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Nuestra herencia

Historia de la Iglesia Adventista


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenidos

Tapa

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Apéndice 1

Apéndice 2

Nuestra herencia

Título del original en inglés: Church Heritage. A Course in Church History. Youth Area of Ministries of the Church Department of SDA, 1985.

Dirección: Aldo D. Orrego

Traductor: Roberto Gullón

Diseño de tapa: Nelson Espinoza

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Centro White – UNASP y Nelson Espinoza

Es propiedad. © Depto. de Ministerios de la Iglesia de la AG de la IASD, 1985. © ACES, 1993.

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-385-2


Departamento de Jóvenes de la Asociación General. Iglesia Adventista del 7º Día.Nuestra herencia : Historia de la Iglesia Adventista / Dirigido por Aldo Dante Orrego / Ilustrado por Nelson Espinoza. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Roberto Gullón.ISBN 978-987-798-385-21. Iglesia Adventista. 2. Historia. I. Orrego, Aldo Dante, dir. II. Espinoza, Nelson, ilus. III. Gullón, Roberto, trad. IV. Título.CDD 286.7

Publicado el 26 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permis

Introducción
Propósito de este libro

Esta obra contiene las informaciones necesarias para los requisitos de Historia de la Iglesia exigidos en las clases de Ministerio Joven. También puede ser una buena fuente de ayuda para los que deseen conocer mejor la organización y los departamentos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Además, será útil para que los jóvenes vean los senderos maravillosos por los cuales el Señor ha guiado a su pueblo, y viéndolos, se inspiren para estudiar y se preparen para servir.

En relación con esto, la Sra. Elena de White, ya avanzada en edad, al mirar retrospectivamente el progreso del movimiento, exclamó: “Como he participado en todo paso de avance hasta nuestra condición presente, al repasar la historia pasada, puedo decir: ¡Alabado sea Dios!’Al ver lo que el Señor ha hecho, me lleno de admiración y de confianza en Cristo como Director. No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada” (Notas biográficas de Elena de White, p. 216; Joyas de los testimonios, t. 3, p. 443).

Libros de consulta

Aunque este manual contiene todos los datos necesarios, los jóvenes pueden profundizar los conocimientos de nuestra historia denominacional al recurrir a los siguientes libros de referencia:

El gran movimiento adventista - Emma E. Howell (ACES: s.f.)

El movimiento adventista - Marcelo I. Fayard (ACES: 1922)

Fundadores del mensaje - Everett Dick (ACES: 1949 y 1995)

La historia de nuestra iglesia - Archa O. Dart y otros (ACES: 1963)

La mano de Dios al timón - Enoch de Oliveira (ACES: 1986)

En las huellas de la Providencia - Héctor J. Peverini (ACES: 1988)

Dilo al mundo - C. Mervyn Maxwell (APIA: 1990)

¡En marcha! - C. Mervyn Maxwell (ACES: 1990 y 2004)

Portadores de luz - Richard W. Schwarz y Floyd Greenleaf (ACES: 2002)

Our Story of Missions - William A. Spicer (PPPA: 1921)

Footprints of the Pioneers - Arthur W. Spalding (RHPA: 1947)

Origin and History of SDA - Arthur W. Spalding

(RHPA: 1961-1962; 4 tomos)

Movement of Destiny - LeRoy Edwin Froom (RHPA: 1971)

A Brief History of SDA - George R. Knight (RHPA: 1999)

Es necesario aclarar que este libro, por haber sido escrito originalmente hace más de una década, contiene información no actualizada, tanto en relación con el último presidente de la Asociación General como en cuanto a las distintas divisiones mundiales de la Asociación General y las uniones de la División Sudamericana. No obstante, es un excelente manual para conocer la historia de nuestra iglesia.

NO­TA: Los pá­rra­fos señala­dos con as­te­ris­co [*] son de par­ti­cu­lar im­por­tan­cia.

Capítulo 1
La iglesia de Dios a través de las edades
1. La iglesia del Antiguo Testamento

La historia de la iglesia de Dios se extiende de Edén a Edén. Con el transcurso de los siglos, las personas que obedecieron a Dios fueron llamadas con distintos nombres, tales como: “hijos de Dios” (Gén. 6:2-4); “linaje de Abraham” (Juan 8:33); “hijos de Israel” (Gén. 45:21); “cristianos” (Hech. 11:26), etc., pero lo importante es que todos sostuvieron las mismas creencias fundamentales.

La iglesia de los tiempos del Antiguo Testamento aceptó los enunciados de la Ley de Dios como su regla y estilo de vida. Es imposible cambiar la Ley de los Diez Mandamientos porque, en sí misma, es una expresión del carácter de Dios, el cual es universal, eterno e inmutable. Es cierto que los Mandamientos fueron dados por primera vez, en forma escrita, a Moisés en el Sinaí, pero la Biblia demuestra que existían desde el principio y que el pueblo de Dios los guardaba antes del Sinaí. Por ejemplo, Dios dijo: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gén. 26:5).

Dios ha tenido un solo método de salvación, una sola norma de justicia, a través de todas las edades. En Salmo 105:8 al 11, descubrimos que Dios hizo un convenio, o “pacto sempiterno”, con Abraham, Isaac, Jacob y los hijos de Israel. Dios declara que ese pacto fue hecho para siempre: “la palabra que mandó para mil generaciones”. No es correcto decir que en tiempos del Antiguo Testamento la gente estaba bajo la Ley, y que en los del Nuevo Testamento está bajo la gracia. Dios siempre mantuvo una armonía o equilibrio entre la Ley y la gracia. Somos salvados a través de la fe en el Señor Jesucristo. Y al experimentar esta salvación y mantener una relación salvadora con él, nos deleitamos en hacer su voluntad.

Los miembros de iglesia del Antiguo Testamento mostraban su fe en el plan de salvación a través de los sacrificios. Aceptaron por fe el plan de Dios porque los sacrificios eran un símbolo del Cordero de Dios, que vendría y quitaría los pecados del mundo. Llegaron, así, a ser hombres y mujeres libres, nuevas criaturas, por medio de la fe en el Mesías que vendría. La esperanza de todos los tiempos ha sido siempre la prometida venida del Señor.

Dios guió a los miembros de iglesia del Antiguo Testamento enviándoles instrucciones por medio de los profetas. Moisés fue el primer escritor a quien Dios usó a fin de dejar instrucciones permanentes para su iglesia, y para registrar por escrito las experiencias del pueblo en beneficio de las generaciones futuras. Esos escritos inspirados se leían a las congregaciones en los días sábados y en otras ocasiones especiales. Los escritos de esos profetas son conocidos hoy con el nombre de Antiguo Testamento.

2. La iglesia del Nuevo Testamento

La iglesia del Nuevo Testamento recibió, o heredó, sus creencias fundamentales de la iglesia del Antiguo Testamento. Aceptó la Ley de Dios como regla y estilo de vida. Como Jesús sabía que algunos pensarían que había venido para reemplazar, anular o cambiar las enseñanzas del Antiguo Testamento y la Ley, dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mat. 5:17).

Al igual que la iglesia del Antiguo Testamento, la iglesia del Nuevo Testamento amaba y reverenciaba la Ley de Dios. Pablo declaró: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Rom. 7:22).

La iglesia del Nuevo Testamento tuvo el privilegio de tener entre ella, en forma humana, al Señor de la gloria. Desafortunadamente, muchos de los miembros de iglesia del Nuevo Testamento, aunque estudiaban las Escrituras, estaban tan rodeados de paredes de tradición que erraron, al no aceptar a Jesús como el Salvador del mundo. Los apóstoles continuaron predicando el mensaje de que “en ningún otro hay salvación: porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech. 4:12).

La iglesia apostólica fue organizada luego de la ascensión de Cristo, y el apóstol Santiago llegó a ser el primer presidente general. La iglesia tenía un fuerte programa de evangelización. Además de los Doce, encontramos a Pablo, quizás el más grande evangelista de todos los tiempos, y a Bernabé, Silas, Juan Marcos, Apolos, Timoteo, Tito, etc. También los diáconos fueron elegidos como oficiales (dirigentes o funcionarios ejecutivos) de la iglesia apostólica.

Parece que la sede central u oficinas de la iglesia primitiva estaban ubicadas en Jerusalén, pero los apóstoles y los maestros (quienes enseñaban la doctrina) habían recibido la orden de ir “por todo el mundo” y predicar “el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15).

Esos oficiales de la iglesia primitiva escribieron por inspiración divina los Evangelios y las Epístolas, no solamente para beneficio de la iglesia de sus días, sino también para la iglesia cristiana de los siglos venideros.

