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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 7

ANTOLOGÍA

PALATINA

I

EPIGRAMAS HELENÍSTICOS

TRADUCCIÓN E INTRODUCCIONES DE

MANUEL FERNÁNDEZ - GALIANO


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por LUIS ALBERTO DE CUENCA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1993.

PRIMERA EDICIÓN , 1978.

ISBN 9788424930431.

Un largo camino dichoso y común recorrieron

a través de la vida tus pasos y los míos.

Me diste una esposa, una casa, tres hijos honrados

y así eres tú también quien mis libros escribe.

Tú, padre mío, eres faro lejano que alumbra

mi torpe trajinar con tu luz serena:

¡quién pudiera buscar la verdad con tu esfuerzo callado,

tu rigor eficaz, tu limpia vida y obra!

En usted, mi maestro, encontré al humanista y al hombre,

la bondad y el saber y el amor de lo bello.

Usted me enseñó a venerar a los viejos poetas

y a verter en nuestra lengua sus nobles ritmos.

M. F. G.

INTRODUCCIÓN

Esta serie de traducciones comprende los epigramas helenísticos, es decir, correspondientes al período de la historia y cultura griegas que comienza con la muerte de Alejandro Magno (323) y termina, con la hegemonía romana, en fecha que suele situarse de modo variable, por ejemplo, a la desaparición del reino macedonio de los Antigónidas en el 168 ó del egipcio de los Lágidas en el 30. Por lo que toca a nuestros epigramas, el límite final, en función de lo que luego se dirá, habría que fijarlo hacia el 100: de una vez para siempre diremos que todas las fechas mencionadas en este libro, salvo mención expresa en contrario, son anteriores a Jesucristo.

En cuanto a estos textos, como la etimología de su nombre indica, son breves poemas (de dos a ocho versos en general, rara vez más extensos, pues los que exceden de esta longitud, aunque el criterio suele ser fluctuante, se acogen por lo regular a la rúbrica de la elegía) escritos para ser grabados en inscripciones normalmente de tipo sepulcral o votivo, aunque el epigrama erótico terminó por constituir un género muy importante. Su utilización comenzó en edad muy arcaica, a partir de la cual conservamos millares de inscripciones de este tipo, muchas veces escritas en verso y, dentro de él, generalmente compuestas en dísticos elegíacos, combinación de un hexámetro dactílico y un pentámetro dactílico, claramente identificable este último por la tipografía sangrada que suele emplearse para él.

Naturalmente, no todas las creaciones poéticas de este carácter tienen mérito literario, y acerca de muchas se plantea el problema de si constituyen o no verdadera Literatura: quien aspire a recopilar los epigramas griegos antiguos se verá siempre en la precisión de establecer fronteras en este aspecto, aunque evidentemente no deberá dudar en recoger las grandes creaciones, en general inspiradas, al menos en parte, por un afán estético, de infinidad de escritores clásicos, entre los que sobresalieron, por ejemplo, Arquíloco, Anacreonte y, sobre todo, Simónides, y de algunos de los cuales, como veremos, recogían ya muestras las primeras antologías.

Pero aquí repetimos que lo que interesa es el material helenístico, sumamente heterogéneo desde muchos puntos de vista, y ante todo el de su propio enjuiciamiento literario. Los manuales suelen ser bastante parcos y superficiales al clasificarlo. Suele acudirse a una repetidísima división esencialmente geográfica de los poetas. Una supuesta escuela dórico-peloponésica-occidental comprendería a los escritores procedentes del Peloponeso (Ánite, Mnasalces, Páncrates, quizá Damageto), la Magna Grecia puesta más o menos en contacto ya con culturas itálicas (Nóside, Leónidas, Teodóridas, Fanias, Mosco), las islas dóricas del sur del Egeo (Cos, con Filitas, Nicias y Teócrito, procedente de Siracusa; Rodas, con Antágoras, Simias y Aristódico; Creta, con Riano), la Hélade central y septentrional (Faleco, probablemente Perses, Alejandro; luego los escritores relacionados con la corte macedonia, como Alceo y Samio): características de ella serían, en términos muy generales, la traslación social del epigrama desde las alturas heroicas y aristocráticas de la época clásica hacia las medianías proletarias y artesanas, la minimización del tema en busca de los mundos íntimos de la mujer, el niño o el animal, el gusto por la paz de la naturaleza idílica, el sentimentalismo un poco pudoroso y torpe, todo ello, si puede decirse así, envuelto en la pobre sencillez de las nuevas doctrinas estoicas y, paradójicamente, expresado en una lengua artificial, barroca, teatral y afiligranada. Frente a estos autores, y con calidad estilística ciertamente superior, los de la supuesta escuela jónico-egipcia, en que figurarían gentes procedentes de Asia Menor (Hegemón, Duris, el marginal Arato; la abundante floración samia del gran Asclepíades, Hédilo, Nicéneto y Menécrates; Fédimo, Diotimo, Nicandro de Colofón; Heraclito y Timnes, influidos por exóticos aires de Caria) con toda la cohorte poética que, nacida o no en África, acudió, como tal vez Teeteto y desde luego Posidipo, Calímaco, Glauco, Dioscórides y Zenódoto, a la luz deslumbradora de la Alejandría de los Ptolemeos: aquí, por el contrario, hallaríamos, nueva paradoja, una extremada contención verbal y estilística, una vuelta a lo lapidario y rotundo, para tratar temas mucho más refinados y sutiles, como impregnados por corrientes epicúreas o hedonísticas, llenos de amor, convite, pasión equívoca o agónica, elitismo social y el cosmopolitismo de la gran ciudad entrándose por las ventanas del poema. Y, finalmente, con Antípatro el sidonio y Meleagro (y Filodemo de Gádara y Arquias de Antioquía, de los que el primero es raro que no estuviera en La guirnalda y el segundo pudo haberse hallado en ella) aparece la tardía escuela sirofenicia, con las exóticas características que en las introducciones a los dos primeros autores pueden encontrarse y que terminaron, en rara combinación de una lengua transparente con una mentalidad complicada y patética, por ofrecer esa delicada flor, un poco pasada ya, un poco desvaída de color, pero deliciosa y embriagadora que es la poesía meleagrea. Volvamos, sin embargo, a los temas concretos para advertir lo siguiente:

a) en cuanto a si los poemas aquí recogidos responden a inscripciones reales, la duda se plantea en un sinfín de casos, sobre todo por lo que toca a los más antiguos: hay sin duda en todo ello mucha creación puramente libresca y no siempre nuestras introducciones se esfuerzan por discriminar lo auténtico de lo ficticio, tarea frecuentemente difícil y a veces imposible;

b) tampoco, en estos textos tan sometidos a reglas y tópicos y, por tanto, fácilmente imitables, es posible muchas veces distinguir lo helenístico de lo clásico por una parte y de lo más tardío por otra;

c) era difícil ser muy original cuando hace tan poco tiempo, como luego se verá, que ha sido publicada la colección de los grandes filólogos ingleses A. S. F. GOW y D. L. Page: aunque igualmente hemos consultado mucho las demás ediciones de los epigramatistas, también después citadas, nuestra deuda hacia Gow y Page es inmensa y se transparenta en casi todas nuestras páginas;

d) se ha hecho, pues, necesario, en esta traducción al castellano, seguir el criterio muy racional de estos editores;

e) ellos recogen el material de la Antología Palatina y Antología Planúdea, a que luego me referiré, del que se tenga mayor o menor certeza de que figuró o pudo haber figurado en La guirnalda de Meleagro, de que en seguida trataremos, y renuncian, por lo demás, a coleccionar todo lo segura o probablemente helenístico;

f) en cambio, sí creen necesario incorporar a los epigramas de las citadas Antologías:

1) poemas no acogidos en ellas, sino, generalmente de modo fragmentario, en papiros egipcios, como el 135 de Leónidas, 239 de Asclepíades, 254-255 y 267 de Posidipo y 645 de Antípatro;

2) otro (639 de Antípatro) procedente de una inscripción, campo éste en que el material habría podido ampliarse infinitamente, pero Gow y Page han preferido respetar de modo rígido los límites de lo cronológico y lo literario o no literario;

3) bastantes textos provenientes de tradición indirecta, esto es, de citas preservadas en la prosa de otros autores griegos: así los transmitidos por Ateneo (6 de Faleco, 256-257 y 259-260 de Posidipo, 288 y 339 de Calímaco, 407 de Mnasalces, 451-458 de Hédilo, 470 de Nicéneto, 483 de Riano), Diógenes Laercio (55 y 59 de Teeteto, 338 de Calímaco, 632 de Antípatro), Estéfano de Bizancio (340 de Calímaco), Estobeo (3-4 de Filitas y 163 de Leónidas), Estrabón (329 de Calímaco), Hefestión (344 del mismo), Pólux (37 de Ánite), Sexto Empírico (338 de Calímaco), Tzetzes (263 de Posidipo) y la Vida de Dionisio el Periegeta (341 de Calímaco);

g) por nuestra parte, en el deseo de aportar alguna novedad al ingente trabajo realizado, no sólo hemos utilizado material no conocido por Gow-Page en las introducciones al 501 y 510 de Dioscórides, sino que, con todas las reservas que se quiera, siguiendo el mismo criterio que ellos en cuanto a autores incluibles o no, hemos añadido:

1) seis epigramas (268-273) atribuibles a Posidipo y procedentes de inscripciones y un papiro; no son, en cambio, epigramas, sino elegías fragmentarias los dos textos papiráceos mencionados en la introducción a dicho autor;

2) uno atribuible a Teodóridas, también epigráfico (443);

3) dos (684-685) que pudieran pertenecer a Dionisio, personalidad, por lo demás, heterogénea y oscura según decimos en su introducción;

4) un posible fragmento de Alceo (556);

h) hemos suprimido, sin embargo, la traducción de un epigrama de Posidipo (266) y otro de Dioscórides (488) por tratarse de versiones idénticas o poco menos de textos recogidos en otro lugar;

i) se observará fácilmente, por tanto, la leve inconsecuencia que supone el título editorial de esta obra, que no solamente contiene material de la Antología Palatina, sino también de la Planúdea y de otras procedencias.

Por lo que toca al origen de estos textos, como antes dijimos, Gow y Page se proponían recoger el material que Meleagro, tomándolo sin duda a otras colecciones anteriores de que hay restos, incluyó en la suya, dedicada a Diocles, llamada La guirnalda y cuyo prólogo (776) y colofón (904) pueden leerse aquí. En la introducción a este poeta y en la de algunos de sus epigramas tiene el lector datos que permiten situarle, sobre todo en relación con una nota marginal y con la presencia en la colección de Antípatro el sidonio y la ausencia de Filodemo de Gádara (expresamente citado como omitido por Meleagro en IV 2, prólogo de Filipo a otra Guirnalda concebida como suplemento de la meleagrea), hacia el año 100, límite terminal que así se fija aquí un poco arbitrariamente para la serie de epigramas helenísticos. Se supone también que la colección fue recopilada durante la vejez de Meleagro, pasada por lo visto en Cos.

Aparte de los grandes problemas relativos a los anónimos, que solamente, salvo casos excepcionales, por razones de estilo o similares o de cercanía respecto a otros pueden ser considerados a veces como helenísticos o aun meleagreos; aparte también del hecho, apuntado en 776, de que aparecen en La guirnalda obras de poetas clásicos (los anónimos falsamente atribuidos a Simónides constituyen caso aparte), la nómina de Meleagro (47 nombres, algunos en perífrasis, más su propia mención) plantea otras cuestiones: de cuatro autores incluidos en ella (Eufemo, Melanípides, Pártenis y Policlito) no hay poemas en la Antología (sobre los probablemente tardíos Teófanes, Perites, Hecateo el tasio y Atenodoro, cf. respectivamente el 25 de Perses y 594 de Fanias; 167 de Leónidas; 524 de Dioscórides y 742), mientras que faltan en su catálogo, además de los recientemente recogidos por Page o por nosotros que luego se indicarán, varios epigramatistas de ella (Filitas, Hegemón, Escrión, Teeteto, el probablemente inexistente Damóstrato, Heraclito, Carfílides o como de verdad se llamase, Aristódico, el o los llamados Teodoro, Nicandro, Filóxeno, Glauco, Nicarco, Aristón, Timocles, Hermocreonte, Agis, Artemón, Nicómaco, el o los llamados Dionisio) que parecen haber estado en La guirnalda (cuyo prólogo dice al final que hay en ella poetas no nombrados) por razones de contigüidad o afinidad de contenido entre epigramas vecinos y otros tampoco incluidos en la lista (Faleco, Duris, Teócrito, Crates, Mosco, Zenódoto) aunque indudablemente corresponden a la época helenística; ello sin contar las cuestiones de doble adscripción, generalmente por parte de los lematistas, que respecto a cada poema anotamos y las dudas que se ofrecen (cf. las respectivas introducciones) ante la existencia de dos Antípatros, el sidonio y el tesaloniceo, y dos Leónidas, el tarantino y el alejandreo.

Las dos Guirnaldas de Meleagro y Filipo y la colección de Agatías fueron, con otros textos y en forma directa o indirecta, recopiladas, en manuscritos hoy perdidos, por Constantino Céfalas, del que sabemos que era protopapa o alto funcionario eclesiástico en Constantinopla en el año 917. De él dependería en mayor o menor grado la división en capítulos según el contenido de cada serie de epigramas, base del reparto en libros de la Antología hecho por editores modernos. Es dudoso que en Céfalas se hallara el actual y breve libro IV, que comprende los prólogos de Meleagro, Filipo y Agatías: pero sí es seguro que abarcaba el V (epigramas eróticos), VI (anatemáticos o de ofrenda), VII (epitimbios o funerarios) y IX (epidícticos o de lucimiento, no procedentes en muchos casos de verdaderas inscripciones) y probable que allí se encontraran ya los libros X (cuyos epigramas se intitulan en los códices como protrépticos o de exhortación, pero la mayor parte de los cuales son sentencias o refranes), XI (con poemas clasificados como simpóticos o de banquete y escópticos o de burla, aunque haya entre ellos material amoroso de carácter heterosexual u homosexual) y XII (colección de tipo pederástico con concesiones al amor normal).

El resultado de los esfuerzos de Céfalas y otros compiladores se conoce hoy principalmente gracias a la Antología Palatina, surgida hacia el 980 por obra de un compilador bizantino desconocido que añadió al material citado los actuales libros I (inscripciones cristianas de los siglos IV-X ), II (écfrasis o descripción de las estatuas de unas termas de Constantinopla en largo poema escrito hacia el 500 por Cristodoro de Coptos), III (epigramas de un templo de Cícico), VIII (poemas de S. Gregorio de Nacianzo), XIII (poesías escritas en metros no elegíacos), XIV (adivinanzas y juegos aritméticos) y XV (varios, entre ellos las tecnopegnias o poemas figurados de diversos autores).

Todo ello se ha transmitido gracias al famoso códice, del siglo x, que contiene también las Anacreónticas y otros textos, llamado Palatino por haber pertenecido a la biblioteca de los electores del Palatinado sita en Heidelberg. Este manuscrito estaba allí en 1606; en 1622 cayó en manos de Maximiliano de Baviera, que se lo regaló al papa Gregorio XV; en Roma fue encuadernado en dos tomos desiguales, el primero de los cuales llegaba hasta el libro XIII; en 1797, Napoleón se llevó ambos a Francia; después de su caída los dos volúmenes deberían haber retornado a Heidelberg, pero, por error, el más pequeño permaneció en París (hoy Cod. gr. suppl. 384), mientras que el mayor, del que se hicieron varias copias, se sigue conservando en la citada ciudad alemana como Cod. gr. 23 . Es curioso el hecho de que desde IX 564 está escrito por las manos más antiguas de dos escribas contemporáneos entre sí y hasta IX 563 por las más recientes de otros dos de distintas épocas, sin que se haya explicado de modo satisfactorio tan extraño reparto de la labor.

Mucho podríamos decir de este códice, que frecuentemente presenta el mismo epigrama, con variantes o no, más de una vez: nos limitaremos a hacer notar la intervención en él de un lematista o redactor de títulos para cada poesía, de otro lematista que además corregía el texto y de un corrector que no intervenía en los lemas. Éstos resultan importantes para las cuestiones de atribución, pero suelen desbarrar en cuanto al contenido de los poemas, leídos de prisa o en malas condiciones, y rara vez se aventuran a anotar de su cosecha algún juicio estético, crítico o moral.

Este material se suplementa con otro famoso códice de Venecia, el Cod. Marc. gr. 481, del que asimismo se hicieron varias copias y que contiene otra colección recopilada a partir de Céfalas y con adiciones en 1301 por el filólogo bizantino Máximo Planudes, lo que hace que se la llame Antología Planúdea . Los editores de la Palatina añaden como apéndice los epigramas que solamente se hallan en este códice y, como nosotros aquí, hablan, abusiva pero cómodamente, de un supuesto libro XVI.

La edición de Gow y Page, a la que en general seguimos, nos presenta a los autores por orden alfabético, dejando para el final los anónimos y, lógicamente, a Meleagro; y, al ofrecer el texto griego, los editores se ven obligados a decidirse no sólo en cuestiones de interpretación, donde frecuentemente la decisión es difícil por las malas condiciones de la transmisión textual y las particularidades de sintaxis y léxico impuestas por el estilo preciosista y lapidario de los poemas, sino también por lo que toca al texto mismo, en que se muestran bastante conservadores, prefiriendo a veces, frente a la conjetura aventurada, la cruz que señala en los lugares dudosos indecisión del crítico. En cambio, a diferencia de su edición de La guirnalda de Filipo, su colección de epigramas helenísticos no es bilingüe, lo cual les ha evitado problemas de traducción que vinieran a sumarse a los ya enormes que el establecimiento de un texto así (no hablemos ya de las difíciles cuestiones de dialecto, tremendamente complicadas en estos autores mal transmitidos y probablemente eclécticos en el aspecto lingüístico) lleva consigo.

Por lo que a nosotros toca, hemos establecido, para más comodidad en las referencias, una numeración nuestra con, entre paréntesis, el libro y número del epigrama y su fuente si no procede de la Antología, pero sin añadir a ello, para no complicar más la ordenación, las dos de los editores ingleses, la que asigna números romanos a cada poema y la de verso por verso; y, en lo que atañe al texto mismo, nos hemos podido inhibir ante las variantes de carácter dialectal, pero no nos era posible respetar las cruces si de traducir se trataba, lo que nos ha forzado, en cada caso, a acoger la más plausible conjetura brindada por otras ediciones o por el comentario de los propios Gow y Page.

En cuanto a ordenación, nos pareció útil el situar a los autores en sucesión cronológica y, dentro de ella, respetando el orden de Gow y Page, más o menos basado en los tipos de epigramas tradicionales: lo primero era cosa muy difícil y en que no estamos nada seguros de haber acertado siempre, pues las fechas son dudosas en muchos casos y los límites temporales de la colección resultan demasiado estrechos para tanto escritor. Tanto menos cuanto que, estando el libro ya a punto de ser entregado a la imprenta, ha aparecido la colección abajo citada del propio Page, lo que nos obliga a revisar en parte aquí, pues en el propio texto era ya imposible hacerlo, nuestra cronología.

Prescindiendo de la inclusión, por parte de Page, en el nuevo libro de los epigramas de Filodemo y Crinágoras, posteriores a Meleagro y, por lo tanto, reservados por nosotros para una segunda fase en que quizá tengamos arrestos para embarcarnos; prescindiendo también del problema de Erina, suficientemente apuntado ya en la introducción a ella y otros lugares, hallamos que Page ahora establece, además de considerar a muchos poetas como no fechables, siete grupos correspondientes poco más o menos a los años 310-290 (Filitas, con separación del coo respecto del samio; Faleco, Perses, Escrión, Ánite, Antágoras, Mero, Nóside, Duris, Simias), 275 aproximadamente (Teeteto, Alejandro, Nicias, Arato, Arcesilao, Asclepíades, Posidipo, Heraclito, Calímaco, Apolonio, Teócrito, Hédilo), 250 aproximadamente (Leónidas, Mnasalces, Hegesipo, Euforión, Filóxeno), 250-220 (Fédimo, Teodóridas, Nicéneto, Riano, Dioscórides, Damageto, Crates), 220-180 (Heródico, Alceo, Filipo, Samio), siglo II (Fanias, Mosco, Antípatro, Polístrato, Zenódoto, Dionisio) y siglos II-I (Meleagro).

Las divergencias respecto a nuestro orden no son ni podrían ser revolucionarias, pero sí capaces de afectar a los casos en que calificamos un determinado epigrama como imitación de otro. Señalaré nuestras más notables desviaciones: Teeteto y Alejandro los tenemos antes que Mero, Nóside y Duris; Simias, mucho después del grupo en que aquí se le incluye; en cambio, está mucho antes Leónidas, sobre cuya fecha ya apuntamos un grave problema en la introducción; también se encuentra mucho antes Fédimo; algo antes, Teodóridas; y algo después Hédilo, Damageto y Crates.

