Читать книгу: «Filosofía en lengua castellana»

Шрифт:

FILOSOFIA EN

LENGUA CASTELLANA

DAVID SOLÍS NOVA

(EDITOR)

Colección Theologia et Philosophia / 3


Colección

Theologia et Philosophia

Theologia et Philosophia es una colección del Instituto de Teología de la Universidad Católica de la Ssma. Concepción.

Alonso de Ribera 2850, Concepción, Chile

teologia@ucsc.cl (56-41) 2345669 http://teologia.ucsc.cl

Director de la colección:

Pablo Uribe Ulloa

Comité editorial:

Dr. Arturo Bravo Retamal

Dr. Ignacio Miralbell

Libro sometido a referato por pares evaluadores externos

Filosofía en lengua castellana

© David Solís Nova (editor)

© Ediciones Universidad Católica de la Ssma. Concepción

Alonso de Ribera 2850, Concepción, Chile

editorial@ucsc.cl (56-41) 2345022

www.ucsc.cl

Registro de Propiedad Intelectual Nº 2021-A-3053

ISBN edición impresa: 978-956-6068-14-3

ISBN edición digital: 978-956-6068-20-4

1ª edición, mayo de 2021

Fotografía de portada:

“Los molinos del pensamiento II” (2020),

dibujo sobre cartón, 19 x 8 cm, de Agostino Molteni.

Derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra, sin la autorización expresa del copyright.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com

ÍNDICE

David Solís Nova

Prólogo

Daniel Brito García

Hannah Arendt en Carla Cordua: una lectura del totalitarismo

Simón Suazo Durán

Jorge Millas: pensamiento límite ante los atavismos ideológicos

Marcos Alonso

El ser humano, la superfluidad y la técnica. Un comentario a la antropología de Ortega y Gasset

Rodrigo Colarte Olivares – Rosa Peña Vallejos

La idea de proyecto como elemento de continuidad de la antropología filosófica y el pensamiento político en José Ortega y Gasset

Juan José Rosales

El concepto de pueblo de Cecilio Acosta

Heber Leal Jara

La trascendencia del ego: una comprensión de la muerte en Del sentimiento trágico de la vida de Miguel de Unamuno

Agostino Molteni

La modernidad barroca y su religiosidad en el pensamiento de Gabriela Mistral

Lorena Echeverría-Sánchez

La metáfora como herramienta de la filosofía: Una reflexión

desde el pensamiento de Joaquín Barceló

Marco Cortez Burotto

El problema del mal a la luz del pensamiento de Xavier Zubiri

Carlos Daniel Lasa

El ser de América y sus enemigos en el pensamiento de Alberto Caturelli

Colaboradores

PRÓLOGO

CUANDO REFLEXIONAMOS sobre la idea de un libro que tuviese como temática la filosofía en lengua castellana, no solo pensamos en una mera exposición de los grandes pensadores que ha tenido nuestro idioma, sino que también en la posibilidad de mostrar el dinamismo lógico de nuestra lengua para la labor filosófica. ¿Tiene nuestro idioma alguna especial cualidad para la elaboración y la composición de un pensamiento filosófico? Se ha llegado a responder negativamente a esto último, señalando que la lengua castellana es una lengua más apta para la poesía que para la filosofía, por ejemplo. Nos atreveríamos a decir que, tal vez, lleven razón, no ha sido apta, pero no lo ha sido para un cierto tipo de pensamiento rígido, sistematizado y determinista. Teniendo en cuenta que la filosofía es una experiencia que siempre está de camino, como gustaba decir Jaspers, tal vez nuestra lengua esté especialmente preparada para una filosofía con un carácter distinto al que se ha realizado en otras lenguas y vayamos con el hablar castellano de camino a otro pensamiento, a otra elaboración reflexiva con sus riquezas y nutrientes propios. Creemos que los estudios que se contienen en este libro pueden refrendar esta última aseveración.

Reunir a este grupo de estudios, teniendo como criterio común un mismo idioma, nos podría permitir, además, reflexionar acerca de qué sea, efectivamente, el pensamiento, la lengua y el lenguaje. Creemos que sería reducir en extremo el lenguaje pensarlo solo como un medio de comunicación. La lengua es, sobre todo, un patrimonio y una herencia de pensamiento, y, como toda herencia, necesita ser cultivada, necesita ser trabajada para que no se atiborre de cizaña y polvo en sus rincones. En cada una de nuestras frases, proverbios y dichos se encuentra, a la espera de ser trabajado continuamente, el esfuerzo y el gozo del hablar de varios siglos, de muchas generaciones y razas, de muchas historias, encuentros y acontecimientos. El castellano está ahí como una tierra fértil esperando permanentemente el arado y la azada de nuestro pensar. Reafirmamos el pensamiento de Fausto: “Conquístate, tu herencia, cada día, para que tú la goces, que sin eso cuanto el hombre posea, le será grave peso”1. En el idioma de Cervantes diríamos también: “Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amadís…”2. El lenguaje es este acontecer producto de poner manos a la obra en la lengua de Amadís para que sea realmente nuestra herencia idiomática un acontecimiento gozoso y no un grave peso. Para el hombre culto, el verdadero cultivo no es un manejo erudito, alambicado, especializado o tecnificado de la lengua, sino el trabajo hecho por el pensamiento en el lenguaje para que de él surja un acontecimiento, que es la transformación de la lengua en un fruto gustoso, en un evento nuevo, impensado e imprevisto.

En este sentido, la lengua viva, la del pueblo hablante en castellano y la de los poetas, de los filósofos y de todos aquellos que la están permanentemente cultivando, no se deja aquietar, estabilizar por unas reglas o por una teoría, es patrimonio siempre invertido y puesto en movimiento para ser enriquecido, siempre en nacimiento y en reinicio de su andar. Sin esa inversión de pensamiento permanente en la lengua, esta se vuelve un cementerio de ideas ya hechas, que son malas por ser precisamente ya hechas, que no hacen pensar a nadie; un cementerio de conceptos estériles, unos medios de comunicación que no producen ninguna alianza ni ninguna civilidad. Sin ese trabajo, la lengua se transforma en un mecanismo repetitivo, ya que no hablamos, sino que somos hablados por la lengua y termina ella pronunciándonos y transformándonos en tópicos políticamente correctos. La lengua, sin este cultivo, transforma el pensamiento en un templo lleno de ídolos que tienen boca, pero no hablan. Esa lengua rígida, estereotipada y llena de hábitos lingüísticos, la veremos incapaz de rezar, impotente para expresar el arrepentimiento, fracasada para producir el amor con el otro y, peor aún, impedida de pensar y sorprendernos con lo todavía no dicho.

La lengua no es simplemente palabra solitaria y fantasmal, es oración, es juicio: imputabilidad de actos, no de cosas o esencias o sustancias. El hombre de palabra es, como dicen en el campo chileno, el que hace juicio, el juicioso. El que hace juicio con “palabras significantes, honestas y bien colocadas”, dirá el Quijote3. El que ‘hace un juicio’ es el que se atreve a trabajar e invertir su patrimonio castellano y hacerse imputable por el pensamiento puesto en movimiento en sus oraciones. ‘Hacer nuestras oraciones’ es hacer nuestro trabajo, haciendo público nuestro pensamiento en el decir de la lengua. “Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’: que lo que sale de aquí viene del Maligno” (Mt 5, 37). La palabra siempre debe ser un trabajo del pensamiento del cual podamos hacernos imputables, porque un pensamiento es ya pensamiento de un cuerpo, lo demás es flatus vocis, lo que sale de aquí es la insociabilidad, el mal negocio de dejar de pensar con otros. La elaboración de un juicio es un riesgo, pero nada se disfruta si no se ha dicho, si no se ha pronunciado con significado, honestidad y buena colocación. Es falso el refrán aquel que quiere enseñarnos que ‘del dicho al hecho hay mucho trecho’, pues en el decir hay ya un acto, hay ya un hecho, y hay, cuando es un auténtico decircultivado, un verdadero acontecimiento. El hombre de palabra es valioso porque sabe lo que en la palabra está en juego y que su confiabilidad se hace imputable por su decir, porque su decir es ya un hacer.

La lengua no está ya hecha, sino que está haciéndose en la co-institución y alianza permanente de los sujetos que piensan unos con otros gracias a ella, a través de ella, a partir de ella. La lengua está generándose siempre, reiniciándose constantemente con el trabajo de todos, con el trabajo de los obreros del pensamiento que propician con su idioma la generación de una bella ciudad libre.

Este libro pretende ser una breve muestra de los trabajadores de este patrimonio, los cultivadores de esta patria de pensamiento que es la lengua castellana: Zubiri, Ortega, Millas, Mistral, Cordua, Caturelli, Acosta, Barceló, Unamuno. La obra de ellos es una muestra de cómo la lengua castellana es distinta al abordar el pensamiento, pero no por esto es menos pensamiento. La filosofía que surja de aquí será distinta porque el patrimonio de origen de la lengua es distinto, porque los actos lingüísticos de los padres y madres de esta lengua son distintos, sus tonos y ritmos son distintos, y los acontecimientos de la historia se piensan en nuestro idioma con un acento distinto. No creemos, por ello, que sea menos filosofía. He aquí la razón del nacimiento de este libro.

Agradezco, en primer lugar, a los autores de cada uno de los capítulos por habernos confiado sus trabajos e investigaciones para la publicación de esta obra y para enriquecer nuestro conocimiento de aquellos pensadores que beneficiaron y fructificaron nuestra lengua. También es necesario reconocer la convicción del Instituto de Teología de la Universidad Católica de la Santísima Concepción por sacar adelante esta colección, aportando con ello a la formación de nuestros estudiantes y al fomento de la filosofía en Chile. Agradezco a los académicos evaluadores por su riguroso trabajo y al Comité Editorial de esta colección por su confianza al entregarme el cuidado de la edición de este número. Especialmente, agradezco a Roxana González, a Andrea Báez y a Francisco Novoa por su ayuda en la gestión de todos los aspectos administrativos y formales que conlleva sacar adelante la edición de un libro como este, con lo cual me corroboran una vez más su compromiso con la filosofía, con la universidad y, sobre todo, me confirman su amistad y su gusto en seguir cultivándola.

DAVID SOLÍS NOVA

1 J. W. GOETHE, Fausto I, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima 2003, 72.

2 M. DE CERVANTES, Don Quijote de la Mancha, Alfaguara, Madrid 2015, 250.

3 M. DE CERVANTES, Don Quijote de la Mancha…, 13.

HANNAH ARENDT EN CARLA CORDUA: UNA LECTURA DEL TOTALITARISMO

Daniel Brito García

Universidad Católica de la Santísima Concepción, Concepción, Chile

Resumen: El presente estudio intenta desarrollar la lectura que Carla Cordua establece en torno a la figura de Hannah Arendt en general y del fenómeno totalitario en particular, a partir de la obra de 1951 Los orígenes del totalitarismo. Revisando como ejes centrales las nociones de sociedad de masas, Estado totalitario y propaganda totalitaria, se propone ensayar; primero, en qué medida la visión de Cordua respecto de la obra arendtiana relativa al totalitarismo se presenta como sumamente esclarecedora del diagnóstico arendtiano en torno a la problemática, reluciendo los aspectos cruciales que conforman el fenómeno y muestran su peligrosa notoriedad; y, segundo, cómo Cordua ha sido una de las precursoras del estudio de Arendt y de su teoría política en nuestro país. Con este estudio, se espera dar nuevos aires al desarrollo teórico en esta materia, que inspiren a seguir sendas inexploradas desde Arendt a través de Cordua.

Palabras clave: Sociedad de masas, Estado totalitario, violencia, poder, propaganda totalitaria.

Comprender […] no significa negar la atrocidad, deducir de precedentes lo que no los tiene o explicar fenómenos por analogías y generalidades tales que ya no se sientan ni el impacto de la realidad ni el choque de la experiencia. Significa, más bien, examinar y soportar conscientemente la carga que los acontecimientos han colocado sobre nosotros ni negar su existencia ni someterse mansamente a su peso como si todo lo que realmente ha sucedido no pudiera haber sucedido de otra manera. La comprensión, en suma, es un enfrentamiento impremeditado, atento y resistente con la realidad cualquiera que sea o pudiera haber sido ésta.

H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo.

1. Introducción

CARLA CORDUA (1927), Premio Nacional de Humanidades 2011, miembro de la Academia Chilena de la Lengua, profesora titular de la Universidad de Chile y emérita de las universidades Diego Portales y de Puerto Rico, es una de las voces más autorizadas en el campo del pensamiento filosófico contemporáneo en nuestro país. Sus estudios de Kant, Hegel, Husserl, Wittgenstein, Heidegger, Sartre, Sloterdijk, entre otros, son clásicos en la literatura filosófica de esta parte del continente, y buena parte de ellos ha logrado, incluso, traspasar estas fronteras. Asimismo, su interés por la literatura ha sido tan potente como su inclinación primaria por la filosofía, aun cuando, es claro, su primera vocación fue la que nos ha marcado profundamente en el terreno del pensamiento crítico en torno a las ideas. Activa hasta el día de hoy, sigue escribiendo y reeditando sus obras, dictando conferencias, dando clases inaugurales, con la misma pasión y entrega que ha mostrado tener desde el inicio de su carrera académica en la Universidad de Chile en 1954.

Una de las conferencias preparadas y dictadas por Cordua el 20161 (y publicada al año siguiente) versó en torno a, quizás, la pensadora política más relevante de la segunda mitad del siglo XX, a la que, y no por primera vez, ha dedicado sus esfuerzos por comprender en el último transcurso de sus años: Hannah Arendt (1906-1975). Si bien la profesora Cordua había dedicado su empeño al pensamiento político de Hegel anteriormente, con sus conferencias y escritos sobre Arendt la filosofía política gana notoriedad en su obra madura. Pero su interés radica no solo en el problema político de nuestro tiempo en general, sino en el fenómeno totalitario vivido por el siglo recién pasado en particular. Por ello, su voluntad de comprender encuentra acogida en el pensamiento arendtiano en vistas de este propósito. Así, surge la necesidad de los últimos años por adentrarse en la obra política, periodística, histórica y filosófica2 más relevante en torno a este tema: Los orígenes del totalitarismo.

