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Rolando J. Bompadre
(Editor)
VOLVER A LAS ISLAS
Lecturas de la novela de Carlos Gamerro

En las últimas décadas, pocas novelas tuvieron un impacto tan significativo y perdurable como Las Islas, de Carlos Gamerro. Se editó en 1998, en pleno declive de la utopía menemista, y desde entonces no ha hecho más que incrementar su prestigio. El título, como los lectores saben, alude a la Guerra de Malvinas. El conflicto es el disparador. Las heridas de los ex combatientes conviven con las paranoias del poder; los subsuelos de los servicios de inteligencia con la ambición de buscar la verdad y acaso consumar una venganza. La oscuridad y el horror de la guerra ensombrecen la memoria, la encierran.
El presente volumen reúne varias de las más representativas lecturas que se han hecho sobre la novela desde su aparición. Textos publicados en suplementos y en revistas culturales y otros que provienen del ámbito académico, la recepción de la traducción al inglés y la génesis de la adaptación teatral realizada en 2012, así como estudios y testimonios escritos especialmente para este libro. A todo se suma un ensayo de Carlos Gamerro sobre la escritura de la novela, más la presentación de sus documentos de trabajo: diagramas, mapas, anotaciones; un itinerario invalorable del proceso de creación de esta ficción fundamental de la reciente literatura argentina.
Volver a Las Islas es a la vez un homenaje y también una apertura. Verifica la actualidad y la potencia intacta de la novela, y demuestra que no hay mejor modo de pensar y descifrar la política que desde la invención literaria.
Bompadre, Rolando Julián
Volver a Las Islas / Rolando Julián Bompadre. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-678-7
1. Ensayo Histórico. I. Bompadre, Rolando Julián II. Título
CDD 982
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Imagen de la cubierta: “Trompe l´oeil.” Daniel Ontiveros, Instalación, 1993.
Edición en formato digital: abril de 2022
© Rolando J. Bompadre, 2022
© de la presente edición Edhasa, 2022
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C1054AAT Capital Federal
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ISBN 978-987-628-678-7
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Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
1. Introducción Volver a Las Islas
2. Lecturas en la prensa La osadía del descontrol: suspenso y sólida escritura en una narración de tema político La ficción histórica de Carlos Gamerro revela historias de hechos ocultos
3. Lecturas culturales El fin de una épica Las Islas en loop Introducción a la edición británica de Las Islas (The Islands: & Other Stories, 2012) La soberanía del delirio
4. Lecturas académicas Prótesis neoliberales en la Argentina y Bolivia posdictatoriales: Carlos Gamerro y Edmundo Paz Soldán Huellas de entre los muertos. Las Islas o la “ficción barroca” de Carlos Gamerro Huellas y cuerpos en. Las Islas, de Carlos Gamerro Una guerra inventada: mecanismos de construcción del conflicto bélico de Malvinas como un videogameen. Las Islas de Carlos Gamerro
5. Testimonios (escritos para este libro) En territorio enemigo Las Islas: testimonio de una puesta Vencedores vencidos Aniversarios
6. Epílogo Técnicas, tácticas, trucos
Notas, ideas, diagramas
Sobre los colaboradores
Sobre el autor
1. Introducción
Volver a Las Islas
Rolando J. Bompadre
Dos obsesiones asedian a los excombatientes de Las Islas: el retorno y la efeméride. Son dos desvelos de los que hasta cierto punto logra escapar Felipe Félix, el protagonista y narrador de la primera novela de Carlos Gamerro, sabiendo, tal vez, de la imposible satisfacción de ambos. El paso del tiempo aleja; la conmemoración impone un marco de formalidad que distorsiona el evento a recordar. Este libro propone, si no un regreso (pese a su título) o una conmemoración, un recorrido de lecturas que han acompañado a Las Islas en estos más de veinte años desde su primera edición.
Aunque es cierto que la efeméride, con su necesidad doble de tiempo transcurrido y de evocación, está presente en la peripecia vital de Felipe desde el inicio: esos pocos, intensos días de junio de 1992 en que el hacker excombatiente se mueve por una Buenos Aires tan real como imaginada, tan contemporánea como anticipada, tan secreta como evidente, son en gran medida posibles por un aniversario. Se cumplen diez años de la guerra de Malvinas —“en estos meses se cumplían diez años de todo”, dice mejor el propio Felipe— y, en el tiempo frenético que se inicia con la convocatoria del magnate Fausto Tamerlán, cada acontecimiento, cada personaje, incluso cada hecho histórico, tendrá un significado nuevo a la luz de la efeméride latente. Las dos fechas más importantes del conflicto tienen su conmemoración en la novela. El 2 de abril es evocado —reproducido, más bien— por un grupo de veteranos que desembarca en una isla artificial de los lagos de Palermo. El homenaje “corrige” la historia y termina como sin duda ellos quisieron el original: con un asado, con un festejo. Y no es menos significativo que la novela se cierre el 14 de junio de diez años después, esta vez con una victoria de las fuerzas argentinas sobre las (imaginarias, imaginadas) inglesas y el grito que los excombatientes por fin pueden arrojar al mundo: “¡Ganamos!”. Que esta victoria haya ocurrido en Parque Chas, en pleno corazón de la ciudad de Buenos Aires, es apenas un detalle: indudablemente, otro error de la Historia.
Es también una efeméride que en la novela únicamente ellos, los excombatientes, parecen tener presente. El mundo sigue su curso indiferente la mañana del 1.º de junio en que Felipe Félix se presenta a “otra entrevista laboral”, como él piensa al perentorio llamado que le ha hecho Tamerlán. Cuando entra al sancta sanctorum del gran hombre, privilegio reservado a unos muy pocos, nada sugiere todavía el vínculo con el aniversario. Con el devenir de las páginas y de los días sabremos —lo sabrá el mismo Felipe— que la conmemoración de la guerra tiene también una significación intrínseca a la trama de la novela. En ese momento, él asume que está ahí por sus habilidades informáticas. Este no saber muy bien en calidad de qué los personajes actúan unos en relación con los otros será un rasgo fundamental del universo de Las Islas. Porque si bien, en efecto, el “trabajo” que le encomienda (le impone) Tamerlán es obtener del sistema informático de la SIDE los nombres de los testigos que presenciaron desde la otra torre cómo César, su único hijo vivo, arrojaba al vacío a un hombre, la cuestión del rol identitario en Las Islas está muy lejos de agotarse ahí.
Desde el inicio, Las Islas planta dos nociones centrales. Una es la búsqueda de la verdad: de una verdad, en principio, restringida a la ficción. Esto es lo que pone en movimiento el universo de la novela. Se trata de una verdad lateral, incluso podría decirse menor: que no concierne al asesino, a la víctima o a los motivos del crimen, sino a los testigos. Es decir, a quienes han visto —sin entender, o dándose cada uno su propia explicación— pero que, con su testimonio, podrían contribuir a reconstruir la verdad. Y también esto es relativo: en rigor, Tamerlán ya sabe quiénes son. Son los “perdedores” de un sistema, condenados a un orden que los incita a entregar a amigos, parientes y conocidos en la esperanza de dar “el gran salto” que los arroje al otro lado de la realidad, aquella que sólo pueden anhelar vanamente, la de los exitosos encarnados en Tamerlán. A esos perdedores hay nada más —y nada menos— que restituirles sus nombres, en la búsqueda de una verdad que está al servicio del poderoso pero que es, al mismo tiempo, inaccesible para él. Por eso, otro aspecto central, en Las Islas como en otras novelas de Carlos Gamerro —y que él expresaría en su “Decálogo del relato policial argentino”—, concierne a quién está realmente en condiciones de investigar, y eventualmente pronunciar, la verdad. La noción misma de verdad es tan potente en la novela que no va a detenerse hasta exceder el ámbito de la ficción e iluminar aquello que comúnmente llamamos la realidad. Cada voz, en Las Islas, es portadora de una verdad y, al cabo, la figura en el tapiz que Felipe devela, incluso sin quererlo, muestra otras verdades respecto de la historia, los mitos, las tradiciones más arraigados de la Argentina. O nos proporciona elementos para que los lectores elaboremos nuestro propio tapiz —nuestra propia construcción de la verdad— respecto de aquello que constituye la identidad de la nación.