Además, como se ve, Page ha introducido cinco nuevos autores helenísticos que hemos situado cronológicamente un poco a la buena de Dios (Arcesilao, Apolonio, Heródico, Filipo y Amintas); y en su nuevo libro aparecen también siete epigramas de autores a los que no parece descaminado ubicar en los albores de lo helenístico, como aquí hacemos con Espeusipo, Demóstenes, Aristóteles, Teócrito de Quíos, Afareo, Mamerco y Menandro. Por otra parte, ha recogido en la colección nuestros actuales números 666-668, que pasaban por ser de Antípatro el tesaloniceo y ahora se adscriben al sidonio, y catorce anónimos (752-765) que pueden ser helenísticos; ha añadido uno más del problemático Dionisio, nuestro actual 686; y ha realizado una serie de cambios de adscripción con respecto a los que nosotros no hemos podido ya modificar el orden, aunque en las introducciones son debidamente indicados. Esta eficaz e intensa actividad nos ha estimulado también a incluir varios pequeños poemas no procedentes de la Antología, los aquí numerados como 678 (de Antístenes de Pafo) y 751 y 766-775, anónimos en cuya versión hemos seguido con fruto a las ediciones de Page que más adelante se mencionarán.

Además, creíamos que la traducción, si quería conservar aunque fuera una mínima parte del encanto inimitable de los originales, debía ser de carácter rítmico sin mengua de la mayor literalidad posible. Hemos empleado, pues, para los hexámetros, un sistema de imitación rítmica semejante al de nuestro maestro queridísimo D. José Manuel Pabón, cuyas primicias, en cuanto a epigramas y por lo que toca a parte de Meleagro, dimos ya en el artículo que mencionaremos. El verso contiene cuatro dáctilos y un espondeo, consideradas como largas las sílabas acentuadas; cinco pies en total, no seis para evitar el monótono corte en dos hemistiquios; ofrece la posibilidad de anacrusis de una o dos sílabas al principio; admite el hiato entre versos, pero no en el interior de ellos.

Para el pentámetro hemos discurrido un sistema más o menos adecuado, como en el citado artículo puede verse: nuestros versos están divididos, por una diéresis coincidente con fin de palabra y que no admite hiato, en dos miembros de seis más seis o seis más siete o siete más seis o siete más siete sílabas, admitidos los agudos o esdrújulos al final del primer miembro y los esdrújulos solamente al del segundo y siempre que lo exija un nombre propio (digamos entre paréntesis que hemos sido sumamente rigurosos con las reglas de transcripción de éstos a través de la prosodia latina).

Por lo que respecta a los epigramas escritos en metros o combinaciones métricas distintas del dístico, procedentes generalmente, como se dijo, del libro XIII de la Antología, hemos procurado, ignoramos con qué acierto, elegir períodos rítmicos castellanos que respeten, desde luego a costa de gran dificultad y algún sacrificio en la exactitud, el número de sílabas del original. Así hemos procedido con el hendecasílabo falecio (por ejemplo, en el 8 de Faleco), que reproducimos con once sílabas; el arquiloqueo (9 del mismo), con verso compuesto de cuatro dáctilos a nuestro modo más seis sílabas; trímetro yámbico cataléctico (ibid.), con doce sílabas; tetrámetro yámbico cataléctico (225 de Asclepíades), con ocho sílabas más siete terminadas en palabra aguda; trímetro yámbico cataléctico (ibid.), con seis más cinco terminadas en agua (pero, en el caso del 7 de Faleco, nos hemos atenido a las sílabas dadas en el original a cada interlocutor); decasílabo alcaico (242 de Fédimo), con dos dáctilos más cuatro sílabas; tetrámetro dactilico más itifálico (773), con cuatro dáctilos más seis sílabas; dímetro yámbico cataléctico (291 de Calímaco), con un heptasílabo; pentámetro trocaico cataléctico o calimaqueo (342 del mismo), con diez sílabas más nueve terminadas en aguda; verso sáfico de dieciséis sílabas (343 del mismo), con ocho más ocho sílabas; ferecrateo (344 del mismo), con heptasílabo; trímetro yámbico acataléctico escazonte (377 de Teócrito), con doce sílabas; tetrámetro trocaico cataléctico (381 del mismo), con ocho sílabas más siete terminadas en aguda; reiziano (ibid.), con un hexasílabo; e itifálico (438 de Teodóridas), de igual modo.

Se evita también de modo estricto la asonancia entre finales de versos, salvo que haya al menos otros dos de por medio, y entre los dos miembros del pentámetro. Todas estas restricciones, y el empeño, siempre logrado, de que el número de versos iguale al de los originales, han hecho bastante penosa la labor, que en algunos poemas ha exigido cinco o seis revisiones a lo largo de años: el empleo de cinco pies y no seis tiene el inconveniente de que aumenta todavía el desequilibrio entre el castellano, más analítico, y el griego, más sintético, lo cual nos ha obligado a veces a admitir de mala gana alguna abreviación u omisión, aunque creemos que ni una sola idea importante ha quedado sin reproducir. El lector dirá si, a cambio de ello, hemos acertado a infundir a estas versiones algo de la sobriedad y rotundidad de sus bellísimos originales.

Un aspecto en que nos ha preocupado mucho los límites materiales de la colección que alberga ahora estos poemas (y de la paciencia de cuyos promotores tememos sin embargo haber abusado) es el del comentario. Hemos añadido índices de los nombres propios de toda índole (dioses y héroes, personas, ciudades) que figuran en los textos, pero habría sido necesario agregar otros de fenómenos (por ejemplo, astronómicos), conceptos abstractos elevados o no a la categoría de tópico, prendas de vestir, alimentos, objetos, animales, plantas; mas, como esto no era posible, ha sido labor colosal y, nos tememos, no del todo lograda el concentrar parte de este material hermenéutico, de que el lector medio hoy necesita, en las introducciones, forzosamente escuetas, a cada autor o epigrama con ayuda de una abundante red de referencias que comprende también los nombres propios no directamente citados por los escritores.

Y es lástima que los referidos índices no puedan ahora ser dados, porque la Antología constituye y ha constituido siempre un inagotable repertorio de temas y modos literarios para los propios autores griegos primero, para los romanos después y, tras su redescubrimiento, para toda la Literatura moderna, especialmente la de carácter amoroso y pastoril. En este sentido, la importancia de los poemas que hoy presentamos es inmensa; y el placer estético que proporcionarán, a pesar de la imperfección de nuestras traducciones, será sin duda grande.

No parece bien, a este respecto, que suplantemos el juicio crítico del lector por apreciaciones nuestras que serían tan categóricas como subjetivas, excepto breves pinceladas que acá y allá hemos dejado caer en las introducciones a cada autor: quien lea juzgará y quedará profundamente subyugado por el acento multiforme (austero, recio, solemne, chispeante, procaz, melancólico, apasionado, voluptuoso, barroco, amanerado, decadente y, en definitiva, profundamente humano) de estos novecientos poemas griegos de amor, ofrenda y muerte.

En cuanto a bibliografía, por desgracia la parte española de ella tiene que ser mínima, ya que no existe traducción alguna entera de estos epigramas ni apenas se han producido sino contribuciones muy parciales acerca de algunos de ellos.

Las principales ediciones totales de la Antología son las de F. C. W. JACOBS , Anthologia graeca, Leipzig, 1794-1814, y Anthologia graeca ad fidem codicis olim Palatini nunc Parisini, Leipzig, 1813-1817; Fr. DUEBNER , Anthologia Palatina, París, 1864-1872; H. STADTMUELLER , Anthologia graeca epigrammatum Palatina cum Planudea, Leipzig, 1894-1906 (incompleta); K. PREISENDANZ , Anthologia Palatina, Leiden, 1911 (en facsímil); y, más modernamente, W. R. PATON , The Greek Anthology, publicada y reeditada en la colección Loeb de Londres desde 1916; P. WALTZ y otros, Anthologie grecque, publicada y reeditada en la colección Budé de París desde 1928 y de la que todavía faltan los libros X, XII y la Planudea; y H. BECKBY , Anthologia graeca, publicada en Munich, 1957 ss. por la colección Tusculum y cuya segunda edición es de 1965-1967; las tres son bilingües con textos inglés, francés y alemán respectivamente. En cambio, los más modernos editores británicos han preferido seguir un orden histórico, y en tal sentido han comenzado su recolección A. S. F. GOW y D. L. PAGE , The Greek Anthology. Hellenistic Epigrams, Cambridge, 1965 (sin traducción), y The Greek Anthology. The Garland of Philip, Cambridge, 1968 (bilingüe). Últimamente, D. L. PAGE ha completado su labor con una edición científica monolingüe de los Epigrammata graeca, Oxford, 1975, de cuyo contenido se habla arriba.

Deliberadamente selectivas son las ediciones de F. C. W. JACOBS , Delectus epigrammatum Graecorum, Gotha, 1826, y A. MEINEKE , Delectus poetarum Anthologiae graecae cum adnotatione critica, Berlín, 1842. La de A. OLIVIERI , Epigrammatisti greci della Magna Grecia e della Sicilia, Nápoles, 1949, tiene evidentemente limitado su contenido por su propio título. La de TH . PREGER , Inscriptiones graecae metricae ex scriptoribus praeter Anthologiam collectae, Leipzig, 1891, también se define por sí misma. A inscripciones solas atienden G. KAIBEL , Epigrammata graeca ex lapidibus collecta, Berlín, 1878, y E. HOFFMANN , Sylloge epigrammatum graecorum quae ante medium saeculum a. C. n. III. incisa ad nos pervenerunt, Halle, 1893; y preferentemente a inscripciones, J. GEFFCKEN , Griechische Epigramme, Heidelberg, 1916; P. FRIEDLAENDER , Epigrammata, Berkeley, 1948; W. PEEK , Griechische Versinschriften. I. Grabepigramme, Berlín, 1955, y Griechische Grabgedichte, Berlín, 1960, bilingüe; y E. PFOHL , Griechische Inschriften als Zeugnisse des privaten und öffentlichen Lebens, Munich, 1966 (id. de la col. Tusculum).

La bibliografía sobre los epigramas (cf. G. PFOHL , Bibliographie der griechischen Vers-inschriften, Hildesheim, 1964) es inmensa. No podemos detenernos en los tratados generales de la historia de la Literatura, de los que el de A. LESKY , Historia de la Literatura griega, tr. esp. Madrid, 1968, es el más accesible entre nosotros; ni apenas en estudios generales sobre la poesía helenística como los de F. SUSEMIHL , Geschichte der griechischen Literatur in der Alexandrinerzeit, Leipzig, 1891-1892; A. ROSTAGNI , Poeti alessandrini, Milán, 1916; PH . LEGRAND , La poésie alexandrine, París, 1924; U. von WILAMOWITZ , Hellenistische Dichtung in der Zeit des Kallimachos, Berlin, 1924, reimpreso varias veces; J. U. POWELL , Collectanea Alexandrina, Oxford, 1925 (colección de textos poéticos); A. KOERTE , Die hellenistische Dichtung, Leipzig, 1926, reeditado por P. HAENDEL en Stuttgart, 1960 con el mismo título, traducido al castellano como La poesía helenística, Barcelona, 1973; A. ARDIZZONI , Studi di poesia ellenistica, Nápoles, 1940; G. GIANGRANDE , entre otros muchos y valiosos trabajos, L’humour des Alexandrins, Amsterdam, 1975.

De entre la numerosa bibliografía consagrada al epigrama elegiríamos, con la ya antigua obra de R. REITZENSTEIN , Epigramm und Skolion. Ein Beitrag zur Geschichte der alexandrinischen Dichtung, Giessen, 1893, las modernas aportaciones modernas como los libros colectivos L’épigramme grecque, Ginebra, 1968 (con ponencias de A. E. RAUBITSCHEK , B. GENTILI , G. GIANGRANDE , L. ROBERT , W. LUDWIG , J. LABARBE , G. LUCK , A. DIHLE y G. PFOHL ), y Das Epigramm, Darmstadt, 1969, preparado por el propio G. PFOHL , así como el capítulo escrito por G. GIANGRANDE , Epigramma ellenistico, para la Introduzione allo studio della cultura classica, Milán, 1972, 123-138.

No menos abundante es la relativa a la Antología misma: merecen especial mención K. DILTHEY , De epigrammatum graecorum syllogis quibusdam minoribus, Gotinga, 1887; A. WIFSTRAND , Studien zur griechischen Anthologie, Lund, 1926; E. ROMAGNOLI , I poeti dell’Antologia Palatina, Bolonia, 1948; y A. S. F. GOW , The Greek Anthology. Sources and Ascriptions, Londres, 1958.

Estudios interesantes por grupos temáticos son los de O. BENNDORF , De Anthologiae graecae epigrammatis quae ad artes spectant, Bonn, 1862; A. MENK , De Anthologiae Palatinae epigrammatis sepulcralibus, Marburgo, 1884; W. RASCHE , De Anthologiae graecae epigrammatis, quae colloquii formam habent, Münster, 1910; G. HERRLINGER , Totenklage um Tiere in der antiken Dichtung, Stuttgart, 1930 (epitafios de animales), y M. GABATHULER , Hellenistische Epigramme auf Dichter, Basilea, 1937 (epigramas sobre poetas).

Veamos, finalmente, algo de lo más importante sobre los distintos epigramatistas:

Filitas: A. NOWACKI , Philitae Coi fragmenta poetica, Münster, 1927; W. KUCHENMUELLER , Philetae Coi fragmenta poetica, Berlín, 1928.

Ánite: M. J. BAALE , Studia in Anytes poetriae vitam et carminum reliquias, Haarlem, 1903.

Leónidas: J. GEFFCKEN , Leonidas von Tarent, Leipzig, 1896; B. HANSEN , De Leonida Tarentino, Leipzig, 1914; E. BEVAN , The Poems of Leonidas of Tarentum, Oxford, 1931; M. GIGANTE , L’edera di Leonida, Nápoles, 1971.

Asclepíades: O. KNAUER , Die Epigramme des Asclepiades von Samos, Tubinga, 1935; traducción catalana de C. MIRALLES , Asclepíades. Epigrames, Madrid, 1970 (supl. de Est. Cl., segunda serie de traducciones, n.° 11).

Posidipo: P. SCHOTT , Posidippi epigrammata collecta et illustrata, Berlín, 1905. Para el epigrama 273 nos ha servido de base D. L. PAGE , Select Papyri. III. Literary Papyri. Poetry, Londres, 1950 (col. Loeb; n.° 105, páginas 448-453); y para el 272, W. PEEK , «Delphische Gedichte», Ath. Mitt . 67 (1942), 249-269. En general sobre las adiciones a esta colección verosímilmente atribuibles a Posidipo nos ha sido útil el propio W. PEEK con su artículo «Poseidippos», Real-Enc . 22 (1954), 426-446, y los datos de su amable carta de 7-IV-1974.

Calímaco: Naturalmente, los editores de sus restantes obras recogen también sus epigramas, sobre los que la bibliografía es inmensa: cf. R. PFEIFFER , Callimachus, II, Oxford, 1953; edición bilingüe castellana de L. A. DE CUENCA , Epigramas, Madrid, 1974-1976 (supl. de Est. Cl., segunda serie de textos, n.° 6; I-LXIII).

Simias: Es útil la obra de H. FRAENKEL , De Simia Rhodio, Gotinga, 1915.

Teócrito: Todos sus editores imprimen sus epigramas; últimamente, por ejemplo, A. S. F. GOW , Theocritus, Cambridge, 1950 (con traducción inglesa), y Bucolici graeci, Oxford, 1952; H. BECKBY , Die griechischen Bukoliker, Meisenheim, 1975 (con traducción alemana).

Erina: Se sigue escribiendo muchísimo sobre sus problemas desde K. LATTE , Erinna, Gotinga, 1953. Últimamente les ha dedicado mucha atención el español J. VARA , «Notas sobre Erinna», Est. Cl . 16 (1972), 67-86; «Mélos y elegía», Emerita 40 (1972), 433-451; «Obra de Erinna y algunas reconstrucciones textuales», Habis 4 (1973), 41-79; «Cronología de Erinna», Emerita 41 (1973), 349-376.

Mnasalces: W. SEELBACH , Die Epigramme des Mnasalkes von Sikyon und des Theodoridas von Syrakus, Bonn, 1964.

Teodóridas: El mismo. El epigrama 443 procede de W. PEEK , «Ein Weihgedicht des Theodoridas», Philologus 117 (1973), 66-69 a partir de una publicación de Th. G. Spyropoulos.

Euforión: Sus dos fragmentos figuran en la edición de L. A. DE CUENCA , Madrid, 1976.

Antípatro: Normalmente, y dados los problemas de atribución antes citados, los dos Antípatros han de ser tratados más o menos juntamente: así G. SETTI , Studi sulla Antologia greca. Gli epigrammi degli Antipatri, Turín, 1890; P. WALTZ , De Antipatro Sidonio, Burdeos, 1906. Para el epigrama 639 nos hemos basado en W. PEEK , «Antipater von Sidon und Antisthenes von Paphos», Philologus 101 (1957), 101-112. Cf. las traducciones de M. F. GALIANO , «Tres epigramas de Antípatro de Tesalónica», El caracol marino 68 (1973), 92.

Dionisio: Los epigramas 684-685 deben sus textos a M. Gronewald, «Ein Epigramm-Papyrus», Zeitschr. Pap. Ep . 12 (1973), 92-98.

Antístenes: Sobre 678, cf. lo dicho acerca del 639 de Antípatro.

«Simónides»: Entre tanto como podría citarse, cf. A. HAUVETTE , De l’authenticité des épigrammes de Simonide, París, 1896, y M. BOAS , De epigrammatis Simonideis commentatio critica, Groninga, 1905.

Anónimos: Para los epigramas 766-770 nos hemos basado fundamentalmente en la obra de D. L. PAGE citada en relación con Posidipo (n.° 103, 105-106, 109, págs. 444-445, 448-455, 460-463); y para 771-775, en el artículo del mismo «Five Hellenistic Epitaphs in Mixed Meters», Wien. Stud . 10 (1976), 165-176.

Meleagro: También aquí son muchos los libros y artículos. Anótense H. OUVRÉ , Méléagre de Gadara, París, 1894; K. RADINGER , Meleagros von Gadara, Innsbruck, 1895; y E. ERMATINGER , Meleagros von Gadara, Marburgo, 1898, con la bibliografía citada en el artículo de M. F. GALIANO , «Doce mujeres y un cantor», Prohemio 2 (1971), 195-232.

Anotaremos finalmente el estudio de varios epigramatistas helenísticos por L. M. STELLA , Cinque poeti dell’ Antologia Palatina, Bolonia, 1949.

FILITAS

Aunque 1 y 2 son atribuidos en el lema a un nativo de Samos, la gran isla vecina a Asia Menor, es posible que estos cuatro epigramas procedan del cálamo del bien conocido Filitas o Filetas de Cos, isla del S. del mar Egeo, gran poeta a juzgar por lo que de él se cuenta, pues no es mucho lo conservado; inspirador de toda la escuela poética alejandrina, autor de elegías y epigramas; filólogo también y maestro de Zenódoto de Éfeso, la gran ciudad de Asia Menor; primero de los bibliotecarios de la Alejandría egipcia y, en fin, preceptor de Ptolemeo II Filadelfo, es de suponer que en su madurez, pues el rey nació en 308 y reinó entre 285 y 246 y las fuentes nos presentan a Filitas escribiendo ya en las épocas de Filipo II de Macedonia (359-336) y Alejandro III el Magno (336-323). Los epigramas aquí recogidos no son sensacionales, pero merecen elogio por su limpia sencillez.

1 (VI 210)

Llegada la edad del retiro, una cortesana ofrenda a Afrodita, llamada como tantas otras veces Cipris con alusión a su culto en Chipre, los utensilios de su oficio, entre ellos un espejo y tal vez un falo artificial.

Al cumplir por lo menos cincuenta la dulce Niciade,

en el templo de Cipris colgó como ofrenda

sus sandalias, sus bucles postizos, un límpido bronce

que no ha perdido nada de sus fieles reflejos,

su faja preciosa y aquello que un hombre no debe

nombrar y que aquí ves con las artes de Cipris.

2 (VII 481)

Primera de las muchas alusiones al Hades, morada del dios infernal.

La estela afligida nos cuenta: —Llevóse a la niña

Teódota, de tan cortos años, el Hades.

Mas ella le dice a su padre: —Contén tu tristeza,

Teódoto: es de humanos el sufrir desdichas.

3 (Estob. IV 56, 11)

No te lloro, mi amigo querido, que muchos momentos

felices gozaste con tu porción de penas.

4 (Estob. IV 17, 5)

El poema, breve y posiblemente incompleto, admite dos interpretaciones: la que hemos aceptado, en la que un marinero, desolado ante la inmensidad del mar desierto, desea ardientemente ver tierra, u otra posible en que alguien profetizaría que de las aguas va a brotar una isla.

Algún día veremos la tierra por obra divina;

ahora el mar es un circo para el saltar del viento.

HEGEMÓN

El epigrama que sigue, uno más de entre los muchos que se dedicaron al tema, es atribuido en el lema a Hegemón, y sabemos que un autor de ese nombre, natural de Alejandría, ciudad de la región asiática de la Tróade, escribió, no sabemos cuántos años después del 371, un poema épico sobre la batalla de Leuctra, dada en dicha fecha.

5 (VII 436)

Epigrama dedicado al heroísmo de los Espartiatas muertos en la batalla de las Termópilas frente a Jerjes (480). Las cifras están exageradas en ambos sentidos: el ejército persa, evaluado por Heródoto (VII 186) en más de cinco millones de hombres, difícilmente pudo superar los 200.000 o aun menos; los Griegos se oponían a la invasión con unos 7.000 hombres, de ellos trescientos Espartiatas, de raza Dórica, que murieron con su rey Leónidas.

Que, pasando junto a este sepulcro, con llanto el viandante

diga: —Aquí contuvieron mil hombres de Esparta

a ochenta miriadas del Persa arrogante muriendo

sin volver la espalda, con disciplina doria.

FALECO

Este poeta, procedente quizá de la Fócide, región de Grecia central, donde tal onomástico suele encontrarse, debió de actuar en la época de Alejandro Magno (cf. intr. a Filitas) a juzgar por la fecha de 8. La tradición ha dado su nombre, falecio, a un tipo de verso más utilizado en latín que en griego y que él empleó con preferencia.

6 (Aten. 440 d )

Una hetera, satisfecha ante el éxito obtenido, ofrenda a Dioniso un bello quitón o túnica interior. Evidentemente, el epigrama puede ser satírico y no responder a ningún hecho real; pero Eliano (Var. hist . II 41) habla de concursos de bebida y de una tal Cleo famosa en ellos.

De Dioniso a la imagen en torno un quitón ha ceñido

de color de azafrán con bordados en oro

Cleo, que mucho brilló en el banquete; y no pudo

competir hombre alguno con ella en la bebida.

7 (XIII 5)

Quizá sería la inscripción real o supuesta de una estatua o relieve en que están representados cuatro atletas hijos de Clino. Un caminante se detiene ante ellos. Hablan por orden los cuatro (Timodemo el corredor, Crete el luchador, Creteo el especialista en pentatlo y Diocles el púgil) y cada cual le va describiendo sus triunfos. El viandante pregunta el nombre al primero; le contestan sucesivamente todos. Vuelve a interrogar a Timodemo sobre su padre; le responde él y luego todos a coro. La nueva interrogación se dirige también al mismo Timodemo, que explica dónde venció; ante otra pregunta a Crete, éste contesta también. Deben de faltar las cuestiones y respuestas relacionadas con las victorias de los otros dos hermanos. La prueba en que ganó Timodemo es el doble recorrido del estadio, un total de aproximadamente 360 metros; al final se mencionan los juegos del istmo de Corinto y de Némea, santuario famoso de la Argólide, y algún certamen menor consagrado a Hera.

—Gané en la doble.—Pues yo en la palestra.

—Pero yo en el pentatlo.—Yo cual púgil.

—¿Quién eres?—Timodemo.—Yo soy Crete.

—Y yo Creteo.—Diocles es mi nombre.

—¿Y el de tu padre?—Clino.—Que lo es nuestro.

—¿Y tú venciste en…?—El Istmo.—¿Tu triunfo?

—Fue en el prado nemeo, al lado de Hera.

8 (XIII 6)

Epitafio del comediante Licón, muy célebre y sociable, que tomó parte en las ceremonias de las bodas poligámicas que en Susa celebró Alejandro Magno el 324. No se sabe quién es el que habla, autor de la erección de una estatua del actor en su tumba. Nótense la alusión a la yedra, planta consagrada a Dioniso y símbolo del triunfo escénico, y a los ditirambos, piezas teatrales de algún modo relacionadas con el dios.

Yo he erigido esta estatua extraordinaria

por que fuera un recuerdo de Licón,

comediante y autor de ditirambos

con guirnaldas de yedra aquí ataviado.

Memorial será, pues, para que sepan

los venideros cómo fue en la vida

un hombre que brilló por su gracioso

trato en tantas tertulias y banquetes.

9 (XIII 27)

Para el cenotafio de un náufrago que fue víctima del Noto o viento Sur.

Foco en tierra extranjera murió, pues las lúgubres olas su navío

combatir no pudo ni salvarse de ellas,

mas hundióse en los grandes abismos del piélago egeo

cuando el fondo del mar revolvía el Noto.

Vacío quedó su paterno sepulcro, a los pies del cual su madre

Prométide, como triste ave, lamenta

día tras día, ¡ay, ay, ay!, el destino de su hijo

llorando su muerte como prematura.

10 (VII 650)

Rehuye la brega marina y empuña la esteva

si ver quieres el fìn de una longeva vida;

en tierra los años son largos y, en cambio, no es fácil

hallar canas cabezas entre los marineros.

ESPEUSIPO

Sobrino de Platón y su seguidor en la dirección de su escuela filosófica, la Academia, que murió en el 340 ó 339 y dedicó a su tío, al parecer, el epigrama que recogemos.

11 (XVI 31)

De Platón los despojos la tierra en su seno recubre,

pero su alma divina se halla ya entre los dioses.

DEMÓSTENES

El famoso orador y defensor de la libertad griega frente a Filipo y Alejandro Magno (cf. el 8 de Faleco), que vivió entre el 384 y el 322.

12 (Plut. Vita dec. or . 847 a )

Al parecer, el orador dejó redactado su epitafio.

Si hubieras tenido, Demóstenes, fuerza pareja

a tu alma, en Grecia el Ares macedón no imperara.

ARISTÓTELES

El célebre filósofo, nacido y muerto en los mismos años que Demóstenes.

13 (Dióg. Laerc. V 5)

Aristóteles erigió en Delfos un cenotafio a su amigo Hermias, muerto a traición por Artajerjes III, que en vida fue tirano de la ciudad de Atarneo, en la Tróade (cf. intr. a Hegemón); filósofo y protector de filósofos, y además tío de la esposa del gran pensador.

A quien jamás ofendiera a la pura justicia

divina mató el rey de los Persas arqueros,

no abiertamente con lanza en sangriento combate,

mas mediante un traidor que engañarle supiera.

TEÓCRITO DE QUÍOS

Se trata de un sofista y político del siglo IV , natural de la isla de Quíos, del mar Egeo, y alumno de su paisano Metrodoro, que a su vez lo era del retor Isócrates.

14 (Dióg. Laerc. V 11)

La posición política de Teócrito era hostil a los Macedonios y, por tanto, a Aristóteles, preceptor de Alejandro y amigo de muchos de ellos. En el único epigrama que de él tenemos, cuya conservación se debe no sólo a la fuente indicada, sino a otras como Eusebio (Praep. ev . XV 2, 12), vemos una crítica del gran filósofo, a quien tilda de glotonería y avaricia que, cuando podía haber seguido formando parte, en Atenas, de la Academia platónica (cf. intr. a Espeusipo), le llevaron a la capital de Macedonia, Pela, donde había un riachuelo cuyo nombre (Bórboro) puede significar algo así como cloaca; y también le censura el hecho a que dio lugar el epigrama 13. La maledicencia de Teócrito explota el hecho, al parecer real, de que Hermias, natural de Bitinia, región de Asia Menor, y a quien él considera eunuco, fuera en un principio el esclavo de otro tirano de Atarneo llamado Eubulo.

Este sepulcro vacío para Hermias, eunuco

y esclavo de Eubulo, levantó Aristóteles,

el necio, al que el vientre voraz preferir ordenaba

el Bórboro y su cauce mejor que la Academia.

AFAREO

Es un retor y poeta trágico, hijo adoptivo del orador Isócrates (cf. intr. a Teócrito de Quíos) de quien conservamos un epigrama dedicado a su maestro con ocasión de su muerte en 338.

15 (Plut. Vita dec. or . 839 b )

Afareo esta imagen a Zeus consagró y a los dioses

de su padre Isócrates la virtud honrando.

MAMERCO

Tirano que ejerció poder en la ciudad de Cátane, en Sicilia, a mediados del siglo IV .

16 (Plut. Vita Timol . 31)

El tirano, hombre de aficiones literarias, se jacta de una victoria obtenida contra el general corintio Timoleonte al ofrendar los lujosos escudos conquistados en ella.

Estas armas de púrpura y oro y marfiles con ámbar

las cogimos con unos simples escudillos.

PERSES

El epigrama 21 es atribuido en el lema a Perses el tebano; el 22, a Perses el macedonio. Quizá se trate, pues, de dos poetas distintos. En todo caso, el autor de 17 tenía relación con Tebas, capital de Beocia, y pudo haber redactado dicho epigrama antes del 316. Sus obras, si de un solo escritor puede hablarse, son intrascendentes, pero no carecen de un cierto encanto simple (cf. 22, 23, incluso el modesto 24; es francamente bello el 20). Meleagro (776, 26) le atribuye como flor el junco, quizá por el origen oriental de esta planta puesto en relación con el nombre que evoca a Persia.

17 (VI 112)

Con alguna imaginación, los hechos históricos pueden resumirse así: la familia, en que, según costumbre, se repetían los mismos nombres, era muy conocida en Tebas; un tal Leontíadas mandó las fuerzas de aquella ciudad en las Termópilas (cf. el 5 de Hegemón); otro fue polemarco en 383; otro, padre de Prómenes; éste, como consecuencia de la destrucción de Tebas por Alejandro Magno (335) y del pánico que ello causó entre los Griegos, fue privado por los ciudadanos de Delfos, sede en la Fócide del famoso oráculo, de la proxenia (especie de consulado honorífico); sus hijos, Leontíadas e Hipolao, se desterraron a Arcadia, región del Peloponeso a cuyo SE. está el monte Ménalo; el joven Leontíadas, antes o después, casó y tuvo dos hijos, Daíloco y Prómenes; en 328, los Delfios se sintieron suficientemente seguros ante los Macedonios como para restituir la proxenia, en inscripción que conservamos, a Prómenes y su descendencia; Leontíadas y sus hijos, ante un éxito obtenido en la caza, consagraron a Apolo, probablemente en Delfos, los trofeos; y es de suponer que volvieran a Tebas después de su restauración (316) por Casandro, hijo de Antípatro (cf. intr. a Arato), que vivió entre el 355 y el 297 y no llegó a imponer su dinastía en Macedonia.

Tres cabezas de ciervos menalios con cuernas enormes

te son consagradas en tu pórtico, Apolo;

a caballo cazólos la mano veloz de los hijos

del valiente Leontíadas, Daíloco y Prómenes.

18 (VI 272)

Timaesa, después de padecer un difícil embarazo y parto, consagra en acción de gracias a Ártemis, hija de la diosa Leto y patrona de las mujeres encintas, las vestiduras que a lo largo de nueve meses ha llevado: faja, cipasis (prenda oriental fina y suelta de manga larga) bordado con flores y una cinta que sujetaba los pechos inflamados.

La faja, el florido cipasis, la cinta que oprime

el pecho estrechamente te ofrenda, Letoide,

Timaesa, que al décimo mes escapó con tu ayuda

a la carga terrible de un penoso embarazo.

19 (VI 274)

La parturienta, en acción de gracias, consagra a Ilitía, diosa de estos trances, una especie de capa que se abrochaba con un alfiler y una diadema, quizá metálica, con la que se sujetaba el pelo empapado en lucientes ungüentos.

Esta túnica toma, señora que al niño proteges,

y también la diadema de los brillantes rizos,

bendita Ilitía, conserva y de Tíside acepta,

porque la sacaste con bien de su parto.

20 (VII 501)

Patético epigrama dedicado a Filis, quizás un conocido músico de Delos, la célebre isla del mar Egeo en que se tributaba culto a Apolo y Ártemis, que pereció en un naufragio al zozobrar su nave ante un huracán del Euro o viento E. cerca de Lesbos, otra isla del mismo mar no menos conocida.

Los helados embates del Euro tu cuerpo desnudo

arrastraron, Filis, a una triste playa

de las costas de Lesbos, la rica en viñedos, y yaces

bajo el espolón húmedo de un roquedo escarpado.

21 (VII 445)

Dos leñadores, naturales de Dime, en la Acaya, región del NO. del Peloponeso, perecieron tal vez juntos en un accidente.

En un bosque fragoso yacemos, viajero, los hijos

de Equelo, Mantíadas y Éustrato, de Dime;

leñadores y agrícolas fuimos de siempre, y por eso

son las cortantes hachas emblema en nuestra tumba.

22 (VII 487)

La madre, en lugar de realizar las ceremonias que le incumbían en la boda, hubo de desgarrar su cuerpo en señal de luto.

Moriste, Filenion, soltera y Pitíade, tu madre,

en vez de conducirte, la sazón llegada,

al tálamo, te ha sepultado a la edad de catorce

años tras lacerarse cruelmente las mejillas.

23 (VII 730)

Descripción del relieve de una tumba. Neotima había muerto al dar a luz. Sus padres, acongojados, vieron próximo el fin de sus propias vidas y quisieron que en su tumba figurara la madre, contemplando un retrato de la muchacha, y frente a ella, en actitud de dolor, su esposo Aristóteles.

¿Por qué, desdichada Mnasila, hasta el mismo sepulcro

acompaña a tus lágrimas el grabado retrato

de Neotima? Aquí está tras perder en un parto la vida;

tú, madre amada, besas sus párpados hundidos

en la niebla, ¡ay de ti!, y Aristóteles, padre apenado,

se lleva a tu lado la mano a la cabeza.

¡Desgraciados entrambos, que ni aun con la muerte pudisteis

hallar en el olvido consuelo de los males!

24 (IX 334)

Habla un diosecillo, Ticón, a quien algunos identifican con Priapo (el lematista, desorientado, habla de él o de un sátiro o de Pan); es una divinidad modesta, patrocinadora de pequeñas fortunas o alegrías para las gentes pobres.

Si oportuno aun a mí, dios pequeño entre todos, me invocas,

obtendrás tus deseos, mas no busques grandezas;

lo que un dios popular conceder puede a un hombre indigente,

eso soy yo, Ticón, dueño de otorgarlo.

25 (VII 539)

Inscripción para un cenotafio. El mar comienza a ponerse peligroso a fines de octubre, cuando por primera vez es visible de noche la puesta de la estrella Arturo, de la constelación del Boyero. El lema duda entre Perses y el tardío Teófanes.

No previste, Teotimo, la puesta fatal del lluvioso

Arturo y a terrible viaje te arrojaste

que, cuando el Egeo surcabas en nave potente,

con tus compañeros al Hades te condujo.

Aristódice y Éupolis, padres que vida te dieron,

llorando abrazan, ¡ay!, tu sepulcro vacío.

ESCRIÓN

Cf. la introducción al 510 de Dioscórides, y perdónesenos si ponemos demasiado al principio de nuestra lista cronológica a autor de quien tanto se ignora.

26 (VII 345)

No sabemos dónde estaba sepultada la escritora ni cuál era ese promontorio. Tampoco existe la menor idea sobre quiénes eran esos mozos subterráneos.

Filénide aquí yace, la famosa

entre los humanos, que la edad abatió.

Ni a mofa te entregues, ¡oh, tú, recio nauta!,

ni a befa o sarcasmo al doblar esta punta,

¡no por Zeus y los mozos de allá abajo!,

pues pública no fui ni licenciosa.

Polícrates, por su linaje Ateniense,

charlatán y pillo de pícara lengua,

lo que escribe escribe; mas yo no sé nada.

MENANDRO

Es el famoso comediógrafo, cuya vida se sitúa entre los años 342 y 292 y que tuvo ocasión de tratar y posiblemente ser influido por el filósofo Epicuro, lo cual no asegura que este epigrama sea de él.

27 (VII 72)

Se refiere a Temístocles, el héroe de la segunda guerra Médica, y Epicuro, cuyos respectivos padres se llamaban Neocles, poniéndoles en paralelo: uno salvó a los Atenienses de la amenaza persa y el otro, con sus doctrinas, les infundió sabiduría.

Yo os saludo, ¡oh, gemelos Neoclidas!, que el uno a la patria

libró de esclavitud y de necedad el otro.

ÁNITE

Hay indicios para situar a Ánite (a la que Meleagro en 776, 5-6 enlaza con las poetisas Safo y Mero y atribuye el Lilium candidum, mientras que las otras dos reciben como emblemas, respectivamente, la rosa y una flor cuyo nombre ha dado lugar a nuestro lirio y puede ser sinónimo o semisinónimo del de la planta de Ánite o referirse a otra del tipo del narciso) hacia el 300. Apenas sabemos nada de su vida: era (así Pólux en el contexto de 37; aunque en el lema de 50 se habla de Ánite la mitilenea, con referencia a la ciudad más importante de Lesbos, cf. el 20 de Perses, evidentemente, cf. intr. a Nóside y Erina, se trata de una confusión con Safo, natural de aquella isla) de Tégea, en Arcadia, ciudad con la que se relacionan 28 y 29, mientras que el cariño especial con que dibuja la figura del dios Pan (30 y 46) cuadra bien a una persona del país en que se le rendía especial culto. En Pausanias (X 38, 13) se cuenta una rara historia acerca de un viaje de la poetisa a Naupacto, por indicación de Asclepio que se le había aparecido en sueños, y de su intervención allí en la cura milagrosa de un tal Falisio, que se había quedado casi ciego.

La mayor parte de sus epigramas (entre los que son auténticos los diecinueve primeros y dudosos los cinco últimos, de los cuales 47-48 ofrecen atribuciones a otros autores en el lema y 49 no debe de ser de Ánite; en cambio, se le atribuye alternativamente el 423 de Aristódico) tienen cuatro versos, estructura muy apta para lo que pretende: trazar, sin pretensiones pero con gran amor, amables y sencillos cuadros casi pictóricos en su expresividad. Tal vez falle algo precisamente cuando quiere remontarse a temas de más envergadura (pacifismo muy femenino en 28; elogio de la virtud en 50; patetismo en 34; tremendismo en 36); en cambio, su especialidad son las pequeñas y delicadas escenas en que aparecen niños o muchachos, animales, apacibles paisajes campestres o marinos.

28 (VI 123)

Equecrátidas, natural de Creta, ha ofrendado a Atenea Alea, en su espléndido templo de Tégea (cf. intr.), una lanza cuyo nombre, a diferencia del que será empleado más tarde, en el 97 de Leónidas y otros, con carácter genérico, indica precisamente un arma con mango de madera de cornejo.

Queda aquí, lanza homicida, y no viertas más triste

sangre de enemigos con tu garra de bronce;

de Atenea descansa en el alto santuario marmóreo

y el valor pregona del crete Equecrátidas.

29 (VI 153)

Un paisano de Ánite ha ofrecido, probablemente a Atenea Álea, un caldero muy grande y artístico, obra de Aristóteles, de Clitor, ciudad del N. de Arcadia.

Un enorme caldero consagra Cleóboto, el hijo

de Eriáspidas; Tégea la espaciosa es su patria;

a Atenea lo ofrece; su autor Aristóteles era,

clitorio, cuyo nombre llevó también su padre.

30 (XVI 291)

Inscripción para una fuente, situada probablemente cerca de un santuario de Pan, en que tal vez el agua fluyera de ánforas sostenidas por ninfas de piedra.

A Pan el hirsuto y las ninfas rupestres dedica

Teódoto el pastor esta ofrenda en el monte,

porque, estando rendido del seco calor del estío,

le refrescaron dándole dulce agua con sus manos.

31 (VII 724)

Tu ardor te perdió en el combate, Proarco, y muriendo

enlutaste la casa de Fidias, tu padre;

pero es bello el himno que aquí tu sepulcro te canta:

pereciste luchando por la patria querida.

32 (VII 486)

El Aqueronte es uno de los ríos que rodean el Hades.

Muchas veces junto a este sepulcro lloró con tristeza

Clina la temprana muerte de Filénide

al alma invocando de su hija, que, en vez de casarse,

atravesó las verdes aguas del Aqueronte.

33 (VII 490)

La queja es puesta en boca de una figura que, en la tumba, se lleva las manos a los ojos. Primera alusión a Cloto, Láquesis y Átropo, las Moiras o Parcas que hilan el destino de los hombres.

Lloro a Antibia, doncella, a la cual tantos hombres buscaron

pretendiéndola en casa de su padre, atraídos

por su encanto y talento; mas pronto una Moira funesta

derribó por tierra la esperanza de todos.

34 (VII 646)

En la tumba de una muchacha.

He aquí las palabras que dijo a su padre querido

Érato con lágrimas y un último abrazo:

—Ya, padre, no existo; perezco y oculta la muerte

mis ojos oscuros con su negra sombra.

35 (VII 649)

Sobre una moza que murió soltera.

A cambio del lecho nupcial y el solemne himeneo,

tu madre ha puesto encima de tu marmórea tumba

una virgen, ¡oh, Tersis!, que tiene tu talla y belleza;

y así, aun después de muerta, diríase que hablas.

36 (VII 208)

Sobre un caballo muerto en batalla por Ares, dios de la guerra.

Éste es monumento que Damis erige a su bravo

caballo, cuyo pardo pecho herido por Ares

fue; de su espesa corambre brotó sangre negra

y empaparon la tierra sus tristes despojos.

37 (Pól. V 48)

Una juguetona y ruidosa perra, llamada con el étnico de su país, bien conocido por sus excelentes canes, que puede ser la tierra de los Locros Opuntios o la de los Locros Ózolas, ambas situadas en el centro de Grecia, ha sido mordida, al acercarse a un matorral, por una víbora.

Tú en la fragosa espesura también pereciste,

la más ágil de todas las ladradoras perras;

tal fue, Lócride, el tósigo cruel que en tus patas veloces

inoculó una víbora de piel moteada.

38 (VII 202)

A un gallo muerto por un zorro o comadreja.

No podrás despertarme ya más agitando como antes

tus alas con vigor por avisarme al alba:

te atacó un malhechor a escondidas durante tu sueño

y te mató echando la garra a tu gaznate.

39 (VII 215)

Epitafio de un delfín al que las olas han arrojado muerto a la playa: en tiempos, el animal veía su propia efigie en el espolón de una nave, que representaba a otro delfín. El epigrama es francamente bello.

Ya no puedo sacar fanfarrón mi cabeza emergiendo

del fondo del mar surcado por barcos;

no daré resoplidos, gozoso de ver mi figura

cerca de los bellos labios de la nave.

La purpúrea marea del ponto me trajo a la costa

y aquí estoy en esta suave playa tendido.

40 (VI 312)

Descripción de una pintura de niños jugando con un macho cabrío: quizás el templo sea de Posidón Hipio, patrono de las carreras de caballos.

Unas bridas purpúreas los niños, cabrón, te pusieron

y un freno en la boca velluda y las carreras

ecuestres ahora remedan en torno al santuario

del dios, por que contemple sus juegos infantiles.

41 (IX 745)

Aquí el cuadro representa a otro macho cabrío, animal que solía ser sacrificado a Dioniso, llamado aquí por primera vez Bromio (nacido del trueno por la fulminación de su madre Sémele) y que recuerda con ufanía y nostalgia su anterior vida bucólica con las náyades o diosas de los manantiales.

Mira de Bromio el cornudo cabrón, qué soberbio

y altivo nos mira con su barbudo rostro

y recuerda que más de una vez en los montes la mano

rosada a sus vedijas las náyades llevaban.

42 (IX 144)

Inscripción para una estatua en madera de Afrodita, probablemente untada, a efectos de su mejor conservación, con aceite o cera, lo que podría ser causa también del epíteto del último verso, y situada junto al mar en un promontorio.

De Cipris es este paraje, pues siempre se asoma

a mirar desde aquí las aguas centelleantes

para hacer agradable a los nautas el viaje, y contempla

el mar con respeto su espléndida estatua.

43 (IX 313)

Inscripción de una fuente en que suelen beber los segadores: de dulce exhortación habla con razón el lema.

Descansa tendido del denso laurel a la sombra

y sus aguas dulces pide a la amable fuente

por que, oreados del céfiro, encuentren alivio

del estival trabajo tus miembros jadeantes.

44 (IX 314)

Inscripción para el hermes (busto del dios así llamado con pedestal prismático) de una encrucijada.

Yo soy Hermes y estoy en el trivio, a la vera de un huerto

florido que, no lejos del mar canoso, ofrece

solaz al viajero cansado del largo camino;

y de una limpia fuente manan las frescas aguas.

45 (XVI 228)

Según el lema habla una imagen de Pan.

Bajo el álamo, amigo, reposa tus miembros cansados;

entre sus verdes hojas murmura un dulce aliento;

bebe, pues, en la fuente su fresco licor, deleitoso

refrigerio en verano para el caminante.

46 (XVI 231)

Diálogo con una estatua de Pan: en el segundo verso se hace referencia a la siringa, clásico instrumento del dios formado por un conjunto rectangular de cañas mantenidas en paralelo por medio de cera, que a veces se utilizaba también para obstruir parcialmente algunos tubos con el fin de lograr distintas notas.

—¿Por qué solitario en la selva frondosa te sientas,

Pan rústico, a tañer esa dulce caña?

—Así vagará en estos montes que baña el rocío

la ternera paciendo los esbeltos tallos.

47 (VII 190)

Aunque el lema atribuye el epigrama alternativamente a Leónidas, el estilo y contenido parecen ser propios de Ánite: el estupor infantil ante la muerte está recogido con sensibilidad. Naturalmente, la inscripción es ficticia, aunque quizá no tanto la pequeña tumba erigida, por ejemplo, en un jardín. Es curiosa la confusión de Plinio (N. H . XXXIV 57), que habla, con error producido por el nombre de la muchacha, de que Mirón, escultor del siglo v, de la ciudad ática de Eléuteras, hizo, como dice Erina (confunde, pues, a una poetisa con otra, cf. intr.), un monumento funerario a dos animales de estas especies. La expresión ruiseñor de los campos se debe a que algunos acrídidos, como el saltamontes, producen una especie de canto frotando las patas contra los élitros.

Miro, la niña, en común sepultó al saltamontes,

ruiseñor de los campos, y a la cigarra, huésped

de la encina, y gemía con llanto pueril, porque el duro

Hades sus dos juguetes le había arrebatado.

48 (VII 232)

Existe duda en el lema sobre si el epigrama es de Ánite o de Antípatro, es de suponer que el sidonio. Son frecuentes entre los Macedonios los nombres de Filipo y Amintas, más bien que Amintor; y tras la muerte de Alejandro Magno hubo muchas guerras en Lidia, país del O. de Asia Menor, y, sin duda, muchos Macedonios que allí murieron.

El lidio terreno aquí cubre a Amintor, que era hijo

de Filipo y que tantas veces luchó en la guerra;

y no fue mal penoso el que a un mundo de sombras le trajo,

mas murió con su escudo protegiendo a un amigo.

49 (VII 236)

Probablemente no es de Ánite, sino de Antípatro el tesaloniceo, de quien también habla el lema. Temístocles (cf. el 27 de Menandro) murió en la Magnesia del Meandro, ciudad de Asia Menor situada a orillas de dicho río; hay una leyenda según la cual su cadáver fue después exhumado clandestinamente y sepultado en el Pireo, puerto de Atenas, pero aquí lo que se dice brevemente es que, aunque el sepulcro conserve sus restos, lo que en verdad conmemora es la falta de visión y mala voluntad con que los Griegos dejaron expatriarse a un glorioso guerrero.

No soy de Temístocles tumba magnesia, mas prueba

de la maldad y envidia de los Helenos todos.

50 (VII 492)

Es bien conocida la leyenda de unas muchachas de Mileto, la gran ciudad de Asia Menor, que, ante su toma y saqueo por los Gálatas, pueblo céltico, hacia el 277, se suicidaron para evitar la violación (que el lema da por consumada) o el matrimonio forzoso con los invasores. Resulta dudoso que el epigrama sea obra de la poetisa; sobre otra confusión del lema, cf. intr.; nótese la alusión al dios del matrimonio.

Por huir del abuso salvaje del Gálata impío,

morimos, Mileto, nuestra patria querida,

tres muchachas de aquí, a las que el Ares brutal de los Celtas

impulsó a tal destino, sin tolerar su inmundo

contacto y tampoco el nupcial himeneo; pues hemos

encontrado como protector al Hades.

51 (VII 538)

El epigrama, más bien que ser de esta autora, podría responder a las reflexiones filosóficas de algún cínico. Manes es nombre frigio y, más concretamente, común entre esclavos de aquel país del N. de Asia Menor. El Darío citado puede ser cualquiera de los varios reyes de Persia bien conocidos.

Este hombre era Manes en vida, mas hoy, aquí muerto,

vale ya lo mismo que Darío el grande.

ANTÁGORAS

De este natural de Rodas (así en el lema de 53) sabemos que estuvo en la corte de Antígono II Gonatas (nacido hacia el 319 y rey de Macedonia desde el 283 hasta su muerte en 239) y también que tuvo relación con varios filósofos: escribió (52) el epitafio de Polemón y Crates, hay anécdotas que le ponen en contacto con Crantor el académico y Menedemo de Eretria, se indispuso con el también platónico Arcesilao. Todo ello, y especialmente el mencionado epitafio, hace suponer que vivía hacia el 265; pero entonces resulta demasiado largo el intervalo de más de cincuenta años entre los dos poemas que se le atribuyen, y quizás haya que suponer que 53 es bastante posterior a la construcción del puente. En Meleagro (776, 52) se le representa con el buftalmio u ojo de buey, no bien identificado, cuyo epíteto aquí indicaría una planta trepadora o heliotrópica.

52 (VII 103)

Los filósofos Polemón y Crates eran famosos por sus virtudes y por su mutuo afecto; el primero, sucesor de Jenócrates en la dirección de la Academia platónica desde el 315, murió hacia el 270; el segundo, que le sucedió a su vez, no debió de vivir muchos años más, y a su muerte asumió el cargo Arcesilao (cf. intr.). Fueron enterrados en la misma tumba, y Antágoras les dedicó un epitafio común que conserva también Diógenes Laercio (IV 21).

Puedes contar a tu paso, extranjero, que yacen

aquí el pío Crates y Polemón, hombres

de espíritu a cual más magnánimo; santas palabras

brotaban de sus bocas geniales, y una vida

límpida y sabia y leal a inmutables principios

encaminó hacia un evo divino sus almas.

53 (IX 147)

Inscripción para un puente que el rico ateniense Jenocles de Esfeto, patrono de los misterios del santuario eleusinio de Deméter en el año 321/320, mandó construir a sus expensas para que la Vía Sagrada, al pasar en el recorrido de Atenas a Eleusis por el riachuelo llamado Cefiso, distinto del río igualmente llamado que pasa muy cerca de la capital, no se viera cortada, con la consiguiente molestia para los peregrinos, en los días de fuerte lluvia. En el texto y lema, inexplicablemente, se habla de Jenocles el lindio, con alusión a Lindo, ciudad de Rodas; hay que entenderlo con cita del demo, como aquí, o con el nombre de su padre, Xinis.

Id, iniciados, al templo marchad de Deméter

sin temer ya aluviones de torrenciales aguas;

tan seguro es el puente que os hizo el esfetio Jenocles

lanzándolo a través del anchuroso río.

TEETETO

Muy poco sabemos de él excepto que, como Crantor murió antes que el también filósofo Polemón, cuya vida debió de terminar hacia el 270 (cf. el 52 de Antágoras e intr. al mismo), es probable que escribiera en la segunda mitad del s. III : Page, sin embargo (cf. intr. gen.), le sitúa hacia el 275. En todo caso, nada se opone a que sea él la persona citada por Calímaco en 331, escritor que fracasó en un concurso dramático, en pro de lo cual hablaría el hecho de que en 57 menciona a uno de Cirene, capital de la libia Cirenaica, patria de aquél. El más interesante y original de sus epigramas es el 58.

54 (VI 357)

Un viandante dialoga con las figuras masculina y femenina que figuran en un sepulcro.

—Sed dichosos, muchachos. ¿Cuál es el linaje y el nombre

bello que a personas tan hermosas fue dado?

—Yo soy Nicanor; Eupteeto es mi padre y Hegeso

mi madre; macedón soy en cuanto a mi estirpe.

—Y yo Fila soy, que a mi hermano acompaño; y un voto

de nuestros padres es causa de que aquí estemos.

55 (Dióg. Laerc. IV 25)

Epitafio (cf. intr.) del filósofo platónico Crantor, famoso por sus virtudes, que, según cuenta el propio Diógenes un poco antes, era autor de unos 30.000 versos, parte de los cuales dejó sellados en un templo de Atenea antes de abandonar su ciudad natal, Solos, ciudad de Cilicia, región costera del Asia Menor limítrofe con Siria, para ir a Atenas, y del que sabemos, por el mismo biógrafo, que murió de hidropesía y pidió ser enterrado en los repliegues de la tierra querida . Los dos versos finales reflejan la serenidad de Crantor, que aun en el otro mundo encuentra la felicidad.

Agradó a los humanos Crantor, pero más a las Musas,

y no pudo llegar a edad muy avanzada.

Tú, Tierra, el cadáver del santo varón acogiste

y él en tu seno sigue viviendo dichoso.

56 (VII 727)

Epigrama un poco raro, pues la alusión a la envidia no parece venir muy a cuento y la comparación del final es inapropiada: Minos, el mítico rey de Creta ocupa en los infiernos una posición privilegiada como juez de los muertos y Tersites, el personaje repugnante del canto II de la Ilíada, es feo y contrahecho, pero no tonto. El tono cínico de la anécdota está claro (cf. el 51 de Ánite).

Parecía no ser inferior a ninguno en talento

Fíleas, y que ante ello sufra el envidioso;

mas vana es la gracia que otorga la fama, pues Minos

no es en el Hades más honrado que Tersites.

57 (VII 499)

Para un cenotafio de Cirene (cf. intr.) Zeus es mencionado aquí con el apelativo de Xenio u Hospitalario porque lo que se pide es misión amistosa y en cierto modo diplomática; las rocas Icarias estarían cerca de la isla de Ícaros o Icaria, de las Espóradas, situada al O. de Samos.

Viajeros del mar, Aristón, cireneo, os suplica

a todos que digáis, por Zeus Hospitalario,

a su padre Menón que su vida perdió en el Egeo

y que yace al lado de las icarias rocas.

58 (VII 444)

Epigrama dedicado a los muertos de una gran catástrofe. En la casa del rico Antágoras, una noche de invierno, se estaba celebrando un gran banquete, al que asistirían muchos invitados y en el que servirían la mesa todos sus esclavos. El vino correría libremente y todos, comensales y criados, estarían demasiado eufóricos para darse cuenta de que, sin duda por causa de la calefacción central con hipocausto calentado desde abajo, se había declarado un incendio. En un caso semejante, el de la casa de Escopas en Fársalo, ciudad de Tesalia, región del N. de Grecia, cuenta Cicerón (De or . II 353) que el lírico Simónides de Ceos, muy experto en recursos mnemotécnicos, pudo identificar los cadáveres por el sitio que ocupaban en la mesa; pero allí fue posible por haberse producido las muertes en el acto, al derrumbarse el techo, mientras que en este caso se habrían levantado todos para intentar huir.

Nadie supo en la noche de invierno que el fuego invadía

la gran casa de Antágoras, en que reinaba el vino,

y ochenta es la suma de libres y siervos mezclados

que ardieron en aquella pira abominable.

Imposible a los deudos les fue separar osamentas:

común se hizo la urna, comunes las honras

y erigióse tan sólo una tumba; pero Hades conoce

muy bien las cenizas de cada uno de ellos.

59 (Dióg. Laerc. VIII 48)

Habla al espectador una estatua de deportista erigida, como era costumbre, en un recinto agonal. Pitágoras de Samos, hijo de Crates, se presentó en Olimpia, el famoso santuario de la Élide, región occidental de Peloponeso, para competir en la Olimpíada del año 588: llevaba el pelo largo y un manto de púrpura que le daba un cierto aspecto afeminado, por lo que fue eliminado con vilipendio de la competición infantil, a la que correspondía por su edad; pero luego logró entrar, no sabemos cómo, en la prueba de los hombres, donde, con sorpresa general, derrotó a todos.

Sí, Pitágoras, sí, caminante, si tal vez recuerdas

al melenudo púgil samio, tan famoso,

ése soy; si, queriendo saber de mis gestas, preguntas

a cualquier Eleo, creerás que exagera.

ALEJANDRO

Nacido en Pleurón, ciudad de Etolia, región del NO. de Grecia, vivió entre los siglos IV-III (Page, cf. intr. gen., le sitúa hacia el 275); trabajó en la biblioteca de Alejandría, donde estaba encargado de los manuscritos de tragedias y dramas satíricos; y más tarde fue llamado a la corte macedonia de Antígono Gonatas (cf. intr. a Antágoras). Es autor de tragedias, poemas épicos y elegíacos, todo ello perdido salvo fragmentos. De estos dos epigramas, 60 denota al erudito más que al poeta; 61 es fino, pero banal. No vemos por qué en Meleagro (776, 39) se habla para Alejandro del olivo.

60 (VII 709)

El poeta toca un punto ya discutido en la Antigüedad, y del que nuevos papiros nos demuestran que ni siquiera Aristóteles, relativamente cercano en el tiempo, sabía mucho: el de si el lírico Alcmán (s. VII ) había nacido en la asiática Lidia (cf. el 48 de Ánite) o en Esparta, donde trabajó. Alejandro se inclina a creer que nació en Sardes, capital de Lidia, y se trasplantó a Grecia para su fortuna, pues su patria no le había ofrecido sino un bárbaro y pervertido ambiente: Alcmán habría sido allí portador de una bandeja ritual de la diosa Rea o bien eunuco sacerdote de la misma, de quien se cita un instrumento típico. Su paso a Grecia le ha puesto en contacto con las Musas, habitantes del monte Helicón de Beocia, y con Esparta, ciudad ganadora de multitud de trípodes en concursos poéticos; y nada tiene que envidiar ya a sus compatriotas los sucesivos reyes, algo más antiguos que él, Candaules y Giges.

Sardes antigua, ciudad de mis padres, contigo

yo hubiera camarero sido o tal vez eunuco

que, vestido de oro, aporreara sonoros tambores;

mas soy Alcmán de Esparta, que en trípodes abunda,

y a saber exceder en grandeza a los reyes Candaules

y Giges me enseñaron las Musas Helicónides.

61 (XVI 172)

Esta escultura de Afrodita (cf. el 42 de Ánite), al parecer armada en son de guerra, es tan perfecta, representa a la diosa tan a lo vivo, que parece como si la propia Palas Atenea, divinidad de las artes, la hubiera hecho sin guardar rencor al modelo porque, en el famoso juicio de Troya, Paris o Alejandro la prefirió a ella y a Hera.

Palas sin duda ella misma ha esculpido esta Cipris

no acordándose ya del juicio de Alejandro.

MERO

Era natural de Bizancio; casó con el filólogo Andrómaco, al que conocemos como autor de un léxico etimológico; ella, por su parte, escribió versos épicos, entre ellos un himno a Posidón, con elegías, poemas líricos, etc.; no es extraño que tales padres pusieran como nombre el de Homero a su hijo, autor trágico de los siete muy conocidos que formaron parte de la llamada Pléyade y famoso en Bizancio, donde tenía una estatua. Puesto que el florecimiento de este Homero suele situarse hacia el 280, el de su madre andaría no lejos del 300. Suele emparejársela con Ánite, cuya temática imita en 63 y a la que, al menos, se parece en su empleo, atestiguado en los dos únicos epigramas de Mero que poseemos, de poemas de cuatro versos. Sobre la atribución floral de Meleagro, cf. intr. a la misma.

62 (VI 119)

Epigrama escrito para la ofrenda de un racimo de uvas, hijo metafórico de la viña y productor de néctar, es decir, de vino.

De Afrodita en el atrio dorado pendiente aquí quedas,

¡oh, racimo colmado del jugo de Dioniso!

No podrá ya tu madre criar su nectáreo follaje

abrazando con pámpanos graciosos tu cabeza.

63 (VI 189)

Ofrenda (cf. el 30 de Ánite) a las Hamadríades, ninfas de las encinas que nacían y morían con ellas, aunque aquí se las relaciona raramente con un río. Es posible que, en efecto, hubiera una corriente de agua cerca del bosque, pero algunos editores prefieren Anigríades, ninfas de una fuente que, en Trifilia, región de la Élide, sanaba las enfermedades de la piel. En ese caso, Cleónimo, agradecido a su curación, les habría dedicado unas estatuillas de madera (cf. el 42 de Ánite).

Salud, Hamadríades, ninfas del río, que siempre

recorréis, inmortales, con vuestros pies rosados

nuestras frondas; guardad a Cleónimo, que estas hermosas

estatuas, ¡oh, deidades!, en el pinar consagra.

NÓSIDE

Nació en el S. de Italia, en el pueblo de los Locros Epicefirios. Su fecha aproximada es posible deducirla a través de 65 (las luchas con los Bretios no debieron de ser posteriores al 280) y 73 (Rintón no pudo haber sobrevivido mucho a Ptolemeo I Soter, que nació en 367 y reinó entre 323 y 283); en 66 se nos dan los nombres de su madre y abuela materna; 74 confirma el lugar de origen de la poetisa. En 67 el lema la considera (cf. intr. a Ánite y Erina) como lesbia y en 74 se la llama amiga de Safo la mitilenea. Todo esto, claro está, carece de valor. Sus poemas tienen todos cuatro versos y la figura poética de Nóside debió de parecerse, en esto y otras cosas, bastante a la de su tal vez coetánea Ánite. Su temperamento muy femenino se muestra en la relación con mujeres de diez de sus doce epigramas; su sensibilidad artística, en los cuatro dedicados a retratos. Meleagro (776, 9-10) compara a esta poetisa con el iris, aunque ninguna de las irídeas es particularmente olorosa, y una incluso se llama lirio hediondo (sin embargo, de las raíces del denominado iris por los griegos se hacía un perfume); y sigue hablando del dulce tema amoroso de los poemas de Nóside, a pesar de que solamente 64 es erótico.

64 (V 170)

Nada excede al amor en dulzura, y no hay dicha ninguna

que aventajarle pueda, ni la miel en la boca.

Tal Nóside dice, y aquel a quien Cipris no ha amado

ignora cómo son sus rosas divinas.

65 (VI 132)

Los compatriotas de Nóside han derrotado a sus vecinos los Bretios, habitantes de lo que en época romana se llamaría el Bruttium . Éstos, en retirada, se desembarazaron de los escudos que llevaban al hombro; los vencedores los recogieron y consagraron en un templo.

De sus tristes espaldas las armas tiraron los Bretios,

heridos por las manos de los ágiles Locros,

y ahora en el templo divino ellas cantan su hazaña

sin echar de menos aquellos viles brazos.

66 (VI 265)

En la Italia meridional, al SE. de la antigua Crotón, había un famoso templo de Hera Lacinia. En él se quemarían con frecuencia inciensos, lo que explica el epíteto. El ropaje ha sido ofrecido por la madre de Nóside; nótense los nombres de abuela, madre e hija con arreglo a una costumbre genealógica, conocida ya también por Polibio (XII 5, 6), de los Locros, que, como recuerdo de antiguas costumbres matriarcales, citaban siempre a las mujeres en estos casos.

Tú, que el Lacinio oloroso a menudo contemplas

desde los cielos, Hera venerable, recibe

el ropaje de lino que a ti la de Cléoca ofrece,

la excelente Teofílide, con Nóside, su hija.

67 (IX 332)

Ofrenda de una prostituta (cf. el 1 de Filitas) con sus ganancias a la diosa del amor (cf. el 61 de Alejandro) en su templo: sabemos por Clearco (en Aten. 516 a ) que las mujeres de los Locros gozaban de gran libertad de costumbres. Sobre un error del lema, cf. intr.

Vayamos al templo y veamos qué artística queda

la imagen de Afrodita con su ornato de oro.

Poliárquide fue quien la trajo, que mucho ganara

gracias a la belleza de su propio cuerpo.

68 (VI 275)

En Homero (Il . XIX 38), Tetis introduce néctar y ambrosía por las fosas nasales de Patroclo para que su cadáver no se descomponga; en el 544 de Alceo veremos un cuerpo ungido con el mismo líquido; aquí Afrodita sana las heridas de su amado Adón o Adonis con néctar; posiblemente Sámita guardaba la redecilla ahora ofrendada junto al perfume con que se ungía en las Adonias, fiestas anuales en honor del héroe muerto por un jabalí.

Gozosa Afrodita esta ofrenda sin duda ha acogido,

la red que en sus cabellos Sámita llevaba,

pues es muy artística y huele lo mismo que el suave

néctar con que a Adón el bello unge la diosa.

69 (IX 605)

La muchacha Calo ofrenda su retrato (cf. el 23 de Perses) a Afrodita; y es posible que en los tres poemas siguientes la oferente sea la propia mujer retratada, lo cual podría ser una singular costumbre de los Locros. Como se ve, la poetisa insiste siempre en el realismo de la pintura.

Calo ofrenda a la rubia Afrodita en su templo este cuadro

que su imagen de modo muy exacto pinta.

Ved cómo luce gentil y su gracia florece.

Sea feliz, porque es su vida irreprochable.

70 (IX 604)

De la bella Taumáreta el cuadro muy bien nos refleja

la alegría y encanto de la mirada suave.

Contento al mirarte pondríase el perro, creyendo

contemplar a la dueña de la casa que guarda.

71 (VI 353)

Aquí está Melina en persona; mirad qué bonita

su faz, que contemplarnos dulcemente parece.

¡Qué fielmente la niña a su madre aseméjase en todo!

¡Qué bien, cuando los hijos reflejan a sus padres!

72 (VI 354)

Incluso de lejos se ve que a Sabétide pinta

este cuadro lleno de majestad y belleza.

Mira, parece que aquí su dulzura y talento

contemplo. ¡Que dichosa sigas siendo siempre!

73 (VII 414)

Es una graciosa originalidad la de pedir al viandante que ante la tumba no llore, sino ría. Ello porque Rintón (cf. intr.), a quien otros consideran de la ciudad de Tarante, del S. de Italia, pero a quien aquí se pone en contacto con Siracusa, la gran capital de Sicilia, fue poeta sin pretensiones, pero que gozó cierta fama (de ahí la yedra, cf. el 8 de Faleco) como autor de parodias trágicas. Sobre la alusión al ruiseñor, cf. el 47 de Ánite.

Acompaña, al pasar junto a mí, tu amistoso saludo

con una carcajada: soy Rintón, siracosio,

ruiseñor de las Musas humilde, pero he cosechado

con parodias trágicas mi ramito de yedra.

74 (VII 718)

Mensaje a Safo, modelo de todas las poetisas (cf. intr.), transmitido por alguien que va a Mitilene, capital de Lesbos.

Si navegas, viajero, a gozar con las Gracias floridas

de Safo en Mitilene, la de los bellos coros,

parte a decirles que adicta a las Musas y a ella

Lócride me engendró, y es Nóside mi nombre.

75 (VI 273)

La escritora (el lema no considera segura la atribución) pide a Ártemis que deje la caza, se bañe en el río Inopo, de Delos (cf. el 20 de Perses), y acuda a Locros para ayudar a una amiga de Nóside que está de parto. Solía decirse que la diosa no había nacido en Delos, como Apolo, sino en Ortigia, y hay varios lugares de los que se contaba que habían llevado este nombre, entre ellos la pequeña isla de Renea.

Tú, que a Delos proteges y a Ortigia la amable, tus dardos

en el seno depón, Ártemis, de las Gracias,

da al Inopo tu límpido cuerpo y acude a nosotras

para librar a Alcétide de sus vivos dolores.

DURIS

No se sabe nada de él, salvo que era de Elea, probablemente, de las varias ciudades llamadas así, la situada en la parte septentrional de la costa del Asia Menor. Éfeso (cf. intr. a Filitas), después del cataclismo citado en su epigrama, fue repoblada hacia el 290, época en los alrededores de la cual habría sido escrito.

76 (IX 424)

Estéfano de Bizancio, s. v. Ephesus, cuenta que, estando la ciudad jónica de Éfeso situada en una cuenca, un invierno fue inundada por las lluvias con muerte de muchísimas personas. Lisímaco (nacido hacia el 360, rey de Tracia desde el 305 y luego pasajeramente de Macedonia hasta su muerte en el 281), para evitar desastres semejantes, la trasladó a su emplazamiento posterior y la denominó Arsínoe, como su esposa (hija de Ptolemeo Soter, cf. intr. a Nóside, que vivió entre el 316 y 270 y casó sucesivamente con Lisímaco; con Ptolemeo Cerauno, hijo de Ptolemeo Soter, que fue rey entre 281 y 279; y con su hermano Ptolemeo Filadelfo, cf. intr. a Filitas), pero, al morir ésta, la ciudad recuperó su nombre. Resulta un tanto oscura y rebuscada la alusión a la Libia; allí, en un lugar tan seco (cf. intr. a Teeteto), habrían hecho falta lluvias, y no en Éfeso. Nótese también la alusión a Ártemis y otros dioses protectores de la ciudad, que se distrajeron aquella noche; los ríos citados al final serían el Caístro y sus afluentes.

Aéreas nubes, ¿de dónde las aguas amargas

bebisteis que en lóbrega noche a inundar vinieron

no la Libia, mas Éfeso triste y en ella infinitas

casas y posesiones de prósperos años?

¿Adónde los dioses guardianes volvieron sus ojos?

¡Ay, ay, la más famosa ciudad de entre las Íades!

Con rodar semejante a las olas, los ríos henchidos

a la mar arrastraron toda aquella riqueza.

NICIAS

Sabemos de él que era médico y amigo de Teócrito, a quien es posible que conociera en alguna estancia en Cos, donde se cursaban famosos estudios de Medicina: nos consta, por otra parte, que Nicias fue lo que pudiéramos llamar compañero de clase de un galeno muy conocido, Erasístrato. Todo ello le sitúa plenamente en la primera mitad del s. III . Cuatro de los poemas de Teócrito están relacionados con él: el epigrama 365; los idilios XI y XIII, dirigidos al médico; y el XXVIII, escrito como dedicatoria de una rueca de marfil que Teócrito llevó a Mileto, ciudad (cf. el 50 de Ánite y 78) probablemente natal de su amigo, como obsequio para Teogénide, su esposa (cf. 79). Aunque Teócrito le dedica grandes elogios (XI 6, XXVIII 7), no parece que su talla poética excediera de lo discreto (en 77 y 79 hay claras imitaciones); ni tampoco es genial la réplica a XI, cuyo primer verso conocemos: el bucólico había dicho que la poesía cura los males de amor, y el médico responde, con paráfrasis del fr. 663 N. de Eurípides, que, en cambio, el amor convierte a los hombres en poetas. La especie de menta asignada a Nicias por Meleagro (776, 19-20) es la cultivada (Nicandro, fr. 74, 57 G.-Sch.) y olorosa (Teofr. Hist. pl . VI 6, 2).

77 (VI 122)

Eco del 28 de Ánite: diálogo entre un viandante y una lanza ofrendada por Menio, que probablemente luchó como mercenario en alguna de las continuas guerras de la época de los Diácodos. Los Ódrisas son un pueblo tracio; el arma es considerada aquí como ménade o bacante consagrada no al culto de Dioniso, como es lo usual, ni al de Atenea, como dice el lema, sino al de Enialio, otro nombre de Ares.

—Ménade brava de Enialio, ¿quién vino a ofrecerte,

veloz lanza, a la diosa que convoca al combate?

—Menio fue, cuya mano en vanguardia lanzábame rauda

por que al Ódrisa hostil matara en la llanura.

78 (VI 127)

Habla un arma, probablemente un viejo escudo ofrendado quizás en un templo de Mileto (cf. intr.) donde con frecuencia actuarían las muchachas en ritos de Ártemis.

Era, pues, mi destino dejar el odioso combate

de Ares para oir a los virgíneos coros

junto al templo de Ártemis, donde mis miembros roídos

por canosa vejez Epíxeno ha ofrendado.

79 (VI 270)

Anfáreta (cf. el 18-19 de Perses) ofrenda a Ilitía, que la ha protegido en un parto, su mantilla y velo nupcial. A este último le llama flotante, adjetivo que recuerda al empleado por Teócrito en Id . XXVIII 11 para referirse precisamente a tejidos de lana hechos por la esposa de Nicias (cf. intr.), con el que se alude a algo que imita, en su finura y flexibilidad, las ondulaciones del agua. Nótese la alusión final a las tétricas figuras que se remontan a la tradición épica.

La mantilla y el velo flotante de Anfáreta quedan

encima de tu imagen puestos, Ilitía,

porque a ti en los dolores del parto con preces rogaba

que apartaras de ella las siniestras Ceres.

80 (VII 200)

Habla una cigarra capturada por un niño (cf. el 47 de Ánite); pero el animal no «canta» con las alas, sino que utiliza un complicado aparato estridulador situado en el tórax y no demasiado distinto de una zambomba.

Ya no gozaré entre el espeso follaje de un árbol

haciendo sonar mis alas delicadas,

pues la mano menuda de un niño cogióme de pronto

cuando estaba posada sobre las verdes hojas.

81 (IX 315)

Hablan probablemente las ninfas esculpidas en el relieve de una fuente erigida por un padre en memoria de su hijo. Sobre la sombra del álamo, cf. el 45 de Ánite.

Bajo los álamos siéntate aquí, fatigado

viajero, y a beber ven de nuestro chorro

por que luego recuerdes de lejos la fuente que Simo,

a la muerte de Gilo, levantó en su memoria.

82 (IX 564)

Inscripción para una colmena.

Parda abeja, que, amando la rosa estival, nos anuncias

la pintada estación en que brota el deseo,

activa recorre volando el vergel oloroso

para que se llene tu cérea celda.

83 (XVI 188)

El dios ha abandonado su monte natal Cilene, de Arcadia, para convertirse en patrono de un gimnasio, donde habla su estatua. La viola es flor difícilmente identificable, seguramente no la violeta.

Yo, protector del famoso Cilene escarpado,

Hermes, estoy a cargo de este gimnasio amable;

por eso a menudo los niños me adornan con frescas

guirnaldas de violas, mejorana y jacintos.

84 (XVI 189)

Habla la estatua de Pan, al que llama erróneamente Hermes el lema y que guarda el colmenar (cf. 82 y, sobre el Ménalo, el 17 de Perses). No es seguro que el poema sea de Nicias.

Las laderas menalias dejé y custodiando aquí quedo,

por orden de Perístrato, sus enjambres, no sean

las abejas de miel espoliadas. Rehuid, pues, mi mano

y la ágil carrera de mis rústicas patas.

LEÓNIDAS

De él se nos ha conservado una multitud de epigramas: la calidad de este poeta discreto, pero nada genial no corresponde a tan gran cantidad. Nace (cf. el 73 de Nóside) en Tarante, pero no muere allí o, al menos, tal preveía cuando escribió su propio epitafio (177). Quizás hay una alusión a su patria en 118 si las armas allí citadas son botín tomado por los Tarantinos a los Lucanos: 87, del que ahora hablaremos, puede indicar relación con el Epiro; 108, 141 y 187 revelan interés hacia Esporta; 172 puede ser indicio de una visita a Atenas. Nada indica contactos con el Egipto de los Ptolemeos, y es posible que Leónidas haya llevado una existencia azarosa y viajera, lo que explicaría su aspiración en 117 a una vida humilde y estable, sin que le asuste, en cambio, la pobreza (120-121). Su postura frente al cinismo no está clara: en 101 parece inclinarse a él, 143 es elogioso para Diógenes, en cambio 138-139 resultan tremendamente sarcásticos. De todos modos, nos produce en general la impresión de un hombre sencillo, que se complace en describir tipos rústicos, escenas en que intervienen cazadores, pescadores o artesanos, cuyos enseres canta con conmovedor cariño. No hay nada en él de amor, salvo el no extraordinario 176 (el cortejo erótico aparece por primera vez en 127), y la obscenidad de 167-168 no es morbosa. Elogia a un buen ciudadano (95), entiende bien el problema espiritual de un misógino (94), siente la fragilidad de la vida (161), la gran melancolía de la muerte oscura (102, 157-158). Frente a banales alabanzas de literatos antiguos, adivinanzas tópicas (106), reelaboraciones de fábulas (116), intrascendentes anécdotas marinas (149-150), chocarreros trozos de comedia «a lo divino» (11), «folklore» popular como el del milagro del león (137) y muestras de escasa originalidad en las imitaciones de Perses (180), Ánite (105), Alejandro (141), Mero (89-90) y Nicias (85, 175), hallamos bellísimos epigramas en que el alma se entenebrece ante un naufragio (99), se recrea en un florido cuadro pastoril (103) o se llena de alegría en el retorno de la primavera (169).

En cuanto a la cronología, es discutida. Si hay que datar 87 antes del 295, tendríamos fechas altas y habríamos de suponer que el poeta en modo alguno pudo nacer después del 315; y también parece que 18 debe de haber sido compuesto antes del 285. Por otra parte, la fecha de 185 es probable que sea poco posterior al 277. También es segura la muy cercana al 273 para 179, pero es posible que este poema no sea de Leónidas. Todo esto es coherente y nos lleva a época no mucho más moderna que la de Alejandro Magno, lo que explicaría la aludida falta de elementos egipcios: pero, aunque nada claro indiquen ciertas similitudes con Ánite y Nicias, son muchos los filólogos que, como hoy Page (cf. intr. gen.) y con razones evidentes o no, se inclinan a una cronología más baja.

Aparte de pequeños problemas de clasificación dudosa (ni el 47 de Ánite ni el 355 de Diotimo le pertenecen, y menos aún el 371-376 de Teócrito, en que el error es puramente mecánico), existe una seria cuestión de autenticidad debida a la existencia de otro epigramatista del s. I d. C., Leónidas el alejandreo, sobre el cual cf. más datos en 177: los epigramas 85-117 están claramente asignados por el lema a Leónidas el tarantino; 118-176 aparecen solamente como de Leónidas, pero la atribución al de Tarante parece casi segura; 177-187 son ya dudosos, a lo que se añade el problema de otras dudas o atribuciones alternativas en los lemas de 178-186.

Se ha hablado varias veces de las conexiones literarias de la yedra, planta atribuida a Leónidas por Meleagro (776, 15): el epíteto puede referirse a la gran cantidad de epigramas suyos que aquí se preservan.

85 (VI 202)

Imitación del 79 de Nicias (cf. el 18 de Perses, especialmente sobre el cipasis), con ofrenda a Ártemis.

Con la faja de flecos vistosos, también el cipasis

a tus puertas virgíneas consagró, Letoide,

Átide tras de su parto, que, estando preñado

su vientre, de tal trance sacaste vivo al niño.

86 (VI 211)

Caliclea, una muchacha tal vez de vida no muy decente (cf. el 1 de Filitas, por ejemplo, sobre el espejo), conseguido aquello que quería (probablemente un esposo, de ahí el epíteto divino), ofrece a Cipris una imagen de Eros y otros objetos. El texto está lleno de problemas: no sabemos qué es el peinado a la lesbia (cf. el 20 de Perses), o si tal vez la muchacha es de Lesbos (sobre la diadema, cf. el 19 del mismo); ni de qué materia puede ser la prenda íntima (cf. el 18 del mismo).

El Eros de plata, la ajorca que adorna

el tobillo, la diadema que el pelo

a la lesbia ciñe, el sostén transparente,

el broncíneo espejo y el peine de boj

que a todo lo ancho recoge el cabello

Caliclea en tu atrio consagra, legítima

Cipris, pues obtuvo lo que deseaba.

87 (VI 334)

Si se admite (cf. intr.) una cronología alta, esta ofrenda habría sido hecha por Neoptólemo, hijo de Alejandro I (rey entre 362 y 331), corregente, en el Epiro, gran país del NO. de Grecia, de Pirro (319-272), que le mandó matar el 295. La familia real epirota se jactaba de proceder de la línea mítica Éaco-Peleo-Aquileo-Neoptólemo o Pirro; estos nombres debieron de repetirse mucho en ella. En el verso 3 no nos ha cabido el epíteto el de las cuatro esquinas, alusivo a la forma de un hermes (cf. el 44 de Ánite y 83 de Nicias) que, probablemente con una estatua de Pan y figuras de ninfas (cf. el 63 de Mero), preside el lugar.

Grutas y sacro peñón de las ninfas y fuentes

que de la piedra brotan y pino cercano

y Hermes, el hijo de Maya que el hato custodia,

y tú, Pan, habitante de estas agrestes peñas,

recibid estas tortas benignos y taza de vino

que os ofrece Neoptólemo, descendiente de Éaco.

88 (VI 188)

Hay un poco de embrollo en la expresión. Terímaco, al irse a la guerra, va a dejar la caza y ofrenda al Pan venerado en el monte Liceo de Arcadia unas varas arrojadizas de las que se empleaban contra las liebres. El dios debería dirigir su mano y darle ante el enemigo tantos éxitos como había tenido cazando en el valle.

Terímaco el crete estas varas captoras de liebres

en las arcadias rocas ofrenda a Pan Liceo.

Ahora, pues, dios silvestre, dirige en la guerra su mano,

que el arco ha de empuñar, en gracia a estos dones

y, a su diestra en el valle teniéndote, obtenga en la caza

los mejores éxitos como ante el enemigo.

89 (IX 326)

Imitación del 63 de Mero (cf. 87) con un eco de Platón (Phaedr . 230 b, donde se habla de un lugar consagrado al río Aqueloo, del O. de Grecia, y a las ninfas a juzgar por las estatuas y figurillas que en él se ven). Acción de gracias de un viajero sediento que regala una copa de cuerno. Se trata de una fuente entre dos peñas, con rústicas imágenes de madera, obra de los pastores, que quieren representar a las ninfas Hidríades o de las aguas de fuente; y también hay muñequitas de cera o de yeso que las simbolizan y que, situadas en torno al pilón, se hallan siempre mojadas.

Salve, agua fresca que al filo de dos peñas saltas

y las lígneas ninfas que pastores tallaron

y rocas y amables muñecas que en torno a la fuente

como imágenes vuestras, doncellas, baña el chorro,

¡salud! Yo, el viajero Aristocles, os doy esta copa

con que apagué mi sed metiéndola en la pila.

90 (IX 329)

Invocación, en tiempo de sequía, a las ninfas Efidríades, similares a las Hidríades del poema anterior; éstas son hijas del río Doro, cuya localización geográfica se desconoce. Nótese la intencionada repetición de palabras, nada chocante en un hombre poco culto.

Ninfas del agua, regad, ¡oh, progenie de Doro!,

con diligencia el huerto de Timocles, pues siempre

se cuidó el hortelano Timocles, doncellas, de daros

como ofrenda los frutos en sazón de su huerto.

91 (VI 204)

Entre otras herramientas ofrendadas por Teris, al que llama el lema carpintero en fino, destaca la regla, llamada en este caso codo, porque mide unos 44 cm.

Teris, experto artesano, una regla muy recta

y una tensa sierra de bastidor curvo

y un hacha y garlopa afilada y taladro girante

a Palas, al dejar su oficio, consagra.

92 (VI 205)

Los utensilios ofrendados por Leóntico, otro carpintero en fino según el lema, no son enteramente iguales a los que hoy se utilizan. El devorador de tablas será alguna garlopa o sierra; los cordeles de enroje, plomadas con cuerda pintada en rojo que, al ser aplicada paralelamente a un objeto, dan la pauta al carpintero; las igualas o reglas, también pintadas, sirven para lo mismo, pero usadas en superficies horizontales, y lo que aquí llamamos almagre sería más bien bermellón, cinabrio en polvo o algo similar; los parahúsos son barrenas que actúan mediante dos correas que les imprimen rotación alternativa; ignoramos qué pueda ser la raedera; un hacha enmangada se entenderá como algo provisto de sólido mango; el verso 8 no está claro, pues puede tratarse de cuatro taladros, cada uno de un calibre distinto, que preparan en la pared la introducción del clavo o taco.

Éstos son los enseres de Leóntico: limas estriadas,

el rápido instrumento que tablas devora,

plomadas, cordeles de enroje, martillos de doble

cotillo con igualas bañadas en almagre,

parahúsos, raedera y un hacha enmangada y potente,

la reina del taller, y taladros que giran

ágilmente, barrenas veloces y cuatro cizallas

para fabricar clavos y la azuela que pule

los maderos. Todo ello a Atenea, patrona de su arte,

este hombre, al retirarse de su oficio, consagra.

93 (VII 719)

Telén era un flautista y poeta popular cuyas obras no sabemos hasta qué punto estaban relacionadas con géneros cómicos como la hilarodia, lisiodia y otros similares. Se le sitúa en la primera mitad del s. IV y Plutarco (Mor . 193 f ) le menciona con respecto a un dicho de Epaminondas, el famoso caudillo tebano, que, cuando supo que una nueva flota ateniense marchaba contra el Peloponeso, preguntó «¿Llora Antigénidas cuando Telén tiene flauta nueva?» significando así que el hombre de mejor calidad no debe temer los progresos del inferior en cuanto a instrumental.

Soy de Telén el sepulcro y mi tierra aquí cubre

a quien supo con cantos alegrar el primero.

94 (VII 648)

Se nos describe una lucha interna entre el deseo de hijos, pieza fundamental de la felicidad para los griegos simbolizada aquí en la metáfora de las columnas, y la desconfianza hacia las mujeres, tópica también; aparte del tema de la pobreza, pues en el tipo de boda en que aquí se piensa era usual que el pretendiente comprara la mujer al suegro mediante regalos, cosa que Aristócrates no estaba en condiciones de hacer. Nótese que el Aqueronte (cf. el 32 de Ánite) no se considera como río, sino como playa final del viaje realizado en la barca de Caronte.

El buen Aristócrates dijo, tocando su vieja

cabeza, al navegar con rumbo al Aqueronte:

«En hijos pensar se debiera y en dones nupciales

por más que a uno le agobie la pobreza penosa.

Con ello se afirma la vida, que no es de ver grata

la casa sin columnas y resulta precioso

para el hombre en hogar con hermosos pilares sentarse

y contemplar el lar bien provisto de leños».

Lo sabía Aristócrates, pues, pero más en él pudo,

¡oh, amigo!, su aversión al vicio femenino.

95 (VII 440)

Parece ser el mismo personaje del poema anterior: primera mención de Dioniso con el nombre alternativo de Baco.

¡De qué muerto los huesos, oh, túmulo, oculta tu noche!

¡Qué cabeza, oh, tierra, te has tragado! Amaron

a Aristócrates mucho las Gracias doradas y queda

en todos un recuerdo muy vivo; pues sabía

hablar con dulzura a las gentes y nunca su ceño,

aun siendo hombre de clase, frunció con arrogancia

y era experto también en llevar, entre copas de Baco,

una conversación pacífica con todos

y en tratar con agrado a extranjero y paisano igualmente.

Tal fue el difunto, amable tierra, a quien custodias.

96 (VII 448)

Epitafio de Pratálidas, de la ciudad de Creta llamada Licasto, cuyas muchas virtudes le hacen acreedor a estar, en el mundo de ultratumba, junto a su compatriota Minos (cf. el 56 de Teeteto).

Del licastio Pratálidas ésta es la tumba. Fue sumo

conocedor de amores, batallas, cacerías,

danzas. ¿Habéis situado los dioses de abajo,

como es justo, al Crete junto al crete Minos?

97 (VII 449)

Sobre el mismo personaje con alusión a la estaca a que se atan las redes de cazar; acerca del arma, cf. el 28 de Ánite.

Si a Pratálidas Ártemis caza le dio y seducciones

Eros, coros la Musa y Ares los combates,

¿dichoso no había de ser el que siempre ganaba

con los mozos, la lanza, la estaca y los cantos?

98 (VII 665)

Cf. el tema de los peligros del mar en el 10 de Faleco y el del naufragio en el 20 y 25 de Perses.

No te confíes viajando en el barco profundo

ni grande; el viento triunfa siempre sobre la nave.

A Prómaco sola una ráfaga hundió y al abismo

marino una ola única lanzó a sus compañeros.

Mas no fuele el destino totalmente hostil, que en la tierra

patria halló sepultura con funerales ritos

que los suyos cumplieron, pues trajo la mar encrespada

su cuerpo y en la abierta ribera lo depuso.

99 (VII 652)

Para un cenotafio con ocasión de otro naufragio. Los nombres griegos sólo aproximadamente puede ser que respondan a los de las dos aves que aquí damos. El epíteto del verso 5 es literalmente devoradores de peces . Muy patética, la alusión al doloroso grito de estos animales.

¿Por qué así, mar sonoro, lanzando con furia salvaje

impetuosas olas, sumergiste en el ponto

con toda su carga al que en nave pequeña bogaba,

Teleutágoras, hijo de Timares? Gaviotas

y voraces petreles sin duda por él se dolieron

en la playa anchurosa; mas también Timares,

viendo vacío el sepulcro en que tanto gimiera,

llora por Teleutágoras, su hijo bienamado.

100 (VII 654)

Alusión a la proverbial mala fama de las gentes de Creta en una inscripción para otro cenotafio donde, como en la anterior, resuena el lamento de un ave marina sólo aproximadamente identificada.

Siempre fueron ladrones y siempre piratas y nunca

honestos los Cretes. ¿Quién tal cosa dijera?

Así a mí, desdichado Timólito, que un cargamento

llevaba bien humilde, me lanzaron al agua

los Cretes. Y lloran por mí las gaviotas marinas,

pues no está Timólito debajo de su losa.

101 (VII 655)

El muerto no quería tumba suntuosa ni que estuviera su nombre sobre ella.

Un poco de tierra y de polvo me basta y que a otros

aplaste en sus sepulcros la absurda y rica estela,

esa insípida carga que al muerto atenaza. ¿Qué importa

a Alcandro el de Calíteles que conozcan su nombre?

102 (VII 656)

El pobre Alcímenes se pasó la vida luchando con los espinos y zarzas para que no invadieran su terruño; ahora, una vez muerto él, la vegetación cubre su tumba.

Saluda, viandante, esta tumba modesta del pobre

Alcímenes y el parvo monumento cubierto

totalmente de espinos punzantes y zarzas, que fueran

ya en vida enemigos de Alcímenes siempre.

103 (VII 657)

El difunto pide un homenaje a la diosa de ultratumba, la Prosérpina de los Romanos. Sobre la siringa, cf. el 46 de Ánite.

Pastores, que erráis solitarios en estas laderas

apacentando cabras y ovejas lanudas,

Clitágoras pide un pequeño favor, pero grato,

por la Tierra, en honor de la infernal Perséfone:

pazca el rebaño balando; el pastor la siringa

dulce taña sentado sobre rústica piedra;

recoja el aldeano las flores tempranas del prado

que ornen mi sepulcro con una guirnalda;

la ubre retesa levanten de oveja parida

para regar con leche la base de mi tumba;

pues existen, sí, existen también los recíprocos dones

con que pueden los muertos pagar a los vivos.

104 (VII 295)

El pescador, soltero sin duda, tuvo una muerte paradójica, no en el mar, como lo hacían esperar sus audacias, sino en la cama y de viejo, y no fue atendido por la familia, de que carecía, sino por sus colegas de un tíaso o cofradía religiosa de su oficio. Sobre Arturo, cf. el 25 de Perses; sobre las gaviotas, el 100.

Al viejísimo Teris, que siempre vivió de la nasa

productiva y nadaba mejor que las gaviotas,

enemigo del pez y redero y gran buzo que nunca

navegaba con muchos remeros a su lado,

no le mató, en cambio, Arturo ni fue la galerna

quien cerró las largas décadas de su vida,

mas murió en su cabaña de juncos igual que se extingue

por sí solo el candil que lució largo rato.

Y ahora no erigen su túmulo esposa ni hijos,

sino el gremio pesquero de sus camaradas.

105 (VII 198)

Esta niña, que tuvo al saltamontes enjaulado (cf. el 47 de Ánite), le ha dado sepultura.

Aunque sea pequeña la tumba y apenas levante

del suelo, viajero, la estela funeraria,

a Filénide admira, ¡oh, amigo!, que a mí, saltamontes

cantor, que viví en tiempos entre los espinos

y las cañas, dos años amó y, tras haber disfrutado

con mi son musical, tampoco a mi muerte

me dejó, pues sepulcro me dio y puso en él un sencillo

monumento en recuerdo de mis cantos variados.

106 (VII 422)

Encontraremos más adelante otras adivinanzas en que generalmente se intenta descifrar los emblemas de una tumba. El juego de la taba era muy popular. El hueso tiene cuatro posturas según caiga sobre sus dos lados largos, uno convexo y otro cóncavo, o sobre los cortos, uno más plano que el otro. Unas posturas resultaban, pues, más estables y frecuentes que otras y, por lo tanto, tenían mejor puntuación en una escala 1, 3, 4, 6. El lance de Quíos, referido a la isla llamada así (cf. intr. al Teócrito de dicho lugar), era el menos valioso. En ella se producía un vino muy bueno, peligroso para quien lo ingiriera puro, contra la costumbre griega, que consistía en aguar siempre la bebida.

¿Qué pensaremos, Pisístrato, viendo una taba

con el lance quío grabada en tu sepulcro?

Quizás eras Quío de origen, pues tal lo parece.

¿O con poca suerte tal vez jugaste, amigo?

¿O no me aproximo y moriste bebiendo sin mezcla

vino quío? Sí, creo que acierto ahora.

107 (XVI 182)

Trata (en consecuencia con la etimología popular, que consideraba el nombre de la diosa como la emergida de la espuma ) de la Afrodita Anadiómeda o salida de las aguas (maternas, dice aquí respecto al mar), con la usual cita de Atenea y Hera, vencidas en el juicio de Paris; cf. el 61 de Alejandro. Es obra famosísima de Apeles, nacido en Colofón y ciudadano por adopción de Éfeso, contemporáneo de Alejandro Magno. La pintura se hallaba en el templo de Asclepio en Cos y desde allí fue trasladada a Roma.

Mirad la que emerge del seno materno

chorreando espuma, la fecunda Cipris,

cómo le da Apeles su belleza amable

como quien no pinta, sino vida inspira.

¡Qué bien sus cabellos las manos enjugan!

¡Qué pasión serena brilla de esos ojos!

¡Qué túrgido el pecho su sazón declara!

La propia Atenea y la esposa de Zeus

dirán: «Derrotadas somos en el juicio».

108 (IX 320)

Alusión a un raro culto de Esparta (llamada también, como es sabido, Lacedemón o Lacedemonia), en que, según Pausanias (III 15, 10), Plutarco (Mor . 317 f ) y otros, se veneraba a una imagen de Afrodita armada. Aquí el poeta finge no creer cosa tan opuesta a la naturaleza de la diosa, que no necesita de armas para dominar, y presenta un diálogo suyo con el río Eurotas, que pasa por Esparta y a cuyas pretensiones se niega.

Dijo en tiempos Eurotas a Cipris: «O viste armadura

o sal de Esparta, que es ciudad muy guerrera».

Mas ella con tierna sonrisa «Ni empuño las armas»

dijo «ni me voy de Lacedemonia».

Y así sigue inerme, y falaz es aquel que nos cuente

que entre nosotros hay una Cipris armada.

109 (IX 322)

Habla Ares, irritado porque se le ofrecen dones inadecuados: cf. el 65 de Nóside. El nombre de la lanza es distinto aquí que en 97.

No me cuadra el exvoto: ¿quién fue el que clavó en la cornisa

de este templo de Ares la ofrenda poco grata?

Cimeras intactas, escudos brillantes, sin sangre,

militares lanzas sin desperfecto alguno.

Tiñen mi rostro rubor y vergüenza; resbala

sudor abundante desde mi frente al pecho.

Que adornen con esto los atrios, las salas de hombres,

los patios e incluso las nupciales alcobas

y engalanen sangrientos despojos el templo de Ares,

el brioso jinete, que se complace en ellos.

110 (IX 335)

Sobre un leñador (cf. el 21 de Perses) y una estatua de rústica madera (cf. 87 y 89-90).

Este don que ofrendó el leñador Micalión es la imagen

del dios Hermes, y observa cómo el honrado obrero

supo hacerla con sólo el producto de un arte sencilla;

es que el hombre bueno, bueno será siempre.

111 (IX 316)

El lematista, un tanto escandalizado como cristiano, no ha entendido del todo este poema no carente, en su simplicidad coloquial, de cierta gracia. Se trata de un doble hermes (cf. 87) que delimita el territorio de una ciudad. Los viandantes suelen ofrecer dones (sobre las uvas, cf. el 62 de Mero); pero Hermes se queja de la proverbial voracidad de Heracles.

Caminantes que usáis de esta senda marchando hacia el campo

de la ciudad o volviendo desde el campo hacia ella,

henos aquí a dos deidades que el límite guardan,

una, Hermes, al que ves, y este otro es Heracles;

a los hombres los dos accesibles, mas mal avenidos

el uno con el otro por culpa de él, que, siempre

que alguien trae una ofrenda común, ya se trate de ricas

peras o de piruétanos ácidos, se la zampa.

Ni tampoco le importa que estén en su punto las uvas

y, aunque se hallen muy verdes, arrambla con ellas.

Odio, pues, esta ingrata coyunda; que, si alguien ofrece,

ponga su don aparte, no común para entrambos,

y que diga «Esto, Heracles, es tuyo» o «Para Hermes es esto»

por poner así fin a nuestra discordia.

112 (IX 179)

Alguien ha tenido la rara idea de tallar una figura de Eros en la goma que, una vez quemada, sirve como incienso aromático (cf. el 66 de Nóside). El dios que a todo se atreve, que incluso cautivó a Zeus en multitud de amores y que incendia las almas, recibirá ahora su castigo, pues va a ser devorado por el fuego, simbolizado por Hefesto, otra de sus víctimas a través del adulterio de Afrodita, su esposa, y Ares. Por primera vez aparece el Amor con su arco, como en tantos epigramas.

¿Quién un Eros de incienso esculpió con el arco en la mano

que ni aun al propio Zeus respetara otrora?

Al fin será presa de Hefesto, pues nada le cuadra

como ser devorado también él por el fuego.

113 (IX 337)

El dios Pan habla a dos tipos de cazadores, los que capturan aves con cañas embadurnadas de liga pegajosa y los que persiguen a las liebres (cf. 88) con canes venatorios.

Buena caza, si liebres persigues o acaso con liga

en busca de pájaros a este valle viniste:

si al rústico Pan desde lo alto del monte invocares,

te ayudará a cazar con perros o con cañas.

114 (IX 24)

Admirable epigrama según el lema. El sol y la luna son llamados con sus nombres míticos.

A los astros y al disco sacral de Selene oscurece

el carro veloz de Helio fulgurante

y Homero a los vates también eclipsó todos ellos

alzándose cual luz brillante de las Musas.

115 (XVI 306)

Descripción de una estatua, quizá la situada en la acrópolis de Atenas, en que Anacreonte, el famoso poeta del s. VI , aparecía con los rasgos convencionales, más afines a los textos de las espurias Anacreónticas que a sus poemas genuinos, del viejo beodo: ropaje (probablemente un manto) medio caído y enredado en los pies, uno de ellos descalzo (aunque traducimos el nombre del calzado como en el 1 de Filtias, la palabra designa una especie de zapato atado a los tobillos) y mostrando la conformación artrítica de un anciano vicioso; mirada extraviada; en su mano, la lira (designada aquí con nombre debido al hecho de que, al menos en su origen, este instrumento llevaba las cuerdas montadas, a modo de caja de resonancia, sobre una concha de tortuga) con que canta a los personajes de sus poemas, el famoso Batilo (frs. 57, 126, 158 P.; son todas citas indirectas, pero en las Anacreónticas es personaje frecuente) y Megisteo (frs. 7-8 y 71 P.); nótense la alusión al drama íntimo de la pederastia y la súplica a Baco para que no deje llegar al poeta hasta los últimos extremos de su frenesí.

Mira al viejo Anacreonte oscilando, de vino repleto,

con su guirnalda encima de la redonda basa;

mira cómo el anciano con húmedos ojos lascivos

en torno a los tobillos arrastra su ropa;

y calzado uno solo se ve de sus pies contrahechos,

perdida en su embriaguez la sandalia del otro.

Canta así a Megisteo y al bello Batilo, en su mano

teniendo la tortuga de los tristes amores.

Cuídale, padre Dioniso, que no debe un siervo

de Baco caer por culpa de Baco.

116 (IX 99)

El tema está en las fábulas de Esopo; hay una versión abreviada de Eveno de Ascalón (IX 75) que está inscrita en una casa de Pompeya junto al fresco que representa al animal con la planta. Ésta espera que su venganza llegará cuando el macho cabrío sea sacrificado en una ceremonia ritual.

Comióse en la viña el voraz y barbudo marido

de la cabra todos los tiernos sarmientos

y surgió de la tierra esta voz: «Sí, devora, malvado,

con tus fauces mis vástagos productores de frutos;

la raíz queda en pie y ha de dar otra vez dulce néctar

para las libaciones cuando te sacrifiquen».

117 (VII 736)

Rechazo de la vida errante, aunque lleve consigo el vivir en la abundancia, y elogio de la sedentaria y miserable como ésta, que parece ser la del poeta, en que no hay muebles; el pan es una masa sin cocer de mala calidad preparada por él mismo en lo que llamamos la artesa, quizás un simple agujero en el suelo; y el resto de los alimentos, hierbas sencillas y sal.

No te consumas, amigo, en vivir vagabundo,

desde una a otra tierra sin cesar rodando;

no te consumas; abríguete sólo la choza

vacía, calentada por un exiguo fuego,

en que comas el simple masón de mediana cebada

en la artesa amasado por tu mano sin otro

companage en tu mesa tener que el poleo o tomillo

y el salado terrón que el manjar condimenta.

118 (VI 129)

Sabemos que hacia el 285 los Leucanos, como aquí se dice, o Lucanos, pueblo del S. de Italia, y los Tarantinos (cf. intr.) estaban aliados contra Roma; luego, si Hagnón era del último pueblo, estos despojos de un combate librado contra los Lucanos deben de ser de época anterior, en que aún no hubiera tal alianza. Atenea era venerada como Corifasia en Mesenia, país del SO. del Peloponeso, pero, como estos lugares se hallan muy lejos, hay que suponer que quizá la advocación se daba también en Italia meridional. Los escudos (cf. 109) son grandes y rectangulares; las corazas, de lino fuerte (cf. el 66 de Nóside).

Ocho escudos y cascos con ocho corazas tejidas

y otros tantos machetes manchados de sangre

son las armas lucanas que Hagnón, el valiente retoño

de Evantes, a Atenea la corifasia trajo.

119 (VI 131)

El mismo tema del anterior; nuestra versión presupone que los escudos, del tipo de los mencionados en 118, y lanzas (cf. 109) proceden de soldados de infantería y los frenos (cf. el 40 de Ánite) de jinetes.

Estos escudos lucanos y frenos y lisas

lanzas de dos puntas, aquí, en honor de Palas

puestas en fila, a corceles e infantes añoran,

pero a ellos la negra noche se ha tragado.

120 (VI 300)

El poeta se describe como vagabundo indigente. Las ofrendas, entre ellas tortas como las de 87 y uvas como las de 111, van dedicadas a una diosa a quien se llama, ignoramos por qué, algo así como Clandestina: puede ser Afrodita o quizás Ártemis, bien porque así fuera denominada, no sabemos por qué motivo, bien porque la verdadera lección aluda a la invocación que en el Peloponeso se le hacía como Lafria. El poema es acción de gracias por una curación; si ahora la deidad le ayuda en su pobreza, el poeta podría incluso permitirse el lujo del sacrificio de una cabrita.

Del errante Leónidas, diosa, recibe esta ofrenda,

del menesteroso, del de la magra alforja;

tortas grasientas, aceite guardado con celo,

estos higos verdes cogidos en la rama;

ten también cinco uvas, señora, de un pingüe racimo

y el poso que en el fondo quedaba de mi jarro.

Y si, ya que del mal me salvaste, la odiosa pobreza

de mí alejas, me harás ofrendador de cabras.

121 (VI 302)

Tan miserable es la vida del poeta, que los ratones desdeñan los restos de su comida y se ponen a excavar galerías mineras poniendo así en peligro la casa. Sobre la sal, cf. 117.

Dejad mi cabaña, ratones furtivos; la pobre

alforja de Leónidas ni aun a vosotros puede

nutrir. Se contenta el anciano con sal y dos migas;

tal ha sido el legado que aceptó de sus padres.

¿Por qué, pues, sin siquiera tocar de mi cena los restos,

socavas mi rincón en busca de comida?

Es bien simple lo mío; ve, pues, en seguida a otra casa

en la que un mayor botín hallar puedas.

122 (VI 200)

Acción de gracias, ante la estatua de Ilitía (cf. el 79 de Nicias), de una mujer que ha tenido gemelos: el peplo es una vestidura ligera femenina; sobre la diadema, cf. 86.

Habiendo escapado, Ilitía, a los graves dolores

del parto, a tus insignes pies Ambrosia te ofrenda

la diadema del pelo y el peplo en que, ya transcurridos

nueve meses, la doble carga dejó su vientre.

123 (VI 355)

Una sacerdotisa ofrenda al dios el retrato de su hijo (cf. el 69-72 de Nóside).

La madre de Mícito ofrécele a Baco el retrato

mediano, pues es pobre, que al natural le hicieron.

Haz, Baco, que Mícito crezca; sencilla es la ofrenda,

porque te la aporta la pobreza humilde.

124 (VI 286)

Ofrenda a Ártemis de la cenefa bordada (cf. el 6 de Faleco) por tres muchachas probablemente para el cuello de una túnica. La franja entera mide unos noventa cm. (cada porción comprende una espítama y una palma; la primera medida equivale a tres de las segundas y la palma es la anchura de los cuatro dedos, unos ocho cm., con lo que la porción se aproxima a los treinta); la parte de la derecha es obra de Bition; la del centro, de Bitia; la de la izquierda, de Antianira, y el dibujo es igual todo a lo largo de la cenefa, con figuras de mujeres jóvenes encima y debajo una línea ondulada a la que, como nosotros hoy, se llama según las ondulaciones del curso del río citado en el 49 de Ánite.

Bition bordó la cenefa en su parte derecha,

una espítama y palma completando ella sola;

a su pauta ajustóse Antianira en la izquierda; el meandro

central y las muchachas son obra de Bitia.

Ártemis, hija de Zeus, acoge esta tela,

labor penosa en que las tres rivalizaron.

125 (VI 288)

Tres hermanas ofrendan a Atenea los utensilios del hilado y tejido (cf. 118), de entre los que destacamos el huso; la lanzadera del telar con su canto, al que hay alusiones en otros poemas, que pasa entre las hebras de la urdimbre; las bobinas que recogen el hilo del cestillo y lo hacen pasar a la urdimbre misma; las pesas que mantienen tensos los hilos y los listones que aprietan lo ya tejido. Lo que no se entiende bien es que estas obreras, que aspiran a seguir trabajando como se ve al final, se desprendan, en calidad de diezmo de sus ganancias, de algo tan costoso como el instrumental entero; se ha pensado que quizá se trate de una pintura alusiva.

Melitea y Ateno con Finto, las hijas activas

de Gleno y Licomedes, como gratos diezmos

del trabajo aquí ofrendan el huso, auxiliar de sus obras,

y la lanzadera que, en el telar cantando,

la urdimbre separa y las raudas bobinas con estas

pesas que en la labor ayudan y los gruesos

listones; costoso es el don para gentes tan pobres,

ofrenda sencilla de personas modestas.

Llena siempre, Atenea, sus manos; sus bolsas, ahora

tan vacías, lleguen a estar rozagantes.

126 (VI 289)

Ofrenda, al retirarse del oficio, de Melitea, que no tiene por qué ser la citada en 125, y sus hermanas, naturales de Creta, en el templo de Atenea Penítide o de las bobinas, protectora de las hilanderas y tejedoras. En el verso 6 se alude al bien conocido pasaje de la Odisea en que la mujer del héroe demora el casarse con los pretendientes alegando estar trabajando en una gran tela. Los términos técnicos vienen a ser los del epigrama anterior.

Somos, viajero, las cresas Autónome, Boiscion

y Melitea, hijas de Nico y Filolaides;

una el huso dejó que en su giro incesante hace el hilo;

otra, el cesto que guarda de noche las labores;

la tercera, el obrero eficaz de las gráciles telas,

la lanzadera, que custodió de Penélope

el lecho; es un don que a Atenea Penítide brindan

en su templo al dejar las obras de la diosa.

127 (V 206)

Ofrenda de un par de heteras, cuya complacencia para con el público se señala dos veces, que, algo mayores ya para su oficio, consagran a las Musas (llamadas según la región macedonia de Pimplea con la que se las relacionaba) sus instrumentos. Es posible que su padre, Antigénidas, fuera nieto y tocayo del flautista famoso a que se hizo referencia en 93. Nótense la cita de las usuales dos flautas que se tocaban juntas por medio de la boquilla inserta en una banda atada al cuello por detrás; la alusión a la siringa (cf. 103) y la pintoresca mención final de la serenata en que los comensales, acompañados a veces por condescendientes flautistas, acudían a casa de una muchacha o un joven para despertarles con sus cantos y aporrear la puerta fingiendo querer entrar.

Al llegar a una edad ya mayor dos amables obreras

de las Pimpleides, hijas de Antigénidas, Melo

consagróles las flautas tañidas con ágiles labios

y este estuche de boj que las contenía

y la erótica Sátira dioles la caña encerada

que a los bebedores de noche divirtiera,

la dulce siringa que vio tantas veces la aurora

cuando se daban golpes en las puertas del patio.

128 (VI 281)

Plegaria a Cíbele, la gran Madre de los dioses (título que invoca a una divinidad en que se funden en cierto modo ella y Rea), formulada por una sacerdotisa en favor de su hija pequeña. Se llaman Díndimo dos montes de Frigia (uno situado cerca de Pesinunte y otro no lejos de Cícico, ciudad costera del Mar Negro), un distrito de la cual, árido y de morfología volcánica, era denominado la tierra quemada . La madre alega su participación en trances místicos inspirados por la diosa, a quien se tributa culto en aquel país.

Tú, que recorres el Díndimo y montes de Frigia

la ardiente, tú, la Madre de todos y señora,

haz que llegue a mayor Aristódice, hija pequeña

de Silene, y corone con bodas sus años

de moza; son muchos los atrios y altares que vieron

cómo por ti agitaba su virginal melena.

129 (VI 309)

Un niño llegado a mayor consagra a Hermes, dios juvenil, sus juguetes: pelota policromada, tarreñas (tablas unidas por medio de una especie de bisagra que sonaban con estrépito; sobre la madera, cf. 127); rombo (placa con figura de tal que de un modo u otro se hacía girar vertiginosa y ruidosamente), así como las usuales tabas (cf. 106).

Su pelota de gajos hermosos Filocles con estas

sonoras tarreñas de boj a Hermes dedica

y las tabas que tanto estimaba con el giratorio

rombo como juguetes que fueron de su infancia.

130 (VI 13)

Sobre las estacas a que se ataban algunas redes terrestres, cf. 97; sobre redes marinas, 104.

Tres hermanos, ¡oh, Pan campesino!, ofrendáronte redes,

cada uno según la caza en que se ocupa:

las de pájaros Pigres te ofrece, de bestias mayores

son las artes de Damis, las de Clitor marinas.

Haz que obtengan certeras capturas el uno en el aire,

en la espesura el otro y en la costa el tercero.

131 (VI 35)

Bien definida en los dones la rusticidad del pastor, que consagra, entre otras cosas, la piel problablemente de un lobo y la vara con que remataría a estos animales. Sobre los canes, cf. 113; nótese la referencia a contactos bestiales del dios.

Para Pan, el de patas de cabra y tendencias caprinas,

Telesón esta piel en un plátano agreste

colgó con su vara robusta de curvo remate,

cazadora antaño de sanguinarios lobos,

y el cuenco en que leche cuajó y el collar y trailla

con que ataba a sus canes de sagaz olfato.

132 (VI 262)

La piel de un lobo es consagrada a Pan, como en el poema anterior.

Al que fue de boyeros y apriscos azote furtivo

y no temió el ladrido de los perros, Evalces

el crete matóle y de un pino colgó sus despojos

cuando apacentaba de noche su rebaño.

133 (VI 263)

Epigrama ficticio, pues en Grecia no había ya leones entonces. En los versos 1-2 hay referencia a un propietario de bueyes más bien que a un simple boyero (cf. 132). El raro término del verso 6 intenta reproducir el original, en que se emplea un término jurídico con idea de delito y sanción. En cuanto al arma, aunque el vocablo griego es el mismo del 97 y otros, empleamos algo arbitrariamente pica por parecer instrumento de punta más aguda y útil para la caza.

Quitóle esta piel a un cobrizo león el boyero

Soso, que con su pica lo mató cuando apenas

de comerse acababa a un lucido ternero; y no pudo

volver a su espesura desde la majada,

mas, herido, expió el animal con su sangre la sangre

del ternero y pagó caro su boicidio.

134 (VI 296)

Ofrendas a Hermes de un cazador que se retira; nótense las cañas untadas con liga (cf. 113); la vara citada en 88; las redes (cf. 130); la aljaba evidentemente llena de dardos, etc.

Un cepo infalible con redes y cañas untadas

y una vara encorvada para cazar liebres,

una aljaba y también el silbato horadado que atrae

a las codornices, y este bien trenzado

retel para peces a Hermes ofrenda Sosipo,

pues su sazón pasó y ahora está viejo y débil.

135 (Pap. Ox. 662)

El papiro en cuestión es un fragmento de una colección de epigramas y contiene también el 154 de Leónidas, 618 de Antípatro, 671-672 de Amintas, 645 de Antípatro y la primera palabra de otro nuevo del propio Leónidas.

A las ninfas fontales y a Pan, que frecuenta las cumbres,

Glenis, su vecino, los dones de la caza,

la cabeza y la espesa corambre de un puerco salvaje

y también las veloces pezuñas ofrenda.

Proteged, pues, ¡oh, ninfas y Pan!, a este diestro montero,

el hijo de Onesífanes, proteged siempre a Glenis.

136 (VI 4)

Dones de un pescador al retirarse. Alusiones al hecho de que la nasa, ya citada en 104, actuando sola, permite al pescador ocuparse en otras faenas y a un arpón para ensartar peces, atributo típico del dios Posidón, a quien probablemente va dirigida la ofrenda.

Un anzuelo bien curvo, el sedal, largas cañas, las cestas

que el pescado recogen, y también esta nasa

ingeniosa que al pez aun nadando captura, un invento

de los que con redes vagan por los mares,

y del dios de las aguas el rudo instrumento tridente

y los pares de remos que sus barcas llevaban

ofrendó el pescador Diofanto al señor de su arte,

merecidas reliquias de su antiguo oficio.

137 (VI 221)

Primera versión del milagro del león (cf. 133 y, sobre los cabreros, 103), que se irá complicando sucesivamente.

Huyendo, en la noche de invierno, del fuerte granizo

y del hielo cruel y de la nieve, entróse

un león solitario, transidos de frío sus miembros,

en la majada de unos cabreros montaraces;

y ellos no por las cabras temiendo, mas ya por sí mismos,

inmóviles a Zeus Salvador invocaban.

Mas la fiera aguardó que la tromba cesara y sin daño

de pastores y bestias abandonó el aprisco.

Y los hombres del monte una bella pintura del hecho

ofrendaron a Zeus en esta hermosa encina.

138 (VI 293)

Sátira (cf. el 56 de Teeteto) contra un pedante filósofo cínico, Sócares, que ostentaba los típicos atributos de la escuela: la alforja vieja y agujereada, llena de libros de sus maestros (cf. 121); el bastón del caminante; la alcuza para el aceite del baño. Ahora un joven le ha seducido logrando que cambie de vida; tales objetos son jactanciosamente ofrecidos a Cipris como botín de victoria. Entre ellos destaca el calzado de un tipo más bien lujoso, una especie de zapatillas (cf. 115); parece como si el cínico se las hubiese puesto ya dando muestras de una primera debilidad doctrinal.

Consagrado aquí queda el bastón y sandalias ganadas

al cínico Sócares, venerable Cipris,

y la alcuza grasienta y los restos de mísera alforja

llena de la antigua ciencia. Rodón el bello,

una vez que cazado hubo al viejo que tanto sabía,

los ofrendó en tus pórticos ornados de guirnaldas.

139 (VI 298)

Otra burla, menos fina, del mismo Sócares. El Hambre personificada, que le ha vencido al hacerle morir de inanición, ofrenda sus despojos: el pellejo de cabra serviría a Sócares para cubrirse de noche y de día; la bolsa de perro puede ser alusión al nombre de los cínicos.

La alforja y el crudo y reseco pellejo de cabra

y este bastón de viaje con la alcuza que nunca

se fregó y con la bolsa de perro sin blanca y el gorro

de fieltro que su calva cabeza cubría,

éstos son los despojos de Sócares muerto que el Hambre

por entre las ramas colgó de un tamarisco.

140 (VI 305)

Sátira de un glotón denominado Dorieo, del que se ha pensado que pudo ser un poeta contemporáneo o algo anterior a Leónidas al que conocemos (Aten. 421 f ) por su epigrama contra el gran comedor y atleta Milón de Crotón (cf. el 66 de Nóside), lo cual hace poco probable que el satirizador incurriera en el mismo vicio. Sería de esperar que, como en otros epigramas, el comilón ofrendara los utensilios de cocina al renunciar a sus aficiones, pero el epigramatista, a quien repugna el personaje, le desea que jamás se vea libre de sus instintos. Las marmitas habrían sido hechas en la ciudad tesalia de Larisa; a continuación se cita una especie de gran tenedor de púas curvas con que se sacarían las tajadas calientes de la olla.

He aquí los regalos que a Gula ofrendó, la glotona,

y a Voracidad el inmundo Dorieo:

lariseas marmitas de tripa redonda y con ellas

cazuelas y copas de boca bien ancha,

tenedores de bronce muy fuerte con ganchos robustos

y el rallo y cucharón que las gachas menea.

Acepta estos dones odiosos de un vil oferente,

¡oh, Voracidad!, y que jamás sea sobrio.

141 (VII 19)

Epitafio del famoso poeta, bien conocido por su genio cordial y alegre (cf. el 60 de Alejandro). Sabemos que escribió partenios, o canciones para coros de doncellas, aunque puede ser que también compusiera epitalamios o himeneos. La tumba de Alcmán se mostraba en Esparta; pero en el citado epigrama se ve que se le atribuía un origen lidio. También se contaba que había sido esclavo, lo que explicaría el principio del último verso. El cisne pasaba por ser armonioso cantor.

A Alcmán el amable, aquel cisne cantor de himeneos,

el que compuso versos dignos de las Musas,

esta tumba recubre, honor grande de Esparta, de donde,

libre ya de su carga, marchó al Hades el Lido.

142 (VII 408)

Epitafio del famoso y mordaz yambógrafo Hiponacte de Éfeso (s. VI ). En cuanto a la alusión a los padres del poeta, nada sabemos de tales censuras.

En silencio, viajeros, pasad, no despierte la avispa

punzante que dormida descansa en su tumba.

Hace poco, muy poco, que en paz de Hiponacte está el alma,

el que ladraba incluso contra sus propios padres.

Tened, pues, cuidado, pues son sus palabras de fuego

y hasta desde el Hades saben hacer daño.

143 (VII 67)

El filósofo cínico (cf. 139), que aceptaba con humor el sobrenombre canino por considerar al perro como animal sobrio y virtuoso, habla al barquero Caronte (cf. 94). Son de notar, como rasgos típicos del cínico, la alcuza, la alforja y el manto, aunque falte la mención del inevitable bastón. El óbolo, equivalente a quince céntimos de plata, es la moneda que se ponía a los muertos debajo de la lengua para el pago de la travesía.

Tú, que en tu esquife sombrío navegas por estas

aguas del Aqueronte, de Hades triste acólito,

acoge, aunque tengas tu balsa espantable de muertos

cargada, al perro Diógenes. No tengo en mi bagaje

sino una alcuza, la alforja, la mísera capa

y el óbolo que el viaje paga de los difuntos.

Cuanto en la vida tenía, lo traje todo ello

conmigo al Hades; nada bajo el sol he dejado.

144 (VII 264)

Habla un náufrago innominado (cf. 99) a quien sin duda las olas han arrojado a la playa. Era proverbial, en los casos de imprevisión o falta de escarmiento, la referencia al navegante que se echa al mar olvidándose de las víctimas anteriores a él, soltando las amarras de la experiencia que debían unirle a otros sepulcros.

Que el viento, ¡oh, viajero!, te sea propicio, y si a alguno,

como a mí, a las riberas del Hades transporta,

no acuse a las olas hostiles, mas sólo a su audacia,

pues soltó las amarras que a esta tumba le unían.

145 (VII 266)

El mismo tema.

Soy la tumba de un náufrago, Diocles, pero hay quienes zarpan

temerarios de aquí las amarras soltando.

146 (VII 273)

Calescro ha sido víctima del Euro (cf. el 20 de Perses), de la desorientación nocturna y del mal tiempo que acompaña al período en que se ve ponerse a Orión por la mañana, desde primeros de noviembre. El mar citado es sin duda la parte Sur del Mediterráneo. El final alude al hecho de que, en este caso, el cenotafio no era una simple estela, sino que tenía forma de túmulo como si hubiera cadáver en él.

La ruda y violenta borrasca del Euro y la noche

y las olas que se alzan a la puesta temible

de Orión me perdieron y vine a caer en la muerte

yo, Calescro, que el piélago líbico recorría.

Y ahora soy un cadáver que el mar zarandea y devoran

los peces; y embustero resulta este sepulcro.

147 (VII 283)

El muerto odia al mar, que le perdió, y lamenta que su sepulcro esté en la playa.

¿Por qué, dura mar, no rechazan tus playas desnudas

bien lejos a quien males padeció lastimosos

por que así ni aun vestido de triste tiniebla en el Hades

Fileo, hijo de Anfímenes, fuera vecino tuyo?

148 (VII 503)

Diálogo entre un caminante y la tumba. Hermíone está en la costa de la Argólide. Sobre Arturo, cf. 104.

—Dime, estela que gravas las playas argivas, quién fuera

aquel a quien recubres y dónde fue nacido.

—Fintón, de Baticles el hijo, hermioneo, al que un grande

oleaje en las borrascas de Arturo dio muerte.

149 (VII 506)

Curiosa historia de un tal Tarsis muerto en el mar Jónico, entre Grecia e Italia. El suceso debe de ser legendario, pues no parece que en el Mediterráneo haya animales capaces de tal proeza: ni el cazón o perro marino, un selacio como dice el lema; ni otros peces del mismo orden, la raya, el tiburón o el priste o pez sierra, según concretamente afirma el verso 10. Por otra parte, en el 7 se lee cetáceo, pero los Griegos llamaban así a todo monstruo marino legendario o no, y el único cetáceo capaz de cortar a un hombre en dos, la orca, no entra en nuestro mar. Sobre las Moiras, cf. el 33 de Ánite.

Estoy enterrado en el ponto y en tierra, suceso

singular que el de Cármides, Tarsis, debe a las Moiras.

Pues metíme en las líquidas ondas del mar jonio en busca

de un áncora pesada que se había enganchado

y salvarla logré, mas, volviendo hacia arriba del fondo,

cuando ya a los nautas mis manos tendía,

fui mordido por un gran cetáceo salvaje que vino

y me devoró del ombligo abajo.

Y así, triste fardo, los nautas del agua extrajeron

la mitad de mi cuerpo que el priste no alcanzara.

Y en esta ribera los pobres despojos de Tarsis,

que no volvió a su tierra, caminante, enterraron.

150 (VII 504)

El pescador, cuyos pertrechos aparecieron en 136, muerde al pez, sin duda para abreviar su agonía, y es víctima de él: resulta más verosímil la versión del lema, según la cual Parmo, en las tareas de preparación de los enseres de pesca, se tragó un cebo unido a una concha. Nada podemos garantizar en cuanto a las especies exactas de los peces. En el verso 6, la alusión a la primera pesca puede significar que el pescador trabajaba con varias cañas a la vez; más abajo hay una cita de las Moiras (cf. 149); el nombre de Gripón debe de ser ficticio, pues quiere decir algo como pescador .

Parmis, al cual Calignoto engendró y que pescaba

con caña y arponero fue diestro del escaro

y del tordo de mar y la perca voraz y de todo

cuanto anida en los antros y peñas profundas,

al morder a una julia funesta arrancada a la roca

pereció en la primera de sus pescas diarias.

Deslizóse, en efecto, y saltó de su mano y metióse

palpitando en su angosto gaznate; y al lado

de su caña y anzuelo y sedal revolcándose, el alma

entregó tras haber agotado los hilos

de su vida. Tal fuera la muerte de aquel al que erige

el pescador Gripón aquí este sepulcro.

151 (VII 452)

Reflexión escéptica: toda su virtud no ha salvado a Eubulo de morir como los demás.

En recuerdo, viajeros, bebamos de Eubulo el prudente,

que el Hades es puerto común para todos.

152 (VII 455)

Epitafio de Marónide, una vieja borracha que ha disipado el patrimonio familiar en la bebida y que ostenta en su sepulcro como emblema una copa ática (cf. el 53 de Antágoras), cosa, por lo demás, frecuente en las tumbas. Su nombre recuerda al de Marón, que dio a Odiseo el licor que había de embriagar al Ciclope.

Yace aquí la vieja esponja de tinajas,

la beoda Marónide, sobre cuya tumba

hay una copa ática bien visible a todos.

Bajo tierra gime, mas no por los hijos

ni el esposo a quien dejó en la indigencia,

mas sólo porque esta copa está vacía.

153 (VII 463)

El padre enterró juntas a las cuatro hijas, que habían sucumbido todas del mismo mal, puso en la tumba (cf. el 23 de Perses) estatuas o bustos de ellas y encargó la inscripción para que la pusieran una vez sepultado él también.

Ésta es Timoclea, ésta Filo, ésta Aristo y la cuarta

Timeto, todas hijas de Aristódico y todas

muertas por culpa del parto. Su padre esta tumba

les erigió y después murió el propio Aristódico.

154 (VII 163)

Diálogo de la muerta (según el verso primero, sepultada bajo una columna paria, esto es, de mármol de aquella isla del Egeo, que era famoso; sobre Samos, cf. el 59 de Teeteto) con un viajero. Ha sucumbido al dar a luz a su tercer hijo; el segundo, superviviente, se llama como el abuelo materno; es de suponer que antes había muerto otro denominado como el paterno. Cf. 135.

—¿Quién eres, mujer que aquí yaces, y quién fue tu padre?

—Praxo, hija de Calíteles. —¿De qué patria? —Samia.

—¿Quién te enterró? —Fue Teócrito, el cual recibióme

de mis padres. —¿De qué moriste? —Estando encinta.

—¿Cuántos años llegaste a cumplir? —Veintidós. —¿Y quedaste

sin hijos? —A Calíteles dejé con tres años.

—Pues que al menos él viva y que llegue a vejez avanzada.

—Y que todo lo bueno te dé a ti Fortuna.

155 (VII 466)

Tonos más emotivos que en otros epitafios: el hijo único de una viuda murió a los diecisiete años.

¡Ay, Anticles cuitado! ¡Ay de mí, la infeliz, que de un hijo

único en la flor de la edad vi la pira!

Aun no habías cumplido dieciocho, hijo mío, a tu muerte

y yo gimo llorando mi vejez solitaria.

¡Ojalá a la mansión tenebrosa yo baje del Hades!

Ya ni el alba me es grata ni del sol los rayos.

¡Ay, Anticles cuitado de triste destino! ¡Si fueras

médico de mis penas quitándome la vida!

156 (VII 726)

Singular poema en el que se destaca inolvidable la figura de la alegre viejecilla, llena de gracia, modestia y laboriosidad. La anciana, muerta a avanzada edad (el río infernal, cf. 143, es designado con un adjetivo), se acostaba tarde y se levantaba pronto, preocupada siempre con su trabajo (cf. 126); hilaba cantando con rueca y huso; iba y venía todo el día de un lado a otro del telar, siguiendo el camino de la lanzadera (el texto emplea una metáfora deportiva hablando de la carrera larga, sobre la que los antiguos dan datos diversos, entre siete y 24 estadios, cf. el 7 de Faleco, pero normalmente serían unos doce); sufría el artritismo frecuente a esta edad; a pesar de lo cual maniobraba hábilmente, frotando el hilo, antes de su entrada en el telar, entre la mano y la rodilla, que a veces se protegía con una especie de rodillera, para que, afinado y redondeado, perdiera posibles colgajos.

Muchas veces al sueño de noche y al alba la anciana

Plátide se negaba por rehuir la pobreza

y, ya en el umbral de la cana vejez, aun seguía

con su canto a la rueca y a su auxiliar el huso

o yendo y viniendo incansable pasaba la noche

junto al telar, atleta de Atenea y las Gracias,

o su mano deforme acercaba a su hinchada rodilla

para arreglar los hilos de la trama con arte.

Y así la que tanto y con tanta belleza tejiera,

vio a los ochenta años las aguas Aquerusias.

157 (VII 478)

Las gentes han empezado a tomar un atajo y, con su tránsito, están destrozando una tumba; ya aparece, medio desenterrado y roto, el sarcófago y a través de sus rendijas se entrevén los restos del muerto.

¿Quién eres? ¿De quién son los míseros huesos que al borde

del sendero se ven en un ataúd medio

roído del eje y la rueda que rozan y aplastan,

al pasar los viajeros, monumento y sepulcro?

Pronto ya tus costillas serán lo que rompan los carros,

infeliz, sin que llanto derrame por ti nadie.

158 (VII 480)

El mismo tema, pero aquí habla el difunto: nótense otros nombres de Hermes y Hades (cf. el 2 de Filitas).

Ya, viajero, trituran mis huesos cubiertos a penas

y la losa que pesa sobre mi esqueleto;

de gusanos cubierto se ve el ataúd que me esconde;

¿para qué seguir tapándome con tierra?

Un camino los hombres abrieron que no lo fue nunca

y sobre mi cabeza por él van y vienen.

En nombre de Noche y de Hermeas, los dioses de abajo,

y de Aidoneo os ruego que dejéis esta senda.

159 (VII 740)

Consideraciones filosóficas sobre la muerte de un tal Cretón, personaje real o ficticio. Era fabuloso y tópico el poderío de Giges (cf. el 60 de Alejandro).

De Cretón soy la lápida misma y su nombre aquí exhibo,

pero Cretón es ya ceniza de ultratumba.

El que antaño con Giges podía igualarse en riquezas,

dueño de muchos bueyes, rico un día en rebaños,

el que en tiempos… ¿a qué proseguir? Al feliz para el mundo

¡qué poca tierra basta como patrimonio!

160 (VII 472 b )

El muerto habla a quien pase ante su tumba.

Del vivir tempestuoso apartándote ven a este puerto,

al Hades, como yo, Fidón, hijo de Crito.

161 (VII 472)

Este largo epigrama, que mejor podría definirse como elegía, ofrece muchos problemas, entre ellos el de su ilación, pues no se sigue totalmente la idea. Pudiera ser que tuviéramos aquí varios poemas ensartados en una retahila de reflexiones de tipo más bien cínico (cf. 143). Los versos 1-6 serían un epigrama bastante comprensible sobre la brevedad de la vida y las penas que en ella se sufren. A partir del 7 habría que entender estos versos como comentario a una pintura o relieve de un esqueleto, quizá puesto en la lápida como admonición. En el 9-10 se alude al parecer a una urdimbre que, en espera de la lanzadera, que ha de traer la trama (cf. 156), está ya apolillada: así de fútil e inservible es el tejido de la vida. En el 16 se hace referencia al despreciable rastrojo que queda tras la cosecha; pero además aquí vuelve a fallar el sentido, porque a un filósofo cínico los tristes hechos de la muerte no deberían moverle a aconsejar sencillez, sino goce y aprovechamiento de una vida fugaz.

Infinito era el tiempo pasado al venir tú a la aurora

e infinito aquel que en el Hades te espera.

¿Qué porción resta, pues, de tu vida sino un solo punto

o algo más exiguo que un punto todavía?

Pequeña y angosta es tu vida y tampoco agradable

resulta, sino triste más que la odiosa muerte.

Tal es, pues, la osamenta en que cuelga tu cuerpo; y empero

al aire y a las nubes, humano, te remontas.

Pero ve cuán inútil es todo: en los cabos del hilo

la polilla devora la no tejida urdimbre.

Mira el cráneo desnudo de pelo; parece el reseco

y repugnante cuerpo de una araña muerta.

Examina, pues, hombre, con celo tu vida y tus días

y en una existencia sencilla reposa

recordando en tu espíritu siempre, al tratar a mortales,

con qué clase de paja se te ha fabricado.

162 (VII 731)

Monólogo de un viejo cuyo suicidio demuestra que no habló con jactancia ni hipocresía.

«Como vid junto al fiel rodrigón me sostengo ya sólo

gracias a mi bastón: Muerte me llama al Hades.

No finjas, ¡oh, Gorgo!, sordera: ¿de qué te aprovecha

el calentarte al sol tres o cuatro veranos?»

Tal en serio el anciano exclamó y, desdeñando su vida,

fuese a la colonia donde los más residen.

163 (Estob. IV 52, 28)

Se parafrasea un dicho de Bión de Borístenes, filósofo del s. III , recogido por Diógenes Laercio (IV 49): el camino hacia el Hades debe de ser muy fácil, pues todos van a él con los ojos cerrados.

Tranquilo remar puedes en el viaje

que lleva hasta el Hades, pues no es el sendero

difícil ni abrupto ni equívoco, sino

recto y cuesta abajo todo él, de manera

que hasta se camina con ojos cerrados.

164 (IX 318)

A una efigie de Hermes erigida por un hortelano y cabrero (cf. 110, 137 y, sobre ofrenda de leche, pero a los muertos, 103).

Hermes querido, que guardas el monte en hinojo

rico y perifollo y el lugar en que pacen

las cabras, tendrás tu porción de verdura y de leche

si a hortelano y cabrero propicio te muestras.

165 (XVI 190)

La imagen de Hermes Nomio, protector de los rebaños y pastos contra el lobo (cf. 132 y 164), ha sido consagrada por el pastor Mórico.

A Hermes, glorioso custodio, yo, Mórico, puse

a que mi rebaño de cabras me cuidara;

venid, pues, al monte a saciaros de fresco follaje

y no os preocupéis del lobo y sus rapiñas.

166 (IX 744)

Los cabreros Sotón y Símalo (cf. 164) consagran la imagen de un macho cabrío en acción de gracias a Hermes: sobre el queso, cf. 131.

Dos pastores que ricos en cabras, viajero, son gracias

al lentisco de estos montes, Sotón y Símalo,

a Hermes, que leche les da y buenos quesos, en bronce

consagran al barbudo conductor del rebaño.

167 (XVI 236)

El lema apunta que el epigrama puede proceder también del desconocido poeta Perites. El fálico Priapo (cf. el 24 de Perses) protege en efigie un huerto (cf. 164). Un ladrón, en conversación con él, finge encontrar desproporcionado su celo, pero su interlocutor es fiel vigilante.

Aquí en el cercado a Priapo el insomne coloca

Dinómenes como guardián de sus verduras.

Mira, ratero, lo erecto que estoy. «¿Todo a causa

—preguntarás— de algo de verdura?» «Todo».

168 (XVI 261)

El mismo tema. El dios guarda al parecer un huerto sito junto a una encrucijada. La palabra del verso 2 recuerda el arma típica de Heracles.

Guardando en un cruce las sendas estoy yo, Priapo,

la maza erecta y tensa teniendo entre mis muslos.

Pues fiel servidor de Teócrito soy, que me ha puesto

aquí, ladrón, apártate, no te alcance mi vena.

169 (X 1)

La imagen de Priapo (cf. 167) erigida en el puerto comunica a los nautas que, llegada la primavera, ya se puede navegar. Sobre las áncoras, cf. 149.

Oportuno es el viaje, que vino por fin la parlera

golondrina y también el céfiro grato;

las praderas florecen y calla la mar, que hasta ahora

agitaban las olas y el viento borrascoso.

Leva las áncoras, nauta, desata la estacha

y hazte al ponto tu entero velamen largando.

Tal es lo que yo te aconsejo, Priapo el del puerto;

¡navega, buen amigo, con tu barco mercante!

170 (XVI 230)

El que habla puede ser Pan o Hermes; sobre las ovejas, cf. 103; vimos un pino junto a una fuente en 87.

No bebas, viajero, estas aguas de arroyo calientes

y llenas del barro que traen las ovejas;

si subes un poco al collado en que pace el rebaño,

encontrarás allí, junto al pastoril pino

y en la húmeda roca, el fluir cantarín de una fuente

y una linfa más fresca que nieves boreales.

171 (VI 226)

Cf. 168.

Ved la parva heredad de Clitón, el exiguo terruño

en que suele sembrar, su viñedo humilde

y el soto con algo de leña; pues sólo con esto

pudo llegar Clitón a los ochenta años.

172 (IX 719)

Primera de una serie de alusiones a la famosa vaca del escultor Mirón (cf. el 47 de Ánite), que estuvo al parecer en Atenas y luego en Roma y que, reproducida en bronce, parecía estar viva.

No es verdad que Mirón te esculpiera, mas viva te trajo

del campo en que pacías a un pedestal de piedra.

173 (XVI 206)

Según Pausanias (IX 27, 5), en Tespias (ciudad de Beocia, región de Grecia central) había una estatua de Frine, hetera de Atenas, obra de su famoso amante el escultor Praxíteles y situada al parecer, si creemos a Alcifrón (IV 1), entre dos imágenes de Afrodita (llamada aquí por primera vez Citerea, esto es, nacida en la isla de Citera, del mar Egeo) y Amor respectivamente; sabemos también (Aten. 591 a ) que la misma hetera fue el modelo de la Afrodita, más tarde trasladada a Constantinopla, de Cnido, ciudad del SO. de Asia Menor, lo que explica que aquí se diga que Praxíteles veía en su figura rasgos divinos; y que el escultor regaló a Frine una estatua de Eros que ella consagró en el templo dedicado a este dios en Tespias, donde había (cf. Paus. IX 27, 1) otra imagen antiquísima de él y donde, según otras genealogías, se le creía hijo de diosa distinta de Afrodita. El Eros de Praxíteles fue llevado dos veces a Roma y terminó por quedar destruido en un incendio.

Así, sólo así los Tespieos honrar a Eros saben,

hijo de Citerea, con la divina forma

que esculpiera Praxíteles viéndole al lado de Frine,

a la que como precio lo dio de sus encantos.

174 (XVI 307)

Poema escrito sobre una representación plástica de Anacreonte que refleja, incluso en la súplica a Baco, el contenido y los onomásticos de 115. Sobre el calzado, cf. 138.

Mira cómo el vino al viejo Anacreonte

hace tropezar; el manto hasta los pies

le arrastra, y conserva sólo una sandalia,

la otra la ha perdido. Pero su tortuga

melodiosamente tañe honrando en ella

a Batilo o al bello Megisteo.

Ten cuidado, Baco, no caiga el anciano.

175 (VI 120)

Epigrama votivo: el suceso curioso de que una cigarra se posara en la lanza de una imagen de Atenea ha hecho posiblemente que alguien haya ofrendado a la diosa aquel animal trabajado en oro con este poema (los Atenienses llevaban en sus cabezas adornos de este tipo según Tuc. I 6). Obsérvese la consabida leyenda de que las cigarras se alimentan sólo de rocío: recuérdese que Platón (Phaedr. 262 d ) las llama profetas de las Musas; la afinidad con Atenea está en que unas y otra aman la música, ellas porque cantan (cf. el 80 de Nicias), la diosa porque inventó la flauta, aunque luego ésta fuera arrojada por ella y recogida por Marsias.

No sé solamente cantar en la copa del árbol

sentada, disfrutando del calor ardoroso

y del jugo sutil del rocío, juglar que deleita

sin salario al viajero que el camino recorre,

mas también de Atenea de casco esplendente en la lanza

puedes ver la cigarra posada, caminante.

Porque, así como me aman las Musas, también yo a Atenea,

la divina doncella que la flauta inventara.

176 (V 188)

Es el único poema erótico de este autor y contiene varios tópicos del género: el arco (que aquí es literalmente llamado como corresponde a un arma del tipo de las utilizadas por los Escitas, del S. de la actual Rusia, y, según es bien sabido, por el Cupido de las pinturas, arco doble y formado por dos cuernos unidos en un asidero, quedando fija y tensa la cuerda en los extremos de uno y otro); los dardos ardientes de Eros (cf. 112); el juramento, la fulminación del enamorado, etc. La metáfora final es jurídica: el poeta va a contraatacar en uso de legítima defensa.

A Eros no guardo rencor, que es bien dulce, lo juro

por su madre Cipris, mas me hiere su artero

cuerno y, un dardo inflamado lanzando tras otro

sin cesar, a cenizas me tiene reducido.

Voy, mortal, a vengar los agravios aunque es dios alado

el agresor. ¿Seré reo por defenderme?

177 (VII 715)

Epitafio, redactado en vida por el poeta, en que se considera la inmortalidad del buen escritor como compensación de las amarguras del destierro. El lema, a la vista de la mención de Tarante (cf. intr.), atribuye al Leónidas antiguo el epigrama, pero luego añade que escribió versos isopsefos . Éstos eran artificiosas combinaciones de un texto con los valores numéricos de las letras de cada palabra usados como cifra, juego poético en que descolló Leónidas el alejandreo, pero no, que sepamos, el tarantino: o se equivoca el lematista o el poema no es genuino.

De las tierras de Italia y Tarante, mi patria, muy lejos

yo yazgo y ello es más amargo que la muerte.

No es vida la vida en exilio, mas he sido amado

de las Musas, dulzura mezclada con penas.

Y no muere mi nombre: los dones con que ellas me honraran

cantarán a Leónidas mientras el sol exista.

178 (VI 44)

Un cosechador de vino ha plantado tres majuelos y, al recoger la primera cosecha de mosto, dedica un odre de cada uno, en calidad de primicia, a Baco y a los sátiros, tan propensos a la embriaguez (cf. 87). Se van a hacer las libaciones rituales y luego se celebrará una fiesta. Según el lema, el autor es dudoso.

A los sátiros que aman el mosto y a Baco el que engendra

las cepas, Heronacte consagra los frutos

primeros que dio su cosecha, tres tinas colmadas

del vino primicial que sus tres predios crían.

Ahora, pues, como es justo, libemos por Baco el vinoso

y en honor de los sátiros y más bebamos que ellos.

179 (VI 130)

Antígono Gonatas, rey de Macedonia (cf. intr. a Antágoras y Alejandro), fue derrotado por Pirro, rey del Epiro, región del NO. de Grecia, después del regreso desde Italia de éste, en el 273. En la retaguardia macedonia luchaban contingentes gálatas (cf. el 50 de Ánite), que se condujeron con gran valor frente al comportamiento mediocre del grueso del ejército, pero no pudieron evitar el desastre. Los escudos de estas tropas, del tipo citado en 119, fueron consagrados con orgullo en el templo de Atenea de la ciudad tesalia de Itón, donde los vio Pausanias (I 13, 2, con cita también de 751). Los hechos son mencionados igualmente por Plutarco (Vita Pyrrh . 26) y Diodoro (XXII 22). Sobre el patronímico final, recuérdese lo dicho en 87 acerca de los reyes epirotas, que se consideraban molosos según el antiguo nombre de los pobladores del Epiro central. Es muy dudoso que el epigrama sea de Leónidas: el lematista no le menciona.

Estos escudos que Gálatas bravos blandieron

a Atenea Itónide Pirro el moloso ofrenda,

derrotada la tropa de Antígono. Y no es ello extraño:

lanceros los Eácidas son hoy como en tiempos.

180 (VI 110)

El lematista piensa en Leónidas o Mnasalces, lo cual es improbable, como autor. Los cuernos del animal son clavados en un pino (cf. 132), quizás en honor de Pan o Ártemis o Apolo (cf., también sobre el tipo de caza, el 17 de Perses), por algún morador del Asia Menor (sobre el Meandro y su curso, cf. 124). No sabemos si la cierva contaba ocho puntas en cada cuerno o entre los dos. Sobre el arma, cf. 133.

Cleolao acechó en la ladera a esta cierva y matóla

junto a las serpenteantes aguas del Meandro

con pica aguzada; y un clavo en el pino nudoso

su cabeza y defensas sujeta de ocho puntas.

181 (VI 154)

Parece que sí es de Leónidas, aunque el lema hable también del tardío Getúlico. Se designa a Baco como Bromio (cf. el 41 de Ánite) y Lieo o Liberador; se le ofrenda yedra (cf. el 73 de Nóside); el euhe es el grito ritual que acompaña a las orgías.

Ved lo que a Pan montaraz y Lieo, invocado

con euhe, y a las ninfas, Bitón, el viejo Árcade,

ofrenda; al primero un cabrito que, apenas nacido,

juega con su madre; para Bromio una rama

trepadora de yedra; para ellas del húmedo otoño

los frutos y abiertas rosas color de sangre.

Que a cambio la casa del viejo florezca opulenta

en vino, leche y lluvias, ¡oh, Baco, Pan y Ninfas!

182 (VII 13)

Evidentemente este poema no debería hallarse aquí (y solamente lo mantenemos en tal lugar por no romper más aún el orden de Gow-Page), pues en el verso 4 hay una cita literal de Erina (389, 3). Parece, por tanto, que resultaría preferible la atribución a Meleagro, de quien también habla el lema, ya que no es ni mucho menos seguro que Leónidas haya podido copiar a Erina (cf., sin embargo, intr. a ésta y nótese también lo allí dicho sobre la temprana fecha en que se situaba su muerte). Las similitudes con el 220 de Asclepíades pueden, en cambio, ser interpretadas cronológicamente (cf. ibid .) de varios modos.

A Erina, la abeja virgínea que flores libaba

de las Musas, la más joven de los poetas,

Plutón la raptó como esposa. Razón tuvo en vida

la niña al decir: «Envidioso eres, Hades».

183 (VII 35)

Homenaje al gran lírico arcaico Píndaro, natural de Beocia. La duda del lematista, que piensa en Platón también, hace insegura la atribución a Leónidas. Las Musas son llamadas como corresponde (cf. 127) a la procedencia de la región macedonia de Pieria que se les atribuía ya desde Hesíodo (Th . 53).

He aquí un hombre agradable al de fuera y amado en su patria,

Píndaro, servidor de las canoras Piérides.

184 (VII 316)

La adscripción es dudosa: el lema duda entre Leónidas y Antípatro para este epigrama, que pertenece a una serie de ellos sobre el famoso misántropo Timón, semilegendario Ateniense de la época de Pericles. Es notable la ferocidad de la expresión.

No me saludes ni inquieras quién soy ni de quiénes

procedo, mas pasa de largo por mi estela

o, si no, a tu destino ojalá que no llegues; e incluso

si guardas silencio, que no llegues tampoco.

185 (IX 25)

Parece probable que estos versos, considerados por el lematista exageradamente como admirables, sean de Leónidas y no de Antípatro, de quien habla igualmente el lema. Es la dedicatoria de un ejemplar del poema de Arato (cf. su intr.), escrito al parecer algo después del 277, lo que daría una fecha posterior a este epigrama. El autor no se ha fijado bien en el contenido del libro, pues no trata de los planetas, sino sólo de las estrellas. Los círculos a que alude son el ecuador, la eclíptica y los trópicos. El final se refiere a que Arato ha hecho más conocidos e inteligibles a los astros dándoles así nueva vida.

Este libro es de Arato, erudito que antaño con mente

sutil observó los antiguos astros

fijos y errantes también y los ciclos que ligan

el cielo esplendente que gira con ellos.

De obra tan grande al autor alabemos, segundo

Zeus que ha hecho brillar más a las estrellas.

186 (IX 563)

Puede ser de Leónidas o del posterior Filipo, citados ambos por el lema. Demócrito es un amigo del dueño de la higuera a quien gustan sus frutos y a quien el propietario invita a probarlos con este mensaje ficticiamente compuesto por el propio árbol. Como éste se encuentra en sitio muy frecuentado, si no se apresura el amigo va a encontrarse con la fruta averiada o saqueada.

Si a Demócrito, que ama la fruta, tal vez encontrares,

dale esta pequeña noticia, viajero,

que yo, la alba higuera en sazón, le reservo mis higos

más sabrosos que el pan salido del horno.

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13 ноября 2024
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