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El reino de este mundo


El reino de este mundoFundación Alejo Carpentier, 2010

D. R. © Editorial Lectorum S.A. de C.V. (2010)

D. R. © Editorial Cõ

Leemos Contigo Editorial S.A.S. de C.V.

edicion@editorialco.com

Cõeditor digital

Edición: Marzo 2021

© Prólogo: Guillermo Samperio

© Portada: José Antonio Valverde / Gabriela León

Prohibida la reproducción parcial o total sin la autorización escrita del editor.

Índice

1  Abriendo maletas

2  .

3  Prólogo de la primera edición

4  I

5  1 · Las cabezas de cera

6  2 · La poda

7  3· Lo que hallaba a mano

8  4 · El recuento

9  5 · De profundis

10  6 · Las metamorfosis

11  7 · El traje de hombre

12  8 · El gran vuelo

13  II

14  1 · La hija de Minos y de Pasifae

15  2 · El pacto mayor

16  3 · La llamada de los caracoles

17  4 · Dogón dentro del arca

18  5 · Santiago de Cuba

19  6 · La nave de los perros

20  7 · San Trastorno

21  III

22  1 · Los signos

23  2 · Sans-Souci

24  3 · El sacrificio de los toros

25  4 · El emparedado

26  5 · Crónica del 15 de agosto

27  6 ·. Ultima Ratio Regum

28  7 · La puerta única

29  IV

30  1 · La noche de las estatuas

31  2 · La real casa

32  3 · Los agrimensores

33  4 · Agnus Dei

Abriendo maletas

por Guillermo Samperio

Nueve años después del fallecimiento de Alejo Carpentier se recuperó una maleta que cuarenta y cuatro años atrás, el escritor, tras regresar a Cuba huyendo de la Segunda Guerra Mundial, había dejado encargada en casa de una amiga en la región de Saint Florent sur Cher, en Francia. Se dice que la valija contenía un par de óleos del pintor cubano Eduardo Abela, uno llamado La comparsa del gavilán y otro sin título; cartas a la madre del escritor, donde la llamaba cariñosamente “Toutouche”, y también algunas grabaciones difíciles de restaurar con voces de poetas; todo ello perteneciente a la primera época del escritor.

La aparición de la maleta fue toda una sorpresa, incluso para Lilia Esteban, esposa de Carpentier, pues el escritor nunca mencionó su existencia ni hizo nada por recuperarla. Fue hasta finales de 1989 en que un sobrino de Madame Chamard, la amiga de Carpentier, llevó el veliz a la casa Gallimard para saber si la documentación contenida pertenecía al escritor cubano. Así fue corroborado y la maleta entregada a la viuda del escritor.

En 1949, apenas cuatro años después de haber dejado encargada la valija, se publicó El reino de este mundo en México, donde fueron publicados la mayoría de sus libros. Es en el prólogo de esa primera edición donde Carpentier define el término de lo real maravilloso americano: “Durante mi permanencia en Haití [...] a cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera...”. Porque es menester advertir que el relato que va a leerse ha sido establecido sobre documentación extremadamente rigurosa que no solamente respeta la verdad histórica de los acontecimientos, los nombres de personajes —incluso secundarios—, de lugares y hasta de calles, sino que oculta, bajo su aparente intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de cronologías. Y, sin embargo, por la dramática singularidad de los acontecimientos, por la fantástica apostura de los personajes que se encontraron, en determinado momento, en la encrucijada mágica de la Ciudad del Cabo, todo resulta maravilloso en una historia imposible de situar en Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación en los manuales escolares. ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?

Y es que fue durante un viaje de Carpentier —acompañado por su esposa Lilia Esteban— a Haití donde, tras su encuentro con la cultura sincrética formada por la de los negros africanos que habían sido traídos como esclavos para trabajar en las plantaciones, con la francesa, de lujos, títulos nobiliarios y religión católica, que pudo gestarse la novela.

En este libro, Carpentier relata la independencia haitiana, menciona personajes históricos, lugares reales, sucesos reconocidos, como el envenenamiento masivo de blancos ideado por Mackandal en 1757, que luego de la traición de una de sus gentes, fue ejecutado en 1758; el escritor cubano incluye también el levantamiento de Bouckman en 1791, la huida de los plantadores franceses a la ciudad de Santiago de Cuba, entre los cuales se encontraba Lenormand de Mezy; el intento de Napoleón Bonaparte por recuperar el control de la colonia haitiana entre 1801 y 1804, el arribo de Paulina Bonaparte como representante real entre 1801 y 1802, el reinado de Henri Christophe de 1807 a 1820.

