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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2011 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.

UN DESTINO DE FORTUNA, Nº 61 - enero 2012

Título original: Fortune’s Proposal

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin y Julia son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9010-421-7

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

Capítulo 1

FELIZ Año, Deanna. Pásalo bien esta noche. La despedida se repitió tres veces. Los últimos empleados de Fortune Forecasting se marchaban ya.

Deanna Gurney suspiró y miró su reloj de pulsera. Ya casi eran las ocho. Cuatro horas más y otro año habría terminado. Volvió a suspirar y empezó a tamborilear sobre la mesa con la punta del bolígrafo. Se suponía que estaba revisando un artículo, pero sus ojos no encontraban las palabras. El suave tamborileo del bolígrafo bien podría haber sido el tic tac de un reloj.

Se suponía que el Año Nuevo era el comienzo de muchas cosas. Sin embargo, no podía evitar pensar que lo nuevo probablemente sería peor que lo viejo. Deprimida y desanimada, sacudió la cabeza unas cuantas veces y trató de volver a concentrarse en el artículo que su jefe le había dejado un rato antes, empeñado en que lo revisara antes de irse de vacaciones. Las creativas genialidades financieras de Andrew Fortune siempre resultaban de lo más inoportunas para sus empleados. Corrigió un error de ortografía y entonces sintió que la mirada se le desviaba hacia la puerta abierta del despacho de su jefe. Drew no estaba en su escritorio. Si hubiera estado, le hubiera visto de frente. En cambio, sólo podía verle de refilón cuando pasaba de un lado a otro por su espacioso despacho. A veces pasaba por delante del escritorio y miraba por las ventanas panorámicas, que ofrecían unas vistas maravillosas de San Diego. Por el día, se podía ver la orilla del mar, pero a esa hora de la noche lo único que podría ver sería el cielo negro y las luces de la ciudad.

Mientras ella observaba, él atravesó la puerta, ajeno a su mirada, absorto en sus cosas. Llevaba así todo el día, desde que les había dicho que quería terminar ese último proyecto antes de cerrar para las vacaciones. Llevaba una gorra de béisbol; la visera le tapaba los ojos. Un signo inequívoco de que estaba de muy mal humor… Cuando estaba de buen humor se ponía la gorra del revés y una sonrisa prepotente asomaba en sus labios, formando un hoyuelo en su mejilla derecha. Si hubiera estado de buen humor se lo hubiera encontrado practicando algún tiro de golf sobre la moqueta beige del despacho, y no asiendo un bate de béisbol.

De repente el teléfono móvil de Deanna empezó a sonar. La joven lo recogió del escritorio y miró la pantalla. Gigi. Suspiró de nuevo y volvió a dejarlo donde estaba, sin contestar. Su madre ya la había llamado seis veces ese día, pero no tenía ganas de hablar con ella, otra vez. Por muy duro que fuera, ya le había dicho lo que tenía que decir. Sin embargo, la vibración del aparato sí le recordó que tenía trabajo que hacer, en vez de dedicarse a mirar las musarañas. Tenía muchas razones para no sentirse especialmente contenta ese día, pero Drew Fortune tenía la sartén por el mango. Con treinta y cuatro años y ocho años mayor que ella, el heredero de los Fortune era rabiosamente guapo. Además, estaba destinado a tomar las riendas de la exitosa empresa de análisis de tendencias de los mercados financieros que su padre había fundado varias décadas antes. Si no hubiera sido porque sabía que ese día tenía que volar a Texas, sin duda le hubiera visto salir del despacho en compañía de una rubia pechugona y de piernas largas de ésas con las que solía salir.

Deanna hizo una mueca y tachó una frase redundante con su bolígrafo rojo.

—Vaya, Dee. Parece que hay sangre en esa página.

Deanna ni se molestó en levantar la vista.

—Ésa es una de las cosas por las que me pagas, ¿recuerdas? —le dijo, corrigiendo otro error.

Era un tipo brillante, pero su ortografía dejaba mucho que desear.

—Me parece que hay otra gente que también debería andar por aquí todavía, sobre todo teniendo en cuenta lo que les pago —Drew se sentó en el borde del escritorio de Deanna y agarró su móvil como si tuviera todo el derecho.

Dio un golpecito con el bate de béisbol contra la punta de su zapato de cuero.

—No necesitábamos al resto de la plantilla para terminar el artículo.

Todo el mundo había recopilado la información que él necesitaba. Lo único que faltaba era terminar la revisión, lo cual era tarea suya y de nadie más. Tendría que enviarlo por correo electrónico a un montón de clientes y después lo enviaría al periódico que iba a publicarlo como parte de la edición especial del sábado de Año Nuevo.

Drew emitió un sonido de inconfundible descontento.

—¿Entonces fuiste tú quien decidió quién se quedaba y quién se iba?

—Todo el mundo se quedó porque yo les pedí que lo hicieran —le dijo ella sin perder la calma—. Pero en cuanto terminaron sus tareas, se fueron. ¿O acaso esperabas que se quedaran hasta que yo terminara?

Él hizo una mueca.

—Además, es Nochevieja —le recordó ella—. La gente tiene planes —añadió, pensando que él también los tenía. Debería haber estado en el jet de la empresa varias horas antes.

Él pareció perder interés en el teléfono. Agarró la grapadora.

—¿Tienes planes tú?

Ella suspiró, dejó el bolígrafo rojo que tenía en la mano y cruzó las manos encima del borrador que estaba leyendo.

—Sí. Resulta que sí.

—Una cita, supongo —le dijo él. Apenas se le veían los ojos por debajo de la visera de la gorra—. ¿Cómo se llamaba? ¿Mike?

Ella se mantuvo ecuánime. Tampoco era tan difícil. Había tenido mucho tiempo para practicar en los cuatro años que llevaba trabajando para él. Además, ser la hija de Gigi también le había dado muchas tablas.

—Mark —le dijo por fin, sabiendo que él conocía bien el nombre. Le había visto en varias ocasiones durante los nueve meses que había durado la relación—. Y hemos roto.

Drew frunció el ceño.

—¿Cuándo?

«Cuando lo de mi madre».

La corrosiva respuesta saltó de la nada, pero Deanna se tragó las palabras. Los problemas que pudiera tener con su madre no tenían nada que ver con su trabajo.

—Hace unos meses.

Drew arrugó los labios.

—No hay nada como el verdadero amor — murmuró. Dejó la grapadora y se levantó del escritorio—. Bueno, ¿entonces con quién vas a salir?

Deanna no se podía ni imaginar lo que estaba motivando aquel repentino interés en su vida privada, aunque tampoco sabía qué había provocado la mala cara que tenía, por no hablar de aquella actitud taciturna tan inusual…

—Deberías hablar en plural —le dijo, sonriendo, disfrutando de la novedad que suponía ver aquella mirada especulativa e inquisitiva en sus ojos—. Voy a salir con tres amigas —añadió por fin—. Así que no me mires así. Vamos a pasar el fin de semana en un spa.

De repente su móvil volvió a vibrar. Apretó un botón y lo puso en modo silencio.

—Nada de hombres —le dijo.

«Ni llamadas de Gigi», pensó, además. Su madre le había dejado muy claro que esperaba a su pequeña «Deedee» para Nochevieja. Daba por hecho que podía dejarlo todo de golpe, incluso en esa fecha. Y se había enfadado mucho con ella por «semejante traición». Pero Gigi era demasiado melodramática. Le traía sin cuidado que su hija se hubiera pasado la vida intentando satisfacerla.

—¿Dónde?

—En La Jolla —le dijo—. Se supone que tendría que haberme reunido con ellas hace dos horas para ir juntas. Pero, en vez de eso, tendremos que vernos allí.

Conocía demasiado bien a Drew como para esperar algún tipo de disculpa. Ése no era su modus operandi precisamente. Y La Jolla tampoco estaba muy lejos. Sólo estaba a unos pocos kilómetros. No obstante, aquello no era lo que habían planeado. Y todo porque él estaba de mal humor. Estaba hundiendo la punta del bate en la moqueta. Su expresión era seria y ominosa, y Deanna se mordía el labio por dentro mientras trataba de no mirarle. Pero era tan difícil… Él estaba hecho para que lo miraran. Su pelo, copioso y oscuro, solía estar un tanto alborotado, a menos que tuviera una reunión importante. En ese caso se lo echaba todo hacia atrás y entonces estaba aún más guapo. Sus espaldas anchas y su constitución atlética se veían igual de bien con un traje de firma que al descubierto, cuando entretenía a los clientes en la playa.

Sí. A Drew Fortune se le podía mirar. Pero no tocar. Ella era demasiado lista como para mezclar el placer con los negocios. Había aprendido muy bien esa lección viendo los errores que su madre había cometido, y que seguía cometiendo. No obstante, tampoco tenía que preocuparse de que Drew pudiera verla de esa manera. Hacía su trabajo y lo hacía bien. Eso era lo único que importaba. Y así lo quería en realidad. Su profesionalidad estaba por encima de todo y no estaba dispuesta a ponerla en peligro por una aventura amorosa sin trascendencia. Disfrutaba mucho de su trabajo en Fortune Forecasting y, normalmente, le resultaba agradable trabajar para Drew Fortune. Además, en ese momento, con la última crisis de su madre, necesitaba evadirse más que nunca y el trabajo era el refugio perfecto. Agarró el bolígrafo y se obligó a mirar la página nuevamente.

—Termino en diez minutos —le prometió—. Y entonces tú también podrás irte a casa —añadió.

Y entonces se iría con sus amigas y trataría de olvidar por unos días que su madre, aún desempleada después de su último descalabro emocional, estaba al borde de la ruina y que le reprochaba que no quisiera ayudarla. No era capaz de entender que ella no podía salvarla una vez más.

—Aleluya —dijo Drew en un tono bajo, casi como si estuviera hablando consigo mismo—. Sólo termina el artículo.

Deanna apretó la mandíbula. ¿Acaso no veía lo que estaba haciendo? Una vez más el teléfono móvil empezó a vibrar sobre el escritorio. Deanna abrió el cajón superior y lo echó dentro.

Seguía oyéndolo vibrar entre los bolígrafos, clips y papeles que había en su interior.

—¿Por qué no lo apagas de una vez si no vas a contestar?

Buena pregunta.

—Entonces empezaría a llamar a la oficina.

Él levantó el bate de béisbol y lo apoyó sobre el hombro.

—¿Ella?

—Gigi.

—Tu madre debe de tener muchas ganas de hablar contigo. Por lo menos debe de haberte llamado unas seis veces.

Deanna pensó que eso lo sabía porque le había mirado el móvil.

—Está molesta porque no conté con ella para mis pequeñas vacaciones de Año Nuevo —dijo y tachó otra frase con virulencia. El bolígrafo casi atravesó el papel—. Te has repetido un par de veces aquí.

Él volvió a sentarse en el borde del escritorio y le quitó el papel de las manos. Lo miró un segundo y entonces se lo devolvió.

—Para eso te tengo a ti.

Las faltas de ortografía eran su talón de Aquiles. Pero lo de repetirse una y otra vez no era propio de él. Deanna siguió leyendo, pero, por alguna razón, le resultaba más difícil que nunca ignorar su abrumadora presencia. Y por lo menos había casi un metro de distancia entre ellos.

—Eh, espero que ya hayas hecho las maletas para el viaje a Texas —Deanna se dio cuenta de que estaba leyendo por encima el último párrafo, así que empezó a leer más despacio. Lo último que quería era pasar por alto algún error importante que al final terminaría en los medios—. Se supone que tienes que estar en la pista en dos horas.

Le había tenido que cambiar la hora de salida en dos ocasiones a lo largo del día. Era una suerte que la empresa dispusiera de un avión privado. Tenía que estar en Red Rock a primera hora de la mañana para asistir a la boda de William, su padre. Sin embargo, aún con el jet privado de la empresa, ya llegaría de madrugada.

—¿Qué tal es el tiempo allí en esta época del año?

Deanna sabía que Red Rock estaba a unos treinta kilómetros de San Antonio porque lo había mirado en el mapa.

—Hay un poco de brisa, pero hace bastante calor —le dijo él.

Ella levantó las cejas un poquito y le miró de refilón.

—Sé que no te gustan mucho las bodas…

Eso se lo había dejado muy claro a todas las mujeres que habían desfilado por su vida a lo largo de los años.

—Pero se trata de la boda de tu padre —prosiguió Deanna—. ¿No te alegras por él?

William Fortune había perdido a su esposa, la madre de Drew, cuatro años antes.

Deanna recordaba muy bien esa época, y no sólo porque acabara de empezar a trabajar en la empresa. Nunca le había visto tan destrozado como entonces. Además, por aquellos días había estado muy cerca de cometer el error de olvidar que era su jefe. Demasiado cerca. Sólo esa vez… Soltó el aliento rápidamente. De repente se sentía muy acalorada. Habían pasado cuatro años, pero ella lo recordaba como si hubiera sido el día anterior. Él la había besado. Una vez. Una única vez… Y ella casi había perdido el juicio. Pero eso formaba parte del pasado y no estaba dispuesta a caer en lo mismo que su madre.

—No. No me alegro —le dijo Drew con sequedad—. ¿Y tú por qué asientes con la cabeza?

Deanna parpadeó y volvió al presente.

—Yo, eh, acabo de terminar de revisar —apuró la lectura de las últimas oraciones y dejó el bolígrafo. Se volvió hacia el ordenador y arrastró los papeles sobre la mesa hasta ponerlos a su lado.

—¿No te gusta la mujer con la que se va a casar tu padre?

—¿Lily? Es la viuda de su primo —se inclinó sobre el escritorio, abrió el cajón superior y sacó el móvil de Deanna. Todavía seguía sonando.

Temiendo que fuera a contestar, ella se lo arrebató de las manos y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. No quería arriesgarse a presenciar una conversación entre su madre y su jefe.

—¿Y bien?

—No sé por qué tienen que correr tanto. ¿No sería más fácil si hablaras con tu madre de una vez?

Ella soltó una pequeña risotada. Sus dedos bailaban ágilmente sobre el teclado mientras hacía las correcciones al documento.

—Está claro que no quieres ir a la boda de tu padre. A lo mejor no deberías darme consejos acerca de mi madre.

Él soltó el aliento con brusquedad y volvió a levantarse del escritorio.

—No es la boda —murmuró—. No del todo.

Deanna empezó a teclear más despacio y, al darse cuenta, aceleró de nuevo. No era buena idea solidarizarse con Drew Fortune. Su padre iba a casarse. Iba a reemplazar a su fallecida madre. Y ella había visto por sí misma lo mucho que su muerte le había afectado cuatro años atrás.

—Tus hermanos también estarán allí —le dijo, tratando de animarle.

Una vez le había dicho que tenía cuatro, y que sólo su hermano Jeremy y él no vivían en Texas.

—¿Cuánto hace que no los ves?

—Nos reunimos todos en Red Rock hace unos años.

Deanna no tenía hermanos y se había pasado toda la vida deseando haberlos tenido. Así no se hubiera sentido tan sola en el mundo.

—Bueno, entonces, ¿no estás deseando verlos de nuevo?

Él balanceó el bate como si fuera un palo de golf. Sin embargo, su expresión no era en absoluto distendida.

—¿Y eso qué importa?

Deanna sintió que su enfado crecía.

—Supongo que nada —le espetó—. Pero todo este proyecto… —gesticuló y señaló el montón de papeles que tenía sobre el escritorio—. Toda esta insistencia en terminar hoy sin duda es una excusa para no tener que ir a Texas. ¿Acaso esperabas que no fuéramos capaces de terminar hoy para así salirte con la tuya y no ir?

Drew se volvió hacia ella bruscamente, visiblemente sorprendido ante aquellas afiladas palabras. Los ojos verdes de Deanna lo miraban con un gesto desafiante y había un ligero rubor en sus mejillas. Normalmente era muy tranquila y sosegada… Nada que ver con la expresión que tenía en ese momento. La gota que colmaba el vaso…

—Supongo que no sabía lo importante que era para ti este fin de semana en el spa con tus amigas —le dijo.

Ella apretó los labios.

—¿Sabes, Drew? A veces eres un… —se detuvo y sacudió la cabeza con tanta fuerza que su melena cobriza se movió alrededor de sus hombros. Volvió la vista hacia el monitor y continuó escribiendo, golpeando con furia las teclas.

—¿Un qué?

—Nada —dijo ella, tecleando cada vez más rápido. El teclado repiqueteaba casi como una vieja máquina de escribir.

—Dilo, Dee.

Había escogido el peor momento para meterse con él y el deseo de provocarla era irresistible. Todo era culpa de su padre… William no tenía bastante con arruinarse la vida casándose, sino que también quería arruinar la suya.

—¿Por qué te callas ahora?

Ella le lanzó una mirada seria que, sorprendentemente, le recordó a su madre. Probablemente era porque él sí la tenía muy presente, a diferencia de su padre.

—¿Por qué no vuelves a tu despacho y me dejas terminar? —le sugirió ella.

Levantó la mano izquierda y le invitó a marcharse sin dejar de teclear con la otra.

—Tienes que pensar qué quieres poner en las tarjetas de presentación cuando reemplaces a tu padre como director general, ahora que se va a retirar. A lo mejor eso te pone de mejor humor.

—Y a lo mejor a ti te pone de mejor humor saber que probablemente no seré yo el nuevo director general.

El repiqueteo del teclado se detuvo abruptamente. Deanna levantó la vista. Aquel destello desafiante se había desvanecido y en su lugar sólo quedada una profunda confusión en su mirada.

—¿Qué?

Drew agarró con más fuerza el bate de béisbol. Tenía ganas de tirarlo por la ventana.

—No voy a ser el nuevo director general —esas palabras le sabían a vinagre en los labios.

—Pero si todo el mundo sabe que tú te vas a poner al frente… —le dijo ella, totalmente desconcertada.

—Sí, bueno. Supongo que eso a mi padre le da igual —le dijo escuetamente.

—Drew…

Él soltó el aliento.

—Por lo que yo sé, no tiene pensado prescindir de estas oficinas, sino sólo de mí.

El rubor huyó de las mejillas de Deanna. De repente se puso pálida como la leche.

—Pero tú haces un buen trabajo aquí.

—Pues no debe de ser lo bastante bueno para él.

—A mí siempre me ha parecido que tu padre estaba orgulloso de ti por el trabajo que haces aquí —Deanna sacudió la cabeza ligeramente, moviendo la melena.

—Y ahí está el problema —le dijo Drew—. Como cree que no empezó a irle bien hasta que se casó con mi madre y sentó la cabeza, ¡ahora se le ha metido en la sesera que yo tengo que hacer lo mismo! —hizo un movimiento en el aire con el bate y el golpe se lo llevó el mullido asiento de una silla que estaba junto a la puerta de su despacho.

Deanna dio un pequeño salto al oír el golpe seco.

Drew soltó el bate sobre la silla y volvió a meterse en su despacho. Ella fue tras él. Sus manos asían con fuerza la solapa de la chaqueta marrón que llevaba puesta, a juego con una falda hasta la rodilla.

—¿Tu padre piensa que deberías casarte?

Drew tenía un palpitante dolor de cabeza. Necesitaba una copa, un cigarrillo… Todo lo que había dejado seis meses antes. Quería borrar de su mente el año completo y, sobre todo, el ultimátum de su padre.

Se dejó caer sobre la silla de su escritorio y se quitó la gorra.

—No es que piense que debería casarme — dijo, puntualizando—. Espera que me case. Si no lo hago, no me dejará ponerme al frente de la empresa.

Deanna se sentó lentamente frente al escritorio. Parecía aturdida, y ésa debía de ser la única razón por la que no se estaba alisando la falda alrededor de las rodillas, como siempre solía hacer.

—¿Estás seguro de que…? —tragó en seco y se humedeció los labios—. Bueno, ¿seguro que no estás exagerando un poco? A lo mejor no le entendiste bien. A lo mejor oíste la palabra matrimonio y saltaste sin pensarlo bien.

Él soltó una carcajada completamente desprovista de buen humor.

—Oh, creo que lo entendí todo muy bien. Según él, me falta equilibrio en mi vida —se inclinó hacia delante y apretó los puños sobre la mesa—. Para él estoy demasiado entregado a la empresa.

Golpeó con violencia el escritorio. Un bolígrafo se cayó al suelo.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer en vez de entregarme a la empresa? Esta empresa lo es todo para mí y él lo sabe muy bien. Pero ahora, mi queridísimo padre ha decidido que no soy la persona adecuada para llevar las riendas si no dejo que me echen el lazo otra vez.

Deanna abrió los ojos, perpleja.

—Eh… ¿Otra vez?

Drew casi podía ver el vapor que despedía su palpitante cabeza.

—Y va a buscar a cualquier mequetrefe para ponerlo al frente de todo. Ni siquiera tiene que ser de la familia.

Todas esas tonterías del matrimonio con las que llevaba un año martirizándolo no eran nada en comparación con la amenaza de esa mañana. Su padre le había dicho que estaba dispuesto a poner a otra persona en el puesto de director si no cumplía con sus exigencias. La conversación telefónica que habían mantenido había terminado en una violenta discusión por ese motivo.

Y Drew estaba que echaba chispas desde entonces.

—No pienso estar a las órdenes de nadie en mi propia empresa.

Deanna frunció el ceño.

—¿Lo dejarías todo en ese caso? —dijo y entonces se sujetó un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Serías capaz de dejar todo aquello por lo que has trabajado tanto?

—No tengo buenas candidatas para casarme. Mi padre decidió casarse con Lily y mira lo que ha pasado. Ha perdido el juicio.

—Yo… Estoy muy sorprendida —murmuró ella después de unos segundos—. No sé qué decir.

Él se frotó la cara con ambas manos y volvió a apoyarse contra el respaldo de la silla, observándola con ojos agudos. En su mente todavía seguía repasando la discusión que había tenido con su padre esa misma mañana. Aunque su boda con Lily fuera al día siguiente, William había tenido la desfachatez de sacar el tema de su madre, Molly. ¿Cómo se atrevía a usar su recuerdo para criticar su vida disipada y licenciosa? Eso había sido el colmo. Y él le había respondido sin contemplaciones. Si aún añoraba tanto a su madre, ¿por qué iba a casarse de nuevo?

Drew se pellizcó la nariz y cerró los ojos de nuevo. Aquellas palabras envenenadas todavía retumbaban en su cabeza.

—Como si un certificado de matrimonio tuviera algo que ver con el éxito profesional —masculló—. Es una locura —miró a Deanna.

Ella seguía sentada en la silla, tan tensa como una cuerda. Tenías las manos cruzadas sobre su regazo y seguía mirándolo con un gesto serio y preocupado.

—Yo, eh… Me imagino que para ti lo de casarse significa que no hay trato, ¿no?

Drew apretó los labios. Él nunca había fracasado a la hora de cerrar un trato. Siempre había tenido la habilidad de unir bien las piezas del puzle cuando todos decían que era imposible.

De repente una idea empezó a tomar forma en su cabeza.

—Esto es un trato —murmuró, preguntándose por qué no había sido capaz de verlo antes.

A lo mejor Deanna tenía razón… Al oír la palabra matrimonio su cerebro había sufrido un cortocircuito.

—¿Cómo? —le dijo ella, arqueando las cejas.

—Un trato —Drew se echó hacia delante.

Por primera vez en todo el día sintió que una sonrisa le tiraba de las comisuras de los labios.

—Lo único que necesito es un certificado de matrimonio, firmado y sellado.

Ella esbozó una sonrisa, todavía sin comprender nada. Sus ojos seguían serios y circunspectos.

—Normalmente tiene que haber un matrimonio de por medio para conseguir esos papeles. Pero tú acabas de decirme que no te interesa esa solución.

—Y así es. Pero un certificado de matrimonio se consigue con una boda. Y todo lo que necesito para celebrar una boda es tener una novia.

—Exacto —Deanna levantó las manos.

—Puedo contratar a una novia.

—Tienes que estar de broma —ella parpadeó, incrédula.

—A veces necesitas tener especialistas en la mesa para cerrar un trato. Sólo necesito encontrar a una mujer que esté dispuesta a cumplir con las condiciones.

—¿Y cuáles son esas condiciones?

—Firmar los papeles, decir «sí, quiero» y fingir ser mi esposa durante un tiempo, lo bastante para que mi padre se calme un poco, se retire y me nombre su sucesor. Después seguimos cada uno por nuestro lado.

Deanna soltó el aliento bruscamente y le miró con escepticismo, sacudiendo la cabeza.

—¿Necesitas que te recuerde que las mujeres con las que sueles salir, antes de que alcancen la fecha de caducidad a los tres meses, esperarían sacar una buena tajada de un acuerdo como ése?

Eso era algo que ella sabía muy bien, sobre todo porque era la encargada de comprar las joyas que él les daba como regalo de despedida cuando se cansaba de ellas.

—Necesito a alguien convincente… —dijo él con gesto pensativo.

De repente tamborileó con los dedos sobre el escritorio, como si acabara de encontrar la solución perfecta.

—Necesito a alguien como tú.

Capítulo 2

COMO ella? Deanna se levantó de la silla de un salto.

—Bueno, definitivamente te has vuelto loco. Drew seguía sentado en su silla con un gesto impasible. De repente agarró la gorra y volvió a ponérsela. Del revés. La pequeña cicatriz que tenía justo al borde del nacimiento del pelo le daba un aire peligroso y gamberro.

—Es perfecto —dijo. El hoyuelo de su mejilla apareció de repente.

—Estás loco —le dijo ella, conteniendo el aliento.

Él abrió las manos, con las palmas hacia arriba.

—Piénsalo, Dee. Si nombran a otro director general, alguien de fuera, es muy probable que os eche a todos de aquí, ¿no? Si la cúpula cambia, es muy probable que todo lo demás cambie. Así funcionan las cosas.

Una ola de pánico se apoderó de Deanna.

—Acabas de decirme que aunque trajeran a un nuevo director, no cerrarían las oficinas.

—Cerrarlas es una cosa, pero… Supongo que al nuevo director le gustaría meter a su propia gente de confianza —se encogió de hombros—. Si yo fuera a entrar en un sitio nuevo, me gustaría tener a mi gente conmigo. Para entonces mi padre ya estará retirado de forma oficial. Se quedará en Texas. Y es él el que está empeñado en darle un nuevo aire a la empresa. ¿Crees que no sabe lo que eso supondrá para la gente que ha trabajado para él durante tantos años?

—No me puedo creer que tu padre no lo haya previsto. Yo lo conozco. ¡Es una persona muy cuidadosa!

—Es un hombre que acaba de dejar bien claro que está listo para empezar una nueva vida, sin importar las consecuencias para los demás, y eso incluye a su propia familia —dijo Drew con contundencia. Su hoyuelo había desaparecido.

De repente, Deanna sintió que le temblaban las rodillas. Asió con fuerza el respaldo de la silla donde estaba sentada un momento antes. Necesitaba aquel trabajo. Más que nunca. Y aunque estuviera segura de poder encontrar otro empleo en caso de ser necesario, también sabía que no podría aspirar al salario que tanto le había costado conseguir en Fortune Forecasting. No ganaba lo suficiente como para hacerse rica de la noche a la mañana, pero sacaba lo bastante como para mantenerse a flote… hasta que llegaba el último arrebato derrochador de Gigi…

—Nadie se creería que tú y yo… Que nosotros…

—¿Podríamos estar enamorados?

Deanna casi podía ver el engranaje que acababa de ponerse en marcha dentro de su cabeza… Drew agarró un bolígrafo y empezó a golpear la punta contra la mesa.

—¿Por qué no? —le preguntó—. Creo que nadie se sorprendería. Toda mi familia sabe que eres la única mujer que ha durado más de doce meses en mi vida.

—Claro. Porque me pagas bien y ¡normalmente me dejas hacer mi trabajo tranquila! —sacudió la cabeza—. Pero si ni siquiera soy tu tipo.

Él esbozó una sonrisa burlona. El hoyuelo había vuelto.

—¿Y qué tipo es ése?

—Un metro ochenta, rubia, pechugona.

—A mí me ha parecido que estabas describiendo al tipo que lleva el quiosco de prensa que está en la entrada.

Ella hizo una mueca.

—Qué gracioso. Ya sabes a qué tipo de mujer me refiero. La única clase de mujer con la que sales más de dos veces.

Le bastaban los dedos de una mano para contar a las mujeres que sí estaban más interesadas en él que en su cuenta bancaria, o en el beneficio que podrían sacar dejándose ver colgadas del brazo de Drew Fortune. Sin embargo, ninguna de ellas había pasado de la primera cita. Él se había asegurado de ello.

El bolígrafo seguía golpeando la mesa.

—Sé lo que quieres decir. Y tienes razón. Tú no eres una cazafortunas —le dijo suavemente—. Nadie podría cometer jamás el error de pensar eso. Llevas cuatro años trabajando conmigo. Eres todo un ejemplo de discreción. Eres sosegada, sensible… Vaya. Si te soy sincero, seguro que mi padre piensa que eres demasiado buena para mí.

Aquella descripción era más bien la de un perrito faldero. Deanna apretó los labios y sacudió la cabeza.

—No me puedo creer que esté aquí parada, discutiendo esto contigo. Es una locura. Y mis amigas me siguen esperando, así que, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Quieres que mande el artículo o esto sólo ha sido otra demostración de poder por tu parte antes de irte?

Él le hizo caso omiso.

—Dame un año de tu vida, Deanna. Es un trato muy sencillo. Un matrimonio de conveniencia. Sin derecho a roce, ¿de acuerdo? ¿Cuánto te parece que vale eso? ¿Una subida de sueldo? ¿Un ascenso? ¿Un nuevo cargo?

—¡No! ¡No quiero nada de eso! ¡Ese acuerdo sencillo del que hablas implica casarse contigo, aunque tú lo describas de otra manera, y también implica mentirle a tu padre!

—¿Y crees que lo que él pide es razonable?

Ella apretó los labios. Si todo lo que le había dicho era cierto, entonces evidentemente aquella exigencia distaba mucho de ser razonable.

Sí. Drew jugaba duro. Pero trabajaba aún más duro. Y ella llevaba tiempo suficiente trabajando a su lado como para saber que lo más importante para él era la empresa que su padre había fundado. Se mesó el cabello y empezó a caminar por el despacho. Las rodillas seguían temblándole, pero eso no era nada comparado con el revoloteo que tenía en el estómago.

¿Casarse con Drew Fortune? Una nueva oleada de temblores la sacudió de arriba abajo.

Dio un paso atrás.

—¿Pero cómo sé yo que no estás exagerando?

—¿Por qué iba a exagerar? —le dijo él, mirándola fijamente—. ¿Para conseguir una esposa? Vamos, Dee.

Ella se sonrojó. Él tenía razón. Aquello era más que improbable dada su opinión sobre el matrimonio. Si no hubiera sido prácticamente alérgico al compromiso, sin duda hubiera encontrado esposa sin dificultad en la larga lista de mujeres con las que había salido. Que a ella le parecieran todas unas gatitas sin cerebro no significaba que él tuviera que pensar lo mismo.

Drew se puso en pie y rodeó el escritorio. De repente el corazón de Deanna dio un vuelco al sentir su mano sobre el hombro. El calor que despedía su cuerpo le llegó hasta la piel a través del traje de lana fina que llevaba puesto.

—Tú siempre juegas limpio, Deanna —le dijo él en un tono persuasivo y dulzón—. Piensa en toda la gente que se va a ver afectada por esto.

—No trates de chantajearme, Drew Fortune. No te va a funcionar conmigo.

Deanna encogió los hombros y le hizo retirar ese brazo amigable, poniendo algo de distancia entre ellos.

—He visto los trucos que utilizas montones de veces.

—Muy bien —él soltó el aliento y se sentó al borde del escritorio—. Te necesito, Deanna. Confía en mí. Podemos hacer que esto funcione.

Sus palabras sonaban tan sinceras que casi parecía que realmente trataba de convencerla para que se casara con él.

El nudo que Deanna tenía en la garganta se convirtió en una piedra de repente.

—Un año —le dijo en un tono de advertencia.

Él asintió con la cabeza.

—No tiene por qué sonar tan terrible. La gente lleva siglos casándose por conveniencia.

—Jamás pensé que te oiría pronunciar esas palabras —ella casi se rió.

Él hizo una mueca.

—Cierto. Pero lo que quiero decir es que mucha gente se casa por motivos que nada tienen que ver con el amor.

—Bueno, disculpa, ¡pero nunca pensé que me convertiría en uno de esos motivos!

—Y yo nunca pensé que me vería obligado a luchar por la empresa cuya dirección me he ganado con creces, esgrimiendo un certificado de matrimonio. A veces pasan cosas… inesperadas.

Deanna tenía más que aprendida esa lección. Sólo tenía que pensar en su madre para repasarla un poco. Drew se quitó la gorra y la arrojó sobre el perchero de hierro forjado. Deanna recordaba haberle oído decir que había sido un regalo de su madre.

—No obstante, tampoco espero que salgas de todo esto con las manos vacías —le dijo en un tono muy serio.

Deanna se puso todavía más nerviosa. Tenía armas que usar contra el Drew adulador, encantador… Podía aguijonearle con ironías y jugar a su juego superficial hasta el fin de los días, pero cuando él le hablaba de esa manera, clara y sincera, estaba totalmente indefensa.

—Ya te lo dije. No quiero nada.

Él volvió a ponerse en pie y fue hacia ella. Deanna quiso retroceder, pero hizo un esfuerzo por mantenerse firme. De repente, él le tendió una mano. Ella quiso que la tierra se abriera a sus pies y se la tragara de golpe. Pero él no hizo más que meterle la mano en el bolsillo y sacar el teléfono móvil que no había dejado de sonar durante toda la conversación. Lo levantó en el aire y le mostró la pantalla. Gigi.

—¿Ni siquiera quieres mandar de vacaciones a tu madre?

Ella le arrebató el móvil de la mano y esa vez sí que lo apagó. Su madre podía llamar a la oficina todo lo que quisiera. En esos momentos, ése no era el mayor de sus problemas.

—Creo que hará falta algo más que unas vacaciones para resolver el problema de Gigi.

—¿Qué haría falta?

Ella resopló y gesticuló con los brazos.

—Harían falta cincuenta de los grandes.

Bien podían haber sido cincuenta millones; cualquiera de las dos cifras era igualmente inalcanzable para ella. De repente se dio cuenta de que aquella inesperada y singular proposición la había hecho hablar más de la cuenta. Dio un paso atrás. Y después otro.

—Bueno, todavía necesito que me des una respuesta sobre el artículo —le recordó, ansiosa por volver a los temas de trabajo.

Él arrugó los párpados.

—Si está listo para ser enviado, entonces envíalo —le dijo un momento después.

La sorpresa la hacía sentir incómoda. Estaba deseando salir de allí. Asintió con la cabeza y regresó a su escritorio. Unos minutos más tarde ya le había enviado el artículo al editor que iba a publicarlo. Satisfecha con el trabajo hecho, cerró el ordenador, sacó el bolso del último cajón y cerró con llave el escritorio. Drew no había salido de su despacho. Podía verle sentado frente a su escritorio, de cara a las ventanas. No quería formar parte de aquella farsa, pero tampoco podía marcharse como si nada hubiera pasado. Siempre había sido un buen jefe, por muy exigente que resultara en ocasiones.

Suspiró, dejó el bolso junto al bate de béisbol, encima de la silla, y se dirigió hacia su despacho. Podía ver su reflejo en aquellos cristales enormes.

—¿Qué vas a hacer?

Él miraba a la ventana como si fuera un espejo, mirándola a los ojos en el cristal.

—¿Qué vas a hacer tú? —giró la silla y se puso de frente a ella. Dejó su propio móvil sobre la mesa del escritorio.

—Tu madre ha perdido su trabajo de nuevo.

Ella miró el teléfono y después le miró a la cara. Su expresión era de pánico y furia.

—¿Qué has hecho? ¿La has llamado?

—He llamado a Joe Winston. Es el director de Recursos Humanos de Blake & Philips, ¿recuerdas?

Deanna contuvo el aliento. Blake & Philips era el bufete de abogados en el que su madre había trabajado hasta unos meses antes, hasta que la habían echado. Y la única razón por la que Drew sabía que su madre había trabajado allí era porque él mismo le había dado el contacto. Cerca de un año antes le había dicho que Joe, un amigo de la universidad, estaba buscando secretarias para el bufete. Por aquel entonces, su madre también estaba sin trabajo, a punto de perder la casa, y él lo sabía. Pero más bien había sido Deanna la que se había preocupado por no perder la casa. Ella era la que había hecho lo indecible para pagar la hipoteca de Gigi al tiempo que pagaba su propio alquiler.

—Eso no es asunto tuyo —le dijo a Drew en un tono tenso.

—Vamos a jugar al golf la semana que viene. Piensa que lo llamé para hablar de eso.

Una oleada de vergüenza la recorrió por dentro.

—¿Y el tema de mi madre salió así como así?

—No fui yo quien lo sacó.

—Muy bien. ¿Entonces cómo te has enterado?

Él la atravesaba con la mirada.

—Llevas bastante tiempo trabajando para mí, Dee. Aunque no vayas por ahí aireando tu vida privada, sí que me entero de alguna cosa que otra. Y tu madre cambia de trabajo igual que yo cambio de…

—¿… mujer? —le dijo ella en un tono incisivo.

—Iba a decir «camisa» —se recostó contra el respaldo de la silla. Tenía el móvil en la mano y no dejaba de darle vueltas una y otra vez—. No hizo falta que Joe mencionara a tu madre. Sólo he tenido que sondearte un poco y verte la cara.

Deanna sintió que la cara le iba a estallar en llamas.

—Muy bien. Sí. Mi madre ha vuelto a perder su empleo. Otra vez. Es la vieja historia de siempre.

«Pero sólo es una parte de la historia», pensó para sí.

—Ya encontrará otro —añadió.

«Como siempre».

Otro trabajo. Otro hombre inalcanzable al que intentar seducir… Otra despedida trágica y otro despido… Y entonces, como de costumbre, ella tendría que acudir en su ayuda y sacarla del agujero antes de que lo perdiera todo.

—Ya te he enviado el artículo —miró su reloj de pulsera—. Y se supone que pronto debes estar en el aeropuerto. Intenta no poner esa cara mañana durante la boda de tu padre —dio media vuelta—. No querrás arruinar las fotos de boda.

—Te daré los cincuenta mil dólares —le dijo él de repente.

Deanna se detuvo bruscamente, pero no se dio la vuelta.

—No debería habértelo dicho.

Él guardaba silencio, pero Deanna sentía un cosquilleo en la nuca. Sabía que iba hacia ella, caminando lentamente.

—No me lo habrías dicho si no estuvieras preocupada por ello.

Ella cerró los ojos un instante. Por una parte, resultaba inquietante pensar que él pudiera conocerla tan bien, pero, por otra, tampoco era tan sorprendente. Si trabajaban tan bien juntos, era por una razón, y no era sólo por lo bien que ella le comprendía.

—No quiero tu dinero.

—Pero lo necesitas —le dijo él, agarrándola del brazo y rodeándola hasta ponerse delante de ella—. Oye —la agarró de la barbilla y la obligó a mirarle a los ojos —su sonrisa era irónica y ligeramente burlona—. Yo no quiero casarme, pero tengo que hacerlo.

Deanna sintió un intenso escozor en los ojos y rezó para no derramar ni una lágrima. Lo último que deseaba era llorar delante de su jefe.

—Aunque yo… Aunque estuviera de acuerdo, ese dinero sólo sería un arreglo temporal para Gigi.

—¿Y cuál es su problema entonces?

Ella levantó la vista hacia él y sintió que sus ojos la atrapaban sin remedio.

—Es adicta a las compras.

Él arrugó el entrecejo.

—¿Qué?

Ella suspiró. Apartó el bate y el bolso y se dejó caer sobre la silla.

—Tiene una adicción a las compras. Y no es la clase de adicción de la que tantas veces se acusa a las mujeres. No sólo le gusta salir a comprar zapatos o… lo que sea —hizo un gesto con la mano—. Cuando está… sin trabajo… Se deprime… Y cuando se deprime, se va de compras. Por Internet o por la ciudad. No importa dónde ni cómo. Compra cosas que no necesita y que no se puede permitir. Y no importa lo que yo le diga o lo que haga. No para y no quiere pedir ayuda.

Juntó las palmas de las manos y se miró los dedos.

—Ya debe la hipoteca de nuevo. Ha conseguido que le den nuevas tarjetas de crédito de las que yo no tenía ni idea y ahora quiere que yo le resuelva todo el lío.

—¿Por qué tú?

—Porque llevo pagándole todo desde que conseguí mi primer trabajo cuando tenía quince años.

Ese año su padre se había marchado y su madre había empezado a culparla de todo.

—Si sigo sacándola del hoyo como siempre he hecho, jamás conseguirá ayuda.

—Por lo menos te das cuenta de ello.

—Darse cuenta de ello y llevarlo a la práctica son dos cosas muy distintas —se tragó el nudo que tenía en la garganta—. No es fácil decirle que no a tu propia madre.

—Y tampoco es fácil decirle que no a tu padre —Drew se agachó delante de ella y le tomó las manos—. Podemos ayudarnos el uno al otro.

Sus manos eran cálidas y tranquilas. A Deanna las suyas propias le parecían diminutas en comparación.

—No es… Una buena idea. Nunca es buena idea tener un lío en el trabajo —le dijo ella, deseando retirar las manos. El tacto de su piel la quemaba cada vez más—. Eso es lo que hace mi madre. Y siempre termina en un desastre.

—La gente lleva siglos casándose con el jefe. No tiene por qué ser malo.

—Cierto. Pero es así cuando los dos están enamorados.

De repente, Deanna se dio cuenta de que había deslizado los dedos entre los de él hasta entrelazarlos. Se soltó bruscamente y se agarró de los reposabrazos de la silla.

—Y, como te he dicho antes, el dinero no resolvería el problema de base.

—Entonces le buscaremos a tu madre la ayuda que necesita, el tiempo que haga falta, incluso aunque nuestro acuerdo haya llegado a su fin.

Ella hundió las uñas en la tapicería de la silla para que no le temblaran las manos.

—No va a querer. Siempre hace lo mismo.

—La convenceremos. Encontraremos una forma.

—¿Encontraremos?

Él puso su mano sobre la de ella.

—Sí, nosotros la encontraremos.

Deanna sentía que el corazón se le quería salir del pecho. La cabeza le daba vueltas y creía que se iba a desmayar en cualquier momento. Nunca había tenido a quien acudir. Siempre había estado sola, desde la marcha de su padre. Drew la observaba con esa mirada firme que tan bien le salía. Sus palabras, claras y seguras, retumbaban dentro de su cabeza.

«La convenceremos. Encontraremos una forma…».

Que hablara en plural resultaba tan… tentador…

—Muy bien —susurró y entonces sintió un escalofrío.

Él la miró fijamente.

—¿Te casarás conmigo?

Ella tragó en seco y se aclaró la garganta.

—Sí.

Él esbozó una sonrisa radiante.

—¡Siempre he dicho que eras las secretaria perfecta! —se incorporó, se inclinó sobre ella y le dio un beso rápido en la frente—. Esto va a salir fenomenal —dijo, volviendo a su despacho—. Vendrás conmigo a Red Rock. Allí lo anunciaremos.

Deanna le oía hablar solo, entusiasmado. Y entendía todo lo que decía. Pero no podía hacer más que contemplar el escritorio que tenía delante. Todavía sentía el tacto de sus labios sobre la frente, como si aún estuviera ocurriendo.

—Dee, ¿cuánto tiempo necesitas para hacer la maleta?

Ella se frotó las mejillas y trató de volver a la realidad.

—¿No… No podrías decírselo tú a tu padre? No sé si será buena idea que te acompañe a Texas. No quiero ser una molestia.

Él apareció de nuevo en el umbral. Se había vuelto a poner la gorra de béisbol, del revés. Y el hoyuelo volvía a asomar en su mejilla. También tenía una botella de champán que un cliente le había enviado esa misma tarde.

—Estoy seguro de que mi prometida será bienvenida en cualquier reunión familiar —le dijo con sequedad—. Bueno, en realidad la estarán esperando —agitó la botella delante de ella—. Llama al piloto de nuevo. Dile que llegaremos una hora más tarde de lo planeado.

Deanna sintió unas ganas absurdas de echarse a reír. A lo mejor estaba al borde de la histeria.

¿De verdad había accedido a casarse con él?

—Ya le di una hora de margen la última vez que cambié la hora del vuelo —le dijo.

Él levantó las cejas.

—Vaya, qué bien me conoces —sonrió de oreja a oreja—. Bien hecho.

Ella se las arregló para sonreír.

—Vamos. Abramos la botella y celebrémoslo. Busca unos vasos, ¿quieres? —volvió a entrar en su despacho—. Y deberías decirles a tus amigas que no vas a poder ir al spa.

Deanna lo recordó de pronto. Se había olvidado de ellas por completo. Sacó el móvil y volvió a encenderlo. Haciendo caso omiso del indicador de mensajes pendientes, llamó a Susan, que era la que lo había preparado todo, y le dejó un mensaje en el buzón de voz. Y entonces pensó si debía o no llamar a su madre. Ella ya sabía que iba a pasar el fin de semana fuera. Eso no había cambiado, aunque el destino fuera distinto. ¿Y qué iba a decirle cuando la llamara? ¿Que iba a casarse con el jefe? Si le decía eso, Gigi seguramente pensaría que había muerto y que había ido al cielo. Ella no había podido conseguirlo, pero su hija sí… Deanna oyó el sonido del corcho al salir disparado de la botella y, a pesar del sentimiento de culpa, volvió a apagar el teléfono. El único daño que Gigi le haría ese fin de semana sería comprar más cosas; cosas que al final tendría que devolver. Se levantó y fue a toda prisa hacia la pequeña sala de descanso de los empleados. Sacó dos vasos de plástico de un armario y volvió al despacho de Drew.

Al entrar por la puerta casi se le cayeron los vasitos. Él se estaba quitando la camisa que llevaba puesta.

—¿Qué estás haciendo?

Él hizo una bola la camisa y la tiró a un lado. La camiseta blanca que llevaba debajo le marcaba todos los abdominales.

—Se me ha derramado el champán —le dijo él. Agarró la botella y Deanna pudo ver una mancha de líquido en el escritorio—. Aquí —le agarró una mano y le llenó el vaso en el aire.

—Es mucho —le dijo ella, viendo que se lo había llenado casi hasta arriba.

Tenía que hacer un gran esfuerzo por no mirar aquel pectoral bien torneado y fibroso. No era que nunca le hubiera visto descamisado, o incluso desnudo de cintura para arriba… Cuando jugaba al vóley playa en el picnic de la empresa todos los años… Una burbuja de histeria le subió por la garganta, pero consiguió tragársela antes de que explotara.

—Disfruta un poco —le dijo él, sonriente, quitándole el otro vaso de la mano—. Es Nochevieja.

Deanna le entregó el vasito con alivio. Así podría agarrar su propio vaso con ambas manos y controlar los temblores de quinceañera enamorada que la sacudían de pies a cabeza.

—Por el matrimonio —dijo él, alzando su vaso.

Ella sintió que el estómago le daba un vuelco, pero consiguió mirarle con un gesto impasible.

—No deberías bromear sobre ello.

—¿Y quién está bromeando? —empujó el vaso de ella con el suyo propio—. Por lo menos los dos sabemos exactamente el beneficio que vamos a sacar del trato. Nada de ilusiones ni sorpresas.

—Sí —dijo ella y bebió su primer sorbo de champán.

La bebida le supo tan amarga como los nervios que le atenazaban el estómago, pero se la tragó de todos modos.

—Un anillo —dijo él de repente.

—¿Disculpa? —ella levantó la vista de golpe.

—Necesitamos un anillo de compromiso — tomó su móvil del escritorio otra vez y consultó la guía.

—No vas a encontrar una joyería abierta en Nochevieja —le advirtió ella—. Ni siquiera Zondervan’s.

Él sonrió de oreja a oreja. Tecleó un número y se puso el aparato al oído.

—¿Con todo lo que les he comprado a lo largo de los años? ¿Apuestas algo?

—Eh… No, gracias —le dijo ella, por si acaso. No quería arriesgarse, sobre todo teniendo en cuenta todos los pedidos que había tenido que hacer a la joyería a lo largo de los años.

—Chica lista.

Presa de una extraña debilidad, Deanna se sentó y sacudió la cabeza. Su madre siempre le decía que las chicas listas eran las que cazaban al jefe. Y ella siempre le respondía que ella nunca, nunca sería de ésas…

Capítulo 3

VAMOS, Bella Durmiente. Despierta —Drew le dio un codazo en el hombro.

Pero Deanna sólo suspiró, cambió de posición y su cabeza fue a parar al hombro de él. Se había quedado dormida en la limusina que los había ido a recoger al aeropuerto de San Antonio. Su pelo olía a manzanas verdes. Él cerró los ojos un momento y recordó que era Deanna, la joven secretaria que una vez más lo sacaría de un aprieto. Pero ella también sacaba algo a cambio: resolver lo de su madre. Sin embargo, para él eso no era nada en comparación. Por fin tendría el derecho a estar al frente de Fortune Forecasting.

—Deanna —quiso agarrarle la mano, pero titubeó un momento.

El enorme solitario que había escogido de entre las doce piezas que Bob le había llevado a la oficina, brillaba en su dedo anular. Incluso bajo la tenue luz de la parte de atrás de la limusina, la piedra resplandecía. ¿Cuántas veces había dicho que un anillo de boda no era más que la cuerda para el ahorcado? La ironía del destino… En ese preciso momento llevaba dos alianzas de platino en el bolsillo, a juego con el anillo de compromiso. Todo estaba listo para el gran día, fuera cuando fuera. Dada la impaciencia de su padre, no podría ser muy tarde.

Drew ignoró aquellos dedos delgados y le sacudió la muñeca allí donde llevaba el reloj de pulsera tamaño maxi.

—Despierta, Dee —le dijo en un tono más alto.

Ella volvió a mover la cabeza y abrió los ojos lentamente.

—¿Mm? —murmuró, mirándole con ojos adormilados.

Drew pensó que probablemente tendría esa misma expresión en la cama y enseguida empezó a sentir un calor que le recorría la entrepierna.

«Maldita sea…», pensó para sí, incómodo consigo mismo. Se volvió hacia la ventanilla y se fijó en la verja de madera que delimitaba la propiedad de su hermano.

Deanna era su asistente; su prometida de conveniencia. No tenía que imaginársela en la cama…

—Ya casi hemos llegado a el Orgullo de Molly —se aclaró la garganta—. Es el rancho de mi hermano.

Ella parpadeó. De repente se dio cuenta de que estaba recostada contra él y se incorporó como un resorte. Se mesó el cabello y se lo echó hacia atrás.

—Me he quedado dormida —le dijo, haciendo una mueca—. Qué vergüenza. Espero no haberte babeado —añadió con un toque de sarcasmo.

—A lo mejor roncaste un poquito —le dijo él.

Ella le miró con los ojos entrecerrados y después los puso en blanco.

—No es verdad.

Y era cierto. Mientras la veía dormir, tan plácidamente, una oleada de deseo inesperado le había azotado como un Tsunami. Pensaba que ya lo tenía superado. Tiempo atrás había hecho uno de los ridículos más grandes de su vida besándola cuando no debía. Por aquella época no estaba precisamente en uno de sus mejores momentos. Las buenas secretarias eran difíciles de encontrar. Pero las compañeras de cama no. Por suerte, ella miraba por la ventanilla, distraída. Drew se frotó la nuca. Sentía que estaba a punto de explotar.

—Oh, Dios. ¿Ése es el rancho de tu hermano? —le preguntó de repente. Casi tenía la nariz aplastada contra el cristal, como una niña pequeña.

Pero Drew sabía muy bien que debajo de aquel suéter verde que se había puesto antes de salir hacia el aeropuerto se escondía una mujer hecha y derecha.

—Es precioso —añadió, ajena a los pensamientos de él—. Parece sacado de una vieja película, de un Western —le miró por encima del hombro y sonrió—. Con John Wayne cabalgando hacia la hacienda. Habrá que verlo de día.

—Creo que necesitas dormir un poco más —le dijo él en un tono irónico, restándole importancia a su entusiasmo.

Ella levantó la barbilla y volvió a mirar por la ventanilla. La limusina se había detenido delante de la casa. La entrada era de piedra y tenía un arco de estilo morisco. Sin esperar a que el conductor le abriera la puerta, Drew bajó rápidamente. El viaje en coche desde San Antonio no les había llevado mucho tiempo, pero estaba deseando estirar las piernas después del viaje en avión. El espacio era muy importante para él. Ésa era una de las razones por las que le gustaba tanto vivir en San Diego. Cada vez que necesitaba tomar un poco el aire se iba a la playa. ¿Qué más espacio podía necesitar delante del océano Pacífico? Contempló la casa de su hermano mayor. La había comprado de repente unos años antes. Había dejado su vida entera en Los Ángeles para vivir en Texas. J.R. había renunciado a su puesto en el cuartel general de Fortune Forecasting para dedicarse a criar ganado. Atrás habían quedado los trajes de diseño, los coches de lujo… Lo había cambiado todo por las camisas de franela y las camionetas. Y se había casado con Isabella Mendoza. Drew llevaba un año sin pasar por el Orgullo de Molly, pero, aunque fuera medianoche, podía ver que la centenaria hacienda estaba más que cuidada. Le abrió la puerta a Deanna y ella bajó sin siquiera mirarle. Seguía admirando la casa con ojos de asombro. Drew se dijo que era mucho mejor así, pues aún no se le había pasado el arrebato sexual.

A lo mejor hubiera sido mejor que se quedara con aquel horrible traje de vieja que llevaba en la oficina… Todos sus trajes eran iguales. Estaban hechos para esconder aquel trasero que sin duda estaría perfecto dentro de unos buenos vaqueros ceñidos. Molesto con sus propios pensamientos, sacó el equipaje del maletero cuando el conductor se lo abrió.

—Ya lo tengo. Gracias —le dio una generosa propina al chófer.

—Gracias, señor Fortune. Feliz Año Nuevo. Y a usted también, señorita —el conductor cerró el maletero, se puso al volante y salió a toda velocidad. Sin duda debía de estar impaciente por irse a su propia fiesta.

De pronto, Deanna y Drew se encontraron solos en mitad de la noche, a la luz de la luna. El momento parecía tan íntimo… Hacía fresco, pero Drew sentía un calor abrasador. En cualquier otra circunstancia, aquella situación le hubiera parecido de lo más cómica y divertida. Sin embargo, en ese momento casi deseaba tener la cuerda alrededor del cuello. Ella le observaba con aquellos ojos oscuros y misteriosos, pero la forma en que se humedecía los labios demostraba que no era más que nerviosismo.

—¿Seguro que estamos haciendo lo correcto?

La única cosa de la que Drew estaba seguro en ese momento era que no recordaba ningún motivo poderoso para no desearla con locura.

Agarró con más fuerza la maleta y se volvió hacia el arco de la entrada, haciendo un gesto con la barbilla.

—Sí. Vamos.

Ella volvió a humedecerse los labios y avanzó delante de él, en dirección a la imponente puerta de madera.

—Será mejor que llames a la puerta —le aconsejó él.

Habían llegado con mucho retraso y entrar sin más no debía de ser buena idea. A lo mejor a J.R. también le había dado por dormir con un arma cargada en la mesita de noche…

Deanna llamó suavemente, dando unos golpecitos en la puerta.

—Vamos, Dee. No van a oírlo.

Ella le miró un instante y entonces llamó con más energía.

—¿Así?

Enseguida oyeron el ruido de un pestillo y Drew sonrió. La puerta se abrió de par en par y su hermano apareció en el umbral.

—Ya era hora —dijo J.R., con una sonrisa en los labios.

—Yo también me alegro de verte —le dijo Drew y, sin más prolegómenos, puso el brazo sobre el hombro de Deanna.

Ella se sobresaltó.

—¿Te acuerdas de mi secretaria, Deanna?

J.R. asintió.

—Hemos llegado tarde porque… Esta noche me ha dicho que se casará conmigo.

Se hizo un silencio abrupto. Y entonces la sonrisa de J.R. se hizo aún más efusiva.

—Bueno, entonces… —el ranchero se volvió hacia la joven, pero Drew no tardó en ver escepticismo en su mirada—. Estáis perdonados por haber llegado tan tarde, granujas —le quitó el bolso del hombro, la agarró del codo y la hizo entrar.

—¿Granujas? —Deanna se rió suavemente.

—Mejor eso que renacuajo —murmuró—. Eso es lo que solía decirle a Darr.

Dos años más joven que Drew, Darr era el benjamín de la familia; bombero de profesión y fuerte como un roble. Podía tumbarlos a todos sin pestañear.

—A ti todavía te faltan bastantes años para los cuarenta —le dijo J.R., riéndose a carcajadas y dándole un abrazo a su hermano—. Así que tengo derecho a llamarte lo que me dé la gana. Vaya, me alegro mucho de verte —rápidamente se apartó de Drew y agarró la enorme maleta de Deanna—. Aunque ya empezaba a preguntarme si te vería llegar antes del amanecer.

Dio media vuelta y echó a andar por el silencioso pasillo. Iba descalzo.

—Isabella se quedó despierta un rato, pero al final se durmió —miró a Deanna por encima del hombro—. Es mi esposa.

Deanna asintió.

—Drew me ha hablado de ella. Espero no ser una molestia. Le dije a Drew que te llamara para avisarte de que venía con él.

—No te preocupes —le aseguró J.R.—. Estamos encantados de tenerte aquí —sonrió de oreja a oreja—. Sobre todo por ser tan valiente como para aguantar a nuestro querido Andrew. Además, así podrás asistir a la boda.

Drew vio que Deanna se sonrojaba.

—Eres muy amable.

—Mi esposa me daría una patada en el trasero si no fuera así —afirmó J.R., desviándose por un pasillo—. Jeremy también ha venido —señaló con la barbilla—. Está en esa habitación al final del pasillo. Llegó ayer.

Deanna miró a su alrededor y contempló las paredes de escayola blanca. Drew sabía que eran nuevas, pero parecían de la misma época que la casa.

—¿Ése es uno de los tapices de tu esposa? —le preguntó, señalando un colorido dechado de punto colgado en la pared—. Drew me ha dicho que es toda una artista.

J.R. asintió con la cabeza. La expresión de su rostro era de puro orgullo.

—No hay rincón en esta casa donde no haya dejado su huella —dijo y entonces abrió una puerta—. Os quedaréis aquí —se echó a un lado y, afortunadamente para Deanna, no llegó a ver la mirada de pánico que acababa de lanzarle a Drew al entrar en la habitación.

Lo más llamativo era la enorme cama que abarcaba la mayor parte del dormitorio.

—Muy acogedor —le dijo Drew a su hermano, intentando ignorar el calor que recorría su cuerpo.

Miró a su alrededor y entró detrás de ella. Dejó el petate y la bolsa del traje sobre la cama. Deanna estaba junto a un jarrón de rosas que estaba encima de una cómoda cercana a la ventana. Sus dedos acariciaban los pétalos con sutileza. Su imagen se reflejaba en el enorme espejo que estaba apoyado en el suelo contra la pared, justo enfrente de la cama. Al lado había un hogar lleno de leña, listo para ser encendido.

Ella tenía el cabello alborotado alrededor de los hombros y su expresión era insoportablemente irresistible mientras tocaba las flores. De repente, Drew sintió una gota de sudor que se deslizaba agónicamente a lo largo de su espalda. Se quitó la chaqueta y la tiró encima de una silla en un rincón. J.R. tenía una discreta sonrisa en los labios al entrar en la habitación. Dejó la maleta de Deanna en el suelo al pie de la cama.

—El cuarto de baño está aquí —les dijo, haciendo señas—. Hay más mantas y almohadas en el armario de allí. Si necesitáis algo más, nos llamáis.

Drew sabía que lo que Deanna quería era un dormitorio aparte. Sin embargo, ella se limitó a sonreír y le dijo a su hermano que todo estaba perfecto.

—Muy bien. Entonces os veo en el desayuno —J.R. salió del dormitorio y sonrió—. O no —añadió, cerrando la puerta.

A solas con Drew, Deanna se alejó de las rosas y le miró de frente.

—No pude evitarlo —le dijo él en voz baja—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que le dijera que no dormimos juntos?

Ella hizo una mueca.

—Jamás se creería que no te acuestas con una mujer que ha venido contigo, y mucho menos si es tu prometida.

Drew casi sintió el ardor del rubor en las mejillas, lo cual era una estupidez. Ya no era un quinceañero. Y por supuesto se acostaba con todas las mujeres con las que salía. De hecho eso era todo lo que hacía con ellas. No estaba buscando una compañera de vida ni nada parecido.

—Dormiré en el suelo si así te sientes mejor.

—No creo que sea muy cómodo —pisó con fuerza con sus botas de piel y soltó el aliento—. Bueno, tendremos que arreglarnos con la cama — sacudió la cabeza y apartó la vista—. Por lo menos es una cama enorme. Podrían dormir cinco en ella.

Aquello era una exageración, pero Drew lo dejó pasar. Pensara lo que pensara, esa noche estarían los dos solos en ella. Y su imaginación se había vuelto muy calenturienta de repente.

Seguramente su pelo parecería un puñado de ascuas ardientes sobre aquel edredón blanco…

Drew se aclaró la garganta, pero aquellas turbadoras imágenes no desaparecieron así como así.

—Ha sido una noche muy larga. Adelante… — señaló la cama—. Acuéstate. Yo no tengo sueño todavía. Voy a ver si averiguo dónde guarda el whisky J.R.

Deanna puso una cara de alivio que no pasó inadvertida para Drew. Estaba claro que ella sí tenía muy presente el objetivo de aquel compromiso de conveniencia.

—Si no te importa… —ella dejó las palabras colgando en el aire y él asintió con la cabeza.

Necesitaba recordar cómo había reaccionado ella aquella vez que la había besado. Aquel día había hecho el ridículo y ella se había quedado perpleja. La única razón por la que no había dejado el trabajo era porque le había dado pena. Su madre acababa de morir. Y él le había jurado que jamás volvería a pasar.

—Sí —le dijo, mintiendo—. No hay problema. Acuéstate y duerme. Mañana será un día muy ajetreado.

Ella miró el reloj.

—Querrás decir «hoy».

—Sí. Hoy —agarró el picaporte y le dio la vuelta suavemente—. Feliz Año Nuevo, Dee.

Deanna sonrió como pudo. Las rodillas le temblaban.

Sabía que lo mejor era que él se marchara durante un rato, pero una parte de ella deseaba pedirle que no se fuera. Y eso era motivo suficiente para poner distancia entre ellos, aunque sólo fuera durante unos minutos.

—Feliz Año Nuevo, Drew.

Él salió y cerró la puerta tras de sí.

Nada más quedarse sola, la sonrisa de Deanna se le borró de la cara. Sin su abrumadora presencia, la habitación volvía a resultar espaciosa, tal y como debía de ser en realidad. Cuando él estaba allí, en cambio, las paredes parecían encoger en torno a aquella enorme cama.

De pronto vio su propio reflejo en el espejo.

—Ésta es la consecuencia de una decisión impulsiva —susurró para sí.

El silencio de la casa sonaba igual que las manecillas de un reloj. Agarró la maleta y la puso encima de la cama. Drew le había dado un pequeño respiro y más le valía aprovecharlo. Lo último que quería era que la encontrara allí parada a su regreso, como una mojigata, temerosa de meterse en la cama. Soltó los cierres, abrió la maleta y sacó el vestido que había metido encima de todo lo demás. Al pasar por su apartamento, de camino al aeropuerto, había hecho todo lo posible por impedir que Drew entrara en su casa, pero él no había captado la indirecta y no había sido capaz de encontrar ninguna excusa para dejarle esperando en el coche.

No había tenido más remedio que entrar con él, preparada para oír toda una serie de comentarios sarcásticos e incisivos. Sin embargo, él se había limitado a mirar los montones de cajas de embalaje que estaban esparcidas por todo el salón, en el suelo, en la mesa, e incluso en el sofá. Las cajas contenían cosas de lo más variopintas, desde potitos de comida para bebé hasta aparatos de ejercicio, pasando por separadores de armario. Aquello era todo lo que se había llevado de la casa de su madre para devolverlo por correo. Pero Drew no había hecho ni el más mínimo comentario. Había mirado aquel desorden sin siquiera pestañear. Y ella le había estado tan agradecida por ello que no había puesto objeción alguna cuando él la había acompañado hasta el dormitorio.

Se había parado en el umbral mientras ella abría la maleta que tenía preparada para el fin de semana en el spa y le había dicho que pasarían cuatro días en Texas. Afortunadamente, para eso no necesitaba mucha ropa, pues tampoco tenía nada en el armario que no fuera ropa cómoda de estar en casa o aburridos trajes de trabajo. Tenía las camisetas que llevaba al gimnasio, donde dirigía un equipo amateur de vóleibol, vaqueros, los consabidos trajes… Pero no tenía nada apropiado para una boda de tarde. Y así, después de mucho rebuscar, se había dado la vuelta y le había dicho que era mejor que fuera solo a Texas. Después de todo, podía anunciar el compromiso él solo, ¿o no?

Pero entonces él había puesto esa mirada que tan bien lo caracterizaba… esa mirada que veía más allá… Y le había dicho que metiera en la maleta uno de los trajes y que no se preocupara más al respecto.

—No voy a ponerme algo así para una boda —le había dicho ella, quitándose la chaqueta y sacudiéndola en el aire—. Esto es para el trabajo.

—Bueno, hasta eso podría ser discutible —le había dicho él, avanzando hacia ella.

Metió la mano hasta el fondo del armario y sacó un vestido de tela muy fina olvidado en un rincón.

—Ponte esto.

—¿Qué?

Él le puso la percha contra los hombros.

—Esto no es algo que te puedas poner para ir al trabajo, así que… Tendrá que ser apropiado para una boda, ¿no?

Ella no estaba pensando en el vestido. Estaba pensando en su comentario sobre los trajes. Eran prendas funcionales y respetables, nada que ver con las minifaldas y blusas ceñidas que se ponía su madre. Sin embargo, consciente de que el avión esperaba por ellos, Deanna dejó el tema.

De vuelta al presente, se puso el vestido por delante, tal y como había hecho Drew el día anterior, y se volvió hacia el espejo. Era rosa, y no iba muy bien con el pelo rojo… Además, tenía fruncidos… En realidad no eran exactamente fruncidos. La parte de la falda estaba hecha de una docena de jirones de tela que parecían flotar en el aire de forma independiente, y el corpiño atado al cuello era demasiado apretado, y escotado. Nunca se lo había puesto. De hecho no había sido ella quien lo había comprado. Había sido Gigi. Se lo había dado en su último cumpleaños. Y ella había protestado por el precio, para no tener que decirle que no era de su estilo, pero su madre se había empeñado y le había enseñado el ticket. Al parecer lo había comprado en las rebajas y no podía devolverlo. Gigi se había lamentado amplia y largamente… Había protestado mucho y, con tal de tener la fiesta en paz, Deanna había optado por meter el vestido en el fondo del armario con tal de hacerla callar. Y allí se había quedado, esperando a que Drew Fortune lo rescatara inesperadamente…

Aunque estuviera muy cansada, Deanna se dio cuenta de que aquella idea era completamente absurda y se frotó los ojos. Por lo menos el vestido tenía un chal a juego. Era muy fino y casi transparente, pero le taparía los hombros. Y por mucho que no quisiera ponerse un vestido que le había regalado su madre, no podía sino admitir que era más apropiado para la ocasión que cualquier otra cosa que hubiera en su armario. Colgó la prenda y el chal detrás de la puerta y sacó de la maleta el resto de la ropa rápidamente. La dobló con cuidado, la guardó en un cajón vacío y metió la maleta en un rincón del armario, en el suelo. Después colgó la bolsa con la ropa de Drew en un rincón, lo más lejos posible de su vestido. ¿Qué habría metido en aquel petate que estaba encima de la cama? Deanna lo miró con curiosidad. No le importaba deshacerle la maleta. Además, se suponía que era su prometida… Después de mirar la bolsa durante unos minutos, temerosa de abrirla como si fuera a quemarle los dedos, la puso encima de una silla. Tomó su bolso de mano y se lo llevó al cuarto de baño. Se lavó la cara, los dientes, se puso el top sin tirantes que usaba para dormir y sus pantalones de pijama, y volvió junto a la cama, descalza. ¿Qué lado de la cama sería el preferido de Drew? Mordiéndose los labios, apartó el ligero edredón. Debajo había sábanas blancas con un exquisito bordado. El olor a fresco y a recién lavado que despedían era sencillamente delicioso.

Pero Deanna tenía un nudo en la garganta… Se metió en la cama y se echó a un lado todo lo que pudo, hasta casi caerse por el borde. De repente, se dio cuenta de que no había apagado la luz. Volvió a levantarse, encendió la luz del baño y cerró la puerta para no tener más que un hilo de luz. Apagó la lámpara del dormitorio y volvió a meterse en la cama. Hundió la cabeza en la almohada y cerró los ojos. La imagen de Drew la atormentaba sin cesar, quemándole los párpados. Abrió los ojos. Estaba agotada por muchas razones, y la más importante era su jefe, que no tardaría en compartir aquella cama con ella. Se tapó hasta la barbilla con el edredón, pero no consiguió ahuyentar aquellos pensamientos. Su cuerpo temblaba y casi podía sentir cómo vibraba el colchón a su alrededor.

Aquellos cuatro días iban a ser muy largos…

Capítulo 4

SUPONGO que has encontrado lo que estabas buscando.

La voz de J.R. sonó tranquila y sosegada a sus espaldas. Drew estaba sentado en el mirador que daba al jardín exterior del frente de la casa.

—Siempre tienes del bueno —agarró la botella y se sirvió otro dedo de whisky en el vaso—. Por lo menos Texas no te ha cambiado en eso.

—No sé qué tienes en contra de Texas —J.R. se sentó en una silla de cuero—. Te gustaba mucho venir a Red Rock cuando eras niño.

En verano solían ir al Double Crown Ranch, donde vivía el primo de su padre, Ryan, con su esposa Lily.

—Montar a caballo, pescar y jugar a los vaqueros era divertido cuando tenía diez años —dijo Drew, bebiendo otro sorbo de aquel whisky tan bueno—. Todavía no me puedo creer que lo hayas dejado todo en Los Ángeles para venirte aquí.

Si su hermano no hubiera renunciado a su puesto en Fortune Forecasting, hubiera sido él quien dirigiera la empresa. Drew no podía evitar preguntarse si su padre le hubiera puesto la misma condición a su primogénito antes de darle las riendas de la empresa. Pero J.R. había renunciado. Se había ido sin más, así que aquello no tenía ningún sentido.

—Aquí encontré todo lo que de verdad me importaba —dijo J.R.

—Querrás decir que encontraste a Isabella. Pero apenas la conocías cuando viniste aquí.

Su hermano se encogió de hombros.

—Isabella. El rancho. California estuvo bien durante un tiempo, pero éste es mi hogar ahora. No me puedo imaginar la vida en otra parte.

—Empiezas a sonar como papá —murmuró Drew y giró el vaso en la mano. El líquido dorado resplandeció a la luz de la pequeña lámpara de mesa que había junto a su silla—. También se comporta como si no hubiera empezado a vivir hasta dejar California.

J.R. suspiró.

—No se trata de eso.

—¿Y entonces de qué se trata? —Drew miró a su hermano a los ojos.

J.R. tenía cuarenta y dos años y estaba casado con una mujer diez años más joven. Su padre, todavía fuerte como un roble, tenía setenta y cinco, y también tenía planeado casarse con una mujer diez años más joven.

—Tenía una vida en California, pero ahora se comporta como si nada de eso importara.

—Se comporta de la única forma que puede comportarse alguien que está dispuesto a pasar página y vivir el resto de su vida —le dijo J.R.—. Afróntalo, Drew. Es feliz. Y que se quiera casar con Lily no significa que haya olvidado a mamá.

Drew se puso tenso. No quería hablar del tema de su madre, pero, sobre todo, no quería pensar en la forma en que su padre se la había recordado cuando habían discutido acerca de su futuro en la empresa esa mañana. O la mañana del día anterior. Ya era más de medianoche. Oficialmente ya era el día de Año Nuevo. Y también el día de la boda.

Se frotó la cara con la mano y se bebió de un sorbo la bebida que le quedaba.

—Bueno, para un hombre que ha sido alérgico al matrimonio toda su vida, desde que las cosas no le salieron bien la anterior vez, ¿cómo es que te has prometido con tu secretaria?

Drew debería haber sabido que su hermano no aceptaría aquello así como así sin esperar una explicación. Además, así podría practicar un poco antes de tener que enfrentarse al resto de la familia.

—Cuando conoces a la persona adecuada, da igual lo que pensaras antes.

En realidad sus palabras eran ciertas de alguna forma. Eso era lo que su madre le había dicho en más de una ocasión después de su único fracaso matrimonial.

Podía sentir la mirada de su hermano sobre la piel.

—¿Cuándo supiste que Isabella era la persona adecuada?

—Casi enseguida.

—Entonces parece que yo no soy tan rápido como tú.

—Mm.

Aquel tono especulativo de J.R. ponía nervioso a Drew. Se echó hacia delante y se levantó de la silla.

—Será mejor que duerma un poco antes del desayuno —levantó su vaso de whisky—. Gracias por la leche caliente.

Por el rabillo del ojo vio que su hermano sonreía. Se dirigió hacia el dormitorio y sólo se detuvo un instante en la cocina para dejar el vaso. Desafortunadamente, no obstante, los efectos anestésicos del caro whisky de J.R. se esfumaron nada más llegar a la puerta del dormitorio.

Entró silenciosamente. La tenue luz que se colaba por debajo de la puerta del cuarto de baño arrojaba un halo resplandeciente sobre la cama, pero apenas podía ver a Deanna. Estaba en el borde de la cama, en el lado más próximo al cuarto de baño. Lo único que podía ver era su copiosa melena extendida sobre la almohada, pero fue suficiente para revivir las imágenes que lo habían hecho salir huyendo de la habitación un rato antes. Se quedó inmóvil en el umbral durante unos segundos, esperando a que ella se levantara o a que hiciera algún ruido que le indicara que estaba despierta. Pero no oyó nada y pensó que era mejor meterse en la cama antes de que empezaran a preparar el desayuno, así que cerró la puerta con sumo cuidado y entró en la habitación. Nunca se había molestado tanto por no despertar a una mujer. Nunca había llevado a una mujer a su casa de San Diego. Siempre era más sencillo ir a la casa de ella, porque así era más fácil marcharse.

Al ver la sombra de su petate sobre una silla del rincón, se dio cuenta de que no había metido ningún pijama ni albornoz al hacer la maleta. Normalmente no tenía por costumbre llevar ninguna de las dos cosas y, al meterlo todo en la bolsa esa misma mañana, sin duda no había pensado en la posibilidad de ir acompañado.

Se mesó los cabellos y quiso maldecir una vez más a su padre por la situación que había generado. Se desabrochó la camisa, la arrojó sobre la silla y entonces se quitó los zapatos, intentando hacer el menor ruido posible. Después se desabrochó el cinturón y se deshizo de los pantalones. Al terminar miró hacia la cama. Todo seguía igual. No estaba seguro de cuál podría ser su reacción si se despertaba y se lo encontraba junto a la cama como un pasmarote, en calzoncillos, los cuales poco podían hacer para esconder la erección que tenía en ese momento. Soltó el aliento, retiró un poco el edredón y se sentó en el borde de la cama. Ella seguía inmóvil. Puso los ojos en blanco y trató de sosegarse un poco. Si lo hubieran visto en ese momento… Moviéndose muy lentamente, logró estirarse sobre la cama, se tapó todo lo que pudo y se quedó mirando al techo de vigas. Pensaba que nada más llegar a Red Rock ya no sería capaz de pensar en otra cosa que no fuera el matrimonio de su padre, pero la cálida presencia de la mujer que tenía a su lado lo cambiaba todo. Por muy cómoda que fuera la cama, probablemente no conseguiría pegar ojo esa noche.

Suspiró y se estiró un poco más, pasándose un brazo por debajo de la cabeza. Sin querer, sus dedos chocaron contra el cabecero. La ropa de cama hizo un ruido de fricción y…

—¿Drew?

Una letanía de juramentos desfiló por su mente.

—Lo siento. No quería despertarte.

Ella se volvió hacia él y ahuecó la almohada debajo de la mejilla. Él podía sentir su intensa mirada.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —le dijo él, mintiendo—. Vuelve a dormirte.

Pero ella no le hizo caso y sus agudos ojos siguieron taladrándolo sin cesar. Podía terminar con ello. Sólo tenía que rodar sobre sí mismo y estrecharla entre sus brazos, pero así sólo conseguiría que ella saliera huyendo hacia el borde de la cama.

—La gente se levanta pronto aquí —le advirtió finalmente.

—Yo me levanto pronto cuando estoy en casa —le dijo ella en un tono ecuánime—. Y por mucho que quisiera volver a dormirme, resulta un poco difícil teniéndote a un metro de distancia, ardiendo como si tuvieras fiebre.

No estaban ni a un metro de distancia. Estaban a mucho menos. De haber estado a un metro de ella, sin duda no se hubiera sentido tan mal. Incluso estaba barajando la posibilidad de dormir en el suelo, pero no tenía ganas de moverse de nuevo. A lo mejor ella se lo tomaba todavía peor.

—No tengo fiebre —murmuró él.

Deanna resopló con escepticismo, cambiando de nuevo de postura, acostándose boca arriba. Alisó el edredón, y sacó los brazos desnudos por encima de él. Drew podía ver el brillo cremoso de su piel, desde la punta de sus dedos hasta la curva de los hombros.

Cerró los ojos.

—Tu hermano tiene una casa muy bonita.

—Sí.

El silencio se prolongó dolorosamente durante unos segundos.

—¿Te lleva muchos años?

—Ocho.

—¿Y tus otros hermanos?

Él suspiró.

—No vas a dormirte, ¿verdad?

Sin duda, los motivos por los que ambos estaban en vela distaban mucho de ser los mismos.

—Nick tiene treinta y nueve. Charlene y él tienen un bebé. Matthew.

Las fotos que Nick le había enviado eran muy bonitas, pero a Drew todavía le costaba mucho imaginarse a su hermano como un hombre de familia. Nick siempre había sido un soltero empedernido, de pura cepa.

—Es analista en la fundación Fortune.

Deanna volvió a moverse y le miró nuevamente, con la cabeza apoyada en una mano.

El edredón se le bajó un poco y Drew pudo ver lo que llevaba debajo. Era una especie de camiseta ceñida del color de su piel que no escondía nada, a diferencia de aquellos trajes horrorosos que llevaba en la oficina. Por suerte, la luz que manaba del cuarto de baño era muy tenue, y una parte de él deseó que fuera más fuerte.

—Es una organización benéfica, ¿no?

¿Cómo iba a saber que era tan conversadora de madrugada? Normalmente en el trabajo era muy callada y reservada.

De repente, Drew sintió un calor tremendo y echó atrás el edredón, teniendo cuidado de no llevarse la sábana por delante. Apenas había luz, pero no quería arriesgarse. Cada vez que creía que podría sofocar el fuego que ardía en su interior, bastaba con una sola mirada a ese top ceñido para disparar la chispa de nuevo.

—La fundación fue creada como homenaje a Ryan Fortune, el primo de mi padre.

«El difunto marido de la prometida de su padre», pensó para sí, pero no lo dijo.

De repente sintió que se le agarrotaba el estómago. ¿Cómo se había atrevido su padre a mencionar a su madre?

—¿Lo conocías bien?

—Bastante bien, supongo. Ryan era un buen tipo. Creía en el bien. Siempre intentó ayudar a los demás, compartiendo lo que él consideraba su buena fortuna. A lo mejor está por ahí, en algún sitio, mirando lo que hacen en la fundación.

Hizo una pausa. Si Ryan hubiera sabido que su propio primo acabaría casándose con su mujer…

—La organización ha crecido muchísimo más de lo esperado. Al principio no era más que un pequeño local de barrio, pero ahora tienen un enorme edificio junto a la carretera, a las afueras de Red Rock.

—¿Y qué me dices de tus hermanos mayores?

Por suerte, ése era un tema mucho más fácil.

—Jeremy tiene tres años más que yo. Lo conocerás en el desayuno, pero no creo que se quede más de esta noche. Ése apenas sale de Sacramento. Es cirujano ortopédico.

Su hermano Jeremy opinaba lo mismo respecto al matrimonio de su padre.

—Tampoco está casado, ¿no?

—No.

No le faltaban candidatas. Las mujeres encontraban irresistibles aquellos ojos azules y todas querían casarse con un médico, pero Jeremy no parecía estar interesado.

—Y después estás tú —Deanna bajó la barbilla y le miró por debajo de las pestañas.

Aquel sutil aroma a manzana verde era de lo más tentador.

—Y después Darr, el benjamín —añadió.

—El bombero.

—Sí.

—Bethany y él tienen una niña que se llama Randi.

La pequeña era una preciosidad de ojos azules y rizos de oro, igual que su madre. A él siempre le habían gustado mucho los niños, siempre que no fueran los suyos propios. Además, el papel de tío le iba muy bien.

—¿A quién más debería conocer en la boda?

—¿Importa mucho?

—Sí, si quieres que todos piensen que realmente estamos… juntos.

Pronunció aquella palabra como si fuera peligroso decirla.

—¿Qué pasa con Lily? ¿La novia? Estaba casada con Ryan Fortune y me has dicho que él era un buen hombre. ¿Cómo es ella?

A Drew siempre le había caído bien, hasta que su padre se había encaprichado de ella.

—Creo que lo pasó muy mal cuando murió Ryan.

—¿Y cuánto hace de eso?

—Hace seis años —le dijo. Lo recordaba perfectamente porque había sido dos años antes de la muerte de su madre.

Sin embargo, no mucho después, tanto su padre como Lily parecían haberse olvidado completamente de aquellos seres queridos con los que habían compartido buena parte de sus vidas. Empezaron a salir juntos y, según le había dicho su padre, se hubiera casado con ella un año antes de no haber sido por la insistencia de Lily. Al parecer, le había dicho que quería darles algo de tiempo a sus hijos para adaptarse a la nueva situación.

Como si eso fuera a ocurrir alguna vez…

—¿Será una boda por todo lo alto?

—Supongo que habrá un montón de invitados.

—¿No lo sabes seguro?

—No tengo que acompañarlos, ni nada parecido. J.R. será el padrino.

—Muy bien —Deanna bajó la cabeza y la apoyó en el brazo, sobre la almohada—. Parece que, eh, te llevas muy bien con J.R.

—Sí.

—¿Y con tus otros hermanos?

—Igual —le contestó Drew, sin saber adónde quería llegar.

Ella emitió un sonido parecido a una pequeña carcajada. Drew sintió un escalofrío.

—Siempre he pensado que sería maravilloso tener una gran familia.

—Todo tiene sus momentos, sobre todo cuando éramos niños —admitió él.

Todos habían seguido caminos distintos al hacerse adultos, pero seguían muy unidos, aunque no pudieran verse con tanta frecuencia como antes. J.R., Nick y Darr vivían en Red Rock, mientras que Jeremy y él seguían en California, pero siempre intentaban mantener el contacto.

—También habrá un montón de primos —añadió—. El hermano de mi padre, Patrick, su esposa y sus hijos. Pero no creo que tengas oportunidad de conocer a mi tía Cindy. Sólo es cinco años más joven que mi padre, pero seguramente seguirá por ahí, viviendo la vida. Es todo un personaje.

Siempre había sido muy divertido tenerla como tía, pero Drew sabía que la historia debía de haber sido muy diferente para sus cuatro hijos. De repente se acordó de la madre de Deanna.

—¿Qué le vas a decir a tu madre?

Ella volvió a ponerse boca arriba y se tapó hasta la barbilla.

—Nada hasta que no tenga más remedio. Le diré lo justo y necesario.

Drew estuvo a punto de preguntarle por su padre, pero entonces ella bostezó y le dio la espalda de nuevo, dejándolo con la curiosidad. Por lo que podía recordar, jamás la había oído mencionarle. No sabía si su padre estaba vivo o muerto. Ni siquiera sabía si ella lo conocía.

En realidad, ella sabía mucho más de él que él de ella. Hasta ese momento no le había importado mucho, pero de repente tenía unas ganas locas de averiguarlo todo. Sin embargo, decidió dejar el tema de momento. Deanna y él no estaban juntos de verdad, pero él era lo bastante listo como para saber que cuando una mujer le daba la espalda de esa manera, la conversación había terminado.

Se dedicó a escudriñar las sombras hasta que oyó cómo cambiaba la cadencia de su respiración, haciéndose más larga y lenta. Y entonces pudo cerrar los ojos por fin y dejar descansar sus atormentados pensamientos. No obstante, un rato más tarde, en cuanto volvió a sentir el suave cuerpo de su peculiar compañera de cama, volvió a despertarse de nuevo.

Y su cuerpo no parecía dispuesto a darle una tregua.

Deanna se estaba asando de calor. Se quitó el edredón de una patada y, al sentir la textura sedosa de las sábanas de algodón, se dio cuenta de que aquélla no era su propia cama.

Se quedó quieta y miró hacia la ventana que tenía delante. Las persianas estaban cerradas, pero la luz del sol se colaba entre las secciones de madera. No obstante, no era la luz del sol lo que más llamaba su atención, sino el brazo musculoso que tenía alrededor de la cintura, oprimiéndola. La mano de aquel brazo fibroso le caía justamente sobre el pecho. Se mordió el labio inferior. Hubiera querido contener la respiración, pero el corazón le latía tan rápido que ni siquiera hubiera podido hacerlo. Se dio cuenta de que tenía los pezones endurecidos y que Drew se los acariciaba inconscientemente con las yemas de los dedos. Rápidamente le agarró la mano y trató de apartarla. Él murmuró algo y la agarró de la cintura con más fuerza, tirando de ella hasta apretarla contra su propio cuerpo. Por lo menos ya no tenía la mano sobre su pecho, sino sobre el vientre. La había metido por debajo de las sábanas y estaban piel contra piel.

Deanna se tragó un pequeño grito y trató de apartar su pesado brazo de nuevo.

—Suéltame.

Él volvió a murmurar algo y entonces se dio la vuelta, liberándola por fin.

—Vaya, Dee. ¿Por qué no me dejas dormir?

Ella se levantó de la cama, sujetándose la camisola con una mano y echándose el pelo atrás con la otra. El anillo de diamantes que tenía en el anular parecía más pesado que nunca, habiéndosele enredado en el cabello.

—A mí no te me quejes. ¿Pero qué pasa contigo? —le dijo, tirando del brazo con brusquedad y arrancándose el anillo del pelo.

Drew tenía casi todo el pelo sobre la frente y apenas se le veían los ojos. Sobre aquellas sábanas blancas, parecía más oscuro y peligroso que nunca, y muy seductor.

De repente la miró con los párpados casi cerrados y una sonrisa endiablada asomó en sus labios.

—Por lo visto, nada.

Deanna sintió un terrible ardor en las mejillas. No era tan ingenua como para pensar que tuviera algo que ver con… con lo que había sentido contra la espalda.

—Bueno, es evidente que tendremos que hacer algo con esto.

Él arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

Ella se sonrojó aún más.

—Eso no —le dijo, poniendo los ojos en blanco.

Esto, eso… Siempre se te han dado muy bien las descripciones, Dee, pero hoy te estás superando a ti misma.

Ella cruzó los brazos, aunque ya era demasiado tarde para esconder los pezones endurecidos que se transparentaban por debajo del fino tejido de la camisola.

—Me alegra ver lo mucho que te diviertes. Ya sabes a qué me refería.

Él sonrió con desparpajo y Deanna ya no pudo aguantar más. Dio media vuelta y se metió en el cuarto de baño, dando un portazo tras de sí. A través de la puerta le oyó reírse abiertamente.

—En qué lío te has metido, Deanna —se dijo, mirándose en el espejo.

—¿Has dicho algo?

Deanna casi dio un salto en el aire. La voz de Drew era tan clara como si estuviera justo al otro lado de la puerta.

—¡No!

—A mí me ha parecido que sí.

Buscó alrededor del picaporte con la esperanza de encontrar algún pestillo, pero no había ninguno. No sería capaz de entrar estando ella dentro…

—¿Deanna?

Ella tragó en seco, se mesó los cabellos.

—Yo, eh… —se aclaró la garganta y habló más alto—. Decía que necesito un café desesperadamente —añadió, haciendo una mueca. Aquella excusa era muy pobre. Ella ni siquiera bebía café.

—Muy bien.

Sin duda él no la creía, pero por lo menos dejó de insistir.

—Voy a ver si aún estamos a tiempo para desayunar.

—De acuerdo —abrió el grifo, dejó que corriera el agua y volvió junto a la puerta para escuchar.

Se sentía como una idiota, pero no consiguió relajarse hasta que sintió cerrarse la puerta del dormitorio.

En ese momento soltó el aliento de golpe y casi se desplomó allí mismo. Rápidamente abrió su bolso de viaje, sacó el champú y los cosméticos. Se duchó a toda velocidad y salió a la mullida alfombra de baño. Se puso la toalla alrededor y aseguró el borde todo lo que pudo. Se desenredó el cabello con el peine y se las arregló para maquillarse usando el único rincón del espejo que no estaba cubierto de vapor. Normalmente no usaba mucho maquillaje, pero, como ese día iba a asistir a una boda, se puso un poco más de sombra de ojos y colorete que de costumbre. Sólo podía esperar que fuera suficiente para esconder las oscuras ojeras que se le habían formado después de una noche sin dormir. Afortunadamente, Drew seguía sin aparecer, así que sacó el secador y se secó el pelo, peinándoselo al mismo tiempo. Lo tenía demasiado largo, pero no había tenido tiempo de ir a la peluquería. Volvió a meterlo todo en el bolso y colocó éste en un hueco vacío de una estantería, justo debajo de las toallas. Entonces regresó al dormitorio, apretándose la toalla alrededor del cuerpo. Y justo en ese momento, cuando estaba sacando unas braguitas limpias de un cajón, oyó cómo se abría la puerta, casi sigilosamente.

Deanna se dio la vuelta con brusquedad.

Drew, vestido con unos vaqueros y nada más, la miraba sorprendido.

—El café… —murmuró y extendió la mano. Con ella sostenía una reluciente taza roja.

Llevaba cuatro años trabajando para él. Le había servido muchos cafés a lo largo de ese tiempo, sabía que le gustaba más fuerte que a la mayoría de la gente, y que sólo quería azúcar cuando tenía resaca… Evidentemente, él nunca se había dado cuenta de que ella nunca tomaba café.

Pero le estaba bien empleado… por mentir… Si lo peor que iba a ocurrirle ese fin de semana era tener que tomarse una taza de café amargo, las mentiras tampoco le saldrían demasiado caras, sobre todo porque no podía dejar de mirar aquel abdomen musculoso, la tableta de chocolate, perfecta… Se las arregló para esbozar una sonrisa y fue a agarrar la taza que él le ofrecía.

Sin embargo, de pronto se dio cuenta de que todavía tenía las braguitas en la mano. Sonrojándose hasta la médula, volvió a meterlas torpemente en el cajón y tomó la taza en la mano.

—Gracias —le dijo.

Y entonces, desafortunadamente, la toalla que llevaba enroscada alrededor del cuerpo cedió un poco…

Deanna se quedó petrificada, inmóvil… mientras la toalla se deslizaba sobre su cuerpo hasta caer a sus pies…

Capítulo 5

MALDITA sea…

Un violento juramento escapó de los labios de Drew cuando la toalla aterrizó, casi a cámara lenta, a los pies de Deanna. En una fracción de segundo, ambos intentaron agacharse para recogerla, pero ya era demasiado tarde. Aquella imagen se había quedado grabada con fuego en su cabeza, o más bien tatuada, porque la instantánea de aquella preciosa figura no se le olvidaría jamás. Agarró la toalla, pero entonces se tropezó con ella. La vista se le iba hacia abajo, hacia la deliciosa piel aterciopelada y bronceada que le cubría todo el cuerpo, exceptuando un diminuto triángulo… La dejó agarrar la toalla y ambos se incorporaron.

Jamás se hubiera imaginado que su secretaria fuera de las que usaban bikini, pero aquellas marcas de bronceado eran inconfundibles.

—Lo siento —le dijo, tosiendo—. No quería asustarte.

Deanna hacía lo indecible por esquivarle la mirada. Asía la toalla con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

—No. Es culpa mía. Yo, eh… Yo… —se detuvo y sacudió la cabeza. El cabello le rebotaba contra los hombros—. Éste es el castigo por mentir — masculló.

—Sólo ha sido un accidente —le dijo él.

Pasó por delante de ella para dejar la taza de café encima de la cómoda. Ella casi dio un salto.

—Cuando estemos casados y vivamos juntos…

—¡Vivir juntos!

Él frunció el ceño y miró hacia el pasillo por la rendija de la puerta entreabierta. Afortunadamente, los únicos sonidos que se oían eran las risas y las voces que venían del otro lado de la casa. Todo el mundo seguía en la cocina. Cerró la puerta.

—Sí. Vivir juntos —dijo, haciendo un esfuerzo por sostenerle la mirada—. Eso es lo que suele pasar cuando las parejas se casan —añadió, bajando el tono. Las paredes parecían gruesas, pero no quería correr ningún riesgo.

—Nosotros… —dijo ella, señalándole a él y después a sí misma—. No somos una pareja.

Él le agarró la mano y la sostuvo en el aire un momento. El diamante que brillaba en su dedo anular lanzaba destellos de colores que bailaban sobre las paredes.

—A todos los efectos, nos convertimos en una pareja cuando te puse este pedrusco en el dedo. ¿Qué clase de matrimonio sería si no viviéramos juntos después de decir «sí, quiero»? De hecho, a muchos les parece raro que no vivamos juntos ya.

Ella apartó la mano bruscamente.

—Diles que soy anticuada —le dijo con voz temblorosa. Rehuyó su mirada y entonces cerró un cajón de la cómoda de un empujón.

Pero toda hostilidad era inútil ya. Él ya había visto lo que se escondía debajo de aquella toalla; las delicadas cintas de la braguita, el encaje… Sin duda le esperaban muchas horas de tormento mientras pensaba en aquel cuerpo perfecto…

—Eso es exactamente lo que le dije a Jeremy. Que eras un poco anticuada.

Y, por alguna razón, su hermano había encontrado el comentario increíblemente divertido.

Isabella, en cambio, se había limitado a sonreír plácidamente al tiempo que le dejaba un plato de beicon y salchichas sobre la mesa. Evie, la cocinera, se lo había recalentado un poco, pues ya hacía más de tres horas que habían desayunado.

—Genial —le dijo Deanna, haciendo una mueca—. Ahora se preguntarán más que nunca qué demonios estás haciendo casándote conmigo.

—¿Qué quieres que diga, Deanna? —exclamó Drew en un tono de pura frustración.

—¡No lo sé! —le dio la espalda. Todavía asía la toalla como si le fuera la vida en ello.

Se sentó en el borde de la cama un momento, pero enseguida se levantó y se alejó.

—No te voy a hacer nada, por el amor de Dios. Que nos hayamos despertado de esa manera no significa que no sepa controlarme.

—Yo no he dicho que no supieras.

—Fuiste tú quien se arrimó a mí mientras dormías —le dijo él—. Y ahora te comportas como una mojigata remilgada y virginal que tiene miedo de estar a solas en una habitación con un hombre.

Deanna se puso roja como un tomate.

Drew la miró unos instantes, preguntándose qué parte de aquel maravilloso cuerpo quedaba por ruborizarse. Y entonces se dio cuenta de que quizá había acertado sin querer.

Apenas pudo reprimir el juramento que pugnaba por salir de su boca.

—No lo eres, ¿verdad? Una mojigata virginal…

Aunque hiciera todo lo posible por esconder la gloria de aquel cuerpo de infarto tras aquellos horribles trajes de ejecutiva, no tenía por qué escondérselos a su novio también.

¿Cómo había dicho que se llamaba él?

¿Mike? ¿Mark?

De repente se dio cuenta de que aquel tipo no le caía nada bien, aunque no lo conociera de nada. Menuda ironía… Drew Fortune nunca había sido de los celosos, ni siquiera cuando la mujer a la que había jurado amar para siempre le había engañado con su mejor amigo.

Deanna apretó los labios.

—No. No soy virgen, si es eso a lo que te refieres, aunque tampoco es asunto tuyo.

—¿Y por qué no? Tú lo sabes todo de mi vida amorosa.

—Eso es porque te lo traes todo a la oficina — exclamó ella, gesticulando con los brazos—. Y después me las dejas a mí para que me libre de ellas cuando ya no te divierten.

—Yo no hago eso.

Ella le miró con cara de estupefacción.

—De acuerdo. Te he mandado a pedirme algunas piezas de joyería —admitió.

—Mm. Pides tantas cosas de Zondervan’s que cuando pediste esto… —le dijo, levantando el brazo y agitando la mano con el anillo—. ¡Salieron corriendo en tu ayuda!

—¿Y? —le dijo él, a la defensiva—. ¡Por lo menos no mando a mi secretaria para que corte con las chicas con las que salgo! No soy tan cerdo.

Ella soltó el aliento de golpe, como si tirara la toalla.

—No eres un cerdo —volvió a sentarse en la cama. Le miró de reojo durante unos segundos y se las arregló para seguir allí sentada, recolocándose la toalla para que le tapara las rodillas.

Drew pensó en decirle que ya era demasiado tarde para molestarse en esconder algo, porque ya lo había visto todo, y en alta definición.

—Sólo es esta situación —le dijo ella, haciéndole volver a tierra firme—. Me está volviendo un poquito… Muy loca.

Drew hubiera querido sentarse a su lado, pero el sentido común le advirtió que sería mejor no hacerlo. Además, como ya andaba un poco falto de cordura, lo mejor era estar alerta.

—Sólo serán unos días —le aseguró, hablándose a sí mismo, más que a ella—. Después volveremos a casa y las cosas volverán a la normalidad.

—Hasta que tengamos que planificar una boda y mudarnos a vivir juntos —dijo ella en voz baja—. ¿Y si la gente nos pregunta si ya tenemos fecha para la boda? ¿Qué se supone que vamos a decirles?

—Les diremos que todavía estamos pensándonos la fecha. Oye, les diremos que tenemos pensado irnos unos días a Las Vegas. No sé… Algo así. Ya se nos ocurrirá algo.

Ella le miró de reojo.

—No tienes fiebre ni nada parecido, ¿verdad? Quiero decir que estamos hablando de todo esto del matrimonio y la boda demasiado a la ligera.

—Qué lista.

Drew hizo un esfuerzo por recordar aquello que había pasado cuatro años intentando olvidar.

Deanna Gurney no sólo era una secretaria brillante, sino también una mujer espectacular. Y en Red Rock todos pensaban que era su mujer. Resultaba irónico pensar que ella estaba más fuera de su alcance que nunca, a cuenta del trato que habían hecho. Sin embargo, todavía recordaba muy bien cómo había sido besarla cuatro años atrás.

—Ya veremos qué hacemos —le dijo, intentando desterrar de su mente la imagen de ella desnuda.

Ella se estaba mirando las manos. Las tenía sobre su regazo.

—¿Lo prometes?

—Sí. Lo prometo —esbozó su mejor sonrisa pícara y ella se la devolvió—. Tómate el café. Se te va a enfriar. No sé qué le pone Isabella, pero está buenísimo.

Ella apretó los labios un momento.

—Muy bien.

—Yo iré a ver si encuentro algo que hacer durante la próxima media hora. ¿Es suficiente tiempo para que puedas terminar de vestirte?

Ella sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

—Sólo necesito cinco minutos.

Drew se sorprendió. Nunca había conocido a una mujer que pudiera vestirse tan rápidamente. Desvestirse, en cambio, era otra cosa.

La vista se le iba de vez en cuando hacia la base de su cuello. Nunca se había dado cuenta de lo sexy que era esa zona del cuerpo.

—¿Drew?

Él volvió a la realidad y agarró la puerta.

—Bueno, que sean quince minutos, entonces. Cuando me duche y me cambie, tendremos que irnos a la iglesia directamente, pero puedes picar algo en la cocina mientras yo me visto. Quedaban muchas cosas del desayuno, y sé que Isabella está deseando conocerte.

Deanna volvió a poner cara de preocupación.

—No te preocupes. Les vas a encantar —le aseguró y se marchó sin más dilación.

No quería hacer o decir algo de lo que pudiera arrepentirse en el futuro.

Cuando antes terminara la boda, antes estarían de vuelta en San Diego.

Vuelta a la normalidad, por fin.

—¡Bueno, aquí están los recién prometidos!

La calurosa bienvenida reverberó por todo el jardín situado entre el abarrotado aparcamiento y la iglesia. Mientras caminaban por el césped rumbo a la pintoresca capilla, Deanna sintió que Drew le apretaba la mano con más fuerza. Era un templo pintado de blanco, con una alta torre y rodeado por un jardín color verde esmeralda con flores rosas y rojas. Había guirnaldas verdes y blancas enroscadas alrededor de la barandilla de la pequeña escalera que llevaba a las dobles puertas de madera.

Por primera vez desde la debacle de la mañana, Deanna consiguió poner la mente en blanco y olvidar todo lo ocurrido durante unos instantes. Todo, o casi todo… El tacto de la mano de Drew alrededor de la suya propia le impedía borrar ciertas cosas de su memoria. Aun así, no obstante, aquella iglesia parecía sacada de una revista, o de un cuento de hadas.

—Es preciosa —exclamó.

—Qué pena que vaya a ser el escenario del peor error de mi padre.

—A juzgar por las miradas de felicidad que veo a mi alrededor, parece que hay muchos que no comparten tu opinión —señaló ella, manteniendo la voz baja—. Sólo prométeme que no te vas a levantar y a armar un escándalo cuando el sacerdote pregunte si hay alguien que tenga algo que objetar.

Habían ido solos al pueblo, en una de las camionetas del Orgullo de Molly, pero no parecía que hubieran llegado muy pronto. Ya casi no quedaban plazas vacías en el aparcamiento y había un montón de gente esperando fuera, frente a la iglesia.

—Ése es Nick —le dijo Drew, levantando la mano que tenía libre para saludar al hombre que les había dado tan efusiva bienvenida.

Teniendo en cuenta la descripción que él mismo le había dado de sus hermanos, Deanna no tuvo problema en identificarle. Nick era más o menos de la misma estatura, aunque quizá un poco más delgado. Tenía el mismo pelo castaño y los mismos ojos oscuros. Además, le acompañaba una preciosa pelirroja con un bebé en brazos.

—Y Darr debe de ser él que está a su lado.

—Sí.

El benjamín de los hermanos Fortune no era tan alto como Nick, pero era fuerte y musculoso. Llevaba una corbata de cuero, camisa blanca y traje negro, además de un sombrero vaquero.

Drew le había dicho que Darr era el más texano de los hermanos afincados en Red Rock y su aspecto no dejaba lugar a dudas.

—Señora —le dijo a Deanna a modo de saludo, tocándose el sombrero y mirándola de arriba abajo con una sonrisa de chico malo.

Deanna esbozó una sonrisa temblorosa. Lo que la familia de Drew pensara de ella tenía que traerle sin cuidado, pero no podía evitar sentir ese nudo en el estómago. Todos los ojos estaban puestos en ella. Drew se los presentó a todos y después le levantó la mano.

—Y ésta es Deanna Gurney.

—Tu prometida. Toda la familia se enteró a primera hora de la mañana —dijo Bethany, la pequeña rubia de ojos azules que iba de la mano de Darr.

—Menos mal que tuvimos tiempo para recuperarnos de la sorpresa —comentó Darr, guiñándole un ojo a Deanna.

Todo el mundo se rió a carcajadas.

—Oh, cómo eres —Bethany le dio un pequeño codazo. Se volvió hacia Deanna y la sorprendió dándole un efusivo abrazo—. Nos alegramos mucho por vosotros —retrocedió y la miró con ojos brillantes.

Bien podría haber sido de algodón de azúcar. Tenía una cara tan dulce.

—Estás radiante. Te queda muy bien ese tono rosa. Yo nunca puedo ponerme nada más oscuro que esto —dijo, tocándose el vestido rosa claro que llevaba puesto—. No quiero verme tan pálida.

—Gracias —atinó a decir Deanna, agradecida. Era el primer cumplido que recibía desde que se lo había puesto.

Drew se había limitado a mirarla con ojos de sorpresa, pero no le había dicho ni una palabra. Y ella se había puesto tan nerviosa al verle con aquel traje negro hecho a medida, que no había podido hacer otra cosa sino dejar la taza de té caliente que se había preparado y señalar las llaves que J.R. les había dejado. Habían salido inmediatamente después.

Bethany se volvió hacia Drew y le dio un beso en la mejilla.

—Pero qué malo eres, Andrew. Ya me habías convencido de que eras alérgico al matrimonio.

La mirada de Deanna se cruzó con la de él por encima de la pequeña rubia. En sus ojos no había más que sarcasmo.

—¿Qué quieres que te diga, Bethany? —le dio una palmadita en el hombro.

Ella se hizo a un lado para dejarle paso a Charlene, la esposa de Nick.

Drew saludó con cariño al bebé que ésta sostenía. El niño soltó una carcajada.

Deanna observaba la escena con curiosidad. Por alguna razón, jamás hubiera podido imaginarse que Drew tuviera buena mano con los niños, pero, viéndole en ese momento, no podía negar que todo le salía de forma natural. Él miró a Bethany.

—¿Y dónde está tu pequeña?

—Está con Josh. Cuando Randi se junta con Brandon y con Maribel, ya no quiere saber nada más de sus padres —Bethany se volvió hacia Deanna de nuevo—. Randi es Miranda, nuestra hija. Tiene dos años, pero se mueve tan rápido últimamente, que hemos empezado a acortarle el nombre —sonrió—. Brandon es el niño de Josh. Josh es el hijo mayor de Frannie y Maribel es la pequeña.

Aunque Deanna se había esforzado por recordar todos los nombres que Drew le había dicho, todavía seguía perdida.

—Frannie es una de mis primas —le aclaró él—. Josh es su hijo. Frannie y su marido, Roberto Mendoza, han ayudado a Josh a criar a Brandon.

—Ah —Deanna asintió con la cabeza e intentó dibujar el árbol familiar mentalmente—. ¿Mendoza? ¿No es ése el…?

—Sí. Son primos lejanos. Y ahí están el resto de primos Fortune. Los hermanos de Frannie — señaló a un grupo de hombres y a una mujer que estaban cerca de los escalones que conducían a las puertas de la iglesia—. El hombre que está apoyado en la barandilla es Ross. Es el hijo mayor de la tía Cindy. Es el detective del que te hablé, y la morena que está con él es su mujer, Julie. Se casaron hace un año. Después está Cooper, el que tiene el pelo castaño oscuro, y que no lleva sombrero. Ha trabajado en un montón de ranchos por todo el país, pero no suele pasar mucho tiempo aquí. Eso tengo entendido. Después tenemos a Flint. Lleva el sombrero negro. Tiene unas tierras al norte del estado de Nueva York. Y… no veo a Frannie por ningún lado —añadió, poniendo el brazo sobre los hombros de Deanna con sutileza—. Ella es la más pequeña, la única chica.

—¿Me estás hablando de Frannie? Acabo de verla dentro con Lily —dijo Jeremy, yendo hacia ellos.

Deanna ya lo había visto en la casa de J.R. y, nada más conocerle, le había tomado aprecio al educado cirujano. Era de esos hombres que no decían nada hasta estar bien seguros de qué estaban hablando. Ella siempre intentaba hacer lo mismo y normalmente le salía bien, excepto cuando estaba con Drew.

—¿Ha llegado papá? —preguntó Jeremy. Se alisó los puños de la camisa y miró a su alrededor. Su pelo rubio resplandecía a la luz del sol.

—No lo he visto todavía —contestó Nick.

—A lo mejor ha entrado en razón —dijo Drew.

—Pensaba que ya te habías rendido —dijo Darr, mirando a su hermano y a Deanna—. Papá está enamorado de Lily, y ella también lo está de él. A lo mejor si pasarás más de dos días al año aquí, lo verías por ti mismo.

Bethany le puso una mano sobre el brazo, en un intento por apaciguarlo.

—Papá viene en coche desde el hotel —dijo Nick, sin perder la calma—. Seguramente haya entrado en la iglesia por la parte de atrás. J.R. ya está allí. Hay una habitación en la que el novio puede esperar para no ver a la novia antes de tiempo. Lo ponen en cuarentena —añadió en un tono de broma.

Charlene le dio un manotazo.

—Cuarentena —le dijo, sonriendo—. Me encanta que William y Lily hayan escogido el día de Año Nuevo para celebrar la boda. Creo que es la forma perfecta de empezar una vida juntos. Y además hace un día fabuloso. ¿Qué más podrían pedir? —cambió de postura a Matthew, pero Nick levantó al pequeño y lo apoyó sobre su hombro.

—Cualquier día es perfecto para una boda —dijo, bromeando.

Deanna tuvo que reprimir un pequeño suspiro de envidia. Aquel hombre adoraba a su esposa. Era fácil de ver. Y verlos abrazar a ese bebé, con tanto cariño, resultaba casi doloroso.

—Hace un día espléndido —dijo—. Hace más calor de lo que esperaba.

Pensaba que tendría frío con el chal que había llevado, pero el sol brillaba con fuerza y la brisa era muy suave. Ni siquiera le levantaba los volantes de la falda del vestido.

—Bueno, bueno, primo —una voz profunda los hizo volverse de repente.

Era Cooper Fortune. Iba directo hacia ellos con una sonrisa en aquel rostro curtido por el sol y el viento.

—Ross acaba de contarme la buena noticia. Supongo que al final hay que probar de nuevo, ¿no? —tomó la mano de Deanna y la besó en el dorso—. ¿Está segura de que sabe dónde se mete con este tipo, señorita?

Deanna sintió un cosquilleo y miró a Drew rápidamente. Todavía tenía muy presentes todos sus comentarios ácidos sobre el matrimonio y aún le costaba creer que hubiera estado casado alguna vez.

—No la pongas en contra de mí —dijo Drew, sonriéndole a su primo e ignorando la mirada interrogante de Deanna—. Maldita sea, Coop. Cada día estás más feo.

—Y más viejo —reconoció Cooper.

Él también tenía esos ojos marrones de la familia Fortune.

—Cariño, ¿por qué no vamos a ver al novio?

Bethany miró a Drew.

—Ya es hora de empezar, ¿no?

—En realidad… —Charlene miró su reloj de pulsera—. Creo que es un poco tarde —miró a su alrededor, hacia los invitados que se agolpaban en la entrada—. De verdad que no conozco a casi nadie. Hay muchísima gente —se colgó del brazo de Nick—. A lo mejor deberíamos entrar. Así la gente se animará y entrará detrás.

Pensando que Charlene estaba en lo cierto, Deanna dio un paso adelante, al igual que los demás, pero Drew la hizo detenerse agarrándola de la mano. La joven se estremeció de pies a cabeza.

—No hay prisa.

Era él quien no la tenía, pero Deanna no quiso decírselo en alto porque los otros todavía estaban demasiado cerca.

En cuanto todos estuvieron lo bastante lejos, le lanzó una mirada fulminante.

—¿Al final hay que probar de nuevo? —dijo, repitiendo las palabras de Cooper—. Has estado casado antes, ¿no? ¿Cuándo?

—¿Acaso importa?

—Eh… sí —le dijo, deseando provocarle—. Si tuviera a un antiguo marido por ahí, ¿no crees que sería un poco raro que no te lo hubiera mencionado, sobre todo ahora? —levantó una mano y se tocó el anillo de diamantes con el dedo pulgar—. ¿Cómo se llamaba? ¿Qué pasó?

Él hizo una mueca.

—Paula. Fue justo después de la universidad. Y duró tres meses.

Aunque ya lo hubiera oído en un par de ocasiones, Deanna volvió a sorprenderse al oír que había estado casado. De repente se sintió como si acabara de probar un limón.

—Tres meses. La típica fecha de caducidad. ¿Alguna vez has durado más de tres meses con alguna antes de cansarte de ella?

—Fue al revés —dijo Drew en un tono apagado—. Ella se cansó de mí.

—¿Pero quién podría cansarse de ti? —le preguntó y enseguida se puso roja.

—La mujer con la que me casé, por lo visto, y me lo dejó muy claro cuando la encontré en la cama con mi mejor amigo.

—¿Estás hablando en serio? —le preguntó Deanna, sin dar crédito.

—Por desgracia, sí.

De repente, ella sintió una oleada de empatía por el joven ingenuo que quizá hubiera sido alguna vez.

—Y acababas de salir de la universidad. Vaya.

Él se limitó a hacer una mueca, como si quisiera dejar el tema de una vez.

—Y tu familia sabe lo que pasó, ¿no? Tu primo se ha excedido un poco sacando el tema de esa forma.

—Sólo saben que las cosas no salieron bien. Eso es todo.

Ella se le quedó mirando unos segundos.

—No… ¿No les contaste lo que pasó?

—¿Para qué? ¿Para que piensen que soy un tonto que se deja engañar fácilmente?

—Drew…

—Es agua pasada —le dijo en tono seco—. Estuve casado muy poco tiempo. No salió bien. Fin de la historia.

Dio un paso hacia la iglesia, pero ella se interpuso en su camino.

—No. Desde que llegamos a Red Rock, he intentado averiguar por qué le tenías tanta fobia a las bodas. Siempre he pensado que tenía que ver con algo de la infancia, algún problema con tu madre y tu padre, o algo parecido. Pero entonces conocí a J.R. y es evidente que no hay ninguna tensión entre vosotros. Y, aparte de Jeremy, que no ha dicho prácticamente nada de la boda, tú eres el único aquí que no se alegra por tu padre. Ahora todo cobra sentido. Ella te rompió el corazón.

Drew se alisó la corbata.

—No empieces con la cantaleta sentimental.

—¿Todavía la amas? —le preguntó ella, sintiendo un nudo en el estómago.

—No. Claro que no —Drew levantó la voz y miró a su alrededor para asegurarse de que nadie los estaba oyendo.

La gente seguía entrando por las puertas de madera de la iglesia.

No obstante, de repente, sus ojos se hicieron más pequeños, como si estuviera escudriñando la multitud. Deanna se volvió para ver qué había captado su atención.

Había una mujer que salía de la iglesia mientras todos entraban. Llevaba un vestido azul espectacular e, incluso a esa distancia, Deanna podía ver que era toda una belleza.

—¿Qué hace Frannie? —preguntó Drew en voz alta.

—Yo diría que está buscando a alguien —dijo Deanna y corrió detrás de Drew, que se dirigía hacia la joven.

Cuando se acercaron un poco más, se dio cuenta de que el murmullo alegre de la multitud acababa de convertirse en susurros y miradas furtivas.

Drew le agarró la mano con fuerza. Él también había notado el cambio.

Se abrieron paso entre la gente y llegaron hasta Nick y Darr.

—¿Qué sucede? —preguntó Drew.

Frannie miró a su primo. Sus ojos eran de preocupación.

—No encontramos a William.

Capítulo 6

TRES horas más tarde, el novio seguía sin aparecer. Todos los invitados se habían marchado, pero los miembros de la familia seguían dentro de la iglesia, caminando entre los bancos con gesto pensativo. En la parte de atrás del templo, Bethany estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas. Su precioso vestido claro se abría a su alrededor. Con un brazo sujetaba al niño de Nick y de Charlene y con el otro le tiraba una pelota a la pequeña Randi. Cerca del altar estaba Lily, deambulando de un lado a otro, asiendo con fuerza el teléfono móvil. Cada unos cuantos minutos miraba la pantalla o marcaba un número. Llevaba unos zapatos de salón color marfil que la hacían parecer mucho más alta. Además, su tez morena y saludable le daba un aire de juventud que nada tenía que ver con sus sesenta y cinco años de edad. Llevaba el cabello recogido en un moño adornado con pequeñas rosas y el vestido color crema que había escogido para la ocasión bien podría haber salido de una película de los años cincuenta, de no haber sido por el color, moderno y fresco. Deanna no podía apartar la vista de ella. Parecía tan elegante y estilosa… Era muy triste saber que su prometido se había esfumado de la faz de la Tierra.

De repente se abrió una puerta lateral y Lily giró sobre sí misma. Pero sólo eran Darr y Drew.

—He hablado con la policía —dijo Darr sin más preámbulos—. No ha habido ningún accidente en las inmediaciones de Red Rock. Sólo ha habido un accidente a unos ciento diez kilómetros, en la carretera que lleva a Haggarty.

Lily se puso pálida, pero Darr levantó una mano.

—Sólo había una persona en el coche, una mujer —Darr se puso muy serio—. Murió, pero eso no tiene nada que ver con papá, Lily. No ha habido llamadas de emergencia provenientes de Red Rock, ningún problema de aquí a San Antonio. Tengo unos amigos en el departamento de bomberos. Van a volver a mirar en los hospitales dentro de unas horas —sacudió la cabeza—. Drew fue al hotel donde se hospedaba papá.

Drew estaba sentado al borde del banco de la primera fila, al lado de Deanna.

—Su maleta estaba hecha, sobre la cama, lista para meter en el coche —les dijo—. Pero ninguno de los empleados recuerda haberlo visto salir esta mañana y, desde luego, no pasó por la recepción.

—Lily, ¿por qué no te sientas? —sugirió Isabella, interponiéndose en su camino.

Al igual que Lily, Isabella tenía una melena oscura, pero la suya era totalmente lisa y le caía en cascada sobre su llamativo vestido rojo. Deanna se alegró al ver que intentaba quitarle el teléfono de las manos a Lily. Pero ésta se resistió a dárselo y siguió caminando de un lado a otro.

—Ha pasado algo —dijo—. Conozco a William. Estaba deseando que llegara este día, tanto como yo. Podría estar enfermo en algún sitio o… —sacudió la cabeza.

Deanna miró a Drew de reojo, pero él continuó en silencio. Sus pensamientos parecían estar en otra parte.

—Claro que estaba deseando casarse contigo, Lily —le dijo Isabella, intentando consolarla—. Lleva varios años hablando de ello sin parar. Se nos ocurrirá algo pronto. Ya lo verás.

En ese momento entró J.R. Había ido al Double Crown, el lugar en el que iban a celebrar el banquete, pero allí tampoco había noticias. William ya vivía con Lily, pero se había quedado en el hotel esa noche para no ver a la novia el día antes de la boda.

—Les dije que lo cancelaran todo —miró a Lily—. No quería que tuvieras que ocuparte también de eso.

—Gracias, cariño —Lily se volvió hacia la sencilla cruz de madera que estaba encima de la zona del presbiterio y respiró hondo—. Desde que perdí a Ryan, siempre he sentido que estaba ahí, velando por todos nosotros —dijo con un hilo de voz—. Tengo que seguirlo creyendo.

Deanna parpadeó varias veces y apartó la vista. Sin embargo, un momento después, la novia se volvió hacia ellos nuevamente. Su expresión era grave y seria, pero tenía la frente muy alta.

—Todavía lo creo. Pero no tiene sentido seguir esperando aquí —bajó los tres peldaños que llevaban al presbiterio—. El catering no se llevará la comida, así que si alguien tiene hambre puede ir al Double Crown ahora mismo. No resolveremos nada pasando hambre —miró a Isabella—. ¿Podrías decirle al reverendo que ya nos vamos para que puedan cerrar y limpiar? Tendrán que preparar la iglesia para la misa de mañana —tocó las flores que adornaban el respaldo del banco donde estaban sentados Drew y Deanna—. Si alguno quiere flores, tomadlas. Sería una pena desperdiciarlas.

Drew se puso en pie.

—¿A alguno se le ha ocurrido pensar que a lo mejor a papá le ha ocurrido otra cosa?

Deanna contuvo la respiración.

—Drew… —dijo, temiendo que fuera a decir alguna imprudencia.

Él sacudió la cabeza fuertemente y ella se calló. No veía esa expresión en su rostro desde aquel día… cuando se lo había encontrado en el despacho con una botella de whisky vacía y una foto de su madre.

—Es uno de los Fortune —dijo Drew, prosiguiendo—. No podemos olvidarlo.

J.R. cruzó los brazos. Al igual que el resto de sus hermanos, él también se había quitado la chaqueta y se había remangado la camisa.

—¿En qué estás pensando?

—No lo sé. Pero todos sabemos que no es la primera vez que alguien intenta hacerle daño a esta familia.

Deanna soltó el aliento bruscamente.

—No.

Lily arrancó una flor de las guirnaldas y los pétalos cayeron al suelo.

—Siéntese, Lily, por favor —le dijo Deanna, agarrándola de la cintura e invitándola a sentarse a su lado.

La señora hizo lo que le pedía y apretó un puño contra su pecho.

—Nadie querría hacerle daño a William —dijo. Sin embargo, había miedo en su voz.

—A lo mejor no —dijo Darr, y entonces miró a Drew—. Pero ya hemos tenido algún que otro incidente.

—¿Y un secuestro? —Drew miró a Nick y a J.R. No hubiera querido ser la persona que mencionara esa posibilidad, pero ya sabía que Darr y él estaban pensando lo mismo.

—Dios mío —susurró Isabella. Se sentó inmediatamente e inclinó la cabeza hacia delante hasta tocarse las rodillas.

—¿Cariño? —J.R. fue hacia ella.

Ella levantó una mano y le hizo señas.

—Estoy bien. Sólo me he mareado un momento.

Frunciendo el ceño, J.R. se sentó junto a ella y le puso la mano en la espalda.

—Estamos todos un poco nerviosos —dijo Bethany de repente, avanzando por el pasillo con su pequeña hija en la retaguardia.

Charlene iba detrás de ella, sujetando a su precioso bebé.

—Tiene razón. Estas ideas tan peregrinas no nos ayudarán en absoluto.

—A lo mejor no es una idea tan peregrina después de todo —dijo Lily, con voz temblorosa.

Isabella ya se había incorporado. Tenía la cara muy pálida.

—Los incendios, hace unos años… Primero en el restaurante de José y María, y después en tu granero.

Lily asintió con la cabeza.

—Pero Lloyd Fredericks está muerto. Lyndsey Pollack está encerrada en un manicomio y su madre sigue pudriéndose en la cárcel —señaló Nick.

Su tono de voz era tranquilo, pero Deanna podía ver más allá y cada vez se sentía más perdida. Además, la expresión de Nick era de absoluta preocupación.

—Bueno, si ha sido un secuestro… —dijo Bethany—. Debería haber alguien en el Double Crown, por si intentan contactar con Lily, ¿no? —hizo una mueca—. Ser la hija del hombre que tiene la petrolera más grande de todo Texas me ha enseñado unas cuantas cosas. Mi padre siempre ha tenido miedo de que alguien pudiera hacernos daño a mis hermanos o a mí.

—Bethany tiene razón —Lily se puso en pie. Seguía pálida, pero por lo menos parecía más dueña de sí misma—. Quiero volver al rancho, lo antes posible.

—Nosotros te llevamos —dijo J.R.

—Gracias, cariño.

Isabella también se puso de pie y se alisó el vestido.

—Hablaré con el reverendo primero y me reuniré con vosotros en la entrada.

Lily asintió y se colgó del brazo de J.R. Todos abandonaron la iglesia.

El aire se había enfriado bastante. Unos nubarrones se acumulaban en el horizonte y no auguraban nada bueno. Deanna se estremeció.

—Toma —Drew le puso su chaqueta sobre los hombros, por encima del chal que ella llevaba.

—Gracias —le dijo ella, agarrándola fuertemente.

El aroma que desprendía la prenda era incluso más confortable que el calor que le daba. Isabella se unió a ellos y todos se dirigieron en silencio hacia el aparcamiento que estaba al otro lado del jardín. Parecía desolado, después de la multitud de coches que había albergado tan sólo un rato antes. Nadie advirtió la presencia de la persona que estaba bajo la sombra de la iglesia. Llevaba una escoba en la mano y los observaba atentamente mientras subían a los vehículos. Cuando se marcharon, el celador dio la vuelta y contempló el montón de pétalos y demás basuras que la escoba había recogido de la parte de atrás del templo. Sólo a uno de los Fortune se le podía ocurrir decorar la puerta trasera, la cual sólo usaba el personal de servicio. Pero en realidad no era el montón de basura lo que más le llamaba la atención al empleado, sino el pequeño bebé que estaba en un asiento adaptado para coche. Se lo había encontrado sentado junto a la puerta trasera un par de horas antes, pero todos se habían marchado ya y nadie había ido a buscarlo. El niño había llorado desconsoladamente, pero nadie parecía haberle echado en falta, y al final la pobre criatura se había quedado dormida. Todos los asistentes a la boda parecían demasiado ocupados con el asunto del viejo como para preocuparse por un bebé que ni siquiera debería haber estado allí para empezar. El celador se agachó y tocó el medallón de oro que el pequeño llevaba al cuello. No era muy grande, pero en comparación con el bebé sí que lo parecía. Además, parecía muy valioso.

—¿De dónde has salido tú?

El bebé siguió dormido, chupándose el dedo delicadamente. El empleado se incorporó y continuó limpiando a toda prisa. Los goterones de lluvia eran cada vez más grandes. Limpiar la basura de otros nunca había sido parte del plan… Después de guardar los utensilios de limpieza, volvió para recoger el asiento de coche en el que estaba el pequeño. Nadie se había dado cuenta… A nadie le había importado… Se habían marchado sin más.

Drew y Deanna volvieron al Orgullo de Molly en silencio. Todos los demás se habían ido al Double Crown para acompañar a Lily. Pero Drew no había querido ir con ellos. Y no era porque estuviera molesto con Lily ni nada parecido. Él mismo había visto lo mucho que la había afectado la desaparición de su padre. Lo que le tenía tan apesadumbrado eran las últimas palabras que había cruzado con su padre. No podía sacárselas de la cabeza. Le había dicho a su padre que podía irse al infierno y llevarse a su esposa con él. ¿Y si no volvía? ¿Y si no podía volver?

—¿Quiénes son Lloyd Fredericks y Lindsey Pollack? —la suave voz de Deanna rompió por fin el silencio cuando entraron en la hacienda de J.R.

—Es una vieja historia.

—A mí no me pareció tan vieja en la iglesia.

Drew cerró los puños y se dirigió hacia el centro de la casa. Sus pasos retumbaban con fuerza.

—Lloyd fue el primer marido de Frannie —dijo finalmente—. Lyndsey era la novia de Josh. Estaba embarazada de Brandon, pero su verdadero interés no era formar una familia con Josh. Lo que le interesaba de verdad era la enorme herencia que conseguiría a través del padre de Frannie.

—El padre de Frannie era el marido de tu tía Cindy, ¿no?

—Uno de los cuatro que ha tenido —llegó hasta el mirador que estaba encima del jardín exterior y se detuvo frente a la ventana, contemplando la lejanía.

Los apliques de hierro forjado arrojaban extrañas formas de luz por todo el jardín y la lluvia cada vez se hacía más fuerte, haciendo brillar los azulejos de la fuente.

Drew miró a Deanna. Ella seguía agarrando con fuerza la chaqueta que tenía alrededor de los hombros. Sus ojos parecían enormes, más grandes que nunca. De repente se sintió como el idiota más egoísta del mundo por haberla involucrado en todo aquello.

—Deberías volver a San Diego —le dijo bruscamente.

—¿Qué? ¿Ahora? Ni hablar.

—¿Y si las cosas se ponen peligrosas?

Ella arrugó el entrecejo y puso esa expresión testaruda que tan bien la caracterizaba.

—¿Y qué si se ponen peligrosas? —le dijo en un tono desafiante—. Tu familia cree que estamos comprometidos —le enseñó el anillo, como si necesitara recordárselo—. ¿Qué crees que pensarían de mí si saliera huyendo ahora?

—¡A lo mejor pensarían que trataba de mantenerte a salvo!

—¿A salvo de qué? —le preguntó Deanna sin comprender muy bien las cosas.

—Un asesinato, un incendio. Tú elijes.

Se volvió hacia la ventana y volvió a contemplar la lluvia. Era más fácil que mirarla a ella, porque cada vez que lo hacía lo único que deseaba era estrecharla entre sus brazos y aferrarse a ella.

—Ya nos ha tocado alguna que otra vez.

—Dios mío —Deanna se sentó en el borde de una de las mullidas sillas tapizadas en cuero que estaban colocadas de cara al jardín—. Cuéntamelo todo. ¿De acuerdo? Si no lo haces, empezaré a imaginarme cosas mucho peores de lo que pasó en realidad.

—No te creas.

—¿Qué le pasó al padre de Josh?

—¿A Lloyd? —Drew hizo una mueca—. Al final resultó que no era el padre de Josh, pero todo el mundo pensaba que sí lo era, incluyendo a Frannie, gracias a las intrigas de su madre —se sentó en la mesita central y siguió mirando hacia el jardín—. En cualquier caso, la herencia a por la que iba Lyndsey era la misma que quería Lloyd, y ésa es una de las razones por las que se casó con Frannie.

—Bueno, menuda joya.

—Sí. A nadie le caía muy bien, excepto a Cindy. Ella pensaba que era un buen partido para su hija, y lo que Frannie pensara al respecto le traía sin cuidado. Bueno, Lyndsey y su enajenada madre no querían verse obligadas a competir por la herencia de Josh, así que armaron todo el lío que pudieron. Dejaron sin frenos a Cindy. Ella estaba en la ciudad para hacer las paces con Frannie, consciente del daño que le había hecho. Pero eso no es todo, prácticamente quemaron el Red; es un restaurante mejicano, propiedad de los Mendoza —miró a Deanna—. Los Fortune y los Mendoza son familias con mucha historia. El medio hermano de Isabella se ocupa del local ahora. Además de todo esto, intentaron quemar el granero de Lily en mitad de una fiesta de niños. Darr salió herido, tratando de salvar a los caballos que estaban allí. Por suerte, Lily sólo perdió a uno, pero nadie más resultó herido.

—Ya veo que se recuperó muy bien —señaló Deanna.

Drew asintió con la cabeza.

—Lloyd terminó muerto y arrestaron a Frannie. Entonces Roberto, el verdadero padre de Josh, el hombre con el que Frannie está casada ahora, confesó el asesinato. Ambos trataban de proteger a Josh, pues los dos temían que pudiera haberlo hecho él. Al final resultó que las que estaban detrás de todo eran Lyndsey y su madre.

—Qué horrible. ¿Y ese pobre bebé? —Deanna se sentó al lado de él. Se quitó la chaqueta de los hombros y la puso sobre su regazo.

El fino chal que llevaba se le había caído un poco, dejando al descubierto la suave piel de sus hombros.

Drew bajó la vista hacia el suelo de parque, tan antiguo como el resto del caserón. Sin embargo, la madera resplandecía y despedía una calidez inesperada, al igual que los hombros de Deanna, bronceados y aterciopelados. Drew cerró los ojos un momento. ¿Qué le estaba ocurriendo? Su padre estaba desaparecido… Se aclaró la garganta, la silenciosa casa se le hacía cada vez más opresiva.

—Yo no me preocuparía mucho por Brandon. Está en buenas manos. Frannie y Roberto están ayudando a Josh a criarlo. Pero todos han tenido que hacerle frente a las mentiras de Cindy y de Lloyd, y esas mentiras fueron las que lo provocaron todo en un principio. Cuando apareció la psicótica de Lyndsey, estaban condenados al desastre.

Deanna soltó el aliento lentamente y sacudió la cabeza. Le puso la mano en el brazo y se lo apretó un momento, en un gesto de consuelo. Él apretó el puño.

—Y yo que pensaba que mi madre estaba loca —le decía ella—. Lo peor que ha hecho Gigi ha sido perder el trabajo por tener un comportamiento inapropiado en el trabajo.

Él la miró de reojo.

—¿Y eso qué significa?

—¿A ti qué te parece?

A Drew sólo se le ocurrían tres cosas; robar, tomar drogas, o practicar el sexo. Y algo le decía que se trataba de la última. Se puso en pie y fue hacia la ventana. No podía dejar de pensar en el aroma a manzana verde que desprendía su cabello pelirrojo y brillante.

—Me sentiría mejor si volvieras a San Diego —le dijo, poniendo la palma de una mano sobre el cristal.

—¿Porque no quieres que sea un estorbo?

Él la atravesó con la mirada.

—¿He dicho yo eso?

—No, pero a lo mejor era lo que querías decir en realidad. Una cosa es necesitar una prometida para guardar las apariencias, y otra muy distinta es tener que soportarla cuando la situación ha cambiado.

Él se volvió hacia ella.

—¡Vaya! ¡Y yo que sólo pensaba en tu seguridad!

—Bueno, no tienes por qué gritarme.

—No te estoy gritando —le dijo, sabiendo que no era verdad.

Volvió a darle la espalda y miró hacia el jardín. Ojalá hubiera estado en la playa en ese momento…

—Drew —le dijo ella de repente en un tono suave. Dejó a un lado la chaqueta y fue hacia él. Sus dedos le acariciaron el hombro—. Tu padre va a aparecer sano y salvo.

Drew apretó la mandíbula hasta que le dolió.

—Ninguno de nosotros lo sabe con seguridad.

Deanna tragó con dificultad y agarró su mano, que estaba cerrada en un puño. El compromiso era una farsa, pero ella se preocupaba por él de verdad.

—No me voy a ir hasta que lo sepamos con seguridad.

Él se volvió y le puso las manos sobre los hombros.

—¿Y si te pasa algo?

Ella se estremeció.

—No va a pasar nada. Y no me voy a ir.

—Podría echarte.

—No lo harás —le dijo ella, clavándole la mirada.

—Podría decirles a todos que hemos roto.

—Podrías —dijo ella, apretando los labios.

—Seguramente me echarían la culpa. Dirían que ya vuelvo a las andadas, cambiando de mujer como cambio de chaqueta. Nadie pensaría nada malo de ti por abandonarme en mitad de una crisis.

—Creo que no tienen tan mala opinión de ti como piensas.

—¿Llevas aquí menos de veinticuatro horas y has llegado a esa conclusión?

Deanna casi sintió ganas de reír, pero la situación era demasiado seria como para hacerlo.

—No hace falta mucho tiempo para darse cuenta de que todos os queréis mucho.

Ella lo sabía muy bien porque nunca había tenido una familia como la suya.

—Podríamos seguir debatiendo toda la tarde, pero creo que es mejor que te hagas a la idea de que no pienso marcharme.

Él frunció el entrecejo. Parecía más confundido que nunca.

—¿Por qué?

Bastó con aquella pregunta para que Deanna volviera a ver al Drew más auténtico, el hombre sincero que se escondía detrás de aquel playboy malcriado. Él esperaba una respuesta, pero ella no tenía ni ganas ni fuerzas para contarle una mentira, así que tragó con dificultad y le dijo la verdad.

—Dos semanas después de empezar a trabajar para ti, llegué pronto a la oficina un día. Tenía que prepararme para una reunión importante. No esperaba encontrarme a nadie, pero había luz en tu despacho.

En ese momento vio cómo Drew contraía la mandíbula.

—Estabas…

—Estaba casi en coma —dijo él, sin dejarla terminar.

—Estabas dormido —Deanna prosiguió, suavizando los hechos—. Llevabas allí toda la noche.

El funeral de su madre había sido unos días antes.

—Pero tú me hiciste espabilar a toda costa y me obligaste a prepararme para la reunión más importante de mi carrera.

—Te hice un café —dijo ella—. Y te busqué una camisa limpia y una corbata.

—Y yo te lo agradecí propasándome contigo. Deanna sintió que las mejillas le ardían en llamas.

—Me besaste —le aclaró.

—Pero tú no te marchaste. No me pusiste una demanda. Podrías haber hecho las dos cosas.

—Pero te creí cuando me dijiste que no volvería a pasar.

Él se lo había dejado bien claro y en los años posteriores ella había entendido por qué. Simplemente no era como las mujeres con las que solía salir.

—Pero lo que me hizo quedarme… —dijo ella, prosiguiendo—. Fue la mirada que tenías esa mañana.

—¿La mirada de resaca? —le preguntó él en un tono corrosivo.

—No. La mirada que me decía que sí sabías lo que era querer a alguien de verdad. Entonces supe que sería bueno trabajar contigo.

—Y eso lo dice la mujer que dejó irse a todo el personal antes de la hora de salida porque pensaba que estaba siendo demasiado exigente.

Ella respiró hondo. Ésa era la faceta que lo convertía en todo un reto.

—Entonces supe que eras un buen hombre, y punto. Y he visto esa mirada en tus ojos desde que desapareció tu padre. Es por eso que no dejé el trabajo entonces, y es por eso que no voy a dejarte ahora. No me voy.

Él dejó caer los párpados y le agarró con fuerza los hombros, atrayéndola hacia sí hasta no dejar ni un centímetro entre sus cuerpos.

—¿Y si te besara ahora de nuevo?

Trataba de hacerla salir huyendo. Deanna lo sabía sin ningún género de dudas. Pero, aunque las piernas le temblaran y un gélido escalofrío le recorriera la espalda, tenía que ser valiente.

Levantó la barbilla y le miró de frente.

—¿Y qué si lo hicieras?

Capítulo 7

DREW cerró los ojos casi por completo. Deanna sólo podía ver un pequeño destello de sus pupilas color miel oscuro. De repente sintió que no podía respirar. Él deslizaba las manos sobre sus hombros, hasta llegar a su cuello.

—¿Y si lo hiciera? —le preguntó, bajando la cabeza hacia ella. Apoyó los pulgares en la base de su garganta.

Ella fue consciente de repente del brusco palpitar de su corazón. Pero él no se detuvo, sino que deslizó las yemas de los dedos a lo largo de su cuello hasta alcanzar los dos lados de su mandíbula. Suavemente, la hizo levantar la barbilla. Sus labios se detuvieron un momento a un milímetro de distancia, tan cerca que si se movían lo más mínimo… De pronto sonó un portazo en algún lado de la casa. Drew levantó la cabeza y Deanna se echó atrás de un salto.

—Dios —masculló él, mesándose los cabellos.

Deanna recogió su chal, que se había caído al suelo. El fino tejido se le escurría entre las manos mientras intentaba recogerlo. No hacía más que enredarse, así que desistió de volver a ponérselo y lo hizo una bola en las manos. No era capaz de mirar a Drew a la cara. Después de haberse comportado como lo había hecho esa misma mañana, no podía dar media vuelta y fingir que nada había pasado. Tenía todo el cuerpo en llamas, pero no era sólo vergüenza lo que sentía.

Si él realmente hubiera llegado a besarla…

—Oh, aquí estás —Isabella apareció en el umbral—. Sabía que tenías que estar por algún lado porque vi la camioneta ahí fuera —se apartó un mechón de pelo de la cara—. Supongo que no has oído nada de… No. Claro que no. De ser así, nos lo habrías dicho inmediatamente —Isabella se apoyó en el reposabrazos del sillón en el que estaba sentada Deanna un momento antes—. Esta lluvia acompaña, ¿verdad? —sacudió la cabeza y suspiró—. J.R. está con Lily, pero Jeremy ha vuelto conmigo. Dice que tiene que hacer unas llamadas —esbozó una sonrisa triste—. Supongo que cuando eres médico, no puedes ignorar las urgencias, ni siquiera cuando tienes una propia.

Deanna asintió con la cabeza vagamente. Podía ver a Drew por el rabillo del ojo, inmóvil frente a la ventana.

—¿Cómo… cómo está Lily?

—Fuera de sí. Y tratando de aguantar el tipo todo lo que puede, como siempre hace —Isabella se alisó el vestido—. No sé cómo lo hace. No sé si ya tiene práctica después de haber perdido a Ryan de esa manera. Y no es que William esté perdido —añadió rápidamente—. No sabemos nada todavía.

—Todavía —dijo Drew en un tono sombrío.

Deanna se mordió el labio.

—Isabella, ¿por qué no tratáis de calmaros un poco? Podría prepararos algo de comer. A lo mejor, Jeremy también quiere algo.

—Algo de comer —Isabella sacudió la cabeza y se incorporó—. Mi cerebro no funciona bien hoy. Es por eso que he vuelto. Evie se marchó después del desayuno. Se va de vacaciones unas semanas, y yo sabía que todos estaríais hambrientos a estas alturas. Lily tenía razón. Los del catering han dejado un montón de comida, pero lo único que hicimos fue envasarla y meterla en el congelador. Nadie tenía ganas de comer nada.

—Entiendo. Pareces exhausta. No deberías preocuparte por darnos de comer —le dijo Deanna rápidamente.

Se había olvidado completamente de la cocinera de Isabella, Evie. La había conocido fugazmente cuando había ido a prepararse una taza de té mientras Drew se arreglaba para la boda.

—Si no te importa que me meta en tu cocina, puedo preparar algo.

Isabella se sujetó el pelo detrás de la oreja.

—Prácticamente eres de la familia, Deanna. No me importa en absoluto. Vamos las dos. No será difícil encontrar algo. Evie nos ha dejado un montón de comida. Creo que tiene miedo de que J.R. y yo nos muramos de hambre durante su ausencia —miró a Drew—. ¿Quieres algo, Drew? ¿Café? ¿Una cerveza?

Él sacudió la cabeza y se apartó de las ventanas.

—Tengo que hablar con Jeremy —dijo y salió de la habitación bruscamente, pasando por delante de Deanna.

Ella le siguió con la mirada.

—Pobre —murmuró Isabella—. Tiene que estar volviéndose loco, igual que J.R. —se colgó del brazo de Deanna—. Nos alegramos tanto de que estés aquí con él. Así no está solo.

Deanna se las arregló para esbozar una tenue sonrisa.

—Yo también me alegro de estar aquí —le dijo con sinceridad—. ¿J.R. y tú veis mucho al señor Fortune?

—William —le dijo Isabella con una sonrisa gentil—. Pronto será tu suegro, ¿recuerdas? No quiero pensar que pueda ser de otra manera.

Deanna supo a qué se refería Isabella, pero no pudo evitar sonrojarse.

Por suerte, a esas alturas ya habían llegado a la espaciosa cocina. Isabella se soltó y se dirigió hacia la nevera.

—Y, respondiendo a tu pregunta, sí. Vemos a William y a Lily con frecuencia. Por un lado, a Lily le encanta recibir a gente en su casa. Siempre está organizando algo en el Double Crown —se volvió con un enorme pedazo de queso en la mano y lo colocó en el centro de la encimera—. Jeremy se lo dirá a Drew, imagino. Teníamos la radio encendida cuando veníamos de casa de Lily. Los medios ya se han enterado.

—El señor Fortune, William, es un hombre de negocios muy conocido —Deanna dejó su bufanda sobre un taburete—. No me sorprende que se hayan enterado ya —se mordió el labio—. Drew debería hacer alguna declaración en representación de Fortune Forecasting.

—Eso decía Jeremy —Isabella puso dos enormes tomates junto al queso—. Lo más inesperado, no obstante, es que están especulando con la posibilidad de que William se haya marchado voluntariamente, que quisiera desaparecer del todo. Incluso han sacado cosas de su vida que ocurrieron hace más de cuarenta años. Malos negocios, esa clase de cosas.

—Qué tontería —dijo Deanna, mirándola con ojos de sorpresa.

—Tú lo sabes. Y yo también. Todo el mundo en esta familia… —Isabella gesticuló a su alrededor—. Todo el mundo que conoce a William lo sabe. Pero hay gente que no, y a muchos les encanta cotillear e inventarse cosas de la nada —sacó un cuchillo de un cajón—. Y nosotros somos los que tenemos que soportar todas esas tonterías —sacudió la cabeza—. Como si no tuviéramos bastante ya.

—No sé qué decir. Trata de no pensar en ello —dijo Deanna, esbozando una sonrisa triste.

Isabella ladeó la cabeza y asintió.

—Tienes razón. Hay que centrarse en lo positivo —volvió a mirar a Deanna—. Así que eso es lo que vamos a hacer. Iba a decírtelo antes, pero no tuve ocasión. Ese vestido te queda fenomenal.

—No era eso lo que quería decir exactamente —dijo Deanna, avergonzada.

No obstante, si hablar de ropa mantenía distraída a Isabella, entonces no tenía inconveniente en hablar de trivialidades.

—Nunca creí que me quedara bien. Lo metí en la maleta a toda prisa.

—El color va muy bien con tu tono de pelo. Y si yo tuviera los hombros y los brazos tan bronceados como tú, llevaría un buen escote también. Deberías cambiarte o ponerte un delantal.

Deanna levantó las cejas.

—Tú estás tan arreglada como yo —le recordó sutilmente.

—Sí, es verdad —Isabella sacudió la cabeza, como si acabara de caer en la cuenta—. Es que hoy tengo la cabeza… Nos cambiaremos las dos. Te veo en un minuto —soltó el cuchillo sobre la mesa.

Deanna asintió y ambas se dirigieron hacia sus respectivos dormitorios. Al pasar por la habitación de Jeremy, Deanna aminoró el paso. Se oía un murmullo de voces al otro lado de la puerta. Era evidente que Drew todavía seguía hablando con su hermano. Soltó el aliento y siguió adelante. Cuando llegó al dormitorio que compartía con él, buscó unos vaqueros y un suéter rápidamente y se dispuso a quitarse el vestido. No obstante, al intentar soltar el corchete que le ataba el vestido al cuello, se vio en el espejo y entonces se detuvo un momento. A lo mejor le había tomado tanta aversión porque Gigi se lo había regalado… Su mirada se desvió hacia la cómoda, donde estaba su bolso. El teléfono móvil estaba dentro, apagado. Sólo Dios sabía cuántos mensajes le habría dejado su madre a esas alturas. ¿Por qué no era capaz de encenderlo y hablar con su madre, ni siquiera en un momento como ése? Ni siquiera sabía muy bien si su reticencia la hacía sentir culpable o no.

—Eres una mala hija —susurró, mirándose en el espejo.

Suspiró, se quitó el vestido y lo colgó en el armario. Se puso los vaqueros gastados y el jersey verde que se había hecho ella misma cuando estaba en el instituto.

Isabella ya estaba allí cuando llegó a la cocina. Ella también se había puesto unos vaqueros y un suéter cómodo. Pero lo que alarmó a Deanna fue verla con la cabeza entre las piernas.

—¿Isabella? —fue hacia ella a toda prisa—. ¿Hay alguna noticia?

Isabella levantó una mano, pero no la cabeza.

—No. No pasa nada —su voz sonaba ahogada—. No es William. Dame un segundo, ¿quieres?

Deanna se inclinó sobre ella un segundo y después le buscó un vaso de agua. Se agachó a su lado para poder verle la cara por debajo de su copiosa melena.

—Te has vuelto a marear, ¿no? Como te pasó en la iglesia.

Isabella abrió los ojos y la miró con ojos culpables un momento. Se incorporó.

—Bebe un poco de agua —le dijo Deanna, poniéndole el vaso en la mano sin soltarlo, por si acaso—. ¿Te sientes mal?

Isabella se bebió medio vaso de agua y entonces soltó el aliento.

—Creo que estoy embarazada —le dijo en un susurro.

Deanna abrió los labios, pero tardó un poco en hablar.

—Eso es… maravilloso, ¿no?

Isabella esbozó una leve sonrisa.

—Sí. Pero éste no es el momento para decírselo a todos —miró hacia la puerta abierta y entonces dejó el vaso sobre la mesa—. No se lo dijimos a nadie entonces, pero perdí un bebé hace unos seis meses.

—Oh, Isabella…

—No pasa nada —dijo la esposa de J.R., levantando una mano—. Y no estábamos intentando mantenerlo en secreto ni nada parecido. Fue un golpe, por supuesto, pero estaba de tan poco tiempo que ni siquiera sabía que lo estaba hasta que el médico me lo dijo. No quiero que J.R. se tenga que preocupar por esto ahora.

—No conozco mucho a J.R. —dijo Deanna—. Pero creo que le gustaría compartir esto contigo. Se ve que te adora.

Isabella sonrió. Ya no estaba tan pálida como antes.

—Y yo a él también.

Se levantó del taburete y fue a recoger el cuchillo.

—Hemos querido formar una familia desde que nos casamos hace dos años. Sé que J.R. estará encantado, y también sé que se preocupará, aunque no quiera admitirlo. Además, aún no me he hecho ningún test de embarazo. Es sólo una corazonada. No quiero que se preocupe más de la cuenta en este momento, ni tampoco quiero darle falsas esperanzas —cortó un tomate en dos—. Lo entiendes, ¿verdad?

Deanna asintió.

—¿Pero qué puedo hacer para ayudar? —le preguntó, levantando las manos.

No se refería sólo a la cena, e Isabella lo sabía.

—Tú eres la única persona que lo sabe —soltó el aliento—. Poder decírselo a alguien es un gran alivio. Créeme —sacó un bol de plástico y un rallador de queso y los puso sobre la encimera—. ¿Me rallas el queso, por favor?

Deanna se dio cuenta de que Isabella jamás le hubiera confiado algo así de no haber estado segura de que Drew y ella iban a pasar por el altar.

Sintiéndose un poco culpable, se limitó a asentir con la cabeza y rodeó la encimera hasta ponerse al lado de Isabella.

—Pero si necesitas algo, me lo dices, ¿de acuerdo? —empezó a desenvolver el queso—. Aunque sólo sea comprarte el test de embarazo en la farmacia.

Isabella soltó una suave carcajada.

—Sabía que me ibas a caer muy bien, Deanna.

Deanna sonrió. Ella sentía lo mismo. En realidad, le gustaban todos los miembros de la familia Fortune que había conocido hasta ese momento, y por ese motivo se sentía cada vez más culpable por el engaño que Drew y ella habían tramado. No hubiera querido mentirles, pero sobre todo no quería defraudarle a él…

Tomaron la cena bastante tarde. Enchiladas picantes, ensalada, y la tarta de caramelo más deliciosa que Deanna había probado jamás. Mientras tomaban el exquisito postre que les había dejado Evie, volvió J.R. Lily ya se había ido a la cama. El hermano de William, Patrick, y su esposa, Lacey, habían ido al Double Crown y finalmente habían logrado convencerla para que se fuera a casa a descansar.

—¿Crees que querrá tomarse algo que la calme un poco? —preguntó Jeremy.

—No lo creo —le dijo Isabella.

—Estando como estaba, esperemos que eso no sea necesario —le dijo J.R.

—¿Alguien va a quedarse con ella? —preguntó Deanna.

—Lacey —dijo J.R—. Esta noche por lo menos. Patrick y ella tienen que viajar mañana y no pueden posponerlo —J.R. se recostó en su silla, presidiendo la mesa.

Isabella estaba sentada a su lado. Sus manos estaban entrelazadas sobre la mesa.

—No creo que ninguno de nosotros quiera verla sola en un momento como éste. Afortunadamente, somos suficientes para no dejarla sola ni un minuto.

—Yo podría quedarme con ella mañana —se ofreció Isabella.

J.R. la miró de reojo.

—Pareces un poco cansada, ¿no? Frannie me ha dicho que se quedará con ella mañana. Ya os pondréis de acuerdo entonces.

Deanna bajó la vista hacia la servilleta que tenía sobre su regazo y la dobló en cuatro partes. Isabella tenía razón. Tenía un buen motivo para parecer cansada en ese momento.

—No creo que a Lily le haga mucha gracia tener niñera todo el tiempo.

Todos se volvieron hacia Drew bruscamente. No había dicho ni una palabra durante toda la conversación. Sólo se había dirigido a Deanna en una ocasión para decirle que darían una rueda de prensa a primera hora de la mañana.

—Claro que no —dijo Isabella un momento después—. No le gusta que la mimen mucho. Pero ahora mismo debe de estar mucho más preocupada por William que por sí misma —se puso en pie y empezó a recoger los platos.

Deanna se puso en pie para ayudarla. Pero los demás también lo hicieron, incluso Drew. Ella no estaba acostumbrada a verle recoger platos sucios, y mucho menos a verle limpiarlos en el fregadero.

—Yo termino —dijo Deanna un rato más tarde, dirigiéndose a Isabella.

J.R. se había ido a resolver un asunto del rancho y Jeremy se había ido a hacer una llamada de trabajo. La esposa de J.R. accedió, sin ninguna reticencia.

—Mañana todo irá mejor —dijo, antes de dejar la cocina.

Finalmente Deanna y Drew se quedaron a solas. Y la última vez que habían estado solos… Rápidamente, Deanna detuvo aquellos pensamientos traicioneros… Era mucho más difícil de lo que debería haber sido. Apenas podía estar a su lado sin sentir aquel temblor que la sacudía de pies a cabeza. Pero, sobre todo, no podía dejar de mirar aquellos brazos musculosos que dejaba ver su camisa remangada hasta el codo.

—Ya lo hago yo —le dijo en un tono un tanto más brusco de lo que pretendía en realidad.

—No —él metió un plato debajo del grifo y empezó a aclararlo. El agua corrió suavemente sobre sus bronceadas muñecas—. Tenía una madre, ¿sabes? —dejó el plato a un lado—. Puedes llenar el lavavajillas.

Demasiado distraída como para poner resistencia, Deanna buscó el resorte que abría la puerta del moderno electrodoméstico y lo abrió sin más problema. Se inclinó y empezó a meter los platos dentro a su manera. En su casa no había nada parecido y hacía falta un poco de costumbre para colocarlos bien.

—¿Solías fregar los platos cuando eras niño? —le preguntó Deanna, levantando la vista hasta detenerla en su trasero.

—Todos teníamos nuestras tareas —le dijo él, dándole un vaso de cristal.

Pensando que los vasos serían más delicados que los platos, Deanna se lo quitó de las manos rápidamente.

—Fuera y dentro de casa —le dijo él, prosiguiendo—. Yo solía sobornar a Darr para que hiciera todo lo que me tocaba a mí, hasta que fue lo bastante mayor como para darse cuenta de que cobraba una miseria por lo que hacía.

Deanna se incorporó.

—Eso es propio del hombre que yo conozco.

Drew esbozó un atisbo de sonrisa; la primera en muchas horas. Y cada vez que le veía sonreír, se sentía la chica más afortunada del mundo.

—Trabajar fuera no me importaba tanto —admitió—. Por lo menos estaba fuera —miró por la ventana que estaba encima del fregadero, pero no vio más que su propio reflejo y el de Deanna contra la negrura de fuera.

Era muy extraño verse reflejada junto a él en el cristal de la ventana, mientras lavaban los platos. Era una imagen demasiado… cotidiana… Sobre todo si pensaba que en breve estarían compartiendo la misma cama. La misma cama… Se inclinó sobre el lavavajillas y colocó otro plato.

—Sí, eh, si quieres, puedo escribirte un discurso para los medios. Puedes echarle un vistazo y me dices qué te parece.

Le había escrito muchos discursos, pero nunca antes le había escrito nada que tuviera que ver con algo tan personal.

—¿Tú hacías cosas en casa?

Deanna volvió a incorporarse.

—¿Qué? Oh, sí.

En realidad las hacía todas, porque Gigi siempre había sido incapaz de llevar una casa.

—Como la mayoría de los niños —le quitó el último plato de las manos y lo puso dentro del lavavajillas. Cerró la puerta del electrodoméstico y volvió a la mesa del comedor.

Se tomó su tiempo recogiendo los manteles y las servilletas, y tardó un poco en regresar a la cocina, con la esperanza de que él dejara de preguntarle cosas sobre su infancia. Él estaba donde le había dejado, pero se había dado la vuelta y había cruzado los brazos sobre el pecho. La seguía con la mirada como si tratara de calcular algo mientras ella sacudía los manteles y los colocaba sobre la encimera. Después de llevar las servilletas al cuartito de la lavadora, ya no pudo fingir que había algo más que hacer. Él la seguía observando atentamente.

—¿Qué? —le preguntó, levantando las manos.

—Cuando eras niña, ¿qué querías ser de mayor?

Deanna no sabía qué tenía él en la cabeza, pero en ningún momento hubiera esperado algo así. No podría haber escogido una pregunta que la sorprendiera más.

—No lo sé —dijo ella por fin, parpadeando y encogiéndose de hombros—. Quise ser bailarina un tiempo. ¿No es eso lo que quieren ser todas las niñas?

—¿Y después de cumplir los cinco años?

—¿Qué querías ser tú después de los cinco años? —le preguntó ella en tono provocativo.

—Bombero, pero eso se me pasó. Es evidente que a Darr no —hizo una mueca sarcástica—. Siempre le ha encantado ser el héroe.

Ella se agarró del respaldo de uno de los taburetes.

—Tú lo admiras —le dijo. Por muy ácido que fuera su sentido del humor, ella estaba segura de ello.

—No todo el mundo tiene lo que hace falta para entrar en un edificio en llamas cuando todos los demás tratan de salir.

—Supongo que sí. Nunca antes lo había pensado así… Bueno, y después de lo de ser bombero, ¿qué más quisiste ser?

—Yo he preguntado primero. Deanna soltó el aliento.

—Muy bien. Quería ser piloto. ¿Y tú?

—Presidente de Fortune Forecasting.

—¿A esa edad? —le preguntó ella, sorprendida.

Siempre había sospechado que él había entrado en el negocio familiar porque eso era lo que se esperaba de él, y no por pura vocación.

—A esa edad —le confirmó él—. ¿Por qué no te hiciste piloto?

Deanna apretó con más fuera el respaldo del taburete y la banda del anillo se le hundió en la carne. No sabía qué había propiciado aquella curiosidad repentina, pero cuanto antes zanjara el tema, mejor.

—Por el dinero. Si no lo tienes, no hay nada que hacer. Bueno, lo de la rueda de prensa…

—Si ahora tuvieras el dinero, ¿te gustaría serlo?

—No.

—¿Por qué no?

—¿Por qué me preguntas todas estas cosas, Drew?

—Sólo quiero conocer un poco mejor a mi prometida.

Deanna guardó silencio. Con la desaparición de su padre, a lo mejor ya no necesitaba seguir con aquella farsa. Además, comparado con lo que él estaba pasando en ese momento, sus motivos para no querer ser piloto parecían de lo más banales. Soltó el respaldo del taburete y se frotó las palmas de las manos contra los vaqueros.

—Porque aunque me hubiera hecho piloto como mi padre, no hubiera podido recuperarle.

Drew le clavó una mirada profunda y circunspecta. Un momento después, descruzó los brazos y se levantó del borde del fregadero.

—Escribe lo que creas necesario para la rueda de prensa. Le echaré un vistazo cuando vuelva. Podrás enviarlo a primera hora mañana.

—¿Pero adónde vas?

—Voy a salir.

Tomó un manojo de llaves de al lado de la puerta y salió sin más.

Deanna se quedó perpleja; tanto así, que no fue capaz de hacer otra cosa que verle marchar.

Capítulo 8

DEANNA estaba hablando por teléfono en el despacho de J.R. Ya llevaban casi diez días en Red Rock. De repente oyó un portazo en algún lugar de la casa. Drew y Jeremy debían de haber vuelto de la ciudad, donde habían ido a ver a Darr al parque de bomberos. Isabella no hacía tanto ruido y J.R. estaba en casa de Lily. Ya hacía diez días desde la desaparición de William. Diez agónicos días. Y diez noches en vela. Deanna intentó no pensar en cómo se le aceleraba el pulso con sólo saber que él acababa de llegar. Se concentró en la tarea que se traía entre manos: hablar con la directora de Recursos Humanos de Los Ángeles de Fortune Forecasting.

—Mándame una copia esta noche —le dijo a Chelsea—. Te comunicaré cualquier cambio mañana como muy tarde, y si no es así, puedes darle el visto bueno al folleto y mandarlo a imprimir.

Fortune Forecasting iba a participar en una feria de trabajo programada desde hacía muchos meses. El evento tendría lugar en Los Ángeles a finales de esa semana. Se suponía que Drew iba a dar un discurso, pero Deanna ya le había buscado un sustituto; un jugador de béisbol profesional amigo de Drew que sin duda resultaría ser una figura de lo más motivadora.

De repente oyó otro portazo y unos gritos. Era J.R. Deanna miró el reloj. Era mediodía. Todavía tenía como doce llamadas que contestar en representación de Drew, y muchos más mensajes de correo electrónico. Pero aquello parecía más urgente. J.R. no debería haber estado allí, así que lo dejó todo un momento y fue a investigar. Todos estaban en el salón, Drew incluido. Incluso Isabella había salido de su taller, en donde tejía sus increíbles mantas y tapices. Pero lo más sorprendente de todo era ver allí a Lily. No la había vuelto a ver desde el día de la infructuosa boda, pero sí sabía que tanto J.R. como Isabella y Jeremy la habían visitado con frecuencia. En cuanto a Drew, no sabía si la había vuelto a ver, pero sí sabía que junto con sus hermanos había ido a todos los hospitales, comisarías y morgues del estado. No obstante, él nunca le decía donde iba por las noches ni tampoco qué iba a hacer cuando salía… Lo único que Deanna sabía en ese sentido era que llevaba los diez días saliendo todas las noches después de la cena, y que no volvía hasta que ella estaba en la cama, fingiendo dormir. Y cuando llegaba la mañana, ya se había vuelto a ir, y sólo quedaba la marca de su cabeza en la almohada como prueba de que hubiera estado allí. No podía haberle dejado más claro que no estaba interesado en mantener el contacto con ella más de lo necesario.

Deanna miró a Lily y después le miró a él. Lily iba de un lado a otro de la habitación. Con unos vaqueros y una sencilla camisa, parecía otra mujer totalmente distinta a la que había visto el día de la boda. Sin embargo, sí conservaba aquella elegancia innata que tanto admiraba Deanna.

—Ross tiene noticias —le dijo Isabella tranquilamente—. Estaba de camino cuando llamó y el Orgullo de Molly está más cerca que la casa de Lily, así que viene para acá.

Deanna se sintió inquieta. Ross era primo de Drew y detective privado. Ojalá no tuviera que darle a Lily una mala noticia en persona… La joven volvió a mirar a Drew. Él estaba sentado en una cómoda silla, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Sin embargo, aquella aparente postura de pereza era engañosa en él. Ella podía sentir la tensión que desprendía por debajo de aquella fachada, podía verla en los surcos que tenía alrededor de los labios y en los dedos de su mano, que no dejaban de tamborilear sobre uno de los reposabrazos de cuero de la silla. Aunque hubiera pasado mucho tiempo con Drew y su familia, todavía se seguía sintiendo como una intrusa. Pero también sabía que sólo Drew y ella sabían el verdadero motivo, así que cruzó la habitación y se sentó en el sofá que estaba junto a él.

—¿Te encuentras bien?

—Estupendamente.

Ella apretó los labios. Con sólo sentarse a su lado comenzaba a temblar, pero eso tampoco la hacía disfrutar de su sarcasmo.

—Sólo preguntaba —masculló ella.

—Lo sé —dijo él y empezó a tamborilear con los dedos de nuevo.

Deanna se mordió el labio inferior e hizo todo lo posible para no sucumbir a la tentación de no poner su mano sobre la de él. Llevaba una camisa marrón que era del mismo color que sus ojos. Debía de habérsela pedido prestada a su hermano, porque no le resultaba familiar. Ya llevaban casi una semana más de los cuatro días que iban a pasar en un principio. Isabella le había dicho que podía usar la lavadora cuando quisiera y Deanna no había tenido más remedio que aceptar su ofrecimiento. Quizá debería haber lavado también las cosas de Drew, pero algo se lo había impedido. Lavarle la ropa, curiosamente, le parecía un acto mucho más íntimo que dormir a su lado todas las noches. Bajó la vista y se miró las manos. Ya se había acostumbrado a sentir el anillo en el dedo, pero todavía no se había acostumbrado a verlo en su mano. Cada vez que lo miraba sentía una punzada de tristeza.

—¿Está todo listo para la feria de trabajo?

Ella asintió, aliviada con el cambio de tema y sorprendida de que él se acordara. Por muy grande que fuera el evento, ella se había ocupado de todo desde el principio. La única implicación de Drew en el evento debería haber sido el discurso que iba a dar.

—Chelsea me dijo que esperan a más de cinco mil personas —le dijo.

—Será el primer año que te lo pierdes.

Deanna levantó un hombro, de nuevo sorprendida.

—Chelsea y su departamento lo tienen todo bajo control. No me echaran de menos.

Y los organizadores que se ocupaban de las empresas que tendrían representación en la feria tampoco la echarían de menos. Se habían mostrado un poco decepcionados cuando les había dicho que Drew no podía asistir, pero todo se les había pasado nada más decirles que había conseguido a un atleta de primera categoría para dar la charla.

—Mm —Drew siguió tamborileando.

—¿Necesitas que te devuelva esto? —Deanna se sacó su Blackberry del bolsillo y se la mostró.

Había estado usando su teléfono móvil para hacer todas las llamadas de trabajo. No quería abusar de la generosidad de J.R. e Isabella.

—¿Hay alguna emergencia en la oficina de la que deba estar al corriente?

—No.

Exceptuando el estado de alarma inicial causada por la desaparición de William, todo marchaba bien en Fortune Forecasting.

—Entonces, no. No necesito el teléfono —sacudió la cabeza.

Deanna volvió a guardarse el móvil en el bolsillo. Todavía tendría que usarlo algunas veces. Su propio móvil seguía apagado en el fondo de su bolso. Había escuchado los mensajes de voz que le había dejado su madre y le había enviado un correo electrónico en el que le decía que estaba en Texas con su jefe, en un viaje de negocios. Obviamente, Gigi no se había creído esa historia, y se lo había dejado bien claro en un larguísimo mensaje de voz. Su madre no vivía en otro mundo, después de todo. Ella también se había enterado de la desaparición de William Fortune, y ya le había recomendado a su hija que aprovechara bien el tiempo que iba a pasar al lado de su jefe en esos momentos difíciles. Deanna se había enfadado tanto esa vez que sí le había devuelto la llamada, pero no había conseguido gran cosa con ello. Gigi había vuelto a acusarla de abandonarla cuando más la necesitaba y Deanna se había sentido más culpable que nunca, así que finalmente le había dicho a su madre que se buscara un psicólogo y que no volviera a llamarla hasta que lo hubiera encontrado.

En ese momento sonó el timbre de la puerta y todos se sobresaltaron. Isabella fue a abrir rápidamente y en cuestión de segundos regresó acompañada de Ross. El detective buscó a Lily con la mirada y no tardó en encontrarla. La prometida de William se había quedado inmóvil, con los brazos alrededor del vientre. Todo el mundo se puso en pie…

—Han encontrado el coche —les dijo Ross. Jeremy fue junto a Lily, como si creyera que iba a desmayarse.

—¿Y? —preguntó Lily, con la cara pálida.

—No hay rastro de él —su voz sonó cauta y Deanna advirtió la mirada que intercambiaba con sus primos.

—¿Dónde está el coche? —preguntó Lily. Su voz ya no sonaba tan fuerte.

—A las afueras de Haggarty.

Deanna se sobresaltó al oír el nombre del pueblo. Darr lo había mencionado el día de la boda. Había dicho que un accidente había ocurrido muy cerca de allí. Un accidente mortal… Lily soltó el aliento bruscamente y se tapó la boca con la mano. Un momento después, casi se desplomó. Isabella dio un grito, saltó de la silla y fue hacia ella.

—Se ha desmayado. Tenemos que tumbarla un poco —dijo Jeremy—. Tengo sales en mi maletín.

—Llévala a nuestro dormitorio. Es el más cercano. Yo te llevaré el maletín —Isabella salió casi corriendo de la habitación, guiando a Jeremy.

Deanna los vio marcharse. El corazón le latía tan fuerte que podía sentir cómo retumbaba la sangre dentro de su cabeza. Ni siquiera se dio cuenta de que le había agarrado la mano a Drew hasta que sintió que él cerraba los dedos alrededor de los suyos propios.

—La policía no ha establecido ninguna conexión entre ese accidente y el de William —dijo Ross, contestando a la pregunta que todos tenían en la mente—. Todavía —su voz sonaba siniestra—. El otro coche no mostraba signos de haber colisionado con otro vehículo. No encontraron restos de otro vehículo cuando buscaron entre los árboles. Al parecer ese coche perdió el control en una curva e impactó contra unos árboles antes de caerse por un barranco. Las autoridades todavía sostienen que ha sido un accidente con un sólo vehículo implicado. El Mercedes de William, en cambio, está al fondo del barranco, a cierta distancia. Está en un sitio de difícil acceso. Hay mucha maleza y árboles. Una pareja de excursionistas lo encontró de milagro. No es un lugar muy frecuentado.

—Quiero ver el coche —dijo Drew abruptamente.

J.R. asintió.

—Yo también —dijo Ross—. Y quiero hablar con la policía de Haggarty y con la pareja que encontró el coche. Quiero hacerlo lo más pronto posible, cuando todavía lo recuerden todo.

—Entonces vamos —dijo Drew sin más dilación.

—¿J.R.?

J.R. se volvió a tiempo para ver regresar a Isabella.

—¿Cómo está Lily?

—Ya está recuperando la consciencia. Jeremy quiere que guarde reposo durante un rato. Tiene la tensión muy alta y la está amenazando con darle un sedante si no se tranquiliza —miró a Deanna y a Drew y después a su marido—. ¿Puedo hablar contigo un momento?

J.R. frunció el ceño y fue tras ella.

—¿Sabes si el coche de papá está muy dañado? —le preguntó Drew a Ross.

Éste último sacudió la cabeza.

—Los investigadores se dirigían hacia el lugar cuando me llamó mi contacto de la policía de Haggarty, así que no se sabe nada todavía. Quiero ir para allá antes de que anochezca para verlo todo con mis propios ojos. Ya ha llovido desde el accidente, así que no sabemos si quedarán muchas pruebas.

J.R. volvió justo a tiempo para oír las últimas palabras de Ross.

—Id Drew y tú. Yo tengo algo que hacer aquí.

—¿Y eso es más importante que averiguar dónde demonios está papá? —le preguntó Drew en un tono de enojo.

Deanna trató de apretarle la mano, pero él la fulminó con una mirada.

—Ahora mismo, sí —dijo J.R. en un tono de calma—. Tengo que llevar a mi mujer a la ciudad para que vea a su médico.

Drew masculló un juramento.

—Lo siento, hombre. ¿Se encuentra bien?

—Cree que está embarazada.

Deanna soltó el aliento bruscamente.

—Si lo está, no quiero que corra ningún riesgo.

Drew asintió con la cabeza.

—Claro —le dio una palmadita en el hombro a su hermano mayor—. Un bebé, ¿eh? —le dijo, sonriendo—. Eso sería una muy buena noticia.

J.R. estaba un poco pálido, pero su sonrisa fue sincera.

—Ya lo creo —dijo, asintiendo.

Ross también sonreía.

—Me tendré que acostumbrar a verte cambiando pañales —le dijo a su primo.

—Bueno, primero tenemos que asegurarnos de que no pase nada esta vez —dijo y salió del salón—. Llamadme en cuanto sepáis algo —gritó desde el pasillo.

—¿Esta vez? —Ross miró a Drew, pero éste sacudió la cabeza.

—Isabella perdió a un bebé hace algunos meses —dijo Deanna tranquilamente. Como J.R. ya les había dicho algo, no sentía que estuviera traicionando su confianza. Además, Isabella tampoco le había dicho que fuera estrictamente un secreto.

—¿Y tú cómo lo sabes?

La desconfianza de Drew se le clavó en el corazón. Los demás no tenían por qué verla como una simple secretaria que fingía ser su prometida. Él lo sabía, pero los demás no.

—Isabella y yo hemos hecho buenas migas desde que llegué.

—Las mujeres hablan mucho —dijo Ross, simplificando las cosas. Será mejor que vayamos en coches distintos a Haggarty. Yo me quedaré más tiempo que tú seguramente. El terreno es un poco accidentado. Llévate uno de los todoterrenos — miró a Deanna de arriba abajo—. Y poneros botas si las tenéis.

Deanna dio un paso adelante en cuanto Ross abandonó la habitación. Había dado por sentado que iría con Drew.

—¿Quieres ir? —le preguntó éste. Su voz sonaba escéptica.

Hubiera sido muy fácil decirle que no quería ir. Tenía muchas cosas que resolver para Fortune Forecasting. Sin embargo, en el fondo sí quería ir con él. Quería estar a su lado pasara lo que pasara.

—¿Tú quieres que vaya? —le preguntó, levantando la barbilla.

—¿Por qué estás enfadada?

—No estoy enfadada —le dijo, sabiendo que no era del todo verdad. En realidad sí que estaba un poco molesta después de comprobar que él sólo la veía como una simple secretaria.

¿Cómo había sido tan tonta como para pensar algo distinto?

—¿Sí o no? Tu primo nos espera —le dijo, apremiándolo.

—Sí —le dijo él en un tono de pocos amigos.

—Muy bien —le contestó ella en el mismo tono.

—Ve a buscar tus botas.

—Tengo unas zapatillas de tenis y los taconazos que traje para la boda —movió los pies—. Tendré que ir con esto, porque no voy a tomar algo prestado del armario de Isabella.

—¿Por qué no?

—Porque no me lo ha ofrecido y no estaría bien —le dijo entre dientes—. ¿Vamos a ir o no?

Él la miró de una forma extraña, pero asintió con la cabeza.

—Vamos.

Deanna podía decirle lo que quisiera, pero Drew sabía que estaba molesta por algo. Todos sus años de experiencia con las mujeres tenían que servirle para algo. Exceptuando las llamadas de teléfono a las que tuvo que contestar mientras iban en el todoterreno, siguiendo a Ross, no le dirigió más que unas pocas palabras en todo el viaje. Si no estaba enfadada por algo, ¿qué otra cosa podía ser?

Y mientras estaban en camino, Drew prefirió dedicarse a desentrañar lo que su secretaria tenía en la cabeza antes que imaginarse lo que se iban a encontrar en el bosque.

—No, Maggie. Tendrás que decirle a Horning que Drew no puede dar ninguna entrevista en este momento —Deanna estaba hablando por teléfono de nuevo, esa vez con una secretaria—. Él sabe perfectamente por qué Drew está fuera de la ciudad, y es por eso que llama. Y ya sé cómo se pone, pero no dejes que te acose. Sí. Sé que podría llamarlo yo por ti, pero tú puedes ocuparte de él. Sólo discúlpate por el inconveniente, pero mantente firme. Ya programaremos la entrevista para cuando podamos. No te preocupes. Lo harás muy bien. Sí. Llámame si me necesitas.

Drew la miró de reojo cuando colgó.

—John Horning es un dolor de cabeza —le dijo. Además, en ese momento tenía menos ganas que nunca de hablar con él.

—Yo lo sé y tú lo sabes. Pero también es uno de los reporteros de investigación más importantes de todo San Diego. No será tan fácil esquivarle si se empeña en conseguir una declaración tuya. Es evidente que está siguiendo la historia y no tardará en averiguar que han encontrado el coche.

En ese momento volvió a sonar la Blackberry y Deanna contestó. Un segundo después se volvió hacia él y apretó un botón.

—El altavoz está silenciado —le dijo, dándole el aparato—. Esta llamada la puedes contestar tú mismo. Es Stephanie Hughes.

Él le hizo un gesto con la mano.

—Líbrate de ella.

Deanna hizo una mueca. Apretó el botón de nuevo y se puso el teléfono a la oreja.

—Lo siento, señorita Hughes. Siento tener que decirle que Drew no puede ponerse ahora mismo. ¿Quiere que le deje un mensaje? —de repente hizo una mueca de dolor y se apartó el teléfono de la oreja.

Drew podía oír los gritos de Stephanie mientras despotricaba contra él, y contra Deanna también. Soltó el aliento bruscamente y le quitó el móvil de la mano a la joven.

—¿Steph? Soy Drew. Ya te dije hace un mes que todo había terminado. Entonces no tenía nada que ver con Deanna, pero teniendo en cuenta todo lo que estás diciendo de ella, ahora sí que tiene que ver con ella —le colgó y arrojó el teléfono contra el salpicadero—. Lo siento. Se ha enterado de lo del compromiso por un empleado de Zondervan’s.

Deanna guardó silencio. Seguramente, la chica había ido a la joyería para averiguar el precio del brazalete que Deanna le había comprado en nombre de Drew a modo de regalo de despedida.

—Ya me lo imaginaba —le dijo Deanna, cruzando las piernas y volviéndose hacia la ventanilla.

Ross estaba aminorando ya, así que Drew hizo lo mismo.

—¿Ha llamado muchas veces?

—Sólo esta vez. Otras te han llamado varias veces. Erin, Sonya, Mindy, Alexa… Oh, y Belinda también —le miró con condescendencia—. Te dejó un mensaje muy… original en el buzón de voz. Te lo he guardado por si querías oírlo.

Drew empezó a sentir un calor que le subía por el cuello.

—La conocí hace algunas semanas. Es modelo.

—Modelo de lencería —Deanna volvió a mirar por la ventanilla, como si se estuviera aburriendo mucho—. Sí, esa parte sí que la oí, sin querer.

Drew no quería ni imaginarse qué más habría oído. Belinda Reeves era de las que sabían muy bien lo que querían y nunca se andaba con rodeos. La había conocido en la casa de la playa de un amigo y desde entonces, ella le había hecho unas cuantas proposiciones de lo más indecentes y aventureras.

—No me he acostado con ella —le dijo de repente.

No lo había descartado en ningún momento, pero se había dado cuenta de que la posibilidad de hacerlo ya no tenía ningún atractivo para él, sobre todo porque no podía sacarse a Deanna de la cabeza.

—Eso no es asunto mío —dijo ella en un tono impasible.

—Bueno, si no es asunto tuyo, ¿de quién si no? Eres mi prometida.

Al oír eso, sí que se volvió hacia él.

—Bueno, entonces veo que sí lo recuerdas —le dijo, manteniendo una mirada fría.

—¿Crees que es algo que se pueda olvidar fácilmente? —agarró con más fuerza el volante.

Cada vez que entraba en el dormitorio era eso en lo primero que pensaba. Ella llevaba su anillo, dormían juntos en la misma cama… Se estaba volviendo loco. Ella era la única mujer en el mundo a la que había deseado con locura, sin haber hecho nada al respecto.

—Mira… —empezó a decirle con mucho tacto—. Sé que esto no ha sido fácil para ti. Te he dejado a cargo de todo y…

—Eso no me importa.

—Y evidentemente has tenido que atender más llamadas personales de lo que esperaba. Lo siento.

—No es nada de lo que no tenga que ocuparme en San Diego.

A Drew se le estaba acabando la paciencia. Exhaló con fuerza.

—Bueno, ¿me vas a decir qué te tiene tan molesta?

—No es nada que una chica lista no pueda resolver —le espetó ella con frialdad.

Pero aquello no era una respuesta para él.

—¿Has hablado con tu madre? —le preguntó, probando otra estrategia.

Ella le lanzó una mirada de sospecha.

—No desde hace días. ¿Por qué?

Él se encogió de hombros. Dado que estaba de tan mal humor, no era el momento adecuado para confesarle que él mismo había llamado a Gigi Gurney unos días antes. La mujer se había puesto un poco nerviosa al darse cuenta de quién era él y finalmente le había prometido que iría a ver a un psicólogo, si eso hacía feliz a su «pequeña Deedee». Después de hablar con ella, se había tenido que tomar un café bien cargado para contrarrestar la sobredosis de tontería.

Deanna no era como su madre. Por suerte.

En ese momento, Ross se detuvo en el arcén y Drew paró detrás.

—Espera aquí.

Esperó a que Deanna asintiera con la cabeza y entonces salió del todoterreno.

—¿Es éste el lugar? —le preguntó a Ross, yendo hacia él.

Ross sacudió la cabeza. Abrió un mapa y lo extendió sobre el capó de la camioneta.

—Según lo que me dijeron los chicos de Haggarty, el coche de William debió de salirse a poco más de kilómetro y medio de aquí, cuesta arriba —señaló una carretera muy curva en el papel—. Me advirtieron de que no hay ningún sitio para detenerse allí.

Drew no sabía si sentía alivio o angustia. Miró el mapa, la carretera y en ese momento vio una especie de camino que salía de la cuneta, adentrándose en el bosque. Era de tierra, muy escarpado, y apenas se veía entre la vegetación.

—¿Vamos a ir por ahí?

Ross asintió con la cabeza.

—El camino sigue durante unos tres kilómetros y medio y termina en un arroyo seco. Tendremos que seguir a pie —dobló el mapa e hizo un círculo alrededor de una pequeña sección del mismo—. Así tendrás una idea de cómo es la zona —le dio el mapa a Drew—. ¿Cuánto tiempo hace que no conducías una camioneta?

Drew hizo una mueca.

—No mucho, pero fue un paseo de placer.

Ross gruñó.

—¿Estás seguro de que puedes llegar hasta el lugar del accidente? No nos vamos de picnic precisamente.

—Sí.

—¿Y Deanna?

Drew miró por encima del hombro hacia la camioneta. A través del parabrisas podía ver su cara de preocupación.

—Estará bien.

—Bueno, no sé… Parece que estuviera a punto de vomitar.

Drew frunció el ceño. Era cierto.

—No hubiera venido conmigo si no quisiera estar aquí.

—¿Estás seguro?

Drew asintió.

En las últimas semanas había descubierto muchas cosas que no sabía de Deanna Gurney.

Salía a correr todas las mañanas, usaba un champú que olía a manzana verde y de vez en cuando se la encontraba en la cocina tomándose una taza de té caliente. Té, no café… Siempre había valorado mucho su mente excepcional y le había sacado todo el partido que podía, pero recientemente se había dado cuenta de que también tenía un cuerpo glorioso. Y también sabía que sus ojos verdes se volvían color esmeralda cuando la emoción la embargaba; algo que jamás se hubiera esperado de una secretaria tan profesional y pragmática como ella.

Había averiguado todas esas cosas en los diez días que habían pasado juntos en el Orgullo de Molly. Pero sin duda había muchas otras cosas que aún desconocía y que lo atormentaban. Cosas que lo tentaban…

—Seguro. Es más fuerte de lo que parece —le dijo a Ross. Se guardó el mapa en el bolsillo y regresó a la camioneta.

Capítulo 9

OH, Dios mío —exclamó Deanna al llegar al pequeño claro entre los árboles donde había ido a parar el lujoso coche de William.

El vehículo estaba destrozado. El capó estaba doblado en dos a causa de la roca contra la que había chocado. Eso había impedido que siguiera deslizándose cuesta abajo a lo largo del barranco. Tenía todas las lunas rotas, excepto una, y el techo estaba aplastado, como si hubiera caído rodando. La parte trasera del vehículo también estaba hecho un amasijo de hierros y la puerta del acompañante colgaba de las bisagras de puro milagro.

Deanna apartó la vista.

—¿Estás bien? —le preguntó Drew.

A él no parecía faltarle el aliento después del largo camino a pie, ni tampoco por la horrible imagen del coche de su padre.

—Debería ser yo quien te lo preguntara a ti — respiró profundamente. El aire olía a hierba y a tierra.

Al emprender el camino no era consciente de lo difícil que sería caminar sobre un suelo de gravilla y rocas de un arroyo que no estaba del todo seco. Pero eso no había resultado tan duro como andar sobre la tierra húmeda de las orillas. Tenía los vaqueros cubiertos de barro hasta las rodillas y el lodo incluso se le había metido entre los dedos a través de los calcetines. Drew y Ross estaban igual.

—Prefiero verlo antes que no saber nada —le dijo Drew, dándole su botella de agua—. Termínatela si necesitas más.

Ella tomó la botella, pero no bebió. No quería dejarle sin agua. Ya tenía su propia botella. Ross había ido bien preparado. Drew se abrió camino entre las rocas y piedras hasta el amasijo de chatarra que había sido el Mercedes de su padre. Ross ya había llegado hasta el asiento delantero y lo estaba inspeccionando todo. Con mucho cuidado, Deanna dejó las botellas de agua junto a un tronco podrido y trató de abrirse camino hasta la zona. No veía nada excepto más lodo y más piedras, arbustos, maleza, árboles… ¿Cómo podría William haber salido ileso de aquel coche hecho añicos? ¿Cómo podría haberse abierto camino en un terreno tan hostil?

—Cuidado —le dijo Ross de repente.

Deanna se detuvo bruscamente. Se había llevado un susto de muerte.

Ross señaló algo.

—Eso es una huella —le dijo, rodeando la zona.

Deanna no veía más que un trozo de lodo seco. Ross sacó una cámara digital, se agachó y tomó varias fotos de la huella. Después se incorporó y siguió un rastro que Deanna no era capaz de ver, deteniéndose de vez en cuando para sacar más instantáneas. En pocos minutos desapareció en la maraña de la vegetación, tan alta que apenas podía verle la cabeza. La joven volvió a mirar hacia el coche. Drew seguía dentro de la parte delantera, sentado en el asiento del conductor. Tenía las piernas apoyadas en el suelo. Respirando hondo, fue hacia él. En el habitáculo del coche se podían ver los restos de los airbags. Había tierra y piedras por todas partes y el parabrisas era una telaraña de grietas.

—No hay sangre —dijo Drew—. Nada de nada.

Deanna le miró a la cara. Ross les había dicho que la policía que había investigado el lugar del accidente había informado de que no había evidencias de daños humanos, pero, viendo el estado en el que había quedado el coche, resultaba muy difícil de creer.

—Ni siquiera sé cómo lo pueden afirmar con tanta seguridad, sobre todo viendo cómo ha quedado el coche.

Incluso había una rama bastante grande junto al asiento del conductor.

—Una vez volqué un coche cuando estaba terminando la universidad —hizo una mueca y apartó la vista de ella. Deslizó una mano sobre el asiento del acompañante. Una capa de polvo saltó por los aires y brilló a través de la luz refractada que entraba por el agrietado parabrisas—. Estábamos tres en el coche. Todos terminados llenos de cortes y moratones, pero no fue nada como esto. Y sin embargo, sí que había sangre en las ventanillas, los asientos, las puertas…

Deanna trató de no imaginárselo.

—¿Salisteis malheridos?

—Fue cuando me hice esto —le dijo él, tocándose la pequeña cicatriz que tenía en la sien—. Pero ninguno de nosotros sufrió daños mayores. Gracias a Dios.

—¿Y cómo pasó?

—Fue una estupidez. Como siempre —le dijo, haciendo una mueca—. Habíamos ido a Rocky Point, México, para ir a una fiesta. Y ya estábamos regresando de vuelta a casa. Yo tuve que girar bruscamente para esquivar a un tipo que empujaba un carrito. Me salió de la nada. Casi le di. El coche salió dando vueltas. Lo único bueno fue que no había bebido nada. De lo contrario todo se hubiera complicado bastante —soltó el aliento y sacudió la cabeza de nuevo—. Los perros que trajo la policía hubieran olido la sangre de mi padre, si hubiera habido algo. Dentro y fuera del coche.

—Entonces a lo mejor los airbags hicieron su trabajo.

—A lo mejor —dijo Drew. Se inclinó hacia delante y metió la mano en la guantera, justo donde colgaba la puerta—. Está vacía.

—A lo mejor la policía la vació.

—Mm —volvió a incorporarse y agarró el volante, que estaba más cerca de lo normal del asiento y de su cuerpo—. Me pregunto si mi padre estaba en el coche cuando salió rodando.

—¿Crees que lo sacaron del coche antes de tirarlo por el barranco? —Deanna miró hacia arriba y trató de seguir la línea que debía de haber seguido el vehículo, pero estaban demasiado metidos en el barranco como para ver el camino.

—A lo mejor —dijo él.

—¿Crees que esto lo han preparado? —le preguntó ella.

—Ross no lo cree. Si fuera un secuestro, a estas alturas ya nos habrían pedido un rescate.

—¿Qué crees tú?

—No sé qué pensar —le dijo Drew. Revisó el salpicadero, tomó un pequeño cuaderno y hojeó las páginas. No había nada escrito—. Ya no sé qué pensar —volvió a guardar el cuaderno y cerró el compartimento con un golpe seco. Entonces bajó la visera.

Un pedazo de papel le cayó sobre las rodillas y se deslizó hasta caer al suelo. Él se agachó y trató de recogerlo.

—Lo veo —le dijo ella. Podía ver el pedacito de papel. Estaba justo debajo del asiento. Se arrodilló junto a él y metió la mano por debajo de sus piernas. Entonces se resbaló un poco y el papelito se le escurrió de entre las manos. Para recuperar el equilibrio tuvo que asirse a algo…

El muslo de Drew… Rápidamente agarró de nuevo el papel y se incorporó.

—Aquí tienes —le entregó el papel.

Era una fotografía en blanco y negro de una mujer.

—Es mi madre —le dijo él, contemplando la foto.

—¿Y el niño que tiene en brazos?

Drew ni siquiera tuvo que mirar la foto.

—Es J.R.

Deanna se mordió el labio por dentro. Él no parecía querer decir nada más. Un momento después oyeron un ruido. Era Ross, que acababa de salir de la maleza.

—¿Ya has visto suficiente? —le preguntó a Deanna, acercándose.

Había visto más que suficiente, pero no se trataba de ella. Si Drew quería quedarse, entonces reuniría todo el coraje que le quedaba y se quedaría con él todo el tiempo que hiciera falta.

Pero él ya estaba bajando del maltrecho coche, así que se apartó para dejarle salir.

—¿Has encontrado algo? —le preguntó él a su primo una vez fuera del vehículo.

—Muchas huellas parciales —dijo Ross. No parecía muy entusiasmado al respecto—. La mayoría deben de ser de la policía, de cuando vinieron con los perros. Es difícil de saber, sobre todo después de la lluvia. Por lo que pude ver, todas las huellas de zapatos parecían bastante grandes, como si fueran de botas de montaña. Como no sabemos lo que llevaba puesto William… —se detuvo, hizo una mueca y volvió a guardar la cámara en el bolsillo de la chaqueta—. Nos llevará un buen rato volver a los coches y si no salimos ahora se nos hará de noche.

—Ya he visto bien el coche —Drew puso la mano sobre el hombro de Deanna y la hizo moverse adelante.

—Espera —ella dio media vuelta después de dar unos pasos y corrió a buscar las botellas de agua.

Unos segundos después iban de vuelta hacia los coches.

Tal y como Ross había calculado, cuando llegaron hasta las camionetas, el sol ya se estaba poniendo, tiñendo de fuego el horizonte.

Ross sacó dos botellas de agua fresca del pack que tenía en su vehículo y se las ofreció a Drew y a Deanna.

—Voy a irme directamente a Haggarty. No quiero que se me vaya el tipo que respondió a la llamada. Su turno termina dentro de poco. ¿Venís conmigo o vais a volver ya?

Drew tiró las botellas vacías dentro del coche y tomó las que le daba Ross.

—Vamos a volver —dijo, dándole una a Deanna.

—Te aviso si averiguo algo. Tened cuidado — se despidió con un gesto y se puso en camino rápidamente.

Deanna volvió a la camioneta de Drew por el lado del acompañante, pero justo antes de subir, se detuvo. Drew seguía en el mismo sitio. Tenía la foto en la mano.

—Tenía esta misma foto en su despacho. Una más grande. Claro. Tenía seis en total. Una con mi madre el día de su boda. Y una de ella con cada uno de nosotros.

—Qué bonito —dijo Deanna con sutileza.

—¿Por qué tenía esta foto en el coche?

—¿Qué quieres decir?

—¿Por qué no tenía una de Lily?

—Porque era un recuerdo —le sugirió Deanna—. Tú mismo me has dicho que tenía fotos en su despacho.

—Cierto —dijo él con un gesto pensativo, y entonces volvió a mirar la foto—. Recuerdo un día en que mi madre estaba redecorando el despacho de papá… Se llevó todas esas viejas fotos y le dio una foto enmarcada. Era un retrato de familia que nos había hecho cuando yo estaba en el instituto. Pero él la hizo traer de vuelta todas las otras fotos.

Sosteniendo la foto con las dos manos, Drew miró a Deanna antes de proseguir:

—Ella quería saber por qué se empeñaba en tener todas esas viejas fotos cuando ya tenían una nueva donde salía tan guapa, mejor que nunca. Él le dijo que todas esas viejas fotos le recordaban los momentos de su vida en los que su amor por ella se había hecho más grande.

Deanna sintió que el corazón se le encogía, y no sólo por la historia, sino también porque Drew se la hubiera contado. Casi no quería ni hablar, temiendo que él se detuviera si lo hacía. Pero no podía seguir callada. Dejó la botella en el asiento del acompañante.

—Debe de haberla querido mucho.

—Todos la queríamos mucho —volvió a mirar la foto—. Creo que le habrías caído bien.

Deanna tragó con dificultad.

—¿Por qué?

—Porque estás aquí. Incluso después de que yo intentara convencerte para que te fueras, tú te quedaste.

Deanna sintió el picor de las lágrimas en los ojos y entonces parpadeó con fuerza para que él no se diera cuenta. Fue hacia él, le quitó la foto de las manos, y miró aquella vieja foto de su madre. Molly Fortune estaba sentada en una cama, con una bata de hospital puesta. Miraba a la cámara con un gesto sereno.

Era una foto pequeña, pero la felicidad de la nueva madre, con su primer hijo en brazos, era inconfundible. Deanna no recordaba haber visto nunca fotos de su madre con ella en brazos. Si existía alguna foto, debía de haber desaparecido mucho tiempo antes.

—Supongo que tu madre tendría un álbum de fotos para cada uno de vosotros —le dijo. Tal y como se la había descrito, Molly debía de haber sido la clase de madre que hacía algo así, además de hacerles retratos de familia a lo largo de los años.

Algo que Deanna tampoco había tenido… Una familia feliz, retratada para la posteridad. Los Gurney nunca habían conocido esa clase de felicidad. En realidad su madre y ella nunca habían sido una familia de verdad. Miró a Drew, que la miraba con un gesto ceñudo.

—¿Tu madre no tenía un álbum para ti?

—No lo creo —se encogió de hombros. No se sentía muy cómoda hablando de sí misma—. Y si lo tuvo, nunca me lo enseñó. Además, a Gigi no se le dan bien esa clase de cosas.

—¿Y qué se le da bien, aparte de ver la Teletienda?

—Ella vive haciendo castillos en el aire, soñando con vivir el idilio perfecto.

—¿No es eso lo que quieren casi todas las mujeres?

Deanna hizo una mueca.

—Pero es que mi madre siempre busca en el sitio equivocado.

—¿Y es que hay un lugar correcto donde buscar?

—A mí no me preguntes. Yo no soy la que tiene mucha experiencia. ¿Dónde conociste a tu ex?

—En la universidad. Pero eso no cuenta porque no fue más que una fantasía.

—¿Porque te engañó?

—Supongo que sí —le dijo él, haciendo una mueca.

—Cuando hay amor verdadero no hay lugar para el engaño —le dijo ella, mordiéndose el labio inferior.

—¿Entonces tú has estado enamorada? ¿De quién? ¿Del tal Mike?

—Mark —sacudió la cabeza—. Y no. Pero todavía no me has dicho si tuviste un álbum.

Él la miró de reojo. Sabía que se estaba yendo por la tangente.

—Sí. Todos teníamos un álbum personal —le dijo, encogiéndose de hombros—. Eran como libros de recuerdos. Mi madre los hizo todos. Ahí guardaba pelo de nuestro primer corte de pelo, tarjetas de cumpleaños, boletines de notas… —sonrió con picardía—. Aunque no mereciera mucho la pena salvar muchos de esos boletines, por lo menos los míos.

—Me cuesta creerlo.

—¿Por qué?

Ella se rió suavemente.

—Porque eres brillante. Todos lo sabemos. Aparte de lo de la ortografía, claro.

—Bueno, pues créetelo. Hice un poco el gamberro en el colegio. Volvía loco a mi padre.

—¿Y tu madre qué decía?

—Ella sacudía la cabeza —dijo Drew. Su sonrisa se había desvanecido—. Me decía que podía hacerlo mucho mejor —guardó silencio un momento, recordando.

Al final sí que lo había hecho mejor, o por lo menos lo había intentado.

—Nos dio los álbumes a cada uno cuando enfermó —dijo, sintiendo un nudo en el estómago.

Deanna le apretó el hombro con la mano.

—Parece que era muy guapa —le dijo ella con suavidad, devolviéndole la foto—. Por dentro y por fuera.

Drew tomó la instantánea en sus manos, consciente del roce de los dedos de ella. Los recuerdos de su madre eran tan nítidos como lo que sentía en ese momento al tocar a Deanna. Pero pensar en su madre era mucho más fácil que recordar el coche destrozado de su padre. ¿Qué había sido de él? ¿Significaba algo la foto que había encontrado en el vehículo? ¿O era sólo un recuerdo? Se volvió de espaldas a la camioneta y accidentalmente se rozó contra el pecho de ella. Entrecerró los párpados, cegado por el sol de poniente, pero Deanna no retrocedió. Se quedó donde estaba, mirándole.

—Era muy guapa —le dijo él de repente—. Crecí oyendo cómo se lo decía mi padre. Ella siempre se sonrojaba y le quitaba importancia a sus palabras, diciendo que nunca iba a ganar un concurso de belleza ni nada parecido. Pero todos sabíamos que no era eso lo que él quería decir.

Deanna ladeó la cabeza. Tenía la mejilla apoyada en la mano.

—Tuviste mucha suerte.

Drew siempre lo había sabido, sobre todo cuando se enteró de que la iba a perder.

—Nunca defraudó a nadie —dijo, riéndose con una carcajada amarga—. No es que fuera una santa. Tenía mucho genio. Y no dejaba que nadie la engañara.

—Ah —Deanna le miró con ojos cómplices—. Supongo que tú lo intentaste unas cuantas veces.

—Sí —le dijo él, sonriente—. Y no sólo yo. Todos lo hicimos. Excepto J.R., quizá. Siempre fue el niño bueno —soltó una risotada—. Una vez, cuando tenía catorce años, un amigo mío y yo le robamos las llaves del coche a su padre. Era un Mustang clásico que había restaurado. Nos fuimos a dar un paseo. Tommy terminó empotrándose en un muro. No nos hicimos daño, pero la policía nos llevó a comisaría y nos metió en una celda. Nos dimos un susto de muerte. Nos dijeron que íbamos a pasar la noche ahí. Y a lo mejor muchas más.

—Vaya. ¿Sólo tenías catorce años? —Deanna parecía sorprendida.

—Casi quince. Como sabíamos que pronto podríamos conducir… Bueno, llamamos a nuestros padres desde la cárcel. Temblábamos como pollos. Estábamos muertos de miedo. Tommy llamó a su familia. Se pusieron como locos cuando les contó lo del coche, pero enseguida fueron a buscarle. Y yo llamé a mi padre, pensando que él usaría sus influencias para sacarnos de allí. Porque no podía ser que el hijo de William Fortune fuera a pasar una noche en la cárcel por una gamberrada sin importancia. Pero mi padre me dijo que no, que nos merecíamos pasar la noche en la cárcel, que sería una buena lección.

—Oh —dijo Deanna—. ¿Y qué hiciste?

—La familia de Tommy no tardó en llegar — dijo él, encogiéndose de hombros—. Lo soltaron enseguida, pero yo tuve que volver a la celda.

—¿Por cuánto tiempo?

Entonces le había parecido toda una eternidad.

—Casi toda la noche. A eso de las tres de la madrugada vino uno de los agentes y me soltó. Mi madre había venido a sacarme —sacudió la cabeza, rememorando aquellos momentos—. Estaba muy enfadada. No quería oír ninguna excusa. Me dijo que cerrara el pico y que entrara en el coche. Pero lo peor fue que yo supe que la había decepcionado.

—¿Y qué pasó?

—Justo antes de irnos a casa, me dijo que aunque me quisiera mucho, no soportaba verme haciendo esas cosas. Pero también me dijo que, pasara lo que pasara, siempre estaría ahí.

Y había cumplido su promesa hasta el fin de sus días. El cáncer se la había arrebatado antes de tiempo, pero su recuerdo lo acompañaba en todo momento. Drew apretó la mandíbula. Según William, de haber estado vida, su madre tampoco hubiera aprobado su viva de soltero, licenciosa y desordenada.

Deanna cambió de postura y tomó la foto de nuevo.

—Estar siempre ahí. Para mí eso es lo más bonito de una persona —murmuró y entonces le metió la foto en el bolsillo de la solapa de la chaqueta que Drew había tomado del armario de J.R.

Le dio unas palmaditas sobre la solapa y levantó la vista hacia él, sonriendo. Estar siempre ahí… Igual que ella…

Ella quiso apartar la mano, pero él se la agarró a medio camino.

—Sí —le dijo en un tono grave y profundo—. Eso es lo más bonito.

La sonrisa de Deanna se borró lentamente. Sus ojos se hicieron más grandes durante una fracción de segundo y emitieron un destello fugaz. Pero entonces parpadeó y el momento pasó.

De repente, Drew sintió que retiraba la mano.

—No —le dijo.

Su cabello parecía más rojo que nunca bajo la luz crepuscular. Drew enredó los dedos en unos mechones y se los apartó de la cara sutilmente.

—Drew…

Él deslizó el dedo pulgar sobre sus labios, haciéndola callar. Si lo que iba a decir era una protesta, no tenía ganas de contestarle. Si era algún argumento razonable, tampoco tenía ganas de debatir. ¿Y si era un desafío? En ese momento no tenía ni ganas de ganar.

Deslizó las yemas de los dedos a lo largo de su mandíbula, preguntándose si ella era consciente de lo suave que era su piel. Sus huesos parecían tan frágiles al tacto. ¿Sabría ella lo fascinante que era ver cómo se movía su garganta cuando tragaba? ¿Cuando estaba nerviosa? ¿Sabría lo mucho que deseaba besarla en la base del cuello, allí donde los latidos de su corazón se podían palpar? Ella parpadeó un segundo y entrecerró los ojos al sentir los dedos de Drew sobre la nuca. Levantó la barbilla lentamente, pero no cerró los ojos, sino que buscó los de él.

¿Qué veía ella? ¿A su jefe? ¿Al hombre al que creía bueno? ¿O a uno que no hacía más que defraudar a todo el mundo? A lo mejor no veía ninguna de esas cosas. A lo mejor en ese momento sólo era un hombre, y nada más; un hombre que la deseaba incluso cuando intentaba no hacerlo… Ella se acercó más a él y cerró los dedos alrededor de su mano.

—No me mires así si no vas a besarme —susurró.

Y eso hizo. Le rozó los labios suavemente, exploró el contorno de su labio inferior, palpó con la lengua el arco del superior y absorbió el suspiro que ella dejó escapar. Aquel beso le hizo estremecer de pies a cabeza, como si hubiera sido el primero que daba en toda su vida. Y cuando finalmente se detuvo y respiró hondo, apoyando la frente contra la de ella, se dio cuenta de que quizá sería el último que necesitaría.

Ella le rodeó la cintura con el brazo que tenía libre y subió hasta acariciarle la nuca. Estaba temblando, o a lo mejor era él mismo… Fuera como fuera, aquello le asustaba mucho, mucho más que pasar una noche en la cárcel por una tontería.

Drew levantó la cabeza. El sol ya casi se había ocultado del todo.

—Deberíamos volver.

Cuando Deanna levantó la vista, tenía lágrimas en los ojos. Asintió con la cabeza, se humedeció los labios y se apartó de él sin más. Recogió la botella de agua, que se había caído al suelo, y se la dio en la mano. Después rodeó el capó de la camioneta y subió por el lado del acompañante casi sin hacer ningún ruido. Drew miró por última vez el riachuelo seco que le había llevado hasta el coche de su padre.

No tenía respuestas, ni para la desaparición de su padre, ni tampoco para lo que sentía por la mujer que le esperaba dentro del coche.

Se puso al volante y arrancó.

Capítulo 10

EL camino de vuelta al Orgullo de Molly transcurrió en silencio y ya había anochecido cuando Drew se detuvo delante de la casa. Deanna bajó rápidamente. Tenía las piernas rígidas, no sólo por la pequeña excursión a pie, sino también por el lodo duro y seco que le cubría los pantalones.

—Voy a darme una ducha —le dijo.

—¿Eso es una advertencia? —le preguntó él.

Deanna no sabía con qué intención lo había dicho. ¿Era una advertencia, o una invitación? No lo sabía con certeza, sobre todo después de todo lo que había ocurrido esa tarde, después de lo que habían hablado. Después de aquel beso, ya no podía engañarse más. Ya no tenía ningún control sobre sus propios sentimientos cuando se trataba de Drew. Le miró fijamente. A la luz de la camioneta, su mirada era velada, pero intensa; enigmática y circunspecta. Era imposible saber si ese beso le había conmovido tanto como a ella, o si por el contrario temía que se hiciera más ilusiones de la cuenta. A lo mejor lo único que había significado para él era… un momento de consuelo… en una situación difícil.

—¿Necesitas que sea una advertencia? —le preguntó, asiendo la manivela de la puerta.

—Probablemente.

Deanna sintió que el corazón se le encogía. Aunque no supiera qué emociones se escondían detrás de aquellos ojos inescrutables, asintió con la cabeza.

—Entonces eso es lo que es —le dijo, antes de cerrar la puerta de la camioneta.

Drew puso en marcha el vehículo y ella retrocedió un poco. Él se dirigió hacia los edificios que estaban junto al granero.

—¿Tan mal estaba?

Sorprendida, Deanna dio media vuelta. Era Isabella, parada en la puerta de la casa. La luz proveniente del interior la envolvía como un halo celestial.

—Bastante —le dijo Deanna, consciente de que se refería al coche de William.

Se pasó las manos por los muslos, limpiándoselas en sus pantalones manchados de barro, y se dirigió hacia la puerta.

—El coche era un montón de chatarra, pero no había ni rastro de William. Drew incluso se pregunta si estaba en el coche en el momento en que se cayó por el barranco.

Isabella asintió.

—Ross ha llamado a J.R. Creo que todos se preguntan lo mismo.

—¿Y Lily? ¿Cómo está?

—Tiene una voluntad de hierro, y no se da por vencida. Está bien, supongo. Me dice que Ryan está velando por William —Isabella respiró hondo—. Sea bueno o no, todavía se sentía lo bastante fuerte como para quererse ir a casa después de que habláramos con Ross. Jeremy se fue con ella. Se va a quedar con ella un tiempo para asegurarse de que no vuelve a ocurrirle lo que le pasó aquí el otro día. Ha pedido unos días para quedarse en Red Rock hasta que todo se calme un poco.

—Me alegro.

—Sí —Isabella miró a Deanna de arriba abajo—. Viéndote, se ve que no fue un paseo por el parque precisamente.

—Desde luego que no. Me voy directa a la ducha. Te voy a ensuciar toda la casa.

Isabella le quitó importancia a sus palabras con un gesto y retrocedió, invitándola a entrar.

—Te dejo la ropa que quieras. No hay problema. Tú eres más alta que yo, pero creo que tendré algo que te valga.

—No quiero ser una molestia, Isabella.

—Oh, qué tontería —Isabella se agarró de su brazo y echó a andar por el pasillo—. Debería habértelo dicho antes. Creerás que soy una anfitriona terrible.

—Creo que ya tenías bastantes cosas en la cabeza —le aseguró Deanna—. Y ninguno de los dos esperaba tener que quedarse tanto tiempo —se miró la ropa que llevaba. Había llevado muy poca ropa, pensando que estarían sólo unos días—. Si no te importa, déjame unos pantalones mientras lavo éstos. Bueno, en realidad no sé si conseguiré dejarlos limpios de nuevo.

Isabella sonrió.

—Ya verás que sí. J.R. ha venido peor que tú en más de una ocasión —le aseguró.

Habían llegado a la puerta de la habitación que compartía con Drew.

—Te traeré unas cuantas cosas. Si hay algo que necesites, pídemelo. Por favor.

—Gracias —le dijo Deanna, sonrojándose—. Bueno, ¿qué te dijo el médico?

—Oh, todo está bien —le dijo Isabella, con una sonrisa.

De repente, sin saber por qué, Deanna recordó la expresión de Molly Fortune en aquella fotografía vieja que Drew había encontrado en el coche. Era la misma que Isabella tenía en ese momento. Dejándose llevar por un arrebato de espontaneidad, le dio un sentido abrazo que sofocaba por completo la punzada de envidia que sentía.

—Enhorabuena. Me alegro mucho por vosotros.

—Gracias a ti —le dijo Isabella, devolviéndole el abrazo—. Por escucharme ese día. Me resulta muy fácil hablar contigo. Sabes escuchar muy bien a la gente —se apartó y sonrió de nuevo—. Iré a buscar la ropa mientras te duchas. J.R. quiere celebrarlo de alguna manera, aunque no sea un buen momento.

—Siempre es buen momento para celebrar la llegada de un bebé.

—Hablas como J.R. —entró en su habitación y Deanna hizo lo propio.

Nada más cerrar la puerta se dirigió hacia el cuarto de baño. Abrió el grifo de la ducha y empezó a quitarse la ropa. Los pantalones estaban tan rígidos que casi se mantenían erguidos por sí solos.

Estaba a punto de meterse en la ducha cuando oyó un ruido en la habitación.

—Soy yo —exclamó Isabella—. Te he dejado algunas cosas en la cama.

La puerta volvió a cerrarse y Deanna soltó el aliento. ¿Qué esperaba? ¿Que Drew hubiera cambiado de opinión? Suspiró y se metió en la ducha. Era fácil quitarse la suciedad del cuerpo, pero no lo era tanto dejar de pensar en Drew Fortune. No era tan fácil dejar de pensar que estaba loca y perdidamente enamorada de su jefe.

Drew se sentó en el borde de la cama y se dedicó a escuchar el sonido de la ducha. No tenía que esforzarse mucho para imaginarse a Deanna debajo de aquel chorro de agua caliente, deslizándose sobre sus brazos, sus piernas, mojándole el pelo, la piel… Se mesó los cabellos y apretó las palmas de las manos contra los ojos cerrados. Las imágenes no se borraron… Y no se percató de que el agua había dejado de correr hasta que vio que estaba arrugando con el puño la ropa que estaba a su lado sobre la cama. Trató de alisarla, pero fue inútil. Desde su llegada había hecho todo lo posible por pasar el menor tiempo posible con ella en la habitación. Se había recorrido todos los rincones del Orgullo de Molly. Había pasado noches en vela sentado en la barra del Red, hasta la hora de cerrar. Había visto amanecer en el porche de atrás tras una agotadora vigilia… ¿Pero podría levantarse de la cama en ese momento, sabiendo el riesgo que corría? Los nervios se le pusieron de punta al oír el crujido de la puerta del baño. Se miró las botas, cubiertas de lodo. No quería mirar hacia el espejo que tenía delante, porque sabía que en ese momento proyectaría la imagen de ella saliendo de la ducha.

—No estás sola —le dijo bruscamente.

—Ya lo veo —le dijo ella.

Oyó sus suaves pasos sobre el suelo y, por la periferia del campo visual, supo que se había detenido junto al armario. Podía verle los pies con el rabillo del ojo. Los pies… y las pantorrillas. Levantó la vista hacia el espejo y vio que tenía una toalla alrededor del cuerpo.

Un frío sudor le recorrió la frente y empezó a descender por su espalda.

—¿Has terminado aquí? —le preguntó en un tono un poco hosco.

—Sí —dijo ella.

Quitó una de las prendas del montón que estaba a su lado y la sacudió un poco. Era un vestido amarillo que le recordaba mucho a Isabella; nada que ver con el estilo sobrio de la Deanna ejecutiva.

Y no podía negar que estaba deseando vérselo puesto.

—Bien —se levantó de la cama y pasó por delante de ella, rumbo al cuarto de baño.

Estaba lleno de vapor, pero eso tenía fácil solución, porque lo único que necesitaba en ese momento era una ducha fría. Mucha agua fría… Cerró la puerta del cuarto de baño y contuvo el aliento. Su delicado aroma estaba en todas partes. La ropa que se había quitado estaba en un rincón. Los vaqueros estaban tan sucios como los suyos propios y las pequeñas braguitas que estaban encima parecían incluso más blancas de lo que eran en realidad. De repente, su móvil empezó a vibrar, dándole un susto de muerte. Mascullando un juramento, apartó la vista de la sensual ropa interior de Deanna. Había olvidado que llevaba el teléfono móvil en el bolsillo. Lo sacó rápidamente y miró la pantalla.

Stephanie Hughes. Hizo una mueca y puso el aparato en modo silencio. Aunque las cosas no hubieran terminado entre ellos, el «torbellino» Deanna hubiera arrastrado a su paso cualquier rastro del mínimo interés que en algún momento había sentido por ella. Volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo, abrió la puerta del cuarto de baño y se asomó un momento. Deanna ya se había puesto el vestido amarillo y estaba delante del espejo, peinándose el pelo húmedo.

Ella lo miraba con ojos de sorpresa a través del espejo.

—¿Qué? —le preguntó.

Él apenas pudo desentrañar sus pensamientos.

—¿Recuerdas este sitio que te mencioné? ¿Red? ¿El restaurante? —no esperó a que ella asintiera—. Vamos a cenar allí —le dijo abruptamente.

Ella bajó el peine, todavía mirándole por el espejo.

—¿Por qué?

—Porque después de lo de esta tarde, necesitamos darnos un pequeño respiro —le dijo, con sinceridad—. Y creo que te debo una, además. Ya sabes… Por ocuparte de todo en la oficina. Te has hecho cargo de todo y… te lo debo.

—Sólo he hecho mi trabajo —ella le miró directamente por encima del hombro. Tenía el ceño fruncido.

—Pero también has hecho el mío —le dijo él—. Has logrado que todo el mundo siguiera trabajando tanto en San Diego como en Los Ángeles.

—Porque todos saben muy bien cómo hacer su trabajo.

—A lo mejor —señaló él—. Pero sólo quiero que sepas que sé todo lo que has hecho.

—Pónmelo todo en mi próximo informe de rendimiento.

—Maldita sea, Deanna. Sólo estoy tratando de mostrar un poco de agradecimiento.

—Muy bien —dijo ella, levantando las cejas—. Entonces iremos a cenar.

—Bien —Drew cerró la puerta del baño y sacudió la cabeza. ¿Cómo se le había ocurrido pensar alguna vez que era la mujer menos complicada y más predecible del mundo?

De repente reparó una vez más en las braguitas blancas. Lo único impredecible era ese interés que sentía por ella y que no hacía más que crecer. Masculló otro juramento y abrió el grifo de la ducha.

Fría.

—Tienes razón.

Dos horas más tarde, Deanna se echó hacia atrás en su silla, dobló la servilleta y la puso junto a su plato.

—La comida es muy buena.

—Por ese motivo, Red es un sitio muy conocido, incluso fuera de Red Rock —le dijo Drew, sonriendo—. No hay comida mejor en muchos kilómetros a la redonda.

Para ser un simple gesto de agradecimiento, la velada había tenido todos los ingredientes de una noche romántica. Él se había mostrado especialmente encantador y no le había mencionado nada de su padre, ni tampoco de la empresa. Sin embargo, en el fondo, Deanna sabía que no podía dejarse llevar. La mayor atracción para el resto de comensales estaba en el restaurante mismo, que había sido montado en una vieja hacienda restaurada, de las más antiguas de todo el estado. Incluso entre semana, el salón principal estaba lleno de gente. Marcos Mendoza, el apuesto hermanastro de Isabella, que regentaba el local, iba de un lado a otro, conversando con los habituales del lugar y regalando sonrisas a las féminas.

—No podemos irnos sin probar el famoso flan de María —dijo Drew mientras se tomaba el último vaso de sangría.

—Ya no me cabe nada más —le dijo Deanna.

Ni siquiera había sido capaz de terminarse el segundo plato, por muy delicioso que estuviera.

—Por lo menos prueba un poquito. Lo sirven encima de una especie de pastel con salsa de chocolate —le dijo, esbozando una sonrisa tentadora—. Creerás que estás en el paraíso.

Teniendo en cuenta lo mucho que la velada se asemejaba a una cita, Deanna creía haber llegado allí ya.

—Muy bien —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza—. Sólo un poquito. Quiero caber en mi ropa cuando vuelva a California.

—No creo que tengas problema en ese sentido —a la luz de la vela que ardía en el centro de la mesa, la mirada de Drew parecía más cálida que nunca.

Si hubieran estado en San Diego en ese momento, hubiera tenido la gorra de béisbol puesta, con la visera del revés, escondiendo toda clase de pensamientos corrosivos.

Deanna cerró los puños por debajo de la mesa. Tenía que repetirse una y otra vez que aquello no era una cita.

—Yo, eh, disculpa un momento —le dijo y quiso levantarse de la silla.

Pero él se levantó antes y le apartó la silla con caballerosidad. Llevaba un suéter negro que se le ceñía a los hombros, marcándole toda la musculatura. Su pecho estaba tan cerca que bien podría haberse rozado la mejilla contra él. Deanna respiró hondo, intentando deshacer el nudo de deseo que tenía en el pecho.

—Gracias —le dijo, buscando el aroma de los deliciosos manjares que los rodeaban por doquier para no sentir aquella exquisita fragancia masculina que la estaba volviendo loca.

Él sonrió sutilmente y ella se apartó con brusquedad; tanto así que estuvo a punto de chocar con una guapa camarera que llevaba una pesada bandeja hacia la mesa contigua. Por suerte, Drew la agarró a tiempo y la echó a un lado. La camarera sonrió y siguió su camino como si nada.

—¿Estás bien? —le preguntó él. Su aliento le sopló el pelo en la sien.

—Bien —dijo Deanna, casi sin aliento y echó a andar. Él la soltó de inmediato.

Unos segundos más tarde ya había llegado al aseo de señoras. Metió sus muñecas calientes debajo del grifo de agua fría y se miró en el espejo. Parecía tener los ojos demasiado grandes para la cara y el escote de aquel femenino vestido se le hacía más generoso que nunca.

—Esto no es una cita —murmuró.

—¿Disculpa?

Una señora cargada de joyas se detuvo frente al lavabo y sonrió.

—¿Te encuentras bien, cariño? Pareces un poco temblorosa.

—Sí, gracias —dijo Deanna, asintiendo.

—Supongo que hay un hombre muy guapo esperándote ahí fuera, ¿no? —le preguntó, sonriendo de oreja a oreja—. Eso siempre nos pone un poco nerviosas.

Deanna logró esbozar una sonrisa de vergüenza. Si una extraña era capaz de notárselo, entonces Drew también.

—Pero siempre recuerdo lo que mi madre me decía —la señora tomó una servilleta de papel del montón que estaba entre los dos lavabos—. No importa lo mucho que un hombre te traiga de cabeza, cariño. Si merece la pena, entonces hará todo lo posible por demostrarte que él siente lo mismo por ti antes de llevarte a… Ya sabes…

Deanna no puedo evitar echarse a reír.

—De acuerdo. Le agradezco el consejo.

—Bueno, entonces… Cuando quiera llevarte… a ese lugar… Vuélvelo loco —la señora le guiñó un ojo y salió por la puerta.

Deanna soltó una pequeña risita y cerró el grifo. Se secó las manos, se alisó la falda del vestido… No podía imaginarse volviendo loco de amor a Drew Fortune, pero la idea era de lo más tentadora.

—Esto no es una cita —se repitió una vez más.

Sintiéndose un poco más segura de sí misma, volvió al salón rápidamente. Para su sorpresa, había una mujer parada junto a Drew. Tenía una mano sobre su hombro y ambos se reían. Los dos se dieron cuenta de su presencia al mismo tiempo. La mujer, de unos setenta años, era un poco más baja que ella y también tenía más curvas, sobre todo con aquellos pantalones negros y la blusa roja que llevaba puesta.

—Bueno, aquí está la chica que le ha robado el corazón a nuestro Andrew —dijo, dando un paso adelante y agarrando la mano de Deanna. Sin vacilar ni un momento, se inclinó hacia delante y le dio un beso en la mejilla—. Y no me extraña nada, con lo guapa que eres.

Deanna no tuvo más remedio que sonreír ante aquel efusivo recibimiento.

—Deanna, ésta es María Mendoza —dijo Drew—. Ella y su marido, José, montaron este restaurante.

—Sí, sí —María agarró a Deanna por la cintura y le dio un apretón—. Hemos visto muchas historias de amor aquí en el Red —dijo con un destello en la mirada—. Me alegra mucho ver que nuestro Drew viene tan bien acompañado esta noche, no como todos estos días, cuando estaba tan solo en la barra.

Deanna le lanzó una mirada atónita a Drew. Éste agarró de la mano a María y tiró de ella. Le plantó un beso en la mejilla.

—Con tu compañía tuve más que suficiente —le dijo, sonriente.

—Bah. Ni siquiera un demonio como tú puede poner celoso a mi José —le dio una palmadita en las manos y se volvió hacia Deanna—. Andrew me ha contado lo mucho que trabajas, cariño, mientras él busca a su padre —miró a Drew de reojo—. No la pierdas.

La sonrisa de Drew siguió donde estaba, pero su mirada se llenó de sombras que quizá sólo Deanna podía ver.

—Bueno, pero ya basta de hablar de cosas tristes —María entrelazó las manos—. ¿Cuándo es la boda?

Deanna volvió a mirar a Drew.

—Nosotros…

—Todavía no hemos podido fijar una fecha —le dijo él tranquilamente.

—Pero, ¿queréis una boda por todo lo alto, o algo más pequeño e íntimo? —María sonrió con picardía, demasiada para una mujer que debía de tener más de setenta años—. Nunca me canso de las bodas.

—A Deanna no le gusta ser el centro de atención —dijo Drew en un tono serio.

—Ah —María asintió con sabiduría—. Entonces será algo íntimo. Bueno, incluso podríais fugaros —dijo, suspirando de felicidad—. Pero, bueno, sentaos, por favor. Andrew quiere que te traiga mi flan para que lo pruebes, cariño. Así os lo tomáis a la luz de las velas, con todo el romanticismo del mundo, y ¡os volvéis a enamorar! —exclamó con entusiasmo.

Le pellizcó las mejillas a Drew y después a Deanna, y entonces se marchó.

—Vaya —exclamó Deanna, viéndola alejarse a toda prisa.

—Ésa es una buena palabra para describir a María —Drew volvió a sentarse—. Podrías haberle dicho que realmente no estamos comprometidos. Más tarde o más temprano habrá que decirlo, porque mi padre no va a regresar.

Deanna se quedó de piedra. De pronto, toda la alegría de la velada se había esfumado de un plumazo.

—Eso no lo sabes, Drew. No puedes rendirte. Todavía no.

—¿No puedo? —le dijo él, mirándola fijamente—. ¿Y si todo esto está alimentando falsas esperanzas?

Deanna tragó en seco. Sabía muy bien que se refería a su padre, pero, aun así, no podía evitar pensar en lo otro. Trató de aclararse la garganta, pero no tuvo mucho éxito.

—Si es así cómo te sientes, entonces… podrías habérselo dicho tú mismo a María —se detuvo bruscamente y agitó la mano. El anillo de diamantes emitió una miríada de destellos—. Sobre todo porque parece que has pasado mucho tiempo aquí solo.

—Tenía que ir a algún sitio —le dijo él, apretando los labios.

—¿Por qué? —le preguntó ella, bajando la voz y acercándose a él por encima de la mesa—. ¿Para alejarte de mí?

—Sí.

Aunque fuera ésa la respuesta que había esperado oír, no pudo evitar sentir una amarga punzada. No obstante, por lo menos ya tenía la respuesta. Parpadeó con fuerza y apartó la vista de él. Definitivamente aquello no era una cita.

—Aquí tenéis —en ese momento volvió María con un plato blanco en las manos. En él había un postre delicioso muy bien presentado. Con una sonrisa en los labios, le entregó una reluciente cuchara a Deanna, y después le dio otra a Drew—. Que lo disfrutéis —con una sonrisa pícara se alejó de la mesa.

Deanna no se creía capaz de probar otro bocado. Estaba tan llena que tenía miedo de empezar a sentir náuseas. Sin embargo, María los observaba desde un rincón y no quería defraudarla, así que hundió la cuchara en aquel delicioso flan y se llevó un bocado a la boca. La exuberante mezcla de sabores la hizo sonreír de inmediato.

—Exquisito —dijo, mirando hacia María.

María levantó las cejas y asintió con la cabeza.

Deanna volvió a mirar a Drew. Tomó otra cucharada y se la ofreció.

—Abre —le dijo en un tono seco.

Él se acercó un poco y tomó la ración que Deanna le daba de la cuchara. A ella le temblaba la mano, así que retrocedió rápidamente, soltando la cuchara sobre el mantel.

—Bueno, ya está. Ya lo he probado. Está delicioso. ¿Podemos irnos?

—No me voy porque no quiera estar cerca de ti —le dijo él en un tono bajo, hundiendo su propia cuchara en el postre—. Me voy porque sí quiero estar cerca de ti.

—¿Qué? —le preguntó Deanna, sintiendo un revoloteo de mariposas en el estómago.

—Abre —le dijo él, levantando su cuchara y ofreciéndole un bocado.

Sin pensarlo mucho, Deanna abrió los labios y se inclinó hacia delante, tomando la ración. Él retiró el cubierto lentamente, deslizándolo entre sus labios.

—Sabe a flores, ¿verdad?

—¿Flores? —Deanna se estremeció.

—A ese ingrediente secreto que María no quiere revelarnos —se comió un bocado enorme y sus ojos brillaron de puro placer.

Deanna tragó en seco y se aferró a los reposabrazos de la silla.

—No es que sepa a qué saben las flores —dijo él, prosiguiendo—. Pero siempre me sabe a flores cada vez que lo como —dijo, ofreciéndole otra cucharada a Deanna.

—Flores —murmuró ella en un tono pensativo.

—Un jardín completo, ya puestos —añadió él. Su hoyuelo bailaba justo en la comisura de sus labios.

Ella soltó el aliento y se inclinó hacia él para recibir el próximo bocado.

Capítulo 11

VA a ser un bebé muy afortunado… Con vosotros como padres… —Drew levantó su copa de vino y brindó por Isabella y por J.R.

Ambos estaban de pie junto a la chimenea, tomados de la mano.

—Atención, atención —dijo Jeremy.

Todos los hermanos y sus esposas, además de Lily, estaban reunidos en el gran salón del Orgullo de Molly para celebrar la llegada del bebé. Podrían haber invitado todavía a más familiares, pero Isabella había convencido a J.R. para que fuera algo íntimo.

—Ya tendremos ocasión de celebrarlo por todo lo alto cuando vuelva tu padre —le había dicho.

Deanna se alegraba de ver juntos a casi todos los miembros de las familias Fortune y Mendoza, pero, a juzgar por las caras que tenían algunos, sobre todo Drew, era fácil ver que no creían que ese día pudiera llegar. William Fortune llevaba ya casi dos semanas desaparecido.

Drew no le había dicho nada más después de aquella noche en el Red, ni tampoco había hecho o intentado nada. Deanna se debatía entre el deseo de ofrecerle consuelo y el miedo de dejarse seducir.

Al final, no obstante, siempre le trataba de forma esquiva cada vez que estaban juntos, pero esas ocasiones, afortunadamente, eran cada vez más escasas. Él se ausentaba con frecuencia para seguir diferentes pistas sobre su padre.

En ese momento pasó Nick con otra botella de vino. Deanna levantó su propia copa, que todavía estaba llena, y sacudió la cabeza. Todo el mundo tenía una copa, incluso Isabella, aunque la suya estaba llena de zumo de fruta.

Bethany se sentó en el butacón más próximo a Deanna.

—Darr me dijo que fuiste con Drew y con Ross a ver el coche —le dijo, bajando la voz y mirando a Lily con disimulo, que estaba de pie cerca de la ventana, junto a Jeremy y a Drew—. Yo creo que no hubiera podido soportar verlo. Debió de ser muy desagradable.

—Lo fue —dijo Deanna—. El… el coche está en un sitio muy apartado —añadió, tratando de concentrarse en la conversación, sin mucho éxito.

Sus pensamientos no hacían más que irse hacia el objeto de sus deseos, que en ese momento tenía una expresión sombría y pensativa. Su copa de vino ya estaba medio vacía.

En ese instante se les unió Charlene, sentándose en uno de los reposabrazos del butacón. Evidentemente las había oído hablar.

—Los chicos van a volver mañana. Van a ir equipados para escalar, y así podrán hacer una búsqueda más exhaustiva. Quieren llegar a las zonas donde no llegaron los perros.

Deanna buscó a Drew con la mirada una vez más. Llevaba una camisa color crema que no era suya y unos vaqueros azules. Llevaba todo el cabello peinado hacia atrás en un estilo serio. Incluso a esa distancia, ella podía apreciar su mirada circunspecta y profunda.

No podía ni imaginárselos allí de nuevo, buscando evidencias. Seguramente, Drew ni querría volver al lugar del accidente. Si encontraban a William en una zona de difícil acceso, probablemente no lo encontrarían vivo. Bethany y Charlene debían de pensar lo mismo porque ninguna de las dos insistió en el tema. En vez de eso, miraron a J.R., que abrazaba a su esposa con cariño.

—Me encanta la idea de que vaya a haber otro bebé en la familia —dijo Charlene de repente, sonriendo. Era evidente que estaba empeñada en encontrar un tema de conversación más agradable—. Sobre todo si no es mío.

—A mí no me importaría —dijo Bethany, riendo—. Aunque quizá sea mejor esperar a que Randi pase de los dos años. Está en una edad muy difícil. ¿Y tú, Deanna? ¿Drew y tú estáis pensando en tener niños rápido o preferís esperar?

Sorprendida, Deanna apartó la vista de Drew bruscamente, pero no fue capaz de contestarle nada a la joven.

—Conociendo a Drew, supongo que querrá esperar un poco —dijo Charlene, aparentemente ajena a la incomodidad de Deanna.

—Pero… —dijo Bethany, asintiendo—. Todos pensábamos que Drew iba a posponer eternamente lo de casarse, y mira. Por lo visto, no sabíamos tanto como pensábamos, así que… —se volvió hacia Deanna de nuevo.

—A mí… A mí me gustaría tener niños —logró decir Deanna por fin. Debía tener las mejillas como dos hierros al rojo vivo.

—Pero no ahora mismo —dijo Bethany, terminándole la frase con entusiasmo.

—Al principio es fácil acostumbrarse a la vida de casado —dijo Charlene—. Ya sabes…

Deanna sonrió vagamente y las otras dos mujeres se rieron.

—¿Os importa si os robo a mi prometida un momento? —de repente Drew apareció ante ellas, inclinándose por detrás del butacón.

Deanna se incorporó rápidamente y se alisó la falda que le había prestado Isabella. No sabía qué quería él, pero casi agradecía la interrupción. No obstante, en cuanto él la tomó de la mano y la condujo fuera del salón, empezó a sentir una bola de miedo en el estómago. No era miedo de él, sino expectación y esperanza. Desde aquel día en el restaurante de los Mendoza, no había vuelto a tocarla, ni tampoco había cambiado los hábitos en lo referido a compartir la cama.

La condujo por la casa sin decir ni una palabra. Sólo se detuvo un momento en el cuarto de la lavadora para tomar una chaqueta de un perchero cercano a la puerta de atrás.

—Hace frío —le dijo. La soltó por fin y le puso la chaqueta antes de salir afuera.

Deanna sentía que los dientes le iban a empezar a castañetear, pero no era la brisa nocturna la causante. No obstante, consiguió ponerse el abrigo de punto sin armar mucho lío.

—¿Qué sucede?

—Nada. Sólo necesitaba respirar un poco —le dijo él, agarrándole las solapas de la chaqueta y cerrándole más el abrigo por debajo de la barbilla—. Viendo la cara que tenías ahí dentro, pensé que a ti también te haría falta —bajó los peldaños y se alejó de la casa y de la luz—. ¿De qué estabais hablando?

—Querían saber… —Deanna se mordió el labio—. Si estábamos pensando en tener niños pronto o no —le dijo finalmente, esperando que la oscuridad escondiera sus mejillas sonrojadas.

—¿Y tú qué les dijiste? —le preguntó él, mirándola con cara de estupefacción.

—¿Qué importancia tiene? Nada es real.

—Bueno, siento curiosidad.

Ella levantó las manos y resopló.

—Muy bien. Les dije la verdad. Les dije que sí, que me gustaría tener niños algún día. Obviamente, no hablaba por ti —una de las botas de tacón bajo que le había prestado Isabella se le hundió en la tierra y Drew la agarró del hombro de inmediato, manteniéndola en equilibrio.

—Cuidado.

—Gracias —le dijo ella y continuó andando, sintiendo un gran alivio cuando él apartó la mano—. ¿De qué estabais hablando Jeremy y tú con Lily?

—¿Te importa mucho?

—A lo mejor siento curiosidad —le dijo ella.

—Me estaba disculpando con ella —dijo Drew, soltando el aliento bruscamente—. Por mi comportamiento cuando se comprometió con mi padre.

—¿Te disculpaste? —le preguntó ella, deteniéndose en seco.

—¿Acaso me crees incapaz de hacerlo o algo así? —le preguntó él, parándose también.

—No. Claro que no. Sólo me ha…

—¿Sorprendido?

—Sí. Pero también me alegra.

Él guardó silencio un momento.

—Me dijo que sin duda hubiera significado mucho para mi padre que todos estemos aquí en Red Rock, apoyándola —hizo una pequeña mueca con los labios—. Me dijo que nos quería mucho a todos, lo orgulloso que estaba de nosotros —añadió, con la voz tomada por la emoción—. Sabía lo de la foto. La de mi madre. Jeremy le dijo que la habíamos encontrado, pero ella ya sabía que nuestro padre siempre la llevaba en el coche —se aclaró la garganta—. Me dijo que sabía lo mucho que había querido a mi madre porque ella había querido a Ryan de la misma manera, y que ésa era precisamente la razón por la que le quería tanto. Por la que le quiere tanto —sacudió la cabeza—. Parece que Lily no ha perdido la esperanza todavía.

Deanna se metió las manos en los bolsillos para resistir la tentación de abrazarle.

—Me alegro de que hayas hablado con ella —le dijo de nuevo.

—También me dijo que significa mucho para ella que Jeremy y yo nos hayamos quedado.

—Claro.

—¿Desde cuándo has querido tener hijos? —le preguntó él de repente, echando a andar de nuevo.

—¿Y por qué no iba a quererlo? —le dijo Deanna, poniéndose a la defensiva—. No todo el mundo es como tú. Es algo bastante normal —estaban llegando a uno de los graneros. Drew le puso la mano sobre la espalda y la guió hacia un lado, allí donde el olor a hierba recién cortada era más fuerte.

—Yo nunca he dicho que aborreciera la idea de tener hijos.

—¿Me estás diciendo que te gustaría tenerlos?

—Sólo digo que nunca he dicho que no quisiera tenerlos. Pero los niños crecen mucho más felices cuando son criados por padres que están casados. Sé que hoy en día no abundan las familias así, pero yo todavía tengo esa creencia.

—Y como aborreces la idea del matrimonio… —le dijo ella, levantando una ceja.

—Exceptuando el nuestro, claro —le dijo él.

—Claro —repitió ella, encogiéndose de hombros como si aquello le fuera indiferente.

Tal y como estaban saliendo las cosas, difícilmente podía imaginárselo llevándola al altar, y estaba segura de que él opinaba lo mismo.

—Nunca te había oído decir que quisieras tener hijos —le dijo él.

Deanna no tenía ni idea de dónde había salido aquel repentino interés. Se agarró la chaqueta con más fuerza y contuvo un escalofrío, acelerando el paso.

—Bueno, normalmente no me paso el día hablando de mi vida privada en el trabajo.

—Es cierto. Hasta esta Nochevieja, siempre te has comportado como si no tuvieras vida más allá del trabajo, como si no desearas nada más.

Ella sólo tenía un único deseo y, a esas alturas, él ya debería haber sabido que ese deseo era él.

—No hay que mezclar la vida privada con el trabajo.

—Típico comentario de la hija de Gigi —le dijo él, agarrándola del hombro—. Como tu madre hace justo lo contrario, tú te vas al extremo opuesto.

No tenía sentido negar la verdad, así que Deanna cruzó los brazos sobre el pecho, guardando silencio.

—No creo que quisieras que hiciera lo contrario, ¿no? Lo que más te gusta de mí es que soy una secretaria muy profesional.

Drew dejó escapar algo que estaba a medio camino entre una risotada y un ataque de tos.

—No estés tan segura.

Ella se estremeció. Se mordió el labio inferior. Cambió de postura. Aquella mano sobre el hombro la ponía muy nerviosa.

—Charlene me dijo que todos vais a volver al lugar del accidente mañana, bien equipados, para buscar más en profundidad.

Él asintió con la cabeza.

—¿De verdad vas a ir con ellos?

—Sí.

—¿Y estás seguro de querer hacerlo?

—La única cosa de la que estoy seguro en este momento es que quiero acostarme contigo.

El mundo pareció detenerse a su alrededor. Deanna se le quedó mirando con ojos de estupefacción. Él deslizó la mano suavemente a lo largo de su hombro hasta meter las yemas de los dedos por dentro del cuello de la chaqueta para rozarle la piel.

—¿Te ha comido la lengua el gato?

—Eso parece —dijo ella por fin con un hilo de voz. Los latidos de su corazón eran tan fuertes que parecía que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento.

—El problema es que no quiero complicar las cosas —añadió él, recorriendo su cuello con la yema del pulgar.

—Ya son bastante complicadas de por sí —dijo ella, intentando resistir la tentación de sucumbir a sus caricias—. Eso es lo que pasa cuando te ves metido en una mentira.

—Sí —le dijo él, tocándole la base del cuello, allí donde los latidos de su corazón desbocado se sentían con más fuerza—. Pero esto no es una mentira.

—Drew…

—Lo que sí sería una mentira sería seguir fingiendo que no quiero hacerte el amor.

Deanna respiró profundamente. Ya le daba igual parecer desesperada.

—Es… es esta situación. Si tu padre no hubiera desaparecido…

—Seguiría queriendo lo mismo. Traerte a Red Rock sólo me hizo darme cuenta —siguió deslizando la yema del dedo pulgar hasta llegar a su barbilla y entonces se la empujó hacia arriba, obligándola a mirarle a los ojos—. Mírame. A estas alturas ya deberías saber que no paso ni un día sin desearte —le dijo en un tono que no tenía nada de romántico. Más bien parecía agotado, derrotado, incluso molesto—. Y sé que ya no podré aguantar ni una noche más. Pero tampoco quiero estropear algo bueno, y lo último que quiero, cuando todo esto termine, es que salgas corriendo.

Deanna sintió un nudo en el estómago. La mejor forma de hacerle perder el interés a Drew Fortune era decirle que estaba enamorada de él. Ella lo había visto muchas veces, y aunque no quisiera caer en la misma categoría que todas aquellas rubias sin cabeza con las que él salía, sí sabía que en el fondo no era distinta de ellas. Si él llegaba a enterarse de lo que sentía por él, no tendría ningún reparo en deshacerse de ella lo antes posible. Se buscaría otra secretaria y ella quedaría fuera de su vida en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué era peor? ¿Quedarse a su lado escondiendo sus verdaderos sentimientos, o perderle por habérselo confesado todo? Ambas opciones eran descorazonadoras. Pero sí podía sugerirle que fueran amantes, y entonces nada cambiaría. ¿Acaso era eso lo que pensaba su madre cuando se enamoraba de aquellos hombres inalcanzables?… A lo mejor no era tan difícil entenderla después de todo…

—Yo tampoco quiero complicar más las cosas —le dijo por fin, humedeciéndose los labios y agarrándole del antebrazo.

—Bueno, ¿y dónde nos deja eso?

—No lo sé —le dijo ella con un hilo de voz.

—Necesito una respuesta mejor —le dijo él, acercándose más—. Dime que no. O mejor, dime «por supuesto que no». Si lo haces, encontraré una manera de mantener todo esto bajo control.

—Oh, claro —le dijo ella. Le empujó en el pecho, pero él ni se movió—. Quieres que sea el malo de la película.

—No el malo. Sólo más fuerte que yo —la agarró por la espalda y la apretó contra su propio cuerpo—. Y… definitivamente no eres el malo. En todo caso, la mala.

De pronto, Deanna se dio cuenta de que ya no le estaba empujando en el pecho. Sus dedos se agarraban a él, tocándole, palpándole… Sólo llevaba una camisa puesta… Y su piel le abrasaba las yemas de los dedos.

—No sé qué pensar de ti —le susurró ella—. Cuando estábamos en Red… —se detuvo, incapaz de describir lo que había ocurrido aquella noche—. Pero desde entonces…

—Lo sé —dijo él en un tono pausado—. Soy un patán. Pero puedes creerme cuando te digo que no ha habido ni un sólo día desde que llegamos a Red Rock en que no pensara en ti. En nosotros.

Deanna sintió que se le encogía el corazón. Sus palabras eran como flechas en llamas que la atravesaban de lado a lado.

—Debería decirte que no —susurró ella. Debería hacerlo, por los dos.

Sin embargo, saber que la encontraba irresistible resultaba de lo más tentador…

Cerró el puño alrededor de su camisa de seda, se puso de puntillas y se detuvo a un milímetro de sus labios.

—Debería decir que no —repitió en un susurro—. Pero no puedo.

Drew soltó el aire bruscamente y ella sintió su aliento sobre los labios. Entonces, él la apretó contra su propio cuerpo, casi levantándola del suelo, y la besó, despejando así todo rastro de dudas y temores. De repente el mundo empezó a girar a toda velocidad a su alrededor y Deanna sintió que la cabeza le daba vueltas. El corazón se le salía del pecho… Lo único que podía hacer era aferrarse a la única cosa que la mantenía cuerda… él. Entreabrió los labios y se dejó llevar; enredó los dedos en su cabello… El mundo giraba cada vez más deprisa. Sentía su boca en la mejilla, en la frente…

—Empuja la puerta.

Deanna tardó un momento en entender aquel gemido gutural y sus ojos tardaron unos segundos en ser capaces de ver más allá de él. Él la llevaba en brazos, rumbo a la parte de delante del granero. No era de extrañar que la cabeza le diera vueltas. Estiró un brazo y le dio un empujón a la puerta. Sin perder ni un segundo, él entró y la llevó hacia la cálida oscuridad del interior.

—¿Sabes adónde vas?

—Al cielo —le dijo él, apoyándola en el suelo. Se acercó más y más y la hizo retroceder hasta acorralarla contra la puerta.

—Y no veo nada, así que a menos que quieras volver andando a la casa…

—No —Deanna sacudió la cabeza.

Ni siquiera la puerta entreabierta dejaba entrar algo de luz. No podía verle, aunque le tuviera justo delante, pero sí podía sentir el movimiento de su pecho con cada respiración. Si volvían a la casa, entonces tendría tiempo suficiente para echarse atrás; tendría tiempo para empezar a pensar con la cabeza nuevamente, en vez de hacerlo con el corazón.

Se quitó la chaqueta de los hombros.

—Bien, porque yo no quiero esperar.

Drew la agarró de las caderas y metió las manos por debajo de su suéter de punto. Una oleada de deseo la sacudió por dentro, tanto así que tuvo que morderse la lengua para no suspirar.

—Estamos en un granero —murmuró él, rozándole la frente con los labios—. Tranquila.

—¿Hay animales aquí o algo? —le preguntó ella, agarrándole de los brazos. No oía nada que no fuera el estruendoso sonido de su propia respiración y el roce de su falda contra la sólida madera que tenía detrás.

—Sólo yo —le dijo él, deslizando las manos por su cintura hasta llegar a sus pechos—. Tú no eres un animal… No llevas sujetador —le dijo de repente, descubriéndolo por sí mismo—. Eso me hace sentir como un animal.

Ella entreabrió los labios y respiró profundamente mientras él le masajeaba los pechos como si estuviera esculpiéndolos. Deanna podía sentir cómo se le hinchaba la piel. Él deslizó las yemas de los dedos sobre sus rígidos pezones, endureciéndolos todavía más y haciéndola gemir. Ella intentó mirarle a través de aquella negra oscuridad, pero no pudo. Sólo era capaz de sentir su calor, su tacto… Todo era tan intenso como el roce de su dedo pulgar en la base de la garganta; intenso, erótico… Soltó el aliento entrecortadamente y deslizó las manos por sus vigorosos brazos hasta llegar a las muñecas; eran fuertes, musculosas. Mientras las exploraba se dio cuenta de que también podía sentir los latidos de su corazón bajo las yemas de los dedos.

—A lo mejor hay dos animales —le susurró, poniendo sus manos sobre las de él, que a su vez le cubrían los pechos. Apretó las palmas contra ellas y entrelazó los dedos con los de él—. Más fuerte.

Él se detuvo un momento y entonces le apretó los pechos con más fuerza, lanzando flechas de placer que la atravesaban por todo el cuerpo hasta llegar al centro de su feminidad. Y entonces Deanna sintió la cálida humedad de sus labios cerca del pecho. Contuvo el aliento. Él intentaba quitarle el suéter con una mano.

—Quítatelo.

Temblando, ella hizo lo que él le pedía sin vacilar. Apoyó la cabeza contra la puerta mientras él la besaba entre los pechos, en el vientre… Al llegar a la cintura de la falda, se la bajó sin más y siguió adelante.

—Si no llevas nada debajo, me va a dar un ataque al corazón —le dijo él.

—No —dijo ella, riéndose y agarrándole la cabeza. Nunca se había dado cuenta de lo suave que tenía el pelo—. No soy tan atrevida.

—Pensándolo bien, sería una pena —susurró él, besándola en la cadera derecha.

Deanna dio un pequeño salto al sentir ahí sus labios. Él le bajó aún más la falda y ella la sintió por los muslos, las rodillas…

—Levanta el pie —le dijo él, agarrándole la rodilla derecha.

Ella levantó la pierna, y después la otra, y en cuestión de segundos, él se deshizo de la falda.

Hacía calor en el granero, pero sentía frío. No llevaba nada más excepto las braguitas y las botas. Le agarró la camisa.

—Quítate algo tú también.

—Cariño, para cuando terminemos no habrá nada entre nosotros excepto la piel.

Le rodeó las rodillas y la besó en el frente de los muslos. Poco a poco, iba subiendo las manos sobre ella, más y más… Y entonces le agarró el trasero y empezó a explorar las tiritas de la braguita.

—Si hubiera sabido… —le dijo en un tono deliciosamente ronco—. Que debajo de aquellos horribles trajes llevabas esto, que parece sacado de la fantasía de un hombre, nunca hubiera sido capaz de sacar el trabajo adelante en la oficina.

—Me gusta la lencería bonita —le dijo ella, sonrojándose.

—Sí, me di cuenta cuando vi las cosas que habías metido en el cajón, el día que llegamos, cuando se te cayó la toalla —le dijo, enganchando el encaje de la braguita con la punta del dedo y jugando adelante y atrás.

—Si fueras un caballero, no me lo recordarías.

—Cariño, soy un hombre, y ése fue un momento espectacular para mí. ¿Ves? A mí también me gustan las cosas bonitas —murmuró—. Y he estado pensando en ti con esa lencería puesta… y después sin ella… desde aquel día —trazó la línea de las braguitas sobre su abdomen con las yemas de los dedos y entonces descendió un poco más.

—¿Qué… qué estás haciendo? —le preguntó ella.

—¿Tú qué crees? ¿Qué es lo que quieres?

—Te quiero a ti.

Drew metió los dedos entre sus muslos y bajó el tono de voz.

—Ya veo —le dijo, deslizando los dedos sobre el encaje húmedo, adelante y atrás.

—Drew… —dijo ella, gimiendo.

—Perfecto —le dijo él. Su aliento cálido le abrasaba el muslo—. Húmedo —añadió.

—No puedo evitarlo —le dijo ella casi sin aliento—. Eso es lo que me haces sentir.

—¿Desde cuándo?

—Desde siempre.

Él respiró profundamente y Deanna sintió un nudo en el estómago.

—¿Has pensado en nosotros de esta manera? —le preguntó de pronto, cubriendo con la boca su sexo húmedo a través de las braguitas de encaje.

La estaba matando lentamente. Sólo tenía que negarlo y conservar algo de dignidad. Se humedeció los labios y enredó los dedos en su cabello.

—Sí —admitió finalmente.

Él soltó el aliento con brusquedad, apartó el encaje, y la besó en el centro de su feminidad. Ella gritó de placer. Las piernas le cedieron… Una oleada de llamaradas de placer la atravesó como un rayo.

Todavía temblaba cuando él se incorporó por fin para quitarse la ropa. Un momento después la agarró de las caderas, le levantó las piernas y la hizo suya.

Deanna gritó.

No había mentira, ni artificio… Sólo era Drew, el hombre al que amaba.

Y entonces él pronunció su nombre con un hilo de voz y la llevó directamente al paraíso.

Capítulo 12

BUENOS días —J.R. levantó la vista cuando Drew entró en la cocina a la mañana siguiente—. Qué pronto te has levantado.

Drew soltó algo parecido a un gruñido y se dirigió directamente hacia la cafetera. No tenía intención de contarle a su hermano por qué se había levantado mucho más temprano de lo que habían acordado. De hecho, ni siquiera estaba listo para reconocerlo. Había hecho el amor con su secretaria en un granero. Qué gran estupidez. ¿Cómo había perdido el control de esa manera? Como si aquello no fuera a cambiarlo todo…

A lo mejor nada había cambiado para ella, pero las cosas eran distintas para él. Nada más entrar en ella había perdido el juicio de una manera que jamás había conocido hasta ese instante… Nada más hacerla suya se había dado cuenta de que se había metido en un buen lío.

Sacó una taza y se sirvió un café.

—Será mejor salir pronto, ¿no? Uno no sale al campo a buscar el cuerpo de su padre todos los días.

—Maldita sea, Drew —J.R. hizo una mueca—. Espero que no sea su cuerpo lo que encontremos.

—Bueno, yo no puedo evitar sentir que es eso lo que vamos a buscar —le dio un buen trago al café, aunque le abrasara la garganta—. Darr se reunirá con nosotros en casa de Nick. Él llevará todo el equipo que necesitamos.

Parecía que J.R. quería decir algo, pero finalmente se limitó a asentir con la cabeza.

—Entonces recogeremos a Jeremy en el Double Crown antes de salir de la ciudad —echó el resto del café en un termo y agarró la enorme mochila que descansaba sobre una silla—. Isabella nos preparó algo de comida anoche, pero puedes desayunar algo antes de irnos —señaló las lonchas de jamón que estaban sobre la encimera.

Lo último que Drew quería en ese momento era comer. Pero sabía que tenían un largo y arduo camino por delante, así que se preparó un sándwich y lo envolvió en una servilleta mientras J.R. guardaba todo en la nevera.

—Bueno, será mejor que nos pongamos en camino. Darr siempre se levanta pronto. Seguro que ya está en casa de Nick.

J.R. asintió con la cabeza y salió de la cocina.

Drew fue tras él. La camioneta de J.R. estaba aparcada cerca de la puerta de atrás. Ambos se dirigieron hacia ella.

—¿Adónde fuisteis Deanna y tú anoche?

Drew casi se atragantó con el sándwich.

—Sólo fuimos a dar un paseo —masculló y bebió otro sorbo de café.

J.R. le miró de reojo y subió al vehículo. Drew hizo caso omiso de aquella mirada y siguió comiéndose el sándwich. Un momento después, J.R. arrancó el coche.

—Ella es lo mejor que te ha podido pasar, Drew.

Drew se atragantó y empezó a toser. J.R. tuvo que darle una fuerte palmada en la espalda.

—Estoy bien —murmuró, levantando una mano.

—Bueno, yo te veo muy ansioso —señaló J.R.—. ¿Qué demonios te pasa, Drew? ¿Habéis discutido Deanna y tú o algo así?

—No —aclaró Drew con cara de pocos amigos.

—Siempre has sido el más testarudo de todos nosotros —le dijo J.R., sacudiendo la cabeza.

—No. Ése debe de ser Darr o Jeremy. Si no fuera así, también habrían entrado en el negocio familiar con papá.

—Sí —dijo J.R., soltando una carcajada—. A lo mejor es así —metió la primera marcha, encendió las luces y dio marcha atrás hacia el camino.

Drew prefería salir a buscar a su padre, sin saber qué se iba a encontrar, antes que quedarse con Deanna. La había dejado muy confundida, pero él también lo estaba. Después de compartir la experiencia sexual más increíble de toda su vida, habían regresado al dormitorio. Ella lo había mirado con aquellos ojos verdes y tímidos, en la penumbra de la habitación… Parecía que esperaba algo, pero él no podía dárselo. De pronto, un profundo pánico se había apoderado de él. Tenía miedo de meterse en la cama con ella; tenía miedo de tocarla. Y así se había inventado una excusa estúpida para salir huyendo de la habitación.

Le había hecho daño. Lo sabía muy bien. Había herido a la última persona a la que hubiera querido hacer daño… Deanna. Se dio cuenta de que J.R. había parado el vehículo de nuevo. Estaban delante del granero.

El granero…

—Tengo que buscar cuerdas —dijo J.R. y bajó del coche.

Drew apartó la vista. No quería mirar hacia allí. El recuerdo de lo que allí había ocurrido estaba grabado con fuego en su memoria.

Se había ido. De nuevo. Deanna se puso boca arriba y miró hacia la almohada que tenía al lado. Todavía conservaba la marca de la cabeza de Drew… Se frotó los ojos con el brazo. El escozor de las lágrimas ya había aparecido. ¿Qué esperaba? ¿Que él se diera cuenta de repente de que la amaba? Lágrimas calientes brotaron de sus ojos cerrados.

Sin saber muy bien lo que hacía, se levantó de la cama y fue hacia el cuarto de baño. Se miró en el espejo. La persona que se reflejaba en el cristal parecía… rota. Igual que su madre. Suspiró suavemente y apartó la vista. Su madre se encontraba bien, sana y salva, pero Drew y sus hermanos no podían decir lo mismo de su padre… Volvió al dormitorio, pescó el móvil del fondo del bolso y lo encendió. Marcó el número de su madre.

—Deedee, ¿qué sucede? —la voz de Gigi sonaba adormilada, pero alarmada.

—Nada.

—Me estás llamando a las cuatro de la mañana, ¿y no pasa nada?

Deanna oyó ruidos al otro lado de la línea. Se dejó caer sobre el borde de la cama y se miró en el alto espejo que descansaba en el suelo.

—Mamá, ¿alguna vez tuviste un álbum para mí, en el que guardaras todas mis fotos de niña?

—Claro que sí. Está en el ático, en el baúl, junto con tu vestido del bautizo y el traje de novia de mi madre. Tu padre nunca me dejó ponérmelo —su madre parecía cada vez más preocupada—. Deanna, ¿qué sucede? Nunca me has llamado así.

La joven se pellizcó la nariz y apartó la vista del espejo.

—No pasa nada. Sólo quería saberlo. Eso es todo.

Oyó suspirar a su madre y entonces oyó un murmullo de una voz grave. Era la voz de un hombre.

—Gigi, ¿hay alguien ahí contigo?

—Un momento.

Deanna oyó más ruidos de fondo.

—Muy bien. Ahora estoy en la cocina —su voz ya no sonaba tan sigilosa—. Te has metido en un lío con ese jefe tuyo, ¿verdad? ¿Es por eso que me llamas en mitad de la madrugada? Si quieres que te diga cómo arreglar las cosas, pídemelo sin más.

¿Acaso era decepción lo que sentía? ¿O era desilusión? A lo mejor no era ninguna de esas cosas, sino la sensación de conformidad que acompañaba a la certeza de que Gigi siempre sería… Gigi. Para lo bueno y para lo malo.

—No. No necesito arreglar nada —le dijo tranquilamente—. Sólo quería oír tu voz. Siento haberte llamado tan pronto.

Gigi suspiró.

—Bueno, está bien. No sé qué va a pensar Frank, sobre todo teniendo en cuenta la hora que es. No es que sea una emergencia ni nada parecido, ¿no?

—No. No es una emergencia —Deanna apoyó los codos en las rodillas—. Frank debe de ser la persona que he oído antes, ¿no?

—Es estupendo, Deedee —dijo su madre. Su tono de voz se había vuelto aniñado de repente—. Ya ves. He conseguido otro trabajo. Traté de decírtelo la semana pasada, pero no me has contestado ni un mensaje.

—Un trabajo —Deanna sonrió—. Eso es genial. ¿Dónde?

—En un bufete de abogados. Horne, Rollings and Howard. Está en Escondido.

Escondido era una ciudad que estaba al norte de San Diego.

Deanna trató de no hacer una mueca de dolor. Gigi era una secretaria especializada en despachos de abogados, y siempre volvía a las andadas.

—Supongo que allí conociste a Frank.

—Oh, claro que no. Todos los empleados del bufete son mujeres. No. Conocí a Frank en el psicólogo. ¿No escuchas ninguno de mis mensajes?

—¿Has ido al psicólogo?

—Bueno, le dije a tu jefe que lo haría cuando me llamó porque no querías hablar conmigo.

—¿Qué? —la voz de Deanna sonó repentinamente brusca—. ¿Drew te llamó? ¿Cuándo?

—Fue la semana pasada. Cuando me dejaste ese mensaje tan malhumorado. Ya he ido dos veces.

Deanna tragó con dificultad. La mano le temblaba, así que apretó el teléfono con más fuerza.

—Me alegro mucho, mamá. ¿Entonces conociste a Frank en el psicólogo?

—Oh, es maravilloso, Deedee. Sé que te gustará. Es muy sensato. Igual que tú. Tiene su propio negocio. Es un experto en plantas. ¿Te lo puedes creer? Se ocupa de mantener las plantas en cientos de oficinas de San Diego. Es tan atento —Gigi se rió con entusiasmo—. Cuida de mí, Deedee. Y me ha ayudado a devolver los últimos cuatro pedidos que recibí. ¿No es un cielo?

—Sí. Eso suena muy bien.

—Muy bien. Bueno, como veo que no pasa nada, voy a volver a la cama. Frank se tiene que levantar muy temprano —volvió a reírse—. Tiene mucha energía. ¿Me entiendes?

—De acuerdo, mamá —le dijo Deanna. No sabía si echarse a reír.

—Deedee, ya sabes que esa palabra me hace sentir muy vieja.

—Lo siento —Deanna suspiró—. Te llamo dentro de una semana más o menos, ¿de acuerdo?

—Cuando quieras. Por lo menos ahora ya sabes lo que tenía que decirte. Y espero que estés aprovechando el tiempo con tu jefe. Las chicas como tú no pueden permitirse el lujo de no cazar un buen partido. Recuérdalo.

—Lo tendré en cuenta —Deanna hizo una mueca.

Su madre colgó enseguida, pero Deanna se quitó el móvil de la oreja lentamente. La batería se estaba agotando, así que volvió a apagarlo. Se dio una ducha rápida, se puso el chándal y salió a correr por el rancho. Moviéndose de forma automática, hizo algunos estiramientos y empezó a correr suavemente. Al aproximarse al granero, apretó el paso y siguió de largo. Las lágrimas volvían a correr por sus mejillas. Corrió hasta que ya no pudo más y finalmente regresó andando. Habían pasado más de dos horas. Pero por lo menos ya no estaba llorando. Se había enamorado de un hombre que no quería ser amado, y era hora de irse a casa.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta cuando Drew llegó al Orgullo de Molly con J.R. Ya casi había anochecido. La empujó sin muchas ganas y entró.

La maleta de Deanna estaba encima de la cama.

Drew se paró en seco. Ella estaba sacando del armario aquel vestido rosa que había llevado el día de la boda. Esquivando su mirada, se dirigió hacia la maleta.

—No sabía que habías vuelto.

—¿Vas a alguna parte? —le preguntó él, cerrando la puerta tras de sí.

—Bueno, creo que es evidente que ya es hora —le dijo ella sin mirarle a la cara. Quitó el vestido de la percha y lo metió en la maleta—. ¿Cómo fue la búsqueda?

No habían encontrado nada significativo. Nada más que rocas, árboles…

—No encontramos su cuerpo.

Ella espiró profundamente y le miró a la cara por fin. Parecía tan devastada como él. Tenía los ojos y la nariz rojos.

—¿Es eso lo que esperabas encontrar?

—Has estado llorando.

Ella bajó la vista y le dio la espalda. Continuó organizando la maleta.

—No.

—Mientes muy mal.

—Y, sin embargo, tú me escogiste para mentir sobre… —gesticuló con el brazo—. Nosotros — cerró la maleta—. Creo que ha sido un error que hemos cometido los dos —bajó los dos pestillos, que se cerraron con un pequeño estruendo.

—¿Por qué ahora?

—Tengo una vida fuera de aquí.

—¿Qué ibas a hacer? ¿Ibas a irte antes de que yo llegara?

—Yo no habría hecho eso —le dijo ella, sacudiendo la cabeza.

—Bueno, a mí me parece que sí ibas a hacerlo —Drew avanzó hacia el interior de la habitación.

Ella retrocedió, tratando de mantener las distancias.

—No voy a hacerte nada, por favor.

—Jamás he pensado algo así —dijo ella, sonrojándose. Fue hacia el armario y sacó sus zapatillas de tennis. Se sentó el borde de la cama y empezó a ponérselas.

Él arrastró una silla desde un rincón y se sentó frente a ella.

—No debería haberme comportado como lo hice —le dijo, inclinándose hacia ella.

—No sé qué quieres decir —le dijo ella, atándose los cordones.

Él guardó silencio y se limitó a mirarla fijamente.

—Muy bien. No deberías haberlo hecho. Y yo debería haber sido lo bastante lista como para no haber esperado otra cosa —apretó los labios y apartó la vista—. Así que los dos tenemos algo de culpa.

Drew sintió una punzada de dolor. Le había dado motivos para pensar así de él.

—Aunque las cosas hayan salido de esta manera, el trato sigue en pie.

—Sabía que te cansarías rápido de mí, pero no tanto —le dijo ella. Se había puesto pálida de repente.

—¡Cansarme de ti! Por Dios, Deanna, ¿de dónde has sacado esa idea?

—Es obvio que estás deseando librarte de mí —le dijo ella, cruzando los brazos.

—Eres tú la que está haciendo las maletas, ¿recuerdas? —le dio un empujón tan fuerte a la maleta que ésta se cayó al suelo, haciendo un ruido sordo.

Los pestillos se abrieron y la ropa se desbordó.

—¡Mira lo que has hecho!

—No me he cansado de ti —le dijo él llanamente—. Si quieres irte, no puedo hacer que te quedes. Mi padre no va a volver. No hay ninguna evidencia de que haya sido intencionado. No hay signos de nada. Se ha esfumado sin más —tuvo que hacer una pausa para aclararse la garganta—. O bien decidió marcharse para no volver o está muerto.

—Drew, no pienses así.

—Una cosa es tener esperanza, y otra muy distinta es aferrarse a una fantasía.

—Y las fantasías nunca son para siempre, ¿verdad? —pasó por delante de él y se agachó frente a la maleta, abriéndola del todo.

La camiseta que solía usar para dormir se cayó al suelo, junto con unas braguitas de encaje. Las recogió y las tiró dentro con brusquedad.

—Sólo han pasado algunas semanas. Si tu padre está herido en alguna parte…

—Ya nos hubiéramos enterado —Drew odió tener que decir esas palabras, porque aún había una parte de él que quería creer otra cosa—. Y como mi padre no está aquí ya, no tienes por qué seguir con esta farsa. Pero te pagaré lo que habíamos acordado —le dijo con dureza—. El banco abre el lunes. Te haré un ingreso en tu cuenta tan pronto como pueda.

—Te agradezco que hayas hablado con mi madre y que la hayas convencido para que fuera al psicólogo, pero podías habérmelo dicho, en vez de hablar con ella a mis espaldas —le espetó Deanna. Agarró el vestido rosa y lo hizo una bola—. Pero no quiero tu dinero —le dijo en un tono gélido y metió el vestido en la maleta—. Nunca lo he querido —le dijo, dándole la espalda.

Drew se tomó aquello como un desafío. La hizo girar sobre las rodillas y le agarró la mano. Con el dedo pulgar, empujó el anillo de diamantes que todavía llevaba en el dedo.

—No he hecho nada a tus espaldas. Y el dinero es el motivo por el que accediste a todo esto.

Ella apartó el brazo con brusquedad.

—Accedí porque tú me pediste ayuda.

—Y también porque necesitabas mi ayuda con las deudas de tu madre —le dijo él, insistiendo.

—No voy a discutir contigo —le dijo ella, fulminándolo con la mirada —agarró todo de un manotazo y lo metió en la maleta de cualquier manera—. Si quieres pensar que soy una interesada, adelante. En este momento tengo cosas más importantes que hacer —cerró los pestillos por segunda vez.

—¿Como qué?

—Como alejarme de ti —le dijo, poniéndose en pie—. Isabella ya se ha ofrecido a llevarme a San Antonio. Y no te preocupes. Le conté la verdad sobre nosotros esta mañana, así que no tendrás que hacerlo tú —pasó por su lado y se dirigió hacia la puerta.

Drew se dio cuenta de que estaba llorando. Rápidamente fue tras ella y le cortó el paso.

—Si no fue por el dinero, ¿entonces por qué lo hiciste?

—¡Porque estoy enamorada de ti! —le dijo, dándole un empujón en el pecho para quitárselo de en medio—. Y ahora que ya está todo claro, quítate de mi camino y yo me quitaré del tuyo.

Drew sintió un dolor profundo en el pecho que nada tenía que ver con el empujón.

—No quiero que te quites de mi camino —admitió, lentamente.

—Claro que sí quieres —le dijo ella con impaciencia—. Nadie sabe mejor que yo que la mejor manera de salir de tu vida es enamorarse de ti — trató de dar un rodeo y alcanzar la puerta—. Así que te lo voy a poner todo muy fácil y me iré a casa, que es donde tengo que estar.

—Maldita sea, Deanna —la agarró de la cintura y la atrajo hacia sí—. ¿Puedes parar un momento y escucharme?

—No te preocupes. Seguro que no te costará mucho encontrar otra secretaria tan tonta como…

Drew masculló un juramento y la hizo callar de la única forma posible.

Con un beso.

Ella se quedó de piedra, pero él continuó besándola hasta vencer su resistencia. Poco a poco, sus labios empezaron a ablandarse y sus puños dejaron de golpearle en los hombros.

—Donde tienes que estar es aquí conmigo —le dijo tranquilamente.

—¿Qué? —la voz de Deanna todavía sonaba fría, pero sus ojos verdes contaban otra historia.

—Lo que has oído —afirmó él—. Y eso lo sé porque mi lugar también está a tu lado.

Ella entreabrió los labios y parpadeó rápidamente. Los ojos se le estaban aguando por momentos. Una lágrima aventurera colgó durante un segundo de sus pestañas antes de caer sobre su mejilla.

—No lo dices de verdad. Sólo estás muy afectado por lo de tu padre.

—Estoy muy afectado por lo de mi padre —le confirmó él—. Pero si te dejo salir por esa puerta, entonces no me lo perdonaré jamás, y sabré que le he decepcionado —le sujetó la cara con ambas manos—. Me he atormentado tanto intentando averiguar lo que significas para mí, que no fui capaz de verlo —atrapó la lágrima con la yema del pulgar—. Pero ya no tengo que averiguar nada más —respiró hondo—. Sólo quiero… sentir —añadió.

Ella se le quedó mirando con un gesto de perplejidad. Las lágrimas corrían sin parar por sus mejillas, pero todavía había incertidumbre en su mirada. La incertidumbre que él había suscitado… De repente tuvo miedo, mucho miedo de perderla para siempre…

—Me dijiste que me amabas —le recordó, sintiendo el picor de las lágrimas en los ojos.

Ella apartó la mirada, avergonzada.

—Sí —le dijo, obligándose a mirarle de nuevo—. Pero a veces me haces perder la paciencia —susurró.

Drew sintió que las rodillas le temblaban. Tenía que hacer todo lo posible por impedir que se fuera. No podía dejar marchar a la mujer que era su apoyo, su mano derecha, su alegría… Ella era todo lo que su padre hubiera querido para él.

Le dio un beso en la frente, en los ojos, en los labios…

—Dime que nunca me dejarás.

Deanna respiró profundamente y buscó su mirada. Era él, Drew, sin reservas ni juegos… Drew, el hombre encantador que siempre había sido. Lentamente deslizó la palma de la mano a lo largo de su mandíbula, sus mejillas… húmedas.

Poco a poco, su corazón volvió a latir con normalidad.

—Te quería incluso antes de saber que te quería —le susurró, poniéndose de puntillas para darle un beso—. Y nunca te dejaré.

Él la estrechó entre sus brazos y la abrazó con fervor, sabiendo que ambos estaban por fin donde siempre habían querido estar.

Epílogo

HOLA, abuelo.

El agente de policía bajó del coche patrulla y se acercó a un hombre desarrapado que iba andando por el arcén. Había recibido un aviso en el que alertaban de la presencia de un posible vagabundo que hacía autostop a las afueras de la ciudad.

—¿Adónde se dirige?

El hombre se volvió lentamente y el agente lo enfocó con su linterna. Tenía el pelo tan mugriento y revuelto que era imposible saber su color. Era un hombre mayor, con la ropa hecha jirones… Sus ojos parecían perdidos, lejos de este mundo.

El agente suspiró. Aquel hombre le recordaba a su propio padre, que sufría de Alzheimer. Se acercó un poco.

—Seguro que le gustaría tomarse un sándwich y una taza de café, ¿no? —miró hacia el coche de policía.

No debería haber encendido las luces rotatorias.

—Si se dirige a alguna parte, puedo llevarle.

El hombre hacía echado a andar de nuevo, siguiendo su camino por aquella carretera solitaria y oscura.

—Un momento —el policía corrió hacia él y le agarró del brazo.

El anciano trató de soltarse, pero el agente le sujetó con fuerza.

—Vamos a llevarle al hospital. Allí le examinará el médico y estará seguro.

El hombre pareció molestarse mucho.

—Déjeme en paz. Tengo prisa —a pesar de su aspecto desaliñado y su expresión distraída, su voz sonaba enérgica.

De repente levantó la vista hacia el cielo. El agente hizo lo mismo, pero lo único que vio fueron las luces de un avión.

—Puedo ayudarle a llegar a donde vaya si me dice adónde se dirige. ¿A casa?

El anciano forcejeó un poco con el policía.

—A casa no. El bebé. Tengo que encontrar al bebé.

El agente le agarró con fuerza. Era un hombre alto y corpulento, por muchos años que aparentara tener.

—Claro, claro —le dijo, conduciéndole lentamente hacia el vehículo—. Ya encontraremos al bebé.

Deanna se estiró sobre uno de los mullidos butacones del jet privado que Drew había conseguido casi de milagro. Todavía le faltaba un poco el aliento después de la carrera que se había dado. Drew la había llevado al aeropuerto a toda prisa y habían embarcado en un abrir y cerrar de ojos.

Pero estaba en sus brazos, y no podía haber nada mejor. Deslizó las palmas de las manos por sus fuertes antebrazos y disfrutó de las cosquillas que le hacía el fino vello que le cubría la piel.

—Podríamos haber esperado a mañana para regresar a San Diego —le dijo, no por primera vez. Le agarró las manos.

—No vamos a San Diego.

Ella se incorporó de golpe y le miró por encima del hombro.

—Pero yo pensaba…

—Ya sé lo que pensabas —Drew le sujetó un mechón de pelo detrás de la oreja—. Pero incluso la mejor secretaria del mundo no puede saber lo que está pensando el jefe las veinticuatro horas del día.

—Ya es de noche —le dijo Deanna, mirando el reloj. En realidad era más de medianoche.

Pero había aquel brillo inconfundible en los ojos de Drew Fortune. Sin duda se traía algo entre manos.

—Si no vamos a San Diego, ¿adónde vamos?

—Todo a su tiempo, Dee —la atrajo hacia sí y le dio un beso en el cuello.

Deanna sintió un calor repentino. Estaban completamente solos en la cabina del jet. La tripulación, que se componía únicamente del piloto y el copiloto, estaba al otro lado de la puerta.

De pronto, Drew le metió las manos por dentro del suéter y se abrió camino hasta sus pechos. Ella dejó escapar un suspiro al sentir las yemas de sus dedos sobre el fino encaje del sujetador. ¿A quién quería engañar? Cuando Drew la tocaba, no podía pensar en otra cosa.

—Aquella noche en el granero fue increíble — murmuró él, sin dejar de besarla en el cuello—. Estuviste increíble.

A Deanna se le secó la boca. Le apretó los antebrazos.

—Y tú también —le dijo, conteniendo el aliento. Él le estaba metiendo los dedos por dentro de las copas del sostén, tocándole la piel.

De pronto cambió de postura y Deanna terminó tumbaba en el butacón. Él estaba inclinado sobre ella y sus ojos de chocolate la miraban fijamente.

—Sólo hubo un problema.

Ella le agarró de los hombros y trató de tirar de él, pero él no se movió, así que tuvo que incorporarse un poco hasta alcanzar sus labios.

—¿Qué?

—No había luz.

—A mí… no me importó.

—A mí tampoco —le dijo él, riéndose suavemente—. Pero incluso mientras me estabas seduciendo…

—¡Seduciendo!

—No pude evitar pensar cómo sería hacerlo de nuevo con todas las luces encendidas.

Deanna creyó que se iba a derretir por dentro. Miró de nuevo hacia la puerta cerrada que daba a la cabina de los pilotos. No había mucha luz, pero sí la suficiente. Y aquel butacón era tan tentador…

—Me encanta lo que estás pensando —le susurró él y entonces le dio un beso arrebatador—. Pero aquí no —añadió, apartándose.

—¿Qué? —exclamó ella, perpleja.

—Aquí no —repitió él, dándole otro beso en los labios—. Primero necesitamos esto —dijo. Se sacó algo del bolsillo y se levantó del butacón.

—¿Adónde vas? —le preguntó ella, extendiendo los brazos hacia él.

—No me voy lejos —le dijo, sonriendo—. Te lo prometo —cerró las manos alrededor de las de ella y entonces Deanna se dio cuenta de que sostenía algo entre ellas—. Esto es lo que necesitamos —le tocó el dedo en el que llevaba el anillo de compromiso…

De repente, Deanna se dio cuenta de que le había puesto dos alianzas de platino encima. El metal estaba caliente de haber estado en su bolsillo.

—¿Drew? —le dijo, conteniendo la respiración.

—Resulta que soy un hombre que necesitaba una esposa —se arrodilló junto al butacón.

—¿Qué me dices? —exclamó ella, sin creérselo.

—Sí —él esbozó una sonrisa pícara—. Pero sé que no puede ser cualquiera.

Ella tragó con dificultad. Era incapaz de hablar en ese momento.

—Hace falta la persona adecuada para llegar a un buen acuerdo —le quitó las dos alianzas y entonces le ofreció la más pequeña. La mano le temblaba.

—¿Qué clase de acuerdo sería ése? —le preguntó ella, sin poder contener las lágrimas.

—Me temo que no es negociable —Drew se aclaró la garganta—. Además, será un acuerdo de por vida.

Deanna creyó que el corazón se le salía del pecho.

—Bueno, creo que son unas condiciones de lo más razonables —le dijo, hablándole en un tono de lo más profesional.

—¿Estás segura, Deanna? —le preguntó él, mirándola fijamente.

Ella le quitó el anillo más ancho de los dos y lo sostuvo en el aire con las puntas de los dedos. Su mano también temblaba.

—No es negociable —le dijo suavemente—. Me reiré contigo, lloraré contigo… Siempre que me quede algo de vida en el cuerpo, estaré a tu lado y siempre te querré. ¿Te parece bien?

—Sí —le dijo él, intentando contener la emoción—. Qué pena que mi padre no esté aquí para ver lo que ha provocado.

Ella se inclinó hacia él, le dio un beso en la frente y otro en los labios.

—Tu padre lo sabrá. Esté o no en este mundo, lo sabrá.

Él guardó silencio un momento.

—No sé si creerme eso.

—Entonces lo creeré yo por los dos —susurró ella—. Hasta que tú empieces a creerlo.

Él la miró fijamente y, en ese preciso instante, ella supo que estaba ante un hombre que sabía lo que era amar de verdad.

Amarla a ella.

—¿Te casarás conmigo, Deanna?

—Sí, por favor —le dijo ella, llorando de alegría.

—Te pondré este anillo de momento, hasta que lo hagamos todo oficial dentro de unas horas —le dijo él, sonriendo y poniéndole la banda de platino en el dedo. Le encajaba perfectamente junto al anillo de diamantes.

—Muy bien —ella tomó la alianza que él le ofrecía y se la puso de la misma manera.

Durante unos segundos no pudo hacer otra cosa que no fuera contemplar aquel anillo rutilante sobre su piel bronceada. Y entonces reparó en sus palabras.

—¿Unas horas?

—Vamos a Las Vegas. Lo tengo todo previsto —la besó en el dorso de la mano, sobre los anillos, y entonces le apretó la palma de la mano contra su propio pecho para que pudiera sentir los latidos de su corazón—. A no ser que quieras una boda por todo lo alto… —hizo una mueca—. Supongo que podría esperar un poquito, aunque no mucho.

Ella esbozó una sonrisa, preguntándose si alguna vez podría dejar de sonreír…

—Bueno, me parece muy bien… —murmuró. Le rodeó el cuello con ambos brazos y tiró hacia sí—. Pero yo no puedo esperar —añadió, sellando el acuerdo con un beso de amor.

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Capítulo 1

EL doctor Jeremy Fortune salió del centro médico de Red Rock y fue directo al aparcamiento. Su humor estaba tan gris como las nubes que cubrían el cielo en ese momento.

Había pasado ya un mes desde que desapareciera su padre el día de su boda y, a pesar de todos los esfuerzos que habían hecho por encontrarlo, no tenían apenas pistas y no sabía por dónde seguir buscando.

William Fortune había tenido un accidente de coche a ciento sesenta kilómetros de la iglesia de Red Rock en la que tenía que casarse. La conductora del otro coche, una mujer bastante joven, había muerto en el acto. Durante muchos días, la policía no supo que otro vehículo se había visto implicado en el accidente hasta que vieron el Mercedes plateado de William al fondo de un barranco, casi escondido entre los árboles.

Pero no habían podido encontrar a William. No había sangre en el coche ni nada que les hiciera pensar que hubiera resultado herido o que hubiera fallecido. Era como si su padre se hubiera desvanecido sin dejar rastro.

Habían encontrado una fotografía de Molly, su primera mujer, en la visera del coche y la prensa del corazón había empezado a hablar de la posibilidad de que su padre se lo hubiera pensado mejor y hubiera decidido no casarse.

Pero Jeremy sabía que no era cierto.

William Fortune había estado deseando que llegara ese día en el que por fin iba a contraer matrimonio religioso con Lily, la viuda de su primo Ryan. Y había estado muy ilusionado ante la idea de pasar el resto de su vida con esa mujer a la que había llegado a amar y respetar. Además, su familia y sus amigos eran muy importantes para él, sabía que nunca habría huido sin decirles nada. A no ser que estuviera retenido en contra de su voluntad.

Al principio, había temido que alguien hubiera secuestrado a su padre, pero no habían recibido ninguna información al respecto y nadie les había pedido rescate.

No entendía dónde podía estar.

Jeremy era cirujano ortopédico y estaba completamente dedicado a su profesión. Creía en la lógica como única manera de resolver sus problemas, a los que siempre se había enfrentado, por muy duros que fueran. Pero, de momento, no había encontrado nada de lógica en la desaparición de su padre.

Como hombre de ciencias que era, no solía fiarse de sus instintos ni de corazonadas, pero tenía la sensación de que su padre seguía vivo y estaba en alguna parte, sólo tenía que encontrarlo.

Parte de él pensaba que se sentía así porque ya había perdido a demasiados miembros de su familia y le costaba aceptar la posibilidad de que su padre también hubiera fallecido.

De un modo u otro, no pensaba irse de Texas ni regresar a California hasta que dieran con el paradero de su padre y descubrieran lo que había pasado.

Había conseguido que le concedieran un permiso especial en la clínica de Sacramento en la que trabajaba. Había creído que le resultaría muy duro estar alejado de su trabajo, pero no le estaba costando.

En parte, creía que su actitud tenía bastante que ver con todo lo que había estado planteándose antes incluso de ir a Red Rock para asistir a la boda de su padre. Llevaba ya algún tiempo tratando de decidir si realmente estaba haciendo lo que quería con su vida. Había pensado que ese viaje a Texas iba a servirle para distanciarse un poco de su día a día y ver las cosas desde otra perspectiva.

Mientras tanto, para tratar de mantenerse ocupado y ser de ayuda, estaba trabajando como voluntario en el centro médico de Red Rock, clínica que se financiaba en parte gracias a donaciones de la Fundación Fortune.

Miró el reloj. Eran sólo las cuatro y media, demasiado temprano para ir al restaurante. Había quedado en el Red, su local favorito, para cenar con su hermano y su nueva cuñada. Pero tampoco tenía el tiempo necesario para conducir hasta el rancho Double Crown, donde se alojaba, y regresar después al pueblo para la cena.

Pensó que podía aprovechar para acercarse a la librería y comprar un par de libros. Llevaba algún tiempo tratando de luchar contra el insomnio y llenaba esas solitarias horas de la noche gracias a la lectura.

De camino hacia allí, su humor fue empeorando por momentos. Le pasaba cada vez que salía de la clínica y no tenía la distracción de sus pacientes ni su trabajo.

Recordó entonces el sueño que había tenido la noche anterior. No solía pensar demasiado en esas cosas, pero esa fantasía había sido especialmente vívida, le había parecido casi real.

La escena había tenido lugar una soleada tarde de primavera y en una calle arbolada, muy parecida a las que había visto en los mejores barrios residenciales de Red Rock.

Había aparcado su coche frente a una casa de dos pisos con la fachada recién pintada de blanco y con contraventanas verdes. El césped estaba muy cuidado, como si alguien lo hubiera segado recientemente. El resto de las plantas, arbustos y rosales también eran perfectos. Una mujer menuda estaba sentada en una mecedora del porche, al lado de una ventana llena de macetas con flores de vibrantes colores.

La escena era idílica, casi le había parecido un anuncio o la foto de un calendario. Pero no podía evitar dejarse llevar por esa fantasía cada vez que recordaba el sueño.

Había intentado distinguir el rostro de la mujer, pero tenía la cabeza inclinada y contemplaba un bulto envuelto en una manta rosa que sostenía entre sus brazos. Su cabello, castaño claro y ligeramente ondulado, había impedido que distinguiera su rostro.

—Ya estoy en casa —había dicho él al salir del coche.

Después, había ido deprisa hacia la casa y se había dirigido entusiasmado hasta donde estaban la madre y el bebé.

En ese momento, había sentido que desaparecían por completo la tristeza y la desazón de las que se había sentido presa durante demasiado tiempo. De hecho, no recordaba haberse sentido tan feliz y satisfecho como durante los minutos que había durado el sueño.

Pero se despertó justo en el momento en el que la mujer levantaba la cabeza y la giraba hacia él para saludarlo, y no había podido ver su rostro. En cuestión de segundos, había pasado de la soleada primavera al frío invierno, de un día radiante a la sensación de noche eterna en la que se veía sumido.

Sabía que el subconsciente daba rienda suelta a muchos sentimientos mientras la mente y el cuerpo dormían, pero ese sueño había conseguido que se sintiera vivo, algo que echaba de menos. Cuando se despertó, entendió por primera vez qué era lo que había estado echando en falta en su vida, una vida llena de éxito profesional y otro tipo de satisfacciones. No tenía una esposa ni una familia propia con la que compartir su existencia.

Creía que era una pena que no hubiera podido ver el rostro de esa mujer. Pero se dio cuenta de que no importaba, era algo meramente simbólico, una manera en la que su subconsciente le daba a entender qué era lo que necesitaba, aunque ni él mismo se hubiera dado cuenta de ello hasta ese momento.

Estaba ya cerca del lugar donde había dejado el coche esa mañana, cuando oyó pasos tras él. Miró por encima del hombro y vio a una mujer menuda. Llevaba unos pantalones vaqueros que destacaban su esbelta figura, una camiseta blanca bastante ajustada y una chaqueta rosa. En sus brazos, sostenía a un bebé que llevaba envuelto en una toquilla azul. Estaba mirando al pequeño y no pudo verle la cara.

Pero no pudo evitar quedarse un segundo sin aliento al verla. Su cabello era castaño claro, muy parecido al de la mujer de su sueño.

Era un hombre de ciencia y no creía en las premoniciones, pero esa mujer parecía la protagonista del sueño que había tenido la noche anterior, era casi demasiada coincidencia para pasarla por alto.

Aunque no creía en premoniciones, no pudo evitar detenerse para observarla con más detenimiento.

Cuando ella levantó la cabeza y lo vio, entreabrió los labios como si estuviera a punto de decirle algo y aminoró su marcha. Tenía un rostro bellísimo, como los de las modelos que aparecían en las portadas de las revistas. Sus rasgos eran delicados y tenía unos ojos azules muy expresivos.

—Perdone, ¿es médico? —le preguntó ella entonces.

Jeremy, que aún llevaba su bata blanca sobre la ropa de calle, asintió con la cabeza.

—Así es.

—¡Qué bien! Quería que alguien examinara al bebé… ¿Podría hacerlo?

—No soy pediatra —le dijo Jeremy—. Soy cirujano ortopédico. Pero la clínica aún sigue abierta. Seguro que hay alguien que puede atenderla hoy mismo.

La mujer miró a su alrededor.

—No puedo esperar. Y me preocupa mucho el bebé. Sólo quería asegurarme de que está bien.

—¿Que es lo que le ocurre? —preguntó él—. ¿Tiene fiebre o algún otro síntoma?

—No, creo que no. Bueno, no estoy muy segura —repuso la joven algo confundida mientras observaba al bebé y volvía después a mirarlo a él—. Sólo quería que un médico lo examinara y me asegurara que goza de buena salud.

Le pareció muy extraño, pero se acercó un poco más para observar al bebé. Calculó que no debía de tener más de dos meses de edad. Tenía los ojos abiertos y parecía estar bastante alerta. Tenía gordos mofletes, un color sonrosado y unos brazos de buen tamaño. No le pareció que hubiera ninguna razón aparente para pensar que el pequeño pudiera estar enfermo, al menos a primera vista. También le dio la impresión de que estaba bien cuidado.

Miró de nuevo a la madre, que parecía nerviosa.

—Como le he dicho ya, no soy pediatra. Y es difícil asegurarlo sin examinar en profundidad al bebé, pero no me da la impresión de que esté enfermo.

La joven suspiró, parecía muy aliviada.

—¡Menos mal! ¡Gracias a Dios!

No entendía por qué había estado tan preocupada ni por qué había decidido no entrar a la clínica y esperar con el resto de los pacientes a que alguien la atendiera.

—No sé si lo sabe, pero la clínica ofrece atención gratuita a las personas que no pueden…

—Gracias, pero no es ése el problema. Ya he estado en la clínica. Esperé durante más de una hora y había muchas personas que llevaban más tiempo aún que yo. Tengo que volver a casa, no puedo esperar más.

Se imaginó que su marido la esperaba. Aunque sabía que era absurdo, no pudo evitar sentirse algo decepcionado.

Habría sido irracional dejarse llevar por el sueño que había tenido la noche anterior y creer que aquello podía ser más que un simple y breve encuentro con una desconocida que necesitaba su ayuda. Después de todo, esa mujer sólo tenía un ligero parecido con la protagonista de su sueño. Pero decidió que no estaría de más examinar mejor al pequeño para asegurarse de que no tenía golpes o moretones.

Acarició la mejilla del bebé y éste agarró uno de sus dedos. Le sorprendió su fuerza y sintió que el corazón le daba un vuelco. Cada vez le costaba más entender por qué estaba reaccionando de esa manera.

La mujer miró entonces su reloj y frunció el ceño.

—Perdone las molestias, pero tengo que irme.

Le agradeció que lo hubiera atendido y se despidió. Él se quedó mirándola mientras se alejaba calle abajo. Siguió observándola hasta ver que se detenía en la parada del autobús.

Se preguntó si estaría metida en algún problema o qué tipo de relación tendría con su marido. No pudo evitar imaginárselo como un maltratador.

Cada vez tenía más preguntas y menos respuestas. Lamentó no haber tratado de convencerla con más vehemencia para que aceptara su consejo y volviera a la clínica.

Vio entonces que aún tenía tiempo libre antes de la cena y decidió hacer algo al respecto.

Volvió a la clínica. Atravesó la sala de espera y fue a hablar con la recepcionista. Millie Arden era la encargada de recibir a los pacientes ese día. Era una mujer mayor, con el pelo canoso y una sonrisa muy cálida.

—¿En qué puedo ayudarlo, doctor? —le preguntó.

—¿Recuerda haber visto a una joven madre que salió de aquí hace sólo unos minutos? Tiene unos veintitantos años y el pelo castaño claro. Llevaba vaqueros y una chaqueta rosa. Y el bebé estaba envuelto en un chal azul.

—Sí, rellenó el formulario de admisión como… —murmuró Millie mientras miraba la lista de pacientes y buscaba el nombre de la joven—. ¡Aquí está! Se trata de Kirsten Allen.

Se preguntó si sería su nombre verdadero o si la joven se lo habría inventado para no dejar su información y que pudieran localizarla.

—¿Es la primera vez que venía a la clínica?

—No estoy segura, pero puedo mirarlo. Un momento —le dijo Millie mientras se sentaba frente a su ordenador—. No, parece que no había estado aquí nunca —agregó unos segundos más tarde.

Sabía que era mejor olvidarse del tema, pero le estaba costando hacerlo. La tal Kirsten Allen había conseguido recordarle a la mujer de su sueño y no podía quitárselo de la cabeza.

Incluso había aparecido con un bebé en sus brazos.

Sabía que era sólo una coincidencia, pero ese breve encuentro en el aparcamiento de la clínica había conseguido mejorar mucho su ánimo y quería mantener ese sentimiento y no volver a dejarse llevar por el pesar.

Después de bajarse del autobús cerca de la calle Lone Star, Kirsten llevó al pequeño Anthony a casa. Esperaba poder llegar antes de que su hermano Max descubriera que había salido para llevar al bebé a la clínica.

Nunca habían tenido buena relación y era especialmente mala en esos momentos. Su hermano le echaba en cara su actitud y no dejaba de pedirle que no interfiriera en su vida. Lo cierto era que reconocía haberse pasado de la raya al llevar al niño de su hermano al médico, pero había estado muy preocupada por la salud del pequeño y temía que pudiera tener algún problema que no hubiera sido diagnosticado.

Si lo dejaba todo en manos de Max, sabía que sólo lo llevaría a revisiones médicas o a que lo vacunaran cuando lo creyera necesario, pero ella se había dejado llevar por sus instintos maternales y había sentido la necesidad de asegurarse de que el bebé estaba bien. No sabía si la madre de Anthony se habría ocupado del pequeño como debía.

Habían pasado sólo dos días desde que Courtney, la exnovia de su hermano, apareciera en casa de Kirsten. La joven le había comunicado entonces a Max que era el padre de Anthony. Al parecer, se había cansado de tener que ocuparse del bebé y quería que fuera él quien lo cuidara.

A Kirsten nunca le había gustado Courtney, pero era algo que nunca la había comunicado a su hermano. Le había costado mucho morderse la lengua y no decir nada cuando la irresponsable madre le entregó el bebé a su hermano. Le había llevado también un asiento para el coche, una pequeña bolsa de pañales y un biberón. Segundos después, había salido de su casa sin mirar atrás.

Creía que Anthony estaría mejor sin una madre como Courtney. Además, era demasiado pequeño para que pudiera traumatizarle lo que había ocurrido.

No conseguía entender cómo había podido su hermano tener algo que ver con una mujer como Courtney.

Pero tenía que reconocer que su hermano había tomado desde un primer momento las riendas de la situación. Aunque siempre había llevado una vida llena de diversión e irresponsabilidad, parecía dispuesto a ocuparse de Anthony.

Y ella había hecho lo mismo, por eso había decidido llevar al pequeño a la clínica. Pero no había contado con tener que esperar tanto tiempo a que la atendiera un pediatra. De momento, iba a tener que contentarse con el breve examen que le había hecho un médico en el aparcamiento de la clínica. El hombre le había asegurado que el niño parecía estar sano.

Pero aún estaba intranquila y sabía que Anthony necesitaba una revisión más exhaustiva.

Estaba segura de que su hermano no tardaría en darse cuenta de que ella tenía razón. Era necesario, casi urgente, encontrar un pediatra que atendiera a Anthony y le hiciera las oportunas revisiones. Pensó entonces en las vacunas que iba a necesitar. Courtney ni siquiera se había molestado en comentarles nada al respecto.

Había tratado de convencer a Max para que localizara a su exnovia y le hiciera todas las preguntas que tenían. Pero no había tardado en darse cuenta de que con su hermano, era mejor no insistir tanto y debía tratar de convencerlo usando alguna otra táctica. Pero le resultaba complicado cambiar a esas alturas de su vida.

Los dos eran adultos y debía recordar que no podía tratarlo como si fuera su madre ni atosigarlo ni darle órdenes.

Max parecía harto de tener que contarle cada detalle de su vida. Esperaba que fuera así porque ya había madurado, no porque siguiera siendo el mismo niño testarudo que siempre había sido. Por eso, cuando le sugirió que buscara a su exnovia, Max había decidido hacer exactamente lo contrario, asegurándole que no la necesitaba para cuidar de su hijo.

Pero ella tenía sus dudas. Por eso había salido de casa sin que la viera para llevarlo a la clínica aprovechando que Max estaba buscando trabajo. Sabía que a su hermano le habría molestado saber que estaba ocupándose del niño como si fuera su hijo y que, una vez más y tal y como él se encargaba de recordarle continuamente, estaba interfiriendo en su vida.

Y no le sorprendía que se comportara así con ella. Se había mostrado rebelde y había evitado seguir sus consejos desde la adolescencia. Pero esa nueva situación era distinta y mucho más importante. Creía que incluso Max podía darse cuenta de ello. Al menos, eso era lo que esperaba.

Pensaba que su hermano debía olvidar el pasado y restablecer sus prioridades. La salud y el bienestar del pequeño Anthony debían estar por encima de cualquier otra consideración.

Buscó las llaves en el bolso al llegar a la puerta y la abrió.

—¿Tienes hambre? ¿Te apetece un biberón? —le preguntó a Anthony mientras dejaba la bolsa de pañales en el vestíbulo.

El bebé había estado comiendo cada tres o cuatro horas y se imaginó que no tardaría en tener apetito de nuevo.

Cuando llegó al salón, extendió la toquilla azul en el suelo enmoquetado y lo colocó con cuidado encima.

—Ahora mismo vuelvo, precioso.

Anthony empezó a protestar y ella corrió a la cocina para prepararle rápidamente un biberón con agua mineral y leche en polvo.

Habría deseado tener más experiencia con bebés. Había trabajado como canguro en algunas ocasiones durante sus años en el instituto, pero apenas sabía qué hacer con niños tan pequeños como Anthony.

Los dos primeros días habían sido especialmente duros. Max y ella habían ido aprendiendo sobre la marcha, cometiendo muchos errores mientras trataban de entender cómo cuidar al pequeño. Pero ya empezaban a estar más cómodos con la situación. De hecho, a ella le encantaba tener un bebé en casa y le había hecho pensar en cómo sería tener algún día su propia familia.

Volvió al salón con el biberón ya preparado, tomó al niño en brazos y se sentó en la mecedora que tenía junto a la ventana. Sonrió al ver el ansia con el que Anthony comenzaba a chupar y tragar la leche, como si estuviera muerto de hambre.

Se dio cuenta entonces de que tenía muy buen apetito y se imaginó que era una prueba más de que gozaba de buena salud. Aun así, tenía la intención de volver a llevarlo a la clínica en cuanto tuviera ocasión. Esperaba que los del taller mecánico la llamaran pronto para ir a recoger su coche, así no perdería tanto tiempo en los trayectos hasta el hospital.

Había sido un alivio ver que su hermano aún no había regresado y, aunque no había conseguido que un pediatra examinara en condiciones a Anthony, al menos el médico del aparcamiento la había tranquilizado un poco.

Cada vez que pensaba en ello, se sentía más avergonzada. No podía creerlo. Había tenido la desfachatez de acercarse a ese hombre y pedirle que examinara al bebé. Había estado tan preocupada por el pequeño que no había pensado en lo extraña que podía resultarle a cualquiera su actitud.

Afortunadamente, el médico había sido muy amable con ella. No se le había pasado por alto lo apuesto que era. Tenía el pelo muy rubio y algo largo, como lo llevaban los surfistas californianos. Sus ojos la habían mirado con calidez y, durante medio segundo, tuvo la sensación de que ya se conocían y se quedó sin aliento. Sabía que no era posible, de otro modo, habría recordado a un hombre tan atractivo como él.

Era una pena que no se le hubiera ocurrido preguntarle cómo se llamaba, pero había estado demasiado preocupada para pensar en esos detalles.

De hecho, no le habría extrañado que el médico la hubiera tomado por una mujer completamente desequilibrada. Era una pena, le habría encantado que el atractivo cirujano ortopédico obtuviera una buena impresión de ella, pero ya no había remedio. Había sido muy amable al detenerse para contestar sus preguntas e incluso había tenido el detalle de acariciar la mejilla de Anthony.

Pero no había podido quedarse para seguir hablando con él, había tenido que correr para no perder el autobús que la llevara de vuelta a casa antes de que su hermano se diera cuenta de que había salido con el bebé.

Anthony terminó enseguida el biberón y ella lo colocó contra su hombro mientras le frotaba la espalda para que pudiera eructar. Estaba haciéndolo cuando escuchó que alguien abría la puerta.

—¿Qué tal te ha ido la búsqueda de empleo? —preguntó al ver a su hermano entrando en el salón.

Max suspiró antes de contestar.

—No ha habido suerte, me temo que vas a tener que aguantarnos durante algún tiempo más.

Le iba a costar seguir compartiendo su casa con su hermano, pero no sentía lo mismo por Anthony.

—No te preocupes por eso —repuso ella mientras contemplaba la carita del bebé—. Me encanta poder ayudar.

—Pero, ¿qué va a pasar si te llaman de otra empresa para ofrecerte trabajo como contable? Tienes que trabajar para poder pagar la hipoteca, no puedes seguir cuidando de Anthony mientras yo busco trabajo.

Sabía que su hermano tenía razón, pero tenía muy claro que Max no podría encontrar trabajo y cuidar del bebé al mismo tiempo sin su ayuda.

Le daba la impresión de que su hermano no estaba tan preocupado como ella. Tampoco parecía haberse parado a pensar en lo difícil que le iba a resultar pagar un alquiler y una guardería para el pequeño cuando empezara a trabajar.

—Por ahora, puedo seguir cuidando de él —le dijo ella—. Ya decidiremos qué hacer si se da el caso.

No era una situación ideal. Habría preferido no tener a su hermano en casa, pero no tenía otra opción. Max era toda la familia que le quedaba y siempre había sido su responsabilidad cuidar de su hermano pequeño.

Aunque cuando echaba la vista atrás, se daba cuenta de que lo había ayudado demasiado, permitiéndole que siguiera con un modo de vida que no lo había convertido en un adulto responsable e independiente, sino todo lo contrario. Cuanto más dinero le daba, más parecía necesitar.

Pero había leído un libro un par de años antes que había conseguido abrirle los ojos y hacerle ver que no estaba ayudándolo y que no podía seguir solucionando todos sus problemas. De ese modo, sólo estaba alargando una dependencia que no era buena para ninguno de los dos. Fue entonces cuando le dijo que no iba a seguir cuidando de él y que tendría que valerse por sí mismo. Después de todo, su hermano había sido entonces un joven de veinticuatro años y había empezado a salir con Courtney. Para Max, la situación más cómoda había sido irse a vivir con su novia. Consiguió además trabajo en una tienda de piensos en la que había estado durante casi dos años, hasta que el propietario vendió el negocio.

Había sido muy duro para Max quedarse sin empleo y también para ella. Pero al menos no había sido despedido. Su jefe decidió que había llegado el momento de jubilarse y de vender su empresa. El nuevo propietario tenía una gran familia y había decidido contratar a sus hijos para que trabajaran en la tienda.

Sin trabajo, le habría sido imposible seguir pagando el alquiler de su apartamento. Fue entonces cuando Kirsten le ofreció la posibilidad de irse a vivir con ella hasta que encontrara otro empleo. Aunque le había preocupado la mala relación que tenían, decidió dar el paso. Después de todo, era toda la familia que le quedaba y no podía dejarlo en la calle cuando estaba tratando de rehacer su vida. Creía que se merecía que lo ayudara para poder tener una segunda oportunidad.

Pero desde que apareciera Anthony en sus vidas, todo había cambiado entre los dos y la situación se había complicado mucho. Ya no se planteaba la posibilidad de pedirle que se fuera de allí hasta estar segura de que el niño iba a estar bien cuidado. Miró de nuevo a Anthony y sonrió.

Empezaban a cerrársele los ojos.

—¿Qué tal todo por aquí? —preguntó Max mientras se dejaba caer en el sofá—. ¿Se ha portado bien el bebé o te ha dado mucho trabajo?

—Ha sido un buen día —repuso ella sin atreverse a contarle la verdad.

Tenía que medir mucho sus palabras para no ofender a Max y que éste no se sintiera acorralado ni agobiado por ella. No quería que pudiera echarle en cara de nuevo que estaba metiéndose en su vida y que se fuera de allí con el pequeño.

Le preocupaba dónde iban a vivir y cómo iba a cuidar del pequeño.

—¿Cómo te va a ti la búsqueda de empleo? —le preguntó entonces Max—. ¿Te han contestado de alguna de las empresas a las que enviaste tu currículum?

—No, aún estoy esperando —repuso ella.

Pero lo cierto era que no podía centrarse en encontrar un trabajo hasta que lo consiguiera Max y encontrara plaza para Anthony en alguna escuela infantil.

—Entonces, ¿no tienes ninguna entrevista pendiete?

No, pero la verdad es que aún no estoy preocupada —le dijo ella.

Había conseguido ahorrar algún dinero y sabía que podría seguir pagando la hipoteca durante algún tiempo hasta que se solucionara la situación con el bebé y consiguiera otro empleo.

—¿Sabes qué? He estado pensando que debería llevar al niño al médico. He oído que la clínica de Red Rock ofrece revisiones a bajo coste. Puede que lo lleve esta semana.

Kirsten se levantó de un salto, estaba encantada, pero sabía que era mejor no mostrar demasiado entusiasmo y dejar que Max pensara que todo había sido idea suya.

—Creo que tienes razón —le dijo tratando de controlarse—. Si quieres, podría…

Sabía que su hermano quería convertirse en un padre responsable y cuidar de Anthony como merecía, pero era importante para él tomar sus propias decisiones.

—Podría buscar ahora mismo el número de teléfono. Así puedes llamar para pedir cita o consultarles cualquier duda que tengas.

Max se quedó pensativo unos segundos antes de contestar.

—Muy bien, de acuerdo —le dijo entonces.

Ya no era un niño y se había dado cuenta de que ya no era tan irresponsable como había sido durante su adolescencia. Era algo que no podía olvidar. Sabía que debía respetar sus decisiones, fueran las que fueran.

—¿Crees que Courtney se habrá encargado de llevar al niño al médico para que lo vacunen? —le preguntó entonces.

Max se había negado a llamarla, pero decidió insistir un poco más.

Su hermano volvió a quedarse pensativo.

—Recuerdo que no le gustaba nada ir al médico, así que no creo que se haya preocupado por llevar a Anthony —le comentó Max.

Ya le había dado la impresión de que su exnovia no tenía demasiados instintos maternales. De otro modo, no habría abandonado a su hijo, pero se mordió la lengua y no dijo nada. Sabía que era mejor mantenerse callada y dejar que Max llegara por sí mismo a sus propias conclusiones.

—Me alegra que seas tú el que vaya a criar al pequeño y cuidar de él —le dijo—. Va a necesitar a un padre como tú.

Max se encogió de hombros, pero pudo ver que le había gustado su comentario y que una sonrisa asomaba en sus labios. Le gustó ver su reacción. Creía que era un paso hacia delante para mejorar su relación, aunque creía que era ella la que tenía que cambiar y aprender a confiar en su hermano.

—¿Quieres venir conmigo cuando lleve a Anthony a la clínica? —le preguntó él.

Le sorprendió su sugerencia, no porque la estuviera implicando en el cuidado del niño, sino porque era una prueba más de que podían llegar a llevarse bien.

—Por supuesto. Si no tengo ese día ninguna entrevista de trabajo, estaré encantada de ir con vosotros.

—Estupendo, me gustaría tenerte allí —le dijo su hermano—. Creo que no tengo las fuerzas necesarias para ver a alguien pinchándole con una aguja.

A ella tampoco le hacía mucha gracia.

—Estoy pensando que debería pedir cita lo antes posible, para mañana mismo, porque tu situación laboral podría cambiar en cualquier momento. ¿Qué te parece?

Ella se mordió el labio como si estuviera pensando en lo que tenía que hacer al día siguiente.

—Me parece bien. No tengo nada mañana.

—Estupendo, entonces llamaré a la clínica mañana por la mañana.

—Muy bien. Ya me dirás qué te han dicho.

Pero ella ya sabía lo que le comentarían. Como le había pasado a ella misma esa mañana, le dirían que debía presentarse en la clínica y esperar a que llegara su turno, era la mejor manera de asegurarse de que el niño llegara a ser visto por un pediatra, aunque tuviera que esperar varias horas. Después de todo, no se trataba de nada urgente.

Le encantaba la idea de volver a la clínica médica de Red Rock y no sólo porque fueran por fin a despejarse las dudas que aún tenía sobre la salud de Anthony. También esperaba tener la suerte de volver a encontrarse con cierto cirujano ortopédico…

Pero se dio cuenta entonces de que corría el peligro de que el médico hiciera algún comentario sobre lo que había pasado esa mañana en el aparcamiento y no quería poner en peligro la buena relación que empezaba a tener con su hermano.

Si se daba el caso, iba a tener que contarle la verdad a Max. Sólo esperaba que no se enfadara demasiado. De un modo u otro, iba a tener que enfrentarse a las consecuencias.

Si le molestaba tanto como para pedirle que se fuera de la clínica, iba a perder la oportunidad de pasar más tiempo con el atractivo médico.

Capítulo 2

JEREMY consiguió llegar antes de tiempo al restaurante donde había quedado con su hermano y su cuñada. Había pasado un buen rato en una librería cercana y, aun así, llegó temprano a uno de los restaurantes más populares de Red Rock.

José y María Mendoza, viejos amigos de la familia Fortune, habían convertido esa vieja hacienda mexicana en un restaurante elegante y romántico. Estaba decorado con muebles antiguos, tapices artesanales y unas cuantas obras de arte texano. El restaurante había sido remodelado hacía muy poco tiempo, después de que perdieran gran parte de la decoración por culpa de un incendio producido dos años antes y que había resultado ser provocado. Los Mendoza habían tenido que cerrar el local durante varios meses. Pero con tiempo y mucho esfuerzo, habían conseguido restaurar el popular Red.

Marcos Mendoza lo recibió al verlo entrar, estaba dirigiendo de manera temporal el restaurante. Cualquiera podría pensar que tenía ese trabajo gracias a sus lazos familiares con los propietarios, pero Jeremy sabía que no era así. Desde que se hiciera cargo del local, Marcos había introducido algunos cambios en la administración y organización del restaurante que parecían haberle dado un gran empujón al establecimiento. Siempre estaba lleno.

—Bienvenido al Red, doctor —le dijo Marcos—. ¿Cómo va todo?

—Bastante bien —repuso él mientras lo saludaba con afecto—. ¿Qué tal tú?

—No puedo quejarme, todo va estupendamente —le dijo Marcos mientras miraba a su alrededor—. ¿Has quedado con alguien?

—Con mi hermano Drew y su mujer.

—Entonces, voy a sentaros en una de las salas privadas, así estaréis más a gusto. Cuando lleguen, les diré dónde estás.

—Gracias.

Jeremy solía comer en el patio trasero, cerca de la fuente de azulejos blancos y azules. Los Mendoza habían colocado estufas de exterior para que la gente pudiera comer al aire libre durante todo el año, incluso durante los meses de invierno. Pero se había dado cuenta de que había empezado a llover y era mejor cenar dentro.

—¿Cuándo regresaron los recién casados de Las Vegas? —le preguntó Marcos mientras recogía tres cartas y le hacía un gesto para que lo siguiera.

La pareja había decidido irse de viaje y casarse por su cuenta, sin amigos ni familiares. No era un secreto de estado, pero prefería no dar demasiados detalles.

—Volvieron anoche.

—¿Sí? ¿Y van a quedarse a vivir en Red Rock?

—No tengo muy claros cuáles son sus planes.

Drew dirigía la sede de la empresa familiar, Consultoría Fortune, en San Diego, aunque había estado al frente del resto de la compañía desde que desapareciera su padre. Y Deanna era su secretaria. No podrían seguir trabajando a distancia, tratando de dirigir la compañía con correos electrónicos y videoconferencias. Sabía que, tarde o temprano, iban a tener que regresar a San Diego. Pero, como le pasaba también a él, Drew había preferido seguir allí hasta que supieran algo de su padre.

Los dos hombres se quedaron en silencio. Y Jeremy se imaginó que estaban pensando en lo mismo.

—¿Seguís sin saber nada de vuestro padre? —le preguntó Marcos.

—Así es, ni una pista —repuso Jeremy mientras sacudía la cabeza.

—No sabes cuánto lo siento. Isabella ha comido aquí hoy con unas amigas, pero no tuve ocasión de preguntarle si sabía algo.

Isabella estaba casada con J. R. Fortune, el hermano mayor de Jeremy, y era además hermana de Marcos. Éste conocía todos los detalles que habían rodeado la extraña desaparición de William.

—¿Qué te parece ésta? —le preguntó Marcos cuando llegaron a la mesa de uno de los apartados del restaurante.

—Perfecta.

Marcos quitó uno de los cubiertos y dejó sólo tres.

—Me encargaré de que una camarera te traiga agua y algo para picar. ¿Quieres beber algo mientras esperas?

—Sí, buena idea. Una cerveza Corona, por favor.

—Ahora mismo me encargo de que te la traigan.

Se sentó mientras observaba a Marcos. Éste se acercó rápidamente a la barra. Era un hombre ambicioso. Jeremy sabía que deseaba abrir su propio restaurante algún día y estaba seguro de que tendría éxito.

Pocos segundos después, una joven camarera le sirvió agua, nachos con salsa mexicana y la cerveza que había pedido.

—Marcos me ha dicho que la cerveza va por cuenta de la casa —le comentó la camarera.

Jeremy le dio las gracias.

Cuando se quedó solo, se puso en pie y miró a su alrededor para tratar de localizar a Marcos. Vio que estaba hablando con uno de los camareros. Levantó apreciativamente hacia él la botella de cerveza para darle las gracias y volvió a sentarse.

Mientras esperaba a que llegaran Drew y Deanna, se distrajo comiendo nachos. La salsa era increíble. Creía que no había probado comida mexicana tan exquisita como la que hacían los Mendoza en su restaurante y trataba de comer allí al menos una vez a la semana. Como era lógico, siempre se encontraba a alguien de la familia Mendoza o incluso de la suya. Hacía mucho tiempo que se conocían e incluso se habían convertido por el matrimonio de J.R. e Isabella en más que amigos.

Acababa de tomar otro nacho cuando llegaron Drew y Deanna. Se estaban alojando en el rancho de J.R. e Isabella hasta que llegara el momento de volver a San Diego.

Toda la carrera profesional de Drew se había desarrollado en Forescasting Fortune, la consultoría que su padre había fundado. Jeremy no había compartido el mismo interés de sus hermanos y había tenido muy claro desde el principio que quería estudiar Medicina. Pero llevaba un año replanteándose su decisión. Hasta ese momento, había estado satisfecho con su vida en Sacramento y su profesión.

Se puso de pie para recibir a su hermano y a su cuñada.

—Esta noche estás especialmente guapa —le dijo a Deanna.

Y estaba siendo sincero. Creía que el amor y la felicidad se reflejaban en su cara. Lo mismo le pasaba a su hermano Drew.

—Gracias —repuso ella.

Se sentaron y no se le pasó por alto la sonrisa que Deanna le dedicaba a su flamante esposo.

Creía que su hermano había cambiado mucho desde que se enamorara de Deanna. Le bastó con pensar en ello para recordar el sueño que había tenido y a la mujer que lo había abordado en el aparcamiento de la clínica.

—Quedamos a las seis, ¿no? —le preguntó su hermano.

—Sí, así es. Pero terminé mi trabajo en la clínica antes de lo que esperaba y decidí venir al restaurante aunque fuera demasiado temprano —les dijo—. Por cierto, ¿qué tal la boda?

—Fue preciosa —le contestó Deanna con los ojos llenos de emoción—. Tu hermano se esforzó al máximo para que todo fuera perfecto y tuvo muchos detalles. Se encargó de que hubiera champán y fresas en el vuelo privado y un bellísimo ramo de rosas en la limusina que nos llevó a la capilla en la que nos casamos a medianoche. La verdad es que ha sido todo muy romántico.

Le sorprendió lo que su cuñada acababa de contarle y miró a su hermano, que siempre había sido un hombre muy práctico.

—Nunca me lo habría imaginado. ¿Eres romántico?

—Así es. Y estoy seguro de que tú también lo eres, aunque aún no lo hayas descubierto —repuso Drew mientras tomaba la mano de su esposa—. Lo único que necesitas es encontrar a la mujer adecuada.

Jeremy no estaba tan seguro. Estaba convencido de que no era nada romántico, pero no había dejado de pensar en ese tipo de cosas desde que se encontrara con la joven madre en el aparcamiento de la clínica. Tampoco se le había olvidado su nombre, Kirsten Allen. Creía que la culpa de todo la tenía ese sueño. Estaba consiguiendo afectarlo mucho más de lo que podría haber esperado.

Su hermano y su cuñada le detallaron cómo había sido la ceremonia nupcial, pero Jeremy no podía concentrarse en sus palabras y empezó a imaginarse cómo sería su boda si algún día llegaba a casarse. No sabía si tendría una gran boda con muchos invitados o algo más reducido e íntimo. Y, una vez más, terminó pensando en la misteriosa mujer del aparcamiento.

Le gustaba basar todas sus decisiones en la lógica, nunca se dejaba llevar por premoniciones ni presentimientos, pero tenía la sensación de que lo que había pasado esa tarde era importante e iba a volver a verla muy pronto.

—Jeremy, ¿nos estás escuchando? —le preguntó Drew.

Levantó entonces la vista algo avergonzado al ver que lo habían sorprendido pensando en otra cosa.

—Lo siento, perdonadme. Tengo muchas cosas en la cabeza —les dijo Jeremy.

—Te refieres a papá, ¿no? —le preguntó Drew.

—En parte…

—¿Se trata entonces del trabajo? ¿Te han presionado en la clínica de Sacramento para que regreses cuanto antes? —insistió su hermano.

—Bueno, no están demasiado contentos, pero…

—¡No me digas más! —lo interrumpió Drew—. Has conocido a alguna mujer en Red Rock y no puedes dejar de pensar en ella.

—No, no es eso —repuso Jeremy mientras miraba a su nueva cuñada.

Después, bajó la vista y se concentró en la servilleta de papel que había estado cortando en pedacitos.

—Si me perdonáis, creo que iré a empolvarme la nariz —les anunció Deanna con una sonrisa mientras se levantaba de su silla.

Drew miró a su mujer con ojos de enamorado. Le dio la impresión de estar presenciando una conversación sin palabras. Era como si tuvieran su propio lenguaje.

Recordó a sus padres mirándose de esa manera, también ellos parecían haber aprendido a decirse las cosas con sólo una mirada. Se preguntó si alguna vez sería capaz de tener algo así con una mujer.

—¿Qué quieres que te pida?—preguntó Drew a su flamante esposa—. ¿Un vaso de vino?

—Sí, gracias.

Le dio la impresión de que Deanna había decidido ausentarse para que los dos hermanos pudieran hablar en privado. Le pareció un bonito detalle, pero no lo creía necesario. Lo último que quería era tener que contarle a alguien en qué había estado pensando toda la tarde.

—Muy bien, ¿qué es lo que te pasa? —le preguntó Drew en cuanto se quedaron solos.

No estaba seguro de querer contarle a su hermano pequeño lo que le ocurría, pero se dio cuenta de que ya no era un niño. Sin pensárselo más, le explicó el vívido sueño que había tenido la noche anterior, también le habló de Kirsten Allen, la mujer que se le había acercado en el aparcamiento un par de horas antes.

—¿Vas a tratar de localizarla? —le preguntó Drew.

No supo qué decirle, le costaba hablar de ello.

—¿Por qué no llamas a Ross? Estoy seguro de que no le costaría nada dar con ella —le sugirió su hermano.

Ross Fortune era su primo y trabajaba como detective. Sabía que él conseguiría dar con esa mujer, pero le pareció absurdo llegar a tal extremo para encontrar a alguien que no conocía de nada.

—No, no quiero que piense que soy una especie de acosador —admitió Jeremy—. Además, prefiero que Ross se concentre en la desaparición de papá. De momento, no ha conseguido nada.

Le bastó con recordar lo que había pasado para que los dos hermanos se quedaran en silencio.

—Creo que deberíamos aceptarlo, Jeremy. Papá ya no está y no va a volver.

—Puede que tengas razón, pero aún no soy capaz de hacerlo.

—Lo sé —le dijo Drew.

Los dos se enfrentaban a la desaparición de su padre de manera muy distinta. Drew parecía haberse hecho ya a la idea de que su padre había fallecido. Él, en cambio, no podía darse por satisfecho y necesitaba saber qué había pasado.

Deanna volvió entonces a la mesa y se pusieron a hablar de cosas más animadas. Pero Jeremy no podía concentrarse, la conversación con Drew había conseguido sumirlo de nuevo en la desesperanza, una tristeza que lo había acompañado durante meses, antes incluso de que fuera a Red Rock para asistir a la boda de su padre.

Durante ese tiempo, lo único que había conseguido animarlo o distraerlo había sido el sueño que había tenido la noche anterior y la misteriosa mujer del aparcamiento.

No podía dejar de pensar en quién era esa mujer y en cómo sería su vida.

Ni siquiera sabía por qué le importaba tanto. Nunca había conocido a una mujer que le interesara tanto como para competir con sus pacientes y su profesión. Era un médico totalmente vocacional y muy dedicado a su carrera. Por eso no se había casado aún.

Creía que quizá su subconsciente estuviera tratando de mandarle un mensaje a través del sueño y de la mujer del aparcamiento. Quizás hubiera llegado el momento de replantearse su vida y tratar de corregir su situación.

De un modo u otro, tenía la sensación de que la solución a sus problemas pasaba por encontrar a esa mujer, a Kirsten Allen.

Y si para ello tenía que llamar a su primo Ross, estaba dispuesto a hacerlo.

Había estado lloviendo toda la noche, pero la lluvia desapareció al llegar la mañana, dejando un fantástico arcoíris en el cielo y charcos en las calles.

Mientras desayunaban, Kirsten le había confesado a Max que había llevado al niño a la clínica el día anterior. Y, tal y como había temido, a su hermano no le gustó nada que lo hiciera.

—No puedo creer que hicieras algo así sin consultármelo antes —le dijo Max—. Es mi vida, Kirsten. Tienes que dejar de intervenir.

—No era eso lo que pretendía. Estaba preocupada por su salud y… La verdad es que tienes razón. No debería haberlo llevado sin decírtelo. No estuvo bien y lo siento mucho.

—¿Cuándo vas a dejar de comportarte de esta manera, Kirsten? Has estado tratándome como si fueras mi madre durante años y nunca me ha gustado. Ahora estás haciendo lo mismo con Anthony. Si tanto deseas cuidar de un bebé, ¿por qué no tienes uno propio?

Levantó las cejas ofendida al oír sus duras palabras, pero sabía que tenía razón. Aunque no había pasado mucho tiempo con niños, siempre había deseado convertirse algún día en madre y tener su propia familia. Pero no era ésa la razón por la que había tratado siempre de cuidar de su hermano e intentar que se convirtiera en un adulto responsable y feliz.

No había sido su intención no permitir que creciera y siguiera siendo una especie de niño grande. Tampoco creía tener la necesidad de tener siempre a alguien al que cuidar.

—Eres la única familia que me queda, Max. Y siento la responsabilidad de asegurarme de que eres feliz y puedes valerte por ti mismo.

—Soy perfectamente capaz de cuidar de mí mismo. Ya sabes que lo del trabajo no ha sido culpa mía, lo único que necesito es encontrar otro empleo —repuso Max mientras se pasaba nervioso las manos por el pelo—. Eres mi hermana mayor y lo entiendo. Pero estoy harto de que me digas siempre lo que tengo que hacer, cómo he de sentirme y lo que debo decir. Es mi vida y quiero ser capaz de tomar mis propias decisiones, aunque sean las equivocadas.

Abrió la boca para protestar, pero Max siguió hablando.

—He estado viviendo por mi cuenta durante dos años, tenía un trabajo con el que pagaba el alquiler y era completamente independiente. No sabes lo duro que es para mí tener que vivir contigo de nuevo y tener que aceptar esta situación. Créeme si te digo que mi prioridad ahora mismo es encontrar un empleo y salir de aquí cuanto antes.

Creía que, en realidad, también sería bueno para ella no tener a su hermano en casa. Tenía que permitir que volara solo.

—Lo siento —repitió ella—. Sólo quería ayudar, pero sé que tienes razón. Anthony es tu hijo y tu responsabilidad. Intentaré mantenerme al margen.

Le dio la impresión de que estaba un poco más calmado y decidió aprovechar la ocasión para decirle todo lo que tenía en su mente.

—Lo estoy intentando, Max. De verdad, créeme. Sé que ya no eres un niño y debo confiar en tus decisiones. Estoy segura de que serás un buen padre y que sólo quieres lo mejor para tu hijo. Pero vas a tener que ser paciente conmigo. Llevo muchos años tratándote de la misma manera y no es fácil cambiar.

—Sigo sin poder creerme que lo llevaras a la clínica sin mi permiso. ¿Qué les dijiste? ¿Que era tu hijo?

—No, nunca los habría mentido. Pero la verdad es que llegué a la clínica sin pensar en lo que iba a decirles.

Max hizo una mueca al oír sus palabras, como si le costara creerla.

—Puedo seguir disculpándome o excusando mi comportamiento durante todo el día, pero no voy a hacerlo. Eres el padre de Anthony y tienes razón, me he pasado de la raya. De ahora en adelante, voy a dejar de hacerlo y permitir que hagas tu vida. Es verdad que tienes derecho a tomar tus propias decisiones, ya sean las correctas o no.

Max se quedó callado mientras terminaban el desayuno. Estaba segura de que no permitiría que lo acompañara a la clínica. Pero, afortunadamente, no fue así.

—Muy bien, Kirsten. No me gusta tener que admitirlo, pero la verdad es que te necesito. A lo mejor es por eso por lo que me he enfadado tanto —le confesó Max con un suspiro—. La verdad es que me encantaría que vinieras conmigo a la clínica para escuchar todo lo que nos cuente el pediatra, pero no quiero que seas mi portavoz. ¿De acuerdo?

Una parte de ella habría preferido mantenerse completamente al margen y dejar que Max se encargara de todo, pero sabía que era demasiado. Desde que apareciera Courtney un par de días antes y le dijera a Max que era el padre de Anthony, había sido muy duro adaptarse a la nueva situación, pensar en todo lo que iba a necesitar el bebé y cuidar de él con la poca experiencia que tenían los dos. Se dio cuenta de que era demasiado para una sola persona.

Aunque había sido muy difícil, le había encantado la sensación de formar de nuevo un equipo con su hermano, algo que no había sentido durante muchos años. Por eso había tenido la sensación de que iban a poder superar sus problemas del pasado y llegar a convertirse en una familia de verdad, como habían sido antes de que su padre los abandonara y antes de que muriera su madre.

Con errores y aciertos, frustraciones y sonrisas, Max y ella habían aprendido a marchas forzadas cómo cuidar de Anthony. Creía que la llegada del bebé, aunque hubiera sido una sorpresa con la que no contaban, iba a ser un regalo para todos, una oportunidad para cambiar.

—De acuerdo —le dijo entonces ella—. Trato hecho.

Una hora más tarde, estaban en la clínica. La recepcionista, una mujer mayor y algo regordeta, los recibió. Según la chapa identificativa que llevaba prendida de su uniforme, se llamaba Millie.

—Siéntense —les dijo la mujer—. No tardarán mucho en atenderlos. Hoy ha venido más temprano y no tendrá que esperar tanto como ayer. Las tardes son mucho más complicadas.

Max la miró de reojo y con el ceño fruncido. Ella decidió no decir nada. Ya se había disculpado por llevar al niño a la clínica sin el permiso de su padre, no pensaba volver a hacerlo. Se había equivocado, pero no podía hacer nada para cambiar el pasado. Creía que era mejor olvidarlo.

Se sentaron a esperar en la salita. Max sostenía al bebé en su regazo y ella tomó una de las revistas que tenían en la mesa para entretenerse. La hojeó con poco interés. Estaba preocupada, pensando que quizás habría sido mejor que no acompañara a su hermano y hubiera permitido que se ocupara él solo de Anthony. Por otro lado, le parecía imposible que su hermano pudiera ir a entrevistas de trabajo y encontrar un empleo si no se quedaba ella con el niño. No podía echarlos de su piso.

Aun así, estaba decidida a mejorar su actitud y mantenerse al margen.

Lo que no sabía era cómo podría cuidar del pequeño y animar a su hermano para que encontrara un trabajo sin que éste se lo tomara como una forma de controlarlo.

Miró a Max de reojo. Observaba a su hijo con una tierna expresión, pero se dio cuenta de que no parecía cómodo con él en su regazo, no estaba acostumbrado. Era normal.

Aunque su existencia había sido toda una sorpresa, cualquiera que lo viera podía darse cuenta de que empezaba a sentir algo por Anthony. Le gustó mucho verlo así.

Se abrió la puerta de la sala de espera y entró una enfermera. Llamó a una mujer que había estado esperando con ellos y las dos salieron hacia las consultas de los médicos. No pudo evitar alargar el cuello para tratar de ver el pasillo desde allí. Se imaginó que el atractivo cirujano ortopédico que había conocido el día anterior no estaría muy lejos.

Lo que no tenía muy claro era lo que podría hacer si conseguía volver a verlo.

Pensaba que a un hombre como él le interesarían las mujeres sofisticadas y elegantes, con carreras profesionales muy importantes y una ajetreada vida social.

Aun así, seguía buscándolo con la mirada cada vez que se abría una puerta en el pasillo o cada vez que pasaba alguien con bata blanca frente a la puerta. Sin saber por qué, estaba deseando volver a ver a ese médico de pelo rubio e intensos ojos azules. No había podido dejar de pensar en él.

Jeremy trató de concentrarse en la radiografía que estaba examinando. Era la de un adolescente que se había fracturado el hueso escafoides de una mano unos años antes.

La noche anterior, el joven se había caído durante un partido de baloncesto y se había hecho daño en la muñeca. Esa mañana se había levantado aún con dolor en la zona y su madre lo había llevado a la clínica temiendo que se tratara de algo más grave. Acababa de comprobar que la caída había agravado una lesión anterior. Era una suerte que la madre lo hubiera llevado a la clínica. De no haberse tratado a tiempo, el joven podría haber terminado perdiendo la movilidad en la muñeca.

Iba a tener que operarlo.

—¿Doctor Fortune? Siento molestarlo, doctor, pero Kirsten Allen ha vuelto esta mañana —le dijo Millie—. Es la mujer por la que me preguntó ayer, ¿recuerda?

Se le aceleró el pulso al oírlo, pero no dejó que su expresión lo delatara.

—Gracias, Millie. ¿Dónde está?

—En la sala de espera.

Le habría encantado poder ir a hablar con ella, pero antes tenía que contarles al adolescente y a su madre lo que había descubierto al examinar la radiografía de la muñeca.

—¿Podrías hacerme un favor, Millie? —le dijo Jeremy—. ¿Puedes encargarte de que lleven a Kirsten a una sala de examen? Después, dime dónde puedo encontrarla, por favor.

—Muy bien, así lo haré.

—Muchas gracias —repuso Jeremy.

No solía pedir ese tipo de favores ni tratar a sus pacientes de forma diferente, pero Kirsten se había ido el día anterior sin que nadie la atendiera y no quería que volviera a ocurrir. Antes, quería tener la oportunidad de verla y hablar con ella.

Millie salió de la consulta para hacer lo que le había pedido y él regresó a donde lo esperaba su paciente.

Diez minutos más tarde, fue hasta la consulta cuatro, la sala donde esperaba el paciente Anthony Allen, el hijo de Kirsten.

Llamó con los nudillos y abrió la puerta mientras contenía el aliento. Estaba deseando volver a verla. Pero vio que había un hombre con ella y se le cayó el alma a los pies.

Por desgracia, parecía claro que estaba casada o que al menos tenía una pareja estable. Se imaginó que era el padre de su hijo.

No sabía por qué le extrañaba o sorprendía ese hecho.

Después de todo, si estaba tan obsesionado con ella era porque se parecía un poco a la mujer de sus sueños, nada más. Se dio cuenta de que había dejado que volara demasiado su imaginación. Había creído que su sueño significaba algo más, que era una especie de mensaje de su subconsciente y acababa de ver hasta qué punto había estado equivocado.

Intentó parecer tranquilo y que su rostro no reflejara lo que estaba pensando. Se acercó al padre y le ofreció su mano.

—Hola, soy el doctor Fortune.

—Encantado, soy Max Allen. ¿Va a examinar a Anthony?

—No, yo…

Miró entonces a Kirsten y se preguntó si la mujer sabría por qué estaba allí.

Pero se dio cuenta de que no podía saberlo. Ni siquiera él lo tenía demasiado claro.

Intentó concentrarse en el padre y aclararle la situación.

—Verá, conocí ayer a la señora Allen en el aparcamiento. Sé que tuvo que esperar durante bastante tiempo en la sala de espera sin que nadie pudiera atenderla, así que quería asegurarme de que hoy no fuera a pasarle lo mismo.

Le pareció que a su marido le habían molestado sus palabras.

—Es que no debería haberlo hecho —murmuró el señor Allen entre dientes.

No entendía a qué se refería. Jeremy vio que parecía muy molesto con su mujer y no sabía por qué. Quizás estuviera enfadado al ver que nadie había atendido a su hijo, pero cabía también la posibilidad de que le estuviera echando en cara a su esposa que hubiera hablado con él en el aparcamiento.

—¿Cómo dice? —repuso él tratando de entender lo que pasaba.

Esperaba que su intervención no fuera un problema más para Kirsten. Le pareció que tenía un marido muy controlador y no le gustó en absoluto.

—Creo que será mejor que se lo explique —intervino Kirsten—. Max es mi hermano y ayer me quedé al cuidado de su hijo —le dijo mientras miraba al otro hombre—. No debería haber traído al niño para que lo viera un pediatra sin hablarlo antes con él, por eso está molesto.

Seguía sin entender por qué le molestaba tanto a Max Allen que su hermana se preocupara por el bienestar del pequeño, pero no se le pasó por alto lo que acababa de decirle. Ese hombre no era su marido y, sin saber muy bien por qué, le encantó saberlo.

Se abrió entonces la puerta de la consulta y apareció Jim Kragen, uno de los pediatras de la clínica.

—Perdón, me habían dicho que viniera a la consulta número cuatro.

—No te disculpes, estás en el lugar adecuado —le dijo Jeremy a su colega—. Soy yo el que está fuera del lugar. He venido para hablar con estas personas, será mejor que me vaya y te deje con tu paciente.

El doctor Kragen pasó a la consulta y Jeremy salió al pasillo.

—Perdónenme un momento —le dijo Kirsten a su hermano y al pediatra—. Ahora mismo vuelvo.

Le dio la impresión de que estaba a punto de salir al pasillo para hablar con él y le encantó que lo hiciera. Pero miró entonces a Max Allen y vio que no parecía demasiado contento.

Le dio la impresión de que su hermano lo estaba estudiando y no parecía muy satisfecho con lo que veía. Pero a lo mejor era sólo su imaginación la que estaba jugando de nuevo con él.

—Gracias por venir a vernos y ocuparse de que nos atendieran —le dijo Kirsten.

—No hay de qué. Me pareció que le preocupaba mucho la salud del pequeño y quería asegurarme de que alguien lo viera hoy —repuso él.

—Sé que debí de parecerle una mujer muy nerviosa cuando lo abordé ayer en el aparcamiento, pero me preocupaba que mi hermano no quisiera llevar al niño al médico. La verdad es que Anthony tiene buen apetito y buen aspecto, me imagino que el pediatra nos dirá ahora que está sano —le explicó la joven mientras se colocaba un mechón de pelo tras la oreja—. Le habré parecido una histérica, pero es que no tengo experiencia con niños tan pequeños. Hasta hace unos días, mi hermano ni siquiera sabía que tenía un hijo. Su exnovia apareció con Anthony y lo dejó a su cuidado. Bueno, en realidad, al cuidado de los dos, ya que mi hermano está viviendo conmigo ahora mismo. Así que hemos tenido que aprender sobre la marcha cómo cuidar de un bebé tan pequeño.

—Y ¿cuánto tiempo va a estar su hermano al cuidado de Anthony?

—No lo sé, supongo que de forma permanente —le contó Kirsten con un suspiro—. Y creo que es lo mejor. Su exnovia no es una mujer muy maternal.

Jeremy se preguntó si Kirsten lo sería, si podría llegar a ser la esposa de un hombre como él.

Pero era imposible saberlo con los pocos datos que tenía. Después de todo, no la conocía de nada.

—Si hubiera trabajado más durante mi adolescencia como canguro, ahora tendría la experiencia necesaria para estos casos y no me sentiría tan fuera de lugar, pero me temo que tanto mi hermano como yo somos muy inexpertos.

—Estoy seguro de que lo estarán haciendo muy bien.

—Bueno, gracias por el voto de confianza —le dijo Kirsten con una bonita sonrisa—. Debería habernos visto en el centro comercial el primer día. Lo único que nos dio su exnovia fue la silla para el coche, tuvimos que comprar todo lo demás y no sabíamos por dónde empezar.

—Creo que el padre de Anthony tiene mucha suerte de tener una hermana como usted.

—No lo sé…

Vio que su sonrisa se iba apagando. Le dio la impresión de que Max no le había puesto las cosas demasiado fáciles a esa mujer, pero era sólo un presentimiento. Y él no solía dejarse llevar por ese tipo de sensaciones. Aunque eso mismo era lo que había hecho cuando la vio en el aparcamiento el día anterior.

Se quedaron callados unos segundos, mirándose sin decir nada en el estrecho pasillo.

Después, ella apartó la mirada e hizo un gesto hacia la puerta de la consulta.

—Bueno, será mejor que entre para no perderme nada de lo que tiene que decirnos el pediatra —le dijo Kirsten.

No quería dejar que se fuera sin más. Necesitaba su teléfono o alguna otra manera de ponerse en contacto con ella. Metió la mano en el bolsillo de su bata blanca y sacó una de sus tarjetas de visita. Por la parte de atrás, anotó el número de su teléfono móvil.

—Si necesitan cualquier cosa, llámenme —le dijo mientras le entregaba la tarjeta—. Como sabe, no soy pediatra, pero intentaré contestar cualquier duda que su hermano y usted puedan tener.

Kirsten tomó la tarjeta y le dedicó otra de sus maravillosas sonrisas. La luz que había en sus ojos y el hoyuelo que se formó en su mejilla consiguieron dejarlo sin respiración un par de segundos.

—Gracias, doctor Fortune. Se lo agradezco muchísimo, pero intentaré no molestarlo.

—No sería ninguna molestia, se lo aseguro. Y llámeme Jeremy —le pidió él.

Kirsten se llevó la mano al colgante en forma de corazón que adornaba su escote. Inclinó la cabeza a un lado, como si estuviera reflexionando sobre lo que acababa de decirle. Creía que también ella estaría dándose cuenta de que había algo entre los dos.

Eso era al menos lo que creía él.

—Entonces, ¿no estás casada? —le preguntó él de repente.

—No, no lo estoy.

No pudo evitar sonreír. Se dio cuenta de que no era el momento más adecuado para invitarla a cenar, pero no pudo evitar preguntarse si no estaría ella pensando en lo mismo.

Le daba la impresión de que la atracción era mutua. Aunque, en su caso, su obsesión se había visto acentuada por el vívido sueño que había tenido un par de noches antes.

Era de naturaleza racional y lógica, y sabía que el sueño no era ningún mensaje de su subconsciente ni ninguna profecía, pero no iba a perder la oportunidad de volver a verla y conocerla un poco mejor.

De haber tenido su teléfono, la habría llamado al día siguiente con cualquier excusa, como la de preguntarle por la visita con el pediatra. Y podría haber aprovechado la ocasión para invitarla a cenar, pero no tenía su teléfono y le parecía demasiado osado pedírselo.

Decidió que era mejor así. Creía que si su sueño era algo más que un sueño, si la atracción que sentía por ella iba a convertirse en algo más importante, sería entonces Kirsten la que lo llamaría.

Hasta entonces, no le quedaba más remedio que esperar.

Capítulo 3

MIENTRAS Max se acercaba a la farmacia para comprar las vitaminas y una pomada que les había recetado el pediatra, Kirsten se quedó en el coche. El bebé estaba sentado en su silla completamente dormido.

Había sido un gran alivio saber que el niño estaba completamente sano. Estaba mucho más tranquila, pero no podía dejar de pensar en el doctor Fortune y en lo amable que había sido con ella. Sonrió al recordar la conversación que había tenido con él en el pasillo. Le había pedido que lo llamara por su nombre de pila, Jeremy. Parecía estar especialmente interesado en ella, ésa era al menos la impresión que le había dado.

Lo había deducido por la manera en que la miraba. Le había dado la impresión de que tenían una conexión especial y le afectaba mucho estar cerca de él.

Abrió el bolso y sacó la tarjeta de visita que le había dado. Le había sorprendido que lo hiciera, pero estaba encantada.

Se imaginó que no era demasiado común que un médico se dedicara a dar su número personal a las primeras de cambio.

Giró la tarjeta para mirar lo que había escrito. Su letra era firme y legible. Debía de ser uno de los pocos médicos que escribía de manera tan clara.

Le había dado permiso para que lo llamara si necesitaba ayuda o si tenía alguna duda, pero no sabía si debía hacerlo.

Se dio cuenta de que podía llamarlo con la excusa de comentarle lo que el pediatra les había dicho. Así, se aseguraba además de que él pudiera grabar su número de teléfono en el móvil si lo deseaba.

Se quedó pensativa unos segundos. Después, sacó con decisión el teléfono y marcó el número que le había dado.

Jeremy no tardó en contestar.

—¿Diga?

Se le hizo un nudo en la garganta y estuvo a punto de colgar el teléfono, pero se dio cuenta de que tenía que terminar lo que había empezado.

—¿Doctor Fortune? Soy Kirsten Allen. Sólo quería comentarte lo que nos ha dicho el pediatra. El doctor Kragen cree que Anthony está muy bien.

—Estupendo, me alegra saberlo.

—A mí me había preocupado no tener la historia médica del pequeño, pero el doctor ha encargado un análisis de sangre para que podamos saber si ya ha recibido alguna vacuna. Supongo que ahora tengo una preocupación menos.

—Jim es uno de los mejores pediatras del condado, así que estáis en buenas manos. Tiene una consulta privada, pero trabaja en la clínica de Red Rock una vez al mes.

Kirsten se mordió pensativa el labio. No sabía qué más podía decirle, pero no le apetecía tener que colgar tan pronto.

—Bueno, sólo quería darte las gracias de nuevo… —le dijo ella entonces—. Has sido muy amable conmigo… Con nosotros.

—Ha sido un placer, Kirsten.

Se quedaron los dos en silencio y pensó que quizás se lo hubiera imaginado todo. Cabía la posibilidad de que fuera simplemente un médico muy amable, pero sin ningún interés especial en ella.

—Bueno… —comenzó ella mientras se preparaba para decirle adiós.

—¿Te gustaría cenar conmigo algún día? —preguntó Jeremy de repente.

Kirsten se quedó sin aliento, no esperaba una pregunta así. Pero le encantó que la hiciera.

—Me parece estupendo.

Se mordió de nuevo el labio inferior. No entendía qué le pasaba con ese hombre, le faltaban las palabras y lamentó no haberle dado una respuesta algo más original o sofisticada. Después de todo, era una mujer adulta y acababa de aceptar salir con aquel médico.

—¿Qué te parece mañana por la noche? —le preguntó él.

Era muy pronto.

Se quedó sin palabras. Comenzó a pensar en qué podría ponerse para la cena. Estaba deseando ver a qué restaurante la llevaría. No sabía si aquello era una buena idea, tenía muchas dudas, pero sabía que sólo había una respuesta posible.

—Perfecto.

—Entonces, mañana nos vemos.

Sintió decenas de mariposas en el estómago. No sabía por qué, pero estaba nerviosa e ilusionada.

Jeremy le pidió su dirección y ella le dio todos los detalles.

—Bueno, hasta mañana.

Se despidieron y ella colgó el teléfono. Se quedó absorta y pensativa unos minutos, con el móvil aún en la mano.

Se preguntó si estaría imaginándose la conversación que había tenido o si de verdad acababa de llamar al médico. No podía creerlo. Ese atractivo cirujano quería cenar con ella.

Comenzó a pensar en lo que podría ponerse para la cita. También le preocupaba no mantener una conversación interesante durante la cena. Esperaba no decir nada inapropiado.

No sabía por qué estaba tan nerviosa. Después de todo, era una mujer culta, había ido a la universidad y había trabajado desde entonces como contable. En esos momentos, no tenía trabajo, pero sabía que era sólo algo temporal. Tenía los conocimientos y el currículum necesarios para conseguir otro trabajo.

Alguien golpeó suavemente la ventanilla y el sonido la devolvió a la realidad. Vio que era Max. Quitó el seguro de la puerta para que pudiera entrar y guardó el teléfono móvil en su bolso.

—¿Con quién estabas hablando? —le preguntó Max mientras se sentaba y se ponía el cinturón.

—Con el doctor Fortune. Me ha invitado a cenar con él mañana por la noche y le he dicho que sí. ¿Podrás quedarte tú solo con Anthony?

Max la miró con el ceño fruncido.

—No me lo puedo creer.

—¿Qué es lo que no puedes creerte?

—¿Trajiste a Anthony ayer a la clínica para ligar con un médico? ¿Es algo nuevo?

—¿Qué quieres decir?

—¿Llevas mucho tiempo detrás del doctor Fortune?

—No digas tonterías, no estoy detrás de él. Apenas lo conozco, lo vi ayer por primera vez en el aparcamiento, ya te lo he dicho.

—Entonces ¿qué es lo que pasa?

No sabía cómo contestar esa pregunta. Le gustaba Jeremy Fortune y le atraía la idea de salir con él. Además, por alguna razón que no conseguía entender, ella también parecía gustarle a él.

—No pasa nada especial —repuso entonces—. Como te he dicho, apenas lo conozco.

—Es que nunca has salido con un médico, ¿no te parece que no estás a su altura?

Ella también lo creía, pero no pudo evitar sonreír. Le agradaba la idea de haber conseguido que ese hombre se fijara en ella y estaba deseando ir a cenar con él.

Creía que una parte de ella se sentía como si fuera una especie de Cenicienta. Ella no tenía un par de envidiosas hermanas que le recordaran que nunca podría llegar a convertirse en princesa, pero no las necesitaba. Para eso tenía a su hermano Max y sus propias dudas. Los comentarios de su hermano habían conseguido minar su confianza y temió haberse precipitado al aceptar la invitación del atractivo cirujano.

Pero decidió que no debía dejarse llevar por sus inseguridades, sino que debía disfrutar del momento.

Jeremy aparcó el coche frente a una casa de dos plantas en un tranquilo barrio residencial de Red Rock. El jardín no era como el que había visto en su sueño y la casa era mucho más vieja. No pudo evitar sonreír al darse cuenta de lo irracional que estaba siendo. Después de todo, no había ningún motivo para que se pareciera a la casa del sueño. Tenía que seguir recordando una y otra vez que sólo había sido un sueño, nada más.

Cuando vio a Kirsten en el aparcamiento de la clínica acercándose a él, no pudo evitar recordar a la mujer del sueño, tenía cierto parecido, pero eso había sido sólo una coincidencia. Creía que le habría atraído aunque no le recordara a la mujer del sueño. El parecido no había hecho más que hacerlo más receptivo y distraerlo de los problemas que lo abrumaban permanentemente.

Salió del coche y fue hasta la puerta principal. Cuando llamó al timbre, Max no tardó en abrir la puerta. Vio que lo miraba con el ceño fruncido. Lo invitó a pasar, pero no sonrió.

—¿Qué tal? ¿Cómo va todo? —preguntó Jeremy.

—Bien —repuso Max mientras cerraba la puerta—. Mi hermana no tardará en salir. Siéntese.

Jeremy miró a su alrededor. Todo estaba muy ordenado. Los muebles eran simples y sencillos, como la decoración. Había un sofá beis con cojines de brillantes colores. La pantalla de la lámpara de pie, de hierro forjado, hacía juego con los cojines y el resto de los muebles eran de madera oscura.

Sobre la chimenea había un par de candelabros con velas rojas y fotos de familia.

Era un salón acogedor y cálido. Había algo en la decoración que le decía que Kirsten estaba orgullosa de su casa.

Max se sentó en un sillón sin dejar de mirar el televisor. Estaba viendo un partido de baloncesto. Vio que había una cuna de viaje al lado del sillón. Anthony estaba tumbado en ella boca arriba, mirando absorto un móvil de pequeños dinosaurios y moviendo agitadamente las piernas.

—¿Quién juega? —preguntó Jeremy para intentar mantener una conversación con ese hombre.

Max estaba tan concentrado en el partido que tardó en contestar.

—Oklahoma contra Texas.

Se quedó en silencio, pensando en algo más que pudiera decir.

—¿Y cómo van?

—Van ganando los texanos por cinco puntos.

Volvió a hacerse el silencio y Jeremy se dio por vencido. Estaba a punto de sentarse en el sofá cuando entró Kirsten en el salón. Llevaba un sencillo vestido negro y zapatos de tacón. Se había recogido el pelo en un moño que dejaba al descubierto los pequeños brillantes que adornaban sus orejas.

Apenas llevaba maquillaje, sólo un poco de color en los labios. Le había parecido muy atractiva con unos simples pantalones vaqueros y una camiseta. Pero la transformación era asombrosa y se quedó mirándola con la boca abierta.

—Estás guapísima —le dijo.

Kirsten sonrió y se ruborizó ligeramente.

—Gracias —le contestó ella.

Max tomó el mando a distancia y bajó el volumen del televisor. Después, se levantó y los miró a los dos mientras se cruzaba de brazos.

—¿Adónde vais? —les preguntó.

Hacía mucho que no tenía que sufrir ese tipo de interrogatorio. Pensó que la última vez habría sido cuando aún estaba en el instituto y había tenido que enfrentarse al padre de alguna chica de su clase. Le irritó tener que pasar por ello de nuevo, sobre todo cuando Max debía de ser diez años más joven que él. Pero decidió que era mejor pasar por el aro y contestar sus preguntas.

—Pensaba ir a cenar a Bernardo’s, el nuevo restaurante italiano que han abierto en la misma calle del Red. Si a Kirsten le parece bien, por supuesto —dijo Jeremy.

—Me parece una idea estupenda —contestó Kirsten con una sonrisa.

Tomó su bolso, que estaba en una mesa del vestíbulo, y fue hacia la puerta.

—Hasta luego, Max. Llámame si tienes cualquier problema con Anthony, ¿de acuerdo?

—Todo irá bien —repuso su hermano.

Eso esperaba Jeremy porque estaba deseando pasar algún tiempo con Kirsten sin la presencia de su protector hermano. No entendía qué problema tenía ese hombre con él.

Abrió la puerta y dejó que pasara ella. Poco después, estaban en su coche y de camino al restaurante.

—Antes que nada, quiero disculparme por la actitud de mi hermano —le dijo Kirsten entonces—. Su vida acaba de dar un giro de ciento ochenta grados y últimamente está un poco irascible.

—No tienes por qué disculparte.

—Lo sé, pero… —comenzó ella—. Bueno, supongo que todos tenemos nuestros propios problemas. Me temo que Max es mi cruz.

Le pareció extraño que le dijera algo así.

—¿Cuántos años tiene? ¿Veinticuatro, veinticinco…?

—Veintiséis años.

—Entonces, creo que es lo suficiente mayor para tomar las riendas de su vida y ser independiente.

—Me encantaría que fuera así de fácil —repuso Kirsten con gesto pensativo—. No tiene trabajo, así que no puedo echarlo de mi casa. Sobre todo ahora que tiene que ocuparse de Anthony.

—Es verdad, supongo que eso complica mucho las cosas —repuso Jeremy.

Él también se consideraba un hombre muy leal con su familia y entendía perfectamente que ella quisiera ayudar a su hermano durante esos momentos tan complicados.

—¿Qué tal la convivencia?

—Está siendo un poco dura —le confesó ella—. Pero no puedo hacer nada al respecto hasta que consiga un trabajo y encuentre un lugar donde vivir.

—¿Qué tipo de trabajo está buscando?

—A estas alturas, aceptaría cualquier cosa. Tiene tantas ganas de salir de mi casa como yo de que se vaya. Pero no terminó los estudios de secundaria y eso complica mucho sus opciones. Es difícil encontrar un buen trabajo sin un título, tiene que pagar el alquiler de un piso y una escuela infantil para Anthony.

—Es una pena.

—Lo sé —repuso ella suspirando—. Intenté convencerlo para que se sacara el graduado escolar e intentara acceder a la universidad para adultos, pero se negó a hacerlo.

—¿Por qué?

—Seguramente, porque se lo sugerí yo. Además, nunca ha sido un hombre ambicioso. Dejó los estudios cuando estaba en el instituto y, desde entonces, ha estado haciendo todo tipo de trabajos.

—Entonces, puede que no lo estés ayudando al permitir que se quede en tu casa hasta que encuentre un empleo.

—Bueno, lo contrataron hace dos años para trabajar en una tienda de piensos y estuvo trabajando allí hasta hace un par de semanas. Me dio la impresión de que era un trabajo que le gustaba, pero el propietario se jubiló y el nuevo dueño despidió a todos los empleados.

A Jeremy le gustó ver que al menos había sido capaz de mantener un empleo, pero no entendía por qué se negaba a seguir los consejos de su hermana de tratar de ampliar su formación.

—Si se niega a hacer lo que le sugieres, puede que sea mejor dar un paso atrás y dejar que tome sus propias decisiones, aunque no sean las adecuadas y termine por fracasar —le comentó él.

Sabía que no tenía derecho a decirle lo que pensaba. Después de todo, no era asunto suyo, pero no pudo evitar intervenir.

—Creo que tienes razón, ése es principalmente mi problema. Me cuesta mantenerme al margen y siempre dejo que me guíe el corazón y no la cabeza.

Una confesión así debería haberlo alertado. Él era todo lo contrario, un hombre racional que siempre se dejaba llevar por la lógica. Pero le enterneció que Kirsten fuera así. En cierto modo, le recordaba a su madre.

Molly Fortune lo había animado siempre para que se dejara llevar por su sueño y estudiara Medicina. Aunque en realidad, toda su familia lo había apoyado y nadie le había echado en cara que no quisiera trabajar para la empresa familiar, Forescasting Fortune. Su padre y sus hermanos también lo habían animado, pero recordaba por encima de todo la orgullosa sonrisa de su madre el día que le otorgaron el título de Licenciado en Medicina. Esa sonrisa había hecho que todos sus esfuerzos merecieran la pena.

Miró de reojo a Kirsten, pensando que quizá tuviera otras cualidades que le recordaran a su madre.

Molly había sido una mujer dinámica, cálida y cariñosa. Siempre había sido muy maternal con sus cinco hijos. Habían pasado ya cuatro años desde su muerte, pero seguían echándola de menos. Y creía que él era el que más estaba tardando en recuperarse.

Su trabajo lo había llevado a Sacramento, donde había empezado a ejercer como cirujano ortopédico para un importante grupo médico, y no había podido pasar mucho tiempo con ella durante los últimos años. Pero siempre había valorado mucho cuánto lo había apoyado. Aunque no siempre aceptaba sus consejos, siempre le gustaba oírlos.

Había aceptado su muerte, pero seguía sintiendo el gran vacío que había dejado en su vida.

Miró de nuevo a Kirsten. Se preguntó si una esposa y una familia propia conseguirían llenar de nuevo ese vacío. Esperaba que ése fuera el caso, aunque no fuera aquélla la mujer de su vida.

Llegaron poco después a Bernardo’s y aparcó frente al restaurante.

Apenas conocía a Kirsten. No podía saber si sería la mujer de su vida o no, pero estaba decidido a averiguarlo.

Kirsten estaba disfrutando mucho de la cena. El restaurante era muy romántico y la mesa estaba decorada con velas. Jeremy le contó cómo había ido su día en la clínica. Se dio cuenta de que le gustaba mucho su trabajo y le importaban de verdad sus pacientes. No dejó de sonreír ni un minuto mientras él le hablaba.

Pero no era la única que estaba disfrutando de la velada. Jeremy también parecía estar a gusto con ella y algo le decía que aquello podía ir muy bien para los dos.

—¿En qué trabajas tú? —le preguntó Jeremy entonces.

—Soy contable —repuso ella tomando el vaso de agua para beber.

—¿Y dónde trabajas?

Había esperado que no saliera el tema, pero ya había temido que tendría que contárselo tarde o temprano.

—Ahora mismo estoy sin empleo, pero sé que encontraré algo pronto —le confesó—. Tengo varias cartas de recomendación y un buen currículum. Confío en no estar demasiado tiempo en esta situación.

Jeremy sonrió y tomó otro bocado de su plato de pasta.

No quería que él la comparara con su hermano. Era cierto, ella tampoco tenía trabajo, pero creía que eran completamente distintos. Decidió cambiar de tema y volver a centrarse en la labor que Jeremy llevaba a cabo.

—Tienen mucha suerte en la clínica al contar con un cirujano tan dedicado como tú —le dijo—. Pero ¿no se te ha pasado nunca por la cabeza la idea de tener tu propia consulta?

—Bueno, la verdad es que la tengo. Está en Sacramento. Mi trabajo en la clínica de Red Rock es sólo temporal y voluntario.

Se le encogió el corazón al oírlo. No le hacía gracia que tuviera que irse de allí, le habría gustado tener la posibilidad de conocerlo mejor.

—Pero ¿por qué estás entonces en Red Rock? —le preguntó ella—. Y ¿cuánto tiempo vas a quedarte?

—Vine para asistir a la boda de mi padre, que debería haberse celebrado el mes pasado. Y me quedaré aquí el tiempo necesario…

Kirsten vio que bajaba la vista y se quedaba callado unos instantes. Parecía muy serio.

Después, volvió a mirarla a los ojos. No podía dejar de observarlo. Los mechones de pelo que el sol parecía haber aclarado refulgían a la luz de las velas. Antes de que abriera la boca, supo que lo que estaba a punto de decirle era muy doloroso. Lo intuyó.

—Mi padre desapareció el mismo día que iba a celebrarse su boda y nadie ha sabido de él desde entonces. Nadie lo ha visto, no hay ninguna pista… Es como si se hubiera desvanecido en el aire. No podía volver a Sacramento. Así que hablé con mis colegas de la clínica para poder quedarme aquí hasta que lo encuentren.

Estaba muy conmovida. No sabía qué decirle.

Se le rompió el corazón cuando le habló del accidente de coche que había tenido su padre y de las investigaciones de la policía. No tenían ni un rastro.

—No suelo fiarme de mis instintos ni creo en las corazonadas, pero no sé… Algo me dice que acabará apareciendo —le confió él.

Alargó la mano hacía él y cubrió la de Jeremy. Pudo sentir su fuerza y su calidez cuando tocó su piel. Entendía muy bien cómo se sentía. Su padre los había dejado cuando ella tenía catorce años. Había creído durante mucho tiempo que volvería a casa, que su padre nunca podría abandonar de esa manera a su familia.

Pero no había vuelto a verlo y había tenido que vivir desde entonces tratando de aceptarlo y superar el dolor y la desilusión que había sentido entonces.

Jeremy la miró a los ojos. Le dio la impresión de que, a pesar de lo que acababa de decirle, en realidad no tenía tantas esperanzas de encontrar a su padre con vida. Vio que necesitaba su comprensión y todo su apoyo. Era el tipo de reacción emocional que siempre había deseado provocar en su hermano, esa sensación de que se entendían sin palabras, que estaban pasando por lo mismo, que estaba de alguna manera conectando con una persona que le importaba. Sintió todas esas cosas en sus ojos y mucho más.

Había algo en su mirada que quizás fuera sólo fruto de su imaginación, del ambiente romántico de ese restaurante, de la suave música que tocaban unos músicos cerca de allí o de la luz de las velas. Le parecía que su conexión iba mucho más allá de una mera atracción física, aunque ésta fuera innegable.

Se dio cuenta de que Jeremy Fortune era un hombre al que tenía que tomar en serio. Con el tiempo, podría convertirse incluso en alguien a quien pudiera prometer amor eterno si llegaba a tener la oportunidad de conocerlo mejor. Pero sabía que no contaban con ese tiempo. Estaba en Red Rock sólo de forma temporal y no tardaría en regresar a California, donde tenía su clínica.

Lentamente, apartó la mano, pero acarició cada centímetro de su piel mientras lo hacía.

Sabía que no debía dejar que su imaginación volara y era mejor dejar el romanticismo de lado. Estaba siendo una velada increíble, perfecta, pero sabía que para él no era más que una distracción. No podía empezar nada con ella y sería absurdo por su parte hacerse ilusiones que no tenían ningún tipo de fundamento ni futuro.

Después de todo, no tardaría en volver a Sacramento.

Y ella se quedaría sola de nuevo.

Kirsten había apartado su mano unos minutos antes, pero Jeremy podía sentir aún su caricia en la piel. También había conseguido tocarle el corazón. Era una mujer muy comprensiva y atenta, había conseguido emocionarlo.

Pero, antes de que pudiera pensar más en ello, llegó el camarero que los había estado atendiendo durante la cena.

—¿Puedo retirar los platos? —les preguntó.

—Sí, ya he terminado —le dijo Kirsten—. Gracias.

Jeremy dejó que se llevara también el suyo.

—¿Les traigo la carta de postres? —sugirió el camarero.

Jeremy no quería tener que irse, estaba siendo una velada muy agradable y quería alargarla al máximo. Por eso, decidió aceptar la propuesta del joven.

—Por supuesto, me encantaría ver qué tienen —le dijo.

Acababa de alejarse de la mesa el camarero cuando notó que vibraba su teléfono móvil.

Desde que despareciera su padre, lo había mantenido siempre cerca y encendido. No podía prever cuando lo avisarían de que por fin lo habían encontrado y quería estar siempre localizable. Miró la pantalla y vio que era un teléfono de Sacramento. No tardó mucho en reconocer el número.

—Perdóname, Kirsten —se disculpó—. Se trata de un colega de la clínica, me temo que he de hablar con él.

—No te preocupes, lo entiendo perfectamente —le dijo Kirsten.

Contestó el teléfono y, tal y como se había imaginado, era Jack Danfield el que estaba al otro lado del hilo telefónico.

—¿Cómo va todo? ¿Sabes ya algo de tu padre? —le preguntó Jack en cuanto contestó.

—No, seguimos esperando —repuso él—. Me pillas cenando, ¿podría llamarte más tarde?

—Sí, pero deja que te comente rápidamente por qué te llamaba. Tengo un niño de doce años en Urgencias por un accidente de tráfico. Tiene varias fracturas en ambas piernas y se han dañado las arterias principales, sobre todo en una de las piernas. Me temo que tendremos que amputar, pero quería hablar antes contigo. Recuerdo que tuviste un caso similar el pasado verano y pudiste salvar el miembro del paciente.

Jeremy miró su reloj. Necesitaba conocer mejor el caso, la consulta podría durar bastante tiempo e iba a tener que estar totalmente concentrado en lo que iba a contarle su colega.

—Te llamo en diez minutos, Jack. ¿Qué te parece?

—De acuerdo.

Colgó y miró a su compañera de mesa. Le parecía más bella cada vez que la miraba.

—Lo siento muchísimo, Kirsten. Tengo que hacer una consulta con este colega. Se trata de salvar la pierna de un niño y debería concentrarme en ello. Me temo que vamos a tener que irnos ya.

Kirsten tomó el bolso que había colgado del respaldo de su silla y se preparó para irse del restaurante.

—No tienes que excusarte, Jeremy. Lo comprendo.

Le hizo un gesto al camarero para que se acercara a la mesa.

—Lo siento —le dijo al ver que tenía las cartas de postres en la mano—. No vamos a tomar nada más. ¿Podría traernos la cuenta, por favor?

—Sí, señor, enseguida se la traigo —repuso el camarero.

Cinco minutos más tarde, estaban los dos en su coche y de vuelta a casa de Kirsten.

—Siento mucho tener que terminar así la velada —le dijo él.

—No lo sientas, ya te he dicho que lo entiendo. Los pacientes son lo primero. Sólo espero que todo salga bien y ese pobre chico no pierda la pierna.

Lo mismo sentía él.

Paró el coche frente a la casa de Kirsten. Salieron y fueron andando hasta la puerta. Tenía que llamar a Jack cuanto antes, era muy importante que lo hiciera, pero no pudo evitar quedarse algún tiempo frente a esa puerta, tratando de decidir si iba a atreverse a besarla.

No sabía si le convenía tratar de tener algo con ella.

Había pasado una velada muy agradable con Kirsten, pero se había quedado con las ganas de conocerla mejor.

—Gracias por cena —le dijo Kirsten entonces—. El restaurante Bernardo’s fue una gran elección, me ha encantado.

—De nada, pero sigo debiéndote el postre.

—No, no me debes nada.

Kirsten lo miró a los ojos y sonrió.

—Además, todo estaba tan rico, que no habría podido terminarme el postre. Te lo aseguro —añadió ella.

Se quedaron unos segundos como estaban, mirándose a los ojos, esperando a que ocurriera algo. Se preguntó si, en otras circunstancias, Kirsten lo habría invitado a pasar a su casa.

Se dio cuenta de que no tenía sentido tratar de decidir si debía besarla o no. Sentía la urgencia de hacerlo y no pudo contenerse.

Colocó una mano en su mejilla. Era tan suave como había imaginado.

Vio que Kirsten levantaba hacia él la cara y entreabría los labios. No necesitó nada más.

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