Читать книгу: «Sin miedo a la sangre»

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© Federico Bottia

ADRIANA SERNA LOZANO nació en Bogotá (1977). Es médica de la Universidad del Rosario, se especializó en Cirugía General en la Pontificia Universidad Javeriana entre los años 2002 y 2006 y ejerció esta primera especialidad durante siete años. Ingresó al Programa de Formación en Cirugía Torácica en 2013 y dos años después fue la cuarta mujer en su país en obtener el título. Trabajó en el ámbito académico como profesora de Anatomía y de Cirugía General en la Universidad de La Sabana, actividad asociada a una intensa labor quirúrgica, en diversas instituciones tanto públicas como privadas de la capital.

Actualmente coordina el servicio de Cirugía Torácica en la Clínica de Marly JCG en la Sabana de Bogotá y ocupa buena parte de su tiempo en liderar el programa de detección temprana en Cáncer de Pulmón en Colombia, desde la Asociación Colombiana de Neumología y Cirugía de Tórax y en difundir mensajes de Cirugía Segura en Latinoamérica como parte de la Fundación Lifebox.

Sin miedo a la Sangre es su primera obra literaria publicada.



Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia

Serna Lozano, Adriana

Sin miedo a la sangre / Adriana Serna Lozano. -- 1a ed. -- Bogotá : Taller de Edición Rocca, 2021.

178 p. -- (Ex-Libris)

Incluye datos de la autora en la pasta.

ISBN: 978-958-52943-5-6

1. Novela colombiana - Siglo XXI I. Título II. Serie

CDD: Co863.5 ed.23CO-BoBN– a1073930

© Adriana Serna Lozano

serna.adriana@gmail.com

© Taller de Edición Rocca® SAS

Colección Ex-Libris

Primera edición, TALLER DE EDICIÓN ROCCA®, 2021

Asesoría literaria: Sonia Ramón

Mayo de 2021

Bogotá, D. C., Colombia

ISBN: 978-958-52943-5-6

Edición y producción editorial: TALLER DE EDICIÓN ROCCA® SAS / COLECCIÓN EX-LIBRIS

Carrera 4aA NO. 26A-91, oficina 203

Teléfonos: (57+1) 243 2862 - 284 8328

taller@tallerdeedicion.com

correotallerdeedicionrocca@gmail.com

www.tallerdeedicion.com

Bogotá, D. C., Colombia

Editor: Luis Daniel Rocca Lynn

Coordinación editorial: Juanita Rocca Toro

Edición al cuidado de: Liza J. Ariza

Diseño y diagramación: Juan Pablo Rocca Barrenechea

Ilustraciones: © Ana Paloma del Valle

Fotografía de solapa: © Federico Bottia

Impresión y acabados: TC Impresores SAS

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida en su todo o en sus partes, ni registrada o transmitida por un sistema de recuperación, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico o fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor y del editor, Taller de Edición Rocca®.

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

ÍNDICE DE CONTENIDO

CAPÍTULO PRIMERO

EL PLACER DE ESTAR SIN ROAMING

CAPÍTULO SEGUNDO

SUSANITA DEBE MORIR

CAPÍTULO TERCERO

PÁSEME UNA ROCHESTER

CAPÍTULO CUARTO

EL DEDO EN LA LLAGA

CAPÍTULO QUINTO

UN SUEÑO EXTRAÑO

CAPÍTULO SEXTO

LADIES NIGHT

CAPÍTULO SÉPTIMO

FECHA DE CADUCIDAD

CAPÍTULO OCTAVO

SOLO LO DIFÍCIL ES ESTIMULANTE

CAPÍTULO NOVENO

FOLIE A DEUX

CAPÍTULO DÉCIMO

TODO LO QUE PUEDE PASAR, PASA

CAPÍTULO UNDÉCIMO

UNA HABITACIÓN ILUMINADA

AGRADECIMIENTOS

NOTAS AL PIE

SIN MIEDO A LA SANGRE


A Rodolfo, mi adorado hijo.

¡Oh, Govinda, el tiempo no es una realidad, muchas, muchas veces lo he sentido! Y si el tiempo no existe, el instante que parece mediar entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la felicidad, entre el bien y el mal, no es más que una ilusión.

HERMANN HESSE

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

ALEJANDRA PIZARNIK

A las personas que sufren la enfermedad y a quienes las acompañan.

A los médicos, enfermeros, terapeutas, instrumentadores, personal de laboratorio y limpieza; a todos lo que han entregado su tiempo y esfuerzo por otros.

A los muertos y a quienes los vieron partir.

CAPÍTULO PRIMERO
EL PLACER DE ESTAR SIN ROAMING


São Paulo, Brasil, junio 13 de 2018

Está decidido, estas palabras llegarán a su destino. Ya sé que es raro recibir cartas por estos días, son una manera de comunicación en desuso. Pero claro, implican tiempo y una cuidadosa elección de palabras que, una vez escritas en papel, tienen el peligro de cobrar vida. Un correo electrónico habría sido más sencillo, imagino algo así: «Estimado doctor Ferreira, ha sido un honor compartir estos tres días de preceptoría con usted y su equipo. Punto. Gracias por su generosa docencia, no olvide visitarnos en Colombia. Punto. Atentamente, fulanita de tal, cirujana de las clínicas tal y pascual. Punto».

¡Qué desperdicio habría sido ese mensaje!, propio, eso sí, de esa versión ejecutiva de mí misma, tan útil en momentos descoloridos pero no en este. No desde que me encontré frente al espejo con la mirada deslumbrada al final de este corto viaje. Me hizo tanto bien pensar que usted sería, tal vez, uno de los comensales de mis soledades quirúrgicas, que sería por un momento el huésped de honor evocado por la memoria en alguna cirugía en la que, por azar o miedo, se me acabaran las respuestas.

