Читать книгу: «Isabel de Habsburgo»

Colección: Novela Histórica
www.nowtilus.com
Título: Isabel de Habsburgo
Autor: © Yolanda Scheuber
Copyright de la presente edición © 2010 Ediciones Nowtilus S. L.
Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madrid
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Diseño y realización de cubiertas: eXpresio estudio creativo (expresio.com)
Diseño del interior de la colección: JLTV
Imagen de cubierta: COPYRIGHT © Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
ISBN: 978-84-9763-946-0
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
Las princesas de Austria inspiramos este recuerdo en honor de nuestra querida madre, la reina Juana I de Castilla de quien, aún viva, nos dejaron huérfanas.
DEDICATORIAS
A las Princesas de Austria, luego Reinas todas ellas: Leonor, Isabel, María y Catalina de Habsburgo, quienes han dejado su huella en esta historia.
Por ellas y para ellas va dirigida esta novela.
A mi madre, quien me abrió por primera vez, a mis cinco años de edad, las puertas de la historia de Juana I de Castilla y de sus hijas.
A mi padre, por su maravilloso ejemplo de vida.
A mi esposo, por su inigualable e incondicional apoyo, colaboración y paciencia, por ayudarme a que la memoria de estas Reinas permanezca viva.
A mis hijos, para que puedan conocer a través de esta historia la valentía con que se enfrentaron a la vida las cuatro hijas de la reina.
A mi hermana Victoria, a la que me unen no solo los lazos de sangre y afectos, sino nuestra pasión por la Literatura, quien desde los Alpes suizos —patria de los Habsburgo— me brindó su claridad literaria y su luz conceptual en la corrección del manuscrito.
A la gloria de san Francisco de Asís, día en que terminé la escritura de este libro.
AGRADECIMIENTOS
A mi amiga Carmen Vaquero Serrano, que desde Toledo me aportó su inestimable y entusiasta ayuda en la recolección de los datos de Leonor de Habsburgo y con su incansable afán y sabiduría me fue guiando por los laberintos del maravilloso siglo XVI.
A mi amigo Diego Varas, por su valiosa y desinteresada colaboración en el soporte técnico.
Al señor José Manuel Díez Fuentes, responsable técnico del Área de Historia de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes —taller digital—, por su ayuda en la búsqueda de datos sobre los primeros años de vida de las princesas de Habsburgo.
Al señor Hjordis Kalso Hansen de la Fundación Reina Isabel de Dinamarca y a la Embajada de Dinamarca en Madrid, por toda la colaboración brindada sobre la aportación de datos sobre Isabel de Habsburgo.
A la señora Lisbeth Hallas-Borum, encargada del Departamento de Cultura e Información de la Embajada de Dinamarca en España, por su gentil colaboración en la orientación de mi investigación.
Al señor Morten Dahl Nielsen del Departamento de Cultura e Información de la Embajada de Dinamarca en Madrid por su colaboración en la búsqueda de datos sobre Isabel de Habsburgo.
Al señor José María Burrieza Mateos, jefe del Departamento de Referencias Archivo General de Simancas, España, por su asesoramiento.
Al Área de Historia de la Biblioteca Virtual Cervantes de la Universidad de Alicante, España, por su colaboración.
Índice
Portadilla
Créditos
Cita
Dedicatorias
Agradecimientos
Personajes
Prólogo
Capítulo I: Cuando el alma no quiere marcharse
Capítulo II: En un mar de dudas
Capítulo III: En tierras danesas
Capítulo IV: El inicio de mi reinado
Capítulo V: Los mensajeros
Capítulo VI: Un paréntesis de paz
Capítulo VII: La desolación de un rey
Capítulo VIII: Los reyes de Dinamarca
Capítulo IX: La dureza del destino
Capítulo X: Estocolmo bañada en sangre
Capítulo XI: La unión de Kalmar
Capítulo XII: Regreso a Malinas
Capítulo XIII: En el destierro
Capítulo XIV: Entre Alemania y Flandes
Nota de la autora
Epílogo
Nota histórica
Cronología
Árboles genealógicos
Contracubierta
PERSONAJES
Casa Trastámara (España)
Isabel de Castilla y Fernando de Aragón: los Reyes Católicos de España, padres de Juana I de Castilla y abuelos maternos de los príncipes de Austria Leonor, Carlos, Isabel, Fernando, María y Catalina de Habsburgo.
Juana I de Castilla: Infanta de España. Hija de los Reyes Católicos, esposa de Felipe de Habsburgo (el Hermoso), madre de los príncipes Leonor, Isabel, María, Catalina, Carlos y Fernando. Archiduquesa de Austria desde 1496 hasta 1555. Reina de Castilla, con el nombre de Juana I, desde 1504 hasta 1555 y reina de Aragón desde 1516 hasta 1555.
Juan de Trastámara: hijo primogénito de los Reyes Católicos, príncipe de Asturias, hermano de Juana I de Castilla y esposo de Margarita de Austria.
Isabel y María Trastámara: hijas de los Reyes Católicos, hermanas de Juana I de Castilla y esposas de Manuel I de Portugal.
Catalina de Aragón: hija de los Reyes Católicos, hermana de Juana I de Castilla y esposa de Enrique VIII.
Casa Habsburgo (Austria)
Maximiliano I de Habsburgo: emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, esposo de la duquesa María de Borgoña y padre de Felipe y Margarita de Habsburgo. Abuelo paterno de los príncipes de Austria Leonor, Isabel, María, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo.
María de Borgoña: duquesa de Borgoña, esposa de Maximiliano I, madre de Felipe y Margarita de Habsburgo. Abuela paterna de los príncipes de Austria Leonor, Isabel, María, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo.
Felipe de Habsburgo: príncipe de Austria. Hijo del emperador Maximiliano I de Habsburgo y de María de Borgoña, hermano de Margarita de Austria, esposo de Juana I de Castilla, padre los príncipes Leonor, Isabel, María, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo. Archiduque de Austria, duque de Borgoña desde 1482 hasta 1506 y rey de Castilla desde 1504 hasta 1506.
Margarita de Austria: princesa de Austria. Hija de Maximiliano I de Habsburgo y María de Borgoña, hermana de Felipe de Habsburgo, esposa de Juan de Trastámara, príncipe de Asturias y, más tarde, duquesa de Saboya al desposarse en 1501 con Filiberto de Saboya. Gobernadora regente de los Países Bajos entre 1507 y 1515. Tía de Leonor, María, Isabel, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo.
Leonor de Habsburgo: archiduquesa de Austria. Princesa de España. Nieta de los Reyes Católicos y del emperador Maximiliano I de Habsburgo. Hija de Juana de Trastámara y de Felipe de Habsburgo, hermana del emperador Carlos V de Alemania y I de España, de Fernando, Isabel, María y Catalina de Habsburgo, esposa de Manuel I de Portugal y reina de Portugal entre 1519 y 1521, esposa de Francisco I de Francia y reina de Francia entre 1530 y 1547, madre de María, princesa de Portugal.
Carlos de Habsburgo: emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y hermano de Fernando, Leonor, Isabel, María y Catalina.
Isabel de Habsburgo: archiduquesa de Austria. Princesa de España. Nieta de los Reyes Católicos y del emperador Maximiliano I de Habsburgo, hija de Juana I de Castilla y de Felipe de Habsburgo, hermana de Leonor, María, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo. Esposa de Cristian II de Dinamarca y reina de Dinamarca de 1515 a 1523.
Fernando de Habsburgo: rey de Hungría y de Bohemia y después emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, hermano de Carlos, Leonor, Isabel, María y Catalina.
María de Habsburgo: archiduquesa de Austria. Princesa de España. Nieta de los Reyes Católicos y del emperador Maximiliano I de Habsburgo. Hija de Juana I de Castilla y de Felipe de Habsburgo, hermana de Leonor, Isabel, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo. Esposa de Luis II de Bohemia y Hungría. Reina de Bohemia y Hungría entre 1523 y 1526.
Catalina de Habsburgo: archiduquesa de Austria. Princesa de España. Nieta de los Reyes Católicos y del emperador Maximiliano I de Habsburgo. Hija de Juana I de Castilla y de Felipe de Habsburgo, hermana de Leonor, Isabel, María, Carlos y Fernando de Habsburgo. Esposa de Juan III de Portugal y reina de Portugal entre 1525 y 1557.
Felipe II: rey de España, hijo de Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal.
María de Habsburgo: hija de Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Maximiliano II.
Juana de Habsburgo: hija de Carlos V y la emperatriz Isabel de Portugal, esposa del príncipe Juan Manuel y madre del rey Sebastián de Portugal.
Maximiliano de Habsburgo: hijo de Fernando I de Habsburgo y de Ana Jagellón. Esposo de María de Habsburgo, hija de Carlos V.
Casa Avis (Portugal)
Manuel I de Portugal: el Afortunado. Rey de Portugal y primer esposo de Leonor de Habsburgo entre 1518 y 1521. Anteriormente viudo de Isabel de Castilla y María de Aragón, hermanas de Juana I de Castilla.
Miguel de Portugal: hijo heredero de Manuel I de Portugal y de la infanta Isabel, hermana de Juana I de Castilla.
Infanta María de Portugal: hija de Leonor de Habsburgo y Manuel I de Portugal. Princesa de Portugal, señora de Viseu.
Isabel de Portugal: hija de Manuel I y María de Aragón. Emperatriz, esposa de Carlos V y hermana del rey Juan III.
Juan III: rey de Portugal, esposo de Catalina de Austria.
Juan Manuel: príncipe heredero de Portugal, hijo de Juan III y Catalina de Austria, esposo de Juana de Austria y padre del rey Sebastián de Portugal.
María Manuela: princesa de Asturias, esposa del príncipe Felipe (futuro Felipe II), madre del príncipe don Carlos, hija de Juan III y Catalina de Austria, hermana del príncipe Juan Manuel.
Sebastián de Portugal: hijo póstumo del príncipe Juan Manuel y Juana de Austria. Rey de Portugal.
Beatriz de Portugal: hermana de la emperatriz Isabel de Portugal y del rey Juan III, hija de Manuel I y María de Aragón.
Alfonso, María Manuela, Isabel, Beatriz, Manuel, Felipe, Dionisio, Juan Manuel, Antonio de Avis: hijos del rey Juan III y Catalina de Habsburgo.
Casa Valois (Francia)
Carlos VIII y Luis XII: reyes de Francia.
Francisco I de Francia: rey de Francia. Se casó en primeras nupcias con la princesa Claudia, duquesa de Bretaña, hija de Luis XII, quien luego fue reina de Francia. Fue el segundo esposo de Leonor de Habsburgo entre 1530 y 1547.
Enrique II: rey de Francia, esposo de Catalina de Médicis.
Catalina de Médicis: reina de Francia, esposa de Enrique II.
Carlos de Orleans: hijo del rey Francisco I.
Luisa de Saboya: madre de Francisco I y de Margarita de Na-varra.
Francisco de Valois: hijo de Francisco I y Claudia de Francia. Delfín de Francia.
Enrique de Valois: hijo de Francisco I y Claudia de Francia. Duque de Orleans.
Margarita de Navarra: hermana de Francisco I, hija de Luisa de Saboya.
Casa de Borgoña
Carlos el Temerario: duque de Borgoña, padre de María de Borgoña, abuelo de Felipe el Hermoso y bisabuelo de Leonor, Isabel, María, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo.
Catalina de Francia: primera esposa de Carlos el Temerario.
Isabel de Borbón: segunda esposa de Carlos el Temerario, duquesa de Borgoña, madre de María de Borgoña, abuela de Felipe el Hermoso y bisabuela de Leonor, Isabel, María, Catalina, Carlos y Fernando de Habsburgo.
Margarita de York: tercera esposa de Carlos el Temerario, duquesa de Borgoña.
Casa de Oldemburgo (Dinamarca)
Cristian II: rey de Dinamarca, Noruega y Suecia, esposo de Isabel de Habsburgo.
Juan I de Dinamarca: rey de Dinamarca, padre de Cristian II y esposo de Cristina de Sajonia.
Cristina de Sajonia: reina de Dinamarca, de la Casa Wettin, esposa de Juan de Dinamarca, madre de Cristian II.
Juan de Oldemburgo: príncipe de Dinamarca, hijo mayor de Isabel de Habsburgo y de Cristian II de Dinamarca, hermano de Dorotea y Cristina de Oldemburgo.
Dorotea de Oldemburgo: princesa de Dinamarca, hija de Isabel de Habsburgo y de Cristian II de Dinamarca, hermana de Juan y de Cristina de Oldemburgo. Esposa de Federico de Baviera, elector palatino.
Cristina de Oldemburgo: princesa de Dinamarca, hija de Isabel de Habsburgo y de Cristian II de Dinamarca, hermana de Juan y de Dorotea de Oldemburgo. Esposa del duque de Milán Francisco Sforza, y, al quedar viuda, fue desposada con Francisco I, duque de Lorena.
Isabel de Oldemburgo: princesa de Dinamarca, hermana del rey Cristian II y esposa del príncipe elector Joaquín de Brandeburgo.
Federico I de Dinamarca: duque de Holstein, hermano de Juan de Dinamarca y tío de Cristian II. Rey de Dinamarca.
Dorotea de Brandeburgo: esposa del rey Cristian I y abuela de Cristian II.
Cristian III: rey de Dinamarca, hijo de Federico I.
Casa de Jagellón (Hungría y Bohemia)
Ladislao Jagellón: rey de Hungría y Bohemia, padre de los príncipes Luis y Ana Jagellón.
Beatriz de Nápoles: primera esposa del rey Ladislao Jagellón.
Ana de Foix-Candale: segunda esposa del rey Ladislao Jagellón y madre de los príncipes Luis y Ana de Hungría y Bohemia.
Luis II de Hungría: rey de Bohemia y Hungría, hijo del rey Ladislao Jagellón, hermano de la princesa Ana de Hungría y esposo de María de Habsburgo.
Ana Jagellón: reina de Bohemia y Hungría, hija del rey Ladislao Jagellón, hermana de Luis II de Hungría y esposa del archiduque Fernando de Habsburgo.
Otros
Príncipe de Chimay: amigo de Felipe de Habsburgo y caballero de honor de la archiduquesa Juana en Flandes.
Juan de Jarava: médico de la Corte de Leonor de Austria.
Hernando de Jarava: sobrino de Juan de Jarava y confesor de Leonor de Austria.
Fray Tomás de Matienzo: consejero y confesor de la archiduquesa Juana en Flandes.
Madame de Hallewin: gobernanta de los hijos del emperador, Felipe y Margarita de Habsburgo.
Ysabeau Hoen: comadrona de Lier que ayudó en el nacimiento de Leonor de Habsburgo.
María Orselaere: nodriza de Leonor, Isabel y María de Habsburgo.
Josina de Nieuwerne: aya de Leonor de Habsburgo y mecedora del príncipe Carlos.
Juana de Courtoise, Catalina van Welsemsse y Gerina Garemyns: doncellas de Leonor de Habsburgo.
Juana le Jeune: nodriza del príncipe Carlos (futuro Carlos V), hermano de Leonor, Isabel, María y Catalina.
Ana de Beaumont: dama de honor de Leonor de Habsburgo.
Lope de Garda y Lamberto van der Porte: médicos de la Corte y de Leonor cuando era niña.
Barbe Servel: aya del príncipe Carlos de Habsburgo.
Martín de Moxica: tesorero de la Corte de España en Flandes.
Doña Elvira de Mendoza: camarera real de Leonor de Habsburgo en la Corte de Portugal y luego aya de su hija la princesa María.
François de Buxleiden: arzobispo de Besançon, preceptor y consejero de Felipe de Habsburgo.
Philibert de Veyre: consejero de Felipe el Hermoso.
Juan Rodríguez de Fonseca: obispo de Córdoba y capellán de los Reyes Católicos.
Gómez de Fuensalida: embajador español en Flandes.
Ana de Borgoña, señora de Ravenstein de Duy Veland: guardadora de los príncipes en Malinas.
Don Enrique de Wittehem, señor de Beersel: gobernador y chambelán de los príncipes en Malinas.
Príncipe de Orange, conde de Nassau: teniente general y gobernador de Flandes.
Filiberto II de Saboya: duque de Saboya y segundo esposo de Margarita de Austria.
Hughes de Melun: vizconde de Gante, caballero de honor de Felipe de Habsburgo.
Antoine Laclaing: señor de Montigny, caballero de honor de Felipe de Habsburgo.
Beatriz de Tábara, Blanca Manrique, María de Aragón y Beatriz de Bobadilla: damas de honor de Juana I de Castilla en Flandes.
Filipota de la Perrière: camarera de los príncipes Leonor, Carlos e Isabel y aya de María.
Catalina de Hermellén: camarera de los príncipes Leonor, Carlos, Isabel y María y dueña de las doncellas de honor de Leonor e Isabel.
Juan Manuel, señor de Belmonte: valido del archiduque Felipe de Habsburgo.
Juan de Anchieta: maestro de los príncipes.
Pedro Núñez de Guzmán: ayo del príncipe Fernando.
Fray Álvaro Osorio de Moscoso: capellán del príncipe Fernando y obispo de Astorga.
Carlos de Croy, príncipe de Chimay: caballero de honor de Juana I de Castilla.
Diego de Villaescusa: obispo de Málaga.
Juan Rodríguez de Fonseca: obispo de Córdoba, capellán de sus Católicas Majestades y confesor de Juana en España.
Jehenin Bruneau: emisario de Felipe de Habsburgo.
Federico de Baviera: príncipe palatino y asesor de Felipe de Habsburgo. Esposo de Dorotea de Dinamarca.
Philibert de Viere: consejero de Felipe de Habsburgo.
Juan de Witte: fraile dominico, confesor de la princesa Leonor en la Corte de Malinas.
Gutierre Gómez de Fuensalida: embajador de España en Flandes.
Adriano de Utrecht: preceptor de Carlos de Habsburgo y papa de Roma Adriano VI.
Francisco Ximénez de Cisneros: arzobispo de Toledo y confesor de Isabel la Católica, regente de España.
Fadrique Álvarez de Toledo: duque de Alba y devotísimo del rey Fernando.
Bernardino de Velasco: condestable de Castilla.
Fadrique Enríquez: almirante de Castilla.
Guillermo de Croy: señor de Chièvres, camarero mayor de Carlos de Habsburgo.
Jean Sauvage: señor de Escaubecques, mayordomo mayor de Carlos de Habsburgo. Canciller del emperador.
Pierre de Boisot: tesorero de Carlos de Habsburgo.
Luis de Ferrer: tesorero de la Corte de Juana I en España y mayordomo en Tordesillas.
Gilles de Avelus y Gilles de Bousauton: mayordomos de la Corte de Carlos de Habsburgo en Flandes.
Juan de Berghés: procurador del reino.
Bernardino de Carvajal: obispo español en Malinas.
Mercurino Gattinara y Andrea del Burgo: asesores de Carlos de Habsburgo y embajadores del Sacro Imperio Romano Germánico.
Jerónimo de Cabanillas y Jaime de Albión: embajadores del rey Fernando de Aragón.
Juan Hockenay: chambelán de Carlos de Habsburgo.
Germaine de Foix: segunda esposa de Fernando el Católico y reina de Aragón desde 1505 hasta 1516.
Duque Carlos de Borbón: príncipe francés y general de los ejércitos de Carlos V.
Carlos de Lannoy: caballerizo mayor de Carlos de Habsburgo y virrey de Nápoles.
Don Fernando de Ávalos: marqués de Pescara y comandante de las tropas imperiales de Carlos V.
Duque Antonio Leyva: general de las tropas imperiales.
Don Íñigo de Velasco: condestable de Castilla.
Gaute Ivarsson: Arzobispo de Trondheim, Noruega.
Erik Valkendorf: arzobispo de Trondheim, Noruega.
Lage Urne, Godske Alhefeld y Birgen de Lund: obispos de Dinamarca.
Erik Trolle: regente de Suecia.
Gustavo Erik Trolle: hijo de Erik Trolle, arzobispo de Uppsala.
Jöns Bengtsson: obispo regente de Suecia.
Kettil Karlosson Vasa: obispo regente de Suecia.
Señor Erik Axelsson Tott: regente de Suecia.
Mogens Goye: consejero del rey Cristian II.
Albert Jepsen Ravensberg: consejero del rey Cristian II.
Torben Oxe: gobernador del palacio de Copenhague.
Hans Faaborg: tesorero del rey Cristian II.
Juan Brask: obispo sueco de Linkoping.
Dierik van den Hectwelde: guardajoyas del palacio de Malinas.
Albert Jepsen Ravensberg: consejero de Cristian II.
Ove Bilde: obispo danés, canciller del rey Juan I de Dinamarca.
Juan Ulf: secretario del rey Juan I de Dinamarca.
Juan Ángel Arcemboldi: legado del papa León X.
Dyveke Sigbritsdatter: joven holandesa, amante del rey Cristian II.
Sigbrit Willums: comerciante holandesa, madre de Dyveke y asesora de Cristian II.
Hans Bogbinder: posadero de Copenhague.
Jurgen Hyntze: canónigo de la catedral de Copenhague.
Conrado de Brandeburgo: preceptor del príncipe Cristian.
Magno Gioe: mariscal del reino.
Hans Mikelsen, Claus Holst y Didrik Slaghoeck: confidentes y consejeros de Sigbrit Willums.
Pedro de Meldorf: duque, asesor del rey Cristian II.
Paul de Hemmingstedt: conde, asesor del rey Cristian II.
Jens Andersen Beldenak: obispo y gran dignatario del Reino de Dinamarca.
Sören Norby: almirante de la flota danesa.
Oton Krumpen: general del ejército danés.
Matías Libie: obispo de Strengnäs, Suecia.
Heming Gadd: delegado del rey Cristian II en Finlandia.
Juan Suckol: embajador de Carlos V en Dinamarca.
Oton: obispo de Västeräs.
Maestre Jon: canónigo de Uppsala.
Vicente de Skara: obispo sueco.
Erik Abrahán Leionhufvud, Anders Rut y Anders Carlson: magistrados suecos.
Cristina Nilsdotter: llamada también la Dama Cristina, esposa de Sten Sture el Joven.
Lars Hass: ciudadano sueco.
Olao Pehrson: canciller del arzobispo Matías de Strengnäs.
Pedro y Lorenzo Ribbing: ciudadanos suecos.
Juan Francisco de Polencia: fraile delegado papal.
Johannes Magnus: clérigo de Linkoping, legado papal de Suecia.
Erico Fleming: Delegado del rey en Finlandia.
Erico Bruns: almirante de la flota de Lúbeck.
Golschalk Ericson: canciller del rey Cristian II.
Magno Munk: juez de la Asamblea de Viborg.
Oton Stisen: general danés a cargo de las tropas.
Daniel de Botan, Jorge Hoffmutt, Henrique conde de Hoya, Jorge Haarde: oficiales del ejército danés.
Magno Bilde, Olao Rosencrantz y Heidenstrup: consejeros reales daneses.
Federico III de Sajonia: el Sabio. Príncipe elector de Sajonia y hermano de Cristina de Sajonia y tío de Cristian II.
Axel: jinete de correos del rey Cristian II.
Sten Sture el Viejo: regente de Suecia.
Svante Nilsson Sture: regente de Suecia.
Sten Sture el Joven: regente de Suecia, hijo de Svante Nilsson Sture.
Carlos de Hamer: obispo noruego.
Herlof Hyddefad: jefe de los insurgentes suecos.
Godske Alhefeld: obispo danés.
Gustavo Eriksson: Gustavo I, rey de Suecia.
Erik Johansson: padre de Gustavo Eriksson.
Alberto de Prusia: primo de Cristian II de Dinamarca.
Joaquín de Brandeburgo: esposo de Isabel de Oldemburgo, cuñado de Cristian II de Dinamarca.
Martín Lutero: teólogo alemán, inspirador de la reforma de la Iglesia.
Felipe de Melanchton: teólogo, amigo de Lutero.
Nicolás von Amsdorf y Andrea Bodenstein (alias Karlstadt): teólogos, amigos de Lutero.
Hieronymus Schultz: obispo de Brandeburgo.
Alberto de Brandeburgo: obispo de Brandeburgo.
Juan Tetzel: fraile dominico.
Lorenzo Campegio: nuncio papal.
Francisco de Lorena: duque de Lorena, segundo esposo de la princesa Cristina de Dinamarca.
Tietgen: consejero danés.
Bartolomé de Carranza y Miranda: dominico, arzobispo de Toledo.
Luis Méndez de Quijada: mayordomo del emperador Carlos V en el Monasterio de Yuste.
Juan de Anchieta y Roberto de Gante: maestros de la princesa María de Habsburgo en la Corte de Malinas.
Matías Corvino: rey de Hungría.
Segismundo I Jagellón: rey de Polonia.
Jorge Podèbrady: rey de Bohemia.
Jan Hus: rector de la Universidad de Praga.
Juan Hunyadi: héroe de la resistencia húngara.
György Dózsa: líder de la revolución campesina de Hungría.
Desiderio Erasmo: humanista, escritor, consejero de Carlos V y María de Hungría.
Wilhelm de Rogendorf: mayordomo austriaco del archiduque Fernando de Habsburgo en Flandes.
