez que un médico se inclinaba sobre Anna, se sorprendía esperando el menor movimiento: una inspiración, un giro de la cabeza, alguna respuesta al tacto. No sucedió nada.

La hora de la muerte se establecería más tarde a partir de los datos médicos. Pero, para las personas que estaban allí, la muerte llegó en el instante en que cambió la manera de actuar de los especialistas y uno de ellos negó brevemente con la cabeza.

Cerca de allí, alguien murmuró una oración. La mujer de la bufanda rojiza se cubrió la cara con las manos. Un vigilante pidió a todos que retrocedieran todavía más. Los enormes frescos seguían contemplándolos desde arriba: condena y salvación, cuerpos en movimiento, brazos alzados, rostros detenidos entre la esperanza y el miedo. Unos minutos antes, Anna había permanecido bajo ellos pensando en un hombre de su pasado. Ahora su propia historia terminaba de pronto en un lugar al que millones de personas acudían para reflexionar sobre la eternidad.

* * *

Al principio, todo parecía un accidente trágico. Una mujer inconsciente en un museo abarrotado; una posible parada cardíaca, un empeoramiento repentino, una causa imposible de determinar a simple vista. El personal del Vaticano actuó con rapidez: desalojaron a los visitantes de la zona más próxima de la capilla y despejaron los pasillos para los sanitarios y los responsables de seguridad. La gente hacía preguntas en italiano, inglés, ruso y otros idiomas, pero nadie podía responder a la principal: ¿qué le había ocurrido a la mujer que, apenas unos minutos antes, había sido una entre cientos de visitantes?

Uno de los empleados pidió su nombre. La mujer de la bufanda rojiza dijo que no sabía cómo se llamaba; solo habían intercambiado unas palabras en la cola. En el bolso de Samsónova encontraron un pasaporte ruso para viajes al extranjero y algunos efectos personales corrientes. Lo abrieron por la página de la fotografía. Era el mismo rostro, aunque en la imagen parecía más sereno.

—Anna Nikoláievna Samsónova —leyó el empleado.

Anotaron el nombre. Nacionalidad: Federación de Rusia. Entre las pertenencias no había otros documentos que indicaran de inmediato alguna relación con Estados Unidos. Ningún pasaporte estadounidense. Ni una nota que explicara el propósito del viaje ni un papel que la vinculara con una operación secreta. Tan solo el pasaporte ruso y los objetos personales de una mujer que había muerto en el Vaticano.

El agente de mayor rango observaba la escena desde cierta distancia. No podía llamarla por su nombre, mostrar su identificación ni revelar que sabía quién era. Cualquier intervención por su parte suscitaría preguntas a las que no estaba autorizado a responder. Su cobertura se basaba en que estaban allí para vigilarla, no para escoltarla de manera abierta. Ahora aquel plan parecía de una crueldad absurda: dos personas enviadas para proteger a Anna se encontraban a pocos pasos de ella y ni siquiera podían explicar quién había sido.

La agente se acercó a él como si fuera a preguntarle por la salida. Su rostro permanecía tranquilo, pero en sus ojos él reconoció lo mismo que sentía: la operación se había perdido. No sabían si se había producido un contacto con el mensajero, no habían visto si alguien le había entregado la carpeta a Anna y no comprendían qué había provocado su desplome. Y, sobre todo, ignoraban si su muerte había sido accidental.

—¿Viste alguna entrega? —preguntó ella, casi sin voz, cuando quedaron apartados de la gente.

—No.

—Yo tampoco. Solo vi que pasó por su lado. Después ella se cayó.

—¿Estás segura de que era él?

—No lo sé. Ni siquiera sé a quién había que mirar exactamente entre toda esa gente. La vigilamos, como se nos ordenó. Pero el hombre al que ella reconoció quizá no fuera el que estábamos buscando.

El agente de mayor rango miró hacia el pasillo por el que se habían llevado a Samsónova. La multitud empezaba a moverse de nuevo. Algunos lloraban, otros exigían explicaciones y otros ya discutían con un empleado del museo por la interrupción de la visita. Para la mayoría de los presentes, aquello se convertiría en un episodio terrible que contarían por la noche y que olvidarían pocos días después. Para él significaba un fracaso que no podría encubrirse con la fórmula habitual de «circunstancias imprevistas».

Esperó hasta poder salir sin llamar la atención. Solo en el corredor, donde el ruido de los visitantes ahogaba las voces, sacó el teléfono. El mensaje que envió por el canal seguro fue breve: «Objetivo Samsónova perdido. Los médicos han certificado su fallecimiento. Entrega no confirmada. No se ha encontrado la carpeta».

Releyó el texto antes de enviarlo. La palabra «objetivo» le resultó repugnante. Pero en una comunicación de servicio no había sitio para el nombre de una mujer ni para el dolor. Pulsó el botón.

La respuesta no llegó de inmediato. El pasillo olía a piedra pulida, a abrigos húmedos y a cansancio humano. Cerca de allí, un empleado explicaba a los turistas que el recorrido se había modificado y que debían seguir con su grupo. Los muros del museo conservaban su serenidad, indiferentes a una vida que acababa de extinguirse en una de sus salas.

Por fin, el teléfono vibró brevemente.

«Confirme: ¿no se ha encontrado la carpeta entre sus pertenencias?».

El agente escribió: «Confirmado. Se ha realizado una inspección preliminar de los efectos personales. No hay carpeta».

Quería añadir que Anna había reconocido a alguien: la expresión de su mirada antes de caer se parecía más al miedo ante una persona del pasado que a la sorpresa de un encuentro casual. Pero aquello era una observación suya, no una prueba. No sabía qué había visto realmente y no podía permitirse convertir una suposición en un hecho.

La agente se colocó a su lado.

—¿Y ahora qué?

—Ahora tenemos que averiguar quién se nos adelantó.

—¿Y si no se nos adelantó nadie? ¿Y si nunca hubo una carpeta?

Él la miró. Era una hipótesis que nadie había querido pronunciar en voz alta. Tal vez habían atraído a Samsónova hasta allí con una promesa que nunca pensaban cumplir. Tal vez el desconocido solo quería comprobar que ella acudiera en persona y utilizó el encuentro para deshacerse de ella. O tal vez sí se produjo la entrega, en un único instante, tan fugaz que pasó inadvertido para dos profesionales convencidos de controlar la situación. De ser así, la carpeta habría desaparecido junto con el hombre al que Anna reconoció.

Quedaba otra posibilidad: que alguien supiera que ellos estaban allí. Que alguien hubiera detectado la vigilancia, descifrado las intenciones estadounidenses y conseguido que miraran en otra dirección. En ese caso, la pregunta resultaba más aterradora que la desaparición de la carpeta. Habían descubierto su cobertura. Quizá hacía tiempo. Tal vez incluso antes de que Samsónova pisara suelo italiano.

—Hay algo más —dijo la agente—. Ella no debía saber que estábamos allí. Si lo reconoció tan deprisa, significa que toda su atención estaba puesta en otra cosa. O que vio algo que nosotros pasamos por alto.

—O que él quería que ella lo viera —respondió el agente de mayor rango—. Y todo lo demás carecía de importancia.

Guardó el teléfono. En una sala de servicio tendrían que informar de que Samsónova estaba muerta, de que la carpeta no aparecía, de que el mensajero no había sido identificado y de que se desconocía la causa del fallecimiento. Ninguna de esas frases explicaba cómo habían perdido a la mujer a la que debían proteger.

Antes de marcharse, miró una vez más hacia la capilla. Los visitantes salían por el corredor, las voces subían de volumen y el edificio recuperaba su ruido habitual. Por encima de las cabezas permanecían los profetas y las sibilas, las escenas de la creación y del Juicio Final: el orden inmóvil del arte en medio de una catástrofe humana.

El agente de mayor rango admitió la posibilidad de que el adversario se hubiera preparado mejor que ellos. No porque hubiera conseguido matar a Samsónova —no sabían nada sobre la causa de su muerte—, ni por la desaparición de la carpeta. Era que, después de lo ocurrido, los estadounidenses se habían quedado sin un solo hecho fiable al que aferrarse.