Pero en sentido estricto, El reino de este mundo no es una novela histórica, pues si bien echa mano de personajes y situaciones históricas, también lo hace de la ficción, de personajes y situaciones inventados por el autor, pero que embonan precisos dentro del contexto, confundiendo al lector a propósito de qué es en estricto lo histórico y qué no. Además, los personajes principales no son los históricos, sino uno menor: Ti Noel. A manera de lo que hoy llamamos microhistoria, conocemos “La Historia” desde los acontecimientos cotidianos de un esclavo.

Un recurso que aplica el escritor en esta obra, que la aleja también de la novela histórica tradicional, es la elipsis. No todos los acontecimientos están retratados, sino que en su ausencia cobran significado, como cuando Ti Noel acompaña a su amo a Santiago de Cuba y los lectores dejamos de saber el orden de los sucesos que transcurren en Haití, hasta que Ti Noel regresa, creyendo que la esclavitud ha sido abolida y se encuentra con la construcción del majestuoso palacio de Sans Souci, donde vuelve a ser esclavizado por el rey negro Henri Christophe. Los hechos históricos no dichos cobran fuerte relevancia ante la fatal sorpresa en la que acompañamos a Ti Noel.

Alejo Carpentier no se limita, pues, a escribir una novela “histórica”, sino que crea una especie de novela-conciencia. Muestra la forma de ser americano a través de una mezcla que genera, en la literatura latinoamericana, una nueva forma de verosimilitud, de hecho fundacional: tradiciones, orígenes, causas, consecuencias, imaginación y acontecimientos históricos, maravilla y realidad, en un amalgamiento donde las aristas están difuminadas y lo maravilloso se presenta no sólo como cotidiano, sino también como verosímil. Carpentier logra al fin una novela que define la identidad americana, después de tantos intentos de literatura criollista de no pocas plumas latinoamericanas.

Lo “real maravilloso” de Carpentier a menudo parece ser asimilado por el denominado posteriormente realismo mágico, donde Gabriel García Márquez es el representante natural. Ambos estilos muestran lo extraordinario como común, sobre todo porque no hay sorpresa de los personajes ante lo maravilloso, pero mientras que para Carpentier es necesaria la fe:

Mackandal estaba ya adosado al poste de las torturas. El verdugo había agarrado un rescoldo con las tenazas. Repitiendo un gesto estudiado la víspera frente al espejo, el gobernador desenvainó la espada de corte y dio orden de que se cumpliera la sentencia. El fuego comenzó a subir hacia el manco, sollamándole las piernas. En ese momento, Mackandal agitó su muñón que no habían podido atar, en un gesto conminatorio que no por menguado era menos terrible, aullando conjuros desconocidos y echando violentamente el torso hacia delante. Sus ataduras cayeron, y el cuerpo del negro se espigó en el aire, volando por sobre las cabezas, antes de hundirse en las ondas negras de la masa de esclavos.

García Márquez lo realiza, sin embargo, a través de la exageración:

... pidió ayuda para llevar a José Arcadio Buendía a su dormitorio. No sólo era tan pesado como siempre, sino que en su prolongada estancia bajo el castaño había desarrollado la facultad de aumentar de peso voluntariamente, hasta el punto de que siete hombres no pudieron con él y tuvieron que llevarlo a rastras a la cama.

Como podemos notar, el recurso narrativo de Carpentier se instala con plenitud en “lo maravilloso”, mientras que el del colombiano sólo en el pobre recurso de la exageración.

El mismo Carpentier habla de la fe en “lo real maravilloso”:

Pero es que muchos olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de ‘estado límite’. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe.

En la primera de sus Seis propuestas para el nuevo milenio —serie de conferencias que le encargó la Universidad de Harvard a Italo Calvino en 1985 y que la muerte le impidió pronunciar, pero las cinco que ya tenía redactadas fueron publicadas—, habla de la levedad y lo pesado en la literatura. Basándome en este concepto calviniano, me parece que, aunque “lo real maravilloso” se da tiempo de volar, se asienta firme en la tierra, mientras que el llamado “realismo mágico”, una vez que despega, rara vez se da tiempo de descender.

