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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
E-pack Bianca, n.º 225 - enero 2021
I.S.B.N.: 978-84-1375-306-5
Índice
Un príncipe de incógnito
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
El plan del jeque
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
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Cicatrices del ayer
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1
LO SIENTO, hijo.
Mateo Karavitis se quedó mirando aturdido la pantalla del ordenador. Estaba teniendo una videoconferencia con su madre. El rostro de la reina Agathe reflejaba tristeza y resignación. Tristeza por la tesitura en la que acababa de colocarlo, y resignación por haber tenido que llegar a esa situación: que habiendo tenido tres hijos fuera el menor el que se viera de pronto forzado a ocupar el trono.
–Sé que no es esto lo que quieres –añadió.
Mateo no contestó. Era el tercero en la línea de sucesión, y no lo habían preparado para ocupar el trono. Nunca se había esperado de él que gobernara Kallyria como había hecho durante treinta años su padre, Barak, un monarca respetado, amado por su pueblo y temido por sus enemigos.
Su hermano Kosmos, el primogénito, era a quien habían preparado desde la infancia para suceder a su padre. Había estudiado en una academia militar, se había codeado con dignatarios y diplomáticos, y a los catorce años había sido nombrado príncipe heredero. Sin embargo, a los treinta años había perdido la vida en el mar. De eso hacía ya diez años.
La repentina muerte de Kosmos había supuesto un golpe tremendo para su familia. Su padre había envejecido de golpe varios años: había perdido mucho peso y su figura, antaño corpulenta, parecía haberse encogido, mientras que su pelo, fuerte y entrecano, se había tornado blanco y frágil. Tres meses después de la muerte de su primogénito había sufrido una apoplejía que había afectado a su capacidad del habla y el movimiento, pero había permanecido en el trono. Sin embargo, su salud había continuado deteriorándose, y cuatro años después había muerto y su segundo hijo, Leo, había sido coronado rey. Y ahora, de pronto, sin previo aviso, Leo había abdicado.
–¿Has hablado con Leo? –le preguntó a su madre–. ¿Te ha dado alguna explicación?
–Se… se ve incapaz de seguir… –la voz de su madre, normalmente firme y calmada, sonaba trémula, como si se fuera a quebrar.
Mateo giró la silla hacia un lado para que su madre no viera en su rostro las emociones que se revolvían en su interior. Jamás se hubiera esperado algo así. Diez años atrás Leo había parecido más que dispuesto a ocupar el lugar de su padre; incluso ansioso. Siempre había estado a la sombra de Kosmos, y por fin había llegado su momento. El brillo en sus ojos el día del funeral de su padre le había revuelto el estómago a Mateo, que había abandonado Kallyria decidido a establecerse de forma definitiva en Inglaterra, lejos de las presiones de ser un miembro de la familia real.
Y ahora tenía que regresar porque Leo había levantado sus manos para desentenderse de sus deberes como monarca. Llevaba en el trono más de seis años; ¿cómo podía dejarlo así, por las buenas? ¿Dónde estaba su sentido del deber, del honor?
–No lo entiendo –masculló entre dientes–. ¿De repente ha decidido que lo de ser rey no va con él?
–No es eso –replicó Agathe con suavidad y tristeza–. Tu hermano se ha visto superado por sus obligaciones como rey.
–¿Que sus obligaciones lo han superado? Pues parecía encantado el día de su coronación…
Su madre apretó los labios.
–Se ha dado cuenta de que la realidad dista mucho de lo que él había soñado.
–¿Acaso no es así para todos?
Su madre se encogió de hombros y lo miró con pesar.
–Tú sabes que Leo siempre ha sido más volátil que Kosmos, más sensible. Se toma las cosas muy a pecho y se lo guarda todo para sí hasta que explota. Entre la insurrección en el norte y los problemas económicos que atraviesa el país… –le explicó con un suspiro–. Se derrumbó. Debería haberlo visto venir; debería haber sabido que no sería capaz de aguantar tanta presión.
Su madre le dijo que Leo había ingresado en una clínica privada de Suiza, y eso lo dejaba a él como el único que podía tomar las riendas de su país en esos momentos tan difíciles en que se encontraba sin nadie al timón, a la deriva.
Fuera, las campanas de la capilla de uno de los muchos colleges de Cambridge empezaron a repicar. Su vida estaba allí, en la universidad, donde estaba llevando a cabo una investigación sobre el efecto que determinados procesos químicos tenían en el clima.
Su compañera de laboratorio y él estaban a punto de descubrir cómo reducir ese efecto pernicioso. Y ahora, de pronto, se esperaba de él que dejara todo eso atrás para convertirse en el rey de un país que estaba atravesando una complicada situación económica y política.
–Mateo –le dijo su madre con suavidad–, sé que esto es muy duro para ti, que tu vida ha estado en Cambridge todos estos años. Sé que te estoy pidiendo demasiado.
–No más de lo que se esperaba de mis hermanos cuando les llegó su turno –respondió él.
Su madre suspiró.
–Sí, pero a ellos se les había preparado para afrontar ese deber.
Y él no estaba preparado; era más que evidente. ¿Cómo podría ser un buen rey? Sin embargo, se debía a su país y a su gente.
–¿Mateo? –lo llamó su madre, al ver que se había quedado callado.
Él asintió con la cabeza, a modo de claudicación.
–Regresaré a Kallyria.
La reina Agathe no pudo ocultar su alivio y dejó escapar un suspiro tembloroso.
–Debemos movernos deprisa para asegurarte el trono –murmuró.
Mateo se quedó mirándola con los ojos entornados y la mandíbula apretada.
–¿Qué quieres decir?
–La abdicación de Leo ha sido tan repentina, tan inesperada, que ha provocado una cierta… inestabilidad en el país.
–¿Te refieres a los insurgentes?
Hasta donde él sabía no eran más que una tribu nómada que detestaba cualquier innovación, cualquier atisbo de modernización, porque lo veían como una amenaza a su modo de vida y su cultura.
Agathe asintió y frunció el ceño con preocupación.
–Están adquiriendo más poder y también están aumentando en número. Sin una cabeza visible en el trono… ¿quién sabe qué serían capaces de hacer?
A Mateo se le encogió el estómago solo de pensar en que pudiera desatarse una guerra.
–Haré todo lo que pueda para detenerlos –le prometió a su madre.
–Sé que lo harás –contestó ella–. Pero hay algo más.
Al verla quedarse vacilante, Mateo frunció el ceño.
–¿A qué te refieres?
–Tenemos que proporcionar estabilidad al país cuanto antes –le explicó Agathe–. Después de la muerte de tu padre, de la de Kosmos, de la abdicación de Leo, de tanta incertidumbre… no puede quedar ninguna duda de que nuestra dinastía continuará en el poder, de que la Casa Real no se tambaleará frente a cualquier revés que pueda venir. Tienes que casarte –le dijo sin rodeos– y dar a la Casa Real un heredero tan pronto como sea posible. He hecho una lista de candidatas que podrían resultar adecuadas…
Mateo apretó la mandíbula. ¿Casarse? No solo detestaba la idea de tener que contraer matrimonio, sino también la de hacerlo con una desconocida por muy adecuada que fuera para convertirse en reina consorte.
–¿Y a quiénes has incluido en esa lista? –preguntó, sin poder reprimir una nota de ironía–. Solo por curiosidad.
–La mujer que se case contigo desempeñará un papel muy importante. Tiene que ser inteligente, alguien que no se amilane con facilidad, y por supuesto tendrá que ser alguien de buena familia y que haya recibido una buena educación…
Mateo apartó la mirada.
–No has respondido a mi pregunta; ¿quiénes están en esa lista?
–Pues, por ejemplo, Vanesa Cruz, una joven emprendedora española. Es la propietaria de una importante firma de ropa.
Él resopló.
–¿Y por qué querría renunciar a todo eso?
–Pues porque eres un buen partido, hijo –dijo Agathe con una sonrisa.
–Si ni siquiera me conoce… –masculló él. No quería casarse con una mujer que se casaría con él solo por su título, para ascender en la escala social–. ¿Quién más hay en tu lista?
–La hija de un magnate francés, la hija del presidente de una compañía turca… En el mundo en el que vivimos necesitarás a tu lado a una mujer que sea independiente, no a una princesa que solo esté esperando para conseguir protagonismo.
Su madre mencionó los nombres de otras candidatas de las que Mateo apenas había oído hablar. Eran todas perfectas extrañas para él, mujeres a las que no tenía ningún interés en conocer y con las que tenía aún menos interés en casarse.
–Piénsalo –le insistió su madre con suavidad–. Ya lo hablaremos con calma cuando llegues.
Mateo asintió y unos minutos después terminaba la videollamada con su madre. Paseó la mirada por su estudio y, cuando sus ojos se posaron en el informe de la investigación que estaba haciendo, no le quedó más remedio que aceptar que su vida había cambiado para siempre.
–Me ha surgido un imprevisto.
Rachel Lewis levantó la vista del microscopio sobre el que estaba inclinada y sonrió a modo de saludo a su colega de laboratorio, Mateo Karras. Por suerte hacía mucho que había dejado de abrumarla su atractivo físico, pero su lado científico no podía dejar de admirar la perfecta simetría de sus facciones cada vez que lo tenía ante ella. Tenía el cabello negro y lo llevaba muy corto. Sus ojos eran de un increíble azul verdoso, idéntico a las aguas del mar Egeo, en el que se había bañado hacía unos años, durante unas vacaciones. Tenía la nariz recta y una mandíbula recia, y bajo la camisa y el pantalón que vestía se adivinaba el físico de un atleta.
–¿Un imprevisto? –repitió arrugando la nariz, extrañada por el tono algo tenso de su voz–. ¿A qué te refieres?
–Es que… –Mateo sacudió la cabeza y exhaló un suspiro–. Voy a estar fuera… un tiempo. He pedido una excedencia.
Rachel se quedó mirándolo aturdida.
–¿Una excedencia?
Mateo y ella habían trabajado juntos durante los últimos diez años en una investigación pionera sobre las emisiones químicas y el cambio climático. Estaban tan cerca, tan, tan cerca de descubrir la manera de reducir el efecto tóxico que los productos químicos tenían en el clima… ¿Cómo podía marcharse así, de repente, y dejarla tirada?
–No lo entiendo –murmuró.
–Me ha surgido una emergencia familiar.
–Pero…
La conmoción inicial de Rachel se transformó en una mezcla de angustia y algo más profundo que prefirió ignorar. No es que sintiera nada por Mateo, no albergaba esa clase de sentimientos hacia él; es que no podía imaginarse trabajando sin él. Habían sido compañeros de laboratorio durante tanto tiempo que casi podían adivinar lo que el otro estaba pensando sin intercambiar palabra. No podía ser verdad que fuera a marcharse…
–¿Pero qué ha pasado? –quiso saber.
Después de diez años trabajando juntos le parecía que tenía derecho a saberlo, aunque nunca hubieran hablado de su vida privada. Bueno, en realidad ella no tenía vida más allá del trabajo, y Mateo siempre había sido muy reservado. Había visto a unas cuantas mujeres de su brazo a lo largo de los años, pero ninguna le había durado demasiado; una cita o dos, nada más. Él nunca hablaba de esas cosas, y ella no se atrevía a preguntar.
–Es difícil de explicar –contestó él, pasándose una mano por la cara, como cansado.
Aquel no era el Mateo de encanto magnético, comentarios agudos y ojos brillantes al que adoraba. De pronto parecía distante, frío… Era como si se hubiera convertido en un extraño.
–Lo único que puedo decirte es que es un asunto de familia –reiteró Mateo.
Rachel cayó entonces en la cuenta de que no sabía nada de su familia. En esos diez años no los había mencionado ni una sola vez.
–Espero que estén todos bien –dijo, aunque no sabía ni cuántos eran de familia.
–Sí, bueno, todo se arreglará, aunque… –Mateo no terminó la frase.
Su rostro reflejaba tal desolación que Rachel sintió un impulso casi irrefrenable de ir a darle un abrazo, pero no le parecía que hubiera la suficiente confianza entre ellos como para eso.
–Si puedo hacer algo para ayudar, no dudes en decírmelo. Lo que sea –le dijo–. ¿Necesitas que cuide de tu casa durante el tiempo que estés fuera?
–Es que… no sé cuándo volveré –contestó él en un tono apagado.
Rachel se quedó boquiabierta.
–Vaya. Entonces debe ser algo serio.
–Lo es.
–Pero… ¿volverás, verdad? –preguntó Rachel. Era incapaz de imaginar Cambridge sin él–. Cuando esté todo resuelto, quiero decir. No puedo hacer esto sin ti –añadió, señalando el microscopio para referirse a su investigación.
Una sombra de tristeza cruzó por el rostro de Mateo.
–A mí también me duele tener que dejar a medias nuestra investigación; lo siento.
–¿Estás seguro de que no hay nada que pueda hacer para ayudarte?
Mateo sacudió la cabeza.
–Todo este tiempo has sido una compañera increíble, la mejor que podía haber tenido.
Rachel contrajo el rostro y bromeó diciendo:
–¿A qué vienen esos cumplidos? Ni que te estuvieras muriendo…
–La verdad es que me siento un poco así.
–Mateo…
–No, no te preocupes; solo estoy siendo un poco melodramático –la tranquilizó él con una sonrisa forzada–. Perdona, es que esto me ha pillado desprevenido… En cuanto pueda te llamaré para explicártelo. Entretanto… cuídate.
Y entonces hizo algo que Rachel jamás habría esperado que hiciera: se inclinó y la besó en la mejilla. Aquel repentino asalto a sus sentidos le cortó el aliento: el fresco olor a cítricos de su aftershave, la suavidad de sus labios, el roce algo áspero de su barba de unos días…
Con una sonrisa triste, Mateo la miró a los ojos y retrocedió. Se despidió de ella con un breve asentimiento de cabeza. Cuando salió, Rachel se quedó allí de pie, como paralizaba, escuchando el ruido de sus pasos alejándose por el corredor.
Capítulo 2
LA SITUACIÓN era peor, mucho peor de lo que había pensado, se dijo Mateo, de pie junto al ventanal del que había sido el estudio de su padre. A su llegada a Kallyria se había reunido por separado con todos los ministros de su gabinete y había descubierto que su hermano Leo había llevado al país cuesta abajo.
La economía, las relaciones internacionales y hasta la política interior habían sufrido un tremendo declive. Había tomado decisiones imprudentes, revocado otras de forma descuidada, había insultado a varios líderes mundiales… la lista de sus meteduras de pata era interminable.
Se apartó del ventanal y fue hasta el escritorio. Aunque hacía ya seis años que había fallecido su padre, el estudio reflejaba más su paso por allí que el de su hermano Leo, que al parecer había pasado más tiempo navegando en su yate o en Montecarlo que allí, ocupándose de los asuntos del país.
Tomó del escritorio la lista de posibles candidatas que había redactado su madre, y torció el gesto por lo mercenaria que se le antojaba la tarea de escoger así una esposa. Le parecía increíble que, estando en el siglo xxi, y en un país que se consideraba progresista y abierto, tuviera que casarse con una desconocida.
–Ya tendréis tiempo de conoceros –le había dicho su madre esa mañana, con una sonrisa apaciguadora.
–Supongo. Aunque también tengo que conseguir que se quede embarazada lo antes posible, ¿no? –había contestado él con sarcasmo–. Un matrimonio con todos los ingredientes para acabar en desastre.
–Los matrimonios concertados pueden salir bien –le había dicho su madre.
Hablaba por propia experiencia; el suyo también había sido un matrimonio concertado y ella se había esforzado para que funcionase. Su padre había sido un hombre generoso y cariñoso, pero también pronto a la ira, bastante orgulloso, y en ocasiones difícil.
–Lo sé –había respondido cansado, pasándose una mano por el cabello. Había llegado a las diez de la noche y solo había dormido un par de horas.
–¿Es amor lo que buscas? –le había preguntado su madre–. El roce hace el cariño.
–No quiero amor –había contestado él, pronunciando la palabra con desdén–. Ya he estado enamorado y no tengo el más mínimo deseo de volver a pasar por eso.
–Te refieres a Cressida –había murmurado su madre–. Eso fue hace mucho tiempo, hijo.
Mateo nunca hablaba de ella. Y trataba de no pensar en ella, en el dolor y la culpabilidad que aún sentía.
–Pero si tanta aversión tienes al amor –había añadido su madre–, yo diría que un matrimonio concertado es lo más conveniente para ti.
Mateo sabía que tenía razón, pero se resistía a admitirlo.
–Quiero a alguien con quien pueda entenderme –había respondido–. La mujer con la que me case será mi consorte, dará a luz a mis hijos y los criará, será mi compañera en todos los sentidos… Y no quiero confiar ese papel a una extraña, por idónea que parezca sobre el papel.
–Las candidatas de esa lista han sido refrendadas por varios ministros de tu gabinete –había replicado su madre–. No se les puede poner un solo pero, ni hay razón alguna para pensar que no vayan a cumplir con sus obligaciones o a no ser merecedoras de tu confianza.
Lo último que Mateo quería era una mujer que solo quisiese casarse con él porque iba a ser rey, pero había erguido los hombros con un suspiro y alargado el brazo para tomar la condenada lista.
–La estudiaré –le había prometido.
Sin embargo, en ese momento, varias horas después, aún no se había decidido por ninguna de las candidatas. Notó vibrar su móvil en el bolsillo del pantalón, y cuando lo sacó y vio que era Rachel quien llamaba, no pudo evitar alegrarse de volver a escuchar una voz amiga de su antigua vida.
–¿Cómo estás? –le preguntó Rachel–. Me dejaste preocupada.
–¿Preocupada? ¿Por qué?
–Te fuiste de repente y me dijiste que se trataba de una emergencia familiar –respondió ella, algo exasperada–. ¿Cómo no iba a preocuparme?
–Perdona, tienes razón. Pero no tienes que preocuparte; ya está todo bajo control.
–¿Ah, sí? –exclamó Rachel, como esperanzada–. Entonces… ¿volverás pronto?
–No, me temo que no. He dejado mi plaza.
El gemido ahogado de ella lo conmovió, pero estaba seguro de que se las apañaría bien sin él. Encontraría a otro compañero para continuar con su investigación. Quizá incluso conseguiría un ascenso en el departamento.
–Pero… ¿por qué? –le preguntó ella con suavidad–. ¿Qué está pasando, Mateo? ¿No puedes contármelo?
Él vaciló y finalmente le respondió:
–Tengo que ocuparme del negocio familiar. Mi hermano era quien estaba a cargo, pero lo ha dejado de un modo… bueno, bastante repentino.
No se sentía preparado para decirle la verdad, que era un príncipe e iba a convertirse en rey de un país. Sonaba ridículo, como sacado de una película cursi. Además, se enteraría bien pronto. Saldría en la televisión y en los periódicos, y los rumores tendrían su eco en la pequeña comunidad universitaria.
