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PAN DE HÉROES

SEBASTIÁN ESCUDERO

PAN DE HÉROES

Una colección de mensajes inspiradores

EDITORIAL CLARETIANA

Índice

Portada

Portadilla

Legales

Prefacio

Primera Parte

¿Falta de fuerzas o de voluntad?

Deja de mirar el tablero

El bloqueo del elefante

Si dudas, abortas

Soldado que huye

El perfume del pastor

La compasión idiota

Adrenalinópatas

Dios tiene el control

Y por casa, ¿cómo andamos?

El silencio de los inteligentes

La mejor de todas las biblias

Los aguaduelos

Empuja la vaca

Pescadores de peceras

Cuidado con los aplausos

El secreto de tu habitación

El eterno condenado

Guardianes del tiempo

Quemando naves y escalando sin soga

Bendiciones que marcan destinos

La fórmula del vino

Si eres

El mismo sí

Las dos chispas

Te amo, y punto

El propósito del aceite

El extra

Depende del alimento

No descuides los frijoles

La trampa esquimal

Lajay – roí

No te voy a soltar

El final de la película

Pensamientos rastreros

Lo mejor está por venir

Panda vence a dragón

La “culpitis”

No te olvides de lo más importante

Banquete para mendigos

La visa para los de al-qaeda

El cuarto para las doce

El tatuaje de dios

Dar vuelta la página

¡Pecadores sí, corruptos no!

Me planto

Agentes “xxx”

No le pegues a la piedra

Plumas al viento

El tiempo dirá

El abogado del ego

¿Hospital o museo?

El eterno recurrente

El paquete de galletas

Derriben el puente

Corazón de colibrí

La orden de pompeyo

El “detallito”

La kerkaporta

Déjà vu

Sawabona: Shikoba

Efecto mariposa

Kintsugi, cicatrices de oro

Segunda Parte

Nuestro propósito en la vida

La espiral ascendente

Sonríe siempre

La carencia afectiva

Dios es artista, no mago

Un antídoto contra la amargura

Primero hay que nacer

We are the champions

No usaste todas tus fuerzas

Relájate, yo estoy contigo

La frase que guía mi camino

El vasito de agua

Con la cara en la nuca

Sueño adolescente

Miedosos por ignorancia

Si quieres broncearte

Los beneficios del amor de Dios

Enfrentar los miedos

Luchar por nuestro hogar

Las máscaras

La fuente del amor

Perteneces a la familia de Dios

Sí, se puede

El rencor

Del Tabor al Getsemaní

La clave del fracaso

Una encrucijada más

Deshabitarnos

Dios te ama siempre

Los ganadores

El amor posesivo

En el país de la escasez

El entusiasmo

Tómate tu tiempo

¿Consejeros o cómplices?

La obsesión por la cima

Los límites a los hijos

Dejemos sin trabajo al “ego”

Felicidad es soltar en paz

La raíz de nuestra irritabilidad

No todo depende de ti

Dios me acepta

El respeto en las parejas

Curso de oratoria

Dios de lo imposible


Escudero, SebastiánPan de héroes : una colección de mensajes inspiradores / Sebastián Escudero. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-762-088-71. Educación Religiosa. I. Título.CDD 268.4


Editorial Claretiana es miembro de

Claret Publishing Group

Bangalore • Barcelona • Buenos Aires • Chennai • Colombo • Dar es Salaam • Lagos • Madrid • Macao • Manila • Owerri • São Paulo • Warsaw • Yaoundè

Diseño de tapa: Equipo Editorial

1ª edición, libro papel, junio de 2015

1ª edición libro digital, marzo de 2021

Todos los derechos reservados

Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723

© Editorial Claretiana, 2015

ISBN 978-987-762-088-7

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

EDITORIAL CLARETIANA

Lima 1360 – C1138ACD Buenos Aires

República Argentina

Tel: 4305-9510/9597 – Fax: 4305-6552

E-mail: contacto@claretiana.org

www.claretiana.org

A mis alumnos, principales responsables —luego del Espíritu Santo— de que estés por empezar a leer este libro.

Gracias, chicos, por la profunda atención que me prestan desde hace tantos años al comenzar cada jornada con la prédica del día. Se los debía. Sepan que son ustedes los inspiradores y primeros destinatarios de este trabajo. Son los mismos mensajes de cada semana, sólo que en formato papel. Gracias por existir. Los amo.

PREFACIO

Era cerca de las 23 hs. de un día cualquiera de la semana, del año 2002. En mi casa no encontraba espacio adecuado para orar, así que había salido a caminar por los alrededores de mi barrio mientras conversaba con Dios, en una noche aquietada. De repente, paso por una casa y quedo asombrado por lo que mis ojos ven: en un cesto de basura, hay una multitud de libros tirados para que los recoja el camión.

Déjame explicarte algo importante. Yo amo la lectura, desde niño podía pasar horas enteras leyendo cualquier tipo de literatura. Así ha sido durante mi vida entera. Quienes me conocen saben que lo primero que haré cuando entre en una casa es buscar la biblioteca y detenerme un rato a inspeccionar y hojear sus libros.

Puedes imaginar entonces lo que sentí esa noche cuando vi tantos desechados a la basura. ¡Qué horror! ¡Qué crimen! Recuerdo que salí corriendo a buscar a casa una bolsa grande de consorcio. Tenía que apresurarme antes de que me gane el camión de basura. Gracias a Dios, llegué a tiempo. No sé la cantidad de libros que rescaté, pero fue la mayoría.

Cuando llegué a mi casa, con esa bolsa llena, empecé a revisarlos uno por uno. De repente me llamó poderosamente la atención el título de uno: Lecturas Matutinas. Se trataba de una especie de manual de reflexiones para cada día del año. Lo separé del resto, lo limpié un poco y empecé a leerlo. Esa misma noche empecé a escribir este libro, Pan de Héroes. Con ese libro en mano, rescatado del basurero, entendí que Dios me estaba mostrando que debía escribir un libro de reflexiones diarias, con ese estilo; con reflexiones cortas que dejen un mensaje profundo.

El primer ensayo ocupó varias hojas de un cuaderno. El segundo, un par de meses después, lo edité en dos revistas a las que llamé Prédicas motivacionales I y II. Ambas revistas pasarán a la historia de mi vida como el primer material que publiqué. Se vendieron cientos de ejemplares. Pero tuvieron que pasar más de doce años para que saliera a la luz en formato libro.

Hoy tengo el altísimo honor de presentarles este, mi quinto hijo literario. El título del mismo tiene cerca de seis años y está sacado de un texto bíblico que me impactó, a mediados del 2008, mientras leía la Biblia del peregrino de Alonso Schöekel: el salmo 105, versículo 40. El salmista va enumerando una a una las acciones gloriosas de Dios para liberar y demostrar su amor a su pueblo. Y entre ellas nombra la siguiente:

…los sació con pan de héroes.

Con este sintagma, se está haciendo referencia al maná, ese pan que alimentó al pueblo de Israel en su estadía por el desierto, que caía del cielo para alimentar a esos valientes héroes hambrientos. El alimento les permitía seguir avanzando en aquella hostil travesía rumbo a la tierra prometida.

Creo que nosotros también necesitamos un alimento diario similar, en el desierto de nuestra vida rumbo a la tierra prometida que habitaremos definitivamente un día. También hoy necesitamos ese pan celestial. Ese pan es, sin duda, la Palabra de Dios, que me analizaré en un formato de pequeñas reflexiones para que puedan ser un alimento espiritual para fortalecer el espíritu.

Lo ideal sería leer una reflexión por día, de manera tal que podamos rumiarla adecuadamente a lo largo de la jornada. Este no está pensado como un libro de lectura continua, sino más bien como parte de un proceso de reflexión y meditación diaria que nos permita degustar, analizar, orar y poner en práctica los principios enseñados.