Samsónova había ido al Vaticano en busca de documentos. Reconoció a un hombre al que nunca debería haber vuelto a ver. Unos minutos después se desplomó y murió. La carpeta no estaba entre sus efectos personales.

Y ahora nadie podía responder qué había ocurrido exactamente durante aquel breve intervalo entre el cruce de miradas y la caída.

Para los agentes de la CIA había dos hipótesis, y las dos suponían una catástrofe. O alguien había descubierto su vigilancia y saboteado la operación, o el desconocido jamás había tenido intención de entregar los documentos: había atraído a Anna hasta la capilla para que acudiera en persona, y la carpeta había sido, desde el principio, un mero señuelo.

Sin embargo, había un pensamiento más que ninguno de los agentes se había atrevido aún a expresar: tal vez la carpeta sí existía y ahora se hallaba en manos de un hombre cuyo nombre desconocían.

Aquel día la Capilla Sixtina cerró al público antes de lo habitual. Los turistas salieron a los pasillos, el personal siguió trabajando y el Vaticano se preparaba para el siguiente acontecimiento histórico. En la plaza de San Pedro, la gente continuaba conversando, esperando a sus seres queridos, comprando agua y levantando la mirada hacia la fachada de la basílica.

Y en algún lugar entre ellos, el hombre al que había reconocido Anna Samsónova ya podía estar alejándose de los muros del Vaticano.

Tenía la carpeta... O quizá nunca había existido.

***

EL VA†ICANO

Capítulo 5. Las dos partes

Roma, 27 de abril de 2025

En el acta del incidente no aparecía la palabra «asesinato».

Había una mujer que había perdido el conocimiento en la Capilla Sixtina. Había médicos llamados de urgencia, testigos, un paso cerrado temporalmente, un pasaporte ruso y un bolso con efectos personales. Había informes de la Gendarmería Vaticana, que posteriormente se habían puesto en conocimiento de los colegas italianos. Constaba la hora en que se pidió a los visitantes que se apartaran y aquella en que un médico pronunció una breve frase, tras la cual nadie volvió a intentar despejar el espacio alrededor del cuerpo.

Pero había un detalle que seguía sin explicación: la mujer había llegado a Roma para una cita de la que no sabían nada ni sus conocidos ni sus compañeros ocasionales de viaje; sin embargo, el hombre al que ella reconoció entre la multitud había desaparecido antes de que alguien pudiera hacerle una sola pregunta.

Para la mayoría de los presentes, el incidente terminó cuando los sacaron de la capilla. Volvieron con sus grupos, buscaron a sus hijos, revisaron los teléfonos y protestaron porque les habían arruinado la visita. Algunos ya contaban a sus conocidos que habían presenciado una muerte. Al caer la tarde, la historia tendría sus primeros detalles inexactos; después llegarían otras versiones y, al cabo de unos días, todo acabaría por convertirse en una anécdota más de un viaje a Italia.

Pero para quienes debían averiguar qué había sucedido, aquello no había hecho más que empezar.

* * *

Parte 1. Antes de pronunciar la palabra «asesinato»

Al comisario Lunafórte no le gustaban los lugares donde debía esperar la autorización de otros. En los pasillos del Vaticano se sentía como un hombre al que habían dejado llegar hasta la puerta, pero no entrar en la habitación. Los gendarmes custodiaban el perímetro; el personal de los museos se ocupaba de los visitantes y de los procedimientos internos; los médicos ya habían transmitido los primeros datos, y cada solicitud de acceso al material pasaba por varias manos. El Vaticano era un Estado independiente: en su territorio, las competencias policiales y judiciales correspondían a sus propias autoridades. Lunafórte participaba como enlace italiano, encargado de coordinar las diligencias que conducían a Roma. Formalmente, todo era correcto. En la práctica, cada hora de retraso podía hacer que una prueba dejara de servir.

Lunafórte estaba junto a la ventana de una dependencia de servicio, releyendo el informe preliminar. No solía fiarse de las primeras impresiones, sobre todo cuando los testigos describían un mismo suceso de maneras distintas. Uno había visto tambalearse a la mujer. Otro aseguraba que se había llevado la mano al pecho. Un tercero insistía en que primero había seguido a alguien con la mirada y solo después se había desplomado. Nadie podía confirmar qué había ocurrido exactamente entre aquella última mirada y la caída.

—¿La causa de la muerte? —preguntó al funcionario que entró con una carpeta.

—Todavía no se ha determinado. Las autoridades vaticanas competentes han ordenado un examen médico-forense. Aún se está coordinando cómo se realizará y qué especialistas participarán. El médico que la atendió primero no está dispuesto a adelantar conclusiones.

—Bien. Eso es lo que deben escribir. Nada de «presunta parada cardíaca» ni «deterioro repentino». Causa no determinada.

Cuando el funcionario se marchó, Lunafórte se permitió por primera vez aquel día mirar la fotografía sin la distancia habitual del oficio. La mujer tenía el rostro cansado de alguien que llevaba demasiado tiempo fingiendo tranquilidad. Él sabía que no se podía juzgar un carácter por una fotografía. Sin embargo, advirtió otra cosa: no dejaba de referirse a ella como «la fallecida», «la ciudadana», «Samsónova». Aquello le ayudaba a trabajar, hasta que empezaba a ocultarle una verdad sencilla: unas horas antes, esa mujer todavía podía elegir adónde ir por la noche, qué cenar y a quién llamar.

Puso la fotografía boca abajo. No por sentimentalismo. Por prudencia. La compasión por una persona no debe sustituir las pruebas, pero la falta de compasión vuelve inútiles las pruebas.

—Localicen a la mujer del pañuelo rojizo —le dijo al ayudante que reapareció en la puerta—. Y no le pregunten si aquello fue una conspiración. Pregúntenle en qué idioma hablaron, con qué mano sujetaba Samsónova el bolso, qué comentó sobre sus planes para el día. Que empiece por la mañana. La gente recuerda lo terrible y olvida cuanto ocurrió antes. Necesitaremos precisamente lo olvidado.

El funcionario asintió.

—Una cosa más. ¿Sus pertenencias?

—En el inventario de la Gendarmería Vaticana figuran un pasaporte de la Federación de Rusia, una cartera, un teléfono, una tarjeta de acceso al hotel y un pequeño neceser. Ninguna carpeta. Ningún documento estadounidense. Los originales están precintados; nosotros tenemos una copia certificada de la relación.

—¿El bolso?

—Un bolso de viaje corriente, con objetos personales. Nada que explique el propósito de su visita.

Lunafórte cerró la carpeta. Sabía con qué facilidad los objetos corrientes se volvían extraordinarios al describirlos después de una tragedia. La tarjeta podía significar un hotel; el teléfono, el contacto con alguien; el pasaporte, una nacionalidad. Ninguno de aquellos objetos, tomado por separado, respondía a la pregunta de por qué esa mujer había muerto precisamente allí ni por qué su nombre había empezado a circular tan deprisa en conversaciones ajenas.

—¿Quién comunicó la muerte fuera del Vaticano? —preguntó.

—La notificación oficial todavía no se ha enviado a todos los destinatarios. Primero hay que completar la comprobación inicial de los datos.

—Eso no es lo que he preguntado.

El funcionario vaciló.

—Los servicios consulares rusos ya han solicitado que se confirme su identidad. Los estadounidenses también han mostrado interés.

Lunafórte alzó despacio los ojos.

—¿Con qué rapidez?

—Casi inmediatamente después de registrar el pasaporte.

—¿Cuánto es «casi inmediatamente»?

—La solicitud rusa llegó a los pocos minutos. La estadounidense, algo después.

—¿Quién les dio el nombre, si todavía no se había confirmado mediante el procedimiento interno?

—Estamos averiguándolo.

Lunafórte miró el reloj. No tenía motivos para acusar a nadie de una filtración. Los servicios vaticanos disponían de sus propios canales de comunicación; la policía, de los suyos; y las representaciones diplomáticas podían conocer ciertos datos mediante procedimientos perfectamente legales. Pero la rapidez le resultaba inquietante. Cuando el nombre de la fallecida aún no se había difundido públicamente, las dos partes ya querían saber qué había sucedido.