Desde Los orígenes del totalitarismo, dividida en tres extensas partes sucesivas e interrelacionadas, Cordua emprende el desafío de comprender el fenómeno totalitario en su formación y despliegue a partir de sus dos formas visualizadas en el siglo XX: el estalinismo y el nazismo. Para Cordua, partiendo del análisis arendtiano, esta obra resulta ineludible, considerando que entrega las directrices de la reflexión posterior en torno a este fenómeno. Sin embargo, su implicancia en el tema no se acaba solo en eso: también esta obra le da la oportunidad de pensar políticamente la formación de los elementos fundantes de la política actual a nivel mundial en su totalidad. Por supuesto que el contexto actual es sensiblemente diferente respecto al analizado en la obra de 1951, pero esto no limita la posibilidad de encontrar ciertas claves interpretativas que den cuenta de cómo ha cambiado nuestra mirada sobre lo político desde entonces hasta ahora. Por esto, la obra de Arendt no le resulta indiferente, sino, al contrario, le sigue pareciendo especialmente sugerente para afrontar las dificultades propias del nuevo siglo y los vaivenes políticos inherentes a una era post-totalitaria.

En este marco, el presente trabajo intentará mostrar las líneas investigativas más relevantes que Carla Cordua visualiza en Hannah Arendt, particularmente en Los orígenes del totalitarismo, considerando dos obras en las que dedica su talante a la lectura de la autora judeo-alemana. Estos escritos, que cuentan con ocho años de diferencia entre su publicación, dan cuenta de la importancia que en Carla Cordua tiene la reflexión política en general y la reflexión arendtiana sobre el totalitarismo en particular. El primero de ellos, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”3, remite una atención precisa en torno al problema de la propaganda totalitaria bajo la lupa de Arendt, poniendo el foco en sus consecuencias sobre la actualidad política mundial a partir de esta perspectiva. El segundo de ellos es una conferencia pronunciada el año 2016 y publicada al siguiente año titulada Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo4, en la que expone de modo vasto, claro y serio los alcances políticos que subyacen a la inquietud arendtiana en torno al problema que suscita el fenómeno en cuestión y a sus posibles alcances en la constitución del ser humano de nuestro tiempo bajo la óptica política. Basándonos en ellos, emprenderemos el análisis del fenómeno totalitario centrándonos principalmente en algunos de sus puntos esenciales tratados por Cordua al amparo de Arendt desde la obra ya sugerida, asumiendo su diagnóstico de la sociedad actual. En primer lugar, expondremos el concepto de sociedad en Arendt mirado por Cordua, con el fin de apreciar las distinciones que realiza en torno a lo político y lo social, la caracterización de la sociedad de masas y su crítica a la modernidad desde esta visión; en segundo lugar, revisaremos el análisis que Cordua toma de Arendt en torno al totalitarismo, su desarrollo y sus distinciones conceptuales a nivel político, haciendo hincapié en la notable diferencia arendtiana entre poder y violencia; en tercer lugar, ahondaremos en el papel clave que juega la propaganda en la teoría totalitaria arendtiana, con el fin de atisbar su relevancia y, con ella, sugerir algunas de sus consecuencias; y en cuarto lugar, finalizaremos con algunas conclusiones aproximativas del tema.

2. Sociedad de masas

Partiendo de su imperiosa voluntad por comprender (Arendt diría: Ich will verstehen), Carla Cordua plantea que el presente, que en buena medida es resultado del pasado5, ofrece a los sujetos la grata oportunidad de la acción libre, recordando que para Arendt el principio fundante del ejercicio político es la libertad6. Pero ¿qué es la libertad en Hannah Arendt? Veamos en sus propias palabras la postura que toma para establecer dicho concepto:

Sin duda, esta pasión por la libertad en sí misma, por el solo «placer de poder hablar, actuar, respirar» (Tocqueville), solo puede darse allí donde los hombres ya son libres, en el sentido de que no tienen un amo. Lo malo es que esta pasión por la libertad pública o política puede ser fácilmente confundida con un sentimiento que es probablemente mucho más vehemente, pero que, desde el punto de vista político, es esencialmente estéril, es decir, el aborrecimiento apasionado de los amos, el ferviente anhelo de los oprimidos por la liberación. Tal aborrecimiento es, sin duda, tan antiguo como lo es la historia escrita e, incluso, anterior; sin embargo, nunca tuvo como consecuencia la revolución, puesto que ni siquiera es capaz de entender, por no decir realizar, la idea central de la revolución, la cual no es otra cosa que la fundación de la libertad, es decir, la fundación de un cuerpo político que garantice la existencia de un espacio donde pueda manifestarse la libertad7.

Dicha idea es completada casi a final de Sobre la revolución de manera descriptiva y ejemplar. Arendt señala lo siguiente:

La libertad, donde quiera que haya existido como realidad tangible, ha existido siempre limitada espacialmente. Ello se pone especialmente de manifiesto en la más elemental e importante de todas las libertades negativas, la libertad de movimiento; las fronteras del territorio nacional o muros de la ciudad-estado abarcaban y protegían un espacio dentro del cual los hombres podían moverse libremente. Tratados y garantías internacionales hacen posible una ampliación de esta libertad territorialmente limitada a los ciudadanos que están fuera de su propio país, pero, incluso bajo el supuesto de las actuales circunstancias, sigue siendo evidente la coincidencia fundamental entre libertad y un espacio limitado. Lo dicho de la libertad de movimiento es también valido en buena medida para la libertad en general. La libertad en su aspecto positivo es solo posible entre iguales, y la igualdad no es en modo alguno un principio universalmente valido, sino que, a su vez, es únicamente aplicable con limitaciones e incluso dentro de límites espaciales. Si identificamos estos espacios de libertad –que de acuerdo con el espíritu, sino a la terminología de John Adams, también podríamos llamar espacios de apariencias– con la propia esfera política, los podríamos concebir como islas en el mar o como oasis en el desierto. La imagen, según creo, nos es sugerida no solo por la plasticidad de la metáfora, sino por la propia historia8.

Por esto, y de manera primordial, los seres humanos somos seres activos y libres enmarcados en circunstancias vitales y sociales de cada uno, siendo este el diagnóstico con el que parte Arendt para el desarrollo teórico de su trabajo intelectual, tanto filosófico como político. Así es como Carla Cordua, de manera penetrante y perspicaz, plantea que “la edad actual se caracteriza por la sociedad de masas, que es […] uno de los antecedentes del Estado totalitario”9.

Para Arendt, la sociedad designa al “conjunto de familias económicamente organizadas en el facsímil de una familia superhumana”10, “«conjunto doméstico» (oikia), o de las actividades económicas … [en] la esfera pública”11, “auge de la administración doméstica, sus actividades, problemas y planes organizativos”12, “la sociedad es la forma en que la mutua dependencia en beneficio de la vida y nada más adquiere público significado, donde las actividades relacionadas con la pura supervivencia se permiten aparecer en público”13. De esta manera, el término ‘sociedad’ en Arendt cobra relevancia por sus dos funciones: “designa tanto al grupo dominante de cierta unidad política como también al conjunto de todos los círculos de la misma nación-Estado. Este doble sentido, honorífico en un caso e inclusivo del conjunto diverso, en el otro, retiene la atención de la ensayista”14 dice Cordua. De hecho, uno de los grandes alcances extra-políticos del propio totalitarismo estaría basado en las consecuencias que este tendría sobre la estructura previa de la misma sociedad humana, pues de forma inconsciente, el totalitarismo está abocado al debilitamiento de la organización de agrupaciones pre-existentes e intenta reemplazarlas por una relación ideológica obligada con el Estado. En este sentido, tal como plantea Cordua, “las divisiones derivadas del vivir juntos en grupos diferenciados pero complementarios ceden a la influencia del poder ilimitado del Estado político”15. Para entender esto, resulta importante tener presente desde qué punto de vista habla Cordua a propósito de este tema. En La condición humana, Arendt distingue entre lo político y lo social. Recordemos sus palabras para ver su influjo en las distinciones de la profesora Cordua:

Esta relación especial entre acción y estar juntos parece justificar plenamente la primitiva traducción del zōon politikon aristotélico por animal socialis, que ya se encuentra en Séneca, y que luego se convirtió en la traducción modelo a través de santo Tomás: homo est naturaliter politicus, id est, socialis («el hombre es político por naturaleza, esto es, social»). Más que cualquier elaborada teoría, esta inconsciente sustitución de lo social por lo político revela hasta qué punto se había perdido el original concepto griego sobre la política. De ahí que resulte significativo, si bien no decisivo, que la palabra «social» sea de origen romano y que carezca de equivalente en el lenguaje o pensamiento griego. No obstante, el uso latino de la palabra societas también tuvo en un principio un claro, aunque limitado, significado político; indicaba una alianza entre el pueblo para un propósito concreto, como el de organizarse para gobernar o cometer un delito. Sólo con el posterior concepto de una societas generis humani («sociedad de género humano»), «social» comienza a adquirir el significado general de condición humana fundamental. No es que Platón o Aristóteles desconocieran –o se desinteresaran– por el hecho de que el hombre no puede vivir al margen de la compañía de sus semejantes, sino que no incluían esta condición entre las específicas características humanas; por el contrario, era algo que la vida humana tenía en común con el animal, y solo por esta razón no podía ser fundamentalmente humana. La natural y meramente social compañía de la especie humana se consideraba como una limitación que se nos impone por las necesidades de la vida biológica, que es la misma para el animal humano que para las otras formas de existencia animal.

Según el pensamiento griego, la capacidad del hombre para la organización política no es solo diferente, sino que se halla en directa oposición a la asociación natural cuyo centro es el hogar (oikia) y la familia. El nacimiento de la ciudad-estado significó que el hombre recibía «además de su vida privada, una especie de segunda vida, su bios politikos. Ahora todo ciudadano pertenece a dos órdenes de existencia, y hay una tajante distinción entre lo que es suyo (idion) y lo que es comunal (koinon)». No es mera opinión o teoría de Aristóteles, sino simple hecho histórico, que la fundación de la polis fue precedida por la destrucción de todas las unidades organizadas que se basan en el parentesco, tales como la phratria y la phylē. De todas las actividades necesarias y presentes en las comunidades humanas, solo dos se consideraron políticas y aptas para constituir lo que Aristóteles llamó bios polítikos, es decir, la acción (praxis) y el discurso (lexis), de los que surge la esfera de los asuntos humanos (ta tōn anthrōpōn pragmata, como solía llamarla Platón), de la que todo lo meramente necesario o útil queda excluido de manera absoluta16.

Pero cuidado. Cordua destaca que justamente la disolución de los grupos específicos que componen el conjunto social implica el mismísimo comienzo de la sociedad de masas, lo que, según Arendt, representa una característica fundamental del mundo actual. La profesora Cordua, a propósito de esto, recuerda una cita de Responsabilidad y juicio de Arendt:

La sociedad de masas –que difumina las líneas de discriminación y nivela las diferencias de grupo– es un peligro para la sociedad como tal, más que para la integridad de la persona, pues la identidad personal tiene su fuente más allá del ámbito social17.

Es más; dicho concepto ya se encuentra en la obra que la hizo mundialmente conocida: Los orígenes del totalitarismo. Arendt expresa ahí:

Los movimientos totalitarios son posibles allí donde existen masas que, por una razón u otra, han adquirido el apetito de la organización política. Las masas no se mantienen unidas por la conciencia de un interés común y carecen de esa clase específica de diferenciación que se expresa en objetivos limitados y obtenibles. El término masa se aplica solo cuando nos referimos a personas que, bien por su puro número, bien por indiferencia, o por ambos motivos, no pueden ser integradas en ninguna organización basada en el interés común, en los partidos políticos, en los gobiernos municipales o en las organizaciones profesionales y los sindicatos. Potencialmente, existen en cada país y constituyen la mayoría de esas numerosas personas neutrales y políticamente indiferentes, que jamás se adhieren a un partido y rara vez acuden a votar18.

En este sentido, no es casual la introducción del concepto de ‘masa’ para reflejar la idea de una coexistencia humana sustentada en la uniformidad de lo social: “sus miembros son iguales en un sentido decisivo, son lo mismo muchas veces repetidas”, dice la profesora Cordua19. Así, la mayor población de esta emergente sociedad es aquella integrada por los sectores pobres y medios de la población. Por otra parte, hay que tener en consideración que subsiste una élite gobernante no integrada en la masa de la mayoría, élite formada específicamente por los dueños del dinero y no por condición de superioridad humana de otro orden. Por esto, Cordua recuerda la distinción de Arendt entre sociedad semifeudal del siglo XVIII, sociedad clasista del siglo XIX y sociedad de masas del siglo XX20.

Esta distinción tiene su correlato en un contexto más vasto. Arendt se sustrae a la tendencia propia de su época amparada en un culto al individualismo. Para ella, no existen individuos asociales, pues cada quien es siempre entre otros. Este hecho es el que sustenta la condición de la pluralidad como base indispensable de la vida política de los sujetos. Bajo este aspecto, Arendt recuerda a los romanos y su sinonimia del “vivir” y el “estar entre hombres” (inter homines esse), y el “morir” y el “cesar de estar entre los hombres” (inter homines esse desinere)21. Incluso, alude a un pasaje de la Biblia para recalcar este hecho: “Varón y mujer los creó22.

3. Estado totalitario

Carla Cordua, teniendo presente los conceptos anteriores desde la obra arendtiana, emprende la difícil tarea de analizar en sus elementos estructurales, la obra (quizás) más importante de la teoría política en torno al totalitarismo del siglo XX: Los orígenes del totalitarismo de 1951. Este clásico de la literatura política del pasado siglo es caracterizado por Cordua como una “obra profunda, bien pensada, original e intelectualmente atrevida”23. En ella se distinguen los regímenes totalitarios que, para Arendt, son específicamente la Rusia soviética de Stalin y la Alemania nacionalsocialista de Hitler. La pensadora judeo-alemana realiza un esfuerzo, tratando de afrontar a la par ambas versiones del mismo fenómeno reciente, esfuerzo que compromete su obstinación por comprender una ‘tarea urgente de la actualidad’. Con base en ello, somete a análisis crítico las diversas fuentes a las que pudo acceder en la época de creación de la obra, las cuales van desde la historiografía, el periodismo, la teoría política a la filosofía, todas fuentes que dialogan sin superponerse en un espeso entramado teórico que da como resultado la obra de 1951.

