Читать книгу: «Vivir se escribe en presente»


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A Esther de Izaguirre,
in memoriam, porque siempre me alentó a escribir una novela.
“La felicidad no está en otro lugar, sino en este lugar; no en otra hora, sino en esta hora”.
WALT WHITMAN
“Con la misma fe con que plantas un árbol, sin saber si serás tú quien disfrute de su sombra, ofrece tu amor, sin que te inquiete si serás tú quien goce de sus frutos”.
ALEJANDRO G. ROEMMERS

PRIMERA PARTE

Capítulo
1
Hay días en los que el tiempo se detiene. Es como si se pusiese terco y no quisiera avanzar hacia la noche por venir ni retroceder hacia el recuerdo. Está allí nomás, empacado, inmóvil, como el agua de un río congelado.
Aquel martes, Fernando tuvo de pronto esa impresión de tiempo detenido, al ir hacia el supermercado con la lista de compras que le acababa de hacer Alexia. Por suerte, había poca gente. Tomó un canasto y comenzó a llenarlo con las cosas que le había pedido, cuando sintió que su celular vibraba. Miró la pantalla: increíblemente era el número de Tute, esa llamada que Fernando esperaba desde hacía exactamente un año, diciéndose siempre que no iba a ocurrir, que Tute estaba haciendo su vida y que, sin duda, lo había olvidado. Las cuestiones de pareja, pensó Fernando, era mejor no hablarlas en el supermercado. Decidió no atender y esperar hasta que estuviese de vuelta tranquilo en su departamento.
En ese mismo momento sucedieron varias cosas simultáneamente.
–¡Nadie se mueva! –oyó una voz gritar desde la entrada–. ¡Y tiren los teléfonos!
Por encima de las latas de conserva, Fernando vio a tres encapuchados, uno apuntando su arma en dirección al cajero, un coreano aterrado, y los otros, hacia el pequeño grupo de clientes, que habían arrojado sus celulares al piso. Una mujer se puso a llorar.
–¡Te callas o te callo yo!
La mujer se puso una mano sobre la cara, tratando de detener el llanto.
Fernando iba a apagar su teléfono y a tirarlo junto a los otros cuando vio que tenía una segunda llamada. Miró nuevamente la pantalla: era Ron, el padre de Michael.
Uno de los encapuchados, el más bajo, el más agresivo, giró hacia él.
–¡Tira el teléfono ya o estás muerto!
Fernando intentó nuevamente apagar el celular, cuando una tercera llamada apareció en la pantalla: Vicky, de Cabo San Lucas.
Fue lo último que registraron sus ojos. Eso y la marca de la lata de tomates envasados. No era la que Alexia le había encargado. En ese instante, lo alcanzó el disparo.
Apenas unas pocas horas antes, Fernando estaba recorriendo con la mirada las estanterías del entrepiso que ocupaba en el tríplex tipo loft que le había prestado el gordo Rubén. Rubén, viajero infatigable, ¿dónde estaría ahora? ¿Marrakech, Estambul, Capri? Generoso, había insistido en que ocupase el loft en Palermo Soho. “Y no quiero que ni pienses en pagar nada. A mí me conviene, porque así tengo alguien de confianza que lo cuide y me riegue las plantas. Ni te atrevas a decirme que no”. Eso había sido hacía cinco años, como una suerte de regalo de Navidad. Sus compañeros de la facultad de Periodismo se burlaban cuando se enteraban de la dirección. “Uno se acostumbra fácilmente a lo mejor –le solían decir, divertidos–. ¿Y cómo vas a investigar asuntos de La Matanza y sucios enredos sindicales cuando se sepa que tomas tragos con el meñique levantado?”. Fernando se reía, pero igual decidió desde el primer día que no ocuparía más que el entrepiso, y que allí pondría su cama, su mesa y sus libros. El resto del loft, con las esculturas pop que le gustaban a Rubén y los muebles importados de Italia, apenas lo conocía.
Ahora, sentado a su mesa, que era también su escritorio, recorrió con la vista los estantes que albergaban objetos personales. Había allí algunas fotos, un grabadito de un San Francisco y el lobo que había tomado de la habitación de Michael en el campo de su padre en la Patagonia y que ahora le traía recuerdos demasiado dolorosos, la invitación a un concierto de jazz al que había llevado a Tute y que les había gustado mucho. También algunos libros: una docena de best-sellers, algunas crónicas de viajes, abultadas entrevistas con políticos y actores más o menos conocidos, unos pocos volúmenes de poesía de algunos amigos poetas. Sobre el anaquel más alto, la caja de Meccano que le había regalado su padre para un cumpleaños, diez, quince años atrás, con la intención, no muy sutil del ingeniero Carlo Módena, de tentarlo con su profesión. Quizás por eso Fernando se había inclinado por lo que le pareció más distante de las cifras y los cálculos de su padre: el periodismo, ese noble y vago compromiso con la verdad que no hubiese sabido definir aun cuando estaba a punto de ejercerlo. “El periodismo no es nada más que el chisme tomado en serio –había dicho su padre cuando le contó su elección–. Un periodista es un alcahuete o un cotillero que cobra por su práctica perniciosa. Las cosas verdaderas de este mundo se hacen a pulso”. Ante tal fundamentalismo edilicio, de poco hubiera valido señalarle que las palabras escritas han logrado perdurar en el mundo tanto o más que cualquier construcción o prodigio de ingeniería pergeñado por las diversas civilizaciones humanas.
A través del enorme ventanal, Fernando podía ver, encuadrados por los marcos de las ventanas de la casa de enfrente, que espejaban los cambios de luz del incipiente verano, pequeños dramas que se desarrollaban ante sus ojos, como en los cómics ilustrados de su niñez. Quizás era eso, después de todo, lo que un periodista debía hacer: encontrar esas historias y contarlas con rigor, honestidad y simplicidad. Sin duda, eran vidas similares a la suya, con las mismas desazones, eventos absurdos, desilusiones y, muy de vez en cuando, momentos de intensa alegría. “Los caprichos de la diosa Fortuna –pensó–, ¡tan parca con estos últimos!”.
Recordó que la última vez que había tenido uno de esos momentos felices fue cuando recibió una de las únicas dos tarjetas postales que Tute le envió después de la despedida. Desde Londres, esa vez. Allí estaba la postal, junto a la caja del Meccano, con una vista del Palacio de Buckingham. “Saludos del Monstruo”, había escrito Tute con su típica letra grande e infantil. Nada más. Trató de recordar el color exacto de los ojos que tanto lo habían cautivado en el primer encuentro. Con sorpresa, se dio cuenta de que no podía hacerlo. En un año, ese color extraordinario parecía haberse esfumado de su memoria.
Recordó también la promesa que le había hecho Tute al despedirse: “En esta fecha, dentro de un año exactamente, te llamo y volvemos a hablar”. No lo había hecho.
Era la media mañana de uno de esos días de Buenos Aires en que el tiempo no se decide a ser caluroso o frío. ¿Qué planes tenía para hoy? Ninguno. ¿Revisaría la carpeta de notas que había tomado durante su permanencia en México? ¿Pondría un poco de orden en las fotos, los recortes, toda esa documentación ahora inútil, descartada? ¿Llamaría a un amigo o a una amiga para proponerles una película o una cena? Sentía una inusitada modorra. Miró de nuevo la tarjeta de Londres y pensó que era tiempo de sacarla del anaquel y tirarla a la basura. Capítulo terminado.
Su mano se detuvo en la segunda repisa, donde estaban sus pocos libros y tomó un volumen grande de tapas duras, una colección de cuentos de hadas que le había regalado su madre. ¿Qué recuerdos tenía de ella? Pocos, nada, algunas imágenes que ya no sabía si eran verdaderos recuerdos o memorias de fotos vistas en la casa paterna. Una mujer bella, de cabellos oscuros, en vestido de fiesta; la cara sonriente un poco regordeta, con grandes pendientes en forma de mariposa; otra en traje de baño, en la playa, junto a su padre, alto y buen mozo. ¿Pero cómo era su voz, el roce de sus manos? No podía recordarlo. A los cuatro años la memoria es caprichosa: guarda el sabor de un pastel de chocolate, pero no la voz de la madre que seguramente le habría leído cuentos como esos. Fernando recordaba las imágenes del libro, pero las había visto muchas veces desde entonces. Al colocarlo de nuevo sobre la repisa, su memoria recobró de pronto la imagen de su madre sonriendo débilmente en la cama del hospital.
El timbre lo sobresaltó. Fue hasta el intercomunicador y apretó el botón; una voz alegre lo saludó: “¿Estabas durmiendo? Mira que eres vago. Son casi las once. Subo igual”. Le llevó unos segundos reconocer la voz de Alexia. ¿Se habían dado cita? ¿Lo habría olvidado? Al abrir la puerta, su amiga, toda sonriente, le puso en las manos una botella de champán y lo besó en las dos mejillas:
–Felicitaciones, querido. No quería que se te pasara el aniversario sin un brindis.
–¿Qué aniversario? ¿Qué haces en Buenos Aires?
–Querido –dijo Alexia, quitándose la chaqueta y colgándola de un perchero cerca de la puerta–. No te habrás olvidado de que hace justo un año te dieron ese diploma que tienes colgado allí como un certificado de bautismo. ¿O es que cuando uno se recibe de periodista pierde la memoria de todo tiempo pasado? Bueno, para eso estoy yo. Para recordarte tus triunfos ahora que estoy de vuelta en la Reina del Plata. Después te contaré mis aventuras ecuatorianas. ¡Una verdadera odisea! –Alexia hizo el gesto histriónico de pasarse la mano por la frente como una actriz de tragedia–. Pero ahora, a celebrar lo tuyo. Porque tú fuiste el mejor promedio de nuestra promoción, ¿te acuerdas? ¡Mira! El chico es tan modesto que se sonroja. Hoy decido yo. Almorzamos juntos aquí y nos tomamos la botella de champán entera. Ponla a enfriar. Eso lo sabes hacer, ¿no? ¿Y qué tienes que te pueda cocinar?
El refrigerador estaba casi vacío, y la despensa también, salvo por un par de cebollas, unos fideos secos y una cabeza de ajo.
–Fíjate, te hago una lista y te vas al súper. Yo entretanto pongo la mesa.
Y Alexia lo empujó hacia la puerta. No había alcanzado el ascensor cuando lo llamó:
–¿Tienes tu celular? Por si me acuerdo de algo más que necesite.
Fernando se palpó el bolsillo. Lo tenía.

Capítulo
2
Exactamente un año antes, a principios de un noviembre que amenazaba con ser más caluroso y húmedo que el anterior, Fernando se estaba vistiendo ante el espejo del dormitorio. Mientras se abrochaba la camisa, miraba de reojo a Tute, que lo observaba con esos ojos verdosos que sus pestañas espesas no conseguían ocultar, dándole siempre ese aspecto lánguido y seductor que a Fernando le parecía irresistible, quizás porque la cara dulce e infantil se contradecía con el cuerpo inquieto y musculoso. “¿Te fijaste que los animales más fuertes casi siempre tienen miradas dulces?”, le había dicho a Tute una tarde cuando se paseaban frente a la jaula de los bisontes en el zoológico. Tute se había sonrojado.
