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LA MÁQUINA SOVIÉTICA

Sebastián Robles

Ediciones Paco

2021. Ediciones Paco

www.revistapaco.com

Aranguren 1054. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Ilustración de tapa:Iraklii Toidze: Stalin’s kindness illuminates the future of our children! 1947, 61 x 43 cm Russian State Library, Moscow

Diseño de tapa: Alejandro Levacov

Diseño de epub: Niño Oscuro Editorial

Hecho el depósito que indica la ley 11.723

Biografía: Sebastián Robles nació en Villa Ballester en 1979. Es periodista y coordinador de talleres literarios. Escribió Los años felices, Las redes invisibles y el libro de conversaciones Apuntes sobre Philip K. Dick, en colaboración con Juan Terranova.

Este libro contó con el apoyo de una Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes. Muchos de sus episodios fueron publicados previamente en las revistas Chicas, La Niña y en la página de Facebook del autor.

Contratapa: ¿Qué es La máquina soviética? Stalin deja a su familia para dedicarse a la revolución. Stalin llega al poder. Stalin manda a fusilar amigos y enemigos. Stalin atraviesa la guerra, y luego la recuerda. Stalin organiza la vida soviética, señala traiciones, las reprime, se enamora, se resigna. Stalin toma decisiones, miente. Stalin es justo, perverso, carismático. Existe una tradición de ficciones novelescas alrededor del dictador, donde, por lo general, de forma paródica, el escritor se desmarca del poder y se burla del ejercicio totalitario. No es el caso de este libro. Sebastián Robles nos presenta todo tipo de personajes con un evidente, fluido virtuosismo formal. Eruditos, ambiguos, cargados de humor negro o melancólico, sus relatos impresionistas nos hablan del mundo soviético y su líder. Historias de aventuras, entonces, cargadas de pasión, amor o crueldad, pero también una indagación experimental sobre la política, no solo rusa, en el siglo XX. ¿Qué es el poder? ¿Cómo se ejerce? ¿Cómo es la relación, siempre compleja, entre praxis e ideología? La máquina soviética propone un recorrido inédito para la lectura argentina, por momentos alucinado, extrañamente preciso y sugestivo.

A Paula De Palma,

que me acompaña en este viaje

–Lo que me voy a hacer es una remera con la cara de Stalin para probar una teoría –dijo.

–¿Cuál?

–Que no va a funcionar.

–¿Por qué?

–Era un ganador. El Che era un perdedor nato. Ahí está el truco.

Tiró, pidió otra cerveza y lo repitió.

–Stalin era un ganador, un tipo práctico. El Che era un idealista.

–¿Y Mao?

–Pero no… Mao es chino, es diferente.

Juan Terranova

Nosotros, nosotros somos comparsas.

Raúl González Tuñón

1. LA MÁQUINA DEL TIEMPO

–Cuénteme –dijo el Camarada Supremo–. ¿Cómo es una máquina del tiempo

H.G. Wells torció los labios en una mueca que se transformó en una sonrisa de cortesía.

La entrevista duró una hora y media y transcurrió en el despacho de Stalin. Umansky, el intérprete, se encargó de manipular el pesado magnetófono que registró la charla. El entrevistado había sido firme en sus respuestas, pero no perdió la amabilidad en ningún momento, ni siquiera cuando Wells manifestó algunos resquemores acerca de su estilo de conducción.

“El Camarada Supremo se mostró abierto a responder todas mis preguntas, sin condicionamientos”, destacó el escritor británico tiempo más tarde, en la crónica que fue publicada en el Washington Post, el London Times y los principales diarios del mundo occidental. Era parte de una serie de entrevistas a grandes líderes que Wells realizaba en su carácter de presidente del PEN Club Internacional. Diez años antes, en ese mismo despacho, había entrevistado a Lenin. Y en las semanas previas a su actual visita al Kremlin, le había realizado un reportaje de características similares a Franklin Roosevelt, el presidente norteamericano.

Stalin lo recibió con amabilidad y un respeto algo sobreactuado por su prestigio. La pregunta sobre la máquina del tiempo, sin embargo, lo descolocó.

–Fue un arrebato de inspiración –respondió–. Es un artefacto que se desplaza por la dimensión temporal.

Se hizo el silencio en el despacho.

–¿Con qué objetivo? –preguntó el Camarada Supremo. El escritor británico titubeó.

–Bueno, el propósito es viajar en el tiempo –dijo–. Es una alegoría. Yo quería escribir sobre el futuro de la humanidad. Fue mi primera novela. No quedé del todo insatisfecho.

Stalin se mostró interesado en su respuesta.

–Ustedes, los liberales, viven con miedo del porvenir. ¿Cómo puede funcionar una sociedad, si no sabe adónde va?

Por primera vez, Wells se sintió incómodo.

–Soy socialista utópico –aclaró.

La inteligencia soviética debía haberlo informado de su orientación ideológica, que por otra parte él no ocultaba. El espionaje, en su caso, tenía nombre y apellido: Moura Budberg, la antigua secretaria de Gorki y viuda de un terrateniente fusilado por la revolución, con quien mantuvo un romance durante su primera visita a Moscú. La correspondencia con ella no se había interrumpido desde entonces, y la parte inconfesable de su viaje actual –de la cual no dudaba que Stalin también estaba al tanto– era reencontrarse con ella.

–Ah, los socialistas utópicos –dijo Stalin–. Escriben sus discursos con la mano izquierda, pero los firman con la derecha. Nosotros, los soviéticos, ya sabemos cómo es el futuro.

Wells transpiraba.

–Usted cree que sabe, pero no sabe –dijo, nervioso–. Yo prefiero que me juzguen por mis escritos.

–Lo felicito.

Stalin le alcanzó un pañuelo para secarse el sudor.

–Debería descansar más –dijo, después de un largo silencio–. Es un hombre con muchas presiones.

El escritor le dio la razón.

Cuando volvió a su habitación de hotel, encontró un sobre que alguien había deslizado debajo de la puerta. Contenía una carta escrita con la inconfundible caligrafía de Moura Budberg, donde ella le pedía disculpas por no recibirlo en Moscú. “Te espero en Yalta, ya sabes dónde. Tengo amigos que nos van a ayudar a cruzar la frontera”.

A la incomodidad que le produjo el tramo final de la entrevista con Stalin, Wells le sumó el desánimo de no encontrarse con ella de inmediato. Despechado, dudó en ir a su encuentro. Recién más tarde, en la cama y con la luz apagada, entró en otras consideraciones, más sutiles e inquietantes. ¿Seguía trabajando para Stalin? En diez años no había tenido con ella otra relación que la que surgía de la mutua correspondencia. ¿Por qué había decidido abandonar la Unión Soviética con él? ¿Lo amaba, o era un señuelo dispuesto por el régimen soviético para vigilarlo desde cerca?

En la oscuridad de la noche, resolvió que las respuestas no tenían importancia. Tenía sesenta y seis años, había escrito novelas importantes, que eran leídas en el mundo entero. Algunos lo consideraban el fundador de un nuevo género literario. Los líderes del planeta lo recibían en sus despachos, dispuestos a prestigiarse en una conversación con él. Era presidente del PEN Club Internacional, al igual que de numerosas asociaciones que pugnaban para ofrecerle cargos honoríficos. Había tenido romances con mujeres en todos los idiomas que conocía, e incluso en algunos de los que no sabía ni siquiera el nombre. Si el terrible Stalin sentía deseos de espiarlo, a él le daba lo mismo. No tenía nada que ocultarle, y no sentía ningún temor por su integridad física. A esa altura de su vida, cualquier cosa que le pasara –buena o mala– aumentaba el espesor de su leyenda.

Tenía previsto dedicarle los meses siguientes, quizás un año entero, a la escritura de su autobiografía. Para ello, antes de subirse al avión que lo transportó hasta Moscú, les encomendó a sus criados que acondicionaran la casa de Essex, lejos de las obligaciones de Londres, que solían desconcentrarlo. Pensó que el proyecto sería más llevadero en compañía de Budberg, una mujer tan bella como inteligente, con quien nunca faltaban los temas de conversación. La sospecha de sentirse vigilado le sumaría a su prosa, quizás, el ritmo y la sensación de inminencia que la caracterizaban en su juventud, y que en la vejez le costaba recuperar.

No le hizo falta mucho más para subirse al tren con rumbo a Yalta, donde se encontró con su amante. El paso a través de la frontera fue fácil, en un sector sin guardias a la vista, como si Stalin les hubiera dejado el camino libre para que abandonaran el país.

–¿Por qué viniste conmigo? –le preguntaba Wells, a veces, a la hora de los dry Martinis, cuando caía la tarde.

Budberg le daba siempre la misma respuesta: un silencio risueño que confirmaba sus peores sospechas.

“Sólo hay amor cuando uno tiene capacidad de daño sobre el otro. Miss Budberg puede revelarse como una espía del servicio secreto soviético. Yo, en cambio, no tengo ningún secreto para ofrecerle. Hay, en su afecto por mí, algo genuino, pero no es comparable al amor que siento por ella”.

Wells tipeaba en una moderna máquina Remington diseñada especialmente para él y obsequiada en persona por uno de los descendientes del fundador de la compañía. El peso de las teclas lo hundía en la solemnidad, pero las últimas líneas lo desnudaban demasiado. Sacó la hoja de papel de un tirón, la hizo un bollo y la tiró al fuego del hogar a leña al frente de su escritorio. La certeza de que nadie leería su confesión no lo tranquilizó.

La redacción de sus memorias, como era previsible en estas circunstancias, se demoraba. Budberg alquiló un departamento propio, porque prefería vivir sola.

–La convivencia destruye a las parejas –decía.

El escritor le propuso matrimonio, una oferta que suponía para ella la posibilidad de acceder a una herencia suculenta en un futuro no tan lejano, esperable debido a la diferencia de edad entre ambos. Ella lo rechazó. A partir de entonces, vivieron en casas separadas. La constante duda acerca de la rutina de quien consideraba que, pese a todo, era su pareja, distraía a Wells de sus otras ocupaciones, en especial de la escritura. Durante una cena, ella lo increpó amistosamente:

–Espero que no hayas contratado a un detective privado –dijo.

Él le contestó con una sonrisa tensa. Días atrás, mientras tomaban un té en el comedor, le había confesado a su amigo, el doctor Pierce Lexington, su intención de acudir a un investigador para que siguiera los pasos de Budberg. Fue la única vez que mencionó en voz alta su idea, y descontaba la absoluta discreción de Lexington, así que sólo quedaba la posibilidad de que hubiera micrófonos instalados en su casa.

Le pareció tan obvio, que se avergonzó de no haberlo imaginado antes. Moura no necesitaba vivir con él porque la sofisticada tecnología soviética le permitía vigilarlo a distancia.

La situación era confusa y desagradable.

En Europa, mientras tanto, se desató la guerra. El primer ministro Churchill, con quien tenía un vínculo personal, le había confesado su desconfianza hacia Stalin desde mucho antes del pacto Molotov– Ribbentrop. “Es un hombre brutal, ignorante”, dijo, antes de solicitar a Wells su opinión al respecto. El escritor se tomó el trabajo de caracterizar a Stalin de una manera precisa, porque estaba en juego la integridad de Gran Bretaña.

–Hitler es caótico, irracional –concluyó –, pero Stalin conoce el futuro.

Luego le transmitió el contenido de la charla a Moura Budberg, con la intención de que ella informara al Kremlin. No lo consideró un acto de traición a su patria, sino un humilde intento de acercar posiciones que Stalin, sin dudas, podría valorar a la distancia.

No sabía por qué lo hacía, ni esperaba nada a cambio. ¿Y si todo era una ilusión? ¿Si Moura estaba con él tan solo porque disfrutaba su compañía, o incluso porque lo amaba? A sus setenta y cinco años, esa última posibilidad lo inquietaba más que su contraria.

A principios de febrero de 1943, el mariscal de campo Friedrich Paulus presentó al Ejército Rojo la rendición del Sexto Ejército alemán en Stalingrado. Ese mismo día, H.G. Wells sufrió un acceso de meteorismo y náuseas que motivó una breve internación. Se le practicaron múltiples estudios, a raíz de los cuales le fue diagnosticado cáncer de hígado. La enfermedad se encontraba en su etapa inicial, pero el desarrollo previsto era rápido y letal.

El primer impulso de Wells fue completar la escritura de sus memorias, pero el deterioro se dispersó por su cuerpo a partir del diagnóstico, como si ponerlo en palabras lo hubiera acelerado.

Todos los días, había una actividad que ya no era capaz de realizar. Al principio, eran cosas poco importantes. “Ya no voy a almorzar al Royal ́s”, pensó cuando la dieta sugerida por los médicos se limitó a carnes magras y vegetales hervidos, sin condimentar. No le pareció tan grave. Más adelante, su alimentación se redujo a los líquidos. Siempre había un escalón más abajo. Las cefaleas se volvieron cotidianas y una tarde de julio comprendió que esa novela de George Matthews, una promesa de los salones de Kensington, era la última lectura que abandonaría. El suministro de morfina lo hundía en un estado de duermevela agradable. No sabía cuándo era de día y cuándo era de noche. A veces, al despertar, encontraba a Moura Budberg sentada al lado suyo.

–¿Cómo estás? –le preguntaba.

Ella hablaba como si nada estuviera pasando. Le contaba de sus salidas al teatro o a la Academia Real de Filatelia, donde tomaba lecciones de historia del arte. Él escuchaba con satisfacción, como si el relato compensara su propia inmovilidad. Era una sensación grata y tranquilizadora.

Un mañana, la enfermera que lo atendía olvidó administrarle su dosis de morfina. Almorzó con inusual buen apetito. Las molestias empezaron a la hora de la siesta, cuando no pudo dormirse. Un dolor fulminante, definitivo, se desarrollaba en su vientre. Estiró el brazo para llamar a la enfermera, pero la campanilla cayó al suelo haciendo apenas un chasquido metálico.

Quiso gritar y no salió más que un hilo de voz. Para mantener la calma, intentó la abstracción, que le había resultado tan fructífera durante su carrera de escritor. Sabía que, en breve, llegaría Moura y lo encontraría despierto. Sólo tenía que resistir durante ese tiempo, hasta que ella le inyectara la morfina. En otra época, unos minutos eran un instante.

Ahora le parecían dolorosamente largos.

Cuando Moura entró en la habitación, estaba a punto de desfallecer. Luego de recibir la benévola jeringa en su brazo, la tomó de la mano y pidió que acercara su oído.

–Tengo un mensaje para Stalin –susurró.

Esta vez, ella no cambió de tema ni respondió con ironías.

–Sí.

–Quiero saber por qué lo hace –dijo Wells, con dificultad, justo antes de hundirse en el sueño–. ¿Por qué soy importante?

Su autobiografía, que quedó inconclusa, estaba repleta de conquistas. Casi no relataba otra cosa. Nunca le gustó profundizar en la interioridad de sus personajes y tampoco se proponía hacerlo cuando narraba su propia experiencia, a menos que estuviera relacionada con su actividad literaria. Escribió sobre la fascinación que le producía el acto creativo. Al principio, se entusiasmó con los cuentos, que retomaban ideas de Verne y de Poe pero las llevaban a otro terreno, más especulativo y arriesgado. Eran editados por el Daily Telegraph, la Afternoon Magazine y otras publicaciones de gran circulación en la Inglaterra industrial.

Una tarde, tras leer un artículo sobre la prometedora industria del automóvil, tuvo una iluminación: ¿y si en lugar de trasladarse por el espacio, la máquina se desplazaba por el tiempo?

Fue como encontrar un tesoro al final del arco iris. La idea le pareció tan buena, que se sentó a escribir de inmediato, con la energía de un hombre que todavía no había cumplido los treinta años. La novela salió con naturalidad, como si alguien se la hubiera dictado. Su argumento era la excusa para hablar de temas que le interesaban: el paso del tiempo, el estado de la ciencia, el futuro de la humanidad. Disfrutó la escritura y se permitió digresiones e ironías. Cuando la terminó, sabía que sería un éxito.

Julio Verne le parecía un conservador. Tenían en común el gusto por la aventura y el interés por los desarrollos tecnológicos. Pero el escritor francés era un militante de la divulgación científica, mientras que las aspiraciones de Wells eran diferentes. Sus horizontes eran la reflexión y la fantasía. Lo entusiasmaban, también, las máquinas, pero se consideraba un humanista. Le gustaba sentirse un heredero de Jonathan Swift, cuya estirpe que le parecía noble y necesaria. Como escritor que se había formado en la prensa, además, tenía una opinión sobre los temas de la actualidad. En los siguientes años, escribió las obras más importantes de su narrativa. La guerra de los mundos, donde se permitía un comentario acerca de la política colonialista del imperio británico, El hombre invisible y La isla del doctor Moreau, en las que examinaba diversos aspectos de la ciencia y la moral, un tema que lo desvelaba especialmente. Fue bien recibido por la crítica y los lectores, sus obras llegaron a todos los países de Europa y a los Estados Unidos.

La actividad social estimulaba su narcicismo. Asistía a cenas, debates y conferencias. Tenía anécdotas con todos los integrantes de la elite ilustrada londinense. Viajó a Nueva York, donde tuvo un suceso similar. En sus memorias, narraba su paso por la Sociedad Fabiana de socialistas utópicos. Respetaba a los liberales, pero se definía como un hombre de izquierda. A comienzos de la década de 1930, llegó a la conclusión de que era necesario un liderazgo político que condujera a las fuerzas del mercado. Tuvo un breve y confuso acercamiento a la figura de Hitler, que luego ocultó con destreza. Simpatizaba con Franklin Roosevelt, cuyas medidas intervencionistas le parecían razonables. En tiempos de guerra, se alineó con Churchill sin ninguna vacilación. Stalin era un problema, porque acordaba con muchas de sus premisas, pero deploraba las conclusiones. “La violencia nunca es el camino”, pronunció en el discurso de apertura del festival de cine de Venecia en 1938, al que viajó en compañía de Budberg. Se alojaron en la misma habitación, algo que ella rara vez permitía. Era un recuerdo de felicidad plena en los fragmentos autobiográficos de Wells, la única vez que mencionó a la mujer que lo acompañó en sus últimos años.

La madrugada en que se terminó todo, el 13 de agosto de 1946, el Camarada Supremo asistía a una función de El lago de los cisnes en el teatro Bolshoi. Lejos de ahí, en Inglaterra, Wells no se sentía especialmente mal, pero le costaba conciliar el sueño. Moura, de costumbres nocturnas, estaba junto a él. Tenía un libro sobre su falda, cuyo título él no alcanzó a leer. Lo invadió una náusea y vomitó. Por un momento, pensó que era sólo eso, pero en la cara de su mujer, en su mirada por primera vez horrorizada, una lucidez maligna le advirtió que se aproximaba el último aliento.

–Hablé con Stalin –dijo ella entonces.

Él la miró. Quiso decir algo, pero no le salió nada.

–Te manda saludos –suspiró Budberg. Luego, cuando los oídos de él ya empezaban a ser cavidades sin sentido, le susurró la última verdad–. Estuvo muy ocupado en estos años, su vida es muy desordenada, dice que todavía no tuvo tiempo para leer mis informes.

2. EL SEMINARIO DE TIFLIS

Siete años antes de su llegada, un rector había sido apuñalado por un alumno. Costaba imaginar las causas del atentado cuando uno caminaba por los pasillos y aulas silenciosas del antiguo edificio, donde el universo parecía estar en orden. Pero como todos los lugares (aunque Soso todavía no lo sabía) el seminario de Tíflis tenía un subsuelo y una superficie. En la superficie se estudiaba a Aristóteles, Avicena, Averroes, San Agustín de Hipona, Santo Tomás de Aquino. Se leían pesados volúmenes sobre la historia de los zares y de la Iglesia Ortodoxa. Había que aprenderse nomenclaturas de memoria, rezar en voz alta y respetar a las autoridades. Soso pensaba que, si terminaba sus estudios, con suerte lo destinarían a barrer los pasillos de la vieja iglesia de Bakú, que era una de las más renombradas en Georgia. Su madre lo visitaría dos veces al año y si se esmeraba en la obsecuencia, era posible que en algún momento lo pusieran a cargo de alguna iglesia o quizás incluso obtuviera un puesto de mayor jerarquía.

En los subsuelos del seminario se desarrollaba otra historia. Una tarde, Sergo Pilsudsky, un seminarista de origen polaco algunos años mayor que él, lo condujo a una reunión que se realizaba en un sótano abandonado por el rectorado. Ahí, a la luz de las velas, algunos estudiantes leían en voz alta y discutían textos de Marx, Engels, Lenin y Kropotkin. También citaban con fervor a Darwin, a quien Soso había leído cuando vivía en Gori. Esa fue su llave de entrada y su carta de presentación: los razonamientos escolásticos no estaban permitidos en el sótano. Sólo exposiciones razonadas y bien argumentadas, en las que se exhibiera un manejo por lo menos retórico de las categorías del materialismo dialéctico. También eran aceptadas las alusiones a Pushkin, Tolstoi y Dostoievski, a pesar de que este último era considerado un viejo conservador. Se discutían textos de Voltaire, Rousseau y Diderot y a veces también se producían peleas, como aquella entre los partidarios y los detractores de Robespierre.

–La razón impone a la fuerza, la fuerza impone a la razón –le dijo Soso a Pilsudsky después de una de estas discusiones.

Su aspecto débil contrastaba con la dureza de sus juicios. Tenía la cara marcada por una viruela y su brazo izquierdo había quedado inmovilizado a causa de un accidente con un carromato durante la infancia. Pero mientras que otros sufrían las burlas de sus compañeros a causa de defectos físicos mucho menos ostensibles que los suyos, a Soso todos los respetaban. Ni siquiera se difundieron rumores acerca de su fracaso rotundo con Tatiana Ivanovna, una prostituta de Vladivostok, mitad rusa y mitad japonesa, que apaciguaba la incipiente virilidad de los seminaristas en un burdel a la entrada de Tiflis.

Soso tardó en ser considerado una amenaza por el rectorado. Su estrategia no consistía en levantar la voz, como era el caso de otros compañeros, sino en persuadirlos en secreto de que él tenía la razón. Durante esos años de estudio conoció al profesor Noe Zhordania, que por entonces lideraba el partido socialdemócrata y que en 1918 se transformaría en el segundo presidente de la república democrática de Georgia. Su presidencia duró hasta 1921, cuando fue derrocado por una misión encabezada por el propio Stalin, que entonces se había transformado en el Ministro de Nacionalidades del gobierno soviético. En 1896 Zhordania se movía en los márgenes del seminario ortodoxo, donde reclutaba jóvenes para sus clases y sus actividades sindicales. Además de las lecciones de marxismo, Soso obtuvo de él una completa educación en el concepto de la nacionalidad georgiana, que entonces se encontraba en pugna con el Zar por la cuestión independentista. Unos años más tarde, él mismo se encargaría –contra las opiniones de Lenin y Trotski– de anexionar a Georgia a la Unión Soviética.

Influido por Zhordania, que también era un reconocido poeta, Soso escribía poemas que publicaba bajo el seudónimo de “Soselo” en revistas que circulaban por el ámbito cultural de Tiflis, donde llegó a ser considerado un poeta con talento. Los críticos elogiaban la transparencia de las metáforas y el dominio del autor sobre el idioma georgiano.

–Te envidio –le confesó Pilsudsky una noche–. Tu futuro es de poeta.

Poco tiempo después se armó revuelo en el seminario a causa de un pequeño incendio que se produjo en el subsuelo del edificio. Tras una rápida investigación, se determinó que el accidente había sido provocado por unas bombas caseras mal almacenadas. Pilsudsky y unos cuantos de sus compañeros fueron expulsados sin más trámite. Aunque nunca se conoció la identidad del delator, llamó la atención que Soso fuera uno de los pocos que se salvaron de la purga. Abandonó el seminario en 1899, al mismo tiempo que su actividad poética. Para entonces ya había descubierto que la imprenta podía servir a propósitos mejores que los de una revista cultural.

3. KOBA Y EL TELESCOPIO

A través de un viejo militante nacionalista, cuyo nombre se perdió para el registro histórico, Soso consiguió un empleo nocturno en el observatorio astronómico de Tíflis. Su trabajo era cuidar el predio a la noche, hacer la limpieza, vigilar que no se metiera ningún extraño.

En su primera noche de trabajo, golpearon a la puerta. Eran dos hombres en la nieve.

–Tenemos frío –dijo uno. –¿Podemos pasar? –suplicó el otro.

–No se permiten visitas a esta hora. Vuelvan mañana –dijo él.

Les preguntó de dónde venían. Uno era de Tiflis. El otro, que parecía turco, dijo que era de Batum.

El observatorio era un edificio nuevo, de arquitectura moderna, que se diferenciaba del estilo aristocrático de los edificios estatales de Tiflis. La administración de la época, cuya burocracia estaba integrada por la nobleza georgiana, buscaba dejar atrás el viejo patriotismo, las ideas nacionales, para aliarse al Imperio Ruso. Los círculos revolucionarios nacionalistas, de los que Soso formaba parte, consideraban que el Imperio no iba a traer ninguna modernización, sólo más hambre y miseria, como la que exhibían los dos vagabundos en esa noche invernal.

–Dejanos pasar –dijo uno de ellos y sacó una botella del cinturón–. Tenemos vodka.

–¿Ustedes pelearían por Georgia? –preguntó.

El georgiano hizo una expresión de extrañeza, como si no entendiera de qué le estaba hablando. El turco fue más cauto:

–¿Contra quién?

Soso les explicó que peor que la nobleza, que los había oprimido durante siglos, era la burguesía. Insistió en que la emancipación verdadera, la única posible, era la dictadura del proletariado.

–¿Cómo es su nombre? –preguntó el turco después de escucharlo en la nieve.

–Koba –respondió él sin pensarlo. –¿Sólo Koba?

–No necesito nada –dijo–. Váyanse. Los vagabundos se miraron entre sí.

–Pasen –dijo al final.

–Si limpian esto, pueden quedarse hasta la mañana.

Asintió. Era el nombre de un personaje creado por el escritor georgiano Alexander Qazbeghi, una especie de Robin Hood que robaba a los ricos para darles a los pobres. A partir de ese momento, decidió que se llamaría de esa manera.

–¿Qué podemos ofrecer a cambio de tu generosidad? –preguntó el georgiano.

Koba lo pensó por unos segundos. Un viento fuerte le congeló las orejas.

Los vagabundos se pegaron a la estufa de petróleo que calefaccionaba el salón central del observatorio. Koba les señaló un par de escobas y un balde.

Mientras sus nuevos subordinados se dedicaban a la limpieza, Koba se encerró en la sala del telescopio. La escena se repitió en los meses siguientes. A las siete de la mañana, antes de que llegara el director del observatorio, los echaba a la calle. Pasó el invierno de 1900 con el ojo puesto en el cielo nocturno de Georgia. Las estrellas no se veían diferentes a través del lente. Con el tiempo aprendió a reconocer los planetas, aunque nunca supo diferenciarlos. Para entonces ya le habían llegado noticias de Alexander Bogdanov y sus teorías acerca de la vida extraterrestre, que Lenin desacreditaba. También conocía las investigaciones de Konstantin Tsiolkovski acerca de los cohetes autopropulsados, que en algún momento les permitirían a los rusos conquistar el espacio. Pero todo parecía muy lejano y a veces lo irritaba la extravagancia de mirar al cielo como si escondiera algo digno de verse. Cerca de las tres de la mañana volvía a los libros, de donde ya no se despegaba. Una vez al mes le escribía una carta a su madre donde le contaba sobre las estrellas y los planetas y le aseguraba que estaba un poco más cerca de cumplir su sueño de transformarse, en algún momento, en patriarca de la Iglesia Ortodoxa.

4. PRIMER MATRIMONIO

La eficacia de un revolucionario se medía, entre otras cosas, por la cantidad de sus seguidores. Koba no tenía ninguno. Había hecho algunos méritos, pero sólo en Tíflis circulaban por lo menos cien agitadores con una actividad más intensa y relevante que la suya. Uno de ellos era Lev Borisovich Rosenfeld, más conocido por el sobrenombre de Kamenev (“piedra”), casado con Olga Bronstein, la hermana de Trotski. Kamenev era autor de varios libros de teoría marxista gracias a los cuales se había ganado la estima de Lenin, a quien Koba admiraba más que a nadie en el mundo. Con ¿Qué hacer? y especialmente con la “Carta a un camarada sobre nuestras tareas de organización”, donde realizaba un retrato pormenorizado del revolucionario profesional, Lenin se había transformado ya no en una obsesión, sino en un modelo a seguir para los miles de revolucionarios que habitaban el Imperio Ruso. Koba sólo había mantenido con él una breve correspondencia durante su estadía en Siberia. Quería transformarse en el Lenin del Cáucaso y es probable que también soñara con desplazarlo. Por eso tardó varios meses en reponerse de la irritación que le provocó que Kamenev viajara al extranjero para asistir en persona a Lenin.

Hundido en la soledad del odio, se reencontró por las calles de la capital georgiana con Yekaterina Svanidze, la hermana de un antiguo compañero del seminario a la que había conocido dos años atrás. En aquella oportunidad no se habían prestado atención. Esta vez no pudieron separarse. Yekaterina, a quien su familia apodaba “Kato”, le recordaba a su madre. Igual que ella, era una cristiana devota que no se interesaba por la política ni se sentía interpelada por las inquietudes intelectuales de Koba. Sólo la preocupaba su bienestar físico y espiritual.

El matrimonio se concretó en Gori en 1904. La ceremonia religiosa no fue el único aspecto en el que Koba abandonó, por un momento, sus convicciones revolucionarias. La igualdad entre el hombre y la mujer, que para él debía ser un principio del nuevo Estado, no era practicada puertas adentro del departamento en Tiflis donde establecieron su hogar. Ambos habían aprendido el amor a la manera legendaria y quizás brutal de la antigua Georgia. Kato era una esposa fiel que se ocupaba de las actividades domésticas. Koba, por su parte, pasaba muchos días fuera de la casa, ocupado de sus actividades clandestinas sobre las cuales hablaba poco y nada.

–Las cortinas están manchadas –le dijo Kato una vez.

–¿Qué? –murmuró con la pipa entre los dientes.

–Las cortinas –insistió y se cruzó de brazos.

–Creo que ya es hora de comprar unas nuevas –dijo al final.

–¿Estás seguro de que podemos permitírnoslo? –preguntó ella.

Koba redactaba un panfleto donde llamaba a una huelga general en una fábrica cercana.

Había vuelto a casa la noche anterior después de un viaje de dos semanas a Bakú, donde formó parte de una serie de manifestaciones que no se molestó en explicarle. Kato no se lo reprochó, pero se sentía con derecho de alguna demanda.

Él estuvo a punto de pedirle que lo dejara en paz. Luego cerró los ojos, los volvió a abrir y comprobó con la mano que todavía tenía en el bolsillo los cinco rublos que había traído desde Bakú.

Esa tarde visitaron la tienda Badagi en el centro de Tiflis. Eligieron las cortinas más baratas que encontraron, pero no les importó porque eran nuevas. A la salida Koba invitó a su mujer a tomar el té.

Por la calle pasaba un carro tirado por cuatro caballos. Adentro viajaba una familia de aristócratas.

–Tenemos tanto derecho como ellos –respondió él–, o como cualquiera.

Mientras tomaban el té, conversaron como no lo habían hecho en mucho tiempo. Kato le confesó a su marido la angustia que le provocaban sus actividades y sus viajes permanentes.

–A veces no puedo dormir a la noche. Pienso que no vas a volver nunca, que te va a pasar algo. Yo sé que estás hecho para cosas importantes, pero ¡por el amor de Dios! Me gustaría que pasaras más tiempo en casa.

Koba la tomó de la mano. No quería mentirle, pero tampoco podía prometerle nada.

–Vamos a estar bien –dijo.

Es probable que esa noche hayan concebido a Yakov, que nació nueve meses más tarde. Durante ese período, y hasta un tiempo después del parto, Koba redujo sus viajes al mínimo indispensable. Aunque su papel en los círculos revolucionarios había sido siempre reservado, asumió menos riesgos que antes y pasaba más horas en la casa. Incluso evaluó la posibilidad de emplearse en alguna fábrica. Kato y Yakov lo contenían y evitaban que el ímpetu revolucionario se lo llevara, tal vez, a ninguna parte. Ella se sentía segura en sus inmediaciones y él dormía profundo y sin sobresaltos. Kamenev, Lenin e incluso la revolución quedaban demasiado lejos como para preocuparse. El mundo exterior, con sus desagradables turbulencias, volvió desde adentro, en forma de fiebre, cuando nadie lo esperaba.

El primer día Kato no se levantó de la cama. Tenía tos y transpiraba. Pensaron que era gripe, pero al día siguiente fue peor. Tardaron en llamar a un médico porque no tenían plata para pagarle. Cuando llegó, el diagnóstico fue contundente:

–Tifus –le dijo a Koba por lo bajo.

No hubo despedidas. La agonía duró una semana.

Esta noche casi no hablaron. Yakov lloraba en su cuna. Koba lo atendía y volvía junto a la cama de su mujer. “Así termina esta historia”, parecían decirse con la mirada. “Uno de los dos se muere. Es simple. Así es la vida para gente como nosotros”.

Koba ordenó una ceremonia religiosa para el velorio, al que asistió acompañado por su hijo y la familia de Kato. Una foto del momento lo muestra con las manos en los bolsillos, apesadumbrado. Apenas contenía las lágrimas. Tras el funeral le entregó a Yakov a la familia Svanidze. Les dijo que no podía hacerse cargo de él. Tampoco volvió al departamento que compartía con su esposa. Quedó abandonado hasta que los propietarios tiraron abajo la puerta. Para entonces, él ya estaba lejos de ahí.

–Sólo ella ablandaba mi corazón de piedra –le dijo a Iosef Iremashvili, un amigo de aquel entonces–. Con ella murieron mis últimos sentimientos por la humanidad. Me siento vacío por dentro.

No era la primera vez que decía esto último, pero fue la definitiva. En adelante ya no hubo necesidad de repetirlo.

5. LA RESISTENCIA DEL MUNDO

Ese día el cielo parecía diferente. Era un cielo limpio, con un sol ominoso, donde no se encontraban puntos de referencia.

El trayecto de Tiflis a Bakú llevaba cuatro o cinco días según cuáles fueran el medio de transporte y las condiciones climáticas. Luego de haber sido interrogado por la Ojrana, Koba robó un caballo que encontró atado en la entrada de un bar y salió de la ciudad al trote. Llevaba un abrigo y un bolso con 40.000 rublos envueltos adentro de una manta, la parte que le correspondía por el robo al banco de la ciudad. De todas las cosas que dejaba detrás, la única que lamentaba era un panfleto a medio terminar sobre la necesidad de que los sindicatos se unieran en contra del enemigo en común. Sabía algunas partes de memoria y las recitaba mientras el caballo avanzaba al trote por la geografía montañosa y árida de Azerbaiyán.

Todavía no tenía treinta años, pero ya no se sentía joven. En su juventud, cinco o seis años atrás, escuchó la historia de un peregrino que había tenido una epifanía. Se le presentó un ángel y le preguntó cuál era su mayor deseo. El peregrino dijo: “quiero que el reino del cielo se haga en la Tierra”. El ángel le contestó “así será” y el peregrino murió. En el lugar donde se descompuso su cadáver creció una zelkova de raíces profundas y ramas gruesas y fuertes, que Koba creía identificar en un árbol que solía cruzarse al costado del camino, a unas diez horas de distancia de Tíflis. Como la altura del árbol era relativamente baja, los campesinos acosados por el hambre y la desesperación usaban una de sus ramas para colgarse de ella. Era común ver los cuerpos a la distancia, a veces uno solo, otras veces dos o incluso tres, mecidos por el viento suave del Cáucaso. Algunos viajeros los bajaban y los enterraban. Koba los observaba de lejos. Pero esa vez no vio ninguno. Sólo la silueta de la zelkova con sus ramas solitarias, sin ningún tipo de follaje, de donde colgaba una soga de ahorcado como un presagio.

Siguió de largo. Años más tarde le contaría a Henri Barbusse que por mucho que intentaba pensar en otra cosa, su mente volvía a la anécdota del peregrino. En su intento por descifrarla recordó al Timeo, que había estudiado en el seminario, donde Platón explicaba el origen del mundo.

–Presten atención a esto –decía el viejo profesor Avenarius en clase–. El Demiurgo no crea el mundo según su antojo, sino que replica en él las formas elementales de la racionalidad divina. Pero el mundo ofrece resistencia, porque está hecho de materia. La perfección sólo existe en la eternidad inmaterial. Nosotros vemos sombras, somos sólo un reflejo.

Koba rechazaba al platonismo por su impronta metafísica y paralizante y odiaba al profesor Avenarius desde que tenía uso de la razón, pero la frase volvía una y otra vez a su cabeza: “El mundo ofrece resistencia”.

En el horizonte apareció una casa de madera y adobe, ubicada a unos metros de distancia del sendero. Se dirigió hacia ella con la esperanza de encontrar refugio para pasar la noche. Estaba habitada por dos campesinos ancianos. El hombre era ciego. La mujer llevaba adelante las tareas de la pequeña granja. Tenía el cabello gris pero, a diferencia de su marido, era robusta y parecía fuerte. Le recordaba a su madre, especialmente cuando acondicionó para él un colchón de paja y mantas en el establo, cerca de un cerdo y dos caballos escuálidos. Luego le ofreció compartir la cena con ellos. Koba le alcanzó un par de billetes.

–Para los gastos –dijo.

–Voy a construir el Estado nuevo –dijo.

–¿Cómo es eso? –preguntó la mujer.

Les habló acerca el panfleto que estaba escribiendo.

La anciana asintió.

–La verdad se impone, a la larga siempre se impone.

La mujer amagó con rechazarlos, pero al final los aceptó. Mientras comían una sopa insípida hecha con papas y un poco de carne, el anciano le preguntó por qué se dirigía a Bakú. Koba tenía tres o cuatro historias diferentes para ese tipo de ocasiones, pero optó por otra alternativa.

–Gracias al marxismo, la ciencia y la razón están de su lado, del lado del proletariado, contra la explotación capitalista. Es una cuestión de tiempo para que despierten y descubran que sólo ven sombras en una caverna.

Koba la observó con sorpresa. –Usted debería leer a Lenin –dijo. Ella se rió.

–Si supiera –contestó–. Mi marido me leía la Biblia, hace muchos años. Pero ahora él está ciego y a mí ya no me entra nada nuevo, ningún aprendizaje, sólo espero que Dios me permita sobrevivirlo a él para que no tenga que quedarse solo en casa. ¡Esas son las verdaderas sombras!

Animado por unas copas de vodka, Koba contó que, en Bakú, durante un viaje anterior, había acondicionado una bodega en la casa de los padres de un obrero de la refinería de petróleo. Debajo de un barril de vino había un pozo de alrededor de cinco metros de profundidad. Si uno descendía con la ayuda de una cuerda, se encontraba al fondo con una galería de paredes de arcilla que se prolongaba por un tramo de diez metros, al cabo de los cuales había un sótano que se iluminaba mediante una precaria instalación eléctrica. Hasta ahí, con mucho cuidado, habían trasladado una imprenta de tipos móviles. En ese lugar pensaba refugiarse Koba en los días siguientes. Aprovecharía el escondite para redactar su panfleto, que ya tenía casi completo en la cabeza. Y luego había que salir a repartirlo por las fábricas, como los apóstoles que transmitían una buena nueva. Así era como las ideas se llevaban a la realidad.

–¿Qué va a pasar con nosotros en el... Estado nuevo? –preguntó el hombre.

–Ustedes serán dueños de la tierra que trabajan –contestó Koba sin dudarlo.

–Qué bien –dijo el viejo como podría haber dicho cualquier otra cosa–. Espero que así nos salvemos del hambre.

Terminaron de comer en silencio. La anciana retiró los platos. Koba agradeció la comida y se retiró a descansar en el establo. Cuando salió al campo vio o creyó ver a la zelkova con la soga que colgaba de una rama, iluminado por la luz de la luna.

Todavía quedaba un largo camino por delante.

6. “SER ABSOLUTAMENTE MODERNO”

Durante los años posteriores a la fallida revolución de 1905, la pregunta aparecía en las mentes de todos: ¿y si Lenin estaba equivocado? ¿Qué fuerzas eran necesarias para que la revolución se produjera? No todo cambiaba. Había países, regiones, continentes enteros hundidos para siempre en el atraso y la decadencia. Quizás el imperio ruso, con su imposible y vasta población agraria, fuera parte de ellos.

Luego de probar suerte durante unos años en Tiflis y Bakú, Koba se mudó a Petrogrado, cuyos círculos revolucionarios orbitaban más cerca de Lenin que los de su tierra natal. Cambiaba de domicilio todas las semanas, porque la policía lo tenía marcado como un agitador peligroso a pesar de que sus acciones no iban más allá de algunos asaltos menores y la distribución de material escrito en los sindicatos de la región. Entonces, después de mucho tiempo, tuvo al fin un golpe de suerte.

Georgia era ajena a Lenin debido a que, en su territorio, la facción partidaria más numerosa era menchevique. Pero durante uno de los frecuentes congresos, los bolcheviques se impusieron en las votaciones. Esta radicalización estaba motivada por el empeoramiento de los salarios y las condiciones laborales de los trabajadores del petróleo y el carbón. A partir de ese momento, Lenin empezó a interesarse en el distrito. En su búsqueda de interlocutores, alguien le dijo que un tal Koba contaba con buena información y contactos. En Petrogrado había por lo menos cuatro revolucionarios de origen georgiano que se hacían llamar de esa manera, en honor al personaje literario creado por el escritor Alexander Kazbegi. Iosif Dzhugazvili, antes conocido como Soso, se las arregló para transformarse en el informante de Lenin. Al poco tiempo, iba y venía de Tiflis como delegado del partido.

En la correspondencia que mantenían, Lenin le transmitía su determinación. “ ́Hay que ser absolutamente moderno ́, dijo Rimbaud y se dedicó al comercio de esclavos”, escribía en las horas de ocio en Ginebra. Koba absorbía sus palabras como si cada una de ellas escondiera una clave. Luego de ponerlo al tanto de los movimientos del partido, se explayaba sobre sus actividades cotidianas y sus frecuentes viajes por el territorio. En una oportunidad, le contó sobre una visita a Borjomi, una pequeña ciudad al oeste de Tiflis a la que había ido para establecer contacto con los sindicatos locales. Antes de llegar, se cruzó con una carpa de circo al costado del camino.

“Estaba confeccionada en una tela vieja y sucia que le daba aspecto de abandonada, pero los caballos y carruajes apostados a su alrededor me dieron la pauta de que había gente adentro. Hacía horas que cabalgaba solo entre las montañas, así que me pareció una buena oportunidad para desensillar y descansar un rato. Até mi caballo junto a los otros. Como nadie se acercó a recibirme, entré en la carpa, desde donde se escuchaban voces y murmullos de personas.

“Adentro había una serie de gradas dispuestas alrededor de lo que parecía una arena de circo. Nadie me registró, o a nadie le importó mi presencia. En el centro, sobre una tarima, se alzaba una guillotina alumbrada por dos antorchas clavadas al suelo. De un lado, una canasta cuyo contenido no alcanzaba a ver. Del otro, un hombre de barba, vestido con una túnica blanca, arengaba al público. Me senté junto a una mujer a la que le faltaba un brazo. Después de unos minutos, a medida que mis ojos se acostumbraban a la semipenumbra, reconocí mutilaciones similares en casi todo el público: hombres, mujeres e incluso niños sin uno o los dos brazos y piernas. Uno de ellos, anciano de pelo blanco, era un torso sin extremidades, unido a una cabeza, que miraba hipnotizado desde las gradas. De a ratos gritaba y la baba le caía por la comisura de los labios.

“El hombre que concentraba la atención de todos se hacía llamar Alí. Algunos le decían ́padre ́. Su entonación georgiana denotaba ecos turcos y a veces se le entremezclaban palabras en ese idioma. Al principio lo identifiqué como uno de los tantos nómades que frecuentan las regiones de frontera, a uno y otro lado del imperio: comerciantes, bandoleros, prestamistas. Pero Alí era diferente. Era difícil saber desde cuánto tiempo atrás estaba instalada su carpa en el lugar, pero todo hacía pensar que su llegada no era reciente. Tenía una mirada degenerada, de un magnetismo perturbador. Cuando él hablaba, no existía manera de no prestarle atención.

“–¿Quién sigue? –preguntaba en voz alta.

“Una mujer del público caminó hasta él. Su brazo izquierdo estaba mutilado a la altura del codo. Alí la recibió como a una vieja conocida.

“–Iulia –dijo–, otra vez acá.

“Ella sonrió con desgano.

“–¿Cuál es tu ofrenda de hoy? –preguntó él.

“Sin decir nada, la mujer se recostó sobre el camastro de madera e introdujo su cabeza adentro de la guillotina. Un murmullo recorrió el público. Los ojos de Alí brillaban.

“–Iulia decidió dar el último salto –dijo y le acarició la cabeza, que reposaba en silencio sobre un almohadón, boca arriba–. No lo hace sólo por ella, sino también por nosotros.

“La mujer se negó a hablar. Alí le agradeció su desprendimiento y luego, sin más ceremonia, soltó la soga que mantenía la cuchilla en alto. Un corte limpio desprendió la cabeza del tronco. Cayó en la canasta como una sandía recién cosechada, mientras el cuerpo sacudía las piernas.

“Nunca escuché un silencio tan desolador. Mientras dos hombres retiraban el cuerpo degollado, Alí sostenía de los pelos a la cabeza de Iulia y la mostraba al público. Tenía la boca abierta en una mueca desencajada. De la garganta brotaban hilos de sangre, como si se estuviera vaciando.

“–Ella se ganó su lugar –decía, ebrio de sí mismo–. ¿Quién es el próximo?

“Un anciano ofrendó su mano, que fue cercenada por la guillotina. No recuerdo mucho más, excepto que me retiré con la certeza de que el imperio está enfermo, pero el pueblo está maduro. Sólo necesita alguien que lo sepa conducir a la revolución”.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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150 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9789878803685
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