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DÍAS EJEMPLARES
BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS
http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com
DIRECTORAS
Carme Manuel
(Universitat de València)
Elena Ortells
(Universitat Jaume I, Castelló)
DÍAS EJEMPLARES
Walt Whitman
Edición y traducción
Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan
Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans
Universitat de València
Días ejemplares, Walt Whitman Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan
la edición de 2019
Reservados todos los derechos
Prohibida su reproducción total o parcial
ISBN: 978-84-9134-503-9
Ilustración de la cubierta: Sophia de Vera Höltz sobre foto “Walt Whitman hacia 1869, a la edad de unos cincuenta años”, reproducida en A Life of Walt Whitman de Henry Bryan Binns (Methuen & Co., 1905)
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
A mis padres, Enriqueta y Santiago, sin más por qué.
Footfalls echo in the memory.
Four Quartets, T.S. Eliot, “Burnt Norton”
No soy presente sólo,
sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo
a un lado y otro, en esta fuga,
rosas, restos de alas, sombra y luz,
es sólo mío,
recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido.
Espacio, Juan Ramón Jiménez
Índice
EL POETA Y LA CREACIÓN DE UNA PERSONA
DÍAS EJEMPLARES: PERSEVERANCIA EN LA CONSTRUCCIÓN DE UNA PERSONA EN PROSA
DÍAS EJEMPLARES
El mandato de una hora feliz
Respuesta a un amigo insistente
Genealogía – Van Velsor y Whitman
Los cementerios de los antiguos Whitman y Van Velsor
La casa familiar materna
Dos interiores familiares antiguos
Paumanok, juventud y adolescencia
Mi primera lectura – Lafayette
Imprenta – El viejo Brooklyn
Crecimiento – Salud – Trabajo
Mi pasión por los transbordadores
Vistas de Broadway
Excursiones en ómnibus y conductores
También el teatro y la ópera
A lo largo de ocho años
Orígenes del carácter – Resultados – 1860
Inicio de la Guerra de Secesión
Levantamiento nacional y voluntariado
Sentimiento de menosprecio
Batalla de Bull Run, Julio, 1861
El estupor pasa – Algo nuevo comienza
En el frente
Después del primer Fredericksburg
De regreso a Washington
Cincuenta horas herido en el frente
Escenas de hospital con personas
El hospital de la Oficina de Patentes
La Casa Blanca a la luz de la luna
Una sala de un hospital militar
Un caso de Connecticut
Dos chicos de Brooklyn
Un valiente secesionista
Los heridos de Chancellorsville
Una batalla nocturna, hace una semana
Restos anónimos del bravo soldado
Algunos casos ejemplares
Mis preparativos para las visitas
Procesiones de ambulancias
Heridas graves – Los jóvenes
El espectáculo más apoteósico de toda la guerra
Batalla de Gettysburg
Un campamento de caballería
Un soldado de Nueva York
Música casera
Abraham Lincoln
Temporada calurosa
Soldados y conversaciones
Muerte de un oficial de Wisconsin
Conjunto de hospitales
Un paseo nocturno silencioso
Caracteres espirituales en los soldados
Manada de ganado bovino en los alrededores de Washington
Perplejidad en el hospital
En el frente
Pago de primas
Rumores, cambios, etc.
Virginia
Verano de 1864
Una nueva organización del ejército americano
Muerte de un héroe
Escenas de hospital – Incidentes
Un soldado yanqui
Prisioneros unionistas del Sur
Desertores
Un vistazo a las escenas infernales de la guerra
Regalos – Dinero – Discriminación
Asuntos de mis cuadernos de notas
Un caso del segundo Bull Run
Cirujanos del ejército – Deficiencias en el auxilio
El azul por todos lados
Un hospital modélico
Muchachos en el ejército
Entierro de una enfermera
Enfermeras para los soldados
Prófugos sureños
El Capitolio a la luz de gas
La investidura
Actitud de los gobiernos extranjeros durante la guerra
El clima – ¿Está acorde con esta época?
Baile de investidura
Escena en el Capitolio
Un yanki de época
Heridas y desastres
Muerte del Presidente Lincoln
La jubilación de Sherman – Su repentina suspensión
Ni un buen retrato de Lincoln
Prisioneros de la Unión liberados por el Sur
Muerte de un soldado de Pensilvania
Regreso de los ejércitos
El gran desfile
Soldados del oeste
Un soldado en Lincoln
Dos hermanos, uno del Sur, otro del Norte
Más casos tristes
El verdadero monumento a Calhoun
Clausura de hospitales
Soldados típicos
“Convulsividad”
Tres años resumidos
El millón de muertos, también resumido
La guerra verdadera nunca llegará a los libros
Un párrafo de Transición
Entran nuevos temas
Al entrar en la extensa carretera de una granja
Al manantial y al arroyo
Una ensoñación del verano temprano
Pájaros que migran a medianoche
Abejorros
Roya del cedro
Escenas de un verano indolente
Perfume de atardecida – Notas de la codorniz – El zorzal ermitaño
Una tarde de julio en la laguna
Cigarras y saltamontes
La lección de un árbol
Indicios otoñales
El cielo – Días y noches – Felicidad
Colores—Un contraste
8 de noviembre del 76
Cuervos y más cuervos
Un día de invierno a orillas del mar
Fantasías a la orilla del mar
En memoria de Thomas Paine
Dos horas de navegación a vela entre hielos
Oberturas de primavera – Diversiones
Una de las excentricidades humanas
Una estampa vespertina
Apertura de puertas
La tierra común, el terreno
Pájaros y pájaros y pájaros
Noches estrelladas
Gordolobos y más gordolobos
Sonidos lejanos
Un baño de sol—Desnudez
Los robles y yo
Una quintilla
La primera helada – Recuerdos
La muerte de tres jóvenes
Días de febrero
Un chirlobirlo
Luces del atardecer
Pensamientos bajo un roble – un sueño
El perfume del trébol y del heno
Un desconocido
Silbo de pájaro
Té Oswego
Nosotros tres
Muerte de William Cullen Bryant
Excursión por el Hudson
Alegría y frambuesas
Una familia ejemplar de vagabundos
Manhattan vista desde la bahía
Heroica y humana Nueva York
Horas para el alma
De color de paja y otras almas
Recuerdo de una noche
Flores silvestres
Una cortesía descuidada demasiado tiempo
Río Delaware – Días y noches
Escenas en el transbordador y en el río – Últimas noches de invierno
El primer día de primavera en la calle Chestnut
Hudson arriba hacia el condado de Ulster
Días en casa de J.B. – Fuegos en el pasto – Canciones de primavera
Encuentro con un ermitaño
Una catarata en el condado de Ulster
Walter Dumont y su medalla
Vistas desde el río Hudson
Dos zonas urbanas, a ciertas horas
Paseos y charlas por Central Park
Una buena tarde entre las 4 y las 6
Despedida de los grandes vapores
Dos horas en el Minnesota
Días y noches del alto estío
Edifico de la exposición – Nuevo Ayuntamiento – Viaje por el río
Golondrinas en el río
Comienzo una larga excursión al Oeste
En el coche cama
El Estado de Misuri
Lawrence y Topeka, Kansas
Las praderas y un discurso que no se pronunció
De camino a Denver – un incidente en la frontera
Una hora en la cumbre de Kenosha
Un ‘hallazgo’ egoísta
Nuevos sentidos—nuevos goces
La fuerza del vapor, telégrafos, etc.
La espina dorsal americana
Los parques
Rasgos artísticos
Impresiones de Denver
Giro hacia el Sur – y después al Este de nuevo
Deseos insatisfechos – el río Arkansas
Un seguidor silencioso – La coreopsis
Las praderas y las grandes llanuras en la poesía
Los Picos Españoles – la tarde en la llanura
El paisaje característico de América
La corriente más importante de la Tierra
Analogías en la pradera – la cuestión del árbol
La literatura del valle del Misisipi
Un tema de un entrevistador
Las mujeres del Oeste
El general silencioso
Los discursos del Presidente Hayes
Apuntes de San Luis
Noches en el Misisipi
En nuestra propia tierra
Importancia de Edgar Poe
Septeto de Beethoven
Un atisbo de naturaleza salvaje
Haraganeo en el bosque
Una voz de contralto
Vista del Niágara desde lo alto
Excursión a Canadá
Domingo con los dementes
Recuerdo de Elias Hicks
Gran crecimiento de la población nativa
Una aduana entre los Estados Unidos y Canadá
El cauce del San Lorenzo
El salvaje Saguenay
Cabos Eternidad y Trinidad
Chicoutimi y la Bahía de Ha-ha
Los habitantes—La buena vida
Como bayas de enebro – Nombres (de vuelta a Camden y viaje a Jersey)
Muerte de Thomas Carlyle
Últimos pensamientos y notas – Carlyle
Una pareja de amigos – un fragmento de Coleridge
Una visita de una semana a Boston
El Boston de hoy
Mi homenaje a cuatro poetas
Pinturas de Millet – Últimos artículos
Pájaros – y una precaución
Muestras de mi libro sobre lugares comunes
Arena y sal nativas una vez más
Tiempo caluroso en Nueva York
El último encuentro de Custer
Algunos viejos conocidos – Recuerdos
Un descubrimiento de la edad madura
Una visita, por fin, a R.W. Emerson
Otras anotaciones de Concord
El ejido de Boston – Más de Emerson
Una noche osiánica – Los amigos más queridos
Solo un nuevo transbordador
Muerte de Longfellow
Periódicos que comienzan
La gran inquietud de la que formamos parte
En la tumba de Emerson
Escritura actual – Personal – Carta a un amigo alemán – Extracto
Después de intentar cierto libro
Confesiones finales – Pruebas literarias
Naturaleza y democracia – Moralidad
BIBLIOGRAFÍA
Agradecimientos
La traducción y la introducción se han beneficiado de la lectura atenta y del consejo de unos cuantos amigos. Margarita Rigal, Emilio Cañadas, José Ramón Ibáñez, José Francisco Fernández, Beatriz González leyeron la traducción y me indicaron valiosas sugerencias. Carmelo me ayudó a encontrar palabras que nombran la naturaleza. Araceli no tuvo empacho en leerse todo el manuscrito dos veces en busca de gazapos. Queden aquí consignados sus nombres en agradecimiento a una labor que, en algunos momentos, mi celeridad tiende a dejar de lado.
Quede también constancia de la ayuda económica que la Universidad de Valladolid me brindó en 2015 gracias a una ayuda a la movilidad para investigadores financiada por el Banco de Santander. Gracias a ella pude pasar el verano de 2015 en Center for Humanities and the Arts de la Universidad de Colorado en Boulder. A su director, Helmut Müller-Sievers, y a Paula Anderson, que se ocupó siempre de que tuviera acceso a todos los recursos de la Universidad, he de agradecerles que pudiera pasar allí ese dulce tiempo de investigación. Los bibliotecarios de la Universidad de Colorado resolvieron mis dudas y pusieron a mi disposición todos los recursos de la biblioteca, más vacía de lo común en esos meses estivales. Quede también consignado mi agradecimiento al CEI Patrimonio de la Universidad de Almería por su apoyo en la realización de la traducción y la edición.
En fin, no puedo olvidar a Carme Manuel, directora de la Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans, que desde el inicio apoyó este libro y esperó con calma las demoras sucesivas. Ojalá la espera haya merecido la pena.
Nota sobre la traducción
El texto original que he utilizado para la traducción es el de la edición que Floyd Stovall fijó para las obras completas de Walt Whitman, publicadas por la Universidad de Nueva York bajo el cuidado de los editores Gay Wilson Allen y Sculley Bradley: Walt Whitman. Prose Works 1892. Volume 1, Specimen Days, edited by Floyd Stovall. New York, 1963. En esta edición Stovall da noticia del origen de cada una de las entradas. He decidido incorporar esa información en nota a pie de página para que el lector no tenga que consultarla allí.
Abreviaturas
En la introducción cito varias obras de Whitman en forma abreviada. Estas son las referencias:
| CPP: | Whitman, Walt. Complete Poetry and Collected Prose. Edited by Justin Kaplan. The Library of America, 1982. |
| NUPM: | Whitman, Walt. Notebooks and Unpublished Prose Manuscripts. 6 vols. Edited by Edward F. Grier. New York University Press, 1984. |
| DN: | Whitman, Walt. Daybooks and Notebooks, 3 vols. Edited by William White. New York University Press, 1978. |
| PW: | Whitman, Walt. Prose Works 1892. 2 vols. Edited by Floyd Stovall. New York University Press, 1963-1964. |
| Corr.: | Whitman, Walt. The Correspondence of Walt Whitman. 6 vols. Edited by Edwin Haviland Miller. New York University Press, 1961. |
| WWC: | Traubel, Horace. With Walt Whitman in Camden, 9 vols., 1906-1996. |

El poeta y la creación de una persona
A Walt Whitman lo asociamos, no sin razón, con un único libro de poemas, Hojas de hierba, inmenso, variado, cambiante, y con Nueva York. Queda para la posteridad como el poeta americano, algo que él deseó toda su vida y en lo que empeñó sus esfuerzos. No se debe esta preeminencia literaria, como pensaban algunos, a la escasez de autores en Estados Unidos ni tampoco a que la mayoría de las obras fuesen en su tiempo de clara impronta europea. Por el contrario, si bien, el número de poetas no es abundante en el país, aunque tampoco podemos decir que es escaso, las obras que escribieron son, en un gran número, fundamentales para la literatura universal en los siglos XIX y XX. En cuanto a la dependencia europea, si por algo se distingue Hojas de hierba es por marcar el momento de cambio más importante en la poesía norteamericana al proponer una forma poética y unos temas propiamente americanos. En realidad muchos de los temas pertenecen a la tradición literaria. Ocurre que Whitman los combina con otros tales como la democracia y logra darles un giro totalmente nuevo.
En las páginas que siguen iré desarrollando esa vida que da lugar a una obra única de gran fuerza que, en gran medida, ha influido en el desarrollo de la poesía americana, y en este caso me refiero a Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica, y también, de manera más o menos consciente, directamente o vía otros poetas norteamericanos, en Europa. Para ello tomo como base las biografías del poeta y que consigno en el apartado bibliográfico correspondiente, aunque el peso recae sobre todo en la que Jerome Loving publicó en 1999, Walt Whitman. The Song of Himself, y la de David S. Reynolds, Walt Whitman’s America. A Cultural Biography de 1995. Asimismo, tengo en cuenta la de Gay Wilson Allen, una extraordinaria biografía que aún mantiene su vigencia a pesar de los descubrimientos que desde entonces se han ido haciendo de la vida de Whitman.
Walt Whitman nace en West Hills, Huntington Township, en el estado de Nueva York el 31 de mayo de 1819 de padre constructor y madre ama de casa. Es el segundo hermano de siete. Los restantes son Jesse (1818-1870), Mary Elizabeth (1821-1899), Hanna Louisa (1823-1908), Andrew Jackson (1827-1863), George Washington (1829-1901), Thomas Jefferson (1833-1890), y Edward (1835-1892). Llama la atención que los nombres de los tres hermanos que le siguen sean los de sendos presidentes de los Estados Unidos. Es indicativo del clima político de entonces como consecuencia de la guerra de 1812 contra Gran Bretaña y de los sentimientos patrióticos de la familia. La familia Whitman tenía su origen en Long Island. Allí habían llegado desde Gran Bretaña y Holanda los primeros familiares y allí se establecieron. En 1881 Whitman hace un viaje con Richard M. Bucke para visitar el lugar de sus antepasados y deja constancia de ello en su diario (NUPM I, 4-41). En cualquier caso, Long Island queda como un elemento de gran fuerza poética por lo que tiene de génesis estética. Así lo deja entrever en uno de los capítulos de Días ejemplares, “Paumanok, juventud y adolescencia” (PW I, 10-12) o en “Saliendo de Paumanok” poema que abre Hojas de hierba. El reconocimiento de sus orígenes europeos, sin embargo, no le restan lo más mínimo de sentimiento americano, como bien puede apreciarse en los versos de “Canto de mí mismo”: “Born here of parents born here from parents the same, and their parents the same” (CPP 188).
Asistió a la única escuela pública que había en Brooklyn, adonde se habían mudado los padres en busca de trabajo en 1823. Estas escuelas públicas la gente las consideraba de la beneficencia y, sobre todo en Brooklyn, imprimían un estigma social bastante acusado en los niños. Estudiaban la Biblia, gramática, ortografía, redacción, léxico, aritmética y geografía, todo en un ambiente de disciplina casi militar en el que los profesores pedían a sus alumnos que simplemente memorizaran las lecciones. En cualquier caso, a los once años abandonó el colegio para ponerse a trabajar como chico de los recados para dos abogados de prestigio, James B. Clark y su hijo Edward, en Fulton Street, Brooklyn. Este temprano inicio en la vida laboral fue la consecuencia de los cambios que se dieron en la construcción y al cambio paulatino a una economía capitalista, alejada del modelo agrario jeffersoniano, a nada de lo cual el padre supo adaptarse. Para bien o para mal, el joven Whitman tuvo que enfrentarse desde muy joven a cuestiones de clase y políticas, que además de imprimir un sesgo socialista, dentro de unos límites, a su manera de ver la vida, le sirvió más tarde en su trabajo como periodista. Por fortuna los Clark, en concreto el hijo, le siguió dando clases de redacción y le regaló una suscripción a una biblioteca en la cual el poeta leyó Las mil y una noches o Robinsón Crusoe. Así, si la educación formal había acabado a los once años, la informal comenzó a esa edad y se unió a eso que llamamos enseñanzas de la vida. No duró mucho en ese trabajo, un año escaso, y luego de estar trabajando para un médico también en Brooklyn, logró que Samuel E. Clements lo contratara para trabajar en su imprenta. Clements era también el editor de Long Island Patriot. Aquí inicia su carrera como impresor y como periodista, pues ambas cosas fue. Sin duda, el trabajo de linotipista le obligó a escribir sin faltas de ortografía; la compañía de Clements enseñó a escribir sobre políticos locales y otra gente. Whitman no fue el primero en aprender su oficio de escritor en una imprenta y en una redacción de periódico. Ya antes que él, Benjamin Franklin había pasado por lo mismo, y después vendrían Mark Twain, William Dean Howells o Theodore Dreiser. Cabe poca duda de que el interés que Whitman mostró toda su vida por la composición de las páginas y por la estricta supervisión de sus libros de poesía tienen su origen en estos años en que fue impresor, que le inculca, en concreto, William Hartshorne, otro impresor con quien estuvo después de trabajar con Clements y antes de hacerlo en el Long Island Star. Este periódico era de orientación conservadora, algo que a Whitman no pareció importarle mucho en ese momento, a pesar de sus ideas socialistas, pues lo que verdaderamente le importaba entonces era aprender el oficio.
Con la crisis económica de 1837 la familia Whitman regresó a Long Island y allí Walt, en un giro sorprendente, trabaja como maestro en algunas escuelas de la zona. Le pagaban poco pero a cambio los padres de los alumnos se encargaban de alojarlo en sus casas y de darle la manutención. Por lo que cuenta en su correspondencia y por los frecuentes cambios de escuela, es evidente que no le gustaba mucho el trabajo y que tampoco era muy bueno en ello. Entre 1836 y 1841 enseñó en ocho escuelas. Es durante estos años cuando se forma un rasgo distintivo que lo acompañaría el resto de su vida y que tiene su reflejo en “Canto de mí mismo”: “I loafe and invite my soul/ I lean and loafe at my ease observing a spear of summer grass” (CPP 188). Según el testimonio de los alumnos era una persona a la que el tiempo, el dinero o el trabajo no le preocupaban demasiado; una persona, en el fondo, que tenía poco interés en trabajar para hacer dinero y que prefería tener tiempo libre para dedicarlo a su principal menester, la poesía.
