Читать книгу: «Betty»
BETTY

SENSIBLES A LAS LETRAS, 78
Título original: Betty
Primera edición en Hoja de Lata: enero del 2022
© Tiffany McDaniel, 2020
This translation published by arrangement with Alfred A. Knopf, an imprint of The Knopf Doubleday Group, a division of Penguin Random House, LLC.
© de la traducción: Ignacio Gómez Calvo
© de la imagen de la portada: Eiko Ojala
© de la fotografía de la solapa: Jennifer McDaniel
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2022
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Diseño: Eduardo Carruébano
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección de pruebas: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-18918-24-7
Producción del ePub: booqlab
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Mi madre, Betty, nació el 12 de febrero de 1954 en Ozark, Arkansas. Era hija de una mujer arrebatadora como un sueño y de un hombre cheroqui que elaboraba licor casero y creaba sus propios mitos. Miembro de una familia de doce hermanos, mi madre se hizo mujer en las estribaciones de los Apalaches de Ohio. Este libro tiene algo de baile, algo de canción y algo de luz de luna. Pero sobre todo esta historia es por siempre jamás la historia de la Pequeña India.
Te quiero, mamá. Este libro es para ti y toda tu magia ancestral.

ÍNDICE
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE. Yo soy. 1909-1961
SEGUNDA PARTE. Rey de reyes. 1961-1963
TERCERA PARTE. Luz del mundo. 1964-1966
CUARTA PARTE. Semilla de mujer. 1967-1969
QUINTA PARTE. Cuerno de salvación. 1971-1973
MI HOGAR ROTO
Dame una pared,
y te daré una brecha.
Dame una ventana,
y te daré una raja.
Dame agua,
y te daré sangre.
BETTY
NOTA DE LA AUTORA
Esta novela transcurre en las estribaciones de los Apalaches del sur de Ohio. Se trata de un lugar en el que se crían familias y las personas se labran su propio camino. El sur de Ohio posee sus tradiciones, su cultura y su historia, así como un acento y un dialecto característicos. Tengo el honor de poder decir que esa región es mi hogar. Espero que, después de leer esta novela, ames esa parte de Ohio tanto como yo.
También espero que disfrutes de esta historia inspirada en varias generaciones de mi familia. Concretamente, en la fuerza de mi madre y de las mujeres que la precedieron. Ellas supieron afirmar su poder ante las circunstancias adversas. Ha sido para mí un honor narrar esa historia.
PRÓLOGO
Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo.
Filipenses 1, 3
Todavía soy una niña, no más alta que la escopeta de mi padre. Papá me pide que la lleve afuera, adonde él está apoyado en el capó del coche. Coge la escopeta de mis manos y la coloca sobre su regazo. Cuando me siento a su lado, noto el calor estival que desprende su piel como si fuese un tejado de chapa un día tórrido.
Me da igual que las pepitas de tomate que le quedaron en la barbilla merendando en el huerto le caigan a mi brazo. Las pepitas se pegan a mi piel y sobresalen como el braille de una página.
—Tengo el corazón de cristal —dice él mientras empieza a liar un cigarrillo—. Tengo el corazón de cristal, y si alguna vez te pierdo, Betty, se romperá. El dolor será tan grande que ni toda la eternidad bastaría para curarlo.
Meto la mano en la petaca de tabaco y froto las hojas secas, palpando cada una como si fuera un animal vivo que se moviese de la punta de un dedo a otro.
—¿Cómo es un corazón de cristal, papá? —pregunto, porque me da la impresión de que todo lo que yo pueda imaginar no estará a la altura de la respuesta.
—Un trozo de cristal hueco con forma de corazón.
Su voz parece elevarse por encima de las colinas que nos rodean.
—¿El cristal es de color rojo, papá?
—Rojo como el vestido que llevas, Betty.
—Pero ¿cómo puedes tener dentro un trozo de cristal?
—Está colgado de una cuerdecita. Dentro del cristal está el pájaro que Dios cazó en el cielo.
—¿Por qué metió un pájaro ahí dentro? —quiero saber.
—Para que siempre tengamos en nuestros corazones un trocito de cielo. A mí me parece el sitio más seguro para guardar un trocito de cielo.
—¿Qué tipo de pájaro es, papá?
—Bueno, Pequeña India —dice él, rascando la cerilla contra la cinta de papel de lija de su sombrero de ala ancha para encender el cigarrillo—. Creo que debe de ser un pájaro reluciente y que debe de brillarle todo el cuerpo como si tuviese pequeños fuegos, como los chapines de rubíes de Dorothy en esa película.
—¿Qué película?
—El mago de Oz. ¿Te acuerdas de Totó?
Mi padre ladra y termina con un largo aullido.
—¿El perrito negro?
—Ese. —Apoya mi cabeza contra su pecho—. ¿Lo oyes? Porom, pom. ¿Sabes qué es ese sonido? Porom, pom, pom.
—Son los latidos de tu corazón.
—Es el ruido que hace el pajarito con las alas.
—¿El pájaro? —Pongo la mano en mi pecho—. ¿Qué le pasa al pájaro, papá?
—¿Te refieres a cuando nos morimos?
Me mira entornando los ojos como si mi cara se hubiese convertido en el sol.
—Sí, cuando nos morimos, papá.
—Pues el corazón de cristal se abre, como un relicario, y el pájaro sale volando para llevarnos al cielo y que no nos perdamos. Cuando vas a un sitio donde no has estado nunca, es muy fácil perderse.
Mantengo el oído pegado a su pecho escuchando los latidos regulares.
—¿Papá? —pregunto—. ¿Todo el mundo tiene el corazón de cristal?
—No. —Él da una calada al cigarrillo—. Solo tú y yo, Pequeña India. Solo tú y yo.
Me dice que me recueste y que me tape los oídos. Con el cigarrillo colgando de la comisura de la boca, levanta la escopeta y dispara.
PRIMERA PARTE
1
Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Mateo 8, 12
Una niña se hace mujer a punta de cuchillo. Debe aprender a soportar su filo. A que le corten. A sangrar. A cicatrizar y al mismo tiempo, de alguna forma, estar guapa y tener buenas rodillas para fregar el suelo de la cocina con la esponja cada sábado. O te pierdes o te encuentran. Estas verdades pueden discutirse hasta el infinito. ¿Y qué es el infinito sino un juramento confuso? Un círculo agrietado. Un espacio de cielo fucsia. Si lo bajamos a la tierra, el infinito es una serie de colinas onduladas. Una campiña de Ohio donde todas las serpientes que reptan entre la hierba alta saben que los ángeles pierden sus alas.
Recuerdo el profundo amor y la devoción tanto como la violencia. Cuando cierro los ojos, veo el trébol color lima que crecía alrededor de nuestro granero en primavera mientras los perros salvajes nos hacían perder la paciencia y la ternura. Los tiempos cambian, de modo que le ponemos al tiempo otro nombre bonito hasta que sea más fácil de llevar mientras seguimos recordando de dónde venimos. En mi caso, vengo de una familia de ocho hijos. Más de uno de nosotros moriría en los laureados años de juventud. Había personas que culpaban a Dios por haberles quitado muy pocos. Otros acusaban al diablo de haberles dejado muchos. Entre Dios y el diablo, nuestro árbol familiar creció con raíces podridas, ramas quebradas y hongos en las hojas.
—Crece amargado y torcido —decía papá del gran roble de nuestro jardín— porque desconfía de la luz.
Mi padre nació el 7 de abril de 1909 en un campo de sorgo situado a sotavento de un matadero. Por ese motivo, el aire olía a sangre y muerte. Me imagino que todos lo consideraron fruto de ambas cosas.
—Habrá que mojar a mi niño en el río —dijo su madre mientras él estiraba sus deditos.
Mi padre descendía de los cheroquis por parte materna y paterna. Cuando yo era niña, creía que ser cheroqui significaba estar atado a la luna, como si un rayo de luz se desenredase de ella.
—Tsa-la-gi. A-nv-da-di-s-di.
Si nos remontábamos varias generaciones en nuestra genealogía, pertenecíamos a la tribu Aniwodi. Los miembros de esa tribu cheroqui se encargaban de elaborar una pintura roja especial que se usaba en ceremonias sagradas y en tiempos de guerra.
—Nuestra tribu era la de los creadores —me decía mi padre—. Y también de los maestros. Hablaban de la vida y la muerte, del fuego sagrado que lo ilumina todo. Nuestro pueblo es guardián de ese conocimiento. Acuérdate, Betty. Y acuérdate también de cómo se hace la pintura roja y de hablar del fuego sagrado.
La tribu Aniwodi también era famosa por sus sanadores y curanderos, aquellos que se decía que habían «pintado» su medicina en los enfermos. Mi padre, a su manera, continuaría con esa tradición.
—Tu papá es un curandero —se burlaban de mí en el colegio agitándome plumas en la cara.
Creían que con eso querría menos a mi padre, pero lo quería aún más.
—Tsa-la-gi. A-nv-da-di-s-di.
Durante toda mi infancia, mi padre nos habló de nuestros antepasados y se aseguró de que no los olvidábamos.
—Nuestra tierra antes era así —decía, estirando las manos a cada lado mientras nos hablaba del territorio oriental que había pertenecido a los cheroquis antes de que los expulsasen a la fuerza a Oklahoma.
Los cheroquis que evitaron tener que ir a esa tierra extraña llamada Oklahoma lo consiguieron escondiéndose en el monte. Pero les dijeron que, si querían quedarse, tendrían que adoptar las costumbres de los colonos blancos. Las autoridades habían decretado que había que «civilizar» a los cheroquis o sacarlos de su hogar. No les quedó más remedio que hablar el inglés del hombre blanco y convertirse a su religión. Les dijeron que Jesús también había muerto por ellos.
Antes de la llegada del cristianismo, los cheroquis se preciaban de ser una sociedad matriarcal y matrilineal. Las mujeres eran las cabezas de familia, pero el cristianismo situó a los hombres en lo alto. Debido a esa conversión, las mujeres cheroquis fueron desplazadas de la tierra que una vez había sido suya y que habían trabajado. Les dieron delantales y las metieron en la cocina, donde supuestamente estaba su sitio. A los hombres cheroquis, que siempre habían sido cazadores, les dijeron que cultivasen la tierra. El estilo de vida cheroqui tradicional fue erradicado, junto con los roles de género que habían permitido a las mujeres tener una participación igualitaria a la de los hombres en la sociedad.
Entre la rueca y el arado, hubo cheroquis que lucharon para mantener su cultura, pero las tradiciones se diluyeron. Mi padre hizo todo lo posible por evitar que nuestra sangre se aguase honrando la sabiduría que le había sido transmitida, como la forma de hacer una cuchara con una hoja y un tallo de calabaza o cómo saber cuándo es el momento idóneo de plantar maíz.
—Cuando la flor del grosellero silvestre ha brotado —decía—, porque el grosellero silvestre es el primero que abre los ojos después de la siesta del invierno y dice: «La tierra ya está caliente». La naturaleza nos habla. Solo tenemos que acordarnos de cómo escucharla.
Mi padre tenía alma de otra época. Una época en que la tierra estaba habitada por tribus que la escuchaban y la respetaban. Ese respeto creció dentro de él hasta que se convirtió en el hombre más maravilloso que he conocido en mi vida. Yo lo quería por eso, pero también por otras cosas, como la costumbre de plantar violetas y olvidarse de que eran moradas. Lo quería por el hábito que tenía de cortarse el pelo como un gorro torcido cada Cuatro de Julio y lo quería por la forma en que nos acercaba una linterna cuando estábamos enfermos y tosíamos.
—¿Ves los gérmenes? —preguntaba, enfocando el aire entre nosotros con el rayo de luz—. Están todos tocando el violín. Tu tos es su canción.
Gracias a sus historias, yo bailaba el vals sobre el sol sin quemarme los pies.
Mi padre estaba destinado a ser padre. Y a pesar de los problemas que hubo entre él y mi madre, también estaba destinado a ser marido. Mis padres se conocieron en un cementerio de Joyjug, Ohio, un día regalado a las nubes. Papá no llevaba camisa. Se había hecho con ella una bolsa que sujetaba en la mano. Dentro había unas setas que parecían trocitos de pulmón de fumador. Mientras buscaba más hongos en la zona, la vio. Estaba sentada sobre una colcha. Se notaba que la colcha la había confeccionado una chica que todavía estaba aprendiendo. Los puntos estaban separados a intervalos irregulares. Las piezas de tela estaban mal cortadas y eran de dos tonos distintos de color crema. En el centro de la colcha, había un gran árbol superpuesto hecho con retales de percal desparejados. Ella estaba sentada sobre ese árbol comiendo una manzana de cara a la lápida de un soldado desconocido de la Guerra Civil.
Qué chica más peculiar, pensó papá, sentada en un cementerio masticando una manzana con tanta muerte debajo de ella.
—Disculpe, señorita. ¿Ha visto alguna de estas por aquí?
Abrió la bolsa hecha con su camisa. Ella miró fugazmente las setas antes de alzar la vista al rostro de él y negar con la cabeza.
—¿Ha probado estas setas, señorita? —preguntó—. Fritas con mantequilla están riquísimas.
Como ella no respondió nada, él comentó que era una chica de muchas palabras.
—Apuesto a que es usted la guardiana del lenguaje perdido —dijo—. ¿Ese soldado es de su pueblo?
Señaló la tumba.
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo ella finalmente—. Nadie sabe quién es. —Movió la mano en dirección a la lápida—. EL SOLDADO DESCONOCIDO. Sabe leer, ¿no? —inquirió con más brusquedad de lo que pretendía.
Por un momento papá pensó dejarla en paz, pero una parte de él se sentía mejor allí con ella, de modo que se sentó en la hierba junto al borde de la colcha. Se recostó, miró al cielo y comentó que parecía que iba a llover. A continuación, cogió una de las setas y la hizo girar entre sus largos dedos.
—Qué feas son.
Ella frunció el ceño.
—Son preciosas —dijo papá, ofendido en nombre de las setas—. Las llaman trompetas de la muerte. Por eso crecen tan bien en los cementerios.
Se llevó el extremo fino de la seta a la boca e imitó el sonido de una trompeta.
—Tutururú. —Sonrió—. Son más que preciosas. Son un remedio natural. Beneficiosas para toda clase de males. A lo mejor un día le cocino unas. A lo mejor incluso le cultivo una hectárea solo para usted.
—No quiero setas. —Ella hizo una mueca—. Prefiero limones. Un limonar entero.
—Así que le gustan los limones, ¿eh? —dijo él.
Ella asintió con la cabeza.
—A mí me gusta lo amarillos que son —comentó papá—. ¿Cómo no estar contento con todo ese amarillo?
Ella lo miró a los ojos, pero rápidamente apartó la vista. Por respeto a ella, papá volvió a la seta que tenía en la mano. Mientras la examinaba frotando su carne arrugada con los dedos, ella desvió otra vez la mirada a él. Era un hombre alto y huesudo que le recordaba los bichos palo que cada verano trepaban por el cristal de la ventana de su cuarto. Los pantalones manchados de barro le quedaban muy grandes y los llevaba sujetos a su estrecha cintura con un cinturón de piel gastado.
No tenía pelo en el pecho, cosa que le sorprendió. Estaba acostumbrada al vello rizado y áspero del torso robusto de su padre y su tacto como de alambres finos cuando los agarraba con las manos. Apartó de su mente la imagen de su padre y siguió estudiando al hombre situado delante de ella. Tenía el cabello moreno abundante y corto por los lados, pero largo en la parte de arriba, donde se levantaba a una altura equivalente a la mano de ella y luego caía en forma de ondas.
A papá no le gustaría, dijo para sus adentros.
Advirtió que ese hombre debía de venir de una casa en la que mandaban las mujeres. Lo apreció en el hecho de que se hubiese sentado fuera de la colcha y no encima. Podía ver a la madre y a la abuela de ese extraño. Las llevaba en sus ojos marrones. Eso le inspiró confianza. El hecho de que estuviese tan unido a unas mujeres.
Lo que no pudo pasar por alto fue el color de su piel.
No es la piel morena de un negro, pensó en aquellos lejanos años treinta, pero tampoco es blanca, y eso es igual de peligroso.
Bajó la vista a sus pies descalzos. Eran los pies de un hombre que andaba por el bosque y se lavaba en el río.
—Estará enamorado de un árbol —murmuró.
Cuando levantó la vista, lo encontró mirándola fijamente. Se volvió otra vez hacia su manzana, a la que solo le quedaban unos bocados.
—Disculpe la suciedad, señorita —dijo él, limpiándose los pantalones—. Pero cuando trabajas de enterrador, es difícil no mancharte un poco. El trabajo aquí no está mal. Aunque a los que cavo los agujeros no debe de hacerles mucha gracia.
Papá vio que ella empezaba a sonreír detrás de la manzana, pero se contenía. Se preguntó qué opinaría de él. Tenía veintinueve años. Ella tenía dieciocho. A ella le llegaba el pelo a los hombros, recogido en una redecilla de ganchillo. El color y la textura de su cabello le recordaron unos mechones claros de barba de maíz a la luz del sol. Su vestido verde claro realzaba lo aterciopelado de su piel, mientras que su fina cintura se hallaba bien ceñida con un cinturón blanco sucio, a juego con sus guantes de ganchillo manchados. De cerca era una chica con pocos recursos, pero de lejos podía dar gato por liebre.
Para eso son los guantes, pensó él. Para aparentar que es una dama y no otra belleza condenada a oxidarse como un tractor averiado en un campo.
La manzana se había consumido casi hasta el corazón, pero todavía se veía un trozo de piel roja alrededor del tallo. Cuando ella le dio un bocado, el jugo escapó por las comisuras de su boca. Mientras él observaba cómo el viento hacía ondear los cabellos sueltos de la joven por encima de sus pequeñas orejas, notó que empezaba a lloviznar sobre sus hombros descubiertos. Le sorprendió que aún pudiese notar algo tan suave y delicado. El rigor todavía no lo había insensibilizado. Alzó la vista al cielo cada vez más oscuro.
—Solo se ven nubarrones como esos cuando quieren demostrar que llevan una tormenta dentro —dijo—. Podemos quedarnos aquí sentados y dejarnos arrastrar por la riada o intentar salvarnos.
Ella se levantó y tiró lo que quedaba de la manzana al suelo. Él se fijó en sus pies. Estaba descalza. Si ella y él tenían algo en común, era la forma en que pisaban la tierra. Él se disponía a decir algo que pensó que a ella le interesaría, pero la lluvia arreció. Empezó a diluviar sobre ellos mientras un relámpago iluminaba el cielo. La tormenta afirmaba su derecho sobre mis padres de una forma que ni ellos alcanzaban a entender.
—Ese nogal nos dará cobijo —propuso papá.
Sin soltar su camisa con setas, papá levantó la colcha del suelo para sostenerla sobre la cabeza de ella. Mamá dejó que la llevase al árbol.
—No durará mucho —dijo él mientras se guarecían bajo el denso manto de las ramas del nogal.
Sacudió las gotas de lluvia de la colcha antes de tocar la áspera corteza del árbol.
—Los cheroquis cocían esta corteza —le dijo—. A veces para curar enfermedades, pero también como alimento. Está dulce. Si la pones a bullir con leche, sale una bebida que…
Antes de que pudiese terminar, ella pegó sus labios a los de él y le dio el beso más dulce que le habían dado en su vida. Se metió la mano por debajo del vestido para bajarse las bragas deshilachadas. Él se la quedó mirando asombrado, pero era un hombre, después de todo, de modo que dejó las setas a un lado. Cuando extendió la colcha en el suelo, lo hizo despacio por si ella quería cambiar de opinión.
Una vez que ella se echó en la colcha, él también se tumbó. A su alrededor, las mazorcas de maíz se erguían como cohetes en los campos mientras él y ella se olían sin llegar a enamorarse. Pero no hace falta amor para que algo crezca. Dentro de unos meses, ella ya no podría esconder lo que se desarrollaba en su interior. Su padre —el hombre al que yo llamaría abuelo Lark— reparó en que le estaba creciendo la barriga y le pegó varias veces en la cara hasta que le sangró la nariz y vio las estrellas. Ella llamó a gritos a su madre, que se quedó quieta mirando.
—Eres una puta —le dijo su padre al tiempo que se quitaba el grueso cinturón de piel del pantalón—. Lo que crece en tu barriga es un pecado. Debería dejar que el diablo te comiera viva. Esto es por tu bien. No lo olvides.
Le atizó en el abdomen con la hebilla metálica del cinturón. Ella cayó al suelo protegiéndose la barriga lo mejor posible.
—No te mueras, no te mueras, no te mueras —susurró al niño que llevaba dentro mientras su padre le pegaba hasta que quedó satisfecho.
—Ya se ha hecho la obra de Dios —dijo él, introduciendo el cinturón por las presillas del pantalón—. Bueno, ¿qué hay para cenar?
Más tarde, esa misma noche, ella posó la mano en su barriga y tuvo la certeza de que la vida seguía. A la mañana siguiente, fue a buscar al hombre de las setas. Era el verano de 1938, y una mujer embarazada debía tener marido.
Cuando llegó al cementerio, echó un vistazo al espacio diáfano antes de hallar a un hombre cavando una tumba de espaldas a ella.
Allí está, pensó para sus adentros mientras se acercaba entre las hileras de piedras.
—Disculpe, señor.
El hombre se volvió, pero no era él.
—Perdone. —Ella apartó la vista—. Creía que era otra persona. También trabaja aquí cavando tumbas.
—¿Cómo se llama? —preguntó el hombre, sin dejar de trabajar.
—No lo sé, pero puedo decirle que es alto y flaco. Pelo moreno, ojos marrón oscuro…
—¿Piel también oscura? —El hombre clavó la pala en la tierra—. Ya sé a quién se refiere. Lo último que sé es que lo contrataron en la fábrica de pinzas que hay en las afueras del pueblo.
Ella se dirigió a la fábrica de pinzas y se quedó fuera de la verja. A mediodía, cuando sonó la sirena, los hombres salieron del edificio a almorzar. Ella lo buscó entre la multitud de camisas azules y pantalones de un azul más oscuro. Por un momento, pensó que no estaba allí. Entonces lo vio. A diferencia de los otros hombres, él no tenía fiambrera. Se lió un cigarrillo, lo encendió y se alimentó de su humo paseando la vista por las copas de los árboles.
¿Qué mira?, se preguntó ella mirando también las hojas que se mecían al viento.
Cuando bajó la vista, él la estaba mirando.
¿Esa es la chica?, se preguntó él. No estaba seguro. Había pasado tiempo. Además, ahora tenía morados en la cara que le ocultaban las facciones. Y desde luego los ojos hinchados no ayudaban a identificarla. Entonces vio la forma en que el cabello le ondeaba como barba de maíz sobre las orejas y supo que se trataba de la chica de la lluvia. La chica que después se había puesto rápidamente las bragas.
Se fijó en cómo posaba la mano con mucha delicadeza sobre su barriga, que no era tan plana como él recordaba. Expulsó suficiente humo para ocultar su rostro y volvió a la fábrica. El olor a madera, el sonido chirriante de la sierra y el polvillo que inundaba el aire como constelaciones de estrellas no hicieron más que retrotraerlo a aquel momento en el cementerio. Se acordó de la lluvia y de cómo caía entre las ramas del árbol y salpicaba las pupilas de la chica, para luego acumularse en el rabillo de sus ojos y correr por sus mejillas.
Cuando la sirena que anunciaba el final de la jornada sonó horas más tarde, él salió delante de los demás hombres. Vio que ella no se había ido. Estaba sentada en el suelo enfrente de la verja de hierro de la fábrica. Tenía cara de cansancio, como si hubiese estado en un millón de funerales y en todos hubiese sido la única portadora del féretro. Se levantó a medida que él se acercaba.
—Tengo que hablar con usted.
A ella le tembló la voz mientras se limpiaba el polvo de la parte trasera de la falda.
—¿Es mío?
Él señaló su barriga antes de empezar a liar otro cigarrillo.
—Sí —se apresuró a responder ella.
Él siguió un pájaro con la vista por el cielo y luego volvió a ella y dijo:
—No es lo peor que he hecho en mi vida. ¿Tiene una cerilla por casualidad?
—No fumo.
Terminó de liar el cigarrillo y se lo puso detrás de la oreja.
—Trabajo hasta las cinco todos los días —dijo—. Pero me dan una hora para comer. Iremos al juzgado. Es lo máximo que puedo hacer. ¿Le parece bien?
—Sí.
Ella hundió el dedo gordo del pie descalzo en la tierra entre los dos.
Él empezó a contar sus morados en silencio.
—¿Quién se los ha hecho? —preguntó.
—Mi padre.
—¿Desde cuándo vive el diablo en el corazón de su padre?
—Toda mi vida —contestó ella.
—Pues un hombre que pega a una mujer solo me despierta rabia. La rabia que deja un sabor en el fondo de la garganta. Y no vea lo mal que sabe. —Escupió al suelo—. Perdone el gesto, pero no puedo guardarme algo así. Mi madre siempre decía que un hombre que maltrata a una mujer camina torcido, y un hombre que camina torcido deja una huella torcida. ¿Sabe qué vive en una huella torcida? Solo cosas que prenden fuego a los ojos de Dios. A mí no se me dan bien muchas cosas, pero sí sé descargar mi rabia. Como es su padre, no lo mataré si usted no quiere. Respetaré sus deseos, de verdad. Pero pronto será mi esposa, y no valdría un comino como marido si no le pusiera la mano encima al hombre que se la puso a usted.
—¿Qué le haría sin llegar a matarlo? —preguntó ella, mientras sus ojos hinchados se iluminaban.
—¿Sabe que su alma está aquí?
Él le tocó con delicadeza el puente de la nariz. Fue un gesto más íntimo que cualquiera de las cosas que habían hecho antes.
—¿De verdad? —quiso saber ella—. ¿En mi nariz?
—Ajá. Es donde está el alma de todo el mundo. Cuando Dios nos dijo que aspiráramos el alma por los agujeros de la nariz, se quedó en el sitio por donde entró.
—Entonces, ¿qué le haría? —preguntó ella de nuevo, más impaciente que antes.
—Le quitaría el alma —contestó él—. En mi opinión eso es peor que la muerte. Porque sin alma, ¿quién eres?
Ella sonrió.
—¿Cómo se llama, señor?
—¿Que cómo me llamo? —Él bajó la mano de la cara de ella—. Landon Carpenter.
—Yo soy Alka Lark.
—Mucho gusto, Alka.
—Mucho gusto, Landon.
Cada uno pronunció el nombre del otro una vez más en voz baja mientras se dirigían a la vieja camioneta de él.
—No suelo llevar a damas —dijo él, quitando las raíces de diente de león del asiento para que ella se sentase—. El olor que nota es de tomillo, por cierto.
A ella se le clavaron unas piedrecitas en la parte posterior de los muslos al sentarse. Él cerró la puerta detrás de ella. Ella observó detenidamente cómo rodeaba el vehículo para subir por el lado del conductor. Cuando arrancó el motor, ella tuvo la certeza de que no había vuelta atrás.
—¿En qué piensas? —preguntó él, viendo que su mirada se llenaba de gravedad.
—Es solo que… —Ella se miró la barriga—. No estoy segura de qué clase de madre seré ni qué clase de bebé tendré.
—¿Qué clase de bebé? —Él rio por lo bajo—. Bueno, yo no soy muy listo, pero sí sé que será un niño o una niña. Y a mí me llamará papá y a ti mamá. Esa es la clase de bebé que será.
Enfiló la carretera con la camioneta.
—Me parece que hay cosas peores que te llamen mamá —dijo ella antes de levantarse para mirar por encima de las hierbas secas del salpicadero e indicarle el camino al que hasta ahora había sido su hogar.
Cuando llegaron a la casita blanca, el abuelo Lark estaba en el columpio del porche. La abuela Lark le estaba sirviendo un vaso de leche. Mamá pasó tan rápido por delante de los dos que casi entró corriendo, haciendo caso omiso de las preguntas sobre quién era el hombre que la acompañaba y por qué creía que podía poner el pie en su porche.
Mamá notó que la ira aumentaba en la voz del abuelo Lark cuando entró corriendo en su cuarto. Empezó a echar toda la ropa que pudo sobre la colcha de la cama.
—¿Qué me olvido?
Echó un vistazo a la habitación.
Se acercó a la ventana abierta, pero en lugar de asomarse y centrar la vista en su padre —que, tumbado en el jardín, recibía la andanada de puñetazos que le asestaba papá—, miró las breves cortinas de algodón que enmarcaban la ventana. Eran amarillas y tenían unas florecitas blancas estampadas. Se preguntó si necesitaba cosas tan bonitas para decorar el sitio al que iba, fuera el que fuese.
—Sí —se contestó a sí misma.
Tiró de las cortinas hasta que la barra se rompió. Escuchó a su padre gritar al tiempo que sacaba las cortinas y las lanzaba al montón de ropa.
—Con esto bastará —concluyó, juntando los bordes de la colcha y echándosela al hombro como un saco.
Al salir cogió sus pendientes de camafeo de la cómoda.
—¿Cómo iba a olvidarme de ti? —le dijo a la chica grabada en cada pendiente justo antes de ponérselos.
Sintiendo que era más que una sola persona gracias a los pendientes, salió al jardín con menos miedo. Pasó junto a la abuela Lark, que seguía gritando. Para entonces, papá había agarrado al abuelo Lark del pelo y le estaba apretando la cara contra el suelo. Cuando lo levantó para que respirase, mamá vio que su padre tenía tres dientes menos que al empezar el día.
—Solo queda una cosa por hacer —le dijo papá a mamá sacando su navaja.
Agarró al abuelo Lark del cuello mientras este se retorcía y le puso la hoja contra la nariz.
—No.
Mamá levantó la mano.
Papá la miró y acto seguido miró la navaja.
—Lo siento, Alka —dijo él—. Pero te dije que iba a quitarle el alma, y eso es lo que voy a hacer.
Papá no vaciló en apretar el filo contra la piel del abuelo Lark. De repente, un chorro de sangre brotó a lo largo del metal. El abuelo Lark gritó de dolor cuando papá clavó más la hoja. Salió más sangre a borbotones que corrió por la mejilla del abuelo Lark. La abuela Lark desapareció en el porche, donde se escondió gimoteando detrás de un poste.
—Ya es suficiente —intentó decirle mamá a papá.
—Todavía no le he sacado el alma —repuso papá, cortando contra el hueso hasta que una tira de piel del abuelo Lark se desprendió de su nariz.
Papá sacó el cuchillo para poder ver el corte.
—Maldito seas —le dijo papá al abuelo Lark—, no tienes alma. No tienes ni una pizca de Dios en tu persona. Ya estás vacío y condenado, viejo.
Sin fuerzas para luchar, el abuelo Lark apoyó la mejilla en la tierra mientras papá se levantaba. Papá cogió la colcha del hombro de mamá y le dijo:
—Vámonos antes de que empieces a sentir lástima por este viejo cabrón.
—Descuida.
Ella sacó media tableta de chocolate del bolsillo de su vestido y se acercó a su padre. Él se dio la vuelta, se puso boca arriba y la miró. Ella le dejó el chocolate sobre el pecho.
Esperó a oír el chirrido de la puerta de la camioneta de papá abriéndose detrás de ella para escupir a su padre y marcharse.
Mamá pensaba que viajarían en silencio, pero papá le preguntó si le molestaba el olor a gasolina. En aquella época vivía en un pequeño cuarto alquilado en la parte trasera de una gasolinera. El cuarto tenía una ventana, donde mamá colgó las cortinas. Pusieron la colcha en la cama tapando la que él tenía debajo.
—Intentaré ser un buen marido —le dijo—. Un buen hombre.
—Eso estaría bien —asintió ella frotándose la barriga—. Eso estaría muy bien.
Cuando pienso ahora en mi familia, pienso en un gran campo de sorgo como en el que creció mi padre. Tierra marrón seca, hojas verdes húmedas. Un dulzor increíble en las cañas duras. Esa es mi familia. Miel y leche y todas esas tonterías de antaño.
2
Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.
Mateo 7, 18
Cuando llegaban las primeras nieves del invierno, mi madre se aposentaba en el salón. Allí estaban los muebles que nuestro padre había fabricado, pero cuando me acuerdo de ella en esa habitación, veo el espacio casi vacío. Solo están las tablas del suelo de madera rayadas de arrastrar muebles o correr demasiado o jugar con cuchillos. Veo las cortinas de algodón de cada ventana y la antigua mecedora de madera color melaza. Mi madre se sienta en ella después de abrir todas las ventanas. Lleva su vestido de casa más bonito. Uno rosa claro con ramos de florecillas color crema y azul intenso. Estoy segura de que las flores suman un número impar. Está descalza. Flexiona los dedos de los pies mientras apoya el pie derecho encima del izquierdo.
Dependiendo de la dirección en que sopla el viento, la nieve entra en casa. Al principio las ráfagas se derriten antes de posarse. Luego se amontonan suavemente como el polvo y traen su frío. Veo el aliento de mi madre y cómo se le pone la piel de gallina. Eso es el invierno para mí. Mi madre sentada con un vestido de primavera en medio del salón mientras la nieve entra. Papá que llega corriendo, cierra las ventanas y la envuelve con una manta. La nieve derretida en charquitos en el suelo de madera de la casa de Shady Lane en Breathed, Ohio. Eso es el invierno para mí. Eso es el matrimonio.
Al principio las casas las construyen el padre y la madre. Algunas tienen tejados en los que nunca se forman goteras. Otras están hechas de ladrillo, piedra o madera. Algunas tienen chimeneas, porches, un sótano y un desván, todo construido por los padres con sus manos. Manos de carne, hueso y sangre. Pero también de otras cosas. Las manos de mi padre eran de tierra. Las de mi madre, de lluvia. No me extraña que no pudiesen abrazarse sin hacer demasiado barro para dos. Y, sin embargo, con ese barro nos construyeron una casa que se convirtió en un hogar.
El mayor de nosotros nació en 1939 un día teñido de un tono marrón intenso como una fotografía color sepia. Ese hijo de ojos azules se llamó Leland. Desde el momento en que nació, supieron lo poco que se parecía a su padre y lo mucho que se parecía a su madre.
—Tiene el pelo rubio de ella.
—Y su piel pálida.
—Y su labio con forma de arco de Cupido.
Cuando nació su nuevo hijo, mamá y papá decidieron instalarse en Breathed, Ohio. Era el pueblo en el que papá se había criado después de que su familia se mudase de Kentucky. Le pareció un buen sitio para criar a su familia. Siempre cerca de un río, papá llevó al bebé a la corriente y lo hundió enérgicamente en el agua como haría con cada uno de nosotros cuando nacimos.
—Así mis hijos podrán ser fuertes como el río —decía.
Cinco años después de Leland llegó Fraya, en 1944. Leland quería a su hermana pequeña, pero su amor era como una bolsa de basura envasada al vacío.
—Dios nos dio a Leland para que fuese nuestro hermano mayor —dijo Fraya una vez—. No puedo imaginar que Dios se equivocara.
Cuando me acuerdo de Fraya, evoco la imagen borrosa de mil luces que se balancean. Partículas que brillan y centellean antes de desaparecer en la oscuridad y un zumbido que sé que es un sonido de abejas.
—Dulce como la miel —decía Fraya.
Conforme ella crecía, papá le levantaba los brazos cada año que pasaba.
—Tú eres mi medida —le decía—. Tú medirás la distancia que separe todo lo que crezca en el huerto y la que separe los postes de la valla.
—¿Por qué soy tu medida? —preguntaba siempre Fraya, aunque sabía lo que él iba a contestar.
—Porque eres importante. —Él le estiraba las manos a cada lado—. Tú eres mi centímetro, mi pulgada y mi pie. La distancia entre tus manos es la distancia que mide todo entre el sol y la luna. Solo una mujer puede medir esas cosas.
—¿Por qué? —inquiría Fraya para recordárselo a sí misma.
—Porque eres poderosa.
En 1945, Fraya se convirtió en hermana mayor cuando nació Yarrow. Después de sumergir a Yarrow en el río, papá cogió un cangrejo. A continuación, rascó suavemente la palma de la mano de Yarrow con la pinza del cangrejo.
—Para que siempre agarres fuerte —le dijo.
A partir de ese momento, el pequeño cogía de todo. Canicas. Piedras. Abalorios del bolsillo de papá. Yarrow aferraba esas cosas tan fuerte que papá lo llamaba Cangrejito. Yo nunca tuve ocasión de llamarlo así. Cuando tenía dos años, el niño que cogía de todo se quedó bajo el castaño de Indias del jardín con las manos abiertas hacia el cielo. Tenía una castaña alojada en la garganta. Tal vez creyó que, como tenía el exterior marrón brillante, la castaña era un pedazo de caramelo.
Después de taparlo con tierra sembrada de semillas de milenrama, mamá y papá se llevaron a Leland y Fraya de allí. No solo se fueron de Breathed, sino de Ohio y todas sus casas peladas y su esplendor ensangrentado, como decía papá. No soportaban vivir en un estado cuyo símbolo era el castaño de Indias.
Cuando se marcharon, se mudaron de sitio en sitio. Parecía que mamá se quedaba embarazada en un estado para luego tener el niño en otro. En 1948 estuvo a punto de morir dando a luz a Waconda en la orilla del río Solomon de Kansas. Papá calculó que la niña pesaba seis kilos cuando nació. La placenta salió antes que Waconda. Papá intentó volver a meterla, o al menos eso dice la historia.
Pusieron al bebé el nombre del manantial de Waconda, que antiguamente existió cerca del río y era visitado por los indios de las Grandes Llanuras, que creían que tenía poderes sagrados. Agua espiritual. Así es como se traducía su nombre.
Nuestra Agua Espiritual vivió diez días y lloró cada uno de ellos. Papá decía que se debía a que la sombra de un halcón que volaba en lo alto se había posado sobre Waconda y le había dado el grito del halcón. Papá trató de sacarle el grito frotando a Waconda en la garganta con una lombriz. Por las noches, mamá la acunaba con la esperanza de que se durmiese. Parecía que nada la ayudaba.
El trágico día Waconda estaba llorando en la cuna. Papá se encontraba en la cocina poniéndose té negro en las ronchas de la urticaria con bolitas de algodón para que se le secasen.
—Tranquilízate, Waconda, por favor —dijo—. Se te va a aguar el alma de tanto llorar.
Mamá estaba en el dormitorio aplicándose avellano de bruja en la cara con una bolita de algodón.
—¿Es que no se va a callar nunca esa niña? —preguntó mamá a su reflejo en el espejo.
Leland, de nueve años, y Fraya, de cuatro, estaban en el suelo de la sala de estar haciendo ovejas con más bolitas de algodón.
—Waconda —gritaban los dos tapándose los oídos.
De repente todo se quedó tranquilo. En el silencio, encontraron a Waconda con una bolita de algodón metida en la boca.
Tres años más tarde, en 1951, otra hija llegó a la familia. Se llamó Flossie y nació en una escalera de California, los bordes de cuyos escalones se clavaban en la espalda de mamá mientras se agarraba a un balaústre con una mano y empujaba con la otra contra la pared. Cuando no hacía más de un minuto que Flossie había nacido, papá cogió una judía seca y se la frotó en los labios para protegerla de los pájaros que volaban en el cielo y de sus sombras. También le apretó una piña de pino contra la frente para desearle una vida larga, al menos más larga que la de Waconda o Yarrow.
El de Flossie fue el parto más llevadero de mamá.
—La niña salió enseguida.
Flossie siempre estaba deseando hacer una entrada triunfal.
—Está claro que nací para ser especial —diría Flossie más adelante—. La mayoría de los bebés nacen en una cama o en la parte trasera de un coche. Pero yo nací en una escalera. Como la que baja Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses —añadía Flossie imitando a Swanson.
A pesar de no ser cierto, Flossie aseguraba que había nacido el mismo día que Carole Lombard. Otras veces eran Lillian Gish, Irene Dunne u Olivia de Havilland. Para Flossie, ella siempre estaba a un paso del estrellato. Para mí, era una niña que nació en una escalera y se convirtió en una mujer que se debatía entre salir a la luz o internarse en la oscuridad.
—Puedes venir conmigo —decía— si quieres, Betty.
Betty. Servidora. Nací en 1954 en una bañera vacía con patas en Arkansas. Cuando mamá se puso de parto en el cuarto de baño, el sitio más cercano para tumbarse era la bañera. A pesar de la envidia de Flossie, me llamaron así por Bette Davis.
Papá decía que había conocido a la actriz en un baile cuando los dos eran tan jóvenes que no tenían pareja.
—Me puse tan nervioso —decía— que se me llenó la barriga de mariposas. Las notaba revoloteando de un lado al otro. Parecía que hubiera aspirado una corriente de aire que no se calmaba nunca. Para tranquilizarme, me bebí un vaso de leche que Bette me dio. No sé si ella lo sabía o no, pero la leche estaba en mal estado.
»La mayoría de las mariposas consiguieron esquivar la leche, pero a una la salpicó. Tener una mariposa con náuseas en el estómago no es buena idea. —Papá se frotó la barriga al acordarse—. Para deshacerme de las mariposas, dejé a Bette Davis con la luna y me fui a dar un paseo por el bosque. Sin la señorita Davis, los nervios desaparecieron, así que todas las mariposas se fueron volando menos la que se había puesto enferma por culpa de la leche. La mariposa tenía tanta fiebre que me sentía como si tuviera una vela en el estómago.
»Sabía que tenía que hacer algo, de modo que cogí una arañita negra y me la tragué entera. La araña hizo lo que yo quería que hiciera, que era tejer una tela entre mis costillas. La mariposa quedó atrapada en la telaraña, y mi barriga se puso muy contenta. Todavía tengo la araña dentro de mí. Mi panza es ahora su hogar. Algunos días me siento como si tuviera más telarañas que otra cosa en el interior, pero os aseguro una cosa: desde entonces no ha vuelto a dolerme la barriga, porque la araña atrapa todo lo malo que como. ¿Por qué no nos pondría Dios a todos arañas en el estómago?
En lugar de una e final como Bette Davis, mi nombre tenía una y porque a papá la y le recordaba una honda y una serpiente con la boca abierta.
Fue la y de mi nombre —junto con la coronilla de ondas morenas con la que vine al mundo— la que según papá atrajo a la serpiente de cascabel a mi cuna.
Silba, silba, habla, niña, habla.
Una serpiente que se mete en una cuna no busca nada bueno, al menos eso decía papá. Cuando él la sacó de debajo de mi manta, la serpiente de cascabel le picó. Después de succionar el veneno de sus venas, papá cortó la cabeza a la serpiente. La enterró en un agujero hondo como su brazo. Pronunció una oración por el descanso de su cuerpo para apaciguar al fantasma de la serpiente antes de cortarle la cola y hacerme un juguete con ella.
Sacúdete, sacúdete, cascabelea, cascabelea, habla, habla.
Mi padre tenía el pelo negro. Su piel era morena como los hermosos ríos con el lecho de barro en los que él se bañaba. En los ángulos de sus pómulos habitaban sombras. Sus ojos eran del color del polvo que él molía con cáscaras de nuez. Yo heredé esas facciones. La tierra se grabó en mi alma. En mi piel. En mi pelo. En mis ojos. Yo heredé esas cosas.
—Porque eres cheroqui —me explicó papá cuando tenía cuatro años y edad suficiente para preguntar por qué la gente me llamaba morena—. Te llamarán cosas peores —añadió.
—Pero ¿qué quiere decir cheraquí? —pregunté.
—Cheroqui. Repite conmigo. Che-ro-qui.
Me dio la risa tonta cuando abrió los labios para pronunciar la o de una forma muy graciosa.
—Cheraquí —dije otra vez, repitiéndolo hasta que lo pronuncié bien—. Pero ¿qué es?
—Cheroqui eres tú —contestó él, poniéndome en su regazo.
Sacó un trocito de piel de ciervo del bolsillo.
—Parece el lomo de un perro.
Acaricié la parte que tenía pelo.
—¿Verdad que sí? —dijo él antes de dar la vuelta al pellejo para señalar las extrañas letras escritas en el lado liso.
La tinta era azul y se estaba desdibujando, como si el agua estuviese borrando la inscripción.
—Así se escribe en cheroqui, Betty —declaró—. A mi mamá le dio esta piel su madre. Mamá la llamaba «el aliento» porque, cuando sentía que le faltaba, miraba la piel de ciervo con las palabras de su madre y recuperaba el aliento. Mamá podía volver a respirar.
Inspiró hasta llenar el pecho. Cuando soltó el aire, me agitó los pelillos de la coronilla.
—No sé qué pone. —Deslicé mis deditos por las palabras desvaídas—. Está escrito con letras raras. ¿Qué pone?
—Pone «No olvides quién eres».
—¿Tu madre se olvidó de quién era? —pregunté—. ¿Por eso necesitaba que se lo recordaran?
—Hubo una época en la que la gente como nosotros no podía decir que era cheroqui —respondió él—. Teníamos que decir que éramos holandeses negros.
—¿Qué es eso?
—Un europeo de piel oscura.
—¿Por qué no podíamos decir que éramos cheraquís? O sea, che-ro-quis.
—Porque había que esconderlo.
—Pero ¿por qué?
—A los cheroquis los sacaban de sus tierras y los metían en reservas. Si nuestra gente decía que eran holandeses negros, los dejaban quedarse porque alguien con raíces europeas podía poseer tierras. Pero no puedes mentirte a ti mismo mucho tiempo porque acabas cansándote. Mi papá y mi mamá tenían que decir que eran holandeses negros tantas veces que mamá se quedaba sin aliento. Tenía que recordarse quién era de verdad.
Lo miré.
—¿Quién soy yo? —quise saber.
—Tú eres tú, Betty —dijo él.
—¿Cómo puedo estar segura?
—Por tus antepasados. Desciendes de grandes guerreros. —Me puso la mano contra el pecho—. Desciendes de grandes jefes que llevaron a países enteros a la guerra y a la paz.
Luego decía Tsa-la-gi mientras me cogía las manos y escribía la palabra en el aire con las suyas.
A veces yo soñaba con esos antepasados. Soñaba que me tomaban las manos en las suyas y nos frotábamos las palmas hasta que se nos desprendía la piel como la corteza de un árbol y yo podía hablar como ellos a la antigua usanza. Cuando me despertaba, me llevaba la palma de la mano al oído y trataba de oír sus voces. Esperaba que esas voces me alentasen con su ritmo.
Dos años después de nacer, me convertí en hermana mayor. Mi hermano pequeño Trustin nació en Florida en 1956. Cuando papá estaba mojándolo en el río, una lubina pasó nadando y le dio a Trustin en el trasero. Papá dijo que, gracias a ese incidente, su hijo nadaría muy bien. Cuando Trustin creció, empezó a tirarse al agua. Le gustaba el ruido del agua y la forma en que salpicaba las piedras de la orilla.
—Es como un cuadro —decía él, que siempre buscaba imágenes en las marcas de salpicaduras—. Un cuadro que desaparece cuando se seca. Nos recuerda que nada dura para siempre.
Un año más tarde, en 1957, mamá dio a luz a otro hijo al que decidieron llamar Lint. Dijeron que era el bebé de la crisis de los cuarenta de mi madre.
—Por eso solo tiene piedras en la cabeza —diría Flossie más adelante—. La crisis de mamá se le contagió.
Tratar de entender a Lint era como tratar de salir de un bosque a oscuras. Lo único que sabíamos es que se alteraba fácilmente. Si comía demasiado o hablaba demasiado alto, temía que fuésemos a echarlo de casa. Cada vez le preocupaba más que mamá y papá no siguiesen juntos. Cuando tenía ocho años, no se separaba de la tabla de planchar hasta que su ropa quedaba tan impecable que se convencía de que no había arrugas ni diferencias entre mamá y papá.
Después de que Lint viniese al mundo, mamá se contó las cicatrices de la barriga y dijo que no habría más niños.
A continuación, papá cogió la placenta del parto de Lint y la enterró a casi dos metros bajo tierra. La tapó con piedras para asegurarse de que Lint sería el último.
Mi padre solía decir que cuando nace un niño, el viento se lleva su primer aliento para que se convierta en una planta o un insecto, un animal de plumas, pelo o escamas. Decía que ese humano y esa vida están unidos como un reflejo mutuo.
—Hay gente que siempre intenta alcanzar el cielo, demasiado grande para nuestro mundo, como secuoyas gigantes —dijo un día, estirando los brazos por encima de la cabeza mientras nosotros permanecíamos sentados a sus pies asombrados—. Algunas personas son bonitas y delicadas como peonías, y otras, duras como una montaña. También os encontraréis con algunas tan inolvidables que os dejarán un sarpullido en la memoria como la urticaria en la piel.
Nos rascó alegremente los brazos hasta que reímos.
—Como las arañas —continuó—, hay gente que no puede parar de tejer redes en la vida, ya sea por obra de sus lenguas o de sus manos. —Flexionó los dedos como patas de araña antes de emitir un zumbido chasqueando la lengua—. Bzzzzzz. Pero muchas son tan pesadas como los moscardones. Bzzzzzz.
Hizo ver que su dedo volaba por el aire.
—Bzzzzzz.
Nosotros movimos nuestros dedos con el suyo.
—Tendréis que andaros con cuidado con los que esparcen rumores con la facilidad con la que los dientes de león esparcen sus semillas —dijo—. Pero sobre todo tendréis que vigilar a los que viven de la putrefacción, como el hongo que crece en los árboles dañados o débiles.
—¿Cómo somos nosotros? —pregunté.
—Bueno, los Carpenter somos como las bayas. Las bayas ricas y jugosas que crecen en lo profundo del bosque. Las bayas que…
—Dan disgustos a todo el que pasa —terció la voz de mamá adelantándose a la de papá— y tiene curiosidad por descubrir a qué saben.
3
Despierta, cierzo; acércate, ábrego; soplad en mi jardín.
Cantar de los Cantares 4, 16
Ozark, Arkansas. Un lugar de naturaleza verdinegra al pie de montañas. Es allí donde nací y adonde volvimos después de que Lint viniese al mundo. Vivíamos en una casita que papá había construido a medias sobre cimientos de hormigón. Las paredes todavía no estaban terminadas, de modo que se veía el material aislante y la lona impermeable colgaba del techo inacabado. Además de construir la casa, papá vendía licor casero y trabajaba bajo tierra como un topo con los demás mineros del carbón.
El único de los hijos que no vivía en casa era Leland. Entonces él tenía veinte años y ya hacía dos que se había alistado en el Ejército. En esa época estaba destinado en Corea. Escribía cartas a mamá y papá. Leland nunca escribía sobre el Ejército ni sobre los motivos por los que se encontraba estacionado en un lugar concreto. Escribía sobre cosas que hacían que pareciese que estaba de viaje.
El otro día fui a pescar, escribía. Usé una caña de pescar coreana. Se llama gyeonji. Pesqué un pez que parece una lubina de las nuestras.
En sus cartas, papá informaba a Leland de dónde nos encontrábamos.
Ahora estamos en Arkansas, explicaba papá con su cursiva ladeada. Mucha salvia azul y equináceas, aunque yo no veo muchas. Bajo tierra, solo hay piedra y corteza. Gajes del oficio de minero.
Las minas estaban lejos de casa, de modo que papá viajaba en tren y se quedaba en una tienda enfrente del pozo para ahorrar gastos. Pasaban días hasta que volvíamos a tener noticias de él.
La tarde que llamó yo estaba tumbada boca abajo en el suelo de madera contrachapada. A mi alrededor se hallaban desperdigados los lápices de colores que papá había hecho con cera de abeja y que había teñido con materiales como café o moras. Cuando empezó a sonar el teléfono, cogí el lápiz rojo y seguí escribiendo.
—Jesús bendito. Coge el puñetero teléfono, Betty.
La voz de mamá venía de la cocina.
Cogí el auricular.
—Estaba escribiendo —dije a quien estuviese al otro lado de la línea antes de saludar—. Me has interrumpido.
—¿Betty?
—Ah, hola, papá. Estoy escribiendo un cuento sobre un gato. El gato tiene una cola hecha de violetas. Las he pintado de rojo porque tú nunca te acuerdas de que son moradas. La cola es la que come a los ratones, no el gato. ¿A que es original? Nunca he visto un gato que coma ratones por la cola. Siempre los come por la boca, pero no veo por qué no puede comerlos por la cola mientras tenga dientes.
Cuando hice una pausa para respirar, papá aprovechó para preguntar dónde estaba mamá.
—Está en la cocina con Lint —contesté.
—Ve a llamarla. Necesito que venga a buscarme a las minas.
Tenía un tono extrañamente tenso, como el alambre enrollado en una bobina.
—¿Por qué no vuelves en tren? —le pregunté.
—No sale ninguno hasta esta noche. Anda, ve a llamar a tu madre. Están a punto de soltar al monstruo de la mina. No querrás que se zampe a tu papaíto, ¿verdad?
Grité a mamá que papá estaba al teléfono. Cuando oí que venía, me metí el lápiz rojo en el bolsillo y salí corriendo.
Trustin y Flossie estaban el jardín jugando con unos palos como si fuesen pistolas, mientras que Fraya se encontraba sentada en la hierba mordiendo un diente de león.
Simulando que me volvería de piedra si alguno me veía, me escabullí a nuestra ranchera Rambler aparcada en el jardín. Me aseguré de tocar la cola de mapache colgada de la antena del coche como hacía cada vez para que me diese suerte.
Subí silenciosamente al parachoques y me metí a gatas por la ventanilla abierta del portón trasero. Me escondí debajo de unas mantas y esperé. No hice ningún ruido cuando mamá salió de casa dejando que la puerta mosquitera se cerrase de un portazo. Llevaba su bolso raído abierto debajo del brazo y usaba las manos libres para abrir un pasador con el que recogerse la parte más rubia del cabello.
—¿Fraya? —gritó ella en tono áspero.
Fraya se levantó rápido y corrió a la parte delantera. Se detuvo a mitad de los escalones del porche con un pie descalzo encima del otro.
—¿Sí, mamá? —preguntó.
—Vigila a Lint. —Mamá sacó el bolso de debajo del brazo y lo cerró—. Está en la cocina. Si se pone a llorar, enséñale una piedra. Tengo que ir a recoger a tu padre. Jesús bendito. Con ese hombre, cuando no es una cosa, es otra.
Fraya subió los escalones de lado haciendo sitio para que pasase mamá.
—Y cuando vuelva no quiero oír que Lint te llama mamá otra vez —advirtió mamá a Fraya—. ¿Entendido, muchacha?
—Lo hace él solo. —Fraya bajó la vista—. Yo no se lo enseño.
—No te hagas la inocente conmigo. Sé a lo que te dedicas, acunándolo y llamándolo «mi bebé». Más vale que te enmiendes y empieces a portarte como una hermana con él. ¿Me oyes, muchacha? Tienes quince años y todavía tengo que estar encima de ti como cuando tenías cuatro.
Fraya mantuvo la vista gacha mientras subía el resto de los escalones asintiendo con la cabeza.
—Ya puedo dar el día por perdido —dijo mamá subiendo al coche.
Lanzó el bolso al salpicadero y se frotó las manos antes de meter la llave de contacto. Después de tres intentos, el motor arrancó. Mamá giró bruscamente en el jardín para salir al camino de tierra.
—Ese hombre no se para a pensar que tengo otras cosas que hacer —dijo hablando en voz alta consigo misma, agarrando el volante con una mano y dándole manotazos con la otra—. La colada y los platos y la educación de sus hijos no importan. Nooo. Yo tengo todo el tiempo del mundo para estar en la carretera.
Encendió la radio. Aproximadamente a mitad de una canción, se puso a cantar. Tenía una voz que cuando la oías decías: «Vaya, seguro que es una madraza».
Conforme nos acercábamos a las minas, me tapé los oídos para protegerme del ruido de los camiones que pasaban. Mamá apagó la radio y redujo la velocidad al entrar en el aparcamiento de la oficina. Yo pensaba salir de repente y sorprender a papá, pero cuando me asomé por debajo de las mantas para mirar por la ventanilla, me asusté al ver qué se acercaba.
—El monstruo de la mina —susurré para mis adentros.
Tenía la piel negra de la carbonilla. Cojeaba arrastrando la pierna derecha. Supe que estaba dolorido por cómo se inclinaba hacia delante, apoyando el brazo en la barriga como si se hubiese hecho daño en las costillas. Tenía el labio inferior abierto y un corte profundo encima de la ceja izquierda. Aunque las heridas eran recientes, costaba creer que la sangre y el dolor no le hubiesen acompañado siempre.
Me pregunté por qué se dirigía a nosotras, pero a medida que se acercaba, le vi los ojos. Me di cuenta de que el hombre encorvado no era el monstruo de la mina. Era mi padre.
—Pero ¿qué diantres…?
Mamá puso el coche en punto muerto y dio un tirón al freno de mano.
Estaba a punto de abrir la puerta, pero papá le hizo un gesto con la mano para que se quedase dentro.
—Vamos, Landon.
Ella miró rápido a su alrededor, y me recordó un ciervo en un campo desprotegido.
Papá avanzaba tambaleándose con las manos en la barriga. Me di cuenta de que le dolían las costillas. Había visto a mi padre tiznado de negro antes, pero esta vez parecía que tuviese distintas capas de color. En la mejilla izquierda se le habían corrido las capas y le habían quedado unas rayas. Le miré la frente. Alguien había deslizado un dedo húmedo por el carbón y había escrito una palabra. Ya había oído a los demás llamar eso a mi padre. Pronuncié la palabra mudamente al mismo tiempo que mamá la susurraba en voz alta mirándole también la frente.
Clavé los dientes en la manta para no gritar.
¿Cómo se atreven a hacerle eso?, pensé. ¿No saben quién es mi padre?
Era un hombre que sabía que había que plantar una semilla a una profundidad equivalente al segundo nudillo de un dedo. Y que sabía que no había que poner el maíz muy junto.
—Si no, los tallos crecen más débiles —decía—. Las mazorcas salen más pequeñas. Y los granos no tan llenos.
¿Acaso no sabían eso? ¿Que era el hombre más sabio del puñetero país? ¿Y tal vez del mundo entero?
Me escondí debajo de las mantas y escuché a papá gemir mientras se sentaba en el asiento delantero, dejando la pierna derecha fuera.
—Me han roto la pierna como si fuese de cristal —dijo introduciendo la pierna en el coche.
Mamá lo apremiaba a que cerrase la puerta más rápido.
—Venga —lo instó—. Date prisa antes de que vengan a rematar la faena.
Una vez que él estuvo dentro del coche, mi madre metió una marcha. Manejaba la palanca de cambio mejor que la mayoría, pero los nervios le hicieron soltar el embrague. El coche avanzó dando tumbos, me impulsó contra el respaldo del asiento, y el motor se paró.
—Calma, Alka. Calma. —Papá procuró que no le temblase la voz—. No pasa nada. Arranca otra vez.
—Jesús bendito, cierra la puerta.
Le salió una voz aguda mientras giraba la llave rezando para que se encendiese el motor. Cuando arrancó, dio gracias a Dios. Se obligó a levantar el pie despacio del embrague.
—Así se hace.
Papá miró por la ventanilla a los hombres que nos observaban. Ellos también estaban negros del carbón, pero cuando se quitaron las gafas de protección, vi que tenían la piel blanca alrededor de los ojos.
—Salgamos de aquí —dijo papá.
Mamá aceleró levantando polvo con las ruedas. Cuando salió a la carretera principal, giró tan bruscamente que pensé que íbamos a dar una vuelta de campana.
—No tan deprisa, Alka. —Papá miró el velocímetro—. Si nos para la policía, será peor.
Después de reducir la velocidad al límite permitido, ella lo miró y le preguntó qué demonios había pasado.
—Prefiero que vayamos a casa y no hablemos del asunto —contestó papá.
Vio carbonilla en la puerta del coche. Se dio cuenta de lo sucio que estaba. Se inclinó hacia delante como si quisiese salvar el asiento.
—Quiero saber qué narices ha pasado —insistió ella.
—Nada nuevo, Alka. La misma mierda de siempre.
Él le explicó que desde el día que había entrado a trabajar en la mina, los demás hombres no habían querido llamarlo Landon. Le habían puesto apodos como Tonto y Loro Sentado.
—Y también otras cosas —dijo, alzando la vista hacia su frente.
Acto seguido le contó que los hombres se negaban a montar en el ascensor con él.
—Como entres con el bueno de Landon Carpenter, saldrás sin la cabellera.
Dijo que daban alaridos y se tapaban la boca imitando un grito de guerra indio que lo más probable es que hubiesen visto en una película del Oeste llena de tipis de atrezo y tópicos de Hollywood.
—Cualquiera diría que en las minas —dijo—, donde todos los hombres acaban negros del carbón, no habría separación entre nosotros. Que trabajaríamos unidos.
—Tú nunca serás uno de ellos. —Mamá no apartaba la mirada de la carretera—. Ellos solo necesitan jabón y agua para ser mejor que tú.
—¿Eso es lo que piensas? —preguntó él.
—Es lo que piensa el mundo, Landon. ¿No lo entiendes? No puedes quitártelo por mucho que te laves.
—No quiero quitármelo —aclaró él—. Solo quiero poder trabajar en paz y sin miedo.
Papá mantuvo la cara girada hacia la ventanilla.
—Me sujetaron hasta que no pude moverme. Uno de ellos, el que más se reía, me escupió en la mejilla. Me escupió en la mejilla como si no valiera nada. Luego usó su saliva para escribirme en la frente. Escribió el que según todos ellos es mi verdadero nombre.
Papá se tocó con cuidado la palabra escrita en su frente como si fuese algo grabado en la piel. Mi corazón susurró a mi alma, y mi alma susurró a su vez: Ayúdale. Pero no podía moverme. Me aterrorizaba la historia que él estaba contando. Y la forma en que bajó la voz mientras seguía hablando de las risas de los hombres y de cómo le habían agarrado más fuerte los brazos.
—¿Te han inmovilizado alguna vez, Alka? —inquirió—. Ya sabes, cuando no puedes evitar lo que alguien te está haciendo. ¿Te ha pasado alguna vez?
Ella apretó la mandíbula y siguió conduciendo en silencio antes de parar a un lado de la carretera. Papá puso la mano en la manilla de la puerta. Debió de pensar que tenía que bajar del coche.
—No te muevas —le dijo mamá al tiempo que abría el bolso.
Sacó un pañuelo blanco limpio. Escupió en un extremo antes de usarlo para frotarle la mejilla. Él se apartó de una sacudida.
—Vas a estropear las cosas tan bonitas que tienes —dijo.
Ella volvió a atraerle la cara y le frotó más fuerte la mejilla hasta que le quitó el carbón y la sangre del rostro. Miró la palabra de su frente. Bajó la ventanilla y sacudió el pañuelo contra el exterior del coche. Gran parte del carbón se hallaba incrustado, pero la capa superior de polvo se fue. A continuación, le limpió la frente hasta que la palabra desapareció. Después, extendió el pañuelo frente a ella. Frunció el ceño como si viese las letras de la palabra en la tela.
—De todas formas, nunca me gustó mucho este trapo ridículo.
Lo lanzó por la ventanilla antes de meter una marcha y volver a la carretera.
Metí la mano en el bolsillo. Apreté el lápiz rojo, lo saqué y escribí con él en la chapa metálica del portón trasero. Escribí que mi padre mataba al monstruo de la cueva con mil puntas de flecha que le salían de la frente. Escribí hasta que el lápiz de color menguó tanto que tuve que sujetarlo pellizcándolo entre dos dedos hasta que pude escribir el final feliz que quería darle. Entonces cerré los ojos sabiendo que mi lugar de nacimiento era un capítulo amargo en la historia de mi padre.
Durante los siguientes dos años recorrimos Estados Unidos. Aprendimos historia de boca de ancianos e idiomas extranjeros de boca de borrachos. En Colorado recogimos a una autoestopista que nos dio lecciones de ciencia sobre Newton y su manzana. Conocimos a un expresidiario en una cafetería de carretera de Arizona que nos enseñó las leyes del mundo y las leyes de la cárcel. Pero por encima de todo, aprendimos los nombres de los estados mirando coches.
—Mirad, Alaska —dijo Fraya.
—Idaho. —Flossie vio un Ford rojo—. Seguro que tiene el maletero lleno de patatas.
Lint miró para verlo por sí mismo.
—Es de Texas.
Trustin saludó con la mano al coche. Sus ocupantes no le devolvieron el saludo.
—Ese es de casa. —Mamá señaló la matrícula de Ohio de un Ford Thunderbird que pasó a toda velocidad—. Quiero volver a casa, Landon.
SEGUNDA PARTE
4
Si encontraba tus palabras, las devoraba.
Jeremías 15, 16
Corría 1961 y yo tenía siete años cuando mamá dijo que quería volver a casa. Su casa era Ohio porque allí era donde tenía sus raíces.
—Las raíces son la parte más importante de una planta —decía papá—. Una planta se alimenta por las raíces, y son las raíces las que sostienen una planta cuando todo lo demás acaba arrasado. Sin raíces, estás a merced del viento.
Había pasado tiempo suficiente para que nuestros padres perdonasen al estado del castaño de Indias.
Íbamos todos apretujados en nuestra Rambler color helecho que tiraba de un pequeño remolque de plataforma. La cola de mapache ondeaba hacia atrás, y mamá y papá se turnaban para conducir. Por la noche, mamá se ponía al volante. Yo contaba sus bostezos hasta que papá le indicaba que saliese de la carretera y parase en el bosque, señalando un par de árboles del caucho.
Una vez que mamá apagaba el motor, papá se bajaba acompañado de un tarro de licor casero. Iba a buscar más plantas en el bosque, aunque ya teníamos ramos de distintas hierbas secándose en varios puntos del coche, como detrás de los asientos y en los marcos de las ventanillas.
Después del aprovisionamiento nocturno, sabía que papá se haría la cama en el capó del coche. Mamá siempre se quedaba en el asiento corrido delantero. Trustin abría el portón trasero y dejaba las piernas colgando entre el remolque y el coche mientras Fraya y Flossie se tumbaban en el asiento trasero, con las cabezas juntas, los cuerpos apuntando en direcciones opuestas y los pies asomando por cada ventanilla trasera. Lint se tumbaba encima de Fraya como un gatito faldero mientras ella le acariciaba la coronilla. A mí me dejaban dormir en el suelo del asiento de atrás o a veces en el portón trasero cuando Trustin decidía estirarse en el suelo.
Esa noche la Rambler parecía especialmente abarrotada, de modo que salí a buscar a papá.
Cada vez que pasaba por delante de un árbol, me detenía a escribir en su tronco con el dedo. Pensaba que si les escribía a los árboles algo bonito, me servirían de mapa para guiarme por el bosque.
Querido gran roble, tu corteza es como el canto de mi padre. Ayúdame a orientarme. Querida haya, no se lo digas al roble, pero tus hojas son los mejores marcapáginas que hay. Ayúdame a orientarme. Querido arce, hueles al mejor de los poemas. Ayúdame a orientarme.
Me disponía a acercarme a otro árbol cuando se me enganchó el pie con una raíz levantada. Me caí y me arañé las rodillas. Me quedé sentada en el suelo gritando, no porque me hiciese daño, sino porque me había perdido.
—Vaya, vaya. —Papá chasqueó la lengua cuando se paró junto a mí—. Con un descubrimiento como tú, me haré rico y famoso. Saldré en primera plana de todos los periódicos del mundo con un titular que diga: LANDON CARPENTER ENCUENTRA UNA MISTERIOSA CRIATURA EN EL BOSQUE. Pero antes tengo que hacerte una pregunta. —Puso su cara frente a la mía—. ¿Eres una criatura de Dios o del demonio?
—No tiene gracia, papá, y no saldrás en la portada de ningún periódico —dije.
—¿Ah, no? —preguntó él.
—No. —Fruncí el ceño lo máximo que me permitieron mis pequeñas cejas—. Me he perdido, y ahora seguro que tú también te has perdido. No puedes salir en la portada de ningún periódico si te has perdido a menos que sea en un artículo que diga que te has perdido. Pero nadie escribiría ese artículo porque a nadie le interesaría leerlo.
Me acordé de la paliza que los hombres habían propinado a mi padre en las minas.
—No eres importante —le espeté, como debían de haberle dicho ellos—. Eres Landon Carpenter.
Él echó la espalda hacia atrás en un gesto repentino de ira.
—Tienes la boca muy pequeña para ser tan malhablada —dijo antes de beber un trago de licor y pasar por encima de mí para sentarse en el tronco de un árbol caído medio cubierto de maleza y abundante musgo.
Cogí una hoja y la utilicé para limpiarme los puntitos de sangre de las rodillas mientras me levantaba. Después de estudiar el bosque a mi alrededor, decidí que no tenía valor para adentrarme en la oscuridad sola, de modo que me senté al lado de mi padre. Me quedé mirando el tarro que tenía en la mano. Había pintado unas estrellitas negras en el exterior del cristal.
—¿Por qué siempre pintas estrellas en los botes? —le pregunté.
—Porque destilo el licor por la noche, bajo las estrellas —contestó él antes de dejar el frasco en el suelo a sus pies.
Metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó la petaca con hojas de tabaco secas. Observé cómo ponía una pizca en un papel de liar.
—¿Por qué no te importa que nos hayamos perdido, papá? —quise saber.
—Tú eres la que se ha perdido, muchacha. Yo sé perfectamente dónde estoy.
Me dejó lamer el borde del papel de liar para poder envolver el tabaco. Acto seguido rascó una cerilla contra la cinta de papel de lija de su sombrero. Mientras encendía el cigarrillo, le miré la cicatriz de la palma de la mano izquierda. La piel se arrugaba como si prácticamente se le hubiese derretido la palma. Él también miró la cicatriz, estudiándola desde todos los ángulos. Cuando empezó a fruncir el entrecejo, apartó la vista y se quitó el sombrero. Me lo puso y dio una chupada al cigarrillo.
—¿No te da miedo que siempre nos perdamos? —le pregunté—. A mí sí. Tengo miedo.
Él espiró soplando hacia las estrellas.
—¿Sabías que el humo es la niebla de las almas? —dijo—. Por eso es sagrado y puede llevarse tu miedo a las nubes, que es el hogar de los comemiedos.
—¿Los comemiedos?
—Unas criaturitas buenas que devoran todo lo que te da miedo para que puedas vivir tranquila.
Me dio el cigarrillo y me dijo que aguantase el humo en la boca antes de soltarlo rápido. Solo fui capaz de expulsarlo tosiendo. Iba a volver a inspirar, pero papá me dijo que cuidase mis pulmones.
—Los necesitarás para correr por los campos —dijo, cogiendo el cigarrillo.
Observamos cómo el humo se alejaba y desaparecía.
—Sigo sintiéndome perdida —confesé.
Papá me miró antes de volver a desviar la vista a la oscuridad del bosque.
—Una vez encontré un bosque maldito, ¿sabes? —dijo—. Había ido a buscar plantas, pero me dormí. Cuando me desperté, había perdido la brújula.
—¿Una brujilla? —pregunté—. ¿Y la llevas encima? Tiene que ser muy chiquitita. ¿Es buena? Déjame verla.
Me puse a hurgar en sus bolsillos, pero solo encontré sus bolitas de ginseng. Él rio y me detuvo con el brazo.
—Tranquila, Betty —dijo, riendo aún—. Brújula, no brujilla. Me refiero al sentido de la orientación. Aplané la hierba detrás de mí, pero seguía perdido. Cuando atardeció, pensaba que me quedaría en ese bosque toda la eternidad.
—¿Qué hiciste, papá?
—Cogí unas piedrecitas y escribí mi nombre en la tierra para que la gente supiese que tenía uno. Luego me tumbé y miré las estrellas en el cielo. Entonces me di cuenta de que sabía dónde estaba.
—¿Dónde estabas?
—Al sur del cielo.
—¿Dónde está eso?
—Mira arriba, Betty.
Me orientó suavemente la cabeza hacia el cielo empujándome por debajo de la barbilla con el dorso de la mano.
—Allí arriba, en alguna parte, está el cielo —dijo—. Y nosotros estamos un poco al sur. Ahí se encuentra el sur del cielo. Está aquí mismo. —Pisó fuerte el suelo debajo de nosotros—. No importa dónde estés ni adónde vayas, porque siempre estarás al sur del cielo.
—Estaré al sur del cielo.
Miré al cielo con gran asombro.
—No se puede estar en otro sitio —aseguró él.
Apagó el cigarrillo pellizcándolo con los dedos y se lo metió en la bota. Simuló que me echaba una colilla en el zapato, pero como yo estaba descalza, me hizo cosquillas en el talón hasta que rompí a reír.
—No ha crecido —dijo de mi pie, midiéndolo con la mano—. Pero nunca volverá a ser tan pequeño.
—No dejaré que crezca, papá.
—Seguro que no. —Rio por lo bajo dejando mi pie en el suelo—. Más vale que descansemos. Mañana nos espera un viaje largo. Con suerte, por la tarde veremos Ohio.
—¿Puedo dormir contigo en el capó?
—¿No te enfriarás? —preguntó.
—Tengo una bufanda. —Me envolví el cuello con mi largo cabello moreno—. ¿La ves?
—¿Seguro que no quieres dormir en la Rambler?
—Preferiría dormir en Marte, que por cierto es el tema de un cuento nuevo que he escrito. Lo escribí en una servilleta en la cafetería en la que paramos cuando pasamos por Luisiana, pero se me olvidó.
—¿Se te olvidó el cuento? —preguntó él.
—No. —Negué con la cabeza—. Se me olvidó la servilleta. Pero me acuerdo del cuento. Es el mejor cuento marciano que he escrito.
—Siempre escribes sobre Marte. Debes de tener sangre marciana.
—Hala, el cuento trata precisamente de la sangre marciana.
—Eso tengo que oírlo.
Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.
—El caso es que los marcianos quieren invadir la tierra —empecé a relatar.
—Parece que los marcianos siempre quieren invadir lo que es nuestro —observó él.
—Supongo que no lo pueden evitar. Para invadirnos, mandan pájaros —dije, tratando de formar una figura de pájaro con las manos—. Son de una especie que solo se encuentra en Marte. Los pájaros tienen unas alas igualitas a los menús a cuadros de la cafetería. Sus cuerpos son como los frascos de kétchup de la cafetería, y sus cabezas, tazas al revés.
—¿Como las tazas en las que mamá y yo bebimos el café? —quiso saber él, llevándose una taza imaginaria a los labios y sorbiendo.
—Sí. Y las patas de los pájaros son cucharillas largas de postre, como la que Trustin utilizó para comer su helado con zumo de naranja. Las puntas de las cucharas están torcidas y llevan sangre marciana. Cuando los pájaros vuelan a la tierra, la sangre se cae. Cada gota de sangre se cuela en la tierra como una semilla. Antes de que se den cuenta, todo el mundo tiene marcianos creciendo en sus jardines.
—¿Cómo son esos marcianos?
—En lugar de la piel que tú y yo tenemos, la piel de un marciano está hecha de manteles azules a cuadros.
—En la cafetería también había de esos, ¿verdad? —dijo él con una amplia sonrisa.
—Claro. —Asentí con la cabeza—. En vez de dedos, los marcianos tienen pajitas torcidas. —Torcí los dedos hacia su cara—. Como la pajita blanca con rayas rojas por la que yo me bebí el batido de fresa. ¿Te acuerdas de la bandera roja que había fuera de la cafetería? ¿La de la X azul grande con estrellas rojas?
—Me acuerdo.
La sonrisa de él se desvaneció.
—Ese es el pelo que tienen los marcianos, solo que cortado en tiras para cepillarlo más fácilmente. Todos tienen pepinillos en las cejas como el broche que llevaba la camarera, y sus ojos son como las tartas de mora Ola… Ola…
—Olallie… —me ayudó a pronunciar la palabra.
—Olallie —dije—, con el jugo de las moras chorreando. Grrr, grrr.
Me manoseé las mejillas hasta que papá rio tanto que se puso a toser.
—Tienen antenas con forma de salero y pimentero —continué—, y unos tenedores pequeñitos en lugar de dientes. Y nos matarán con esos tenedorcitos porque cuando los marcianos terminen de crecer, se separarán de las raíces y nos sonreirán. El brillo de sus dientes metálicos volverá loco a todo el mundo, y nos mataremos unos a otros hasta que solo queden los marcianos.
Papá meneó los hombros y dijo:
—Me has puesto tan nervioso que voy a acabar buscando pájaros con forma de frascos de kétchup en el cielo. ¿Cómo has titulado esa joya?
—Los marcianos sonrientes —voceé, sacando la lengua por el agujero del diente de leche que había perdido la semana anterior.
—Es posible que Los marcianos sonrientes sea mi cuento favorito hasta ahora —declaró papá.
Los dos nos volvimos en dirección a un ruido sordo que venía de la oscuridad del bosque.
—¿Qué es eso?
Me levanté su sombrero en la frente para ver mejor.
—A lo mejor es uno de tus marcianos —dijo papá—. Será mejor que vayamos a la Rambler antes de que el extraterrestre nos encuentre y nos sonría.
Me bajó del árbol y me puso los pies en el suelo con cuidado.
—¿No vas a coger tu frasco de licor? —pregunté.
—No —contestó él—. Que se lo quede el marciano. Así se dormirá y no nos molestará el resto de la noche.
Le cogí la mano y atravesábamos el bosque. Él cojeaba a cada paso que daba. Habían transcurrido dos años desde el incidente de la mina, pero yo todavía lo tenía fresco en la memoria. El color de la sangre de papá. La carbonilla depositada en las arrugas de dolor de su cara. Me acordaba de que había dicho que le habían roto la rodilla como si fuese de cristal. Me preguntaba si, como el cristal, le cortaban los bordes afilados. Desde luego lo parecía por la forma en que caminaba. Decidí cojear también para que no estuviese solo. Él me miró y procuró no cojear tanto.
—¿Puedo dormir contigo en el capó, papá? —volví a preguntarle—. La Rambler está muy llena. Mamá sola abulta como un millón de personas. O sea, están Fraya, Flossie, Trustin, Lint, mamá y un millón de personas más. No puedes tener un cesto lleno de tarros sin que los cristales se peleen y hagan ruido. Tú lo dijiste una vez. ¿Te acuerdas?
—¿Ah, sí?
—Ajá. Sí que lo dijiste, papá. Entonces, ¿puedo dormir contigo en el capó?
—Tienes que prometerme que no cogerás frío, Betty.
—Lo prometo, lo prometo, lo prometo, lo prometo, lo prometo —repetí hasta que él levantó la mano y rio.
—Creo que hay sitio en el capó para un indio grande y una india pequeña —dijo.
Le apreté la mano mientras seguíamos cojeando uno al lado del otro. Cuando pasamos por delante de la Rambler, Flossie me sacó la lengua. Yo le devolví el gesto. A continuación, me dio las buenas noches, de modo que yo se las di a ella. Flossie y yo le deseamos buenas noches a Fraya a la vez.
—Buenas noches —dijo Fraya.
Papá me levantó y me puso sobre el capó con los pies por delante. Me entretuve jugando con la cola de mapache atada a la antena antes de ponerle encima el sombrero de papá mientras él subía al capó. Saludó con la mano a mamá, pero ella ya se había dormido dentro del coche, estirada en el asiento delantero con una pierna apoyada encima del volante. Sus ronquidos sonaban como animales buscando comida con el hocico en la tierra.
—Bueno, Betty. Aquí tienes tu camastro.
Papá dio unos golpecitos en el capó al tiempo que apoyaba la parte superior del cuerpo contra el parabrisas.
—¿Papá? —pregunté sentándome a su lado—. ¿Te ha gustado el cuento de los marcianos? La verdad.
—Mucho.
Antes de que pudiese continuar, oí que la puerta del coche se abría chirriando y se cerraba silenciosamente, y a continuación unos piececitos que caminaban despacio sobre las ramas del suelo.
—No tengo s-s-sueño.
Lint subió al capó por el lado de papá.
Se frotaba los ojos llorosos con el dorso de los puños. Sus bolsillos estaban repletos de las piedras que había cogido.
—Pues estás de suerte, hijo, porque tengo polvo de dormir en el bolsillo —dijo papá subiendo a Lint al capó y poniéndolo entre nosotros—. ¿Todavía te da miedo dormirte? —le preguntó.
Un par de semanas antes, Lint había hecho un dibujo en el que se veía un garabato negro encima de su cuerpo hecho con palitos. Entonces tenía cuatro años, de modo que el dibujo tenía menos sentido que la explicación que dio. Le dijo a papá que el garabato negro era la noche y que si se dormía, la noche le robaría el alma.
—El a-a-alma —había dicho Lint a la vez que ennegrecía el garabato—. La noche se la lleva, papá. Se la lleva para e-e-enterrarla. Al norte. En el f-f-frío.
Acordándome del dibujo de Lint, miré a la oscuridad que nos rodeaba mientras papá prometía a Lint que la noche no le robaría el alma.
—Yo no lo permitiré.
Papá abrazó a Lint.
—No puedes e-e-evitarlo, papá.
—Tu alma está aquí. —Papá le puso la mano con delicadeza sobre el puente de la nariz—. Te dejaré la mano aquí toda la noche mientras duermes. Cuando te despiertes por la mañana, tu alma seguirá en su sitio. Te lo prometo.
Mientras Lint apoyaba la cabeza en el pecho de papá, yo me acurruqué sola en el borde del capó.
5
¿Diste tú hermosas alas al pavo real?
Job 39, 13
BIENVENIDOS A BREATHED se hallaba pintado en rojo en un trozo astillado de madera de granero clavado a un plátano americano. Con el tiempo aprendería que, entre el cielo y el infierno, Breathed era un pedazo de tierra en medio de un dolor palpitante, donde las lagartijas morían aplastadas bajo las ruedas y la gente parecía hablar como un trueno que choca con otro. Allí, en el sur de Ohio, te despertabas con los ladridos de los perros callejeros y siempre tenías presente la sombra de los lobos grandes.
—¿Cómo se dice el nombre del pueblo? —preguntó Trustin—. ¿Breathed?
—No con el sonido de la i de brisa. —Papá miró a Trustin por el retrovisor—. Sino con el de la e de brezo, pero en lugar de la o del final, pronuncia una t.
Por todos lados, las colinas se alzaban como una gran exclamación del hombre al cielo. Conocido como las estribaciones de los Apalaches, el macizo de arenisca desprotegida formaba crestas, precipicios y cañones tallados y moldeados por el deshielo de los glaciares. Cubierta de una mezcla verde de musgo y liquen, la antigua arenisca recibía los nombres de las cosas a las que recordaba. Estaba la Mesita de Té del Diablo, el Ciervo Cojo y la Sombra del Gigante. Los nombres se transmitían a cada nueva generación como si su valor fuese comparable al de las joyas de una familia.
No había carreteras ni calles que cruzasen las colinas y atajasen por el terreno, sino caminos, como los llamaban los lugareños, como si para ellos las vías cubiertas de tierra no fuesen más que senderos ensanchados. En Main Lane, la vía principal, estaba la tienda de ropa Saint Sammy’s, la juguetería Moogie’s, la tienda de ropa Fancy’s y otros negocios. Main Lane se bifurcaba en caminos residenciales donde cada casa tenía una biblia familiar y una receta suculenta de pan. Más lejos, el terreno estaba ocupado por granjas. Bajo su forma más saludable, Breathed era una madre y esposa que no se olvidaba de colgar las banderas de la barandilla del porche cada Cuatro de Julio. Bajo su forma más siniestra, era el sitio en el que podías morir desangrado sin una sola herida abierta.
Papá entró en Breathed despacio, como alguien que pone cuidado donde pisa. Pronto apareció un hombre canoso con un globo amarillo en la mano. Se encontraba en el linde del límite forestal.
—Hola, viejo amigo —gritó papá por la ventanilla abierta saludando al hombre con la mano.
—¿Landon Carpenter? —El hombre le devolvió el saludo—. ¿Eres tú de verdad?
Papá respondió con un breve bocinazo, y seguimos avanzando.
—Ese era el viejo Cotton Whithers —nos dijo a los niños mientras mirábamos hacia atrás al hombre que todavía agitaba los dos brazos.
—Veo que no ha dejado de mandar cartas —observó mamá contemplando cómo el globo amarillo se elevaba en el cielo.
Centré mi atención en el pueblo. Ya habíamos vivido en parajes agrestes. Árboles de una altura de la que carecían los hombres. Prados de una belleza equivalente a la de las mujeres. Sin embargo, en Breathed había algo distinto. Ese sitio parecía inspirar y espirar como si no fuese un pueblo creado por el hombre, sino un lugar nacido de él. Tenía ganas de escribir un poema a Breathed. Rimaría las palabras si no me quedaba más remedio, pero las pronunciaría como si lanzase piedras a un río. Esa parecía la única forma de representar un lugar en el que los caminos de tierra parecían pitones pardas tendidas en el suelo, cuyas escamas reflejaban la luz del sol.
Cuando papá giró bruscamente, alcé la vista y vi el nombre del camino.
—Shady Lane —pronuncié en voz alta.
Unos árboles muy altos bordeaban los dos lados de la travesía, y sus ramas se trenzaban como ríos helados. El camino terminaba en la entrada de nuestra propiedad, compuesta por hectáreas de bosque y campo sin podar. En el camino de acceso cubierto de malas hierbas había un coche rojo. Apoyado en él estaba Leland. Se encontraba de permiso, y como papá le había escrito para informarle de que íbamos a cambiar de vivienda, Leland dijo que se reuniría con nosotros en la nueva casa. Entonces tenía veintidós años. Tenía el pelo rubio corto y llevaba el uniforme de servicio del Ejército.
Trustin gritó el nombre de Leland cuando bajó del coche.
—¿De dónde has sacado ese cochazo nuevo? —preguntó papá mirando cómo brillaba el vehículo de Leland.
—Me lo ha prestado un amigo —respondió Leland.
—¿Nos has traído algo de Japón? —quería saber Trustin.
Leland nos había comunicado por carta que había estado destinado recientemente en Japón. Nos había cautivado con todo lo que había visto. Mujeres con pintura blanca en la cara. Bonitos kimonos que se arrastraban por el suelo. Tejados que se llamaban pagodas y tenían forma de flores de calabaza apiladas unas encima de otras.
—Pues claro que tengo cosas para vosotros.
Leland le regaló a Trustin un pisapapeles que tenía espirales de color dentro. A Lint le dio una piedra gris redonda.
—La cogí en suelo japonés yo mismo —le explicó.
—Mira lo redonda que es —le dijo papá a Lint—. Parece un ojo grande y viejo.
Lint sonrió al oír su comentario.
Flossie se puso a dar saltos de alegría cuando Leland le regaló un abanico. Se lo acercó a la cara e hizo ojitos tras sus ilustraciones de mariposas blancas y hojas doradas.
Mi regalo era una caja de seda rosa. Dentro había un pijama de la misma seda. Tenía alamares y botones de nudo. Yo estaba acostumbrada a tejidos como la tela vaquera, el algodón y la franela, pero no la seda. Nunca había tocado un material tan suave. Me la llevé a la mejilla mientras Flossie cogía una manga y se la acercaba a la suya.
—Qué tacto más fresco —dijo sonriendo.
—Que sepáis que la seda viene de un gusano —observó papá.
—¿Un gusano? —Flossie se apartó—. Puaj.
Leland introdujo la mano en el coche y sacó un joyero. Medía como mi brazo entero de largo. La parte superior tenía forma de pagoda. En la reluciente laca negra, había pinturas de bonsáis y lotos. Dos puertecitas situadas en la parte delantera permitían acceder a un interior forrado de seda con cajoncitos y compartimentos alrededor de una figurita femenina que daba vueltas al son de la música. Leland le dio el joyero a Fraya, quien lo sostuvo torpemente entre los brazos y cerró rápido las puertas para que la música parase.
—¿Por qué el regalo de Fraya es tan grande? —preguntó Flossie cerrando su abanico.
Leland se limpió las manos en el pantalón antes de sacar dos figuritas de pájaros de la guantera. Las aves estaban hechas de cristal rojo. Le dio una a mamá y otra a papá.
—Es muy pero que muy bonita, hijo.
Papá le dio a Leland unas palmaditas en el hombro.
Leland retrocedió y se metió las dos manos en los bolsillos señalando la casa con la cabeza.
—He esperado a que llegaseis —dijo—. Ni siquiera me he asomado a las ventanas.
Papá le dio a mamá su pájaro para que se lo sujetase mientras extendía los brazos en dirección al terreno.
—¿Os lo podéis creer? —preguntó—. Nadie puede decirnos que salgamos de toda esta tierra.
Cada uno de nosotros echó a andar entre la alta hierba dispersa siguiendo un camino distinto. Había un garaje independiente por el que corría un mapache. La casa propiamente dicha era grande y estaba bien protegida por unos arbustos oscuros de hoja perenne. Parecía que fuese propiedad de la tierra más que del hombre. Los muros enteros estaban cubiertos de hiedra, y las enredaderas envolvían las barandas del porche que todavía se conservaban, mientras que la omnipresente maleza que crecía bajo el porche inclinaba la galería a la derecha. Había nidos de avispas que colgaban como cañas ahuecadas, y a las veloces lagartijas no les faltaban escondites.
—Voy a cazar un centenar y a tenerlas todas en mi cuarto —dijo Trustin persiguiendo a los reptiles.
La casa tenía dos plantas, sin incluir el desván. Su arquitectura victoriana se había ido deteriorando hasta que no fue más que un sueño vetusto apuntalado por las sombras de los pinos que crecían contra sus lados.
Subimos con cuidado por los desvencijados escalones del porche, como si pudieran desplomarse en cualquier momento. Papá probó la resistencia de los postes del porche agarrando uno con cada mano.
—Es firme —dijo.
Mamá fue la última de todos. Se le había enganchado el tacón en la hendidura del escalón superior. Soltó un juramento mientras papá trataba de liberarla.
—Este sitio es una trampa —dijo, apoyando el peso en el hombro de él mientras miraba la casa.
Las tablas del edificio habían estado pintadas de amarillo en otro tiempo, pero la pintura se había desconchado y había dejado al descubierto la madera desnuda, erosionada como la piedra caliza.
—Menuda pocilga —comentó mamá tan pronto como papá le sacó el zapato.
—Solo en superficie ya vale su peso —se apresuró a decir papá—. Además, no hay nada que no se pueda arreglar.
—Como todo lo demás, ¿eh? —replicó mamá en tono monótono mirando la combadura del techo del porche.
Nos dirigimos a la puerta principal sorteando las altas hierbas espinosas que crecían por las rendijas del suelo. El gran ventanal no se había roto, pero estaba agrietado y lleno de tierra. En algunas zonas, el cristal había sido limpiado por los vecinos que no habían querido entrar en la casa por miedo a tropezarse con algún fantasma. Habían optado por pegar la cara a la ventana para ver qué acechaba entre habitación y habitación.
Papá empezó a toquetear la puerta mosquitera, que colgaba de una sola bisagra. La mosquitera estaba cortada, y la parte suelta se balanceaba. De repente, la puerta se desprendió de la última bisagra oxidada, y papá se vio impulsado hacia atrás. Recuperó el equilibrio antes de caer del todo y dejó rápidamente la puerta como si nunca hubiese tenido la intención de quitarla.
—¿Quieres hacer el favor de dejar de trastear con todo? —Mamá pasó por su lado dándole un empujón—. ¿No ves que esta casa no se tiene en pie porque está en deuda con el diablo?
Se detuvo ante la amplia puerta principal. Tres de sus cuatro entrepaños habían desaparecido junto con el pomo y la cerradura. Mamá meneó la cabeza antes de abrir el resto de la puerta de golpe.
Entrar en la casa era como cruzar el umbral de una tumba. Había hojas marrones secas amontonadas por el suelo de madera, que inicialmente había tenido una gran esfera de reloj pintada. Una amplia escalera circular se hallaba en el centro de la casa. En su día había sido majestuosa, mientras que ahora lo único que quedaba de ella por robar eran los escalones.
De la escalera partían dos salas de estar distintas. El exterior se introdujo en la casa por los boquetes de las paredes hasta que crecieron hojas de verdad al lado de las estampadas en el papel de pared con anticuados motivos florales y enredaderas. Todavía me acuerdo de esa pared. Verde claro, lila y color crema como una larga primavera. Me imaginaba que la mujer que eligió ese papel de pared lo hizo porque le encantaba su casa.
—¿La historia de los Peacock es verdad? —Fraya tocó el agujero de bala de la pared que separaba la sala de estar del comedor—. Creía que era inventada.
La familia Peacock construyó la casa en 1904. Eran ricos y no escatimaban en gastos. En 1947 decidieron modernizar su hogar. Poco después de la renovación, los ocho miembros de la familia desaparecieron en circunstancias misteriosas. Sin cadáveres. Sin sangre. Solo ocho agujeros de bala repartidos por las paredes de la casa.
Un amigo de la infancia de papá, John el del Bloque, compró la propiedad de los Peacock en una subasta. John era dueño de varias casas de alquiler, pero todo el mundo le dijo que, adquiriendo el pasado de los Peacock, había comprado una maldición. Cada año que pasaba, la propiedad se encontraba en un estado más ruinoso. Los saqueadores que venían de fuera del pueblo robaban lo que podían. Ellos no temían tanto la maldición como los habitantes del pueblo.
Cuando papá escribió a John el del Bloque para anunciarle que íbamos a Breathed, su amigo le contestó rápido:
Tengo una casa para ti, pero te aviso que está maldita, querido amigo. Los dueños desaparecieron y nunca volvieron a verlos. Lo único que puedo decirte con seguridad es que no he visto sábanas flotando, ni las puertas se cierran solas. Los agujeros de bala (hay ocho) nunca han sangrado delante de mí. Si está embrujada, no da mucho miedo. Creo que está maldita porque todo el mundo lo dice. Mis motivos para ofrecerte la casa son egoístas: espero que la encuentres lo bastante acogedora para que no soportes la idea de irte. He estado muy solo todos estos años, querido amigo.
Papá dijo que no pesaba ningún maleficio sobre la casa y que los rumores eran una forma de entretenimiento de los pueblos pequeños.
—Además, ¿qué es una maldición más para una familia llena de maldiciones? —había dicho mamá.
Flossie pasó dando vueltas grácilmente mientras señalaba dónde podíamos poner la tele.
—Para ver American Bandstand. Compremos una tele, por favor.
Tiró a papá de la camisa.
—Ya veremos —dijo él.
Lint pasó a mi lado y se acercó a un tigre esculpido situado contra la pared. El tigre era de tamaño real, pero le faltaba la pata izquierda trasera y le habían quitado los ojos de cristal.
Lint deslizó sus finos dedos por las rayas del tigre. El suave pelo castaño le cayó sobre los ojos marrón intenso al apoyar la cabeza en el costado del tigre, como si quisiese escuchar los latidos de su corazón. Trustin se dirigió sigilosamente al otro lado y se escondió junto a la boca del tigre, donde se puso a gruñir. Asustado por los sonidos, Lint cayó hacia atrás contra la pared, gimoteando y tratando de encogerse. Papá le oyó, entró en la habitación y cogió en brazos a Lint a la vez que regañaba a Trustin.
—Vale, solo era una broma.
Trustin se levantó.
Cuando me vio, se llevó la mano a la pistolera y sacó su pistola de juguete.
—Voy a pillar a una india.
Empezó a perseguirme.
—Déjame en paz.
Intenté dejarlo atrás.
—No puedo. —Disparó la pistola al aire—. Tengo órdenes de echar a todos los salvajes de esta tierra.
Me escondí detrás de Fraya.
—No dejes que me pille.
Le tiré de la falda.
Leland irrumpió en la estancia y arrebató la pistola a Trustin.
—No deberías perseguir a tu hermana —dijo Leland echando un vistazo a la pistola antes de alinearla con el agujero de bala de la pared.
—Bang.
Su sonoro grito sobresaltó a Fraya.
—¿En el Ejército te dan una pistola para disparar, Leland? —preguntó Trustin.
—Claro.
Leland devolvió la pistola a Trustin.
—Seguro que no es tan buena como la mía —dijo Trustin antes de disparar contra un escarabajo de color esmeralda que subía por la pared.
Fraya me cogió rápido la mano y entramos juntas en la cocina. En la encimera había cuencos rotos y no menos de una docena de rodillos de amasar de madera amontonados como si fuesen leña. En la parte de abajo del gran fregadero fijado a la pared, había un libro de cocina. Estaba abierto como si una mujer hubiese estado allí hacía poco hojeándolo.
—Betty. —Fraya señaló a Flossie, que recorría el pasillo—. ¿Vamos a ver adónde va? A lo mejor hay tesoros escondidos.
Seguimos juntas a Flossie hasta la escalera. En el séptimo escalón había un corazón toscamente grabado. La idea azarosa de una navaja.
—En nuestra casa han estado parejas —dijo Flossie pisando el corazón mientras subía la escalera.
Los cuatro dormitorios estaban en el segundo piso. Le di a Fraya la caja del pijama para poder echar una carrera a Flossie por las distintas estancias. El primer cuarto era tan largo que tenía vistas al jardín de la parte de delante y al de la parte de detrás. Aunque faltaba la puerta, sabíamos que la espaciosa habitación sería para mamá y papá.
Al otro lado del pasillo estaba el único cuarto de baño de la planta. Todavía tenía la bañera de hierro forjado, demasiado pesada para ser objeto de robo. El váter también seguía allí, pero tenía la tapa de la cisterna rota y habían arrancado el asiento de las bisagras.
Flossie asomó la cabeza en el dormitorio más pequeño que daba al jardín trasero y le dijo a Fraya que podía ser su habitación.
—Como puedes tener un cuarto para ti sola, no necesitas uno grande —dijo Flossie, apartándose el pelo.
—Tiene un cuarto para ella sola porque es la mayor —le recordé yo a Flossie.
—Solo tiene diecisiete años. No es mayor para hacer nada importante —repuso Flossie antes de decidir que Lint y Trustin se instalarían en la habitación de al lado de Fraya.
Cuando Flossie entró en el dormitorio de la parte delantera, se puso a dar palmadas y dijo:
—Nuestro cuarto será este, Betty.
La habitación olía a humedad. Las manchas de agua del techo parecían moratones recientes, con los bordes amarillos, pálidos y verdes. Había telarañas, tanto nuevas como viejas, y una comba deshilachada enroscada en un cuenco como una serpiente. Esparcidas en el suelo se hallaban las piedras que la gente había tirado a las ventanas para romperlas.
—Caray, parece que en este pueblo no hay nada mejor que hacer que romper ventanas —comentó Fraya al entrar, y se puso a dar puntapiés a las piedras—. A Lint le encantarán cuando las vea.
Las piedras estaban envueltas en trozos de papel atados con gomas elásticas que se estaban pudriendo. En los papeles había nombres escritos, como si la casa fuese un pozo de los deseos que visitaban quienes querían imponer la maldición a otros.
En medio de la habitación había una caja rota por un lado. Metí la mano y saqué un ejemplar maltrecho de la novela Herbs and Apples, de Helen Hooven Santmyer, junto con un frasco vacío de perfume Blue Waltz. Flossie me arrebató el frasco con forma de corazón.
—Es como si te besase un príncipe.
Chasqueó la lengua mientras se pasaba el frasco por el cuello hasta llegar a los labios.
—¿Qué más hay dentro? —preguntó Fraya señalando la caja.
Levanté la caja y la volqué. Salió un pañuelo azul claro acompañado de unas láminas de pan de oro con forma de hojas de roble y de arce. Había un artículo de 1937 sobre la desaparición de Amelia Earhart y varias chapas electorales, incluida una de la campaña de Alfred Landon de 1936. Bajo la fotografía de Landon figuraba su eslogan: VIDA, LIBERTAD Y LANDON.
—Se apellida como papá.
Cogí la chapa y se la mostré a mis hermanas.
—Mmm —fue cuanto dijo Flossie mientras dejaba el frasco de perfume en el alféizar de la ventana—. Hala, mirad.
Vio el par de agujeros de bala que había entre las dos ventanas.
—Si hay dos agujeros quiere decir que aquí dispararon a dos personas.
La voz de mamá sonó a nuestro alrededor.
Nos giramos y la vimos mirando con moderada curiosidad desde la puerta.
—Podrían ser de una persona a la que dispararon dos veces —propuso Fraya—. Y a lo mejor los disparos no le dieron a nadie. No hay cadáveres.
—Fueron asesinados —terció Flossie—. Probablemente no con una pistola. El asesino debió de usar un hacha.
Flossie chilló y se abalanzó sobre mí con los brazos en alto. La empujé hacia atrás justo cuando Leland asomaba la cabeza en la habitación.
—¿Vas a quedarte? —le preguntó mamá.
—Quiero ir a un par de sitios antes de volver con el Tío Sam.
Se apoyó en el marco de la puerta hincando los talones de las botas e inclinando la barbilla sobre el pecho.
—Bueno, no me extraña que no quieras quedarte —dijo mamá—. Esto no es precisamente una casa, considerando que puedes ver la tierra a través del suelo y el cielo a través del techo. —Inspiró bruscamente antes de añadir—: Por lo menos sabemos dónde han estado jugando los demonios todo este tiempo.
Sacudió la cabeza al salir.
Leland aprovechó la oportunidad para entrar en la habitación y dar puntapiés a las chapas mientras Fraya se recostaba contra los agujeros de bala.
—¿Te gusta el joyero, Fray? —inquirió Leland—. Lo has dejado en el porche.
Al ver que Fraya no le contestaba, bajó la voz para preguntarle:
—¿Preferirías que te hubiese comprado un pijama?
Ella abrazó la caja de mi pijama contra el pecho.
—Solo se lo estoy sujetando a Betty —dijo.
Él se volvió hacia mí y Flossie.
—Vosotras dos, largaos —nos mandó.
—Pero es nuestro cuarto —protesté.
Él estuvo a punto de arrancarme el brazo al sacarme al pasillo y empujó a Flossie detrás de mí. Cerró la puerta de un portazo antes de que pudiésemos volver a entrar. Tiré del pomo, pero él tenía la mano al otro lado, de modo que empecé a aporrear la puerta con mis pequeños puños.
—No vale la pena, Betty. —Flossie entrelazó su brazo con el mío—. Vamos a ver el resto de la casa.
Atravesamos el pasillo. En lugar de contar los escarabajos muertos que crujían bajo nuestros pies como hacía Flossie, yo pensé en la última vez que habíamos visto a Leland. Papá había plantado un huerto en la casa de alquiler en la que vivíamos. En el huerto había varias hileras de maíz. Papá siempre nos decía que cuando una mazorca de maíz estaba madura, la barba se secaba y la hoja se oscurecía.
—Hay gente que abre las hojas para ver los granos —decía papá—. No lo hagáis nunca porque si no está maduro, tendréis que dejar la mazorca en el tallo. Pero como ya habéis abierto las hojas, los bichos podrán entrar y estropear los granos.
A pesar del consejo, Leland abrió unas mazorcas de maíz que sabía que no estaban maduras.
—Estás estropeando el maíz, hijo —le dijo papá.
Al ver que Leland no se detenía, él y papá empezaron a discutir. No sé si el primer puñetazo lo dio papá o si fue Leland. Solo sé que cuando todo acabó los tallos de maíz estaban aplastados y papá tenía un ojo morado. Poco después, Leland se alistó en el Ejército.
—Noventa y ocho, noventa y nueve, cien, mil escarabajos.
Flossie seguía contando los bichos muertos.
El ruido al fondo del pasillo la hizo detenerse. Era papá, que estaba metiendo un colchón en el cuarto de mamá y de él. Lint y Trustin marchaban detrás de él como si estuviesen desfilando.
—¿No te parece que nuestros hermanos deben de ser los niños más tontos sobre la faz de la tierra, Betty? —me preguntó Flossie.
Cuando Trustin la oyó, dejó de desfilar. Se llevó la mano a la pistolera y dijo que era ilegal que dos niñas anduviesen descalzas por casa.
—Agente de policía. Agente de policía.
Vino corriendo adonde estábamos Flossie y yo, disparándonos a la cara con su pistola de juguete.
—Tú también estás descalzo, idiota.
La voz de Flossie y la mía se solaparon mientras le hacíamos retroceder.
—Eh, eh. Nada de peleas en la casa nueva —dijo papá saliendo al pasillo seguido de Lint.
Papá se frotó las manos y miró a su alrededor sonriendo.
—Esta casa me gusta tanto que tengo la sensación de que podría devorarla entera —comentó.
Miró hacia la puerta cerrada al final del pasillo. En otro tiempo había estado pintada de tono lavanda. Algunos restos de color seguían pegados como un pasado insistente. Los vidrios se habían roto, pero en el suelo había cristales de colores como piedras preciosas. Papá, que llevaba puestas las botas de trabajo, barrió los cristales cortantes y los apartó al rincón para que sus hijos descalzos pudiesen andar detrás de él sin peligro.
—Seguro que esta puerta da al cielo —dijo mientras la abría.
Nos encontramos con hilos entrecruzados de telarañas y una escalera estrecha que subía por la oscuridad.
—C-c-cierra puerta. —Lint retrocedió—. Y-y-ya.
—Tranquilo, hijo —dijo papá—. No hay nada que temer. Solo es una vieja escalera y un viejo desván. Nada más que madera y clavos.
Lint, que no quería arriesgarse, corrió al otro extremo del pasillo, desde donde nos miró asomado a la esquina.
—Primero miraremos nosotros —le anunció papá antes de volverse otra vez hacia la escalera—. El resto, tened cuidado dónde pisáis —añadió mientras empezaba a ascender.
Los escalones crujían bajo nuestros pies. Me sorprendí buscando un pasamanos al que agarrarme. Me pareció oír algo que rascaba. Una corriente fría me puso la piel de gallina, y el corazón me empezó a latir tan rápido que lo noté en las puntas de los dedos. Flossie se me acercó mientras Trustin mantenía la mano en la pistola como si estuviese a punto de disparar.
Cuanto más subíamos por la escalera, más saturado estaba el aire de un extraño aroma. El olor me recordaba la peste de una pluma de pájaro blanca que había encontrado una vez tirada a la luz de la luna.
—Seguro que los cadáveres de los Peacock están aquí —dijo Flossie justo antes de que llegásemos a lo alto.
Sin embargo, como el resto de la casa, el desván estaba bastante vacío. Solo quedaban una caja de peines usados y un bote de tierra con una etiqueta en la que ponía IMPORTANTE.
—Aquí apesta.
Flossie se tapó la nariz mientras nos separábamos para recorrer el amplio espacio.
—¿Qué es lo que hay en el suelo, papá? —pregunté al tiempo que giraba el pie y descubría unas cosas que parecían gusanitos negros incrustados en mi talón.
Papá cogió una de las partículas negras.
—Es hora de que volvamos abajo —anunció.
Un chirrido procedente de arriba nos hizo alzar la vista. Papá tapó rápido la boca de Flossie antes de que pudiese chillar cuando vio los murciélagos colgados.
Papá nos susurró a Trustin y a mí que no hiciésemos ruido mientras volvíamos de puntillas a la escalera y esperó hasta que estuvimos abajo para soltar a Flossie.
—No puedo vivir en una casa con murciélagos —se quejó ella.
—¿M-m-murciélagos? —gritó Lint desde el fondo del pasillo.
—Nos chuparán la sangre cuando estemos dormidos.
Flossie se estremeció como si los notase arrastrándose por encima de su cuerpo.
—Tiene razón, papá —añadí—. Todos nos volveremos vampiros. Tendremos que trabajar en el huerto de noche porque no podremos volver a estar al sol.
—Los murciélagos no nos harán daño. —Papá cerró suavemente la puerta del desván—. Son animales buenos.
—Pero no podemos vivir con ellos.
Flossie levantó los brazos.
—Los echaré del desván —aseguró papá—. Luego les prepararé una casita y la pondré en un poste en el campo para que, aunque no puedan vivir aquí, sientan que tienen un hogar con los Carpenter.
—¿Cómo vas a echarlos? —preguntó Trustin.
—Usando estrellas de sangre —respondió papá adoptando un tono más grave.
—¿Qué es una estrella de sangre? —quise saber, imaginándome el cielo empapado de rojo.
—Estrellas llenas de la sangre de nuestros antepasados cheroqui —contestó papá—. Su sangre era tan venerada que subía con su espíritu y se convertía en estrellas rojas que iluminaban y daban sabiduría a la gente.
—Las estrellas de sangre no existen —se apresuró a decir Flossie.
—Ya lo creo que existen, Flossie —afirmó papá—. Antes de las estrellas de sangre, no había estaciones. Una gota de sangre para la primavera. Dos para el verano. Tres para el otoño y cuatro para…
—Qué tonto eres, papá. —Flossie se adelantó simulando que se pintaba los labios con el meñique—. Vamos a ver el granero.
Flossie pasó la primera mientras papá cogía a Lint en brazos y lo bajaba por la escalera seguido de Trustin.
Me detuve delante de mi cuarto. La puerta estaba abierta, pero la habitación se encontraba vacía. Mi pijama se hallaba en el suelo, fuera de la caja, que estaba rota como si la hubiesen pisado.
En la habitación de al lado, mamá se encontraba sentada en el colchón. Mientras se frotaba las piernas, vi los familiares cuadrados apretujados entre sus medias y sus pies. En aquel entonces yo pensaba que los cuadrados eran trozos de papel para que los zapatos no le resbalasen.
—¿Dónde están Fraya y Leland? —le pregunté.
—Déjame en paz. —Se volvió y empezó a subir a gatas por el colchón—. Voy a dormir la siesta antes de preparar la cena.
—Pero ¿adónde han ido? ¿Mamá? ¿Mmmammmá?
Ella se incorporó y me miró arqueando las dos cejas al máximo como diciendo: «Como sigas molestándome, te colgaré de un árbol por ese largo pelo indio que tienes y llamaré a los cuervos para que vengan a arrancarte los ojos. ¿Es eso lo que quieres, Pocahontas?».
Bajé corriendo la escalera y por poco me caí en la curva que formaba. Alcancé a papá y a los demás. Estaban en el jardín enfrente del amplio granero. Sus altos costados se unían bajo un tejado de pizarra con la fecha «1803» pintada; cada número medía como el propio tejado.
—El año en que Ohio se convirtió en estado —nos explicó papá.
Miramos abajo y contemplamos las huellas descoloridas de manos que había en las tablas del granero. Me imaginé a unas personas mojando las manos en pintura de todos los colores y lanzándose hacia el granero con las palmas por delante. Algunas huellas estaban corridas como si una noche todo el mundo se hubiese puesto a bailar y hubiesen querido que el granero se uniese a la danza.
—Las manos son de los obreros —dijo papá, poniendo la suya encima de una huella amarilla—. O de alguien que fue incapaz de soltar.
Sonrió como si en la vida toda la felicidad dependiese de poseer un granero.
—Seguro que encuentro un poni dentro —dijo Trustin mientras él y Flossie entraban corriendo en el granero a investigar.
Lint los siguió, pero deteniéndose continuamente a coger piedras.
—¿Papá? —le pregunté—. ¿Sabes adónde han ido Leland y Fraya?
—Los vi andando por el camino cuando salimos. Creo que han ido al pueblo a ver cómo son los vecinos.
Se volvió y contempló el terreno.
—Imagina las estaciones aquí, Pequeña India. —Sonrió—. Durante lo que queda de primavera, treparás ese árbol. —Señaló el gran roble torcido del jardín—. Luego, cuando llegue el verano, te pasarás el día comiendo tomates en el primer huerto, que estará allí. —Señaló una parcela de hierba larga situada a un lado de la casa—. En otoño te sentarás en el porche de la parte de atrás y verás las hojas caer al suelo. Cuando llegue el invierno, les tomarás el pelo a los árboles y les dirás que todos parecen arañas.
Apoyó los talones en el suelo mirando el riachuelo que corría en la parte trasera de la finca junto a un caqui.
—No hay mejor sitio que este, al final de Shady Lane —dijo—. Es como si Dios nos hubiese cogido y nos hubiese metido en Su bolsillo.
Un trueno resonó en el cielo. Lint salió corriendo del granero en dirección a papá mientras yo miraba las nubes grises que se acumulaban sobre el linde del bosque.
—Parece humo de un incendio —observé.
—A lo mejor una tormenta no es más que eso. —Papá miró a las nubes entornando los ojos—. Más vale que lo metamos todo en casa antes de que empiece a llover.
Lint y yo seguimos a papá hasta la entrada de la finca, donde cogió un colchón del techo del coche y se lo puso encima de la cabeza. Lint imitó a papá y se dirigieron al porche andando al mismo paso.
Yo me volví hacia la propiedad de al lado. En el jardín perfectamente podado había una niña con la cabeza llena de cortos rizos rubios atados con una cinta blanca. Tenía una gran pelota roja entre los brazos. Hizo botar la pelota de goma muy por encima de su cabeza.
—Tengo siete años —le dije cuando me hube acercado lo suficiente.
—Yo seis —contestó ella.
Su vestido era de un azul precioso, y sus calcetines tenían volantes azules a juego.
—Me gustan tus calcetines —comenté.
Ella sonrió. Miré detrás de mí para ver a quién sonreía. Cuando me di cuenta de que el gesto iba dirigido a mí, le dediqué una sonrisa. Ella hizo botar la pelota roja hacia mí. La atrapé y se la devolví. Nos la pasamos varias veces más. Cuando ella reía, sonaba como una campanilla.
—Tírala más alto —me pidió.
La tiré todo lo alto que pude.
—Eres mi mejor amiga —dijo al coger la pelota.
—Y tú la mía.
Me puse a saltar dando palmadas.
—Jugaremos todos los días —prometió ella mientras me devolvía la pelota.
La atrapé justo cuando se abrió la puerta mosquitera recién pintada de su casa de piedra. Un hombre, vestido con un pantalón azul pastel, salió señalándome.
—Devuélvele la pelota. Ahora mismo —me ordenó—. Este no es un barrio de ladrones.
—Estamos jugando —dije.
—Estamos jugando, papá —asintió la niña.
—No he mangado nada —procuré añadir.
—«Mangar» es una palabra de bárbaros —dijo él tirando de su hija—. Venga, devuélvenos la pelota.
Le lancé la pelota. Me fijé en que no tenía las manos ni la invisibilidad de un hombre pobre. La esfera de su reloj de muñeca reflejaba el sol emitiendo un deslumbrante punto de luz. Parecía que sus fríos ojos hiciesen lo mismo.
—¿Querido? —Sonó una voz de mujer cuando la puerta mosquitera se abrió por segunda vez. Dio la impresión de que la extraña descendía flotando al jardín y pasaba junto a las cinias plantadas hasta situarse detrás de su marido. Lanzando una mirada por encima del ancho hombro de su esposo, le preguntó—: ¿De dónde ha salido?
—He salido de ahí detrás. —No me importó contestarle yo misma señalando nuestra casa—. Nos estamos instalando.
Los pendientes de perlas de ella temblaron cuando agarró el antebrazo del hombre.
—¿Una familia de color? —Dejó escapar un grito ahogado—. Cuando una familia de color se mudó al barrio de mi madre, me dijo que cambió hasta el sabor del agua.
—No me extraña —asintió él, antes de señalar la pelota con la cabeza—. Ha intentado robarla.
—No podemos quedarnos la pelota ahora que la ha tocado. —La mujer cogió a la niña en brazos—. La gente de color siempre tiene enfermedades. Sus gérmenes estarán por toda la pelota.
—Tienes razón.
Él la soltó rápido y sacó un pañuelo inmaculado para limpiarse las manos.
—Ruthis, tienes que tener cuidado con quién juegas, querida. —La madre meció la cabeza de la niña contra su hombro mientras la metía en casa—. Los niños sucios te contagiarán cosas sucias.
Una vez que su esposa y su hija estuvieron a salvo dentro de casa, el hombre se dirigió a mí dando palmadas.
—Largo de aquí. Vamos. Largo.
Dio palmadas más fuerte, como si yo anduviese a cuatro patas y arrastrase la barriga por el suelo.
—He dicho que largo.
Pisó el suelo con fuerza y dio una zancada hacia mí.
Volví corriendo y me quedé en la entrada de nuestra casa. Él subió a su porche sin quitarme el ojo de encima. Mulló las almohadas a rayas verdes del mueble de mimbre blanco antes de entrar.
Decidí al instante regresar a su jardín y coger la pelota. Me pareció oír otra vez la puerta de la casa, pero no dejé de correr hasta que estuve al resguardo de las altas hierbas de nuestra finca. Recorrí el camino de entrada botando la pelota mientras pensaba en el hombre y en la forma en que había dado palmadas con sus manos blancas y limpias.
THE BREATHANIAN
Rompen una ventana en mitad de la noche
Los cristales rotos crujían bajo los pies de los empleados del comercio Papa Juniper’s cuando empezaron a limpiar esta madrugada tras descubrir que un gran cristal del escaparate se había hecho añicos debido a un disparo. Varios vecinos se presentaron ante la policía para declarar que habían oído un disparo en las inmediaciones en torno a la 1:30 de la madrugada.
Cuando le preguntaron por el acto vandálico, el sheriff manifestó: «En Breathed nos tomamos muy en serio los destrozos intencionados».
Testigos presenciales aseguran que vieron una figura que huía del comercio después de que se oyese el disparo. No existe una descripción clara del sospechoso.
El vecino Grayson Elohim, de Kettle Lane, acudió a ver los daños.
«Es una lástima ver la ventana rota —declaró—. Era de cristal del bueno».
Los restos hallados en la escena que en un principio se consideraron rastros de sangre fueron identificados más tarde como kétchup derramado de un frasco roto.
6
A la sombra de tus alas escóndeme.
Salmos 17, 8
Recuerdo el olor dulce de la tierra y de las ramas de calabaza, largas como mis piernas y mis brazos, mientras estaba tumbada en el huerto. Los tallos espinosos, el sonido de la tierra al moverse con las piedras. Miraba el verde oscuro de las hojas de calabaza como si mirase unos ojos verde oscuro. La planta era todavía demasiado pequeña para dar fruto. Había brotado de las semillas de papá, pero la estación ya estaba tocando a su fin cuando nos instalamos en la casa. Aun así, papá creía que tendríamos cosecha antes de las primeras heladas.
—Caramba, qué calabaza más grande —dijo la voz de papá, y acto seguido una rociada de agua fresca me cayó en la cara.
Abrí la boca y bebí el agua de la manguera que él sostenía en la mano.
—Te envidio, Betty —comentó—. Eres libre como una planta.
—Tú también puedes ser una planta, papá —dije.
—Está bien. Voy a probar.
Cuando se tumbó a mi lado, el sol bañó nuestras caras.
—¿Te gusta nuestro huerto, Betty? —preguntó.
—Me encanta.
Durante los primeros años, atender el huerto era una actividad familiar. En el huerto, papá hablaba tanto como trabajaba.
—Para los cheroquis, la tierra era de género femenino —nos decía—. La madre. La mujer. La primera fue Selu. Ella podía crear maíz tocándose la barriga y judías acariciándose la axila. Pero su magia era vista como brujería y fue asesinada por unos niños salvajes. Su sangre se filtró en el suelo. De ella creció todo. Todavía hoy, la sangre de Selu sigue en el suelo.
Aunque nunca cortábamos la hierba, el huerto estaba bien cuidado gracias a papá, que delimitó dos parcelas de verdura separadas por los ochenta pasos que mis hermanas y yo dimos. La primera parcela se plantaría durante tres años, mientras que la segunda quedaría en barbecho.
—La tierra tiene tres años buenos —nos explicaba papá—. El primer año, la cosecha es espectacular. De las que no se olvidan. El segundo año, la cosecha es pasable, pero solo te acuerdas de determinadas cosas. De la cosecha del tercer año, no recuerdas nada. Es la forma que tiene la tierra de decir que necesita descanso. De modo que la dejas dormir tantos años como ella te ha dado. Tres años de cultivo, tres años de reposo.
Rodeó cada parcela de una cerca de parra hecha con las medidas de las partes del cuerpo de mis hermanas y de mí.
—¿Dónde está mi cinta métrica? —preguntaba hasta que una de nosotras se le acercaba para ofrecerle el brazo o la longitud de un dedo.
Empleó jaboncillos como puertas de las cercas. Esos arbustos no tenían finalidad decorativa, sino que suministraban nitrógeno al suelo de forma natural. Papá sabía esas cosas como otros hombres sabían que podían comprar fertilizante preparado en la tienda.
Papá era una enciclopedia del reino vegetal, sobre todo en lo que respectaba a sus propiedades medicinales. Adonde quiera que fuéramos, siempre encontraba un grupito de gente dispuesta a comprar sus infusiones, tónicos y otros brebajes. Breathed no fue una excepción. Ya había ayudado a un anciano que padecía hidropesía preparándole una infusión suave elaborada con adelfas. Papá nunca se preciaba de tener la cura para los males. Solo ofrecía la sabiduría botánica que según él estábamos olvidando.
—Todo lo que necesitamos para vivir la vida más larga que nos ha sido concedida nos lo da la naturaleza —decía—. Eso no quiere decir que si te comes esta planta no te morirás nunca, porque la planta también se morirá algún día, y tú no eres más especial que ella. Lo único que podemos hacer es intentar curar lo que se puede curar y aliviar las molestias de lo que no se puede curar. Como mínimo, llevamos la tierra dentro de nosotros y renovamos la certeza de que hasta la hoja más pequeña tiene un alma.
Para nuestro padre, era importante que cada uno de nosotros aprendiese a trabajar la tierra, pero Trustin prefería dibujar el huerto a estar en él. Lint dedicaba toda su atención a coleccionar piedras. Flossie, entre tanto, hacía pausas continuas para tomar el sol y me recordaba que mamá me había mandado quedarme a la sombra.
—Te pondrás muy morena —decía Flossie sonriendo, y se daba la vuelta para broncearse por la parte de delante.
A Fraya le interesaban más las flores del jardín. Le gustaban las cinias y las peonías, pero sus favoritas eran los dientes de león. A Flossie siempre le habían parecido hierbajos, pero para Fraya estaban a la altura de las rosas. Se quedaba sentada en la hierba comiendo las flores de vivo color amarillo hasta que se le teñía la lengua. De vez en cuando sacaba la lengua amarilla mientras papá nos explicaba lo que suponía ser mujer cheroqui en el pasado. Nos contaba esas cosas a mis hermanas y a mí porque decía que era importante que supiésemos cómo era todo antes.
—Antiguamente, antes de que apareciese el hombre blanco —dijo, hundiendo la pala en la tierra—, las mujeres cheroquis eran las que trabajaban en el huerto porque tenían la sangre de Selu en su interior. La sangre es muy poderosa. Después de la lluvia, después del polvo, lo que queda es la sangre. Los hombres cheroquis no tenían la sangre de Selu, así que la tierra y la cosecha no les correspondían a ellos. Solo les correspondían a las mujeres.
—Entonces, ¿cómo es que tú trabajas ahora la tierra? —preguntó Flossie—. Tú no eres una mujer, papá.
—Trabajo la tierra porque mi madre y mi abuela me dieron permiso. Ellas me lo enseñaron todo. No tengo el poder que ellas tenían por ser mujeres, pero tengo su sabiduría. Y puedo compartirla con vosotras.
Agarró un puñado de tierra. Estaba blanda porque él había quemado ramas secas y árboles jóvenes encima. Echó esa tierra suelta en mis manos y en las de mis hermanas.
—No es el sol lo que hace crecer la cosecha —nos dijo—. Es la energía que sale de vosotras tres. Imaginad lo que podéis hacer crecer cada una con el poder que tenéis dentro.
Junto al tocón de un árbol situado al lado del huerto, papá construyó una tarima de madera elevada sobre cuatro postes. Los postes medían aproximadamente un metro y medio de altura y estaban firmemente asentados en el suelo. Papá talló unos peldaños en el tocón y lo convirtió en una escalera de mano.
—En el huerto de mi madre había una tarima como esta —nos explicó—, y en el huerto de antes de ella, y así hasta el principio de los tiempos. Las mujeres y las niñas se sentaban en el tablado y cantaban para que los cuervos y los insectos no se acercasen a la cosecha. Cuando las mujeres cantaban, parecía que sus voces se filtraran en el suelo, nutrieran las raíces de las plantas y las hicieran más fuertes.
—¿Los niños no hablaban y cantaban en la tarima? —quiso saber Fraya.
—No —respondió papá—. Ellos no tenían el poder de las niñas y las mujeres.
Mis hermanas y yo bautizamos ese tablado el Quinto Pino, porque pese a estar en nuestro jardín, parecía que se encontrase en un lugar tan apartado que allí no estuviésemos atadas a nada ni a nadie. Era nuestro mundo, y aunque el idioma en el que hablábamos te habría sonado a inglés, nosotras habríamos asegurado que no tenía ni punto de comparación. En nuestro idioma, contábamos historias que no acababan, y las canciones siempre tenían coros infinitos. Nos convertíamos unas en otras, y cada una era una narradora, una actriz, una cantautora que medía las cosas de nuestro entorno hasta que sentíamos que habíamos trazado la geometría que separaba la vida que llevábamos de la vida a la que sabíamos que estábamos destinadas.
En muchos sentidos, el Quinto Pino representaba nuestras esperanzas y deseos manifestados en cuatro esquinas de madera. Yo lo notaba en la forma en que cada una de mis hermanas se ponía en el borde del tablado, muy quieta, con el viento meciendo su cabello. Nunca me habían parecido tan altas como cuando se plantaban con los pies separados uno del otro a una distancia que las hacía sentirse poderosas. Arrugaban con una mano la tela de sus faldas y estiraban la otra por delante, notando el viento en las palmas de las manos. Desde el tablado, miraban como si hubiesen vivido mucho, como si ya fuesen mujeres.
Y, sin embargo, seguíamos siendo niñas. Corríamos por el tablado sin aventurarnos más allá del borde como si el mundo entero estuviese allí mismo y fuese lo bastante grande para los sueños de las tres. Fingíamos que nos disparaban al corazón para luego resucitar de entre los muertos. El cielo se ponía al revés y se transformaba en un mar en el que nadábamos moviendo las piernas en el agua, mientras manteníamos una mano en el tablado flotante y la otra libre para jugar a salpicarnos o para estirarla hacia las ballenas que pasaban. Por las noches, cuando tocábamos la dura madera con los dedos, se convertía en el cuerpo suave y cálido de un ave grande que alzaba el vuelo y nos llevaba tan alto que la tristeza se desvanecía. Flossie se subía a un ala y proclamaba que iba a lanzarse a las estrellas para convertirse en una. Compartíamos la misma imaginación. Un pensamiento puro y hermoso. La idea de que éramos importantes. Y de que todo era posible.
Al final siempre bailábamos tanto que nos quedábamos dormidas en el tablado, para despertarnos a la mañana siguiente en el preciso instante en que salía el sol. Parecía que las nubes de color rosa y naranja actuasen solo para nosotras.
—Hace mucho sol —comentaba siempre Fraya.
—No lo suficiente —respondía Flossie.
Yo siempre me quedaba en un punto intermedio diciendo:
—Así está perfecto.
Y, de la misma forma, en nuestro Quinto Pino se estaba perfectamente.
—La maldición no puede alcanzarnos aquí. —Flossie hablaba con un acento sureño especialmente marcado—. No, no puede alcanzarnos aquí.
Sin embargo, cuando bajábamos del tablado y nos alejábamos de nuestro mundo, la realidad no tardaba en recibirnos. La maldición formaba parte de esa realidad. Daba la impresión de que Flossie la aceptaba porque solía recurrir a la maldición como material dramático. Posaba la mano en la frente y gritaba: «El tormento, nuestra plaga», antes de caer hacia atrás como si se desmayase.
Yo no quería creer que pesaba una maldición sobre nosotros ni sobre la casa después de todo lo que habíamos trabajado. Barrimos polvo y escombros, que sacamos por la puerta y bajo los escalones del porche en forma de nubes. Fregamos los suelos a cuatro patas y lavamos las paredes hasta que las sombras también quedaron limpias. Recuerdo cómo brillaban los paneles después de que mi madre les sacase brillo. Más tarde, la madera se hincharía con el calor, relatando su propia historia.
Crac, crac.
Mamá decidió colgar las breves cortinas amarillas de su habitación de la infancia en la pequeña ventana situada sobre el fregadero de la cocina. Dijo que era un buen sitio para ponerlas mientras miraba las flores blancas estampadas en cada panel. Luego cogió un cubo y fregó alrededor de los agujeros de bala. Yo esperaba ver sangre en el trapo, pero solo había yeso y fragmentos de papel de pared y madera.
En esa época, papá también trabajaba en casa. Parecía un hombre normal y corriente con un martillo en la mano. Hasta que empezaba a contar historias a cada clavo que ponía, claro. Entre los Érase una vez y las tareas, papá despejó el desván de murciélagos y reutilizó la piel de cinturones viejos como bisagras para las puertas que no tenían. Sustituyó el cristal de la ventana rota y arregló los agujeros del tejado, las paredes y el suelo, pero la casa nunca volvería a lucir como en sus buenos tiempos. Tal vez mirándola con la perspectiva adecuada, se podían ver atisbos de lo que había sido antaño. Pero las estaciones son inclementes con una casa abandonada a su suerte. Nosotros hicimos todo lo que pudimos para protegerla de la ruina. A pesar de sus defectos, la casa me gustaba, y me preguntaba si nosotros le gustábamos a ella. Habíamos intentado llenarla de cosas bonitas, como la piel de ciervo que papá colgó a modo de puerta de su dormitorio porque no tenía ninguna. Pusimos alfombras de trapo por todo el suelo y colocamos todos los muebles que teníamos. El resto de mesas, sillas, armarios y demás accesorios que todavía faltaban los confeccionaría papá siguiendo la tradición de su padre.
Conseguimos algunos electrodomésticos gracias a John el del Bloque, quien, además de comprar casas, también compraba los objetos que estas contenían. Papá le pagó los artículos haciendo trabajos en las propiedades que alquilaba. Pronto teníamos un frigorífico y un arcón congelador.
Poco después, Leland volvió a aparecer en la puerta de casa. Traía un televisor.
—¿Cuánto te ha costado un trasto como ese? —preguntó papá.
—Me ha salido casi gratis. —Leland apartó la vista y se mordió la cara interior del carrillo—. ¿La queréis?
—Por favor, por favor, quedémonosla.
Flossie se puso a tirar de la camisa de papá.
—Está bien —concedió él antes de ayudar a Leland a meter el aparato en la sala de estar.
La imagen era en blanco y negro, pero Flossie chilló como si fuese un arco iris de color.
Leland se quedó a partir de entonces. A veces dormía en el sofá de flores naranja de abajo. Cuando no pasaba la noche en casa, volvía por la mañana con la camisa medio desabotonada y tanta hambre que parecía que pudiera comerse él solo todos los ciervos del bosque. El Ejército solo le había dado un permiso breve, pero él se quedó mucho más tiempo. Hacía poco que había empezado agosto cuando la policía militar se presentó con sus brazaletes para llevárselo. Lo escoltaron hasta su vehículo mientras nuestros vecinos miraban desde los jardines de sus casas.
—No hay ni uno respetable en toda la familia —decían como una sola voz—. Espero que aprendan algo de los valores de nuestro pueblo.
Tal vez pensaban que el mejor sitio para que aprendiésemos esos valores era el colegio. Ese año Fraya iba a empezar la educación secundaria y Flossie iba a cursar quinto. A mí no me habían matriculado en el colegio el año anterior, cuando tenía seis años.
—No quiero dejar a papá —había dicho.
Sin embargo, en Breathed y con siete años, entraría en primero.
El primer día de clase esperé el autobús con mis hermanas. Un reluciente coche rojo pasó por delante. Pegada a la ventanilla trasera se hallaba la cara de la niña rubia de la casa de enfrente. Les dije a Fraya y a Flossie que se llamaba Ruthis.
—La señorita Ruthis.
Flossie dio una patada a la grava del camino con la puntera del zapato.
—¿Estás nerviosa, Betty? —me preguntó Fraya, viendo que pasaba una de las bolitas de ginseng de papá de una mano a la otra.
—¿Por qué tengo que ir al colegio? —Me encogí de hombros—. Ya lo sé todo.
—Betty. —Flossie se volvió hacia mí—. Sabes que no podemos juntarnos en el colegio, ¿verdad?
—Flossie. —Fraya le dio un codazo—. Para.
—En casa no hay problema, claro. —Flossie no hizo caso a Fraya—. Pero en el colegio no pueden vernos juntas.
—¿Por qué? —quise saber.
—¿Es que no está claro? Vamos, mírate. No vas a ser la niña más popular de la clase, Betty. No puedo dejar que arruines mi reputación.
—Yo no quiero que me vean contigo.
Le tiré la bolita.
—Bien. —Machacó la bolita en la tierra con el tacón—. Estamos de acuerdo.
—Te odio —le dije—. Voy a aplastar a un sapo y a decirle a Dios que fuiste tú.
—Cállate —me espetó ella—. Estás enfadada porque no vas a hacer amigos.
—No lo dice en serio, Betty.
Fraya estiró el brazo hacia mí, pero retrocedí.
—Me voy andando al colegio —anuncié—. No quiero que me vean con la fea de Flossie en el autobús.
Me metí corriendo en el bosque mientras mis hermanas subían al autobús. En lugar de dirigirme al colegio, enfilé el sendero para volver a casa.
Cuando llegué, papá estaba en la parte de delante del garaje dándole un frasco de líquido oscuro a una mujer que reconocí como la vecina que vivía varias casas más abajo. Lint estaba pegado a la pierna de papá. Tenía el pulgar metido en la boca y escuchaba cómo nuestro padre informaba a la mujer de que el frasco contenía una decocción.
—Son varias cortezas que he hervido —explicó—. ¿Ha oído hablar de la Gleditsia triacanthos? ¿Y de la Clethra acuminata?
La mujer negó con la cabeza.
—Es la acacia de tres espinas y el arbusto de la pimienta —dije en voz baja para mis adentros agachada detrás de las matas.
—Es la acacia de tres espinas y el arbusto de la pimienta —le indicó papá—. Le vendrá bien para la tos.
—¿A qué sabe? —quiso saber la mujer.
—No importa a qué le sabe a usted —dijo papá—. Lo que importa es a qué le sabe a la serpiente. Por eso tose. Tiene una serpiente aquí mismo —añadió, tocándole la garganta—. Y a la serpiente, esa bebida le sabrá muy bien. Tanto, en realidad, que querrá salir de dentro de usted. Si nota que le ocurre eso, vaya al río y deje que le venga el vómito. El agua apaciguará la furia de la tos y refrescará el ardor de la serpiente.
—Ya me habían avisado de que usted podía decir cosas raras como esas —declaró.
—Me parece que una dosis de historias favorece el efecto del remedio —contestó él.
Cuando la mujer se marchó, me metí a hurtadillas en el granero y subí al pajar. Saqué el bloc y el lápiz del bolsillo de la falda y empecé a escribir. Segundos más tarde, oí que Lint preguntaba a papá por qué se movían las huellas del granero.
—No se mueven, hijo —dijo papá mientras sus voces llegaban al granero.
—Sí se m-m-mueven —repuso Lint sacando una piedra del bolsillo.
La lanzó y le dio al granero antes de volver corriendo a casa, donde Trustin estaba dibujando en el porche.
—¿Betty? —me llamó papá—. Sé que estás aquí. Te he visto cruzar el jardín.
—No, no me has visto —dije, echándome hacia atrás—. No estoy aquí.
La escalera de mano del pajar se movió bajo el peso de mi padre cuando empezó a subir.
—¿Por qué no estás en el colegio? —preguntó.
—No quiero ir. —Siseé como una serpiente arrinconada—. ¿Y si me hacen respirar el último aliento de un hombre moribundo?
—No te harán eso, Betty.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo no se lo permitiré.
Para entonces había llegado a lo alto de la escalera y me ofrecía la mano.
—Venga, vamos —dijo—. No puedes esconderte en los pajares, Pequeña India. Así nunca tendrás una educación. Y si no tienes educación, la gente podrá decirte que eres más tonta que una piedra. ¿Quieres que te digan que eres más tonta que una piedra?
Negué con la cabeza.
—Pues venga —dijo—. Te llevo.
Mientras yo bajaba por la escalera, me explicó lo mucho que iba a divertirme en el colegio.
—Si tan divertido es, ¿por qué no vas tú? —le pregunté, saltando del último peldaño al suelo.
—Fui cuando era niño, pero tuve que dejarlo en tercero para trabajar en el campo y ganarme el pan. ¿Sabes la suerte que tienes de poder ir al colegio? En nuestra familia nadie ha terminado la secundaria. Fraya será la primera. Flossie será la siguiente. Y luego tú y los chicos. No desaproveches la oportunidad, Pequeña India. —Me rodeó con el brazo cuando salimos del granero—. Y harás muchos amigos.
—No es verdad. Me preguntarán por qué soy distinta. Siempre me lo preguntan.
—Pues diles lo que siempre les dices. Que eres…
—Cheroqui, ya. —Agaché la vista mientras nos dirigíamos al coche—. No quiero ir y punto.
—Si no vas —dijo él—, no podrás encontrar el Ojo Fantástico de Antaño.
—¿Qué Ojo Fantástico de Antaño? —pregunté.
—El que un anciano cheroqui talló hace mucho para los niños que tenían que ir al colegio. Ese anciano quería hacer un ojo que no hubiese sido creado antes. Uno con cinco pupilas y un iris como el río. Siempre en movimiento, siempre sorprendente bajo la superficie. Pero solo los niños como tú pueden verlo.
—¿Los niños como yo? —inquirí.
—Los cheroquis —dijo él.
—¿Y qué tiene de especial ese ojo?
—Cuando lo mires, verás todo lo que añoras de casa.
—¿Todo? —Lo miré—. ¿A ti también?
—Todo. A mí también.
Imaginándome el ojo, me adelanté a él dando brincos y subí a la Rambler. Papá diría más adelante que durante todo el trayecto en coche tuve una sonrisa en la cara, pero a medida que nos acercábamos al colegio, me iba poniendo cada vez más nerviosa.
Cuando mi padre aparcó junto a una hilera de árboles, bajé del vehículo esperando a que se fuese. En cambio, se bajó conmigo.
—Puedo ir sola —dije.
—Sí, ya sé lo que harás —contestó él—. Encontrarás otro pajar o una cueva en las montañas para esconderte.
—Una cueva —murmuré—. ¿Por qué no se me habrá ocurrido?
Papá abrió la puerta y entramos en el colegio. A diferencia del exterior de ladrillo beis, por dentro era todo de madera oscura, un detalle que resaltaba las lámparas de porcelana blancas. El pasillo estaba vacío. En la parte exterior de cada puerta había un letrero sujeto con cinta adhesiva que identificaba al profesor y el curso de cada clase.
—Ah, aquí es —dijo papá cuando encontró el letrero del primer curso.
Llamó suavemente a la puerta, pero no dio la oportunidad a que la abriesen desde dentro antes que él. La puerta estaba al fondo de la clase. Todos se volvieron para mirarnos. Algunos niños se echaron a reír mirando a mi padre. Yo los observé tratando de entender qué podía resultarles tan gracioso.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó la maestra.
—Mi hija aquí presente está lista para asistir a su primer día de clase. —Papá me dio un empujoncito para que avanzase—. Le hace mucha ilusión, aunque no quiere reconocerlo. Se ha cepillado el pelo y todo.
Los niños empezaron a susurrar entre ellos.
—Pero mira cuántos niños —dijo papá dirigiéndose a la clase mientras metía la mano en el bolsillo y sacaba un caramelo de menta.
Lo rompió golpeándolo con el puño contra un pupitre; cada golpe nos daba un susto.
—Un trocito para cada uno —les dijo, dividiendo el caramelo en suficientes pedazos que hizo circular a continuación. Algunos trozos eran diminutos.
—Niños. —La maestra dio unas palmadas—. No comáis ese caramelo.
—Solo es un caramelo —le aseguró papá.
—Seguro que sí.
La profesora empezó a recoger los trozos.
—Ya está, papá. —Traté de echarlo del aula—. Puedes marcharte.
—Voy a buscarte un buen sitio —dijo él, formando un telescopio con las manos y enfocando al otro lado del aula.
La clase era pequeña, pero él hizo como si inspeccionase cuarenta hectáreas.
—Papá. —Le tiré del brazo—. Allí hay uno.
Señalé el pupitre vacío situado junto a las ventanas abiertas. Él me levantó como cogía a Lint y me llevó en brazos al asiento. Miré fijamente a la maestra durante todo el recorrido. Era más joven de lo que me había figurado. Me la había imaginado con un moño canoso, unos mocasines con los tacones destrozados y un broche en el cuello de la blusa como Flossie siempre me describía a sus maestras. Sin embargo, la mía no parecía mucho mayor que Fraya. Llevaba tacones y, en lugar de un broche, tenía el cuello del vestido de lunares abierto.
—Puedo ir yo sola, papá. —Me escapé de sus brazos y me senté enseguida, tratando de esconderme detrás del pupitre—. Bueno, papá. Ya puedes volver a casa.
Él le dijo a la maestra que le gustaría hablar con ella. La joven se tocó el rizo de pelo rubio rojizo a la altura de la sien antes de reunirse con mi padre en el pasillo.
El niño del asiento de delante se dio la vuelta para mirarme a mí. Tenía el cabello castaño tieso y unos ojos muy juntos.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó.
—Betty.
Hizo una mueca.
—Hablas raro —dijo.
—Tú hablas más raro —le repliqué.
—También tienes cara rara —dijo—. Como tu viejo.
—Tú eres el que tienes cara rara. —Fruncí el entrecejo—. Y mi papá no es viejo. Es mi papá.
El niño se relamió mientras me estudiaba.
—Nunca había visto a una como tú, sin contar en el cine —dijo.
—Hay muchas niñas en clase. —Las señalé—. Ahí. Ahí. Ahí…
Mi dedo se posó en Ruthis. Me miraba fijamente.
—Anda, ya sé que hay niñas en clase. —El niño se dio la vuelta por completo para apoyar los brazos en mi pupitre y ponerse de cara a mí—. Me refiero a que nunca había visto a una de color.
—Y yo no había visto nunca a alguien con el culo donde debería tener la cara, pero como no te des la vuelta ahora mismo, voy a sacar la navaja de mi papá y a cortarte en trocitos para mandarte en una caja con forma de corazón a la fea de tu mamá. Entonces tendrá que escribir cartas a toda la familia para decirles en qué te has convertido y llorará y llorará hasta que tengan que sacrificarla como a un perro rabioso.
—Niña.
La voz de la profesora me sobresaltó.
El niño rio por lo bajo y se dio la vuelta.
—Niña —repitió—, aquí no hablamos de esa forma.
Alcé la vista y vi el ceño fruncido en su cara menuda.
—¿Qué le ha dicho mi papá? —le pregunté.
—Cuando te dirijas a mí, me llamarás señora.
—Bueno, ¿qué le ha dicho mi papá, señora?
—Que eres Betty Carpenter y que eres una tunanta.
—Él no diría eso.
—Pues lo ha dicho. —Cogió la regla de su escritorio y golpeó con ella contra la palma de su mano—. Ha dicho que eres una tunanta y que tengo que vigilarte porque si no te escaparás. —Movió dos dedos por el aire remedando unas piernas—. Pero vosotros tenéis tendencia a ser embusteros, ¿verdad?
Se acercó y me pasó un dedo por el brazo descubierto. Se miró el dedo como si esperase que se le hubiera manchado.
—¿Por qué tiene la piel tan oscura, señora? —preguntó una niña en el otro extremo de la clase.
—Porque se la engrasa —contestó la maestra.
—No es verdad —dije.
—Sí que lo es. —La profesora se plantó por encima de mí—. Te la engrasas y te pasas todo el día haraganeando al sol sin hacer nada y volviéndote más haragana y más morena.
—Yo no me engraso la piel.
—Mientes.
Me golpeó el dorso de las manos con la regla. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no quería que me viese llorar.
—Le contaré a mi padre que me ha pegado —le dije.
—Si lo haces, mandaré que traigan a tu padre a rastras y él también se llevará una zurra.
—No es verdad.
—¿Ah, no? Ponme a prueba, niña, y verás lo que pasa.
Se dio un golpecito en la palma de la mano con la regla y empezó a explicar la diferencia entre los jejenes que picaban y los genes de la herencia.
—¿Sabes lo que es el mestizaje?
Pronunció la palabra como si fuese un pecado.
Negué con la cabeza.
—Significa que la unión de los genes de tu padre y los de tu madre es antinatural —dijo—. Es como mezclar virutas de madera con leche y vendérselas al público. ¿Te gustaría beber una taza de leche que tuviera virutas, Betty?
No, señora Flecha.
—Sería muy desagradable. ¿No estás de acuerdo, Betty?
Sí, señora Espada.
—¿Y también estarás de acuerdo, mi pequeña piel roja, en que tú y tus hermanos sois las virutas de nuestra leche fresca, cremosa y deliciosamente nutritiva?
Sí, señora Navaja en mi Barriga.
Me tapé la cara con las manos. Cuando llegó el recreo, fue un alivio salir y estar lejos de mis compañeros de clase. Mientras ellos jugaban en los columpios y daban vueltas en el carrusel, yo me adentré en la alta hierba que crecía al lado del edificio. Era el único sitio del colegio que me recordaba mi casa.
—Qué rara es.
Me volví hacia la voz y vi a un grupo de niños junto a las barras para trepar. Todos me miraban. Ruthis estaba entre ellos.
—¿No vas a jugar en las barras? —me preguntó uno de los niños—. A los monos os gustan mucho. Mona, mona, mona.
Miré a Ruthis dudando de si se acordaba de la pelota roja que nos habíamos pasado. Estaba a punto de preguntárselo, pero dos niñas empezaron a susurrarle al oído.
—Hazlo —dijeron, empujando a Ruthis hacia delante.
—No puedo.
La niña se dio la vuelta hacia ellas.
Me arrodillé y le dije a la hierba:
—De todas formas, no quiero ser su amiga. Prefiero ser amiga tuya.
Pasé las manos sobre las altas briznas.
Me disponía a decirle a la hierba lo bonita que era cuando vi un ojo recién tallado en un árbol al lado de donde papá había aparcado antes.
—El Ojo Fantástico de Antaño.
Corrí hasta él.
La talla me recordaba los ojos que papá ponía a sus creaciones de madera, pero quise creer que ese ojo en concreto no era obra de su navaja. Cuando me incliné para mirar cada una de las cinco pupilas del ojo, me empujaron por detrás. Estiré los brazos mientras caía, pero no encontré a nadie que me ayudase. El pecho me rebotó contra el suelo. Antes de poder levantar la cabeza, alguien me subió la falda mientras dos niños me sujetaban los brazos.
—Basta —grité cuando me bajaron las bragas hasta las rodillas.
—No tiene —oí decir a una voz.
Los dos que me sujetaban me soltaron. Me subí rápido las bragas y cuando me di la vuelta vi que quien me las había bajado había sido Ruthis.
—No tiene ninguna —terció otra voz detrás de ella.
—¿Que no tengo qué?
Me levanté deprisa. Las lágrimas me ardían como fuego en las mejillas.
—Cola. —Ruthis apartó la vista—. Ellos me lo han mandado.
—¿Por qué pensabais que tenía cola? —pregunté, agarrándome la falda por si se repetía la escena—. No soy un perro ni un gato.
—La gente como tú tiene cola —dijo un chico.
—Todo el mundo lo dice —añadió otro.
—Idiotas —les espeté—. No tengo cola.
La profesora del recreo tocó el silbato y empezó a llamar a todos los alumnos a las clases. El grupo se disolvió. Ruthis fue la última en marcharse y me dejó sola. Me volví para mirar el ojo tallado.
—¿Ves lo que me han hecho? —le grité, pues tenía que gritarle a algo—. No has hecho nada.
Cogí una piedra, se la tiré y le di en las cinco pupilas. Como no podía hacer nada más, volví al colegio sin despegar las manos de la falda durante todo el recorrido por miedo a correr la misma suerte que antes.
Aunque ninguno de mis compañeros de clase había visto que yo tuviese cola, cuando volvimos a los pupitres todo el mundo murmuraba sobre su aspecto.
—Está llena de pelo negro y es como mi pulgar de larga —dijo una niña.
Apoyé la cabeza sobre el pupitre el resto de la jornada. Cuando sonó el timbre que avisaba del final de las clases, pasé corriendo por delante de los autobuses escolares. Vi a Flossie hablando con un grupo de niñas que parecían sus mejores amigas. Fraya andaba entre el grupo de alumnos de primero. Yo sabía que me estaba buscando.
Me metí en el bosque lo más rápido que pude para volver a casa. Cuando llegué, papá estaba poniendo una estantería contra la pared del fondo.
—Me has obligado a ir a un sitio horrible —le recriminé.
Salí corriendo, pero él me alcanzó en el jardín y me dijo que me calmase.
—Te odio.
Le golpeé con mis pequeños puños.
—Tranquila —dijo atrayéndome hacia él.
Sepulté la cara contra su hombro y lloré.
—Han dicho que tengo cola, pero no es verdad. No tengo.
—Pues claro que no tienes, Pequeña India.
Me convenció de que levantase la cara de su hombro. Me quitó las lágrimas de la mejilla con los dedos como si quitase garrapatas de ciervo.
—Iba a ir al bosque a por ginseng —dijo—. ¿Quieres venir?
Me sequé la nariz en la manga de su camisa antes de asentir con la cabeza.
—Espera, voy a buscar el bolso.
Entró en el garaje para coger su bolso con cordón lleno de bolitas que había confeccionado con ramas.
—¿Lista? —preguntó.
Me ofreció la mano y nos adentramos en el bosque los dos juntos. Él iba señalando los árboles a medida que pasábamos por delante.
—Ese de ahí es un viburno negro, Betty. Es originario de Ohio. Los pájaros se comen sus frutos en verano. Y ese es un cedro rojo de Virginia. Fíjate en que tiene la corteza raspada. Eso quiere decir que un ciervo ha estado aquí restregando los cuernos. Cuando vayas a recoger corteza (venga, haz memoria, Betty), ¿por dónde tienes que quitarla?
—Por el lado que le da el sol —contesté.
—Exacto. ¿Y qué raíces tienes que coger siempre?
—Las que apuntan al este.
—Muy bien.
—¿Lo ves? Lo sé todo. No hace falta que vuelva al colegio. Di que no tengo que volver, papá. —Le tiré de la mano—. Por favor.
—Ah, ya hemos llegado.
Se separó de mí y echó a andar hacia los chirimoyos de Florida, donde al ginseng le gustaba crecer.
Dejando atrás las plantas jóvenes del pie de la colina, papá subió por la escarpada ladera hasta las plantas más maduras, que ya estaban listas para su recogida.
—Ayúdame a encontrar un ginseng que tenga tres puntas —me dijo—. Así sabremos que no es su primer año.
Busqué entre las plantas hasta que encontré tres puntas. Tuve cuidado de contarlas en voz alta.
—Eso es —dijo papá—. Eres una buscadora de ginseng como la copa de un pino.
A pesar del dolor de su pierna derecha, se arrodilló porque consideraba que eso era lo que tenía que hacer. Formaba parte de un ritual consistente en pedir permiso al ginseng antes de poder arrancarlo. Me puse de rodillas a su lado mientras él cerraba los ojos y empezaba a mover los labios en silencio. Observé cómo lo hacía. Tenía las cejas muy fruncidas; su concentración se apreciaba en la forma en que inclinaba la cabeza hacia la tierra y no hacia el cielo. Me preguntaba si algún día yo podría hablar con la naturaleza tan íntimamente como él.
Lo imité cerrando los ojos y apoyando las manos en el suelo. Al principio no sabía qué decir, de modo que me limité a sentir. La tierra blanda que se deslizaba entre mis dedos. La luz cálida del sol en mis hombros. Las plantas que se mecían agitadas por el viento y me rozaban los lados de las piernas. Se adueñó de mí la sensación de que mis dedos podían estirarse y transformarse en ríos, y mi cuerpo quedarse tan inmóvil que se convirtiera en una montaña. Antes de que me diese cuenta, mis labios empezaron a moverse. Estaba preguntándole a la tierra de dónde venía y diciéndole de dónde venía yo. Todo ello me hizo volver al ginseng, cuya bendición solicité justo antes de abrir los ojos.
Vi a papá mirándome con una sonrisa en los labios.
—Vamos a empezar, Betty —dijo.
Primero cogió los frutos rojos de la planta y los echó en mi mano. Empleando el destornillador que llevaba en el bolsillo, cavó en torno a las raíces hasta que se desprendieron y se aseguró de mantener todos los pelillos intactos al sacar el ginseng. Eligió una bolita de su bolso. La estrujó antes de echarla al agujero.
—Bueno, Pequeña India. —Se volvió hacia mí—. Ahora pon la semilla.
Aplasté con cuidado los frutos de ginseng antes de echarlos al agujero de la misma manera que él había estrujado la bolita. Los frutos contribuirían a la estabilidad de la población de ginseng. La bolita era la aportación de papá por la bendición de la Madre Naturaleza.
—Hemos dado gracias a la tierra —dijo, llenando el agujero.
En el trayecto de vuelta a casa con la cosecha, papá arrancó una pequeña tira de la corteza de un tulípero. Volvimos al garaje, que él había estado transformando en su taller botánico. Ya había construido una encimera y una estantería nueva en la pared del fondo. En el rincón había una pequeña cocina de leña que había instalado y en la que preparaba infusiones o decocciones que luego guardaba en los frascos alineados en la encimera.
—Necesito el diente.
Alcanzó la lata situada hacia el fondo de la encimera. Dentro estaba el diente de la serpiente de cascabel que le había mordido al sacarla de mi cuna cuando yo era un bebé.
—El espíritu de la serpiente de cascabel está en este diente —dijo papá—. Un espíritu que estuvo a punto de matarme cuando el colmillo de la serpiente se clavó en mi carne. Es un espíritu que tiene mucho poder. Sss, sss —silbó, imitando a la serpiente de cascabel.
Sacudí su sonajero de calabaza mientras él llenaba una cazuela de agua del cubo del suelo.
—Siempre agua del río —puntualizó—. Acuérdate, Betty.
Se puso a dar vueltas al diente de serpiente en su boca y lo asomó por encima del labio hasta que yo rompí a reír. A continuación, llevó la cazuela de agua a la cocina.
—Tiene que estar caliente como el sol —especificó.
Mientras él metía más troncos en la cocina para encender lumbre, yo dejé el sonajero de calabaza para coger una rama de pino. La sumergí en el agua y me espolvoreé las gotitas en la frente.
—Siempre agua del río —repitió él mientras molía la raíz de ginseng con el martillo.
Puso la raíz y las hojas, acompañadas de un trozo de corteza de tulípero, a hervir en el agua y les añadió unas hojas de ginseng partidas para que flotasen por encima.
Sacó dos vainas secas de acacia de tres espinas de una lata y las echó al agua hirviendo. Las vainas endulzarían el líquido. Supuse que la bebida estaba destinada a alguien que no toleraba el sabor amargo. Mientras removía la mezcla, siguió con la lección.
—Para el resfriado, la Prunus virginiana.
—Perú… ñus… —traté de repetir el nombre lo mejor que pude.
—El nombre común es cerezo de Virginia.
—Bueno para el resfriado —dije, y él asintió con la cabeza.
—Para la fiebre —añadió—, Castanea pumila.
—Casca…
—Castanea pumila. Nombre común, castaño enano.
Hizo una pausa para mirar la telaraña del rincón.
—¿Sabes que puedes utilizar una telaraña para que una herida deje de sangrar? —me preguntó—. Acuérdate de todo esto, Betty.
Se apartó del agua hirviendo para coger una lata de puntas de flecha. Eligió una del color de la arenisca y la echó en la cazuela.
—Así la fuerza de la punta de flecha pasará al líquido —explicó.
Escuché cómo la punta de flecha repiqueteaba sin parar contra el fondo de la olla en el agua hirviendo.
—Aprendo más contigo, papá —dije—, que en un colegio inútil.
Con la ayuda de un cazo, sirvió la mezcla hirviendo en una taza de madera y la dejó en la encimera para que se enfriase.
—Si no vas al colegio, ellos ganan, Betty —dijo—. Ganan porque para ganar la guerra solo han tenido que hacerte caer.
Se sacó el diente de la serpiente de la boca y lo sujetó entre nosotros.
—Es como cuando me mordió la serpiente de cascabel —continuó—. Pensé que me había vencido, pero lo que me mordió me hizo más fuerte. Ahora te están mordiendo a ti.
Me cogió la mano en la suya y me pinchó en la palma con el colmillo.
—Ay.
Me aparté bruscamente.
—Tienes que sobrevivir a ello, Betty.
—No puedo. —Me froté la palma—. No soy fuerte como tú.
—Eres fuerte. Tienes que recordártelo. —Cogió la taza de madera—. Por eso te he preparado esto.
—Solo es ginseng.
—Y una punta de flecha —me corrigió él—. Que la convierte en la bebida de un guerrero.
Me dio la taza, todavía caliente por los lados. Miré el líquido marrón y entorné los ojos para evitar el vapor.
—Me quemará la boca —protesté.
—Ya se ha enfriado.
Clavando los ojos en el líquido, observé cómo daba vueltas antes de llevarme la taza a los labios y sorber despacio el brebaje caliente. Bebí hasta que solo quedaron la punta de flecha y el trozo de corteza.
—¿Notas el espíritu dentro de ti? —preguntó papá.
—Noto tierra en los dientes.
Me los lamí y dejé la taza.
—Pero ¿notas el espíritu, Pequeña India?
—No sé. —Lo miré fijamente a los ojos—. ¿Cómo puedo saberlo?
—Te lo enseñaré. —Me cogió de la mano y, teniendo cuidado con la pierna mala, se puso a saltar. Rompió a reír como si nunca se lo hubiese pasado tan bien—. Si te quedas quieta, Betty, te perderás algo extraordinario.
Al principio salté solo un poco, pero la amplia sonrisa de mi padre me elevó más y más del suelo hasta que los dos estábamos dando brincos como si pudiésemos tocar el cielo.
—¿Lo notas? —me preguntó—. ¿Notas el espíritu?
—Noto algo —contesté, notando el golpe seco de la caída.
—Tienes que notarlo del todo.
Me arrastró detrás de él para dar vueltas corriendo dentro del garaje.
—¿Lo notas ahora?
Se volvió para mirarme.
—Lo noto más.
—Tienes que notarlo del todo —repitió saliendo del garaje.
Sin soltarme la mano, me llevó corriendo al campo.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—A algo maravilloso —respondió él.
Nuestros pies golpeaban rítmicamente hasta que llegó un momento en que nos movíamos tan deprisa que me convencí de que había despegado del suelo.
—Lo noto —dije—. Lo noto del todo.
Y efectivamente lo notaba. Como si algo me inundase, veía pasar estelas de colores. Azul, amarillo, verde. El cielo, el sol, la hierba. La experiencia que había vivido en el colegio me había llenado el alma de nudos que ahora podía soltar en los prados. Sentí un súbito afecto por todo lo que me rodeaba que me hizo olvidar la soledad que se había apoderado de mí en el patio de recreo. Ruthis y los demás se hallaban en otra parte. Estaba segura de que podía soportar las cargas más pesadas del mundo. Ni piedras ni hierro, sino espirales y cosas que daban vueltas y giraban.
Corría tan rápido que adelanté a papá, y me dejó marchar cuando mi mano se escapó de la suya. Di la vuelta al campo antes de regresar con mi padre, que me esperaba con los brazos abiertos. Entonces comprendí adónde habíamos ido corriendo. Habíamos corrido el uno hacia el otro. Me lancé a sus brazos.
—Mi pequeña guerrera —dijo, arrimando su cara a la mía.
7
Aullarán las hienas en sus torres, en sus lujosas moradas los chacales.
Isaías 13, 22
L int tenía cara de niño. Tenía cara de niño y ojos de viejo. Tenía cara de niño y los ojos de un viejo inquieto.
—Septiembre lo calmará —dijo papá—. Y todos los miedos de Lint se irán como un zorro que escapa de noche.
Papá decía eso cada mes, como si con cada hoja nueva del calendario se abriese una puerta. Pero cuando llegó septiembre, tan fino que podía colarse entre las ramas de los árboles, Lint enfermó de lo que papá llamó el tembleque del escarabajo porque la forma en que Lint se sacudía recordaba el temblor de las larvas.
—Solo tiene cuatro años —dijo papá—. No es más que un niño. Y los niños creen que solo se les ve si se mueven. Eso es lo que está haciendo, moviéndose para que nos acordemos de verlo. Para que sepamos que está con nosotros en casa.
Como Lint seguía temblando, papá lo llevó a una lumbre que había encendido en el campo. Se calentó las manos con las luminosas llamas naranja y tocó a Lint.
—Te veo, hijo —dijo papá apretando las manos contra el pecho de su hijo.
Primero cesaron los temblores del brazo derecho y luego los del izquierdo.
—Te veo.
Los temblores de las piernas cesaron antes que los de la cabeza.
—Te veo.
Una vez que Lint estuvo inmóvil como la hierba que le rodeaba, papá dijo:
—Bien hecho. Te veo.
Lint se incorporó y sonrió. Tal vez papá pensó que su hijo estaba en condiciones de seguir desarrollándose sin problemas. Que no perdería el juicio y que su risa lo demostraría. Pero para el domingo Lint había empezado a quejarse de unos animales que tenía dentro del cuerpo.
—Debajo d-d-de la piel —le dijo a papá—. Va y viene. Me pica y d-d-duele. Noto unos cuernos de ciervo que se me clavan en la e-e-espalda, papá. Una a-a-ardilla en el brazo. Una zarigüeya en el p-p-pie. Un coyote e-e-encima de la rodilla.
Cada vez que Lint se quejaba de que tenía un animal dentro de él, papá le soplaba esa parte del cuerpo e imitaba el sonido del animal en cuestión. Cuando Lint le dijo que tenía un lobo en el codo, papá aulló. Cuando dijo que un tigre corría por su espalda, papá gruñó y enseñó los dientes. Después de que papá imitase el chillido de un halcón, Lint dijo que ese era el último animal.
Papá sabía que para querer a Lint había puentes que cruzar, y que no siempre serían fáciles de atravesar. Con el fin de prepararnos, dijo que no hablásemos de nuestro hermano con extraños.
—Solo conseguiremos que nos separen de él y lo manden fuera —nos dijo cuando Lint estaba en el campo buscando piedras.
—¿Adónde lo mandarán? —le pregunté, sin saber de qué personas hablábamos.
—A vivir en una casa de escorpiones —respondió papá—. Esos escorpiones le picarán hasta que se olvide de hablar. Es más, querrán curarlo, pero lo único que harán es echarlo de este mundo.
Cada vez que Lint decía que padecía síntomas imaginarios como dolor de pestañas o arañas en los oídos, papá lo curaba con remedios como si las dolencias fuesen reales.
—Prométeme que n-n-no dejarás que los demonios me cojan, papá.
Las noches se volvieron cada vez más difíciles para Lint. Tenía miedo de que en un momento dado le acechasen espíritus malvados a menos de dos metros de distancia. Trustin dormía a menudo en el sofá de abajo debido a la cháchara de Lint. Las infusiones ya no le calmaban los nervios, de modo que papá pasó al café.
—No puedo d-d-dormir —decía Lint—. Los d-d-demonios.
—No puedes dormir —le explicaba papá— porque cuando naciste te lavé los ojos con un agua en la que había puesto una pluma de petirrojo en remojo tres días. Quería que fueses madrugador, pero dejé la pluma remojándose demasiado tiempo. Ahora quieres madrugar tanto que ni te acuestas. No hay demonios, hijo.
Aun así, Lint gritaba y buscaba a papá.
—¿Papá? —preguntaba Lint—. ¿Siempre s-s-serás mi papá?
—Claro —respondía papá asintiendo con la cabeza.
—¿Y mamá siempre será mi m-m-mamá?
—Siempre.
—No quiero c-c-crecer. No quiero estar s-s-solo. —Lint se agarraba fuerte a papá—. Quiero estar con mamá y papá s-s-siempre.
Teníamos problemas para entender a Lint. Podía estar contento y, un momento después, parecía que una sombra hubiese cruzado su rostro. Papá decía que era algo que ninguno de nosotros podía entender, pero que todos teníamos que intentarlo.
—Él no tiene la culpa de gritar ni de decir cosas un pelín raras —nos dijo papá—. Le entra polvo en las orejas y al pobre se le arma un barullo en la cabeza. Un barullo que nosotros no entendemos porque no tenemos que padecerlo como él. Pero sigue siendo vuestro hermano pequeño. Sus pies siguen corriendo adonde estamos nosotros. Es su mente la que corre a otra parte. Tenemos que respetarlo. Tenemos que entender que las cosas que hacemos y decimos le afectan.
—Papá tiene razón —asintió Fraya.
—Tenemos que ser una familia para Lint —continuó papá—. No quiero que ninguno de vosotros lo dejéis solo. No superará lo que se ha apoderado de él si no le dedicáis tiempo. Si se queda solo, el silencio alimentará sus demonios.
De modo que no dejábamos solo a Lint y lo llevábamos con nosotros a sitios como el río.
—El i-i-infierno —decía él, señalando con el dedo la parte honda.
Así pues, se sentaba en la orilla y salpicaba con sus piececitos.
Le gustaba ver a Trustin zambullirse, de modo que Trustin trepaba a un árbol, se subía a una rama y le decía:
—Mírame, Lint. Mírame.
Lint siempre aplaudía cuando Trustin se ponía a cacarear como un gallo antes de mirar al agua entornando los ojos. Aunque Trustin solo tenía cinco años en aquel entonces, nunca se ponía tan serio como cuando estaba a punto de tirarse al agua. La rama botaba ligeramente bajo su peso en el momento en que se impulsaba en el aire. Las piernas totalmente juntas. Los dedos de los pies de punta como si nunca hubiese tenido los pies planos. El cuerpo formando una línea recta, dirigido por los brazos y las manos pegadas como si rezase al entrar en el agua.
Luego salía a la orilla, donde sacudía su largo cabello moreno como un perro. Los flecos de los vaqueros cortados se le pegaban a los estrechos muslos cuando avanzaba pavoneándose por la ribera, y la arena se le metía entre los dedos de los pies.
—Hala, qué pedazo de salto —se felicitaba a sí mismo—. ¿Lo habéis visto?
—Bah. —Flossie se encogía de hombros—. Los he visto mejores.
—Ha estado bien, Trustin —se apresuraba a decir Fraya.
—Salpica más —siempre le pedía Lint—. Salpica más, Trustin.
Trustin volvía a trepar al árbol y esta vez se lanzaba en bomba. Pero incluso esas zambullidas eran auténticas obras de arte. Se abrazaba con cuidado las piernas mientras el sol asomaba sobre la curvatura de su columna vertebral. Desde la orilla, Lint aplaudía y reía cada vez que el agua le salpicaba.
Trustin repetía la operación una y otra vez. Salía del río, trepaba al árbol con los pies mojados, y cada vez decía:
—Este será mi mejor salto. Ya veréis.
—Sí. —Lint graznaba como un pato desde la orilla—. Salpica m-m-mucho.
Una tarde especialmente soleada, mientras Lint lo animaba, Trustin trepó más alto que nunca. Cuando estaba a punto de cacarear como un gallo, un pie mojado le resbaló.
Sus zambullidas siempre habían sido caídas perfectamente planificadas. Pero cuando se precipitó por los aires, el arte de esos saltos se modificó rápidamente. Agitó los brazos al mismo tiempo que sacudía las piernas en el aire y retorció el cuerpo justo antes de caer en tierra firme.
Mis hermanas y yo salimos corriendo del agua. Lint se puso a rezar en la orilla para que a Trustin no le hubiese pasado nada.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Fraya a Trustin por encima de él.
Mi hermana estaba sin aliento. Yo no sabía si era de nadar rápido o de ver cómo Trustin yacía boca abajo.
—¿Estás muerto?
Flossie le dio un puntapié.
—Para, Flossie. —Fraya le dio un manotazo en el brazo—. ¿Trustin? —Se volvió de nuevo hacia él—. ¿Puedes oírnos?
Él se dio la vuelta y contempló las nubes que flotaban por encima de nuestras cabezas.
—Solo te has quedado sin aire, ¿verdad?
Fraya le ayudó a incorporarse.
—¿No vas a decir nada? —le pregunté—. ¿También te has quedado sin voz?
Él alzó la vista al árbol del que había caído como si fuese muy alto.
—Bueno —dijo.
Pensábamos que diría algo más, pero nos equivocábamos porque se levantó y echó a andar en dirección a casa.
Lo curioso es que Trustin no había gritado al caer. Cuando se lo explicamos a papá esa noche, dijo que se alegraba de que nosotros hubiésemos estado presentes.
—Un niño que se cae sin hacer ni un ruido —dijo papá— necesita a alguien que grite por él.
8
Perros mudos, incapaces de ladrar; vigías perezosos con ganas de dormir.
Isaías 56, 10
Pasaba tardes enteras en las colinas metiéndome en cuevas y besando sus frías paredes. Salpicaba el agua marrón de las charcas y me columpiaba en las parras hasta que me mareaba tanto que me dispersaba como un rayo de luz. Entre tanto, Flossie planeaba el secuestro de Corncob Diamondback.
A Flossie le encantaban las películas. El cine y el autocine eran sus sitios favoritos del mundo. Durante la película, copiaba los gestos y las expresiones faciales de sus ídolos. Se obsesionó con las revistas de estrellas de la gran pantalla y sus fotografías a todo color de actrices recostadas en sofás.
—Todos viven en Hollywood, Betty —me decía mientras hojeaba las revistas delante de mi cara—. Yo nací en California por un motivo. Estoy destinada a vivir allí. No en un poblacho como Breathed. Necesito neones y terciopelo blanco.
Flossie creía que si secuestraba a Corncob podría comprarse un billete de autobús con el dinero del secuestro. Eligió a Corncob por un motivo. Era el perro de Americus Diamondback. Flossie se enteró de que Americus había venido de Nueva York en los años treinta. Llevaba perpetuamente un traje de tres piezas blanco con un reloj Cottle en el bolsillo. Siempre tenía un puro y lucía un sombrero flexible decorado con las plumas de un faisán dorado. Portaba el New York Times bajo el brazo y lo leía a diario en un banco enfrente de la barbería.
Flossie sabía que Americus llevaba todos los días el mismo traje de espiga y que estaba roto y raído, pero le daba igual. También le daba igual que leyese el mismo New York Times de 1929 con el titular EL GRAN CRAC. Su sombrero tenía un desgarrón en un lado, y de las plumas de faisán solo quedaban los cañones rotos. El puro era el único que tenía. Por eso nunca lo encendía, aunque lo sostenía entre los labios como si estuviese prendido. Americus no era más rico que nosotros, pero para una niña de diez años desesperada por escapar para hacer realidad su sueño, era fácil creer que un hombre que había sido rico lo sería siempre.
A Flossie no le costó capturar a Corncob. El perro solía estar en el campo, buscando mazorcas de maíz que cogía y transportaba en su boca desdentada para enterrarlas en los agujeros que cavaba. Flossie sacudió una de esas mazorcas hasta que el perro se dirigió tranquilamente a ella. Mi hermana lo condujo por el bosque. Le llevó toda la tarde. El animal se había vuelto lento, como todos los seres viejos. Flossie no le premió con la mazorca de maíz hasta que estuvo en el cobertizo.
Esa noche durante toda la cena, mi hermana estuvo dando brincos en su silla. Papá le preguntó por qué sonreía tanto. Ella se metió más guiso de maíz y habas en la boca y contestó:
—Por nada.
Más tarde, cuando mamá y papá ya se habían acostado, yo estaba sentada en la cama escribiendo un poema sobre una niña reducida al tamaño de una hoja.
Desciende por una colina en el sombrerito de una bellota, escribí, evitando a los lobos de abajo…
Flossie me arrebató el lápiz de la mano e intentó metérmelo por la nariz.
—Vete por ahí.
La espanté de un manotazo.
—Ven, quiero enseñarte una cosa —dijo.
—Estoy escribiendo.
—Betty, lo que tengo que enseñarte es más importante que uno de tus ridículos cuentos.
—Déjame en paz, Flossie —le gruñí como un perro.
—Está bien —respondió ella gruñendo como un lobo—. Entonces no te lo enseñaré.
Se apartó con mi lápiz aún en la mano. Se detuvo enfrente del espejo del tocador y se levantó la camisa. Cuando se puso el lápiz en el pecho desnudo, le pregunté qué hacía.
—La prueba del lápiz —contestó como si yo fuese tonta por no saberlo—. He leído cómo se hace en una revista de Papa Juniper’s. Te pones el lápiz debajo de las tetitas y si se queda quieto, ya puedes llevar sujetador. Pero si se cae, todavía eres una niña y no tienes que llevar nada aparte de flores en el pelo.
Cuando lo soltó, el lápiz se cayó e hizo ruido en el suelo.
—No te van a crecer las tetas esta noche, tonta —dije.
Ella repitió la prueba varias veces más antes de dejar el lápiz definitivamente. Pasó por encima de él y me tiró del brazo.
—Vamos, Betty. Quiero enseñarte una cosa increíble.
—No me interesa.
—Está vivo.
Abrió mucho los ojos.
—¿Vivo? —Me levanté de la cama abrigándome los hombros con la manta—. No me habías dicho que está vivo.
—Sabía que querrías verlo, Betty.
Asomamos las cabezas por la puerta de nuestro cuarto. Luego deslizamos los pies sin hacer ruido por el suelo del pasillo para no arriesgarnos a que la madera crujiese.
—¿No te gusta estar despierta cuando todo el mundo está dormido? —me preguntó Flossie al oído mientras bajábamos la escalera pegadas a la pared.
Una vez fuera, intentó meterse debajo de la manta conmigo. Yo la aparté de un empujón y me arrebujé con la manta mientras ella avanzaba dando fuertes pisotones.
—Qué curioso, de noche todo te pone los pelos de punta —comentó cuando sopló una ráfaga de viento que pareció que sacudiese el suelo.
A lo lejos, un búho ululó. Flossie se me acercó más.
—Tienes miedo —dije—. Gallina. Co, co, co, co.
—Cállate. —Se detuvo y miró detrás de nosotras—. ¿No tienes una sensación rara?
—¿Qué sensación?
—Como si alguien nos siguiera.
Oímos una ramita que se partía en el suelo. Flossie inspiró bruscamente.
—¿Hueles eso? —me preguntó—. Huele a mirra.
—¿Mirra? ¿En qué película has visto eso? —inquirí.
—La huelo de verdad.
—Sabes por qué huele a mirra, ¿verdad? —dije en el tono más siniestro que pude adoptar.
Ella negó con la cabeza.
—Huele a mirra —declaré— porque es a lo que huele siempre que el hombre de la barriga roja anda cerca.
—¿Por qué tiene la barriga roja? —quiso saber ella, desviando rápidamente la vista de una sombra a otra.
—Porque tiene la barriga empapada de la sangre de todas las chicas a las que ha asesinado y devorado en mitad de la noche. —Le soplé en la nuca—. Puedes saber cuándo se acerca el hombre de la barriga roja porque el olor a mirra se vuelve más fuerte.
—Cállate, Betty —susurró.
—¿Qué es eso que se mueve? —Señalé a la oscuridad—. Madre mía. ¿Qué es eso, Flossie?
—Basta ya, Betty.
—Lo digo en serio. Hay algo ahí. Es… es… ¡el hombre de la barriga roja!
La agarré.
Ella se sobresaltó y gritó.
—No dejes que me coma.
Cuando yo me carcajeé, tardó varios segundos en darse cuenta de que no había ningún peligro real.
—No estaba asustada —dijo resoplando al reemprender la marcha.
—Pues te aseguro que lo parecías.
Me acerqué a ella dando saltos.
—Estaba perfeccionando la cara de miedo para las películas de terror en las que saldré algún día.
Sin decir una palabra más, me llevó al cobertizo construido en la parte trasera del granero. En otro tiempo, el cobertizo había estado equipado con una pajarera. La reja había desaparecido, no había pájaros desde hacía años, y las enredaderas habían envuelto la estructura de madera hasta que se desplomó parcialmente. En el cobertizo se guardaban las provisiones para la pajarera.
Flossie se volvió hacia mí y se llevó los dedos a los labios antes de descorrer el pestillo de la puerta sin hacer ruido y abrirla. Un tenue ronquido salió de la oscuridad del cobertizo. Flossie tiró de la cuerda de la bombilla. Al resplandor de la luz brillante, recorrí las estanterías polvorientas con la mirada antes de bajar la vista al perro dormido, que tenía la cabeza gris apoyada en una bolsa de alpiste vacía. Antes de que pudiese hacer ninguna pregunta, Flossie me explicó en detalle cómo había atrapado al perro y qué planes tenía.
—Qué horror —dije—. Raptar a un perro para sacar dinero.
—No voy a hacerle daño ni nada por el estilo —aseguró ella—. Además, a lo mejor le gusta la fama de perro secuestrado. Podemos hacernos famosos los dos.
Se agachó, echó sus brazos larguiruchos alrededor del pescuezo del animal y lo despertó. El perro hizo poco más que bostezar. Aprovechando que estaba con la boca abierta, ella miró dentro y dijo que solo tenía un diente.
—Debe de ser un diente de la suerte —dijo dirigiéndose a Corncob.
—¿Nunca ladra ni hace nada? —le pregunté.
—Creo que es demasiado viejo para acordarse de cómo se hace —contestó ella.
Me eché al lado de Corncob y le rasqué debajo del mentón. Las comisuras de su boca se curvaron hacia arriba, y se puso a dar golpes en el suelo con la pata trasera.
—Seguro que mañana Americus habrá empapelado todos los árboles de Breathed con carteles —dijo Flossie—. ¿Cuánto crees que pagará, Betty?
—Yo diría que todo lo que tiene —respondí mientras ella frotaba el hocico a Corncob con la nariz.
—¿Tú crees? —me preguntó.
—Claro. —Asentí con la cabeza—. Papá dice que cuando tienes el corazón duro, un perro viejo te lo ablanda. Por eso valen tanto.
—¿Qué habrá que hacer para tener el corazón duro?
—Comer muchas piedras como las que tiene Lint —dije.
Salimos del cobertizo riendo como tontas. Flossie siguió hablando de cuánto dinero pagaría Americus.
—Seguramente más del que necesito —comentó, sonriendo de oreja a oreja.
Sin embargo, Americus no puso carteles. Lo que sí hizo fue comprar un cerdo enano en una de las granjas porcinas de la zona para sustituir a Corncob. Flossie se enfadó tanto que se acercó corriendo al cerdo y le dio un cachete en el trasero. Americus y Flossie se miraron a los ojos antes de que ella escapase.
—Ya sé lo que haremos —me dijo más tarde ese día, después de haber estado pensando sentada en el tocón de un árbol—. Le haremos a Corncob una foto.
—No tenemos cámara —le recordé.
—Bueno, entonces Trustin puede hacer un dibujo de Corncob. Eso servirá. —Alzó la voz de la emoción—. Luego le llevaremos a Americus el dibujo. A lo mejor se ha comprado el cerdo porque cree que Corncob está muerto. Le dejaremos una nota con el dibujo pidiéndole quince dólares. No, espera. Con veinte dólares bastará.
—¿Por qué no paras de hablar en nombre de las dos? —Me crucé de brazos—. Yo no lo he secuestrado.
—Te daré parte del dinero —prometió ella.
Antes de que yo pudiese contestar, añadió cuatro canicas, una bola de caramelo y el caparazón agrietado de tortuga que se había encontrado hacía poco en la orilla del río. Todo eso era como un millón de dólares para una niña desharrapada como yo. Enseguida nos escupimos las palmas y cerramos el trato con un apretón de manos. Cuando fuimos al cobertizo a explicarle a Corncob el plan, lo encontramos tumbado de lado. Tenía la boca abierta sobre un charco de espuma.
—¿Le has dado de comer? —pregunté.
Flossie se arrodilló a su lado.
—Sí. Esta mañana le di panecillos con salsa de carne.
—¿Le dejaste agua?
Ella señaló con la cabeza un viejo bote de café situado debajo de la estantería. En la superficie del agua flotaba una pequeña lata.
Leí la etiqueta a Flossie.
—Matarratas.
Ella se levantó rápido y miró el agua turbia, y a continuación la estantería debajo de la que estaba el agua.
—El veneno ha debido de caerse al agua —dijo—. Cuando el perro bebió, se envenenó. —Abrió mucho los ojos—. Está muerto, Betty.
—¿Muerto?
Me di cuenta de que Corncob no se había movido desde que estábamos allí.
—Mira que podían haberse caído cosas al agua, Betty. Esa caja de botones o esos alfileres de sombrero rotos. —Me señaló los objetos para que yo entendiese a qué se refería—. ¿Por qué tenía que caerse el veneno, querida hermana? ¿Y por qué después de todos estos años? Ese matarratas era de los Peacock. Escondido en un estante durante décadas. Si papá lo hubiese encontrado, se habría deshecho de él. Ya sabes que no soporta los venenos. Pero ha estado aquí todos estos años, sin que nadie lo descubriese, y ahora da la casualidad de que se cae del estante. ¿Por qué? Yo te diré por qué. Es la maldición de la casa.
Se llevó las manos a la cara como si estuviese en una película de terror.
—¿Por qué tuviste que dejar el bote debajo de la estantería? Es culpa tuya, Flossie.
—No. Yo no quería que el agua se calentara con el sol. Debajo de la estantería estaba oscuro y no daba el sol. Quería que el pobre pudiera beber algo fresco.
Se llevó la mano al corazón.
—Oh, tendremos que enterrar el cadáver para que nadie lo sepa, aparte de nosotras —dijo.
—Tenemos que contárselo a papá.
Saqué el bote del cobertizo y tiré el agua para que nadie más pudiese beberla.
—Por favor, Betty. Si papá lo sabe, los chicos lo descubrirán. Todo el pueblo se enterará. No quiero que me llamen asesina de perros. Además, si yo caigo, diré que a ti se te ocurrió la idea de secuestrar a Corncob. Una actriz sabe cómo mentir para que todo el mundo la crea. Nací el mismo día que Carol Lombard. Sé interpretar un papel. Vamos, Betty. Ayúdame, por favor.
Me abrazó y me miró con los ojos muy abiertos y llorosos.
—Está bien. —Cedí clavándole un dedo en el pecho—. Pero tú cavas el agujero.
—Claro. —Asintió con la cabeza—. Por mi parte no hay problema.
Cargamos el cuerpo de Corncob en la carretilla entre las dos.
—Espera. —Flossie cogió la mazorca de maíz que había usado para atraer al perro. La puso al lado de su cuerpo—. Todo el mundo debería ser enterrado con algo que le guste mucho.
Pusimos la pala a través de la carretilla y la empujamos juntas hasta que llegamos a la vía del tren.
—Así podremos ver los trenes que van y vienen —dijo Flossie mientras intentaba darme la pala.
Le recordé que yo no pensaba cavar el agujero.
—Pero me acabo de pintar las uñas, Betty.
Levantó las uñas. No tenía dinero para comprar esmalte comercial, y como no podía usar el de mamá, se le ocurrió la idea de derretir nuestros lápices de colores de cera de abeja. Usaba un algodón para aplicarse la cera en las uñas. Por ese motivo le quedaban unos hilillos que sobresalían de la cera, pero de lejos no se veía ninguna imperfección.
—Tengo las uñas demasiado bonitas para estropearlas —añadió.
—Yo también —dije, enseñando mis uñas sin pintar llenas de tierra de buscar lombrices.
Flossie puso los ojos en blanco antes de hundir la pala a regañadientes en el suelo. Como la tierra no estaba blanda, no consiguió introducir la hoja más de unos centímetros.
—Por favor, Betty. Ayúdame.
—Sabía que esto acabaría pasando —dije, cogiendo el mango de la pala. Cavamos entre las dos un agujero lo bastante amplio para depositar a Corncob.
—Lo siento, Corncob —dijo Flossie mientras dejábamos que el cuerpo del animal resbalase por un lado del agujero—. Esto no debería haber pasado. Tú no deberías haber muerto.
Sacó la mazorca de maíz de la carretilla y la lanzó encima del cuerpo de Corncob.
—¿Crees que el perro pensó que yo lo envenené? —preguntó Flossie mientras llenábamos la tumba.
—Le hiciste una cama y le diste de comer panecillos con salsa. No pensaría que una niña que hace eso sería capaz de envenenarlo —dije.
Me miró a los ojos.
—¿Crees que le dolió cuando murió, Betty?
Me acordé del charco de saliva espumosa que habíamos encontrado debajo de la boca del perro. Negué rápido con la cabeza. Ella pareció quedar satisfecha.
—Deberíamos marcharnos —dije antes de que pudiese preguntarme algo más.
Cuando regresamos al granero, papá estaba dentro buscando más clavos para terminar los viveros que estaba construyendo con ventanas viejas.
—¿Qué andáis haciendo, pareja? —preguntó cuando se detuvo a mirar la pala situada en medio de las dos.
—Han atropellado a un pavo salvaje en Shady Lane —contesté—. Lo hemos llevado al bosque para enterrarlo como tú siempre haces cuando ves un animal muerto.
—No es de recibo dejarlos donde pueden seguir arrollándolos —dijo—. ¿Cómo habéis conseguido levantar un animal tan pesado las dos solas?
—Lo hemos hecho entre las dos —respondió Flossie antes de que yo pudiese hablar.
—Pues habéis hecho lo correcto con el pavo. La tierra se acordará.
Papá cogió una lata de clavos y se volvió para marcharse.
—¿Y si hay una maldición? —pregunté, y mi padre se paró en seco—. ¿Y si el perro…?
Flossie me dio un codazo.
—O sea, el pavo. —Evité la mirada de papá—. ¿Y si el pavo muerto es el primero?
—¿El primer qué? —inquirió él.
—El primero de nosotros que desaparece. Como los Peacock.
—A los bichos los atropellan todos los días en la carretera, Betty. No es magia.
Mientras papá daba martillazos, Flossie y yo nos fuimos al Quinto Pino, donde ella tenía el caparazón de tortuga roto. Nos tumbamos las dos juntas mirando al cielo. No dijimos nada. Nos limitamos a pasarnos el caparazón de la una a la otra, deslizando los dedos por la grieta hasta que cerramos los ojos.
9
En medio de lobos.
Mateo 10, 16
Porches decorados con calabazas de Halloween prestas a recibirme con una sonrisa y ojos triangulares. Caramelos de supermercado que crujen en bolsas mientras pasan volando hojas secas junto al rastrillo del viejo demasiado cansado para amontonarlas. Una bufanda violeta arrastrada por el viento en un camino de tierra y un cuervo sin nombre que vuela en el cielo. Eso es octubre para mí. Un círculo omnipresente de sombras otoñales, fantasmas y madres.
Ese Halloween, cuando mamá me llamó a su habitación para disfrazarme, entré sabiendo perfectamente lo que quería.
—Cigarras —le dije—. Quiero ser una princesa con un vestido hecho de carcasas de cigarra. Y también quiero alas. Unas alas hechas de violetas y…
—Y yo quiero ser una reina con la vagina de una virgen —me espetó—, pero no va a ser posible, ¿verdad? —Se puso una nueva capa de lápiz de labios en sus labios ya rojos—. De todas formas, las princesas no se parecen a ti, Betty. Esa piel del color del barro y ese pelo estropajoso que tienes… ¿Has visto a alguna princesa que se parezca a ti?
Dejó el lápiz de labios y, de un tirón, me puso delante de ella para situarme de cara al espejo del tocador.
—¿Qué ves? —preguntó, mientras su reflejo miraba el mío.
Lo que yo veía era a mi padre. El mismo pelo moreno, las cejas tupidas idénticas. Tenía la mandíbula y la nariz pronunciadas de él. Mi padre decía que los huesos de nuestros pómulos eran los huesos de las patas del primer ciervo. Los pómulos lo más cerca del cielo que el ciervo podía saltar. Luego estaba nuestra piel morena. Algo de lo que yo intentaba librarme haciendo sacrificios al río que creía que podían agradarle. Flores de cerezo, corteza de árbol, un par de medias de nailon de mamá. Incluso cacé un grillo y lo lancé al agua marrón. Yo pensaba que el grillo llegaría a la orilla, pero se ahogó antes de alcanzarla. Esperaba que con ese sacrificio bastase, de modo que me tiré al río y contuve la respiración todo el tiempo que me permitieron los pulmones. Creía que, al salir a la superficie, el agua me habría quitado el color. El grillo se ahogó en vano.
—Aunque fueras guapa, Betty —dijo mamá—, no podrías ser una princesa. Una Carpenter no puede permitirse una corona ni un trono.
Cogió una vieja bata que estaba en un rincón del cuarto de Trustin y Lint cuando nos instalamos. Después de limpiar la casa y tirar la mayoría de los objetos en mal estado, mamá se quedó con la bata. Era del color de la herrumbre. Tenía unas manchas como si algo hubiese sangrado. En el bolsillo delantero había un esqueleto de ratón, parcialmente conservado, con la piel deshidratada pegada a los huesecillos. El ratón estaba envuelto en papel amarillo con unas palabras de Emily Dickinson escritas en cursiva temblorosa: Como no pude detenerme ante la muerte, ella, amable, esperó por mí. Sacar el esqueleto nos parecía profanar una tumba, de modo que dejamos los restos.
—Oh, mamá, no quiero ponerme la bata —protesté.
Ella gritó cuando se hartó de intentar meterme los brazos por las mangas. Después me puso un cojín en la barriga. Mientras cerraba la bata y la apretaba sobre el cojín, le pregunté de qué se suponía que iba disfrazada.
—De hechicera —contestó ella—. De mala pécora. De diablesa. —Enseñó los dientes—. También conocida como bruja, algo que una Carpenter sí que se puede permitir.
Gruñó como un cerdo al tiempo que me hincaba un dedo en el cojín de la barriga.
—No hay nada peor que una niña que no sabe controlar el apetito —dijo antes de romper a reír y sacar una caja de zapatos con cordones sucios de debajo de la cama.
Me los ató al pelo y me hizo una serie de coletas. De la mesilla de noche, cogió una cerilla usada que había junto a una vela. Me sujetó la cara con la mano libre y me clavó la uña del pulgar en la barbilla para inmovilizarme la cabeza mientras usaba la cerilla para dibujarme en la frente.
—Creo que nunca te he contado cómo mi hermano acabó bajo tierra —dijo—. Mi hermano era guapísimo. Si me hubieses preguntado si tenía secretos, te habría contestado que no tenía ninguno. Pero un buen día oí unos ruidos que venían del desván.
Mamá imitó los gemidos roncos como si hubiese bebido demasiado, aunque ese día el aliento solo le olía a caramelo de menta.
—Seguí los ruidos hasta el desván —prosiguió—. De todas las cosas que pensaba que me encontraría, nunca imaginé que vería a mi hermano inclinado sobre una mesa con el hijo del vecino detrás de él.
Apretó la cerilla tanto contra mi piel que me estremecí.
—Al principio —continuó—, pensé que estaban atacando a mi hermano. Entonces me di cuenta de que solo estaba haciendo el amor. —Chasqueó la lengua—. Cuando le conté a papá lo que había visto, obligó a mi hermano a comerse la biblia, página por página, para tragarse el pecado. A mitad de la historia de Adán y Eva, papá le había metido tantas páginas en la boca que tenía los carrillos atiborrados. Incluso después de haber asfixiado a mi hermano, papá siguió llenándole la boca de páginas hasta que a mi hermano se le abrieron tanto los labios que se le empezaron a desgarrar por las comisuras.
Me giró para ponerme de cara al espejo. Me quedé mirando el reflejo del ojo negro que me había dibujado en medio de la frente.
—Todo por culpa de lo que yo vi —dijo, apretando la pupila del ojo con el dedo.
Soltó una de aquellas risitas graves que siempre me hacían pensar que no podía hacer nada más que huir de ella. Pero antes de que me pudiese escapar, tiró de mí hacia el armario. Me dio una funda de almohada con una cenefa de escarabajos bordados.
—Para guardar los caramelos —me dijo.
Me estudió un instante más y acto seguido me dibujó en el carrillo con la cerilla. Yo traté de mirar al espejo, pero ella me lo impidió.
—Solo es una flor —me prometió—. Venga, largo de aquí.
La bata me quedaba larga en mi cuerpo de niña de siete años. Una vez que estuve fuera, la prenda empezó a arrastrarse por el suelo y a recoger hojas secas y otros restos.
—Ojalá fuera una princesa —canté cuando salí a Shady Lane.
El camino estaba repleto de buscadores de caramelos vestidos con toda clase de disfraces. Un cojín de pedorretas. Un reloj de pie. Una trampa para dedos. Claro que tal vez solo eran monstruitos.
En medio del camino había un grupo de niños de mi clase. Ruthis estaba entre ellos. Dejó de contar sus piruletas cuando me vio acercarme. Rio disimuladamente poniéndose derecha la diadema en la cabeza. Las piedras preciosas eran falsas, pero de todas formas la diadema la convertía en princesa.
—¿Por qué sales a por caramelos? —me preguntó—. Yo pensaba que solo comías maíz y vaqueros.
Lanzó un grito de guerra dándose golpecitos en la boca con la palma de la mano. Entre niñas no hay guerras pequeñas. Todo posee dimensiones épicas como dos pájaros salvajes que se enfrentan por el último gusano.
—Madre mía, Ruthis, me parto de risa contigo. —Me tiré de las comisuras de los labios con los dedos para abrir la boca al máximo al mismo tiempo que me hacía la bizca—. Miradme. Soy Ruthis. La niña más guapa del mundo. O eso decían en el circo.
—Bésame el culo, india —replicó ella.
Me escupió a los pies descalzos. Su saliva tenía el color rojo de las golosinas.
Me saqué los dedos de la boca y me acerqué a ella apretando los puños.
—¿Que te bese el culo? —pregunté en voz alta—. Ja. No te lo besaría ni aunque lo hubiese bañado en chocolate el mismísimo Dios.
Había oído a mamá usar esa frase en una discusión con papá y había estado esperando la oportunidad para usarla.
—Vaya con la mestiza estropajosa.
Ruthis se me acercó. Teníamos la misma estatura, de modo que las puntas de nuestras narices se tocaban.
Apretó los dientes mientras nos mirábamos fijamente.
—Te voy a…
Un niño disfrazado del rodillo de amasar de su madre interrumpió a Ruthis. Estaba preguntando qué tenía escrito yo en la mejilla. Ruthis retrocedió para verlo con sus propios ojos. Cuando sonrió, comprendí que mi madre no me había dibujado una flor.
—Pone «bruja».
Ruthis rio más fuerte que nadie.
—¿Es una bruja en Halloween? —preguntó alguien.
—Es una bruja todo el año.
Ruthis se carcajeó tanto que le costó recobrar el aliento.
Los cuatro hermanos Jubilee aparecieron disfrazados de un cuarteto vocal con sus chalecos a rayas, sus sombreros de paja y sus bigotes retorcidos de pega. Empezaron a chasquear los dedos, un ritmo que animó a todos los que estaban alrededor a tocar sus silbatos de caramelo. El mayor de los hermanos Jubilee tiró de su pajarita elástica y empezó a cantar mientras sus hermanos pequeños interpretaban la melodía.
—En Breathed tenemos una bruja. Se llama Betty y es una granuja. Debería taparse la cabeza, la muy piruja. Antes nos clavaríamos una aguja que besar a Betty, bruja entre brujas.
—Bruja, bruja, bruja —gritó Ruthis riendo a carcajadas.
—Cállate —chillé por encima de su risa, y me tapé los oídos con las manos.
Al ver que ella no paraba, solté la funda de almohada y le arranqué la diadema de la cabeza.
—Devuélvemela.
Ella agarró un extremo de la diadema mientras yo tiraba de otro hasta que las piedras preciosas salieron disparadas.
—Cerda asquerosa. —Empezó a recoger las piedras—. Se lo contaré a tu madre y a tu padre. Te echarán del pueblo. Dicen que eres una roñosa. Que contagias enfermedades.
Doblé la diadema hasta que el metal se partió. Lancé las dos mitades al suelo delante de ella.
—No te mereces una corona, Ruthis —dije—. No eres una princesa. Una princesa de verdad no llamaría cosas feas a alguien como las que tú me llamas a mí.
Ruthis dejó caer las piedras preciosas de la palma de su mano y se levantó despacio. Me miró entornando los ojos y se arregló el vestido de princesa rosa elevando la barbilla.
—No necesito una corona para ser mejor que tú —afirmó sonriendo—. ¿No lo entiendes? Siempre seré mejor que tú, Pequeña Piel Roja.
Ruthis encabezó el coro de risas que sonó mientras yo agarraba la funda de almohada y volvía corriendo a casa. Me acurruqué delante del tapacubos de la Rambler aparcada en el jardín. Limpié la suciedad del cromo empleando saliva para poder ver mi reflejo y la palabra BRUJA que mamá me había escrito en la mejilla.
—¿Por qué lloras, Pequeña India?
Papá salió del garaje.
—No estoy llorando. —Me enjugué rápido las lágrimas—. Y deja de llamarme Pequeña India.
—¿Qué te has escrito en la cara? —preguntó.
Intentó tocarme la mejilla, pero no le dejé.
—No lo he escrito yo —dije.
—¿Quién lo ha hecho?
—Mamá. Me dijo que era una flor.
Me tapé la cabeza con la funda de almohada, deseando poder desaparecer en su algodón blanco y que nadie volviese a verme.
—Entonces vamos a convertirla en una flor —dijo papá sacándome la funda de la cabeza con cuidado.
Se había arrodillado enfrente de mí, a pesar de tener la rodilla lesionada. Metió la mano en el bolsillo y sacó una cerilla. La encendió para apagarla rápido.
—No es justo —me quejé mientras él usaba la punta chamuscada de la cerilla para dibujarme en la mejilla—. Halloween es el día del año en el que se puede ser otra persona, pero yo sigo siendo yo.
—¿Quién te gustaría ser? —me consultó.
—Cualquiera menos yo, aunque me gustaría mucho ser una princesa de Breathed, con un vestido hecho de carcasas de cigarras. Pero sobre todo me gustaría tener unas alas hechas de violetas.
—Ah, la flor más roja de todas.
—Son moradas, papá. Nunca te acuerdas de que las violetas son moradas.
Él rio antes de decir:
—Los cheroquis no tenían princesas, ¿sabes?
—Eso no significa que yo no pueda querer ser una —repuse.
Él asintió con la cabeza.
—Cuando tenía tu edad, yo también quería ser otra persona.
—¿Quién querías ser, papá?
—Alguien importante. ¿Sabes por qué te llamo Pequeña India? —Dejó de dibujar y me miró a los ojos—. Para que sepas que ya eres alguien importante.
Me hizo volverme hacia el tapacubos. En mi reflejo, vi que la palabra BRUJA era ahora el corazón negro de la flor que papá me había garabateado.
—Vamos a por tus alas, mi princesa —dijo antes de cogerme en brazos.
Me llevó al arce blanco del jardín y me dejó en el suelo.
Después de buscar entre las hojas caídas, cogió dos. Una era de un bermellón abrasador con venas doradas. La otra era de un tono borgoña sucio con las puntas rizadas de color terracota.
—¿Qué vas a hacer, papá? —le pregunté cuando se plantó delante de mí con las hojas.
—Voy a darte tus alas, Pequeña India. Siento que no estén hechas de violetas rojas, pero en mi modesta opinión, las hojas de arce blanco son las mejores alas que uno puede tener.
Utilizó cinta adhesiva para pegarme las hojas por los pedúnculos a la parte de atrás de la bata.
—No son las alas de una princesa —protesté, girando la cabeza todo lo que daba de sí para ver las hojas—. Son las alas de alguien que no puede permitirse plumas.
Бесплатный фрагмент закончился.