En la obra de Carpentier que nos ocupa presenciamos el sudor de los esclavos, el sonido de las palmas sobre los tambores, los hongos venenosos, las construcciones fastuosas, un cuerpo enterrado en cemento, el hombre convertido en bestia, los sacrificios animales; mientras en Cien años de soledad vemos mariposas amarillas revolotear, la elevación de Remedios, la profecía en los pergaminos de Melquíades, la levitación del padre Nicanor y los inventos extraordinarios que traen los gitanos, elementos varios, por cierto, que ya estaban en Florecillas, autobiografía y biografía de San Francisco de Asís, y muchos lo sabemos. Lo sobrenatural se vuelve verosímil en Carpentier, mientras que en Márquez sigue siendo un tanto fantástico, creíble en Macondo, pero ajeno a la realidad del lector y de la América nuestra.

En El reino de este mundo aparece lo ligero cuando Mackandal se transforma en mariposa o cuando, tras su muerte en la hoguera, “... el cuerpo del negro se espigó en el aire, volando sobre las cabezas...”, pero siempre vuelve a la tierra, ya sea como iguana, perro o alcatraz, o bien, para “... hundirse en las ondas negras de la masa de esclavos...”. Calvino dice, en la citada conferencia, al respecto:

... la literatura como función existencial, la búsqueda de la levedad con relación al peso de vivir [...] el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad [...] Creo que este nexo entre levitación deseada y privación padecida es una constante antropológica. Este dispositivo antropológico es lo que la literatura perpetúa. No me parece forzado conectar esta función chamánica o de hechicería documentada por la etnología y el folklore con lo imaginario; por el contrario, creo que la racionalidad más profunda implícita en toda labor literaria debe buscarse en las necesidades antropológicas a la que aquella corresponde.

Pareciera que el contexto histórico de El reino de este mundo juega a favor del aterrizaje de los hechos mágicos, pero en la obra del colombiano también se recurre a los hechos históricos, como la guerra civil entre partidos políticos, la llegada del ferrocarril a Colombia o de la United Fruit Company y la Masacre de las Bananeras, sin conseguir la verosimilitud que logra el cubano. Lo que en García Márquez parece imaginación, en Carpentier es realidad. Y parafraseando a Valéry: “Hay que ser ligero como el pájaro, no como la pluma”.

Y es que Alejo Carpentier se despoja del narrador externo con el fin de ponerse la piel oscura del esclavo y hablar desde él; es a través de los ojos de Ti Noel que vemos el mundo haitiano:

... el colono y el esclavo amarraron sus cabalgaduras frente a la tienda del peluquero [...] Mientras el amo se hacía rasurar, Ti Noel pudo contemplar a su gusto las cuatro cabezas de cera que adornaban el estante de la entrada. Los rizos de las pelucas enmarcaban semblantes inmóviles, antes de abrirse en un remanso de bucles, sobre el tapete encarnado [...] Por una graciosa casualidad, la tripería contigua exhibía cabezas de terneros, desolladas, con un tallito de perejil sobre la lengua [...] Sólo un tabique de madera separaba ambos mostradores, y Ti Noel se divertía pensando que, al lado de las cabezas descoloridas de los terneros, se servían cabezas de blancos señores en el mantel de la misma mesa. Así como se adornaban a las aves con sus plumas para presentarlas a los comensales de un banquete, un cocinero experto y bastante ogro habría vestido las testas con sus mejores acondicionadas pelucas. No les faltaba más que una orla de hojas de lechuga o de rábanos abiertos en flor de lis.

Así, con esta muestra, Carpentier sabe que no basta con vestir de color local una obra para retratar una forma de ser. Hay que escuchar al otro y ponerse su piel, impregnarse de su esencia.

Además, Carpentier es un autor sonoro. Estudió teoría musical, escribió libretos para ballet y dedicó parte de su labor profesional a la radio, tanto en Francia como en Cuba, y también realizó importantes investigaciones musicales. Por tanto, no sorprende la sonoridad rítmica de su narrativa, la inclusión de instrumentos afrocubanos, el canto ritual pero, en especial, su capacidad para hacer hablar al otro. Escuchamos las palabras de los esclavos, pero también oímos a través de ellas su mundo interior, sus costumbres, sus anhelos, sus miedos, su violencia y su esperanza. La novela está narrada en tercera persona y la voz, con especial malicia de Carpentier, acompaña la visión del esclavo, son ellos —el son de ellos—, a través de Ti Noel, los que cuentan la historia del pueblo haitiano. El autor presenta algunos momentos de contraste en donde los amos franceses exponen su visión ingenua y abusiva, que explica por qué los esclavos acabaron sublevándose con tal violencia. Pero El reino de este mundo no sólo nos presenta el contraste amo-esclavo, también se recrea en otros personajes: vale la pena resaltar la presencia de la segunda esposa de Lenormand de Mezy, una actriz fracasada, o la visión invaluable de Paulina Bonaparte.

La periodista cubana Marta Rojas, amiga cercana del autor, narra una anécdota que da fe de una de las teorías literarias de Carpentier:

Ya en París conocí al diplomático y al hombre de hogar. Al novelista que dedicaba las mañanas a escribir, como un sacerdocio, y al escritor al que no se le escapa nada. De tal forma que una vez me invitó a ir con él a la carnicería, porque había combinado con Lilia hacer una comida especial por la noche: “Carne de res mechada”. Fui a la carnicería y cuál no sería mi asombro cuando Carpentier detallaba al carnicero cómo cortar y qué cortar en la banda de res que estaba colgada en un gancho. Sabía al dedillo cada parte del animal y cómo y para qué utilizarlo en la cocina.

“Todo le hace falta saber al que escribe, cómo si no, en caso de que el personaje sea un carnicero o un pescador podría desenvolverse, mínimamente”. Yo diría que es una lección básica para cualquier escritor. Esa noche, por primera vez en París, fui la ‘pinche de cocina’ de Carpentier. Lilia, desde la sala, nos veía hacer, mezclar, probar, mientras atendía la visita. A ella aún le gusta recordar esta anécdota, porque Alejo Carpentier era un gran cocinero, un gran mezclador. No sólo condimentaba su prosa inigualable de rango universal, sino las más sofisticadas o sencillas comidas.

Esta cita de Marta Rojas me hace caer en la cuenta de que El reino de este mundo no sólo es una obra que refleja la conciencia y el sentir americanos, sino que además es universal. Escuchemos a Carpentier:

Pero resulta que ahora nosotros, novelistas latinoamericanos, tenemos que nombrarlo todo —todo lo que nos define, envuelve y circunda: todo lo que opera con energía de contexto— para situarlo en lo universal. Termináronse los tiempos de las novelas con llamadas al pie de página para explicarnos que el árbol llamado de tal modo se viste de flores encarnadas en el mes de mayo o agosto. Nuestra ceiba, nuestros árboles, vestidos o no de flores, se tienen que hacer universales por la operación de palabras cabales, pertenecientes al vocabulario universal.

Influido por las ideas de Roger Callois, quien, por cierto, lo tradujo al francés, donde lo sagrado tiene una doble vertiente: respeto a la norma y transgresión, Carpentier retrata la religión haitiana: licantropismo, animismo o vudú, no con una mirada ajena de turista, sino desde el entendimiento integral de la cultura de los esclavos africanos sometidos por el poder francés:

¿Qué sabían los blancos de cosas de negros? En sus ciclos de metamorfosis, Mackandal se había adentrado muchas veces en el mundo arcano de los insectos, desquitándose de la falta de un brazo humano con la posesión de varias patas, de cuatro élitros o de largas antenas. Había sido mosca, ciempiés, falena, comején, tarántula, vaquita de san Antón y hasta cocuyo de grandes luces verdes.

Que además contrasta con la visión de Monsieur Lenormand de Mezy:

Ahora recordaba que, años atrás, aquel rubicundo y voluptuoso abogado del Cabo que era Moreau de Saint Mery había recogido algunos datos sobre las prácticas salvajes de los hechiceros de las montañas, apuntando que algunos negros eran ofidiólatras. Este hecho, al volver a su memoria, lo llenó de zozobra haciéndole comprender que un tambor podía significar, en ciertos casos, algo más que una piel de chivo tensa sobre un tronco ahuecado. Los esclavos tenían, pues, una religión secreta que los alentaba y solidarizaba en sus rebeldías. A lo mejor, durante años y años, habían observado las prácticas de esa religión en sus mismas narices, hablándose con los tambores de calendas, sin que él lo sospechara.

¿Pero acaso una persona culta podía haberse preocupado por las salvajes creencias de gentes que adoraban una serpiente...?

También se asoma la resonancia de Oswald Spengler, historiador alemán, con su Decadencia de Occidente y sus tesis de que la historia es cíclica, en una repetición infinita donde se suceden el orden y el caos, la prosperidad y la destrucción, violencia y tranquilidad, para mostrar la teoría suprema en esta novela de Carpentier: el abuso del poder se repite en un círculo vicioso, donde la serpiente relación amo-esclavo se muerde la cola, y que Haití no estaba preparado para su independencia, pues el sometimiento se dio igual en manos blancas que negras, que para abolir la esclavitud se requería de más que voluntad y una revuelta. Se requería de que los propios esclavos se asumieran a sí mismos como seres libres. El anhelo del cambio es aplastado por la inercia del orden establecido y el egoísmo humano. La historia misma demostró, en la independencia haitiana, y en otras muchas, que América fue incapaz de dirigir su propio destino.

Es sabida la capacidad narrativa del autor, quien algunos creen que murió poco antes de que hubiera recibido el premio Nobel de Literatura, que fue a parar a manos de García Márquez, luego de que en Colombia asumiera el poder el dudoso Belisario Betancur. En rigor, con la presea o sin ella, Alejo Carpentier, quien siguió viviendo en la Cuba revolucionaria, era, hacía tiempo, uno de los mejores y más perdurables premios nobeles. No quiero dejar de hacer notar en un ejemplo la maestría con que crea imágenes, da puntos de vista, contrasta, muestra belleza en la violencia y dice sin decir:

Monsieur Lenormand de Mezy entró en su habitación. Mademoiselle Floridor yacía, despatarrada, sobre la alfombra, con una hoz encajada en el vientre. Su mano muerta agarraba todavía la pata de la cama con un gesto cruelmente evocador del que hacía la damisela dormida de un grabado licencioso que, con el título El sueño, adornaba la alcoba. Monsieur Lenormand de Mezy, quebrado en sollozos, se desplomó a su lado.

Y como con la maleta olvidada en Francia, ahora, sesenta y un años después de la primera edición de El reino de este mundo, podemos revisitar esta valija literaria de Carpentier y descubrir las sorpresas que ahí se guardan, porque, como toda obra mayor, esta novela va revelando nuevos planos en cada lectura siendo, a su vez, otra novela cada vez que regresamos a ella. Es decir, otra maleta.

.

A Lilia

Prólogo de la primera edición

... Lo que se ha de entender desto de convertirse

en lobos es que hay una enfermedad a

quien llaman los médicos manía lupina...

Los trabajos de Persiles y Segismunda

Afines del año 1943 tuve la suerte de poder visitar el reino de Henri Christophe —las ruinas, tan poéticas, de Sans-Souci, la mole, imponentemente intacta a pesar de rayos y terremotos, de la Ciudadela La Ferrière— y de conocer la todavía normanda Ciudad del Cabo —el Cap Français de la antigua colonia—, donde una calle de larguísimos balcones conduce al palacio de cantería habitado antaño por Paulina Bonaparte. Después de sentir el nada mentido sortilegio de las tierras de Haití, de haber hallado advertencias mágicas en los caminos rojos de la Meseta Central, de haber oído los tambores de Petro y del Rada, me vi llevado a acercar la maravillosa realidad recién vivida a la agotante pretensión de suscitar lo maravilloso que caracterizó a ciertas literaturas europeas de estos últimos treinta años. Lo maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la Mesa Redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido en su Alquimia del Verbo?—. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo.

Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos “niños amenazados por ruiseñores”, o los “caballos devorando pájaros” de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wifredo Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación tropical, la desenfrenada Creación de Formas de nuestra naturaleza —con todas sus metamorfosis y simbiosis—, en cuadros monumentales de una expresión única en la pintura contemporánea. Ante la desconcertante pobreza imaginativa de un Tanguy, por ejemplo, que desde hace veinticinco años pinta las mismas larvas pétreas bajo el mismo cielo gris, me dan ganas de repetir una frase que enorgullecía a los surrealistas de la primera hornada: Vous qui ne voyez pas, pensez a ceux qui voient. Hay todavía demasiados “adolescentes que hallan placer en violar los cadáveres de hermosas mujeres recién muertas” (Lautréamont), sin advertir que lo maravilloso estaría en violarlas vivas. Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado límite”. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Victor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica “arreglada”, ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato “enrolado” o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe.

Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real-maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución. Conocía ya la historia prodigiosa de Bouckman, el iniciado jamaiquino. Había estado en la Ciudadela La Ferrière, obra sin antecedentes arquitectónicos, únicamente anunciada por las Prisiones imaginarias del Piranese. Había respirado la atmósfera creada por Henri Christophe, monarca de increíbles empeños, mucho más sorprendente que todos los reyes crueles inventados por los surrealistas, muy afectos a tiranías imaginarias, aunque no padecidas. A cada paso hallaba lo real-maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real-maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera, donde todavía no se ha terminado de establecer, por ejemplo, un recuento de cosmogonías. Lo real-maravilloso se encuentra a cada paso en las vidas de hombres que inscribieron fechas en la historia del Continente y dejaron apellidos aún llevados: desde los buscadores de la Fuente de la Eterna Juventud, de la áurea ciudad de Manoa, hasta ciertos rebeldes de la primera hora o ciertos héroes modernos de nuestras guerras de independencia de tan mitológica traza como la coronela Juana de Azurduy. Siempre me ha parecido significativo el hecho de que, en 1780, unos cuerdos españoles, salidos de Angostura, se lanzaran todavía a la busca de El Dorado, y que, en días de la Revolución Francesa —¡vivan la Razón y el Ser Supremo!—, el compostelano Francisco Menéndez anduviera por tierras de Patagonia buscando la Ciudad Encantada de los Césares. Enfocando otro aspecto de la cuestión, veríamos que, así como en Europa Occidental el folklore danzario, por ejemplo, ha perdido todo carácter mágico o invocatorio, rara es la danza colectiva, en América, que no encierre un hondo sentido ritual, creándose en torno a él todo un proceso iniciado: tal los bailes de la santería cubana, o la prodigiosa versión negroide de la fiesta del Corpus, que aun puede verse en el pueblo de San Francisco de Yare, en Venezuela.

Hay un momento, en el sexto canto de Maldoror, en que el héroe, perseguido por toda la policía del mundo, escapa a “un ejército de agentes y espías” adoptando el aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo. Esto es “literatura maravillosa” en pleno. Pero en América, donde no se ha escrito nada semejante, existió un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos, y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la Historia. Maldoror —lo confiesa el mismo Ducasse— no pasaba de ser un “poético Rocambole”. De él sólo quedó una escuela literaria de vida efímera. De Mackandal el americano, en cambio, ha quedado toda una mitología, acompañada de himnos mágicos, conservados por todo un pueblo, que aún se cantan en las ceremonias del vodú. (Hay, por otra parte, una rara casualidad en el hecho de que Isidoro Ducasse, hombre que tuvo un excepcional instinto de lo fantástico-poético, hubiera nacido en América y se jactara tan enfáticamente, al final de uno de sus cantos, de ser “Le Montevidéen”). Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y del negro, por la Revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías.

Sin habérmelo propuesto de modo sistemático, el texto que sigue ha respondido a este orden de preocupaciones. En él se narra una sucesión de hechos extraordinarios, ocurridos en la isla de Santo Domingo, en determinada época que no alcanza el lapso de una vida humana, dejándose que lo maravilloso fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos sus detalles. Porque es menester advertir que el relato que va a leerse ha sido establecido sobre una documentación extremadamente rigurosa que no solamente respeta la verdad histórica de los acontecimientos, los nombres de personajes —incluso secundarios—, de lugares y hasta de calles, sino que oculta, bajo su aparente intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de cronologías. Y sin embargo, por la dramática singularidad de los acontecimientos, por la fantástica apostura de los personajes que se encontraron, en determinado momento, en la encrucijada mágica de la Ciudad del Cabo, todo resulta maravilloso en una historia imposible de situar en Europa, y que es tan real, sin embargo, como cualquier suceso ejemplar de los consignados, para pedagógica edificación, en los manuales escolares. ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso?

A. C.

I

Demonio

Licencia de entrar demando...

Providencia

¿Quién es?

Demonio

El rey de Occidente.

Providencia

Ya sé quién eres, maldito. Entra.

[Entra ahora.]

Demonio

¡Oh, tribunal bendito, Providencia eternamente!

¿Dónde envías a Colón para renovar mis daños?

¿No sabes que ha muchos años que tengo allí posesión?

Lope de Vega

1 · Las cabezas de cera

Entre los veinte garañones traídos al Cabo Francés por el capitán del barco que andaba de media madrina con un criador normando, Ti Noel había elegido sin vacilación aquel semental cuadralbo, de grupa redonda, bueno para la remonta de yeguas que parían potros cada vez más pequeños. Monsieur Lenormand de Mezy, conocedor de la pericia del esclavo en materia de caballos, sin reconsiderar el fallo, había pagado en sonantes luises. Después de hacerle una cabezada con sogas, Ti Noel se gozaba de todo el ancho de la sólida bestia moteada, sintiendo en sus muslos la enjabonadura de un sudor que pronto era espuma ácida sobre la espesa pelambre percherona. Siguiendo al amo, que jineteaba un alazán de patas más livianas, había atravesado el barrio de la gente marítima, con sus almacenes olientes a salmuera, sus lonas atiesadas por la humedad, sus galletas que habría que romper con el puño, antes de desembarcar en la Calle Mayor, tornasolada, en esa hora mañanera, por los pañuelos a cuadros de colores vivos de las negras domésticas que volvían del mercado. El paso de la carroza del gobernador, recargada de rocallas doradas, desprendió un amplio saludo a Monsieur Lenormand de Mezy. Luego, el colono y el esclavo amarraron sus cabalgaduras frente a la tienda del peluquero que recibía La Gaceta de Leyde para solaz de sus parroquianos cultos.

Mientras el amo se hacía rasurar, Ti Noel pudo contemplar a su gusto las cuatro cabezas de cera que adornaban el estante de la entrada. Los rizos de las pelucas enmarcaban semblantes inmóviles, antes de abrirse, en un remanso de bucles, sobre el tapete encarnado. Aquellas cabezas parecían tan reales —aunque tan muertas, por la fijeza de los ojos— como la cabeza parlante que un charlatán de paso había traído al Cabo, años atrás, para ayudarlo a vender un elixir contra el dolor de muelas y el reumatismo. Por una graciosa casualidad, la tripería contigua exhibía cabezas de terneros, desolladas, con un tallito de perejil sobre la lengua, que tenían la misma calidad cerosa, como adormecidas entre rabos escarlatas, patas en gelatina, y ollas que contenían tripas guisadas a la moda de Caen. Sólo un tabique de madera separaba ambos mostradores, y Ti Noel se divertía pensando que, al lado de las cabezas descoloridas de los terneros, se servían cabezas de blancos señores en el mantel de la misma mesa.

Así como se adornaba a las aves con sus plumas para presentarlas a los comensales de un banquete, un cocinero experto y bastante ogro habría vestido las testas con sus mejor acondicionadas pelucas. No les faltaba más que una orla de hojas de lechuga o de rábanos abiertos en flor de lis. Por lo demás, los potes de espuma arábiga, las botellas de agua de lavanda y las cajas de polvos de arroz, vecinas de las cazuelas de mondongo y de las bandejas de riñones, completaban, con singulares coincidencias de frascos y recipientes, aquel cuadro de un abominable convite.

Había abundancia de cabezas aquella mañana, ya que, al lado de la tripería, el librero había colgado de un alambre, con grapas de lavandera, las últimas estampas recibidas de París. En cuatro de ellas, por lo menos, ostentábase el rostro del rey de Francia, en marco de soles, espadas y laureles. Pero había otras muchas cabezas empelucadas, que eran probablemente las de altos personajes de la Corte. Los guerreros eran identificables por sus ademanes de partir al asalto. Los magistrados, por su ceño de meter miedo. Los ingenios, porque sonreían sobre dos plumas aspadas en lo alto de versos que nada decían a Ti Noel, pues los esclavos no entendían de letras. También había grabados en colores, de una factura más ligera, en que se veían los fuegos artificiales dados para festejar la toma de una ciudad, bailables con médicos armados de grandes jeringas, una partida de gallina ciega en un parque, jóvenes libertinos hundiendo la mano en el escote de una camarista, o la inevitable astucia del amante recostado en el césped, que descubre, arrobado, los íntimos escorzos de la dama que se mece inocentemente en un columpio. Pero Ti Noel fue atraído, en aquel momento, por un grabado en cobre, último de la serie, que se diferenciaba de los demás por el asunto y la ejecución. Representaba algo así como un almirante o un embajador francés, recibido por un negro rodeado de abanicos de plumas y sentado sobre un trono adornado de figuras de monos y de lagartos.

—¿Qué gente es ésta? –preguntó atrevidamente al librero, que encendía una larga pipa de barro en el umbral de su tienda.

—Ése es un rey de tu país.

No hubiera sido necesaria la confirmación de lo que ya pensaba, porque el joven esclavo había recordado, de pronto, aquellos relatos que Mackandal salmodiaba en el molino de cañas, en horas en que el caballo más viejo de la hacienda de Lenormand de Mezy hacía girar los cilindros. Con voz fingidamente cansada para preparar mejor ciertos remates, el mandinga solía referir hechos que habían ocurrido en los grandes reinos de Popo, de Arada, de los Nagós, de los Fulas. Hablaba de vastas migraciones de pueblos, de guerras seculares, de prodigiosas batallas en que los animales habían ayudado a los hombres. Conocía la historia de Adonhueso, del Rey de Angola, del Rey Dá, encarnación de la Serpiente, que es eterno principio, nunca acabar, y que se holgaba místicamente con una reina que era el Arcoíris, señora del agua y de todo parto. Pero, sobre todo, se hacía prolijo con la gesta de Kankán Muza, el fiero Muza, hacedor del invencible imperio de los mandingas, cuyos caballos se adornaban con monedas de plata y gualdrapas bordadas, y relinchaban más arriba del fragor de los hierros, llevando el trueno en los parches de dos tambores colgados de la cruz. Aquellos reyes, además, cargaban con la lanza a la cabeza de sus hordas, hechos invulnerables por la ciencia de los Preparadores, y sólo caían heridos si de alguna manera hubieran ofendido a las divinidades del Rayo o las divinidades de la Forja. Reyes eran, reyes de verdad, y no esos soberanos cubiertos de pelos ajenos, que jugaban al boliche y sólo sabían hacer de dioses en los escenarios de sus teatros de corte, luciendo amaricada la pierna al compás de un rigodón. Más oían esos soberanos blancos las sinfonías de sus violines y las chifonías de los libelos, los chismes de sus queridas y los cantos de sus pájaros de cuerda, que el estampido de cañones disparando sobre el espolón de una media luna. Aunque sus luces fueran pocas, Ti Noel había sido instruido en esas verdades por el profundo saber de Mackandal. En el África, el rey era guerrero, cazador, juez y sacerdote; su simiente preciosa engrosaba, en centenares de vientres, una vigorosa estirpe de héroes. En Francia, en España, en cambio, el rey enviaba sus generales a combatir; era incompetente para dirimir litigios, se hacía regañar por cualquier fraile confesor, y, en cuanto a riñones, no pasaba de engendrar un príncipe debilucho, incapaz de acabar con un venado sin ayuda de sus monteros, al que designaban, con inconsciente ironía, por el nombre de un pez tan inofensivo y frívolo como era el delfín. Allá, en cambio —en Gran Allá—, había príncipes duros como el yunque, y príncipes que eran el leopardo, y príncipes que conocían el lenguaje de los árboles, y príncipes que mandaban sobre los cuatro puntos cardinales, dueños de la nube, de la semilla, del bronce y del fuego.

Ti Noel oyó la voz del amo que salía de la peluquería con las mejillas demasiado empolvadas. Su cara se parecía sorprendentemente, ahora, a las cuatro caras de cera empañada que se alineaban en el estante, sonriendo de modo estúpido. De paso, Monsieur Lenormand de Mezy compró una cabeza de ternero en la tripería, entregándola al esclavo. Montando en semental ya impaciente por pastar, Ti Noel palpaba aquel cráneo blanco y frío, pensando que debía ofrecer, al tacto, un contorno parecido al de la calva que el amo ocultaba debajo de su peluca. Entre tanto, la calle se había llenado de gente. A las negras que regresaban del mercado, habían sucedido las señoras que salían de la misa de diez. Más de una cuarterona, barragana de algún funcionario enriquecido, se hacía seguir por una camarera de tan quebrado color como ella, que llevaba el abanico de palma, el breviario y el quitasol de borlas doradas. En una esquina bailaban los títeres de un bululú. Más adelante, un marinero ofrecía a las damas un monito del Brasil, vestido a la española. En las tabernas se descorchaban botellas de vino, refrescadas en barriles llenos de sal y de arena mojada. El padre Cornejo, cura de Limonade, acababa de llegar a la Parroquial Mayor, montado en su mula de color burro.

Monsieur Lenormand de Mezy y su esclavo salieron de la ciudad por el camino que seguía la orilla del mar. Sonaron cañonazos en lo alto de la fortaleza. La Courageuse, de la armada del rey, acababa de aparecer en el horizonte, de vuelta de la Isla de la Tortuga. En sus bordas se pintaron ecos de blancos estampidos. Asaltado por recuerdos de sus tiempos de oficial pobre, el amo comenzó a silbar una marcha de pífanos. Ti Noel, en contrapunteo mental, tarareó para sus adentros una copla marinera, muy cantada por los toneleros del puerto, en que se echaban mierdas al rey de Inglaterra. De lo último sí estaba seguro, aunque la letra no estuviese en créole. Por lo mismo, la sabía. Además, tan poca cosa era para él el rey de Inglaterra como el de Francia o el de España, que mandaba en la otra mitad de la isla, y cuyas mujeres —según afirmaba Mackandal— se enrojecían las mejillas con sangre de buey y enterraban fetos de infantes en un convento cuyos sótanos estaban llenos de esqueletos rechazados por el cielo verdadero, donde no se querían muertos ignorantes de los dioses verdaderos.

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Дата выхода на Литрес:
23 июня 2025
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131 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9786074571325
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