Y es la identidad el segundo concepto fundamental en la novela. Es lícito preguntarse por qué Tamerlán, con todos los recursos de que dispone (y que incluyen varios “servicios privatizados”, conexiones con civiles y militares poderosos a lo largo de los últimos cincuenta años, y hasta algún diputado oficialista a quien ha comprado), recurre a Felipe. La respuesta —hacker, esbozada por el propio interesado ante la exigencia del tenebroso Dr. Canal— es, en rigor, apenas la punta emergente de un complejo juego de identidades que hace a la esencia del protagonista y de la novela. Solemos presentar a Felipe (yo lo he hecho al inicio de esta introducción) como hacker y excombatiente. Sin embargo, la percepción que él tiene de sí mismo es muy diferente. Él es una mosca y lo es, además, en una situación muy específica: atrapada en la tela de araña y a la espera de que la araña la devore. Al igual que Gregorio Samsa, Felipe es —se ve a sí mismo como— un insecto, pero, a diferencia del personaje de Kafka, él sabe con exactitud qué insecto es, cómo se ha convertido en eso, cuál es su destino y que, en el mientras tanto, puede hacer algo distinto de lo que se esperaría de una situación tal: pasarla bien si no se mueve.
Para Felipe, es una cuestión que hace a su supervivencia. Si la identidad personal es la percepción que uno tiene de sí mismo (de sus valores, de sus objetivos en la vida) y la que, dándonos una idea de continuidad en el ser, nos distingue de los demás, la identidad colectiva es la que, por el contrario, nos liga a grupos humanos por razones de religión, etnia, ideología, nacionalidad, profesión, orientación sexual. El uso que, sobre todo de la segunda, hace Felipe a lo largo de la novela es complejo, pero no confuso. Él tiende a evitar cualquier definición respecto de su identidad colectiva y sólo en situaciones extremas cederá a hacerlo, siempre atento —eso sí— a cuál de ellas puede ayudarlo en su objetivo final de sobrevivir, al menos por un rato más y en lo posible pasándola bien. Algunos ejemplos: el encuentro con Tamerlán sucede porque se define como “hacker”; el ingreso a la SIDE (para obtener la lista de los testigos) lo facilita el presentarse como “soldado clase 62 Felipe Félix, Regimiento 7 Compañía B, apostado en La Plata, Puerto Argentino y Monte Longdon”; y termina de ganar la confianza de Gloria como el niño que pasaba sus veranos en Malihuel y con la fantasía de los posibles encuentros entre ellos, que se confirman cuando ella logra identificarlo como “el gato Félix”. Su identidad de excombatiente la acepta en contadísimos casos: ante el médico anónimo del Borda, para poder explicar(se) esa historia de amor y de matrimonio con Las Islas; más tarde, persiguiendo al Mayor X, para conseguir las monedas que le permitan subirse a un colectivo, la ínfima ayuda de una sociedad que les ha vuelto la espalda; y finalmente ante los fantasmas de sus compañeros en el pozo de zorro —los inolvidables Carlitos, Chanino, Hijitus y Rubén— para llegar a la reconciliación final, exculpado de haber sido el único sobreviviente del grupo. Esa identificación que Felipe, por el contrario, siempre rehúye con Sergio, Tomás e Ignacio: los sobrevivientes, los acuciados por el regreso a Las Islas.
Hay una tercera categoría, la identidad relacional, que expande las otras dos al establecer lazos de parentesco y de pareja. Felipe rechaza también esa expansión. La dictadura ha roto todos sus lazos afectivos desde que debió asistir, impotente, a la tortura y muerte de su amigo Carlitos en el frente de Malvinas. Esta es, en Las Islas, la más perturbadora continuidad entre el Proceso y la democracia de los primeros años 90. Felipe se ha convertido en un solitario que por momentos roza la misantropía, y si se ve en situaciones en las que, para sobrevivir, necesita enunciar una identidad, tan pronto como puede anula o rehúye las otras. El único lazo familiar que conocemos es con su madre (“soy hijo de madre soltera”) y, más tarde, cuando Tamerlán manifiesta quererlo “como a un hijo” —llega a hablarle como tal—, él simplemente se espanta. La reconstrucción de la identidad relacional que le propone el magnate es también heredera de la dictadura: si bien este ha construido su imperio gracias a sus vínculos con diferentes gobiernos, su “gran salto” ocurrió gracias a la dictadura, sin privarse de asistir (y, tal vez, de participar) de sesiones de torturas en los campos de concentración. Y si Felipe tiene la posibilidad de establecer un lazo afectivo con Gloria, también escapa en el momento mismo en que esa relación podría consolidarse. Aunque la novela concluye con una escena entre los dos, el cuento de hadas al revés que Gloria le cuenta, el vínculo entre ellos es materia de un futuro que ya no pertenece a Las Islas: una suposición que deberá hacer el lector, mientras espera saber algo de aquel futuro, y de su pasado, en El secreto y las voces.
Felipe rechaza fijar(se) una identidad porque esta le impondría ser —y hacer— lo que los otros de esa categoría, lo que le viene externamente impuesto. Así, por ejemplo, como (fingido) socio de Surprise from Spain, tendrá que engañar y entregar; como soldado en Malvinas, tendrá que conocer e incluso participar —aunque sólo sea como testigo— de las atrocidades de los oficiales argentinos contra sus propios subordinados (el estaqueamiento y muerte de Carlitos, la más dolorosa); como veterano, tendrá que frecuentar los círculos de excombatientes, compartir sueños y discursos nacionalistas, ansiar el regreso a Las Islas para una recuperación victoriosa que lo une a los torturadores Verraco, Carcasa y compañía, o aceptar la ética de la resistencia del Mayor X, que sostiene tanto las esperanzas de los veteranos como los delirios del diario que, creen y repiten, dará a su poseedor los derechos sobre Las Islas, e incluso los discursos nacionalistas, no menos delirantes, como el ya célebre del profesor Citatorio. Esa identidad colectiva lo integraría a lo que más hondamente rechaza, y si en algún momento Felipe usa el “nosotros” en relación con algunos combatientes, es con aquellos que no llegaron a ser “ex”: los que estuvieron en el pozo de zorro con él (no en el pueblo) y quedaron en Malvinas. En una novela en la que las duplicaciones son incontables —“ficción/verdad, cuadro/modelo, copia original”, dirá Gamerro, entre muchas otras posibilidades, en su ensayo Ficciones barrocas—, Felipe rechaza ser una reproducción de lo que deben ser quienes aceptan una identidad específica.
Todas sus identidades —incluida la de hacker, que cumple para Tamerlán y, antes, para un fondo patriótico al que “contribuyó” con un robo informático— le han sido impuestas externamente, ya por la Historia, por la Sociedad o por la Ley. Ni siquiera el verse como una mosca es una elección propia, sino el resultado de haber estado en Malvinas. Así, para Felipe como para los demás conscriptos, Malvinas es fundamentalmente una transformación que, a medida que llegan el final y la derrota, los va animalizando, aunque la categoría última de esa transformación es la de “linyera”: como linyera y excombatiente es, en efecto, la víctima de César Tamerlán. El mundo que Felipe encuentra a su retorno de la guerra es el de una pérdida. Esta pérdida se interpreta de muchos y diversos modos, pero es sobre todo la pérdida de algunos rasgos distintivos de la condición humana: si no el lenguaje —aquello que nos diferencia del resto de los animales—, sí algunos productos complejos de las actividades intelectuales que permite el lenguaje: la justicia, la solidaridad, la memoria. Paradójicamente, saberse un insecto le brinda a Felipe una comprensión de ese mundo de la posguerra de Malvinas. El mundo representado por la mosca, la tela de araña y la araña (imagen que “dibuja” la novela) no es, a sus ojos, moralmente bueno o malo. Es lo que es. Es el mundo que las teorías evolucionistas organizan en tres categorías: el predador, el protector y la presa. El desafío —lo anticipan las palabras de Italo Calvino en el epígrafe— es reconocer “quién y qué, en medio del infierno, no es infierno”: quién es predador, protector o presa en un mundo, el de Las Islas, que alienta a los personajes a ocultar, cambiar o simular su identidad porque así tendrán más posibilidades de sobrevivir y, eventualmente, de imponerse. La selección natural, como sabemos desde Darwin, se produce por adaptación, y la adaptación en Las Islas consiste en evitar por todos los medios posibles que la verdadera identidad, ya sea personal, colectiva o relacional, sea fijada en una y, sobre todo, conocida por los otros.
