Читать книгу: «Extrañas criaturas»

Шрифт:

Extrañas criaturas

Antología del microrrelato peruano moderno

José Güich Rodríguez Carlos López Degregori Alejandro Susti



Colección Investigaciones

Extrañas criaturas. Antología del microrrelato peruano moderno Primera edición digital: septiembre, 2018

© Universidad de Lima

Fondo Editorial

Av. Javier Prado Este 4600,

Urb. Fundo Monterrico Chico, Lima 33

Apartado postal 852, Lima 100

Teléfono: 437-6767, anexo 30131

fondoeditorial@ulima.edu.pe

www.ulima.edu.pe

Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima Ilustración de carátula: Intueri / Shutterstock.com

Versión e-book 2018

Digitalizado y distribuido por Saxo.com Perú S. A. C.

https://yopublico.saxo.com/

Teléfono: 51-1-221-9998

Avenida Dos de Mayo 534, Of. 304, Miraflores

Lima - Perú

Se prohíbe la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio, sin permiso expreso del Fondo Editorial.

ISBN 978-9972-45-469-1

Índice

Introducción

Capítulo 1. El microrrelato: una aproximación teórica

El microrrelato: un primer acercamiento

La ficcionalidad

La brevedad

La narratividad

La hibridación

La unidad

Referencias

Capítulo 2. Breve panorama de la muestra antológica

Referencias

Capítulo 3. Muestra antológica

Sebastián Salazar Bondy

Visita a mi propia estatua

Aretes de la esposa impía

Asalto a la joyería

Défense de cracher

Señora con perrito

El domicilio de los muertos

La postal pornográfica

Manuel Mejía Valera

Ánima en pena

La mujer

El murciélago

El misterio

El ahogado

El ave Fénix

La muerte

Caín

La adivinanza

Carlos Eduardo Zavaleta

Un hombre, un punto

La institución

Conocer el mundo

Amantes en Nueva York

Un viaje romántico

Muerte de mi madre

La perfección

La ciencia

Conocer a una madre

Carlos Meneses

Striptease

La edad

La moneda

Una pintura

Buenos consejos

La escalera

Flores para Ernestina

Tres en uno

París

New York

Juan Rivera Saavedra

La causa

La solución

La proeza

Los privilegiados

Herbario

Sospecha

Confía en el hombre

Primer amanecer

Antonio Gálvez Ronceros

Tre clase de só

Burra negra

Monólogo para Jutito

José B. Adolph

El escondite

Encuentro con Amalia

Biografías repugnantes (selección)

Genaro Goyzueta

Petronila García

Rosaura Vásquez

Sebastián Amílcar

Arnulfo D´Annunzio

Del Evangelio según J. B.

Luis Loayza

El avaro

El visitante

El héroe

La bestia

El monte

La estatua

Éxodo

Los tres prisioneros

El Grial

El gigante

José Miguel Oviedo

Mínimo encuentro

La hoja de afeitar

La vida maravillosa

Jorge Díaz Herrera

Una estratega notable

Advertencia

El profesor Meléndez

Historia de un silbido

El prócer

Una sola vez capan al gato

Una por otra

El encuentro

Julio Ortega

Sechín

Chanchán

Arguedas

La Mancha

Uchuraccay

Perú

Harry Belevan

El adivino, el ladrón y el asesino

Antipatías

Jugando a las escondidas

El jefe no siempre tiene la razón

El revelado

El funeral

La historia más asombrosa jamás contada

Travesuras de un fauno

El retrato de Dora Gris

Alejandro Susti

República del dinero

La pequeña provincia

La mujer escote

Trompe l´oeil

Matinée

La última palabra

En la biblioteca

La vida cotidiana de los pájaros

Baños del cuerpo

Los antropófagos

Enrique Prochazka

Orbis Tertius

At the Beach

At the Beach II

Los quintos objetos

En el Nordiska Museet

Microfilms

Corín Tellado

El parricidio circular

Ginev´re

Misti

Coleridge, Welles, Li Po et al.

Licofrón

Demonios

La otra isla

1610

Androcles

Zoofilia

Final

Carlos Herrera

Crueldad del ajedrez

La piedra consciente

Interior con vampiro

El milagro, el derecho y la realpolitik

Ciencia ficción

El canto de las sirenas

Ulises en Ogigia

El tobión

Prometeo y el trago

Jasón

El día de Eros

El nayurí

El vellocino

Fernando Iwasaki

La almohada

El apócrifo Frankenstein

El horror en los sueños

El cuarto oscuro

José Donayre Hoefken

Entropía

Panspermia

Forclusión

Contubernio

Culto al monte de Venus

Amor y odio

Como una cansada película de misterio

Salven nuestras almas

República de ociosos

Detrás de Las señoritas de Avignon

Bajo las sábanas

A la vera

Daniel Salvo

El llanto de Polifemo

Elecciones sorpresivas

Magisterio

Bitácora alternativa

Víctima

Relatos hipercortos

Exploración

Polisexual

Ricardo Sumalavia

Primeras impresiones

Lector en serie

Álbum de familia

Gata de París

El gato americano

Burdeles y aparecidos

Geografía

La puta madre

Lenguaje

Urraca 3

Calígrafo

Alberto Benza González

Alzheimer

El terrateniente

Gastón

Alicia

Bombardas

Acto de magia

Sarah Good

Pasiones peligrosas

Paranoia

Avenencia

Luis Zúñiga

El alcohol y las cajas chinas

Küska

Clarividencia

Joyce / Pound / Ford / Ping-Pong

Sé mucho más de la vida de lo que tú imaginas

El peón contra el rey

El canto del hijo

Nuestra lucha

Carlos Enrique Saldívar

Los dos equipos

La suerte vejada

Obra magistral

Referencias

Introducción

A la par de otros géneros, considerados hasta no hace mucho tiempo como “menores”, “laterales” o “simples curiosidades” —la narrativa de orientación fantástica, la ciencia ficción y el policial—, hoy asistimos a una progresiva emergencia y establecimiento del microrrelato en el Perú. No solo es posible rastrear tal proceso en escritores jóvenes, nacidos desde fines de los cincuenta, sino en creadores mayores, lo que supone la existencia de una tradición invisibilizada en algún momento por la crítica, ante el cultivo de la novela como forma narrativa hegemónica.

La presente antología comentada busca dar cuenta de ese proceso mediante una aproximación teórico-histórica que no pretende ser la palabra definitiva al respecto, sino que contribuya positivamente a la construcción de un panorama de tal escritura en el país. Otros investigadores, como Óscar Gallegos (2015), intentan realizar la misma tarea, con sus propios recursos metodológicos y alcances. Y es de suponer que en los próximos años los artículos, tesis, antologías críticas y estudios en torno del tema proliferarán. Con ello, el conocimiento sobre el microrrelato peruano se incrementará, propiciando así una recomposición de la narrativa, a lo que ya han aportado las prácticas mencionadas al inicio.

Dado el interés actual en estos géneros, este volumen quiere instalarse en un territorio que guíe a los investigadores y a los estudiantes de literatura o áreas afines y los ponga en autos del “estado de la cuestión”. Por otro lado, es una puerta que se abre para el público no especializado, que se interesa en la comprensión de la identidad que el microrrelato asume en nuestras letras, sin perder de vista el hecho de que también se trata de un fenómeno continental. Los congresos y diversas plataformas (revistas físicas y virtuales) confirman que el desarrollo del género en Hispanoamérica atraviesa por un momento de auge inusitado, pero quizás comprensible en el fondo.

La posmodernidad ha anulado —o por lo menos colocado en tela de juicio— muchas certezas que parecían incuestionables. El concepto de lo hegemónico pierde consistencia y los antiguos centros de los sistemas culturales entrevistos como conjuntos de piezas inmóviles se ha visto reemplazada hoy por una visión más objetiva y flexible de lo que está ocurriendo con las narrativas expulsadas hacia los bordes o límites. La única verdad es que ya no existen afirmaciones incuestionables de una crítica prescriptiva que determina lo digno de rescatarse o no, o que debe ser aceptado o rechazado por el canon.

Para cumplir con sus propósitos, el volumen se ha dividido en tres partes: una aproximación teórica, un panorama previo y la selección antológica propiamente dicha. La primera responde a la necesidad de dotar al conjunto de un sustento basado en la bibliografía sobre el tema. La segunda, explicar desde la mirada histórica cómo se articuló el género en el país. La tercera habla por sí sola: el corpus, que era mucho más extenso y variado de lo que las primeras estimaciones suponían.

El primer capítulo, titulado “El microrrelato: una aproximación teórica”, explora los principales avances que se han llevado a cabo en torno de una teoría adecuada al género. A la luz de lo investigado, se impone cada vez con más holgura la idea de que esta práctica cuenta con sus propios mecanismos de creación. De ahí que se destaquen algunas propuestas valiosas, como las de Lagmanovich (2006), Siles (2007) o Calvo (2012), defensores de la autonomía del microrrelato frente a “otras formas narrativas”. De acuerdo con ciertos consensos, estos textos se caracterizan por la presencia de las siguientes características: la ficcionalidad, la brevedad, la narratividad, la hibridación y la unidad. Todas ellas nacen, es evidente, de aspectos que la teoría literaria ya había adoptado en etapas precedentes, aunque no debe soslayarse que, por ejemplo, la llamada “ficcionalidad” deba ser sometida a una revisión permanente, puesto que los afanes experimentales de muchos escritores han hecho de la “autonomía de lo narrado” o de “lo verosímil” categorías en movimiento o reformuladas una y otra vez por los textos, que tienden a sobrepasar los límites o las convenciones.

