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MILITARES E IDENTIDAD
Pontificia Universidad Javeriana
MILITARES E IDENTIDAD
Autorrepresentación y construcción de paz en el cuerpo
de oficiales de las Fuerzas Militares colombianas
Samuel Rivera-Páez
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Reservados todos los derechos
© Pontificia Universidad Javeriana
© Samuel Rivera Páez
Primera edición: octubre de 2019
Bogotá, D. C.
ISBN: 978-958-781-402-6
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
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Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S. J.
Catalogación en la publicación
Rivera Páez, Samuel Ignacio, autor
Militares e identidad : autorepresentación y construcción de paz en el cuerpo de oficiales de las Fuerzas Militares colombianas / Samuel Ignacio Rivera Páez, Primera edición. -- Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2019. (Colección encuentros)
Incluye referencias bibliográficas
ISBN : 978-958-781-402-6
1. Colombia. Fuerzas Militares 2. Proceso de paz - Colombia 3. Sociología militar - Colombia 4. Identidad militar - Colombia 5. Colombia. Fuerzas Militares -Actividades I. Pontificia Universidad Javeriana.
CDD 355.0335861 edición 21
inp 10/09/2019
Prohibida la reproducción total o parcial de este material sin la autorización por escrito de la Pontificia Universidad Javeriana.
Autor
SAMUEL RIVERA-PÁEZ es doctor cum laude en Ciencias Sociales y Humanas de la Pontificia Universidad Javeriana y capitán de navío de la Reserva Activa de la Armada de Colombia. Magíster en Economía Ambiental y de Recursos Naturales de la Universidad de los Andes y de la Universidad de Maryland. Oceanógrafo físico y profesional en Ciencias Navales de la Escuela Naval Almirante Padilla. Ocupó cargos operativos y administrativos durante sus veintisiete años de servicio como militar activo. Fue, entre otros, decano de la Facultad de Oceanografía y director de investigaciones de la Escuela Naval. Es investigador asociado del Instituto de Derechos Humanos y Construcción de Paz y miembro del Comité Curricular del Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas de la Pontificia Universidad Javeriana. Asimismo, es profesor asociado e investigador en la Escuela Superior de Guerra, en la que lidera el grupo de investigación Masa Crítica. Es miembro del Interuniversity Seminar on Armed Forces and Society de la Latin American Studies Association y del grupo temático en Fuerzas Armadas y Resolución de Conflictos de la Sociedad Internacional de Sociología. Ha sido profesor de las universidades Militar Nueva Granada y Escuela Naval Almirante Padilla e investigador invitado en la Universidad de Georgetown y en la Universidad de Maryland. Además, ha sido becario del Banco Interamericano de Desarrollo y de la Fundación Fulbright. Está interesado en temas relacionados con la sociología militar, la ética profesional, las relaciones civiles-militares y los asuntos marítimos.
CONTENIDO
PREFACIO
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
¿POR QUÉ INVESTIGAR SOBRE LA CONFIGURACIÓN IDENTITARIA DE LOS MILITARES?
Sobre la autorrepresentación
Sobre las identidades
Sobre la autorrepresentación, las identidades y los militares
Sobre el abordaje teórico
¿Cómo se investigó en este caso?
COMPOSICIÓN DEL CUERPO DE OFICIALES DE LAS FUERZAS MILITARES EN COLOMBIA
Composición del cuerpo de oficiales según factores organizacionales
Composición del cuerpo de oficiales según factores sociales
Ideología política en el cuerpo de oficiales
Conclusiones sobre la composición del cuerpo de oficiales militares colombianos
IDENTIDADES INDIVIDUALES Y COLECTIVAS EN EL CUERPO DE OFICIALES
Sobre las identidades individuales
Sobre los valores y sus relaciones
Sobre las identidades colectivas
Conclusiones sobre las identidades personales y colectivas en el cuerpo de oficiales
CONFIGURACIÓN IDENTITARIA EN LOS OFICIALES DE LAS FUERZAS MILITARES: CONTENIDOS Y DISPUTAS
Conclusiones sobre la configuración de identidad del cuerpo de oficiales
IDENTIDADES, MILITARES Y CONSTRUCCIÓN DE PAZ EN COLOMBIA
Algunas notas teóricas sobre la construcción de paz
Conclusiones sobre las identidades y la construcción de paz
REFLEXIONES FINALES
Sobre las enseñanzas
A modo de reflexión final: el asunto de la seguridad nacional y la profesión militar
REFERENCIAS
ÍNDICE DE FIGURAS
Figura 1. Modelo dinámico de identidad y la red de intereses centrales para la vida
Figura 2. Distribución por jerarquía militar según fuerza
Figura 3. Región de origen de los oficiales de las Fuerzas Militares en Colombia (porcentaje)
Figura 4. Cociente de representatividad poblacional por departamento para el cuerpo de oficiales
Figura 5. Región de origen de los oficiales de las Fuerzas Militares por departamento según género
Figura 6. Importancia de las creencias religiosas de acuerdo con el género del oficial
Figura 7. Importancia de las creencias religiosas de acuerdo con la fuerza a la que pertenece el oficial
Figura 8. Importancia de la pertenencia a grupo étnico para determinar quién es el oficial como individuo
Figura 9. Máximo nivel de educación alcanzado por los oficiales de las Fuerzas Militares colombianas
Figura 10. Importancia dada por los oficiales de las Fuerzas Militares colombianas al nivel de educación alcanzado
Figura 11. Forma de ser, pensar y actuar en su vida cotidiana de los oficiales de las Fuerzas Militares colombianas de acuerdo con la fuerza donde sirven
Figura 12. Forma de ser, pensar y actuar en su vida cotidiana de los oficiales de las Fuerzas Militares colombianas de acuerdo con la jerarquía militar
Figura 13. Postura frente a la protección ambiental como eje de desarrollo
Figura 14. Postura frente a los tratados de libre comercio
Figura 15. Postura frente a los subsidios para población vulnerable
Figura 16. Postura frente al reconocimiento de derechos a las comunidades LGBTI
Figura 17. Postura frente al fortalecimiento de los derechos de autonomía de los pueblos indígenas en Colombia
Figura 18. Postura frente a los derechos humanos como elemento de ordenamiento social
Figura 19. Comparativo entre postura política en asuntos sociales y postura política en asuntos económicos
Figura 20. Modelo teórico de Schwartz para la relación entre diez valores
Figura 21. Estructura de valores para el cuerpo de oficiales de las Fuerzas Militares colombianas
Figura 22. Relación entre valores según fuerza empleando escala reducida de Schwartz
Figura 23. Relación entre valores para el cuerpo de oficiales y la sociedad colombiana empleando versión reducida de Schwartz
Figura 24. Estructura de valores comparada para el cuerpo de oficiales empleando 10 y 21 preguntas de la escala reducida de Schwartz
Figura 25. Identificación de los grupos más importantes para los oficiales de las Fuerzas Militares colombianas para definir quiénes son
Figura 26. Identificación del grupo más importante según la fuerza a la que pertenece el oficial
Figura 27. Identificación del grupo más importante según género del oficial
Figura 28. Sentimiento de pertenencia a grupo social a partir del nivel de importancia dado a cada grupo
Figura 29. Sentimiento de pertenencia a grupos sociales de acuerdo con la fuerza militar
Figura 30. Sentimiento de pertenencia a conceptos que representan territorialidad
Figura 31. Sentimiento de pertenencia a conceptos que representan territorialidad de acuerdo con la fuerza (representa a aquellos oficiales que seleccionaron “muy cercano”)
Figura 32. Nivel de contacto con otros grupos experimentado por los oficiales en el transcurso de los últimos 12 meses
Figura 33. Estructura de los grupos de apoyo más cercanos (civiles o militares)
Figura 34. Estructura de los grupos de apoyo más cercanos (cuántos de los tres mejores amigos cuentan con experiencia militar)
Figura 35. Cómo consideran los oficiales que la población colombiana trata a los militares
Figura 36. Elementos constitutivos de identidad para la profesión militar (importancia de aspectos que se DEBEN tener para definir a un buen oficial militar)
Figura 37. Medición del nivel de etnocentrismo en el cuerpo de oficiales
Figura 38. Medición de orgullo nacionalista en el cuerpo de oficiales
Figura 39. Niveles de confianza en instituciones públicas y privadas
Figura 40. Elementos constitutivos de identidad para la profesión militar según fuerza de servicio
Figura 41. Medición del nivel de etnocentrismo en el cuerpo de oficiales según fuerza de servicio
Figura 42. Medición de orgullo nacionalista en el cuerpo de oficiales según fuerza de servicio (incluye “orgulloso” y “muy orgulloso”)
Figura 43. Niveles de confianza en instituciones públicas y privadas según fuerza de servicio
Figura 44. Elementos asociados a la construcción de paz en Colombia (reducción de violencia vs. reducción de inequidades estructurales) según la fuerza
Figura 45. Elementos asociados a la construcción de paz en Colombia (reducción de violencia vs. reducción de inequidades estructurales) según la jerarquía
Figura 46. Elementos asociados a la construcción de paz en Colombia (ganar la guerra vs. negociar acuerdos de paz) según la fuerza
Figura 47. Elementos asociados a la construcción de paz en Colombia (ganar la guerra vs. negociar acuerdos de paz) según la jerarquía
Figura 48. Elementos asociados a la construcción de paz en Colombia (cambios individuales vs. cambios institucionales) según la fuerza
Figura 49. Elementos asociados a la construcción de paz en Colombia (cambios individuales vs. cambios institucionales) según la jerarquía
Figura 50. Elementos que se deben tener en cuenta para construir paz en Colombia
Figura 51. Elementos de transición entre violencia y paz
Figura 52. Evaluación de elementos de reconstrucción de la verdad y la reconciliación
ÍNDICE DE TABLAS
Tabla 1. Detalles de los grupos focales
Tabla 2. Detalles de los entrevistados
Tabla 3. Muestra final por unidad y fuerza
Tabla 4. Información descriptiva del cuerpo de oficiales por fuerza y jerarquía (cantidad y edades)
Tabla 5. Clasificación general del cuerpo de oficiales
Tabla 6. Distribución de los oficiales según clase de origen
Tabla 7. Región de origen de los oficiales de las Fuerzas Militares en Colombia
Tabla 8. Cocientes de representación de oficiales según origen geográfico para 2015
Tabla 9. Ciudades con mayor aporte por fuerza
Tabla 10. Cantidad de mujeres en la categoría de oficial en las Fuerzas Militares
Tabla 11. Afiliación a creencias religiosas manifestadas por los oficiales de las Fuerzas Militares
Tabla 12. Composición social de los oficiales según pertenencia a grupo étnico
Tabla 13. Programas académicos activos según escuela de formación o capacitación
Tabla 14. Forma de ser, pensar y actuar en su vida cotidiana de los oficiales de las Fuerzas Militares colombianas
Tabla 15. Resultados aspectos de la vida diaria por postura política
Tabla 16. Resultados aspectos de la vida diaria por fuerza
Tabla 17. Definición de los valores propuestos por Schwartz
Tabla 18. Portrait Values Questionnaire en la versión corta de 21 preguntas
Tabla 19. Jerarquía de los valores en cada estructura
Tabla 20. Sensibilidad a los cambios en la estructura de valores con cambios metodológicos
Tabla 21. Identificación de grupo más importante para los oficiales de las Fuerzas Militares
Tabla 22. Identificación del grupo más importante según la fuerza
Tabla 23. Identificación del grupo más importante según género del oficial
Tabla 24. Sentimiento de pertenencia a grupo social a partir del nivel de importancia dado a cada grupo de acuerdo con la fuerza militar
Tabla 25. Estructura de los grupos de apoyo más cercanos
Tabla 26. Valores institucionales por fuerza
Tabla 27. Elementos constitutivos de identidad para la profesión militar
Tabla 28. Medición del nivel de etnocentrismo en el cuerpo de oficiales
Tabla 29. Medición de orgullo nacionalista en el cuerpo de oficiales
Tabla 30. Niveles de confianza en instituciones públicas y privadas
Tabla 31. Elementos constitutivos de identidad para la profesión militar según fuerza de servicio
Tabla 32. Medición del nivel de etnocentrismo en el cuerpo de oficiales según fuerza de servicio
Tabla 33. Medición de orgullo nacionalista en el cuerpo de oficiales según la fuerza (incluye “orgulloso” y “muy orgulloso”)
Tabla 34. Niveles de confianza en instituciones públicas y privadas según fuerza de servicio
Tabla 35. Elementos a tener en cuenta para construir paz en Colombia
Tabla 36. Elementos de transición entre violencia y paz (porcentaje de oficiales de acuerdo o no)
Tabla 37. Evaluación de elementos de reconstrucción de la verdad y la reconciliación
PREFACIO
A lo largo del camino que se recorre durante el desarrollo de un proyecto de investigación, más aun tratándose de un trabajo doctoral, son muchas las personas con las que se camina a lado y lado. Poco a poco, esas interacciones van creando y nutriendo redes de apoyo mutuo, que con sus aportes permiten que una investigación de esta envergadura llegue a buen puerto. Por eso, es menester hacer un especial reconocimiento a todos aquellos que con su tiempo y dedicación contribuyeron en la publicación de este trabajo.
A Manuel Salamanca, por su orientación, guía y paciencia. Durante su acompañamiento siempre sugirió caminos que le dieron mayor solidez académica a este trabajo. A Carlos Novoa, S. J., quién me asesoró permanentemente en temas metodológicos y epistemológicos. Las conversaciones con él siempre fueron gratas e interesantes. Su pasión por el conocimiento y el debate invita a la reflexión y al análisis crítico de la realidad nacional. En cada interacción con ellos, siempre se dieron las condiciones para nuevos aprendizajes.
A todos los oficiales de las Fuerzas Militares (FFMM) que me dieron un espacio para interactuar con ellos durante el desarrollo de esta investigación. Sin sus valiosos aportes y retroalimentaciones, entender en algo la dimensión de la complejidad que gobierna la actividad militar en Colombia hubiese sido un objetivo imposible de cumplir. Agradezco el apoyo de los comandantes de fuerza del Ejército Nacional, la Armada Nacional y la Fuerza Aérea Colombiana. Este apoyo fue fundamental para tener acceso a las unidades donde se realizaron las entrevistas, los grupos focales y la implementación de la encuesta base de esta investigación. Mi agradecimiento a los comandantes de batallón y bases militares y a los directores de las escuelas de formación, quienes abrieron las puertas de sus unidades permitiéndome libertad para trabajar sin ningún tipo de obstáculo. A mis antiguos superiores, compañeros y subalternos —colegas todos—, con quienes discutí diferentes apartes de este trabajo. Su actitud reflexiva y pensamiento crítico son insumos fundamentales para el futuro de las FFMM en Colombia. En especial a los capitanes de navío Gustavo Camacho y Daniel Rojas, y al brigadier general Raúl Flórez y al coronel del Ejército Alberto Romero, quienes siempre estuvieron dispuestos al diálogo constructivo sobre estas materias.
A la Pontificia Universidad Javeriana y a la Universidad de Georgetown, las cuales, a través del premio-beca de intercambio académico, me permitieron interactuar con docentes que me ayudaron a fortalecer mi proyecto de investigación y a diseñar la encuesta aplicada. Especialmente, deseo agradecer al doctor Germán Rodrigo Mejía Pavoni (decano de la Facultad de Ciencias Sociales), a Margarita Tascón y a todos aquellos que me apoyaron para poder vivir esa gran experiencia de intercambio cultural y profesional. A Leticia Bode y Molly Inman, quienes en la Universidad de Georgetown siempre mostraron su interés por conocer mejor el proyecto y brindarme su asesoría en el diseño de herramientas metodológicas para cumplir los objetivos propuestos.
A la Fundación Fulbright, la cual, en compañía de la Pontificia Universidad Javeriana, me apoyó con la Beca de Estudiante Doctoral Colombiano para realizar la estancia académica en la Universidad de Maryland, en College Park. Las conversaciones sostenidas con Meredith Kleykamp, Thomas A. Crosbie y todos los miembros del Centro de Investigaciones para la Organización Militar (CRMO, por su sigla en inglés) en esa universidad me sirvieron para aclarar elementos conceptuales y visualizar nuevas oportunidades en el marco de la investigación realizada. Al personal administrativo del programa de Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas, de quienes siempre recibí el apoyo para cumplir con todos los requisitos exigidos por la universidad. A Andrés Dávila Ladrón de Guevara y Alejandro Castillejo Cuéllar, quienes, como evaluadores de este trabajo, aportaron con sus comentarios a nuevas e importantes reflexiones sobre los resultados obtenidos.
Finalmente, sin el apoyo de toda mi familia, este camino hubiera sido imposible de ser recorrido. A Alexandra, mi esposa, quien se empeñó en acompañarme en las largas jornadas de trabajo, dándome alientos en todos los momentos. A Daniel, mi hijo, quien estuvo siempre pendiente del avance de la investigación. A mis padres, quienes inculcaron en nosotros, sus hijos, el interés por cuestionarse sobre todos los aspectos de la vida, los complejos y los simples. A Nicolás Bermúdez y María Victoria Rivera, con quienes tuvimos largas jornadas de intercambio de ideas y de crecimiento mutuo explorando diversas aristas de las ciencias sociales.
¡A todos, muchas gracias!
PRÓLOGO
A finales del año 2018, cuando ya había terminado mi libro De la guerra a la paz. Las Fuerzas Militares, 1996-2018 (Bogotá, Planeta, 2018) y estaba en la imprenta, recibí una solicitud por parte del director del Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas de la Pontificia Universidad Javeriana, Jefferson Jaramillo, para escribir el prólogo a esta interesante y novedosa tesis doctoral que, por su indudable calidad, ameritaba ser publicada por la Editorial Pontificia Javeriana. Lamenté mucho en aquel momento no haber podido leer antes este trabajo y, por tanto, no haber podido incorporar sus sorprendentes hallazgos a mi propio libro.
Como dice el autor, en Colombia se ha estudiado de manera más o menos satisfactoria el tema militar a nivel macro —es decir, las instituciones militares y sus vínculos con el Estado y la sociedad—, pero ha sido casi nulo el análisis micro referido a las percepciones de sus miembros sobre sí mismos y sobre su papel en la sociedad. En esta tesis doctoral de un antiguo oficial de la Armada Nacional, institución en la cual transcurrieron veintisiete años de su vida, se llevan a cabo más de mil encuestas a oficiales de las tres armas (Ejército, Marina y Fuerza Aérea), además de discusiones focales en profundidad con más de cien oficiales y una amplísima revisión de la literatura tanto nacional como internacional, una bibliografía que sorprende por su pertinencia y profundidad. Se trata, sin duda, de un trabajo serio, sistemático y sobre todo —lo que tiene más valor en el campo de la investigación científica— que llena un enorme vacío. El autor abre un camino inexplorado en los estudios militares en Colombia.
Recuerdo que hace muchos años era común entre quienes estudiábamos el tema militar afirmar que el origen de los oficiales provenientes de clases medias explicaba su conservadurismo, debido a que la institución militar (al lado, de la Iglesia católica) era uno de los pocos canales de ascenso social que había en un país con jerarquías sociales muy rígidas. Así mismo, se afirmaba que, de acuerdo con las recomendaciones de los asesores militares estadounidenses, el ideal era reclutar la oficialidad en las clases medias de ciudades intermedias, menos expuesta a debates ideológicos y a movilizaciones políticas y, por tanto, menos “contaminada” por ideas radicales.
Sin embargo, más allá de estas afirmaciones generales, sin mayor fundamento empírico, era muy poco o casi nulo el conocimiento que había sobre quiénes eran, cuál era la imagen que tenían de sí mismos los propios oficiales de las Fuerzas Militares y qué pensaban del papel de las instituciones militares en la sociedad, en la guerra y en la paz.
Samuel Rivera-Páez empieza su libro contando una anécdota muy elocuente. Un miembro de una ONG le preguntó en alguna ocasión las razones para que hubiese transitado “de este lado para este (otro) lado”. El autor de la tesis le respondió que él no se sentía ni de un lado ni del otro, sino como un puente para el diálogo necesario entre el mundo militar y el mundo académico. Un diálogo que ha sido, hasta el momento, muy limitado. En nuestro país no han existido, como sí ocurre en otras naciones, centros de pensamiento ni instituciones académicas de carácter civil de real envergadura e influencia sobre temas militares. Esto se refleja en la penosa ignorancia de las élites políticas sobre los temas referidos a la defensa nacional, un hecho que ha tenido efectos muy negativos: si “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, como decía el gran teórico militar de Occidente, el general prusiano, Karl von Clausewitz, en Colombia la política y la conducción de las operaciones militares han sido dos instancias no siempre debidamente conectadas la una con la otra. Por ello, cada día existe mayor conciencia en el país de la necesidad de pensar el tema militar desde la sociedad y la academia. La Pontificia Universidad Javeriana es, sin duda, una de las líderes en esta nueva y necesaria tendencia.
El autor cuenta que, asimismo, por recomendación de sus tutores, mantuvo un diario desde el primer hasta el último día de la investigación, que se prolongó durante cuatro años. Definitivamente una tesis doctoral es una síntesis del proyecto de vida de su ejecutor: refleja sus intereses intelectuales, sus experiencias personales y sus sueños futuros. Marca también un antes y un después. Creo que el autor de esta tesis ha abierto una trocha investigativa inédita que difícilmente podrá abandonar en el futuro. Sus aportes van a constituir una fuente indispensable para quien escriba en adelante sobre el tema militar en Colombia.
El general Álvaro Valencia Tovar lamentaba que las Fuerzas Militares se hubiesen convertido en un gueto, con débiles lazos de comunicación con el resto de la sociedad. Sin duda, el conflicto armado tan prolongado que ha vivido Colombia, la construcción de redes de amistad limitada a sus congéneres en los cuarteles bajo amenaza constante, el fenómeno del autorreclutamiento (es decir, que los oficiales provienen, principalmente, de familias con tradición militar) y la ausencia de derechos políticos básicos, como el voto, reforzaron este sentimiento de grupo cerrado, autosuficiente, que el autor describe como sentimientos de pertenencia a una ciudadanía paralela. El Hospital Militar, el Club Militar y la Universidad Militar eran tres símbolos de este encerramiento que conllevaba un riesgo de incomunicación: “nosotros”, con nuestros símbolos, trajes, ritos y tradiciones y “ellos”, el resto de la sociedad, con sus propios signos de identidad.
Ante esta realidad, Samuel Rivera-Páez se propuso, entonces, abrir la “caja negra” y mostrarnos el rostro real de los oficiales colombianos. Rompiendo mitos y prejuicios arraigados, el autor de este libro nos muestra a una oficialidad con un alto sentido de identidad institucional, pero diversa en sus orígenes sociales (aunque predominen los oficiales de clase media urbana, debido a los altos costos de la matrícula y el sostenimiento en las escuelas de formación), en sus valores (los hay muy conservadores que quieren preservar el statu quo, pero, igualmente, existen corrientes reformistas arraigadas), en sus visiones sobre la institución y el país e, incluso, de manera creciente, en su composición de género. “De hecho, como afirma el autor, Colombia es en la actualidad el único país en América Latina que no restringe a las mujeres para ocupar cualquier cargo en el interior de la organización militar”. Constituyen hoy en día el 9,2 % de los oficiales activos: 1346 de los 14 649 oficiales son mujeres.
Un dato, entre muchos otros, sorprende en este estudio: alrededor del 54 % de la oficialidad de las Fuerzas Militares se ubica en el centro del espectro ideológico. Es decir, la idea de que se trata de una oficialidad rabiosamente conservadora no tiene fundamento real. Esta es una buena noticia para quienes creemos que el país requiere cambios profundos para consolidar la paz y construir una sociedad más equitativa. Y que las Fuerzas Militares pueden ser un actor clave: basta pensar en los batallones de ingenieros que pueden realizar obras, en zonas apartadas e inseguras, que la empresa privada no está dispuesta a realizar.
Para el autor de esta investigación, sus resultados no tienen solamente un gran valor heurístico. Además, puede ser una herramienta para adelantar transformaciones positivas en el ámbito militar: por ejemplo, para ampliar sus redes de comunicación con la sociedad, para ampliar sus interlocutores externos con personas y organizaciones con agendas diversas e, incluso, críticas, para ahondar su compromiso con la paz no solo comprendida como el silenciamiento de los fusiles (la paz negativa como la denominaba Johan Galtung), sino como los cambios sociales que el país requiere para construir una sociedad más justa (o la paz positiva, en el discurso del sociólogo noruego). El alto nivel educativo de la oficialidad en Colombia —que se halla muy por encima del promedio nacional— es un capital muy valioso que el país debe aprovechar para avanzar más hacia el desarrollo.
El autor nos recuerda en sus páginas finales el principal lema de los mensajes actuales de las Fuerzas Militares destinados a la opinión pública: “Estamos en el corazón de los colombianos y allí nos vamos a quedar”. Este libro puede contribuir a que ese hermoso lema eche cada día raíces más profundas.
Eduardo Pizarro Leongómez
4 de marzo de 2019
INTRODUCCIÓN
Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.
JORGE LUIS BORGES
A finales de 2016, en un conversatorio donde se estaban discutiendo las incidencias del referéndum aprobatorio del Acuerdo de Paz entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), liderado por el Instituto de Derechos Humanos y Construcción de Paz de la Pontificia Universidad Javeriana y una organización no gubernamental protectora de los derechos humanos, tuve una experiencia muy particular que resume el objetivo principal de este trabajo. En medio de una mesa de trabajo, el director de esta organización, al enterarse de mi pasado como militar y mi estatus de candidato a doctor en Ciencias Sociales y Humanas, me preguntó por qué me había pasado de “ese lado para este lado”, a lo que le conteste que no me consideraba “ni de ese lado, ni de este lado”, que me visionaba en medio de un puente que uniera dos mundos que se han caracterizado por construir estigmas de lado y lado. Este trabajo busca, desde las ciencias sociales, construir puentes de diálogo entre la academia y las instituciones militares del país, por medio de algo básico como es descubrir mundos que antes estaban despoblados de información.
El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Álvarez, Garzón, Tellería y Fiumara, 2012), al dar a conocer las publicaciones ganadoras del concurso El papel de las Fuerzas Armadas en América Latina, se refería a los desafíos relacionados con la problemática de estas a fines del siglo XX y principios del siglo XXI, planteando que
estos desafíos demandan una reflexión seria por parte de los científicos sociales para comprender la nueva institucionalidad en el actual contexto internacional y local; y un compromiso intelectual en la formulación de principios de políticas públicas que puedan ser apropiados colectivamente y aplicados desde las instancias de poder. (Álvarez et ál., 2012, p. 9)
Esta reflexión se entiende como una invitación a realizar investigaciones que aborden tales problemáticas y retos, con miradas integrales que involucren las formas como el grupo social conformado por los militares se constituye, organiza y relaciona con la sociedad dentro de los contextos sociales, políticos y económicos específicos de cada país. Si bien el Gobierno del presidente Santos fue vehemente al anunciar que las reformas en temas militares y de seguridad y defensa no fueron discutidas en el marco de la negociación de La Habana con las FARC —lo cual es razonable—, los cambios inminentes en la realidad nacional suponen que la discusión sobre las transformaciones de la fuerza pública en Colombia debe darse de forma democrática e incluyente, dando cabida a todos los sectores de la sociedad. La institucionalidad oficial, la academia, los partidos políticos, los gremios, las minorías, las organizaciones sociales y la sociedad civil están llamados a aportar para crear un sentido común, que desde diversas perspectivas represente lo que la nación colombiana desea y quiere que sean las FFMM.
No se puede desconocer que las organizaciones militares han tenido un papel protagónico a lo largo de nuestra historia. Por esta razón, los militares se reconocen como actores activos en la construcción de la Colombia de hoy y mañana. También es un hecho que la historia de este tipo de organización en el país ha estado marcada por particularidades que han afectado tanto la estructura organizacional como el sentido mismo de la profesión militar. A nivel mundial, a partir de la finalización de la Guerra Fría, se ha producido un proceso revisionista sobre el sentido que tiene lo militar en las sociedades de hoy y el alcance de su ámbito de acción en el escenario global. Los temas asociados a la(s) identidad(es) en los asuntos militares han adquirido importancia en los estudios que se hacen en diversos países. En particular, el contenido y alcance de las representaciones propias y de otros, en lo que respecta a la oficialidad militar y sus identidades, tienen su propio peso específico, ya que producen efectos personales e institucionales en la relación entre los líderes militares y su profesión, y, por ende, en las relaciones entre civiles y militares. Adelantar estudios sobre esta materia se constituye en un reto y una obligación en un país como el nuestro.
Por ello, el problema que aborda el presente trabajo se enmarca dentro de lo que se suele denominar como sociología militar, y se enfoca en particular en las identidades que se definen a partir de la autorrepresentación que tienen de sí los oficiales de las FFMM colombianas y su interacción con temas de interés nacional, como lo es la construcción de paz. Por lo tanto, les da importancia a preguntas tales como: ¿cuáles son las percepciones que emergen con mayor claridad entre los oficiales militares en Colombia sobre sí mismos y sobre su relación con aspectos importantes de la vida nacional y que pueden ser consideradas como manifestaciones de identidad? ¿Cuáles son los rasgos, atributos y factores que caracterizan el sistema de identidades de la oficialidad militar en Colombia y cuál es el nivel de afiliación a él? Y ¿cómo las singularidades configuradas en el devenir institucional se manifiestan en la oficialidad, en su componente de identidad, al referirse a asuntos relevantes del Estado, como la construcción de paz?
El objetivo principal de esta investigación es comprender los elementos más relevantes que configuran las identidades y la autorrepresentación que de sí hacen los oficiales militares colombianos en servicio activo entre 1985 y 2015, en el marco de las disputas ideológicas, políticas, sociales y económicas que se presentan actualmente en el país y en el hemisferio, y que suponen transformaciones a corto, mediano y largo plazo de la organización militar.
Para ello, se consideró abordar el problema a través de cuatro momentos: 1) establecer el contenido y alcance de las representaciones discursivas que la oficialidad militar colombiana ha construido sobre sus propias identidades, 2) identificar los elementos diferenciadores de las diversas identidades que se pueden reconocer en los oficiales militares colombianos, 3) comprender tanto los mecanismos de interacción entre esas identidades y los asuntos de construcción de paz como los retos presentes y futuros que se ciernen sobre estos, y 4) diseñar herramientas para la captura de datos (encuestas), estructurando bases de datos con información suministrada por oficiales de las FFMM.
En función de las preguntas de investigación planteadas, se proponen tres hipótesis de trabajo que están íntimamente ligadas entre sí y que sirven para el desarrollo de los objetivos propuestos:
H1: una composición social estrecha. Dadas las condiciones particulares de la labor que cumplen los militares en Colombia y la estructura de la carrera, es de esperar que el cuerpo de oficiales militares esté compuesto predominantemente por personas de clase media, con posturas políticas conservadoras, procedentes de zonas urbanas, quienes siguen en gran número una tradición militar existente en sus familias, dando también un peso importante al componente religioso en sus vidas.
H2: sentimientos de pertenencia a una ciudadanía paralela. Los militares colombianos han desarrollado una identidad particular asociada con el contexto histórico, político y social que Colombia ha experimentado durante los últimos 50 años, sobre la base de su sentido de exclusividad y singularidad de la ciudadanía y del servicio público que los hace sentirse un tipo diferente de ciudadano.
H3: la paz es mucho más que el silencio de los fusiles. Teniendo en cuenta su experiencia en el campo de batalla, los oficiales militares de Colombia comprenden la problemática de la paz como algo que va más allá del mero silencio de las armas y reclaman la necesidad de lograr un consenso nacional que busque la reconciliación y el respeto entre los diversos actores sociales desde una postura marcadamente desarrollista.
Este abordaje está pensado desde una perspectiva integradora de distintas disciplinas. La sociología aporta elementos relacionados con el desarrollo de sistemas sociales totales y parciales. La institución militar como institución totalizante y el profesional militar como individuo son claves en ese análisis. La sicología social permite abordar este asunto desde los problemas de dinámicas de grupos que se ven afectados por las identidades colectivas, la alteridad y las distintas formas de interacción. La antropología social, dado el alcance que tiene para la comprensión del ser humano dentro de su cultura y, en forma general, como parte de una sociedad, contribuye a la comprensión del cómo se interpretan las configuraciones culturales que afectan la actividad militar. La ciencia política y las relaciones internacionales aportan, en la medida que se incorporan al análisis las relaciones de poder, internas y externas al Estado, las cuales delimitan de manera importante cómo se estructuran las FFMM, cómo se conciben las relaciones internas de poder entre las ramas del poder público y cómo se determinan esas relaciones de poder entre los sistemas sociales participantes, definiendo conceptos y significados. Las ciencias de la complejidad contribuyen en la medida que las respuestas a los eventos que se presenten no son lineales. Los elementos emergentes en las interacciones existentes son el resultado de dinámicas complejas, en las que la interdependencia en la interacción exige niveles de abstracción que pueden escaparse a la capacidad procesal del investigador. Muchas cosas que parecerán estar determinadas no lo están en la realidad y, por ende, se exige una mirada amplia a los fenómenos sociales en los que los militares son partícipes. De forma complementaria, se trabajó desde la historia y toda su capacidad de explicación contextual, tanto del pasado como del presente; desde la administración, en tanto la teoría de las organizaciones permite comprender el mundo del trabajo y sus relaciones de control y gestión de recursos; e inclusive desde la filosofía y la ética, en tanto sus miradas reflexivas permiten interpretar y comprender elementos fundamentales del mundo real en que se desarrolla la actividad militar.
La investigación sobre identidad(es) en los militares, al involucrar sujetos y colectividades, se abordó desde la perspectiva de las identidades individuales y colectivas. La literatura existente ha hecho mayor énfasis en las categorías de identidad social, nacional, de género y profesional. Sin embargo, reducir la diversidad de identidades posibles a una u otras conlleva riesgos para la comprensión integral de los fenómenos que pueden ocurrir en el plano personal y colectivo, y en las relaciones que se establecen con otros individuos o grupos. Tampoco se pueden dejar de lado las discusiones que se presentan sobre la pertinencia en sí de la categoría identidad y las propuestas que se siguen sometiendo ante las comunidades académicas y no académicas para darle mayor cabida como herramienta analítica. En ese contexto, el marco de referencia de esta investigación recae en las categorías de autorrepresentación, configuración identitaria y motivación para la acción política. Por ello, a partir de estos conceptos, se busca revisar la validez de la representación social y la identidad como puntos de partida para entender las creencias, acciones y emociones que ligan a los oficiales militares con temas tan relevantes como la construcción de paz.
Por todo lo anterior, el enfoque metodológico se basa en una aproximación hermenéutica (Gadamer, 2002) que busca comprender, desde la interacción con los miembros del cuerpo de oficiales de las FFMM colombianas, cuáles son esos marcos identitarios y de acción. Los 27 años de carrera militar que tuve la oportunidad de experimentar se constituyen en la base para la realización de una etnografía autorreflexiva que se combina con otros métodos cualitativos y cuantitativos para la obtención de los resultados. La investigación se dividió en dos etapas: en la primera, se realizaron entrevistas semiestructuradas y grupos focales con la participación de 125 oficiales de diferentes rangos, fuerzas, géneros y estado de actividad. En estos ejercicios se empleó también un instrumento de encuesta de pregunta abierta denominado twenty statement test (Kuhn y McPartland, 1954) que sirvió como complemento a las discusiones presentadas. En la segunda etapa, se diseñó, implementó y analizó una encuesta estratificada que incluyó la participación de 1185 oficiales, incluyendo oficiales de todas las fuerzas, géneros, grados y especialidades.
Para su desarrollo, la presente investigación se divide en seis capítulos. En el primero, se trata de dar respuesta a la pregunta ¿por qué y cómo estudiar los temas de identidad en los militares?, y se desarrolla indagando un poco en la evolución e interacción de la categoría identidad con la profesión militar. En el segundo, se presentan resultados, de carácter descriptivo, relacionados con la composición del cuerpo de oficiales en Colombia, desde la perspectiva organizacional, social y política, abarcando explicaciones sobre variables tales como jerarquía, origen social y geográfico, aspectos de género, etnia y educación, entre otros. En el tercero, se presentan resultados sobre diversos aspectos de índole identitario. Esto incluye información sobre el contenido del conservadurismo existente en el cuerpo de oficiales, asuntos propios de la identidad política y las estructuras de valores, así como, a nivel colectivo, afiliación e identificación grupal y elementos de configuración identitaria. En el cuarto capítulo, se desarrolla una forma de entender las identidades de los oficiales desde una perspectiva cultural, y en el quinto se revisan las interacciones de esas configuraciones identitarias con temas propios de la construcción de paz. En el sexto y último capítulo, se hacen algunas reflexiones finales a manera de conclusiones y cierre.
Entre las muchas razones que sustentan la realización de esta investigación, hay que resaltar que, a pesar de la abundante literatura sobre las FFMM en el nivel macroinstitucional, hasta la fecha en Colombia no se ha abordado a profundidad el estudio del grupo social conformado por los militares. Es posible evidenciar que hay poca literatura sobre el análisis en el nivel microinstitucional de los individuos y sus colectividades. En forma genérica, Haltiner y Kümmel (2009) han cuestionado el hecho de que las investigaciones asociadas a temas militares en el mundo no han trascendido de manera significativa la evaluación de la importancia, utilidad y efectividad de las organizaciones militares, dejando de lado el nivel micro o individual, que es el militar como sujeto, quien en últimas estructura la organización y “determina la extensión de la brecha entre las pretensiones y la realidad a la hora de realizar las tareas y las misiones encomendadas” (p. 75). Dado que en el país existe una nutrida literatura sobre ese nivel macro o institucional, se considera conveniente desarrollar investigaciones que se enfoquen en los militares en tanto sujetos de acción. En este caso, de manera particular se realiza el estudio con los oficiales del Ejército, Armada y Fuerza Aérea, en la medida que, de acuerdo con la ley y en el mundo real (Habermas, 1999), son los oficiales quienes tienen la responsabilidad de desarrollar la labor de liderazgo institucional a través de la gestión o administración de la función que se entiende como principal de la organización militar: hacer uso de forma monopolizada de la fuerza en un Estado social de derecho (Huntington, 1975). En estudios posteriores, puede ser importante hacer el análisis de las demás jerarquías (suboficiales, soldados profesionales y soldados regulares), para entender de mejor forma el todo del grupo social militar. En particular, se contempla la población de oficiales activos que han prestado servicio entre 1985 y 2015, en consideración a todos aquellos fenómenos políticos, económicos, sociales y culturales que han acontecido en el mundo1 y aquellos que tuvieron lugar en Colombia2 durante este período. Todos ellos, de una u otra forma, marcan las subjetividades de los actores militares y denotan momentos de transición que cuestionan y ponen en crisis los elementos identitarios individuales y colectivos.
Igualmente, las circunstancias históricas, políticas y sociales que han vivido Colombia y sus FFMM determinan unas particularidades en el contexto en que se desarrolla la profesión en el país. Esto a su vez permite observar, desde las acciones y referentes de los militares, los balances de poderes personales e institucionales existentes. Por otra parte, el hecho de que al momento de la investigación se estaba llevando a cabo la negociación para la culminación del conflicto armado con una de las guerrillas con mayor incidencia en la vida nacional, la posible ocurrencia de una crisis de identidad en la profesión militar en el ámbito mundial, regional e incluso nacional, el desorden conceptual en muchos temas del sector defensa y la necesidad de emprender transformaciones estructurales del sector de seguridad hicieron aún más interesante el desarrollo de este trabajo.
Desde el punto de vista académico, esta investigación busca aportar en la generación de nuevos conocimientos sobre el grupo social conformado por los militares en Colombia. También está enfocada en la posibilidad de generar espacios de diálogo, interdisciplinarios y transdisciplinarios, entre la sociedad civil y este grupo, para construir mayor confianza en el camino hacia una transformación personal, profesional e institucional dentro de la organización militar y hacia una transformación integral en la sociedad. A partir de lo anterior, es posible pensar que como resultado colateral se espera evidenciar la necesidad de diseñar líneas de investigación en las que los asuntos militares de organización, profesión, educación, entre otros, sean discutidos entre la sociedad en su conjunto (academia, gremios, etc.) y la institucionalidad militar (Gobierno, las FFMM) de manera amplia, logrando que la interacción dialéctica permita que emerjan sentidos comunes sobre la institucionalidad militar para el bien de todos los ciudadanos.
Adicional a todo ello, investigaciones como esta permiten conocer aspectos específicos de las mentalidades militares y de la red de interacciones que caracterizan a los oficiales de las distintas fuerzas. Al relacionar esto con las negociaciones de paz, tener información sobre la forma como los militares colombianos se perciben a sí mismos y cómo definen sus identidades sirve para aportar herramientas de juicio para afrontar la etapa posterior a la firma de esos acuerdos de fin del conflicto armado. Como lo evidencia la situación actual, la inclusión de reformas y transformaciones que involucran al sector de seguridad requiere el concurso decidido de la institucionalidad y de la oficialidad militar para lograr su éxito (Fundación Seguridad & Democracia, 2003).
En el contexto colombiano, la literatura sobre temas militares ha sido producida predominantemente en el campo de la ciencia política. Se puede evidenciar también que se ha venido haciendo un ejercicio sostenido y sistematizado para incorporar de manera más concreta otras perspectivas, como la histórica, en los estudios sobre temas militares (Atehortúa y Ramírez, 1994; Atehortúa, 2000, 2001, 2004, 2005, 2011; Medina, 1994; Torres del Río y Rodríguez, 2008). Aun así, la producción académica en relación exclusiva con el abordaje de temas de autorrepresentación o de identidades dentro de la organización militar es prácticamente inexistente. Se pueden relacionar algunos trabajos en los que, al recontar la historia de las FFMM en relación con categorías de macronivel, como la seguridad nacional, el conflicto interno o las relaciones civiles-militares, se esbozan algunas características que pueden ser insumos para comprender algunas de las propiedades que las investigaciones en temas identitarios han descrito (Atehortúa y Ramírez, 1994; Atehortúa, 2000, 2001, 2004, 2005, 2008, 2010a, 2010b, 2011; Avilés, 2006; Blair, 1993, 1999; Dávila, 1998b, 1999a, 1999b, 1999c, 2000a; Leal, 2002; Torres del Rio, 2000; Torres del Río y Rodríguez, 2008; Vargas et ál., 2010). Sin embargo, no son suficientes para explicar las configuraciones identitarias de los oficiales pertenecientes a las FFMM, las formas de construcción de estas o su relación con esas categorías de manera específica.
Finalmente, el proceso revisionista, ya mencionado, sobre el sentido de la profesión militar y los rasgos que deben caracterizar a los militares en los diferentes Estados evidencia también las transformaciones identitarias en el colectivo militar (Forsythe, Snook, Lewis y Bartone, 2005). En este contexto, comprender las identidades que caracterizan a los oficiales de las FFMM en Colombia y, por qué no, elementos de estas en algunos ejércitos extranjeros adquiere relevancia en la medida que se trata de mostrar la correspondencia entre los cambios de rol que se desea se produzcan en las FFMM en una sociedad abierta a las transiciones de nuevos órdenes o rescate de órdenes invisibilizados y lo que para los miembros de esas fuerzas enmarca la razón de ser de su profesión.
Dado el protagonismo que tienen los asuntos militares en la vida nacional, otro impacto esperado tiene que ver con los efectos derivados de conocer sobre las identidades de los oficiales en la mejora de la efectividad institucional y la posibilidad de generar mayor transparencia en las relaciones entre civiles y militares. La construcción de confianza es posible en la medida que los grupos inmersos en estas temáticas se conozcan, reconozcan y promuevan acciones útiles para resolver los problemas sociales relacionados con la violencia y la paz. En ese mismo sentido, contribuir al cambio social es un anhelo principal. Es claro que de la interacción entre individuos y grupos se da paso a la creación de sentidos compartidos que a la postre arrojan jerarquías superiores de rasgos identitarios significativos. Esto, en un país como Colombia, que pretende lograr una convivencia pacífica, es fundamental ya que permite que los actores armados que han participado directamente en el conflicto logren superar paradigmas y estigmas creados a partir de él.
Notas
1 Entre los más importantes para la profesión militar están el fin de la Guerra Fría, las crisis del capitalismo, el desarrollo del concepto de nuevas guerras, la consolidación de la Unión Europea y de nuevos ejes económicos de escala mundial, las guerras del Medio Oriente, los ataques de septiembre 11 y la guerra contra el terror.
2 Entre los más importantes para los militares colombianos están la toma al Palacio de Justicia, la Constitución de 1991, las acciones de guerra contra las drogas, el Plan Colombia, la política de seguridad democrática, la transformación de las FFMM, las derrotas y victorias militares contra la guerrilla, los procesos de paz exitosos y fallidos, entre otros.
¿POR QUÉ INVESTIGAR SOBRE LA CONFIGURACIÓN IDENTITARIA DE LOS MILITARES?
Los militares (independientemente de su rango), en tanto individuos y colectividad, son sujetos que desarrollan significados sobre temas importantes de la realidad nacional asociada a su rol social. De cierta forma, su interacción con la sociedad está regida por la misión que les es impuesta en el contrato social. Esa misión constituye el marco de las expectativas que tanto la sociedad en su conjunto como el grupo social conformado por los militares desarrollan sobre su papel en esta última (Harries-Jenkins y Moskos, 1984). También es posible considerar que, en la interacción cotidiana, se van construyendo percepciones sobre muchos elementos del Estado y de la sociedad, así como significados sobre elementos y asuntos relacionados con esos aspectos misionales. En particular, esta misión lleva a los oficiales a influir en dos asuntos relacionados con la seguridad nacional y la construcción de paz: las decisiones estatales y las concepciones sociales sobre aquellas (Janowitz, 1964). De manera específica, son quienes juegan un papel fundamental en esa construcción de significados, en la medida que se desempeñan como los líderes funcionales de las acciones llevadas a cabo dentro de la institución en el cumplimiento de esa misión asignada y como asesores del alto Gobierno en estos temas (Finer, 2002; Huntington, 1975; Janowitz, 1964; Segal, 1974; Snider, 2005).
Para el caso colombiano, la misión está determinada por la Constitución Política (Congreso de la República, 2016), que en su artículo 217 da cabida a la existencia de unas Fuerzas Militares (FFMM) y estipula las tareas que la nación considera deben cumplir.1 En complemento de la Carta Magna, se ha construido un régimen especial de carrera para los miembros de la fuerza pública colombiana que determina sus ascensos, derechos, prestaciones y obligaciones penales y disciplinarias. A la postre, nada de esto es nuevo. La organización militar ha sido un elemento social activo en la historia de Colombia. Desde el arribo de los españoles a territorio colombiano, el proceso de conquista, pasando por las guerras de la Independencia, las guerras civiles del siglo XIX, el bandolerismo, la Violencia, el conflicto interno, la insurgencia y la guerra contra las drogas ilícitas, hasta hoy, los diferentes tipos de organización militar (conquistadores, el ejército español, las milicias, las guardias, los ejércitos regionales, temporales, privados, permanentes, profesionales, contrainsurgentes, antinarcóticos, etc.) han estado presentes de una u otra forma en las etapas históricas del país (Atehortúa y Ramírez, 1994; Atehortúa, 2001, 2010a, 2010b; Blair, 1993; Gallón, 1983; Leal, 1994, 2002; Pizarro, 1987a, 1987b, 1987c; Torres del Río, 2000; Torres del Río y Rodríguez, 2008; Valencia, 1989, 1993; Vargas, 2002; Vargas et ál., 2010). Al hablar de participación activa, se debe entender que, como institución, la fuerza pública hace parte del ecosistema de entidades concebidas dentro del marco del Estado social de derecho, de la historia victoriosa y trágica que aún construye la nación colombiana (Blair, 1999), y de la amalgama de contradicciones que han caracterizado los conflictos en nuestro país. Igualmente, como fuerzas legalmente constituidas, deben ser garantes del servicio público que les ha sido encomendado por la sociedad y propender a un accionar operacional desarrollado dentro de los más altos estándares morales y éticos para proteger a la sociedad de las amenazas que contra ella se organicen.
En este contexto, se pueden evidenciar aspectos del orden global, regional y nacional que han determinado las particularidades en las que se desarrolla la actividad militar en Colombia y que determinan la forma como se da la interacción entre los oficiales militares colombianos y su entorno. Interacción que ha sufrido transformaciones significativas en las últimas décadas y que está sometida hoy en día a modificaciones aún más profundas, en la medida en que se materialicen cambios en los balances de poder en el hemisferio y en las negociaciones de paz con los grupos insurgentes que se enfrentan a las estructuras del Estado hasta nuestros días.
A nivel global, la culminación del periodo conocido como Guerra Fría ha ocasionado revisiones importantes de los paradigmas sobre seguridad y defensa nacionales. Hoy, se presenta una discusión importante sobre el papel tanto de la una (la seguridad) como de la otra (la defensa) en el funcionamiento de los Estados. La seguridad estatal, preocupada más por el territorio y la organización del Estado, ha sido cuestionada y se ha dado paso a considerar como de mayor relevancia la seguridad del ciudadano, en una visión integral de inclusión (Camacho y Leal, 1999; Patiño, 2006; Rojas y Álvarez, 2010; Sen, 2000). A nivel regional, a pesar de que el debate sobre la doctrina de seguridad propiciado en el periodo de la Guerra Fría sobre seguridad colectiva y seguridad nacional pareciera que aún no se ha superado del todo (Patiño, 2006; Torres del Río, 2013), algunas manifestaciones políticas en determinadas naciones (caso Ecuador, Argentina, Venezuela e incluso Brasil) han promovido una revisión de los balances de poder hemisféricos y, por lo tanto, tratan de hecho no solo la superación del debate, sino la revisión de los modelos recientes antes mencionados. Con ello, se ocasiona de paso una transformación en la manera como se ven las FFMM en el continente (Chinchón, 2007; Álvarez et ál., 2012). Colombia no ha sido ajena a esa disputa ideológica, siendo escogida por los Estados Unidos para que, con recursos de esta nación, miembros de las FFMM colombianas contribuyan en la capacitación de fuerzas de países centroamericanos en temas de lucha contra el narcotráfico y las amenazas trasnacionales.
Por otro lado, las guerras que han tenido lugar desde la caída del Muro de Berlín, aun cuando pueden entenderse como formas nuevas de ejercer el dominio del poder capitalista en todas sus formas (Torres del Río, 2013), han hecho surgir nuevos retos en materia conceptual, doctrinal y en la acción de los militares en su cotidianidad. En particular, la eliminación de la distinción entre combatientes y población civil, y la frecuencia en el uso de tácticas asimétricas hacen más complejo el reconocimiento de las dimensiones mentales, físicas, espaciales y sicológicas para los combatientes. Esto parece jugar un papel clave en la construcción de significados, en la forma como se interactúa con otros y, por ende, para el caso colombiano, en las configuraciones identitarias que los militares crean a partir de un conflicto armado que aún está vigente.
También es importante considerar que la actualidad de las Fuerzas Militares colombianas es el resultado de un largo proceso histórico en el que múltiples factores han incidido: el conflicto interno, las amenazas no tradicionales, la guerra contra las drogas ilícitas, las influencias de ejércitos de otros países, el antimilitarismo de las élites civiles, la aparente autonomía cedida por los gobiernos civiles para el manejo del orden público, los problemas asociados a la seguridad nacional en cuanto a su doctrina y a la capacidad del Estado para monopolizar el uso de la fuerza, las tensiones entre modelos institucionales tradicionalistas y progresistas, y el modelo político y económico imperante en el país, son algunos de ellos. Todos han sido factores importantes en la configuración de las subjetividades de los actores militares y en la constitución de relaciones entre el grupo social conformado por los militares y la sociedad en general (especificaciones sobre estos temas desde la perspectiva histórica y política se encuentran en Dávila, 1998a, 1998b, 1999b; Leal, 1994; Pardo, 1994; Pizarro, 1997a, b, c; Restrepo, 2010; Torres del Río, 2000; Torres del Río y Rodríguez, 2008; Vargas, 2002). Sin embargo, es esencial considerar que la formación de significados que dan origen a las acciones observables que denotan identidad pasa, para el caso colombiano, por algo muy particular y es el hecho de que, aún cuando existan sectores negacionistas tanto en el interior como en el exterior de las FFMM, el país ha estado inmerso en un conflicto interno por más de 50 años. A lo largo de ese período, se han presentado éxitos y fracasos militares que marcan la mentalidad de los oficiales militares en Colombia.
Al respecto, cómo se interpreta al otro, esto es, lo que algunos han llamado la mirada amigo-enemigo, tiene especiales consecuencias, afectando la forma como los colombianos en general —no solo los militares— ven los asuntos de la guerra y de la paz. Menciona Bejarano (1995) que Platón, al cuestionarse sobre las guerras fratricidas en la Grecia antigua, hace una reflexión de lo que significa ver las cosas desde la lógica del enemigo (polemos) o la lógica del adversario (stacis), construyendo una mirada completamente diferente a la hora de administrar el conflicto respecto de lo que se persigue al final: destrucción del enemigo o convivencia con el adversario. Todorov (2008) señala, por su parte, cómo esa existencia de un enemigo o adversario hace que los significados se construyan desde la perspectiva de lo que uno es, pero también desde la perspectiva de lo que no se es. Este es un elemento clave que, al parecer, ha determinado en buena medida la cosmogonía desarrollada no solo por la colectividad militar, sino por parte de la población en el país. A su vez, también determina los sesgos cognitivos con los que los profesionales militares se aproximan al problema.
De hecho, parte de la interacción en la que se ven inmersos los oficiales de las FFMM está afectada también por las interpretaciones que se dan tanto de lo que son las causas originadoras de la violencia como de lo que es la concepción de paz en Colombia. Sobre la violencia, la primera es una aproximación que comparten muchos académicos y activistas sociales y tiene que ver con una visión amplia de lo que significa como vivencia y como concepto en el país. Se trata de analizarla como un fenómeno trascendente que permite pensar que en Colombia existe una cultura de violencia (Blair, 1999; Uribe, 2013) en la que los modelos de exclusión-inclusión, cosmogonías violentas, modelos militaristas de poder local y de cooptación del Estado por las élites, entre otros, mantienen vivas estructuras que ocasionan que las personas no logren desarrollar sus potenciales como seres humanos, produciendo que al final de una u otra forma emerjan manifestaciones físicas de violencia (muertes, hambre, enfermedad, asaltos, etc.). La segunda, arraigada en los imaginarios de muchos actores civiles y militares, se centra más en una mirada de la violencia desde la perspectiva exclusiva de la violencia física, y se basa en que esta se encarna a partir de una amenaza terrorista que utiliza la guerra política contra el Estado para desarrollar actividades ilegales, nutriéndose de los recursos del narcotráfico, la minería ilegal, el secuestro, la extorsión y demás formas de crimen organizado. Por lo tanto, se convierte en un problema de seguridad y defensa que debe ser atendido desde una perspectiva coercitiva para tomar ventaja sobre el violento, haciéndole ver el riesgo de su destrucción y muerte (Bachelet, 2010). De allí se desprende una visión que da sentido al uso de la fuerza pública, que representa y tiene la facultad dentro de la figura del Estado de hacer uso legal de la fuerza —no de la violencia— para contrarrestar la violencia engendrada por otros ubicados al margen de ese colectivo social. En este sentido, las fuertes presiones que ejercen los gobernantes de turno, sumidos en conflictos polarizantes entre sectores políticos, terminan afectando el orden interno de la organización militar colombiana, llegando incluso a generar divisiones que atentan contra su disciplina y efectividad operacional.
Es bien sabido que el conflicto armado en Colombia tiene profundas raíces sociales, políticas y económicas, que generaron, por encima de otras cosas, falta de gobernabilidad y un marcado déficit en el monopolio del Estado sobre el uso de la fuerza (Bushnell, 1994; Manwaring, 2002; Menkhaus, 2010). Como resultado, en la última década del siglo XX, Colombia estaba a punto de ser clasificada como un Estado frágil (Vargas, 2002). Sin embargo, a partir de operaciones militares exitosas ocurridas durante los últimos 15 años en contra de los actores armados ilegales y el tráfico de drogas en todo el país (Ospina y Marks, 2014), se comienzan a vislumbrar modificaciones en algunos aspectos estructurales.
Las políticas de seguridad nacional diseñadas e implementadas por los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos parecieran haber contribuido a inducir algunos cambios políticos, sociales y económicos (Kaplan, 2008; Posada-Carbó, 2011; Llorente, 2015). Aun bajo el flagelo del conflicto, Colombia se posiciona como un país de ingresos medios con un crecimiento económico sostenido. Sin embargo, también es uno de los países con mayor desigualdad en el hemisferio occidental. Estos éxitos militares también promovieron que el principal grupo guerrillero, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (conocidas como FARC) iniciaran en 2012 conversaciones con el Gobierno colombiano en busca de acuerdos para poner fin al conflicto armado en el país. Las conversaciones en La Habana polarizaron a la sociedad colombiana, evidenciando desconfianza entre los líderes civiles y militares. Esto, a su vez, ha promovido debates sobre seguridad nacional y presupuesto para la defensa, y, de forma concomitante, ocasionó coaliciones políticas diversas entre líderes reconocidos de diferentes ideologías que se unieron en torno a la reelección del expresidente Santos para apoyar el proceso de negociación. La posterior elección del presidente Duque, con una agenda que se opone a lo pactado con las FARC, ha originado que en parte esa polarización se traslade al interior de las FFMM por vía de pugnas de poder en las altas esferas de la organización, lo que afecta de modo particular al Ejército Nacional. Los que tienen prejuicios contra el proceso, incluyendo algunos oficiales retirados, han expresado su preocupación sobre la posibilidad de que las organizaciones guerrilleras hayan utilizado las negociaciones como un medio táctico para reducir la presión militar contra sus líderes y tropas sin dejar de lado actividades ligadas al narcotráfico. Aquellos que creen en el proceso de paz, incluyendo a muchos oficiales activos, han comentado sobre la imposibilidad de obtener una derrota definitiva mediante el uso de medios exclusivamente militares. Lo cierto es que después de un proceso de negociación con muchos altibajos, el país se encuentra, a pesar de la incertidumbre, viviendo la implementación del acuerdo y los debates que se dan por la implementación de la Jurisdicción Especial de Paz, ante la cual ya se han presentado cerca de 2000 militares.
En lo que compete a esta investigación, la negociación para la culminación del conflicto se constituía en un reto en materia de configuración identitaria para los oficiales de las FFMM, ya que marcaba de manera evidente el rumbo que debían tomar el país y, por ende, las mismas FFMM. Hasta el momento, el modelo de seguridad nacional adoptado en Colombia ha tenido particularidades asociadas a la relativa autonomía que el estamento militar y, en particular, los oficiales han tenido en el manejo del orden público. Cualquier cambio significará, por ende, que esas reglas de juego y esas cosmogonías tengan que cambiar, propiciando retos de transformación identitaria que pueden ser entendidos como promotores de posibles crisis de identidad que deberán ser resueltas apropiadamente. En este sentido, comprender cómo se han construido las identidades de los oficiales en los últimos años (1985-2015) y cómo se desarrollan y se evidencian, sirve para establecer un diálogo con los líderes políticos presentes y futuros, los líderes de la organización militar y la sociedad en general. Este diálogo aporta de muchas formas a la construcción de Estado y de nación, en la medida en que, como señala Atehortúa y Manrique (2005), el contexto cultural e histórico en el que han sido creadas y consolidadas las FFMM colombianas se logre comprender mejor y por ende se dé una relación bidireccional de influencia entre estas y la sociedad.
Esta relación está marcada a su vez por complejas interrelaciones locales, regionales e internacionales que determinan que los militares hayan desarrollado un modelo de pensamiento y configurado un sistema de creencias, imaginarios y valores que tienen incidencia en su accionar diario. Ejemplo de ello es el debate sobre participación política de militares presentado en la campaña para la elección de presidente en 2014 y las tensiones recurrentes de “ruido de sables”, así como el uso cotidiano de expresiones y eslóganes tales como “en Colombia los héroes sí existen”, “la legitimidad es el centro de gravedad”, “fe en la causa”, “primero fue ejército que patria”, “las Fuerzas Militares son el soporte de la democracia y la reserva moral de la sociedad”, entre otros. Todos ellos definen aspectos determinantes en las relaciones civiles-militares, en cuanto participación e involucramiento político de los actores militares, pudiendo incluso llegar a afectar la calidad del servicio público asignado en la Carta Magna. Este tipo de participación se reconoce como determinante en la percepción de seguridad nacional y en las relaciones internacionales, llegando a afectarlas de modo grave (Bhimaya, 1997). Al final, ese bloque histórico y la cotidianidad determinan el sentido o significado que la colectividad les da a los diferentes aspectos de su propia existencia, permitiendo cuestionarse acerca de la existencia y dirección de las normas constitutivas, los propósitos sociales, las comparaciones relacionales con otras categorías sociales y los modelos cognitivos que constituyen las bases identitarias que pueden caracterizar a los oficiales de las FFMM colombianas.
De manera complementaria, se observa que ese nivel global ha tenido incidencias locales. Las crisis que ha sufrido el capitalismo han generado impactos en el trabajo y los modos de producción, afectando no solo a las grandes empresas, sino a la comunidad en general. Los cambios han implicado, en algunos casos, afirmaciones y, en otros, transformaciones, tanto en las estructuras como en las relaciones de poder establecidas en la sociedad, afectando a su conjunto y, por ende, a las instituciones militares. En las últimas décadas, aun cuando el statu quo se mantiene en lo esencial, se ha presentado un cambio acelerado en diversos aspectos de la vida social, política y económica del país. Con la reforma a la Constitución en 1991, si bien no hubo transformaciones profundas en el estamento militar (Cabarcas, 2011; Palau, 2006; Schultze-Kraft, 2012; Torres del Rio y Rodríguez, 2008; Vargas, 2006), sí se dio paso, entre otros, a cambios en la concepción de Estado, en la organización social y en la participación ciudadana que terminaron afectando toda la función pública y, por ende, a la institución militar. Y con las acciones desequilibrantes de los grupos al margen de la ley en los años noventa, se dio paso a una transformación integral de las FFMM que se puede considerar limitada y que se encuentra aún en desarrollo (Grabendorff, 2009; Vargas, 2006).
El ingreso cada vez más generalizado de la mujer a la vida laboral y los avances logrados por los colectivos defensores de los derechos de las comunidades de orientación sexual diversa rompieron barreras de género y dieron paso a una visión en que la diversidad adquiere mayor relevancia, y, en consecuencia, también las reafirmaciones identitarias de género y de raza comienzan a ser más visibles. Por ejemplo, las acciones de afirmación emprendidas por comunidades afrocolombianas en la década de los noventa fueron el origen de un mayor ingreso, como oficiales, de miembros de esa raza a las FFMM. Estos oficiales ya han hecho buena parte de la carrera y comienzan a llegar a grados intermedios con excelentes resultados.
Desde la perspectiva de esta investigación, ese aspecto de diversificación ha afectado positivamente para que el grupo social conformado por los militares sea cada vez más heterogéneo. Lo anterior, en principio, sugiere que, al ampliarse la base de reclutamiento de la oficialidad, la composición del cuerpo de oficiales sea de una u otra forma más representativa de la sociedad. Igualmente, esa heterogeneidad supone que se presenten tensiones en diversos aspectos de cohesión en torno a los fines o propósitos que guían a los oficiales en la conducción de la organización. En otros países, estas tensiones han demostrado ser la base de ajustes, afirmaciones y transformaciones identitarias que terminan afectando el desarrollo de las operaciones, la vida cotidiana y la interacción de los militares, tanto dentro del grupo como fuera de él, en relación con temas cruciales para el Estado, como son la seguridad y la defensa de la nación (Snider, 2005).
En esta misma línea, no puede dejarse de lado que parte de la problematización de las identidades en las FFMM pasa por el hecho de que, como organización, se caracterizan por ser una institución total que acapara la vida de sus miembros en una red de obligaciones y compromisos a partir de la cual el trabajo termina volviéndose la vida misma (Segal, 1998). Por ello, el contenido y el alcance de las representaciones discursivas construidas por la oficialidad militar sobre su propia identidad tienen efectos personales e institucionales en la relación entre los líderes militares y su profesión. La autorrepresentación incluye atributos físicos, psicológicos y sociales que pueden ser influenciados por las actitudes, los hábitos, las creencias y las ideas de la persona (Auyero y Berti, 2013; Vasilachis, 2003). Por ello, es entendible que la autorrepresentación que los oficiales hacen de sí mismos genere impactos directos en las concepciones ideológicas y las acciones prácticas del resto de los integrantes (suboficiales y soldados) de las FFMM. De paso, el juego de poder individual e institucional en ellas inmerso puede afectar las relaciones entre civiles y militares en el marco de un Estado social de derecho.
Desde la perspectiva de problematización en las ciencias sociales, es pertinente agregar que el análisis académico de los asuntos militares en Colombia se ha enfocado en trabajos de investigación que se basan principalmente en la evolución histórica de la organización militar (Atehortúa y Ramírez, 1994; Atehortúa, 2000, 2001; Valencia, 1993), las relaciones civiles-militares (Avilés, 2006, 2010; Dávila, 1999a, 1999b; Dávila, Escobedo, Gaviria y Vargas, 2000c; Deas, 2002), la seguridad nacional (Dávila, 1999c; Leal, 1994; Torres del Río, 2000; Torres del Río y Rodríguez, 2008), el conflicto interno (Arnson y Llorente, 2009; Calderón, 1979; Dávila, 1998a; Deas y Llorente, 2000; Echavarría, 2010; Vargas, 2002) y las influencias de otros países u organizaciones militares (Atehortúa, 2008, 2011; Rodríguez, 2006). Por lo tanto, se puede afirmar que se ha dejado de lado hasta la fecha el estudio del grupo social conformado por los militares en Colombia, en el nivel microinstitucional de los individuos y sus colectividades, su rol y sus mecanismos de relación, tanto dentro de la institución como fuera de ella (Borrero, 1990; Medina, 1994). En forma general, todos los trabajos antes mencionados aportan elementos que permiten comprender los contextos base de expresiones identitarias en el seno de la organización militar en Colombia. Pero solo en algunos —aquellos que se enfocan en imaginarios y mitos (Blair, 1999), en representaciones y significados de categorías específicas para los combatientes en la guerra de Corea (Skladowska, 2006), en arquetipos y paradigmas históricos (Mejía, 2008) y en el ejército como modelo patriarcal (Castañeda, 2008)— se observan elementos que tienen mayor proximidad con el objeto de estudio de la presente investigación, aunque sin desarrollar realmente la categoría de identidades en la forma como se ha hecho en ella. De paso, esto evidencia también un desconocimiento sistemático de los elementos sustanciales y relacionales que caracterizan la formación y acción de los militares colombianos, y lo poco que se ha documentado sobre la mentalidad y las identidades militares en Colombia.
En 1990, Borrero ya advertía sobre lo poco o nada que se había profundizado en aspectos relevantes que conllevaran a la comprensión de la colectividad militar como sistema social, su rol y sus mecanismos de relación, tanto dentro de la institución como con la población civil. En 2004, al revisar la literatura existente sobre temas militares, Atehortúa también advertía ese vacío, el cual pareciera seguir existiendo entrado el siglo XXI. Schultze-Kraft (2012), al hablar sobre los retos de la paz en Colombia, evidencia nuevamente que existe poco conocimiento sistematizado de los elementos sustanciales y relacionales que caracterizan la formación y acción de los militares colombianos, así como de sus mentalidades y sus identidades. Lo mismo sucede con las particularidades derivadas de lo antes expuesto. De hecho, se puede afirmar que la preocupación expuesta por Medina (1994), al mencionar que “no se tienen evaluaciones confiables sobre problemas en cierto modo elementales, como el de la procedencia social de la oficialidad de las distintas armas”, está aún vigente. En el país, no se han desarrollado estudios sistemáticos que tengan por objeto determinar la composición social del cuerpo de oficiales de las FFMM. Esta investigación trata de aportar para llenar este vacío.
La identidad, en tanto categoría analítica, ha hecho presencia en las últimas décadas para tratar de explicar diversos factores del comportamiento de los individuos y las colectividades. El sentimiento de pertenencia como eje del ejercicio de la vida en común determina la existencia de identidades que se construyen de manera diferente según los contextos social y cultural (Grimson, 2011; Todorov, 2008). Esas identidades se erigen básicamente a partir de la interacción social y se materializan en jerarquías de rasgos observables, característicos en la medida en que los seres humanos orientan sus actos hacia el resto del mundo en función de lo que cada cosa significa para ellos. Estos significados son construidos a partir de esa interacción con todo lo demás, incluyendo el sí mismo (Stryker, 1980). Esto último implica entonces que las identidades son parte de un amplio sentido del sí mismo y, como tal, internalizan autoindicaciones asociadas con la posición que el individuo ocupa dentro de diversos contextos (Turner, 2012) y en las estructuras sociales más próximas (Merolla et ál., 2012). Sin embargo, se debe tener muy presente que esos significados son manipulables y modificables por parte de los individuos o las colectividades al interpretar las cosas que van hallando a su paso (Blumer y Alonso, 1982), así como las expectativas propias y de los demás respecto a la manifestación identitaria correspondiente (Stryker, 1980).
Por ello, esta investigación parte del análisis del conocimiento inscrito en dos grandes temáticas conceptuales. En un primer momento, la revisión de los documentos de investigación, reflexión o referencia relacionados con los conceptos de autorrepresentación e identidades permitió ampliar el horizonte descriptivo y aportó elementos desde diversas disciplinas. En un segundo momento, la revisión de documentos, de la misma índole, relacionados con las identidades en organizaciones militares, de manera general, y con los aspectos de interacción de estas con la categoría de construcción de paz aportó a la construcción de un estado del arte sobre estos temas. Por motivos evidentes, se hace énfasis en aquellas experiencias que involucran el caso colombiano.
Sobre la autorrepresentación
El concepto de autorrepresentación implica la comprensión de la interacción entre los factores que se ven inmersos en ella: por una parte, el contexto amplio de lo que significa la representación y, por otra, la visión compleja del componente auto, visto desde la perspectiva de lo que es el sí mismo.
Se puede tomar como punto de partida el trabajo de Brewer y Gardner (1996), para quienes el autoconcepto se basa en tres autorrepresentaciones esenciales: 1) la del ser individual, 2) la del ser relacional y 3) la del ser colectivo. A partir de estos tres tipos de autorrepresentación, los seres buscan autoidentificarse y autointerpretarse en términos de sus características propias, en términos de relaciones duales y en términos de pertenencia a un grupo social. De forma similar, Barthes (1999), Derrida (1998) y Hall (1997) desarrollan aspectos de la relación entre la representación, el contexto y las significaciones prácticas que permiten fundar tipos de sujeto, haciendo que, al constituirse en sistemas de interpretación, permitan, entre otras cosas, aportar en la definición de identidades. En esta misma vía, Nash (2007), extrapolando la categoría de comunidades imaginadas propuesta por Anderson (1991), muestra cómo “las representaciones culturales constituyen un componente crucial de las dinámicas socioculturales y tienen un papel decisivo en la articulación identitaria y en la evocación de referentes en el desarrollo de un imaginario colectivo” (p. 13). Para ello, toma como punto de partida los trabajos de Roger Chartier (1992) sobre historia cultural y de Stuart Hall (1997) sobre estudios culturales. Con ellos, corrobora cómo las representaciones se constituyen en productoras de lo social, en general, y de la configuración de la sociedad actual, de forma particular. Considerando todo lo anterior, también son relevantes los aportes conceptuales sobre representaciones colectivas desarrollados por Durkheim, así como los de representación social (Moscovici, 1961), en la medida en que se pueden interpretar como base y evolución del problema en la búsqueda por comprender mejor los procesos de construcción de sentido en las sociedades modernas (Höijer, 2011).
No en vano se considera que el retrato que un sujeto hace de sí mismo está relacionado con el significado que su existencia adquiere. Para Hall (1997), la representación “es una parte esencial del proceso por el cual el significado es producido e intercambiado entre miembros de una cultura”. En esa medida, proporciona sentido a las identidades de la colectividad a la que se pertenece. Los actos de representación antes mencionados, se constituyen en actos de identificación. En ese marco, se reconoce la importancia que tiene que las diferencias que construyen las identidades sean marcadas, observadas o indicadas por los sujetos en el contexto de la vida cotidiana en el mundo real. La identidad es situacional y, por ende, está marcada por los elementos del contexto. Sin embargo, no es pasajera, ya que tiene un gran poder al operar en el ámbito de lo psíquico, lo corporal, lo histórico, lo emocional e incluso en la interacción social.
La autorrepresentación ha sido empleada para estudios con diversas aproximaciones disciplinares y temáticas. En el trabajo de Markus (1990) se analiza cómo los esquemas del sí mismo configuran la autorrepresentación y a partir de allí se evalúan los efectos de esta en desórdenes emocionales, denotando la importancia de revisar la relación con los otros, pero también la visión estigmatizante que ejerce presión sobre el sentido de pertenencia de grupos particulares. Van der Zalm (2006) la emplea en el marco de la transculturización para señalar la posibilidad que tienen los subalternos para expresarse, mostrando la posibilidad de la división evidente al representar a una cultura: por ojos endémicos o por ojos extranjeros. Así, muestra cómo esta visión poscolonial le da una oportunidad de autoidentificación a la subalternidad que contribuye en la forma de autoatribución identitaria. Newen y Vogeley (2003), a partir de experimentos, plantean una revisión a la forma de emplear las perspectivas de tercera persona y de primera persona, dándole cabida al uso de la segunda como indicador empírico de autoconsciencia. Lo que se combina con los trabajos de Kriegel (2006), quien expone la importancia del concepto en el entendimiento y definición del estado de consciencia en cualquier persona. Por su parte, Zhu, Zhang, Fan y Han (2007) realizan experimentos neurocientíficos que revisan la base neural de la influencia cultural que tiene la autorrepresentación, evidenciando diferencias entre sujetos orientales y occidentales, relacionadas con las aproximaciones individualistas y colectivistas planteadas previamente por otros autores. Algunos trabajos que combinan la autorrepresentación con la identidad y que aportan aspectos conceptuales o metodológicos son el de Vasilachis (2003), sobre pobres, pobreza, identidad y representaciones sociales en Buenos Aires; el de Jia (2011), sobre autopercepción y autorrepresentación de los profesores de inglés de una universidad en China; el de Jaguscik (2011), sobre representaciones culturales y autorrepresentación de un grupo de mujeres migrantes trabajadoras chinas; el de Snider y McCarthy (2012), sobre autorrepresentación e identidad en un caso de estudios involucrando estudiantes internacionales; y el de Buckingham (2009), sobre autorrepresentación, identidad y estilo visual en una subcultura juvenil.
De todos ellos, se puede deducir la idea de la autorrepresentación como una estructura contextualizada y dinámica de conocimiento del sí mismo. Por ende, contiene información general y contextual sobre características, atributos, creencias, valores y memorias episódicas y semánticas acerca de este (Diehl y Hay, 2007). A su vez, para asumir tal precepto, se deben tener en cuenta dos elementos: 1) dado que su contenido es igualmente particular a cada ser, requiere ser entendido desde el supuesto de que diferentes estructuras de sí mismo arrojan diferentes formas de procesar la información relevante que se asocia al final con el comportamiento individual; y 2) dado que las autorrepresentaciones son maleables y dinámicas, se debe considerar con detenimiento el efecto de las retroalimentaciones, las demandas situacionales e inclusive los estados de ánimo y la edad (Diehl y Hay, 2007).
Este marco conceptual sobre la autorrepresentación nos aproxima al concepto de sí mismo. Como ya se había mencionado, Markus (1990), tomando como base estudios de Allport, refuerza la idea de considerar el sí mismo como una entidad dinámica que no refleja exclusivamente las experiencias del pasado. Es a partir de esta visión que se debe entender el sí mismo como un grupo multifacético y multidimensional de estructuras, que juegan un papel crucial en la organización de todos los aspectos relacionados con el comportamiento, ya que se entienden como el eje central y frontal del proceso de construcción de sentidos. De esta forma, se puede suponer que cada individuo tiene un arreglo diverso de representaciones acerca de sí mismo (el bueno, el malo, el actual, el ideal, etc.), y de este arreglo tan solo algunas de esas autorrepresentaciones serán claves y por ende recibirán un mayor grado de elaboración cognitiva, afectiva y corporal (p. 242). Si bien Markus plantea una visión desde la individualidad del sí mismo, deja entrever la importancia que tiene 1) que miembros de grupos sociales o de ciertas edades compartan ciertas autorrepresentaciones (p. 243), 2) el afecto en la forma como se construyen y comparten esas autorrepresentaciones en la vida cotidiana (p. 247), y 3) el papel de la interacción intersubjetiva en la configuración, evaluación y análisis de las autorrepresentaciones de cada individuo a partir de las experiencias vividas y compartidas (p. 249). De igual forma, enuncia como tema de interés el considerar las autorrepresentaciones como el sistema en sí que gobierna la construcción de sentidos y significados en la interacción entre los procesos cognitivos, afectivos y motivacionales (p. 251). Esto lo complementan Michener, DeLamater y Myers (2004, p. 79), para quienes el concepto de sí mismo (o autoesquema) se presenta como la estructura organizada de los conocimientos o pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos e incluye las percepciones que tenemos de nuestras identidades sociales y cualidades personales, así como las generalizaciones que, basadas en la experiencia, hacemos sobre nosotros; y McConnell (2011), quien teoriza acerca de la relación entre la representación y el sentido de sí mismo, al proponer una aproximación a ellos como principios derivados de una visión del ser (sí mismo) compuesta por múltiples facetas que tienen implicaciones directas en la comprensión de los mecanismos que permiten integrar a los otros y, por ende, le dan validez a las identidades colectivas y sociales, en la medida en que más allá de los modelos de conocimiento, considera también, afectos y emociones.
De hecho, en la presente investigación, se asumen como elementos de análisis los principios propuestos por McConnell (2011) sobre la estructura de múltiples facetas del sí mismo que comprende a este como una colección de aspectos dependientes del contexto, que están asociados a atributos personales, los cuales son asequibles cuando son activados (y viceversa), y que por ese nivel de activación son más o menos apreciados. Al mismo tiempo, se considera que las retroalimentaciones sobre algunos de estos aspectos del sí mismo influencian la evaluación que se haga sobre otros aspectos que compartan estos niveles de apreciación y, por ende, existen relaciones directas entre la información que se tenga sobre un atributo específico, en la medida que este sea compartido por una o más de las facetas asumidas por el individuo para sí mismo (p. 5). Esta será la base para la configuración de subjetividades y, por consiguiente, para la determinación de identidades, desde la perspectiva relacional y dinámica antes planteada.
Sobre las identidades
Existe literatura abundante que señala la importancia que ha tenido el estudio de las identidades en las últimas décadas para las ciencias sociales (Abdelal, Herrera, Johnston y Mcdermott, 2009; Castells, 1998; Torre, 2007; Giddens, 1995; Mercado y Hernández, 2010; Snow, 2001). A pesar de las críticas que han recibido en tanto categoría analítica (Billig, 1998; Brubaker y Cooper, 2000; Grimson, 2011), en muchas disciplinas y campos de investigación se ha avanzado aportando en “la definición, el significado y el desarrollo de identidades étnicas, nacionales, lingüísticas, religiosas, de género, clase, organizacionales, de rol, entre otras y su papel en las producciones políticas, sociales y económicas” (Abdelal et ál., 2009).
En términos generales, se acepta, hoy en día, que no hay consenso ni sobre la definición del concepto de identidad ni sobre la extensión en que es utilizada en investigaciones en ciencias sociales. Sin embargo, existe algún tipo de consenso sobre algunos elementos que deben ser tenidos en cuenta a la hora de trabajarla como concepto guía en las investigaciones:
• En la relación con el sentido de mismidad, se constituye la necesidad de considerar también el sentido de alteridad. Pensar en una identidad significa ir más allá del yo mismo para pensar en los otros. Esto significa que, como una forma de identificación, las identidades son relacionales a las categorías socialmente disponibles. Para que exista un grupo deben, necesariamente, existir dos o más (Grimson, 2011) con los cuales relacionarse.
• La dimensión multifacética de las configuraciones identitarias. No es posible hablar de una sola identidad esencial, sino que es necesario hablar de múltiples identidades que interactúan unas con otras en diferentes momentos y lugares de la imaginación, el cuerpo y las emociones de los individuos, constituyendo a su vez, dentro de marcos normativos y morales preexistentes, posiciones que se manifiestan a través de actos explícitos en la interacción con otros e incluso consigo mismo (Harré y Davies, 1990).
• La conveniencia, al revisar los procesos de identidad, de incorporar las dimensiones de continuidad y de momento. En la medida en que se asume la identidad como construcción social, esta es parte del sujeto, pero en su devenir se transforma y, por ende, debe ser vista como un continuum que se cuestiona en un momento dado (Erickson, 1977). En otras palabras, las identidades entendidas como un sentimiento de pertenencia son construcciones sociales que sobrepasan los límites de una concepción esencialista. Cada sociedad construye clasificaciones sociales asociadas a estas clasificaciones, y los individuos se identifican de una u otra forma con esas clases construidas en un momento dado (Grimson, 2010).
• La oportunidad de considerar las dinámicas de la interacción que incorporan las fronteras entre niveles de intraidentidades en lo individual y colectivo, lo individual y lo organizacional, etcétera, en consideración a que juegan un papel activo y decisorio en lo que puede ser observado por los otros (Foreman y Whetten, 2002). Cuando una persona se autorrepresenta de una u otra forma o representa a los otros, está haciendo un uso estratégico de las clases empleadas en cada sociedad, en la medida en que conoce las resonancias e implicaciones de las categorías que usa (Grimson, 2011). Esto tiene repercusiones importantes en las relaciones dentro del grupo y entre grupos a nivel de las organizaciones.
• La necesidad de observar la heterogeneidad de lo supuestamente homogéneo (Flesher, 2010). Cada grupo o sociedad clasifica de forma diferente, ocasionando que identificarse con alguna de las clases antes mencionadas sea situacional. Sentirse parte de una clase en un lugar puede significar ser parte de otra clase en otro lugar (Grimson, 2011).
• Al hablar de identidades, se considera la implicación de las dimensiones cognitivas, afectivas y morales, que afectan el autoconcepto y los valores. Estos son parte esencial de la forma como se configuran las motivaciones, que, al final, tienen incidencia en lo conductual (Snow, 2001).
Todo esto, como señala Torre (2007), “sirve para fundamentar el carácter complejo de las identidades y la conveniencia de pensar los polos que la atraviesan, no de manera simple y lineal, sino dialéctica, transdisciplinaria y, sobre todo, compleja” (párr. 15).
La carencia de definición, sumada a los diversos usos que se le da en los diferentes escenarios de investigación, dificulta la claridad conceptual para trabajar la identidad como variable. Abdelal et ál. (2009) proponen abordar los problemas conceptuales y las brechas de coordinación buscando mayor claridad a partir de la comparación de los diferentes tipos de identidades y de la explotación de los avances teóricos hechos en las diferentes disciplinas para operacionalizarla como variable. Igualmente, proponen enfrentar la poca consistencia y claridad en la definición y la medición de las identidades y la débil coordinación entre los esfuerzos investigativos, tanto a nivel interdisciplinario como a nivel de los campos de esas disciplinas, para avanzar en su uso como herramienta analítica.
Snow (2001) plantea la existencia de tres tipos distintos de identidad que deben ser analizados de manera integral para comprender mejor la conceptualización, las manifestaciones empíricas, las aproximaciones analíticas y algunos aspectos pendientes de solución: las identidades personales, las identidades sociales y las identidades colectivas. Plantea, además, que a pesar de que estas están interactuando permanentemente, una no puede ser inferida de la otra, y por lo tanto sus diferencias deben ser analizadas. Esta premisa es relevante para la presente investigación, en la medida en que se parte de la hipótesis de la existencia de identidades de los tres tipos que interactúan para producir efectos en las cosmogonías y aproximaciones con las que los oficiales militares colombianos afrontan, viven y transforman su realidad.
Respecto a las identidades colectivas, se puede decir que estas tienen su base “en el sentimiento compartido de la existencia de unicidad o ‘un nosotros’ anclado en atributos y experiencias reales o imaginadas entre aquellos que componen la colectividad y en relación o contraste con uno o más grupos existentes o imaginados de otros” (Snow, 2001, p. 3). En tal sentido, su base está dada por el hecho de que “la interacción entre dos o más grupos de actores requiere como mínimo que ellos estén situados o ubicados como objetos sociales” (p. 2). Dado que esto se da por la imputación o anuncio de identidades, se parte del principio de que “la interacción entre individuos y grupos, en tanto objetos sociales, es contingente a la recíproca atribución o admisión de identidades” (p. 2). El hecho de que sean los significados simbólicos los que permiten que las identidades colectivas sean expresadas y afirmadas (Snow, 2001) conlleva que se pueda establecer un vínculo entre su conceptualización y la interacción simbólica con la realidad.
Un asunto importante en esta concepción es que, dentro del sentimiento compartido de la existencia de un nosotros, se constituye un sentimiento de agenciamiento colectivo, que no solo es el componente de acción de las identidades, sino que también es una invitación a estas. Según Snow (2001), esta doble cara puede relacionarse con constructos sociológicos clásicos, como el de Durkheim de conciencia colectiva, o el de Marx de conciencia de clase. Sin embargo, reconoce que esta dimensión de agenciamiento es algunas veces más implícita que articulada de forma directa. Según Flesher (2010), esta conceptualización de Snow (2001) es, en parte, derivada del trabajo de Alberto Melucci, quien involucró el concepto de identidad colectiva al estudio contemporáneo de los nuevos movimientos sociales. En su intento de entender cómo un movimiento social llega a ser un movimiento,
[Melucci] trata de conectar la brecha entre las creencias y los significados individuales y la acción colectiva mediante la exploración de procesos dinámicos a través de los cuales los actores negocian, entienden y construyen sus acciones mediante interacciones compartidas de forma repetida. (Flesher, 2010, p. 394)
Un elemento clave está dado en la discusión centrada en la importancia de la identidad colectiva como propiedad del actor social o como proceso (Aronoff, 2011; Snow, 2001). Si bien el proceso de formación se reconoce como importante, es el producto de ese proceso (el sentimiento de un nosotros) el que genera la sensación de agenciamiento que puede originar la acción, pero también es el parámetro de orientación identitaria para los otros actores inmersos en la acción. Este aspecto ha sido de especial interés en el concepto de cohesión a la hora de abordar el estudio de movimientos sociales (Flesher, 2010; Flórez, 2010).
Abdelal et ál. (2009) proponen entender el concepto de identidades colectivas
como una categoría social que varía por acción de dos dimensiones: el contenido y el nivel de disputa. El contenido describe el sentido o significado que la colectividad le da a cada identidad colectiva específica. Puede darse de cuatro formas diferentes, que no son mutuamente excluyentes: normas constitutivas, propósitos sociales, comparaciones relacionales con otras categorías sociales y modelos cognitivos.2 El nivel de disputa se refiere al grado de acuerdo dentro del grupo sobre el contenido de una categoría compartida. (Abdelal et ál., 2009, loc. 144 de 5689)
El contenido no es ni fijo ni predeterminado, siendo más el resultado de un proceso social de consenso dentro del grupo. Por lo tanto, los individuos están continuamente proponiendo y dando forma a sentidos para el grupo al que pertenecen. En tal virtud, los tipos de contenido enmarcan la variedad de sentidos en las identidades colectivas, mientras que el nivel de disputa sobre el contenido define el fluido y la naturaleza contextual de la identidad. En el marco de este planteamiento, es importante considerar
el hecho que aun cuando se asuma que el mundo social es una construcción, hay periodos y lugares donde los entendimientos intersubjetivos de esos hechos sociales son lo suficientemente estables que pueden ser tratados como fijos y pueden ser analizados con métodos científicos sociales. (Abdelal et ál., 2009, loc. 361 de 5689)
Por otra parte, mientras que
el contenido de una identidad es el producto del nivel de disputa, la información que los académicos extraen de un grupo elucida, en cierto grado, el nivel de consenso o disenso acerca de las normas constitutivas, los propósitos sociales, las relaciones de comparación o los modelos cognitivos de la identidad colectiva correspondiente. (Abdelal et ál., 2009, loc. 385 de 5689)
A su vez, los cuatro tipos de contenido orientan teorías de acción, así como también modelos de conocimiento y los objetivos propositivos correspondientes al grupo social.
Respecto a la identidad social, se puede afirmar que corresponden a las identidades atribuidas o imputadas a otros en el intento de situarlos en un espacio social (Deaux, 2001; Snow, 2001). De esta forma, se da también la respuesta a la necesidad de los sujetos de tener sentido de pertenencia y autoconcepto positivo (Torre, 2007). La base de la identidad social se da en los procesos de identificación, clasificación y diferenciación que suceden dentro y entre los grupos sociales, y se define como: “esa parte del concepto propio de un individuo que se deriva de su conocimiento sobre la pertenencia a un grupo social (o grupos) unido a el valor y significado emocional ligado a esa membresía” (Tajfel y Turner, 1979, p. 63).
Como concepto, se considera que se ha inventado y reinventado en las ciencias sociales y en las ciencias del comportamiento para proveer un vínculo entre la psicología del individuo y la estructura y función de los grupos sociales, trayendo consigo aproximaciones teóricas que marcan diferencias entre las identidades personales, las identidades relacionales, las basadas en el rol social, las identidades basadas en grupos y las identidades colectivas (Brewer, 2001). Muchos autores toman ese desarrollo para trabajar elementos identitarios en diferentes frentes: identidades nacionales, identidades de género, identidades étnicas, etcétera. El elemento de autocategorización conlleva que esta perspectiva genere posibilidades amplias de interpretación, haciendo que se debata sobre cómo se da la autoidentificación: hacia los grupos o hacia los miembros de los grupos como tal (Gibson y Condor, 2008). La aproximación a la identidad social ha servido, por ejemplo, para proponer una reconceptualización de lo nacional, al referirse a la identidad nacional como fenómeno colectivo que imprime unas características específicas en la forma como los individuos interpretan las realidades bajo la lupa de los nacionalismos y las etnias (Deaux, 2001; Smith, 1997; Béjar y Rosales, 2005). De igual forma, a partir de esta perspectiva, se han revisado las representaciones que civiles y militares tienen sobre las instituciones del Estado y el servicio militar, analizando un poco la relación entre categorías sociales e instituciones. En esa lógica, se parte del hecho de que conceptos como nación, Estado o país tienen significados diferentes para los diferentes grupos, en tanto sean vistos como categorías conformadas por seres humanos o instituciones políticas. Al final, se evidencia una brecha entre las percepciones que se tienen al respecto en ambos grupos sociales (civiles y militares), construyéndose significados disímiles que afectan su interacción (Gibson y Condor, 2008). La identificación social también resulta clave a la hora de desarrollar compromiso con la unidad elemental a la que se pertenece en la vida militar y, por ende, para mejorar la cohesión y la efectividad de las operaciones (Griffith, 2009).
Al hablar de la identidad del cuerpo de oficiales de las FFMM, es inevitable considerar los conceptos de identidad organizacional y corporativa. La identidad organizacional se debe entender como una identidad colectiva, compartida a partir de un entendimiento básico de las características y valores distintivos de cada organización. En últimas, se refiere a lo que los miembros perciben, sienten y piensan acerca de la organización en la que se desenvuelven e interactúan con el mundo (Foreman y Whetten, 2002; Hatch y Schultz, 1997). La identidad corporativa está directamente ligada a esos elementos visuales y simbólicos que se emplean para conseguir afianzar el liderazgo dentro de la organización (Balmer, 1995). Ambas juegan un papel fundamental en la interacción entre los miembros de la organización (los insiders) y las personas afuera de ella (los outsiders). Los uniformes, insignias, logos, emblemas y demás manifestaciones empleadas en la institución militar permiten que se construya un sentido de pertenencia y buscan promover la afiliación organizacional de sus miembros. De esa forma, se constituyen en elementos de la identidad corporativa que influencian la identidad organizacional. George Akerlof (2010) explora el concepto de identidad económica, desarrollando un modelo en el que las preferencias usualmente empleadas como determinantes en los modelos económicos son reemplazadas por el concepto de identidad, permitiendo hacer análisis institucional desde la comprensión de las relaciones entre los individuos y sus acciones prácticas.
Por su parte, el abordaje de la identidad personal tiene un recorrido muy amplio. Desde los filósofos griegos hasta hoy, se evidencian posturas acerca de la identidad del individuo ligadas en parte a la discusión filosófica de lo que este significa. La tradición griega excluye lo divergente a partir de una base epistémica y no ontológica (Fernández, 2011). Las representaciones se suscriben al modelo y no al objeto en sí. La caverna platónica de las esencias considera un ser determinado pensado en lógicas identitarias como base del universo de significaciones (pensamiento de lo Uno). Desnaturalizando este universo, se debe entender que la construcción de la diferencia se pensaba inseparable de la forma como se construye la identidad. El modo esencialista de la identidad se sostenía a partir de la concepción de la tensión identidad-diferencia amparada en 1) la diferencia como lo no idéntico (diferencia pensada como negativo a lo idéntico), 2) la diferencia como el otro (diferencia como alteridad, el o lo otro que debe ser descalificado, ya que es amenazante), y 3) la diferencia en el orden del ser (el rasgo se constituye en el elemento de diferencia, construyendo a su vez una identidad totalizante a partir de él). Esta visión tiene efectos incluso hasta muy entrado el siglo XX. La construcción moderna, derivada de la conjunción del subjectum con el hombre, conlleva pensar la idea del sujeto universal, que sirve como referencia para establecer “todo lo que no es yo, como otro, es decir alteridad, extranjería, diferencia” (Fernández, 2011, p. 6).
Como sugiere Fernández (2011), la dimensión política de esta problemática es importante en la medida en que el otro ha sido considerado como anomalía a partir de un modelo único que realmente no existe. La construcción de la norma, el niño de la pedagogía o la psicología del desarrollo, el hombre o la mujer en Occidente, etcétera, con sus características deseadas, establece la universalidad del modelo, que a su vez establece la posición de lo que está por fuera de esa norma social. Ese mecanismo de alteridad queda invisibilizado y lo que adquiere relevancia es el defecto, lo anómalo respecto a la norma.
En este momento de la historia, las certezas y las permanencias se relativizan y los referentes se fragmentan, concibiendo la posibilidad de una identidad personal inestable, altamente individualista y cambiante. En términos de Bauman (2005), en medio de la modernidad líquida, “se ha dado plena libertad a las identidades y ahora son los hombres y mujeres quienes tienen que cazarlas al vuelo, usando sus propios medios e inteligencia” (p. 68).
Por eso es importante lo que sugieren Etchegaray et ál. (2009) para buscar alternativas a la subjetividad moderna cartesiana. Se trata de indagar sobre la posibilidad y los límites de la construcción de identidades narrativas. Esto es, considerar la constitución de una subjetividad ético-política mediante la adopción de las técnicas del cuidado de sí:
Sin embargo, es posible pensar en la subjetividad “más allá” de la abolición de la “subjetividad absoluta” y han surgido construcciones o configuraciones alternativas de la subjetividad. Uno de los caminos que a nuestro juicio ha resultado fructífero es el que propone una identidad narrativa tanto en el sentido individual como en el sentido colectivo (la identidad de un pueblo, de una civilización, de una cultura). Esta perspectiva incluye como un aspecto principal nuestra condición histórica y finita. Un individuo, una institución, un pueblo, es, en la medida en que se narra, en la medida en que se cuenta su historia, la historia de sus acciones, de las acciones que le han configurado como tal. (Etchegaray et ál., 2009, p. 3)
Para esas narraciones, las estructuras de valores entran a jugar un papel fundamental en la forma de configurar la identidad personal (Hitlin, 2003). Los valores lideran hacia experiencias de identidad personal, lo que a su vez conlleva una construcción reflexiva de los roles que se desempeñan. En palabras de Hitlin (2003), la identidad que se basa en la estructura de valores se enfoca en la relación individual con las esferas sociales y simbólicas más que en la relación consigo mismo y con sus otros valores (p. 122). Por lo tanto, es de esperarse que, desde esta perspectiva, la identidad personal se forme y sea formada por la interacción con otras identidades y con nuestros comportamientos. De igual forma, Hitlin sugiere que es una identidad básica, entendida como el fundamento de la construcción simbólica del sí mismo, y que está constituida por los valores.
Sobre la autorrepresentación, las identidades y los militares
La revisión de literatura relacionada específicamente con representación, identidades y militares en Colombia tuvo como base elaborar búsquedas en libros y en trabajos de investigación y desarrollo de teoría en el campo de las identidades militares y la autorrepresentación como conceptos o categorías principales. Teniendo en cuenta que tanto en el país como en Latinoamérica es relativamente escasa la literatura que ha abordado el asunto de las identidades militares como tema principal, se amplió la búsqueda a documentos en los que se tuviera información relevante de la relación entre oficiales de las fuerzas militares, la sociedad y la profesión militar. Esto con el propósito de identificar elementos y factores que pudieran ser importantes a la hora de hablar de configuración de subjetividades y materialización de identidades en el interior de la organización militar.
Woodward y Jenkings (2011) hacen una evaluación significativa sobre el estado del arte en cuanto al abordaje que la sociología le ha dado al tema de identidades en asuntos militares. Citando a Higate y Cameron (2006), repasan con mayor profundidad las características y elementos distintivos de dos tradiciones sociológicas que se ponen de manifiesto al trabajar este tema. La primera se refiere, según los autores, a la escuela predominantemente norteamericana, pero con gran influencia europea, que sigue una línea tradicional, caracterizada por aproximaciones ontológicas y epistemológicas positivistas, deductivas, normativas y funcionalistas. Esta se ha enfocado en buscar soluciones y aplicaciones disciplinares para mejorar el funcionamiento de las organizaciones militares y facilitar la comprensión de las relaciones entre institución militar y sociedad. En esta categoría, incluyen los trabajos de Stouffer et ál. (1949) sobre efectividad de un ejército de conscriptos; de Huntington (1975) respecto a la relación entre los oficiales y el Estado; de Janowitz (1964, 1976) sobre profesionalización del cuerpo de oficiales; y los de Moskos (1977) y Moskos, Williams y Segal (2000) sobre convergencias y divergencias de los militares y la sociedad, e incluso sobre la caracterización de oficiales posmodernos (p. 254). Esta aproximación conlleva que la identidad, como variable, sea considerada como aislable y medible. La segunda, una visión ilustrativa (p. 255) o interpretativa de la investigación sociológica de las identidades militares, busca —por medio de la abstracción y explicación de sentidos lograda a partir de una aproximación inductiva y hermenéutica de las experiencias— dar explicación y comprender las manifestaciones identitarias de los colectivos y los individuos. Este trabajo se suscribe a la segunda de las tradiciones, en la medida en que considera que las identidades son el producto de una construcción social en permanente dinámica. Sin embargo, para tener una visión amplia, se relacionan trabajos de ambas tradiciones.
Las publicaciones con origen y población de estudio en los países nor- atlánticos incluyen trabajos desarrollados en los Estados Unidos y Europa, principalmente. La revisión de documentos y experiencias investigativas sobre mentalidades e identidades militares en los Estados Unidos arroja la identificación de elementos que son distintivos en las Fuerzas Armadas norteamericanas y que por vía de la asistencia militar han podido tener profundos impactos en las fuerzas armadas del hemisferio (Huntington, 1975; Janowitz, 1964, 1976; Moskos y Wood, 1998; Moskos, Williams y Segal, 2000; Snider, 2005). El trabajo de Huntington y la creación de un espacio de discusión propio —el Seminario Interuniversitario en Fuerzas Armadas y Sociedad (iusafs, por su sigla en inglés), instaurado en 1960 por Janowitz— marcaron esa tendencia de forma explícita. En esta escuela, se plantea que las transformaciones políticas y sociales ocurridas hacia el final del siglo XX, son fundamentales respecto a la identidad profesional de los oficiales del Ejército de los Estados Unidos como parte del proceso en el que ellos, como seres humanos, construyen y reconstruyen periódicamente la visión y sentido del mundo y de su lugar en él (Forsythe et ál., 2005). En tal perspectiva, se considera que tanto esa identidad profesional como la identidad organizacional (institucional) no ocurren en el vacío, y por lo tanto son el reflejo, en parte, de la forma como la sociedad espera que los oficiales y la institución funcionen. Dado que todas esas transformaciones a nivel social han traído consigo cambios a nivel institucional, se considera igualmente que demandan de los oficiales adaptarse a una amplia variedad de nuevos roles y de escenarios complejos de operación. Esos cambios sobre qué se hace como ejército llevan a cuestionar aspectos de la identidad en tanto contenido (qué se piensa de sí mismo) y en tanto estructura (cómo se piensa acerca de sí mismo), en ambos niveles: el institucional y el personal. Por ello, a partir de la teoría de Kegan sobre el desarrollo de la identidad, Forsythe et ál. (2005) buscan comprender mejor el proceso de formación de los oficiales del ejército de Estados Unidos, con el objetivo de poder relacionar esos desarrollos de la identidad con los indicadores profesionales de competencia. Esto es algo similar a lo hecho por Johansen, Laberg y Martinussen (2013) en Noruega, quienes, retomando la creciente presión hacia cambios identitarios derivados de las transformaciones en el contexto regional y mundial, examinan la habilidad de la identidad militar para predecir el rendimiento militar percibido y las actitudes que están detrás de la contribución dada por las características de la personalidad, concluyendo que la identidad operacional es un importante predictor de rendimiento en lo militar.
Por otra parte, partiendo de la premisa de que las muertes de oficiales en las guerras en que ha participado recientemente Estados Unidos —en tanto tragedias humanas— requieren comprensión, por sus familiares y por el resto de oficiales, del sentido (si es que lo hay) por el cual ocurrieron, Snider (2005) plantea que ese sentido solo es viable encontrarlo en cuanto el cuerpo de oficiales del ejército de ese país tenga clara comprensión de quiénes son en un grado mayor al que determina el día a día (p. 139). Para esto es necesario, también, comprender las concepciones esenciales de la configuración de las identidades de los oficiales, no en tanto individuos, sino en tanto profesionales del ejército. Por ello, al revisar los conceptos teóricos de lo que representa el conocimiento experto en una profesión —y, en particular, en la profesión militar—, se establece una asociación entre cuatro tipos de conocimientos expertos que se relacionan en la profesión militar con cuatro tipos de identidades que, teóricamente, se presentan como las bases del concepto que de sí mismos deben tener los oficiales —su identidad profesional—, no importa su especialidad: 1) el conocimiento experto técnicomilitar, que se asocia con la identidad del combatiente; 2) el conocimiento experto moral-ético, que se asocia con la identidad como líder de carácter; 3) el conocimiento experto político-cultural, que se asocia con la identidad de ser servidor de la nación; y 4) el conocimiento experto en el desarrollo humano, que se relaciona con la identidad de ser miembro de una profesión.
Desde el trabajo social, Daley (1999), al discutir acerca de cómo la vida del soldado en cuanto persona se ve afectada por el proceso mismo de la carrera militar, propone como premisa “que las personas que abrazan el estilo de vida militar desarrollan una identificación cada vez mayor con lo militar como un componente central de lo que son”. Por lo tanto, sostiene que la milicia puede ser entendida como una identidad étnica. Su explicación se basa en el impacto que tiene la etnicidad como variable explicativa de la política, así como en su poder para guiar formas de pensar, sentir y comportarse. En tal virtud, para Daley la etnicidad se constituye en variable causal de las actitudes y comportamientos de los militares como grupo social y, por ende, en elemento clave para la comprensión de las identidades militares. En esa misma vía, desde la ciencia política, Zirker, Danopoulos y Simpson (2008) desarrollan un interesante análisis sobre lo que denominan identidad cuasi étnica, la cual caracteriza a muchas organizaciones militares en países en vías de desarrollo. En tal sentido, parten de la premisa de pensar que la cultura, la identidad y la etnicidad son cruciales para entender el comportamiento político de las instituciones militares en muchas regiones del mundo, una vez finalizada la Guerra Fría. Su hipótesis está relacionada con el hecho de que estas organizaciones, en dichos países, adquieren una identidad étnica o cuasi étnica específica y termina actuando en virtud a ella, generando riesgos para la seguridad de otros grupos sociales y, por ende, poniendo en tela de juicio y en peligro los avances democráticos que se hayan podido alcanzar.
Mendee (2013), por su parte, evidencia cómo las relaciones asimétricas de socialización (entendida como interacción) entre los militares de países “pequeños” y los de las grandes potencias militares conllevan la posibilidad de que los oficiales de los primeros terminen internalizando y naturalizando normas, ideas y valores de los segundos, con las implicaciones que esto puede traer para las FFMM de esos países y su relación con su sociedad. Situación ampliamente reseñada en el caso colombiano, como se verá más adelante.
La aproximación europea a este tema también reviste especial interés. Los trabajos relacionados con las fuerzas armadas inglesas, francesas y españolas exploran básicamente el proceso de formación de identidades de grupo y su afianzamiento, dándole mayor atención a las identidades colectivas y sociales. Los trabajos de los sociólogos clásicos, como Durkheim y Weber, marcan un hito de gran relevancia para el desarrollo posterior de las aproximaciones de la sociología militar en ese continente. Para Durkheim (1989), sobre la base de que un Estado débil caerá inevitablemente bajo la dependencia de otro, y, por ende, lo que constituye a un Estado es el poder, el ejército es la fuerza física de una nación y ocupa un lugar aparte en el conjunto de las instituciones sociales. De hecho, plantea que “no solamente es un servicio público de primera importancia, sino que es la piedra angular de la sociedad” (p. 206). Por ello, señala que “es menester, también, que los soldados tengan preparación moral, virtudes militares, sin las cuales no surten efecto el número y la técnica más sabia” (p. 206). Por su parte, Weber desarrolla, en 1922, el enfoque clásico según el cual el ejército representa la mejor forma de organización burocrática, en la medida que, como organización, tiene inmerso el sistema de competencias y jerarquías vistas como subordinación de cuerpos y autoridad, especialización, profesionalización, lealtad, ingresos fijos, carrera, etcétera (Sertorio, 1984). De cierta forma, esta premisa es la que desarrollará las discusiones posteriores en el nivel macroinstitucional sobre las organizaciones militares, su función en la sociedad y la forma de aproximarse a su comprensión, aún más ante las discusiones sobre los modelos ocupacionales y vocacionales de las organizaciones militares que proponen Moskos y Wood (1998). Baqués (2004), partiendo del enfoque de estos autores, y bajo las premisas de Janowitz, revisa cómo en algunos casos (particularmente en el caso español) se busca un punto medio entre ambos modelos: “Una fórmula mixta, que incluye valores ocupacionales. Sin que ello suponga una renuncia definitiva a los rasgos que conforman el ethos tradicional de las Fuerzas Armadas” (p. 127).
En el contexto europeo contemporáneo, son de especial interés los trabajos de Jean-René Bachelet (2010), quien emplea el concepto de representación, para analizar los procesos de ruptura de identidad y de construcción de sentido hacia una ética de la profesión militar en el Ejército francés; los estudios adelantados en el Reino Unido, en los que se asocia el concepto de representación a lo simbólico, con el fin de conceptualizar los impactos de las masculinidades militares en la institución y sus efectos prácticos en la sociedad británica (Hale, 2008); las visiones disímiles entre la sociedad civil y los soldados acerca del servicio militar como referente diferenciador de identidad nacional (Gibson y Condor, 2008); y los aportes metodológicos del trabajo de Woodward y Jenkings (2011), quienes, empleando entrevistas no estructuradas a partir del uso de fotografías, buscan elucidar las formas de representación y de configuración identitaria de militares activos y ya retirados.
Un grupo diferente de investigaciones basan sus trabajos en la población de cadetes de las escuelas de formación en varios países. Por una parte, están los ya mencionados trabajos de Forsythe et ál. (2005) en West Point y de Johansen, Laberg y Martinussen (2013) en Noruega. Por otra parte, se encuentra Macovei (2009), quien, empleando el cuestionario de aspectos de identidad (AIQ, por su sigla en inglés) y la medida extendida objetiva del estatus de identidad del ego (EOM-EIS, por su sigla en inglés), muestra cómo los cadetes de la escuela del ejército rumano se definen predominantemente en términos de sus identidades personales y relacionales. Este trabajo destaca además la importancia que para este momento de la carrera tiene que los sujetos del estudio no tengan claramente establecida la definición de valores institucionales, que sus identidades personales estén aún en construcción y que el nivel de compromiso organizacional aún no haya sido totalmente desarrollado. Igualmente, está el trabajo de Martínez (2004), quien desarrolla un estudio para saber “quiénes son y qué piensan los futuros oficiales y suboficiales del Ejército español”, en la búsqueda de establecer “grupos homogéneos” que permitan “detectar problemas de índole profesional (en tanto que funcionarios del Estado)” (p. 5). Esta investigación arroja como resultado elementos de identificación específicos asociados a percepciones sobre un “militar demócrata”, “fuertemente europeísta”, que ha “asimilado sin dramas su exclusiva condición de funcionario público”, en comunión de valores cívicos con la juventud en general, defensor “de la economía de mercado y del intervencionismo estatal”, practicante religioso y afectado por cierto nivel de endogamia (p. 6).
Aunque exceden los alcances de este trabajo, algunos autores (Griffith, 2009; Harris, Gringart y Drake, 2013) exploran, desde la teoría de la identidad social, los impactos de la identidad y la cultura militar en la etapa de retiro de sus miembros y su reintegro a la vida como civiles. Para ello, relacionan elementos derivados de los procesos organizacionales que ayudan a fortalecer los procesos de identificación con la vida militar y con las unidades militares, de tal forma que se le dé coherencia, unidad y sentido institucional al grupo social. Aspectos como el compromiso, la proximidad, la similitud, la fe común y la cohesión, junto con los principios de la honestidad, la previsibilidad, la competencia y la benevolencia, entre otros, configuran un grupo de factores que hacen que las identidades adquiridas durante el servicio sean difícilmente desarraigadas en la transición a la vida civil.
En el contexto de América Latina, antes de hablar sobre las identidades militares, es fundamental hablar sobre la existencia de una inquietud y un debate sobre los elementos y las bases que tratan de identificar tesis sobre la identidad cultural latinoamericana. Vergara y Vergara (2002) proponen cuatro tesis acerca de esta identidad: 1) no es latinoamericana, sino indígena, puesto que la región nunca dejó de ser indígena en sus aspectos esenciales; 2) es hispanista o, por lo menos, heredera de esa cultura y, por ende, es el resultado de “una conquista espiritual de evangelización y extensión de la civilización occidental” (p. 81); 3) es occidental —o se propone serlo—, como resultado de la no existencia de culturas tradicionales vigentes producto de la larga colonización ibérica, la cual hizo desaparecer o redujo a etnias a las culturas amerindias previamente existentes; y 4) es resultado del mestizaje cultural, que arroja la existencia de una identidad y una cultura latinoamericana. Sin embargo, como señalara Octavio Paz, en una cita extensiva a casi todas las naciones latinoamericanas: “el mexicano no quiere ser ni indio ni español. Tampoco quiere descender de ellos. Y no se afirma en tanto que mestizo sino como abstracción: es un hombre. Se vuelve hijo de la nada. Él empieza de sí-mismo” (Vergara y Vergara, 2002, p. 85).
Esa falta de claridad en materia de identidad radica en parte en la pretensión de homogenizar Latinoamérica, desconociendo toda su diversidad. Lo que invita a tener en cuenta la cita que los autores hacen de Larraín: “toda versión selecciona ciertas características y excluye otras, pues opera con criterios de selección, evaluación, oposición y naturalización de los contenidos culturales” (Vergara y Vergara, 2002, p. 87).
Sobre identidades militares propiamente dichas, en Brasil, Chile, Perú y México existe material bibliográfico que trata de explicar las bases teóricas y prácticas de la organización e identidad de las fuerzas armadas en virtud de su papel en la formación del Estado nación y de la profesión militar en las sociedades contemporáneas. En algunos casos, también se proponen algunas generalizaciones para la oficialidad de América Latina, tomando como base la similitud en los orígenes de los ejércitos independentistas y el papel desarrollado por misiones militares de países extranjeros que sirvieron para conformar los ejércitos modernos en la región (García, 2001, 2002, 2005; Coelho, 2000; Lima, 2010; Moloeznik y Suárez de Garay, 2012). Ello aporta a la comprensión de situaciones de mayor similitud con las que se experimentan en Colombia. En estos estudios, las características propias del militar latinoamericano y el papel jugado en la creación de identidades nacionales y profesionales son parte de los análisis que se encuentran más frecuentemente en la región.
Al hacer un perfil del oficial chileno del siglo XXI, García (2001) parte de la premisa de que la disciplina como factor distintivo de este ha sido forjada a partir de tres factores relevantes:
en primer lugar, la pertenencia a una fuerza militar que nace paralela el Estado, con un singular sentido de nacionalidad y que por imperativo de las circunstancias ha tenido que asumir roles que exceden el ámbito propio de la defensa. En segundo lugar, un modelo de instrumento castrense preparado para resolver un eventual conflicto en un escenario muy amplio, por lo que su organización es eminentemente cuantitativa y, en tercer lugar, la influencia innegable de la filosofía militar estratégica del notable pensador prusiano Karl Clausewitz, que se constituye la fuente primaria el pensamiento militar chileno. (García, 2001, p. 43)
Complementariamente, al militar chileno lo caracteriza, según el autor, una motivación valórica que se convierte en aspecto sustantivo de su identidad profesional en el momento en que las virtudes principales (patriotismo, honor, disciplina, valor y compañerismo) se interrelacionan en su ejercicio cotidiano. De paso, advierte el riesgo de que esas identidades profesionales tradicionales se debiliten debido a “la pérdida del carácter absoluto de esas virtudes debido a nuevas jerarquizaciones de los valores producto de la evolución de la sociedad” (p. 45). Esto puede llegar a ser importante en la configuración identitaria de los oficiales del ejército, dado el trabajo de la comisión chilena sobre el origen de esa institución en el siglo XX.
Siguiendo a Moskos, Williams y Segal (2000), García (2002) estudia la manera en que las transformaciones del mundo y las concepciones de los modelos posmodernos afectan la profesión militar de forma general y cómo esos efectos se manifiestan en las organizaciones militares de América Latina. Revisando la historia de estas organizaciones, encuentra que
en América Latina cada rama (institución) de las FFAA tiene rasgos que son comunes, lo que les permite entenderse e identificarse con sus pares en los distintos países. Los ejércitos se sienten el símbolo de sus naciones y están muy ligados al concepto de Estado. Sus armas y especialidades tienen fuerte identidad, y están dotados de influencia europea inicial y norteamericana posteriormente. Las marinas, son más conservadoras con mayor énfasis en las tradiciones y en la historia.
Las especialidades tienen mayor capacidad de integración que las de los ejércitos y su influencia inicial es británica, aunque no se desconoce la posterior influencia norteamericana. Las fuerzas aéreas son menos conservadoras y tradicionalistas. Tienen un concepto de equipo tipo binomio muy marcado (piloto-técnico) y la influencia es importantemente norteamericana. Las marinas, en lo general, han tenido una mayor vinculación con la clase más alta. Ejércitos y fuerzas aéreas (al igual que las policías) son expresión de clases medias o media-baja con aspiraciones ascendentes. (García, 2002, p. 76)
En la misma vía, un análisis de la profesión militar de ayer, en función de cómo puede ser el militar del mañana, resalta, por una parte, la importancia de su proceso de constitución como respuesta a la necesidad de defensa en la configuración de identidades militares que se traducen en los ethos singulares que cada institución desarrolla, y, por otra parte, destaca la equivocación en la que incurren “quienes ven a la carrera militar como un conjunto social ‘uniforme’ que piensa y actúa absolutamente de la misma forma”, presentando dos tipologías que lo demuestran: 1) la derivada de las diferencias en las mentalidades militares al considerar las ramas o instituciones (armada, ejército y fuerza aérea) (García, 2005, p. 7) y, complementando las categorías propuestas por Baquer (1988), 2) las derivadas de diferencias en las mentalidades individuales dentro de la organización militar (oficiales heroicos, organizativos, técnicos y humanistas) (p. 8). Finalmente, se hace un llamado de atención para tener en cuenta que, en esa misma línea de cambios en la sociedad, se desarrollan transformaciones de los valores militares que conllevan una modificación identitaria de la profesión que debe ser revisada por los oficiales, ya que aquel “que no sea meticuloso en esta materia comprometerá gravemente el honor y prestigio de su ejército y país” (p. 11).
En Brasil, el enfoque ha estado ligado más a la identidad nacional, tomando como categorías analíticas la patria, la nación y las relaciones entre civiles y militares. Coelho (2000) muestra cómo se configuraron históricamente rasgos característicos de la oficialidad militar en Brasil, al punto de lograr la formulación de una política propia de seguridad nacional en un mundo bipolar que promovía más el alienarse con una postura que crear una propia. En un estudio sobre el servicio militar obligatorio en Brasil entre 2000 y 2008, Lima (2010) retoma la visión del ejército como institución total, bajo un enfoque de estudio de caso de historia del tiempo presente, y demuestra las dificultades para asumir este tipo de servicio como responsable de la construcción de identidades patrióticas, cívicas o disciplinares, en la juventud brasilera de esta época.
Deare (2000) opina sobre la inminente búsqueda de una nueva identidad militar en México, derivada de los cambios políticos de finales del siglo XX, las relaciones internacionales y las realidades del contexto de violencia, revolución armada y narcotráfico que se vislumbraban en ese país. Por su parte, Moloeznik y Suárez de Garay (2012) profundizan en ese proceso de transformación y el proceso de militarización de la seguridad, haciendo hincapié en la atipicidad de las FFMM mexicanas en relación con otras fuerzas armadas de la región, pero también en lo tocante a la entrega de la autonomía que en el pasado las clases políticas habían dado a las fuerzas armadas y los efectos de esto en la forma de verse a sí mismos de los militares de ese país. En este sentido, hay que reconocer la fuerte tradición derivada de la Revolución y las particularidades de la organización militar mexicana, donde el ejército y la marina se entienden como distintos y, por ende, se organizan de formas diferentes.
Si bien, como ya se mencionó, en la literatura nacional no hay trabajos que se dediquen exclusivamente a abordar los temas de representación o identidades militares, existe abundante producción académica que se relaciona con las fuerzas armadas y que describe, desde diversos ángulos, la evolución de la organización militar en Colombia. Por una parte, están los estudios que analizan paradigmas sobre seguridad nacional (Atehortúa y Ramírez, 1994; Blair, 1993; Dávila, 1999c; Leal, 1994; Torres del Río, 2000, 2008; Vargas, 2002), las relaciones civiles-militares (Avilés, 2006, 2010; Dávila, 1999b), el conflicto interno (Vargas et ál., 2010), las influencias de instituciones militares extranjeras (Atehortúa, 2008, 2011; Rodríguez, 2006) y la profesión y educación militar (Aldana et ál., 2011; Dávila, 2000a; Helg, 1986; Méndez, 2013; Rey, 2008; Valencia, 1993), entre otros. En varios de estos documentos se habla sobre rasgos característicos de esas relaciones, que ponen de manifiesto factores y características que pueden ser atribuibles a manifestaciones identitarias del personal militar. Es el caso de
• Las tensiones entre autoritarismos y democracia que se vivieron en Latinoamérica a lo largo del siglo XX, en el marco de la discusión coerción-consenso, y que pudieron generar que los miembros de las FFMM creyeran férreamente en la vocación estructurante y mesiánica de la institución como garante suprema de la democracia. Esto tiene impactos en la forma como se configuran las acciones, pues, como actores políticos y sociales, los oficiales de las FFMM tienen a su cargo una importante función burocrática en las entidades del Estado (Chinchón, 2007; Leal, 1994; Torres del Río, 2000).
• La construcción institucional en el marco de una sociedad antimilitarista, que ha promovido diversas formas de mantener al margen de las decisiones importantes de la vida nacional a los militares, utilizándolos de diversas formas para el mantenimiento de un statu quo social y político que continúa dando privilegios a sectores muy específicos de la sociedad (Deas, 2017). En lo tocante a este aspecto, Silva (1993), al reseñar el libro de Kuethe (1993), invita a revisar tres elementos que consolidaron la percepción de apatía hacia lo militar, y que sirvieron a Kuethe para fundamentar su tesis. El primero, relacionado con la percepción de las clases subalternas sobre la institución militar; el segundo, con la importancia de las discontinuidades derivadas de la historia del siglo XIX; y el tercero, con las formas específicas del uso de lo militar durante el siglo XX.
• Las diferencias entre los oficiales que promovían una institución progresista y los que preferían una tradicional, y que determinan dos formas de ver el mundo muy diferente y, por consiguiente, dos aproximaciones identitarias igualmente diversas. Torres del Río (2000, p. 100) plantea que la Alianza para el Progreso trajo consigo un cambio en el discurso frente a la misión del ejército, pasando de pensarse solamente como institución orientada a la defensa a entenderse también como una forma de construir las naciones. En Colombia, esta visión se vio reflejada de alguna forma en las tensiones vividas entre los oficiales de la línea progresista —general Ruiz Novoa, general Valencia Tovar, general Landazábal Reyes— y aquellos que abogaban por una línea más tradicional y conservadora (Torres del Río, 2000). Recientemente, la corriente progresista parecía tener un impulso mayor, producto de la forma como se manejo la participación de los militares en las negociaciones de paz y la visión institucional de contribuir con el desarrollo nacional a través de la denominada acción integral y de la acción unificada del Estado. Sin embargo, con el cambio de gobierno, pareciera que la vertiente tradicionalista retomará fuerza logrando copar las más altas dignidades de la organización.
• Las tensiones sobre el objeto de trabajo de las fuerzas armadas latinoamericanas y colombianas respecto a la seguridad colectiva y la seguridad nacional, que de una u otra forma van a establecer sentidos grupales diferentes y propósitos organizacionales igualmente diferentes. De hecho, la guerra contrainsurgente y el efecto de la participación de las FFMM en la lucha contra el tráfico de drogas parecieran ser importantes en la construcción de identidades de los oficiales en épocas recientes (Torres del Río, 2000).
• El papel de la política en las FFMM. Si bien se parte de la premisa de la apoliticidad de las FFMM, las manifestaciones partidistas de comienzos del siglo XX, el Gobierno del general Rojas Pinilla, las crisis durante los gobiernos de los presidentes López Michelsen y Betancur, e incluso la del proceso 8000 muestran que de una u otra forma sí existe una visión política en los oficiales —en cuanto ciudadanos del Estado colombiano— que debe tener un impacto en la constitución de sus identidades (Atehortúa, 2010a). Otro elemento que entra en juego al respecto es que, aun cuando los golpes y gobiernos militares en Colombia no han sido la norma, como lo fueron en otros países, el Gobierno del general Rojas Pinilla se constituye dentro de la institución como el modelo ejemplar de Gobierno, marcando las subjetividades en el interior de las instituciones castrenses. Subjetividades que también están configuradas desde las restricciones a los derechos de los militares como ciudadanos, en virtud de la supuesta apoliticidad y neutralidad que deben tener sus miembros (Dávila, 1998b). Es particularmente interesante observar cómo en las últimas contiendas presidenciales el papel de los militares en política ha resultado especialmente activo, llegándose incluso a requerir intervenciones institucionales para recordar la apoliticidad del estamento castrense. También es especialmente sensible observar como diversos aspectos de la organización militar, como son la selección de la cúpula militar, han estado sujetos en los últimos tiempos a presiones partidistas que deslegitiman la apoliticidad de los militares. Es apenas obvio que los generales, en tanto seres políticos, también desarrollen ambiciones de poder que los llevan a tomar, de alguna forma, partido por las corrientes políticas que ostentan el poder gubernamental.
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