Читать книгу: «La mujer de Ödesmark»

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Título original: Ödesmark

© Stina Jackson, 2020.

© de la traducción: Gemma Pecharromán Miguel, 2021.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2021.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO829

ISBN: 9788491878674

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.


Índice

Dedicatoria

Cita

PRIMERA PARTE

Finales del invierno y comienzos de la primavera de 1998

Verano de 1998

Otoño de 1998

Verano de 1999

Navidad de 1999

Octubre de 2000

Septiembre de 2001

Octubre de 2001

Noviembre de 2001

SEGUNDA PARTE

Principios del verano de 2002

Invierno de 2002

Finales del invierno y comienzos de la primavera de 2003

Primavera de 2003

Verano de 2003

Verano de 2008

Verano de 2009

Madrugada del 3 de mayo

Agradecimientos

Notas

A MIS PADRES

Where you come from is gone,

where you thought you were going to never was there,

and where you are is no good unless you can get away from it.

FLANNERY O’CONNOR, Wise Blood*

PRIMERA PARTE

FINALES DEL INVIERNO Y COMIENZOS
DE LA PRIMAVERA DE 1998

La chica se mueve a través de la noche. La luna le sonríe pálidamente mientras ella zigzaguea entre los charcos que la nieve ha dejado tras de sí. La gasolinera abierta las veinticuatro horas lanza su luz de neón sobre la desolación. Ella entra y compra una lata de Coca-Cola y un paquete de Marlboro rojo. El empleado del turno de noche tiene unos ojos tan bondadosos que le hacen apartar la mirada. Sale afuera, se coloca junto al iluminado tren de lavado de coches y enciende un cigarrillo, expulsa el humo contra el cielo nocturno y se fija en un camión que está aparcado más allá de los surtidores de gasolina. Hay un hombre dormido en el asiento del conductor. Lleva puesta una visera oscura y la barbilla le cae sobre el pecho. Ella tira al suelo el cigarrillo a medio fumar y lo pisa. Los charcos de agua brillan como aceite bajo la luz de las farolas mientras camina por el asfalto. Se oye el ruido de algún coche solitario a lo lejos, pero nada más. La tensión le recorre la columna vertebral en forma de cosquilleo. Cuando llega al camión, se agarra al espejo retrovisor y sube por la escalerilla hasta que su cara queda a la altura de la del hombre dormido. Comprueba de cerca que él es más joven de lo que ella creía, tiene las mejillas sombreadas por una barba poco crecida y un pendiente brilla en su oreja.

Ella ve que sus nudillos se acercan al cristal. Solo un golpecito discreto, pero, aun así, el hombre se despierta con una sacudida violenta, se quita la visera instintivamente y deja al descubierto una coronilla calva. La mira, tarda un poco en reaccionar y al fin baja el cristal de la ventanilla.

—¿Qué pasa?

La adrenalina hace que a ella le cueste sonreír. La mano con la que se agarra al espejo ya le ha empezado a doler.

—Nada, solo me preguntaba si quieres compañía.

Él la mira fijamente con la boca abierta. Al principio parece que la va a rechazar, pero luego asiente y le señala con la cabeza la puerta del copiloto.

—Bueno, sube.

Ella da la vuelta al camión, sintiendo un cosquilleo de esperanza en la boca del estómago, gira la cabeza para ver si hay ojos en las sombras, pero a la única persona que ve es al empleado de la gasolinera, y no está mirando hacia fuera. Son casi las dos y no hay ningún otro coche. Si ocurriera algo, no habría testigos.

El hombre lanza un pesado suspiro cuando la joven se sienta a su lado.

—Bueno, ¿y quién eres tú?

—Una chica, sin más.

La cabina huele a aliento cálido.

—Sí, eso ya lo veo.

El tipo parece torpe, se frota los ojos con las palmas de las manos y la mira de reojo, como si ella fuera un bicho raro al que no quiere provocar.

—¿Y cómo es que quieres subir aquí, conmigo?

—Parece que estás solo.

Ella lo anima con la mirada; él parece asustado y eso la vuelve más atrevida. El hombre esboza una sonrisa mientras juguetea nervioso con los dedos en la barba y la mira por el rabillo del ojo.

—Entonces ¿tú no eres una de esas que cobran?

Ella pone la mano encima de la de él. Los anillos de plata brillan entre ambos como lágrimas en la oscuridad; espera que él no note cómo se le agita la sangre.

—No, no soy de esas.

Hay espacio suficiente en la parte posterior de la cabina. Él la recuesta sobre una estrecha litera, apoya con fuerza las manos en sus caderas mientras la penetra. No se quitan la ropa, solo dejan caer los pantalones hasta los tobillos, como si temieran ser descubiertos. Ella levanta la mirada y ve a un niño que le sonríe desde una foto. El niño rodea con sus rollizos brazos el cuello de un labrador que tiene el pelaje color chocolate y parece que ambos sonrían a la par. La chica baja la mirada hacia la ropa arrugada de la cama. No pasa mucho tiempo antes de que él lance un rugido y se retire —inmediatamente, para que toda la plasta caiga en el suelo—. Ella se agacha y se sube las bragas. Están a punto de saltársele las lágrimas, pero traga y traga para ahogar el llanto.

El hombre parece reanimado. Sus manos han cobrado nueva seguridad cuando se abrocha el cinturón, como un adolescente que se acuesta con alguien por primera vez. A ella le sorprende. Lo parecidos que son. Los hombres.

Se sientan en la parte delantera de la cabina y fuman. Fuera de los grandes parabrisas del camión, descansa el mundo oscuro y húmedo. Le escuece la vagina, pero la necesidad de llorar ha pasado.

—¿Adónde vas a ir ahora?

—A Haparanda.

Su dialecto suena gracioso, casi como si cantara las palabras.

—¿Vas a venir conmigo o qué? —añade él.

Ella gira la cabeza para expulsar el humo afuera.

—Yo voy a ir más allá de Haparanda.

Al camionero le brillan los dientes en la oscuridad. Esto es algo que él no ha hecho antes. Ella puede ver inmediatamente que le invade la mala conciencia. Él señala la gasolinera y su voz intenta atenuar lo que acaba de ocurrir.

—Pensaba ir a comprar algo de comer, ¿quieres algo?

—Un bollo de canela no estaría mal.

—Está bien, te lo traigo.

Quita las llaves de contacto y sonríe discretamente antes de abrir la puerta y bajarse del camión. Al andar se ve que es un poco patizambo y parece que no le preocupa que le salpique el agua de los charcos. La chica lo observa hasta que desaparece en el interior de la tienda, y sopesa lo de viajar con él a pesar de todo. Quizá pueda apearse en Luleå. Ha oído que es una ciudad bastante grande, y en las ciudades uno puede desaparecer.

El atardecer era lo peor. Darse cuenta de que había perdido otro día. Un día como todos los demás. Ella estaba en su puesto detrás de la caja e intentaba hacer como si no se diera cuenta de que caía la oscuridad más allá de las ventanas de la tienda. Estar bajo la intensa luz de los tubos fluorescentes era como encontrarse en un escenario. Las personas que paraban a echar gasolina podían verla allí bajo la luz, sus movimientos cansados y su mirada huidiza. El cabello fino, que ya no tenía suficiente fuerza para crecer por debajo de los hombros, y la falsa sonrisa, que hacía que le dolieran las mejillas. Ellos podían verla, mientras que ella solo podía intuir su presencia.

La gasolinera estaba en el centro del pueblo y ella sabía el nombre de casi todos los que cruzaban las puertas, pero no los conocía. Tal vez ellos creían que la conocían. De todos modos, ella sabía lo que se rumoreaba. Que la hija de Björnlund había tenido el mundo a sus pies, pero que nunca había aprovechado la ocasión. Y ahora era demasiado tarde; tanto la belleza como la vitalidad habían empezado a abandonarla. Se le había pasado el arroz. Lo único que había logrado era su hijo, un chico, pero nadie sabía cómo se las había ingeniado, porque nunca había tenido novio. Al menos, que se supiera. El niño había nacido de la nada y, a pesar de todas las habladurías acumuladas a lo largo de los años, nunca se había sabido quién era el padre. Era un asunto incómodo que todavía provocaba disputas. En lo único que podían ponerse de acuerdo en los pueblos era en que Liv Björnlund nunca sentaría la cabeza. Si no fuera por el dinero, puede que incluso hubieran sentido pena por ella. Era difícil sentir pena por alguien que poseía una fortuna.

Se tomó un café frío de la máquina y miró la hora con disimulo. Los segundos le martilleaban las sienes. A las nueve en punto saldría del escenario por esta vez. De lo contrario, le explotaría el cerebro. Pero dieron las nueve y cinco antes de que apareciera su compañero del turno de noche. Si él notó lo furiosa que estaba, lo disimuló muy bien.

—Tu padre está ahí fuera esperando —le comentó sin añadir nada más.

Vidar Björnlund había aparcado en su sitio habitual junto al surtidor de diésel. Estaba sentado en su viejo Volvo y con las manos, que parecían garras, fuertemente aferradas al volante. En el asiento trasero, como una sombra, estaba Simon, con la mirada fija en el móvil. Liv le acarició las rodillas antes de abrocharse el cinturón de seguridad y, por un breve instante, él levantó los ojos y sus miradas se encontraron. Se sonrieron.

Vidar giró la llave y el coche carraspeó antes de arrancar. El viejo cacharro había nacido a principios de los años noventa y estaba más para la chatarra que para las resquebrajadas carreteras del interior del país, pero cuando ella se lo dijo, él se limitó a contestar:

—No ruge como un león, pero ruge.

—¿No te parece que es hora de que nos apretemos el cinturón y compremos uno nuevo?

—¡Y una mierda! Comprar un coche nuevo es como limpiarse el culo con dinero.

Liv se volvió de nuevo hacia Simon, que parecía llenar todo el asiento trasero con sus piernas largas y sus brazos musculosos que asomaban por la cazadora. La transformación se había producido silenciosamente, sin que ella se diera cuenta: un día apareció allí, como un hombre adulto. La redondez de las mejillas había sido reemplazada por unas líneas afiladas y una pelusilla rojiza cada día más densa. De su niño regordete y suave no quedaba ni rastro. Intentó captar su atención, pero él pareció no notarlo, no hacía más que teclear frenéticamente con los pulgares en el teléfono, profundamente inmerso en un mundo al que ella no tenía acceso.

—¿Qué tal en la escuela?

—Bien.

—La escuela —refunfuñó Vidar—. No es más que una pérdida de tiempo.

—No empieces otra vez —dijo Liv.

—En la escuela solo se aprenden tres cosas: a beber, a pegarse y a ir detrás de las faldas.

Vidar giró el espejo retrovisor para poder mirar a su nieto.

—¿Me equivoco?

Simon escondió la boca debajo del cuello de la cazadora, pero Liv pudo ver que sonreía. A él le hacía más gracia el viejo que a ella, tenía la capacidad de reírse de esas cosas que a ella la sacaban de quicio.

—Eso solo lo dices porque no tienes formación —le respondió ella.

—¿Para qué iba a querer yo la formación? Yo ya sabía beber y pelearme. Y mujeres no faltaban. No cuando era joven.

Liv sacudió la cabeza y desvió la mirada hacia el bosque. Evitó las manos venosas que agarraban el volante y el aliento del viejo que quemaba el aire que compartían. Pronto el asfalto dejó paso a la grava y los árboles se acercaron. No se cruzaron con ningún coche, y más allá de las luces largas solo había oscuridad. Se desabrochó los botones superiores de la camisa de trabajo y se rascó el pecho y el cuello con las uñas. El escozor siempre empeoraba durante el camino de vuelta a casa, como si el cuerpo intentara liberarse desesperadamente de su propia piel. Mil hormigas en el cuero cabelludo y a lo largo de los brazos la obligaban a rascarse la piel hasta que sangraba. Si Vidar o Simon lo notaron, no dijeron nada, demasiado acostumbrados a su comportamiento como para prestarle atención. El móvil del chico vibraba a intervalos regulares, exigiendo constantemente su atención. El viejo conducía con la mirada puesta en el camino y sin parar de murmurar. Prefería mascullar las palabras que compartirlas.

Cuando llegaron a Ödesmark,* los recuerdos habituales se le agolparon en la cabeza, todas aquellas veces que había saltado del coche y había echado a correr. Huía directamente hasta el regazo de los abetos, como si pudieran protegerla. El pueblo era como la última avanzadilla a lo largo de un camino que ya no conducía a ninguna parte. A unas decenas de kilómetros hacia el oeste, desaparecía engullido por la maleza y las ruinas de lo que fue en su día. Si uno daba una vuelta con el coche alrededor del pueblo, no tardaba en tener la sensación de que el bosque aguardaba el momento de engullirlo a él también. Las casas se encontraban a una distancia segura unas de otras, separadas por pinares, por terrenos pantanosos y por el lago, que se extendía como un ojo negro en medio de todo y reflejaba la desolación. Había catorce granjas en total, pero solo cinco estaban habitadas. El resto estaba desmoronándose, con sus ventanas condenadas y las fachadas azotadas por el viento, aguardando la ruina.

Liv conocía aquellas tierras mejor que sus propias entrañas. Sus pies habían creado los senderos que serpenteaban por el bosque, y allí fuera sabía dónde se ocultaba cada fuente de agua fresca, cada escondite en el que crecían moras de los pantanos y dónde dormía cada pozo olvidado. También conocía a las personas, aunque las evitaba. Podía reconocer la risa y los olores que llegaban con el viento, y no necesitaba mirar afuera para saber de quién era el coche que se deslizaba sobre la grava o de quién era la motosierra que rompía el silencio. Oía los ladridos de sus perros, los cencerros de sus vacas. Ambos la ahogaban y le daban vida al mismo tiempo: la tierra y la gente.

Björngården, la casa de su infancia, estaba en lo alto, bien protegida por el bosque que la rodeaba, y desde su habitación en el segundo piso podía vislumbrar el ojo negro del lago, abajo, en el valle. Vidar había construido la casa antes de que Liv naciera, y ahí seguía estando ella, ya bien entrada en la edad adulta, a pesar de que desde niña juró que nunca se quedaría allí. Y no solo se había quedado ella, sino que también había permitido que Simon creciera en el mismo lugar olvidado de la mano de Dios. Tres generaciones bajo el mismo techo, como se vivía antiguamente cuando la necesidad lo requería. Pero ahora no había necesidad, más allá de la que las personas creaban para aferrarse unas a otras. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil resultaba levantar la vista por encima de las puntas de los abetos e imaginarse en otro lugar. De modo que era más fácil dejarse engullir lentamente junto con el resto del pueblo.

Vidar giró, se detuvo ante la barrera que cerraba el paso y carraspeó para aclararse la garganta.

—¡Hogar, dulce hogar! —exclamó, clavando los ojos en la deteriorada casa que descollaba en el alto.

Mantuvo el motor en punto muerto mientras Simon salía y se inclinaba sobre el candado. Desde atrás, ella casi no lo reconocía, con su espalda ancha y la nuca como la de un toro. Cuando Simon levantó la barrera, Vidar dejó que el coche se deslizara hacia el interior lentamente y, tan pronto como pasaron, Simon volvió a bajar la barrera y a cerrar el candado. Liv se rascó el cuello irritado con las uñas mientras rodaban en dirección al patio.

—Ya no es un niño —dijo ella.

—No, menos mal.

Liv miró de reojo a su padre y descubrió que el paso del tiempo también había dejado su huella en él. Vidar había encogido con los años, la piel arrugada le colgaba suelta sobre los huesos y daba la impresión de estar consumiéndose poco a poco desde dentro. Pero el brío aún ardía con fuerza en sus ojos, dos llamas implacables cuando la miraban. Giró la cabeza y se encontró con su propia mirada vacía en la ventanilla del coche. El crepúsculo se había extinguido hacía mucho rato, solo quedaba la oscuridad.


Liam Lilja se miraba en el espejo roto. Una larga raja en el espejo recorría su cara como una cicatriz, y le deformaba la nariz y los pómulos. La mitad inferior hacía una mueca. Dientes blancos en una barba oscura de tres días. La mitad superior no sonreía. Solo unos ojos lo miraban fijamente. Con descaro, como si buscaran pelea. Si no hubieran sido sus propios ojos, nunca habría tolerado que nadie lo mirara así. Sin apartar la mirada.

—¡Joder! ¿Te estás maquillando o qué? —La voz de Gabriel se oyó al otro lado de la puerta.

—Ya voy.

Liam abrió el grifo, puso las manos bajo el chorro frío y se enjuagó la cara. Le escoció una herida en la mejilla y sintió una punzada en un diente de la mandíbula inferior. Pero le dio la bienvenida al dolor, aguzaba el ingenio.

Fuera, en la tienda iluminada, la cajera no le quitaba el ojo de encima. Un viejo calvo parpadeaba nervioso. Liam sintió cómo la irritación crecía en su pecho cuando vio al hombre. Y también, que se le paralizaba la cara. Que el tiempo se ralentizaba. Gabriel apretó una bolsa de patatas fritas contra su torso, con tal descuido que la hizo crujir.

—Aquí tienes el desayuno —dijo—. También he comprado tabaco.

Estaban sentados en el coche, comiendo patatas fritas y bebiendo Coca-Cola bien fría. El cielo había empezado a clarear, pero el sol aún no se había alzado por encima de los árboles. Gabriel se zampó las patatas en menos de diez minutos y luego se lio un porro con los dedos grasientos.

—Ayer eché un vistazo a la plantación —dijo—. Se han fundido dos lámparas, tenemos que poner unas nuevas.

Liam arrebujó la bolsa de patatas y arrancó el motor.

—Eso ahora es cosa tuya —contestó—. Yo ya no intervengo.

—Las plantas están muy bien —respondió Gabriel, haciéndose el sordo—, las mejores que hemos tenido hasta ahora. Pienso subir el precio.

Liam miró de reojo el coche que estaba aparcado al lado del suyo. Había una mujer sentada en el asiento del copiloto pintándose los labios, tras lo cual lanzó un gran bostezo. Su boca se convirtió en un peligroso círculo rojo. Él se preguntó en qué trabajaría, si tendría hijos. Quizá, una casa con jardín y columpios. El conductor, probablemente su marido, volvía de la tienda y se dejó caer detrás del volante, llevaba unas gafas horrorosas y el pelo peinado con agua. Liam levantó una mano y trató de alisarse la melena, pero sus greñas rebeldes no se dejaban domar. Por más que lo intentara. De todos modos, él nunca se iba a parecer a ellos, a la gente normal y corriente.

Dejaron atrás Arvidsjaur, tomaron pequeños caminos que serpenteaban alejándose de la gente, en tierras recónditas. Unos grandes espejos de agua a ambos lados del camino iban enrojeciéndose a la par que el cielo. Gabriel se fumaba su porro con los ojos cerrados, solo su tos estentórea rompía el silencio. Sonaba como si se le hubieran soltado las costillas y le anduvieran dando vueltas por el pecho. Tenía una cicatriz en el labio inferior que hacía que le colgara la comisura izquierda, eran las secuelas de un anzuelo de pesca que se clavó de pequeño. Aunque Gabriel solía decir que le habían cortado con un cuchillo. Esa historia le gustaba más.

Donde terminaban los lagos solo había bosque, que se extendía denso y oscuro hasta el asfalto agrietado. Liam sintió un malestar revolviéndole el estómago.

—¿Sabe él que venimos?

Gabriel tosió, y un olor a dentadura sin cepillar y a tabaco inundó el coche.

—Lo sabe.

Una vía de ferrocarril cubierta de maleza surgió de la nada y los acompañó un trecho antes de volver a quedar enterrada bajo la alfombra del bosque. Pasaron junto a una estación de tren abandonada, rodeada de vegetación adormecida. Había vagones oxidados llenos de agujeros de bala por donde brotaba la maleza y otras formas de vida. Un poco más adelante yacían los restos de una granja rodeada de prados vacíos, donde la hierba no pastada y las flores marchitas esperaban la orden del sol para levantarse.

El asfalto se convirtió en grava y Liam se desvió por un camino más pequeño y luego por otro. Al principio, siempre se equivocaba, por entonces no tenía carnet de conducir y al coche robado le habían hecho un puente. En aquel tiempo, el camino hasta la casa de Juha le parecía un laberinto de tierras despobladas, y esa precisamente era la idea. Se trataba de que nadie llegara hasta allí.

Al lado de un arroyo negro y cantarín se alzaba entre los árboles una cabaña de troncos de madera sin pintar. Allí no había electricidad ni agua corriente. Liam aparcó a una distancia prudente y permanecieron un rato sentados en el coche en silencio, haciendo acopio de valor. De la chimenea salía un penacho de humo que se posaba sobre el bosque como una manta. Podría haber llegado a parecer un lugar apacible, de no haber sido por los animales muertos. De los árboles colgaban dos cuerpos, desollados y sin cabeza. Enormes trozos de carne que brillaban a la luz.

Cuando abrieron las puertas del coche percibieron el susurro de los abetos y el murmullo del arroyo. Liam cogió la bolsa de plástico con el café y la hierba, y salió evitando mirar la carne colgada. Se estremeció por un instante cuando le dio por pensar que en realidad eran personas a las que Juha había despedazado y colgado.

Juha Bjerke, el lobo solitario que había decidido alejarse de la gente y rara vez se atrevía a mezclarse con otras personas. Se rumoreaba que se debía a un accidente de caza ocurrido a principios de los años noventa, en el que Juha habría matado accidentalmente a su propio hermano durante una cacería de alces. No intervino la policía, pero su madre nunca pudo perdonarlo, y hubo muchos que afirmaron que lo había hecho intencionadamente, que le pudieron los celos. Aquello había ocurrido antes de que Liam naciera, y lo único que sabía con certeza era que Juha evitaba a la gente tanto como la gente lo evitaba a él.

Un perro apareció corriendo de entre la maleza y ellos se quedaron totalmente quietos mientras los olisqueaba con el pelaje erizado. De su garganta surgió un gruñido sordo, a pesar de que a esas alturas ya los conocía. Gabriel escupió en la hierba.

—Me gustaría poder pegarle un tiro a esta puta bestia.

El perro corrió delante de ellos hasta que llegaron a la casa.

—Ve tú primero —dijo Gabriel—, le caes mejor.

Conforme se acercaba, Liam sintió que se le helaba el cuerpo. Aquellas visitas a Juha lo volvían paranoico, aunque casi nunca llegaban a verlo. La mayor parte de las veces, él solo estiraba la mano lo suficiente para entregar el dinero y recoger las cosas. No era muy hablador. Pero, aun así, a Liam se le contraían los músculos cada vez que la solitaria cabaña se alzaba delante de él.

Lo mismo le ocurría a Gabriel. Se había quedado totalmente callado, varios pasos detrás de Liam. Tal vez fuera a causa del aislamiento, o por encontrarse en los dominios de Juha. O, quizá, por la tragedia que se cernía sobre aquel hombre solitario como una nube de tormenta. A pesar de los años que habían pasado desde el accidente, llevaba la tristeza grabada profundamente en el rostro. Había algo aterrador en una persona que lo había perdido todo.

El cráneo de corzo clavado en la puerta de forma chapucera se agitó violentamente cuando Liam llamó. El perro jadeaba a sus pies, y en el interior de la cabaña se oyó un ruido áspero, unos pies que se arrastraban sobre las desgastadas tablas del piso. La puerta se abrió solo un poco, una sombra delgada apareció en el resquicio. En el interior ardía un fuego y las sombras de las llamas se movían en la oscuridad. Juha asomó la cabeza y entornó los ojos ante la luz del amanecer. Por la edad podía ser su padre, andaba entre los cuarenta y los cincuenta, pero tenía el cuerpo duro y nervudo como el de un joven. El pelo largo le colgaba por la espalda recogido en una coleta, y tenía la cara curtida por el tiempo y las adversidades.

Sin decir una palabra, tomó la bolsa que llevaba Liam, se inclinó hacia delante y acercó la nariz a la hierba para comprobar su calidad antes de entregar el dinero. Liam no tuvo más que echar un vistazo a la pasta para darse cuenta de que no era suficiente. Le sorprendió. Juha Bjerke nunca había sido de los que intentaban regatear a la hora de pagar.

—Aquí solo hay la mitad.

Los ojos de Juha se llenaron de una luz extraña.

—¿Qué?

—Tienes que pagar todo, esto es solo la mitad.

Juha se deslizó de nuevo hacia las sombras con un rápido movimiento felino. Tenía una mano detrás en la espalda, como si escondiera algo, tal vez un arma. A Liam se le aceleró el corazón.

—Pasad un momento —dijo Juha desde la oscuridad—, para que podamos hablar.

Liam se guardó el fajo de billetes en el bolsillo y miró por el rabillo del ojo a Gabriel. Su hermano estaba pálido y parecía nervioso. Aquello era nuevo, Juha nunca los había invitado a entrar. Cuando obtenía lo que quería, solía despedirlos sin más, como si fueran perros callejeros a los que no se podía permitir el lujo de alimentar. Aquella era la primera vez que les pedía que cruzaran el umbral. Dentro ardía el fuego. Bajo su resplandor, Liam pudo divisar las escopetas de caza, colgadas en filas ordenadas al lado de la chimenea. Sobre la encimera había una hilera de pequeños cráneos de animales que los miraban con la boca abierta.

—Vamos, pasad —dijo Juha—, que no muerdo.

Durante un par de segundos infinitos todo se detuvo, solo se oía el crepitar del fuego y el viento en los árboles. La sonrisa burlona de Juha los llamaba desde el interior de la cabaña. Liam se llenó los pulmones de aire fresco antes de entrar. Una vez dentro del reducido espacio lo envolvió el calor, y la nariz se le impregnó de olores extraños mientras sus ojos luchaban por distinguir todo lo que se ocultaba en la oscuridad. Fue como entrar directamente en un foso. En una oscura y estremecedora trampa.


Liv estaba sola con el amanecer. La luz se filtraba a través de los abedules desnudos y se posaba como una costra resplandeciente sobre el bosque negro. Tenía la casa a su espalda y evitaba darse la vuelta. Su aliento se alzaba como un escudo frente al mundo. No vio que se encendían las luces, no oyó que alguien la llamaba. Hasta que no vio salir corriendo de entre la maleza a un perro flaco que se puso a bailar en círculos alrededor de ella, no clavó el hacha en el tajo de partir leña y se volvió.

Vidar estaba en la terraza; sus ojos parecían dos rendijas negras.

—Ven a desayunar —le gritó con su voz quebrada.

Y desapareció. Liv se sacudió la chaqueta y comenzó a moverse sin ganas hacia la casa; sus pasos sonaban como golpes de tambor en el silencio.

El viejo y el chico estaban sentados en la cocina y olía a café. A Vidar se le habían entumecido las manos durante la noche, y cuando llegó la mañana sus dedos eran garras rígidas que apenas le permitían llevarse la taza de café a la boca. Simon se encargó de cortar el pan y de untar la mantequilla con mucho esmero.

—Abuelo, ¿has tomado tus medicinas?

Vidar siguió masticando sin hacer caso. Los medicamentos eran algo de lo que no quería saber nada, y si no hubiera sido por Simon, que colocaba las pastillas delante de él formando un bonito arcoíris todas las mañanas, nunca las habría tomado.

—No las tragues con el café. Si no, tendrás ardor de estómago.

—Eres peor que una vieja, ¡qué pesado!

Pero Vidar se tomó las pastillas, una tras otra, y cuando terminó le dio a Simon una discreta palmadita en la mano, que ya era más grande que la suya, y el chico sonrió agachando la cabeza. Liv apartó la mirada, se preguntaba de dónde había sacado el chico su bondad, su luz. De ella no.

Subió a su habitación para cambiarse. La puerta del cuarto de Simon estaba entreabierta y la penumbra que reinaba allí dentro atrajo su mirada. El edredón se había caído de la cama y estaba hecho un lío en el suelo, junto a unas islas de ropa sucia y de libros que no cabían en las estanterías. El estor opaco estaba bajado y toda la luz que había en el cuarto provenía del viejo ordenador que estaba encendido y hacía ruido encima del escritorio. A pesar de las protestas de Vidar, ella se lo había comprado, y el ordenador se había convertido en una especie de amigo para el solitario chico. Allí se desarrollaba toda una vida de la que ella no sabía nada.

Se detuvo con la cara encajada en el hueco de la puerta, respiró el olor a adolescente, a calcetines sudados y a angustia. Escuchó sus voces abajo, en la cocina, antes de empujar la puerta y entrar. Le crujieron las rodillas al levantar el edredón del suelo, y el polvo revoloteó por la habitación. Algo brilló debajo de la cama, y cuando se agachó vio que era una botella de vidrio sin etiqueta. El olor a alcohol era tan fuerte que no tuvo necesidad de desenroscar el tapón para saber lo que había dentro. Algún tipo de alcohol de destilación clandestina, fuerte —hacía saltar las lágrimas—, tal vez de Vidar.

—¿Qué cojones estás haciendo aquí? ¿Por qué estás rebuscando entre mis cosas?

Simon estaba en la puerta, con el rostro oscuro de ira. Liv se enderezó, sujetaba la botella con ambas manos; el vidrio frío parecía resbaladizo.

—Iba a hacerte la cama —dijo ella—. Y he encontrado esto.

—No es mía. Solo se la estoy guardando a un amigo.

Los dos sabían que era mentira, que no había amigos. Pero ella no podía decir eso. Liv le quitó el polvo a la botella y la depositó con cuidado en el escritorio, al lado del ordenador. Los pensamientos se le aceleraron a la misma velocidad que la sangre; él tenía diecisiete años, no valía la pena discutir por eso. Quizá fuera una buena señal que él estuviera haciendo cosas propias de la adolescencia.

—¿A qué amigo? —preguntó ella.

—Eso a ti no te importa.

Se miraron un buen rato; a Simon le había aparecido una arruga en el entrecejo. Eso hacía que se pareciera a Vidar. No obstante, era a sí misma a quien veía en la cara de su hijo. La rebeldía y el anhelo de otra cosa, de libertad. Si no hubiera sido por él, ahora ella no estaría allí, en la casa donde nació. Estaría en algún lugar lejano. Puede que él lo supiera, que todo era por su causa, quizá por eso había aumentado la distancia entre ellos. Liv se preguntó si él finalmente había conseguido hacer amigos, quizá de la peor clase, de los que bebían y se peleaban. O si estaba solo, sentado delante de la luz azul del ordenador, bebiendo por las noches. Las dos opciones le ponían el corazón en un puño.

Simon tomó su mochila; el rubor provocado por el enojo había desaparecido de sus mejillas.

—Volveré tarde de la escuela.

Ella asintió.

—Seguiremos hablando esta noche.

—No quiero que entres en mi habitación cuando yo no estoy.

—Ahora salgo.

Él esperó hasta que ella salió de la habitación y cerró ostensiblemente la puerta con llave antes de bajar las escaleras. Liv lo siguió, miró su nuca infantil cubierta de pelusilla y pensó en todas las veces que había posado su rostro allí y había aspirado su olor. En todas las noches que ella lo había rodeado con su cuerpo para protegerlo y le había puesto una mano entre sus tiernos omóplatos solo para asegurarse de que respiraba, de que no se le iba a morir. Hacía mucho tiempo de eso, fue en otro tiempo.

Se quedaron de pie junto a la ventana de la cocina, mirándolo, mientras él se dirigía al autobús. Liv y el viejo. Siguieron con la mirada su figura larguirucha hasta que el bosque se lo tragó.

—Creo que tiene un ligue —dijo Vidar.

—Ah, ¿sí?

—Mmm..., sí. Se lo noto en el olor, huele diferente.

—No lo he notado.

Vidar se colocó un azucarillo entre los dientes, bebió el café del platillo y le lanzó a Liv una mirada cargada de intención.

—Sale a su madre, ya lo verás. Pronto dejará del volver a casa por las noches.


Resultaba difícil respirar en la cabaña de Juha Bjerke. Liam y Gabriel estaban sentados a una mesa desvencijada mientras el hombre delgado daba vueltas delante de ellos. Alrededor de sus botas se levantaban pequeñas nubes de polvo y restos de agujas de abeto, y el aire cargado de humo escocía en los ojos. La mirada de Juha vagaba entre ellos, indescifrable.

—Tendréis que perdonarme —dijo—, pero no estoy acostumbrado a recibir visitas.

Liam trató de ocultar el malestar que se iba apoderando de él. Miró de reojo a Gabriel. A su hermano parecía divertirle la situación, una sonrisa jugueteaba en las comisuras de sus labios y su mirada se deslizaba sorprendida alrededor de la cabaña, deteniéndose en la curiosa decoración y en los trofeos de caza. Había un cuchillo clavado en la tabla de la mesa, y los restos de sangre seca habían dejado una mancha oscura sobre la superficie rayada. Una piel de animal colgaba a modo de cortina en la única ventana, el aire estaba cargado en aquel espacio tan angosto y hacía calor. Juha se colocó a la sombra de la chimenea y sus ojos parecían arder en la oscuridad cuando los miraba. Tenía la voz ronca, como si las cuerdas vocales hubieran empezado a oxidársele en la garganta. Seguro que eso era lo que ocurría cuando uno no tenía nunca a nadie con quien hablar.

—Vosotros sois de esa clase de chiflados que cazan zorros con motos de nieve —dijo—. Lo veo solo con miraros.

—No sé de qué estás hablando —respondió Liam—. ¿Acaso parecemos unos malditos cazadores?

—Pero perseguís dinero, ¿no? En eso consiste vuestra vida: droga y dinero rápido.

Liam sintió las vibraciones de la pierna de Gabriel golpeando el suelo. Ninguno de ellos dijo nada.

—No venís hasta aquí con hierba y café para un viejo solo porque sois buena gente, ¿no? Queréis cobrar por la molestia.

—No nos dedicamos a la beneficencia, si es eso lo que preguntas —dijo Gabriel—. Es lo justo.

Juha soltó una risa aguda. Liam vio de reojo el cuchillo clavado, solo tenía que estirar la mano para hacerse con él. Eso lo tranquilizó.

Juha colgó la cafetera sobre el fuego.

—Sois ambiciosos, y eso me gusta. Yo también fui ambicioso en su día. Pero cuando uno ha tenido que pasar hambre durante mucho tiempo, ya no oye cómo ruge el estómago. Entonces se hace el silencio.

A pesar de la ronquera, su voz tenía un deje melodioso, como si prefiriera cantar las palabras.

—Conocí a vuestro padre de joven —prosiguió—. Fuimos juntos a la escuela. Era un hombre de verdad. Con el humor de un tejón, uno nunca sabía dónde lo tenía, pero cuando lo necesitabas allí estaba él.

—Nuestro padre está muerto —apuntó Gabriel.

—Ya lo sé. Nadie puede escapar del cáncer: si le pone a uno la zarpa encima, no queda otra que doblar la cerviz y despedirse.

Había mencionado antes la amistad con su padre, la primera vez, cuando fue a comprar hierba, en un intento de ganarse su confianza. Liam tuvo la sensación de que ahora estaba ocurriendo lo mismo: Juha utilizaba a su padre muerto para ganarse su confianza.

El hombre se rascó el pecho hundido, tenía la mirada puesta en las llamas mientras el aroma a café se extendía por la estancia. Liam y Gabriel se miraron, a la espera.

—Tengo un trabajo para vosotros —dijo Juha finalmente—, si estáis interesados.

—¿Qué tipo de trabajo? —preguntó Gabriel.

Juha sonrió y sirvió el café, colocó cuidadosamente sobre la mesa un par de tazas altas humeantes delante de ellos. Un hacha enorme destacaba al lado de la chimenea. Su hoja brillaba al resplandor de las llamas. A Liam empezó a revolvérsele el estómago; el calor sofocante y el olor a pieles de animales hizo que se sintiera mal.

Juha se situó en el extremo de la mesa flexionando los talones y emitió un sonido sibilante mientras soplaba la bebida caliente.

—Hay una mina de oro sin excavar no muy lejos de aquí. Simplemente está ahí, esperando a dos muertos de hambre como vosotros.

El jersey, descolorido por el tiempo y el sudor, le caía como piel flácida sobre la parte superior del cuerpo. La tela de los pantalones tenía unos largos desgarrones por debajo de los cuales se entreveía la piel pálida. Juha despedía un olor a agujas de abeto y a mantillo húmedo. Con un movimiento brusco arrancó el cuchillo clavado en el tablero de la mesa y empezó a hurgarse las uñas con la punta. Liam miró de reojo hacia la puerta. Solo tres pasos, y entonces estaría otra vez al aire libre.

—Nosotros queremos nuestro dinero —dijo—. Te hemos dado tu hierba y, como dice mi hermano, no nos dedicamos a la beneficencia.

—Yo también tuve un hermano una vez —comentó Juha—. Éramos como vosotros dos, siempre juntos. Mi hermano y yo éramos invencibles, teníamos a todo el mundo a nuestros pies. Pero luego va y se muere, el muy cabrón, y fue entonces cuando me di cuenta de que no había justicia en este mundo. El destino no hace más que reírse de uno.

Contrajo el rostro, como si sintiera dolor. No dijo nada durante un buen rato, todo permaneció en silencio, menos el fuego, que vivía su propia vida a sus espaldas, ardiendo y crepitando. Era difícil leerle la cara bajo la escasa luz, difícil ir un paso por delante. El pie de Gabriel encontró el de Liam debajo de la mesa, y le dio una patada.

—Cuenta más sobre esa mina de oro —dijo—. ¿Dónde está?

Juha esbozó una sonrisa.

—¿Conocéis a un tal Vidar Björnlund de Ödesmark?

—Todo el mundo conoce a ese tacaño.

—Puede que viva como si fuera más pobre que una rata de iglesia, pero tiene dinero, más que de sobra. Lo ha ido juntando en montones durante todos estos años, el jodido tacaño. Y de los bancos no se fía, guarda una gran parte del dinero en una caja fuerte en su habitación. Está viejo y achacoso, y robarle sería tan fácil como quitarle una golosina a un niño pequeño.

Gabriel alzó las cejas.

—¿Cómo sabes tú todo eso?

—Lo sé, porque tuvimos negocios juntos hace mucho tiempo. Eso fue cuando yo aún era demasiado tonto para darme cuenta de lo que él era capaz de hacer. Estafó a gente honrada en la compra de tierras para vendérselas luego a las empresas forestales. Vidar, un auténtico hijo de puta avaricioso, eso es lo que es. Y ya nadie quiere hacer negocios con él. Todo lo que tiene es su hija, Liv se llama, aunque Livegen* le pegaría más, porque nunca ha tenido vida propia, la pobre. Sigue viviendo con su padre allá fuera, en Ödesmark, a pesar de que tiene un hijo al que cuidar, o quizá precisamente por eso.

Juha giró la cabeza y escupió en el fuego; le había subido el color a las mejillas, y su voz se volvió inestable cuando continuó:

—Solo Vidar tiene la combinación de la caja fuerte porque, cuando se trata de su fortuna, no se fía ni de los suyos. La hija y el nieto, los dos, bailan al son que él toca. No tienen nada que decir al respecto mientras él esté vivo, y no supondrán un obstáculo, os lo prometo. Así que a ellos los dejáis, ¿entendido? No hay ningún motivo para meterse con la hija ni con el nieto. Todo lo que tenéis que hacer es coger por sorpresa al viejo, y entonces el dinero será vuestro.

Liam le lanzó una rápida mirada a Gabriel: le habían empezado a temblar las aletas de la nariz y su mirada empañada había adquirido un brillo nuevo.

—¿Por qué no vas tú, si resulta que es tan fácil?

Una expresión atormentada cruzó el rostro de Juha, haciéndolo parecer viejo.

—Ya casi no puedo entrar en el pueblo. No soporto ver gente, menos aún ir allí y coger el dinero. Por eso es mejor darles la oportunidad a talentos más capaces como vosotros. Sé que podéis hacerlo.

—Te has quedado sin dinero, ¿verdad?

—No, joder. No paso ninguna necesidad. Es solo que estoy muy harto de Vidar Björnlund, ese tonto ya ha causado demasiados estragos. Y va siendo hora de que aprenda una o dos lecciones.

Juha clavó los ojos en Liam e hizo como si pasara el cuchillo por su propio cuello. Parecía cómico, pero Liam sintió una sacudida en la columna vertebral. Observó a Gabriel, vio un nuevo brillo en su rostro y supo que él ya se había decidido, no hacía falta mucho para despertar su ambición. El sueño constante de conseguir dinero rápido. Él no estaba tan convencido. Vio a Vanja en su cabeza, todos los sueños que había tejido para ella incluso antes de que naciera. Sueños de una vida normal: una casa con varias habitaciones, superficies limpias libres de vergüenza. Pensó en la incubadora en la que ella pasó días después de nacer, un bulto ciego con tubos conectados a cada orificio mientras las drogas corrían alrededor de su cuerpecillo. Él no podía tocarla, solo mirarla allí luchando. Esa era la imagen que siempre lo animaría a seguir adelante.

—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Liam.

—¿A qué te refieres?

—Nos cuentas esto porque quieres algo a cambio, ¿no?

—No quiero una mierda de vosotros dos. Lo único que quiero es ver a Vidar Björnlund de rodillas, de una vez por todas. Quiero verlo perder una fortuna que, para empezar, nunca debería haber sido suya.

Liam empujó la silla hacia atrás y se levantó. Juha se quedó mirándolo fijamente, mientras sopesaba el cuchillo en la mano.

—¿Y estás seguro de que hay una caja fuerte?

—Tan seguro como lo estoy de que el sol se levanta por la mañana y se pone por la tarde. Esperad y veréis.

Juha desapareció en la oscuridad, les dio la espalda y empezó a rebuscar en un cofre que había en el suelo. Blancos velos de polvo revolotearon a su alrededor, cosquilleándoles la nariz. Finalmente, soltó un ligero gruñido y levantó algo en el aire: un papel amarillento marcado por las huellas del tiempo y de unos dedos grasientos. Con un gesto triunfal dejó el papel sobre la mesa, en medio de ambos.

—¿Qué es esto?

—Tenéis ojos para ver, ¿no? Es un mapa.

Parecía un plano algo chapucero: entrada, cocina y dormitorio dibujados con tinta temblorosa. Puertas y ventanas cuidadosamente marcadas, flechas negras que conducían al dormitorio. Allí, en una de las esquinas, alguien había trazado una gruesa cruz negra. Juha se inclinó sobre la mesa y clavó el cuchillo en medio de la cruz con tanta fuerza que el mango se quedó vibrando.

—Ahí la tenéis —dijo—. La respuesta a vuestros sueños.


Liv tomó el café de pie junto al fregadero para evitar sentarse al lado de su padre. Vidar estaba mirando fuera a través de la ventana en busca de señales de vida a lo largo del solitario camino de grava. Iba vestido con ropa de abrigo y llevaba el cuchillo en el cinturón, a pesar de que las manos ya casi no le permitían usarlo. No miraba nunca la televisión, no leía ningún libro, no hacía crucigramas ni apostaba en las carreras de caballos. Sus días consistían en tomar café y controlar lo que pasaba en el pueblo. Aunque se negaba a hablar con los vecinos, quería saber lo que hacían. Los mantenía bajo la misma vigilancia despiadada que a su propia familia. Al viejo no se le escapaba nada, sus ojos borrosos seguían viéndolo todo.

Liv no dijo nada de la botella que había encontrado en la habitación de Simon. De todos modos, Vidar ya lo descubriría en su momento.

Un coche bajó por el camino, Vidar se levantó tan deprisa que le crujieron las articulaciones, y estiró el cuello con curiosidad.

—Ya ves, ahora ha salido Karl-Erik, se pasa el día yendo y viniendo. No sé por qué no le quitan el permiso de conducir a ese hijo de puta.

—Siéntate y deja de mirar.

—Nunca está sobrio el tiempo suficiente como para conducir un coche, acabará atropellando a algún infeliz.

Liv miró el camino de grava embarrado, el sol se reflejaba en el agua del deshielo. Oyó alejarse el coche de Karl-Erik por la carretera principal. Sabía que la aversión que Vidar sentía hacia los vecinos tenía que ver con la soledad; ya no sabía cómo acercarse a la gente, su cercanía lo asustaba, lo volvía venenoso.

—La motosierra está estropeada —dijo ella.

—Ah, ¿sí?

—No pienso cortar toda la leña a mano.

—El chico puede ayudarte. Algo tendrá que hacer con todos esos músculos que ha echado.

Vidar masticaba despacio la rebanada de pan. Por la mañana ponía solo mantequilla, el embutido tenía que esperar hasta el almuerzo. Liv se sirvió más café y observó el triste montón de madera allí fuera. El mango del hacha de color rojo sangre era como un grito de terror en medio de la grisura. La motosierra formaba parte de las cosas innecesarias, así que si quería una nueva tendría que comprarla ella. Un hombre que no se permitía tomar una loncha de queso tampoco se iba a permitir comprar una motosierra nueva.

Vidar acarició el periódico que tenía delante con la mano llena de callos; los anuncios de casas que su hija había marcado con un círculo rojo le devolvían la mirada. Marcaba las casas con un círculo rojo por él, para que viera que el chico y ella estaban a punto de marcharse. Al principio, muchos años atrás, al viejo la había alarmado, pero ahora era algo de lo que se burlaba.

—No querrás vivir en la ciudad. No hay más que gases contaminantes, basura y gente ojerosa. Aquí al menos se pueden ver las estrellas por la noche.

Cuando él se levantó para ponerse más café, ella se refugió en el baño. Orinó en la taza oxidada y después puso las manos durante un buen rato en el lavabo agrietado. El espejo también estaba roto, una telaraña de grietas en la esquina izquierda. Liv evitó encontrarse con su cara en el espejo; la boca cansada y los ojos tristes la hacían sentirse más cansada y más triste todavía. No era solo la casa la que estaba a punto de desmoronarse, su rostro también estaba lleno de arrugas. Oyó a Vidar tarareando en la cocina. Él era el viejo, él era quien debería pensar en la muerte; sin embargo, solo era ella quien lo hacía. Todos los días pensaba que ya faltaba poco, que tenía que aguantar unos años más. Luego empezaría la vida.

Cuando volvió a la cocina, Vidar estaba sentado de nuevo en su silla. Era como si existiera un acuerdo tácito entre ellos: tenían que bailar todo el tiempo el uno alrededor del otro. Si uno estaba sentado a la mesa, el otro se quedaba de pie al lado del fregadero; si uno se movía por el suelo, el otro se quedaba quieto, casi como si la casa no pudiera soportar demasiados movimientos al mismo tiempo. Aunque habían vivido bajo el mismo techo desde el día en que ella nació, la distancia que los separaba no había hecho más que crecer.

Un quad bajó por el camino y Vidar se escondió detrás de la cortina. Una cazadora reflectante de motorista apareció entre los pinos.

—Mira qué gilipollas —dijo—. Ahora Modig se ha comprado otro juguete. El tipo no tiene ni un céntimo en el bolsillo, pero cacharros nuevos no le pueden faltar.

—¿Cómo sabes que es nuevo?

—¡Tengo ojos en la cara! El viejo era negro, este es rojo.

Liv se acercó a la ventana. Douglas Modig se había detenido junto a la barrera del camino y estaba levantando la mano. Ella le respondió con otro saludo.

—Tal vez le pida prestada la motosierra —dijo—, hasta que compremos una nueva.

Vidar comenzó a toser, las flemas le dificultaban la respiración.

—¡Y una mierda! —dijo cuando se recuperó—. No quiero ver a ese fantoche en mi finca. Antes, preferiría cortar la leña yo mismo.

Un poco más tarde, ella volvía a estar delante del tajo. El fuerte sol primaveral le hizo cerrar los ojos antes de levantar el hacha y, cuando cayó, era la cabeza del padre lo que estaba cortando.

VERANO DE 1998

La chica camina por la carretera llena de baches. El sol quema y los pinos desprenden un aroma fuerte con el calor. Los tábanos han echado a los renos fuera del bosque y, al parecer, estos la observan con curiosidad mientras avanza por la carretera. Levantan orgullosamente sus cornamentas hacia el cielo y ella se siente segura en su presencia. Finge que pertenece a la manada. Lleva puesto un vestido blanco que se mueve como una flor al viento y le acaricia las piernas con suavidad. Cuando se acerca un coche, ella se esconde en la cuneta y se agacha allí hasta que puede distinguir el color y la marca. Solo entonces se levanta y extiende una mano.

Un viejo Mercedes frena con un chirrido brusco en medio del silencio. Los renos se mueven impasibles sobre la línea central, puede que él haya parado por ellos. Pero el hombre que va al volante le pide con la cabeza que se acerque. Ella se sacude los restos del bosque del vestido y camina hacia la ventanilla que tiene el cristal bajado. Los ojos de él se ocultan tras unas grandes gafas de sol y todo lo que ella ve es su propia imagen reflejada: el cabello despeinado y la boca tratando de sonreír.

—¿Adónde vas? —pregunta él.

Ella se encoge de hombros.

—A cualquier sitio.

Él esboza una sonrisa cuando ella se sienta. Una pulgarada de tabaco snus le brilla debajo del labio. El coche huele a tabaco y a sudor, y el asiento le quema el dorso de los muslos desnudos. A los hombres les gusta que ella no dé respuestas directas, les parece emocionante. Ella casi puede ver cómo se excita cuando la mira de reojo.

El tipo arranca y maniobra con cuidado entre los renos. El aire que sale por las rejillas de ventilación es deliciosamente fresco; ella saca una mano por la ventanilla y la deja navegar, extendiendo los dedos contra el viento. La chica tiene un ojo puesto en el espejo retrovisor todo el tiempo para asegurarse de que no los sigue nadie.

—¿Así que no vas al pueblo a encontrarte con algún chico?

Ella niega con la cabeza. El pueblo está demasiado cerca, ella quiere ir más lejos. El hombre respira pesadamente.

—Eres muy guapa —dice él—. ¿Vas a bailar?

—No.

—Hacía mucho tiempo que no llevaba a una chica tan guapa en el coche, que lo sepas.

—¿Tienes un cigarrillo?

Pero solo tiene snus, tabaco sin humo. Ella coge la caja que él le tiende, amasa una buena pulgarada y se la coloca debajo del labio. Él ríe de nuevo, con esa risa nerviosa que les suele dar. Eso es precisamente lo que más le gusta de los hombres, que los asusta un poco. Que la miran como a un animal capaz de cualquier cosa. Algo peligroso.

Luego vienen las preguntas. Él quiere saber cómo se llama, dónde vive, quiénes son sus padres.

—Eso no importa —dice ella, sin más.

La sonrisa de él desaparece. Cuando cruzan el pueblo, la chica se hunde en el asiento. Todo florece y verdea, el sol brilla en el lago y la risa de la gente penetra a través de los cristales sucios. Ella se pregunta si él parará, pero no lo hace, solo cruza por delante de los abedules relucientes y las tiendas.

—¿Quieres un trago? —pregunta él, señalando con la cabeza hacia la guantera.

Allí hay oculta una botella sin etiqueta. Ella desenrosca el tapón y el vapor del alcohol es tan fuerte que le lloran los ojos. Da un par de tragos generosos y ahora el tipo ríe una vez más. Pero él no va a beber nada, está conduciendo. Vuelven a encontrar renos, y esta vez él pasa el brazo alrededor del asiento de ella mientras esperan a que se dispersen los animales. Él no maldice ni les toca la bocina.

—A pesar de todo, son sorprendentemente bonitos, ¿verdad? —dice él.

Eso lo decide todo. Ella extiende la mano y le acaricia la mejilla. Él no ha sido cuidadoso con la maquinilla de afeitar y algunos pelos de la barba le rascan la palma de la mano. Al principio, él se estremece bajo su caricia, como si le asustara, pero cuando la mira le brillan intensamente los ojos. Aparecen manchas oscuras de sudor en su camisa.

—¿Quién eres realmente?

—Solo una chica.

Así es como ella responde siempre. «Solo una chica». Porque es muy agradable no ser nadie en absoluto, poder borrar todo lo que le oprime la boca del estómago y empezar de nuevo. No siempre funciona, pero en ese momento —cuando ve brillar la inquietud en los ojos del hombre—, siente como si su cuerpo se elevara del asiento. La bebida también ayuda, la hace flotar, ligera. El hombre posa su áspera mano en los muslos de ella y sus dedos trepan cada vez más arriba por debajo del vestido. Ella tira el tabaco y abre un poco las piernas. Eso es lo quieren siempre, los hombres. Eso le da una sensación de seguridad, los hombres nunca sorprenden.

Aparcan en un área de descanso, y entonces aparece un coche de la nada. Los neumáticos levantan remolinos de polvo cuando da un frenazo y la grava sale disparada como una lluvia de metralla contra la chapa del Mercedes. El que está a su lado maldice y busca a tientas sus vaqueros. Ella no encuentra el vestido. Se ha perdido en el asiento trasero, entre las pieles de reno y una caja con útiles de pesca. Ella solo lleva las bragas cuando su padre tira de la puerta y la saca del coche.

—¿No ves que es solo una niña? —le grita al hombre—. ¡No tiene edad, podría meterte en la cárcel por esto!

El hombre parpadea, le arde la cara tras el volante. Parece un arándano rojo cuando su padre se la lleva. Los dedos de su padre le escuecen en la piel cuando él la arrastra por la grava y la mete en su coche. Él le grita, ella ve cómo mueve los labios y siente las salpicaduras de saliva en las mejillas, pero las palabras no la alcanzan. Sus oídos se han cerrado. Tan pronto como se cierra la puerta, le empieza a picar todo el cuerpo.

Liv se ató las zapatillas deportivas y encadenó a la perra para que no la siguiera por el bosque. El aire sabía a agua de deshielo y el suelo se embarraba y le salpicaba los pantalones. Cuando llegó a la escuela del pueblo arriba en la cima, se detuvo y posó las manos en los muslos. Le ardían los pulmones y tenía un sabor agrio en la boca. Abajo en el valle se vislumbraba el lago, agua negra allí donde había desaparecido el hielo. Liv giró la cabeza para mirar la escuela abandonada. Se había roto un cristal de la ventana y la tela amarillenta de una cortina ondeaba afuera entre los fragmentos. El edificio debía ser demolido, pero nadie quería pagarlo. El anuncio de la finca había salido varias veces en la página web de Blocket sin que nadie hubiera mostrado interés. Lo más probable era que el propio bosque acabara recuperando la madera. Siguió corriendo, pasando de largo por delante de las granjas de los vecinos, hasta que solo quedaron los abetos, un viejo bosque denso que tardaría más en soltar la nieve. Liv no paró hasta que vislumbró la casa; la última granja de Ödesmark estaba tan lejos del pueblo que casi no formaba parte de este. Se detuvo en la espesura, indecisa. Las paredes de la casa parecían celestialmente blancas frente al bosque gris, las hojas viejas estaban rastrilladas en montones ordenados y había dos perros tumbados como charcos oscuros en la hierba. Si notaron su presencia, no dieron muestras de ello, no tuvieron energía suficiente para levantar la cabeza hasta que ella comenzó a moverse hacia la casa. Entonces golpearon el suelo con la cola al mismo ritmo que el corazón de ella. Liv se agachó y les acarició el áspero pelaje antes de subir a la terraza. Al principio, los perros siempre le ladraban, pero ahora se habían acostumbrado, ahora sabían que ella no quería hacer daño a nadie.

No se molestó en llamar, se limitó a dejar los zapatos en el porche y se recogió las perneras de los pantalones antes de entrar. El sudor le cosquilleaba la espalda mientras se deslizaba a través de las habitaciones en penumbra. La casa había pertenecido a una anciana viuda y todo cuanto había allí dentro hablaba de tiempos pasados: maderas oscuras, terciopelo sintético y manteles de ganchillo. La cama del dormitorio tenía un faldón sobrecargado donde se acumulaba el polvo, y lo único que parecía fuera de lugar en la casa era el hombre que dormía allí. Liv pudo adivinar el contorno del cuerpo bajo el edredón y la sombra de su cabello esparcida sobre la almohada. El aire de la habitación estaba cargado de sueño y de calor humano. Liv se quitó el jersey y los pantalones, se lo quitó todo antes de meterse en la cama al lado del hombre dormido.

Sus manos fueron las primeras en despertar y comenzaron a palpar la piel de ella, como si hubiera perdido la vista durante la noche y tuviera que asegurarse de que era Liv. Él olía intensamente a madera y a alquitrán, y la cama de la viuda crujía de un modo preocupante cada vez que sus cuerpos se movían el uno contra el otro.

Después, mientras él encendía un cigarrillo, ella se quedó mirando la cabeza de alce que sobresalía en la pared de enfrente. Le pareció vislumbrar un reproche en los brillantes ojos de porcelana.

—¿Sabías que ella murió en la cama?

—¿Quién?

—La viuda Johansson, la que vivía aquí.

Él le pasó el cigarrillo.

—La verdad es que he cambiado las sábanas.

Soltaron carcajadas de humo blanco hacia el techo manchado, se rieron hasta que se les saltaron las lágrimas y los perros comenzaron a ladrar fuera de la ventana.

—¿Tienes hambre? ¿Preparo algo de comer?

—¿La comida también ha estado aquí desde 2008?

—No, es reciente.

La cama crujió a modo de protesta cuando él se levantó. En realidad, era un milagro que pudiera soportarlo, que no se derrumbara bajo su peso. Ella se quedó fumando en silencio mientras él empezó a hacer ruido con los cubiertos y la porcelana al otro lado de la pared.

La primera vez que ella lo vio, la aurora boreal crepitaba sobre el pueblo. El hombre había conducido durante todo el día y se le notaba que venía del sur, no llevaba ropa adecuada. Apareció allí tendiendo la mano, vestido solo con una sudadera con capucha y unas zapatillas deportivas. Liv había preparado café y Vidar le había dado la llave de la casa de la viuda Johansson, una casa que Vidar adquirió por cuatro perras antes siquiera de que el cuerpo de la viuda hubiera tenido tiempo de enfriarse en su tumba. Liv suponía que, más que el interés por la casa en sí, había sido su necesidad de control la que lo había llevado a comprar aquel chamizo, porque había permanecido vacío durante casi diez años.

Nadie había querido saber nada de la casa hasta que apareció Johnny Westberg. Así se llamaba, el hombre con el que ella se acostaba ahora. Tenía cuarenta y dos años y le habían dado trabajo en la serrería del pueblo de al lado. La primera vez que se encontraron, él había respondido con vaguedades a todas las preguntas. Cuando Liv le preguntó si vivía solo, él se limitó a señalar con la cabeza el coche, donde había dos bestias negras que jadeaban en la ventanilla aquella noche de invierno.

—Tengo a los perros.

Quizá ella supo ya entonces que acabaría en la cama de la viuda Johansson unas pocas semanas después. Quizá Vidar también se lo imaginó, porque, cuando Johnny se alejó con el coche dejando tras de sí una nube de nieve, se volvió hacia Liv con gesto severo.

—Mantente alejada de este.

—¿Por qué?

—Porque no se puede fiar uno de él, lo veo a simple vista. Oculta algo.

Liv apagó el cigarrillo y se levantó de la cama. Se volvió de espaldas a la cabeza de alce mientras se vestía. En la cocina se agitaban las llamas de las velas sobre el hule de la viuda, y Johnny había puesto encima de la mesa dos cervezas y un plato con queso y salchichas. Aun así, ella no podía sentarse a la mesa.

—No quiero nada.

—Pero ¿podrás quedarte un momento?

—Es tarde. Tengo que irme a casa.

La cara de él parecía triste a la luz de las velas, hizo que ella se avergonzara y se jurara a sí misma que aquella sería la última vez. Antes de que los descubrieran y todo el vecindario comenzara a hablar. Antes de que Vidar se enterase de todo y lo echara del pueblo. Se dirigió a la entrada y a los perros, que aullaban en el exterior. Mientras se ataba los zapatos sintió que la mirada de él le quemaba la piel, y cuando se enderezó e intentó esbozar una sonrisa no obtuvo respuesta. Se preguntó qué pasaría si ella apareciera con él en casa de Vidar, cogidos de la mano, y se lo presentara a su padre como su pareja. Trató de imaginarse la reacción de Vidar, lo que diría. Pero no pudo; era imposible.


La noche la envolvió con su fría túnica mientras se acercaba sigilosamente a Björngården. Liv ya deseaba volver al hombre y al calor. Con pasos silenciosos se deslizó entre las sombras que rodeaban el granero y la leñera. Se detuvo en la puerta del garaje. En el tendedero revoloteaba un vestido que ella no había usado desde hacía muchos años, la tela blanca como un fantasma. La visión hizo que la oscuridad palpitara a su alrededor. Corrió hacia el tendedero y arrancó el vestido tirando de él tan fuerte que toda la cuerda se movió y las pinzas de la ropa volaron por el suelo. Rasgó la ligera tela en tiras que dejó caer en el contenedor de la basura, introdujo la mano y lo revolvió todo para asegurarse de que cualquier tentativa de rescate resultara imposible.

Él estaba sentado en la oscuridad cuando ella entró por la puerta. Sintió su olor antes de verlo, el linimento y los vapores de su alcohol de destilación casera. Sobre la mesa ardía una vela, pero él estaba fuera de su resplandor, acurrucado entre las sombras como un fantasma.

—¿Qué haces aquí sentado?

—Te estoy esperando.

—Estamos en medio de la noche.

—Estoy aquí con tu madre pensando en lo endiabladamente parecidas que sois las dos.

Liv se adentró un par de pasos en la cocina. Sus ojos se detuvieron en la fotografía que había sobre la mesa, vislumbró la sonrisa de su madre bajo la luz centelleante, sintió que la invadía el vértigo y las piernas se le volvieron tan inestables que tuvo que sentarse. Se hundió en la oscuridad, enfrente de Vidar; ambos mantuvieron el rostro fuera de la luz, para no verse. Solo cuando bebía hablaba de Kristina, la madre. Durante la borrachera, ella volvía a estar viva. Entonces él podía verla y oírla, el alcohol hacía que le pusiera voz a todo lo que ella habría dicho si se hubiera quedado. Si hubiera vivido.

—Mamá está muerta —dijo Liv.

Pero las palabras solo revolotearon alrededor de él, mudos aleteos que desaparecieron fuera en la noche; resultaba demasiado fácil quitárselas de encima. Vidar echó más bebida, empujó el vaso sobre la mesa y la animó a tomar un trago. Sus ojos eran como piedras calientes a la luz de la llama.

—¿Sabes lo que me dijo antes de casarnos?

—No hables tan alto, vas a despertar a Simon.

—No dejes que la oscuridad me lleve —dijo—. Asegúrate de que siempre tenga la cabeza por encima de la superficie. No dejes que me hunda, haz lo que tengas que hacer.

La bebida le había suavizado la voz, las palabras fluían como una canción dulce, transmitiéndole oleadas de escalofríos que corrían a través de su cuerpo. Liv se llevó el vaso a la boca, contuvo el aliento y se lo bebió todo de un trago. Una llama en su garganta que le prendió fuego al estómago.

—Fui yo quien la dejó preñada —continuó Vidar—. Fui yo quien se empeñó en tener hijos, aunque debería haber comprendido lo que eso supondría para ella.

Le temblaba la barbilla, se le caían los mocos. Liv tenía la mirada fija en la luz de la vela; deseaba estar en otro lugar, donde fuera, pero no allí. Quería decirle: «Cállate, no quiero oír más», pero continuaba allí sentada, sin poder hacer nada, sintiendo cómo él deslizaba la culpa negra sobre la mesa y se la depositaba a ella sobre los hombros. Era un peso inmenso con el que cargar.

—El día que naciste, ella estaba sentenciada. Desapareció dentro de sí misma, no quería saber nada de nosotros. Los médicos me dijeron que debía tener paciencia, que ella mejoraría, pero no mejoró. Ya estaba perdida. Habría sido igual si hubiera muerto de parto.

Las palabras caían de su boca como piedras, resonando como un eco dentro de ella. Había oído demasiadas veces las verdades que escapaban de la boca del viejo cuando bebía, y sin embargo nunca perdían su fuerza. Saber que era culpa suya que su madre estuviera muerta. «Suicidio como consecuencia de la psicosis posparto», ponía en el historial médico. Parto era la palabra clave, allí era donde residía la culpa. Era ella quien tenía que cargar con esa culpa, a pesar de que solo tenía unos meses.

Vidar se estiró para coger la pipa; llenó el cuarto con sus chupadas. El llanto lo había abandonado y dado paso a una especie de calma, casi una satisfacción, ahora que le había recordado a ella cuál era el estado de las cosas. La vida que llevaban sobre su conciencia.

Liv agarró el cuello de la botella y, en un intento de calmar el temblor de las manos, llenó el vaso a medias y bebió de tal manera que el líquido le corrió barbilla abajo.

—Tú no lo ves —dijo Vidar—, pero llevas dentro la misma oscuridad que tu madre. Veo cómo te atormenta y te atrae, cómo intenta engañarte para que abandones este mundo.

—No sé de qué estás hablando.

—No puedo obligarte a que te quedes más tiempo, eres mayor para eso. Pero no voy a quitarte los ojos de encima, que lo sepas. No mientras viva. No te voy a permitir desaparecer en los brazos de ninguna de esas bestias a las que acudes corriendo por las noches. Antes prefiero morir.

Se inclinó sobre la mesa para que ella pudiera verlo mejor, los contornos flácidos de su cuerpo envejecido. La soledad de su mirada se le clavó en lo más profundo, lo que agitó todo cuanto ella prefería reprimir. Giró la cara hacia la ventana, hacia el exterior, hacia la noche. Cuando era más joven, la oscuridad que reinaba allá fuera la ahogaba, pero ahora podía desaparecer en ella, refugiarse. Vio su propia cara en el cristal, la niña desdichada que se escondía allí, que le suplicaba.

La llama de la vela parpadeó al ritmo de sus movimientos cuando ella se levantó. El alcohol ya había alcanzado la sangre y sus pasos eran inseguros. Solo cuando se volvió de espaldas a él se atrevió a protestar.

—Yo no soy Kristina.

Apenas había llegado al umbral de la puerta cuando algo se hizo pedazos detrás de ella. Se dio la vuelta y el vaso estaba hecho añicos en el suelo. Vidar daba manotazos a tientas en el aire, buscándola.

—Si me dejas, no sé lo que hago.


Ella estaba tumbada entre las sábanas frías y oyó sus pesados pasos en la escalera. Su respiración silbó al otro lado de la puerta. Ella contuvo la respiración y esperó, deslizó una mano debajo del colchón en busca del cuchillo. Se entreveía su sombra por la rendija de debajo de la puerta, los pies inquietos que querían entrar en la habitación. Se le contrajeron todos los músculos del cuerpo. Vio que él tocaba la manija, suavemente al principio y a continuación con tal vehemencia que la puerta tembló en el marco. Tenía la piel sudorosa cuando apretó el cuchillo contra el pecho, con las dos manos aferradas al mango. Pero la cerradura no cedió y ella lo oyó soltar la manija con un gemido prolongado. Él se quedó inmóvil al otro lado de la puerta, solo e inquieto en medio de la noche. Pasó mucho tiempo antes de que la dejara en paz. Antes de que ella se atreviera a cerrar los ojos.


Vanja extendió mermelada de mora de los pantanos en la tortita con meticulosa precisión. Luego hizo lo mismo con la nata, antes de enrollar la crujiente tortita con cuidado para que no se saliera nada por los extremos. Se puso un buen bocado en la boca y le dedicó una mueca.

—La abuela dice que tienes que buscar una casa. Dice que no se puede vivir en un garaje.

Liam puso un poco de mantequilla en la sartén y la volvió a llenar con la mezcla para las tortitas.

—La abuela tiene razón —contestó—, en el garaje solo deberían vivir los coches. Pero voy a construir una casa nueva para ti y para mí, ya lo verás.

La mermelada brillaba en los labios de Vanja.

—¿La podemos pintar de verde? —preguntó.

—¿De verde?

—Sí, como la aurora boreal.

Liam dio la vuelta a la tortita con un movimiento rápido y le sonrió.

—Claro que lo haremos. Nuestra casa va a ser verde aurora boreal.

Ella sonrió con una sonrisa desdentada, esa sonrisa que hacía que todo se estremeciera y cantara dentro de él. Como los hielos en pleno invierno o en primavera. Él había vivido en la parte superior del garaje del tractor desde los diecisiete años. Sobre todo, para librarse de su madre y de los perros. El sofá cama quedaba encajado a un lado, cuando estaba abierto, y la cama ocupaba la mayor parte del espacio. En el otro lado había una placa de cocina, una nevera y una mesa de cocina para dos personas. La única ventana que había dejaba pasar la corriente y daba al cercado de los perros. Los ladridos y los aullidos lo arrancaban del sueño casi cada amanecer. Y además estaba el olor a gasolina que se filtraba por las tablas del piso. No era un lugar para que creciera un niño. Vanja necesitaba su propia cama, su propia habitación. Y era él quien se las iba a proporcionar. En eso era en lo único que pensaba realmente. En construir un hogar para ella.

Acababan de comer la última tortita cuando se abrió la puerta y apareció Gabriel. Una gorra le aplastaba los rizos alborotados, y debajo de la visera su cara era una masa de sombras oscuras. Vanja salió corriendo a su encuentro y él levantó del suelo su cuerpo ligero como una pluma y la sentó en sus hombros. Ella lo agarró de las orejas y se echó a reír. El techo era tan bajo que parecía que fuera a darse un golpe en la cabeza de un momento a otro. Liam se volvió y escuchó sus charlas amorosas.

—¿Cómo está hoy la mocosa?

—¡Yo no soy una mocosa!

—Claro que lo eres. ¡Toda tú eres verde moco!

Vanja se rio tan alto que los perros empezaron a ladrar en el patio. Gabriel solo tenía que abrir la boca para que ella se riera. Solo tenía que mirarla.

Liam levantó el teléfono y tomó una foto, captó sus risas sin que ellos lo notaran. Así era como mejor salían siempre. Luego sacó una Coca-Cola de la nevera y se la puso delante a su hermano. Gabriel se sentó en una de las sillas de cocina con Vanja en las rodillas, peinando su largo cabello alborotado con dedos torpes.

—¿No tienes cerveza?

—No son ni siquiera las diez.

—Pero es sábado, se podrá tomar cerveza, ¿no? —Acercó su cara a la de Vanja—. ¿Qué dices tú, mocosa? ¿A que uno sí puede permitírselo el fin de semana?

Vanja asintió con la cabeza. Ahí estaba ella. Liam volvió a colocar la Coca-Cola en la nevera y en su lugar sacó una cerveza Norrland. Apoyó la espalda contra el frigorífico y se quedó mirándolos mientras Gabriel abría la cerveza y le ofrecía un trago a Vanja, que ella rechazó arrugando la nariz. Liam apretó los puños debajo de las axilas y se clavó las uñas con tanta fuerza contra las palmas de las manos que le dolía la piel. No sabía de dónde le venía la rabia, solo sabía que tenía algo que ver con Vanja. Vanja y su hermano. No quería que Gabriel le contagiara a ella su visión distorsionada del mundo. Toda aquella palabrería acerca de que el cerebro humano necesitaba anestesiarse con sustancias, porque, de lo contrario, al final uno acababa perdiendo el juicio. «Los seres humanos siempre han tomado drogas —solía decir Gabriel—, de lo contrario no habríamos sobrevivido».

Gabriel dio un par de generosos tragos y ahogó un eructo. Toqueteó un cigarrillo, pero sabía que no debía encenderlo. Liam sacó papel de dibujo y pinturas para Vanja. Le pidió que dibujara la casa que iban a construir, la casa de color aurora boreal. Por encima de la cabeza de la niña se encontró con la mirada de su hermano.

—¿Por qué has venido?

—¿Es que acaso tiene que haber un motivo especial? Solo quería ver un rato a mi sobrina.

—Lo que yo veo es que quieres algo.

Gabriel sonrió burlón, se quitó la gorra y se pasó la mano por el cabello antes de volvérsela a poner. La piel de su rostro tenía un aspecto enfermizo a la luz del tubo fluorescente, como si no viera nunca el sol.

—No puedo dejar de pensar en el viejo.

—¿En qué viejo?

—En el de Ödesmark.

Liam miró a Vanja allí sentada, inclinada sobre el papel. Ella alternaba una pintura azul y una verde, se chupaba el pulgar y mojaba el papel para mezclar los dos colores. Justo como él le había enseñado.

—Ya hablaremos de ello más tarde.

Se produjo una sacudida alrededor de los ojos de Gabriel.

—Sé que necesitas dinero —dijo— para poder salir de esta ratonera de una vez por todas.

—No me fío de Juha.

—Ni yo tampoco, pero no está de más ir a echar un vistazo.

Liam permaneció en silencio en el rincón. Era cierto que necesitaba dinero: la plantación nunca había producido mucho, y la otra mierda tampoco. Ese era el problema con el dinero rápido, que desaparecía tan deprisa como había llegado. Un viento fuerte de primavera empezó a arañar las paredes e hizo callar a los perros. Él se sirvió café y miró por la ventana. El bosque peleaba contra el viento. Uno de los perros —una perra— olfateaba el aire. El pelaje se le movía formando olas con el viento. Los otros perros estaban tumbados y escondidos en sus casetas, solo la perra parecía impasible ante la tormenta que se acercaba.

—¿Qué dices? —continuó Gabriel—. ¿Vamos a dar una vuelta?

Liam sorbió el café frío; hizo una mueca al notar su sabor amargo. Siguió con la mirada a la perra que parecía una reina allí fuera, en la tormenta, quieta e impasible, como si nada pudiera con ella. El viento sopló a través de él, llevando consigo una advertencia que hizo que se le erizara el vello de los brazos. Miró a Gabriel y luego miró a su hija, que seguía concentrada en el dibujo.

—Está bien —dijo finalmente—. Podemos ir a reconocer un poco el terreno.

La sonrisa de Gabriel le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Vio que su hermano bajaba a Vanja de sus rodillas y se levantaba. La lata de cerveza vacía se tambaleó sobre el tablero de la mesa.

—Dame un beso, mocosa, que me voy.

Vanja frunció los labios y los puso contra los de su tío.

—Te llamaré cuando sea la hora —le dijo, mirando fijamente a Liam.

Cuando la puerta se cerró de nuevo, Liam se dejó caer junto a la mesa, agotado de repente. Sus ojos se posaron en el dibujo de Vanja. En una esquina había dibujado un sol que lanzaba sus largos rayos hacia una casa grande de color verde azulado. En la puerta había dos figuras sonrientes cogidas de la mano. Vanja siguió su mirada y le indicó:

—Somos tú y yo, papá. Y esta es nuestra casa.


La puerta de Simon siempre estaba cerrada. Solo la luz azul del ordenador se filtraba fuera, hacia ella. A Liv le gustaba pegar la oreja a la madera fresca y escucharlo desde allí, al otro lado. Los dedos del chico cuando pulsaban el teclado, sus ronquidos sordos cuando dormía, o esa rítmica música rap que Vidar detestaba. A veces, él se reía detrás de la puerta, se reía de tal manera que su risa era contagiosa. Ella no sabía de qué, si se trataba de una película o de alguno de sus amigos secretos al otro lado de la pantalla. Vivían en todas partes, esos amigos suyos, lejos, por todo el mundo. La sola idea le daba vértigo. Ella comprendía que era su manera de alejarse, el chico podía viajar a donde quisiera sin salir nunca de la habitación.

Cuando llamó a la puerta, se hizo el silencio. Esperó con el resuello en la garganta hasta que él le dijera que podía entrar. En cuanto entreabrió la puerta, la envolvió una bocanada de aire frío proveniente de la ventana abierta.

—¿No tienes frío?

—No.

Una película japonesa de dibujos animados aparecía pausada en la pantalla del ordenador. Simon siempre había soñado con viajar a Japón, hablaba de ello desde que iba a primaria. De las ganas que tenía de ver florecer los cerezos y de comer sushi de verdad. «Yo no voy a ser como tú —solía decir—. No voy a vivir en Ödesmark toda la vida. En cuanto cumpla los dieciocho me largaré».

La miró con impaciencia.

—¿Qué quieres?

Liv sopesó sus palabras en el umbral. «Haz las maletas —le habría gustado decirle—. Nos largamos a Japón».

Pero todo cuanto fue capaz de hacer fue encogerse de hombros. Echó una ojeada debajo de la cama, donde había encontrado la botella de alcohol, pero había muy poca luz para ver si estaba allí. Simon siguió su mirada.

—No hace falta que te pongas pesada, le he devuelto la botella a mi amigo.

—¿Quién es tu amigo?

—Una chica, sin más.

—¿Una chica?

—Mmm.

Liv pudo observar cómo se le encendía la cara. Lo cual le hizo pensar que Vidar tenía razón en sus conjeturas, como de costumbre; a él no se le escapaba nada.

—¿Es alguien que conozca?

—Tal vez.

La sonrisa maliciosa que se dibujó en sus labios la hizo estremecerse. Alegría e inquietud, como olas eléctricas bajo su piel. Habían pasado diecisiete años, pronto él ya no estaría allí sentado, pronto la abandonaría. Por Tokio y por las islas de Lofoten o por cualquiera de esos lugares de los que hablaba. Liv entró en la habitación, cerró la ventana y al volverse le acarició la cabeza.

—No le digas nada al abuelo —dijo él.

—Claro que no. Pero ¿no puedes decirme quién es?

Él negó con la cabeza, no quería decirlo. Liv no lo había visto nunca con una chica, no desde los primeros cursos de primaria, cuando ellas se limitaban a invitarlo a sus fiestas de cumpleaños. Él era como un muñeco en sus manos, callado y complaciente, les dejaba que le cepillaran el pelo y le pusieran vestidos. Todo para poder participar. Después los chicos eran despiadados con él.

Ella se detuvo en la puerta, rogándole con los ojos. Hubo un tiempo en que él se lo contaba todo, en el que su madre se sentaba en su cama escuchando la voz clara del niño con todas sus preguntas e ideas acerca del mundo, y entonces no existían muros ni distancia entre ellos. Liv se preguntaba cuándo habían surgido la distancia y los muros. De repente, habían aparecido allí.

—¿Por qué eres tan reservado?

—Y tú me lo preguntas.

Por un momento le pareció distinguir en su voz el tono sarcástico de Vidar.

—No soy yo quien se escabulle por el pueblo de noche.


La niebla se abría paso entre los árboles y convertía el camino en una trampa mortal. Liam dejó que el coche avanzara lentamente. Los renos habían regresado de los pastos de invierno y vislumbraba sus sombras entre los pinos, enjutos y con el tono azulado propio de cuando mudaban la piel. Gabriel iba a su lado con la vista puesta en el móvil, donde ampliaba una foto del plano que les había dado Juha, con su uña sucia planeando sobre la pantalla.

—¿De dónde crees que ha sacado el dibujo? —preguntó Liam.

—Lo habrá hecho él mismo. Dice que conocía al viejo, back in the day.

—No me sorprendería nada que todo esto fuera una majadería.

—Es posible, pero todo el mundo sabe que Vidar tiene pasta. Ese detalle no se lo ha inventado él.

Era cierto, todos conocían la historia de Vidar Björnlund, pero no había nadie que lo conociera realmente. Liam trató de recordar cuándo fue la última vez que vio al viejo; en su mente solo aparecía una cara borrosa tras el cristal de la ventanilla de un coche, una figura casi mística de la que todos hablaban pero que solo en contadas ocasiones se dejaba ver por el pueblo. Era huraño, casi un loco, se rumoreaba que solía levantar la escopeta de perdigones en cuanto alguien ponía el pie en sus tierras. Pero no siempre había sido así. De joven había sido ambicioso, había hecho un montón de negocios lucrativos con las tierras y había amasado una buena fortuna. Pero todo cambió cuando murió su mujer. Fue entonces cuando vendió los bosques y se retiró, dejó de hacer negocios. La versión oficial era que ella se había colgado de un árbol del jardín, pero decían que había sido el propio Vidar quien la había colgado. Que se le había ido de las manos.

Gabriel le pasó el porro.

—¿Quieres?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque se lo he prometido a Vanja.

Gabriel sonrió como si Liam hubiera dicho algo gracioso.

—Vanja todavía no sabe la diferencia.

—Claro que la sabe.

—No sé a quién tratas de engañar. Llevas cinco años diciendo que lo vas a dejar, pero no has hecho nada. Solo porque has sido padre te crees que eres mejor que yo, pero eres tan incapaz como siempre. Nunca lo dejarás, y cuanto antes te lo metas en la cabeza, mejor.

Gabriel hizo un gesto amenazante con el porro en el aire. Liam no tenía ganas de discutir, bajó el cristal de la ventanilla y se inclinó hacia fuera. El olor dulce de la marihuana se mezcló con el efluvio ácido del agua del deshielo. Pasaron por delante de un par de granjas donde había caballos en los prados embarrados moviendo las colas. Liam miraba con anhelo las casas de las granjas pintadas de rojo que brillaban en medio de la grisura con las esquinas y las barandillas de las terrazas de color blanco. Había pequeños árboles frutales con ramas nudosas donde se movían al viento unos columpios vacíos. Podía ver a Vanja allí, en uno de aquellos columpios con su sonrisa desdentada apuntando hacia el cielo. «Más rápido —gritaría ella—. ¡Más rápido, papááá!».

—Ahí está —dijo Gabriel, dándole un codazo.

—¿Qué?

—Ödesmark, cinco kilómetros, ¿no has visto la señal?

Liam miró de reojo el espejo retrovisor.

—No he visto nada.

—Estás demasiado ocupado con esas malditas ensoñaciones, salta a la vista.

Tuvieron que conducir casi dos kilómetros antes de encontrar un cruce para poder dar la vuelta. Dos cuervos posados en la señal que indicaba la dirección a Ödesmark giraron la cabeza hacia ellos cuando pasaron. Liam sintió un malestar que le revolvía el estómago. El camino estaba en pésimas condiciones: baches llenos de agua y roderas con barro que se pegaba a los neumáticos. A la izquierda se veía un lago sombrío; la niebla flotaba en capas finas sobre la superficie inmóvil. La primera casa que pasaron estaba abandonada, de espaldas al agua. En el tejado crecía un manto de musgo y los ladrillos de la chimenea yacían formando ruinas negras.

—¿Por qué iba a vivir un millonario en este agujero miserable?

—Porque es demasiado tacaño para mudarse a otro lugar —dijo Gabriel.

El camino estaba bordeado de abetos y abedules desnudos en invierno. Pertinaces montones de nieve asomaban bajo las faldas de los abetos, y el bosque humeaba y brillaba a la luz del amanecer. Estaban en una estación del año que favorecía sus propósitos, había una mayor probabilidad de que nevara sobre las huellas que dejaran o de que estas desaparecieran con el deshielo. Ningún día era igual que otro cuando el invierno y la primavera combatían entre sí.

A la izquierda se dejó ver entre los abetos otra casa deshabitada. Unas cortinas blancas colgaban en las ventanas y había tallos marrones trepando por las paredes. Los baches del camino le producían dolor de cabeza.

—Con el dinero que tiene podría vivir en cualquier lugar —observó Liam.

—La gente echa raíces. Cuando el dinero finalmente llega, puede que ya sea demasiado tarde; entonces uno está donde está.

—A veces juraría que te vuelves más lúcido cuando fumas.

Gabriel sonrió burlón.

—Ahí delante está. ¿Ves la barrera?

Liam redujo la velocidad. En el lado derecho el terreno era más elevado, y arriba, en la cima, se alzaba una casa pintada de rojo. Una barrera amarilla bloqueaba el camino de entrada e impedía el paso a personas ajenas. Había un buzón de chapa en un poste, unos regueros de cagadas de pájaro cubrían la placa con el nombre, pero no cabía duda de que habían dado con la casa. Allí era donde se escondía el tesoro, suponiendo que lo hubiera.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Liam.

—Ver si podemos aparcar abajo, junto al lago, y después nos acercaremos a pie.

Pasaron despacio por delante de dos granjas grandes antes de encontrar un par de roderas que conducían hasta el agua. El bosque crecía hasta la misma orilla y los árboles colgaban sobre el lago y rasgaban su brillante superficie con sus ramas. Algunas obstinadas placas de hielo formaban islas más adentro en el agua. Liam llevó el coche lo más lejos que pudo, tratando de camuflarlo entre los abetos.

—¿Y si ven el coche?

—¿Quién lo va a ver? Aquí no vive ni un alma. El viejo está rodeado de casas abandonadas.

Gabriel sacó los prismáticos de la guantera y salió del coche; Liam lo siguió de mala gana. Caminaron describiendo un amplio círculo y se acercaron a la casa desde el lado norte. No llevaban la ropa adecuada, la nieve estaba húmeda y pesada, y las zapatillas de deporte se les llenaron rápidamente de agua helada que les entumecía los pies. Liam quería protestar, pero Gabriel iba en ese momento mucho más adelante, tan terco e impávido como un perro de caza siguiendo un rastro. A unos cientos de metros de la casa se deslizó entre los abetos y levantó los prismáticos. Liam se colocó detrás de él y esperó su turno. La casa de Vidar Björnlund había visto sus días de gloria hacía ya mucho tiempo. Unas rayas descoloridas corrían paredes abajo, allí donde las estaciones habían levantado el color rojo, y en la rampa de la entrada había un Volvo de una década ya pasada. En el lado norte había una moto de nieve casi hundida en un montón de nieve sucia que se aferraba al invierno.