Martín de Guzmán, Velázquez de Arévalos, señor de Roeux, señor de Sempi, señor de Molembais: integrantes de la Corte de Fernando de Habsburgo.
Jerónimo van Busleyden: consejero de Carlos V.
Bernard van Orley: pintor de Corte en Malinas.
Selim I: emperador otomano, padre de Solimán el Magnífico.
Solimán el Magnífico: emperador otomano, hijo de Selim I.
Tomás Bakócz: arzobispo del Primado de Esztergom.
Sha Isma il: rey de Persia.
Francisco de Ávalos: marqués de Pescara, general de los ejércitos imperiales.
Enrique III: rey de Navarra.
Filiberto de Orange: príncipe al servicio del emperador Carlos V.
Juan Zapolya: rey de Hungría.
Jean Frangipani: noble croata al servicio de Francia.
Ulrico Zwinglio: líder de la reforma protestante en Suiza.
Andrea Doria: almirante de la flota imperial.
Enrique VIII: rey de Inglaterra, esposo de Catalina de Aragón y padre de María Tudor.
Duque Francisco Sforza: duque de Milán y primer esposo de Cristina de Dinamarca.
Alfonso de Ávalos: marqués del Vasto y de Pescara, general del ejército imperial.
Barbarroja: pirata turco (Hayr al Din).
Luis Sarmiento de Mendoza: embajador español en Portugal.
Mercator: cosmógrafo de Carlos V.
Fernando Álvarez de Toledo: duque de Alba, general del ejército imperial.
Doña Elvira de Mendoza: aya de la infanta María (hija de la reina Leonor).
Luis de Ferrer, Hernán Duque de Estrada, Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia: mayordomos de Juana I de Castilla.
Francisca Enríquez: esposa de don Bernardo de Sandoval y Rojas, marquesa de Denia.
Señor de Trazegnies: lugarteniente de Carlos V.
Beltrán Plomón: servidor de la reina Juana I de Castilla y de Carlos V.
Francisco de Borja: paje del cortejo de Catalina de Habsburgo, duque de Gandía y general de la Compañía de Jesús.
Germaine de Foix: segunda esposa de Fernando el Católico.
Bravo, Maldonado, Padilla: dirigentes comuneros.
Juan de Ávila: confesor de la reina Juana.
Doña Margarita de Velasco: dama de honor de Catalina de Habsburgo.
Doña Margarita de Mendoza: camarera de la infanta María Manuela.
Don Juan Martínez Silíceo: obispo de Cartagena y maestro de Felipe de España.
PRÓLOGO
Por un extraño capricho del destino, Isabel de Habsburgo vivió en la penumbra lejana de la historia. Historia que apeló a los silencios y cubrió con su olvido la maravillosa vida de esta reina. Ella fue la segunda hija mujer de Juana I de Castilla (la Loca) y de Felipe de Austria (el Hermoso), hermana de los emperadores Carlos V y Fernando I de Austria y de las reinas Leonor, María y Catalina de Habsburgo.
El futuro de Isabel, como el de sus hermanas, fue previsto por su dinastía apenas llegar al mundo. Sin embargo, nunca pudo estar segura de él, porque el futuro siempre le otorgaba lo que ella jamás esperaba. Nadie la libró de su trágico destino, ni le permitió jamás vislumbrar la ilusión de indagar en su felicidad personal. Con su corazón apretado de tristezas, intentó que los sueños se aplomaran en su alma y aferrada a ellos vivió con extraordinaria entereza.
Al igual que sus hermanas Leonor y María, fue educada dentro de la suntuosa Corte de Malinas, al amparo de su tía Margarita de Austria y bajo la atenta mirada de su abuelo, el emperador Maximiliano I. Acatando los mandatos reales, cumplió con ellos fiel y obedientemente. Sus esponsales fueron minuciosamente calculados, porque constituían la base de la pacífica política exterior del imperio, que, buscando inclinar a sus pies las fronteras de otros reinos, hizo desposar a Isabel cuando apenas era una adolescente. Obligada por razones de Estado impostergables a defender la divisa imperial en la península escandinava, la unieron a un rey lejano y desconocido.
El golpe que acusó su alma al tener que abandonar Flandes la acompañó durante toda su vida, mas su inquebrantable fuerza de voluntad la llevó a superar los difíciles momentos que tuvo que vivir en su nuevo destino de reina.
Las adversidades fueron llegando a sus días, sin embargo Isabel de Habsburgo se fue conformando a ellas con fortaleza y entrega. Su vida estuvo hecha de renunciamientos y determinada por las situaciones políticas coyunturales, siendo el admirable paradigma de un tiempo crucial para la historia de la humanidad. Sin embargo, su paso fugaz por la vida y los destellos del imperio inconmensurable donde había nacido fueron apagando su nombre hasta dejarlo perdido en los senderos del olvido.
La semblanza de sus días muestra a una reina profundamente humana, de alma noble y generosa, a quien no le importó entregar su vida por la gloria de los reinos que la habían visto nacer y sobre los que tuvo que reinar.
Ella fue la dócil dama que su abuelo, el emperador Maximiliano I hizo sentar en un trono extranjero, buscando ensanchar con alianzas y afanes los dominios de su gran imperio. Jamás se rebeló ante su suerte, continuó adelante con lo que le imponían y, a pesar de las lágrimas derramadas, buscó con sus renunciamientos ayudar a su hermano Carlos cuando fue emperador. Ni la incómoda dureza de tener que aceptar al esposo que le habían elegido, ni las punzadas de dolor con que los sufrimientos atravesaron su corazón durante toda su vida hasta el borde de sus fuerzas disminuyeron jamás en ella el noble deseo de hacer siempre el bien.
La historia posó sobre su frente un velo de silencio y la indiferencia se adueñó de su nombre, impidiéndole traspasar los muros de la trascendencia, pero sí ganó la inmortalidad por una vida llena de hechos heroicos y por una extraordinaria determinación que le reservó un lugar entre las grandes. Ojalá que estas páginas puedan hacerla revivir en el recuerdo y, a su vera, transitemos con ella los mismos senderos que sus pies cansados recorrieron.
Su muerte no se hizo esperar. Sin embargo, le otorgó el tiempo preciso para que pudiera demostrar la hermosura de su alma. Para ella los dolores y la dicha fueron parte de su inigualable e irrepetible vida. Vida que amó profundamente, para ofrecerla con tremenda fortaleza y entrega, hasta agotarla en el último aliento.
La autora.
Salta, Argentina, 15 de mayo de 2010.
I
CUANDO EL ALMA NO QUIERE MARCHARSE
Verano del año del Señor de 1515.
En el instante exacto en que el sol se pone detrás del horizonte y el silencio viaja prendido al mascarón de proa de la nao real que me trasplanta, he decidido comenzar a escribir estas memorias. Presencias que irán grabadas con tinta de violetas, sobre un papel que diga que yo he sido en el mundo...
Tal vez mi decisión sea un buen motivo para dejar en ellas, como en un inventario, guardadas cual reliquias aquellas vivencias que han encendido mi alma por la intensidad de lo vivido y que, últimamente, han cambiado el rumbo de mis días.
El barco avanza sigiloso atravesando el caudaloso Mosa con destino al estuario del mar del Norte. Lejos, por esa línea imaginaria que divide los cielos de las aguas, gotean los últimos reflejos de este atardecer, como si fueran hilos de ámbar desprendiendo luz. Detrás, por el río, silenciosa, me escolta orgullosa la flota danesa. Sus emblemas y gallardetes brillan y se agitan con cierto alborozo. Desde el fondo de la campiña retornan los pastores y rebaños. El duro golpe de los cencerros se acopla con el alegre repicar de las campanas, que desde las espadañas van anunciando nuestro paso y sobre las costas apacibles y serenas de Flandes, la gente se sorprende y nos saluda.
Nadie sabe que dentro va una prisionera.
Sí, una prisionera despojada de todo, si por todo se concluye la vida misma. Porque aún, siendo muy alto mi sitial y mi estirpe, la pena que llevo guardada es demasiado grande para mis aún no cumplidos catorce años y excesivamente pequeña mi esperanza, de vivir feliz el tiempo venidero. Quisiera volver a mi niñez temprana y quedarme allí, acurrucada… Que el tiempo se detenga… y retornar al regazo de mi aya…
Aún resuena en mi pecho el crudo golpe del desamparo, causado por la noticia de haber sido «la elegida». Con esas palabras daba comienzo la comunicación sobre mis esponsales, escasamente debatidos. Al borde de mis fuerzas, pero sin perder las esperanzas de que Dios Todopoderoso no me habrá de negar su ayuda, mantengo la convicción de que saldré victoriosa. Así se lo hice saber a mi abuelo Maximiliano I, el emperador, cuando me llamó para anunciármelo y explicarme con su natural magnanimidad las conveniencias de mis esponsales con el rey danés Cristian II. Con una bondadosa sonrisa, como para transmitirme confianza, me animó a prepararme para el momento más importante de mi vida, en el que habré de convertirme en reina de aquel país. Él es quien ha decidido abrir este camino hacia Escandinavia, tentado por el ofrecimiento de la Corona danesa. Sin embargo, al hacerlo, siento que ha cerrado de golpe todas las puertas de mi alma. Al despedirnos aquel día, me incliné tres veces graciosamente ante su dignidad a modo de agradecimiento, a pesar de que la decepción sufrida fue terrible.
Trece meses después de aquel desapacible momento, en la primera tarde soleada después de una semana de lluvias intermitentes, las diligencias sobre mi boda se han iniciado. No se me oculta que no podré volver atrás. El arzobispo danés a cargo de esta misión ha recibido la orden real de informarme puntualmente sobre ellas. No sé lo que mi abuelo, el emperador, entenderá por ello, imagino que hacerme conocer una realidad que desconozco, pero deseo con todo mi ser que la apariencia esplendorosa del trayecto que ahora recorro no termine haciéndome sentir bajo la piel el peso irremediable de este destino que ha estado escrito por siempre en las estrellas.
Sumergida en la penumbra del salón principal de la nao y arropada por las maravillosas añoranzas de mi Flandes, voy en busca de mi nuevo destino. Veloces, como los rayos de sol cuando iluminan por la abierta ranura de las nubes, me invaden los recuerdos…, recuerdos que vienen conmigo buscando alumbrarme el camino que ya he transitado y que me permitirán, de ahora en adelante, abrirme paso hacia un futuro desconocido y desconcertante…
Desde pequeños, a mis hermanos y a mí, nos han ido grabando en nuestras mentes —cual un orfebre cincela su joya más preciada— el lema de la Casa de Habsburgo a la que pertenecemos: «Todos somos uno y una misma cosa», compartiendo los ideales supremos del imperio.
A pesar de la nostalgia, comprendo lo que de mí se espera. Desde mi nacimiento he sido preparada para aceptar mi destino sin titubeos y, cual un martirio que debe llevarse a cabo, estar dispuesta a entregar mi vida sin retaceos, para la gloria del Reino y la Corona a los que pertenezco. Con el mismo sufrimiento con que comprendo esos esmeros, descubro por qué mi abuelo nunca manifestó su intención de preguntarme. Lo he anhelado, mas la tradición de la Corona no necesita de nuestros consentimientos. En nuestra condición de princesas, prevalece la importancia de callar —signo de prudencia y de dominio— y mucho más si se calla lo que atañe sobre una misma. Inútil sería agotar mi resistencia en pos de torcer este destino ya marcado. Nunca cometí nada que fuera contrario a los propósitos de nuestros mayores y sé que los esponsales manifiestan un estilo efectivo, para expandir las influencias de un reino sobre otro, en cuyos pedestales se entrelazan tratados de paz y entendimiento.
El imperio se propuso que mis hermanas y yo fuéramos reinas de algún trono extranjero a través de matrimonios políticamente ventajosos. Por eso no se planteó jamás rechazar la petición que le llegó desde Escandinavia. Los primeros pasos fueron dados por la Corona danesa. Dos misiones a Flandes se dedicaron en pos de mis esponsales, una para pedir mi mano, la otra para llevarme. La alianza acordada se consignó en un acta y el libro fue guardado bajo doble llave. Se prohibió claramente volver a consultarlo… Creo que es tan fuerte el rigor de una boda concertada como lo es un asunto de guerra declarada. ¿Quién podrá negarme que soy la prisionera de tal rigor?
Encima de la nao se acumulan las nubes de tormenta y un viento recurrente nos empuja hacia el Este. Mis doncellas aguardan el desembarco en Dinamarca con ansiosa curiosidad y, cuando no las necesito, pasean por la cubierta a pesar de que el viento les agita las faldas y les arranca las tocas. Sin embargo, están pendientes de mí y constantemente llegan presurosas a mi vera para saber si se me ofrece algo. Intentan reconfortarme, aunque no saben cómo. Es que no hay nada que pueda calmar mi dolor. Solo regresar a Malinas sería para mí el mágico remedio. Una de ellas ha traído una manta para cubrir mis piernas. Me da igual… el dolor que llevo en el centro de mi pecho no lo calmará la tibieza del abrigo… Para el dolor del alma, solo el abrigo de los afectos basta…
Mirando desoladamente a mi alrededor, descubro con crudeza que en toda aceptación se esconde el firme propósito de eliminar toda oposición, en caso de que la hubiese. Y, aunque no sea yo quien reciba las esperadas mercedes de esta boda, será el talante de mi abuelo el que sabrá cosecharlas y el que responderá por el bien del imperio en adelante.
La dimensión de una alianza siempre es secreta. Mucho más cuando a ella se ligan por matrimonio los intereses de dos coronas. Jamás sabré qué acuerdos se han tejido, cuánto dinero se ha consentido entregar a los daneses, cuántas intenciones se habrán contemplado con firmeza, cuántos pactos de paz o neutralidad habrán sido considerados. Solo sé que al embarcarme perdí mi niñez y mis hermanos, los juegos compartidos, mis ansias de seguir perteneciendo y la franca ternura de un abrazo. Mi tía Margarita poseyó siempre la enorme habilidad de recomendarnos mirar solo lo importante, y mis hermanos y yo hemos crecido al abrigo de sus cuidados, en el convencimiento de que en nuestras vidas nunca nos faltaría su cariño. Pero en cambio me enfrentaron a mi primera navegación lejos de Flandes, escoltada por un cortejo danés y solo algunas damas de compañía flamencas que el rey ha permitido que me acompañen. Nadie de mi propia sangre. Debo llegar a Dinamarca a desposarme con un rey desconocido, veinte años mayor que yo y reinar junto a él en un país del cual ni siquiera comprendo su idioma. Yo soy la causa y objeto de este viaje…
Recuerdo que al serme anunciado mi compromiso matrimonial busqué con urgencias en un viejo mapa el significado oculto de ese tratado. Mis ojos recorrieron con ansiedad el minucioso trazado cartográfico observando los confines lejanos de aquel reino que se ensanchaba entre mares dispersos y descubrí que Dinamarca tiene solo una frontera por tierra y esa es al Sur, con el Sacro Imperio Romano Germánico a través de Alemania. Observé que al norte limita con Suecia y Noruega, pero está separada de ellas por las inmensas corrientes de agua del mar Báltico —poblado de ámbar— que se une con el mar del Norte por diversos estrechos profundos y azules. Estrechos cuyas denominaciones me costaba recordar y que debía repetir una y mil veces para memorizarlas, pues tía Margarita no se cansaba de decirme que una buena reina debe conocer su reino como las palmas de sus manos...
A mi memoria llegan hoy aquellas tardes en que me quedaba de pie frente a mis tutores y a la carta, aprendiendo a pronunciar aquellos nombres daneses, impronunciables. Entonces, aun a costa de mi agobiado empeño, cerraba los ojos y los repetía en voz alta una y otra vez, hasta el cansancio, para no olvidarlos, siguiendo ordenadamente la geografía del reino. A veces apelaba a Leonor que, sentada frente a mí, controlaba mi exposición con la exactitud extrema de la cartografía… «El estrecho de Oresund al sudeste, separa la isla danesa de Selandia de la península de Escandinavia; el Grand Belt al centro, separa la isla de Fionia de la de Selandia y el Pequeño Belt al suroeste, separa la isla de Fionia de la península de Jutlandia… El estrecho de Kattegat enlaza al mar del Norte con el Báltico, separando a Jutlandia de la costa oeste de Suecia y el estrecho de Skagerrak separa a dicha península del sur de Noruega…»
Anclada en aquel estado de confusión y de cansancio, coronado de tristeza interminable, una de aquellas tardes pregunté a Leonor.
—¿Por qué el imperio no me separa a mí del rey Cristian de Dinamarca, como el Oresund separa Selandia de la península de Escandinavia?
Leonor esbozó una sonrisa melancólica y me abrazó.
—Cuánto lo desearía, querida Isabel. Pero creo que la geografía es mucho más sencilla que las alianzas entre dos reinos. Ya es demasiado tarde, porque vos sois el precio de esta alianza y ya han sido firmadas las actas de ese acuerdo.
—Pero —lancé una pregunta desesperada, como si aquel interrogante tuviera el poder de interrumpir mi viaje— ¿por qué soy yo la moneda de cambio del imperio?
—Razones políticas hay muchas y también de estrategia entre los reinos.
—Siempre las hubo, pero ¿no podría el imperio haber esperado? ¿Qué razones lo apremian para enviarme con mis escasos años? ¿Tanto le alegra que yo me marche lejos?
—El rey Cristian necesita continuar su estirpe y mucho se ha temido que si no os envían prontamente, otra joven ocupará vuestro lugar.
Súbitamente comprendí que no había ninguna posibilidad de escapar al compromiso y mi resistencia cedió ante lo inevitable. Aunque me sentía perdida en medio de tan altas órdenes imperiales, estas eran imposibles de desobedecer. Cuando miré a Leonor me di cuenta de que continuaba siendo yo la niña temerosa y resignada que siempre había sido ante las situaciones de la vida. Pero al escuchar sus palabras comencé a temblar de aprensión como una hoja. Me imaginaba cruzando oscuros mares, islas desconocidas y profundos estrechos para llegar a ser abrazada sin mi asentimiento y sin mi beneplácito por un rey al que mis ojos jamás habían visto y al que tendría que llamar «mi esposo» apenas poner mis pies sobre la tierra de Dinamarca. Leonor advirtiendo mi desesperación me consoló…
Yo sequé mis lágrimas y volví a mirar aquel mapa con detenimiento. Su trazado parecía un gigantesco tablero del juego de la oca —aquel que jugábamos con mis hermanos en las noches de inviernos en Malinas— y me pareció la guía de un camino que habría de llevarme hacia esos confines desconocidos y que no estaba en mí la capacidad de descifrar los enigmas de su significado.
Sé que lo que más ambiciona mi abuelo es que nuestra divisa flamee gloriosa hasta el límite de sus influencias, más allá del Báltico y del mar del Norte. Y es por eso que la concertación de mi boda, este viaje y mi ineludible permanencia en ese reino son intereses esenciales de un imperio ante los cuales no ha dudado en ofrendarme, como a un cordero ante el altar del sacrificio… Sin embargo, un gran interrogante se abre ante mis cavilaciones: ¿me amará mi rey al conocerme o solo amará lo que mi nombre representa?
Mi herencia dinástica es muy apetecida. Mis cuatro abuelos han sido reyes de sus propios dominios: mi abuelo paterno, Maximiliano I de Austria y Flandes es, además, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; su difunta esposa —mi abuela paterna— María de Borgoña, fue la heredera de aquel Gran Ducado. Mis abuelos maternos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos, unieron sus coronas al desposarse en 1469, y, en 1492, perseverantes en la ampliación de sus dominios, reconquistaron Andalucía el mismo año que un navegante genovés llamado Cristóbal Colón —buscando por Occidente una ruta alternativa hacia el Oriente— descubrió para sus coronas un nuevo mundo, de tal grandiosidad que no se conocen sus confines.
Absorta ante mis preocupaciones y mirando inmutable el paso de las nubes, asisto a la infinita sucesión de las horas. En mi entorno hay un profundo silencio y nadie es capaz de insinuarme cuál será mi destino. Dejar Flandes significó para mí sentir en el pecho esta agonía. Es como ir desfalleciendo lentamente, de un modo insoportable y opresivo… Siento que mi cuerpo se despega hasta de los límites geográficos que me han contenido hasta hoy y camino a tientas hacia una tierra desconocida descubriendo otro horizonte.
Al despedirme de los míos en el muelle, sentí que lo perdía todo. Mi infancia compartida junto a mis hermanos, mis muñecas, las risas y los libros, las horas de estudios, los secretos, los recreos, los paseos por la nieve en los trineos, las fogatas de San Juan en los jardines, los bailes de disfraces en los palacios, nuestras clases de música y pintura y mis enormes deseos de seguir perteneciendo a la Corte borgoñona de Malinas. Corte donde una legión de artistas maravillosos, hombres de ingenio cuya piedad ha influido en nuestros corazones frecuentan a diario, al igual que los músicos y los escultores.
Los recuerdos afables no me dejan en paz y, como queriéndose perpetuar dentro de mí, me persiguen y me asedian porque ya no volveré a revivirlos. Una fecha, un aroma, un color, una joya, un vestido, todo me rememora lo perdido. Hoy se cumplen seis meses y veinte días, en que aquel 5 de enero de 1515 mi hermano Carlos fue proclamado mayor de edad y duque de Borgoña, en la Sala de los Estados del Palacio Ducal de Bruselas. Fue una ceremonia suntuosa y solemne —la última a la que yo pude asistir y adonde concurrió toda la familia— pero, sobre todo, emotiva y conmovedora por la gran importancia que aquel acto revestía. ¿Qué haré con los recuerdos? ¿Ordenarlos? ¿Amarrarlos? ¿Perseguirlos? ¿O será tal vez mejor que los olvide? Sé que eso es imposible, porque la realidad en la que vivo me lleva a recordar constantemente quién soy y hacia dónde voy, cuál es mi misión en esta tierra… Creo que lo único que puedo hacer es aplazarlos… ellos vendrán conmigo de todos modos y tarde o temprano serán mi fortaleza.
De ahora en adelante, deberé enfrentar sin mis afectos esta travesía, para llegar a mi destino a abrazar a ese rey que me han dado por esposo. Entregarme a él sin condiciones. ¿Comprendéis el miedo que me aguarda y el decaimiento que agota mi esperanza, al saber que enfrento a diario decisiones que me son desconocidas? Siento que naufrago… como si un verdadero desprendimiento dentro de mí me arrancara por la fuerza y me arrastrara hacia el fondo, sin poder regresar aunque lo quiera.
Es difícil explicar esta contradicción que me atenaza, pese a las apariencias de contar con un futuro esplendoroso… Pero me he propuesto no dejarme abatir y ser feliz. Tal vez esa sea mi necesidad primera. Dicen que la felicidad reside dentro del propio corazón, por eso me esfuerzo constantemente en imaginar que mi futuro se iluminará, que ninguna senda será más fácil de seguir que la que me lleva a él, que nunca una carga será más ligera de trajinar y que jamás una sombra oscurecerá mi corazón, porque he decidido tener esperanzas y comenzar a ser feliz… a pesar de todo... Tal vez el esposo que me han elegido llegue a amarme... confío en que la vida habrá de regalarme el amor y la dicha… en que llegarán los hijos que alegrarán mis días con su inocencia pura… Como una grata lluvia de verano que limpia y que refresca, así, deseo que llegue la felicidad a mi vida...
Las nubes de tormenta se van desvaneciendo gradualmente pero la oscuridad y la frescura del crepúsculo se acrecientan. Agradezco interiormente a la doncella que me trajo la manta. Esta noche no quiero hablar con nadie, a pesar de que mis damas y Catalina de Hermellén me acompañan en silencio. Algunas leen la Biblia, otras bordan, mientras yo escribo hoja tras hoja el relato de estas vivencias…
Inmersa en los recuerdos, quiero confesar aquí y ahora que, por seguir al lado de los míos, lo hubiera dado todo. Y todo es mi vida… que es lo único que tengo. Pero he debido partir, últimamente, sin mirar hacia atrás, para echar a andar a mi destino.
—¿Por qué? —recuerdo que preguntaba una y mil veces con añoranzas—. ¿Por qué debo ser yo la que se marcha?
—Porque el imperio así lo ha decidido, para gloria de nuestra casa —me respondía con nostalgias tía Margarita.
—¿Gloria, decís? Para mí este verano se ha convertido en un perpetuo y sombrío infierno, porque se han agotado los días de compartir con vosotros mi camino. ¿Deberé marcharme sin más a ese destierro?
—No es un destierro —me consoló— es un reinado, del cual seréis su máxima exponente. Seréis su reina.
—Para mí seguirá siendo como marchar al ostracismo. Yo no elegí este destino, tampoco lo deseo. Cuanto más, si por él pierdo la preciosa libertad de seguir perteneciendo a esta casa.
El silencio fue la confirmación a mis preguntas y resultó más duro que dar respuesta a mis afirmaciones… Tuve ganas de gritar que las bodas concertadas entre dos reinos no son sino justificaciones aleatorias para aumentar el poderío de los tronos o reponer sus quebrantados patrimonios con las dotes que ingresan a sus arcas. Que, tristemente, ese es su objetivo y no otro. Que de nada sirve al corazón contrito escuchar un «Sí, quiero» pronunciado bajo la presión de los tratados; y que las leyes no vislumbran que los pactos también pueden romperse en su esencia íntima, aunque todo se cumpla estrictamente en sus formalidades. Que no se trata de descubrir si el amor surge al conocerse los esposos, sino de la obligación de ceder, para beneficio absoluto de los reinos...