Aquellos que no lo consigan se volverán automáticamente vulnerables y, por ende, pasibles de sufrir alguna u otra forma de eliminación. Son presas. Le pasa al propio Felipe, o está cerca de pasarle: cuando, al realizar el videojuego para Verraco, se identifica con los excombatientes a los que vuelve a frecuentar y llega a desear —a creerse, aunque sea fugazmente— la victoria, incluso después de incluir en esa versión contrafáctica de la Historia la napoleónica, pesadillesca autocoronación de Verraco como consecuencia de ese triunfo; en la SIDE, cuando es reconocido por su discípulo, este silenciosamente intuye por qué está ahí y frustra su trabajo informático (su ser-como-hacker), dejándolo no sólo en una posición muy frágil ante Tamerlán sino, sobre todo, inutilizado como experto informático (su última intervención como tal será muy menor); cuando hacia el final de la novela camine con los fantasmas de sus compañeros del pozo de zorro, aquellos que no volvieron, querrá ser aceptado por ellos en una identificación que se realiza, y él lo sabe, en un destino de muerte.
Lo mismo les ocurre a los excombatientes, condenados al deseo del (imposible) retorno a Las Islas, a participar de discursos y de rituales nacionalistas autoparódicos de tan ridículos, y de círculos sociales en los que Malvinas constituye el tema obsesivo y excluyente, e incluso de someterse a la ética que impone el mito del Mayor X, el legendario comando argentino que en la leyenda nunca se rindió y aún pelea en Malvinas. Le ocurre a Gloria, en tanto víctima de la dictadura, esposa de su torturador y violador, madre de las mellizas Malvina y Soledad, y les ocurre también a los testigos del crimen que, una vez identificados, estarán sentenciados a la muerte, igual que al mismo Mayor X, cuya suerte declina fatalmente una vez que su identidad es establecida. Pero, en especial, le ocurre a aquel cuya identidad está fija desde el inicio: Fausto Tamerlán, el único personaje de Las Islas que no ansía evolucionar sino clonarse —es decir, reproducirse a la perfección— porque se considera a sí mismo ya en la cima de la cadena evolutiva. El Dr. Canal, César Tamerlán y el guardaespaldas Freddy son, por el contrario, paradigmas de mutabilidad y, por tanto, de éxito, cada uno en sus objetivos.
La guerra de Malvinas ha destruido el concepto de comunidad, en el que nociones como memoria, verdad y justicia se construyen y tienen sentido, para reemplazarlo por estas identidades parciales, externas, que predeterminan e imponen comportamientos, ideologías, y hasta sueños. Si el mundo de Las Islas no es moralmente bueno ni malo se debe a esa destrucción. No existe la posibilidad de establecer una verdad (la que busca Tamerlán es funcional a sus intereses), esa verdad que en algún momento debería conducir a la justicia. Lo que la guerra les ha dejado a las víctimas es un mundo en el que sólo puede aplicarse una idea degradada de justicia: la venganza. Ya no hay un Estado que pueda decir y administrar la justicia. El Estado, en Las Islas, son un grupo de oficiales, represores bajo la dictadura y en Malvinas, agrupados en una oficina subterránea (en todos los sentidos) de la inteligencia oficial; legisladores corrompidos al servicio del poderoso; y el campo de batalla de los negocios espurios de corporaciones como la de Tamerlán. En los contados casos en que en Las Islas hay alguna forma de sanción retributiva, esta no llega desde una instancia superior, más o menos objetiva, y con la autoridad conferida por la Ley, sino desde abajo o desde afuera de esa comunidad destrozada. Un ejemplo del primero es el excombatiente que trompea a Verraco en el barco de regreso al continente; del segundo, los oficiales ingleses que, tras la rendición, le imponen al mismo Verraco una sanción sexual humillante. El mismo virus con el que Felipe infecta el videojuego con el propósito de restituir el verdadero resultado de la guerra no es sino una venganza contra Verraco: lo hace para “la historia sin mejorarla”, para “comerse uno a uno todos sus sueños, dejar sus fantasías tan pobres como sus recuerdos, convertir la derrota en derrota”.
Malvinas es, sin embargo, o por todo esto, el hecho central en la vida de Felipe. Es esa guerra la que lo convierte en un insecto, y la que en cierto modo determina su actitud ante la vida: pasar desapercibido, “desaparecer”, hacerse invisible son estrategias vitales de supervivencia, como él mismo afirma, después de que “nuestra única guerra en cien años” se ocupara de participarlo. Y es también la guerra la que instituye una imposibilidad: la de no poder establecer otros lazos fuera de aquellos de predador, presa o protector. Es por ello que lo vemos rehuyendo cualquier identificación desde que nos enteramos de que el 2 de abril de 1992, cuando los excombatientes reproducen el desembarco de 1982, él está realizando su mayor maratón de permanencia en la red. Y es que esa conmemoración le confirmaría la identidad que la Historia se empeña en asignarle, y que él rechaza, aunque sepa que más tarde o más temprano lo alcanzará, porque siempre lo alcanza la pregunta que lo destruyó todo y él no puede responder: ¿qué hizo cuando Verraco torturaba a Carlitos delante suyo, incluso ordenándole su participación? ¿Colaboró o —ya entonces— se hizo invisible? Es ese punto ciego de su vida lo que constituye la mayor pérdida de su humanidad: la falta de memoria, la imposibilidad de la venganza (cuando al fin lo reconoce como el torturador y asesino de Carlitos, Felipe no puede siquiera llegar a golpearlo: los otros excombatientes se lo impiden). Malvinas ha destruido el vínculo elemental de la amistad —en su recuerdo, dice odiar a Carlitos por haberse resistido a Verraco—, del mismo modo que ha destruido la mera posibilidad del amor. Es el evitar una identificación, en principio como víctima de la dictadura, más tarde como su amor, lo que lo impedirá profundizar sus lazos con Gloria.
Este volumen se propone entonces un retorno, en este caso, a un mundo de ficción, como homenaje también al anhelo de retorno que guía las vidas de los excombatientes. Es asimismo un reconocimiento de la importancia, también central, que en Las Islas tienen los espacios físicos en tanto determinantes de ciertas conductas e, incluso, de identidades (como la de Felipe y el taxista, que van a decir “estuve” en Malvinas, no “soy” excombatiente). La presencia física en la reunión de Surprise from Spain hará de esos “perdedores”, como los llama Tamerlán, testigos. Estar en la oficina de la Torre Dorada no le dejará margen, a Felipe, para rechazar el “trabajo” que el magnate pretende de él: ha visto y ha oído al gran hombre, ha estado ahí. Estar en el pueblo de Malihuel durante los veranos es lo que va a determinar la afinidad —la complicidad, la inicial confianza— entre Gloria y Felipe, lo que además será la idea más próxima a la felicidad plena que nos da la novela.
Y es, finalmente, otro lugar físico —las Torres Tamerlán— las que darán origen a un vasto universo narrativo cuyo núcleo, a diferencia de la tradición literaria más establecida, no es un espacio imaginario —Yoknapatawpha County, Comala, Santa María o Macondo— sino una corporación empresaria. El mismo Felipe, al acercarse a las torres aquella mañana crucial, lo presiente. Él las ve “más que un edificio levantado por hombres, una montaña acabada de nacer, inmaculada de erosión, empujada a través de la piel verde y tierna de la pampa por los retortijones subterráneos de algún cataclismo colosal”. Es el nacimiento de un mundo que parece no caber en Las Islas, y necesita expandirse: así van a aparecer El sueño del señor juez, en 2000; El secreto y las voces, en 2002; La aventura de los bustos de Eva, en 2004; y, cerrando el ciclo (tal vez por el momento), Un yuppie en la columna del Che Guevara, en 2011. Todas ellas, de un modo más o menos directo, convocadas bajo la sombra terrible de Fausto Tamerlán, cuyo corazón late, como él dice, en el centro mismo de sus torres.
El aniversario, entonces, como fecha significativa en el origen de Las Islas. Pero no el único, el de la derrota. En la novela se despliega también un sinnúmero de fechas importantes: Fausto Tamerlán y su padre, Wolf, llegan al puerto de Buenos Aires el mismísimo 17 de octubre de 1945 y, no contentos con ello, van con las masas hacia la Plaza de Mayo para ser los primeros en poner “las patas en la fuente”, lo que será imitado de inmediato para crear así la mítica imagen peronista; el quinto centenario del descubrimiento de América, que promueve oleadas de eventos culturales y económicos, y en los que se enganchan Surprise from Spain y su organización (de fraude) piramidal; la celebración del comando Hugo Carcasa, no de su cumpleaños sino de la pérdida de sus piernas, con la ya célebre ingesta de Malvinas; la maqueta que prepara Ignacio y fijará Port Stanley en Puerto Argentino en el 1.º de mayo de 1982, esto es, un día antes del inicio de las operaciones militares. Sin contar, por supuesto, que la novela se cierra el 14 de junio, décimo aniversario de la capitulación argentina en el archipiélago.
El presente volumen se propone reunir varias de las más representativas lecturas que se han hecho de Las Islas en estos años desde su primera edición en 1998. Se trata de intervenciones en suplementos y revistas culturales, en ámbitos académicos, en presentaciones, en otros volúmenes, en congresos, a propósito de otras lecturas de la novela como fueron su traducción al inglés y su adaptación teatral (ocasiones que a su vez dieron lugar a la versión definitiva de Las Islas, publicada en esta casa editorial en 2012, cuando se cumplían treinta años de la guerra), y otros que fueron escritos especialmente para este libro, como el ensayo del propio Carlos Gamerro. Es también un motivo de felicidad adicional que salga a librerías junto a la cuarta edición de Las Islas, lo que es, indudablemente, la mejor prueba de la vitalidad narrativa de la novela. Quisiera dejar constancia de mi agradecimiento a las autoras y los autores que se sumaron, todos entusiasta y generosamente, a este proyecto; a Carlos Gamerro por volver, él, a Las Islas y abrir las varias cajas de sus manuscritos para mostrar su proceso de escritura; a Edhasa y al equipo editorial que dirige Fernando Fagnani, por el impecable trabajo de edición; a las editoriales y publicaciones que permitieron la reproducción de los ensayos ya éditos; a quienes revisaron las traducciones de los suyos en inglés a Daniel Ontiveros Fuentes, artista plástico y excombatiente, por el sugestivo trabajo que ilustra la portada y, en lo personal, a la Dra. Fiona Mackintosh, mi supervisora de doctorado en Edimburgo, que con rigor y paciencia me ayudó a pensar y dar forma a mi lectura (todavía en proceso) de Las Islas.
Ojalá este libro sea verdaderamente una invitación a volver a Las Islas. O a visitarlas por primera vez. En cualquier caso, siempre a conocer un mundo que, en toda su complejidad, fascinación y riqueza, ha expandido como pocos nuestro universo literario.
2. Lecturas en la prensa
La osadía del descontrol: suspenso y sólida escritura en una narración de tema político1
Sergio S. Olguín
En una de sus primeras novelas históricas, En esta dulce tierra, Andrés Rivera escribió: “Nada había acabado del todo: ni la jerga trastornada de ese tiempo ni el susurro aún inteligible de la historia”. La frase la podría suscribir Carlos Gamerro en su novela Las Islas, en la que diez años después de la Guerra de Malvinas sus protagonistas vuelven obsesivamente sobre aquellos días. Una especie de retorno constante a episodios que no cerraron sus heridas: la última dictadura militar, la represión, la derrota en Malvinas, la marginalidad de los excombatientes.Felipe Félix es un sobreviviente de aquella guerra y lleva una esquirla metida en la cabeza como recuerdo permanente. Es también un especialista en sistemas de computación que suscribe un contrato muy especial: a cambio de cien mil dólares, utilizará su habilidad de hacker informático para penetrar en los archivos de la SIDE y obtener datos sobre los testigos de un crimen cometido por el hijo de un empresario muy poderoso. Sin darse cuenta, Felipe entra así en un juego perverso en donde se suceden crímenes, delaciones y mentiras. Y, en medio de esa trama maliciosa, el regreso de lo que nunca se había ido: la guerra, o, mejor dicho, los desastres de la guerra.
Planteada como un thriller, Las Islas se desarrolla como novela política, sin perder de vista el clima de suspenso que todo policial reclama hasta sus últimas páginas. Tamerlán, el empresario poderoso, es cruel e impío como el Tamerlán de las dos tragedias de Christopher Marlowe. Felipe se mueve con destreza entre poderosos, criminales, militares y demás excombatientes, pero esa habilidad, sin embargo, se verá siempre amenazada porque nunca llega a descifrar la verdad de lo que está pasando y porque la otra Historia, la de su pasado, lo acosa.
Gamerro despliega la acción de Las Islas en dos espacios y tiempos definidos: Buenos Aires, en 1992, y Malvinas, diez años antes. El territorio malvinense es un lugar desolado, repleto de jóvenes con hambre y frío que deben soportar el maltrato de sus superiores. Buenos Aires aparece diversificada. Por un lado, una zona casi fantasmal en Puerto Madero (el edificio de Tamerlán) y otra, muy realista, por donde Gamerro hace deambular a Felipe: Parque Chas, Constitución, San Cristóbal, Agronomía. En Las Islas Buenos Aires se siente, con sus matices barriales. También se siente en sus ámbitos más peculiares: el Borda, los grupos de venta piramidal, los colectivos, los taxis.
Una escritura sólida sostiene este argumento que va ganando en complejidad a medida que avanza la historia. Gamerro sabe manejar el ritmo de la narración con inteligencia, si bien por momentos se extiende demasiado en algunos episodios (el divertido diario del Mayor X, por ejemplo, corta inútilmente el desarrollo final de la historia). Esa extensión desmedida (esperable, por otra parte, en una novela de seiscientas páginas) atenta, a veces, contra el interés del texto.
A la hora de buscar “padres literarios” en Las Islas el resultado puede resultar asombroso: la solidez y dureza de Fogwill, algunos delirios conspirativos dignos de Fontanarrosa y hasta la crueldad de El niño proletario, de Lamborghini, en las reacciones de Tamerlán. Gamerro, nacido en 1962, se anima a ir más allá de las propuestas actuales de los escritores de su generación. Hay cierto descontrol en Las Islas y cierta osadía en Gamerro al haber asumido el riesgo de que el relato se le escapara en cualquier dirección. En este punto, el descontrol, se cifra gran parte de los aciertos de esta novela: descontrol de los personajes, de la historia, del lenguaje, de la política. No es un texto bienpensante ni manso. Se rebela constantemente contra los prejuicios del lector, que se ve arrastrado, como quería Kafka, hacia rincones que no soñaba visitar.
Por otra parte, resulta sorprendente que el propio Gamerro haya tenido que recurrir a una edición paga de su libro, cuando los grandes grupos editoriales desesperan a la caza de nuevos autores. El hecho de que esta novela no haya sido publicada por un sello importante habla a las claras de cierta miopía editorial generalizada. Mientras textos gentiles pero inocuos y olvidables triunfan en concursos y ventas, Las Islas, con la capacidad explosiva de su narración, se asegura lo que las otras novelas no tienen: un lugar entre la mejor narrativa argentina de estos años.
Notas
1 Publicado en La Nación, 24 de enero de 1999.
La ficción histórica de Carlos Gamerro revela historias de hechos ocultos1
Ben Bollig
Las traducciones de Ian Barnett de Las Islas y El secreto y las voces dan a los lectores británicos una visión del pasado argentino de insurgencia armada, terrorismo de Estado y la Guerra de Malvinas.
En La aventura de los bustos de Eva (2004), su novela sobre un yuppie atrapado en una célula insurgente en la Buenos Aires de los años 70, Carlos Gamerro crea dos escenas emblemáticas de gran efecto dramático. La primera es un burdel temático sobre Evita, en el cual las prostitutas se visten como esa mujer y en el que se exponen las diferentes etapas de su vida, desde la niña provinciana hasta el cadáver embalsamado, pasando por la actriz en ascenso y la política acerada. Los clientes —descubrimos— no son seguidores de Perón, sino oligarcas masoquistas que se mueren por ser humillados por su más odiada adversaria. La segunda es un vasto barrio suburbano construido en los años 40, hecho de unidades modelo para trabajadores peronistas, diseñado con un modelo de calles curvas incompatible con la grilla que se encuentra en el resto de Buenos Aires. Hoy, con mapas satelitales, la explicación de tales excesos podría ser simple, pero en aquella época sólo poniendo a un argentino en órbita se habría revelado la total, grandilocuente intención de Ciudad Evita: la ciudad está modelada sobre el perfil de Eva, como un gigantesco cuño, con su nariz filosa y su exagerado moño. Al igual que los senderos de los superpetroleros, la Abanderada de los Descamisados debía ser visible desde el espacio exterior.
Del mismo modo que a Borges y a Cortázar, a Gamerro le gusta poner a prueba la credulidad de sus lectores con escenas de megalomanía asombrosa y de filosofía à la Heath Robinson. Hay una diferencia, sin embargo: cuando Borges describe las más altas cimas del solipsismo o Cortázar lleva la normalidad hasta su punto de quiebre, nos damos cuenta demasiado tarde de que nos han engañado. Gamerro, en cambio, elige esos momentos de la historia en que uno se pregunta qué carajo pasó y que, cuando se encuentran en la ficción, son tan extraños que expulsan violentamente al lector del mundo imaginario.
Es, sin embargo, la lógica detrás de la locura lo que atrae a Gamerro. Una de aquellas escenas en La aventura... es real; la otra, una invención. Mucha gente se equivoca al adivinar, y no sorprende. La historia de fondo de La aventura de los bustos de Eva, en la cual un empresario multimillonario es secuestrado por un grupo de extrema izquierda, con el que se amista y del cual finalmente contrata a uno de sus captores, sucedió realmente. La complicidad silenciosa y las falsas cegueras retratadas en El secreto y las voces también ocurrieron.
Las novelas de Gamerro enlazan tres momentos de la historia reciente de la Argentina: la insurgencia armada, el terrorismo de Estado y la Guerra de Malvinas. Las Islas escenifica una investigación sobre el pasado en el presente. Pero, al igual que en las mejores ficciones de detectives, lo que verdaderamente se investiga se desliza siempre fuera del campo de visión. Es 1992 y Felipe Félix, un hacker informático y veterano de Malvinas, es llamado a las oficinas de un tal Fausto Tamerlán. En estas vertiginosas torres de acrílico y vidrio que dominan la nueva ciudad del futuro en el sur de Buenos Aires, Felipe es en parte sobornado, en parte amenazado, para que busque a los testigos de un crimen que amenaza al imperio Tamerlán entero: el hijo travesti de Fausto, César, lanzó a algún turbio levante desde el piso más alto de la torre hacia una muerte confusa. Lo hizo, por desgracia, a la vista de veinticinco testigos al otro lado del abismo: Felipe es contratado para encontrarlos, de modo que puedan —bromea para sí— ser comprados.
La historia de Tamerlán une los más salvajes excesos del capitalismo de los 90 (el empresario conserva un sorete relleno con pepitas de oro en un prisma de plexiglás sobre su escritorio), los negociados entre empresarios y paramilitares en los 70, y la fuga de criminales nazis al extremo sur de América. Pero el suyo no es el único pasado bajo la lupa. Felipe tiene que recurrir a sus camaradas de Malvinas para cumplir su investigación. Entre ellos está el detestable Verraco, su antiguo superior, obsesionado con ganar la guerra que antes perdió, y especialmente —como en el videojuego que Felipe diseña para él— si eso implica no arriesgar su propia piel. Él le permite a Felipe acceder a los archivos de la SIDE con los nombres de los testigos, pero estos han sido cambiados por otro hacker en un desfile de fetiches de los años 80 de los dos lados del conflicto: Diego Maradona, Margaret Thatcher, Leopoldo Fortunato Galtieri, entre otros.
En parte, esta lista es una broma inocente. En la versión en español la lista era diferente y, me parecía, más divertida —incluía a Mr. Ed y al Sr. Spock—, pero igualmente hermética hasta para aquellos lectores provistos de buscadores de internet. Tal vez también sea eso lo que Gamerro está haciendo a lo largo de la novela: creando viñetas desternillantes, inspirado en grandes provocadores literarios, como Burroughs y Burgess, detrás de lo cual uno encuentra la entera constelación cultural de un momento histórico. Imágenes de una Gran Bretaña lisiada por huelgas, paralizada por hooligans y humillada por una primera ministra histérica, que esparcieron los militares que se enorgullecían de haber ganado ya una guerra —contra la “subversión”—, por no mencionar una Copa del Mundo, crearon un imaginario popular que no podía sino anticipar la victoria en el conflicto contra la decadente potencia colonialista —de ahí el terrible shock para los combatientes y la sociedad cuando llegó la noticia de la rendición—. La sección que incluye el diario del Mayor X, una parodia de los cuadernos de Darwin a través de “El informe de Brodie”, en el que los kelpers son retratados como la contraparte troglodita de los nobles salvajes patagónicos, da una percepción hilarante de las ornamentales cabezas de los ideólogos de la guerra.
Mientras recorre las calles siguiendo sus pistas, lo que Felipe se ve forzado a revisitar es el legado personal e histórico de la guerra. Se hace claro entonces que el misterio del crimen de César, el paradero de su hermano mayor —Fausto Jr., antiguo heredero, exguerrillero, ahora desaparecido con presunción de fallecimiento— y el destino de Tamerlán son dispositivos de enlace para rastrear una obsesión que podría resumirse en una pregunta simple: ¿por qué queremos volver? Este y otros regresos —de los exiliados bajo Rosas, del gaucho Martín Fierro, de Evita (“para ser millones”), de Perón— son los clichés que Gamerro quiere desmenuzar y examinar. La cuestión del regreso ata a Felipe a sus enemigos, como el tragicómico veterano Hugo, que celebra cada año la pérdida de sus piernas igual que otros celebrarían un cumpleaños, y el fantasmagórico Arturo Cuervo, alias Mayor X, antiguo torturador, ahora el cabecilla del plan secreto para recuperar las Malvinas por la fuerza.
Gamerro no es un novelista histórico de los que recrean el pasado a través de personajes secundarios que han sido testigos de la historia. Tampoco se acerca a Hilary Mantel, que escribe las vidas interiores de los Grandes Hombres. Es difícil incluso verlo en la línea de lo que Perry Anderson llamó, en la London Review of Books del 28 de julio de 2011, la novela metahistórica latinoamericana. No: acá hay demasiado Thomas Pynchon para eso. Pero en lo que Gamerro difiere de —por hacer una comparación— Martin Amis cuando toma un gran tema histórico es que, pese a la bufonería y al humor escatológico, hay todo un archivo de investigación que avala la trama. Antes de poder satirizar apropiadamente la idiotez del pasado, uno debe entenderlo.
Dos alegorías sostienen Las Islas: la primera es la historia de Felipe de la mosca atrapada en la tela de araña, disfrutando el confort de su descanso final, que sólo siente las ataduras cuando trata de liberarse de ellas. Esta es una fábula sobre ideología, por supuesto. Asumimos que Felipe es la mosca —está atrapado en el letargo de sus sábanas mientras se le ocurre la imagen—, pero en el panóptico paranoico del imperio económico de Tamerlán la alegoría cambia, del mismo modo que los múltiples espejos del faro posmoderno del CEO, que le permite al jefe poder observarlo todo, pero al riesgo de una visibilidad petrificante.
La segunda alegoría es un cuento de hadas al revés. Lo cuenta la amante de Felipe, Gloria, una víctima del Mayor X y madre de dos mellizas llamadas Malvina y Soledad. Gloria es una voz de dolor y esperanza, y su historia de la princesa que se convierte en rana pero que llega a amar a su rey anfibio, es una invitación superficialmente optimista a un futuro posbélico. Pero leído junto al cuento de la mosca ofrece una moraleja más bien inquietante sobre nuestra capacidad de acostumbrarnos a lo monstruoso. Uno de los más estridentes críticos de la guerra, el filósofo argentino León Rozitchner, señaló la ironía de una campaña para imponer la soberanía argentina sobre las Islas al mismo tiempo que se anunciaba la liquidación de empresas, negocios y servicios estatales. La campaña por una patria en las Islas fue un disfraz para desmantelar la nación misma.
El secreto y las voces transcurre pocos años después que Las Islas, y el caso que se investiga ha ocurrido antes, a mediados de los 70. En algunos ensayos, Gamerro analizó los límites de la novela de detectives argentina. No por nada Borges reescribió Buenos Aires con nombres parisienses en su cuento policial más famoso, “La muerte y la brújula”, ya que, como observa Gamerro, si alguien es asesinado misteriosamente en Argentina y no hay un culpable obvio, todos —sí: todos— saben que lo hicieron los canas. En “Para una reformulación del género policial argentino”, Gamerro sugiere que la policía en Argentina ofrece una opción sencilla: o el crimen organizado, o el crimen desorganizado, que es peor. Esto explica la relativa impunidad con la que, en ciudades sin guarniciones militares, quienes eran de facto las fuerzas represivas de la dictadura hayan continuado en democracia. Un país puede funcionar sin ejército; no puede, estimaron los políticos de la democracia, funcionar sin policía. Películas como El bonaerense o incluso Nueve reinas han captado los emprendimientos más o menos compartidos de policías y ladrones, y casos como la desaparición en 2006 de Jorge Julio López antes de testificar contra policías acusados de crímenes de lesa humanidad revela el precio de este arreglo.
El secreto y las voces cuenta una investigación y otra vez es una que cambia de objetivo con el desarrollo de la novela. Pero en tono, forma, tamaño, prácticamente en casi todo, es un trabajo distinto de Las Islas, un libro enorme, enmarañado como otros “ladrillos” recientes de Alan Pauls o Roberto Bolaño. La obra más reciente de Gamerro está cortada y recortada. Uno podría hablar de madurez —Las Islas es una ambiciosa opera prima; El secreto y las voces, una obra posterior, y más calma—, pero en escala funcionan de manera diferente. Las escenas dramáticas en Las Islas eran tan abrumadoras como las Torres de Tamerlán, y apuntaban a una realidad incluso más grande. El secreto y las voces sigue a un solo hombre investigando una sola muerte en una ciudad pequeña. Si Las Islas insinuaba la complicidad diaria de la que todos somos capaces, aquí Gamerro se encuentra con, le habla a, toma mate con, recibe de regalo un pequeño cárdigan de lana para su hijo de, aquellos que se hicieron a un lado, miraron, y después justificaron un asesinato.
Los crímenes pueblerinos tienen una honorable tradición en la ficción latinoamericana, pero ahí donde Crónica de una muerte anunciada sugería que incluso el periodismo idealista tendría dificultades para entender los orígenes de un asesinato, El secreto y las voces excava en las poco profundas tumbas de las décadas recientes para encontrar las mezquindades, las estrecheces de mente y las rivalidades que lo motivaron. Sociólogos en Argentina han argumentado que una de las formas en que el terrorismo de Estado funcionó —más allá del puro terror, por supuesto— fue hacer que el crimen se ajustara al castigo, y no al revés. Si alguien podía ser secuestrado en el medio de la noche para no ser visto nunca más, era porque algo había hecho.
Como Manuel Puig, Gamerro registra las voces del pueblo en un remanso provincial. Mientras que en los últimos años Puig grababa a sus personajes, reutilizando sus discursos de manera textual, pero reordenados para adaptarlos a su historia, Gamerro, por el contrario, trabajó desde sus entrevistas para capturar los ritmos de circunloquios y tergiversaciones. Fefe, el narrador, quiere saber de la muerte de un periodista, Darío Ezcurra, a manos del jefe de la policía local, en una pequeña ciudad de la provincia de Santa Fe, Malihuel, en los albores de la dictadura. El comisario Neri, descubrimos, fue casa por casa no en busca de la víctima sino para tantear el terreno entre sus coterráneos. El título en español es un juego de palabras entre “un secreto a voces” y esas voces que a la vez esconden y revelan. Como en Los sospechosos de siempre, hay un momento en que el lector se dará cuenta de que todo lo que se dijo es, en el mejor de los casos, una media verdad, y muy probablemente una mentira. Ezcurra se la buscó. Se metió con la gente equivocada. La ciudad se lo sacó de encima sin ruido. Sólo un muerto en 3000, compará eso con el resto del país, ¿eh? Yo no lo aprobé, traté de pararlo y le avisé. Anónimamente, desde ya.
En una secuencia Fefe escucha, con horror creciente y serena indignación, a sus amadas tías Porota y Chesi (la abuela de Fefe, que se llama Clota, completa el trío). Ellas le cuentan la historia de la muerte de Ezcurra y la reacción del pueblo cuando su madre quiso saber la verdad. Fuera de Argentina se conoce la historia de las Madres de Plaza de Mayo, que marchaban cada semana para dar con sus familiares desaparecidos. Las ancianas tías de Fefe cuentan esto como una farsa cruel, convirtiendo —a través de una enfermiza mezcla de chisme gozoso y alusión inocente— a la madre doliente en artífice de su propio desastre. Aquí es donde Barnett verdaderamente muestra su maestría, ya que entre las muchas cosas que uno podría decir de estas traducciones la más simple sería que si no se supiese que son traducciones no se adivinaría, y cuando sí se sabe no es posible imaginar cómo lo hizo. Tal vez, lo que revuelve el estómago de Fefe es cuán familiar, cuán perfectamente natural, resulta toda esta charlatanería asesina.
Las revelaciones cierran El secreto y las voces, y tanto Fefe como el pueblo se ven forzados a enfrentar un pasado semienterrado. El sociólogo Guillermo O’Donnell exploró el doble discurso de aquellos muchos ciudadanos que fueron capaces de justificar las acciones de la dictadura, pero más tarde, a la luz de sus terribles crímenes, negar aquellas iniciales palabras de apoyo. Tal duplicidad es lo que el protagonista de Gamerro revela, y lo asquea. Sin embargo, la novela termina en una nota optimista, cuando Fefe explica su idea de contactar a la agrupación HIJOS, activistas que recuperan la memoria de los hijos de los desaparecidos y presionan por juicios contra los militares, policías, abogados, médicos, enfermeros y demás que se aprovecharon de la forzada apropiación de niños en los 70. Publicada por primera vez en 2002, la novela no podría haber previsto cuán importantes se volverían tales juicios en la política argentina de esa década, así como Las Islas apenas podría haber adivinado la recurrente importancia de aquella vieja disputa de siglos y de una guerra que ahora ha cumplido más de treinta y cinco años.