Pocas semanas después de haber ascendido el Señor a los cielos, los miembros de iglesia del Nuevo Testamento comenzaron a sufrir persecuciones. Los discípulos fueron encarcelados por predicar; Esteban fue el primer mártir. A medida que el cristianismo se difundía por el Imperio Romano, la iglesia entraba en contacto con el paganismo, y los seguidores de Jesús eran muchas veces encarcelados, torturados y muertos. La época más oscura de la persecución se extendió entre el año 100 y el 300 de nuestra era. Pero como la espada no logró exterminar a la iglesia cristiana, el enemigo de las almas utilizó otro método de ataque: intentó unir a la Iglesia con el Estado, haciéndola popular e introduciendo en aquella ceremonias y ritos paganos.

Así se fueron infiltrando, poco a poco, falsas enseñanzas. Y a medida que los cristianos se iban haciendo ricos y poderosos, tanto en el mundo de los negocios como en el Gobierno, la fe primitiva, pura y sencilla, se fue perdiendo. En el año 476, las tribus bárbaras del norte derribaron al Imperio Romano, y en la lucha que siguió, la cabeza de la iglesia que estaba en Roma, conocida como el “obispo de Roma”, se engrandeció y se convirtió en cabeza de toda la iglesia.

La Biblia no fue colocada en las manos de los miembros de iglesia, en parte porque en esos tiempos solo existían copias manuscritas; pero principalmente porque aquellos que dirigían la iglesia tenían temor de que la gente estudiara las Sagradas Escrituras y descubriera que algunas doctrinas de la iglesia –tales como la de la inmortalidad del alma, la adoración de los santos, la existencia del purgatorio y la observancia del domingo– no habían sido enseñadas por el Señor Jesucristo.

La Iglesia Católica Romana sostiene que fue ella que cambió el día de adoración del sábado, séptimo día de la semana, al domingo, primer día de la semana. La historia y la Biblia muestran que la observancia del domingo, como institución cristiana, provino del paganismo introducido en la iglesia.

A pesar del compromiso con el error y la apostasía que se introdujeron en la iglesia, siempre hubo un grupo, o remanente, fiel que tenía la fe de Jesús y guardaba los Mandamientos de Dios.

3. La iglesia de la Edad Media, o Edad Oscura

En el siglo VI, los obispos de Roma ya ejercían el poder sobre la mayoría de las iglesias cristianas. Ese fuerte sistema de jefatura llegó a conocerse con el nombre de papado, con el Papa como su jefe. En el año 538, el poder del Papa llegó a ser supremo y gobernó durante 1.260 años, tal como había sido predicho por Daniel y Juan en sus libros proféticos. Este período de supremacía papal terminó en 1798, cuando el Papa fue tomado prisionero.

Utilizando la fuerza de la autoridad secular, la iglesia obligó a los seguidores de Jesús a escoger entre aceptar las falsas doctrinas y las ceremonias paganas del catolicismo o sufrir el encarcelamiento, y quizá la muerte, a manos de la espada o de la hoguera. A este largo período de la historia se lo conoce con el nombre de Edad Media, o Edad Oscura. Como dijo un historiador, “el mediodía del papado fue la medianoche del mundo” (J. A. Wylie, citado en El conflicto de los siglos, p. 64).

“Aunque sumida la Tierra en tinieblas durante el largo período de la supremacía papal, la luz de la verdad no pudo apagarse por completo. En todas las edades hubo testigos de Dios, hombres que conservaron su fe en Cristo como único mediador entre Dios y los hombres, que reconocían la Biblia como única regla de su vida y santificaban el verdadero día de reposo. Nunca sabrá la posteridad cuánto debe el mundo a esos hombres. Se los marcaba como herejes, los móviles que los inspiraban eran impugnados, su carácter difamado y sus escritos prohibidos, adulterados o mutilados. Sin embargo, permanecieron firmes, y de siglo en siglo conservaron pura su fe, como herencia sagrada para las generaciones futuras” (El conflicto de los siglos, p. 66).

4. La iglesia de la Reforma

“En los países que estaban fuera de la jurisdicción de Roma, existieron por muchos siglos grupos de cristianos que permanecieron casi enteramente libres de la corrupción papal... Creían estos cristianos en el carácter perpetuo de la Ley de Dios, y observaban el sábado del cuarto Mandamiento. Hubo en el África Central y entre los armenios del Asia iglesias que mantuvieron esta fe y esta observancia.

“Mas entre los que resistieron las intrusiones del poder papal, los valdenses fueron los que más sobresalieron. En el mismo país donde el papado asentara sus reales fue donde encontraron mayor oposición su falsedad y corrupción...

“Los valdenses se contaron entre los primeros de todos los pueblos de Europa que poseyeron una traducción de las Santas Escrituras...Tras los elevados baluartes de sus montañas, refugio de los perseguidos y oprimidos en todas las edades, hallaron los valdenses seguro escondite. Allí se mantuvo encendida la luz de la verdad en medio de la oscuridad de la Edad Media. Allí, los testigos de la verdad conservaron por mil años la antigua fe” (ibíd., pp. 68-71).

Juan Wiclef “fue el heraldo de la Reforma no solo para Inglaterra, sino para toda la cristiandad. La gran protesta que contra Roma le fue dado lanzar, no iba a ser nunca acallada...

“Cuando la atención de Wiclef fue dirigida a las Sagradas Escrituras, se consagró a escudriñarlas con el mismo empeño que había desplegado para adueñarse por completo de la instrucción que se impartía en los colegios...

“Dios le había señalado a Wiclef su obra. Puso en su boca la palabra de verdad y colocó una custodia en derredor suyo, para que esa palabra llegase a oídos del pueblo. Su vida fue protegida, y su obra continuó hasta que hubo echado los cimientos para la grandiosa obra de la Reforma.

“Wiclef fue uno de los mayores reformadores” (ibíd., pp. 85-100).

Juan Huss fue uno de los miembros de la iglesia de la Reforma que leyó y creyó en los escritos de Juan Wiclef. Al ordenarse como sacerdote, denunció las enseñanzas de la iglesia que no tenían base bíblica y su predicación despertó el interés de cientos de estudiantes de toda Bohemia y Alemania. Huss terminó siendo condenado a la hoguera, tal como lo fuera Jerónimo, que había sido su compañero y apoyo.

Pero el empuje mayor de la iglesia del período de la Reforma surgió como resultado del valor y la fe de Martín Lutero. A los 21 años, ya era un erudito consumado. Leyó la Biblia en latín, la primera que había visto, y memorizó porciones de ella. A través de una experiencia dramática, llegó a la comprensión de que el “justo vivirá por la fe”.

El 31 de octubre de 1517 clavó en la pesada puerta de madera de la iglesia del castillo de Wittenberg una lista con 95 tesis, o declaraciones doctrinarias. Más tarde, esas tesis fueron impresas y esparcidas por toda Europa. Cuando se le pidió que se retractara, respondió: “Yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!” (ibíd., pp. 170, 171).

La iglesia de la Reforma se expandió gracias a la traducción de la Biblia al alemán, realizada por Martín Lutero.

Felipe Melanchton era un amigo íntimo de Lutero, y profesor también en la Universidad de Witenberg. Ayudó a redactar la Confesión de Augsburgo, que marcó un punto culminante de la Reforma protestante.

Juan Calvino, francés, apoyó a los hugonotes. Desde Ginebra, en Suiza, donde vivía, salieron muchos estudiantes que fueron luego a España, Inglaterra y otros países, donde apoyaron la Reforma. Uno de sus más entusiastas alumnos fue Juan Knox, cuya prédica conmovió los cimientos de la apostasía en Escocia.

Ulrico Zuinglio fue el reformador en Suiza en la época de Lutero. Era pastor de la catedral de Zurich. Suiza llegó a ser un modelo de paz y de orden como nación y centro protestante.

En Escandinavia también prosperó la Reforma. Los hermanos Petri tradujeron la Biblia al sueco, y Suecia se convirtió en un país protestante. Juan Tausen predicó el mensaje de la Reforma en Dinamarca, y como resultado de su obra y de la traducción de la Biblia al danés, hecha por Pedersen, Dinamarca se volvió protestante.

La iglesia de la Reforma fue ayudada por medio de posteriores traducciones de la Biblia a otros idiomas. Guillermo Tyndale y la invención de la prensa dieron a la gente común de Inglaterra la Biblia en su propio idioma. La Biblia libertó a hombres y a mujeres en numerosos países. La Palabra de Dios disipó la oscuridad; la ignorancia fue reemplazada por las Escrituras. Más tarde, reformadores como Juan Wesley llevarían las verdades evangélicas a alturas más prominentes.

5. La iglesia de los Padres Peregrinos

El 16 de septiembre de 1620, unos cien peregrinos, hombres y mujeres de fuerte voluntad y profundo fervor religioso, e impulsados por el intenso deseo de disfrutar de libertad religiosa, se embarcaron en un navío llamado Myflower y se dirigieron a lo que hoy se conoce como los Estados Unidos de Norteamérica. Su osadía abrió el camino para otros amantes de la libertad, como Roger Williams. Williams llegó a ser fundador de la colonia de Rhode Island, el primer grupo que se estableció en aquellos parajes con una forma de gobierno republicana y libertad religiosa total.