El estilo utilizado es el mismo al de los anteriores libros que escribí. No quiero hacer teología, psicología o filosofía, sino tal vez una mezcla de las tres, pero desde un enfoque espiritual. Una vez más, respetando mi estilo literario, uso un lenguaje que intenta escapar a la monotonía y a la pesadez y que busca ser accesible a través de cuentos, anécdotas, leyendas, películas, testimonios personales, parábolas, frases biografías, etc., recursos que le permitan meditar tanto a un niño como a un anciano.

He procurado la variedad, cambiando permanentemente de temáticas para reflexionar. Por lo cual no será posible hacer una lectura continuada de reflexiones sin tener que hacer una pausa mental entre enseñanza y enseñanza.

Hacia el final del libro, agrego una sección de pequeñas meditaciones, más cortas que las anteriores. Se trata de pequeños fragmentos de frases que he ido publicando en mi cuenta de la red social Facebook, semana tras semana, estos últimos años, y que muchas personas me pidieron que las publique. Creo que este es el mejor espacio para hacerlo. Y como no voy a dejar de publicar estas frases, intuyo que este es el primer tomo de varios Pan de héroes que el Señor me va a permitir escribir.

Ruego a Jesús que derrame su bendición amorosa en cada palabra que leas de este nuevo trabajo que Él me encomienda. Que sea para tu alma un alimento nutritivo que te lleve a escudriñar más y más las escrituras.

No dudes que este libro es para ti… claro que lo es… es el tipo de alimento que necesitan personas como tú.

Sebastián Escudero,

Junio de 2014

sebaescudero3@hotmail.com

PRIMERA PARTE

¿FALTA DE FUERZAS O DE VOLUNTAD?

Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla (1 Cor 10, 13).

Las tentaciones y las crisis no vienen de Dios, sino del diablo y del mismo hombre. Pero Dios permite que estas intervengan en nuestras vidas para hacernos crecer.

Cuando falleció mi madre, pensé que no podría soportar tanta angustia; hasta tuve la tentación de abandonarme pero no lo hice porque su palabra lo afirma: Dios es fiel, y él no permitirá que sean tentados más allá de sus fuerzas. Al contrario, en el momento de la tentación, les dará el medio de librarse de ella, y los ayudará a soportarla.

Sé que muchos de mis alumnos no podrían soportar esa crisis de perder a su madre hoy… así que no les va a suceder. Las cosas suceden porque tenemos fuerzas para afrontarlas. Cuando bajamos los brazos no es por falta de fuerzas, sino de voluntad.

Por lo tanto, nadie puede argumentar que tal crisis o tentación es demasiado fuerte, demasiado difícil de soportar. Algunos encuentran en esta falsa creencia la excusa perfecta para dejar de luchar. Pero lo cierto es que Dios conoce nuestros límites y no permitirá que seamos tentados ni probados más allá de lo que podamos resistir.

Uno de los más grandes engaños del enemigo es hacernos creer que no hay forma de superar esa tentación que estamos experimentando. Eso nos hace tirar la toalla y relajarnos, porque llegamos a la ridícula conclusión de que esa prueba es más grande de lo que somos capaces. Cuando en realidad se trata de una prueba o tentación más grande en todo caso de lo que estoy ya dispuesto a soportar.

Cuando el diablo venga a mentirnos, aferrémonos a aquel consejo práctico que nos brinda el apóstol Pedro: Resístanle firmes en la fe, sabiendo que nuestros hermanos en este mundo se enfrentan con persecuciones semejantes (1 Pe 5, 9).También el apóstol Santiago nos enseña que debemos mantenernos firmes en la tentación: Resistan al diablo y él huirá de ustedes (Sant 4, 7b). San Pablo también afirma algo en consonancia con los otros dos apóstoles: Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio (Ef 6, 11).

¿Te has dado cuenta de cuál es el verbo común de todas estas citas bíblicas? El verbo resistir. De resistir se trata si quieres triunfar.(1)

Detrás de cada tentación grande hay una bendición grande. Tomás de Kempis nos dice en La imitación de Cristo: “la tentación suele ser señal precedente de que vendrá la consolación.”(2) En los casos de renuncia de un mal hábito, ciertamente el síndrome de abstinencia que implica el mantenerse con el firme propósito de salir de eso produce un violento estrés para resistir y no volver a caer en ese vicio. Y el diablo pondrá los medios para hacerte creer que no hay salida, que inevitablemente volverás a lo mismo. Pero tú no le creas.

El padre Antonio Royo Marín enseña que “a veces la tentación no desaparece enseguida, y el demonio podría atacar una y otra vez con gran tenacidad. Uno no debería desanimarse por esto. La insistencia del demonio es una de las mejores pruebas de que el alma no ha sucumbido a la tentación”(3).

Somos desafiados por Dios a niveles más altos de madurez cada vez que superamos una tentación. Simplemente cuando seas tentado, prepárate: se viene un nuevo paso de madurez. Pídele a Dios tener fuerza de voluntad para enfrentarla.

DEJA DE MIRAR EL TABLERO

Soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio (2 Tim 4, 5).

En una ocasión me descubrí enojado mirando una y otra vez el tablero de mi auto que me indicaba que me estaba quedando sin nafta. Y de golpe entendí que no ganaba nada con mirar tanto el tablero; lo que tenía que hacer es llenar el tanque. Me llevó a pensar en la cantidad de veces que perdemos el tiempo inútilmente mirando el problema y no la solución, luchando con una situación, con un hábito, con una debilidad o con un pecado, revolcándonos en un mar de culpas que no nos llevan a ningún lado, cuando lo que debiéramos hacer es buscar ser llenos de Jesús y esas cosas se disiparán solas. Alguien dijo que es más fácil encender una pequeña luz que luchar contra la oscuridad.

Mirar el tablero es mirar lo que nos falta, y si nos quedamos mirando lo que nos falta, lo duro de la crisis, lo imposible que sería alcanzar las metas, etc., es un hecho de que nos va a ir mal. Porque, así como tenemos fe en el poder de Dios, podemos tener fe en el mal, en el fracaso.

Déjame colocar algunos ejemplos para que sea más entendible la cuestión. En una de las visitas del padre Darío Betancourt a mi ciudad, el sacerdote estaba predicando en un estadio de fútbol sobre las tentaciones. Y en un momento preguntó a las miles de personas que estaban allí: “¿Cuántos de ustedes están luchando por no pecar?” Todo el estadio levantó la mano, incluidos sacerdotes y monjitas que se encontraban en el encuentro. El padre Darío comenzó a reírse. Y al rato dijo: “Entonces están todos equivocados. No debemos luchar por no pecar. Debemos luchar por estar más cerca de Jesús, y con Él a nuestro lado se disiparán las tinieblas del pecado en nuestra vida”. Y todo el estadio prorrumpió en aplausos y gritos de júbilo.

Esto es una gran verdad. Debemos concentrar nuestra atención en Dios, y no en el pecado; en la solución y no en el problema, en cargar nafta y no en mirar el tablero a cada rato. Luchar contra una tentación sólo intensifica nuestro enfoque en lo malo fortaleciendo su fascinación. Los santos están tanto tiempo con Dios que las tinieblas de sus vidas se disipan solas. Ellos no luchan por no caer en tentación; ellos están concentrados en estar cerca del Dios al que aman.

Cada vez que intentamos bloquear un pensamiento en nuestra mente lo que estamos haciendo es grabarlo más intensamente en nuestra memoria. Lo mismo sucede con nuestros sentimientos: cuanto más luchamos contra un sentimiento, más somos controlados por ellos, y de esa forma nos mantenemos cada vez más esclavos de ese odio, de ese rechazo, de ese miedo, etc.

La solución, si bien no es fácil, ciertamente es sencilla: concéntrate en otra cosa. No luches contra ese pensamiento, sino más bien cambia el cauce de tu mente.

En definitiva, y empleando un término de Andrew Mathews: “gravitamos hacia nuestros pensamientos dominantes”.(4) La mayoría de las dietas no resultan por el simple hecho de que nos mantienen enfocados y concentrados todo el tiempo en la comida.

Deja de mirar el tablero de lo que te falta para ser santo y busca un surtidor de nafta urgente. Fija tu concentración en Jesús. Cuando tu mente y tu corazón están puestos en Él, la tentación pierde su poder y su tiranía. Lee la Biblia, ora, recurre a los sacramentos, ocupa tu mente en la lectura espiritual o edificante, involúcrate en servicios para el Reino, etc. Esto le indica san Pablo a su discípulo Timoteo, que estaba rodeado de mil problemas: “No hagas caso de tus propias penas” (2 Tim 4, 5). En otras palabras, deja de mirar el tablero, más bien carga nafta de una vez por todas.

El bloqueo del elefante

Pero los hombres que habían subido con él replicaron: No podemos atacar a esa gente, porque es más fuerte que nosotros (Nm 13, 31).

¿Qué será lo que les puede hacer pensar a las personas que no pueden, que no son capaces, que no van a alcanzar una meta… que es imposible? En mi humilde opinión, creo que se debe a que sufrimos el bloqueo del elefante. Si vamos a un circo o a un zoológico, encontraremos a un elefante atado con una soga a una pequeña estaca enterrada en el suelo, sin moverse. Lo primero que uno se pregunta es cómo es que semejante bestia no se da cuenta que, con un solo movimiento de su pata, podría liberarse. Lo que sucede es que desde que era un pequeño elefante lo ataron a un gran árbol o a un poste sólido; y tanto hacer fuerza para liberarse se terminó convenciendo de que no se puede. Eso lo bloqueó para siempre. Cada vez que se ve atado a lo que sea algo dentro de él le dice: “no se puede”.

Hubo un día, un terrible día para su historia, en que el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree –¡pobre!– que no puede. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez.(5)

Tú y yo somos interiormente del tamaño de un elefante, pero quizás también tenemos un bloqueo semejante al de ellos. Alguien desde niños nos hizo creer que no se puede, que siempre vamos a estar en el mismo lugar, que no nos da la cabeza, que es imposible cambiar nuestras circunstancias. El tema es que el elefante no puede liberarse de ese bloqueo porque está determinado por su instinto. Pero tú y yo, no. De la mano de Jesucristo podemos superar esos bloqueos.

Vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad condicionados por el recuerdo de «no puedo». Tu única manera de saber es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón.

Siempre recuerdo un bloqueo del elefante que tengo con la comida desde que soy niño. Un tío, viendo que demoraba en comer, no tuvo mejor solución pedagógica que mirarme a la cara y decirme que el estómago tarda 20 minutos en digerir alimentos desde el momento que empezamos a comer. Si no comemos dentro de este tiempo se nos cierra el estómago y podemos morir. Yo quedé tan traumado, tan bloqueado con eso, que empecé a comer rápido, para que no se me cerrara el estómago. No quería morir. Y hasta el día de hoy llevo incorporado un mal hábito alimenticio de comer rápido y no saber digerir correctamente los alimentos.

Ahora bien, eso no es tan grave, pero hay otros bloqueos que verdaderamente pueden anular nuestro destino, como puede ser el de no volver a intentar rendir un examen, no volver a abrirle nuestro corazón a nadie luego de una desilusión amorosa, no volver a cuestionarnos esas maldiciones que nos dijeron cuando éramos niños, etc. Bloqueos del elefante que no nos dejan crecer en paz.

Escribí un libro entero acerca de esta problemática: mi cuarto libro No me digas que no podrás (6). En el mismo explico que todos los seres humanos tenemos un potencial extraordinario dentro de nosotros. El gran problema es que el enemigo se encarga de mentirnos acerca de nuestro valor. Y la mayoría le cree. Por eso nos damos por vencidos.

Así que déjame darte un consejo: la próxima vez que te sientas atrapado por cualquier tipo de atadura levanta tu pie y verás lo fácil que es ser libre.

SI DUDAS, ABORTAS

“Nunca dudes en la oscuridad de lo que Dios te dijo en la luz” (Raymon Edman).

Cuando contemplo y medito la escena de la anunciación del arcángel Gabriel a la virgen María no puedo dejar de pensar lo trascendental de su sí. San Agustín enseña que “María quedó embarazada por oír la Palabra”. Es decir, fue su fe la que dio comienzo a la encarnación del Hijo de Dios en su vientre.

Ahora bien, ¿qué pasaba si dudaba a partir de entonces? Tamaña la responsabilidad que le asignó Dios... es que si dudaba, abortaba al Mesías que estaba en su vientre. Y la grandeza de la Virgen no fue solamente haber dado comienzo al verbo encarnado dentro de ella... sino más aún haber mantenido su convicción durante toda la vida. Puedo imaginármela diciéndole a Dios “creo” en momentos particulares de su vida, cuando pareciera que no existe ningún motivo para seguir creyendo:

Cuando tenía que limpiarle la colita siendo un bebé.... “Creo que es el Hijo de Dios que me anunció el Ángel”.

Cuando tuvo que enseñarle a rezar.... “Creo...”.

Cuando lo veía trabajar la madera en su carpintería sin contemplar ningún milagro maravilloso... “Creo...”.

Cuando lo vio clavado en esa cruz desfigurado, con su cuerpo triturado por los latigazos... “Creo...”.

La gloria de María no sólo consistió en creer en un momento histórico, sino en mantener su convicción cuando la noche no le brindaba motivo alguno para seguir creyendo.

Tenemos que aprender a no dudar en la noche de lo que nos fue revelado a plena luz del día. Esta verdad es la que puede salvar a un matrimonio cuando está lejos de aquella época de brillo en el noviazgo o de aquella inolvidable luna de miel; o a una persona a punto de abandonar su vida sacerdotal o religiosa. No tenemos que dudar de lo que ya se nos fue revelado.

Dudar puede llevarnos, de un arrebato, a perder lo que construimos toda una vida. Dudar te puede hacer abortar esa visión, ese sueño. Si Dios dijo que no va a llover, no llevemos paraguas. Y si llueve y Dios dice que va a parar, no construyamos arcas. No hagamos un plan b cuando Dios nos revela algo. La Biblia dice: Si ustedes no creen, no subsistirán (Is 7, 9b).

Esta Palabra cobró fuerza en mi vida con algo que me pasó exactamente el 4 de enero del 2010. Estaba haciendo cola para entrar a la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires. Viajé desde Córdoba en busca del visado para viajar a New York para dar una serie de giras, de conciertos y prédicas en dos estados y en más de diez parroquias. Tenía todo armado, los afiches míos ya colocados en NYC anunciando mi llegada. Empezaba el 14 de enero el primer mensaje. Pero a medida que avanzaba la cola me entró el miedo de que no me dieran la visa, ya que veía personas que salían llorando amargadas porque les habían rechazado la petición. Así que, antes de que llegara mi número, llamé a mis hermanos Misioneros Mensajeros de Jesús que estaban misionando en Salta y les pedí que por las dudas me guarden un colchón para ir a misionar con ellos, en caso de no obtener el visado. Así, preparé un plan b.

No hace falta te cuente que me negaron la entrada a EEUU, ¿no? Fue mi duda la que me hizo abortar este gran proyecto de Dios de evangelización en Norteamérica. Me quisieron consolar con muchos argumentos sobre el porqué de aquel rechazo. Pero siempre supe que fue mi vacilación del final la que me hizo temblar frente a la jueza del departamento de visas.

Es que hay momentos cruciales en nuestras vidas en que dudar nos puede conducir lenta o letalmente al final; son momentos críticos en que si dudas, abortas.

Soldado que huye (7)

Huye del pecado como de una serpiente, porque si te acercas, te morderá (Eclo 21, 2).

Es híper conocido por todos aquel refrán que dice: “Soldado que huye sirve para otra batalla”. Esto puede ser un acto de cobardía aplicado a muchas situaciones. Pero, aplicado a las tentaciones de tipo sexual, es un acto de suprema prudencia y sabiduría. Ya desde la época de los Padres de la Iglesia se nos enseña que se puede hacer resistencia a todas las tentaciones, excepto a aquellas referidas a la fe y a la pureza sexual.(8)

En todos los casos de caídas hay una regla de oro que vale la pena tener en cuenta: “Siempre hay un sí que se dijo cuando todavía se podía decir que no”. Siempre hay un mensaje que se podía haber evitado. Siempre hay una llamada que se podría no haber contestado. Siempre hay un paseo que se podría haber obviado. Porque hay un momento que ya es demasiado tarde… las cartas están tiradas sobre la mesa.

La manera de evitar caer en la tentación es huir lo antes posible de ella, apenas fuimos tentados; tan simple como eso. Este principio es el que aplicó José en Egipto, cuando, mientras trabajaba en la casa de Putifar, funcionario del palacio de Faraón, fue seducido por la esposa de aquel para tener relaciones sexuales: Ella lo tomó de la ropa y le insistió: Acuéstate conmigo. Pero él huyó, dejando su manto en las manos de la mujer, y se alejó de allí (Gn 39, 12).

Y eso es lo que Pablo aconseja: Huyan de la fornicación (1Cor 6, 18). La voluntad de Dios es que sean santos, que se abstengan del pecado carnal (1Tes 4, 3). No cedas a los impulsos propios de la juventud (2Tim 2, 22).

No debemos ni siquiera conversar por un instante con el diablo, simplemente se trata de huir.

Si estás a punto de faltarle el respeto a tus padres... ¡HUYE!

Si estás a punto de insultar a esa persona… ¡HUYE!

Si te encuentras con alguien que resulta ser una seducción en tu vida y que te puede conducir al adulterio… ¡HUYE!

Si estás tentado de entrar a ese sitio pornográfico… ¡HUYE!

Si no quieres que las abejas te piquen, mantente lejos del panal.

Huye de la inmoralidad. Aléjate de los sitios que te tienten a pecar. Saca la computadora de tu habitación y colócala a la vista de todos. Si es necesario, ponle una contraseña que sólo un familiar conozca. Recuerda que tu primera tarea no es resistir, sino huir. Huye de la tentación, así como también de la compañía de aquellos que pueden hacerte caer en el lazo de la seducción.

Contra el diablo, el consejo bíblico es resistir y él huirá; contra la flaqueza espiritual, Jesús nos exhortó a velar; pero contra el pecado sexual, el mandamiento es huir. De ningún otro pecado la Biblia nos manda a huir sino de la idolatría y de la fornicación. En otras palabras, cuando se trata de tentaciones sexuales, Dios nos invita a ser cobardes.(9)

Si te encuentras en una habitación cara a cara con una profunda tentación, ni se te ocurra ponerte a orar. No quieras empezar a filosofar. No intentas por nada del mundo poner a prueba tu capacidad de resistencia. No lo hagas. Simplemente huye… y lo más rápido posible. Soldado: es mejor perder una batalla que la guerra entera.

El perfume del pastor

El guardián cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz (Jn 10, 2-5).

En su homilía de la misa crismal del jueves santo del 2013, apenas unos días luego de haber sido elegido sumo Pontífice de nuestra Iglesia Católica, el papa Francisco dijo algo que quedará para los siglos de los siglos como una afirmación lapidaria:

El sacerdote que sale poco de sí se pierde lo mejor de nuestro pueblo. (…) De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con ‘olor a oveja’, pastores en medio de su rebaño; esto les pido: sean pastores con «olor a oveja», que eso se note… y pescadores de hombres (10).

Ya antes de ser papa, cuando aún era arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio sostenía que:

Hay que buscar una Iglesia que esté en la calle. La Iglesia no debe cerrarse sobre sí misma porque se enferma. Tiene que ir a buscar a los hombres. Nos equivocamos al pensar que en el rebaño tenemos 99 ovejas y hay una oveja descarriada que está afuera. Es exactamente al revés, en el rebaño tenemos una oveja y hay 99 que están afuera, y el error nuestro es dedicarnos a la única ovejita que tenemos dentro. Hoy no hacen falta funcionarios clericales, hacen falta pastores que tengan olor a oveja, pastores que estén con las ovejas, que nunca las apaleen sino que las cuiden con mucho amor”.(11)

¡Qué maravilloso pedido que nos hace el santo Padre! Y no sólo a los clérigos. A todo el pueblo de Dios le llega con poder la exhortación. Ese es el perfume que tiene que tener un pastor: el olor a sus ovejas. Padres con olor a hijos, docentes con olor a alumnos, jefes con olor a empleados, políticos con olor a ciudadanos… de eso se trata.

¿Por qué será que nos cuesta tanto caminar lentamente entre la multitud para acercarnos más a las personas y permitir que ellos se nos acerquen? ¿Tanto nos cuesta amar a las personas antes que dirigirlas? ¿Tan difícil es aprender sus nombres en vez de llamarles por su función?En algunas religiones, particularmente orientales, el líder es aquel que pasa su tiempo retirado meditando en lo alto de las montañas o aislado en un monasterio. Pero para los cristianos esto sencillamente es imposible: el líder es aquel que pasa tiempo con la gente, que interactúa con los demás. En todo caso se aísla un momento para orar, pero luego se contacta con la gente. ¿Tanto nos cuesta involucrarnos con la gente? Las personas que lideramos no nos tienen que ver como gurús aislados, sino como modelos cercanos a los cuales poder dirigirse. De lejos podemos impresionar, impactar a las personas, pero de cerca podemos influenciarlas, transformarlas. Para ello tenemos que ser humildes y dejar que conozcan nuestras luchas y debilidades; cosa difícil cuando estamos buscando que nos vean como los súper líderes. Sin embargo, eso es lo que los demás están buscando de nosotros: vernos como personas normales y no como un modelo imposible de alcanzar. Quizás no tengamos perfección, pero sí credibilidad, y esto hará que nos sigan con confianza y seguridad.

Nuestro gran Pastor, Jesús, nos ha enseñado que para dirigir a las personas, primero tenemos que amarlas.(12) Por eso su perfume es tu olor, porque pasa tanto tiempo contigo que se le impregna tu fragancia, aun cuando no lo sientas a tu lado.

La compasión idiota

“Regala un pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida” (Proverbio chino).

Compasión idiota se le llama comúnmente a la tendencia general de darle a la gente lo que ellos quieren porque no toleras verlos sufrir. Básicamente, no les estás dando lo que necesitan, sino que estás tratando de huir de la sensación de no poder verlos sufrir. En otras palabras, lo estás haciendo para ti, no para ellos.

La verdadera compasión debe ser compasión inteligente, es decir, una compasión que establezca juicios de respeto y cuidado; la verdadera compasión nos dice que ciertas cosas son buenas y que otras no lo son tanto y, en consecuencia, nos lleva a movernos hacia aquello que se halla infundido por la sabiduría y el respeto. Ofrecerle un vaso de whisky a un alcohólico crónico por el simple hecho de que él te lo pide y tú quieres ser amable no tiene nada que ver con la verdadera compasión sino con la compasión idiota. De la misma manera que darle limosna en la puerta de la Iglesia a un niño que te pide no te hace caritativo, sino más bien un compasivo idiota porque, de esa manera, estás favoreciendo la explotación infantil… y todo por tranquilizar tu conciencia.

Si se encuentra una mariposa que se esfuerza en salir de su capullo, podríamos imaginarnos que ayudarla sería lo que hay que hacer. Pero si se hace esto, se la condena; este esfuerzo para salir de su capullo es necesario para reforzar sus alas. Sin ello no podría volar nunca. Ofrecer ayuda de forma no apropiada puede ser extraordinariamente dañino. Obrando así se crean más problemas de los que se busca resolver.

¿Nunca te pusiste a pensar qué pasaba si el padre del hijo pródigo (Cf. Lc 15, 11-32) le llevaba al chiquero un sándwich de milanesa todos los días? Seguramente perpetuaba su estadía entre los cerdos. Hay padres que no entienden que están teniendo una compasión idiota con sus hijos al satisfacer todos sus caprichos. Ese hijo puede crecer con un monstruo narcisista dentro que no conoce la palabra no, que no sabrá cómo enfrentarse al sufrimiento y que, en definitiva, no sabrá cómo valerse por sí mismo en la vida. Es que siempre la mamá o el papá hizo todo por él. No tenemos que favorecer en los demás conductas perniciosas. Tenemos que educarlos.

Otro ejemplo puede darse en las parejas que no saben educar a la persona que aman cuando comete errores graves que atentan mortalmente contra la pareja. Pensemos en la infidelidad por ejemplo. A veces se suele perdonar a la ligera al otro que fue infiel sin esperar un tiempo prudente para ver si se trata de un arrepentimiento genuino. Nos atrapa un brote de compasión idiota y perdonamos inmediatamente este tipo de faltas. De ese modo favorecemos la reincidencia de esa conducta. Por eso la Biblia enseña: Si se hace gracia al malvado, no aprende la justicia: en el país de la rectitud, obra perversamente, sin mirar la majestad del Señor (Is 26, 10).

A veces, para no caer en este tipo de compasión, tenemos que empezar por cuidar de nosotros mismos. Algo así sucede mientras escribo estas líneas sentado en un avión que me lleva de la ciudad de Santiago de Chile a mi ciudad, Córdoba. Al lado mío, se encuentra una pareja con un bebé de menos de un año en brazos. Acaban de recibir la indicación precisa de la azafata diciéndoles que en caso de emergencia sean ellos los primeros en colocarse la máscara de oxígeno. De lo contrario, no podrían ayudar a su hijo y pueden terminar sin vida los tres.

La compasión que viene de Dios nos invita a reflexionar con sabiduría y prudencia antes de actuar. La compasión impulsiva no siempre viene de Dios, puede ser una compasión idiota que nos haga causarle un daño a aquel que queremos proteger.

ADRENALINÓPATAS

Encomienda tu suerte al Señor, confía en él, y él hará su obra; Descansa en el Señor y espera en él; (Sal 37, 5.7).

La adrenalina es una hormona con la que Dios nos ha creado para proveernos fuerza y energía. A causa de esta, de acuerdo a los estímulos exteriores recibidos, nos podemos sentir inmortales. La adrenalina nos da entusiasmo y pasión para actuar. El problema surge cuando la adrenalina es contenida dentro de nosotros por haber recibido heridas, por haber soportado maltrato durante un tiempo prolongado, por presiones o rencores acumulados durante muchos años. Esto actúa como una especie de bomba que puede estallar con brotes psicóticos o búsquedas permanentes de discusión, de pelear, de molestar a los demás, de llamar la atención haciendo locuras.

Bernardo Stamateas explica que «alguien que por años tuvo conflictos en su pareja, un padre violento o una madre depresiva, nunca logra relajarse por completo y busca permanentemente un motivo de discusión, porque su cuerpo pide adrenalina»(13). Esto genera una personalidad ansiosa, adicta a la adrenalina, que siempre está con una especie de volcán interior; personas que mueven los pies en medio de una reunión, que se viven rascando la cabeza o comiéndose las uñas aún sin un estímulo exterior que les provoque ese estado de desesperación. Es que por dentro va la procesión que les hace vivir permanentemente sin paz. Son personas que viven confrontando con todo el mundo, que necesitan hacer deportes de riesgo y vivir al límite.

Hasta un punto, es normal y hasta bueno tener un poco de tensión en nuestras vidas, de la misma manera que las cuerdas de un violín necesitan estar tensas para que suenen afinadas. El problema es cuando esta tensión es un modo de vida, cuando estos volcanes interiores no son canalizados correctamente.

Esto puede dar lugar al estrés, tan de moda hoy, y que produce más daños físicos y psicológicos de lo que solemos imaginar. Este estrés surge justamente cuando los estímulos recibidos son mayores de lo que podemos enfrentar; cuando las demandas exteriores son excesivas y el organismo no alcanza a hacerles frente.

Solemos vivir una vida acelerada y desenfrenada; necesitamos parar un rato. Vivimos una vida cargada de ruidos, saturados de ocupaciones. Nuestras mentes están repletas de imágenes de tantas pantallas que nos abruman, la del televisor, la del celular, la de la computadora. Los que no son adictos al trabajo son adictos a jugar, e inclusive están los que se cansan de no hacer nada. Y así se nos pasa la vida a las corridas; no tenemos tiempo de sentarnos tranquilos a tomar un café con nuestros seres queridos, o a jugar con nuestros hijos.

Inclusive, entre los más devotos cristianos, suele suceder que nos aferramos al servicio de Dios y terminamos descuidando al Dios al que servimos. Hace un tiempo aprendí que cuando Satanás no nos pueda detener nos va a sobre activar. Cuántas personas hay con un corazón como el de Marta de Betania (cf. Lc 10, 41-42), preocupadas por hacer cosas por Jesús, pero se olvidan que Dios prefiere que dejemos que Él haga cosas por nosotros.Debemos aprender a depositar nuestras cargas en el Señor; es Él mismo el que nos incita a que lo hagamos: Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré (Mt 11, 28-30).

Necesitamos aprender a esperar en el Señor y callar las voces de esos volcanes en erupción permanente que llevamos dentro si no queremos ser “adrenalinópatas”. Por cierto, no busques en el diccionario, porque no existe la palabra.

DIOS TIENE EL CONTROL (14)

“Nunca Dios permitiría el mal si no fuera lo suficientemente poderoso para sacar de ese mal un bien aún mayor” (San Agustín).

Diariamente recibo mensajes de texto a mi celular y a mis bandejas de entrada de mensajería de mis distintas redes sociales con pedidos de oración por situaciones críticas que las personas están viviendo. Y suelo, por lo general, terminar mis respuestas con estas cuatro palabras: “Dios tiene el control”. Saber esto, aun cuando no se entienda del todo, provee de paz y de esperanza. Es saber que Dios está al tanto de lo que uno está viviendo y, si lo permite, es porque Él es sabio y poderoso para cambiar eso malo en algo bueno.

Debemos saber que, así como Dios nos lleva de su mano y nos hace el bien, está también otra mano, una mano invisible, de oscuridad, que busca permanentemente nuestro mal: el diablo. Pero te tengo una buena noticia… qué digo buena… ¡excelente noticia! Presta atención a lo que Jesús le dice a Pedro en la última cena: Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo (Lc ٢٢, ٣١). ¿Notaste lo impactante de estas palabras? ¡Ha pedido permiso! De eso se trata. El demonio tiene que pedir permiso para meterse en nuestras vidas. Por lo tanto, si Dios lo deja meterse es porque Él sabe el para qué. Dios sabe maravillosamente que después de toda prueba, viene una bendición grande, detrás de toda acechanza del enemigo hay una restitución divina que nos espera.

Quizás la pregunta en cuestión aquí es ¿y por qué permite Dios algo malo para nuestras vidas? Sencillamente, porque ama nuestra libertad. Y si no permitiera que nos pasara nada malo, seríamos marionetas suyas, robots manejados a su antojo, seres determinados sin libertad, sin voluntad… y por lo tanto, sin posibilidad alguna de ser felices. Pero como dice brillantemente san Agustín: “Dios no permitiría el mal si no fuera lo suficientemente poderoso para sacar de ese mal un bien aún mayor”.

Un ejemplo lo vemos en lo que sucedió en la historia de la salvación: Dios permitió que Adán y Eva pecaran, pero esto no quedó así… Él luego se metió a arreglar ese desastre enviando a su Hijo a redimirnos de esa situación de pecado y de muerte. Y el bien recibido fue mayor que el mal permitido anteriormente. Por eso, san Pablo dirá: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Esto es tan así que la segunda condición del hombre, redimido, supera en mucho a la primera, creado. Por esta razón la Iglesia exclama en el canto del Exultet: “¡Feliz culpa que nos mereció tal y tan grande Redentor!”

El dicho «Dios escribe derecho en renglones torcidos» es una gran verdad de la sabiduría popular. El diablo, en definitiva, es un derrotado por todos lados, porque cada vez que mete la cola como decimos, Dios mete su brazo. Por eso aquella esperanzadora exclamación de san Pablo: Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman (Rom 8, 28). Cuando el Diablo se mete, nuestro papi Dios tiene que salir a defender a sus hijos.

Las mayores victorias que he tenido en mi vida han sido cuando el diablo me ha atacado o cuando me ha ido mal, porque es cuando más he podido sentir la presencia de Dios y sus brazos poderosos devolviéndome milagrosamente todo lo que el enemigo me había robado en su momento.

No pierdas la calma en medio de las mil crisis que acechan y golpean duro tu vida; hay un capitán que está llevando a buen puerto la barca de tu vida; detrás de todo, y a pesar de todo, Dios tiene el control.

Y POR CASA, ¿CÓMO ANDAMOS?

El que no se ocupa de los s yos, sobre todo si conviven con él, ha renegado de su fe y es peor que un infiel (1 Tim 5, 8).

A veces pasamos demasiado tiempo ayudando, consolando, bendiciendo a mil personas de afuera, pero en nuestra casa tenemos a nuestra madre enferma y sola, o a nuestra/o hermana/o deprimido o en alguna crisis particular… y pasamos de largo. Es que la demasiada familiaridad genera menosprecio. Sin embargo, Dios no opina así. Él quiere que nos preocupemos y nos ocupemos de los nuestros antes que de cualquier otra persona. Si tenemos un hijo que no tiene zapatillas para ir al colegio y pasamos al lado de un mendigo descalzo y le compramos un par de zapatos, estamos pecando, porque debemos ocuparnos primero de las necesidades básicas de los nuestros antes que de cualquier otra persona, por más necesitada que esté.

Muchas veces el problema surge por una falta de escala de valores en nuestro corazón. Primero Dios, después uno mismo, la familia, el hogar.... y recién luego, todo lo demás. A los adolescentes es a los que más les cuesta entender esto, porque es una edad donde uno deja de ver a los padres como los súper héroes de la niñez y empieza a verlos como los brujitos, los enemigos, los ogros. En muchos casos, pueden tener muriendo a su madre en su casa, pero ellos prefieren estar en la esquina con sus amigos.

La gran herramienta del diablo para destruir las familias es lograr que dejen de ocuparse los unos de los otros. Sus recursos más populares: la televisión en medio del comedor, la ambición económica que hace que los padres trabajen doce horas por día, lo urgente que hay que atender y dedicarle tiempo sí o sí, ahora. Y así se va poniendo en un lugar secundario lo que debe ser siempre principal: el diálogo profundo, el pasar tiempo de calidad con los nuestros, el disfrutar del ocio al lado de los nuestros, sólo por el gozo de estar con quienes son nuestro hogar.

Hace poco suspendí un evento de predicación porque el organizador estaba mal con su esposa y llevar a cabo ese evento le iba a consumir mucho tiempo fuera de su casa. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando le pedí por favor que suspendiéramos al evento, porque ¿de qué le vale al hombre ganar ١٠.٠٠٠ almas para Cristo si se destruye un matrimonio? ¿Cómo hago yo para rendirle cuentas a Dios por eso después?

A veces queremos ser misioneros en África, pero no somos capaces de limpiar el baño de casa. Los nuestros son el primer apostolado; las primeras ovejas por las que nos pedirá cuenta Dios será por las de mi hogar. Es que la caridad siempre, siempre, siempre empieza por casa.

Cuenta el libro de Hechos de los Apóstoles que, estando Pablo y Silas en el calabozo principal de la cárcel de Filipos, comenzaron a cantar himnos al Señor y, como consecuencia de esa adoración, se abrieron todas las puertas de la cárcel y a todos los presos se les soltaron las cadenas. El carcelero, que dormía, cuando se despertó y vio esto, sacó la espada para matarse. Pero Pablo le pidió a gritos que no lo hiciera. El hombre hizo entrar nuevamente a todos los presos y de rodillas le preguntó a ellos: ¿Qué debo hacer para salvarme? Pero ellos, que sabían proféticamente que el hombre tenía una familia, le dijeron: Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia (Hch ١٦, ٣١). Dicho de otro modo, parafraseado: no seas egoísta, no preguntes por tu salvación, Dios quiere salvarte con tu familia, no solitariamente. Y la manera de hacerlo es que creas en Jesús.

Qué egoístas que podemos ser los cristianos pensando —como lo hacían muchas veces nuestros antepasados— frases lapidarias tan horribles como: «salva tu alma». Nada más alejado de lo que Jesús vino a enseñarnos. ¿De qué le sirve al hombre salvar su alma, si los suyos se pierden?

EL SILENCIO DE LOS INTELIGENTES (15)

El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: ¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti? Pero Jesús callaba. (Mt 26, 62-63).

Jesús nos dejó un espléndido testimonio de cómo se debe enfrentar la oposición. En el Calvario, el Maestro nos enseña acerca de la paciencia y del saber guardar silencio ante críticos a los que no vale la pena contestarles. Lo vemos guardar silencio frente a las estupideces que le preguntaban Caifás, Pilato y Herodes (Cf. Mt 26, 62-63; 27, 14; Jn 19, 9; Lc 23, 9). Jesús no perdía el tiempo contestando a los críticos.

Una vez escuché el testimonio acerca de un predicador que al terminar un sermón recibió un e-mail de una señora que con un prolongado discurso le criticaba uno a uno cada punto de su prédica. Entre otras cosas le dijo que, además de un hereje, era un endemoniado. Y este hombre de Dios se tomó el trabajo de responder una a una sus críticas. Al cabo de dos horas al frente de la computadora cayó en la cuenta de que jamás en su vida había invertido ni siquiera veinte miserables minutos para escribirle una carta de amor a los seres que él amaba y que a él lo amaban, como su madre, su esposa, sus hijos; y en cambio, hacía dos horas que estaba invirtiendo tiempo en responderle a una crítica que, simplemente, lo odiaba.

Las críticas son ideales para poner por obra aquel consejo que nos da el libro de los Proverbios:

No respondas al insensato según su necedad, no sea que también tú te asemejes a él (Prov 26, 4).

Parece demasiado dura la Palabra de Dios; pero la verdad es que cada vez que nos ponemos a discutir con uno de estos críticos destructivos, lo único que logramos es rebajarnos al nivel de ellos, y le damos a entender que está bien discutir así.

Debemos entender que, si el Señor está en nuestra vida, Él mismo se encargará de esas crisis, de esas críticas, de esas oposiciones. Lo que pasa es que muchas veces estamos más preocupados de nuestra reputación o de salvar nuestra buena fama que de servir al Señor en aquello que nos ha pedido. Estamos escuchando demasiado los rumores. Y estos generalmente quieren controlar nuestras vidas.

El necio es necio… no oye de razones… ¿por qué habríamos de razonarle? Piénsalo. Es como tratar de hablarle en francés a alguien que no conoce ese idioma. Por eso, Salomón comienza el pensamiento con la palabra “nunca”. Es que “nunca” debemos enfrascarnos en una discusión con un necio porque tal discusión “nunca” funciona. Si él quiere pelear, que se pelee solo. Si él quiere confrontación, que reciba de ti paz. Si quiere ofenderte, que reciba de ti la inmutabilidad de quien sabe que su interlocutor es —ni más, ni menos— ¡un necio! Recuerda que para pelear se necesitan dos. ¡Cállate! No caigas en la tentación de ponerte los guantes de boxeo y defender tu honor, como si de eso dependiera la vida. Tranquilízate, tómate tu tiempo… y entonces, trata tu problema sin discutir.(16)

Esto no quiere decir, por supuesto, que nos cerremos a escuchar todo tipo de críticas, porque hay muchas críticas que son constructivas. Sería soberbio e inmaduro no querer recibir ninguna crítica.

Habrá casos en los que valdrá la pena invertir tiempo en responder a quienes nos critican, pero habrá casos en los que, en lugar de inversión, sería desperdiciar tiempo el ponernos a dar razones de nuestros actos. Se trata de saber cuándo es el momento exacto de practicar el silencio de los inteligentes.

LA MEJOR DE TODAS LAS BIBLIAS

“El testimonio no es lo más importante para influenciar a otros… es lo único” (Albert Schweitzer).

Una vez, mientras tomaba exámenes en un colegio a una de mis alumnas que tenía lágrimas en los ojos de los nervios por desaprobar mi materia, recordé aquella frase que hace ya como quince años atrás impactó mi vida: “Procura ser la Biblia que los demás quizás nunca leerán”. Y me puse a pensar, con temor de Dios, que si yo la tratara mal en el examen, ella quizás piense que así es Dios, como su profesor de catequesis. Así que opté por mirarla con cariño y transmitirle paz y seguridad antes de que empezara su examen.

Lo que está en juego muchas veces es la imagen de Dios que transmitimos. A veces lo que la gente piensa de Dios es lo que piensa de nosotros. De allí el cuidado que tenemos que tener cuando somos referentes de Dios para los demás. Si nos ven impacientes, odiosos, amargados, dictadores, exigentes… Dios mismo parecerá así. Por eso nuestra oración debiera ser en estos casos: “Señor ayúdame a ser como tú, porque ellos quieren ser como yo”.

Nuestra manera de vivir es la mejor prédica que podemos realizar. San Francisco de Asís lo decía de este modo: “Procura en todo momento predicar el evangelio, y si te es muy necesario, usa palabras”

Alguna vez, escuché una historia verdadera de un misionero que enviaron a una isla lejana para evangelizar a los nativos. Este hombre era un reconocido médico, pero había abandonado su profesión sólo para dedicarse a las misiones. Luego de prepararse adecuadamente en un seminario, partió hacia una isla muy lejana. Apenas llegó, el cacique de la isla lo recibió en persona, pero le aclaró que no podría predicar, que tenían sus propios dioses y que si venía a hablarles de otro Dios, pues podía regresarse por donde había venido.

Entonces al misionero se le ocurrió que podía ganarse la voluntad del cacique ejerciendo la medicina, y le ofreció sus servicios médicos. El cacique aceptó con la condición de que nunca hablara de religión y de hacerlo, lo expulsaría de la isla. Así, el médico empezó vacunando niños, atendiendo partos y luego trajo medicamentos desde su país natal para curar a las personas isleñas.

Durante los siguientes años el misionero guardó su Biblia y se dedicó a curar enfermos y a atender a cientos de nativos que necesitaban algún tratamiento cada día.

Después de mucho tiempo, una peste invadió la isla y terminó con la vida de aquel misionero. El departamento de misiones llegó a la conclusión que aunque este hombre tenía un gran corazón, había fracasado rotundamente en su misión. En casi diez años no pudo evangelizar a nadie. Por lo tanto, decidieron enviar un segundo misionero, en opinión de ellos, más capacitado y más motivado que el anterior.

En cuanto llegó, el mismo cacique ya un poco más anciano lo recibió y le dijo: “No me importa lo que usted venga a hacer aquí, sólo le pediré que nos hable de su Dios y nos enseñe todo lo que hay en su libro”. El misionero se sorprendió y le dijo que tenía entendido que no quería que se predicara el evangelio en la isla. El cacique le replicó: “Eso era antes de conocer al misionero anterior”.

El nuevo misionero predicó con libertad. El departamento de misiones celebró que ahora habían enviado al predicador correcto, a un “misionero exitoso”.

Sin embargo, fue el testimonio del primero el que abrió las puertas del evangelio en aquella isla. Ese hombre fue la Biblia abierta que esos nativos necesitaban leer.

La mejor Biblia no es la Latinoamericana, la del Pueblo de Dios, la del Peregrino, la de Jerusalén, etc. Nuestra vida es la mejor de todas las Biblias.

LOS AGUADUELOS

“Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio” (Proverbio hindú).

En varios países latinoamericanos es popular la palabra “aguafiestas” aplicada a ese tipo de personas que siempre arruinan los mejores momentos, los que parecen empecinados en destruir nuestra felicidad, los que dan una mala noticia en medio de un festejo. Pero creo que también existen los contrarios, los que no dejan vivir los duelos en paz, los que son capaces de traer un regalo a un velorio, los que arruinan ese momento tan necesario de nuestras vidas de llorar cuando estamos en una situación de dolor. Les llamo a este tipo de personas “los aguaduelos”; y si no existe el término, ya mismo lo patento.

En el velorio de mi madre le di mi palabra al Señor de que en los velorios sólo hablaría con las personas afectadas por la muerte de ese ser querido, si tengo una palabra de parte suya. En caso contrario, me quedaría callado y haría lo que hizo mi madre durante toda mi vida cuando me veía mal por algo: acompañarme silenciosamente. Supongo que eso lo aprendió de la virgen María a los pies del Calvario.

Es que lamentablemente hay gente en los velorios que uno no sabe si son enviados por Dios o por el demonio. Son los que te dicen frases como:

- ¿Cómo fue? Cuéntame los detalles.

- Tan joven, pobre. ¿Y cómo se las van a arreglar ahora?

-¿Ya arreglaste lo del sepelio, las coronas, el alojamiento de los familiares que vendrán?

Y después están los que quieren aprovechar ese momento para predicar y lo único que logran es alejar a las personas de Dios, o hacerlas sentir culpables de esa muerte. Son los que te dicen cosas como estas:

-Seguro que estaba en los planes de Dios... Él se la llevó para que esté mejor allá. (Dios queda como culpable).

-Esto es por nuestros pecados... y bueno, será para conversión seguro. (Uno mismo queda como culpable).

Así eran los tres amigos de Job en la Biblia: Elifaz, Bildad y Sofar. Querían explicarle por qué era que sufría tanto y lo único que lograban era destruir más al pobre Job. El único momento que hicieron las cosas bien aparece en Job 2, 13: Después permanecieron sentados en el suelo junto a él, siete días y siete noches, sin decir una sola palabra, porque veían que su dolor era muy grande. Esto es lo que debemos hacer en esos momentos de dolor de los que queremos mucho: acompañarlos en silencio. Dejarlos vivir el duelo en paz.

Está comprobado por numerosos expertos que el duelo (entendido como la separación de un ser amado, que puede ser por muerte física o por separación de vínculos), cuando no es bien vivido, trae graves consecuencias para las personas. Se le llama comúnmente duelo irresuelto. Es una situación en la se interrumpe el proceso de duelo, causando gran sufrimiento emocional.

En algunos casos, el duelo irresuelto puede conducir a graves problemas para el bienestar mental y físico de una persona, como por ejemplo: el abuso de sustancias como el alcohol, las drogas, etc.; signos de depresión severa (incluyen sentimientos de tristeza intensa, sentimientos de culpabilidad injustificada, sentimientos de inseguridad, incontrolables temores y preocupaciones, dificultad para concentrarse, pérdida de energía, dificultad para tener vínculos sanos, problemas de ira y pensamientos suicidas); cambios físicos (tales como un aumento o disminución del apetito o de sueño, problemas de digestión, etc.); síntomas somáticos (como una sensación de asfixia, sensación de pesadez en el pecho, ataques de pánico).

Que Dios nos ayude a no ser aguaduelos, sino más bien facilitadores de ese proceso de duelo por el que todos tenemos que pasar en la vida.

EMPUJA LA VACA

“Las preocupaciones, los temores y las dudas no son más que vacas que tratan de matarte tus sueños y mantenerte atado a una vida mediocre”(Camilo Cruz).

Un maestro y su discípulo pasaron la noche en la casa de una humilde familia campesina, la cual, a pesar de sus pocos recursos, supo ser muy buena anfitriona.

A la mañana siguiente, después del desayuno, cuando los visitantes se aprestaban a despedirse, el maestro le preguntó al jefe del hogar cómo les estaba yendo, y éste le respondió que aunque no eran ricos, él, su esposa y sus dos hijos, no habían perecido de hambre gracias a una vaca que tenían. La leche que producía la vendían en el pueblo junto con la mantequilla y el queso que también preparaban. Y con el dinero que recibían podían comprar las demás cosas que les eran necesarias.

El joven le comentó al maestro las ganas que tenía de poder ayudar de alguna manera a aquella familia. Y le preguntó cómo podría hacerlo. El maestro le dijo:

—Empuja la vaca al precipicio.

El aspirante asombrado contestó:

—Pero… ¿cómo voy a hacer eso? ¡La vaca es lo único que tienen para subsistir!

El monje no dijo nada, dio la vuelta y se fue.

El joven estuvo mucho tiempo pensando qué debía hacer, y como respetaba mucho a su maestro, fue a buscar a la vaca y la espantó una y otra vez hasta conseguir que se cayera por el barranco.

Pasaron algunos años y el antiguo discípulo, convertido ahora en un nuevo maestro, pasó por el mismo sitio. Sólo que esta vez notó que en lugar de la casucha fea y vieja ahora había una vivienda grande y muy bonita, con varios autos estacionados afuera. Los campos estaban sembrados y había muchos animales en los corrales.

Se sintió peor que en todos los años anteriores cuando recordaba que él, por instrucción de su maestro, había matado la única vaca de esos campesinos.

Temiendo lo peor tocó a la puerta para preguntar si sabían algo de los antiguos dueños. La sorpresa fue grande cuando la misma familia lo recibió. No lo podía creer. ¿Qué había pasado? El dueño de casa le explicó:

—Verá, cuando se murió nuestra vaquita mi esposa y yo decidimos buscar otros ingresos. Yo me puse a cultivar la tierra y mi esposa a coser para la gente del pueblo. Hoy en día ella es la dueña de una próspera fábrica de ropa y yo he hecho de esta tierra una moderna y productiva hacienda con animales y maquinaria. ¡Dios nos ha bendecido! Después de la visita de ustedes, comenzamos a prosperar. Y todo se inició con la muerte de la vaca. Fue una oportunidad disfrazada de desgracia.La vaca simboliza todo aquello que te mantiene atado al lugar donde estás, a pesar de que no quisieras estar allí. ¡Cuántas oportunidades se esconden detrás de un empujón! Nunca vas a saber todo el potencial que hay en ti si no te animas a salir de esa zona de confort en la que vives.

Hay personas que son capaces de permanecer eternamente trabajando en un sitio en que se sienten incómodos, poco valorados, atropellados… infelices. Y todo porque creen que esa “vaquita” es la única tabla de salvación que hay en sus vidas.

Lo mismo sucede con relaciones mal vividas a las que no nos animamos a ponerle punto final porque creemos falsamente que son todo lo que tenemos en la vida. Pero cuando las perdemos nos damos cuenta lo importante que era dejarlas ir para encontrar el amor verdadero.

A veces nuestras “vacas” son una cadena que nos mantienen atados a una vida de mediocridad. Animémonos a empujarla de una vez por todas al precipicio.

PESCADORES DE PECERAS

No se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa (Mt 5, 14-16).

La primera vez que viajé a predicar en avión fue a Santiago de Chile hace ya algunos años. El avión hacía escala en el aeropuerto de Aeroparque en Buenos Aires, antes de salir a Santiago desde Ezeiza. Como tenía bastante tiempo entre vuelo y vuelo, crucé al frente del aeropuerto, donde se encuentra la costanera del Río de la Plata. En mi caminata, me sorprendió la presencia de muchos pescadores en un sector y el de uno solito tirando su caña de pescar en la otra punta. Me acerqué al que estaba solo y le pregunté por qué estaba allí solo, habiendo tanta gente del otro lado. Me contestó con orgullo:

—Ellos no saben que aquí están los pecesY parece ser que era real la afirmación porque, mientras los otros tenían sus baldes vacíos, este otro los tenía colmado de diferentes clases de peces.

Me puse a reflexionar sobre eso y llegué a la conclusión de que muchos cristianos están en las mismas condiciones: mientras algunos están pescando en el lugar indicado, otros están pescando en lugares donde no hay peces. Lo cual equivale a hacerlo por diversión. Sería algo así como ponerse a pescar en la pecera de casa, aunque después se tire de nuevo los peces al agua, sólo por el placer de sentir que sacamos algo del agua.

El tema es que el Señor nos llamó a ser pescadores de hombres y para que la pesca sea efectiva, no podemos seguir pescando en las peceras de nuestras propias comunidades. El Señor nos espera para navegar mar adentro. Escucho a personas pedirme oración para que Dios los saque del trabajo mundano que tienen. Eso es lo más alejado de la visión del Señor sobre nosotros. Él quiere justamente que nos quedemos allí para ser luz en la oscuridad, ¿qué sentido tiene ser luz donde ya hay luz? Tenemos que animarnos a investigar cuáles son las aguas que tienen peces. Quizás sean los boliches, las canchas de fútbol, nuestras oficinas, nuestros colegios, nuestras familias... esos lugares que tanto despreciamos por querer quedarnos con la comodidad de pescar en casa.

He visto una y otra vez movimientos en la Iglesia que organizan eventos siempre para las mismas personas de su movimiento. Qué ridiculez saludar siempre a las mismas personas en estos eventos. Estamos lejos del mandato del Señor de ir y hacer discípulos a las naciones (Cf. Mt 28, 19), todo por preferir la comodidad de ser pescadores de peceras.

Dios encendió tu luz para que contagies a los tuyos. Y eso se logra acercándose a la oscuridad, no huyendo de ella para refugiarse con los “iluminados”. La oración que Jesús hizo al Padre fue justamente: No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno (Jn 17, 15).

Es hora de entender que el mundo no nos va a contaminar sino que, por el contrario, nosotros tenemos que contaminar al mundo con el mensaje del evangelio. Es hora de prepararnos para pescar en el mundo, para iluminar el cine, la televisión, las artes, las universidades, las cárceles, los colegios, las canchas de fútbol, los boliches y los sillones de gobierno.

Basta de ser pescadores de peceras, de hacer tantos esfuerzos evangelizadores para terminar saludando a los mismos invitados de siempre, que llevan décadas enteras conociendo a Jesús. Miles de personas allá, en el mar, detrás de la vidriera de esa pecera cuadrada, están esperando un poco de esa luz que tenemos para dar. Se trata de una elección: pescar donde ya hay peces o navegar mar adentro (Cf. Lc 5, 4) y tirar las redes.

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Дата выхода на Литрес:
15 апреля 2025
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171 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789877620887
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