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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia

Bolaño Sandoval, Adalberto

La memoria conmovida: caminos hacia la poesía de José Ramón Mercado / Adalberto Bolaño Sandoval. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2019.

(Humanidades y artes. Literatura y estudios literarios)

Incluye datos biográficos del autor. -- Incluye referencias bibliográficas.

ISBN 978-958-746-200-5 -- 978-958-746-201-2 (pdf) -- 978-958-746-202-9 (e-pub)

1. Bolaño Sandoval, Adalberto - Crítica e interpretación 2. Poesía colombiana - Historia y crítica - Siglo XXI I. Título II. Serie

CDD: Co861.509 ed. 23

CO-BoBN– a1039018

Primera edición, abril de 2019

© UNIVERSIDAD DEL MAGDALENA

Editorial Unimagdalena

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Coordinador de Publicaciones y Fomento Editorial: Jorge Enrique Elías-Caro

Diseño editorial: Luis Felipe Márquez Lora

Diagramación: Mauricio Rafael Torres Barbas

Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro

Editor literario: Clinton Ramírez C.

Corrección de estilo: Gran Caribe, Pensamiento, Cultura, Literatura

Santa Marta, Colombia, 2019

ISBN: 978-958-746-200-5 (impreso)

ISBN: 978-958-746-201-2 (pdf)

ISBN: 978-958-746-202-9 (epub)

DOI: https://doi.org/10.21676/9789587462005

Hecho en Colombia - Made in Colombia

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Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad del autor y no compromete al pensamiento institucional de la Universidad del Magdalena, ni genera responsabilidad frente a terceros.

Contenido

Prólogo

Presentación

Introducción

Capítulo I

La poesía del Caribe colombiano: apuntes para una ¿“identidad imaginaria”?

Los problemas de los conceptos: identidades y memoria

La relación memoria e identidad

Coincidencias temáticas de la poesía del Caribe con las del Caribe colombiano

Identidades y paisaje

Una mirada (muy) general a la poesía del Caribe colombiano

Candelario Obeso, un precursor

Una mirada a la poesía actual

La poesía espacialista, lárica o geopoética del Caribe colombiano: la cuaternidad y la identidad narrativa e imaginaria, procesual y memoriosa

Una “identidad imaginada” para la poética del Caribe colombiano

Capítulo II

La poética de José Ramón Mercado

Mercado: una presentación a través de una mirada generacional y geocultural

La escritura del paisaje, la poesía de la experiencia y del monólogo interior

No solo poemas y El cielo que me tienes prometido: Crónicas coloquiales de pasiones y compromisos

Monólogo dramático y correlato objetivo en Retrato del guerrero y La noche del knock-out y otros rounds: dos casos de identidad latinoamericanista y memoria histórica y cultural

La técnica de los monólogos de locución dramática

Capítulo III

Entre el simbolismo y lo popular

Poeta de las imágenes: De Agua de alondra a Agua erótica

Árbol de levas: La poesía metaliteraria y social del cronista contemporáneo

Autorreflexividad y burla de la jerga capitalista

Poesía, cultura popular y el discurso musical del mestizaje: la gaita y el jazz en Retrato del guerrero, La noche del knock-out y Tratado de soledad

Poemas y canciones recurrentes que a simple vista revelan la ruina del alma de la ciudad, o el camino de las hipérboles, los poemas morales y la metapoética exagerada

Los días de la ciudad: ciudad del infierno o el poeta urbano y el retorno

Capítulo IV

La reincidencia del paisaje, la poética del linaje y las ficcionalizaciones autobiográficas

Agua del tiempo muerto: la reincidencia del paisaje y de la memoria

“Estancia del poeta”: región, matria, geosímbolo, memoria

“Del tiempo muerto”: la mirada de los otros

La casa entre los árboles: memoria familiar, valor y poesía del linaje, poemas dramáticos y dramatis personae

Pájaro amargo: la “literatura de los hijos”, las ficcionalizaciones autobiográficas y la abyección

Autobiografía, poema metaficcional y estética del pudor

La estética pulsional y catártica, la muerte y la intensidad del pudor

Capítulo V

Tratado de soledad y Vestigios del náufrago: paisaje conmovido, memoria traumática e inventarios

Vestigios del náufrago: últimas noticias e inventarios

Otra vez, la memoria intimidada

Los victimarios retratados

Un poemario lleno de inventarios

Conclusiones

Referencias bibliográficas

A Mary, Cajli, Dianita y Leidy,

infaltables compañeros de ruta

Un mundo nuevo requiere nuevos modos de pensar y, a la inversa, pensar de una nueva manera suscita nuevos mundos.

William Rowe

Describir el paisaje no es suficiente. El individuo, la comunidad, el país son episodios, componentes inseparables de su historia. El paisaje es un personaje de la historia.

Edouard Glissant, El discurso antillano

En general, el papel de la memoria en la creación artística es subestimado; el arte realmente olvidadizo con el pasado no conseguiría hacerse comprender.

Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria

La poesía siempre supo esgrimir su firme decisión de voluntad libre y volver a la memoria de las palabras para hallar en ellas el tiempo sensible

Julia Kristeva, El porvenir de la revuelta

Sueño con el silencio

del día anterior a que Adán

diera nombre a las bestias.

John Burnside, Conjeturas y esperanza

Prólogo
Una poética del Caribe a través de la memoria, la identidad y la cultura

¿Qué pasa con la crítica literaria en Colombia? Es una reflexión que toca las puertas de los escenarios universitarios. ¿Cómo y de qué manera se aborda la poesía en los ámbitos académicos? Es la otra pregunta que inquieta en el quehacer de la crítica actual. Aún aparecen esos vetustos modelos de análisis en donde se mide el verso por el número de sílabas o se mete el poema en una especie de batidora para que de ahí salgan apreciaciones o interpretaciones nunca imaginadas por el poeta. ¿Y qué pasa con el lector común y corriente, ese lector que desafía la palabra trasgresora e inicia el viaje por las sendas musicales de los versos? La poesía es esa compañera inseparable de nuestra existencia y trasciende el tiempo a partir de la añoranza y la ensoñación. Por eso la poesía no admite ataduras, pues ella es testigo de nuestros sentimientos, anhelos y pasiones. Y esto es lo que busca o rastrea el lector de poesía.

Ahora bien, al otro lado del mundo del poeta está el crítico literario, este oficio que el Maestro Alfonso Reyes, con un poco de albur, desdeña y señala como la cenicienta de la literatura. Entonces, el crítico, en el abandono y en el desconcierto de la soledad, apela a Aristóteles con su Arte poética. Sus planteamientos son, de alguna manera, ilustrativos, pero de ningún modo indispensables para el análisis del poema moderno. Entonces, de ahí en adelante la poesía ha estado sometida a los patrones de un método y a la clasificación de acuerdo con lo escrito y su intención: verso o prosa, por tales razones aparece la clasificación de la obra literaria en géneros. Posteriormente, la taxonomía del autor según la época y la vinculación a un movimiento literario. De otro modo, podemos conocer el ambiente social, cultural e ideológico a partir de un acercamiento a la obra literaria desde unas perspectivas sociológicas o filosóficas, las cuales permiten un diálogo o bien una empatía discursiva entre obra literaria y formas de pensamiento o estructuras sociales e históricas. Este crítico atlanticense retoma los orígenes de la poesía del Caribe y los actualiza en el verbo hecho misterio en la poesía de José Ramón Mercado.

De acuerdo con lo anterior, Adalberto Bolaño acoge estas corrientes de la teoría literaria y centra sus propósitos en la esencia de la poesía y, de ella, la palabra en el tiempo y en el espacio. Su atención es la lengua poética y penetra a la realidad circundante y a la esencia del ser costeño en lo más íntimo y secreto de la existencia. Sobre este aspecto retomo las palabras del maestro brasilero Antonio Cándido, quien considera que el factor social es determinante cuando aporta solamente la materia que sirve de vehículo para conducir la corriente creadora, que se expresa en el ambiente, costumbres, características de grupo e ideas; lo que en palabras de Lukács equivaldría a preguntar si dicho factor interviene únicamente para hacer posible la realización del valor estético. Precisamente, Adalberto Bolaño Sandoval recoge esa tradición de la teoría literaria y amalgama esos saberes en el ambiente caribeño por el cual desfilan los poetas que aborda en este libro.

La poesía del Caribe es el primer capítulo, es el anuncio y preparación para entrar al libro de Adalberto Bolaño. En este aparecen minuciosamente referenciados Raúl Gómez Jattin, Luis Carlos López, Jorge García Usta, Rómulo Bustos, Gabriel Ferrer, José Ramón Mercado. De sus poemas, Adalberto propone una poética del Caribe, poética muy particular pues solo en ella aparecen los versos del sentimiento caribeño, bien en la música, en la contemplación del paisaje o en el rescate de la memoria; tres ejes temáticos que Adalberto, como crítico literario, presenta de un modo sostenido a lo largo de sus interpretaciones sobre la poesía de José Ramón Mercado.

En este libro, ante la incertidumbre del crítico frente al poema o al universo poético, están las directrices, tanto de la lectura como de la interpretación y análisis de la poesía. Bolaño señala la senda teórica que bien el profesor de literatura o el lector de poesía desea una vez haya pasado por sus ojos una considerable cantidad de imágenes y metáforas. El quehacer frente al lenguaje poético, ceñido por un lenguaje intrincado, tiene su cauce cuando encontramos en este libro de Bolaño una red que revela cómo se lee al poeta. Un poema no dice nada del poeta, no nos acerca a su universo, por el contrario, aleja al lector, al joven que no encuentra una salida salvadora a las dudas que quedan después de una lectura fatigosa de unos versos.

Bolaño tiene una propuesta clara y sencilla. La expone pacientemente y al final del libro el lector ya tiene resuelta la inquietud en términos de la poesía. Bolaño dialoga con el lector y desde su actitud profesoral, desde su voracidad como lector, recomienda que la poesía es asequible cuando tejemos el hilo de las imágenes y las metáforas en un solo haz llamado memoria, paisaje o identidad. Nos dice que la lectura del poema es una forma de hacernos más contemporáneos y más cercanos a épocas pasadas, pues pone a conversar hombres de años lejanos con hombres del presente, propone encuentros con poetas del Caribe y lectores de otros ámbitos y regiones. Su libro La memoria conmovida. Caminos hacia la poesía de José Ramón Mercado, traza ese oficio del lector de poesía, oficio que Bolaño reivindica a través de las páginas de este nuevo libro, pues ya en Jorge Luis Borges: del infinito a la posmodernidad (2011) sienta las bases de su quehacer notorio como crítico de la literatura.

Ante todo, nos invita a que seamos buenos lectores y que viajemos a lo largo del tiempo para ese encuentro con el pasado y en este traigamos al presente a figuras del deporte y de la música, figuras que hicieron grande a Colombia. Ese encuentro es gracias a la poesía de Mercado, poesía que Bolaño ha leído y estudiado con pasión, y aquí retomo al Maestro Rafael Gutiérrez Girardot cuando dice que el estudio es una pasión. Es también una ventura y un riesgo, y Bolaño lo ha entendido muy bien, pues no solo sienta las bases en torno a la poesía del Caribe sino que también promueve ese fuego que arde en la conciencia del hombre costeño, como es la identidad a partir del encuentro con la palabra que lo identifica, y esto lo configura muy bien el poeta José Ramón. Es la pasión que el profesor debe despertar desde su oficio de orientador, pues este estudio de la poesía del Caribe persuade, convence y provoca el gusto por la poesía.

HERNANDO MOTATO C.

Profesor de Literatura

Universidad Industrial de Santander

Presentación

El libro que el lector sostiene en sus manos, La memoria conmovida. Caminos hacia la poesía de José Ramón Mercado, es el pretexto de Adalberto Bolaño Sandoval para dar a conocer, mostrar, encaminar —en sus palabras— la obra del poeta sucreño José Ramón Mercado (JRM), con la esperanza de que se forme “una política del gusto y una apertura de resignificación a la obra de Mercado, constituyéndose otras miradas que reconozcan a un autor que muestra nuevos sentidos, nuevas significaciones, y, con ello, se replanteen otros horizontes para la poesía del Caribe”, como indica en su texto más adelante.

Fruto de una investigación académica conducente a obtener su maestría en Literatura Hispanoamericana y del Caribe, el texto es un excelente ensayo de apreciación que recoge la tarea del crítico literario más allá de simplemente dar a conocer la obra en cuestión. Al respecto, es interesante anotar cómo Bolaño “cumple” con la desiderata señalada en su momento por W.H. Auden1, uno de los más grandes poetas y ensayistas contemporáneos, cuando al referirse a la función del crítico literario señala, entre otras, la de acercar al lector a escritores y obras que desconocía, que no había leído con la debida atención, o la de lograr una mejor comprensión de la obra o develar los procesos internos de construcción artística, en fin, de manera contundente, “arrojar luz sobre la relación entre el arte y la vida”.

Y es sobre el arte y su relación con la vida en donde Bolaño incide: el paisaje, la memoria y la identidad, como vínculos entre la vida y la poesía, para replantearle a esta última nuevos horizontes en el Caribe, lo cual se consigue con creces a lo largo de las 410 páginas del relato crítico que hace Bolaño, a partir del paisaje y la memoria en la poesía de JRM. Estos dos términos, omnipresentes en la historia de la literatura, no podían ser más poéticos, entendidos como leitmotiv “transformadores” (poyéticos). En efecto, paisaje, —procedente del francés pays (campo), que originará también país, aludiendo a ‘territorio rural’, la parte de un territorio que puede ser observada desde un determinado lugar o al espacio natural admirable por su aspecto artístico—, está tan atado a la poesía del vate costeño, como a la de cualquier poeta —desde Homero hasta Cavafis, Hölderlin, Withman, Neruda—, solo que en el autor estudiado se magnifica porque se constituye en un personaje telúrico del cual no se puede desasir una poética del Caribe, por las implicaciones que tiene el poseer un cielo ilímite, una tierra sin confines y un mar sin horizontes.

La memoria, por su parte, mutada en poesía, permite que esta última acontezca de alguna manera como un nuevo modo de existencia, como una forma de relacionarse y concebir el mundo, como una acción política e incluso como un acto de poder. No en vano, desde los griegos, y aún en nuestros tiempos, el lenguaje poético continúa basándose en la alegoría e intenta hacer visible lo conceptual como una práctica de autoconocimiento que se crea y recrea una y muchas veces a través de la memoria.

A paisaje y memoria, el autor añade la identidad, entendida inicialmente como cierto aire de familia presente en otros poetas del Caribe, compañeros de viaje, en los que se advierte cierta identificación en las temáticas: “la familia, lo filial, el espacio”. Otra clase de identidad podría ser entendida también como igualdad, semejanza, compatibilidad, en fin, su naturaleza, el ser-de-ahí, la misma impronta, el sello característico del ser Caribe, una ontología que se entiende desde el mismo poeta y su relación con la tierra (el lar). En la lectura de los poemas más representativos del autor estudiado —lo que podría extenderse a toda su obra— se evidencia entonces una idiosincrasia Caribe clara, manifiesta inicialmente en el lenguaje, luego en el paisaje y también en los personajes, que permea, en fin, todo el ethos del poema. Es lo que hace afirmar a Bolaño que, en JRM “confluyen de manera atildada una geopoética donde el espacio como paisaje y la memoria y la identidad dialogan”.

Leído el libro como una rayuela, es posible avizorar cómo el paisaje, “en tanto representación humana del espacio, salta como punto de relación, encuentro y creatividad a través de la experiencia vivida del poeta” (indica Bolaño más adelante). Es un paisaje antropomorfo, que habla, que participa, un espacio que trasciende los lindes de la geo-grafía para que sea pensado como una “memoria de la experiencia”. A simple vista, se entiende tal memoria como parte activa y constitutiva de la historia entroncada con una mnemogeografía (una geografía de la memoria, como la denomina Bolaño) lo cual nos guía, a través de la palabra, a los orígenes, al territorio del creador. Como otro ser vivo, como personaje propio, el poeta se alía con él y, ya en sus entrañas, se apropia de ese paisaje, para hablar-lo, reflexionar sobre, interpretar-lo, traducir-lo. Tal labor no puede realizarse, aislada de la memoria, por lo que recordar (de re: nuevamente, y cordis: corazón) tal paisaje para transcodificarlo, transformarlo, contrae, de hecho, una explicación (un análisis, si se quiere) que el poeta elabora de ese paisaje a través de una hermenéutica ad hoc.

Lo que aclara el crítico es que lo que permite que lo anterior ocurra se debe a que simplemente la memoria siempre estuvo allí, ya sea que se entienda como los lugares de la memoria o la memoria de los lugares, con la justificación de que el poeta estaba allí para visibilizar el paisaje, los lugares, el territorio, la tierra, el lar nativo.

El papel de la memoria adquiere así una dimensión trascendental para que se instaure un giro hermenéutico de la poesía, palpable en la obra de JRM. Se dirá que es una constante en las poéticas universales. En efecto, lo es. Pero aquí se trata de una nueva dimensión, se trata, como lo anota Bolaño, de “dar importancia a la vida real de las gentes”, “por otorgar fundamento al relato en tanto representación”, y cita allí los casos de Candelario Obeso y Jorge García Usta, como conciencia y lenguaje redefinidos con base en lo regional. En su orden, JRM nos introduce en una saga, una tradición, con la presencia de personajes históricos o familiares, lo que da origen a una “poesía de la experiencia”. Memoria y hermenéutica religados en un encuentro de historia (tiempo), espacio (paisaje, lar, cosmos) y vida (vivencia, experiencia) para mostrar la presencia de una particular poética antropológica evidente en cualquiera de sus poemarios.

Con el telón de fondo de la obra de JRM, el texto de Bolaño alude a una historia posible de la poesía regional (y, por contera, de la colombiana) para llenar vacíos en tales estudios. Con base en autores connotados —Williams, Perus, entre otros—, nuestro crítico postula la exigencia (urgente, diríamos) de que se creen cánones regionales que impulsen los apoyos que desde la región se proyecten a la literatura nacional. La discusión se abre a partir del interrogante de si existe o no un canon nacional, a lo cual se responde afirmativamente. Pero a este canon se le puede intervenir, y, como señala Bolaño, “reabrirlo conlleva postular creaciones subversivas y minoritarias, desafiantes, mediante versiones artísticas que agudicen los sentidos, cuestionen, y, sobre todo, que alcancen su difusión ´nacional´, buscando, además, una renovación cultural”. El solo hecho de abordar el estudio de un autor como JRM es ya un comienzo para poner en marcha lo anterior, ya que analizarlo desde las perspectivas del paisaje, la memoria y la identidad exige, según Bolaño, la puesta en escena de una hermenéutica transdisciplinar en la que confluirían tanto la sociología, como la antropología, junto a la historia y la filosofía, atravesada, muy ampliada, y relacionada con la valoración estética. Como se trata de una apuesta nueva, los riesgos son muchos, pero insiste en que de eso se trata, de “buscar las conjunciones donde no las haya, declarar abierto lo plural y el diálogo. Aquí complejidad e inestabilidad significan, pues, búsqueda, encuentro y, seguramente, descubrimiento”.

En tales búsquedas, Bolaño desgrana inicialmente temas que son fundantes para una crítica de una poética del Caribe colombiano, tales como la mencionada identidad, pero pensada en clave distinta: una identidad imaginaria/imaginada. ¿Hasta dónde es posible reunir casa-experiencia-oralidad-memoria-entorno-familia?, el crítico nos lo muestra con ejemplos, a lo cual se añade una característica también interesante en el Caribe: la poesía del linaje, como representación poética de la memoria de la familia del poeta (presente también en los cantos vallenatos).

El libro de Bolaño trata de acicatear al lector para que asuma también, desde las primeras de cambio, los problemas que contraen los conceptos puntuales de su estudio: las identidades y la memoria, relacionadas por un hilo que ata las coincidencias en los temas que trata la poesía del Caribe en general con la propia poesía del Caribe colombiana, quizás bastante evidente en el paisaje, para proseguir con el examen de la poética de Mercado, observada desde una perspectiva generacional y geocultural, uno de los atractivos del estudio.

Desandando un poco, Bolaño se adentra y encuentra también vetas interesantes para analizar en los procesos y lenguajes simbólicos y la mezcla con lo popular en el uso de imágenes que hace el poeta; en esa poesía metaliteraria y social, plena de autorreflexividad y de burla hacia la jerga capitalista; en la cultura popular y el discurso de la música del mestizaje en donde invita por igual a la gaita y el jazz, o en el camino de las hipérboles, los asuntos morales y la metapoética exagerada, en el poeta urbano y el retorno.

Otros aspectos tienen que ver con la reincidencia del paisaje y la memoria familiar, sin dejar a un lado la región y la matria como geosímbolos. Es también sugerente la presencia de la poesía del linaje, los poemas dramáticos y la noción de “paisaje conmovido”, congruente con la “memoria traumática” que impacta tanto al lector que se aproxima por primera vez al poeta sucreño.

El estudio, poemario por poemario, permite identificar caracteres propios de la poesía de JRM, direcciones, caminos. Quizás la clasificación permite al crítico parcelar la obra para adscribirle etiquetas, las cuales se validan en el propio análisis. No obstante, a lo largo de la obra total, es posible observar cómo se extienden tales caracteres a través de guiños retro y prospectivos. Por ejemplo, el tema de lo social, la autorreflexibilidad y la cultura popular de los poemarios iniciales en donde es posible encontrar una identificación o identidad latinoamericanista, y la aparición temprana de una memoria histórica y cultural, lo cual se reitera después en poemarios ulteriores. Pero el crítico nos muestra también que el lenguaje y las figuras retóricas armonizan con la poesía dialógica, la citada autorreflexividad, los personajes populares muy propios de la región, la muy de moda para la época antipoesía y el lenguaje intimista. No es sorpresa encontrar en JRM a la “poesía de la experiencia” española de la misma época, que empleaba a menudo el monólogo dramático y el correlato objetivo como técnicas líricas.

La memoria conmovida. Caminos hacia la poesía de José Ramón Mercado, permite, por la riqueza poética del autor analizado, que sea posible realizar un recorrido crítico desde el “paisaje conmovido” hasta la “memoria traumática”, subejes del paisaje, la memoria y la identidad. Temas en los que confluyen también otros conceptos como el espacio, el poder, la autoficción y la escritura. La idea es observar cómo en JRM se construyen conceptos tales como paisaje, espacio, conciencia histórica, alteridad, temporalidad, comunidades imaginadas, temas ontológicos, que posteriormente, a través de la expresión poética, articula las variables de identidad. Estaríamos entonces frente a otra dimensión de la poesía caribeña-colombiana, procedente de la poesía del Caribe con sus mitos fundacionales, con sus referentes sociohistóricos pero abiertamente diferente en la mirada y la expresión del mundo a través del arte.

Lo que plantea Bolaño —en sus propias palabras— es que la identidad narrativa está ligada al tiempo, a la historia, y en su expresión se encuentra ligada a la experiencia. Y si no hay pasado, no hay futuro porque “el pasado representa el fondo de nuestra identidad, la cual pasa de ser algo adscrito a una elección de carácter: elijo y me transformo y procuro realizarlo también con el mundo”.

Este libro de Bolaño es una apuesta crítica para pensar y repensar nuestra historia literaria regional y darnos cuenta de que somos parecidos pero distintos, y de que debemos comenzar por descubrir nuestros poetas, nuestros novelistas, nuestros cuentistas, algunos de los cuales, como el caso de JRM, ni siquiera han sido leídos alguna vez. Por lo anterior, esta es también una invitación del autor del estudio crítico para que lo leamos y comprobemos todos, algunos o ninguno de los asertos de este libro. Es, asimismo, la buena nueva de la irrupción de un género, que, como la crítica literaria, debería tener más cultores —sobre todo en nuestro patio— y no ser escasamente contados.

ELEUCILIO NIEBLES REALES

Profesor titular de la Facultad de Ciencias Humanas

Universidad del Atlántico

1. En Edmund Wilson, Obra selecta (Lumen, 2008). Auden, candidato al premio Nobel de Literatura en 1963, junto a Neruda y Seferis, quien lo ganaría finalmente.

Introducción

La poesía de José Ramón Mercado Romero (1937- ) recorre un largo camino desde 1970, cuando publica su primer libro No solo poemas, hasta el año 2016, cuando edita el último, Vestigios del náufrago. Antes de este, Pájaro amargo, del 2013, desglosaba un hermoso y profundo cobro de cuentas en una especie de Carta al padre. Un poco más atrás, Tratado de soledad, del 2009, presentaba una especie de compendio en el que se cruzan todas sus preocupaciones poéticas: poesía del lugar, del espacio, de la familia, pero también una preocupación social —cívica de alguna forma, política en otra—, en fin, una acepción que conlleva una propuesta en la que subyace, por un lado, la memoria del pasado, encarnada en una poesía lárica, relacionada con los recuerdos de la infancia y del entorno del paisaje. Y, por el otro, como fondo de ella, una poesía adánica, la cual da por primera vez nombre a las cosas, tal como lo señala el premio Nobel de literatura Derek Walcott con su propia lírica. Pero también una memoria traumática, donde la experiencia del duelo por los asesinados por la violencia no es superada y abruma a la comunidad, constituyéndose en una percepción que replantea la moral, la ética y la política. Este texo dialoga ampliamente, por sus temáticas, con Vestigios del náufrago (2016), su último poemario.

Además, la suya ha sido una poesía que revela una visión del paisaje del Caribe colombiano y, con ella, una estructura de sentimientos (R. Williams) y sentidos, una experiencia materializada de su vida y su entorno, conjugándose así una compleja versión interpretativa del Caribe, una hermenéutica lírica relevante y novedosa.

Este libro se propone estudiar la obra poética de Mercado Romero, conformada por catorce poemarios, a través de la conjunción de tres temáticas unidas indisolublemente: paisaje, identidad y memoria. Enmarcada en esta investigación, se conjuga un estudio desde el cual se enlazan varias perspectivas de análisis (estéticas, teorías literarias, filosóficas, geográficas, históricas, arquitectónicas) en la búsqueda de descubrir dimensiones más profundas en este poeta del Caribe colombiano, que concluyan, de algún modo, en una mirada cultural.

Dentro de los tres temas tratados confluyen, al mismo tiempo, otros conceptos: espacio, poder (que se puede replantear como “lo político”) y escritura. Por ello, en el primer capítulo, por ser catorce poemarios, las preguntas son muchas y las respuestas pueden ser infinitas, razón por la cual he decidido exponer varios niveles: el primero, desde lo temático, en el que he considerado necesario explicar los conceptos teóricos en que se fundamentan el libro: memoria, identidad y paisaje, y cómo confluyen. He procurado darle realce a este capítulo, pues, como propuesta hipotética, téorica de algún modo, reconsidera en mucho estos términos y busca darles un nuevo entrelazamiento y brindar otras problematizaciones. Así, he querido, también, replantear el pensamieno de Martin Heidegger, en cuanto a la condición que propuso del concepto habitar para el ser humano como construir y pensar, dándole un vuelco más desde una concepción caribeñista, inclusive latinoamericanista, que cuestiona así las condiciones esencialistas y eurocéntricas que el filósofo alemán expresó en algunos de sus ensayos.

Parto, entonces, del concepto de paisaje, pues este, en tanto representación humana del espacio, salta como punto de relación, encuentro y creatividad, a través de la experiencia vivida del poeta, como “memoria de la experiencia” (LaCapra, 2006)2, como parte de la historia, la cual tiene que ver, a su vez, con la conjugación de la geografía de la memoria que conduce a pensar en el lugar de origen del creador. El autor, entonces, revisa el paisaje, se introduce en él, lo analiza, lo interpreta y lo historiza: pone en situación el simple habitar.

Busco, en este sentido, darle otro sesgo a los constructos de memoria y paisaje. Para varios de los poetas del Caribe recordar el paisaje y transcodificarlo implica su explicitación, por lo que su obra se constituye en una aproximación hermenéutica (Erice, 2006) en una interpretación que lo ubica, a través de la memoria, en la Historia. La memoria indica que este paisaje estuvo siempre allí y faltó hacerlo visible, y, por eso, el poeta lo expresa de manera adánica, razón por la cual la memoria contribuye a darle un giro hermenéutico a la poesía: el paisaje hay que develarlo, hacerlo hablar, de manera que el poeta sea su descubridor, su Adán, a través de la memoria de su experiencia.

En cuanto a la confluencia temática, se advierten varias identificaciones entre algunos poetas del Caribe colombiano: Candelario Obeso, Gabriel Ferrer, Jorge García Usta y José Ramón Mercado: la primera, que conjuga y redefine la conciencia y la dimensión lingüística a partir de una estética que acude al paisaje como estrategia de la memoria; la segunda, que se observa en la existencia de la casa, la familia y lo filial, elementos que hacen converger de manera atildada una geopoética, en la que el espacio (en su versión de paisaje), la memoria y la identidad dialogan de manera central, y, en palabras de Fernando Aínsa (2007), en “el modo como nos apropiamos de nuestro entorno (topos) por la palabra (logos) para hacerlo inteligible e intentar comprenderlo” (p. 1).

Esa “poética geográfica” conlleva, además, proponer otro elemento confluyente en esos poetas del Caribe colombiano: una “identidad imaginada” o “imaginaria”, centrada en reconstruir la expresión literaria como una especie de conocimiento inacabado, manifiesto en un lenguaje cotidiano, pero que explora y revela la subjetividad reflexiva y crítica del artista. El poeta desdeña las explicaciones, las estructuras, pero adopta el símbolo y sus diferentes significados; adopta también los contextos y las vidas de la gente. Para ello, le introduce a su lírica una naturaleza narrativa, y, con ello, una identidad narrativa (Ricoeur) en la que muestra su vivir con los otros y narra desde su yo. El mundo del poeta, prefigurado, es expuesto, figurado en su obra aprehendida por el lector, quien la adopta, la adapta, la hace suya, la reconfigura. Como en el caso de Candelario Obeso y Mercado, se presenta una muestra viva de que los otros existen y solo se representan como traductores de sentimientos: me narro a través de los otros, soy, en verdad, la voz de los otros.

Este primer capítulo culmina con una comparación entre las semejanzas y diferencias que se pueden destacar entre la poesía del Caribe en general y la de la región Caribe colombiana, las cuales contribuyeron a definir un mapa de lectura en que el que muchas veces se propusieron de manera aislada el paisaje, la identidad y la memoria, como elementos firmemente constitutivos.

Luego de ese recorrido teórico, en el capítulo segundo se analizan varios de los poemarios de José Ramón Mercado a partir de una contextualización generacional y de cómo deviene esta poesía de los años setenta, ochenta y noventa, en parte del compromiso latinoamericanista y político del autor, a través de las diversas estrategias que como dramaturgo y narrador ha utilizado en su larga trayectoria. Entre los textos de esta época y tópicos destacados se encuentran No solo poemas (1970), El cielo que me tienes prometido (1983), Agua de alondra (1991), La noche del knock-out y otros rounds (1996) y Agua del tiempo muerto (1996), entre otros.

Coherente con lo anterior, el capítulo número tres, titulado “Entre el simbolismo y lo popular”, permite observar un poeta que ha abordado múltiples orientaciones. Así, Mercado se asume como “poeta de las imágenes” en los poemarios Agua de alondra y Agua erótica (2005), especialmente en el primero, en el que los versos observan una tendencia simbólica, de pureza, frente a los otros poemarios; proceso llamado por el crítico Carlos J. María de reconditación, “extrañamiento”, hermetismo muy dado en poetas como Quessep, Rojas Herazo y Rómulo Bustos.

En esta sección se da cuenta también de varios ejes en la obra de Mercado: una poesía metaliteraria y social, ya señalada anteriormente, en la que se exponen las características de la “poesía de la experiencia” latinoamericana y española, a saber, la autorreflexividad y la burla de la jerga capitalista. Además, la cultura popular, a través de la gaita, el jazz y el mestizaje colindan como preocupaciones de José Ramón Mercado; aunado a ello, Mercado adopta un retorno al camino de las hipérboles, los poemas morales y una metapoética exagerada en Poemas y canciones recurrentes que a simple vista revelan la ruina del alma de la ciudad y la pobreza de los barrios de estratos bajos (2008). Hay un retorno reflexivo y un cambio temático en Los días de la ciudad (2004), donde, a través de una crítica acerba, se muestra el artista como un poeta urbano que reflexiona sobre un entorno doloroso y contextualizado: la Cartagena de finales del siglo XX, tras la cual existe también una ciudad donde la memoria del pasado recrea la música popular.

En el penúltimo apartado, se conjugan la poética del linaje, estética que busca mostrar cómo al poeta Mercado lo cruzan los retratos familiares de los memento mori, los momentos de vida y mortalidad que se recuerdan de manera elegíaca, especialmente en La casa entre los árboles (2006), Pájaro amargo (2013) y Vestigios del náufrago (2016). Así mismo, se realiza un análisis sobre Pájaro amargo, penúltimo poemario del autor, que, por comodidad temática y en una especie de postulación anacrónica, se ubica seguidamente de La casa entre los árboles para darle continuidad expositiva al tópico de la poética del linaje, término que propongo como constructo que guía a muchos poetas del Caribe colombiano.

En el capítulo de cierre se observa que en Tratado de soledad (2009) discurren varias temáticas ya trabajadas con anterioridad, pero que aquí cobran mayor solidez, pues la escritura lírica se ha decantado aún más y ha dejado atrás el espíritu del “compromiso”. Allí, merced a esa profundidad lírica, se ahonda en el estudio de cinco poemas donde aflora la violencia colombiana de los últimos años; textos que se constituyen en expresión de una “memoria traumática” —concepto de Paul Ricoeur que reivindica que la poesía puede afrontarse como memoria ejemplar, memoria de los dolores del ser humano y de su liviandad en el mundo político—. Esta poesía apelativa se cubre de ira, de catarsis penetrante y ética, de denuncia y testimonio, de forma que Mercado hace una revelación en la que se escenifica una conciencia estética e histórica y una crítica de un presente lleno de padecimientos.

A este apartado se agregan también algunas páginas de análisis acerca de su último poemario Vestigios del náufrago, publicado en el año 2016 (cuando ya este texto se encontraba en edición), para mostrar tangencialemente la valía de este texto, el cual dialoga y amplía con mayor certeza la madurez estética alcanzada por el autor.

En cuanto a lo académico y lo canónico, se proponen líneas posibles de trabajo, no solo desde lo temático sino desde lo transdisciplinario, para comenzar a trazar una historia de la poesía regional, y, por extensión, de la poesía colombiana, pues este tipo de estudio no ha sido desarrollado de manera sistemática, con la metodología o direccionamientos necesarios, salvo algunos textos muy contados. De alguna forma, hago eco a las propuestas coincidenciales de Raymond Williams en Novela y poder en Colombia (1991), acerca de establecer cánones regionales; a la de François Perus (1997), expuesta en “En torno al regionalismo literario: escribir, leer, historiografiar desde las regiones”, en la que plantea la necesidad de crear cánones territoriales que dinamicen el aporte provincial a la literatura nacional, pero, sobre todo, que se fortalezcan. Esta propuesta es similar a la desplegada por Álvaro Pineda Botero para la narrativa del Caribe colombiano en cuanto a establecer “cánones sueltos” o “mapas transitorios de navegación”, elaborados con libertad y por fuera de los centros de poder (1995), y a la de Juan Gustavo Cobo Borda acerca de la urgencia del “trabajo sectorial, regional, la monografía individual sobre los poetas de valía”, lo que significa dejar atrás la labor de divulgación, por una más cualitativa, de exigencia y valoración (Pineda Botero, 2003, p. 413; Cobo Borda, 1985, pp. 232-233).

Ante lo anterior, se piensa entonces: ¿existe un canon nacional conformado? Por supuesto, y, de cierta forma, dominante, abierto en la narrativa hace cerca de cien años, continuado por García Márquez y Cepeda Samudio, Héctor Rojas Herazo y Germán Espinosa, y en la poesía, por Rojas Herazo y Giovanni Quessep. Reabrirlo conlleva postular creaciones subversivas, minoritarias y desafiantes, mediante versiones artísticas que agudicen los sentidos, cuestionen, y, sobre todo, que alcancen su difusión “nacional”, que busquen, además, una renovación cultural.

La escogencia de Mercado obedece a otra necesidad: resaltar la obra poética de uno de los autores casi desconocidos en el orbe nacional, pues solo al observar las publicaciones (antologías, revistas, revisiones) sobre la poesía del Caribe colombiano (y de Colombia), ya puede verse que su inclusión es poca, solo reconocida en dos o tres antologías nacionales y dos regionales, las cuales, como es obvio, no presentan la dimensión de una poética representada en catorce libros publicados. Una de ellas es su mención en el libro Quién es quién en la poesía colombiana (1998), de Rogelio Echavarría, en el que, equivocadamente, se indica que su fecha de nacimiento es 1941 y no 1937. Aunque esta inclusión en el libro de 1998 no representaba la obligatoriedad de aparecer nuevamente en otro (aunque sí representa una incoherencia), en el texto publicado al año siguiente por Echavarría, Antología de la poesía colombiana —una larga, uniforme y desequilibrada exploración selectiva—, Mercado es extrañamente excluido, a pesar de que para la fecha llevaba seis poemarios publicados.

Otro ejemplo de estos ejercicios excluyentes a la poesía de José Ramón Mercado y varios poetas del Caribe colombiano se observa en el artículo “treinta años de poesía colombiana: 9 metáforas y bibliografías”, de Luis Iván Montoya, del año 2003, en el cual no aparece información sobre los poemarios editados por Mercado hasta esa fecha—No solo poemas (1970), El cielo que me tienes prometido (1983), Agua de alondra (1991), Retrato del guerrero (1993), Árbol de levas (1996), La noche del knock-out y otros rounds (1996) y Agua del tiempo muerto (1996)—. En el caso de Montoya, aparecen mencionados los poemarios de Jorge García Usta Poemas de la errancia (sic), como metáfora familiar, y El reino errante y Monteadentro, como metáforas del país. ¿Fue esta una metáfora de lo excluyente?

En otros tres textos de análisis sobre la poesía colombiana, Gustavo Cobo Borda revela igual exclusión: “Poesía colombiana: el decenio del 80” (1988), “La poesía de un país en liquidación” (1999), “Una década de poesía: 1999-2008: las definitivas ausencias” (2011). En el primero, Cobo Borda traza un canon en el que no incluye a ningún poeta del Caribe colombiano, salvo a Giovanni Quessep; en el segundo, no describe la liquidación y la memoria de Mercado, y se refiere al cuarteto costeño integrado por Gómez Jattin, Gustavo Ibarra Merlano, Meira Delmar y Rojas Herazo; y en el tercero, señala los aportes de Rojas Herazo y García Usta dentro de su crónica de los ausentes y, de los maestros, a Quessep. No obstante, en Historia portátil de la poesía colombiana (1885-1995), en su ensayo “La década del 70” (1995), Cobo Borda incluye a Álvaro Miranda, José Luis Díaz Granados, Jaime Manrique Ardila y Mónica Gontovnik.

¿Problemas de divulgación? ¿Mera exclusión? ¿Olvido? ¿No podía empezar a pertenecer al canon establecido? ¿No pertenecía a algunas de las metáforas que hipotetiza Bedoya como eje poético de uno o más poetas? ¿Solo esos poetas del Caribe mencionados por Cobo Borda son dignos del canon?

Debe destacarse que, en el caso de José Ramón Mercado, la poesía, en tanto expresión estética, conlleva no solo una política artística sino una posición ética, y es justamente esta la que enmarca en mucho su poesía: una ética que se revela también como una moral, un acto de preocupación por el ser humano; una poesía acendrada como un acto ético y político (obviamente, en el mejor sentido), una estética ética, una hermenéutica lírica3 y crítica, una creación en la que se proyecta la escritura como expresión de ser en el mundo y, con ello, un ethos cultural. Como en los poemas de Tratado de soledad sobre los asesinatos en los departamentos de Bolívar y Sucre (en realidad, un problema colombiano), en los cuales incluye testimonios ficcionalizados o presuntos testimonios, como táctica discursiva que se eleva, que se hace viva y dolorosa para los lectores. Y, cómo no, parte de ella una mirada autobiográfica y autoficcionalizada de su espacio familiar y de su entorno cotidiano, de sus lugares de vida y expresiones culturales que remontan esta poesía como una mirada emancipada, una profundización lírica de la experiencia vivida, una transposición y revisitación inquietante y muchas veces maravillosa.

Lo que se quiere, finalmente, es dejar en claro que, como mucha de la poesía del Caribe, la poética de Mercado revisa y reajusta muchas de las nociones de poesía, tanto de la “colombiana” como de la latinoamericana y la caribeña. Dentro de ese hiperbólico mosaico de hipótesis se encuentra la de poesía adánica que los estudiosos Edward Hirsh, Monique Aurélia y Mónica del Valle revelan en sus ensayos independientes dedicados a Derek Walcott y a otros escritores del Caribe. Estos análisis serán expuestos más adelante.

Las aperturas y vertientes de la obra poética de Mercado implican una propuesta analítica amplia, como la obra artística misma. Por ello, estudiar la poesía de determinada zona del Caribe colombiano desde lo paisajístico, la memoria y la identidad, lo adánico y lo lárico, la identidad imaginaria, lo autobiográfico y lo autoficticio, conlleva desplegar una hermenéutica transdisciplinaria que abarca la sociología, la antropología, la historia, la filosofía y una orientación sicoanalítica, como en Pájaro amargo, pero extendida y combinada con la valoración estética. Por ello, he creído que cada obra pide su propia teoría y bajo este razonamiento propongo diferentes tipos de análisis críticos que distan de las posiciones académicas tradicionales, relacionadas con abrazar un solo y determinado modelo de examen aplicado a los diferentes poemarios. No pretendo con ello presentar un libro posmoderno, sino un texto que da cuenta de cierta “inestabilidad” en la utilización de los enfoques presentados (aunque eso supuestamente conlleve lo posmoderno), pues muchas veces en las interpretaciones literarias (y en las ciencias humanas) la transdisciplinariedad constituye un reto, a veces inseguro, por la conjunción arriesgada de las diversas redes teóricas y metodológicas que podrían no coincidir, pero he ahí entonces el desafío: buscar las conjunciones donde no las haya, declarar abierto lo plural y el diálogo. Aquí complejidad e inestabilidad significan, pues, búsqueda, encuentro y, seguramente, descubrimiento.

Por otra parte, surgen varias preguntas a partir de la supuesta posición dialógica de este libro: ¿la mirada desde la identidad que se traza aquí pudiera ser señalada de reduccionista, maniquea, o incluso determinista?, ¿existe una elección política o filosófica en ella?, ¿o tal vez regionalista o esencialista? No sé. No creo. Es posible que se disienta de las orientaciones negativas dadas a la identidad, pero es sabido que las realidades caribeñas y latinoamericanas son mucho más abiertas, móviles y antiesencialistas ante cualquier concepto e interpretación. Es más: pueden ser aceptables esas disenciones y que mucha crítica, en algún momento, defienda posiciones a partir de una esencialidad artística o “universalizante”, o sujetarse a una crítica en la que subyace la identidad del menoscabo o de carencia, referida a la representación de la experiencia americana como insuficiente (Ortega, 1995, p. 59). Lo que resulta incómodo y criticable es que cuestionen que el artista —y el crítico—se expresen en y desde “lo” latinoamericano o lo caribeño o enjuicen el pensamiento inclusivo que postula varias perspectivas críticas para estudiar la obra de un autor. Por ello, el pensamiento de Ortega es pertinente en cuanto a que lo que se consigue con esas actitudes de exigüidad o “preguntas de la denegación” es la “complacencia en la irrisión”, pues dejan de producir respuestas creativas y generar preguntas por la autorrealización y la identidad que restaura la vida (p. 60).

¿El artista o el crítico deben escribir, entonces, desde el no-lugar, o desde el menoscabo o la carencia?, ¿solo como necesidad personal, o para retomar y redibujar lo acontecido en determinado espacio o tiempo, o porque la memoria, la ética, la vida o la necesidad artística así me lo exigen? Aquí las respuestas son, creo, todas al mismo tiempo y ninguna. Hablar de “definiciones” desde las Humanidades y desde América y el Caribe harían parte de un nuevo esencialismo. Ante ello: ¿será que expresarse desde “lo” americano lleva a lo que ha llamado Rodolfo Kusch “el miedo a ser inferior”? (1976). Y, por otro lado, o paralelo con ello, ¿podría concitarse para el crítico la obra de autores del Caribe colombiano un tipo de interpretación sin su trasfondo cultural, sin raíces o desde cierto “purismo” o misticismo redivivo? Estoy de acuerdo con Eduardo Grüner (en el prólogo a Foucault, 1995) acerca de la necesidad de afrontar la “domesticación de los textos” y adoptar una “estrategia de producción de nuevas simbolicidades, de creación de nuevos imaginarios que construyen sentidos determinados para las prácticas sociales” (p. 11). Así mismo, sobre las descalificaciones culturales (y críticas), retomo a Patricia D´Allemand en Hacia una crítica cultural latinoamericana (2001), cuando reprocha a algunos críticos que, por inercia en sus “hábitos de pensar coloniales”, no adelantaron una reflexión crítica acerca de América Latina y sus regiones en la búsqueda de la autodefinición cultural y la literatura latinoamericana, así como tampoco hacia un pensamiento autónomo y pluralista, pues se anclaron en los cosmopolitismos y universalismos teóricos provenientes de los centros metropolitanos, secuelas del colonialismo político y económico. En su artículo “Algunos problemas teóricos de la literatura hispanoamericana” (1975; 1995), Roberto Fernández Retamar expuso en su recorrido esas dicotomías entre el conocimiento colonizador y el propio con claridad, y luego de analizar si era necesaria una teoría literaria latinoamericana, consideró la necesidad de comprender el mundo, pero también frente a esa seudo-universalidad, proclamó utópicamente:

Pensar nuestra concreta realidad, señalar sus rasgos específicos, porque solo procediendo de esa manera, a lo ancho y largo del planeta, conoceremos lo que tenemos en común, detectaremos los vínculos reales, y podremos arribar algún día a lo que será de veras la teoría de la literatura general (p. 134).

Stuart Hall insinúa configurar una crítica desde el lugar de la enunciación —“Todos escribimos y hablamos desde un lugar y un momento determinados, desde una historia y una cultura específicas. Lo que decimos siempre está ‘en contexto’, posicionado […] vale la pena recordar que todo discurso está ‘situado’, y que el corazón tiene sus razones” (2010, p. 349)—, elemento que retoma Juan Moreno Blanco (2009) para indicar que la interpretación del sentido estará siempre relacionada “con la especificidad del sujeto de la interpretación, o, en otras palabras, con la situación del sujeto que hará uso de ese sentido en un contexto más o menos definido”, así como también se hará teniendo en cuenta la anexión de las agendas históricas e ideológicas a las que contribuye el “sujeto situado” en una comunidad específica de enunciación e interpretación que “se pregunta de dónde viene el conocimiento, a quién sirve y cuál es su inserción en una geopolítica del conocimiento” (Moreno Blanco, p. 239).

A este respecto, la propuesta de Moreno Blanco tiene correspondencia con las miradas caribeñistas como las de la crítica Mónica del Valle Idárraga (2011) y las expuestas por muchos críticos y creadores del Caribe, quienes proponen que la expresión artística y literaria de esta zona —partiendo quizá de Hall, pero más que todo de Frantz Fanon y de Aimé Cesáire— revela en su búsqueda los sustratos identitarios autónomos de las islas del océano Atlántico y del Caribe desde los años cincuenta, atendiendo las especifidades locales y los desafíos de género y escritura. Como parte de ello, del Valle Idárraga (2015) ha señalado cómo, en la actualidad, existe un trabajo crítico literario exploratorio sobre el Caribe colombiano que ha ido “configurando una noción de lo caribeño colombiano”, pero que, sin embargo, pudiera estancarse “si no se transforman las bases y supuestos en el área”, al encontrarse “viciadas por el sesgo particular de la teoría y la práctica en el campo” (p. 26), entre otros, por préstamos acríticos y modelos importados inadecuados, vaciados y viciados de sentido, con actitudes ateóricas y apolíticas, de coristas (p. 27). Para del Valle, ello limita a “apreciar otros temas, otras producciones, otros ángulos de trabajo”, lo que resulta en que este tipo de crítica sesgada, sea la “responsable de los vacíos sobre el conocimiento de la región en lo que respecta a este renglón”. Son estas las razones — agrega— por las que no se “ha podido contribuir a presentar el Caribe colombiano (su literatura y su crítica misma) como un bloque con rasgos propios en el concierto en la crítica del Gran Caribe”, con sus propios referentes, para que sean resistentes y contrasten y debatan con propiedad los problemas propios frente a los variados frentes idiomáticos del Caribe e hispano (p. 26).

A partir de ello, no se quiere presentar un estudio que peque por mostrar la “esencialidad” o “esencialismo” de la obra mercadiana, pero sí que busque, antes que nada, dar a conocer, desde algunas perspectivas (¿trans, inter?) disciplinares, la obra de José Ramón Mercado. ¿Pensamiento complejo? ¿Eclecticismo? ¿Sincretismo? ¿Hibridismo? Me hace recordar lo que escribió Pablo Montoya (2009: XIII) y con lo que estoy de acuerdo: “El eclecticismo es quizá una de las mejores expresiones que definen la libertad analítica del crítico. Someterse a camisas de fuerza impuestas por algunas teorías especulativas es incómodo”. Mucho de ello tiene que ver con lo que propone dialécticamente Mijail Bajtin:

Es necesario crear nuevas vecindades entre las cosas y las ideas que correspondan a su auténtica naturaleza; es necesario acercar y combinar todo lo que ha sido separado y alejado de manera falsa, y separar lo que ha sido acercado de manera falsa. A base de esa nueva vecindad de las cosas debe ser revelada la nueva imagen del mundo, penetrada de necesidad interior real (Bajtin, 1989, p. 321).

Se quiere, antes que nada, encaminarla, mostrarla, pues la búsqueda de la crítica se fundamentaría en abrir su asedio hermenéutico para que valore y respalde la obra auténtica, ya que se quiere que no sea olvidada o restringida (aunque, también ¿por qué no considerar aquellas que no tienen tal grado de “autencidad” y originalidad, para guiar al lector?). A este respecto, las palabras de Frank Kermode (1988) brindan una claridad meridiana cuando sostiene que lo que importa es la obra comentada y no el análisis: “El éxito de la argumentación interpretativa como un medio de conferir o confirmar un valor no debe medirse por la supervivencia del comentario sino por la supervivencia de su objeto” (p. 103). Ello conduciría a dos objetivos: el que en el juego de interpretaciones se considere el valor permanente de la obra, su canonicidad y, también, su “modernidad perpetua” (p. 100).

Se quiere, entonces, que la autoridad y la institucionalidad de la crítica se conjunten no para adoptar, según Bourdieu (1967), un “terrorismo del gusto” (p. 139) que no ejerza un chantaje intelectual ni que tampoco su autor actúe (tal vez ¿inconsciente o disolutivamente?) como sustentador de una ideología oficial, “universalista” o excluyente, o negativa (o todas juntas), sino que ejerza lo que denomina George Steiner una “política del gusto” (1989, p. 83), cuyo interés convendría en que los lectores (en caso de que sea una obra relevante) realicen reconocimientos y propagación de la obra, valorándola, confirmándola, y, como indica Bajtin arriba, “penetrada de necesidad interior real”.

Por ello, además, la crítica ha de encontrarse enfilada hacia una mirada otra, sin desconocer la reflexión de otros lados, pero también dando cuenta de descolonizar y mostrar una visión más justa, a través de elementos críticos y teóricos propios que “invitan a apagar la lámpara de sabio, cerrar el folio apolillado o el manual y visionar” (del Valle Idárraga, 2011, pp. 165-181).

Esperemos, pues, que se forme una política del gusto y una apertura de resignificación a la obra de Mercado, y a la de la literatura del Caribe colombiano, para que se constituyan otras miradas que reconozcan a un autor que muestra nuevos sentidos, nuevas significaciones, necesidades interiores propias, y, con ello, se replanteen otros horizontes para la poesía del Caribe, mucho más si entendemos por poética no solo las estrategias retóricas y de sentido inmersas en el texto artístico, sino, además, la expresión estética humana internalizada que transforma y motiva al autor mismo y a sus lectores mediante una forma expositiva original y novedosa. Mercado lo logra con creces.

El autor

2. El contexto en que LaCapra aplica el concepto de “memoria de la experiencia” es diferente, pues este toma, en su tematización, la memoria como parte de la experiencia, especialmente a través de la identidad de los grupos colectivos y de la historia (2006).

3. Interpreto hermenéutica lírica en la poesía como un contar, como una narración asociada a la explicación que brinda Paul Ricoeur En Tiempo y narración I (1987a, p. 158): “He defendido continuamente estos últimos años que lo que se interpreta en un texto es la propuesta de un mundo en el que yo pudiera vivir y proyectar mis poderes más propios.” Así mismo, conlleva una interpretación crítica del mundo.

Capítulo I
La poesía del Caribe colombiano: apuntes para una ¿“identidad imaginaria”?
Los problemas de los conceptos: identidades y memoria

Tres temas he destacado que se cruzan en la poesía del Caribe colombiano: paisaje, identidad y memoria, los cuales contextualizan ejes muy pertinentes que se encuentran estrechamente relacionados con los modos de ser, interpretar y observar el mundo desde una esquina del Caribe. En un mundo donde la modernidad y la posmodernidad se cruzan inextricablemente, estos tres tópicos en la literatura conllevan una relación indisoluble, pues no solo hacen parte de la puesta en escena de la gran cantidad de estudios y debates que giran alrededor de la cultura y su transformación constante, sino que son consecuencia, al tiempo, de la eclosión de movimientos reivindicatorios (negritudes, géneros, etnias, regionalistas, territoriales) que aparecieron en los siglos XX y XXI de una manera cada vez más abierta y muchas veces acelerada y extrema.

Los especialistas, desde disciplinas tan diversas como la filosofía, la antropología, la sociología, la sicología, la arquitectura y la historia han expuesto su percepción sobre estos tres fenómenos. La literatura no se ha quedado atrás. Se trata de una búsqueda de reconocimiento, de identificación, pero al mismo tiempo de fijar fronteras, de ganar territorialidades. Identidad y memoria se han convertido también en expresión de las luchas entre poderes centralistas o hegemónicos, periféricos o subalternos. Desde el Estado y sus instituciones, y desde los representantes políticos a través de su historia, se han tejido espacios de discriminación y conflicto: indígenas versus Estado, grupos étnicos versus establishment, feminismo versus cultura machista. Latinoamérica y el Caribe no han escapado a ello.

Como parte de estos movimientos, el subcontinente escenificó también tres movimientos que tienen que ver con los diversos momentos de mundialización: el primero, desde los años cuarenta, acogió, en las Antillas francesas, los primeros movimientos de negritud en Europa y Estados Unidos, lo que destacaron la necesidad de tener en cuenta la etnia negra desde las políticas públicas, democratizadoras y culturales. En los años sesenta recibió el impacto de los movimientos universitarios situados en París, las revueltas por los derechos de los negros en EE.UU., la invasión de la URSS a los países europeos orientales, y, con ello, la Revolución cubana. Ello trajo como consecuencia un arte “internacional”, una “poesía internacional” (obviamente, el Modernismo fue el primer movimiento a comienzos del siglo XX) y otra de “compromiso”, ocupados en pronunciarse sobre el entorno conflictivo: la guerra, los enfrentamientos racistas y los primeros movimientos feministas. Se constituía, entonces, una poesía ética, moralista, feminista, étnica, ideológica, que reivindicaba, tras muchos de sus pronunciamientos apelativos y sentenciosos, la oralidad y lo conversacional, el acontecimiento, las propuestas de y sobre el Otro. Por último, se encuentra el golpe de la globalización económica y cultural, el cual representa una versión supuestamente pluralista, que encaminó los movimientos artísticos a encender las luchas internacionalistas hacia la resistencia de los movimientos grupales o identitarios, pues al “mundializar” su homogeneización borraban sus particularidades. Latinoamérica, pero especialmente las Antillas y el Caribe no estaban exentas de estas tendencias pues continuaban preguntándose aún más por sí mismos, por su lugar en el mundo, sus vidas, su destino y su “identidad”.

Lo que hace resurgir los movimientos emancipadores y, de alguna manera, estremecer la cultura globalista es un movimiento sinónimo de la identidad pluricultural, relacionado también con la pregunta por las identidades (género, sexo, etc.) y por la territorialización o desterritorialización tanto geográfica, como cultural y estética. Así, en el Caribe, como espacio social diferenciado y como zona periférica por antonomasia (pero “globalizada” para muchas otras), resultante de la historia de regiones emergentes y “circunvalares”, se viene a indagar también por el ser y la identidad como fenómeno vital e imperativo recurrente, indagación que se refiere especialmente al mundo tercermundista, mundo relativamente reciente y en construcción. La pregunta por la “identidad caribeña bifurcada” de Antonio Benítez Rojo (1988) hace referencia, en realidad, a la “posible” identidad caribeña del Caribe hispánico, anglófono, francófono, nativo.

Más allá (y más acá) de la naturaleza poliglósica y mestiza (híbrida) del mundo de las islas del Caribe, lo que surge es una amalgama referida no solo a las huellas de la cultura sino a la transformación política, económica y social, en las que se teje una identidad (o identidades) dada la naturaleza plural de sus transformaciones. Ello conduciría a pensar, también, que en lo colectivo, como en lo individual y en lo artístico, surgen tensiones a nivel económico y cultural que culminan en enfrentamientos entre el “canon oficial”, en este caso el nacional contra el regional, y, más que todo, por la contigüidad artística con el resto de la cultura caribeña. Un caso prominente es la poesía de Candelario Obeso, no aceptada por “negra”, antihispánica, “antilingüística”, por la cultura “blanqueda” de Caro y Cuervo a finales del siglo XIX.

Concomitante con ello, o inclusive mucho antes, la pregunta por el heterocosmos caribeño se podría construir, entre otros, alrededor de cinco conceptos: paisaje y espacio, conciencia histórica, alteridad y temporalidad y comunidades imaginadas; y en medio, o través de ese proceso, ver cómo el discurso literario ha articulado las variables de identidad. Cabe agregar aquí los temas ontológicos del ser caribeño propuestos por Ignacio Torres-Saillant: religión, lengua e historia (1998).

Un síntoma de lo anterior es la pregunta por la identidad colectiva y la individual y por cómo mucho de lo privado se ha convertido en objeto público en lo literario, a través de la autobiografía, la autoficción, la biografía “real”, las memorias, e, inclusive, como parte de este fenómeno de espectacularización de la vida, la poesía ha incursionado en este fenómeno en menor escala. Se han combinado de tal forma que, para los estudiosos, estas manifestaciones escriturales han llegado a límites insostenibles por la cantidad de textos, propuestas e indagaciones sostenidas. José Ramón Mercado ha reflexionado estéticamente a partir de varios de sus poemarios más allá de esas “olas” destapadas del “yo” internacionales.

De hecho, pensar en tres ejes temáticos (memoria, identidad y paisaje) implica reflexionar también acerca de una poesía del espacio, lo cual derivaría, bajo este triple vínculo, en otras concepciones: en un hecho estético que conlleva otras propiedades históricas, axiológicas y ontológicas. En un mundo globalizado, surge entonces una poética de la memoria, indicativa de una resistencia trasladada a través de la identidad (relacional, dinámica, no estática), lo cual se revela en una geopoética. Desde este aspecto, Sergio Mansilla, en su ensayo “Literatura e identidad cultural”, manifiesta algo pertinente:

La literatura no produce identidad solo por la vía de reafirmar lo identitariamente dado. Lo hace también a través de la problematización de la realidad referida y de las estrategias retóricas constituyentes de los discursos con que se formula y comunica un cierto sector de realidad cultural a través del texto, lo que podríamos llamar el referente de la obra literaria […] sus efectos identitarios tienen más que ver con la no-identidad de la identidad, con lo ausente, con lo posible y lo imposible; ausencias que se materializan como “presencia” textual a través de la memoria metaforizada y de la imaginación literaria con que se construye la otra historia de la historia (2006, párr. 3).

De allí que el texto poético caribeño, más que verse como parte de una “identidad cultural afirmativa”, afincada en reconocimientos de presencias reales y dignas de “ser defendidas, preservadas y reivindicadas” (Mansilla, 2006, párr. 4), podría mirarse como efecto de la relación literatura-identidad, trenzado en una geopoética abierta, lo cual promueve dos procesos: uno de identidad como proceso relacional (Hall), cultural e histórico, y, con él, uno consecuente, el de la identidad narrativa (Ricoeur): vivir con los otros y transmitir, narrar desde mi yo. El primero es constitutivo, externo el otro, se presenta desde lo interno; sin embargo, se encuentran íntima e inextricablemente unidos: una dimensión relacional, que abre los espacios de la experiencia para aprender, relacionarse y transformar(se) consigo mismo y con los otros. Es relacional, además, pues se asume de forma consciente, como discurso racional o de vivencia cotidiana. Ello conlleva no solo tener en cuenta lo íntimo, lo propio, sino también al otro, la cultura propia y las otras culturas: se construyen desde la diferencia desde un “nosotros” con los “otros”, pues estamos atravesados de otredad, la relación con los que él es y no es, con lo que justamente le falta, “con lo que se ha denominado su afuera constitutivo” (Hall, 2003, pp. 16-20, subrayado por el autor), para consolidar el proceso. En esa identidad cultural, explicada a través de la vida cotidiana, de la conformación colectiva e individual, se tiene en cuenta lo heterogéneo antes que lo homogéneo (pp. 13-39), lo cual cuestiona la existencia de una cultura imperante. En consecuencia, la identidad relacional4 se encuentra asociada a una identidad caribeña múltiple y fragmentada, ante lo cual la identidad cultural devendría en un fenómeno abierto, de variables explicativas o independientes, entre las cuales se destacarían: el tiempo o momento histórico, el espacio geográfico, la raza o la etnia o el género. Por ello, la identidad es variable y depende de la identificación como proceso articulatorio entre sujetos y prácticas discursivas (pp. 13-29).

A la identidad se añade lo subconsciente y lo inconsciente, en los que se recrean el ser espiritual y el material, encadenados por un devenir histórico y social, observados desde una nación, región o territorio determinados, mediante una transcodificación. Y es en este proceso que surge la narración del yo como la manera de representarse y ser representados desde dentro del discurso. Desde el arte, surgen nuevas texturas, la palabra íntima, la biografía y el reconocimiento de la otredad, el origen particular del poeta y el retorno a las fuentes primarias, fundamentadas en el sistema cultural y su respuesta lírica5. No hay más que leer la poesía de Aurelio Arturo y su Morada al sur, para ver una muestra de que el arte poético puede llegar a subsumir, a reemplazar el concepto geográfico de territorio (nacional, regional, local) por el de espacio, como sinónimo de paisaje cultural. Surge entonces la identidad narrativa en el poeta, en el escritor, quien, al pensar sobre y desde sí mismo, se transfigura cuando se va narrando (ipse), cuando se va contando, resignificándose, convirtiéndose hacia el otro, reconstruyéndose a sí mismo y a su paisaje, a su entorno cultural. Un poema completo de Gabriel Ferrer podría exponer lo anterior:

Sinú, me inclino ante ti

para recoger la luz

que hay en tus aguas suspendidas

Una franja de tierra vive y recoge

papiros de felicidad en las orillas

El agua habita en mi cuerpo

y un temblor de naufragio me anochece

(“Aguas supendidas”, 1996, p. 39, en Sinuario).

El yo poético se ubica en un río de la costa Caribe colombiana, en el que realiza una oración, una invocación, representando una especie de ceremonia sagrada, de agradecimiento. El río se conjuga, se hace lenguaje y representación en la voz del invocador y se hace también parte de este (“El agua habita en mi cuerpo”). Ello recuerda los términos que Martin Heidegeer propone en su famoso ensayo “Construir, habitar, pensar” (1994): “Construir es propiamente habitar”. Interpretemos que al habitar, el hombre se realiza en el espacio y lo convierte en paisaje, lo que conlleva habitarlo, vivirlo. Interpretemos, además, que ese construir se puede representar al escribir, fruto de la lengua y manifestado desde el inconsciente, que lo transforma en creación. La poesía, como construcción y reconstrucción del inconsciente y del lenguaje, revela el espacio, lo re-presenta y lo habita. Invocar hace parte de esa conjunción entre el ser y el habitar. El ser humano recibe o recuerda ese espacio de agua y lo invoca. Es la asunción “del” espacio y no desde “el” espacio. La escritura revela la invocación y la transfigura en ser: es (soy) el río. Con el lenguaje se realiza ese habitar: el lenguaje es puente a través de la oración, de la invocación: río y lenguaje se revelan como puentes, que ligan, coligan. El lenguaje, gracias al autor, adopta, revive el espacio. Como ha indicado Paul Ricoeur (2003), lo refigura, lo escribe: es puente entre el espacio y el ser poético que lo invoca y le agradece. El lenguaje habita, hace habitar, para narrar la experiencia cotidiana. En palabras de Heidegger, salva, rescata6.

En un momento determinado (en muchos momentos), la noción del ser en Heidegger es esencialista, europeísta, eurocéntrica —al respecto ya algunos teóricos poscoloniales, como Nelson Maldonado- Torres (2007), han señalado cómo el filósofo alemán no tuvo en cuenta al ser colonizado ni racializado de estos países (p. 141)—, razón por la que propongo un giro, un cambio de mi percepción desde el Caribe: la poesía se podría revelar como una narración identitaria, a la vez personal e histórica, transformable; ella identifica a quien narra, que se corresponde aquí a una categoría práctica entre identidad, acción y proveniencia de un lugar determinado. En primer lugar, declara la identidad de un individuo y a su ser que expresa su localización respecto a una comunidad, en los términos de Hall indicados anteriormente. En segundo lugar, coincide estratégicamente con el concepto de identidad narrativa o aprehensión de la vida a través del relato de Ricoeur (2005), pertinente para nuestra exposición: ¿quién soy?, ¿quién cuenta?, “¿quién ha hecho tal acción?, ¿quién es el agente, el autor?” (p. 997). Este yo ficticio, en palabras de Ricoeur, se refigura, se reconoce y se conoce a sí mismo a través del discurso construido, en este caso, el poético. Y en tercer lugar, es el poeta quien se atiene, quien revela a su contexto social e histórico, quien recuerda y se afirma en su entorno, pero no de manera esencialista sino procesual (Hall, 2003, p. 20), no afirmando un yo idéntico (idem), sino un yo que se transforma en el tiempo (ipse), en la historia y reconoce a los otros.

Sobre ello, Carlos de Castro (2011), teniendo en cuenta a Ricoeur, indica:

Este énfasis en lo procesual nos permitiría escapar de nociones esencialistas, por las que la identidad aparece como una sustancia compacta y predefinida que se expande a lo largo del tiempo, y de aquellas nociones constructivistas que desconocen cualquier tipo de límite y contexto la configuración de una identidad, cuya unificación no es más que una pretensión ingenua (p. 30).

Soy el narrador de mi propia historia sin ser actor de esta. Soy parte de un ellos, digamos de una familia, pero hablo por ellos; hablo desde una biografía histórica o historia biográfica: soy no solo para mí mismo, soy para la historia, cuento para la Historia. Por ello, conviene, en este caso para el poeta, en representar una poética del linaje (como se explicará más adelante) en el sentido de que crea autoficción: creo una mirada entre autobiográfica y ficcional, frente a, de manos con y de acuerdo con la Historia; el yo del pasado que se recuerda y el que lo refigura, que lo representa en el presente, representa, antes que mi yo, a los otros, de manera que el pasado auxilia a la comprensión del presente. Para el poeta, contar y contarse hace parte de una biografía inicialmente individual que adquiere, en su carácter integrativo, incluyente, no solo la trama artística sino “la del linaje, trabajo, o afinidad” (Marinas, 1995, p. 177). Lo que encierra, más allá, es la pluralidad. El discurso poético, así, se constituye en lugar privilegiado para expresar la condición relacional, dialógica, con los otros. Relatar es integrar, pero en constante apertura. La identidad, entonces, no es cerrada. El autor, como sujeto social, en el tiempo, también se transforma. Se quiere mostrar que ante “la primacía de las mudanzas sobre la estancia, es decir, de la transformación y la articulación compleja, innovadora, frente a los viejos lugares de referencia y pertenencia, el registro conceptualizador debe ser otro” (Marinas, p. 179). Bastaría aclarar que, por ser registro poético, corresponde, así mismo, a cambios en cuanto a los procedimientos tropológicos. El poeta, pues, homo metaforans, en ese proceso literario, trasciende “algo más que el orden del lenguaje” (Marinas, citando a Nelly Schnaith, en Las heridas de Narciso) y da pie a la prefiguración, la configuración y la refiguración ricoeurianas. O más allá, pues este se constituye en un movimiento que representa una perspectiva inicialmente constructivista, que se cimienta fuerte, pero que se arma paulatinamente, y, al mismo tiempo, es transformable pues no hace parte de la heredad ontológica sino de la identidad relacional, móvil, histórica: se quiere representar el discurso social, restituir la comunalidad mediante la palabra creativa y evaluativa.

Mucha de la poesía de José Ramón Mercado, especialmente en el primer poemario, No solo poemas, pero también en Pájaro amargo, Tratado de soledad y La casa entre los árboles, se refigura, se re-apropia, se identifica: yo soy (mí mismo, estático) y me transformaré (sí mismo) en la historia. Represento a alguien: como Rimbaud, yo es otro. Un nosotros es un yo. En un poema denominado “Tía Juana”, José Ramón Mercado escribe en Tratado de soledad:

Tía Juana era una mujer con voz aromada de lluvia

Y a trechos estaba alumbrada de lunas alegres

“Si todo fuera un sueño” decía siempre

Más aún ella era las más intuitiva canción rústica (2009, p. 50).

Sinestesias, imágenes, lo eterno, lo elegíaco. El hablante lírico se menciona desde el otro: “Tía Juana”. Yo me asumo con la voz de los otros: yo me cuento, narro mi experiencia, mi identidad, a través de un yo ficticio7. O según lo expresa Ricoeur: me reconozco y me proyecto a mí mismo ante ustedes. Se define, entonces, merced a la narración como acción contada: me conozco y los reconozco en mi espacio, en mi cultura, en mi tiempo, en el que también me transformo y lo cuento; soy un proyecto en movimiento. En cuanto a acto de valoración, me valoro frente a los demás, pero también reflexiono y me proyecto simbólicamente: con mi obra literaria me diferencio aún más. El lenguaje mío me identifica, representa mi identidad narrativa. Voy en la búsqueda de sentidos. Soy, desde la mismidad, en cuanto mi existencia, pero existo, desde la ipseidad, desde lo dicho, desde una identidad dialéctica8. Es decir, doy cuenta de la ipseidad, del sí mismo en vez del mí-mismo, busco sustraerme de lo idéntico, de su parte opaca, pues planteo el cambio: muto y doy cohesión a la vida, lo cual culmina en una mirada inclusiva de manera que la voz del narrador, (del poeta) que cuenta y evoluciona, se haga palpable a través de una narración que se refleja en el tiempo y lo muestra. Hace parte de la poética del linaje del Caribe colombiano: soy parte de los otros; me vinculo a mi familia no como parte de protagonista de ella: soy una voz de ellos.

El proyecto de Ricoeur busca justamente liberar en la identidad la parte inquieta, móvil, de forma terapéutica:

Aprendemos a convertirnos en el narrador de nuestra propia historia sin que nos convirtamos en el actor de nuestra vida. Se podría decir que nos aplicamos a nosotros mismos el concepto de voces narrativas que constituyen la sinfonía de las grandes obras como epopeyas, tragedias, dramas, novelas (Ricoeur, 2006, p. 21).

La identidad es una representación narrativa del aquí y del ahora, del espacio y del tiempo. Hall lo expresa al hablar de sí mismo como sujeto de enunciación y de representación: “el ‘yo’ que escribe aquí también debe ser pensado en sí mismo como ‘enunciado’. Todos escribimos y hablamos desde un lugar y un momento determinados, desde una historia y una cultura específica” (p. 349). Se expone, así, la identidad siempre como una parte narrativa, “una especie de representación. Está siempre dentro de la representación. La identidad no es algo que se forma afuera y sobre la que luego contamos historias. Es aquello que es narrado en el yo de uno mismo”; más todavía, está compuesta “siempre a través de los silencios del otro, escrito en, y a través de, la ambivalencia y el deseo” (2003, p. 321).

La poesía de Candelario Obeso en Cantos populares de mi tierra (1988) cuenta desde esos silencios, desde esas voces. Soy la voz de los otros. Me importa el otro pues mi yo se encuentra frente a él, quien me reconoce. Así, en el creador, en el poeta, subyace una identidad creativa, no discriminatoria, sino heterogénea y pluralizada; no semejante sino crítica y analógica. El poeta se incluye en una comunidad que acepta al otro. El hablante lírico señala lo siguiente, en “Epropiacion re unos códigos”: “Yo, branco, lo tengo a uté/ Hoccón re mi probe vira” (p. 40). El oyente lírico, un blanco, centro del discurso, parece neutral. El negro parece decir sus palabras al vacío; sin embargo, hay aceptación por parte de aquel porque han compartido sus preceptos políticos liberales o la dosis de humanidad que ese negro siente:

re toro lo suyo

Que me guta y me ra enviria

Siempre rijpuse, tar cuar

Re la s’hoja la jormigas... (p. 42).

Pero la existencia del otro afirma la propia: “Yo seré siempre er que soy/ Poc má chajco que reciba...” (1988, p. 44). Se reapropia de su espacio, sin dejar ver de alguna manera, también, a los otros como “otros” para conformarse a sí mismo. Converge con la tríada de inclusión/exclusión/apropiación, la cual no puede verse de manera taxativa sino indeterminada: el yo (mí mismo) frente al otro (sí mismo), de manera dialógica, de la mano de un cambio histórico, mediante mecanismos de reapropiación y transcodificación poética, gracias al otro y a la vida cultural.

El artista, así, bucea en la dimensión imaginaria del entorno y en la dimensión social, y la combina y la selecciona a través de una “totalización significante, una ficción unificadora que constantemente combina historia e invención” (Souroujon, 2011, p. 243, en paráfrasis a Candau). Ello conlleva mirarla desde una identidad imaginaria, aquella que postula Ortega (1995) a través de la literatura y, en este caso, a través de la poesía, en la que “el poder de la lírica rehace la utopía literaria de un conocimiento fragmentario pero cierto del mundo en palabras. Más inmediata a los lenguajes de la cotidianidad, como un registro de la subjetividad conflictiva del sujeto en este fin de siglo” (Ortega, 1995, p. 61). Esto coincide con lo que Hall y Mansilla (2003) denominan la dimensión “procesual” de la realidad. El yo se redimensiona y remitifica a sí mismo y a los otros para reforzar su discurso, ya sea histórico, ideológico, artístico, literario, mítico o mitificador para reinventar o cuestionar la tradición. La poesía, entonces, como praxis discursiva, en este caso, opera como dispositivo de resistencia y política, como marca de diferencia y de visibilización, que se constituye en “horizontes políticos de comprensión”. La identidad cultural aquí se ejerce como una no–identidad de la identidad, aquella que llena las carencias y los vacíos (Mansilla, 2006). La literatura llena o busca llenar esos lugares, esa “incompletud” de lo propio y lo ajeno que la historia ni otras disciplinas permiten. Es necesaria aquí una explicación: como práctica de la memoria, la línea que separa el pasado mítico del real resulta difícil de separar; por ello, para Huyssen: “Lo real puede ser mitologizado de la misma manera en que lo mítico puede engendrar fuertes efectos de realidad” (2002, p. 7). Es un modo de liberación artística y, por ello, desde la poesía, como parte de la identidad imaginaria de Ortega, coincide con la exposición de Mansilla en lo relativo a que se quiere “repensar, reimaginar, reconfigurar lo propio a través de la visibilización de sus fisuras, vacíos, carencias […] y deseos de los discursos que hablan de lo propio (como el de la misma literatura)”, que problematiza al ser y el existir del sujeto, sus miserias y sueños (Mansilla, 2006, párr. 12).

En este sentido, la poesía del Caribe colombiano podría representar una prolongación de la otra dimensión de la poesía caribeña: aquella que apela, entre otros, a los mitos fundacionales, mas no estáticos, pero también a las referencias construidas en un espacio sociohistórico diferenciado, a través de una retórica parecida pero distinta, una mirada surgida desde una hibridez aceptada muchas veces fuertemente y otras de manera sutil dentro del arte. Por ello, existen muchas vertientes (léase posibilidades) para el estudio de la poesía del Caribe: desde lo colonial, desde el mestizaje, sobre la influencia de lo coloquial y lo conversacional, desde la retórica y las imágenes, desde las incidencias de la historia, desde lo poscolonial, desde la liberación, desde el feminismo, pero también desde su relación con la cultura y sus formas de representación poética y simbólica, apelando al espíritu de las múltiples significaciones del texto.

La relación memoria e identidad

Los debates sobre la memoria son esquirlas de

las guerras culturales, y cuando se menciona

la memoria, la identidad y las políticas de identidad nunca están lejos.

Frank LaCapra. Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría crítica

No solo Alejo Carpentier, desde los años cuarenta , había incluido, pensando en la modernidad y modernización literaria antillana y latinoamericana, la díada naturaleza e historia en Los pasos perdidos. Carpentier favorecía una identidad latinoamericanista en El reino de este mundo y El siglo de las luces y en los cuentos, pero especialmente Los pasos perdidos pertenecen a la recuperación, o mejor, a ese retorno al mito y al tiempo perdido como parte del boscaje identitario imaginario. Ya en los años cuarenta, el crítico Luis Alberto Sánchez (1940) miraba cómo la novela y la poesía típicas americanas retomaban los avances de Andrés Bello, luego de que a finales del siglo XIX cielo y mar, como elementos recurrentes, desaparecieran del panorama literario para resurgir en los años veinte y treinta del siglo XX a través de la selva, el desierto y la pampa, con La vorágine, Doña Bárbara, Canaima, Cuatro años a bordo de mí mismo, La serpiente de oro, Jubiabá, Don Segundo Sombra o Las lanzas coloradas. Aparece también “el naturalismo órfico de los chilenos, la de la nostalgia argentina, la del indigenismo y el cholismo peruano, etc.” (Sánchez, 1940, pp. 397-398). Diez o veinte años después El túnel, El pozo, Hombres de maíz, Los ríos profundos, Cien años de soledad y La casa verde reconfiguran el espacialismo latinoamericano: paisaje interno, espacios de lo urbano que recuerdan el paisaje bucólico del pasado y los espacios rurales mitificados.

Gupta y Ferguson (2008) se refieren, desde la antropología, a la poca atención dirigida a los análisis sobre la relación de espacio e identidad, que entrañarían una mirada interdisciplinar de este tipo de estudio. Desde este punto de vista, en un mundo posmoderno de migraciones, diásporas y desplazamientos, el viejo paradigma de trazar cartografías regionales como el actual, propone, desde todo orden, una re-territorialización, pues la desconexión entre la cultura con los lugares nativos y espacios seculares ha aparecido inexorablemente. A partir del arte, ya no existirían, pues, la colombianidad, la costeñidad. Las ideas de lugares, localidades y comunidades imaginadas se desdibujan y se vinculan a otras comunidades. Ellas, más que imaginarias, imaginadas; más que imaginadas, recordadas, recreadas (pp. 239-241). Desde la estética, la lírica, en tanto poética del espacio, haría que surgieran “tensiones significativas cuando los lugares que han sido imaginados desde la distancia se convierten en espacios vividos” (p. 241). Ello se logra a través de una construcción simbólica: el poema, lugar de la memoria, del lugar, de lo lárico, pero también de lo político (conservador o crítico, pero también de lo trágico). La poesía de Candelario Obeso se podría postular como la del “excluido”, quien propone la “crítica cultural” de un “nativo” “espacialmente encarcelado” en ese “otro lugar” que le corresponde vivir en “otra cultura” (en entrevista a Homi Bhabha, citadas por Gupta y Ferguson, 2008, p. 245)

Esto representa un problema: ¿hasta dónde la escritura revela lo identitario en tanto lo espacial (léase lugar o paisaje, pues el espacio tiende a ser abstracto9) en sí se revela aparentemente más que el arte?, ¿la escritura en tanto arte rebasa lo regional o lo local a través de la identidad o presupone una perspectiva esencialista en la poesía del Caribe colombiano? Una respuesta socarrona de Guillermo Tedio aclara el sentido de esta discusión: no se trata de “la hoy llamada identidad cultural [que] no sea ese estado socio-cultural permanente, casi estático, del que se enorgullecían nuestros abuelos” (Tedio, 2014, p. 19), sino de una identidad relacional, encuadrada en lo consciente y lo vivido en el contacto con las culturas (Glissant, 1990, p. 157), transformable de acuerdo con los viajes y las diásporas, con los movimientos y con los cambios en las cosmovisiones de los autores con estos éxodos. No como una revelación esencialista ni determinista ni absolutamente sacralizada, como una posesión ontológica estática, sino mediante una “complicidad relacional”, como una manifestación política, archipiélica o archipielágica (Glissant 1990, p. 161), periférica, descentralizada, de división, donde privan aspectos importantes tales como la imaginación, la ambigüedad, la resistencia. Ello conlleva una posición contraria a lo cerrado y a la delimitación de territorios, consiguiéndose con ello el “derecho a la opacidad”, a lo abierto, a lo múltiple, a la transparencia de las relaciones. De alguna forma coincide con la identidad imaginaria propuesta por Ortega (2005), llamada a que el escritor restaure el conocimiento fragmentario del mundo de manera conflictiva (p. 61). El poeta del Caribe lo asume desde un habla dialógica, dialéctica.

Surge allí un hilo significativo con el cual se une lo personal, lo familiar y lo comunitario: la memoria, como recuerdo de un pasado vivido o imaginado, hace referencia a una cualidad afectiva, emotiva, sentido de lo mío que, en el ámbito personal, testimonia la continuidad temporal de la persona, del pasado al presente. La memoria se conjuga allí con la identidad (Giménez, 2000). Andreas Huyssen lo invoca de manera taxativa: “la memoria puede ser considerada crucial para la cohesión social y cultural de una sociedad. Cualquier tipo de identidad depende de ella. Una sociedad sin memoria es un anatema” (Huyssen, 2004, p. 1)10. Las identidades, primero individuales, se van expandiendo, de acuerdo con el grupo social, a la etnicidad, la región, la cultura, el estatus, la religión, la educación, la familia, etc., mediante círculos concéntricos, mediante una identidad pluralizada, referida a la que tiene semejanza no en la homogeneidad sino en la analogía, descubriendo las similaridades en dos elementos distintos (Ortega, 1995, p. 57). De igual manera, la memoria recogerá los respectivos repertorios y significaciones que transformará a través de lo estético, según lo que desee o según el individuo que la represente: el artista o el ser cotidiano11.

Como facultad sicológica, la memoria se reflexiona como asunto del pasado vivido a través de la búsqueda en los recuerdos, lo que contribuye a orientar el paso y la unidad de la conciencia del tiempo de los individuos, lo que crea así su mismidad, se construyen a sí mismos a través de la identidad. La memoria resulta ser un acto narrativo y de mediación simbólica que informa no sobre los hechos sino acerca de la interpretación de los mismos por parte de los sujetos (Ricoeur, 2003). Ella, como pasado reconstruido, se encuentra estrechamente vinculada a la construcción de identidad a través del recuerdo de los sitios, a través de la experiencia. La memoria produce una relación impredecible —entre “sitios” que se vuelven “acontecimientos”, y estos, así mismo, en “lugares”— que es compartida a través de la cultura. La subjetividad del individuo se nutre así de una memoria anclada en relaciones sociales e históricas pues, en palabras de Frank LaCapra:

La memoria es parte importante de la experiencia, el problema de la relación entre historia y memoria es una versión abreviada del problema de la relación entre historia y experiencia […] En cualquier caso, la memoria como parte de la experiencia de un grupo está ligada a la manera como ese grupo se relaciona con su pasado, en tanto éste influye sobre su presente y su futuro (2006, p. 97).

En este sentido, para Agnes Heller la creación de identidad “opera sobre las viejas memorias culturales, seleccionando entre ellas, reinterpretándolas, extendiéndolas, ampliándolas, integrando nuevos contenidos y experiencias” (2003, p. 8). Hace parte de una “memoria múltiple, a veces convergente, con frecuencia divergente e incluso antagónica” (Candau, 2002, p. 8). Paola Ricaurte agrega a este respecto:

Las diversas memorias corresponden a distintas comunidades de recuerdo, establecen relaciones complejas y dinámicas entre sí en función de las relaciones de poder de cada contexto espacio-temporal y las condiciones generadas para su producción y conservación: convergentes, divergentes, incluidas, excluidas, dominantes, periféricas, paralelas, de negociación, superposición, etcétera (2014, p. 39).

Se colige, entonces, que la memoria cultural se constituye en la representación de sucesos significativos o repetidos de forma regular (Heller, p. 1) y ante los cuales cobran sentido nuestras acciones, pues ella se encuentra fundamentada en hechos y textos (en el amplio sentido), generando una percepción continua de la cultura en una comunidad. La identidad; esta es el resultado de una cultura interiorizada en los humanos, apropiada en un contexto específico y compartida en sus significaciones con otros sujetos mediante la articulación de dos planos: el biográfico y el social, lo que forma, a su vez, memorias heterogéneas — sincrónicas o diacrónicas, la una menos profunda que la otra—. La identidad se convierte en una resolución y no simplemente en un origen, pues de presentarse como identidad originaria se estaría hablando de una identidad esencialista, conservadora, con un determinismo expreso. Los artistas y escritores latinoamericanos despliegan la recreación de ese entorno y cultura, por lo general, a través de su escritura, imágenes y discursos, que aportan —según las consideraciones de Ortega (1995)—, una forma de “conocer alterna, procesal e incompletable, como la naturaleza misma de su identidad”. Por ello, su relato de construcción, su narrativa de autorreflexión, más que refutar o de disputar su función de sujeto histórico, político, cultural, e inclusive el de que “la identidad es un falso problema”, se conjura a través de la exploración de nuevas texturas y de procesos donde la importancia del otro y el lugar cobran relevancia (pp. 56-59).

En este contexto, desde la geografía, la antropología y la sociología, se han adoptado diferentes conceptos: lugares (y no-lugares) de memoria, paisajes memoriales (o paisajes de memoria), itinerarios y caminos de memoria, etc., especialmente desde el ámbito anglosajón que ha culminado en el término “geografía de la memoria” (García Álvarez, 2009, p. 179). Ese espacio cultural, mediante una relación dialéctica, conforma la “identidad de los lugares”, lo que lleva al surgimiento de la memoria cultural, de alguna forma de la memoria histórica y de los “marcos sociales de la memoria” (Candau, 2002, p. 11). Así, para Heller, la memoria cultural, como construcción social y espaciotemporal, está constituida por los significados compartidos y asumidos por un grupo de personas a través de pergaminos sagrados, crónicas históricas, pero también en prácticas repetidas como fiestas, ritos o aquellas asociadas a lugares donde han sucedido hechos significativos —como lo plantea Pierre Nora (2008)— por una sola vez o de manera recurrente (Heller, 2003, pp. 5-6).

José Ramón Mercado, a través de su identidad narrativa, fruto de la rectificación con y desde la historia, decide contar su versión, su refiguración, para que el lector se apropie a través de esos relatos de sentido12. Entonces, la identidad narrativa está ligada al tiempo, a la historia, y en su expresión se encuentra ligada a la experiencia. La poesía, relato del tiempo, de la memoria, estructura la reflexión y la imaginación del poeta13. Mercado elabora su poesía a través del recuerdo imagen, fusión de la memoria y la imaginación, del “sentimiento del ‘ya visto’”, de fidelidad (Ricoeur, 2004, p. 75). El pasado representa el fondo de nuestra identidad. Si no lo desplegamos y reconstruimos, nos amenaza y puede paralizarnos. La identidad pasa de un destino a ser una elección de carácter: elijo y me transformo y procuro realizarlo también con el mundo. La memoria contribuye a redimensionar la identidad de manera dialógica: soy en, por y del mundo. Y la escritura del presente, el poema, como figuración basada en el pasado, me ayuda a ver o replantear, en lo posible, el futuro. La literatura se erige en fundamento de la memoria cultural y de la memoria trágica y estimula a repensar el pasado y el futuro.

Un ejemplo de lo anterior lo constituyen los poemas de Mercado en Tratado de soledad que escenifican recuerdos no olvidados todavía, recuerdos de la reciente violencia colombiana, y llaman a no repetir tales experiencias. Llaman a recordar lo sensible, lo vívido y lo vivido, y a releer la experiencia simbólica y liberadora que conllevan. Hacen ver, entonces, que el poeta instituye una hermenéutica lírica, una interpretación crítica del mundo, forjada en un carácter. Cuento, narro, para informar, persuadir, convencer, cantar al dolor, luego soy y existo pero no soy el mismo. Narro con, en búsqueda de, convertido en efecto terapéutico, pues existe un gesto de introyección, reflexión y transformación en el autor, coherente con la exposición de su obra: “vida examinada, vida cambiada”, según manifestó Sócrates en su Apología. Ricoeur lo explica también: “vida purificada, clarificada, gracias a los efectos catárticos de los relatos tanto históricos como de ficción transmitidos por nuestra cultura” (2003, p. 998). En un poema titulado “Yo”, aparentemente catártico, pero más que todo existenciario, el hablante lírico declara:

Yo

Que nací

Y crecí

Y he vivido

Como una ciudad deshabitada

Y que me poblé de sueños y esperanzas

Tengo que morir como Eurípides

Sin amigos

Con pocos sueños

Devorado por los perros

Despedazado por el silencio.

(“Yo”, en La casa entre los árboles, 2006, p. 132).

El hablante habita la vida, la historiza, la ficcionaliza y la emparienta con la literatura, pero también la postula como un dolor que lo devora. En cuanto a acto de figuración, el poeta cuenta y a la vez transfigura y refigura: soy la voz de otro que encarno; esta asunción de otra voz se constituye así en una “operación estructurante”, un “acto de configuración”. La figuración crea una “referencia cruzada” entre historia y ficción a través de la representación poética, de un “incremento icónico” (Ricoeur), simbólico, en el que el mundo (estético) significa más y de otra forma, y culmina en la valoración, en la refiguración por parte del lector de esos elementos éticos, históricos, geográficos en los que se fundamenta esta poética. El artista no parte de su ego, de su egoísmo, sino (según los términos de Ricoeur) de variaciones imaginativas, experiencias de ficción: representa las voces de los otros. Y en esa coincidencia entre autor y lector, entre la figuración de uno y la refiguración del otro, la colectividad (desde “las obras de la cultura”) o el individuo pueden rectificar su historia desde “las historias verídicas y de ficción que un sujeto cuenta sobre sí mismo” (Ricoeur, 2006, p. 998). Los otros nos interpelan, nos hablan, se identifican, se hacen punto de sutura y creatividad, de forma que

al punto de encuentro, el punto de sutura entre, por un lado, los discursos y prácticas que intentan «interpelarnos», hablarnos o ponernos en nuestro lugar como sujetos sociales de discursos particulares y, por otro, los procesos que producen subjetividades, que nos construyen como sujetos susceptibles de «decirse». De tal modo, las identidades son puntos de adhesión temporaria a las posiciones subjetivas que nos construyen las prácticas discursivas (Hall, 1995, 2003, p. 20).

El punto de sutura representa, para Hall, una articulación, una conjunción no constituida por una concepción unilateral, sino mediante una identificación del sujeto: realizo, por ello, una performance. Soy y me realizo a través de la escritura. Ella representa mi yo, mi posición. Me digo. Muestro mis convicciones, mi posición, mi ideología, mi ética. Para el poeta representa una exposición, una interpretación, una hermenéutica lírica, una estética que va más allá de cualquier perspectiva unilateral. Mi visión podría ser posmoderna si argumento que de allí se derivan concepciones históricas, cambiantes, una “fiesta móvil”, producto de la modernidad tardía, en la que el sujeto se descoloca (Hall, 2003, p. 365). Representa, además, una construcción de sentido mediante atributos culturales que le da prioridad sobre el resto de significaciones (Castells, 1999, p. 28). Soy, entonces, yo mismo, y el otro que escucho. Soy y me represento en la escritura que dibuja mi entorno, mi cultura. Deseo revelarlo en todos sus posibles matices. Parto, por ello, de una interpretación cercana a ese pensamiento. Quisiera también argumentarlo de otra manera, como cuando Laura Scarano (2007) parafrasea a Charles Taylor en Las fuentes del yo (1996):

No es posible pensar en un yo solitario sino dentro de una urdimbre de interlocución, donde el quién soy es indisociable del dónde estoy como ubicación móvil y temporalmente sujeta al devenir de la vida, sólo comprensible en una narración, vista como una topografía moral que remite a la interioridad del yo […] No hay necesidad de afirmar la identidad sino a través de la intersubjetividad, pues todo relato de una experiencia [en este caso, como poema] es en algún punto plural y colectivo, expresión de una época, clase, grupo, generación, una narrativa común de identidad aunque emerja desde el anonimato de la vida particular. La esfera de lo privado siempre conlleva una especie de universalidad, posee una valencia común (pp. 67-68).

Resumo: la identidad se constituye, especialmente desde la identidad cultural, en un fenómeno dinámico, político, histórico, fundamentado en este caso sobre la posibilidad de distinguir una forma de representar la cultura, y a esta mediante la escritura, mediante el pensamiento artístico; lo estético mediatizado por factores diversos como el paisaje o el espacio lárico, pero también por la cultura y por la historia. No se quiere ver la identidad como un elemento cultural fijo, absoluto, sino en movimiento, como la propia visión de los autores, quienes revelan una creación móvil, plurisignificativa.

En este sentido, la geopoética nos habla de una poesía de la memoria, de un tiempo (en la historia), de un espacio, y el tiempo es su componente. El tiempo se trepa parasitariamente desde el lenguaje, pero lo transforma en un lugar de la práctica crítica y creativa, y la memoria le da su configuración discursiva.

La mirada desde la identidad cultural puede ser una entre muchas. Desde una perspectiva poscolonial, se podría dar cuenta de que la obra de José Ramón Mercado se identificaría con dos de las cinco fases que plantea Thomas McEvilley (citado por Guasch, 2005, p. 4)14, específicamente a la tercera en la que el individuo, tras episodios de resistencia, redirige la atención a su propia identidad abandonada, y, a la cuarta, en la que los individuos aceptan sus diferencias luego del reconocimiento y adoptan la hibridación y el mestizaje y “una impureza anticipadora de la ulterior cultura global”, pero también vinculan su obsesión por la identidad con el colonialialismo y proponen una plural y multifacética idea del continente, producto de una “multiplicidad de origen” (Guasch, p. 5). Mercado lo ha hecho, y las preguntas “¿ha sentido el llamado de Latinoamérica y se ha sentido un representante de su área caribeña?” se responden a través de su singularidad estética y su particularidad política y ética.

En coherencia con ello, José Ramón Mercado fue, en una primera época, un poeta preocupado por el destino del continente y su talante poético mostraba su vinculación con la poesía de la experiencia española y la poesía conversacional de los años sesenta y setenta de los poetas latinoamericanos del momento (No solo poemas, El cielo que me tienes prometido, Agua de alondra, Retrato del guerrero, Árbol de levas, La noche del knock-out- y otros rounds). A mitad de camino de su recorrido, hacia los años ochenta y noventa, su obra se dirige hacia preocupaciones urbanas (Los días de la ciudad, Agua erótica, Poemas y canciones recurrentes que a simple vista revelan la ruina del alma de la ciudad y la pobreza de los barrios de estratos bajos), y más acendradamente hacia su propio entorno espacial de nacimiento y familiar (Agua del tiempo muerto). Finalmente, en las postrimerías del siglo XX y comienzos del XXI, presenta un combinación de esta temáticas, bajo un giro más autobiográfico, desde la perspectiva de historia biográfica, revelando más a los otros que al yo mismo ficticio, en un retorno hacia los orígenes familiares en La casa entre los árboles, de 2006, pero también bajo una adscripción crítica en Tratado de soledad —su antepenúltima obra de 2009—, mucho más en Pájaro amargo —penúltimo poemario del 2013— donde expresa la poética del linaje de manera superlativa, pero también crítica, mediante una especie de “carta al padre”. Y, finalmente, Vestigios del náufrago, del 2016, cruce conciso, coherente y abierto a una escritura cada vez más enjundiosa. Y es partir de este complejo desarrollo poético de Mercado que aquí se adopta un análisis trans e interdisciplinar, desde variados ángulos teóricos y críticos, ante el hecho de que sus poemarios permiten una percepción multiculturalista, híbrida, pero además porque su voz poética pertenece a la del Caribe y este constituye un espacio de representación igual de complejo como su historia.

Pudiera afirmarse también que existe una mirada criollista o creolista en los planteamientos que presento en este texto, pero la propuesta del poeta Mercado tiene muchas provocaciones y nexos indisolubles con el Caribe todo y con Latinoamérica. Frente a una percepción o escritura “cosmopolita”, a un arte universalista o, en su defecto, a la búsqueda de reesencializar la autonomía de lo artístico, pareciera que mi propuesta opusiera una mirada entrópica, étnica o regionalista y el retorno a un paraíso feliz, cuando en realidad constituye una sociedad multicultural y, por ello, su naturaleza no es cosmopolita pero tampoco india, negra o blanca ni culi, como señala Amílkar Caballero páginas adelante. En un mundo globalizado como el actual (y desde hace varios siglos) no existe una política de la identidad transparente o pura sino una posición de hibridez, vulnerabilidad e inconstancia de fronteras en todo orden, mucho más en los países en “proceso de desarrollo” o “tercermundistas”. No existe la carencia de la identidad ni subalternidad sino elementos altamente complicados, y, en medio de estos, una política de las prácticas de la libertad, de lo heteróclito, de la temporalidad, de lo histórico, de la autorrealización. No se trata de automutilar ni de discriminar ni de hiperbolizar las condenas teóricas o críticas a través de figuras morales, ciertas teorías místicas o de ciertos esteticismos ni de autorecusaciones teóricas contradictorias. Bien insiste Julio Ortega en que “no tiene sentido ético hablar de la identidad derogativamente; y creer que nuestra identidad nos condena a la autonegación supone un discurso esquizoide”15 (1995, p. 60). Por ello plantea una “identidad crítica”, una “identidad pluralizada” en el que se designe la semejanza no como homogénea sino como analógica, en el sentido de que acoja “lo similar en dos cosas distintas” (p. 57), en fin, la “unidad de lo múltiple” propuesta por Martín Alonso en su Enciclopedia del idioma pues “la identidad presupone una pregunta por sí misma donde el yo se torna dramáticamente plural” (citado por Ortega, 1995, p. 56). Para Ortega, la “fuerza del deseo de identidad” busca, al enunciarse, descubrirse en el otro. Soy y me veo (porque me reflejo) en el otro. Nos constituimos mutuamente. La alteridad como representante de la identidad concierne al yo al momento de identificarse, definirse y diferenciarse del otro.

Desde una perspectiva típicamente academicista o de artista emergente y contemporáneo, lo anterior puede resultar contradictorio: se es o no es; de Heidegger a García Canclini existen diferencias y rupturas enormes entre las cosmovisiones centroeuropeístas y la hibridez americana, lo cual hace ver que todavía se persiste en la continuidad de la contradicción o en la tradición de la ruptura cultural o estética. A pesar de las transformaciones y la globalización alcanzadas en los últimos cuarenta años, pareciera todavía perdurar en muchos países tercermundistas el panorama dibujado por Óscar Collazos en 1978: la multiplicidad social, histórica y cultural continúa determinándonos, abrumándonos, haciendo todavía que en “Latinoamérica, convivan los rasgos del medioevo con esa parodia de la sociedad industrial que son nuestras áreas ‘más’ desarrolladas” (Collazos, 1978, p. 31). De alguna manera persistía para los años setenta, a pesar de las luchas por unas identidades híbridas o mestizas, la visión hegemónica “universalizante”. Sin embargo, más recientemente, Víctor Bravo (1998) considera que América Latina, resultado de un proceso de occidentalización, de acuerdo con sus extrañezas y negatividades, ha respondido a características que la teoría de la cultura ha dado nombre en recientes años:

Heterogeneidad e hibridación, vacío o urgencia de raíces y apetencia de universalismo. No es postcolonialidad lo que parece caracterizarnos; es una compleja inserción en la modernidad y en la postmodernidad, y es una estructura laberíntica de dependencia sobre la que no hay proyectos de superación. Esta estructura laberíntica de poder universal, transnacional, y bastante lejana de la apropiación y colonización de territorios: la dominación, hoy, presupone la intervención dominadora de la subjetividad (si hay una colonización es lo subjetivo) […] Toda afirmación de nuestra condición occidental se encuentra atravesada por un turbión de negatividades (p. 138).

Frente a esas discusiones teóricas sobre la clase de sociedad o realidad que vivimos, frente a la dominación de las subjetividades, ¿cómo cuestionar la visión más que todo espacialista de ciertos poetas del Caribe o de la crítica que encuentre esos elementos temáticos? De allí que sea pertinente lo que señala Collazos: “Si la historia de un individuo es, también, la historia de su sensibilidad, poco puede esperarse de la normalización hegemónica de un estilo. Los latinoamericanos somos todos”. Los resultados de esos cruces (lo universal y lo regional), como bien ha señalado Rama (1982), fueron Cien años de soledad y Pedro Páramo (p. 31), cruce de elementos de transculturación, hibridez, reapropiación estilística, cultural, regional.

Coincidencias temáticas de la poesía del Caribe con las del Caribe colombiano
Identidades y paisaje

¿Se inscribe la poesía del Caribe colombiano en la órbita de la poesía antillana? ¿Cuáles son los términos, temas y coincidencias con la poesía del Caribe insular y del Caribe continental?

Esta mirada poética apenas esbozada, hace pensar en la relación de la poesía del Caribe colombiano, tan diversa como la del Caribe todo, a partir de distintas preguntas acerca de su historia y de la identidad que “deben” “poseer” sus integrantes: ¿De qué tipo de caribeños se habla?, ¿continentales?, ¿antillanos? Desde esta óptica, la poesía del Caribe colombiano, perteneciente a la Gran Cuenca del Caribe, permite señalar algunos interrogantes: ¿Existen algunas características identificatorias con las del área del Caribe? ¿Qué tanto la tierra, el espacio y el tiempo dejan huellas en la poesía de estos creadores? ¿Qué formas de la memoria o de la historia acuden en esta poesía? ¿De qué manera se manifiesta este cruce de culturas?

Memoria, espacio e identidad son espejos reveladores, ejes desde los que las ciencias sociales habían reflexionado a partir de las descolonizaciones, forjadas por la Primera Guerra Mundial. Las sociedades colonizadas orientales y occidentales dieron cuenta de la necesidad de replantearse el pasado. Mucho más cuando, a partir de la Segunda Guerra Mundial, la desmemoria y el olvido, fraguados por Alemania especialmente, quisieron imponerse. Las olas de los análisis sobre la memoria crecieron y no hace mucho se conjugaron con los estudios sobre fronteras, espacio, mapas, geografías, diásporas. El movimiento intelectual ha crecido mucho más merced a los estudios culturales y poscoloniales, que Andreas Huyssen (2000) contrasta con la utilización de las categorías tiempo, espacio y memoria, necesarias para la comprensión de las culturas moderna y posmoderna, pues estas se encuentran ligadas de manera compleja por la forma en que se mueven las diferentes temporalidades y discursos occidentales de la modernización, mucho más después de las declaraciones de los años sesenta sobre los diferentes finales: del hombre, del autor, de la historia, de la obra de arte, de los metarrelatos, todo ello dentro del proceso de globalización (p. 2). Esas inestabilidades de tiempo y espacio, de ataques a la memoria y a la identidad reciben, como contraimpulso, el deseo de anclarse en el recuerdo (p. 7). Uno de esos tropos universales es el del Holocoausto, el cual permite abocarlo como metáfora de otras historias traumáticas y de la memoria, ejemplos de ello en Colombia es Tratado de soledad, de Mercado.

Huyssen considera que la política de la memoria, a pesar de sus apariencias globales, no deja de ser nacional, grupal, de estados específicos, y no posnacional. En este sentido, definir el espacio y la cultura caribe tiene un carácter controversial pues desde lo sociohistórico, lo geográfico, lo geopolítico, lo etnocultural y lo literario no existe una definición —ni debiera existir ante el universo tan complejo del Caribe—. De hecho, existen varios Caribes (Gatzambide, 2006; Casimir, Torres-Saillant, 1997, Premdas et al, 1997): a partir de la yuxtaposición de influencias disímiles culturales y sociales africanas, europeas, asiáticas e indígenas, se observa una conjugación étnica tan diversa, y, con ello, aculturadora y transculturadora, lo cual ha generado, entre las más variadas conceptualizaciones y consecuencias hipotéticas dignas de mencionarse, las de diferentes y múltiples idiomas, diversas imposiciones económicas, sociales, costumbres, migraciones, variantes ideológicas, religiosas y políticas en el continente y las islas. Una de las propuestas para conjugarlas ha sido a través de una experiencia común: la plantación, que desde el siglo XVII sentó las bases de la esclavitud.

Un concepto sociogeográfico e histórico de reflexión y propuesta sobre el Caribe es el que plantea Milagros Martínez Reinosa:

Son un grupo de países con marcadas diferencias, determinadas por sus respectivas características geográfico-poblacionales, por las metrópolis coloniales que se dividieron esta parte del mundo y por la evolución socioeconómica de cada nación. Este conjunto abarca a países de una gran diversidad étnica e idiomática; colonias y países independientes; naciones con diferentes regímenes económicos y formas de organización política; con diversos grados de desarrollo y potencialidades económicas y extensiones geográficas (Martínez Reinosa, citada por Pampín, 2009, pp. 371-378).

Antonio Gatzambide (2006) ha señalado a este respecto, desde el punto de vista geográfico, la existencia de cuatro posibilidades para mirar o localizar el Caribe: a) un Caribe insular o etnohistórico, que incluye las Antillas, West Indies, Belize, Guyanas, Bahamas y Bermudas, con énfasis en la plantación azucarera esclavista; b) el Caribe geopolítico, conformado por el Caribe insular, Centroamérica y Panamá es el más aceptado; c) Gran Cuenca o Cuenca Caribe, a la que se añaden las costas de Colombia, Venezuela y México; y d) el Caribe cultural (o Afro-América central), que, sin ser geográfica, puede incluir las anteriores con partes de Estados Unidos y Brasil (pp. 16-17).

Roberto Mori (2010) considera que la identidad caribeña (aludiendo a Gatzambide y Casimir) es algo que se construye o todavía se encuentra en construcción o se inventa, o, por ser un proceso utópico inconcluso, puede representar, en un sentido amplio como el Caribe, un aspecto no homogéneo, y, en el peor de los casos, “un indicio mínimo de ausencia de identidad o de identidad en proceso de formación” (p.1). Mori acoge la propuesta de Casimir en su libro La invención del Caribe acerca de la existencia de dos Caribes: uno balcanizado (Caribe hispánico, anglófono, francófono, holandés, americano, América Latina y el Caribe) y el otro autocentrado (destacados por el autor), proyectado al potencial local y al dinamismo interno, resultado de una visión poscolonial. No obstante, cree que “no está falto de identidad regional ni ha alcanzado la conciencia plena como entidad regional” (p. 2). Fenómenos como el de la balcanización, la individualidad, la insularidad o la colectivización cultural tampoco se encuentran resueltos pues la identidad, como proceso sociosicológico y búsqueda del ser, como arraigo y sentido personal en el mundo, se constituye en un problema. ¿Quién soy, en este maremágnum de contradicciones, regiones, conceptos y geografías? Juan Duchesne tiene una propuesta novedosa:

El Caribe es sujeto constituido en la propia separación que lo niega como unidad, constituido en torno al ojo de huracán de su no-identidad [y se revela bajo] ninguna identidad concreta sino desde la universalidad desde su desposesión y su marginalidad fundándose en la ausencia de unidad que constituye su unidad imposible (2001, citado por Vera-Rojas y Bustamante, 2015, p. 7).

Para Anaya Ferreira (2001), el concepto de identidad cultural, teniendo en cuenta a Hall, es objetable pues en sociedades emergentes y heterogéneas, de una cultura profunda, de grandes diferencias históricas y culturales, solo unidas por la plantación,

el único elemento compartido es, quizás, el de una experiencia histórica traumática que incluye la aniquilación de los pueblos autóctonos, el trasplante forzado de la mano de obra africana y asiática, la imposición de lenguas e instituciones europeas, la rebatiña económica de las islas por parte de los países “desarrollados” y el segundo exilio hacia los centros metropolitanos (pp. 209-10).

Contraria a esta posición, en el amplio mapa del Caribe, cuando Nicolás Guillén, desde Cuba, se propone “una poética antillana” a partir de “lo cubano” como representación literaria de su país con la escritura de Motivos del son y Sóngoro cosongo, hace reflexionar a María Fernanda Pampín (2008) acerca de que allí se presenta un primer y fuerte nivel de oralidad, es decir, de identidad, el cual se solidifica aún más en West. Indies Ltd., pues se encuentra en esta obra una perspectiva de “carácter nacional y establece las características del área Caribe” (Pampín, 2008, p. 1). Pero no se vaya tan lejos pues lo que interesa en un espacio cultural tan amplio son las muchas particularidades, y por ello no puede creerse completamente tal afirmación como un apotegma, de un Caribe “cubanizado”, a partir de una sola experiencia.

Más cerca de la flexibilidad y de la capilaridad conceptual, en el prólogo de La isla que se repite (1998), Antonio Benítez Rojo se refiere a que se tengan en cuenta las “experiencias coloniales distintas” en el Caribe, ya que significaría vencer los principales obstáculos que definen el área: fragmentación, inestabilidad, recíproco aislamiento, desarraigo, complejidad cultural, dispersa historiografía, la contingencia y la provisionalidad (p. 18), resultado de que mundo caribeño se halla “saturado de mensajes —´language games´, diría Lyotard— emitidos en cinco idiomas europeos (español, inglés, francés, holandés, portugués), sin contar los aborígenes”, lo cual dificulta la comunicación en la región (p. 11-12).

Lo anterior es el resultado de que el Caribe se resista también a ser definido desde las distintas metodologías imaginadas para contemplar y reflexionar acerca de las múltiples interacciones posibles de tan complejo espacio cultural, pues como “meta-archipiélago, sin centro y sin límites”, desbordado, el Caribe, además de la fragmentación e inestabilidad, significa “ruidos y opacidades, un sistema no lineal, un sistema no predecible, en resumen un sistema caótico” (Benítez Rojo, 1984, pp. 15-18), que se mueve dentro de sus propias dinámicas y ritmos manifestados a través de lo marginal, lo residual, lo incoherente, lo heterogéneo y lo impredecible, de forma que

todo caribeño sabe, al menos intuitivamente, que el Caribe es mucho más que un sistema de oposiciones binarias. Puede verse también como un mar cultural sin fronteras, un mar cuyos flujos conectan a Hermes con Echu, Eleguá, Papá Legba y Legba-Carrefour, a Kingston con la cultura de Akan y las ciudades de Bristol y Addis Adeba; a La Habana con el antiguo reino de Oyó, la Sevilla del siglo XVII y el Cantón de 1850 (Benítez Rojo, 1984, p. 350).

Existen, pues, muchos factores históricos, geográficos, políticos, económicos y culturales que no permiten conformar una “estética caribeña”, al ser “demasiado problemáticos” para aventurarse a una rápida respuesta (Benítez Rojo, 1984, p. 387). De allí que, conceptos como “poscolonial”, “cultura”, “estética caribeña”, “expresión estética”, “criollización”, “criollidad”, lo caribeño o caribeñidad, convienen en representar una “identidad cultural bifurcada, siempre proyectada entre un acá y una allá (galaxia, rizoma, manglar, anfibio), y una matriz socioeconómica anclada en el black hole de la plantación” (p. 387). Los resultados serán, pues, en vista de tan complejo panorama, controversiales en virtud de su fragmentación, inestabilidad, recíproco aislamiento, desarraigo, complejidad cultural, dispersa historiografía, contingencia y provisionalidad: “El Caribe es un mar histórico-económico y un metaarchipiélago cultural sin límites, un caos dentro del cual hay una isla que se repite” (1998 b, 17).

En este aspecto, la literatura del Caribe se asume como un espacio de gran plasticidad, en el que la identidad, como parte de la memoria y características de una región, confluya con otras relaciones. Se quiere, entonces, reconfigurar lo propio a través de los vacíos, carencias y deseos, pero a través de una “factualización”, de una ficcionalización parecida a la verdad (Caballero, 2010). Esta ficcionalización y la plasticidad se acercan también a las nociones políticas y geográficas. Anaya Ferreira (2001) encuentra uno de esos filones temáticos a partir de que “los poemas expresan las tensiones permanentes que definen a la literatura caribeña en general, es decir, la búsqueda y el reconocimiento/cuestionamiento de las raíces culturales que contribuyen a un sentido de identidad colectiva, por no llamarla identidad nacional o regional” (p. 209).

Desde otra visión, Raphaël Confiant, en su conferencia “Paisaje, historia y literatura en el archipiélago Caribe”, expresa que a pesar de que la globalización conlleve una visión otra, así como cambios y cuestionamientos en las nociones de nación, territorio, lengua materna e identidad, tal plasticidad en el mundo caribeño lo hace único:

El paisaje se esfuma frente a la imagen en tres dimensiones […] En las novelas del movimiento de la Criollidad (Créolité), la naturaleza no solo es personaje, como en las obras de Glissant, o historia, sino que también se convierte en una entidad que debe ser respetada y protegida al igual que los seres humanos (2011, p. 5, b).

Lo que interesa de esta cita son los términos identidad y naturaleza, entendida esta última como paisaje. La visión abierta y posmoderna de Confiant cuestiona las nociones de identidad, nación, territorio, lengua materna y redimensiona la de paisaje, mirada que lo identifica con Edouard Glissant en varios elementos, especialmente en el de “mestizaje consciente de sí mismo”.

En esta línea, en “La voz del crepúsculo” (2000), Walcott hablaba de que “los escritores de mi generación éramos integradores por naturaleza” (p. 15), pues combinaban la literatura griega, romana y británica. Parte, entonces, de que no solo es relevante mirar las Antillas y América desde la musa de la historia, sino a partir de la visión adánica que han tenido los poetas del Nuevo Mundo, pues este era un mundo que sufría de amnesia, en el “que nada había, todo estaba por hacer. Con esa prodigiosa ambición era como uno empezaba” (Walcott, 2000, p.16). Por eso la convicción de que esos escritores y teatreros de veinte años atrás, alrededor de 1950, no solo partía de crear una obra teatral sino de crear un teatro y su entorno: “Caminábamos, como nuevos Adanes, en una nutritiva ignorancia que nombraba a las plantas y a las personas con la creencia pueril de que el mundo es su propia época […] no necesitaba en absoluto de escenarios, vestuario, iluminación, de todos los ‘sucios ingenios’ del teatro” (p. 17). De allí que sus presupuestos creativos fueran más allá de los límites de representar las propuestas del negro africanista o la del panbritánico; ante ello, él toma partido por el tercer grupo, encargado de purificar el lenguaje, torturándolo y rearticulándolo, tanto el “dialecto de la calle como el lenguaje del aula”, y el que funda eléctrica, creativa y esquizofrénicamente lo antiguo y lo nuevo (Walcott, 2000, pp. 20-28), a pesar de que se le tache de ser “pretencioso o de jugar a ser blanco. Éste es el mulato del estilo. El traidor. El integrador” (p. 20). Su exploración escritural, buscó, pues, ser perfomativa: mostrar y hacer re-vivir los silencios y el “desangelado e inculto paisaje”, considerado “poco instruido como nuestra sintaxis”, reemplazado por “un júbilo que lo siente todo renovado” (Walcott, 2000, pp. 42-55).

En su recorrido por los poetas del Caribe, Walcott observa en Saint John-Perse, por ejemplo, “la mayor amplitud del elogio elemental a los vientos, a los mares, a las lluvias […] Su espíritu es el mismo que el de los poemas de Whitman o Neruda, pues todos ellos buscan espacios en los que el elogio de la tierra es ancestral” (Walcott, 2000, pp. 55-56)16. Edward Hirsh (1998) considera en su ensayo sobre Walcott que al pertenecer este poeta a la estirpe de St. John Perse, Aimé Césaire y C. L. R. James, ha creado una literatura en muchas lenguas distintas, expresando su creatividad al escribir acerca de un lugar por vez primera, acogiendo Hirsch lo que llama Alejo Carpentier “la tarea adánica de darle a cada cosa su nombre”.

La propuesta se puede encontrar, aun más, en estos versos de Derek Walcott: “Adán tuvo una idea. / Él y la serpiente compartirían / la pérdida del Edén a cambio de una ganancia. / Así que ambos crearon el Nuevo Mundo. Y la cosa iba muy bien” (citado por Hirsh, 1998, p. 68). Dominique Aurélia (2012) ha subrayado también la naturaleza adánica de la poesía de Walcott a través del análisis de las imágenes nacidas de la relación entre paisaje y memoria, las cuales cuestionan y replantean el vacío y el silencio dejado por la amnesia implantada por la destrucción colonizadora. Una muestra de ello se encuentra en los cuatro primeros versos del poema “Orígenes”, de Poemas escogidos (1964):

La oleada en flor restalla sus espumas.

Silban blancas abejas en el cráneo del coral.

Vine sin nombre, entre aceitunas de algas;

Feto de plancton, no me acuerdo de nada (2012, p. 17)

Para Kerry-Jane Wallart (2005), la poesía aparece como un intento de cubrir el paisaje originario por el “lenguaje excavado”, colonizado, y “expone el origen de la lengua propia”. Su apariencia bucólica (exenta de ingenuidad) busca nombrar las cosas antes de la invasión de los colonizadores. Esa conciencia “ingenua” del poeta “no es tanto un retorno a la pureza más que el ocultamiento de la conciencia poética ‘detrás’” (párr. 27) que busca denunciar mediante máscaras los efectos robados. Allí Walcott, en su descripción whitmaniana, en muchos de sus poemas, ha mostrado la naturaleza “nueva” de su entorno antillano, ese nombrar de nuevo el universo. En un poema, “Tal como Juan de Patmos” (2012), se lee:

Esta isla es el paraíso: lejos de la citadina sangre jadeante de polvo;

vean las curvas de la bahía, vean la belleza esparcida, bello es

el alado sonido de los árboles, el cielo de la pólvora dispersa

al encenderse la noche. Pues la hermosura ha cercado

a sus hijos negros, y los ha liberado de las canciones sin casa ni hogar

(p. 12, de En una noche verde).

Quiero hacer armonizar este concepto de poesía adánica como el de una experiencia que habla de un retorno a un tiempo anterior, con lo expresado por Octavio Paz cuando indica en El arco y la lira (1998) que no cree posible en la actualidad poner en práctica la propuesta de Lautréamont de que algún día la poesía será elaborada por todos, pues “supone un regreso al tiempo original. En este caso, al tiempo en el que hablar era crear. O sea: volver a la identidad entre la cosa y el nombre […] una reconquista de la unidad primordial entre el mundo y el hombre” (Paz, 2000, pp. 35-36, destacado mío). Aquí, también lo adánico supondría una concordancia entre cosa y nombre; nombrar significa existir: nombro, luego el mundo existe. Allí la metáfora revitaliza el mundo. Pero la metáfora adánica es otra cosa: una distorsión, un vacío nuevo que se llena. Como indica Wallart en el artículo “La metáfora de Derek Walcott: en busca de una ‘lengua hacia atrás’” (2005):

Es en el movimiento de su utopía metafórica, búsqueda sin fin, el lenguaje puede reproducir el mundo por la importancia de la presencia textual del demiurgo. En ese regadío de autorreferencias, estas poéticas palabras sobre la incompatibilidad de caracteres entre la palabra y la cosa, entre el sentido y referencia, entre el significante y el significado, denuncia la falta de referencia entre sí; pero ella inventa nuevos caminos para captar una presencia en el mundo que permanece en las especificaciones de esta poética (párr. 25, traducción mía).

Para Wallart la poética adanista expone el origen de la lengua propia y se convierte en nominal “en el sentido de que participa en el nombramiento del mundo y está construida en torno a una frase sin un verbo” (párr. 8), en una descripción, “jugando de forma implícita en la homofonía entre la palabra y el mundo [de forma que] Walcott transcribía el murmullo del universo” (párr. 8). Para el poeta de la isla de Santa Lucía, entonces,

la metáfora de la “lengua hacia atrás” se basa en última instancia en un retorno al texto en sí mismo. Ello permite que la prominencia del lenguaje seminal sea más visible por el cual toda una literatura se libera de los antepasados y libros polvorientos (párr. 32).

Un ejemplo de lo comentado lo constituye el mismo “Orígenes”, en el que expone Walcott:

Nubes, cuadernos de bitácoras de Colón,

yo aprendí sus crónicas del océano,

y las de Héctor, enfrenador de caballos,

y las de Aquiles, Eneas y Ulises,

pero de “aquella afable tribu que salió de la tierra firme

para dar la bienvenida a Cristóbal cuando doblaba Icacos”,

El viento hojea páginas en blanco

(2012, p. 17)

Ese cuestionamiento a la Historia, que pretende la liberación de la cultura hispánica, encierra, también, la inclusión, el sentido de integración de Walcott, pues al mencionar a Aquiles, Eneas y Ulises, el poema, en palabras de Wallart, se presenta como “un texto hecho de pedazos del mundo varados en la playa” de este poeta que se identifica como un Robinson con Viernes, el buen salvaje, que busca cuestionar los vacíos, la afasia y la amnesia que expresa en esa parte de la lingüística caribeña.

Hace presumir, entonces, el comentario final irónico de Walcott acerca de que esta poesía, como la Biblia, conllevó en su Génesis la visión de “un mundo virginal, sin pintura”, pero no ingenua, pues “las manzanas del segundo Edén poseen la acidez de la experiencia. Hay en esa poesía una memoria amarga, y es la amargura lo que permanece en la lengua” (Walcott, 2000, p. 58). Y esa lengua narra el camino de una búsqueda. El hablante lírico del poema “Orígenes” declara: “Aquí, en el ruido del bajío que se retira, / entre estos bancos de arena, busco mi nombre propio y un hombre” (2012, p. 23). La poesía anticolonialista de Walcott tiene esa acidez, pero también una carga memorable. Mercado, en mucha de su obra poética, elabora esa mirada adánica, mucho más en aquellos poemas donde incursiona en el mundo del paisaje y la memoria.

La redimensión del paisaje, desnudándolo del naturalismo o del romanticismo, revela su relación con mucha de la poesía del Caribe. Mónica del Valle (2011) rearticula la idea de una especie de caribeñidad o antillanidad de la experiencia colonial mediante los nodos de historia y paisaje, e indica que en el Caribe se presenta una poética adánica como revelación de un lenguaje anticolonial, como son los casos del mismo Walcott, José Lezama Lima, Wilson Harris, Jean Bernabé, Patrick Chamoiseau y Jamaica Kincaid, quienes apuestan a una obra sin marcas de raza ni nación, aunque presenten huellas de miradas racializadas, con identidades propias, despojadas de improntas esencialistas, mediante textos que develan más preocupaciones artísticas que politización, y más el despojo de huellas o críticas de su entorno y futuro, pues la historiografía ha insistido en borrar su pasado (pp. 163-182). El texto de del Valle contribuye a esclarecer en mucho esta ardua polémica acerca de si existe una cosmovisión única (criollista, negrista, mestiza, o híbrida), o una variopinta versión escritural y multisignificativa de la literatura caribeña.

Si bien existen algunas diferencias entre la literatura del Caribe anglófono, francófono e hispánico, el paisaje, la identidad y la memoria son factores aglutinantes, además de los constructos señalados por Torres-Saillant: historia, religión y lenguaje. En la poesía colombiana caribeña impera, en mucho, esa poesía adánica, ese re-nombrar lo nuevo, como si el ser humano pisara por primera vez la tierra.

A partir de una mirada posmoderna, Edouard Glissant critica la noción de una raíz única, totalitaria, unida a los conceptos de “ser” y “absoluto”, conceptos unidos a los de civilización y colonización. Desde su propuesta de criollidad, propone una estética rizomática, ramificada y plural, sin raíces, dirigida al encuentro de otras raíces culturales, la cual viene acompañada de una lógica, de un logos, de una estética del espacio, del paisaje, del territorio, pues el Caribe contiene una dialéctica entre naturaleza e historia, lo que conlleva una metáfora de lo inteligible —una hermenéutica lírica, en este caso, pues al mismo tiempo que en la cultura mestiza o híbrida otros elementos logran camuflarse: las lenguas, o los esclavos logran ocultarse en los manglares o las clases dominantes parecerse a las élites europeas, o cuando la naturaleza caribeña, antillana, adquiere una noción abierta, interpenetrada con la cultura humana y sus acontecimientos.

El cruce de naturaleza e historia acompañan este proceso singular a través de una estética de la relación, estética que se enriquece con la relación hombre-territorio, hombre–paisaje, en una comunión sin sujeciones ni ataduras. Un ejemplo de ello lo presenta Kamau Brathwaite, en palabras parecidas a las de Confiant, cuando en conversación con Edouard Glissant declara:

Mi sentido del espacio y de la distancia, por ende, tuvo que venir del océano y del cielo. Tuve la sensación de que en algún lugar afuera estaba el génesis del Caribe, la respuesta a lo que yo esperaba poder crear como artista, un génesis que es realmente donde todo arte comienza (en Phaf-Rheinenberg, 2008, p. 314).

En este sentido, Amílkar Caballero (2010), desde la óptica de lo polílogo, del palimpsesto, del pastiche, en un importante y reciente estudio acerca de la poética de Derek Walcott y Álvaro Miranda, retoma cuatro sustratos —desde una nueva tradición, desde el terreno inexplorado pero en construcción de la concepción ontológica palimpséstica, como parte de una “esquina” de Latinoamérica— que caracterizan al Caribe: una superestructura sincrética, una tradición de resistencia, la obliteración de la Historia particular de la zona y una relación profunda del habitante con el paisaje que lo rodea (p. 27). De allí que modelar, combinar, reestructurar de manera sincrética configuren la naturaleza proyectiva del arte caribeño. Así mismo, resultado de estas imbricaciones raciales, de lengua y religión, e históricas, el ser humano es otro, y, con él, su arte (valga esta larga cita):

En consecuencia, el hombre del Caribe no es europeo, ni africano, ni culi ni indígena, ni chino. Ni es más africano que europeo o viceversa. El hombre del Caribe es caribeño: Un hombre con tres rasgos novedosos: (1) unas lenguas nuevas por la interacción de fuerzas de sojuzgación y fuerzas de resistencia durante el período colonial (los creoles antillanos usados por la mayoría de los habitantes y, en el ámbito continental, el creole de base española del Palenque de San Basilio de Bolívar son ejemplo de ello); (2) una nueva cosmovisión fruto de los procesos de transculturación y (3) un crisol de razas producto de un proceso de miscegenación [y esta es su tesis central: de manera que] las literaturas del Caribe pueden leerse como un corpus unificado de poéticas que reconstruyen los rasgos de la identidad de sus pueblos mediante la deconstrucción del canon estético occidental (Caballero, 2010, p. 30).

Surge, entonces, el otro interés para visualizar la cultura del Caribe por ciertas temáticas que los escritores y poetas recrean en sus obras como experiencias vividas y que Benítez Rojo señala como particularidades del caribeño (cubano, supongo, para él): su atracción por el baile, los deportes, la danza (y para este caso, en Mercado, especialmente el boxeo), el sincretismo, la fragmentación, el aislamiento, el desarraigo y la complejidad cultural, entre otros. La noción de “cultura caribeña” viene a cubrirse así de un carácter humanístico y no geográfico, marcado por los desarrollos históricos (Mateo Palmer y Álvarez Álvarez, 2004, p. 61).

Luego de un rastreo de las obras más importantes (teóricas, críticas, históricas) sobre estudios del Caribe, el poeta y crítico Gabriel Ferrer (2005) plantea que la búsqueda de la identidad constituye un tema central pues la literatura caribeña otorga relevancia al “qué somos”, ya que la preocupación surge de una Historia diferente y otra que se ha desarrollado no solo desde la cultura hispano hablante sino desde la francófona y la anglófona caribeña. En un ejercicio de sistematización sobre las temáticas del Caribe, Ferrer considera que existen catorce características: el problema de la identidad, el autodescubrimiento y reconocimiento de la propia esencia, la otredad, la indagación de la historia, la africanidad y el imaginario cimarrón, el desarraigo y el exilio, el viaje; lo mítico, lo mágico y lo maravilloso; la pluralidad lingüística; la oralidad y el habla coloquial; la carnavalización, lo grotesco y lo desmesurado, el humor, la sátira y la ironía; la música y la nostalgia y la memoria (p.10).

Temas como el viaje, el exilio y el desarraigo darán pie también para crear el concepto de identidad transcaribe, por parte de Ralph Premdas, practicada por aquellos que se encuentran por fuera de su país y buscan, a través de sus relaciones identificatorias, compartir sus experiencias e informaciones de la nación de origen. Premdas además propone los constructos identidad regional, sustentados por la diversidad de las lenguas específicas, mientras que la identidad insular apuntará a la lealtad territorial del colectivo a su país. La identidad sub-estado conviene en ser representada por estados plurales y racialmente fragmentados como Guyana, Trinidad, Surinam y Belice (Premdas, citado por Ferrer, 2005, pp. 2-3).

Frente a tantos conceptos, sacralizaciones de regiones caribeñas, teorías mal argumentadas o sesgadas, creación de insularidades en la búsqueda de una identidad muchas veces múltiples y mal analizadas, Silvio Torres-Saillant (2011) reconoce que su libro Caribbean Poetics hacía parte de esas concepciones aislacionistas, al no mirar las influencias e importancia del Caribe continental:

Siento que he aprendido mi lección sobre los peligros de la insularidad en el lenguaje que empleamos para denominar la región de nuestros estudios, una lección que me ha inculcado algunos temores graves, pero, diría, saludables sobre el dañino efecto de tal lenguaje cuando el mismo marca nuestra manera de imaginar los lugares y las gentes que presumimos nombrar (2011, p. 26).

Pero otros temas que surgen son la importancia del mito, como lo recrea Derek Walcott en Omeros, visto a través de una reinterpretación o de una versión otra de lo real maravilloso de los años cuarenta o del realismo mágico de los años sesenta, pero en realidad hacia una nueva mitificación, lo que contribuye al proceso de desmitificación que existe en esta época. Sobre ello, indica Anaya Ferreira (2001) que en la tradición anglófona caribeña (pero también en la francófona) ello

determina el carácter múltiple y ambivalente de la exploración misma: el viaje de la imaginación hacia un origen mítico está marcado por el contacto con la misma cultura europea que, en primera instancia (y en la mayoría de los casos), se quiere cuestionar. Es decir, la reconstrucción imaginativa de una identidad original siempre se ve definida en relación con la experiencia colonial (p. 211).

A la pluralidad lingüística o el juego, se agregan ejercicios lúdicos y pluralistas. Para Kamau Brathwaite esta herida colonialista sin cerrar se puede empezar a curar mediante la “lengua nación”, pues, con “el uso de la lengua impuesta pero claramente marcada por los ritmos y la dicción de los pueblos caribeños (en especial los de origen africano) y su doble diáspora (hacia el Caribe mismo y hacia los polos metropolitanos de los países desarrollados)” (Anaya Ferreira, 2001, p. 214). Y en el caso de Omeros, Amílkar Caballero considera que este poema se encuentra escrito en “caribeño”, al superar la tensión entre lo oral y lo escrito: ni lenguaje formal ni marcadamente oral (p. 86). De forma que

las poéticas del Caribe se pueden considerar entonces como las poéticas de la búsqueda de preceptos autónomos para la escenificación de la realidad y, asimismo, como las poéticas de la ‘factualización’ de lo ficcional, pues ellas intentan erigirse como documentos portadores de la verdad (Caballero, 2010, p.16).