6. La iglesia de los primeros misioneros

Al inglés Guillermo Carey (1761-1834) se lo conoce como el padre de las misiones modernas. En su juventud trabajaba como zapatero, y en la pared de su taller tenía un gran mapamundi. Este zapatero se sintió, un día, inspirado a viajar a tierras extranjeras, inducido por los relatos de viajes del capitán Cook.

Como resultado de un sermón que predicó a un grupo de ministros, se formó la primera sociedad misionera, y él mismo se embarcó, yendo a la India como primer misionero a tierras extranjeras. A pesar de las dificultades y las frustraciones que tuvo que soportar, encontró tiempo para traducir porciones de las Escrituras y colocar los cimientos de las misiones modernas.

A principios del siglo XIX, las iglesias protestantes llegaron a tener una conciencia misionera. Como resultado, empezaron a surgir en muchos países sociedades dedicadas a sostener las misiones extranjeras. En Inglaterra y los Estados Unidos se establecieron no menos de siete sociedades durante el cuarto de siglo que siguió al establecimiento de la primera sociedad misionera de la iglesia en 1799. Había empezado la era de las misiones modernas. Entre los que sufrieron privaciones y pérdidas por su afán de extender el evangelio, se cuentan los siguientes nombres:

Guillermo Carey –Primer misionero a la India.

Robert Morrison –Preparó un diccionario Inglés-Chino y publicó la Biblia.

Adoniram Judson –Tradujo la Biblia al birmano y también trabajó en la India.

David Livingstone –Abrió el continente africano al cristianismo.

Robert Moffat –Fue pionero en el África.

John Williams –El primero en trabajar en el Pacífico, con el barco “El mensajero de paz”.

John G. Paton–Trabajó en las islas del sur del Pacífico y su vida fue amenazada 53 veces por los caníbales.

7. La iglesia del advenimiento

La extraordinaria doctrina apostólica de la segunda venida de Cristo, el reavivamiento del interés en este evento producido por la predicación de los reformadores, y las señales que se iban cumpliendo y que indicaban la proximidad del retorno del Señor, constituyeron el trasfondo que dio ímpetu a la predicación de la doctrina de la Segunda Venida a principios del siglo XIX. La obra de Guillermo Miller fue importantísima en este movimiento. Pero también hubo otros hombres, en diversos países, a quienes Dios suscitó para que se levantaran y predicaran con vigor y entusiasmo la verdad de la inminente venida del Señor Jesús.

Su venida a la Tierra por segunda vez como Rey de reyes y Señor de señores, fue anunciada por los profetas del Antiguo Testamento y se repite insistentemente, en forma recurrente, en todo el Nuevo Testamento. La esperanza del regreso de Cristo fortaleció y sostuvo a los cristianos durante la época de iglesia de la Edad Oscura, a través de siglos de persecución y martirio. Los reformadores creían en las profecías que hablan de este evento, y expresaron su certidumbre de que no pasaría mucho tiempo antes de que Jesús volviera a esta Tierra. Pero, al llegar al siglo XIX descubrimos que el tema de la Segunda Venida se convierte en un tema dominante en muchos sectores de la iglesia, y que dicho tema fue responsable de un gran despertar religioso: el despertar adventista. Este aspecto emocionante de la historia de la iglesia será presentado en detalle en el próximo capítulo.

8. La iglesia del remanente

El término remanente es una palabra bíblica que describe, denomina, apellida y designa a la iglesia de Cristo en el último período de la historia de esta Tierra. Al igual que un retazo de tela es el último pedazo de una pieza de tela, así la iglesia remanente es la última parte de la iglesia a través de las edades. Y así como el último pedazo, o retazo, de una pieza de tela es idéntico a la tela del principio de la pieza, así también la iglesia remanente es la misma verdadera iglesia que Dios ha tenido en el mundo desde el comienzo de los tiempos.

En el libro del Apocalipsis, el apóstol Juan menciona las siguientes características de la iglesia remanente (memorizar los textos y sus referencias):

a. Guarda los Mandamientos de Dios (Apoc. 12:17).

b. Tiene el testimonio de Jesús, es decir, el Espíritu de Profecía (Apoc. 12:17; 19:10).

c. Proclama el mensaje de los tres ángeles a cada nación, tribu, lengua y pueblo (Apoc. 14:6-11).

d. Llama la atención de la gente a la hora del juicio de Dios (Apoc. 14:7).

e. Anuncia que la Babilonia espiritual ha caído (Apoc. 14:8).

f. Previene, alerta, a hombres y a mujeres sobre los resultados de recibir la marca de la bestia (Apoc. 14:9-11).

g. Tiene la paciencia, o perseverancia, de los santos (Apoc. 14:12).

h. Tiene la fe de Jesús (Apoc. 14:12).

La iglesia remanente debe defender, contender y luchar “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). O, como dice la Biblia de Jerusalén, “combatir por la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez y para siempre”. El apóstol nos exhorta “a defender con firmeza la verdad que Dios, una vez y por todas, dio a su pueblo para que la guardara inmutable a través de los años” (versión La Biblia al día). En otras palabras, la iglesia remanente debe continuar la obra de restauración iniciada por la Reforma protestante. Debe iniciar de nuevo la “Protesta”, aun entre los mismos protestantes, conduciendo a hombres y a mujeres a protestar en contra de la sustitución de la verdad bíblica por la tradición de los hombres. Debe proclamar la reforma anunciada y bosquejada en la Palabra de Dios, para que la gente pueda caminar a la luz de la Palabra de Dios, en vez de hacerlo a la luz de las enseñanzas de los hombres.

Dios, en su designio, ordenó, o suscitó, un movimiento que precisamente antes de la segunda venida de Jesús predicaría el evangelio eterno y el mensaje de los tres ángeles en todo el mundo. Así como Juan el Bautista fue el heraldo, o precursor, del primer advenimiento de Cristo, así la iglesia remanente debía ser, según planes trazados por Dios, el heraldo de su Segundo Advenimiento. Las Escrituras dicen que “hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan” (Juan 1:6), a quien Dios envió como testigo de que Jesús era la luz verdadera. La Biblia además dice que habría una iglesia remanente enviada también por Dios.

Las enseñanzas de la Iglesia Adventista armonizan con las de la iglesia cristiana a través de los siglos. A medida que estudies la Biblia, descubrirás que verdades tales como la salvación por la gracia a través de la fe, el Juicio, la santidad del sábado, o séptimo día de la semana, el bautismo por inmersión, el diezmo, el don de profecía, el Segundo Advenimiento, el estado inconsciente del hombre durante la muerte, la separación del mundo, por mencionar solo algunas, fueron todas ellas enseñanzas sostenidas por la iglesia en otras épocas. El mismo Señor Jesús, que es nuestro ejemplo supremo, fue bautizado por inmersión, guardó el sábado como día de reposo, enseñó la santidad del matrimonio y la responsabilidad de devolver el diezmo, y alertó a los hombres acerca del Juicio venidero. Todas estas son enseñanzas de la Iglesia Adventista en nuestros días.

El Señor tiene ovejas en todas las religiones. Esas ovejas son aquellas personas que caminan y viven a la luz de su Palabra, a medida que la comprenden. Cuando el corazón honesto comprenda el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14, lo obedecerá. Juan dice que llegará el día cuando aquellas ovejas que están todavía dentro de la Babilonia espiritual saldrán de ella (Apoc. 18:4). Dios quiere que sus ovejas se unan a la iglesia remanente, para que puedan llegar a ser testigos de la verdad y que estén listos y esperando la venida de Jesús.

Tú tienes el privilegio de ser miembro de la iglesia remanente. Tienes mucha luz, y por eso Dios te ha dado la responsabilidad de vivir bajo esa luz. En los siguientes capítulos, presentaremos un bosquejo de la historia de la iglesia remanente. A medida que avancemos, sentirás que Dios ha estado guiando a la organización y las actividades de la iglesia remanente. Decídete hoy a ser, por la gracia de Dios, un verdadero representante de esta iglesia, un representante que honestamente pueda cantar: “Dame la fe de mi Jesús, / es mi oración, oh buen Señor, / la fe que al alma da la paz, / la fe que salva del temor; / fe de los santos galardón, / gloriosa fe de salvación” (Himnario Adventista, Nº 371).

Capítulo 2
Heraldos del mensaje del Segundo Advenimiento (1755-1843)
A. Tres señales espectaculares

Tres señales naturales, ocurridas en el mundo natural en 1755, 1780 y 1833, indicaron, señalaron y apuntaron dramáticamente hacia la segunda venida del Señor.