Volvió a la mesa y tomó un bolígrafo.

Parte 2. Dos nacionalidades

El agente de guardia trajo una segunda impresión, casi idéntica a la primera: un conjunto de anotaciones administrativas sobre las solicitudes y una indicación escueta: «La coincidencia de identidad requiere confirmación». Esta vez se trataba de datos consulares recibidos por conducto estadounidense. Según ellos, una mujer con el mismo nombre y los mismos datos biográficos figuraba en los registros como ciudadana de Estados Unidos. No se había encontrado un pasaporte estadounidense y aquello aún no constituía una identificación definitiva. Pero la coincidencia era demasiado precisa para ignorarla.

—¿Es estadounidense? —preguntó el ayudante.

—Tal vez tenga la ciudadanía estadounidense —corrigió Lunafórte—. Por ahora son datos pendientes de confirmación. No se precipite.

Solicitaron la verificación de identidad por los cauces establecidos. Mientras esperaban la respuesta, el comisario dispuso ante sí dos documentos: la copia del pasaporte ruso y la comunicación oficial enviada por la representación estadounidense. La fotografía del pasaporte tenía las esquinas cuadradas y un fondo completamente corriente. La comunicación estadounidense llevaba un número de registro y un sello de distribución restringida. Entre ambas hojas no había ni una explicación.

Lunafórte sabía lo suficiente de derecho internacional para no cometer una torpeza. La segunda nacionalidad no anulaba por sí sola la primera. Según la legislación rusa, adquirir una ciudadanía extranjera no implica perder automáticamente la rusa; el derecho estadounidense también admite la nacionalidad múltiple. En aquel caso, la pregunta no era «quién era ella en realidad», sino «quién le había expedido documentos distintos, cuándo, con qué finalidad y cuáles utilizaba la propia Samsónova». Aunque esos dos últimos extremos no podían resolverse examinando la fotocopia de un pasaporte.

Al cabo de un rato llegó una confirmación preliminar de su condición consular estadounidense. Lunafórte volvió a leer la fecha, después el campo «motivo de la comprobación» y se detuvo. En un registro, aquella mujer existía con toda claridad. En otro, su vida terminaba varios años antes, como si alguien hubiera arrancado unas cuantas páginas del álbum entre su salida de Rusia y su aparición en Estados Unidos.

—Continúen la comprobación con la parte rusa —ordenó—. Y no escriban «identidad falsa» en el acta. Tener dos nacionalidades no convierte a nadie en delincuente.

—Pero lo convierte en alguien interesante para dos Estados.

—No. Lo interesante es que ambos Estados se enteraron de su muerte antes de que pudiéramos avisar a sus familiares.

Volvió a mirar la fotografía y pensó en la persona a la que todavía no habían dicho que aquella mujer ya no llamaría nunca más. Obtener una certificación de nacionalidad antes de comunicar una muerte a los seres queridos no infringía ningún protocolo. Pero tenía algo dolorosamente equivocado, algo contra lo que no sabía argumentar con el lenguaje de la ley.

—Preparen una sala en la jefatura. Pequeña, sin tránsito de personas. Hoy mismo. Necesitaremos un puesto de trabajo conjunto o cada servicio retendrá sus datos hasta que ya no sirvan para nada.

—¿Un equipo conjunto? ¿Con los estadounidenses y los rusos?

—Un grupo de trabajo conjunto en Roma —precisó Lunafórte—, con participación vaticana y competencias procesales separadas. La Gendarmería responde de lo sucedido dentro de los muros del Vaticano; nosotros, de las comprobaciones y diligencias en territorio italiano. Estadounidenses y rusos actuarán como enlaces, no como dueños de la investigación. No confunda eso con la confianza.

Firmó la orden y añadió a mano: «Establecer accesos diferenciados a los materiales. Registrar todas las entregas en el libro de control».

Sonó el teléfono al otro lado de la mesa. Lunafórte respondió, escuchó a su interlocutor y no anotó nada. Solo preguntó:

—¿Quién lo ha solicitado exactamente?

Tras una pausa, dijo:

—No. No envíen ninguna copia. Antes verifiquen las atribuciones de quien la pide y conserven el original.

Terminó la llamada, pero dejó el teléfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba. Ahora tenía dos preguntas en lugar de una: quién había sabido el nombre de la fallecida antes de tiempo y quién estaba intentando obtener materiales que ni siquiera figuraban todavía en el expediente.

A las cuatro de la tarde, apareció una placa sin inscripción en una de las dependencias de la Jefatura de Policía de Roma. Tras la puerta había una mesa larga, seis sillas de distintos modelos, dos armarios con cerradura y una pizarra blanca en la que el agente de guardia ya había trazado una línea vertical.

A la izquierda escribió: «CONFIRMADO». A la derecha: «SIN CONFIRMAR».

Lunafórte añadió una tercera columna: «NO COMPARTIDO».

—¿Qué significa? —preguntó el agente.

—Un recordatorio de que carecer de información y no tener acceso a ella son dos cosas distintas.

En la columna de lo confirmado anotaron la hora del incidente, el lugar, la identidad consignada en el pasaporte ruso, los nombres de los primeros testigos y el hecho de que no se hubiera encontrado ninguna carpeta entre sus pertenencias. La segunda incluía la causa de la muerte, la presunta identidad del hombre de la chaqueta clara y la pregunta de si había llegado a producirse la entrega de documentos. En la tercera, Lunafórte no escribió nada por el momento. No pensaba anticipar qué información se reservaba cada parte, pero quería que la mera posibilidad de que existieran datos ocultos estuviese presente en la sala, como un asistente más a la reunión.

Parte 3. Roberto y la becaria

El primero en llegar fue Roberto Spiránte. Aquella mañana todavía se encontraba en otra ciudad italiana por un encargo de servicio; la orden de trasladarse a Roma lo había sorprendido en plena carretera. Eso explicaba la rapidez de su llegada, aunque no por qué sus superiores estadounidenses habían considerado necesario enviar precisamente a él.

Entró sin prisas, pero de inmediato examinó la puerta, la ventana, los armarios y la pizarra. Rondaba los cuarenta y cinco años y tenía el rostro de un hombre acostumbrado a escuchar hasta el final antes de decidir si creía a su interlocutor. Se presentó formalmente, dejó sobre la mesa su credencial y la carta que lo designaba enlace de la parte estadounidense. Su acento cambiaba apenas perceptiblemente según hablara inglés o italiano. Él lo consideraba útil: en el primer caso lo tomaban por un hombre de Washington; en el segundo, por un lugareño que había pasado demasiados años fuera.

—Esperaba comenzar hablando con el comisario —dijo, señalando la pizarra—, no encontrarme un esquema ya preparado.

—El esquema no está terminado —respondió Lunafórte—. Muestra lo que no sabemos.

Spiránte leyó las tres columnas y se detuvo en «NO COMPARTIDO».

—Buen título para la mitad de las investigaciones internacionales.

—Espero que no sea un cumplido.

—Es una observación.

Se quitó el abrigo y lo colgó del respaldo de una silla. No ocupó la cabecera, sino un asiento frente a la pizarra desde el que podía vigilar la entrada. Después sacó una libreta y un bolígrafo.

—Me han comunicado que podría tratarse de una mujer vinculada a intereses estadounidenses. El informe oficial contiene menos hechos que insinuaciones. Un género poco frecuente incluso en la correspondencia entre organismos.

—Mi trabajo consiste en investigar una muerte —dijo Lunafórte—, no los intereses de los Estados.

—El mío también. Pero si la fallecida estaba bajo la atención de mi Gobierno, esto ya no es solo la muerte de una turista.

—Entró como ciudadana rusa.

—Según el pasaporte encontrado, sí.

—¿Cuestiona la autenticidad del documento?

—Cuestiono que el documento encontrado agote la identidad de una persona.

Lunafórte entornó ligeramente los ojos. Era una respuesta cuidadosamente formulada, pero precisamente en aquellas fórmulas solía esconderse la parte más importante de la información.

—¿Su compañera? —preguntó al ver a una joven en la puerta.