Mis cuestionamientos traspasaron las paredes del palacio de Malinas y llegaron a oídos de mi abuelo, el emperador, que se sorprendió, habituado a mi docilidad y a mi obediencia. Mis dudas se esparcieron como pétalos deshojados frente al viento por las encristaladas galerías palaciegas y se irradiaron rumores de un posible desistimiento de mi parte. Pese a lo estricto del compromiso, aquel implícito temor se encaramó hasta el mismo sitial del trono, desde donde mi abuelo gobernaba, pero la idea de que yo me negara o cuestionara el arreglo de mis esponsales ya se la había planteado, y no permitió que nadie me alentara. Su palabra era sagrada y todos debíamos obedecerle.
Mi tristeza no debería dolerle demasiado a Maximiliano I, pues, cabiéndole la posibilidad de romper el compromiso con la Corona danesa, no pensó siquiera en ello y el tiempo y las obligaciones siguieron su curso. Pero a mí no me consolaban las noticias de las incontables cartas que la Casa de Oldemburgo había enviado solicitando mi ambicionada mano ya que, mientras yo lloraba sobre mis almohadas la pena de tener que dejar Flandes, los arreglos seguían tejiéndose con la precisión exacta de un reloj al que yo deseaba detener…
¡Qué confuso era todo…! Pero guardé silencio…
Leonor me abrazó desconsolada al despedirnos.
—Creo que me muero —le dije al oído.
—La que moriré soy yo, si os marcháis tan triste.
Al borde del desmayo me apoyé en su hombro.
Después, casi sin fuerzas, me abracé a Carlos. Él me sostuvo. Al separarnos me besó en la frente.
Cuando llegó el turno de despedirme de María, se aferró ella a mi pecho y, sin poder contener su llanto, me suplicó.
—Escribidnos, Isabel, por favor. Contadnos vuestros pesares y vuestras dichas. Confiadnos vuestros dolores o vuestros miedos.
—Rezad a la Virgen… Cuidaos mucho. Amad a vuestro esposo… —Era la voz de tía Margarita. Sus palabras encerraban todo el amor maternal. Me abrazó, la besé. Mis lágrimas mojaron su vestido…
Me dolía el alma agobiada por el peso de la pena y presentía, en esa soledad sin piedad que me oprimía el pecho, el tintineo de las campanas navideñas dispuestas a celebrar sin mí, en Malinas, la próxima Nochebuena. ¿En qué lugar lejano me encontraría? Lo que más me dolía era saber que, aunque lo deseara, no iba a poder abrazar nuevamente a mis hermanos.
Como pequeños destellos de esperanza algo dentro de mí me hizo recobrar la calma, era el recuerdo de aquellas palabras que siempre solía decirnos la gran duquesa Margarita de York: «Las alegrías como los pesares siempre llegan en silencio».
No sin amargura dejé atrás los etéreos palacios de Flandes donde había transcurrido mi niñez y entre cuyas paredes aún resonarían nuestras risas, que para siempre permanecerían allí.
Pero antes de enfrentarme a la nueva realidad de mi vida, debía partir. Partir ha sido siempre el paso más difícil de dar, porque, al marcharnos, se queda lo que más hemos amado…
Tía Margarita estremecida de dolor me volvió a abrazar fuertemente. Yo no quería desprenderme de su talle. Entre su pecho y el mío se fundieron catorce años de un amor maternal que tuvo que sustituir al de mi propia madre, ausente desde mi más tierna infancia y, por mi parte, un correspondido amor de hija, además del sentimiento mutuo de la devoción perpetua que nos profesábamos.
Al darme su bendición me murmuró al oído.
—Confío en vos, querida Isabel, en que habrás de ser muy digna reina. Y recuerda, vuestra pequeñez externa, con vuestros escasos catorce años, constituye la razón esencial de vuestra grandeza... No creáis que no siento vuestra tristeza, también yo la experimento. La vuestra brota de ignorar lo que os espera, la mía, de saber que no regresaréis.
—Una pena se calma con el sufrimiento de otra. Tal vez en Dinamarca logre calmar este dolor que hoy me persigue, por llorar lo que ahora no imagino… Un padecimiento grave, con la aflicción de uno mayor, desaparece… —le respondí como remedo de consuelo.
Abandoné el muelle a tientas, aturdida por el efecto devastador de la partida. Marcharme de aquel modo —para siempre— era como agonizar ante la muerte, era algo cruel e insoportable…
Incapaz de poder subir al barco por mis propios medios, mi buena Catalina de Hermellén que me acompaña me tomó del brazo. La vista se me nublaba y en el pecho sentía el zarpazo brutal del desamparo. Cuando el barco levó sus anclas y comenzó a alejarse lentamente, sobre el muelle, Leonor, María y Margarita eran la viva imagen de la desolación que a mí misma me embargaba.
En la profundidad de este dolor, tengo memoria del pasado gozoso que he vivido y que jamás volverá del mismo modo, tornándose aún en más tormento. Entre tanta dolencia y llanto arrebujado, ¿qué resta por desear, sino detener con fortaleza de espíritu los impulsos de pena que me invaden?
Fueron instantes lentísimos, poblados de mil recuerdos segmentados, retales de mis años en Malinas, Bruselas, Amberes… En el instante crucial de la partida, colmada de tristeza, dentro de mi vestido azul penumbra, levanté mi mano para decirles mi adiós definitivo. En ese instante, mi corazón dominó las convulsiones que aquel alejamiento impuesto me estaba provocando. Me aferré con fuerzas a la baranda del barco sin desear despegarme de ella. Sabía que desde allí podría ver a mis hermanos y a tía Margarita, hasta que se perdieran de mi vista como puntos oscuros y pequeños que se iría tragando el horizonte. Sentí dentro de mí un cataclismo, cual si fuera expulsada de mi reino, igual que a un impuro expulsan de su templo.
—¿Os duele algo, majestad? —preguntó una de mis doncellas.
—Me duele el alma —respondí con cansancio…
—¿Qué remedio puedo ofreceros?
—Detened la nao. Solo así sanaré.
—Mucho me temo, majestad, que vuestro pedido será esta vez imposible de cumplir —dijo la doncella con melancolía.
Las palabras de la doncella cancelaron las prisas de mis ilusiones, comprometidas con el fin de reponer alegría en mi ánimo, ante el sombrío panorama de mi viaje.
Miré alrededor tratando de olvidar lo que me aguarda en tierras desconocidas y, en un afán desesperado por desprenderme de esa angustia, agité mis manos al viento en la partida.
¿Por qué el imperio, enterado de mi desamparo, me desposaba sin miramientos? No solamente me estaba arrebatando mi infancia, sino mi vida entera.
Recé, recé y recé. Y, a fuerza de rezar, comprendí que no residía en los labios la facultad de implorar. Quizá en el corazón. ¿En la mente? ¿En el pensamiento? Los labios ruegan, pero solo el corazón y el alma lo confirman.
Quizá la felicidad consista en saber resistir a la tristeza...
Las maniobras de la salida del puerto de Róterdam fueron lentas. El barco comenzó a alejarse de la costa en el instante preciso en que una espesa bruma sofocaba el último resplandor del sol de este verano lleno de luz y de tibiezas y una nube oscura me acompañó en la partida cual un presagio velado de los cielos. Mis ojos ardían de tanto llorar, pero el viento del crepúsculo llegó impetuoso, tratando de aliviarme y distraerme. Despeinó mis cabellos y arrancó mi tocado que voló por la cubierta a punto de caer al mar, detenido por dos de mis doncellas que corrieron presurosas tras él. Pude ver la espuma blanca de las olas deshacerse al golpear contra el casco de la nao que comenzó a avanzar sigilosa hacia su tierra. De pronto sentí como si la noche se hubiese instalado dentro de mi pecho en pleno día. Me quedé sin voz, diciendo adiós… La vista volvió a nublárseme.
El amargo desgarro que sentí en la despedida enturbió ese instante para siempre y, destinado a perdurar en mi memoria, se agrava cada vez que compruebo que no he podido decidir sobre mi vida. Pero hace tiempo que aprendí a prescindir de mis propias decisiones, en mi infancia por estar bajo la tutela de Margarita de Austria y ahora, al desposarme, porque mi nuevo rey decidirá por mí sin preguntarme. El desafío de mi futuro me conmueve, así como mi corazón de hija, huérfano durante toda su escasa vida, se emociona hasta el extremo de querer dejar rodar por el sendero de las nostalgias sus coronas reales, en busca del calor familiar que tanto añora.
Discretamente sé que tía Margarita dio órdenes a mis doncellas para que me consuelen. No obstante sus disposiciones, ni esmeros ni bálsamos han resultado eficaces.
Un año, un mes y catorce días después de haberme desposado por poder, en Bruselas, con el rey danés Cristian II, representado por su consejero Mogens Goye, voy cruzando la azul frontera de los mares, con rumbo a Dinamarca.
Desde aquel 11 de junio de 1514 soy, además de esposa, reina consorte de Dinamarca y Noruega. Aún me cuesta hacerme cargo de ese título que le queda tan inmenso a mis escasos catorce años.
Poco a poco va oscureciendo y poco a poco los pajes del cortejo del arzobispo de Trondheim van encendiendo las velas, con el rito callado y ceremonioso de quien está siempre con la mente puesta en Dios. Los fulgores de las candelas temblorosas comienzan a derramarse por los rincones, volviendo a la vida lo que parecía perderse en la oscuridad.
La noche me trae alivio. Estoy sentada inmóvil, con mi diario sobre la estrecha mesa, escribiendo lo que observo. Las sombras me conmueven… son confusas, como la vida misma que me aguarda…
Todo el entorno me resulta ajeno y misterioso. Los pajes pasan a mi lado en respetuoso silencio. Me han servido la cena. Una copa de cristal refleja el agua que se agita al compás de las olas. Y, aunque rodeada de algunas de mis damas de compañía, me siento completamente sola. Tal vez sea mejor, para añorar callada lo que ya no poseo, o anticipar ausencias que se irán clavando en la hondura de mi alma a medida que transcurra el tiempo.
Observo mi imagen borrosa reflejada sobre la superficie de madera lustrada de la mesa. Me desconozco entonces, las luces y las sombras y los golpes de las olas van dibujando una imagen irreal que me desconcierta. Pero yo soy la misma. Yo soy Isabel. Isabel de Habsburgo, archiduquesa de Austria e infanta de España. La segunda hija mujer de Juana I de Castilla y de Felipe de Habsburgo. Hermana de los archiduques Carlos, Fernando, Leonor, María y Catalina —la más pequeña y a quien no conozco, y que, junto con Fernando, son mis dos únicos hermanos nacidos en suelo español—.
Conmigo viaja Catalina de Hermellén, dueña de las doncellas de mi hermana Leonor y mías, el reducido séquito de mis damas de honor y algunos servidores que ha dispuesto el imperio para que desempeñen el deber de acompañarme en aquel país lejano. La brisa sopla ligera, inflamando la caravana de velas blancas y ondulando las banderas con las insignias emblemáticas de las casas reales de Habsburgo, Trastámara, Oldemburgo y Wettin-Sajonia. El águila bicéfala ondea entre los leones, las coronas se agitan sobre los castillos, y la cruz de la casa danesa flamea victoriosa por encima de todo. El blanco y el rojo, la pureza y la sangre, simbolizan y exaltan los blasones dorados.
Es un anochecer templado sobre fines de julio. La compañía de Catalina de Hermellén ha sustituido a la de mis hermanos, sin embargo en medio de esta angustia y este miedo, a pesar de su ternura, no logro apartarlos de mi mente. Y de tanto pensarlos, la ironía de esta cruda distancia que me aleja me impide recordarlos tal cual eran. Su voz y sus gestos van perdiendo nitidez dentro de mi mente y esta súbita pérdida de memoria se expande dentro de mí y se aprovecha de mi confusión y mi tormento…
No puedo escapar, ¿a dónde iría? Escapar a esta sumisión no podría de ningún modo, porque es esencial a los proyectos expansivos del imperio al que pertenezco y deberé justificar las esperanzas que en mí han depositado.
El descorazonador veredicto de haber sido «la elegida» aún me persigue, como una sentencia de muerte interminable. Tristeza y desasosiego me sumen en inacabables horas de aflicción. Algo muy amargo se ha clavado en lo más profundo de mi alma sin encontrar remedio a mis desvelos. ¡Si al menos me hubieran otorgado la posibilidad de alargar este trance, de continuar en Malinas un año o dos más y me hubieran ocultado con piedad este destino, habrían evitado la desesperanza en que tuve que vivir todo este tiempo! Pero todo fue en vano. Apenas había terminado yo de cumplir mis doce años, aquel día de 1513 empapado por lluvias torrenciales, llegó hasta las manos de mi abuelo esa carta lacrada del príncipe elector, Federico de Sajonia, hermano de la reina de Dinamarca, Cristina de Oldemburgo, madre de mi esposo.
La carta estaba dirigida al emperador, quien solicitó con urgencia una reunión con su hija Margarita. Reunión que se realizó a puertas cerradas, sin la presencia de ningún testigo, ante la necesidad de evitar que se revelara aquel secreto, forjado a espaldas de nosotras, sus nietas y principales partícipes directas. El silencio sobre lo acordado fue absoluto pero, aun ignorando las verdaderas razones de tanto misterio, a partir de entonces comencé a sentir la incomodidad de sus ojos puestos en mí con una insistencia poco acostumbrada. Cuando hablaban, se dirigían a Leonor, a Carlos o a María, pero no apartaban la mirada de mi rostro. Tuve la sensación de estar arduamente examinada. Sus ojos y los míos siempre se encontraban a partir de aquella misteriosa carta y me resultó sugestivo encontrar gran amabilidad y benevolencia cuando a ellos yo me dirigía. Había en sus gestos mucha ternura y compasión como si con ellos quisieran aliviar las consecuencias sobre lo decidido. Aliviar mi destino, mi futuro, reducido a cumplir con sus mandatos. La extraña situación que mi intuición advertía se fue poniendo en evidencia con el correr de los días… Me duele el corazón al pensar que ya sabían lo que me sucedería y no me lo anunciaban. No llega mi dolor a mermar el cariño profundo que siento por mi abuelo y por mí tía, ni mi estupor a rehusar el amor que siempre me han prodigado y que tanto necesito. Sí amonesto ese secreto de Estado, que gravemente me concernía. Por aquellos días, como presagiando lo que me acontecería, me sentí desanimada y caí en el mutismo, como ahora...
Las sombras del ocaso van llegando, el viento comienza a embravecer el oleaje, como apresurando esta confabulación de urgencias reales, para transportarme a mi nuevo destino de reina, jamás deseado por mí. El agua golpea contra el casco de la nao y su golpe seco retumba aquí en mi pecho.
Solo de algo tengo certeza y es del futuro incierto que me aguarda y que, como amenazadoras nubes de borrascas, se cierne sobre mí, a punto de precipitarse sin conocer las consecuencias. Entonces, siento que mi alma no quiere marcharse y lucho contra las fuerzas del destino que quiere doblegarme. En tanto mi cuerpo va hacia donde lo obligan, mi alma se queda detenida en mis días de infancia en Malinas, salpicados de risas, de solaz y deleites.
Vuelvo a mis recuerdos en cada instante y me aferro a ellos, sin querer avanzar. Me siento amarrada a mis hermanos, Carlos, Leonor y María, a mi tía Margarita y a mi nodriza María Orselaere. Con ellos se ha quedado mi vida, la que me ha tocado vivir hasta hoy y es posible que ya no vuelva a verlos. Pero no tengo la opción de claudicar, aunque eso implique seguir hacia un futuro ineludible, repleto de incertidumbres y desconocimientos. Un futuro que me va cubriendo de temores y que me obligará a cambiar de nombre (de ahora en adelante seré Elisabeth de Dinamarca), de nacionalidad y de idioma. Dejaré de ser la que soy para transformarme en la que el nuevo reino quiere que sea. Deberé cambiar las apariencias, lo que puede ser mudado, mas mi propia esencia seguirá intacta, trenzada con este destino mío, hasta mi muerte.
Mientras avanzan las naves de la flota danesa —donde viaja la delegación al mando del arzobispo de Trondheim, Erik Valkendorf, quien ha venido a buscarme— las penas me persiguen en luctuosa procesión cortejadas por las incertidumbres. Las primeras me empañan la mirada insistiendo en no dejarme ver, las segundas no cesan de interrogarme desde que fui elegida por mi abuelo, el emperador, para convertirme en la esposa de un rey al que todos llaman «el malvado». Él tiene treinta y cuatro años de edad —veinte años más que yo— y una vida llena de aventuras, sembrada de oscuros interrogantes y coronada por un carácter difícil, situación que me estremece.
Voy presurosa en medio de este día que termina, buscando el sentido que tiene mi vida. No quiero que se me haga tarde para no tener que arrepentirme luego de lo que podría haber hecho y que no hiciera. No quiero perder el tiempo, porque tampoco sé por cuántos años la vida me regalará este espacio y no debo desaprovecharlo. Todos venimos al mundo con una misión que cumplir. No quiero dejar inconclusa la que me han asignado. Por eso voy en busca de mi nuevo camino, aquel que marcará mi identidad para siempre, que identificará mi historia individual, que me hará única e irrepetible, con mis virtudes y defectos, dentro de la historia de Europa. Quiera Dios que la mía se recuerde por haber sido una buena reina para Dinamarca, a pesar de que todo me haya sido impuesto. Con donaires y denuedos, pero me ha sido impuesto.
Voy cargada de responsabilidades que en nombre de una dinastía deberé representar y cumplir. Pero es necesario que lo haga. Debo llegar al reino danés para asegurar los intereses de la Casa de Habsburgo en esa lejana región, donde se cruzan los derroteros del Báltico y del mar del Norte. Así me lo han encomendado. Para que mi linaje siga proyectando esa luz inconmensurable sobre todos sus dominios, bajo trajes cuajados de gemas, en caballerescos torneos, en suntuosos banquetes y en inagotables tesoros que han comenzado a llegar de un mundo recién descubierto y heredado por la visión y la audacia de nuestros abuelos, los Reyes Católicos.
Tal vez mi camino al trono se encuentre sembrado de espinas como el que tuvo que transitar mi madre. Tal vez como a ella no se me deje reinar. Tal vez mi esposo jamás llegue a amarme. Pero debo poner empeño en lograr ser mejor cada día. Mi gran sueño como reina es prodigar amor, paciencia, responsabilidad, comprensión y compasión por todos. Esa es mi única certeza. Solo así seré feliz y libre hasta el día final, aunque me encierren entre cuatro paredes o me destruyan el corazón con traiciones o el destierro me sepulte en el olvido.
Tan incierto es mi futuro como certero fue mi pasado… Nací en Bruselas, a mediados del verano, en una mañana dorada del día 27 de julio de 1501, cuando el aire de los jardines olía a rosas y jazmines y las campanas presurosas llamaban a tercia. La noche de las nueve lunas acababa de extinguirse y mi cuerpo indefenso comenzó a sentir que le quedaba estrecho el cálido vientre de mi madre.
Veintiún cañonazos anunciaron mi llegada, pero no hubo consagraciones, porque no era yo la primogénita, sino la tercera hija de los archiduques Juana de Castilla y Aragón y Felipe de Austria. Por tal motivo el reino se abstuvo de agasajar con grandes solemnidades mi nacimiento. Solo mi madre se emocionó al conocerme, al saber que era yo el fruto de su amor encendido hacia mi padre. Y al cobijarme con ternura entre sus brazos, me susurró dichosa que era la que más se le parecía, dijeron las doncellas. Y que aquel día, al abrigarme con delicadeza dentro de la cuna, mi madre lloró de tristeza. Bien sabía que apenas nacer yo, ella debería abandonarnos y partir junto a mi padre, obligada por los luctuosos acontecimientos que se estaban desgranando sobre la península ibérica.
Una semana más tarde, entre las esbeltas paredes de la iglesia de Santiago de Candenberg, en Bruselas, recibí las aguas bautismales. Mi madre, agotada por el parto, no pudo asistir al sacramento. Me impusieron por nombre Isabel (Elisabeth, Isabella o Ysabeau), en honor a mi abuela materna, Isabel de Trastámara, la Reina Católica y a una de sus hijas, Isabel de Portugal, hermana mayor de mi madre, quien había muerto a los veintiocho años de edad, al dar a luz a su unigénito, el príncipe Miguel de Portugal.
Desdichadamente la luz de mi nacimiento llegó tan solo tres meses antes de que mis padres tuvieran que abandonar Flandes, para acudir a España, obligados por las circunstancias que se vivían en ese reino. Aturdida por el dolor y presionada por el mandato imperioso de sus católicas majestades, mi enlutada madre asistía desolada a la cruda realidad en que la iban sumergiendo las muertes de sus hermanos y sobrinos y que, sucediéndose una tras otra, la iban arrastrando por el sendero de las desdichas, ahogándola en la consternación. A fuerza de repetirse, la muerte parecía conspirar en contra de nuestra familia, sin concedernos respiro: en octubre de 1497 había muerto Juan, príncipe de Asturias, primogénito de los Reyes Católicos y, dos meses después, moría su hija póstuma, fruto de sus esponsales con Margarita de Austria, la hermana de mi padre. Apenas transcurridos diez meses, en agosto de 1498, otra muerte llenaba de luto y espanto el corazón de mi madre, al morir Isabel, su hermana mayor, infanta de España y reina de Portugal por sus esponsales con el rey Manuel I de la Casa de Avis. Murió al dar a luz a su primer hijo, Miguel, el de la Paz como todos lo llamaban. Pero el recién nacido Infante de Portugal y España, enfermo desde su nacimiento, no pudo resistir la vida y voló hacia los cielos un triste 23 de julio del año 1500, tras los pasos de su desventurada madre.
Ajena a mi destino, el domingo 31 de octubre de 1501, apenas cumplidos mis tres meses de edad, mis padres se despidieron de nosotros para emprender prontamente el viaje hacia España por los caminos que surcaban Francia. Cuando las puertas se cerraron tras de ellos, mi hermana Leonor aún no había cumplido sus tres años y mi hermano Carlos, el primogénito varón de la Casa de Habsburgo, iba a cumplir un año y medio de edad.
Por expreso pedido de mi padre, en brazos de mi nodriza María Orselaere, abandoné el palacio de Bruselas junto con mis desconsolados hermanos, rumbo a la Corte de Malinas. Nuestra tía, Margarita de Austria (viuda del príncipe Juan de Aragón y de Castilla y desposada nuevamente en el año de mi nacimiento con el duque Filiberto de Saboya), se haría cargo de nosotros mientras durara la ausencia de nuestros progenitores. Residiríamos a su lado mientras nuestros padres permanecieran ausentes. También Margarita de York, la esposa de mi bisabuelo Carlos el Temerario, nos acompañaría en nuestra infancia, colaborando con Margarita de Austria en nuestra crianza, con sabios consejos y perfecta prudencia.
Antes de marcharse, mi padre dio las órdenes para que se dispusiera del cortejo que se encargaría de nuestro cuidado durante la estancia en Malinas: Ana de Borgoña, señora de Ravenstein de Duy Veland, sería la encargada de nuestra guarda y de supervisar a nuestras nodrizas, ayas y doncellas. Don Enrique de Wittehem, señor de Beersel, se desempeñaría en el cargo de gobernador y chambelán del palacio y el conde de Nassau fue designado teniente general y gobernador del reino.
Así, Josina de Nieuwerne, aya de Leonor; Barbe Servel, aya de Carlos y María Orselaere, mi aya, quedaron bajo la supervisión de Ana de Borgoña. A Catalina de Hermellén se la designó dueña de nuestras doncellas: Juana de Courtoise, Catalina van Welsemsse, Gerina Garemyns, Juana le Jeune y Filipota de la Perrière. Y los médicos de la Corte, Lope de Garda y Lamberto van der Porte, fueron instruidos por mi padre para que guardaran nuestra salud.
Apenas iniciado el alba del 4 de noviembre de 1501, mis padres abandonaron los Países Bajos rumbo a España. Yo tenía tres meses y ocho días de vida y la inocencia feliz de todo lo grave que se desconoce. Con los años supe de labios de Leonor que ella jamás pudo olvidar aquella despedida. Imposibilitada para resolver la confusión de su alma, llena de desconciertos y de angustias, ahogada por los recuerdos, deambulaba por el palacio llamando a «mamá» noche y día. Cuando fui creciendo y pude comprender lo acontecido, Leonor me relataba que yo había sido la primera a quien mis padres habían besado a la hora de marcharse. Después llenaron de besos a Carlos que no dejaba de llorar y por último se abrazaron a ella…
Años después en las templadas noches del estío, cuando en el lecho, sin poder dormir, corríamos los velos de nuestros baldaquines para poder hablar y acompañarnos en la oscuridad de nuestros aposentos, Leonor me confesaba que aquellos últimos besos los guardó para siempre dentro del alma y que muchas veces, en noches de invierno frías, se levantaba y acercándose de puntillas hasta mi cuna para no despertarme, me besaba suavemente mientras yo dormía, con el solo esmero de recuperar aquellos besos perdidos de mi madre. Ella creía que habían quedado detenidos, cual suave mariposa, adormecidos, sobre mis mejillas.