El segundo capítulo, “Breve panorama de la muestra antológica”, efectúa un recorrido por la historia y articulación del microrrelato en nuestra escena. Cabe señalar que, sin bien el género comenzó su ascenso con la determinante Generación del 50 (Salazar Bondy, Loayza, Zavaleta o Adolph), ya había aparecido en escritores de épocas anteriores la afinidad con formas narrativas condensadas o de breve extensión. Esos autores deberían considerarse las piezas fundacionales de un quehacer que del experimento vanguardista fue rescatado más tarde por la generación aludida. Los casos de César Vallejo y Xavier Abril son ilustrativos. En ambos creadores, tan esenciales para la construcción de la modernidad, ya están presentes casi todos los elementos que serán desarrollados no solo por los autores de mediados del siglo pasado, sino por aquellos, más jóvenes, que se ven impactados por el descubrimiento de una tradición escasamente atendida.

Cierra el libro el tercer capítulo, “Muestra antológica”, que, naturalmente, se inicia con los autores de la Generación del 50, cuya contribución es inestimable, y sigue con los autores que se consolidan en la década de 1970, como Belevan, Gálvez Ronceros o Díaz Herrera. Llama la atención cómo escritores de poéticas tan disímiles y hasta antagónicas hallan en el género un medio de expresión de grandes alcances. El proceso se prolonga hasta los escritores que nacen entre 1960 y 1980, como Prochazka, Herrera, Iwasaki, Donayre Hoefken, Salvo y Sumalavia. Desde sus ópticas e intereses artísticos, logran acometer la expansión del género y afirmarlo con solvencia y originalidad. Cada autor cuenta con una ficha crítica que describe las características de su proyecto y los perfiles que asume dentro del conjunto seleccionado.

Como todo emprendimiento de esta naturaleza, es de suponer que se establezca un diálogo positivo sobre los criterios utilizados y la selección de textos. Bienvenidas siempre las polémicas, pues nada está dicho y todo suma. En eso, la presente antología queda abierta a futuras remodelaciones o continuaciones. El género se halla en un período de actividad enriquecedora. Otras muestras o selecciones proporcionarán más pistas sobre su crecimiento futuro. Si Extrañas criaturas. Antología del microrrelato peruano moderno ha colaborado con una perspectiva particular y útil, habrá cumplido con su principal finalidad: servir de antesala o umbral a lo que siempre está “por venir”.

José Güich Rodríguez

Capítulo 1
El microrrelato: una aproximación teórica
Alejandro Susti

Una abundante bibliografía crítica ha acompañado durante las últimas décadas la presencia y vigencia cada vez mayor del microrrelato no solo en el ámbito de la literatura hispanoamericana sino de otras latitudes. En ese sentido, una de las principales preocupaciones entre los críticos ha consistido en tratar de delimitar el espacio que ocuparía esta modalidad discursiva dentro del sistema literario y, en particular, su relación con los llamados “géneros literarios”1, discusión que ha conllevado la reformulación de la teoría de los géneros2.

El problema de la definición o delimitación genérica del microrrelato dista aún mucho de haberse resuelto como puede constatarse a través de una rápida revisión de la bibliografía en torno al tema. Dos posiciones básicas aparecen enfrentadas en relación con su estatuto. Así, críticos como David Lagmanovich (2006) o Guillermo Siles (2007) sostienen que el microrrelato reclama hoy para sí una existencia autónoma dentro del universo de las formas narrativas y que sus características pueden identificarse con relativa claridad3, pues “no se encuadra en ninguna de las matrices genéricas disponibles en nuestro horizonte literario” (Calvo, 2012, p. 20) y —particularmente en el ámbito latinoamericano— da muestras de estar encontrando su propia retórica4; por otra parte, un segundo grupo opta por considerarlo como un resultado de las experimentaciones llevadas a cabo por un grupo significativo de cuentistas, es decir, como un “subgénero o variante dentro del cuento” (Calvo, 2012, p. 20). En este grupo se encuentra, por ejemplo, el crítico español David Roas (2012), quien sostiene que los investigadores que le adjudican un estatuto genérico propio utilizan, paradójicamente, “los mismos rasgos estructurales y discursivos” empleados por los críticos que con anterioridad han estudiado el cuento; es decir, “su definición teórica no ha logrado justificar su identidad y características esenciales frente al resto de formas narrativas, y en especial, frente al cuento” (p. 53). Por ello, Roas concluye que “tras examinar los diversos rasgos que suelen proponerse como caracterizadores de dicha forma narrativa […] no existen razones estructurales, discursivas ni temáticas que la doten de un estatuto genérico propio y, por ello, autónomo respecto al cuento” (p. 54).

No obstante las diferencias que presentan estas posiciones, todas ellas coinciden en señalar la importancia del microrrelato en el panorama de la narrativa contemporánea, aun cuando el establecimiento de sus características estructurales todavía resulta problemático. Ciertamente, la naturaleza de este fenómeno no resulta ajena al ámbito de la teoría literaria pues revela, en última instancia, el desplazamiento gradual de los límites que separan los géneros y, con ello, la constante reorganización del sistema literario. En tal sentido, el microrrelato como práctica escrituraria que trasunta un afán por la experimentación e hibridación de rasgos tipificadores anteriormente aceptados y consagrados, ha generado una revisión y cuestionamiento de ciertas categorías entre los críticos y, como es lógico suponer, un cambio en el horizonte de expectativas de los lectores. Todo ello no hace más que subrayar la necesidad de someter las categorías de análisis de los textos literarios a un proceso de reformulación, en la medida en que estos se inscriben en el marco de un determinado proceso histórico y/o cultural; este carácter que, en cierta medida, podríamos calificar como provisorio, evidentemente no equivale a relativizar hallazgos sino más bien a comprender mejor una de las múltiples funciones de la crítica; como bien señala Calvo Revilla (2012), la tarea fundamental del crítico debe consistir en “facilitar al lector el acercamiento a los textos” (p. 15), esto es, en ofrecer instrumentos que le permitan orientar y desarrollar sus competencias respecto de las nuevas modalidades discursivas con las que se ve confrontado5.

El microrrelato: un primer acercamiento

Una primera constatación con la que se enfrenta el crítico que busca tipificar el microrrelato reside en la coexistencia de diversas denominaciones empleadas en su conceptualización. Esta oscilación es, desde ya, una clara muestra de la falta de rigor que parece caracterizar el acercamiento a esta forma narrativa, así como una confusión respecto a la elección de las categorías que han de guiar el análisis. Así, por ejemplo, algunas de las denominaciones adoptadas optan por subrayar, en primer lugar, el estatuto ficcional y la brevedad lo cual se manifiesta en el uso de términos tales como “microficción”, “microcuento”, “minicuento”, “cuento ultracorto” y otros más6. Para críticos como Siles, el primer problema reside en que estos usos parten de una consideración del microrrelato como una “subcategoría genérica, concretamente como un tipo especial y menos extenso que el cuento convencional” (p. 21), lo cual no contribuye a reconocer los procedimientos recurrentes que surgen de un corpus ya de por sí bastante heterogéneo. De hecho, esta subordinación respecto al cuento revela un desconocimiento de las diversas realizaciones que ha alcanzado el microrrelato al interior de la modernidad literaria latinoamericana, las cuales “se nutren de una infinita gama de discursos, que se mezclan, se imbrican, se entrecruzan para constituir modalidades identificadas con la hibridez y la movilidad” (Siles, p. 104). Por otra parte, es evidente que la alternancia de estas distintas denominaciones es un fiel reflejo de la inadaptabilidad del aparato crítico empleado por los estudiosos; en ese sentido, el establecimiento de la pretendida autonomía genérica del microrrelato debería, en primer lugar, no solo deslindar sus características respecto del cuento —y, por extensión, toda otra forma narrativa breve— sino, además, generar un instrumento de análisis idóneo para tales fines, es decir, el desarrollo de un sistema de conceptualizaciones que permitan dar cuenta de la complejidad del objeto de estudio de manera similar a como ha ocurrido con otros géneros surgidos en la historia de la literatura7.

La ficcionalidad

No existe actualmente un pleno acuerdo entre los críticos respecto al estatuto ficcional del microrrelato. En este sentido, la discusión parece originarse en el cuestionamiento del pretendido carácter ficcional de los géneros literarios, rasgo considerado ausente en géneros tales como el ensayo, la autobiografía, la poesía lírica o la novela no ficcional (Siles, p. 26); algunos críticos, incluso, consideran que el estatuto de la ficcionalidad rebasa los límites de lo estrictamente literario para situarse en el terreno de lo semiótico8. En todo caso, existen razones para afirmar que el contacto del microrrelato con géneros como el ensayo o la crónica o algunas “formas breves” (como la máxima, el aforismo, entre otras) conlleva una problematización de su estatuto ficcional9; todo ello parecería sugerir que, a diferencia del cuento —género en el cual este estatuto no se discute—, el microrrelato sí permitiría la “suspensión” de la ficcionalidad. Por ello, el trabajo pendiente del crítico reside en establecer bajo qué modalidades ello ocurre; es decir, cómo a través de la hibridación —rasgo característico que abordamos más adelante— esta forma narrativa se permite explorar los límites de aquello que, en virtud del pacto implícito establecido entre el autor y el lector, se considera como “lo verosímil” y su relación con la categoría de “lo real”.

Si bien la consideración de la ficcionalidad como un rasgo distintivo del microrrelato presenta ciertas limitaciones, resulta útil en la medida en que permite rastrear su vínculo con el desarrollo del cuento moderno y comprender de qué manera ha sido reformulada en él. Críticos como Carlos Pacheco (1997) optan por abordar el problema de la ficcionalidad en términos de “la relación de dependencia entre la historia narrada y la llamada ‘realidad real’” (p. 17), relación que, no obstante, no impide “concebir como ficcional —por principio— absolutamente todos los elementos de la historia representada en un relato literario” (p. 17). De acuerdo a estas formulaciones, en su sentido más amplio, la ficcionalidad aludiría a la capacidad del texto literario de fundar una realidad autónoma a través del uso de la palabra; esto es, la creación de un mundo ficticio regido por sus propias leyes que no necesariamente corresponden a aquellas que gobiernan aquella otra realidad en la que “habita” el lector. La literatura, por lo tanto, tendría como finalidad principal la creación de un mundo verosímil en el cual —o, más bien, a través del cual— el lector pueda reconocerse a sí mismo y reconocer a la vez la representación de uno o varios mundos posibles.