Mónica Lurié entró con una carpeta delgada y un ordenador portátil. Era notablemente más joven que Spiránte y recorrió la sala con la mirada en cuanto cruzó el umbral. Vestía un traje oscuro y sencillo, llevaba el pelo recogido y un bolso discreto al hombro. Durante un instante, sus ojos se detuvieron en la anotación «caída», y sus dedos quedaron inmóviles sobre el teclado. Se presentó como analista adscrita a Spiránte para trabajar con los materiales y la cronología. La palabra «becaria» figuraba en su documentación, y Spiránte la pronunció como si fuese un obstáculo añadido y no la descripción de su cargo.

—Mónica llevará el resumen —dijo—. Y repetirá las preguntas que yo ya haya hecho si no obtiene respuestas.

—Muy alentador —observó ella.

—Acostúmbrese. El trabajo con las pruebas solo resulta aburrido hasta que alguien empieza a manipularlas.

Mónica no sonrió. Dejó el ordenador en la mesa, abrió un archivo en blanco y preguntó:

—¿Tenemos la hora exacta de la caída y aquella en que los médicos certificaron la muerte?

—Tenemos una secuencia provisional —respondió Lunafórte—. Estamos precisando las horas de cada actuación. Antes de establecer una cronología exacta, quiero contar con testimonios contrastados y el informe médico.

—Entonces convendría separar la hora registrada por un dispositivo de la hora que recuerda una persona —dijo ella—. De lo contrario compararemos recuerdos de hechos, no los hechos mismos.

Spiránte la miró con la expresión de quien se resiste a reconocer que la pregunta era acertada.

Mónica no dijo que había advertido otro detalle. En el viejo plano del edificio, colgado en la pared, aparecían dos salidas, mientras que en el plano de evacuación reciente había tres. Aquello, en sí mismo, no constituía ningún secreto: los recorridos se modificaban con motivo de grandes acontecimientos o de obras. Pero pidió que se incorporaran a la documentación ambas versiones del plano, fechadas antes y después del cierre de la capilla. Si un testigo afirmaba que alguien «se dirigió hacia la salida», el investigador tenía la obligación de saber hacia cuál exactamente.

—Le han encargado llevar una tabla, no rediseñar un museo —dijo Spiránte.

—Precisamente por eso necesito saber qué significa la palabra «salida» en un testimonio.

La respuesta estaba tan desprovista de resentimiento que Roberto se puso involuntariamente en guardia. Había conocido empleados jóvenes y brillantes que intentaban agradar a sus jefes; también arrogantes que deseaban convertirse en jefes cuanto antes. Lurié no hacía ni una cosa ni la otra. Parecía estar comprobando si podía trabajar junto a él sin concederle el derecho a pensar por ella.

—Precisamente por eso está aquí —dijo—. Para no dejarme decirlo a mí.

* * *

Parte 4. El hombre de Rusia

Andréi Khódov llegó veinte minutos más tarde. Ya se encontraba en Roma por asuntos de la representación rusa y, por eso, había obtenido sus credenciales más deprisa de lo esperado por los italianos. No se apresuró a quitarse el abrigo ni fue el primero en tender la mano. Antes mostró su documentación y rechazó que le asignaran intérprete: hablaba italiano con suficiente soltura. Rondaba los cuarenta años; era reservado, delgado, de mirada atenta, y no detenía los ojos en nadie más tiempo del necesario para evaluarlo.

—Represento a la parte rusa en las cuestiones relacionadas con la muerte de una ciudadana de la Federación de Rusia —dijo—. Necesito acceso a la información pertinente para esclarecer las circunstancias del fallecimiento, identificar a la persona y asegurar la custodia de sus pertenencias.

—Lo mismo que todos —respondió Lunafórte.

—No estoy seguro de que todos necesitemos los mismos materiales.

—En eso tiene razón.

Khódov miró la pizarra. Su mirada se detuvo en la tercera columna, pero no preguntó por el título.

—¿Ya tienen el pasaporte? —preguntó.

—El original está registrado y bajo custodia de la Gendarmería Vaticana —respondió Lunafórte—. Nos han facilitado una copia certificada. La parte rusa puede solicitar la comprobación de los datos por la vía oficial.

—No he pedido que me lo entreguen. He preguntado si han examinado el documento.

—Se ha realizado una primera comprobación. Se ha solicitado un examen complementario.

—Entonces solicito que se incorporen a la documentación los datos sobre la expedición del pasaporte y los cruces anteriores de frontera, siempre que puedan confirmarse por los cauces correspondientes.

—Si se confirman, los incorporaremos. Los datos obtenidos por canales reservados no aparecerán en la pizarra solo porque alguien los haya pedido.

Khódov aceptó la respuesta con calma. Con demasiada calma, pensó Spiránte. Alguien que de verdad quisiera saber qué le había pasado a una compatriota fallecida habría podido mostrar al menos cierta irritación. Khódov parecía estar midiendo no la rapidez con que trabajaban los italianos, sino los límites de la habitación a la que lo habían dejado entrar.

—¿Conocía a Anna Samsónova? —preguntó Spiránte.

—Personalmente, no.

—¿Y su nombre?

—Lo conozco por la notificación que he recibido.

—¿Antes de recibirla?

Khódov lo miró.

—Agente Spiránte, si quiere hacer una pregunta, hágala directamente. No pienso adivinar qué significado atribuye a sus pausas.

—Muy bien. ¿Sabía usted de la existencia de Anna Samsónova antes de su muerte?

—Sabía que las autoridades rusas tenían preguntas sobre determinadas circunstancias de su antiguo trabajo y su posterior desaparición. Los detalles quedan fuera de mi mandato mientras no exista una solicitud oficial. No voy a discutir información operativa en una sala donde no se ha establecido un régimen de acceso acordado.

—O sea, que lo sabía —dijo Spiránte.

—O sea, que no todas las preguntas pueden discutirse con usted.

Mónica levantó la vista del ordenador. Transcribió la respuesta de Khódov, pero anotó al lado no solo su contenido, sino también el orden de las palabras: no había dicho que ignorase dónde había trabajado Samsónova. Había dicho que los detalles no entraban en su mandato. Quizá fuera simple cautela profesional. Quizá Khódov estaba eligiendo por su cuenta qué parte de la verdad dejar en aquella sala.

Khódov guardó silencio un momento, contemplando su reflejo en la pantalla apagada del teléfono. Los antecedentes de Samsónova se le presentaban como una sucesión de anotaciones oficiales y escuetas: institución, autorización de acceso, traslado, ausencia de información y, después, aparición en otro país. Desconfiaba de las sucesiones demasiado limpias. A veces, entre dos anotaciones verdaderas cabía una mentira; otras, toda una vida por la que nadie se había preocupado de preguntar.

—Dígame mejor —pronunció—, ¿quién les ha comunicado que esa mujer pudo ser objeto de alguna operación?

—¿Acaso he dicho «objeto»? —preguntó Spiránte.

—No. Lo he dicho yo. Veamos a cuál de los dos le ha sorprendido.

Lunafórte cerró la carpeta de golpe. No había ira en su voz; simplemente estaba harto de que sustituyeran a una persona de carne y hueso por una palabra que permitía no pensar en su muerte.

—Esto no es una competición para ver quién adivina antes el secreto ajeno. Si no pueden confirmar una información, indíquenlo como dato no confirmado. Y dejen al menos abierta la posibilidad de hablarse mañana sin intérprete.

—Todavía no tenemos motivos para considerar delictiva su muerte —continuó Lunafórte—. Hasta que lleguen los informes periciales no la llamaremos asesinato, envenenamiento ni resultado de operación alguna. Pero sí hay motivos para considerar extrañas las circunstancias. Por eso estamos aquí.

—Y porque la carpeta ha desaparecido —añadió Spiránte.

—¿Qué carpeta? —preguntó Khódov.

Se hizo una pausa en la sala.

Spiránte no respondió de inmediato. Miró a Lunafórte y después a Khódov.

—Según la información preliminar, la fallecida pudo acudir a una cita en la que estaba prevista una entrega de documentos. No se encontró ninguna carpeta entre sus pertenencias. Aún no sabemos si existió realmente.

—¿Quién les habló de esa supuesta entrega?

—Una fuente cuya información estamos verificando.

—Una fórmula muy conveniente.