Liam entornó los ojos y observó las ventanas oscuras, pero no vio señales de vida.

—¿No puede darse el capricho de comprarse un coche nuevo aunque sea, si es tan rico como dicen todos?

—Por eso es rico, porque no se ha dado ningún capricho.

Gabriel le pasó los prismáticos. Liam enfocó hacia el patio tratando de fijarse en los detalles. Un tendedero en el lado más corto de la casa donde ondeaban al viento unos vaqueros blanqueados y un mono azul de trabajo, señal de que realmente allí vivía alguien, a pesar del lamentable estado en que se encontraba la casa. Liam pasó los prismáticos por la fachada agrietada, y allí, en una de las ventanas del piso de abajo, entrevió la cara de un hombre. A pesar de la distancia pudo ver que era viejo, con el pelo blanco y el torso encorvado.

—Lo veo, es Vidar.

—¿Dónde?

—En la ventana, en el piso de abajo. Hay alguien más en el cuarto, creo que es el nieto.

—Joder, cómo madrugan.

Parecía que estaban desayunando. Liam pudo ver cómo trabajaban las mandíbulas, las tazas de café que brillaban bajo la luz cuando se las acercaban a la cara. El chico era más grande que el viejo, tenía más de hombre que de niño. Eso le preocupó.

—Sabes que se folló a su propia hija, ¿verdad? —Gabriel silbó—. Así nació el chico.

—Eso solo son habladurías.

—Tal vez sí, pero yo he oído de una fuente fidedigna que el chico tiene algún problema. Le falta un hervor, como si dijéramos.

Liam observó a las personas que estaban comiendo, parecían muy normales, incluso gente corriente. Allí no había nada que indicara que algo no iba bien. Vivían en un chamizo, pero ¿quién cojones no lo hacía? Él mismo solo tenía un garaje miserable que ofrecer a su hija, y sabía cómo hablaba la gente. Las miradas que le dirigían daban a entender que era un mal padre. Que no era digno de esa tarea. A la gente le gustaba sacar conclusiones, lo cual no significaba que esas conclusiones tuvieran algo que ver con la realidad.

—Si está mal de la cabeza, no se le nota —dijo Liam—, pero es más grande de lo que yo pensaba. Le saca una cabeza al viejo, y pesa, por lo menos, diez kilos más.

—Eso no importa —le replicó Gabriel al instante—. Vamos a sorprenderlos cuando estén dormidos, no tendrá la menor posibilidad.

Tres contra dos, uno de los cuales era un adolescente; no lo veía claro. Mientras estaban allí escondiéndose se hizo más evidente que no sería tan fácil como había dicho Juha. Liam le pasó los prismáticos a Gabriel, sacó el teléfono móvil del bolsillo y tomó unas fotos de la casa, de los escombros y del bosque que lo rodeaba todo. Había varios claros entre los árboles, senderos que corrían desde todas las direcciones y convergían en la vivienda. Las vías de escape, si fuera necesario, eran muchas. Hacía las fotos para evitar tener que retenerlo todo en la cabeza. Caían gotas de agua y las ramas nudosas brillaban allí donde el sol las despojaba de sus prendas invernales. Liam sintió el sudor bajo su cazadora, como si él también hubiera empezado a derretirse.

—¿Vamos a echar un vistazo también por el otro lado?

—Ahora no. Es mejor que volvamos por la noche. Cuando estén todos dormidos.

Gabriel se volvió hacia el lago. Liam echó un último vistazo a la casa. No podía verles la cara sin los prismáticos, pero sabía que estaban allí dentro, Vidar Björnlund y su nieto.

Envueltos en su falsa seguridad.


Cuando ella bajó, estaban sentados en la cocina con sus brillantes cabezas inclinadas sobre el tablero de la mesa como si estuvieran rezando. El frasco de linimento entre la comida del desayuno. Hablaban en voz baja y reservada, y por un momento ella se sintió excluida.

—Ya era hora —dijo Vidar—. Algunos ya se han ganado un jornal antes de que tú te levantaras.

Retiró la silla para ella, pero Liv no quería sentarse. Tomó el café de pie junto al fregadero; el olor acerbo del linimento se entremezcló y le arruinó el sabor. Las zarpas de Vidar reposaban torpemente sobre la mesa mientras el chico les insuflaba nueva vida masajeándolas. La escena parecía tan tierna como violenta: la piel vieja y con manchas debajo de la joven y suave. Arrugas de dolor en la cara de Vidar mientras apretaba los dientes. El café sabía a enfermedad, pero se lo bebía de todos modos. Bebía y deseaba estar lejos.

Simon se puso al lado de su madre y se lavó las manos, pero el olor a linimento era imposible de eliminar, lo acompañaría a la escuela. Los ojos de ambos se encontraron por encima de los platos sucios, él le guiñó un ojo, como si compartieran un secreto, y de pronto la sangre le volvió a correr por las venas. Su hijo estaba enamorado y era a ella a quien se lo había contado, no a Vidar. La distancia entre ellos era más corta de lo que ella pensaba. Y, un día, Liv se lo contaría todo, tal como fue. Solo tenía que encontrar las palabras.

—¿Qué pasa? —preguntó él—. Te noto muy rara.

—Nada. Solo te miro.

Ella vio que lo hacía sentir incómodo, pero no podía evitarlo. Sus ojos siempre querían posarse en él. El pelo mojado y los hoyuelos de la risa alrededor de la boca. A pesar de que él ya solo se reía a carcajadas en muy raras ocasiones, ella podía distinguir los hoyuelos. La luz que lo acompañaba adondequiera que fuese llenaba de vida y color las desoladas habitaciones.

—Eres muy pesada cuando me miras todo el tiempo —le dijo, estirándose para coger la mochila.

Pero no parecía enfadado. Mientras se dirigía a la entrada, ella sintió que le ardía la espalda. Se quedó sin aliento escuchándolo mientras él se ponía la cazadora y los zapatos.

—¡Adiós! —gritó antes de que la puerta se cerrara de nuevo.

«Adiós», resonaron sus voces. Lo siguieron con la mirada cuando desapareció bajo la barrera y salió a la carretera principal, hacia la parada del autobús. La respiración acuosa de Vidar llenó el silencio. A Liv, el picor se le extendió entre los omóplatos. El pueblo yacía abotargado y agonizante allí fuera, y ella pudo ver el humo de las chimeneas de los vecinos elevarse por encima de los árboles, o quizá fuera niebla. El bosque le devolvió la mirada, gris y sombría.

Un día le explicaría a su hijo por qué se había quedado allí. Que no era solo por el control que Vidar ejercía sobre ella, sino por la propia tierra, por todo lo que ella había ido enterrando a lo largo de los años y se sentía obligada a vigilar. Observó el serbal que extendía sus ramas desnudas hacia el cielo, algunos días podía ver allí a su madre, a pesar de que era imposible que pudiera recordarlo. En su imaginación, Kristina llevaba el mismo vestido blanco que en la foto de la boda, el encaje transparente revoloteaba al viento y la melena tupida y brillante le caía alrededor del cuello retorcido. Según el informe, fue Vidar quien la descolgó, y cuando llegó la ambulancia ella estaba tendida en el banco de la cocina. Al principio no entendieron qué había pasado, creyeron que él la había estrangulado. Y debido al estado de shock en que se encontraba, Vidar se había olvidado de la niña; fue un policía quien encontró a Liv en el piso de arriba, quien oyó su llanto. Había tardado años en encajar las piezas del suceso, no había entendido cómo ocurrieron los hechos hasta que llegó a la edad adulta y tuvo acceso al historial médico y a los informes.


Le dolía la piel cuando iban en el coche. Se había abrochado la camisa del uniforme de trabajo hasta arriba para que nadie pudiera ver los estragos de las uñas en su cuello. Vidar iba inclinado sobre el volante. Las gafas no bastaban, le fallaba la vista de todos modos, una película lechosa se había interpuesto entre él y el mundo, un velo que hacía desagradable encontrarse con su mirada. Conducía demasiado rápido y demasiado cerca de la cuneta, ella cerró los ojos para no verlo. Tenía la carretera grabada en la cabeza, no necesitaba los ojos para saber cuándo se acercaban.

Liv había conseguido el trabajo en la gasolinera el invierno después de que naciera Simon, un primer paso titubeante hacia algo propio. Vidar no había protestado —ella se tenía que mantener de algo—, pero insistió en llevarla al trabajo todos los días. Durante dieciséis años, él la había llevado y la había ido a buscar como si fuera una niña de preescolar. «¿Quieres privarme de la única distracción que tengo?», solía decir él cuando ella protestaba. Llevarla al trabajo era toda su diversión. Además, solo tenían un coche y no se podía ni hablar de comprar otro. Él no podía tolerar semejante despilfarro, ni aunque ella lo pagara con su propio dinero.

No sabía cuánto dinero había recibido él por los bosques, pero se hablaba de muchos millones. Había visto el dinero en la caja fuerte cuando era pequeña, fajos grandes sujetos con gomas. Ahora él ya no abría la caja fuerte delante de ella. Liv nunca vio el menor indicio de una fortuna. Unos pocos miles de coronas eran todo cuanto se permitía gastar al mes para vivir. Suficiente para cubrir los artículos de primera necesidad, pero no para vivir realmente. Eso de la fortuna era como tener un tío en América, alguien cuyo nombre ella había oído mencionar, pero al que nunca había conocido.

Muchos le habían preguntado por qué quería trabajar en la gasolinera. «Eres rica», solían decir, guiñándole un ojo. Pero Liv siempre lo negaba. «No soy yo quien es rica, es mi padre».

Vidar giró al llegar a la iglesia y aparcó. Eso significaba que quería decir algo. La madera amarilla brillaba contra el cielo. De pequeña, a ella le parecía el edificio más bonito del mundo, como un castillo sacado de un cuento, pero ahora le hacía daño a la vista. Apoyó la mano en la puerta, la gasolinera estaba a un tiro de piedra de allí; si abría la puerta y echaba a correr, él no la alcanzaría.

—Empiezo dentro de diez minutos.

Vidar miró por el parabrisas, observó los abedules desnudos.

—Creo que tenemos que deshacernos de nuestro inquilino.

—¿A quién te refieres?

—A Johnny Westberg. En ese tipo hay algo que no encaja.

El miedo la golpeó como una puñalada en el estómago. Liv miró hacia la gasolinera; un tenue vaho se extendió por la ventana cuando espiró.

—Que yo sepa, ha sido muy discreto.

—Yo debería haber comprendido que era mejor no alquilarle nada a un extraño del sur.

—¿De qué estás hablando?

—El otro día apareció en nuestro buzón una carta dirigida a Johnny Westberg. Era de la Agencia Tributaria.

Unos pequeños escupitajos blancos aterrizaron en el salpicadero al tiempo que hacía una mueca, como si la sola mención de la Agencia le diera asco. La Agencia Tributaria, la autoridad más temida de todas. Liv intentó ditinguir si estaba mintiendo, si solo se trataba de una invención para fastidiar, pero el viejo sacó la carta y la agitó delante de su cara. Apoyó la uña sucia del dedo índice contra las letras para que ella las viera bien. «Agencia Tributaria, Estocolmo», ponía bien claro. Liv se encogió de hombros, tratando de parecer impasible. Vio a Johnny delante de ella, su rostro iluminado por el resplandor del cigarrillo, las manos ásperas sobre su piel. Abrió un poco la puerta, se asomó al frío.

—Eso no tiene por qué significar gran cosa, mientras pague el alquiler nosotros no tenemos nada que objetar.

El cielo estaba muy bajo, pequeños copos afilados se arremolinaban en el aire antes de golpear el suelo y desaparecer. Vidar se inclinó más hacia ella, hasta estar lo suficientemente cerca para que Liv pudiera sentir el hedor de su boca.

—Lo vigilaré. El más mínimo desliz y sale volando. La gente que tiene deudas no es de fiar. Y yo tengo que pensar en ti y en el chico.

—Creo que exageras.

Él la agarró de la muñeca y la retuvo con una fuerza sorprendente.

—No será a él a quien vas a ver corriendo por las noches, ¿verdad?

—Suéltame.

—Porque, en ese caso, lo echo hoy mismo, ¿me oyes? Así ya habrá salido antes de que tú vuelvas a casa.

Los copos se arremolinaban fuera. A través de la blancura centelleante se vislumbraba la gasolinera, como un puerto seguro. Liv tomó impulso, se soltó y corrió ciegamente a través de la nieve de primavera. Podía oír cómo él aullaba a su espalda, pero no se volvió ni una sola vez.

OTOÑO DE 1998

La mirada del padre le cosquillea la nuca mientras baja por el camino. El sonido de dos disparos de escopeta retumba en el pueblo. Ha comenzado la caza en el valle; la idea de que una bala perdida la pueda alcanzar le produce vértigo. Cuando llega el autobús, ella todavía está en pie. Como todas las mañanas, solo la saluda el conductor. Él no se fija en que ella no lleva la ropa adecuada, en que no actúa como es debido. Ella se esconde atrás, al fondo, en medio del silencio somnoliento y ve pasar los pinos centelleando en el exterior. Cuando entran en el pueblo, el autobús está lleno, pero nadie se ha sentado a su lado. Prefieren estar de pie en el pasillo.

Se detiene a las puertas de la escuela y da un par de caladas a hurtadillas, acompañada de dos chicos que se ocultan en las sombras. Visten ropa negra y llevan los ojos maquillados. Uno de ellos es tan bajo que apenas le llega al hombro, pero él trata de compensarlo poniéndose el pelo de punta con espuma. El otro va vestido con un abrigo largo y en la mano siempre lleva un libro de bolsillo en pésimas condiciones, con algún título aburrido. Durante los recreos, cuando no fuma, el chico suele sentarse con el libro abierto, como una mariposa con las alas desplegadas, delante de la cara y esconderse de la soledad. A ellos no les importa que ella se vista con los mismos vaqueros todos los días y con jerséis de punto que eran de su madre. Simplemente suponen que es como ellos, alguien que quiere hacer notar que no es como los demás.

Dentro del edificio, ella camina con la vista fija en el piso brillante mientras las voces y las risas cortan el aire a su alrededor. No tiene ningún libro-mariposa tras el que esconderse. La luz de los tubos fluorescentes le hace daño en los ojos y anda de puntillas para que las botas de trabajo no llamen la atención. Son por lo menos dos números más grandes, para que le duren varios años, en caso de que le sigan creciendo los pies. El peso de las suelas hace imposible que pueda pasar desapercibida. Su soledad retumba en los pasillos.

En la pausa del almuerzo se encuentran en los aseos. Él nunca dice nada, solo la empuja contra la pared llena de pintadas, la abraza y le lame los labios, las mejillas y la oreja. Su bigote cosquillea como un animal por donde él avanza. No la besa nunca de verdad. Todo tiene que ir deprisa, muy deprisa. Él le introduce un dedo que le gusta oler mientras ella mantiene la mano dentro de sus pantalones. Se apoya contra la pared y empuja con las caderas rápido y fuerte, hasta que termina. Entonces ella le da papel higiénico y espera mientras él se limpia las gafas con su propio vaho y vuelve a colocarlas en su sitio. No quiere mirarla, solo le señala la puerta con la cabeza y le susurra: «Sal tú primero».

Después, cuando están en la clase y él habla con su sonoro acento alemán, nunca mira hacia donde está ella. Ni siquiera cuando ella levanta la mano.

Vanja miraba la tele mientras él preparaba la mochila. El pasamontañas, la pistola Glock y un rollo de cinta americana. Los guantes de cuero desgastados que le apretaban los dedos. La risa tintineante de Vanja llenó la habitación e hizo que le doliera el pecho. Liam se quedó un momento sentado de rodillas al lado de la mochila, inclinó la cabeza como si rezara mientras los pensamientos y la sangre echaban una carrera. Debería llamar a Gabriel y decirle que era mejor dejarlo, que el riesgo era demasiado grande.

—¿Qué haces, papá?

—Nada. Estoy descansando un poco.

—¿Por qué llevas puestos los guantes?

—Porque nos vamos a ir ahora.

Él esperaba que Vanja protestara, pero ella apagó la tele sin rechistar y buscó su ropa de abrigo. Tenía la melena tan larga que rozó el suelo cuando se agachó para atarse los zapatos. Ya no necesitaba que él la ayudara, ni con los cordones de los zapatos ni con la cremallera. Cuando él se quisiera dar cuenta ya no lo necesitaría para nada.

Liam se colgó la mochila en un brazo y cogió a la pequeña de la mano mientras cruzaban el patio. Los perros jadeaban y aullaban detrás de la verja, sus ojos brillaban amarillos a la luz de la luna, suspiraban tras ellos mientras se dirigían a la casa grande. Lo de los perros empezó tras la muerte de su padre. Primero un nuevo cachorro y luego otro más. Perros viejos encontrados en la web de Blocket que necesitaban nuevas casas, y proyectos de acogida desde Grecia y Dinamarca. Perros de ataque, que realmente deberían ser sacrificados, daban vueltas tambaleándose con sus bozales y gruñían para llamar la atención. Su padre, si estuviera vivo, los habría matado a todos; sin embargo, Liam estaba casi seguro de que era el responsable de que las cosas fueran así. Se produjo un vacío que había que llenar; en un mundo lleno de personas que no eran de fiar, para ella los perros se habían convertido en su seguridad. Si no hubiera sido por su madre, él habría perdido la custodia de Vanja hacía tiempo. Su madre siempre estaba allí, firme como uno de esos viejos pinos en los que Liam solía apoyar la frente todas las veces que él no había estado a la altura de las circunstancias y la había decepcionado. Ella había estado allí y los había salvado a los dos, a Vanja y a él.

Estaba sentada en la cocina cuando entraron. Sobre el tablero de la mesa que tenía delante relucían unas piedras y unos cristales de todos los colores del arcoíris. Vanja se apresuró a soltarle la mano. A ella le encantaban aquellas piedras estúpidas, las piedras curativas de la abuela, como ella las llamaba. Liam se quedó en el umbral y vio cómo Vanja se subía a una de las desvencijadas sillas, todavía con el gorro y la cazadora puestos, y empezaba a desordenar aquella basura multicolor.

—Precisamente estaba esperando a que pasarais por aquí. Necesito a alguien que me ayude a repartir las energías.

Iba vestida con un caftán de color rojo sangre que arrastraba por el suelo, y en el desgreñado cabello llevaba medio escondida una pluma de ave rapaz, que había encontrado en los alrededores. Tenía el párpado derecho caído cuando los miró, un recuerdo de la vida con su padre.

—¿No vas a entrar? —preguntó ella.

—Tengo que salir a dar una vuelta. Venía a preguntarte si Vanja se podía quedar contigo.

—¿Adónde vas?

—Solo voy a ayudar a Gabriel con una cosa.

Una chispa de preocupación brilló en los ojos de su madre, seguida de aquella sonrisa torcida que indicaba que no le creía en absoluto. Se levantó de la mesa y se acercó a él, con la pesada pulsera tintineando al son de sus movimientos. Un olor a tomillo y a pelo húmedo de perro la acompañó por la cocina. Liam retrocedió hasta la entrada, sujetando las correas de la mochila. Ella se plantó delante de él y lo miró detenidamente a la cara, como si esperara encontrar algo importante entre todas aquellas espinillas y rasguños. Él se quedó totalmente quieto y dejó que lo mirase; la Glock y el pasamontañas se convirtieron en plomo dentro de la mochila mientras ella lo escudriñaba.

—No vale la pena —le susurró ella—. Sea lo que sea lo que hayas pensado hacer, no vale la pena.

—Déjalo.

Ella levantó las manos y las apoyó en la cara de su hijo, posándolas con cuidado sobre sus orejas, como si tratara de aislarlas de todo el ruido del mundo exterior. Sus ojos, tan grises y vivos como el agua del deshielo que estaba allí fuera, lo miraron directamente.

—No eres tan débil como crees —le dijo—. No tienes que dejar que te siga doblegando el viento. Puedes elegir en qué dirección quieres ir.

Él la agarró por las muñecas y la apartó, con más fuerza de la que realmente hubiera querido. Ella cayó contra la pared, se apoyó en una mano, y un cambio en la expresión de su rostro, así como en sus aterrados ojos, dejó entrever el miedo que seguía atenazándola.

Liam lo vio y se avergonzó, pero se limitó a darle la espalda y a adentrarse en la noche. Algo estaba peligrosamente cerca de reventar y salir a raudales de su interior, algo que él sabía que no iba a poder controlar.

—Cuida de Vanja —le dijo—, y no le metas en la cabeza tus malditos trucos de magia.


Liv acercó la oreja a la puerta de Simon y contuvo la respiración para oír mejor. El tenue resplandor azul le recorrió los dedos de los pies, pero no oyó ningún ruido. Nada que le indicara si estaba dormido o despierto.

Él ya la había sorprendido más de una vez escuchando tras la puerta. A veces la puerta se abría tan repentinamente que caían el uno encima del otro. Él se parecía mucho a Vidar cuando se enfadaba: se volvía feo y retorcido, y, aun así, ella no podía evitarlo. Tenía que asegurarse de que él estaba en casa, de que estaba a salvo. Y de que no estaba al otro lado de la puerta y la oía salir sigilosamente.

Era más de medianoche cuando bajó de puntillas las escaleras y pasó por delante del dormitorio de Vidar. La perra golpeó la cola contra el suelo cuando pasó a su lado, pero por lo demás nadie notó que ella se deslizaba en la noche. Los ronquidos de Vidar retumbaban en la planta baja, y, sin embargo, a ella le temblaban las manos mientras se ponía los zapatos y se estiraba para alcanzar la cazadora.

En el exterior, la luna pintaba el bosque de plata e iluminaba para ella el sendero mojado mientras corría a través del pueblo. La invadió una sensación de libertad al sentir el frío en las mejillas y sonrío directamente a la oscuridad, como si eso fuera lo que anhelaba.

La casa de la viuda Johansson tenía mejor aspecto por la noche, cuando no se podía apreciar el deterioro. Dentro no había ninguna luz encendida, pero las sombrías habitaciones estaban bañadas por la claridad de la luna, que envolvía los viejos muebles en un brillo inquietante. Liv se quitó los zapatos y los pantalones en el pasillo y continuó desnudándose mientras avanzaba hasta la habitación y hasta el hombre. Dejó un reguero de ropa por el camino.

Él estaba tumbado de espaldas en la cama de la viuda muerta y respiraba con la boca abierta. Ella se quedó un rato a los pies de la cama, observándolo. Las mejillas sin afeitar y la cicatriz del cuello, como una sonrisa blanca. Cuando lo vio acostado así, indefenso e ignorante, comenzó a sentir una pulsión en los genitales. Mientras se acercaba al hombre, la invadió una inesperada sensación de inseguridad, realmente no sabía nada de él, de su vida anterior. Pensaba que era mejor no saber, mejor no intimar demasiado.

Retiró el edredón y se sentó a horcajadas encima. Su cuerpo se despertó antes que él, como si estuviera allí esperándola. Sus párpados pestañearon cuando ella lo introdujo dentro de sí, y sus manos la sujetaron por las caderas. Hicieron el amor en silencio y con furia, solo se oía el chirriar de la cama destartalada bajo sus cuerpos, y cuando él abrió la boca para decir algo, ella le puso una mano en los labios y cerró los ojos hasta que se corrió.

Después se tumbaron cada uno en su lado de la cama mientras él se fumaba un cigarrillo. Todavía no se habían dicho nada, pero ella notó por su respiración que quería decirle algo. Estuvo a punto de hacerlo varias veces, pero no lo logró, y ella mantuvo los ojos fijos en la cabeza de alce que colgaba de la pared para evitar su mirada.

—Hoy he visto a tu hijo —dijo al fin.

Aquello la pilló desprevenida. El corazón empezó a latirle con tanta fuerza que le pareció que se movía hasta el edredón.

—Ah, ¿sí?

—Es más grande de lo que creía, parece casi un adulto.

—Tiene diecisiete años.

—Parece mayor.

Johnny apagó el cigarrillo y le cogió la mano.

—¿Dónde está su padre?

—No sé.

Él movió la cabeza y la miró.

—¿No lo sabes?

—No es de aquí. Simon nunca lo ha conocido.

—Joder, qué triste. Todos necesitan un padre.

—Pero él tiene a Vidar.

Parecía como si la estuviera juzgando, así que ella empezó a contarle la historia del alemán. La primera vez que se vieron, el alemán de pelo largo y rizado empezó a dar vueltas alrededor de ella con el coche sobre el hielo.

El vehículo estaba cubierto con una tela oscura para ocultar la marca, y él conducía demasiado rápido y demasiado cerca. Para impresionarla. Era un piloto de pruebas de Audi, tenía novia en su país, en Dresde, pero, por supuesto, eso no se lo contó hasta que ya fue demasiado tarde.

Ella estaba sentada en el hielo pescando a través de un pequeño agujero cuando él empezó a dar vueltas a su alrededor, como un animal depredador cercando a una presa. El sol de enero era tan brillante que ella solo podía entrever su sonrisa detrás del volante, pero ya había entendido adónde podría llevarlos aquella sonrisa. Condujeron hasta la cima de una montaña; ella logró zafarse del mono para la nieve y él se abalanzó sobre ella dentro del coche secreto, y hacía tanto frío y estaba todo tan oscuro que ella no vio ni sintió nada. Cuando llegó la primavera y ella se dio cuenta de que estaba embarazada, él ya había terminado la temporada y se había ido a casa.

Johnny se colocó el cenicero sobre el pecho mientras escuchaba. El cenicero subía y bajaba al ritmo de su respiración.

—No puede ser tan difícil encontrarlo —dijo—. Sabes dónde trabajaba.

—Pero ¿para qué queremos dar con él?

—No, claro —dijo él, mirándola de reojo—. Además, he oído decir que tu padre disfruta de una economía desahogada, por lo que imagino que el chico y tú no pasaréis necesidades, ¿verdad?

El aire se le paralizó en los pulmones y evitó su mirada.

—¿Dónde has oído eso?

—¿Qué?

—Que tenemos una economía desahogada.

Él apagó el cigarrillo; en la comisura de los labios se le dibujó una sonrisa maliciosa.

—Todos hablan de ello. Dicen que Vidar tiene dinero pero que no sabe gastarlo. Aunque supongo que a ti, su propia hija, te cuidará bien, ¿no?

Liv desapareció debajo del edredón y cerró los ojos con fuerza.

—La gente habla mucho —dijo ella—. Si yo estuviera en tu lugar, no los escucharía.

Liv esperó a que él se hubiera dormido antes de ponerse a buscar su ropa. Abandonó la casa de la viuda y corrió a través del bosque sin ver dónde ponía los pies. La perra salió a su encuentro en el pasillo y ella contuvo el aliento mientras se deslizaba entre las habitaciones. La puerta de la habitación de Vidar estaba entreabierta y ella se apresuró escaleras arriba hasta llegar a la suya. Se metió en la cama bajo el frío edredón y mantuvo la mirada fija en la puerta durante un buen rato antes de atreverse a cerrar los ojos. El viento azotaba la casa, y mientras estaba allí acostada con el cuerpo y la mente en tensión, le pareció oír voces fuera. Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. La noche se movía, la luna se deslizaba entre las nubes y el viento hacía temblar el bosque. Era difícil fijar la mirada. Aguzó el oído para ver si distinguía voces, pero solo oyó los gemidos del viento. Parecían casi humanos, como una llamada de advertencia.


—¿En qué piensas trabajar cuando te conviertas en un sueco normal y corriente? —le preguntó Gabriel.

—No sé. En cualquier cosa.

—No es fácil ganar dinero legalmente.

—Lo sé.

—No es nada con lo que uno se haga rico.

—Tampoco es que uno se haga rico con esta mierda.

—Todavía no, quizá. Pero con el tiempo...

Gabriel tenía un corazón de reno ahumado en la mano, lo iba cortando en finas lonchas y se las metía en la boca. No importaba lo que estuvieran a punto de hacer, a él nunca le fallaba el apetito. Liam aparcó junto al lago y apagó el motor. A la luz de la luna podían vislumbrar el vapor del lago que ascendía del agua como un aliento helado. Permanecieron sentados un rato, dudaron un poco ante la oscuridad que se extendía fuera. Gabriel se colocó dos pastillas bajo la lengua antes de ponerse los guantes.

—¿Estás preparado? —preguntó.

—Mmm...

—Tienes la nariz un poco pálida.

Gabriel le ofreció la bolsa de las pastillas, pero Liam negó con la cabeza. No pensaba drogarse, aunque el miedo le atenazaba la garganta y le costaba respirar. Mantenerse sobrio era una experiencia absolutamente distinta; no había nada que se interpusiera, nada detrás de lo que ocultarse. Todos los sentidos eran cuchillos afilados; el mundo, duro y brillante a su alrededor.

Se puso los guantes y los dedos le palpitaron bajo el cuero. Gabriel le puso una mano en la nuca y apretó su frente contra la de él. Su boca despedía un olor dulce, y Liam pudo sentir cómo la tensión vibraba a través de su cuerpo.

—Esto lo va a cambiar todo.

Liam lo apartó y se puso el pasamontañas. El tejido era cálido, estaba húmedo y le picaba en el cuero cabelludo, donde el sudor ya había empezado a acumularse. Le pareció que estaba a punto de asfixiarse.

—¿Qué hacemos si el viejo empieza a armar jaleo?

—Entonces lo pondremos en su sitio.

Gabriel le guiñó un ojo antes de desaparecer en la noche. No era la primera vez que robaban a alguien. Apenas eran unos adolescentes cuando empezaron a tomar el autobús hasta la playa de Piteå los fines de semana para desplumar a los borrachos cuando volvían a casa por la noche. Gabriel llamaba a aquello su trabajo de verano. Era muy fácil. El verano siguiente, robaron en el súper Finnbergs, en Glommersträsk. Lo hicieron después del cierre, así que no había ningún cliente en la tienda y tampoco mucho dinero. Fue Gabriel quien se plantó delante de la caja blandiendo la Glock, y también fue él quien llevó la voz cantante. Liam se había quedado vigilando en la puerta del almacén. La cajera ni siquiera llegó a verlo, pero reconoció a Gabriel. Una semana más tarde se presentó la policía y lo detuvo, pero este, incapaz de comerse el marrón él solo, no tardó en delatar a Liam. El asunto terminó en manos de las autoridades de Asuntos Sociales.

Todo estaba oscuro y silencioso cuando salieron del coche, solo el agua del lago chapoteaba contra las piedras. Gabriel fue delante alumbrando con el móvil. Una capa de hielo sobre el suelo del bosque hacía que los pies les resbalaran, obligándolos a avanzar con paso inseguro. Como tuvieran que echar a correr, estaban perdidos. El sendero caía abruptamente en el último tramo, los abetos los arañaban al pasar y les ardían los pulmones. En aquel bosque, tan negro y silencioso que les costaba ver dónde ponían los pies, todo crujía y chascaba. Gabriel se detuvo varias veces, tosiendo y escupiendo. Tanto fumar le había minado la condición física.

—Joder, cómo suenas.

—¡Cállate!

La casa se alzaba sobre un alto. Una ventana solitaria en el piso de arriba brillaba en la noche. Se detuvieron en la linde de la propiedad para no activar ninguna luz exterior. Liam levantó los prismáticos y deslizó la vista por la casa y la ventana iluminada. En el interior había una lámpara encendida, pero no vio a ninguna persona.

—¿Qué ves?

—Nada.

Permanecieron inmóviles entre las sombras, escuchando. El vaho blanco de sus bocas llenó la cruda noche; no se oía nada, salvo su propia respiración. Ningún pájaro, ningún perro, ni siquiera el viento a través de las ramas. Solo un silencio dormido, paralizante.

De repente, ella apareció allí, como un fantasma en la ventana iluminada. Una mujer delgada con un camisón blanco que miraba la noche con ojos cansados. Parecía que buscaba algo. Liam bajó los prismáticos y se llevó un dedo a los labios. Gabriel, que también la había visto, le quitó los prismáticos a Liam y se los encaró.

—Es ella —susurró—, la hija.

La conocían de la gasolinera. Allí ella era la chica tímida detrás de la caja registradora, que nunca miraría a nadie directamente a los ojos. Tenía una voz suave, que siempre sonaba un poco falsa y que dejaba entrever que en realidad le gustaría estar en otro lugar. Ella no era como las otras cajeras, cuyas miradas los seguían como gavilanes cuando ellos se movían entre las estanterías, convencidas de que robarían algo.

Liam sacó el móvil del bolsillo y tomó un par de fotos, poniendo buen cuidado en no usar el flash. En la pantalla, la mujer se convirtió en una extraña figura evanescente, más parecida a un espíritu que a una persona.

Desapareció tan rápido como había aparecido. La luz de la ventana se apagó y solo el amanecer que se acercaba se reflejó en el oscuro cristal. Gabriel bajó los prismáticos.

—¿Crees que nos ha visto?

—No lo sé.

—Venga, vámonos. Esta no es nuestra noche.


Cuando Liv entró en la cocina al amanecer, Vidar estaba sentado mirando afuera con los prismáticos a través de la ventana. En la mesa, al lado de la taza de café que ya se había tomado y del periódico de la mañana, estaba la escopeta de caza lista para disparar. Su negra boca apuntaba directamente hacia ella. Se detuvo en el umbral.

—¿Qué estás haciendo?

Al principio, parecía que él no la oía —su viejo cuerpo permaneció totalmente quieto en su silla—, pero de pronto bajó los prismáticos de mala gana y se volvió hacia ella. Le brillaban los ojos.

—Quiero ver qué demonios es lo que anda merodeando por nuestra finca.

—¿Qué haces con la escopeta?

Él puso una mano protectora sobre el arma cuando ella entró en la cocina.

—Creo que es el lobo —dijo él.

—¿El lobo?

—Los vi anoche, eran por lo menos dos. Quizá más.

Ella se acercó al fregadero y puso más café en la cafetera, se echó unas gotas del café frío que quedaba mientras esperaba. Vidar volvió a mirar a través de los prismáticos. Sus dedos, como ramas rígidas alrededor del plástico negro, no querían doblarse correctamente. La cocina olía ligeramente a aceite para armas.

Ella enfiló el pasillo para dejar salir a la perra. En las escaleras de la entrada estaba sentado Simon; solo llevaba puestos los pantalones del pijama y estaba tiritando. Liv descolgó su plumón del perchero y se lo puso con cuidado sobre los hombros.

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué estás sentado aquí fuera?

Él levantó una mano roja y agrietada por el frío y señaló entre los árboles. Liv siguió su gesto y le pareció vislumbrar un movimiento al fondo: dos figuras escondidas tímidamente entre los abetos. El viento traía consigo el sonido de un cencerro solitario.

—Son renos —dijo él—. Pero los he asustado.

—¿Por qué?

—Para evitar que el abuelo los mate, como tú comprenderás.

—Está sentado ahí dentro hablando de lobos.

Simon le lanzó una mirada sombría por encima del hombro.

—Ya sabes cómo es. Él solo ve lo que quiere ver.

Cortaron la leña con el hacha, Liv y el chico, mientras el viejo estaba sentado en su ventana mirándolos. Era uno de esos días en que o bien caía nieve, o bien quemaba el sol, alternativamente. Solo llevaban puesta la ropa interior larga y se turnaban en el manejo del hacha. A ella le sorprendió que Simon no se quejara ni una sola vez.

Cuando llegó la hora del café, se sentaron en la pila de leña con la cara vuelta hacia el sol y, aunque le dolían los hombros del cansancio, ella estaba contenta por el rato que habían pasado juntos, los dos solos. Él llevaba una pulsera, de hilos rojos y amarillos trenzados con esmero, que ella no le había visto antes. Liv acarició aquella obra de artesanía; por la nitidez de sus alegres colores se veía que era nueva.

—¿Te la ha regalado tu chica?

Él asintió tirando de la manga húmeda de la camiseta para taparla. Un velo de rubor se extendió por debajo del bozo de la barba.

—¿Le gustan los dibujos animados?

—Se llaman anime.

—Eso, anime, quería decir.

—Ella es más de leer libros.

—¿No puedes invitarla a casa?

—¿Contigo y con el abuelo? No me lo puedo ni imaginar.

Él se echó a reír como si fuera una broma, algo impensable. Liv le acarició el pelo con la mano y la dejó descansar en su cuello húmedo. Pensó en los anuncios de casas y en el lápiz rojo, en todas las casas que había rodeado con un círculo a lo largo de los años, en la vida que podían haber tenido juntos. Los dos solos.

Simon escupió en el serrín.

—Le he mentido —dijo.

—¿Sobre qué?

—Le he dicho que suelo pasar las vacaciones en Alemania. Para ver a mi padre.

Su pecho enmudeció mientras lo miraba. Intuyó que él había hecho suyas las mentiras de ella. Liv asintió y tragó saliva, tratando de aliviar el escozor que sentía en la garganta. La nieve se derretía y caía de los árboles al suelo con un sonido sordo, como si alguien se moviera en círculos alrededor de ellos, esperando para atacar.

—Pues podría ser cierto —dijo ella finalmente.

Estaban casi listos cuando un susurro sibilante surgió del bosque. Ambos dejaron lo que estaban haciendo, intercambiaron una mirada de extrañeza y se quedaron totalmente quietos, a la escucha. Nadie del pueblo ponía por gusto un pie en sus tierras, al contrario: los vecinos solían patear desvíos intrincados para no cruzarse con Vidar. Pero ahora una melodía clara y alegre se elevaba sobre sus tierras, y entre los árboles se vislumbró la sombra de un hombre. Cuando Liv vio quién era, se dejó caer en el tajo, temerosa de salir a su encuentro.

Johnny llegó saltando entre los charcos con unas zapatillas ligeras de deporte y una sonrisa que reveló demasiado en cuanto él la vio.

—¡Válgame Dios! ¡No me digáis que cortáis la leña a mano!

Liv miró a Simon, que había entornado los ojos hasta convertirlos en dos rendijas suspicaces. El chico levantó el hacha por encima de la cabeza y la clavó en el tajo con tanta fuerza que el mango siguió vibrando un buen rato. Se limpió el sudor del cabello con la camiseta mojada, y Liv hizo lo mismo.

—Es un buen entrenamiento —dijo ella.

—Joder, ya lo creo, parecéis dos gatos ahogados.

Su acento de Estocolmo rebotó en el patio y ella sintió que se le tensaban todos los músculos del cuerpo conforme él se iba acercando. Tal vez él lo notara, porque se detuvo a cierta distancia de ella y le entregó un sobre blanco, sin tocarla ni dar a entender de ningún otro modo que compartían cama casi todas las noches.

—Es el alquiler del próximo mes.

Ella tomó el sobre y le lanzó una mirada por encima del hombro. Dentro, en la cocina, Vidar se había puesto de pie y tenía la frente contra el cristal, observándolos como un perro hambriento detrás de las rejas. Johnny también lo vio y levantó la mano a modo de saludo. Unos pesados copos de nieve cayeron de la nada y ella pensó que él parecía distinto a la luz del día, más ceñudo y más resuelto de lo que parecía en la oscuridad que reinaba entre las paredes de la casa de la viuda Johansson. No paraba de mirar todo el tiempo la casa y a Vidar.

Ella le pasó su taza de café a medias, porque a algo había que invitar. Él se detuvo muy cerca de ella y sorbió el café. Simon se dejó caer en el tajo y se encogió de hombros. De vez en cuando le lanzaba miradas furtivas a Johnny, y Liv percibió que aquel hombre extraño removía algo en su hijo. Hablaron de la leña, de si la corteza tenía que estar hacia arriba o hacia abajo, y del tiempo, de la nieve que parecía no querer retirarse nunca. Johnny le sonrió a Simon, le preguntó si le gustaba el hockey, dijo que podía conseguir entradas para los partidos de las finales, si estaba interesado. Y Simon se volvió tan tímido y tan monosilábico como cuando era pequeño: murmuró por debajo del flequillo que era seguidor del Luleå, pero que nunca había estado en un partido. Que era muy caro y estaba muy lejos. Liv se avergonzó cuando él dijo eso, porque era lo que habría dicho Vidar, y se oyó a sí misma riéndose como si su hijo estuviera bromeando. «Claro que deberías ver la final —dijo ella—, ahora que tienes la oportunidad». Simon se encogió de hombros, pero su madre pudo ver que sonreía con la cabeza agachada, contento de tener esa posibilidad. Ella soltó el hacha del tajo, aunque le temblaban los hombros a causa del cansancio, y dijo que tenían que seguir cortando leña porque de lo contrario no iban a terminar nunca. La figura inquieta de Vidar se vislumbraba detrás del cristal y, aunque su voz no los alcanzaba, ella podía entender los improperios que mascullaba mientras lo observaban.

Johnny le dio las gracias por el café y dijo que tenía que irse a casa a echar de comer a los perros, pero antes de marcharse extendió la mano y le quitó la nieve del pelo. Ella se quedó paralizada y dejó que ocurriera, a pesar de que sabía de sobra cuáles iban a ser las consecuencias. Se quedaron en silencio, mientras lo observaban alejarse hasta que despareció entre los árboles. A Simon le colgaban los mocos, tan pronto como se los limpiaba aparecían de nuevo.

—Está enamorado de ti —dijo el chico.

—¿Tú crees?

—Se ve a la legua.

Cuando entraron al calor, exhaustos y entumecidos por el frío, Vidar estaba sentado con la pipa en la boca, esperándolos. Había puesto sobre la mesa patatas cocidas y arenques, y en cuanto Liv le entregó el sobre con el dinero, él insistió en contar los billetes hasta dos veces, antes de guardarse finalmente el fajo en el bolsillo delantero. Sus movimientos torpes permitían adivinar que había estado bebiendo; un brillo mezquino apareció en sus ojos cuando miró a Liv.

—Espero que pongas el listón más alto que tu madre —le dijo a Simon—, antes de pegar la hebra con la gente.

Simon tenía los carrillos hinchados por la comida y no dijo nada, solo pinchó el arenque con el tenedor y comió como si no hubiera visto un alimento en varios días. Así era como él reaccionaba siempre cuando Vidar los obsequiaba con sus maldades: se metía dentro de su caparazón, donde parecía no llegarle nada. Pero Vidar no se dejaba achantar.

—Te voy a explicar una cosa. Cuando ella tenía tu edad se largaba con un hombre nuevo cada dos días. Si yo no la hubiera metido en vereda, a estas alturas tú habrías tenido un montón de hermanos. Más bocas de las que habríamos podido alimentar, te lo aseguro.

Liv apretó los cubiertos y sintió la comezón abrasándole la espalda. Deslizó la mano dentro del jersey y empezó a rascarse la piel ardiente.

—Ya basta —exclamó mientras lo miraba fijamente—. Estamos cansados.

—Solo digo lo que es, la verdad no es nada que haya que disimular, ¿no? Si no hubiera sido por mí, el pobre chico habría tenido un nuevo padre cada semana.

Simon se estiró para alcanzar la leche, llenó el vaso hasta el borde y lo vació de un trago. Aquello no era nada nuevo, había oído mil veces los comentarios de Vidar sobre las malas decisiones y la incapacidad de Liv. Su murga sobre lo agradecidos que debían estarle por tener un techo sobre sus cabezas y un lugar donde vivir.

Simon se limpió la leche de la boca con el reverso de la mano y miró fijamente a Vidar.

—Tener un nuevo padre cada semana es mejor que no tener ninguno.

—Ah, ¿sí? Eso dices tú —respondió Vidar, levantando las cejas, sorprendido de que el chico hubiera abierto la boca—. Yo no estoy tan seguro. Porque cuando tú naciste ella no quería saber nada de ti, que lo sepas. Fui yo quien tuvo que alimentarte y ocuparme de que tuvieras el culo seco. Ella estaba muy ocupada corriendo por ahí y meneando el trasero ante el primer hombre que encontraba. No tenía tiempo para ningún crío.

—¡Cierra el pico!

Liv levantó el cuchillo de mesa, lo puso contra la cara de su padre y dejó que le rozara la piel temblorosa. El crepúsculo se reflejó en la hoja y proyectó violentos destellos en las paredes, pero Vidar se limitó a reír ahogadamente, se echó hacia atrás y expulsó bocanadas despreocupadas de humo sobre sus cabezas. La ira se removía en las entrañas de Liv, negra y caliente, incitándola a que por fin le clavara el cuchillo de una vez, pero en ese momento vio el miedo en la cara de su hijo. Había dejado de masticar, aunque tenía la boca llena. Ella dejó caer el cuchillo y empujó la silla hacia atrás.

—Tal vez deberías contar toda la verdad —añadió—, ya que has empezado.


Nunca le picaba la piel durante las horas que pasaba en el trabajo. Estaba de pie en su escenario iluminado mientras el atardecer caía sobre los surtidores. El suelo de la tienda era un barrizal marrón de nieve derretida que los clientes habían traído consigo. Al final de la jornada, cuando ya había pasado la avalancha de clientes, sacó la mopa e intentó limpiar lo peor de toda esa suciedad. Hassan, uno de los policías locales, saltó con agilidad por encima del suelo recién fregado, se fue directo a la máquina del café y empezó a llenarse una taza.

—¿Solo os quedan los bollos de ayer?

—Te he guardado uno recién hecho, está detrás de la caja registradora.

El policía tenía una de esas sonrisas irresistibles; de no haber sido por el uniforme, a ella casi le habría caído bien. Dejó la mopa apoyada en la pared y fue a buscarle el bollo.

—Creía que habías dejado el azúcar.

—Mi pareja también lo cree —le respondió él, guiñándole un ojo—. Pero, cuando estoy de servicio, como todo lo que quiero. Te aseguro que a nadie le gusta enfrentarse a un policía hambriento.

Sacó una tarjeta para pagar, pero ella la rechazó haciendo un gesto con la mano. Los policías y los camioneros tomaban el café gratis, y ella también podía invitarlo al bollo.

—¿Todo bien? —preguntó él—. Pareces algo cansada hoy.

—Es mi padre, me saca de quicio.

—Los padres suelen tener esa habilidad. ¿No has pensado nunca en hacer como todos los demás e irte de casa?

—No se las puede arreglar sin mí.

Hassan levantó la tapa y sopló el café.

—Claro que puede. Ponlo a prueba y ya verás.

Liv sacudió la cabeza; él no lo entendería.

—El único consuelo es que nada dura eternamente. Un día morirá.

—No digas eso.

Ella se encogió de hombros, sintió que las mejillas le ardían de vergüenza. Siempre le sucedía lo mismo cuando trataba de hablar con la gente, o bien decía cosas inapropiadas, o bien hablaba demasiado.


Aparcaron junto al lago ya casi de madrugada, ese momento mudo y ciego antes de que todo despierte. Una serie de malos presentimientos se arremolinaron en la mente de Liam, que le provocaron una opresión en el pecho mientras contemplaba el agua oscura.

—No nos va a dar tiempo, pronto será de día.

—No necesitamos mucho tiempo. Será una cosa rápida, entrar y salir.

Gabriel tenía la culpa de que hubieran llegado tan tarde. Liam había estado esperándolo varias horas, y cuando por fin apareció iba hasta las trancas de benzodiacepinas y de todo cuanto lo ayudase a adormecer las emociones. Tenía la mirada vacía cuando se puso el pasamontañas y le anunció a Liam que había llegado el momento de ponerse en marcha. Liam vaciló un momento, miró la oscuridad reinante y la voz de su madre resonó en su cabeza. «Tú no tienes que ser como Gabriel. Puedes elegir tu propio camino». No era demasiado tarde, todavía podía dar media vuelta. Volver a casa con Vanja y olvidar todo el asunto. Buscar un trabajo normal y tratar de conseguir un crédito para comprarse una casa, como hacían todos demás.

Pero cuando Gabriel golpeó el cristal de la ventanilla con la culata de la Glock, él se bajó del coche y lo siguió. Como había hecho siempre.

El trayecto cuesta arriba hasta la casa parecía más corto ahora que ya se habían familiarizado con el bosque. Los árboles exhalaban un vapor frío, y sin embargo él estaba sudando y le faltaba el aire. Gabriel avanzaba con determinación delante de él. Ya nada podía detenerlo, por la forma en que se movía estaba claro que sería capaz de cualquier cosa.

La casa estaba oscura y silenciosa cuando llegaron a su altura. Se agazaparon entre las sombras junto a la leñera. Liam se encontraba mal, tiritaba y sudaba al mismo tiempo. Cuando era más joven le gustaba el miedo. Notar cómo la adrenalina se le disparaba por todo el cuerpo le hacía sentirse vivo. Había disfrutado de los colores y la nitidez de los perfiles. Pero ahora el miedo era otro, lo debilitaba.

Gabriel susurró al oído de Liam, y su aliento le produjo un escalofrío por toda la columna vertebral.

—Yo entro primero. Tú esperas diez segundos antes de seguirme.

Liam asintió con la cabeza. Le entraron ganas de cagar cuando comenzaron a moverse y aproximarse hacia la casa, su cuerpo amenazaba con soltarlo todo. Se imaginó que tenía a Vidar delante de él, vio cómo Gabriel lo sacaba del sueño y le ponía el arma entre los omóplatos. Respiró profundamente para borrar aquella imagen.

Gabriel no llegó muy lejos antes de detenerse y arrojarse al suelo. Liam hizo lo mismo, se tiró en plancha y dio con la mejilla contra la tierra fría. La escarcha brillaba en el suelo a la débil luz de la luna y las finas capas de ropa absorbieron rápidamente el frío. Liam no había oído abrirse la puerta, pero al resplandor de la luz del patio vio una figura que se acercaba. Se movía deprisa a pesar de la oscuridad, el suelo crujía bajo sus pies. Era Vidar y parecía dirigirse directamente hacia ellos.

Liam cerró los ojos y se preparó para lo peor. A su lado, Gabriel había dejado de respirar. Ninguno de los dos hizo el menor movimiento. Lo único que se oía eran los zapatos del viejo en la hierba.

Ellos pensaban atarles las manos y los pies y taparles la boca con cinta adhesiva, al viejo, a la hija y al nieto. Era el viejo quien tenía que conducirlos hasta el dinero. Juha había dicho que la caja fuerte estaba en un armario, en la habitación del viejo, y que solo Vidar sabía la combinación.

Liam abrió los ojos y vio que Vidar se desviaba cuando ya casi estaba delante de él y se internaba en el bosque. Se quedó con la cara pegada al frío suelo hasta que Gabriel se puso en pie y señaló en silencio hacia la espesura por donde el viejo había desaparecido. Liam se había quedado tan helado que no podía articular ni una palabra.

—¿Qué hacemos ahora?

—Lo seguimos.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
361 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788491878674
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Правообладатель:
Bookwire
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