El problema de la verosimilitud —y con él, el de la formulación de lo que consideramos como “lo real”— resulta de una complejidad mayor si es que se considera que ambas categorías sufren transformaciones a lo largo de extensos periodos históricos; es decir, tanto “lo verosímil” como “lo real” requieren ser sometidos a una constante revisión y reformulación por parte del crítico, en función del vínculo que los textos literarios establecen con la cultura y, en última instancia, con la sociedad a la que pertenecen10. En tal sentido, la discusión acerca de la ficcionalidad en el cuento moderno (y la aceptación de este último como un “artefacto” o “artificio”; es decir, como objeto artístico) obliga necesariamente a hacer una distinción más sutil en lo que concierne a los tipos de relación que se establecen al interior de cada género literario entre aquello que se reconoce como la ficción y “la realidad”11. Si el microrrelato acusa desde sus orígenes una marcada influencia del cuento moderno en tanto forma narrativa de carácter ficcional, es de presumir que la hibridación a la que se somete a través de la constante experimentación llevada a cabo por los autores de esta forma narrativa ha llevado necesariamente a establecer un nuevo tipo de vínculo entre estas dos entidades.

La brevedad

Otro rasgo del microrrelato sobre el que obligadamente se detienen los críticos reside en su brevedad, aspecto sobre el cual sí parece existir un mayor acuerdo. Para Lagmanovich (2006), inicialmente la brevedad estaría emparentada con el desarrollo y maduración del cuento, género que ya gozaba de una enorme popularidad y prestigio a fines del siglo XIX:

Cuando los críticos comenzaron a interesarse por el fenómeno del microrrelato, la principal noción que se manejaba era la de la brevedad. Ese rasgo de las narraciones estudiadas no podía pasar inadvertido, pues contrastaba en forma explícita con los hábitos literarios del siglo XIX y de gran parte del siglo XX. La referencia al cuento es aquí indispensable, pues esta forma tan antigua y prestigiosa había llegado a un nivel de maduración muy importante en los años en que se producía el tránsito entre aquellos siglos mencionados. (p. 33)

Lagmanovich (2006) centra su atención en las transformaciones que se producen en los “hábitos literarios” de la época señalada —y reconoce el papel central que cumplen las convenciones o normas que prevalecen en determinado periodo histórico en la comunicación literaria—; por otra parte, insiste en que, desde sus orígenes, el microrrelato se sitúa en una relación de proximidad con el cuento —más allá de la diferencia obvia en cuanto a su extensión— y toma prestados de él algunos de sus rasgos. Uno de ellos —el más importante— sería la narratividad, rasgo sobre el que volveremos más adelante. Finalmente, Lagmanovich (2006) afirma que toda formulación acerca de la brevedad de un texto literario reviste un carácter relativo pues se enmarca siempre dentro una determinada época:

… hay que tener en cuenta que los conceptos de lo que es extenso (o largo) y breve (o corto) se entienden de distinta manera según los momentos históricos y los gustos predominantes en una sociedad. Hoy encontramos larguísimas ciertas obras literarias que, probablemente, en su siglo no llamaban la atención por su extensión: la Divina comedia, de Dante Alighieri, o el Paraíso perdido, de John Milton, por ejemplo. Inclusive si nos fijamos en épocas relativamente recientes, como en el siglo XIX, advertimos que las novelas de antaño eran mucho más largas que las de hoy. Así ocurre no sólo con las que tienen una extensión desmesurada, como La guerra y la paz, de Tolstoi, sino también con otras que gozaron de parecida aceptación sin llegar a tales extremos, tal es el caso de La Regenta, de Leopoldo Alas, o Moby Dick, de Herman Melville. (p. 22)

La noción de “brevedad”, por lo tanto, es contingente y se plantea al interior del sistema literario como producto del diálogo entre los diversos géneros que lo conforman en una determinada época; es decir, no cabe referirse a una “brevedad absoluta” sino más bien a una de carácter circunstancial en función de las transformaciones que ocurren dentro del sistema por efecto de factores extrínsecos o intrínsecos. La brevedad, sin embargo, reviste obvias limitaciones como rasgo definidor del microrrelato pues, en primer lugar, su determinación resulta sumamente problemática al aplicarse a cualquier tipo de texto literario. Por otra parte, como ya ha señalado Norman Friedman (1997) en un ensayo canónico sobre la brevedad del cuento, el problema de la extensión no es meramente cuantitativo. Para el crítico norteamericano, en primer lugar, existen dos razones fundamentales a través de las cuales ha de considerarse la brevedad de una forma narrativa: “… o el material mismo es de alcance reducido, o el material, siendo de mayor amplitud, es susceptible de ser reducido con el objeto de lograr el máximo efecto artístico. La primera razón tiene que ver con distinciones en el objeto de la representación, mientras que la segunda tiene que ver con distinciones en la manera como ese objeto es representado” (p. 89). Así, se hace necesario examinar, en palabras de Friedman (1997), la “dimensión de la acción” —la cual no debe confundirse a su vez con la dimensión del relato—, “así como el carácter estático o dinámico de su estructura. Además, el número de sus partes constitutivas, que pueden ser incluidas u omitidas, la escala en la cual éstas son representadas, y el punto de vista de la narración. Un relato puede ser corto en los términos de cualquiera de estos factores o en cualquier combinación de ellos (1997)…” (p. 89).

Aun cuando los ejemplos estudiados por Friedman (1997) pertenecen exclusivamente a novelas y cuentos, algunas de sus observaciones en relación con las elecciones de las que dispone el autor de un texto narrativo resultan pertinentes al ser aplicadas al microrrelato; según el crítico, es necesario primero considerar que la brevedad no se define en términos de la extensión de la acción sino de acuerdo a la omisión que realiza aquel de algunas de las partes de esta. Continúa Friedman: “una vez que el escritor ha decidido, entre las partes que son relevantes, las que va a incluir, se le presenta como segunda opción la escala en la cual las representará” (p. 101). En el caso de la escala, Friedman (1997) distingue dos tipos, la “reducida” y la “expandida”:

La escala reducida abstrae retrospectivamente a partir del evento central lo que es necesario para que la historia se desarrolle y lo presenta de manera condensada; la escala expandida, en contraste, trata de dar la impresión de que una totalidad es presentada de manera directa y detallada a medida que los acontecimientos tienen lugar. La escala reducida tiende a cubrir la acción de un extenso periodo en un espacio relativamente breve, mientras que la escala expandida tiende a cubrir la acción de un periodo corto en un espacio relativamente largo. Y todo eso es, por supuesto, una cuestión de grado. (p. 101)

El concepto de “escala” empleado por Friedman permite entender mejor las estrategias narrativas de las que dispone el autor, más allá de la extensión de la acción que se busca narrar. El concepto ayuda a establecer una relación de contrapunto entre “aquellas partes de la acción que son más importantes […] [que] deben ser naturalmente enfatizadas por medio de una representación expandida, y las menos importantes [que] deben ser condensadas” (p. 102). Finalmente, Friedman (1997) señala cómo la adopción de un determinado punto de vista en una narración también se relaciona decisivamente con el problema de la extensión. Para ello, cita el caso del uso del narrador omnisciente cuyas consecuencias pueden ser de doble signo: “[Un] narrador podrá hacer comentarios […] y esto, por supuesto, añadirá un volumen considerable a la obra. Un narrador omnisciente puede también analizar los motivos y estados de ánimo de los personajes con cierto detalle y tales comentarios también aumentarán el volumen de la obra” (p. 103); sin embargo, por otra parte, la omnisciencia puede contribuir a la brevedad:

Un narrador que existe y está situado por encima de la acción misma estará en capacidad de ejercer, podría decirse, amplios poderes discrecionales en materia de escala y de selección. Como no está atado por “lazos mortales” puede manipular su material a voluntad. Así que puede cambiar el foco de la acción en tiempo y lugar y, más importante aún para el asunto que nos concierne, puede omitir o resumir partes de la acción que no ameritan un tratamiento más explícito y detallado. (p. 104)

Por último, resulta también cierto que un narrador personaje o un punto de vista dramatizado pueden contribuir a la extensión, en la medida en que el primero podrá dar pie al comentario y la especulación y, el segundo, a una mayor amplitud, tal como sucede en una escena teatral. Una vez más, se hace necesario subrayar que las ideas planteadas por Friedman acerca de la brevedad de un texto narrativo suponen una reflexión acerca del modo en que esta influye en el poder expresivo y articulación de los significados en él. En tal sentido, la brevedad es un mecanismo que puede contribuir significativamente a acentuar y potenciar aquellos contenidos que un determinado autor pretende comunicar a su lector, pero no constituye en sí misma un problema central en la tipificación genérica del microrrelato.

Un modo diferente de plantear la discusión consiste en analizar no necesariamente la cantidad de insumos utilizados en el microrrelato (sean palabras, líneas, etcétera), sino el papel que cumple su signo contrario —el silencio—, a través del empleo sistemático de la elipsis (la llamada “omisión”, referida por Friedman), mecanismo de omisión intencional de información que, a su vez, obliga al lector a una participación más activa en la interpretación del texto. Resulta evidente que el microrrelato se presenta como una forma narrativa en la que lo “no dicho” adquiere una importancia aún mayor que en el caso del cuento y otras formas discursivas que hacen uso de este recurso, pues si en el cuento, como señala Julio Cortázar (1997), “[e]l tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condensados, sometidos a una alta presión espiritual y formal” (p. 385), en el microrrelato esta presión deviene en una mayor potenciación de los vacíos u omisiones que el texto presenta, así como la intensificación de las relaciones de intertextualidad de las que se vale para producir nuevos sentidos apoyándose en la eventual competencia de los lectores. De este modo, el microrrelato se presenta como una modalidad en la que la literariedad —entendida como el conjunto de características que diferencian y oponen el discurso literario a otros tipos de discurso— adquiere un protagonismo aún mayor que en el resto de los géneros literarios en la medida en que el texto exhibe su propia condición de artificio textual a través del empleo de recursos tales como la reescritura, la ironía, la parodia y muchos otros más que hacen explícito su diálogo con el resto del sistema literario12.

La narratividad

La tercera característica del microrrelato reconocida y estudiada por los críticos es la narratividad, la cual —tal como sucede con la ficcionalidad o la brevedad— también comparte con otras modalidades discursivas —entre ellas, en particular, el cuento, pero también muchas otras manifestaciones no necesariamente literarias como la noticia, las narraciones deportivas, los informes técnicos, entre muchas otras—. Acerca de la narratividad en el cuento, afirma Pacheco (1997):

… el cuento es y no puede no ser un relato. En tanto relato, y valga por legítimo el juego de palabras, todo cuento debe dar cuenta de una secuencia de acciones realizadas por personajes (no necesariamente humanos) en un ámbito de espacio y tiempo. No importa si son acciones banales o cotidianas, no importa si se trata de acciones interiores, del pensamiento o la conciencia, tampoco si la dislocación espacio-temporal de su ejecución forma parte de la estrategia narrativa: aun en la hipótesis de que exista y pueda narrarse una situación estática, un estado invariable, el cuento sería siempre el relato, la narración, la historia de su percepción por parte de uno o más sujetos. (p. 16)

Sin embargo, desde esta perspectiva, la narratividad de una forma narrativa, tal como el microrrelato, el cuento o la novela residiría no únicamente en el modo de organización de una determinada secuencia de acciones sino, además —como ya se vio anteriormente—, en la puesta en práctica de una concepción y una elaboración estéticas de los materiales de la narración; en tal sentido, en el caso concreto de las formas narrativas literarias, la narratividad obliga a todo autor a un uso particular del lenguaje destinado a generar determinados fenómenos de significación en el lector a través del empleo de múltiples recursos lingüísticos (figuras retóricas, plurisignificación, autorreferencialidad, entre otros), así como al tratamiento de materiales narrativos (el espacio, el tiempo, el narrador, el narratario, el punto de vista, entre otros) que contribuyan a la creación de un universo ficcional con el cual el lector pueda establecer una interacción subjetiva. En tal sentido, entendida de este modo, la narratividad abarcaría un espectro bastante amplio de recursos e instrumentos que hacen posible una de las posibles formas de la literariedad.

Como característica esencial del microrrelato, Calvo (1997), por su parte, apela a la narratividad para establecer una distinción entre la microtextualidad y la micronarratividad:

Conviene, en primer lugar, diferenciar la microtextualidad de la micronarratividad; formas como el haiku, el aforismo, las greguerías o las sentencias son formas microtextuales que carecen, sin embargo, de la narratividad que es condición sine qua non de la existencia del mircrorrelato. Y, en segundo lugar, conviene distinguir el microrrelato de otras formas que puede adoptar la microtextualidad narrativa, como la parábola, la fábula, la anécdota, el apotegma, la escena, el caso, etc. (p. 17)13

Por otra parte, la autora hace énfasis en la “intensidad narrativa” como característica imprescindible tanto del cuento como del microrrelato, aun cuando no llega a definir en qué consistiría esta, limitándose a considerarla como un rasgo que “nunca puede ser sacrificad[o]”. Un acercamiento a esta característica haría necesaria una consideración del modo cómo se configuran una sintaxis y una morfología narrativas en el microrrelato. En tal sentido, las afirmaciones de Friedman pueden contribuir a una mejor comprensión del problema de la narratividad de esta forma narrativa.

La hibridación

Otra característica —aunque no siempre presente en el microrrelato— que puede contribuir a determinar su configuración y tipificación reside en su capacidad de asimilación de otras formas genéricas14. Se trata en este caso, nuevamente, del problema de la hibridación, para lo cual Siles (2007) —quien se apoya en las formulaciones de Mijaíl Bajtín (1991)— señala:

… el microrrelato lleva a cabo dichos procesos de manera explícita y los exhibe de modo especial en numerosos textos […] Sus diversas realizaciones producirían, a escala reducida la misma operatoria que Bajtin indica en la novela, concebida como un discurso de discursos: un género elástico y plurilingüe capaz de absorber y fagocitar otros géneros, técnicas, convenciones y modalidades textuales, tanto literarios como extraliterarios. (pp. 104-105)15

Más allá del indiscutible parentesco que el microrrelato guarda con el cuento —particularmente en lo que atañe al papel de la brevedad y economía de recursos—, una forma de entender mejor su naturaleza transgenérica y desarrollo histórico como modalidad discursiva residiría en proponer un paralelismo con la novela moderna, lo cual podría permitirnos entender de qué manera el microrrelato lleva a cabo una “puesta en abismo” inédita e innovadora de algunos de los mecanismos que ya habían sido adoptados por la novela a lo largo de su desarrollo histórico —entre ellos, la intertextualidad, la apropiación de estilos y registros, la asimilación de otros géneros y modalidades discursivas (como el ensayo, el poema, la carta, el diario, entre otros), y la adopción de nuevas categorías estéticas (lo grotesco, la parodia, la ironía, el humor, entre muchas otras)—. Desde esta perspectiva, el microrrelato presenta una capacidad de asimilación de todo tipo de discursos y constituye un ejemplo paradigmático de cómo las relaciones al interior del sistema literario deben ser sometidas a una constante reestructuración. Por ello, desde sus inicios y, a diferencia de lo que ocurre con otros géneros literarios o modalidades discursivas16, el microrrelato se constituye como un territorio o espacio en el que la experimentación formal y lingüística adquiere un papel central.

Otro tipo de factores, vinculados ya no exclusivamente a la configuración del campo literario sino a las transformaciones operadas en la estética y culturas de los siglos XX y XXI17, podrían haber intervenido en el desarrollo del microrrelato y, más precisamente, en la configuración de su hibridación, rasgo que, en última instancia, lo acercaría a discursos extraliterarios situados, por ejemplo, en el ámbito de la cultura de masas (tales como la crónica periodística o el texto publicitario), que se ajustan a patrones de producción y consumo que influyen poderosamente en la naturaleza de los mensajes. La brevedad del microrrelato, así como su naturaleza proteica e híbrida, en ese sentido, se justificaría en la medida en que reproduce la experiencia de un lector inserto en una cultura que privilegia la fugacidad y velocidad como modos de consumo de la información, así como la serialización de sus mensajes.

La unidad

Por último, es también necesario referirse a la unidad estructural del microrrelato, característica que, como bien se ha señalado, se remonta a los postulados formulados originalmente por E. A. Poe en relación con el cuento18. En este caso, se trata de una característica vinculada al efecto de totalidad que produce el microrrelato en el lector de manera análoga a como ocurre con el cuento y otros géneros que históricamente fueron asociados a él, como el poema19. En tal sentido, la unidad estructural está indisolublemente ligada a la brevedad de esta forma narrativa la cual se modela desde el mismo momento de su gestación: el microrrelato no existe como una forma fragmentaria extraída de un texto de dimensiones mayores a él y tal concepción implica un desconocimiento de su funcionamiento como forma20. Por otra parte, es de presumir que la concepción extendida y errónea acerca del pretendido “fragmentarismo” del microrrelato se deba a aquella otra que, en su momento, originó una confusión entre los límites que separan al cuento de la novela. Desde esta perspectiva, el fragmentarismo expresa un desconocimiento del funcionamiento estructural del microrrelato como forma narrativa y la incomprensión de los mecanismos que hacen posible su distinción de otras modalidades narrativas. Por otra parte, la brevedad —y, extensión, la “hiperbrevedad” referida por Lagmanovich (2006)— opera como un factor que contribuye al efecto de deslumbramiento o revelación que produce en el lector y, con ello, a la concentración y mayor densidad del microrrelato. Aun cuando se trata de un rasgo que —una vez más— comparte no solo con el cuento sino con el poema, se hace necesario examinar de qué manera el efecto de totalidad asume en el microrrelato una nueva configuración en base a la reutilización de recursos tales como la parodia, la ironía, el ingenio, la intertextualidad entre otros.

Referencias

Bajtín, M. (1991). Teoría y estética de la novela (trad. H. Kriúkova y V. Cazcarra). Madrid: Taurus Ediciones.

Bernard, S. (1959). Le poème en prose. De Baudelaire jusqu´à nos jours. París: Librairie Nizet.

Calvo Revilla, A. (2012). Delimitación genérica del microrrelato: microtextualidad y micronarratividad. En A. Calvo Revilla y J. de Navascués (Eds.), Las fronteras del microrrelato español e hispanoamericano (pp. 15-36). Madrid: Iberoamericana/Vervuert.

Cortázar, J. (1997). Algunos aspectos del cuento. En C. Pacheco y L. Barrera Linares (Comps.). Del cuento y sus alrededores: aproximaciones a una teoría del cuento (pp. 379-396). Caracas: Monte Ávila Editores.

Estébanez Calderón, D. (2004). Breve diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza.

Friedman, N. (1997). ¿Qué hace breve un cuento breve? Traducción de Carlos Pacheco. En C. Pacheco y L. Barrera Linares (Comps.). Del cuento y sus alrededores: aproximaciones a una teoría del cuento (pp. 85-105). Caracas: Monte Ávila Editores.

Gómez Trueba, T. (2012). Entre el libro de microrrelatos y la novela fragmentaria: un nuevo espacio de indeterminación genérica. En A. Calvo Revilla y J. de Navascués (Eds.). Las fronteras del microrrelato español e hispanoamericano (pp. 37-51). Madrid: Iberoamericana/Vervuert.

Jauss, H. R. (1976). La historia de la literatura como provocación a la ciencia literaria. Traducción: Godó Costa. Barcelona: Península.

Lagmanovich, D. (2006). El microrrelato. Teoría e historia. Palencia: Menoscuarto.

Lagmanovich, D. (2007). El microrrelato hispanoamericano. Bogotá: Universi dad Pedagógica Nacional.

Mignolo, W. (1984). La figura del poeta en la lírica de vanguardia. En V. Huidobro, O. Girondo y O. Paz. Textos, modelos y metáforas. Veracruz: Universidad Veracruzana.

Pacheco, C. (1997). Criterios para una conceptualización del cuento. En C. Pacheco y L. Barrera Linares (Comps.). Del cuento y sus alrededores: aproximaciones a una teoría del cuento (pp. 13-28). Caracas: Monte Ávila Editores.

Poe, E. A. (1987). Ensayos y críticas (trad., introd. y notas de Julio Cortázar). Madrid: Alianza Editorial.

Roas, D. (2012). Pragmática del microrrelato: el lector ante la hiperbrevedad. En A. Calvo Revilla y J. de Navascués (Eds.). Las fronteras del microrrelato español e hispanoamericano (pp. 53-63). Madrid: Iberoamericana/Vervuert.

Siles, G. (2007). El microrrelato hispanoamericano: la formación de un género en el siglo XX. Buenos Aires: Corregidor.

Valadés, E. (1997). Ronda por el cuento brevísimo. En C. Pacheco y L. Barrera Linares (Comps.). Del cuento y sus alrededores: aproximaciones a una teoría del cuento (pp. 281-289). Caracas: Monte Ávila Editores.

Capítulo 2
Breve panorama de la muestra antológica
Carlos López Degregori

La presente antología ofrece al lector una selección de microrrelatos y prosas breves de ficción publicados por autores peruanos a lo largo de un extenso periodo de tiempo que podríamos situar en la modernidad y posmodernidad de nuestra literatura y que se extiende aproximadamente desde mediados de la década de los años cincuenta del pasado siglo hasta la actualidad. Es posible, desde nuestra perspectiva de lectores, reconocer microrrelatos en algunos autores anteriores, aunque no fue el propósito con el que fueron concebidos dichos textos. Basta considerar los casos de los Poemas en prosa de César Vallejo o muchas prosas de Xavier Abril. En ellos el lirismo coexiste al lado de un componente narrativo: la anécdota o episodio que originan el relato se representa a través de una mirada fuertemente subjetivizada y personal, a la vez que el lenguaje se convierte en protagonista fundamental del proceso de escritura.

En Vallejo véanse, por ejemplo, “La violencia de las horas”, “El momento más grave de la vida” y “Nómina de huesos”, originalmente incluidos en los Poemas en prosa, en los cuales la prosa parece alternar con el ritmo y la cadencia propias del verso. Es también notoria en estos la constante experimentación que realiza el poeta con el lenguaje —rasgo propio de las vanguardias poéticas— que Vallejo supo conducir con maestría única. En tal sentido, las prosas vallejianas ilustran una voluntad por la experimentación que trasgrede los límites establecidos por la teoría aristotélica de los géneros:

Se pedía a grandes voces:

—Que muestre las dos manos a la vez.

Y esto no fue posible.

—Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos.

Y esto no fue posible.

—Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero permanece inútil.

Y esto no fue posible.

—Que haga una locura.

Y esto no fue posible.

—Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una muchedumbre de hombres como él.

Y esto no fue posible.

—Que le comparen consigo mismo.

Y esto no fue posible.

—Que le llamen, en fin, por su nombre.

Y esto no fue posible.

“Nómina de huesos”, Poemas humanos (Vallejo, 1983)

Situadas también en el territorio de la vanguardia pero con un sesgo netamente surrealista, las prosas de Xavier Abril se abocan a la exploración del subconsciente y el interés por temas tales como el cuerpo, el sexo, el sueño, la muerte y la locura, siempre a través de un lenguaje plagado de imágenes sorprendentes en las que se funden lo onírico y lo real. Transcribimos a continuación “Elogio de la locura”:

La locura es mi constante existencia. Vivo de mi locura. La locura es mi clima. Por todas partes yo voy a la locura.

Un caballo blanco es mi locura. La carpa de un circo a donde no llega el tiempo, es mi locura. La trompa del elefante, además de un niño con miedo cerca del elefante, es mi locura. La butaca vacía de un teatro es mi locura. Y una playa con huesos de náufragos.

Soy una manera de la locura. La libertad de la locura. El fondo, si queréis, de la locura.

Sé que me aproximo a la vida perfecta de la locura.

En Poesía soñada (Abril, 2006)

Al optar por trazar un corte transversal, tomando como base algunas de las características esenciales reconocidas por los teóricos de esta modalidad discursiva —entre ellas, la brevedad, la ficcionalidad y la narratividad, principalmente— se hace evidente el riesgo de constituir un corpus muy diverso en el que convergen las distintas poéticas desarrolladas por sus autores, los cambios operados a lo largo del tiempo dentro del sistema literario y, por último, las expectativas de los lectores de cada época: en tal sentido, creemos que a pesar de su heterogeneidad, el corpus seleccionado en esta muestra puede contribuir a brindar un panorama bastante completo de cómo va surgiendo entre nuestros escritores el interés por la forma narrativa breve (e, incluso, hiperbreve) del microrrelato1, y cómo esta va a adquiriendo un perfil definido en la producción de los autores contemporáneos.

Siguiendo un orden estrictamente cronológico, la muestra incluye a Sebastián Salazar Bondy, una de las figuras centrales de la llamada “Generación del 50”. Significativamente, al lado del realismo que acusan sus cuentos hemos podido hallar algunos testimonios iniciales de prosas breves en las que la narratividad se acompasa con el lirismo. A su lado, incluimos otras tres figuras importantes de la misma generación: Manuel Mejía Valera, Carlos Eduardo Zavaleta y Carlos Meneses. Las diferencias entre estos tres resultan notables: mientras que en el primero encontramos un discurso fuertemente subjetivizado, los relatos de Zavaleta —escritos hacia el final de su obra— presentan un universo plenamente autónomo y una conciencia muy clara del diseño y estructura de un microrrelato, algo que también podemos identificar en Meneses, narrador cuya obra empieza a ser reconocida por la crítica.

La consolidación del microrrelato como modalidad discursiva en nuestra literatura adquiere plena forma en la obra del siguiente grupo de escritores presentes en esta antología: Juan Rivera Saavedra, Antonio Gálvez Ronceros, José B. Adolph y Luis Loayza. De ellos, dos en particular han recibido plena atención de la crítica: de Loayza, por ejemplo, se ha señalado que con El avaro (1955) establece plenamente esta forma narrativa en nuestra literatura2; en Gálvez Ronceros, en cambio, se ha elogiado la originalidad de sus brevísimas narraciones ambientadas en el escenario de la comunidad rural afroperuana que traslucen una profunda crítica al carácter racista y sectario de nuestra sociedad, así como colocan en un primer plano los saberes, las prácticas y, en general, el legado de esta comunidad. Por su parte, aun cuando la temática de los relatos de Rivera Saavedra y Adolph difiere marcadamente una de otra, puede reconocerse en ellos una cierta afinidad en cuanto al empleo de la ironía y la agudeza para percibir las contradicciones del tejido social. Distinto es el caso del último exponente de la Generación del 50 incluido en esta antología, José Miguel Oviedo, quien más bien opta por una atención al entramado de la vida cotidiana para representar el vacío de la existencia que llevan sus personajes.

Agrupados en un mismo horizonte cronológico —la década de los años cuarenta—, las obras de Jorge Díaz Herrera, Julio Ortega y Harry Belevan presentan diferencias notables. De las tres, la de Belevan va adquiriendo relevancia en la medida en que representa desde sus inicios un intento de revaloración de la modalidad de lo fantástico en nuestra literatura; por otra parte, en sus microrrelatos destaca no solamente la precisión de la expresión sino el rigor con que se revela la absurda condición de algunos de sus personajes. Díaz Herrera, en cambio, apela a la ironía para cuestionar el carácter inmutable de ciertas versiones de la Historia así como esboza un mundo por momentos sórdido e implacable. Por último, los textos de Julio Ortega expresan su singularidad a partir de la reflexión acerca del significado de los vestigios de las culturas precolombinas, así como el significado de ciertos acontecimientos decisivos en la historia de nuestro país como la muerte de José María Arguedas y la tragedia de Uchuraccay.

A continuación, pertenecientes a lo que podría denominarse la Generación de los 80, se sitúan Alejandro Susti, Enrique Prochazka, Carlos Herrerra y Fernando Iwasaki. A diferencia de sus contemporáneos, Susti incursiona en el microrrelato después de haber publicado principalmente textos poéticos. La ironía, el sarcasmo, el absurdo y el lirismo aparecen representados en sus textos a través de situaciones cotidianas en las que los personajes se ven minimizados por las circunstancias que les toca vivir. Escritor que ha preferido apartarse del círculo mediático, Prochazka, por su parte, revela en sus textos un manejo muy hábil de la intertextualidad, así como la plena coherencia de un universo ficcional en el que se recrean las tribulaciones de personajes históricos como Plinio o Gandhi. Por su parte, Carlos Herrera también evidencia en sus textos un constante diálogo con la tradición literaria así como un pleno dominio del lenguaje y el diseño estructural de sus microrrelatos. Por último, los textos de Fernando Iwasaki recurren al humor en base a la relectura y actualización de ciertos tópicos literarios como el horror.

El grupo final de narradores de esta selección también se reúne en fechas muy cercanas y está conformado por José Donayre, Daniel Salvo, Ricardo Sumalavia, Alberto Benza González y Carlos Enrique Saldívar. En el caso de Donayre y Sumalavia, se trata de dos escritores que no solo han producido ya una significativa obra dentro de la ficción breve, sino que han alentado los esfuerzos de otros escritores a formar parte de este universo narrativo. En la obra de Donayre, por momentos resulta sorprendente el acopio en sus textos de referentes no únicamente humanísticos sino también científicos e, incluso, artísticos, mientras que en la de Sumalavia vemos un diseño riguroso de la anécdota así como la presencia de la paradoja en situaciones cotidianas y aparentemente intrascendentes. Daniel Salvo, por su parte, incursiona en el microrrelato trayendo consigo su experiencia con el relato de ciencia ficción —modalidad que, en nuestra literatura, despierta actualmente un interés cada vez mayor— ciñéndose siempre a formatos hiperbreves, rasgo que comparte con Alberto Benza González quien introduce en sus textos referentes absolutamente familiares en el imaginario de un lector peruano.

Referencias

Abril, X. (2006). Poesía soñada. Edición y estudio universitario de Marco Martos Carrera. Fondo Editorial de la UNMSM – Academia Peruana de la Lengua – Universidad San Martín de Porres.

Gallegos Santiago, O. (2015). El microrrelato peruano. Teoría e historia. Prólogo de Harry Belevan. Lima: Micrópolis.

Loayza, L. (1974). El avaro y otros textos. Lima: Instituto Nacional de Cultura.

Vallejo, C. (1983). Obra poética completa. Lima: Mosca Azul.

Capítulo 3

Sebastián Salazar Bondy

(1924-1965)

A lo largo de su corta pero prolífica producción literaria y periodística, Sebastián Salazar Bondy supo darse tiempo no solo para convertirse en el más importante promotor cultural de su época —a través de su labor en diarios como La Prensa, El Comercio y la revista Oiga, entre otros—, sino cultivar la mayoría de los géneros literarios: poesía, teatro, ensayo y narrativa. En este último ámbito, publicó Náufragos y sobrevivientes (1954 y 1955), Pobre gente de París (1958), El Señor Gallinazo vuelve a Lima1 (1961), Dios en el cafetín2 (1964) y dejó una novela inconclusa (Alférez Arce, Teniente Arce, Capitán Arce…) publicada póstumamente en 1969. En 1965, al inicio de su participación en el “Primer Encuentro de Narradores Peruanos”, Salazar Bondy supo esbozar el carácter temático de su narrativa:

No soy especialmente un narrador; por lo menos hasta ahora no soy especialmente un narrador. He escrito algunos cuentos que no han tenido muchos elogios, pero creo que en ellos he puesto algo que me interesaba poner: esa pequeña mitología del mundo de la clase media, ese entretejido sutil de relaciones, cosido, hilvanado con prejuicios y sentimientos muy profundos, con ideas recibidas, heredadas y aceptadas irracionalmente y con aspiraciones incumplidas, con esperanzas siempre frustradas y con terrores al hundimiento en la masa anónima del proletariado. (Casa de la Cultura, 1969, p. 62)

Estas breves palabras, sin embargo, eluden el hecho de que en sus relatos el autor abordó realidades que hasta ese entonces habían permanecido al margen de las preocupaciones de los narradores peruanos: una de ellas, quizá la principal, se vincula con la condición social de la mujer (piénsese, por ejemplo, en los cuentos “Soy sentimental”, “Recuperada”, “Volver al pasado” y “Pájaros”, todos incluidos en Náufragos y sobrevivientes).

Por otro lado, si bien la opción por una narrativa de corte realista está claramente representada en los relatos de Salazar Bondy, también es cierto que existen algunos testimonios —pocos, es cierto— de un interés tangencial por el modo de lo fantástico, tal como se expresa en el microrrelato “Visita a mi propia estatua” que apareció originalmente en el primer y único número de Cuadernos de Composición en 19553. A él hemos agregado dos que fueran publicados en la desaparecida revista Mar del Sur en 1949, cuyo acercamiento a un cierto lirismo y acento subjetivo los vincula al poema en prosa, pero en los cuales también puede reconocerse un componente narrativo. Por último, el hallazgo probablemente más valioso sean cuatro textos inéditos del archivo personal del autor, testimonios que pueden contribuir a completar la figura de uno de los escritores peruanos más importantes del siglo XX.

VISITA A MI PROPIA ESTATUA

Ha transcurrido un siglo desde la triste fecha de mi muerte, ocurrida afortunadamente a los 100 años de edad, y he retornado, tras la prestigiosa apariencia fantasmal, con una sola finalidad al tedioso mundo de los vivos: ver mi propia estatua y regocijarme con ella. Debo aclarar, no obstante el honor que significa ser objeto de un tan notorio homenaje público, que me hallo un tanto decepcionado.

Nunca fui un individuo semejante a esa absurda figura. Jamás, en primer término, me peiné con raya al medio, ni mi cabello constituyó esa flotante pelambre que pide a gritos un eficaz peluquero. Luego, y simplemente por comodidad, frecuentemente rehusé a caminar con libros voluminosos bajo el brazo. Además, siempre me jacté de no usar esa ociosa prenda llamada chaleco.

Todo ello, sin embargo, pudiera ser pasable en mérito a que el Estado es regularmente torpe en la elección de los escultores oficiales, pero, ¿a quién diablos se le ocurriría que alguna vez adopté una postura tan convencional y ridícula? La mirada altiva, el mentón arrogante, el pecho explosivo, el brazo derecho recriminatorio y el izquierdo moderadamente amenazador. A fin de cuentas, un horror. Y más abajo, para completar el esperpento, una pierna tensa y la otra, en flexión, colocada en un subpedáneo que fluctúa entre piedra y almohadilla. La boca, por cierto, entreabierta, como sorprendida en el instante de pronunciar un portentoso discurso electoral.

Puedo disculpar todos estos dislates estatuarios, mas creo imposible mostrarme indulgente con dos detalles falaces de esta réplica de mi ser terreno: aquellos que aluden a mis más sobresalientes características físicas. El artista —si así puede llamársele a tan conspicuo animal—, abusando de la libertad creadora y de la ignorancia general, de la cual participan, a lo que parece, mis nietos y sus hijos, me ha presentado calumniosamente flaco y aparatosamente narigón. Ello demuestra en las nuevas generaciones una falta estrepitosa de sentido reverencial hacia la dignidad del pasado.

Afortunadamente, la leyenda grabada al pie, en una visible placa situada en la base del monumento, se refiere a uno de mis más notables aciertos. No hago sino transcribirla, pues todo comentario personal a dicho texto puede resultar demasiado inmodesto. Dice así:

“A Sebastián Salazar Bondy, autor del excelente artículo ‘Visita a mi propia estatua’”.

De Cuaderno de Composición (1955).

ARETES DE LA ESPOSA IMPÍA

Solo recuerdo de ella el clamor de extranjería y sus aretes rojos sobre el paño de la mesa. Solo recuerdo a su antecesor, margrave de umbría tez, altivo y cejijunto, de ñorbo entre los dedos al morir sin yelmo ni castillos. Solo recuerdo de esta amiga fugaz el doble arete, el doble casco, el heno y el alcohol entre la ropa. El pesado calor de su peluca. Lo demás se demuda ante mis ojos, funerario.

Si hubiera estado junto a mí más de un rato, un poco más que un dado o un cubierto, me valdría el haberla conocido en sus arroces y en sus trigos, en sus palomas cúpricas sin posible vuelo, detenidas. Pero la hallé buscándola en el agobio diario, al dar el cruel paseo matutino, postrero, pascual, dueño del frío.

No importa en estos casos de extravío, en estas circunstancias naturales, haberle dado mi llavero de cromo, mi juguete, la cuerda floja que a los juglares llena la boca de belleza. No importa. Lo que importa es que uno juzgue por sí mismo y sin ayuda del aire, del acuario, de las ventanas que al acuario ponen su sol tierno.

Hoy los aretes están manzanos, están frescos, están crecidos, desayunados, míos. Ella sigue en su fleco y su monillo, y espanta aún a los cansinos, a los tristes, a los locos del alba con sus botijos plenos de crin y de alimañas. Sus aretes, su recuerdo, su buen vientre sin moscas, están de fiesta porque mi cuerpo los inventa. Los inventa esta vez bajo su encierro.

ASALTO A LA JOYERÍA

A Pepe Bresciani, juglar

Dios salve al relojero que piensa sobre las piezas mohosas de su almuerzo y salve también a su mujer, la del ojo de vidrio, la tonta que vive en la cocina. Dios salve a sus dos hijos enterrados. Dios salve al canario que pica noche y día los filamentos del cucú, los pequeños tornillos, las pulseras, los diamantes, los oros que trabaja el relojero. Dios salve, en todo caso, al abuelo diabético que gime hinchado y solo junto a los claveles.

Los diarios lo dicen y lo repite el cochero al fraile, el fraile al hombre permanente, al algebraico, al tímido, al cómico que baila en las aceras. Todos lo saben y de continuo lo sospechan los policías sensatos, mustios, silenciosos. Los amigos del delincuente también lo juzgan con aprecio.

Pero quién sabe qué percance, qué novedad se encierra en el letrero, qué oculta ocasión los burla y se interpone. Caminan con sus hachas lentamente los asesinos detrás de los avisos luminosos. Lentas andan sus piernas, lentas sus manos, lentas sus dos pupilas no ven nada sangriento en el proyecto. Andan los malhechores sin compás, sin ritmo. Se tropiezan, golpean las paredes, cantan quedo, a veces silban en el entreacto o se abrazan con gozo.

Dios salve a aquella gente. Pobres sus tristes mesas inconclusas, sus billetes, sus ademanes simples. Dios salve al relojero de la muerte que acostumbra a espiar la joyería. Dios salve a la ciudad de tanto miedo.