—La más honesta que puedo utilizar.

Khódov no insistió. Sin embargo, desde aquel instante todos los presentes comprendieron que la otra parte sabía más de lo que estaba dispuesta a contar.

Llamaron a la puerta. Lunafórte miró el reloj: el retraso había sido breve, pero no le gustaba que las reuniones comenzaran con visitantes imprevistos.

—Es de la parte estadounidense —anunció el agente de guardia desde el pasillo—. Un funcionario que se encontraba en el lugar del incidente.

El hombre que entró vestía ropa sencilla, sin corbata, y llevaba una carpeta delgada en la mano. No se sentó hasta que Lunafórte señaló una silla libre junto a la pared. Su nombre figuraba en un anexo reservado de la credencial, pero en el acta conjunta solo se lo identificó como representante del equipo operativo estadounidense. Era poco habitual, aunque no contravenía el acuerdo: estaba allí para aportar hechos, no para discutir su adscripción administrativa.

—Estuve vigilando a Samsónova dentro del museo —dijo—. En el momento en que ella cambió de dirección, perdí la visión directa durante unos segundos. Había un hombre con ropa de abrigo clara entre la multitud. No puedo confirmar que le entregase ningún objeto. Tampoco puedo afirmar lo contrario. Vi que pasaba junto a ella y después avanzaba hacia la salida. No pude verle bien la cara.

—¿Por qué no lo detuvo? —preguntó Khódov.

—Porque la mujer cayó al suelo y mi compañera estaba ayudando a pedir asistencia médica. No podía seguir vigilando al desconocido y, al mismo tiempo, dejarla sola junto a una mujer que se moría.

La voz del hombre se mantuvo firme, pero pronunció la última frase con esfuerzo, como si no fuera la primera vez que tenía que repetirla.

—Así que la parte estadounidense no sabe si hubo contacto —resumió Lunafórte.

—Exacto. No sabemos si se produjo la entrega ni si el hombre al que Samsónova pudo reconocer llevaba alguna carpeta.

—Ha dicho «pudo reconocer» —señaló Spiránte—. ¿Qué observó exactamente?

—Un cambio brusco en su comportamiento. No miraba los frescos, sino a alguien situado delante de ella. Nada más que pudiera incorporarse al acta como prueba.

Cuando se marchó el testigo, Mónica pidió que se añadiera a su declaración una pregunta que había quedado sin respuesta: dónde tenía Samsónova las manos justo antes de caer. El hombre no lo recordaba. Entre la multitud había observado su rostro, no sus manos.

—En una situación crítica nadie dispone de un segundo par de ojos —observó Spiránte.

—No le pido que haya visto más. Solo quiero que después no le atribuyamos cosas que no vio.

Khódov miró a la joven con menos indiferencia que antes.

—¿Y usted cómo explica que no aparezca la carpeta?

—De ninguna manera —respondió Mónica—. Puede que nunca existiera. Puede que siguiera en manos de otra persona. O puede que nos estemos imaginando mal la apariencia del objeto por el que vino Samsónova. «Carpeta» es una palabra tomada del mensaje de alguien, no un objeto hallado.

Todos escucharon aquellas palabras como una muestra de sensata prudencia. Nadie reparó en que la joven había dicho «nosotros» como si llevara mucho tiempo formando parte de la investigación.

Durante todo ese rato, Mónica había tenido la mirada fija en el ordenador. Al oír «mi compañera estaba ayudando a pedir asistencia médica», apretó ligeramente el bolígrafo, pero no alzó la cabeza hasta que el hombre terminó.

—Su declaración escrita se incorporará a la cronología conjunta —dijo Lunafórte—. Si surge información adicional, la comunicará a través del canal convenido. Cualquier actuación informal al margen del grupo se considerará un obstáculo para la investigación.

—Entendido.

El hombre dejó la carpeta en el extremo de la mesa y salió. Su informe no había aportado respuestas, pero por primera vez en todo el día la parte estadounidense había reconocido en voz alta los límites de su propio conocimiento. Ni carpeta, ni entrega confirmada, ni mensajero identificado. En aquella sala quedaba algo menos de espacio para las teorías elegantes y un poco más para el peligro real.

* * *

Parte 5. Alrededor de una misma mesa

Cuando todos ocuparon sus lugares, Lunafórte cerró la puerta y explicó las reglas del trabajo. Las primeras diligencias en el lugar donde murió Samsónova correspondían a la Gendarmería Vaticana y a las autoridades judiciales del Estado de la Ciudad del Vaticano. Los organismos italianos se ocupaban de las actuaciones en su territorio: el hotel, los desplazamientos por Roma, los posibles contactos y las circunstancias que excedieran el ámbito vaticano. Los materiales se transferirían entre servicios de común acuerdo, no por voluntad de cualquier invitado sentado a la mesa. Estadounidenses y rusos podían presentar solicitudes, proponer comprobaciones y asistir a reuniones previamente acordadas, pero no tenían derecho a incautar documentos por su cuenta ni a interrogar testigos de manera independiente.

—Todas las entregas quedarán registradas —dijo—. Cada solicitud tendrá un número. Si obtienen datos por cauces informales, pueden informar de su existencia, pero no exigir que los incorpore al expediente sin verificarlos. Si descubro que alguien ha actuado al margen del procedimiento establecido, lo consideraré una obstrucción a la investigación.

—¿Y si el procedimiento oficial se convierte él mismo en un obstáculo? —preguntó Khódov.

—Entonces presentará una solicitud por escrito. La aceptaré o la rechazaré dentro de mis atribuciones y, si atañe al Vaticano, la remitiré a las autoridades competentes. Pero nadie va a llevar a cabo una investigación privada en territorio italiano utilizando una acreditación diplomática en lugar de una orden judicial.

—Respeto las reglas claras —dijo Spiránte—, incluso cuando resultan incómodas.

—Sobre todo cuando resultan incómodas —respondió Lunafórte.

En la pizarra apareció una línea temporal. Los primeros hechos confirmados ocupaban apenas unos minutos: la entrada de Samsónova en el recorrido del museo, su presencia en la capilla, el brusco cambio de comportamiento, la caída y la llegada de los médicos. Entre aquellos sucesos quedaban espacios en blanco que los testigos llenaban con conjeturas, no con hechos.

Mónica proyectó una tabla. Cada fila contenía hora, fuente, grado de fiabilidad y observaciones. No anticipó conclusiones. Dividió la declaración de la mujer del pañuelo rojizo en tres detalles independientes: Anna miró a una persona; su expresión cambió de golpe; poco después cayó. La relación entre los tres hechos era plausible, pero no estaba demostrada.

—¿La testigo afirma que Samsónova reconoció al hombre? —preguntó Spiránte.

—Dijo: «Así se mira a alguien a quien se conoce». Pero después aclaró que ella misma no le había visto bien la cara —respondió Lunafórte—. Es una interpretación, no una identificación.

—¿Y el segundo testigo?

—Vio a un hombre con una chaqueta clara caminando hacia la salida. No afirma que ese hombre hablase con Samsónova. La descripción es demasiado general.

—¿Estatura? ¿Edad? ¿Color del pelo?

—Nada seguro. El testigo lo vio de espaldas durante unos segundos. Si elaboramos ahora un retrato, obtendremos un retrato creado a partir de las expectativas del investigador.

Spiránte asintió. Detestaba que las pruebas se convirtieran en un personaje literario antes de tener tiempo de comprobarlas.

—La carpeta —dijo Khódov—. ¿Quién la vio antes del incidente?

—Ninguno de los testigos interrogados ha confirmado hasta ahora haber visto una carpeta en manos de Samsónova o de otro participante —respondió Lunafórte—. No podemos afirmar que estuviera dentro de la capilla.

—¿Pero admite la posibilidad de que existiera?

—Admito todo lo que los hechos disponibles no excluyen. Eso no significa que crea en todas las hipótesis.

Khódov entrelazó los dedos.

—Si los documentos constituían realmente un secreto de Estado, la ausencia de la carpeta puede ser más importante que la causa de la muerte.

—Si realmente existían los documentos —corrigió Spiránte.

—Lo he oído a la primera.