–No puedo creerlo –dijo Rachel muy despacio–. ¿De verdad no vas a volver?
–No.
–¿Y no hay nada que yo pueda hacer? ¿No podría ayudarte de algún modo para que…?
–No, lo siento –reiteró él. Se sentía fatal diciéndole aquello, pero no podía mentirle y no había nada más que decir–. Adiós, Rachel –murmuró, y colgó.
Rachel se quedó mirando su móvil aturdida. No podía creerse que Mateo le hubiera colgado. Le dolía que la hubiese dejado plantada de esa manera. De pronto, sin saber por qué, se encontró recordando el día en que se lo habían presentado. Mateo estaba en tercer curso y ella en primero. La había sorprendido la fuerte atracción que había sentido hacia él, a pesar de que estaba claro que él jamás se fijaría en alguien como ella, una chica feúcha, empollona y algo rellenita.
Y es que, aunque Mateo tuviera una mente brillante, no encajaba para nada con el estereotipo del cerebrito friki al que sí se ajustaban muchos de sus compañeros de clase. No solo era guapísimo, sino que además era encantador y tenía una abrumadora confianza en sí mismo.
–¿Rachel? ¿Eres tú?
Al oír la voz trémula de su madre, se guardó el móvil en el bolsillo y plantó una sonrisa en su rostro. Lo último que quería era preocuparla, aunque era poco probable que se diese cuenta de nada.
Le habían diagnosticado Alzheimer hacía dos años, y su declive había sido tan rápido que resultaba descorazonador. Hacía dieciocho meses Rachel se la había llevado a vivir con ella a su apartamento, y le había costado acostumbrarse a tenerla allí y a sus muchas necesidades. Sobre todo se le antojaba irónico que su madre, que nunca le había mostrado demasiado afecto, igual que su padre, dependiera ahora de ella.
Oyó por el pasillo los pasos de su madre, que se acercaba arrastrando los pies.
–Hola, mamá –la saludó con una sonrisa cuando la vio aparecer.
–¿Por qué estabas haciendo tanto ruido? –le preguntó, aunque había estado hablando en un tono normal.
–Perdona, es que estaba hablando por teléfono.
–¿Con tu padre? ¿Va a volver tarde otra vez?
Su padre llevaba muerto ocho años.
–No, mamá, era un amigo –le contestó. Claro que quizá ya no pudiera llamar así a Mateo. De hecho, quizá nunca hubiera sido su amigo–. ¿Qué te parece si te pongo uno de esos programas de la tele que tanto te gustan? –le dijo. La tomó del brazo y la llevó de vuelta a su dormitorio, donde había colocado una cama articulada y un televisor–. Creo que a esta hora ponen ese de ¡Menuda ganga!, ¿no?
Su madre se había aficionado a esa clase de programas basura, algo que le hacía gracia y la entristecía a la vez. Antes de enfermar solo veía documentales científicos; ahora le chiflaban los programas de entrevistas y los reality shows.
Su madre dejó que la metiera otra vez en la cama, aunque aún parecía irritada cuando le puso la manta sobre las rodillas y encendió el televisor.
–Si quieres puedo hacerte un sándwich a la plancha –le propuso Rachel para apaciguarla–. ¿De queso y mermelada? –otro de sus nuevos y peculiares gustos.
–Bueno, está bien –contestó su madre, como si estuviera haciendo una gran concesión.
A solas en la cocina mientras preparaba el sándwich, Rachel no podía quitarse de la cabeza la conversación con Mateo. Iba a echarlo de menos. Quizá no debería, pero sabía que iba a echarlo de menos. Ya lo echaba de menos.
Al pasear la mirada por la pequeña cocina, con el ruido enlatado de la televisión de fondo, se dio cuenta de que apenas tenía vida. Para empezar, casi nunca salía. Los pocos amigos que tenía estaban casados, tenían hijos, y era como si pertenecieran a un universo separado del suyo, siempre ocupados. La invitaban de forma ocasional a cenar, como por pena, y presumían de sus hijos ante ella. Y siempre acababan preguntándole si no quería que le buscaran pareja.
La verdad era que durante todos esos años, trabajando con Mateo ocho horas al día en el laboratorio, nunca había sentido la necesidad ni el deseo de salir más, de tener una vida social. Bromear con él, el silencio cómodo entre ellos, sus discusiones académicas en el pub, tomando una cerveza… todo eso había sido más que suficiente para ella.
–Rachel, ¿está ya mi sándwich? –la llamó su madre desde la habitación.
Rachel suspiró y sacó el pan de molde.
–¡Enseguida, mamá!
Tres días después
Llovía a cántaros mientras Rachel corría calle abajo, y cuando llegó a su bloque estaba empapada. Seguía de bajón por la repentina marcha de Mateo. Había intentado animarse, pero las cosas habían ido a peor cuando descubrió a quién le habían asignado como nuevo compañero de laboratorio: un tipo empalagoso y machista.
Menos mal que aún le quedaba media hora de paz y tranquilidad antes de que su madre volviera a casa, pensó mientras introducía la llave en la cerradura del portal. Entre semana su madre iba a un centro de día para personas con Alzheimer y demencia senil. Un minibús del centro la recogía cada mañana y la llevaba de regreso por la tarde.
Estaba empujando la puerta para entrar, cuando una figura salió del callejón que conducía al patio trasero del bloque, donde estaban los contenedores de basura. A Rachel se le escapó un grito y arrancó la llave de la cerradura, dispuesta a usarla como arma, aunque no fuera a servirle de mucho.
–¡Rachel, soy yo!
Al oír esa voz profunda, el corazón le dio un vuelco y se le cayeron las llaves al suelo.
–¿Mateo…?
–Sí –asintió él, saliendo de las sombras y avanzando hacia ella con una sonrisa.
Rachel se quedó mirándolo aturdida, incapaz de articular nada coherente. Solo podía pensar en lo mucho que se alegraba de verlo.
–¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó finalmente.
En vez de contestar, Mateo le dijo:
–¿Qué tal si entramos? Acabaremos calados si seguimos aquí, bajo la lluvia.
–Sí, claro –balbució ella.
Recogió las llaves del suelo y entraron en el edificio. Cuando subieron a su apartamento y encendió las luces, Rachel pensó en lo pequeño que debía parecerle a Mateo, y sintió vergüenza al posar la vista en los sujetadores que tenía secándose sobre el radiador, y en la tostada a medio comer que se había dejado en la mesita, junto a una novela romántica con una ilustración erótica en la portada.
Se volvió bruscamente, rogando por que no se fijara en nada de eso, y volvió a preguntarle:
–¿A qué has venido?
Capítulo 3
POR QUÉ había ido allí? Era una buena pregunta, se dijo Mateo. Veinticuatro horas atrás, cuando se le había ocurrido, después de su desastroso primer encuentro con Vanesa Cruz, le había parecido que era una idea maravillosa, la solución más sencilla. Ya no estaba tan seguro.
–Quería verte –le respondió. Al menos eso era cierto.
–¿Ah, sí? –murmuró Rachel parpadeando, antes de apartar de su frente un mechón mojado–. Espera, voy a poner a hervir agua; creo que a los dos nos vendrá bien una taza de té –le dijo quitándose la chaqueta empapada.
La blusa blanca que llevaba debajo también estaba húmeda y se transparentaba, y Mateo se sintió incómodo cuando se encontró fijándose en sus generosos pechos. Apartó la vista, pero entonces sus ojos fueron a posarse en el radiador, sobre el que colgaban un par de sujetadores descoloridos de algodón. Rachel se apresuró a quitarlos, azorada y se fue a la cocina, donde se oyó poco después que empezaba a trastear para preparar el té.
Mateo se quitó el abrigo y lo colgó del respaldo de una silla de la zona del comedor, que ocupaba la mitad del acogedor salón. La otra mitad constaba de un sofá, cubierto por una colorida manta, un sillón orejero, una mesita baja, una estantería con libros y poco más.
Echó un vistazo a los títulos en los lomos, y cuando se apartó de la estantería sus ojos se posaron en el montón de correo apilado sobre una mesita alta junto a la puerta principal. Todos aquellos pequeños detalles le hicieron darse cuenta de lo poco que conocía en realidad a su antigua compañera de laboratorio.
«¡Venga ya, pues claro que la conoces!», replicó una vocecilla en su mente. «Has trabajado con ella diez años y sabes que se implica al máximo. Y que tiene sentido del humor, pero que también es capaz de tomarse en serio las cosas que importan. Habéis pasado muchos buenos ratos juntos, y sabes que puedes confiar en ella».
Sí, se dijo mientras se sentaba en el sofá, lo que sabía de ella era más que suficiente. Al poco rato reapareció Rachel con un par de tazas de té. Había aprovechado para adecentarse un poco: se había recogido el pelo en una coleta y también se había cambiado los pantalones y la blusa mojados por un jersey gris que resaltaba sus curvas, y unos vaqueros que le sentaban mejor que bien.
Nunca había visto a Rachel como a una mujer por la que pudiera sentir una atracción física, aunque suponía que ahora debía hacerlo. O, cuando menos, debía decidir si era capaz de hacerlo.
–Aquí tienes –le dijo ella, tendiéndole la taza de té, sin leche, como sabía que lo prefería. Se sentó en el brazo del sillón orejero, cuyo asiento estaba ocupado por una pila de ropa doblada–. Perdona el desorden –añadió, haciendo una mueca–. Si hubiera sabido que ibas a venir no habría dejado la colada por medio.
–Ni esto, me imagino –la picó él, tomando de la mesita la novela romántica. Sonrió divertido al ver la picante imagen de la portada, y leyó en voz alta el comienzo de la sinopsis que figuraba en la contraportada–: «El misterioso desconocido, que había llegado una noche al castillo de su padre, tenía fascinada a lady Arabella Fordham-Smythe…».
–Bueno, no tiene nada de malo soñar, ¿no? –replicó ella.
A pesar del ligero rubor que había teñido sus mejillas, el brillo humorístico en sus ojos le recordó a Mateo lo divertida que podía ser.
–¿Vas a contarme a qué has venido? –lo instó Rachel–. Y no es que no me alegre de verte, aunque te hayas presentado sin avisar.
–¿Lo dices por los sujetadores que tenías secándose en el radiador? –la picó él.
Rachel se sonrojó de nuevo, y Mateo se reprendió para sus adentros. ¿Por qué había tenido que mencionar su ropa interior? ¿Y por qué de repente estaba imaginándola, no con uno de esos sujetadores viejos, sino con uno de seda y encaje, con un tirante resbalando por el hombro…?
Se irguió, apartando aquella imagen de su mente, y sus ojos se encontraron con los de Rachel. La verdad era que tenía unos ojos muy bonitos, de un color castaño oscuro y espesas pestañas.
–¿Te has enterado de quién ha ocupado tu puesto? –le preguntó ella, torciendo el gesto.
Mateo frunció el ceño.
–No. ¿Quién?
–Simon el Sieso –contestó ella–. Sé que no debería llamarlo así –añadió con una mueca–, pero es que es tan irritante…
Mateo sonrió con socarronería.
–¿No pudieron encontrar a nadie mejor?
Para él era un insulto que el sustituto que habían elegido fuera Simon Thayer, un investigador mediocre que además era un tonto con ínfulas.
–¡Ya ves! –exclamó Rachel. Sacudió la cabeza y sopló su té antes de tomar un sorbo–. Siempre ha sido un pelota –masculló. El brillo de sus ojos se había apagado–. Trabajar con él va a ser un infierno, la verdad. Incluso he pensado en irme a otro sitio, aunque tampoco podría… –murmuró–. En fin, es igual –continuó, sacudiendo la cabeza–. ¿Y tú cómo estás? ¿Se ha solucionado esa emergencia familiar por la que te fuiste?
–Bueno, no del todo, pero supongo que puede decirse que las cosas están un poco mejor.
–¿Ah, sí? Pues me alegro. Pero… ¿a qué has venido? Todavía no me lo has dicho.
–Es verdad.
Mateo tomó un sorbo de té, más que nada para ganar tiempo, algo que no estaba acostumbrado a hacer. Como químico jamás se había mostrado indeciso; siempre sabía lo que tenía que hacer. Cuando se encontraba con un problema lo analizaba paso a paso hasta dar con la solución.
Eso era lo que debería hacer con Rachel: mostrarle su razonamiento, paso a paso, de un modo analítico, para que llegara a la misma conclusión a la que había llegado él. Pero en vez de eso, en vez de empezar por el principio e ir explicándoselo todo de un modo coherente, se encontró haciendo justo lo contrario, le soltó de sopetón:
–Quiero que te cases conmigo.
Rachel estaba segura de que tenía que haberle oído mal. A menos que estuviera bromeando… Le sonrió perpleja, como si lo que acababa de decirle solo le hubiese chocado, cuando en realidad estaba temblando por dentro. De pronto sintió miedo de que fuese una broma pesada, como le había pasado con Josh años atrás. Había logrado superarlo, pero no podría soportar que Mateo, alguien en quien confiaba, le hiciese algo así. «Por favor, por favor, no te burles de mí…».
–Perdona, ¿qué has dicho?
–Lo sé, tienes razón –murmuró Mateo–. No lo he expresado muy bien.
Rachel tomó un sorbo de su té, más que nada para ocultar su expresión. Aquello estaba empezando a parecer algo sacado de una novela romántica, y la vida real no era así. Era imposible que Mateo Karras quisiera casarse con ella. Imposible.
–Deja que te lo explique –añadió él–. Verás, es que… no soy quien crees que soy.
Era todo tan surrealista que a Rachel le entraron ganas de reírse.
–Está bien. Entonces, ¿quién eres?
Mateo contrajo el rostro y dejó su taza en la mesita.
–Soy el príncipe Mateo Aegeus Karavitis, heredero al trono del reino de Kallyria.
Rachel se quedó mirándolo anonadada. Tenía que estar tomándole el pelo. Mateo le había gastado una broma en el laboratorio alguna que otra vez, cosas inofensivas, como poner un nombre gracioso a la etiqueta de un tubo de muestra, pero aquello…
–Perdona, pero es que no lo pillo –murmuró incómoda.
Mateo frunció el ceño.
–¿Que no pillas el qué?
–Que no le veo la gracia al chiste.
–No es ningún chiste –replicó él–. Hablo en serio. Comprendo que te choque, y sé que no ha sido una proposición muy romántica, pero si dejas que te lo explique…
–Muy bien, pues explícamelo –lo cortó Rachel.
Dejó la taza en la mesita, como había hecho él, y se cruzó de brazos. Estaba empezando a enfadarse. Si aquello era una broma, era de muy mal gusto.
Su tono áspero dejó un poco descolocado a Mateo.
–Verás, es que… hace cinco días mi hermano Leo abdicó. Llevaba seis años en el trono, desde la muerte de mi padre.
Hablaba con tanta naturalidad, que Rachel se quedó mirándolo alucinada. ¿Podía ser que lo estuviera diciendo en serio?
–Si de verdad eres un príncipe… ¿cómo es que hasta ahora no me lo habías dicho?
–Porque no quería que nadie lo supiera. Quería triunfar por mis propios méritos, no por ser quién soy. Por eso todos estos años he utilizado un nombre falso. Nadie del campus lo sabe.
Por un momento Rachel se preguntó si Mateo no estaría teniendo un brote psicótico. Les había ocurrido a otros científicos que pasaban demasiado tiempo en el laboratorio. Que se hubiera marchado tan repentinamente, y lo de esa supuesta emergencia familiar… ¿Y si todo era producto de su mente?, se dijo mirándolo con espanto.
Mateo exhaló exasperado.
–No me crees, ¿verdad?
–No es eso…
Mateo puso los ojos en blanco y resopló.
–¿En serio crees que me lo estoy inventando?
–Yo no he dicho eso –replicó Rachel en un tono apaciguador–. Lo que creo es que tú «crees» que eres un príncipe…
Mateo volvió a resoplar y, levantándose, le espetó:
–¿Te parece que tengo pinta de loco, o que me comporto como un loco?
Rachel enarcó una ceja.
–¿Me estás diciendo que de verdad eres un príncipe?
–Pues claro que es verdad. Y dentro de una semana seré coronado rey.
Parecía tan seguro de sí mismo, tan arrogante, que Rachel se preguntó si podría ser que realmente le estuviera diciendo la verdad.
–Pero… aun en el caso de que todo eso fuera cierto… ¿qué tiene que ver eso conmigo? –le preguntó, recordando lo que le había dicho de casarse con ella.
–Como rey, necesitaré una esposa –le dijo Mateo–. Una reina consorte.
Rachel sacudió la cabeza.
–A lo mejor es que soy un poco corta, pero sigo sin entenderlo.
–¿Corta? Eres la mujer más inteligente que conozco, una científica brillante, muy trabajadora y además una buena amiga.
Rachel sintió que le ardían las mejillas y casi se le saltaron las lágrimas. Las palabras de Mateo sonaban tan sinceras que la habían conmovido; no recordaba cuándo había sido la última vez que alguien la había alabado de esa manera.
–Gracias –murmuró.
–El caso es –continuó Mateo– que tengo que casarme de inmediato, para proporcionar estabilidad a mi país. Y tengo que dar un heredero a la Casa Real.
Un momento… ¡¿Qué?! Rachel se quedó mirándolo anonadada. Seguía sin poder asimilar lo que estaba diciéndole.
–¿Y… y quieres casarte conmigo? –le preguntó con incredulidad en un susurro.
¿El príncipe de un país extranjero quería casarse con ella? Por algún motivo, en ese momento recordó las crueles palabras que Josh le había lanzado hacía más de diez años: «¿Qué hombre podría desear a alguien como tú?».
–¿Por qué? –inquirió en un hilo de voz.
–Porque te conozco. Porque confío en ti. Porque formamos un buen equipo.
–Sí, pero como compañeros, en un laboratorio…
–¿Y por qué no al frente de un país? –replicó él, encogiéndose de hombros–. ¿Qué diferencia hay?
–No estás ofreciéndome la vicepresidencia, Mateo: estás pidiéndome que sea tu esposa. Hay una gran diferencia.
–No tanta. Solo tendrías que estar a mi lado, apoyándome, ayudándome.
–Estás hablando de casarnos…
De pronto su mente conjuró unas imágenes totalmente fuera de lugar: la noche de bodas, un dormitorio a la luz de las velas, la piel bronceada de Mateo deslizándose contra la suya… No, eso solo pasaba en las novelas románticas que leía; Mateo no podía estar refiriéndose a un matrimonio en el sentido pleno de la palabra. Claro que… había mencionado que necesitaba proporcionar al país un heredero…
–Pues claro, eso es lo que he dicho, que quiero casarme contigo –le reiteró él.
Rachel lo miró con impotencia.
–Mateo, esto es una locura.
–Sé que es algo inesperado, pero…
–¿Algo inesperado? Tengo un trabajo –lo cortó ella–. ¿Qué esperas, que lo deje?
Había conseguido su plaza en Cambridge y su puesto de investigadora por sus propios méritos, no por ser la hija del eminente físico William Lewis y su distinguida esposa, Carol Lewis. ¿Esperaba que dejase atrás todo por lo que había luchado para convertirse en un florero?
–Soy consciente de que lo que te estoy pidiendo es un gran sacrificio –dijo Mateo–, pero como reina se te abrirían infinitas posibilidades: podrías promover entre las chicas las carreras de ciencias, financiar investigaciones científicas, dar apoyo a causas benéficas, viajar por todo el mundo como embajadora de la ciencia…
–¿De la ciencia o como embajadora política? –replicó ella con voz trémula por la enormidad de todo aquello.
–Ambas cosas –contestó Mateo–. Como rey una de mis prioridades será promover la investigación científica. Kallyria tiene una universidad en la capital, Constanza. No puede decirse que esté al nivel de Cambridge o de Oxford, por supuesto, pero goza de un gran reconocimiento entre los países del Mediterráneo.
–Ni siquiera sé dónde está Kallyria –admitió Rachel–. Creo que hasta ahora ni lo había oído.
–Es una isla, en la parte oriental del Mediterráneo. Fue colonizada por comerciantes griegos y turcos hace más de dos mil años, pero siempre ha sido independiente.
Rachel sentía que la cabeza le iba a explotar.
–Pero es que yo no…
Y entonces, de repente, se abrió la puerta principal y entró su madre, que los miró a Mateo y a ella con una suspicacia hostil.
–Rachel, ¿quién es este hombre?
Capítulo 4
MATEO observó con indiferencia a la señora mayor que tenía sus ojos clavados en él.
–Mamá –le dijo Rachel–, este es… –se quedó vacilante, y lo miró como si no supiera muy bien cómo presentarlo.
–Me llamo Mateo Karavitis –intervino él, dando un paso adelante y tendiéndole la mano–; soy un antiguo compañero de trabajo de su hija.
La madre de Rachel lo miró de arriba abajo. No parecía muy impresionada.
–¿Y por qué ha venido? –quiso saber. Pero sin darle tiempo a responder se volvió hacia Rachel y le dijo–: Tengo hambre.
–Te haré un sándwich a la plancha –le dijo Rachel, intentando calmarla–. Ve a tu habitación, que enseguida te lo llevo.
Le lanzó a Mateo una mirada medio exasperada, medio de disculpa, a la que él respondió con una sonrisa tranquila. No se había esperado que Rachel tuviera una madre dependiente, pero no era algo que fuese a desalentarlo. De hecho, aquello le serviría como un incentivo añadido para convencer a Rachel de que aceptara su proposición: podía ofrecerle a su madre los mejores cuidados en un centro especializado, ya fuera en Inglaterra o en Kallyria.
Claro que tampoco creía que Rachel fuera a necesitar muchos incentivos, se dijo mientras esta entraba en la cocina y su madre se alejaba hacia su habitación. A juzgar por lo que había visto de su vida fuera del trabajo hasta ese momento, no parecía que tuviese muchos motivos para quedarse.
Estaba convencido de que, una vez superado el shock inicial, Rachel aceptaría su proposición. ¿Cómo podría rechazarla? Se acercó a la cocina y se quedó apoyado en el marco de la puerta. Rachel parecía un poco estresada, cortando lonchas de queso a toda prisa.
–¿Cuánto hace que vive contigo tu madre? –le preguntó.
–Algo más de un año –contestó ella, mientras sacaba de la nevera el bote de la mermelada.
–¿Puedo ayudarte? –se ofreció él, entrando en la cocina.
–¿Qué? –balbució Rachel, visiblemente apabullada y cansada, con el pelo cayéndole sobre los ojos–. No, no es…
Mateo le quitó el bote de la mano, el cuchillo de la otra, y se puso a untar la mermelada en las tostadas que había puesto en un plato.
–Vas a hacerle un sándwich a la plancha de queso y mermelada, ¿no? –le dijo.
–¿Qué? –balbució ella de nuevo, mirándolo aturdida. Bajó la vista a las tostadas–. Ah, sí.
Cuando hubo terminado de montar el sándwich, Mateo lo colocó sobre la plancha caliente.
–Estará en un periquete.
–Ten cuidado de que no se te queme –dijo ella–. Voy a ponerle una taza de té también. ¿Tú quieres otra?
–No, a menos que sea con un poco de whisky.
–Me temo que no tengo nada de alcohol. Como no quieras acercarte un momento a la licorería de la esquina…
Mateo dio un paso hacia ella.
–También podría llevarte a cenar a algún sitio, para que podamos hablar con tranquilidad de la proposición que acabo de hacerte.
Rachel frunció el ceño.
–Mateo, no creo que sirva de nada que…
–Venga, Rachel, me parece que no es mucho pedir que vengas a cenar conmigo. Si es que tu madre puede quedarse sola un par de horas.
–Bueno, mientras tenga qué comer y la televisión puesta, estará tranquila –contestó Rachel, con palpable reticencia.
–Estupendo –dijo Mateo sacando su móvil del bolsillo.
Estaba hablando con sus escoltas, que lo esperaban fuera en un vehículo, a unos metros del coche con chófer que había alquilado, cuando empezó a salir humo de la plancha.
–Me parece que se está quemando el sándwich… –murmuró Rachel con sorna, enarcando una ceja, y Mateo se apresuró a rescatarlo.
Media hora después la madre de Rachel estaba acomodada frente al televisor, viendo un reality show, con una bandeja en el regazo sobre la que había un sándwich a la plancha, sin quemar, y una taza de té.
–Estaré de vuelta dentro de un par de horas como mucho, mamá –le dijo Rachel algo angustiada–. Si necesitas cualquier cosa, avisa a Jim.
–¿Jim? –repitió su madre–. ¿Quién es Jim?
–El señor Farley –le recordó Rachel con paciencia–. Vive en el apartamento de enfrente.
Su madre gruñó y Rachel le dirigió una mirada nerviosa a Mateo mientras salía del dormitorio y cerraba tras de sí.
–¿Hace falta que me cambie de ropa? –le preguntó.
Mateo la miró brevemente.
–No, así estás bien.
–Muy bien, pues vámonos y acabemos con esto cuanto antes.
No era un comienzo prometedor, pero Mateo no perdió la esperanza. Fuera el aguacero se había convertido en una fina llovizna y corría una fría brisa otoñal. Rachel se sorprendió cuando Mateo la tomó del codo y la condujo hacia el coche.
–¿No vamos andando?
–He reservado mesa en el Cotto.
–¿Ese restaurante tan elegante en el hotel Gonville? –exclamó ella espantada, apartándose de él–. Pero si es carísimo… Y no voy vestida para ir a un sitio así…
–Vas bien como vas. Además, he reservado un comedor privado, así que estaremos a solas.
Rachel sacudió la cabeza, abrumada.
–Un comedor privado, un coche con chófer… ¿Todo eso es necesario?
–Son precauciones necesarias para garantizar mi seguridad, y para que podamos tener un poco de intimidad –le explicó él–. Cuando se sepa que soy el heredero al trono de Kallyria…
–No puedo evitar pensar que te has vuelto loco cada vez que dices eso –murmuró Rachel.
Mateo esbozó una pequeña sonrisa.
–Te aseguro que no; estoy perfectamente cuerdo.
El chófer se bajó para abrirles la puerta. Subieron al coche y tras un breve trayecto se detuvieron ante la elegante fachada georgiana del Gonville. En cuanto entraron y llegaron al restaurante, Rachel observó aturdida el obsequioso comportamiento del maître con Mateo, que parecía emanar un aura de autoridad con cada gesto y cada mirada.
–Nunca te había visto así –observó mientras se quitaba el abrigo y la bufanda, cuando se quedaron a solas en el comedor privado.
Era una sala pequeña, pero muy elegante, con las paredes revestidas de madera y una mesa para dos dispuesta con cubiertos de plata y la más fina porcelana.
–¿Así cómo? –inquirió él.
Le acercó la silla y Rachel murmuró un «gracias» antes de sentarse.
–Pues… es que nunca te había visto comportarte con tanta autoridad, como si fueras el dueño y señor del lugar –se explicó mientras Mateo se sentaba frente a ella–. En fin, siempre has sido un poco arrogante –lo picó, apoyando la barbilla en la mano–, pero creía que era solo por tu privilegiado cerebro.
Mateo resopló divertido.
–No sé si debería sentirme ofendido.
–Pues claro que no; en el fondo lo que te he dicho es que eres inteligente.
–Entonces no me ofenderé.
–Aunque… me parece que la idea que has tenido no es muy inteligente –añadió Rachel–. Jamás podría ser reina; no tienes más que mirarme.
–No estoy de acuerdo, en absoluto –le dijo Mateo, frunciendo el ceño–. No entiendo por qué te menosprecias de esa manera.
Rachel apretó la mandíbula. Hacía mucho que había aceptado qué era… y qué no era. Sí, lo había aceptado a pesar del daño que Josh le había hecho, a pesar de su falta de confianza en sí misma, a pesar de la decisión que había tomado de no volver a abrigar esperanzas de encontrar un día el amor. Mirándolo por el lado bueno, podía decir que era inteligente, que le encantaba su trabajo y que tenía buenos amigos.
–No me menosprecio –replicó–. Solo estoy siendo realista.
–¿Realista? –Mateo enarcó las cejas–. ¿Cómo puedes saber si serías una buena reina o no?
–Pues lo sé porque… se me da fatal hablar en público –balbució ella. Era lo primero que se le había ocurrido.
Mateo volvió a enarcar las cejas.
–No es verdad. Te he visto hacer presentaciones de tus trabajos de investigación ante un auditorio lleno de gente infinidad de veces.
–Sí, pero eran sobre mi trabajo, sobre química.
–¿Y qué?
Rachel suspiró.
–Pues que es un tema que domino.
–No es solo por eso. Te vuelcas al cien por cien en lo que haces –añadió Mateo–, y estoy seguro de que desempeñarías con la misma pasión y dedicación el papel de reina.
Rachel resopló.
–¿Qué tal si pedimos? –propuso, tomando la carta para dejar el tema.
–No será necesario; lo hice cuando llamé para reservar mesa. Supongo que nos han puesto la carta por si queremos pedir algo más.
–¿Que has pedido por mí? –repitió ella, herida en su pundonor feminista.
Mateo sonrió divertido.
–Lo he hecho por ahorrar tiempo, porque sé que te preocupa que tu madre esté sola, y porque sé lo que te gusta.
–¡Si nunca había venido a este restaurante!
–Está bien, deja que te lo demuestre –dijo Mateo. Se echó hacia atrás, se cruzó de brazos y una sonrisa guasona asomó a sus labios, esos labios que de repente Rachel no podía dejar de mirar–. Échale un vistazo a la carta y dime qué pedirías.
–¿Para qué, si ya lo has hecho tú por mí?
–Venga, mujer, concédeme ese capricho. Y sé sincera. Si me dices que pedirías el suflé de parmesano y trufa negra, sabré que estás mintiendo porque detestas las trufas.
¿Cómo sabía eso?, se preguntó Rachel sorprendida. Bueno, suponía que habría salido en alguna de sus conversaciones en el laboratorio, o en el pub al que iban a veces después del trabajo. Bajó la vista a la carta, sintiéndose repentinamente cohibida y vulnerable aunque solo estaban hablando de comida.
Al levantar la vista un momento, vio que Mateo seguía mirándola con esa sonrisita irritante, como si estuviera muy seguro de haber acertado con lo que había pedido para ella. Bajó la vista de nuevo y hojeó la carta.
–Muy bien –murmuró, dejándola sobre la mesa y lanzándole una mirada altiva–. Para empezar, tomaría la ensalada de remolacha y queso de cabra, y como plato principal pediría el risotto con espárragos.
Al ver a Mateo sonreír de oreja a oreja, Rachel sintió un cosquilleo en el estómago que la alarmó. Creía que tenía más que superada la atracción que había sentido por él años atrás. Se había obligado a ignorar esa atracción porque no podía trabajar un día tras otro con él, encaprichada de él como una adolescente, cuando estaba claro que Mateo no sentía nada por ella.
–¿Qué? ¿Es eso lo que me has pedido? –inquirió con cierta aspereza para ocultar lo incómoda que se sentía.
–No sé, averigüémoslo –dijo él con una nueva sonrisilla.
Y justo en ese momento entró un camarero con dos platos cubiertos con sendas tapas plateadas en forma de cúpula. Los colocó frente a cada uno, y cuando levantó la tapa del suyo, Rachel se sintió absurdamente irritada al ver que era la ensalada de remolacha y queso de cabra.
–Parece que te conozco bien, ¿eh? –la picó Mateo cuando se marchó el camarero.
–Lo que pasa es que estás obsesionado con ganar –replicó ella, tomando el tenedor–. A saber cuántas horas te pasas practicando la tabla periódica solo para ganarme.
Era un juego tonto que se le había ocurrido a ella una vez estando en el pub –ver quién era capaz de recitar más deprisa y los elementos de la tabla periódica– y con el que se picaban el uno al otro.
–¡Ja!, ¡como si me hiciera falta practicar!
Rachel sacudió la cabeza mientras pinchaba una hoja rizada de achicoria.
–Puede que sepas lo que me gusta comer, pero no sabes nada de mí. Nunca hemos hablado de nuestra vida privada.
Mateo se encogió de hombros antes de cortar una fina loncha del carpaccio que había pedido.
–Bueno, pues hablemos. Dime qué necesito saber de ti.
–Si quieres te doy mi currículum y acabamos antes.
–Ya he visto tu currículum.
Rachel sacudió la cabeza de nuevo.
–Diez años trabajando juntos y seguro que no sabes ni… –trató de pensar en algo significativo–… ni mi segundo nombre.
–Anne –contestó Mateo de inmediato. Y al ver la sorpresa de ella, añadió–: Lo pone en tu currículum.
Rachel puso los ojos en blanco.
–Muy bien, pues dime alguna otra cosa que sepas de mí, algo que no aparezca en mi currículum.
Mateo ladeó la cabeza.
–Difícilmente puedo saber algo de ti que tú no me hayas dicho, así que esto no tiene sentido, pero sé mucho más de ti de lo que imaginas.
Rachel se removió incómoda en su asiento, pensando en cuánto podría intuir Mateo sobre ella por haber trabajado juntos durante diez años, por sus manías, sus idiosincrasias, lo que la molestaba…
–Si es que ni siquiera se trata de eso –se apresuró a añadir–. No se trata de que me conozcas bien o no.
–¿Y entonces de qué se trata?
Rachel lo miró con impotencia. No iba a decirlo. No iba a humillarse señalando las más que evidentes diferencias entre ambos.
–De lo que se trata es de que no quiero casarme contigo –le respondió en el tono más cortante que pudo–. Y de que no quiero ser la reina de ningún país.
Una expresión que no supo interpretar cruzó por las apuestas facciones de Mateo, que respondió:
–Aunque naturalmente aceptaré tu decisión si es eso lo que sientes, creo que no lo has considerado lo suficiente.
–No, ni pienso considerarlo, porque es lo más absurdo que me han propuesto nunca.
Mateo se inclinó hacia ella con una sonrisa lobuna.
–Puede, pero me parece que ahora me toca a mí presentar mis argumentos.
Capítulo 5
RACHEL era una persona inteligente y centrada, y Mateo se sentía a gusto con ella. Y lo mejor de todo era que, aunque tenía la impresión de que sí podría sentirse físicamente atraído por ella, sabía que no pasaría de eso. Ni emociones apabullantes, ni un deseo desbordado, ni algo más profundo. Y si no sentía nada después de diez años trabajando con ella, estaba claro que jamás lo sentiría. Lo cual era estupendo.
–Muy bien –dijo Rachel cruzándose de brazos–: a ver esos brillantes argumentos.
–Yo no he dicho que fueran brillantes –replicó Mateo–. Aunque lo son, por supuesto –añadió con una sonrisita.
Rachel puso los ojos en blanco.
–Por supuesto…
Mateo se quedó callado un momento, sopesando la mejor manera de abordar el asunto.
–Creo que la cuestión más importante es por qué crees que no deberíamos casarnos –dijo finalmente.
–¿Que por qué no deberíamos casarnos? –repitió Rachel con incredulidad–. Has vuelto para convencerme de que me case contigo, pero teniendo en cuenta que en los diez años que hace que nos conocemos no hemos tenido ni una sola cita ni me has pedido salir, dudo mucho que haya sido el amor o la atracción física lo que te ha empujado a pedirme que me case contigo.
–Es verdad –concedió Mateo.
–Por lo tanto, las razones por las que quieres casarte conmigo deben ser de carácter más bien práctico –apuntó Rachel–. Deja que adivine: nos llevamos bien y nos entendemos más o menos bien, lo que imagino que es importante si fuéramos a dirigir juntos un país –sacudió la cabeza–. No puedo creer que haya dicho eso.
–Mi única objeción es a lo de «más o menos bien» –observó Mateo, con una sonrisilla que la hizo sonreír a ella también.
–De acuerdo, sí, nos entendemos bien. Puede que hasta muy bien.
Él asintió con la cabeza.
–Gracias.
Rachel suspiró.
–Pero no me parece que eso sea razón para casarnos.
Mateo enarcó una ceja.
–¿Por qué no?
–Porque si fuera así, deberías haberle pedido a Leonore Worth que se casara contigo –le espetó ella con cierta brusquedad.
–¿A Leonore? ¿Y por qué haría yo algo así?
Leonore Worth era una catedrática de Biología de la universidad, una mujer guapa, aunque flacucha y con una risa irritante, a quien había acompañado en una ocasión a un evento de la facultad. No había vuelto a cometer ese error.
–Pues porque es… –masculló Rachel sonrojándose–… más apropiada que yo para ese papel.
Mateo la miró desconcertado.
–¿Y cómo has llegado a esa conclusión?
Rachel sacudió la cabeza. Parecía cansada; incluso enfadada.
–Venga ya, Mateo –murmuró–: déjalo.
–¿Que deje qué?
–Deja de fingir que no sabes de qué estoy hablando.
–La verdad es que no, no lo sé. ¿De qué estamos hablando?
Rachel lanzó los brazos al aire.
–¡Pues de que no tengo lo que hace falta para ser reina!
–Define «lo que hace falta para ser reina» –le pidió Mateo.
–¿Para qué? –exclamó Rachel irritada–. No voy a casarme contigo. No voy a dejar mi trabajo…
–¿Ya no te parece tan mal tener a Simon de compañero? –la interrumpió él–. Creía que habías dicho que estabas pensando en irte a otro sitio…
–No lo decía en serio.
–Venga, Rachel, te estoy ofreciendo una gran oportunidad.
–¿Cuál?, ¿pasarme la vida colgada de tu brazo? –le espetó ella con una risa desdeñosa.
–Por supuesto que no. Si quisiera una mujer florero, habría escogido a una de las candidatas de la lista que ha hecho mi madre.
Rachel puso unos ojos como platos.
–¿Ha hecho una lista?
–Sí, y espera que escoja a una de esas mujeres. Pero yo no quiero a alguien que cumpla todos los requisitos que se supone que debería cumplir la futura esposa de un rey. Quiero a alguien en quien pueda confiar, alguien que me haga reír. Alguien que, a riesgo de parecer un sentimental, me comprenda.
Para horror suyo, los ojos de Rachel se llenaron de lágrimas. Había intentado explicarse con humor, pero parecía que había sonado de lo más cursi.
–Rachel…
–¿Por qué tienes que ponérmelo tan difícil? –le preguntó ella en un murmullo, parpadeando para contener las lágrimas.
–Porque quiero que me digas que sí.
Rachel se mordió el labio.
–¿Y si lo hiciera?
El corazón de Mateo palpitó con fuerza. Casi podía paladear la victoria. Rachel parecía un poco triste, quizá incluso derrotada, pero estaba empezando a considerarlo.
–Lo organizaría todo para que viajaras de vuelta a Kallyria conmigo cuanto antes. Nos casaríamos en la Catedral de Santa Teodora. Todos los miembros de la familia real se casan por el rito de la Iglesia ortodoxa griega. Espero que eso no suponga un problema para ti.
–Mateo, estaba hablando en términos hipotéticos.
Él se encogió de hombros.
–Y yo.
–Muy bien. ¿Y después de la boda, qué?
–Viviríamos juntos como marido y mujer. Tú me acompañarías a los actos de Estado, en los viajes al extranjero, decidirías a qué instituciones benéficas quieres apoyar…
–Y tendría que darte un heredero, ¿no? –lo cortó ella, sosteniéndole la mirada aunque le ardían las mejillas–. Esa es una parte que aún no has mencionado.
–No, es verdad –asintió Mateo. Se preguntaba por qué se había puesto colorada, si sería porque estaban hablando indirectamente de sexo, o si habría alguna otra razón–. Supongo que porque me parecía que era evidente.
–¿El qué?, ¿que sería un matrimonio… en el sentido estricto de la palabra?
–Bueno, si con eso te refieres a si tendríamos que consumarlo, sí.
De pronto una serie de imágenes danzaban en la mente de Mateo, imágenes con las que nunca se habría permitido fantasear, imágenes de Rachel en ropa interior de seda y encaje, tumbada en una cama con dosel, sonriéndole, con el cabello ondulado desparramado sobre la almohada.
–¿No te parece que esto no es algo como para tomárselo a la ligera? –le espetó Rachel.
En ese momento entró el camarero para retirarles los platos, y Mateo esperó a que se hubiera marchado para contestar.
–Está bien, tienes razón; hablémoslo.
Mateo era como una apisonadora, empeñado en tumbar todas sus objeciones, pensó Rachel. Y ella, entretanto, se sentía como si estuviera atravesando un campo de minas.
–No te sientes atraído por mí –le dijo a las bravas.
Dolía decirlo en voz alta, era algo que la humillaba y hacía resurgir los malos recuerdos del pasado. Sin embargo, hacía tiempo que se había dado cuenta de que la única manera de no perder su dignidad era llamar a las cosas por su nombre y afrontarlas.
Mateó frunció los labios.
–Un matrimonio no debería cimentarse sobre algo tan endeble como la atracción física –dijo.
Rachel tragó saliva. Era una admisión indirecta de que no se sentía atraído por ella, pero no por eso resultaba menos dolorosa.
–Tal vez no sea lo que más importe –reconoció–, pero sí que importa.
Hubo otro largo silencio. Rachel tomó un sorbo de vino y mantuvo la mirada baja para que Mateo no se diera cuenta de cuánto daño le estaba haciendo sin saberlo.
–Pues yo creo que en nuestro caso no sería un problema si nos casáramos –dijo él–. A menos que sientas una profunda aversión hacia mí –añadió, con una sonrisa petulante.
A Rachel le entraron ganas de tirarle a la cara el vino que quedaba en su copa. ¡Ah, no!, por supuesto que ese no sería el caso… ¡Que ella no se sintiera atraída por él! ¡Menudo chiste!
–Puede que te sorprenda –le dijo con tirantez–, pero espero más de un matrimonio que el hecho de que mi atractivo, o la falta de él, no vaya a suponer un obstáculo.
Mateo abrió la boca para responder, pero no quería oírle decir algo como que estaba dispuesto a sacrificar la atracción necesaria en una pareja en aras de su deber, o de hacer funcionar aquel matrimonio al que quería que accediese.
–Por favor, no –lo interrumpió–. Sea lo que sea no quiero oírlo –añadió arrojando la servilleta sobre la mesa–. No voy a casarme contigo; fin del asunto. Pero gracias por tu proposición.
Al levantarse de la mesa le temblaban las piernas y su respiración se había tornado agitada. Tenía que salir de allí antes de hacer algo estúpido, como echarse a llorar. Pero antes de que pudiera siquiera alcanzar su abrigo, Mateo se levantó, rodeó la mesa y la asió por los brazos.
–Si no crees mis palabras, tendré que demostrártelo con hechos –le dijo, y sus labios descendieron sobre los de ella.
Hacía tanto que no la besaban… Se sentía como si estuviera en llamas. Era un beso apasionado, profundo, apabullante. Nunca la habían besado así; nunca se había sentido así. Como si tuvieran voluntad propia, sus manos se aferraron a los hombros de Mateo, como suplicándole más.
Él la complació, deslizando una rodilla entre sus piernas, y notó su cuerpo, tenso y musculoso, apretado contra el suyo durante un instante glorioso antes de que se apartara de ella. Parecía tan poco afectado como si solo se hubiesen dado la mano, mientras que ella estaba completamente aturdida, igual que un árbol zarandeado por un vendaval.
–Creo que esto demuestra que la cuestión de la atracción física no sería un problema –dijo Mateo, mirándola con una sonrisa ufana y un brillo triunfal en los ojos.
Estaba claro que aquel beso, que a ella la había dejado sin aliento, no había significado nada para él. Al verlo cruzarse de brazos, con las cejas enarcadas, como esperando a que le diera la razón, a Rachel le entraron ganas de chillar y arañarle la cara.
–Si te has creído que con eso ibas a convencerme, te equivocas –le dijo con voz trémula, incapaz de ocultar las lágrimas de humillación que se agolpaban en sus ojos.
No podía permanecer allí ni un segundo más; no lo soportaba. Por eso, mientras Mateo la miraba, visiblemente confundido, agarró su abrigo y se lo puso, se lio la bufanda al cuello y se colgó el bolso del hombro.
–Rachel, ¿pero qué te pasa? –murmuró él, alargando la mano hacia ella con el ceño fruncido.
Estaba claro que no entendía nada.
–Puede que creas que eres una especie de semidiós ante el que deberían caer rendidas todas las mujeres –le espetó Rachel. La voz le temblaba de ira–, pero conmigo tus trucos baratos de donjuán no funcionan –dijo clavándole un dedo en el pecho–. ¿Que eres guapo? Sí. ¿Que besas bien? No lo voy a negar. ¿Que eres un príncipe? ¡Pues ya ves! Todo eso me da igual. Me importa un pepino. ¡No voy a casarme contigo!
Las lágrimas que había estado luchando por contener rodaban ya por sus mejillas. Se dio la vuelta, sin darle tiempo a responder, y salió por la puerta.
Capítulo 6
BUENO, no había ido exactamente como había esperado, pensó Mateo. Como experimento, había sido un fracaso. Claro que, si hubiera estado llevando a cabo un experimento propiamente dicho, lo habría hecho con más rigor.
Para empezar, habría definido el objetivo del experimento: «convencer a Rachel de que se casara con él, y de que la compatibilidad física no sería un problema». ¿Su predicción con respecto a cuál habría sido el resultado del experimento? Que ella aceptaría su proposición de matrimonio y que la compatibilidad física no sería un problema. ¿Y las variables? Bueno, suponía que la variabilidad del experimento dependía de lo atraídos que pudieran sentirse el uno por el otro. Y desde el momento en que sus labios habían tocado los de ella había sabido que había química entre ellos.
Claro que la ausencia de problemas sugería que sí había un problema. Porque él nunca habría imaginado que querría más después de besarla. Sin embargo, también había otra variable a tener en cuenta: el hecho de que hacía mucho que no tenía relaciones. Tal vez eso podría explicar su reacción.
Aunque tampoco era que importase demasiado, porque Rachel había salido corriendo como si estuviera huyendo de él. ¿Por qué la había ofendido tanto que la hubiera besado? ¿Y por qué había tenido la impresión de que la había herido de algún modo?
Todavía estaba dándole vueltas a aquello cuando llamaron a la puerta del comedor. Pensando que fuera el camarero con los segundos, respondió con un áspero «¡adelante!» para decirle que se los llevara y le trajese la cuenta.
La puerta se abrió lentamente, pero quien entró fue Rachel, que tenía el pelo y el abrigo mojados por la lluvia.
–Me parece que me he puesto un poco melodramática –se disculpó con una sonrisa vergonzosa.
Un profundo alivio invadió a Mateo.
–No te preocupes; no pasa nada.
–Es que… todo esto es una locura.
–Lo sé, sé que parece una locura, pero… ¿cuántos experimentos hemos hecho en el laboratorio, que durante años otros dijeron que eran una locura, o que no funcionarían?
Rachel se mordió el labio.
–Unos cuantos, es verdad.
–Exacto. Y esto no es más que otro experimento; el experimento definitivo. Este matrimonio puede funcionar. No hay motivo alguno para que no funcione.
–¿Ah, no?
Había una nota triste y vulnerable en la voz de Rachel.
–¿Por qué crees que no funcionaría? ¿Hay alguna razón concreta? –le preguntó Mateo, tratando de mostrarse razonable–. ¿Crees que no hay química entre nosotros? Porque me parece que hace un momento he demostrado que sí la hay.
Rachel suspiró, se quitó el abrigo y volvió a sentarse.
–Lo que pasa, Mateo, es que no estamos en igualdad de condiciones –contestó apartando la vista.
Mateo no entendía qué quería decir.
–¿Por qué has tenido esa reacción tan… emocional cuando te he besado? –le preguntó.
Rachel se quedó callada. Seguía con la mirada apartada y tenía una expresión distante.
–La razón de que haya reaccionado así –dijo finalmente, girando la cabeza hacia él– es que hace tiempo acabé escaldada por culpa de un hombre arrogante que se divirtió a mi costa.
Mateo contrajo el rostro.
–¿Cómo ocurrió?
Ella se encogió de hombros.
–Yo estaba en segundo de carrera y él estaba haciendo el doctorado. Empezó a prestarme atención, y yo creí que sentía algo por mí, pero no era así. Fue una burla cruel –apretó los labios–. Pero lo superé –añadió, levantando la barbilla en un gesto valiente–. No lo amaba, pero me hirió en mi ego. Me sentí dolida y humillada, y decidí que jamás dejaría que ningún otro hombre volviera a tratarme así. Bueno, ahora ya lo sabes –concluyó encogiéndose de hombros.
No, no sabía todo lo que debería saber. No sabía exactamente qué le había hecho aquel miserable, pensó Mateo, cómo la había humillado. No sabía cómo había reaccionado ella, ni cuánto tiempo le había llevado recuperarse. Sin embargo, no se atrevía a preguntar nada más. Era algo doloroso para ella, y dejaría que fuera ella quien decidiese si quería contarle más.
–Lo siento –le dijo–. Siento lo que te ocurrió, y siento haberte hecho sentir mal.
–No podías saberlo. Por eso he vuelto –le respondió ella–. Por eso, y por el risotto –añadió con una sonrisa traviesa–. Más vale que lo traigan pronto.
Como si la hubiera oído, en ese momento apareció el camarero con los segundos.
–Entonces, si de verdad eres un príncipe –dijo Rachel cuando volvieron a quedarse a solas–, ¿dónde están tus guardaespaldas?
–Quería que tuviéramos un poco de privacidad –contestó Mateo–. Les dije que se quedaran fuera.
A Rachel casi se le cayó el tenedor de la mano.
–¿Lo dices en serio?
–Pues claro.
Rachel sacudió la cabeza.
–¿Y has llevado guardaespaldas contigo todos estos años, aquí en Cambridge? ¿Cómo puede ser que no me haya dado cuenta?
–No, cuando me vine a Inglaterra decidí que no quería tener escolta. Como tercero en la línea sucesoria podía tomarme esa libertad.
–Pero ya no.
Mateo apretó los labios.
–No, ya no.
Rachel que se había fijado en cómo se habían tensado sus facciones, le preguntó perspicaz:
–¿Y quieres ser rey?
Mateo se puso aún más tenso.
–No es cuestión de si quiero serlo o no; es mi deber.
–No has respondido a mi pregunta.
Él volvió a apretar los labios e inclinó la cabeza.
–Tienes razón. Supongo que podría decir que quiero cumplir con mi deber.
Eso sonaba bastante deprimente, pensó Rachel, tomando otro poco de risotto. Estaba exquisito, pero apenas lo paladeó porque no podía dejar de darle vueltas a aquella situación tan surrealista. ¿De verdad estaba considerando aceptar la proposición de Mateo?
–Bueno, ¿y cómo sería el día a día de nuestro matrimonio? –le preguntó.
–Viviríamos en el palacio real, en Constanza –comenzó a explicarle Mateo–. Como te estaba diciendo antes, podrías escoger a qué instituciones benéficas te gustaría apoyar y patrocinar. Tendrías que asistir a unos cuantos eventos y actos de Estado. Me temo que esos compromisos son ineludibles.
–Bueno, eso no me importaría, pero me parece que no tengo precisamente aspecto de reina –le espetó ella. No había podido evitarlo; tenía que decirlo.
Mateo la miró confundido.
–Si lo dices por la ropa, no tienes que preocuparte; te proporcionaríamos distintos conjuntos para cada ocasión de acuerdo con tus gustos. Y también contarías con la ayuda de estilistas, peluqueros… Lo que necesites.
–Vamos, que me cambiaríais de arriba abajo, como a la pobre Cenicienta a la que el hada madrina transforma en princesa –murmuró Rachel. No sabía cómo sentirse al respecto: ¿ilusionada en cierto modo?, ¿insultada?, ¿algo nerviosa?
Mateo se encogió de hombros.
–Como a cualquier personaje público. Siempre se recurre a asesores de imagen.
–¿Y qué me dices de lo de los hijos? –inquirió Rachel. Notó un ligero temblor en el vientre de solo pensarlo–. Mencionaste que tendrías que proporcionar un heredero al país cuanto antes.
–Es verdad.
–Eso ya son palabras mayores. Ni siquiera sabes si quiero tener hijos.
–Bueno, supongo que no es algo que rechaces de plano, o no estaríamos teniendo esta conversación.
Rachel suspiró y dejó el tenedor en el plato.
–La verdad es que no tengo ni idea de si quiero tenerlos o no –le confesó–. Me parecía que no tenía sentido planteármelo siquiera.
–¿Qué quieres decir?
–Tengo treinta y dos años y no he tenido ninguna relación seria hasta ahora, así que había dado por hecho que ya no a iba tener hijos.
–Bueno, ahora puedes replanteártelo.
–¿Y qué me dices del amor? –inquirió ella–. Sé que no me has pedido que me case contigo porque te hayas enamorado de mí, pero… ¿crees que podrías llegar a sentir algo por mí en un futuro?
El largo silencio que siguió a sus palabras lo decía todo.
–¿Es algo importante para ti?, ¿soñabas con encontrar el amor? –le preguntó Mateo finalmente.
Dicho así sonaba patético. ¿Quería el cuento de hadas, enamorarse perdidamente de alguien? ¿Lo quería de verdad, o solo porque en las películas y en los libros lo pintaban tan perfecto?
Cuando Mateo y ella habían empezado a trabajar juntos se había encaprichado de él, y le había costado superar ese enamoramiento. ¿De verdad quería volver a pasar por eso, por esa sensación angustiosa de notar el corazón encogido al saber que no era correspondida? ¿No sería mucho más fácil si los dos acordaran desde un principio dejar el amor fuera de la ecuación?
–Pues… no lo sé –dijo lentamente–. Es lo que todo el mundo parece suponer que deberías querer: encontrar el amor, lo de «felices para siempre»…
–Eso solo pasa en la ficción, no en la vida real. Esa clase de sentimientos se van diluyendo con el tiempo. Pero lo que nosotros tenemos, una relación basada en la confianza y la franqueza, eso es algo mucho más valioso.
–Bueno, tampoco tienes que despreciar así el amor –replicó Rachel.
–No lo estoy despreciando; solo estoy siendo realista –argumentó él.
–O sea que… ¿lo del amor no va contigo? –le preguntó ella. Aunque lo dijo en un tono despreocupado, sus palabras sonaron algo patéticas–. Solo quiero asegurarme.
El largo silencio de Mateo se le hizo tremendamente doloroso.
–No, no va conmigo.
Rachel asintió y trató de asimilarlo. Bueno, al menos se lo había dejado claro; no le había dado falsas esperanzas. ¿Podía conformarse con un matrimonio sin amor?
–También tengo que pensar en mi madre –dijo finalmente, sin creer que estuviese entrando en las cuestiones prácticas, como dando por hecho que iba a aceptar su proposición–. Tiene Alzheimer y está a mi cuidado.
–Eso no es problema. Podría venirse con nosotros a Kallyria, donde recibiría los mejores cuidados médicos en palacio. Dispondría de sus propios aposentos, y de personal médico cualificado que la atendería las veinticuatro horas del día.
–No sé si llevaría bien tantos cambios; bastante le costó adaptarse cuando me la traje de Sussex.
–Bueno, si fuera preferible, también podría quedarse aquí, en Cambridge. Le buscaríamos la mejor residencia de la zona.
Rachel suspiró. La idea de escapar de la monótona vida que llevaba con su madre, de las constantes críticas y quejas de esta, se le antojaba maravillosamente liberadora, pero a la vez la hacía sentir culpable.
–No sé, supongo que podría hablarlo con ella –dijo por fin, aunque de solo pensarlo se le encogía el estómago.
–Si sirviera de algo, podría intentar echarte una mano en eso –propuso Mateo.
–Gracias –murmuró ella con voz trémula.
Mateo se quedó callado un momento, antes de añadir:
–Aunque soy consciente de la enormidad que supone esta decisión para ti, y entiendo que necesitarías más tiempo para considerarlo, me temo que la situación en mi país es apremiante.
–¿Qué quieres decir?
–La inestabilidad en el trono ha provocado un movimiento de insurrección contra la Corona. Nada que no pueda controlar, pero tengo que volver a Kallyria lo antes posible.
–¿De cuánto tiempo estamos hablando cuando dices «lo antes posible»? –inquirió Rachel aturdida.
–Lo ideal sería que partiésemos pasado mañana como muy tarde.
Rachel se quedó mirándolo boquiabierta.
–¡¿Pasado mañana?! Mateo, para dejar mi puesto tengo que hacerlo con quince días de preaviso…
–Eso puedo arreglarlo.
–Y mi madre…
–Como te he dicho, eso tampoco es problema.
–¿Y mi apartamento?
–Puedes conservarlo, o puedo hacer que una agencia inmobiliaria te encuentre un comprador; como prefieras.
Había tenido que ahorrar tanto para comprar ese apartamento… Rachel inspiró, tratando de calmarse.
–No sé, es que… todo esto va demasiado deprisa –murmuró–. ¿Puedo pensármelo al menos esta noche y darte una respuesta mañana a primera hora?
Mateo vaciló, pero finalmente asintió.
–Está bien. Pero es importante que seas consciente de que, si me dices que sí, tendremos que iniciar todas las gestiones de inmediato.
–Lo entiendo.
Mateo puso su mano sobre la de ella.
–Sé que todo esto te abruma, y que tienes que sopesar muchas cosas, pero estoy convencido, absolutamente convencido, de que podríamos tener un matrimonio muy feliz.
Ella asintió y apretó los labios para que no le temblaran.
Capítulo 7
Dos días después
RACHEL miró por la ventanilla y vio cómo la niebla gris del otoño inglés iba disipándose a medida que el avión tomaba altura por encima de las nubes, donde el cielo estaba azul. Había aceptado la proposición de Mateo, y se dirigían a Kallyria en el jet privado de la Casa Real.
Todavía no acababa de creerse lo rápido que había ocurrido todo. Después de la cena en el Cotto, Mateo la había acompañado a casa, la había besado en la mejilla y le había dicho que la llamaría a las siete de la mañana para saber su respuesta.
De vuelta en su apartamento con su madre, apalancada frente al televisor, y con el olor a sándwich quemado flotando aún en el aire, había sentido lo sofocante y gris que era su vida. Y el paternalista e-mail de Simon el Sieso que había encontrado al revisar su correo en el móvil había sido la puntilla, el empujón que en realidad ni siquiera habría necesitado. Iba a aceptar la proposición de Mateo.
Esa noche apenas había dormido, y cuando le había sonado el móvil a las siete en punto había sentido un cosquilleo en el estómago, en parte por los nervios, pero también de emoción.
–¿Has decidido qué quieres hacer? –le había preguntado Mateo.
Ella había inspirado profundamente y le había respondido:
–Sí. Mi respuesta es sí.
Mateo le había dicho entonces que estaría en su casa en media hora para poner en marcha todos los preparativos y gestiones necesarios.
Al llegar, había deslumbrado a su madre con su encanto personal, y esa misma tarde los tres habían ido a una residencia privada de ancianos en las afueras de Cambridge que contaba con un pabellón especializado para los enfermos de Alzheimer.
A su madre parecía haberle agradado mucho. Su habitación era mucho más grande que la que tenía en su apartamento, disponía de todas las comodidades, y la residencia ofrecía un montón de actividades para los residentes.
Pero aun así, todo había ocurrido tan deprisa… Esa misma tarde Mateo y ella habían dejado a su madre instalada en la residencia. Se le había hecho un nudo en la garganta al despedirse de ella con un abrazo. No sabía cuándo la volvería a ver, ni si la volvería a ver. Por suerte su madre apenas parecía haber tenido consciencia de lo que estaba ocurriendo. Mientras la veía alejarse arrastrando los pies para explorar el salón comunal con su gran televisor de pantalla plana, había pensado, como tantas otras veces, lo difícil que resultaba de creer que antaño hubiera sido la culta y sofisticada esposa de un eminente catedrático.
–Adiós, mamá –había murmurado mientras la seguía con la mirada, y se había marchado, obligándose a no mirar atrás.
De vuelta en su apartamento había hecho una sola maleta. Mateo le había aconsejado que se llevase solo lo imprescindible y los recuerdos que quisiese conservar, aunque en realidad tenía muy pocos.
Se le había antojado algo patético dejar atrás una vida entera con tanta facilidad. Había decidido que escribiría un e-mail a sus amigos cuando llegaran a Kallyria para explicárselo todo. Mateo le había prometido que les pagaría el viaje a los que quisiera invitar a la boda.
También había hablado con el jefe de su departamento en la universidad para que pudiera dejar su puesto sin los quince días de preaviso establecidos. La entristecía que, después de haber trabajado allí diez años, la hubiesen dejado marchar así, sin más.
Claro que Cambridge era, en muchos sentidos, un lugar de paso; la gente llegaba y se iba constantemente. Después de diez años solo era una más.
Sin embargo, no tenía sentido ponerse melancólica. Estaba a punto de iniciar una aventura única y quería disfrutarla. Miró a Mateo, al que tenía sentado enfrente, en un lujoso asiento de cuero blanco como el suyo. Tenía el ceño fruncido y la mirada fija en la pantalla del portátil que había abierto sobre la mesita entre ambos.
–¿Sabes qué?, lo único que nos falta es una copa de champán –dijo ella en broma.
Mateo levantó la vista.
–¿Champán? Sí, es buena idea –dijo, y al chasquear los dedos apareció una azafata, como si se hubiera materializado allí de repente.
–¿Sí, Alteza?
–Tráiganos una botella de champán, por favor.
Aquello era algo a lo que le iba a costar acostumbrarse, pensó Rachel mientras se alejaba la azafata. No se había acabado de creer que Mateo era el heredero al trono de un país extranjero hasta que habían subido al avión y la tripulación había empezado a hacerle reverencias y a llamarlo «Alteza».
Al poco rato regresó la azafata con una botella y dos copas. Sirvió el champán, dejó la botella en una cubitera de pie junto a la mesa y se retiró.
–Por nosotros –dijo Rachel levantando su copa.
Mateo, que había vuelto a bajar la vista a su portátil mientras la azafata abría la botella y les servía el champán, estaba tan enfrascado que pareció como si ni siquiera la hubiera oído. Rachel se quedó cortada, pero no dijo nada y tomó un sorbo de su copa. Entonces, como si el silencio lo extrañara, Mateo levantó la cabeza y al verla con la copa en la mano se fijó en la suya, que esperaba en la mesita, y luego miró de nuevo a Rachel y pareció comprender.
–Perdona –se disculpó con una mirada cálida–, estaba distraído –tomó su copa y la chocó suavemente contra la de ella–. Como decimos en Kallyria: ¡yamas!
–Ni siquiera sé qué lengua es esa –le confesó Rachel, arrugando la nariz.
–Es griego; es el idioma oficial de Kallyria. Significa «¡salud!».
–Entonces… ¿lo hablas con fluidez?
–Claro, es mi lengua materna. También hablo turco.
–Además de inglés –apuntó Rachel–. Verdaderamente hay muchas cosas que no sé de ti. Debería haber hecho una búsqueda con tu nombre anoche en Google…
Mateo enarcó una ceja, divertido.
–Puedes preguntarme lo que quieras.
–En realidad lo que quería preguntarte es qué pasará cuando aterricemos. ¿Habrá cámaras, o reporteros?
–No, he dado orden de que no se permita la presencia de medios.
–¿Y eso por qué? –inquirió ella, sorprendida.
–Porque quiero ser yo quien controle toda la información –le explicó Mateo–. Por cierto, cuando lleguemos lo primero que haré será presentarte a mi madre.
Rachel tragó saliva.
–¿Le has hablado de mí?
–Sí, y está deseando conocerte.
Rachel sintió que los nervios se apoderaban de ella.
–¿Y luego, qué?
–Luego te pondremos en manos de una estilista y su equipo. Han sido contratadas solo de forma temporal, porque imagino que querrás elegir tú misma a los empleados que vayas a tener a tu disposición.
–Nunca había tenido empleados –dijo Rachel con una risa nerviosa, y tomó otro sorbo de champán para calmarse.
–Pues ahora los tendrás –dijo Mateo–. Todas las personas que trabajan para mí, también trabajan para ti a partir de ahora –añadió, señalando con la cabeza la parte delantera del aparato, donde estaba la tripulación.
–Ya –murmuró ella. Otra cosa a la que le iba a costar acostumbrarse.
–Volviendo a lo que me preguntabas, cuando ya estés debidamente vestida, peinada y maquillada, procederemos a tu presentación oficial.
–¿Y eso en qué consistirá?
Solo de pensarlo se le puso la boca seca y se aceleraron los latidos de su corazón.
–Hay un balcón en palacio desde el que se hacen esa clase de anuncios oficiales. Es la tradición. Yo te presentaré, saludaremos juntos y volveremos dentro. Un par de días después celebraremos nuestro compromiso con un baile, en el que conocerás a todos los dignatarios y estadistas a los que tienes que conocer, y nos casaremos el sábado.
–Espera… ¿qué? ¡Eso es dentro de siete días!
Mateo frunció el ceño y se quedó mirándola con la copa en la mano.
–¿Hay algún problema? Como sabes la situación apremia.
Rachel tragó saliva.
–No es que sea un problema. Aunque creo que necesito un momento para digerirlo.
–Lo comprendo.
Mateo volvió a lo que estaba haciendo en el portátil y Rachel apuró su copa. Estaba algo aturullada, y al cabo de un rato se excusó y fue al fondo del avión, donde había un dormitorio con una cama y un cuarto de baño. Necesitaba estar a solas un rato. Se dejó caer en la cama y miró a su alrededor. Iban a casarse dentro de siete días… ¡Aquello era una locura!
De pie frente al espejo que había en el pasillo, junto a la puerta del dormitorio, Mateo se tiró de los puños de la chaqueta. Estaba esperando a que saliera Rachel, que estaba cambiándose para bajar a tierra cuando aterrizaran.
Se había pasado la mayor parte del vuelo revisando asuntos de Estado en el portátil, y se habría dormido como una hora en su asiento después de que Rachel se hubiera ido al dormitorio. Le había dicho que había decidido echarse un rato y que sin darse cuenta se había quedado dormida.
Se puso derecha la corbata y se miró en el espejo una última vez antes de llamar a la puerta.
–Aterrizaremos dentro de unos veinte minutos, Rachel. Tenemos que volver a nuestros asientos.
–Ya voy –contestó ella desde dentro.
Cuando abrió la puerta, se quedó plantada ante él, echó los hombros hacia atrás y esbozó una sonrisa que casi podría calificarse de «aterrada».
–¿Cómo estoy? –le preguntó.
–Estás bien –le aseguró él.
De todos modos no habría prensa, así que tampoco importaba demasiado qué aspecto tuviera. La verdad era, tuvo que reconocer para sus adentros, que sin duda le iría bien el asesoramiento de un estilista. El modo en que iba vestida –con una blusa y un pantalón que le quedaban algo grandes– y peinada –con su habitual coleta– habían sido adecuados para una investigadora de Cambridge, pero no lo serían tanto para una reina. Además, estaba claro que Rachel era consciente de esas deficiencias, y que la preocupaban, y él quería que se sintiese segura de sí misma.
Cuando volvieron a sus asientos, Rachel le pidió de improviso que le hablara de su madre.
–Se llama Agathe –le dijo Mateo–, y es una mujer muy fuerte y magnánima. La admiro muchísimo.
–Suena de lo más intimidante.
Mateo frunció el ceño.
–¡Qué va! Mi madre no intimidaría a nadie.
–No te creo; tú intimidas a cualquiera –lo picó Rachel con una sonrisa.
–Me conoces desde hace años, Rachel –apuntó–. ¿Cómo iba a intimidarte?
–Ahora estás como distinto –le contestó ella, encogiéndose de hombros–. Nunca te había visto chasquear los dedos para llamar alguien y darle órdenes, como cuando pediste que nos trajeran champán.
Mateo contrajo el rostro.
–Creo que hasta ahora nunca lo había hecho –admitió algo azorado–. Al menos no estando en Cambridge.
–Otra cosa que me sorprende es que pareces tan acostumbrado al lujo… En fin, supongo que si creciste en un palacio es comprensible, claro. Y sé que en Cambridge tenías una casa en una zona residencial muy cara, y que habías ganado mucho dinero con unas inversiones o algo así.
Él enarcó las cejas.
–¿Es eso lo que dicen en los mentideros de la universidad?
Rachel sonrió con descaro.
–Sí.
–Pues no fue por unas inversiones, sino gracias a una compañía que monté: Lyric Tech.
–¿Qué? ¿Montaste una compañía en tu tiempo libre?
Mateo se encogió de hombros.
–Se me ocurrió una idea para una aplicación de música para el móvil, y a partir de ahí surgió todo.
–Claro, lo normal –observó con sorna Rachel, que aún estaba anonadada–. ¿Lo ves?, cuando dices cosas así siento como que no te conozco.
–Sigo siendo el mismo, Rachel.
–Quizá deberíamos hablar del tipo de cosas de las que solíamos hablar antes, como… no sé, la electrocatálisis molecular –sugirió ella en broma.
–Bueno, si eso te ayuda a sentirte mejor…. –dijo él.
Y, para su sorpresa, le siguió la corriente. Al cabo de un rato estaban tan enfrascados en aquella conversación científica, que cuando el piloto comenzó la maniobra de aterrizaje Rachel ni se enteró.
Una vez hubieron aterrizado en una pista privada del aeropuerto de Constanza, sin embargo, palideció al mirar por la ventanilla y ver varios coches con las lunas tintadas y un pequeño ejército de guardaespaldas esperándolos.
–No sé si puedo hacer esto… –le dijo a Mateo.
–Pues claro que puedes –replicó él con calma.
Rachel lanzó otra mirada a los coches de lunas tintadas y a los guardaespaldas de expresión impasible, y Mateo la observó con orgullo cuando se irguió en su asiento, como haciendo acopio de valor.
–Está bien, vamos allá –dijo alzando la barbilla.
Cuando se levantaron, Mateo la tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los de ella, que estaban helados. Bajaron juntos del avión y, al llegar al coche oficial que los llevaría, Mateo saludó con un asentimiento de cabeza a los guardaespaldas, que hicieron una breve reverencia antes de subir en los otros dos vehículos, situados delante y detrás del suyo.
Capítulo 8
EL COCHE oficial avanzaba por amplios bulevares, con el mar reluciente a un lado y palmeras que se alzaban hacia el cielo al otro. Para Rachel había sido surrealista bajar del avión y ver a los guardias inclinarse ante Mateo. ¿Habrían adivinado que era la prometida de Mateo y su futura reina? ¿O habrían dado por hecho que no era más que un adefesio de secretaria a la que llevaba consigo para que tomara notas? Eso era lo que habría pensado ella en su lugar.
–Si hubiera sabido que iba a convertirme en reina esta semana, al menos me habría cortado el pelo y habría tratado de perder algo de peso –le dijo a Mateo.
Él se volvió hacia ella con una expresión sorprendentemente fiera, y le contestó:
–Te aseguro que ni lo uno ni lo otro es necesario.
Ella lo miró con escepticismo.
–¿No dijiste me van a hacerme una transformación radical?
–Eso no significa que tú tengas que cambiar.
Rachel bajó la vista a su ropa.
–Cuando menos mi atuendo sí – dijo. Y como no quería ahondar en todos los aspectos en los que tendría que cambiar, optó por cambiar de tema–. Bueno, ¿y cómo es el palacio donde vamos a vivir? Aparte de palaciego, naturalmente.
Mateo sonrió divertido.
–Pues… tiene quinientos años, está construido junto al mar, mirando hacia el este, y tiene unos magníficos jardines que se extienden hasta la playa. Tú ocuparás los Aposentos de la Reina cuando nos hayamos casado.
–Y hasta entonces, ¿dónde se supone que me alojaré?
–En uno de los aposentos para invitados.
–Estoy deseando que lleguemos para descansar un rato.
–Me temo que eso tendrá que esperar un poco. Ya te he dicho que mi madre quiere conocerte.
–¿Nada más llegar? –musitó Rachel, antes de tragar saliva.
–Es importante.
Y también aterrador, pensó ella. Para intentar no pensar en ello, se puso a mirar por la ventanilla, observando con curiosidad los edificios encalados con tejados de terracota y balcones con macetas cuajadas de flores.
Unos diez minutos después, el coche cruzó las puertas de una alta verja de hierro forjado. A lo lejos se divisaba el palacio, un edificio impresionante de piedra blanca. Era como una combinación de un palacio de cuento de hadas y una villa griega de lujo, con sus torres y sus terrazas, las buganvillas trepando por la fachada, las contraventanas de celosía…
–Bueno, pues ya estamos en casa –le dijo Mateo, y a Rachel casi se le escapó una risa nerviosa.
Se sintió muy extraña cuando entraron en el inmenso vestíbulo de mármol del palacio, donde aguardaban alineados con su uniforme una docena de sirvientes que recibieron a Mateo con una reverencia.
–Mi madre está esperándonos arriba, en su salón privado –le dijo Mateo a Rachel, conduciéndola hacia una escalera monumental que se bifurcaba en dos.
Minutos después, al llegar a una puerta cerrada en el piso de arriba, Mateo llamó con los nudillos.
–Soy yo, madre –dijo.
Una voz agradable respondió que pasaran. A Rachel le temblaban las rodillas. ¿Y si a la madre de Mateo no le gustaba? ¿Y si con solo verla se preguntaba cómo podía haberla escogido su hijo?
Agathe Karavitis, que estaba sentada en un sofá en un extremo de la espaciosa estancia, se levantó al verlos entrar. Era justo como Rachel había imaginado que sería: regia y elegante. Llevaba el cabello –rubio oscuro y con algunas canas– en un recogido discreto, y vestía una blusa de seda y unos pantalones anchos y sueltos.
Avanzó hacia ella con una sonrisa cálida y los brazos abiertos. Se movía de un modo tan grácil, que Rachel a su lado se sentía como un pato mareado. Agathe la besó en ambas mejillas, le tomó las manos y se las apretó.
–Rachel, no sabes cuánto me alegra conocerte al fin.
–Y… y yo a usted, señora Karavitis –consiguió balbucear Rachel.
–Nada de formalidades; llámame Agathe –le pidió la reina.
–Debo ocuparme de unos asuntos antes de nuestra primera aparición pública –dijo Mateo.
¿Que iba a marcharse? Rachel tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse mirándolo con cara de pánico.
–Está en buenas manos –le aseguró su madre.
–Saldremos al balcón a las dos –le dijo él.
–Estará preparada; vete tranquilo.
Mateo le dirigió a Rachel una sonrisa que no la tranquilizó en absoluto y se marchó.
–He pedido que nos traigan té –dijo Agathe–. Debes estar exhausta del viaje.
–Bueno, un poco cansada sí que estoy –murmuró Rachel vacilante.
–Ven, sentémonos –la invitó Agathe, tomando asiento de nuevo y dando una palmada a su lado en el sofá–. Me temo que hoy no disponemos de mucho tiempo, pero mañana desayunaremos juntas para ir conociéndonos un poco mejor.
Rachel se sentó también, y se sometió incómoda a su escrutinio. No debía estar causándole muy buena impresión con la ropa arrugada y el pelo recogido en una coleta lacia. Esbozó una sonrisa y le dijo:
–Imagino que estará algo sorprendida, que no soy la clase de prometida que imaginaba para su hijo.
–No, no lo eres –contestó Agathe, asistiendo brevemente–, pero quizá precisamente por eso seas la elección adecuada.
Rachel, que no se esperaba esa respuesta, se sintió aliviada.
–¿De veras?
–No debería sorprenderte tanto –le dijo la reina, riéndose suavemente–. ¿Creíste que no te aprobaría?
–Tenía mis dudas.
–Ante todo lo que quiero es que mi hijo sea feliz. Y el hecho de que haya sido él quien te ha escogido, de que te conozca bien y te considere su amiga… Eso es lo importante. Mucho más importante que tener el pedigrí adecuado o algo similar –Agathe encogió sus delgados hombros–. El mundo ha cambiado; los príncipes ya no tienen que casarse por obligación con una joven de su mismo rango aunque no tengan nada que ver, gracias a Dios.
En ese momento llamaron a la puerta y entró una sirvienta con el té, que la propia Agathe se encargó de servir con una elegancia exquisita.
–Nos tomaremos solo una tacita y te dejaré para que puedas ir a prepararte –le dijo.
Rachel tomó un sorbo, con la esperanza de que se le asentara un poco el estómago, que tenía algo revuelto por los nervios.
–Dudo que pueda llegar a sentirme preparada –murmuró.
–Bobadas –replicó Agathe–, solo necesitas las herramientas adecuadas.
Al sentarse tras el escritorio de su padre, Mateo sintió que el peso de la responsabilidad recaía sobre sus hombros. Ahora era su escritorio. Bajó la mirada a los informes que tenía frente a sí sobre el aumento de las tensiones en el norte del país, los problemas económicos… múltiples frentes abiertos. Y en solo tres horas tenía que anunciar a su pueblo que iba a casarse y presentarles oficialmente a su prometida.
Su única preocupación era asegurarse de que su relación con Rachel no se convirtiese en algo demasiado íntimo o emocional. Mientras siguiesen siendo solo amigos, no habría problema. Y se aseguraría de que así fuera.
Se pasó una hora repasando aquellos informes antes de decidir que debería ir a ver cómo le estaba yendo a Rachel con la estilista que había contratado. Se dirigió al ala este, donde se alojaban los huéspedes, y a través de la primera puerta del pasillo pudo oír la voz de Francesca, la estilista, con su marcado acento italiano.
–Y por supuesto habrá que hacer algo con esas cejas… –estaba diciendo.
Mateo frunció el ceño y se detuvo frente a la puerta.
–¡Y esa barbilla…! –exclamó la estilista.
La impaciencia en su voz, que rozaba el desagrado, irritó a Mateo.
–Por suerte, con un poco de… ¿cómo se dice en su idioma? ¡Ah, sí, «contorneado»! Un poco de contorneado ayudará. En cuanto a la ropa… necesitaremos algo vaporoso, para ocultar lo peor.
¿Lo peor? Mateo, que no podía creer lo que estaba oyendo, irrumpió furioso en la habitación. La estilista y otras tres mujeres, flacas como palillos, igual que ella, revoloteaban en torno a Rachel, que estaba sentada en una silla frente a un espejo con expresión resignada. Al oírlo entrar, las mujeres se volvieron, lo miraron boquiabiertas y se apresuraron a hacer una reverencia.
–Alteza… –murmuró la estilista.
–¿Qué está pasando aquí? –exigió saber Mateo, reprimiendo su ira a duras penas.
–Solo estábamos sopesando los pasos que vamos a dar para preparar a su prometida para la presentación… –se defendió la estilista.
–De un modo de lo más desagradable –la cortó Mateo–. Están todas despedidas.
Las cuatro mujeres emitieron un gemido ahogado.
–Mateo, no seas melodramático –le reprochó Rachel suavemente con una sonrisa–, solo están haciendo su trabajo…
–Ella estaba insultándote –objetó él, señalando a la estilista–. No lo voy a consentir.
–Lo que Francesca estaba diciendo no es nada que no haya pensado yo un millón de veces. La verdad es que nunca me ha gustado mi barbilla.
–¿Qué tiene de malo tu barbilla? Además, ni sus comentarios ni su actitud son aceptables –reiteró él.
–Alteza… –intervino Francesca con voz vacilante–. Por favor, acepte mis más sinceras disculpas. Estaba pensando en voz alta, pero Su Alteza tiene razón; mis comentarios han sido del todo inaceptables –murmuró agachando la cabeza–. Si me da la oportunidad de preparar a su prometida, haré todo lo posible para ayudarla a que su presentación en público sea un éxito.
–No está usted aquí para eso; solo para asesorarla con la ropa, el peinado y el maquillaje.
Francesca volvió a agachar la cabeza.
–Sí, Alteza –murmuró.
–Mateo, no pasa nada, en serio –trató de interceder de nuevo Rachel.
¿Que no pasaba nada? Mateo detestaba ver cómo dejaba que la menospreciasen, que pensase que porque tenía curvas era menos atractiva que una mujer más esbelta o con cintura de avispa.
–Muy bien, les daré una oportunidad –les dijo a las cuatro mujeres–. Prepárenla para la presentación, y antes de que acabe el día yo mismo decidiré si rescindir o no su contrato.
Mateo aguardaba hacía ya un rato en la estancia que daba al balcón desde donde iba a hacerse la presentación. Miró su reloj y vio que eran las dos menos cuarto. ¿Estaría lista ya Rachel? Nada más hacerse esa pregunta, se abrió la puerta y entró la estilista con una sonrisa de oreja a oreja antes de hacer pasar a Rachel.
A Mateo le costó no quedarse mirándola boquiabierto. Estaba… preciosa. Le había cortado un poco el pelo, y ahora le caía en suaves y brillantes ondas que le enmarcaban el rostro. El maquillaje que llevaba era mínimo, pero resaltaba sus rasgos más atractivos: sus carnosos labios, sus bonitos ojos castaños, las espesas pestañas, sus pómulos…
Llevaba un sencillo vestido cruzado de seda verde que insinuaba sus curvas –esas curvas que Mateo se moría por explorar– sin resultar atrevido, y unos elegantes zapatos negros de tacón.
–¿Y bien? –le preguntó Rachel, como insegura–. ¿Me das el aprobado?
–Te doy mucho más que un aprobado –respondió él. Miró a Francesca y le dijo–: Debo admitir que ha hecho un buen trabajo.
–Gracias, Alteza –contestó la estilista. Le hizo una pequeña reverencia y se retiró.
Rachel avanzó hacia él con una mueca.
–Parezco un pato mareado, lo sé; es que no estoy acostumbrada a llevar tacones.
–Lo único que tienes que hacer es cruzar esas puertas y quedarte de pie a mi lado –le dijo Mateo, señalando el balcón.
Ella lanzó una mirada preocupada a las puertas cristaleras, que cubrían unas finas cortinas blancas.
–¿Cuánta gente hay ahí fuera? –preguntó.
Mateo sabía que no serviría de nada ocultarle la realidad.
–Bastante.
Rachel echó atrás los hombros y levantó la barbilla, igual que había hecho en el avión, como para armarse de valor.
–No estaré ridícula, ¿no? –le preguntó en voz baja–. Ya sabes lo que dicen: «Aunque la mona se vista de seda…».
–¿Pero qué dices? –la reprendió Mateo con incredulidad–. Estás preciosa, vibrante… sexy.
Cuando Rachel se quedó mirándolo boquiabierta, se dio cuenta de lo apasionada que había sonado su respuesta. Carraspeó y sacó una cajita de terciopelo negro del bolsillo de la chaqueta.
–Te falta una cosa para completar el conjunto –le dijo. Abrió la caja, dejando al descubierto un anillo. Llevaba engarzado un diamante azul, y este estaba rodeado de diamantes blancos más pequeños–. Este anillo ha pasado de generación en generación en mi familia durante los últimos seiscientos años. Y ahora te pertenece; durante siglos ha sido el anillo de compromiso de todas las futuras reinas de Kallyria.
Rachel exhaló un suspiro tembloroso cuando Mateo se lo puso en el dedo.
–Es precioso –murmuró.
–Te queda perfecto –dijo él con una sonrisa.
En ese momento llamaron a la puerta y entró el jefe de prensa.
–Alteza, ¡es la hora! –anunció.
Mateo se giró hacia Rachel, que de repente parecía un animalillo deslumbrado por los faros de un coche.
–No puedo… –musitó aterrada.
–Pues claro que puedes –le dijo él con suavidad, tomándola de la mano–. Lo único que tienes que hacer es sonreír y saludar con la mano.
Dos sirvientes abrieron las puertas del balcón y, aun desde donde estaba, Rachel divisó a la multitud que había arremolinada frente a palacio.
–¡Ay, Dios! –murmuró–. Hay miles de personas ahí abajo…
–Vamos allá –dijo Mateo, como ella había dicho esa mañana, antes de bajar del avión.
Rachel le sonrió agradecida y lo siguió fuera. El aplauso de la multitud cuando hicieron aparición fue ensordecedor. Mateo giró la cabeza hacia Rachel, y lo llenó de orgullo verla dedicar a la gente una sonrisa radiante y un saludo decididamente regio.
Mateo anunció su compromiso y su próxima boda, y la gente enloqueció, aplaudiendo con más fuerza y lanzando vítores. Y entonces empezaron a gritar a coro: «¡Fili! ¡Fili!». Rachel frunció ligeramente el ceño y miró a Mateo. No sabía qué era lo que estaban pidiendo, pero él sí, y de pronto le pareció lo más natural del mundo tomarla entre sus brazos, estrecharla contra sí y besarla en los labios.
Capítulo 9
HABÍAN pasado ya dieciocho horas, pero Rachel aún sentía un cosquilleo en los labios cada vez que recordaba el beso en el balcón, ante la multitud. Al volver a entrar incluso había notado que le temblaban las piernas.
Esa mañana, mientras desayunaba con Agathe, esta le confió con una sonrisa:
–Ahora tengo aún más claro lo bien que ha escogido mi hijo. La presentación fue un éxito. Y la gente enloqueció con ese beso tan apasionado…
Rachel se puso colorada.
–En realidad solo somos amigos –se sintió obligada a decir.
–La amistad es una buena base para el matrimonio. Mucho mejor que…
Agathe se calló de pronto y Rachel frunció el ceño, confundida.
–¿Mucho mejor que qué? –le preguntó.
–Bueno, ya sabes –contestó Agathe, riéndose, mientras les servía un poco más de café a ambas–, la mera atracción pasajera.
Sin embargo, Rachel tenía la sensación de que Agathe había estado a punto de decir otra cosa y había decidido no hacerlo. A pesar de ese momento incómodo, el resto del tiempo se sintió tan a gusto y la conversación fue tan fluida, que terminó por disiparse su preocupación inicial de que fuera a sentirse intimidada por la madre de Mateo.
Después de ese desayuno le esperaba otro momento irreal cuando Mónica, una eficiente joven de unos veintitantos, se presentó, diciéndole que iba a ser su secretaria y que estaba enteramente a su disposición. Juntas repasaron el programa de los días siguientes.
Más tarde tuvo otra sesión con Francesca para hablar sobre su vestuario –en particular sobre el traje de noche para el baile con el que celebrarían su compromiso– y también sobre la boda, para la que faltaba menos de una semana. Francesca le dijo que tenía una piel perfecta y un pelo precioso y Rachel, que nunca se había visto descrita en esos términos, se sintió tremendamente halagada, igual que cuando Mateo le había dicho que estaba preciosa y muy sexy.
Pero… ¿lo habría dicho de verdad? Prefería no darle demasiadas vueltas a eso. Ya había decidido que podía vivir sin amor, y eso también incluía el deseo. El problema era que ella sí sentía deseo por él. Solo con mirarlo sentía un cosquilleo eléctrico por todo el cuerpo, y a veces le entraban unas ganas casi irresistibles de tocarlo. No llegaba a hacerlo, por supuesto, aunque tampoco era que hubiese tenido oportunidad de hacerlo. En esos tres días, desde su llegada a Kallyria, apenas había visto a Mateo, aunque entendía que estaba ocupado, y la noche anterior se había ido al norte, para intentar solucionar los problemas con el grupo de insurgentes, y no regresaría hasta esa tarde a última hora.
Después de la sesión con Francesca fue a su estudio privado, en la planta baja, una espaciosa y elegante estancia con ventanas que se asomaban a los jardines de palacio. Tenía que escoger de entre una lista de proyectos benéficos que podía apoyar y promover, y mientras la repasaba sintió una punzada de añoranza de lo que había dejado atrás. Seguía teniendo la impresión de estar viviendo la vida de otra persona.
Al menos hablaba con regularidad con la residencia y sabía que su madre se encontraba bien y que se estaba adaptando sin problemas. También había escrito por correo electrónico a sus amigos, y todos se habían sorprendido y alegrado mucho por ella. Había invitado a varios de ellos a la boda, y la idea de volver a verlos la animaba un poco, el saber que no había cortado de raíz con su antigua vida, aunque en algunos momentos esa fuera la sensación que tenía. Claro que suponía que era normal que se sintiese rara y un poco insegura, al menos los primeros días.
Por la tarde, entre las pruebas para el vestido de novia, y las clases de bailes de salón y de etiqueta que Agathe le había recomendado, no tuvo tiempo para pensar.
Cuando regresó por fin a sus aposentos y fuera estaban empezando a salir las estrellas, oyó un ruido que ni siquiera se había dado cuenta de que estuviera esperando: el ruido de las hélices de un helicóptero. Mateo había vuelto, y aunque fuera un poco tarde, tenía ganas de verlo y no quería esperar a la mañana siguiente.
Mateo se frotó los ojos para intentar concentrarse en el informe que estaba leyendo. La noche anterior apenas había dormido y estaba acusando el cansancio. Gracias a Dios su viaje al norte del país no había sido en vano: había logrado concertar un encuentro con el líder de los insurgentes, y gracias al anuncio de su próximo enlace y ascenso al trono, y de la promesa de un cambio en determinadas políticas había conseguido que consideraran un posible acuerdo.
Su compromiso con Rachel ya estaba empezando a reportar beneficios al país. Rachel… No la había visto desde el anuncio en el balcón. Se preguntó cómo estaría llevando los cambios y todo el ajetreo que implicaba la preparación de los distintos eventos de esa semana.
De pronto oyó unos golpes en la puerta del estudio.
–¿Mateo? –lo llamó la suave voz de Rachel desde el pasillo.
–Sí, estoy aquí; pasa –respondió.
La puerta se abrió con un chirrido y Rachel asomó la cabeza. Al verlo, sonrió, como aliviada.
–He estado deambulando por los pasillos en camisón –dijo entrando y cerrando tras de sí–, y probablemente no ha sido muy buena idea. Me temo que es un comportamiento impropio de una reina.
–Bueno, aún no lo eres –respondió Mateo con una sonrisa.
El placer que le producía volver a verla hizo que una sensación cálida lo invadiera, como si en vez de sangre corriera miel por sus venas. No pudo evitar fijarse en el camisón de seda y encaje de color marfil que llevaba, y en cómo abrazaba amorosamente sus dulces curvas.
Rachel, que lo pilló mirándola, contrajo el rostro y, poniendo los brazos en cruz, le dijo:
–¿A que es lo más ridículo que has visto en tu vida? Francesca insiste en que es el atuendo perfecto para una reina, pero yo me siento un poco como… no sé, lady Godiva.
–Según creo recordar, lady Godiva iba desnuda, y a caballo –apuntó él divertido.
–Es verdad –dijo Rachel riéndose suavemente–. Bueno, ya sabes a qué me refiero.
Sí, sí que lo sabía. Igual que sabía que, a pesar de la fina bata de seda que llevaba encima, al trasluz de la lámpara que había en una mesita detrás de ella, y así, con los brazos extendidos, casi parecía como si estuviera desnuda. Debería habérselo dicho, pero no quería que sintiera vergüenza, y además estaba disfrutando de la vista.
–En fin –dijo ella dejando caer los brazos–. ¿Cómo estás? No te he visto desde… bueno, desde… lo del balcón.
Se había sonrojado al decir eso, y Mateo sabía por qué. El recuerdo de aquel beso había quedado grabado a fuego en su mente.
–Lo sé; lo siento. He estado muy ocupado.
–No tienes que disculparte –dijo ella, esbozando una pequeña sonrisa y sentándose en el borde de su mesa–. Has estado en el norte, ¿no?
–Sí, intentando llegar a un entendimiento con los insurgentes.
–¿Y lo has conseguido?
–Creo que sí.
–¿Y en qué estás trabajando ahora? –inquirió ella, señalando con la cabeza el montón de carpetas sobre el escritorio.
–Estoy intentando decidir a quién colocar en mi gabinete de ministros –le explicó Mateo–. Cuando un nuevo rey sube al trono, tiene el privilegio y el derecho de escoger a su propio gabinete, aunque esa elección debe ser ratificada por al menos un sesenta por ciento del parlamento. El problema es que no conozco a ninguna de estas personas –añadió, señalando las carpetillas, que contenían información sobre cada uno de los potenciales ministros–. Llevo demasiado tiempo fuera de Kallyria.
–Bueno, ya irás conociéndolos, ¿no?
Rachel se inclinó para mirar la portada de la carpeta que estaba en lo alto, ofreciéndole, sin darse cuenta, una tentadora vista de su escote.
–La cuestión es que no hay tiempo; necesito hacerlo lo antes posible –dijo apartando la mirada con un esfuerzo hercúleo.
–Pero debes tener a algunos candidatos con más peso que otros, ¿no? –inquirió Rachel, tomando la carpeta para curiosear los papeles que había dentro.
Mateo se echó hacia atrás y la observó, regalándose la vista con el modo en que el cabello se desparramaba sobre sus hombros, y la parte superior de sus senos asomaba por el escote del camisón.
–Ese que estás mirando es uno de los pesos pesados –comentó.
–Umm… –murmuró Rachel, leyendo un poco más. Sin embargo, acabó cerrando la carpetilla y arrojándola al lado–. No, yo no lo escogería.
–¿Por qué no? –inquirió él, sorprendido.
Rachel tomó de nuevo la carpetilla y le mostró la tercera página.
–Mira el patrón que ha tenido en las votaciones de la legislatura: es de lo más inconsistente. No puedes fiarte de él; necesitas a gente con principios. Si no, cualquiera podrá influir en él: habrá veces que esté a tu lado y otras que no.
–Cierto –admitió Mateo. Aparte de lo sexy que estaba con aquel camisón, agradecía poder contar con su opinión–. ¿Y qué me dices del siguiente?
Se pasaron un par de horas repasando juntos cada carpetilla y separándolas en tres montones: «sí», «no» y «quizá», y recuperaron esa camaradería que siempre habían disfrutado cuando contraponían sus ideas en el laboratorio.
–Ese solo te gusta porque fue a Cambridge –lo pinchó Rachel mientras hablaban de otro posible candidato–. Eres un poco tendencioso.
–¿Y tú no?
–Pues claro que no –replicó ella con una sonrisa.
El brillo travieso en sus ojos hizo que a Mateo le entraran unas ganas incontenibles de besarla.
–Ven aquí –le dijo con voz ronca.
Rachel puso unos ojos como platos cuando agarró los extremos que colgaban del cinturón de la bata, y tiró de ellos.
–Me temo que eso no funcionará –le avisó riéndose suavemente–: la seda no es lo bastante fuerte.
–Pero yo sí.
Le plantó las manos en las caderas y la atrajo hacia sí para sentarla en su regazo. Rachel contuvo el aliento, algo nerviosa, y le puso las manos en los hombros.
–Esto se me hace un poco raro –dijo en un susurro.
Mateo se rio con suavidad.
–¿Pero en el buen sentido, o en el mal sentido?
–En el bueno, por supuesto –se apresuró a decir ella. Escrutó su rostro preocupada–. ¿A ti no te lo parece?
–A mí lo que me parece es que deberíamos dejar de hablar –murmuró él, inclinando la cabeza hasta que sus labios estuvieron a escasos milímetros de los de ella–. ¿No crees?
Rachel musitó un «sí», y a Mateo no le hizo falta más para besarla. Los labios de ella se entreabrieron con un suspiro de placer, y Mateo la atrajo más hacia sí para poder sentir la deliciosa presión de sus senos contra su pecho.
Hizo el beso más profundo, explorando con la lengua el aterciopelado interior de la boca de Rachel. Ella emitió un gemido que lo excitó aún más, y la necesidad de besarla se tornó en una necesidad de poseerla.
Deslizó la mano por su sedoso muslo y le abrió las piernas para que quedara a horcajadas sobre él, con la parte más íntima de su cuerpo apretada contra su erección. Arqueó las caderas de un modo automático, y Rachel gimió dentro de su boca.
Se sentía como si fuese a explotar. En el sentido figurado, en el sentido literal, en todos los sentidos. Se arqueó de nuevo y Rachel volvió a gemir. Sus dedos se aferraban como garras a sus hombros. Metió las manos dentro de su bata para cerrarlas sobre sus generosos pechos, y fue como si su cerebro sufriera un cortocircuito.
Si no paraba, iba a perder por completo el control. Su primera vez no podía ser allí, en el estudio, encima de una silla, fruto de un calentón. Jadeante, despegó su boca de la de ella y la levantó de su regazo para sentarla de nuevo sobre el escritorio. Los labios de Rachel estaban hinchados por sus besos, su oscuro cabello alborotado y sus mejillas sonrosadas. Se pasó una mano por el pelo mientras intentaba recobrar el aliento.
–Tenemos que parar.
–¿Parar? –balbució Rachel. Se cerró la bata con dedos temblorosos.
–Sí, esto no es lo que…
Sacudió la cabeza, espantado de lo afectado que estaba. Todavía se sentía como si estuviese ardiendo por dentro. Necesitaba urgentemente una ducha de agua helada. No recordaba cuándo había sido la última vez que se había sentido así. «Sí, sí que lo recuerdas», murmuró una vocecilla en su mente.
Se levantó bruscamente y fue hasta la ventana, donde se colocó de espaldas a Rachel.
–Lo siento –dijo con voz ronca–, no debería haberme aprovechado de ti de esa manera.
–¡Qué bobada! –exclamó Rachel, con una risa nerviosa.
–Aún no estamos casados –le recordó él.
–Mateo, ya soy mayorcita, y nos casamos dentro de tres días; no es como para rasgarse las vestiduras.
Mateo seguía de espaldas a ella; se sentía incapaz de mirarla. Por su voz parecía molesta, pero también confundida. Se suponía que no era así como debía ser su relación. Sí, disfrutaba de la camaradería que había entre ellos, y la atracción física era un bonus añadido que no se había esperado, pero que el deseo que sentía por ella lo consumiese de esa manera…, que llegase a desterrar de su mente cualquier pensamiento racional… No, no quería sentirse así; no podía sacrificar su autocontrol.
–Deberías irte a la cama –dijo con aspereza.
Un largo silencio siguió a sus palabras, pero no se movió de donde estaba, porque seguía sin atreverse a girarse y mirarla a la cara. Al cabo, finalmente oyó el frufrú del camisón de Rachel cuando se bajó de la mesa.
–Buenas noches, Mateo –le dijo en un tono quedo.
Luego oyó sus pasos, y el leve chasquido de la puerta cuando cerró al salir.
Capítulo 10
CUANDO se miró en el espejo, Rachel tenía el estómago revuelto por los nervios. Dentro de quince minutos entraría en el salón de baile del brazo de Mateo. Y ya faltaban menos de cuarenta y ocho horas para su boda, algo que todavía no acababa de creerse. Dentro de cuarenta y ocho horas se casarían y a continuación serían coronados rey y reina de Kallyria.
Era un pensamiento que, la noche anterior, cuando Mateo la había besado, la habría llenado de emoción. ¡Cómo la había besado! Nunca la habían besado así, y ansiaba que volviera a hacer eso… y mucho más, muchísimo más. Quería que la tocara, sentir su glorioso cuerpo sobre el de ella…
Sin embargo, Mateo había interrumpido el beso para apartarla de él, y desde la noche anterior tenía la impresión de que estaba evitándola. No tenía ni idea de qué lo había hecho apartarla tan bruscamente, pero se sentía decepcionada y dolida.
Inspiró profundamente y recorrió con las manos los costados del vestido, un vestido que parecía sacado de un cuento de hadas. Era un vestido de seda, en color bronce, con un escote palabra de honor, cintura entallada y una maravillosa falda con vuelo que brillaba cada vez que se movía. Para complementarlo, lucía un conjunto de joyas de topacios y diamantes de la Casa Real: una tiara, un collar, una pulsera y pendientes largos.
Llamaron a la puerta del dormitorio y con el corazón palpitándole por los nervios, respondió:
–Adelante.
Cuando la puerta se abrió se encontró con Mateo ante ella. Estaba guapísimo vestido de frac. La camisa, el chaleco y la pajarita blancos eran el contraste perfecto para su piel aceitunada y su pelo negro.
–Bueno, ¿crees que doy el pego? –le preguntó ella temblorosa, irguiendo los hombros.
–Estás deslumbrante –respondió Mateo.
Aquel cumplido había sonado tan sincero, que a Rachel se le hizo un nudo en la garganta.
–Me siento como si estuviera viviendo un sueño.
–¿Y eso es malo? –inquirió Mateo.
–No, pero lo que pasa con los sueños es que… al final tienes que despertarte.
–Quizá no tengas que despertar de este; quizá dure para siempre.
Ella se rio vacilante.
–Ningún sueño dura eternamente.
Él asintió con la cabeza.
–Es verdad; tienes razón.
Rachel se preguntó de qué estaban hablando en realidad. Tenía la sensación de que se trataba de otra cosa, y cuando Mateo le tendió la mano y la tomó, notó que un cosquilleo le recorría el brazo.
Recorrieron en silencio el trayecto hasta la escalera monumental que se bifurcaba en dos y desembocaba en el vestíbulo. Cuando llegaron a las puertas del salón de baile, donde los esperaban los invitados, Mateo se detuvo y miró un instante a Rachel. Luego, con un asentimiento de cabeza, indicó a los sirvientes que flanqueaban las puertas que estaban listos.
–Allá vamos –murmuró mientras las abrían.
Rachel inspiró profundamente y mantuvo la cabeza alta mientras se adentraba en el salón del brazo de Mateo. La multitud se movió a uno y otro lado, dejando un pasillo en medio, como el episodio bíblico en el que se abrían las aguas del mar Rojo.
Como era tradición, tuvieron que abrir ellos el primer vals, y Rachel agradeció que le hubieran dado esas lecciones de bailes de salón para estar preparada. Los dos minutos que duró la música fueron mágicos; se sintió como si volara entre los brazos de Mateo, y cuando terminó el último compás todo el mundo aplaudió y él la miró y le guiñó un ojo, como orgulloso de ella.
La hora siguiente pasó en un torbellino de presentaciones y conversaciones triviales. Rachel brilló tal y como Mateo había esperado. No se reía de un modo falso ni intentaba agradar; era demasiado auténtica para comportarse así. Hablaba con todo el mundo con humildad y escuchaba con interés a cada persona a la que le presentaban. Mateo se sentía orgulloso de tenerla a su lado y, lo más importante, ella también parecía feliz de estar allí con él. Estaba convencido de que aquella velada podría considerarse un gran éxito.
En un principio no se preocupó cuando Lukas Diakis, un viejo ministro del gabinete de su padre, acompañó a Rachel a su asiento en la cena. Y tampoco cuando la vio escuchando educadamente a su tía Karolina. Sin embargo, se dio cuenta de que mientras hablaba con ambos Rachel le lanzaba miradas de tanto en tanto, y él le sonreía, pero las sonrisas con que ella le respondía se fueron haciendo cada vez más leves, y hasta tensas.
Era absurdo que se preocupase, se dijo, pero no podía dejar de preguntarse qué podrían haberle dicho aquel ministro retirado y su vieja tía solterona para que de pronto Rachel se hubiese puesto pálida y pareciese tan abstraída.
Durante la larga cena –¡se sirvieron seis platos nada menos!–, no pudo acallar ese desasosiego que lo atenazaba. Aunque estaban cada uno en un extremo de la mesa, podía sentir la desazón de Rachel.
Al acabar la cena Diakis volvió a ofrecerle su brazo a Rachel para acompañarla fuera del comedor. Mateo los siguió con la mirada, pero para cuando llegó al salón de baile ella ya se había perdido entre la gente y aquello lo irritó un poco. Era su prometida. Sabía que le había dicho que probablemente estarían separados buena parte de la velada, atendiendo a los invitados y departiendo con ello, pero en ese momento la quería a su lado.
Otra hora interminable pasó, y aunque ocasionalmente divisaba a Rachel a lo lejos, habría sido bastante grosero dejar con la palabra en la boca a las personas con las que estaba conversando para atravesar el salón.
Cuando por fin terminó la velada eran las dos de la madrugada y el cielo estaba cuajado de estrellas. Mateo, Agathe y Rachel, que parecía agotada, se colocaron en la puerta para despedir a los invitados. Poco después por fin se quedaron a solas.
–¡Qué éxito! –exclamó Agathe–. Has estado maravillosa, querida –le dijo a Rachel, y la besó en ambas mejillas. Se volvió hacia su hijo–. ¿Verdad que ha sido todo un éxito, Mateo?
–Sí que lo ha sido –asintió él. Miró a Rachel, pero ella apartó la vista. ¿Qué estaba pasando allí?
–Bueno, yo os voy a dar ya las buenas noches –dijo Agathe con un suspiro–. Estoy exhausta y me imagino que vosotros también –besó a su hijo en la mejilla y le dijo–: Tú también lo has hecho muy bien.
–Gracias, madre.
Agathe subió las escaleras, dejándolos a solas en el vestíbulo mientras la servidumbre empezaba a recogerlo todo.
–Creo que yo también me voy a la cama –murmuró Rachel con una risa nerviosa, dirigiéndose lentamente hacia la escalera–; si no, soy capaz de quedarme dormida aquí mismo.
–Sí, ha sido una larga velada.
–Sí –musitó ella, deteniéndose para girarse y mirarlo. Parecía como si toda ella brillara, con aquel vestido de color bronce y el destello de las joyas que llevaba en el pelo, en el cuello y en la muñeca–. Buenas noches.
Parecía triste, y eso irritó aún más a Mateo. Iban a casarse dentro de dos días y Rachel estaba jugando una especie de juego pasivo-agresivo, haciéndole ver que estaba triste sin decirlo.
–¿Por qué no me dices qué está pasando, Rachel? –le preguntó en un tono brusco.
Nunca le habían gustado esa clase de juegos. Cressida se lo había hecho muchas veces, mostrarse ofendida y no decirle qué le pasaba, para que él se rompiese la cabeza intentando averiguar qué la había molestado.
Rachel se había parado en seco, con una mano en la barandilla y los ojos muy abiertos.
–¿A… a qué te refieres?
–Lo sabes muy bien.
Rachel se tensó y sus ojos relampaguearon.
–Pues no, la verdad es que no.
–¿Estás segura?
Mateo sabía que no estaba manejando bien aquella situación, pero se había pasado toda la velada preocupado y no quería seguir jugando al ratón y al gato.
–Sí, muy segura. Estoy cansada, Mateo; quiero irme a la cama.
Debería dejar que se marchase, lo sabía, pero por alguna razón, sentía que no podía hacerlo.
–¿Por qué te has pasado toda la cena lanzándome miradas?
–¿Miradas?
–Sí, como si… –Mateo intentó encontrar las palabras para definir eso que había visto en sus ojos que tanto lo había inquietado–. Como si te hubiera decepcionado.
Por la expresión de Rachel supo que no se equivocaba, que había algo que la había molestado y no quería decírselo. Quería que lo adivinara, hacerle suplicar. Ya había pasado por eso antes y lo detestaba; no volvería a jugar a ese juego.
–¿Sabes qué? Olvídalo –le dijo sacudiendo la cabeza–. Me da igual. Si tú no quieres decirme qué te pasa, yo tampoco me voy a molestar en averiguarlo.
–¿Por qué estás tan enfadado? –exclamó Rachel.
Parecía perpleja, y con razón. Sabía que estaba reaccionando de un modo desproporcionado, pero no podía evitarlo. El comportamiento de Rachel había despertado en él recuerdos muy dolorosos, recuerdos que había reprimido durante los últimos quince años.
–No estoy enfadado –contestó, en un tono que decía todo lo contrario.
Rachel se encogió de hombros, como pensando: «Lo que tú digas…».
–Muy bien, si es lo que quieres, hablemos –contestó con un suspiro cansado. Lo miró a los ojos con una tristeza infinita y le preguntó–: ¿Quién es Cressida?
Capítulo 11
A RACHEL le había chocado que Mateo, que nunca se había comportado de un modo tan visceral, forzara aquella discusión. Sin embargo, ya había saltado la liebre; le había hecho la pregunta que había estado quemándole la lengua desde que, durante la cena, Karolina, la tía de Mateo, le había dado unas palmaditas en la mano y le había dicho: «Eres mucho mejor para él que Cressida, querida».
Ella se había limitado a sonreír educadamente y habían cambiado de tema de conversación, pero el viejo ministro que la había acompañado de vuelta al salón de baile le había dicho algo similar que la había dejado aún más confundida: «Gracias a Dios que el príncipe Mateo no se casó con Cressida…».
Mateo se había quedado mirándola con los brazos caídos y los puños apretados.
–¿Dónde has oído ese nombre? –le preguntó.
Aun desde donde estaba, Rachel podía sentir la ira que emanaba de él. Nunca lo había visto así, y la asustó, porque se encontró preguntándose si tal vez no lo conocía en absoluto.
–Tu tía Karolina lo mencionó –respondió–. Y luego ese exministro, Lukas Diakis.
–¿Qué te dijeron?
–Tu tía me dijo que pensaba que yo era mejor para ti que Cressida, y Diakis que se alegraba de que no te hubieras casado con ella.
Las facciones de Mateo se ensombrecieron.
–No deberían haberte hablado de ella –murmuró frunciendo el ceño.
–¿Quién es esa Cressida? –le preguntó Rachel–. ¿Cómo es que nunca la habías mencionado?
–¿Y por qué debería haberlo hecho?
–Pues porque según parece ibas a casarte con ella –le espetó Rachel, esforzándose por mantener la calma aunque tenía ganas de llorar–. ¿O no es verdad?
–Sí, es verdad –Mateo apretó los labios–, pero de eso hace mucho tiempo. Ya no importa.
¿Que no importaba? ¿Lo estaba diciendo en serio?
–Pues, a juzgar por tu reacción, a mí me parece que para ti sí es importante.
–Si he reaccionado así ha sido porque me irrita que la gente vaya por ahí chismorreando sobre mí.
–No estaban chismorreando de…
–Ya lo creo que sí –la cortó él, y empezó a subir las escaleras airado.
Cuando pasó a su lado y continuó subiendo, Rachel lo siguió con una mirada de incredulidad. Aquello era tan inusual en él que casi resultaba cómico. El Mateo al que ella conocía no era así: frío, autocrático…
–¿Por qué no quieres hablarme de ella? Ibais a casaros… –reiteró Rachel.
–Esta conversación ha terminado –zanjó Mateo sin volverse ni detenerse.
Rachel observó desde el pie de la escalera como desaparecía por uno de los pasillos, sin poder creerse lo rápido que se había descontrolado la situación. Sola en el inmenso vestíbulo oyó a lo lejos abrirse y cerrarse la puerta de los aposentos de Mateo. Miró a su alrededor y tragó saliva. Se sentía demasiado aturdida como para llorar. ¿Acababan de tener su primera pelea?, ¿o tal vez la última?
Subió lentamente las escaleras. Francesca estaba esperándola en sus aposentos, ansiosa por que le contara cómo había ido la fiesta mientras la ayudaba a desvestirse.
–Seguro que los has dejado a todos boquiabiertos –comentó cuando hubo satisfecho su curiosidad.
Rachel se obligó a esbozar una sonrisa e inclinó la cabeza para que Francesca pudiera desabrochar el enganche del collar. Permaneció en silencio mientras la estilista le bajaba la cremallera del vestido. Cuando se lo quitó, Rachel se puso la bata que le ofreció Francesca.
–Te he preparado un baño –le dijo esta mientras colgaba el vestido en una percha y le ponía una funda encima para protegerlo–. Sé que es tarde, pero pensé que podría apetecerte relajarte un poco antes de acostarte.
–Gracias, eres un ángel –le dijo Rachel.
Francesca, que había resultado ser no solo una excelente estilista, sino también una buena amiga, la miró con el ceño fruncido.
–¿Va todo bien?
Rachel esbozó otra débil sonrisa.
–Sí, es solo que estoy cansada. Bueno, exhausta, en realidad.
–Pues date ese baño y métete en la cama –le aconsejó Francesca–. Mañana va a ser un día ajetreado.
–¿Hay alguno que no lo sea? –dijo Rachel con un mohín. Desde que había llegado a Kallyria no había parado.