En Mar del Sur (1949)

DÉFENSE DE CRACHER

Concibe un poliedro de absoluto cristal y colócalo sobre la impecable mesa de partos de una clínica escandinava. Una lámpara de mil kilovatios dirige luego desde lo alto hacia aquel puro objeto. Ponte un almidonado delantal y cálzate las manos con guantes de goma previamente esterilizados en una clave donada por la Rockefeller Foundation. Enseguida, bloquea tu boca y tus narices —agujeros siempre miasmáticos— con una fina gasa empleada en un líquido inerte. Adora el profiláctico altar y el ídolo impoluto que lo ocupa. Verás cómo tus turbulentos humores pectorales, tus violáceos deshechos respiratorios, tus esputos injuriosos, se aplacan. Por eso dicen que no es posible escupir al cielo…

SEÑORA CON PERRITO

Para que husmeando el animalejo elija un árbol, levante la pata y la apoye en su tallo, y el órgano bermejo disimulado entre pelos expida su úrea mordiente, la señora sale al parque.

La observo desde mi ventana. Como ignora mi presencia, sé que mientras el acariciado can de la maldita raza de los lulú-pomerania lanza su pestilente chorrillo —y a veces su hedionda masa ventral con almendras indigestas— ella otea las nubes como si sus pompas compensaran el terrestre rito del faldero.

¡Salta el cuzco de contento, vacado ya de aguas y plastas, y arrastra a su dama por la calle, bruscamente, como un marinero con licencia a la puta trotera de su impensada elección!

Vuelven ambos a su casa. Sabe Dios qué ocurre ahí cuando la pudicia devasta la soledad con perrito, la peor de todas.

EL DOMICILIO DE LOS MUERTOS

Ni son tan desdichados ni se sienten tan felices. Cada uno tiene un departamentito modesto. Mas no hay quejas.

Todos miran extasiados la bóveda rosácea y translúcida, tramada de venillas azulencas, de su habitación o sala de estar.

No hay sol en aquella fofa cúpula, por las paredes de la cual chorrea un flujo sanguinolento. En el tiempo de calor dicho aguaje aumenta.

Del vientre de cada uno surge un tubo elástico, ancla cuyo extremo se incrusta en la pared. Es blando y caliente, e inestable como una lombriz de tierra.

La manguerilla limita los movimientos del difunto, pero llega el día en que se rompe.

Se produce, en consecuencia, un cataclismo individual en el departamentito mortuorio, pues a quien le ocurre el percance se eleva, ingrávido ya, hasta tocar el centro mismo de la semiesfera carnal. Ahí se pierde.

Así mueren los muertos. Nadie se alarma, ni llora, ni pronuncia discursos. Dicen: Nació, y siguen en sus pocas cosas de pólipo.

LA POSTAL PORNOGRÁFICA

Circula de mano en mano y en su recorrido provoca toda clase de sentimientos y sensaciones. Es lo de menos.

La postal de que hablo muestra una cuádruple combinación sexual, un ciclo de placeres en que el fluido espasmódico cunde de un extremo a otro, y recrudece. Está bastante velada.

Las miradas de reconcentrada atención que ante su película gráfica han actuado corrosivamente, apagaron púdicamente su luz, corrieron los visillos de sus ventanas e hicieron la penumbra en el cuarto donde aquello ocurre.

El último propietario de la libidinosa imagen es un niño que no comprende la historia sino como una infinita y colectiva micción, o como un innominado crimen. La postal pornográfica carece entonces de sentido.

(Inéditos, archivo de la familia)

Manuel Mejía Valera

(1928-1990)

Manuel Mejía Valera (1928) se formó en Letras y Filosofía y se instaló muy joven en México. Allí produjo y publicó una obra que no es abundante y que sigue sus dos intereses fundamentales: la filosofía y la literatura. Este alejamiento del Perú y la publicación espaciada y discreta de sus libros lo han convertido en un escritor lateral y casi ausente de las recopilaciones e historias de la literatura. Adicionalmente, las sombras de Jorge Luis Borges y Juan José Arreola, presentes en muchas de sus páginas, han desdibujado su propuesta, a la que se le reconocen valores formales, pero que es considerada menor al lado de las grandes renovaciones de otros autores de la Generación del 50.

Mejía Valera inició su trabajo con dos breves propuestas narrativas: La evasión (1954) y Lienzos de sueño (1959). El segundo de ellos fue recogido en 1966 con la incorporación de algunos poemas en prosa y nuevos relatos en Un cuarto de conversión, que es su libro más conocido y difundido. Posteriormente publicó el poema en prosa Para verte mejor, aparecido como una plaquette artesanal de la colección Cuadernos de Estraza, en 1978, y el conjunto de prosas Adivinanzas. Allí aparecen 42 textos de formato breve que pueden inscribirse en el dominio de la microficción.

La adivinanza es una modalidad discursiva que supone una pregunta peculiar. En cualquier enunciado interrogativo, quien lo formula no conoce normalmente la respuesta y espera que el interlocutor pueda ofrecérsela. En la adivinanza ocurre lo contrario pues aquel que formula la pregunta es el dueño del sentido y espera que el otro se confunda y extravíe; por eso las palabras de cualquier adivinanza son elusivas y ambiguas. Esa estrategia de capas, rodeos y de un señalamiento tangencial están presentes en todos los textos del breve volumen de Mejía Valera; a ellos se añade un conjunto de referencias culturales e intertextualidades que operan por acumulación y que señalan en forma oblicua el objeto de la inquisición. Obsérvese, por ejemplo, un fragmento de la primera adivinanza:

Azoro que apacigua, tiniebla que deslumbra, desnudo que cobija, soledoso recinto, historia desandada, tiempo cercado que mide la envidiosa soledad escondida en un tinajo. Visión que pone boca abajo los universos a su paso y, fuera de quicio, arroja al sueño un barco por la comba de sus velas. Ebrio vino que apresura la libertina redención del hombre.

Su prosa extiende unos pocos recursos: un ritmo sostenido, las enumeraciones y la acumulación de imágenes. Si bien hay hallazgos interesantes, la reiteración en todos los textos de la misma estrategia y una cierta exigencia preconcebida de estilizar y embellecer el lenguaje, recurriendo a formas y estructuras sintácticas de la poesía clásica, empañan la intensidad de la propuesta.

Un socavón alberga tu esfumado rostro, tus vedados gestos, tu barba legendaria. Desempolvada niebla de recuerdos, limpio sabor de un fuego extinto, errante naufragio cenagoso a temores ofrecido. Muda identidad, violenta súplica, agua desnuda que cruje en la madera hasta el hastío. Ruido de cadenas con reflejos de oro, fuegos fatuos que crepitan en la noche, proliferan y envejecen. ¿De verdad sufres en la tamizada luz de una casa abandonada?

Martirio espacioso de los niños, tus flacas manos estrujan doncelleces, tus cuencas de penumbra entorpecen los pasos trashumantes, y pasma a los profesionales del misterio tu estatura de añoso junco inhabitado. Implacable ronda de la muerte.

(Ánima en pena)

Desordené el universo. Nací de un ser embriagado en una mueca de hastío y aletargado entre salmos que horadaban la verde tiniebla. Abolí estériles cosechas a la sombra de un manzano, con solo una astilla de polvo. Mudos vegetales y reptiles rumorosos contemplaron la castidad del acto que nos multiplicó en la lejanía. De no haber sido así, habría naufragado el navío en que navega Dios.

Ignoro si declinó el amanecer o permanece creando la enloquecida efusión de los colores, pues fui piedra de toque de nuestras ansias desterradas tan lejos del principio.

Mostrando gracioso gesto, beso rostros que quisiera ver quemados en la hoguera y propicio nupcias entre los bravos vientos del azoro y los tratos inoportunos del amor.

Alegre, blanda y halagüeña, con inusitada ganancia canjeo lo falso por lo verdadero para destruir las indemnes almas en su orfandad de aturdidas mariposas. Conozco el sentido, el sinsentido y su santo y seña radioso.

Mis pasos desvelados se pierden en el laberinto del pensamiento, pero el aroma de la rosa de los vientos es un elogio a mi persona hasta el sinfín de la palabra. Como mi antecesora más lejana, que antes de nacer murió, soy tan vanidosa que mi memoria, hija de mi capricho, afirma que la historia del mundo es el jardín errante que solo florece errante entre mis brazos.

(La mujer)

Cóncavo azul coagulado, nada vale mi astucia taciturna pues soy odiado por el hombre, aunque amo codiciosamente sus sanguinolentos ojos. Sobrellevo la vida como una letal condena. Sumergido en la somnolencia del incorruptible fuego de la luna, propago la embozada negrura que, fétida, repta en las cenizas mustias de la muerte. Vieja sombra enceguecida por los silencios del sol, me alimento de la sangre y su aullido supremo.

Conspicuo en las tinieblas, con plácidas gasas edifico el móvil estamento de una cueva.

Con mi nombre los niños deletrean las vocales: dulce oscuridad de sus primeros poemas.

(El murciélago)

En cierta época, entre solaz pueril, algunos temieron bravamente conocerme, pero la humanidad me busca a trote obstinado desde que irrumpió la primera vertiente de la tarde. La simple sospecha de mi presencia vuelve ardiente el afán de más de un rudo pecho y los sabios, para poseerme, se han enfrentado al nudo gordiano, al nudo corredizo, al nudo en la garganta y a muchos nudos por hora van tras mi sombra, esquiva y dura, que imanta toda pupila abierta.

Alguna vez, los científicos se vinieron abajo, a uno de mis mínimos recintos. Ahí, en manos de nadie hallaron el mismísimo nunca en un horrísimo estallido. A partir de entonces, los posee un devorador remordimiento.

Estoy en el meollo del mundo natural y de la historia y, debajo de mí y de mi sombra, hay otros yo mismo quietos, intactos, intocados. Ante la curiosidad de los humanos, ellos se escurren, saltan y evaporan.

