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Índice de contenido
Prólogo
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Epílogo
Carta a las lectoras
Título original: Dance Away with Me
© 2020 by Susan E. Phillips, LLC
An Imprint of HarperCollinsPublishers
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Traducción: María José Losada
Corrección: Xavier Beltrán
Diseño de cubierta y fotomontaje: Eva Olaya
___________________
1.ª edición: mayo 2021
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2021: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
A los amores «extra» de mi vida: primero apareció Nickie, la reina del baile. Luego Leah, Andy y más tarde llegó Anya. Sin duda, las familias surgen de las maneras más inesperadas.
Prólogo
El chico sostuvo el bote de espray totalmente derecho. Lo mantuvo lo más cerca posible de la superficie de acero inoxidable. Apretó la boquilla y se recreó en la forma en que el brillante chorro de pintura roja formaba la letra «I».
Lo había hecho. Y en un tren. Cualquiera podía marcar una fachada o la puerta de seguridad de una maldita casa de empeños, pero solo los verdaderos delincuentes, solo los mejores grafiteros pintaban un vagón del metro de Nueva York. Y él tan solo tenía diez años.
Llegar allí desde el Upper East Side había sido tan peligroso como transitar por la Bosnia o el Irak de los cojones, o algún lugar similar: primero había atravesado Central Park en la oscuridad; luego había cogido la línea 1 en dirección norte con cuatro botes de espray Krylon dentro de la mochila. Lo había hecho cubierto con la capucha de su sudadera negra, para tratar de pasar desapercibido entre los borrachos y los yonquis que lo acompañaron en el trayecto hasta la calle 207. Así había llegado al puto Inwood, uno de los lugares más peligrosos de Manhattan, donde era fácil acabar asesinado, asaltado o siendo víctima de cualquier otro delito.
Y más tarde se ocultó en las sombras; así fue como se las arregló para pasar por delante de las narices de los guardias de seguridad de la estación de trenes de la calle 207, agachándose y abriéndose camino por la jungla nocturna de raíles y metales para decorar su primer vagón de metro.
Había rociado algunas briznas de hierba naranja y púrpura en la parte baja del vagón. Luego, había añadido unas frías criaturas demoníacas asomando entre ellas. Y para terminar, antes de que lo descubrieran, había rematado el grafiti con su firma: IHN4.
No era una firma inventada como las que usaban los demás. Eso no iba con él. Eran sus verdaderas iniciales; las tres primeras letras eran las mismas que las de su viejo, las de su abuelo y las de su bisabuelo. Solo la cuarta le pertenecía únicamente a él.
Pintar todas las letras del mismo tamaño era para aficionados, así que había hecho el cuatro más grande. El año anterior —no recordaba exactamente cuándo— había marcado por primera vez un edificio: el premio le tocó al inmueble de Central Park West donde vivía. Aquello había desatado una tormenta de la hostia en la junta directiva. Nadie había llegado a sospechar que había sido cosa suya.
O casi nadie.
Sin embargo, si no salía pronto de allí, acabarían descubriéndolo. Añadió grietas negras en las letras, como si se estuvieran resquebrajando. Ojalá tuviera un pincel y tiempo para hacerlo bien, pero no disponía de ninguna de las dos cosas.
Por fin, lo único que le faltó fue hacer la puta foto.
Desde hacía un tiempo, la autoridad metropolitana del transporte de Nueva York había puesto en marcha una nueva política: cualquier vagón con pintadas quedaba fuera de servicio hasta que limpiaran el grafiti. Así que la única manera que tenía un artista para demostrar que había dejado su marca era con una foto. Si no lograbas hacerla, la hazaña no existía.
Buscó a tientas en la mochila y sacó la Olympus Stylus que el ama de llaves le había regalado por su cumpleaños. Se alejó del vagón y enfocó, tratando de encuadrar la mayor parte posible de su obra. El flash quizá lo delataba, pero tenía que arriesgarse. Sin la foto, no podría presumir de su logro.
—¡Alto ahí!
Presionó el obturador. El flash se disparó al mismo tiempo que el guardia lo agarraba por el brazo, echando a perder la imagen.
***
Su padre fue a buscarlo a comisaría. Su viejo era un pez gordo de la ciudad, de esos capaces de decirle a la poli: «Vamos a hablarlo en privado». Pero, cuando hubieron salido de la comisaría y atravesado el desvencijado aparcamiento, le dio tal bofetada que lo envió contra el lateral de su nuevo Porsche 911.
—¡Serás gilipollas! —Llevó el brazo hacia atrás una vez más y le propinó otro violento golpe en el lado derecho de la cabeza, y un puñetazo en el izquierdo.
Ya dentro del coche, los diamantes que su madre lucía en los lóbulos de las orejas brillaron cuando ella giró la cabeza para mirar hacia otro lado.
Su padre lo empujó para que entrara en el diminuto asiento trasero. Sin embargo, mientras Ian se limpiaba la sangre de la nariz con la manga de la sudadera, lo único que pensaba era que no había conseguido hacer la foto. Ya estaba acostumbrado a la violencia de su padre. La asumiría, como siempre había hecho. Pero la foto...
La foto lo habría convertido en un dios.
1
Tess bailaba bajo la lluvia. Solo llevaba puestas las bragas y una vieja camiseta de tirantes, y en los pies un triste par de bailarinas que un día fueron plateadas. Pisoteaba las resbaladizas losas cubiertas de musgo bajo el nogal que había protegido la cabaña de la montaña durante años. Bailaba hip-hop. El día anterior había sido reggae; el anterior, quizá grunge… o no. Siempre bailaba con la música muy alta, con un volumen suficiente como para convertir el sonido en cómplice de su ira, para que la ayudara a neutralizar el dolor que nunca nunca desaparecía. Aquello no hubiera sido posible en Milwaukee, pero allí, en Runaway Mountain, donde sus vecinos más próximos eran los ciervos y los mapaches, podía poner la música tan elevada como quisiera.
El viento frío y húmedo del mes de febrero del este de Tennessee llenaba el ambiente de olor a hojas en descomposición y de tristeza. No era el clima adecuado para estar al aire libre en camiseta de tirantes y bragas, pero acabar calada por la lluvia y pasar frío era algo a lo que Tess sí que podía poner remedio, a diferencia de la muerte de su marido.
Una losa rota se apoderó de la puntera de una de sus bailarinas y la hizo volar hacia la maleza. Se quedó con solo una de las zapatillas puesta, sintiendo un torrente de emociones en los pies. Una piedra afilada se le clavó en el talón, pero si se detenía, su ira la haría arder. Se obligó a seguir moviendo las caderas y sacudió la cabeza para que el pelo mojado y enmarañado flotara a su alrededor. Cada vez más rápido.
«No te detengas. No te detengas nunca. Porque si te detienes…».
—¿Estás sorda o qué?
Se quedó quieta cuando un hombre cruzó el viejo puente de madera que atravesaba el arroyo Poorhouse. Se trataba de un montañero, con el pelo oscuro y revuelto, nariz pronunciada y mandíbula fuerte. Un hombre grande como un oso, alto como un sicomoro americano e indiferente a la lluvia. Iba vestido con una camisa de franela a cuadros rojos y negros, tenía las botas salpicadas de pintura y llevaba unos vaqueros diseñados para el trabajo duro. Había leído sobre los montaraces, ermitaños que se refugiaban en los bosques salvajes con una jauría de perros y un arsenal de rifles militares. Hombres que no disfrutaban del contacto humano durante meses, durante años, y que llegaban a olvidar sus orígenes.
Se quedó petrificada, con las viejas bragas y la mojada camiseta blanca de algodón cubriéndole los pechos. Sin sujetador, furiosa, medio salvaje y muy sola.
Él corrió hacia ella ignorando la lluvia, y el tambaleante puente de madera se balanceó bajo cada uno de sus pasos.
—¡Ayer por la tarde…, y ayer por la noche…, y a las dos de la mañana…! ¡He aguantado demasiado, pero ya no lo soporto más!
Ella lo analizó en busca de una primera impresión; el pelo rebelde con ondas desafiantes y demasiado largo se rizaba, mojado, a la altura de la nuca; la ropa de trabajo arrugada y las botas de cuero agrietadas, salpicadas de pintura de una docena de colores diferentes; su barba no era lo suficientemente larga como para pertenecer a un ermitaño loco, pero aun así debía de estar chalado.
No se disculparía. Cuando estaba en casa, ya había pedido perdón demasiadas veces por la carga de dolor que había volcado sobre sus amigos y compañeros de trabajo, y no pensaba hacerlo allí también. Había elegido Runaway[1] Mountain no solo por su nombre, sino también por lo aislado que estaba: un lugar en el que podía ser descortés, estar triste y sentirse tan cabreada con el universo como quisiera.
—¡Deja de gritarme!
—¿De qué otra forma me vas a oír? —Él recogió el altavoz bluetooth de debajo de los restos astillados de una mesa de pícnic—. ¡Baja el volumen, joder! —Apretó el interruptor de apagado con un dedo largo de una mano enorme y detuvo la música—. ¿Y qué tal un poco de cortesía y educación?
—¿Cortesía? —le respondió ella con ironía, cabreada por las injusticias de la vida—. ¿Llamas cortesía a irrumpir como un salvaje?
—Si tuvieras algún respeto por todo esto… —Hizo un gesto hacia los árboles y el arroyo Poorhouse; las duras líneas de su rostro eran tan toscas que podrían haber sido talladas con una motosierra—. ¡Si tuvieras algún respeto, no habría tenido que irrumpir!
Y entonces ella lo notó. Percibió el momento exacto en que él se percató de su vestimenta o, mejor dicho, de su semidesnudez. Sus ojos, del color de la pizarra, la estudiaron de forma despectiva. Pero ¿por qué ese desprecio? ¿Por el pelo mojado y enredado? ¿Por su cuerpo, más voluminoso de lo que debería por tratar de ahogar sus penas con comida? ¿Por las piernas desnudas? ¿Por la ropa interior andrajosa? ¿O tal vez solo por la audacia de ocupar un lugar en lo que él creía su universo?
¿A quién quería engañar? Con los pechos marcados contra la camiseta mojada, debía de parecer el trillado estereotipo de una universitaria borracha que pasa las vacaciones de Pascua en Cancún.
—¡Lo único que tenías que hacer era pedirlo con educación! —La cabeza le daba vueltas por lo furiosa que estaba.
—Sí, estoy seguro de que eso habría funcionado. —Su mirada la atravesó mientras su voz sonaba como un ronco y profundo gruñido.
—¿Quién eres? —Estaba confundida, pero le daba igual.
—Alguien a quien le gustaría disfrutar de un poco de paz y tranquilidad. Dos palabras que, por lo visto, no comprendes.
Nadie la había reprendido desde que su marido había muerto. Por el contrario, todos habían actuado como si estuvieran todavía de pie en el tanatorio, frente a aquellas butacas tapizadas y envueltos en el nauseabundo olor a lirios stargazer. Tener un objetivo contra el que canalizar su ira le pareció irresistible hasta decir basta.
—¿Eres así de borde con todo el mundo? —indagó—. Porque si lo eres…
Justo entonces, un duende de los bosques cruzó levitando el estrecho puente del arroyo, saltando sin esfuerzo de un tablón a otro para sortear los que faltaban, con pasos tan ligeros que la estructura apenas se movió.
—¡Ian! —El largo pelo rubio de la criatura flotaba a su espalda bajo un gran paraguas rojo. Un vestido de gasa hasta el tobillo, más adecuado para julio que para principios de febrero, se arremolinaba alrededor de las pantorrillas de la joven. Era una chica alta y flexible, salvo por lo avanzado de su embarazo—. ¡Ian, deja de gritarle! —ordenó la etérea criatura—. Te he oído desde la escuela.
Así que de allí era de donde venía, de la vieja escuela de madera blanca que habían rehabilitado en lo alto del cerro, más arriba de la cabaña. En enero, cuando Tess se mudó, había subido por el sendero para ver lo que había. Cuando miró por las ventanas, había comprobado que la habían transformado en una vivienda, pero no parecía estar habitada. Hasta ese momento.
—No le hagas ni caso —dijo el duende. Era como un hada de cuento de Disney, con los ojos azules; le calculó unos treinta años, como ella. Pero ya estaba bien de cuentos… La miró mientras atravesaba la maleza que bordeaba la cabaña sin prestar atención a la hierba húmeda que le rozaba las pantorrillas—. Siempre se pone así cuando tiene problemas con un cuadro.
Un cuadro. No con la pintura en general. El hombre debía de ser un artista y no un montaraz. Un artista muy temperamental.
El hada se rio, una risa que no llegó a verse reflejada en esos ojos azules de cuento. Algo en ella le resultaba familiar, aunque Tess tenía la certeza de que no la conocía.
—Ladra más que muerde —continuó el hada—. Aunque también es cierto que muerde. —Extendió una delgada y cálida mano desde debajo del paraguas rojo—. Soy Bianca.
—Tess Hartsong.
—Tienes las manos congeladas —comentó la mujer—. Qué gusto, yo estoy pasando mucho calor.
El ojo de comadrona profesional de Tess se hizo cargo de su estado. A Bianca le faltaba el aliento, como a muchas mujeres cuando estaban en el tercer trimestre. Calculó que debía de llevar siete meses de embarazo. Tenía la barriga alta y firme. Su tez era pálida, aunque no lo suficiente como para ser preocupante.
—Ian, ya has hecho suficiente —dijo el duende—. Vete a casa.
Él sostenía el altavoz bluetooth de Tess como si tuviera la intención de llevárselo al marcharse; sin embargo, le regaló otro gruñido y lo dejó caer con fuerza en el banco de pícnic.
—No me hagas bajar aquí otra vez.
—¡Ian!
Ignorando al duende, el montañés cruzó el estrecho puente; sus pasos golpearon los húmedos tablones de madera con tanta ferocidad que Tess estuvo segura de que todo el arroyo Pookhouse saltaría por los aires.
—Tú, ni caso —dijo Bianca—. Es un imbécil.
Comparado con el atormentado hombre de montaña, el duende que había bajo el paraguas rojo era como un arcoíris cubierto de rocío. Tess cerró el candado de su caja de Pandora interna, el lugar donde guardaba sus emociones cuando necesitaba sobrevivir a cualquier día.
—Ha sido por mi culpa —confesó—. No sabía que viviera alguien ahí arriba.
—Nos mudamos hace tres días. No era lo que yo quería, pero mi marido piensa que el aire de la montaña es lo mejor para mí. Al menos, eso fue lo que dijo. —Bianca le entregó a Tess el paraguas y se quitó el vestido de gasa por la cabeza. Iba desnuda, salvo por un pequeño tanga color champán—. ¡Oh, Dios, llevo queriendo hacerlo toda la mañana! Es como si tuviera un horno a pleno funcionamiento dentro de mí.
La lluvia se había convertido en una ligera llovizna, y Bianca miraba hacia los árboles, que goteaban. Era delgada, de muslos finos y venas celestes que dibujaban sus pequeños pechos de porcelana. Cómoda con su desnudez, se estiró para ponerse de puntillas sobre las sandalias y dejó que el largo cabello le cayera por la espalda en una sedosa cascada.
—Este sitio es muy tranquilo, pero aburrido. —Bianca miró hacia la cabaña—. ¿Tienes café? Ian se enfada si miro siquiera una taza de café, y aún me quedan otros dos meses.
Tess había ido a las montañas de Tennessee para alejarse de la gente; sin embargo, la atraía la novedad de hablar con alguien que no la viera como una trágica viuda. Además, no tenía nada mejor que hacer que chapotear bajo la lluvia o mirar por la ventana.
—Claro. —Recogió la zapatilla de ballet que había perdido—. Eso sí, te aviso de antemano: la casa está hecha un desastre.
Bianca se encogió de hombros y cerró el paraguas.
—La gente organizada me acojona.
Tess esbozó una de esas sonrisas que fingía para convencer a todos de que estaba bien.
—Pues no te preocupes por eso.
En otros tiempos, había sido diferente. Había sido organizada. Creía en el orden, la lógica, la previsibilidad. En el pasado, pensaba que debía seguir las reglas, que si una cumplía con sus obligaciones…, se detenía en las señales de stop…, pagaba impuestos…, todo iría bien.
El exterior de la cabaña era sólido, pero feo. En el techo crecía musgo, y dos finos troncos de árbol, que se habían visto despojados de la corteza hacía mucho tiempo, sostenían el voladizo que había sobre la puerta trasera. Las ramas aún desnudas de un nogal americano, de un arce y de un nogal negro flotaban sobre la vieja casa y arañaban el techo como las uñas de unas brujas.
En la estancia principal se hallaban la cocina y el salón y una escalera de madera que conducía a los dos dormitorios. Las paredes eran literalmente de pino encalado, pero la cal se había amarilleado con el tiempo. Las polvorientas cortinas se habían rasgado cuando Tess intentó descolgarlas para lavarlas, así que se había visto obligada a reemplazarlas por unas blancas. Una gran ventana frontal ofrecía vistas del valle y del pequeño pueblo de Tempest, Tennessee, mientras que las ventanas traseras daban al arroyo Poorhouse.
Bianca lanzó el vestido de gasa sobre el sillón y usó el respaldo para apoyarse al tiempo que se quitaba las sandalias. Cuando se enderezó, echó un vistazo de trescientos sesenta grados desde la chimenea de piedra ennegrecida por el hollín, que ocupaba un extremo de la cabaña, hasta la cocina antigua que había en el otro.
El fregadero de hierro fundido era de la granja original, al igual que la estufa de gas de los años 50. Los armarios abiertos, ahora despojados del papel que los había forrado, contenían la escasa colección de platos y conservas que Tess se había llevado de Milwaukee.
—Este lugar es el sueño de cualquier manitas —comentó Bianca.
Solo cuando empezaron a castañearle los dientes Tess se dio cuenta del frío que hacía. Metió las húmedas piernas en los vaqueros que había abandonado junto a la puerta trasera y se puso una vieja sudadera de la universidad de Wisconsin por encima de la camiseta mojada.
—No se me da bien reparar nada.
Tampoco era una de las habilidades de Trav. Él era el que sostenía la linterna mientras ella se arrastraba por debajo del fregadero para arreglar una tubería que goteaba.
—¿Alguna vez te he dicho lo sexy que me pareces con una llave inglesa en la mano? —le había dicho.
—Repítelo.
Tess se frotó el dedo en el que una vez llevó su alianza. Quitárselo le había arrancado el corazón, pero si hubiera seguido luciéndolo, habría tenido que soportar demasiadas preguntas. Y lo que era peor, habría tenido que escuchar las historias sobre las pérdidas de otras personas: «Sé cómo te sientes. Perdí a mi abuela el año pasado», «… a mi tío», «… a mi gato».
«¡No, no sabéis cómo me siento!», había querido gritar Tess a todos sus bienintencionados amigos y compañeros de trabajo. «¡Solo sabéis cómo os sentís vosotros!».
Dejó de frotarse el dedo.
—Lo mejor que puedo decir es que el lugar está limpio.
Había fregado la cocina de arriba abajo, había frotado los fogones con el estropajo de acero y el fregadero con polvo de fregar. Había pulido los viejos suelos de pino, arrastrado la alfombra turca raída al exterior para sacudirla y quitarle hasta la última mota de polvo, y había sufrido un ataque de estornudos cuando hizo lo mismo con los cojines del sofá, estampados con monumentales e inapropiadas escenas de la caza inglesa del zorro. Su única compra significativa había sido un colchón para la cama de matrimonio que presidía el dormitorio.
Bianca miró por encima del hombro y arrugó su pequeña y perfecta nariz.
—¿Tienes que usar un retrete exterior?
—Dios fue misericordioso conmigo. Hay un cuarto de baño en el piso de arriba. —Se subió la cremallera de la sudadera de Trav. La había usado durante meses después de su muerte, hasta que estuvo tan sucia que había tenido que lavarla. Ahora ya no apreciaba en la prenda el olor familiar de él, la combinación de piel caliente, jabón y desodorante Right Guard.
«¡Hostia puta, Trav! ¿Cuántas personas de treinta y cinco años mueren de neumonía neumocócica hoy en día?».
Se sacó la larga y enredada melena por el cuello de la sudadera.
—Compré la cabaña sin verla. El precio era atractivo, pero las fotos resultaron engañosas.
Bianca se tambaleó hacia la mesa de la cocina.
—Quedaría muy bonita con una mano de pintura y muebles nuevos.
La Tess de antes habría aceptado el desafío, pero la nueva Tess no. No solo no podía permitirse muebles nuevos, sino que tampoco le importaba lo suficiente como para comprarlos.
—Algún día.
Mientras Tess preparaba el café, Bianca habló sobre la biografía de una de las amantes de Picasso que acababa de leer y sobre cuánto echaba de menos la comida tailandesa. Así fue como Tess se enteró de que Bianca y su marido vivían en Manhattan, donde ella trabajaba como escaparatista y diseñadora en la industria de la moda.
—Diseño escaparates y tiendas pop-up —explicó—. Es más divertido que cuando era modelo, aunque no tan lucrativo.
—¿Has sido modelo? —Tess se giró desde los fogones para mirarla, y entonces lo comprendió.—. Por eso me resultas tan familiar. ¡Bianca Jensen! Todas queríamos ser tú. —No había relacionado el nombre de Bianca con sus días de universidad. En ese tiempo, aquel rostro de hada había sido portada de todas las revistas de moda.
—Tuve una buena carrera —afirmó Bianca con modestia.
—Más que buena. Estabas en todas partes. —Mientras Tess servía dos tazas de café y las llevaba a la mesa, recordó lo imperfecta que la habían hecho sentir todas esas portadas de revistas al tener ella pechos grandes, un pelo indomable y la tez aceitunada.
—Qué rico… Por la forma en la que actúa Ian, cualquiera diría que es heroína. —Bianca tomó un sorbo de su taza y soltó un largo y delicioso suspiro.
Como matrona, esa no era la primera vez que Tess se sentaba a la mesa de la cocina frente a una mujer casi desnuda, pero, a diferencia de Bianca, esas mujeres estaban de parto. Bianca enroscó la mano libre alrededor del vientre de una forma protectora y orgullosa, típica de las mujeres embarazadas.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en Tempest?
—Exactamente veinticuatro días. —Ser demasiado evasiva hacía que la gente sintiera curiosidad, y era mejor ofrecer un poco de información para que no pareciera que tenía algo que ocultar porque, cuando la gente supiera que era viuda, todo cambiaría. Apoyó los talones en el reposapiés de la silla—. Me cansé de vivir en Milwaukee.
—Pero ¿por qué elegiste venir aquí?
Porque había visto el nombre de Runaway Mountain en un mapa.
—Soy un culo inquieto.
No era cierto. Trav era el inquieto. En los once años que habían estado casados, habían vivido en California, Colorado y Arizona antes de volver a Milwaukee, donde ambos habían crecido. Él estaba dispuesto a mudarse de nuevo cuando murió.
Tess pasó el pulgar por el asa de la taza.
—¿Y tú? ¿Cómo has acabado en estas montañas?
—No ha sido por elección propia. No debe de haber más de ochocientas personas viviendo en este lugar olvidado de Dios.
Novecientas sesenta y ocho, según el cartel de la autopista.
—Todo es culpa de Ian —continuó Bianca—. Decía que la ciudad lo irritaba; demasiada gente, marchantes, prensa, aspirantes a artistas… Por eso decidió que nos mudáramos aquí.
—¿Marchantes? ¿Prensa?
—El hombre que te estaba gritando es Ian Hamilton North IV. El artista.
Aunque a Tess no le encantaran los museos, habría reconocido el nombre. Ian Hamilton North IV era uno de los artistas callejeros más famosos del mundo, después del misterioso Banksy. También era, según creía recordar, la oveja negra de la dinastía financiera de los North, algo así como la sangre azul de los negocios del país. Si bien no sabía mucho sobre artistas callejeros —o grafiteros de mierda, como los llamaba Trav—, ella siempre se había sentido fascinada por el trabajo de North.
—Dame un espray de pintura y yo mismo lo haré —le había asegurado Trav. Pero los críticos no compartían la opinión de su marido.
Recordó lo que había leído sobre North. Su fama había crecido desde que dejó de ser aquel niño que firmaba las calles de Manhattan, cuando sus grafitis decoraban las paradas de autobús y todo tipo de mobiliario urbano. A partir de entonces, había empezado a producir piezas más grandes, que aparecieron en las medianeras de edificios de todo el mundo; ilegales al principio y, al final, murales hechos por encargo y, por tanto, retribuidos. En la actualidad, las galerías y los museos, como la exposición que ella había visto, mostraban sus carteles y pinturas, todos con la firma que había adoptado de niño: IHN4.
Por naturaleza, los artistas callejeros sentían poco respeto por la ley y el orden, así que no debería sorprenderle que este artista en particular, por muy brillante que fuera, careciese del gen del altruismo. Como muestra, el hecho de haber arrastrado a su esposa embarazada lejos de su casa, en medio de la nada, dos meses antes de la fecha del parto.
—Vi la exposición del MoMA. —Había ido con Trav a Manhattan no mucho antes de que él enfermara. En aquel momento le habían encantado las imágenes explosivas que había visto en las paredes del museo, pero ahora que había conocido al artista, ya no la atraían tanto.
—Soy su musa. —Bianca se tocó la clavícula—. Lo vuelvo loco, pero me necesita. Cuando rompimos hace dos años, estuvo bloqueado durante casi tres meses. No podía pintar nada. —Sonrió, sin molestarse en ocultar su satisfacción.
Tess no estaba segura de que una criatura etérea como Bianca pudiera inspirar un trabajo tan mítico. En la exposición que había visto, las criaturas parecidas a los videojuegos de los primeros trabajos de North se habían transformado en seres grotescos y mitológicos que colocaba en un entorno cotidiano: la mesa de desayuno familiar, una barbacoa en el patio trasero, un box de oficina. La caligrafía de sus pinturas se había vuelto también más intrincada, hasta que, finalmente, las letras se imbricaron en el diseño abstracto.
La sonrisa de Bianca se volvió soñadora mientras posaba las manos sobre su vientre.
—Ya voy a un médico de Knoxville y nos mudaremos a un hotel cerca del hospital un par de semanas antes de la fecha del parto. Estoy deseando que llegue el momento.
No daba la sensación de que no pudiera esperar. Daba la sensación de que estaba disfrutando de cada instante de su embarazo. Tess sintió un ramalazo de dolor.
«Deberías haberme dejado un bebé, Trav. Era lo menos que podías haber hecho».
—Hacía mucho tiempo que yo quería tener hijos, pero Ian… —Plantó ambas manos en la mesa y se levantó de la silla—. Será mejor que vuelva antes de que venga a buscarme. Es demasiado protector. —Cruzó la estancia para recuperar su vestido y las sandalias—. Ser modelo me ha convertido en una nudista convencida. Espero no haberte asustado. —Intentó ponerse las sandalias—. No debería habérmelas quitado. Ahora ya no voy a poder ponérmelas de nuevo.
La hinchazón en los pies no parecía alarmante, pero debía de resultarle incómoda.
—Intenta beber más agua —dijo Tess—. Sé que parece una contradicción, pero ayudará a que tu cuerpo retenga menos líquido. Y mantén los pies en alto tan a menudo como puedas.
—Parece que tienes experiencia. ¿Cuántos hijos tienes?
—No tengo hijos. Trabajaba como comadrona. —Solo era una parte de la verdad. Era una comadrona titulada a la que le habían robado la alegría de ayudar a dar a luz a bebés, junto con todo lo demás.
—¡Eso es maravilloso! —exclamó Bianca—. He oído lo difícil que es conseguir una buena atención médica aquí, en el quinto pino.
—Me estoy… tomando un período sabático. —Si era cuidadosa con el dinero que había recibido por la venta de su piso, lograría mantenerse durante unos meses más antes de tener que montar una consulta y volver a trabajar.
—Ven a casa mañana —dijo Bianca—. Ian estará fuera haciendo senderismo o encerrado en su estudio; está en plena crisis artística, y así podré enseñarte la casa. Estoy deseando disfrutar de una compañía que no me gruña.
Y Tess sentía la necesidad de estar con alguien que no supiera de la muerte de Trav, que no la viera como la mujer rota que era.
Cuando Bianca se fue, Tess llevó las tazas al fregadero vintage, con su anticuado tablero de drenaje incorporado. El acabado de porcelana astillada y las manchas de óxido se negaban a rendirse al fregado. Mientras se secaba las manos, vio que tenía las cutículas hechas polvo y las uñas rotas. A diferencia de Bianca, ella nunca sería la musa de nadie, a menos que el artista tuviera pasión por las morenas desaliñadas de ojos rasgados, con el pelo salvajemente rizado y diez kilos de más.
Trav decía que sus ojos oscuros, entre azulados y morados, su tez aceitunada y su pelo casi negro le daban un aspecto terrenal y exótico, como si fuera una actriz de una de esas películas italianas de los años sesenta que tanto le gustaban. Ella le había recordado más de una vez que su pelo, casi negro, provenía de algún antepasado griego que nunca se había paseado por las calles de Nápoles con un vestido de algodón ajustado, como Sophia Loren cuando la perseguía Marcello Mastroianni, pero eso no lo había disuadido de burlarse de ella con palabras italianas inventadas.
De hecho, Tess acostumbraba a ser una persona divertida. Era capaz de hacer reír hasta a la parturienta más nerviosa. Sin embargo, en ese momento no podía recordar la sensación de reírse.
Se acercó al gran ventanal tratando de decidir cómo ocupar el resto del día. Un camino de grava serpenteaba a un lado de Runaway Mountain desde el pueblo, pasando por la cabaña, por la escuela, y terminando en lo que quedaba de una vieja iglesia pentecostal. A su lado, sobre una mesa desvencijada, había una copia de bolsillo de Sobre la muerte y los moribundos, de Elisabeth Kübler-Ross. Mientras Tess la miraba, una furia ardiente la invadió. Cogió el libro y lo lanzó al otro lado de la habitación.
«¡A la mierda, Liz, tú y tus cinco etapas de dolor! ¿Qué tal ciento cinco etapas? ¿Mil cinco?».
Pero claro, Elisabeth Kübler-Ross no había conocido nunca a Travis Hartsong, de pelo castaño y ojos risueños, de manos preciosas y optimismo inagotable. Elisabeth Kübler-Ross nunca había comido pizza en la cama con él ni él la había perseguido por toda la casa con una máscara de Chewbacca. Y, por eso, Tess vivía en ese instante en una cabaña desvencijada, en una montaña con el nombre más apropiado posible, en medio de la nada. Pero en lugar de estar dispuesta a apretar el botón de reiniciar de su vida, solo sentía ira, desesperación y vergüenza por su debilidad. Habían pasado casi dos años. Otras personas ya se habrían recuperado de la tragedia. ¿Por qué ella era incapaz?
***
Ian Hamilton North IV estaba teniendo un mal día. Un día particularmente malo en una larga serie de días malos. De semanas malas. ¿A quién cojones pretendía engañar? Nada iba bien desde hacía meses.
Había comprado la casa en Tempest, Tennessee, para aislarse. La calle principal estaba situada en una traicionera avenida de dos carriles donde había una gasolinera, un bar llamado El Gallo, un restaurante de barbacoa, una tienda Dollar General y un edificio de ladrillo rojo que albergaba el ayuntamiento, la comisaría de policía y la oficina de correos. En el pueblo había tres iglesias, un establecimiento de aspecto sospechoso que llamaban cafetería y más iglesias escondidas en las colinas. Y, al final de la avenida, un edificio de una sola planta llamado Centro Recreativo Brad Winchester.
Ian ya se había enterado de que el senador estatal, Brad Winchester, era el ciudadano más rico y poderoso de la ciudad. En otros tiempos, Ian habría dejado su impronta en ese edificio a la primera oportunidad que le hubiese surgido: IHN4. Lo habría marcado con pintura amarilla de Krylon en espray, con una gárgola entrando y saliendo de las letras. Probablemente lo habrían arrestado por ello. Ese pueblo tenía el gusto un poco limitado en lo que a arte callejero se refería; era lo que sucedía en los núcleos pequeños. Todos querían sus murales, pero odiaban su firma, sin entender que no se podía tener una cosa sin la otra. Pero la línea que dividía el vandalismo y la genialidad estaba abierta a la interpretación, y hacía tiempo que él había abandonado el papel de artista incomprendido.
El pueblo era demasiado pequeño para perturbar la belleza natural de la región: las colinas y las montañas que parecían pintadas con acuarelas, las brumas matinales, las extraordinarias puestas de sol y el aire limpio. Por desgracia, también había gente. Algunos provenían de familias que llevaban generaciones allí, pero también se habían establecido en esas montañas jubilados, artesanos, colonos y supervivientes.
Ian tenía la intención de minimizar todo lo posible el contacto con ellos, y solo había ido al pueblo con la esperanza de poder encontrar en la Dollar General los panecillos ingleses que se le habían antojado a Bianca. Habían desaparecido del pedido semanal, por el que pagaba una fortuna, y que le enviaban desde la tienda de comestibles más cercana y decente, a unos cuarenta kilómetros de distancia. Los panecillos ingleses tal vez fueran algo demasiado exótico para la Dollar General, pero él no estaba de humor para ir más lejos para conseguirlos.
Cuando llegó a su coche, se detuvo.
La bailarina endemoniada…
La vio por la ventana de lo que en ese pueblo consideraban una cafetería, La Chimenea Rota, un lugar donde también vendían helados, libros, cigarrillos y quién sabía qué más.
La bailarina era una mujer rara. A pesar de lo furiosa que le había parecido, había notado la completa ausencia de alegría en su baile. Sus feroces y bruscos movimientos habían sido tribales, más propios de un combate que de una danza. Pero estaba allí, quieta, suspendida en un rayo de sol, y así, sin más, quiso pintarla.
Ya la visualizaba en el lienzo. Sería una explosión de color con cada pincelada, con cada pulsación de la boquilla. Azul cobalto en ese feroz pelo gitano, con un toque de verde viridiana cerca de las sienes. Rojo cadmio rozando la piel oliva de los pómulos, un toque de amarillo cromo en su punto más prominente. Una raya de ocre ensombreciendo aquella nariz larga. Todo en una completa sinfonía de colores. Y sus ojos. Del color de las ciruelas maduras de agosto. ¿Cómo conseguir capturar la oscuridad en ellos?
¿Cómo iba a captar algo aquellos días? Se sentía atrapado. Encarcelado en su reputación, como si hubiera sido fosilizado en ámbar. Su padre no había sido capaz de «sacarle al artista de dentro», como solía decir, y ahora él se estaba abriendo camino por sí mismo. Los artistas callejeros, como Banksy, podían continuar con sus carreras hasta mediana edad, pero a él no le pasaba lo mismo. El arte callejero era el arte de la rebelión, y con su padre muerto y más dinero en su cuenta bancaria del que jamás gastaría, ¿contra qué coño iba a rebelarse? Podía cortar más plantillas, hacer más carteles, pintar más lienzos, pero todo resultaría falso. Porque lo sería.
Pero si no le quedaba rebeldía que plasmar, ¿entonces, qué?
Era una pregunta que no sabía responder, así que volvió a concentrarse en la bailarina. Llevaba unos vaqueros anodinos y una voluminosa sudadera granate, pero él tenía una excelente memoria visual. Y había visto su cuerpo mientras bailaba aquella primitiva danza; estaba demasiado delgada, pero con algunos kilos más estaría magnífica. Pensó en la exquisita Betsabé de Rembrandt relajada en su baño, en La maja desnuda de Goya, en la sensual Venus de Urbino de Tiziano. La bailarina tendría que comer para que él lograra igualar a esos pintores inmortales, y entonces querría pintarla. Era el primer impulso creativo que había experimentado desde hacía meses.
Se quitó la idea de la cabeza. Lo que tenía que hacer era deshacerse de ella. Y con rapidez. Antes de que llamara la atención de Bianca más de lo que ya lo había hecho.
Así que se dirigió hacia la cafetería.
[1]. En inglés, «runaway» significa «fugitivo».. (N. del C.)
2
Tess sabía que él estaba cerca incluso antes de verlo. Fue por un remolino en el aire. Un aroma. Una vibración. Y luego el gruñido hosco que tan bien recordaba.
—Bianca me ha dicho que esta mañana he sido muy maleducado.
—¿Y ha tenido que señalártelo ella? —Tess estaba mirando un anuncio en el escaparate de La Chimenea Rota cuando él se acercó.