—No estoy seguro de que quiera oírlo a la segunda.

Lunafórte los detuvo con un gesto. No iba a permitir que la primera reunión se convirtiera en una exhibición de desconfianza mutua. La desconfianza no desaparecería, pero había que ponerla a trabajar.

Durante un instante la discusión quedó suspendida sobre la mesa como una cuerda tensada al máximo. Spiránte no apartaba los ojos de Khódov. Andréi parecía estar examinando no al estadounidense, sino los límites de su propia paciencia: cuánto más podía ceder antes de que ceder se convirtiera en una costumbre.

Lunafórte recordó un caso de quince años atrás. Entonces, funcionarios de tres organismos se habían enzarzado en una disputa sobre a quién pertenecía una prueba hallada; mientras discutían, murió el único testigo, al que nadie había trasladado a tiempo al hospital. Desde entonces, el comisario detestaba la palabra «nuestro» aplicada a las pruebas. Una cosa pertenece al caso, a la persona de la que se obtuvo o a un Estado, conforme a la ley. Pero no al orgullo de un agente.

—Escúchenme —dijo en voz más baja—. Alguien ha muerto. Puede que por causas naturales. Puede que no. Mientras intercambiamos pullas, sus seres queridos aún no saben qué ha sucedido. Si quieren demostrar la fuerza de sus países, encuentren una respuesta capaz de sostenerse ante un tribunal. Para todo lo demás, no cuenten conmigo.

—Tres tareas —continuó—. Averiguar la causa de la muerte, reconstruir los últimos minutos de Samsónova y comprobar si alguien intervino en lo sucedido. Todo lo demás, por ahora, son hipótesis.

—Y encontrar la carpeta —dijo Spiránte.

—Si aparece en el expediente, también la buscaremos.

—¿Y si ya está en manos de alguno de los presentes? —preguntó Khódov.

Lo dijo con calma, casi con indiferencia. Precisamente por eso resultó más contundente que una acusación.

Nadie respondió de inmediato.

—Entonces —dijo Lunafórte— esa persona cometería un grave error si pensara que puede aprovecharse de nuestro trabajo conjunto sin dejar rastro.

No añadió que tales errores eran poco frecuentes. Pero todos escucharon precisamente eso.

* * *

Parte 6. Los minutos que faltaban

Al caer la tarde empezaron a obtener los primeros resultados, aunque ninguno se parecía a una respuesta.

Los servicios vaticanos confirmaron que las grabaciones disponibles de los pasillos adyacentes se conservaban en su formato original. Aceptaron facilitar copias para su cotejo técnico, sin ceder el control de los originales. Los ángulos disponibles no permitían reconstruir con certeza cada movimiento de los visitantes; el flujo de personas tapaba parte de la imagen, y algunas cámaras cubrían zonas distintas de aquella en que, según los testigos, se produjo el contacto. Las grabaciones ayudaban a establecer la dirección de los desplazamientos, pero no ofrecían ni un rostro, ni un nombre, ni un objeto que pudiera identificarse como la carpeta.

Las marcas horarias de los distintos dispositivos no coincidían exactamente. La diferencia entraba dentro del margen de error técnico, pero Mónica se negó a reducirlo todo a un único minuto hasta que los especialistas comprobasen la sincronización.

—Si lo dejamos así, después cualquiera podrá elegir los segundos que más le convengan —dijo cuando Lunafórte le pidió un breve resumen.

—¿Sospecha que alguien va a manipular los tiempos? —preguntó Khódov.

—Sospecho que las personas ajustan el tiempo cada vez que necesitan que una historia encaje. A veces conscientemente. Otras, porque la memoria no funciona como una cámara.

En dos pantallas, el mismo movimiento del hombre hacia las puertas parecía diferente. En una grabación desaparecía detrás del hombro de un turista; en la otra surgía más tarde, ya cerca del pasillo de acceso. Mónica propuso no unir ambos fragmentos mediante una línea continua. El técnico encargado del material consideró al principio que era un exceso de prudencia, pero, al recalcular los intervalos, descubrió una pequeña discrepancia entre los relojes.

—Si corregimos las horas sin conservar el archivo original —dijo la joven—, algún día tendremos que explicar qué corregimos exactamente. Y si desaparece el original, ya no podremos demostrar nada.

Lunafórte ordenó conservar las sumas de verificación de las copias y un registro separado de todas las transformaciones. Aquella labor, que no prometía ninguna revelación espectacular, ocupó casi una hora. Spiránte contempló al departamento técnico discutiendo sobre segundos y sintió por primera vez una gratitud incómoda: aquel celo irritante le impedía precipitarse y declarar asesino al hombre de la chaqueta clara.

Spiránte la miró. Ella hablaba sin insistencia, como si estuviera explicando una norma elemental. Pero su prudencia no se parecía a la de una analista inexperta, empeñada en demostrar cuanto antes su utilidad.

—No convierta un error técnico en una conspiración —dijo él.

—No lo hago. Por eso lo he marcado como no confirmado.

—Bien.

—Pero tampoco lo califique de irrelevante antes de comprobarlo.

Spiránte estuvo a punto de replicar, pero cambió de idea. No le gustaba discutir con quienes tenían razón en la forma, aunque le molestara su tono.

Llegó otro resultado del hotel donde se había alojado Samsónova. El recepcionista confirmó que se había registrado con pasaporte ruso, que apenas había recurrido al personal y que había dejado la habitación sin signos visibles de precipitación. Allí no encontraron papeles relacionados con la supuesta cita. El hotel facilitó la información a la policía italiana conforme al procedimiento establecido y los efectos personales quedaron inventariados durante la inspección. Un empleado recordó una conversación telefónica de la víspera: le había parecido que Anna hablaba en italiano y repetía varias veces que no podía indicar la hora por adelantado. No oyó a la persona que estaba al otro lado de la línea y no podía garantizar la exactitud de su recuerdo.

—Podría haber hablado con cualquiera —observó Lunafórte.

—Pero confirma que esperaba un cambio de planes —dijo Spiránte.

—No lo confirma. Solo que no podía precisar la hora. Son dos afirmaciones distintas.

Mónica introdujo la corrección en la tabla.

La siguiente llamada no vino del hotel, sino de la representación estadounidense. Spiránte escuchó un mensaje breve, pidió que le repitieran un punto y salió al pasillo. Volvió unos minutos después con una expresión que la conversación no había logrado serenar.

—La parte estadounidense confirma oficialmente su interés por el caso —dijo—. Sin embargo, parte de los motivos de ese interés están clasificados. Podré solicitar los materiales por el canal correspondiente, pero no prometo recibir una respuesta rápida.

—¿No sabe por qué lo han enviado aquí? —preguntó Khódov.

—Sé qué me han encargado. No es lo mismo.

—Una fórmula muy conveniente —repitió Khódov, devolviéndole sus propias palabras.

Spiránte le dedicó una sonrisa casi aprobatoria.

—Así que, después de todo, escucha.

Por medio del servicio consular, la parte estadounidense confirmó además que constaban datos sobre la ciudadanía de Samsónova y que comprobar su autenticidad no dependía de qué pasaporte hubiera aparecido en su bolso. Sin embargo, el acceso a parte de sus datos biográficos estaba restringido. En el cuadro remitido, algunos años figuraban bajo fórmulas generales; otros habían quedado en blanco.

—Si tenía dos nacionalidades, ¿por qué utilizaba aquí su pasaporte ruso? —preguntó Khódov.

—Porque podía hacerlo —respondió Lunafórte—. ¿Quiere convertir la elección de un documento en prueba de un delito?

—Quiero entender quién le ordenó elegirlo.

Spiránte dejó de pasar las páginas. La pregunta resultaba incómoda porque la respuesta podía tener sentido. Ignoraba por orden de quién Anna había dejado fuera de su viaje la documentación estadounidense; las instrucciones que él había recibido no aclaraban ese punto. Pero sí sabía que todo pasaporte auténtico tiene una historia y que quien lleva dos a veces tiene que elegir no entre países, sino entre las personas a las que está dispuesto a creer.

Podrían haber dado por terminado aquel intercambio, pero Lunafórte dejó sobre la mesa un extracto del registro de solicitudes recibidas. Incluía la hora de la primera consulta de los representantes estadounidenses y la de la solicitud rusa. En la copia algunos nombres estaban parcialmente ocultos, pero la secuencia era clara: el interés estadounidense se había manifestado antes de que la notificación oficial del fallecimiento completara todos los pasos previstos.

—¿Quién fue el primero en informarle de la muerte de Samsónova? —preguntó Lunafórte a Spiránte.

—Recibí la orden de presentarme en Roma e incorporarme a la investigación. La solicitud no procedía de la policía local.

—¿De quién, entonces?

—No estoy autorizado a revelar el origen de una orden interna.

—En ese caso, no me pida compartir información si usted no está dispuesto a hacer lo mismo.

—No se lo pido. Le digo qué puedo facilitar y qué no.

—No es lo mismo —dijo Lunafórte.

Khódov no dijo nada. Contemplaba la hoja impresa más tiempo que los demás. Cuando Lunafórte volvió a guardarla en la carpeta, el representante ruso modificó apenas la posición de los hombros, como si acabara de tachar una posibilidad de una lista mental.

Mónica advirtió el movimiento. No comprendió qué significaba, pero lo recordó.

* * *

Parte 7. Las palabras del monseñor

Monseñor Paolo Belárdi se presentó en la jefatura ya al anochecer. Lo acompañaba un funcionario del Vaticano que permaneció junto a la puerta. El propio Belárdi pidió que hablaran en una sala, no en el pasillo ni en un despacho donde pudieran encontrarse casualmente con extraños. Era delgado y canoso, con el rostro de alguien habituado a escoger las palabras no por temor a los superiores, sino porque estaba convencido de que, una vez pronunciadas, no podían retirarse.

—No estoy seguro de haber visto nada útil —dijo al sentarse—. Pero me parece incorrecto callar si algún detalle puede ayudarles a reconstruir los hechos.

Lunafórte le pidió que lo contara todo desde el principio, sin intentar explicar de inmediato el sentido de lo que había visto.

Belárdi se encontraba en el recinto de los museos por un asunto ajeno a la visita de la capilla. Tenía una cita con un empleado que participaba en los preparativos para cerrar algunas salas. En un momento dado, tuvo que atravesar un pasillo por el que circulaban personas en ambas direcciones y se fijó en una mujer que se mantenía algo apartada de la corriente principal. No contemplaba las obras ni parecía buscar a un acompañante. Vigilaba el paso como alguien que espera no a un amigo retrasado, sino la confirmación de que no ha esperado en vano.

—¿Está seguro de que era Samsónova? —preguntó Spiránte.

—No. Yo no conocía su nombre. Vi la fotografía después, cuando el personal vaticano empezó a reunir información. Entonces pensé que se parecía a la mujer en la que me había fijado. Pero no puedo jurar que no me equivoque.

—¿Qué vio exactamente?

—No presencié el encuentro en sí —respondió Belárdi—. Fue en el pasillo de acceso a la capilla, entre la gente. Oí una voz masculina. Las palabras se pronunciaron en voz baja, en italiano. Tal vez fueran «Non dovevi tornare», «No deberías haber vuelto». Pero no puedo afirmar que se dirigieran precisamente a esa mujer. En ese instante ella volvió la cabeza como si reconociera al que hablaba; después alguien pasó entre nosotros. No vi quién lo dijo. Y no quiero que mis conjeturas se presenten como hechos atestiguados.

La sala quedó en silencio.

Spiránte fue el primero en romperlo:

—¿Oyó esa frase antes de la caída?

—Sí. Antes de que se comunicara la caída. Yo estaba en el pasillo de acceso, no dentro de la capilla. Pero no miré el reloj y no sabría decir el minuto exacto.

—¿Vio al hombre?

—Parte del rostro. El perfil, creo. Pero no podría describirlo con suficiente precisión.

—¿Y la ropa?

—Una chaqueta o una americana clara. No estoy seguro. Entre tanta gente las cosas cambiaban con rapidez. Quizá recuerde el color porque le daba la luz.

Mónica arrancó una hoja de su cuaderno y pidió al monseñor que dibujara la disposición aproximada de las personas: dónde estaba él, en qué dirección avanzaba la multitud, de dónde podía haber venido la voz. Belárdi trazó un rectángulo que representaba el pasillo, tres figuras irregulares y una flecha que tachó inmediatamente.

—No estoy seguro de que esa persona caminara y no se limitara a darse la vuelta —explicó—. Ahora que me lo preguntan, la memoria intenta ordenar la escena para que tenga sentido. Pero solo recuerdo la voz y el rostro de la mujer, quizá el de la fallecida.

—Pues así lo dejaremos —respondió Mónica.

—No se reproche recordar poco —añadió Lunafórte—. Sería peor que, después de escuchar nuestras preguntas, comenzara a recordarlo todo demasiado bien.

Belárdi lo contempló un rato y después dijo en voz baja:

—En días como estos hay muchas personas aquí que le piden a Dios tiempo para despedirse. Pensé en ello cuando supe que había muerto. No sé si ella quería despedirse de alguien. Y comprendo que esto no tiene cabida en un acta.

—Explica por qué ha venido —dijo Lunafórte—. Con eso basta.

Khódov se inclinó hacia delante.

—Dice que oyó «volver». ¿Por qué recuerda precisamente esa palabra?

Belárdi reflexionó.

—Porque no sonó como una petición de marcharse. Más bien como un reproche. Y porque la mujer no parecía alguien que se hubiera encontrado casualmente con un conocido. Tenía en el rostro algo que sugería que había pasado mucho tiempo intentando no recordarlo y acababa de comprender que ya no podía evitarlo.

—¿Sabe quién era ese hombre? —preguntó Khódov.

—No.

—¿Vio que le entregara algún objeto?

—No.

—¿Una carpeta?

—No. No vi ninguna carpeta.

Lunafórte anotó todas las precisiones. Belárdi no les estaba dando una prueba irrefutable que pudieran incorporar al expediente como indicio incontestable. Les estaba señalando una dirección: unas palabras, una reacción, la posible presencia de otra persona. No bastaba para acusar, pero sí para que la antigua versión de una muerte fortuita y anónima resultara todavía menos cómoda.

—¿Por qué no lo comunicó antes? —preguntó Spiránte.

Belárdi no se ofendió.

—Porque no estaba seguro de que guardara relación con el incidente. Oí una frase, vi a una mujer y después supe que había muerto. No puedo demostrar el vínculo entre esos sucesos. Cuando me enseñaron la fotografía, comprendí que debía informar de aquella coincidencia. No quería convertir una conjetura en testimonio antes de que me pidieran contar lo que realmente había visto.

—¿Comprende que después de esta conversación quizá tenga que prestar una declaración oficial? —preguntó Lunafórte.

—Sí. También comprendo que cada organismo querrá obtener de mí su propia versión. Preferiría que mis palabras no terminaran repartidas en informes distintos, como si hubiera contado historias diferentes a personas diferentes.

—Redactaremos una única declaración inicial —dijo Lunafórte—. El acceso se concederá conforme al procedimiento establecido.

Belárdi los miró uno por uno.

—Entonces les ruego que conserven no solo mis palabras, sino también esta reserva: no le vi el rostro con suficiente claridad. No sé si ese hombre era el mensajero. Y desconozco si tenía alguna relación con la muerte de la mujer.

—Así quedará reflejado —confirmó Lunafórte.

Cuando salió el monseñor, nadie habló durante varios segundos.

—Ahora tenemos una frase —dijo Spiránte—. «No deberías haber vuelto».

—Tenemos el recuerdo de un hombre que ni siquiera está seguro de haber visto a la fallecida —corrigió Lunafórte.

—Sí. Y aun así es más de lo que teníamos hace una hora.

Khódov seguía mirando la puerta.

—Si la frase está reproducida correctamente —dijo—, el desconocido sabía que ella regresaba a algo o a alguien. Eso no demuestra un motivo, pero convierte el encuentro en algo personal.

Tras cerrarse la puerta a espaldas de Belárdi, Khódov permaneció completamente inmóvil. Se sorprendió pensando que, si el monseñor había oído aquellas palabras dirigidas a la persona que Anna reconoció, no se trataba solo de documentos secretos. Uno puede volver a una ciudad, a unas personas, a un antiguo crimen, a un amor del que se avergüenza, a un nombre al que intentó renunciar. Una sola palabra abría demasiadas puertas, y detrás de ninguna había luz por el momento.

Intentó imaginar lo que siente alguien que un día decide dejar su patria y descubre después que el pasado no puede abandonarse en el control de pasaportes. No lo consiguió. La compasión era una herramienta demasiado incómoda para su trabajo. Pero precisamente por eso Andréi no se apresuró a renunciar a ella.

Mónica incorporó la declaración a la tabla y la marcó «pendiente de confirmación». Después agregó otra nota que no comunicó en voz alta: Belárdi no temía tanto equivocarse como que sus palabras fueran utilizadas sin las reservas que había expresado. A veces se comportaba así un testigo inocente. Otras, alguien que comprendía cuán peligroso era ser el único que recordaba la frase adecuada.

* * *

Parte 8. El acuerdo

La reunión se prolongó más de lo previsto por Lunafórte. Establecieron el orden de las siguientes actuaciones: completar el primer examen de las grabaciones, obtener el dictamen médico-forense, precisar los datos del hotel, volver a interrogar a los testigos y comprobar todos los contactos registrados en el teléfono de Samsónova. La cuestión de la carpeta quedó en un apartado propio. La del hombre al que ella reconoció, en otro.

Nadie propuso considerar oficialmente que todos esos hechos estuvieran vinculados. Pero ya nadie podía tratarlos como una mera coincidencia.

—Quiero una copia del acta completa de la declaración de Belárdi —dijo Spiránte.

—Después de autorizarla y registrarla —respondió Lunafórte.

—Y los datos sobre las solicitudes de acceso a las grabaciones.

—Después de verificar las atribuciones del solicitante.

—Está convirtiendo cada paso en otro círculo burocrático.

—Y usted quiere que cada paso pase a ser suyo en cuanto pronuncia su nombre.

Khódov fue el primero en levantarse.

—La parte rusa presentará una lista de preguntas adicionales. Solicito también que se me informe de cuándo se examinará el teléfono. No es simple curiosidad. Si contenía mensajes relacionados con la entrega de documentos, su contenido puede ser importante para esclarecer la muerte.

—Ya se ha autorizado el examen técnico —dijo Lunafórte—. No se entregarán los datos hasta que se haya documentado la copia y comprobado su integridad.

—Me parece razonable.

Spiránte lo miró sorprendido.

—Es la primera vez en todo el día que está de acuerdo con algo.

—No confunda estar de acuerdo con confiar, agente Spiránte.

—Empiezo a entender que esa es su frase favorita.

—No. Mi frase favorita es otra: «Presente el documento». Las conversaciones se acortan mucho con ella.

Esta vez Mónica sonrió, aunque casi de inmediato volvió a bajar la vista hacia el ordenador.

Antes de dar por concluida la reunión, Lunafórte volvió a escribir en la pizarra la relación de competencias y pidió a cada uno que dijera en voz alta cuál sería su siguiente tarea. Spiránte se comprometió a colaborar en la verificación de los datos biográficos estadounidenses, aunque con reservas sobre el material clasificado. Khódov aceptó contrastar los registros rusos y procurar una respuesta oficial a la solicitud relativa al antiguo trabajo de Anna. Mónica se ocuparía de cotejar la cronología, utilizando exclusivamente las copias cuya entrega estuviera registrada.

—Entonces, estamos de acuerdo —dijo Lunafórte.

—De acuerdo con las palabras —respondió Khódov.

—Eso ya es algo poco frecuente —observó Spiránte.

Lunafórte estuvo a punto de sonreír. De pronto recordó la mesa vacía en el despacho de la Gendarmería y el bolso precintado de una mujer que jamás volvería a necesitar su tarjeta de hotel. Fuera cual fuese el desenlace, aquella investigación no terminaría con un comunicado diplomático, sino con una explicación de su muerte. O no terminaría nunca.

Acordaron la hora de la siguiente reunión y la lista de materiales que podían facilitarse a todos los participantes sin vulnerar las normas de acceso. Había ahora más anotaciones en la pared, pero ninguna respondía a la pregunta principal. Las tres columnas conservaban su significado. En «CONFIRMADO» había demasiado poco. En «SIN CONFIRMAR», demasiado. Y la tercera, «NO COMPARTIDO», seguía vacía. Precisamente eso era lo que más inquietaba.

Al salir, Khódov no se dirigió al ascensor. Se detuvo al fondo del pasillo y sacó el teléfono. La pantalla iluminó fugazmente su rostro. El mensaje era breve y no llevaba firma:

«No facilitar a la parte estadounidense datos sobre el antiguo trabajo de Samsónova. Determinar qué oyó exactamente Belárdi antes del incidente. Impedir que el testigo establezca contacto por su cuenta con los estadounidenses».

El mensaje no era una solicitud de verificaciones adicionales. Era una orden redactada por alguien que conocía la reunión con suficiente detalle como para mencionar al monseñor. Khódov releyó el apellido de Belárdi y sintió no miedo, sino irritación profesional. Si el nombre del testigo ya circulaba por canales externos, alguien había escuchado la reunión o leído material cuyo acceso debía estar controlado.

Regresó hasta la puerta de la sala común, pero no entró. Informar de la orden en ese momento significaba reconocer que la parte rusa pretendía limitar el intercambio de datos inmediatamente después de haberlo aceptado. Callar significaba admitir otro secreto más dentro de un caso que ya tenía más secretos que hechos.

Khódov eligió el silencio. No porque considerara que una orden estaba por encima de su conciencia, sino porque antes quería averiguar quién la había redactado y por qué aquel hombre temía más las palabras de Belárdi que la muerte de Samsónova.

Leyó el mensaje dos veces. Luego borró la notificación sin responder. No sabía quién más había recibido la misma información ni por qué las instrucciones mencionaban expresamente a Belárdi. Pero ahora existía una nueva frontera dentro de la investigación: no entre lo conocido y lo desconocido, sino entre lo que le permitían averiguar y lo que le prohibían comunicar.

* * *

Parte 9. Órdenes después del acuerdo

Spiránte esperó a que Lunafórte firmara la última hoja y pidió a Mónica que saliera primero. En el pasillo, ella se detuvo junto a una ventana y sacó una botella de agua. Él se acercó un minuto después.

—Ha escuchado a Khódov con demasiada atención —dijo.

—Era el único que sabía qué preguntas no debía hacer.

—No es lo mismo.

—No. Pero a menudo están relacionados.

Spiránte la miró con más detenimiento que antes.

—¿Era becaria solo sobre el papel?

—Trabajaba como analista antes de que me asignaran a usted.

—¿Y por qué está aquí?

—Porque alguien decidió que podía resultar útil.

—Alguien con un excelente sentido del humor.

—Usted mismo dijo que yo haría las preguntas que usted ya había hecho.

—Esperaba que eligiera una ocupación más segura.

—¿Segura para quién?

Él soltó una breve carcajada, aunque sus ojos seguían serios.

—Recuerde una cosa, Lurié. En una habitación donde tres partes se reparten una misma información, la más peligrosa suele ser la cuarta. Aquella de la que nadie habla.

—¿Y quién es esa cuarta parte?

—Todavía no lo sabemos. Ese es el problema.

No aclaró si se refería al mensajero desconocido, a algún servicio de inteligencia, a una persona dentro del Vaticano o a cualquiera de quienes habían estado sentados a la mesa. Mónica tampoco pidió precisiones. A veces, una pregunta revelaba no menos que una confesión.

Cuando Spiránte se marchó para llamar a la embajada, Mónica quedó sola junto a la ventana. No abrió inmediatamente el portátil. Primero comprobó el pasillo y solo entonces extrajo del bolsillo interior un teléfono pequeño, sin señales de identificación visibles. En la pantalla no aparecía ningún nombre ni número: solo un mensaje nuevo.

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Дата выхода на Литрес:
29 октября 2026
Дата написания:
2026
Объем:
440 стр. 1 иллюстрация
Правообладатель:
Автор
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