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Para Amber
1
¡PONGÁMONOS RADIOACTIVOS!
Estoy recostado sobre una mesa de acero, demasiado atento al hecho de que un cañón de rayos apunta en mi dirección. Parece una de esas cosas que usan los supervillanos en las películas: un cañón láser tan grande como una habitación, de cinco toneladas de peso. De ésos con los que amenazan con destruir el planeta.
—¿Qué tipo de música prefieres, Ross?
Estoy seguro de que el técnico radiólogo sólo intenta distraerme mientras me atornilla fijamente a esta mesa. Una mascarilla rígida de malla cubre mi cabeza y mi cuello, y me mantiene inmovilizado: ayer sacaron un molde de mi cara para poder hacerla, y el técnico se esfuerza en hacerla encajar en unas ranuras de la mesa. Arruga la nariz mientras la empuja.

—Mmmm… cualquier cosa. Lo que sea —murmuro entre dientes. La mascarilla es tan rígida que no me permite mover ni un poco la quijada.
El técnico, Frank, al fin logra encajarla en la mesa, y me da un golpecito en el hombro con el puño cerrado.
—Vamos, hombre… si vas a estar ahí quieto durante media hora, necesitas algo de música. Tengo de todos los tipos. Dime qué te gusta. Ninguna respuesta es incorrecta.
Rebusco en mi cerebro.
—Pues… ¿Podría ser radio? ¿Puedes poner la estación KZAQ?
Frank se detiene y se inclina hasta doblarse en dos, como si lo hubieran herido con un balazo en el estómago. Se queda así, hablándole al piso.
—Ya sé que dije que no había respuestas incorrectas… pero ¿esa estación de radio? —se endereza y me guiña un ojo—. ¿En verdad te gusta esa basura de los 40 principales?
—Pues… es lo que mis papás tienen en casa todo el tiempo…
Soy tan perdedor… Intento mirar casualmente hacia otro lado, pero no consigo mover la cabeza.
Frank me mira fijamente antes de soltar un suspiro exagerado.
—Está bien. Pero mañana me vas a decir qué te gusta a ti, no a tu mamá y a tu papá —se aleja y manipula un anticuado estéreo que se encuentra en una repisa alta en la pared, junto a una inestable torre de discos compactos y cintas rectangulares.
¡No puede ser! Debe haber cientos de millones de dólares en equipo sofisticado en esta habitación, ¿y no se pueden dar el lujo de conseguir un reproductor de mp3? Noto una pequeña parte de tatuaje que se asoma por debajo de la manga del uniforme de Frank. ¿Una cola de lagartija, tal vez? ¿O un tentáculo?
Beyoncé invade el lugar, y el técnico se dedica a lo suyo.
—Sé que ya te expliqué todo esto ayer, pero vamos a repasarlo una vez más.
Cierra los brazos alrededor de su tabla portapapeles y empieza, como si fuera algo que ha hecho miles de veces.
—La camilla en la que estás recostado va a levantarte y a colocarte en tu lugar. El tratamiento toma alrededor de veinticinco minutos, más o menos. Mantén brazos y piernas y cualquier otra parte de tu cuerpo en la camilla todo el tiempo, no los dejes colgar. No se permite lanzarle objetos al técnico radiólogo. Está prohibido alimentar a los técnicos. No debes patalear como si hicieras nado sincronizado. No hagas algo que no se te haya indicado previamente.Y que no se te ocurra tararear música de los Goo Goo Dolls, porque detesto a esa banda.
Frank se hace a un lado para permitir que una técnica radióloga, Callie, creo, se acerque y me ponga una especie de masilla azul en el puente de la nariz; la moldea para que se quede en su lugar. Me sonríe y dice que es para proteger mi ojo bueno del rayo. Después, me da palmaditas en el pecho. Espero no verme tan nervioso como me siento, porque por dentro parezco un conejo atrapado en una trampa. Mi rostro está ardiendo.
—Bien. Ahora, lo más importante —es Frank de nuevo—: cuando te lo indique, vas a mirar fijamente a la X roja que está justo encima de ti. Es la que hicimos ayer junto al sitio por el que sale el rayo. Vas a verla cuando la máquina te coloque en posición.
La mascarilla me impide mover la cabeza para asentir, pero parece que se da por enterado.
—No muevas la vista de esa X, si lo haces tu ojo va a explotar en mil pedazos como la Estrella de la Muerte, ¿me entiendes?
Le contesto con un leve gruñido.
Frank pone su mano sobre mi brazo.
—Es broma, Ross. Más o menos, quiero decir. No despegues la mirada de la X. Tu ojo no va a explotar, pero estamos hablando de tu sentido de la vista, que es algo muy importante. Así que mantén el ojo fijo en la X o si no… Bueno, sólo mira la X y todo estará bien.
Callie regresa con una pieza en forma de U que parece uno de esos candados para bicicleta. La ajusta sobre mi cara y me ayuda a encajarme en la boca la parte moldeada para ese propósito. Mis dientes se clavan en ella cuando cierro la boca, y ella fija los extremos en la mesa. Ka-chonk. La mesa está sujeta a un brazo mecánico, algo que parece sacado de Viaje a las estrellas.
Me pica la nariz. No podría mover la cabeza aun si tuviera que hacerlo, y eso hace que sienta un hormigueo por dentro. Como si yo fuera un insecto en una mesa de disección.
Frank y Callie me miran.
—¿Todo bien? —Callie me aprieta suavemente un dedo del pie, a través del calcetín—. ¿Quieres una cobija?
—Do, toy'ienn.
—Bueno —retira un mechón de cabello tras la oreja y sonríe, amistosa. Todo el mundo sonríe mucho aquí, quizá porque entienden que me estoy muriendo de miedo—. Vamos a estar ahí detrás. Todo va a salir muy bien.
Frank me guiña un ojo.
—No te preocupes. Ya verás.
Se alejan por la izquierda, y no puedo girar la cabeza para verlos. Las luces bajan de intensidad mientras Gwen Stefani empieza a cantar algo sobre unos plátanos.
Tengo que reconocerlo: da un poco de miedo eso de estar aquí solo entre toda esta maquinaria. Tantas… cosas.
Cierro los ojos y suelto todo el aire. Hace ruido al salir lentamente, lo que pone mis nervios de punta.
—Muy bien —grazna la voz de Frank a través de un altavoz—. Vamos a empezar, Ross. Relájate, mantén la vista en la X roja. Nuestro paseo está por comenzar.

Luego de unos segundos de silencio, se oyen unos ruidos fuertes y un sonido como de motor. La habitación entera, llena de maquinaria, parece despertar a la vida con pitidos y zumbidos de lo que tal vez son grandes ventiladores que se han puesto en funcionamiento. ¿Serán necesarios para enfriar todo cuando la radiación empiece? No tengo la menor idea.
Entonces, la camilla se sacude, y empiezo a elevarme.
Frank se oye de nuevo por la bocina.
—Houston, hemos despegado —dice, parodiando el lanzamiento de la misión Apolo 11 hacia la luna.

2
FESTIVAL ROCKO-PROTÓNICO
Mi vocabulario de términos científicos ha crecido a grandes pasos en los últimos meses.
Biopsia. Maligno. Mucoepidermoide. Carcinoma. Glándulas lagrimales. Resección. Triangulación. Radioterapia de protones. Podrá ser que apenas esté en séptimo grado, pero para cuando todo esto termine tal vez tendré los conocimientos necesarios para que me admitan en la facultad de medicina.
Lo más difícil del tratamiento es mantener la mirada fija en el centro de esa X roja. Todo el asunto me pone muy nervioso. Si alguien nos dice que no pensemos en un elefante morado, de pronto se borra de la imaginación cualquier otra cosa que no sea un elefante de ese color.

Entre más intento que mi ojo se fije en la X, más se distrae hacia otros lados. Y mi ojo no es lo único que quiere escapar de donde debe estar. Mi mente me lleva una y otra vez al día en que todo esto empezó…
Han habido unos cuantos Días Muy Malos a lo largo de este tiempo. Malos con M mayúscula. El primero fue hace unos meses. A mediados de julio. Justo en medio de lo que se suponía que sería un fabuloso verano de descanso.
Los antecedentes del Mal Día # 1 empezaron cuando yo estaba recostado boca abajo leyendo Matar un ruiseñor. Era una tarea para el verano, y aunque detesto los deberes para el verano, debo admitir que este libro era muy bueno. Me levanté y entré a la cocina, y vi que los ojos de papá se abrían como platos.
—¡Vaya! ¿Qué te pasó ahí?
No tenía idea de a qué se refería, así que abrí la puerta de la despensa, buscando algo de comer.
—¿Qué me pasó dónde?
Se acercó a mí y con cuidado tocó la zona por encima de mi ojo.
—¿Te duele?
—¿Que si me duele qué? —salí al pasillo, donde hay un espejo.
Tenía el párpado muy hinchado, como si fuera una rana toro de esas que inflan la papada.