Notas
1 Publicado en The Guardian, 10 de julio de 2012.
3. Lecturas culturales
El fin de una épica1
Martín Kohan
I. Morir de miedo, matar de risa
La literatura planteó con gran rapidez su propia versión de la guerra de Malvinas. No habían concluido los combates, de hecho, cuando Fogwill ya escribía Los pichy-cyegos: una versión antiépica, picaresca y no heroica de esa guerra, donde los elevados valores de las exaltaciones patrias quedan definitivamente relegados por la lógica implacable de la supervivencia subterránea. Zafar, y no vencer, es la impronta en la novela; y el corte que esa impronta produce en la definición de aliados y de enemigos no tiene una correspondencia directa con el corte que marcan las pertenencias nacionales. El cambio es radical: la literatura cuenta la guerra de Malvinas haciendo a un lado la gloria y las hazañas, el mandato de matar o morir, el deber de la recuperación de las hermanitas perdidas, o el mérito de caer por la patria, para poner en su lugar un ordenado sistema de astucias y dobleces, un juego de ocultamientos y disfraces, una ficción bélica donde subyace el único fin de la supervivencia. La literatura reformula así el género con que narrar la guerra de Malvinas: no la cuenta como épica, la cuenta como farsa.2
Ese primer momento fundacional que se define con Los pichy-cyegos se continúa en diversos textos que retoman, con variantes, un relato de la guerra alejado tanto de los fervores triunfalistas como de los lamentos por la derrota (aunque opuestas, al parecer, ambas inflexiones integran una misma concepción de la fábula nacional: la que erige héroes, gloriosos si ganan, inmolados si pierden, pero héroes al fin). Al ser representada como farsa, y no como épica, la guerra que se cuenta en la literatura argentina pasa a tener pícaros y farsantes, antes que héroes: falsos voluntarios (falsos en su voluntad, porque lo que quieren en realidad es ser tomados prisioneros para poder llegar a los Rolling Stones) o falsos combatientes (porque lo único que quieren es salvar el pellejo o bien desertar); falsos excombatientes (porque no son argentinos, sino chilenos, y tan sólo simulan haber estado en Malvinas). La guerra es contada al revés (en una prolija inversión de términos: quién invade o es invadido, quién gana o quién pierde) o desplazando el eje hasta descentrar el relato bélico (al tomar la perspectiva del conscripto que se aburre en una oficina de Buenos Aires).3
Para la literatura, la guerra de Malvinas no ofrece entonces más peripecias que las de la supervivencia o las de la deserción, donde las trincheras se vuelven túneles subterráneos para sustraerse del combate y los uniformes militares se convierten en disfraces (no dan identidad: la escamotean). El drama de la guerra, el drama de la gesta nacional (que resulta doblemente un drama, porque las cosas salen mal y la lucha se pierde) es narrado en otra clave y en otra clase de textos: los textos testimoniales. También de inmediato, muy cerca de los propios acontecimientos, una serie de entrevistas ofrecen la cruda versión de los soldados que pelearon en las islas y consagran una definición emblemática: la de “los chicos de la guerra”.4 Quince años después, los chicos ya no son chicos (ya son, por el contrario, veteranos) y se les puede conceder la palabra para que narren por sí mismos: son sus propias voces las que se entrelazan, sin la mediación de las preguntas de los entrevistadores, para conformar otra vez el testimonio vivencial de los que estuvieron en Malvinas.5
Desde el registro del testimonio, la guerra se cuenta ineludiblemente como drama. El miedo, el frío, la soledad, las muertes, las mutilaciones, sólo admiten ser narrados con tonos sombríos. La guerra es una cosa seria. Incluso lo que alguna vez pudo dar risa, lo que alguna vez dio risa, descubre en la guerra su carácter serio y hasta solemne: “Antes, me acuerdo de estar en la primaria o en la secundaria y hacer la mímica cuando se canta el Himno. La celadora me decía: ‘Donado, cantá’ y yo me reía, cantaba cualquier cosa para joder con el de atrás o con el de adelante. En Malvinas no. Le tomás respeto a esas cosas”.6 Son, como se ve, los valores del culto patriótico los que se afirman y se consolidan. La invasión de las Malvinas es considerada, aquí sin ironía, una “causa justa”. Los soldados lamentan haber ido a pelear con tan poca preparación y tan mal equipamiento. Con la recurrencia de este lamento se fundan algunos núcleos esenciales del relato de los excombatientes: su condición de desvalidos; su condición de víctimas de los propios oficiales del Ejército argentino, antes que de los ingleses; su puesta al límite de la supervivencia, pero ya no bajo la forma de una deserción cínica, sino bajo la forma extrema de una muerte siempre inminente (la supervivencia no es aquí una fuga del drama, sino parte del drama).
Estos tópicos de los relatos testimoniales, los del drama de la guerra, dejan en pie los fundamentos de la fe nacionalista. Las más penosas revelaciones sobre la precariedad de las condiciones de combate de los soldados argentinos, las quejas más amargas sobre las privaciones que sufrieron ante todo por incapacidad o por mezquindad de los propios oficiales argentinos, terminan por resolverse en favor de los valores de la gesta patriótica. Los excombatientes coinciden, casi con unanimidad, en 1982 tanto como en 1997, en decir que quisieran volver a pelear en Malvinas. Mejor entrenados, mejor pertrechados y mejor conducidos, desearían volver a intentar la recuperación de las islas. Es decir que los valores constituyentes de la identidad argentina, esos mismos valores que la literatura sobre Malvinas corroe implacablemente, se reafirman en las versiones testimoniales y consolidan las vehemencias que son propias de la epicidad.
Los personajes de la literatura sobre Malvinas, construidos como pícaros, son desertores o falsos voluntarios, y dicen: “Nos vamos”. Los excombatientes de Malvinas, en cambio, en el registro del drama testimonial, enfatizan: “Volveremos”. Este contraste organiza los dos órdenes narrativos con los que se contó la guerra de Malvinas. Por un lado, la literatura representa una farsa, una farsa de la guerra y de la identidad nacional, donde lo más farsesco, por lo pronto, son las propias identidades (siempre es posible disfrazarse, hacerse pasar por otro, o esconderse, no ser identificado). La risa le cabe incluso a lo más serio, incluso a lo más trágico. Hay en la literatura toda la risa que en los textos testimoniales resulta tan inverosímil como imposible, inadecuada, intolerable. Los quiebres de la derrota, expresados como lamento en los testimonios, se recuperan, realimentan el credo nacional, y eliminan esa distancia descreída e irónica que está en la base de las narraciones literarias.
Se trata, como se puede advertir, de dos vertientes nítidamente diferenciadas (tan diferenciadas como pudieron estarlo, en el espectro del rock nacional al que justamente la guerra de Malvinas dio impulso, las voces de por sí llorosas de Alejandro Lerner o de Raúl Porchetto en sus temas sobre Malvinas, y las risitas irónicas de Charly García unidas a la frase “Estamos ganando. Seguimos ganando” en “No bombardeen Buenos Aires”). Las dos vertientes expresan, de alguna manera, un momento de verdad de la guerra de Malvinas. Pero tal vez no habría por qué pensarlas en una separación tan estricta: farsa o drama. Para la literatura, la guerra de Malvinas no ha de repetirse una vez como tragedia y otra vez como comedia, porque ya desde un principio, ya en su primera vez, la guerra fue una comedia. Para los testimonios de los soldados, la guerra de Malvinas debe repetirse, pero no para trocarse de tragedia en comedia, sino para que la tragedia de la derrota se convierta en una épica triunfal.
Esta escisión tan marcada que se produce en los textos sobre Malvinas se corresponde con un reparto genérico: a cada registro, un género. Pero la doble impronta de los relatos sobre Malvinas puede pensarse en términos de cruce y de superposición, más que en términos de una división excluyente, entre el drama y la farsa. Esto implicaría tratar de pensar que la guerra de Malvinas fue a la vez un drama y una farsa. Esto implicaría, por ejemplo, pensar a Galtieri al mismo tiempo bajo el estigma miserable del genocida y bajo las certeras caricaturas que hizo Hermenegildo Sábat para Clarín (y que cristalizaron la figura que empuña un infaltable vaso de whisky con hielo). Cada una de esas imágenes contiene una verdad, pero hay además una verdad en su superposición, en su simultaneidad, en el hecho de que el drama y la farsa se tiñan mutuamente. No se trata de un drama al que la farsa encubra o revele, como quiere plantearlo Roberto Benigni en la versión de los campos de concentración del film La vida es bella, porque allí la acción de los nazis es una tragedia sobre la cual un personaje actúa una comedia. Mientras que, en el caso de Malvinas, los desatinos estratégicos de los militares argentinos resultan sumamente trágicos, porque cuestan vidas, pero a la vez saturan a la guerra con los dislates del grotesco. La guerra misma, además de trágica, resulta grotesca. Menos grave, en términos de vidas humanas, pero de gran peso en el orden simbólico, es el episodio de la donación de joyas por TV a cargo de unas cuantas señoras bienintencionadas. Su candor es dramático, porque resume y representa la fatal credulidad de buena parte de la sociedad argentina, presa fácil de la euforia patriótica. Pero ese acto de desprendimiento televisivo remite, claro que paródicamente, a la donación de joyas por parte de las damas mendocinas, en tiempos mejores de la historia patria, cuando los héroes eran héroes y no les cabía otra cosa que la epicidad. Antes de que la guerra se perdiese, antes de que se conociera el destino incierto de esas y de muchas otras donaciones, la ofrenda de las joyas ya era una farsa.
II. Las islas de la fantasía
Entre los méritos de Las Islas de Carlos Gamerro, se cuenta el de superar ese reparto narrativo que se había dado entre las novelas y los cuentos, por un lado, y los testimonios, por el otro. No hay en esta novela marcas del género testimonial, en absoluto, por más que Gamerro haya recurrido a las entrevistas con algunos excombatientes en la preparación de su libro.7 Por el contrario, Las Islas se apoya fuertemente en la codificación de los géneros literarios (en particular, en algunos rasgos de la ciencia ficción) y acentúa así su plena ficcionalidad novelística. Lo que cruza Gamerro es el drama de la guerra y la farsa de la guerra, y de esta manera logra captar la significación que sólo se encuentra en ese punto de cruce: una verdad que no estaba, por separado, ni en las invenciones literarias ni en las verdades testimoniales sobre Malvinas.