–¿Qué te parece esta camisa? ¿Suficientemente formal?
–Sí, te queda bien –respondió Tute, poniéndose de pie–. Deja que te arregle el cuello.
Al sentir el roce de sus dedos en la nuca, Fernando tuvo un leve estremecimiento. Estaba por darse vuelta y besarlo, cuando Tute lo apartó y le dijo:
–No, espera. Tengo que decirte algo.
–Te ves muy serio. Mejor me siento.
Fernando se acomodó en el borde de la cama y Tute hizo lo mismo.
–Fernando –Tute empezó con un ligero temblor en la voz–, sabes que yo te quiero mucho.
–Sí.
–Y yo sé que tú me quieres.
–Sí.
–Pero tú tienes veinticuatro años, acabaste tus estudios, vas a tener una carrera de periodista.
–Sí, con suerte. Eso quiero.
–Bueno, pero ¿yo qué? Tenía apenas diecinueve años cuando llegué de Tucumán sin saber qué iba a hacer, con muchas ganas de construirme una vida aquí, en la gran ciudad.
-Sí, y nos conocimos unos días después. Yo te vi en ese bar y me enamoré a primera vista. Mejor dicho, a primera oída, porque fue tu tonadita la que me encantó. Eso fue hace cuatro años y todavía me encanta.
–Lo sé, y te agradezco todo lo que hiciste por mí, cuánto me enseñaste, cómo me cuidaste. Pero, Fernando, ahora...
–¿Ahora qué?
–Yo te sigo queriendo mucho, pero siento que necesito hacer mi vida, ver algo de mundo...
–Tute, cuando consiga un trabajo estable de periodista es probable que tenga que viajar. Podríamos viajar juntos.
–No me entiendes. Esto es difícil decirlo. Pero necesito estar un tiempo solo. Tú ya has viajado, has recorrido Europa, has estado en Nueva York antes de conocernos. Yo quiero hacer lo mismo. ¿Sabes?, la plata que me dabas para Navidad, para mi cumpleaños, cuando me decías que fuera a comprarme algo que me gustara, bueno, la estuve ahorrando. Y ahora tengo para un pasaje a Europa y algo más.
–¿Te quieres ir entonces?
–Tengo un pasaje para el sábado. A Londres.
–¿Me vas a dejar? ¿Así? ¿De repente?
–Te pido que entiendas. Yo quiero que estemos juntos. Pero antes necesito irme por mi cuenta, ver otros lugares...
–Y conocer otra gente...
–Sí.
–Y yo ¿qué hago ahora?
–No te digo que sea para siempre. Mira, hagamos esto. Dame un año. Dentro de un año exactamente, hablamos y vemos en qué estamos. Yo te quiero, Fernando, no aguanto la idea de perderte. Pero necesito hacer esto. Por favor, entiéndeme.
–Te entiendo. Pero no te entiendo.
Tute rodeó a Fernando con su brazo derecho y con la mano izquierda acercó su cara a la suya. Le dio un beso fuerte, al que Fernando no respondió, y se puso de pie. Tomó su camisa –era una que Fernando le había regalado hacía meses y que Tute decía que era su favorita– y se la puso. Se volvió para mirar una vez más a Fernando, que permanecía mudo sentado en la cama, y salió del departamento.
Fernando siguió inmóvil un largo rato. Le costaba respirar. Al final, con esfuerzo, se levantó, eligió una corbata sin verla, la anudó automáticamente, se puso el saco y salió a la calle. “Siento como si me faltase un brazo o una pierna –pensó–. Es como si tuviera una pesadilla. Ojalá pronto me despierte”.
En el café frente a la facultad, se sentó a una mesa del fondo y pidió un whisky. Faltaba apenas una hora para la ceremonia de entrega de diplomas. Sacó el celular y decidió marcar el número de su padre. ¿Hacía cuánto que no escuchaba su voz? Al menos cuatro años, desde que había empezado a estudiar periodismo. Cada vez que lo llamaba había problemas en la línea, su padre estaba ausente o daba ocupado... ¿Sería una señal del destino?
Con todo lo que le había dicho en contra de la carrera, burlándose de los paparazzi, como él los llamaba, era poco probable que el ingeniero Carlo Módena quisiera escuchar de su progreso hacia esa aborrecida profesión. Pero ahora podía al menos decirle que había logrado un triunfo con su propio esfuerzo: cuatro años de sacrificios e intensos estudios, había apurado materias para acortar la carrera en uno. Cuatro años de adiestramiento para investigar las cosas que suceden en el mundo y dar testimonio. Empezó a marcar el número que misteriosamente todavía sabía de memoria. Pero algo lo detuvo. Quizás la sospecha de que su triunfo sería ridiculizado, minimizado, no entendido. Quizás el temor de no recibir de su padre las ansiadas felicitaciones, de no escuchar el esperado orgullo en la voz de aquel hombre que, conscientemente o no, Fernando admiraba y quería.
Guardó el teléfono en el bolsillo y acabó su whisky. Si estuviera viva, seguramente su madre sí habría estado orgullosa de ese hijo, ese niño inseguro que ahora iba a recibir su diploma, el mejor promedio de su promoción. Fernando la recordó alegre, siempre sonriente, aun en la cama del hospital donde yacía pálida y enredada en tubos. Pensar en esa antigua sonrisa le dio coraje para levantarse y cruzar la calle, donde varios de sus compañeros hablaban a los gritos, felices y ansiosos a la vez, sabiendo que no solo sus estudios de periodismo, sino un capítulo esencial de sus vidas estaba terminando.
De pronto, sintió un golpe tremendo en la espalda. Se dio vuelta indignado y vio a Alexia, que se reía a carcajadas, con un vestido abierto casi hasta el ombligo y revoleando el bolso con el que le había pegado.
–Vas distraído como un carpincho –le dijo–, y no ves ni a tus seres más queridos. Venga aquí y deme un besote, señor periodista.
Y lo tomó en sus brazos plantándole un beso en plena boca.
Los otros compañeros se rieron. Alexia lo tomó de la mano para entrar en el recinto de la facultad.
–¿Tute no está? –le preguntó.
–No, no viene, después te cuento.
–Bueno, pero no te olvides, ¿eh? Quiero saber todo. Fíjate, ahí está Gutiérrez. Vamos a saludarlo.
El profesor Emilio Gutiérrez era un destacado periodista que se había hecho conocido por su programa de radio, muy popular tanto entre los jóvenes estudiantes como entre los viejos taxistas, que lo escuchaban en las solitarias horas de la medianoche. A ambos grupos les divertía la inteligente desenvoltura de su palabra en cualquier campo de discusión. Gutiérrez era ecléctico: tanto arremetía contra una obra de teatro pretenciosa como contra un partido de fútbol mal jugado. “No tiene pelos en la lengua” era el comentario más frecuente de los oyentes después de uno de sus habituales ataques contra los embaucadores, fuesen intelectuales, deportistas o políticos. Su popularidad con los jóvenes lo había decidido a aceptar un puesto en la Facultad de Periodismo.
–Profesor Gutiérrez –lo llamó Alexia–, aquí está su alumno favorito –y empujó a Fernando hacia él.
–Alexia, Fernando, bueno, por lo menos los veo acicalados. Alexia, aprenda de Fernando, siempre tan formal y discreto. Como antigua alumna, tendría que saber que arreglarse en exceso, a veces, distrae de las cosas serias.
–Es una técnica, profesor, para lograr que me cuenten lo que pretenden ocultarme en las entrevistas. En lugar de concentrarse en inventar mentiras, se les escapa la verdad mientras admiran mis dotes naturales.
–Con tal de que no se le escape a usted una de esas técnicas...
–Profesor, más seriedad –se rio Alexia.
Fernando, olvidándose por un momento de la angustia por la ausencia que sentía, tomó la mano del profesor Gutiérrez y le dijo:
–Quiero agradecerle todo lo que me ha enseñado. Espero estar a la altura.
El profesor, sonriendo, le contestó:
–Para estar a la altura primero necesitamos encontrarle un buen trabajo. Nos vemos mañana por la mañana, quiero llevarlo a ver a alguien. Y ahora, ustedes dos, apúrense. La ceremonia está por empezar.
Sonrientes, expectantes, ilusionados, Fernando y sus compañeros entraron en el aula magna. Fernando buscó a Alexia con la mirada y la vio a pocos pasos de él, cubriéndole la retaguardia. Ella le guiñó un ojo.
Fernando sintió en ese momento, en ese lugar, que todo iba a salir bien.

Capítulo
3
A la mañana siguiente, Fernando y el profesor Gutiérrez se reunieron en un café del centro, “uno de esos de antes, sin música, ni pantallas de televisión”, decretó el profesor. Y, acto seguido, se lanzó a contarle a Fernando que él, Gutiérrez, había sido, hacía solo unos años, un poco como Fernando era ahora, un periodista sin destino, sabiendo nada más que lo alentaba una pasión por la pesquisa, habiendo aprendido cómo investigar honestamente, buscando la verdad, pero sin saber qué verdad ni con qué propósito.
–Los periodistas somos un poco sabuesos, pero tienen que darnos algo para olisquear, para que podamos poner nuestros talentos en acción. Yo empecé así, por casualidad, como pasan las mejores cosas. Un conocido me contó de varios robos repetidos en el banco donde trabajaba su mujer. Me pareció curioso, me puse a averiguar, y de ahí salió esa nota que fue mi primer éxito. Primera plana en todos los diarios, porque estaba implicada gente muy conocida. Me amenazaron, pero no me dejé intimidar. Al contrario, aproveché para conseguirme un programa de radio bien popular. En esos casos, la fama es la mejor protección. Y aquí estamos, con mi reputación hecha y estas canas para probarlo –dijo–. No le digo esto para presumir, sino para alentarlo.
Fernando se dio cuenta de que el profesor aparentaba mucha más edad de la que en verdad tenía.
–Pero usted tiene que encontrar lo suyo, Fernando. Por eso vamos a ver al jefe. Son unas pocas cuadras nomás.
El edificio de El Nacional era una de esas torres de vidrio que empezaron a levantarse en el Bajo en los años ochenta, infelices imitaciones de los rascacielos norteamericanos que, según el profesor Gutiérrez, le habían quitado a la ciudad su distintiva identidad de techos bajos y muros pálidos. Al llegar ante la gigantesca puerta de entrada, Gutiérrez tomó a Fernando del brazo, le hizo llenar una ficha en la recepción, le abrochó una etiqueta con su nombre en la solapa y lo hizo entrar en uno de los ascensores que los llevó en un santiamén al último piso.
–Más arriba, lo único que hay es el cielo –le dijo–, y ya está ocupado. Si no, seguro que el jefe lo reclamaría.
Y siempre aferrado al brazo de Fernando, lo encaminó hacia la puerta que decía DIRECCIÓN. Golpeó y entró. La asistente, una mujer joven, levantó la vista y les sonrió.
–Buenos días, Josefina. ¿Podría avisarle al jefe que estamos aquí?
Mientras la secretaria pasaba a la oficina interior, el profesor Gutiérrez le indicó a Fernando una larga mesa cubierta de papeles, fotos, mapas y recortes de todo tipo.