Recuerdo que escuchar su relato provocaba en mí un completo desasosiego que desembocaba siempre en llanto, al creer que algún día de verdad se los llevaría. Resistiéndome a que así aconteciera, antes de dormirme, cubría mi rostro con mis manos, para evitar que aquellos besos se escaparan o que Leonor llegara sigilosa y me los arrebatara…
Sin embargo, la carencia de recuerdos de mi madre me alivió su prolongada ausencia. El resto de los días los consumía en la imposible misión de recordar el color de sus ojos o de su pelo, el sonido de su voz o de su risa. No había podido disfrutar de su ternura, de sus caricias tibias o sus abrazos. A nuestra madre nos la habían despojado sin piedad ni compasión, para arropar el trono de una heredad lejana.
Y así por la vida, durante mi primera infancia, iba yo menuda e indefensa detrás de la imagen consoladora de mi adorada tía Margarita (a ella es a quien yo sigo llamando «mi madre»), o buscando los brazos de mi inolvidable nodriza, María de Orselaere, que me amamantó y acunó cuando fui recién nacida.
En el verano de un año que no recuerdo, tía Margarita trajo al palacio de Malinas a un célebre maestro de la pintura flamenca. Deseaba que pintara nuestros retratos para enviarlos a España, como recuerdo para nuestra madre, que los reclamaba. La pintura se realizó en un díptico y en ella estamos retratados todos los hermanos Habsburgo. Es hermosa y reveladora, porque se llevó a cabo en distintos tiempos, resultando en ella retratados los seis hermanos juntos, no porque alguna vez lo hayamos estado —ya que nunca he podido conocer, hasta hoy, a mis dos hermanos españoles: Fernando y Catalina— sino porque el pintor debió viajar también a la península ibérica para pintar los retratos de los dos infantes castellanos. Debajo de cada una de las pinturas, el pintor colocó nuestros nombres y la edad que teníamos al momento de retratarnos. En mi historia personal, fue el primer retrato que me hicieron.
Para alegría de todos, pero especialmente de mis hermanos mayores, quienes aún conservaban su recuerdo, mi padre regresó a Flandes en el año de gloria del Señor de 1502. Lo hizo una tarde de vientos y de lluvias de un mes que no puedo recordar, acompañado por su séquito flamenco. El reino lo esperaba para festejar su llegada, pero los fuegos de artificios y los brillantes agasajos programados en su honor al aire libre debieron ser suspendidos por una lluvia torrencial.
Tía Margarita contaba que, en aquella ocasión, mi padre entró con paso seguro y una sonrisa amplia al salón azul donde nos encontrábamos. Mis hermanos aún llorosos por su tardanza, al verlo asomarse a través del marco de la puerta de doble hoja, corrieron hacia sus brazos. Yo lo miré con timidez desde lejos, sin atreverme a marchar hacia su encuentro, escondida detrás de una cristalera. Carlos y Leonor preguntaron insistentemente por «mamá», pero ella no había regresado, obligada por la Corona española a permanecer en la península ibérica. Recuerdo que rompieron a llorar al saber de su tremenda lejanía. Mi padre al descubrirme, se acercó sonriéndome. Yo me abandoné a su ternura y, al levantarme para darme un beso, lo envolví con mis pequeños brazos. Tal vez anhelando que nunca más volviera a marcharse.
Aún hoy me parece ver reflejado en mi memoria el día en que mi madre retornó a Flandes. Muchos meses habían pasado desde que mi padre se despidiera de ella en el sombrío alcázar de Alcalá de Henares, a punto de dar a luz a su cuarto hijo. Cumplido el plazo de su destino, mi madre regresó junto a nosotros, presa de la desesperación por volver a mecernos entre sus brazos, mas tuvo que dejar al recién nacido infante al cuidado de la Reina Católica, quien le exigió considerar aquel sacrificio por España.
Llena de amor hacia mi padre y de ternura y devoción hacia nosotros, nos abrazó largamente al reencontrarnos. Era el año del Señor de 1503, y yo no pude reconocerla cuando la vi bajar desde el carruaje. Cuando la miré me pareció que la veía por primera vez. No recordaba su imagen y todo para mí era confuso e indefinido. Ante tanto silencio, ante tanta distancia, también yo me había convertido en una hija desconocida para ella. Se había marchado cuando apenas yo tenía tres meses de vida y había regresado cuando iba a cumplir mis dos años.
Al descubrirme pequeña y tímida, asomada detrás de la falda de mi aya, sus pies volaron hacia mí para besarme con la bendecida dicha de habernos recuperado. Apenas bajar de la carroza que la había traído desde el puerto, mi nodriza me murmuró al oído que mi madre había tardado en llegar, porque en España había nacido otro hermano nuestro. Un pequeño infante, al que mis abuelos, los Reyes Católicos, habían bautizado con el nombre de Fernando, en honor a mi abuelo, el rey de Aragón. Entonces para que me reconociera, para que nunca pudiera olvidarme y pudiera amarme, comencé a llamarla «mamá», con tremenda insistencia.
—Os añoraba, Isabel. Tanto como añoraba a vuestros hermanos y como sigo añorando a Fernando, vuestro pequeño hermano tan lejano.
Era la voz de mi madre. Yo guardé silencio sin saber qué responder y fue en ese preciso instante en que mi hermano Carlos le preguntó, lleno de incertidumbres, si ella era nuestra madre, la archiduquesa.
Mi madre por toda respuesta lo abrazó contra su pecho y le deslizó un sí, dulcemente al oído. Después, como queriendo recuperar el tiempo perdido de nuestra infancia nos llenó de besos, de regalos, de risas y de anhelos. En nuestra primera noche recobrada, se acercó despacio hasta mi cuna y me besó en las mejillas con ternura. Yo guardé sus tibios besos, halagada y atenta, para que Leonor no me los sustrajera.
Jamás pude olvidar la alegría de mis hermanos por su regreso. Ni la mía, con el correr de los días. Fue tan intenso el encanto de volver a verla, que durante los primeros días estuvimos a su lado de un modo constante, sin querer desprendernos de su falda.
Sin embargo, las tristezas no demoraron en retornar a nuestra casa. A los pocos meses de haber regresado mi madre, moría el 28 de noviembre de 1503 la gran duquesa Margarita de York, la que fuera en vida la tercera esposa de mi bisabuelo Carlos el Temerario, y a quien nosotros considerábamos como a nuestra abuela y mi padre, como a su segunda madre. Diez meses más tarde, el 10 de septiembre de 1504, dejaba de existir en Pont d’Ain, el duque Filiberto II de Saboya, el amante esposo de Margarita de Austria, nuestra adorada tía, y para mí, como mi segundo padre...
El recuerdo sombrío de aquellos funerales aún flotaba en el aire del palacio cuando, dos meses más tarde, el 26 de noviembre de 1504, la muerte volvió a llamar a las puertas de la casa. En España, en Medina del Campo, en el Castillo de La Mota, moría mi abuela, Isabel de Castilla, la reina Católica. Dejó a su esposo Fernando de Aragón como regente de su reino castellano, para el caso en que mi madre no quisiera o fuera incapaz de reinar o gobernarlo... y hasta tanto nuestro hermano Carlos cumpliera los veinte años de edad y pudiera hacerse cargo de la vasta heredad. Para su entierro mandó que su cuerpo fuera llevado a Granada y recibir allí cristiana sepultura...
La muerte de mi abuela coronó a mi madre como reina soberana y propietaria de Castilla, sin darme tiempo a recuperarla y conocerla... y a mi padre, como su rey consorte. Mi hermano Carlos se transformó en el príncipe heredero de una inigualable vastedad de dominios...
Unos días más tarde, en Bruselas, se llevaron a cabo las suntuosas pompas fúnebres, en honor a Isabel de Castilla. El obispo de Sebaste, Adriano de Dordrecht, sufragáneo de Utrecht, ofició la dolorosa ceremonia. A nosotras, las princesitas de la Casa de Habsburgo, nos vistieron con vestidos de negros paños del Dendre y tocados de encajes blancos de Malinas. Yo tenía tres años y la tristeza no me daba paz, pero aún era demasiado pequeña para comprender los dolores de la muerte y los padecimientos de una separación…
Como una premonición, mi padre volvió a confirmar durante los meses previos a su partida a Filipota de la Perrière y a Catalina de Hermellén como nuestras camareras, y a esta como dueña de las doncellas de honor de Leonor y mías. Don Enrique de Wittehem, señor de Beersel, chambelán de mi padre y gobernador nuestro en su ausencia, seguiría ocupando el mismo sitial de confianza en los actos de gobierno que ocupaba mi padre... Y para aquella Navidad de 1505 (la última que pasaríamos al lado de nuestros progenitores), encargó al guardajoyas del palacio, Dierick van den Hectwelde, tres magníficos regalos para dejarnos de recuerdo: para Leonor mandó a confeccionar un salero de jaspe con forma de navecilla, realzado en oro, con incrustaciones de piedras preciosas y perlas nacaradas. Carlos recibió otro salero de oro con forma de un guerrero sosteniendo un estandarte, todo revestido de piedras y perlas. Y para mí, encargó una copa de cristal tallada a mano, con preciosas incrustaciones de oro, piedras y perlas.
Esa copa aún la conservo y siempre va conmigo, vaya donde vaya. Es y será el último de sus recuerdos. En ella bebo el agua fresca, que refleja el amor de mis padres, cada día…
Después de aquellos funerales en Bruselas en honor a Isabel la Católica, mi padre se hizo proclamar junto a mi madre reyes de Castilla, León y Granada... Leonor y Carlos habían comenzado a ser educados en el exquisito y estricto protocolo borgoñón de la Corte de Malinas, bajo la atenta mirada de tía Margarita. Y yo, al cumplir mis cuatro años, seguiría tras sus mismos pasos y comenzaría a ser preparada en la rigurosa y esplendorosa etiqueta de la Corte flamenca a la que pertenecíamos.
Inmersa en mis cavilaciones recuerdo que, sobre los umbrales del año de 1505, mi madre volvió a quedar en estado de buena esperanza. Leonor y yo soñábamos con tener otra hermana y, a punto de abandonarnos el verano, el 17 de septiembre, nació María. Su nombre fue impuesto en honor a nuestra abuela paterna, María de Borgoña —a quien no conocimos— y a una tía materna.
Me parecía imposible que, después de aquel nacimiento, mi madre se viera obligada a abandonarnos nuevamente para partir a ocupar el trono de las Españas. En mi inocencia creía que aquella recién nacida princesita echaría a rodar la obra del tiempo y ganaría la partida. Pero la respuesta de los reinos fue tajante… y María, al igual que yo, también quedó sin nuestra madre…
Antes de la partida definitiva hacia la península ibérica, mi padre ordenó que todos nosotros, sus hijos, quedáramos nuevamente bajo la tutela de su hermana Margarita, residiendo en su palacio de Malinas, hasta que él pudiera regresar o dispusiera otra cosa...
Ante la proximidad de su viaje, nuestros padres nos fueron hablando uno por uno, diciéndonos adiós en una lenta pero definitiva despedida. Entonces comprendí muy dentro de mi corazón que a mi amor de hija desamparada no le servían las razones de un reino, ni las justificaciones ideales de un trono, ni le valía el misticismo que encierra el ser una gran soberana. Nada parecía suplir mis tremendas ansias de encaramarme a los brazos de mi madre y jamás abandonarlos. Esa despedida significaba una orfandad escalofriante, después de la cual ya nada sería igual para nosotros. ¿Es que nadie estaba de nuestra parte? Al repetir los mandamientos reales, las razones valedoras de su permanencia en España, perdí la luz que me daba la ilusión de tener a mi madre a nuestro lado y todo para mí se tornó como ahora, en una noche oscura…
Repaso la tarde en que nos despidieron a principios del mes de enero de 1506. Yo me encontraba en los brazos de mi madre, Leonor se hallaba sentada a su lado y Carlos en un escabel, frente a mi padre. María, apenas recién nacida, dormía plácidamente. Fue entonces cuando escuché a mis padres recomendar a nuestra hermana mayor la misión de mantenernos unidos.
—En Leonor, la mayor de todos, ponemos el encargo de manteneros unidos, para que seáis siempre buenos y para que continuéis trasmitiéndoselo a vuestros hermanos cuando el tiempo haya transcurrido y nosotros aún permanezcamos en España. Deseo que recordéis que siempre deberéis permanecer firmes en el amor de hermanos. No olvidéis que lleváis la misma sangre y cuando alguno de vosotros os necesite, allí deberéis estar, como en una piña, unos al lado de los otros, y siempre prestos a servir y a socorrer... Que Dios os bendiga mis amados hijos...
...Después mi madre tomó la Sagrada Biblia y, abriéndola, leyó en el libro de los Proverbios:
«Hijos míos, estad atentos a mis palabras, tended vuestros oídos a mis razones, que no se retiren de vuestros ojos, guardadlas dentro de vuestro corazón. Porque son vida para quien las encuentra y salud para todo vuestro cuerpo. Más que toda otra cosa, vigilad vuestro corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida. Apartad de vosotros perversidad de boca, falsedad de labios echad lejos. Que vuestros ojos miren de frente y vuestras miradas se dirijan rectas ante vosotros. Allanad los senderos de vuestros pies y todos los caminos sean rectos. No os inclinéis ni a derecha ni a izquierda, alejad vuestros pies del mal...».
Al terminar mi madre de leer, se hizo un profundo silencio, pero de pronto Leonor rompió a llorar, después siguió María, quien despertó sobresaltada, Carlos se abrazó a mi padre y por último, yo, asustada por tanta congoja, envolví con mis brazos el cuello de mi madre y apoyando mi cabeza en su hombro sollocé en silencio, estremecida…
Mis padres volvieron a marcharse y nosotros volvimos a quedar solos, encomendados al cuidado de nuestra tía, Margarita de Austria. De mi madre lo último que recuerdo fue su triste y emocionado beso de despedida. Yo tenía cuatro años y no he podido olvidarlo durante estos diez años en que no he vuelto a verla. Sin embargo, su ausencia no causó en mí los sufrimientos que originó en Leonor, porque yo era más pequeña y porque tía Margarita la fue sustituyendo con sus besos y caricias. Pero su recuerdo permaneció intacto en labios de mi hermana. Ella me hablaba a diario de cuánto la extrañaba y yo comencé a añorarla a través de sus remembranzas. Pero, ante tanto esfuerzo por querer imaginarla, se me fueron borrando la transparencia de sus gestos y el brillo de su mirada. Su rostro se fue desvaneciendo entre la niebla de infantiles distracciones, mientras se iba perdiendo en el olvido el sonido de su voz y de su risa.
De pronto, un día, advertí que ya no podía recordar su rostro, por más afanes y empeños que mi corazón pusiera. Tardaba en rearmar dentro de mí su imagen adorada y cuando la creía concluida, solo un velo de bruma la cubría y la angustia aumentaba aquí en mi pecho.
Obsesionada por recrearla en mi memoria, recorría los salones del palacio, buscando algún retrato que pudiera aliviar ese tormento. Y al descubrir su imagen en los cuadros, intentaba retenerla unos instantes, pero al llegar la noche en mi aposento, volvía a escaparse de mi recuerdo.
Ocho meses después de aquella despedida definitiva, mi padre moría en Burgos un amargo 25 de septiembre de 1506 y mi madre, estremecida de dolor, se vio forzada a permanecer en tierras de Castilla. Entre una espesa niebla apenas los recuerdo. Pero aún se me borra el contorno de sus rostros…
En 1509 mi madre fue recluida en Tordesillas. Hace seis años que el silencio va trepando lentamente entre ella y nosotros, asilándola cada día más de sus hijos, como una lápida que va oprimiéndola y sepultándola lentamente en el olvido. Pero ella no ha muerto en mi recuerdo, por eso me empeño cada día en pronunciar su nombre quedamente.
Desde entonces creo que mi alma ha vivido repartida en dos. Y con muchas más razones, al ser notificada desde hace más de un año de mis esponsales con el rey de Dinamarca. Desde aquel día voy desvaneciéndome de miedo y de cansancio, sintiendo de un modo constante una tragedia dentro de mí, que desdice con crudeza el nombre de mi destino y me determina a aceptar con entereza la planeada separación que me han impuesto.
Mi cuerpo se marcha obligado por los compromisos asumidos por el imperio, pero mi alma se queda gozando de la libertad secreta que nadie puede quitarme. Porque nadie puede doblegar un alma. No obstante, me he encomendado a Dios pidiéndole fortaleza y le he prometido ser esforzada, aunque mis días se presenten siempre bajo el signo estremecedor de los interrogantes.
Al otro lado del ojo de buey de la nao, los rayos de luna atraviesan los espacios libres de celajes, instalando festones de luz en los bordes de las nubes…
Todo me parece irreal, una alucinación, un espejismo que comenzó a palpitar dolorosamente dentro de mí, cuando aún no había cumplido mis doce años. Corría el año 1513. Fue en el mes de marzo… Recuerdo que asistíamos a un oficio religioso en la capilla real del palacio de Malinas, cuando el anciano sacerdote, confesor de mi abuelo, nos habló durante el sermón sobre la muerte del rey Juan I de Dinamarca, acaecida aquel 20 de febrero, al caer de su caballo. Sus claras palabras nos revelaban la trascendencia de la muerte y la importancia de estar siempre preparados para afrontarla, porque ella siempre llega de forma callada y cuando menos la esperamos. Y así como las vírgenes de la parábola preparan sus lámparas de aceite para alumbrar la llegada del esposo —sin saber el día ni la hora en que llegará—, así el alma debe estar dispuesta para enfrentar el traspaso a la otra vida… Mientras escuchaba aquel relato, pensé en la muerte de mi padre, si habría estado preparado para enfrentar el cruce del último umbral…, si habría podido confesar sus pecados y arrepentirse…, si habría recibido la absolución de sus faltas… y así, entre cavilaciones, su mundo truncado prontamente se desplomó sobre mí, trayéndome un universo de tristes sensaciones… como si lo hubiera presentido…
Inesperadamente al concluir el oficio, el prelado se acercó hasta los reclinatorios donde nos hallábamos junto a nuestro abuelo y a nuestra tía, arrodillados, e inclinándose en una profunda reverencia —tan profunda que parecía que se estaba despidiendo— al levantarse, en un tono apenas audible, murmuró al emperador, cual si de un secreto de Estado se tratara, expresándole.
—Vuestra majestad, humildemente vengo a deciros, como el último de vuestros siervos, lo mucho que complacería a vuestros súbditos que considerarais las buenas posibilidades que se os abrirían para vuestro imperio, si sellarais tras la muerte del rey Juan I una alianza matrimonial de alguna de vuestras nietas con el rey de Dinamarca.
El silencio del recinto era tan profundo que aunque el prelado se había esforzado por expresarse confidencialmente, sus palabras habían sido escuchadas por algunos de nosotros. Me causó un gran asombro que aquel dignatario de la Iglesia estuviera manifestando semejante inquietud, pero más me sorprendió la celeridad de la respuesta de mi abuelo, propia de quien había meditado anticipadamente la propuesta.
—Agradezco profundamente vuestro iluminado consejo, eminencia. Y debéis saber que vuestras recomendaciones gozan de mi confianza y estima absoluta. No por nada sois mi confesor.
—Majestad —prosiguió el prelado—, el hijo heredero del rey Juan, Cristian II, de treinta y un años ha ascendido al trono y su madre, la reina Cristina de Sajonia, le está buscando una esposa en todas las casas reales de Europa. Ella cree que la mejor elección para su hijo es una de vuestras nietas. Las tres princesitas de Austria, además de su altísima estirpe, son un dechado de virtudes y sabrán con distinción —cualquiera sea la elegida— defender las banderas del imperio en aquellas lejanas latitudes…
El silencio que reinaba era absoluto. El prelado nos miró una por una y esbozando una sonrisa de complicidad prosiguió.
—Pensadlo, majestad. No estaría mal que vuestro imperio se siga expandiendo sin guerras ni esfuerzos.
Aturdida, sin dar crédito a lo que oía, parecía que me iba quedando paralizada. Tomé las manos de Leonor y de María, arrodilladas a mi izquierda y a mi derecha y las apreté fuertemente entre las mías. Ellas respondieron ciñendo con más fuerzas, como si con ese contacto bastara para sentirnos acompañadas y todas las palabras estuvieran de sobra. Sentía que me iba quedando sin aliento... Entré en pánico… El corazón parecía que iba a salírseme por el centro del pecho y me imaginaba que, al caer, rodaría hasta los pies del religioso que lo tomaría y se lo ofrecería a mi abuelo, el emperador, quien lo depositaría sobre el altar del sacrificio... Desde mi frente caían gotas de sudor sobre la falda de mi vestido celeste y un frío estremecedor me hacía temblar desde la cabeza hasta los pies. Hice un repaso fugaz de nuestras vidas y la realidad me golpeó con su inclemente escenario: Leonor no había cumplido sus quince años, María era una niña de apenas ocho y yo, una princesa de solo doce años. Aturdida por el miedo que aquella situación me provocaba, mi cuerpo comenzó a tiritar como una hoja indefensa sacudida por el viento. ¡Un rey de treinta y un años como esposo, para cualquiera de nosotras, cuando aún seguíamos jugando con nuestras muñecas de Malinas! Sin poder articular una palabra sentí de pronto un gusto a almendras amargas dentro mi boca. Las paredes del recinto sagrado, el oro de los altares, las flores, el incensario, las velas del sagrario, todo comenzaba a girar vertiginosamente, al igual que Leonor y María a las que veía alejarse dando vueltas a mi alrededor. De pronto todo se nubló y una sombra negra fue cubriendo mi visión y mi entendimiento. Sin darme cuenta me desplomé desvanecida a los pies del prelado. Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que vi fueron los ojos del médico de la Corte, quien me examinaba. Estaba acostada en mi lecho, rodeada por mi abuelo y por mi tía Margarita. El doctor Lamberto van der Porte escudriñó mis pupilas, examinó mi espalda y mis oídos, revisó mi garganta y auscultó mi corazón y con voz grave y serena diagnosticó pulsaciones débiles, inapetencia y melancolía. Dos días guardé cama cubierta hasta la nariz por suaves edredones, arropada por el inmenso cariño de mis hermanas Leonor y María y por el enorme amor de tía Margarita que no se despegaba de mi lado…
Al iniciarse el ocaso del segundo día, me obligaron a levantar para no debilitarme. Me asomé a una de las ventanas y sentí el perfume de los jazmines en flor potenciado por la tibieza del crepúsculo… Al mismo tiempo en que las velas se iban encendiendo, intentando con sus llamas alumbrar la estancia, mi corazón se iba serenando reconfortado por la suave luminosidad de sus flamas.
El 24 de noviembre de 1513 Leonor cumplió sus quince años. Nos hallábamos en el castillo de Terramonda junto a tía Margarita. Después de la comida salimos a dar un paseo por los jardines y frente a una fuente donde bebían los pájaros, recuerdo que Leonor arrojó una flor, pidiendo un deseo… pero la flor se hundió en el fondo oscuro de la alberca… Vi cómo Leonor se llevaba sus manos a la boca, como queriendo ahogar la angustia que aquel floral naufragio le provocaba.
—¿Qué habéis pedido, querida Leonor? —le pregunté con ansiedad.
—Un deseo.
—¿Y qué es un deseo? —pregunté movida por la incertidumbre.
—Un deseo, querida Isabel, es un anhelo, una esperanza, que deberéis mantener en secreto, si esperáis que se cumpla.
Al escuchar aquello corrí hasta un seto cubierto de flores y cortando una de ellas, la arrojé a la fuente para ver qué sucedía con mi destino… Fatalmente mi flor, como la de Leonor, se hundió en el fondo oscuro de la fuente.
Leonor, desolada, me abrazó y me dijo.
—Mucho me temo, Isabel, que ni vos ni yo habremos de cumplir lo que anhelamos.
Dos lágrimas corrieron por mis mejillas, porque yo había pedido no ser jamás desposada...
El 30 de noviembre, día de San Andrés, patrono de Flandes, regresamos al palacio de Malinas. Las cartas de la casa real danesa habían comenzado a llegar. Me resigné a dejar que el tiempo y el imperio tejieran el tapiz de nuestra historia… En aquellas primeras misivas, la Corona danesa se había interesado por mi hermana Leonor. Cristian II había escrito de puño y letra aquellas cartas, donde decía que mi hermana mayor era la que le parecía más bella de las tres, sin embargo, bajo estos halagos, se ocultaba el interés económico que el patrimonio de Leonor representaba.
Recuerdo que después de aquellas misivas y aún sin saber quién de nosotras sería destinada a Dinamarca, Leonor se desvelaba por las noches y aferrada a mí lloraba sobre mi pecho. Yo, sin poder contener sus lágrimas, la consolaba, pero al ver su desesperación me quebraba igual que un cristal cuando es golpeado…
—Nosotros jugamos con la ventaja de decidir quién será «la elegida».