La estética adánica, relacionada con mostrar por primera vez el entorno espacial y familiar en virtud de la negación historiográfica colonial, conlleva otra labor a partir de la obra del premio Nobel de Santa Lucía, Walcott, y que, en mucho, puede ser aplicada a Mercado y a muchos poetas del Caribe: “La tarea para el artista antillano híbrido es fusionar los diversos fragmentos, pegar los añicos africanos, asiáticos, europeos y formar un nuevo todo que se goce en el fermento y la babel, glorificando la marquetería de la cultura de las Indias Occidentales“ (Hirsh, 1998, p. 1). Recordemos que el mismo Walcott se consideró un “integrador”, un mulato que fundía lo antiguo con lo nuevo.

La “búsqueda de preceptos autónomos”, “pegar los añicos” y la estética adánica confluyen con lo que denomina Stuart Hall (2010) el “acto de redescubrimiento imaginativo” (p. 350), que converge a su vez con el de los “actos de reunificación imaginaria” (p. 351), así como con el de “identidad imaginaria” que postula Ortega, situaciones a través de las cuales el poeta o el narrador, mediante las palabras, rehacen el mundo crítica, utópica y fragmentariamente desde la cotidianidad Además, revela la búsqueda de rehacer una “identidad abierta”, una “identidad crítica” y “la recuperación de las plenitudes celebrantes y las pulsiones deseantes” posible ello, inicialmente, en la poesía de Javier Sologuren y Jorge Eielson (Ortega, 1995, p. 61), entre otros, pero aplicable a la literatura del Caribe y Latinoamérica. La poesía del Caribe colombiano, desde esta perspectiva, vendría a reconstruir el “cuerpo simbólico de la identidad, esto es, el valor moral del habla dialógica” (p. 61), mediante una trama de la subjetividad del poeta en la que entran percepciones, memorias, saberes y sentimientos que impulsan una orientación para actuar en el mundo. Se trata de un percibirse como un nosotros, con un sentido de pertenencia a un espacio, a una comunidad. Desde este punto de vista, la poesía de García Usta, Ferrer y Mercado devendrían en reinstaurar “una moral de la comunalidad como una política de la identidad actual” (Ortega), mientras que la de Obeso, reivindica “la sustancia del imaginario populoso” (pp. 59-61).

Esta poesía tiene que ver como una muestra de la espacialización del arte, de una literatura perfilada como resistencia ante un mundo globalizado, proponiendo una conciencia poética antinacional, antioccidental o antihegemónica, pero inserta, al mismo tiempo, en una poesía del mundo, de “hacer sentido”. Representa, también, una poesía anticanónica que, como la de Candelario Obeso, cuestiona el canon occidental hispánico, blanqueado. De allí que quepa recordar la propuesta de Caballero (2010) en el sentido de que las literaturas del Caribe se puedan leer como un corpus de poéticas unificadas cuyos objetivos son reconstruir la identidad de sus pueblos y deconstruir el canon estético occidental (p. 30).

Coincide con Christian Campbell (2011), para quien los escritores caribeños negocian el género romance, entendido como “reapropiaciones caribeñas y transformaciones de las estructuras románticas (europeas) de lo popular-romántico-nacional” (p. 318); son intervenciones que cuestionan y re-exponen las estructuras escriturales coloniales, buscando, entre otros, reconstruir un contexto para la unificación local, la resistencia y el autoexamen colectivo. Obeso lo demuestra de gran manera. Estas constituyen, performances, obras que no requieren interpretaciones sino diversas epistemes; representaciones que son performativas, que se hacen, que hacemos convirtiéndose en obras romances. Así, indica, Campbell, los escritores del Caribe negocian el romance “con el cuerpo político haciendo romance como insider/outsider, una suerte de noble salvaje que se articula al cuerpo político”. Desde el plano del Caribe, especialmente en la poética de Derek Walcott, en términos de Campbell, la obra romance adopta y adapta lo neorregional y lo folclórico de manera que su estética de criollización conlleva una ansiedad con lo popular pero lleva a “posturas políticas contradictorias en relación con las ideas de raza (lo negro), nación, género, colonialismo” (p. 318).

Lo anterior, Obeso lo expone claramente. Estas obras demuestran también una aparente y engañosa postura, pues a pesar de que se descartan como sentimentales y esquemáticas, surgen de una “profunda, de una urgencia política y requiere un complejo trabajo de imaginación creativa” (Campbell, 2011, p. 318). Y esa coincidencia de racialización armoniza con lo expresado por Mónica del Valle (2011) referente a ver en las poéticas de Derek Walcott y Lezama Lima “una especie de sujeto sin marcas de raza ni nación, aunque ambos hablen en sus obras de sujetos racializados. Es un sujeto contradictorio en la medida en que no se lo enuncia como marcado por preocupaciones o intereses geopolíticos, sino exclusivamente creativos” (p. 116). Su supuesta idealización contiene una “sofisticada, problemática y problematizada estrategia de representación” que implica la negociación de ciertas “diferencias, complejidades y contradicciones en aras de producir una obra coherente con propósitos claros” (Campbell, 2011, p. 318), aunque este autor no desea ver la hibridez de Walcott.

Por parte de Mercado, se puede optar por una primera parte, relacionada con una poesía de apariencia neorregional en su temática, mientras que en la segunda no se muestra lo contradictorio, de forma que el Caribe se manifiesta como un espacio del performer, del hacer, de lo popular, como se verá más adelante. La elegía a través de la poesía del linaje es la que mostrará en Mercado este enlace con la poesía del Caribe: la elegía y la cultura popular, bajo un tono que recoge, en palabras de Campbell, una “tradición bucólica romántica, poesía pastoral”, donde la exaltación y el júbilo del paisaje natural y rural va acompañada de un gran sentido de melancolía. No solo en la poesía de Walcott se ve esta irrupción elegíaca, sino en la de la poeta Lorna Goodison, para quien, como en el caso de Mercado, “la elegía por un antepasado, una figura de persona mayor, también es a menudo un lamento por una cultura popular que se desvanece” (Campbell, pp. 321-325). La poética de la memoria familiar y la memoria filial, del linaje, hace parte de la poética de Mercado.

Una mirada (muy) general a la poesía del Caribe colombiano
Candelario Obeso, un precursor

Al querer ubicar la escritura de muchos poetas del Caribe colombiano como el resultado de una obra de zona periférica, de una cultura colonizada, con un espíritu contestario y anticanónico a la cultura central y hegemónica, la poesía de Candelario Obeso representa la primera respuesta de un creador que, a finales del siglo XIX, interpela a la cultura blanqueada y eurocentrista de la Atenas suramericana, filológica y resguardada de cualquier influjo no eurocéntrico, de espaldas a la identidad múltiple de la nación. Por tal razón, esta cultura del altiplano no registra ni acepta los bordes ni la periferia, hasta aún muy entrado el siglo XX; tampoco asume, desde el arte, las múltiples temporalidades ni la reinvención de la tradición nacidas de Gabriel García Márquez y Alejandro Obregón, quienes fueron aceptados más tarde, cuando la modernidad artística sopló con más fuerza en los años sesenta del siglo XX y la resistencia era irrecusable ante el influjo del mundo.

Desde la cultura del centro no se aceptaba ni la novedad ni lo que produjera extrañamiento ni la disrupción; tan solo se esgrimía la cultura binaria “de la que dependen gran cantidad de discursos: el nacionalista, el colonialista y el patriarcal” (Guasch, 2005, p. 8, en cita indirecta de Bhabha). Transformados las paradigmas en el siglo XXI, las siguientes preguntas constituyen afirmaciones: ¿Se imponen, entonces, nuevos localismos o miradas desde lo local como conciencia de lo relacional y lo contextual como inclusión, es decir, desde lo nacional?

Hablar del centro significa hablar de fronteras. Desde su territorio, Obeso buscaba un reconocimiento, una identificación desde su poesía, al afirmar de alguna manera que somos voces, somos intérpretes de la nación, pero también de la poesía y de la frontera pues el Caribe colombiano se constituía en “nación”: se trataba de una comunidad blanca imaginada y violenta, truncadora, nacida de la negación de varias etnias, razas y zonas periféricas de la geografía nacional. Desde su espacio perimetral, la poesía espacialista y humanista de Obeso muestra las situaciones de personajes populares con alma, corazón y vida. Su poética presenta una densidad simbólica que constrasta con la poesía del páramo de Diego Fallon, Eusebio Caro y el cartagenero Rafael Núñez, entre otros. Esta se encuentra sujeta a significaciones blanqueadas desde “el corazón y la letra de la patria”, encarnada en una desfasada poesía greco quimbaya y romántica parnasiana. La supuesta poesía de la “frontera” permitía (proponía) un espacio de alteridad y de superación de la homogeneidad seudoeurocéntrica colombo-española. Buscaba que su propuesta poética se constituyera no en el lugar peligroso y de obsesión violenta de los territorios “nacionales” con su cultura guerrerista, sino en el de una poética de la reconciliación fronteriza frente a la admonición civilizatoria del dominio metropolitano neocolonialista. En su poema “Erpropiación re unos corigos”17 lo presenta, desde el comienzo, de manera patente:

Cara sé tiene en er mundo,

Apacte re la cotilla,

Otro sé que poc má fuecte

Ej er puntá re su vira (1988, p. 40).

En el verso noveno, luego de recurrir a refranes que preparan su declaración, indica: “Yo, branco, lo tengo a uté/ Hoccón re mi probe vira” (p. 40). A este hablante no le interesan efectos materiales o el hambre, sino valores o desvalores: “Una inrecencia a dijtiempo, / La ingratitú inmerecía”. Como la amistad, en la que se halla “en er mundo su arrima” (p. 42).

El oyente lírico, un blanco, centro del discurso, parece neutral. El negro parece decir sus palabras al vacío, sin embargo hay aceptación por parte de aquel porque han compartido: “re toro lo suyo/ Que me guta y me ra enviria/ Siempre rijpuse, tar cuar/ Re la s’hoja la jormigas...” (p. 42). Pero la existencia del otro afirma la propia: “Yo seré siempre er que soy/ Poc má chajco que reciba...” (1988, p. 44).

Unos setenta u ochenta años después, parte de la poesía de Derek Walcott se encamina en el mismo sentido. Reygar Bernal (2010) ha indicado que en poemas como “Ruins of a Great House” y “Verandah” Walcott logra proponer “su concepto de identidad del yo caribeño y cómo se ve a sí mismo en relación con los otros, que son distintos”. A través de una “dialéctica de la conciliación” Bernal muestra cómo en el primer poema Walcott “explora el ‘yo’ lleno de ira del sujeto poético, criticando con ira a ῾los otros’: facinerosos como Walter Raleigh, Drake, el mármol griego impuesto en las nuevas tierras mediante la conquista imperial y los sufrimientos inflingidos por Albión; se concluye que eso lo dejaron como una “lepra del imperio”, pero al final “nos presenta un ‘nosotros’ ante los ‘otros’ personajes” (p. 122-123), adoptando un tono conciliador, compasivo ante la cultura conquistadora cuestionada. De igual manera, en “Verandah” el abuelo ficcionalizado de Walcott, quien representa el poder de la plantación y la conquista blanca, se transforma en un nosotros caribeño a través de su nieto poeta. Walcott reconvierte e inserta la cultura “universal”, eurocéntrica, en caribeña. Lo que se postula es la conciencia reivindicatoria de Bajtin:

Solo al revelarme ante el otro, por medio del otro y con la ayuda del otro, tomo conciencia de mí mismo, me convierto en mí mismo. Los actos más importantes que constituyen la autoconciencia se determinan por la relación con la otra conciencia. Los actos más importantes que constituyen la autoconciencia se determinan por la relación con la otra conciencia (con el tú). La ruptura, la desunión, la clausura en sí mismo como la causa principal de la pérdida de sí mismo (2015, p. 140)

En cierta manera, la poesía de Candelario Obeso tiende a presentar una identidad construida, a un canto de búsqueda o propuesta posible de unidad nacional, aunque también a dibujar una congregación étnica, del boga y sus coterráneos, viviendo en un paraíso perdido, del beatus ille, pero para que sea incluida dentro del panorama cultural, en un especie de reconciliación étnica. De hecho, un poema, “Serenata” puede ser esa biografía escondida del enunciador del “Canto rel montará”. En “Serenata” el yo poético no solo se expresa contra la guerra sino contra “los cachacos”, ciudadanos del centro de Colombia. Él, “cuando lo goros” gobernaban, apoyó a los liberales y fue “sordao/ Porque efendía/ Mi humirde rancho”, pero ahora condena cualquier contienda porque “Ya pasó er tiempo/ Re loj eclavos; / Somo tan libre/ Como lo branco” (1988, p. 52).

La poesía para Obeso se constituiría en un espacio ético sin aparentes determinismos geográficos o históricos, pero también pertenecería a la radicalización clasista que yuxtapone lo “crítico” y lo “literario” entrelazado con lo popular y lo oral. El lar quimérico virgiliano de la poesía colombiana de finales del siglo XIX se constituye esta vez en el eje inspirador de la cultura que cuestiona lo “universal” o lo nacional, representándose la poesía como una revelación (reflexión) liberadora. Se consolida, así, una poética geopolítica, mediatizada por una geopoética, pero, al mismo tiempo, desde su entrada al pasado, al hablar de sus raíces, entraría al terreno mitificatorio del otro.

Obeso revela, además, “historias de vida”, relatos que dejan ver una “poética del relato” (en términos de Ricoeur, 1999), relativos a los recursos de creatividad y de narración, conjugados con los juegos del tiempo, como igual se encuentra en las obras de Mercado, Ferrer y García Usta. Poesía de la identidad construida y por construir, de la experiencia, del contar, del ser contradictorio que muestra la identidad de sí mismo y del otro, una identidad en la que el tiempo histórico, de factualización, se conjuga con el de la ficción, buscando interpretarse e interpenetrarse a sí mismo y al espacio en un proceso dialógico. Como en todo acto de naturaleza lingüística, en ella se busca contar, de forma que el autor se comunica, configurando una identidad narrativa que cumple, en el caso de José Ramón Mercado, el papel de una identidad contada, la cual lleva, también, a ubicar su juicio, en palabras de Ricoeur, su “imputación moral” (1999, p. 227), y con ella, su cosmovisión. Esta imputación configurará, además, la naturaleza de algunos de los libros de Mercado.

En Obeso se observa también una visión multiculturalista, porque dentro de la naturaleza plural los poetas hablan desde las diversas etnias e incluyen la oralidad, el conversacionalismo o coloquialismo como mecanismo expresivo, el espacio y el tiempo, resultado a su vez de la “poesía de la experiencia” latinoamericana y española. Busca, entonces, para Ortega, abrir un espacio discursivo alterno, un discurso otro que revela la “discursividad nuestra” y una identidad crítica, de resolución, mas no simplemente de origen, pues significaría representar el esencialismo conservador y el determinismo. Como ha indicado Hall, la identidad, en este caso cultural, se revela “como algo constituido no fuera sino dentro de la representación [...y] que es capaz de constituirnos como nuevas formas de sujeto” (2010, p. 318). Los personajes líricos hablan, con lo cual se quiere restaurar la autorrealización, la renovación de la vida a través de un discurso antitraumático, a través de una “identidad imaginaria” que reconstruya el cuerpo simbólico, recuperándolos a través de la obra de los artistas y escritores, de su otredad y su textualidad cultural imaginada y verbalizada, renombrada, alterna y procesal (Ortega, 1995, pp. 58-62).

Una mirada a la poesía actual

Antes de continuar, unas cuantas explicaciones: la poesía del Caribe colombiano se encuentra en un proceso de reconocimiento no solo a nivel nacional sino internacional. Más allá de los nombres de Candelario Obeso y de Luis Carlos López, poetas como Héctor Rojas Herazo, Giovanni Quessep, Raúl Gómez Jattin, Jaime Manrique Ardila y Rómulo Bustos Aguirre se han destacado en el panorama continental artístico y han logrado ser publicados en otros países.

De esta divulgación y reconocimiento hace parte una serie de poemarios que han aparecido paulatina, y justamente a partir de los años setenta de siglo XX cuando empiezan a formalizarse las publicaciones de los poetas de la región Caribe colombiana. Puesta la mirada cincuenta años atrás, podrían encuadrarse algunas líneas temáticas generales, así: con Luis Carlos López, pintor de costumbres del lar local, el lenguaje, coloquial y sardónico ocupa un lugar central, pues logra rebasar las temáticas “correctas” del mundo griego y latino de los románticos finiseculares colombianos sostenidas veinte años atrás. De escritura ágil y rápida, la pluma de López se asume como una propuesta vanguardista, novedosa para la esclerótica poesía de ese momento.

A finales de los cuarenta y a partir de los 60 se encuentra, de manera más completa e inclusiva en cuanto a publicaciones, la propuesta poética siguiente en la que se encuentran varias vertientes: la existencial y dolorosa (Héctor Rojas Herazo, Raúl Gómez Jattin, Jaime Manrique Ardila); una perspectiva de alguna manera telúrica, de sesgos antropológicos, en las que se dejan escuchar (hablar) las voces humanizadas de Candelario Obeso (a pesar del pertenecer al siglo XIX), de Jorge García Usta, y una visión culturalista, del rigor y del gusto por la palabra y el tiempo, neoclásica con Giovanni Quessep. Asimismo, más en una concepción que apunta a iluminar la identidad familiar y la memoria como estructura poético-antropológica, se hallan Raúl Gómez Jattin, José Ramón Mercado Romero y Gabriel Ferrer Ruiz, de quienes habría que destacar que tuvieron un cruce con los poetas indicados anteriormente. En otra óptica, se encuentran Jorge Artel y Meira Delmar, libres de cualquier discusión por sus calidades, e ingresan en este reconocimiento poetas relativamente jóvenes como Miguel Iriarte, Fernando Denis, Mónica Gontovnik, Margarita Galindo, Nora Carbonell, Tallulah Flores y Clemencia Tariffa, entre otros.

Tan cerca del espacio y tan lejano de ellos, la poesía de Giovanni Quessep se decanta, desde lo temático como desde lo estructural, por un misticismo difuminado, acompañado de mucha intemporalidad, purificación, irrealidades, memoria cultural, exaltación de los mundos interiores, rigor, orden, sensualidad de las palabras, temáticas y condiciones que lo alejan, supuestamente, de una “presunta” poesía caribeña, mucho más cuando lo mítico y el linaje quessepiano contribuyen a remirar su propia concepción.

Rómulo Bustos Aguirre pareciera acercarse a los horizontes de Quessep, pues en él subyace una transformación que lleva a ciertas interrogaciones místicas en un comienzo, como sucede con El oscuro sello de Dios (1988) y luego en un lirismo minimalista o materialista, como en Sacrificiales (2010), en la cual desarrolla a su vez nuevas nociones y expande su cosmovisión en un aparente retorno a la “realidad” del Caribe colombiano, o a una poesía paradójica y autorreflexiva en Levitación y muerte de la ballena (2010), reveladora de una neorrealidad sarcástica y difuminada pero aun así lúdicamente simbólica y metafísica. Cabe mencionar también La pupila incesante(2013 y 2016), donde lo inasible y un humor negro cada vez mayor se conciben como centros temáticos.

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22 октября 2025
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ISBN:
9789587462029
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