Como bien destaca Cordua24, resulta muy decidor el hecho de que la propia Arendt padeciese de los nocivos efectos del fenómeno totalitario en su formato nacionalsocialista, el que la expulsa de su patria, siendo este uno de los motores biográficos que la impulsan a estudiar dicho fenómeno en sus detalles más sugestivos. Decimos uno, y no el único motor, pues la propia Arendt, en la conocida entrevista con Günter Gaus, reconoce que su compromiso con la teoría política estaba circunscrito ya en 1933:

G.G.: ¿Guarda usted memoria de algún suceso determinado, a partir del cual pueda datar su interés por la política?

H.A.: Podría mencionar el 27 de febrero de 1933, fecha del incendio del Reichtag, y las detenciones ilegales que se produjeron esa misma noche. Las denominadas «detenciones preventivas»”. Como usted sabe, estas personas fueron conducidas a sótanos de la Gestapo o a campos de concentración. Lo que sucedió en aquel momento fue monstruoso, aunque hoy a menudo queda ensombrecido por todo lo que vino después. Esto supuso para mí una conmoción inmediata, y a partir de ese momento me sentí responsable. Esto es, dejé de pensar que uno podía limitarse a mirar25.

Por todo esto, Arendt entiende que tanto el régimen del nazismo como el del comunismo soviético constituyen la realización de la nueva sociedad de masas, la que, según explica Cordua, es “representante del antisemitismo radical, fundadora de movimientos imperialistas internacionales, practicante ilegítima de un poder político que gobierna mediante la violencia y el terror, responsable de la ruptura inhumana de la larga historia de la civilización europea”26. Con esto en la mira, Cordua comienza su estricta evaluación en torno a Los orígenes del totalitarismo.

Desde el comienzo de su trabajo, Cordua deja claro que Arendt asume que la Europa cristiana ha sometido reiteradamente a los judíos a tratos vejatorios y a numerosas persecuciones desde siempre. Lo novedoso de este ejercicio es que Arendt no da cuenta de las quejas habituales en torno a los judíos y sus ofensores de siempre, ni tampoco alude a las injusticias de los partidos políticos y gobiernos tradicionales, los que sustituyen un programa anunciado por una propaganda superficial. Para Cordua como lectora de Arendt, resulta imperativo comprender la nueva realidad con nuevos conceptos que den razón de ella. Como plano general de esto, Arendt plantea:

El antisemitismo (no simplemente el odio a los judíos), el imperialismo (no simplemente la conquista) y el totalitarismo (no simplemente la dictadura), uno tras otro, uno más brutalmente que otro, han demostrado que la dignidad humana precisa de una nueva salvaguardia que solo puede ser hallada en un nuevo principio político, en una nueva ley en la Tierra, cuya validez debe alcanzar a toda la humanidad y cuyo poder deberá estar estrictamente limitado, enraizado y controlado por entidades territoriales nuevamente definidas27.

Así es como Arendt, a pesar de conservar el término ‘antisemitismo’, cuando habla de él no se está refiriendo a una forma de antipatía o a alguna modalidad de desprecio hacia un grupo particular de personas, sino más bien, alude a un antisemitismo político radical que se transforma en un programa de Estado. Por esto, para Arendt la destrucción total del pueblo judío se convierte en la tarea a realizar basada en la posible destrucción de otros grupos étnicos y en cómo el ‘poder sin control’ puede ‘elegir’ lo que le conviene eliminar. En este sentido, parece ser que la destrucción de un grupo antecede a la supresión posible de cualquier otro grupo al azar. De esta manera, Carla Cordua destaca en Arendt:

En efecto, el gobierno de Hitler organiza una maquinaria seudocientífica para eliminar a un pueblo completo de la faz de la Tierra; no se trata de deshacerse de la generación actual de los judíos alemanes y europeos. Los judíos todos, los de antes y los de después, son declarados una raza aparte sin derechos; son de otro tipo que el humano, pues bastaba tener un abuelo de tal especie para pertenecer a la raza semita destinada a la eliminación. La perspectiva del Estado totalitario es radicalmente universal, el animalismo anticientífico extremo, un programa criminal ajeno a toda ley o institución histórica conocida. Lo que distingue al antisemitismo en cuanto ingrediente del Estado totalitario no es una enemistad, no es una guerra, no es una rivalidad, no es una medida de precaución para defenderse de un peligro, pues todas estas situaciones, en cuanto humanas, necesitan de una justificación que las autorice y de leyes que gobiernen su tratamiento practico. Que en el medio de la Europa moderna surgiera tal política, que fuera justificada popularmente como programa de Estado es más que un mero síntoma entre otros. Fue algo sin precedentes y bien puede ser considerado, como en efecto hace Arendt, como una catástrofe universal de la existencia humana histórica28.

Sin dudas, Arendt se esfuerza por perfilar la novedad del antisemitismo político en comparación al antisemitismo social, noción corriente de un lenguaje ordinario. Este mismo esfuerzo de distinción lo lleva, bajo un nuevo aire, hacia una nueva estancia: el imperialismo. Desde la lectura de Cordua, Arendt asigna el nombre de ‘Imperialismo europeo’ a los grandes movimientos políticos internacionales propios del nazismo alemán y del comunismo soviético, los cuales fortalecen el antisemitismo político, siendo el otro elemento que da sustento al totalitarismo. En su explicación, Cordua destaca que:

Igual como el antisemitismo no es lo mismo que la eterna persecución europea a los judíos, el imperialismo a que se refiere la autora no coincide con el colonialismo extra europeo que nosotros llamamos «imperialista». Es, más bien, una variante continental que Arendt explica en detalle. El imperialismo antiguo ejercido por Europa persigue la expansión territorial del viejo continente al servicio de intereses económicos; en cambio, más que una empresa económica-territorial, el imperialismo continental de Arendt es una iniciativa local del extremismo político. Nosotros le daríamos este nombre: como ex colonias reservamos las expresiones “imperio”, “imperialismo” para el sufrido por las Américas, y también por Asia y África, a partir del siglo XVI. La expresión de Arendt, en cambio, se refiere exclusivamente al siglo XX europeo. En su caso, el nacionalsocialismo y el comunismo se proponían conquistar Europa primero, y europeizar a la moderna a todo el planeta, luego. Comenzando como partidos políticos nacionales que se extenderían internacionalmente, se muestran en su resultado local como totalitarismos. Arendt dice que en ambos casos se trata de la emancipación política de la burguesía, de sus intereses económicos en primer lugar y de su supremacía racial, luego29.

Con esta caracterización, Cordua resalta en Arendt que estos movimientos políticos van perdiendo su vinculación primera con lo económico, en vistas de una transformación estrictamente política, y, de la misma manera, terminar con el Estado-nación. En este aspecto, el hombre no es interpretado como ciudadano desde la declaración de sus derechos por la Revolución Francesa, sino más bien, desde la nacionalidad interpretada tribalmente en tanto específicamente eslava y germana. Según sus directrices, Cordua ve destacar en Arendt la idea de que tanto Rusia como Alemania se orientan al dominio universal en tanto fuentes originales del comunismo y el nacionalsocialismo, los que, una vez extralimitados más allá de las fronteras del nacionalismo de los derechos humanos, intentan concebirse como razas triunfantes en un proceso de paneslavismo y pan-germanismo. Esta idea es fundamental, pues tan solo después de la Primera Guerra Mundial, el continente estaría preparado para el totalitarismo que se presentará bajo movimientos y gobiernos políticos, sobre todo, considerando que después de esta Guerra, se disuelve la solidaridad entre las naciones europeas y se desintegra la institución política del Estado-nación. Así acontece el totalitarismo.

Cordua destaca que la teoría del totalitarismo en Hannah Arendt es muy compleja. No obstante, su principal talante puede ser abordado desde la distinción entre poder y violencia. Esto se debe principalmente a los procedimientos políticos que el totalitarismo se permitió emplear, procedimientos en que se ve reflejada dicha distinción. Hay un pasaje particularmente decidor de Sobre la revolución en el que Arendt desarrolla con mayor detalle la noción de violencia, distinguiendo así la de poder. Arendt dice:

Allí donde la violencia es señora absoluta, como por ejemplo en los campos de concentración de los regímenes totalitarios, no sólo se callan las leyes […], sino que todo y todos deben guardar silencio. A este silencio se debe que la violencia sea un fenómeno marginal en la esfera de la política, puesto que el hombre, en la medida en que es un ser político, está dotado con el poder de la palabra. Las dos famosas definiciones que dio Aristóteles del hombre (el hombre como ser político y el hombre como ser dotado con palabra) se complementan y ambas aluden a una experiencia idéntica dentro del cuadro de la vida de la polis griega. Lo importante aquí es que la violencia en sí misma no tiene la capacidad de la palabra y no simplemente que la palabra se encuentre inerte frente a la violencia. Debido a esta incapacidad para la palabra, la teoría política tiene muy poco que decir acerca del fenómeno de la violencia y debemos dejar su análisis a los técnicos. En efecto, el pensamiento político solo puede observar las expresiones articuladas de los fenómenos políticos y está limitado a lo que aparece en el dominio de los asuntos humanos, que, a diferencia de lo que ocurre en el mundo físico, para manifestarse plenamente necesitan de la palabra y de la articulación, esto es, de algo que trascienda la visibilidad simplemente física y la pura audibilidad. Una teoría de la guerra o una teoría de la revolución solo pueden ocuparse, por consiguiente, de la justificación de la violencia, en cuanto esta justificación constituye su limitación política; si, en vez de eso, llega a formular una glorificación o justificación de la violencia en cuanto tal, ya no es política, sino antipolítica.

En la medida en que la violencia desempeña un papel importante en las guerras y revoluciones, ambos fenómenos se producen al margen de la esfera política en sentido estricto, pese a la enorme importancia que han tenido en la historia30.

La interpretación de Cordua sobre el poder en Arendt resalta que:

El poder es una habilidad humana que hace posible y exitosa la acción. Nunca el poder es propiedad de uno solo; es una capacidad que le pertenece al grupo y dura mientras el grupo se mantiene junto y actúa según planes discutidos y concertados por todos o, al menos, por la mayoría31.

Para llevar a cabo esta descripción, Cordua alude a que el ejercicio de la política está íntimamente ligada al lenguaje, medio a través del cual los ciudadanos pueden entenderse, expresar sus convicciones, proponiendo y discutiendo en torno a lo que harán. Por lo tanto, la base del ejercicio político arendtiano radica en el discurso como medio de entendimiento mutuo. En este sentido, la prohibición de la palabra implica privar a la co-existencia de los seres humanos la condición política por excelencia. En este marco aparece la noción de violencia. En la lectura de Cordua, Arendt precisa que la violencia, a diferencia del poder:

Es un medio necesitado de implementos para operar efectos; ella puede ser un instrumento del poder que, tal como otros medios, depende de quien se vale de ellos y guía su uso. La violencia siempre necesita de una justificación, y si no la consigue cae fuera de la esfera de lo legítimamente político32.

En este punto del análisis, Cordua recuerda una relación desarrollada largamente por Arendt en sus textos: la de la guerra y la revolución basadas en la violencia33. En opinión de la profesora chilena, el totalitarismo también pertenecería a esta relación por su violencia, aun cuando el gobierno totalitario, la guerra, incluso la revolución, no están completamente determinados por la violencia, pues cuentan con otros ingredientes a su haber que exceden a esta. Esta es la razón de que Cordua recuerde una referencia ineludible de Arendt para su estudio: “nunca ha existido un Gobierno exclusivamente basado en los medios de la violencia. Incluso el dirigente totalitario, cuyo principal instrumento de dominio es la tortura, necesita un poder básico”34. Pero, finalmente, ¿qué representa el Estado totalitario? En su respuesta, Cordua desarrolla la mirada de Arendt de manera ejemplar. Dice la profesora:

Para representar al Estado totalitario conviene prestar atención a los campos de concentración inventados por el poder totalitario como instrumentos para ejercer la violencia sin límites y sin estorbos sobre los allí detenidos: los campos son espacios cerrados y controlados en los que puede reinar una violencia sin límites y sin mezcla de ingredientes de otras clases. Queda prohibido hablar, pedir, protestar, discutir, quejarse, hacer acuerdos y actuar concertadamente. Queda prohibida, en suma, la acción política como tal. Allí donde ha desaparecido la política, la violencia se impone absolutamente y no deja nada fuera de sí, reduce todo y a todos al silencio y a la sumisión. Esta situación extrema, una exclusividad del siglo XX, es a la vez un símbolo y un instrumento al servicio de lo que Arendt designa como Estado totalitario. El campo de concentración revela, en cuanto medio de Estado, el carácter de quien se sirve de él. ¿En qué consiste prácticamente la violencia ilimitada? Ya lo vimos: impone el silencio y la sumisión totales de sus prisioneros35.

En el marco de la interrupción de la historia, el Estado totalitario carga con su propia paradoja: siendo absolutamente ‘poderoso’, es carente de legitimidad por la sencilla razón de que su establecimiento no está basado en el acuerdo de aquellos que quedan sometidos a él. Aquí entra en juego la distinción propia de Arendt que Cordua pone en primera fila, respecto de la legitimidad o justificación del poder y la violencia. En la medida que un grupo actúe habiendo acordado verbalmente la acción a realizar nace el poder que precede a los fines por efectuar, por lo que no es un medio al servicio de fines, sino más bien, es aquello que faculta a un grupo para actuar.

Al poder lo único que le hace falta es la legitimidad, que se deja decir y que, por eso mismo, no precisa de una justificación ulterior; en cambio a la violencia siempre se le ha de pedir una justificación. Si se la practica en la medida en que acalla y somete absolutamente queda fuera del campo político e histórico36.