Era la voz de mi abuelo exponiéndole a nuestra tía Margarita las ventajas con que aún se podía manejar el imperio, para lograr una alianza con el Reino de Dinamarca. Reino que enarbolaba el dominio de las decisiones dentro de la Unión de Kalmar, surgida ciento quince años atrás al firmarse la célebre Acta aquel 20 de julio de 1397, por Margarita I de Dinamarca, uniendo bajo un solo cetro y corona a los reinos sueco, noruego y danés, acordando unánimemente la paz, la unión y la alianza perpetua entre los tres y dando origen a un imperio de vastas dimensiones y de grandes ventajas estratégicas.
Al oír la sentencia de mi abuelo, sentí temor… Pero mi miedo se acrecentó cuando comenzó a desgranar serenamente ante su hija Margarita los motivos secretos que habían llevado a Dinamarca a crear la Unión de Kalmar: y que no eran más que los contundentes deseos de los reyes daneses de ejercer el poder absoluto sobre dichos reinos. Sin embargo, la nobleza sueca se mostraba constantemente renuente a aceptar una monarquía extranjera. En tanto Noruega, obrando de buena fe, había aceptado unirse a sus vecinos. Y si bien los tres reinos eran de origen común, hablaban tres dialectos de una misma lengua y tenían tradiciones semejantes, entre ellos se fue gestando una desconfianza, que solo el tiempo expresará si es capaz de extinguirse…
Mi abuelo sabía desde el principio de las negociaciones que las relaciones marítimas entre los países del mundo pasaban por los estrechos daneses y que la resistencia más alarmante para los tres reinos reunidos bajo aquella Unión de Kalmar era la Liga Hanseática —una federación de ciudades comercialmente poderosas, ubicadas al norte de Alemania, en los Países Bajos (áreas que se hallaban bajo la influencia del Sacro Imperio Romano Germánico), en Noruega, Suecia, Inglaterra, Polonia, parte de Finlandia y Dinamarca— que dominaban el comercio marítimo desde el siglo XII, en el entorno del mar Báltico y del mar del Norte. La Liga, creada para proteger los intereses comerciales, imponía sus decisiones a reyes y nobles a través del inmenso poder que detentaba, estableciendo en sus ordenanzas que «Nadie podrá subir al trono de Dinamarca sin beneplácito de la Hansa, ni será reconocido como rey legítimo antes de haber confirmado sus derechos y privilegios de que ella disfruta…».
Mi familia vio con buenos ojos el ofrecimiento de un vínculo matrimonial entre el rey de Dinamarca y una de las princesas Habsburgo, al vislumbrar que esa alianza podía brindar la única posibilidad de establecer entre el océano Atlántico y el mar Báltico un flujo incesante de mercancías que pudiera comercializarse de un modo seguro, hacia todos los puertos del mundo sin ayuda externa.
Los tres reinos escandinavos eran inconmensurables: Dinamarca abarcaba la mayor parte de la península címbrica y todas las islas que se esparcían en las aguas del Báltico y del Kattegat. Suecia se extendía sobre su península propiamente dicha, la Gocia, el Norrland, un sinfín de islas en el Báltico, Laponia y la región de Finlandia, que abarcaba desde el golfo del mismo nombre hasta el mar Blanco. El Reino de Noruega se dilataba desde el Kattegat hasta el cabo Norte, a través de trescientas leguas de costas infinitas y más allá de los mares navegados, poseía las islas Orcadas y Shetland situadas al norte del Reino de Escocia, Islandia, Groenlandia y el archipiélago de las Ferroer.
Sin embargo, breve fue el tiempo de las reflexiones y mucho más efímero el de las decisiones. Yo me resigné a aceptar que si la elegida era Leonor o María me quedaría sin alguna de mis hermanas, y si era yo, ellas se quedarían sin mí. De cualquier modo estaríamos destinadas a vivir separadas. Pese a los secretos de Estado, mediante confidencias entre nosotras o por conversaciones oídas al azar, me resultaba fácil adivinar que nuestras vidas se separarían definitivamente. Y ese día irremediablemente llegó…
Era una tarde —la recuerdo muy bien en todos sus detalles—, Leonor y yo bordábamos en el salón blanco junto a tía Margarita, cuando de su boca escapó aquella frase que partió el aire como un cuchillo. Nadie parpadeó. Yo miré a Margarita mientras ella iba desgranando aquel pensamiento que quedaba flotando en el silencio sin querer prodigarse.
—Los blasones de los Habsburgo partirán hacia el norte a engalanar a los daneses.
Leonor, puesta de pie de un brinco, se acercó a Margarita y le imploró.
—Debéis acortar este suplicio. ¿Quién es la elegida?
—El deseo del emperador es para mí un mandato difícil de cumplir —respondió tía Margarita con gran dolor—. Pero si queréis saber quién de vosotras ha sido la elegida, os lo diré: es Isabel.
Yo me quedé sin aliento y, al faltarme el aire, parecía que también me iba quedando sin vida… Ahogándome, comencé a toser. Leonor desesperada me dio unas palmadas en la espalda pensando que me moría...
…Amparados en el silencio entraban los últimos días compartidos de nuestra infancia. Comenzaba a atardecer y la energía de la luz, tenue y violácea como una flor silvestre, mudaba el entorno mostrando su dureza. El rostro de Leonor no estaba menos lívido que el mío, y con la certeza de que un milagro pudiera salvarme, se puso a rezar. Tía Margarita consentía las plegarias y de repente, como si tratáramos de fortalecernos mutuamente, las tres comenzamos a recitar una retahíla de oraciones…
Lo que yo suponía lazos de pertenencia y de cariño se terminó transformando para mi corazón de niña que imploraba protección en un asunto político. Mi desesperación y quebranto alcanzaron en soledad extremos insoportables…
Al lado de tía Margarita de Austria, gobernadora de los Países Bajos, han transcurrido mis catorce años de existencia. Ella es mi segunda madre y junto a Leonor han sido las dos personas que, con amorosa paciencia, me han ayudado a traspasar este umbral que me lleva tan lejos. Ellas me han confortado y acompañado hasta el último momento. Creo que la vida las usó para quererme y consolarme. Todavía resuenan en mis oídos aquellas palabras de tía Margarita.
—Las penas serán siempre adversarios oscuros contra las que deberéis luchar. Haréis el firme propósito de vencerlas. Solo así os forjaréis en la templanza y en la fortaleza. Una reina debe gozar de esas dos virtudes. Si así lo hiciereis, iréis siempre por la buena senda.
Recuerdo que yo le respondí.
—Creo que las penas siempre irán conmigo. Sin embargo tienen para mí un gran valor.
Tía Margarita me contempló con asombro.
—¿Y cuál es el valor de una pena? —me interrogó.
—Una pena compartida funde los corazones y ya nadie podrá destruir aquella alianza —le respondí emocionada.
—Entonces —me dijo, con los ojos cargados de tristeza—, creo que siempre permaneceremos unidas en nuestros espíritus, pase lo que pase. Las penas han rodeado nuestra casa, no obstante, deberéis tener siempre presente que las lágrimas son el agua, pero la risa es el aire. Las dos son partes necesarias y esenciales de la vida. Sobre todo porque la sonrisa será siempre el resplandor que iluminará vuestra alma. No dejéis nunca de sonreír, porque aliviará el peso de vuestras desdichas, sin importar la gravedad de los eventos.
No lo he olvidado, como tampoco he olvidado mis deberes de obediencia.
Nuestros preceptores de religión nos enseñaron los beneficios que tiene la obediencia. Yo siempre he buscado practicarla del modo más perfecto, adelantándome a cumplir los deseos que el imperio ha considerado indispensables para mí… Tengo presente que todo poder importa para quienes no lo detentan la condición de sumisión… Pero obedecer interiormente el mandato de mis esponsales es como caminar a ciegas en medio de una niebla que me traga, sin saber hacia dónde ir, ni qué esperar. No sin dolor he tenido que dejar todo atrás. Y mi alma se desmorona al descubrir la imposibilidad de apartarme del camino trazado. Nadie jamás ha osado contrariar una decisión imperial y no seré yo la que lo haga. Creo que jamás me habituaré a este destino que, contrariando mis deseos, me arranca del lugar donde siempre quisiera haber permanecido. Si la razón oficial de este enlace es la unión entre los reinos y la expansión económica de ellos, ¿por qué no aceptar callada y obediente, si no tengo otra opción, ni otro destino?
Estoy desvelada y no puedo dormir. El sueño me ha abandonado, despabilada por el temor que llevo adherido a mi ser como una malla de hierro que me recubre y agobia. Continuaré escribiendo. Relataré todo lo que me va aconteciendo. Tal vez, al volcar en el papel mis sentimientos y convicciones, logre tranquilizarme.
Sé que de ahora en adelante deberé afrontar, hasta las últimas consecuencias, esta nueva vida que han elegido para mí. Me siento sola, completamente sola. Mis damas de honor y mis doncellas duermen en los compartimientos contiguos. Solo el titilar de las velas y el ruido de las olas golpeando el casco de la nave me recuerdan la cruda realidad en la que estoy sumergida.
Desde hoy en adelante seré responsable de mi propio destino. Seré, en la historia del país al que voy destinada como reina, lo que por mérito propio habré de ganar o lo que por flaqueza pudiera perder. Después, solo quedará el recuerdo o el olvido. Necesito prometerme a mí misma que buscaré siempre el desapego de las cosas mundanas, el convencimiento del nulo valer, la virtud de suplir con el alma las tristes ausencias y el llegar a lo inaccesible si es para el bien de todos. De ese modo mi alma siempre volará en libertad, aunque la crea amarrada a un duro designio. La fuerza reside en el espíritu y, cuando todo parezca perdido, siempre deberé recordar que aún no estoy vencida.
El barco se ha ido alejando de las costas flamencas. Ya no me identifico con nada, todo me es desconocido. Recuerdo cómo el arzobispo de Trondheim, Erik Valkendorf, levantó su mano para decir adiós y dio la bendición a mis hermanos y a tía Margarita, mientras se empequeñecían por la distancia y se tornaban borrosos por mis lágrimas. Yo levanté mi mano y, sin que nadie lo advirtiese, con los ojos nublados por la desolación, me fui quedando en aquella interminable despedida, hasta que se perdieron de mi vista.
Mi cuerpo sin quererlo se fue alejando de Flandes en un adiós interminable de gaviotas, pero mi alma se quedó retenida sobre el muelle, aferrada al corazón de mis hermanos, sin el menor deseo de marcharse. Los miré como se mira a alguien por última vez, con el deseo ferviente de guardarlos en mi memoria para siempre. Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo. Estaba sola frente a mi nuevo destino…
II
EN UN MAR DE DUDAS
Verano del año del Señor de 1515.
—Majestad, despertad.
—¿Qué sucede, Catalina?
—Señora, os habéis quedado dormida sobre las hojas que estabais escribiendo.
—¿Dónde estamos? ¿Qué hora es?
—Estamos en el mar del Norte. Son las nueve de la mañana de un nuevo día, majestad. Y os habéis dormido toda la noche en un sillón. Debéis tener el cuerpo dolorido.
—Me recostaré en el lecho para descansar mis piernas. Pero no dejéis que duerma demasiado.
—Descansad, luego os traeré una colación para que os repongáis de la travesía. Vuestro semblante está demasiado pálido. ¿Tenéis frío?
—Lo hace. Menos mal que tenía esta manta y que es verano, pero aun así siento el cuerpo destemplado por tantos esmeros.
Sin embargo, camino al Báltico no iba sola. También los desvelos iban conmigo…
La nave remontaba las corrientes hacia las costas danesas sobre el inacabable mes de julio, desplegando las insignias reales, salpicando espumas, rompiendo las olas, bajo un sol que en aquella latitud tardaba demasiado en ocultarse y las noches se transformaban en días.
Después de dos horas de descanso y unas perfumadas infusiones, me senté en cubierta. Mis damas de honor se sentaron junto a mí. Avanzábamos en medio de un mar que se iba tornando más encrespado cada vez y el cielo de azul intenso había pasado a un gris plomizo, casi negro. Pero no corría viento, por lo que permanecí sentada en la poltrona, mirando el agua que se había vuelto oscura y la espuma intensamente blanca. Después de un tiempo en que mis damas se habían retirado a sus camarotes, mareadas por el movimiento excesivo de la nao, apareció caminando ceremoniosamente el arzobispo de Trondheim. Inclinándose ante mí, me saludó y con cierta curiosidad me preguntó.
—Majestad, ¿os sentís bien?
—Sí, gracias, monseñor.
—¿No teméis a la fuerza del oleaje?
—No le temo a los naufragios. Dicen que mi madre siempre decía que ningún rey ha muerto en uno de ellos. No seré yo entonces quien inaugure esa muerte.
—Mucho me alegra, majestad, vuestra entereza. Los súbditos quieren y celebran a una reina valiente como vos. Y bien lo cumplís. Es mi agradable deber la tarea de elogiaros, sobre todo teniendo en cuenta que, por vez primera, os apartáis de vuestra casa, a la vez que estáis demostrando un valor extraordinario y una fuerza y serenidad inquebrantables. No obstante, aún no hemos realizado la primera mitad del viaje y mucho me temo que el buen tiempo no habrá de acompañarnos.
—Mientras nos acompañe Dios, nada deberemos temer —le dije a modo de consuelo.
El arzobispo afirmó con su cabeza y se quedó sentado frente a mí, en silencio, contemplando la agitación del mar. Las olas cada vez eran más grandes, el cielo se iba tornando cada vez más oscuro y el viento comenzaba a arreciar.
—Vuestra ilustrísima disculpará, pero comprenderá mis deseos de conocer algo de mi rey y de mi reino. Nadie en Flandes me ha hablado de ellos y os pediría, si de vuestro favor depende, que me relatéis algo de la historia de los reinos a donde voy destinada y de la vida de vuestro rey, mi esposo. Necesito informarme de la realidad de vuestro país, el cual, desde ahora, también habrá de ser el mío, así como de la persona que vivirá a mi lado y que aún no he tenido el placer de conocer.
—Vuestra majestad dispensará la despojada franqueza de mis palabras, pero estimo que muchas cosas desconozco y otras son secretos del reino. Lo que significa que os las adeudo.
—¿Habrá cosas que no tendré que saber?
—Tenéis mucha razón en sospechar, pero sucede que el rey nunca os ha visto, venís de un país extranjero y la confianza aún no ha surgido entre vosotros, por tal motivo hay cosas que no debo contaros, hasta que no lo haga nuestro rey en persona.
El arzobispo sonrió intentando velar la reciedumbre de sus palabras. Luego prosiguió.
—Vuestro esposo Cristian II, majestad, al igual que cualquier rey, pretende extender la hegemonía de su reino, pero mucho le ha costado resguardar en unidad a los tres reinos confederados desde el año 1397 en que reinaba Margarita I de Dinamarca, Noruega y Suecia —este último reino con algunas interrupciones— bajo el nombre de Unión de Kalmar. Tristemente el sucesor de esta gran reina, Erik III de Pomerania, careció de la habilidad de su antecesora y se convirtió en el responsable directo de la desintegración de la Unión de Kalmar, autoexiliándose en 1439.
—Suele suceder que el principal impedimento para la paz, la unidad y la concordia es la incapacidad o el deseo de gobernar sin justicia, porque la violencia no sirve para persuadir a los hombres. Cuando se reina, se debe amar a los que gobernáis.
El arzobispo me miró con sorpresa.
—Lleváis razón, majestad, porque es reconocido desde tiempos inmemoriales que los súbditos niegan su colaboración a quien mal los gobierna.
—Así es, monseñor. Ojalá que vuestra historia carezca de estas grandes contradicciones. ¿Sabéis?, no conozco nada de ella y mucho me interesaría aprenderla. Dicen que conociendo su historia se conoce a un pueblo. ¿Y qué sucedió después de Erik de Pomerania?
—Entre tanto el Concejo danés del reino ofreció el trono a Cristóbal de Baviera bajo cuyo reinado volvió a consolidar la Unión de Kalmar y reinó sobre Dinamarca, Noruega y Suecia con el nombre de Cristóbal III. No obstante esta unión, la pobreza y la miseria caracterizaron su reinado.
—Puedo apreciar, monseñor, que los reyes de Dinamarca han tenido siempre grandes dificultades para mantener el control de su propio reino, así como de Noruega y Suecia, bajo la Unión de Kalmar. ¿Y con la Iglesia, ha sucedido igual?
—Desde el siglo XII, majestad, Dinamarca se convirtió en una sede independiente de la Iglesia de Escandinavia, por lo tanto Suecia y Noruega formaron sus propios arzobispados apartados del control danés. También debo deciros que han existido largos periodos de relaciones conflictivas entre los reyes daneses y los papas de Roma, conocidos dentro de la Iglesia a la que pertenezco, como «conflictos archiepiscopales».
—Vuestra historia es extensa y confusa, pero bien me valen vuestras explicaciones para poder ayudar a mi esposo cuando él lo crea necesario.
—La historia de Escandinavia es milenaria, majestad, de allí su complejidad y su importancia y creo que no nos alcanzarían los días que durará este viaje en alta mar para poder detallárosla con el detenimiento y los testimonios que merece. Pero puedo deciros, haciendo un resumen breve como el vuelo de un pájaro sobre su compleja historia, que, desde 1448 en que murió sin descendencia el rey Cristóbal III, Suecia volvió a apartarse de la Unión de Kalmar. Su muerte ocasionó la ruptura de la unión entre los tres reinos que tanto había deseado Margarita I, y Suecia siguió su camino en solitario, como siempre lo ha deseado. Es más, cuando el 1 de septiembre de aquel mismo año, el conde Cristian de Oldemburgo fue elegido rey de Dinamarca con el nombre de Cristian I, para ocupar el trono vacante (por ser un descendiente del rey Erik V de Dinamarca), Suecia decidió seguir su camino independientemente de Dinamarca y eligió el 20 de junio de 1448 como rey a Carlos Knutsson, que ascendió al trono con el nombre de Carlos II. Con Cristian I (abuelo de vuestro esposo y a quien le debe el honor de su nombre) ascendió al trono de Dinamarca la Casa real de Oldemburgo…
Mi interlocutor, el arzobispo de Trondheim, era un hombre mayor, de gestos discretos y breves, de apariencia frágil, pero se notaba que su temperamento y su espíritu eran fuertes, me atrevería a decir, invencibles… Su poderosa personalidad se delataba por la seguridad de sus palabras y por la voluntad férrea de dar a todo un contenido coherente con la Corona danesa. Se lo veía habituado a doblegar resistencias sin desviarse de los planes minuciosamente trazados. Tal vez por eso había venido en mi búsqueda. Dentro de mi corazón sentí cierto alivio al comprobar la absoluta adhesión de aquellos hombres de la Iglesia hacia mi esposo, el rey de Dinamarca… Me produjo una grata impresión, porque hablaba con gran amabilidad y con un conocimiento certero de la realidad danesa y de toda la Escandinavia que me asombraba. Con sus esclarecidos conceptos, iba yo conociendo una realidad lejana y distante que no imaginaba.
—¿Y Noruega? ¿Qué sucedió con ese reino? —pregunté con curiosidad.
—Noruega tuvo que optar por unirse a Suecia o a Dinamarca… o en su defecto elegir un rey noruego que gobernara su reino independientemente de los otros dos. Pero esta última elección fue rápidamente descartada… Y la lucha se inició entonces entre Cristian I de Dinamarca y Carlos de Suecia por el trono de Noruega. En febrero de 1449 el Concejo noruego del reino se dividió y mientras que una mitad dio apoyo al rey danés Cristian I, la otra buscó acercarse al rey Carlos II de Suecia. Cuatro meses después, el concejo cambió a algunos de sus miembros y entonces una amplia mayoría dio total y definitivo respaldo al rey Cristian I de Dinamarca. Sin embargo, en noviembre de aquel año, el rey Carlos II de Suecia fue coronado rey de Noruega en la ciudad de Trondheim y, si bien sus nobles evitaron la guerra con Dinamarca, en junio del año 1450 el Concejo del reino sueco le pidió a su rey que renunciara a sus pretensiones sobre Noruega, a favor del rey Cristian I. De ese modo, Noruega terminó unida a Dinamarca.
—Demasiado compleja vuestra historia, monseñor.
—Demasiado, majestad —afirmó el arzobispo—. La sucesión del trono noruego fue decidida entre Dinamarca y Suecia. El Concejo noruego del reino no tuvo más que designar como rey de su país a Cristian I, quien en el verano de 1450, con una inmensa flota, navegó hasta Noruega. El 2 de agosto, en un día de sol esplendoroso fue coronado en Trondheim como rey de Noruega. Para evitar desencuentros, el 29 de agosto, en la ciudad de Bergen, se firmó un tratado de unión entre Dinamarca y Noruega que establecía que ambos reinos tendrían el mismo rey a perpetuidad, elegido entre los hijos legítimos del rey…
Yo lo escuchaba absorta y en silencio. Deseaba que el arzobispo captara mi buena intención por conocer aquel reino que iba a ser el mío. Complacida le volví a preguntar.
—¿Y qué sucedía mientras tanto en Suecia?
—En Suecia, majestad, el rey Carlos II se volvió cada día más impopular y fue desterrado en 1457. Entonces el rey Cristian I logró su objetivo de convertirse en rey de la Unión de Kalmar y reunir bajo su cabeza a los tres reinos nuevamente, como antaño. Los regentes de Suecia, el obispo Jöns Bengtsson y el señor Erik Axelsson Tott, le traspasaron a Cristian I el poder temporal de ese reino.
—Monseñor, pero el pueblo sueco ¿aceptó de buen agrado aquella decisión?
—De ningún modo, majestad. El pueblo sueco estaba intranquilo y se dividió en facciones que se preguntaban si sería más beneficioso para el reino unirse a Dinamarca y a Noruega o, por el contrario, permanecer como reino independiente. Lamentablemente, el reinado de Cristian I sobre Suecia concluyó en 1464, cuando los suecos volvieron a establecer como regente al obispo Kettil Karlsson Vasa. Por su parte, Carlos II volvió a ser coronado rey, y, aunque luego fue desterrado por segunda vez, volvió a reinar por una tercera y última vez, muriendo en 1470, durante el ejercicio de ese último mandato.
—¿Y el rey Cristian I se resignó a perder el Reino de Suecia?
—No, majestad. Nunca se resignó. Pero en su último intento por recuperarlo fracasó militarmente en Brunkeberg en octubre de 1471, batalla en la que fue derrotado por el regente sueco Sten Sture, el Viejo —apoyado por la familia sueco-danesa, Thott—. El rey Cristian I había heredado además en 1460 el ducado de Schleswig y el condado de Holstein, condado que en 1474 fue elevado a ducado por el emperador del Sacro Imperio.
—Año en el que imperaba mi bisabuelo, Federico III de Habsburgo —pensé en voz alta.
—Así es, majestad.
—¿Y por qué heredó el rey danés ambos ducados?
—El rey Cristian I heredó aquellos ducados por ser el hijo mayor de la hermana del difunto duque Adolfo VIII, duque de Schleswig, que murió en 1459, sin hijos que pudieran heredarlo. Siendo Cristian I el sobrino y el familiar más cercano, heredó dichos ducados, convirtiéndose en el año 1464, antes de perder el Reino de Suecia, en un rey poderoso por la gran extensión de sus reinos… Sin embargo, sus dominios no gozaron de la paz y de la estabilidad apetecida que todo rey desea para gobernar a sus súbditos en concordia y felicidad. Muchas regiones quisieron independizarse y lucharon por lograrlo de modo constante. El centro de su poder estaba en Dinamarca. Cristian I murió el 21 de mayo de 1481, a la edad de cincuenta y cinco años y está enterrado en la catedral de Roskilde.
—¿Y qué sucedió entonces en Dinamarca, monseñor?
—Su hijo primogénito Juan, que tenía veintiséis años y estaba desposado desde 1478 con Cristina de Wettin, hija del príncipe elector Ernesto de Sajonia, subió el trono de Dinamarca. Lo hizo con el nombre de Juan I y sin oposición alguna. Un mes y medio después de que los reyes Juan y Cristina hubieran asumido el trono de Dinamarca, nacía el 14 de julio en el castillo de Nyborg, en la isla de Fionia, vuestro esposo. El niño recién nacido recibió en el bautismo el nombre de Cristian, en honor a su abuelo paterno. Sus padres vieron en aquel nacimiento una luz de esperanza para los reinos, porque el pequeño nacía después de dos hermanos muertos antes de su primer año de vida, Juan en 1479 y Ernesto en 1480. Un año después del nacimiento del príncipe Cristian, en 1482, la reina Cristina dio a luz a su cuarto hijo, a quien pusieron por nombre Jacobo, con la esperanza de que el príncipe Cristian tuviese un compañero de juegos y un hermano en quien confiar, pero el pequeño príncipe murió a los pocos meses de nacer… En 1483 el rey Juan fue electo rey de Noruega y, ese mismo año, el Concejo del reino sueco lo eligió rey de Suecia, pero el regente sueco, Sten Sture el Viejo, quien asumió ese cargo en 1470 durante el reinado de Cristian I, postergaría por catorce interminables años el ascenso del rey Juan al trono de Suecia. En 1485 los reyes de Dinamarca tuvieron una hija. La princesa recibió el nombre de Isabel, como vuestra majestad. Ella se desposó en el año 1501 con el príncipe elector Joaquín I de Brandeburgo. En el año 1487, cuando vuestro esposo tenía seis años de edad, su padre, habiendo convocado a los Estados de Dinamarca en Lund, lo nombró heredero al trono. Y dos años más tarde, en 1489, al cumplir sus ocho años, lo designó heredero al trono de Noruega.
—El rey Juan debía sentirse molesto con el regente Sten Sture…
—Muy molesto, majestad. Y decidido a cambiar la situación, estableció en 1493 una alianza con el Principado de Moscú que le sirvió de ayuda para atacar Finlandia —región que pertenecía a Suecia— provocando el descontento entre los suecos que consideraron que Sten Sture el Viejo no había desempeñado un buen papel en la defensa. Así el rey Juan I se ganó el apoyo de la nobleza sueca, situación que aprovechó aquel para ingresar con un ejército de mercenarios a dicho reino en el año 1497, derrotando a Sten Sture en la batalla de Rotebro… El 11 de octubre de aquel año, el rey Juan I de Dinamarca hizo su entrada triunfal en Estocolmo y el 26 de noviembre de 1497 fue coronado rey de Suecia con el nombre de Juan II, al mismo tiempo que vuestro esposo, con dieciséis años, fue nombrado príncipe heredero también de Suecia, en el mismo año que su padre conquistaba aquel país. Se restablecía así, no sin extremas dificultades para la Corona danesa, la Unión de Kalmar, ya que en Suecia persistía una importante oposición a la misma. En aquel año, los monarcas tuvieron a su sexto hijo, a quien pusieron por nombre Francisco, pero amargamente el príncipe murió en 1511, a los catorce años de edad. Los reyes quedaron desolados por la pérdida del más pequeño de la casa y creo que nunca pudieron recuperarse de la profunda tristeza que aquella muerte ocasionó en sus corazones.
—Imagino el sufrimiento de vuestras majestades.
—Fue tremendo. Ellos habían cifrado muchas esperanzas en ese hijo… pero la vida debía proseguir y, asumiendo el infortunio con total valentía y fortaleza, el rey Juan continuó reinando, aunque creo muy dentro de mí, con mucha tristeza, dado que nunca se recuperó totalmente de aquella desgracia.
—¿Y cuál fue la política del rey Juan respecto a Suecia?
—Establecer una relación de amistad entre ese reino y Dinamarca para obtener la fidelidad de los seguidores del regente sueco Sten Sture el Viejo. Durante el año 1500, el rey Juan y su hermano Federico se abocaron a la conquista de la región de Dithmarschen que se hallaba bajo la jurisdicción del Ducado de Holstein, el que ejercía un gran poder, como si fuera un reino independiente. El rey Juan y su hermano Federico atacaron con mercenarios alemanes, pero los habitantes de la región rompieron los diques y el rey sufrió una aplastante derrota que derivó, entre 1501 y 1502, en sucesivos levantamientos contra el rey Juan en Suecia y en Noruega… El rey decidió enviar a vuestro esposo —que contaba en ese tiempo con veinte años de edad—, con un pequeño ejército para que tratara de controlar la situación en Noruega. Entre las principales recomendaciones que le hizo antes de despedirlo camino a Noruega, fue la de que, al llegar a aquel reino solo se dejara llevar por los buenos consejos del obispo Carlos de Hamer, quien con su bondad y ejemplo lo guiaría por el buen camino de la moderación y la cordura en las decisiones que debiera adoptar. Sin embargo, al pisar tierra noruega, el carácter impetuoso del joven príncipe lo llevó a malinterpretar las insurrecciones pensando que habían sido provocadas por aquel prelado. Sin interrogar a nadie y pecando de una severidad exagerada, lo maltrató con ofensas y atropellos.
La Iglesia noruega, al advertir aquellos agravios contra la investidura del obispo, censuró al príncipe. La situación se tornó extremadamente tensa, llegándose al enfrentamiento armado, aunque los rebeldes noruegos no tuvieron tiempo de desplegar todas sus fuerzas y, sin poder coordinar las huestes del norte con las del sur, fueron aplastados por las tropas danesas del príncipe Cristian, quien había establecido en aquella región su centro de operaciones. Dominada la insurrección, juzgó a todos los prisioneros con rigor excesivo. El cabecilla de los insurgentes, Herlof Hyddefad, que había logrado escapar, fue perseguido encarnizadamente a través de los bosques hasta ser apresado por las tropas del príncipe danés.
—¿Y mi esposo le perdonó la vida? Pregunté conmovida por el relato de aquellos acontecimientos.
—Lo que voy a deciros, majestad, es muy doloroso para mí.
—Hablad, monseñor, por favor, que mi corazón está preparado para escuchar.
—El príncipe podría haber aprovechado las prerrogativas que su cargo real le otorgaban y haber sido magnánimo, concediendo una generosa conmutación de las penas, pero, lamentablemente, tales sentimientos no tuvieron cabida dentro de su alma.
—¿Y qué sucedió, monseñor? —indagué asombrada.
—El príncipe desechó todas las peticiones de perdón y no tuvo más oídos que para escuchar su propia voz interior clamando venganza. Y esta fue atroz. Como vuestra majestad jamás podrá imaginar. Herlof Hyddefad murió de una muerte horrenda, poco después de haber padecido el suplicio de la rueda.
—¿El suplicio de la rueda? —pregunté sin saber de qué se trataba.
—El suplicio de la rueda, majestad, es uno de los tormentos más aterradores que se conocen en el mundo sobre las torturas... El condenado al martirio es atado a un banco, mientras un verdugo tritura con una barra de hierro uno por uno todos sus huesos con un solo afán, que el cuerpo pueda ser doblado y dislocado. Solo la cabeza permanece intacta para prolongar los sufrimientos. Y, con todos los huesos molidos y dolores inenarrables, es atado a la rueda de un carro, de forma tal que sus tobillos toquen su cabeza, postura que implica que sus piernas deben dislocarse hacia arriba y se le colocan sus brazos de manera que recorran todo el perímetro de la circunferencia de la rueda, que, con el condenado atado, es enganchada a un eje que se clava en la tierra, quedando aquella en posición horizontal. Si consideráis, majestad, que al condenado también se le rompen sus costillas —lo que hace que la respiración se vuelva extremadamente penosa— la condena a ser quebrado de arriba a abajo y luego llevado a la rueda impone un tormento comparable a nuestro señor Jesucristo y provoca una muerte lenta y dolorosa que se puede prolongar durante horas, e incluso hasta un día completo…
Yo escuchaba paralizada de terror la descripción de aquella barbarie que se aplicaba como castigo ejemplar en los reinos a los que yo iba destinada como soberana. Y en tanto el barco avanzaba sigiloso rompiendo las crestas de las olas a gran velocidad hacia la península de Escandinavia y las nubes negras festoneadas de relámpagos se aproximaban amenazadoras sobre nuestras cabezas, mi cuerpo, inmovilizado por el pánico de aquellas imágenes, estaba a punto de convulsionar. Acostumbrada a vivir en un palacio donde nos despertaban los trinos de los pájaros y el aroma de las rosas trepando hasta nuestros aposentos, a correr dichosa por las inmensas y relucientes galerías cuajadas de obras de arte y a escuchar los laúdes bajo las glorietas bordeadas de glicinas, que alguien me relatara las horrendas torturas de mi futuro reino conmocionaba de modo tal mi cuerpo y mi alma, al punto de creer por momentos que iba a perder el equilibrio y caer al agua por encima de la barandilla. Tal vez era lo que deseaba… morir de una vez… acabar con este indeseable destino que era para mí también un suplicio. Tal vez fuera mejor que asumir forzada un futuro oscuro poblado de interrogantes.
Sabía con certeza que cuando el sol se ocultara, la noche llegara presurosa por el Este, arremolinando sombras y el sueño y el cansancio me vencieran, los miedos vendrían a buscarme. Todo lo que me impresionaba fuertemente luego se reproducía por las noches en pesadillas y pensé que las vivencias de tal relato serían esa noche peor que detenerme dentro del mismo infierno. Las palabras del arzobispo prosiguieron sin advertir mi palidez mortal, ni las náuseas insoportables que me habían invadido.
—Debo deciros, majestad, que en medio de tan terrible martirio e incapaz de seguirlo soportando Herlof Hyddefad alcanzó a balbucear casi sin aliento el nombre de muchos nobles que habían participado en el levantamiento. Uno por uno, el rey los hizo buscar y todos fueron encarcelados. El príncipe mandó cortar algunas de sus cabezas, a otros les confiscó todos sus bienes, pero ninguno escapó de su venganza, pues todos fueron muertos o arruinados.
Concluidas las explicaciones yo comencé a temblar de aprensión. Imaginaba los gritos de dolor de los torturados, la sangre manando de sus heridas abiertas, la crueldad de los verdugos, las órdenes inhumanas de aquel príncipe.
—Tenéis una fortaleza admirable, majestad, y sobre todo, la templanza de una santa —prosiguió el arzobispo—. Os he descrito la cruda realidad de vuestros reinos, no para que os aterréis, sino para preveniros. Y cuál no sería mi sorpresa al observar vuestro maravilloso valor. Pocas personas a vuestra edad, mi señora, afrontan un destino tan duro con tan admirable serenidad. Y me agrada deciros que vuestra gracia y modestia serán como dos flores recién abiertas que cautivarán a vuestro esposo.
Lejos de tranquilizarme, las palabras del arzobispo me turbaron, sacudiéndome el alma. ¿En qué brazos iba a tener que reposar mi frágil juventud? ¿En los de un rey asesino y sancionado por la Iglesia? ¿Hay algo más cruel que un soberano esclavo de la injusticia?... Mis catorce años aún sin cumplir se estremecieron, como si adivinaran el difícil futuro que sobre mí se precipitaba sin poder remediarlo. Yo temblaba sin poder controlarme. Temblaba de miedo. Me sentía temerosa de que el ilustre prelado descubriera bajo los pliegues de mi vestido la agitación irreprimible de mi pecho.
Fue un alivio su silencio. Cerré los ojos…, quería permanecer en absoluta oscuridad, que se borraran de mí todas las palabras dichas, que jamás hubiesen existido, que todo hubiese sido solo un mal sueño…
—¿Os sentís bien, majestad? —se interesó el arzobispo.
—Solo algo cansada, monseñor.
Era un modo velado de tratar de olvidar aquel horror que sus palabras me habían provocado. Sin embargo, lejos de serenarme, sentía en mi boca el regusto amargo de la desgracia. Por momentos el ruido de las olas me ocultaba el significado de sus palabras, parecía como si mi mente y mi cuerpo desearan permanecer al margen de tanta turbación…
Pero el arzobispo prosiguió inmutable su recuento…
—Después de haber sometido a Noruega por el terror y aplacado la insurrección, el príncipe se dirigió hacia Suecia. Reino donde el rey Juan I había sido depuesto en 1501 y el gobierno había sido ofrecido nuevamente a Sten Sture el Viejo. Al entrar en él, llevaba la sangre convulsionada por la afrenta que Suecia le había hecho a su padre y, ante tanto arrebato y furor contenidos, asoló la región de Vestrogocia, derrotando a las tropas suecas. El trato severo arraigado en su costumbre de ejecutar los castigos hacia los insurrectos volvió a resurgir. Su objetivo parecía ser dominar por el terror a los rebeldes que no aceptaban a su padre como rey. Todos en Dinamarca elogiaron la gran destreza del heredero en las artes militares, pero criticaron su crueldad y su dureza. Su madre, la reina Cristina de Sajonia, aún defendía el castillo de Estocolmo contra los rebeldes suecos. Pero ese último baluarte del rey Juan en Suecia cayó sin poder remediarlo el 9 de mayo de 1502. Cuando la reina fue puesta en libertad y acompañada hasta la frontera, el príncipe Cristian fue a recibirla. Y aunque el rey Juan intentó entablar relaciones nuevamente con los suecos, todo resultó inútil...
Yo no daba crédito a lo que el arzobispo me iba detallando sobre la personalidad de Cristian de Oldemburgo... Me parecía terrible que hubiese dado inmisericorde maltrato a un dignatario de la Iglesia, me parecía inhumano que hubiese mandado cortar tantas cabezas y confinar de por vida en las húmedas mazmorras de los castillos a tanta gente. Y, sobre todo, me aterraba que su brutalidad fuera célebre en los tres reinos…
—¿Y qué sucedió después? —le interrogué con más amargura que curiosidad, mientras las primeras gotas comenzaban a caer, debiéndonos refugiar en la sala principal de la nao.
Instalados alrededor de la mesa, el prelado prosiguió, mientras yo escucha turbada los detalles escabrosos de la vida de quien el imperio me había dado como esposo y a quien muchos llamaban «el tirano».
—El 13 de diciembre de 1503, murió Sten Sture el Viejo y los suecos para evitar una invasión danesa ocultaron su muerte. Para sortear todo contacto con Dinamarca, tampoco se presentaron a una asamblea de la Unión de Kalmar y designaron como regente a Svante Nilsson Sture. Pero de pronto y sin que lo imaginaran, una esperada sentencia favoreció a Juan I, confirmando que Suecia pertenecía a dicha Unión y por lo tanto continuaba sometida al poder del rey danés… En 1506, el príncipe Cristian volvió a Noruega, esta vez como virrey designado por su padre, y si bien demostraba prudencia en todos los actos de gobierno, a veces, su ímpetu incontrolable delataba la crudeza de su corazón. En 1507 su padre, el rey Juan, emprendió la guerra contra Suecia, arrasando toda su costa y en 1508 se produjo una sublevación en Noruega que surgió desde Hedemark y se extendió hacia otras provincias para acompañar a Suecia en su rebelión contra Dinamarca. Carlos, obispo de Hamer, fue acusado como el máximo responsable de aquellos movimientos de insurrección.
—Yo me pregunto, monseñor, ¿no eran acaso por los buenos consejos del obispo de Hamer, que el rey Juan había recomendado a su hijo que dejara guiar su conducta, cuando fue a Noruega en 1501?
—Así es, majestad, pero el príncipe jamás aceptó compartir el poder de Noruega con aquel obispo y lo acusó de haber llevado adelante la sedición. Muchos fueron los que influyeron sobre el príncipe, acusando al alto dignatario de la Iglesia haber pactado con Sten Sture el Joven (hijo del regente Svante Nilsson Sture). El príncipe Cristian, al enterarse, montó en cólera. Arrebatado de odio lo mandó llamar para juzgarlo delante de un tribunal, pero el prelado no se presentó. Y vuestro esposo, suponiendo que se habría ido a encontrar con los suecos, mandó perseguirlo y prenderlo y lo hizo conducir hacia el castillo de Agershuus, en las cercanías de Oslo, la capital del reino.
—¿Qué suerte corrió el obispo en manos de mi esposo? —pregunté con temor.
—Vuestro esposo escribió con urgencia al papa Julio II, para que juzgase el comportamiento del prelado. Pero la respuesta desde Roma tardó en llegar. Impaciente entonces, propuso al arzobispo de Trondheim —Gaute Ivarsson, mi antecesor— y a algunos otros nobles que se encargaran de su custodia, mas el arzobispo, temiendo ser excomulgado, no cumplió con los deseos del príncipe. El obispo de Hamer, en un intento desesperado por evitar la cruel represión a la que sería sometido, decidió escapar. Hizo una cuerda con las sábanas y comenzó a bajar por ella, pero con tan mala suerte que esta se rompió y cayendo al suelo sobre unas piedras, se hirió de gravedad. A pesar de sus heridas, logró arrastrarse hasta unos matorrales y malherido como se hallaba, se escondió dentro del hueco de un árbol. El príncipe al enterarse se enfureció y mandó a buscarlo por todos lados y, al no encontrarlo, decidió hacerlo rastrear con un perro. Cuando lo descubrieron, fue llevado delante del príncipe, quien sin compadecerse por el delicado estado en que se encontraba el desdichado mandó que lo encerraran en una prisión aún más estrecha, donde el desventurado murió a los pocos días a causa de sus heridas. Todo el reino de Noruega lo lloró. Y no solo aquel reino, sino también el rey Juan, el padre de vuestro esposo, por la gran bondad, el buen carácter y los caritativos servicios que siempre el prelado le había brindado al rey.
—¿Qué consecuencias tuvo sobre mi esposo la muerte de aquel dignatario? —pregunté profundamente conmovida.
—Vuestro esposo, majestad, fue excomulgado… La rebelión noruega fue aplastada definitivamente en 1508 por el príncipe Cristian, quien mostró en todo momento un gran manejo de las tácticas militares y una gran presteza para ordenar al ejército. Pero continuó mostrando una extrema dureza en todos sus actos de gobierno… Tal vez hubiera sido mejor que el príncipe Cristian no hubiese regresado a Noruega…
Yo no cabía en mi asombro al conocer que mi esposo había sido excomulgado. Pero algo me había llamado aún más la atención, y era la última frase del arzobispo. Como un eco que se iba apagando, sus palabras se repetían en mis oídos, sin terminar de borrarse… «Tal vez hubiera sido mejor que el príncipe Cristian no hubiese regresado a Noruega…»
—¿Por qué lo decís, monseñor? Sospecho que algo grave sucedió después… —dije como al descuido.
Pero el arzobispo guardó silencio… Un silencio que se hizo eterno, como mis horas en alta mar. Como si las fechas posteriores de aquella historia estuvieran ocultando algún secreto que debía ser muy bien guardado. Era como si la vida del rey Cristian se hubiera detenido o caído en un vacío impenetrable del cual no se podía desvelar ninguna incógnita. Yo me preguntaba ante esos interminables silencios si, con un carácter tan seguro, al arzobispo jamás le cedería el coraje ante alguna incoherencia cometida por el rey y la confesara…
Después de unos minutos, el arzobispo, recapacitando sobre su injustificado mutismo, prosiguió.
—Sí, majestad, algo grave sucedió…
Mi corazón se agitó dentro del pecho esperando escuchar esa respuesta. Pero lo que escuché no se comparaba con lo que me había imaginado. La sensación de desconfianza era tan grande que mi sospecha inicial acerca de lo que podía haber sucedido se amplió hasta recelar de muchas cosas graves y de todas al mismo tiempo. Muertes, torturas, persecuciones, guerras, excomunión… Se me hizo difícil el dejarme ir por el humilde camino de la confesión hacia el arzobispo, confiando la tremenda tortura que sentía… Pero monseñor me reconfortó al proseguir con la historia, aliviando las tensiones que aquellas dudas me habían provocado.
—Lo que sucedió de gravedad fue que la Liga Hanseática y sobre todo su capital, la ciudad de Lúbeck, pudieron comprobar que las hostilidades afectaban su comercio con Suecia y le declararon la guerra a Dinamarca en el año 1510… Dinamarca fue asolada por la Liga, pero finalmente el rey Juan firmó un tratado de paz en abril de 1512. Tristemente, en uno de sus viajes camino a Aalborg, el 24 de enero de 1513, el caballo del rey Juan tropezó, precipitándose a tierra junto con su real jinete, quien al caer sufrió graves heridas. Ocho días más tarde su salud empeoró y los médicos ya no pudieron hacer nada por salvarlo. Advirtiendo que se moría, le comunicaron a su familia que había llegado el final. Antes de cerrar sus ojos para siempre, el rey Juan llamó a su hijo Cristian y, en presencia de los más altos dignatarios del reino, le dio sabios consejos para su futuro reinado. Sobre todo hizo el esfuerzo de poner énfasis en la conducta que debía observar para ser un buen rey de Dinamarca.
—Mucho me agradaría conocer esos buenos consejos, monseñor, ¿los recordáis?
—Los consejos fueron muchos, majestad, dictados con el más grande amor de padre que el buen rey era capaz. Creo que, dejándose llevar por ellos, vuestro esposo nada habría de temer. Intentó persuadirlo a tener siempre presente el temor de Dios y a consultar y oír a los hombres honrados —de aquellos que les es más fácil a un príncipe rodearse cuando se es amante de la virtud—. Con gran pesar el rey había advertido que su hijo frecuentaba a personas de procedencia sórdida y mostraba aversión hacia los hombres distinguidos por su nacimiento y por su buena educación. Le aconsejó vivir en paz con los reinos vecinos y sobre todo con las ciudades hanseáticas; a fiarse más para la ejecución de sus proyectos de sus propias fuerzas que de las alianzas y de las relaciones de familia con soberanos extranjeros —relaciones cuya vanidad había tenido él mismo que reconocer—, y le aconsejó que se esforzase por granjearse el afecto de todos los estamentos de sus súbditos, administrando fielmente y sin excepciones la justicia, empleando preferentemente a los naturales de cada país y absteniéndose de todo acto de violencia y autoridad arbitraria. Le recomendó a sus antiguos y fieles servidores y especialmente al obispo Ove Bilde, su canciller, por cuyos consejos le rogó se condujese y dirigió un cariñoso adiós a cuantos le rodeaban. Murió con gran sosiego y resignación el 21 de febrero de 1513, a los cincuenta y ocho años de edad… Su cuerpo fue llevado de Aalborg a Odense, donde descansa en la catedral de San Canuto. Toda Dinamarca lo lloró por ser un rey clemente y piadoso. En su vida privada se mostró siempre enemigo de lo fastuoso. No obstante sus empeños, falló en su propósito de inculcar su buen carácter a su hijo. Fue amigo de la paz y solo recurrió a la guerra cuando no había otra alternativa posible.
—¿Qué sucedió con la situación religiosa de mi esposo? ¿Sigue excomulgado aún? Pregunté llena de temor.
—Poco antes de morir el rey Juan, el emperador Maximiliano I —vuestro abuelo— y el rey Luis XII de Francia, descontentos con el papa Julio II, resolvieron reunir un concilio en la ciudad de Pisa, invitando a todos los monarcas y príncipes de Europa, siendo también invitado a participar el rey Juan. Este respondió que estaba de acuerdo con reunirse en concilio, pero que le parecía mejor que se celebrara en una ciudad de Alemania y no en Pisa. Y mientras el rey de Dinamarca dirigía esas cartas a Maximiliano I y a Luis XII, envió a Roma a tres embajadores, entre los cuales se hallaba Juan Ulf, su secretario. En la carta al Sumo Pontífice le comunicaba la invitación que había recibido del emperador y del rey de Francia, añadiendo que no había querido tomar una determinación sin consultar antes con Su Santidad, a quien consideraba como la máxima investidura para convocar a un concilio. En agradecimiento al rey danés por la deferencia, el papa Julio II levantó la excomunión de su hijo Cristian, que le había sido impuesta por haber maltratado a Carlos, obispo de Hamer en Noruega. En un breve periodo de tiempo, Julio II envió a su legado, Juan Ángel Arcemboldi, para que hiciera efectivo el levantamiento de tal condena.
—¡Cómo hubiera deseado que en lugar de escuchar todo lo que me habéis descrito, me hubierais relatado que mi esposo era tan prudente como lo había sido su padre!
—La prudencia del rey Juan fue reconocida en todo el reino y en medio del luto y la tristeza, Cristian de treinta y dos años de edad subió al trono en el año 1513, con el nombre de Cristian II de Dinamarca y Noruega. Sin embargo, antes de hacerlo, tuvo que firmar una capitulación cuyas condiciones fueron tan extremas que no conozco rey en la misma situación que el de Dinamarca…
—¿Cuántas concesiones se vio compelido a otorgar mi esposo, antes de subir al trono?
—Muchas, majestad. El rey debió ceder a favor de la nobleza los derechos de justicia para juzgarse a sí misma, al clero y al pueblo y de poder exigir a sus vasallos multas por un valor de hasta cuarenta marcos. Pero lo más trágico de todo fue que tuvo que aceptar sin contemplaciones firmar aquellas capitulaciones que le prohibían a perpetuidad solicitar al Concejo del reino el consentimiento para que en el futuro heredase el reino su primogénito, debiendo prometer dejar al reino el uso completo de su derecho de libre elección del nuevo soberano. El rey además prometió mantener las libertades de los suecos. Pero el Concejo real sueco que había concurrido en pleno a aquella asamblea, donde Cristian iba a firmar dicho sometimiento, argumentó carencias de instrucciones precisas para seguir el ejemplo de sus vecinos noruegos y dejaron percibir que el país estaba arrepentido de haber ofrecido años antes la Corona a Dinamarca. La sensatez sugirió al rey Cristian, entonces, otorgarles el tiempo preciso para poder cumplir con sus compromisos, acordándose para el año siguiente la celebración de un congreso en el que volviera a tratarse el tema, con la mediación de la Liga Hanseática.
—Nunca imaginé que mi esposo hubiese tenido que firmar tan gran renunciamiento, con tal de gozar de esa Corona. Pero ¿qué hizo con respecto a las manifestaciones esgrimidas por los suecos?