 La primera se conoce como el sorprendente “terremoto de Lisboa”, por haber tenido allí su epicentro, aunque afectó grandes zonas de Europa y África. Se sintió tan al norte como Suecia y Noruega, y tan al oeste como Groenlandia, América del Norte y las Antillas. En total, abarcó una región de casi 7 millones de kilómetros cuadrados. Muchas personas corrían de un lado para el otro, gritando: “¡Llegó el fin del mundo! ¡Llegó el fin del mundo!” El terremoto del 1º de noviembre de 1755 cumplió la profecía de la apertura del sexto sello, registrada en Apocalipsis 6:12 y 13.

 Veinticinco años después de este terremoto, se oscureció el sol, como cumplimiento de otra extraordinaria señal. Jesús había predicho este suceso en el Monte de las Olivas, cuando prenunció a sus discípulos: “Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor” (Mar. 13:24). El período profético de 1.260 años, al que Jesús hizo referencia al decir “en aquellos días”, terminó en 1798; pero la persecución, tal como la profecía lo predijo, fue acortada como resultado de la Reforma protestante. Esto sucedió por medio de un decreto de la emperatriz María Teresa, y las Actas de Tolerancia de 1773 a 1776. Por tanto, de acuerdo con la profecía, el oscurecimiento del sol tendría que suceder después de estas fechas y antes de que terminaran los 1.260 años en 1798. Y, efectivamente, ese fenómeno ocurrió el 19 de mayo de 1780, y quedó registrado en la historia como “el día oscuro”.

Los periódicos de ese día relatan las circunstancias extrañas del evento, que ocurrió en los Estados del nordeste de Norteamérica. Un año más tarde, Noé Webster escribiría: “Jamás se dio una razón satisfactoria para explicar la causa de ese oscurecimiento”. Quienes describen la oscuridad de la noche de ese día, noche de luna llena, dijeron que “si cada cuerpo luminoso del universo hubiese sido eliminado de su existencia, ni aun así la oscuridad podría haber sido tan completa”. Un médico que visitaba a sus pacientes cuando ocurrió el fenómeno, dijo que no podía ver el pañuelo blanco colocado ante sus ojos. La oscuridad era tan densa que parecía poder palparse.

Este fenómeno tuvo un efecto solemne sobre los hombres, las mujeres y los niños. Las iglesias abrieron sus puertas para realizar reuniones de oración, ya que la gente creía que había llegado el día del Juicio final. Luego de la medianoche, la oscuridad desapareció, y apareció la luna llena con apariencia de sangre.

 Jesús predijo, también, una gran caída de las estrellas. Esa fue otra de las señales en el reino atmosférico, o cielos, para que todos pudieran observarla. De acuerdo con lo que dice Juan en el Apocalipsis, las estrellas caerían del cielo en todas direcciones, “como la higuera deja caer sus higos” (Apoc. 6:13). Este suceso tuvo lugar el 13 de noviembre de 1833 (en el hemisferio occidental, y se repitió pocos días después, el 25 de noviembre, sobre Europa), apenas dos años después de que Guillermo Miller comenzara a predicar la inminencia de la segunda venida del Señor Jesús.

Estas lluvias de meteoritos, “cuya semejanza no encuentra parangón ni fue registrada en los anales de los relatos históricos”, también fueron consignadas por los diarios locales. La primera fue descrita como “torrentes de fuego que descendían del cielo”, y “caían tan espesamente como flecos de nieve en una tempestad de nieve”. La segunda fue reseñada “como lluvia de fuego.... tornando la noche tan clara que las personas pensaban que las casas cercanas estaban en llamas. Los caballos, asustados, corrían y se caían al suelo. Hubo escenas de histeria y mucho miedo”.

Estas tres espectaculares señales en el mundo natural, o fenómenos atmosféricos, ocurrieron por la voluntad divina, con el propósito de llamar la atención de hombres y mujeres a la verdad de la proximidad del fin del mundo. Estas señales dieron un gran empuje a la predicación de las doctrinas adventistas.

B. Tres ángeles singulares

Cuando el reloj de Dios señaló la hora de dar el último mensaje de advertencia a un mundo que perecía, se descubrió que ese hecho histórico estaba profetizado y simbolizado por tres ángeles poderosos. Dios podría haber enviado a la Tierra, para proclamar el mensaje desde las cimas de las montañas, a seres celestiales en persona, rodeados de un deslumbrante resplandor. Pero ese no era su plan. Esos ángeles son símbolo de hombres, de mensajeros. A los miembros de la iglesia de Dios en nuestros días se les ha confiado pregonar el mensaje de estos tres ángeles, y el Espíritu Santo les da el poder para proclamarlo al mundo.

Estos tres mensajes contienen, en sí mismos, muchas doctrinas, pero pueden resumirse de la siguiente manera:

1. El mensaje del primer ángel pide a los hombres que sean leales a Dios, el Creador de los cielos y de la Tierra; y los alerta, o previene, de que la hora del Juicio ha comenzado.

2. El mensaje del segundo ángel declara que la Babilonia espiritual ha caído.

3. El mensaje del tercer ángel advierte a los hombres y las mujeres, que viven en la época de la iglesia remanente, en contra del peligro de recibir la marca de la bestia.

Los libros proféticos de Daniel y Apocalipsis tienen un significado especial para el último período de la historia del mundo, y quienes viven hoy hacen bien en estudiarlos detenidamente. Los mensajes de los tres ángeles de Apocalipsis 14 resumen algunas de las enseñanzas especiales de ambos libros. Esas enseñanzas, o doctrinas, deben ser proclamadas por los miembros de la iglesia remanente, para que quienes viven en estos últimos días puedan decidirse por la verdad, en vez de ser atrapados en las trampas de la tradición.

C. Embajadores adventistas en América del Norte

1. Guillermo Miller (1782-1849)

Fue el predicador más destacado de la doctrina de la segunda venida de Cristo durante la primera mitad del siglo XIX. Debido a que era el mayor de 16 hermanos, no pudo recibir una buena educación académica; pero su deseo por adquirir conocimiento lo llevó a estudiar por sí mismo y convertirse en un autodidacta. Con el tiempo, y debido a su relación con incrédulos en los círculos políticos, llegó a ser deísta, aunque no estaba totalmente persuadido de esa posición y todavía tenía cierta fe en la Biblia. Luego, de forma casi milagrosa, pasó del deísmo a una fe total en Dios y en la Biblia, lo que hizo que sus amigos deístas lo desafiaran en cuanto a su incuestionable fe en la Biblia. Con el fin de vindicar su nueva fe, se dedicó a estudiar cuidadosamente la Biblia durante varios años. En ese proceso, llegó a sentir la convicción de la cercanía del advenimiento del Señor.

Sus estudios se extendieron intensivamente desde 1816 hasta 1831, y cuanto más estudiaba, más se convencía de que debía compartir con los demás sus notables e importantes descubrimientos. A los cincuenta años, y sin preparación en el arte de hablar en público, resistía el impulso de contar a otros lo que había descubierto y aprendido. Sin embargo, y como una forma de aliviar su carga, prometió a Dios que predicaría si le ofrecían la oportunidad de hacerlo. Un sábado de mañana, en el mes de agosto de 1831, mientras estudiaba la Biblia en su finca situada cerca del límite entre Nueva York y Vermont, llegó su sobrino, Irving Guilford, con el mensaje de que el pastor bautista de su pueblo (Poultney, en Vermont) no estaría ese domingo, y que su padre lo enviaba para invitarlo a que fuera y predicase en el culto sobre el tema del Segundo Advenimiento.

Desde entonces, Guillermo Miller predicó ininterrumpidamente en las comarcas rurales cercanas a su casa. La gente iba a escucharlo desde todos los distritos, y le llovían invitaciones para predicar. Predicaba acerca de las señales de la Segunda Venida: mencionaba la señal, ya cumplida, del día oscuro del 19 de mayo de 1780, y su mensaje fue respaldado por la caída de estrellas del 13 de noviembre de 1833. Su amistad con Josué V. Himes, de Boston, hizo que le llegaran invitaciones para predicar también en las ciudades. Comenzó predicando en Nueva York, en 1840, y continuó en otras importantes ciudades, estimándose que unas cien mil personas aceptaron sus enseñanzas.

Miller había estudiado la profecía de los 2.300 días de los capítulos 8 y 9 de Daniel, y estaba convencido de que la purificación del Santuario era la purificación de la Tierra por medio del fuego, en ocasión de la segunda venida de Cristo. Aunque predicaba mucho acerca de la Segunda Venida, no aceptó fijar una fecha determinada hasta fines de 1844, aunque en enero de 1843 había dicho que Cristo vendría en algún momento entre marzo de 1843 y marzo de 1844.

Cuando Guillermo Miller y otros comenzaron a predicar el mensaje de las profecías, los dirigentes de las iglesias protestantes se disgustaron. A partir de la última parte de 1843 y durante 1844, muchos de aquellos que creyeron en el mensaje del pronto advenimiento del Señor en gloria y majestad fueron expulsados o borrados de las iglesias a las que pertenecían, amaban y querían ayudar. Entre quienes fueron desfraternizados, se encontraba Roberto Harmon (padre de la que luego sería Elena de White) y su familia. La oposición a los que aceptaban este mensaje se fue haciendo cada vez más fuerte, y en 1844 era ya evidente que las iglesias protestantes habían rechazado el mensaje del primer ángel, tal como había sido proclamado por los predicadores adventistas.

Aunque 1843 y 1844 pasaron y Jesús no vino, la fe de Guillermo Miller no se resintió. Continuó predicando la verdad de la Segunda Venida hasta finalizar su ministerio público en 1845, y falleció en 1849. Durante toda su vida, Miller fue un líder en la obra de Dios y un agudo estudiante de la Biblia; sin embargo, no alcanzó a vislumbrar la verdad de la santidad del sábado.

En diez años, Guillermo Miller predicó más de tres mil veces, en unos mil lugares diferentes. En 1848, el veterano obrero quedó ciego, y al año siguiente murió, confiando en la esperanza del pronto regreso del Salvador. Recibió poca retribución monetaria por sus labores, pero su nombre está ligado inseparablemente al movimiento adventista; fue el líder del movimiento del cual hoy nosotros formamos parte.

A fines de 1842 dio a conocer al mundo su credo, que en su mayor parte representaba la fe de todos los creyentes adventistas. Así estableció sus convicciones:

“(1) Creo que Jesucristo volverá de nuevo a esta Tierra.

“(2) Creo que vendrá en la gloria de su Padre.

“(3) Creo que vendrá en las nubes de los cielos.

“(4) Creo que entonces recibirá su Reino; Reino que será eterno.

“(5) Creo que los santos poseerán entonces el Reino para siempre.

“(6) Creo que, en ocasión de la segunda venida de Cristo, el cuerpo de cada santo fallecido resucitará así como resucitó el glorioso cuerpo de Cristo.

“(7) Creo que los cuerpos de los justos que vivan en la Tierra cuando él venga, serán transformados de mortales a inmortales, y juntamente con los justos fallecidos que resucitaron, serán arrebatados para encontrarse con el Señor en el aire, y estarán para siempre con el Señor.

“(8) Creo que entonces los santos serán presentados a Dios sin ninguna falta, mancha, ni arruga, en amor.

“(9) Creo que cuando Cristo regrese, vendrá para terminar con la controversia de Sión, para liberarlos del poder del tentador, es decir, del demonio.

“(10) Creo que cuando Cristo venga destruirá los cuerpos de todos los impíos que estén vivos por medio del fuego, tal como destruyó a los impíos de la antigüedad por medio del agua, y que sus almas quedarán encerradas en el infierno hasta que resuciten para condenación.

“(11) Creo que luego de que la Tierra sea purificada por el fuego, Cristo y sus santos tomarán posesión de ella y morarán para siempre en ella.

“(12) Creo que Dios ha señalado el momento en que todas estas cosas sucederán.

“(13) Creo que Dios ha revelado cuándo será ese momento.

“(14) Creo que muchos que son profesores y predicadores nunca creerán o conocerán ese momento hasta que llegue.

“(15) Creo que los entendidos, los que brillan como las estrellas del firmamento (Dan. 12:3), conocerán el tiempo.

“(16) Creo que todos los que deseen comprender y estar preparados para su Venida, conocerán el tiempo. Y estoy completamente convencido de que en algún momento entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844, de acuerdo con el método judío de computar el tiempo, Cristo vendrá y llevará a todos sus santos con él; y que entonces recompensará a cada uno según sus obras” (Life of William Miller, pp. 170-173).

Guillermo Miller ha sido llamado apropiadamente “el lucero de la mañana del movimiento adventista”, porque:

a) Recomendó y encareció que se predicara el mensaje del primer ángel.

b) Proclamó el evangelio con tal vigor y fervor, que nuestra obra fue conocida durante algunos años como “milerismo”, y sus seguidores fueron llamados mileritas.

2. Josué V. Himes (1805-1895)

Es considerado el segundo más descollante predicador adventista en América del Norte. Nació en Rhode Island, y su padre quería que fuera ministro de la Iglesia Episcopal. Sin embargo, un gran desastre financiero obligó al padre a colocarlo como aprendiz en la casa de un ebanista. No obstante, su interés en la iglesia aumentó, y a los 22 años llegó a ser pastor de la Iglesia Cristiana.

Himes y Miller se conocieron en Exeter, New Hampshire, en 1839 (Miller tenía 57 años). Josué quedó tan impresionado con los sermones de Miller, que lo invitó a hablar en la iglesia que pastoreaba en Boston. Los dos hombres se convirtieron en compañeros, en la tarea de predicar la esperanza del adventismo en los Estados Unidos.

Después de escuchar a Miller, Himes lo confrontó con dos preguntas: “¿Cree usted en serio esta doctrina?” Miller le respondió: “Sí”. Himes preguntó de nuevo: “¿Qué está haciendo usted para esparcirla en todo el mundo?” Miller le aseguró que estaba haciendo todo lo que podía, dentro de sus limitadas posibilidades. Himes no le discutió, pero insistió en que el mensaje apenas era conocido en la nación; a lo que Miller replicó: “¿Qué puede hacer un viejo campesino como yo? Nunca había hablado antes en público. Estoy solo. Aunque trabajé mucho y vi a muchas personas convertidas a Dios y a la verdad, aun así nadie parece haber captado el objetivo y el espíritu de mi misión, hasta el punto de serme una ayuda eficaz. Los pastores quieren que yo predique y que confirme sus iglesias; pero allí termina todo, en la mayoría de los casos. He estado buscando ayuda. Necesito ayuda”.

Para Josué Himes, que ya había aceptado los puntos de vista de Miller, había solo una cosa que hacer. Él respondió: “Me pongo a mí mismo, y pongo a mi familia, a la sociedad y mi reputación, todo, en el altar de Dios para ayudarlo con todas mis facultades, hasta el fin”.

Josué V. Himes comenzó a publicar en 1840, en Boston, la primera revista del movimiento, que tituló Sings of the Times (Señales de los tiempos). Posteriormente aparecieron otras, entre ellas, The Midnight Cry (El Clamor de Medianoche), editada en Nueva York (1842), que llegó a tener una tirada diaria de diez mil ejemplares durante sus primeras cuatro semanas, para pasar luego a una edición semanal. Las reuniones campestres, a las que asistían miles de personas, fueron un importante elemento en la propagación del mensaje.

Himes tenía un carácter extraordinario; era un líder notable, y fue el verdadero promotor y organizador del movimiento milerita. Su contribución al editar la primera revista del movimiento de la Segunda Venida permitió proclamar el mensaje del advenimiento en los Estados Unidos. Su trayectoria después de 1850 no es relevante para lo fines de este manual, porque después del chasco no se unió al grupo de los adventistas del séptimo día, aunque quedó esperando el regreso de Cristo durante toda su larga vida. Murió en 1895.

3. Josías Litch

Durante el tiempo de la predicación de Miller, más de doscientos inistros y quinientos disertantes se unirían a él en la predicación del mensaje del advenimiento. Josías Litch fue uno de los primeros ministros protestantes que aceptó dicho mensaje y lo predicó. Se convirtió al cristianismo a los 17 años, uniéndose a la Iglesia Metodista, de la cual llegó a ser pastor. Al comenzar, en 1838, a leer un libro escrito por Guillermo Miller, le surgieron dudas en cuanto a sus enseñanzas, y pensó que en pocos minutos descubriría sus errores. Pero, tal como luego confesó, “antes de terminar de leerlo me sentí satisfecho, porque los argumentos eran tan claros y bíblicos que era imposible rechazar la posición que el señor Miller había logrado establecer”.

Al principio, tuvo una tremenda lucha para hacer lo que sabía que era correcto, pero poco después se unió valientemente a los predicadores del advenimiento. Publicó un folleto de 48 páginas sobre la Segunda Venida, y colaboró con Miller y Himes predicando en las campañas de evangelización. Colaboró, también, en el staff editorial de la revista adventista Signs of the Times.

4. Carlos Fitch

Pastor de la Iglesia Congregacionalista de Boston, se convenció en 1838 de las creencias adventistas, mediante le lectura del libro de las conferencias de Guillermo Miller. Aunque vaciló durante tres años, finalmente se decidió y empezó a predicar el mensaje del advenimiento.

Contribuyó de cuatro maneras a proclamar dicho mensaje en los Estados Unidos. Como:

a. Predicador. Fue un orador muy popular, y su tema central era: “Prepárate para encontrarte con tu Dios”. Entre los pastores adventistas de aquel tiempo, quizá no hubo ninguno que fuese más querido que Carlos Fitch. Era un predicador persuasivo, con una sonrisa que desarmaba.

b. Escritor. Publicó la revista The Second Advent of Christ (El Segundo Advenimiento de Cristo), que llegó a tener amplia circulación. Por medio de ella, muchos que no podían asistir a sus reuniones recibieron la verdad.

c. Compositor de himnos. Como autor, su intenso amor por el mensaje adventista se refleja en sus himnos.

d. Dibujante. Impresionado por Habacuc 2:2, se sintió inducido a diseñar los carteles proféticos que fueron de tanta ayuda para dar el mensaje en aquellos tiempos (1842 en adelante). De esta manera, introdujo el concepto de lo audiovisual en la evangelización pública.

Los dos incidentes que siguen revelan la sinceridad y el vigor de Ficth en la predicación del mensaje de un Salvador próximo a venir:

Cierta vez, cuando pidió que pasaran al frente los pecadores penitentes, un hombre grande y torpe bajó de la galería, tropezó y casi se cayó, antes de llegar. La congregación comenzó a reír, pero Fitch exclamó: “¡No te aflijas, hermano! Es mejor entrar tropezando al cielo, que caminar derecho al infierno”. Las risas cesaron enseguida.

El 14 de octubre de 1844, volviendo de haber bautizado a un grupo de personas en el lago, se encontró con otros que querían ser bautizados. Al regresar de este segundo bautismo, se encontró con un tercer grupo, a los que también bautizó. Como consecuencia del frío, tuvo un resfrío que se convirtió en neumonía, y murió poco después, solo unos pocos días antes del 22 de octubre, fecha acerca de la cual había predicado tan fervientemente.

5. Jorge Storrs, Silvestre Bliss, S. S. Snow y muchos otros

Storrs y Bliss fueron destacados dirigentes mileritas. Bliss es recordado por sus memorias acerca de Guillermo Miller (escritas en 1853) y por su asociación con Josué Himes. También formó parte del staff editorial de Sings of the Times.

Snow, otro líder milerita, fue el primero que estableció que los 2.300 años de la profecía de Daniel 8:14 terminaban en el otoño del hemisferio norte del año 1844, en lugar de en la primavera, como se creía hasta entonces.

Jaime White, por entonces de 21 años, también realizó campañas evangelizadoras, viajando a caballo en pleno invierno, e informó a sus autoridades de más de mil conversos en tres meses de predicación.

D. Embajadores del mensaje del Advenimiento en otros países

El movimiento del advenimiento comenzó al mismo tiempo en el continente europeo y en el americano, a medida que hombres de Dios eran inducidos a estudiar las profecías bíblicas. Fue providencial que diferentes cristianos, en diversos países, estudiaran independientemente unos de otros las Escrituras y llegaran al convencimiento de que Jesús vendría pronto. Mencionaremos algunos de los hombres que predicaron el mensaje en Europa y otros continentes.

1. José Wolff

Al mismo tiempo que, en los Estados Unidos, Guillermo Miller estudiaba las profecías y sentía que debía predicar el mensaje del primer ángel, José Wolff lo hacía en Europa. Entre 1821 y 1845 viajó por el África, Siria, Persia, la India, la isla de Santa Elena y lo Estados Unidos, donde, en 1837, predicó en Nueva York y muchas otras grandes ciudades.

Considerado un estudioso de los idiomas y el misionero ambulante más notable del mundo, llegó a ser conocido como “el misionero universal”. Nació en Alemania, y era hijo de un rabino judío. A los once años dejó la casa de su padre y salió a recorrer el mundo, para educarse por sí mismo y escoger su religión y su profesión. Se unió a la Iglesia Católica y fue a estudiar a Roma. Pero en aquella iglesia no podían tolerar sus ideas, y pronto fue despedido.

Hablaba catorce idiomas, lo que le facilitó el contacto con gobernantes de muchos países. Sus viajes por el Asia y el África implicaron muchos peligros y escapadas milagrosas. Fue golpeado, le hicieron pasar hambre, lo vendieron como esclavo, y tres veces fue condenado a muerte. Pero, a pesar de todas esas vicisitudes y de muchas enfermedades, Biblia en mano anunció a muchas razas el próximo Reino del Mesías. Fue un gran predicador del Segundo Advenimiento, y aprovechó cada oportunidad para dar el mensaje del Juicio inminente, llamando a hombres y a mujeres al arrepentimiento.

2. Juan A. Bengel

Ministro luterano que a principios del siglo XVIII enseñó en Alemania la verdad de la pronta venida de Jesús, antes de que aparecieran Wolff o Miller. Creía en la libertad de conciencia, y preparó a jóvenes para el ministerio. Falleció en 1752, pero sus escritos lo sobrevivieron, y gracias a ellos ejerció una gran influencia en cuanto a la segunda venida de Jesús, no solamente en Alemania sino también en Rusia. Se dijo de él: “Probablemente ningún otro teólogo continental hizo tanto como él para llamar la atención a las porciones proféticas de la Biblia, en especial las que se relacionan con la segunda venida de Cristo”.

3. Eduardo Irving

Fue un destacado predicador adventista en las Islas Británicas. Poco después de llegar a ser pastor de la iglesia de Escocia (completó sus estudios superiores a los 17 años), empezó a estudiar las profecías y prestó especial atención a las señales de la Segunda Venida. Su estatura (1,95 m) y elocuencia atraían a las clases privilegiadas, incluyendo a un primer ministro. Las iglesias estaban tan llenas, que el ingreso a sus disertaciones debía ser adquirido con seis semanas de antelación. Un clérigo de París, que lo escuchó predicar, le envió una copia del libro de Lacunza: La venida del Mesías en gloria y majestad. Irving (que aprendió castellano para poder leerlo, y luego traducirlo al inglés) se sintió cautivado por el mensaje de la pronta venida y continuó predicándolo con fervor. Fue participante clave en las conferencias de Albury, organizadas por Enrique Drummond.

4. Enrique Drummond

Banquero inglés y miembro del Parlamento, dedicó su vida al servicio cristiano. Durante años, ocupó parte de su tiempo en dictar anualmente una serie de cinco conferencias proféticas, donde se estudiaban los libros de Daniel y Apocalipsis. A ellas asistían unos veinte ministros de distintas confesiones religiosas, entre ellos, José Wolff. Estas conferencias proféticas añadieron gran interés a la predicación del mensaje del primer ángel tanto en Inglaterra como en otras partes del mundo. Sobre esto, Irving escribió: “Estábamos muy imbuidos por el único Espíritu de verdad y amor; era como si hubiésemos encontrado el camino de la armonía y la coincidencia en los puntos principales en todas esas cuestiones”.

5. Roberto Winter

Escuchó el mensaje del Segundo Advenimiento al asistir a unas reuniones campestres durante su visita a los Estados Unidos. En 1842 regresó a Inglaterra, donde se dedicó de corazón a predicar la inminencia del Advenimiento. En sus frecuentes cartas a sus amigos de los Estados Unidos, les contaba de sus progresos. En una de ellas, decía: “Predico en las calles con el diagrama profético sujeto a una vara... Nuestros libros vuelan, y están produciendo una gran conmoción en esta enorme ciudad”. Dios bendijo sus humildes esfuerzos con el bautismo de varios miles de conversos.

6. Horacio Bonar y Jorge Müller

Entre los predicadores del mensaje del Advenimiento en Inglaterra, también se encontraban Bonar, el bien conocido autor de himnos, y Müller, director del famoso orfanato de Bristol.

7. Los niños predicadores

Además, Dios usó a los niños para predicar la inminencia de la segunda venida de Cristo, especialmente en Suecia, que es un país confesional donde solo podían predicar los ministros de la iglesia oficial. Sin embargo, ocurrió que cuando a principios de 1840 llegó a Suecia el mensaje del Advenimiento, los clérigos de la iglesia oficial se negaron a predicarlo. Entonces Dios suscitó a niños y a jóvenes, algunos de los cuales todavía no sabían leer, para predicar el mensaje de la hora del Juicio y las profecías concernientes al regreso de Jesús.

Las autoridades hicieron todo lo posible para impedir que los jóvenes siguieran predicando, pero no pudieron. Los acusaron de estar locos y de padecer enfermedades físicas, pero todo fue inútil. Arrestaron a muchos, y algunos hasta fueron castigados físicamente; pero todo fue inútil. Dos de los niños predicadores, Ole Boquist y Erik Walbon, defendieron su fe en la Biblia, y finalmente fueron puestos en libertad por orden del rey. Continuaron predicando del advenimiento hasta 1844.

8. Manuel Lacunza

Sacerdote jesuita, llamó la atención a las profecías de Daniel y Apocalipsis. Nació en Chile, pero cuando se decretó la expulsión de los jesuitas de las colonias españolas se exilió primero en España y después en Italia. No se sentía satisfecho con la interpretación católica de las profecías, de modo que estudió por sí mismo la Biblia. Fue un extraordinario heraldo del Advenimiento dentro de la Iglesia Católica. Sus investigaciones lo llevaron a escribir un libro, que tituló: La venida del Mesías en gloria y majestad. Naturalmente, hubiera sido una imprudencia usar su verdadero nombre como autor del libro, de modo que lo publicó bajo el seudónimo de Juan Josafat Ben-Ezra, hebreo cristiano. A pesar de su laboriosa duplicación, ya que las copias eran hechas a mano, el libro circuló ampliamente y fue traducido al latín y al italiano, además de la edición en inglés hecha por Irving. De este modo, el libro de Lacunza se dio a conocer en Europa e influyó en los que lo leyeron, despertando en ellos el deseo de investigar más lo concerniente a la segunda venida de Cristo.

9. H. Heintzpeter

Director del Museo Real de Holanda y uno de los predicadores más capaces del país, se sintió impelido a estudiar el asunto del Advenimiento mediante un sueño, en el que vio que la venida de Cristo estaba cerca. Lo contó a varios de sus amigos, usando algunos textos bíblicos para probar su afirmación. Entre 1830 y 1842 escribió varios folletos bajo el título general de Un gran suceso mundial, en los cuales exponía sus ideas. Hasta 1842 ignoraba que hubiese otras personas que creyeran en la pronta venida de Cristo. El conocimiento de las doctrinas que predicaba Guillermo Miller no le llegó sino hasta doce años después de haber empezado a publicar dichos folletos.

10. Luis Gaussen

El libro El conflicto de los siglos, en las páginas 413 al 415, resume de manera interesante el trabajo de Gaussen, y dice que él proclamó el mensaje del primer ángel en Francia y Suiza. Natural de Ginebra, se interesó particularmente en estudiar las profecías cuando ya era pastor de una iglesia evangélica. Declaró que las profecías eran la clave de la historia mundial, y al estudiar en forma combinada la historia y las profecías se convenció de que el fin del mundo estaba cerca. Pero ¿cómo podía hacerlo público? Los pastores sostenían que no se podía comprender las profecías de Daniel, y sabía que no aceptarían su descubrimiento. Finalmente, decidió comenzar con los niños. Su plan tuvo éxito, porque las personas mayores acudían a sus conferencias por cientos; algunos, incluso de países extranjeros.

Posteriormente publicó sus lecciones, pero pronto surgió la reacción, y a pesar de ser uno de los predicadores más consagrados y amados en lengua francesa, fue suspendido por usar la Biblia, para enseñar a los jóvenes en lugar del catecismo de la iglesia. Pero siguió haciendo su labor como profesor de Teología.

11. Francisco Ramos Mejía

Vale la pena notar el impacto que el concepto de la Segunda Venida tuvo en otro país, la Argentina. Entre los diversos líderes de ese país que luchaban por la independencia, había varios que llegaron a ser héroes nacionales, y que también eran estudiantes y creyentes en el advenimiento. Ramos Mejía (que murió antes de que Miller comenzara su predicación) se había convencido de que el retorno de Cristo era inminente, y para él la Biblia, y no la tradición, era la regla de fe; la educación era de la mayor importancia (tanto, que fundó escuelas para los indios); los Diez Mandamientos eran la norma para los cristianos (él mismo guardaba el sábado); y estableció la relación correcta entre la fe y las obras.

Además, sería bueno mencionar a Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional; a Domingo Sarmiento, que llegó a ser presidente de la Argentina; y a muchos otros.

Capítulo 3
Surgimiento de la iglesia remanente (1844-1852)
A. El mensaje del segundo ángel

“Otro ángel le siguió, diciendo: Ha caído, ha caído Babilonia, la gran ciudad, porque ha hecho beber a todas las naciones del vino del furor de su fornicación” (Apoc. 14:8).

El mensaje del segundo ángel, mensaje que se uniría al del primero, no parece, a primera vista, tener relación con este. Pero en este capítulo descubriremos que los dos mensajes iban juntos, y que ambos fueron dados en el tiempo exacto, cuando los corazones de la gente los aceptarían. La obra que Dios había planeado hacer mediante estos dos mensajes fue hecha en forma efectiva. El mensaje del segundo ángel fue proclamado principalmente durante el período de “demora”, que se extendió entre marzo y octubre de 1844.

Guillermo Miller empezó su ministerio público en 1831. Alrededor de esa fecha, y también en otras partes del mundo, se escucharon muchas voces que proclamaban la venida de Cristo. Sin embargo, el punto focal de la enseñanza de la inminencia del Advenimiento estaba en el Estado de Nueva Inglaterra, en la esquina nordeste de los Estados Unidos. Al principio, y durante varios años, Guillermo Miller trabajó casi solo. Pero en 1839 y 1840, hombres de influencia y capacidad, como escritores y predicadores, aceptaron la enseñanza y se unieron a Miller en su dedicado evangelismo.

B. Los congresos bíblicos adventistas

Entre 1840 y 1842 se realizó en varias ciudades de Nueva Inglaterra una serie de reuniones, o congresos generales, de los que creían en el advenimiento. Al principio, Guillermo Miller no pudo asistir a esas reuniones. Pero una sola a la que asistió, realizada en su pueblo, lo indujo a unirse al ferviente grupo, formado por hombres cultos y preparados que se habían unido al movimiento, algunos a través de sus enseñanzas y otros, a través del estudio personal.

En esos congresos participaban unos doscientos conductores del movimiento, lo que unificó sus pensamientos y estimuló sus predicaciones. Muchos eran pastores de diversas iglesias, y representaban a la mayoría de las confesiones religiosas populares. Predicaban el mensaje del primer ángel desde los púlpitos de sus propias iglesias, en otras iglesias, en diversas reuniones públicas y en las célebres reuniones campestres. Circulaban muchas revistas sobre el Advenimiento, pero la que más se acercaba a lo que podríamos llamar un órgano oficial del grupo era Signs of the Times. Los asistentes habituales a estos congresos formaron una asociación de creyentes en el Advenimiento, sin que por eso dejaran en manera alguna de ser leales a sus propias confesiones, o congregaciones.

Las doctrinas que comúnmente discutían en esos congresos, y que después enseñaban a la gente, nos resultan familiares:

- La naturaleza o la manera de la venida de Cristo en las nubes de los cielos.

- Las señales de su venida, tales como el día oscuro, la lluvia de estrellas y las condiciones de desorden reinantes.

- Las profecías de Apocalipsis, terminando con los tres ayes y su confirmación, observada en la pérdida de la independencia del Imperio Otomano en 1840.

- Los 1.260 años de dominación papal, que culminaron en 1798, con la cautividad del Papa.

- Otras profecías relacionadas con el tiempo profético.

- Los 2.300 años de Daniel 8:14.

- La interpretación “premilenial” de la venida de Cristo “en algún momento de 1843”.

A pesar de la oposición ocasional, principalmente a la predicación de la enseñanza de la venida de Cristo antes del milenio, los mileritas predicaron y crecieron, manteniendo relaciones amigables con varias confesiones religiosas. Muchos infieles se convirtieron, y la venta de Biblias aumentó notablemente.

En el verano de 1843 del hemisferio norte, Carlos Fitch publicó un sermón que ya había presentado poco antes, en el que aplicaba los textos de Apocalipsis 14:8 y 18:2 al 4 tanto a las iglesias protestantes como a la Católica Romana. Sostenía que ambas ramas del cristianismo habían llegado a ser Babilonia, y que habían caído por haber rechazado los mensajes de la segunda venida de Cristo. Había buenos motivos para esta interpretación, puesto que en esa época muchas iglesias ya habían rechazado la predicación y a los que predicaban el Advenimiento.

En ese mismo verano, el grupo milerita ordenó ministros para predicar el mensaje de la inminente Segunda Venida, y en la revista Signs of the Times se aconsejó a los creyentes en el Advenimiento que se separaran de sus congregaciones. Al mismo tiempo, los dirigentes de las diversas iglesias pidieron a aquellos que simpatizaban con el movimiento milerita que abandonaran sus creencias en el premilenialismo (venida del Señor antes del milenio) o, de lo contrario, serían desfraternizados. Precisamente eso fue lo que pasó con la familia Harmon. Elena Harmon, posteriormente casada con Jaime White, recuerda la experiencia de su familia en el libro Primeros escritos, páginas 11 a 13. Y en el libro Life Sketches, páginas 50 a 53, donde cuenta también esa experiencia, concluye así el relato: “Al domingo siguiente, al principio de la festividad del amor, el anciano que presidía leyó nuestros nombres, siete en total, borrándolos de la lista de la iglesia”.

Cuando algunos de los predicadores del advenimiento comenzaron a aplicar el término “Babilonia” directamente a las iglesias que habían rechazado la doctrina de la hora del Juicio y el regreso de Jesús, entonces comenzó a proclamarse el mensaje del segundo ángel, uniéndose y combinándose con el del primer ángel. En Oswego, Nueva York, se publicó un folleto titulado Ha caído la gran Babilonia. Y en el verano de 1844, por lo menos cincuenta mil creyentes ya se habían separado de sus iglesias, para formar grupos aparte.

C. El clamor de medianoche

Guillermo Miller y otros estudiosos de las profecías trataron de determinar el momento del fin, o cumplimiento, de la profecía de los 2.300 días. Al principio, declararon que ocurriría “en algún momento durante 1843”. Luego, dieron como fecha límite el 21 de marzo de 1844, y después el 18 de abril de 1844, que correspondía al fin del año judaico de 1843. Pero la fecha pasó, sin que nada fuera de lo común sucediera.

Este fue el primer chasco, y significó un golpe duro para los creyentes. A esto le siguió un período de calma, el llamado “tiempo de espera” de la parábola de las diez vírgenes de Mateo 25, tal como se interpretó más tarde dicha experiencia. Después de ese chasco, los investigadores volvieron a sus libros y descubrieron su error: según la profecía, los 2.300 años eran años completos, de modo que para que un suceso comenzado en algún momento del año 457 a.C. cumpliera la profecía, tendría que cumplirse en el mismo momento, pero de 1844, tal como ocurre con nuestra fecha de cumpleaños. Esto había sido mencionado un año antes, pero no le habían prestado mayor atención. De modo que ahora, en el verano de 1844, una nueva explosión de luz iluminó el movimiento adventista, llevándolo hasta su dramático clímax final en el mes de octubre.

En unas reuniones campestres celebradas en agosto de 1844 en New Hampshire, José Bates sintió que recibiría nueva luz. Invitó a Samuel S. Snow a presentar su tema sobre “el clamor de medianoche”. El hombre no solo predicó ese día, sino todos los días hasta que terminaron las reuniones. La gente estaba emocionada, porque la parábola de las diez vírgenes parecía aplicarse exactamente a ellos. El hermano Snow explicó que el pueblo adventista había esperado que el Señor viniera en la primavera de ese año, pero que se habían visto obligados a esperar, tal como ocurrió en la parábola. La profecía de los 2.300 años terminaría en la primavera de 1844, al finalizar el año judío 1843, si el decreto de Artajerjes se hubiera proclamado el primer día del año judío 457 a.C. Pero como el decreto no había sido publicado hasta el otoño de dicho año, la profecía no terminaría hasta el otoño de 1844. Además, un estudio más a fondo del Santuario y su servicio reveló que la purificación del Santuario tendría lugar el décimo día del séptimo mes hebreo, lo cual coincidía con la idea de que los 2.300 años terminarían en el otoño, porque precisamente el décimo día del séptimo mes del calendario hebreo caería ese año el 22 de octubre.

En la parábola de las diez vírgenes, el clamor “he aquí el esposo viene, salid a recibirle”, fue a la medianoche. Precisamente, el mensaje de Samuel Snow, dado a mediados del verano, parecía corresponder con el “clamor de medianoche”. La realidad de esta verdad prendió en los corazones de la gente que asistía a las reuniones campestres, y salió a proclamar a todo lo largo y lo ancho aquellas buenas nuevas. “¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” El “clamor de medianoche” fue dado durante el “tiempo de tardanza”.

Los cincuenta mil creyentes en el inminente Advenimiento estaban tan impresionados con la realidad de que el Señor regresaría en ese entonces, que muchos dejaron de cultivar sus terrenos porque pensaban que el Señor vendría antes del tiempo de la próxima cosecha. Dedicaron todo su tiempo a proclamar el regreso del Señor.

D. El Gran Chasco

A medida que se acercaba el 22 de octubre de 1844, la tensión entre los adventistas aumentaba. Miles de personas estaban totalmente despreocupadas, u observaban los acontecimientos como meros espectadores. Muchos periódicos habían publicado reportajes sensacionalistas en cuanto a los mileritas, pero los reportajes serios y objetivos los describían como gente sincera y devota, seria y tranquila.

Entre los que creían en el Advenimiento, había varias clases de personas. Algunos se habían unido al movimiento por temor; otros rechazaban la exactitud de la fecha, como lo hizo el mismo Guillermo Miller hasta pocas semanas antes del 22 de octubre. Y también había creyentes honestos, la mayoría de los cuales aceptó la fecha y se preparó adecuadamente para encontrarse con Jesús.

Y llegó el día. Los adventistas se reunieron en salones de culto o en sus propias casas. Cantaban himnos o repasaban las evidencias de que el Señor vendría ese día. El día pasó y el sol se puso. Pero todavía seguían teniendo esperanza, porque “no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana” (Mar. 13:35). Finalmente, pasó la noche. Los ojos de los creyentes derramaban lágrimas mientras ofrecían oraciones. Estaban desconsolados, y se preguntaban unos a otros: “¿Habrán fallado las Escrituras?” El estudio diligente que realizaron posteriormente les revelaría que el tiempo del cumplimiento de la profecía era correcto, pero que el suceso que ocurriría había sido interpretado incorrectamente.

Hiram Edson dijo: “Hay un Dios en el cielo. Él se nos ha revelado en bendiciones, en perdón, en redención; y él no nos fallará. Pronto, en algún momento, este misterio será resuelto”.

Muchos mileritas se separaron del grupo tan pronto pasó el chasco, aunque un grupo importante se mantuvo unido durante varios años. Guillermo Miller murió en diciembre de 1849. Algunos de sus colaboradores siguieron fijando fechas durante varios años. Llegaron a ser los llamados “adventistas evangélicos”, que creían en el estado consciente de los muertos y en un infierno que arde eternamente. Gradualmente fueron declinando, hasta su extinción. Otro grupo, que creía en el estado inconsciente de los muertos, pero que seguía guardando el domingo, tomó el nombre de “Cristianos adventistas”; iglesia que todavía existe hoy.

La explosión del chasco produjo otros grupos con diferentes ideas, y algunos cayeron en el fanatismo. Nosotros nos interesaremos, principalmente, en el grupo que incluía a Hiram Edson, José Bates, Jaime White y Elena Harmon, quienes formaron el núcleo de la iglesia remanente. (Jaime White y Elena Harmon Gould se casaron el 30 de agosto de 1846).

Los que formaron parte de ese núcleo original de la iglesia remanente compartieron las amarguras y los sufrimientos del chasco con los demás creyentes. La mayoría de los que se habían reunido en la casa de la finca de Edson para esperar juntos al Señor, se fueron tristes a sus casas la mañana del 23 de octubre. Hiram Edson y algunos amigos íntimos fueron al granero, para tener una sesión de oración, lo cual les dio la seguridad de que el Señor les mostraría el camino.

Después de desayunar, Edson dijo a uno de sus amigos que se había quedado: “Vamos a consolar a los creyentes con esta certidumbre”. Los dos hombres salieron atravesando los maizales sembrados por Edson, y que todavía estaban sin cosechar. Iban meditando, pensando en el chasco. Al llegar aproximadamente al centro del maizal, Edson se detuvo. Le pareció ver el Santuario en el cielo y a Cristo como Sumo Sacerdote, pasando del Lugar Santo al Lugar Santísimo. Edson describió así su visión: “Vi en forma distinta y clara que, en lugar de que nuestro Sumo Sacerdote viniera desde el Lugar Santísimo del Santuario celestial a esta Tierra el décimo día del séptimo mes, al finalizar los 2.300 años, lo que hizo fue entrar por primera vez en el segundo departamento del Santuario; y que tenía una obra que realizar en el Lugar Santísimo antes de venir a esta Tierra”. Esta purificación del Santuario marcó el comienzo del Juicio investigador.

Su compañero, que había continuado atravesando el campo, al llegar a la cerca y ver que Edson no lo seguía, lo llamó: “Hermano Edson, ¿porqué se ha quedado ahí parado?”

Edson respondió: “El Señor estaba respondiendo a nuestra oración de esta mañana”; y alcanzando a su amigo le contó su nueva comprensión del asunto.

Esta experiencia en el maizal indujo a estos hombres, y a otros, a estudiar intensamente todo lo relacionado con los servicios que se realizaban en el Santuario dado a Israel, y el significado de la doctrina de los 2.300 días. Publicaron sus descubrimientos en las revistas adventistas, e Hiram Edson convocó a un congreso para finales de 1845.

Ahora estaba resuelto el misterio y las fechas, confirmadas. El mensaje del primer ángel continuó dándose como la verdad presente. Fue, y continúa siendo, una doctrina poderosa para convertir a los pecadores a Cristo en este tiempo del Juicio. El mensaje del segundo ángel tuvo su importancia y significado para el período que precedió al chasco, y tiene un significado adicional para el futuro.

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9789877983852
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