Para explicar la insinuación ardiente del Universo, en cuyo seno estoy, las religiones recurren a mí, aunque cambiándome de nombre. Yo acudo con mucha jovialidad y subrayo que, para explicarme a mí mismo y a mis ánimos constantes, no quedo sino yo, mis agradables trampas, mis remotas venturanzas.

Existo cuando estoy preso, pero en libertad me muero.

(El misterio)

Gestos desesperados, graves y livianos desfilan ante mis ojos que ya nunca parpadean. Un vuelo trasegado de azul marino, enmudeció para siempre mi melosa lengua.

Cercado y combatido por las olas, se apagó mi mal contento espíritu y mi aliento roto se trocó en callado fuego. Y entonces vi al ángel de la guarda, construido de espuma, en el festivo ritual de la entrega inapelable.

Fue un junio sin edad cuando, numeroso y grande, el mar abolió mis placeres, mi virtud ardiente y su anhelo incierto y peligroso. Nublado oscurecido, el húmedo amor me da la mano y fantasmas de ramos desabridos me brindan cuidado generoso.

Desasosegado cuerpo que repasó los días y tristeza líquida que mira fijamente un solo amanecer. Astrosa suerte que naufraga en la arena: ése, ése es el signo ajado de mi libertad cautiva y anegada.

(El ahogado)

Me rige un regreso al que no le estorba la tardanza.

Mi vida no conoce el verdadero reposo: se derrama y recompone sin término en su inmortal morada.

El judío errante sigue mis pasos aunque carece del golpe cadencioso del ritornelo implacable. De mis despojos brotan canciones afiebradas de un gemelo manjar. Me atribuyen una paternidad apócrifa —Europa— y mi nombre enaltece el ingenio más fecundo en hondas tinieblas sepultado.

Al descanso soy esquivo y cada nueva vida me sirve para escudar pecados. Menoscabo, doy y quito el fuego de los dioses. Rémora tal vil, la vida, tiene mi agudo yerro: en ella creció con un malestar el desatino.

Ansío lo perecedero y no puedo ser sino lo que soy: eterno retorno y movimiento perpetuo.

Mi mayor deseo: que la muerte, pródiga, deponga su aversión hacia mi violenta súplica.

Mi mayor temor: que mis cenizas —aspas de pulpo— absorban, sin fortaleza alguna, un poco de humedad y vuelvan los retoños.

(El ave Fénix)

Mi aparición coincide con la amargura de las almendras, precipita desbordes escarlatas o gira en nieblas exangües de una explosión ostentosa o discreta.

Con frecuencia aparto obstáculos del enfriamiento lento y dulce que resume memorias en la oscuridad de los sentidos. Bajo mi custodia, descalzo y de puntillas el hombre regresa al fulgor confuso de la infancia: totalidad acariciada en una vuelta de hoja.

Jamás he portado guadaña en mis cosechas —ingenuidad de mentes infantiles—, me disperso con equidad entre los vivientes y mi índole es un índice arbitrario. Participo del azar y del determinismo en su pureza de contornos, aunque digan que llego al momento señalado. Si bien los amantes del materialismo afirman que jamás tuve padres, soy hija legítima y espuria de la nada, y fui su término cuando, rodeada de celestial ardor, en solo un punto y brevísimo instante escapó a su cerco destemplado.

Si mis víctimas, ya sometidas a mi espectral cuidado, llegaran a saber que existo, en realidad no existo y no tengo potestad sobre ellas.

Acompaño a las lloviznas de la soledad en su versión más cruda y adormezco la oración de los ancianos que anhelan entre mi caricia cordial inexorable. Y de modo pausado, angustio a los filósofos en sus pleitos vanos. Espantosa cumbre, destemplo y desgobierno el presente y el futuro, distorsiono la mímica del ahora, principio a mi ciudad, y vuelvo inútiles las pisadas desiertas de lo eterno, que son igual porción con el instante.

Bebo la humedad plena, hago crecer el musgo y soy decidida enemiga del recuerdo, del entendimiento y de la voluntad. Me conturba la persistencia del cabello y de las uñas, pero me conforta mirar, antes de hundirme en otra monótona aventura, las pupilas apagadas donde juegan mis turbias intenciones.

Complico y alargo los años de las multitudes, y el orden de la Creación concluye al llegar a la línea que yo u otro, que no acepto ni conozco, señalamos. Y se reanuda así el tibio vuelo por el sinfín que abre algún resquicio, un nuevo aposento, el abandonado desaliño para los huérfanos ojos.

Amparo y guía de las partes que componen el Universo, todo acaba menos yo.

(La muerte)

Ante la punzante presencia del Creador y en mudo combate, un hombre mató a su hermano, cuyo padre no nació.

Enraizados y libres, ellos no fueron perturbados por lágrima hechicera alguna y su estruendo y enojo no brotó de ambiciones mundanas, sino de la sospecha de una arbitraria preferencia divina. Sospecha que, pronto, se convirtió en helada certidumbre. Acuciada por los escasos pobladores, la discordia entre hermanos llegó a ser amargo frenesí, mofa del hastío, ajetreo ruinoso.

Manchadas sus manos en la refriega odiosa, para el asesino las puertas de la esperanza se cerraron inexorables y, en su huida sin fin, solo lo acompañaron confusión, voces broncas y el ¡ay! del abatimiento y la congoja. Y el ojo imperturbable de su imperioso fuego redujo sus contornos a soledad, misterio y sombra.

A la víctima, rústica, pobre y sencilla, que hizo más vasto el vacío de entonces, se la sepultó en el seno de su abuela que, abismada, la cobija hasta ahora.

(Caín)

Soy tan sencilla, casi rústica que al sol y a la luna me atrevo a repetir que un corazón es caracol.

Mantengo intrigados a mis lectores que se deleitan entendiendo y averiguando en las esquinas del futuro. Me divierte la diversa pasión de los niños por mis antiguas ambigüedades y nuevas analogías. Y no me arredra el bostezo torpe de los jóvenes que menosprecian la cándida invención de mi palabra.

Mis historias comprenden manuscritos del aire y ámbares parsimoniosos que, adivinos de lluvia, deambulan en los recovecos del idioma.

Yo y mis lectores vamos tomados de la palabra buscando llaves que iluminen el desierto correr de mis preguntas.

Despisto a los oyentes como espigas en los sueños oscuros que van en busca de lágrimas nocturnas entre árboles huraños.

Me es dulce la respuesta correcta, pero sufro si alguien interrumpe la alegre armonía de mi discurso. Aunque arcaica, los términos estrechos de un prematuro acierto —o equívoco— me sacan de quicio y, si esto acontece, dejo a quien me escucha con las manos vacías.

(La adivinanza)

De Adivinanzas.

Carlos Eduardo Zavaleta

(1928-2011)

Carlos Eduardo Zavaleta nació en Caraz, en 1928, y pasó su infancia y adolescencia en un espacio rural que marcó más adelante una parte de su obra narrativa. En su juventud se trasladó a Lima, estudió letras y se doctoró con una tesis centrada en la novelística de William Faulkner. Estos datos escuetos revelan la identidad de una propuesta literaria que ha tratado de conciliar sus raíces provincianas con una mirada cosmopolita. En efecto, Zavaleta es considerado el introductor de las técnicas narrativas de Joyce y Faulkner, que contribuyeron a cimentar la modernidad de la ficción de la Generación del 50 y de la narrativa de las décadas posteriores.

La aparición, a fines de los cuarenta, de El cínico (1948) marca el inicio de una prolífica obra en los géneros del cuento, el ensayo y la novela, con una especial preferencia por el formato de la narrativa breve, en el que ha ofrecido sus mejores logros. Entre sus muchos libros pueden mencionarse Los Ingar (1955), El cristo Villenas (1956), Vestido de luto (1961), Muchas caras del amor (1966), Niebla cerrada (1970), Los aprendices (1977), Un día en muchas partes del mundo (1979), Estudios sobre Joyce y Faulkner (1993) y Pálido, pero sereno (1997).

La crítica ha señalado que el universo narrativo de Zavaleta se sitúa en dos dominios: el primero de ellos aparece vinculado al neoindigenismo, al explorar con originalidad el mundo rural del departamento de Áncash; el segundo se nutre del espacio urbano de Lima y, más adelante, de unas coordenadas cosmopolitas que abren los relatos a diversos países y ciudades del mundo. En todas sus ficciones es preciso destacar la opción neorrealista, la dimensión psicológica que torna complejos y ambiguos a los personajes y el empleo controlado de una pluralidad de técnicas narrativas que fluyen con naturalidad.

El año 1997, en su reunión de Cuentos completos, aparece una colección de Cuentos brevísimos. El hecho de haber sido escritos casi al final de su carrera literaria muestra la intencionalidad y la conciencia del escritor por explorar las virtudes y exigencias del género. No estamos ante la aparición discontinua de estos textos en los intervalos de su narrativa más extensa, sino ante un conjunto cerrado y autosuficiente. Los textos pueden observarse como una prolongación natural de su universo narrativo; son fundamentalmente escenas que se sitúan en los dos universos que siempre han estado presentes en su obra. La novedad reside en su capacidad de síntesis y en el uso adecuado del enfoque y la elipsis.

El relato “Un hombre, un punto”, bien puede observarse como conciencia metaliteraria de la propuesta de estos cuentos brevísimos. La voz enunciadora es un narrador que confiesa su deseo de mostrar a un personaje en un conjunto de cuentos. Primero es el protagonista de una historia aparentemente sorprendente; luego, un personaje secundario; después, sencillamente una presencia incidental, hasta convertirse en una sola referencia tangencial. El proceso muestra la estrategia narrativa de Zavaleta en estos relatos. Sin renunciar a su mirada, a sus campos temáticos, a su opción neorrealista y a sus técnicas, se embarca en una aventura de supresiones y despojamiento, hasta entregar una pura escena que tiene la fuerza de muchas de sus narraciones más extensas.

Бесплатный фрагмент закончился.

450,31 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
17 октября 2024
Объем:
222 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789972454691
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги