Читать книгу: «Las Confesiones»

Шрифт:

Las
Confesiones

Introducción de

José Anoz


© SAN PABLO 2021 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es

Hipona, Agustin de

Distribución: SAN PABLO. División Comercial Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: ventas@sanpablo.es

ISBN: 978-84-2856-353-6

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

www.sanpablo.es

Introducción
1. Género de la obra

«Toma, hijo mío, varón bueno y cristiano, no en la superficie sino por el amor oblativo cristiano; toma, digo, los libros de mis Confesiones que has deseado. Ahí mírame, para que no me alabes más de lo que soy; ahí cree de mí, no a otros sino a mí; ahí fíjate en mí y ve qué fui en mí mismo por mí mismo. Y, si en mí te agradase algo, alaba ahí conmigo no a mí, sino al que he querido que alaben a mi costa, porque a nosotros nos ha hecho él y no nosotros; nosotros, en cambio, nos habíamos perdido, pero quien nos ha hecho nos ha rehecho. Ahora bien, cuando ahí me encuentres, reza por mí, para que no falle sino que me termine de formar; pídelo, hijo, pídelo»[1]. Así responde el obispo de Hipona, Agustín, a sus 75 años, uno antes de su muerte, a un amigo, alto funcionario de la corte de Ravena, Darío, quien hacia la primavera de ese mismo año había escrito desde Cartago a la sede episcopal africana más famosa de todos los tiempos: «Pido que te dignes enviarme y donarme también los libros de Confesiones, escritos detalladamente por ti»[2].

Desde su publicación hasta hoy lectores y estudiosos han considerado las Confesiones uno de los clásicos más importantes de la espiritualidad occidental. Es decir, han visto en ellas un exponente autorizado, fidedigno, del modo como los cristianos de cultura principalmente mediterránea y, luego, centroeuropea han entendido y llevado a la práctica la repercusión de su credo en la vida. Ahora bien, esta obra, agustiniana donde las haya, pese a que desde que salió de manos de su creador ha gozado de difusión amplia y hasta la Edad media continuó siendo el libro piadoso más leído, partes del cual los monjes cantaban en los oficios litúrgicos, no deja de ser un producto literario extraño, incluso en la época de su autor. Con ella sucede como con el evangelio escrito: si bien el vocablo «evangelio» era conocido, y el anuncio de noticias buenas practicado, los autores cristianos le imprimieron un significado nuevo del todo y con él se denomina desde entonces a un género literario hasta entonces inédito, y nunca más utilizado, que se caracteriza por ser un relato confesante. De igual manera, aunque otros, anteriores a Agustín, han dejado lo que podría considerarse memorias –por ejemplo, Varrón, Cicerón, Marco Aurelio, Gregorio Nacianceno–, sin embargo con los trece libros de sus Confesiones aparece algo inédito, que se anuncia ya en el título de la obra.

Nombre y forma de las Confesiones

Efectivamente, hablar de «confesiones» en plural supone que su autor hace varias; tres, de hecho. Cada una sobre un aspecto de su vida, declarado –confesado, pues– simultáneamente a Dios y a los hombres. La primera, la más extensa, comienza en el libro primero y continúa hasta el final del noveno. La segunda ocupa el libro décimo, tras referirse prolijamente a ella su autor a lo largo de los siete párrafos introductorios. Los libros undécimo al decimotercero recogen la tercera. Agustín las confía a oyentes idénticos, considerando, empero, sus respectivas características. Los nueve libros primeros tienen como colocutores a Dios Padre y a los seres humanos en general, criaturas y, sobre todo, hijos suyos según la fe cristiana. En el libro décimo su autor se dirige a Dios Hijo, en su calidad de mediador, y a personas cristianas. En los tres libros últimos de la obra los interlocutores son Dios Espíritu Santo y los miembros de la Iglesia instruidos, deseosos de conocer mejor los fundamentos y la racionalidad de su fe.

Por otra parte, el desarrollo de cada una de las tres confesiones se atiene a esta composición ternaria. En efecto, y por lo que se refiere a la inaugural, los siete libros primeros tienen que ver especialmente con el Padre, el octavo con el Hijo y el noveno con el Espíritu Santo. La siguiente se dirige al Padre desde el párrafo octavo al trigésimo séptimo del libro décimo; al Hijo, en los tres párrafos siguientes; y desde el cuadragésimo hasta el final, al Espíritu Santo. Asimismo, durante la postrera, el libro undécimo tiene que ver principalmente con el Padre, el duodécimo con el Hijo y el decimotercero con el Espíritu Santo[3].

Naturaleza de las Confesiones

Los trece libros son autobiográficos. En los nueve primeros, correspondientes a la confesión inicial, Agustín narra cómo llegó a ser cristiano: al recuerdo de sus orígenes el año 354 en Tagaste, villa del África romana, hoy Argelia, sigue la descripción de las circunstancias y razones que lo determinaron a vincularse a la Iglesia católica; sucesos poco posteriores a su bautismo en Milán, en la Pascua del 387, cierran la narración. El libro décimo refleja la vida interior del autor durante la época en que lo escribe. Los tres últimos presentan el conocimiento que del sentido espiritual de la Sagrada Escritura ha adquirido este obispo de 45 años. Así pues, pese a las diferencias –innegables por ser tan notorias– entre las partes de la obra, esta en su integridad y cada una de ellas son autobiográficas.

Ahora bien, quien escucha la primera no ha de perder de vista que condensar en nueve libros treinta y tres años de experiencia, desde el año cero al trigésimo tercero, exige un principio de selección. ¿A cuál se atuvo Agustín para incluir en su relato unos acontecimientos y excluir otros? Puede afirmarse que, al redactar las Confesiones unos diez años después de haberse hecho cristiano, Agustín seleccionó de su vida los elementos que juzgó necesarios para exponer suficientemente las circunstancias y motivos que lo indujeron a preferir la Iglesia católica a otras posturas filosóficas y religiosas, a las que previamente se había adherido con mayor o menor intensidad. De un lado están los acontecimientos; de otro, las razones para dar el paso que dio: expone estas seleccionando los primeros y luego interpretándolos, de forma que, intransferibles, sean, empero, aprovechables.

En efecto, precisamente porque en los nueve primeros libros confiesa –descubre– los motivos por los que se hizo cristiano, invita a sus lectores a tomar o reafirmar idéntica decisión. Asimismo, en el libro décimo: el análisis de sus dificultades y luchas internas para llegar a ser un cristiano cabal, sin lograrlo definitivamente nunca, constituye un estímulo para quienes quieren llegar también a serlo. Idéntica afirmación vale respecto a la confesión tercera: en ella ofrece Agustín no sólo sus conocimientos de interpretación bíblica, sino que invita a cada lector y comunidad cristianos a realizarla con los ojos puestos en la situación social, religiosa y existencial en que se encuentran.

Autobiografía, pues; espejo también, en que puedan reconocerse los hombres, los cristianos, los católicos ilustrados: con esto se encuentra quien abre y escucha estas Confesiones. A la vez y desde la primera línea a la última, se sentirá inmerso en una plegaria extensa, que adquiere cíclicamente la forma de alabanza a Dios –confesión en su honor–, hecha al hilo del descubrimiento de la vida propia ante otros. También esa confidencia es confesión, pero en sentido ya no laudatorio, como el anterior, sino declaratorio. Permite, en efecto, a los demás conocer no sólo el pasado del autor –carcomido de errores y frustraciones terriblemente dolorosos, siempre, empero, acompañado por Dios–, sino la situación religiosa en que al presente él se encuentra. Muestra, sobre todo, las raíces de la condición humana: afincadas en los cimientos primordiales de la creación, de la que el escrito se ocupa al principio y al final, y, por lo que a Agustín se refiere, establecidas ya definitivamente, cuando él escribe, en el seno de esa Iglesia, culmen de la creación y en que la clemencia divina lo ha injertado.

En las Confesiones se ve que, para su autor, pensar se resume en dialogar con quien es la Verdad fontal, y que, a medida que el diálogo se desarrolla, la propia existencia, toda ella, hasta sus más remotos presupuestos, queda desnuda ante Dios y los hombres. La andadura religiosa de este hombre y su reflexión sobre ella son inseparables, pues acontecen a la vez. Por eso, se implican recíprocamente: no hay momento de su vida que Agustín no considere guiado por la providencia divina; no da un paso hacia Dios, si antes no encuentra razones para ello; su meditación sobre el Dios de Jesús lo estimula continuamente a crecer en él y a seguir buscándolo. Ahora bien, la reflexión se realiza de continuo bajo la irrumpente luz divina: no es Agustín quien instruye a Dios sobre sí; más bien se deja instruir por él. Sólo iluminado por la verdad del amor de Dios hacia él adquiere sentido su vida pasada y actual, cuyas etapas, tras alejarse de ese amor, son buscarlo apasionadamente, regresar a él y crecer en él sin cesar.

Controlado por Dios, el material al que su protagonista da forma –la existencia propia con sus cambios radicales: extravíos y progresos–, primero a regañadientes, luego con agradecimiento cada vez mayor, recibe estampada la marca de fuego del sello de Cristo y de su Iglesia. La biografía en cuanto tal está ya al servicio de la teología; para sus fines requisa esa vida el Señor de la vida.

La historia de cualquier hombre desborda la serie y relato de sus elementos. Agustín lo sabe. Por eso no se preocupa en absoluto de reconstruir exhaustivamente su autobiografía, ni siquiera de precisar siempre los momentos que de ella ha seleccionado. La reflexión sobre el sentido que a su existencia da su anclaje en Dios, la confesión y la alabanza son para él más importantes: la mera declaración de los hechos queda superada al transformarse en reconocimiento adorador de un señor soberano independiente del hombre, de un territorio donde habita la verdad divina, divino-humana y eclesial. Expresión de esta, la teología puede quedar marcada en lo más profundo por las experiencias abismales del pecador y agraciado; pero es por entero irreductible a mera objetivación de esa experiencia religiosa. El drama de la existencia creyente se desarrolla regido por la fe; esta, que irrumpe desde arriba, desemboca en reconocimiento ininterrumpido. Lo que no impide que, precisamente en las grandes misiones eclesiales, como las recibieron Pablo, Orígenes, Agustín o Newman, el espacio de la formulación de la fe permanezca animado en lo más profundo por el martirio espiritual del testimonio que estos héroes prestan con sangre del espíritu.

Las Confesiones, pues, constituyen un diálogo con Dios, cuya misericordia, providencia y esplendidez reconoce, confiesa y alaba Agustín. Son también un testimonio simultáneamente personal, apostólico y doctrinal dirigido a los fieles de la Iglesia católica. De hecho, su autor las escribió para que lo que a él le ha sucedido y el trato que el Dios de Jesucristo le ha dispensado enseñen a sus lectores a invocar confiadamente desde los abismos del sufrimiento, el desconcierto y la conciencia atribulada, al Dios del consuelo, Padre de las luces y rico en misericordia. He aquí sus palabras: «Narro esto para que yo y cualquiera que lo lea pensemos en el abismo tan enorme desde el que es preciso clamar a ti»[4]. «Cuando se leen y oyen las confesiones de mis males pasados, que has perdonado y tapado para hacerme feliz en ti cambiando tú mi alma mediante la fe y tu sacramento, excitan el corazón a que en vez de dormir en la desesperación y decir “No puedo”, se despierte en el amor a tu misericordia y en la dulzura de tu gracia, con la que es poderoso todo débil que mediante ella deviene consciente de su debilidad»[5]. Así pues, Agustín en sus Confesiones, al paso que manifiesta su indigencia, testifica el poder salvífico divino. De este modo elabora y ofrece una teología –es decir, una imagen de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo, de la Iglesia y de la vida cristiana– que hasta hoy continúa iluminando a quienes comparten su fe y a cuantos, como él, esperan llegar a vivir del amor para amar.

En la obra se dan cita tres géneros literarios antiguos: la himnología de la Antigüedad clásica; la aretología, que relata un acto de poder realizado por una divinidad en favor de su devoto; los escritos penitenciales cuyos autores reconocen con agradecimiento haber recibido de una divinidad una prueba salutífera que los ha conducido a la conversión. Si, por otra parte, las Confesiones se inscriben en una tradición literaria en que se dan cita búsqueda de la verdad, confesión de pecados y relatos de visiones, son, sin embargo, una obra de originalidad incontestable. Se trata, efectivamente, de una autobiografía en que las preocupaciones religiosas y doctrinales ocupan el lugar primero: a su autor le interesan, sí, su persona y la trayectoria de su vida, pero no en sí mismas, sino en cuanto en ellas se manifiesta el Dios que, como escribió en su carta vigésimo primera, lo ha engañado y al que, consiguientemente, se ha adherido.

Las Confesiones pertenecen con justicia a la literatura universal, no sólo porque en ellas el autor expresa su experiencia religiosa, honda y sincera, de modo muchas veces altamente poético y siempre de valor literario más que notable, sino, sobre todo, por el contenido y desarrollo originales y los múltiples géneros literarios presentes en ellas. En efecto, con la autobiografía se entretejen cuestiones las más variadas: filosóficas –verbigracia, sobre la memoria y el tiempo, respectivamente en los libros décimo y undécimo–, teológicas –como la naturaleza del pecado, en el libro cuarto, y, en toda la obra, la necesidad que el hombre tiene, y no siempre siente, de que Dios en persona lo ame y, en consecuencia, lo salve– y exegéticas, concretamente la explicación que los libros duodécimo y decimotercero dan del primer relato bíblico de la creación, con que comienza el Génesis, y el uso masivo y personalizado de los Salmos. Toda esta abundancia y variedad de materiales y formas de tratarlos no sólo no daña la unidad y armonía de la obra, sino que le añade interés. Constituye, en efecto, su originalidad y secreto.

Las Confesiones son un poema sinfónico. En actitud confesante, su creador va tejiendo un texto laudatorio y agradecido, con el que reconoce que todo bien propio y ajeno viene del Dios creador y regenerador de cuanto existe. Sinfonía, tejida con seis temas. El primero, Dios, a cuyo conocimiento llega Agustín mirándolo tanto desde abajo, mediante su razón, con ayuda de la filosofía, cuanto desde arriba, creyendo en la Palabra de ese Dios que se manifiesta y se entrega. Luego, la Palabra que él dirige al hombre. Después, la fe que acoge esta comunicación, para establecer con quien en aquella se revela una comunión que vence la muerte. También, la atención que, en calidad de teólogo y biblista, presta su inteligencia a los contenidos de esa Palabra. Además, la vivencia que de esta tiene él como cristiano en trance de maduración. Por último, el anuncio y enseñanza que hace de aquella Palabra, en calidad de pastor de sus hermanos creyentes, a través de los cuales quiere llegar a todos los hombres.

El 31 de marzo de 1885 escribía Friedrich Nietzsche a Franz Overbeck: «Acabo de leer, para distraerme, las Confesiones de san Agustín. ¡Oh, este viejo rétor, qué falso y camandulero, qué risa da! ¡Qué duplicidad psicológica! Valor filosófico igual a cero. ¡Platonismo para el populacho! Dicho de otra forma: una mentalidad que, inventada por la más alta aristocracia del espíritu, ese santo ha acomodado al gusto de las naturalezas de los esclavos». Tal forma de pensar es natural en quien alimenta actitudes antípodas de las del santo argelino. Este cree y sabe qué peculiar e inalienable del hombre es estar irreversiblemente invitado por Dios en persona a aceptarlo como mayor y mejor que él mismo, acogida que le garantiza su protección y, sobre todo, lo defiende de devaluarse en los órdenes ontológico, social y moral. El filólogo alemán, en cambio, imagina al hombre como rueda que por su impulso propio gira sobre sí misma. ¿Podrá, entonces, encontrarse alienación más vil que la de quien para exaltar a Dios consiente en menospreciarse?

Agustín no ha hecho de menos su persona, cuyas dotes continuamente reconoce y agradece. Tampoco se abaja ante Dios por masoquismo ni por complejo de culpa o de inferioridad, o con el secreto y repugnante deseo de ser loado. Sí, en cambio, ha descubierto –y este hallazgo explica las decisiones y posturas religiosas y morales del autor de las Confesiones– que el camino único para ser y valorarse auténticamente, en toda su riqueza y posibilidades, es acoger a quien se le ofrece como Padre y Salvador. Por eso, de la altivez ha pasado a la confesión, es decir, al reconocimiento de Dios y de sus acciones en él y a su favor. La única actitud ante Dios correcta y satisfactoria resulta ser, por tanto, la confesión de dones ajenos y de insuficiencia propia, cuya expresión escrita son, al menos en el caso de san Agustín, sus Confesiones.

2. Contenido general de las Confesiones

Nadie mejor que el lector para darse cuenta del contenido de la obra, a medida que se rinde ante ella. Sin embargo, por tratarse de una publicación con casi 1.600 años a sus espaldas, escrita entre el 387 y el 400 de nuestra era, resultará más fácil el acceso a ella, si uno tiene por adelantado la certeza de que lo que se dispone a leer está en estrecha relación con lo que a él mismo le pasa, pues se le parece mucho, y si descubre que los elementos del escrito aparentemente más distantes de la vida de quien en este momento le presta atención encajan al menos en la biografía de Agustín y, con mucha probabilidad, en la de cualquier persona. Efectivamente, por una parte, ninguna de las cuestiones que han suscitado el interés del escritor –nacimiento y muerte, amor y envidia, soledad y comunión, aprendizaje, memoria, tiempo, tradición y opciones propias, pecado y conversión, entre otras– son ajenas a la experiencia cotidiana de la gente, y todas tienen proyección en el futuro definitivo de la humanidad y de sus individuos. Por otra, las soluciones propuestas por Agustín y el enfoque que les da inspiran al lector respecto al modo de organizarse la vida en el presente. Apoyado sobre esta base de credibilidad puede uno sumergirse confiada y esperanzadamente en las páginas de las Confesiones.

Acerca de su contenido, cabe decir de modo muy general lo siguiente. Los tres libros últimos –en los que el autor, en vez de narrar acontecimientos por él protagonizados, nos deja ver sus reflexiones y crecimiento cristianos– contienen respuestas a preguntas planteadas en el primero. Describe en nueve libros su pasado, y en el décimo su situación actual. En el undécimo se presenta ya no como individuo aislado –miembro de una familia, vinculado a una tierra, heredero de una cultura, viajero del Mediterráneo y del espíritu–, sino como alguien que con todos los otros seres del mundo comparte condición de creatura: no enteramente autónoma, sometida al tiempo y, por eso, al cambio, al desgaste y a la muerte. En el duodécimo, habla como quien vive entre los dos orígenes primordiales de la creación con los que está en relación esencial, a saber, Dios y el cosmos: uno, sin principio ni fin, independiente y autosuficiente, oblativo, en consecuencia, por entero; otro, creado y perecedero, por entero indigente y menesteroso; origen, por tanto, sólo de lo que previamente recibe. En el libro conclusivo se expresa como quien, en la meta que da sentido al cosmos, la Iglesia de Cristo, tiene su hogar terreno, en lucha, empero, contra su hogar eterno, Dios y la Jerusalén celeste.

Quien el año 396 había publicado la obrita Sobre el combate cristiano –siete mil doscientos noventa y seis vocablos en treinta y cinco párrafos y unas veinte páginas de ordenador–, meses después emprende la redacción de las Confesiones. Sus nueve primeros libros escenifican y testimonian una lucha a brazo partido contra el error y la ignorancia, la frivolidad y la adoración de uno mismo; un yo tan escuálido, empero, que su contemplación desapasionada puede peligrosamente provocar la autocompasión y el autodesprecio. La guerra, que continúa en el libro décimo, nunca amaina, como se ve en los últimos. Sin cesar compromete Agustín a su lector en la búsqueda fraterna de la verdad y en el combate común por llevarla a cabo en la vida propia: no encuentro mejor resumen del contenido de este importantísimo escrito agustiniano. Tampoco mejor incentivo para leerlo y saborearlo, como no sean estas palabras de su autor: «Los trece libros de mis Confesiones por mis males y mis bienes alaban al Dios justo y bueno, y excitan hacia él el entendimiento y el afecto humano. A veces, por lo que se refiere a mí, esto hicieron en mí cuando fueron escritos, y lo hacen cuando los leen»[6].

3. Contenido de las Confesiones por libros

Nacimiento, infancia y niñez

El libro primero, con sus 5.178 vocablos latinos y 31 párrafos, consta de cuatro elementos. En los extremos, introducción y conclusión, esta en forma de acción de gracias; en el centro, dos partes que tratan, respectivamente, de la infancia y la niñez de Agustín. A distancia de cuarenta y tres años, el narrador repasa vivencias habidas en Tagaste, entre el 13 de noviembre del 354, fecha de su nacimiento, y el 369.

Años de desarrollo

El libro segundo, que consta de 2.773 vocablos latinos y 18 párrafos, trata de sucesos acaecidos el año decimosexto de la vida de Agustín. En casa pasó ocioso el 370, esperando que su padre reuniese el dinero necesario para costearle en Cartago los estudios superiores. Tras la introducción, dos autorretratos: el primero, atentando contra el orden moral; el segundo, intentando pervertir el orden racional, es decir, presentar lo reprobable como plausible. La conclusión cierra el círculo abierto al principio: quien se aparta de Dios, que por ser solamente uno unifica y da macicez a quien por amor se le adhiere, se destroza y va dejando pedacitos de sí, que, naturalmente, nadie quiere, excepto el Señor compasivo.

Hechizado por el maniqueísmo

3.906 vocablos latinos y 21 párrafos integran el libro tercero. Tras exponer la clase de vida en que desembocó su menosprecio del orden racional y moral, Agustín narra sucesos acaecidos en Cartago y Tagaste entre el 370 y el 374. Destacan la lectura del Hortensio y su escucha fervorosa de los maniqueos, que se prolongó un decenio. En pocas páginas, y al término de casi quince años largos de un combate que, comenzado en el 387, en que escribe su primera obra antimaniquea, se prolongaría hasta el 401, cuando, acabadas ya sus Confesiones, firma el último escrito de aquel género, el obispo de Hipona confiesa los motivos de su adhesión a la secta, al tiempo que denuncia algunas de sus enseñanzas más alejadas de la fe cristiana.

El maestro

El libro cuarto, emblemático de la condición confesante de Agustín, acredita la potencia literaria del autor, cuyo rico mundo interno –de afectos intensos, preocupaciones filosóficas hondas e intereses culturales vastos– deja al descubierto. Es también notable por la doctrina que contiene y las noticias que transmite. Su contenido puede compararse al muestrario de «errores y falsas opiniones»[7] que contaminaron la vida del autor, por haberse neciamente obstinado, como se lee al principio del libro tercero, en ser libre al margen del amor de Dios. En 5.061 vocablos latinos, distribuidos en 31 párrafos, este libro revela las situaciones interiores por las que el escritor pasó desde los diecinueve años a los veintinueve, y las convicciones culturales que en Tagaste y Cartago mantuvo entre el 374 y el 383. De las segundas, dos destacan: la astrología, de la que en vano trató de apartarlo Vindiciano, y de nuevo el maniqueísmo. Las primeras se resumen en una: vaciedad. En este decenio destacan la muerte de un amigo queridísimo –a la que el escritor dedica páginas de las más bellas de las Confesiones– y la redacción del libro primero de su autor, perdido, por desgracia: Sobre lo bello y lo conveniente. La respuesta a la pregunta de por qué aguantó tantos años de oyente maniqueo es, quizá, su convencimiento de que entonces esa era la única verdad a su alcance, pese a la honda insatisfacción que le producía.

Viaje a ninguna parte

Los 4.704 vocablos latinos que llenan los 25 párrafos del libro quinto resumen dos años de la vida de Agustín –el vigésimo nono y el trigésimo–, que transcurren entre los otoños respectivos del 382 y del 384. De Cartago va a Roma y de aquí a Milán. De lo acontecido en los tres escenarios, dos protagonistas además del narrador: Fausto –obispo maniqueo, el encuentro con el cual en Cartago fue tan decepcionante para Agustín que lo decidió a abandonar el maniqueísmo– y Ambrosio, obispo católico, el encuentro con el cual en Milán abrió a Agustín las puertas hacia la comprensión adecuada de las Escrituras y le ofreció una imagen distinta de creyente: ilustrado. El contenido de este libro, cuyo autor se presenta al principio todavía entregado totalmente a los maniqueos y al final rompiendo con la secta, hace sonar el preludio del regreso del escritor hacia sí mismo y constituye el pórtico que dará acceso a su conversión al Dios vivo, cuyo conocimiento auténtico no lastima la inteligencia y cuya palabra merece, consiguientemente, hospedaje. El párrafo último del libro retrata a Agustín en un estado de incertidumbre total, dudoso respecto a todo y decidido a integrarse en el grupo de los catecúmenos de la Iglesia católica, pero no con el entusiasmo de las certezas sino en espera de que brillara siquiera una, la que fuese.

El toque de la fe

El libro sexto, compuesto por 5.420 vocablos latinos y 26 párrafos, describe cuatro etapas sucesivas de la evolución intelectual y religiosa de Agustín, durante su estancia en Milán el año 385. La primera es la del escéptico, pues no hay camino para llegar a Dios, el catolicismo es indefendible, el Antiguo Testamento es un libro impresentable y Ambrosio, orador sobrio, erudito y convincente, pronuncia discursos sin contenido. La etapa segunda es la del catecúmeno sin fe. El único avance positivo respecto a la anterior consiste en que ya no considera absurdo en las Escrituras lo que antes le parecía tal. En la etapa tercera descubre un rostro nuevo de la Iglesia católica, pues ella le ofrece la posibilidad de interpretar alegóricamente la Biblia, con lo que se abrieron a su espíritu horizontes nuevos de racionalidad y ética. En la cuarta Agustín descubre la autoridad de las Escrituras.

Este libro sexto es, ante todo, la historia de la influencia de Ambrosio en la conversión de Agustín, pues en las cuatro etapas es quien le da ideas, consejos y soluciones; lo instruye e ilumina; le abre horizontes nuevos y provoca en él inquietudes, la búsqueda de cuyo apaciguamiento conducirá al catecúmeno argelino hasta el seno de la Iglesia católica. Por otra parte, este libro contiene una descripción desgarradora de la ruptura entre su autor y quien durante quince años fue su compañera sentimental y madre de un hijo de ambos. Por último, a partir del párrafo undécimo se leen datos biográficos sobre Alipio. Nada tiene esto de extraño. Sabemos, efectivamente, por la carta vigésimo cuarta del epistolario agustiniano, que Paulino de Nola había pedido a este amigo querido de Agustín que le contara la historia de su vida y la influencia de Ambrosio en su conversión al cristianismo. Pues bien, al narrar el obispo de Hipona las etapas de su evolución intelectual y religiosa, vividas al unísono con su paisano, el abogado Alipio, satisfacía, al menos parcialmente, el ruego de Paulino. De hecho, sobre su amigo del alma escribe Agustín en Conf. VI, 11-16.21.26; VII, 25; VIII, 13-19.30 y IX, 7.14. Por eso se ha dicho, si bien quizá exageradamente, que fue Paulino quien indujo al obispo hiponense a escribir sus Confesiones.

Por la filosofía, hacia la verdad

En dos partes se distribuyen los 5.951 vocablos del texto original del libro séptimo y sus 27 párrafos. La primera describe la situación intelectual de Agustín antes de descubrir el neoplatonismo. El balance no es enteramente negativo: dejados atrás el dualismo maniqueo y la astrología, se ha fortalecido su fe en Dios, en Cristo, en las Escrituras y en la Iglesia. La segunda parte, fundada sobre la oposición entre el orgullo y la humildad, narra el encuentro de Agustín con los libros de los neo-platónicos y su búsqueda y descubrimiento del Cristo mediador. También de otra forma puede presentarse el contenido del libro, que refleja la situación anímica del escritor, de treinta y un años ya, durante su estancia en Milán entre la primavera y el verano del 386. Su autor revive, en efecto, tanto las etapas últimas de un proceso que culminó en cierto conocimiento de Dios –menos imperfecto que hasta ahora, más satisfactorio para su razón y su corazón–, cuanto el descubrimiento del camino por el que pudo llegar hasta él. Tras mostrar las ideas falsas que sobre Dios se había él forjado, confiesa cómo, una vez rechazado el maniqueísmo y todavía no asumida la fe cristiana, los libros de los neoplatónicos lo condujeron al conocimiento verdadero de Dios. Concluye denunciando las deficiencias de este saber nuevo, que lo impulsaron a buscar su superación en el cristianismo.

Ante las puertas de la Iglesia

Agustín dedica los 5.643 vocablos y los 30 párrafos del libro octavo a narrar su conversión cristiana. Esta, colofón de una serie de ellas, debidas a la lectura, respectivamente, del Hortensio y de obras neoplatónicas, es asimismo un escrito, de san Pablo ahora, el que la desencadena. A su vez, aquella es inicio de otras que concluirán, cuando la recitación de los salmos penitenciales, que piden y aseguran el perdón divino, cierre para siempre los labios y los ojos de este buscador insaciable del Dios vivo y de su misericordia. Por otra parte, y a distancia de un decenio largo, el autor reflexiona en estas páginas sobre lo que le aconteció a finales del verano milanés del 386, es decir, sobre el tramo final del itinerario que él siguió hasta tomar la decisión de ser cristiano católico. Tras adquirir una imagen adecuada tanto del Dios único cuanto de Jesús como mediador, acoge la gracia, don que Cristo otorga mediante su Espíritu. Este, convirtiendo en iluminadora y eficaz la palabra bíblica, unifica los quereres tornadizos, vence las resistencias ocasionadas por la costumbre, y hace visibles en la conducta diaria los frutos de la adhesión creyente al Dios Trinidad, predicado y amado por la Iglesia.

Si el libro séptimo ha tratado sobre la purificación de la inteligencia, el siguiente se ocupa de la del corazón y la voluntad. ¿Por qué? No le basta al autor –quizá a nadie– la mera lectura de la Biblia para dar el paso más trascendental de su vida. Son necesarios además los ejemplos de otros que, en situación igual o más difícil, se han decidido a creer y se han aventurado a adherirse a la Iglesia. De hecho, el libro octavo consta, sobre todo, de tres episodios. Los dos primeros, conversaciones con Simpliciano y Ponticiano, incorporan los relatos de las conversiones de Mario Victorino y de los oficiales de Tréveris; el tercero, el de la escena del jardín en compañía de Alipio, narra la conversión del escritor, hermanado ahora, por fin, con quienes precedentemente se habían abierto a la fe cristiana. Por último, merece atención el hecho de que, si bien ha sido un texto de la Carta de Pablo a los romanos el detonante de la decisión de Agustín, ese escrito –vocero de la gratuidad y universalidad de la salvación divina, pues generales son la insuficiencia y demérito humanos– va dejando huellas por el libro, desde el párrafo segundo al trigésimo.

El viaje hacia la vida

9.029 vocablos, distribuidos en 37 párrafos, ha necesitado Agustín en el libro noveno para cantar la bondad y misericordia de Dios, proclamar la liberación y salvación humanas, debidas a las dos anteriores y de las que se ha beneficiado él, y alabar al Señor, que le ha perdonado. Así pues, compasión divina, liberación del pecado regalada por Dios al hombre, y sacrificio de alabanza que, agradecido, ofrece este a su libertador, son los motivos que constituyen la trama discreta de un tejido sobre el que aparecen con claridad las etapas de un movimiento externo que corresponde a un camino interior. Tres etapas –Casiciaco, Milán, Ostia– recorridas entre finales del verano del 386 y el otoño del 387. En todas aparece con claridad que nadie se salva solo, y que la presencia de hermanos tiene gran relieve en el proyecto de Dios sobre cada persona. Por otra parte, el autor delinea el sentido cristiano de la amistad que, para ser plena, debe transformarse en amor oblativo por ambas partes, de forma que los amigos descubran que se mueven en un espacio mayor que el que ellos son capaces de crear y cultivar: el del amor de Dios, que abraza y trasciende todo y a todos.

Ascenso a Dios y viaje al interior

Un hombre que busca el conocimiento de Dios y el de sí mismo: este es el Agustín que, en los años finales del siglo cuarto, redacta, ya obispo, las Confesiones y, por tanto, también el libro décimo, en cuyos 11.637 vocablos y 70 párrafos se manifiesta cual es él en este momento de su vida. A la introducción, contenida en los siete párrafos iniciales, siguen dos partes. La primera, desarrollada entre los párrafos octavo y trigésimo octavo, revela el conocimiento de Dios, al que el autor va ascendiendo a través de las criaturas externas a él, de sus sentidos propios, de la memoria y de su vehemente, indomable y siempre insatisfecho deseo de ser feliz. La segunda, extendida del párrafo cuadragésimo primero al sexagésimo cuarto, se ocupa del esfuerzo agotador al que se somete Agustín para lograr el autoconocimiento más cabal y despiadado. Entre ambas, los párrafos trigésimo nono y cuadragésimo funcionan como transición. La conclusión, desde el párrafo sexagésimo quinto al septuagésimo, antes de cerrar el libro con un himno de acción de gracias y de esperanza confiada, vuelve a lo que precede, pero en un plano superior. De hecho, el confesante menciona otra vez sus pecados, fruto de la debilidad ante la seducción de bienes aún no integrados en la existencia cristiana. Ahora, empero, tras haber descubierto el amor que el Padre le ha manifestado en su Hijo Jesús Mesías, salvador y mediador, a quien todo hombre –también Agustín, por tanto– debe la gracia de la filiación divina, la certeza de haber sido perdonado y la curación de sus enfermedades morales.

Palabra eterna y palabras en el tiempo

El libro undécimo, con sus 6.767 vocablos y 41 párrafos, se balancea entre la eternidad de Dios y la temporalidad de los hombres. Efectivamente, a los cuatro párrafos introductorios siguen treinta y siete, en los que el autor, manos a la obra de comentar el verso primero de la Biblia, reflexiona sobre la eternidad divina, el tiempo humano y la relación entre ambos. Llegado a la fe en el Dios creador del universo, que mediante este, las Escrituras y la humanidad de su Hijo se ha revelado al hombre, Agustín comienza a sumergirse en la contemplación y análisis de cuanto, por no ser Dios, debe la existencia a la omniabarcante Palabra divina. Esta es diferente de las palabras humanas. Posteriores, en efecto, a quien las emite, deudoras de él e irrecuperables una vez formuladas, necesitan tiempo para ser ora articuladas, ora escritas. Aquella, en cambio, coexiste desde siempre con Dios y nunca, ni siquiera crucificada –desatendida por los hombres– y sepultada –entregada a la sorda tierra, que ahoga todos los gritos y seca todas las esperanzas– se aleja del Padre que siempre la engendra amándola.

Agustín analiza ahora la naturaleza del tiempo, puesto que las palabras en él acontecen por ser imposibles sin él. Percibido el presente, recordado el pasado y aguardado el futuro, los tres existen continuamente en la conciencia humana. En ella mide el hombre las impresiones que esos tres estadios temporales le dejan, a medida que se suceden uno a otro. De esta dispersión, de esta sucesión imparable libera el Hijo de Dios, mediador, que conduce a los hombres al Padre, anterior a todos los tiempos y creador de todos ellos, el cual conoce sin distracciones ni variaciones. El hombre se vuelve hacia él prestándole atención. Este libro, como se ve, está centrado en la persona primera de la Trinidad, la que es Padre del mediador Jesús, y Origen y Meta de cuanto existe por haberlo creado él mediante quien, por ser su Palabra eterna, dicha y engendrada por él desde siempre, es Hijo suyo.

La Palabra y las palabras

El libro duodécimo, que consta de 7.290 vocablos y 43 párrafos, se ocupa de la persona segunda de la Trinidad, el Hijo, bajo dos perspectivas diversas. Primeramente presenta codo a codo la unidad y claridad de quien es la Palabra personal de Dios y, en contraste, la pluralidad y ambigüedad de las palabras mediante las que un creyente y la comunidad eclesial en su conjunto se acercan a aquella para escucharla, escudriñarla y convertirla en entraña de su vida. En segundo lugar, la exégesis fundamental del Génesis se concentra en el versillo «La tierra estaba inane y vacua» (Gén 1,2a), que Agustín lee «La tierra era invisible e incompuesta»[8], y que interpreta como que a ella le faltaba un principio interno de organización, que no es sino la Palabra, el Hijo.

Conviene que el lector de esta parte de las Confesiones se detenga en el relato que de su itinerario interior hace el autor en el párrafo décimo, a modo de resumen de la obra entera. Si además uno tiene en cuenta que, líneas después, Agustín confirma su deseo ardiente de cumplir en ella el voto hecho a Dios de ofrecerle «el sacrificio de sus confesiones»[9], y que asocia sus Confesiones a declaraciones audibles y al perdón de los pecados[10], percibirá que este libro está bien soldado con los anteriores y que, por consiguiente, con derecho pleno forma parte también de las Confesiones del autor.

La Iglesia, remate de la creación

Sólo el libro décimo supera en extensión al decimotercero, que, a través de sus 8.698 vocablos y 53 párrafos, es una descripción larga y entusiasta de las intervenciones del Espíritu de Dios en la vida cristiana, sobre todo la más desarrollada. Mientras el libro undécimo ha tratado de equilibrar la eternidad divina con la temporalidad humana, y el duodécimo se ha ocupado del contraste entre la palabra de Dios, una y clara, y las palabras humanas, múltiples y ambiguas, interesa en el decimotercero la unión del hombre con su Dios, bajo la acción del Espíritu Santo.

Así este viene a primer plano en su relación con las criaturas racionales, por él introducidas en la corriente de vida entre el Padre y el Hijo. Tras mostrar cómo aquel libera de los obstáculos contra esa vida y los pasos necesarios para que esta crezca, Agustín pasa revista a los medios de santificación dentro de la Iglesia y a las características del cristiano genuino y maduro. Enseña que la persona tercera de la Trinidad hace a este descubrir la bondad de cuanto Dios ha creado. En los capítulos finales del libro y simultáneamente de la obra entera el autor habla en nombre de quienes se saben creados y redimidos. Con él y como él anhelan llegar hasta el Padre, desde su experiencia de criaturas recreadas en la Palabra por el Amor que es el Espíritu Santo. Como las de los libros anteriores, las páginas de este son evidentemente tan sustanciosas, que uno no ha de renunciar a dejarse nutrir por ellas, pese a que en su formulación haya elementos quizá muy alejados de nuestros gustos literarios y del planteamiento que de las cuestiones religiosas se hace hoy.

4. Las Confesiones en la actividad
de Agustín polemista

Encarnizado buscador de la verdad, a ella se abrazó Agustín con avidez cuando creyó haberla hallado en la doctrina cristiana expuesta por la Iglesia católica. ¿Cómo extrañarse, pues, de que luego, vehemente, la defendiese incluso del mínimo desdoro y contra quienes, ignorándola adrede, la menospreciaban y adulteraban? La intensa y continua actividad polemista de Agustín nace no de un temperamento furioso, descontentadizo, avasallador. Tampoco se explica sólo por el ejercicio responsable de su función pastoral como presbítero y luego obispo de Hipona. Se debe, sobre todo, a su experiencia –vacío de certezas, el corazón humano sufre indeciblemente– y a su amor a la verdad y al prójimo. El aprecio por ella, testificado por las palabras: «¡Oh, verdad, verdad..., con cuánta violencia suspiraban por ti mis entrañas!»[11], lo convierte en su celoso caballero guardián, siempre vigilante. La estima cordial hacia el prójimo lo estimula a presentarle de mil maneras y en toda ocasión la hermosura de aquella y la devastación intelectual, moral y social a que conducen su ausencia y, sobre todo, su rechazo querido y obstinado.

Tener en cuenta esto ayuda al lector de las Confesiones a comprender por qué su autor califica en ellas duramente a adversarios, a veces anónimos. Los tacha de curiosos, es decir, ávidos de informaciones, de las que vanagloriarse ante aquellos mismos a los que por carecer de ellas desprecian; de arrogantes y, por eso, contradictores orgullosos. ¿De quiénes se trata? Sin duda de los maniqueos. Pero, puesto que esta obra revela, arraigadas profundamente en Agustín, genuinas convicciones cristianas, que años después verá atacadas y necesitadas, por tanto, de defensa, no me parece ilegítimo ni apresurado referirme también aquí a quienes las han combatido, si bien sus nombres no se leen aún en las Confesiones.

Maniqueísmo

Los maniqueos, con los que el autor de las Confesiones ha llegado a las manos apasionadamente, lo retuvieron casi un decenio, del 373 al 383: ¡en sus años más bellos, de los diecinueve a los veintiocho![12]. Liberado de sus lazos, lo tacharon de tránsfuga, que había abandonado el maniqueísmo por miedo a las persecuciones, cartaginés pérfido, pobre ciego. Según ha comprobado ya el lector al recorrer los contenidos de la obra, entre estos se halla la exposición de la doctrina maniquea y la denuncia tanto de su influencia nefasta sobre Agustín cuanto de su absurdidad. Él se les acercó tanto y tan a gusto, entre otros motivos, porque la afirmación que ellos hacían de dos realidades absolutas –una, mala; buena, otra– le ayudó a justificar sus comportamientos reprobables: no él, sino el principio malo pecaba en él. Descubiertos, por una parte, la responsabilidad humana, que acredita la dignidad del hombre, y, consiguientemente, por otra, el fraude y devaluación a que lo había sometido el maniqueísmo, Agustín rompe con él, lo combate con ardor y lo considera, digamos, como a Egipto los israelitas: situación opresora, de la que Dios lo ha liberado a través de experiencias múltiples y dolorosas.

Donatismo

De mil modos y durante casi cuarenta años –desde el 392, en que siendo aún presbítero, escribe su carta vigésimo tercera, hasta el 429, cuando redacta su obra Sobre las herejías–, Agustín ha andado a la greña con los donatistas, que querían construir una Iglesia sin pecadores y que muy probablemente contribuyeron a la redacción de las Confesiones[13]. Sacaron, en efecto, a luz pública la vida de su autor, anterior a su conversión: precisamente en África, región de esta secta, se había comportado viciosamente; sembraron dudas sobre su bautismo, y sobre la pureza de su conducta actual; lo despreciaron tachándolo de charlatán, escéptico, presbítero maniqueo, fugitivo expulsado de Cartago con sentencia del procónsul Mesiano.

Entonces, mediante las Confesiones –ese género admirable de testimonio, fidedigno por su transparente sinceridad, desnudo de todo exhibicionismo y convertido por él en loa a la gracia misericordiosa de Dios–, ante todo el mundo rinde cuentas de su vida, al tiempo que transforma los datos biográficos y psicológicos en lugares teológicos, porque así los revive el ahora obispo de Hipona. De hecho, a través de los primeros presenta y ofrece su imagen de Dios Trinidad: Creador y Padre, Salvador, Restaurador. También la de la Iglesia: entrañable, por haber acogido en su seno materno incluso a alguien antes enemigo suyo, algunos de cuyos actos habían sido antípodas de los inculcados por sus pastores y libros sagrados; madre fecunda, hasta el punto de que justo a él, tan muerto, lo ha engendrado como hijo suyo y así hijo de Dios.

Debido precisamente a su pasado y a la conciencia duradera de sus errores y debilidades –lúcida compañera suya hasta la muerte, sin angustiarlo, empero–, toda la actitud eclesial de Agustín estaba, por adelantado, instintivamente armada contra la aspiración donatista de una Iglesia cuyos miembros fuesen todos sin mancilla. Antes de haber existido donatista alguno, él hubiera sido y, de hecho, era antidonatista. A título personal, en efecto, y en nombre de todos los pecadores y necesitados de una oportunidad nueva en la vida, ha reclamado la necesidad y, por tanto, quizá el derecho a un hogar en que ser acogido, amado y rehecho.

Pelagianismo

Del nombre de Pelagio[14] se deriva el de la corriente teológica patrocinada por él y sus seguidores, especialmente Celestio[15] y Juliano[16]. Todos ellos se negaban a atribuir a la gratuita esplendidez divina –al amor de Dios hacia los hombres, siempre desmesurado y anterior a todo mérito de ellos– cualquier movimiento de la voluntad humana hacia él. El pelagianismo, simultáneamente doctrina y actitud, alimentadas ambas con obstinada reciprocidad de ida y vuelta ininterrumpida, amargó la vejez de Agustín. Y ¿cómo podría haber sucedido otramente, siendo así que tanto su comprensión de la doctrina bíblica y eclesial al respecto, cuanto su experiencia propia y ajena, le habían suministrado abundantísimos y muy convincentes documentos en sentido contrario? Durante los dieciocho años últimos de su vida, desde el 412 hasta el 430, el obispo de Hipona, cada vez más consciente de la insuficiencia humana para llegar hasta el Señor del Amor, como no abra él personalmente las puertas de su misericordiosa benevolencia, se empleó a fondo contra el pelagianismo. Enseñanza, de fundamentos teóricos sólidos al parecer, arropados y avalados por prácticas ascéticas loables y por conductas virtuosas. Postura, de más cabezas que la Medusa de siete y cuya vitalidad en ambientes piadosos continúa fabricando víctimas de la intransigencia moral.

El lector de las Confesiones, sobre todo si es cristiano, se sorprenderá gozosamente al escuchar el sonoro mentís que su autor da a esa herejía, al menos una docena de años antes de enfrentársele con la totalidad de sus recursos teológicos y dialécticos. Todo paso que el pecador Agustín –como él y con él, cualquier hombre– da hacia Dios se debe a la iniciativa y empresa –curativa, iluminante, robustecedora–, que el Padre de Jesús ha puesto en marcha en favor de la humanidad toda, a la que recupera gracias a la mediación de su Hijo y a la recreación operada en la comunidad eclesial por el Espíritu Santo.

5. Las Confesiones dentro de los escritos
de san Agustín

En el enorme y luminoso conjunto literario de este maestro de la Iglesia, por la que él se ha dejado adoctrinar hasta su muerte, las Confesiones ocupan un lugar único: como ninguna otra de las suyas, esta obra deja al descubierto el corazón de su autor, ese que, atravesado por una flecha, muchos cuadros dejan ver en la mano del santo escritor. Ahora bien, las Confesiones en modo alguno son un bloque errático en medio del piélago de sus escritos innumerables, que contienen más de cinco millones de palabras: todos llevan dentro, en mayor o menor medida, la palpitación característica de aquellas; repiten idéntica alabanza estrepitosa al amor de Dios hacia la humanidad, inefable por gratuito y previo a todo mérito humano. Eso explica que el Medievo las entendiera enteramente como parte de un todo mayor y más importante, y que, sólo cuando se desvaneció el sentido de esa totalidad, pretendido por Agustín, cayeran poco a poco en el olvido las obras principales, y que los libros de las Confesiones, quedando en solitario, sacados de su contexto, pudieran ser erigidos en enseña del moderno subjetivismo religioso.

Muerto en el 395 el obispo Valerio, que lo había ordenado presbítero, hacía poco que Agustín había asumido el ministerio episcopal en Hipona. Está muy solicitado, consumido por asuntos. Apremiado, busca cualquier gota de tiempo para realizar su trabajo teológico, arde por considerar la ley del Señor[17]. Trabaja en muchos escritos simultáneamente, maduran ya en su espíritu los planes definitivos mayores. Los esboza. En su producción ejercita una mano; emplea la otra en responder a quienes le piden solución a problemas administrativos y doctrinales, y en reconducir hacia la Iglesia a quienes se obstinan en negar validez y racionalidad a la fe por ella predicada desde hace, entonces, cuatro siglos. Hasta su muerte nunca trabajará sino en medio de este zumbido adverso, y las moscas medrarán tanto, que una considerable parte de la obra llevará la forma de la apologética contra las herejías.

Las Confesiones están ciertamente sembradas ya de sustancia teológica tan abundante y variada, que se reconoce en ellas la urgencia que su autor siente por desarrollar en las obras mayores, que ya le rondan por la cabeza, los temas aquí reconocibles en embrión. Sólo pueden valorarse adecuadamente las Confesiones, cuando se ve esparcida en ellas la semilla que poco después germinará gracias a los escritos principales, frecuentemente dictados y modificados durante decenios. Son estos, si prescindimos de obras menores y de los sermones, sobre todo: los libros Sobre la Trinidad, Sobre la ciudad de Dios, los estudios Sobre el Génesis, las Explicaciones de los salmos y los Tratados sobre Juan, sea su evangelio, sea la primera de las cartas que llevan su nombre.

La Trinidad

Mientras ultima las Confesiones, Agustín tiene ya comenzada su obra dogmática mayor, Sobre la Trinidad, escrita entre el 399 y el 419. Quien antes de llegar aquí ha leído lo escrito arriba acerca de la forma de las Confesiones conoce ya su estructura ternaria y al interlocutor trinitario de ellas. Dirigidas al Dios Trino y Uno, que precisamente en cuanto tal crea el mundo[18], hablan al hombre y a él, que, por ser imagen de ese Dios, lleva en sí el sello de quien es su arquetipo, plural y uno a la vez[19]. Ahora bien, recibida del Dios indiviso y tripersonal cuya hechura es, esta condición trinitaria del ser humano –existente, conocedor y amante: múltiple, pues, en posibilidades y funciones; sujeto único, empero– fascinó a Agustín de forma que en los libros Sobre la Trinidad hizo extensas variaciones sobre ella. Puede afirmarse que el descubrimiento de la estructura del ser humano –no monolítica sino dialogal, no maciza sino porosa; por eso, no autosuficiente y sí abierta al amor– fue el fruto dulce de su amarga historia anterior, revivida en sus Confesiones.

La ciudad de Dios

Parece que la experiencia de haber sido creado como pueblo por Yavé, cuando este lo sacó de Egipto, condujo a Israel hasta el descubrimiento del Dios creador. No es improbable que asimismo la lucha entre sus dos voluntades[20], sentida violentamente, analizada con agudeza y descrita con maestría por Agustín en las Confesiones, haya sido el punto de partida de la interpretación que de la historia universal ha hecho él como historia de salvación, y que ha expuesto en su segunda obra importante, Sobre la ciudad de Dios, escrita entre el 413 y el 426. Desde el inicio del mundo hasta que el Dios santo separe el bien y el mal realizados en él y con sus materiales por los hombres, la historia entera es la lucha de dos ciudades, Jerusalén y Babilonia, cuya oposición incancelable atraviesa todo: reino de la gracia y reino del pecado, eternidad divina y temporalidad humana, Iglesia y sociedad civil.

Los libros Sobre la ciudad de Dios no comenzarán a aparecer sino unos quince años después de las Confesiones, pero su germen ya anida en el corazón y la mente del autor[21]. En efecto, de Babilonia, como símbolo de su alejamiento de Dios y oposición a él, escribe Agustín en II, 8; de la ciudad de Dios, sin nombrarla, en XI, 3; XII, 12.20; XIII, 9.14; y de esta, con el nombre de Jerusalén, en IX, 37; X, 56; XII, 23 y XIII, 10. Por otra parte, nunca ha de olvidarse que la Iglesia ha acompañado el desarrollo todo de Agustín –desde que él aplazó el bautismo[22] hasta su recepción[23]–, ni que, como imagen auténtica de ella, en este camino siempre le ha estado cercana Mónica, ni que él ha hecho desembocar en un libro sobre la Iglesia, meta de la creación recreada, el último de los trece de la obra que aquí interesa más. Por eso, puede afirmarse que, cuando la escribe, ya obispo, entiende su existencia entera como eclesial. Es decir, reconoce a la Iglesia como matriz de su condición cristiana y pastoral; en consecuencia, agradecido le administra lealmente la palabra y el sacramento y le brinda sus saberes y su conducta ejemplar; con ella, finalmente, y como hijo suyo espera ver culminada su vida en la Jerusalén celeste. Esta presencia de la Iglesia en la existencia de Agustín autoriza a escribir que sus Confesiones proclaman el triunfo de la ciudad de Dios, uno de cuyos miembros ha venido a ser su autor, que ahora sirve sin reservas a quienes para siempre son sus hermanos cristianos.

La Biblia agustiniana

El tercer trabajo principal de Agustín está constituido por el corpus de sus interpretaciones bíblicas. Cuatro partes de la Sagrada Escritura parecen haberlo fascinado desde un principio y sin descanso. Las comentará. Y ya en las Confesiones aparece fundamentalmente cuánto le interesan, por su trascendencia para la vida cristiana, las cuatro: dos escritos del Antiguo Testamento: Génesis y Salmos; dos conjuntos del Nuevo: escritos paulinos y joánicos. A explicar el Génesis, más exactamente, el relato de la creación, Agustín se ha puesto cinco veces. En el año 389, a los tres del bautismo, ha escrito contra los maniqueos una explicación alegórica, que no le satisfizo. Por eso en el 393 emprendió la interpretación segunda, literal esta vez y que dejó incompleta. El enfoque tercero, eminentemente eclesial, se lee en los tres libros postreros de las Confesiones, sobre todo en el último. Es probable que hacia el 410 haya iniciado el obispo de Hipona el primero de los doce libros dedicados a su cuarto intento hermenéutico del Génesis, de nuevo literal, acabado en el 415. Por fin, hacia el 419, en el libro undécimo de La ciudad de Dios da una interpretación sumaria, diáfana del relato de la creación.

¿Qué ha movido a Agustín a hacer estos numerosos intentos interpretativos? Su interés por reencontrar lo primordial, la situación creatural de partida: el momento en que la creación recibe y conserva aún su pureza primera, y emerge radiante el plan de acuerdo al cual el Creador da el ser a todo lo que no es él. Le interesa la gracia del estado primigenio de cuanto no es Dios, y la unión amorosa, todavía incólume, del hombre con su Hacedor, ajada luego, no sin culpa, por aquel. El pensamiento y la experiencia religiosos de Agustín lo impulsan no hacia el nostálgico regreso al pasado, desaparecido ya y presente sólo en la conciencia humana, sino al vigoroso, fecundo y estimulante origen. Así se ve en el principio y en el final de las Confesiones.

El Salterio

Los Salmos son en la Biblia el devocionario. Nada hay de extraño, pues, en que para la iniciación de Agustín en los secretos de la oración fueran sencillamente decisivos, como él mismo reconoce: «¡Qué exclamaciones las mías con aquellos salmos que me inflamaban de ti; cómo me enardecía su recitación; me gustaría poder recitarlos ante todo el mundo para luchar contra el orgullo del género humano!»[24]. Pero hay que tener en cuenta dos hechos más importantes. Por una parte, las Confesiones, del libro primero al último, traducen a lenguaje religioso universal y, en particular, cristiano la alabanza que los salmistas de Israel entonan a Dios, al confesar su compasión y la culpa propia. Por otra –y esto merece atención mayor– en el sentido literal del Testamento Antiguo y, en especial, de los Salmos –copiosamente sembrados en las Confesiones y a cuyo comentario dedicó Agustín su obra más extensa y quizá más poderosa, que le ocupó desde el 392 hasta el 418, o algo más– descubre, con la ayuda de la teología cristiana, su sentido espiritual. Es decir, ahormada por el salterio bíblico su oración, descifra él los sucesos, personajes y, máxime, los gritos, quejas, loas y plegarias veterotestamentarios, de forma que explican y nutren todos los aspectos y etapas de la existencia de los bautizados. Efectivamente, de los textos sálmicos –ahora diálogo desarrollado dentro del ámbito eclesial entre Cristo, Cabeza, y la Iglesia, esposa y cuerpo suyos–, ha hecho Agustín el núcleo de toda teología, de toda liturgia y de toda mística.

Juan

Ciertamente, Pablo fue el acompañante de Agustín en su lucha última: el Pablo de la doctrina sobre la gracia, con su enseñanza sobre el retorno a Dios realizado contra la carne y la Ley sólo mediante la gracia de Cristo[25]. Y de nuevo sobre él se apoyará contra Pelagio, cuando se trate de la libre elección graciosa realizada por Dios. Pero, cuando quiso presentar ante sus oyentes la doctrina del amor de Dios, echó mano no de Pablo sino de Juan, cuya Carta primera ha comentado en diez predicaciones seguidas[26], dedicando 124 tratados a exponer su evangelio. Aquí encontró Agustín lo que en sus años de lucha había buscado: la unidad existencial entre el amor y la verdad; aquí, la grandiosa inexorabilidad de la luz de la verdad divina del amor, que no puede pactar con nada contrario a ella, con ninguna oscuridad. Aquí, finalmente, halló el contrapeso decisivo a la búsqueda espiritualista practicada por los neoplatónicos. La humildad del Cristo joánico, quien como Palabra deviene carne, lo salva a última hora del sentido profundo orgulloso de la filosofía platónica. Ahora bien, descenso quiere decir al fin y al cabo también sufrimiento, inutilidad, muerte. El obispo Agustín no se ruborizó «ante el sacramento de la humildad de» quien es la Palabra encarnada del Padre[27], sacramento que no es sino la Iglesia católica. Permaneció fiel al discípulo que, con su enseñanza sobre el amor oblativo de Dios hacia los hombres, lo ha salvado de las ruinas que causa el amor interesado y lo ha convertido en panegirista sin par del amor que en sí integra armoniosamente a Dios y a los hombres. Así lo testimonian los incomparables trece libros de sus Confesiones.

Estas, simultáneamente teología dialogal y especulativa, aparecen, pues, como el modelo explícito y la quintaesencia de todas las obras grandes del maestro Agustín: pensamiento y expresión oral o escrita de este ante Dios y por encargo suyo, no cavilación y caldo de cabeza acerca de él. El encuentro con el Cristo vivo convierte en diálogo orante el anhelo e intento humano y creyente de conocer a Dios[28].

6. Propuesta de lectura
de las Confesiones

Una obra desconcertante

Al leer las Confesiones, se encuentra uno con hechos sorprendentes: de cabo a rabo están dirigidas a Dios, como si fuesen un desarrollo prolongado de la súplica extensa con que comienzan; excursos dilatados, en los que se debaten cuestiones teológicas, filosóficas y psicológicas, parecen interrumpir continuamente la supuesta autobiografía; después de que en el libro noveno se ha llegado a una cierta conclusión con la muerte de Mónica, Agustín se salta un período muy largo de su vida, y a un análisis minucioso, agudo, de la memoria sigue la observación de su estado anímico actual; finalmente, el escrito desemboca en una exégesis dilatada y sinuosa del primer relato bíblico de la creación, interrumpida asimismo una y otra vez por elucubraciones sobre el tiempo y otros asuntos que el lector conoce, pues de ellos se ha informado al recorrer en páginas anteriores la materia de la obra. Naturalmente, todo esto dificulta su lectura e interpretación.

Ahora bien, Agustín mismo nos ayuda a leer y entender el más famoso de sus escritos presentándolo en trece unidades literarias y temáticas, cuyo argumento principal menciona al principio de cada una. No todas son igualmente largas, y las cuatro últimas son tan extensas como las nueve precedentes. Este conjunto se presenta a primera vista repartido en dos grupos: el primero trata del desarrollo de Agustín hasta la muerte de su madre; el segundo recoge cuestiones que el escritor se plantea, y que, al formularlas, propone también a sus lectores. Por eso, y sin ánimo de imponer una forma de lectura, puede resultar provechoso considerar las Confesiones como un díptico, precedido por un prólogo dilatado. Aceptar esta sugerencia, supone que el libro primero es un proemio, los numerados del dos al nueve integran la parte primera –descriptiva, narrativa y analítica–, y que la segunda –reflexiva, contemplativa– se encuentra en los cuatro libros novísimos.

Una puerta abierta

Que el libro primero sirva de introducción al resto no puede afirmarse categóricamente. Sí, en cambio, con modestia, si uno considera dos hechos, que no sería honrado pasar por alto. Por un lado, consta, como la obra completa, de dos partes, cuyas características son idénticas a las del escrito en su totalidad: una, interrogativa, reflexiva, contemplativa; otra, descriptiva, narrativa, analítica; teórica, digamos, la primera, y práctica la segunda. Por otro, en los cuatro libros conclusivos Agustín desarrolla, explica y fundamenta más de cerca temas que aparecen en la sección teórica del libro primero, esto es, los seis párrafos iniciales. Veámoslo.

Que el hombre –parte minúscula de la creación, pecador y mortal– quiere, según I, 1, alabar al creador se debe a que cuanto existe, también aquel, es, según XIII, 1-5, hijo de la voluntad buena de Dios. Y que el corazón humano yerra desasosegado mientras no descansa en Dios, se explica porque su peso, que lo atrae irresistiblemente hacia el lugar natural de su reposo es, según XIII, 10, el Espíritu Santo, regalado por Dios al hombre. A la pregunta inicial de toda la obra –qué es antes, invocar y alabar a Dios o conocerlo–, formulada en I, 1, responde el libro décimo afirmando en X, 26-34 que siempre tiene el hombre cierto saber sobre Dios, y el decimotercero diciendo en XIII, 9.43-48 que a Dios lo alaba la mera existencia de los seres.

¿Hay en el ser humano algo que abarque y, por tanto, comprenda a Dios? A esta pregunta, planteada en I, 2, responden el libro décimo y el último. En X, 15.26.35-37 se lee que el hombre no comprende su propia memoria –no la abarca, por tanto–, pero que ella sabe algo sobre Dios. En XIII, 12 se dice que, si bien el conjunto formado por la existencia, el conocimiento y la voluntad humanos es imagen de la trinidad divina, esta continúa incomprensible para el hombre; lo que nada sorprende, si se tiene en cuenta que él ni siquiera se conoce a sí mismo, pues no entiende del todo su propia estructura trinitaria interna.

Porque, según I, 3, el Señor llena el cielo y la tierra, ¿se puede decir que lo abarca? Los libros once y doce justificarán ampliamente la respuesta negativa. Con la imagen de Dios dibujada por contrastes en I, 4 –por eso tan fascinante y cercana a los seres humanos, a su vez, tan indefinibles por paradójicos– forma pareja la que de Dios siempre activo y siempre quieto diseña XIII, 52. ¿Tienen sentido –pregunta I, 5– las amenazas de Dios contra quien no lo ama? Sí, responde X, 30-34: porque por sí mismo, no por una voluntad exterior, arbitraria, ese desamor lleva a la infelicidad; sí, contesta XIII, 3-10: porque, sin la luz, que es Dios, el hombre sólo tiniebla es y posee. La sobria confesión agustiniana del pecado en I, 6 corresponde al despiadado examen de conciencia en X, 39-64. El deseo de no pleitear con Dios, formulado asimismo en I, 6, se explica en X, 1-3. En resumen, dada la relación evidente entre los seis párrafos iniciales del libro primero y los cuatro libros últimos, no sería descabellado considerar aquel, según ha propuesto alguna agustinóloga[29], como pórtico a todas las Confesiones.

Subida ardua

Quien lea atentamente los libros segundo hasta el noveno, constatará cuatro hechos: una trama argumental, en que se entretejen acontecimientos de la vida del autor desde el año 370 al 386; la presencia de la madre, Mónica, nombrada o sin nombrar; su ausencia, precisamente en aquellos libros, cuarto y séptimo, en los que el relato se remansa y emerge la reflexión; por último, la aparición periódica, seguramente no casual, de ciertos temas agustinianos y de referencias bíblicas, que emparejan el libro segundo con el noveno, el tercero con el octavo, el cuarto con el séptimo y el quinto con el sexto. Resulta, pues, una estructura que va estrechándose alrededor de los dos mencionados al final. Así arropados, quedan puestos de relieve. Invito ahora al lector a recorrer este conjunto y a comprobar la eficacia de su organización para transmitir contenidos. ¿Cuáles?

Uno, que engloba a los demás y puede denominarse «El camino ascendente de Agustín desde el más profundo abismo del pecado hasta la visión de Dios». En efecto, si el libro segundo presenta a su autor y, en general, la condición humana, hundidos en el pecado, el noveno narra la experiencia religiosa habida por él y su madre en Ostia, y la situación nueva en que desde entonces se encuentra el escritor: la de siervo de Dios. Las unidades tercera y octava tratan respectivamente de su caída en el maniqueísmo y de su conversión al Dios de Jesús, predicado por la Iglesia. A la lucha del autor por alcanzar el conocimiento asiste el lector del libro cuarto, en espera de que en el séptimo se vea, por fin, la solución de los problemas intelectuales que plantean los contenidos de la fe cristiana. Por último, en el centro del anillo, el libro quinto narra el distanciamiento de Agustín respecto al maniqueísmo, sin que por eso hubieran quedado superados aún errores de bulto, mientras el sexto presenta al autor impresionado por la Iglesia, pero aún sin ver clara la opción por ella. Así pues, la lectura sosegada de estos libros descubrirá que su emparejamiento no es arbitrario.

Parejas bien avenidas

¿Qué une los libros segundo y noveno? El verso evangélico «Entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21)[30], y el versillo sálmico «Soy tu siervo, siervo de tu esclava» (Sal 115,16b), que tanto en II, 7 cuanto en IX, 1 se refiere al papel jugado por Mónica. También relatos de influjos que Agustín ha padecido: negativo, el de las compañías (II, 8); positivo, no sólo el de la madre (II, 7.8), sino asimismo el de otros (IX, 5.6.14.17). Se ha de añadir a esto el ejemplo edificante y la liturgia de la comunidad cristiana, en cuyo seno se siente ahora seguro. Vinculan además estos libros algunas metáforas: abismo (II, 7.9 y IX, 1); ascenso: desde el valle (II, 2) hasta la cumbre (IX, 24); paraje: fértil (IX, 24) y estéril (II, 18); audición: del ruido mundano (II, 2) y de la palabra que, por decirlo todo, acalla todo lo demás (IX, 25); cadena: opresora (II, 4) y rota (IX, 1); olor: repugnante (II, 8) y gratísimo (IX, 16); calor de Dios (IX, 8), frío de los pecados (II, 15).

Por su parte, los libros tercero y octavo dejan constancia de los estímulos benéficos que procuraron al escritor dos filósofos paganos: según III, 7.8, Hortensio, libro hoy perdido de Cicerón, le empuja hacia Dios de modo nuevo y a buscar un camino que desemboque en él; según VIII, 2-10 el ejemplo de Victorino, hecho cristiano, lo conmovió mucho, sin ser, empero, determinante para su conversión. Contrasta en ambos escritos la reacción del autor ante la Biblia: en III, 9 se le cae de las manos; en VIII, 30 confiesa haber hallado en ella lo que más necesitaba en aquel momento, el de su decisión de ser cristiano católico. En VIII, 30 se encuentra una referencia a un sueño de Mónica, narrado en III, 19.

Revelan vínculos estrechos entre estos dos libros también lo que en ambos escribe su autor sobre la misericordia, tanto divina cuanto humana, y su insistencia, en III, 1 y VIII, 25, en que la primera no necesariamente agrada de momento al hombre, pues este necesita antes percatarse de su eficacia bienhechora. Por último, como en VIII, 22-24 se extiende Agustín en refutar la existencia de una sustancia mala, afirmada por los maniqueos, así en III, 17-19 asevera, también contra ellos, que lo decisivo en el orden moral es la voluntad buena o mala del hombre, no el mero comportamiento. Y, si en III, 16 anatematiza la soberbia y canoniza la humildad, en VIII, 28-29 deja clara la eficacia de la gracia divina para iniciar y llevar a cabo la vida cristiana.

Numerosos son también los vínculos entre los libros cuarto y séptimo, amén de ocuparse ambos intensa y extensamente de la evolución intelectual del autor. Un acontecimiento en cada libro –respectivamente, la muerte de un amigo (IV, 26) y la lectura de escritos neoplatónicos (VII, 26)– impulsa el desarrollo interior agustiniano, frustrado siempre por la soberbia. La experiencia de cuán nociva es ella explica tres hechos comunes a los libros en cuestión: presencia en ambos del verso davídico «No desprecias un corazón contrito y humillado» (Sal 50,19b)[31] y del texto apostólico «Dios resiste a los soberbios, mas a los humildes da la gracia» (Sant 4,6)[32]; afirmación de la necesidad de la humildad, y explicación de por qué Agustín no pudo encontrar a Dios sino, como los neoplatónicos, verlo sólo de lejos[33]. En el libro cuarto repasa Agustín algunos fracasos y errores suyos, que en el séptimo rebate. Los huesos humillados de IV, 27 y los arrepentimientos callados de VII, 11 remiten al salmo penitencial por antonomasia, el quincuagésimo primero. Tanto el Dios que en IV, 18 es íntimo del corazón humano, cuanto la luz inconmutable que según VII, 16 habita el interior del hombre, remiten a quien un salmista denomina Dios de mi corazón (Sal 72,26).

Atención esmerada merece lo que en estos libros dice Agustín sobre Jesucristo: Verbo de Dios, Palabra encarnada, camino de salvación, luz verdadera, plenitud desbordante, generosa, necesaria al hombre, esposo no siempre amado. Esta cristología no escolar ni sistemática, sí intensa, atinada, se nutre evidentemente de la del evangelista Juan. Entrelazada con alusiones a Pablo, cuando este habla de la leche que alimenta a los cristianos (cf 1Cor 3,1-3), permite que, bajo la custodia divina que lo amamanta[34], se sienta niño su autor, quien de tal infancia no tiene por qué avergonzarse, si, como dicen IV, 19 y VII, 24, la Palabra fontal ha descendido hasta el hombre.

La influencia del obispo maniqueo Fausto y del obispo católico Ambrosio en el desarrollo religioso de Agustín, descrita respectivamente en los libros quinto y sexto de las Confesiones, los relaciona. Más recio resulta el vínculo entre ellos, al escuchar al autor reconocer en VI, 4-5 su equivocación respecto al antropomorfismo bíblico, que, mal entendido, le impidió, según V, 19-21, hacerse católico durante su estancia juvenil en Cartago, donde asistió a algunas conferencias sobre la Biblia. El lazo más apretado entre ambos libros se debe al papel que juega en ellos la providencia divina, como lo muestran V, 1-2.13.15.22 y VI, 23.24.26.

No sólo los libros segundo al noveno de las Confesiones están íntimamente interrelacionados tanto desde el punto de vista narrativo cuanto formal, como el lector ha tenido ocasión de comprobar con ayuda de los datos a que acaba de tener acceso. También lo están los cuatro libros últimos. En efecto, si, según el décimo, el hombre busca a Dios porque de él tiene necesidad, en el decimotercero Dios busca al hombre sin que este le haga falta alguna. Las criaturas, cada una y su conjunto, son diferentes de Dios pues son mudables, mientras él es eterno: esta enseñanza del libro undécimo la matiza el duodécimo afirmando que, efectivamente, lo creado no es igual a Dios, pero, si no fuese algo semejante a él, no sería ni existiría. Por otra parte en el libro décimo Agustín se considera, según la enseñanza paulina, salvado en esperanza, y en el decimotercero afirma que la ciudad de Dios, peregrina aún, está ya también salvada en esperanza. En el libro undécimo Agustín manifiesta sentir el tiempo como imagen de la actividad creadora de Dios, que es eterna, y en el duodécimo presenta el lugar de la creación frente al tiempo como medida de su proximidad a Dios.

Por último, las imágenes paulinas del hombre interior y exterior –las cuales, presentes en el libro décimo, significan a quien, partícipe ya del Espíritu de Jesús, cede aún a estímulos todavía no cristianos– se convierten dos libros más adelante en las del cielo del cielo y de la materia informe, que se leen en el Génesis al comienzo del relato de la creación: así nos muestra Agustín su persona y la de cualquier cristiano, en trance continuo de cristianizarse. Y si el libro undécimo invita a cada ser humano a ampliar las dimensiones de su corazón mediante la continua revisión de los valores a que responde y a la incesante limpieza de las actitudes que alimenta, el decimotercero habla de la Iglesia peregrina, dispuesta a acoger en su amplio seno a todo hombre que quiera caminar apoyándose en el bordón que ella le presta.

Otros contenidos de estos libros postreros de las Confesiones prueban también su ceñido enlace: el análisis agustiniano de la memoria en el décimo es necesario para comprender el que sobre el tiempo se lee en el undécimo; lo escrito al respecto en este ayuda a entender el pensamiento de Agustín sobre el cielo del cielo y la materia informe, expresado en el duodécimo y que, a su vez, contribuye a asimilar mejor la enseñanza del escritor, en el decimotercero, sobre la actividad de Dios en el tiempo y su descanso en la eternidad.

7. La conversión al Dios vivo, clave
de interpretación de las Confesiones

El libro que, sin enmudecerlas, cierra las Confesiones explica simbólicamente lo que, según el Génesis, Dios ha llevado a cabo en seis días. Cada cuadro representa no una etapa sino un aspecto del camino ofrecido a cada ser humano para que llegue a ser imagen y semejanza de su Padre creador. En cambio, son unas palabras de Agustín las que sí indican las fases a través de las cuales la actividad creadora de Dios consigue que el hombre se desarrolle hasta que logra su meta: «Vive fluctuando en su oscuridad. Le queda convertirse a aquel por quien ha sido hecho, y vivir más y más cabe la fuente de la vida, y en su luz ver la luz y terminar de ser hecho, ser iluminado y que lo hagan feliz»[35]. Las expresiones finales –«terminar de ser hecho, ser iluminado y que lo hagan feliz»– se refieren evidentemente a la culminación que acontecerá tras la muerte. Las afirmaciones que las preceden –«Vive fluctuando en su oscuridad. Le queda convertirse a aquel por quien ha sido hecho, y vivir más y más cabe la fuente de la vida, y en su luz ver la luz»– indican las etapas del progreso del individuo durante su peregrinación terrena: desde la tiniebla a la luz, previa la conversión, que da acceso al manantial de la vida.

Presupuesto para un final feliz

Puesto que todo ser viene de Dios, el hombre nunca puede alejarse tanto de él que deje de llevar en sí, de cierta manera, la imagen del creador, aunque deformada. De hecho, Agustín reconoce en I, 31 que, pese a sus pecados numerosos, continúa siendo huella de la unidad por entero secreta, a la que debe el ser, pues sigue amando la salud y el bienestar, la verdad y la amistad. Según XIII, 32 la semejanza del hombre con Dios indica la adultez espiritual del primero, el cual ya no está remitido a modelos externos, sino que ha aprendido a encontrar la verdad en su interior y a escucharla.

Porque el mal carece de entidad en sí mismo y existe sólo en relación al bien del que está privado, por eso, cuando uno vuelve las espaldas a Dios, pone su corazón no en algo malo en sí sino en un bien inferior al creador, y de tanto peor calidad cuanto menos participa en la vida y proyectos de quien es el Ser por antonomasia y fontal. En consecuencia, al reencuentro con él conducen dos carriles paralelos e imprescindibles: el alejamiento –no necesariamente físico, local; sí ponderativo y sapiencial– respecto a todo lo que, aun siendo hechura y objeto del amor de Dios, no es Dios, y la orientación del corazón hacia quien es origen y meta de todo lo que él ha creado. Este es el viaje venturoso descrito en el relato de lo acontecido a Agustín y Mónica en Ostia, según IX, 23-26. Así pues, cuando el hombre conoce y busca un bien superior, ha dado el primer paso hacia su nuevo abrazo con Dios: «convertirse a aquel por quien ha sido hecho». Paso simbolizado, según Agustín, en el relato bíblico de la creación mediante la separación de mar y tierra y mediante la aparición de la tierra sedienta. Reencuentro representado en la literatura religiosa universal bajo la imagen del ascenso, con la que el lector de estas páginas se ha familiarizado al informarse sobre el contenido del libro décimo de las Confesiones.

Mapa del viaje

El hombre «vive fluctuando en su oscuridad. Le queda convertirse a aquel por quien ha sido hecho, y vivir más y más cabe la fuente de la vida, y en su luz ver la luz y terminar de ser hecho, ser iluminado y que lo hagan feliz». En cinco momentos del himno al Creador y a la bondad de lo creado, que resuena al principio del libro del Génesis y cuyo comentario recogen las Confesiones, ve su autor las etapas de la regeneración que el Dios Salvador regala al hombre, expresadas pocas líneas arriba. Así en XIII, 9 el abismo tenebroso, para cuya iluminación Dios crea la luz el día primero, simboliza la oscuridad de la condición humana, despistada por bienes inferiores, distraída de quien por amarla es su bien. En XIII, 19-21 la tierra seca creada el día tercero simboliza, por su estéril sequedad, la necesidad de conversión; por su consiguiente sed, el deseo que en el corazón humano surge de volverse «a aquel por quien ha sido hecho». Tanto la tierra que en XIII, 24 da frutos el día tercero, cuanto los animales creados el día quinto son imagen de quien vive «más y más cabe la fuente de la vida» y, naturalmente, por eso es fértil. Los dos faroles grandes –el sol y la luna–, encendidos el día cuarto, simbolizan en XIII, 22 al hombre que, por ser compasivo y generoso, obra como Dios y así se acredita como imagen suya. De él se puede afirmar sin mentir que en la luz de Dios ve la luz y, por eso, la refleja y con ella ilumina a cuantos con él tratan. En verdad es un iluminado: alguien a quien la experiencia religiosa, lejos de entontecer, alienar o ensoberbecer, transforma en fanal de luz, vida, regocijo y esperanza.

La etapa final de este camino es en XIII, 50-52 el sábado: en quien, realizando las obras que el Creador le ha dado llevar a cabo, ha llegado hasta este, Dios descansa, tras haberlas efectuado mediante esa persona antes entenebrecida, luego convertida, fecunda, iluminada y ahora definitivamente feliz. Así se cumple lo escrito por Agustín y se cierra el círculo abierto por él al comienzo de sus Confesiones: «Nos has hecho para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti». Con una variante, empero: el hombre reposa en Dios, porque este descansa en él. Se trata no de premios ni de contratos cumplidos, sino de vidas compartidas en el esfuerzo, el logro y el descanso.

El abismo tenebroso

Para significar la distancia entre Dios y el hombre, insalvable si el primero no se acerca al otro, utiliza Agustín las imágenes del abismo y de las profundidades marinas. Del «mar inmenso y tenebroso» habla I, 25; de un «abismo absolutamente descomunal», en I, 28; del «abismo del fondo», cárcel de su corazón, en II, 9. En III, 20 y IV, 20 se ve respectivamente –y así se autorretrata– «en el barro del abismo y en las tinieblas de la falsedad, en marcha hacia el abismo». «Andaba yo entre tinieblas... y había llegado al abismo del mar», confiesa en 6, 1. De ahí lo sacará el Salvador tendiéndole la mano de los neoplatónicos y, sobre todo, de Pablo. Sobre esta etapa primera, e históricamente necesaria, del reencuentro entre Dios y el hombre, conviene tener en cuenta al leer las Confesiones, que los libros segundo, sexto y décimo están intensa e íntimamente vinculados por tratarse en ellos de temática común: el pecado, la sensualidad –símbolo de los cuales es el abismo tenebroso– y la cuestión de la felicidad del hombre, sin respuesta hasta el final del libro decimotercero, según se ha visto en el párrafo anterior.

La tierra sedienta

«Mi alma es respecto a ti como tierra sin agua, porque, como no puede darse luz tomándola de la suya, así no puede darse comida hasta la saciedad tomándola de la suya»: estas palabras de XIII, 19 descifran el simbolismo de la tierra seca, considerada por Agustín en XIII, 20-21 imagen de quien está sediento de Dios, es decir, aspira a una realidad de calibre superior al de los bienes pasajeros y el placer que ellos desprenden. Parece, pues, natural relacionar con esta etapa del desarrollo cristiano los pasajes que en las Confesiones tengan que ver con el hambre y la sed respecto a Dios. Este es el caso, sobre todo, de los libros tercero, séptimo y undécimo, en los que su autor se presenta buscando en un nivel cada vez más alto una imagen divina adecuada.

Efectivamente, en el tercer libro revela deber a la lectura del Hortensio ciceroniano el entusiasmo por la verdad; a su soberbia, haber despreciado la Sagrada Escritura, cayendo, consiguientemente, en los lazos de los maniqueos. Pese a todo, en III, 10 confiesa sentir hambre y sed de Dios en persona, Verdad inmutable y radiante, y en III, 12 se muestra cierto de que los antropomorfismos bíblicos sólo pueden ser intentos insuficientes de expresar al Dios vivo y verdadero, nunca fotografías suyas fieles. El libro séptimo certifica la certeza de su autor respecto a la inmutabilidad divina y al influjo benéfico ejercido sobre él por otros libros también de paganos, los neoplatónicos. Además recoge en VII, 16 la invitación que la verdad le dirige a comerla, en VII, 23 su incapacidad de acercarse al festín, en VII, 24-25 su imagen de Cristo –viciada, insuficiente por falta de humildad– y en VII, 27 el favor que el apóstol Pablo le hizo al descubrirle la humanidad y autoentrega del Mesías crucificado. Por último, la lectura del libro undécimo descubre que, como en los dos mencionados, también aquí Agustín busca la imagen adecuada de Dios, declara su anhelo de él –simbolizado en XI, 3 por la sed de una hierba seca, con la que, orante, se identifica–, afirma la inmutabilidad divina y la necesidad de la humildad, si el hombre quiere acercarse a aquel a cuya imagen ha sido creado.

La vida, amenazada por la muerte

Los animales –venidos a la existencia, según el relato bíblico, el quinto día de la creación– simbolizan en XIII, 29 a quienes viven para Dios, tras haber experimentado la insuficiencia de todo lo demás para satisfacer definitivamente su corazón. Y que aparezcan según su especie, como quiere el texto sagrado (cf Gén 1,21), significa a los ojos de Agustín que los creyentes se sirven recíprocamente de modelo con que identificarse en su reencuentro con Dios. Por otra parte, a la vida y la muerte internas del hombre se refieren frecuentemente las Confesiones. Sobre todo los tres libros –cuarto, octavo y duodécimo– que se ocupan intensamente tanto de la necesidad de modelos de conducta cuanto de la liberación que respecto a la sensualidad humana y la inestabilidad propia de lo creado otorga graciosamente Dios.

Las llamadas apremiantes que la continencia dirige al hombre para que se atenga a ella se leen por primera vez, expresadas claramente y fundamentadas con detalle, en el libro cuarto. El octavo describe cómo Agustín consiguió acogerlas. En ambos libros aparecen con frecuencia los vocablos muerte, vida y, emparentados simbólicamente con ellos, dolor, desgarrar y similares. El duodécimo trata de que la casa de Dios, mudable en sí misma, se ve, empero, por gracia divina libre de todo cambio, situación que es la meta de la peregrinación del hombre, es decir, la vida eterna.

IV, 7-12 recoge la experiencia de Agustín al morírsele un amigo queridísimo. Pasando de la anécdota a la categoría, aprende que sólo una realidad inmutable, sólo Dios, puede defender definitivamente al hombre del desgarro existencial, por el que lo mejor de uno se rompe, queda inservible y hace que la vida aparezca desfigurada, como un sinsentido. También el libro octavo pone en escena la ruptura interior de su autor, entre la voz del amor oblativo, que lo invita a la continencia, y la del amor posesivo que lo tienen encadenado a su propia persona escindida y sin energía. El libro doce trata sobre lo informe y lo que de Dios recibe su forma adecuada, es decir, el ser humano bloqueado ante él o, al contrario, abierto a su don, su amor, que le hace ser entregándose a quien le ofrece su propia vida. En la situación primera, el hombre está sometido al tiempo, cambia continuamente sin reposo, por no haber encontrado su forma verdadera. Una alternativa le ofrece el Dios Salvador, al que su eternidad no aleja de los vencidos por el tiempo: quien ha creado el cielo del cielo, es decir, la Jerusalén celeste, partícipe de la eternidad divina, ha destinado a cada hombre a concluir su peregrinación en esa ciudad.

En los libros cuarto y octavo juegan papel importante los modelos de identificación: en IV, 21-23 el rétor romano Hierio, en VIII, 10.16-18.27 el filósofo Victorino y dos agentes imperiales. Si Agustín descalifica su afición al primero, reconoce la función que, gracias a la providencia divina, los otros han desempeñado en su conversión cristiana. En el duodécimo se plantea el problema de la relación con la autoridad humana, que en la aceptación de valores y en la conducta conforme a ellos ha de tenerse en cuenta. La respuesta agustiniana es luminosa: sólo la verdad sin fisuras ni modificaciones es inapelable, si bien el hombre apela a ella en demanda de luz y cobijo; y a ella han de atenerse tanto quien ejerce la autoridad cuanto quienes se la reconocen y respetan. Así Agustín se distancia del orgullo de menospreciar posturas ajenas por defender la suya, y siente que el camino que lleva derecho y a fondo hasta Dios es no la lucidez dialéctica ni la sumisión sino el amor al prójimo.

El hombre, imagen de Dios

A partir del libro segundo y hasta el conclusivo, las Confesiones presentan el proceso a través del cual su protagonista humano –antagonista, a veces, del Otro– ha llegado a ser imagen de este, si bien nunca concluida, siempre amenazada y, por tanto, necesitada de cuidados y retoques. Por eso invito al lector a repasar, como hizo al principio de esta introducción, los contenidos de la obra, libro por libro, pero ahora desde una perspectiva distinta. Interesa en este momento no la información sobre lo que dicen, sino el camino de conversión cristiana abierto, confesado en ellos. Recorrido por un hombre, puede serlo por cualquier otro, pues, como escribe Agustín en texto ya citado, «las confesiones de mis males pasados, que has perdonado y tapado para hacerme feliz en ti cambiando tú mi alma mediante la fe y tu sacramento, excitan el corazón a que en vez de dormir en la desesperación y decir “No puedo”, se despierte en el amor a tu misericordia y en la dulzura de tu gracia, con la que es poderoso todo débil que mediante ella deviene consciente de su debilidad»[36].

En el libro segundo el autor se retrata caído en un abismo: el de cometer pecados sólo por cometerlos. La lectura del Hortensio, según informa en el libro tercero, le despertó el ansia de la verdad y lo puso en marcha a la búsqueda de una imagen de Dios justificable filosóficamente. Por su orgullo, empero, vino a dar en las trampas de los maniqueos.

La muerte de un amigo, a la que se refiere por extenso el libro cuarto, le hace tomar conciencia de la condición pasajera de todo lo creado. Busca una realidad que permanezca siempre y reflexiona sobre la belleza. Entonces descubre que la esencia de ella es la unidad. Pero, como todavía está influenciado por el maniqueísmo, permanece preso de dos errores muy graves: la fe en la existencia de una realidad mala, responsable del mal moral, y la insolencia de creerse una parte de Dios, cuando –como afirma con entera lucidez en I, 1– sólo es una partecita de la creación. Por cuenta propia examina Agustín en el libro quinto las contradicciones entre las doctrinas de los filósofos paganos y la de Mani; entonces descubre cada vez más en el maniqueísmo el producto de especulaciones sin contenido. Entra en contacto con la Iglesia y reconoce que su crítica anterior se había apoyado en un prejuicio. Decide, por eso, hacerse catecúmeno cristiano, hasta que pueda percibir más claramente el camino que ha de seguir.

La imagen de Agustín que arroja el libro sexto es penosa: no puede ni decidirse a creer, porque teme volver a hacer experiencias tan dolorosas como antes con el maniqueísmo, ni tampoco liberarse del apego a las realidades sensibles. Lo único que lo defiende todavía de deteriorarse más moralmente es el miedo al juicio divino. En cambio, el libro séptimo lo muestra en lucha por hallar respuesta al problema del mal. Los escritos neoplatónicos le ayudan a encontrarse a sí mismo y a ver la verdad inalterable por encima de su propio principio vital, su alma. Se abrasa de amor por ella, pero aún le queda demasiado lejos y él está demasiado enredado en el pecado como para poder mantener fija en ella la mirada de su corazón. Por fin la lectura de las cartas paulinas le deja ver un camino para aproximarse a Dios.

El libro octavo deja al descubierto un Agustín nuevo, pero, como el anterior, igualmente real, humano y hermano universal. Resueltos ya definitivamente sus problemas intelectuales respecto a la fe cristiana, todavía, empero, no puede elegir la soltería evangélica. El ejemplo de dos desconocidos, cuya conversión súbita le cuentan, lo avergüenza hasta el punto de hacerlo decidirse con la ayuda de Dios a lo que hasta ahora había sentido de todo punto imposible para él. El libro siguiente narra su bautismo, precedido de la conveniente preparación, tras el cual inicia una vida de siervo de Dios en comunidad con quienes han hecho idéntica experiencia religiosa. En Ostia con Mónica logra, por fin y por vez primera, tocar con toda su alma, es decir, con su principio vital, la verdad. Ahora es maduro espiritualmente y ya no necesita a su madre, cuya muerte evoca con sentimientos conmovedores.

El libro décimo recoge otra etapa de la evolución de su autor: busca a Dios analizándose a sí mismo. Encuentra haber sido, en verdad, creado a imagen de Dios, tocado por su gracia, pero habitado aún por muchos inquilinos nada cristianos y difícilmente cristianables. Por eso pide a Dios clemencia y lo consuela la confianza en la mediación de Cristo. Lo que de sí descubre Agustín lo hermana con cualquier hombre. Ninguno puede alejarse tanto de Dios que no le quede todavía el ansia de disfrutar de verdad y de la verdad. Ahora bien, a su memoria se debe que el hombre, al recordar los valores que le rondan y pretenden metérsele dentro, les preste atención, salga de sí y no se entere de quién es él, cómo se encuentra, a dónde puede llegar y con qué recursos cuenta para ello. Para poder, pues, reencontrar la verdad, la humanidad entera necesita, como quien en este libro es su portavoz, un mediador adecuado; función que sólo Cristo es capaz de ejercer, como ya dejó constancia en VII, 24.

En el libro undécimo el autor sale de sí, pero no para olvidarse de su persona, como hacía en el pasado, sino para observar las realidades creadas por Dios y la actividad creadora desplegada y, a la vez, escondida en ellas. Realiza este ejercicio pensando en la utilidad no sólo propia sino también de sus hermanos. Consiguientemente, suplica ayuda a Dios. Como en el libro tercero, vuelve a buscar una imagen de Dios filosóficamente justificable. Entonces la verdad envía destellos hacia Agustín, se abrasa de ansias por ella; pero, al no poder aguantarle la mirada, cae en lo temporal. En su análisis del tiempo, al que considera estiramiento del alma, aparece la tensión que en el individuo humano producen su condición de imagen divina y su alejamiento respecto a Dios.

En el libro penúltimo reflexiona el escritor sobre el largo camino que ha recorrido desde que en el anterior se acercó al relato de la creación que se lee al comienzo del Génesis. Ve su persona en el centro de dos extremos: un abismo tenebroso, que no es posible pensar ni percibir –él mismo, totalmente sin forma, pues sus criterios y conducta no se adecuan aún a la imagen de Dios que él es–, y el cielo del cielo, su hogar definitivo, liberado del tiempo por hallarse ante la mirada amorosa de Dios. Ahora tiene la respuesta a la pregunta por la causa de la distancia entre Dios y el hombre: una deficiencia de ser y no una sustancia mala, ajena a la voluntad humana y rival de la divina. Tras explicar la frase inicial de la Biblia, se encara con posibles oponentes; eso sí, teniendo en mucho tanto el mandamiento del amor al prójimo cuanto la verdad, en cuya búsqueda el hombre ha de bucear dentro de sí.

Por último, en el libro decimotercero Agustín agradece a Dios los bienes inmerecidos otorgados a él y, sobre todo, a su entera creación. El proceso creador todavía no está concluido: Agustín y con él la humanidad están en trance y tienen la posibilidad de intensificar y mejorar sus relaciones con Dios, porque el Espíritu Santo actúa en ellos mediante la condición humana que con ellos comparte el Hijo. Blanco de todo hombre es la paz eterna del sábado en la visión de la Trinidad. Agustín da una pista de la dirección en que ha de comenzar la reflexión sobre ella. A la vez estimula a todos a emprender el camino que hasta ella conduce. El libro, empero, queda sin final, pues nunca puede nadie alcanzar ese grado de comunión con Dios, que le deje satisfecho, ya que, por ser este inabarcable, siempre revela nuevos y seductores secretos suyos. Por eso, todo hombre, y más quien es creyente de corazón, continúa, como Agustín, buscando al Dios vivo que, por su parte, ha prometido que quien pide recibe, y a quien llama a la puerta le abren[37].

8. Conclusión

Treinta años vivió el autor de las Confesiones tras publicarlas. Su existencia se cierra el 28 de agosto del 430 en Hipona, asediada por las huestes de Genserico. Colgados ante sus ojos de enfermo los llamados Salmos penitenciales, agoniza –lucha, pues, aún– confesando con ellos, como había hecho tres decenios antes, la misericordia del Señor y los pecados propios. Ni polémicas ya ni proyectos de obras grandiosas. Sólo queda desnudar por última vez su vida ante el Dios clemente, para que sus hermanos de todos los tiempos confiesen con él el designio salvífico divino y la precariedad humana, en cuyo favor ha sido diseñado. Transcurridos cuarenta y cuatro años sin pensar en sus intereses, habría firmado estos versos:

«Las palabras se me van

como palomas de un palomar desahuciado y viejo

y sólo quiero que la última paloma,

la última palabra, pegadiza y terca,

que recuerde al morir sea esta: Perdón»[38].

La existencia de Agustín es la confesión por antonomasia, hecha a Dios y a los hombres. También, el testimonio cálido y convincente de la magnimidad del Uno y Único, y de la insuficiencia de quienes en tantos aspectos, y no siempre loables, son recíprocamente «los otros». Así, vida, confesión y Confesiones de Agustín forman una trinidad merecedora del respeto, atención y agradecimiento de los lectores de cualquier época. Su existencia, alimentada por ellas, se va transformando en salmo de alabanza a quien con generosidad incesante les ofrece su vida, como acto de suprema y enamoradora misericordia.

José Anoz, OAR

Breve bibliografía

Capánaga V., Introducción general sobre la persona y obra de san Agustín, en Obras completas de san Agustín I, BAC, Madrid 19946, 3-292; Vida de san Agustín, escrita por san Posidio, ib, 295-377.

De Luis P., Las «Confesiones» de san Agustín comentadas. Libros 1-10, Est. Agustiniano, Valladolid 1994.

Echazarreta L., Nacido para alabarte. Orar con san Agustín, Agustinus, Madrid 1995.

Madrid T. C., San Agustín. Compendio de su vida y de su obra, Granada 1978.

Marrou H., San Agustín y el agustinismo, Madrid 1960.

Tonna-Barthet A., San Agustín. Nos hiciste, Señor, para ti. Kempis agustiniano. Selección de textos, Madrid 1991.

Vega A. C., Las «Confesiones». Texto bilingüe. Edición crítica y anotada, en Obras completas de san Agustín II, BAC, Madrid 19797.

LIBRO I

Capítulo 1

[1] Grande eres, Señor, e inmensamente digno de alabanza; grande es tu poder y tu inteligencia no tiene límites.

Y ahora hay aquí un hombre que te quiere alabar. Un hombre que es parte de tu creación y que, como todos, lleva siempre consigo por todas partes su mortalidad y el testimonio de su pecado, el testimonio de que tú siempre te resistes a la soberbia humana. Así pues, no obstante su miseria, ese hombre te quiere alabar. Y tú lo estimulas para que encuentre deleite en tu alabanza; nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti.

Y ahora, Señor, concédeme saber qué es primero: si invocarte o alabarte; o si antes de invocarte es todavía preciso conocerte. Pues, ¿quién te podría invocar cuando no te conoce? Si no te conoce bien podría invocar a alguien que no eres tú. ¿O será, acaso, que nadie te puede conocer si no te invoca primero? Mas por otra parte, ¿cómo te podría invocar quien todavía no cree en ti? ¿Y cómo podría creer en ti si nadie te predica?

Alabarán al Señor quienes lo buscan, pues si lo buscan lo habrán de encontrar, y si lo encuentran lo habrán de alabar.

Haz pues, Señor, que yo te busque y te invoque; y que te invoque creyendo en ti, pues ya he escuchado tu predicación. Te invoca mi fe. Esa fe que tú me has dado, que infundiste en mi alma por la humanidad de tu Hijo, por el ministerio de aquel que tú nos enviaste para que nos hablara de ti.

Capítulo 2

[2] ¿Y cómo habré de invocar a mi Dios y Señor? Porque si lo invoco será ciertamente para que venga a mí. Pero, ¿qué lugar hay en mí para que a mí venga Dios, ese Dios que hizo el cielo y la tierra? ¡Señor Santo! ¿Cómo es posible que haya en mí algo capaz de ti? Porque a ti no pueden contenerte ni el cielo ni la tierra que tú creaste, y yo en ella me encuentro, porque en ella me creaste. Acaso porque sin ti no existiría nada de cuanto existe, resulta posible que lo que existe te contenga. ¡Y yo existo! Por eso deseo que vengas a mí, pues sin ti yo no existiría.

Yo no he estado en los abismos, pero tú estás también allí. Si descendiere a los infiernos, allí estás tú.

Y yo no sería, absolutamente no podría ser, si tú no estuvieras en mí. O, para decirlo mejor, yo no existiría si no existiera en ti, de quien todo procede, por el cual y en el cual existe todo. Así es, Señor, así es. ¿Y cómo, entonces, invocarte, si estoy en ti? ¿Y cómo podrías tú venir si ya estás en mí? ¿Cómo podría yo salirme del cielo y de la tierra para que viniera a mí mi Señor pues Él dijo: «yo lleno los cielos y la tierra»?

Capítulo 3

[3] Entonces, Señor, ¿te contienen el cielo y la tierra porque tú los llenas? ¿O los llenas pero queda algo de ti que no cabe en ellos? ¿Y dónde pones lo que, llenados el cielo y la tierra, sobra de ti? ¿O, más bien, tú no necesitas que nada te contenga porque tú lo contienes todo; porque lo que tú llenas lo llenas conteniéndolo? Porque no son los vasos que están llenos de ti los que te dan tu estabilidad: aunque ellos se rompieran tú no te derramarías. Y cuando te derramas en nosotros no te rebajas, sino que nos levantas; no te desparramas, sino que nos recoges.

Pero tú, que todo lo llenas, ¿lo llenas con la totalidad de ti? Las cosas no te pueden contener todo entero. ¿Diremos que sólo captan una parte de ti y que todas toman esa misma parte? ¿O que una cosa toma una parte de ti y otra, otra; unas una parte mayor y otras una menor? Habría que decir, entonces, que tú tienes partes, y unas mayores que otras. Pero esto no puede ser. Tú estás en todas las cosas, estás en ellas de una manera total; y la creación entera no te puede abarcar.

Capítulo 4

[4] ¿Quién eres pues tú, Dios mío, y a quién dirijo mis ruegos sino a mi Dios y Señor? ¿Y qué otro Dios fuera del Señor nuestro Dios? Tú eres Sumo y Óptimo y tu poder no tiene límites. Infinitamente misericordioso y justo, al mismo tiempo inaccesiblemente secreto y vivamente presente, de inmensa fuerza y hermosura, estable e incomprensible, un inmutable que todo lo mueve. Nunca nuevo, nunca viejo; todo lo renuevas, pero haces envejecer a los soberbios sin que ellos se den cuenta. Siempre activo, pero siempre quieto; todo lo recoges, pero nada te hace falta. Todo lo creas, lo sustentas y lo llevas a perfección. Eres un Dios que busca, pero nada necesita.

Ardes de amor, pero no te quemas; eres celoso, pero también seguro; cuando de algo te arrepientes, no te duele, te enojas, pero siempre estás tranquilo; cambias lo que haces fuera de ti, pero no cambias consejo. Nunca eres pobre, pero te alegra lo que de nosotros ganas. No eres avaro, pero buscas ganancias; nos haces darte más de lo que nos mandas para convertirte en deudor nuestro. Pero, ¿quién tiene algo que no sea tuyo? Y nos pagas tus deudas cuando nada nos debes; y nos perdonas lo que te debemos sin perder lo que nos perdonas.

¿Qué diremos pues de ti, Dios mío, vida mía y santa dulzura? Aunque bien poco es en realidad lo que dice quien de ti habla. Pero, ¡ay de aquellos que callan de ti! Porque teniendo el don de la palabra se han vuelto mudos.

Capítulo 5

[5] ¿Quién me dará reposar en ti, que vengas a mi corazón y lo embriagues hasta hacerme olvidar mis males y abrazarme a ti, mi único bien? ¿Qué eres tú para mí? Hazme la misericordia de que pueda decirlo. ¿Y quién soy yo para ti, pues me mandas que te ame, y si no lo hago te irritas contra mí y me amenazas con grandes miserias? ¡Ay de mí! ¿No es ya muchísima miseria simplemente el no amarte? Dime pues, Señor, por tu misericordia, quién eres tú para mí. Dile a mi alma: Yo soy tu salud (Sal 34,3). Y dímelo de forma que te oiga; ábreme los oídos del corazón, y dime: Yo soy tu salud. Y corra yo detrás de esa voz, hasta alcanzarte. No apartes de mí tu rostro, y muera yo, si es preciso, para no morir y contemplarlo.

[6] Angosta morada es mi alma; ensánchamela, para que puedas venir a ella. Está en ruinas: repárala. Sé bien y lo confieso, que tiene cosas que ofenden tus ojos. ¿A quién más que a ti puedo clamar para que me la limpie? Límpiame Señor, de mis pecados ocultos y líbrame de las culpas ajenas. Creo y por eso hablo. Tú Señor, lo sabes bien. Ya te he confesado mis culpas, Señor, y tú me las perdonaste (Sal 18,13-14). No voy a entrar en pleito contigo, que eres la Verdad; no quiero engañarme, para que mi iniquidad no se mienta a sí misma (Sal 26,12). No entraré, pues, en contienda contigo, pues si te pones a observar nuestros pecados, ¿quién podrá resistir? (Sal 129,3).

Capítulo 6

[7] Permíteme sin embargo hablar ante tu misericordia a mí, que soy polvo y ceniza. Déjame hablar, pues hablo a tu misericordia, y no a un hombre burlón que pueda mofarse de mí. Quizás aparezco risible ante tus ojos, pero tú te volverás hacia mí lleno de misericordia.

¿Qué es lo que pretendo decir, Dios y Señor mío, sino que ignoro cómo vine a dar a esta que no sé si llamar vida mortal o muerte vital? Y me recibieron los consuelos de tu misericordia según lo oí de los que me engendraron en la carne, esta carne en la cual tú me formaste en el tiempo; cosa de la cual no puedo guardar recuerdo alguno.

Recibiéronme pues las consolaciones de la leche humana. Ni mi madre ni mis nodrizas llenaban sus pechos, eras tú quien por ellas me dabas el alimento de la infancia, según el orden y las riquezas que pusiste en el fondo de las cosas.

Don tuyo era también el que yo no deseara más de lo que me dabas; y que las que me nutrían quisieran darme lo que les dabas a ellas. Porque lo que me daban, me lo daban llevadas del afecto natural en que tú las hacías abundar; el bien que me daban lo consideraban su propio bien. Bien que me venía no de ellas, sino por ellas, ya que todo bien procede de ti, mi Dios y toda mi salud.

Todo esto lo entendí más tarde por la voz con que me hablabas, por dentro y por fuera de mí, a través de las cosas buenas que me concedías. Porque en ese entonces yo no sabía otra cosa que mamar, dejarme ir en los deleites y llorar las molestias de mi carne. No sabía otra cosa.

[8] Más tarde comencé a reír, primero mientras dormía, y luego estando despierto. Así me lo han contado, y lo creo por lo que vemos de ordinario en los niños; pues de lo mío nada recuerdo.

Poco a poco comencé a sentir dónde estaba, y a querer manifestar mis deseos a quienes me los podían cumplir, pero no me era posible, pues mis deseos los tenía yo dentro, y ellos estaban afuera y no podían penetrar en mí. Entonces agitaba mis miembros y daba voces para significar mis deseos, los pocos que podía expresar, y que no resultaban fáciles de comprender. Y cuando no me daban lo que yo quería, o por no haberme entendido o para que no me hiciera daño, me indignaba de que mis mayores no se me sometieran y de que los libres no me sirvieran; y llorando me vengaba de ellos. Más tarde llegué a saber que así son los niños; y mejor me lo enseñaron ellos, que no lo sabían, que no mis mayores, que sí lo sabían.

[9] Y así, esta infancia mía ha tiempo ya que murió, y yo sigo viviendo. Pero tú, Señor, siempre vives, y no hay en ti nada que muera. Porque tú existes desde antes del comienzo de los tiempos, antes de que se pudiera decir antes, y eres Dios y Señor de todo cuanto creaste. En ti está la razón de todas las cosas inestables; en ti el origen inmutable de todas las cosas mudables y el porqué de las cosas temporales e irracionales. Dime, Señor misericordioso, a mí, tu siervo que te lo suplica, si mi infancia sucedió a otra edad mía anterior. ¿Sería el tiempo que pasé en el seno de mi madre? Pues de ella se me han dicho muchas cosas, y he visto también mujeres preñadas.

¿Qué fue de mí, Dios y dulzura mía, antes de eso? ¿Fui alguien y estuve en alguna parte? Porque esto no me lo pueden decir ni mi padre ni mi madre, ni la experiencia de otros, ni mi propio recuerdo. ¿Acaso te sonríes porque deseo saber tales cosas y me mandas que te alabe y te confiese por aquello que he conocido de ti?

[10] Te lo confieso pues, Señor del cielo y de la tierra, y te rindo tributo de alabanza por los tiempos de mi infancia, que yo no recuerdo, y porque has concedido a los hombres que puedan deducir de lo que ven y hasta creer muchas cosas de sí mismos por lo que dicen mujeres iletradas. Existía yo pues, y vivía en ese tiempo, y hacia el fin de mi infancia buscaba el modo de hacer comprender a otros lo que sentía.

¿Y de quién sino de ti podía proceder un viviente así? No puede venirnos de afuera una sola vena por la que corre en nosotros la vida, y nadie puede ser artífice de su propio cuerpo. Todo nos viene de ti, Señor, en quien ser y vivir son la misma cosa, pues el supremo existir es supremo vivir. Sumo eres, y no admites mutación. Por ti no pasan los días, y sin embargo pasan en ti, porque tú contienes todas las cosas con todos sus cambios. Y porque tus años no pasan (Sal 101,28), tú vives en un eterno día, en un eterno Hoy. ¡Cuántos días de los nuestros y de nuestros padres han pasado ya por este Hoy tuyo, del que recibieron su ser y su modo!; ¿y cuántos habrán de pasar todavía y recibir de él la existencia? Tú eres siempre el mismo (Sal 101,28); y todo lo que está por venir en el más hondo futuro y lo que ya pasó, hasta en la más remota distancia, Hoy lo harás, Hoy lo hiciste.

¿Y qué más da si alguno no lo entiende? Alégrese cuando pregunta: «¿qué es esto?». Porque más le vale encontrarte sin haber resuelto tus enigmas, que resolverlos y no encontrarte.

Capítulo 7

[11] Escúchame, Señor. ¡Ay del hombre y de sus pecados! Cuando alguno admite esto tú te apiadas de él; porque tú lo hiciste a él, pero no sus pecados.

¿Quién me recordará los pecados de mi infancia? Porque nadie está libre de pecado ante tus ojos, ni siquiera el niño que ha vivido un solo día. ¿Quién, pues, me los recordará? Posiblemente un pequeñuelo en el que veo lo que de mí mismo no recuerdo. Pero, ¿cuáles podían ser mis pecados? Acaso, que buscaba con ansia y con llanto el pecho de mi madre. Porque si ahora buscase con el mismo deseo no ya la leche materna sino los alimentos que convienen a mi edad, sería ciertamente reprendido, y con justicia. Yo hacía, pues, entonces cosas dignas de reprensión; pero como no podía entender a quien me reprendiera, no me reprendía nadie, ni lo hubiera consentido la razón. Defectos son estos que desaparecen con el paso del tiempo. Ni he visto a nadie tampoco, cuando está limpiando algo, desechar advertidamente lo que está bueno.

Es posible que en aquella temprana edad no estuviera tan mal el que yo pidiese llorando cosas que me dañarían si me las dieran; ni que me indignara contra aquellas personas maduras y prudentes, y contra mis propios padres porque no se doblegaban al imperio de mi voluntad; y esto, hasta el punto de quererlas yo golpear y dañar según mis débiles fuerzas, por no rendirme una obediencia que me habría perjudicado. Por lo cual puede pensarse que un niño es siempre inocente si se considera la debilidad de sus fuerzas, pero no necesariamente si se mira la condición de su ánimo.

Tengo la experiencia de un niño que conocí: no podía aún hablar, pero se ponía pálido y miraba con torvos ojos a un hermano de leche. Todos tenemos alguna experiencia de estas. Dicen que las madres y nodrizas pueden corregir con no sé qué remedios; pero, miradas las cosas en sí, no hay inocencia en excluir de la fuente abundante y generosa a otro niño mucho más necesitado y que no cuenta para sobrevivir sino con ese alimento de vida. Y con todo esto, cosas tales se les pasan fácilmente a los niños; no porque se piense que son pequeñeces sin importancia, sino más bien porque estiman que son defectos que pasan con el tiempo. Esto no parece fuera de razón, pero lo cierto es que tales cosas no se le permiten a un niño un poco más crecido.

[12] Así pues, tú, Señor, que al darle a un niño la vida, lo provees con el cuerpo que le vemos, dotado de sentidos y de graciosa figura, y con miembros organizados en disposición y con fuerza conveniente, me mandas ahora que te alabe por esto; que te confiese y cante en honor de tu nombre (Sal 91,2). Porque eres un Dios omnipotente y bueno. Y también lo serías aun cuando no hubieras hecho otras cosas fuera de estas, pues cosas tales no las puede hacer nadie sino tú, el único de quien procede el mundo todo; el hermosísimo que da forma a todos los seres y con sus leyes los ordena.

Pero trabajo me cuesta, Señor, considerar como parte de la vida que ahora vivo, ni siquiera como principio de ella, esa infancia mía de la que no tengo recuerdos y de la que algo sé por lo que otros me han dicho y por lo que veo en otros niños. Porque el olvido de mi primera infancia es tan tenebroso como el tiempo que viví en el seno de mi madre.

Y si fui concebido en la iniquidad y en el pecado me nutrió mi madre (Sal 50,7), ¿dónde, Señor, te lo suplico, dónde o cuándo fui yo inocente? Pasaré pues por alto ese tiempo. ¿Qué tengo que ver con él, pues no me queda de él vestigio alguno?

Capítulo 8

[13] De la infancia pasé, pues, a la niñez; o, por mejor decir, la niñez vino a mí sucediendo a la infancia. Y sin embargo la infancia no desapareció: ¿Adónde se habría ido? Pero yo no era ya un infante incapaz de hablar, sino un niño que hablaba. Esto lo recuerdo bien, así como advertí más tarde el modo como había aprendido a hablar. Mis mayores no me enseñaban proponiéndome ordenadamente las cosas, como después aprendí las letras; sino que con la mente que me diste, Señor, y mediante voces y gemidos y con movimientos varios, trataba yo de expresar mi voluntad. No podía expresar todo lo que quería, ni a todos aquellos a quienes lo quería expresar. Cuando ellos mentaban alguna cosa y con algún movimiento la señalaban, yo imprimía con fuerza las voces en mi memoria, seguro de que correspondían a lo que ellos con sus movimientos habían señalado.

Lo que ellos querían me lo daban a entender sus movimientos. La expresión de su rostro, las mociones de los ojos y de otros miembros del cuerpo, el sonido de la voz al pedir o rechazar o hacer algo son como un lenguaje natural en todos los pueblos, indicativo de los estados de ánimo. Así, las palabras, ocupando su lugar en las frases y frecuentemente repetidas en relación con las cosas me hacían colegir poco a poco el significado de cada una; y por medio de ellas, una vez acostumbrada mi boca a pronunciarlas, me hacía comprender.

De este modo aprendí a comunicarme por signos con los que me rodeaban, y entré a la tormentosa sociedad de la vida humana sometido a la autoridad de mis padres y al querer de las gentes mayores.

Capítulo 9

[14] ¡Cuántas miserias y humillaciones pasé, Dios mío, en aquella edad en la que se me proponía como única manera de ser bueno sujetarme a mis preceptores! Se pretendía con ello que yo floreciera en este mundo por la excelencia de las artes del decir con que se consigue la estimación de los hombres y se está al servicio de falsas riquezas. Fui enviado a la escuela para aprender las letras, cuya utilidad, pobre de mí, ignoraba yo entonces; y sin embargo, me golpeaban cuando me veían perezoso. Porque muchos que vivieron antes que nosotros nos prepararon estos duros caminos por los que nos forzaban a caminar, pobres hijos de Adán, con mucho trabajo y dolor.

Entonces conocí a algunas personas que te invocaban. De ellas aprendía a sentir en la medida de mi pequeñez que tú eras Alguien, que eres muy grande y que nos puedes escuchar y socorrer sin que te percibamos por los sentidos. Siendo pues niño comencé a invocarte como a mi auxilio y mi refugio; y en este rogar iba yo rompiendo las ataduras de mi lengua. Pequeño era yo; pero con ahínco nada pequeño te pedía que no me azotaran en la escuela. Y cuando no me escuchabas, aun cuando nadie podía tener por necia mi petición, las gentes mayores se reían, y aun mis padres mismos, que nada malo querían para mí. En eso consistieron mis mayores sufrimientos de aquellos días.

[15] ¿Existe acaso, Señor, un alma tan grande y tan unida a ti por el amor que en la fuerza de esta afectuosa unión contigo haga lo que en ocasiones se hace por pura demencia: despreciar los tormentos del potro, de los ganchos de hierro y otros varios? Porque de tormentos tales quiere la gente verse libre, y por todo el mundo te lo suplican llenos de temor. ¿Habrá pues quienes por puro amor a ti los desprecien y tengan en poco a quienes sienten terror ante el tormento a la manera como nuestros padres se reían de lo que nuestros maestros nos hacían sufrir?

Y sin embargo, pecábamos leyendo y escribiendo y estudiando menos de lo que se nos exigía. Lo que nos faltaba no era ni la memoria ni el ingenio, pues nos lo diste suficiente para aquella edad; pero nos gustaba jugar y esto nos lo castigaban quienes jugaban lo mismo que nosotros. Porque los juegos con que se divierten los adultos se llaman solemnemente «negocios»; y lo que para los niños son verdaderos negocios, ellos lo castigan como juegos y nadie se compadece de los niños ni de los otros. A menos que algún buen árbitro de las cosas tenga por bueno el que yo recibiera castigos por jugar a la pelota. Verdad es que este juego me impedía aprender con rapidez las letras; pero las letras me permitieron más tarde juegos mucho más inadmisibles.

En el fondo no hacía otra cosa aquel mismo que por jugar me pegaba. Cuando en alguna discusión era vencido por alguno de sus colegas profesores, la envidia y la bilis lo atormentaban más de lo que a mí me afectaba perder un juego de pelota.

Capítulo 10

[16] Y sin embargo pecaba yo, oh Dios, que eres el creador y ordenador de todas las cosas naturales con la excepción del pecado, del cual no eres creador, sino nada más ordenador. Pecaba obrando contra el querer de mis padres y de aquellos maestros. Pero pude más tarde hacer buen uso de aquellas letras que ellos, no sé con qué intención, querían que yo aprendiese.

Si yo desobedecía no era por haber elegido algo mejor, sino simplemente por la atracción del juego. Gozábame yo en espléndidas victorias, y me gustaba el cosquilleo ardiente que en los oídos dejan las fábulas. Cada vez más me brillaba una peligrosa curiosidad en los ojos cuando veía los espectáculos circenses y gladiatorios de los adultos. Quienes tales juegos organizan ganan con ello tal dignidad y excelencia, que todos luego la desean para sus hijos. Y sin embargo no llevan a mal el que se los maltrate por el tiempo que pierden viendo esos juegos, ya que el estudio les permitiría montarlos ellos mismos más tarde. Considera, Señor, con misericordia estas cosas y líbranos a nosotros, los que ya te invocamos. Y libra también a los que no te invocan todavía, para que lleguen a invocarte y los salves.

Capítulo 11

[17] Todavía siendo niño había yo oído hablar de la vida eterna que nos tienes prometida por tu Hijo nuestro Señor, cuya humildad descendió hasta nuestra soberbia. Ya me signaba con el signo de su cruz y me sazonaba con su sal ya desde el vientre de mi madre, que tan grande esperanza tenía puesta en ti.

Y tú sabes que cierto día me atacaron violentos dolores de vientre con mucha fiebre, y que me vi de muerte. Y viste también, porque ya entonces eras mi guardián, con cuánta fe y ardor pedí el bautismo de tu Cristo, Dios y Señor mío, a mi madre y a la madre de todos que es tu Iglesia. Y mi madre del cuerpo, que consternada en su corazón casto y lleno de fe quería engendrarme para la vida eterna, se agitaba para que yo fuera iniciado en los sacramentos de la salvación y, confiándote a ti, Señor mío, recibiera la remisión de mi pecado. Y así hubiera sido sin la pronta recuperación que tuve. Se difirió pues mi purificación, como si fuera necesario seguir viviendo una vida manchada, ya que una recaída en el mal comportamiento después del baño bautismal habría sido peor y mucho más peligrosa.

Yo era ya pues un creyente. Y lo eran también mi madre y todos los de la casa, a excepción de mi padre, quien a pesar de que no creía tampoco estorbaba los esfuerzos de mi piadosa madre para afirmarme en la fe en Cristo. Porque ella quería que no él sino tú fueras mi Padre; y tú la ayudabas a sobreponerse a quien bien servía siendo ella mejor, pues al servirlo a él por tu mandato, a ti te servía.

[18] Me gustaría saber, Señor, por qué razón se difirió mi bautismo; si fue bueno para mí que se aflojaran las riendas para seguir pecando, o si hubiera sido mejor que no se me aflojaran. ¿Por qué oímos todos los días decir: «Deja a este que haga su voluntad, al cabo no está bautizado todavía», cuando de la salud del cuerpo nunca decimos: «Déjalo que se trastorne más, al cabo no está aún curado»?

¡Cuánto mejor hubiera sido que yo sanara más pronto y que de tal manera obrara yo y obraran conmigo, que quedara en seguro bajo tu protección la salud del alma que de ti me viene! Pero bien sabía mi madre cuántas y cuán grandes oleadas de tentación habrían de seguir a mi infancia. Pensó que tales batallas contribuirían a formarme, y no quiso exponer a ellas la efigie tuya que se nos da en el bautismo.

Capítulo 12

[19] Durante mi niñez (que era menos de temer que mi adolescencia) no me gustaba estudiar, ni soportaba que me urgieran a ello. Pero me urgían, y eso era bueno para mí; y yo me portaba mal, pues no aprendía nada como no fuera obligado. Y digo que me conducía mal porque nadie obra tan bien cuando sólo forzado hace las cosas, aun cuando lo que hace sea bueno en sí. Tampoco hacían bien los que en tal forma me obligaban; pero de ti, Dios mío, me venía todo bien. Los que me forzaban a estudiar no veían otra finalidad que la de ponerme en condiciones de saciar insaciables apetitos en una miserable abundancia e ignominiosa gloria.

Pero tú, que tienes contados todos nuestros cabellos, aprovechabas para mi bien el error de quienes me forzaban a estudiar y el error mío de no querer aprender lo usabas como un castigo que yo, niño de corta edad pero ya gran pecador, ciertamente merecía. De este modo sacabas tú provecho para mí de gentes que no obraban bien, y a mí me dabas retribución por mi pecado. Es así como tienes ordenadas y dispuestas las cosas: que todo desorden en los afectos lleve en sí mismo su pena.

Capítulo 13

[20] Nunca he llegado a saber a qué obedecía mi aborrecimiento por la lengua griega que me forzaban a aprender; pero en cambio me gustaba mucho la lengua latina. No por cierto la de la primera enseñanza en la que se aprende a leer, escribir y contar, ya que esta me era tan odiosa como el aprendizaje del griego; pero sí la enseñanza de los llamados «gramáticos». ¿Pero de dónde venía esto, sino del pecado y la vanidad de la vida? Porque yo era carne y espíritu que camina y no vuelve (Sal 77,39).

Ciertamente eran mejores, por más ciertas, aquellas primeras letras a las que debo el poder leer algo y escribir lo que quiero, que no aquellas otras que me hacían considerar con emoción las andanzas de Eneas con olvido de mis propias malas andanzas; llorar a Dido muerta y su muerte de amor, mientras veía yo pasar sin lágrimas mi propia muerte; una muerte que moría yo lejos de ti, que eres mi Dios y mi vida.

[21] Pues no hay nada más lamentable que la condición de un miserable que no tiene compasión de su miseria. ¿Quién tan desdichado como uno que lloraba la muerte de Dido por el amor de Eneas pero no esa otra muerte propia, muerte terrible, que consiste en no amarte a ti, ¡oh Dios!, luz de mi corazón y pan de mi alma, fuerza que fecunda mi ser y los senos de mi pensamiento? Yo no te amaba entonces, y me entregaba lejos de ti a fornicarios amores; pues no otra cosa que fornicación es la amistad del mundo lejos de ti. Pero por todos lados oía yo continuas alabanzas de mi fornicación: «¡Bien, muy bien!», gritaban los que me veían fornicar. También es cierto que decimos «¡Bien, muy bien!» cuando el elogio es evidentemente inmerecido y queremos con él humillar a la gente. Pero nada de esto me hacía llorar, sino que lloraba yo por la muerte violenta de Dido, tierra que vuelve a la tierra; y me iba a la zaga de lo peor que hay en tu creación. Y cuando se me impedía seguir con esas lecturas me llenaba de dolor porque no me dejaban leer lo que me dolía. Esta demencia era tenida por más honorable disciplina que las letras con que aprendí a leer y escribir.

[22] Pero clama tú ahora dentro de mi alma, Dios mío, y que tu verdad me diga que no es así; que no es así, sino que mejor cosa es aquella primera enseñanza; pues ahora estoy más que preparado para olvidar las andanzas de Eneas y otras cosas parecidas, y no lo estoy para olvidarme de leer y escribir. Es cierto que a las puertas de las escuelas de gramática se cuelgan cortinas; pero no es tanto para significar el prestigio de una ciencia secreta cuanto para disimular el error.

Que no clamen contra mí esas gentes a quienes ya no temo ahora que confieso delante de ti lo que desea mi alma y consiento en que se me reprenda de mis malos caminos para que pueda yo amar los buenos tuyos. Que nada me reclamen los vendedores y compradores de gramática; pues si les pregunto si es verdad que Eneas ha estado alguna vez en Cartago, los más indoctos me dirán que no lo saben, y los más prudentes lo negarán en absoluto. Pero si les pregunto con qué letras se escribe el nombre de Eneas todos responderán bien, pues conocen lo que según el convenio de los hombres significan esas letras.

Igualmente, si les pregunto qué causaría mayor daño en esta vida: olvidarnos de leer y escribir u olvidar todas esas poéticas ficciones, ¿quién dudará de la respuesta, si es que no ha perdido la razón? Pecaba yo por entonces, siendo niño, cuando prefería las ficciones a las letras útiles que tenía en aborrecimiento, ya que el que uno más uno sean dos y dos más dos sumen cuatro era para mí fastidiosa canción; y mucho mejor quería contemplar los dulces espectáculos de vanidad, como aquel caballo de madera lleno de hombres armados, como el incendio de Troya y la sombra de Creusa.

Capítulo 14

[23] ¿Por qué pues aborrecía yo la literatura griega que tan bellas cosas cantaba? Porque Homero, tan perito en urdir preciosas fábulas, es dulce, pero vano; y esta vana dulzura era amarga para mí cuando era yo niño; de seguro también lo sería Virgilio para los niños griegos si los obligaban al estudio como a mí me obligaban: es muy duro estudiar obligados. Y así, la dificultad de batallar con una lengua extraña amargaba como hiel la suavidad de aquellas fabulosas narraciones griegas.

La lengua yo no la conocía, y sin embargo se me amenazaba con penas y rigores como si la conociera bien. Tampoco conocía yo en mi infancia la lengua latina; pero con la sola atención la fui conociendo, sin miedo ni fatiga, y hasta con halagos de parte de mis nodrizas, y con afectuosas burlas y juegos alegres que inspiraban mi ignorancia. La aprendí pues sin presiones, movido solamente por la urgencia que yo mismo sentía de hacerme comprender. Iba poco a poco aprendiendo las palabras, no de quien me las enseñara, sino de quienes hablaban delante de mí; y yo por mi parte ardía por hacerles conocer mis pensamientos.

Por donde se ve que para aprender tiene mayor eficacia la natural curiosidad que no una temerosa coacción. Pero tú, Señor, tienes establecida una ley: la de que semejantes coacciones pongan un freno beneficioso al libre flujo de la espontaneidad. Desde la férula de los maestros hasta las pruebas terribles del martirio, es tu ley que todo se vea mezclado de saludables amarguras, con las que nos llamas hacia ti en expiación de las pestilentes alegrías que de ti nos alejan.

Capítulo 15

[24] Escucha, Señor, mi súplica para que mi alma no se quiebre bajo tu disciplina, ni desmaye en confesar las misericordias con las que me sacaste de mis pésimos caminos. Seas tú siempre para mí una dulzura más fuerte que todas las mundanas seducciones que antes me arrastraban. Haz que te ame con hondura y estreche tu mano con todas las fuerzas de mi corazón, y así me vea libre hasta el fin de todas las tentaciones. Sírvate pues, Dios y Señor mío, cuanto de útil aprendí siendo niño; y sírvate cuanto hablo, escribo, leo o pongo en números. Porque cuando aprendía yo vanidades, tú me dabas disciplina y me perdonabas el pecaminoso placer que en ellas tenía. Es cierto que en ellas aprendí muchas cosas que me han sido de utilidad; pero eran cosas que también pueden aprenderse sin vanidad alguna. Este camino es el mejor, y ojalá todos los niños caminaran por esta senda segura.

Capítulo 16

[25] ¡Maldito seas, oh río de las costumbres humanas, pues nadie te puede resistir! ¿Cuándo te secarás? ¿Hasta cuándo seguirás arrastrando a los pobres hijos de Eva hacia mares inmensos y tormentosos en los que apenas pueden navegar los que se suben a un leño? ¿No he leído yo acaso en ti que Júpiter truena en el cielo pero es adúltero sobre la tierra? Ambas cosas son incompatibles, pero él las hizo; y con la alcahuetería de truenos falsos dio autoridad a quienes lo imitaran en un adulterio verdadero. ¿Y cuál de aquellos maestros más insignes soportaría sin impaciencia que un hombre de su misma condición dijese que Homero en sus ficciones transfería a los dioses los vicios humanos en vez de traspasar a los hombres cualidades divinas? Aunque mayor verdad habría en decir que él en sus ficciones atribuía cualidades divinas a hombres viciosos; con lo cual los vicios quedaban cohonestados, y quien los tuviera podía pensar que imitaba no a hombres depravados sino a celestes deidades.

[26] Y sin embargo, ¡oh río infernal!, en tus ondas se revuelven los hijos de los hombres en pos de la ganancia; y en mucho se tiene el que las leyendas homéricas se representen en el Foro, bajo el amparo de leyes que les conceden crecidos estipendios. Y haces, oh río, sonar tus piedras, diciendo: «Aquí se aprende el arte de la palabra, aquí se adquiere la elocuencia tan necesaria para explicar las cosas y persuadir los ánimos».

En efecto: no conoceríamos palabras tales como lluvia de oro, regazo, engaño y templos del cielo si no fuera porque Terencio las usa cuando nos presenta a un joven disoluto que quiere cometer un estupro siguiendo el ejemplo de Júpiter. Porque vio en una pared una pintura sobre el tema de cómo cierta vez Júpiter embarazó a la doncella Dánae penetrando en su seno bajo la forma de una lluvia de oro.

Y ved cómo se excita la concupiscencia de ese joven con semejante ejemplo, que le viene de un dios: «¡Y qué dios!», dice. «Pues nada menos que aquel que hace retumbar con sus truenos la bóveda del cielo». Y se dice: «¿No voy yo, simple hombre, a hacer lo que veo en un dios?». «¡Claro que sí! Y ya lo he hecho con toda mi voluntad».

Y no es que con estas selectas palabras se expresen mejor semejantes torpezas; sino más bien, que bajo el amparo de esas palabras las torpezas se cometen con más desahogo. No tengo objeciones contra las palabras mismas, que son como vasos escogidos y preciosos; pero sí las tengo contra el vino de error que en ellos nos daban a beber maestros ebrios, que todavía nos amenazaban si nos negábamos a beber. Y no teníamos un juez a quien apelar.

Y sin embargo, Dios y Señor mío, en quien reposa ya segura mi memoria, yo aprendía tales vanidades con gusto; y, mísero de mí, encontraba en ellas placer. Por eso decían de mí que era un niño que prometía mucho para el futuro.

Capítulo 17

[27] Permíteme, Señor decir algo sobre mi ingenio, dádiva tuya y de los devaneos en que lo desperdiciaba. Me proponían algo que inquietaba mucho mi alma. Querían que por amor a la alabanza y miedo a ser enfrentado y golpeado repitiera las palabras de Juno, iracunda y dolida por no poder alejar de Italia al rey de los teucros (Virgilio, Eneida 1,38). Pues nunca había oído yo que Juno hubiese dicho tales cosas. Pero nos forzaban a seguir como vagabundos los vestigios de aquellas ficciones poéticas y a decir en prosa suelta lo que los poetas decían en verso. Y el que lo hacía mejor entre nosotros y era más alabado era el que según la dignidad del personaje que fingía con mayor vehemencia y propiedad de lenguaje expresaba el dolor o la cólera de su personaje.

Pero, ¿de qué me servía todo aquello, Dios mío y vida mía? ¿Y por qué era yo, cuando recitaba, más alabado que otros coetáneos míos y compañeros de estudios? ¿No era todo ello viento y humo? ¿No había por ventura otros temas en que se pudieran ejercitar mi lengua y mi ingenio? Los había. Tus alabanzas, Señor, tus alabanzas como están en la Santa Escritura, habrían sostenido el gajo débil de mi corazón; y no habría yo quedado como presa innoble de los pájaros de rapiña en medio de aquellas vanidades.

Capítulo 18

[28] No es pues maravilla si llevado por tanta vanidad me descarriaba yo lejos de ti, mi Dios. Para mi norma y gobierno se me proponían hombres que eran reprendidos por decir con algún barbarismo o solecismo algún hecho suyo no malo, pero eran alabados y glorificados cuando ponían en palabras adecuadas y con buena ornamentación sus peores concupiscencias.

Y tú, Señor, ¡ves todo esto y te callas! ¡Tú, que eres veraz, generoso y muy misericordioso! (Sal 102,8). Pero no vas a seguir por siempre callado. Ahora mismo has sacado del terrible abismo a un alma que te busca y tiene sed de deleitarse en ti; un alma que te dice: He buscado, Señor, tu rostro, y lo habré siempre de buscar (Sal 26,8). Porque yo anduve lejos de tu rostro, llevado por una tenebrosa pasión. Porque nadie se aleja de ti o retorna a ti con pasos corporales por los caminos del mundo. ¿Acaso aquel hijo menor tuyo que huyó de ti, para disipar en una región lejana cuanto le habías dado, tuvo en el momento de partir necesidad de caballos, carros o naves? ¿Necesitó acaso alas para volar, o presurosas rodillas? Tú fuiste para él un dulce padre cuando le diste lo que te pidió para poder marcharse; pero mucho más dulce todavía cuando a su regreso lo recibiste pobre y derrumbado. El que vive en un afecto deshonesto vive en las tinieblas lejos de tu rostro.

[29] Mira pues, Señor, con paciencia lo que tienes ante los ojos. ¡Con cuánto cuidado observan los hijos de los hombres las reglas que sobre el sonido de letras y sílabas recibieron de sus maestros, al paso que descuidan las leyes que tú les pones para su eterna salvación! Así sucede que quien es conocedor de las leyes de la gramática no soportará que alguien diga «ombre» por «hombre», suprimiendo la aspiración de la primera sílaba; pero en cambio tendrá por cosa ligera, de nada, si siendo hombre él mismo, odia a los demás hombres contra tu mandamiento.

Como si le fuera posible a alguien causarle a otro un daño mayor que el que se causa a sí mismo con el odio que le tiene; como si pudiera causarle a otro una devastación mayor que la que a sí mismo se causa siendo su enemigo. Y por cierto no hay cultura literaria que nos sea más íntima que la conciencia misma, en la cual llevamos escrito que no se debe hacer a otro lo que nosotros mismos no queremos padecer (Tob 4,15 y Mt 7,12).

¡Cuán distinto eres tú, oh Dios inmenso y único, que habitas en el silencio de las alturas, y con inmutables decretos impones cegueras para castigar ilícitos deseos! Cuando alguien busca la fama de la elocuencia atacando con odio a un enemigo en presencia de un juez y de un auditorio, pone sumo cuidado para no desprestigiarse con un error de lenguaje. No dirá, por ejemplo, «entre las hombres». Pero en cambio, nada se le da, en la violencia de su odio, si intenta arrancar a otro hombre de la sociedad de sus semejantes.

Capítulo 19

[30] Al umbral de semejantes costumbres yacía yo infeliz mientras fui niño. Y tal era la lucha en esa palestra, que más temía yo cometer un barbarismo que envidiar a los que lo cometían.

Ahora admito y confieso en tu presencia aquellas pequeñeces por las cuales recibía yo alabanza de parte de personas para mí tan importantes que agradarles me parecía la suma del bien vivir. No caía yo en la cuenta de la vorágine de torpezas que me arrastraba ante tus ojos. ¿Podían ellos ver entonces algo más detestable que yo? Pues los ofendía engañando con incontables mentiras a mi pedagogo, a mis maestros y a mis padres; y todo por la pasión de jugar y por el deseo de contemplar espectáculos vanos para luego divertirme en imitarlos.

Cometí muchos hurtos de la mesa y la despensa de mis padres, en parte movido por la gula, y en parte también para tener algo que dar a otros muchachos que me vendían su juego; trueque en el cual ellos y yo encontrábamos gusto. Pero también en esos juegos me vencía con frecuencia la vanidad de sobresalir, y me las arreglaba para conseguir victorias fraudulentas. Y no había cosa que mayor fastidio me diera que el sorprenderlos en alguna de aquellas trampas que yo mismo les hacía a ellos. Y cuando en alguna me pillaban prefería pelear a conceder. ¿Qué clase de inocencia infantil era esta? No lo era, Señor, no lo era, permíteme que te lo diga. Porque esta misma pasión, que en la edad escolar tiene por objeto nueces, pelotas y pajaritos, en las edades posteriores, para prefectos y reyes, es ambición de oro, de tierras y de esclavos. Con el paso del tiempo se pasa de lo pequeño a lo grande, así como de la férula de los maestros se pasa más tarde a suplicios mayores.

Fue, pues, la humildad lo que tú, Rey y Señor nuestro, aprobaste en la pequeñez de los niños cuando dijiste que de los que son como ellos es el Reino de los Cielos (Mt 19,14).

Capítulo 20

[31] Y sin embargo, Señor excelentísimo y óptimo Creador de cuanto existe, gracias te daría si hubieses dispuesto que yo no pasara de la niñez. Porque yo existía y vivía; veía, sentía y cuidaba de mi conservación, vestigio secreto de aquella Unidad de la que procedo.

Un instinto muy interior me movía a cuidar la integridad de mis sentidos, y aun en las cosas más pequeñas me deleitaba en la verdad de mis pensamientos. No me gustaba equivocarme. Mi memoria era excelente, y me iba instruyendo con la conversación. Me gozaba en la amistad y huía del dolor, del desprecio y de la ignorancia. ¿Qué hay en un ser así que no sea admirable y digno de alabanza? Pero todo esto me venía de mi Dios, pues yo no me di a mí mismo semejantes dones. Cosas buenas eran, y todas ellas eran mi yo.

Bueno es, entonces, el que me hizo, Él es mi bien, y en su presencia me lleno de gozo por todos esos bienes que había en mi ser de niño. Pero pecaba yo, por cuanto buscaba la verdad, la deleitación y la sublimidad no en Él, sino en mí mismo y en las demás criaturas; y por esto me precipitaba en el dolor, la confusión y el error.

Pero gracias, dulzura mía, mi honor y mi confianza, mi Dios, por tus dones; y te ruego que me los conserves. Así me guardarás a mí; y todo cuanto me diste se verá en mí aumentado y llevado a perfección. Y yo estaré contigo, que me diste la existencia.

Libro II

Capítulo 1

[1] Quiero ahora recordar las fealdades de mi vida pasada, las corrupciones carnales de mi alma; no porque en ellas me complazca, sino porque te amo a ti, Dios mío. Lo hago por amor de tu amor, recordando en la amargura de una revivida memoria mis perversos caminos y malas andanzas. Para que me seas dulce tú, dulzura sin engaño, dulzura cierta y feliz; para que me recojas de la dispersión en la que anduve como despedazado mientras lejos de ti vivía en la vanidad.

Hubo un tiempo de mi adolescencia en que ardía en el deseo de saciar los más bajos apetitos y me hice como una selva de sombríos amores. Se marchitó mi hermosura y aparecí ante tus ojos como un ser podrido y sólo atento a complacerse a sí mismo y agradar a los demás.

Capítulo 2

[2] Nada me deleitaba entonces fuera de amar y ser amado. Pero no guardaba la compostura, y pasaba más allá de los límites luminosos de la verdadera amistad que va de un alma a la otra. De mí se exhalaban nubes de fangosa concupiscencia carnal en el hervidero de mi pubertad, y de tal manera obnubilaban y ofuscaban mi corazón que no era yo capaz de distinguir entre la serenidad del amor y el fuego de la sensualidad. Ambos ardían en confusa efervescencia y arrastraban mi debilidad por los precipicios de la concupiscencia en un torbellino de pecados. Tu cólera se abatía sobre mí, pero yo lo ignoraba; me había vuelto sordo a tu voz y como encadenado, por la estridencia de mi carne mortal. Esta era la pena con que castigabas la soberbia de mi alma. Cada vez me iba más lejos de ti, y tú lo permitías; era yo empujado de aquí para allá, me derramaba y desperdiciaba en la ebullición de las pasiones, y tú guardabas silencio. ¡Oh, mis pasos tardíos! Tú callabas entonces, y yo me alejaba de ti más y más, desparramado en dolores estériles, pero soberbio en mi envilecimiento y sin sosiego en mi cansancio.

[3] ¡Ojalá hubiera yo tenido entonces quien pusiera medida a mi agitación, quien me hubiera enseñado a usar con provecho la belleza fugitiva de las cosas nuevas marcándoles una meta! Si tal hubiera sido, el hervoroso ímpetu de mi juventud se habría ido moderando rumbo al matrimonio, y a falta de poder conseguir la plena serenidad, me habría contentado con procrear hijos como lo mandas tú, que eres poderoso para sacar renuevos de nuestra carne mortal, y sabes tratarnos con mano suave para templar la dureza de las espinas excluidas de tu paraíso. Porque tu Providencia está siempre cerca, aun cuando nosotros andemos lejos.

Debiera haber puesto más atención a tu Palabra que del cielo nos baja por la boca de tu apóstol, cuando dijo: Estos tendrán la tribulación de la carne, pero yo os perdono. Y también: Bueno es para el hombre no tocar a la mujer; y luego: El que no tiene mujer se preocupa de las cosas de Dios y de cómo agradarle; pero el que está unido en matrimonio se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su mujer (1Cor 7,28.32.33). Si hubiera yo escuchado con más atención estas voces habría castigado mi carne por amor del reino de los Cielos y con más felicidad habría esperado tu abrazo.

[4] Pero, mísero de mí, te abandoné por dejarme llevar de mis impetuosos ardores; me excedí en todo más allá de lo que tú me permitías y no me escapé de tus castigos. Pues, ¿quién lo podría, entre todos los mortales? Porque tú siempre estabas a mi lado, ensañándote misericordiosamente conmigo y amargabas mis ilegítimas alegrías para que así aprendiera a buscar goces que no te ofendan. ¿Y dónde podía yo conseguir esto sino en ti, Señor, que finges poner dolor en tus preceptos, nos hieres para sanarnos y nos matas para que no nos muramos lejos de ti?

¿Por dónde andaba yo, lejos de las delicias de tu casa, en ese año decimosexto de mi edad carnal, cuando le concedí el cetro a la lujuria y con todas mis fuerzas me entregué a ella en una licencia que era indecorosa ante los hombres y prohibida por tu ley?

Los míos para nada pensaron en frenar mi caída con el remedio del matrimonio. Lo que les importaba era solamente que yo aprendiera lo mejor posible el arte de hablar y de convencer con la palabra.

Capítulo 3

[5] Aquel año se vieron interrumpidos mis estudios. Me llamaron de la vecina ciudad de Madaura, adonde había ido para estudiar literatura y oratoria, con el propósito de enviarme a la más distante ciudad de Cartago. Mi padre, más por animosa resolución que por la abundancia de dinero, pues era un muy modesto ciudadano de Tagaste, preparaba los gastos de mi viaje.

Pero, ¿a quién cuento yo todas estas cosas? No a ti, ciertamente, Señor; sino en presencia tuya a todos mis hermanos del mundo; a aquellos, por lo menos, en cuyas manos puedan caer estas letras mías. ¿Y con qué objeto? Pues para que yo y quienes esto leyeren meditemos en la posibilidad y la necesidad de clamar a ti desde los más hondos abismos. Porque nada puede haber que más cerca esté de tu oído que un corazón que te confiesa y una vida de fe. A mi padre no había quien no lo alabara por ir más allá de sus fuerzas para dar a su hijo cuanto había menester para ese viaje en busca de buenos estudios, cuando ciudadanos opulentos no hacían por sus hijos nada semejante.

Pero este mismo padre que tanto se preocupaba por mí no pensaba para nada en cómo podría yo crecer para ti ni hasta dónde podía yo mantenerme casto; le bastaba con que aprendiera a disertar, aunque desertara de ti y de tus cuidados, Dios mío, tú que eres uno, verdadero y bueno, y dueño de este campo tuyo que es mi corazón.

[6] En ese año decimosexto de mi vida, forzado por las necesidades familiares a abandonar la escuela, viví con mis padres, y se formó en mi cabeza un matorral de concupiscencias que nadie podía arrancar. Sucedió pues que aquel hombre que fue mi padre me vio un día en los baños, ya púber y en inquieta adolescencia. Muy orondo fue a contárselo a mi madre, feliz como si ya tuviera nietos de mí; embriagado con un vino invisible, el de su propia voluntad perversa e inclinada a lo más bajo; la embriaguez presuntuosa de un mundo olvidado de su Creador y todo vuelto hacia las criaturas.

Pero tú ya habías comenzado a echar en el pecho de mi madre los cimientos del templo santo en que ibas a habitar. Mi padre era todavía catecúmeno, y de poco tiempo; entonces, al oírlo ella se estremeció de piadoso temor; aunque yo no me contaba aún entre los fieles, ella temió que me fuera por los desviados caminos por donde van los que no te dan la cara, sino que te vuelven la espalda.

[7] ¡Ay! ¿Me atreveré a decir que tú permanecías callado mientras yo más y más me alejaba de ti? ¿Podré decir que no me hablabas? Pero, ¿de quién sino tuyas eran aquellas palabras que con la voz de mi madre, fiel sierva tuya, me cantabas al oído? Ninguna de ellas, sin embargo, me llegó al corazón para ponerlas en práctica.

Ella no quería que yo cometiera fornicación, y recuerdo cómo me amonestó en secreto con gran vehemencia, insistiendo sobre todo en que no debía yo tocar la mujer ajena. Pero sus consejos me parecían debilidades de mujer que no podía yo tomar en cuenta sin avergonzarme. Mas sus consejos no eran suyos, sino tuyos, y yo no lo sabía. Pensaba yo que tú callabas, cuando por su voz me hablabas; y al despreciarla a ella, sierva tuya, te despreciaba a ti, siendo yo también tu siervo.

Pero yo nada sabía. Iba desbocado, con una ceguera tal, que no podía soportar que me superaran en malas acciones aquellos compañeros que se jactaban de sus fechorías tanto más cuanto peores eran. Con ello pecaba yo no sólo con la lujuria de los actos, sino también con la lujuria de las alabanzas. ¿Hay algo que sea realmente digno de vituperación fuera del vicio? Pero yo, para evitar el vituperio me fingía más vicioso; y cuando no tenía un pecado real con el que pudiera competir con aquellos perdidos inventaba uno que no había hecho, no queriendo parecer menos abyecto que ellos ni ser tenido por tonto cuando era más casto.

[8] Con tales compañeros corría yo las calles y plazas de Babilonia y me revolcaba en su cieno como en perfumes y ungüentos preciosos; y un enemigo invisible me hacía presión para tenerme bien fijo en el barro: yo era seducible y él me seducía.

Ni siquiera mi madre, aquella mujer que había huido ya «de Babilonia» pero andaba aún con lentos pasos por sus arrabales, tomó medidas para hacerme conseguir aquella pureza que ella misma me aconsejaba. Lo que de mí había oído decir a su marido lo consideraba peligroso y pestilente; yo necesitaba del freno de la vida conyugal si no me era posible cortar por lo sano la concupiscencia. Y, sin embargo, ella no cuidó de esto: temía que los lazos de una mujer dieran fin a mis esperanzas. No ciertamente la esperanza de la vida futura, que mi madre ya poseía; pero sí las buenas esperanzas de aprendizaje de las letras que tanto ella como mi padre deseaban vivamente; él, porque pensaba poco en ti y formaba a mi propósito castillos en el aire; y ella, porque no veía en las letras un estorbo, sino mas bien una ayuda para llegar a ti. Todo esto lo conjeturo recordando lo mejor que puedo cómo eran mis padres.

Por este motivo, y sin un necesario equilibrio de severidad, me soltaban las riendas; y yo me divertía, andaba distraído y me desintegraba en una variedad de afectos y en una ardiente ofuscación que me ocultaba, Señor, las serenidades de tu verdad. Y de mi craso pecho salía la iniquidad (Sal 72,7).

Capítulo 4

[9] El hurto lo condena la ley, Señor; una ley que está escrita en los corazones humanos y que ni la maldad misma puede destruir. Pues, ¿qué ladrón hay que soporte a otro ladrón? Ni siquiera un ladrón rico soporta al que roba movido por la indigencia. Pues bien, yo quise robar, y robé; no por necesidad o por penuria, sino por mero fastidio de lo bueno y por sobra de maldad. Porque robé cosas que tenía yo en abundancia y otras que no eran mejores que las que poseía. Y ni siquiera disfrutaba de las cosas robadas; lo que me interesaba era el hurto en sí, el pecado.

Había en la vecindad de nuestra viña un peral cargado de frutas que no eran apetecibles ni por su forma ni por su color. Fuimos, pues, rapaces perversos, a sacudir el peral a eso de la medianoche, pues hasta esa hora habíamos alargado, según nuestra mala costumbre, los juegos. Nos llevamos varias cargas grandes no para comer las peras nosotros, aunque algunas probamos, sino para echárselas a los puercos. Lo importante era hacer lo que nos estaba prohibido.

Este es, pues, Dios mío, mi corazón; ese corazón del que tuviste misericordia cuando se hallaba en lo profundo del abismo. Que él te diga qué era lo que andaba yo buscando cuando era gratuitamente malo; pues para mi malicia no había otro motivo que la malicia misma. Detestable era, pero la amé; amé la perdición, amé mi defecto. Lo que amé no era lo defectuoso, sino el defecto mismo. Alma llena de torpezas, que se soltaba de tu firme apoyo rumbo al exterminio, sin otra finalidad en la ignominia que la ignominia misma.

Capítulo 5

[10] Porque se da ciertamente un atractivo en todo lo que es hermoso: en el oro, en la plata, en todo. En el tacto de la carne mucho tiene que ver el halago, así como los demás sentidos encuentran en las cosas corporales una peculiaridad que les responde. Belleza hay también en el honor temporal, en el poder de vencer y dominar, de donde proceden luego los deseos de la venganza.

Y sin embargo, Señor, para conseguir estas cosas no es indispensable separarse de ti ni violar tus leyes. Y la vida que aquí vivimos tiene su encanto en cierto modo particular de armonía y de conveniencia con todas estas bellezas inferiores. Así como también es dulce para los hombres la amistad, que con hermoso nudo hace de muchas almas una sola.

Por conseguir estas cosas y otras semejantes se admite el pecado; por cuanto una inmoderada inclinación hace que se abandonen otros bienes de mayor valía, que son realmente supremos: tú mismo, Señor, tu verdad y tu ley.

Es indudable que también estas cosas ínfimas tienen su deleite; pero no es tan grande como mi Dios, creador de todas las cosas, que es deleite del justo y delicia de los corazones rectos.

[11] Esta es la razón por la que, cuando se pregunta sobre las posibles causas de un crimen, no descansa uno hasta haber averiguado qué apetito de esos bienes que he llamado ínfimos o qué temor de no perderlos pudo moverle a cometerlo. Son, a no dudarlo, hermosos y agradables en sí mismos, aun cuando resultan a ras de tierra y despreciables cuando se los compara con los bienes superiores, los únicos que dan verdadera felicidad. Alguno, por ejemplo, comete un homicidio. ¿Por qué lo hizo? Lo hizo, o porque quería quedarse con la mujer o el campo de otro, o porque tal depredación lo ayudaría a vivir, o porque temía que el muerto lo desposeyera de algo, o porque había recibido de él algún agravio que encendió en su pecho el ardor de la venganza. De Catilina, hombre en exceso malo y cruel, se ha dicho que era malo gratuitamente, que hacía horrores sólo porque no se le entumecieran por la ociosidad ni la mano ni el ánimo. No deja de ser una explicación.

Pero esto no lo es todo. Lo cierto es que de haberse apoderado del gobierno de la ciudad mediante tal acumulación de crímenes, tendría honores, poder y riquezas; se libraba, además, del temor de las leyes inducido por la conciencia de sus delitos, y la escasez de su patrimonio. Ni el mismo Catilina amaba sus crímenes por ellos mismos, sino por lo que mediante ellos pretendía conseguir.

Capítulo 6

[12] ¿Qué fue pues, miserable de mí, lo que en ti amé, hurto mío, delito mío nocturno, en aquel decimosexto año de mi vida? No eras hermoso, pues eras un hurto. Pero ¿eres acaso algo real, para que yo ahora hable contigo? Hermosas eran aquellas frutas que robamos, pues eran criaturas tuyas, ¡oh tú, creador de todas ellas, sumo Bien, y verdadero Bien! Hermosas eran, pero no fueron ellas lo que deseó mi alma miserable, ya que yo las tenía mejores. Si las cogí fue sólo por robarlas, y prueba de ello es que apenas cogidas, las arrojé; mi banquete consistió meramente en mi fechoría, pues me gozaba en la maldad. Porque si algo de aquellas peras entró en mi boca, su condimento no fue otro que el sabor del delito.

Ahora me pregunto, Dios mío, por qué motivo pude deleitarme en aquel hurto. Las peras en sí no eran muy atractivas. No había en ellas el brillo de la equidad y de la prudencia; pero ni siquiera algo que pudiera ser pasto de la memoria, de los sentidos, de la vida vegetativa. No eran hermosas como lo son las estrellas en el esplendor de sus giros; ni como lo son la tierra y el mar, llenos como están de seres vivientes que vienen a reemplazar a los que van feneciendo; y ni siquiera tenían la hermosura aparente y oscura con que nos engañan los vicios.

[13] La soberbia remeda a la excelencia, siendo así que sólo tú eres excelso; y la ambición busca los honores y la gloria, cuando sólo tú eres glorioso y merecedor de eternas alabanzas. Los poderosos de la tierra gustan de hacerse temer por el rigor; pero, ¿quién sino tú, Dios único, merece ser temido? ¿Quién, qué, cuándo y dónde pudo jamás substraerse a tu potestad? Los amantes se complacen en las delicias de la lascivia; pero, ¿qué hay más deleitable que tu amor?, ¿qué puede ser más amado que tu salvífica verdad, incomparable en su hermosura y esplendor? La curiosidad gusta interesarse por la ciencia, cuando tú eres el único que todo lo sabe. La ignorancia misma y la estupidez se cubren con el manto de la simplicidad y de la inocencia porque nada hay más simple ni más inocente que tú, cuyas obras son siempre enemigas del mal. La pereza pretende apetecer la quietud; pero, ¿qué quietud cierta se puede encontrar fuera de ti? La lujuria quiere pasar por abundancia y saciedad; pero eres tú la indeficiente abundancia de suavidades incorruptibles. La prodigalidad pretende hacerse pasar por desprendimiento; pero tú eres el generoso dador de todos los bienes. La avaricia ambiciona poseer muchas cosas, pero tú lo tienes todo. La envidia pleitea por la superioridad; pero, ¿qué hay que sea superior a ti? La ira busca vengarse; pero, ¿qué venganza puede ser tan justa como las tuyas? El temor es enemigo de lo nuevo y lo repentino que sobreviene con peligro de perder las cosas que se aman y se quieren conservar; pero, ¿qué cosa hay más insólita y repentina que tú; o quién podrá nunca separar de ti lo que tú amas? ¿Y dónde hay fuera de ti seguridad verdadera? La tristeza se consume en el dolor por las cosas perdidas en que se gozaba la codicia y no quería que le fueran quitadas; pero a ti nada se te puede quitar.

[14] Entonces, fornica el alma cuando se aparta de ti y busca allá afuera lo que no puede encontrar con pureza y sin mezcla sino cuando vuelve a ti. Y burdamente remedan tu soberanía los que de ti se apartan y se rebelan contra ti; pero aun en eso proclaman que tú eres el creador de la naturaleza toda, y que no hay realmente manera de cortar los lazos que nos ligan a ti.

¿Qué fue pues lo que yo amé en aquel hurto en que de manera viciosa y perversa quise imitar a mi Señor? ¿Soñé que con el uso de una falaz libertad me colocaba imaginariamente por encima de una ley que en la realidad me domina, haciendo impunemente, en un remedo ridículo de tu omnipotencia lo que no me era permitido?

Бесплатный фрагмент закончился.

268,08 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
30 июня 2025
Объем:
471 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9788428563536
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги