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Alcides Bertran

Los cuadros de la muerte


Bertran, Alcides

Los cuadros de la muerte / Alcides Bertran. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2516-1

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Índice

1  Prólogo

2  CAPÍTULO I

3  CAPÍTULO II

4  CAPÍTULO III

5  CAPÍTULO IV

6  CAPÍTULO V

7  CAPÍTULO VI

8  CAPÍTULO VII

9  CAPÍTULO VIII

A mis amigos,

a todos aquellos

que me acompañan

y me han acompañado siempre.

En especial,

a los que buscan, sin temor,

explorar sus ideas y, en lo posible,

convertirlas en realidad.

Y por sobre todos

a la correctora Andrea Melamud.

Prólogo

Inicialmente pensé esta historia como cuento, pero con­cluyó siendo una novela. Una vez como tal, fui incorporándole nu­dos en una sucesión de hechos violentos, policiales, que re­querían de alguien apto para dilucidarlos. Al respecto, me pa­reció oportuno entrelazar capacidad y perspicacia, pero contra­ponerlas con cualidades abstractas del inconsciente en un juego que rebuscara conceptos psicológicos surgidos de las escuelas de grandes maestros. Y allí Freud, Jung, acunando algunas ideas. La precognición y la retrocognición afloran, dan frutos que permiten sellar los acontecimientos fatales.

No quise sumergirme en el centro del padecimiento, por este motivo opté por un modo omnisciente de relato y en pa­sado. Preferí seguir apren­diendo de uno de mis maestros pre­dilectos: Dostoievski.

Concluyo diciendo que el arte, la pintura, no son solo una mezcla o conjunción de colores, son también la expresión cabal de la mente de quien lo realiza: canalizarla a través de ellos es una manera de colorear la más sutil inteligencia, y a esta novela la teñí de pintura y sangre y la enmarqué con un título simbó­lico: Los cuadros de la muerte.

La he escrito en Buenos Aires, en 1996, y la sustenté en la ficción, ya que no se ajusta a derecho y ninguna realidad la obliga; por el contrario, se permite, se licencia adrede. En lo personal, conforme con lo que he escrito y con igual énfasis, considero que ha llegado el momento de ofrecerla para su lec­tura. Espero que les agrade o, al menos, que les entretenga.

Buenos Aires, 2022

A. B.

CAPÍTULO I

—¡No puede ser! ¡No puede ser!

Gruñó el comisario Kesman en su despacho cuando ob­servó el titular del diario Ecos de mi pueblo, único diario de Tulumba, departamento al norte de la provincia de Córdoba. El encabezamiento con letras gi­gantescas daba im­pre­sión: Un nuevo asesi­nato en el pueblo, sentenciaba. La tez blanca del hombre pronto se fue tornando de un rojo in­tenso hasta que, al final de la columna, estalló de bronca. El hallazgo del cuerpo de la joven trajo aparejado la sospecha de que fuera a conver­tirse en parte de la serie horrenda de críme­nes que venían suce­diendo, y bastó que el matu­tino lo afirmara para que no queda­ran dudas.

—¡Son todos unos imbéciles! ¡Ignorar el sacrificio que estoy haciendo, carajo! —gritó enfurecido.

Ecos de mi pueblo, que asiduamente venía acompañán­dolo, dejó un día de hacerlo y sus críticas fueron incisi­vas, áspe­ras, ya no escatimaba vituperios, es más, de­jaba deslizar comentarios iró­nicos y descalificaba su actuar. Eso lo irri­taba y comprendía que, mientras no hallara al asesino, iba a seguir siendo blanco predilecto de tantas diatribas; temía, incluso, que se tomara ese fracaso para desacreditarlo definiti­vamente.

—¡Hola! ¡Hola! —exclamó luego de conectarse por telé­fono con Quintana—. Soy el comisario Kes­man.

A su rostro adusto parecía agravarlo el oscuro bigote, y las hendiduras que pronto fueron acentuándose producto del ner­viosismo. Se pasó una mano por sus ensortija­dos cabellos y casi ni escuchó el saludo del editor, que en tono amable le dijo:

—¿Cómo está usted?

No hubo respuesta, su irascibilidad no lo permitía y, tras esquivar buenos modales, le respondió tajante:

—¡Mire, Quintana, su impertinencia me desagrada!

—¿A qué se refiere? —interrumpió su interlocutor casi con ironía.

—¿Cómo puede ser que publique una cosa así?

—Comisario, vea, los hechos suceden y el pueblo quiere soluciones.

—¡¿Vea?! ¡Las pelotas! ¿Qué se cree usted? ¿Cómo va a poner una cosa así? ¿O es que pasa algo entre usted y yo, eh? ¡Dígame!

—Comprendo su estado de ánimo, comisario, pero us­ted también debe comprenderme, el pueblo, la so­ciedad, to­dos ne­cesitamos alguna respuesta y es de su incumbencia dárnosla.

—¡Bien! ¡Sé perfectamente lo que tengo que hacer; le pido encarecidamente que no se meta más en lo que no le importa y no se haga el pelotudo conmigo, eh, se lo pido por su bien! —le respondió antes de cortar la comu­nicación de modo abrupto.

Al otro día, el cortejo fúnebre llegaba a la puerta de la igle­sia y al ser bajado el ataúd del vehículo que lo trans­portaba, el llanto de los deudos se tornó desgarra­dor; pa­radójicamente, los claveles rojos depositados sobre él pa­recían querer coronar aún la belleza de la joven muerta. Se supo que el cuerpo poseía dos heridas de un puñal que no se había encontrado aún.

En la escalinata de la iglesia, el párroco Agustín es­pe­raba con un viejo rosario entrelazando sus manos, y desde las gra­das, con pesadumbre, acompañó el féretro hasta que fue ubi­cado sobre unas tarimas circundadas por intermiten­tes velas. Una vez aquietados los sollo­zos, dijo el responso con voz en­trecortada. En tanto, afuera, frente a la plaza, el pueblo agol­pado y con gran tribulación acompa­ñaba la ceremonia; había silencio y cada rostro compungido enseñaba dolor y bronca. Nadie podía comprender lo que estaba su­ce­diendo. La Villa era pequeña y todos se conocían, sin embargo, era la tercera víctima y el repudio ya se de­jaba oír, a la par de una descon­fianza que se iba en­gendrando en la entraña misma de la socie­dad. ¿Quién era el asesino? Se preguntaban, pero no halla­ban respuesta y esto hacía que la sospecha se trasladara de uno a otro; consecuencia des­agradable que co­menzaba a afectar la cotidiana relación. La primera de las víctimas, y que produjo una increíble con­goja, había sido Natalia, sobrina de Quintana. Su cuerpo nunca apareció, por lo que este ya conservaba ínfi­mas espe­ran­zas de hallarla y podría decirse que fue desde el mo­mento de la desaparición de la joven, al que se sumaron luego las otras víctimas, que su tío comenzó a cuestionar deci­didamente al comisario Kesman.

Luego de la misa de cuerpo presente y de que de nuevo fuera ubicado el féretro en el coche fúnebre, el párroco, desde el umbral y frente a tantas mantillas y pañuelos oscuros con que se cubr­ían las mujeres, inmersas en mares de lágrimas, dijo para sí:

—¡Que Dios te bendiga, hija mía!

Acongojado por el dolor, no alcanzó a ver a Kesman —quien se hallaba a un costado del atrio— ni la gorra in­quieta en sus manos que evidenciaba nerviosismo; solo pudo darse cuenta de su presencia cuando, enjugando sus lágrimas en un pañuelo, vio a un niño desprenderse de las faldas de su madre y, tras correr en dirección a este, enfrentarlo y de­cirle:

—¿Va a encontrar al asesino de mi hermanita, se­ñor?

Recién entonces pudo verlo y enfrentar su mi­rada llena de impotencia. Luego dio media vuelta y, sin decir pala­bra, in­gresó en la iglesia.

El pueblo era centro de una región de pocos habi­tantes, no más de doscientas manzanas lo componían; y po­seía un bello centro comercial que se ex­tendía a lo largo de la calle principal para finalizar en la plaza. Las oficinas públicas distri­buidas alrededor del paseo entregaban sus fa­chadas blancas con solem­nidad y señorío; la mayoría poseía en su arquitec­tura un marcado estilo de la España co­lonial. La más discreta era la municipal, en cuyo frente, restablecido hacía poco tiempo, re­salta­ban las rejas oscuras de los am­plios ventanales que cir­cunda­ban la pesada puerta de madera. Recobrada su importan­cia, resguardaba el afán in­tachable del intendente, quien, con asom­brosa capa­cidad, cuidaba y diseñaba el urbanismo; además, no había quejas y todos estaban orgullosos de su ad­minis­tra­ción.

La región era hermosa, prados verdes con lánguidas arbo­ledas absorbían las callecitas que se extendían ador­mecidas bajo las sombras asoleadas de los álamos; el creci­miento de estos obligaba a que los chañares y los algarrobos quedaran como siluetas indo­mables vigilando la periferia árida, donde, además, las manos de los habitan­tes simulaban res­petar los en­marañados árboles que trepaban por las laderas de los cerros. Uno de los caminos que había, denomi­nado Camino Real, era el más transitado, casi alcanzaba la mar­gen apacible de un arroyo que desapa­recía en el ondular lejano del hori­zonte. Este camino, en viejas épocas, había sido un escabroso sendero que permitía unir las postas con diligencias y galeras que llegaban cargadas de de­safíos cuando la región era admi­nistrada por el Marqués de Sobremonte; por allí, muy cerca, tam­bién había intentado pasar Facundo Quiroga cuando iba obsti­nada­mente hacia su muerte.

La primavera embellecía toda la región debido a que la flora, im­po­nente, conservaba la más agreste virginidad. Los sembra­dos crecían en el pequeño valle con fuerza, ajenos aún a cuan­tos fertilizantes y químicos comen­zaban a emplearse en otras regiones. Pero las muertes de las jóvenes lle­gaban arras­tradas por la brisa primaveral.

Por el Camino Real, un hombre se acercaba al pue­blo, traía en su andar lentitud y sensación de cansancio; im­posible saber su edad, parecía ocultarse tras una barba es­pesa. Vestía con humildad y cubría su cabellera con una gorra negra que usaba con sus tapa orejas abrochadas por sobre su ca­beza; poseía pocos enseres, nada más que una valija antigua y un caballete de pintura. Al ir transitando, daba la sensación de que se exta­siaba con el abundante paisaje, observaba la distancia con eterna placidez.

En las afueras del pueblo, se detuvo frente a una casa que mostraba un tejado enmohecido y unos ventanales casi ocultos por unas tupidas madreselvas. Allí se quedó por un instante observando la chimenea empotrada en uno de los mo­jinetes y el palomar que se hallaba en un sector de orondo césped; la casa parecía estar deshabitada. Luego continuó ca­minando cuando ya la tarde se moría y el sol era solo una línea sangrante detrás de los cerros mortecinos.

Habrá hecho tres cuadras desde el arco que daba la bien­venida cuando vio el vehículo policial que transitaba a toda velocidad por la calle principal, para luego girar brusca­mente por una adyacente y detenerse frente a una persiana oxidada de garaje. De él bajó Kesman, acompañado de dos agentes, quie­nes golpearon la puerta con energía y espera­ron. La sor­presa del hombre moreno que salió a atenderlos fue enorme porque se vio inmovilizado de improviso; lo tomaron de los brazos y lo obligaron a subir al auto­móvil; luego, en veloz marcha, se dirigieron de nuevo hacia el centro.

El hombre de la gorra giró la vista en el instante en que el vehículo pasaba a su lado ahogándolo con monóxido de car­bono y produciéndole increíble tos. Luego, el silencio volvió a reinar.

Más tarde, en el interior del despacho, el comisario in­da­gaba:

—¿Por qué la mató?

—No soy ningún asesino —respondió el hombre frente a él, sentado en un banquillo. Kesman lo observaba acusato­ria­mente asentándose el bigote.

—Fue usted la última persona que estuvo con ella. Dígame, ¿por qué la mató?

—Estuve con ella…, pero eso no le da derecho a pensar que soy un asesino.

—¡Maldita sea! ¡Usted debe confesar! —gritó le­vantán­dose del sillón y rodeándolo.

El moreno, sorprendido por la exaltación del unifor­mado, se mantuvo en silencio; aunque luego, observándole de reojo la mirada hosca, creyó que era necesario defen­derse.

—¿Por qué habría de matarla, comisario?

—Por varios motivos, pero fundamentalmente por­que... porque se comenta que usted...

Cuando intuyó la intención tendenciosa de ese comen­tario, sus ojos se desorbitaron.

—¿Qué? ¿Que yo qué?... —exclamó.

—¿Se sorprende? —Reaccionó Kesman, luego agregó—: Se dice que usted...

—¡Bueno, bueno! ¡Lo que le faltaba! —interrumpió en­tonces el moreno, mirándolo fijo—. ¿Y eso le da de­recho a pensar que yo la asesiné? —dicho esto, ondeó sus brazos y con­cluyó amenazante—: No vamos a sacar los tra­pitos al sol.

Kesman enrojeció, asombrado, y, atisbándole la mi­rada —pues sabía del poder de los se­cretos— preguntó dubitativo:

—¿A qué se refiere con eso de... de los trapitos al sol?

—Mariana también era su amante, comisario. ¿O lo va a negar? —aseveró el moreno, ahora sin regodeos, plantándosele exultante pese a estar sentado.

—¡¿Qué dijo?! —gritó Kesman como un demonio, zama­rreándolo; no podía creer lo que acababa de escuchar.

Los dos agentes presentes en la sala se miraron y Kes­man descargó su ira en ellos; de inmediato comprendie­ron que deb­ían salir de allí porque los ojos del jefe apu­ñalaban. Se fueron casi haciendo estallar los cristales a sus espaldas, y ni que hablar de la campanilla que pendía del marco: entró en oscila­ciones de locura.

Una vez a solas, y abrumando al moreno con la mirada, susurró:

—No quiero que esto sea algo personal, ¿me entiende? —le dijo por lo bajo como intentando que nadie lo escu­chara, y luego aseveró enérgico—: ¡Por hoy, sabe, y solo por hoy, usted queda en libertad, pero no se olvide de que tiene muchas cosas que explicar a la Justicia!

—Como usted diga, comisario, estaré a su disposición —respondió el demorado, levantándose y saliendo del des­pacho. Nuevamente la campanilla sonó, aunque esta vez más acompa­sada.

Kesman, una vez en la soledad de su despacho, tomán­dose el rostro con las manos, pareció comprender su situa­ción. No podía imaginar el final de su carrera. No, no podía permitir que eso sucediera. En su interior, presentía que los hechos iban acorralándolo; es más, el estrés y las pre­ocupaciones lo hacían sentirse incoherente e intuía que al otro día la calle estaría llena de ru­mores. La detención del moreno, a pesar de las dudas que le quedaron, no logró darle funda­mentos de que fuera el ase­sino; de todos modos, precavi­do, ordenó que uno de sus agen­tes le vigilara todos los movimientos. No quería sorpresas como la que le había causado que aquel supiera de su secreto; además, tenía la seguridad de que las críticas y los prejuicios resaltarían una vez más en Ecos de mi pueblo.

—Martina —dijo consumido por la desesperación—, es­toy confundido, necesito tus consejos, quiero verte esta noche.

A medida que transcurría ese diálogo telefónico, su sem­blante iba adquiriendo una suave tonalidad; su voz áspera fue acen­tuán­dose y terminó siendo serena y mezquina. Apoyó el pulgar en la sien y se frotó la frente con los dedos, una y otra vez. Su nerviosismo fue atenuándose; ya no había rigidez en su mirada cuando por lo bajo dijo:

—Esperame, voy a visitarte.

Las semanas transcurrían y sus investigaciones no iban a buen puerto; no había encontrado ningún indicio para dar con el asesino o los asesinos y el desconcierto lo invadía. Muchos veci­nos fue­ron citados. Kesman era guiado por una intuición equívoca que hacía que de él se tuviera la irritante sensación de no res­peto. Aunque, amparándose en los hechos suscitados, ar­gumentara que cada habitante era virtualmente sospechoso y no menguara avasa­llamiento en el momento de indagarlos; estos hechos le valieron —y no se equivocaban— de otro increí­ble titular en Ecos de mi pue­blo, que esta vez decía: El pueblo sospechado. Esto lo llevó a incre­mentar sus visitas a la psicó­loga Martina, que vivía en las afueras, lejos del con­sultorio donde ejercía y que se hallaba sobre la calle principal del pue­blo; allí, la joven analista, que cobraba aranceles bajos, orien­taba y ase­soraba psicológicamente a personas que atrave­saban problemas la­borales, conflictos de familia y conductas de vio­lencia, y los trataba con métodos de terapias grupales dos veces a la semana. Su bella casa era el lugar de relax que usaba para escaparse de las extenuantes atenciones que demanda­ban sus clientes. Kesman visitaba dicha casa, era el lugar apropiado porque con su dueña podía intimar y sincerar todas sus preocu­pacio­nes. No hallaba la misma actitud de parte del párroco que, siempre que lo veía, ahondaba sus sermones en prédicas de mo­ral y espiritualidad y no le concedía nada; inclusive hasta llegó a decirle que la infi­delidad le traería inconvenientes. De esas pa­labras se guardó la incógnita de saber cómo Agustín se enteró de su relación con Mariana, la última víctima. Y sobre la infi­deli­dad, nada le preocupaba: estaba separado de su mujer desde hacía mucho tiempo. Su juventud y su buen as­pecto im­peraban dándole réditos amorosos. Aun así, notó en los últi­mos tiempos que la joven psicóloga se molestaba cuando hablaba con suma libertad de sus andanzas. Le restó importancia, pues la sabía comprensiva, incluso sumisa; aunque muchas veces, indescifrable. De todos modos y, a pesar de ser soca­vado con las preguntas que esta le enmarcaba para los tests de la terapia, en su interior sabía que, de esas reuniones pri­vadas, no era bueno que la sociedad se enterara.

En una de sus visitas, le comentó que tenía intención de pedir colaboración a los federales, pero la joven psicóloga in­tentó, por todos sus medios, disuadirlo argumentando que pondría en juego su prestigio. Sin embargo, le hizo caso omiso; pretendía, con buena relación, lograr apaciguar los co­menta­rios antes de que llegaran a los funcionarios gubernamen­tales y ellos tomaran cartas en el asunto. Pero vaya suerte, esqui­vando mensajes y documentaciones que a posterior atesti­guar­ían di­cho pedido, un agente federal respondió a su lla­mado di­cién­dole que el inspector Güaita se hallaba comi­sionado desde hacía más de un mes y que su ausencia de­pendería de la inves­tigación que había ido a realizar.

Cierta sensación de alivio sintió al cortar la comunica­ción; quizá por el prejuicio de la joven profesional de que fuera a perder su prestigio. Aunque comprendió, y más que nunca, que esto lo dejaba solo.

El pueblo, preocupado por los crímenes, parecía sumer­girse en el silencio. Dudas y sospechas se per­cibían en las ca­lles, en los cafés, en las oficinas públi­cas y en todo lugar de trabajo o de reuniones que hacía que cada indivi­duo se reclu­yera en su propia conciencia. A causa de la extrañeza, nadie reparaba en el hombre que todos los días to­maba la calle prin­cipal con la gorra hundida hasta las orejas, con su maletín y con su caballete de pintura y salía del pueblo; es más, nadie había notado su presen­cia. Con pasos lentos caminaba las seis cuadras que lo sepa­raban desde donde se había instalado hasta la calle principal, para desviarse luego hacia el Camino Real, donde obligada­mente debía pasar frente a la casa que a su lle­gada pareció llamarle la atención. Ahí se quedaba por algunos instantes y luego sí se dirigía al arroyo. Una vez allí, instalaba su caballete, desplegaba su banqueta y abría la caja de pintu­ras. Tras un cuarto de hora, atento al bello paisaje, su aten­ción se centraba en el hori­zonte que, frente a él, era un calmo tránsito de aguas con somno­lientas caricias de sauces llorones. Pero, antes de sentarse, cami­naba por la orilla del arroyo hasta un risco de piedras basálti­cas, lugar donde el cauce se estrechaba. Con ese paisaje era imposi­ble imaginar que un artista no lo­grara sellar en el lienzo una buena obra; aunque el hombre bus­caba perspectivas dife­rentes, porque su minuciosa mirada solo podía atribuírsele a quienes domi­naban la materia con holgura. Se trasladaba caminando por la margen del arroyo hasta lejanas ubicaciones y, luego, cuando guardaba en sus retinas retazos de la mágica naturaleza, bosquejaba en la tela, con ágiles trazos, añosos troncos de árboles y brumosos cúmulos que emergían de entre los cerros. Proyectaba en las telas imágenes de puro realismo y tenía el ocre como tonalidad predilecta; en cada imagen elegida, lo combinaba con una in­creí­ble lumi­nosidad de estación. Lo hacía con una extraña parti­cularidad, dado que, en algún lugar, unos inusuales pince­lazos hacían que la vista se fuera hacia allí. Ese escape de ge­nialidad, en la mayoría de los casos, era de un rojo in­tenso, igual a man­chas de sangre.

Se pasaba horas y horas ensimismado en su arte, pero luego, cuando la noche se extendía mortalmente oscura y el fresco de la madrugada se tornaba apacible, se quedaba dor­mido. Más tarde se despertaba de ese letargo y se descubría sor­prendido observando la paleta reseca y la tela a la espera de los últimos retoques. Pero algo sorpren­dente ocurría de vez en cuando al estar la pintura a la es­pera de halagos: se acercaba a las aguas y, con un puñado de arena y arcilla, la refregaba una y otra vez como queriendo bo­rrar cada trazo; o tal vez guardándose el derecho de ser el único observador de su crea­ción; o, quizá, estando discon­forme con lo que solo su mente podía calificar.

Recogía luego sus elementos y, cabizbajo, regresaba a su morada. Hasta que un día, y vaya a saber por qué mo­tivo, tras dirigirse hasta el centro de la Villa y detenerse por mo­mentos en lugares en donde nada había de interés para obser­var, im­previstamente su retraimiento pareció obs­truido cuando pasaba frente al conservatorio de música; quizá por las melo­días gra­ves de una obra de Chopin que se oía a través de la ven­tana. Alguna alumna avezada dejaba deslizar sus manos sobre las teclas gastadas de un piano de cola que se resistía a la osada intención de asemejarse al ma­estro: su resonancia de­nunciaba que era principiante. Es­cuchó por un instante en si­lencio ese cóctel de notas que mansamente le llegaban a los oídos y, sin darse vuelta, le­vantó una de sus manos y simuló acompañarlas con alguna batuta imaginaria cristalizada en su mente. Algunos vecinos comenzaron a observarlo; su extraño aspecto llamaba la atención. Pigmentadas alfombras, vanos púrpura, arañas en­cendi­das en lo alto de una acústica sala quizá hayan confor­mado su virtual escenario. Sin embargo, hubo comentarios re­ales de un público selecto que co­menzaba a juzgarlo. Ajustó su levita y abrió los brazos a la espera de aplausos. Pero estos nunca llegaron. Y, tras ese telón que era la noche, se escuchó: “¿Quién es ese hombre? ¿Es el que llegó hace poco?”, pregun­tas que se hacían a es­condidas los vecinos, sorprendidos de la opacidad y de la actitud extraña que lle­vaba consigo.

Luego continuó caminando sin detenerse y, al pasar frente a la parroquia, pareció ignorarla, no así al puesto de diarios que ostentaba con cierto sarcasmo una edición vieja de Ecos de mi pueblo; su titular decía: El pueblo sospechado. Se detuvo sin ver al viejo alemán que desbordaba de abdomen y que estaba mirándolo. Tampoco es­cuchó al grupo de chicas que salía en ese preciso instante del magisterio; avanza­ban jo­viales y son­rientes ganando toda la vereda. Pareció ni oírlas y, apoyando el cuadro en el quiosco de diarios, siguió observando el periódico, seriamente. De pronto, al levantar la vista, se encontró con los expectantes ojos de Miguel, quien esperaba que le hiciera al­guna pregunta. Pero nada le dijo, giró sobre sí con actitud vio­lenta y fue a dar contra el cuerpo de una futura ma­estra, que trastrabilló y, por milagro, esquivó un pequeño cactus de es­pinas filosas.

—¡Perdón, señor! —dijo la joven, extendiéndole la mano por lo que le cupo de culpa. Pero nada le con­testó; se esca­bulló entre el resto de las chicas, que le dieron paso sorprendi­das.

—¡Señor! —gritó Miguel cuando vio recostada la pintura; pero, tras doblar por la esquina, se esfumó en la noche.

—¡Ah, qué hermoso cuadro! —exclamó entonces Isa­bel, asombrada y ya respuesta del susto—. ¡Chicas! ¡Chicas! ¡Ven­gan a ver esto! —llamó a sus amigas.

De inmediato, todas se le reunieron y, entusiasmadas, se quedaron observando el increíble paisaje. De pronto, Isabel reaccionó.

—Don Miguel, ¿qué va a hacer con él?

Por primera vez, el rostro simpático del quiosquero adoptó seriedad; aunque parecía imposible que tan buen hombre tu­viera algo de qué preocuparse.

—No sé, no sé... ¿Qué se puede hacer? Se lo olvidó —res­pondió.

—¡Es hermoso! ¿Me lo puedo quedar? —dijo entonces la joven tomando el cuadro.

Miguel no tuvo respuesta, lo tomó de sorpresa y una vez más miró hacia la oscura esquina por donde se había ido el ex­traño, luego dijo:

—Conozco a Kesman, puedo llevárselo para que se lo en­tregue.

—Yo también lo conozco —respondió la joven.

—Sí, ya lo sé… —aseveró Miguel—. Te vi el otro día en su auto.

—¿Me vio?... —reaccionó sonriente la joven, sin pu­dor, a la vez que sus hermosos ojos se almendraban más aún.

—Sí... te he visto —reiteró el quiosquero mirándola, y luego agregó—: Sos una pícara, es un hombre casado.

—¡Ay, don Miguel! En el amor nada importa, usted es muy antiguo, me parece.

—Es verdad —acotó el alemán recobrando la son­risa—. En mi juventud, las chicas eran más recatadas; pero bueno, te deseo suerte antes de que el padre Agustín se entere y co­mience con sus sermones.

—¡Oh, no me haga acordar, tengo que ir a confesarme! —respondió la joven, a la vez que todas sus amigas, riéndose, le decían a coro:

—¡Sos una pecadora!

Vencido Miguel, Isabel y sus amigas llevaron el cua­dro hasta la comisaría para que el comisario Kesman ubicara al hombre o mandara a uno de sus agentes a que se lo hiciera lle­gar.

Al ingresar en el despacho, este salía acompañado por la jo­ven psicóloga —Martina— quien, al observar el cuadro, adoptó una expre­sión de júbilo y, tomándose el rostro absolu­tamente impre­sionada, corrió hacia ellas.

—¡Increíble! ¡Increíble! ¿Quién es el artista que logró esto? —exclamó deslumbrada.

—Un hombre extraño —respondió Julieta ensenándole la pintura en el instante en que Isabel se alejaba con Kes­man hacia un sector menos concurrido del despacho. Ambos parec­ían ence­rrarse en un diálogo privativo en el que ella dibujaba una son­risa agradable, quizá como retribución a los halagos que en todo momento este le ofrecía, porque era evidente que se sentía afectado por su belleza, y vaya, las virtudes juveniles del cuerpo de la joven no eran para menos. Cómplices miradas intercambiaban cuando Martina, inoportunamente, los inte­rrumpió diciendo:

—¿Viste esto, Ignacio?

Pero la joven, al instante de decirlo, se dio cuenta de su grave error.

—¡Perdón! —se corrigió—. ¿Vio esto, comisario?

Las chicas se miraron entre sí y se rieron.

Al no hallar respuesta, levantó la vista y vio la espalda de Isabel protegida por los brazos cariñosos de Kesman.

—¡Ignacio! —exclamó entonces, súbitamente, arro­jando la pintura sobre el escritorio y ya sin importarle la ma­nera de di­rigirse. Su voz fue grave.

Recién entonces Kesman reaccionó, pero la analista, fijos los ojos en los de Isabel, recibió la retribución de ella: una son­risa desagradable.

—¡Sí... sí! —atinó a decir Kesman, como dándose cuenta de la situación—. ¿Quién... quién ha pintado esto?

No tuvo respuesta, entonces, con parquedad, fue acercán­dose al grupo de alumnas que se mostraban sorprendidas por las in­esperadas actitudes.

—Un señor se lo olvidó en el quiosco de don Miguel —respondió una de las jóvenes, luego agregó—: Un señor forá­neo que no conocemos y pensamos que usted podría de­volvér­selo.

—Sí, claro, cómo no —contestó, tratando de ocultar sus nervios.

Martina, que estaba alejada, se les reunió; aunque con ros­tro grave. Volvió a observar el lienzo para luego decir con voz pausada:

—Me gustaría conocer a esa persona, hay algo en su pin­tura que es excitante.

—¿Cómo qué? —preguntó Isabel, observándola, pues había hecho una tregua en su enojo.

El cuadro poseía una tonalidad penetrante de rojo púrpura que de manera extraña contrastaba con un sol que se hundía en un horizonte de extrema languidez. La armonía se quebraba con ese entorno desgarrado que caía como san­gre coagulada.

—Esto —dijo pasando los dedos sobre las extrañas pince­ladas.

—Me inquieta el análisis de una psicóloga —dijo en­tonces la joven, insultante, y luego agregó—: Me encantaría tener la posibilidad de descubrir una obra de arte desde su perspectiva, ¡doctora!...

La joven analista pareció no amilanarse e incorporando ironía, que se evidenció aún más por la vivacidad de sus ojos, le res­pondió con increíble frialdad:

—Deberías visitarme uno de estos días. —Al decir esto giró la vista hacia Kesman, que se hallaba alejado apo­yando una de sus manos en la barbilla.

Concluido este episodio, una de las chicas, oportuna y sen­sata, dijo mirando a sus compañeras:

—¿Nos vamos?

Fueron saliendo del despacho, instante en que Isabel apro­vechó para encarar a la joven psicóloga; se le acercó y le dijo con vehemencia al oído:

—¿Nos vemos?

Esta retiró su rostro de al lado del de la joven y, con ani­mosidad, efectuó un movimiento pre­ciso de cabeza que causó que su oxigenado flequillo se ubicara correctamente sobre su frente y dejara al descubierto sus ojos irritados y hundidos en sus cuencas; si no fuera por el preciso delineado de sus cejas y por la tonalidad de sus pómulos salientes, más se asemejaría a un ser sin vida que a una bella mujer que recién se aproximaba a los treinta y cinco años.

Cuando quedaron a solas en el despacho, un absoluto si­lencio reinó.

—Yo también me voy... Ignacio —dijo Martina, dubi­ta­tiva, como esperando a que Kesman la detuviera.

Pero él le esquivó la mirada y permaneció en silen­cio, en­tonces, y ya desde el umbral, ella preguntó:

—¿Qué tiene que ver esa chica... Isabel, con vos?

Kesman la observó detenidamente por un instante y luego fue tajante:

—Está enamorada de mí.

Cuando cesó la enloquecida campanilla que pendía de la puerta, Kesman vio cruzar frente a los cristales la silueta ende­ble de la joven y luego oyó el raudo alejamiento de su auto­móvil. Afuera, la noche ya era cerrada y las luces de la ciudad resplandecían alejando la espesa oscuridad hacia los jardines, de donde emanaban aromas fragantes de romeros y de cedro­nes.

Los días subsiguientes fueron de mucho sol y escasa nu­bo­sidad, pero aquel día la mañana primaveral se mos­traba des­lumbrante. El sol resplandecía en el cielo azul y una fresca brisa hacía mecer los rosales del jardín de la vi­vienda del padre Agustín. Ana, la viuda del profesor de lite­ratura que ejerció en el magisterio, fue quien sugirió ubicarlos allí, al costado y al fondo de la parroquia. Agustín acató dicha sugerencia creyendo que embellecería el predio de la iglesia y sabiendo, además, que significaba un home­naje póstumo para quien fuera no solo un profesor respe­tado, sino un eximio urbanista y que su pro­yecto, junto con otros, pretendieron ser en vida aportes para los paseos de la ciudad. Pero con su muerte se convirtieron en de­seos in­cumplidos. Con sumo interés observó los planos cuando supo que eran de Pablo. Una vez construidos los peque­ños canteros y los caminitos de polvo de ladrillos, admiró con asombro la capacidad del profesor; lamentó su muerte, re­cordó que se produjo al poco tiempo de haber sido él desig­nado párroco de la iglesia. Cuánto tiempo había pasado desde enton­ces. Nunca pensó que profesaría la vida espiritual y cuidaría de tan buena gente, y menos imaginó que Nuestra Señora del Ro­sario fuera la patrona y la protectora de una región de hombres esperanzados. Por eso, al abrir la ventana de la habitación, se sintió absorbido por cierta reminis­cencia de su tiempo de misio­nero por aquellos sufridos países del África, por esos lu­gares en donde todo era dife­rente. Retenía en su mente aún a aquellos niños desnutridos y hambrientos por consecuencia de las gue­rras intestinales que destrozaban toda fe, toda fuerza. No podía creer el buen pastor —pues daba por sentada la existen­cia del Dios todo­pode­roso— que el mundo fuera tan incapaz de comprenderse y tan ajeno a la solidaridad. Pero luego, cuando a su mente llega­ban los sucesos crudos del pueblo, se sumía en tristeza; sus ojos denunciaban preocupación. ¿Por qué la gente estaba con­curriendo asiduamente a la iglesia? Le hubiera gus­tado que esa actitud fuera cotidiana, sin embargo, era claro que esto se debía a los abominables crímenes que venían suce­diendo.

No logró desayunar, su estado de ánimo no le permitió in­gerir alimento alguno a pesar de que las tostadas y la manteca junto con la exquisita fragancia del café eran irrechazables. Así y todo, la de­sazón y la angustia que sentía pudieron más y re­nunció al ape­tito.

Vistió su sotana y salió a la calle; afuera todo era calmo y desolado. Luego de andar y andar, y casi sin darse cuenta, reco­rrió las cuadras que lo separaban de la redac­ción de Quintana. Cuando llegó frente a la puerta, observó a través de los cristales y vio al hombre en su escritorio le­yendo un diario viejo. Gol­peó y esperó a que saliera a recibirlo.

—Padre, ¿cómo está usted? —saludó Quintana, sor­pren­dido al verlo.

Tras estrecharle un buen tiempo la mano, Quintana se quitó los anteojos y entonces pudo verle los ojos cansados. Lucía como siempre: camisa blanca arremangada y un chaleco de traje os­curo que usaba desprendido. Sin dudas, su rostro era el reflejo de las personas entrega­das a la labor; sus manos lo demostraban: siempre impreg­nadas de tinta.

—Bien, hijo, bien —le respondió.

—Pase, padre, pase. Por favor, siéntese.

No bien se ubicó en uno de los sofás, notó la austeri­dad de la pequeña sala. Solo algunos cuadros barrocos col­gaban de la pared y junto a ellos, unos recortes enmarcados de periódicos que no alcanzaba a distinguir bien; dedujo que serían notas im­portantes. En un rincón había un per­chero de pie, antiguo, y al lado, una pequeña mesita en la que se recortaba la oscura si­lueta del teléfono; este daba la sensación de que su timbre inte­rrum­piría en cualquier instante. También pudo notar un gran reloj de pared al lado de la ventana, cuyas cortinas desplegadas de­jaban ver la confluencia de las calles Sucre y Estanislao del Campo; por esta, al 1178, se encontraba la redacción. Detrás del escrito­rio de fino roble, estaba la escalera que daba ingreso al sótano; de allí salía un espeso hedor a tinta que impregnaba todo el ambiente, más el aturdimiento monótono y molesto de las planchas impresoras.

—¿Qué lo trae por acá, padre? —preguntó Quintana reco­giendo los papeles y guardando el viejo periódico cuidadosa­mente en un cajón del escritorio.

—Tantas cosas, hijo mío. No he podido dormir anoche —confesó con inocultable abatimiento.

—Creo que nadie puede hacerlo en los últimos tiempos, padre —agregó Quintana—. El pueblo está conmocionado, necesitamos saber qué nos pasa.

—Es cierto, es una necesidad imperante, necesitamos vol­ver a la calma, la paz debe volver a reinar en nuestra socie­dad.

—Padre, ¿usted sabe lo fundamental que es la Iglesia en estos días? Precisamos mucha ayuda espiritual hasta tanto no logremos que...

Agustín notó ese titubeo, entonces, y con acierto, dijo:

—Joaquín, sus recuerdos aún lo acongojan, ¿verdad?

—Sí, —afirmó Quintana, y agregó—: ¡Pobre Natalia, qué destino le ha tocado!

Entonces, Agustín, no queriendo ser inoportuno, dijo mirándolo:

—Hijo mío, pensemos que está en el reino de Dios.

—¿Y su cuerpo, padre? ¿Dónde está su cuerpo, podría us­ted decírmelo? Ella merece un lugar para su descanso, un lugar donde podamos llorarla.

—Sí, tiene razón, pero es muy extraño todo esto —balbu­ció Agustín con un dejo de nostalgia.

—¿Comprende usted lo que es vivir con esa incertidum­bre? Muerta, perdida, raptada. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Quién? Ya me cuesta creer en la justicia —aseveró Quintana.

Agustín, compungido por el dolor, solo hizo silencio, pero su mirada se escapó por la ventana y fue a enfrentarse con el cielo matinal cuando escuchó que Quintana le decía:

—Padre, ¿ve esas magnolias? Fueron plantadas por ella, y es lo único que conservo, ahora dígame, ¿cómo hacer para que cada mañana al mirarlas no la recuerde? ¿Cómo olvidarme de haberla visto enchastrada bajo la lluvia con la azada, cuidán­dolas y sin descuidar nada del hogar? ¿Usted cree que no se habrá sentido indefensa cuando esa bestia la atacó? ¿Cómo puedo convencerme de que no fue por mi culpa?

Agustín observó las bellas plantas del jardín y se llenó de tristeza.

Pasaron algunos minutos, luego, Quintana, levantándose, dijo:

—Quiero enseñarle algo, padre.

Agustín se incorporó complacido, creyó oportuno un cam­bio de aire; era necesario quitarse de la cabeza aquellos hechos desagraciados.

Ambos salieron por la puerta que daba al fondo y se inter­naron en el jardín cuando de pronto la sorpresa se instaló en el rostro del religioso; petrificado, se quedó observando el frente in­maculado de una pequeña vivienda. Transitaron a través de un caminito embaldosado y se detuvieron frente a un alero que de manera oblicua dejaba ver sus tejas enmohecidas. La puerta es­taba cerrada al igual que las ventanas; aunque una de ellas se encontraba con las cortinas recogidas. El interior era sombrío. Dentro había una pequeña mesa con un mantel violeta que casi ocultaba las dos sillas de mimbre que la rodeaban. Por la blanca pared pendían algunos pósteres juveniles y un pequeño mural cuyas dos placas de acrílico hacían resaltar la sonrisa de una joven pareja; igual, el sintético pelaje de un oso panda que se encontraba a su lado, daba la sensación de apocarles la alegría porque unas minúsculas y casi invisibles telarañas que resaltaban incandescentes bajo el rayo del sol lo cubrían dándole una li­gera sensación de olvido.

—Son sus padres, él es mi hermano Carlos —dijo Quin­tana, y agregó, señalando al oso panda—: Y ese es el regalo que le hice a mi sobrina para su comunión.

Agustín tocó con sus manos la pared fría de la vivienda y luego sacó el rosario que llevaba colgando del cuello, lo entre­lazó en sus manos y aferrándose a él con fuerza, casi estruján­dolo, bajó la vista al piso y dijo una oración en silencio.

Luego, casi sin palabras, retornaron a la sala. Las voces de los jóvenes que operaban en las máquinas en el interior del sótano se dejaron oír; el ruido sórdido continuaba sin interrup­ción. Quintana, sin molestarlos, se asomó y observó que todo estuviera bien, y luego se dirigió a la cocina a preparar café.

—Nunca entré en su habitación desde que ha desaparecido —dijo desde allí con voz grave—. Sus cosas deben permanecer tal cual quedaron, porque sabe, padre, aún no perdí las espe­ranzas de encontrarla —aseveró con valentía luego de un pro­nunciado silencio.

El religioso, al escucharle este comentario, comprendió su increíble fuerza, su inquebrantable fe, y, como no era ajeno a los comentarios de la calle ni adepto a la conducta del comisa­rio Kesman, de quien por cierto se esperaba que tuviera más cordura y menos atropellos, preguntó casi con resignación:

—¿Qué ha dicho Kesman de todo esto?

—¿Kesman? ¡Eh!... —respondió Quin­tana, sarcástico, mientras volvía de la cocina—. Solo hallo de él protes­tas por­que parece no gustarle mi forma de informar. Pero debo decirle que no me atemoriza —aseveró—, aprendí de mis pa­dres a ser fuerte y a sobrellevar cualquier circunstancia hasta las últimas consecuencias.

Quintana era hijo de una pareja albanesa, albanesa por adopción porque en realidad en sus venas corría sangre cánta­bra, de la España más antigua. Habían llegado al país cuando él era pe­queño escapando de las persecuciones políticas y luego de que se radicaran unos años en Durazzo. Su padre, Edmundo Quin­tana, había tomado en su juventud el oficio y el arte de la im­prenta, que a posteriori lo llevaría a ser acusado de anar­quista; en su tiempo de universitario le descubrieron que im­primía de manera clandestina ciertos folletos que lo compro­metían con facciones disidentes del poder. Él, Edmundo Joa­quín Quin­tana, adoptó su oficio y por todos los medios trató de reivindi­carlo del ostracismo al que fue sometido; aunque más no fuera —solía decir— por honor a su memoria. Le molestaba que se llamara ‘anarquista’ a personas que solo buscaban la verdad a través del derecho, por lo tanto, jamás permitía que lo adularan aquellos capaces de entregar dignidad a costa de si­lencio. En su periódico, nunca autorizó comentarios espurios ni anuencias.

—Mi hermano y su mujer murieron en un accidente.

—Sí, lo recuerdo —respondió el párroco, luego agregó—: Fue un otoño fatal.

—Milagrosamente, Natalia se había salvado entonces; era aún una niña. —Tras decir esto hizo un prolongado silencio, luego continuó acongojado—: La crié como a una hija. Como usted sabe, yo... enviudé y ella era todo para mí.

—Sí, hijo, lo sé —respondió Agustín, observándole los ca­bellos encanecidos que circundaban una calvicie incipiente que le sumaba años. Tuvo, además, la sensación de que si no ocurría algo importante en la vida de ese hombre, jamás sus ojos firmes y llenos de decisión lograrían otra vez hacerse de algún brillo de sonrisa. El dolor había sido profundo y había dejado sus huellas.

—Algo indescriptible siento en el alma, no la he podido proteger —aseveró Quintana, y tras estas palabras sus ojos fue­ron llenándose de lágrimas hasta que se desmoronó—. Veinte años acababa de cumplir, ¡Dios mío!, no podré perdonarme jamás —dijo tomándose el rostro con sus manos entintadas.

Al salir el padre Agustín de la redacción, vio a lo lejos, nítidamente reflejada en el cielo azul, una nube de pa­lomas blancas que giraron de modo uniforme sobre una pequeña ar­boleda. Se detuvo al contemplarlas hasta que se perdieron tras la alameda. Luego dijo para sí con devoción, como no pu­diendo despren­derse de ciertos remordimientos que le vidria­ban los ojos:

—¡Queridos hermanos, recemos mucho!

Los días fueron pasando con mucha monotonía, nada no­vedoso había ocurrido; aunque Kesman, favorecido por esos días de calma, continuaba con su escritorio atestado de papeles intentando en vano, una y otra vez, sacar algo en claro. La des­cripción del hombre que Isabel y su amiga Julieta aseguraban las había estado siguiendo, lo perturbaba. Ellas no fueron capa­ces de precisar detalles debido al susto y solo pudieron decirle que era alto y de abundante cabellera. “¿A quién buscar?”, se pregun­taba internándose en la construcción imposible de un identikit. ¿De rostro ovalado, cejas pobladas, nariz aguileña? Cuán­tos detalles fundamentales le hacían falta. Recordó que había ocu­rrido en altas horas de la noche, y esto le hizo pensar, ob­ser­vando los acetatos, que dependía más que nunca de la ge­niali­dad inventora de Hung Mc Donald y de su propia capaci­dad.

Las horas transcurrían inexorables hasta que de pronto, como salido de sí, se incorporó del sillón y sus ojos se fijaron en un punto inexistente; transitaba en su mente el re­cuerdo de la única persona que fuera acusada por una similar y horrenda virtud. Un joven, quien luego de evadir los claustros de la cárcel de Córdoba, fuera recapturado e internado en un hospital por estricto pedido del juez de turno. Este había optado por enviarlo allí porque se decía del lugar que era lo más apropiado para conocer los infiernos.

En silencio observó la luz de la lámpara, que hacía esca­bullir la oscuridad penosamente hacia los rincones del despa­cho; quizá, pensando que necesitaba un halo de luz similar para esclarecer los hechos, ya que lo único concreto y que atesti­guaban los informes del forense era que, en todas las víctimas, las dos heridas de arma blanca no habían sido efectuadas de frente. Esto lo llevó a deducir que fueron sorprendidas o que en ningún mo­mento habían pensado que podían ser asesinadas. Luego las extrañezas se trasladaron a las heridas: eran oblicuas en el abdo­men y con la particularidad de que el mayor espesor de las incisio­nes estaba en la parte inferior.

—Esto es curioso —advirtió mientras trataba de compren­der la metodología usada por el asesino—. Ahora, si no las atacó de frente... mm... ¿Por la espalda? —murmuró tomándose la cabeza.

Lo cierto es que ninguna de ellas poseía heridas en la es­palda, por tanto, irresoluto y repasando nuevamente y por sexta vez los informes, verificó si hubo signos de violación. Su ánimo de repente se desvaneció porque nada decían al respecto, ni un mínimo indicio. “Estrangula­ción—pensó entonces— seguida de muerte”, pues eran comunes en las mentes violentas y pervertidas. Pero de nuevo los in­formes lo aplazaron sumán­dole ansiedad.

—Qué misterio todo esto —dijo mientras el reloj denun­ciaba inquebrantable el paso del tiempo.

De pronto, algo se inmiscuyó en su mente, se levantó y, de manera enérgica, marcó el número del hospital público.

—Soy el comisario Kesman —dijo con voz rígida—, co­muníqueme con el doctor Sierra.

Sierra era el médico forense que muy de mala gana se in­corporó en la cucheta de la guardia y, luego de observar el re­loj, preguntó molesto:

—¿Qué le pasa?

—No... no me pasa nada —respondió Kesman.

—¿Y para eso me llama, para decirme que no le pasa nada, y a esta hora? —se quejó el forense.

—¡Escúcheme, Sierra, por favor! Estoy acá con sus infor­mes y me remito a su experiencia, es sobre el caso de las chi­cas.

—¿Qué chicas? —preguntó este aún sin despabilarse.

—Las chicas muertas.

—¡Ah! Sí, dígame.

—¿Qué sensación le dio al ver los cuerpos, específica­mente las heridas?

—¿Qué quiere que le diga, comisario? Que estaban bien muertas —aseveró el forense.

—¡Sierra, por favor! ¡No se haga el estúpido! —le recri­minó.

—Bueno, bueno. Es que quizá lo sea, comisario...

—Bien, pero trate de no demostrármelo.

—Discúlpeme, comisario —interrumpió entonces el fo­rense—, el que está quedando como un estúpido es usted.

—¡Eso no se lo permito! —refunfuñó confundiendo su enérgica expresión con el rechinar del sillón, pues la manifiesta verdad de su interlocutor comenzó a irritarlo y a incomodarlo.

—No se ofusque, la gente lo interpreta de este modo —dijo insultante el forense, y luego respondió a la pregunta di­ciéndole—: Mire, lo que me llamó la atención es no encontrar en los cuerpos ningún signo de violencia. Es extraño, no es común que eso suceda.

—¿Y con respecto a las heridas?

—Bueno, como abrazándolas y apuñalándolas después —aseveró el forense.

Prosiguió un silencio que concluyó cuando Kesman, retri­buyéndole ironía, le dijo:

—Gracias y siga durmiendo. —Pero, antes de cortar y para reco­brar un pacífico diálogo, agregó—: Tuve la misma sensa­ción que usted.

Permaneció pensativo bajo el cono de luz de la lámpara. Una muerte aislada le hubiese resultado más sencilla, pero en una sucesión de crímenes era difícil hallar la punta de la ma­deja. Recorrió sus conocimientos fundados en viejas enciclo­pedias policiacas; pero la academia formaba y lo que allí había aprendido eran simples connotaciones basadas en hechos con­sumados. Lo podía tomar como ejemplo, aunque no podría contribuir con nada sobre estos hechos, era necesario aplicar nuevas metodologías y afianzar perspicacias. Con todo esto, se abocó a analizar que ninguna de las chicas era prostituta, casi todas venían de hogares conservadores, de crianzas rígi­das, en su mayoría eran la tercera o la cuarta generación de inmigran­tes euro­peos, y la Villa, conformada por población de clase media, era ajena a la marginalidad de las grandes capitales en donde era previsible que sucedieran hechos aberrantes. Los más ancia­nos y más aferrados a las tradiciones poseían —por así decir—la frialdad europea, ya que muchas colonias se hab­ían confor­mado a efectos de la Gran Guerra. Esto era una cuestión de naturaleza, aunque no así la criminalidad, puesto que esta no distingue geografía, razas, clases ni rango; bastaba con recordar los crímenes en las urbes londinenses o aquellas que rodeaban las calles céntricas de Manhattan. Pero las calles de la villa, que en viejas épocas eran calmas y demasiado man­sas, fueron adquiriendo notables efervescencias en los últimos tiempos y la juventud pasada y discreta de los viejos abdicaba horrorizada frente a las osadas libertades anatómicas de las jóvenes actuales. ¿Habrá despertado esta libertad el ins­tinto alienado del asesino? No hallaba respuestas en este análi­sis ni motivos para las muertes; además, recordaba que una de ellas era Natalia, la sobrina de Quintana, y estaba desaparecida.

Y si algo le faltaba, también Lorena había aparecido apu­ñalada a los pocos días de su llegada a la Villa y solamente podía decirse de ella que era una chica que lo venía siguiendo desde su anterior destino debido a que —según comentarios— él la había rescatado de un prostíbulo de la capital, por tanto, no se sabía de sus amistades ni de nadie que la conociera en Tu­lumba. Tal vez por eso no hubo reclamo del cuerpo. Aunque él sí la sufrió y le dio una digna sepultura.

La noche caía ocultando la muralla azul de la serranía y ese paredón quería encofrar el valle arbolado que ya iba oscu­reciéndose. Las forestadas arboledas, entre las que se destaca­ban las coníferas, dejaban caer a dos aguas sus lacias y raleadas cabelleras, mientras que las alamedas, espigadas y escuálidas, encerraban en su entorno un amarillo soleado de nostalgia. En­tre tanta belleza, el arroyo plateaba su deslizar, sereno, su­miso a los límites de su cauce, cuando la luna asomó su rostro mos­trando un maravilloso reflejo.

Ya por estas horas, la tela del foráneo descansaba en el ca­ballete con un retazo adormecido de paisaje. Pero la luna ilu­minó la pendiente dejando al descubierto su oscura silueta que, frente a la tela, era como un montículo de escombros apisonado en su cimiento. Los brazos caídos al costado del cuerpo y la cabeza hundida entre los hombros daban la sensación de que había sido abatido por un profundo sueño. ¿Qué razones corr­ían por su cabeza que hacían que la estética de su pintura no concordara en absoluto con su aspecto? Ignotas razones que permitían que de él se dijera que estaba loco. Pero tanto rea­lismo y tantas virtu­des —vestigios de una mente iluminada volcados en la tela— lograban que se aplacaran o se analizaran en profundidad todas las aprontas calificativas.

Tres horas habrían pasado de la media noche cuando se in­corporó pesadamente en el banquillo. Nada corrigió en la tela, solo se quedó observándola por un instante, como cotejando con el paisaje que frente a él era de plateada luminosidad. Esta vez el gigantesco sauce de la margen del arroyo era el motivo ele­gido, sus raquíticas hojas se desprendían tapizando de ama­rillo el suelo arenoso. Giró la vista hacia el árbol, que sufría una descalcificación de muerte y que era el único desabrido entre tantos verdes. Se quedó mirándolo un largo instante como si no comprendiera semejante despropósito; la primavera ya no lo­graba darle nuevos brotes y casi ni savia corría por los rama­jes que paulatinamente iban convirtiéndose en un oscuro esque­leto. Recogió luego sus elementos y trepó las pequeñas colinas desde donde se podía observar, como una cofradía de luciérna­gas, las luces de la Villa ya adormecida. Bajando por la pen­diente, el sendero se estrechaba y se deslizaba como una franja blanca que se perdía en la distancia; al final estaba el Camino Real. Comenzó a caminar en silencio y, cuando pasó junto a los bosques de pinos, se tornó minúsculo e insignificante. Los estilizados follajes de las coníferas oscurecieron su silueta y la luna, ocultada tras ellas, solo dejaba entrever una desflecada luz tenue de vez en cuando.

De pronto y a lo lejos, una luz pareció destellar. Alguien avanzaba por el camino. Tal vez una linterna, pero fue fugaz y no le permitió tener la certeza de que lo fuera. El hombre si­guió avan­zando sin darle importancia; pero, al girar tras un re­codo de espesas malezas, la luz se vio nuevamente, esta vez más cercana. Hasta que la luna permitió ver —y a no más de dos­cientos metros— la imagen difusa de quien venía por el camino. Ambos avanzaron, luego se detuvieron; era inevitable el en­cuentro. Luego la distancia disminuyó y los pasos se hicie­ron lentos. El de la linterna de pronto se mostró dubitativo; la ima­gen que veía era extraña, infrecuente, y más aún con esa barba descuidada y esa ropa casi deshilachada que le acentua­ban más andrajosamente el aspecto. No, no era del lugar, y al observar la tela que llevaba en la mano y el caballete que le col­gaba del hombro, más la emanación a pintura fresca y a tremen­tina, recordó aquel cuadro que las chicas habían llevado a la oficina del comisario comentando que una persona extraña se lo había olvidado. “Sí, debe ser este”, pensó y, quebrando la incógnita y el silencio que los envolvía, dijo:

—Usted, ¿quién es?

Pero nadie le respondió, entonces insistió:

—¿Usted se ha olvidado una pintura en el pueblo?

El hombre pareció no escuchar; esa actitud inco­mo­daba. Pero pronto pudo comprobar que el foráneo la miraba muy fijo bajo la visera ensombrecida de su gorra. Esa mirada le produjo fastidio, tuvo la sensación de que la estaba escudriñando inte­riormente; además, ¿qué hacía por esas horas tan lejos del pue­blo? No podía dilucidar nada; aunque pron­to se dio cuenta de que también su presencia por allí debía generar sospechas, en­tonces dijo:

—Soy la psicoanalista Martina, no he podido conciliar el sueño y he optado por esta caminata. —Luego insistió—: Us­ted, ¿quién es?

El hombre pareció meditar la respuesta o no entenderla y en ese lapsus la joven pudo comprobar que nada de ese aspecto era ágil; ni siquiera las palabras, puesto que lo escuchó tardía­mente decir:

—No tengo nombre.

Esa respuesta le produjo sorpresa; con ligereza adoptó una fingida sonrisa y una subestimación obvia en las palabras, de­bido quizás a la ordinariez y al aspecto de troglodita que veía en el extraño. Lo miró y le dijo con ironía:

—Todas las personas tienen nombre.

—Yo no —contestó a secas el desconocido y, tras tornar la vista hacia el camino, retomó la marcha con lentitud.

Giró sobre sí entonces la joven analista y por unos segun­dos se quedó observándolo: la oscura espalda y la cabellera en­mugrecida conjugaban sobremanera conformándole esa silueta casi sin contorno. Su desgarbado cuerpo se mostraba desnu­trido y enfermo.

—Sus cuadros son muy extraños —le dijo cuando ya dis­taba de él unos veinte metros.

El hombre, al escucharla, se detuvo y tras apoyar el caba­llete en el suelo la observó; en ese instante la joven, embele­sada, se le acercó fijando la vista en la tela. Escasos segun­dos transcurrieron cuando un extraño rubor fue encarnándole el ros­tro, un nerviosismo acrecentado le agrietó la frente. Frunció el ceño y se acercó aún más. Luego de focalizar con la linterna ese árbol sin hojas en cuya base dos flores rojas dañaban la somnolencia de un bello atardecer, preguntó:

—¿Qué significan esas flores rojas?

El hombre esperó otros largos segundos para contestarle y, cuando lo hizo, fue para decirle:

—El rojo es fuerza, el rojo es vitalidad.

—También muerte —acotó entonces la joven analista a la vez que sus ojos iban adquiriendo un extraño brillo y la agita­ción de su respirar comenzaba a inquietarle el pecho.

—Pueden existir muertes sin sangre —agregó entonces, con serenidad, el foráneo.

—Sí... —respondió la psicóloga y, luego de un silencio en el que no dejó de observar la tela, dijo—: Siempre he tenido interés en saber qué lleva a un artista a elegir lo que pinta. He tenido infinidad de pacientes, soy psicóloga, he cono­cido mu­chas mentes desequilibradas; pero... ¿la pintura es pa­trimonio de la locura o es el reflejo de los sueños?

—¿Sueño?... ¿Sueño o locura?... ¿Sueño o locura? —repi­tió el extraño una y otra vez; luego, tras bajar la vista como un alumno frente a una mesa de examen, dijo—: No la entiendo.

A la joven psicóloga le resultó inconcebible tamaña igno­rancia y lo objetó con mirada despectiva. Pero pronto, al obser­varlo de arriba abajo, supo que sería estéril toda intención de análisis, que no lograría de su parte nada de intelecto. El her­metismo que engarzaba su escuálida imagen y su introversión la enmudecieron y sintió que su espectro interior, ávido de im­pulsos, no podría ser alimentado a pesar de que esas flores ro­jas le producían una ligera intriga y una extraña vibración que no podía ocultar. Nada de valor creía encontrar en ese hombre, a excepción de su arte, pues su vasta inteligencia y su marcada vanidad solo aceptaban diálogos fluidos. Ella se vana­glo­riaba con sus estudios y sus investigaciones sobre la mente, que la hacían sentir como un ser distinto. Su experiencia le permitía obtener, de un pantallazo y con certeza, los síntomas precisos de sus pacientes, y la metodología de los sueños que apli­caba en sus terapias —y de la cual estaba orgullosa— era una obse­sión para su ego. Admiraba a Freud porque nadie como él había logrado traspasar las barreras de la psique. Pero tan férrea aplicación en una ciencia en constante cambio arries­gaba embaucamientos que luego podían perturbarle razo­na­mientos lógicos; más si los ramilletes de poluciones enco­frados en la mente no siempre respondían a estructuras o encasilla­mientos. Sin embargo, su pragmatismo no le per­mitía canalizar vías disímiles, sino oscuras y extrañas interpre­tacio­nes.

—Me agobian estos colores, presumo que provienen de un sueño —dijo apoyando su mano sobre su cabeza. Luego re­tomó—: Qué sería de nuestros espíritus si no acatáramos los impulsos del inconsciente.

El hombre, en silencio y parado frente a ella, parecía ido y ni siquiera esa afirmación emergida del interior excitado de la joven lograba traerlo de vuelta.

—No habrían subsistido los reinos. ¡Admiro a los hombres que protegen y se protegen con la sabiduría de los sueños! —continuó diciendo la joven analista profundizando cada afirma­ción con gesticulaciones y ademanes.

Luego, cuando recuperó la compostura, comprendió que frente a ella había una persona; al menos así pudo conside­rarlo a pesar de su detestable desaliño, entonces, tras menguar un poco su excitación, dijo:

—Quiero que pinte a una joven desnuda a orillas del arroyo; como verá, amo la estética —. Y luego de un silencio en el que su mirada se perdía en la inmensidad de la serranía, concluyó diciendo—: Todas las personas deberían convertir sus sueños en realidad y este sueño me perturba... Pero he de liberar mi camino para que se me cumpla.

Cuando de imprevisto y antes de que concluyera, el ex­traño, parado enfrente y presumiblemente enajenado, ex­presó:

—Habrá que estudiar la locura como se lo estudió a Van Gogh.

Extraña reflexión y conjetura para quien lo escuchó con la boca abierta.

—¿Piensa? ¿Este hombre piensa?... —balbució para sí la joven psicoanalista, luego dijo—: No era más que un loco.

—Pintaba sus sueños —afirmó el desconocido.

—Es verdad..., pero sus sueños eran enajenados, si hubiera pintado lo que sus ojos veían, todo hubiera sido diferente.

—Prefirió lo que su conciencia le dictaba, y eso eran sue­ños —aseveró el hombre.

Un extraño presentimiento envolvió a la joven analista. ¿Estaba realmente frente a un ser alienado? La serenidad pas­mosa que este le mostraba era increíble y la frialdad en sus pa­labras permitía diversas conjeturas.

—Pero lo sacaron de la sociedad, y opino que los enajena­dos deben pudrirse en las cárceles o en los hospitales.

—Sí —respondió el extraño, apuñalándola con la mi­rada—. Los que sueñan con la muerte o creen que cumplirán sus sueños a través de ella, deben pudrirse en la cárcel.

Luego, colgando el caballete de su hombro, tomó por el sendero hasta perderse en la noche. La joven permaneció ob­servándolo un largo rato, en absoluto desconcierto; su rostro aniñado adoptó una mirada adusta y oscura. No logró descu­brirle la personalidad y esa introversión hermética le preocupó sobremanera; tan extraños eran sus ojos y todo lo que irradiaba que hasta tuvo que bajar la vista al enfrentarlo.

Caminó pensativa un buen trayecto hasta que pudo despren­derlo de sus pensamientos. Pero no logró paz, esta vez su preocupación se trasladó a los problemas que incumbían al comisario Kes­man, y entonces, con profunda renunciación y convicción, ex­clamó:

—¡Yo voy a ayudarte, no vas a estar solo, mi amor! ¡Yo voy a protegerte y a protegerme, ya lo verás!

El escritorio del comisario —atestado de papeles— era de­plorable; con semejante desorden era imposible pensar que hubiera expedientes e informes cronológicos. Denuncias, inda­gatorias, pedidos de informes, memorándums y todo cuanto fuera papel parecía haber sufrido las consecuencias de un ciclón; hasta su mente parecía haber padecido una terrible in­clemen­cia. Su rostro no podía ocultar sus ojos ojerosos que daban la sensación de estar hundiéndose en el fondo de una ciénaga; pero a pesar de todo intentaba resistirse al insomnio, que avan­zaba y que pretendía agotarlo por completo.

La última vez que miró el reloj de pared, este indicaba las dos de la madrugada. El despacho, con increíble sonori­dad, denunciaba todo cuanto se moviera en su interior, pues los ecos se desplazaban por los pasillos como las notas musicales sobre las cuerdas de un instrumento; era la señal de que la noche ya había extendido su tenebrosa oscuridad. La incomodidad en la que estaba descansando le hacía incorporar abruptamente de vez en cuando el desorden ya existente y desacomodarlo más aún, porque al bajar los pies del escritorio arrastraba consigo lo que allí quedaba de expedientes y de papeles. Con esto lograba darse cuenta de que aún existía, pues el sonambulismo en el que estaba sumergiéndose amenazaba con hacerle perder toda noción de tiempo y espacio.

Las horas seguían transcurriendo cuando de pronto el es­tridente sonar del teléfono lo despertó. Se incorporó sobresal­tado y atinó a observar con atención el reloj, esta vez señalaba las dos y media pasadas.

—¿Quién será a esta hora? —musitó, malhumorado, haciendo lo posible por despabilarse; sin poder ahogar un in­oportuno bostezo, con ronca voz, preguntó:

—¿Quién es?

Un fuerte silencio se produjo y lo obligó a preguntar nue­vamente; aunque esta vez con mayor inquisición:

—¡¿Quién es?!

Pero el silencio prosiguió y, cuando ya estaba a punto de expresar un improperio, escuchó la dulce voz de Isabel que le decía:

—Mi amor, soy yo.

—¡Isabel! ¡Te pido por favor, no vuelvas a hacerme esto! —exclamó.

—¿Qué te pasa, Ignacio? Te noto raro. —preguntó la joven haciendo deslizar con sensualidad la voz.

—No... no es nada, es que estoy preocupado —le respon­dió a secas.

La joven intuyó el motivo de su nerviosismo.

—Seguís con eso... ¿verdad?

—¿Y qué querés que haga? —le espetó, como si no fuera quien le quitara el sueño.

En el intervalo que se produjo, pareció lamentarse de su situación. Pudo en su juventud optar por dos caminos que le había propuesto su padre: seguir con sus estudios de licencia­tura aeronáutica o dedicarse de lleno a la administración de un consorcio en un complejo habitacional de la ciudad de Córdoba; allí su padre era el administrador y él colaboraba con las labores más sencillas. Pero su ingénita y vasca testarudez, heredada de su madre, pudo más, ya que siguiendo el consejo de un amigo de la infancia, a su vez proveniente del padre de este, ingresó en la academia. “Allí tendrás un futuro intere­sante”, le había dicho, y el haber aceptado hoy lo obligaba a estar en se­mejante embrollo. No pudo más que lamentarse de aquella de­cisión.

—Ignacio... necesito verte —dijo la joven.

—¿Qué hora es? —preguntó entonces mirando el reloj, que señalaba las dos y cuarenta de la madrugada.

No logró más que sorpresa e, incorporando realidad, frun­ció el ceño y dijo:

—¡Son casi las tres de la madrugada! Isabel, ¿en dónde estás? —Esta vez su voz encerraba una actitud recriminatoria.

—Acabo de salir de lo de Beti, pero antes estuve en el consultorio de la psicóloga.

—¿En lo de Martina?

—Sí.

—¿Y qué hacías allí? —preguntó contrariado.

—¿No recordás que quedé en ir a visitarla?

—¡A visitarla! ¿Cuándo? —exclamó enardecido.

—Cuando te llevamos el cuadro que se había olvidado aquel hombre. ¿No te acordás de ese que…?

—¡Ah! —contestó y, girando la vista hacia el pasillo que conducía a la oficina de archivos, observó el estático paisaje que colgaba de un soporte; se veía mortecino bajo el resplandor opaco de la lámpara—. Sí, ahora lo recuerdo —dijo, y agregó—: No deberías andar a estas horas por ahí, si supieran tus padres.

—Mis padrastros, querrás decir —corrigió la joven.

—Tenés razón, disculpame —respondió comprendiendo su in­genuidad.

—Bueno, ¿voy o no? —insistió ya inquieta, y agregó con voz suave—: ¿No te gustaría hacer el amor... esta noche?

—Vení —aceptó a secas, y antes de cortar agregó—: Pero tené cuidado. —Luego se reclinó pensativo en su sillón y sus ojos volvieron al cuadro.

A los quince minutos, un agente hizo pasar a la joven al despacho del comisario. Atónita observó el desorden y, tomán­dose el rostro con las manos, exclamó sorprendida:

—¡Dios mío! ¿Por qué no me dejás que te ayude, mi amor?

—No —le respondió tajante—. No quiero que te absorba la locura. —Luego, observándola con seriedad y con expresión interrogativa, preguntó—: ¿Qué hacías en lo de Martina?

Se produjo un ligero silencio; pero la joven, con sutileza y no menor maestría, lo controló con hábil y femenina percep­ción.

—¡Mi amor! ¿Estás celoso? ¡Vamos! ¿Creés que no me di cuenta?

Estas palabras lo erizaron y le produjeron un insólito es­tremecimiento, pero la joven, ajena a tal susceptibilidad, le dijo:

—Algo indescifrable tiene en su mirada esa… parece vivir en una pesadilla; ni me habló del cuadro, que realmente era de mi interés. —Y luego de un profundo silencio, agregó—: A propó­sito, ¿no vino a reclamarlo aún ese hombre?

No le respondió, entonces la joven, como recordando algo que se había olvidado, exclamó:

—¡Ah! Lo que sí me dijo la psicóloga es que le gustaría conocer a esa persona. Los sueños, mi amor, me apabulló con los sueños. —Después, mirándolo fijamente, agregó—: Mi amor, ¿vos soñaste alguna vez conmigo?

Kesman continuó sin decir palabra y ambos ni se imagina­ban que por esas horas la psicóloga y el extraño estaban te­niendo su primer encuentro cara a cara.

Permanecieron un prolongado tiempo mudos, obser­vando el cuadro que colgaba de la pared, luego Kesman acotó:

—Voy a dejarlo allí, algún día vendrá a buscarlo.

La joven luego se dirigió al escritorio y, tras abrir uno de los cajones, buscó entre los papeles el atado de cigarrillos.

—¿Dónde están los cigarrillos? —preguntó al no encon­trarlos.

—¿Cigarrillos? —exclamó Kesman sonriendo; es­taba a la espera de un cambio de tema y, como esto ocurrió, agregó con picardía—: ¿No era que querías hacer el amor?

—Para eso vine —respondió la joven acercándosele, luego se le colgó del cuello.

—Los cigarrillos están por ahí, entre esos papeles o en el armario, fijate —dijo cuando logró separarse de sus labios. Pero luego, agachando la cabeza con síntomas de fatiga, mu­sitó—: Estos casos me tienen harto.

Presentía que el asesino estaba planeando otro asesinato y no era ajeno al tiempo que estaba transcurriendo sin obtener resultados. En ese pensamiento comprendió que se encon­traba solo, excepto por Isabel que, aunque sabía que estaba lastimán­dola, ella se brindaba por completo. No sentía amor, pero sí una obsesión por tenerla, un cariño que se enrai­zaba por la ab­sorbente predisposición de la joven. En cuanto a la psicóloga Martina, estaba agradecido por el apoyo moral que le brindaba; recordó además que en su último encuen­tro ella había prome­tido ayudarlo en lo que le fuera posible.

Se trasladaron a la habitación que usaba para descansar cuando por motivos de trabajo debía pernoctar allí. La joven cayó desplomada en el sofá, que era el único mueble junto a una pequeña mesa que poseía un velador; cuando Kesman lo en­cendió, la tenue luz azulada se escabulló por los rincones. Luego, cuando el silencio reinó, vio las blancas y bruñidas piernas de la joven que contrastaban bajo los pliegues oscuros de su corta falda y, sin decir palabra, se le acercó. Ella, al verlo, cerró los ojos y dejó que le deslizara las manos bajo la tela es­curridiza, pero cuando lo sintió en su firme y tibia mus­cula­tura se inquietó e, incorporándose, lo obligó a que le despren­diera con suavidad la blusa blanca, le desabrochara las sanda­lias y la tomara entre sus brazos. Luego, ya desnuda, sus fres­cos y sua­ves labios encontraron la boca del hombre, y pronto su pecho se estremeció ante el primer contacto. El deseo la en­volvió y los primeros suspiros inquietaron la calma de la habi­tación; las manos del hombre le enseñaban nuevos caminos. Un compul­sivo estremecimiento le recorría el cuerpo cuando co­menzó a sentir que su boca bajaba por su cuello, entonces, toda su piel se ruborizó por las caricias, que lentamente se acen­tuaban con mayor fluidez. Sus piernas blancas estaban apron­tadas a la ma­yor excitación, más aún cuando sintió que las manos de su amante comenzaban a recorrerle las cade­ras. Y ya no pudo contenerse: un compulsivo espasmo se adueñó de ella al sen­tirlo entre sus piernas, y vaya habilidad la que enjugaba su ar­diente y oblonga intimidad. Los impulsos del hombre ya no cedieron, entonces, su pecho pareció estallar, sus ojos iban al viaje de placer que tanto ansiaba abrazándose des­esperada a ese cuerpo, como queriendo que dicho vaivén se en­garzara de una vez por todas con lo más sublime de su alma. Lo amaba por su virilidad, nadie anterior a este hombre le había pare­cido igual; ni siquiera aquel joven que tan apuestamente la cortejara y que de manera fugaz ganara su corazón, y que había su­plido la primera experiencia con un amigo de la infancia, quien, ape­nas pasada la pubertad, logró sacarle la primera y descontro­lada excitación. Nada sabía en aquel tiempo, pero había com­prendido que los hombres serían su eterna debilidad. Re­cordó aquel rostro aniñando y sorprendido que casi se tirara de espal­das al verle los pequeños senos de entonces que, aunque ergui­dos, espera­ban aún juguetonas caricias y fruiciones para des­arrollar más aca­badamente sus incipientes pezones. También la sonrisa sufi­ciente de Santiago, el instructor de gimnasia, cuya muscu­latura no condecía con la energía que aparentaba. “¿Qué le pasa a los hombres? ¿No conocen a las chicas? ¡Mi cuerpo es una cons­telación donde se fusionan los sentidos!”, excla­maba y recla­maba en diálogos de amigas. En cambio, Julieta, su amiga más confidente, no se dejaba arrastrar a los lúdicos placeres; le cohibía pensar que su inma­culada anatomía fuera a tomarse por un mapa donde el geó­grafo o el profesor tuvieran libertades para señalarla con el puntero. “¡Ay, pobre chica! ¡Lo que se pierde! Yo, en cambio, soy como una tierra virgen en donde el explorador tiene todo el derecho de tomar o poner los límites”, solía decir cuando las virtudes del placer ya le habían sido descu­biertas.

De pronto, sintió que sus brazos se desvanecían, que su cuerpo era un témpano y que la sublimación de cada impulso la hacía desfallecer. Pero algo perturbó su mente e hizo que sus piernas se contrajeran y que sus ojos se desorbitaran y, con in­creíble exaltación y casi desgarrando la espalda compulsiva y transpirada de su amante, gritó aterrada:

—¡No! ¡No!

Kesman se incorporó abruptamente y preguntó:

—¡Mi amor! ¿Qué te pasa?

—¡Dios mío! —exclamó la joven y se echó a llorar afe­rrada a él.

Kesman, perplejo y sin comprender qué sucedía, se vistió rápidamente. Presumió algo grave; nunca la había visto así.

—¡Isabel, por favor! ¿Qué te pasa? —volvió a insistir, ya que veía que la joven no reaccionaba y seguía con su llanto.

De pronto, la joven se incorporó, miró a todos lados y vol­vió a agarrarse de él como no queriendo desprenderse, en­ton­ces, entre sollozos, exclamó:

—¡Esa imagen, Ignacio, ese hombre! ¿Quién es, por favor, quién es, Dios mío? ¡Esa sonrisa! ¡¿Quiénes son, Ignacio?!

—¿Cómo?... —preguntó Kesman, intrigado y sorprendido tras escucharla. En la mirada se le mezclaron credulidad y es­cepticismo.

—¡Tiene un puñal, Ignacio! ¡No! ¡No! ¡Por favor, tenés que ayudarme, me quiere matar! —gritó con desesperación la joven.

—¡Basta, Isabel! —Se sobrepuso de pronto, tratando de sacarla de ese trance—. ¡Serenate, estamos solos!

Corrió hasta la cocina a prepararle un té; al regresar, para su alivio, la joven estaba ya serenándose. Pidió enton­ces que le detallara la alucinación. Pero no pudo describirle con precisión casi nada porque aseguró que las imágenes habían sido difusas; aunque sí enfatizó que los ras­gos le parecieron iguales a los del foráneo que viera con su amiga Julieta. Volvió a repetir la des­cripción que le hicieran entonces: oscuro, extraño y sin claridad de rostro. Pero la son­risa de alguien más que aparecía en el clímax del amor y que le hiciera descender a la realidad abruptamente le pareció que tenía el aspecto de un alienado, más el puñal que vio en sus manos motivaron a que fuera tras­ladada al terror en que desen­cadenó luego.

Estos detalles inquietaron a Kesman y por primera vez permi­tió un resquicio por el que transitara la duda. ¿Qué de cierto y qué de aceptación podría haber en semejante confu­sión? Su ac­cionar era terrenal y nunca había permitido enigmas de este tipo, los consideraba modernos y de pocos fundamen­tos, por lo que rehusaba que se inmiscuyeran en su accionar y en su razona­miento. Pero por respeto y por no haber experi­mentado en carne propia, permitió, no tan convencido, que el comentario de la joven formara parte de los indicios con los que intentaba resolver los casos de asesinatos que venían suce­diendo. Con tantos problemas acaecidos, sumergirse en una aluci­nación extraña no lo convencía para nada; además, la in­consisten­cia de esas imágenes lo hacía dudar verdaderamente.

Recordó el caso anterior, contado por las chicas, con des­con­cierto; estuvo con ellas esa noche y el hecho se produjo —según le habían dicho— a dos cuadras de donde las había de­jado.

¿Acaso tenía razón la psicoanalista Martina cuando afir­maba que debía atender más los impulsos de su inconsciente?

Fueron al despacho y del armario extrajo un pequeño ma­letín del cual sacó el equipo de identikit. Allí, sentados frente a la lámpara, comenzaron con la difícil tarea de lograr una aproximación a las imágenes vistas por la joven; aunque inte­riormente sabía las dificultades a las que se abocaba. De todos modos, ahora se sentía obligado —aunque fuera timorata­mente— a insertar la sospecha, ya que quizás a través de estas pesadillas podría descubrir al autor de los asesinatos.

CAPÍTULO II

La mañana del sábado se mostraba límpida; solo algunos nubarrones se levantaban detrás de las colinas del oeste, pero daban la sensación de que no perturbarían el buen día ni la alegría de los dos niños que iban dejando atrás los bosques de pinos. Habían desayunado muy temprano sus tazas de leche con medialunas y ahora, con pasos decididos, se dirigían hacia el arroyo. Las buenas notas del final del bimestre les habían otorgado los re­galos que iban a comenzar a usufructuar; para uno, era el día de pesca que le permitiría en la siesta dejar por un momento las cañas y dedicarse con exclusividad a los ba­rriletes y a la excursión con las gomeras por las rocas para lo­grar atrapar lagartijas y tórtolas; para el otro, los exquisitos helados granizados antes de las seis de la tarde. El día anterior, en la puerta misma de la escuela y para que no hubiera renci­llas, les inculcaron a sus padres que los regalos fueran los mis­mos para el uno que para el otro. Estos acepta­ron con­fiando en la buena amistad; pero lo que no les dijeron fue que la discu­sión iba a ser trasladada para ver quién obtendría la pieza ma­yor.

Con este desafío marchaban por el sendero llevando las cañas apoyadas en sus hombros y empapándose el rostro con los agridulces mangos que devoraban. De sus cuellos colgaban las gomeras a la espera de que se acercara la siesta, y también los ba­rriletes, que, protegidos con una bolsa, eran llevados a fin de una buena brisa. Ya la alegría había comenzado el día ante­rior no bien habían dejado las mochilas, cuando decidieron que las ranas de la alcantarilla y las del estanque de los Osuna — ami­gos de sus padres que vivían a dos colinas del pueblo— serían usadas como carnadas; las atraparon internándose entre los juncos y las dejaron en un tarro con agujeros para que no se asfixiaran; solo faltaba reventarlas al otro día contra el piso y trozarlas. Y así lo hicieron antes de salir.

Por esas horas los habitantes de la Villa parecían estar to­dos en las calles aprovechando el día en hacer compras para el fin de semana; aún no había pasado mucho tiempo desde el último asesinato y se notaba ese trastorno. Había un cierto re­chazo al tema y la tranquilidad que se percibía era efímera ante la falta de información de parte del comisario Kesman. Todos espera­ban que las noticias las diera el diario, que a la hora de informar no era reticente; aunque por estos días también había entrado en un gran silencio al retomar las informaciones cotidia­nas. El paréntesis permitía, además, que la cartelera del cine volviera a ser inspeccionada con renovado interés, y el café, que estaba frente a la plaza, hasta se atreviera a promo­cionar a un artista de subterráneos venido de la capital con un vasto re­pertorio, del cual se decía que era muy aplaudido.

Isabel había salido temprano del conservatorio luego del ensayo sabiendo que había convencido al profesor Briamonte con la limpieza de sus notas. “¡Por fin el gran Chopin estaría orgulloso!”, había dicho este al escucharla. Andando se detuvo frente a la pizarra del café y observó los horarios, luego fue hasta el teléfono público ubicado en la plaza y llamó a su amiga Julieta; no la había visto durante el ensayo y tenía la in­tención de invitarla a la función de la noche.

—¡Hola! ¿Julieta?

—No, Isabel, yo soy, su madre —respondió Laura.

—¿Podría darme con ella?

Un silencio reinó, luego la señora, sorprendida, preguntó:

—¿Cómo, Julieta no está con vos?

—No —respondió Isabel—, anoche cuando volví de la heladería la llamé, pero nadie me respondió. ¡Claro! —dijo entonces como recordando—. Habíamos quedado el día ante­rior en ir a lo de Beti, pero no pude ir a esperarla. Lo que pasa es que habré llamado un poco tarde, ¡sí, sí! Fue después de las veintidós —agregó.

—¿Pero y... entonces? ¿Dónde estará Julieta ahora?

Se quedó pensativa, no lograba comprender el desencuen­tro, además, recordaba haberle dicho que todo iba a depender del horario en que terminara su encuentro con Kesman.

—No puede ser, no puede ser —balbució, y luego, tra­tando de que la señora se tranquilizara, dijo—: De igual modo no se preocupe, doña Laura, seguramente estará en lo de Beti, yo ahora la llamo y después le aviso, ¿sí?

Cuando colgó trató de pensar con serenidad y no tuvo du­das, recordó haberle dicho que no iba a asistir a clase y que iría unos diez minutos antes del horario de salida a esperarla en el arco de entrada a la Villa. Cruzó entonces la plaza y se dirigió al con­servatorio. Allí consultó con la encargada para saber si su amiga había asistido el día anterior. Pero cuando se enteró de que estuvo y de que había recibido un llamado telefónico se sor­prendió; luego la encargada solo pudo comentarle que la había es­cuchado decir: “A las veintidós me espera, sí, a las veintidós”, antes de colgar.

No lograba hilvanar el desencuentro y no quería ser la res­ponsable de un enojo con su amiga, por eso, esperó que apare­ciera para aclarar lo sucedido y lamentó el haberse que­dado con Kesman toda la noche. Fue una mala elección y no la satis­fizo, aunque haya hecho el amor en la madrugada. “Fue lo único rescatable”, pensaba y así lo demostraban sus ojeras, que apocaban sus bellos ojos. De pronto, las campana­das de las diez sonaron en la torre de la iglesia; entonces, or­denó sus par­tituras y se dirigió hacia allí. Cuando pasó frente al consul­torio de la psicóloga Martina, vio cerradas las persianas; le pa­reció raro porque por esas horas siempre se las veían des­plega­das y con las macetas de helechos —que daban belleza a los opacos marcos— recién regadas. Además, no menos de cinco per­sonas ya esperaban frente a la puerta.

Luego, encaminada hacia la iglesia, vio al párroco de lejos en las escalinatas y sintió temor. Una anormal sensación de culpa golpeó su corazón y entonces se acercó al quiosco de Miguel, quien la recibió con una amplia sonrisa.

—¿Qué te trae por acá, chiquita? —preguntó no bien la vio. Su rostro desbordaba de alegría.

—El padre Agustín —respondió la joven y luego, señalán­dolo, agregó—: ¿Lo ve allá?

—¿Y qué tiene de raro, no es donde debe estar acaso?

—Sí, sí don Miguel, pero dígame, ¿usted no le habrá co­mentado que Kesman y yo?...

—¡No! ¿Qué voy a decirle? No soy un alcahuete. Eso es cosa de ustedes —res­pondió, y luego agregó—: Quien sí es­tuvo preguntando por vos fue la psicóloga.

—¿Cómo? —Esto intrigó a la joven—. ¿La psicóloga Mar­tina?

—Bueno, en realidad, vino a buscar el periódico y pre­guntó, pero se la veía como contrariada o de malhumor y con una cara de esas que ni te cuento, decime, ¿no se medica esa chica?

Giró entonces la vista hacia el consultorio que se divisaba con claridad casi al final de la cuadra.

—Habrá tenido una noche de esas...

Eso llamó la atención de Miguel que, mientras la obser­vaba, preguntó:

—¿Qué decís?

—Nada, don Miguel, no me haga caso, yo me entiendo —respondió.

Luego, antes de retirarse y como si recordara, agregó:

—¡Ah! Si la ve a Julieta o a Beti, dígale que voy a la igle­sia y después quizá vaya al parque. ¡Ay, por Dios, espero que Julieta no esté enojada! —suplicó cuando ya se alejaba.

Al subir por las escalinatas de la iglesia, el padre Agustín giró sobre sí y le sonrió; su sereno rostro se veía cansado. Isa­bel pareció temblar, pero se calmó cuando el religioso la tomó de los hombros y la llevó al sector de jardi­nes; con lentitud comenzaron a internarse entre los rosales. En el corazón del párroco comenzaban a desatarse los dolores más atro­ces: chicas como Isabel estaban desapareciendo y él necesitaba protegerlas o, al menos, quitarles el miedo. Pero no hallaba la manera, pues no bastaban los rezos ni las plegarias y hacía ya varios días que lo visitaban buscando aplacar ese temor. Se sentaron en uno de los bancos y ella le enseñó la partitura de “La Polonesa”, de Frédéric Chopin, que había estado ensa­yando. Eso fue sufi­ciente porque, complacido e interesado, la invitó a que un próximo domingo tocara el piano para em­belle­cer la santa misa. Algo tenía ese hombre que enternecía, sus ojos transpa­rentes invitaban a la verdad; aunque en lo pro­fundo también parecía albergar un gran dolor. Luego de un instante, la joven dijo con preocupación:

—Padre, yo no sé cómo hacerle esta pregunta, pero...

—Hija, todas las preguntas merecen respuesta —le con­testó, animándola.

—Es que se trata sobre el amor... padre —dijo con titu­beos.

—¿Estás enamorada? —preguntó Agustín con serenidad y la miró profundamente como intentando darle con­fianza.

—Es lo que no sé —respondió la joven, cargada de dudas.

Entonces la invitó a que se levantara y comenzaron a reco­rrer el jardín hasta instalarse bajo la sombra de un fresno, cuyas hojas eran fuertes y tupidas y casi no dejaban pasar el sol; aun­que sí una leve resolana. Por el tronco agrietado del árbol, una orquídea se aferraba desprendiendo un largo tallo en cuya co­rola se desplegaba un ramillete cubierto de minúsculas flores amarillas.

—¿Ves esa pequeña planta cómo se aferra al árbol?

—Sí —contestó la joven, tocando con la mano las tiernas hojas.

—El amor verdadero debe ser así, el uno para el otro, afe­rrados, consintiéndose, encontrando cada uno su lugar. Es im­posible pensar que esta orquídea pueda dañar al fresno porque vive con él y él la está protegiendo. El amor debe ser así: el uno para el otro siempre.

La joven permaneció reflexiva observándolo y en ese ins­tante no supo qué lo unía a Kesman. Si fuera amor verdadero —pensaba— no habría cosas por las cuales disgustarse, sin em­bargo, las había. No podía entender que fuera tan frío y pro­tector a la vez y por un momento creyó que quizá no estaba enamorada. Pero se calmó al pensar que tampoco nadie anterior a este hombre le había resultado mejor.

Las nubes, imprevistamente, comenzaron a levantarse y, ya para el mediodía, gigantescos cúmulos se desplazaban en lo alto; a la distancia se notaba cómo iban compactándose. Darío, el niño menor y el más rubicundo, fue hacia las rocas tras haber juntado un bolsillo de piedras transparentes y, luego de trepar por una de ellas, se agazapó tensando su honda, luego se es­cuchó el chasquido del disparo y el zumbido del proyectil que iba rebo­tando de roca en roca; no dio en el blanco: la lagar­tija zigzagueó vertiginosa en­tre estas y se ocultó. Se internó luego detrás de las malezas para buscar nuevas presas; a la vez que Elio, su amigo, se ale­jaba por la ribera hasta alcanzar el sauce que se inclinaba sobre las aguas a pocos metros de donde una restinga dejaba ver algunas rocas basálticas que obstruían la corriente. Encarnó el anzuelo con un trozo pe­queño de rana y lo lanzó lo más lejos que pudo, así una y otra vez. Hasta que de pronto la caña se en­corvó; era un pique, entonces la levó con fuerza por detrás de su es­palda y gritó a su amigo:

—¡Lo saqué! ¡Lo saqué!

Darío, que a la distancia lo escuchó, bajó corriendo de las rocas y por la emoción anuló toda competencia.

—¡Un bagre! —exclamó una vez junto a él.

—¡Sí! ¡Pero cuidémonos de las púas de las aletas!

—¿Dónde lo sacaste? —preguntó.

—¡Ahí! —señaló—. ¡Logré distancia parándome sobre esas rocas!

Se dirigieron nuevamente hacia ellas, saltando de una en otra hasta internarse no menos de tres metros de la costa. Allí se quedaron, impactados por el bullicio que producían los cardúmenes de bagres y de mojarras. Cuando, de pronto, algo os­curo pareció ondularse en el agua a pocos metros de donde estaban. No tuvieron tiempo de ver qué era, pero se cruza­ron una temerosa mirada. Al instante, el bulto volvió a asomarse y los llenó de escalofrío. Al no poder soportar la impresión, que les produjo una mudez atroz, con grandes zan­cadas salieron de las rocas y comenzaron a trepar las colinas buscando el sendero hacia el pueblo. Por la desesperación no pudieron ver a nadie, ni siquiera al hombre que sí los vio pasar corriendo frente a la casa del palomar. Este luego giró sobre sí y se quedó mirándo­los.

Al rato, no más de dos cuartos de hora, se escuchó una si­rena que partía rauda del pueblo y tras tomar el Camino Real se dirigió hacia el arroyo levantando una gran polvareda.

—¿En dónde? —preguntó Kesman a los pequeños, ya a la vera del arroyo.

—¡Allá, cerca de las rocas! —Señalaron con temor inena­rrable en sus rostros.

No le llevó mucho tiempo descubrir el cadáver que se ale­jaba y se volvía contra las piedras en un macabro y rollizo flo­tamiento.

—¡La cuerda! —gritó el comisario a uno de sus hombres a la vez que se introducía en las aguas que se enturbiaban con arena y lodo en cada oportunidad que el cadáver se acercaba a la costa.

Con esfuerzos lograron sujetarlo por debajo de las axilas y lo arrastraron hasta la ribera. Kesman ordenó que los niños fue­ran llevados nuevamente al pueblo para que no presenciaran lo que seguía. Pero grande fue su sorpresa cuando giraron al cadáver sobre la arena: el bello rostro de Julieta se dejó ver por entre sus enmarañados cabellos rojizos; sus ojos verdes estaban cu­biertos por una viscosidad y no eran menos horribles que sus labios lívidos y abiertos. Al girarla, de su boca, y como transi­tando por inertes laberintos, una gran cantidad de agua se des­lizó sobre la arena sucia. No había manchas de sangre, el agua las impedía, pero cuando le descubrieron el pecho, las heridas estaban allí. Kesman, con resignación, observó a la distancia, que ya iba abrumándose por la lluvia que se acercaba arremoli­nada y con un re­pentino relámpago; el eco del trueno llegó tardío, como rebo­tando en la lejanía. Entonces, apoyando las manos en la cabeza, se dejó caer de rodillas; ya nada le im­portó. De los hechos, solo estaba logrando descubrir a las víctimas y del asesino, ni la menor pista. La angustia lo apocó y, al observar de nuevo a la joven, comprendió el dolor que causaría la no­ticia en Isabel. Allí estaba su amiga íntima, flo­tando en el arroyo y el criminal, quizá, caminando plácida­mente en medio de la sociedad, que lo aborrecía.

Cuando llegó la ambulancia que traía al forense, dejó que este revisara el cuerpo sin preguntarle nada, no quiso ni mi­rarlo. Al término de unos minutos, concluida la primera ins­pección, el forense le dijo con absoluto convencimiento:

—Igual a las otras, comisario.

Reinó entonces el silencio, solo quebrantado por los relámpagos que iluminaban las colinas.

Abatido, caminó hasta el raquítico sauce que se reclinaba sobre las aguas y se apoyó en él; allí permaneció un largo rato mirando con desconcierto, buscando respuestas. Luego ordenó cargar el cuerpo y que se lo llevaran para hacerle la autopsia; delegó las primeras tramitaciones a uno de sus agentes. Cuando quedó solo, caminó bajo la torrencial lluvia por la ribera, sin poder salir de su asombro. La suma de víctimas era de preocu­par. Pensó en Laura, la madre de la víctima, y en su responsabi­lidad de comunicarle lo sucedido. ¿Pero de qué ma­nera? ¿Cómo enfrentarla sin ninguna respuesta? Pensó en Isa­bel: eran como hermanas. Una desdicha impiadosa le carcomió el alma, más aún al comprender que la noticia del asesinato volvería a la cabecera del diario. “¡Quintana!”, exclamó supli­cante, cargado de odio y de resignación. Todo lo que había investigado fracasó y ni si­quiera con el identikit había tenido suerte.

Los truenos y los relámpagos se acrecentaron y las arbole­das se veían inmersas en un gris de bruma y agua, incluso el contorno de las colinas se enseñaban en la distancia como amorfas on­dulaciones. Pero la inclemencia del tiempo no le importaba, estaba completamente empapado y sin ninguna idea clara. De pronto, al girar la vista hacia el vehículo, le pareció divisar a lo lejos una extraña sombra. Atisbó la mirada sobre ella, pues la cortina de agua no lo dejaba ver con claridad. Y no tuvo dudas: era una persona la que estaba allí. Cauteloso, se deslizó entre la maleza hasta tomar un sendero por detrás de aquel a la vez que una extraña sensación comenzó a inva­dirlo. En su presentimiento, todo convergía y atinó a acercársele con re­solución; debía conocer por qué motivo estaba allí. “¿Qué estará haciendo en este lugar?”, se preguntó, y no halló razo­nes, por eso, con determinación, trepó arrastrándose entre las dunas y los espinos. Cuando logró rodearlo y lo tuvo a muy corta distancia, fue increíble su sorpresa: el hombre estaba sentado sobre unas rocas en medio de la copiosa lluvia y se protegía de esta tan solo con una oscura gorra.

—¡Está loco! —exclamó casi delatándose.

Pero el extraño ni se dio cuenta de su presencia, se­guía impertérrito como en un mundo que le era propio; por consi­guiente, impedía que otros pudieran unírsele. Ese aisla­miento permitía intrigas, pues todo él parecía emerger de un mundo de sombras. Lo observó oculto entre el follaje mientras una vaga posibilidad se inmiscuyó en su mente; al­bergaba en ella el de­seo intrínseco de que fuera el asesino, estaba guiado tal vez por la necesidad imperiosa de lograr indicios, ya que hacía mucho tiempo que no los obtenía, desde la primera víctima. Por eso deseó que fuera el culpable, imploró que lo fuera. Desde muy corta distancia comprobó que no era del pueblo, su rostro des­cono­cido lo demostraba, entonces, y deseando no equivocarse, pensó que no era descabellada su sospecha. “Si es el asesino, merece este cuidado”, se dijo mientras recorría los últimos pa­sos hasta quedarse a metros de su espalda.

—¡¿Qué hace usted acá?! —preguntó con energía.

El hombre permaneció inmutable observando el arroyo.

—¿Quién es usted? —insistió, pero al no obtener respuesta no aceptó tal silencio, entonces le gritó—: ¡Oiga!

El hombre lentamente le tornó la mirada y le fijó los ojos con una pasmosa serenidad. Su ropa estaba sucia y desaliñada y poseía el aspecto de un desamparado mendigante.

—También yo quisiera saber qué hace usted acá —respon­dió con voz apocada.

Sorpresa mayúscula para Kesman, quien, por acarrear tantos problemas, desbordaba de mal carácter.

—¡Soy el comisario de este pueblo! —gritó.

Actitud que permitió que el extraño retornara la vista hacia el arroyo y recién, tras tomarse todo el tiempo del mundo para quitarse el agua del rostro, se dignase a decirle:

—Pinto estos paisajes, sueño con ellos.

Recién entonces recordó el cuadro que tenía en su despa­cho. Sí, era tal cual le habían dicho las chicas: un ser verdade­ramente extraño. Lo contempló con detenimiento y luego fue des­cartando la hipótesis de que tuviera algo que ver con el ase­si­nato. Pero a pesar de esto seguía preguntándose: “¿Qué hacía en el lugar y cuánto tiempo llevaba allí?”. Podría ser que estu­viera analizando los movimientos. Entonces, sin más, decidió su detención, pues su aspecto —cercano a la enajenación— no lo hacía exento de culpa.

En el trayecto, el hombre no pronunció una sola palabra, solo que al pasar frente a la casa del palomar giró la vista hacia ella. Una vez en su despacho, Kesman adoptó actitudes arbitra­rias tajantes; la desesperación por mantener el orden por poco lo ciega. Ordenó la requisa del domicilio del detenido y, ante la incoherencia en sus respuestas, llamó a la psicóloga Martina; pensaba que podría ayudarlo a determinar su peligrosidad, ya fuera esta demencial o racional. Y esto a razón de que el ex­traño se mantenía inmutable ante sus preguntas, pues se re­cluyó en el lugar donde se hallaba el cuadro que se había olvi­dado en lo de Miguel. Sus ojos parec­ían incorporar ese paisaje, lo observaba con minucioso deteni­miento, y eso a Kesman lo irritó; más en el momento en que los hechos le exigían claridad y determina­ción.

Para la psicoanalista, la noche había sido fatal; cuando logró noción del tiempo ya el sol brillaba en lo alto y el desor­den de su habitación era impresionante. ¿Qué había pa­sado? Una intensa pesadez la venía perturbando y no la dejaba dor­mir, hasta tal punto que, si bien lograba conciliar el sueño, se des­pertaban en su mente todas las preocupaciones del día; en ellas estaba Kesman con sus irresolutos problemas acarreados por las incertidumbres de los asesinatos. Y por si algo le fal­tara, debía sumarle la impertinencia de Isabel, quien aparecía en su vida con descaro demostrándole con énfasis un amor platónico por ese hombre. Esto la agobiaba y la retraía en todo momento. No, no podía permitir que una jovencita se creyera con derecho a robarle tiempo y menos, a quitarle el motivo de su pensamiento. De todos modos, pensó que debía controlar sus nervios porque recordó que la vez que ella había estado en su consultorio no supo cómo contrarrestar las incisivas pre­guntas que le hiciera, además, le parecieron tendenciosas y de mal gusto. Desde ese día supo que le traería problemas a Kes­man y que este debía liberarse de ella para dar cumplimiento a sus propósitos.

Cuando abrió el ventanal vio pasar a los dos pequeños que iban hacia el arroyo, incluso escuchó sus discusiones. Se la­mentó entonces de su infancia desgraciada entre los oscuros claustros de un convento. En fin, “Una mala infancia es un sueño in­cumplido”, se dijo. Luego se dirigió hacia el cuarto del fondo en busca de alimentos para las palomas y quedó petrifi­cada al observar varias pisadas marcadas en las baldosas; pero su sorpresa aumentó más aún cuando vio la llave col­gando de la cerradura. Por un instante se quedó pensativa, una desapaci­ble intuición la hizo atemorizar. Tomó en­tonces una regadera y limpió el lugar. Después ingresó al cuarto; allí parecía estar todo en orden. Fue luego hasta el palomar y ahí se detuvo; las palomas comenzaban a embelle­cerse ordenando y acicalando sus plumones y las más despabi­ladas ya giraban en torno a la casa, incluso algunas llegaban hasta la alameda y el pinar. Permaneció por un instante con­templándolas, como año­rando tiempos pasados, y cuando trepó la pequeña escalera para de­positar las semillas en el receptá­culo vio a la distancia el res­plandor del arroyo y en el hori­zonte, las primeras nubes oscu­ras que comenzaban a levantarse. Se quedó mirándolas y en ellas pareció hallar un presagio in­definido de paz y de dolor.

Ya en su consultorio, y tras hojear una y otra vez el diario, nada halló de interés y esto le trajo cierta tranquilidad. Enton­ces, desplomándose en su sillón, reflexionó con agrado sobre las verdades de su maestro preferido.

—Si no hubiera existido alguien con tan increíble capaci­dad para demostrar todo lo que puede encerrar la mente, seguro que nadie hubiese sido capaz de diseñar su vida y ni siquiera, de proyectar sus sueños —afirmó.

Este pragmatismo era una obsesión descontrolada en su mente que, en ocasiones, convergía cual mandato supremo in­dicándole toda intención, toda voluntad. Su espíritu no se do­blegaba a la hora de invocarlo como prefacio para cada uno de sus actos. Lentamente iba convirtiéndose en un ritual por cum­plirse ya sea por sueños o por imaginación. Y si por algún en­tredi­cho alguien osaba cuestionarla, asumía su verdad filosó­fica consumiendo cada letra de las páginas amarillentas de su bi­bliografía, porque creía que en ellas estaban las razones y los fun­damentos.

Cuando ingresó al despacho de Kesman, la lluvia aún arre­ciaba. Colgó el piloto en el perchero y le estrechó la mano. Kesman intentó desprenderse de ella lo antes posible.

—Háganlo pasar —ordenó.

El hombre se plantó en la puerta y tal fue la sorpresa de la joven ana­lista que, al verlo, giró la vista hacia Kesman y, tomándose de las mejillas, preguntó:

—¿Qué hace esta persona acá?

—Estaba rondando el lugar del crimen.

—¿Crimen? —exclamó con ojos desorbitados.

El extraño pareció ni inmutarse; aunque sus ojos permane­cieron sobre los de la joven con increíble frialdad.

—Julieta, la hija de Laura —dijo Kesman rodeando el es­critorio, luego retiró su sillón, se desplomó en él y agregó—: Está en la morgue, Sierra está practicándole la autopsia.

—¡No lo puedo creer! —exclamó la joven mirando a unos y a otros.

De pronto, y como en un ataque de ira, Kesman golpeó con vehemencia su puño contra el escritorio.

—¡La puta madre! —gritó.

Un inaudible silencio prosiguió, nadie se atrevía a formu­lar palabra hasta que un agente golpeó la puerta y fue directo hacia él.

—Solo encontramos esto en la casa, señor —dijo al­canzándole lo que traía en las manos.

La psicóloga giró la vista hacia allí y pronta sus ojos ad­quirieron un singular brillo, aunque nada dijo. Kesman, en cam­bio, no pudo contenerse: si como prueba del homicidio debía conformarse con una pintura, indefectiblemente iba por mal camino. Sus ojos parecían decir tal cosa cuando observó con desconcierto el nuevo y deslumbrante paisaje.

—¡Puñales, cuchillos son lo que necesito, no pinturas! —gritó levantándose del sillón.

El agente se mantuvo en silencio y luego agregó subordi­nadamente:

—Es todo lo que encontramos, señor, que no fuera lo ne­cesario para vivir.

La joven profesional, que se había alejado, giró la vista hacia el extraño y se topó con su fría mirada. El cuadro que estaba sobre el escritorio era el mismo que había visto la otra noche cuando lo encontró por el Camino Real y, como aquella vez, ahora tampoco podía quitar sus ojos de sobre esas flores púrpura. Sus miradas se cruzaron una y otra vez, y en la de la joven, una peculiar duda se dejaba ver, porque sus ma­nos esta­ban temblorosas; quizá producto de tener que dirimir, por pe­dido de Kesman, la capacidad mental del ex­traño. Pero este, con su hermetismo infranqueable, le ofrendaba todas las dudas y sospechas; su mirada era algo más que un filoso puñal clavándose en sus pupilas. Fue imposible que doblegara ta­maño enigma, pues no lograba aplicar método alguno sobre ese silencio, que por segunda vez lo sintió en­jundioso. Tampoco lograba determinar hasta dónde abarcaba su razonamiento, pero no estaba dispuesta a arriesgarse frente a esa mirada enigmá­tica, puesto que no iba a renunciar a sus convicciones. Enton­ces, por orgullo, llamó a Kesman a otro despacho y una vez allí le dijo:

—Puede ser el asesino, pero... no creo que convenga dete­nerlo. Investigalo más, Ignacio.

Mantuvo en secreto su encuentro con ese hombre, pero, antes de retirarse, no pudo evitar quedarse un instante más ob­servando esas flores rojas que le producían un determinado desequili­brio emocional. Lo cierto es que el detenido pareció también conservar un resquicio de sarcasmo en su mirada, pues la si­guió con el rabillo hasta que ganó la puerta. Kesman, ya sin alterna­tivas, tuvo que soltarlo porque no pudo fundamentar con pruebas que tuviera algo que ver en el crimen. Dejó entonces que se retirara, pero antes le entregó los dos cuadros y lo pre­vino acerca de que no le permitiría deambular por lugares sos­pecho­sos. El ex­traño se retiró callado, tal como cuando lo hab­ían hecho entrar y le dejó, a su vez, la incógnita de si había com­prendido la recomendación o no.

Otra angustia para el pueblo, que en silencio acompañó a su víctima. La sociedad ya estaba reacia a toda espera, por lo tanto, a los pocos días, muchas voces volvieron a escucharse implo­rando justicia una vez más. El día que el cuerpo de la joven fue depositado en el ni­cho, un cartel con una leyenda casera y es­crita bajo los efectos de la emoción decía lo si­guiente: “A la espera de justicia”. También la actitud del párroco Agustín fue diferente, imploró justicia y pidió al pue­blo que esforzara la calma. Esto provocó una crisis de nervios en la joven Isabel, que tuvo que ser in­ternada de urgencia. El doctor Emeri, no bien la vio, recomendó absoluto reposo, nada que pudiera per­turbarla y que se evitaran las visitas; aseguró que las pastillas que le recetó la calmar­ían. A pesar de esto, nada lograba que la joven se tranquili­zara, mientras se hallaba en com­pañía de Beti repetía una y otra vez:

—Tuve que haber sido yo, ¡pobre hermanita!

Beti solo podía consolarla.

—Todas estamos en peligro, Isabel.

Pero la joven no entraba en razones ni lograba manera de comprender lo sucedido, se culpaba por no haber ido a espe­rarla esa noche.

—Me habrá estado esperando —dijo a la vez que dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

—¿Por qué no habrá ido a casa? —dijo entonces Beti, también consternada y sin poder soportar el dolor.

—Yo quedé en esperarla, íbamos a ir juntas —respondió.

Cuando, de pronto, recordó el comentario que le hiciera la encargada del conservatorio con respecto al llamado.

—¡No puede ser! —gritó—. ¡No puede ser!

Beti no entendía nada y se desesperó por serenarla.

—¡Isabel!

—¡A mí me querían matar! ¡A mí, a mí! —exclamó una y otra vez.

—¿Por qué decís eso? No tiene sentido.

—¡Sí, sí! A mí me querían matar —aseguró en medio de un llanto incontenible.

Cuando el forense culminó su labor dio el informe, y para ello llamó a Kesman y le dijo:

—Todo me lleva a pensar que es igual a las otras víctimas, las heridas, la manera en que fueron hechas y ningún indicio de que fuera violada; en su interior, a no ser plancton, arena y de­más, no se encontraron materias extrañas, y en sus pulmones, que eran lo más importante, tampoco.

—¿Usted quiere decir que su deceso no fue por inmersión?

—Así es —aseveró—. A pesar de estos microorganismos hallados en la parte superior de la laringe, la defunción cadavé­rica está en buenas formas, es más, con certeza le diría que la muerte se produjo el viernes, a más tardar el jueves, pero me inclino por el viernes.

—¿Y con respecto al arma?

—Puñal, cuchillo, algo así —respondió.

Kesman se quedó en silencio, luego lo observó como espe­rando que le dijera más, pero este solo agregó:

—Tomándola de atrás, igual a las otras; aunque esta vez con destrucción del hígado y perforación del pulmón. Imposi­ble de sobrevivir; ya estaba muerta cuando la tiraron al arroyo.

Cuando regresaba de la reunión con el forense y traía con­sigo el informe imprevistamente le vino a la mente la pintura del desconocido. La recordó de manera vaga. Sí, había un árbol, también algo que resaltaba, pero ¿qué era? ¿Sangre? Y sin de­mora se dirigió hacia el arroyo. Al tomar el Camino Real su rostro se ensombreció, la seriedad lo agravó y cuando se in­ternó en el último tramo del sendero que lo acercaría a la ri­bera, vio de lejos el árbol en cuyo frente las aguas se encrespa­ban levemente. Era lo que había pensado: allí habían encon­trado al cadáver. Se quedó observando desde la distancia y no tuvo du­das: el paisaje elegido por el pintor macabramente era un calco de lo que estaba viendo. Pero ¿por qué ese lugar? ¿Y si fuera el asesino?; sospechas avaladas por la psicóloga Mar­tina, quien, aunque no lo confirmara, parecía fundamentar la culpabilidad del extraño, pues nadie como ella conocía a ese tipo de perso­nas. Entonces, sin contratiempos, pero con pro­funda incerti­dumbre, regresó al pueblo.

Ya la noche caía y no supo por qué motivo se detuvo frente a la vivienda de la joven analista. Golpeó la puerta y es­peró.

—¡Ignacio, no esperaba tu visita! —exclamó desde el um­bral cuando lo vio.

—No sé muy bien por qué vine. Estuve en el arroyo y todo me pareció tan extraño… —le respondió.

—¿En el arroyo... y a qué fuiste? —indagó.

—Es el lugar del crimen —aseveró, luego preguntó—: De­cime, ¿qué viste en esos cuadros?

La joven no respondió, giró sobre sí y observó el interior sombrío del living.

—Pasá, pasá —le dijo señalando el interior—. Pasá que preparo algo para tomar.

Cuando volvió al living lo hizo bebiendo de su copa, y luego dijo con tono determinante:

—Ese hombre tiene una increíble maestría, es magistral en su estilo. ¿Te acordás de aquella muestra a la que asistimos en donde un artista europeo ya deslumbraba con esos trazos? Re­alista, pero con un escape de locura. —Y luego de un sorbo ase­veró—: Aunque es imposible pensar que los clásicos per­mitir­ían pinceladas así.

—Pero ¿por qué ese lugar? —la interrumpió Kesman, contrariado y perplejo al no encontrar nada en claro en las dis­plicentes respuestas de la analista.

—¿Qué lugar?

—El lugar del crimen —respondió.

La joven se levantó y con pasos ágiles se acercó a la puerta; en sus ojos se notaba una inesperada excitación.

—¿Otra copa, Ignacio? —preguntó, como si se desintere­sara del comentario que le hiciera.

Pero Kesman, que estaba tan obsesionado por hallar res­puestas, volvió a insistir.

—Decime, Martina, a estas personas, ¿su patrón emocional les permite momentos de olvido o vacíos? Vos me entendés, no sé cómo explicártelo.

La joven pareció no querer prestarse a tales preguntas, pero luego, tras aspirar una bocanada de aire puro de la ven­tana, dijo:

—La mente da para todo, pero vos tenés que elegir los sueños. Si te guías por ellos, vas a lograr tus propósitos. El gran maestro descubrió esas virtudes y puedo asegurarte que estos provocan los hechos; nunca permitiré a los innovadores que pretenden quitarle la espontaneidad al cosmos. Dejá que guíen tu futuro. Los de Jung dicen, estúpidamente, que el espí­ritu y el alma se armonizan en un dios interior; pero mi Dios, Ignacio, no es interior, sino universal. —Luego de estas pala­bras pareció for­talecerse, y agregó—: No creo que ese extraño tenga un dios interior, tan solo refleja lo que ve; aunque nada de su alrededor le transmite algo. Es más, Ignacio, estoy segura de que ni siquiera sabe expresar lo que hace.

—Sí, pero ese árbol está allí y en su pintura también, lo acabo de ver —respondió mirándola.

La joven profesional dio media vuelta sobre sí y bebió con sorbos lar­gos hasta concluir su copa.

—Inerte, sin vida, Ignacio, pura casualidad, solo él lo ve así.

—¿Y esas flores? —preguntó entonces Kesman.

La joven calló fijando los ojos en un punto inexistente y luego dijo con un tono muy apocado:

—Son solo flores, mi amor. Pero sí debo decirte que la enajenación produce vacío y en ella puede caber hasta la muerte.

Kesman no lograba atar cabos, pensaba que si fuera un psicópata, jamás transitaría al descubierto sin dejar algo al azar que lo descubriera. Además, alguien en algún momento lo de­lataría, puesto que sus actitudes y sus movi­mientos no eran del todo normales. Si bien había estado en el lu­gar del hecho, más le pareció que por ausencia mental que por haber participado en él.

Al llegar a su despacho se sorprendió cuando vio que Beti estaba esperándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Isabel quiere verlo urgente —respondió la joven.

Cuando ingresó a la clínica, la enfermera le anticipó del estado depresivo de la joven, que estaba bajo fuertes tranquili­zantes. Se instaló a su lado y la tomó de la mano; a la vez, una notable desesperanza se dibujaba en su rostro. Luego, en no más de un cuarto de hora, la joven comenzó a transpirar y a girar la cabeza de un lado para el otro, y a pesar de su esmero por tranquilizarla quitándole la transpiración con un pañuelo, nada la calmaba.

—¡Fue a mí, fue a mí! —balbució la joven dando muestras de que las pastillas ya estaban menguando su efecto.

—Isabel... querida —se desesperó.

—¡Me quiere matar!

—¡Isabel, por favor, despertate!

La joven parecía entrada en un trance, pues su pecho co­menzaba a agitarse y su respiración, a obstruirse.

—¡No! ¡No! —gritó de pronto—. ¡Me quiere matar!

—¡Isabel, tranquilizate! —suplicó intentando despertarla.

Pero nada podía hacer, la joven continuaba excla­mando:

—¡Me va a matar, tiene un puñal, Ignacio! ¡No!

Ya desesperado, la tomó de los hombros y la sacudió con vehemencia, a la vez que llamaba a las enfermeras. Cuando la joven logró despegar sus párpados, comenzó a inspeccionar la habitación sin comprender dónde estaba; sus bellos ojos se veían desorbitados y la blancura de su rostro impresionaba sobremanera.

—Otra vez la pesadilla —balbució la joven una vez que comprendió su situación, y se echó a llorar en sus brazos.

Kesman se sintió culpable al recordar que desmereció lo dicho por la joven con respecto a esas imágenes horribles; se lamentó por no haber logrado una aproximación sobre ellas. ¿Qué le restaba por hacer? ¿Ahondar las sospechas efímeras sobre el extraño de la colina? Se trasladó imaginariamente al día siguiente y supo lo difícil que sería llegar a su despacho y ver los informes sin respuesta sobre el escritorio; la amargura lo estaba traicio­nando y pensó que aún faltaba lo peor. Sintió temor con solo imaginar lo que diría Quintana, y hasta creyó que Agustín tam­bién exigiría su detención, pues ya era un re­clamo imperante. No se podía seguir permitiendo que esos hechos sucedieran, Dios también había creado la justicia de los hom­bres. Pero todo le llegaba a la cabeza oprimiéndolo y pro­vocándole indecisión.

Cuando la joven se serenó, le comentó lo del llamado y eso le llamó la atención. Por primera vez el posible asesino había tenido palabras; era lo que esperaba, que diera indicios de que merodeaba por el pueblo. Y, aunque una y otra vez tuvo que esquivar los fracasos y las detenciones equivocadas, en un ra­malazo de pensamientos recorrió todas sus sospechas. Sabía que era alguien que andaba entre la gente, de eso no tenía du­das. Pidió a la enfermera que cuidara de Isabel, y a Beti, que tranquili­zara a la madre, porque la señora sufría de hiperten­sión. Luego de averiguar el domicilio de la encargada del con­servatorio, se dirigió hacia allí. Era necesario que le pudiera aclarar algo; si era verdad lo del llamado, entonces habría fun­dadas razones para el estado de la joven.

Luego de golpear la puerta, permaneció por un instante ob­servando la calle entumecida. Supo de su responsabilidad, aun­que la víctima pasara a ser un número más en los archivos de homicidios. Pero lo que no cerraba en su análisis era cómo había podido el asesino matarla en la entrada del pueblo y trasladarla luego hasta el río.

La encargada llegó hasta el umbral, compungida y atemo­rizada y, al verle la rigidez en la mirada, supo a lo que iba.

—Pase —dijo entonces—. Tome asiento.

Kesman se sentó y se fregó el rostro con las manos desde las cejas hasta la barbilla, luego se asentó el cabello; sus ojos se veían irritados y cansados. Luego miró a la mujer, que, con pre­ocupación, esperaba sus preguntas.

—Es sobre ese llamado —le dijo sin vueltas.

—Sí, habrá sido a las veinte horas más o menos.

—¿Cómo fue esa comunicación?

Tardó en responderle, pero luego le dijo:

—Como todas, muchas personas llaman a las chicas, in­cluso usted lo ha hecho.

—Me refiero a si algo le llamó la atención —aclaró mirán­dola.

—No, solo dijo: “¿Con el conservatorio?”. Por eso pensé que no era habitual su llamado.

Se quedó un instante pensativo tras esas palabras, luego preguntó:

—Dígame, ¿cómo fue el diálogo con esa persona?

—Usted sabrá, comisario, entre pianos y violines uno no puede recordar mucho, pero se la veía alegre. No tengo duda de que era con alguien conocido.

—¿Recuerda usted exactamente qué se dijeron?

—No, solo la escuché decir: “A las veintidós me espera, sí a las veintidós”, luego cortó.

—¡Sí, entonces tenía razón Isabel! —afirmó Kesman, gi­rando la cabeza de un lado a otro.

—¿Cómo? —preguntó la mujer, sorprendida.

—¿No se da cuenta? No era a Julieta a quien quería matar, sino a Isabel.

—Pero la mataron a ella y... No entiendo —agregó tomán­dose la cabeza.

Kesman tomó distancia, sus ojos iban hacia el ca­llejón, en donde las débiles luces titilaban y dejaban una incons­tante pe­numbra y claridad.

—Quería matar a Isabel —balbució, y luego agregó enfáti­camente—: Que haya matado a Julieta pudo haber sido por dos motivos: uno, por equivocación y el otro, para prevenirla.

—¿Prevenirla de qué, comisario? —preguntó entonces la encargada, que nada entendía.

—Eso no sé decirle —le respondió mientras se levantaba.

Y cuando ya estaba en la calle escuchó la súplica de la mujer, que desde el umbral le decía:

—¡Detenga a ese asesino, comisario! ¡Deténgalo, por fa­vor!

Con cautela subió a su automóvil y permaneció un largo rato al volante escudriñando la noche; para entonces, la ala­meda y el pinar contorneaban en oro sus siluetas y la luna re­cién comenzaba a deslizar su luz plateada por las lade­ras. Las intermitentes luciérnagas aggiornaban ese anochecer deam­bulando sobre la hierba y sobre la imperceptible bruma que recién comenzaba a levantarse al final del Camino Real. ¿Cómo aceptar que tan bella geografía fuera escenario de ase­sinatos? Esa zona solía ser frecuentada por muchos enamora­dos que se alejaban a la vera del arroyo, pues era propicio para el amor. Cuántas veces llevó a Isabel a caminar por ese sendero bajo el sol sangrante del ocaso a la espera de las primeras es­trellas. Ni cuenta se dio de que su automóvil ascendía las coli­nas y de que, tras pasar el pinar, se detenía en el mismo lugar en donde había visto al extraño sen­tado bajo la lluvia. El sauce que se delineaba plateado era un testigo amorfo de lo sucedido, como el ondear de las aguas que se perdían tras un recodo me­cido ante la brisa que parecía lle­var los sueños de la joven muerta.

Cuando los ecos sordos de las sierras le llegaron a los oí­dos con el cantar de los gallos y el ladrido de algunos perros, tuvo noción del tiempo transcurrido; en el aserradero comen­zaba la labor a las cuatro de la madrugada. Al retomar la mar­cha, una inesperada alucinación pareció poseerlo, creyó ver otra vez a ese hombre sobre la colina; pero le bastó refregarse los ojos para asumir la cruda realidad: nadie estaba allí, solo él con su preocupación y su desconcierto. Entonces, no tuvo otra opción más que esperar a que la joven se recuperara para que ahondara en los detalles concernientes a su pesadilla. Si hubiera seguido el consejo de su padre, hoy sería un tranquilo hombre de negocios, un administrador de consorcios. Pero no valía la pena re­morderse la conciencia ahora por el error come­tido; no obstante, por primera vez veía con serios problemas que le otorgasen el cargo que ambicionaba. Es más, ya lo des­cartaba, pensó que no había hecho nada en su carrera en los últimos años que mereciera una buena consideración para lo­grarlo, y menos ahora con algo tan intrincado y confuso como era esta serie de asesinatos.

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