—¡Huy! ¡Qué feo! —me toqué el párpado. Era asqueroso, como si estuviera lleno de algún fluido. Comentamos que podía haberme picado algún bicho (pero no) o golpeado con algo (tampoco), y decidimos que lo mejor era ponerme hielo.
La hinchazón bajó en la siguiente media hora, así que nos olvidamos del asunto.
Hasta la mañana siguiente, domingo, cuando me levanté de nuevo con ojo de papada de rana toro. Otra vez le aplicamos hielo. Después, el lunes en la mañana, papá me miró y llamó a su oficina para decir que necesitaba tomarse el día, lo cual es algo casi insólito, fuimos a ver a un especialista en ojos.
El doctor Sheffler nos dijo que necesitaba un TAC.
Resulta que ésa es una manera abreviada de llamar a una tomografía axial computarizada, pero por un momento pensé que me darían una especie de golpe seco, como una palmada.
Media hora después, me encontraba en un edificio viejísimo cerca del hospital. Me vi con una bata de hospital —la prenda de vestir más absurdamente diseñada, que me dejaba el trasero al aire— y en calcetines raídos de color marrón, mientras caminaba por un pasillo helado. Me acostaron en una mesa de acero, con los pies asomando por el agujero de una gigantesca rosquilla mecánica, y en ese momento empecé a sentirme nervioso en verdad, y a desear, de cierta forma, que papá no se hubiera quedado en la sala de espera.
Un enfermero verdaderamente colosal —parecía que fuera jugador de los Potros de Indianápolis— vino y me insertó una vía intravenosa en el brazo (el primer pinchazo de los tres billones que vinieron después, si me pongo a contarlos).
Me advirtió:
—Cuando empiece a inyectarte el líquido, Ross, vas a sentir como si te estuvieras orinando en los pantalones.
Me hizo reír, hasta que unos minutos después, cuando el medio de contraste empezó a correr por el pequeño tubo, sentí calor y luego fue exactamente como si me hubiera orinado en los pantalones.
A pesar de que no estaba haciendo pipí, ¡ni tenía pantalones!
Muy raro. Imposible sentir algo más parecido a hacerme pipí encima, incluso más que si hubiera dejado de aguantarme y soltara el chorro.
Perdón.
Estoy haciendo el cuento largo.
Después, papá y yo nos fuimos a Dagwood’s, aunque fuera un poco temprano, donde tienen unas malteadas maravillosas y esos emparedados que son lo mejor que se pueda poner entre dos panes.
El doctor Sheffler nos había dicho que los resultados saldrían en dos o tres días, así que todo eso ya estaba muy lejos de mi mente cuando papá se estacionó frente al local. Yo iba distraído pensando cuál de las exquisitas opciones de emparedado sería la mejor.
Y entonces, sonó el teléfono de papá. Lo sacó, miró la pantalla y frunció el entrecejo. Me lanzó una mirada mientras contestaba.
—¿Hola?
Sólo oí su parte de la conversación.
—Sí, soy yo.
—No, ¿en serio?
—Muy bien.
—¿Ahora mismo?
—Está bien.
—Claro que sí. Estaremos allá en cinco minutos.
Colgó, y se embutió el teléfono hasta el fondo del bolsillo de sus jeans antes de pronunciar palabra.
—Era… mmmm… el doctor Sheffler. Ya tiene tus resultados. Quiere vernos ya.
—¿Así de mal salió?
—Nah —encendió el auto—. No creo —trataba de sonar despreocupado, pero en su rostro no se formó una sonrisa—. Vamos a ver qué quiere y… ya sé… venimos a Dagwood’s después, por un buen emparedado, ¿qué dices?
Lo bombardeé con preguntas, pero me aseguró que el doctor no le había adelantado el diagnóstico.
Después se quedó en silencio, que no era algo normal en él. En ese momento, habría dado lo que fuera por alguno de los chistes malos que solía contar.
—Veamos —dijo el doctor Sheffler cuando regresamos a su consultorio. Con el pie acercó un pequeño banco con ruedas y se sentó frente a nosotros. Dejó el archivo que tenía en la mano, y se inclinó, apoyando los codos sobre las rodillas, como un entrenador de baloncesto cuando reúne a su equipo para dar indicaciones. Sentí que papá se ponía tenso a mi lado. Hice sonar mis nudillos.
—Gracias por venir tan rápido —continuó el doctor, pronunciando cada sílaba con cuidado—. Vayamos al grano. La tomografía detectó algo. Una masa justo encima de tu ojo derecho —me miró, con la boca apretada en una sola línea delgada. Era una expresión que de alguna forma me daba a entender que lamentaba tener que decirme todo esto y, al mismo tiempo, que eran asuntos graves que debíamos hablar como adultos.
—¿En serio?
Nunca voy a olvidar la manera en que papá dijo esas palabras. ¿En-seeeeee-riooo?, como si acabara de enterarse de que los dragones existen, o que el día y la noche son lo mismo.
Y la verdad es que eso es lo último que recuerdo con claridad.
No es que me haya desmayado, ni algo parecido, pero ellos siguieron hablando mientras mi cuerpo y mi cabeza se perdían en una especie de aturdimiento.
Oí frases entrecortadas.
—¿… tumor? No hay manera de saberlo todavía…
—… biopsia en cuanto sea posible…
—… podría ser benigno, pero…
—… en la glándula lagrimal sobre el ojo…
—… una bolita del tamaño de una goma de mascar…
—… no hay que entrar en pánico por el momento…
De pronto, estábamos en la sombría parte de darnos la mano y las gracias. Iban a programar esto y lo otro, y luego nos llamarían.
Y después, salimos. Nos sentamos en la escalera que estaba frente a la puerta de entrada.
Papá tiró de mí hacia él y me acarició con fuerza la cabeza, despeinándome. Me besó el cabello, fue un gesto sutil, pero cargado de sentimientos.
—Todo va a estar bien, Ross, ¿de acuerdo? Hay muchas probabilidades de que esa tonta cosa resulte ser benigna, ¿sabes?
Permanecimos allí sentados un rato, y él me acariciaba el hombro. Yo sólo pensaba en qué tan grave sería.
Recordé cuando mamá pasó por eso, aunque yo apenas tenía cuatro años en ese momento, cuando benigno quería decir el tipo bueno de tumor. O no bueno, tal vez, pero no necesariamente peligroso. Maligno era el tipo peligroso: Cáncer, con C mayúscula.
¿Y ahora qué? ¿Debía ponerme a llorar? ¿O dar alaridos y tirarme al suelo? Me habría ayudado que el doctor Sheffler me hubiera dado una escala indicadora de 1 a 10, y que hubiera señalado el 6, diciendo: Estamos aquí en este momento.

Mientras esperaba sentado en los peldaños, papá se alejó unos cuantos pasos para llamar a Linda, mi madrastra. Después llamó a mi abuela en St. Louis, que sollozó y me dijo Rossy unas mil veces cuando tomé el teléfono.
Pensé en enviar mensajes de texto a mis amigos Abby e Isaac, pero no me sentí con ánimos. No tenía idea de qué decirles.
Después, cuando llegamos a casa, Linda sirvió algo amarillo para la cena que yo hice rodar por todo el plato pero no probé.
Recuerdo haberme sentado a jugar Annihilation: Moon hasta que me dolieron los pulgares.
Y se hizo de noche y el día terminó como suele suceder hasta con los peores días. Me acosté, pero no pude dormir, así que me quedé ahí, mirando las luces de los coches que iluminaban el techo y oyendo la conversación en susurros entre Linda y papá en el dormitorio contiguo.
Lo único que yo sentía era entumecimiento.
3
DE REGRESO A LA REALIDAD
Todo mi cuerpo se sacude y mi corazón late con fuerza. Esa enorme X me mira fijamente, y la mascarilla de malla metálica me tiene atrapado. ¿Me estaba quedando dormido? Es una idea que me produce pánico, tras haber oído todo el asunto de no despegues la mirada de la X porque te puede explotar el ojo. Le echo la culpa a la canción que estaba sonando. Puede ser que Frank tenga razón en eso de que necesito una mejor banda sonora para las sesiones de radiación.
Y luego, de pronto, ya terminó todo, y Frank y Callie están de nuevo en la habitación, desenganchándome. Quitándome la pieza bucal. La mascarilla. Frank me tiende una mano para ayudar a levantarme.
—Estuviste muy bien para una primera vez. Con tres días más, ya serás todo un profesional. Y para cuando terminen tus ocho semanas, ya podrías quedarte con mi trabajo —entrecierra los ojos, examinándome—. Porque ésas son tus intenciones, ¿cierto?
Mira a Callie.
—¿No te parece que se ve sospechoso? Serán los ojos brillantes y redondos. Debemos ser cuidadosos —Callie mira lo que tiene en su tabla portapapeles, y luego pone los ojos en blanco.
Mientras me bajo de la mesa, Frank se inclina y finge que me susurra:
—No le hagas mucho caso a Callie. A la pobre le cuesta admitir que está loca perdida de amor por mí.
Callie estalla en carcajadas y sale.
—¡Nos vemos mañana, Ross!
Me calzo los zapatos y saco mi mochila de un casillero que está junto a la puerta.
Pasamos frente al consultorio del doctor Throckton de camino a la salida. En mi familia le tenemos un apodo de superhéroe: El hombre que tiene todas las respuestas, y es quien está a cargo de mi terapia de radiación. Está sentado tras su escritorio, con mechones erguidos de forma muy cómica, como si hubiera estado pasándose los dedos entre el cabello. Tiene los pies apoyados sobre el escritorio, y el teléfono en la oreja, pero al verme se le iluminan los ojos. Cubre la bocina del teléfono y me grita-susurra:
—¿Cómo estuvo?
—Bien, supongo —contesto. Sujeta el teléfono entre el hombro y la mejilla, y levanta ambos pulgares para mostrar su aprobación. Tiene una mancha de tinta azul en uno de ellos.
Frank me conduce por el pasillo hasta la sala de espera, y me pregunta si la escuela es tan insoportable como él recuerda.
—No está mal —digo, encogiéndome de hombros, mientras atravesamos las puertas automáticas que conducen a la sala de espera.
Para ser una sala de espera, es bastante impresionante. Hay una serie de cómodos sofás y sillones alrededor de varios acuarios de gran tamaño. Se ven adornos de Halloween porque faltan apenas unos días para la fecha. También hay un rincón de bebidas de cortesía, con café y un refrigerador atiborrado de gaseosas y pequeñas botellas de agua natural.
No veo a mi madrastra. Me imagino que Linda fue corriendo a un Starbucks a conseguir más té verde. Siempre está bebiendo té verde.