Así dice Carla Cordua sobre la distinción arendtiana. Esta distinción guarda su sugestiva fuerza en su propia posibilidad. Por esto, es importante tener presente la imagen que nos regala Arendt: “la violencia puede siempre destruir el poder; del cañón de un arma brotan las órdenes más eficaces que determinan la más instantánea y perfecta obediencia. Lo que nunca podrá brotar de ahí es el poder”37.

4. Propaganda totalitaria

Justamente la red conceptual en la que se enmarca la teoría del totalitarismo en Arendt (acontecimiento, líderes, gobierno, política, leyes, terror, ideología, dominación total, campos de concentración etc.), a la que solo nos hemos aproximado grosso modo, conduce ineludiblemente a la noción de propaganda. La profesora Cordua, ya en un texto de más de diez años de su publicación, aborda esta problemática, teniendo en mente precisamente lo antes expuesto. Dicho texto, pronunciado en el marco del simposio internacional Hannah Arendt: sobrevivir al totalitarismo, realizado el 2006 en Santiago de Chile, organizado por el Goethe-Institut, y publicado dos años después, da cuenta de la preocupación de Cordua por este tema, valioso para la filosofía y teoría política universal, y principalmente relevante en la obra política de la pensadora judeo-alemana. Al margen de su interés en torno a la tradición del pensamiento político (compartido con Arendt38), la profesora chilena tiene en mente un propósito actual: intentar revisar “los asomos de propaganda totalitaria que se pueden detectar en la red de comunicaciones actuales”39. En este trabajo, mucho más específico y crítico de Cordua sobre la problemática tratada desde Arendt, emergen sutilezas intelectuales que en su trabajo posterior cuesta encontrar, las que vale la pena explicitar en este contexto. Cordua comenta que “Arendt tiende a minimizar, como siempre que se ocupa del totalitarismo, las posibles similitudes entre este género de política y otros aparentemente comparables”40, y agrega, “también en el caso de la propaganda, que forma parte central del programa y el ejercicio del poder totalitarios, se trata para ella de un fenómeno peculiar que hay que mantener separado de cosas como la publicidad comercial o la propaganda electoral en las democracias”41. Así es como Cordua plantea la pregunta sobre las formas actuales de propaganda política que pueden ser comprendidas a partir de los análisis arendtianos basados en las funciones de la propaganda totalitaria.

Para llevar a cabo este desarrollo, Cordua parte de las premisas que caracterizan la propaganda totalitaria en Los orígenes del totalitarismo de Arendt, poniendo el énfasis en dos direcciones exploradas y bien diferenciadas. Primero, a) la propaganda totalitaria se dirige exclusivamente a las masas (no a las élites ni a las turbas), teniendo que cambiar a menudo su estrategia por la inestabilidad de las mismas. De hecho, destacará un perfil específico según el movimiento político totalitario que la enuncie, el cual aún intenta establecerse en el poder, o bien la difunda el gobierno total, establecido ya o durante su ejercicio. Además, b) la propaganda adquiere ribetes diferentes en la medida en que esté orientada al consumo de militantes de los movimientos totalitarios o a toda la ciudadanía. Incluso, c) hay una tercera variante que depende del grado de dominio que aquellos que realizan la propaganda tienen sobre sus receptores, variaciones específicas que suelen faltarle a la propaganda comercial según Cordua. Segundo, existe una estrecha relación que es decisiva entre la propaganda totalitaria y el miedo y el terror, relación poco frecuente en la propaganda comercial o publicitaria. Cordua desde Arendt42, destaca cinco ejemplos actuales sobre esta relación que pasaremos a describir sucintamente a continuación para terminar, posteriormente, con algunas conclusiones:

1) ‘La propaganda que aprovecha el modo racial de pensar’. Para Cordua, un grupo resulta fácil de movilizar propagandísticamente con el fin de que adopte conductas racistas, desde el pensar en términos raciales, entendido como hábito. Incluso, bajo este modo de pensar, es posible movilizarlos a que adopten medidas discriminatorias contra miembros de un grupo definido solo por su raza. Cordua se apoya en palabras de Arendt: “los nazis estaban seguros de que su mejor «propaganda» sería su misma política racial, de la que, pese a la ruptura de muchos otros compromisos y promesas, jamás se desviaron por oportunismo. El racismo no era ni un arma nueva ni un arma secreta, aunque jamás se había utilizado antes con tan cabal coherencia”43.

2) ‘Noticias que difunden la posibilidad de que el Estado espíe a los individuos’. Cordua destaca que la autoridad pública puede insertar de manera muy eficiente mecanismos de control en los ciudadanos y observarlos atentamente en su propia intimidad “mucho más allá de lo tolerable” (una verdadera implementación del modelo anunciado por Orwell del Big Brother). No obstante, lo que no hay que olvidar es que “la difusión de la noticia de que tales modos de espionaje y de control son posibles atemoriza a los individuos y los induce a practicar formas de autocontrol y autocensura restrictivas de su libertad”44.

3) ‘Profecías que propagan un supuesto conocimiento del futuro’. Una consecuencia de la popularización de la tecnología, de su planificación y cientificismo obstinado, ha sido la generalizada creencia de que los medios modernos nos entregan un conocimiento actual del futuro, superstición mezclada generalmente con las profecías propias de la ingeniería social. Desde dicha superstición nace la propaganda asociada a la toma de decisiones políticas. Su argumentación es simple y vacía: aluden a un conocimiento del futuro para dejar fuera opciones políticas que no son de su interés, pudiendo evadir la peligrosidad del futuro, considerando, por supuesto, el sinsentido de que ‘podrían conocer el futuro inevitable’.

4) ‘Propaganda que amenaza con el uso de una fuerza superior’. Considerando países como Inglaterra y EE.UU., y en el marco de conflictos como la guerra y ‘el terrorismo’, Cordua plantea que las guerras solo se declaran a alguien que responde a la declaración expresando que efectivamente ‘están en guerra’. A propósito de esto, señala: “la relación entre naciones, por odiosa que sea, deja de ser bélica si falta el acuerdo de ambos de luchar entre sí. Cuando a una nación poderosa le incomoda que otra de menos poder desobedezca sus órdenes, no existe todavía por eso una situación propiamente bélica. De manera que la «guerra contra el terror» no es una guerra, sino tal vez el intento de ciertas naciones de establecer un totalitarismo internacional autodesignándose líderes incuestionables del mundo”45.

5) “Supresión de toda propaganda en los campos de prisioneros o en situaciones en las que el poder dominante ha suprimido cabalmente las posibilidades de resistencia o de rebeldía”46. Para Cordua, Arendt pone en el tapete un elemento característico de la propaganda totalitaria: esta es suprimida en los campos de concentración. No hay necesidad de amenazar o convencer sobre algún asunto a los prisioneros, pues allí reina el terror de los ocupantes de manera permanente y sin límites. Quedaron sin posibilidad de ninguna iniciativa. Cordua lo expresa descarnadamente: los prisioneros son un “pedazo de humanidad que cayó bajo esta peculiar versión de su poder [el totalitario]”47.

5. Conclusiones

En vistas del tratamiento anterior, podemos establecer algunas conclusiones relativas al tema. En primer lugar, la libertad es entendida como el principio político que entrega la capacidad de hablar y actuar, teniendo a su vez una existencia limitada espacialmente. En segundo lugar, Arendt ve en la sociedad de masas un antecedente peligroso del Estado totalitario, sociedad en la que se anulan las diferencias y los individuos se ven nivelados en un grupo de iguales, apostando por la uniformidad social, lo que en esencia, es un peligro para la pluralidad, condición sine qua non del ejercicio político. En tercer lugar, el modo de aproximación de Cordua en torno a Los orígenes del totalitarismo es adecuado, aunque bastante esquemático. Su fijación en la distinción entre poder y violencia resulta esclarecedora de los regímenes totalitarios, aun cuando pudiera perder profundidad en su análisis de otros aspectos del totalitarismo tomando esta opción. Al distinguir entre poder y violencia, resalta uno de los grandes aportes de Arendt a la teoría política contemporánea: el poder se vincula a la acción y la palabra, a la política, a los asuntos humanos; en él preceden los fines por efectuar, siendo aquello que faculta a un grupo para actuar y necesita legitimidad a la que apela en el pasado; la violencia, en cambio, se vincula al silencio, a la antipolítica, a los análisis técnicos; es un medio al servicio de fines y busca justificación en el futuro. En cuarto lugar, es interesante cómo Cordua destaca el papel de la propaganda totalitaria desde Arendt, haciendo hincapié en cinco puntos concéntricos, muy sugerentes para nuestra actualidad: la propaganda aprovecha el modo racial de pensar, opera con noticias en las que se visualiza la posibilidad del Estado como espía, instala la idea de profecías que asumen un conocimiento del futuro, propagan la amenaza en torno al uso de una fuerza superior, y sugiere la ausencia de propaganda en el caso extremo de los campos de concentración. Con todo, creemos que la voluntad de comprender que une a Cordua y Arendt se expresa por doquier. En muchos de los aspectos revisados aquí se deja ver que sus similitudes son particularmente fecundas: mujeres, profesoras, investigadoras, escritoras, filósofas, referentes de opinión, etc. Todo esto se vuelve manifiesto cada vez que volvemos a las palabras de Arendt, las cuales Cordua siempre hace suyas en el ejercicio reflexivo del pensar filosófico y político: “lo esencial es para mí la necesidad de comprender […] lo que quiero es comprender”48. De una u otra manera, ambas constituyen un espacio de comprensión; de una u otra manera, nos orientan en un mundo donde el extravío de la razón parece apoderarse de nuestra situación política; de una u otra manera, nos invitan a exponernos a la luz de la esfera pública y a participar activamente en ella.

Bibliografía

ARENDT, H., Hombres en tiempo de oscuridad, Gedisa, Barcelona 2008.

____, Lo que quiero es comprender, Sobre mi vida y mi obra. Trotta, Madrid 2010.

____, Los orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid 2011.

____, La condición humana, Paidós, Barcelona 2013.

____, Responsabilidad y juicio, Paidós, Barcelona 2015.

____, Crisis de la República, Trotta, Madrid 2015.

____, Sobre la Revolución, Alianza, Madrid 2016.

____, Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, Ariel, Buenos Aires 2016.

Biblia de Jerusalén, Desclée De Brouwer, Bilbao 2009.

CORDUA, C., “Tratando con el pasado”, en M. Cruz Rodríguez y D. Brauer (coords.), La comprensión del pasado: escritos sobre filosofía de la historia, Herder, Madrid 2005, 77-89.

____, “«Hannah Arendt» por Carla Cordua”, en Artes y Letras de El Mercurio, domingo 26 de marzo de 2006, http://www.letras.mysite.com/cc210506.htm, consultado el 10 de marzo 2019.

____, “Carla Cordua, filósofa: «El progresismo tiene ese defecto: cree que la actualidad es superior al pasado»”, en La Tercera, sábado 19 de noviembre de 2016, https://www.latercera.com/noticia/carla-cordua-filosofa-progresismoese-defecto-cree-la-actualidad-superior-al-pasado/, consultado el 10 de marzo 2019.

____, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”, en M. Vatter/H. Nitschack (eds.), Hannah Arendt: sobrevivir al totalitarismo, Lom, Santiago de Chile 2008, pp. 37-42.

____, “Hannah Arendt, Sobre el totalitarismo”, Estudios Públicos. Revista de Políticas Públicas, N° 145 (2017) 175-190.

____, Descifrando la ocasión. Prosas breves, Catalina, Santiago de Chile 2017, 160.

1 C. CORDUA, “Carla Cordua, filósofa: «El progresismo tiene ese defecto: cree que la actua-lidad es superior al pasado»”, en La Tercera, sábado 19 de noviembre de 2016, https://www.latercera.com/noticia/carla-cordua-filosofa-progresismo-ese-defecto-cree-la-actualidad-superior-al-pasado/, consultado el 10 de marzo 2019.2

2 C. CORDUA, “«Hannah Arendt» por Carla Cordua”, en Artes y Letras de El Mercurio, domingo 26 de marzo de 2006, http: //www.letras.mysite.com/cc210506.htm, consultado el 10 de marzo 2019. Cf. C. CORDUA, Descifrando la ocasión. Prosas breves, Catalina, Santiago de Chile 2017, sección “Hannah Arendt”.

3 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”, en M. Vatter/H. Nitschack (eds.), Hannah Arendt: sobrevivir al totalitarismo, Lom, Santiago de Chile 2008, 37-42.

4 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”, Estudios Públicos. Revista de Políticas Públicas, N° 145 (2017), 175-190.

5 C. CORDUA, “Tratando con el pasado”, en M. Cruz Rodríguez y D. Brauer (coords.), La comprensión del pasado: escritos sobre filosofía de la historia, Herder, Madrid 2005, 77-89. Cf. H. ARENDT, Hombres en tiempo de oscuridad, Gedisa, Barcelona 2008, 200.

6 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 188-189.

7 H. ARENDT, Sobre la Revolución, Alianza, Madrid 2016, 197.

8 H. ARENDT, Sobre la Revolución…, 456-457.

9 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo…, 177.

10 H. ARENDT, La condición humana. Paidós, Barcelona 2013, 42.

11 H. ARENDT, La condición humana…, 45.

12 H. ARENDT, La condición humana…, 48.

13 H. ARENDT, La condición humana…, 57.

14 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 178.

15 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 185.

16 H. ARENDT, La condición humana…, 38-39.

17 H. ARENDT, Responsabilidad y juicio, Paidós, Barcelona 2015, 197.

18 H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo, Alianza, Madrid 2011, 438-439.

19 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 186.

20 H. ARENDT, La condición humana…, 52.

21 H. ARENDT, La condición humana…, 22.

22 Biblia de Jerusalén, Desclée De Brouwer, Bilbao 2009, Génesis 1, 27; Mateo 19, 4; I Corintios 11, 8-12.

23 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 179.

24 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 179.

25 H. ARENDT, Lo que quiero es comprender. Sobre mi vida y mi obra. Trotta, Madrid 2010, 45-46.

26 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 179.

27 H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo…, 27.

28 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 180-181.

29 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 181.

30 H. ARENDT, Sobre la Revolución…, 26-27.

31 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 182.

32 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 182-183.

33 H. ARENDT, Sobre la Revolución…, 25.

34 H. ARENDT, Crisis de la República, Trotta, Madrid 2015, 113.

35 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 183.

36 C. CORDUA, “Hannah Arendt. Sobre el totalitarismo”…, 184.

37 H. ARENDT, Crisis de la República…, 115.

38 H. ARENDT, Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, Ariel, Buenos Aires 2016, 33-66.

39 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 37.

40 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 37.

41 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 37.

42 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 38-42.

43 H. ARENDT, Los orígenes del totalitarismo…, 254.

44 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 40.

45 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 41.

46 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 40.

47 C. CORDUA, “Propaganda totalitaria: entonces y ahora”…, 42.

48 H. ARENDT, Lo que quiero es comprender. Sobre mi vida y mi obra…, 44.

JORGE MILLAS: PENSAMIENTO LÍMITE ANTE LOS ATAVISMOS IDEOLÓGICOS

Simón Suazo Durán

Universidad Católica de la Santísima Concepción, Concepción, Chile

Resumen: El siguiente artículo se centra en la figura significativa de Jorge Millas, filósofo que se caracterizó por la rigurosidad académica y defensa irrestricta de la libertad y la democracia. Nuestro trabajo se centra en presentar el pensamiento de Millas como antagónico a las ideologías contemporáneas, en específico, en su interpretación respecto a la filosofía como un pensamiento límite, que se antepone a la violencia y a la pérdida de individualidad. A lo anterior, se suma, hacer evidente lo vital y actual de su pensamiento, ante la invisibilización de las víctimas, la precariedad del individuo, y en general, los síntomas del oscurecimiento ideológico hoy en día. En Millas, entonces, hay un pensamiento en el que la discusión ética antecede a la interdependencia y al rostro de las víctimas en la contemporaneidad.

Palabras clave: Millas, ideología, víctimas, individualidad, democracia.

1. Introducción

JORGE MILLAS (1917-1982) fue filósofo y profesor universitario, que desplegó una labor intelectual fundamental en un período de crisis democrática y de violencia en Chile. Inserto en este cuadro, Millas comprendió que la actitud reflexiva es una de las principales manifestaciones de nuestra condición espiritual, y dicha actividad no se desliga o separa de nuestra vida cotidiana. Uno de sus propósitos es liberarnos de todas aquellas ideas que limitan la vitalidad del pensamiento reflexivo y crítico, o que obstaculiza la tarea deliberativa, propia de una sociedad reflexiva.

En uno de sus primeros textos, respecto a Ortega y la responsabilidad de la inteligencia1, Millas sostiene que la grandeza de toda figura intelectual significativa se mide tanto por la relación que tiene esta con su tiempo, como también por la singularidad con que encarna valores absolutos. A partir de sus propias palabras, este manuscrito se articula con el propósito de evidenciar cómo Millas cumple a cabalidad el rol de figura intelectual significativa, ya sea para el contexto local, como también para el pensamiento crítico que hoy mira con desdén cómo las ideologías y el absolutismo se hacen patente en el contexto global. Para ello, nuestro interés en este trabajo será, primero, ilustrar cómo en el pensamiento de Millas existe un manifiesto antagonismo a los proyectos ideológicos del siglo XX, y segundo, presentar algunas lecturas personales sobre el autor y el valor que subyace en sus planteamientos, interpretaciones que nacen a partir de su base teórica, y dirigida a desvelar la figura del chileno, específicamente el incierto panorama actual, en que se evidencia cómo en los últimos años las democracias liberales de Europa y de América se debilitan, dando paso a populismos nacionalistas, conservadores y reaccionarios en el plano valórico, ya sea de ultraderecha o de ultraizquierda. Frente al aciago panorama social y político en que las democracias se encuentran hoy, urge encontrar voces que alimenten ideales centrados en la responsabilidad del compromiso del pensar y el valor del espíritu humano. Millas, a nuestro juicio, cumple con dicho requisito. Ante los atavismos ideológicos, la figura del filósofo se resume en la responsabilidad pública del intelectual, la denuncia de las máscaras que justifican la violencia –de ahí que fuera catalogado como antimarxista por algunos, o disidente de la dictadura de Pinochet, por otros–, la defensa de la democracia, y de los riesgos que se asumen en proponerla como (única) vía de convivencia política, la crítica al utilitarismo neoliberal, y la afirmación de una universidad libre de intervenciones, propagandas e instrumentalizaciones2. Por lo tanto, su temple libertario y heterodoxo lo convirtió en una figura paradigmática: abogó y repitió que vivíamos en un mundo dislocado por las ideologías. En aquel mundo que describía, destaca el frenesí de los valores convertidos en fetiches, en instrumentos para exaltar las pasiones e incentivar la violencia del hombre contra el hombre, en la anulación del individuo frente a la tiranía de un partido, de un eslogan, o de una ideología visceral y obcecada.

En Millas, pensador que intenta ubicarse en los márgenes de lo antes descrito, encontramos la tarea del intelectual con talante libertario, que busca la lucidez y los argumentos que iluminen cualquier oscurantismo dogmático y autoritario, es decir, encontramos una defensa férrea del carácter individual y libre del ser humano, de la verdad como principio absoluto que solo la razón (exigida al límite de nuestra condición) puede abrazar en el espíritu de cada uno, y de la democracia como vía posible de convivencia, y, junto a ello, de nuestra responsabilidad ética con la humanidad.

Dicho lo anterior, en el siguiente trabajo proponemos abarcar ciertas interrogantes que nacen a propósito de la relación entre los planteamientos de Millas, y las ideologías presentes hoy, tales como: ¿Será posible que, a partir de sus postulados en libros, ensayos, discursos y entrevistas, Millas sea significativo con el fin específico de devolver el rostro a las víctimas de las ideologías contemporáneas? ¿Es posible que, a partir de las bases teóricas del chileno, se vuelva a pensar y se mire a las víctimas, aquellos que han quedado, precisamente, sin ninguna defensa? Si la inteligencia para Millas tiene una misión liberadora –ante las máscaras y los fantasmas de la ideología–, ¿cómo liberarnos hoy de las doctrinas, las teorías y los estados salvacionistas, iluminados y mesiánicos?, ¿Qué tipo de resistencia, desde la no violencia como principio absoluto, puede presentar el pensamiento de Millas ante los avances ideológicos hegemónicos hoy?

El siguiente trabajo, por tanto, ha sido elaborado con el espíritu de mirar a Millas desde su heterodoxia única, para exponer y desenmascarar los fantasmas ideológicos que subsumen al ser humano en el oscurantismo del fanatismo y la violencia. Ante el ‘oscurecimiento de la realidad’, antepone el chileno el asomo de la lucidez del pensamiento (hacia el) límite. Ante la violencia y sus máscaras ideológicas que la justifican, avalan, e incluso exhortan como condición posibilitadora de la libertad humana, Millas antepone el pacifismo y la apertura de conciencia para hacer del ser humano un individuo realmente libre y comprometido con los otros. Así pues, ante la imposición de la tesis generales del marxismo, en el plano intelectual y político del gobierno de la Unidad Popular, y luego ante la imposición del liberalismo en la dictadura chilena, Millas se distinguirá como el intelectual díscolo que, por ejemplo, a través de la rigurosidad académica, revelará las contradicciones respecto al concepto de enajenación y alienación en Marx, la incoherencia en el concepto de revolución y la necesidad de ejercer violencia como práctica efectiva de esta, y por sobre todo, en las contradicciones respecto a la noción de libertad en los postulados de Friedrich von Hayek.

Hemos esquematizado este trabajo en dos partes centrales: primero, desarrollaremos la visión de las máscaras, la violencia, y cómo antepone Millas el pensamiento filosófico, o la filosofía como la única disciplina que, al poder comprender la esencia de la vida contemporánea, se antepone a la ideología. Luego, como segundo punto central, nos enfocaremos en dilucidar de qué modo, cuando Millas critica la violencia, las máscaras y los fantasmas ideológicos del siglo XX, existe una preocupación respecto a reconsiderar a las víctimas, personas que, ante la instrumentalización de las ideologías, son desplazadas o negadas en su calidad y condición de individuos. Finalmente, se ahondará también, a partir del análisis respecto del ser humano bajo el peso de la ideología, cómo Millas pretende siempre sostener la dignidad de la persona humana como absoluto intransable.

2. Pensamiento al límite

En los textos del filósofo, que incluyen ensayos, libros, artículos, discursos y entrevistas, se destaca un eje central que se expresa y repite a través de estos distintos medios. Se puede dividir en dos aspectos fundamentales: primero, la actividad intelectual llevada al límite de nuestras posibilidades –la actividad filosófica– comporta una función desideologizante, y segundo, que la propia filosofía, al antagonizar cualquier asomo de oscuridad y fanatismo ideológicos, supone una responsabilidad ante el destino del ser humano. Y por destino, entiéndase el desarrollo histórico del individuo, su libertad y el rol ético ante la responsabilidad humana de comprender lo interdependientes que somos.

Respecto a la ideología, son varias las definiciones y alusiones que Millas nos entrega a lo largo de su trabajo. En resumen, se comprende como un sistema implacable de ideas que, de modo fanático y falso, se establecen desde un principio con el fin supuestamente de ‘salvar’, o ‘liberar’ al ser humano. Pero, en cambio, aquellas ideas devienen en fines en sí mismas, en absolutizaciones excluyentes –“su verdad es la verdad”3– y cualquier persona solo sería un medio para lograr alcanzar el relato utópico de la salvación, debiendo sacrificarse o convertirse en un pretexto al servicio de este ideal. Por cierto, al imponer dicho sacrificio, existe un sometimiento intelectual ante la subyugación que, ya sea el hombre que se autodetermina, o la sociedad técnica de masas4, o el colectivo, o el Partido establecen. Según el chileno, si la ideología la asociamos con el irracionalismo, se convierte esta en una máscara de la violencia. ¿En qué sentido, dice Millas, la violencia se debe valer de una máscara? ¿Y cuál sería esa máscara ideológica? Pues bien, es la propia inteligencia, en el seno del espíritu humano, que, embotada –término muy millano según su biógrafa, María Elena Hurtado5– fortalece, justifica, disimula y oculta aquella violencia subrepticia. Es decir, la ideología enmascara la violencia a través de una falsificación con carácter legitimador: esta constituye un sistema cerrado, autosuficiente, dotado de propia legalidad, tanto ética como histórica, apropiándose del sentir colectivo, secuestrando a través de una retórica el sentir individual, la libertad y la propia espiritualidad del ser humano. En este sentido, sostiene Millas, “la violencia es verdaderamente una creación del hombre que destruye su propia espiritualidad con recursos del espíritu mismo”6. Una vez legitimada, la violencia se apoya en un disfraz discursivo, como, por ejemplo, “el sacrificio de la nación”, “el heroísmo de la lucha”, “la libertad de los pueblos”, “la grandeza de las naciones”; chantajes con que la ideología históricamente se ha enmascarado para producir violencia. Dice Millas:

Toda ideología tiene el efecto de sacar las ideas de sus quicios intelectivodescriptivos y de aislarlas, rompiendo sus enlaces con el sistema general del conocimiento que les da sentido. La idea pierde así su función cognoscitiva y se torna en estímulo afectivo y, lo que es más característico y sorprendente, en encubridora, oscurecedora de realidades. Nacida la idea para mostrar y hacer ver las cosas, una vez ideologizada hace todo lo contrario: esconde y enmascara7.

Por otra parte, una de las repercusiones o consecuencias de la ideología comprende el menoscabo de la condición humana, en el sentido de la pérdida de la individualidad, la falsificación de la verdad y de la realidad y, lo más importante a nuestro juicio, la pérdida de libertad y conciencia en el ser humano. Ante ello, el modo de resistir y anteponerse supondrá, en efecto, la defensa de la inteligencia en la plenitud de su ejercicio. Esto último es lo que se apunta con la idea, constante y presente a lo largo de su bibliografía, respecto al pensamiento en el límite o hacia el límite de nuestras posibilidades. El pensar y llevar más allá del límite de lo pensable la razón, supone establecer dos principios mínimos: a) el primer deber de la inteligencia es ver las cosas íntegramente y con claridad; y b) el ser humano debe atenerse a lo visto, imponiéndose la disciplina de no deformarlo, de no falsificarlo. La labor de la vida consagrada al pensar filosófico, y las ideas llevadas al límite suponen una fuerza y una actitud que mueven hacia la sensibilidad e incentivan a comprender la dignidad del ser humano, más allá de cualquier asomo de embotamiento intelectual y fetiche ideológico que esté presente (y lamentablemente está presente) en nuestra condición histórica. “Justamente, una de las aspiraciones supremas –dirá Millas– consiste en abrir la conciencia del hombre al mundo, y hacerle ver su solidaridad con toda la realidad humana y con la totalidad del universo; sólo así puede ensancharse realmente el horizonte de su libertad”8.

Las máscaras de la ideología y de la violencia, convierten al hombre, anulado por sí mismo, en “un ser sin salida”9. Dicha degradación de la condición humana es vista por el chileno como una fatalidad. Siguiendo a Marcel en Les hommes contre l´humain, Millas explica en el prólogo del libro Idea de Filosofía, que la condición del hombre contemporáneo ante el capitalismo de su tiempo es una tragedia. “Tragedia tanto más angustiosa cuanto hace del hombre un ser sin salidas: un ser cazado en sus propias trampas, que se corta una mano para que ésta no le corte la otra y que condena un estado de servidumbre para exaltar otro igualmente abyecto”10.

La alternativa que presenta Millas es el pensamiento límite de la filosofía. En una entrevista que El Mercurio le realizó titulada Nada entre Dios y yo, Millas nos entrega una explicación de la filosofía. Señala que: “Filosofía es la experiencia intelectual de pensar no ‘en’ el límite, sino ‘hacia’ el límite”11. Por “experiencia intelectual” el filósofo propone que pensar hasta el límite de las cosas no es solo un ejercicio meramente intelectual, sino que debe traducirse en acciones concretas de las que debemos hacernos plenamente responsables. En este sentido, y siguiendo a María Elena Hurtado, un postulado básico en el chileno es que el hombre para ser íntegro debe llevar a la práctica los dictados de su razón. Tanto Hurtado como Figueroa hacen hincapié en que Millas tomó de Bergson la idea de que hay que obrar como hombre de pensamiento y pensar como hombre de acción, es decir, lo propiamente humano, el fin de nuestro pensamiento, es, conscientes de las cosas, convertirnos en sujeto activo de la relación que tenemos con nuestros pares y con el mundo. En otros términos, es “pasar de la idea de las excelencias humanas a la experiencia concreta de tales experiencias”12. En el pensar mismo hasta el límite de las posibilidades hay un valor fundamental: hay un ejercicio de honestidad que convierte nuestro acto intelectivo en un compromiso con nuestra conciencia, y con nuestra conducta. En la misma entrevista dice Millas que la filosofía no es otra cosa que pensar con riesgo. Es interesante esta última idea. Riesgo es también el modo con que adjetiva la democracia. En el libro De la tarea intelectual, expresa que nuestra realización humana es un riesgo, es una incertidumbre, ya que se encuentra abierta a muchas posibilidades. Pues bien, siendo la democracia el mejor modo en que podemos organizarnos –al menos así lo afirma Millas–, este modelo de orden social, enraizado en la posibilidad, o en el problema mismo que es el hombre, se torna conjuntamente en un riesgo. Respecto a la democracia, dice él: “su esencia es el riesgo, y el riesgo va siempre implicado por la historicidad y la libertad del hombre”13. De este modo, el pensamiento al límite, que ya es un riesgo en el ser humano al hacerlo consciente ante sí y el mundo, se concretiza en lo político en la democracia, la praxis misma del riesgo, que es pensada como un desafío ante el absolutismo de las ideologías. En otro contexto, por ejemplo, en un discurso que se encuentra en su libro Idea y defensa de la Universidad, Millas dice: “No hay libertad sin riesgo, y el riesgo moral de la libertad es la culpa”14. A lo que se refiere Millas en este discurso dirigido a los titulados de Inglés de la Universidad de Chile, es a exhortarlos a vivir con la responsabilidad que define la libertad de cada uno. La libertad y posibilidad en el ser humano, le otorgan el privilegio, según nuestro autor, de vivir con la culpa de las consecuencias de nuestros actos. Agregaríamos nosotros que si pensar hacia el límite es un riesgo, y este se concretiza en cada aspecto de nuestra vida, incluido la esfera política con la democracia, el riesgo se convierte, entonces, en una resistencia a la alienación ideológica, en cuanto, por un lado, la lucidez propia del pensar filosófico rehúye el embotamiento de la conciencia, y por el otro, el diálogo y la apertura del ideal democrático son una posibilidad real de dirimir los conflictos entre las distintas visiones que pudiesen existir sobre la convivencia política. Es decir, son una resistencia porque ambos son contrarios a los fanatismos en que predomina el dogmatismo de las ideologías. En síntesis, tanto el pensamiento al límite como la democracia son el riesgo al cual deben encaminarse los individuos para que, de un modo racional y pacífico, se enfrenten a los proyectos ideológicos que buscan reducir y subyugar al ser humano, convirtiéndolo en un medio útil y no un fin en sí mismo.

Ahora bien, ¿En qué sentido la democracia es pensada como un modo de resistir al automatismo y el embotamiento que sustraen al ser humano en su pérdida de sí? ¿Y por qué Millas defenderá con tanto ahínco la posibilidad de la democracia como organización política? En lo que sigue, estableceremos una relación entre el pensamiento hacia el límite de la filosofía con la democracia, ambos ámbitos que buscan principalmente rescatar la individualidad del ser humano que ha sido anulada por la violencia de las ideologías.

3. De pensar hacia el límite, democracia e ideologías

Para intentar responder las últimas interrogantes, debemos volver sobre algunas ideas. Se mencionó que la ideología, sumada al irracionalismo, enmascara la violencia. Algunos constructos ideológicos que respaldan o promocionan la violencia, la utilizan al mismo tiempo para avalar su dogma, o para acrecentar su fuerza y poder, o para justificarse. Todas, sin embargo, coinciden, según Millas, en “la insensibilidad frente al sufrimiento concreto e individual del hombre y la capacidad para trascenderlo”15. A la insensibilidad, debemos agregar la falsificación de la realidad, el privilegio de la violencia y la anulación del hombre por el hombre. En cambio, en Jorge Millas la filosofía y la democracia se destacan como puntos antagónicos, como posibles salidas con las que cuenta el hombre para no someterse a dicha subyugación. Respecto a la democracia, considera que es el riesgo de la convivencia social y el problema político en que converge la pluralidad y la diferencia. La democracia, entonces, será la forma de organización social más justa para que el sujeto pueda ejercer plenamente su individualidad y logre desplegar su propia condición a través de una comunidad libre de dominación, subyugación, y en especial, de violencia. Al respecto, Hurtado subraya que Millas comprende por violencia no solo aniquilar físicamente al adversario, sino también de anularlo intelectual y moralmente16. Además, esta tiene distintos grados y lógicas: ilegitimidad, injusticia, temor, absolutismo y sujeción. Por lo tanto, si la ideología constituye un sistema de valores con carácter totalizador –dogmática– es evidente que no dejará espacio ni al diálogo, ni a la apertura de la conciencia moral (lo que denomina Millas como el embotamiento de la conciencia), y como consecuencia, convertirá al ser humano en un autómata, en un ente banal ante sí mismo, adormecido en su conciencia individual, incapaz de tomar relación con el mundo y los otros, en síntesis, convertido en cosa17. En las antípodas de este panorama, lo que aboga Millas es a la amplitud de la razón para que el ser humano tienda a posesionarse en su totalidad, es decir, sea consciente y responsable de sus intenciones, convicciones, de su voluntad y de sus sentimientos. A la par de esta antípoda se encuentra su defensa férrea respecto a este orden cívico, ya que es el mejor modo que hemos desarrollado en la historia para reconocer el derecho a ser individuos y desarrollar nuestra convivencia integral. Si el pensar es un interés afirmativo por la vida –se dirige a todo aquello que nos permite, de hecho, vivir del mejor modo, de forma más valiosa– la actividad filosófica enriquece también nuestra experiencia social, impulsándonos a vivir acorde a un postulado moral que reafirme aquello que consideramos valioso en la vida.

¿Qué relación habría, según Millas, entre democracia y filosofía? Que ambas son resistencias a la pérdida de la individualidad y contribuyen a comprender que el ser humano es intocable. En una entrevista de 1981 al diario Las Últimas Noticias, resume de modo conciso todo lo que describiremos a continuación: “Para mí –dice Millas–, más que represión, más que política de los gobiernos, es un problema moral, que comienza con la necesidad absoluta de convertir a la vida humana, realmente en algo intocable”18.

En resumen, tanto la filosofía como la democracia son, de modo general, maneras de resistir a los atavismos ideológicos del siglo XX. En lo que atañe a la filosofía, esta intenta pensar radicalmente la experiencia, y con ella, el propio pensamiento que la piensa19. Pues, la actividad filosófica, impregnada en una visión quiásmica con la vida cotidiana, no solo es considerada como un cúmulo de ideas, representaciones y juicios del mundo, sino más bien son fuerzas, es decir, “actitudes e incentivos que mueven la sensibilidad y la conducta de las gentes en un sentido total”20; más aún, la vida se vuelve un desafío, y hay que atenderla con la responsabilidad y el poder redentor del pensamiento. Por lo tanto, en la fuerza de estas ideas, existe la capacidad de librar al ser humano de vivir como autómatas, le permite vivir de modo auténtico, evitando así que caiga en los tipos de voluntarismos iluministas que hipnotizan al hombre y lo subyugan a la dogmática de su verborrea ideológica. En una entrevista de 1981, para el diario La Tercera, en el período en que Millas había decidido renunciar a la Universidad, por ese entonces cautiva del régimen de Pinochet, ante la pregunta por el hecho de que se proyectaba restringir de la planificación curricular en enseñanza media la asignatura de Filosofía, Millas realiza un análisis respecto al error que supone la eliminación de esta disciplina, ya que para él corrige dos graves riesgos de la cultura contemporánea: primero, solo la filosofía permite el pensar en la totalidad y generalidad, e impide de algún modo la excesiva especialización de los saberes. Y segundo, vivimos –dice él– en un mundo que además está dislocado por las ideologías. Si la ideología enmascarada de violencia sacrifica al hombre, construyendo a la larga un sistema de dominación del hombre por el hombre, convirtiendo en dogma lo que es dudoso, y transformando las pasiones en simulacro de ciencia y convicción, la filosofía podría protegernos de estos peligros, ya que nos enseña a defender la autonomía de la razón y nos aporta al mismo tiempo una ética del deber, ya que al abrir la conciencia al mundo, ve su solidaridad con la realidad humana y la totalidad del universo21. En la respuesta de Millas, se menciona el marxismo como ejemplo de ideología, y el peligro que existe de coartar la libertad y la individualidad en el ser humano ante este dogmatismo:

El ejemplo mejor de una ideología de este tipo es el marxismo, que se llama científico, convirtiendo una posibilidad de concebir la sociedad humana en la única concebible. Para mí el principal error del marxismo es el dogmatismo intelectual. A mí me tiene sin cuidado si expropian los medios de producción, pero sí me tiene con mucho cuidado que los marxistas expropien la libertad y la inteligencia22.

Otro ejemplo que podemos citar del análisis respecto al ser humano hundiéndose en el conformismo de la ideología, subsumido en las máscaras de la violencia y la filosofía como resistencia, es cómo Millas considera que el ser humano, devenido en el hombre masificado o atrapado por la sociedad de masas, es un ser enajenado, despersonalizado y anestesiado por los fetiches ideológicos. Para el filósofo, el ser humano corre el peligro de convertirse en un ente banal frente a sí mismo. Aquello lo explicita en el libro de 1962 El desafío espiritual de la sociedad de masas, en que diagnostica lo siguiente: “El hombre masificado, convertido en corpúsculo inerte del arenal humano, es otra versión del fracaso de ese ideal de humanidad que en vano proclamaron las antropologías utópicas del pasado”23. El texto citado se extrae del momento en que Millas describe la fase histórica en el desarrollo del hombre que deviene, luego de la modernidad, en la sociedad técnica de masas. Aquella nueva condición supondría no pocas amenazas, una de ellas, la más importante, es la que se acaba de mencionar, es decir, la pérdida de individualidad ante las fuerzas irracionales desatadas en el fondo del inconsciente colectivo. Debido a la amenaza de la masificación, el ser humano deviene en un ente banal; es considerado como cosa, pierde el sentido propio del ser sujeto, se ve anulado en lo más propio de su espíritu: la conciencia y libertad. Frente a dicha situación, Millas nuevamente opondrá una filosofía que implica responsabilidad y compromiso ante el destino del ser humano, es decir, comprende la actividad filosófica como una postura de vida inseparable de ella misma, por consiguiente, el fin de vivir será llevar el pensamiento al límite para abarcar –de lo posible– la totalidad, es decir, la totalidad del saber, la totalidad del mundo, de la historia, y del destino del ser humano. Que el pensar filosófico sea entendido como un ejercicio en el límite de nuestras facultades –límite de preguntar y responder, dirá él– supone, al mismo tiempo, poner en tensión a la inteligencia y presentar de este modo una resistencia a la servidumbre, al enceguecerse ante los falsos ídolos, y el oscurecimiento y falsificación de lo real, es decir, nos evita subsumirnos en cualquier proyecto ideológico.

En este punto, es conveniente enfatizar que Millas no solo reaccionó frente al problema de la masificación que caracteriza la tecnificación de la sociedad moderna, sino que, como antes se mencionó, fue contrario al marxismo que pretendía a través de la institucionalización política, la negación del individuo a expensas de la exaltación del Estado, y fue explícito en su crítica al liberalismo que favorece lo impersonal de la existencia –hoy acrecentado a través de la modernización capitalista–, reflejado en el egoísmo moral de sus tesis o en el fundamento individualista de su sistema ideológico.

Respecto al marxismo, Millas en una parte del ensayo La violencia y sus máscaras, sostiene que el interés filosófico del marxismo en su crítica a la cultura burguesa deriva del uso particular que se hace del término hegeliano de enajenación, en particular, del trabajo asalariado en la sociedad capitalista. Dice Millas:

Lo esencial del concepto, en parte según lo construyera Hegel, pero sobre todo como lo reelabora Marx, arranca de la observación de que el hombre se hace ajeno a su propia esencia al quedar a merced de poderes que actúan a través de los objetos que él mismo ha creado. Perdido en sus propias producciones – sugiere el concepto– el hombre deviene extraño a sí mismo24.

Ahora bien, aquella crítica de Marx de comprender la ideología como una inversión de la realidad o falseamiento de esta, deriva luego en el examen de la denuncia de explotación del hombre por el hombre -la vida enajenada-, de modo que, como se señala en la cita, el síntoma de la enajenación en el ser humano sería quedar atrapado bajo poderes que actúan a través de los productos u objetos él mismo ha creado; sin embargo, en el análisis de Millas, el marxismo en este punto incurre en la contradicción de no lograr ver que la violencia también puede ser considerada como una forma particular de explotación. En otras palabras, si Marx se vale del concepto de enajenación para elaborar su crítica sobre los intereses burgueses, luego el revolucionario marxista es el que utiliza la violencia con el supuesto fin de liberar al hombre, contradiciéndose, ya que lo que hace en realidad es atarlo a otro tipo de enajenación. Por un lado, se denuncia la deshumanización y despersonalización que ocurre, efectivamente, por la apropiación de la fuerza de trabajo del asalariado, pero luego se presenta la paradoja que el marxismo pregona el uso de la violencia como método de liberación, de este modo se busca liberar al hombre para luego someterlo, se presenta un proyecto emancipatorio para luego de inmediato caer en la sumisión. Dice Millas:

Pues he aquí cómo, para desenajenar al ser humano convertido en cosa ajena, lo anulamos, apropiándonos de él mediante la violencia, que lo hace pasar a nuestro dominio, convertido en mero instrumento de los fines humanitarios25.

En este sentido, poco importa para Millas si se trata de la explotación económica del trabajador por parte del capitalista o si se trata de la justificación del revolucionario de ejercer terror para trascender hacia una sociedad libre, lo decisivo es que unos hombres hacen uso de otros hombres como simples recursos para lograr sus fines. En el ensayo, agrega que no solo la violencia se trata de la aniquilación física, también tiende a sumar la anulación intelectual y moral, ya sea de las víctimas que ni siquiera se pueden reconocer como tales, como también de los victimarios, aquellos que pierden su libertad, en el minuto que decidieron adherirse a una retórica ideológica.

Respecto al liberalismo, lo que Millas critica de esta ideología es la negación de la realidad social que desconoce la interdependencia y la responsabilidad, la anulación de la personalidad, y también el sentido de libertad que se instrumentaliza con el propósito de fomentar la sociedad de mercado. Lo último, lo expresa en un ensayo sobre el concepto de libertad en el autor austriaco Friedrich von Hayek.

El neoliberalismo, ideología contemporánea que sustenta una defensa de la libertad en tres ejes: la libertad de poder elegir, la libertad de poder competir y la libertad de libre mercado a expensas de un Estado central, se sostiene bajo un individualismo y egoísmo moral que conlleva un proceso impersonal en que el mercado, en su orden espontáneo, aniquila o socava las posibilidades de desplegar la personalidad, en cuanto esta solo sería un espejismo de la sociedad colectiva, modelo que para esta ideología impide la libertad individual. El neoliberalismo lo que propone, por cierto, es un modelo social centrado en la autodeterminación individualista e insolidario. Al respecto, Hayek en un capítulo que tiene por título “Adiestramiento de la libertad”, defiende según él una sociedad libre frente a los reparos éticos propios de una sociedad primitiva. Dice el austriaco:

Todo lo que una sociedad libre ha de ofrecer es la oportunidad de buscar una posición conveniente, con todo el riesgo e incertidumbre inmanentes que tal búsqueda de mercado para las dotes de uno debe suponer. A este respecto es innegable que la sociedad libre somete a la mayoría de los individuos a una presión que a menudo les agravia. Pero es mera ilusión pensar que en algún otro tipo de sociedad el hombre se vería libre de tal presión. La única alternativa existente para la presión que la responsabilidad por el propio destino trae consigo es el máximo grado de aborrecible presión encarnado en las órdenes personales que uno debe obedecer26.

En cambio para Millas, esta nueva versión del liberalismo incurre en una afirmación falaz al sostener que el mejor orden social (y el único posible según se desprende del texto de Hayek) se refleja a partir de las capacidades y esfuerzos individuales, y ello evidencia una ceguera para la real situación social y una utopía autojustificadora que obvia el sentido de responsabilidad para con aquellos que se encuentran en una posición más vulnerable, o en menoscabo de condiciones materiales para vivir. Lo que plantea Millas es un personalismo existencial, específicamente en el capítulo quinto del libro Idea de individualidad en que sostiene que la perfección y grandeza personal solo son posibles a través de la expansión de nuestro ser, es decir, a través del contacto y comunidad con otras almas. En efecto, el chileno afirma que para alcanzar las condiciones materiales que hagan sostenible la existencia, o que hagan de la sociedad política un órgano regulador de la vida material, semejante propósito solo puede ser realizado por una organización colectivista de la economía que, en sus términos, son las de una nueva Economía del Estado. En este punto, consideramos valioso contrastar lo último con la visión sobre la justicia social en Friedrich von Hayek. Para el austriaco, esta concepción de justicia es negativa, en cuanto el Estado se atribuye la potestad de decidir los fines para cada persona en particular, haciendo que el orden de mercado se transforme gradualmente en un orden totalitario. Dice Hayek en un trabajo titulado Los principios de un orden social liberal:

Que, a pesar de todo, el concepto de justicia se haya aplicado a la distribución de ingresos en forma tan fácil y habitual, es la entera consecuencia de la errada interpretación antropomórfica de la sociedad como una organización antes que como un orden espontáneo. En este sentido, el término “distribución” es tan equívoco como el término “economía”, dado que también sugiere que algo que en realidad es el resultado de fuerzas ordenadoras espontáneas, sería el resultado de la acción deliberada. Nadie distribuye ingresos en un orden de mercado (como habría sido hecho en una organización), y hablar –con respecto al primero– de una distribución justa o injusta es, entonces, carente de sentido. En este aspecto sería menos equívoco hablar de una “dispersión” antes que de una “distribución” de ingresos 27.

Vale decir, para Hayek, el ser humano es un individuo que, primero, es parte de una red de fuerzas espontáneas que derivan luego en lo que usualmente llamamos sociedad, y no al revés como se considera comúnmente. Y el error sería asumir que existe una organización social destinada y preocupada en satisfacer deliberadamente las necesidades del colectivo, sin embargo, para él, la sociedad no es otra cosa que un orden espontáneo –el mercado– el cual se autorregula para llevar a cabo dicho propósito. En otras palabras, en la visión de Hayek, somos individuos que juntos por conveniencia nos sometemos a un orden espontáneo –el mercado– y aquello que se propone como justicia distributiva, es decir, que un tercero como el Estado se responsabilice de distribuir y ordenar los ingresos de modo en que se supriman las inequidades existentes y posibles, da cuenta de una concepción errada y equívoca de organización, y peor aún, de un modelo totalitario en que el Estado coarta la libertad de los individuos. Lo último es otro ejemplo del antagonismo del pensamiento de Millas con el neoliberalismo, en particular con el fanatismo de su dogma: el mercado es capaz de llenar y suplir todos los vacíos. Otro caso que quisiéramos mencionar es el ensayo que publica el chileno La concepción de libertad-poder de Friedrich Von Hayek, en el que evidencia la insuficiencia y la contradicción de Hayek en su noción de libertad.

La premisa central del austriaco en su libro Los fundamentos de la libertad es que la libertad se comprende a partir de un principio monovalente: para Hayek la libertad se define solo como la ausencia de coacción, es decir, en la no interferencia deliberada ajena. Hayek considera posible separar analíticamente el concepto de libertad en la capacidad de elegir, prescindiendo de considerar las reales posibilidades en que acontece esa decisión y las circunstancias en que se tomó esa decisión y se ejecutó esa acción, considerando ambos caracteres como algo meramente accidental. Lo que le interesa en el fondo al austriaco, es la de sustentar una concepción de libertad como opuesta a la coerción, ya sea como la intención deliberada de intervenir un sujeto en la conducta de otro, o en la coerción que ejercería un modelo de planificación estatal, en que coartaría la acción individual. Sin embargo, y es la crítica de Millas en el ensayo, el interés de Hayek en realidad es la de armar ideológicamente la sociedad de mercado. En camino de servidumbre, dice Hayek: “el lector no olvide que toda nuestra crítica ataca solamente a la planificación contra la competencia”28. El austriaco busca fortalecer la sociedad de mercado basada en la competencia en desmedro de un Estado que sería minúsculo y que cumple el papel de mero oferente de servicios subsidiarios. Para ello, hemos de reiterar, en el libro Los fundamentos de la libertad, pone el único acento al describir la libertad en la no coacción directa de terceros, de ese modo se podría justificar todas aquellas injerencias indirectas que sí se provocarían, por ejemplo, a raíz del despliegue de la “mano invisible” del mercado. Plantea Hayek:

El que una persona sea libre no depende del alcance de la elección, sino de la posibilidad de ordenar sus vías de acción de acuerdo con sus intenciones presentes o de si alguien más tiene el poder de manipular las condiciones hasta hacerla actuar según la voluntad del ordenancista más bien que de acuerdo con la voluntad propia. La libertad, por tanto, presupone que el individuo tenga cierta esfera de actividad privada asegurada; que en su ambiente exista cierto conjunto de circunstancias en las que los otros no pueden interferir29.

Millas, en cambio, responde en su ensayo que no hay libertad sin ser dueño de uno mismo o sin posibilidades reales de escoger –“no es libre aquel a quien se le permite hacer lo que no puede”30– criticando a Hayek que, deliberadamente, obvia la real situación de la sociedad humana de su época, y específicamente, obvia el segundo aspecto de la libertad que refiere a las condiciones y posibilidades de acción. Si el liberalismo propone insistentemente que debe asegurarse la libertad de mercado, nada dice en este punto respecto la situación en que no hay libertad de mercado para todos los miembros de la comunidad social, a lo que concluye Millas que nuestro deber es redimir socialmente al individuo, es decir, incrementar su poder, y con ello, su libertad ¿Basta asegurar, con Hayek, un ideal de libertad negativa, es decir, evitar la coacción deliberada o la amenaza al daño a nuestra libertad? No es suficiente, según Millas. El austriaco olvida un aspecto positivo: mi libertad dependerá tanto de la independencia de mis actos posibles como que exista una real posibilidad de elegir tales actos, ya que en la vida cotidiana ambas se encuentran ligadas. Su unidad es real, no se puede parcializar. Si solo nos centráramos en la visión negativa como lo realiza Hayek, constataríamos un vacío, pues, no puede impedirse aquello a lo que alguien no está en condiciones de hacer o no existan las circunstancias para ello.

En definitiva, ¿Por qué motivo sostenemos insistentemente que las ideologías antes mencionadas –marxismo, liberalismo– llevan al ser humano a la subyugación del automatismo? Precisamente porque lo convierten en una cosa, deshumanizándolo, y restando valía en su dignidad intrínseca. Para explicarnos, quisiéramos destacar un extracto de una conferencia que Millas realizó en la Universidad de Panamá, que se editó en el libro Idea y defensa de la Universidad, en donde se evidencia el pensar de Millas respecto a la subyugación del hombre ante la ideología. Dice él:

Por ejemplo, cada vez va siendo más difícil al hombre ser realmente individuo en el sentido espiritual de la expresión. Cada vez le va siendo más difícil ser él el sujeto moral de sus propias decisiones, cada vez más se ve expuesto a la mecanización de sus actos, al embotamiento de su conciencia crítica y a la complacencia en el abandono de sus iniciativas, a la responsabilidad de los demás. Cada vez es mayor la tentación de entregarnos al automatismo de las ideologías, de escondernos detrás del grupo, para que él tome decisiones por nosotros; de renunciar a nuestra libertad, de asumir nuestras responsabilidades, cada vez es más difícil sustraernos al influjo casi hipnótico de una sociedad mercantil que se vale de los medios de comunicación de masas, la prensa y la televisión, para envilecernos, para entorpecernos, para automatizarnos, sea en lo político, sea en lo comercial, sea en lo educacional, sea en lo cultural. Jamás se habían ofrecido al hombre tan espléndidas expectativas de realizar lo humano, pero jamás tampoco se habían ofrecido tan peligrosas condiciones para desnaturalizar su verdadera condición31.

Este extenso texto es parte de una conferencia de Millas en el contexto de una escuela de verano, y en su exposición, Millas ha intentado a lo largo de su discurso centrarse en describir la esencia y lugar de la Universidad en la sociedad contemporánea. Sostiene que son dos los fenómenos más característicos de la época actual: la tecnificación de la sociedad y la masificación. Si bien, en esta conferencia no es abiertamente crítico –como sí lo es en el libro El desafío espiritual de la sociedad de masas– respecto a la masificación y la tecnificación, el texto que hemos destacado presenta una crítica respecto a la posibilidad de que el ser humano “se humanice de verdad” como él lo menciona en el párrafo que antecede la cita extraída, y manifiesta, a nuestro juicio, la reflexión respecto a la imposibilidad del ser humano de desplegar realmente su individualidad en aras de caer en la masificación y la indiferencia de las masas. Afirmar, por ejemplo, la zozobra del espíritu crítico en el ser humano, la automatización como el embotamiento de la conciencia, lo hipnótico del influjo de la sociedad mercantil, es afirmar también que el fenómeno de la masificación va de la mano de la deshumanización. Pues, lo que analiza Millas, es que el hombre se está convirtiendo en un ente banal frente a sí mismo, es más, la anulación de su individualidad y libertad va de la mano con la imposición de falsos ídolos que lo subsumen en la fantasía de creerse en el rol de autónomo, libre, bajo la expectativa de obtener más poder, sin embargo, en realidad va perdiendo la capacidad de hacerse cargo de su vida, hacerse responsable de sí y del mundo, en definitiva, pierde el sentido espiritual de su ser.

Así, por ejemplo, en una lucidez profética, el joven Millas describe en su ensayo sobre Ortega y la responsabilidad de la inteligencia, las condiciones alienantes del hombre contemporáneo. Menciona, entre otros, que la verdad, la libertad, el bien, el progreso son convertidos en fetiches, se desnaturalizan y en lugar de prestar al hombre el servicio de liberarlo del temor del azar y el caos del devenir ciego, lo esclavizan aún más con sus ídolos implacables32. A lo último agregaríamos que, a través de la violencia, las ideologías terminan por convertir al ser humano en un medio útil, enajenándolo y anulándolo para los fines de su proyecto. Dice Millas: “Y entonces, en nombre de la justicia, en nombre de la patria, en nombre de la solidaridad, se lanza el hombre en la acción agresiva, destructora y eventualmente terrorista para realizar la justicia, para realizar el patriotismo y los demás valores”33.

En las antípodas a esta condición histórica, se encuentra el pensamiento de Millas con sus reflexiones respecto a la redención del individuo humano, y el concepto de interdependencia. Pero, ¿solo la filosofía podrá ser el único modo de resistir a esta forma de menoscabo de la condición humana? A nuestro parecer, existe en Millas una preocupación relevante sobre la democracia como el riesgo que debe asumir una sociedad que busca preservar la integridad de todos los sujetos y, al tiempo que intenta defender la pluralidad, busca también devolver el rostro individual a cada sujeto de la comunidad.

4. De la democracia

Uno de los modos de resistir a los ídolos y fetiches ideológicos del siglo XX, fue la defensa que hizo Millas de la democracia. Según el análisis de Figueroa, Millas expresa en distintos textos, y en particular en su famoso discurso que diera en el teatro Caupolicán a propósito del plebiscito constitucional de 1980, Con reflexión y sin ira, su compromiso con la democracia como un verdadero proyecto moral de sociedad. Hay que recordar que el contexto en que pronuncia su discurso, la dictadura se encuentra en todo su apogeo, son siete años que la Junta Militar gobierna de facto y el plebiscito tiene el objetivo principal de asegurar a Pinochet otros diecisiete años más en el poder, además de implementar el modelo liberal en Chile.

Millas, por lo tanto, en sus diversas reflexiones sobre democracia, y en particular en su discurso, considera que esta forma de organización, si bien se caracteriza por el dinamismo ínsito de toda sociedad, es decir, es un modelo con imperfectas realizaciones históricas, que trae aparejado el riesgo, sin embargo, es el único camino posible según el chileno para que se logre una forma de convivencia que busque dejar fuera el dogmatismo, el autoritarismo y las prácticas de dominación, características ya descritas respecto a las ideologías y la violencia. En el fondo, la defensa de Millas respecto a la democracia como un proyecto moral, se debe a su temor y análisis respecto a la condición espiritual de su época, es decir, seres incomunicados, ajenos al bien colectivo, embotados por el hábito de la indiferencia política o paralizados por el miedo de la dictadura. Si dicha indiferencia genera las condiciones de una sociedad fragmentada, insolidaria y con atrofia para la capacidad crítica, este sistema político es el símbolo del riesgo que se debe asumir, comprometiéndose a permitir la convivencia integral de todos. Lo expresa Millas, de la siguiente manera:

El ideal democrático es un ideal sencillo y permanente: es la comunidad de hombres que, desiguales como personas, convierten sus desigualdades naturales en fuentes de dinamismo y, corrigiendo las desigualdades antinaturales, buscan un mínimo de concordia para vivir en común34.

Si bien se acaba de mencionar que Millas entendía la democracia como un riesgo, esta expresión no es del todo precisa. Hay que destacar que defendió una democracia sin apelativos ni apellidos, especialmente en la época en que se perfiló como un disidente de la dictadura, la cual se proponía instalar la denominada “democracia protegida”. Si en el régimen dictatorial de la Junta de Gobierno la mayoría de los intelectuales que sobrevivían, se convirtieron en complacientes panegiristas o en instrumentos del poder, Millas representó una de las pocas voces públicas contrarias. En ese sentido, nuestra interpretación del por qué Millas se dedicó a defender en este período histórico con tanto ahínco esta forma de gobierno, demuestra por qué puede ser considerado un intelectual heterodoxo: Millas antagonizó cualquier asomo de ideología, plasmada en una intolerancia mesiánica como lo fue la dictadura de Pinochet, o en pereza escéptica como característica negativa de la masificación, y en general, como él mismo describe en Idea de filosofía, fue antagónico a cualquier tipo de conformismo ideológico, sea tradicional, conservador o revolucionario35. A nuestro parecer, y lo hemos sostenido desde un comienzo, Millas fue contrario a cualquier proyecto ideológico, ya sea el fascismo, el marxismo y, en buena hora, del capitalismo y las tesis liberales que se estaban imponiendo en el Chile de los ochenta, debido a que cualquiera de estas cuatro ramas ideológicas socavan las bases de una democracia sensata, restringiendo, limitando o derechamente suprimiendo lo que nosotros podemos sentir, disponiéndonos solo para sentir repulsión e indignación frente a cierto modo de expresión de violencia. Pero que, al anverso, nos incita a sentir frialdad injustificada sobre un ser humano que ha visto despojada su calidad de víctima, ya sea que consideremos la violencia en su manifestación física como el aniquilamiento de otro humano, o entendida como el impedimento y la coacción de expresar la libertad humana en una sociedad que reconozca la diferencia, o bien, como el impedimento a reconocer y corregir una desigualdad: “De esta manera, la violencia es una forma de explotación total del hombre por el hombre, mucho más general y profunda que la explotación del trabajador en algunas sociedades capitalistas”36, la democracia se convierte en su antípoda. Y es antagónica esta organización social, porque intenta en sus bases racionales, atentar contra la confusión ideológica que racionaliza falsamente el recurso moralista invocador de paz mientras ejerce la aniquilación selectiva de poblaciones –terrorismo de izquierda, o terrorismo oficial, para Millas no hay diferencia37–, o cuando confunde guerra con paz, libertad con tortura; en cambio, devuelve el rostro a las víctimas, reconociendo la interdependencia y la vulnerabilidad de la cual ninguno de nosotros está ajena. En otros términos, la democracia reconoce que nuestra supervivencia está supeditada a nuestra sociabilidad. Frente al fenómeno del ensimismamiento, mal propio de la sociedad moderna de masas, las distancias materiales y culturales de una sociedad solo se podrían aminorar a través del proyecto político democrático, ya que este compromete la construcción moral de la sociedad. Una sociedad en que se conviva sin ejercicios de dominación, en que se aspire a alcanzar la convivencia integral mediante el reconocimiento del derecho a ser individuo, una verdadera experiencia ética en que nos asumamos libres en relaciones intersubjetivas necesita de un modelo procedimental que permita o proponga la real comunicación entre los ciudadanos. Este modelo es el democrático, el cual, como reconoce Millas, no carece de defectos, sin embargo, “sus defectos se corrigen en virtud de su propio dinamismo, porque su esencia está en el anti-dogmatismo, el anti-mesianismo, el antipersonalismo”38.

5. Interdependencia y víctimas

En el libro sobre la defensa de la Universidad, en su discurso a los alumnos de Inglés de la Universidad de Chile, Millas termina su exposición con lo siguiente: “Sois responsables de un todo humano, con una responsabilidad que comenzó ya y que se extiende más allá de vosotros mismos, hasta la vida de vuestros propios hijos”39. Afirmar en este caso, nuestra responsabilidad con los otros es aceptar la idea de que nuestra supervivencia depende de nuestras relaciones políticas y reconocer nuestra estrecha relación con los demás. A nuestro juicio, no es otro el propósito que busca Millas con tanta insistencia a lo largo de su bibliografía cuando pregona por una Filosofía que se comprometa con la vida cotidiana, la democracia como un riesgo necesario para sostener la individualidad en lo social, y en específico, al transparentar el modo cómo las ideologías enmascaran o justifican la violencia con propósitos instrumentales. Afirmar nuestra responsabilidad con un todo humano debería conducirnos a reflexionar sobre la manera cómo me relaciono con el prójimo, el modo cómo evito ejercer violencia de manera directa e indirecta, o también supone cuestionar de qué modo se ejerce ocultamente una violencia selectiva y diferencial en que ciertas personas, víctimas de ideologías sistematizadas, son manipuladas como instrumentos para el fin propagandístico de una utopía. En Idea de la individualidad, libro del joven Millas que se edita por primera vez en 1943, el chileno manifiesta dicha preocupación al resumir su objeto de análisis y en lo que debiese aportar su libro, y se resume en la simplicidad de lo individual del hombre, la prioridad de los valores y resolver ciertos aspectos de su conflicto con las fuerzas impersonales del colectivo40. Millas reconoce en la introducción que la individualidad es un drama, ya que no está jamás hecha de un modo definitivo, se hace continuamente, por ende, lo precario de la condición del hombre nos exige el deber moral de formarnos una conciencia espiritual potente, para de ese modo resistir la tentación de subyugar el pensamiento a los iluminismos mesiánicos y, en cambio, abogar por una ética de deberes y derechos que comprometa al ser humano con los otros, con su entorno, o al menos no aporte a la precariedad aguda en que el sujeto moderno se considera subsumido. Ahora bien, ¿cómo puede ser posible que el ser humano obre en consecuencia ante la necesidad de hacerse responsable con otro humano? La respuesta de Millas se repite: la capacidad ética se supedita al intelecto que nos conduce a ver bien las cosas, al ejercicio intelectual de contemplar críticamente su ser y el mundo. Los lugares comunes, lo tópicos, las consignas, las ideologías, el fetichismo de las hipóstasis son algunas de las consecuencias de la corrupción intelectual, tanto más peligrosa si viene enmascarada y destina sus propósitos a eliminar o ejercer una violencia selectiva contra ciertas personas que no son ni siquiera sujetos dignos de reconocerse víctimas. Al respecto, señala Millas: “Se les exige ser menos hombres al convertírseles en instrumentos para la salvación del hombre”41.

Si, tal y como sostiene el filósofo Emmanuel Lévinas, es el rostro del otro lo que exige de nosotros una respuesta ética, entonces pareciera ser que la preocupación de Millas respecto a reconsiderar a las víctimas de la ideología y la violencia, es una preocupación moral y política respecto a reconsiderar la calidad humana que ha sido despojada en ciertas personas que, ante los falsos fantasmas de la Humanidad –ideologías, fetiches, irracionalismo totalizador– su sufrimiento ya no cuenta para otros, su dolor no es visto ni considerado, debido a que no se comprende realmente el significado del sufrimiento humano ante la conciencia embotada de los victimarios, o bien, el padecimiento de un individuo se banaliza, se anula, ya que algunas personas son solo medios para un fin utópico específico, en circunstancias de que los que ejercen la violencia son los mesiánicos portadores de la utopía ideológica y tienen el privilegio de elegir, definir, y celebrar con una máscara discursiva a modo de justificación, a quién se le privará del rostro humano de víctima, enrostrando en cambio un mero factor abstracto de medio útil para la causa específica. Hay, por cierto, un “subterfugio que permite no ver la víctima ni el caos de la violencia”42, en cambio lo que sí se asume como indispensable es el proyecto utópico, el fin redentor, lo que trae como consecuencia el despojo de calidad de víctimas a un determinado grupo de personas, ya que nadie los considera como tal, sino medios banales para el propósito colectivo. Denunciar aquello y exponer críticamente esta situación es, a nuestro juicio, la preocupación central del ensayo Las máscaras filosóficas de la violencia, en que Millas, luego de casi dos años de dictadura en Chile43, reflexiona sobre la violencia, la irracionalidad, el abuso lingüístico por parte de cierta filosofía que lograría enmascarar la violencia como un método válido para cierta revolución, y, además, la propondría como una manifestación natural del ser humano, como si fuese un impulso ciego, natural y propio de la condición humana. Ante dicha literatura, Millas propone argumentos que buscan sedimentar las bases sobre reconsiderar a todas las víctimas como personas que sí tienen un rostro, una voz, y que necesitan del cuidado de todos.

Ahí donde el fascista pone inhumano regocijo estético, gratuita indiferencia ante el martirio de otros hombres, el guerrillero pone odio humano, “comprometida”, utilitaria indiferencia ante lo mismo. Pero el resultado ético es uno solo: el sufrimiento de ciertos hombres ya no cuenta para otros hombres, en circunstancias de que estos últimos tienen el privilegio de elegir y definir44.

Los violentos, de cualquier sector e índole, ya sea marxistas o antimarxistas, o el capitalismo y la sociedad burguesa ignorante de los problemas éticos y políticos de su época, o el liberalismo que propone la falsa imagen de que un sujeto en un medio libre de coacción y que tiene como propósito formar ideológicamente la sociedad de mercado; cuando dichas ideas personificadas en autoritarismos mesiánicos llegan a ocupar el espacio de la vida política, para Millas la sociedad entera es la secuestrada, ya que una minoría decide cualquier aspecto de la vida humana. Si antes se dijo que la democracia era el riesgo que se debía asumir para defender la pluralidad y asegurar al menos el derecho del colectivo de equivocarse, ahora se nos presenta un nuevo énfasis. Para el chileno, sería el mejor modelo posible el que reconoce la individualidad y el derecho de todos a vivir en la libertad, es decir, tal y como lo describe Figueroa, la democracia viene a ser para Millas un desiderátum sobre la convivencia integral entre personas. En De la tarea intelectual, el filósofo reconoce en la democracia un concepto límite con el valor de aspirar a alcanzar la convivencia integral “mediante el reconocimiento del derecho a ser individuo, a realizarse cada cual como persona”45. Ante el menoscabo de la condición humana expresada en las condiciones degradantes que las ideologías subsumen a la persona, Millas se ha preocupado de preservar en sus ideas una filosofía honesta que no encubra con sutilezas intelectuales la violencia del hombre contra el hombre. Ante la anulación de la libertad, la individualidad y la confusión del colectivo partidista que justifica y se apropia de las conciencias, del cuerpo e incluso de la condición humana de las víctimas, Millas aboga por volver a reconocer nuestra íntima responsabilidad con otro humano, es decir, reconocer la interdependencia e insistir en que debemos excluirnos de los fantasmas ideológicos y de los proyectos políticos que buscan encubrir la violencia y la eliminación de personas bajo la tutela de una necesidad de libertad, paz o seguridad. El único objetivo que leemos en la preocupación de Millas al destacar el sufrimiento de las víctimas y proponer la democracia como el afán regulador de un movimiento humano hacia la real convivencia, es lo que menciona en Idea de la individualidad, en que afirma que solo el individuo tiene efectiva realidad (“soy un drama angustiado”46 es la frase que utiliza Millas para describir la zozobra, la incertidumbre y la inseguridad de no saber bien quién es uno en la vida). Si forzamos el argumento del chileno, debemos enfatizar el hecho que, al ser el individuo la única realidad desplegada en un quehacer personal, esta se despliega en lo cotidiano junto con otras individualidades que son tanto o más reales que cualquier otra, por ende, el solo hecho de eliminar, vulnerar o aumentar la precariedad de una vida humana, supone, a fin de cuentas, que lo hago a mi propia individualidad. Solo la conciencia crítica política de un pensar abierto a la interdependencia me puede revelar lo vulnerable que se convierte mi ser desde el minuto en que ejerzo violencia e intento anular la humanidad de otra persona, y así, bajo el deber de mi acción racional, debo prevenir convertir a otro en un medio y en un ente banal, que son las condiciones inherentes a los proyectos ideológicos.

Бесплатный фрагмент закончился.

1 344,01 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
371 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789566068204
Издатель:
Редактор:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги