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Título original: 10 % Human

© Nycteris, Ltd, 2015.

© de la traducción: Roc Filella Escola, 2019.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2019. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO546

ISBN: 9788491874614

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo. La curación

Introducción. El otro 90 %

1. Los males del siglo xxi

2. Toda enfermedad comienza en el intestino

3. El control de la mente

4. El microbio egoísta

5. La guerra de los gérmenes

6. Somos lo que ellos comen

7. Desde el primer aliento

8. La restauración microbiana

Conclusión. La salud en el siglo xxi

Epílogo. 100 % humanos

Bibliografía

Agradecimientos

Notas

PARA BEN Y SUS MICROBIOS, MI SUPERORGANISMO FAVORITO

En el corazón de la ciencia existe un equilibrio fundamental entre dos actitudes aparentemente contradictorias: la apertura a las ideas nuevas, por extrañas e increíbles que puedan ser, y el escrutinio más despiadado y escéptico de todas las ideas, antiguas y nuevas. Así es como se avientan las verdades para separarlas del profundo sinsentido.

CARL SAGAN

PRÓLOGO
LA CURACIÓN

Al regresar por la selva aquella noche del verano de 2005, con veinte murciélagos en bolsas de algodón colgadas del cuello y toda clase de insectos lanzándose contra la luz de la linterna que llevaba en el casco, sentí que me escocían los tobillos. Llevaba los pantalones empapados de repelente. Los tenía metidos en los calcetines antisanguijuelas, debajo de los cuales, por si acaso, llevaba otro par. Con la humedad, el sudor que me corría por todo el cuerpo, los caminos embarrados, el miedo a los tigres y los mosquitos, tenía más que suficiente cuando salía a recoger los murciélagos de las trampas, en la oscuridad de la selva. Pero algo atravesó la barrera de tela y sustancias químicas que me protegía la piel. Algo que me escocía.

Tenía veintidós años y estaba pasando tres meses en el corazón de la Reserva de la Naturaleza de Krau, en la Malasia peninsular. Aquellos días iban a cambiar mi vida. Durante mis estudios de Biología, me apasioné por los murciélagos. Cuando se me presentó la oportunidad de trabajar de ayudante de campo de un científico británico especialista en murciélagos, acepté sin dudarlo un segundo. Los encuentros con lagartos langures marrones, gibones y una extraordinaria diversidad de murciélagos parecían compensar las incomodidades de tener que dormir en una hamaca y lavarme en un río infestado de varanos acuáticos. Pero, como iba a descubrir, en la selva tropical el peligro de muerte está oculto.

De regreso en el campamento, situado en un claro de la selva junto al río, me fui sacando todo lo que me envolvía el pie para ver qué era lo que tanta desazón me producía: no eran sanguijuelas, sino garrapatas. Unas cincuenta, algunas agarradas a la piel, otras arrastrándose por mis piernas. Me sacudí las sueltas, y volví a los murciélagos, para medir y registrar los datos pertinentes lo más rápidamente que pude. Después, una vez liberados los murciélagos, con la selva oscura como una boca de lobo y el zumbido de las cigarras, me metí en la hamaca en forma de capullo. Entonces, con unas pincitas, a la luz de la linterna del casco, me quité hasta la última garrapata.

Unos meses después, ya en Londres, se me manifestó la infección tropical provocada por las garrapatas. Se me paralizaba el cuerpo y se me inflamaba el metatarso. Aparecían y desaparecían extraños síntomas, al mismo ritmo que los análisis de sangre y los médicos especialistas. El dolor, la fatiga y el desconcierto llegaban sin avisar, me dejaban la vida en suspenso. Luego desaparecían sin más, como si nada hubiera ocurrido. Cuando, muchos años después, me dieron un diagnóstico, la infección ya estaba asentada. Me sometieron entonces a un programa de antibióticos de tiempo e intensidad suficientes para curar a todo un rebaño de ganado. Por fin, me iba a curar.

Sin embargo, inesperadamente, la historia no acabó ahí. Estaba curada, pero no solo de la infección de las garrapatas. Parecía que me había curado como si fuese un trozo de carne. Los antibióticos habían surtido su mágico efecto, pero empecé a padecer síntomas nuevos, tan diversos como antes. Tenía la piel en carne viva y sentía muchas molestias en el vientre. Además, me contagiaba de prácticamente cualquier infección que me rondara. Sospechaba que los antibióticos que había tomado no solo habían acabado con la plaga de bacterias extrañas que me invadieron, sino también con las que me eran propias. Tenía la sensación de ser inhóspita para los microbios, y descubrí lo mucho que necesitaba a los cien billones de aquellas amables y diminutas criaturas que, hasta hacía poco, tuvieron su casa en mi cuerpo.

Solo eres humano en un diez por ciento.

Por cada una de las células que componen esa vasija que llamas «cuerpo», hay otras nueve células impostoras que piden que las lleves contigo. No eres solo carne y sangre, músculo y hueso, cerebro y piel, sino también bacterias y hongos. Eres más «ellos» que «tú». Solo en el tubo intestinal habitan cien billones de ellos, como el arrecife de coral que crece sobre el sólido suelo marino que son. Unas cuatro mil especies diferentes habitan sus pequeños nichos, anidados entre los pliegues que convierten la superficie del metro y medio del colon en una cama doble. A lo largo de la vida, habrás alojado virus cuyo peso en conjunto será equivalente al de cinco elefantes africanos. Por tu piel corren multitud de ellos. En la punta de los dedos, llevas más que habitantes tiene Gran Bretaña.

Desagradable, ¿verdad? Es evidente que somos demasiado refinados, demasiado higiénicos, demasiado evolucionados para convivir con tan gran colonia. ¿No deberíamos habernos desprendido de los microbios, como lo hicimos con el pelo y la cola, cuando abandonamos la selva? ¿No tiene la medicina actual instrumentos que nos ayuden a evitarlos, para poder vivir de forma más limpia, sana e independiente? Hemos tolerado el hábitat microbiano de nuestro cuerpo desde que se descubrió, porque parecía que no nos provocaba ningún daño. Pero, a diferencia de los arrecifes de coral o de las selvas, no hemos pensado en protegerlo, y mucho menos en mimarlo.

Como bióloga evolutiva, estoy preparada para observar la ventaja, el significado, de la anatomía y la conducta de un organismo. Por lo general, las características e interacciones realmente perjudiciales las combatimos, o se perdieron con la evolución. Eso me llevó a pensar: nuestros cien billones de microbios no podrían considerarnos su casa si no nos aportaran algo. El sistema inmunitario nos libera de los gérmenes y nos cura de las infecciones. ¿Por qué, entonces, iba a tolerar tal invasión? Después de librar una guerra contra mis invasores, tanto los buenos como los malos, en una guerra química de bastantes meses, quería conocer mejor los daños colaterales que esa contienda había provocado en mí.

Resultó que me planteé esta pregunta en el momento preciso. Después de décadas de pausados intentos científicos de saber más sobre los microbios del cuerpo mediante cultivos en placas de Petri, por fin la tecnología podía satisfacer nuestra curiosidad. La mayoría de los microbios que habitan en nuestro interior mueren al ser expuestos al oxígeno, pues están adaptados a un medio libre de oxígeno: las profundidades de los intestinos. Es difícil cultivarlos fuera del cuerpo, y más complicado aún experimentar con ellos.

Sin embargo, tras el trascendental Proyecto Genoma Humano, con el que se descodificaron todos y cada uno de los genes humanos, hoy los científicos pueden secuenciar mejor inmensas cantidades de ADN, con muchísima rapidez y por un precio muy reducido. En la actualidad, también podemos identificar los microbios muertos que expulsamos con las heces, porque su ADN permanece intacto. Creíamos que nuestros microbios carecían de importancia, pero la ciencia está empezando a desvelar algo muy distinto. Una historia de entrelazamiento de nuestra vida con esos huéspedes que llevamos a cuestas, con los microbios que van corriendo por nuestro cuerpo, una vida en la que nos es imposible estar sanos si no contamos con ellos.

En mi caso, los problemas de salud eran la punta del iceberg. Conocí las nuevas pruebas científicas que apuntaban a que la alteración de los microbios del cuerpo está detrás de los trastornos intestinales, las alergias, las enfermedades autoinmunes y hasta de la obesidad. Y no solo podía afectar a la salud física, sino también a la mental: angustia, depresión, trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) y autismo. Muchas de las enfermedades que aceptamos como parte de la vida no se debían, al parecer, a fallos de los genes, ni a que nuestro cuerpo nos abandone, sino que eran de reciente aparición y se relacionaban con nuestra incapacidad de cuidar de quienes constituyen una inmensa prolongación de las células humanas: nuestros microbios.

Con mis investigaciones, esperaba descubrir los daños que los antibióticos que había tomado habían provocado en mi colonia microbiana; cómo hicieron que enfermara y qué podía hacer para recuperar el equilibrio de los microbios que albergaba antes de aquella noche de las garrapatas, ocho años atrás. Para saber más, me dispuse a dar el paso definitivo del autodescubrimiento: la secuenciación del ADN. Pero, en lugar de secuenciar mis genes, haría que me secuenciaran el de mi colonia personal de microbios (mi microbioma). Si sabía qué especies y variedades de bacterias habitaban en mí, dispondría de un punto de partida para la automejora. Con los últimos conocimientos sobre lo que debía de significar vivir en mi cuerpo, podría juzgar cuánto daño me había provocado, e intentar corregirlo. Utilicé un programa de ciencia ciudadana, el Proyecto Intestinal Americano, cuyo centro está en el laboratorio del profesor Rob Knight de la Universidad de Colorado, en Boulder. El proyecto, que acepta donaciones de cualquier parte del mundo, secuencia muestras de microbios del cuerpo humano, para saber más sobre las especies que albergamos y cuál es su efecto en nuestra salud. Envié una muestra de heces con microbios de mi tubo intestinal, y recibí una imagen instantánea del ecosistema que se hospedaba en mi cuerpo.

Después de años de tomar antibióticos, me alivió saber que tenía en el cuerpo todos los tipos de bacterias. Fue agradable saber que los grupos que cobijaba eran al menos muy similares a los de otros participantes africanos del Proyecto Intestinal Americano, y no el equivalente microbiano a criaturas mutantes que se buscaban la vida en un páramo tóxico. Pero, tal vez como era de esperar, las diversas bacterias que habitaban en mí tenían sus problemas. En la parte superior de la jerarquía taxonómica, la diversidad era relativamente escasa, de carácter más bipartito comparada con la de los intestinos de otros. Más del noventa y siete por ciento de mis bacterias pertenecían a los dos principales grupos bacterianos, frente al noventa por ciento del participante medio del proyecto. Podía ser que los antibióticos que había tomado hubiesen acabado con algunas de las especies menos abundantes, dejándome solo con los supervivientes más resistentes. Me intrigaba saber si esa pérdida podía estar relacionada con algunos de mis recientes problemas de salud.

No obstante, del mismo modo que comparar una selva tropical con un bosque de robles considerando la proporción de árboles y arbustos, o de aves y mamíferos, revela muy poco sobre el funcionamiento de ambos sistemas, es posible que comparar mis bacterias a tan gran escala no me diga mucha cosa sobre la salud de mi comunidad interior. En el otro extremo de la jerarquía taxonómica estaban los géneros y las especies que vivían en mí. ¿Qué podía desvelar sobre mi actual estado de salud la identidad de las bacterias que habían resistido durante todo el tratamiento al que estuve sometida, o la de las que habían regresado una vez concluida mi cura? O, quizá más exactamente, ¿qué repercusión tenía en mí la ausencia de las bacterias caídas en la guerra química que les había declarado?

Cuando me puse a averiguar más sobre nosotros (yo y mis microbios), decidí poner en práctica lo que descubriera. Quería devolverles a su buen estado anterior, y sabía que, para recuperar una colonia que trabajara en armonía con mis células, necesitaba introducir cambios en mi vida. Si el origen de mis recientes síntomas estaba en el daño colateral que sin darme cuenta había infligido a mi microbiota, quizá pudiera enmendarlo y librarme de las alergias, los problemas de piel y las casi constantes infecciones. Me preocupaba por mí, pero también por los hijos que esperaba tener en los próximos años. Dado que les iba a transmitir no solo mis genes, sino también mis microbios, quería estar segura de que les iba a dar algo que mereciera la pena.

Decidí dar prioridad a los microbios y cambiar de dieta para satisfacer mejor sus necesidades. Programé la secuenciación de una segunda muestra después de que los cambios en mi modo de vida pudieran haber surtido efecto, con la esperanza de que la diferencia en la diversidad y el equilibrio de las especies que albergaba avalaran mis esfuerzos. Y, sobre todo, confiaba en que la inversión que hacía en todo ello fuera rentable, porque abriría la puerta a una salud mejor y a una vida más feliz.

INTRODUCCIÓN
EL OTRO 90%

En mayo de 2000, justo unas semanas antes del anuncio del primer borrador del genoma humano, empezó a circular una libreta entre los científicos que se hallaban en el bar del laboratorio Cold Spring Harbor del estado de Nueva York. La excitación se debía a la siguiente fase del Proyecto Genoma Humano, en la que se dividiría el ADN en sus partes funcionales: los genes. En la libreta se anotaban las respuestas del grupo de personas mejor informadas del planeta sobre una pregunta inquietante: ¿cuántos genes se necesitan para construir a un ser humano?

Lee Rowen, investigadora con años de experiencia y directora de un grupo que trabajaba en la descodificación de los cromosomas 14 y 15, iba sorbiendo su cerveza mientras reflexionaba sobre la pregunta. Los genes producen las proteínas, que son los ladrillos con que se construye la vida. Por la propia complejidad de los humanos, parecía probable que la cifra sería elevada. Mayor que la del ratón, sin duda, del que se sabía que tiene veintitrés mil genes. Probablemente, mayor que la de la planta del trigo, con sus veintiséis mil genes. Y, por supuesto, mucho mayor que la de «El Gusano», una especie de laboratorio favorita de los biólogos evolutivos, con sus veinte mil quinientos genes.

La media de las suposiciones era de cincuenta y cinco mil genes, y la cifra más alta, de ciento cuarenta mil; sin embargo, la experiencia que Rowen tenía en ese campo hizo que se inclinara por una cantidad inferior. Ese año apostó por cuarenta y un mil cuatrocientos genes, y un año después, rebajó la apuesta a veinticinco mil novecientos cuarenta y siete. En 2003, cuando acababa de aparecer la secuencia casi completa del número de genes, Rowen se llevó el premio. Su apuesta era la más baja de las ciento sesenta y cinco registradas. El último recuento de genes daba una cifra inferior a la que cualquier científico jamás hubiera previsto.

Con solo la humilde cantidad de veintiún mil genes, el genoma humano supera en muy poco el de El Gusano (C. elegans). Tiene la mitad del tamaño del de la planta del arroz, y hasta la modesta pulga de agua lo aventaja, con treinta y un mil genes. Ninguna de estas especies sabe hablar, crear ni tener pensamientos inteligentes. Podrías pensar, como hicieron los científicos que participaron en aquellas apuestas, que el ser humano debería tener muchísimos más genes que las hierbas, los gusanos y las pulgas. Al fin y al cabo, los genes producen proteínas, y las proteínas construyen los cuerpos. Era evidente que un cuerpo tan complicado y complejo como el humano necesitaría más proteínas, y, por consiguiente, más genes que el del gusano, ¿no?

Pero estos veintiún mil genes no son los únicos que circulan por tu cuerpo. No vivimos solos. Cada uno de nosotros es un superorganismo, un colectivo de especies, que viven codo con codo y dirigen en régimen cooperativo el cuerpo que nos sostiene. Nuestras células propias, aunque de mucho mayor tamaño y peso, guardan una relación de una a diez con las de los microbios que viven en y de nosotros. La mayor parte de estos cien billones de microbios —conocidos como la microbiota— son bacterias: seres microscópicos, cada uno compuesto de una sola célula. Junto con las bacterias, hay otros microbios: virus, hongos y arqueas. Los virus son tan simples y pequeños que suponen un reto para nuestras ideas sobre lo que es la «vida». Para reproducirse, dependen por completo de las células de otras criaturas. Los hongos que viven a nuestras expensas suelen ser levaduras; son organismos más complejos que las bacterias, pero, aun así, pequeños y unicelulares. Las arqueas son un grupo parecido al de las bacterias, pero, desde el punto de vista de la evolución, se distinguen de las bacterias del mismo modo que estas se diferencian de las plantas o los animales. En su conjunto, los microbios que viven en el cuerpo humano contienen 4,4 millones de genes: es el microbioma, los genomas colectivos de la microbiota. Estos genes colaboran con los veintiún mil genes humanos en el funcionamiento de nuestro cuerpo. Según estas cuentas, en términos porcentuales, solo somos medio humanos.


figura 1. Árbol simplificado de la vida, con los tres dominios y los cuatro reinos del Dominio Eucaria

Hoy sabemos que el origen de la complejidad del genoma humano no solo está en el número de genes que contiene, sino también en las muchas combinaciones de proteínas que estos genes son capaces de hacer. Nosotros, y otros muchos animales, podemos extraer de nuestro genoma más funciones de las que a primera vista parece que codifica. Sin embargo, los genes de nuestros microbios hacen aún más compleja la mezcla, con lo que el cuerpo humano recibe unos servicios que estos organismos simples desarrollan con mayor rapidez y facilidad.

Hasta hace poco, el estudio de estos microbios dependía de poder cultivarlos en placas de Petri llenas de un caldo compuesto de sangre, médula ósea o azúcares, en una suspensión de gelatina. No es tarea fácil: la mayoría de las especies que viven en el tracto digestivo humano mueren al quedar expuestas al oxígeno. Y, más aún, cultivar microbios en estas placas significa adivinar qué nutrientes, temperatura y gases puedan necesitar para sobrevivir. Y no saberlo imposibilita averiguar más sobre una determinada especie. Cultivar microbios es como saber quién falta en clase leyendo la lista de alumnos: si no se dicen los nombres, no se puede saber quién está y quién no. La tecnología actual —la posibilidad de secuenciar el ADN de forma rápida y económica, gracias a los esfuerzos de quienes trabajan en el Proyecto Genoma Humano— se parece más al sistema de pedir el DNI al entrar en clase; se puede registrar incluso a quienes no se esperaba.

Cuando estaba a punto de concluir el Proyecto Genoma Humano, las expectativas eran muy altas. Se consideró que era la clave de nuestra humanidad, la obra más grande de Dios, la biblioteca sagrada que guardaba el secreto de las enfermedades. Cuando se completó el primer borrador en junio de 2000, con un presupuesto de dos mil setecientos millones de dólares y varios años antes de lo previsto, el presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, declaró:

Hoy, estamos descubriendo el lenguaje de la vida que Dios creó. Cada vez es mayor el asombro ante la complejidad, la belleza y la maravilla del regalo más sagrado y divino que nos ha hecho. Con este profundo y nuevo conocimiento, la humanidad está a punto de conseguir un nuevo e inmenso poder para curar las enfermedades. La ciencia del genoma tendrá un verdadero impacto en nuestra vida y, más aún, en la de nuestros hijos. Revolucionará el diagnóstico, la prevención y el tratamiento de, si no todas, la mayoría de las dolencias humanas.

Sin embargo, en los años posteriores, periodistas científicos de todo el mundo comenzaron a manifestar su desengaño por lo que el conocimiento de la secuencia completa de nuestro ADN había aportado a la medicina. La descodificación de nuestro propio manual de instrucciones es sin duda un logro innegable que ha marcado una gran diferencia en el tratamiento de varias enfermedades graves, pero todavía no ha desvelado todo lo que de ella esperábamos sobre las causas de las enfermedades comunes. La busca de diferencias genéticas en las personas que padecen una determinada enfermedad no estableció una relación directa con tantas condiciones médicas, no tanto como se había esperado. En muchos casos, existía una relación débil entre estas condiciones y decenas o cientos de variantes genéticas, pero eran raros los casos en los que una variante de un gen concreto fuera la causa directa de una determinada enfermedad.

Entrados ya en el nuevo siglo, no supimos darnos cuenta de que la historia no acababa en estos veintiún mil genes nuestros. La tecnología de secuenciación del ADN inventada durante el Proyecto Genoma Humano hizo posible otra importante secuenciación del genoma; una secuenciación, sin embargo, que ha llamado mucho menos la atención de los medios de comunicación: el Proyecto Microbioma Humano. El PMH, en lugar de fijarse en el genoma de nuestra especie, se puso en marcha con el fin de utilizar los genomas de los microbios que viven en el cuerpo humano —el microbioma— para determinar la identidad de las especies presentes.

La investigación sobre nuestros cohabitantes ya no volvería a depender de las placas de Petri ni de la excesiva abundancia de oxígeno. Con un presupuesto de ciento setenta millones de dólares y un programa de cinco años de secuenciación del ADN, el PMH iba a descifrar miles de veces más ADN que el PGH, a partir de los microbios que viven en dieciocho hábitats diferentes del cuerpo humano. Sería un estudio mucho más profundo de los genes, humanos y microbianos, que forman la persona. Cuando, en 2012, concluyó la primera fase de investigación del PMH, ningún líder mundial hizo declaración victoriosa alguna, y solo unos pocos periódicos se hicieron eco de la noticia. Pero el PMH desvelaría mucho más sobre lo que hoy significa ser humano de lo que nuestro genoma jamás ha mostrado.

Desde el nacimiento de la vida, las especies se han explotado mutuamente, y los microbios han demostrado ser particularmente eficientes para ganarse la vida en los más extraños lugares. Por su tamaño microscópico, el cuerpo de otro organismo, en particular el de una criatura grande y vertebrada como el ser humano, no solo representa un nicho ideal, sino todo un mundo de hábitats, ecosistemas y oportunidades. El cuerpo humano, tan variable y dinámico como nuestro planeta, que no para de girar, posee un clima químico que sube y baja con las mareas hormonales, así como unos complejos paisajes que van cambiando con la edad. Para los microbios, somos una suerte de paraíso.

Hemos evolucionado juntos, codo con codo con los microbios, desde mucho antes de que fuéramos humanos. Antes incluso de que nuestros ancestros fueran mamíferos. Todo cuerpo animal, desde la más diminuta mosca de la fruta hasta la mayor de las ballenas, es, pese a todo, otro mundo para los microbios. Pese a la factura que estos les pasan a muchos de ellos, en forma de gérmenes causantes de enfermedades, dar cobijo a una población de estas más que diminutas formas de vida puede reportar grandes beneficios.

El calamar hawaiano, del orden de los sepiólidos —con sus ojos desmesurados y todo el colorido de cualquier personaje de Pixar—, para mitigar un peligro importante para su vida, ha invitado a una singular especie de bacteria bioluminiscente a vivir en una cavidad que tiene debajo del vientre. Ahí, tal organismo luminiscente, la bacteria, conocida como Aliivibrio fischeri, transforma los alimentos en luz, de modo que el calamar, visto desde abajo, brilla. De esta forma, oscurece su silueta contra la superficie del mar iluminada por la luna, con lo que se camufla de los depredadores que se le acercan por la parte inferior. El calamar debe esta protección a las bacterias que habitan en él, y estas deben al calamar tenerlo de anfitrión.

Aunque albergar una fuente microbiana de luz pueda parecer una forma especialmente ingeniosa de aumentar las probabilidades de supervivencia, el calamar no es, ni mucho menos, la única especie que debe su existencia a los microbios de su cuerpo. Las estrategias para la vida son muchas y muy diversas, y la colaboración con los microbios ha sido una fuerza motriz del juego evolutivo desde que aparecieron los seres vivos pluricelulares, hace más de mil doscientos millones de años.

Cuantas más células componen un organismo, más microbios pueden vivir de él. En efecto, es bien conocida la hospitalidad bacteriana de los grandes animales, como todos los tipos de reses. Las vacas comen hierba, pero con sus propios genes pueden obtener muy poco alimento, con esta dieta a base de fibra. Necesitarían unas proteínas especialistas, llamadas enzimas, que puedan romper las duras moléculas que forman las paredes celulares de la hierba. Desarrollar genes que fabriquen estas enzimas puede requerir miles de años, pues depende de mutaciones aleatorias del código de ADN que solo se pueden producir con el sucesivo paso de una generación a otra.

Una forma más rápida de adquirir la capacidad de llegar a los nutrientes encerrados en la hierba es subcontratar la tarea a especialistas: los microbios. Las cuatro cámaras del estómago de la vaca albergan una población de billones de microbios que rompen la fibra vegetal, de manera que el bolo alimenticio —que forma una pelota de sólida fibra vegetal— va y viene por la trituradora mecánica de la boca de la vaca y la descomposición química de las enzimas que realizan los microbios que habitan en el tracto digestivo. Los microbios pueden adquirir con rapidez y facilidad los genes necesarios para esta tarea, porque el paso de una generación a otra suele durar menos de un día, con lo que las oportunidades de mutar y evolucionar se multiplican exponencialmente.

Si el calamar de Hawái y las vacas se pueden beneficiar del trabajo en equipo con los microbios, ¿podemos hacerlo también los humanos? Aceptemos que no comemos hierba ni tenemos un estómago de cuatro cámaras, pero sí poseemos nuestras propias especializaciones. Nuestro estómago es pequeño y simple, suficiente para mezclar los alimentos, echarles unas enzimas para realizar la digestión y añadirles un poco de ácido para matar a los virus no deseados. Pero si vamos bajando por el intestino delgado, donde hay más enzimas que descomponen los alimentos y la sangre absorbe estos a través de una capa de proyecciones de aspecto dactilar que forman una superficie como la de la pista de tenis, llegamos al fondo, más parecido a la pelota que a la pista de tenis, que marca el inicio del intestino grueso. Esta zona en forma de zurrón, situada en la esquina inferior derecha del torso, se llama «el ciego», y es el centro de la comunidad microbiana del cuerpo humano.

Colgando del ciego hay un órgano que tiene fama de no tener más función que la de provocar dolor e infecciones: el apéndice. Su nombre completo —apéndice vermiforme— se refiere a su aspecto de gusano, pero también se podría comparar con una larva o una serpiente. La longitud del apéndice varía, desde el de solo dos centímetros al característico apéndice fibroso de veinticinco centímetros. En muy contados casos, la persona puede tener dos apéndices o ninguno. Si hay que creer en la opinión popular, mejor estaríamos sin apéndice, ya que desde hace más de cien años se repite que no cumple ningún tipo de función. De hecho, parece que el responsable de este persistente mito es el hombre que por fin consiguió colocar la anatomía de los animales en un elegante marco evolutivo. Charles Darwin, en El origen del hombre, continuación de El origen de las especies, incluyó el apéndice al hablar de los órganos «rudimentarios». Después de compararlo con los apéndices mayores de muchos otros animales, Darwin pensó que el apéndice humano era un vestigio, que se fue reduciendo de forma constante a medida que los humanos fueron cambiando de dieta.

A falta de datos que apuntaran a una realidad distinta, el estatus residual del apéndice apenas se puso en entredicho durante los cien años siguientes. Así, la percepción de su inutilidad se agudizó más aún por su tendencia a provocar molestias. Tal aceptación tuvo la idea entre la clase médica dirigente, que, en los años cincuenta, su extirpación pasó a ser una de las intervenciones quirúrgicas más habituales en el mundo desarrollado. Incluso se consideraba que se debía aprovechar cualquier operación abdominal para practicar la apendicectomía. Cualquier hombre tenía una de ocho probabilidades de que en algún momento de la vida le extrajeran el apéndice, y en el caso de las mujeres, las probabilidades eran de una entre cuatro. Entre el cinco y el diez por ciento de las personas sufren apendicitis a lo largo de la vida, normalmente en las décadas previas a tener hijos. Una apendicitis que no se trata de la forma adecuada puede provocar la muerte en la mitad de los casos.

Así pues, el caso del apéndice es un enigma. Si la apendicitis fuera una enfermedad que se produjera de forma natural, y causa de muerte frecuente a una edad temprana, el apéndice hubiera desaparecido rápidamente por selección natural. Quienes tuvieran un apéndice de tamaño suficiente para que se infectara morirían, en la mayoría de los casos antes de reproducirse, y, por lo tanto, no transmitirían sus genes formadores del apéndice. Con el tiempo, hubiera ido disminuyendo progresivamente el número de personas con apéndice, hasta desaparecer. La selección natural hubiera preferido a quienes no lo hubiesen tenido.

El supuesto de Darwin de que el apéndice era una reliquia de nuestro pasado pudo haber tenido cierto peso, de no haber sido por las consecuencias a menudo fatales de tenerlo. Por consiguiente, hay dos explicaciones de la persistencia del apéndice, dos explicaciones que no son mutuamente excluyentes. La primera es que la apendicitis es un fenómeno moderno, consecuencia de algún cambio medioambiental. De modo que es posible que incluso un órgano inútil se hubiera conservado simplemente porque quedó siempre alejado de cualquier problema. La otra es que el apéndice, lejos de ser un vestigio maligno de nuestro pasado evolutivo, en realidad, reporta unos beneficios para la salud que contrarrestan su lado oscuro, con lo que, pese a que puede provocar apendicitis, su presencia tiene valor. Es decir, la selección natural prefiere a quienes lo tenemos. La pregunta es por qué.

La respuesta está en el contenido. El apéndice, cuyas medidas medias son de ocho centímetros de largo y un centímetro de ancho, tiene forma tubular, y está protegido del flujo de la mayor parte de los alimentos digeridos que pasan por delante de su entrada. Pero lejos de ser una tira de carne atrofiada, está repleto de células y moléculas inmunes especializadas. No son inertes, sino que forman parte integral del sistema inmunitario, y protegen y cultivan toda una serie de microbios, con los que se comunican. Dentro del apéndice, estos microbios forman una «biopelícula»: una capa de individuos que se apoyan mutuamente y excluyen las bacterias que pueden ser dañinas. El apéndice no solo no carece de función, sino que parece ser un refugio de seguridad que el cuerpo humano ha puesto a disposición de sus habitantes microbianos.

Como si de un recurso para tiempos difíciles se tratara, esta reserva microbiana viene muy bien cuando las cosas se complican. Después de un proceso de intoxicación alimentaria o de una infección gastrointestinal, estos microbios que han estado holgazaneando en el apéndice pueden servir para repoblar el tubo intestinal. Podría parecer una exagerada póliza de seguros corporal, pero infecciones intestinales como la disentería, el cólera y la giardiasis no se erradicaron por completo en el mundo occidental hasta hace pocas décadas. Las medidas higiénicas públicas, entre ellas los sistemas de alcantarillado y las plantas de tratamiento del agua, han evitado estas enfermedades en los países desarrollados, pero, a nivel global, la causa de una de cada cinco muertes infantiles sigue siendo la diarrea infecciosa. Para quienes no sucumben, es probable que disponer del apéndice acelere su recuperación. Solo en un contexto de relativamente buena salud hemos llegado a pensar que el apéndice no tiene asignada función alguna. El higiénico estilo de vida moderno ha enmascarado las consecuencias negativas de la práctica de la apendicectomía.

La realidad es que la apendicitis es un fenómeno moderno. En los tiempos de Darwin, era extremadamente rara y causa de poquísimas muertes, por lo que quizá podemos perdonarle que creyera que el apéndice no era más que un resto de la evolución, ni dañino ni beneficioso. La apendicitis se hizo común a finales del siglo XIX, cuando se disparó el número de casos registrados, por ejemplo, en un hospital británico, que pasaron de una media estable de tres o cuatro al año antes de 1890, a ciento trece casos anuales en 1918, una subida que se repitió en todo el mundo industrializado. El diagnóstico nunca había sido problema: los dolorosos calambres, y la posterior e inmediata autopsia si el paciente no los superaba, revelaban la causa de la muerte antes incluso de que la apendicitis fuera tan común como hoy.

Se propusieron muchas explicaciones, desde el mayor consumo de carne, mantequilla y azúcar, hasta el bloqueo de las fosas nasales y las caries. En esa época, la opinión general era que la causa última era la disminución de la fibra en la dieta, pero aún hoy abundan las hipótesis, entre ellas la que culpa al excesivo tratamiento de las aguas y a las condiciones higiénicas que genera: el mismo avance que prácticamente dejó inútil al apéndice. Cualquiera que sea la causa definitiva, en los años de la Segunda Guerra Mundial, nuestra memoria colectiva ya era ajena al aumento de los casos de apendicitis, con lo que nos quedó la impresión de que se trataba de una circunstancia previsible, aunque indeseable, de la vida normal.

De hecho, incluso en el mundo desarrollado actual, conservar el apéndice al menos hasta la madurez puede demostrar sus efectos beneficiosos, porque nos protege de infecciones gastrointestinales recurrentes, disfunciones inmunes, la leucemia, enfermedades autoinmunes y hasta los infartos. De algún modo, su función de santuario de vida microbiana es la que genera todos estos beneficios.

El hecho de que el apéndice no tenga nada de inútil demuestra algo merecedor de mayor consideración: los microbios son importantes para el cuerpo. Parece que no se limitan a aprovecharse de nosotros y que los llevemos a cuestas, sino que prestan un servicio de suficiente importancia para que los intestinos hayan desarrollado un asilo donde protegerlos. La pregunta es quién vive ahí y qué es exactamente lo que hace por nosotros.

Hace ya varias décadas que sabemos que los microbios del cuerpo nos reportan unos cuantos beneficios, por ejemplo, los de sintetizar algunas vitaminas esenciales y romper las duras fibras vegetales, pero no fue hasta hace relativamente poco cuando se descubrió la relación entre nuestras células y las de los microbios. A finales de los años noventa, con instrumentos de la biología molecular, los microbiólogos dieron un gran salto hacia el mejor conocimiento de nuestra extraña relación con nuestro microbioma.

La nueva tecnología de secuenciación del ADN nos puede decir cuáles son los microbios presentes, y nos permite situarlos en el árbol de la vida. Con cada paso descendente en esta jerarquía, del dominio al reino y luego al filo o división, la clase, el orden y la familia, hasta terminar en el género, la especie y la cepa, la relación entre los individuos se va haciendo progresivamente más estrecha. En sentido ascendente, los humanos (el género homo y la especie sapiens) somos grandes simios (familia de los homínidos), que con los monos y otros pertenecemos a los primates (orden de los primates). Todos los primates nos agrupamos con nuestros compañeros de pelo y bebedores de leche, como miembros de los mamíferos (especie de los mamíferos), que a continuación pertenecen a un grupo de animales con espina dorsal (división de los cordados) y por último, entre todos los animales, de espina dorsal o cualquier otro tipo (pensemos, por ejemplo, en nuestro calamar), al reino animal y el dominio eucaria. Las bacterias y otros microbios (excepto los virus, que definen la categoría) tienen su sitito en las otras grandes ramas del árbol de la vida; no pertenecen al reino animal, sino a sus propios y exclusivos reinos de dominios separados.

Con la secuenciación se pueden identificar las diferentes especies y colocarlas en el orden jerárquico del árbol de la vida. Un segmento particularmente útil del ADN, el gen 16S rRNA, actúa como una especie de código de barras de las bacterias, un DNI inmediato sin necesidad de secuenciar un genoma bacteriano completo. Cuanto más parecidos son los códigos de los genes 16S rRNA, más estrechamente relacionadas están las especies, y más ramas y subramas del árbol de la vida comparten.

Sin embargo, la secuenciación del ADN no es la única herramienta de la que disponemos para responder las preguntas sobre nuestros microbios, sobre todo las que se refieren a su actividad. Para estos misterios, normalmente recurrimos a los ratones. En particular, al ratón «libre de gérmenes». La primera generación de estos animales nació por cesárea y la mantuvieron aislada en cámaras, para evitar que microbios, beneficiosos o dañinos, la colonizaran. A partir de entonces, la mayoría de los ratones libres de gérmenes simplemente nacen de madres también libres de gérmenes, con lo que se mantiene una línea estéril de roedores que nunca han tenido microbios. Incluso se someten a radiación sus alimentos, que se guardan en envases estériles para evitar que los ratones se puedan contaminar. Trasladar un ratón de una de esas jaulas (parecida a una burbuja) a otra es toda una operación, en la que intervienen sistemas de aspiración y sustancias químicas antimicrobianas.

Con la comparación de los ratones libres de gérmenes con ratones «convencionales», los investigadores pueden determinar los efectos exactos de tener una microbiota. Incluso pueden colonizar un ratón libre de gérmenes con una determinada especie de bacteria, o un pequeño conjunto de especies, para ver el efecto preciso de cada cepa en la biología del ratón. A partir del estudio de estos ratones «gnotobióticos» (de «vida conocida»), nos hacemos una idea de lo que los microbios también hacen en nosotros. Evidentemente, los ratones no son lo mismo que los humanos, y, a veces, los resultados de experimentos realizados con ratones son completamente distintos de los llevados a cabo con humanos. No obstante, son un instrumento de investigación utilísimo que suele dar pistas decisivas. Sin los modelos roedores, la ciencia médica avanzaría a un ritmo millones de veces más lento.

Los ratones libres de gérmenes permitieron al comandante jefe de la ciencia del microbioma, el profesor Jeffrey Gordon, de la Universidad de Washington en San Luis, Misuri, descubrir un notable indicio de la fundamental importancia de la microbiota para el sano funcionamiento del cuerpo. Comparó los intestinos de ratones libres de gérmenes con los de ratones convencionales, y descubrió que, dirigidas por las bacterias, las células del ratón que forman el revestimiento intestinal liberaban una molécula que «alimentaba» a los microbios, lo cual los animaba a asentarse ahí. La presencia de la microbiota no solo cambia la química de los intestinos, sino también su morfología. Las proyecciones de aspecto dactilar se alargan más por la insistencia de los microbios, con lo que el área de la superficie es suficientemente grande para extraer de los alimentos la energía necesaria. Se calcula que las ratas, de no ser por sus microbios, necesitarían comer un treinta por ciento más.

La convivencia entre los microbios y nuestro cuerpo es igualmente beneficiosa para ellos y para nosotros. Mantenemos con ellos una relación no solo de tolerancia, sino también de estímulo. La conciencia de esa realidad, y el poder técnico de la secuenciación del ADN y los estudios con ratones libres gérmenes, iniciaron una revolución científica. El Proyecto Microbioma Humano, dirigido por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, además de otros muchos estudios realizados en laboratorios de todo el mundo, ha desvelado que, para gozar de buena salud y ser felices, dependemos de nuestros microbios.

El cuerpo humano, en su interior y su exterior, forma un paisaje de hábitats tan diverso como cualquier otro de la Tierra. Del mismo modo que los ecosistemas de nuestro planeta están poblados por diferentes especies de plantas y animales, los hábitats del cuerpo humano albergan distintas comunidades de microbios. Somos, como todos los animales, un tubo complejo. Los alimentos entran por uno de sus extremos y salen por el otro. Vemos la piel que nos cubre la superficie «exterior», pero la superficie interior de nuestro tubo también es «exterior»: está expuesta de modo parecido al entorno. Del mismo modo que las distintas capas de la piel nos protegen de los elementos, los microbios invasores y las sustancias dañinas, las células del tubo intestinal que discurre por nuestro interior también tienen la función de protegernos. Nuestro verdadero «interior» no es este intestino, sino los tejidos y órganos, músculos y huesos que abarrotan el espacio entre el interior y el exterior de nuestro yo tubular.

De modo que la superficie del cuerpo no es solo su piel, sino también las vueltas y recodos, los surcos y pliegues de su tubo interno. Con esta imagen del cuerpo, hay que considerar que también los pulmones, la vagina y el tracto urinario son «exteriores» (como parte de la superficie). No importa si está dentro o fuera: toda esta superficie es un potencial terreno para microbios. Las parcelas tienen valores distintos, con comunidades de tipo urbano que se asientan en lugares ricos en recursos como el tubo intestinal, y otros grupos de especies más dispersos que ocupan enclaves hostiles o «rurales», por ejemplo, los pulmones y el estómago. El Proyecto Microbioma Humano nació para clasificar estas comunidades, mediante muestras de microbios de dieciocho enclaves de las superficies interiores y exteriores del cuerpo humano, de cada uno de los cientos de voluntarios que participan en el proyecto.

Durante los últimos cinco años del PMH, los microbiólogos moleculares han oído y han monitorizado el eco biotecnológico de la edad de oro del descubrimiento de las especies, aquella época de armarios repletos de frascos de formol en que se conservaban montones de aves y mamíferos descubiertos y bautizados por los biólogos exploradores de los siglos XVIII y XIX. Resulta que el cuerpo humano esconde un tesoro de cepas y especies nuevas para la ciencia, muchas de las cuales solo se encuentran en uno o dos de los voluntarios que participan en el estudio. Los microbios que habitan en una persona distan muchos de ser los mismos que los que viven en otra, de modo que son muy pocas las cepas bacterianas comunes a todas las personas. En cada uno de nosotros se alojan comunidades de microbios tan exclusivos y personales como las huellas dactilares.

Aunque los detalles más precisos de nuestros habitantes son específicos de cada uno de nosotros, todos albergamos microbios de niveles jerárquicos superiores. Las bacterias que viven en nuestros intestinos, por ejemplo, se parecen más a las de los intestinos de la persona que se sienta a nuestro lado, que a las bacterias de los nudillos de nuestros dedos. Y más aún, nuestras comunidades, pese a su carácter distintivo, realizan funciones normalmente indistinguibles. Es posible que lo que la bacteria A hace por nosotros lo haga la bacteria B en nuestro mejor amigo.

Desde las áridas y frías llanuras de la piel del antebrazo hasta los bosques húmedos de las ingles y el medio ácido y escaso en oxígeno del estómago, cada parte del cuerpo da alojamiento a aquellos microbios que puedan evolucionar para explotarlo. Y dentro de cada hábitat, encuentran su nicho diferentes tipos de especies. La piel, en toda su superficie de aproximadamente dos metros cuadrados, contiene tantos ecosistemas como los paisajes de las Américas, pero en miniatura. Los ocupantes de la piel sebosa de la cara y la espalda son distintos de los del codo seco y expuesto, en la misma medida que las selvas de Panamá lo son de las rocas del Gran Cañón. En la cara y la espalda dominan especies pertenecientes al género Propionibacterium, que se alimentan de las grasas que liberan los agolpados poros de estas áreas; en cambio, los codos y los antebrazos albergan una comunidad mucho más diversa. En las zonas húmedas, como las del ombligo, las axilas y las ingles, tienen su casa las especies Corynebacterium y Staphylococcus, apasionadas de la mucha humedad, y que se alimentan del nitrógeno del sudor.

Esta segunda piel microbiana forma una doble capa protectora para el auténtico interior del cuerpo, y refuerza la solidez de la barrera que forman las células de la piel. Las bacterias invasoras de perversas intenciones luchan por asegurarse un sitio en estas ciudades fronterizas corporales celosamente defendidas, y en su empeño se convierten en blanco del fuego despiadado de las armas químicas. Quizá sean más vulnerables a la invasión los tejidos blandos de la boca, que han de hacer frente común a la colonización por parte de los intrusos que se esconden en la comida o van volando por el aire.

Los investigadores del Proyecto Microbioma Humano sacaron de la boca de los voluntarios no una sola muestra, sino nueve, cada una de un punto algo distinto. Se observó que en estos nueve puntos habitaban comunidades diferentes perfectamente identificables, separadas por escasos centímetros, y compuestas de ochocientas especies de bacterias en las que dominaba la especie Streptococcus y unos pocos grupos más. Los estreptococos tienen mala fama, porque son la causa de muchas enfermedades, desde la «garganta irritada» hasta la fascitis necrotizante, comúnmente conocida como «la infección de la carne». Pero otras muchas especies de este género tienen un comportamiento irreprochable y eliminan a los impertinentes intrusos que se amontonan en esta vulnerable puerta del cuerpo. Por supuesto, estas distancias mínimas entre los puntos de la boca donde se recogieron las muestras pueden parecer insignificantes, pero para los microbios son vastas llanuras y cadenas montañosas de climas tan distintos como el del norte de Escocia y el del sur de Francia.

Imaginemos, pues, el salto climático de la boca a las fosas nasales. Del viscoso charco de saliva sobre un lecho irregular y pedregoso, a la vellosa selva de moco y polvo. En las fosas nasales, como cabe esperar de su condición de guardianas de la entrada a los pulmones, habita una amplia diversidad de grupos bacterianos, que suman unas novecientas especies, incluidas grandes colonias de Propionibacterium, Corynebacterium, Staphylococcus y Moraxella.

Al descender de la garanta hacia el estómago, se observa una espectacular reducción de la enorme diversidad de especies que había en la boca. La extrema acidez del estómago acaba con muchos de los microbios que entran con la comida, y solo se sabe con seguridad de una especie que en algunas personas se asienta de forma permanente en el estómago: la Helicobacter pylori, cuya presencia puede ser tanto una bendición como una maldición. A partir de este punto, el viaje por el tubo intestinal revela una densidad —y diversidad— de microbios progresivamente mayor. El estómago desemboca en el intestino delgado, donde nuestras propias enzimas digieren con rapidez los alimentos, y el flujo sanguíneo los absorbe. Pero ahí sigue habiendo microbios: empiezan con unos diez mil individuos por milímetro de contenido intestinal al principio de este tubo de siete metros de largo, para pasar a la increíble cantidad de diez millones por milímetro al final, donde el intestino delgado se une al inicio del intestino grueso.

Justo en el exterior del refugio que constituye el apéndice hay una metrópoli pululante de microbios, en el corazón del paisaje microbiano del cuerpo humano: el ciego, con forma de pelota de tenis, donde billones de microbios de al menos cuatro mil especies aprovechan al máximo los alimentos a medio digerir que han pasado por la primera fase del proceso de extracción de nutrientes en el intestino delgado. Los trozos duros (las fibras vegetales) se dejan para que, en la fase dos, den cuenta de ellas los microbios.

El colon, que ocupa la mayor parte del intestino grueso, discurre por la parte derecha del torso, cruza el cuerpo por debajo de la caja torácica y después desciende por el lado izquierdo, es el hogar de los microbios en el que vive un billón de individuos por milímetro, en los pliegues y hoyos de sus paredes. Aquí, recogen los restos de la comida y los transforman en energía, dejando que las células de las paredes del colon absorban los desechos. De no ser por los microbios intestinales, estas células del colon se marchitarían y perecerían (las demás células del cuerpo se alimentan del azúcar que la sangre transporta; en cambio, la principal fuente de energía de las células del colon son los productos de desecho de la microbiota). El medio húmedo, cálido y de aspecto pantanoso del colon, con zonas carentes por completo de oxígeno, no solo es fuente de alimentación para sus habitantes, sino una capa mucosa rica en nutrientes, de la que se pueden alimentar los microbios en épocas de hambre.

Para sacar muestras de los diferentes hábitats del aparato digestivo de los voluntarios, los investigadores del PMH tendrían que abrir a estos en canal, por lo que un sistema más práctico para reunir información sobre los habitantes de las vísceras fue secuenciar el ADN de los microbios que se encuentran en las heces. Nosotros mismos y nuestros microbios digerimos y absorbemos la mayor parte de los alimentos a su paso por el tracto digestivo, dejando solo una pequeña parte para que salga por el otro extremo del tubo. Los excrementos, lejos de ser los restos de lo que comemos, están compuestos sobre todo de bacterias, unas muertas y otras vivas. Alrededor del setenta y cinco por ciento del peso húmedo de las heces son bacterias; las fibras vegetales constituyen aproximadamente el diecisiete por ciento.


figura 2. El aparato digestivo humano

En cualquier momento, en tu tracto digestivo hay 1,5 kg de bacterias —más o menos el peso del hígado— que solo viven unos pocos días o semanas. Las cuatro mil especies de bacterias que se encuentran en las heces proporcionan mucha más información sobre el cuerpo humano que todos los demás elementos juntos. Estas bacterias son la rúbrica de nuestra salud y nuestra dieta, no solo como especie, sino como sociedad e individuos. Las bacterias más comunes en las heces, con mucha diferencia, son las Bacteroides, pero, dado que nuestras bacterias comen lo que nosotros comemos, las comunidades bacterianas del tracto digestivo varían entre una persona y otra.

Sin embargo, los microbios intestinales no son simples carroñeros que vivan de nuestras sobras. También nosotros nos servimos de ellos, sobre todo con la subcontrata de funciones para cuyo desarrollo nosotros necesitaríamos una eternidad. Después de todo, ¿por qué preocuparse de tener un gen para una proteína que fabrique vitamina B-12, esencial para el buen funcionamiento del cerebro, si la Klebsiella lo puede hacer por nosotros? ¿Y para qué necesitamos unos genes que den forma a las paredes del intestino, si ya los tienen las Bacteroides? Dejarlos en sus manos es mucho más fácil y económico que desarrollarlos desde cero. Pero, como veremos, la función de los microbios que viven en el tracto digestivo va mucho más allá de la mera síntesis de unas pocas vitaminas.

El Proyecto Microbioma Humano empezó por observar solo la microbiota de personas sanas. Una vez establecido este punto de referencia, el PMH pasó a preguntarse por qué la microbiota es distinta en estados de mala salud, si las enfermedades modernas podrían ser consecuencia de esas diferencias y, de ser así, cuál era la causa. ¿Podría ser que condiciones como el acné, la psoriasis y la dermatitis fueran indicio de la perturbación del normal equilibrio microbiano de la piel? ¿Sería posible que la enfermedad inflamatoria intestinal, los diferentes tipos de cáncer del tracto digestivo y hasta la obesidad se debieran a cambios en las comunidades de microbios que viven en el tubo intestinal? Y, lo más extraordinario, ¿cabría la posibilidad de que estados aparentemente alejados de los epicentros microbianos (como las alergias, las enfermedades autoinmunes e incluso las mentales) tuvieran su origen en una microbiota dañada?

En aquel juego de apuestas de Cold Spring Harbor, la del muy bien informado Lee Rowen apuntaba a un descubrimiento mucho más profundo. No estamos solos, y nuestros pasajeros microbianos han desempeñado en nuestra condición de humanos un papel más importante del que jamás imaginamos. En palabras del profesor Jeffrey Gordon:

Esta percepción de nuestro lado microbiano nos da una nueva visión de nuestra individualidad. Un nuevo sentido de nuestra conexión con el mundo microbiano. El sentimiento del legado de nuestras interacciones personales con nuestra familia y nuestro entorno en los primeros años de vida. Hace que nos detengamos a considerar la posibilidad de que exista una nueva dimensión en nuestra evolución humana.

Hemos llegado a depender de nuestros microbios. Sin ellos seríamos solo una fracción de quienes somos. ¿Qué significa, pues, tener solo un diez por ciento de humanos?

1
LOS MALES DEL SIGLO XXI

En septiembre de 1978, Janet Parker se convirtió en la última persona de la tierra que moría de viruela. A solo unos cien kilómetros de donde, ciento ochenta años antes, Edward Jenner vacunó por primera vez a un niño contra la enfermedad, con pus de la viruela del ganado extraído de una mujer ordeñadora, el cuerpo de Janet Parker fue el último refugio del virus en carne humana. Su profesión de fotógrafa médica de la Universidad de Birmingham nunca hubiera supuesto para ella ningún peligro directo de no haber sido por la proximidad de su cuarto oscuro a un laboratorio de la planta inferior, situado debajo mismo de la habitación donde ella revelaba las fotografías. Una tarde de agosto de aquel año, mientras ordenaba sentada material fotográfico esparcido por encima de su escritorio, los virus de la viruela ascendieron por los conductos del aire desde la habitación de «plagas» del piso inferior, y le provocaron la fatal infección.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) había dedicado diez años a vacunar contra la viruela por todo el mundo. De hecho, aquel verano estaba a punto de anunciar la total erradicación de la enfermedad. Ya había pasado casi un año desde el último caso registrado de viruela por contagio natural. Un joven cocinero de un hospital se había recuperado de una forma leve del virus que tenía su última fortaleza en Somalia. Tal victoria sobre la enfermedad no tenía precedentes. La vacunación había arrinconado a la viruela. Finalmente, la había dejado sin humanos vulnerables a su infección, ni otros posibles destinatarios.

Sin embargo, el virus tuvo un diminuto espacio al que retirarse: las placas de Petri llenas de células humanas que los investigadores empleaban para cultivar y estudiar la enfermedad. La Facultad de Medicina de la Universidad de Birmingham era uno de esos santuarios virales, donde el profesor Henry Bedson y su equipo, ahora que la viruela ya había desaparecido de los humanos, tenían la esperanza de desarrollar un sistema para identificar rápidamente cualquier virus que pudiera surgir de poblaciones animales y pudiera provocar una plaga.

La enfermedad de Janet Parker, cuya causa al principio se atribuyó a algún virus de menor importancia, al cabo de quince días llamó la atención de los médicos especialistas en enfermedades infecciosas. Por entonces, Parker ya estaba cubierta de pústulas, y el diagnóstico más probable era el de viruela. La paciente fue aislada, y se le extrajeron muestras de fluidos para su análisis. Por ironías del destino, se recurrió a la experiencia en identificación del virus de la viruela del equipo del profesor Bedson, para que verificara el diagnóstico. Se confirmaron los temores de Bedson: trasladaron a Parker a un hospital cercano especializado en sistemas de aislamiento. Dos semanas después, el 6 de septiembre, con Parker aún en estado crítico en el hospital, la esposa del profesor Bedson lo encontró muerto en su casa, con signos evidentes de que se había degollado. El 11 de septiembre de 1978, Janet Parker fallecía de viruela.

El destino de Janet Parker fue el mismo que el de cientos de millones antes que ella. Se había infectado de una cepa de la viruela conocida como «Abid», así llamada por el nombre de un niño pakistaní de tres años que había sido víctima de la enfermedad ocho años antes, poco después de que la OMS pusiera en marcha en Pakistán una intensa campaña para erradicar la viruela. En el siglo XVI, la viruela se había convertido en una mortífera enfermedad en la mayor parte del mundo, debido en gran parte a la costumbre de los europeos de explorar y colonizar otras regiones del mundo. En el siglo XVIII, con el crecimiento y la mayor movilidad de las poblaciones humanas, la viruela se extendió hasta convertirse en una de las principales causas de muerte en todo el mundo, asesina de nada menos que cuatrocientos mil europeos cada año, incluidos más o menos uno de cada diez niños. A finales del siglo XVIII, con la variolación (inoculación de la viruela), predecesora primitiva y peligrosa de la vacunación, que implicaba la infección intencionada de personas sanas con fluidos de viruela de otras enfermas, se redujo la factura mortal de la enfermedad. El descubrimiento de Jenner de la vacuna con viruela del ganado supuso otro alivio. En la década de 1950, en los países industrializados la viruela estaba prácticamente erradicada, pero aún se daban en todo el mundo cincuenta millones de casos anuales, que provocaban unos dos millones de muertes.

La viruela había cedido en los países del mundo industrializado, pero en la primera década del siglo XX continuaba el tiránico reinado de muchos otros microbios. La enfermedad contagiosa era, con mucha diferencia, la más común, y a su propagación contribuía la costumbre humana de socializar y explorar. El crecimiento exponencial de la población humana y, con ella, una densidad de población cada vez mayor, no hicieron sino facilitar el salto de persona a persona que los microbios necesitaban dar para seguir su ciclo de vida. En Estados Unidos, las tres principales causas de muerte en 1900 no eran el infarto, el cáncer y el derrame cerebral, sino las enfermedades infecciosas, causadas por microbios que se transmitían entre las personas. Entre ellas, la neumonía, la tuberculosis y la diarrea infecciosa acabaron con la vida de un tercio de la población.

Considerada en su día como «el capitán de los hombres de la muerte», la neumonía empieza como un resfriado. Desciende por los pulmones, dificulta la respiración y provoca fiebre. Más una serie de síntomas que una enfermedad de una única causa, la neumonía debe su existencia a todo el espectro de microbios, desde los diminutos virus, pasando por las bacterias y los hongos, hasta los parásitos protozoos (los «primeros animales»). La culpa de la diarrea infecciosa la tiene, también, una diversidad de microbios. Algunas de sus manifestaciones son la «enfermedad azul» (el cólera), provocada por una bacteria; el «flujo de sangre» (la disentería), generalmente provocada por amebas parásitas, y la «fiebre del castor» (la giardiasis), provocada también por un parásito. La tercera mayor asesina, la tuberculosis, afecta a los pulmones, como la neumonía, pero su causa es más concreta: la infección de una pequeña selección de bacterias pertenecientes al género Mycobacterium.

Otras muchas enfermedades infecciosas también han dejado su marca, en sentido literal o figurado, en nuestra especie: la poliomielitis, el tifus, el sarampión, la sífilis, la difteria, la tosferina y diversos tipos de gripe, entre otras muchas. La polio, causada por un virus que puede infectar al sistema nervioso y destruir los nervios que coordinan los movimientos, paralizaba anualmente a cientos de miles de niños de los países industrializados en los inicios del siglo XX. Se calcula que la sífilis (la enfermedad bacteriana de transmisión sexual) afectaba al quince por ciento de la población de Europa en algún momento de su vida. El sarampión provocaba la muerte a alrededor de un millón de personas al año. Todos los años, la difteria (¿quién se acuerda de ese demoledor de corazones?) provocaba la muerte a quince mil niños en Estados Unidos. En los dos años posteriores a la Primera Guerra Mundial, la gripe causó entre el doble y el quíntuple de muertes más que las provocadas por la propia guerra.

No es extraño que tales azotes influyeran decisivamente en la esperanza de vida de los humanos. Por entonces, en 1900, la esperanza media de vida en todo el planeta era de solo treinta y un años. La cifra no era tan desoladora en los países desarrollados, pero se quedaba en unos escasos cincuenta años. Durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, los humanos conseguimos vivir solo entre veinte y treinta años, aunque la esperanza media de vida fuera inferior. En solo un siglo, y debido no en menor grado a avances realizados en una sola década (la revolución antibiótica de los años cuarenta), nuestra estancia media sobre la tierra se ha duplicado. En 2005, la persona media tenía una esperanza de vida de sesenta y seis años, y los habitantes de los países más ricos llegaban, también de media, a la provecta edad de ochenta años.

En estas cifras influyen de manera muy importante las posibilidades de sobrevivir a la infancia. En 1900, cuando hasta tres de cada diez niños morían antes de los cinco años, la esperanza media de vida era muy inferior. Si, en los inicios de este nuevo siglo, las tasas de mortalidad infantil se hubieran mantenido en el nivel de 1900, en Estados Unidos habrían muerto anualmente más de medio millón de niños antes de cumplir su primer año de vida. La realidad fue que fallecieron unos veintiocho mil. Conseguir que la inmensa mayoría de los niños superen indemnes los cinco primeros años hace que sean muchísimos los que lleguen a la vejez. Eso, obvio, repercute en la esperanza de vida.

Estos efectos distan mucho de sentirse plenamente en gran parte del mundo en desarrollo, pero, como especie, hemos avanzado mucho en la derrota de nuestro mayor y más antiguo enemigo: el patógeno. Los patógenos —microbios causantes de enfermedades— prosperan en las condiciones insanas provocadas por la masificación de la vida humana. Cuantos más nos apiñamos en nuestro planeta, más fácil lo tienen los patógenos para medrar. Con las migraciones, les damos acceso aún a más humanos, y, a su vez, más oportunidades de reproducirse, mutar y evolucionar. Muchas de las enfermedades infecciosas que hemos combatido en los últimos pocos siglos tuvieron su origen en la época en que los primeros humanos abandonaron África y se establecieron por todo el mundo. El dominio del planeta por parte de los patógenos es un reflejo del nuestro; pocas especies poseen tan fiel seguimiento patogénico como nosotros.

Para muchos de quienes vivimos en los países más desarrollados, el reino de las enfermedades infecciosas pertenece al pasado. Casi todo lo que queda de los miles de años de mortal combate con los microbios es el recuerdo de los pinchazos inclementes con que nos vacunaban en la infancia, seguidos del «premio» de un terrón de azúcar impregnado de la vacuna contra la polio y, quizá para ser más exactos, las melodramáticas colas a la puerta del comedor de la escuela mientras aguardábamos con nuestros compañeros a que nos inyectaran una buena dosis de vitaminas y vigorizantes. Para muchos de los niños y adolescentes actuales, el peso de la historia es aún más ligero, porque no solo han dejado de existir las propias enfermedades, sino que ni siquiera son ya necesarias las, en otro tiempo, rutinarias vacunas, como la temida BCG contra la tuberculosis.

Los avances médicos y las medidas de salud pública —en especial las de finales del siglo XIX y principios del siglo XX— han marcado una profunda diferencia en la vida de los humanos. En particular, cuatro avances nos han llevado de una sociedad de dos generaciones, a una sociedad de cuatro y hasta cinco generaciones en solo una (larga) vida. El primero y más temprano de ellos, cortesía de Edward Jenner y una vaca llamada Pimpollo, es, evidentemente, la vacuna. Jenner sabía que las ordeñadoras estaban protegidas contra la viruela por haber contraído la viruela del ganado, mucho más leve. Pensó que, tal vez, si se inyectaba el pus de una ordeñadora infectada a otra persona, con él se pasaría a esta la misma protección. Su primer auténtico conejillo de Indias fue un niño de ocho años llamado James Phipps, hijo del jardinero de Jenner. Después de inocular a Phipps, pasó a probar a infectar a aquel chico valiente: le inyectó por dos veces pus de auténtica viruela. El niño quedó completamente inmune.

Empezando con la viruela en 1796, y pasando por la rabia, el tifus, el cólera y la peste en el siglo XIX, y decenas de otras enfermedades infecciosas a partir de 1900, la vacuna no solo ha protegido a millones de personas contra el sufrimiento y la muerte, sino que ha llevado a la eliminación en todo el país o a la total erradicación global de algunos patógenos. Gracias a la vacuna, ya no tenemos que confiar exclusivamente en la experiencia de nuestro sistema inmunitario respecto a las enfermedades, para defendernos de los patógenos. En lugar de adquirir defensas contra las enfermedades, hemos sorteado este proceso utilizando la inteligencia para pasar al sistema inmunitario el aviso sobre lo que se pueda encontrar.

Sin vacuna, la invasión de un nuevo patógeno provoca la enfermedad y posiblemente la muerte. El sistema inmunitario, además de ocuparse del microbio invasor, produce unas moléculas llamadas anticuerpos. Si la persona sobrevive, estos anticuerpos forman un equipo especializado de espías que patrullan por el cuerpo en busca de ese particular microbio. Siguen activos mucho después de haber vencido a la enfermedad, para que el sistema inmunitario esté alerta ante una posible nueva invasión del mismo patógeno. La próxima vez que este aparece, el sistema inmunitario está preparado, y se puede impedir que la enfermedad se imponga.

La vacunación imita este proceso natural: enseña al sistema inmunitario a reconocer un determinado patógeno. En vez de padecer la enfermedad para conseguir la inmunidad, ahora solo sufrimos la inyección, o la administración oral, de una versión muerta, debilitada o parcial del patógeno. No padecemos la enfermedad, pero el sistema inmunitario no deja de producir anticuerpos que ayudan al cuerpo a defenderse de ella si se produce una invasión real del mismo patógeno.

Los programas de vacunación universal están diseñados para producir una inmunidad de grupo o «de rebaño», vacunando a un porcentaje de la población suficiente para que las enfermedades contagiosas no puedan seguir extendiéndose. Gracias a la vacunación, muchas enfermedades infecciosas están casi completamente eliminadas en los países desarrollados, y una de ellas, la viruela, está erradicada del todo. La erradicación de la viruela y el paso de la incidencia de la enfermedad de cincuenta millones de casos anuales en todo el mundo a absolutamente ninguno en poco más de una década han supuesto un ahorro de miles de millones en costes de vacunación y atención médica, más los costes sociales indirectos de la enfermedad. Cada veintiséis días, Estados Unidos (que aportó una cantidad desproporcionadamente grande de dinero para la erradicación global) recupera su inversión, por lo que se ahorran en gastos. Los planes de vacunación del Gobierno, contra más o menos una docena de otras enfermedades infecciosas, han reducido drásticamente el número de casos, han evitado mucho sufrimiento, han salvado vidas… y han ahorrado dinero.

En la actualidad, la mayoría de los países del mundo desarrollado disponen de programas de vacunación contra unas diez enfermedades infecciosas. La Organización Mundial de la Salud tiene entre sus objetivos la eliminación regional o erradicación global de media docena de estas enfermedades. El efecto de esos programas en dichas enfermedades ha sido espectacular. Antes de que, en 1988, se pusiera en marcha el programa de erradicación mundial de la polio, el virus afectaba a trescientas cincuenta mil personas al año. En 2012, la enfermedad quedó confinada en únicamente doscientos treinta y tres casos en solo tres países. En veinticinco años, se han evitado alrededor de medio millón de muertes. Además, diez millones de niños que se hubieran quedado paralíticos pueden andar y correr sin ninguna ayuda. Lo mismo ocurre con el sarampión y la rubeola: en solo diez años, la vacunación contra estas enfermedades en su día comunes ha evitado diez millones de muertes en todo el mundo. En Estados Unidos, como en la mayor parte del mundo desarrollado, la incidencia de nueve importantes enfermedades infantiles se ha reducido en un noventa y nueve por ciento gracias a las vacunas. De cada mil niños estadounidenses que nacían vivos en 1950, unos cuarenta morían antes de cumplir un año. En 2005, la cifra había bajado hasta unos cuatro. El éxito de la vacuna es tal que en Occidente solo las personas de mayor edad recuerdan el horror del miedo y el dolor de aquellas enfermedades mortales. Hoy, estamos libres.

Después del avance de las primeras vacunas, llegó una segunda innovación importante para la salud: la higiene en la práctica médica. La higiene hospitalaria aún deja hoy bastante que desear, pero los hospitales actuales, comparados con los de finales del siglo XIX, son templos de la limpieza. Imagina salas abarrotadas de enfermos y moribundos, heridas infectadas abiertas, y las batas de los médicos con las marcas indelebles de sangre y flujos de años de intervenciones quirúrgicas. La limpieza no era importante: se creía que la causa de las infecciones era el «aire malo», el miasma, no los gérmenes. Se pensaba que esta neblina tóxica era debida a la materia en descomposición o el agua sucia, una fuerza intangible que ni médicos ni enfermeras podían controlar. Hacía ya ciento cincuenta años que se habían descubierto los microbios, pero aún no se había establecido la relación entre ellos y la enfermedad. Se consideraba que el miasma no se podía transmitir por contacto físico, de modo que las propias personas encargadas de curar las enfermedades eran las que las propagaban. Los hospitales eran un invento nuevo, fruto del deseo de una atención sanitaria pública y de llevar la medicina «moderna» a las masas. Las intenciones eran buenas, pero los hospitales eran incubadoras malsanas de enfermedades. De hecho, quienes acudían a ellos porque necesitaban un tratamiento ponían en riesgo su vida.

Las mujeres fueron quienes más sufrieron como consecuencia de la proliferación de los hospitales, porque los riesgos del embarazo y del parto, en lugar de disminuir, aumentaron. En la década de 1840, nada menos que un treinta y dos por ciento de las mujeres que daban a luz en el hospital morían como consecuencia del parto. Los médicos —profesión exclusivamente masculina en la época— culpaban de las muertes a cualquier cosa, desde el trauma emocional hasta la suciedad de los intestinos. La verdadera causa de esta tan alta y espantosa tasa de mortalidad la descubriría por fin un joven tocólogo húngaro llamado Ignaz Semmelweis.

En el hospital donde trabajaba, el General de Viena, las mujeres que iban a dar a luz se repartían en dos clínicas distintas en días alternos. Una estaba a cargo de médicos, y la otra, de comadronas. Cada dos días, cuando Semmelweis se dirigía al trabajo, veía a mujeres que daban a luz en la calle, a las puertas del hospital. Uno de esos días, tocaba la clínica de los médicos tenía que atender a las mujeres de parto. Pero estas sabían que tendrían muchos problemas si no lograban aguantar hasta el día siguiente. En la clínica de los médicos, les aguardaba la fiebre puerperal, la principal causa de las muertes. Así que esperaban, soportando el dolor y el frío de la noche, con la esperanza de que su hijo retrasara su llegada al mundo hasta que dieran las doce.

Conseguir ingresar en la clínica de las matronas daba una relativa mayor seguridad. De las mujeres atendidas por matronas morían entre el dos y el ocho por ciento, muchas menos que las que fallecían en la clínica de los médicos.

Pese a su juventud y su escasa relevancia profesional, Semmelweis comenzó a buscar diferencias entre las dos clínicas que pudieran explicar las distintas tasas de mortalidad. Pensó que la culpa la podrían tener el hacinamiento y el aire enrarecido de las salas, pero no encontró pruebas que lo demostraran. Luego, en 1847, un médico amigo, Jakob Kolletschka, falleció después de cortarse accidentalmente con un bisturí de estudiante durante una autopsia. La causa de la muerte: fiebre puerperal.

La muerte de Kolletschka hizo caer en la cuenta a Semmelweis. Los médicos eran quienes propagaban la muerte entre las mujeres de sus salas. Las matronas, en cambio, no tenían ninguna culpa. Y sabía por qué. Mientras las pacientes seguían el proceso de parto, los médicos aprovechaban el tiempo en la morgue, enseñando a los estudiantes de Medicina a usar cadáveres humanos. De un modo u otro, pensó, llevaban la muerte de la sala de autopsias a la de maternidad. Las matronas nunca tocaban un cadáver. Las pacientes que fallecían en sus salas eran probablemente aquellas a las que el sangrado posnatal hacía que un médico tuviera que visitarlas.

Semmelweis no sabía muy bien cómo se producía la muerte al pasar del depósito de cadáveres a la sala de maternidad, pero tuvo una idea sobre cómo impedirla. Para quitarse el desagradable olor a carne en descomposición, los médicos se solían lavar con una solución de lima clorada. Semmelweis pensó que, si dicha solución podía quitar el mal olor, tal vez podría eliminar también al portador de la muerte. Dispuso que los médicos debían lavarse las manos con lima clorada al pasar de realizar una autopsia a examinar a sus pacientes. Al cabo de un mes, la tasa de mortalidad de su hospital había bajado hasta igualarse con la de la clínica de las matronas.

A pesar de los contundentes resultados obtenidos en Viena y después en dos hospitales de Hungría, los contemporáneos de Semmelweis lo ridiculizaron e ignoraron. Se decía que la rigidez y el mal olor de las batas de los cirujanos eran signo de su experiencia y habilidad. «Los médicos son unos caballeros, y los caballeros tienen las manos limpias», decía un importante tocólogo de la época, mientras todos los meses se infectaban y morían muchas mujeres. La sola idea de que los médicos pudieran ser responsables de la muerte de sus pacientes (y no de la vida) significaba una grave ofensa. Y Semmelweis fue objeto de las iras y el posterior abandono de la clase médica dirigente. Las mujeres siguieron jugándose la vida durante décadas, pagando así el precio de la arrogancia de los médicos.

Veinte años después, el gran francés Louis Pasteur desarrolló la teoría de los gérmenes como causa de las enfermedades, que atribuía la infección y la enfermedad a los microbios, no al miasma. En 1884, el doctor y premio Nobel alemán Robert Koch demostró con sus experimentos la teoría de Pasteur. Hacía ya mucho que Semmelweis había muerto. Estuvo obsesionado por la fiebre puerperal y enloqueció de rabia y desesperación. Despotricó contra la profesión médica, defendiendo sus teorías y acusando a sus contemporáneos de ser unos asesinos irresponsables. Un colega consiguió llevarlo a un manicomio, con el pretexto de una visita, y allí lo obligaron a tomar aceite de ricino y fue apaleado por los guardias. Dos semanas después, murió de fiebre, probablemente provocada por las heridas infectadas.

No obstante, la teoría de los gérmenes fue un avance que dio auténtica explicación científica a las observaciones y los remedios de Semmelweis. Los cirujanos de toda Europa adoptaron de inmediato la costumbre del lavado antiséptico de las manos. Las prácticas higiénicas se generalizaron después del trabajo del cirujano británico Joseph Lister. En la década de 1860, Lister leyó un trabajo de Pasteur sobre los microbios y los alimentos. Entonces decidió experimentar con la aplicación de soluciones químicas a las heridas para reducir el riesgo de gangrena y septicemia. Para lavar su instrumental, los vendajes húmedos e incluso para limpiar las heridas durante las operaciones, empleaba ácido carbólico (fenol), del que se sabía que evitaba que la madera se pudriese. Como en su tiempo consiguió Semmelweis, Lister hizo que disminuyera la tasa de mortalidad. Antes de usar el fenol, el cuarenta y cinco por ciento de los pacientes a quienes Lister operaba morían; después, a partir de uso pionero del ácido carbólico, la mortalidad se redujo en dos tercios, hasta alrededor del quince por ciento.

En un sentido muy similar al del trabajo de Semmelweis y de Lister sobre la práctica médica, se produjo un tercer avance en la salud pública: un avance que, ante todo, evitó la muerte de millones de personas. Como ocurre hoy en muchos países en desarrollo, las enfermedades que tienen su origen en el agua fueron un grave problema en Occidente antes del siglo XX. Las siniestras fuerzas del miasma seguían activas, contaminando ríos, pozos y bombas. En agosto de 1854, los habitantes del barrio del Soho de Londres empezaron a caer enfermos. Desarrollaban diarrea, pero no la diarrea que hoy conocemos. Era una sustancia acuosa de color blanco que no cesaba. El enfermo podía expulsar hasta veinte litros al día, que iban a parar a las fosas sépticas de debajo de las hacinadas casas del Soho. La enfermedad era el cólera, y mataba a las personas a cientos.

El doctor John Snow, médico británico, era escéptico sobre la teoría del miasma. Llevaba años buscando una explicación alternativa. Por epidemias anteriores, empezó a sospechar que el origen del cólera estaba en el agua. El último brote producido en el Soho le dio la oportunidad de verificar su teoría. Entrevistó a residentes del barrio y trazó un mapa de los casos de cólera y las muertes debidas a la enfermedad, con el propósito de encontrar una fuente común. Se dio cuenta de que todas las víctimas habían bebido agua de la misma bomba de Broad Street (hoy Broadwick Street), que se encontraba en el centro del mapa del cólera. Incluso a muertes ocurridas en lugares alejados se les podía seguir el rastro hasta la bomba de Broad Street, porque el cólera lo llevaban y transmitían quienes habían bebido de ella. Había una anomalía: ninguno de los monjes de un monasterio del Soho que sacaban el agua de la misma bomba estaba infectado. Pero no era la fe la que los había salvado, sino su costumbre de beber agua de la bomba solo después de convertirla en cerveza.

Snow había buscado patrones: relaciones entre quienes habían enfermado, las razones de que otros se hubiesen salvado, conexiones que explicaran la aparición de la enfermedad más allá del epicentro de Broad Street. Basaba su estudio en la lógica y las pruebas, para desenmarañar aquel brote y rastrear su origen, eliminando maniobras de distracción y buscando la explicación de las anomalías. Su trabajo condujo al cierre de la bomba de Broad Street y al posterior descubrimiento de que una fosa séptica había rebosado y estaba contaminando el suministro de agua. Fue el primer estudio epidemiológico de la historia (es decir, que en él se utilizó la distribución y los patrones de una enfermedad para averiguar su origen). John Snow pasó a utilizar cloro para desinfectar el suministro de agua de la bomba de Broad Street, y su sistema de cloración se implantó rápidamente en otros sitios. Cuando concluía el siglo XIX, el saneamiento del agua era ya una práctica común.

A medida que avanzaba el siglo XX, los tres adelantos en salud pública se fueron refinando progresivamente. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, la vacunación podía evitar otras cinco enfermedades, con lo que el total era ya de diez. En todo el mundo se adoptaron las técnicas de higiene médica. Por su parte, la cloración se convirtió en el procedimiento estándar de las plantas de tratamiento del agua. El cuarto y último avance que iba a acabar con el reinado de los microbios en el mundo desarrollado empezó con una primera guerra mundial y terminó en la segunda. Fue resultado del duro trabajo, la buena suerte y un puñado de hombres. El primero de estos, el biólogo escocés sir Alexander Fleming, tiene la merecida fama de haber descubierto «accidentalmente» la penicilina en su laboratorio del hospital Saint Mary de Londres. En realidad, Fleming llevaba años a la caza de compuestos bacterianos.

Durante la Primera Guerra Mundial había tratado a los soldados heridos del frente occidental de Francia. Fue testigo de que muchos fallecían de septicemia. Al terminar la guerra, Fleming regresó al Reino Unido y se propuso mejorar los vendajes antisépticos con fenol de Lister. Pronto descubrió un antiséptico natural en la mucosidad nasal, al que llamó «lisozima». Pero la lisozima, como el ácido carbólico, no podía penetrar por debajo de la superficie de las heridas, de modo que las infecciones profundas se ulceraban. Unos años después, en 1928, Fleming estaba investigando los estafilococos —las bacterias responsables de los forúnculos y las irritaciones de garganta— cuando observó algo extraño en una de las placas de Petri. Había estado de vacaciones y, al regresar, se encontró con el banco del laboratorio hecho un desastre, lleno de viejos cultivos bacterianos, muchos de ellos contaminados por hongos. Mientras los iba ordenando le llamó la atención una de las placas. Una zona de hongo Penicillium estaba rodeada de un anillo impoluto, sin la más mínima colonia de estafilococos que cubriera el resto de la placa. Fleming se dio cuenta enseguida de la importancia de aquel fenómeno: el hongo había liberado un «zumo» que había matado las bacterias de su alrededor. Aquel zumo era la penicilina.

Aunque el cultivo del Penicillium no fue intencionado. El reconocimiento por parte de Fleming de su potencial importancia no tuvo nada de accidental. Empezó un proceso de experimentación que se extendería a dos continentes y se prolongaría veinte años, y que iba a revolucionar la medicina. En 1939, un grupo de científicos de la Universidad de Oxford, dirigidos por el farmacólogo australiano Howard Florey, pensaron que se podía sacar mucho más provecho de la penicilina. Fleming había batallado por cultivar cantidades importantes del hongo, o extraer la penicilina que producía. El equipo de Florey lo consiguió, y aisló pequeñas cantidades de antibiótico líquido. En 1944, con la ayuda económica del War Production Board de Estados Unidos, ya se producían cantidades suficientes de penicilina para atender las necesidades de los soldados que regresaban de Europa después de la invasión del Día-D. Se había cumplido el sueño de sir Alexander Fleming de acabar con las infecciones de las heridas de guerra. Al año siguiente, él, Florey y otro miembro del equipo de Oxford recibieron el Premio Nobel de Medicina y Fisiología.

Desde entonces, se han desarrollado más de veinte variedades de antibióticos, cada uno destinado a una determinada dolencia bacteriana, y todos con el objetivo de ayudar al sistema inmunitario cuando va sobrecargado debido a las infecciones. Antes de 1944, un simple rasguño o arañazo tal vez implicaran una probabilidad terriblemente elevada de morir debido a la infección. En 1940, un policía británico de Oxfordshire llamado Albert Alexander se hizo un rasguño en la cara con la espina de una rosa. La infección se agravó hasta el extremo de que hubo que extirpar un ojo al agente, quien se encontraba ya al borde de la muerte. La esposa de Florey, Ethel, que era médica, convenció a su marido para que el agente Alexander fuera el primer receptor de la penicilina.

Al cabo de veinticuatro horas de haberle inyectado una pequeñísima cantidad de penicilina al policía, la fiebre comenzó a remitir y el agente empezó a recuperarse. Pero el milagro no se iba a consumar. Con aquellos pocos días de tratamiento, se agotaron las existencias de penicilina. Florey había intentado extraer todos los restos de penicilina que pudieran quedar en la orina del agente para seguir con el tratamiento, pero al quinto día el policía murió. Hoy es inimaginable que alguien pueda morir por un arañazo o un absceso, y tomamos antibióticos sin reparar en sus más que beneficiosas propiedades. De no contar con el escudo protector que son los antibióticos administrados por vía intravenosa antes de cualquier operación, la cirugía entrañaría enormes riesgos.

En el siglo XXI, nuestras vidas son una especie de alto el fuego esterilizado. Mantenemos a raya a las infecciones mediante vacunas, antibióticos, el saneamiento del agua y la higiene en la práctica médica. Ya no vivimos bajo la amenaza de brotes agudos y peligrosos de enfermedades infecciosas. En su lugar, en los últimos sesenta años han cobrado protagonismo diversas dolencias antes muy raras e infrecuentes. Estas «enfermedades crónicas del siglo XXI» se han hecho tan comunes que las aceptamos como parte normal del hecho de ser humanos. Pero ¿y si no fueran tan «normales»?

En la actualidad, ya no verás entre tus amigos y familiares ningún caso de viruela, sarampión ni poliomielitis. Tal vez creas que hoy somos muy afortunados, pero, si lo piensas un poco más, quizá veas las cosas de modo distinto. Podría ser que, en primavera, veas que tu hija no deja de estornudar, con esos ojos rojos que no paran de picarle, debido a su alergia al polen. Quizá pienses en tu cuñada, que se ha de inyectar insulina varias veces al día porque padece diabetes tipo 1. Es posible que te preocupe la posibilidad de que tu esposa acabe en una silla de ruedas, por la esclerosis múltiple, como le ocurrió a su tía. Tal vez pienses en el hijo de tu dentista, que grita, se acuna a sí mismo y no establece contacto visual, porque tiene autismo. O en tu madre, que te impacienta, porque hacer la compra le provoca mucha ansiedad. Tal vez busques un detergente que no le empeore la dermatitis atópica a tu hijo. Es posible que tu primo sea el raro de la cena porque todos los derivados del trigo le provocan diarrea. Quizá tu vecino resbaló y perdió el conocimiento mientras buscaba el autoinyector de epinefrina después de haberse tomado unos frutos secos. Y quizá tú hayas desistido en la batalla por mantener el peso que las revistas de belleza y tu médico te aconsejan. Todos estos estados (las alergias, las enfermedades autoinmunes, los trastornos gastrointestinales, los problemas de salud mental y la obesidad) son hoy lo normal.

Hablemos de las alergias. Es posible que la alergia de tu hija al polen no tenga nada de alarmante, porque el veinte por ciento de sus amigas también estornudan y no dejan de sonarse cuando se aproxima el verano. No te sorprende el eccema de tu hijo, porque uno de cada cinco compañeros de clase también lo tiene. El shock anafiláctico de tu vecino, por terrible que fuera, es tan común que todos los productos alimenticios envasados advierten de que pueden contener restos de frutos secos. Pero ¿te has preguntado alguna vez por qué uno de cada cinco amigos de tu hijo se ha de llevar un inhalador a la escuela, por si sufre un ataque de asma? Poder respirar es fundamental para la vida, pero, de no ser por la medicación, millones de niños sentirían que les falta el aire. ¿Y por qué uno de cada quince niños es alérgico al menos a un tipo de alimento? ¿Puede ser esto normal?

En los países desarrollados, las alergias afectan a casi la mitad de la población. Tomamos dócilmente nuestros antihistamínicos, procuramos no tocar mucho al gato y comprobamos la lista de ingredientes en todo lo que compramos. Sin pensarlo demasiado, hacemos lo que sea necesario para impedir que nuestro sistema inmunitario reaccione en exceso a las sustancias más ubicuas e inocuas: el polen, el polvo, el pelo de las mascotas, la leche, los huevos, los frutos secos, etc. El cuerpo trata estas sustancias como si fueran gérmenes a los que hubiera que atacar y eliminar. No siempre ha sido así. En los años treinta del siglo pasado, el asma era una enfermedad rara, que afectaba quizás a un niño en toda la escuela. En los ochenta, se había disparado, y la padecía un niño en cada clase. En los últimos diez años, más o menos, el aumento se ha estabilizado, pero una cuarta parte de los niños padecen asma. Lo mismo ocurre con otras alergias: las que se tienen a los cacahuetes, por ejemplo, se triplicaron en solo los últimos diez años del último siglo, para después duplicarse en los cinco siguientes. Hoy en día, en las escuelas y los lugares de trabajo, hay zonas libres de frutos secos. También la dermatitis atópica y la alergia al polen fueron raros en su momento, y hoy son algo habitual.

No es normal.

¿Y las enfermedades autoinmunes? El hábito de la insulina de tu cuñada es bastante común, y la diabetes tipo 1 afecta a unas cuatro de cada mil personas. Todos hemos oído hablar de la esclerosis múltiple (EM), la que le destruyó los nervios a la tía de tu esposa. Y luego está la artritis reumatoide que acaba con las articulaciones, la enfermedad celiaca que ataca al aparato digestivo, la miositis que inflama el tejido muscular, el lupus que ataca directamente a las células, y así unas ochenta dolencias similares. Al igual que las alergias, el sistema inmunitario ha perdido los principios, y no solo ataca a los gérmenes que provocan enfermedades, sino a las propias células del cuerpo. Quizá te sorprenda saber que, en conjunto, las enfermedades autoinmunes afectan a casi el diez por ciento de la población del mundo desarrollado.

La diabetes tipo 1 (DT1) es un ejemplo claro. Es una dolencia inconfundible, por lo que los registros son relativamente fiables. La de «tipo 1» es la versión de la diabetes que suele atacar antes, a menudo durante la adolescencia. Se ceba en las células del páncreas e impide totalmente la producción de la hormona insulina. (En la diabetes tipo 2, hay producción de insulina, pero el cuerpo ha perdido sensibilidad a la hormona, de modo que tampoco funciona bien). Sin insulina, es imposible transformar la glucosa de la sangre, sea la de los azúcares de los dulces y postres, o la de los hidratos de carbono de la pasta y el pan. Se acumula y enseguida se hace tóxica, lo cual provoca al desafortunado adolescente una sed terrible y la necesidad constante de orinar. El paciente adelgaza con rapidez, y, al cabo de unas semanas o pocos meses, fallece, normalmente por fallo renal. Eso si no se inyecta insulina. Una dolencia, pues, muy grave.

Por fortuna, en comparación con el de la mayoría de las enfermedades, el diagnóstico es sencillo, y siempre lo ha sido. Hoy suele resolverse con un simple análisis de la cantidad de glucosa en sangre. Sin embargo, hace cien años, cualquier médico dispuesto podía detectar la diabetes, porque bastaba con llevarse un poco de orina del paciente a la lengua. El sabor dulzón indicaba que era tanta la glucosa de la sangre que lo riñones la tenían que llevar a la orina. Es evidente que antes pasaban desapercibidos más casos de diabetes que hoy y que muchos no se registraban, pero el conocimiento de la prevalencia del tipo 1 a lo largo del tiempo es un indicador fiable de la naturaleza mutante de las enfermedades autoinmunes.

En Occidente, más o menos una de cada doscientas cincuenta personas no tienen más remedio que desempeñar el papel que le corresponde al páncreas: calcular cuánta insulina necesitan y, a continuación, inyectársela, para almacenar la glucosa que hayan consumido. Lo extraordinario es que esta elevada prevalencia es nueva: en el siglo XIX, prácticamente no existía la diabetes tipo 1. En los registros del Hospital General de Massachusetts, que abarcan más de setenta y cinco años hasta 1898, solo figuran veintiún casos de diabetes infantil, entre casi medio millón de pacientes. No es un caso de enfermedad no diagnosticada, porque el test del sabor de la orina, la rápida pérdida de peso y el inevitable desenlace hacían que la enfermedad ya se pudiera reconocer perfectamente en aquellos tiempos.

Cuando ya se impusieron los registros formales, justo antes de la Segunda Guerra Mundial, se pudo seguir la prevalencia de la diabetes tipo 1. En Estados Unidos, el Reino Unido y Escandinavia, afectaba a uno o dos de cada cinco mil niños. Por sí misma, la guerra no supuso ningún cambio. Sin embargo, no mucho después de que concluyera, algo cambió: los casos se empezaron a multiplicar. En 1973, la diabetes era seis o siete veces más común que en los años treinta. En los ochenta, el número de casos se detuvo en la que es la cifra actual: en torno a uno de cada doscientos cincuenta.

El aumento de la diabetes coincide con otras condiciones autoinmunes. En los inicios del siglo XXI, la esclerosis múltiple destruía el sistema nervioso de nada menos que el doble de personas que veinte años antes. La enfermedad celiaca, en la que el trigo incita al cuerpo a atacar las células del tubo intestinal, se ha multiplicado por treinta o cuarenta respecto a los años cincuenta. También han aumentado el lupus, la enfermedad inflamatoria intestinal y la artritis reumatoide.

No es normal.

¿Y la batalla colectiva contra el sobrepeso? Es muy probable que también tú tengas problemas de peso, porque más de la mitad de la población occidental es obesa. Es asombroso pensar que tener el peso adecuado para la buena salud te coloca hoy en una minoría. Estar gordo es hoy tan habitual que los antiguos maniquís de las tiendas de ropa se han cambiado por versiones mayores. Incluso hay programas de televisión que hacen de la pérdida de peso un juego. Son cambios que tal vez haya que asumir: en términos estadísticos, tener sobrepeso es la realidad de muchas personas.

Pero no siempre fue así. Cuando hoy vemos esas fotografías en blanco y negro de aquellos hombres flacos y aquellas mujeres delgadas de los años treinta y cuarenta, disfrutando del sol en pantalón corto o en traje de baño, nos parecen personas demacradas, con las costillas bien marcadas y el vientre plano. Pero no lo están: ocurre simplemente que no llevan a cuestas la carga que nosotros acarreamos. A principios del siglo XX, el peso de las personas era tan uniforme que pocos creían que fuera necesario llevar registros al respecto. Pero, ante la repentina aparición de la obesidad en los años cincuenta, en el epicentro de la epidemia (Estados Unidos), el Gobierno comenzó a tomar nota. En el primer estudio nacional, realizado a inicios de los años sesenta, el trece por ciento de los adultos ya eran obesos, es decir, tenían un índice de masa corporal (el resultado en metros cuadrados de dividir el peso en kilogramos por la altura en centímetros) superior a 30. Otro treinta por ciento tenía sobrepeso (un IMC de entre 25 y 30).

En 1999, en Estados Unidos, la proporción de adultos obesos era del treinta por ciento, más del doble que el anterior, y muchas personas que antes estaban sanas habían acumulado varios kilos, situando la categoría de sobrepeso en un rollizo treinta y cuatro por ciento. Esto significa un sesenta y cuatro por ciento de personas con sobrepeso u obesas. En el Reino Unido, la tendencia seguía el mismo patrón, aunque con un poco de retraso: en 1966, solo el uno y medio por ciento de la población era obesa, y el once por ciento tenía sobrepeso. En 1999, el veinticuatro por ciento era obesa, y el cuarenta y tres por ciento tenía sobrepeso: es decir, hoy, el sesenta y siete por ciento de las personas pesan más de lo que debieran. Además, la obesidad no es simplemente exceso de peso. Puede provocar diabetes tipo 2, cardiopatías e incluso algún tipo de cáncer, todas ellas condiciones cada vez más comunes.

No hace falta que te lo diga. No es normal.

También tenemos hoy más problemas de barriga. Tu primo podrá ser raro por seguir una dieta sin gluten, pero seguramente no es el único de la mesa que padece el síndrome de intestino irritable, que afecta a hasta el quince por ciento de las personas. El nombre sugiere un grado de incomodidad parecido al de la picadura del mosquito, y no deja claro el desastroso impacto que esta dolencia tiene para la calidad de vida de quienes la sufren. En estos casos, la proximidad del lavabo resulta prioritaria sobre asuntos de mejor imagen y significado. Para las personas con esta condición no hay mayor motivo de preocupación que la de saber adónde ir en el inevitable caso de apuro intestinal. También van en aumento dolencias de este tipo como la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, unas enfermedades que provocan daños tan graves en el intestino que es necesario practicar al paciente una colostomía para colocarle una bolsa exterior.

Definitivamente, no es normal.

Y por último, llegamos a los problemas de salud mental. El hijo autista de tu dentista tiene hoy más compañía que nunca, porque uno de cada sesenta y ocho niños y niñas (uno de cada cuarenta y dos en el caso de los niños) están en el espectro autista. En los años cuarenta, el autismo era tan raro que ni siquiera tenía nombre. Cuando en 2000 se inició el registro de casos, la incidencia del autismo era menos de la mitad de la actual. Es verdad que parte al menos de estos casos extra se deben a la mayor conciencia y tal vez a un diagnóstico exagerado, pero la mayoría de los expertos convienen en que el aumento de la prevalencia del autismo es real: algo ha cambiado. Los trastornos de déficit de atención, el síndrome de Tourette y el trastorno obsesivo-compulsivo también aumentan. Y lo mismo ocurre con los trastornos depresivos y de ansiedad.

Este aumento del sufrimiento mental no es normal.

Ocurre, sin embargo, que hoy estas condiciones son muy «normales». De no ser así, tal vez ni siquiera te hubieras dado cuenta de que son enfermedades nuevas. Hasta los propios médicos suelen desconocer la historia de las enfermedades que tratan, porque su formación estuvo basada solo en las experiencias de los médicos contemporáneos. Como en el caso del aumento de las apendicitis, un cambio del que hoy los médicos se han olvidado, lo que más importa a los cuidadores de primera línea son los pacientes que tienen a su cargo y los tratamientos que se les puedan aplicar. Conocer el origen de la enfermedad no es responsabilidad suya; por lo tanto, los cambios de la prevalencia son algo incidental para ellos.

En el siglo XXI, la vida es diferente gracias a los cuatro avances producidos en la sanidad pública durante los dos últimos siglos, y, por la misma razón, también son distintas las enfermedades. Pero nuestras enfermedades del siglo XXI no son simplemente una cepa más de alguna enfermedad infecciosa, sino un conjunto distinto de condiciones fruto de nuestro actual modo de vida. En este sentido, tal vez te preguntes qué puedan tener en común estas enfermedades, siendo como son, al parecer, un grupo tan dispar. Por los picores y estornudos de las alergias, la autodestrucción ocasionada por el propio sistema inmunitario, la miseria metabólica de la obesidad, la humillación de los trastornos digestivos y el estigma de los trastornos mentales, se diría que nuestro cuerpo, en ausencia de enfermedades infecciosas, se ha vuelto en su propia contra.

Podemos aceptar nuestro destino y dar las gracias porque, al menos, vivimos más, y libres de la tiranía de los patógenos. O nos podemos preguntar qué ha cambiado. ¿Es posible que exista alguna relación entre condiciones que no parecen tener nada en común, como la obesidad y las alergias, el síndrome de intestino irritado y el autismo? ¿El paso de las enfermedades infecciosas a esta nueva serie de enfermedades indica que nuestro cuerpo necesita las infecciones para mantenerse equilibrado? ¿O la correlación entre el declive de las enfermedades infecciosas y el auge de las crónicas apunta a una causa más profunda?

Se nos plantea una pregunta de suma importancia: ¿por qué se producen estas enfermedades del siglo XXI?

Hoy en día, la tendencia es buscar la causa de las enfermedades en la genética. El Proyecto Genoma Humano ha descubierto una gran cantidad de genes que, al mutar, provocan enfermedades. Algunas mutaciones las provocan irremediablemente: un cambio en el código del gen HTT, situado en el cromosoma 4, por ejemplo, siempre provocará la enfermedad de Huntington. Otras mutaciones solo aumentan la probabilidad: por ejemplo, los errores ortográficos en los genes BRCA1 y BRCA2 aumentan hasta ocho sobre diez las probabilidades de que la mujer padezca cáncer de mama en algún momento de su vida.

Estamos en la era del genoma, pero no podemos culpar del aumento de nuestras enfermedades modernas solo al ADN. Una persona puede llevar una versión de un gen que, por ejemplo, haga más probable que padezca obesidad, pero es imposible que esa misma mutación se generalice entre toda la población en solo cien años. La evolución humana no avanza a tan gran velocidad. Y no solo esto: la selección natural solo propicia que se imponga la variante de un gen si es beneficiosa; de lo contrario, elimina sus efectos perjudiciales. El asma, la diabetes, la obesidad y el autismo reportan muy escasos beneficios a quienes los padecen.

Excluida la genética como causa de ese incremento, nuestra siguiente pregunta debe ser: ¿ha cambiado algo en nuestro entorno? Del mismo modo que la altura de la persona no solo es consecuencia de sus genes, sino también de su entorno —la alimentación, el ejercicio físico, el estilo de vida y demás—, también lo es el riesgo de contraer enfermedades. Y aquí es donde las cosas se complican, porque son muchas las que han cambiado en nuestra vida en el último siglo. Y para diferenciar entre causas y correlaciones es necesario llevar a cabo un minucioso proceso de evaluación científica. En el caso de la obesidad y de las enfermedades relacionadas con ella, es muy fácil observar los cambios en la forma de alimentarnos, pero no lo es tanto determinar cómo afectan estos a otras enfermedades del siglo XXI.

Las enfermedades en cuestión muestran muy pocos signos de un posible origen común. ¿Es posible que los cambios en el entorno vital que provocan obesidad sean también la causa de las alergias? ¿De verdad puede haber una causa común de condiciones de salud mental como el autismo y el trastorno obsesivo-compulsivo, y trastornos del aparato digestivo como el síndrome de intestino irritable?

A pesar de las diferencias, hay dos temas que destacan. El primero es el del sistema inmunitario, que interviene claramente tanto en las alergias como en las enfermedades autoinmunes. Buscamos al culpable de interferir en la capacidad del sistema inmunitario de determinar el nivel de alerta en que se encuentra nuestro cuerpo, provocando generalizadas reacciones exageradas. El segundo tema, muchas veces oculto detrás de síntomas socialmente más aceptables, es la disfunción de los intestinos. En algunas enfermedades modernas, la relación es evidente: el caso más claro es el de la enfermedad inflamatoria intestinal y el síndrome de intestino inflamado. En otros casos, la relación es menos evidente, pero existe. Los niños con autismo tienen problemas de diarrea crónica; la depresión y la enfermedad inflamatoria intestinal van de la mano; el origen de la obesidad está en lo que pasa por el tubo intestinal.

Podría parecer, asimismo, que no existe relación alguna entre estos dos asuntos, el aparato digestivo y el sistema inmunitario, pero un examen más detenido de la anatomía del primero da algunas otras pistas. Cuando se habla del sistema inmunitario, la mayoría de las personas piensan en los glóbulos blancos y las glándulas linfáticas. Pero no es ahí donde discurre la mayor parte de la acción. De hecho, en el tubo intestinal humano hay más células inmunes que en todo el resto del cuerpo. En torno al sesenta por ciento del tejido del sistema inmunitario se encuentra alrededor de los intestinos, concretamente en el extremo final del intestino delgado, en el ciego y en el apéndice. Es fácil imaginar la piel como una barrera que nos protege del mundo exterior, pero, por cada centímetro cuadrado de piel, tenemos dos metros cuadrados de tracto digestivo. Este, aunque se encuentra en el «interior», solo tiene una capa de células entre lo que es fundamentalmente el mundo exterior y la sangre. Por lo tanto, la vigilancia inmunitaria de los intestinos es esencial: todas las moléculas y células que pasan por ellos deben ser revisados y, si es necesario, puestos en cuarentena.

El peligro de enfermedades infecciosas prácticamente ha desaparecido, pero nuestro sistema inmunitario se encuentra aún en plena batalla. Pero ¿por qué? Veamos la técnica que el doctor John Snow utilizó durante el brote de cólera que en 1854 se produjo en el Soho de Londres: la epidemiología. Desde que Snow aplicara por primera vez la lógica y las pruebas a la resolución del misterio de la causa del cólera, la epidemiología se ha convertido en el pilar de las indagaciones médicas. El sistema es muy simple. Formulamos tres preguntas: (1) ¿Dónde se producen estas enfermedades? (2) ¿A quiénes afectan? y (3) ¿Cuándo se convirtieron en un problema? De las respuestas podemos obtener pistas que nos ayuden a responder la pregunta general: ¿por qué se producen las enfermedades del siglo XXI?

El mapa de casos de cólera que John Snow trazó para hallar el dónde determinó el probable epicentro del cólera: la bomba de Broad Street. No hace falta mucho trabajo detectivesco para darse cuenta de que la obesidad, el autismo, las alergias y la autoinmunidad empezaron, todos, en el mundo occidental. Stig Bengmark, profesor de cirugía del University College de Londres, sitúa el epicentro de la obesidad y de las enfermedades afines en los estados sureños de Estados Unidos. «Estados como Alabama, Luisiana y Misisipi tienen la mayor incidencia de obesidad y enfermedades crónicas de Estados Unidos y del mundo», dice. «Estas enfermedades se propagan, con un patrón parecido al del tsunami, por todo el mundo; hacia el oeste, a Nueva Zelanda y Australia; hacia el norte, a Canadá; hacia el este, a Europa Occidental y el mundo árabe, y hacia el sur, particularmente a Brasil».

Las observaciones de Bengmark se extienden a las otras enfermedades del siglo XXI (las alergias, las enfermedades auto inmunes, las condiciones de salud mental y demás), todas las cuales tienen su origen en Occidente. La geografía sola no explica ese auge, por supuesto; simplemente da pistas sobre otros correlatos y, con un poco de suerte, sobre la causa. El correlato más claro de esta particular topografía de la enfermedad es la riqueza. Son muchísimos los datos que apuntan a la correlación entre las enfermedades crónicas y la opulencia, desde comparaciones del producto interior bruto de países enteros, a contrastes entre los grupos socioeconómicos que viven en la misma área local.

En 1990, la población de Alemania constituía un elegante experimento natural sobre el impacto de la prosperidad en las alergias. Después de haber estado separadas durante cuarenta años, Alemania Oriental y Alemania Occidental se reunificaron, después de la caída del Muro de Berlín el año anterior. Ambos estados tenían mucho en común: compartían un lugar, un clima y unas poblaciones compuestas por los mismos grupos raciales. Pero quienes vivían en Alemania Occidental fueron prosperando hasta alcanzar al mundo occidental y adquirir su ritmo en los avances económicos; en cambio, los alemanes del Este habían vivido, desde la Segunda Guerra Mundial, en un estado de animación estancada, y eran significativamente más pobres que sus vecinos de Alemania Occidental. De algún modo, tal diferencia de riqueza se relacionaba con un estado de salud general distinto. En un estudio realizado por médicos del Hospital Universitario Infantil de Múnich, se observó que los niños de Alemania Occidental, más ricos que los de Alemania Oriental, eran el doble de proclives a las alergias en general y tres veces más a la del polen.

Es un patrón que se repite en muchas condiciones alérgicas y autoinmunes. Los niños estadounidenses que viven en situación de pobreza siempre han sido más propensos a padecer alergias alimentarias y asma que sus iguales más ricos. Los hijos de familias «privilegiadas» de Alemania —así catalogadas por el nivel de estudios y la profesión de los padres— son significativamente más propensos a sufrir dermatitis atópica que los de origen menos privilegiado. En Irlanda del Norte, los hijos de familias pobres no suelen desarrollar la diabetes tipo 1. En Canadá, la enfermedad inflamatoria intestinal va más unida a los ingresos familiares altos que a los bajos. Los estudios se repiten una y otra vez, y las tendencias distan mucho de ser locales. Hasta el producto interior bruto de un país puede servir para predecir la incidencia de las enfermedades del siglo XXI entre su población.

El incremento de las llamadas enfermedades occidentales ya no es exclusivo de estos países. Con la riqueza llega la mala salud crónica. En los países en desarrollo, a medida que se avanza hacia la modernización económica, se extienden las enfermedades de la civilización. Lo que empezó como un problema occidental amenaza con engullir al resto del planeta. La obesidad tiende a abrir el camino. De hecho, ya afecta a grandes porciones de población; entre ellas, las de los países en desarrollo. Las diversas dolencias relacionadas con ella, como las cardiopatías y la diabetes tipo 2 (la insensibilidad a la insulina, más que la carencia de esta), no se quedan muy rezagadas. Los trastornos alérgicos, como el asma y la dermatitis atópica, también están en la avanzadilla de esa expansión, y su presencia va en aumento en países de rentas medias del sur de África, este de Europa y Asia. Las enfermedades autoinmunes y los trastornos de conducta parece que son las más retrasadas, pero hoy son especialmente comunes en los países de renta media alta, entre ellos, Brasil y China. Nuestras enfermedades modernas se estabilizan en los países más ricos y, al mismo tiempo, inician el ascenso en otros lugares.

El dinero es peligroso para las enfermedades del siglo XXI. Estas enfermedades están relacionadas con el nivel salarial, la riqueza del lugar de residencia y el estatus del país. Es posible que el dinero no dé la felicidad, pero compra agua potable, libertad respecto de las enfermedades infecciosas, una alimentación rica en calorías, unos estudios, un empleo, un trabajo en una oficina, una pequeña familia, vacaciones en lugares alejados… y otros muchos lujos. La pregunta ¿dónde? indica no solo la ubicación de nuestras plagas modernas, sino que el dinero es el que nos trae las enfermedades crónicas.

Sin embargo, es curioso que esta relación entre la mayor riqueza y la peor salud desaparezca en el extremo más rico de la escala. Parece que las personas más ricas de los países más ricos saben librarse mejor de la epidemia de enfermedades crónicas. Lo que empezó como privilegio de los ricos (piensa en el tabaco, la comida para llevar y los alimentos preparados) se diría que hoy es la propia esencia de los pobres. Entre tanto, los ricos tienen acceso a la información más reciente sobre salud, una mejor atención médica y la posibilidad de tomar decisiones que les mantengan sanos. Ahora bien, aunque, en las sociedades de los países desarrollados, los más ricos engordan y contraen alergias, son los más pobres de estas sociedades quienes tienen más probabilidades de tener sobrepeso y sufrir enfermedades crónicas.

A continuación, hemos de preguntar ¿quién? ¿La riqueza y el estilo de vida occidental provocan mala salud a todos, o afectan a unos grupos más que a otros? La pregunta es pertinente: en 1918, cien millones de personas murieron a causa de la pandemia de gripe que barrió el globo después de la Primera Guerra Mundial. Con los conocimientos médicos actuales, es muy probable que la pregunta quién hubiera generado una respuesta que podría haber bajado considerablemente aquella mortal factura. La gripe suele matar a los miembros más vulnerables de la sociedad —niños, ancianos y personas ya enfermas—, pero la de 1918 se cebó de forma especial en jóvenes y adultos sanos. Es probable que esas víctimas, que se encontraban en los mejores años de su vida, no murieran por el propio virus de la gripe, sino debido a la «tormenta de citocinas» desatada por su sistema inmunitario con la intención de eliminar el virus. Sin darse cuenta, las citocinas (unas sustancias químicas mensajeras inmunes que redoblan la reacción inmunitaria) pueden provocar una reacción más peligrosa que la propia infección. Cuanto más joven y sano es el paciente, mayor es la tormenta que desata su sistema inmunitario, y más probabilidades hay de que muera de gripe. La pregunta quién aporta información sobre lo que convirtió en tan peligroso a este particular virus de la gripe. En su día, hubiera permitido dirigir la atención médica no solo a combatir el virus, sino también a aplacar la tormenta.

El quién consta de tres elementos. ¿Qué edad tienen las personas afectadas por las enfermedades del siglo XXI? ¿Estas enfermedades afectan de forma distinta a las diferentes razas? ¿Afectan a ambos sexos por igual?

Empecemos por la edad. Es fácil presumir que las enfermedades asociadas a los países ricos desarrollados, donde hay una buena sanidad, son consecuencia inevitable del envejecimiento de la población. Tal vez pienses: «¿Cómo no van a aumentar las enfermedades nuevas? Ahora vivimos más años». ¿El hecho de que muchos vivamos más de setenta y ochenta años es causa segura de toda una nueva serie de problemas de salud? Es evidente que al mismo tiempo que nos libramos de la carga de la muerte debida a patógenos, cargamos inevitablemente con la muerte provocada por alguna otra cosa, pero muchas de las enfermedades a las que hoy nos enfrentamos no son solo dolencias de la vejez, debidas a nuestra mayor esperanza de vida. A diferencia del cáncer, cuyo aumento es atribuible, en parte al menos, al proceso de sustitución celular que se desencadena en los cuerpos de mayor edad, las enfermedades del siglo XXI no están relacionadas en absoluto con la vejez. De hecho, la mayoría de ellas muestran preferencia por los niños y adultos jóvenes, pese a que, en la época de las enfermedades infecciosas, eran relativamente raras en estos grupos de edad.

Las alergias alimentarias, la dermatitis atópica, el asma y las alergias de la piel a menudo empiezan al nacer o en los primeros años de vida del niño. El autismo se suele manifestar a la edad de uno o dos años, y se diagnostica antes de los cinco. Las enfermedades autoinmunes pueden aparecer a cualquier edad, pero muchas lo hacen a una edad temprana. La diabetes tipo 1, por ejemplo, suele aparecer en la infancia y los primeros años de la adolescencia, pero también puede hacerlo en la madurez. La esclerosis múltiple, la psoriasis y enfermedades intestinales inflamatorias como la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa normalmente atacan entre los veinte y los treinta años. Y el lupus suele afectar a personas de entre quince y cuarenta y cinco años. También la obesidad puede empezar pronto. En Estados Unidos, el siete por ciento de los niños ya nacen con sobrepeso, un porcentaje que pasa a diez en los niños de uno y dos años, y a cerca de treinta en años posteriores de la infancia. Las personas mayores no son inmunes a las enfermedades del siglo XXI —casi todas ellas pueden aparecer a cualquier edad—, pero el hecho de que afecten a los más jóvenes con tanta frecuencia apunta a que el desencadenante no es el propio proceso de envejecimiento.

Incluso de las enfermedades que en Occidente son causa de muerte de personas «mayores» (infarto, derrame cerebral, diabetes, hipertensión y cáncer), la mayoría tiene sus raíces en un sobrepeso que se inicia en la infancia o los primeros años de la madurez. La muerte por estas enfermedades no se puede atribuir únicamente a la mayor esperanza de vida. Porque las personas de las sociedades tradicionales que llegan a los ochenta y noventa años raramente mueren por alguna de estas enfermedades «relacionadas con la edad». Las enfermedades del siglo XXI no se circunscriben a las capas demográficas superiores, sino que, como ocurrió con la gripe de 1918, golpean en los que debieran ser los mejores años de nuestra vida.

La raza. El mundo occidental (América del Norte, Europa y Oceanía) es mayoritariamente blanco. ¿Es posible, entonces, que nuestros nuevos problemas de salud realmente se deban a una predisposición genética de los blancos? De hecho, en estos continentes, son los blancos quienes muestran de forma sistemática las mayores tasas de obesidad, alergias, autoinmunidad o autismo. La obesidad suele tener mayor incidencia entre los negros, hispanos y surasiáticos, mientras que las alergias y el asma afectan mucho más a los negros en unas zonas, y a los blancos en otras. Las enfermedades autoinmunes no muestran ningún patrón claro. Algunas, como el lupus y la esclerodermia, afectan más a los negros, y otras, como la diabetes infantil y la esclerosis múltiple, suelen preferir a los blancos. No parece que el autismo haga diferencias entre las razas, aunque a los niños negros se les suele diagnosticar más tarde.

¿Es posible que lo que parecen diferencias raciales se deban, en realidad y en muy buena parte, a otros factores, como la riqueza o el lugar de residencia, y no a las tendencias genéticas de cada raza? En un estudio estadístico diseñado con precisión, se descubrió que la mayor tasa de asma entre los niños negros estadounidenses en comparación con la tasa en otras razas se debía no a la propia raza, sino a la mayor tendencia de las familias negras a vivir en los cinturones de pobreza de las ciudades, donde el asma es común en todos los niños. Las tasas de asma entre los niños negros de África son bajas, como en la mayoría de las regiones menos desarrolladas.

Una buena manera de desentrañar los efectos de la etnia y del entorno en la aparición de las enfermedades del siglo XXI es observar la salud de los migrantes. En los pasados años noventa, la guerra civil provocó el éxodo de numerosas familias somalíes a Europa y Norteamérica. Después de huir del caos de su país, la diáspora somalí se enfrentaba a otra batalla. Las tasas de autismo son bajísimas en Somalia, pero su incidencia en los hijos de familias somalíes inmigrantes rápidamente subió hasta el nivel de las de los niños no inmigrantes. Entre la gran comunidad somalí de Toronto, Canadá, el autismo se conoce como «la enfermedad occidental», porque afecta a muchas familias de inmigrantes. También en Suecia los hijos de inmigrantes de Somalia tienen una tasa de autismo tres o cuatro veces superior a la de los niños suecos. Parece, pues, que la raza es menos importante que el lugar de residencia.

¿Y el último aspecto del quién, es decir, el sexo? ¿Estas enfermedades afectan por igual a mujeres y a hombres? A quien haya sido testigo de un brote de «gripe masculina» tal vez no le sorprenda que las mujeres tengan un sistema inmunitario más fuerte que los hombres. Pero, lamentablemente, en esta epidemia mediatizada por el sistema inmunitario de mala salud crónica, la superioridad de las mujeres demuestra ser un inconveniente. Parece que el hombre sucumbe a los resfriados más benignos; en cambio, la mujer ha de combatir contra demonios que solo su sistema inmunitario puede detectar.

Las enfermedades autoinmunes son las que muestran mayores diferencias. La inmensa mayoría de los trastornos afecta más a las mujeres que a los hombres, pero algunos afectan a ambos por igual. Y un par de ellos muestran preferencia por los hombres. Las alergias son más comunes en los niños que en las niñas, pero pasada la pubertad afectan más a las mujeres que a los hombres. Los trastornos intestinales también afectan más a ellas que a ellos (solo un poco más en el caso de la enfermedad inflamatoria intestinal, pero en el del síndrome de intestino irritable la incidencia es dos veces superior en las mujeres).

Puede sorprender que, al parecer, la obesidad también afecte más a las mujeres que a los hombres, especialmente en los países en desarrollo. Pero mediciones distintas del IMC, como la medida de la cintura, indican que en realidad mujeres y hombres sufren por igual unos niveles peligrosos de sobrepeso. Asimismo, aunque parezca que algunas condiciones de salud mental, como la depresión, la ansiedad y el trastorno obsesivo-compulsivo, afectan más a ellas que a ellos, parte de la diferencia se puede deber a la reticencia de los hombres a admitir que se sienten tristes. En cuanto al autismo, son los hombres quienes llevan el mayor peso, con cinco veces más casos entre los niños que entre las niñas. Es posible que en el autismo, como en las alergias, que suelen atacar a edades muy tempranas, y en aquellas enfermedades autoinmunes que empiezan en la infancia, sea la aparición anterior a la pubertad la que marque toda la diferencia. Sin la influencia de las hormonas sexuales masculinas, estas enfermedades no están sometidas al mismo sesgo femenino.

Es muy probable que el vigoroso sistema inmunitario de la mujer esté detrás de la preponderancia femenina de algunas enfermedades del siglo XXI. En las condiciones que implican reacciones excesivas del sistema inmunitario, como las alergias y las enfermedades autoinmunes, probablemente la mayor fuerza del punto de partida sea la que genera una reacción excesiva. También las hormonas del sexo, la genética y las diferencias de estilo de vida pueden desempeñar su papel (pero hay que determinar por qué exactamente las mujeres se ven más afectadas). Sea como fuere, el sesgo femenino de estas plagas modernas subraya el papel oculto que el sistema inmunitario desempeña en su desarrollo. Las enfermedades del siglo XXI no son achaques de la vejez. No son dolencias de herencia genética. Son enfermedades de los jóvenes, los privilegiados y los de inmunidad más fuerte, en especial las mujeres.

Y así llegamos a la última pregunta de nuestro misterio epidemiológico: cuándo. Se puede decir que es la pregunta más importante de todas. Llamo a la actual epidemia de dolencias crónicas uno de los males del siglo XXI, pero su raíz no está en este siglo, sino en el anterior. Fue un gran siglo, en el que se produjeron los mayores avances y descubrimientos de la historia de la humanidad. Sin embargo, en los últimos cien años, después de la casi total eliminación de graves enfermedades infecciosas en el mundo desarrollado, llegaron nuevas enfermedades, unas extremadamente raras, y otras bastante comunes. Entre los primeros fenómenos que se produjeron en el siglo pasado está el cambio o la serie de cambios que han provocado este auge. Determinar el momento del inicio de tal aumento podría dar la mejor pista sobre su origen.

Seguramente ya te habrás hecho una idea sobre los tiempos. En Estados Unidos, en torno a mediados de siglo, se produjo un repentino incremento de la diabetes tipo 1. Los análisis realizados a los reclutas de los diferentes ejércitos situaban su inicio a principios de los años cincuenta en Dinamarca y Suecia; a finales de la misma década, en los Países Bajos, y en los sesenta, en la un tanto menos desarrollada Cerdeña. El aumento de los casos de asma y dermatitis atópica comenzó a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, y los de enfermedad de Crohn y esclerosis múltiple se dispararon en los cincuenta. Las tendencias a la obesidad se registraron a gran escala por primera vez en los años sesenta, por lo que es difícil determinar el inicio de la epidemia tal como hoy la conocemos, pero algunos expertos apuntan al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, como el más probable punto de inflexión. En la década de 1980 se produjo un aumento espectacular de la obesidad, pero, sin duda, su inicio es anterior. Asimismo, hasta finales de los años noventa no se registraron los casos de niños diagnosticados como autistas cada año, pero la primera vez que se habló de esta condición fue a mediados de los años cuarenta.

Algo cambió hacia la mitad del siglo pasado. Es posible que fuera más de una cosa, un cambio que seguramente continuó en las décadas siguientes. Desde entonces, ese cambio se ha ido extendiendo por todo el mundo, y a medida que pasan los años va abarcando a más países. Para hallar la causa de nuestras enfermedades del siglo XXI, debemos observar los cambios producidos en una época extraordinaria: la de 1940.

Con las preguntas de qué, dónde, quién y cuándo hemos establecido cuatro cosas. Primera, nuestras enfermedades del siglo XXI suelen empezar en los intestinos y están relacionadas con el sistema inmunitario. Segunda, atacan a los jóvenes, con frecuencia a los niños, los adolescentes y los adultos jóvenes, y muchas afectan más a las mujeres que a los hombres. Tercera, estas enfermedades se producen en el mundo occidental, pero actualmente van en aumento en los países en desarrollo, de la mano de su progresiva modernización. Cuarta, el aumento empezó en Occidente en la década de 1940, para seguir más tarde en los países en desarrollo.

De modo que volvemos a la gran pregunta: ¿por qué se han impuesto estas enfermedades del siglo XXI? ¿Qué hay en nuestra vida occidental moderna y rica que hace que enfermemos de forma crónica?

Como individuos y como sociedad, hemos pasado de la austeridad a la opulencia, de lo tradicional a lo avanzado, de la carencia de lujos a su constante bombardeo, de una deficiente atención sanitaria a unos excelentes servicios médicos, de la incipiente industria farmacéutica a su eclosión, de la actividad física al sedentarismo, de lo provinciano a lo globalizado, del fabricar y reparar al renovar y sustituir, y del recato a la desinhibición.

Entre todos estos cambios y para desvelar nuestro misterio, hay cien billones de diminutas pistas a la espera de que les prestemos atención.

2
TODA ENFERMEDAD COMIENZA
EN EL INTESTINO

La curruca mosquitera es el mejor ejemplo del mayor reto que plantea el reconocimiento de las aves a su observador: el de los pájaros pequeños, un reto que en inglés tiene su propio nombre: LBJ, siglas de Little Brown Job, el trabajo de los pequeños marrones. En realidad, la principal característica de la curruca mosquitera es la total ausencia de características propias, por lo que reconocer a ese pequeño pájaro a través de unos prismáticos de imposible fijación e inevitable temblor entraña una particular dificultad. Pero es un pájaro que no tiene nada de insulso. A los muy pocos meses de salir del cascarón, las jóvenes currucas se embarcan en una migración de seis mil kilómetros, desde su hogar de verano, cruzando toda Europa, hasta su residencia de invierno, en el África subsahariana. Es un viaje que nunca han hecho antes, y lo hacen sin la ayuda de sus más experimentados padres ni la de ningún mapa.

Antes de iniciar esta odisea, con el fin de prepararse para el esfuerzo que les exigirá el vuelo y ante la imposibilidad de comer durante el trayecto, estos diminutos pájaros se dedican a engordar. En solo un par de semanas, duplican el peso: pasan de la delgadez de unos diecisiete gramos, a unos rollizos treinta y siete gramos. En términos humanos, adquieren una obesidad mórbida. Cada día de comilona premigración, la curruca mosquitera gana en torno al diez por ciento del peso original del cuerpo, el equivalente a una persona de diez kilos que aumentara un kilo diario hasta llegar a los veintidós. Luego, cuando ya está suficientemente rechoncha, inicia una proeza de resistencia que ni el mejor atleta de élite puede imaginar: volar miles de kilómetros con solo alguna que otra comida durante todo el trayecto.

Para engordar de tal forma en tan poco tiempo, la curruca, evidentemente, ha de atiborrarse de la más que abundante comida de que dispone en verano. Estos pájaros pasan de una dieta a base de insectos a otra de bayas e higos prácticamente de un día para otro. Los frutos ya están lo bastante maduros para poderlos comer varias semanas antes de que se inicie tan extraordinario viaje, pero no los prueba hasta su debido momento. Es como si tuviera dentro un interruptor que de repente pusiera en marcha esa voraz actividad.

Los investigadores supusieron durante mucho tiempo que el engorde de la curruca mosquitera y otros pájaros migratorios era simple consecuencia de una hiperfagia: comer en exceso. Pero la increíble velocidad del cambio de estos pájaros, que pasan de la delgadez a una obesidad mórbida, apuntaba a que ocurría algo más que los ayudaba a almacenar tanta grasa. Algo que tenía menos que ver con la cantidad de comida que ingerían, y más con cómo se almacenaba esta comida en su cuerpo. Con un minucioso control de las calorías extras que tomaba la curruca mosquitera, y de cuántas salían en sus excrementos, los investigadores se dieron cuenta de que la comida de más que ese pájaro tomaba no explicaba del todo el peso que conseguía ganar.

El misterio sigue al considerar cómo después pierden peso. Es evidente que en su viaje a través del Mediterráneo y el desierto del Sáhara, sus reservas de grasa merman. Cuando llegan y se establecen en su casa de invierno africana, ya han recuperado su peso normal. Pero hay algo raro en todo ello: en cautividad, la curruca mosquitera no se comporta de modo distinto. Durante el periodo premigratorio del final del verano, estos pájaros enjaulados también aumentan de peso, hasta engordar lo suficiente para un viaje que nunca van a realizar. Y, en el mismo momento exacto en que las currucas salvajes llegan a su destino en África, las cautivas se liberan por completo del exceso de grasa. No han volado seis mil kilómetros y han dispuesto de toda la comida que han querido; sin embargo, estos pájaros cautivos vuelven a perder peso cuando termina el periodo migratorio.

Es extraordinario que la curruca mosquitera, sin poderse guiar por el clima, la duración del día ni las reservas estacionales de comida, pese a todo sea capaz de almacenar rápidamente grandes cantidades de grasa para el periodo migratorio, y después adelgazar aparentemente sin ningún esfuerzo, en perfecta sincronía con sus parientes salvajes. Son pájaros, con el cerebro del tamaño de un guisante. No es que engorden y se digan: «He de ponerme a dieta». No ayunan ni se dedican a un alocado ejercicio físico. La ingesta de comida cesa después del atracón, pero tampoco lo suficiente para explicar la pérdida de tanto peso, de tanta grasa. Imagina que pudieras perder un kilo diario durante siete días: el equivalente es lo que hacen estos pájaros cuando termina la época de migración. En los humanos, ni siquiera la completa abstinencia podría provocar tal pérdida de peso.

Se desconoce aún cómo se regula exactamente tal asombroso cambio de peso en el cuerpo de la curruca mosquitera, pero que estos cambios se produzcan más allá de lo que cabría esperar de los hábitos diferentes en la ingesta de calorías deja clara una cosa: mantener un peso estable no siempre consiste en el simple equilibrio entre las calorías que se toman y las que se queman. En las personas, la explicación aceptada por la ciencia del aumento de peso es esta: «La causa fundamental de la obesidad y el sobrepeso es el desequilibrio energético entre las calorías que se consumen y las calorías que se gastan».

Parece obvio: si comes mucho y te mueves poco, la grasa se almacena y engordas. Y si quieres perder peso, debes comer menos y moverte más. Pero la curruca mosquitera es capaz de adquirir unas reservas de grasa muy por encima de las calorías que consume, y después reducir estas reservas en cantidades muy superiores a las de las calorías que quema. Es evidente, pues, que en el juego de la regulación del peso hay mucho más de lo que se ve a simple vista. Si lo de las calorías que entran y las calorías que se consumen no funciona en el caso de la curruca, ¿es posible que tampoco funcione en el de los humanos?

Esto exactamente es lo que se preguntó el doctor Nikhil Dhurandhar, médico indio, después de intentar tratar más de diez mil casos de obesidad. Sus pacientes volvían una y otra vez a la consulta, después de recuperar el poco peso que habían perdido, o porque eran incapaces de perder un solo gramo. A pesar de todas las dificultades, Dhurandhar y su padre —también médico especialista en obesidad— en los años ochenta pusieron en marcha la clínica de obesidad de mayor éxito de Bombay. Sin embargo, después de diez años de intentar ayudar a las personas a comer menos y a moverse más, empezaron a pensar que sus esfuerzos (y los de sus pacientes) eran inútiles: «Cuando ya has perdido peso, lo vuelves a ganar: este es el gran problema. Y esta ha sido mi frustración». Dhurandhar quiso conocer mejor los mecanismos ocultos de la obesidad. Si comer menos y moverse más no curaba la obesidad de forma permanente, tal vez comer más y moverse menos no era la única causa.

Es algo que necesitamos resolver con urgencia. Nuestra especie se encuentra en un proceso de aumento colectivo de peso similar al de la curruca mosquitera. Y como en el caso de este pajarillo, la cantidad de peso que hemos ganado no se corresponde del todo con los cambios del «calorías ingeridas» y «calorías consumidas». Hasta el estudio más pormenorizado y de mayor amplitud demuestra que la mayor parte del peso que hemos ganado como especie no se explica por lo que podamos comer de más, ni por nuestra falta de ejercicio físico. Algunos estudios indican incluso que comemos menos que antes, y que hacemos más o menos el mismo ejercicio de siempre. Poco a poco, va cobrando fuerza el debate científico sobre si la glotonería y la pereza solas pueden explicar del todo el aumento exponencial de la obesidad en los últimos sesenta años. Adquiere mayor relevancia una subcorriente científica que va lamiendo los cimientos de la investigación: ¿qué dietas son las que mejor funcionan?

En la época de las frustraciones del doctor Dhurandhar, se propagaba entre los pollos de la India una misteriosa enfermedad que mataba a los polluelos y acababa con las subsistencias. La familia de Dhurandhar era amiga de un científico veterinario que participaba en la búsqueda de la causa de aquella plaga para encontrar un remedio. El culpable era un virus, le dijo a Dhurandhar mientras cenaban; las aves morían con el hígado inflamado, las glándulas linfáticas encogidas y mucho exceso de grasa. Dhurandhar lo detuvo: «¿Los pollos muertos están especialmente gordos?», preguntó. El veterinario se lo confirmó: así era.

A Dhurandhar le picó la curiosidad. Lo normal era que unos animales que morían por una infección vírica estuvieran flacos, no gordos. ¿Era posible que un virus provocara que los pollos engordaran? ¿Podría ser esta la causa oculta de las dificultades que sus pacientes tenían para perder peso? El deseo irreprimible de saber más llevó a Dhurandhar a realizar un experimento. Inyectó el virus a unos cuantos pollos, y dejó a otros intactos. Como era de esperar, tres semanas después, observó que las aves infectadas estaban mucho más gordas que las sanas. Parecía como si el virus hubiera hecho que, al enfermar, engordaran. ¿Podría ser que los pacientes de Dhurandhar, y otras incontables personas de todo el mundo, también estuvieran infectadas por el virus?

Lo que le está pasando a nuestra especie es de tal magnitud y tan desconocido que en el lejano futuro, cuando la humanidad vuelva la vista atrás al siglo XX, lo recordará no solo por las dos guerras mundiales, ni únicamente por la invención de Internet, sino como la era de la obesidad. Un cuerpo de hace cincuenta mil años y otro de los años cincuenta del pasado siglo se parecen más entre sí que al cuerpo humano medio actual. En solo unos sesenta años, nuestro físico delgado y musculoso propio del cazador recolector se ha recubierto de una capa de exceso de grasa. Es algo que nunca nos había ocurrido a los humanos en estas proporciones. Ninguna otra especie animal, salvo las mascotas y el ganado, ha sucumbido a esta dolencia que provoca un cambio de la propia anatomía.

Uno de cada tres adultos del planeta tiene sobrepeso. Uno de cada nueve es obeso. Esta es la media en todos los países, incluidos aquellos donde la nutrición insuficiente es más común que el sobrepeso. Más difíciles de creer son aún las cifras de los países más gordos. En la isla de Nauru, en el sur del Pacífico, por ejemplo, en torno al setenta por ciento de los adultos son obesos, y otro veintitrés por ciento tienen sobrepeso. En este diminuto país viven diez mil personas, de las que solo setecientas tienen el peso adecuado. Nauru es oficialmente el país más gordo de la tierra, pero va seguido de muy cerca por la mayoría de las otras islas del Pacífico Sur y algunos Estados de Oriente Medio.

En Occidente, hemos pasado de la delgadez suficiente para que nadie pensara que hubiese que comentarla, preocuparse por ella ni contar el número de personas obesas, a ser lo bastante gordos para que sea más fácil contar a los que siguen estando delgados. Más o menos, dos de cada tres adultos tienen sobrepeso, y la mitad de ellos son obesos. Estados Unidos, a pesar de su fama, ocupa el puesto diecisiete de la clasificación mundial, con una población de solo un setenta y un por ciento de personas con sobrepeso u obesas. El Reino Unido está en el puesto treinta y nueve, con un sesenta y dos por ciento de adultos con sobrepeso (incluido el veinticinco por ciento de obsesos), las cifras más altas de Europa. Entre los niños del mundo occidental, es asombrosamente común pesar más de lo conveniente. De hecho, más de un tercio de los menores de veinte años tienen sobrepeso (la mitad de ellos son obesos).

La obesidad se nos ha colado de tal forma que ya nos parece casi normal. Sí, no cesan los artículos y las noticias sobre la «epidemia» de la obesidad que nos recuerdan que realmente es un problema, pero nos hemos adaptado con rapidez a vivir en una sociedad donde la mayoría de la gente tiene sobrepeso. Damos por supuesto que la gordura, con la gula y la pereza, son el paso siguiente de la humanidad, pero tal cosa implica una acusación contra la propia naturaleza humana. Si consideramos lo que como especie hemos conseguido en más o menos cien años (el invento del teléfono móvil, Internet, los aviones, fármacos que nos salvan la vida, etc.), todo indica que no nos limitamos a estar ahí tumbados, atiborrándonos de pasteles. El hecho de que, en el mundo occidental, las personas delgadas estén hoy en minoría, y que este cambio se haya producido en solo cincuenta o sesenta años, después de miles y miles de años de delgadez humana, es estremecedor: ¿qué nos estamos haciendo?

En Occidente, en los últimos cincuenta años, hemos aumentado de peso una media de más o menos el veinte por ciento. Si fuera posible cambiar el tiempo, de modo que tu «hoy» fueran los años sesenta del siglo pasado, y no la década de 2010, con toda probabilidad pesarías considerablemente menos. Las personas que en 2015 pesan once kilos podrían haber pesado solo un poco más de nueve en 1965, sin necesidad de ningún esfuerzo especial. Hoy, para recuperar el peso anterior a la década de 1960, decenas de millones de personas están siempre a dieta, intentando privarse de ciertos alimentos que su cerebro desea con ganas. Sin embargo, a pesar de los miles de millones de dólares que se invierten en dietas novedosas y pasajeras, en gimnasios y píldoras para adelgazar, los niveles de obesidad suben inexorablemente.

Este aumento se ha producido a la vista de sesenta años de estudios científicos sobre el mantenimiento efectivo del peso y estrategias para perderlo. En 1958, cuando el sobrepeso era todavía relativamente raro, uno de los pioneros de la investigación sobre la obesidad, el doctor Albert Stunkard, decía: «La mayoría de las personas obesas no seguirán un tratamiento contra la obesidad. Y las que lo sigan no perderán peso. Y la mayoría de quienes lo pierdan lo recuperarán». En general, tenía razón. Medio siglo después, los índices de éxito de los ensayos de tratamientos para perder peso son muy bajos. Lo habitual es que menos de la mitad de los participantes en esos ensayos consigan perder peso, y en la mayoría de los casos solo se pierden unos pocos kilos en uno o varios años. ¿Por qué es tan difícil?

Hasta hoy, entre quienes buscan una explicación (y quizás una excusa) a su exceso de peso, la moda es echar la culpa a la genética. Sin embargo, las diferencias del ADN humano no han demostrado ser especialmente reveladoras en lo que al aumento de peso se refiere. Los genes solo explican una ínfima parte de nuestra vulnerabilidad a la obesidad. En 2010, un equipo de cientos de científicos realizó un experimento en el que rastrearon los genes de un cuarto de millón de personas con la esperanza de encontrar algo que estuviera relacionado con el peso. Sorprendentemente, descubrieron que solo treinta y dos de los veintiún mil genes de nuestro genoma parecían desempeñar un papel u otro en el aumento de peso. La diferencia media de peso entre las personas con menor y mayor probabilidad genética de obesidad era solo de ocho kilos. Para quienes quisieran culpar a los padres, las correspondientes cifras son de entre un uno y un diez por ciento de riesgo extra de tener sobrepeso, y solo en el caso de personas que posean la peor combinación de esas variantes genéticas.

Cualesquiera que sean los genes que puedan intervenir, la genética nunca podría explicar por completo la epidemia de obesidad, porque hace sesenta años casi todo el mundo era delgado, y más o menos tenía las mismas variantes de genes que la población actual. Probablemente tenga mucha más importancia el impacto que un entorno cambiante —por ejemplo, la dieta o el estilo de vida— tenga en el funcionamiento de nuestros genes.

La otra explicación que más nos gusta es la del «metabolismo lento». «Puedo comer lo que me venga en gana. Soy de metabolismo rápido» probablemente sea uno de los comentarios más irritantes que pueda hacer una persona delgada, pero carece de base científica. El metabolismo lento —o, para decirlo correctamente, el índice metabólico basal lento— significa que la persona quema algo de energía aunque no haga nada de nada: ni moverse, ni ver la tele, ni realizar cálculos mentales. Es verdad que el índice metabólico varía entre unas personas y otras, pero realmente son las personas con sobrepeso las que tienen un metabolismo más rápido, no las delgadas. Ocurre simplemente que se necesita más energía para dirigir un cuerpo grande que uno pequeño.

Así pues, si la genética y los índices basales no están detrás de la epidemia de obesidad, y si la cantidad de alimentos que tomamos y el tiempo que dedicamos a la actividad física no explican del todo nuestro aumento colectivo de peso, ¿cuál es la explicación? Como otras muchas personas, Nikhil Dhurandhar se preguntaba si en el problema había más de lo que pensamos. No paraba de darle vueltas a la posibilidad de que un virus pudiera causar o agudizar la obesidad en algunas personas. Analizó a cincuenta y dos de sus pacientes de Bombay para ver si tenían anticuerpos del virus de los pollos: eso demostraría que en algún momento habían estado infectados. Para su sorpresa, sus diez pacientes más obesos habían tenido el virus. Dhurandhar se decidió: dejaría de intentar tratar la obesidad, y en su lugar empezaría a buscar las causas.

Hemos llegado al punto de la historia humana en que estamos considerando, en el Reino Unido al menos, que el rediseño y la reorientación del aparato digestivo que la evolución nos ha dado es la mejor forma de evitar que la persona se vaya devorando hasta provocar su propia muerte. Parece que las bandas y baipases gástricos, que reducen el tamaño del estómago e impiden que la persona consuma todo lo que el cerebro y el cuerpo le pidan, son la forma más efectiva y económica de controlar la epidemia de obesidad y sus consecuencias para nuestra salud colectiva.

Si las dietas y el ejercicio físico son tan inútiles que, hoy, el baipás gástrico es nuestra única esperanza de reducir el peso de forma significativa, ¿dónde queda en nuestro caso la aplicación directa de las leyes de la física (energía ingerida menos energía quemada igual a energía almacenada) como animales gobernados por las leyes de la bioquímica que somos?

Estamos empezando a descubrir que la cuestión no es así de sencilla. Como demuestran la curruca mosquitera y muchos mamíferos hibernantes, en el control del peso hay mucho más que sumar y restar calorías. Limitarse al sistema de entradas, salidas y saldo en el libro de la energía del cuerpo implica olvidarse de las muchas complejidades de la nutrición, la regulación del apetito y el almacenamiento de la energía. Como dijo en cierta ocasión el doctor George Bray, que lleva investigando la obesidad desde que empezó la epidemia: «La obesidad no es ingeniería espacial. Es mucho más complicada».

Hace dos mil quinientos años, Hipócrates —el padre de la medicina moderna— decía que toda enfermedad comienza en el intestino. Sabía muy poco de la anatomía del tracto digestivo, y mucho menos de los cien billones de microbios que viven en él, pero, como vamos descubriendo dos milenios después, Hipócrates intuía algo. En su tiempo, la obesidad era relativamente poco frecuente, como lo era otra enfermedad del siglo XXI cuyo origen está claramente en las tripas: el síndrome de intestino irritable. Y con estas más que desagradables enfermedades es como entran en escena los microbios.

La primera semana de mayo de 2000, unas lluvias de una desacostumbrada intensidad anegaron el municipio rural de Walkerton, en Canadá. Cuando cesó la tormenta, los habitantes del lugar empezaron a enfermar a cientos. Ante los crecientes casos de gastroenteritis y diarrea sangrante, las autoridades analizaron el suministro de agua. Descubrieron lo que la compañía de aguas había estado ocultando varios días: el agua potable de la ciudad estaba contaminada por una cepa mortal de E. coli.

Se supo que los responsables de la compañía de aguas hacía semanas que sabían que el sistema de cloración de uno de los pozos de la ciudad estaba estropeado. Durante las lluvias, su negligencia provocó que las aguas de las tierras de cultivo arrastraran estiércol directamente al suministro de agua potable. Un día después de que se desvelara la contaminación, tres adultos y un bebé fallecieron por enfermedades relacionadas con esos sucesos. En las pocas semanas siguientes, fallecieron otras tres personas. En solo un par de semanas, la mitad de los sanos cinco mil habitantes de Walkerton quedaron infectados.

Inmediatamente, se limpió el suministro de agua y se potabilizó, pero para muchos de quienes habían enfermado la historia no acabó ahí. Seguían los cólicos y las diarreas. Nada menos que dos años después, un tercio de las personas afectadas continuaban enfermas. Habían desarrollado el síndrome de intestino irritable postinfeccioso (SII). De hecho, más de la mitad de ellas lo seguían padeciendo ocho años después de contraerlo.

Como pacientes de SII, estos desventurados habitantes de Walkerton se habían sumado a las cada vez más pobladas filas de personas occidentales sometidas a lo que sus intestinos dispongan. A muchos de estos enfermos, el dolor agudo de estómago y las diarreas imprevistas les condicionan por completo la vida. A otros les ocurre todo lo contrario: estreñimiento y el consiguiente dolor, durante días y a veces semanas seguidos. «Al menos, estos pacientes pueden salir de casa», dice el gastroenterólogo británico Peter Whorwell, refiriéndose a las personas con SII con predominio de estreñimiento. A una minoría de quienes padecen estos síndromes, la doble contrariedad de la diarrea y el estreñimiento les hace la vida diaria particularmente imprevisible.

El problema es que, pese a que la vida de casi una de cada cinco personas occidentales —en su mayoría mujeres— está condicionada por esta enfermedad, realmente no sabemos de qué se trata. Lo único que está claro es que no es normal. La palabra «irritable» resta importancia al impacto que el SII tiene en la vida de quienes lo padecen; la enfermedad figura sistemáticamente entre las que reducen la calidad de vida, más incluso que la diabetes que obliga a la diálisis o a depender de la inyección de insulina. Tal vez el problema sea la desesperación que genera no saber qué es lo que ocurre, ni cómo remediarlo.

La expansión del SII es una pandemia global que pasa desapercibida. Una de cada diez visitas al médico está relacionada con esta condición, y los gastroenterólogos no dan abasto ante el flujo constante de estos pacientes. En Estados Unidos, el SII suma tres millones de visitas al médico, 2,2 millones de recetas, y cien mil visitas al hospital al año. Pero vamos a bajar la voz. A nadie le gusta hablar de la diarrea.

Sin embargo, la causa se nos sigue escapando. En la enfermedad inflamatoria intestinal, la persona tiene el colon lleno de úlceras; en cambio, en el caso del SII, los intestinos siguen tan sonrosados y suaves como los de cualquier persona sana. Esta ausencia de signos físicos ha hecho que el SII lleve colgado el sambenito histórico de que es una cuestión de coco. En la mayoría de los casos, cuando más se agudiza el SII es cuando la persona está estresada, pero es improbable que el estrés solo sea la única causa de tan persistente dolencia. El asombroso porcentaje de personas con SII merece una explicación: no hemos pasado por millones de años de evolución solo para tener que estar siempre a dos segundos de los aseos.

Hay que hallar alguna pista en la tragedia de Walkerton. Las personas que enfermaron de SII después del incidente de la contaminación del agua no son los únicos enfermos de SII que han de culpar de su dolencia a algún tipo de infección gastrointestinal. Alrededor de un tercio de los pacientes sitúan el momento de inicio de sus problemas intestinales en algún episodio de alimentos en mal estado o algo parecido, un episodio que parecía que nunca fuera a terminar. En muchos casos, el inicio está en la diarrea del viajero. Las personas que contraen algún virus en el extranjero tienen siete probabilidades más de padecer SII; dejan ya de padecer una simple gastroenteritis. Es como si la infección original hubiera desterrado a los habitantes habituales del tubo intestinal.

En otros casos, la aparición del SII no coincide con ninguna infección, sino con un tratamiento prolongado con antibióticos. La diarrea es un efecto secundario común de determinados antibióticos, y en algunos pacientes continúa mucho después de finalizar la toma de estos. Pero hay cierta paradoja, porque los antibióticos también se pueden utilizar para tratar el SII, y aparentemente mantienen a raya el problema durante semanas o meses.

Así pues, ¿qué es lo que ocurre? Estas pistas (la gastroenteritis y los antibióticos) apuntan a una realidad común: una breve alteración de los microbios del tubo intestinal puede tener efectos muy duraderos sobre la composición de la microbiota. Imagina una selva virgen, con su denso verdor y rebosante de vida: los insectos imperan en el suelo y los primates son los amos de la fronda. Ahora observa cómo penetran en ella los madereros, cortando con las motosierras la infraestructura vegetal de la selva, acumulada durante miles de años, y arrasando el resto con los buldóceres. Imagina también una mala hierba invasora, llegada tal vez como semilla en las ruedas de esas grandes máquinas, para después multiplicarse, desplazar a los indígenas y adueñarse del terreno. La selva, si se le da tiempo, rebrotará, pero ya no será el hábitat inmaculado, intacto y complejo que en su día fue. La diversidad habrá menguado. Las especies más sensibles desaparecerán, y medrarán los invasores.

El principio, a una escala millones de millones más pequeña, es el mismo para el complejo ecosistema de los intestinos. Las motosierras antibióticas y los patógenos invasores rompen la red de vida que ha forjado un equilibrio mediante incontables sutiles interacciones. Si la destrucción es de proporciones suficientes, el sistema no puede recuperar el estado original. Al contrario, se desmorona. En la selva es la destrucción del hábitat. En el cuerpo, causa disbiosis: un malsano equilibrio de la microbiota.

Los antibióticos y las infecciones no son las únicas causas de la disbiosis. La dieta poco saludable o la mala medicación pueden tener los mismos efectos: acabar con el buen equilibrio de las especies microbianas y reducir su diversidad. Esta disbiosis, cualquiera que sea la forma que adopte, es la que está en la base de las enfermedades del siglo XXI, tanto de las que empiezan (y terminan) en el tubo intestinal, como el SII, como de las que afectan a órganos y sistemas de todo el cuerpo.

En el SII, el impacto de los antibióticos y la gastroenteritis apuntan a que la diarrea y el estreñimiento crónicos podrían tener su origen en la disbiosis. Con la secuenciación del ADN se pueden determinar las especies que viven en los intestinos de la persona, así como en qué abundancia se encuentran. Este análisis realizado en personas con SII y otras sanas demuestra que la mayoría de las primeras tienen microbiotas claramente distintas de las de personas sanas. Pero algunos pacientes de SII tienen microbiotas que no se distinguen de las que tienen las personas sanas. Estos pacientes suelen decir que están deprimidos, lo cual apunta a que, en un pequeño subconjunto de quienes sufren el SII, la enfermedad mental impulsa el SII, mientras que en otras la causa principal es la disbiosis, y el estrés no hace sino agravarla.

En algunos estudios se han observado diferencias en la composición de las microbiotas de quienes sufren SII con disbiosis, según el tipo de SII de que se trate. Los pacientes que se quejaban de estar hinchados y de que, por poco que comieran, enseguida se sentían llenos, tenían unos niveles más altos de cyanobacterias; en cambio, quienes sentían muchos dolores tenían mayor cantidad de proteobacterias. En los intestinos de los enfermos de estreñimiento había una comunidad de nada menos que diecisiete grupos bacterianos, todos en gran abundancia. En otros estudios se ha observado que la microbiota no solo está alterada, sino que es muy inestable en comparación con la de las personas sanas, con diferentes grupos de bacterias que, con el tiempo, aumentan y disminuyen.

Visto en retrospectiva, podría parecer previsible que el síndrome de intestino irritable sea consecuencia de unos intestinos «irritados» por microbios «equivocados». Como deducción lógica, es verosímil: desde el súbito brote de diarrea provocada por bacterias de aguas en mal estado o de pollo poco cocinado hasta la disfunción intestinal crónica. Todo debido a que se ha roto el equilibrio bacteriano de los intestinos. No obstante, si muchos casos de diarrea pueden deberse a una determinada bacteria patógena —por ejemplo, la Campylobacter jejuni en el caso de la intoxicación alimentaria por ingesta de pollo crudo—, el SII no se puede atribuir a un determinado virus despreciable. Al contrario, parece que tiene que ver con la cantidad relativa de lo que normalmente se entiende como «bacterias amables». Tal vez con la insuficiencia de una variedad, o con el exceso de otra. O incluso con una especie que en circunstancias normales se comporta como debe, pero que, si se le presenta la ocasión de imponerse, se rebela.

Si en la comunidad intestinal hallada en los pacientes de ISS no hay actores manifiestamente infecciosos, ¿a qué se deben todos los estragos que la disbiosis provoca en el funcionamiento del aparato digestivo? Los grupos de bacterias presentes en los intestinos de la persona con SII parece que también lo están en los de una sana, entonces, ¿cómo las cantidades diferentes pueden ser las únicas responsables? Actualmente, es una pregunta de difícil respuesta para los científicos médicos, pero los estudios han desvelado algunas pistas interesantes. Los pacientes de SII no tienen úlceras en la superficie de los intestinos, como es el caso de la enfermedad inflamatoria intestinal, pero tienen el tracto digestivo más inflamado de lo habitual. Es probable que el cuerpo intente expulsar los microbios del intestino, pero abriendo pequeñas brechas entre las células que forman el revestimiento intestinal y dejando que el agua discurra por ellas.

Cuesta poco imaginar que el desequilibrio de los microbios de los intestinos pueda ser la causa del SII. Pero ¿qué ocurre con problemas digestivos de otra índole, como el ensanchamiento de la cintura humana? ¿Es posible que la microbiota sea el eslabón perdido de la relación entre la ingesta y la quema de calorías?

Suecia es un país que se toma la obesidad muy en serio. Aunque ocupa el puesto noventa entre los países más gordos del planeta y es el país más delgado de Europa, tiene el mayor índice del mundo de intervenciones quirúrgicas para implantar baipases gástricos. Los suecos están considerando imponer una «tasa por grasa» a los alimentos altos en calorías, y los médicos pueden recetar ejercicio físico a los pacientes con sobrepeso. En Suecia vive también un hombre que ha hecho una de las mayores aportaciones al avance de la ciencia de la obesidad desde que empezó la epidemia.

Frederick Bäckhed es profesor de microbiología de la Universidad de Gotemburgo, pero en su laboratorio no hay placas de Petri ni microscopios, sino muchísimos ratones. Al igual que los humanos, los ratones albergan una impresionante diversidad de microbios, sobre todo en los intestinos. Pero los ratones de Bäckhed son diferentes. Nacidos por cesárea y metidos después en cámaras estériles, no tienen ni un solo microbio. Cada uno es un lienzo en blanco: están «libres de gérmenes», lo cual significa que el equipo de Bäckhed puede colonizarlos con cualquier microbio que quiera.

En 2004, Bäckhed se puso a trabajar con uno de los principales especialistas en microbiota del mundo, Jeffrey Gordon, profesor de la Universidad de Washington en San Luis. Gordon había observado que sus ratones libres de gérmenes estaban particularmente delgados. Entonces él y Bäckhed se preguntaron si la razón podría ser que carecían de microbios intestinales. Juntos se dieron cuenta de que aún no se había hecho ni el más elemental estudio sobre lo que los microbios hacen al metabolismo de un animal. Así que la primera pregunta de Bäckhed fue muy simple: ¿los microbios intestinales hacen que los ratones engorden?

Para responder la pregunta, Bäckhed crio algunos ratones libres de gérmenes hasta que alcanzaron la madurez. Después les salpicó la piel con materia del intestino ciego (la primera parte del intestino grueso, parecida a una cámara) de ratones nacidos por parto normal. Cuando los ratones libres de gérmenes hubieron lamido la materia fecal de su piel, sus intestinos se poblaron de una serie de microbios, como cualquier otro ratón. Luego ocurrió algo extraordinario: engordaron. No un poquito, sino un sesenta por ciento del peso del cuerpo en catorce días. Y comían menos.

Parecía que disponer de casa en los intestinos no solo beneficiaba a los microbios que la habitaban, sino también al propio ratón. Todo el mundo sabía que los microbios alojados en el tubo intestinal se alimentan de las partes indigeribles de la dieta, pero nadie había observado jamás en qué medida esta segunda fase de la digestión contribuía a la ingesta de energía. Los ratones, con unos microbios que los ayudaban a acceder a más calorías de su dieta, podían pasar con menos comida. Aquello suponía girar del revés nuestra forma de entender la nutrición. ¿Podía tener algo que ver con la obesidad la posibilidad de que la microbiota determinara la cantidad de calorías que los ratones podían extraer de lo que comían?

La microbióloga Ruth Ley —también miembro del grupo del laboratorio de Jeffrey Gordon— se preguntó si los microbios de los animales obesos podrían ser diferentes de los microbios de los delgados. Para averiguarlo, utilizó una cepa de ratones genéticamente obesos conocida como ob/ob. Con un peso tres veces superior al del ratón normal, esos ratones eran casi esféricos, pero no paraban de comer. Parecen una especie completamente distinta de ratones; sin embargo, en realidad solo tienen una mutación del ADN que hace que no dejen de comer nunca y engorden lo inimaginable. La mutación se produce en el gen productor de la leptina, una hormona que disminuye el apetito de los ratones y de las personas si cuentan con una razonable cantidad de grasa almacenada. Sin leptina que informe al cerebro de que está bien alimentado, el ratón ob/ob es literalmente insaciable.

Con la descodificación —como si de un código de barras se tratara— de las secuencias de ADN del gen 16S rRNA de las bacterias que viven en los intestinos de los ratones ob/ob, y averiguando qué especies estaban presentes, Ley pudo comparar las microbiotas de los ratones obesos y delgados. En los dos tipos de ratones dominaban dos grupos de bacterias: las bacteroidetes y las firmicutes. Pero en los ratones obesos había la mitad de bacteroidetes que en los delgados; las firmicutes se encargaban de cuadrar los números.

Intrigada ante la posibilidad de que esta diferente ratio entre firmicutes y bacteroidetes pudiera ser fundamental para la obesidad, Ley analizó a continuación las microbiotas de humanos delgados y obesos. Descubrió la misma ratio: los obesos tenían muchas más firmicutes; los delgados, un mayor porcentaje de bacteroidetes. Parecía casi demasiado sencillo: ¿era posible que la obesidad y la composición de la microbiota intestinal estuvieran tan estrechamente relacionadas? Y, lo más importante, ¿los microbios de los ratones y los humanos obesos eran la causa de la obesidad, o solo una consecuencia de ella?

Correspondió averiguarlo a otro miembro del grupo del laboratorio de Gordon, el estudiante de doctorado Peter Turnbaugh. Este utilizó los mismos ratones genéticamente obesos que había empleado Ley, pero transfirió sus microbios a ratones libres de gérmenes. Al mismo tiempo, transfirió los microbios de ratones delgados normales a un segundo grupo de ratones libres de gérmenes. Se dio la misma cantidad de comida a ambos grupos de ratones libres de gérmenes; sin embargo, al cabo de catorce días, los ratones colonizados con la microbiota «obesa» habían engordado exageradamente, mientras que los colonizados con la microbiota «delgada» no.

El experimento de Turnbaugh demostraba no solo que los microbios intestinales podían engordar a los ratones, sino también que se podían transmitir entre los individuos. Las implicaciones trascienden del simple paso de bacterias de ratones obesos a ratones delgados. Podríamos hacer lo mismo en sentido contrario: tomar microbios de personas delgadas y ponerlos en personas obesas (perder peso sin necesidad de ponerse a régimen). Ni a Turnbaugh ni a sus colaboradores les pasó desapercibido el potencial terapéutico —y económico—, por lo que patentaron la idea de alterar la microbiota como tratamiento de la obesidad.

Sin embargo, antes de hacernos excesivas ilusiones sobre una posible cura de la obesidad, debemos conocer cómo funciona todo ese mecanismo. ¿Qué hay en la actividad de estos microbios que hace que engordemos? Como antes, las microbiotas de los ratones obesos de Turnbaugh contenían más firmicutes y menos bacteroidetes, y parecía que de algún modo permitían que los ratones extrajeran más energía de los alimentos. Este detalle contradice uno de los principios fundamentales de la ecuación de la obesidad. Contar las calorías que entran no es tan sencillo como hacer el seguimiento de lo que la persona come. De lo que se trata es del contenido de energía de lo que la persona absorbe. Turnbaugh calculaba que los ratones de microbiota obesa obtenían de la comida un dos por ciento más de calorías. Por cada 100 calorías que extraían los ratones delgados, los obesos sacaban 102.

Puede que no sea mucho, pero en un año o más se va acumulando. Imaginemos a una mujer de altura media, 1,63 m, que pesa 62 kg y tiene un sano índice de masa corporal (IMC = peso (kg) / altura (m)2) de 23,34. Consume 2.000 calorías diarias, pero, con una microbiota «obesa», su dos por ciento más de extracción calórica le añade 40 calorías diarias más. Sin consumir más energía, estas 40 calorías diarias adicionales se deberían traducir, en teoría al menos, en 1,9 kg más al cabo de un año. En diez años, son 19 kg, que llevan a esa mujer a un peso de 81 kg y a un obeso IMC de 30,49. Y todo porque las bacterias de sus intestinos extraen a diario un dos por ciento más de calorías de lo que come.

El experimento de Turnbaugh ha desencadenado una revolución en nuestra forma de entender la nutrición. Para calcular el contenido calórico de los alimentos, normalmente se emplean unas tablas estándares, según las cuales, cada gramo de hidratos de carbono aporta 4 calorías, cada gramo de grasa, 9 calorías, y así sucesivamente. Estas etiquetas muestran las calorías del producto alimenticio como un valor fijo. Dicen: «Este yogur contiene 137 calorías» y«Una rebanada de este pan contiene 69 calorías». Sin embargo, el trabajo de Turnbaugh sugiere que no es así de exacto. El yogur puede contener perfectamente 137 calorías para una persona de peso normal, pero también podría contener 140 calorías para alguien con sobrepeso, y que tiene un conjunto diferente de microbios intestinales. Una vez más, la diferencia es pequeña, pero va sumando.

Si tus microbios, en representación tuya, extraen energía de lo que comes, lo que determina la cantidad de calorías es tu particular comunidad de microbios, y no una tabla de conversión estándar. Eso puede explicar en parte por qué personas que se ponen a dieta no consiguen ningún resultado. Una dieta basada en un minucioso control calórico, que suponga una pérdida general de calorías todos los días durante un periodo ininterrumpido, se debería traducir en una pérdida de peso. Pero la infravaloración de las calorías que «entran» puede significar que el peso no cambie, o incluso que aumente. Es una idea avalada por otro experimento que en 2011 llevó a cabo Reiner Jumpertz, en el Instituto Nacional de Salud de Phoenix, Arizona. Jumpertz puso a sus voluntarios a una dieta de calorías fijas, y se limitó a medir las calorías que quedaban en sus heces después de la digestión. En los voluntarios delgados que seguían una dieta alta en calorías aumentaba la abundancia de firmicutes en comparación con las bacteroidetes. Este cambio de los microbios intestinales iba acompañado de una disminución de las calorías que salían con los excrementos. Con ese cambio del equilibrio bacteriano, los voluntarios extraían de la misma dieta ciento cincuenta calorías diarias más.

El particular conjunto de microbios que alojamos determina nuestra capacidad de extraer energía de los alimentos. Después de que el intestino delgado digiera y absorba todo lo que puede de lo que comemos, lo que queda pasa al intestino grueso, donde habitan la mayoría de nuestros microbios. Aquí, estos funcionan como los obreros de una fábrica: cada uno rompe sus moléculas preferidas y absorbe lo que puede. El resto queda en forma suficientemente simple para que lo absorbamos a través de las paredes del intestino grueso. Nuestra particular cepa de bacterias puede tener los genes necesarios para romper las moléculas de los aminoácidos procedentes de la carne. Otra cepa puede ser más adecuada para romper la larga cadena de moléculas de los hidratos de carbono procedentes de la verdura. Y una tercera puede ser más eficiente para recoger las moléculas de azúcar que no fueron absorbidas en el intestino delgado. Nuestra particular dieta afecta a las cepas que albergamos. Así, por ejemplo, es posible que una persona vegetariana no tenga tantos individuos de la cepa aminoácida, porque estos no pueden proliferar sin un constante suministro de carne.

Bäckhed sugiere que lo que podamos extraer de lo que comemos depende de los objetivos con que se levantó nuestra fábrica microbiana. Si, en algún momento, nuestro vegetariano renegara de sus principios y se permitiera un cochinillo asado, probablemente no tendría suficientes microbios amantes de los aminoácidos para sacar el mejor provecho de su desliz. Pero la persona que come carne de forma regular dispondría de la adecuada cantidad de pertinentes microbios, y extraería más calorías del cochinillo que la vegetariana. Y lo mismo ocurre con otros nutrientes. La persona que come muy poca grasa tendría muy pocos microbios especialistas en grasa, y ese algún que otro dónut o barrita de chocolate pasarían por el intestino grueso sin ser despojados eficientemente de lo que quedara de su contenido calórico. Sin embargo, la persona que con el té de todos los días se toma sus galletitas tendría una población mayor de bacterias masticadoras de grasa, siempre a la espera de dar completa cuenta del siguiente dónut, con lo que esa persona tendría una ración completa de calorías.

Es innegable que la cantidad de calorías que absorbemos de los alimentos es importante, pero lo que realmente importa no es cuánta energía nos extraen nuestros microbios, sino lo que obligan a hacer al cuerpo con esa energía. ¿La utilizamos de inmediato para echar combustible a los músculos y los órganos? ¿O la almacenamos para más adelante, por si no hay nada que comer? Que ocurra una u otra cosa depende de los genes. Pero lo importante no es qué genes heredemos de los padres, sino cuáles están activados y cuáles no, cuáles son de acceso marcado y cuáles no.

El propio cuerpo se encarga de encender y apagar los genes y de marcar o no el acceso. Para ello emplea todo tipo de mensajeros químicos. Este control significa que las células de los ojos pueden realizar trabajos distintos de los que hagan, por ejemplo, las células del hígado. O que las células del cerebro puedan funcionar de forma distinta mientras trabajamos durante el día de cuando estamos profundamente dormidos en medio de la noche. Pero el cuerpo no es el único amo de la salida genética de datos. También los microbios tienen algo que decir, y se encargan de controlarnos los genes para que se ajusten a sus necesidades.

Los componentes de la microbiota pueden aumentar la producción de los genes que propician que la energía quede almacenada en las células grasas. Y (por qué no) la microbiota se beneficia de vivir en un humano que sabe pasar el invierno como tan bien saben pasarlo los humanos. Una «microbiota obesa» enciende aún más estos genes, forzando así el almacenamiento como grasa de la energía extra que contienen los alimentos que tomamos. Por molesto que pueda ser para quienes batallamos por mantenernos en el peso que deseamos, este truco del control de los genes debería ser beneficioso, porque nos ayuda a sacar el máximo provecho de los alimentos y a hacer acopio de energía para tiempos más difíciles. En el pasado, en los periodos de escasez y hambre, disponer de ayuda para superar las hambrunas hubiera salvado muchas vidas.

Así pues, la entrada de calorías tiene que ver con mucho más que lo que te eches a la boca. Se trata de lo que tus intestinos absorban, incluido aquello que te suministran tus microbios. Y la salida de calorías tampoco se limita a la cantidad de energía que utilices mientras estás activo. Se trata también de lo que tu cuerpo decida hacer con esa energía: si la guarda para los días de lluvia, o si la quema de forma inmediata. Ambos mecanismos demuestran que una persona puede absorber y guardar más que otra, dependiendo de los microbios que albergue. Pero esto plantea otra pregunta: ¿por qué las personas que absorben más energía y almacenan más grasa sencillamente no se sienten saciadas antes? ¿Por qué, si han absorbido muchas calorías, y han almacenado mucha grasa, algunas personas se sienten empujadas a seguir comiendo?

En el apetito intervienen muchas cosas, desde la sensación física inmediata de tener el estómago lleno hasta las hormonas que le dicen al cerebro cuánta energía hay almacenada como grasa. La sustancia química que antes decía que les faltaba a los ratones genéticamente obesos (la leptina) es una de estas hormonas. La produce directamente el tejido graso, de modo que cuantas más células grasas tenemos, más leptina se libera a la sangre. Es un sistema magnífico: le dice al cerebro que estamos saciados cuando ya hemos acumulado una buena cantidad de grasa almacenada, y el apetito desaparece.

¿Por qué, pues, no dejamos de interesarnos por comer cuando empezamos a acumular peso? Cuando se descubrió la leptina, en los años noventa, gracias a los ratones ob/ob que eran genéticamente incapaces de producir leptina por sí mismos, se desató la ilusión de poder usar la hormona para tratar a los pacientes con obesidad. La inyección de leptina a ratones ob/ob provocaba una rápida pérdida de peso: comían menos, se movían más y en un mes bajaban casi a la mitad el peso del cuerpo. También en ratones delgados normales, la leptina hacía que disminuyeran de peso. Si se podía tratar así a los ratones, ¿podría ser la leptina la cura para la obesidad humana?

La respuesta, como bien demostró el hecho de que la epidemia de obesidad no cesara, era que no. Inyectar leptina a esas personas apenas producía efecto en su peso y sus ganas de comer. Ese fracaso, por decepcionante que fuera, arrojó luz sobre la verdadera naturaleza de la obesidad. A diferencia de lo que ocurre con los ratones ob/ob, no es la escasez de leptina la que permite que la persona engorde. De hecho, las personas con sobrepeso tienen unos niveles de leptina particularmente altos, porque poseen más tejido graso que la produce. El problema es que su cerebro se ha hecho resistente a los efectos de la leptina. En una persona delgada, aumentar un poco de peso genera una mayor producción de leptina y una disminución del apetito. Pero en una obesa, aunque se produce gran cantidad de leptina, el cerebro no la puede detectar. Por tal motivo, la persona en cuestión nunca se siente saciada.

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14 ноября 2024
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9788491874614
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