Veo a un tipo entrado en años junto a uno de los acuarios, tomando café a pequeños sorbos. Levanta su vaso a modo de saludo.
Frank me lleva hasta él:
—Ross, quiero que conozcas a alguien. Para ser más precisos, quiero advertirte para que te mantengas alejado de él.
Nos paramos frente al señor:
—Jerry, te presento a Ross. Acaba de salir de su primera radiación —y luego se dirige a mí—: Ross, este señor que ves aquí es el viejo más cascarrabias que haya pisado el planeta Tierra.
Jerry ríe, con carcajadas amables pero jadeantes, mientras trata de enderezarse para saludarme. Estrecho su mano colosal. Se siente como si fuera una mano de piedra arenisca.
—Entonces, ¿te asignaron a Frank? Sé que las cosas podrían ser peores, aunque no se me ocurre de qué manera —y sus cejas peludas y enmarañadas se levantan—: ¿Cómo te fue allá dentro?

—Bien, supongo —desvío la mirada hacia los peces en el acuario a su lado. ¿Por qué siempre tengo que ser tan tímido y torpe?
—Ah, muy bien. Tú sólo mira para arriba y deja que ellos se encarguen de las cosas complicadas, ¿sí? —Jerry tiene una voz áspera y profunda, que me recuerda el ruido de guijarros en una trituradora. Se recuesta, y noto la banda de malla azul un poco más arriba del codo, y sé que le sacaron una muestra de sangre. Esto de sacar sangre se ha convertido en algo extrañamente familiar para mí. Ya sé cuál es mi mejor vena para eso, lo cual no deja de ser raro.
Frank mira alrededor de la sala.
—¿Dónde está tu mamá, Ross?
—Mi madrastra.
—Madrastra. ¿Se olvidó de ti? ¿Huyó del país?
—Probablemente —me siento en el borde de un sofá. Sé esperar. Para eso se hicieron los teléfonos inteligentes.
—Bueno… si sigues por aquí dentro de tres horas, te llevo hasta tu casa. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Jerry menea la cabeza.
—¡Dios del cielo! No vayas a irte con él en su coche. En estos tiempos a cualquiera le dan una licencia de conducir.
Frank empieza a alejarse.
—Sigue intentándolo, Jerry. Un día de estos vas a decir algo muy gracioso —y luego gira sobre sí y camina hacia atrás, apuntándome con ambos dedos como si fueran pistolas.
—Nos quedan cuarenta y cuatro sesiones, Ross. Y mañana quiero sugerencias para música verdadera, en serio. O empezaré a ponerte algo de la mía —apoya la espalda contra las puertas eléctricas y luego sale.
Jerry me examina con total seriedad.
—Hazlo. Trae música, o es capaz de ponerte los discos compactos de su banda. Y ya has sufrido suficiente.
—¿Tiene una banda?
Sopla su café.
—Banda, en el sentido más amplio de la palabra —y luego toma una revista, así que supongo que no será una descortesía de mi parte concentrarme en mi teléfono. Le envío a Abby un mensaje de texto.
Radiación 1, ok.
Me responde de inmediato.
¿Qué tal te fue? ¿Ahora eres un mutante radiactivo, como Godzilla?
No tanto, pero puedo disparar rayos láser por el trasero.
¡OOH! ¡Qué envidia! Hablando en serio, ¿dolió?
Nada de nada.
Genial.
Abby había dicho que quería acompañarme hoy, pero le dije que no tenía deseos de darle mayor importancia al asunto. Insistió, y yo seguí diciéndole que no. Si venía, seguro iba a haber abrazos y apretones de mano, y entonces se habría convertido en algo importante. Siento que si le dedicaba a todo este asunto la menor atención posible, entonces sólo… se esfumaría.
Creo que lo entendió. En algún momento, al menos.
Las puertas principales se abren de pronto y mi madrastra entra envuelta en una nube de aire frío y cafeína.
—¡Ross, ya saliste! Perdóname, pero necesitaba algo que me despertara y fui a Bucky’s. Pensé que alcanzaría a regresar antes de que terminaras. ¿Qué tal estuvo?
Una de las cosas más desesperantes de Linda es su insistencia en decirle Bucky’s a Starbucks. Me pone los pelos de punta.
Se para frente a mí y mira a Jerry.
—Hola.
Empiezo a levantarme del sofá.
—Él es Jerry.
Jerry da comienzo al proceso de ponerse en pie para estrecharle la mano.
—Ése soy yo. Jerry Thompson…
Ella agita las manos ante él.
—No hace falta que se levante. Tenemos que irnos. Mucho gusto, Jerry. Me llamo Linda —se dan la mano velozmente, y ella se vuelve hacia mí—. ¿Estás listo? Necesito llevarte a casa. Tengo dos millones de cosas por hacer —mira a Jerry y pone los ojos en blanco—. Trabajo en bienes raíces.
Jerry sonríe.
—Ah, claro… que le vaya bien —y me da una patadita en el pie con uno de sus zapatos ortopédicos que se sujetan con velcro—. Fue un placer conocerte, Ross. Nos veremos por aquí. Me da gusto que tu primer día fuera benigno.
Me levanto y guardo el teléfono en mi bolsillo.
—Mucho gusto en conocerlo. ¿En qué día del tratamiento va?
—¿Ahora? Día treinta y seis. Pero ¿quién los cuenta?
El teléfono de Linda empieza a repicar en cuanto nos montamos en su camioneta Grand Cherokee, y emprendemos el camino a casa al ritmo de la voz de Linda describiendo un lindo espacio de tres habitaciones y dos baños no muy alejado del lago. Dicen que cuenta con muy buena luz y un pequeño desayunador que es toda una preciosidad.
Le envío un mensaje a Isaac, aunque no tengo esperanzas de que responda. No se ha acercado mucho a nosotros últimamente. Es decir, en lo absoluto.
Hola, ¿qué tal? Acaban de radiarme como Hulk.
Me siento a mirar la pantalla, y me sorprende ver que empiezan a moverse los tres puntos que muestran que está escribiendo algo. ¿Será que va a responder?

Los tres puntitos se mueven y titilan… y luego desaparecen. Me da vergüenza confesarlo, pero el corazón se me cae a los pies. ¿Qué le pasa a Isaac? Espero, mirando fijamente la pantalla, a ver si los puntos aparecen otra vez, pero no.
Termino por guardar el teléfono en mi bolsillo. Durante el resto del camino, me limito a mirar por la ventana. Últimamente he podido adiestrarme mucho en esa actividad.
Una vez en casa, voy directo al piso de arriba. Dejo mi mochila y me dirijo al espejo que hay en mi baño. No hay una señal visible en el punto por el cual penetró el rayo en mi sien. ¡Qué raro!
Pero mirarme en el espejo me trae malos recuerdos, de verme la cicatriz y mi ojo cerrado, medio bizco y que lagrimea constantemente. La biopsia. El diagnóstico. La cirugía. Trato de mirarme lo menos posible, para no derrumbarme.
Me voy a la cama y me dejo caer boca abajo. Mi teléfono vibra, pero me quedo dormido en menos tiempo del que toma decir radioterapia de protones.
Tengo un sueño donde soy una papa francesa en una freidora, y que me sumergen una y otra vez en aceite hirviendo. Suena muy tonto, pero es aterrador.

Cuando despierto, mi habitación está a oscuras, y papá está sentado en la cama a mi lado, con la mano en mi espalda.
—Hey, Ross, ¿estás despierto?
Asiento, con una especie de gruñido.
—¿Cómo estuvo la terapia? Quiero todos los detalles.
Me giro lentamente, medio dormido. Tiene el cabello aplastado en un costado de la cabeza, y se aflojó la corbata. Necesita una afeitada.
—Vaya —digo—, te ves fatal.
Ríe y se frota el rostro con ambas manos.
—Ja ja, sí. Fue un día agotador. Y sólo podía pensar en que quería estar allá contigo —es abogado litigante, y se encuentra en medio de algún caso muy importante. Es algo así como un enorme acuerdo de seguros.
Deja salir un largo suspiro, como si llevara días conteniendo la respiración.
—A ver, suéltalo. Cuéntamelo todo. Empieza por el principio y que no quede fuera ni un detalle.
Así que me dejo caer sobre la cabecera de mi cama, él se recuesta a mi lado, y le cuento.
4
DIVERSIÓN ESCOLAR. YUJUUUUU
Cuando llego a la escuela a la mañana siguiente, Abby no está contenta conmigo: me quedé dormido y no vi un montón de mensajes que me envió. Pasamos por el salón de música a dejar su viola y, mientras avanzamos por el corredor frente a un chico que suelta cantidades increíbles de saliva por el extremo de su trompeta, me lo deja bien claro.
—¿Se te olvida cómo contestar un mugroso mensaje? ¡Y yo que llegué a pensar que habían fallado el disparo con el rayo y te habían freído el cerebro! —rebusca algo en su mochila, probablemente protector labial.
Abby es la única persona que bromea sobre mi situación. Lo ha venido haciendo a lo largo de toda esta difícil experiencia. Y yo no tengo palabras para agradecérselo. Me hace sentir que todavía queda algo normal en el mundo.
Quiero decir, no me malentiendas: sería raro que el resto de la gente también bromeara al respecto.
Pero Abby es caso aparte.
Abby Peterson ha sido mi mejor amiga desde el tercer día de primer grado, cuando me atraganté con un sorbo de leche, y una gomita de vitaminas de los Picapiedra salió expulsada por mi nariz. Creo que tenía la forma de Dino. Rio tanto que por poco se vomita, y desde entonces se formó un vínculo entre nosotros.

Cuando estábamos en cuarto grado, creo, le dimos la bienvenida a nuestro pequeño grupo a ese eterno zopenco que es Isaac Nalibotsky. Encajó muy bien con nosotros, pero últimamente ha estado comportándose de forma extraña. Desapareció de pronto, al menos en lo que tiene que ver con pasar el tiempo con nosotros. En otras circunstancias, haría este camino con nosotros, y me sigue extrañando que no esté aquí.
—No tenía ganas de hablar —dije—, ni de mensajear. Ni de levantar la cabeza de la almohada. ¿Hiciste la tarea de Lengua? Se me olvidó por completo.
—Psss, creo que la profe Bayer no te reprenderá. Al fin y al cabo, tienes la mejor excusa del mundo: Oh, lo siento tanto, pero ayer me dispararon un rayo de energía en la cabeza —se aplica el protector labial con tal generosidad que hubiera alcanzado para tres personas—. ¿Y cómo fue? ¿El rayo estaba caliente?
Nos detenemos frente a mi casillero para que yo saque mi libro de matemáticas.
—Fue… no sentí nada. Sólo tuve que quedarme ahí tendido un rato, y luego ya había terminado. Muy extraño.
Abby me mira pensativa unos momentos.
—Ya veo. Eso no nos va a servir. Cuando la gente te pregunte, tienes que añadirle un poco de drama… por ellos, no por ti.
—Está bien —cierro mi casillero de un portazo. Noto que un par de niñas nos miran. Estoy casi seguro de que están en sexto grado—. Tal vez puedo decir que olía a carne quemada. O que alcancé a oír que mi ojo chisporroteaba como tocino al freírse.
—Lo dirás en broma, pero yo no me detendría ahí —Abby se pone una liga elástica entre los labios, para recoger su cabello ondulado y anaranjado en una coleta. Guarda su diadema en la mochila—. Aprovecha todo lo que quieras el componente de ciencia ficción que tienen los rayos láser, mi amigo. Eres famoso en la escuela.
Un comentario muy propio de Abby. Si hay algo que a ella le guste es llamar la atención. Lo cual es bueno, porque su cabello color mandarina alcanza a verse desde el espacio. A eso hay que agregarle su sentido algo excéntrico de la moda, que algunos llamarían chiflado, y así se convierte en alguien a quien es imposible no ver. Su estilo desquiciado me viene bien. A su lado, resulto invisible.
En realidad, yo solía ser invisible. Podía atravesar una biblioteca abarrotada de gente y escapar sin que nadie me notara. Sano y salvo. Casi nadie me dirigía la palabra, y yo vivía tranquilamente debajo del radar, como un cazabombardero encapuchado. Nunca me di cuenta de que las cosas eran así, pero resultaban una maravilla.

Y entonces, ya saben… cáncer.
Hasta ahí llegaron mis planes de mantenerme de incógnito hasta séptimo grado con mi nada notable promedio, sin que profesores ni estudiantes repararan en mí. Ahora no puedo recorrer un pasillo sin que alguien me observe y analice. O, peor aún, que me pregunten cómo me siento.
Un niño se me acercó y en voz baja me preguntó si me estaba muriendo. Él estaba en sexto, así que creo que honestamente no sabía qué otra cosa decir. Otro niño, de octavo, Billy Herrold, se acercó y asintió, para luego contarme que su tío había muerto de cáncer.
Yo no sabía muy bien cómo reaccionar ante esa información, así que medio sonreí y le dije: Qué mal. Se alejó caminando como si se sintiera orgulloso de haber compartido algo con el niño enfermo, pero a mí se me hizo un nudo de preocupación en el estómago, que se mantuvo durante dos descansos de ese día.
Creo que esos niños tratan de ser amables, o al menos actúan con amabilidad, pero yo estaría dispuesto a dar mi ojo derecho por volver a ser el chico anónimo, aunque decirlo es una completa tontería porque mi ojo derecho es justamente donde tengo el tumor.
Uno de mis peores momentos relacionados con el cáncer sucedió cuando en la escuela hicieron algo que se suponía que era amable. Como la operación me la hicieron al final del verano, perdí la primera semana de clases en recuperación. El primer día que volví a la escuela, me esperaba una enorme tarjeta firmada por mis profesores y todos mis compañeros de curso.
Habían escrito mensajes por todas partes: “¡Mejórate!” y “¡Sentimos mucho tu enfermedad!”, y el siempre útil “¡Anímate!”.
Quedé horrorizado. Habían pasado unas cuantas semanas desde la operación, y fuera de unos moretones que ya lucían amarillentos, me veía más o menos bien. Pero esa tarjeta daba a entender: Olvídate de pasar desapercibido como el señor Normal. Era como si alguien hubiera puesto un enorme letrero luminoso sobre mi cabeza, anunciando lo que había sucedido: ¡Niño enfermo aquí!
Cuando entro al salón, la profe Bayer aparece justo junto a mi lugar.
—¿Cómo estás, Ross? Ayer comenzaste tu tratamiento, ¿cierto?
Siento varios pares de ojos fijos en nosotros.
—Sí, y estoy bien.
Se apoya en el escritorio separado del mío por el pasillo, y me mira con gesto de preocupación. Un montón de brazaletes se entrechocan y suenan cuando posa una mano tranquilizadora en mi brazo. He notado que a mucha gente le gusta hacer cariños tranquilizadores en el brazo de una persona enferma.
—De acuerdo. Dime si necesitas algo, o si los deberes te parecen exhaustivos.
Muevo la cabeza en asentimiento y pienso en Abby, con eso de que tengo la mejor excusa.
—Yo… mmm… estaba muy cansado cuando volví a casa ayer. No hice los ejercicios de tarea, pero…
La profesora Bayer sonríe y se inclina hacia mí como si fuera a decirme un secreto, envolviéndome en la nube de su penetrante perfume.
—No te angusties. Hazlos cuando puedas, ¿está bien? —y levanta tanto las cejas que uno pensaría que es una caricatura—. Sólo avísame, ¿de acuerdo? Mantenme al tanto —se pone en pie y regresa al frente del salón.
Parpadeo, algo aturdido. Bayer tiene fama de ser muy estricta entre los profesores de la escuela.
¿Qué magia es ésta?
Me estoy preguntando qué tan lejos puedo llevar este nuevo poder que poseo cuando Sarah Kennedy hace su entrada y el salón se ilumina como si alguien hubiera aumentado la potencia de todas las lámparas.
Se dirige a su pupitre, justo delante del mío. Una energía torpe recorre mi cuerpo mientras me dedico a buscar plumas y papel para tomar notas. Tengo que esforzarme por parecer natural, aunque sé que ella no estará ni remotamente mirando en mi dirección.
Pero sucede que me observa.
—Hey…
Miro detrás de mí para asegurarme de que no está hablándole a otra persona. Y no.
—¿Ajá? —todos los ruidos del aula se han silenciado, salvo por un pitido agudo en mis oídos.
—Se me acabó el papel. ¿Me puedes prestar unas hojas?
Me ofrece su sonrisa ridículamente deslumbrante y siento que se forma un nudo en mi garganta. Sarah Kennedy tiene ese efecto sobre mí. El mismo que tiene sobre muchos otros en la escuela, para ser sinceros. Sé que no hay algo particularmente inteligente en derretirme por una niña que apenas conozco, pero… bueno, culpemos a la pubertad.
Sarah no sólo es popular, bella e increíblemente lista. Hace un par de años la vi en el parque con sus hermanos mayores… y estaba haciendo piruetas en una patineta. ¡En una patineta! ¡Y lo hacía bien! Fue la cosa más genial que he visto en la vida. Era como ver a la Reina de Inglaterra haciendo acrobacias en el filo de una acera.
Aquella imagen se me quedó grabada en mi memoria para siempre. Incluso llegué a pensar en aprender a usar una patineta. Luego le pedí prestada la suya a Isaac y por poco me mato, así que decidí que no seguiría con ello. La coordinación y yo no somos amigos.
—Claro que sí —saqué un par de hojas, pero mi motricidad fina había huido del lugar. Mi mano decide arrugarlas cuando salen, así que las embuto en mi mochila y hago de cuenta que nada de eso sucedió. Abro mi carpeta para sacar otras y se las ofrezco.
Luego se oye una voz grave a mi derecha.
—Entonces, ¿qué? ¿Ya tienes superpoderes y toda esa mierda?
Me volteo lentamente.
Es Jimmy Jenkins.
—No —le digo—. Nada de superpoderes. Todavía.
Jimmy es el chico más grande de mi curso. Y, sin duda, el más simplón. He oído lo que se cuenta por ahí, que es malo o que está chiflado, o ambas cosas a la vez, y la verdad es que me aterra pensar que debo sentarme a su lado. Un encuentro con Jimmy es como enfrentar a un oso pardo. Una simple palabra equivocada puede ponerlo de muy mal humor, y eso es lo último que uno quiere que suceda.

Me enteré de que en quinto grado le dio a un niño un coscorrón tan fuerte que tuvieron que llevarlo al hospital. Y el año pasado cuentan que se enfrentó con uno de secundaria por una apuesta de un juego de futbol americano o algo así.
Con total destreza, la lengua de Jimmy ajusta una enorme esfera de goma de mascar (seguramente sabor uva, de esa que promocionan beisbolistas) mientras piensa un momento. Siempre está masticando una grandísima pelota de esa cosa. Es asqueroso. La boca se le ve toda húmeda y babeante cuando masca, y luego termina dejando esas plastas donde quiera que se le ocurra, una vez que se aburre. He pisado un par de esas plastas de Jimmy, como se conocen en la escuela, y me he llegado a sentar en alguna.
Para empeorar lo asqueroso de la situación, perdón pero es inevitable, carga adonde quiera que vaya con una pequeña botella que era de jugo y que ahora usa para escupir. No sé si pensará que lo que tiene en la boca es tabaco de mascar, o si tiene algún problema de salivación, pero es lo más repugnante del mundo. Hasta he tenido pesadillas con eso.
—Peor para ti. ¿Y ese rayo para el cáncer te hizo cagarte en los calzones o algo así?
Siento que toda mi sangre se ha ido a mis orejas y me arden, y puedo sentir que Sarah se mantiene atenta a nuestra conversación.
—No, para nada —se me quiebra la voz—. Claro que no.
—Ajá. Y qué hay de tu orina… ¿Brilla en la oscuridad? He oído que puede pasar.
Esto es más difícil que enhebrar una aguja. No debo enfurecer al oso, y tengo que mantener la dignidad frente a Sarah.
—No… no que yo haya notado.
—Ahh… qué mal —resopla, y vuelve a masticar su pelota de goma azucarada. Mueve la plasta enorme otra vez hacia la parte frontal de su boca. Ya ha perdido por completo el interés en mí.
Sarah sigue mirando hacia atrás, con las hojas en la mano. ¿Estará viéndome la cicatriz? ¿Mi ojo medio bizco? Muevo la cabeza para salir de su vista, por si acaso.
—Bueno, gracias por esto. Utilicé todas mis hojas en… —levanta una gruesa pila de volantes impresos y me entrega uno—, el concurso de talentos de Navidad. Será en diciembre. Al final del año. ¿Quizá puedes dibujar a algunos de tus personajes frente a todos, en el escenario, o algo así?
Tomo el volante e intento imaginar cómo sería eso: yo, dibujando ante la vista de todos, mientras ellos se mueren de aburrimiento y bostezan en primera fila.
De sólo pensarlo, me sonrojo hasta ponerme muy colorado.
Soy un dibujante, no un artista. Hay una gran diferencia entre ambos. Mamá era una artista. Ilustradora, en realidad. Trabajaba ilustrando libros para niños y revistas y otras cosas antes de enfermarse. Era endiabladamente buena en lo que hacía, y tenemos sus obras por toda la casa.
En realidad, no es que yo sea malo. Los personajes a los que Sarah se refiere son Baticerdo y Batitrasero. Hace un par de años dejé mi pequeña huella en la historia del arte de mi escuela, cuando mi dibujo de Batitrasero logró mandarme por primera y única vez a la oficina del director.

Hago tiras cómicas algo tontas sobre las aventuras que viven, pero desde ese encuentro con el director, me concentro más en Baticerdo. Así corro menos riesgos.
De hecho, tengo una libreta de dibujo donde hago la mayor parte de mis cómics de Baticerdo. O también dibujos de cosas varias. Y bocetos más serios de objetos verdaderos. Mamá los llamaba dibujos de la vida. Pero ésos no se los muestro a nadie. Ni siquiera a Abby. O a papá. Los tengo en ese maltratado cartapacio que perteneció a mamá. Lo encontré entre sus cosas, unos años después de su muerte. No recuerdo mucho su muerte. Ni tampoco a ella, sinceramente. Pero ese cartapacio significa mucho para mí.
Se siente como algo muy personal, así que lo mantengo en ese estado. Para mí y nadie más.
O tal vez lo que sucede es que me preocupa que alguien diga que mis dibujos son muy malos.

Sea como sea, me siento impresionado porque mis garabatos hayan sido detectados por el radar de Sarah Kennedy, que siempre parecía muy ocupada con sus amigos y todo lo relacionado con ser superpopular.
Entonces, mientras me mira, sucede algo de pronto con su cara: la veo cambiar y transformarse, y en cosa de un momento tiene los ojos tristes y una expresión de sinceridad. Ya sé lo que viene después. Me ha tocado vivirlo mucho últimamente.
—Entonces… ¿cómo te sientes? —la preocupación que se forma en su rostro me hace sentir deseos de meterme en un agujero para no volver a salir. Ese prolongado contacto visual que implica el mensaje Aquí estamos todos, para apoyarte me resulta extremadamente incómodo.
Me sonrojo.
—Oh, bien. Sí. Estoy bien —murmuro.
—Sigue así, ¿de acuerdo? —asiente y me regala una sonrisa triste antes de enderezarse en su pupitre.
Respiro hondo y me dejo escurrir en mi asiento. Doblo el volante del concurso de talentos y lo guardo en mi bolsillo trasero.
Tal vez me reblandecí un poco, pero mi corazón se mantuvo firme y sin perder el paso.
Eso, según yo, es una victoria.

5
RESTAURANTE DE PRIMERA

—Honestamente, Jimmy nunca había sido tan amable conmigo.
Ese comentario le saca una explosión de risa a Abby. Estamos almorzando en nuestro sitio de siempre, la plataforma de carga y descarga, donde hemos logrado despejarnos un espacio entre algunas hojas secas. Jamás he visto que esa enorme puerta se levante o se use, pero está en la parte trasera del auditorio, así que imagino que sirve para eso.
—Jimmy lo entiende, ¿no crees? Es un jovencito tan cortés y sensible, con su botella de escupitajos y todo —Abby le da un buen mordisco a su emparedado. No podría decir que ella se distinga por sus exquisitos modales. Deja su almuerzo y mete las manos en las mangas de su suéter de capucha—. ¿No estás helándote?
Me encojo de hombros y mastico mi comida, y nos mantenemos los dos en silencio un rato. Miro a dos ardillas que se corretean al otro lado de la barda de la cancha de futbol americano. Están en plena fiesta de ardillas.
Isaac solía comer también con nosotros, pero últimamente no ha venido por aquí. No hay duda de que Abby es mi mejor amiga, pero siento que falta algo grande, los comentarios de Isaac. Es un tipo gracioso.
Y es que apenas el verano pasado hicimos los tres nuestro Gran Pacto de Oreo junto al lago.
Su tío Anthony nos había llevado al lago Monroe, a pasar el día en su lancha rápida. Era un plan perfecto para un día de finales de junio. Empezamos intentando que Isaac se sostuviera en los esquíes. Abby ya había aprendido a hacerlo en las dos últimas idas al lago, pero Isaac, el pequeño y flacucho Isaac, todavía no lograba sostenerse.
Lo recuerdo parado en la parte trasera de la lancha mientras su tío preparaba la cuerda, agitando los brazos escuálidos para prepararlos. El chaleco salvavidas se le veía enorme, igual que el traje de baño, que le llegaba mucho más abajo de las rodillas.
—¡HOY ES MI DÍA! —gritó, a suficiente volumen para que pudieran oírlo desde las otras lanchas—. Voy a hacerlo y a mostrarles cómo se hace —resopló—, ¡puede que incluso llegue a hacer eslalon! —señaló a Abby e hizo un guiño.
Cuatro minutos después, cayó cuando trataba de levantarse y se olvidó de soltar la cuerda. Siguió sosteniéndola, y lo arrastramos más de cien metros por debajo del agua, hasta que sus neuronas hicieron clic y se zafó de la cuerda.
Al subirse al bote, unos minutos después, estaba riendo. Tenía los ojos como platos y su voz sonaba muy rara, por toda el agua que había tragado. Parecía más una rata mojada.
—Creo que acabo de pasar por un enema nasal.
Más tarde, en una caleta llamada Allen’s Creek, donde las lanchas echan el ancla y la gente pasa el rato, los tres nos sentamos al fondo, con los pies metidos en el agua. El tío de Isaac estaba delante, hablando por teléfono con un amigo. Habíamos sacado galletas Oreo, papas fritas y gaseosas, y conversábamos sobre las personas de las otras lanchas. Había cinco o seis de ellas amarradas entre sí, y la gente a bordo estaba en plena fiesta. La música nos alcanzaba cuando el viento soplaba hacia nosotros.
—Esto es increíble. Me encanta —Isaac suele ser una persona bastante alegre—. ¿Están de acuerdo? ¿Qué puede ser mejor que esto?
Abby tomó un sorbo despacio.
—Dummy tiene razón —no recuerdo cómo fue que Abby empezó a llamarlo así, Dummy, tonto, hace cosa de dos años. A Isaac parece que le gusta.
Yo estaba mirando a las personas en la fiesta, unos cuantos cantaban a coro la canción del radio.
—¿Así seremos nosotros en unos diez o quince años? ¿Vamos a seguir pasando tiempo juntos? ¿Aquí? ¿Columpiándonos de una cuerda?
Isaac se embutió dos galletas de un bocado y respondió con la boca llena.
—¡Más nos vale! Los tres mosqueteros, uno para todos y todos para uno. ¿O no?
Abby y yo asentimos, pero no fue suficiente para Isaac.
—Hagamos un pacto, como en las películas, cuando la gente se hace un corte en la palma de la mano y luego juntan su sangre.
Lo miré como si estuviera loco.
—No voy a cortarme, lo siento mucho.
Isaac agitó la mano.
—Bien, no. Podríamos hacer un pacto con un escupitajo. Cada uno se escupe en la mano y…
—¡Qué asco, no! —Abby no haría eso.
Isaac empezó a mirar alrededor. De alguna forma haríamos un pacto. Y entonces tomó una Oreo.
—Un pacto de galleta Oreo —separó las dos galletas que la forman y con los dientes raspó la crema blanca del centro. Se la puso en la palma de la mano.
Lo miré un instante, y asentí.
—Eso me parece bien —nos dimos la mano, e hicimos todo lo posible para aplastar bien el relleno de galleta entre ambas manos.
Isaac parecía decepcionado.
—No es tan pegajoso como quisiera —derramó un poco de su bebida de cereza entre nuestras manos y lo mezcló con el betún blanco—. Pero ya parece un pacto.
Después volteó para hacer lo mismo con Abby. Y por último, Abby y yo nos dimos la mano.
Isaac se puso en pie de un salto y habló con voz atronadora:
—¡Y CON ESTE ACTO, NUESTRO PACTO DE OREO SE HA HECHO OFICIAL! —tomó un buen trago de su bebida y lo escupió en el aire, de manera que las gotitas nos llovieron a los tres y a toda la parte trasera del bote.
—¡ISAAC! —era el tío, que no le había complacido semejante demostración de algarabía. Isaac nos miró con un gesto cómico y se arrojó de costado al agua.
• • •
De regreso en la plataforma de carga y descarga, Abby bebe un largo sorbo de su Dr Pepper y enseguida deja escapar un estruendoso eructo.
—Bueno… Ross. Al menos de ahora en adelante tenemos la prueba definitiva de que Lady Sarah sabe que existes. Eso tiene que darte alegría.
—Claro —arrugo la bolsa de mis frituras y la lanzo hacia el contenedor de basura a unos tres metros. Fallo—. Somos una historia de amor eterna.
—No seas tan duro. Sólo estás pasando por una etapa muy rara. Es casi una tragedia esa rareza, en verdad, pero llegará el día en que la dejes atrás. Imagínate la hermosa mariposa que va a salir de un horroroso capullo.
Me levanto y limpio las migajas de mis jeans.
—¿En verdad? —me bajo de un salto de donde estaba—. Si hubieras visto la lástima pintada en la cara de Sarah. Era… en realidad, no me gusta que me vean como el Niño Enfermo. Ni ella ni nadie, ¿sabes? —voy a recoger el paquete arrugado de papas fritas y lo meto en el contenedor de basura—. Ojalá Linda hubiera sabido mantener la boca cerrada.
Hace unos meses, cuando nos dieron el diagnóstico, mi madrastra le envió un mensaje de texto a una de sus amigas, que a su vez compartió ese mensaje con otras treinta, y cada una lo mandó a otras treinta… y después el teléfono de Linda no paraba de sonar y todo el mundo estaba enterado. Incluidos todos en la escuela. Sarah Kennedy también.
Todavía no sé en qué estaba pensando Linda en ese momento. Habría sido mejor que tomara un megáfono y gritara la noticia a los cuatro vientos.
Abby siempre me está diciendo que no me preocupe por ser el Niño Enfermo. O, en sus propias palabras: No sé por qué dejas que eso te carcoma por dentro.
Me apoyo en la plataforma de carga, pensando en maneras de deshabilitar el iPhone de mi madrastra.
El viento se levanta y nos alborota el cabello. Sobre todo, el de Abby. El frío y el aire hacen que me arda el ojo.

Y entonces recuerdo el volante que llevo en el bolsillo.
—¿Te enteraste del concurso de talentos? Sarah me dio un volante donde lo explica.
—Sip, vi uno en el baño.
Me volteo y la miro.
—¡Deberías participar! ¡Toca ese solo que me gusta tanto! —hago como si estuviera rasgando la viola.
—Tal vez. Si Sarah lo organiza debidamente —resopla y se limpia la nariz con la manga. Entiendo que no confía del todo en Sarah—. Pero tal vez algo se pueda hacer… A los niños de hoy les fascinan los solos de viola, ¿cierto?
Río.
—Como quieras. Eres muy buena. Podrías preparar algo genial —me he sentado durante horas y horas a dibujar mientras ella ensaya.
—Mmmm, déjame pensarlo —mete un rizo de su cabello a la boca, y lo mastica. Cuando quiere pensar, se chupa un mechón—. Deberías hacer algo tú, para el concurso. Te quedaría fácil, con la princesa Sarah.
—Bueno, ¿algo como qué? Dibujar no es un gran espectáculo.
—Cierto —mete otro mechón a su boca, para duplicar su concentración—. Es una lástima que seas pésimo para todo lo demás.
La ignoro, y nos quedamos un rato mirando a las ardillas.
Resoplo y tomo aire, haciendo ruido. Mi nariz está congelada.
—¿Has hablado con Isaac?
Ella suelta el aire.
—No. Quiero decir, lo veo en los pasillos, pero nunca llegamos a hablar —resopla más sonoramente—. Nos hemos convertido oficialmente en fantasmas de su pasado.
—Qué cosa más rara.
Abby asiente y mira a lo lejos.
Isaac es un fan total de los videojuegos, así que cuando salíamos los tres, por lo general nos veíamos en su casa, en ese increíble sótano que tiene. Él y sus hermanos han logrado conseguir todos los videojuegos conocidos por el hombre. Y aunque a Abby no le encantan, sí le gustaban la máquina de pinball y la de palomitas de maíz. Y también, Isaac.
Siempre tuve la sensación de que Abby e Isaac saldrían juntos en unos años. Durante un tiempo, empecé a llamarlos Ron y Hermione, hasta que Abby me dio un pellizco tan fuerte en una tetilla que por poco me la arranca.
Y después… me dio cáncer. Poco a poco, Isaac dejó de juntarse con nosotros, de invitarnos y de enviarnos mensajes, o de responder a los nuestros. Me hace sentir mal pensar demasiado en eso.
El momento en que supimos de mi enfermedad y el instante en que él se esfumó parecen demasiado simultáneos para ser coincidencia. Tiene que ser por eso, pero en realidad… No sé. Es horrible.
Abby trata de soplar aire caliente sobre sus manos.
—Se la pasa con Chris Stemmle. Come con él y con el resto del equipo adorador de Fortnite.
—Sí, eso he visto.
Chris Stemmle es un compañero que siempre me pareció que, como mínimo, era odioso, y quizás un perfecto idiota. No lo entiendo.
—Bueno… —Abby lo dice con su tono de Me importa un pepino, pero no me trago esa historia. Creo que ella también se siente herida—. Bueno, él se lo pierde.
Limpio unas migajas de Doritos de mi chamarra.
—Me imagino que sí.
Y entonces, un golpe de viento levanta un poco de hojas secas. Abby se cubre la cabeza con un brazo y comienza a embutir cosas en su mochila.
—¡No! ¡No, no! ¡Qué desastre! ¡Ya viene el invierno, y ya voy a entrar!
Tomo mi mochila y la sigo. Nos sentamos en cuclillas en la puerta lateral del auditorio, donde varios de los integrantes de la banda están comiendo en el pasillo. Abby los conoce a todos, al fin y al cabo, es la viola principal. No sé exactamente qué quiere decir eso, pero para ella significa mucho. Siempre se ve muy feliz cuando ensaya.
Abby se toma unos momentos para retirar una hoja que se enredó en su cabello, y revisa su imagen reflejada en el buzón de anuncios. Parece satisfecha con el caos despeinado por el viento que ve allí.
—¡Pura perfección! —dice, y echa los hombros hacia atrás para marchar entre sus compañeros de la banda como si fuera una modelo por una pasarela.
Se oyen risas.

6
DE VUELTA EN LAS MALAS
El Mal Día #2 fue cuando nos dieron el diagnóstico, cuando supe si lo que tenía en la cabeza era benigno (lo que esperábamos) o maligno (lo que definitivamente no esperábamos).
Dos semanas antes habíamos ido al hospital una mañana muy temprano para hacerme una biopsia, en la cual los doctores sacaron una pequeña parte de mi tumor. Me durmieron para meterme una larga aguja a través del párpado a fin de tomar una muestra… y después me quedé en cama y me pasé el día viendo Netflix. Isaac y Abby fueron a verme ese día, pero incluso entonces, Isaac parecía no querer mirarme al hablar, ni a mí ni a mi cara vendada.
Tuve que usar un enorme parche durante un par de días, y después se me puso el ojo negro, pero la verdad es que eso tenía su gracia. Me gustaba cómo me veía así, como si me hubiera peleado con alguien. Como si yo anduviera por ahí buscando puños.
Pero este día, el Día del Diagnóstico, fue diferente, y por eso se lleva el segundo lugar en cuanto a días malos. Todavía era verano, y esa mañana había tanta humedad y hacía tanto calor que mi ropa se sentía pegajosa. Era un martes, así que papá tuvo que hacer acrobacias para poderse tomar la mañana en plenos preparativos para un juicio y llevarme.
Papá, Linda y yo nos montamos en la camioneta de Linda y nos dirigimos al consultorio del doctor Sheffler en la mañana silenciosa. Era el tipo de momento en el que Linda, sentada en el lugar del copiloto, y sin saber de qué conversar, decidió leer en voz alta los anuncios y letreros que se veían por el camino.
“Plassman Plomeros - Destapamos cualquier caño.”
“SÓLO HOY - Colchones a mitad de precio.”
“¡Gyros del tamaño de tu cara!”
No sé por qué habrá pensado que eso era mejor que el silencio… mi abuela Gammy hace lo mismo a veces… pero Linda siguió y siguió hasta que sentí deseos de estrellar la cabeza contra la ventana.
Cuando llegamos al consultorio del doctor Sheffler, lo vi nervioso. Tenía el cabello despeinado en algunas zonas de la cabeza, donde en otros días no había notado ni un pelo fuera de lugar.
—Muy bien —dijo, mirándonos a cada uno a los ojos—. No voy a dar rodeos para suavizar el golpe. Recibimos los resultados, y dicen que es un tumor agresivo. Un carcinoma mucoepidermoide en la glándula lagrimal. Además, es un tumor increíblemente poco común.
Nos quedamos viéndolo fijamente.
—A decir verdad, jamás pensé que llegaría a ver uno en mi carrera.
En ese punto, mi cabeza pareció desprenderse sin dolor de mi cuello y empezó a flotar hacia el techo. Al menos, eso fue lo que sentí.
Mientras papá y Linda preguntaban cosas como pronóstico, perspectivas y tratamiento, mi cabeza de globo siguió elevándose hacia los tubos de luz fluorescente justo por encima de mí. Era la sensación más extraña del mundo… como si estuviera mirando desde arriba, mientras alguien más oía todo lo relacionado con los graves peligros de este tumor. Y también oía que en el mismo consultorio una doctora había enfrentado un tumor como éste en el pasado. Y que había aceptado vernos.
Fue a buscarla, y esperamos en un silencio atontado hasta que regresaron los dos.
La doctora Inzer era una mujer de aspecto serio y estricto. Era extremadamente flaca y tenía el cabello muy largo, liso y negro. Con su bata blanca, me hacía pensar en una paleta blanca y negra.
Y además, era tan fría como una paleta, pero yo estaba dispuesto a no fijarme en su carácter con tal de que me ayudara.
—Hola, Ross, señor y señora Maloy —se sentó en un banquito junto al doctor Sheffler, tan rígida y erguida que un sargento en formación se hubiera visto desgarbado a su lado—. Estuve examinando la historia clínica de Ross, y he venido para decirles que puedo ofrecerles mi ayuda.
Papá soltó una bocanada de aire y pareció que lo hubiera estado conteniendo durante semanas.
—¡Gracias a Dios!
Inzer le respondió con un gesto que creo que debía ser una sonrisa.
—Ahora bien, puede ser que no les guste lo que voy a decir ahora, pero es importante que sepan que este tipo de tumor es extremadamente agresivo —me miró a los ojos, y juro que sentí escalofríos.
—Esto es lo que vamos a hacer —miró al doctor Sheffler y luego acercó su banquito a mi asiento. Levantó la mano, una mano de dedos imposiblemente largos, a la altura de mi ojo.
—Vamos a extirpar todo el ojo y su órbita —hizo girar la mano frente al área de mi ojo para mostrar cómo sería, como una cuchara para servir helado.

—Ésa es la única manera de garantizar que no reaparezca.
Me mostró otra sonrisa marciana. ¿Se suponía que debía servirme de consuelo?
—Te implantaremos una prótesis en esa parte de tu cara, por supuesto. Y luego pasaremos a la radiación.
Retrocedió un poco a la espera de preguntas.
Todos nos quedamos parpadeando un momento en silencio. Incluso el doctor Sheffler parecía aturdido. No puedo hablar por los demás, pero a mí la sangre se me había helado en las venas. No se me ocurría una manera más atrozmente directa y sin anestesia de presentarnos las malas noticias. Era como si me hubiera explicado que iba a extraerme un barro de la frente.
Papá se apoyó en el respaldo, y no supe si iba a gritarle a la doctora o a desmayarse.
—¿Y cuándo… sería todo esto?
La doctora no pestañeó.
—Tengo un espacio libre para cirugía el próximo jueves.
Papá se derrumbó. Volteó hacia el doctor Sheffler en busca de ayuda, y miró de nuevo a la doctora.
—¿Pasado mañana?
La doctora Inzer estiró el brazo y se alisó la parte de debajo de la bata. Depositó ambas manos con suavidad sobre sus piernas.
—Lo lamento mucho. Sé que esto es un golpe fuerte, pero nuestra velocidad de reacción es crucial en este punto.
Yo no estaba seguro de ser capaz de pronunciar una palabra.
—¿Y ésa… es la única forma?
El doctor Sheffler se enderezó y empezó a hacer lo posible por suavizar el escenario.
—Bueno… estoy seguro de que podemos pensar en…
La doctora Inzer posó una mano sobre el brazo del doctor y cruzaron una mirada. Ella parecía molesta.
—En mi opinión, Ross, ésta es tu única opción. Ya me he enfrentado a esto antes. Es un tumor grave y hay que tratarlo como tal. Para ser sincera, tu vida es más importante que tu visión.
Linda pasó saliva haciendo ruido.
—Entonces, su visión… ¿qué pasa…?
La doctora Inzer retrocedió otro poco.
—Obviamente, no habría visión en el ojo que extirparemos —suspiró, la primera señal de que tras esa cara había un ser humano—. La mala noticia es que, casi con toda certeza, la radiación también ocasionará pérdida de visión en el ojo izquierdo.
—¡Por Dios! —papá se puso en pie y de inmediato se volvió a sentar—. ¿Qué grado de pérdida de visión?
—Total, desafortunadamente —en su defensa, la doctora Inzer parecía en verdad apenada de tener que decir esto. El doctor Sheffler daba la impresión de estar incómodo.
Nos quedamos en silencio un rato. Linda pescó un pañuelo de papel arrugado de su cartera, y se limpió la nariz. Por alguna razón, yo no sentía la silla bajo mi trasero. Otra vez, ahí estaba esa sensación de estar flotando.
Al fin, el doctor habló de nuevo.
—Lo siento mucho, pero es vital que entiendan que la situación es muy grave. Ojalá pudiera darles mejores noticias.
Yo también hubiera esperado lo mismo. O que esto fuera una cruel y retorcida broma. Como si ella fuera a decirme que estábamos en un programa de bromas.
Pero no lo hizo. No era así.
Otra vez, la salida de ese consultorio se pierde en la bruma para mí. Vi a la doctora Inzer escribir los títulos de unos cuantos libros que debíamos buscar en internet. Le entregó la hoja de papel a Linda mientras papá hablaba en voz baja con el doctor Sheffler. Linda no la guardó bien en el bolsillo de su abrigo, así que la tomé cuando no me veía.
El primer libro era algo así como Aceptar la nueva realidad. El segundo título contenía las palabras vivir con la desfiguración.
¡Vaya!
Con cuidado, volví a poner el papel en el bolsillo de Linda y salí a esperarlos.
Más tarde, papá me llevó a la casa de Abby. Ella me había estado enviando mensajes y yo seguía sin responder. Contarle todo esto en un mensaje de texto no hubiera estado bien.
Salió a encontrarme en la puerta.
—¿Y entonces?
Le di la mejor sonrisa que pude en ese momento.
—Vamos a caminar. Hacia el arroyo o algo así.
La cara le cambió, y estoy casi seguro de que su bronceado de verano palideció un poco.
Hay unos potreros detrás de la casa de Abby que llevan a un arroyo, y ahí hemos pasado horas jugando con el agua y capturando cangrejos de río. Es nuestro sitio especial, o uno de ellos, al menos.
Saltamos por encima de la barda y nos dispusimos a atravesar la maleza y las hierbas que nos llegaban a la cintura y que se encontraban justo detrás de su terreno. Caminé en silencio un par de minutos antes de empezar.
—Las noticias… no son muy buenas.
Abby me miró y yo tomé un palo grande del suelo y lo arrojé a un lado del camino.
—Entonces, ¿es cáncer?
—Sí —solté una bocanada de aire—. Es cáncer. Y es uno raro, de no sé qué tipo. Tenía que ser.
—¿De qué tipo?
—No lo sé —ambos saltamos por la orilla—. No quiero enterarme. Al menos no en este preciso momento. Es un muga-muco epi-carnio lacri-cáncer o algo así. Es muy grave y agresivo, al parecer. Lo que sea que quiera decir eso.
Presté atención a las pisadas de Abby detrás de mí y percibí que se había detenido.
—Ay, Ross —di media vuelta y vi que tenía lágrimas en los ojos—. Lo siento mucho —me rodeó con sus brazos y me estrechó entre ellos. Sentí que las lágrimas me ardían en los ojos y la nariz.
Le conté lo que recordaba de la especialista y del espantoso asunto del ojo mientras nos quitábamos los calcetines para meternos a la corriente. Todo se veía… diferente. Estaba mirando el mundo a través de mis ojos, luego de que me hubieran diagnosticado un cáncer.
Me pregunté si sería la última vez que podría contemplar este bosque.
Cuando terminé, Abby se sentó en una piedra, abrazando sus piernas dobladas.
—¿Ya le contaste a Isaac?
Negué con la cabeza.
—No. Voy a llamarle.
Cerró los ojos unos instantes.
—Entonces… ¿estás…? —y fue como si ya no tuviera aire. Como si no supiera qué era lo que quería decir.
Miré a lo alto de los árboles que nos rodeaban.
—¿Bien?
Nos sentamos un buen rato en silencio.
Creo que en el Mal Día #2 fue cuando Abby pasó más tiempo sin pronunciar palabra.
7
RAYOS LÁSER Y PAPAS FRITAS
De vuelta al presente, papá me espera en el auto cuando salgo de la escuela. Hoy es mi segundo día de tratamiento. El centro de radiación está a pocos minutos de la escuela, y él ya pasó por un McDonald’s para comprar un par de órdenes de papas a la francesa y Coca-Cola.
—Un tentempié —dice, embutiéndose un puñado de papas fritas.

Hay una carpeta tipo acordeón repleta de documentos en el espacio frente al sillón del copiloto. Pongo un pie a cada lado de ella.
Arranca el motor.
—¿Estás listo para el día número dos de tratamiento?
Tomo una sola papa.
—No tengo más opción.
—Cierto, supongo que no —traga el bocado con un sorbo de Coca-Cola—. ¿Estás bien?
Lo pienso unos momentos, mientras observo a un señor que barre las hojas de un color naranja intenso que se amontonan en su jardín.
—Creo que sí. Es decir, supongo que sí —lo miro. Aún se ve cansado—. ¿Y tú? ¿Estás bien?
Voltea a mirarme, sorprendido.
—¿Quién? ¿Yo? Seguro, sólo un poco ocupado. ¿Por qué?
Me encojo de hombros.
—No sé —una ráfaga de viento dispersa la mitad del cuidado cúmulo de hojas que el hombre había recogido—. Ya pasaste por esto. Quiero decir, sé que debió ser horrible… con mamá. Seguro que sí. Y ahora sucede de nuevo. Me siento… culpable.
Papá va mirando hacia delante, pero veo que una expresión casi de furia cruza velozmente por su cara.
—Ross… no. No quiero que te sientas así nunca. Ni se te ocurra pensarlo. Tú no pediste que te pasara esto.
Recuesto la cabeza.
—Ya lo sé, pero… es que no es justo.
Da vuelta en una esquina, con un giro demasiado abierto porque va distraído.
—No, es cierto —sonríe en forma cómica—. ¿Pero quién dijo que la vida era justa?
Tomo un trago grande de mi bebida.
—Supongo que nadie.
—Exacto —guarda silencio unos momentos—. Tú y yo estamos juntos en esto. Los dos. Nuestra misión es tratar de esquivar los golpes.
Tomo otra varita de papa frita.
—Esquivar los golpes. Ya veo.
—La vida nos golpea, nosotros hacemos lo que podemos por esquivar los puñetazos —levanta las cejas—. ¿Entendido, hermano?
Se acerca a mí. Está diciendo cosas para hacerme reír.
—Te dije que no digas hermano.
—Hecho, hermano —se acerca más. Levanta las cejas. Así es papá.
Medio sonrío para que no siga, y algo acude a mi mente.
—Hey… ¿sería muy raro si te digo que quiero entrar yo solo y pasar por esto sin nadie más? Como… no sé… ¿para mostrar que ya no soy un niño pequeño?
Se endereza, sorprendido, pero lo piensa unos momentos.
—No, no es tan raro —asiente—. Te entiendo.
—¿Estás seguro? Yo ni siquiera sé bien por qué lo estoy proponiendo.
Mira unos instantes por la ventana. Estamos en el estacionamiento justo frente al centro de radiación. Cuando vuelve a mirarme noto que tiene los ojos más brillantes de lo normal. Llorosos. Yo no estaba buscando un momento sentimental ahora, pero parece que hacia allá vamos.
—¿Te he dicho que estoy muy orgulloso de ti?
Aquí vamos…
—Sí, me lo has dicho, papá… como mil veces.
—Ja —su risa es húmeda—. Bueno, pero así es. Por la manera en que estás enfrentando todo esto… es… tu mamá hubiera estado… —se le quiebra la voz y sacude la cabeza. Se enjuga los ojos y con un gesto me indica que descienda del auto—. Muy bien. Como sea. ¡Largo, largo de aquí! Vete antes de que empiece a lloriquear.
Abro la portezuela del coche.
—Demasiado tarde.
En la sala de espera, Jerry está en la misma silla con una taza de café, como si no se hubiera movido desde la última vez. Levanta la mirada de su revista de la Asociación Nacional de Jubilados.
—Ya está aquí, el joven Ross —su voz suena tan pedregosa que parece que le doliera al hablar—. ¿Cómo te encuentras hoy?
Me siento en un sofá frente a él. Agito la mano. Más o menos.
—Te entiendo. ¿Vienes directamente del colegio?
Le respondo asintiendo con la cabeza. Él asiente también.
Me concentro en buscar entre mis carpetas del colegio.
—Entonces, ¿de qué tipo es? —pregunta Jerry. Enrolla la revista entre sus grandes manos.
Lo miro.
—¿Qué? ¿Qué tipo de escuela?
—Tu cáncer. ¿Dónde es? El mío lo tengo aquí —señala con un dedo largo y torcido entre sus piernas. Eso me deja frío—. No importa. Era curiosidad. Soy un viejo curioso —ríe, y la risa se convierte en un ataque de tos ruidoso y jadeante.
Espero hasta que estoy seguro de que no se va a morir por eso.
—En el ojo.
Jerry se limpia la boca y la barbilla con un pañuelo amarillento. Resopla un par de veces.
—Me lo imaginaba —señala el centro de su frente.
Entre las cejas, tengo una cicatriz. Parece una ranura de dos o tres centímetros justo en el sitio donde uno arrugaría el entrecejo al enfadarse.
Meneo la cabeza para asentir.

—Sí. Por ahí me dispararon unos balines en el cráneo, para que la máquina supiera adónde apuntar el rayo.
En realidad, son cuatro cicatrices, pero las demás quedan ocultas bajo mi cabello. Por el momento, al menos.
Jerry asiente.
—Es como la ranura de las monedas de un teléfono público.
—¿Ranura de monedas de teléfono público?
Agita su enorme mano.
—Las máquinas expendedoras de golosinas tienen una para meter las monedas, o las alcancías. Los teléfonos públicos tenían una así también —levanta sus cejas peludas y ríe—. ¡Teléfono público! Ni siquiera sabes lo que es. No importa. En tus tiempos, imagino que es más como una cicatriz de Harry Potter.
Me sorprende el comentario.
—¿Conoce a Harry Potter?
Ríe y desenrolla su revista.
—Podré ser viejo, ¡pero no estoy muerto! Y tengo nietos. He visto un par de las películas —me mira de arriba abajo—. ¿Y también es por eso que tienes ese ojo cerrado?
—Sí —desvío la vista.
Las puertas que conducen al pasillo se abren, y Frank hace su entrada. Se detiene unos momentos para enterarse de lo que sucede.
—Muy bien, Ross. Aquí los jóvenes vamos a tener un rato de diversión con los protones. Dejemos que este anciano caballero se dedique a sus revistas para jubilados.
Tomo mi mochila y lo sigo, agitando la mano para despedirme de Jerry.
Levanta la mano y sonríe.
—Nos vemos, Alcancía.
Frank me mira.
—¿Alcancía?
Pongo los ojos en blanco y señalo mi cicatriz. Frank suelta una risotada.
—Me encanta.

—¿¡¿U2?!?
Frank parece decepcionado. Suspira, mirando el disco compacto que tiene en la mano.
—Bueno, Ross… yo pensé… Esto es rock de padres, pero… bueno, es mejor que lo de la vez pasada. Creo… —su voz se apaga mientras da media vuelta y camina lentamente hacia la repisa del estéreo. Parece que tuviera que arrastrar los pies a través de arena movediza.
La noche anterior había pasado un rato explorando la colección de discos compactos de papá, y estaba seguro de haber elegido uno en verdad bueno.
Callie no me ha colocado el candado de bicicleta, así que todavía puedo hablar.
—Entonces, para no decepcionarte en el futuro, ¿qué era lo que esperabas que trajera?
Eso hace que Frank se detenga. Regresa a la mesa metálica.
—U2 está bien. Son una banda buena, bien armada. Sí. Pero ¿nunca te aventuras a explorar cosas fuera de lo común? En términos de música, quiero decir. ¿Nunca oyes algo diferente o que se salga del terreno conocido? ¿O al menos en las márgenes de ese terreno?
Permanezco ahí tendido, dado que no me puedo mover.
—Supongo que no.
—Muy bien. Mañana quiero que traigas algo que te guste, pero que no estás seguro de si le gusta a alguien más. Algo extraño y quizás un poco arriesgado.
Espero un momento antes de responder.
—Bueno… lo hubiera hecho… pero los compactos son para… para viejos…
Se queda mirándome fijamente.
—¿Oíste lo que acaba de decir, Callie? ¿Lo oíste? Te dije que había indicios de vida interior en éste —cuando Callie llega con la pieza en forma de U, Frank se hace a un lado—. Callie dijo que eras medio aburrido, pero yo dije que no, que no te perdiéramos de vista porque había algo en tu interior, pero teníamos que hacerlo salir a la luz.
Callie sonríe y mueve la cabeza para dirigirse a mí:
—Si quieres que lo echemos, pestañea dos veces.
Frank da media vuelta y se dirige al estéreo, agitando las manos en forma teatral.
—¡Aquí vamos, Ross! Aquí viene tu rock de estadio, ¡con sello de aprobación de deportistas! Aquí vamos, hacia el lugar de las calles sin nombre.
Callie revisa que la masa azul para mi nariz haya quedado bien colocada, y me pide que ignore a Frank.
El tratamiento me parece largo ese día, y no sé bien por qué. En varios momentos siento que mi ojo se desvía de la X y me insulto mentalmente. Lo último que necesito ahora es un ojo frito.

Al terminar, le digo a Frank que debería traer algunos de sus discos para el día siguiente, ya que siempre me han interesado las antigüedades.
—Lo dice el muchacho que trajo un álbum de hace treinta años —Frank oprime el botón de las puertas eléctricas y pasamos a la sala de espera, que está prácticamente vacía. Jerry debe estar en su tratamiento en la otra sala de radiación.
—Ya lo verás. Te voy a quitar las ganas de volver a oír eso de los 40 principales en cuestión de días.
Y entonces, la recepcionista me avisa que el doctor Throckton, el hombre que tiene todas las respuestas, quiere hablar conmigo, si es que tengo un momento libre. Dos minutos después, estoy sentado frente a él en un consultorio, y me entero de que las cosas van de mal en peor, directo hacia lo catastrófico.
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