—Vuestro esposo renovó los Tratados de Flensborgo y de Malmoe confirmando los privilegios de las ciudades de la Liga Hanseática, que habían prometido al rey Juan I aportar sus piadosos oficios, para restituirlo en el trono de Suecia, con el compromiso de no ser importunadas en el disfrute de sus antiguos privilegios. Después convocó a los estados de Esleswingn y de Holstein en Flensborgo para tomar posesión de la porción que le correspondía en aquellos ducados, pero estos le respondieron que eran ellos los que elegían… Ante lo imprevisto de los acontecimientos, algunos nobles daneses lo rechazaron como rey y ofrecieron la Corona a su tío Federico de Oldemburgo (hermano del rey Juan), quien a su vez exigió a vuestro esposo que le devolviese las importantes sumas de dinero adelantadas en vida de su difunto hermano. Pero vuestro esposo no respondió a los ducados, limitándose a prometer a su tío Federico devolverle en cuanto pudiese lo adeudado… Después de muchas tratativas fue reconocido como el heredero de la Unión de Kalmar. Logro que obtuvo tras haber tenido que aceptar todos esos compromisos que os acabo de enumerar… Compromisos que dieron a la nobleza y al clero un acrecentamiento de sus poderes, al mismo tiempo que reducían, considerablemente, el de vuestro esposo. Y, como corolario de tantas concesiones, tuvo además que reconocer al pueblo el derecho de levantarse en armas, si no cumplía con lo establecido. Finalmente llegó el día de su coronación. El 11 de junio de 1514, Cristian II fue coronado en Copenhague como rey de Dinamarca y un mes y nueve días más tarde, el 20 de julio, fue coronado en Oslo como rey de Noruega. Con los dos reinos bajo su cetro, se propuso desde entonces procurar obtener también la corona de Suecia.
—¡Me asombra la determinación del rey por llevar nuevamente a Suecia bajo su cetro! ¡Y cuántos renunciamientos ha tenido que aceptar para poder lograrlo!
—Una osadía quizá demasiado extrema, majestad. Porque cuando llegue el día en que el rey deba dejar su trono a su hijo heredero, Suecia sacará de sus archivos reales, cerrados bajo doble llave, la capitulación de la que os hablo. En cuanto a los renunciamientos, sé que los hizo movido por las circunstancias y para tranquilidad de sus Estados, como cuando le negó el socorro, en 1514, al Concejo de regencia de Escocia, que había perdido a su rey Jacobo IV en la desgraciada batalla de Flodden Field y le solicitaba auxilio a Dinamarca. Los embajadores de Escocia fueron apoyados por Luis XII de Francia, aliado de nuestro reino y por la reina viuda de Escocia, pero el Concejo de regencia escocés nunca recibió ayuda efectiva. Si bien Cristian II respondió con demostraciones de verdadero interés, se excusó al no poder brindarle la ayuda que tan insistentemente Escocia le pedía, justificándose en que aún no había sido coronado. Creo, majestad, dentro de esta humilde reflexión que comparto con vuestra dignidad, que el ejemplo de su padre, el rey Juan I, fue el principal motivo que impulsó a Cristian a no renunciar nunca al trono de Suecia. Aquel rey había hecho grandes esfuerzos por volver a gobernar sobre ese reino, especialmente apoyándose en la alianza que tejió con el noble sueco Erik Trolle. Lamentablemente, este noble, elegido regente de Suecia por el Concejo real en 1512, al morir el anterior, Svante Nilsson Sture, nunca pudo acceder a ese cargo, porque fue ocupado por el hijo de Svante, que se hacía llamar Sten Sture el Joven. Sin embargo, no hay medalla sin reverso y Gustavo Eriksson Trolle, hijo de Erik, fue designado en 1514 como arzobispo de Uppsala y guía de la Iglesia de Suecia. Al acceder a la silla episcopal, este prelado no olvidó los desplantes que Sten Sture el Joven le había hecho a su padre y, durante este año de 1515, se ha enfrentado ya abiertamente a él, quien ha lanzado a correr el rumor de que el arzobispo se ha aliado con vuestro esposo. En ese enfrentamiento, quien más ha perdido es el arzobispo Gustavo Trolle, porque ha sido despojado de su posición eclesiástica y sitiado brutalmente en su mansión arzobispal de Almarestäket, frente el lago de Mälaren.
—Me parece que el arzobispo Gustavo Trolle, como todo buen hijo, ha defendido los derechos de su padre, usurpados por Sten Sture el Joven.¿Y qué puede suceder ante tantos privilegios concedidos? —pregunté llena de incertidumbres.
—El rey deberá cumplir con los compromisos asumidos.
—¿Os referís, monseñor, a otorgar un gran poder a la nobleza y al clero?
—Lo cual resultará inevitable. Cuando un bien se da, siempre parece escaso y se pide un poco más, midiendo constantemente la generosidad de quien lo otorga. Y me temo que ni la nobleza ni el clero están plenamente satisfechos con lo que ya se les ha concedido. Si continúan con sus peticiones, el rey algún día debería poner límites.
—¿Y qué podría suceder?
—Sería improbable averiguarlo ahora. En ese caso estaríamos solo en el campo de las suposiciones. Pero tal vez se indignen y se subleven, llegando al extremo de derrocar al rey.
—¿A tal extremo?
—No os alarméis, majestad. Mis palabras son vanas suposiciones. Tal vez la respuesta se encuentre en las manos del propio rey y este humilde servidor la desconozca.
—¿En sus manos o en las de la nobleza? —pregunté confundida.
—Preguntáis bien, majestad, porque mucho importan las apetencias de los nobles. No obstante el rey está cumpliendo con ellos y por el momento no existe un peligro urgente. En octubre de 1513 fue nombrado duque de Schleswig-Holstein y, desde aquella fecha hasta hoy, comparte el poder de aquel ducado con su tío Federico. Lo demás es historia que vuestra majestad ya conoce muy bien.
—Mucho me agradaría, monseñor, que, sin distraer vuestro tiempo de oración, me contarais los detalles de mi pedida de mano.
—Entonces proseguiré. Sabéis muy bien que el rey Cristian necesitaba una reina para perpetuar su dinastía. Sobre todo porque su madre, la reina Cristina, era la persona más preocupada en buscarle una esposa. Ella fue la que junto a sus asesores estudió todas las posibilidades que ofrecían las casas reales de Europa y arribaron a la feliz conclusión de que la mejor elección era optar por alguna de las princesas de la Casa de Habsburgo. A la reina Cristina le agradó mucho que vosotras os educarais en Malinas, en la fastuosa Corte de vuestra tía Margarita de Austria. Y así fue como Federico el Sabio de Sajonia, hermano de la reina, entabló la comunicación epistolar con vuestro abuelo, el emperador Maximiliano I, y solicitó la mano de vuestra hermana, la princesa Leonor de quince años. Tal vez el príncipe Federico estimó esa elección porque en aquel año, vuestra majestad, solo tenía doce años.
—¿Y qué sucedió entonces? ¿Por qué me eligieron a mí?
—Vuestro abuelo, el emperador, fue quien os eligió, para ser desposada con nuestro rey. Y cuando todo estuvo decidido entre los dos reinos, una delegación danesa —integrada por el obispo Godske Alhefeld y los consejeros Mogens Goye y Albert Jepsen Ravensberg y escoltada por jóvenes de la nobleza— partió a caballo a principios del año de 1514. Con la intención de cruzar por Alemania para llegar a Flandes, se detuvieron en Sajonia, donde fueron hospedados con gran amabilidad por Federico el Sabio, tío de vuestro real esposo. El príncipe les aconsejó sobre las negociaciones matrimoniales que debían mantener con el emperador. Y prosiguiendo la marcha hacia el sur, arribaron a Linz. Fue a principios de abril, cuando fueron recibidos por Maximiliano I. Y fue en ese mes en que se llevó a cabo vuestra alianza matrimonial con mi señor. Unos días más tarde, el 29 de abril de 1514, se suscribieron las capitulaciones que sellaban vuestro matrimonio.
—¿Qué sucedió con la dote que por aquella alianza debió pagar el imperio? Nadie me informó detalles.
—El tema de vuestra dote, majestad, fue muy importante para llevar adelante todas las negociaciones. Se acordó que el monto que el imperio aportaría ascendería a doscientos cincuenta mil florines. Las dos terceras partes serán sufragadas por España y la tercera, por el Ducado de Borgoña. La primera asignación deberá efectuarse en el transcurso de este año. Y el resto se hará entre los años 1516 y 1518.
—¿Cuánto de todo ese dinero habrá de corresponderme por ser la reina?
—Vuestra majestad recibirá anualmente de las arcas reales danesas una décima parte del total. Podréis disponer de veinticinco mil florines al año.
—¿Y qué sucedió después con la delegación que fue a solicitar mi mano?
—Desde Linz, la delegación danesa marchó a Bruselas...
—¡Sí!, recuerdo cuando llegaron… El miedo se había adueñado de mí y por las noches, al acostarme, no podía conciliar el sueño. Al llegar la madrugada el cansancio me vencía y las pesadillas se adueñaban de mí, poblando mis sueños de reyes muertos, tronos cubiertos de espinas y cetros amenazantes que se precipitaban sobre mi cabeza a punto de eliminarme. Me despertaba sobresaltada, pensando que algo malo iba a sucederme. Por entonces acusé al desasosiego de ser el culpable de mis malos sueños…
—Comprendo, majestad, vuestros desvelos. Erais apenas una niña que debía asumir de pronto las responsabilidades de una adulta.
—Eran muchos los motivos de mis miedos, monseñor. Con trece años debía desposarme con el representante que enviaba el rey danés, Mogens Goye, a quien le habían otorgado todos los poderes para representarlo. La comitiva se dirigió luego a Bruselas. En esa ciudad se encontraba mi hermano Carlos y le iban a notificar sobre mis esponsales. El 11 de junio, en aquella ciudad, en un día de sol esplendoroso, fue celebrada mi boda por poder. Recuerdo que el miedo que experimentaba hizo que amaneciera pálida como la escarcha… Dicen que ese mismo día, en Copenhague, después de muchas postergaciones y en presencia de todos los Estados y de varios príncipes extranjeros, mi esposo fue coronado rey de Dinamarca. El rey había elegido el día de nuestra boda por poder en Flandes para ser coronado en Copenhague. En el palacio de Bruselas hubo grandes festejos, sin embargo mi abrumada mente casi no los recuerda. La conmoción no me abandona desde entonces. Sentía dentro de mí un gran aturdimiento que no me dejaba pensar y la desolación se me manifestaba en todas las horas del día. Un único pensamiento me abarcaba total y enteramente y ese era el de mi boda.
—Advierto, majestad, vuestras preocupaciones. Erais una infanta que debía asumir como reina de dos países deberes y obligaciones que pesan excesivamente cuando se quieren asumir devotamente. Porque debéis saber que, ese mismo año de 1513, vuestro esposo también fue coronado en Oslo como rey de Noruega. Y Suecia aún no se decide a que vuestro esposo reine sobre ella. El congreso de consejeros aplazado para ese año aún no se ha celebrado y no se sabe cuándo habrá de celebrarse. Sin embargo, vuestro esposo desea sobre todo ser también rey de Suecia —para humillar al clero y a la nobleza, que siempre se han opuesto a ser gobernados por él—. Es por eso, majestad, que siempre ha buscado con afanes esta alianza con el imperio de vuestro abuelo. Creo que con el respaldo del emperador logrará Cristian II derrotar algún día a Suecia y coronarse como su nuevo rey…
Al terminar el arzobispo sus confidencias, yo guardé silencio.
De pronto, desde el ojo de buey del salón de la nao un rayo de luna se arrastró por el suelo hasta encharcarse a los pies del arzobispo. Se había hecho la noche. Entonces el prelado poniéndose de pie me dio su bendición y con una reverencia se despidió, marchándose a rezar Completas. Había quedado sola, cuando con gran sigilo se abrió nuevamente la puerta del compartimento contiguo. Dos pajes entraron con su ritual callado. Uno portaba las velas, el otro trajo mi cena. Volví a quedar sola. Comí abstraída en mis pensamientos, mecida por la agitación del mar. Catalina de Hermellén vino a hacerme compañía y me ayudó a acostar.
Al volver a quedar sola, me asaltaron los recuerdos. Filtrábanse por debajo de la puerta unas corrientes de aire repentinas que agitaron las llamas de las velas y trajeron a mi memoria el palacio de Bruselas en el día de mis esponsales por poder, con el delegado del rey danés, Mogens Goye, a quien el arzobispo interrogó, respondiendo este de inmediato, afirmando con énfasis la decisión de su rey de desposarse conmigo... Cuando llegó el turno de interrogarme, las velas se consumían a la par de la paciencia de los dignatarios presentes y el nerviosismo de la delegación danesa crecía proporcionalmente a mi negativa de responder… Recuerdo que en presencia de mi tía Margarita de Austria, mi hermano Carlos y el representante del rey danés, el arzobispo de Bruselas me preguntó si yo deseaba contraer enlace con el rey Cristian II de Dinamarca y Noruega. En ese momento sentí que aquella pregunta se había transformado en un rayo devastador que me partía en mil pedazos, destrozándome y me invadieron de pronto unos terribles deseos de esfumarme, de correr a través de las galerías y regresar deprisa a mis aposentos, para encerrarme bajo doble llave en donde nadie pudiera encontrarme. Aquellos instantes me parecieron eternos, no solo para mí, sino para el representante del rey danés que miró al arzobispo con un gesto de interrogación. Se dijeron algo. Hablaron bajo, demasiado bajo. En el aturdimiento en que me encontraba, no pude descifrar lo que habían dicho. De pronto a mi alrededor pareció haberse instalado una forzada premura y un silencio absoluto dejó escuchar la respiración agitada de los daneses. Un apremio alarmante. Yo sentí algo dentro de mí que me decía que era preciso liberarme de aquella imposición, escapar, desaparecer... Miré hacia mi derecha y vi a mi hermano Carlos que me indicaba con un gesto de su ceño que debía responder de inmediato. Entonces percibí claramente en aquella mueca la deliberada voluntad del cazador y su presa. Tenía que reaccionar, recobrar las riendas de mi propio destino y buscar otro camino que me llevara donde nada pudiera temer… (porque nunca es bueno el destino que se teme…). Quería disgregarme, huir de mi angustia buscando un sendero salvador. No tenía más que dar un giro sobre mis pies y salir corriendo... Estaba buscando el valor que me faltaba… Fascinada por aquellos pensamientos di media vuelta, pero al hacerlo, observé a toda la delegación danesa que me miraba turbada. Entonces tuve miedo. Miedo a desobedecer, porque nunca antes lo había hecho. No tenía alas para poder volar y pensé que si corría me atraparían antes de pisar el umbral de mis esperanzas… El salón olía a incienso y a cera de las velas que se iban consumiendo, esperando mi respuesta. Mi silencio prolongado arrancaba nerviosos murmullos a los concurrentes. El corazón me daba brincos en medio del pecho y el rubor trepaba hasta mis mejillas con la intención de continuar hasta mi frente. Una fuerte punzada en el centro del estómago quiso doblegar mi cuerpo, pero hice esfuerzos para parecer imperturbable. Entonces recobré la memoria del compromiso, el riesgo que representaba para el imperio que yo me negara. Me serené interiormente… Recurrí a la prudencia y a la templanza. Indagué en mi paciencia… El arzobispo pareció advertirlo y volvió a interrogarme si deseaba desposarme con el rey de Dinamarca. Apenas habían transcurrido unos segundos, pero para mí había sido una eternidad… Respondí que sí. Suspiros de alivio presentí en la delegación danesa. Fue entonces cuando extrayendo un cofre de su bolsillo, Mogens Goye lo abrió y sacó un anillo de zafiros y brillantes que destelló ante mis ojos. Y, entregándoselo al arzobispo, este lo bendijo y se lo devolvió, para colocarlo en mi dedo anular como prueba irrefutable del matrimonio celebrado por poder con Cristian II. Desde ese día lo llevo conmigo. Es el símbolo implícito de la obligación asumida y con la firma de los respectivos documentos quedó concluida la alianza entre nuestros reinos…
En el palacio, tras el banquete nupcial de varios platos, de los que no pude probar ningún bocado, fuimos llevados a la cámara nupcial. Yo temblaba de miedo por desconocer el rito y apretando mis manos sobre la falda de mi vestido plateado bordado con capullos de rosas, caminé de prisa hasta los aposentos. Detrás me seguían el arzobispo, el representante del rey, mi hermano Carlos y algunos nobles de la delegación danesa. Tía Margarita se había adelantado y me aguardaba en la puerta de la recámara. Al verme llegar se anticipó a recibirme, rodeando mis hombros con su abrazo. Aquel gesto de consuelo y de cariño me trajo algo de serenidad. Todas las luces de los candelabros habían sido encendidas y los espesos cortinados habían sido cerrados. Después de que todos estuvimos dentro de la recámara nupcial, el arzobispo tomó un incensario y dispersó pequeñas columnas de humo sobre el gran lecho. Mortificada observaba el ritual. ¿Qué hacía yo allí? Un agradable olor a incienso dulcificaba la angustiosa atmósfera trayendo a mi memoria los besos de mi madre. ¿Por qué los había recordado en esos momentos? Tal vez ella estaba a mi lado con su pensamiento… Dicen que el corazón de una madre, por más lejos que se encuentre de sus hijos, presiente sus sufrimientos… Entonces le pedí su auxilio, le rogué su ayuda. Mi tía Margarita de Austria colocó sobre mi cabeza una corona de rosas... Nos hicieron recostar a los dos contrayentes sobre el lecho, vestidos con nuestros trajes de boda y después de permanecer unos minutos sobre él, solo mirando el artesonado del techo, ante la mirada de todos los presentes, al arzobispo expresó que ya estaba desposada. Desde ese momento me había convertido en reina de Dinamarca y de Noruega y ya no podía volver nada atrás... Unos días después, Mogens Goye partió con su escolta danesa rumbo a Holanda, desde donde embarcó junto a todos los nobles que lo habían acompañado, con destino a Dinamarca…
Las noches en la nao que me llevaba a Dinamarca se hicieron interminables. Dormía malamente y de modo interrumpido. Despertaba bañada en transpiración, asaltada por horribles pesadillas, siempre en el instante exacto en que sorprendía a mis hermanos marchándose de prisa sobre las olas del mar… Estaba convencida de que ellos venían conmigo… pero la congoja de no ver su imagen palpable me destrozaba el alma. ¿Por qué se marchaban en esos instantes en que tanto los necesitaba?
La flota danesa parecía por momentos ir a merced de los vientos o de las olas del mar. Zarandeándose de un lado al otro, nos sorprendió un nuevo día y un temporal que había comenzado a arreciar... Las nubes de borrascas parecían venir contra nosotros. La flota era sacudida por las violentas ráfagas y la fuerza del oleaje. Me asaltaba un desconcierto pavoroso. No me había dado cuenta de en qué momento el viento huracanado había obligado a plegar las velas de la nao y el constante subir y bajar de las olas había mareado a todo mi cortejo. El arzobispo, al igual que yo, permanecía inmutable. Nuestra conversación volvió a reiniciarse ese día, como en los anteriores…
—El tiempo, majestad, no se detiene y avanza tan deprisa como el viento... Ya se van a cumplir dos meses desde que mi delegación salió de Dinamarca para venir en vuestra búsqueda. Zarpamos desde Copenhague y cuando arribamos al puerto de Vere, en el mes de julio, nos dirigimos hacia Malinas.
Allí otra vez el arzobispo volvió a guardar silencio. Como tantas veces en nuestras conversaciones… Un silencio cómplice que parecía querer resguardar a su rey de algún lado oscuro de su vida.
—Es verdad, monseñor, el tiempo es implacable, pero también es sabio, porque lo arregla todo… ¿Y en Malinas qué aconteció?
—En Malinas, el emperador finalmente accedió a que os desposarais por poder con el representante de nuestro rey y a dejaros venir, majestad. De allí retornamos a Róterdam, donde vos habéis embarcado. Lo demás ya es la historia que vuestra majestad conoce.
—¿Por qué decís «finalmente», monseñor? ¿Acaso hubo algún instante durante la negociación imperial en que mi abuelo se negó a que yo viniese?
El arzobispo guardó silencio…
—Creo, monseñor, que algunas cosas aún me falta dilucidar —agregué como al descuido.
El prelado comprendió definitivamente que yo me refería a esos misteriosos interrogantes, poblados de espacios oscuros que se cernían sobre la vida del rey, mi esposo desconocido…
III
EN TIERRAS DANESAS
Verano del año del Señor de 1515.
—Majestad, a pesar de la tormenta, creo que mañana llegaremos a Elsinor, donde la flota hará una pequeña escala. Entonces ya podréis posar vuestros pies en la tierra sobre la que reinaréis. Después de unos días de descanso reemprenderemos la última etapa del viaje, rumbo a Copenhague.
Con esa frase el arzobispo cancelaba mis diez días en alta mar, poblados de incertidumbres y de miedos. Las zozobras no me habían abandonado durante toda la travesía que se había desarrollado con un tiempo borrascoso, apenas entrar en el mar del Norte. El sombrío efecto de sus palabras puso temblores en todo mi cuerpo, pensando en mi futuro.
El viento huracanado del norte no dejaba de sacudir el abanico de velas impuesto para no naufragar, de golpear las puertas, de tirar los muebles y de arrojar con fuerza torrentes de agua salada y espumosa que se precipitaban sobre la cubierta de la nave, resbalando velozmente hacia estribor para volver a caer en el mar. Yo miraba a través del ojo de buey aquella nao, que en la inmensidad del mar agitado simulaba una cáscara de nuez. El palo mayor parecía a punto de quebrarse y la tripulación no se daba tiempo para arriar las velas que desgarraba el viento con incontenibles ráfagas que nos hacían avanzar en medio del oleaje con gran dificultad. Al observar todo aquello, no sentía miedo, sino la extraña sensación de que aquel viaje era el fiel reflejo de esta vida nueva que se abría ante mí: una frágil barquilla en borrascosos mares. Mares que terminarían abruptamente con mis apacibles días de princesa flamenca.
La lluvia torrencial mojaba los recuerdos de aquellos suntuosos palacios que se extendían por toda la geografía de los Países Bajos y los desgajaba lentamente como los pétalos de una rosa al compás de las gotas de agua. Un vapor de niebla subía intermitentemente desde la cubierta, cuando por instantes el sol quería asomar entre las oscuras nubes, pretendiendo borrar con su velo mis horas vividas. Aquellas horas de felicidad creciente pasadas entre libros y estudio, matizadas por bailes de máscaras doradas y despreocupados paseos en carruajes. Iban a cumplirse diez días de un paréntesis de reflexión en medio del mar, que me había hecho tomar distancia de las cosas más queridas. Mi mente volvía una y otra vez a cada instante hacia mis afectos y hacia aquellos lugares donde amé la vida y advertí de pronto cómo estarían ausentes desde aquel día en adelante, en que había tenido que abandonarlo todo, definitivamente. Tenía que disponerme a entrar por el vértice del estrecho de Oresund y cerrar sin desearlo, tras de mí, aquel portal florido que había significado Flandes en mi vida.
—¿Lo habéis perdido?
Era la voz de Catalina de Hermellén sacándome de mis ausencias.
—¿A Flandes? Me temo que sí… y para siempre…
—Lo teníais entre vuestras manos y lo habéis perdido...
Me di vuelta para mirarla. Catalina me extendía el pañuelo bordado con mis iniciales, el mismo que unos instantes antes había secado mis lágrimas.
—No es para tanto, mi pequeña —y, abrazándome a modo de consuelo, volvió a doblarlo y a entregármelo—. La alegría se ha mudado de vuestros ojos y de vuestra boca, deseo que pronto regrese y volváis a ser la princesita feliz que conocí hace tiempo…
Asentí algo consolada.
—¿Qué debo hacer, Catalina?
—Dejar que a las penas se las lleve el viento. Lejos, para que no regresen.
La respuesta de Catalina había atraído mi atención como siempre lo hacía, por la simpleza y certeza con que dejaba fluir las palabras de su boca, explicándomelo todo.
—¿Lejos? ¿Más lejos de lo que nosotros navegaremos?
—Mucho más lejos.
—¿Y entonces?
—Entonces no podrán volver.
Me sonreí. Catalina podía pedirme lo que quisiera. Me amaba con toda el alma, como yo a ella. Por eso tía Margarita había consentido que viniese conmigo.
—¿Y qué debo hacer para que se marchen lejos?
—Lo único que debéis hacer es comportaros como una verdadera reina para que encandiléis a los daneses y que vuestro ingenio deslumbre al más educado.
—¿«Lo único» que debo hacer?
—Como lo habéis escuchado, mi niña.
—¿Creéis que podré hacerlo?
—Claro que creo. Mejor dicho, estoy segura de que vais a poder.
—¿Podéis prepararme para que sea feliz?
—Podré prepararos para que seáis fuerte. La fortaleza ayuda a la voluntad y la voluntad nos ayuda a avanzar sin impedimentos hacia donde uno se lo propone y cuando alguien logra lo que se ha propuesto, la felicidad vuelve para ser inmensa.
Levanté mis ojos, la miré y le sonreí. Catalina era la auténtica imagen de la añorada confianza.
—Por supuesto, la felicidad no dura eternamente. Nos visita durante algún tiempo, a veces nos abandona, pero si sois voluntariosa, seréis feliz, porque la voluntad tiene un pacto con la felicidad de nunca abandonarla, definitivamente. ¿Qué más podríais desear?
—¿Podré hacerlo?
—Podréis aprender. Estáis iniciando un camino. Después de todo y aunque este sendero no lo hayáis escogido vos se merece recorrerlo con esperanzas.
—No hay nadie que piense tan claramente como vos, querida Catalina.
—Soy una Hermellén —y rió con una feliz carcajada.
—Haré como vos me indicáis.
—Me agrada que lo intentéis por vos misma.
—Mientras me hablabais, he reflexionado. Cualquier princesa flamenca pensaría en vuestras palabras y las seguiría al pie de la letra.
—¿Pero? —apuntó Catalina.
—Soy una Habsburgo —repetí riendo mientras asentía.
Sabía que sería difícil, pero no dudaba que podría acostumbrarme a mi nuevo destino, habituada a la estricta etiqueta borgoñona y a las separaciones forzosas.
—Debo agradeceros, Catalina, el haber planeado esta estrategia para hacerme sonreír.
Con una elegante reverencia, que volvió a hacer soltar mi risa, Catalina recibió mi sincero agradecimiento, inclinando su frente hacia mí, como un jazmín en su tallo.
—Nada debéis agradecerme, mi reina. Yo estoy para serviros y, entre esas simplezas, tratar de que viváis feliz.
Experimenté una gran serenidad y, a la lumbre de aquellos consejos, sentí surgir la confianza dentro de mi corazón. Por primera vez desde que me habían notificado la decisión del imperio de convertirme en reina de Dinamarca, no me parecía ser una moneda de cambio…
Escondida entre la inconmensurable península escandinava al Norte, las tierras germánicas al Sur, bañada por los mares del Norte al Oeste y por el Báltico al Este, se encontraba Dinamarca. Tierra hacia la que viajaba, para asumir mi papel de reina y sobre la que me había jurado en secreto ser, para todos los súbditos daneses y para cada uno de ellos, la reina que esperarían que yo fuese.
Al día siguiente, el 4 de agosto del año del Señor de 1515, atracamos en Elsinor, ciudad que se alzaba sobre la costa danesa del estrecho de Oresund, frente a la ciudad sueca de Helsingborg. Llegué enferma. El viento y la lluvia habían terminado por enfriar mi cuerpo que padecía de tos y de fiebres. Los días de navegación habían marcado de violeta mis ojeras. La flota se detuvo. Pero de pronto, en el silencio interminable de la siesta, comenzaron a tronar unos cañones. Temerosa me asomé a la cubierta, en el preciso instante en que un barco extranjero con todos sus tripulantes a bordo estaba siendo cañoneado desde ambas orillas. La nave estaba cargada de ámbar, resinas, maderas, pieles y semillas que los tripulantes iban tirando al agua en un vano intento de evitar que se hundiera, ya que lentamente iba siendo cubierto por las profundas aguas del estrecho que comunicaba el mar del Norte con el Báltico.
Mi cortejo me había rodeado para iniciar el descenso por la escalerilla frente al muelle. Pero los estruendos continuaban. Yo di la orden de que nadie descendiera y volví con mis damas a la sala de la nao. Afuera no sabía lo que estaba sucediendo. Cuando todo quedó en silencio y solo unos gritos de los náufragos nos llegaban con el viento, me asomé temerosa por la puerta que daba a la cubierta. Aquel barco había desaparecido entre las olas, en tanto mis servidores y los integrantes de la flota danesa observaban desde cubierta a la tripulación sobreviviente que alcanzaba la costa a nado.
Entonces pareció haber un tiempo de calma. El capitán de la flota danesa vino a informarme de lo sucedido y yo le requerí explicaciones sobre aquella situación inesperada que me había llenado de angustias y zozobras. El arzobispo permanecía en la sala rezando en voz muy baja, rodeado de su cortejo.
—¿Acaso se ha desatado alguna guerra? ¿O es mi llegada la causa de tanto agravio?
—Nada de eso, majestad. Vuestra llegada solo trae dicha al reino. Sucede que desde 1429 un decreto real introdujo el cobro de peaje por el uso del estrecho a los barcos extranjeros.
—Pero no le habéis cobrado, sino hundido. ¿Podéis decirme cómo ha sucedido?
—Lo han hundido, majestad, porque todos los barcos extranjeros que cruzan por el estrecho deben detenerse en Elsinor para pagar un peaje a la Corona danesa. Más allá de si la carga tiene origen o destino en Dinamarca, o no.
—¿Y qué ha sucedido, entonces?
—El barco no se quiso detener y, al no hacerlo, los cañones ubicados sobre nuestras costas de Elsinor y las costas suecas de Helsingborg, abrieron fuego al mismo tiempo para hundirlo. Son las órdenes reales.
—Mucho lamento que su capitán no haya tomado otra ruta y al desviarse de Elsinor salvar así su nave —agregué algo molesta.
—De nada hubiera servido, majestad. Navegar por otra ruta hubiese sido en vano, porque todos los estrechos daneses —el Gran Belt o el Pequeño Belt— proceden del mismo modo. Todos los barcos están obligados a pagar un peaje antes de entrar al Báltico y a no penetrar en ese mar, sino solo por este estrecho. Salvo las circunstancias de emergencias, cuando se ven obligados por algún temporal a pasar por algunos de los dos Belt, casos en los cuales deben igualmente pagar el peaje en Nyborg sobre la isla de Fionia.
—¿No os parece demasiado brutal?
—Majestad, el peaje del estrecho es el ingreso más importante que tiene la Corona danesa. Sin embargo, las desavenencias que pudieran suscitarse con las flotas comerciales extranjeras pueden ser planteadas ante los jueces que, al efecto, existen en las ciudades marítimas de Dinamarca.
Guardé silencio. Recordé los relatos de que a mi esposo en algunas regiones lo llamaban «el malvado». Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Y en aquellas primeras horas en Dinamarca pensé que, tal vez, los que así lo nombraban no estaban equivocados.
Descendí al muelle con mi cortejo. Desde allí se divisaba el castillo donde iban a hospedarnos. Había llovido y el camino estaba lleno de surcos y charcos. El corto trecho que debía recorrer el carruaje a buen paso de los caballos me daba una singular perspectiva de dónde nos encontrábamos. A la vera del camino crecían las matas de margaritas silvestres que se elevaban erguidas sobre sus tallos ante el verdor del verano. En las vallas se enredaban las rosas trepadoras y sus apretados pimpollos se fusionaban con las perfumadas madreselvas, cuyos racimos de flores se descolgaban tan cerca de nuestro paso, que podían ser cortadas con la mano. Por trechos, las fresias blancas estallaban en profusos ramilletes y sobre el pasto se amontonaban los manojos de salvias azules junto a las violetas. La hierba desgarbada veteaba de distintos tonos de verdes las márgenes del camino y sus setos se arrebujaban alrededor de las apretadas flores, formando macizos multicolores. Más allá del castillo se ensanchaban los campos de abundante verdor donde las vacas pastaban sin advertir nuestra presencia. Hasta donde mi vista alcanzaba, las tierras estaban cultivadas. Los prolijos surcos mostraban una gran variedad de siembras, algunas cosechadas y otras por cosechar. El heno y el trigo habían sido segados y el lúpulo aún verde se mecía ondulante con el vientecillo del verano al otro extremo del camino, esperando ser recolectado. Las casas de la población lucían sus encorvados techos cubiertos de paja, sus muros encalados y en los pequeños jardines crecían en desorden las flores y los frutos. Los espliegos en flor se apretujaban con las blancas gardenias, los esbeltos narcisos junto a las manzanas y las rojas fresas, frondas y dalias, amapolas y anémonas se amontonaban en una imprecisa difusión. Un costado de los jardines se reservaba para los pequeños estanques donde los patos y los gansos nadaban serenamente y para que las gallinas con sus pollitos picotearan los insectos en la tierra sin cultivar. Los gallos alertas vigilaban nuestro carruaje al pasar, tanto como las gallinas atendían el ir y venir de sus polluelos.
Yo iba absorbiendo con mi vista el tranquilo silencio de aquel recorrido, con la natural ansiedad que surge cuando se nos presenta algo desconocido, pero con la alegría de saber que me iba adentrando en las tierras de mi propio reino. Cruzamos el puente y los caballos aminoraron la marcha al encontrarse con grandes charcos sobre el camino que aún restaba para llegar al castillo. Entramos al solar real atravesando la verja que rodeaba el verde parque recortado. A nuestra llegada un mayordomo de librea negra y cuello blanco, junto a tres doncellas de blancos delantales salieron prestos a recibirme. Los cuatro hicieron una gran reverencia. Agradecí el gesto y el mayordomo me guió en silencio a los que serían mis nuevos aposentos en el castillo de Kronborg, en la ciudad de Elsinor. Le seguí callada ascendiendo por la pequeña escalinata. Detrás de mí caminaba mi bondadosa Catalina.
No había terminado de llegar a mi recámara cuando sentí unos suaves golpes en la puerta. Catalina la entreabrió y pude ver por la abertura que era nuevamente el mayordomo que trataba de indicarle con señas y gestos que había llegado hasta el castillo, en visita protocolar, un grupo de nobles daneses, afanosos por conocer a quien sería de allí en adelante su nueva reina. Bajé deprisa a recibirlos… Me reconfortaron sus atentas demostraciones y reverencias, exclusivas hacia mi dignidad real, en mi primera aparición como la esposa del rey, dado que ni mi abuelo, ni mi tía, ni mis hermanos mayores, se hallaban conmigo… Pero apenas pude conversar algunas frases en francés con algunos de ellos. Me dieron la bienvenida a las tierras danesas de Elsinor, me desearon buena ventura en mi reinado y después me explicaron algunos de los cultivos que realizaban en la región. Se despidieron con las mismas pleitesías con que me habían saludado.
Apenas se marcharon, acompañada por una de mis doncellas, escudriñé el castillo. Era imponente y rectangular con aires de fortaleza militar. Erguido al borde del agua, con sus cúpulas azuladas irradiaba majestuosidad y autoridad por sí mismo. En medio de un parque solitario, apenas salpicado por algunos árboles gigantescos, se alzaba rodeado por verdes campos cubiertos de hierba que la brisa agitaba suavemente. Un cielo celeste intenso, despejado de nubes, enmarcaba su fachada sobre un fondo límpido y puro. El lugar era desierto y, de no haber sido por la población cercana y porque todo el prado que lo rodeaba estaba salpicado de flores silvestres, me habría parecido demasiado austero. Despojado de otros atractivos y estratégicamente elegido, el lugar era el apropiado para que todos los barcos extranjeros que se aventuraban en aquellas latitudes pagaran al rey su tributo sin poder rehusarse. Si así no lo hacían, sucedía lo que había presenciado a mi llegada.
Al entrar al vestíbulo tuve la ilusión de escuchar las palabras de Leonor que salían a recibirme con la persistencia propia con que se siente el afecto, cuanto mayor es la ausencia de cariño.
El íntimo recuerdo de su voz me susurró al oído.
—¿Añoraréis vuestra infancia?
Al escuchar aquella pregunta resonar dentro de mí, quedé suspendida en el desasosiego que aquella revelación me provocaba. Nunca antes de aquella tarde en Malinas me lo había preguntado, ni yo por mí misma lo había indagado, sin embargo me di cuenta de que añorar significa volver con el pensamiento donde se ha sido feliz… Pero el peso de las responsabilidades sobre los tiernos hombros de nuestra inocencia creo que jamás nos lo volverá a permitir…
—Toda mi vida la añoraré —recuerdo que le respondí con pena—. Y jamás podré olvidar nuestros días dorados en Malinas. ¿Y vos, me olvidaréis, Leonor? —la interrogaba anhelante.
—Jamás. Y os extrañaré demasiado. Mucho me entristece, Isabel, saber que no podremos por más tiempo seguir juntas.
—¿Porque seré reina de Dinamarca? Vos también lo seréis de algún país y yo, al igual que vos a mí, os echaré de menos.
Recuerdo que con las preguntas y respuestas en diálogo con Leonor iba comprendiendo que la realidad no nos daría tregua. ¿A qué clase de dolor estaríamos sometidas? Y ante la inclemencia del destino, mi estado de ánimo se había ido tornando deplorable.
—Nuestro alto nacimiento —me había aconsejado Leonor— exige determinados sacrificios por el reino. Los reyes se deben a su pueblo, pero si vos no fuerais una Habsburgo, como lo sois, la situación no cambiaría. Cuando toda princesa se encuentra en edad de desposarse, debe apartarse de sus mayores y fundar su propia casa.
—¿Y por qué siendo vos la mayor de nosotras, aún no os han comprometido?
—No lo sé. Pero yo estoy comprometida en secreto.
El efecto de aquella respuesta había sido para mí conmovedor.
—Lo teníais bien guardado. Contádmelo —le imploré.
—Nadie lo sabe.
—Quiero ser la primera.
—De acuerdo. Mi corazón palpita por un príncipe, que, quiera Dios, algún día llegue a ser mi esposo.
—Me gustaría tener vuestra misma suerte, pues os imagino feliz el día de vuestros esponsales por amor, con vuestro apuesto príncipe.
—¿Cómo sabéis que puedo tener suerte? Nosotras no decidimos, solo espero que mi cabeza no forme parte de ninguna alianza con otros reinos.
—Eso será imposible, pero decidme ¿puedo conocer su nombre? —pregunté con curiosidad.
—Es Federico de Baviera.
—¿Os habéis enamorado? ¿Lo amáis?
—Con toda mi alma. Pero...
—Pero ¿qué sucede, Leonor?
—Es que él aún no lo sabe.
—Pero todavía tenéis oportunidad de ser afortunada, porque algún día habrá en el que podréis decírselo. Y porque conserváis la esperanza de llegar a ser su esposa.
—No será tan sencillo nuestro destino, querida Isabel.
—¿Os dais cuenta, Leonor?, yo soy el precio de esta nueva alianza.
—Tal vez podamos disuadir a nuestro abuelo de esta decisión, a través de tía Margarita, de quien siempre escucha sus sabios consejos.
—Creí que me preguntaríais por qué me ordenan partir —le respondía apesadumbrada.
—¿Os ordenan partir? —me preguntaba Leonor con preocupación.
—Sí, y eso me desagrada, porque ya no viviremos juntas.
—Debéis ser fuerte, Isabel.
—Os lo prometo. Trataré de ser fuerte más allá de cualquier desengaño o contrariedad.
... Recuerdo que aquella tarde en Malinas comencé a temblar de miedo. Leonor me abrazó y me confesó que ella no podía imaginarme en los brazos de un rey veinte años mayor y al que, sin conocer, debería entregar mi cuerpo adolescente, para cumplir con mi obligación de dar oportunidad a la Corona de generar su esperada descendencia. Comprendí que la turbación estaba empañando el cristal de mi esperanza y si persistía anclada en el miedo, podía llegar a desfigurar los anhelos de mis mayores...
Entonces abrí los brazos para volver a abrazarnos y así detener los tristes pensamientos que se precipitaban incontenibles sobre mi indefensa memoria. Sin embargo, mientras volvía a abrazarme a Leonor, sabía que de nada valdrían mis esfuerzos por liberarme de aquellos tristes pensamientos. Ellos volverían de igual modo.
—Sois fuerte, Isabel —me consoló Leonor—. Pese a todo, sé que saldréis victoriosa. Vuestra decisión es la que cuenta y todo lo demás se soluciona con el empeño. Decisión y empeño, no lo olvidéis. Dos palabras que harán de vos una reina en todos los sentidos.
Yo con entereza recuerdo que le respondí.
—Afrontaré con fortaleza de espíritu la misión a la que he sido encomendada. No temáis por mi futuro. A él debemos enfrentarnos todos, todos los días y si no fuera por la valentía que cada uno lleva dentro, nadie podría hacerlo.
Llena de incertidumbres en aquel momento le rogaba.
—Cuéntame por favor, Leonor, algo de la historia del rey al que seré destinada. Quiero saberlo de vuestros labios.
...Entonces Leonor, acercándose a un viejo mapa, me señalaba la península escandinava, diciéndome...
—Estos tres reinos del norte de Europa: Dinamarca, Noruega y Suecia confederados desde 1397 bajo el nombre de Unión de Kalmar están gobernados por el rey danés Cristian II, quien ha pedido vuestra mano…
...Recordar aquellos diálogos con Leonor trajo mucha paz para mi alma y serenidad para mi ánimo, pues, a pesar de mis escasos años, siento que ahora estoy preparada para enfrentar la responsabilidad que el imperio me ha encomendado.
Detenida en aquellos lejanos días compartidos, me doy cuenta de que, de no haber sido por el apoyo que Leonor y Margarita me brindaron, no hubiera podido seguir adelante y llegar hasta donde me encuentro hoy… Y aunque acongojada por mi soledad, me esfuerzo por conservar mi valentía para seguir hacia delante, aunque busque refugio y consuelo dentro de mis añoranzas.
Desde mi llegada a Elsinor me mantuve arropada por el silencio del lugar y de mi alma, tratando de encontrar la serenidad necesaria para afrontar la etapa más difícil de mi viaje. Permanecí en los claustros de aquella fortaleza hasta el 8 de agosto, guardando cama en el suntuoso lecho que me habían destinado, al caer víctima de la tos y de la fiebre.
Mortificada por mis días venideros, rezaba a los santos de mis devociones para que no me aliviaran el catarro y poder así seguir ocultándome bajo las sábanas del lecho. Las infusiones de menta y miel que mis camareras me prodigaban y los trapos calientes sobre mi pecho que afanosa preparaba Catalina de Hermellén fueron calmando mis padecimientos, pero acentuaron mi delgadez y el tono violeta de mis ojeras. Sin embargo, aquellos días sirvieron para recuperarme del cansancio del viaje y reflexionar sobre mi vida entera.
Lo peor de mi enfermedad no era ella, sino todas las circunstancias que me rodeaban. Por breves espacios de tiempo, durante todos los días que duró mi convalecencia, Catalina de Hermellén me ayudaba a levantar y a caminar fugazmente dentro de los aposentos para que no me debilitara. Afiebrada y con la boca reseca me acercaba hasta la ventana, para mirar detrás de los cristales circulares la inmensa lejanía. Sin poder evitarlo comparaba constantemente a Dinamarca —país destinado a ser el mío— con mi añorado Flandes —país que había dejado de ser mío—, y a pesar de que su geografía era similar, sentía que en nada se asemejaban… y no porque las divergencias del entorno fueran muy disímiles, sino porque me faltaban los afectos. Y si mis adorados hermanos no estaban a mi lado, para mí nada existía…
Habíamos llegado en pleno mes de agosto, pero Dinamarca a pesar de las flores y el verdor de los campos parecía en mi desánimo interior tan desolada como si estuviéramos en pleno invierno. Tal vez era muy pronto para emitir un juicio tan concluyente, pero dentro de mi mente y de mi alma no lo podía evitar. El aire tibio del campo y los alisos silvestres se esforzaban por confortarme y trataban de encender en mi ánimo fulgorcitos de ilusión. Las doncellas para alegrarme me trajeron un manojito de violetas. La añoranza me impulsó a aspirar en su tenue perfume recuerdos de Malinas. Catalina trataba de distraer mi acentuada melancolía con el relato de mi boda…
—¿Qué os sucede mi niña? —preguntó con ternura al ver que dos lágrimas rodaban por mis mejillas—. No echaréis de menos Flandes, ¿verdad?
—Sí —dije con melancolía. No tenía sentido explicarle a Catalina que en efecto añoraba a mi familia, pero sobre todo la añoraba, porque me conmocionaba mi nuevo destino.
—No podréis culparos más que a vos misma. ¡Recordad que debéis poner voluntad para ser feliz! —Dijo con una sonrisa de complicidad—. Debéis confiar en que todo se va a solucionar. Porque de lo contrario, mi niña, solo Dios sabe lo que sufriréis.
Me incorporé en el lecho y pidiéndole que se acercara, puse una mano sobre su hombro y le pregunté.
—¿Si el rey pregunta por mí, qué vais a decirle?
—Que sois una reina encantadora y que haréis lo que se os ordene por el bien de la Corona.
—¿Por qué me gusta tanto escucharos, Catalina?
—Porque tengo la cabeza muy bien puesta —y sonriendo me guiñó un ojo—. Mientras que mi niña, que ya es una reina, se sigue comportando como una infantita de catorce años.
—Pero yo soy una infantita de catorce años que se encuentra temerosa de encontrarse con un esposo veinte años mayor —exclamé.
—Correcto. Por eso deberíais practicar mis consejos.
—Lo haré Catalina. ¿Qué sería de mí, si vos no estuvierais a mi lado?
Catalina a modo de respuesta, acarició mis cabellos.
En los días que siguieron me mantuve en cama porque era preciso sentir cobijo. Mi lecho de convalecencia oficiaba de refugio, donde los resplandores de los inacabables días del verano danés me sitiaban sin cambiar de postura. Arropada bajo el edredón, suplantaba la quietud de mi cuerpo con las agitaciones de mi respiración, mientras mis ojos contemplaban los cristales tornasolados de los diferentes frascos de perfumes, dispersos sobre el tocador. El impulso fracasado de la noche por invadir el día me recordó el torpe esfuerzo que, durante mi niñez, realizaba por tratar de perpetuar el rostro de mi madre…
La ausencia de mi esposo a mi arribo a Elsinor me había producido un gran desencanto. Yo pensaba que al llegar a tierras danesas el rey me recibiría en el primer puerto que desembarcara, ansioso por conocerme. Sin embargo, no fue así y una punzada en el pecho me despertó los desvelos, ocasionados por la escasa consideración demostrada por el rey hacia mi persona y mi real dignidad. Con el alma afligida, con cierto enojo en mi boca callada, esperaría el día de conocerlo...
En la mañana del 9 de agosto, ya repuesta del todo y con algún rubor en mis mejillas, reemprendimos el último tramo del itinerario por mar. El viento había cambiado, trayendo sobre Elsinor oscuras nubes de borrascas y el viaje se reinició bajo una lluvia torrencial que deslucía los brillos de mi cortejo. Parecía que alguien retenía el sol para impedirle brillar… Mis ojos contemplaban el mar azotado por las corrientes de aire que arremolinaban el agua golpeando contra la nao y sacudían su arboladura. Cuando finalmente la nave enfiló hacia Hvidore —el último puerto de nuestro viaje— me asomé a contemplar con asombro cómo las olas se atrevían por momentos contra el imponente mascarón de proa con forma de dragón y cómo la bandera de la Casa de Oldemburgo se abatía empapada sobre la representación de la terrible bestia. El recuerdo inalterable de mis hermanos reinició conmigo la travesía, mientras la lluvia, que no dejaba de caer, iba formando sobre la superficie del mar millares de pequeñas burbujas que el viento barría con su impetuosidad. En lugar del nombre de mi esposo, acudieron los suyos a mi mente. Me parecía verlos frente a mí y escucharlos decir.
—Isabel, yo soy Carlos. Vuestro recuerdo siempre va conmigo.
—Y yo soy Leonor y no os he olvidado.
—Aquí estoy yo, María, aún os extraño demasiado y no me acostumbro a vuestra ausencia.
Pero otra voz, la del capitán de la flota, resonó a mis espaldas, dando inicio al último tramo del viaje hacia mi incierto destino.
Las naves avanzaron lentamente en medio del estrecho, mientras el agua caía, velando ante mis ojos el despojado paisaje a la distancia. Los truenos retumbaban entre ambas orillas, como si la nao fuera a quebrarse en dos en medio de los relámpagos. Por un momento temí que fueran los mismos cañones del día de mi llegada. Invoqué a los santos de mis devociones y mi petición surtió efecto, porque los truenos se calmaron y la lluvia se volvió serena. Abrumada por las circunstancias que inclementes se precipitaban sobre mí, aquella calma me pareció una primavera anticipada… cumplida. Sobre la nao llamó mi atención el vuelo de dos gaviotas. Sus alas blancas se movían acompasadamente cuando no se posaban en el vértice de alguna de las velas y, desde allí, realzadas por la claridad que el mediodía avecinaba, volvían a reemprender el vuelo girando en círculos sobre mi cabeza.
—Saludan a vuestra majestad —me dijo el capitán aludiendo al revoloteo de las aves.
Recuerdo que sonreí con aquella gentileza.
En las primeras horas de la tarde la flota echó anclas frente a Hvidore. Terminadas las maniobras del amarre, tendidas las pasarelas, la lluvia insistía sobre nosotros y obligó a embarcarme bajo palio en un pequeño bote de remos para poder llegar, en compañía de dos de mis damas de honor, hasta la costa. Alcé mi mano para saludar a la tripulación que quedaba en el barco y a Catalina y mis doncellas que me contemplaban desde la cubierta, a pesar de la lluvia, con sus tocas mojadas y sus vestidos todos salpicados.
Mi inquietud crecía con la proximidad del encuentro. Las cartas espaciadas que la Corte borgoñona había mantenido con la Corona danesa me sumían en el desasosiego. «Es rubia, delgada, de ojos azules y tiene un carácter bondadoso». ¿Cómo me imaginaría el rey sin detalles más precisos? Con preocupación, mi tía Margarita de Austria había hecho preparar todo mi ajuar, en varios arcones y cada vestido enfundado en un liencillo, para resguardarlo. Día y noche las costureras de la Corte habían festoneado y bordado, labrado y drapeado las riquísimas telas de mis vestidos y tocados a juego, algunos con capas de pieles o de seda, mangas acuchilladas orladas de perlas, otros íntegramente recamados de pedrería… ¿Bastaría todo aquello para que yo agradara a mi esposo desconocido?
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