–Mañana, por si lo has olvidado, son las últimas pruebas del vestido de novia, el ensayo de la ceremonia y por la noche se celebra una cena con unos treinta invitados.
Rachel dejó caer la cabeza con un suspiro.
–Lo sé, lo sé.
–¿Seguro que todo va bien? –inquirió Francesca, mirándola preocupada.
Rachel querría poder confesarle las dudas que la atribulaban, pero sacudió la cabeza y le respondió:
–Seguro. Gracias, Francesca. Vete tú también a descansar.
Francesca le dio un par de palmadas en el hombro y se marchó. Ya a solas, Rachel dejó caer los hombros, aliviada de no tener que seguir fingiendo, y se dirigió al cuarto de baño.
El agua caliente casi hizo que se quedara dormida en la bañera. Cuando por fin salió del baño, cansada y triste, se dejó caer en la cama, se tapó y el sueño la arrastró.
A la mañana siguiente la despertó el sol, que entraba a raudales por las ventanas de su dormitorio. A la luz del día todo parecía un poco mejor. O por lo menos ella se sentía más resuelta. Se dio una ducha y se vistió, decidida a buscar a Mateo para hablar con él.
Sin embargo, encontrarlo no iba a ser tarea fácil. Después de desayunar sola en el comedor, su secretaria, Mónica, se la llevó para que le hicieran las últimas pruebas de su vestido para la boda. A Rachel le encantaba lo sencillo que era: de seda blanca con encaje en las mangas y el dobladillo de la falda. El largo velo era de encaje también. Con aquel vestido se sentía como una princesa. Como una reina.
Después de que la modista tomara nota de los ajustes que había que hacerle, Mónica se reunió con ella en su estudio para repasar los eventos del día siguiente, el gran día. Para empezar, la ceremonia nupcial y la coronación en la catedral. Luego regresarían al palacio, donde se agasajaría a los invitados con un desayuno. Y, finalmente, darían un paseo por la ciudad en una calesa para saludar a su pueblo antes de regresar de nuevo al palacio. Por la noche se celebraría una cena con baile, y Mateo y ella pasaría su noche de bodas en los aposentos de él.
–Va a ser un día muy completo –murmuró con una sonrisa, intentando ignorar las mariposas que revoloteaban en su estómago.
«No lo pienses», se ordenó. «Cuando llegue el momento, harás lo que tienes que hacer. No te queda otra». Se volvió hacia Mónica, intentando parecer alegre, y le preguntó:
–¿No sabrás, por casualidad, dónde está el príncipe Mateo?
El viento azotaba en el rostro a Mateo, que cabalgaba a galope tendido por la playa a lomos de su caballo preferido. Esa mañana, cuando se había despertado, después de haber dormido apenas unas horas, había sentido la necesidad apremiante de acallar de algún modo sus pensamientos, y le había parecido que salir a montar un rato sería la manera perfecta de hacerlo.
Aún estaba enfadado consigo mismo por el modo en que había manejado la discusión con Rachel la noche anterior. Cressida… Aquel nombre maldito para él… Había estado tan enamorado de ella, tan seguro de que era la mujer de su vida… Pero toda aquella pasión se había convertido en una pesadilla.
Cuando regresó, había desmontado y entraba en las caballerizas, llevando al animal por las riendas, cuando oyó una voz familiar pronunciar su nombre en un tono quedo. Al volverse, se encontró con Rachel, que lo miró a los ojos con la barbilla levantada.
–Rachel… ¿Qué haces aquí? –le preguntó en un tono tenso.
–Quiero hablar contigo.
Mateo inspiró profundamente, obligándose a calmarse.
–Está bien; deja que me ocupe del caballo primero.
Rachel asintió y lo siguió. Permaneció en silencio mientras él le quitaba la silla de montar y los arreos al caballo. Se tomó su tiempo para cepillarlo solo por retrasar un poco más el momento en que tendría que enfrentarse a Rachel. Debería disculparse, lo sabía, pero por alguna razón no le salían las palabras. Cuando hubo terminado con el caballo y no podía retrasar más lo inevitable, se volvió hacia ella.
–Quiero que hablemos de lo de anoche –le dijo Rachel sin preámbulos.
–Te pido perdón si parecí un poco abrupto –murmuró él finalmente–. Es un tema sensible para mí.
Rachel enarcó las cejas.
–¿Que si me pareciste un poco abrupto? –le espetó cruzándose de hombros–. Buen intento, Mateo, pero no te vas a ir de rositas con esa disculpa.
A pesar de la tensión que lo atenazaba por dentro, su respuesta casi le hizo sonreír.
–¿Ah, no?
–No. Estamos a punto de casarnos. Faltan menos de veinticuatro horas para la boda. Y no voy a consentir que te pongas hecho una furia y te niegues a hablar de algo que está claro que es importante. Al fin y al cabo se supone que querías casarte conmigo, o eso me dijiste, porque somos amigos, porque hay afinidad entre nosotros y confiamos el uno en el otro. Así que cuéntame qué es lo que pasa con esa Cressida.
–Ya te he dicho todo lo que tienes que saber: salimos durante un tiempo. Los dos éramos muy jóvenes. Es algo que pertenece al pasado.
–Pues a mí me parece que hay algo más.
–Yo no te pregunto por tu relación con aquel hombre que te partió el corazón –le espetó él.
Rachel dio un respingo.
–No me partió el corazón, ya te lo expliqué. Te dije que nunca estuve enamorada de él –replicó. Se quedó callada un momento, como si estuviera sopesando si hacerle o no la pregunta que Mateo sabía que iba a hacerle–. ¿Tú estabas enamorado de ella, de esa Cressida?
Mateo hizo un esfuerzo por mantener una expresión neutra. No le resultó fácil.
–Supongo que sí. Sí.
Ella asintió lentamente, como si estuviera intentando digerirlo.
–Me habría gustado que me lo hubieras dicho antes.
–¿Antes de qué?
–Antes de pedirme que me casara contigo.
–Lo que pasó antes de ese día no tiene ninguna relevancia para nuestro presente ni para nuestro futuro. De eso hace ya quince años.
–¿Por eso quieres un matrimonio sin amor? –le preguntó Rachel con expresión impasible.
–No es eso lo que yo dije…
–Como si lo hubieras hecho. Dijiste que preferías un matrimonio basado en la amistad y en la confianza antes que en el amor. Para mí ha estado muy claro desde el principio. Lo que no imaginaba era que… que fuese porque estuviste enamorado una vez.
Mateo contrajo el rostro, pero no lo negó.
–¿Qué pasó? –le preguntó Rachel–. Creo que merezco saberlo. ¿Por qué se terminó? ¿Te dejó?
Mateo apretó la mandíbula.
–Murió.
Rachel se quedó callada.
–Lo… lo siento mucho –murmuró al fin.
Mateo asintió con la cabeza. No quería decir más, revelarle más.
–Entonces, si no hubiera muerto… –musitó Rachel, casi para sí, agachando la cabeza. Mateo no dijo nada, pero ella asintió, como dándolo por hecho y alzó la vista–. Deberías habérmelo contado. Da igual cuánto tiempo haya pasado. Tenía derecho a saberlo.
–No pensé que fuera importante.
–Dijiste que confiabas en mí, Mateo, pero… ¿puedo confiar yo en ti?
–Esto no tiene nada que ver con la confianza…
–¿Ah, no? –replicó ella con tristeza. Y, sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y abandonó las caballerizas.
Capítulo 12
HABÍA llegado el día de su boda. Rachel se miró en el espejo con su vestido de novia, e intentó alejar el mal presentimiento que se cernía sobre su ánimo como una nube negra. Por mucho que Mateo insistiera en que no, para ella suponía una gran diferencia saber que había amado a una mujer y la había perdido, en vez de creer, como hasta entonces, que nunca había estado interesado en el amor.
Sabía que en aquel matrimonio había mucho, muchísimo más en juego que su propia felicidad, pero le causaba un gran dolor saber que Mateo había amado a otra mujer, y que la había amado tanto y sufrido como para no querer volver a enamorarse nunca más.
Desde su confrontación en las caballerizas, Rachel había notado un distanciamiento entre Mateo y ella, y eso la entristecía. No era un buen comienzo para un matrimonio, para pronunciar sus votos ante Dios, con esa tensión entre ellos. Y, sin embargo, parecía que así era como iba a ser.
Había intentado no pensar en eso mientras Francesca la ayudaba a vestirse, le aplicaba un maquillaje natural y le hacía un elegante recogido, pero le había sido imposible.
–Casi me parece mentira –murmuró aturdida, señalando su reflejo–. Esa no puedo ser yo.
–Pues eres tú –contestó Francesca con una amplia sonrisa–. Estás sencillamente fabulosa.
–Y es gracias a ti y solo a ti.
–No es verdad –replicó la estilista, pero luego añadió con un guiño–: Aunque un poquito sí que te he ayudado.
Rachel fue hasta la ventana, que se asomaba a la fachada de palacio y a la inmensa plaza en cuyo extremo opuesto se alzaba la catedral. Ya había un montón de gente en los alrededores, aunque aún faltaban varias horas para la ceremonia.
Desde su llegada a Kallyria había estado demasiado ocupada y abrumada como para mirar en Internet lo que los medios estaban diciendo de Mateo y de ella, pero en ese momento sintió curiosidad.
–Francesca –dijo vacilante, girándose hacia ella–, ¿qué dicen de Mateo y de mí?
La estilista, que estaba recogiendo sus cosméticos, la miró y enarcó una ceja.
–¿Eh?
–¿Qué se dice de nosotros? ¿Se pregunta la gente por qué vamos a casarnos?
–Bueno… –Francesca se quedó callada un momento–. No he oído a nadie decir nada malo, si es eso lo que te preocupa. A todo el mundo le parece muy romántico que, habiendo trabajado juntos durante tantos años, Mateo te quiera a su lado ahora que va a convertirse en rey. En fin, romántico sí que es, ¿no?
Rachel esbozó una sonrisa forzada.
–Claro.
–Quiero decir que… Mateo podría haber elegido a cualquier otra mujer, pero ha querido que fueses tú. La gente dice que eres la mujer más afortunada del mundo.
Rachel esbozó otra sonrisa forzada y se volvió de nuevo hacia la ventana. La mujer más afortunada del mundo… ¿Por qué no se sentía así? ¿Por qué se sentía como si estuviera viviendo una mentira?
Cuando llegó la hora bajaron al vestíbulo, donde esperaban los fotógrafos. Durante el interminable posado, Rachel se dijo que sí era afortunada, a pesar de las dudas que la asaltaban en ese momento. Mateo era un buen hombre, un hombre con el que se llevaba bien y en el que confiaba aunque el amor nunca fuera a formar parte de la ecuación de aquel matrimonio.
Cuando se preparó para salir del palacio y recorrer sola la plaza abarrotada de gente para llegar a la catedral donde la esperaban el novio y unos mil invitados, los nervios se apoderaron nuevamente de ella. Las puertas se abrieron, y el brillante sol le hizo guiñar los ojos. Francesca le puso una mano en la espalda y le susurró al oído:
–La barbilla alta, la mirada al frente. Saluda con un asentimiento de cabeza, no con la mano, no se te vaya a caer el ramo.
Rachel bajó la vista al magnífico ramo de rosas blancas y lirios en sus manos y tragó saliva.
–De acuerdo.
–Venga –la urgió Francesca, dándole un empujoncito.
Rachel cruzó las puertas de palacio, y el ruido ensordecedor de la multitud la envolvió, como si una ola enorme se le hubiera venido encima. Comenzó a bajar los escalones y se encaminó hacia la plaza. Sabía que debía mantener la vista al frente, fija en el camino que habían despejado para ella, con barreras para contener a la gente a un lado y a otro, pero sabía que algunas de esas personas habían estado esperando horas allí de pie solo para verla. Gritaban su nombre, la vitoreaban.
Paseó la mirada por la multitud, tratando de posar la vista en tantas caras como le fuera posible, y sonriéndoles. El ramo pesaba demasiado como para sujetarlo con una sola mano y saludar, como le había advertido Francesca.
–¡You are beautiful! –exclamó alguien en inglés.
–¡Efharistó! –se lo agradeció en griego Rachel, que había aprendido algunas palabras y expresiones básicas.
Los vítores continuaron, y le pareció que el recorrido a través de la plaza era de al menos tres kilómetros en vez de solo unos cien o doscientos metros. Dejándose llevar por un impulso, al llegar a las puertas de la catedral, le pidió a un miembro del personal del evento que le sostuviera el ramo y saludó a la multitud con la mano, lo que hizo que la vitorearan aún con más fuerza. Luego volvió a tomar el ramo y entró en la enorme catedral.
Se fijó en las filas y filas de bancos llenos de invitados con sus mejores galas. Y allí estaba Mateo, guapísimo con un frac y un montón de insignias reales en el pecho, esperando para llevarla hasta el altar con él. Cuando el órgano empezó a tocar, Mateo le tendió la mano. Ella la tomó, con los ojos fijos en los de él, comenzaron a andar por el pasillo central.
Mateo la miró mientras avanzaban: la barbilla bien alta, los hombros hacia atrás, la vista al frente. Tenía un porte elegante, regio, magnífico. Se le hinchió el corazón de orgullo y de algo más, algo más profundo y peligroso. La tensión y el distanciamiento que había habido entre ellos los últimos dos días se disiparon en ese momento. Avanzaban juntos hacia su futuro, y pronto Rachel sería su esposa.
La ceremonia pasó en un abrir y cerrar de ojos. Como era la tradición, repitieron tres veces los votos matrimoniales. El obispo sostuvo un momento sobre sus cabezas sendas coronas de laurel, se intercambiaron los anillos y Mateo le levantó el velo a Rachel. Ella esbozó una sonrisa trémula. Sus ojos rebosaban amor. La besó suavemente, rozando apenas sus labios, pero se sintió como si estallaran fuegos artificiales en su interior. ¿Cómo iba a mantener las distancias con Rachel si solo con un beso se sentía así?, se preguntó.
Sin embargo, la ceremonia tenía que continuar y no había tiempo para pensar. Ahora que ya eran marido y mujer, subieron los escalones del altar, donde se habían colocados dos tronos, se arrodillaron ante ellos y se tomaron de la mano.
El obispo les colocó las históricas coronas de oro, anunciándolos como rey y reina de Kallyria ante los aplausos de los invitados. Luego retiró de nuevo las coronas y volvió a comenzar la música. Mateo ayudó a Rachel a levantarse y juntos recorrieron de nuevo el pasillo central hacia las puertas del templo.
Cuando llegaron a la escalinata de la catedral, con las campanas repicando, el gentío que aguardaba en la plaza prorrumpió en vítores y aplausos.
–¿Qué te parece si les regalamos un beso? –le propuso Mateo a Rachel.
–Espera… ¿Qué…? –balbució ella, que no se esperaba aquello.
–Un beso –repitió él, y la tomó en sus brazos.
Rachel no mostró oposición alguna, y cuando sus labios descendieron sobre los de ella, una profunda sensación de satisfacción invadió a Mateo, acompañada de una ráfaga de deseo. En ese aspecto de su matrimonio al menos no iban a tener problemas. Los labios de Rachel se abrieron como una flor bajo los suyos y le puso una mano en la mejilla, un gesto tan tierno que lo descolocó. La multitud rugió enardecida, hubo más aplausos y también silbidos, y Mateo puso fin al beso de mala gana. Le faltaba el aliento, igual que a Rachel.
–Eso es solo un anticipo de lo que vendrá después –murmuró.
Rachel se rio nerviosa.
–Bueno es saberlo.
Bajaron la escalinata y empezaron a cruzar la plaza para regresar al palacio, donde se iba a agasajar a los invitados con un desayuno. Luego darían un paseo en una calesa por la ciudad, y el día concluiría con un baile en palacio. Mientras avanzaban, la gente continuaba vitoreándolos, y alargaban las manos hacia ellos por encima de las barreras que se habían colocado a lo largo del recorrido.
El protocolo recomendaba ignorar a la gente, pero Rachel se lo saltó y empezó a estrechar manos y agradecer las felicitaciones con una sonrisa. Mateo iba a decirle que no debía hacerlo, pero cambió de idea al ver la reacción de la gente, la devoción y alegría con que respondían a su naturalidad y cercanía.
Él había pretendido tomar como modelo el reinado de su padre: mostrarse como un rey digno, austero y algo distante, aunque sincero y trabajador. Su padre jamás habría estrechado la mano de uno de sus súbditos, y mucho menos habría posado para un selfi, como estaba haciendo Rachel en ese preciso momento. Pero viendo la reacción de la gente, lo encantados que estaban con su esposa, se dio cuenta de que quizá se estaba equivocando. Quizá las cosas debían empezar a cambiar.
–Te adoran –dijo Mateo cuando hubieron dejado atrás a la multitud y entrado en palacio.
–Se me hace tan raro… –murmuró Rachel sacudiendo la cabeza, como aturdida–. Nunca había… –se quedó callada, pero algo en su tono de voz hizo que Mateo se volviera hacia ella.
–¿Que nunca habías qué?
Rachel lo miró vacilante.
–Hasta ahora nunca había sabido lo que era sentirse querida –le confesó finalmente con una risa temblorosa–. Aunque creo que es algo a lo que podría acostumbrarme.
Había sonado tan dramático que Mateo no pudo sino sacudir la cabeza y replicar:
–¡Venga ya!, alguien tiene que haberte querido. Tu madre… Tus padres…
–No, o al menos no supieron demostrármelo.
Mateo frunció el ceño y escrutó su rostro, preguntándose si estaba autocompadeciéndose, pero en su expresión solo halló el pragmatismo campechano habitual en ella.
–Estoy seguro de que tus padres te querían –insistió.
Aunque él había atravesado una época rebelde en su adolescencia, nunca había dudado del cariño de sus padres. Jamás. Sin embargo, cuando Rachel hablaba de que sus padres no la habían querido, parecía como si solo estuviese mencionando un hecho.
–Supongo que me querían a su manera –dijo al cabo de un rato–. Nunca me faltó de nada, desde luego, pero no se comportaban como si me quisieran, o como si quisieran que fuera parte de sus vidas –se encogió de hombros–. Pero ¿por qué estamos hablando de esto ahora? Los invitados nos esperan para desayunar…
Estaba claro que quería dejar el tema, y tenía razón en que no era ni el momento ni el lugar para tener una conversación de esa clase, pero Mateo estaba empezando a darse cuenta de lo idiota que había sido al pensar que cuando se casaran podría mantener separados su mente y su corazón como si fueran aceite y agua, que no se mezclarían. El matrimonio no era así; era como una reacción química en la que dos elementos separados se combinaban para formar algo nuevo.
No podía compartimentar cosas como el afecto, la confianza y el deseo físico y meterlas en un cajón para que no lo molestasen. Por más que quisiera hacerlo, que lo necesitase, no podía. Y entonces fue cuando supo que se había metido él solo en un buen lío.
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