De cerca era aún más formidable, todo lo opuesto al estereotipo de un artista con perilla, dedos manchados de nicotina y ojos muy abiertos. Poseía hombros anchos y una mandíbula sólida como una roca. Una larga cicatriz le recorría un lateral del cuello y los pequeños agujeros en los lóbulos de sus orejas sugerían que en algún momento había lucido pendientes (que serían, con toda seguridad, una calavera con dos tibias cruzadas). Era un forajido, la versión adulta del punk adolescente que había usado bote de pintura en espray en lugar de un arma, de un joven matón que se había pasado años entrando y saliendo de la cárcel por allanamiento y vandalismo. A pesar de los vaqueros usados y de la camisa de franela, era un hombre en la cima de su carrera y estaba acostumbrado a que todo el mundo se inclinara ante él. Sí, se sentía intimidada, tanto por el hombre en sí como por su fama. Y no, no pensaba permitir que se diera cuenta.
—Tiendo a estar absorto en mí mismo… —dijo, aclarando algo obvio—, salvo en lo que afecta a Bianca. —Hablaba de manera pausada, de modo que cada palabra sonaba más contundente que la anterior.
—¿En serio? —No era asunto suyo, pero desde el momento en que irrumpió en su jardín, él la había estado incordiando. Aunque estaba disfrutando de la libertad que le proporcionaba que alguien la riñera en lugar de mirarla con lástima—. ¿Por eso has arrastrado a una mujer embarazada lejos de su casa, a un pueblo que ni siquiera cuenta con un médico?
Como él tenía un ego demasiado grande para ponerse a la defensiva, lo dejó pasar.
—La niña no llegará hasta dentro de dos meses y dispondrá de los mejores cuidados. Lo que más necesita Bianca ahora es descanso y tranquilidad. —Sus ojos, del gris hostil de un cielo invernal justo antes de una tormenta de nieve, se encontraron con los de ella—. Sé que Bianca te ha invitado a nuestra casa, pero yo retiro la invitación.
En lugar de retroceder, como haría cualquier persona normal, lo presionó.
—¿Por qué?
—Ya te lo he dicho. Necesita descansar.
—Hoy en día se aconseja que las mujeres embarazadas sanas se mantengan activas. ¿Acaso no se lo recomendó su médico?
Su ligera vacilación quizá hubiera pasado desapercibida para alguien que no estuviera entrenado para observar, pero no para ella.
—El médico de Bianca quiere lo mejor para ella, y me estoy asegurando de que lo tenga. —Él se alejó con un gesto de cabeza.
Su fuerte musculatura y su paso decidido le daban la apariencia de un hombre que había sido diseñado por Dios para soldar vigas o bombear petróleo en lugar de crear algunas de las obras de arte más memorables del siglo XXI.
Bianca había dicho que era «muy protector», pero la situación parecía más bien asfixiante. Algo no iba bien entre esos dos.
Una camioneta destartalada pasó a toda velocidad con el tubo de escape petardeando. Ella había ido al pueblo a por dónuts, no para involucrarse en la vida de otras personas, y volvió a prestar atención al letrero del escaparate: «Se busca ayuda».
Era comadrona. Cualquier día de estos, la ira y la desesperación se convertirían en resignación. Tenía que ser así. Y en cuanto eso ocurriera, debería ponerse a buscar trabajo en su campo. Algo que le permitiera recobrar la satisfacción de ayudar a madres vulnerables a dar a luz.
«Se busca ayuda».
No necesitaba volver a trabajar todavía, así que ¿por qué estaba mirando el cartel como si todo su desordenado mundo se hubiera reducido a lo que había dentro de esa cafetería de mala muerte?
Porque estaba asustada. La soledad de Runaway Mountain, que ella había pensado que la curaría, no estaba funcionando. La idea de pasarse el día en la cama, comer dónuts y bailar bajo la lluvia se había vuelto demasiado tentadora. La semana anterior no se había duchado en cuatro días.
La amarga oleada de autodesprecio que la recorrió al recordarlo la obligó a atravesar la puerta. Podía preguntar por el trabajo o comprar un dónut y marcharse, debía tomar una decisión.
En el mostrador de la derecha había galletas y dónuts, pero no como en una cafetería de ciudad. Un congelador compacto mostraba ocho cubetas de helado. En las estanterías vio cigarrillos, barras de caramelo, pilas y otras rarezas que no solían encontrarse normalmente en una pastelería, en una heladería o en una cafetería. En un rincón había un par de estantes metálicos con libros de bolsillo, y sonaba de fondo una canción de rock, que reconoció vagamente pero cuyo título no recordaba.
El siseo de una cafetera exprés flotó en el aire. Vio su reflejo en el espejo detrás del mostrador. Casi no reconoció su cara hinchada, las sombras púrpuras que lucía bajo los ojos, la espesa maraña de pelo que no había visto un cepillo desde… quizá el día anterior, quizá el anterior al anterior, y la sudadera granate de Trav de la Universidad de Wisconsin.
El hombre que atendía la máquina de café pasó una bebida recién hecha por encima del mostrador a un anciano con un bastón. El viejo cojeó con el vaso hasta una mesa y el hombre de la cafetera centró su atención en ella. Por la espalda le colgaba una fina y gris cola de caballo. El hombre la miró con unos ojos pequeños y rodeados de arrugas.
—¿Dónuts o pasteles?
—¿Cómo sabes que quiero una de las dos cosas?
Él colgó los pulgares en el cordón del delantal rojo.
—Me gano la vida leyendo la mente de la gente. Tú eres nueva por aquí. Me llamo Phish. Con «Ph».
—Soy Tess. Debes de ser su mayor fan.
—¿Del grupo Phish? Joder, no. Soy un deadhead, un admirador de los Grateful Dead. El mejor grupo que jamás haya existido. Ahora mismo está sonado Ripple… Es la única canción suya que conoce la gente. —Hizo una mueca que reveló su opinión sobre la inexplicable ignorancia humana—. Soy Phish porque me apellido Phisher.
—¿Y cómo te llamas?
—Elwood. Y olvida que te lo he dicho. —Señaló con la cabeza la vitrina de tres estantes que había detrás del mostrador. A su lado, en una pequeña pizarra, estaba anotado el pastel del día—. Manzana holandesa —dijo—. Es mi especialidad.
—Me gustan más los dónuts. —Aunque allí no había mucha variedad, solo glaseados o con azúcar espolvoreado; y no parecían de verdad, más bien eran una especie de pastel disfrazado de dónut. Hizo un gesto señalando la puerta—. Este lugar tiene un nombre extraño, La Chimenea Rota.
—Deberías haberlo visto cuando lo compré. Arreglarlo me costó veinte mil dólares.
—Me he dado cuenta de que no has arreglado la chimenea.
—La chimenea está tapiada, así que no tenía mucho sentido. Es una buena manera de que la gente nos conozca.
—He visto el anuncio en el escaparate. ¿Buscas ayuda? —Se raspó la costura lateral de los vaqueros con la uña.
—¿Quieres el trabajo? Es tuyo.
—¿Así de simple? Por lo que sabes de mí, quizá sea una delincuente fugitiva. —Parpadeó.
—¡Oye, Orland! ¿Tess te parece una delincuente fugitiva? —Le gritó al viejo de la mesa.
—Me parece taliana, así que nunca se sabe. Aunque tiene algo de carne en los huesos, me gusta. No me importaría mirarla cuando entre por la puerta. —El anciano dejó de prestar atención al periódico.
—Pues ya ves… —La sonrisa de Phish reveló un conjunto de dientes torcidos—. Si le gustas a Orland, es suficiente para mí.
—No soy italiana. —Ignoró lo de «algo de carne en los huesos».
—Mientras estés dispuesta a trabajar por el salario mínimo y a hacer los turnos que nadie más quiere, además de soportar a mi sobrina y a mi cuñada, no me importa mucho lo que seas.
—Solo he venido a por un par de dónuts.
—Entonces, ¿por qué has preguntado por el trabajo?
—Porque… —Se llevó los dedos al pelo y los enredó en él—. No lo sé. Olvídalo.
—¿Sabes hacer un expreso?
—No.
—¿Tienes alguna experiencia con cajas registradoras?
—No.
—¿Tienes algo mejor que hacer ahora mismo?
—¿Mejor que…?
—Ponerte un delantal.
—En realidad, no. —Y eso pensaba en realidad.
—Entonces, vamos a ello.
Durante las siguientes horas, Phish le mostró todos los trucos mientras atendía a los clientes. Ella le siguió la corriente, sin estar segura de cómo había llegado a esa situación, pero sin intención de hacer nada al respecto. Al poco tiempo, tuvo la impresión de que ya le habían presentado a la mitad del pueblo, incluyendo al «señor de la cerveza» del pueblo, algunos jubilados del norte, la jefa de la Alianza Local de Mujeres y dos miembros del consejo escolar. Todo el mundo sentía curiosidad por ella —justo lo que ella no quería—, pero era la curiosidad normal de la gente por conocer a alguien nuevo, y las respuestas evasivas que ya había dado a Bianca parecían satisfacerlos.
A las cuatro en punto, atendió al primer cliente. Dos cucharadas de helado de mantequilla y nueces, y una copia del National Enquirer. A las cinco, mientras los Grateful Dead terminaban el coro final de Bertha, Phish se quitó el delantal y se dirigió a la puerta.
—Savannah vendrá a las siete para hacerse cargo.
—¡Espera! Yo no…
—Si tienes preguntas, déjalas para mañana. O pídele a uno de los clientes que te ayude. No recibimos a muchos extraños por aquí.
Y, sin más, se quedó sola. Se convirtió en camarera, heladera, pastelera, proveedora de dulces y vendedora de cigarrillos.
Vendió dos porciones de tarta, una con helado; un paquete de pilas AA; una taza de chocolate caliente y algunos caramelos de menta para el aliento. E hizo su primer capuchino, solo para tener que rehacerlo porque no cumplía con las proporciones correctas. La cafetería estaba llena de clientes habituales cuando entró un hombre; llevaba una gorra de camionero que le cubría la cabeza y barba pelirroja de varios días. El tipo se tomó un tiempo para mirar atentamente la forma de sus pechos bajo el delantal.
—Un paquete de Marlboro.
Debería haberlo previsto, pero en esos días no podía prever nada de nada.
—¿Te haces una idea de lo que el tabaco le provoca a tu cuerpo? —Se demoró un rato reacomodando los plátanos en el frutero del mostrador.
—¿Lo dices en serio? —preguntó él, rascándose el torso.
—Fumar aumenta el riesgo de padecer enfermedades coronarias, cáncer de pulmón, accidentes cerebrovasculares… También provoca mal aliento.
—Véndeme los cigarrillos, joder.
—Es que… no puedo.
—¿Qué?
—Soy una especie de… objetora de conciencia.
—¿Una qué?
—Mi conciencia se opone a vender algo que sé que es tóxico para el cuerpo humano.
—¿Lo dices en serio?
«Excelente pregunta».
—Supongo…
—¡Voy a quejarme a Phish!
—Lo entiendo. —No era que esta nueva ocupación fuera la profesión de su vida, y si la despedían tampoco pasaba nada.
Él se quedó justo al lado del mostrador mientras llamaba, mirándola con desprecio.
—Phish, soy Artie. La nueva no me vende una cajetilla de Marlboro… Mmm… Mmm. Mmm… Vale. —Le alargó el móvil—. Phish quiere hablar contigo.
—Hola. —El teléfono apestaba a tabaco. Lo mantuvo ligeramente alejado de la cara.
—¡Qué cojones te pasa, Tess! —exclamó Phish—. Artie dice que no le quieres vender tabaco.
—Va… en contra de mis principios.
—Es parte de tu trabajo, coño.
—Y lo entiendo. Pero no puedo hacerlo.
—Es tu trabajo —repitió él.
—Sí, lo sé. Tendría que haberlo pensado antes, pero no ha sido así.
—Bueno, vale. Pásame a Artie otra vez. —El gruñido retumbó a través de aquel teléfono apestoso.
Aturdida, le devolvió el teléfono. Artie se lo arrebató.
—Sí… Sí… ¿Me estás tomando el pelo, Phish? Te voy a mandar al infierno. —Se metió el teléfono en el bolsillo y la miró fijamente—. Eres tan arpía como mi novia.
—Debe de estar preocupada por ti. —Estudió su camiseta. La frase estampada en el pecho decía: «Compraré bebidas para mi…» seguida de la foto de una conejita. Le llevó unos momentos entenderla—. ¿Qué piensa ella de tu camiseta?
—¿No te gusta?
—No mucho.
—Eso demuestra que no entiendes nada. Fue mi novia la que me la regaló.
—Supongo que nadie es perfecto.
—Ella lo es. Y no pienso volver aquí cuando estés trabajando tú.
—Lo entiendo.
—Estás loca, ¿sabes? —Y salió a grandes zancadas por la puerta.
Había ganado, era una victoria, y pensó en lo mucho que le hubiera gustado a Trav esa historia. Pero no había ningún Trav esperándola. Ningún Trav que echara la cabeza hacia atrás y se riera a carcajadas con ella. Estaba en un lugar nuevo, con una casa nueva, una montaña nueva y un trabajo nuevo, pero nada de eso importaba. Había perdido al amor de su vida y nunca lo superaría.
Cuando llegó la sobrina de Phish, Savannah, se cabreó inmediatamente con ella. Era una chica beligerante, de diecinueve años, con el pelo color remolacha, gafas en forma de ojo de gato, dilatadores en las orejas y un montón de tatuajes. Además, estaba embarazada, aunque Tess no tuvo la oportunidad de preguntarle de cuánto porque Savannah insistió inmediatamente en que limpiara el baño.
—Phish lo limpió hace un par de horas —dijo Tess, sin añadir que Savannah había llegado tarde, y que su turno había terminado hacía más de media hora.
—Pues límpialo de nuevo. Cuando él no está aquí, mando yo.
A diferencia de la de los cigarrillos, esa no era una pelea que valiera la pena, al menos no en su primer día. Buscó los artículos de limpieza, revisó el baño y se fue por la puerta trasera antes de que su desagradable compañera de trabajo pudiera impedírselo.
***
Cuando estuvo de vuelta en la cabaña, se quitó la sudadera, se puso unos auriculares y salió a bailar. Bailó de puntillas, bajo las primeras gotas de lluvia, en el frío de la noche. Bailó y bailó. Pero no importaba lo rápido que se moviera, lo alto que levantara los pies: bailando no podía llegar a donde quería.
***
La espadaña de la escuela todavía conservaba una campana de hierro, pero los tres escalones que llevaban a las brillantes puertas dobles de color negro eran nuevos. Recordó la advertencia que Ian North le había hecho el día anterior, pero llamó al timbre de todos modos. La puerta se abrió casi de inmediato y vio a una radiante Bianca al otro lado, con una sola trenza rubia cayéndole por encima del hombro, como Elsa en Frozen.
—¡Sabía que vendrías! —La cogió por la muñeca y la arrastró al pasillo donde, hacía tiempo, los alumnos se despojaban de sus abrigos y se quitaban las botas llenas de barro. Bianca iba descalza con un vestido de verano de gasa que le acariciaba el abdomen—. Prepárate para ver todo esto. —Arrojó la chaqueta de Tess a uno de los viejos ganchos de latón y la guio al salón—. Ian se la compró a unos amigos míos, Ben y Mark. Los dos son decoradores y ellos la rehabilitaron. Planeaban usarla como estudio y casa de vacaciones, pero se aburrieron después del primer año.
El débil sol de la mañana entraba por las grandes ventanas de la escuela. Los techos eran altos, tal vez de unos cinco metros; las paredes lucían un color blanco tiza en la parte inferior y pintura de color azul aciano en la parte superior. Del techo colgaban unos globos de vidrio blanco y se habían conservado los suelos originales, con sus cicatrices y desperfectos, que habían sido restaurados con un brillante barniz oscuro.
El mobiliario de aquel enorme espacio vital era bajo y cómodo. Sofás tapizados en lona blanca, una larga mesa de comedor de madera de estilo industrial con patas metálicas, y otra de café del mismo estilo, pero con ruedas. Junto al ventanal, las estanterías exhibían rocas, huesos de animales, algunas raíces de árboles retorcidos y una generosa colección de libros de lujosa encuadernación. Un globo terráqueo que había pertenecido a la escuela adornaba la tapa de un viejo piano de pie. Un reloj de péndulo estilo Seth Thomas estaba cerca de una vieja estufa, y la cuerda de la campana colgaba de la abertura rectangular que había en el techo.
Bianca señaló la escalera de madera con peldaños al aire y barandillas hechas con pedazos de hierro pintados de gris.
—El estudio de Ian está arriba, pero no podemos entrar. Aunque no es que esté trabajando en algo, está bloqueado. El dormitorio principal está también en el primer piso. Hay uno más pequeño en esta planta. A Ben y Mark les encantaba cocinar, así que la cocina es espectacular, pero ninguno de nosotros dos es buen cocinero. ¿A ti cómo se te da?
Tess solía cocinar, pero no lo hacía desde hacía mucho tiempo. Lomo de cerdo asado, espárragos, albóndigas de ricotta con panceta y salvia crujiente… Esa fue la última gran comida que preparó. Las albóndigas estaban perfectas, pero Trav no comió mucho.
«Lo siento, cariño. No tengo hambre. Es este maldito frío. Parece que no puedo librarme de él».
No había sido un resfriado. Había tenido neumonía neumocócica, una enfermedad que debería haber respondido al tratamiento, pero no fue así. Diez días después, había muerto.
—¿Te encuentras bien? —Bianca la miraba con preocupación.
—Sí. Estoy bien. Estaba… Me gusta, aunque no he cocinado mucho últimamente. —Tess se acordó de sonreír—. Pero me gusta comer. Tal vez tú puedas darme algunas ideas.
Bianca le mostró la cocina: azulejos blancos como los de las estaciones de metro detrás del fregadero, la larga ventana de la escuela en el extremo estrecho, un tablero de cuentas blancas, armarios pintados en un tono más claro que el azul del resto de la planta baja. Una puerta exterior conducía a la parte trasera de la casa. En la encimera de esteatita había una berenjena junto a un par de tomates maduros y media barra de pan francés.
Bianca se sentó en el alféizar de la ventana con las manos apoyadas en el vientre y enumeró alegremente algunos de sus platos favoritos, los restaurantes que adoraba y odiaba, los artículos que echaba en falta en la entrega semanal de víveres y los antojos que estaba notando en el embarazo. La conversación, como estaba descubriendo Tess, tendía a girar a su alrededor, lo que a ella le venía muy bien.
—¡Cocina algo! —exigió Bianca con entusiasmo infantil—. Algo saludable y delicioso que ninguna de las dos haya comido jamás. Algo que esté rico y alimente a mi bebé.
Tess no tenía apetito, pero sacó de la nevera un montón de acelgas marchitas, una cabeza de ajo y una botella de vinagre balsámico para una bruschetta improvisada.
—Es como ver a la suprema Madre Tierra trabajando. —Bianca no paraba de asombrarse de todo lo que hacía Tess, como si nunca hubiera visto una berenjena cortada en daditos o un diente de ajo pelado.
—No sé de qué hablas.
—Mírate. Tu cabello, tu cuerpo. A tu lado, soy pálida y débil.
—Las hormonas del embarazo han hecho mella en tu ánimo. Eres una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida.
Bianca suspiró, como si su apariencia fuera una carga que tuviera que soportar.
—Eso es lo que dice todo el mundo. —Se dio la vuelta para mirar por la ventana hacia los pastos secos de invierno en el claro que se extendía más allá de la escuela—. No te imaginas lo mucho que quiero a este bebé. Es algo que me pertenece.
—Tu marido quizá tenga algo que decir sobre eso. —Tess lanzó la piel de la berenjena a la basura.
—Perdí a mis padres cuando tenía seis años. Me crio mi abuela. —Bianca siguió hablando como si no la hubiera oído.
Tess había perdido a su madre hacía casi una década. Su padre las había abandonado cuando ella tenía cinco años y guardaba pocos recuerdos de él.
—Durante mucho tiempo ni siquiera me planteaba tener hijos —dijo Bianca—. Pero luego me obsesioné con la idea de quedarme embarazada.
Tess se preguntó cómo se sentiría el marido de Bianca al respecto. A pesar de su charla, no había dicho demasiado sobre su matrimonio.
Un olor delicioso comenzaba a inundar la cocina cuando Tess picó la acelga y salteó el ajo en aceite de oliva, donde añadió también un poco de mantequilla para reducir el amargor de la verdura. Tostó el pan francés y cortó los tomates maduros en daditos junto con algunas aceitunas finamente picadas. Después de mezclarlo todo, salpimentó, echó un poco más de aceite de oliva y lo puso con una cuchara sobre el pan tostado. Con la comida terminada, colocada en un par de platos de porcelana, Bianca y ella se acomodaron en la larga mesa del comedor.
La bruschetta era perfecta, el pan crujiente, la cubierta carnosa y llena de sabor.
Había algo reconstituyente en estar en esa hermosa habitación bañada por el sol con una mujer tan vital. Tess se sorprendió al darse cuenta de que tenía hambre de verdad. Por primera vez en mucho tiempo, fue capaz de saborear la comida.
La puerta principal se abrió, y North entró con una mochila colgada al hombro, sobre la chaqueta. Se detuvo en la puerta y miró a Tess sin decir nada, sin necesidad de hacerlo.
«Te dije que te mantuvieras alejada, y aun así, aquí estás».
El último bocado de bruschetta perdió todo rastro de sabor.
—Me han invitado —dijo.
—¡Y nos lo hemos pasado muy bien! —El gritito animado de Bianca sonó como una nota aguda.
—Me alegra oírlo. —No parecía contento.
—Tienes que probar esto —dijo Bianca.
—No tengo hambre. —Se deshizo de la mochila y la dejó sobre un largo banco de madera.
—No seas tan gruñón. No hemos comido nada tan bueno desde que llegamos aquí.
Se quitó la chaqueta y avanzó hacia ellas. Cuanto más se acercaba, más fuerte era el deseo de Tess de proteger a Bianca.
—Te serviré un poco. —Bianca se levantó y fue a la cocina.
—Esto no es bueno para ella. —North se detuvo en la cabecera de la mesa, el lugar donde Bianca había estado sentada, y miró a Tess. La luz de febrero que entraba por las ventanas caía sobre la larga cicatriz que le recorría el cuello.
—Las verduras y las aceitunas son muy nutritivas. —Tess eligió malinterpretar sus palabras a propósito.
—Necesitas descansar, Bianca. —Su esposa reapareció con un plato. Él lo aceptó, pero no se sentó.
—Necesito caminar —dijo ella, más desafiante que nunca—. Vamos, Tess. Me prometiste que pasearías conmigo.
Tess no le había prometido tal cosa, pero se sintió feliz de poder escapar. Con lo que no había contado fue con la insistencia de Ian North en acompañarlas.
Bianca centró toda la conversación en Tess, un proceso incómodo, ya que North se había puesto al lado de su esposa en el estrecho sendero, lo que obligaba a Tess a quedarse atrás. Siempre que el terreno era desigual, él agarraba el brazo de Bianca y solo lo soltaba cuando alcanzaban una posición más estable. En cuanto pudo, Tess puso una excusa para irse.
—Nos vemos mañana. —Bianca se detuvo.
—No va a poder ser —intervino North—. Tenemos planes.
—Podemos cambiarlos.
—No, no podemos.
—Ya lo solucionaremos. Sé que las dos vamos a ser buenas amigas. —Bianca se encogió de hombros, luego apoyó la cabeza contra el brazo de su marido y le sonrió.
Tess no estaba segura de eso. Lo último que necesitaba era verse envuelta en la extraña dinámica que reinaba entre esos dos.
***
Pasó una semana. Tess bailaba a medianoche cuando no podía dormir, o a las tres de la mañana, cuando una pesadilla la despertaba. Bailaba al amanecer, al atardecer y siempre que tenía problemas para respirar.
Bianca aparecía sin avisar, a veces varias veces al día. A Tess no le importaban las visitas, a pesar de la naturaleza unilateral de la conversación de Bianca. Mucho más molestas eran las intrusiones de Ian North. Invariablemente, aparecía con una u otra excusa para alejar a su esposa de ella.
«No encuentro mi cartera… », «Tenemos que hacer un pedido…», «Nos vamos a Knoxville…».
Actuaba como si Tess fuera una amenaza.
Pasó una semana. Luego otra. Tess se puso en contacto con los padres de Trav, que se estaban recuperando de la pérdida mejor que ella. Envió a sus amigos mensajes de texto con mentiras convincentes: «Estoy genial. Las montañas son preciosas».
El hecho de tener un empleo la obligaba a salir de la cama y le recordaba que debía ducharse y peinarse. No le gustaba su trabajo, pero tampoco lo odiaba. Atender en La Chimenea Rota la ayudaba a llenar las horas, y la personalidad relajada de Phish, combinada con su afición a la marihuana, lo convertían en un jefe genial.
Un día en que había poca clientela, Tess se conectó al wifi intermitente de la cafetería para investigar al marido de Bianca.
«Ian Hamilton North IV, conocido por su firma callejera, IHN4, es el grafitero americano más reconocido. Último miembro de la poderosa familia North, es el único hijo del fallecido financiero Ian Hamilton North III y de la célebre Celeste Brinkman North. Aunque los artistas callejeros tienden a ocultar su identidad, North ha hecho alarde de la suya usando sus verdaderas iniciales en su firma, una práctica que se suele atribuir a la problemática relación con sus padres. Ganó notoriedad al abandonar el grafiti callejero por un trabajo más reflexivo…».
Cerró el ordenador cuando el señor Felter golpeó el mostrador exigiendo una ración extra de sirope de avellana en el café.
***
La sobrina embarazada de Phish, Savannah, era un poco menos grosera con los clientes que con Tess, y a esta comenzaba a resultarle evidente que Phish solo la mantenía allí por compromiso con el padre de la muchacha, su hermano Dave.
—Savannah antes no era tan mala —le confió Phish un día—, pero su exnovio la dejó preñada y se fue de la ciudad. Yo supe que era un capullo la primera vez que lo vi. ¡No había oído hablar de los Grateful Dead!
A ojos de Phish, no había pecado mayor que la falta de adoración por los Grateful Dead.
La otra empleada de Phish era la madre de Savannah, Michelle, una rubia de gran belleza que, a los cuarenta y dos años, también estaba embarazada.
—Creí que era la premenopausia —decía a cualquiera que la escuchara—. ¡Ja!
Era tan difícil trabajar con Michelle como con su hija. El rencor que sentía hacia Tess se debía a que Phish la había contratado a ella en vez de a la hermana menor de Michelle.
—Tanto dinero invertido en la universidad y terminas trabajando para Phish. —Michelle sonrió la primera vez que vio a Tess con la sudadera de Trav de la Universidad de Wisconsin.
Savannah y Michelle tenían sus propios problemas y, pasadas tres semanas, Tess había aprendido a no meterse en medio.
—Es como si lo hubiera hecho para vengarse de mí —le siseó Savannah a Tess—. Estar embarazadas al mismo tiempo me hace sentir un bicho raro. —Mientras limpiaba la varilla de vapor para la leche, le dio un golpe al café que acababa de preparar—. Siempre hace cosas como esa.
—¿Quedarse embarazada? —Tess tiró a la basura los posos de café.
—No. Es como si tratara de imitarme.
Tess se alegró cuando dos de los camareros de El Gallo se detuvieron delante del mostrador. Charlaron con ella más tiempo del necesario, pero era más agradable hablar con ellos que con sus compañeras de trabajo.
Por fin, Tess se dirigió a la trastienda, donde pudo continuar la discusión que había iniciado con Phish la semana anterior. Ella tenía razón. Sabía que tenía razón.
—Solo una pequeña muestra camuflada entre las estanterías —dijo—. Para que los clientes sepan que están ahí.
—Oye, Tess, ¿cuántas veces tengo que decirte que no pienso poner las gomitas a la vista del público? La gente que las necesita sabe que las guardo en la trastienda. —Cogió un saco de arpillera con granos de café de la estantería.
—Los hombres maduros igual lo saben, pero ¿qué pasa con las mujeres que vengan aquí buscando condones? ¿Qué hay de los adolescentes que realmente los necesitan? —insistió. Le sentaba bien tratar de hacer algo positivo, en lugar de ser una carga para la humanidad.
—¿Qué dices? Si vendo gomitas a los adolescentes, en el pueblo se montará la madre de todos los escándalos.
—Confía un poco en la gente.
—Eres una forastera, Tess. Las gomitas se quedan en la trastienda, y no hay más que hablar.
En vez de seguir discutiendo, esperó a que Phish no estuviera y metió una pequeña muestra de condones en un lugar cerca del baño unisex. Los puso entre una pila de jabón hecho a mano, tablas de esmeril con versículos de la Biblia y un folleto de dos páginas dirigido a las adolescentes que tenían que conducir más de veinte kilómetros para poder informarse de algo. Cuando acabó su turno, escondió los condones y los folletos en el almacén. Tomar medidas, por pequeñas que fueran, era un pequeño paso adelante, y lo que Phish no supiera no iba a hacerle daño.
***
Ian no había pisado el pueblo desde que Tess Hartsong empezó a trabajar en La Chimenea Rota. Y en ese momento no estaría allí si no se hubieran quedado sin café. Cuando entró, vio a Tess detrás del mostrador. Llevaba un delantal rojo atado alrededor de la cintura y se había recogido el pelo en una coleta, pero algunos mechones rebeldes se rizaban alrededor de su cara y en la nuca.
Delante del mostrador había un hombre en vaqueros con una chaqueta de paño. Ian sabía que el tipo era el dueño de una pequeña productora de cerveza local cercana, y un solo vistazo le bastó para darse cuenta de que el señor Ipa estaba más interesado en las curvas de Tess Hartsong que en el pastel que había pedido.
—Déjame llevarte a una barbacoa después del trabajo.
—Gracias, pero soy vegetariana.
¡Ja! Había hecho una bruschetta para Bianca y se había comido una ella misma.
—¿Qué tal si tomamos unas copas en El Gallo?
—Es muy amable por tu parte, pero tengo novio.
Sabía que también mentía sobre eso. La había observado lo suficiente como para saber que Tess era una solitaria.
—Si cambias de opinión, házmelo saber. —El tipo llevó su pastel y una taza de café a la mesa, pero siguió mirándola por el rabillo del ojo. A Ian no le sorprendía que se sintiera tan atraído por sus caderas.
La tienda estaba ocupada por una heterogénea colección de lugareños de los que Bianca le había hablado demasiado.
«Tess está conociendo a todo el mundo. Dice que mucha gente del pueblo le debe su trabajo a Brad Winchester. Es el pez gordo de por aquí».
«Tess dice que los pueblerinos recelan de los jubilados que se han mudado desde otros estados, pero no lo demuestran por el dinero que traen…».
«Tess dice que ha conocido a algunos artistas: un tipo que trabaja con hierro, y dice que hay una mujer que hace mandolinas. Deberíamos hacer una fiesta».
Por encima de su cadáver. Y ya se estaba cansando de oír eso de: «Tess dice…». Al parecer, Tess no había mencionado a ninguno de los ermitaños y preparacionistas que andaban por las montañas. Había conocido a varios cuando había ido de excursión, incluyendo a algunos con hijos. Eran un interesante grupo de ecologistas que querían reducir su huella de carbono, teóricos de la conspiración que se escondían del apocalipsis y un par de fanáticos religiosos.
Ian se acercó al mostrador. Tess tenía el delantal lleno del azúcar glas de las rosquillas. Nunca entendería por qué esas densas y polvorientas rosquillas se consideraban dónuts. Salvo por su forma, no tenían nada en común con un dónut glaseado y ligero.
—Una taza de mezcla de café de la casa, más una ración de tostadas y un par de rosquillas. Glaseadas. —Sabía lo que quería, pero, de todas formas, miró la pizarra del menú.
—¿Vas a dejar que Bianca beba algo? —Sin preguntar si las rosquillas eran para tomar o para llevar, Tess las metió en una bolsa de papel blanco, con el resto del pedido, y le dio el café en una taza de papel en lugar de en una de porcelana.
—Supongo que eso depende de ella.
—¿En serio? —Sus manos se quedaron quietas en la caja registradora mientras lo miraba.
—¿Adónde quieres ir a parar? —No le gustaba andarse con sutilezas.
—Una taza de café no le hará ningún daño.
—Lo recordaré.
—¿Dónde te hiciste esa cicatriz del cuello?
—Tratando de meterme bajo una cerca de alambre de espino, huyendo de la policía cuando tenía dieciocho años. ¿Quieres saber cómo me hice las demás? —La mayoría de la gente era demasiado educada para preguntar, pero a ella no parecía importarle la cortesía.
A él tampoco.
Tenía una marca en el brazo, consecuencia de un desagradable encuentro con un perro guardián en Nueva Orleans. Otra, en la pierna, que se había hecho al caerse del tejado de un edificio de apartamentos en Berlín. Cuando uno se había pasado tanto tiempo de su vida subiendo escaleras y caminando a escondidas por las oscuras calles de una ciudad, estaba destinado a encontrarse con esas mierdas.
La que más apreciaba era la marca dentada del dorso de la mano. Su trofeo por marcar el Porsche de su padre. Era el recordatorio de una paliza que nunca olvidaría, junto con la evidencia de que se había defendido.
—No. No es necesario. —Desdeñó su pregunta y también lo desdeñó a él.
Ian cogió el café y el cambio. En lugar de irse, como ella parecía esperar, se sentó en el extremo opuesto de la barra y abrió la bolsa de dónuts.
Entró una mujer. Él no sabía si era una reina local que regresaba a casa, pero su rostro en forma de diamante y su rubia belleza descolorida parecían confirmar que así era. Sin embargo, el corte de pelo estilo bob había perdido su encanto y los huesos faciales se habían afilado. Veinte años antes, tal vez hubieran sido unas facciones turgentes, pero ahora solo eran huesos.
—Tess, ¿puedo hablar contigo?
—Hola, señora Winchester.
«Winchester».
Incluso él había oído hablar del chico del pueblo que montó una empresa de dominios de internet y luego vendió el negocio por una fortuna que usó para financiar su carrera política.
—Hola, Ava. —Tess hizo un gesto con la cabeza a la adolescente que acompañaba a la mujer.
Y allí estaba la actual reina de la belleza. Rubia como su madre, pero con carne sobre los huesos. Mejillas redondas, labios rosados, en pleno florecimiento. Sonrió a Tess y luego dejó a su madre para unirse a otros dos adolescentes en una mesa junto a la ventana.
—¿Podemos hablar en privado? —La señora Winchester señaló con la cabeza hacia la parte de atrás de la tienda.
Tess era la única camarera en esos momentos, pero se dirigió hacia el minúsculo pasillo junto al baño. Ian las veía, pero no oía lo que decían.
La señora Winchester fue la que más habló e hizo gestos tan cortantes como su propia fisionomía. Cuando Tess por fin le respondió, parecía tranquila ante el ataque. La señora Winchester sacudió la cabeza y rechazó lo que quiera que Tess hubiera dicho. Mientras tanto, su hija, Ava, se esforzaba por no mirar a su madre.
Su curiosidad le estaba incordiando. No quería tener nada que ver con ningún drama humano que ocurriera a su alrededor. Recogió el dónut que le quedaba junto con el café y dejó una propina de un dólar en la mesa. No le gustaba que Bianca se quedara sola mucho tiempo.
3
La tormenta comenzó un viernes, el primer día de marzo, un mes después de que Tess empezara a trabajar en La Chimenea Rota. Llovió todo el día y también el siguiente. El domingo por la mañana, la temperatura había descendido por debajo de cero, la lluvia se había convertido en aguanieve y el arroyo Poorhouse parecía un río. En lugar de ir a trabajar, Tess quería acurrucarse bajo una manta junto a las ventanas y ver cómo el agua del arroyo se acercaba a la puerta trasera.
La noche anterior, su Honda CR-V había logrado avanzar a duras penas por la carretera, porque los márgenes estaban inundados. Pero era imposible que el coche pudiera llegar al pueblo con el agua invadiendo la calzada. Tendría que ir al trabajo andando más de un kilómetro por la montaña, aunque la caminata de vuelta sería todavía peor. Todo por un trabajo que había aceptado por capricho.
La cobertura del móvil era irregular, pero tenía suficiente señal para llamar a Phish, que estaba en Nashville, resacoso después de un concierto de rock.
Cuando le dijo que no podía ir a trabajar, él olvidó la resaca.
—… Bajar allí… —La voz se entrecortaba por la mala conexión— … Cuenta con… Alianza de Mujeres… Reunión mensual…
—El camino está inundado. No puedo ir en coche.
—… Has ido andando al trabajo otras veces. Dijiste… Ejercicio.
—He ido andando cuando el clima era apropiado.
—… Una chica de montaña ahora, no una gatita de ciudad…
—¿Quién eres tú? Vete y pon al jefe que mola al teléfono —refunfuñó Tess.
Pero la conexión se había cortado.
Murmurando para sus adentros, Tess metió unos vaqueros secos, un par de zapatos planos y una linterna en una bolsa de plástico que guardó en la mochila. Calzándose las zapatillas deportivas más viejas que tenía, se ajustó la capucha del impermeable y se dejó envolver por el aguanieve y la oscuridad.
El descenso de la montaña fue frío y horrible, pero no tanto como lo sería el ascenso. Con el camino cubierto por casi un metro de agua, se pegó a los estrechos laterales que hacían las veces de arcén.
Cuando finalmente llegó al pueblo, la acera era una pista de hielo y casi se cayó al acercarse a La Chimenea Rota. La luz asomaba brillante por los empañados ventanales delanteros. A pesar del clima, o tal vez debido a él, había al menos diez personas en el establecimiento.
—Llegas tarde. —Savannah, con mallas y una camiseta demasiado grande, la esperaba impaciente tras el mostrador.
—Y buenas tardes para ti también. —Tess colgó el impermeable en el cuarto de atrás y se cambió las zapatillas empapadas y los vaqueros mojados por la ropa seca que había llevado consigo. Un viejo espejo publicitario de Campari le mostró su pelo enredado, tan alterado como el clima. Se lo recogió en una coleta y recuperó el expositor de condones de detrás de una mesa rota para ponerlo ante el público.
—Te vas a meter en problemas si Phish lo ve —comentó Savannah mientras recogía su abrigo para irse.
—¿Vas a decírselo?
—Tal vez… —Se rascó distraídamente la tripa de embarazada—. A los chicos no les gustan los condones.
Tess reprimió media docena de respuestas sarcásticas. Llevaba una semana exponiendo los condones, y la única persona que había protestado había sido Kelly Winchester. Había sucedido el día que Ian North había entrado en la tienda. Kelly era la líder social del pueblo y estaba casada con Brad Winchester, el senador estatal de la zona. Phish aún no le había dicho nada a Tess sobre los condones, así que suponía que la señora Winchester no debía de haber hablado con él; pero, por lo que Tess había aprendido sobre el poder de la familia Winchester, en cuanto la señora Winchester hablara con Phish, los condones desaparecerían.
Por ahora, consideraba la venta que había hecho el día anterior a un adolescente —un chico que luego había descubierto que era el hermano menor de Savannah— como una gran victoria.
Phish tenía razón sobre sus clientes. Entraba un flujo constante que iba dando partes sobre el empeoramiento del tiempo, noticias de que la autopista se había inundado y que el pueblo estaba oficialmente aislado. Todos parecían resignados.
—Pasa un par de veces al año —comentó Artie, el cliente al que se había negado a vender tabaco—. Normalmente en primavera, pero no siempre. —A pesar de su promesa de no volver a La Chimenea Rota cuando ella estuviera trabajando, había seguido apareciendo por allí.
—¿Recuerdas cuando tuvimos ese gran desprendimiento de rocas en la granja Ledbedder? —apuntó Fiona Lester, la dueña del hostal La Violeta Púrpura, mientras sacudía su abrigo de plumas.
—La peor fue aquella tormenta de nieve en 2015.
Otros clientes se unieron a la conversación.
—Las excavadoras tardaron dos días en despejar las carreteras. Y habrían tardado más si no llega a ser por Brad.
Tess aún no conocía al señor Winchester, pero sabía que el pueblo estaba orgulloso de tener a uno de los suyos en un escalafón tan elevado a nivel estatal. También había oído algunos comentarios de Phish sobre el control que Winchester ejercía sobre el presupuesto y los puestos de trabajos en la ciudad.
Incluso Courtney Hoover fue a La Chimenea Rota esa tarde. Courtney era la clienta que a Tess le caía peor. La joven, de veinte años, vivía en Tempest con su familia, pero trabajaba como recepcionista en un motel a unos cincuenta kilómetros. Su mayor ambición era convertirse en una influencer de Instagram, así que se pasaba todo el tiempo haciéndose selfis en posturas provocativas.
—Hola, Tess —dijo con su acento cálido y sensual.
—Hola, Courtney.
Ese día Courtney había embutido su envidiable figura en un vestido corto de falda de tubo y escote en V, y llevaba botas hasta los muslos. Se había maquillado con unos polvos brillantes que daban a su tez un extraño brillo iridiscente. Tess la miró mientras ella estudiaba el menú que estaba escrito en el espejo detrás del mostrador, aunque acabaría pidiendo un moka mediano, como siempre.
Tess se limpió las manos en el delantal.
—¿Qué te pongo? —Tess le hacía siempre el moka a Courtney exactamente como lo hacían Phish, Michelle y Savannah, pero Courtney se quejaba constantemente de que le echaba demasiado expreso, no tenía suficiente crema batida, el chocolate estaba rancio o lo que fuera.
—Tomaré un moka mediano. —El brillo de labios color caramelo de Courtney parecía tan resistente como el barniz marino—. ¿Has estado enferma, Tess? No tienes buen aspecto —añadió mirándola de forma crítica.
—Estoy fuerte como un roble —dijo ella—. Es solo que no soy guapa. —Mientras Courtney trataba de averiguar si lo había dicho en serio o no, Tess buscó la leche—. ¿Cuántos seguidores tienes ya? —A Courtney le gustaba que se lo preguntaran, y tal vez eso evitaría que se quejase del moka.
—Casi trescientos. Empezaron a seguirme cuatro más la semana pasada.
—Es impresionante.
—Es un trabajo más duro de lo que crees. —Se había puesto extensiones de pelo rubio—. Mueve el bol de los plátanos. Vamos a hacernos un selfi.
La única razón por la que Courtney quería un selfi con ella era para poder usar la etiqueta #LaBellaYLaBestia, pero Tess apoyó el codo en el mostrador mientras Courtney ensayaba su propia pose media docena de veces. Sin embargo, ninguna foto la satisfizo.
—Pues nada... Lo volveré a intentar cuando te hayas arreglado el pelo.
—Buena idea. —Tess le dio el moka. Courtney tomó un delicado sorbo y se quejó porque estaba demasiado salado—. Los ingredientes son los mismos —dijo Tess.
—Has cambiado algo. Está salado.
—¿Qué te parece si te lo cambio por un capuchino?
—Da igual. —Se dio la vuelta con un resoplido.
A las tres, se canceló la reunión de la Alianza de Mujeres de Tempest y el establecimiento empezó a vaciarse. A las cuatro, el aguanieve que arreciaba contra las ventanas se había convertido en una tormenta de hielo en toda regla. Se suponía que Tess debía mantener el local abierto hasta las cinco, pero al acercarse las cuatro y media y no aparecer clientes, giró el cartel para cerrar.
Tess pensó brevemente en la posibilidad de pasar la noche en la trastienda en lugar de enfrentarse a la montaña azotada por la tormenta, pero la perspectiva de hacerse una cama con cajas de cartón rotas y la colcha apolillada en la que había muerto el viejo labrador de Phish era aún menos atractiva que aventurarse a salir. Tenía una linterna, ropa relativamente abrigada y sentido común. Lo conseguiría.
Había echado sal en la acera frente a la tienda, pero un poco más allá era puro hielo, y tuvo que caminar apoyándose en las paredes de los edificios. La autopista estaba inquietantemente tranquila. No había camiones, motos ni coches con el tubo de escape trucado. La acera terminaba en El Gallo. Apenas veía el camino de grava inundado y, mucho menos, el sendero que llevaba a la montaña, pero, con la ayuda de su linterna, finalmente lo encontró y comenzó el ascenso. El hielo lo cubría todo y era difícil mantener el equilibrio.
El viento hizo volar la capucha del impermeable. La nieve se le deslizó por el cuello y unas astillas heladas le cortaron las mejillas. Los lugareños le habían asegurado que el temporal no duraría mucho, pero en ese momento eso no la ayudaba.
Sus zapatillas resbalaron en la maleza y se cayó por tercera vez, lo que la dejo aún más fría y mojada. Todo por un trabajo con salario mínimo en una cafetería que en realidad no era una cafetería, en un pueblo en medio de la nada. Le palpitaban las manos y notaba los dedos entumecidos. Cuando llegó a casa, estaba hecha un desastre, temblorosa y empapada.
Naturalmente, la estufa de propano estaba apagada, así que se envolvió en mantas hasta que dejó de temblar. ¿Por qué había pensado que vivir allí sería una buena idea?
«¡Es culpa tuya, Trav! Tú eras el que quería mudarse a Tennessee, no yo».
Estaba demasiado cansada para llorar y tenía demasiado frío para ponerse a bailar.
***
Algo la despertó en mitad de la noche. La tormenta aún azotaba la cabaña, pero se trataba de otro sonido, uno lo suficientemente fuerte como para oírse por encima de la lluvia y el aguanieve.
Una campana de iglesia. Se oía sin cesar. Profundos y ruidosos dongs. Se dio la vuelta intentando orientarse en la fea habitación de paredes empapeladas con estampado de flores, que se despegaba en las juntas, en lugar de en la alegre habitación amarilla que ella y Trav habían pintado juntos.
Cerró los ojos. La campana siguió sonando. Fuerte. Persistente.
Se acurrucó más profundamente entre las mantas. La iglesia que estaba en lo alto de la montaña llevaba en ruinas desde hacía mucho tiempo. Debía de ser la campana de la escuela. Y eso que Ian North le había montado un buen escándalo por poner la música alta. Era la una de la mañana, y él debía de pensar que era perfectamente aceptable…
Abrió los ojos de golpe. Con un gemido, se levantó de la cama y agarró la ropa seca que tenía más mano. Minutos después, salió por la puerta.
***
La luz que brillaba a través de los ventanales indicaba que el generador de la escuela estaba en funcionamiento.
—¡Bianca! ¿Dónde estás? —Tess entró sin llamar y se quitó el impermeable.
—Aquí atrás. ¡Deprisa! —respondió North desde el dormitorio de abajo.
«Que sea una falsa alarma».
Bianca solo estaba de treinta y cuatro semanas. Tess había asistido a partos de bebés prematuros antes, pero con acceso a monitores fetales y a una unidad de cuidados intensivos neonatales. Allí, en la montaña, no tenía equipo: ni estetoscopio ni instrumental ni jeringas ni kits de sutura. Y, por encima de todo, no tenía corazón para ello. Y, sin embargo, ahí estaba.
Se obligó a bajar las escaleras que iban a la habitación del piso inferior y cruzó el umbral.
La habitación estaba decorada con una amalgama de suaves tonos grises en las paredes, lámparas mates de níquel y vaporosas cortinas blancas. Bianca yacía al descubierto en una cama tipo futón; el camisón, de color plateado, se enredaba alrededor de su cuerpo, y su cara se retorcía de pánico.
—¡Tess! ¡Es demasiado pronto! He roto aguas y tengo contracciones. Se suponía que eso no tenía que pasar aún.
A Tess le dio un vuelco el corazón. No parecía una falsa alarma, y en Tempest no había médico. Incluso si se plantearan llegar al hospital más cercano en medio de la tormenta, estaba a ochenta kilómetros.
—Los bebés son enanos tontitos. Tienen voluntad propia. —Buscó en el bolsillo de sus vaqueros una goma para sujetarse el pelo.
Su irreverencia hizo que Bianca esbozara una sonrisa. Tess se recogió la melena y fue hacia la cama.
—Tengo miedo. —Bianca le agarró la mano con un fuerte apretón.
—Todo irá bien —dijo Tess sin creérselo—. He traído al mundo más bebés de los que soy capaz de recordar, y aquí estamos. ¿Cada cuánto tiempo son las contracciones?
—Cada seis minutos —dijo North por detrás de ella.
—Voy a ir a lavarme. —Se soltó suavemente de las manos de Bianca.
—¡Deprisa! —Bianca cerró los puños.
North la llevó al baño contiguo, pero, en lugar de dejarla allí, la siguió dentro. Mientras ella estaba de pie en el lavabo, el espejo reflejaba su dura mandíbula y su pelo demasiado largo.
—Bianca me ha dicho que eras comadrona. ¿Es verdad? —Su intensidad hizo que la pequeña habitación se volviera claustrofóbica.
—Así es. —Se subió las mangas por encima de los codos y abrió el grifo.
—Y ¿qué significa eso exactamente? ¿Alguna vez has asistido a un parto por tu cuenta?
¿Qué haría si ella le dijera que no? Cogió el jabón y empezó a lavarse las manos. No le importaba lo famoso y rico que fuera, no le importaba el talento que tuviera; no le caía bien. No le gustaba la tensión que detectaba entre su esposa y él. Y tampoco le gustaba ver a Bianca aferrarse a él en un momento dado y atacarlo en el siguiente.
—Soy enfermera y comadrona titulada. He asistido antes en partos prematuros.
«Pero no sin refuerzos».
Miró su reflejo en el espejo y notó que Ian tenía los hombros hundidos; ya no parecía tan agresivo.
—Los móviles no tienen cobertura —dijo—. Pensé que tal vez podría recogernos un helicóptero. Íbamos a trasladarnos a Knoxville dentro de un par de días. Tendría que haber habido tiempo de sobra.
—Al bebé no le deben de haber llegado las instrucciones.
Él hizo una mueca de dolor y Tess se arrepintió de su respuesta. Había tratado con muchos padres difíciles, y sabía qué era lo mejor.
—Necesito que consigas algunas cosas. —Hizo una lista: toallas limpias, desinfectante de manos, tijeras esterilizadas, hilo, cualquier gasa que pudiera encontrar, una gran jarra de agua helada—. ¿Tienes mantas para el recién nacido? ¿Algo para el bebé?
—No. Bianca iba a hacer que le enviaran todo desde Manhattan.
—Corta unas cuantas tiras del tejido más suave y limpio que encuentres. Necesitaré dos o tres.
No le pidió que repitiera la lista y se puso en marcha.
—Va a tardar un poco. ¿Te gustaría dar un paseo por ahí? —Tess apoyó a Bianca en las almohadas y le tocó el abdomen mientras cronometraba las contracciones.
—¿Puedo? —Bianca levantó la vista de la cama, sus ojos azules tan grandes e inquisitivos como los de un niño.
—Claro. Andar te irá bien. Puedes ducharte o ponerte en posición fetal. Lo que te parezca mejor. No hay ninguna regla.
Lo que le apetecía resultó ser un baño.
Ian reapareció mientras Tess ayudaba a Bianca, todavía en camisón, a entrar en el agua caliente. Dejó caer las provisiones en la encimera del baño con un golpe sordo.
—¿Se puede saber qué haces? ¡Debería estar en la cama!
—Ahora las mujeres paren de forma diferente que en los años 50. —Tess ya estaba más que harta del doctor North, un doctor que, por cierto, no tenía título.
—Pero...
—Si se queda en la cama, tardará más en dilatar, pero ponle sábanas limpias por si decide dar a luz allí.
—¿Por si...?
Tess había traído al mundo a bebés en partos de madres en cuclillas o acurrucadas en espacios estrechos. Un sorprendente número de mujeres querían meterse entre la cama y la pared.
—Si tienes un plástico limpio, ponlo debajo de la sábana para evitar que el colchón se manche.
—¡A la mierda con el colchón! —Salió corriendo.
La suave gasa del camisón de Bianca flotaba como una nube de humo alrededor de su cuerpo. Tess le frotaba los hombros, mantenía el agua caliente y respiraba con ella durante las contracciones. Afortunadamente, la naturaleza egocéntrica de Bianca le impidió captar la tensión de Tess.
—¡Quiero la epidural! —Bianca lloró al final de una fuerte contracción.
Pero en aquel parto no era una opción.
—La epidural está sobrevalorada —aseguró Tess dándole un suave masaje en la cabeza—. Tu cuerpo sabrá exactamente qué hacer. —Rezó para que eso fuera cierto.
—¿Dónde está Ian? ¡Quiero a Ian!
—Estoy aquí.
Apareció en la puerta del baño, pero no la miró.
—¡El bebé no te importa! —gritó Bianca—¡Ni siquiera fuiste capaz de fingir felicidad cuando me quedé embarazada!
—Tú estabas feliz por los dos —dijo él en voz baja.
—El agua se está enfriando. Déjame calentarla. —Tess había visto a más de una mujer ponerse en contra de su marido en el parto, y se concentró en los grifos.
—Quiero andar un poco. —Al final Bianca quiso salir de la bañera. Tess le quitó el camisón mojado y le dio una bata.
Fueron hacia la zona principal de la vivienda. North estaba de pie junto a las ventanas, mirando la noche. En ese momento, cuando ya había reunido todos los elementos de la lista de Tess para el parto, no parecía saber qué hacer, pero Tess creía que los padres debían participar activamente, en especial cuando había tanta tensión marital.
—Pasea con ella —ordenó—. Deja que se apoye en ti cuando tenga una contracción.
—¡No! —exclamó Bianca—. ¡Te quiero a ti! Quiero que tú pasees conmigo, Tess.
North parecía aliviado, otro punto negativo en su contra.
Tess anduvo con ella. Cuando las contracciones empezaban, Bianca se apoyaba en ella. Pasaron veinte minutos, treinta… Las contracciones eran cada vez mas seguidas y duraban más.
—Sabes que te quiero… —le gritó Bianca a Ian, que la sujetó como había hecho Tess. La vio apoyarse en él.
—Lo sé —dijo.
Bianca empezó a sentirse cansada y, finalmente, quiso acostarse. Tess la ayudó a ponerse tan cómoda como era posible, pero las contracciones eran más dolorosas. Bianca se agarraba a la mano de su marido, la estrujaba y, luego, la soltaba con brusquedad. Cuando las contracciones alcanzaron el punto álgido, los gemidos guturales se hicieron más fuertes. En ese instante, North se colocó en la cabecera de la cama, fuera del campo de acción. Tess deslizó entonces una toalla limpia por debajo de las caderas de Bianca.
La joven echó la cabeza hacia atrás y gritó al notar que la siguiente contracción se aceleraba.
—¡Cuida de mi bebé! —Clavó las uñas en las sábanas—. Si me pasa algo…, prométeme, Tess… ¡A él no le importa! Prométeme que cuidarás de mi bebé.
—Eres fuerte y estás sana. Tú misma cuidarás de tu bebé. —Tess le acarició la pierna.
La contracción había disminuido, pero la mirada de Bianca parecía frenética. Se agarró a la mano de Tess con una fuerza sobrenatural, haciendo que esta esbozara una mueca de dolor.
—¡Te quiero! —Bianca lloró—. ¡Prométemelo!
Tess miró a Ian, que se quedó de pie con los labios apretados y la mirada sombría.
—Prométeme que cuidarás de mi bebé si me pasa algo. —Los dedos de Bianca se clavaron en la mano de Tess.
—Ay, cielo… No puedo prometerte eso. Yo…
Otra contracción. Otro grito que salió del fondo de su garganta.
—Tienes que hacerlo. ¡Prométemelo!
—¡Por el amor de Dios, prométeselo! —exclamó North.
Apareció la parte superior de una pequeña cabeza, arrugada como una ciruela pasa por la presión.
—El bebé está coronando —dijo Tess con tranquilidad—. Lo estás haciendo muy bien. Ahora gírate de lado. Así. Deja que te ayude.
Esa postura proporcionaría más oxígeno al bebé y podría reducir el desgarro.
Ordenó a North que sujetara la pierna de Bianca. Por su reacción, fue como si le hubiera pedido que sostuviera una cobra, pero acató la orden.
—Eso es, venga. Perfecto. —North miraba a todas partes excepto al lugar por donde emergería su vástago.
Tess desenrolló el cordón umbilical de alrededor del cuello del bebé y lo colocó por encima de la cabeza sin dificultad.
Con la siguiente contracción, surgió un hombro diminuto. Tess lo levantó con suavidad y esperó, murmurando palabras de aliento.
Apareció el otro hombro y, con la siguiente contracción, el bebé se deslizó en sus manos.
—Es una niña. —Tess respiró aliviada. Puso al bebé boca abajo para drenar los fluidos y luego lo colocó sobre el pecho desnudo de Bianca. El bebé estaba completamente indefenso. Una criatura marina que llegaba de pronto a tierra.
—Una niña —dijo Bianca débilmente—. Ian… Una niña.
—Ya lo veo —contestó él con voz ronca.
—Respira, pequeña. —Tess frotó suavemente el pequeño cuerpo con una toalla. Acarició las aletas de su minúscula nariz para que evacuara el líquido atrapado en las cavidades—. Sé que esos frágiles y pequeños pulmones no quieren funcionar todavía, pero van a tener que hacerlo.
—No está llorando. ¿No se supone que debe llorar? —La voz de Bianca sonaba como si viniera de la habitación de al lado.
—Dale tiempo. Es un gran cambio. La placenta todavía está adherida, así que está recibiendo oxígeno.
Pasaron los segundos. Y, entonces, el pequeño bebé respiró hondo… Otra vez… Y soltó un pequeño gemido, como un pajarillo…
—Así se hace, cariño. —Tess sonrió.
Bianca arrulló a su hija mientras le acariciaba la espalda. Tess liberó la placenta. El cordón dejó de palpitar, ya no era un salvavidas. Lo ató. Lo cortó.
Y en ese preciso instante, llegó el infierno.
—Tengo frío. Tengo mucho frío.
El cerebro de Tess se disparó. La tez de Bianca se estaba poniendo azul. A Tess le comenzó a picar su propia piel.
—Quítate la camisa —le ordenó a Ian.
La miró fijamente y con cara de bobo.
—¡Quítate la camisa! —ordenó, recogiendo a la pequeña de los brazos de Bianca y entregándosela a Ian—. Sujétala contra tu piel. ¡Mantenla caliente!
Bianca se atragantó y luego vomitó.
Un chorro de sangre surgió de entre sus piernas…
Estaba teniendo un ataque.
—¿Qué pasa? —gimió North—. ¿Qué le está pasando? ¿Por qué se está ahogando?
Tess luchó por comprender lo que estaba pasando. Nunca había visto nada como eso, pero sabía lo que era.
«Embolia de líquido amniótico».
Con una claridad aterradora, las palabras que había escuchado en una conferencia mucho tiempo atrás pasaron por su cabeza como si las hubiera presenciado ayer.
«… Es una de las complicaciones más raras del embarazo… Las células entran en el torrente sanguíneo de la madre y desencadenan una reacción alérgica… Líquido amniótico, la piel del feto o incluso un fragmento de la uña del bebé… Los tubos bronquiales se estrechan. Las vías respiratorias se cierran…».
La última parte la recordaba palabra por palabra:
«… A menudo, tiene como resultado la muerte de la madre».
Era una complicación grave, pero muy poco frecuente, y era tan rara que la mayoría de las comadronas se jubilaban sin haber tenido que enfrentarse a ella. Una complicación con una tasa de mortalidad del ochenta por ciento…
Tess agarró una toalla y la apretó contra el torrente de sangre. Su mente se aceleró mientras luchaba por encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera hacer para detener lo inevitable. Se sentía mareada, con náuseas.
—¿Qué le pasa?
—Shock anafiláctico. —El dulce y empalagoso aroma de la sangre invadió sus fosas nasales, pero se recompuso lo suficiente como para hablar—. Es una reacción alérgica a las células del bebé. —Una reacción alérgica mortal—. Es muy poco frecuente... e imprevisible. —Como si fuera un consuelo.
Bianca gritó de dolor borrando todo lo que sucedía alrededor. Incluso mientras Tess oprimía la hemorragia, la presión sanguínea de Bianca seguía cayendo. Pronto no sería capaz de respirar. Necesitaba catéteres arteriales, un tubo de respiración, un ventilador. E, incluso, con toda la intervención de la medicina moderna, las mujeres seguían muriendo por aquello.
Sin esa intervención quirúrgica… Tess luchó contra el pánico.
—¡No lo entiendo! —gritó él—. ¿Por qué no haces nada?
Porque no había nada que hacer.
«Tu esposa se está muriendo, y no puedo salvarla».
No podía decirlo en voz alta. No podía decirle que, al cabo de unos minutos, la vida de Bianca se iba a apagar por una complicación tan rara, tan catastrófica, que era casi incomprensible.
Se sentía indefensa. Tan indefensa como se había sentido cuando Trav se estaba muriendo. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en la garganta. Toda su experiencia, todos sus años de experiencia no servían para nada.
Bianca había empezado a gemir, asfixiándose. Su garganta se estaba cerrando. Tess tuvo que tomar una decisión imposible: podía hacer una traqueotomía sin anestesia, usando cualquier herramienta que hubiera en la casa. La más brutal y bárbara traqueotomía imaginable. El dolor sería insoportable. Y ¿con qué propósito? No la salvaría, solo haría su muerte más dolorosa.
—¡No puede respirar! ¡Haz algo!
Miró a Ian North. Vio su miedo y su perplejidad mientras el bebé yacía, olvidado, contra su pecho. En un momento, su esposa estaba arrullando a su hija y, en el siguiente, se estaba muriendo. Tess negó con la cabeza, sin decir nada, dándole a entender lo que no podía decir en voz alta.
—¡No puedes dejar que ocurra! —Ian torció la boca y su gruñido, tan primitivo que apenas era humano, la atravesó.
Tess se dio la vuelta, odiando su impotencia, odiándose a sí misma. Mientras Bianca jadeaba en busca de aire, Tess le acarició el pelo y luchó contra las lágrimas, tratando de calmarla, de consolarla.
Los ojos de Bianca recorrían frenéticamente la habitación buscando a su bebé, el bebé olvidado contra el pecho de su padre. Gritó de nuevo por el dolor. Su mirada se topó con la de Tess. Sus ojos estaban vacíos y, aun así, hablaban.
—Te lo prometo —susurró Tess mientras Bianca se desvanecía—. Te lo prometo.
Veinte minutos después, Bianca estaba muerta.
4
El cuerpo de Bianca estaba inmóvil y ensangrentado.
North estaba quieto como una estatua.
El bebé…
Tess se obligó a levantarse de la cama. Y cogió a la pequeña tragándose un grito. Era demasiado. Todo había sido demasiado. Eso no debería de haber pasado nunca.
Pero había muchas cosas en la vida que no deberían pasar y, sin embargo, pasaban.
North se movió. Unos segundos después, la puerta principal se cerró de golpe. Se había quedado sola. Sola con una muerta y una niña indefensa.
Moviéndose de forma automática, envolvió el torso del bebé en papel film y luego en el trozo de manta que North había cortado. Se abrió la sudadera y acunó el pequeño cuerpo contra su piel. En la oscuridad de la sala de estar, sentada en el sofá, se mantuvo de espaldas a la puerta cerrada de la habitación donde reposaba el cuerpo inmóvil y frío de Bianca, su amiga charlatana y egocéntrica. La amiga a la que no había podido salvar. Por primera vez en su carrera, Tess había perdido a una madre, y nada ni nadie iba a arreglarlo.
Las horas pasaron. No podía gritar. No podía llorar. La ira la mantenía muda. Se había dedicado a cauterizar la placenta mientras la sangre de Bianca manaba sin coagularse. Tess insufló su propio aliento al frágil bebé, no más grande que un pájaro. Había perdido a la madre. No podía perder a la hija.
Contó los segundos entre las inspiraciones de la criatura, escuchó los pequeños gemidos y observó los débiles aleteos que indicaban que aún vivía. La luz rosada comenzó a filtrarse a través de las ventanas. Terminaba la noche más larga de su vida. Cubrió los ojos del bebé para protegerlos.
Ya había amanecido por completo cuando oyó el vuelo de un helicóptero. El ausente padre de la criatura debía de haber encontrado la manera de hacer una llamada. Cuando se levantó, miles de agujas le atravesaron las piernas. La pequeña, acurrucada contra ella, aún respiraba por sí misma. Todavía estaba viva.
A través de la ventana, vio cómo el helicóptero aterrizaba en la zona de césped entre la escuela y el barranco que se abría detrás. Donde antes solo había habido tranquilidad, en ese momento había una gran conmoción.
—Guardia Nacional, señora. —Dos médicos irrumpieron por la puerta principal, que estaba abierta.
—La madre está en el dormitorio. —Tess apenas podía hablar.
Uno de los médicos desapareció en esa dirección. El segundo, poco mayor que un adolescente, se acercó a ella. Tess sabía que debía de parecer una salvaje con la ropa manchada de sangre, así que intentó recomponerse y actuar como una profesional, aunque nunca más volvería a ejercer.
—Soy enfermera y matrona. El bebé se ha adelantado más de un mes. Está respirando por sí misma, pero necesita ir a un hospital. La madre… —Le costaba pronunciar las palabras—. Una embolia de líquido amniótico.
La respuesta era simple, aunque debería confirmarse con la autopsia. Sería la respuesta científica. Pero ella lo sabía, su propia ira había provocado todo eso.
Sacaron el cuerpo sin vida de Bianca en una camilla.
—Me llevaré al bebé —dijo el médico más joven acercándose.
—No. Tiene que llevarnos a las dos. —Tess no era la madre y esperaba que el médico se resistiera, pero él asintió con la cabeza.
Durante el viaje en helicóptero, no vio nada más que al bebé en la incubadora portátil y el cuerpo de Bianca, cubierto, frente a ella. Cuando llegaron al hospital, Ian North no estaba por ninguna parte.
A pesar del horrible aspecto de Tess, la enfermera jefa de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales le permitió quedarse mientras conectaban a la criatura a un monitor y le ponían una vía intravenosa.
—Ha tenido un comienzo difícil —confirmó la enfermera—, pero lo has hecho todo bien y la niña aguanta.
«No todo —pensó Tess—. He perdido a la madre».
El bebé pesaba dos kilos y medio, un peso muy decente para una niña prematura; aun así, la pulsera de identificación parecía un neumático alrededor de su tobillo. Cuando la criatura estuvo a salvo en la incubadora de la UCI neonatal, la enfermera la miró.
—Ve a lavarte —le indicó con suavidad—. Nosotros la vigilaremos.
Tess se sentía sucia, exhausta, derrotada. Vio a Ian North desplomado en una de las sillas de vinilo de la sala de espera, con los antebrazos apoyados en los muslos y la cabeza hundida entre las manos. Una parka abandonada yacía en la silla, a su lado. El barro seco que le cubría las botas y los vaqueros sugería que había atravesado la tempestad; así es como debía de haber conseguido pedir ayuda. Se obligó a acercarse a él.
—Lo siento. —Su voz era plana, sin emoción; una disculpa inútil por algo que jamás había imaginado que pudiera ocurrirle.
Él la miró con los ojos carentes de vida. Tess no le explicó que no podría haber salvado a Bianca. ¿Cómo sabía que eso era cierto? Ninguna explicación le traería a su esposa de vuelta, y ella no merecía perdón alguno.
—¿Te ha hablado el médico sobre tu hija? —le preguntó.
Él asintió con cortesía.
—¿La has…? ¿La has visto?
—No.
—Deberías verla.
Ian cogió la parka y se puso de pie.
—Tú tomas las decisiones médicas. Yo firmo el papeleo. —Sacó un fajo de billetes del bolsillo, se lo tiró y se dirigió al ascensor—. No vayas a cagarla en esto también.
***
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, Ian se apoyó contra la pared. ¿Cuándo se había convertido en un capullo? ¿En un ser tan despiadado como su padre?
Bianca se había ido. Su hermosa y frágil Bianca… Su inspiración, su carga, su piedra angular, su castigo…
Se frotó los ojos. Trató de aflojar la tensión que le oprimía el pecho. Había caminado kilómetros en la oscuridad, arrastrándose entre los árboles y los matorrales congelados, esquivando como pudo los campos inundados mientras intentaba encontrar cobertura para llamar. Tenía que pedir ayuda, tenía que conseguir un final diferente.
La pila de su linterna se acabó, pero había seguido moviéndose, unas veces había logrado evitar algunos troncos caídos y raíces enredadas, otras no. Cuando por fin alcanzó la carretera, intentó hacer autostop, pero no circulaban muchos coches por la autopista, y los que pasaban no se mostraron dispuestos a recoger a un vagabundo lleno de mugre.
Amaneció antes de que lograra llamar a alguien. La policía estatal lo recogió poco después y lo llevó al hospital, cuyo personal lo condujo a una pequeña sala de espera. Por fin, apareció una trabajadora social para decirle que su hija había llegado y que podía pasar a verla. Había mandado a la mierda a aquella mujer.
—No podemos estar seguros todavía, pero todas las señales apuntan a que su mujer sufrió una embolia de líquido amniótico. Es una complicación mortal sin la debida intervención quirúrgica —le explicó un médico tras presentarse.
Ponerle un nombre a lo que había sucedido no cambiaba el resultado. Bianca se había ido.
El ascensor no se había movido. Ian se había olvidado de pulsar el botón.
El médico le había hablado del bebé. No recordaba mucho de lo que le había dicho. No le importaba. Pero a Tess Hartsong sí le importaba esa niña y, como él no tenía corazón, le había echado toda la mierda encima a la infeliz bailarina endemoniada. Y así estaban.
Las puertas del ascensor se abrieron. La mujer que lo miró desde el otro lado retrocedió rápidamente. Le escocían los ojos. Sentía la garganta como si fuera papel de lija.
Bianca estaba muerta, y había sido culpa suya.
***
Tess miró el fajo de dinero que North le había lanzado antes de marcharse. Le quemaba la palma de la mano. No quería su dinero. Estaba mal que él hubiera abandonado a su hija, que hubiera confiado en alguien que apenas conocía para tomar decisiones de vida o muerte. Pero Tess conocía el dolor demasiado bien, y casi lo había entendido.
Una de las enfermeras le entregó un pijama sanitario y una bata. No soportaría volver a ver su ropa ensangrentada y la tiró a la basura. Solo vaciló ante la sudadera de Trav, pero a partir de ese día olería a sangre y muerte. Así que se deshizo de ella junto con los vaqueros, luego se encerró en el cuarto de baño y vomitó.
***
Se quedó dormida en uno de los sillones de la UCI neonatal.
Vio la cara torturada de Bianca.
«¡Ayúdame! ¿Por qué no me ayudas?».
La sangre se acumulaba alrededor de sus tobillos. Un océano de sangre que la arrastraba a las profundidades. Le pesaban los brazos, no sentía las piernas…
Se despertó sobresaltada de aquella pesadilla. Tenía el escote bañado de sudor. Parpadeó e intentó orientarse.
Era de noche. El bebé yacía en la incubadora, acunada en un nido de mantas en forma de herradura con una vía intravenosa, una cánula pediátrica en las diminutas fosas nasales y algunos electrodos fijados al pecho. Como todos los bebés prematuros, parecía una rana.
—Démosle veinticuatro horas —había dicho la enfermera—, y entonces podrás sostenerla.
Pero Tess no quería abrazarla. No quería contaminarla más de lo que ya lo había hecho. Sin embargo, conocía el protocolo del hospital; todos los bebés necesitaban el contacto de la piel de sus madres, los prematuros todavía más. Pero es que Tess no era su madre. Esa pequeña no tenía madre y, ahora mismo, tampoco tenía padre. Su piel era la única con la que podía contar.
Huyó de la UCI. El pasillo estaba desierto. Se apoyó contra la pared y se obligó a respirar. Tenía que hacer lo correcto.
Los voluntarios del mostrador de información le facilitaron la dirección de un hostal que se encontraba a pocas manzanas de distancia. Cuando se registró, fue a la tienda más cercana y, con el dinero de Ian North, se compró un par de mudas de ropa y algunos artículos de higiene personal.
Puso el despertador del móvil para que sonara exactamente una hora más tarde, aunque no pudo dormirse por miedo a volver a tener la misma pesadilla. Finalmente, se levantó, se duchó y volvió al hospital, donde se instaló de nuevo en un sillón cerca del bebé.
Por la mañana, una enfermera sacó a la pequeña de la incubadora y le pidió a Tess que se desabrochara la ropa para que pudiera sentir su piel. Tess había hecho la misma petición a docenas de madres primerizas, pero a ella le temblaron los dedos en los botones.
Colocó al bebé en la posición adecuada, sosteniéndola derecha contra su pecho, con la cabeza girada para que respirara. La enfermera las cubrió a ambas con una manta para darles calor.
Era Bianca quien debería estar sosteniendo al bebé. O North. Y estaba ella.
«Aquí no hay nada para ti, pequeña. No hay nada».
***
Los siguientes días pasaron como en una nebulosa. Tess supo por las enfermeras que North les había facilitado un teléfono, pero no había contactado con ella. Llamó a Phish. El radio macuto del pueblo había estado trabajando, y todos sabían de la existencia del bebé y de la muerte de Bianca. Tess no le preguntó lo que pensaba la gente, pero Phish no era de los que se andaban con sutilezas.
—Mira, Tess. Es lo único de lo que habla todo el mundo. Nadie sabía que eras comadrona, y ahora corren todo tipo de historias por el pueblo. La gente dice…
—Ya me imagino lo que dicen. ¿La carretera está transitable?
—Sí. ¿Quieres que vaya a buscarte?
—No. Es que… tengo que quedarme aquí un tiempo.
***
Tess comenzó a alimentar al bebé. Cada día la tenía en brazos más tiempo: el pajarito cubierto solo por un pañal mientras descansaba contra su piel desnuda, las dos bajo la calidez de una manta. El bebé tenía pelusa oscura bajo el gorrito de recién nacido. Tess siempre contaba las respiraciones de la criatura y escuchaba sus pequeñas protestas.
Debería contratar a un abogado. No tenía licencia para ejercer en Tennessee, y estaba segura de que Ian North la demandaría. Tal vez la protegería la ley del buen samaritano del estado. O tal vez no. De todos modos, los honorarios la arruinarían, pero no tenía otra manera de protegerse.
Un día llevó a otro. Phish la llamó varias veces. Había obligado a Savannah y a Michelle a que la sustituyeran, lo que seguramente las cabrearía aún más con ella.
Había hablado con las enfermeras cuando sintió que lo necesitaba e intercambiado las palabras justas con la pareja que dirigía el hostal, al que solo iba a ducharse y a cambiarse de ropa. El resto del tiempo sostenía al bebé contra su pecho y pensaba en Bianca.
Una semana después de su llegada, el doctor la informó de que a la mañana siguiente le darían el alta a la niña. Tess se sintió aterrorizada. Todavía no había visto a North. ¿Se dignaría siquiera a aparecer? ¿Y qué le pasaría a aquel indefenso pajarito si no lo hiciera?
***
Los adornos, las plumas de pavo real y los cupidos de porcelana de aquel hostal victoriano lo asfixiaban. A Ian le gustaban los espacios grandes y diáfanos: altos muros de hormigón, grandes lienzos, horizontes vacíos.
Buscó en el bolsillo un pañuelo de papel. El frío que estaba pasando no le molestaba mucho. Un resfriado tenía principio y final, y tarde o temprano desaparecería, a diferencia de otros desastres.
Había pasado los últimos días en Manhattan. Bianca no tenía familia, pero sí muchos conocidos debido a su profesión. Él se las había arreglado para evitar sus preguntas sobre el bebé y había organizado un funeral conmemorativo.
Se abrió la puerta principal del hostal.
Tess se detuvo bajo el arco que llevaba al salón. Vestía vaqueros y un jersey blanco amplio; su pelo oscuro rizado flotaba libre alrededor de su cara. No llevaba maquillaje. Se la notaba cansada y demacrada. Pero viva. Funcional. A pesar de sus ojeras, su aspecto era sano y fuerte. Todo lo contrario que Bianca. Tess Hartsong era una criatura de la tierra, no del cielo. Dispuesta a desnudarse, a quedarse en ropa interior y a bailar llena de furia. Quería hacerla bailar para él, demostrar todas las emociones que no podía expresar. Sus ojos oscuros, de un intenso color violeta, lo atraían. Lo traspasaba con la mirada. Lo juzgaba. ¿Y por qué no debería hacerlo?
Un solo movimiento en falso en aquel cuarto atestado de adornos y figuritas desataría un efecto dominó de desorden victoriano; así pues, tenía que seguir adelante con todo. Salir de allí.
—Sobre lo que te dije en el hospital… —«No vayas a cagarla en esto también». Lo miró a la frente en vez de a los ojos. Tenía que perdonarla. Era lo más justo.
Pero si la perdonaba, perdería su ventaja.
¿De verdad iba a intentar usar la culpa contra ella? El doctor había confirmado lo que Tess le había dicho sobre la causa de la muerte de Bianca, pero era necesario hacer una autopsia para estar seguros al cien por cien. Eso significaría cortar el cuerpo perfecto de Bianca. E Ian era el responsable de su muerte. No Tess, sino él mismo. Sin embargo, necesitaba algo de ella. Y la culpa era una herramienta muy poderosa.
Miró la repisa de la chimenea, llena de relojes de cristal y cajitas esmaltadas, el espejo dorado y el reloj de mármol. Sus ojos se clavaron en un paisaje marino mal pintado de aguas turbulentas y cabos deformes.
No podía hacerlo.
—Lo que te dije en el hospital… fue injusto. Sé que no pudiste hacer más. —Se aclaró la garganta.
—¿Lo sabes?
North no podía lidiar con la culpa de Tess. Suficiente tenía con la suya. Nunca tuvo que haber cedido a las súplicas de Bianca para acompañarlo a Tempest. Debería haberse quedado con ella en la ciudad, pero su mujer se había mostrado tan inflexible…
—Y sobre la criatura… —Se interrumpió.
—Tu hija.
—Bueno, han surgido algunas complicaciones.
***
«¿Complicaciones?». Tess trató de calmarse, pero allí estaba él. Duro y distante. Ya no estaba demacrado, como antes. Parecía casi respetable con unos pantalones oscuros y una camisa azul. Se había afeitado y, aunque llevaba el pelo todavía largo, se lo había arreglado un poco.
—Sí, hay complicaciones. Los bebés prematuros son frágiles y necesitan cuidados especiales —dijo Tess, sobreponiéndose al pánico que le atenazaba el pecho.
—De eso es de lo que quiero hablarte. —Se acercó más—. Quiero contratarte para que la cuides.
—¿Contratarme? —Debía de haberse vuelto loco.
—Hasta que lo solucione todo. Serán un par de días. Una semana como mucho.
—Eso es imposible. —No había dormido ni comido. Vivía de la adrenalina y tenía que alejarse de esa niña y de su padre—. Hay niñeras específicamente formadas para cuidar a bebés prematuros.
—No quiero a una desconocida. Te pagaré lo que me pidas.
—No se trata de dinero. —Se había quedado con el bebé en el hospital, pero no podía correr más peligro emocional. Ese hombre y ese bebé eran recordatorios vivos de su propio fracaso—. Conseguiré información de las enfermeras disponibles y haré algunas llamadas.
—No quiero a otra persona. Eres inteligente. Eres competente. Y no eres ningún desastre de persona.
—Agradezco tu confianza después de lo que pasó, pero no quiero hacerlo.
—Supongo que lo has olvidado… —La miró con ojos firmes, como si estuviera preparado para asestar un golpe bajo.
—¿Olvidado el qué?
—La promesa que le hiciste a Bianca. Justo antes de que muriera.
***
El personal del hospital se aseguró de que sus vacunas estuvieran al día y le dio instrucciones sobre la reanimación cardiopulmonar infantil, que le provocaron sudores fríos. Le hablaron de las sillas de seguridad del coche y de algo llamado «método canguro». Intentó concentrarse en el certificado de nacimiento que le habían dado. La escritura era apenas legible.
—Quieren saber el nombre del bebé. —Tess estaba sentada al otro lado de la sala. No lo miraba. Él no habló, pero dejó de escribir.
Tess se levantó de la silla y caminó hacia él. Cogió el portapapeles y recogió el bolígrafo. Escribió algo y, luego, se lo devolvió todo.
Wren Bianca North.
No estaba bien, pero bastaría.
La enfermera fue a buscarlos, pero él se quedó donde estaba mientras Tess la seguía. Pasaron unos minutos. Se removió en su asiento. Era un hombre duro; no pecaba de sentimental. Ponía todo su empeño en el trabajo. Solo en eso. Era su forma de vida. La forma en la que quería vivir. Y ahora tenía que lidiar con eso otro.
Tess apareció con el bebé. Él intentó no mirar a ninguna de las dos.
Permanecieron en silencio en el ascensor.
De golpe, se abrieron las puertas. Al atravesar el vestíbulo, la gente sonreía, los consideraban unos padres cariñosos que llevaban a su precioso recién nacido a casa. Pero él solo quería correr, alejarse de todos. Quería que las cosas fueran como antes, cuando podía bloquear al mundo con pinceles y aerosoles, con carteles, plantillas y murales. Cuando un nuevo encargo, una nueva exposición en una galería, un nuevo ejército de críticos alabando su trabajo significaba algo.
Cuando todavía sabía quién era y lo que significaba su trabajo.
Dejó a Tess sola el tiempo suficiente para acercar el coche de ella a la entrada del hospital. El día anterior había recuperado las llaves de la cabaña y había contratado a un chico que trabajaba en la gasolinera para que se encargara del resto; fue él quien instaló una silla de seguridad en el coche y quien condujo el vehículo de Tess desde Tempest hasta el hospital. Él tenía allí su propio coche y Tess llevaría al bebé con ella.
Cualquier otra cosa era impensable.
5
De camino a Tempest, Tess apretó el volante de tal modo que los nudillos se le pusieron blancos. Nunca había sido una conductora que se dejara llevar por los nervios, pero tampoco había llevado jamás a una recién nacida en una silla de seguridad en el asiento trasero. Por fortuna, el bebé estaba dormido, aunque era una circunstancia que podía cambiar en cualquier momento.
Lo estaba haciendo porque se trataba de algo más que la promesa que le hizo a Bianca en su lecho de muerte. Se trataba más bien de una suerte de egoísmo que estaba empezando a entender. Como Wren necesitaría toda su atención, ella lograría estar una hora o más sin pensar en Trav. Ese frágil bebé le daría un poco de respiro.
Miró por el espejo retrovisor para observar a la niña. No vio nada. Entendía que era mejor que las sillas para bebés se colocaran en sentido contrario a la marcha, pero ya había abandonado la carretera dos veces para asegurarse de que Wren seguía respirando. Luchó contra la necesidad de parar una tercera vez.
Sobrepasó el maltrecho letrero de la Alianza de Mujeres de Tempest y condujo con cuidado por el accidentado camino de montaña hasta la cabaña. North había salido antes, y se suponía que se encontraría con ella allí, pero no había señales de su sucio Land Cruiser blanco.
El bebé se había inclinado hacia la esquina de la sillita de seguridad, y se le había torcido el gorrito de color lavanda del tamaño del de una muñeca. La criatura se despertó cuando Tess la sacó. No pareció gustarle la idea y, cuando Tess entró en la cabaña con ella en brazos, empezó a llorar; fue un sonido demasiado penetrante y antinatural para provenir de un cuerpo tan pequeño.
—Shh…, cielo. Dame una oportunidad, ¿vale?
La cabaña estaba fría. Fría y húmeda. Se suponía que North iba a encender la pequeña caldera y que llevaría allí todo lo que ella le había pedido que comprara, pero no lo había hecho. Por tanto, solo disponía del kit básico que el hospital le había entregado, así como de un canguro portabebés, de color verde oscuro, hecho a mano, que le había regalado la que se había convertido en su enfermera favorita de la unidad de neonatología. Estaba cabreada con North por no haber llegado antes, y Wren, mientras tanto, lloraba con más intensidad.
Tess la soltó el tiempo necesario para quitarse la chaqueta, desabrocharse la blusa y ponerse el canguro para bebés prematuros. Colocó a la pequeña contra su piel desnuda, con la mejilla contra su pecho, y envolvió sus cuerpos con el chal que cogió del respaldo del sofá. Aún no era la hora del biberón, así que caminó por el interior de la cabaña hasta que el movimiento consiguió que el bebé se durmiera. Durante todo el rato echó humo por las orejas ante la ausencia de North. Solo después de que Wren se callara, fue al armario de detrás de la cocina para examinar la caldera.
No funcionaba, y ella no podía ponerse a gatear por el suelo para investigar por qué con un bebé atado a su cuerpo. La falta de calor en la cabaña le preocupaba mucho. ¿Cómo iba a mantener caliente a Wren? ¿Dónde estaba North? Se suponía que cuidar de Wren era algo que iban a hacer los dos juntos, pero de momento la pequeña solo la tenía a ella. No era posible que él tuviera la intención de dejar el bebé en sus manos y marcharse, ¿verdad?
Cuando Wren se despertó y comenzó a armar cierto alboroto, Tess sacó un biberón limpio. Mientras vertía una medida de leche de fórmula, pensó en sus propios pechos.
—Lo siento —susurró—. Tendrás que conformarte con esto.
Alimentarse era complicado para Wren, ya que tendía a quedarse dormida de nuevo después de chupar unas cuantas veces. Tess le dejó el tiempo que necesitó, la hizo eructar con suavidad y la mantuvo elevada. Cuando por fin terminó, las dos estaban exhaustas. Tess se irguió y se acomodó en el sofá colocando el chal con más firmeza a su alrededor.
Sintió el latido del corazón de Wren contra su piel. Percibió el temblor en sus pequeños párpados nacarados. Escuchó sus suaves y dulces respiraciones. Tal vez North había sufrido un pinchazo, pero lo más probable era que hubiera huido a Manhattan. Se quedó dormida.
La sangre tiraba de sus pantorrillas, subía hasta su cintura.
Bianca gritó.
Tess tenía que llegar a ella. Tenía que salvarla. Pero la sangre no la dejaba moverse. Luchó con todas sus fuerzas. Sus piernas habían desaparecido. Lo mismo que sus brazos. Bianca resbaló en la piscina roja…
Se despertó con un jadeo. Se frotó los ojos tratando de librarse de aquella fea pesadilla y oyó que un coche se detenía en el exterior. Miró el teléfono. Habían pasado dos horas.
Pero, en vez de North, fue Phish la persona que atravesó la puerta de la cabaña. Llevaba un antiguo jersey boho hippie y su raída coleta gris se balanceaba sobre su espalda. También tenía una bolsa de papel blanco en la mano.
—Hola, Tess. —Se limpió las zapatillas deportivas en el felpudo e hizo un gesto hacia el bebé—. Supongo que esto es incompatible con tu horario de trabajo. Michelle no para de decirme que contrate a su hermana.
—Le he dicho a Ian North que me ocuparía del bebé durante una semana, más o menos. Creo que es mejor que la contrates.
—Ni de coña. No la conoces. —Dejó la bolsa de pasteles y se acercó a mirar a la niña—. Qué pequeña es.
—Es mucho más fuerte de lo que parece. —Le había sonado a crítica y ella se había puesto a la defensiva. Esa certeza la hizo sentirse aturdida.
—Si tú lo dices...
—Lo es.
—Tranquilízate, ¿vale? —dijo él levantando las manos en señal de rendición.
—Necesito café. —Deslizó las piernas por el borde del sofá para no despertar a Wren—. ¿Son dónuts?
—Tus favoritos.
—Eres un ángel. ¿Has visto a Ian North por el pueblo?
—No —respondió mientras iba a la cocina para hacer café.
—Menudo capullo… —Tess estiró las piernas—. ¿Te importaría echarle un vistazo a la caldera? No hay calefacción.
Él se encogió de hombros y fue a mirar. Reapareció al cabo de unos instantes.
—No funciona.
—¿En serio? No me había dado cuenta.
—Tal vez te has quedado sin gasoil. —Phish era inmune a su sarcasmo.
—Acabo de comprar.
En el exterior, unos neumáticos hicieron crujir la grava. Acunando a la niña con un arrullo, fue a la ventana y vio cómo se detenía el maltrecho Land Cruiser. Se alejó para no exponer al bebé a la corriente de aire mientras North agachaba la cabeza para cruzar la puerta.
—¿Dónde te habías metido? —Los gritos asustarían a Wren, así que tuvo que conformarse con un tenso susurro.
—Tenía cosas que hacer. —Llenó el espacio con su cuerpo; de repente el techo era demasiado bajo y las paredes demasiado estrechas.
—Ya, bueno, pues yo también. Se suponía que ibas a venir hace horas. —Metió la mano debajo del chal para desabrochar el canguro portabebés—. Cógela mientras le echo un ojo a la caldera.
—Ya la he mirado yo. Por eso llego tarde. Necesitas una nueva. —Dio un paso atrás.
—¿Quieres un café? —lo invitó Phish desde la cocina.
—No, gracias. —North miró la bolsa de dónuts.
—¿Qué quieres decir con que necesito una caldera nueva? —Tess retiró las manos de las correas del portabebés y bajó el tono de voz hasta convertirlo en un susurro.
—La que tienes es más vieja que tú. Por lo que veo, no has recibido mi mensaje.
—¿Qué mensaje?
—El mensaje que te envié al móvil diciendo que iba a buscar a alguien que te sustituyera la caldera.
Se había olvidado que había silenciado el teléfono para no despertar a Wren, pero, teniendo en cuenta la actitud de él, ¿cómo iba a suponer que no las había abandonado?
—He pedido una nueva —siguió informando él—. Lo malo es que el modelo que necesitas es difícil de conseguir y llevará algún tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
—Algunas semanas.
—¿Semanas? ¡No puedo estar aquí con una recién nacida sin calefacción!
—Ya. Tendrás que quedarte en la escuela.
Se enfrentó a dos pensamientos a la vez. Al gasto de una nueva caldera y a la idea de quedarse en la escuela. De todas formas, lo primero era inevitable, pero en cuanto a la escuela… No pensaba mudarse allí con los recuerdos que tenía de aquel lugar.
—Es el último sitio al que pienso ir.
—No hay otra alternativa. Te proporcionaré lo que necesites y llevaré allí tus cosas; luego me iré a la ciudad. Tendrás la casa para ti sola.
—¿A la ciudad? ¿Estás loco? ¿De verdad crees que voy a dejar que te escapes a Manhattan y me dejes aquí sola con tu hija?
Phish, aún de pie junto a la cafetera, observaba la conversación con interés. Phish era impredecible. Era capaz de guardar un secreto o de cotorrear con cada cliente que entrara en La Chimenea Rota.
—No va a funcionar —dijo Tess.
—Pues así tendrá que ser. —North pareció decidir que el dueño de la cafetería había oído suficiente, porque cambió de tema y cogió la bolsa de dulces—. ¿Te importa si me como uno?
—A mí no me preguntes —dijo Phish.
—Son míos —respondió ella.
—Tengo más en el coche. —Phish se giró hacia North—. Cuesta un dólar cada uno. Ella es una empleada, y esa es la única razón por la que los consigue gratis.
—No le caigo bien, ¿verdad? —dijo North, mirándolo.
—No le caes bien a nadie. La gente cree que eres demasiado arrogante. —Apretó los dientes.
—Me parece lógico. —Asintió con la cabeza.
Phish, de repente, pareció avergonzado.
—Me había olvidado de tu reciente pérdida. No llegué a conocer a tu esposa, pero estoy seguro de que era una buena persona. —Se dirigió a toda prisa hacia la puerta principal—. Tengo más en el coche. Invita la casa.
Phish se fue poco después de entregarle otra bolsa de dónuts del día. Ese pequeño respiro le había dado a Tess la oportunidad de poner en orden su cabeza y, tan pronto como Phish salió por la puerta, se giró hacia North.
—No vas a huir de tu hija. Es tu responsabilidad. Y aunque pienses abandonarla y…
—No voy a abandonarla. Tendrás todo lo que necesites.
—Lo que cuenta no es lo que yo necesito. Es lo que necesita ella.
Su expresión pétrea se lo dijo todo.
—Da igual. Lo dejo. —Tess sacó al bebé del canguro.
—No puedes. —Al final, había conseguido ponerlo nervioso.
—Cógela. No voy a formar parte de esto. —Alcanzó una manta para bebés con la mano libre.
—¡Está bien! Tú ganas. ¿Qué es lo que quieres? —Dio un paso atrás.
—Que no la abandones. —Tess quería que fuera un padre para ese pequeño esbozo de ser humano, pero eso llevaría un tiempo.
—¿Quieres que me quede en la escuela?
—Sí, donde ella esté es donde debes estar tú. —Eso era lo último que quería Tess. Porque ella también tendría que quedarse. Envolvió al bebé—. Como se te pase por la cabeza dejarla, me largo. ¿He sido lo bastante clara? —Tess estaba tan obsesionada con la importancia de mantener a padre e hija juntos que no había pensado en lo que supondría compartir el mismo espacio con él, pero no veía alternativa.
—Clarísima —repuso él sin apenas mover los labios.
—Necesito cambiarme de ropa, y no puedes seguir posponiéndolo eternamente. Tarde o temprano tendrás que cogerla en brazos. —Wren había empezado a moverse de nuevo.
—Más tarde. Recuerda que estoy resfriado.
—Creo que estás curado y… —Se interrumpió antes de añadir nada más. Si tenía que convivir con él, necesitaba negociar algún tipo de paz. Sabía de sobra detrás de cuántos disfraces podía esconderse la pena, e iba a hacer lo que había jurado que no haría cuando llegó a Tempest. Mantuvo la voz firme, los ojos secos—. Entiendo el luto mejor de lo que piensas. Perdí a mi marido. Era demasiado joven y no debería haber muerto. —Sonó dura, como si hubiera ocurrido hacía mucho tiempo y ya se hubiera recuperado. Algo muy alejado de la verdad.
—Siento oírlo. —Una afirmación simple y directa que no contenía ni pizca de pesar.
—Solo te lo he contado para que no pienses que no soy empática, pero tú tienes una hija, y necesita a su padre. Ahora mismo puede no parecerte un gran consuelo tras perder a tu esposa, pero tal vez lo sea dentro de poco. —Las palabras sonaban huecas, pero a la vez quizá fueran ciertas. Si ella y Trav hubieran tenido un hijo… Pero su marido no había estado preparado.
—Todavía no te has enterado, ¿verdad? —North dejó un dónut mordisqueado encima de la bolsa de papel.
—¿Enterarme de qué?
—Bianca no era mi esposa. —Se frotó la cicatriz del dorso de la mano.
Wren soltó un pequeño vagido de protesta. Tess miró a North fijamente.
—Pero… —Bianca se había referido repetidamente a él como su «marido», y no parecía una mujer a la que le preocupara el qué dirán, así que Tess no creía que se avergonzara de ser madre soltera—. ¿Por qué decía que eras su marido?
—Tengo que hacer algunas cosas en la casa. Volveré a por ti. —Cogió las llaves de su coche.
—¡Espera! No puedes irte así como…
Por lo visto, sí que podía.
***
Ya en la escuela, Ian se quitó la chaqueta y la tiró al respaldo del sofá. Tenía la camisa pegada al pecho por culpa del sudor. Había mentido sobre lo de que tenía cosas que hacer. Había mentido porque Tess querría una explicación y, cuando se trataba de Bianca y él, las explicaciones eran complicadas.
Miró el salón diáfano que se extendía a su alrededor. Aquella casa en la cima de Runaway Mountain debería haber sido un retiro perfecto. Allí no lo agobiaban galeristas aduladores ni había aspirantes a apóstoles llamando a su puerta. En Manhattan, todos los que se movían en el mundo del arte querían algo de él: su aprobación, su tutela, su dinero. Había pensado que podía escapar de allí y descubrir quién era como artista a los treinta y seis años, dejar atrás la etapa de niño rebelde. Que encontraría un nuevo rumbo que tuviera sentido. Pero había cometido el fallo de rendirse a las súplicas de Bianca y dejar que lo acompañara. Por eso ella estaba muerta y él tenía que lidiar con las consecuencias, incluyendo la perturbación que suponía Tess Hartsong, que resultaba tan fuerte como la del bebé.
Miró al fondo de la sala, donde estaba la puerta cerrada de la habitación donde Bianca había muerto. Él había permitido que ella dijera que estaban casados.
Y a pesar de que Bianca ya no estaba, había seguido esperando a que sonara el teléfono, como había sonado tantas veces antes.
«¡Ian! He conseguido un nuevo trabajo. Una tienda pop-up para ese nuevo y fantástico diseñador de ropa de hombre. ¡Es increíble! Estoy deseando que lo conozcas».
«El fin de semana me voy a Aruba con Jake… Es alucinante. Ya lo verás. Nunca me había sentido así con nadie».
«Ethan quiere que me mude con él. ¡Madre de Dios! Es tan fabuloso. No me importa que sea actor. Es diferente».
«Ian, he tenido un día de mierda. ¿Te importa si me paso?».
«Ian, la vida es una mierda. Voy a llevar vino».
«Ian, ¿por qué la gente tiene que ser tan asquerosa? Ven a buscarme, porfa».
Y Bianca le había dejado un desastre más para que él lo limpiara. Y lo haría, como siempre.
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En la escuela hacía calor, pero sin Bianca corriendo hacia la entrada para darle la bienvenida, a Tess le pareció fría. Ian fue hacia la escalera con su maleta en una mano y las cosas que ella le había pedido que llevara para el bebé en la otra.
—Vosotras dos podéis quedaros con mi habitación. Está arriba. —Sonaba tan poco acogedor como estar bajo una tormenta de granizo.
La escuela solo tenía dos dormitorios, lo que significaba que él se quedaría con el de abajo. La habitación donde…
La sombra de la muerte de Bianca vagaba por todas partes. Tess, instintivamente, abrazó a Wren con más fuerza. Vivir en la misma casa que él, aunque solo fuera durante unos días, le parecía misión imposible y, sin embargo, ¿cómo si no conseguiría que creara un vínculo con esa niña que había rechazado hasta el momento?
—No me verás mucho —añadió Ian mientras desaparecía por las escaleras—. Estaré en el estudio.
Tess miró a su alrededor; la habitación estaba llena de luz. Era como si Bianca nunca hubiera estado allí. No había chanclas abandonadas junto a la puerta principal. Nada de revistas de moda, botellas de agua medio vacías ni envoltorios de barritas energéticas esparcidos por todas partes. Su mirada se posó en la puerta cerrada del dormitorio.
Tarde o temprano tendría que entrar. Si no se enfrentaba a eso ya, no podría pensar en otra cosa. Mientras Wren dormitaba en el portabebés, Tess se acercó a la habitación. Respiró hondo y luego giró la manilla.
La cama había desaparecido; las cortinas, arrancadas de las ventanas. La alfombra había dejado paso a los suelos de madera desnudos. Y el resto… Era como si Ian hubiera trasladado sus sentimientos a esas paredes, antaño de un color gris claro.
Formas arremolinadas cubrían todas las superficies en una paleta que iba desde el tono blanco hollín y el gris fangoso hasta el marrón ahumado y el blanco hueso. Había pintado giros y espirales, lazos y arcos. Algunas de las formas se enroscaban en el techo. Otras cubrían los zócalos y se derramaban por el suelo. Era un paisaje mudo de dolor, con todas las trampas y enredos que ella conocía tan bien.
—Todo está aquí… —susurró las palabras para sí misma y para Wren—. Cada emoción… —Se le hizo un nudo en la garganta—. Cada… sentimiento.
—Fuera. —Él habló desde detrás de ella con la voz ronca.
Tess se recompuso y se dio la vuelta.
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A diferencia del caos de la habitación de abajo, en el dormitorio principal dominaba un ambiente tenue y ordenado, con paredes de un masculino color carbón y zócalos blancos que contrastaban. El sencillo mobiliario incluía una alfombra gris y blanca a rayas, una cama enorme con un robusto cabecero, una cómoda y un juego de mesillas de noche. Una lámpara de lectura cromada con formas curvas se ubicaba junto a un sillón, que contaba con un reposapiés a juego.
Le había explicado a North en qué consistía el método canguro, lo importante que era el contacto piel con piel para los prematuros. Le había dicho que así se regulaba la temperatura corporal del bebé, se estabilizaba la respiración, se reducía la mortalidad infantil, etc., pero no estaba segura de que él la hubiera escuchado. Lo único que no le había mencionado era lo agotador que podía ser.
Afortunadamente, Wren no lloró cuando Tess la puso en la cuna de viaje que North había colocado al lado de la cama; un pequeño nido amarillo en que acurrucarse. La dejaría allí el tiempo suficiente para estirar la espalda y organizar un área para cambiarla encima de la cómoda.
Abrió los cajones esperando que North hubiera vaciado al menos uno para las cosas de Wren. En cambio, encontró calcetines de leñador y bóxer de color negro y azul marino; todo simple y masculino, sin la osadía de su arte. Camisetas sencillas, vaqueros, un par de suéteres prácticos. Solo el sutil aroma a musgo, madera y cedro sugerían algo más exótico.
Él había pedido de todo para Wren a una boutique carísima de Manhattan. Peluches de lujo, pañales caros, gorritos de bebé color pastel y unos calcetines más caros que cualquiera que Tess hubiera tenido nunca.
Dejó las cosas de Wren encima del vestidor, comprobó que el bebé seguía respirando y se acercó a la ventana doble de la habitación. La pena le resultaba familiar. También la ira. Ambas emociones la habían cambiado. Ahora, mirando ese paisaje desconocido, se preguntaba quién podría llegar a ser sin la carga pesada de esas dos emociones.
Le habían pasado tantas cosas últimamente que apenas había pensado en Trav. A pesar de la tensión de cuidar a Wren, a pesar de la culpa y el dolor que había asumido por la muerte de Bianca, estaba empezando a experimentar una extraña sensación de cierta calma. Y la novedad la hizo sentirse mareada.
Por la ventana se divisaba el pequeño jardín de abajo. Había un par de sillas de jardín de madera y un banco de hierro forjados. Estaban a mediados de marzo, y los árboles aún no tenían hojas, pero la primavera de Tennessee llegaría cualquier día. ¿Volvería el jardín a la vida o habría que plantar algo? ¿Germinaría también algo dentro de ella?
Los rayos de luz dorada del atardecer apalache se extendían por encima de los árboles, pintando el cielo de melocotón y púrpura. Se imbuyó de aquella belleza.
—Mira eso, Wren —susurró—. ¿Lo ves?
—Dudo que esté prestando atención —dijo North.
Su repentina e inquietante presencia ocupó toda la puerta. ¿Qué vería él cuando miraba al mundo? ¿La había visto a ella?
—Creía que se suponía que el bebé tenía que estar en el canguro portabebés —dijo en tono áspero.
Así que sí la había escuchado.
—Se ha aburrido. —Aquella respuesta le recordó que antes era una mujer divertida. Todos sus amigos lo pensaban. Y hacía reír tanto a Trav que a veces se atragantaba.
North no se rio. Echó un vistazo al cambiador y a los objetos para el bebé que había encima de la cómoda.
—Sacaré mis cosas de aquí.
Como el dormitorio de abajo no tenía muebles, se preguntó dónde lo pondría todo. El estudio ocupaba la mayor parte del espacio del segundo piso. Tal vez se mudara allí.
—¿Cuántos años tienes? —Lo vio cruzar hacia la cómoda.
—Treinta y seis. ¿Por qué quieres saberlo?
—Vi uno de tus grafitis en blanco y negro hace unos años, un autorretrato. Todavía lo recuerdo. No es que te halagaras a ti mismo, precisamente. —Era un año mayor que ella.
—No era necesario. —Abrió el cajón del medio. El de los calzoncillos monocromáticos.
—¿Por qué te retrataste de esa manera? —preguntó—. Más esqueleto que carne.
—¿Tiene que haber una razón para todo? —Tomó el montón de ropa que había apilado en el cambiador y la dejó sola.
***
Ian dejó sus cosas en el largo sofá morado del estudio. La habitación olía a la madera fresca de los estantes abiertos que había montado. Los amigos de Bianca habían diseñado también aquel espacio, con sus grandes claraboyas y ladrillos a la vista, como un segundo estudio, un lugar al que acudir cuando necesitaban inspiración para su negocio de decoración. Pero el aislamiento había demostrado ser más romántico en su imaginación que en la realidad, mientras que Ian solo anhelaba estar solo.
Había añadido iluminación extra, estanterías y un gran sofá de terciopelo púrpura. Había instalado el equipo de ordenadores que utilizaba para proyectos de arte digital, que iban desde la creación de plantillas del tamaño de las paredes hasta el diseño de luces y puesta en escena de espectáculos gigantes, con los que había salpicado los rascacielos. Sin embargo, la manipulación gráfica que lo absorbía había perdido su encanto. Necesitaba hacer algo más. Algo…
¿Cómo coño se suponía que iba a descubrirlo con todo ese caos? Viendo lo que había allí, podría haber vuelto a Manhattan.
Pensó en el dormitorio de Bianca en el piso de abajo. La viuda Hartsong no lo había tratado como a una persona extravagante, incluso parecía que lo entendía. Pero no estaba seguro de que eso le gustara. No, estaba seguro de que no le gustaba.
No le gustaba nada.
***
La mañana llegó demasiado pronto. Tess casi tropezó bajando la escalera con Wren sujeta en sus brazos. Ian salió de la habitación de atrás mientras ella terminaba de darle el biberón a la niña. Con una arrugada camisa de franela y los vaqueros, parecía que perteneciera a aquellas montañas, tan grande y escabroso como el paisaje que los rodeaba.
—Café —dijo ella, antes de que él pronunciara una sola palabra—. Y no me hables. Le he dado tres tomas esta noche. La odio.
—Eso explica por qué le das un beso en la coronilla.
—Síndrome de Estocolmo. He caído bajo el hechizo de mi captora. Es una estrategia de supervivencia.
El gruñido que emitió parecía dejar entrever lo que entendía él por diversión, pero ella lo dudaba.
—Siéntate —dijo—. Prepararé café.
Ella nunca había oído una oferta menos entusiasta.
—Y también te odio a ti. Has dormido toda la noche, no son ni las siete y ya has estado fuera.
—Alguien tiene que levantar el país.
¿Había soltado una broma? Como había desaparecido en la cocina, no lo supo.
La larga mesa del comedor ocupaba el lado norte del diáfano salón. El pesado y tosco tablero había sido barnizado para protegerlo de los humos de la cocina. El contraste entre los tableros de contrachapado blanco de las paredes y toda aquella madera oscura —la mesa, los brillantes suelos de tablas anchas, las estanterías situadas bajo las ventanas— lo convertía en un acogedor espacio en invierno, pero también sería un fresco refugio durante los días más calurosos del verano.
Él llevó dos tazas de café desde la cocina, dejó la de Tess frente a ella y se sentó al final de la mesa, a unos dos metros. Si no estuviera tan malhumorada por la falta de sueño, habría sido divertido.
—¡Ah, claro! —dijo arrastrando las palabras—. Todavía crees que las chicas tienen piojos. Cuando llegues a sexto de primaria, ya no te importará tanto.
—Me acercaré más, siempre y cuando prometas no hablar —dijo él con la boca llena mientras deslizaba la taza hasta el centro de la mesa.
—Por mí no te molestes. —Tess se apartó el pelo de los ojos—. Lo que necesito es que me prestes una de tus camisas de franela. Las mías no son lo suficientemente grandes para que quepamos Wren y yo. —La sudadera de Trav habría bastado para cubrirlas a ambas…, la sudadera que (empapada con la sangre de Bianca) había tirado con tan poca ceremonia al cubo de basura del hospital. Se recompuso—. Y, para tu información, vas a tener que empezar a hacerte cargo de al menos uno de los turnos de noche.
—No sabría qué hacer.
—Te enseñaré.
—No es necesario.
—Es muy necesario. Y puedes tocarla, ya sabes. Nada de esto es culpa suya.
—No he dicho que lo sea. —Ian se levantó para dejar su taza en el fregadero.
Ella lo persiguió, acercándose por detrás.
—¡Cógela!
Él se movió como un resorte, extendiendo las manos de forma instintiva. Con suavidad, Tess dejó al bebé bien envuelta en sus brazos.
—¿Qué…?
—Tengo que lavarme los dientes, ducharme, y me gustaría usar el váter sin un bebé en el regazo. Tendrás que arreglártelas —dijo dándose la vuelta.
—Pero…
—Ve acostumbrándote.
Mientras se alejaba, Wren comenzó a llorar; aunque vaciló un instante, Tess se obligó a sí misma a seguir adelante. La niña acababa de comer. No había nada que ella pudiera hacer y North no.
—¡Has firmado un contrato! —gritó él a su espalda.
—Es la pausa que me corresponde por ley.
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