En medio de esos pensamientos me encontraba de camino al aeropuerto, cuando decidí fijar mi atención en las imágenes a mi alrededor, intenté retener en la memoria este São Paulo húmedo, concurrido y frío de junio. Recordé la comida abundante y deliciosa del mercado, dejé atrás la Avenida Paulista y ese enjambre de personas verdes y amarillas que coreaban Brasil Campeao, porque pase lo que pase y llueva lo que quiera llover, su país y el mío se paralizan alrededor de un balón de fútbol.

En medio de ese contagioso frenesí de samba y fútbol volví a mi voz interna reclamándome cómo es que habiendo tanta alegría en el mundo convertí mi vida en un laberinto de cuentas por pagar y asuntos urgentes. Se me ha ido el tiempo de caminar pateando piedritas, se me han acabado los días de hacer nada. Me sorprende mi eterna actitud de persona ocupada, respondiendo a todos esos correos y mensajes, que se quedan dando vueltas en la cabeza con su insoportable urgencia. Para mi fortuna aún están los viajes, excusas perfectas para darme a la huida de la rutina y para rebuscar en los lugares del mundo, a ver si encuentro a dónde se me fue el alma y por qué.

Quiero contarle una historia que este viaje me trae a la memoria.

Lo invito a una tarde de viernes en mayo del 96 y confío en que la curiosidad lo mantenga atento a las siguientes páginas.

Estaba empezando mis estudios de medicina y ese día escapé de casa. Me fui con Camilo, mi mejor amigo, un hombre de apariencia anglosajona: rubio y de ojos claros, corpulento, con una cara angulosa y bien proporcionada que le habría podido servir para casting de superhéroe. Me resultaba peculiar que, a pesar de su belleza, caminara como un viejo, escondiéndose tras los hombros encogidos cada vez que yo le buscaba la mirada.

Mi amiga Ana María me lo presentó, se habían graduado juntos del Helvetia, un colegio Colombo Suizo de Bogotá, uno que sí era pluricultural, no como el mío que era de monjas; la verdad no estuvo tan mal, allí fue inevitable amasar el pensamiento crítico: La rebeldía es una hija natural de la coartación de la naturaleza libertaria de los jóvenes; así que se fue gestando en mí como una necesidad.

Nada podía ser más inspirador que sentarme después de clases con mi profesora de francés a fraguar los planes para un futuro bohemio de literatura o de música en París, como el de la Maga de Cortázar, esa mujer que reposaba eternamente en el cajón de mi mesa de noche y que encontraba gracias en una florecita seca, alojada allí, separando el capítulo siete de Rayuela.

Las monjas me enseñaron a tocar en guitarra Cielito lindo y Perfidia, yo me la apoyaba sobre la falda escocesa, que por reglamento debía llevar más abajo de la rodilla, pero para tocar y cantar trova cubana sin entender el subtexto de esa ideología de lucha armada que nada tenía que ver con mi nativa conexión con la igualdad y con la necesidad de acortar las brechas sociales. Era la época, no me culpe usted, doctor, a ver si alguien como yo no habría soñado con las flores y las trampas de Luis Eduardo Aute, o no habría llorado a morir con La noche de los lápices.

Le quiero contar que tuve una profesora de historia del arte que valió mi paso por el colegio de señoritas; una trotamundos repleta de relatos que traía un carrete de filminas con fotos para llevarnos, entre ellas y su voz de cigarro, a través de viajes imaginarios por catedrales góticas y románicas, o por las vidas de hombres extraños que pintaban sus visiones oníricas. Nos enseñó —sin decirlo— a comprender los matices de la normalidad a través del arte. Hoy a eso se le llama currículo oculto y bendito sea el de historia del arte porque cómo me habría conectado entonces con los dorados de Klimt, o soñado con conocer los rosetones que permitían filtrar la luz a Notre Dame en vitrales cuyas escenas —hoy arrasadas por el fuego— escondían trucos de luz y color. Ella me enseñó que aquellos vidrios de colores, encerraban complejos secretos que solo podían recibirse a través de las rutas del inconsciente del visitante. Quien entraba allí iba elevando su espíritu tan alto como las agujas del techo, siempre apuntando hacia la divinidad.

Pero bueno, doctor Ferreira, iba yo a contarle de Camilo y mire dónde terminé. Usted sabe que a veces nos seducen los recovecos de la mente.

Este buen amigo manejaba un Renault 4 que le funcionaba de maravilla porque la barra de cambios no quedaba en el piso sino al frente, y así podía pasar de primera a segunda, luego a tercera y a cuarta atravesando la mano izquierda; él había perdido la derecha en uno de esos días estúpidos de la vida, uno de tantos accidentes con pólvora sucedidos en tiempos de temeridades colectivas. Ese hecho lo marcó para siempre, pero aunque a él le cambió el rumbo, a mí no pudo importarme menos.

Esa tarde el amigo fiel, el carro colombiano, se varó, pero de todas maneras nos fuimos a ver una película en el centro comercial casi nuevo que se llamaba Bulevar Niza, sí Bulevar no Boulevard. La cartelera del noventa y seis fue brillante: Independence Day, Misión Imposible, Twister, Sleepers, Trainspotting, en fin, la locura. A mí me parece que vimos Toy Story 1, pero fue veintidós años atrás y no alcanzo a recordarlo, al menos no tan nítidamente como la sensación de nerviosismo de Camilo durante toda la película. Alcancé a pensar que me diría que yo le gustaba o algo así, qué incomodidad, pero no, no era eso, mucha tonta, mi lugar era siempre la friendzone.

Al salir de la película me contó lo que le incomodaba, se trataba francamente de una bobada, el problema era que él me quería invitar a todo y había pensado que nos devolveríamos en taxi, pero se le había acabado la plata. Yo bien conchuda —quiero decir indolente, caradura— no llevaba ni para pagar el bus de la ruta Germania que me dejaba en la esquina de la Avenida Suba con 116.

—No pasa nada, hombre, si así fueran todos los problemas —le dije tratando de tranquilizarlo con las palabras de mi papá—. De todas maneras el bus me deja en la porra, solo voy a caminar un poco más.

—Yo la acompaño, boba —dijo él como cualquier hombre decente.

Y luego, con esa cara de inglés que tenía y que yo nunca pude terminar de descifrar me dijo:

—Pero venga, ¿le da pereza ir a mi escondite? Queda de camino.

Cómo habría podido negarme si lo que no quería era volver a la casa, llegar muy tarde y decir que me había perdido y no tenía monedas para llamar, al fin y al cabo eso me pasaba todo el tiempo y por esos días uno podía simplemente no estar.

El escondite era una suerte de bosque en medio de la ciudad, un lugar muy verde vacío de personas, uno de esos sitios que parecen venidos del mundo paralelo, lleno de eucaliptos, de sauces y de otros árboles gigantescos, de arbustos mal podados y de esas florecitas amarillas que prosperan en el pasto cuando tardan en cortarlo. Recuerdo la hora, eran las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, esos minutos del día en los que todos nos volvemos hermosos, porque la luz no es lo suficientemente indiscreta como para revelar las imperfecciones, ni tan discreta como para esconder las formas.

—Clara, ¿usted cree que existen las hadas? —dijo con toda seriedad después de meterse la mano izquierda en el bolsillo del Levis.

—No sé, yo sí creo —le respondí para dejar que la conversación siguiera su curso.

—Claro que existen, vienen aquí todo el tiempo, dan vueltas con duendes y se esconden detrás de los árboles para desesperar a los unicornios que siempre están ahí parados, haciendo nada, mirando al infinito, pensando en quién sabe qué unicornia que se quedó perdida como usted, por ahí, en otra dimensión.

Yo me dejé llevar por sus historias y mientras caía la noche me contó que había dejado por unos días el juego de Dungeons & Dragons para entregarse a la lectura de un libro que a él le pareció una epifanía, y que según él, revolucionaría el mundo del cine de ficción. El libro se llamaba El Hobbit, de un autor J.R.R. Tolkien. Me contó que los protagonistas eran unos hombres pequeños que comían seis veces al día, les gustaban los regalos y vivían en una tierra llamada The Shire, un lugar entre el río Brandywine y The far downs, habló por horas sobre este mundo fantástico, y al final, cuando ya se había hecho muy tarde, me acompañó a la casa.

Recuerdo vívidamente mi sensación liviana. Para esa época aquel parque era seguro, éramos jóvenes, nos conectábamos fácilmente con mundos fantásticos y, como si fuera poco, casi nunca tenía afán.

En el largo camino a mi casa guardé silencio tiritando de vez en cuando, había salido con una chaqueta de jean que no abrigaba nada y me negaba a recorrer ese camino de vuelta a la realidad sabiendo que me iban a regañar por llegar tarde y no avisar que me demoraba. La verdad no pasó nada en casa, mi mamá confiaba en Camilo. Lo felicitó por acompañarme y al final le pidió un taxi para su regreso seguro.

Después de eso, Camilo encontró una novia preciosa que hoy es su esposa, se fue a estudiar comunicación y multimedia en la Universidad de Sherbrooke y yo seguí estudiando Medicina, sumergida en una piscina de palabras técnicas. Cuando entré a quinto semestre fue tiempo de hospitales, me correspondió el San José, en las entrañas de Bogotá, allá fui a desaprender todo sobre el mundo ficticio, a aterrizar, a crecer.

Nunca volví a ver a Camilo, tampoco me hice fanática de El señor de los anillos, ni siquiera cuando la locura por la obra de Tolkien explotó en 2001 como había vaticinado Camilo, pero bauticé a mi caballo Asallam en honor a esa tarde y al primero de los unicornios, ah, y además, quince años después, cuando visité Bariloche, lloré porque era cierto: las hadas sí habían existido. La vida nos devoró y ya. Nunca pude volver al escondite porque Camilo se fue a Canadá y yo tengo una tremenda incapacidad para recordar los caminos, sí, todo tipo de caminos, por eso no puedo desandarlos ni tomar atajos y me toca ir por la calle principal leyendo letreros, viéndome torpe y preguntando cómo devolverme.

São Paulo, como le dije unos párrafos arriba, me recuerda a ese pasaje de mi vida, la atmósfera es del mismo color.

Ayer, como de costumbre, me perdí, y mis pies cansados me llevaron a un lugar parecido al escondite, el parque Ibirapuera. Este lugar, contrario al de Camilo, es concurrido pero también de vegetación exuberante y, a pesar de la gente, es tranquilo, guarda un extraño aire de espiritualidad. Se me fue el tiempo allí viendo correr, patinar, bailar y fue metiéndose la noche con una neblina densa y fui quedándome inmóvil en una esquina, saboreando la deliciosa sensación de no tener servicio de roaming. Desconectada, invisible, extranjera, ida, feliz.

Ya en este punto supongo que debe estar confundido, doctor Ferreira, le pido que olvide por un momento los accidentes de mi fisionomía, mi acento meloso, ese pelo corto ingobernable o esa cara aniñada que no deja que me tomen en serio hasta unos minutos después de conocerme.

Piense, por favor, que estas historias se las escribe un amigo o amiga de la vida, se lo digo para que no se sienta incómodo, al fin y al cabo las mujeres criadas bajo la tradición judeocristiana sabemos comunicarnos con distancia, tal como nos enseñaron. Tenemos la obligación de no dar el mensaje equivocado, ¿no es así? Dicho esto, sepa que me parecería una infamia desechar todo este revolcón a la memoria suscitado por el viaje que me llevó a conocerlo en su natal Brasil y sepa también que decidí escribírselo porque no solo no me lo quiero guardar, sino porque usted me resulta confiable; también yo lo soy.

Yo sé, nuestro encuentro fue muy breve, unas pocas horas, es solo que en la suma de minutos que es la vida, hay personas que se quedan, incluso encuentran un recodo en la memoria de otra con solo cruzarse en la calle o compartir la fila del teatro. No se necesita una vida entera o una experiencia abrumadora para que sean recordadas, nada más son necesarios unos instantes de verdad.

Ha de comprender, que la estética mueve algunas mentes y que en usted habita una muy especial, un imán para los buscadores de belleza. Debe ser tal vez porque a su innegable encanto lo acompañan una manera inusual de escrutar en los ojos del otro, unas manos fuertes y amorosas que aprietan los brazos del enfermo, mientras usted explica que todo estará bien, y unas canas que dan buena cuenta de su paso por la vida.

Llevo conmigo esa imagen de nosotros sentados a la mesa del Fogo de chao, sin una gota de vino aún en la garganta, yo preguntándole una parte de esa historia que sabía que encontraría y que usted, con generosidad, narró para los que lo escuchábamos. No puedo recordar con precisión qué fue lo que comí, de hecho, no creo haber tenido hambre, pero creo que comí para no levantar sospechas, porque siempre me ha pasado, que cuando estoy hipnotizada se me cierran las entrañas.

Podría haberlo escuchado por horas mientras usted, con paciencia, hilaba uno tras otro los hechos que le dieron comienzo a su tarea de operar como lo hace ahora. Muchos de los cirujanos somos impacientes, ligeros con los juicios, de manos hábiles y lenguas imprudentes pero usted no, así que fue conmovedor oír los relatos sencillos de su experiencia al lado de sus maestros y amigos. Después fue la sala de cirugía, allí pasó algo fuera de lo ordinario: conocí por fin a alguien que, como yo, encuentra inmenso gozo en el acto de arreglar con las manos. Paso a paso la cirugía pareció tan sencilla, bien podría haberse compuesto una melodía con la suavidad de cada uno de sus movimientos ejecutados sin torpezas, con pausas rítmicas, sin dudas, con la certidumbre mística del verdadero curandero. Gracias por compartir el arte. Ahora, convertida en una mujer adulta, entiendo que no se necesitaban hadas ni duendes para encontrar la magia, el teatro quirúrgico no es como los cuadros de barberos, una escena de dolor y secreciones, es más bien una obra de arte, viva, cambiante, mía, pero que no depende solo de mí, no soy tanto.

La vanidad del médico es una tentación que con el tiempo se vuelve sentencia, el mundo es hoy más despiadado que antes y la carrera por la gloria se hace vertiginosa, afanosa, desgastante, falsa, sosa, inútil. Nada es duradero. Es la velocidad de los acontecimientos y de las noticias lo que impide que cualquier cosa permanezca lo suficiente, excepto los días con magia, porque no salen de la memoria y ella, bien caprichosa, los modela y los repara a su antojo.

Quiero tomar otro café con algo rico de comer para sentir también en la boca la placidez de este viaje, así que me detengo en frente de un restaurante del aeropuerto, atraída por el aviso que me invita a comer el más apetitoso pao de queijo do mundo. Repaso en mi mente las rutas de estos tres días y mientras oigo las notas inspiradoras de alguna banda sonora de Michael Giacchino en mis audífonos, tomo aire con fuerza, me permito pensar sin la urgencia de responder y entonces comprendo las razones por las que usted no escribe sus descubrimientos o ese rosario de trucos quirúrgicos que ha ido perfeccionando con el paso de los años.

Con el aroma suave y dulce del café brasilero, que en algo se parece al nuestro, caigo en la cuenta de que enseñar es dejar herencia, cada minuto de medicina bien hecha se queda en la memoria de alguien que está observando, o sintiendo, o aliviando su dolor. Me doy cuenta de que no existe nada más duradero que seguir con vida porque después solo sigue la nada, o eso creo, y si el reloj suyo o el mío se detienen y hemos enseñado lo que aprendimos, entonces habrá quedado la huella más profunda de nuestro paso por la tierra.

Por gracia de la providencia no lo conocí en una reunión científica, esas y los congresos son, en parte, batallas de egos que se nutren ordeñando números.

Pude, felizmente, conocerlo mientras fui testigo de su vida real a lo largo de tres días, porque la verdad del cirujano está en un día normal, solo o con esos pocos espectadores que ya se han familiarizado con la maravilla que es cada cirugía y con la genuina pretensión de no hacer daño, como diría Henry Marsh.

Es usted bienvenido a mis minutos ordinarios, será un placer buscarlo en las memorias de los días que pasaron para ser recordados.

Con cariño, admiración y respeto,

Clara Inés Sierra Esquivel.

CAPÍTULO SEGUNDO
SUSANITA DEBE MORIR


Bogotá, junio 30 de 2019

Le confieso que unas horas después de enviar mi carta, hace un año, estuve revisando con insistencia el buzón, buscando su respuesta y me vi un poco avergonzada por haberme arriesgado a enviarla, por no saber qué pudo haber pasado por su mente al leer la carta de una extranjera con la que apenas compartió tres días de trabajo hace tiempo. Pero cuando descubrí que no solo había revisado el mensaje sino que se había tomado el tiempo para contestarme, no a la vieja usanza, sino en un PDF adjunto a través de la cuenta del correo de Gmail que menos reviso, se me dibujó una sonrisa que aún hoy no he podido borrar de la cara.

Pasé la noche entretenida con su respuesta en portugués, me desperté varias veces para encontrar una y otra vez esa afortunada selección de palabras que me llenaron el alma.

Debo decirle, para empezar, que no es cierto que usted no tenga talento para escribir, parece que eso también lo hace bien. No sabe la alegría que siento cuando alguien me mueve el mundo tanto como para sacarme las palabras, esas que son mi insurgencia frente a la cotidianidad a la que me rebelo de vez en cuando, buscando razones extraordinarias para seguir adelante.

A media noche me senté en la silla mecedora que mira hacia las montañas. Demoraba la hora de leer su respuesta y, tratando de regalarme un momento perfecto, prendí las lucecitas amarillas del balcón. Repasé con parsimonia las posibles elecciones para el vino de hoy y me quedé con un Ornellaia cosecha 2017, ese italiano vibrante que no pudo ser un golpe de suerte, porque la suerte no tomaría un pedazo de bosque y lo convertiría en bebida. La gente suele comprar vinos especiales, los guarda bajo estrictas condiciones esperando el día que amerite abrirse en medio de un deleite como este que hoy siento. Demorar placeres puede ser en sí mismo un gran placer, a este le llegó su hora, hoy es la gran ocasión.

¿Qué podría ser más digno de celebrarse que el deleite de las palabras bien dichas y saboreadas en soledad? Encontré para esta noche en YouTube una hora completa de interpretaciones de «Oblivion», a inolvidable y evocadora obra de Astor Piazzola, cuyas numerosas versiones instrumentales parecen contar la historia del olvido. ¡Qué genialidad es el tango!, esta música tendría que estar unida con la divinidad; ni qué decir del baile impecable, tan cuidadoso en los detalles, que no deja mucho al azar. Todo en este ritmo es tan perfecto, tan medido, tan estudiado…, como la cirugía, ¿no lo cree usted?

También debo confesarle que imprimí su carta para tener el gusto de guardarla en papel. Una vez la tuve en la mano, la lista de canciones escogidas por la inteligencia artificial me sorprendió con «Malena»:

… Tal vez allá en la infancia su voz de alondra Tomó ese tono oscuro de callejón O acaso aquél romance que solo nombra Cuando se pone triste con el alcohol Malena canta el tango con voz de sombra Malena tiene pena de bandoneón1.

Se me atoró un poco el vino en la garganta al escucharla en la voz de aquella mujer de cabaret vestida de corsé, cantando con esa teatralidad que amo y repudio al mismo tiempo, esa que suelta cada cierto tiempo un quejido ronco, como queriendo decir que la obra está por terminar y la protagonista se quedará sola una vez más.

Bueno, aquí está, una carta escrita en portugués para mí. Aprendí su idioma en un tiempo de revelaciones, cuando decidí hacer mi año rural en el arranque del siglo XXI en el Amazonas colombiano. Imagínese usted, doctor Ferreira, la exuberancia del lugar, una selva húmeda y cálida, sumada al romanticismo de los veinte años y al dulce sabor de la independencia económica después de los primeros años de estudio.

En ese tiempo también vivía a plenitud, como siempre lo he hecho, con la necesidad eterna de desprenderme de los días comunes, buscando por ahí nuevos retos y superándolos con el gusto de rodar por trochas difíciles, con la intención no consciente de estar entrenada incluso para cuando el alma y el cuerpo me fueran a flaquear.

Éramos un grupo de cuatro médicos de importantes universidades del país, tres mujeres y un hombre.

La primera, Janis, una venezolana preciosa como son las venezolanas, bautizada así en un momento de amor y paz de sus padres aficionados a la potente voz de Janis Joplin. Janis era una mujer desbocada y de mente rápida, con un hígado que le aguantó el uso y el abuso, hija de un prestante médico de su país que la envió a estudiar Medicina lejos de la irracional dictadura de izquierda que hoy, veintidós años después, sigue intacta.

La segunda, Fernanda, una belleza clásica de ojos azules y pelo desordenado, dotada con un cuerpo de dimensiones perfectas y una actitud etérea e indescifrable que, en conjunto, eran un verdadero martirio para los hombres.

La tercera era yo, una larguirucha romántica y fácil de complacer.

El cuarto, Miguel Escudero, un hombre alto y más bien guapetón, brillante, protector, analítico y calculador, que se pasaba los días cuidando de las tres.

Habíamos alquilado una casa médica alterna, ubicada frente a la entrada de Urgencias. El pequeño pero adorable espacio para cuatro quedaba alejado de la original casa médica, donde estaban los demás rurales y donde decidimos no permanecer por un único motivo: no cabíamos todos. Las ventanas desprovistas de vidrios permitían una pobrísima entrada de aire a través del angeo por el que cualquier peatón daba un vistazo a la vida de los doctores. Contaba con tres habitaciones amobladas, todas ellas, por mis padres que en un arranque amoroso y protector, viajaron conmigo para ayudarme en la instalación de mi nueva vida. Todavía puedo ver esa expresión, que tanto me avergonzó, en las caras de los médicos egresados de la universidad pública, escrutándome de pies a cabeza para descifrar por qué Susanita no se había quedado en su casita, dejando que papi y mami le compraran todo cuanto deseaba. En verdad puedo entenderlo, pero prefiero a Mafalda y su capacidad de aceptar sin juicios a su amiga Susana, con todo y la obsesión de esta última con la familia tradicional, el clasismo y las comodidades de la vida burguesa.

Me causan un terrible aburrimiento los prejuicios. Trato de alejarlos del discurso, ¿y sabe por qué? Es una ridiculez lidiar con ellos toda la vida, siempre que nos percibimos distintos de alguna manera, nos sentimos en desventaja y nos esforzamos inútilmente en demostrar verdades absolutas. Verdades inexplicablemente contradichas por la sociedad, en ese intento de la mayoría de llegar al confort de pertenecer, de identificarse. Si eres gordita demuestras que eso no pelea con la belleza; si eres hermosa demuestras que puedes ser inteligente; si eres inteligente, demuestras que también eres sensible; si eres sensible te portas como una malaleche de vez en cuando para que te respeten; si eres mujer, te envalentonas para que vean que también tienes fuerza; si eres negro, te haces chistes a ti mismo para mostrar que no te duelen; y si eres cirujana…, matas a Susanita.

Por fortuna no estaba sola y, poco a poco, me fui despabilando, me comprendí con calma abriéndome paso entre la selva. Éramos médicos graduados, sí, pero también unos muchachitos aún con la cabeza caliente y el espíritu inmaduro. Los cuatro médicos y algún otro amigo de paso, tomábamos cachaza desde el jueves hasta el domingo, bailábamos fogo en Tabatinga los sábados en una discoteca de medio pelo, plagada de militares brasileños y el resto del tiempo salsa en un bar leticiano al que llegábamos andando en unas viejas motos de dos tiempos a las que sobrevivimos de puro milagro. Nos encantaba probar la velocidad de esos mediocres aparatos de camino a Los kilómetros, así se llamaba una carretera ciega que, según la gente del pueblo, nunca fue terminada porque la manigua se tragaba los tramos construidos y porque la malaria y las alimañas mataban a los obreros como a las moscas. El Amazonas huele a humedad, a sudor, a tierra, y ese olor embriaga, embruja; le confieso que con todo y los mosquitos no quería salir de allí.

En esos días dormíamos poco, viajábamos río arriba y río abajo, tentando a la suerte porque nos creíamos invencibles y sí que lo fuimos. Los meses de ese año pasaron dulcemente entre la sensación de vivir sin miedo y la de no tener mayor obligación que la de ejercer la buena medicina, procurando honrar a nuestros maestros.

Recuerdo que llevaba el pelo largo, a la cintura, la piel llena de picaduras y de tatuajes de huito, una sustancia producto de la corteza de un árbol que al secarse queda oscura como la henna y que además de decorar la piel, sirve para hacer bebidas espirituosas.

Comíamos mucho, tal como lo hace uno a los veinte, con la misma avidez con la que ama. Nos retábamos en concursos académicos para pasar el examen de residencia, convencidos de que ninguna universidad se resistiría a nuestros talentos probados en la selva.

Yo sobreviví al dengue y a una caída de moto, durante cinco meses les mentí a mis padres al respecto, porque si llegaban a verme las costras, las cicatrices o la ceja que me volé, no me hubieran dejado volver. Para ser sincera, esa fue solo una de las caídas, la más aparatosa, la de la moto Cagiva, tan inconveniente para una aprendiz como yo, que a duras penas lograba equilibrarse en la bicicleta de frenos Coaster de mi hermano. Los raspones viejos me los había ganado andando por ahí en los tiempos posturno o a medio palo en una Vespa vieja, infinitas veces reparada y por completo oxidada, que la última vez que me tumbó fue dando la vuelta frente de un cafetín repleto de señores. Los caballeros en su tertulia me vieron patas arriba con una sola sandalia, la otra voló a diez metros sobre el pavimento empapado. Corrieron hacia mí presintiendo lo peor y cuando uno de ellos me vio raspada pero viva, preguntó con una sonrisa:

—¿Doctora, se cayó?

Yo, furiosa, me acomodé la falda y respondí:

—No, es que me gusta bajarme así, mil gracias.

Con el ego más herido que las rodillas enderecé el timón de la bendita moto, y cojeando la llevé en medio de rezongos hasta la esquina donde, por fortuna, había un taller.

Allí la dejé abandonada para siempre.

Ese mundo paralelo de treinta y tantos grados centígrados y humedad insoportable es un paraíso para los sentidos, pero también una alegoría a lo inverosímil, allá los bufeos (delfines rosados) embarazan mujeres, los mosquitos son del tamaño de un dron y las infecciones se comen al que sea. A pesar de ser la más diversa fuente de vida del mundo —donde aún no llega la energía eléctrica, y la pobreza y el abandono estatal campean sin ningún pudor— los traficantes pagan a los nativos con televisores y equipos de sonido para cultivar sus porquerías.

En la época de verano llueve todos los días y en la de invierno todo el día, así lo recuerdo. Allí aprendí algo importante, a leer el dolor de una manera distinta. La selva y su clima malsano tienen la facultad de fortalecer a quien los soporta, eso es pura supervivencia, eso hace particular a su gente. De ellos es admirable la comprensión natural de las realidades de la vida tal como vienen, sin los conceptos preformados por la cultura del hombre blanco. La conexión entre los mundos está ahí, latente, y la buscan por medio del tabaco, o del yagé. Se sienten conectados con sus antepasados, como si para ellos existiera una puerta en el umbral entre la vida y la muerte. Para los indígenas el dolor no es sinónimo de sufrimiento, lo ven como una sensación más, como la fiebre, una respuesta a algo; no hay que lamentarlo, solo vivirlo, luego lo explican y lo solucionan a su manera con ayuda de sus curacas y si estos no son suficientes, han aprendido a amalgamarse con nuestra medicina. Justo ahí radica una labor importante con ellos y con el mundo, en el estudio de las causas a partir de un método científico.

La gente criada en la selva vive en una estrecha conexión con lo espiritual, concibe el equilibrio en medio de la pureza del cuerpo y del alma, corre descalza por la tierra del jaguar con todos los sentidos atentos. En este centro de la biodiversidad del planeta, viven en paz con los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Están conectados con la fuerza interior del hombre. Doctor Ferreira, imagínese por un momento, ¿qué tan invencibles seríamos si pudiéramos transitar por semejantes caminos espirituales de la mano de la ciencia?

Como le decía, ellos no conceptualizan negativamente el dolor.

Buena oportunidad para contarle otra historia.

Se trata de la experiencia del parto de una mujer ticuna que por azar no estaba en la maloca con su partera, sino de paso por Leticia. En general, el parto indígena es una experiencia íntima atendida en el contexto natural de la vida de la madre, no institucionalizado como en nuestra vida urbana.

—¿Cómo te llamas? —le dije al verla.

—Karen Catachunga —respondió inmutable.

—¿Hablas castellano? —pregunté acercándome un poco.

—Nanguxneca erü nidaxawe —dijo en forma inexpresiva.

—No puedo entenderte, pero imagino que se trata de tu bebé, ya viene —dije señalando el abdomen inflado de esa adolescente descalza, de pequeñísima estatura, vestida con shorts rosados y una camisita de algodón azul que ya le quedaba corta.

—Duele su estómago —lo dijo así, en tercera persona, como suelen hacerlo, y acurrucada debajo de la camilla del consultorio soportó el embate de la siguiente contracción.

Pedí permiso a su madre para realizarle el examen ginecológico.

El cuello del útero estaba en diez centímetros de dilatación y alcancé a tocar con mis dedos la coronilla del bebé, me alegró saber que venía en buena posición. Advirtiendo que me quedaba poco tiempo para llevarla a la sala de partos, aproveché los minutos siguientes antes de que su útero intentara de nuevo liberar al niño. La madre aconsejó algo a su hija en lengua ticuna, mientras que Glorita, la enfermera de sala de partos —que me había ofrecido en la mañana desayuno con caldo de cucha—, le indicó que hasta ahí podía llegar. Luego le cambió la ropa ensangrentada por una bata de examen y le canalizó con facilidad una vena para ponerle el suero.

Karen Catachunga no permitió que yo le apoyara los pies en los estribos de la mesa de partos; tampoco acomodó la pelvis en el borde de la camilla, en cambio, se bajó al piso y se ubicó en una esquina de la sala tomándose el vientre bajo para contener el dolor, otra vez acurrucada.

Yo quise respetar su decisión figurándome cómo hacer para evitar que la resbalosa creatura se destortillara contra el piso. Glorita, divertida con mi expresión de desconcierto, me dijo sonriendo que no me preocupara, se sentó detrás de Karen y recibió en su tronco el peso del cuerpo de la cansada adolescente. A continuación le hizo una suave pero consistente presión en el abdomen para ayudarla durante el pujo.

—Coja un campo de los que tengo listos en la mesita, mi doctora, y siéntese cómoda en frente del canal de parto —dijo animada.

Uno está ahí como el convidado de piedra, como un mero espectador. Es bellísimo.

El parto de Karen fue su propio esfuerzo, como lo hacen en su cultura, de cuclillas, de rodillas, o como mejor les parezca. Ella eligió acurrucarse, eso se respeta. Casi en silencio, sin gritos, se meció durante cada contracción en un acto reflejo y pujó de manera sorprendentemente eficiente, o eso me pareció después de haber presenciado los partos de adolescentes urbanas en la escuela de medicina, esas eran para mí, escenas de descarnado dramatismo.

Esos nacimientos a orillas del Loretoyacu están llenos de explicaciones heredadas de los ancestros y protegidas por curacas y ancianos. En algunas comunidades, la placenta vuelve a la tierra, la sepultan de forma no tan profunda para que no crezcan demasiado las raíces de los dientes del niño o niña; se cuidan de los espíritus malos y usan las plantas como parte natural de los ciclos de la vida. Todo cuanto existe puede ser explicado desde la espiritualidad y la existencia del hombre como parte de un todo.

Doctor Ferreira, no sé si esté de acuerdo conmigo, se lo pongo así, la biología es una rigurosa explicación a los derechos y reveses de la materia, pero nuestra naturaleza no se agota allí, ya sabe, estamos hechos también de una dimensión espiritual y la fragilidad del alma sí que puede llevarnos al colapso. Por eso hoy en día existen tratados enteros sobre la visión integrativa de la enfermedad y de la sanación. No sé si usted, como yo, ha advertido que la mediana edad nos pone a mirar hacia adentro, a buscar el origen verdadero de los males individuales y colectivos, a intentar sanar de adentro hacia afuera. Siento desde lo más profundo que también los médicos necesitamos nuestra propia sanación antes de atrevernos a intentarlo con los enfermos. Así como los curacas usan el yagé y se limpian y se hacen dignos de convertirse en curanderos, también nosotros deberíamos buscar un estado más reflexivo a la hora de meter las manos dentro de otro ser humano que busca alivio. El ejercicio de los sanadores místicos y sus rituales tiene un significado profundísimo, si se entiende como una comunión entre ellos y los enfermos desde la fuente de todo, del dolor y la enfermedad, y no desde los órganos como sucede con nuestra llamada medicina holística.

Nuestros ancestros tenían una lectura bastante apropiada de la persona como parte de un todo, pero les faltaba el avance tecnológico, no hay felicidad completa. Es una lástima que no hayamos logrado el punto de equilibrio aún, a veces nuestra carrera evolutiva es tan desorientada, que hacemos del progreso el camino más corto al retroceso.

El tiempo en el Amazonas es para mí un recuerdo cálido, me trae una agradable sensación reparadora. Recuerdo a menudo a mis compañeros de viaje, al escéptico Miguel, solía decirme que me cuidara de los colonos porque todo el que viene para quedarse en una frontera lejana como esta, llega huyendo de algo. Lo recuerdo con claridad porque después de salvarme del dengue que casi me mata, me preguntó:

—¿Clara, usted qué hace aquí, de quién está escapando?

Helada y aún descompuesta por la deshidratación me encogí de hombros.

—De nadie, busco mi propio camino, me aburrió recorrer el que me toca —le respondí.

Ya sabe, a los veinte uno busca el rumbo después de que lo han domesticado, en ese momento andaba.

Sonriendo con ternura, como le pasaba a menudo conmigo, me quitó el vestido empapado por el aguacero que nos tomó por sorpresa de regreso del hospital.

—No se esfuerce tanto, Clara, repóngase, a mí me gusta cuidarla, usted todavía es una niñita —me dijo.

Y me arrulló con su cuerpo inmenso y magro, luego me arropó y se quedó ahí hasta que nos quedamos dormidos.

Cada mañana nos bañábamos todos con el agua fresca que salía de un tubo viejo instalado en el patio, y lo repetíamos varias veces al día para soportar el calor, mientras Miguel les tiraba piedras a los niños fisgones que a menudo se asomaban por la rendija, entre las dos tejas de zinc que hacían las veces de puerta trasera.

Yo después trenzaba mi pelo empapado en un intento por gobernar mis crespos en semejante clima, pero empezó a caerse por manojos y, por esa razón, el 11 de septiembre de 2001 lo recorté, y así lo he llevado hasta hoy.

Cómo olvidar esa fecha. Ese día entré al hospital por la puerta de Urgencias, la pantalla del televisor diminuto de la entrada mostraba el salvaje impacto de un avión contra la torre Sur del World Trade Center, esperaba ver a Bruce Willis en el siguiente cuadro, pero al voltear advertí que todos los presentes se llevaron las manos a la cara para no seguir viendo lo que Noticias Uno transmitía en vivo. La red yihadista Al Qaeda había secuestrado aviones comerciales para estamparlos contra el emblemático centro de los negocios del mundo occidental. Miles de personas murieron, y aunque a mí podría no importarme mientras estuviera en la mitad de la nada, me importó y me dolió, sentí como tantos que ese día se reinventó el terrorismo y el miedo volvía a estar ahí, como cuando los traquetos ponían bombas al azar en mi país, por ahí, donde se les iba dando la gana.

Después de esta larga vuelta por el mundo selvático, doctor Ferreira, vuelvo para intentar contarle por qué me gusta leer su carta en portugués. Amazonas habla portuñol y lenguas indígenas y en el tiempo del relato necesité, por supuesto, comunicarme mejor, así que decidí contratar a un profesor de portugués que venía a la casa médica dos veces por semana; mientras, en la sala, Janis y Fernanda aprendían a bailar pagode con una bailarina preciosa que deleitaba en las noches a los caballeros de la frontera, con su piel morena perfecta y un taparrabos que reemplazaba a los jeans del día, lo hacía para generar una experiencia completa en los clientes boquiabiertos que seguían el ritmo de sus caderas brasileras en las noches.

O que vivenciamos nos dois dias no centro cirúrgico, é minha vida, é assim que sou, sem malabarismos ou subterfúgios, pois não há por que tê-los. Sinto dificuldade em entender a cirurgia como uma ciência ligada exclusivamente à busca frenética de resultados, que se encaixem em todos os dados e metadados baseados em evidências. Eles são importantes, mas não consigo entender uma sala de cirurgia que não seja alegre, que não brindemos à vida, com todo o respeito que ela merece. Como você escreveu, ser cirurgião é olhar nos olhos do paciente, apertar seus ombros com a força necessária para que entenda o amparo, o cuidado, e ao mesmo tempo a capacidade de decidir…, muitas vezes solitariamente.

Qué cierto y bien dicho, entiendo cada una de sus palabras aunque no me atreva a escribir en su lengua para no irrespetarla, es más, le pido que se sienta libre de usarla siempre que quiera hablar conmigo, adoro la musicalidad del portugués y me evoca esa época de reconocimiento de mí misma, de afianzamiento de mi vocación y de encuentro con la razón de todo lo que convertí en mi vida actual.

En el fondo de la botella queda apenas solo un poco de vino que por supuesto tomaré, el Ornellaia no puede perderse.

El reproductor ha dado ya muchas vueltas y ahora anda por Adriana Calcanhotto a dúo con María Bethânia.

Me voy a dormir.

Con cariño,

Clara Inés Sierra Esquivel.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
151 стр. 20 иллюстраций
ISBN:
9789585294349
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