La seriedad que suscita el drama bélico no se refiere solamente a las pérdidas de vidas humanas. Esa clase de pérdidas se lamentan desde el sostenimiento de valores universales, que en última instancia, por su propia universalidad, llevan a desechar toda distinción entre los soldados argentinos y los soldados ingleses: toda muerte humana es, en principio, lamentable. Son otros valores, no tan genéricos, no tan abarcativos, los que exigen por igual un abordaje serio del drama de la guerra: los valores de la nacionalidad. Con el paso de los ritos patrios del escenario escolar al escenario bélico, con el paso de las ceremonias patrias de las escuelas a Malvinas, se iba de la comicidad a la seriedad. Los fundamentos del ser nacional (del ser argentino de los soldados, por una parte, y por la otra, de que las Malvinas sean argentinas) requieren la solemnidad del semblante adusto. La narración de la guerra como farsa, y la correlativa reversión de la seriedad en risa, exige un posicionamiento más alejado y más escéptico respecto de los valores de la argentinidad.
Ese posicionamiento es uno de los puntos de partida de Las Islas. La novela recorre varios de los mitos argentinos: mitos de origen (la Argentina como origen de toda la humanidad, según las teorías de Ameghino, para quien el Hombre surge en la Patagonia), mitos de redención universal (un futuro ideal donde la Argentina vence al comunismo y salva al mundo), mitos de la metafísica nacional (los de la Argentina invisible). Puede considerarse que el texto ridiculiza estos tópicos de los discursos nacionalistas; puede considerarse que el texto se limita a mostrarlos y a revelar su intrínseca ridiculez. En cualquier caso, las ceremonias patrias, que con Malvinas se deslizaban de lo risible a lo serio, vuelven en Las Islas a convertirse en risibles: se narran con burla (cuando el narrador deforma la letra de la Marcha de las Malvinas y canta “nos las hemos de olvidar”) o con un alto sentido del patetismo (cuando el himno nacional es cantado por dos nenas con síndrome de Down; dos hermanitas llamadas Malvina y Soledad, que son, a su modo, dos hermanitas perdidas).
Las Malvinas no se encuentran tras su manto de neblina: en la neblina se pierden los soldados y no saben para dónde ir. Las cartas dirigidas a los soldados, expresión consumada del pietismo civil en tiempos de guerra, no les llevan a los soldados ni aliento ni consuelo, sino motivos de diversión: los calambres en la trinchera por esta vez no se deben al miedo, ni al frío, ni al cansancio; se deben a la risa que les provoca la lectura de la carta de “una madre argentina”. Toda una zona que, en los textos testimoniales, consagra a los soldados como víctimas (el padecimiento de la hostilidad de sus propios jefes, la locura y el encierro, la obsesión con el regreso a Malvinas) se despliega también en Las Islas. Pero cambia su estatuto desde el momento en que ya no es una derivación, ni tampoco un desvío, respecto de los valores de una gesta nacional. Ese fundamento, el de la causa justa, el de la certeza respecto de la argentinidad de las islas Malvinas, la literatura lo diluye. No lo refuta, más bien lo disuelve. Como se dice en un momento dado de la novela de Gamerro, cuando un grupo de excombatientes se dispone a comer un pastel convenientemente decorado con la figura de las islas y con soldaditos de plástico: no hay gesta de Malvinas, hay ingesta de Malvinas.
La ingesta anula la gesta, la niega con su prefijo, o al menos la devalúa. Pero esa torta que ofrece en su superficie una pobre representación de lo que fue la guerra, contiene, bajo esa capa superficial, una segunda representación: “empezaron a circular los pedazos de torta, que más allá de la repostería resultó ser un bizcochuelo Exquisita de lo más vulgar —quizás intentara imitar el gusto de la turba también”.8 Debajo de la representación superficial, con la figura de las islas en un fondo azul y muñequitos de soldados encima, hay otra representación, a la que sólo podría reconocer quien pasó por la experiencia de pelear en Malvinas. El contorno de las islas, como ícono, interpela a cualquiera; la semejanza en el sabor, en cambio, sólo es significativa para el que estuvo en la guerra y pasó hambre. La imitación, en superficie, es banal y aun farsesca; sólo que, en un corte transversal (y para que haya ingesta, es necesario hacer ese corte), hay otra imitación, igual de falsa, pero que en su falsedad llegar a tocar cierta verdad: una verdad que sólo se advierte desde la experiencia del que estuvo en la guerra.
No es un dato menor que Gamerro resuelva este episodio distinguiendo dos niveles de imitación y de percepción (uno visual, de superficie; otro gustativo, que supone cierta hondura). Porque la sola imitación superficial, tan banal como esos soldaditos de plástico de que se vale, haría de la guerra nada más que un simulacro. La farsa de la guerra se sostiene, por cierto, en la conversión de la guerra en simulacro de guerra. Así, entonces, hay en Las Islas un simulacro de invasión que se lleva a cabo, como festejo del décimo aniversario de la toma de Malvinas, en uno de los lagos de Palermo, que tiene una isla en el medio. También hay un excombatiente que se presenta con su uniforme de combate, pero se trata de un uniforme que en realidad se compró en un negocio del pasaje subterráneo que cruza la 9 de Julio. La guerra de Malvinas se simula —y se degrada— como batalla naval o como pelea entre un paracaidista inglés y un soldado argentino en el clima circense de Titanes en el Ring. Pero es, fundamentalmente, en el mundo virtual de los videogames, donde la guerra se convierte en su propio simulacro: el narrador, que es un hacker, prepara un juego que representa la guerra de Malvinas, pero de tal manera que en la variante del juego los argentinos ganen y los ingleses pierdan.
Ahora bien: Las Islas es más que una ecuación que homologa a la guerra con el simulacro de esa guerra. Las Islas es más que una implementación narrativa de las discutibles, y discutidas, teorías de Jean Baudrillard sobre la Guerra del Golfo,9 por las que se suprimiría toda distinción entre el hecho de jugar a la guerra de Malvinas en la pantalla de la computadora y el hecho de haber estado en el frente de combate. Gamerro representa a la guerra como farsa y demuestra cuánto tiene de puro simulacro; pero en ningún caso reduce el planteo a esa sola dimensión. Tal como en el episodio de la “ingesta de Malvinas”, por debajo del simulacro hay otra representación que se liga con la experiencia y que, por lo tanto, involucra la realidad de los cuerpos.
El hacker que programa el videogame de la guerra de Malvinas es un excombatiente: es alguien que ha peleado en la guerra de verdad. Tal vez por eso no se limita a la inversión mecánica de los acontecimientos reales: introduce un virus en el programa para que, también en la superficie de imágenes de la guerra virtual, también en el simulacro, la Argentina pierda (el que juega y pierde, por otra parte, es un jefe militar que también estuvo en el frente). La derrota nacional resulta ser así un núcleo de verdad que persiste dentro del mundo de la guerra simulada y que acaba por revertir la propia lógica del simulacro (invertir lo real, ocupar su lugar, abolirlo).10 La toma de la isla del lago de Palermo también la efectúa un grupo de excombatientes, que en la conversación llegan a confundir esta farsa de invasión con la invasión verdadera, la del 2 de abril de 1982. Así funciona en Las Islas el disfraz: disfraza lo verdadero, no lo falso, para que se lo pueda ver en su verdad. El uniforme comprado en un negocio de la 9 de Julio lo lleva un excombatiente auténtico: no se trata, en este caso, de un chileno pícaro que quiere hacerse pasar por un héroe argentino (doble estafa: a la épica y a la identidad nacional) y para conseguirlo se viste con ropas falsas. Aquí las ropas son falsas, pero las viste un verdadero excombatiente. Debajo de los soldaditos de plástico, está el sabor de la turba de Malvinas. Debajo del disfraz de soldado de Malvinas, hay un soldado de Malvinas. Dentro del simulacro de la guerra del videogame —y la metáfora del virus es doblemente acertada—, siguen estando la humillación y la derrota argentinas.
En el universo del simulacro absoluto, la verdad no existe o no importa. Gamerro elude atinadamente la simpleza de ese absoluto. Pero la verdad que plasma en su novela no es la del género testimonial y su apelación a la experiencia, ni mucho menos la del realismo literario. Es una verdad que sólo puede manifestarse a través del simulacro, de la misma manera en que el excombatiente sólo puede presentarse disfrazado —y no vestido— de excombatiente. Es así que Las Islas postula una representación del drama de la guerra de Malvinas que no es tampoco la de los testimonios y que no se opone a la versión de la farsa: es un drama que en la farsa se revela; es un drama que se exhibe ante todo en la versión de la guerra como farsa.
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