En 1838 vuelve a Huntington y funda el Long Islander movido tanto por su interés por la impresión como por el periodismo, una tarea que sería otra de sus grandes vocaciones. Entre 1841 y 1849 trabaja en The New World, Aurora, Evening Tattler, Statesman, Democrat, Mirror, Evening Star, Daily Eagle y Weekly Freeman, además de colaborar intermitentemente en otros. Todos estos periódicos se localizaban en Brooklyn o en el área de la ciudad de Nueva York. Hay una excepción, sin embargo. Entre febrero y mayo de 1848, viaja con su hermano Jeff a Nueva Orleans para dirigir el Daily Crescent. La estancia es breve pero allí vería la situación de los esclavos en una ciudad en que la esclavitud era legal. Sería testigo, hay pocas razones para dudarlo, de las subastas de aquellos que tenían lugar en el mercado cercano al puerto.1
Los críticos suelen señalar que los años de periodista le ayudaron en la conformación de su estilo poético. Tener la atención pegada a la vida cotidiana le enseñó a escribir sobre temas concretos y a dejar las abstracciones de lado. Además de artículos periodísticos y de editoriales, Whitman publica por esos años ensayos, entre los que figura el conjunto titulado “Periódico vespertino, desde la mesa de un maestro de escuela”, publicado entre el 29 de febrero de 1840 y el 20 de julio de 1841 en Hempstead Inquirer en Jamaica. Son escritos moralistas que previenen contra los peligros del tabaco, del materialismo, de los dogmas religiosos. También escribe contra el alcoholismo, problema que le resultaba familiar por afectar a su padre y a algunos de sus hermanos, quizás incluso a él mismo, señala Loving, durante su época bohemia en Nueva York. El resultado de su implicación en el asunto de la prohibición de las bebidas alcohólicas es Franklin Evans (Franklin Evans; or the Inebriate: A Tale of the Times), publicada en noviembre de 1842 en New World, y escrita para la gente y no para los críticos, según el propio Whitman reconoció cuando le llegaron las malas críticas. Fue un encargo de Park Benjamin and James Aldrich, dos personas destacadas en el movimiento por la sobriedad, tan importante en Estados Unidos en esos años. Al final de su vida reconoció a Traubel que era muy mala (WWC, I: 93). Sin embargo, fue una novela que tuvo éxito y que sirvió de ayuda económica al autor. En 1852 publicó Vida y aventuras de Jack Engle en capítulos en el Sunday Dispatch. La novela había pasado desapercibida hasta 2017 en que un estudiante de posgrado la descubrió. La novela incluye varios modos: el sentimental, el de aventura, el sensacionalismo, la parábola, lo autobiográfico, lo picaresco. En fin, una novela cercana, no solo en el tiempo, a Hojas de hierba. En las dos aparece un universo multitudinario. Además su descubrimiento obliga a repensar la carrera de Whitman, pues en 1852, el poeta ya estaba inmerso en su escritura poética. A pesar de que no es mala novela, Whitman nunca quiso saber, ya en su vejez, nada de su prosa, como señala en la introducción a Colectánea. Queda así en suspenso que fuera el conocimiento de la obra de Ralph Waldo Emerson, de quien hablaremos más tarde, y la atención que presta tanto a Long Island como a Manhattan, lo que le permiten salir de lo que entonces parecía el callejón sin salida de la literatura popular y sentimental.
La vida en Brooklyn y en Manhattan, digámoslo de paso, le ofrece también algunas diversiones culturales y otros entretenimientos que luego pasarán a su obra literaria de un modo u otro. Desde los paseos en tranvías y barcos que rememora en Días ejemplares hasta su asistencia al teatro y la ópera, espectáculo del que disfrutaba con gran pasión. La asistencia a los mismos se debe, en cierta medida, a que la división rígida entre alta y baja cultura aún no existía y la gente no experimentaba ningún sentimiento de extrañeza si iba al teatro una semana, la siguiente a la ópera y más tarde a espectáculos populares y burlescos. En los teatros de Manhattan vio a quien se convirtió en su actor favorito, Junius Brutus Booth y los dramas Ricardo III, El rey Lear o Coriolano. Hay críticos, Reynolds entre otros, que han hablado de los rasgos performativos de Hojas de hierba. Según Reynolds, es difícil entender su poesía si no tenemos en cuenta el trabajo interpretativo de los actores de su época (160-162). También los oradores de su tiempo influyeron en su estilo (173-175), en gran medida en la relación que autor y lector mantenían, que Whitman convirtió en un elemento central de su poesía cuando en el poema “¡Hasta siempre!” dejó escrito: “Camerado, this is no book,/ Who touches this touches a man” (CPP 611). Tuvo la fortuna de vivir en la edad de oro de la oratoria americana, cuando los oradores tenían gran predicamento social y, entre otros, descollaban Daniel Webster, Henry Ward Beecher, o Cassius Marcellus Clay, por no hablar de Emerson. Pero quizás el entretenimiento favorito fuese la música. En un principio, en la década de los 40 y acorde con la impronta nacionalista de su pensamiento político, prefería aquella que tuviera raíces americanas, que utilizara el idiolecto americano y tuviese sentido para los propios americanos. Esto lo encontró en los grupos de música popular afroamericana, los llamados minstrel troupes. Algunos de estos grupos eran familias completas que se dedicaban a la música, otros eran grupos de negroamericanos que ponían en escena canciones que trataban, de forma poco realista, la vida de dicho grupo racial. Este tipo de espectáculos fue el que lo condujo a la ópera donde descubrió una música que unía arte y sentimiento. Hay que decir que Whitman se benefició del interés que se despertó en los Estados Unidos por la música clásica y que llevó al país a los mejores músicos europeos del momento en la década de los cincuenta. Allí presenció representaciones de ópera italiana en las interpretaciones de Cesare Badiali, Allesandro Bettini, Giulia Grisi, Balbina Steffanone, Marietta Albinoni y Anna De La Grange.
Junto al periodismo vino su implicación directa en la política en las filas del Partido Demócrata haciendo campaña a favor de Martin van Buren. Los años anteriores a la Guerra Civil, en realidad los años entre la guerra contra México y la guerra civil son un período apasionante en la política americana entre otras razones por los cambios en los partidos políticos. Es el tiempo en que el Partido Whig se convierte en el Partido Republicano. También es la época del movimiento nacionalista de la Joven América (Young America), en que los nacionalistas que querían restringir o eliminar del todo los derechos de los inmigrantes, en especial de los irlandeses y de los católicos; los años en que conviven los abolicionistas (Free Soilers, Barnburners) y quienes querían mantener el status quo de la esclavitud cuando no querían aumentar sus dominios con Cuba y parte de Centroamérica, Nicaragua entre otros países (Macpherson, 47-144). En todos estos asuntos Whitman tomó partido siempre desde las filas demócratas. También esto formó parte de su educación sentimental y literaria, pues mal puede entender el lector la devoción que Whitman tuvo por Abraham Lincoln y su determinación de trabajar por mantener unidos todos los estados en contra del intento secesionista de la Confederación si no tenemos en cuenta ese compromiso político que, en cierto sentido, traspasó luego a la poesía.
Entre los temas políticos candentes, el más importante era el de la esclavitud. Los abolicionistas estaban desarrollando una gran labor para que los americanos se dieran cuenta de su inhumanidad. Ayudaron, sin duda, las historias de quienes habían sido esclavos y, una vez conseguida la libertad, escribieron el discurso de sus vidas relatando las penalidades que habían tenido que soportar. La Negociación de Misuri (Missouri Compromise) de 1820 había establecido sus límites en los Estados Unidos, pero la guerra contra México y la Estipulación de Wilmot (Wilmot Proviso), que prohibía la esclavitud en los nuevos territorios del oeste, dio nueva vida al movimiento que se oponía a ella. Whitman estaba en contra, aunque mantuvo siempre una actitud ambivalente. Por un lado era consciente de la degradación a que se sometía a los negroamericanos; por el otro, sus simpatías políticas estaban con la clase obrera blanca. Durante su período como director del periódico Eagle escribió en contra de la esclavitud y publicó poemas de Henry W. Longfellow en que hablaba de dicha inhumanidad. También publicó historias de otros periódicos que retrataban la crueldad de los esclavistas.
En 1842 Whitman asistió a una de las numerosas conferencias que Emerson impartió a lo largo de su vida. Este es un año central en el desarrollo literario del poeta porque por primera vez escucha a quien iba a ser, de una manera más o menos directa o indirecta, el que le mostrara el gran tema de su poesía: el poeta americano que habla por y para los propios americanos. La conferencia tuvo como título “La naturaleza y los poderes del poeta”, que terminaría siendo el ensayo “El poeta”, que publicó más tarde en Ensayos: Serie segunda (1844). Es muy probable que estuviera familiarizado con “Discurso a la Facultad de Teología” (1938), en el que Emerson da vueltas al tema de la individualidad. Más cercano a los intereses y la búsqueda de Whitman en esos años me parece la conferencia “El intelectual americano”, que Emerson impartió ante la sociedad Phi Betta Kappa en Cambridge, Massachusetts en 1837. El ensayo es un manifiesto a favor de la independencia cultural americana. Es curioso que hasta ese momento Emerson tuviera fija su mirada en Europa. Sin embargo, dicha conferencia le obligó a volver la vista a su país y a pedir la independencia de los modos y formas literarios propios de los europeos. Esto llamó la atención de Whitman quien durante quince años estuvo madurando dichas ideas. En realidad, a pesar del conocimiento que pudiera tener de la obra del ensayista, Whitman mantuvo una escritura de tintes sociales y políticos hasta 1848 en que fue variando hacia otro tipo de corte trascendentalista. Aun así, ya en 1842 dejó muestra de su entusiasmo y admiración por Emerson en un artículo que escribió en Aurora en el que menciona el ensayo “Leyes espirituales”.
Es, sin embargo, en 1855 el año en que publica la primera edición de Hojas de hierba cuando recibe una carta de Emerson en que, en términos bastante ambiguos, encomia su libro de poemas. A partir de este momento se inicia una amistad literaria que tiene altibajos pero que dura hasta el final de la vida de Emerson. Es una amistad peculiar, pues Whitman encuentra en la obra de Emerson su gran tema, reconoce la importancia que el ensayista tuvo en su desarrollo como poeta, lo utiliza al publicar en la segunda edición del libro la carta que le había enviado, lo admira, en algún momento lo critica casi ridiculizándolo, y al final vuelve a mostrar su admiración por él. Es la amistad entre un mandarín de la cultura y un joven bronco que surge con la fuerza que dan la juventud y el convencimiento de que tiene encomendada la tarea de convertirse en el poeta americano. Esto da lugar a múltiples interpretaciones y a sospechas de todo tipo aunque al final quede el hecho incontestable de que sin Emerson Whitman habría escrito una poesía de muy distinto orden (Loving, 1982; Grossman, 2003). Como el propio Whitman dijo: “I was simmering, simmering, simmering, Emerson brought me to a boil” (Trowbridge 367).
En los años anteriores a 1855, Whitman va desarrollando su poética, americana en un sentido muy amplio, en la que une vida auténtica y la belleza de lo común. En estos años escribe una poesía que era abiertamente política y que entre otros temas toca el de la abolición de la esclavitud. Entre los poemas destacan “Resurgiremos” y “Una balada bostoniana”, que incluiría en posteriores ediciones de Hojas de hierba.
En 1855 publica la primera edición de Hojas de hierba. Él mismo se encargó, al igual que haría el resto de su vida, de las labores de composición y preparación del manuscrito para su impresión. Esta primera edición la componen doce poemas, los seis primeros comparten el título homónimo del libro y los otros seis carecen del mismo, antecedidos por un prólogo bastante extenso en el que Whitman enuncia su poética. El poeta es el profeta de su tierra pues es el único capaz de ver; idea que recuerda el ensayo “El poeta” de Emerson. Eso quiso ser Whitman para América, su profeta, aunque las escasas ventas hasta bien avanzada su vida lo impidieron. Con todo el yo poético es la fuerza que controla y guía el libro.
No da la menor impresión de ser un libro estructurado o con una idea central, más allá de la función que el prólogo pueda desempeñar en el conjunto. Son poemas donde lo autobiográfico y lo visionario tienen un papel destacado. Resulta sorprendente que la pasión política que hasta entonces lo había animado a escribir algunos poemas, pocos, varias narraciones y bastantes editoriales periodísticos, no aparezca en este libro. Da la impresión de que la influencia de Emerson ha logrado hacer de él únicamente un trascendentalista. Hay dos rasgos, no literarios, que sin embargo, tienen mucho significado. El primero es que, por primera vez, firma como Walt y no como Walter. El segundo es la foto que acompaña el libro: la de un joven en mangas de camisa, con sombrero y barba, un retrato en modo alguno sofisticado o engolado, en realidad ni siquiera decoroso para un poeta de entonces. El poeta es uno más en la sociedad, un hombre común como puede apreciar el lector por la foto y la firma.

Walt Whitman, a los 37 años, frontispicio de Hojas de hierba, Fulton St., Brooklyn, N.Y., 1855, grabado de Samuel Hollyer de un daguerrotipo de Gabriel Harrison
A finales de ese mismo año aparece una segunda impresión del libro que incorpora ya varias reseñas, escritas por el propio Whitman. Esto fue un modo de hacerse publicidad que mantuvo el resto de su vida. Incluso llegó a corregir, cuando no a redactar parcialmente, algunas de las biografías que escribieron sobre él en los últimos años de su vida. Incluye, también, la carta de Emerson que muestra una cuidadosa y calculada ambigüedad. Alaba el libro y, sin embargo, nunca dice que es un gran libro de poemas: “I find it the most extraordinary piece of wit and wisdom that America has yet contributed” (Corr. I, 41). Da la impresión de que Emerson se ve en la obligación de escribir la misiva pero no logra ver la calidad poética de lo publicado. Vende pocos ejemplares y las reacciones de los escasos lectores y de los críticos son de indiferencia. En ese momento nada había que le animase a continuar con el experimento poético que había iniciado.
A finales de 1855 escribe un breve opúsculo político “¡La decimoctava presidencia!”, y en 1856 sale una segunda edición de Hojas de hierba. Incorpora veinte poemas nuevos, la carta de Emerson, sin el consentimiento de su autor, y la respuesta de Whitman a la misma. En el lomo de la cubierta aparecen las siguientes palabras, tomadas también de la carta de Emerson: “I Greet You at the/ Beginning of A/ Great Career/ R.W. Emerson.” Los poemas ya tienen título y, al final del volumen, Whitman vuelve a incluir nueve reseñas, algunas favorables y otras críticas. Esta edición es una obra nueva. Incorpora poemas de la primera, algunos reescritos, elimina el prólogo – aunque quizás habría que decir que lo convierte en el poema “A orillas del Ontario azul” – añade su carta a Emerson que cumple la función de prólogo, da a “Canto de mí mismo” el título de “Poema de Walt Whitman, un americano” y reordena los poemas. En esta edición sí que hay una estructura. A pesar de la alta calidad de los nuevos y de los ya conocidos, el libro apenas se vendió. Fue, sin duda, el mayor fracaso comercial de Whitman.
Entre 1857 y 1859 es el director del diario de Brooklyn Daily Times. Pasa una temporada en el paro entre 1959 y 1960. También se da a la vida bohemia asistiendo con frecuencia a una tertulia en el restaurante Pfaff’s. 1860 es el año de la tercera edición de Hojas de hierba. La extraordinaria fuerza creativa que condensa el libro proviene de 1857, año en el que escribió sesenta y ocho poemas. Buscó entonces un nuevo editor, que no encontró hasta pasados dos años. A los treinta y dos poemas de la segunda edición, Whitman añadió ciento cuarenta y seis. Como era costumbre suya, revisó y reescribió otros ya conocidos por el público.
Por primera vez agrupa parte de los poemas en unidades temáticas: “Hijos de Adán” (en un primer momento el título estaba en francés y solo con el tiempo utilizó el inglés), “Cálamo” – las dos unidades más coherentes – más otras cinco que eliminó de ediciones posteriores. Hay otros que no pertenecen a ninguna, como por ejemplo “Walt Whitman”, más tarde “Canto de mí mismo” o “Una palabra del mar”, que más tarde sería conocido como “De la cuna que se mece sin fin”. En conjunto se nota un mayor interés por la organización y la estructura del libro como un todo coherente. No en vano “Saliendo de Paumanok” abre el libro y lo cierra “¡Hasta siempre!”, en el que Whitman se encomienda a los futuros americanos para que cumplan los sueños que en 1860 son imposibles de llevar a la realidad.

Carta de Emerson a Whitman, 21 de julio de 1855. El texto de esta primera página dice: “I am not blind to the worth of the wonderful gift of ‘Leaves of Grass.’ I find it the most extraordinary piece of wit and wisdom that America has yet contributed.” (http://memory.loc.gov/mss/mcc/012/0001.jpg)
Aunque en el momento de darlo a la imprenta pensaba que Hojas de hierba era un libro completo y cerrado, posteriores ediciones muestran que cambió de idea. En sus cuadernos deja escrito que esta edición se asemejaba a la Biblia (NUPM I, 353). En cierto sentido es así: la agrupación por unidades, el verso libre extenso cercano al versículo o las estrofas numeradas. A ello se une que la religión adquiere una mayor importancia en esta edición, y se une al amor y la democracia como temas centrales del libro. El amor está presente en las dos unidades más importantes, “Hijos de Adán” y “Cálamo”. El primero trata del amor de la mujer, el segundo habla del amor entre hombres. Es curioso que en la época los lectores rechazaron la primera mientras que la segunda unidad no les planteaba grandes problemas. El mismo Emerson le pidió que eliminara la primera por el lenguaje erótico y directo. Los poemas de “Calamo” tienen un claro origen personal e íntimo, aunque el poeta asegurase que eran políticos, que lo son pues la unión homoerótica es para Whitman la base de la Unión y la democracia.
El libro tiene muy buenas ventas y reseñas. De las treinta y dos que se conocen solo ocho son negativas. También marca un cambio en la actitud de Whitman. Había soñado con ser el poeta de los Estados Unidos en su juventud. A sus cuarenta y un años es consciente de no serlo. Surge un Whitman más sombrío – del que “¡Hasta siempre!”, el poema que cierra el libro es clara señal de lo que digo. El experimento poético que había soñado en su juventud pasaba desapercibido para sus coetáneos. Que la Guerra Civil se cerniese sobre su país también ayudó a que el tono se ensombreciera. Paradójicamente, cuando ya no puede ser el poeta del optimismo americano, la guerra le proporciona otro papel.
En esos años conoce a William O’Connor, quien trabajaba para el gobierno, y a John Burroughs. Estos, además de grandes amigos, se convertirán en sus primeros biógrafos. En diciembre de 1863 muere su hermano Andrew de tuberculosis y en junio de 1864 regresa a Brooklyn por enfermedad. Allí estará seis meses después de los cuales volverá a Washington para trabajar en un puesto del gobierno. Asiste a la segunda investidura de Lincoln. Mayo lo sorprende preparando la edición de Redobles de tambor que interrumpe para añadir una sección en recuerdo de Lincoln, asesinado el 14 de abril de ese año. El secretario de Interior tiene conocimiento de su poesía y el 30 de junio lo despide pretextando que su poesía era obscena. Una vez más sale a relucir la obscenidad de Hojas de hierba. No será la última. Es de notar que Whitman se mantuvo siempre firme y nunca accedió a las peticiones de quienes le pedían que eliminara o censurase algunos de sus poemas. Solo cuando publicaron una antología en Gran Bretaña permitió que las composiciones más controvertidas no figurasen. En Estados Unidos, sin embargo, solo hizo algunos cambios menores, lo que le valió que la censura continuase. También en este año conoce a Peter Doyle, conductor de coches de caballo, con quien mantendrá una relación muy íntima.
En octubre publica Redobles de tambor y su secuela. Este es el libro de poemas sobre la guerra civil que Whitman escribe mientras dura la misma. No encuentra ningún editor que quiera publicárselo, en parte debido a que el mercado editorial estaba hundido, y se ve obligado a firmar un contrato con un impresor para sacar quinientas copias. Esta primera parte de Redobles de tambor contiene cincuenta y tres poemas, entre los que se incluye “Que enmudezcan hoy los campamentos” en memoria de Lincoln. Sin embargo, se da cuenta de que sin una sección dedicada al Presidente el libro no estaría completo. Así pues en octubre saca una continuación que tiene dieciocho poemas adicionales, entre ellos “La última vez que florecieron las lilas en el jardín” u “¡Oh, Capitán!, ¡mi Capitán!”. Aunque Redobles aparece como un libro independiente la primera vez, en 1867 figura como apéndice de la nueva edición de Hojas de hierba y en 1871 forma parte integral del libro como unidad temática. En los poemas el lector puede observar una evolución desde los tintes patrióticos de los primeros hasta la visión más humanizada y más triste de la guerra, en gran parte debido a las elegías que había incluido. Whitman era consciente de que los poemas de Redobles de tambor se diferenciaban de los que había escrito en años anteriores. Ahora el impulso artístico no es tan inmediato y utiliza algunos símbolos como medio de controlar la emoción y la expresión. Tampoco hay que olvidar que en su gran mayoría la poesía estadounidense escrita después de la guerra era nostálgica tanto en el Norte como en el Sur (Miller 171). En el caso de Whitman, pues también hay nostalgia en el libro, esta se centra en una visión idealizada de la sociedad americana anterior a la guerra. Es en gran medida una reacción contra los intentos de otros escritores de olvidar la Guerra Civil y mirar a un futuro que soñaban de progreso (172). Una vez más vendió pocos ejemplares y los reseñistas apenas se hicieron eco de su publicación, y cuando lo hicieron fue para criticarlo.
A pesar del desinterés general y del despido que sufre, hay escritores y amigos que sí valoran su obra. William O’Connor en 1866 publica El buen poeta anciano, una biografía – en parte escrita por Whitman – en la que lo defiende. La biografía además crea otra de las imágenes icónicas del poeta: la del poeta mayor bondadoso. Otro escritor, y amigo, que lo defiende es John Burroughs, quien en 1867 publica Apuntes sobre Walt Whitman como poeta y persona. La fama de Whitman, escasa en su país, traspasa fronteras y llega a Gran Bretaña. En ese mismo año William Michael Rossetti publica “La poesía de Walt Whitman” en el Chronicle londinense y al año siguiente da a la imprenta una antología de sus poemas, Poemas de Walt Whitman, en la que deja de lado los poemas más controvertidos. En cierto modo puede considerarse una edición censurada de Hojas de hierba, y así debió sentirlo el autor. Por otro lado, esa edición es la puerta por la que entra un enorme número de lectores que dispondrán a partir de ahora de una edición para todos los públicos. No solo Rossetti es admirador suyo, también lo son Charles Algernon Swinburne, quien lo menciona en Canción antes del amanecer, Lord Alfred Tennyson, John Addington Symonds o Edward Carpenter. La amistad que será más fuerte y perdurará es la de Anne Gilchrist. Esta era una inglesa, autora de varios ensayos científicos y un libro para niños que además publicó junto con Dante Gabriel Rossetti, una estimable biografía de William Blake. Los poemas de Whitman la sorprendieron hasta el punto de que publica un artículo en alabanza del poeta, “Apreciación de Walt Whitman, por una inglesa” en 1870 en The Radical de Boston. Es el primer ensayo importante sobre la obra del norteamericano. Caben pocas dudas de que Gilchrist se enamoró del poeta con la lectura de su libro – que no le sorprendió por su lenguaje franco ni por sus temas, y en el que, por el contrario, vio un ejemplo de alta poesía. Ese enamoramiento la impulsó a escribir una extensa carta de amor a Whitman en la que declaraba su convencimiento de que cuando se conocieran ella se convertiría en ese tierno amor que él estaba buscando. Whitman le respondió con cordialidad fría, lo que no sirvió para que ella cejara en sus planes y continuara con un intercambio epistolar que duró seis años. En 1876 viajó con tres de sus hijos, y gran parte del menaje, a Estados Unidos. Esto alarmó a Whitman, quien pensaba que llegaba dispuesta a convencerlo de que formaran un hogar. Pasados los equívocos iniciales, traban unos lazos de amistad que se mantendrán hasta que ella fallezca. En Filadelfia el poeta la visitaba casi todos los días. Tenía incluso una habitación reservada por si quería quedarse a dormir. En Gilchrist Whitman encontró una persona con quien hablar de los más diversos temas. De ella dijo que lo mejor suyo era la conversación, siempre cordial aunque no compartiera las opiniones. Gilchrist publicó “Una confesión de fe”, un nuevo ensayo sobre Hojas de hierba, en junio de 1885 en To-Day.
En 1867 publica “Democracia”, un ensayo en respuesta a la obra aristocratizante de Thomas Carlyle, que más tarde formará parte del libro Perspectivas democráticas. Si Carlyle descree de la democracia y de las masas – por resumirlo mucho – Whitman dice que Estados Unidos es el país de la democracia y que todo lo que de él salga – ya sea político o cultural – habrá de tenerla como base y sustento. Carlyle – dicho sea de paso – era uno de los grandes amigos de Emerson, con quien mantuvo una correspondencia muy interesante sostenida en el tiempo. En 1868 Whitman publica “Personalismo” segunda parte de Perspectivas democráticas. La última parte del libro se titula “Literatura órbica” y, al contrario que las dos anteriores, que las publicó en Galaxy, esta, aunque la envió a la revista, nunca vio la luz.
En 1870 publica la quinta edición de Hojas de hierba junto con Perspectivas democráticas y Viaje a la India, aunque la fecha de publicación que da el libro es 1871. En 1869 ya estaba pensando en una edición revisada de la cuarta de 1867. En 1870 cuando abandona Washington se pone manos a la obra. La tarea, sin embargo, se complica al rehacer al menos tres veces la edición. Esto los críticos lo ven como una señal de su disgusto por la escasa atención que lectores y críticos le habían prestado. Así pues, en un primer momento añadió Viaje a la India como un cuaderno anejo de 120 páginas y setenta y cuatro poemas, de los cuales solo veinticuatro eran nuevos. En 1872 reeditó el libro, aunque en la fecha de publicación figura 1870. Hay además otra edición en la que Viaje a la India es un anejo con paginación diferente, y a la que añade Al final, no solo crear, que más tarde titularía “Canto de la exposición” que ocupa veinticuatro páginas y que tienen también paginación independiente. Así pues, la quinta edición contiene tres libros de poesía más el impreso Cual pájaro fuerte libre de ataduras y otros poemas de 1872. Este último contenía un prólogo que se conoce como el prólogo de 1872 para distinguirlo del de 1855 que abría la primera edición del libro. En el fondo, Whitman reordena su libro para que tenga sentido en la América de la posguerra. Es el momento en que anuncia un volumen que lo acompañará y que tendrá como tema la nación democrática. Lo más novedoso de esta edición es que pasara un tercio de los poemas que ya estaban escritos a Viaje a la India. Y que los poemas de Redobles de tambor ya no formasen un cuerpo aislado sino que los distribuyera por todo el libro, divididos en tres unidades: “Redobles de tambor”, “Desfiles ahora que la guerra ha finalizado” y “Bañado en el perfume de la guerra”. Esto, como bien señala Mancuso en The Routledge Encyclopedia of Walt Whitman, le resta fuerza a la afirmación del propio poeta de que había encontrado la energía creativa en la guerra (368).
En 1872 se pelea con O’Connor, aunque años más tarde se reconciliarán, lee “Cual pájaro fuerte libre de ataduras” en la inauguración del curso en Dartmouth College y cae enfermo. El esfuerzo que hizo durante la Guerra Civil en sus visitas diarias y continuadas a los enfermos empieza a pasarle factura. En 1873 sufre una hemiplejía. Hay quien dice que su desempeño como enfermero en la Guerra Civil le causó estrés postraumático, algo que se reflejó en sus enfermedades posteriores (Hsu 238-239). Ese mismo año abandona Washington y se marcha a Camden, Nueva Jersey, para vivir con su hermano George y su familia. Muere su madre, lo que es, sin duda alguna, uno de los golpes más duros que sufre en su vida. Durante estos años publica poemas en los periódicos que más tarde incorporará al libro.
En 1876 publica la conocida como edición de autor o del centenario (Author’s Edition o Centennial Edition, esto último por ser el centenario de la Independencia de los Estados Unidos). Si hablamos con propiedad no es una edición nueva ya que la base es la edición de 1871; eso sí, como suele ser costumbre en él, reordena los poemas y algunos los incluye en un volumen compañero que tituló Dos riachuelos. También añade elementos nuevos. Cabe poca duda de que esta edición tiene como referencia el centenario del país y la necesidad que siente Whitman para definirse como poeta en la sociedad de posguerra. Aunque sigue pensando que el poeta es el representante de la sociedad, en 1876 hay un cierto acomodamiento a la sociedad. Ahora centra su indagación poética en las responsabilidades del poeta en medio de la muerte que la guerra ha esparcido en un país que está dentro y fuera del tiempo simultáneamente. La edición se caracteriza por unas cuantas innovaciones tipográficas, además de fotografías, más que por los nuevos poemas que añade, que son solo cinco.
Estos años son también los de su carrera como conferenciante, ocupación que ya había intentado en los inicios de su carrera pero que hasta ahora no llega a su realización. Lincoln es su gran tema pues sobre él llega a dar diez conferencias entre 1877 y 1890, según las estimaciones de Loving (440). También habla sobre Paine. En 1877 conoce a Harry Stafford, a quien le unirá una buena amistad, y pasa una temporada en Timber Creek, donde tomará notas para la tercera parte de Días ejemplares. En 1879, a pesar de la hemiplejía, viaja por el Oeste americano y llega hasta Colorado. En 1880 viaja por Canadá y visita a Richard Bucke, quien escribirá una biografía suya, dictada una vez más por el propio poeta, que se publicará en 1883.
Antes, en 1881 imprime una nueva edición de Hojas de hierba, con los 293 poemas definitivos del libro. Considera esta edición como la oportunidad para reunir y organizar su obra de una manera definitiva en un intento de consolidar su producción literaria. Desea, como le escribe a John Burroughs, que el libro muestre el conjunto pero también la consecutividad de los poemas (Corr. III, 231). Para ello reagrupa muchos de ellos en cinco nuevas unidades temáticas. Esta vez lo publica una editorial de alcance nacional, James R. Osgood and Company, donde ya habían publicado autores más jóvenes como Henry James, William Dean Howells o Mark Twain. El libro se vendió bien antes incluso de que un fiscal mandase retirarlo de circulación por su contenido sexual. Después de esto, las ventas subieron aún más cuando lo reeditó con Rees Welsh. En el verano de 1881 revisó el libro, eliminó algunos poemas, añadió diecisiete nuevos, y retocó otros; en general, sus esfuerzos estuvieron centrados en reagruparlos para que el libro diese la impresión de tener una unidad. Integra en el libro la obra que había publicado en 1876 en Dos riachuelos. Logra así que los poemas políticos y los religiosos formen una sola unidad y que el conjunto tenga un significado propio de una época en que la tristeza iba sobrepasando al optimismo inicial de su carrera.
En 1882 Oscar Wilde lo visita en su casa de Camden y parece que le causa una grata impresión. Ese mismo año publica Días ejemplares y colectánea. Al año siguiente Richard M. Bucke publica Walt Whitman. En 1884 adquiere una casa en Mickle Street, Camden, y comienza su amistad con Horace Traubel, quien reunirá en varios volúmenes la vida del poeta tal y como él mismo se la contó. En los últimos años sufre varios infartos, le llega la fama que le había sido esquiva hasta entonces, sus amigos cuidan de él, ya sea comprándole un pequeño coche de caballos, recolectando dinero para él u organizándole fiestas en las que, por lo que cuentan, se divertía a pesar de la parálisis. En 1888 publica Ramas de noviembre libro de poemas y de prosas. Y en 1891 Adiós, imaginación, también con poemas y prosas. En 1891 publica la última edición de Hojas de hierba, conocida como la edición del lecho de muerte (deathbed edition) que publica McKay y está fechada en 1892, al tiempo que prepara una edición de las obras en prosa completas que también publicará McKay en 1892.

Whitman en su casa de Camden, NJ. Abril de 1887 Fotografía de Thomas Eakins (Yale Collection of American Literature, Beinecke Rare Book & Manuscript Library)
En realidad la edición del libro de poemas no es, si hablamos con rigor, una edición; es una reimpresión. Tampoco puede decirse que sea la edición que prepara en el lecho de muerte. Aunque muchos dicen que es la novena edición de Hojas de hierba, es, en rigor, una reedición de la de 1881 publicada por Osgood. Las correcciones del texto lo son de faltas de ortografía, cambios en la puntuación y otros cambios menores. Las ediciones nuevas como tales son las de 1855, 1856, 1860, 1867, 1871 y 1881. Whitman no toca las unidades temáticas en que el libro estaba dividido ya en 1881, e incluye como anejos los poemas que había escrito para Ramas de noviembre y para Adiós, imaginación. “Una mirada retrospectiva a carreteras transitadas” cierra la edición de 1891-92, un resumen de lo que había sido su vida como poeta.
Fallece el 26 de marzo de 1892, después de haber pasado el invierno enfermo de neumonía. Lo entierran el 30 de ese mes en el cementerio de Harleigh en Camden, Nueva Jersey.
Whitman en la Guerra Civil
La Guerra Civil ha sido el conflicto más serio al que los estadounidenses han tenido que enfrentarse. Ni siquiera había transcurrido un siglo desde la independencia cuando, después de la enorme expansión que habían llevado a cabo en sus guerras contra Gran Bretaña, Francia y México, tuvieron que enfrentarse al peligro de la división. La guerra tiene como fondo la esclavitud y la elección de Abraham Lincoln como presidente que no iba a permitir que esta se expandiera más allá de las fronteras que entonces tenía. Es opinión muy extendida que el detonante de la guerra fue el intento de Lincoln de prohibir la esclavitud. Esto no es así, ni mucho menos. Macpherson argumenta que la Guerra contra México fue el comienzo en que el conflicto secesionista comenzó a incubarse (4). La guerra también tuvo consecuencias políticas, como es natural. Entre estas es de rigor señalar el aumento de personas a favor de la abolición de la esclavitud.2 Los republicanos estaban divididos entre los conservadores que querían que acabara la esclavitud pero preferían que fueran los propios estados los que la aboliesen; los moderados, entre ellos Lincoln, que compartían con los radicales la aversión moral hacia la esclavitud pero temían las consecuencias de su abolición; y, por último, los radicales, que coincidían con los abolicionistas en que podía acabarse con la esclavitud mediante el ejercicio de la fuerza y de la confiscación de la propiedad enemiga. Gradualmente se impuso la idea de que el destino del país iba ligado al de la esclavitud: si esta se mantenía los Estados Unidos no recuperarían su unión, si, por el contrario, la abolían, esta se restablecería. Bien es cierto que entre los partidarios de la abolición, había muchos que no profesaban el menor interés por la suerte de la población negra. Una cosa era estar en contra de la esclavitud y otra muy distinta no sentir como amenaza laboral la posibilidad de que los negroamericanos se incorporasen al mercado laboral en igualdad de condiciones que los blancos. Esto lo percibía también Whitman y a ello se debe su actitud si no ambigua durante una etapa al menos de distanciamiento.
Para Whiman la guerra fue un conflicto nacional y también familiar. La esclavitud era un recordatorio de que los ideales de la Declaración de la Independencia no se cumplían en su totalidad. A ello se une que uno de los hermanos, George, se alistó al ejército de la Unión en la primera hora. Cuando en diciembre de 1862, a raíz de la derrota del ejército unionista en la batalla de Bull Run, Whitman tiene noticias de que su hermano ha sido herido en la batalla de Fredericksburg, va a visitarlo. En sus diarios y correspondencia deja constancia de su preocupación por la suerte que su hermano pueda correr en el campo de batalla:
When I found dear brother George, and found that he was alive and well, O you may imagine how trifling all my little cares and difficulties seemed – they vanished into nothing. And now that I have lived for eight or nine days amid such scenes as the camps furnish, and had a practical part in it all, and realize the way that hundreds of thousands of good men are now living, and have had to live for a year or more, not only without any of the comforts, but with death and sickness and hard marching and hard fighting, (and no success at that,) for their continual experience – really nothing we can call trouble seems worth talking about. (Corr., I, 59)
Así, no es descabellado afirmar que fue el hermano el que le introdujo en la vorágine de la guerra y que gracias a él logró un conocimiento del conflicto bastante profundo. Fue su frecuentación de hospitales y de enfermos lo que le permite crear, de manera inconsciente, las ideas y configuraciones simbólicas en torno a las que gravita su poesía de guerra (Thomas 27). El alistamiento de George le lleva a reconsiderar la naturaleza de Nueva York. Ya no es una ciudad centrada en sí misma y dedicada a actividades mercantiles, con lo que eso pudiera tener de negativo; es, por el contrario, una ciudad que defiende la causa de la Unión y de Abraham Lincoln. Además, y esto es lo más importante, George tiene una importancia decisiva en la creación de una retórica y de una iconografía propagandística en Redobles de tambor. Las vacilaciones y su postura ambigua respecto a la población negroamericana le encaminan hacia una poesía de corte positivo. En vez de denunciar la situación de los esclavos, toma el camino de la exaltación de la democracia, la libertad o la unión. En realidad, como Thomas señala, Whitman vuelve a sus ideas sobre la democracia y la sociedad, esta vez aplicadas al ejército. Habla de este como de un cuerpo revolucionario por lo que tiene de democrático tanto en su espíritu como en su estructura (28-30). Estas ideas no se restringen a su poesía, en Días ejemplares también retoma la idea; en el fondo, sus escritos sobre el ejército de la Unión no pueden desprenderse de ese impulso democrático e igualitario. No deberíamos tampoco dejar de lado el análisis que Hutchinson hace de la Guerra Civil. Esta era un asunto familiar, aunque en este caso la familia fuera todo el país. Si los negroamericanos apenas aparecen es porque no forman parte de dicha familia (33).
Eso sí, la realidad le obligó a cambiar esa visión optimista. Lo que George contaba en sus cartas, de corte más taciturno, y la visita a los hospitales lo conducen a escribir una poesía más abatida, evolución que es perceptible en los últimos poemas del libro. En sus inicios el libro, en la imaginación de Whitman, iba a cambiar la organización del ejército. Se convertiría en una institución democrática (30). No en vano el lenguaje que emplea y la apariencia general refuerzan la idea de igualitarismo y dan testimonio de coraje ante el sufrimiento del que fue testigo en los hospitales.
En 1863 se traslada a Washington. Allí se dedica a visitar los hospitales de la ciudad. Toma notas sobre lo que ve, que utilizará algunos años después para escribir Días ejemplares. Es en este momento cuando se percata de la distancia que hay entre civiles y soldados, tan grande que parece que vivieran en mundos aparte. Los reportajes que envía a los periódicos, los poemas que escribe, las cartas incluso que escribió para muchos de esos soldados hospitalizados, tienen el propósito de dar noticia del sufrimiento. Son, en cierto sentido, las cartas una sinécdoque. La pequeña parte del mundo en que vive termina por representar a toda la sociedad americana. El escritor, poeta reconocido en su país, se convierte en un amanuense durante la guerra (30-31).
En la guerra encuentra otro papel social. Si hasta entonces había querido ser el poeta americano, ahora es el enfermero (wound dresser es el término que él utiliza y que emplea como título para un poema de Redobles de tambor (CPP 442-445)). Va a dedicar todos sus esfuerzos en acompañar, consolar, redactar cartas, animar a los heridos. Visita los hospitales por la mañana y por la tarde, allí conoce a los soldados que conforman la tropa, escucha historias de sus propios labios, se entera de las penalidades que están sufriendo. Resulta curioso que nunca revelase quién era y que, aunque con cierta regularidad leía poemas a los soldados, nunca leyera ninguno de los suyos. Lo que ve le muestra que hay otros temas que pueden ser la sustancia de su poesía, que el optimismo presente en ediciones anteriores ha de atemperarse con el sufrimiento de los soldados en esa hora crucial. Ello le lleva a ser no solo el que cura las heridas sino también una suerte de doliente sustituto (Thomas 35).
El lector de hoy en día puede pensar que Washington en la época de la Guerra Civil era ya una gran ciudad, al menos para los estándares de la época. No era así; al contrario, era una ciudad que estaba despegando. Un lugar en medio de la nada pensado para que el Gobierno se estableciera en él (Plumly 13). Era una ciudad producto de la negociación entre distintas facciones políticas con un espíritu sureño y que, sin embargo, no se rebeló contra el Norte cuando la Guerra Civil estalló. Whitman llegó a la ciudad cuando ya la guerra había transformado la ciudad. La vida cotidiana había dado paso a vivaques instalados en edificios oficiales. La abundancia de hospitales improvisados y de campamentos era lo que más llamaba la atención. La derrota en Bull Run tuvo entre otras muchas consecuencias que los unionistas pensasen que Washington estaba amenazada Así fue en gran medida la estrategia del general Lee (Price 2014: 122). Esta amenaza redundó en la escasez de bienes en la ciudad.
Allí conoció, como cuenta en Días ejemplares, a un buen número de soldados. Según estimaciones del propio poeta, hizo unas seiscientas visitas a hospitales de campaña y urbanos, y en ellos vio a entre ochenta mil y cien mil soldados heridos o enfermos (Lisk 115). Puede parecer extraño que Whitman tuviese acceso. Por aquel entonces, la profesión de enfermera no estaba tan profesionalizada como ahora, lo que no es óbice para que en Gran Bretaña hubiese personas como Florence Nightingale. En general, sin embargo, tanto en el norte como en el sur de los Estados Unidos, el número de voluntarias que realizaban labores de enfermería era muy alto. Muchas no aguantaban el trabajo y lo abandonaban a los pocos días; otras muchas se dedicaban sobre todo a labores de limpieza. Aun así, en el sur, muchas formaron parte del servicio médico oficial del ejército. Al final de la guerra, un halo de gloria por la causa perdida adornó su labor. Hubo también quien no estuvo en un hospital pero trabajó para organizar toda la ayuda destinada a los soldados o tuvo algún cargo en alguna de las sociedades que proporcionaban algún tipo de ayuda: dinero, enseres, servicios, entre otros, a los soldados heridos o enfermos y a sus familias (McPherson 477-480; Sheeny 555-563).
En el norte la situación no era muy distinta. La ayuda la canalizaba la llamada United States Sanitary Comission. Era una asociación de voluntarios, la más poderosa, y que surgió de la unión de sociedades formadas por los soldados de cada localidad y otras de ayuda a los pocos días de la batalla del fortín Sumter. Si las mujeres desempeñaron un papel relevante en ellas se debe a que tenían la experiencia de las asociaciones abolicionistas, de las que luchaban por los derechos de la mujer, de las que querían prohibir el consumo de bebidas alcohólicas, de otras encargadas de la mejora de la educación, etc. (480). La Sanitary como terminó por conocerse a la comisión tuvo como modelo su homóloga británica que trabajó en la Guerra de Crimea. Aunque en un principio la comisión estadounidense solo tenía potestad para investigar y aconsejar, la descentralización con que trabajaban en el norte, permitió a su presidente crear una asociación voluntaria que se ocupara de los soldados enfermos. Así, logró que médicos y civiles se unieran como personal sanitario en cada población. A finales de 1861 y comienzos de 1862, la comisión se había convertido en una fuerza política influyente. Al finalizar la guerra, más de tres mil mujeres habían colaborado, como voluntarias o con trabajos remunerados, para ella. No era esta la única. Hubo otras como la Western Sanitary Comission en el frente del Misisipi, o la Christian Comission creada por el YMCA en noviembre de 1861, cuyos objetivos incluían el consuelo espiritual de los heridos. (480-484).
La Guerra Civil marcó el cambio en el desarrollo de la enfermería desde un trabajo ingrato hacia la profesión que hoy en día conocemos. No es de extrañar que en ese ambiente de voluntarios, Whitman encontrase su sitio. Un aspecto que no se suele tener en cuenta es el dinero que reunió para mantenerse en Washington durante la guerra. Logró que algunas personas le diesen dinero para poder vivir en la capital. En la escritura y envío de cartas solicitando dinero le ayudó su hermano Thomas Jefferson. Hay pocos datos sobre el asunto. Ni Whitman lo menciona en sus cartas ni en los archivos de las United States Sanitary Comission y Christian Comission queda consignado que trabajó para ellos. Es muy probable que hubiera conseguido su autorización después de alguna batalla pero no estuviese afiliado a ninguna de las dos sociedades con lo que tendría una mayor libertad de movimientos (Buinicki 135). Las enfermeras lo miraban con recelo por su comportamiento con los soldados; además era un competidor extraño en un momento en que la Comisión Sanitaria de los Estados Unidos quería profesionalizar su trabajo.
Después de la Guerra Civil, Whitman trabajó como funcionario en Washington en la oficina de asuntos indios hasta que fue despedido por James Harlan, secretario de Interior, quien lo acusó de escribir una poesía inmoral. En Estos años, Whitman conoce a Peter Doyle, compañero hasta sus últimos días – y para Whitman emblema del futuro y la energía estadounidenses. También en esta época comienza su progresiva transformación en el poeta nacional y bondadoso que la gente tiene en mente gracias, en gran medida, a las fotografías que de él quedan Aunque vivió mucho más tiempo, la figura de Whitman estaba ya creada. Había comenzado como el poeta americano para pasar a ser el que ofrece consuelo a los heridos y acabó como un poeta anciano y bondadoso
Días ejemplares: perseverancia en la construcción de una persona en prosa
En 1882 Whitman publica Días ejemplares en un volumen junto con otros escritos misceláneos que titula Días ejemplares & colectánea en la editorial Rees Welsh and Company de Filadelfia. El libro, que consta de cuatro partes diferenciadas como veremos más adelante, es en gran medida el recuento de sus recuerdos de la Guerra Civil americana.
Apuntes de la guerra
El 13 de octubre de 1863 escribe a James Redpath, corresponsal de guerra para el New York Times, editor de North American Review en 1866, además de artífice de la publicación de Louisa May Alcott, Escenas de hospital, y admirador de Walt Whitman desde que se conocieron en Boston en 1860. En la carta dice: “My idea is a book of the time, worthy the time—something considerably beyond mere hospital sketches—a book for sale perhaps in a larger American market—the premises or skeleton memoranda of incidents, persons, places, sights, the past year (mostly jotted down either on the spot or in the spirit of seeing or hearing what is narrated)” (Corr. I, 171). Uno de los propósitos, como señala a continuación, es el necesario cambio del ejército para que esté acorde con la democracia propia de los Estados Unidos: “one of the drifts is to push forward the very big & needed truth, that our national military system needs shifting, revolutionizing & made to tally with democracy, the people” (Corr I, 171).
En sus recuerdos de Whitman, With Walt Whitman in Camden, Horace Traubel cuenta que junto con la carta, Whitman había añadido un esquema del contenido del libro y una nota de prensa que Redpath distribuiría una vez el libro estuviese a la venta. (Como el lector puede observar, en 1863 Whitman aún mantenía la costumbre de encargarse de la difusión del libro.) En la nota de prensa se puede leer:
And this book, with its framework jotted down on the battlefield, in the shelter tent, by the wayside amid the rumble of passing artillery trains or the moving of cavalry in the streets of Washington, in the gorgeous halls of gold where the national representatives meet, and above all in the great military hospitals, amid the children of every one of the United States, the representatives of every battle, amid the ashy face, the bloody bandage, with death and suffering on every side. (WWC IV, 415)
En ella Whitman acredita la veracidad de lo escrito y su propia autoridad como autor por haber sido testigo de lo narrado. No es algo que haya oído, le hayan contado o haya leído. Él estuvo allí presente. Puede el lector discutir si el ego whitmaniano ha agrandado lo vivido pero no puede negarle la veracidad del testigo.
Redpath le respondió, como se puede leer en la carta que Traubel incluye a continuación, lamentando que no podía arriesgarse a publicarlo por una cuestión económica y que si el libro fuera más pequeño o si encontraba alguien dispuesto a comprar un número suficiente de ejemplares anticipadamente, se pondría manos a la obra encantado. Whitman, cuenta Traubel, no se lo tomó a mal y apreció la relación fraternal que había entre los dos (WWC IV, 418).
Aun así, Whitman nunca abandonó la idea de escribir un libro sobre el tema y, de tiempo en tiempo, volvía a pensar en el proyecto, ya fuera en prosa o en verso, como por ejemplo en las Navidades de 1864 con ocasión de la llegada del baúl de su hermano George a la casa materna (Basler 16). En la entrada en su diario del 26 de diciembre de 1864 se refiere a dicho baúl. En él encuentra los papeles con apuntes y notas de George. Apunta en el diario: “I can realize clearly that by calling upon even a tithe of the myriads of living and actual facts, which go along with, & fill up this dry list of times and places, it would outvie all the romances in the world, & most of the famous histories and biographies to boot” (NUPM II, 745). Queda consignada ya la fascinación que ejercen sobre el poeta los secos datos de la guerra; tanta es que los ve capaces de superar a cualquier historia romancesca sobre el mismo tema. Tuvo que pasar casi una década para que retomase el proyecto. El 16 de enero de 1874 en carta a Peter Doyle, Whitman vuelve a mencionar su propósito de escribir sobre la Guerra Civil por primera vez desde la carta que envió a Redpath. En enero de 1874 comenzó la publicación en la revista Weekly Graphic de seis artículos con el título conjunto de “Hace ya diez años desde entonces”, el primero de los cuales apareció el 29 de enero y el último el 7 de marzo.
El contenido de los artículos es en gran medida el de sus diarios y cuadernos de notas, que, con algunos mínimos cambios, fueron incorporados en 1875 a Apuntes de la guerra. Basler hace notar la dificultad de saber lo que Whitman copió al pie de la letra de sus notas previas y lo que elaboró de los recuerdos que tenía de entonces en 1862, cuando editó en libro Apuntes de la guerra y Muerte de Abraham Lincoln (19)3. Estos recuerdos, según Whitman le contó a Redpath, fueron escritos deprisa en los lugares donde ocurrieron o con el espíritu de quien vio u oyó lo que se narra en el libro. Ocurre que los manuscritos que sirvieron como base al impresor suelen ser bastante raros en el caso de Whitman, mientras que los primeros esbozos o versiones con correcciones son mucho más comunes. Es cierto que el autor, además de su experiencia en los hospitales, utilizó material de sucesos que él no presenció como lo demuestran fragmentos y recortes que empleó para documentarse. Hay que añadir que en muchos casos entre lo que apuntó en sus cuadernos de notas y lo que finalmente escribió en Apuntes… hay poca correlación. Como bien señala Betsy Erkkila en Whitman The Political Poet, Apuntes es una recreación desde el recuerdo de la guerra que escribió una década después de que esta hubiese acabado (207).
Tenía como propósito que los episodios que componían tanto los artículos como el libro dieran la impresión de haber sido redactados por un testigo de los hechos. No en vano, pretendía, con la publicación del libro, dar a la posteridad un recuerdo autobiográfico en vista de su posible muerte inminente. Recordemos que el 23 de enero de 1873 había sufrido una hemiplejía y su salud había quedado deteriorada. Desde que sufrió la parálisis hasta que por fin el libro entró en prensa en abril de 1876, Whitman no dejó de temer por su vida. De esa época son las dos elegías “Canto de la secuoya” y “Plegaria de Colón”, que algunos críticos han interpretado en términos autobiográficos, en concreto esta última.
La historia de la publicación de Apuntes… es bastante interesante. En un primer momento incluyó el libro en Dos riachuelos, libro suyo de 1876 que acompañó a Hojas de hierba como complemento. En él mezcla prosa y poesía, y por lo que respecta a Apuntes… la paginación está separada del resto pues la intención de Whitman era publicarlo como obra autónoma. Según Allen, el resultado fue un batiburrillo (463). Cuando por fin lo publicó aparte, añadió páginas que no todos los ejemplares tienen, como señala Basler (26).
Por lo que se refiere al tema, Apuntes… es la historia de la Guerra Civil desde el punto de vista de Whitman, un punto de vista íntimo, como señala Robert Leigh Davis en su entrada “Memoranda During the War [1875-1876]” (423-424). Wardrop señala que el libro es deudor de otras narraciones escritas durante o después de la guerra, como la de la misma Louisa May Alcott, en que se relataban las vivencias de las enfermeras durante la misma (26). Betsy Erkkila apunta en Whitman The Political Poet que Apuntes… es un ejemplo de virtud republicana e idealismo democrático (207-208). Según Erkkila, Whitman nunca se había señalado públicamente con sus opiniones acerca de la esclavitud, la liberación femenina, la Reconstrucción, la emancipación, pero hace de la guerra algo mitológico en que el protagonismo lo tienen los soldados que van al frente y no los políticos – aunque aquí habría que matizar el papel que desempeña Abraham Lincoln – ni el alto mando del Ejército.
Apuntes de la guerra es, así, un primer ensayo de escritura sobre la Guerra Civil desde lo vivido, un intento de recordar la guerra y de evitar su transformación en un hecho estético. La guerra no podía dejar de ser un acontecimiento que había convulsionado la sociedad americana. No en vano uno de los capítulos del posterior Días ejemplares se llamaría “Convulsividad” (Feldman 2). En cierto sentido, los monumentos erigidos a los oficiales y algunas narraciones de la época ahondaban en ese cambio estético (Follini 29-34). Los soldados que habían sobrevivido y que habían perdido alguna de sus extremidades se veían como los monumentos vivos de la Guerra Civil, los recordatorios de lo que había sido la contienda (Jordan 121). Frente al monumento al soldado victorioso pagado por el Gobierno federal o por el estado, los veteranos se alzaban como ejemplo de patriotismo y de democracia. Eran un espectáculo grotesco que desestabilizaba la posterior versión edulcorada de la guerra.
Sin embargo, Whitman no debió de quedar satisfecho pues años más tarde se embarcó en la escritura de Días ejemplares, en el que incluyó como parte segunda Apuntes… añadiendo nuevos sucesos y otras tres secciones, que completan el libro, le añaden matices insospechados en Apuntes… y abren la escritura autobiográfica hacia horizontes impensados.

Whitman en 1889
F. Gutekunst 712 Arch St. Phila. PA
Días ejemplares
Días ejemplares es un libro que consta de cuatro secciones y que fue escrito en diferentes momentos de la vida del poeta. El orden cronológico en la escritura no es el mismo que el tiempo interno del libro. Se sabe que la primera y la última parte las escribió al final de su vida y tienen como desencadenante los viajes que hizo entonces Whitman, mientras que la segunda fue escrita entre 1874 y 1876, como ya he señalado. También se sabe que estaba en casa de su madre, recuperándose del agotamiento que había sufrido.
En general podemos decir que continúa los temas que ya habían aparecido en su obra desde la primera edición de Hojas de hierba en 1855. Es el último intento de tratar dichos temas de una manera sostenida, acaso porque las fuerzas ya le iban faltando. Por lo que se refiere a la escritura en prosa, el lector no debería sorprenderse en demasía pues Whitman inició su carrera literaria como periodista y entre los años de 1870 y 1880 su mejor obra la escribió en prosa: Días ejemplares y Perspectivas democráticas (1871).
Aunque un gran número de críticos señalen Hojas de hierba y más en concreto “Canto de mí mismo” como la autobiografía de Whitman, Días ejemplares participa, incluso con mayores méritos, de ese tipo de escritura como veremos más adelante. Avancemos por ahora que es ese modo autobiográfico el que da unidad a un libro que es, en palabras de Whitman, un revoltijo en prosa (prose jumble) (Corr., III, 301).
Días ejemplares aun siendo un libro en prosa tiene muchos puntos de contacto con Hojas de hierba. Para empezar Whitman habla de la democracia y lo nacional tal y como había propuesto en la edición de 1871-72, cuyo punto de partida se encontraba en el ensayo Perspectivas democráticas publicado en respuesta al ensayo de Thomas Carlyle titulado “Navegando por el Niágara, ¿y después?” en el que criticaba la democracia (Erkkila 294).4 Otro factor importante es que, como recoge el propio Whitman en su correspondencia, Días ejemplares era un volumen en prosa que acompañaba a Hojas de hierba; así se lo hace saber a Talcott Williams en 1882 (Corr. V, 316) y así lo escribe en una nota del volumen (Corr. III, 309).
Origen
Días ejemplares surge como respuesta a las preguntas que Richard M. Bucke le hizo mientras escribía la biografía del poeta. Whitman había conocido a Bucke en 1877 en una visita que este le hizo en Camdem. Bucke tenía una clínica psiquiátrica en Canadá, en concreto en Londres, Ontario, había leído Hojas de hierba y se había quedado tan maravillado por la obra poética que decidió visitar al poeta para conocerlo y escribir un breve volumen sobre su vida y obra. Whitman supervisó y corrigió la parte biográfica hasta el punto de que Jerome Loving no duda en asegurar que Whitman fue el escritor en la sombra de esa parte (1999: 420). Por su parte David S. Reynolds afirma que el esbozo biográfico del libro es otro intento del poeta americano por ofrecer una imagen que agradase a la mayoría de los americanos y así distanciarse de esa otra de poeta interesado en aspectos controvertidos como podía ser el amor homosexual (1995: 530). Un aspecto muy interesante de cómo Whitman manejaba su reputación queda revelado cuando el lector se entera de que, aunque entre 1881 y 1882 estaba revisando y corrigiendo la versión final que Bucke le había entregado de su libro, al acabar la corrección le pidió que retrasara su publicación hasta 1883 para que así él pudiera publicar Días ejemplares.
A ello hay que añadir el viaje que hizo a Long Island, lugar donde se había establecido su familia al llegar de Europa y donde habían crecido también sus padres, junto con Bucke entre el 28 de julio y el 1 de agosto de 1881. En sus cuadernos entre 1853 y 1890 dejó apuntes sobre la visita, sobre su familia y sobre su propia vida (véanse Notebooks and Uncollected Prose Manuscripts (NUPM I, 4-41) y en Daybooks and Notebooks (DN, I)). Habló con Henry Lloyd de West Hills y visitó la Sociedad Histórica Genealógica de Nueva Inglaterra de Boston para recopilar datos sobre sus ancestros. Por otro lado en Daybooks and Notebooks adjunta una lista de los libros que consultó y los nombres de personas dedicadas a la genealogía tanto en Nueva York como en Long Island (DN I, 265).
A pesar de lo que pueda parecer a primera vista, Días ejemplares es un libro que mantiene la coherencia dentro de la vida y obra de Whitman como mantiene Martin G. Murray en su entrada en A Companion to Walt Whitman (553). Es la última vez que Whitman trata por extenso los temas mayores de su obra: la amistad, la nación, lo espiritual, y la inmortalidad. Esta vez lo hace en prosa, al contrario de lo que había hecho en Hojas de hierba, pero, sin embargo, al igual que lo había hecho en sus inicios cuando trabajaba de periodista. Al comienzo y al final de su carrera, Whitman echa mano del periodismo para publicar lo que escribía. Esto es así cuando se observa que gran parte de Días ejemplares lo fue publicando en los periódicos. Además de lo que ya había recopilado en Apuntes de la guerra, hay otras partes de Días ejemplares que publicó en varios periódicos y revistas tales como The New York Times, The Philadelphia Progress o The Critic.5
Late en el libro un intento de explicar y justificar la vida del poeta, en concreto de unirlo a la geografía y a la historia de su país como si estos dos factores pudieran explicar lo que había sido su vida. No olvidemos que el libro lo escribe en 1881 y lo publica en 1882 después de haber sufrido una hemiplejía de la que se recuperó lentamente, que probablemente le hizo consciente de que el final se acercaba. Es, así, la conclusión a toda una vida de escritura (aunque en realidad no lo fuera del todo pues también se ocupó algunos años después de reordenar los poemas de Hojas de hierba para la edición de 1881-82 y hacer unos cambios menores por última vez en la de 1891-92, la conocida como “deathbed edition” y que para muchos no llega a ser una nueva edición sino una mera reimpresión de la anterior pues apenas hay cambios sustanciales ni añade nada nuevo [French 376-381]).
El libro no es, hay que decirlo, una autobiografía en el sentido más frecuente del término.6 Con anterioridad Whitman había sido proclive a dar cuenta de su vida para explicar la génesis de Hojas de hierba. En Días ejemplares, por el contrario, el libro de poemas apenas sale mencionado y desde luego, no es, ni siquiera en una mínima medida, la razón ni el centro del ejercicio memorialístico que es este libro. Es también significativo que se ocupe de sus ancestros, a los que conecta con el lugar donde vivieron, sin duda para señalar que, a pesar de tener orígenes europeos, eran americanos, como viene a indicar en una de las notas escritas en un cuaderno: “The Whitmans were among the earliest settlers of that part of Long Island. […] They appear to have been always of democratic and heretic tendencies. […] They all espoused with ardor the side of the ‘rebellion’ in 76” (NUPM I, 6). Por antigüedad, por forma de ser y por haber estado en el lado independentista en la guerra de la Independencia, los Whitman eran americanos hasta la médula.

J. Calvin Smith. Mapa de Long Island, Nueva York, 1836 http://www.heritagecharts.com/shopimages/products/extras/A210_web_zoom.jpg
Partes del libro
No hay acuerdo unánime en cuanto a las partes en que se divide el libro. Williams Aarnes lo divide en cuatro: una primera en que escribe de sus años de formación; vienen luego los recuerdos de la Guerra Civil; le siguen los apuntes de la naturaleza, y finaliza con los viajes y comentarios literarios (402). También Erkkila divide el libro en cuatro partes, aunque para ella la última se centra en las reflexiones sobre temas sociales y literarios (294). Daniel J. Philippon solo señala tres: el breve ensayo autobiográfico escrito para un amigo, los recuerdos de la guerra, y una mezcla de notas y entradas del diario que cubren desde 1876 hasta 1881 a las que añadió ensayos, artículos, esbozos de viajes, recuerdos y observaciones sobre artistas y escritores importantes (179). Por su parte, George Hutchinson lo divide en cinco secciones que están delimitadas por sus respectivas introducciones y comentarios de cierre. Así, menciona las siguientes partes: la genealogía del autor y la primera parte de su vida, la Guerra Civil, el período que pasa recuperándose de la hemiplejía, los viajes a Canadá y al Oeste entre 1879 y 1880 y, por último, sus opiniones acerca de algunos escritores de renombre (678-679). Aunque el contenido es el mismo, los criterios de división difieren. Existe un consenso generalizado de que las secciones primera y segunda tienen su propia autonomía, pero para las siguientes el consenso se disipa. Resulta, aun así, llamativo que nadie quiera unir la parte de los apuntes de la naturaleza y los viajes, al fin y al cabo unidos por la misma naturaleza.
La primera parte del libro presenta al lector las razones por las que lo ha escrito y una breve autobiografía de sus años jóvenes. El libro comienza de una manera un tanto abrupta y cargada de urgencia. Ha llegado la hora de que ponga en orden todo lo que ha escrito: anotaciones, recuerdos de la guerra entre los años 1862 y 1865, apuntes de la naturaleza de los años 1877 y 1881 y los dé a la imprenta. Es interesante notar que, por un lado, Whitman quiere dejar claro que no es tanto un asunto suyo cuanto que un amigo insistente, probablemente R.M. Bucke, le pidió datos sobre su vida. Parte de lo que Whitman escribe en las primeras páginas del libro es la carta copiada casi sin cambios. Justifica el descuido en la escritura achacándolo a las prisas por terminar el libro a pesar de que lleva mucho tiempo preparándolo: “probably another point too, how we give long preparations for some object, planning and delving and fashioning, and then, when the actual hour for doing arrives, find ourselves still quite unprepared, and tumble the thing together, letting hurry and crudeness tell the story better than fine work” (PW I, 1).
Lo más importante, en todo caso, para Whitman es el propósito que enuncia al comienzo: mostrar a los lectores un momento de la historia y la poca importancia que concedemos a dejar constancia de la vida de las personas: “It will illustrate one phase of humanity anyhow; how few of life’s days and hours (and they not by relative value or proportion, but by chance) are ever noted” (PW I, 1). Aparece por primera vez, de manera inconcreta, el aliento autobiográfico. En la carta a su amigo insistente explica el tipo de autobiografía, tema de importancia al que en breve dedicaremos un apartado. Escribe Whitman: “You say you want to get at these details mainly as the go-befores and embryons of ‘Leaves of Grass.’ Very good; you shall have at least some specimens of them all” (PW I, 4). La biografía como instrumento para explicar la obra es lo que viene a señalarnos Whitman, algo que, si bien, podía tener su muy estrecha relación con las confesiones autobiográficas de autores como Agustín de Hipona, Jean Jacques Rousseau u otros como Benjamin Franklin o Frederick Douglass, lo emparenta mucho más con el crítico Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869), para quien la explicación de la obra encontraba su fundamento en la vida del autor, en cierta medida avanzando los pasos que Sigmund Freud daría en el siglo XX, aunque en este último caso se centrara en el subconsciente.7 De todos modos se hace necesario recordar lo ya apuntado por Martin G. Murray en cuanto a la modestia que el poeta americano muestra pues quiere limitarse a enseñar al lector simplemente los embriones de Hojas de hierba (554). Así hay que entender esa parte autobiográfica, como un intento de dar a conocer al lector la vida que forjó al poeta en su período formativo. En cualquier caso, los episodios de la vida que va a revelar serán ejemplares (“specimen” dice Whitman) (4). En un ejercicio de sinécdoque el lector podrá tomar la parte por el todo y reconstruir toda una vida intelectual.
Con anterioridad, y esto es importante, Whitman explica las razones por las que la parte de sus recuerdos de guerra ocupan tanto tiempo. Como bien apunta fue el acontecimiento histórico de su época (PW I, 2). Cuando iba a cuidar a los soldados enfermos, llevaba consigo unos cuadernillos en los que tomaba notas apresuradas que luego le permitirían recordar nombres, circunstancias y todo aquello que fuera de interés. Apuntaba así los nombres de los soldados, sus casos, lo que ocurría en el hospital o lo que los soldados le contaban que había tenido lugar en el campo de batalla. Muchas historias tenían origen en esos testimonios, con lo que en cierto modo Whitman busca poner el énfasis en la veracidad de lo ocurrido y en su faceta de periodista, casi ya olvidada en un momento en que estaba consiguiendo el reconocimiento de parte de la sociedad. También subraya la inmediatez de su escritura pues afirma que en los cuadernillos que fue llenando a lo largo de la guerra, algunas páginas estaban manchadas con la sangre de los soldados, y que, así como tomó las notas, del mismo modo, sin cambio alguno, las da a la imprenta. Veracidad y urgencia; una literatura escrita en medio de la acción o de la derrota o en una marcha, o durante los preparativos de alguna batalla. El poeta vive con la gente, entre ellos, es uno más, acaso el que cura las heridas y el que guarda el recuerdo de la contienda fratricida. Quizás habría que poner algunas afirmaciones en cuarentena; entre ellas, la urgencia con que anotaba lo que veía o la ausencia de elaboración posterior, cuando bien sabemos que muchas de las mismas formaron parte de artículos de periódicos. A ello podemos unir la sospecha de las razones por las que llevaba los cuadernillos. Incluso en alguien tan acostumbrado como el propio Whitman a tomar notas y, por lo mismo, a llevar por si acaso un diario donde apuntarlas en cualquier momento, sorprende que haya recopilado varios de ellos mientras visitaba a los soldados en los hospitales. Creo más cercano a la verdad que Whitman había trazado un plan con anterioridad y que se acercó a los hospitales con el claro propósito de tomar notas para luego, tras su elaboración, darlas a la imprenta para que los norteamericanos supieran lo que estaba ocurriendo y para mostrar una imagen de sí mismo como alguien que cuidaba de los soldados, concepto que, por cierto, da título a uno de los poemas de la serie “Redobles de tambor”.
La segunda parte es la más extensa. Cuenta su experiencia en la Guerra Civil mientras dispensa cuidados y atenciones a los soldados heridos ingresados en los hospitales de Washington. Ocupa un tercio del total del libro. No es de extrañar pues ya en el primer capítulo había apuntado la importancia que la Guerra Civil tuvo en su vida. A ello habría que añadir que su hermano George fue soldado en la guerra; lo menciona también en algún pasaje de Días ejemplares, y que ya había publicado Apuntes de la guerra, que le sirvió como base para esta sección del libro. No quiere decir esto que solo incluya lo ya publicado. Whitman tenía la costumbre de volver sobre lo escrito como demuestran las varias ediciones de Hojas de hierba. En el caso de la parte sobre la Guerra Civil, toma como base Apuntes… y los artículos que había publicado en diversos periódicos y a ellos añade parte de su correspondencia y de sus diarios. La publicación de estos ayuda a trazar la génesis de la sección, pues en ellos Whitman apuntó sus visitas a los hospitales y sus impresiones, así como información en algunos casos muy detallada de soldados que, por una razón u otra, le llamaron la atención. En cualquier caso, como dice Murray, los recuerdos de la guerra forman uno de los momentos más curiosos, y al mismo tiempo, tiernos de la obra en prosa del poeta (554). Si Whitman vuelve sobre lo escrito es en gran medida porque no quedó satisfecho con el resultado de Apuntes… Tenía la sensación de que no había logrado capturar la esencia de la vida de los soldados en la batalla y en el hospital, así que decidió reescribirla. Entre otros cambios está el paso de una cronología difusa, poco importante en el desarrollo del libro, a la cronología bien marcada y con un sentido relevante que encontramos en Días ejemplares, lo que no significa que no se tome algunas libertades en lo que se refiere al desarrollo cronológico de los acontecimientos. En cualquier caso, la mayor importancia que concede a lo cronológico es señal de que Apuntes… lo veía como un fracaso y Días ejemplares era su memoria de la guerra corregida (560).
Whitman no escribe en el vacío. Por aquel entonces había un número considerable de recuerdos de la guerra en la forma de memorias o narraciones personales, la gran mayoría de tendencia sentimental o heroica. Se aparta de ese estilo que en última instancia lleva a la glorificación de las gestas heroicas, y ofrece al lector el punto de vista de quien trabaja en el hospital. Así, apenas aparecen los altos mandos del ejército de la Unión; por el contrario, el poeta centra su escritura en los soldados de reemplazo y voluntarios que se alistaron a la guerra. En gran medida, como una vez más apunta Murray, lo que Whitman tenía en mente era mostrar al lector del norte de los Estados Unidos la vida de los soldados heridos en los hospitales. Toma partido por el Norte y por la posición que mantiene Abraham Lincoln, a quien defiende en todo momento y de quien escribe algunos esbozos memorables en los que convierte al presidente en un ciudadano más al que el cargo no ha aislado de la sociedad; véanse como ejemplo los capitulitos “Abraham Lincoln” o “La investidura”.
Al igual que hace en su poesía, en Días ejemplares escribe catálogos de objetos, sensaciones o pensamientos en los que incluye ese interés por apuntar un número elevado de soldados. En total han identificado cincuenta. Pertenecen a once estados leales y a cinco rebeldes, y también a Maryland, que estaba dividido (Murray 557). Otros eran europeos. Además de su procedencia geográfica, Whitman señala también en bastantes casos sus creencias religiosas, entre las que menciona el catolicismo o el cuaquerismo. Murray dice que, a pesar de todo, el poeta es parcial en su presentación de los soldados pues el cuarenta por ciento provienen del estado de Nueva York, de donde él mismo había llegado (557). Ante esto es difícil saber si quiere presentar a Nueva York como un estado que fue decisivo en la guerra por el número de voluntarios que envió o si, simplemente, que el poeta y los soldados procediesen del mismo lugar solo sirvió para que el primer contacto fuera más fácil. También nota el lector que Whitman es subjetivo cuando habla de los estados rebeldes o cuando escribe de las prisiones en los estados sureños donde los prisioneros son sometidos a un trato vejatorio y denigrante; así se lee en el capítulo “Prisioneros de la Unión liberados por el Sur”. Para ser justos, dicha parcialidad, que existe, no siempre se cuela en el texto, como tampoco deja de sentir compasión el poeta por los soldados del Sur, a los que considera hombres como a los de la Unión. También critica Murray que no dé cuenta de los soldados negroamericanos (559).8

Soldados afroamericanos de la Company E, 4th United States Colored Infantry, hacia 1864 (United States Library of Congress’s Prints and Photographs division under the digital ID cwpb.04294)
El último capítulo de esta sección resume en gran medida la idea de Whitman acerca de la literatura y la vida. Si durante su vida ha tenido como objetivo prioritario ser el poeta de América y su gente, ser un poeta que escribe de la vida común y de la gente común, al enfrentarse con el tema de la guerra, se percata de su fracaso. En el capítulo “La guerra verdadera nunca llegará a los libros”, dice: “Such was the war. It was not a quadrille in a ball-room. Its interior history will not only never be written – its practicality, minutiae of deeds and passions, will never be even suggested. […] The preceding notes may furnish a few stray glimpses into that life, and into those lurid interiors, never to be fully conveyed to the future” (PW I, 117). Así finaliza dicha sección, con el reconocimiento de que hay un abismo insalvable entre vida y escritura, y que, a lo sumo, el escritor puede llegar a atrapar algunos destellos de la vida.
La tercera parte son sus apuntes del natural. Entre las secciones segunda y tercera, Whitman deja pasar una década en el tiempo que rige el desarrollo de la acción (no en el de la escritura que ya indiqué cuál era). El poeta no cuenta nada de la época que estuvo trabajando como funcionario para el Fiscal General después de la guerra ni de la preparación de la edición de Hojas de hierba de 1867, sin duda la edición más descuidada da a entender que en esos momentos Whitman no sabía qué tipo de libro quería.
Esta parte del libro está organizada como un diario que sigue el curso de las estaciones entre la primavera de 1876 y la de 1879. No era algo novedoso; en realidad, Whitman sigue la estela de lo que Henry David Thoreau había hecho en Walden. Las incursiones en la naturaleza – sus paseos y momentos de contemplación, reflexión y escritura – son intentos de restaurar lo humano mediante medios naturales tomados de los indios. A ello se añade que la cercanía al mundo natural es un modo de situarse en el mundo de la esencia y un abandono del mundo de la apariencia – como ya he dicho, en la estela de Thoreau (Aarnes 408-410). Además Whitman piensa que sus apuntes del natural lograrán reconciliarla con la literatura norteamericana, que se estaba alejando – o, al menos, así lo sentía él – de ella (409). Claro que esto tampoco es algo nuevo en la literatura norteamericana. Por diversas razones, que se pueden resumir en el desarrollo urbano y tecnológico, los escritores norteamericanos han sentido en todo momento que aquella iba desapareciendo o cambiando de modo tan radical que lo que quedaba después del cambio era algo que poco o nada tenía que ver con lo anterior. Esta sensación, que da lugar a una fuerte corriente nostálgica presente en la cultura estadounidense, se incrementa durante el Romanticismo y aún más después de la Guerra Civil en que la dominación de la naturaleza, como consecuencia de los cambios industriales y tecnológicos que se introducen en la sociedad americana, aumentan de manera exponencial hasta límites no imaginados hasta aquella fecha. Creo importante traer a colación el último capítulo de Días ejemplares – que no forma parte de la sección tercera pero continúa con las ideas que subyacen en ella. Se titula “Naturaleza y democracia – Moralidad”. Allí escribe: “I conceive of no flourishing and heroic element of Democracy in the United States, or of Democracy maintaining itself at all, without the Nature-element forming a main part – to be its health-element and beauty-element – to really underlie the whole politics, sanity, religion and art of the New World” (PW I, 295). La naturaleza es parte esencial de los Estados Unidos, condiciona incluso su entendimiento de lo que es una democracia. En cierto sentido Whitman vuelva la vista atrás, con nostalgia, al ideal jeffersoniano cuando era ya imposible la recuperación del mismo.
Como en el caso de la Guerra Civil, sus apuntes del natural forman una miscelánea de textos publicados en periódicos, extractos de su correspondencia y pasajes originales. Antes siquiera de que hubiera pensado en su autobiografía, el norteamericano escribió a Anne Gilchrist el 18 de agosto de 1879, revelándole su intención de juntar en un librito los recuerdos del tiempo que pasó viviendo cerca del arroyo y en el ferry:
I am busy a little leisurely writing—think of printing soon a smallish 100 page book of my accumulated memoranda down at the Creek, & across the Ferry, days & nights, under the title of Idle Days & Nights of a half-Paralytic, prose, free gossip mostly, (you saw some specimens in that Jersey letter, last winter in the Philadelphia Times)9 (Corr. III, 161)
La hemiplejía que sufrió le obligó a guardar reposo. La familia Stafford lo invitó a pasar una temporada en su granja, White Horse Farm, cerca de Kirkwood en Nueva Jersey. Al lado de la granja estaba el arroyo Timber adonde Whitman solía dirigirse todos los días para pasar un rato extenso sin compañía y tomar baños de sol y de barro. Allí encontró Whitman el tiempo necesario para escribir Días ejemplares, si no en su totalidad al menos en gran parte, y para preparar la edición de 1881 de Hojas de hierba.
Cabe poca duda de que la razón por la que va a la granja de los Stafford está relacionada con la necesidad de reposo que tiene después de sufrir el ataque. Algunos movimientos reformistas de la época vinculaban la salud personal con la salud política del país a lo que añadían que si no lograba el cuerpo la estabilidad que existía en la naturaleza, no llegaría a recuperarse del todo (Major 80). Esta posee una subjetividad propia. Además de ser algo físico, es un modo de vida cargado de ideología, algo que está relacionado con el país en su conjunto, y que Whitman relaciona en su ensayo Perspectivas democráticas (81-82). Ahora bien, como antes he señalado, también confesó a Anne Gilchrist su deseo de escribir un librito en que dejase constancia de su estancia allí. Como apunta Murray, hay un interés científico que se trasluce en sus apuntes de la naturaleza (562). Añadamos también que la cura no es únicamente individual. Whitman, en un ejercicio de sinécdoque propio de él, entiende que es el conjunto de la nación la que ha de sanar después de la Guerra Civil (562). De ahí que ese retiro suyo implique también un retiro de toda América, y sea asimismo una vuelta a los orígenes además de un intento por recuperar un modo de vida o un camino que la Guerra Civil y las tensiones anteriores a ella han extraviado. El retiro es también un intento de que la relación entre el yo y el mundo natural sea más fuerte para que así la recuperación, personal y narrativa, pueda tener lugar (Philippon 183). Sugiere que dichas notas tendrán un efecto sanador en el libro, cuyas páginas anteriores habían estado pobladas por soldados malheridos y por cadáveres (Aarnes 409). El contraste entre ambas secciones es así mayor.
Subrayemos la importancia que aquella tiene en la obra lírica del poeta norteamericano, las enumeraciones con que busca incluir la complejidad del mundo en su poesía, la íntima relación que hay entre poeta y naturaleza, como, por ejemplo, en la primera sección del “Canto de mí mismo” o en el prólogo de 1855. El gusto de Whitman por ella, según se desprende de su obra, no es solo literario. Esta contiene un elemento espiritual, una insinuación de inmortalidad (Murray 562). Esta ansia espiritual crece conforme la edad avanza (Killingsworth 146), aunque en su poesía temprana ya aparece (Reynolds 262). En el prólogo de 1855 dice de las personas espirituales que son, entre otros muchos, los dadores de leyes al poeta: “the lawgivers of poets” (PP 15). En cualquier caso el lector ha de tener en cuenta, como bien apunta Reynolds, que Whitman nunca fue un doctrinario y que se interesó siempre por las distintas manifestaciones populares de la espiritualidad (Reynolds 262-278).
Philippon subraya la importancia que los apuntes del natural tienen (179). La naturaleza que aparece en Días ejemplares es una creación estética, sin duda alguna, al tiempo que es un instrumento. Late aquí una contradicción de las varias que el lector puede encontrar en este apartado. Es cierto que Whitman no se aparta de las ideas de Thoreau. El hombre no puede instrumentalizar el mundo natural que, al mismo tiempo, como señala Philippon, es una creación estética, aunque no solo sea eso (180). Whitman intenta que este se presente en su inmediatez, y aun así trabaja para que el lector pueda observarla sub specie aesthetica. No es en cualquier caso algo contradictorio. Dentro del interés que el Romanticismo exhibe por el mundo natural hay un fuerte impulso a convertirla en un objeto estético, algo digno de contemplación por sí mismo, que resulta de la negativa romántica a instrumentalizarla.
Otro de los problemas con que se encuentra el poeta norteamericano es el convencimiento de que la naturaleza es inimitable y silenciosa. El poeta encuentra problemas para describirla al tiempo que no consigue interpretarla. A pesar de ello, Whitman logra una presentación subjetiva de la misma gracias a esa relación que establece con ella. Por otro lado, el silencio de esta – que no elimina lo musical que sí existe en ella – conduce a un texto que termina por ser superfluo (Philippon 184). Si el escritor no puede ni describir ni interpretar, solo le queda contar su experiencia en medio de la naturaleza o sumirse en ella. En cualquiera de los casos, lo vital suplanta a lo cultural: la experiencia es más importante que la reflexión sobre ella. El objetivo último es, sin duda, lograr que el lector se una a ella. Para ello Whitman emplea dos recursos. Ambos los ha utilizado con anterioridad. Con el primero busca la espontaneidad, la ausencia de una supuesta retórica artística y, como consecuencia, la intimidad con el lector. Le interesa subrayar la inmediatez de la experiencia natural. El segundo de los recursos es la estructura fragmentaria del texto (Philippon 185). Aunque es un diario y como tal lo presenta el autor, la fragmentación de su etapa en Timber Creek es más importante, y por tanto añade un plus de significado, que la narración de su vida. Algo parecido había hecho Thoreau en Walden al unir los dos años que allí pasó en el recuento de un solo año. Whitman, sin embargo, no solo une sino que pone el énfasis en lo fragmentario de la experiencia para así subrayar lo que tiene de proceso, de fluencia en el tiempo. Estos dos recursos ya los había utilizado en las secciones anteriores. Ni la experiencia que él tuvo de la Guerra Civil ni los recuerdos de su infancia pueden ser completos por razones más que obvias. En el primer caso porque solo conoció a unos cuantos soldados – aunque fueran al final muchos– y en el segundo porque no recuerda toda su infancia y adolescencia. El fragmento subraya esa imposibilidad de ofrecer una totalidad a la sociedad. El escritor ha de conformarse con dar al lector breves destellos de su vida, aunque estos, como ya dijo al inicio del libro, han de ser ejemplares, y de ahí viene el título. Mediante un ejercicio propio de la sinécdoque lo que el poeta cuenta en esas páginas puede, al final, referirse a todos los Estados Unidos de América, o a toda la Humanidad. Aunque a primera vista no lo parezca, hay una enorme coherencia entre el mensaje que Whitman quiere transmitir en esta sección y el método empleado, entendiendo por método esos dos recursos mencionados.
Philippon analiza el modo en que logra exponer la experiencia que vive en medio de la naturaleza (186). Para ello, Whitman cubre tres campos: el proceso de la escritura, sus alusiones al lector y la descripción del método que sigue cuando escribe. Esto puede llevarle en algún caso a que el texto sea sobre la escritura en sí más que sobre lo que le rodea. Logra, eso sí, que el lector perciba la inmediatez, entendiendo por esta una experiencia que no está mediada por factores o elementos ajenos a ella. Sin embargo, en el fondo, tal vivencia sí que está mediada, aunque solo sea porque, como más adelante expondré, Whitman no se acerca de un modo totalmente adánico. No hay, bien lo sabemos, una naturaleza originaria a la que podamos acceder en nuestra época, que también incluye el tiempo en que Whitman vivió.10 Además de la mediación ideológica, en el caso de Whitman hay que tener en cuenta que el poeta escribe esa sección con un modelo literario muy claro en su cabeza, un modelo que lo guía y que, quizás también, lo constriñe. Este no es otro que Walden. Esto aparte, que no atañe ni para bien ni para mal a la calidad de la obra de Whitman, la fragmentariedad le permite al escritor la representación de la discontinuidad sensorial, cognitiva en el fondo. Además, como Philippon admite, con el fragmento Whitman no solo apunta a la imposibilidad de percibir la naturaleza como un conjunto, también quiere llamar la atención sobre la imposibilidad de una percepción no mediada de la misma (187). Así, el propio Whitman se da cuenta de las limitaciones que ha de vencer – en la medida de lo posible – a la hora de escribir sobre ella. Al fin, necesita del artificio para representarla de manera creíble.
Si he señalado que Walden está situado en la retaguardia como texto modelo que Whitman elige para esta tercera sección de Días ejemplares, el lector verá como un acto consecuente que Whitman oponga el mundo natural al creciente capitalismo de la época. Bien sabemos que el fin de la Guerra Civil es el inicio del despegue de un capitalismo que poco tenía que ver con el libre comercio anterior a la guerra. La llamada Época Dorada [Gilded Age] es el momento en que la industria y la economía de los Estados Unidos crecen exponencialmente y unos pocos acumulan las primeras grandes fortunas. Anteriormente, Thoreau había presentado al lector un mundo natural que ya está siendo objeto de posesión y de acumulación. También en la década de 1850, Nathaniel Hawthorne había descrito en el prólogo a La letra escarlata, titulado “La aduana”, las condiciones sociales en las que el escritor ha de vivir y desarrollar su tarea; condiciones que son las propias de una incipiente sociedad capitalista donde la utilidad social es el valor supremo. También Herman Melville aporta su grano con “Bartleby el escribiente”. Son estos, tres relatos que dejan ver una preocupación por las consecuencias del materialismo y del utilitarismo. Es cierto que la narración de Thoreau es mucho más optimista que las historias de Hawthorne y de Melville, pero en el fondo los tres señalan el poco espacio que el escritor tiene en la sociedad. De un modo u otro, este ha de exiliarse a los márgenes de la misma o ha de recluirse en una oscura oficina o descender hasta las catacumbas de la sociedad para allí morir.
A algo semejante se enfrenta Whitman. En la tercera parte el poeta se ha retirado a un lugar alejado de la sociedad para recuperarse de su dolencia. La cronología ahora se vuelve más inconcreta, la historia – en la que había vivido inmerso en la segunda sección – también desaparece. No menciona el período de la Reconstrucción del Sur al igual que tampoco deja señal de la sociedad en las páginas de dicha parte. La naturaleza se vuelve eterna y no tiene ninguna marca de las disensiones políticas que han azotado el país en los años anteriores (Erkkila 295). Whitman parece regresar al subgénero del romance americano, en el que la lucha política o la historia están ausentes. Aunque la Guerra Civil ha significado el fin de dicho subgénero, reemplazado por la novela propiamente dicha, en esta suerte de autobiografía, Whitman parece sentir nostalgia de un país en que las luchas seccionales no existen, un país en cierto modo formado por una sociedad orgánica en el que el poeta desempeñara un papel importante – trascendente podríamos, incluso, decir. Sin embargo, el poeta, después de la guerra, se ha recluido en un lugar aislado en busca de tranquilidad pero, quizás, también consciente de que su labor apenas ha dado frutos entre sus coetáneos. Hay un algo que Whitman no logra resolver. En el capitulito “Nuevos temas entran” dice: “I restore my book to the bracing and buoyant equilibrium of concrete outdoor Nature, the only permanent reliance for sanity of book or human life” (PW I, 120). La declaración viene a certificar que en medio de la sociedad es imposible conseguir el equilibrio, lo cual para un poeta que es urbano, al menos en la misma medida en que es un poeta de la naturaleza, es una derrota. También es cierto que después de su recuperación física Whitman retoma su actividad social, pero queda ya ahí escrito para la posteridad ese tiempo recluido en la naturaleza. No era solo reclusión la que vivió en los hospitales; también en medio del bosque el poeta lo vive.
Como Aarnes señaló, las secciones segunda, tercera y cuarta dan cuenta del alcance de la relación de Whitman con la sociedad en que vivió (402), aunque dicha relación la viviese en soledad durante un periodo más o menos prolongado. La última parte marca la vuelta a la sociedad. Lo destacable es que este regreso no lo es a Brooklyn o a Camden. El poeta se embarca en un viaje que lo lleva por el oeste y Canadá. Las variaciones de la relación desde la más absoluta inmersión en la sociedad de su época hasta el voluntario alejamiento para vivir en soledad y el posterior regreso marcan los pasos de lo que podría fácilmente ser una autobiografía con sus momentos de euforia y de profunda tristeza. Mostraría así las dudas y cambios que la persona experimenta. Logra también enseñar a los lectores la relación conflictiva que el escritor americano mantiene con la sociedad (402). Ya lo he desarrollado con anterioridad pero es hora de volver a traerlo a colación. A pesar de que Whitman se impone la tarea un tanto hercúlea de ser el poeta de Estados Unidos, la historia de la recepción de Hojas de hierba desvela que solo en un estadio muy avanzado de su carrera logró algo parecido a eso, y en cualquier caso, el desengaño ya había hecho mella en su ánimo, como Loving, Reynolds or Erkkila desarrollan.
Que este retorno vaya a continuación de sus apuntes del natural subraya la importancia de la tercera sección. En el fondo son una preparación para la última parte del libro. Al igual que la transición entre la segunda y la tercera parte da mayor fuerza al contraste entre la Guerra Civil y la vida en la naturaleza, a la enfermedad y la muerte frente a la recuperación en medio de la misma, el paso de la sección tercera a la cuarta subraya el contraste entre la soledad y la vida social, entre el modo de vida individualista del que se aísla y el de aquel que vive en medio del tráfago social siendo uno más. Cuando recupera la salud – no olvidemos que en su poesía Whitman siempre se describe como alguien que está en perfectas condiciones de salud – regresa a la sociedad, dejando entrever, quizás, que no se puede vivir en ella mientras uno está enfermo. La enfermedad es una ruptura con el orden natural, de ahí que cuando este se rompe, prevalezca la enfermedad o la guerra, y que, después de un período más o menos extenso de recuperación, logre recomponerse cuando el poeta se ha curado y regresa a lo que es, sin duda alguna, su medio natural: la sociedad.
El retorno no marca el comienzo de un futuro; antes bien, como señala Aarnes, es una ocasión para volver la vista al pasado (415-16). Esto se traslada también a sus capítulos sobre escritores. Whitman fija su atención en escritores anteriores como Edgar A. Poe, Ralph W. Emerson o William Cullent Bryant y deja de lado, como si los ignorara, a la nueva generación, compuesta por, entre otros, Henry James, William Dean Howells, o Mark Twain. El poeta, que estuvo en el centro de la sociedad por decisión propia, que hizo de lo coetáneo una parte muy importante de su poética, al final de su vida se retrae, parece dar un paso hacia la retaguardia y fija su mirada en un pasado del que formó parte en bastantes ocasiones. En cierto sentido, y no carece de razón Aarnes, esa última sección tiene un cierto aire de preparación para la muerte (416).
Reanuda Whitman en este cuarto apartado su vida social y sus intereses anteriores a la guerra. Eso sí, esta vez, aunque no le agrada la sociedad en la que vive, deja entrever una aceptación, incluso un cierto agrado por ella. Hay una aceptación de lo artificioso que la compone. Después de su temporada en medio de la naturaleza Whitman comprende que ese artificio es también expresión y acompañamiento de la misma (420). Hay un marcado paralelismo entre las secciones tercera y cuarta, aunque el lector pueda pensar que la relación es incongruente. La aceptación del artificio es un ejemplo de lo que digo. No por otra razón trata Whtman a la sociedad de modo similar a como ha tratado la naturaleza en sus anteriores apuntes. La estructuración estacional de los apuntes vuelve a repetirse en la última sección, aunque, por supuesto, haya diferencias entre ambos.
El final es ambivalente. Por un lado Whitman vuelve a presentar un país saludable y unido, como apunta Linck Johnson (11). En él vuelve a celebrar al hombre común que ya había aparecido en los inicios de Hojas de hierba y de quien hizo símbolo y elemento central de su poética. Por otro lado, ese viaje al oeste abre perspectivas nuevas. Algunos escritores ya lo habían hecho. Recordemos que Crévècoeur finaliza Cartas de un granjero americano con James, el granjero, tomando rumbo hacia el oeste, y algo similar hace Natty Bumppo, personaje de Cuentos de las calzas de cuero, escritos por James Fennimore Cooper, en Los pioneros (1823) cuando marcha hacia la frontera, por no hablar del personaje de Taipí, de Melville, cuando decide quedarse en las islas. Sin embargo, todos estos personajes regresan a la civilización cuando se percatan de que es imposible su asimilación, que los rasgos civilizados son muy fuertes e impiden que acepten costumbres de los pueblos nativos. Para Whitman, al contrario que para los otros escritores, el oeste ya ha sido incorporado a los Estados Unidos y por tanto admite que se puede vivir en él de un modo similar a si viviera en la costa este: la diferencia, quizás, radique en que en el oeste la unión con la naturaleza es aún posible mientras que en el este la distancia entre el hombre y la naturaleza es cada vez mayor. Aun así, y como si tuviera que repetir el patrón de sus antecesores en la ficción, regresa a Camden con su familia.
En cualquier caso, el viaje por el Oeste es también una afirmación del esplendoroso futuro que espera a los Estados Unidos de América. Es la poética de esa región y el futuro de esa naturaleza salvaje y titánica al tiempo que es la reconciliación con su pasado en las figuras de Emerson y de Carlyle. Es, en suma, una declaración estética en que arte, sociedad y naturaleza van unidas.
Género literario
La cuestión del género literario es de gran importancia en Días ejemplares. A primera vista el libro carece de unidad. Lo componen cuatro partes de temas dispares. No es un libro de ensayos ni tampoco una novela, ni mucho menos son artículos de periódicos recogidos en un volumen para la ocasión. Ciertamente muchos de ellos fueron primero artículos periodísticos en parte o en su totalidad, pero la intención de Whitman no era, desde luego, que fueran solo eso. El periódico, lugar en el que él inició su carrera como escritor, era el primer paso, un medio, también, con el que ganarse la vida. El final estaba siempre en el libro impreso. Tenía presente el autor que el único medio de vencer el tiempo que borra todo recuerdo era el libro impreso. La paradoja residía en que el libro lograba una difusión bastante menor que el periódico, aunque este era más efímero.
Así las cosas, y como hemos visto en los apartados anteriores, varias veces manifestó Whitman su interés por publicar un libro sobre sus recuerdos de la Guerra Civil o sobre los meses que pasó en plena naturaleza. El título, así como la función que debía desempeñar dentro de su obra, sufrieron alguna variación. En 1887 escribe a William T. Stead y le hace partícipe de su intención de publicar una versión revisada de toda su obra que constaría de Hojas de hierba, Días ejemplares y colectánea y Ramas de noviembre en un solo volumen (Corr. IV, 117). A Talcott Williams le escribe en 1882 y le comunica su intención de publicar sus obras en prosa, a las que llama Días ejemplares y colectánea, como un volumen que acompañe a su obra en verso. Días ejemplares tiene la forma de diario mientras que Colectánea – continúa – recoge su obra ensayística, sus escritos literarios, etc. (Corr. V, 316). En 1887 escribe a Ernst Rhys para decirle que está pensando en publicar Días ejemplares y colectánea en dos volúmenes. El primero se titularía Días ejemplares en América y el segundo Perspectivas democráticas y otros escritos. (Corr. VI, 36). A pesar del cambio en el título de ambos volúmenes, Whitman mantiene la división en dos: uno recogería Días ejemplares y el otro Colectánea. Es decir, Whitman tiene muy clara la distinción entre ambas partes de su obra en prosa que, finalmente, acabaría publicando en 1882 como Días ejemplares y colectánea en Estados Unidos y más tarde, en 1887, lo publicará en Londres como Días ejemplares en América y finalmente como Obras completas en prosa en 1892. La parte de Días ejemplares está relacionada con su vida y tiene forma de diario mientras que la de Colectánea es una miscelánea de ensayos de varia lección. El propio Whitman es consciente de que Días ejemplares tiene una coherencia interna, una unidad que subyace a la diversidad aparente que puede surgir en una primera lectura.
Son muchos los críticos que clasifican Días ejemplares dentro del subgénero de las autobiografías. George Hutchinson afirma que el libro es un nuevo modo de autobiografía en que el envejecimiento pone en tela de juicio algunas de las ideas que hasta entonces los lectores habían tenido del subgénero (680). También David S. Reynolds la califica como narrativa autobiográfica (423; 523). Gay Wilson Allen, curiosamente, parece dar a entender que en Días ejemplares hay una parte autobiográfica y otra que no lo es (542). Erkkila las califica como reflexiones personales de su vida y su tiempo: “his personal reflections on his life and times” (293). Alfred Kazin también habla de autobiografía en la introducción que escribe para su edición del libro en 1971 (xx). Por último, y por no alargar en exceso el catálogo de autores que consideran el libro una autobiografía, señalaré que también Jerome Loving en su extraordinario libro sobre el poeta, incluye Días ejemplares dentro del género autobiográfico (26). Al fin, Whitman es un poeta que recoge la tradición literaria y la proyecta hacia el futuro. Por un lado, desde los inicios de su vida poética, va escribiendo una suerte de poema épico – dentro de las coordenadas del siglo XIX – al que llamará Hojas de hierba, y que alumbrará una plétora de continuadores tales como Ezra Pound y sus Cantares, El puente de Hart Crane, Patterson de William Carlos Williams o, en menor medida, Aullido de Allen Ginsberg, todos ellos dentro de la literatura norteamericana. Por otro lado, al final de su vida retoma un subgénero que había sido muy popular en la literatura de los Estados Unidos, la autobiografía, y le infunde un tono nuevo.
Ya desde las excursiones que llevan a cabo los primeros exploradores, hay en la literatura norteamericana formas autobiográficas, como apunta Sayre (146). A la descripción y la promoción de las nuevas colonias fue unida, desde sus inicios, la vida de quienes las habitaban. Esto podría explicar que la autobiografía haya sido un modo literario de gran importancia en los Estados Unidos, incluso que llegara a identificarse la autobiografía en América con la misma América (147).
Elizabeth Aldrich da resumida cuenta de la tradición del subgénero en los Estados Unidos y señala sus orígenes en los puritanos (19). Eran estos el grupo social más culto y el más consciente de lo que eran entre los que habitaron las colonias británicas en América. No en vano, en el centro de su cultura – y esto incluye, no lo olvidemos, también la teología – subyacía la ejemplaridad de la vida y el examen de conciencia. El repaso crítico que diríamos hoy a la propia vida podía enseñar algo a los demás. Ese inventario implicaba mucho más que el mero recuento de sucesos recordados. Había que examinar la vida, juzgarla, interpretarla e incluso justificarla para poder hacer de ella una narración.
Que fueran un grupo cultivado gracias a la importancia que concedían a la educación humanística como medio para transmitir el mensaje de Dios, les permitió disponer de modelos literarios, europeos por supuesto, en un primer momento. Nadie puede negar la impronta de las Confesiones de Agustín de Hipona en el desarrollo de la autobiografía. A ese temprano ejemplar algunos añaden los ensayos de Michel de Montaigne, obra que, a mi entender, queda fuera de lo autobiográfico, aunque sea la que inicia, al decir de los estudiosos, las vueltas y revueltas de la subjetividad individual en la literatura. Y a pesar de todo, esa conciencia de lo que son como individuos y como grupo que tan arraigada y tan fuerte tienen los puritanos no es sino otro modo de denominar la propia subjetividad. Poca duda cabe de que aunque sus afanes fueran eminentemente trascendentales, dicha subjetividad los unía con gran fuerza a este mundo, de ahí que no haya que extrañarse de que el examen de conciencia acabara en vida narrada por uno mismo o por alguien ajeno, o incluso en vida narrada no del individuo sino del grupo, o lo que es lo mismo, igual escribían la vida de una persona que la historia de su comunidad o de la colonia en que viven (Elliott 205-225). Junto a estos modos de lo biográfico, e influidos en gran medida por la autobiografía, coexisten otras narraciones de corte biográfico tales como las narraciones de cautividad y las de conversión así como, algo más tarde, las narraciones de los esclavos. Todas comparten un fondo común – que es ese examen de una vida con la vista puesta en la eterna (o en un futuro terrenal libre ya de la opresión) –, lo que da idea de la importancia que lo autobiográfico tenía en la cultura puritana; importancia que, dicho sea de paso, aumentará cuando, con el discurrir del tiempo, se secularice. Los orígenes religiosos infundieron en las autobiografías la noción de que la vida tenía que ser la consecución de unas ideas, que en un primer momento fueron religiosas pero que más tarde tuvieron una impronta terrenal. De este modo el autor era un alguien y al mismo tiempo era un algo: un algo por lo que vivía, por lo que creía, por lo que trabajaba. (Sayre 150). Así, la subjetividad estaba marcada en una medida muy importante por las ideas que guiaban o los objetivos que el escritor se señalaba en la vida.
Es bueno tener en cuenta que para un escritor la decisión de escribir su vida no surge como un empeño definido desde el primer momento. Más bien, hay que pensar en que primero escribiría un diario y que, con el tiempo, pondría en limpio lo escrito para uso privado y lo convertirían en algo público. De ahí que Aldrich señale con acierto que estas autobiografías puritanas surgidas de las anotaciones diarísticas ocupan un extraño lugar entre lo privado y lo público. Quizás también esa sea la razón por la que la intimidad o las mínimas anotaciones sobre lo cotidiano aparezcan en ellas. El paso de lo privado, en general carente de ambiciones, a lo público, donde hay que presentar un rostro más volcado hacia lo comunitario, permitía, a veces por descuido, que lo cotidiano permaneciera en la obra definitiva. Eran frecuentes los casos en que las narraciones autobiográficas, didácticas, ejemplarizantes, no se publicaban en vida del autor. Esto no parecía que importarles mucho pues, aunque eran conscientes de las dificultades que podían encontrar si querían darlo a la imprenta, no por eso dejaban de escribir teniendo siempre presente a un lector, ideal en este caso.
Es necesario matizar que ni en la época colonial ni en la época de los inicios de la república podemos hablar de autobiografías como tales. Como señala Daniel Shea, la autobiografía surge como tal género en los Estados Unidos en 1809 (25). Así, si utilizamos el término autobiografía es siempre de modo figurado. Es lo que ocurre con la de Benjamin Franklin. Es un lugar común que su título más conocido sea La autobiografía de Benjamin Franklin. Si consultamos el título que él le dio, observamos que dicho término no aparece hasta 1906 en la edición que hace Bruce Rogers del escrito. Las ediciones de los siglos XVIII y XIX vacilan entre la expresión vida de y el vocablo memorias. Así, las dos publicaciones periódicas que avanzan el texto lo titulan “Historia de la vida y de la naturaleza de Benjamin Franklin” publicado por el Dr. Henry Stuber en Universal Asylum and Columbian Magazine entre mayo de 1790 y junio de 1791 y “Memorias del difunto Benjamin Franklin” publicado por Matthew Carey en American Museum entre julio y noviembre de 1790. A partir de esas dos publicaciones se suceden otras, en inglés y en francés, que insisten en la historia de una vida o en las memorias: Mémoires de la vie privée de Benjamin Franklin, écrits par lui-même, et adressés a son fils. Trad. Jacques Gibelin. París: Chez Buisson, 1791 u Obras del difunto doctor Benjamin Franklin: Contiene su vida escrita por él mismo, junto a ensayos humorísticos, morales y literarios. 2 vol. Londres: G.G.J. and J. Robinson, 1793. Del mismo modo, en su correspondencia el propio Benjamin nunca menciona la palabra autobiografía. Como podemos leer en la edición crítica preparada por J.A. Leo Lemay y P.M. Zall, en sus cartas a Matthew Carey, al duque de la Rochefoucauld o a Benjamin Vaughan, utiliza los términos ‘memoria’ o ‘historia de mi vida’ (205-206).
Las memorias de Franklin son interesantes por lo que cuentan y por el momento en que las escribe. En el aspecto religioso la presencia de un elemento moral cada vez más alejado de la religión en sí, aunque sin negarla completamente, es cada vez mayor. Este elemento moral está presente en Franklin y es uno de los pilares de su escrito, como señala Sanford (1954). Así, la historia de su vida es una fábula moral secularizada que tiene como modelo El curso del peregrino de John Bunyan. El interés de Franklin radica en la instrucción moral pública con el propósito de formar un nuevo hombre para la nueva sociedad que eran los Estados Unidos independientes. Sanford toca el tema espinoso de la forma del escrito de Franklin pues varios críticos, Carl Van Doren entre otros, habían señalado que no tenía una forma clara así como que carecía de modelos. Sanford, por el contrario, argumenta que el modelo es el mencionado libro de Bunyan y que gracias a él logra escribir una alegoría de la clase media americana. Es el didactismo lo que sirve de hilo conductor y remedia en cierta medida esa falta de forma, o como dice Shea, ese aspecto provinciano (38).
Hay que entender el texto como una alegoría dieciochesca y no como una narración de una vida interior. Fíjese el lector que la intimidad de Franklin está ausente del texto y que tampoco da cuenta de la crisis social que el paso de las colonias a la República pudo suponer (Shea 39-40). Franklin se examina, se juzga, se observa siempre desde fuera y así crea un arquetipo de su época y de su país (Levin 1964). Es en el fondo, un experimento, junto con otras biografías del yo – en la terminología de Stephen Arch – para crear un yo textual (Arch 47). Entiende Benjamin la vida como un texto con sus erratas y correcciones, un texto que alguien prepara para editarlo.
No es la única autobiografía de la época. Arch estudia varias en su libro After Franklin: The Emergence of Autobiography in Post-Revolutionary America 1780-1830 (2001). También estudia Cartas de un granjero americano de John Hector St. John of Crévècoeur como un tipo de autobiografía (34-ss). A estas hay que añadir la que el propio Thomas Jefferson escribe, o las narraciones de los esclavos, subgénero narrativo que conocerá un inusitado auge entre los siglos XVIII y XIX. Es, sin duda alguna, un modelo muy importante que consigno aquí aunque no lo estudie con detalle por desviarnos del tema.
Durante el Romanticismo americano la autobiografía, ya sea como tal o como algo que subyace al impulso de las obras, está presente en muchas de estas, como afirma Lawrence Buell (47), y durante el Romanticismo sobre todo domina el modo autobiográfico más que el género en sí; así, el lector se va a encontrar con muchas obras que tienen un cierto aire de narración de la vida, ya sea de un modo privado ya de uno público. Esto es así porque los géneros que dominan son el ‘romance’ y la poesía, a los que se añade a partir de Edgar A. Poe y Nathaniel Hawthorne, el cuento. La autobiografía no tiene la fuerza de estos, aunque irá adquiriéndola ya sea mediante la acentuación de los rasgos autobiográficos en obras que no lo son o con el reforzamiento del género autobiográfico en sí. No es de extrañar, por tanto, que Poe pueda imprimir a sus cuentos un carácter confesional que no es autobiográfico, aunque utilice rasgos del género, por ejemplo en “El gato negro” o que el mismo Whitman escriba poesía con materiales de su propia vida, que abarca la real y la imaginada, en “Canto de mí mismo”. También en Emerson la anécdota personal es un elemento principal en sus ensayos, aunque en cierto sentido destruye la autobiografía como tal. Por no hablar de Emily Dickinson o de Herman Melville, cuyo Taipí es un ejemplo magistral de mezcla de lo autobiográfico y la ficción. La consecuencia, en cualquier caso, como Buell señala, es que los autores toman una mayor conciencia de las posibilidades y exigencias del género (50).
Durante este periodo hay un motivo que es común a toda la escritura autobiográfica y es el problema de la representación del yo autobiográfico. Esto tiene como consecuencia un titubeo creativo pues por un lado el autor ha de representar el yo en su singularidad al tiempo que las convenciones literarias le dictan que ha de objetivar y universalizar el objeto de su escritura, que en este caso es su propio yo. Así pues, el yo oscila entre lo que es en su intimidad y su figura como una función narrativa que tiene un lado público (55).
Fijémonos en Emerson, quien insiste en que el examen de la propia vida ha de ser el objetivo, aunque dicha inquisición tenga como referencia el alma universal que habita en las almas individuales (Harding 58). No en vano, en su diario escribió que su época era la de la primera persona en singular (JMN III, 70). Se entiende así que el ensayo “Cultura personal” sea en gran medida un escrito sobre lo autobiográfico (Harding 57). Ahora bien, esa primacía del yo no logra solidificarse en ninguna obra autobiográfica como tal. La razón no es otra que la preferencia emersoniana por aquello que está en proceso, por todo lo que está formándose. La vida examinada e interpretada no le interesa a pesar de que sus raíces culturales se hunden en el Puritanismo. Harding argumenta que el símbolo temático del círculo es indicativo de ese desdén o precaución o desinterés por la narración de la propia vida, pues el propio círculo choca con la idea de construir una vida formada en su totalidad y por tanto analizable e interpretable. Al fin y al cabo, un proyecto con tales objetivos era un proyecto que estaba cerrado al futuro, algo que, por lo visto, a Emerson parecía no interesarle (60-61).
La influencia de Emerson es tan grande que no es de extrañar que autores como Thoreau y Whitman también coloquen al yo en el centro de sus indagaciones literarias. Así, constituyen un yo que es un problema en el momento en que ese mismo yo se afirma con gran fuerza en la sociedad. La salida natural que tienen es, pues, la escritura del yo aunque, en sus respectivos casos, Walden y Hojas de hierba, ese yo se disuelva (Harding 59).
Walden es uno de los ejemplos que siempre aducen los críticos al tratar la autobiografía en el Romanticismo americano. Es un caso paradigmático, sin duda alguna, al tiempo que es una especie de refutación de las ideas emersonianas del poeta como representante de la sociedad. Walden es la narración de la vida de un particular en un bosque concreto (67). En cierto sentido sigue muy de cerca las ideas de Gusdorf acerca de la autobiografía (28-48). Thoreau agrupa momentos de su vida para crear un conjunto que sea detallado y que forme una narración que tenga sentido (Harding 67). Walden es mucho más que eso, no cabe duda, pero la ejemplaridad que el autor quiere comunicar se impone en todo momento (68). El yo de Walden, no deberíamos olvidar lo que Ruland dijo, es una personalidad cuya existencia es deliberadamente verbal (77).
Hay una paradoja muy interesante en el estudio de la obra de Whitman. Pocos son los críticos que nieguen el impulso autobiográfico en él; otra cosa es lo que cada estudioso considera que es dicha escritura. Sirvan a este respecto dos ejemplos. Para Brian Harding, entre muchos otros, Hojas de hierba es la autobiografía del poeta. Entiende que Whitman buscaba con ese libro una suerte de autobiografía universal al modo en que Emerson había interpretado la obra de Dante (63). El propio Whitman escribe de ello a William O’Connor en enero de 1865:
I am satisfied with Leaves of Grass (by far the most of it) as expressing what was intended, namely, to express by sharp-cut assertion, One’s-Self & also, or may be still more, to map out, to throw together for American use, a gigantic embryo of skeleton of Personality, fit for the West, for native models. (Corr. I, 247)
Whitman da dos claves importantes para entender Hojas de hierba. El libro es expresión de su yo. Al mismo tiempo es un modelo para una sensibilidad americana. De un modo que incluye lo metafórico y lo real, el libro es una exploración de la sensibilidad americana desde la mirada y la vida de un individuo, lo que Harding más tarde llama “auto-American-biography” (63). Como es bien sabido, los límites entre la vida y la ficción son difusos. No todo lo que el poeta cuenta que vivió, lo vivió en sus carnes, pero era necesario que así quedara en su poesía si quería ofrecerse como el modelo de poeta que Emerson había esbozado en “El poeta”. Así, en el curso del libro, el lector asiste al paso de una autobiografía individual a otra de América. En el modo en que Whitman logra dar el salto, de proporciones colosales, y que tienen en su ser el impulso de la épica, radica la grandeza del libro de poemas.
En “Una mirada retrospectiva a carreteras transitadas” (1888) Whitman reafirma, como bien observa Harding, el propósito que lo animó durante la escritura de Hojas de hierba. A pesar de la importancia que “Una mirada retrospectiva…” tiene dentro de la obra del norteamericano, el otro ejemplo de escritura autobiográfica es el de Días ejemplares. Este libro plantea algunos problemas en cuanto al género literario así como en cuanto a la unidad de la obra, como ya hemos visto. La consideración de ambos juntos y no por separado ayuda, sin duda alguna, a entender el propósito del libro.
Buell da cuenta de algunas de las características importantes. No está organizado en capítulos, tiene un aire de improvisación – que luego se revela falso, – que desconcierta al tiempo que agrada – no olvidemos que es un artificio retórico, – está organizado como un diario – pero no en todas sus partes, – muchos de los capítulos apenas ocupan uno o dos párrafos (62). Añadamos que a pesar de esa brevedad de los capítulos, el libro no se organiza en torno al concepto del fragmento, algo que había hecho fortuna en el Romanticismo y que más adelante Friedrich Nietzsche llevará a su cumbre. De ahí que Buell diga que Whitman presenta su yo de un modo bastante más inseguro de lo que otros escritores norteamericanos del período hacen (61-62).
Esto le lleva a estudiar Días ejemplares no como una autobiografía lograda sino como un ejemplo de los problemas que el género autobiográfico plantea al escritor. El libro tiene, para Buell, dos temas centrales: los recuerdos de la Guerra Civil y los apuntes del natural, que Whitman no logra unir (63). Junto a esta consideración, observa que Días ejemplares es el resultado de toda una vida dedicada a la escritura. No hay que ver este libro como un hecho aislado en la carrera del poeta. Es, en realidad, la consecuencia, cabría decir incluso la conclusión, de la evolución que el yo poético sufre en la escritura anterior de Whitman. Divide, así, en tres etapas la obra. La primera tiene como obra principal la edición de 1855 de Hojas de hierba y su yo optimista y abierto al mundo. La segunda etapa tiene como centro la edición de 1860 en la que el yo se vuelve sobre sí mismo y adquiere unos tonos más íntimos, menos universales y más centrados en el individuo concreto, quizás como consecuencia, entre otras razones, de los desengaños que sufre y que se reflejan en un reordenamiento que pone como cierre del libro el poema “¡Hasta siempre!” El tercer momento dentro de dicha carrera es Días ejemplares del que dice que es la relación de la vida de un yo vulnerable y finito que se acerca más que en los casos anteriores al Whitman real. Aun así, Buell argumenta que en el libro el personaje narrador está objetivado por una voz literaria que recuerda a los ensayistas británicos de la época victoriana, al tiempo que en bastantes ocasiones el libro dirige su mirada a acontecimientos externos y no internos (63). Como resumen de lo expuesto, el crítico concluye que en Días ejemplares Whitman tiene que conciliar las dos líneas de fuerza que informan la escritura autobiográfica de su época. Ha de unir el yo “normalizado” propio de las expectativas de la sociedad al yo individual libre y sin ataduras (64).
Al fin, la autobiografía romántica americana se mueve entre la posibilidad de retoñar o de erosionarse culturalmente, según Buell (65), entre la evolución o la petrificación. La razón reside en la idea transcendentalista del yo. A pesar de los cambios en la apariencia, había un sustrato inamovible, un yo real que permanecía a lo largo de la vida de las personas. Este, sin embargo, no puede crear una idea de vida que logre durar tanto como el propio yo (Harding 69-70). La ausencia de estabilidad obliga a un continuo esfuerzo en pos de la creación de esa vida más allá de las apariencias. Esta puede ser una razón para comprender los distintos apartados en que Días ejemplares está dividido. La autobiografía ya como tal continúa en los siglos XIX y XX en ocasiones con gran favor del público. No es, sin embargo, mi tarea continuar con su desarrollo histórico. Me interesaba señalar los pasos fundamentales de la misma hasta llegar a Whitman con el propósito de explicar Días ejemplares. Esa es también una de las razones por las que no haya entrado en honduras teóricas, sin duda muy interesantes y necesarias. Los libros de Couser, Memoir, de Olney, Studies in Autobiography, o The Cambridge Companion to Autobiography sirven de apoyo para quien quiera iniciarse en la tarea pero están fuera del campo de esta introducción.
Como ya he apuntado, el libro es una autobiografía que, escrita en el declinar de su vida, ofrece un ángulo nuevo. Al fin y al cabo, Whitman era consciente de que el mundo que lo rodeaba había cambiado sustancialmente y que acaso una salida para esos años que le quedaban consistía en refugiarse en la memoria y en la épica del pasado o en una naturaleza estática fiel a sus ciclos de la que el tiempo histórico está ausente. Es el narrador el que une las cuatro secciones del libro. No es solo una voz y un estilo que confieren unidad, es, por encima de todo, un modo de contemplar la vida desde la última curva del camino, una especie de despedida una vez que ha visitado los lugares que le fueron queridos. Fue su última obra de aliento largo y, tal como él la entendía, la compañera en prosa de sus poemas. Y a pesar de la voluntad de Whitman, es también un libro que puede leerse por sí solo, sin que necesite de la compañía, ayuda o apoyo de su poesía.
Valladolid – Boulder, 2014-2018
DÍAS EJEMPLARES
EL MANDATO DE UNA HORA FELIZ11
En el bosque, 2 de julio de 1882.— Si pienso hacerlo, no debo demorarlo más. Incongruente y plagado de deslices y saltos como es el montón de notas del diario, apuntes de guerra entre 1862 y 65, notas sobre la naturaleza entre 1877 y 1881 con posteriores observaciones del oeste y de Canadá, todas amontonadas y atadas con una gran cuerda, la resolución – el mandato, a decir verdad – me llega en este día y a esta hora, – (¡y qué día!, ¡qué hora acababa de pasar! El lujo de la hierba alegre y de la brisa acompañada del sol, el cielo y la temperatura perfecta, que hasta entonces no habían llenado ni mi cuerpo ni mi alma) – para irme a casa, deshacer el hatillo, desenrollar las notas del diario y otros apuntes, tal y como son, extensos o breves, uno detrás de otro,* y dejar que la miscelánea se las apañe sola con sus carencias y fallos de cohesión. En cualquier caso, ilustrará una fase de la humanidad; qué pocos días y horas (y no a causa de su valor relativo o de su proporción, sino de la casualidad) dejamos anotados. Probablemente, otro hecho también, cómo preparamos durante largo tiempo algo, planeándolo, reuniendo información y pensándolo, y entonces, cuando llega el momento de hacerlo, nos encontramos con que aún no estamos preparados, y dejamos que aquello se desmorone, de tal modo que la prisa y el desaliño cuentan la historia en vez de hacerlo el trabajo bien hecho. En cualquier caso, sigo el mandato de mi hora feliz, que curiosamente parece imperativo. Quizás, si no hago otra cosa más, dé a la luz el libro más impredecible, espontáneo y fragmentario que jamás se haya impreso.
* Las páginas de la 81 a la 99 son una carta casi literal y coloquial de enero de 1882 a un amigo insistente.12 A continuación, detallo algunas experiencias penosas. La guerra que intentó la secesión ha sido, por supuesto, el hecho capital de mi tiempo. A finales de 1862 – y sin pausa durante el 63, 64 y 65 – comencé a visitar enfermos y heridos de guerra, tanto en el campo como en los hospitales de la ciudad de Washington y sus alrededores. Desde el principio llevé conmigo cuadernos de notas para apuntar impresiones espontáneas que pudieran más tarde refrescarme la memoria de nombres y circunstancias, así como de lo más necesario, etc. En ellos apunté casos, personas, escenas, sucesos en el campamento, a pie de cama, y no pocas veces junto a los cadáveres. Algunas fueron entresacadas de historias que oí y apunté con detalle mientras miraba, esperaba o atendía a alguien en medio de la escena. Guardo docenas de estos cuadernitos de notas, que recrean una historia especial de esos años, solo para mí, repletos de asociaciones que jamás podré decir ni cantar. Ojalá pudiera transmitir al lector estas asociaciones que van unidas a estos pliegos sucios y arrugados, cada uno de una o dos hojas, doblados en dos para que quepan en los bolsillos, abrochados con un imperdible. Los dejo tal y como estaban cuando, después de la guerra, los arrumbé, manchados más de una vez de sangre, escritos con prisa, a veces en la clínica, no pocas veces en medio de la excitación que procura la incertidumbre, o la derrota, o la acción, o su preparación, o una marcha. La mayoría de las páginas entre la 104 y la 149 son copia, palabra por palabra, de esos cuadernitos manchados de sangre.
Muy diferente son los apuntes que le siguen. Un tiempo después de que la guerra hubiese acabado, sufrí una hemiplejía, que me dejó postrado varios años. Hacia 1876 empecé a superarlo. Desde ese año estuve temporadas, sobre todo los veranos, en una casa retirada en el condado de Camden, Nueva Jersey – el río Timber, un riachuelo (viene del gran Delaware, a doce millas de distancia) – en lugares retirados que el hombre no ha alterado, un curso serpenteante, laderas de río de difícil acceso entre arbustos, manantiales de abundante agua, y todas las gracias que proporcionan los pájaros, la hierba, las flores salvajes, los conejos y las ardillas, los robles viejos, los nogales, etc. En esos años, y en esos lugares, escribí la mayoría del diario a partir de la página 150.
La MISCELÁNEA posterior reúne los recortes de todo tipo de escritos de distintos momentos del pasado que he podido reunir y que ahora recojo como si fueran peces dentro de una red.
Supongo que publico y dejo toda la recolección, primero, por esa tendencia eterna a perpetuarse y preservarse que subyace en la Naturaleza, incluidos los autores; segundo, para destacar dos o tres ejemplos nacionales, personales y de otro tipo entre los millones de mi época, la mitad del siglo diecinueve en el Nuevo Mundo; un tiempo extraño, sin ataduras, asombroso. Pero el libro carece probablemente de un propósito definido que pueda resumir en una frase.
RESPUESTA A UN AMIGO INSISTENTE13
Me preguntas por detalles y cosas de los inicios de mi vida – la genealogía y el parentesco, en concreto de mis antecesores, y del pasado holandés por parte materna – por la región donde nací y me criaron, y a mi padre y a mi madre con anterioridad y mucho antes a los suyos – en una palabra, por Brooklyn y Nueva York; por los años que allí viví como zagal y hombre joven. Dices que quieres saber estos detalles por ser los antecedentes y embriones de Hojas de hierba. Muy bien; tendrás siquiera algunos ejemplos de todos ellos. He pensado con frecuencia en lo que tales cosas significan – uno solo puede abarcar y completar asuntos de esa naturaleza si explora lo que hay detrás de sí mismo, quizás a gran distancia, de manera directa, en su génesis, los antecedentes y el conjunto de todas las etapas. Por azar, en época reciente, entretuve el tedio causado por una semana de confinamiento debido a una medio enfermedad, reuniendo y examinando todos estos papeles para otro propósito (aún inacabado, y con toda probabilidad abandonado); y si te satisfacen – verídicos en cuanto a la fecha y a los hechos simplemente, y contados a mi manera locuaz – aquí los tienes. No me detendré en hacer extractos, pues me agarro a cualquier cosa para ahorrarme trabajo; serán las mejores versiones de lo que quiero dar a conocer.
GENEALOGÍA – VAN VELSOR Y WHITMAN14
Los últimos años fueron testigos de la vida que la familia Van Velsor, el lado materno, pasó en su granja de Cold Spring, en Long Island, en el estado de Nueva York, cerca del borde oriental del condado de Queens, a una milla del puerto*. Por el lado paterno – probablemente la quinta generación desde que llegaron los primeros pobladores a Nueva Inglaterra – cultivaron su propia tierra – (y era un terreno hermoso, 500 acres, todos de buena tierra, con suaves pendientes al este y al sur; una décima parte era bosque con árboles enormes), a unas dos o tres millas del condado de Suffolk, en West Hills. El apellido Whitman en los estados de la costa este, que se ramificaron por el oeste y por el sur, empieza, sin duda alguna, con un tal John Whitman, que nació en 1602, en la vieja Inglaterra, donde creció, se casó y tuvo a su primogénito en 1629. Arribó a América en el Amor verdadero en 1640, y vivió en Weymouth, Massachusetts, que se convirtió así en el hervidero desde el que partieron todos los habitantes de Nueva Inglaterra que llevan ese nombre. Murió en 1692. Su hermano, el reverendo Zechariah Whitman, también llegó en el Amor verdadero, con él o un poco más tarde, y se asentó en Milford, Connecticut. Un hijo de este Zechariah, de nombre Joseph, emigró a Huntington, en Long Island, y se estableció allí para siempre. El Diccionario genealógico de Savage15 (vol. IV, pág. 524) da noticia de que la familia Whitman se estableció en Huntington a partir de este Joseph, antes de 1664. Es bien cierto que desde los inicios, y desde Joseph, los Whitman de West Hills, y los otros del condado de Suffolk, entre ellos yo, se han desplazado desde allí a otras zonas. John y Zechariah fueron y volvieron de Inglaterra varias veces; sus familias eran extensas, y algunos de sus hijos nacieron en el viejo país. Tenemos noticia del padre de John y Zechariah, Abijah Whitman, que llega en los años de 1500, pero poco más sabemos de él, salvo que también vivió un tiempo en América.
Estos viejos recuerdos del pasado familiar surgen a propósito de la visita que no hace mucho (a mis 63 años) hice a West Hills y a los terrenos donde están enterrados mis antepasados de ambas ramas. Copio algunas notas de esa visita, que entonces y allí escribí:
* Long Island fue fundada por los holandeses en la parte occidental, en la parte oriental por los ingleses – la línea divisoria de las dos naciones estaba un poco al oeste de Huntington, donde la familia de mi padre vivió y donde yo nací.
LOS CEMENTERIOS DE LOS ANTIGUOS WHITMAN Y VAN VELSOR16
29 de julio de 1881.— Después de más de cuarenta años sin haber ido (si exceptuamos una breve visita que hice con mi padre dos años antes de que muriera), me acerqué a Long Island, en un viaje breve de una semana, hasta el lugar en que nací, a treinta millas de la ciudad de Nueva York. Paseé por los viejos lugares familiares mientras observaba, recordaba y meditaba largo rato, y todos los recuerdos regresaban. Fui a la vieja casa familiar de los Whitman en la parte alta del estado y miré hacia el este, dejando que la vista fuera hacia el sur, hacia las tierras de labranza hermosas y extensas de mi abuelo (1780) y de mi padre. Allí estaba la casa nueva (1810), el gran roble de ciento cincuenta o doscientos años de antigüedad; el pozo, la huerta en pendiente junto a la cocina y algo más allá los vestigios bien conservados de la vivienda de mi bisabuelo (1750-60) aún en pie con sus vigas recias y los techos bajos. Cerca de allí, un jardín majestuoso de nogales negros, altos, macizos, hermosos, apolíneos, los hijos o los nietos, sin duda, de los nogales de 1776 o de otros anteriores. Al otro lado de la carretera se extiende el famoso manzanar, de más de veinte acres, con árboles plantados por manos (las de mi tío Jesse) que yacen tiempo ha en la tumba, pero aún muchos de ellos florecen y dan sus frutos anuales.
Escribo estas líneas sentado en una tumba antigua (sin duda de al menos un centenar de años) en la colina donde enterraron a muchas generaciones de Whitman. Puedo contar más de cincuenta tumbas en buen estado y casi otras tantas que apenas se distinguen – túmulos deshechos, piedras desmoronadas cubiertas de musgo – la colina gris y estéril, los grupos de castaños más allá, el silencio atenuado por el murmullo del viento. Uno encuentra siempre la honda seducción de un sermón o de un poema en cualquiera de estos cementerios que tanto abundan en Long Island; así pues, ¿qué significa este para mí? Toda mi historia familiar, con su sucesión de enlaces desde el primer enclave hasta el día de hoy, se encuentra aquí – tres siglos se reúnen en este terreno estéril.
El día siguiente, 30 de julio, lo dediqué a la localidad materna, que me impresionó aún más, si eso fuera posible. Escribo este párrafo en la colina donde están enterrados los Van Velsor, cerca de Cold Spring, el cementerio más impresionante que uno pueda imaginar, al que el arte no ha ayudado; al contrario, va muy por delante del mismo; es un terreno estéril, en su mayoría una meseta de medio acre en la cima de la colina, rodeada de arbustos, árboles añosos y vegetación densa, muy primitivo el lugar, aislado, sin visitantes ni carretera (no puedes llegar en carro, tienes que traer a los muertos a hombros y continuar a pie). Entre cuarenta y sesenta tumbas sin adornos; y casi el mismo número de otras de las que apenas quedan señales. Mi abuelo Cornelius, mi abuela Amy (Naomi) y numerosos familiares cercanos o remotos, por parte de mi madre, yacen enterrados allí. El lugar donde estuve, de pie o sentado, el olor delicado y salvaje de la vegetación, la lluvia fina, la atmósfera que lo envolvía, y los recuerdos que surgieron, todos fueron buenos acompañantes.
LA CASA FAMILIAR MATERNA17
Anduve unos cuatrocientos metros desde este lugar antiguo y grave hasta donde estaba la casa familiar de los Van Velsor, donde nació mi madre (1795) y donde todo me recordaba a mi niñez y juventud (1825-40). Entonces se alzaba una casa de planta irregular, oscura, de paredes recubiertas de guijarros, con cobertizos, corrales, un granero amplio y muchos terrenos alrededor. Nada queda de todo eso; han derribado todo, lo han arrancado, el arado ha removido los cimientos, los terrenos, todo, durante muchos veranos; vallado todo ahora, el cereal y el trébol crecen como en los otros campos. Solo un agujero enorme en la bodega, y unos pequeños montones de piedras quebradas, cubiertas de verdes hierbajos, permitían reconocer el lugar. Incluso el caudaloso riachuelo y la fuente parecían haberse secado. Toda la escena y lo que convocaba: los recuerdos de la juventud allí vivida medio siglo atrás, la amplia cocina y el hogar grande, y la sala de estar contigua, los muebles austeros, las comidas, la casa llena de gente alegre, la dulce cara anciana de mi abuela Amy bajo su cofia de cuáquera, mi abuelo “el Comandante”, jovial, rojizo, fuerte, con su voz potente y su fisonomía inconfundible, junto con lo que aún quedaba de todo ello, fue lo que más me impresionó del viaje de solo medio día.
Allí en medio de ese entorno boscoso, entre colinas, saludable, creció mi querida madre, Luisa van Velsor – (su madre, Amy Williams, de los Amigos, más conocidos como cuáqueros – la familia Williams, siete hermanas y un hermano – este y el padre, marineros; los dos encontraron la muerte en el mar). Los van Velsor eran conocidos por los caballos de cabañas seleccionadas que criaban y domaban. Mi madre, cuando era una mujer joven, era una amazona atrevida y constante. Por lo que se refiere al cabeza de familia, de origen neerlandés, arraigado en la isla de Manhattan y en los condados de Kings y Queens, nunca hubo un espécimen más manifiesta y plenamente americano que el comandante Cornelius van Velsor.
DOS INTERIORES FAMILIARES ANTIGUOS18
De la vida doméstica en el centro de Long Island, en esa época y un poco antes, doy dos muestras:
“Los Whitman, al comienzo del siglo en curso, vivían en una granja de un piso y un altillo, hechos de madera, que aún se conserva. Una gran cocina con una cubierta oscura, con un hogar inmenso y una chimenea, ocupaban un extremo de la casa. La existencia de la esclavitud en Nueva York en esa época, y la posesión, por parte de la familia, de entre doce y quince esclavos, siervos en la casa y en el campo, daba a las cosas un aire patriarcal. Los jóvenes de color, como en un enjambre, a la caída del sol, en dicha cocina, sentados en círculo en el suelo, mientras tomaban budín indio y leche para cenar. En la casa, en las comidas y en el mobiliario, todo era vulgar pero abundante. No conocían ni las alfombras ni las estufas, tampoco el café, y el té y el azúcar solo lo tomaban las mujeres. El fuego de leña calentaba e iluminaba las noches de invierno. Los cerdos, aves, vacas, verduras y cereales eran comunes y copiosos. La sidra era la bebida común entre los hombres y la tomaban a la hora de las comidas. La mayoría de la ropa era de elaboración casera. Los viajes, tanto de hombres como de mujeres, eran a lomos de caballo. Los dos sexos trabajaban en labores manuales – los hombres en la granja, las mujeres en la casa y alrededores. Apenas había libros. El ejemplar anual del almanaque era un lujo y lo leíamos una y otra vez en las largas tardes de invierno. No quiero dejar de mencionar que ambas familias vivían lo suficientemente cerca del mar como para contemplarlo desde un lugar elevado y oír en las horas tranquilas el rugido de las olas; estas, después de la tormenta, emitían un sonido especial por la noche. Entonces, de todos lados, hombres y mujeres, bajaban con frecuencia a la playa para bañarse, y los hombres en excursiones para cortar los herbazales costeros, y para pescar y coger cangrejos.” John Burroughs. Notas.19
“Los ancestros de Walt Whitman, tanto por el lado paterno como por el materno, eran buenos anfitriones, así como hospitalarios, guardaban las formas y tenían una excelente reputación en el condado. También eran, con frecuencia, de marcado carácter individualista. Si el espacio me lo permite, me gustaría dedicarlo a algunos de los hombres que merecen una atención especial; y aún más, a algunas de las mujeres. Su bisabuela, por el lado paterno, por ejemplo, era una mujer alta de tez oscura, que vivió muchos años. Fumaba tabaco, montaba a caballo al igual que los hombres, dominaba al caballo más impetuoso y, al enviudar ya a una edad avanzada, se dirigía todos los días a sus tierras de labranza, con frecuencia en su montura, para dirigir la labor de los esclavos, con un lenguaje en el que, en ocasiones tensas, no ahorraba imprecaciones. Las dos abuelas siguientes eran, en el mejor de los sentidos, mujeres superiores. La materna (Amy Williams de soltera) era una Amiga, o cuáquera, de carácter dulce y sentimental, ocupada en sus labores hogareñas, muy intuitiva y espiritual. La otra (Hannah Brush) era igual de noble, con un carácter quizás más fuerte, vivió muchos años, y tuvo una gran descendencia. Era una mujer natural, maestra cuando joven, y de ideas claras. El mismo W.W. alaba a las mujeres de su familia que lo precedieron.” Íbid.20
En este grupo de personas y lugares nací yo el 31 de mayo de 1819. Describiré ahora durante un tiempo el lugar – pues las sucesivas etapas de mi vida: infancia, niñez, juventud y madurez, las pasé en Long Island, de la cual me siento a menudo una parte. La he recorrido cuando era niño y siendo adulto, y he vivido en casi todas sus zonas desde Brooklyn hasta Montaouk.
PAUMANOK, JUVENTUD Y ADOLESCENCIA21
Valioso de verdad, merecedor de una pesquisa este Paumanok (por darle al lugar su nombre nativo*) se extiende hacia el este por los condados de Kings, Queens y Suffolk, un total de ciento veinte millas –en la zona norte del brazo de mar de Long Island, un grupo hermoso, variado y pintoresco de isletas, “cuellos” y ensanches parecidos a los marítimos – durante unas cien millas hacia Puente Oriente. Por el lado del océano, la gran bahía del sur punteada con innumerables montículos, la mayoría pequeños, algunos bastante grandes, de vez en cuando alargadas extensiones de arena de unos doscientos trancos hasta una milla y media desde la orilla. En algunos puntos, al igual que en Rockaway y a lo lejos por el este de los Hamptons, la playa forma parte de la isla, el mar la alcanza sin entrometerse. Algunos faros en la zona este de la orilla; una historia larga de trágicos naufragios, algunos en los últimos años. Cuando era joven, viví inmerso en la atmósfera y costumbres que muchos de estos naufragios crean – en uno o dos casi fui un observador. Más allá de la playa de Hempstead por ejemplo, se perdió el buque México en 1840 (al cual hice referencia en “Los durmientes” de H. de h).22 Y en Hampton, unos años después, la destrucción del bergantín Elizabeth, un asunto terrible, durante una de las peores tempestades del invierno, en el que iba Margaret Fuller23 con su marido e hijos.
En los bancos de arena cercanos o en la playa, esta bahía al sur es por todas partes igual de poco profunda, en los inviernos fríos hay una gruesa capa de hielo en la superficie. De niño solía recorrer con uno o dos compinches esos campos helados, con un trineo pequeño, un hacha y un arpón para pescar anguilas. Abríamos agujeros en el hielo, a veces encontrando un banco enorme de anguilas, y así llenábamos nuestras cestas con esos bichos grandes y gordos, de carne blanca y dulce. Las escenas, el hielo, el remolque de los trineos, los agujeros que hacíamos, la pesca de las anguilas, etc., eran la diversión que todos buscábamos en la niñez. Las costas de esta bahía, los inviernos y veranos, y las tempranas aventuras de mi vida, las dispersé por H de h. Una actividad a la que era muy aficionado era bajar a donde las gaviotas ponían sus huevos y cogerlos. (Las gaviotas suelen poner dos o tres huevos, la mitad de grandes que los de una gallina, en la arena, y allí los dejan para que el sol los incube).
La zona oriental de Long Island, la región de la bahía Peconic, también la conocía muy bien – más de una vez me hice a la mar alrededor de la isla Shelter, y llegué hasta Montauk – pasé muchas horas en la colina de la Tortuga junto al viejo faro, al otro extremo, contemplando el movimiento incesante del Atlántico. Me gustaba ir allá y confraternizar con los pescadores de abadejos o con las cuadrillas que todos los años se acercaban a pescar corvinas. A veces, en la península de Montauk (de unas 15 millas de longitud y con abundantes pastos), me encontraba con los pastores medio salvajes, extraños y desaliñados, que por aquel entonces vivían totalmente apartados de la sociedad o de la civilización, mientras estaban al cargo, en esos pastos ricos, de grandes manadas de caballos, vacas o rebaños de ovejas, propiedad de los granjeros de las ciudades del este. Otras veces me encontraba con los pocos indios que quedaban, o con los mestizos que aún había en la península de Montauk, y que creo que ahora se han extinguido.
Hacia el medio de la isla se extiende la planicie de Hempstead, entonces (entre 1830 y 1840) casi una pradera abierta, deshabitada, estéril en gran medida, cubierta de maleza y arándanos, pero con pasto abundante para el ganado, en su mayoría vacas lecheras, que pastaban por centenares, o incluso millares. Por las tardes (los prados eran comunales y los guardaban para el pasto) podía observarse que al volver cada hato casi siempre tomaba su propio camino hacia el establo en el lugar indicado. A veces he paseado por los márgenes de estas llanuras a la caída del sol, y aún guardo en mi memoria la procesión interminable de vacas, así como oigo las esquilas de latón o de cobre resonando a lo lejos o cercanas, y respiro el aire fresco de la tarde ligeramente aromada mientras contemplo la puesta de sol.
En la misma región, aún más al este, ocupaban el centro amplias extensiones, monótonas y estériles, de pinos y chaparros (aquí se hacía la mayoría del carbón de leña). Pero pasé muchos días, en todo o en parte, buenos, en los que paseaba por estos caminos solitarios, inhalando el aroma peculiar y salvaje. Durante muchos años, aquí y a lo largo de toda la isla y de su costa, pasé temporadas en todas las estaciones; a veces montaba a caballo, a veces navegaba en un bote, aunque lo normal era que caminara (siempre he sido muy andarín), empapándome de los campos, la costa, los accidentes marítimos, los personajes, los hombres de la bahía, granjeros, pilotos – siempre tuve mucha relación con estos, y con los pescadores – todos los veranos me embarcaba – siempre me gustaron las playas desnudas, hacia el sur, y allí he pasado algunos de los momentos más felices hasta este día.
Mientras escribo, todos esos recuerdos vuelven después de un lapso de tiempo de más de cuarenta años – el suave rumor de las olas, su olor salino – en la juventud – la pesca de almejas, descalzo y con los bajos de los pantalones vueltos – descendiendo por el arroyo – mientras olíamos el perfume de los campos de juncos – el bote con heno – y las excursiones con los pescadores; o, en años más recientes, pequeños viajes a la bahía de Nueva York en botes que acercaban a los pilotos a sus barcos. También en esos mismos últimos años, mientras vivía en Brooklyn (entre 1836 y 1850) solía ir cada semana durante las estaciones templadas a la isla de Coney, en aquel entonces una playa larga, desnuda y poco frecuentada, que era toda para mí, y en la que me encantaba, después de bañarme, correr por la arena dura y recitar a Homero o a Shakespeare a las olas y a las gaviotas. Pero me estoy adelantando, y debo volver sobre mis pasos.
* “Paumanok (o Paumanake, o Paumanack, el nombre indio de Long Island) tiene una extensión de un centenar de millas; su forma es la de un pez – con abundante costa marina, arenosa, con tormentas, poco apetecible, un horizonte sin límites, el aire es demasiado fuerte para los inválidos, las bahías son espacios maravillosos para las aves acuáticas, las praderas que están al sur están cubiertas de herbazales, el suelo de la isla es generalmente duro, pero apropiado para las acacias, los manzanos y las zarzamoras, posee innumerables fuentes de extraordinaria agua dulce. Años atrás, entre los hombres de la bahía – una raza fuerte y salvaje, ahora extinta o casi totalmente cambiada – un lugareño de Long Island fue llamado Paumanacker o Paumanacker mestizo” – John Burroughs.
MI PRIMERA LECTURA – LAFAYETTE24
Entre 1824 y 1829 mi familia vivió en Brooklyn en las calles Front, Cranberry y Johnson. En esta última construyó una casa acogedora y después otra en la calle Tillary. Vivimos en ellas sucesivamente pero estaban hipotecadas y perdimos las dos. Aún recuerdo la visita de Lafayette.*25 Durante esos años fui a colegios públicos. Debió de ser por 1829 o 1830 cuando fui con mis padres a escuchar a Elias Hicks,26 que predicaba en una sala de baile en los altos de Brooklyn. También por esa época, estuve empleado en el bufete Clarke, donde trabajaban un padre y dos hijos, en la calle Fulton, cerca de Orange. Tenía una mesa cómoda junto a la ventana solo para mí. Edward C. me ayudaba amablemente con mi caligrafía y redacción, y (fue el suceso más importante en mi vida hasta ese momento) me hizo socio de una gran biblioteca ambulante. Durante un tiempo me abstraje leyendo novelas de todo tipo; primero todos los volúmenes de las Mil y una noches, un gozo sin igual. Luego, con incursiones en direcciones muy diversas, leí las novelas de Walter Scott, una tras otra, y su poesía (y al día de hoy aún disfruto de las novelas y de la poesía).
* “Durante la visita que el general Lafayette hizo a este país en 1824, se acercó hasta Brooklyn y paseó a caballo por la ciudad. Los niños abandonaron las escuelas para unirse al saludo. Por entonces estaban comenzando las obras de un edificio que iba a servir como biblioteca pública para jóvenes y Lafayette aceptó interrumpir su marcha y poner la primera piedra. Numerosos niños llegaron al lugar donde se había excavado un foso irregular para el edificio, rodeado de montones de piedras. Unos cuantos hombres ayudaron a los niños a encaramarse a un lugar seguro o apropiado para ver la ceremonia. Entre el resto, Lafayette, que también ayudó a los niños, cogió a Walt Whitman, que entonces contaba con cinco años, y acercándolo a su pecho, lo besó y lo dejó en un lugar seguro en la obra.” – John Burroughs.
IMPRENTA – EL VIEJO BROOKLYN27
Después de dos años entré a trabajar en un semanario y en una imprenta para aprender el oficio. El periódico era el Long Island Patriot,28 y pertenecía a S. E. Clements,29 quien también era el encargado de la oficina de correos. Un viejo impresor de la oficina, William Hartshorne, 30 un personaje revolucionario que había visto a Washington, se convirtió en mi amigo íntimo, y solíamos hablar de los tiempos pasados. Los aprendices, incluido yo, estábamos alojados en casa de su nieta. En algunas ocasiones, montaba caballo con el jefe, que era muy agradable con nosotros los muchachos. Los domingos nos llevaba a una iglesia antigua, con apariencia de fortín gracias a la piedra con que estaba construida, en la calle Joralemon, cerca de donde está ahora el ayuntamiento de Brooklyn (en aquella época estaba rodeada de campo y caminos*). Más tarde trabajé en el Long Island Star,31 el periódico de Alden Spooner. Durante todos estos años mi padre continuó con su trabajo de carpintero y constructor con fortuna variable. La familia siguió creciendo – hasta ocho – mi hermano Jesse era el mayor, yo el segundo, mis queridas hermanas Mary y Hannah Louisa, mis hermanos Andrew, George, Thomas Jefferson, y el benjamín, Edward, que nació en 1835, y siempre estuvo inválido, como yo en los últimos años.
* Del Brooklyn de entonces (1830-1840) apenas queda nada a excepción del trazado de las viejas calles. La población estaba entre los diez mil y los doce mil. La calle Fulton tenía una milla de magníficos olmos. El carácter del lugar era rural en todos sus aspectos. Como ejemplo para comparar, entonces y ahora, puedo mencionar que veinticinco acres en lo que es ahora la zona más cara de la ciudad, entre las avenidas Flatbush y Fulton, fueron compradas por el sr. Parmentier, un emigrante francés, por cuatro mil dólares. ¿Quién recuerda los lugares antiguos tal y como fueron? ¿Quién recuerda a sus antiguos ciudadanos? Entre aquellos están Smith y Wood, Coe Downing y otros bares junto al transbordador, el mismo viejo Ferry, la calle Love, los Altos de entonces, el Wallabout32 con el puente de madera, y la carretera que partía de la calle Fulton hacia el peaje. Entre los otros estaban el majestuoso y genial general Jeremiah Johnson, junto a otros, Gabriel Furman, el reverendo E.M. Johnson, Alden Spooner, Mr. Pierrepont, el sr. Joralemon, Samuel Willoughby, Jonathan Trotter, George Hall, Cyrus P. Smith, N.B. Morse, John Dikeman, Adrian Hegeman, William Udall y el viejo sr. Duflon con su jardín militar.

C.R. Parsons, La ciudad de Brooklyn. Litografía de Currier & Ives, 1879.
CRECIMIENTO – SALUD – TRABAJO33
Crecí (1833-34-35) siendo un joven sano y fuerte (aunque crecí demasiado rápido, a los quince o dieciséis años era casi tan grande como un adulto). Nuestra familia volvió al campo en esa época. Mi querida madre estuvo muy enferma durante mucho tiempo, pero se recuperó. Durante todos estos años pasaba casi cada verano en Long Island, ya fuera en el este o en el oeste, a veces varios meses seguidos. A partir de los dieciséis o diecisiete me aficioné a asistir a las sociedades de debate, y desempeñé un papel muy activo en ellas a intervalos en Brooklyn y en otras dos ciudades de los alrededores de la isla. Fui un lector de todo tipo de novelas durante estos y posteriores años, devoraba todo lo que podía conseguir. Aficionado también al teatro en Nueva York, iba siempre que podía – incluso algunas veces logré ver buenas representaciones.
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