–Esto, fíjate, es la sopa primordial, como llaman los biólogos al conjunto de moléculas que crearon las primeras formas de vida en el universo. Cada vez que hay algo curioso en la web, o algo incierto en un diario o una revista, o alguna imagen rara, lo imprimimos o lo recortamos y lo traemos aquí. Una vez por día nos reunimos el jefe y varios de los periodistas y vemos qué se nos ocurre. Dejamos jugar la imaginación, la intuición y una buena medida de confianza en el azar. Y a menudo surge algo, como en esas figuras que no parecen ser nada hasta que las miras desde una cierta perspectiva.
–Profesor Gutiérrez, ¿siempre dando clase?
Fernando oyó un vozarrón a sus espaldas. Se dio vuelta para saludar al recién venido, y en lugar del gigante que había supuesto por el tenor de la voz, vio a un hombre bajito, calvo, con gruesos anteojos montados sobre una importante nariz.
–Jefe, este es el muchacho de quien le hablé. Fernando Módena.
–Bienvenido a este circo. Entonces, supongo que te interesa el periodismo.
Antes de que Fernando pudiera decir algo, Gutiérrez agregó:
–Fernando es mi mejor alumno. Fue, debería decir, porque se recibió ayer nomás. Con el mejor promedio.
–El valor de un promedio depende de la calidad del resto –respondió el hombre calvo–. Ser el mejor de una banda de mediocres no es algo para ufanarse. ¿Qué tal eran los otros?
–Buenísimos. Por eso le traje a Fernando. Tenemos que ponerlo a trabajar.
El hombre que Gutiérrez llamaba “el jefe” observó a Fernando de pies a cabeza un largo rato, durante el que Fernando no supo qué hacer con sus manos ni qué decir. Esperó inquieto. Finalmente, el jefe se acercó a la mesa cubierta de documentos.
–Fernando, veamos si tienes ojos de periodista. Mira estos papeles. Tómate el tiempo. A ver si descubres algo que te atraiga.
A Fernando, la enorme mesa le pareció una suerte de absurda pesadilla cósmica, donde palabras, nombres, notas manuscritas, páginas impresas de la web, caras, paisajes y escenas incoherentes o misteriosas se mezclaban como en un caleidoscopio. Pensó que aquello era como uno de esos juegos en los que se trata de descifrar un texto en un idioma inventado hecho de jeroglíficos, letras y números.
–Acuérdate de lo que les repetía en clase –oyó que le decía la voz de Gutiérrez–. No busques entender todas las historias, ni siquiera toda una historia. Busca algo que te sorprenda, que te intrigue. Algo que encienda un signo de interrogación en tu cerebro.
Titulares, frases describiendo algún hecho, nombres conocidos y desconocidos, retratos severos o sonrientes. De pronto, la mirada de Fernando se detuvo en una foto. Un paisaje gris, devastado, la orilla de un charco o de un lago, y la cara de un niño con los rasgos aindiados, los ojos casi en blanco.
–Sí, está ciego –oyó que el profesor Gutiérrez le decía–. Es una de las víctimas del desastre ecológico en cerro Fortaleza, hace seis años. La empresa responsable, La Universal, cerró después del incidente.
–No cerró –corrigió el jefe–. Se transformó. El diablo se hizo angelito. Eso que era La Universal se convirtió en la Fundación Universo, una de las instituciones ecológicas más fuertes y reconocidas, yo diría, del mundo entero. Pagó la indemnización a las víctimas e invirtió millones en limpiar y reconvertir toda la zona. Ahora la fundación se ocupa de crear espacios ecológicos y protegerlos contra viento y marea. Viento y marea humanos, se entiende.
De pronto, Fernando recordó una noticia que había leído distraídamente hacía unos meses.
–¿Esa fundación no ganó hace poco el premio a la mejor labor ecológica?
–El World Ecology Award. Así es –dijo el jefe, sonriendo.
–¿No se habló de una incógnita en torno a esa empresa? ¿No hubo rumores de que el directorio ocultaba el nombre de una persona poderosa? –preguntó Fernando.
–Poderosa, filantrópica y anónima. Hubo sospechas de quién podía ser, pero no hay nada seguro –dijo el profesor Gutiérrez.
–Sin embargo, hay un nombre que se baraja –dijo el jefe–. Sin certeza, claro.
–Ron Davies –aclaró el profesor–. El millonario argentino de origen galés. Pero no se sabe casi nada de él, ni de su responsabilidad en La Universal, ni, ahora, en la Fundación Universo. Casi no hay fotos de él, y el hombre rechaza todo pedido de entrevista.
–¿Dónde vive? –preguntó Fernando.
–En todo el mundo –contestó el jefe–. Dicen que tiene casas en las Bahamas, Ibiza, Florida... Y hasta en nuestra Patagonia. Cuentan que va de casa en casa en su avión privado. Se sabe que estuvo casado, pero se divorció hace un tiempo. Tuvo un solo hijo. La mujer se casó de nuevo con un empresario de los Emiratos. A él parece que no le gusta la vida de sociedad, que prefiere vivir solo.
–¿Ustedes tienen alguna foto suya? –preguntó Fernando.
–Son escasísimas, pero debe haber algo en alguna parte –respondió Gutiérrez–. El otro día, revisando esta selva de documentos, creo haber visto una –y hundió la mano en los papeles, removiéndolos como un prestidigitador mezclando sus cartas.
Por fin, extrajo una foto en blanco y negro. La cara retratada era la de un hombre de unos cincuenta años, de rasgos sobrios y ojos tristes. La nariz era severa, como la de un legislador romano. Llevaba el pelo lacio, algo largo, quizás grisáceo. Los labios parecían apretados como para no dejar escapar palabra. Fernando se preguntó de qué color serían sus ojos.
–Este es Ron Davies –dijo Gutiérrez.
Hubo un largo silencio, mientras Fernando contemplaba esa cara como si pudiera hacer que mágicamente cobrase vida, que le revelara algo, que se decidiese a hablar.
–¿Dicen que nadie lo ha entrevistado?
–La última entrevista debe remontarse a unos veinte años, al menos. Después, mutis, niente, nada –dijo el jefe.
–¿Y si yo consiguiese entrevistarlo?
El jefe y el profesor Gutiérrez intercambiaron una mirada cómplice. Con una gran sonrisa, el jefe dijo:
–Si consigues una entrevista con Ron Davies, tienes un puesto asegurado en El Nacional.
Fernando sonrió a su vez.
–De acuerdo –dijo–. Acepto el reto. Profesor Gutiérrez, esta foto entonces es la prenda. Este sabueso está listo para la caza.

Capítulo
4
Cuando Fernando volvió a su departamento y abrió su ordenador, vio que la muy eficaz Josefina le había enviado una pesada carpeta de datos sobre el misterioso Ron Davies. A través de las ventanas advirtió que estaba lloviendo y pensó en Tute, al que le gustaba pasearse bajo el agua aun con ráfagas torrenciales, la camisa empapada y el pelo pegado a la frente. “Pareces el Monstruo del lago Ness”, le había dicho Fernando una tarde durante un diluvio, y el apodo le había quedado. Monstruo, Monstruito, Monstruo mío. “¿Te volveré a ver?”, se preguntó Fernando.
Deliberadamente, para ahuyentar los recuerdos, se concentró en la carpeta. Página tras página, nota tras nota, informe tras informe, datos diversos y variados sobre el millonario en los ámbitos financieros, empresariales, sociales, siempre breves, muchas veces nada más que chismes. ¿Cómo había logrado revelar tan poco sobre sí mismo, este señor contradictorio, por un lado presente en el mundo de los jet-setters, por otro, casi un recluso? Su influencia –decían las buenas lenguas– había hecho que ciertos problemas ecológicos se vieran aliviados a través del apoyo a recursos renovables, y también –decían las malas lenguas– que poderosas compañías multinacionales explotasen esos mismos recursos. ¿Cuál sería la verdad? ¿Cuál, su verdadero rostro? ¿Se habría convertido finalmente en un ecologista auténticamente arrepentido? ¿O continuaba siendo un depredador ahora con una fachada amigable con la naturaleza? Fernando se dijo que descubrirlo sería su tarea, ganar la confianza del hombre, lograr que se abriera, que se sincerase, y el resto lo haría su propia intuición periodística, esa que el profesor Gutiérrez le había dicho que poseía casi de forma innata: la capacidad de detectar cuándo el otro hablaba con sinceridad.
También había varios artículos sobre las muchas casas –esto sonaba a chisme– que se suponía que eran de Davies. Fernando miró las fotos detenidamente. Aparecían en revistas de decoración y de viajes, con los ángulos exagerados y el gusto por lo vistoso de esas publicaciones; sin embargo, creyó detectar en ellas una suerte de paradójico recato, una inesperada y original sobriedad. Mientras más exploraba, más le intrigaba la curiosa personalidad del señor Ron Davies.
Pero ¿cómo hallarlo? En este mundo del siglo veintiuno, donde la intimidad estaba prácticamente suprimida y Google Earth los vigilaba a todos en todo momento de sus conectadas vidas, ¿cómo era posible aislarse de tal manera, desaparecer del mapa como un náufrago voluntario, un Robinson Crusoe que había logrado escapar de la indefectible y omnipresente web?
Fernando revisó otros artículos: los automóviles deportivos que Davies había coleccionado, su conjunto de objetos precolombinos dignos de un gran museo, su gran jet con el que viajaba de casa en casa, de continente en continente.
Entonces pensó en Marcelo, un amigo piloto que trabajaba en Latam. Quizás él supiese si era posible descubrir cuál era su último punto de aterrizaje. Buscó su número en el ordenador y lo llamó, pero no tuvo suerte.
Le llevó un par de días encontrarlo, porque Marcelo tenía la costumbre de no responder cuando estaba trabajando. Dos días después, el domingo por la mañana, cuando Fernando todavía estaba en la cama, sonó el teléfono. Era Marcelo.
Se reunieron en un bar cerca de Aeroparque, y Fernando le contó su plan para encontrar a Ron Davies.
–Es posible –le dijo Marcelo después de reflexionar un rato–. Esos vuelos privados pueden rastrearse. También, creo saber quién es uno de los pilotos de Davies. Investigo un poco y te llamo.
–Lo antes posible, por favor.
–Siempre apurado, Fernandito. Haré lo que pueda. –Y viendo la cara preocupada de Fernando, agregó–: Te lo prometo.
El lunes por la noche Marcelo lo llamó.
–Mi amigo me confesó que, efectivamente, él es uno de los cuatro pilotos empleados por Davies. Y formó parte de la tripulación que, hace casi dos meses, lo llevó a su casa en la Patagonia, cerca de El Bolsón. Piensa que debe de estar allí todavía. Dice que es su lugar favorito en el mundo entero.
–Mil gracias, Marcelo –dijo Fernando, sin tratar de ocultar su exaltación–. Te debo una botella de whisky.
–Si esto te sale bien –le contestó el piloto–, me debes media docena.

Capítulo
5
Uno de los rasgos mágicos del paisaje patagónico es la rapidez con la que cambia. Uno puede empezar por un ancho valle color arena, encontrarse con una cadena de cerros bajos y jorobados como una manada de camellos, verse de pronto al borde de un bosque impenetrable de centenarios árboles gigantes, altos y azules, y caer casi enseguida en un lago de orillas blancas y de aguas de un azul cobalto. Las formas del paisaje patagónico son engañosas para el ojo urbano.
Esas formas tendidas en la escueta playa pedregosa no eran, como podría pensarse, serpientes y dragones, sino troncos pálidamente labrados por el tiempo, las lluvias y el viento; las desolladas piernas y los brazos que parecían hundirse para aliviar el ardor en las aguas puras y frías del lago, eran ramas y raíces de los arrayanes, cuyo color hizo recordar a Fernando los muros rosados de una estancia visitada con su padre cuando era niño. Allá, cerca del horizonte, detrás de las franjas ocres, amarillas, rojas y verdes, se alzaban las cumbres imponentes de la lejana Cordillera, como una advertencia o una promesa.
En el aeropuerto de Bariloche, un camionero conversador que había ido a buscar un envío de sacos de semilla, se ofreció para llevarlo. Llegaría hasta un puente sobre ese río o arroyo que aparecía en el mapa que Fernando tenía abierto, señalado con un marcador rojo. Marcelo le había dicho que ese río atravesaba la propiedad de Davies. Y de allí se las tendría que arreglar solo, remontando el cauce a pie.
–Acá en el sur nos conocemos todos sin conocernos –le dijo el camionero–. Nadie sobrevive solo, de manera que cualquier forastero es un hermano.
Y le propuso a Fernando compartir un sándwich de queso de cabra, que colocó en el asiento entre los dos, mientras el camión saltaba como una enorme liebre destartalada, por esa ruta que había conocido días mejores.
–En un par de horas estaremos ahí –le anunció luego de un rato–. Usted, si quiere, duerma. Yo lo despierto cuando lleguemos.
Amodorrado por el vaivén del camión, el aire cálido y polvoroso que entraba por la ventana y la voz del camionero que se había puesto a tararear un tango, Fernando se durmió. Cuando se despertó, el camión se había detenido.
–Llegamos, compañero –oyó que le decía el camionero–. Allá abajo está el río que usted anda buscando.
Fernando tomó la mochila en la que llevaba lo estrictamente necesario –un cambio de ropa, una mínima tienda, una bolsa de dormir– y agradeciendo al camionero, empezó a bajar por la senda de piedra. Oyó el agua antes de verla.
El río era estrecho, pero bastante torrentoso, y en la margen izquierda descubrió una huella zigzagueante que ofrecía un sendero protegido entre la playa pedregosa y el agua. Una brisa suave soplaba trayendo un perfume que Fernando no supo identificar. Consultó una vez más el mapa y empezó a caminar. La mochila casi no le pesaba. “No sé si a Tute le hubiese gustado esta aventura –pensó–. Sin bares, sin gente, sin música...”.
Mientras caminaba, casi sin darse cuenta de los varios kilómetros que estaba recorriendo al borde de ese río que lo seguía amistosamente, Fernando se preguntó qué haría cuando se encontrase con Davies, si acaso lo encontraba. Nada menos seguro: un millonario como aquel podía decidir, de un momento a otro, llamar al comandante de su tripulación y escaparse al Caribe, al norte de África o a una isla en la Polinesia. Y si estaba, ¿qué le garantizaría que aceptase hablar con él? De seguro, Fernando no podría decirle la verdad, para qué había venido al sur, que su futuro como periodista dependía de la buena voluntad de este señor desconocido, recluido y misterioso.
¿Creería Davies que Fernando era simplemente un mochilero más, un muchacho joven que se había escapado de las exigencias urbanas para aventurarse en la naturaleza más o menos salvaje, vivir un tiempo al aire libre, convivir amablemente con las piedras, los pájaros, los árboles y el agua de esta región mítica? No podía menos que intentarlo. Si fallaba, si Davies le cerraba la puerta, si se rehusaba a hablarle, no perdería nada –pensó con cierta ironía–, salvo el costo del billete de avión, una buena parte de su amor propio y la posibilidad de un empleo que cambiaría su vida.
Ahora el sol se estaba ocultando detrás de la ladera y el agua parecía de oro y plata. Un pájaro empezó a cantar intermitentemente y Fernando se detuvo maravillado para escucharlo. Entre cada canto fluía constante el murmullo del arroyo. Tuvo la sensación de que el tiempo se había detenido de verdad. No se atrevió a mirar su reloj.
El cielo seguía iluminado con un celeste delicado y transparente, como si el anochecer y la aurora se hubiesen confundido o trastocado. A la altura de los árboles y las piedras, todo se había vuelto negro, cielo y tierra contradiciéndose, uno aferrándose a la luz, la otra insistiendo en su oscuridad. Todo allí era colosal y auténtico: el cordón Serrucho, que delimitaba el valle como una pared de piedra que el folleto turístico comparaba con los Dolomitas, los altos y milenarios alerces formando bosques de belleza incomparable, el torrente de agua pura y cristalina y, por encima, como un anillo luminoso, aparecería más tarde la inusual claridad de la Vía Láctea, como solo puede apreciarse en aquellas latitudes.
Siguió avanzando sin ver ni dónde ponía los pies. De repente, en un profundo cañadón del río, la helada oscuridad se abalanzó sobre él, como un gigantesco oso parduzco que abrazara todos los sentidos. Armó lo más deprisa posible la pequeña tienda de campaña que llevaba en la mochila y desplegó la bolsa de dormir que estaba en el fondo, prolijamente enrollada, dudando si quitarse la ropa antes de introducirse en ella.
Se dio cuenta de que no había comido nada desde el sándwich que le había ofrecido el camionero y buscó una de las barras de cereales que había traído consigo. Mientras masticaba, se dijo que a la mañana siguiente iría en busca de su presa. ¿Pero era verdaderamente eso lo que buscaba? Afuera la gran noche patagónica lo tenía en sus brazos. ¿Y qué hacía él en ese lugar salvaje y a la vez acogedor? Sintió que su presencia no solo era insignificante, sino que su turbio propósito periodístico de alguna manera contaminaba y traicionaba tanta pureza y autenticidad. Con un poco de hambre, pero agradablemente cansado, se metió en su bolsa de dormir vestido como estaba y se entregó al sueño.
Antes de dormirse del todo, a medio camino entre la vigilia y la ensoñación, le vino a la mente la imagen adusta de su padre, que lo observaba como desde una distante orilla, los dos solos, en el gran silencio de la noche. ¿Quería de veras, él, Fernando, dedicarse al periodismo como le había dicho a su padre? En una época en la que cualquier habitante del planeta podía registrar los hechos con su celular y compartirlos con el mundo entero en un instante, ¿cuál era el sentido del periodismo y sus palabras, frente a la fuerza de las imágenes que se imponían por sí solas, sin más comentario? Tal vez su padre tuviera razón, y para la prensa escrita u oral solo quedara el cotilleo y, de vez en cuando, como un oasis encontrado en el desierto, alguna historia singular, la revelación de cierto oscuro misterio o una reflexión más o menos acertada y visionaria de algún destacado colega. Y hacia allí se dirigía él, para intentar hacer la diferencia, para encontrar la verdad detrás de las fachadas, al menos detrás de la de Ron Davies. Creyó ver que la cara de su padre fruncía el ceño con un gesto reprobador o desconfiado mientras se dormía.
Lo despertó algo que, en la confusión del sueño, le pareció un cañonazo, y toda la carpa se iluminó con un destello repentino. Al compás de truenos y relámpagos y de un viento aullador, el aguacero empezó a caer sobre la carpa amenazando con hundirle el techo. Fernando encendió su linterna y esperó un largo rato, rogando que la lona lo protegiese del agua, pero muy pronto riachuelos barrosos empezaron a colarse y a empapar la bolsa de dormir.
Al cabo de una larguísima hora, en la oscuridad más absoluta, bajo una lluvia que amainaba, “al menos ya no hay rayos ni truenos”, se consoló y decidió salir de la carpa. Estaba amaneciendo. Fernando se dijo que lo mejor sería buscar algún lugar más resguardado y volver más tarde por sus cosas. Después de todo, en aquella inmensidad, pensar que alguien pudiera robarle se le hacía absurdo. ¿Quién querría apropiarse de una pobre carpa y de una mochila vieja y empapada?
Empezó a caminar siguiendo el curso del río, tropezando a cada paso en la arena pedregosa. Los árboles aún oscurecidos tejían una red contra el fondo del cielo negro, como en la ilustración que más le gustaba del libro que le había regalado su madre, el bosque de Blancanieves. ¿Estarían espiándolo detrás de los troncos las criaturas fantásticas de aquellos cuentos?
Pasadas unas horas, ya en plena mañana, se dio cuenta de que la playa desaparecía y que, si quería seguir en la dirección que había tomado, tenía que cruzar el río. El agua corría suavemente sobre grandes rocas, por lo que decidió saltar sobre las piedras para alcanzar el otro lado. Pero cuando pegó el último salto, en lugar de poner los pies en la arena de la orilla opuesta, se sintió resbalar y su bota quedó atrapada entre dos grandes piedras. Intentó zafarse, pero la bota se había atascado tercamente, y no lograba levantar el pie. Cualquier movimiento que intentaba le producía un dolor insoportable. “¿Qué hago ahora?”, se preguntó. No había visto a nadie desde que el camionero lo había dejado solo ni había oído nada, excepto el viento y la lluvia de anoche, y ahora el canto matutino de los pájaros. Con algo de pudor, porque casi le daba vergüenza perturbar la soberbia majestad del paisaje, lanzó un grito.
Nada, ninguna voz, ningún movimiento. Lanzó otro grito y después otro. Solo le respondió el silencio.
Ya estaba imaginando soluciones drásticas, viéndose con la pierna ensangrentada y rota, arrastrándose sobre las piedras del río, cuando en la orilla, detrás las malezas, oyó un ladrido. Y al momento apareció, ante sus ojos agradecidos, un gran perro ovejero bien cuidado y con un enorme collar alrededor del cuello.
Fernando volvió a gritar, con la esperanza de atraer al dueño del animal. La amable bestia lo miraba con unos grandes ojos dulces, al parecer sin atreverse a mojarse las patas.
–¿Qué ocurre? –oyó que un vozarrón preguntaba entre los árboles, seguido de la aparición de un hombre alto, de rasgos severos, aunque elegantes, buen mozo, bien pasada la cincuentena.
Al ver a Fernando atrapado entre las piedras, el hombre se metió rápidamente al agua helada, hundió los brazos para mover una piedra que atrapaba la bota, pero no pudo moverla.
–Ten paciencia un momento, mientras busco un tronco en la orilla para hacer palanca. Esa piedra es muy pesada.
Fernando sonrió aliviado frente a aquella presencia humana y amable.
–No sabe cuánto le agradezco –dijo emocionado, no solo por la ayuda, sino porque de inmediato reconoció en los rasgos de su salvador al hombre que buscaba: era Ron Davies en persona el que estaba intentando rescatarlo.
Mientras trataba de apartar la vista para ocultar su azoramiento, una punzada de dolor le hizo notar que tener paciencia y quedarse quieto allí era de todas formas su única opción. Afortunadamente, el efecto anestésico del agua helada se iba extendiendo lentamente desde su pie hacia el resto de la pierna. Al cabo de unos minutos, el hombre regresó con una fuerte rama de coihue y, hundiéndola por debajo de la piedra, comenzó a sacudirla con intensidad, haciéndola oscilar.
Fernando no pudo reprimir un grito desgarrado, pero el hombre no se detuvo hasta que logró desplazar la roca y liberarle el pie. Más tarde, Fernando agradecería esta aparente insensibilidad de su salvador, pues en caso de haber cesado en su acción, lo hubiera condenado a esperar varias horas metido en el agua helada hasta que regresara con más ayuda.
–Tómate de mi brazo para llegar a la orilla, porque estas piedras son muy resbalosas –le aconsejó el hombre y Fernando así lo hizo, aguantando el agudo dolor que sentía ante cualquier intento de apoyar el pie lesionado.
–No te esfuerces –insistió–. Parece que te torciste el tobillo. Siéntate aquí en esta roca. Está bastante seca.
El hombre lo ayudó a sentarse y Fernando le sonrió.
–Gracias –dijo con una voz algo débil, tanto por el percance sufrido, como por la sorpresa del encuentro–. Mejor descanso un poco antes de seguir adelante. –Y agregó para justificarse–: Estaba tratando de encontrar un lugar más resguardado para mi carpa. –Y como notó que el hombre buscaba con la mirada la carpa en las orillas, agregó–: No está por acá. Me instalé allí atrás, pero anoche me cayó encima el aguacero. Decidí tratar de encontrar un sitio mejor para esta tarde.
–Así no podrás ir solo a ningún lado –sentenció el hombre. Y después de una corta pausa indecisa agregó–: Mira, yo vivo aquí cerca. ¿Por qué no vienes a mi casa, para ver si podemos aunque sea vendarte el pie? Yo te ayudo a levantarte.
Fernando lo miró, sin saber bien qué hacer ni qué decir. Allí estaba, indefenso, frente a su supuesta presa. La diosa Fortuna –con alguna ayuda de su amigo experto en tecnologías aéreas– los había acercado, y en inmejorables condiciones, no para su pierna, precisamente, pero sí para sus objetivos. De pronto, su camino se había allanado por completo, ya no precisaba buscar excusas ni explicaciones para aproximarse al magnate. Rápidamente decidió que, como había planeado, no iba a decirle que era un periodista, ni mucho menos que él, Ron, era su meta. No lo pondría a la defensiva ni correría el riesgo de que se enfadara y le pidiera que se fuera de su propiedad de inmediato, aun rengueando. Lo mejor que podía hacer, pensó, era seguir simulando ser tan solo un mochilero en busca de sosiego y soledad en las vastas extensiones patagónicas.
–Supongo que estás de vacaciones –le dijo el hombre, como si le hubiese adivinado el pensamiento.
–Sí, más o menos, quise pasar unos días respirando un aire no contaminado. En Buenos Aires se respira cada vez peor. Salgo de casa con la camisa blanca y cuando vuelvo está negra.
Mientras lo ayudaba a ponerse de pie, el hombre contestó:
–Tienes razón. Estamos envenenando nuestro mundo. Yo también busco aire limpio en la Patagonia. Y agua pura.
Fernando se recompuso y le extendió su mano.
–Me llamo Fernando. Fernando Módena.
Empezaron a avanzar lentamente por un sendero que los alejaba del río, con el perro ovejero husmeándoles los talones. El hombre miró a Fernando a los ojos.
–Yo soy Ron –dijo, confirmando lo que Fernando ya sospechaba–. Y este es Sancho –agregó indicando al perro que, al oír su nombre, dio un pequeño ladrido de reconocimiento–. Módena no es un apellido tan común. ¿Eres algo del ingeniero?
–Es mi padre.
–Ah, fíjate. Qué interesante. Tu padre diseñó unos edificios espléndidos. Tuve la oportunidad de conocerlo cuando trabajamos en un proyecto común. Hace muchos años –aclaró Ron–. Muchos años –repitió.
–No nos hablamos desde hace algún tiempo –dijo Fernando–, es como si fuera un poco huérfano –y se rio para ocultar la sensación de que había dicho demasiado.

Capítulo
6
Entrar en la casa de Ron no era dejar el mundo de piedra y cielo. La sensación de espacio abierto no solo la creaban las vastas paredes de vidrio, sino también los muebles de maderas claras, grandes objetos precolombinos en terracota, la pintura de algún paisaje, la luz cálida de lámparas discretas. En el hogar ardía un fuego acogedor. Sancho fue a acostarse frente a las llamas, con un suspiro de felicidad.
–Aquí estamos –dijo Ron, acompañando a Fernando a un largo sofá frente al fuego–. Quítate la ropa mojada y ponte cómodo. Te conseguiré unas toallas para que te seques.
Fernando se sintió misteriosamente en casa. Con cuidado, porque el pie le dolía bastante, se sacó las botas empapadas, el abrigo que goteaba, la gorra y, obedeciendo a un gesto de Ron, se arropó en una gran toalla color arena. Ron le alcanzó unos pantalones y una camisa, y pantuflas suaves como lana de vicuña.
–Ahora vístete y vamos a ver ese tobillo –dijo Ron.
En ese momento, entró en el salón una mujer mayor, vestida de blanco y negro, la plenitud y la ausencia de color, y Fernando no pudo evitar preguntarse cuál predominaría en su destino. Tenía la tez bruñida, grandes ojos oscuros y el pelo recogido en dos trenzas negras entrelazadas entre sí, que formaban un rodete sobre la nuca. Después de la experiencia del río y de la tormenta de la noche anterior, su aparición le hizo recordar ciertos cuentos infantiles, donde, de pronto, aparecía un ser fantástico que era como la encarnación del mundo de los sueños y de lo desconocido. Pero cuando la mujer habló, su voz sonó absolutamente terrenal, razonable.
–¿Traigo el botiquín?
–Aurora, este muchacho se llama Fernando. Fernando, Aurora, mi ángel guardián.
La mujer mostró unos dientes blanquísimos, en una sonrisa amplia, generosa.
–En un santiamén lo curamos. Traigo mis cosas ya, señor Ron.
Aurora salió de la habitación y enseguida volvió a aparecer con una caja de la que sacó un frasco de un ungüento perfumado y unas vendas. Con gran habilidad y dulzura, repartió generosamente la pomada en todo el pie y lo cubrió con una venda ajustada. Fernando, recostado en el sofá, se sintió como un caballero andante después de la batalla, atendido por una milagrosa hada madrina.
–No debería usted apoyar su peso sobre este pie por lo menos por un par de días –sentenció Aurora cuando terminó de ajustar el vendaje elástico.
Se levantó para marcharse, cuando Ron se dirigió a ella:
–Aurora, ya son las doce. Pienso que este muchacho estará muerto de hambre. ¿Qué podemos ofrecerle?
–Espero que no sea reacio a las empanadas salteñas –dijo.
–Mil gracias, Aurora –contestó Fernando–. Las empanadas salteñas me encantan.
La mujer se retiró y poco después regresó y colocó sobre la mesita, frente a Fernando, una fuente de empanadas humeantes, una botella de vino y un canasto de frutas. Ron le sirvió un vaso lleno y le contó que había traído ese vino de su viñedo en Mendoza.
Mientras comía, Fernando notó que Ron lo observaba detenidamente, como si quisiera descubrir en sus gestos algo más allá de lo que Fernando le había contado. Sancho se levantó para pedir con los ojos una empanada. Ron le puso media en la boca dentuda, y Sancho volvió a acostarse frente al fuego, mientras afuera cobraba impulso la tormenta.
Con un boceto de sonrisa, Ron le dijo:
–Te estarás preguntando por qué vivo aquí, como lobo solitario. Por un lado, tienes que saber que esta no es mi única residencia. Mi favorita, sí, pero paso parte del año en el Caribe o en Europa. Sin embargo, es aquí donde me siento más a gusto. Yo creo que nuestro planeta no desperdicia espacio. Si bien hay vastas estepas y extensos mares deshabitados, y ciudades abarrotadas como hormigueros, cada uno de nosotros tiene un rincón en el que cabe perfectamente, sin esfuerzo y sin tener que recortar ángulos molestos.
Hizo una larga pausa.
–Tú te debes acordar de haber jugado, de muy chico, con esas tablitas de madera que tenían formas recortadas, un triángulo, un círculo, un cuadrado, ¿verdad? Y de cómo te divertías en colocar el trozo de madera pintada, con la forma correcta en el espacio correcto... He llegado a pensar que el universo es así y que cada uno tiene que encontrar el espacio exacto que le corresponde. Nos amontonamos en rascacielos, concurrimos a fiestas abarrotadas, viajamos en manada sin ver el paisaje que nos rodea. Y durante todo ese tiempo hay un sitio preciso que fue creado para nosotros, el que nos espera. Sospecho que el Jardín del Edén fue uno de esos espacios, el destinado a Adán y Eva, el lugar donde cabían cómodamente.
Fernando, la boca llena del delicioso sabor de una empanada, asintió.
–Es una idea consoladora para quien se siente perdido. –Hizo una pausa y agregó–: Un poco como yo.
–¿Tú te sientes perdido?
–A veces.
–Yo también. O por lo menos, me sentí así durante muchos años. ¿Te sirvo más vino?
Hubo un largo silencio, durante el cual Aurora retiró el plato de empanadas y puso uno con frutas. Ron le acercó a Fernando la canasta.
–Vienen de Río Negro. Otro Jardín del Edén. Estas frutas las puedes comer sin peligro. No hay prohibición divina.
Fernando tomó un durazno y lo mordió con placer. Se sentía inmensamente a gusto, y a la vez culpable por sentirse tan bien. ¿Estaba traicionando la hospitalidad de ese hombre, que le ofrecía techo, comida, conversación amable, cuando su intención secreta era sacarle suficiente información para escribir un artículo revelador e indiscreto? Tal vez, pero igual debía seguir adelante, se dijo para serenarse, porque esa era, en algún sentido, la prueba de fuego de su profesión, la primera de las muchas que le tocaría atravesar. De todos modos, sintió que se sonrojaba.
–Las llamas del hogar calientan el aire muy rápidamente; uno no se da cuenta y puede pasar de sentir que se congela, a creer que está en una selva tropical –dijo Ron como si quisiera brindarle a Fernando una excusa para su rubor–. Si tienes fuerza para levantarte, sentémonos en esos sillones. Ahí no sentirás tanto el calor. Y Aurora nos traerá un café.
Con una taza humeante en la mano, frente a Ron, vigilado desde cerca por Sancho, que no abandonaba su lugar junto al fuego, Fernando se sintió placenteramente adormecido. La voz de Ron le llegaba como a través de una espesa cortina invisible.
–Por las noches, cuando estoy solo, leo o escucho música. A veces toco el piano. Mal, pero toco. A Sancho le gusta la música, ¿no es cierto, Sancho? Me parece que la música crea un puente entre la naturaleza y nosotros, nos devuelve el sentido de la armonía del mundo. Dicen que incluso las plantas son sensibles a ella. Cuando Aurora riega las flores alrededor de la casa, les canta. Al principio, me parecía absurdo. Ya no. Estoy convencido de que a las plantas les gusta.
Aurora se llevó las tazas, y Ron se puso de pie.
–Ahora, a dormir una larga siesta. Te estás cayendo de sueño. ¿Puedes caminar unos pasos?
Fernando se levantó y se apoyó en el hombro que Ron le ofrecía. Avanzaron por un pasillo que le pareció, tal vez por su cansancio, interminable. Ron abrió una puerta:
–Hoy, esta es tu habitación.
Era un cuarto grande, cuadrado, con una amplia cama en el medio, un pequeño escritorio y un baño en suite. La pared frente a la puerta consistía en un gran ventanal, detrás del cual se divisaban las siluetas de árboles y cerros iluminados, de tanto en tanto, por los destellos de los relámpagos. En las otras paredes colgaban banderines de clubes de rugby, trofeos de pesca y de surf, una espada con incrustaciones de color y un póster de los Rolling Stones. También un pequeño grabado en blanco y negro. Se acercó a examinarlo y reconoció con sorpresa una imagen de San Francisco y el lobo, que recordaba ilustrando una poesía, en algún manual escolar. Se volvió hacia la repisa. Vio algunos libros, tres o cuatro trofeos deportivos más y la foto de un joven rubio, de ojos muy claros. Ron notó que Fernando estaba observando la foto con detenimiento.
–Es Michael, mi hijo. Este es su cuarto, pero hace mucho tiempo que él no duerme aquí. No sé en qué lugar del mundo estará ahora –y después de una pausa, agregó–: Hace varios años que no nos vemos... –pareció que iba a decir algo más, pero se detuvo.
Fernando se sintió extrañamente atraído por ese rostro joven. Tendrían más o menos la misma edad. Se dio vuelta para preguntarle a Ron más detalles sobre su hijo, pero, antes de abrir la boca, se percató de que ya no estaba en la habitación. La puerta se había abierto y cerrado sin que él se diese cuenta.
Estaba muy cansado y dolorido. Se desvistió, dudó si darse o no una ducha, y decidió no hacerlo hasta la mañana. Se desnudó y así como estaba se deslizó entre las sábanas. Esa tarde soñó con un gran tablero en el que él, Ron, el Michael de la foto, su padre, el profesor Gutiérrez e incluso Alexia eran piezas. Una mano gigantesca trataba de colocarlos a todos en los casilleros adecuados. Y, a pesar de intentarlo una y otra vez, la mano siempre se equivocaba, o de pieza o de casillero.

Capítulo
7
La excitación del encuentro, el susto en el río, la mala noche en la carpa, hicieron que Fernando durmiese hasta la mañana siguiente. Cuando se despertó, el sol ya comenzaba a entrar por la ventana. Miró la hora: las siete. Un poco avergonzado por el largo sueño, se levantó, se duchó, se vistió y salió al pasillo. Alguien había tenido la delicadeza de dejarle un bastón para caminar; al ayudarse con él, sintió que el dolor había disminuido notablemente respecto del día anterior. En el comedor, la mesa estaba puesta para el desayuno. Un pan recién horneado, fiambres, dulces, fruta y una cafetera de plata que despedía un aroma exquisito lo esperaban pacientemente. Se sentó y empezó a desayunar. Sancho se acercó a saludarlo. Fernando tomó un rollito de jamón cocido y se lo ofreció. El perro lo tomó delicadamente entre los dientes y después, agradecido, le lamió la mano.
–De nada –dijo Fernando.
Al rato, entró Aurora.
–Buenos días, ¿durmió bien, joven?
–Buenos días, Aurora. Dormí demasiado, discúlpeme. No estoy acostumbrado a tanta paz.
–Aquí, paz tenemos de sobra. O de sobra quizás no, pero es una paz que podemos compartir. El señor Ron dijo que, cuando usted haya desayunado, si se siente con fuerzas, lo espera en la terraza para salir a dar una vuelta en jeep por la propiedad –y agregó–: No deje de usar el bastón, así no fuerza el tobillo.
Fernando vio asombrado que, en un banco contra la pared del fondo, estaba su carpa replegada y las cosas que había dejado adentro.
Al advertir su sorpresa, Aurora le explicó:
–Sí, el señor fue a buscar su carpa esta madrugada. Está aquí con el resto de sus cosas.
Fernando supuso que eso quería decir que Ron había decidido que se quedaría en la casa, al menos una noche más. Sintió un cierto resquemor y algo de enojo: no le gustaba demasiado que un desconocido decidiera las cosas por él. Tomó el bastón y, con algo de dificultad, pero decidido a hacer el esfuerzo, se dirigió hacia la terraza.
–Buenos días. Discúlpeme. Me quedé dormido como una piedra.
–Las piedras nos contagian su calma, en efecto. Es una buena cosa. Podemos aprender mucho de la paciencia de las piedras.
–Y aquí no faltan.
–Si quieres, damos una vuelta en el jeep –le ofreció Ron–. Hay unos miradores con excelentes vistas.
–Buena idea –asintió Fernando, y se dirigieron juntos a un imponente Renegade verde oliva.
Ron lo ayudó a subir al zócalo, que hacía las veces de estribo, y acomodarse en el asiento del acompañante.
Después de un recorrido que incluyó el paso por bosques nativos de lengas y cipreses, y alguna pradera florecida de notros rojos y retamas doradas, Ron se detuvo en el interior de un grupo de inmensos coihues y detuvo el motor para que pudieran apreciar el silencio, apenas perturbado por el sonido de la brisa, y los líquenes en forma de barba que pendían de las ramas, producidos por la pureza del aire en aquel lugar.
Reanudada la marcha, y después de hacer un par de altos para admirar el espectacular valle del río Foyel y los picos nevados de la Cordillera, Ron se dirigió al mismo lugar donde se habían encontrado, en dramáticas circunstancias, el día anterior.
La lluvia había hecho brillar las hojas de los árboles como los caireles de las arañas antiguas. Ambos se acomodaron sobre una gran roca.
–La naturaleza ama los contrastes. Fíjate aquí: la piedra, el agua, el aire. Cada uno nos enseña una cosa distinta, pero son enseñanzas complementarias. Y la vida que albergan también nos enseña a vivir. Los pequeños insectos bajo la piedra. Los peces en el agua. Las aves volando por encima de nuestras cabezas. Esta mañana, un chimango se posó en esa roca allí enfrente y me miró fijamente un largo rato. Después, como si me hubiera recitado una lección muda que yo hubiese debido entender, desplegó las alas y se fue volando. Yo me sentí ignorante, por no entenderla.
–Si no somos capaces de entendernos entre nosotros, menos a las otras especies –respondió Fernando.
–Pero ¿por qué es eso? Mi abuelo llegó a la Patagonia del país de Gales, como un muchachito pobre, cuya única educación fue su vida en una aldea de carboneros, negra de hollín, donde la gente moría joven por las enfermedades pulmonares. Y aquí en la Patagonia trabajó e hizo su fortuna. Se educó escuchando a los otros, a los que sabían leer, a los que tenían experiencia en la vida. Poco a poco, fue montando una empresa. Cuando yo lo conocí, ya era un hombre anciano, de orgullosa barba blanca, con una pipa que nunca se sacaba de la boca. Me llevaba a pasear al campo y me mostraba los detalles de todo: la corteza de un árbol, el pétalo de una flor, las delicadas antenas de un insecto. Y me decía: “Ahora acuérdate”. Y yo no le preguntaba de qué tenía que acordarme. Entendía que se trataba de la belleza secreta que las cosas nos enseñan, como compartiendo su tesoro. Son esos momentos de belleza infantil los que ahora busco.
–¿Y los encuentra?
–Sí, casi siempre.
Hubo un largo silencio en el que el rumor del agua sonaba sobre las piedras como una música suave y serena.
–Como te habrás dado cuenta, yo he hecho bastante dinero en mi vida –dijo Ron–, no siempre de una manera irreprochable. O al menos, no de una manera que yo aceptaría ahora. Pero cuando me di cuenta de mis errores, de la vida equivocada que estaba llevando, me dije a mí mismo que debía volver a ese estado de curiosidad y asombro de cuando era chico, a escuchar de nuevo a mi abuelo diciéndome que mirara esta hoja, esa nube, ese insecto volador. Y descubrir de nuevo la belleza de este mundo. Ahora uso mi dinero para encontrar esa belleza y protegerla. Y para evitar que la destruyan el egoísmo, la inconsciencia, la falta de sensibilidad y solidaridad, la desmedida ambición...
Ron se interrumpió, como si un recuerdo le hubiese surgido en la mente y lo obligara a concentrarse en él.
–Al final, crear belleza es la tarea de los artistas, los músicos, los poetas y la pasión de las almas nobles. Pero todos nosotros tenemos el desafío y la responsabilidad de reconocerla, apreciarla y protegerla. La belleza es lo que da sabor a la vida y la justifica. Y no me refiero solamente a la belleza física exterior y superficial de las personas y los objetos. Ni siquiera me limito a la belleza de los bosques antiguos y frondosos, los arroyos de aguas puras, la nieve virgen de las altas cumbres o las playas de arenas finas y aguas transparentes, algunas de las cuales he podido proteger, como también algunas manadas de gacelas o rinocerontes en peligro de extinción por la insensatez de cazadores empedernidos. ¡Hay tantas especies que proteger!: cipreses, coihues, ñires, neneos, lupinos de color lila, violeta, rosado, azul, el amancay naranja, las lengas... Para un botánico, esto es un paraíso.
–¡Cuánta belleza encierra este paisaje que a usted le gusta tanto! –exclamó Fernando.
–Me gusta pensar y sentir que es insignificante comparada con la que podría encerrar el corazón de un solo hombre. Una belleza que, como dice el autor de El Principito, solo se puede ver con el corazón: la bondad de un anciano sabio, la sorpresa y la alegría de un niño que recibe un regalo inesperado, la humildad de quien comparte sinceramente y la generosidad de quien abre su corazón para recibir los abrazos sanadores de la auténtica amistad y los besos llenos de vida de un verdadero amor. Esa es la belleza que me encanta descubrir en el mundo, aún más que la de una remota isla paradisíaca jamás habitada. Y si hay un Dios creador de este universo, estoy seguro de que esa belleza imprevista, surgida libremente del corazón de un hombre, es la que más le agradará contemplar a lo largo de su paciente eternidad.
La mañana llegaba a su cénit. Las copas de los árboles se mecían en el viento y una bandada de pájaros, que Fernando no supo identificar, surcó el cielo en espirales juguetonas. Una trucha saltó al aire y volvió a escurrirse en la corriente. Las piedras destellaban mudando de rosa a gris y de gris a celeste.
Ante la insistencia de Ron, Fernando aceptó quedarse en su casa hasta que el tobillo sanase, al menos hasta el punto de poder desplazarse sin riesgo. Durante el día, conversaba con él o con Aurora, leía algún libro en la pequeña biblioteca de la casa, con la pierna en alto y, por momentos, con el tobillo envuelto con un gel frío, o se iba a dar un mínimo paseo alrededor de la casa con Sancho. A veces observaba el vuelo de algún pájaro y después buscaba su nombre en un grueso manual de ornitología que Ron tenía abierto en la sala. Un día, incluso, vio una pareja de garzas blancas volar en círculos sobre la casa y alejarse hacia el este, hacia el lejano Atlántico.
Una tarde, mientras Ron preparaba el fuego en el hogar, vigilado ansiosamente por Sancho, Fernando empezó a contarle de su vida. Sin decirle que había estudiado periodismo –porque seguía decidido a no confesarle el verdadero motivo de su viaje–, le habló de su pasión por investigar los hechos del mundo, pasión nacida quizás de su gusto, de adolescente, por los cuentos policiales y de su placer adulto de poner en palabras los resultados de sus observaciones. Le confesó que hacía años había intentado escribir una novela y que la había juzgado pobre, y la había abandonado.
–Todavía tomo apuntes en esta libreta –dijo y sacó de su bolsillo una libreta de hule negro y una lapicera laqueada de color azul–. Para qué, no sé. Pero sigo haciéndolo –y volvió a guardar ambas en el mismo bolsillo–. Creo que aún no encontré eso para lo que estoy destinado –dijo–. Sé que voy a saber qué es cuando lo encuentre, pero hasta entonces estoy probando docenas de cosas. Siempre creí que algo, o alguien, me guiaría, me enseñaría el camino. De chico yo la llamaba la diosa Fortuna –y se rio.
–Cuando esa diosa Fortuna te lo muestre, sabrás lo que es –le dijo Ron.
–Traté de hablar con mi padre de esto, pero él no quiso escuchar. Es un hombre muy rígido, con ideas inflexibles. Estaba decidido a que yo siguiese, como él, la carrera de ingeniero, para lo que no tengo ningún talento. Si mi madre hubiera vivido, habría intentado disuadirlo, explicarle que mi talento era para otras cosas. Pero él me insistía, diciendo que cada uno hace lo que decide hacer con la vida, y que es la voluntad, no esa cosa vaga que llama con desprecio “la vocación”, la que nos mueve a cumplir con nuestro destino.
–La relación de un padre con su hijo es siempre difícil –intervino Ron–. Quizás porque el padre ve en el hijo un reflejo de lo que él mismo fue o pudo ser, y quiere rescatarlo o ayudarlo o redimirlo. Un padre a menudo no entiende que el hijo no le pertenece como un perro o un par de zapatos. Que el hijo tiene que buscar su propio camino en la noche del mundo. –Después de un silencio, añadió–: Yo sé por qué lo digo.
Como el fuego ya ardía alegremente, Ron se levantó y se fue a sentar en el sillón frente a Fernando, que se atrevió a preguntarle:
–¿Con su hijo Michael fue así?
Hubo una larga pausa, durante la que Fernando sintió que quizás había entrado en un territorio vedado, que había infringido una regla no explícita en esa nueva relación. Esperó sin decir nada más.
Sin levantar la vista del fuego, como hablándoles a las llamas, Ron empezó a decir:
–Yo me casé muy joven, con una mujer a quien le gustaban la vida social, las fiestas, los viajes de lujo. Era, es, debería decir, una mujer muy atractiva, que se sabe atractiva, y también muy inteligente. No debemos pensar que aquellos que no comparten nuestros gustos, nuestros intereses, nuestra forma de pensar son menos inteligentes que nosotros. A menudo lo son más, pero se trata de una inteligencia diferente. Mi mujer era así: su inteligencia consistía en saber qué camino tomar para llegar a lo que buscaba, como esos rabdomantes que tienen un olfato especial para las fuentes ocultas de agua. Ella buscaba felicidad en lo material y lo social. Y siempre la encontró. Ahora vive con un magnate de los Emiratos. Y es feliz, según creo. –Ron se levantó para revolver las brasas y volvió a sentarse–. Mi empresa se dedicaba a producir ciertos productos químicos, necesarios para la agricultura intensiva. Pero tal vez tú sabes cómo son estas cosas: con la intención de tener un producto más eficiente, de mayor alcance, nuestros científicos estaban jugando con material muy peligroso ecológicamente, material que tiene que ser manipulado siempre con la mayor precaución. A pesar de todos nuestros resguardos, sucedió lo inevitable. Uno de nuestros depósitos sufrió una avería y una gran cantidad del producto nocivo se vertió en las aguas cercanas a nuestra fábrica. El resultado fue que, durante varios meses, las aguas envenenadas afectaron a los ribereños, a las plantaciones vecinas y al ganado. Fue terrible. Nuestra empresa perdió, con justicia, el juicio que nos hicieron. Pagamos la multa, pero eso no bastó, para mí al menos –hubo otro largo silencio–. Dicen los místicos que el arrepentimiento no es suficiente. No es que una culpa se salde con otra culpa, como creían los profetas del Antiguo Testamento, ojo por ojo y diente por diente. El arrepentimiento debe ser activo y también positivo, debe construir allí donde algo fue destruido, limpiar donde algo fue contaminado. Y no solo en el lugar de la tragedia, sino en el mismo individuo culpable. El arrepentimiento empieza con el reconocimiento de la culpa propia, ver la viga en el ojo de uno, antes de criticar la paja en el ojo ajeno. Y, así, yo empecé a observarme a mí mismo. Traté de entender quién era esa persona que yo veía todos los días en el espejo. Cómo actuaba, por qué, con qué consecuencias. Y de ese modo, poco a poco, pude entender que todo lo que nos mantiene en la vida, si no es movido por el amor, nos envenena. Que estamos en este mundo para servir a la belleza, especialmente a aquella que es invisible a los ojos. Me oigo decir estas cosas y temo que se me pueda tomar por un predicador embustero o, peor, por un hipócrita. Pero yo estoy ahora en paz conmigo mismo, lo que me permite estar en paz con el mundo y con mis semejantes. Me permite entender el sufrimiento de la gente que fue afectada por el desastre ecológico del cual fue responsable mi empresa, pero también el sufrimiento de los químicos e ingenieros que trabajaban allí. Me permite entender la felicidad de mi mujer con la vida que eligió. Y me permite entender también, al menos eso espero, a esa ave carroñera que vino a visitarme esta mañana.
De pronto, Fernando tuvo la extraña impresión de que los dos, él y Ron, estaban solos en un pequeño planeta perdido en el espacio, náufragos compartiendo el universo, sin nadie más alrededor. Cuando Ron habló de nuevo, su voz había adquirido un tono diferente:
–Pero con Michael, con mi hijo, no fue así. Creo que nunca llegué a entenderlo plenamente. De chico era rebelde, caprichoso como muchos niños. Primero, pensé en disciplinarlo. Después decidí dejarlo hacer, no oponerme a sus caprichos, no interferir. Pero cuando entró en la adolescencia, bueno, más que la adolescencia, a los diecisiete, dieciocho años, y vi que no cambiaba, me decidí a hablarle. Nada de padre victoriano, entiéndeme, no. Una charla de padre a hijo, de hombre a hombre. Quería saber qué pensaba hacer de su vida, qué estaba buscando. Sabía que le gustaba el atletismo, era buen jugador de rugby, buen pescador deportivo, cuidadoso de su cuerpo, buen surfista. Pero le dije que eso no podía ser su carrera, su meta en la vida. Hablamos durante varias horas. Bueno, al menos hablé yo, como estoy haciendo ahora. Le pedí que me contase de sus planes, sus sueños, sus deseos. ¿Sabes qué me contestó?
Fernando esperó en silencio que Ron respondiese a su propia pregunta.
–Me pidió dinero. Me dijo que quería que yo le diese una suma importante, cien mil dólares. Que él quería irse a recorrer el mundo, a la aventura. Y que después vería –Ron dio un profundo suspiro, como si este recuerdo todavía le doliera–. Y yo le dije que no. Que si él tenía un plan concreto, una inversión en mente, algún proyecto por más descabellado que fuese, yo lo ayudaría. Pero darle plata así, para gastarla no se sabía cómo, yendo de juerga por el mundo, para eso no.
–¿Solo eso quería?
–Solo eso. O al menos, no me dio más explicaciones. Cuando le dije que no, me echó muchas cosas en cara. Que nunca me había interesado verdaderamente por él; que mis negocios estaban siempre primero; que había dejado que su madre se fuera por puro egoísmo, para vivir como yo quería sin preocuparme por nada ni por nadie. Y que encima de todo estaba contaminando al planeta. ¡Yo, para quien la vida cómoda, me dijo, contaba más que nada! Me tachó de hipócrita, de insensible, de egocéntrico. Y me dijo que esa tarde sería la última vez que lo vería. Que no le diese el dinero que me pedía, que se iba a arreglar solo. Que, de todas maneras, siempre se las había arreglado solo.
–¿Y se fue así, sin decirle nada más?
–La última palabra que oí de sus labios fue “adiós”. Yo esperé un tiempo, a ver si recibía alguna noticia de él. Pregunté a sus amigos, los pocos que conocía, a la chica que estaba viendo entonces. Nadie sabía nada: la muchacha estaba desesperada, decía que Michael podía haberse suicidado. Contraté a un detective para que lo buscara. Durante varias semanas, el investigador me mandó informes. Hasta un cierto punto, consiguió seguirle el rastro. Parece que Michael se fue de la Argentina unos dos años atrás. Viajó al Brasil, donde se encontró por casualidad con su madre; ella me lo contó meses más tarde. Después supe, por lo que me dijo el detective, que estuvo en Perú y luego en Costa Rica. A partir de allí, nada. Es como si Michael se hubiese esfumado. Las últimas personas que lo vieron, en un sitio turístico a orillas del mar, contaron que se había metido con un grupo de jóvenes que se pasaban el día haciendo surf y la noche de fiesta. De eso, ya hace meses. Desde entonces, no pasa una hora en la que no piense en él.
Fernando repasó en su mente la imagen del joven musculoso, rubio, de sonrisa pícara, que estaba en el dormitorio, y lo imaginó impetuoso, testarudo, indómito. Sintió que le hubiese gustado conocerlo y también –debía confesárselo a sí mismo– que se sentía atraído por ese personaje misterioso y libre.
Ron retomó la palabra.
–Sabes, no es cierto que yo no estuve presente como padre durante la infancia de Michael. Pero en estos casos no son los hechos concretos los que cuentan, sino lo que sentimos acerca de esos hechos. Yo lo recuerdo de una manera; Michael, seguramente, de otra. Las dos son válidas –Ron sonrió–. He repasado las escenas que recuerdo de la infancia de Michael: cuando íbamos juntos al cine a ver las películas de Rocky que tanto le gustaban. Cuando compartíamos una pizza en casa, mirando televisión. Cuando le conseguí entradas para el gran partido que los Pumas jugaron en Buenos Aires contra los All Blacks. También, cuando le enseñé a andar en bicicleta. Al cumplir seis años, le compré una bicicleta azul que le fascinaba, pero le daba miedo subirse. Entonces, nos fuimos al parque, y le dije que se subiese, que yo iba a mantener la bicicleta derecha y que íbamos a andar así, él en el asiento, yo sosteniéndolo. Empezó a pedalear, primero temeroso, luego con más confianza. Después de dar unas vueltas juntos, pensé que había llegado el momento de soltarlo. Lo solté, y durante unos momentos, sin saber que lo hacía, pudo pedalear por sí mismo. Pero cuando dio vuelta la cabeza para buscarme, y vio que yo me había quedado atrás y que ya no lo sostenía, y que él estaba manejando sin ayuda la bicicleta, perdió el equilibro y se cayó. Se lastimó la rodilla, pero no lloró. En cambio, me dijo: “Viste, papá. Aprendí a andar solo”. Yo pienso que ser padre es eso: enseñar a andar y saber soltar la bicicleta.

Capítulo
8
A la mañana siguiente, y tal como le había avisado a Ron al despedirse la noche anterior, Fernando se despertó dispuesto a regresar a Buenos Aires el día después. Durante los últimos días le había ido surgiendo un hondo malestar consigo mismo. Sentía que ya no podía continuar con aquella farsa ni luchar internamente por distanciarse de lo que Ron le explicaba o le decía para ponerlo en tela de juicio. Porque, en esencia y siguiendo su intuición, le creía. Estaba convencido de la honestidad de su arrepentimiento y de lo que hacía para reparar sus errores. Y esa simpatía que habían despertado en él las confesiones de Ron, pero también la atracción creciente –si era sincero consigo mismo– que sentía por ese fantasma rubio y buen mozo que lo observada desde aquel marco en el dormitorio, le habían comenzado a producir no solo la sensación de culpa por el engaño, sino algo más angustiante, una suerte de remordimiento que lo empezaba a carcomer. Después de todo, Ron lo había acogido en su casa con los brazos abiertos, lo había curado, le había dado cama y comida, había conversado con él de igual a igual. Poco a poco, se fue instalando en él una profunda aversión a traicionar a su anfitrión, una anticipación de la vergüenza que sentiría de hacerlo, él, Fernando, que se consideraba sincero y buen amigo. Pagar con una traición un gesto tan amable y generoso le resultaba imposible. Entonces, más allá de las consecuencias, de que no consiguiera el trabajo, e incluso de que tuviese que aceptar que no estaba hecho para ser periodista, supo que nunca escribiría aquel artículo.
Nuevamente, la mesa estaba puesta y de nuevo, Ron no se hallaba presente. Fernando se sirvió café y miró con tristeza –supuso que por última vez– el paisaje de árboles, rocas y cielo. Recién advirtió la presencia de Aurora cuando esta le habló.
–¿Está decidido a dejarnos? –preguntó.
–Es que no quiero abusar de la generosidad del señor Ron. Ya han hecho bastante, él y usted, dándome una acogida tan afectuosa, tan desinteresada.
–Tan desinteresada no. Al señor le ha hecho bien tener alguien con quien hablar. La mayor parte del tiempo estamos solos, él y yo; a veces Tulio, el piloto de su avión, viene a comer. Pero nadie más. Nunca. Hay días en que no cruzamos una palabra. Apenas unos “buenos días”, “buenas noches”. Y cuando llegó usted, eso cambió. Rara vez lo había visto al señor Ron tan parlanchín.
–¿Siempre lo conoció tan taciturno?
–Siempre no. Yo estoy con él desde hace más de treinta años, cuando recién se había casado con la señora Nelly. Estaba siempre corriendo de aquí para allá, tenía que tenerle la valija siempre lista, porque de un momento a otro se iba quién sabe adónde. Pero era conversador, entonces. Venía a la cocina, se sentaba a compartir un mate, me contaba cosas de los países extraños que había visitado, las selvas, los desiertos, las ciudades tan raras, donde comen insectos y serpientes, o donde las mujeres se cubren de la cabeza a los pies para que los hombres no se dejen seducir por sus encantos. Y me traía regalos: chales, cajitas de madera exótica, piedras semipreciosas. Mire, yo me sentía como en un cuento de las mil y una noches. Y después de que nació el niño Michael, era a él a quien le traía regalos. Una vez le trajo una verdadera espada con incrustaciones de colores. La señora Nelly trató de quitársela, porque decía, yo creo con razón, que era muy peligroso que un niño jugase con un arma así. Pero el señor insistió, y el niño Michael colgó la espada en la pared de su cuarto, junto con los banderines de rugby y los trofeos de surf. ¡Lo orgulloso que estaba de esa espada! Era lo primero que les mostraba a sus amigos cuando venían a la casa.
–¿Y cuándo cambió el señor Ron?
–Cambió ese día terrible cuando el niño Michael dijo que se iba para siempre. Esa noche, y al día siguiente, el señor Ron no probó bocado. Yo insistía, pero él, nada. Y le llevó un largo tiempo reponerse. Yo creo que nunca se repuso del todo. Sigue viajando, pero mucho menos. Pasamos una temporada en alguna de sus casas, en Ibiza, en Cerdeña, pero es aquí donde se lo ve más feliz. En su casa del sur, aunque ya nunca fue el mismo.
–Usted, Aurora, ¿nació en la Patagonia?
–¡No, señor! ¡Qué va! Yo soy de Salta. Toda mi familia es de ahí. Me fui a Buenos Aires cuando era todavía una niña, buscando trabajo. Y gracias a Santa Ana y a la Virgen adorada, me topé con el señor Ron. Una prima mía trabajaba para un conocido de él. Y ella me recomendó. ¡No le puedo decir lo asustada que estaba entonces! ¡Irme a vivir con desconocidos! Pero, cuando empecé a trabajar para el señor, enseguida me sentí tranquila, protegida, como si nada malo me pudiese suceder bajo su techo. Y así fue, toco madera y que la Virgen nos proteja siempre.
–Sí, uno se siente protegido aquí.
Era casi el mediodía cuando vio aparecer a Ron con sus botas en la mano.
–Es un fangal allí afuera. Suerte que trajimos tus cosas a la casa. Si no, ahora estarían sepultadas bajo el lodo como los objetos de Pompeya.
–Ron, quiero agradecerle por todo. Por la hospitalidad, por sus palabras. Como le dije anoche, mañana vuelvo a Buenos Aires con la mente despejada. Me ha hecho mucho bien escucharlo.
–¿Así que estás convencido de seguir tu camino? Debo decir que lo siento. Me hubiese gustado continuar hablando contigo, conocerte un poco más.
–A mí también. Quizás habrá otra oportunidad. En serio. Me gustaría mucho.
Ron no dijo nada por un largo rato. Fernando temió haberlo ofendido. Los dos hombres estaban parados ante el gran ventanal, inmóviles como los árboles que se veían al borde del sendero. Por fin Ron habló.
–¿Y si le pedimos a Aurora que nos diga si ese encuentro futuro va a ocurrir?
–¿A Aurora?
–Sí. No te lo dije antes, pero Aurora tira las cartas. La baraja española. No te rías. Hay más cosas en este mundo de las que sueña tu filosofía, como decía Hamlet. No sabemos todo, no podemos saber todo únicamente a través de la investigación científica, matemática. La intuición, el inconsciente, juegan un rol muy importante en ayudarnos a conocer el misterioso universo. Es así como los pájaros encuentran su camino volando sobre el océano. Todos tenemos brújulas interiores.
Aurora, silenciosa como siempre, había vuelto a entrar al comedor y traía ya en sus manos una caja de madera, cubierta de diseños que parecían nativos. Puso la caja sobre la mesa, la abrió y se sentó.
–Mi abuela me enseñó –dijo Aurora dirigiendo hacia Fernando una sonrisa algo pudorosa–. La verdad, señor, yo no creo mucho en estas cosas, pero a veces, mire, me sorprendo a mí misma con lo que sale.
–De eso soy testigo –dijo Ron, riéndose.
Fernando se sentó frente a Aurora y Ron tomó asiento a su derecha.
Las manos de cobre de la mujer empezaron a volar sobre la mesa y los naipes comenzaron a aparecer boca abajo, en filas paralelas, como baldosas de diseño andaluz. Aurora los fue poniendo boca arriba, uno por uno, mientras los comentaba.
–El mismo naipe cambia de sentido si sale apuntando para arriba o para abajo. Fíjese –y señaló el que iniciaba la primera fila–. As de copas al revés. Las copas tienen que ver con el agua, con los sentimientos que cambian como el agua. Este as, así al revés, significa un cambio de ambiente, de gente. Algo que ver con un viaje quizás. Sí, el siguiente es el caballo de copas, que siempre representa un viaje, el encuentro con una persona querida.
–¿Esto me lo está diciendo a mí, Aurora, o es para Ron también? –preguntó Fernando.
–No, ahora le estoy tirando los naipes a usted. Después será el turno del señor Ron. Ah, vea, el dos de oros. Los oros son la tierra. Y este dos anuncia impedimentos, obstáculos. Será un viaje complicado el suyo.
–Espero no tener problemas para volver a Buenos Aires –dijo Fernando, riéndose–. Parecería que la tormenta de anoche ya pasó, ¿no?
–¿Y esto? –se preguntó Aurora, frunciendo el ceño–. ¿El ocho de espadas al revés? Las espadas son el aire,
el espíritu. Pero así, al revés, el ocho es malo, una desgracia. Una pérdida.
–Aurora, no me lo asuste al muchacho –dijo Ron.
–Basta de ocuparse de mí, Aurora –dijo Fernando–. Ahora, tírele los naipes al señor Ron. Que no sea solo yo el que sepa su destino.
–Hace bien en reírse –dijo Aurora–. Estas cosas no deben ser tomadas como la ley de Dios.
–O del diablo –acotó Ron con un guiño hacia Fernando. Aurora se santiguó, recogió los naipes y volvió a echarlos–. Para el señor Ron, el cinco de copas al revés. Ahí están la familia, los afectos. Y sabemos que el señor Ron tiene un corazón gigante.
Ron sacudió la cabeza, sonriendo.
–Seis de copas, al revés también. Esto quiere decir que lo que está apareciendo pertenece al futuro, tal vez lejano.
–Eso me da tiempo para prepararme. Gracias, Aurora –dijo Ron.
Aurora dio vuelta otro naipe.
–¡Pero todos salen al revés! Ahora le toca el rey de espadas. Alguien nuevo entra en su vida privada, señor Ron. Alguien desconocido.
–Fernando, claro. Esto lo está fabricando usted, Aurora. Diga la verdad.
–Señor Ron, ¡cómo puede decir eso! Usted sabe que yo con estas cosas no juego. Mi abuela me advirtió que los naipes no serán palabra de Dios, pero igual son asunto serio.
–Bueno, siga adelante.
–Sota de espadas al revés. Otra desgracia, ay, quizás una pérdida grande. Pero fíjese que estas cosas no son seguras. Son, ¿cómo diría yo?, posibilidades.
Fernando notó que la voz de Aurora había tomado un tono diferente, como si quisiera disimular una creciente angustia. Pero ahora sonaba más aliviada.
–As de bastos al revés. Los bastos son el fuego, las labores físicas. Y este as de bastos al revés es una noticia feliz, la recompensa por un trabajo bien hecho. Un nacimiento quizás.
–Bien –asintió Ron–. Eso me gusta más.
–Y ahora el ocho de oros. Sí, esto se confirma: una noticia importante. Pero buena, ¿eh?, y una mujer joven –agregó Aurora, más sosegada–. Y, para terminar, el dos de copas. El dos de copas duplica lo que fue revelado: dos cosas buenas entonces.
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