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INTRODUCCIÓN

EL SÓFOCLES DE AURELIO ESPINOSA PÓLIT

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

OBRAS DE REFERENCIA SOBRE SÓFOCLES CONSULTADAS

TRADUCCIONES Y ESTUDIOS SOFOCLEOS DE AURELIO ESPINOSA PÓLIT, S.J.

CRITERIOS DE EDICIÓN

AGRADECIMIENTOS

AURELIO ESPINOSA PÓLIT, S.J.. EL TEATRO DE SÓFOCLES EN VERSO CASTELLANO

SÓFOCLES

ESTA VERSIÓN

SÓFOCLES PARA HOY

EL SÓFOCLES HISTÓRICO

LA CATEGORÍA DE SÓFOCLES

CARACTERIZACIÓN DE SÓFOCLES

EL DRAMATURGO

EL POETA

EL PSICÓLOGO

VARONES Y MUJERES EN SÓFOCLES

LO QUE QUEDA DE LA OBRA DE SÓFOCLES

SÓFOCLES PENSADOR

EL TEATRO GRIEGO

CICLO TEBANO EDIPO REY EDIPO EN COLONO ANTÍGONA

EDIPO REY

EDIPO REY

EDIPO REY

EDIPO EN COLONO

EDIPO EN COLONO

EDIPO EN COLONO

ANTÍGONA

ANTÍGONA

ANTÍGONA

CICLO DE HERACLES LAS TRAQUINIAS

LAS TRAQUINIAS

LAS TRAQUINIAS

LAS TRAQUINIAS










INTRODUCCIÓN

A mi madre María Carmelina Calle Chauca,

por estar siempre


El triunfo de la Revolución Liberal de 1895 significó la transformación política, económica, social y religiosa de la República del Ecuador, lo que no evitó las guerras fratricidas entre varias facciones del liberalismo, que continuaron hasta finales de la primera década del siglo XX.

Aurelio Espinosa Pólit nació, de manera premonitoria, en el salón de la biblioteca de su tío, Manuel María Pólit Laso —que vivía en Quito, frente a la iglesia de san Francisco—, el 11 de julio de 1894. Fue el quinto hijo de ocho hermanos —tres mujeres y cinco varones— del hogar formado por Rafael Aurelio Espinosa Coronel y Cornelia Pólit Laso.

Rafael Aurelio Espinosa, nacido en 1860, era un prestigioso jurista de tendencia política conservadora; incluso combatió con las armas en defensa de sus convicciones en Gatazo (Riobamba), en 1895, contra las fuerzas liberales. Antes lo había hecho a través de la prensa, en 1894, al fundar, junto con el sacerdote Julio María Matovelle y su cuñado Manuel María, la revista La República del Sagrado Corazón de Jesús. Su madre, doña Cornelia Pólit, nació en 1866. Ambos educaron a sus hijos en un ambiente de sólidas creencias católicas y amor a la tierra natal.

Los cambios políticos en nuestro país marcaron el destino de la familia Espinosa Pólit, que en 1898 decidió abandonar el Ecuador y embarcarse hacia Europa con destino a Francia.

A partir de los seis años Aurelio realizó estudios en el Collège Saint-Michel de los padres de Saint-Viateur (París), en la École Libre de los hermanos de las Escuelas Cristianas en Friburgo (Suiza) y, entre 1901 y 1911, en el Collège de Notre-Dame de la Paix, regentado por los jesuitas, en Namur (Bélgica), en donde cursó seis años de Humanidades (griego, latín y retórica) —salvo el curso 1904-1905, que siguió en el Mount St. Mary’s College de Spinkhill (Derbyshire, Inglaterra)—, culminando su bachillerato el 23 de agosto de 1911. Semanas después, el 17 de septiembre, su vocación religiosa le decidió a entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús, en Granada, donde conoció al helenista español Ignacio Errandonea, S.J., gran estudioso y traductor de Sófocles, que tuvo marcada influencia en su pasión por los clásicos. A partir de 1913 inició sus estudios humanísticos en el juniorado, ejerciendo el magisterio en las cátedras de Literatura, Latín y Griego (1918-1921) y luego (1921-1922) en la de Geografía e Historia en Chamartín (Madrid), en el Colegio Nuestra Señora del Recuerdo.

En 1922 inició la Teología en Sarriá (Barcelona), y recibió la ordenación sacerdotal el 31 de diciembre de 1924 de manos de su tío Manuel María Pólit Laso, para aquel entonces ya arzobispo de Quito, con el que coincidió en una visita a París. Su padre había fallecido el 4 de febrero de ese año.

La familia Espinosa Pólit llevó en Europa una vida discreta y al margen de los círculos sociales. Uno de los escasos visitantes a ese hogar afirmó: «Esta es casa que, siendo de seglares, se rige por los consejos evangélicos»1. Este comentario define con precisión el ambiente en el cual la pareja crio a sus hijos: todos ellos se hicieron sacerdotes y monjas.

Los primeros artículos que Aurelio Espinosa Pólit escribió tuvieron relación con su ejercicio religioso y los publicó en revistas católicas; además elaboró un breve manual para la enseñanza de la poesía latina: Compendium prosodiae et metricae latinae (1920).

Realizó varios trabajos en colaboración, todos vinculados con obras místicas o religiosas, así como varias obras de teatro; refundió, en colaboración con Manuel Martínez Ruiz, el drama religioso Las glorias del mejor siglo de Valentín de Céspedes, S.J. (1921).

Compuso los dramas religiosos Berchmans o la vocación de un santo (1921), juntamente con Joaquín Peñuela y otros discípulos del curso de Humanidades de 1919-1920; y en colaboración con los discípulos del curso de Humanidades de 1920-1921, especialmente Rafael Fernández del Villar, El ángel de la vocación (1921).

Se conocen dos poemas místicos compuestos en latín por Espinosa Pólit bajo la influencia de la lírica del poeta romano Horacio, fechados en 1915 y 1920, que recogió, como después veremos, en el volumen grupal Horatiana (1936). En 1921, por el centenario del nacimiento de Gabriel García Moreno, escribió un soneto en su homenaje que publicó al año siguiente, con una lacónica presentación de su tío Manuel María, que concluye con esta premonitoria frase:

El Ecuador cuenta en adelante con otro excelente literato y poeta de verdad; Quito puede gloriarse de otro hijo suyo, que, si bien alejado por hoy del terruño nativo, lo ama de corazón, y le hace honor2.

Ya desde su época de estudiante la traducción formó parte de sus ejercicios escolares. De esta época data una versión en tercetos castellanos de los 75 primeros versos del Canto XXXIII —que corresponde al trágico pasaje del Conde Ugolino— del «Infierno» de la Divina comedia de Dante Alighieri, precedida por una interesante disertación suya.

Otros ejercicios de traducción sobre temas religiosos fueron Inter lilia, figuras de niños, primera y segunda serie (1924), de Alberto Bessières, S.J., y El espíritu de la beata Teresita del Niño Jesús según sus escritos y los testigos oculares de su vida, por un padre de la Compañía de Jesús (1926).

Efectuó estudios clásicos desde 1927 en la Universidad de Cambridge, pero, por disposición de sus superiores de la Compañía de Jesús, en 1928, a los 30 años de ausencia, retornó al Ecuador y fue destinado al Noviciado de los jesuitas de Cotocollao, en el norte de Quito, en donde se hizo cargo de la dirección de estudios. Durante las siguientes décadas la vida de Aurelio Espinosa Pólit, a más de cumplir sus deberes sacerdotales, se consagrará a importantes aspectos de la cultura del país: la enseñanza, estudios literarios e históricos, la traducción y la crítica literaria y la elaboración de varias antologías sobre la producción cultural de nuestro país, amén de su obra de creación poética, la reflexión mística, la hagiografía... Participó además, con diversos Gobiernos del Ecuador, en actividades relacionadas con normativas y reglamentación para el ámbito educativo.

En 1929, con el padre José Jouanen, adaptó un Catecismo elemental; y de este mismo año data su decisión más importante en relación con la bibliografía nacional, cuando, siguiendo el ejemplo de su tío, el mencionado arzobispo de Quito Manuel María Pólit Laso —erudito que tradujo al francés y publicó los escritos de santa Teresa de Jesús, que realizó importantes estudios y monografías históricas y literarias y que, a más de publicaciones vinculadas a su ejercicio religioso, prologó y editó varios volúmenes de los escritos de Gabriel García Moreno y de las obras de Federico González Suárez—, juntó la biblioteca de su padre Aurelio Espinosa Coronel, conformada por volúmenes encuadernados que recogían folletos ecuatorianos, con una sección de la de su tío. A todo ello se unió la imponderable contribución económica de su madre Cornelia Pólit Laso, quien financió durante décadas la adquisición de muchos volúmenes3, así como de toda publicación o manuscrito ecuatoriano que su hijo Aurelio consideró apropiado para conformar la importante biblioteca que actualmente lleva su nombre4.

Se trata de una obra cultural de primer orden. Hasta la fecha ha llegado a contener en su espacio una biblioteca, un archivo y una mapoteca (con libros, hojas sueltas, periódicos, revistas, mapas, manuscritos, etc.). Con el tiempo la colección se ha ampliado además con un museo de arte, historia y arqueología y con un herbario.

Sabemos que actualmente la colección, mediante adquisiciones y donaciones, contiene un aproximado de 500.000 ejemplares y 7.000 títulos de publicaciones periódicas. Es el repositorio más importante del patrimonio bibliográfico ecuatoriano.

Su génesis la registró el propio P. Aurelio en el artículo «Una biblioteca ecuatoriana en el Colegio Noviciado de Cotocollao», en el cual, pese a su brevedad (3 páginas), expone, con visión ecuménica y nada partidista, un extraordinario concepto del patrimonio de nuestro país5. Cito unos párrafos:

En los labios de todos está el nombre sagrado de patria; es anhelo común contribuir a cuanto puede realzar su lustre; y quizás no se piensa que la patria es algo más que el suelo amado que nos vio nacer, que es algo espiritual que debe informar nuestra vida, y que así como se ha de defender de la invasión el suelo de la patria, así se ha de defender también el espíritu de la patria de otro enemigo más artero y más temible: la inconsciencia y el olvido.

Y ¿cómo conservar íntegro el espíritu de la patria, cómo mantener vivo y alentador el recuerdo de los héroes que la crearon y de los hombres grandes que pacientemente la formaron en el curso de esta primera centuria? Las fiestas pasan, sin dejar en pos de sí más que el dulce pero fugaz perfume del recuerdo; los monumentos son emblemas grandiosos pero mudos; la huella sensible del alma de la patria, mucho más que en ellos, está en los escritos de sus más esclarecidos hijos. El canto inmortal de Olmedo, la historia de González Suárez, las prosas de Mera y Montalvo, los versos de Crespo Toral, son algo de la patria, tanto y más quizás que los edificios coloniales y los monumentos a los próceres.

Conservar cuidadosamente estos escritos, no solamente los de los más grandes, sino cuantos han brotado de una pluma ecuatoriana, aun los más humildes; procurar de este modo reunir y ordenar todos los sillares de la que ha de ser un día nuestra tradición nacional, religiosa, histórica, científica y literaria: tal es el fin de la Biblioteca de Autores Ecuatorianos que recientemente se ha fundado en el Colegio Noviciado de Cotocollao6.

Cuando en 1930 Espinosa Pólit publicó el folleto A Virgilio en el bimilenario de su nacimiento, lo hizo con un estudio sobre el poeta latino e incluyó una versión suya en verso castellano de la Égloga novena. Con este trabajo inauguró sus publicaciones relacionadas con su pasión por la obra de Publio Virgilio Marón, que le acompañará hasta el final de sus días.

Al año siguiente, en colaboración, preparó con textos en latín y español el volumen Estudios virgilianos. Homenaje de la Compañía de Jesús en el Ecuador al poeta latino en el bimilenario de su nacimiento (1931), que contiene trabajos de varios jesuitas, entre ellos una prelección virgiliana «según la Ratio studiorum» jesuítica realizada por Espinosa Pólit, más su registro del material bibliográfico referente a Virgilio en la colección de libros que conformaba hasta aquel año la Biblioteca de Letras del Colegio Noviciado de Cotocollao. Se trataba en aquel entonces de 550 entradas distribuidas en siete secciones, que a lo largo del tiempo él contribuyó a acrecentar con sus estudios y traducciones, obras que se conservan en una sala-museo en el actual Centro Cultural Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit.

En octubre de 1931 dio la conferencia La poesía viva de Virgilio y publicó su versión al español de la oda «A Virgilio» del poeta británico Alfred Tennyson.

Sin embargo, el primer gran estudio —por dimensiones y calidad interpretativa— que publicó fue Virgilio. El poeta y su misión providencial, prologado por Remigio Crespo Toral (1932).

Esta obra se distribuye en dos partes: la primera ofrece un análisis de la literatura virgiliana y del espíritu de su poesía; y en la segunda, sumándose a una tesis literario-católica, presenta al ilustre poeta mantuano a la luz de las grandes revelaciones en el siglo de Augusto, en un papel providencial, premonitorio de la llegada de Jesús: «atisbos precristianos» los denominó el P. Aurelio. Criterios que, si no se comparten en su totalidad, plantean elementos literarios a considerar en la lectura de la obra virgiliana.

Al publicar este volumen el P. Aurelio, a más de glorificar al poeta latino, aspiraba a resucitar la afición por las humanidades clásicas a través del estudio del griego y el latín.

El ensayista español Ramiro de Maeztu realizó una sutil apreciación de esta obra, manifestando lo siguiente:

Sólo que el padre Espinosa no cree que lo esencial sea decir algo original sobre Virgilio, ni sobre nada. Acaso la parte más penetrante de su obra sea la que dedica a explicar las numerosas veces que Virgilio se sirve de uno o dos versos de Homero o de otro poeta, como lo hacían todos los clásicos entonces, porque en la Antigüedad se consideraba el plagio como una cortesía que debía cada poeta a sus predecesores, en vez de rechazarla con el desdén romántico de un Musset, que se jactaba de beber en su vaso, aunque fuese pequeño. Los antiguos pensaban, como André Chénier, que los escritos de otros poetas son «aguijones poderosos que al besarme con su llama me hacen creer con ellos».

[Virgilio] fue el poeta más dulce de la humanidad. Y esto es lo que le hace pensar al señor Espinosa en la misión providencial del poeta7.

La publicación de Virgilio. El poeta y su misión providencial propició que el P. Aurelio fuera nombrado miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; además, determinó que el consistorio de la Fiesta Mariana de la Lira de Cuenca lo premiase el último sábado de mayo con la medalla de oro «Honorato Vázquez» de 1933, que le fue conferida en 1934.

Como parte de este fervor por la obra del autor de la Eneida publicó el folleto La ascensión espiritual de la crítica virgiliana (1933), en el que recogió, en homenaje al poeta mantuano, tres sonetos: del poeta italiano Giosuè Carducci, del jesuita francés Alexis Hanrion (vertidos al español por él) y del ecuatoriano Manuel María Palacios Bravo, los tres concienzudamente comentados.

En 1935 apareció su versión en verso castellano de Edipo rey de Sófocles, traducida directamente del griego, precedida de un prólogo. Diez años después publicó una segunda edición revisada, y hará más cambios sobre la traducción tanto en 1947 —cuando su Edipo rey aparezca, comentado, dentro de seis de sus Dieciocho clases de literatura— como en la versión definitiva de Sófocles en verso castellano (1959).

Su traducción en verso castellano de Edipo en Colono vio la luz en 1936, pero fue también revisada para su edición de 1959, incluida en las nombradas obras completas del trágico griego.

Dentro de sus proyectos humanistas, inició la difusión de sus estudios dedicados a Quinto Horacio Flaco con el trabajo El bimilenario de Horacio (1935), empeño que culminará lustros después con su Lírica horaciana en verso castellano —Odas, Epodos, Canto secular— (1953), cuya última edición, bilingüe, preparó para la Editorial Jus de México en 1960. Antes, en 1949, había publicado su traducción Doce odas de Horacio y, en 1952, cuatro de ellas en la revista Ábside de México.

Para el bimilenario de Horacio Espinosa Pólit preparó con los estudiantes de Cotocollao un volumen titulado Horatiana (1936), que abre y cierra con dos poemas suyos en latín dedicados al lírico venusino. Contiene su versión en verso castellano de 17 de sus odas e incluye al final del volumen dos composiciones místicas que mencioné anteriormente —fechadas la primera en 1915 y la segunda en 1920— de su autoría en latín, además de varias versiones y poemas originales en aquella lengua en homenaje a Horacio, a lo que se suman dos poemas en inglés de la estadounidense Florence Bennett Anderson con su correspondiente versión aureliana al latín.

Las convicciones religiosas de Espinosa Pólit le inclinaron a traducir al castellano otros diversos textos breves: composiciones sueltas o poemarios de escasas dimensiones, pero de gran contenido místico o literario.

Ejecutó, con la misma pasión e intensidad, la traducción de un par de poemas (1936 y 1938) de Victor Hugo, de La pastoral virgiliana del estadounidense George Meason Whicher (1937) —acompañada de un estudio de su autoría—, y de Siete poesías sagradas de la ya citada Florence Bennett Anderson (1937).

Tradujo también, de Joan Maragall, «La noche de la Purísima» y «La vaca ciega» (1938), poema este último ya vertido antes al castellano por Miguel de Unamuno. Y suya es también la traducción, datada en 1955, del sorprendente poema de Paul Claudel «A los mártires españoles», escrito con la intención de defender a la Iglesia católica en la Guerra Civil española y conocido en nuestra lengua gracias a las anteriores versiones de Jorge Guillén y de Leopoldo Marechal.

Con otros académicos y especialistas, en 1938 participó en un ciclo de conferencias organizado por la Universidad Central del Ecuador, como parte del curso de extensión cultural denominado «Realidades ecuatorianas». Espinosa Pólit intervino el sábado 28 de mayo con Los clásicos y la literatura ecuatoriana.

Cuando Gabriela Mistral visitó nuestro país, entre agosto y septiembre de 1938, se refirió a este valioso estudio:

Cuento entre las lecturas mejores hechas en este mes mío del Ecuador su conferencia sobre Los clásicos en la literatura ecuatoriana. Sabe usted, padre, que el tema es de mi interés más entrañable. Hemos de hacer pronto en Chile un círculo de «amigos de los clásicos» que restituya a su categoría nuestras humanidades aplebeyadas por el primarismo de los que odian los estudios humanísticos por tanto jacobinismo y por plebeyismo intelectual. Tendré la honra de referirme a su trabajo cuando vuelva ya a escribir sobre este tema de verdadero latinoamericanismo8.

Igualmente, en el mismo artículo, la poeta chilena expresó lo siguiente sobre el poemario Alma adentro (1938) de Espinosa Pólit:

Recibí también, respetado señor, su volumen de poesías, donde he sentido el calor de su fuerte vida interna y he conocido, en cuanto es dable, su alma de guía de hombres.

Algunos años después Espinosa Pólit tradujo un importante pasaje de la Historia de la Guerra del Peloponeso, el «Diálogo de Melos» de Tucídides (libro V, 85-113), con una sucinta nota:

De incontrovertible actualidad. Los atenienses necesitan o desean, para sus intereses imperialistas, tener sujetos a los melios, y vienen para arreglarlo «racional y pacíficamente». Qué valor y alcance tienen estas negociaciones «pacíficas» en labios de un país totalitario frente a otro más débil, nos lo enseña nuestra historia contemporánea, pero ya antes, hace 24 siglos, lo dijo el inmortal historiador ateniense en su interesantísimo diálogo. La historia es la maestra de la vida9.

Cabe recordar que cuando esta versión apareció (1943) se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo que, a nivel nacional, el Gobierno ecuatoriano se había visto obligado a firmar, en 1942, el denominado con pomposo y ridículo nombre «Protocolo de paz, amistad y límites de Río de Janeiro», que comportó la pérdida de amplias extensiones de territorio en favor del Perú.

En el mismo 1943 el Gobierno ecuatoriano designó una comisión para el arreglo del fondo jesuítico de la Biblioteca Nacional del Ecuador, y el P. Aurelio fue nombrado asesor para esta labor.

Entre 1942 y 1945, otra de las actividades en que desplegó grandes esfuerzos el P. Aurelio fue la de editor de las obras de nuestros clásicos, excepcional trabajo para el Instituto Cultural Ecuatoriano10 durante la presidencia de Carlos Alberto Arroyo del Río (1940-1944). Entonces formó parte de la Comisión de Propaganda Cultural del Ecuador —órgano adscrito al mencionado Instituto y encargado de las ediciones—, a cuya labor contribuyó con el cuidado editorial de cuatro de los siete volúmenes que aparecieron de la colección denominada Biblioteca de Clásicos Ecuatorianos11.

El prólogo y edición del primer volumen de la colección, Gobierno eclesiástico-pacífico de fray Gaspar de Villarroel (1943), fue responsabilidad de Gonzalo Zaldumbide, y el P. Aurelio se encargó de la traducción de los textos latinos y de poner títulos a los párrafos seleccionados en la antología.

En el volumen III, correspondiente a las Poesías y obras oratorias de Juan Bautista Aguirre, S.J. (1943), el estudio preliminar y cuidado de los textos en verso corrió a cargo de Gonzalo Zaldumbide, y del establecimiento de los textos en prosa se ocupó Espinosa Pólit.

El P. Aurelio realizó la transcripción, fijó el texto y añadió notas explicativas, filológicas e históricas, a más de la traducción de las citas en latín y en griego, para la edición de El nuevo Luciano de Quito. 1779 de Eugenio Espejo (1943), volumen IV de la colección, que apareció con prólogo de Isaac J. Barrera. Para efectuar esta edición crítica, Espinosa Pólit analizó —siguiendo instrucciones detalladas en un estudio anterior de su tío, el mencionado historiador Manuel María Pólit Laso— los tres manuscritos originales de El nuevo Luciano que existían para esa fecha.

Sus trascendentales investigaciones y estudios sobre estos clásicos permitieron definir aspectos esenciales de nuestra literatura, al punto de ser reconocidos incluso por algunos de sus opositores ideológicos, como el escritor Joaquín Gallegos Lara, quien, en un polémico artículo —en el que arremete contra el presidente Arroyo del Río, auspiciante de la colección, y varios de los miembros de la comisión encargada de la misma: Gonzalo Zaldumbide, Jacinto Jijón y Caamaño e Isaac J. Barrera—, destacó las dotes del humanista de la siguiente manera:

Hay que aclarar la bajeza con que estos clasicizantes han mezclado en este lío, en calidad de peón literario, al P. Aurelio Espinosa Pólit, sacerdote de veras, alma clara, auténticamente cristiana. Él ama los clásicos españoles y grecolatinos con hondo saber modesto. Es un traductor ágil e inspirado de Virgilio.

Para concluir:

Ellos lo pusieron a restablecer textos, utilizando sus conocimientos, experiencia e intuición. No le confiaron un prólogo. Los viles tienen tanto miedo a las almas puras como a las rebeldes12.

Al año siguiente de la publicación de este artículo, el reclamo del narrador guayaquileño, sin pretenderlo, fue atendido: en las Poesías, como parte de las proyectadas Obras completas de José Joaquín de Olmedo (1945), volumen V de la colección, el P. Aurelio se encargó de establecer los textos, el prólogo y las notas. Con ligeros cambios, esta edición aparecerá bajo el sello editorial mexicano del Fondo de Cultura Económica en 1947 como la Poesía completa de Olmedo.

Como antes señalé, el conflicto limítrofe del Ecuador con el Perú concluyó con el desmembramiento territorial de nuestro país en 1942, suceso que determinó la caída del Gobierno de Arroyo del Río en mayo de 1944 y el acceso al poder de José María Velasco Ibarra. Como consecuencia, el proyecto editorial del Instituto Cultural Ecuatoriano se truncó.

En este segundo mandato de Velasco Ibarra (1944-1947) fueron creadas dos importantes instituciones, la una cultural, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y la otra educativa, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.

Cuando en 1944 se hizo realidad el proyecto de Benjamín Carrión, la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Espinosa Pólit fue nombrado «representante de las Ciencias Filosóficas, en la Sección de Ciencias Filosóficas y de Educación», y al año siguiente la editorial de la institución se inauguró con la segunda edición de su traducción de Edipo rey.13

El 4 de noviembre de 1946 el P. Aurelio inició sus labores como primer rector de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (creada por la Compañía de Jesús, el arzobispo de Quito Carlos María de la Torre, Enrique Arízaga Toral y Julio Tobar Donoso, entre otros, más el apoyo económico de Jacinto Jijón y Caamaño), cargo que nuestro ilustre humanista desempeñó hasta su deceso en 1961.

La primera etapa de la Universidad comprende el periodo del primer rectorado, 1946 a 1961. El aporte personal más valioso y efectivo del primer rector, padre Aurelio Espinosa Pólit, fue su prestigio como humanista y hombre de letras. Gracias a él la Universidad se abrió paso ágilmente en la vida nacional. Como profesor de Cultura Religiosa dejó el aporte de sus textos de Religión Natural y Religión Revelada y, como rector, un rico conjunto de intervenciones académicas, de sentido doctrinario en su mayor parte14.

Dentro de la obra de creación, el P. Aurelio dio a la prensa cuatro libros en verso de su autoría: Alma adentro (1938), En el mismo laúd (1941), Estaciones y cristofanías (1944) y La fuente intermitente (1946). Sobre este último el poeta César Dávila Andrade expresó:

Espinosa Pólit es ante todo bardo, y los bardos comparten con los dioses y los héroes la huella de la quemante insignia de los constructores por el fuego, de la ígnea arquitectura de los arquetipos que no caen bajo el imperio vesperal de la decadencia.

Poesía de fe, de conocimiento emocionado y de ritmo sereno. Como conviene a un espíritu que, humilde pero noblemente, se sabe vivo símbolo del Infinito15.

Años después, el historiador Jorge Salvador Lara reunirá los cuatro libros de versos del P. Aurelio bajo el título de Poesías completas (1996), con prólogo de Gabriel Cevallos García.

Como miembro del Consejo Superior del Ministerio de Educación del Ecuador, Espinosa Pólit participó en un curso de capacitación para profesores de castellano y literatura (del 4 de agosto al 13 de septiembre de 1945). Desde entonces y por varios años mantuvo relación con dependencias estatales, contribuyendo, entre otras cosas, al mantenimiento de los estudios clásicos en la enseñanza media y superior en nuestro país.

En 1947 publicó el volumen Dieciocho clases de literatura, con las mencionadas conferencias de preceptiva literaria impartidas en el verano de 1945. Allí aparecen sus análisis literarios de obras de autores ecuatorianos —fragmentos de la Égloga trágica y de Mi regreso a Cuenca de Gonzalo Zaldumbide y poemas de Carlos Suárez Veintimilla— y, a continuación, varias prelecciones a todo el Edipo rey de Sófocles. Este volumen obtuvo una segunda edición (en 1996, por el Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador) al cuidado del jesuita y catedrático Manuel Corrales Pascual.

En octubre de ese mismo año Espinosa Pólit asistió a la I Exposición Bibliográfica Cervantina en España, en San Lorenzo de El Escorial, en la que participaron también José Ibáñez Martín y José María Pemán. El P. Aurelio contribuyó a las Actas de la Asamblea Cervantina de la Lengua Española con el estudio «Un latinismo en el Quijote».

Constante en el arte de la traducción, realizó la versión al castellano del poema El lebrel del cielo del místico británico Francis Thompson (1948), que fue publicado en edición bilingüe precedido y cerrado por una extensa «Semblanza y comentario» —que incluye, como complemento, sus versiones de «El Dios amor» del italiano Silvio Pellico y «En la encrucijada del dolor» del francés Albert Fleury—. El padre Julián Bravo publicó una segunda edición de esta obra en 1989.

También de 1948 data su Reseña histórica del himno nacional ecuatoriano, valioso estudio acerca de uno de los símbolos más importantes de nuestra patria, en que pasa revista a los antecedentes y a todo lo relacionado con las distintas letras del himno hasta su versión definitiva, debida a Juan León Mera.

En colaboración con su hermano José, también jesuita, dio a las prensas el manual de enseñanza Resumen sintético de análisis gramatical y lógico (1949).

En el ámbito de la crítica literaria se ocupó de prologar las obras de autores que le eran afines en sus gustos estéticos y convicciones religiosas, como A la paz bienhechora (1938) de Nicolás Rubio Vásquez; dos obras de Carlos Suárez Veintimilla: Caminos del corazón inquieto (1943) y Alondras (1945); El milagro (1951) de José María Egas y La Iglesia modeladora de la nacionalidad (1953) de Julio Tobar Donoso.

También hizo en 1953 una breve presentación, que se publicó junto con otra de Benjamín Carrión, a un estudio fundamental sobre la bibliografía nacional, la Historia de la imprenta en el Ecuador (1755-1953) del maestro holandés en artes gráficas Alexandre A. M. Stols.

Comentó las obras de algunos autores hispanoamericanos: Las sinfonías de las campanas (1940) del poeta cubano Rafael R. Vidal; los libros mexicanos La divina aventura (1938) de Alfonso Junco; ¡Para siempre! (1943) de Perfecto Méndez Padilla y Caín, el hombre (1951) de Emma Godoy, análisis literarios que, por su amistad con Alfonso Junco, fueron publicados en la revista mexicana Ábside, que este último dirigía.

Acerca del oficio de la traducción escribió —a más de los capítulos correspondientes en los magníficos prólogos a sus autores predilectos— un clarificador estudio, fechado en 1949 pero dado a las prensas en 1951: «La traducción como obra de arte. La métrica latinizante», dedicado al padre Félix Restrepo. Además, en su ensayo «Marcelino Menéndez y Pelayo, humanista» (1956) y en algunas cartas a Jorge Carrera Andrade, Alfonso Junco, Pablo Menor y José Antonio Falconí Villagómez expresó sus puntos de vista sobre esta labor tan cara y esencial a su existencia16.

En 1951 participó en el Primer Congreso de Academias de la Lengua Española, celebrado en México, con la ponencia «Teoría de las partes de la oración».

Reunió parte de sus opiniones acerca de la enseñanza católica en su libro Posiciones católicas en educación (1953), que contiene doce discursos pronunciados entre 1946 y 1952.

En 1953 se publicó, como ya mencionamos, su versión al castellano de la poesía más marcadamente lírica de Horacio: las Odas, los Epodos (excepto el IX y el XII, que casi ningún traductor se aventura a traducir, más por razones morales que estéticas) y el Canto secular. Ese mismo año, el 19 de febrero, falleció su madre.

Vertió asimismo al español 13 textos —incluidos los sonetos XVIII, XXIX y XXX, que tradujo en verso— de William Shakespeare, recogidos en su versión de la conferencia «Algunos aspectos de Shakespeare» (1954), del capitán de navío estadounidense Raymond J. Toner.

En 1954 volvió a trabajar en la obra de Sófocles y publicó su traducción de Antígona, con la que cierra el ciclo tebano sofocleo, volumen que añade al final un amplio y valioso estudio en forma de prelección. Su versión española definitiva de esta tragedia apareció en la mencionada edición de 1959.

También en 1954 agrupó varias conferencias y estudios históricos y literarios en el volumen Temas ecuatorianos, título que obtuvo dos ediciones más: la una dispuesta por el ya mencionado profesor Corrales Pascual, S.J., en 1999, quien a la versión original añadió otros importantes textos; y la última, elaborada en 2006 por Jorge Salvador Lara, que es una selección de la primera más el texto «Roma y nuestro mundo americano», que originalmente había sido titulado «Roma cristiana y Roma pagana», publicado en 1950 y que —ampliado— constituyó su lectura de incorporación como miembro de la Academia Nacional de Historia de Colombia en 1956.

Preparó la edición crítica de la Vida de santa Mariana de Jesús (1955) del padre Jacinto Morán de Butrón, S.J., cotejando, para establecer el texto definitivo, el manuscrito original de 1697 con la edición colonial de 1724; y dos años después publicó, de su autoría, Santa Mariana de Jesús, hija de la Compañía de Jesús. Estudio histórico-ascético de su espiritualidad (1957).

A lo largo de los años, sustentado en la investigación y el estudio de documentos y manuscritos, realizó varias aproximaciones —a más de fijar una edición canónica suya— a la obra de José Joaquín de Olmedo. Varios de esos estudios que escribió y reescribió sobre la vida y obra del autor de La victoria de Junín los recogió en 1955 bajo el título de Olmedo en la historia y en las letras. Siete estudios, a cuya segunda edición de 1980 se añadió parte del texto de la edición de Olmedo que publicó en 1945 y que con escasas variantes apareció como prólogo al volumen Poesía-Prosa de la edición de 1960 para la Biblioteca Ecuatoriana Mínima.

El 24 de abril de 1956 participó en el Segundo Congreso de Academias de la Lengua en Madrid, como jefe de la delegación ecuatoriana, conformada además por Isaac J. Barrera y Guillermo Bustamante. Al P. Aurelio le correspondió dar el saludo en nombre de las delegaciones participantes. Le precedieron en la palabra Pedro Laín Entralgo, Ramón Menéndez Pidal y Gregorio Marañón. También estuvieron presentes José María Chacón y Calvo, José Ibáñez Martín y Julio Casares. El resultado del congreso fue la publicación de su Memorándum de la Academia Ecuatoriana al II Congreso de Academias de la Lengua, 1956, acerca de la gramática de la lengua española.

Para conmemorar el centenario del nacimiento de Marcelino Menéndez Pelayo, en 1956, el P. Aurelio redactó un trascendental y desmitificador estudio sobre la formación y solvencia helénica y latina del importante polígrafo español, sin dejar de destacar y reconocer sus grandes capacidades humanísticas y su pasión por la obra de Horacio.

Siempre pendiente de los trabajos relacionados con los estudios y traducciones de la obra de Virgilio y Horacio en América, publicó importantes artículos sobre Ismael Enrique Arciniegas, Alfonso Méndez Plancarte y Miguel Antonio Caro, dadas sus valiosas contribuciones a los estudios clásicos latinos.

Entre 1957 y 1960, Espinosa Pólit, con Humberto Toscano, Darío Guevara, Jaime Larenas y su compañero de orden religiosa Oswaldo Romero Arteta, emprendieron la edición de los cuadernos de difusión Cien autores ecuatorianos, de extraordinario valor didáctico dentro de la colección Biblioteca del Estudiante17.

Este excelente acercamiento a la historia de nuestra cultura se verá potenciado y completado con la aparición de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima poco tiempo después.

Uno de los proyectos que Espinosa Pólit no pudo ejecutar fue la edición de las Obras completas de Remigio Crespo Toral —aunque le dedicó varias breves valoraciones, incluida una «Advertencia preliminar» a la excelente bibliografía del autor cuencano preparada por Romero Arteta en 1957—. Este proyecto lo terminó realizando en buena parte su discípulo, el padre Julián Bravo, S.J. , quien le sucedió también en la dirección de la Biblioteca Ecuatoriana de Cotocollao18.

En 1955 se celebraron las bodas de oro literarias del escritor mexicano Alfonso Reyes; Espinosa Pólit se sumó a este homenaje publicando en 1958 un sucinto pero sugerente texto: «Alfonso Reyes, el humanista».

Cuando Benjamín Carrión publicó en la revista La Calle, en noviembre de 1958, «Sobre la misión del estudiante universitario ecuatoriano», la decimosexta de sus Nuevas cartas al Ecuador, el P. Aurelio le replicó, en abril de 1959, con el artículo «¿Obligación de defender al laicismo?», en el cual de manera sistemática destruyó cada uno de los argumentos del importante ensayista lojano.

En el homenaje por el centenario de la muerte de Andrés Bello en 1958, el estudioso español radicado en Venezuela Pedro Grases convocó, dentro de un grupo de especialistas, al P. Aurelio para que se hiciera cargo de la edición del volumen Gramática latina (1958) del humanista caraqueño. Para esta edición, que apareció con un amplio estudio introductorio, «Andrés Bello latinista», tradujo al español —en prosa— versos y fragmentos de Los tristes [sic!] de Ovidio, de la edición chilena en latín que Andrés Bello publicó con eruditos y valiosos comentarios suyos —en español— en 1847.

Con la colaboración, nuevamente, del padre Romero Arteta, preparó para el Ministerio de Educación la antología Trozos selectos de literatura ecuatoriana (1958); le siguieron dos ediciones más (1960 y 1962).

Para conmemorar el sesquicentenario del Primer Grito de la Independencia, a celebrarse en 1959, el Gobierno ecuatoriano presidido por Camilo Ponce Enríquez decidió preparar una colección —«publicación auspiciada por la Secretaría General de la Undécima Conferencia Interamericana»— con los más importantes autores de nuestro país, desde la época colonial hasta los años 50 del siglo XX, denominada Biblioteca Ecuatoriana Mínima, en 29 gruesos volúmenes, publicada por la Editorial Cajica de Puebla (México). Esta idea de tan poderoso alcance la había propuesto Alfonso Reyes para toda América en el número 7 de su revista personal Monterrey, aparecida en Río de Janeiro en diciembre de 193119.

El P. Aurelio formó parte de la Comisión de Asuntos Culturales encargada de la edición de los volúmenes de esta colección, e intervino directamente en el cuidado de cinco de ellos, para lo cual actualizó y amplió estudios que antes ya había elaborado para el Instituto Cultural Ecuatoriano (1942-1945), como mencioné párrafos atrás.

El primer estudio que había dedicado a Antonio de Bastidas fue el que escribió para su incorporación a la Academia Nacional de Historia del Ecuador, leído el 22 de febrero de 1956, texto que, reelaborado y ampliado con nueva documentación consultada, será el estudio introductorio a la edición que preparó de Los dos primeros poetas coloniales. Siglos XVII y XVIII, que recoge la obra de los jesuitas Bastidas y Jacinto de Evia. Y en la segunda parte del volumen añadió la producción en verso y algunas prosas de Juan Bautista Aguirre, establecidos con Gonzalo Zaldumbide, quien se ocupó del estudio previo (1959).

En abril de 1959, el P. Aurelio publicó el estudio «Una cuestión de historia literaria colombiana», que causó revuelo en el ambiente intelectual colombiano, pues ponía en duda la atribución del «Poema heroico» a san Ignacio de Loyola y de la prosa «Invectiva apologética» al poeta colonial neogranadino Hernando Domínguez Camargo, y se atrevía a sugerir que su autor podría ser Antonio de Bastidas. Capítulo que se cerró en julio de 1960 con la edición definitiva de Obras del colombiano: su paisano, el estudioso Guillermo Hernández de Alba, demostró mediante la consulta de documentación a la que no había tenido acceso el P. Aurelio, que la atribución era cierta. Entonces nuestro humanista, con responsabilidad, a través de un par de cartas publicadas póstumamente por sus destinatarios, reconoció a Domínguez Camargo la autoría de ambos textos.

En 1960 Espinosa Pólit, dentro de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima, dedicó un prólogo al volumen titulado Poesía-Prosa, que recoge una selección de distintos trabajos de José Joaquín de Olmedo, incluyendo sus dos más importantes poemas, «La victoria de Junín. Canto a Bolívar» y «Al general Flores. Vencedor de Miñarica»; en prosa constan su «Epitafio a José Mejía Lequerica», sus «Reflexiones sobre la libertad de imprenta» y su «Discurso en las Cortes de Cádiz sobre la abolición de las mitas», de 1812, más una serie de escritos que el guayaquileño redactó dentro de su ejercicio político. El otro volumen, también prologado por Espinosa Pólit, es el Epistolario, una selección de misivas de Olmedo, que ofrece documentación muy importante, con cartas remitidas a Antonio José de Sucre, Andrés Bello, Juan José Flores y José de San Martín más la importante sección de epístolas que envió a Simón Bolívar sobre el proceso de creación y crítica al poema «La victoria de Junín», con lo que parte de la colección de cartas entre el venezolano y el guayaquileño constituye un modelo en el oficio de la crítica literaria.

Espinosa Pólit se ocupó también de preparar una extraordinaria versión de los escritos de Los jesuitas quiteños del Extrañamiento, del padre Juan de Velasco, acompañada de introducción, selección y traducciones del latín y del italiano (1960), con la intención —según propia confesión— de enmendar las traducciones hechas por Matilde Elena López y Lea Cavalini para la edición y estudio que preparó, en dos tomos, Alejandro Carrión en Los poetas quiteños de «El ocioso en Faenza» (CCE, 1957-1958), obra con la que el escritor lojano se hizo merecedor del Premio Tobar que concedía el Municipio de Quito, cuyo jurado estuvo conformado por el mismo P. Aurelio, Gonzalo Zaldumbide y Julio Endara.

Dentro de esta colección estableció también el texto definitivo de la Historia del reino de Quito en la América meridional del mismo Juan de Velasco. El P. Aurelio registró que, de los dos manuscritos conocidos, uno reposaba en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia de Madrid y el otro, el que le sirvió para la edición, se conservaba en el Archivo de la Compañía de Jesús en Quito. Esta obra apareció póstumamente en 1961 en dos volúmenes; Espinosa Pólit no pudo terminar la revisión de las pruebas y por su indicación expresa la concluyó Oswaldo Romero Arteta.

Sus distintos acercamientos durante varias décadas a Virgilio, su traducción de algunos de sus versos, sus varios estudios y las versiones al español de poemas en homenaje al creador mantuano se vieron coronados con la publicación de Virgilio en verso castellano, en edición bilingüe (México, Jus, 1961), cuyo prólogo por separado también apareció en Quito con el título de Síntesis virgiliana ese mismo año. En mayo de 1960, en un acto académico, el P. Aurelio había ofrecido una conferencia en inglés en la Academia de Virgilianistas de la Universidad de Georgetown (Washington, EE. UU.). Tomada de la traducción de Espinosa Pólit, la Eneida tuvo una edición, profusamente anotada, en la editorial Cátedra, al cuidado de José Carlos Fernández Corte (Madrid, 1993), en su colección Letras Universales; y en 2003 la misma casa editora se encargó de publicar la totalidad de la traducción aureliana —esta vez sin notas, pero con valiosos apéndices, entre ellos la reproducción de 136 xilografías que ilustraron la extraordinaria edición preparada por el humanista Sebastian Brand con el editor Johann Grüninger en 1502— en las Obras completas de Virgilio de su Bibliotheca Aurea, en edición bilingüe latino-castellana preparada por Pollux Hernúñez.

Son, pues, dos las obras hermenéuticas amplias que Espinosa Pólit publicó sobre la obra virgiliana: la primera en 1932 con el ya mencionado Virgilio. El poeta y su misión providencial, y la segunda con esta Síntesis virgiliana, publicada, como acabamos de indicar, en Quito en 1961 (aunque lleva 1960 en el pie de imprenta) 20.

Evidencia de la inquebrantable fe de Espinosa Pólit en el poder transformador de la cultura fue su trabajo constante y sistemático 21, que no abandonó ni con el deterioro de su salud en el último año de vida. Luego de ser operado en el hospital de la Universidad de Georgetown, durante su estancia entre mayo y junio de 1960, y después en el Instituto Superior de Humanidades Clásicas (septiembre-noviembre de 1960), iba revisando las artes finales de la edición bilingüe mexicana de Virgilio en verso castellano 22, hasta que le sobrevino la muerte en Quito antes de cumplir los 67 años, el 21 de enero de 1961.

Dejó algunas obras listas para su impresión. La editorial Jus de México publicó cinco volúmenes: El teatro de Sófocles en verso castellano. Las siete tragedias y los 1129 fragmentos (1960); las ediciones bilingües Lírica horaciana en verso castellano —Odas, Epodos, Canto secular— (1960) y Virgilio en verso castellano: Bucólicas, Geórgicas, Eneida (1961); La misa, mi vida: treinta y seis años de sacerdocio (1961); y, por último, La obediencia perfecta. Comentario a la «Carta de la obediencia» de san Ignacio de Loyola (1961).

A los dos últimos libros de tema religioso hay que añadir, dentro de la misma temática, los siguientes: La dicha que vivimos. Nuestra vocación a la luz de los evangelios y epístolas (1944); Coloquios con Jesús en el Santísimo Sacramento (1947); Alzando el velo al silencio. Vida meditada de san José (1957); De camino hacia Dios (1960); La religión revelada (1962).

A su muerte, el escritor Gonzalo Zaldumbide escribió:

En la cátedra el latinista, el helenista, el humanista, eran el superviviente, el habitante de la Antigüedad clásica, dentro de la cual se movía como en un mundo actuante y parlante, resucitado por su prodigiosa erudición23.

1. Aurelio Espinosa Pólit, S.J. Madre y apóstol. Cornelia Pólit de Espinosa. Cotocollao, Editorial Clásica, 1953. p. 18. (El Folleto Católico; n. 3).

2. Manuel María Pólit Laso. «Un nuevo poeta ecuatoriano, R. P. Aurelio Espinosa Pólit, S.J.» Boletín Eclesiástico. Revista Oficial de la Arquidiócesis. Tomo XXIX. n. 1-2. Quito. enero - febrero de 1922. p. 156. [Artículo sin firma].

3. «La Biblioteca Ecuatoriana se constituyó por la fusión del escaso fondo que había de antes en casa con la colección de libros, folletos y revistas del Dr. Rafael Aurelio Espinosa C., que había tenido en depósito por espacio de treinta años el señor arzobispo Manuel M. Pólit L. y que devolvió en los primeros meses de 1929. Esta colección comprendía unos 250 volúmenes, casi todos encuadernados, entre los que hay bastantes tomos de documentos oficiales y muy valiosos volúmenes de misceláneas, como lo reconoció el Dr. Carlos A. Rolando, el mayor bibliófilo ecuatoriano actual, al revisarlos. Hay también buen número de libros y folletos literarios avalorados por autógrafos de hombres que van pasando a nuestra historia nacional». Citado del Cuaderno manuscrito del elenco de libros ingresados en la Biblioteca Ecuatoriana desde 1932-1951, en el artículo de Julián Bravo, S.J., «La Biblioteca Ecuatoriana “Aurelio Espinosa Pólit”. Historia y espíritu». Biblioteca Ecuatoriana «Aurelio Espinosa Pólit» 1929-1979. Biblioteca, archivo de escritores y asuntos ecuatorianos y museo de arte e historia. Quito, Talleres Gráficos Minerva, 1979. p. 95.

4. A la muerte de Espinosa Pólit en 1961, a la Biblioteca, con justicia, se le dio su nombre, a la vez que el Congreso Nacional ecuatoriano ese año decretó un apoyo económico para su sostenimiento. Veinticinco años después, en 1995, mediante Decreto Legislativo, el Congreso Nacional declaró a la Biblioteca Institución de Interés Nacional y le asignó un presupuesto permanente. Uno de los mecanismos de difusión del servicio que ofrece esta formidable colección bibliográfica es la publicación, entre 1989 y 2017, de los hasta ahora 14 tomos del Diccionario bibliográfico ecuatoriano, en donde se recogen, en orden alfabético, alrededor de 82.000 entradas organizadas por autor, a nivel monográfico y analítico, de las publicaciones que forman parte de la Biblioteca. Con el desarrollo tecnológico, en el siglo XXI este centro de documentación ha puesto cientos de DVD —con imágenes escaneadas— a disposición de investigadores y público en general con buena parte de la documentación que reposa en este importante repositorio, a más de proporcionar una página digital en línea para la consulta de su catálogo. Recientemente, en mayo de 2019, al cumplirse los 90 años de la fundación de la Biblioteca, esta se transformó en el Centro Cultural Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit (CCBEAEP).

5. Es interesante confirmar que algunos criterios que el ensayista lojano Benjamín Carrión, en las antípodas ideológicas del humanista quiteño, trazará en años posteriores, en sus Cartas al Ecuador (1944) o en el Informe a la Casa de la Cultura Ecuatoriana (1957), coinciden con estos planteamientos del P. Aurelio acerca de nuestro país. No se trata de una paradoja: sencillamente ambos —aunque desde posiciones distintas— tuvieron idéntica devoción por su patria.

6. Aurelio Espinosa Pólit. «Una biblioteca ecuatoriana en el Colegio Noviciado de Cotocollao». Mi Colegio. Número extraordinario. Quito. 24 de mayo de 1930. pp. 175-176.

7. «Ramiro de Maeztu estudia el libro del jesuita quiteño P. Aurelio Espinosa Pólit». El Comercio. Quito. 29 de mayo de 1933. p. 4. (Sección: El Lunes Literario).

8. Gabriela Mistral. «Los clásicos en la literatura ecuatoriana». El Comercio. Quito. 21 de noviembre de 1938. p. 8.

9. Tucídides. «Diálogo de Melos». Literaturas clásicas griega y latina de Francisco Javier Miranda, S.J. Quito, Editorial Ecuatoriana, 1943. p. 72.

10. El Instituto Cultural Ecuatoriano. Su fundación e inauguración. Quito, Talleres Gráficos de Educación, [1944]. 42 p.

11. En una lista impresa en los volúmenes aparecidos de la Biblioteca de Clásicos Ecuatorianos —que proyectaba publicar un total de 27, según el folleto de propaganda de la institución (p. 17)— se registra que el volumen II se titularía «Poetas de la Colonia» (en preparación). Sabemos que el P. Aurelio iba a estar a cargo de elaborar este número que no salió en esta colección; la publicación se hará realidad en la Biblioteca Ecuatoriana Mínima, tres lustros después (1959). El resto de títulos que sí aparecieron: volumen X. Obras escogidas de Federico González Suárez. Prólogo y selecciones de Jacinto Jijón y Caamaño (1944), con la mencionada institución. Los dos últimos títulos se harán ya bajo la responsabilidad de la Casa de la Cultura Ecuatoriana: el volumen XIII. Obras escogidas de Juan Montalvo. Prólogo de Julio E. Moreno (1948), y el XIV. Cumandá de Juan León Mera. Prólogo de Augusto Arias (1948). Cabe señalar que, dentro de la proyectada colección, la numeración de los volúmenes no fue secuencial, por lo que no hay un orden en la aparición de los publicados.

12. Joaquín Gallegos Lara. «Los clásicos ecuatorianos y el culto a los muertos». El Universo. Guayaquil. 2 de noviembre de 1944. p. 8. Lo tomamos de Páginas olvidadas de Joaquín Gallegos Lara. Estudio introductorio, recopilación y edición de Alejandro Guerra Cáceres —el mayor especialista en su obra—. Guayaquil, Editorial de la Universidad de Guayaquil, 1987. p. 68. Debo señalar que el reproche del escritor guayaquileño es injusto: los estudios de Zaldumbide sobre Villarroel y el P. Aguirre fueron escritos originalmente en 1917 y 1918, mientras que el correspondiente a Espejo estuvo encomendado a Homero Viteri Lafronte, después sustituido por Isaac J. Barrera; en cuanto al dedicado a González Suárez fue apropiado que lo escribiera su dilecto discípulo Jijón y Caamaño.

13. En una entrevista al P. Aurelio, realizada en Bogotá por Guillermo Camacho Montoya, dio un vívido testimonio: «Soy miembro de la Casa de la Cultura, que continúa el Instituto Cultural Ecuatoriano. Va llevando adelante indudablemente la obra empezada de la Biblioteca de Clásicos Ecuatorianos. Publiqué en ella el primer volumen, que fue El nuevo Luciano de Quito, del precursor Francisco Eugenio Espejo, edición crítica que pude hacer a vista de dos manuscritos que no conoció el Ilustrísimo señor González Suárez, el gran arzobispo de Quito, que fue quien hizo la primera publicación, basada únicamente en una copia del manuscrito existente en Bogotá. Publicó después don Gonzalo Zaldumbide una selección del Gobierno eclesiástico por fray Gaspar de Villarroel, obra de un castellano tan clásico, tan puro, como quizás no existan muchas en la literatura colonial. El tercer volumen fue el descubrimiento del P. Juan Bautista Aguirre, S.J., el gran poeta colonial ecuatoriano, cuya obra perdida logró encontrar, por lo menos en parte, en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires el mismo señor Zaldumbide. D. Jacinto Jijón y Caamaño se encargó del tomo dedicado al arzobispo González Suárez, y el próximo tomo será el de las Poesías completas de Olmedo, de quien tuve la fortuna de hallar 38 inéditas, que me fueron gentilmente entregadas por los señores Pino Ycaza, bisnietos del poeta. Las ediciones anteriores contenían 27 composiciones. Esta tendrá 71, más 12 fragmentos. Al salir de Quito dejé en prensa los últimos pliegos, y en cuanto vuelva emprenderé la preparación del tomo II, dedicado a las obras en prosa, que nunca han sido reunidas hasta ahora, y en el que aparecerán muchas cartas inéditas de sumo interés histórico. Otros autores que entrarán próximamente en prensa son Montalvo, Juan León Mera, Manuel J. Calle y otros, hasta el número de 20, que compondrán la serie primera de Clásicos Ecuatorianos». Guillermo Camacho Montoya. «Una entrevista con el P. Aurelio Espinosa Pólit». Ábside. tomo 9. n. 4. Ciudad de México, octubre-diciembre de 1945. pp. 452-453.

14. Francisco Miranda Ribadeneira S.J. «La Universidad Católica del Ecuador». Cinco siglos de historia. Centenario del Colegio San Gabriel 1863-1962. Quito, La Prensa Católica, 1962. pp. 161-162.

15. César Dávila Andrade. «La fuente intermitente». Letras del Ecuador. n. 21-22. Quito. marzo-abril de 1947. p. 20.

16. Su correspondencia personal fue abundante, aunque pocas de sus cartas se han publicado: las que dirigió a Isaac J. Barrera, varias en su biografía preparada por Francisco Miranda Ribadeneira y algunas que fueron acuses de recibo de libros, publicadas por varios de sus destinatarios. En Cotocollao se conserva su archivo epistolar, evidentemente las cartas que recibió y algunas copias de las suyas. Cabe mencionar, además, que su amplio archivo personal —diferente del epistolar— consta de 87 archivadores con una enorme cantidad de documentos, entre los cuales se hallan numerosas otras muestras de su correspondencia.

17. La colección, en 16 números, recoge 431 textos en prosa y verso seleccionados del periodo que va del siglo XVI a la mitad del siglo XX, y de autores como Teresa de Cepeda (sobrina de santa Teresa de Ávila) hasta José de la Cuadra, que es el autor n° 101, para el Ministerio de Educación Pública, en 1.452 páginas.

18. Hasta la fecha han aparecido 12 volúmenes (1977-1994), que incluyen poesía y prosa, a más de un interesante volumen de poesías de autores clásicos españoles «retocadas» —así lo expresa el mismo Crespo Toral—, más poemas de otras lenguas vertidos al castellano por el autor de La leyenda de Hernán.

19. «Estas y otras reflexiones parecidas me empujaron, hace unos diez años, a convocar voluntades, desde una revista personal, para emprender lo que me pareció justo llamar “el aseo de América”. Propuse entonces la creación, en cada una de nuestras repúblicas, de una colección representativa, una Biblioteca Mínima (la B. M.), que se ofreciera al viajero y al escritor no especialista; que pudiera consultarse en las Direcciones de Turismo, en las sedes diplomáticas y consulares; que los comisionados oficiales llevaran siempre consigo en su equipaje; que se obsequiara a las bibliotecas extranjeras, a los clubes, a las escuelas de los países amigos; que formara parte de nuestros programas primarios como capítulo de educación cívica. La B. M. sería nuestro pasaporte por el mundo, nuestra moneda espiritual». Alfonso Reyes. «Valor de la literatura hispanoamericana». Última Tule, en: Obras Completas de Alfonso Reyes. t. 11. México, Fondo de Cultura Económica, 1960. pp. 128-129. (Colección Letras Mexicanas). En la revista quiteña Ecuador (año 1. n. 5. noviembre-diciembre de 1936) se anunció, bajo el titular «Biblioteca Mínima», lo siguiente: «A fin de realizar el programa de divulgación cultural concebido por el Ministerio de Gobierno, tendente a llevar a los centros extranjeros el conocimiento de la realidad nacional, por medio de una Biblioteca Mínima, la que editará las obras más destacadas de nuestros autores, la comisión encargada para el efecto encuéntrase actualmente preparando los originales de la Historia del Reino de Quito en la América meridional, por el Padre Juan de Velasco, obra que llevará prólogo del doctor Pío Jaramillo Alvarado y la cual iniciará la publicación de la serie que contempla el programa de la Biblioteca Mínima, a la que deberá seguir la Geografía [y geología del Ecuador] de [Teodoro] Wolf y dos obras literarias de reconocido mérito». Sabemos que este proyecto no se ejecutó.

20. Romero Arteta señaló que el P. Aurelio mejoró su traducción de la poesía de Virgilio a lo largo de al menos ocho versiones sucesivas, en su anhelo por lograr una traducción lo más acabada posible; y que, además, estaba resuelto a traducir del griego al castellano todo el teatro de Esquilo, y del inglés El paraíso perdido de John Milton.

21. El jesuita Marco Vinicio Rueda, también discípulo del humanista, nos dejó un valioso testimonio acerca de los aspectos cotidianos de la vida —como su estricto y exigente horario— y de la labor intelectual de nuestro autor, lo que él llamó «las costumbres internas, privadas, del escritor», detalladas en el «Liminar» del fundamental estudio que el catedrático argentino, radicado en el Ecuador durante algunos años, Arturo Andrés Roig publicó en un pequeño volumen titulado Aurelio Espinosa Pólit: humanista y filósofo. Quito, Ediciones de la Universidad Católica, 1980. 78 p. (Cuadernos Universitarios).

22. El P. Aurelio llegó a corregir hasta la página 713; del resto (las 60 páginas finales: 714-770) se ocupó el padre Miguel Sánchez Astudillo; el padre Ernesto Bravo se hizo cargo de la revisión del texto latino. Ambos cumplieron así el deseo expreso de su maestro.

23. Gonzalo Zaldumbide. «En memoria del padre Aurelio Espinosa Pólit». El Comercio. Quito. 24 de enero de 1961. p. 4.

EL SÓFOCLES DE AURELIO ESPINOSA PÓLIT

La primera gran aportación de Aurelio Espinosa Pólit a la difusión del teatro de Sófocles tuvo lugar en 1935 con su traducción al castellano de Edipo rey, que fue representada el 4 de agosto de aquel año por los estudiantes del Noviciado de Cotocollao, como acto conmemorativo por los 25 años del Colegio24; diez años después revisará dicha versión para publicarla, con valiosos apéndices, en la Casa de la Cultura Ecuatoriana (1945); para seis de sus Dieciocho clases de literatura (1947), de la duodécima a la decimoséptima, volvió a revisar sus dos versiones anteriores; el proceso concluirá con la traducción definitiva de Edipo rey, recogida en la edición de El teatro de Sófocles en verso castellano en 1959.

Su entusiasmo por la obra del trágico griego le llevó a publicar un año después su versión de Edipo en Colono, representada también en Cotocollao, en homenaje al jesuita Prudencio De Clippeleir, el domingo 2 de agosto de 1936, con música del compositor ecuatoriano Belisario Peña Ponce25. Después se editó lo que el P. Aurelio denominó una «prolusión» a Edipo en Colono, en la que se explica esta tragedia y cómo se representó en Cotocollao26.

Pasión que no se apaciguó: en 1954 publicó su traducción de Antígona, que incluye como voluminoso apéndice un extraordinario estudio: la prelección aureliana a dicha tragedia27. Finalmente, como hemos dicho, en 1959 vio la luz en Quito su versión completa en verso castellano de toda la obra de Sófocles, compuesta por sus siete tragedias más los 1129 fragmentos conservados del trágico griego. La editorial Jus de México publicó una segunda edición en 1960.

En la época colonial fueron tres las universidades fundadas en nuestro territorio, todas ellas en Quito, en las que el estudio del griego y el latín era parte integral de la formación académica; sin embargo, ni de ese periodo ni del republicano conocemos helenistas, por lo que las traducciones directas de los autores griegos son ciertamente escasas28.

Los únicos que han traducido directamente del griego, por lo que sabemos, son el P. Aurelio, con toda la obra de Sófocles más el «Diálogo de Melos» (libro V, 85-113) de Tucídides29, y su discípulo Francisco Javier Miranda, S.J., autor del volumen de enseñanza Literaturas clásicas griega y latina (Quito, Editorial Ecuatoriana, 1943), en el que recogió fragmentos del Edipo rey de Sófocles y del «Diálogo de Melos» según la versión de Espinosa Pólit. Para esta obra Miranda tradujo un fragmento del De la corona de Demóstenes, y tomó el resto de los textos que citó de traductores extranjeros; él mismo, años después, firmó como Francisco Miranda Ribadeneira, S.J., una traducción de Ifigenia en Áulide bajo el título: El teatro de Eurípides: reflexiones para su estudio y traducción del original griego en verso castellano del drama Ifigenia en Aulis (1966).

Creo conveniente mencionar al pensador español Juan David García Bacca, quien se estableció en nuestro país entre 1939-1942 y 1978-1992 —se casó con una ciudadana ecuatoriana—, quien residió y enseñó también en México y Venezuela; este último país le concedió la nacionalidad, pero en los postreros años de su vida volvió a radicarse en el Ecuador, concretamente en Tumbaco, en donde falleció en 1992. Fue traductor de importantes clásicos de la cultura griega, vertiendo al español toda la obra de Platón, los fragmentos de los presocráticos y obras sueltas de otros autores, entre ellos Tucídides, Aristóteles, Plotino y Jenofonte.

Una guía ineludible para revisar la trayectoria personal y literaria de nuestro traductor es la biografía El humanista ecuatoriano Aurelio Espinosa Pólit que Francisco Miranda Ribadeneira publicó en 1974; en ella reproduce una valiosa reseña que el prestigioso helenista español Ignacio Errandonea, S.J. —maestro a su vez en España del joven Espinosa Pólit, como quedó indicado—, escribió al aparecer la edición sofoclea del P. Aurelio. Reproduzco algunos párrafos reveladores:

Su interpretación del texto griego es exacta y fiel.

Sus observaciones estéticas son siempre atinadas, y es de sentir que persona tan avezada a enjuiciar a Sófocles desde este punto de vista se haya ahora limitado a recoger en el prólogo sus comentarios, generalizándolos en una mirada de conjunto, que es de temer le prive al lector estudioso del placer de admirar en cada caso concreto las bellezas estéticas y le dificulte, o al menos no le facilite, la lectura inteligente y jugosa de cada tragedia.

Su lenguaje es natural, ajustado, con cierto dejo de clasicismo, que rehúye severamente toda estridencia y todo fulgor demasiado moderno, medida tomada sin duda reflejamente con el intento de representar más de cerca el lenguaje clásico de la Antigüedad.

También su versificación se somete a los cánones tradicionales. Para el diálogo ha adoptado el endecasílabo libre castellano, flexible y vario como el trímetro yámbico griego. Para los kommos los endecasílabos rimados o los romances, lo bastante para alejarnos de la conversación llana; y para los estásimos corales «diversos tipos de versos y combinaciones de metros, los más aptos para sugerir el ritmo proteico del original».

Todo ello obedece al afán, muy justificado y en general bien logrado, de verter al castellano todo el precioso licor del ánfora griega, y de satisfacer al lector moderno con impresiones las más semejantes a las que produce el texto del poeta, gran poeta, de Colono.

[Esta traducción] se levanta ahí como un egregio monumento aere perennius que es producto de una muy lenta y afectuosa preparación y estudio, una intensa consagración y constancia y una nada vulgar aptitud poética y gusto, todo puesto a contribución para elaborar una versión que honra así a las letras ecuatorianas y castellanas en general como a las clásicas de la Antigüedad. Grandes plácemes se merece por ella nuestro querido colega el P. Espinosa30.

La trama del ciclo tebano (Edipo rey, Edipo en Colono y Antígona), como cada una de las otras cuatro tragedias sofocleas, el denominado ciclo de Heracles (Las traquinias) y el ciclo troyano (Áyax, Filoctetes y Electra), fácilmente podrían servir en nuestros días para guiones de telenovela, pero son verdaderas historias de aventuras expuestas con intemporal belleza literaria, en las que Espinosa Pólit destaca sobre todo la psicología de los personajes. Por ello, pese a haber pasado 2500 años desde su escritura, nos siguen emocionando y atrayendo, porque nuestras pulsiones, pasiones y virtudes siguen siendo las mismas; de ahí que el amor, la envidia, el odio, los celos, la dignidad, la venganza, el miedo, la traición, el sacrificio, la piedad filial, la ambición, la soberbia, la ira o la tiranía encubierta por unas leyes injustas seguirán vigentes mientras nuestra especie exista.

Estas obras han influido poderosamente, a lo largo de los siglos, en la cultura y el pensamiento occidentales, se siguen representando en los escenarios y el séptimo arte no ha sido la excepción. Como ejemplo, la actriz griega Irene Papas quizá sea la mejor personificación que tengamos del rostro y carácter de Antígona, en la película homónima de Yorgos Tzavellas (1961); y lo mismo puede afirmarse del Edipo encarnado por Franco Citti en el Edipo rey (1967) de Pier Paolo Pasolini. Señalaré, por último, que dos de los personajes-tipo sofocleos han sido utilizados para nominar en la psicología dos tendencias humanas, los llamados complejo de Edipo por Sigmund Freud y complejo de Electra por Carl Gustav Jung.

La genial intuición de artista de Sófocles le permitió crear a Antígona, objeto de numerosísimas revisiones e interpretaciones a lo largo del tiempo (Jean Cocteau, Jean Anouilh, Bertolt Brecht, María Zambrano, etc.); aquí me limito a señalar tan sólo tres de dichas interpretaciones:

1) Antígona es el prototipo de la justicia por encima de las leyes —situaciones intemporales, sin distingo de pueblos, razas, sexos, que no dejan de tener vigencia—. El gran helenista español Luis Gil apuntó que ella encarna «el derecho del individuo a seguir su fe por encima de las imposiciones del Estado»; «[en Antígona tenemos a] una joven desvalida para representar el papel de defensora de una ley inmutable frente a las veleidades contingentes del poder político»; y líneas después: «Antígona sería un anticipo mítico de un ideal de ciudadanía que habría de encontrar años más tarde su más cabal encarnación en Sócrates»31.

2) El escritor español José María Pemán —hoy injustamente olvidado por razones únicamente políticas, gran difusor a mediados del siglo XX de la tradición clásica y autor él mismo de una Antígona (1945) de la que el P. Aurelio se hace eco en su prelección— escribió este excelente comentario enfocado en «la tesis de la doble razón»: «Antígona, la razón del ideal y de la ley divina; Creonte, la razón del orden, la razón de Estado. Sin Antígona no habría poesía ni revolución; sin Creonte no habría ley ni orden. De Antígona hacia delante sigue la literatura. De Creonte hacia delante sigue el derecho político»32.

3) Antígona representa la fuerza y la dignidad de una mujer que se inmola en aras del amor filial, de sus convicciones humanas y religiosas, de su instinto materno-fraternal, dispuesta a oponerse a un dictador; lo que, en el ámbito de la cultura china, me recuerda el relato anónimo, escrito un par de siglos después de la redacción de esta obra, La cólera de un particular, centrado en el acto de un individuo que se opone al poder supremo de un tirano.

Aunque las ediciones en español de las siete tragedias de Sófocles continúan publicándose profusamente, lo excepcional en la edición de Espinosa Pólit fue el haber realizado su versión en verso castellano y la inclusión de los 1129 fragmentos sofocleos, que corresponden en ocasiones a una sola palabra, dándose incluso el caso de que lo único que se conserva de una pieza es el título de la misma, mas ningún fragmento, como Euríalo o Los iberos). La pieza de la que más se ha conservado entre estos fragmentos —incompleta lamentablemente— es el drama satírico Los sabuesos, que suman 400 versos de los cuales «250 están intactos», según señala el propio P. Aurelio. Destacaré que entre los otros fragmentos existen desperdigados versos de un par de líneas, o un poco más, que son verdaderos aforismos filosóficos; cito a continuación varios de estos, como ejemplo, que no tienen desperdicio:

La envidia sólo vence al que no puede

ostentar más virtudes que maldades.

Preferible es pasar por cualquier daño

que conseguir una ganancia injusta.

Hijo, es la vida el bien más placentero,

pues a nadie se da morir dos veces.

Hombre a quien le va mal no tiene amigos.

Si algo hemos confirmado a lo largo de esta presentación es que el oficio de la traducción, para el P. Aurelio, fue una verdadera pasión, tal como él mismo lo registró en diversos textos acerca de este ejercicio. Él nunca fue un traductor profesional que se ocupara de realizar versiones de obras al castellano a pedido o por una remuneración, sino que se aplicó a este arte movido por sus apetencias estéticas y literarias y por sus convicciones humanistas.

Sus versiones al castellano, sobre todo las de Sófocles, Virgilio y Horacio, acompañadas de excelentes estudios introductorios, son de gran valor, y esa es la razón para incluirlas en esta edición de sus Obras escogidas, que iniciamos con este volumen dedicado a la obra de Sófocles. Esta edición de El teatro de Sófocles en verso castellano. Las siete tragedias y los 1129 fragmentos aparece a los sesenta y dos años de haberse publicado la primera (Quito, 1959) al cuidado de Espinosa Pólit, S.J. La hemos cotejado con la segunda edición (México, 1960), también preparada por el P. Aurelio, en la que apenas hay alguna variante que hemos tenido en cuenta para la presente.

Los diversos estudios —todos ellos citados en la presente «Introducción»— que el P. Aurelio dedicó a las obras de Sófocles serán recogidos en el cuarto volumen de esta colección, denominado Estudios grecolatinos.

24. «Edipo rey, de Sófocles, en el Colegio de Cotocollao». Edipo rey de Sófocles. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1945. pp. 121-159. (Biblioteca del Estudiante).

25. Una carta inédita de Espinosa Pólit a su discípulo Pablo Menor, del 21 de agosto de 1936, nos proporciona importantes detalles acerca de algunos aspectos relacionados con el proceso de traducción y representación de Edipo en Colono: «Hace unos días le mandé el Edipo en Colono y eso se lo dirá todo. Después del Edipo rey, había quedado con la ilusión de hacer representar el Edipo en Colono; pero después de preleerlo con los retóricos en el segundo trimestre renuncié por completo a ello para este año, en vista de que no había podido adelantar la traducción. Pero a mediados de mayo se nos presenta el cónsul belga con la noticia de que acababa de obtener del rey Leopoldo una condecoración para el P. De Clippeleir y pidiendo que la entrega se hiciera con la mayor solemnidad posible. El P. rector me dijo que no veía sino la representación del Edipo [en Colono]. Y la traducción por hacer... Me llevó más o menos un mes y medio, durante el cual pasé unos 15 días en la hacienda absolutamente solo, trabajando unas 11 o 12 hora diarias […]; el exceso de trabajo dio conmigo en la cama”. “A principios de julio se los di [los originales de la traducción de Edipo en Colono], y luego fueron los ensayos, exactamente 15 días. Pero lo más grave fue la preparación de la música. Tenemos aquí en Quito un joven compositor que estudió en el Conservatorio de Milán, nieto del poeta Belisario Peña. Compuso la partitura entera para el texto griego que yo le daba traducido y preleído».

26. Aurelio Espinosa Pólit, S.J. «Prolusión a Edipo en Colono». La Sociedad. n. 37. Quito. 16 de agosto de 1936. pp. 1, 10, 13 y 14.

27. «La prelección». Antígona en verso castellano de Sófocles. Quito, Editorial Clásica, 1954. pp. 71-206. (Universidad Católica del Ecuador / Publicaciones del Instituto Superior de Humanidades Clásicas; vol. 1).

28. Por lo que toca a los textos académicos de los jesuitas de la época colonial, Miguel Sánchez Astudillo, en su Textos de catedráticos jesuitas en Quito colonial. Estudio y bibliografía (1959), registra que los 408 manuscritos conservados están en latín; ofrece más datos sobre la creación literaria ecuatoriana en latín —poesía y prosa— Francisco Miranda Ribadeneira en su “Literatura ecuatoriana en latín. Algunos aspectos sobresalientes”, en Humanistica Lovaniensia. Journal of Neo-Latin Studies, Lovaina 1978. n. 27, pp. 253-282 (la producción latina de Aurelio Espinosa Pólit aparece tratada en las pp. 274-280). En cuanto a la lengua griega, lo poco de esta literatura que se tradujo fue del francés: así lo hicieron Eugenio Espejo, a finales del siglo XVIII, con el Tratado de lo maravilloso y lo sublime, atribuido a Casio Dionisio Longino, y Pablo Palacio con las Doctrinas filosóficas de Heráclito de Éfeso (1935), traducidas de la versión francesa de Maurice Solovine (Héraclite d’Ephése. Doctrines philosophiques, 1931); más un breve fragmento del Prometeo encadenado de Esquilo que Joaquín Gallegos Lara vertió al español en 1946.

29. Dentro de sus prelecciones, inéditas, al libro III de la Eneida —que se conservan en el archivo personal de Espinosa Pólit en el CCBEAEP— constan además, vertidos por él en verso al español —endecasílabos libres—, unos cincuenta versos de la Ilíada de Homero y una veintena de Las troyanas de Eurípides (además de más de cien versos traducidos del francés de la Andromaque de Jean Racine).

30. Documento sin fecha que podemos datar por una tarjeta de presentación del P. Errandonea —que registra la fecha 3 de enero de 1961— adjunta al mismo y conservada en el archivo personal del P. Aurelio Espinosa Pólit, en la Biblioteca de Cotocollao (Quito): « [Tarjeta de presentación: Ignacio Errandonea G., S.I. Director de E.U.G. Estudios Universitarios de Guipúzcoa (Ategorrieta). Tel. 10-1-85. San Sebastián]. Mi querido e inolvidable P. Espinosa: le felicito por su gran obra; ya llegó Ud. por fin a la meta, después de tantísimo trabajo. ¡Mi enhorabuena cordial!, y mi gratitud a Ud. y a la editorial que me envió el ejemplar. Le adjunto un juicio breve, que puede usted publicar o ahí en su patria, o en Estudios Clásicos (en Madrid), o en Emérita, o si quiere en Razón y Fe. Creo que se lo admitirá cualquiera de estas revistas. Muy feliz año 1961, y lleno de bendiciones [...]. I. E. 3-I-61». El documento, sin la tarjeta, fue publicado en: El humanista ecuatoriano Aurelio Espinosa Pólit de Francisco Miranda Ribadeneira. Puebla, Cajica, 1974. pp. 415-417. (Colección «Mi Biblioteca», n. 32 de la Editorial Cajica / Colección Desarrollo y Paz. Quito). [recordemos que el P. Aurelio murió el 21 de enero de 1961, con lo que tal vez no llegara a tener la satisfacción de leer estas afectuosas recensión y palabras de aliento, respectivamente, de su antiguo maestro Ignacio Errandonea].

31. Luis Gil, introducción a Antígona, Edipo rey y Electra de Sófocles. Traducción e introducción de Luis Gil. Madrid, Ediciones Guadarrama, 1969. pp. 14, 22 y 23. (Colección Universitaria de Bolsillo. Punto Omega; n. 52).

32. José María Pemán, prólogo a Áyax, Antígona, Edipo rey de Sófocles. Edición y notas de Carlos Millares Solá; Prólogo de José María Pemán; Introducción de José Alsina Clota. Madrid, Salvat Editores, 1970. p. 17. (Biblioteca Básica Salvat; n. 25).

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Sófocles. Antígona, Edipo rey y Electra. Traducción e introducción de Luis Gil. Madrid, Ediciones Guadarrama, 1969. pp. 11-25, 93-108, 193-210, 287-297. (Colección Universitaria de Bolsillo. Punto Omega; n. 52).

Sófocles. Áyax, Antígona, Edipo rey. Edición y notas de Carlos Millares Solá; Prólogo de José María Pemán; Introducción de José Alsina Clota. Madrid, Salvat Editores, 1970. pp. 11-17. (Biblioteca Básica Salvat; n. 25).

Sófocles. Áyax, Las traquinias, Antígona, Edipo rey. Edición preliminar de José María Lucas de Dios. Madrid, Editora Nacional, 1977. pp. 9-44.

Sófocles. Edipo rey. Tragedia griega. Introducción de Juan Manuel Rodríguez. Madrid, ALBA, 1987. pp. 5-17. (Literatura Universal).

Sófocles; Eurípides. Tragedias griegas. Edipo rey, Antígona, Ifigenia en Aulis. Estudio introductorio de Federico Yépez Arboleda. Traducciones de las dos primeras por Aurelio Espinosa Pólit, S.J. y la tercera por Francisco Miranda Ribadeneira. Quito, Libresa, 1989. pp. 9-32. (Colección Antares; n. 8).

Sófocles. Tragedias completas. 2ª ed. Edición y traducción de José Vara Donado. Madrid, Cátedra, 1990. pp. 9-27. (Letras Universales; n. 13).

Sófocles. Edipo rey, Antígona, Áyax. Estudio introductorio de Miriam Merchán. Traducción de Aurelio Espinosa Pólit, S.J. Quito, Libresa, 2001. pp. 9-34. (Colección Antares; n. 8).

TRADUCCIONES Y ESTUDIOS SOFOCLEOS DE AURELIO ESPINOSA PÓLIT, S.J.

Edipo rey en verso castellano de Sófocles. Quito, Editorial Ecuatoriana, 1935. 135 p. (Publicaciones de la Academia Ecuatoriana de la Lengua).

Edipo en Colono en verso castellano de Sófocles. Quito, Editorial Ecuatoriana, 1936. 152 p. (Publicaciones de la Academia Ecuatoriana de la Lengua).

Espinosa Pólit, S.J., Aurelio y Peña Ponce, Belisario. Homenaje al reverendo padre Prudencio De Clippeleir V. Provincial de la Compañía de Jesús en la solemne entrega de las insignias de Caballero de la Orden de Leopoldo 2 de agosto de 1936. Quito, Editorial Ecuatoriana, 1936. 35 p. [Ilustrado. Incluye fotografías de escenas de la obra].

Edipo en Colono y el Colegio de Cotocollao. Quito, Editorial Ecuatoriana, 1937. 27 p. (Extracto del homenaje al R. P. Prudencio De Clippeleir). [Ilustrado. Incluye fotografías de escenas de la obra].

Edipo rey de Sófocles. 2ª ed. Quito, Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1945. 159 p. (Biblioteca del Estudiante).

Dieciocho clases de literatura. Quito, Editorial «Fray Jodoco Ricke», 1947. pp. 115-228. (Publicaciones de la Academia Ecuatoriana de la Lengua). [En las clases duodécima a la decimoséptima, dadas el 4, 6, 7, 8, 11 y 13 de septiembre de 1945, el autor se sirve de sus prelecciones para analizar Edipo rey, según su versión al castellano revisada para esta edición].

Antígona en verso castellano de Sófocles. Quito, Editorial Clásica, 1954. pp. 71-206. (Universidad Católica del Ecuador / Publicaciones del Instituto Superior de Humanidades Clásicas; vol. 1).

El teatro de Sófocles en verso castellano. Las siete tragedias y los 1129 fragmentos. Quito, La Prensa Católica, 1959. 739 p. (Publicaciones de la Academia Ecuatoriana de la Lengua).

El teatro de Sófocles en verso castellano. Las siete tragedias y los 1129 fragmentos. México, Editorial Jus, 1960. 647 p. (Clásicos Universales JUS; n. 2).

CRITERIOS DE EDICIÓN

La extensa producción literaria e histórica del P. Aurelio, elaborada durante cuarenta años —considerada a partir de su traducción del fragmento de Dante Alighieri, en diciembre de 1921, hasta escasos días antes de su muerte, en enero de 1961—, apareció en revistas, periódicos, libros y folletos. De ahí que para preparar los distintos volúmenes de esta colección he debido definir criterios editoriales, entre ellos:

1) El uso uniforme de las comillas españolas y las francesas.

2) El tamaño de los guiones.

3) En vez del uso de mayúsculas, negritas o subrayados para títulos de libros o revistas, he optado por la cursiva.

4) Los títulos de poemas, artículos, ensayos, capítulos o fragmentos van entre comillas.

5) Para las notas a pie de página de autoría del P. Aurelio en los prólogos, los diversos estudios y traducciones he optado por cambiar la numeración original, que iba independiente de página en página, a una numeración secuencial para cada obra independiente. A fin de distinguirlas cuidadosamente de las notas de Espinosa Pólit, las notas del editor, en los distintos volúmenes, van señaladas entre corchetes: [N. E.].

6) Las citas bibliográficas de obras en español y otros idiomas las he extendido y las he uniformado con un solo criterio, exceptuando las referencias cuyo pie de imprenta no he podido determinar.

7) He corregido las erratas evidentes que he podido detectar.

8) Para las citas de palabras, líneas o versos, dentro del texto, en otros idiomas —que van en cursiva en esta edición: griego, latín, francés, inglés o italiano— he dispuesto de la valiosa colaboración del filólogo José María Sanz Acera. Las citas que en el original figuraban en caracteres griegos han sido trasladadas a caracteres latinos mediante una transcripción meramente utilitaria.

9) Dentro de la selección de los distintos textos, cuando existen uno o varios reelaborados, he optado por el que me ha parecido definitivo, señalando en nota las otras versiones; salvo las que considero que resultan complementarias y conviene que sean recogidas juntas, lo que también señalo oportunamente.

10) He desplegado algunas abreviaturas cuyo sentido actualmente no se conoce; otras las explico oportunamente para un mejor entendimiento de su manejo.

11) El uso que hace Espinosa Pólit de las abreviaturas v. o vv. en las citas de los versos de un autor se refiere exclusivamente al texto original. Con mucha frecuencia el P. Aurelio prescinde de dichas abreviaturas, por lo que he uniformado su uso a lo largo de todos los volúmenes.

12) Los gentilicios van, de acuerdo con el uso actual de nuestra lengua, en minúsculas, salvo que su uso se refiera a un personaje como el Pelida —refiriéndose a Aquiles— o el Atrida —Agamenón—, etc.

AGRADECIMIENTOS

Para esta edición he contado con la colaboración institucional de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), que ha financiado este trabajo, en las personas de su rector, el Dr. Fernando Ponce León, S.J., del Dr. César Eduardo Carrión, decano en su momento de la Facultad de Literatura y Lingüística, quien acogió con entusiasmo este «Proyecto de Obras escogidas de Aurelio Espinosa Pólit, S.J.», y del director del Centro de Publicaciones de la PUCE, Dr. Santiago Vizcaíno, quien sumó su apoyo —fundamental— a este propósito.

Extiendo mi agradecimiento a los estudiantes universitarios de la mencionada Facultad, la señorita María Camila Vargas Cárdenas y los señores Paúl Cepeda Miranda y Juan José Pozo, quienes colaboraron con el levantamiento de textos para este volumen, así como a Carlos Reyes Ignatov por su cuidado en la diagramación de los volúmenes que conforman la colección.

Además, reconozco mi deuda de gratitud:

A mis amigos, el filólogo y políglota hispanoecuatoriano José María Sanz Acera, quien con su permanente asesoría y asistencia ha contribuido a la ejecución de este tan ambicioso como apasionante proyecto, y Luis Rivadeneira Aseicha, por su generosidad en la revisión y sugerencias en la redacción de la presente introducción.

Al personal de la Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinosa Pólit en Quito, así como al de los distintos fondos de las Bibliotecas del Museo Nacional del Ecuador (antiguo Banco Central del Ecuador), al del Centro Cultural Benjamín Carrión (Quito) y al de la Biblioteca Hispánica y la Biblioteca Nacional de España, ambas en Madrid.

A las autoridades de la Compañía de Jesús: el P. Gustavo Calderón, S.J., provincial presidente del Consejo Gubernativo de Bienes de la Compañía de Jesús en el Ecuador, por autorizar la publicación de la obra del P. Aurelio Espinosa Pólit; y a los PP. Iván Lucero, S.J., y Francisco Piñas, S.J., por permitirme el acceso al archivo personal del P. Aurelio Espinosa Pólit en el CCBEAEP.

A los dos volúmenes esenciales de los jesuitas para aproximarse a la obra del P. Aurelio: la monumental Bibliografía que apareció firmada por Oswaldo Romero Arteta en 196133 y la valiosa biografía que preparó Francisco Miranda Ribadeneira en 1974, El humanista ecuatoriano Arelio espinosa Pólit, sin cuya guía esta labor habría sido más compleja.

Por último, a mi madre María Carmelina Calle Chauca por su apoyo pecuniario durante estos cuatro últimos años, al proveerme de las condiciones adecuadas para ejecutar este proyecto; a mi hermana Verónica Taipe Calle y a mi hija Sofía Salazar Villalba, quienes se dieron tiempo para adquirir en Quito y Madrid varios de los títulos de las ediciones príncipe, raros ejemplares (uno de ellos autografiado por su autor) de la obra del P. Aurelio para mi colección personal; a la tierna sonrisa de mi nieto Héctor; a Alicia, mi mujer y, finalmente, a las largas conversaciones con mi amigo Efraín Villacís acerca del concepto de cultura y patria.

Gustavo Salazar Calle

La Ronda, Quito, 9 de febrero de 2021

33. En el archivo personal del P. Aurelio hallé, en noviembre de 2020, un pequeño cuaderno cuadriculado, escrito por ambas caras con su letra clara y menuda, que registra su producción intelectual publicada desde el año 1917 hasta 1957 (pág. 1-88), más unas hojas anexas (sueltas) numeradas de lado y lado (1-15) que abarcan su producción de los años 1958-1960, en Caja: P. Aurelio Espinosa Armario n. 12. Se entendería que el papel del P. Romero Arteta fue completar la información hasta el año de la muerte de su maestro, más las necrológicas en su homenaje y los índices analítico por materias, onomástico y de títulos de revistas.

AURELIO ESPINOSA PÓLIT, S.J.. EL TEATRO DE SÓFOCLES EN VERSO CASTELLANO

SÓFOCLES

ESTA VERSIÓN

Dos motivos la justifican: ser la primera en dar el texto completo de Sófocles (los 1129 fragmentos además de las siete tragedias), y ser también la primera que en castellano traduce íntegramente en verso al trágico de Colono.

¿Por qué en verso? No es esto capricho ni alarde; es necesidad. Si se quiere dar de Sófocles una idea que se aproxime a lo que en realidad es, no hay sino un medio: tratar de conservarle su carácter poético, traducirle en verso. Si no, se le quita algo que le es esencial.

No hay por qué volver a las largas discusiones acerca de cómo deben ser traducidos los poetas. Basta preguntar: ¿Sería igual la obra de Sófocles si la hubiese escrito en prosa? La ideología, la psicología, la dramática serían las mismas; pero la obra, como realidad estética, sería distinta. Esta diferencia que en una obra pone, no tanto el verso, cuanto el espíritu poético con que se concibe y con que se realiza, es algo concreto y positivo, que necesariamente debe aparecer también, hasta donde es posible, en la traducción. Si se renuncia a incluir este elemento en la traducción, como hace con lealtad el traductor en prosa, se renuncia a dar, y aun a intentar siquiera, una traducción cabal. Deliberadamente se deja perder la excedencia de vitalidad que pone en un escrito la poesía, cuyo efecto, según Friderick W. Myers, consiste en «suplir con sutiles combinaciones en las palabras vivificadas por el ritmo y por mil otros misteriosos recursos, aquello que falta a la impotencia natural de los signos convencionales del lenguaje, para expresar toda la escala de los humanos sentimientos» 1.

Las buenas traducciones en prosa son de gran utilidad para quienes, proponiéndose percibir por propia cuenta en el texto original el valor integral de la obra poética, sólo necesitan una ligera ayuda que despeje esporádicas dificultades de vocabulario o de construcción sintáctica; pero son totalmente impotentes para comunicar una idea cabal de la obra, para dar acceso a su espíritu superior.

Se objetará que a este espíritu superior, vinculado a la poesía del original, tampoco da acceso una traducción en verso, porque el espíritu poético es intraducible. «No se traduce la música», se ha dicho, y con razón. Pero, si no se traduce, puede transportarse de un tono a otro, de un instrumento a otro. Una traducción poética no podrá jamás igualar un original poético; pero para quienes no tienen otro medio de entrar en contacto con este original, puede salvar algo al menos de lo que substancialmente confiere la poesía al texto que ella informa.

Quisiera atraer la atención hacia un aspecto peculiar del problema general en el caso de las tragedias griegas. Hay poesías líricas en que es tan avasallador el potencial poético, que se basta a sí mismo y transflora aun en la más pedestre versión en prosa. Tal, por ejemplo, el Cantar de los cantares salomónico. Esto se verifica claramente en la lírica coral helénica: un coro de tragedia, aun vertido en prosa llana, nunca es pura prosa. Y ahora sobre todo, cuando el versolibrismo de las escuelas modernas de poesía nos ha familiarizado con una factura de renglones irregulares de sólo ritmo interno, indudablemente una versión en prosa adecuadamente ritmada, y ayudada por lo exótico del vocabulario, bastaría para que se transparentara triunfante el inocultable lirismo de los coros. Pero al lado de los coros hay en el teatro griego el contraste desconcertante del diálogo. Cuanto tienen aquellos de vistoso y deslumbrante en pompa verbal y audacia de imágenes, tiene este de sencillez y transparencia, de llaneza corrida y casi de candor. El diálogo trágico, singularmente el de Sófocles, realiza un doble fenómeno difícil de explicar: que, por una parte, salvo contadas excepciones de deliberado énfasis de dicción (el llamado ónkos de Esquilo), es tan llano como la conversación más espontánea; y que, por otra, estas mismas sencillez y familiaridad tienen una dignidad extraña, un realce imperceptible, un indefinible dejo de algo superior. Este algo superior no deja la menor duda de dos fenómenos: el de su existencia real, y el de la absoluta necesidad de que se conserve en las traducciones para la conservación del efecto de la obra.

Pero ¿cómo conservarlo en castellano, idioma que no tiene, como el inglés, un vocabulario específicamente propio para lo poético? El único medio para no aplebeyar el diálogo de las tragedias es conservarle el verso, que es su forma propia. Pero lo delicado del problema en la práctica está en que la poetización del diálogo es en el drama griego sumamente tenue. Con aquel afinamiento exquisito que caracterizó todas sus manifestaciones artísticas, atinaron los griegos para el género dramático con un metro que reúne tres ideales conveniencias: el ser perfectamente perceptible y armonioso, el ser adaptable a toda clase de tonos, y el distanciarse tan poco del habla natural que parece muchas veces confundirse con ella.

Este metro es el senario yámbico, verso de seis pies bisílabos, cortado en dos mitades desiguales por una cesura acompañada o no de mórula efectiva, tan apto para la rápida esticomitia (o sea el duelo, verso a verso, entre dos interlocutores), como para la discusión amplia y reposada o la narración oratoria. Afortunadamente —lo que no acontece con el hexámetro dactílico de las epopeyas— tiene el senario yámbico una correspondencia castellana que poco deja que desear: el endecasílabo suelto. La identidad numérica es casi exacta: no falla sino en una sílaba; la libertad rítmica es bastante equivalente; la falta de rima es un elemento más de parecido; y se equipara sobre todo en lo paradójico de su característica doble: tenuidad melódica y eficacia del realce poético conferido a la dicción. Al endecasílabo suelto castellano pudiera aplicarse con igual propiedad lo que del senario yámbico griego dice Aristóteles en su Poética: que viene casi naturalmente a los labios, como que son muchos los que se nos escapan en la conversación 2. De suerte que el poeta dramático se limita a convertir en continuo lo que era frecuente, guardando en sus versos toda la sencillez, frescura y naturalidad de la conversación familiar.

Para reproducir con alguna aproximación el indefinible encanto de la forma externa del teatro griego, no nos faltan, pues, los medios. Las normas seguidas en esta traducción de las tragedias de Sófocles son muy sencillas: los senarios yámbicos de los diálogos dramáticos pasan a endecasílabos sueltos; los llamados kommos o diálogos líricos, a endecasílabos rimados o a romances, para recalcar su alejamiento de la conversación llana; los estásimos o coros, a diversos tipos de versos y combinaciones de metros, los más aptos para seguir el ritmo proteico del original.

Y, por cierto que no ha sido la interpretación de este exótico lirismo la que ha causado la mayor dificultad, sino el empeño por salvar la inimitable sencillez y verdad translúcida de los diálogos y monólogos, eludiendo deliberadamente el énfasis y la marcialidad, connaturales al diálogo del teatro español, pero que falsearían radicalmente el del teatro griego. Nada pierde este con esta desnudez, como atinadamente pondera el claro poeta cuencano Manuel María Ortiz: «No sé si me equivoco, escribe, pero la sublime sencillez del diálogo me encanta más que el lirismo de los coros. ¿Cómo no ha de haber poesía en ese lenguaje que plasma los estados de alma más sutiles y complejos, de la manera más natural y humana —arte dificilísimo—, sin que jamás caiga en vulgaridad, antes se encumbra algo así como a la serenidad de los cielos estrellados, donde los más grandes soles parpadean con la sencilla placidez de las estrellas?»

Por lo demás la indispensable fidelidad de la traducción no está comprometida por el verso. Con métricas tan rígidas como la francesa clásica, podrá ser, no sólo difícil, sino imposible, aspirar a una literalidad rigurosa; pero con la flexibilidad de la métrica castellana, es enteramente hacedero mantener en verso una precisión literal tan estrecha como en prosa, junto con mayor energía y mayor concisión.

SÓFOCLES PARA HOY

Pero el afán por conservar a las tragedias de Sófocles su aire y su ambiente propios, sumado a la preocupación de dar de ellas una traducción todo lo más fiel y más ceñida al texto original que ha sido posible, no responde a ningún empeño de arqueología literaria, como el que tan decididamente persigue la mayor parte de los filólogos y cultores de los estudios clásicos tomados como ciencia. Empresa legítima es la suya, como legítimo y por muchos conceptos trascendental es el interés histórico por la reconstrucción del pasado de la humanidad, para la cual elemento informativo de primera instancia es la literatura, y de un modo especial la dramática, cuyo preciso cometido es la reproducción escenificada de la realidad de la vida. Con todo, distinto es el punto de vista en que he querido ponerme.

Podemos leer y estudiar a Sófocles para volver hacia él, en viaje de retorno, a través de los siglos; y podemos leerle y estudiarle para hacerle venir a él hacia nosotros, redivivo y rejuvenecido. Podemos tratar de acomodar nuestra actualidad a su antigüedad; pero también podemos probar qué figura hace su antigüedad en nuestra actualidad. Podemos explorar su archivo vetusto por el afán de saber cómo era el hombre hace veinticuatro siglos; y podemos con igual éxito, y tal vez mayor provecho, comprobar admirados cuán idéntico en todo lo fundamental era el hombre de hace veinticuatro siglos con el hombre de hoy. Podemos, en una palabra, considerar las tragedias de Sófocles como documentos históricos; pero pueden ellas no menos servirnos de auténticas y actuales lecciones de vida.

El hombre de las tragedias de Sófocles no es el hombre del mito griego, ni siquiera el de la sociedad griega del siglo V antes de Cristo. Es el hombre esencial, es el hombre perenne en quien pueden reconocerse las generaciones todas que van pasando por el mundo. Este tomo de traducciones suyas no es, por tanto, libro para arqueólogos literarios, es para todo hombre culto, es sobre todo para la juventud estudiosa, que necesita libros de texto adecuados para la gran asignatura trascendental, el estudio de la vida. El conocimiento de las ciencias (fuera de nociones que nadie debiera ignorar) es ocupación de especialistas; el conocimiento de la vida es incumbencia de todos. Y quien tenga empeño en afinar y profundizar su conocimiento de la vida por el estudio de las intimidades del corazón humano, pocos maestros hallará de tanta competencia y de tanta eficacia como el trágico de Colono.

EL SÓFOCLES HISTÓRICO

Supuesto este enfoque, que centra el interés principal en la actualidad del poeta, no voy a detenerme en los datos concretos de su vida con la insistencia que en ellos ponen aquellos para quienes sólo tiene importancia la historia. Ayudarán, sin embargo, para una apreciación exacta de su producción artística algunos datos sumarios, por el influjo directo o indirecto que tuvieron en ella.

Nunca pueden ser indiferentes el sitio y el tiempo en que aparece determinado autor. No es en modo alguno indiferente que fuese la ciudad de Atenas donde surgiese Sófocles —o más exactamente el pueblo cercano de Colono, cantado por él en el postrero de sus dramas—, ni que acertase a vivir precisamente en el periodo más glorioso de aquella ciudad, única en la historia de la cultura humana, ni que para el desenvolvimiento de su genio contase con la altura espiritual del ambiente que respiraba, con la compañía de otros genios y con los adelantos básicos realizados en el arte del teatro por sus predecesores. Por el feliz concurso de excepcionales circunstancias, fue Sófocles un hombre de apogeo. En la literatura griega, aurora radiante es Homero; ocaso ensangrentado, Demóstenes; Sófocles, sol de mediodía. Su alma juvenil se abrió a la vida en el esplendor y el júbilo de la victoria de Salamina, y sus ojos se cerraron a la luz antes de ver el desastre de Egos Pótamos. Nubes siniestras enlutaron el cielo de Atenas durante su larga existencia; pero no dejó él que le ensombrecieran el alma. Él, al contrario, contribuyó a sostener el espíritu de Atenas en medio de sus reveses. No se debe olvidar que todas sus tragedias fueron escritas en plena guerra del Peloponeso, en los fatídicos treinta años que al fin llevaron a Atenas a la ruina. Pero así como el trágico relato de aquella guerra en las páginas de Tucídides, exclusivamente ocupadas en las maniobras políticas y las operaciones militares, no dejan ni sospechar la posibilidad de una intensa actividad poética en la ciudad acosada por las preocupaciones bélicas, así por igual esta esplendorosa y serena actividad patente en la obra de Sófocles tampoco deja sospechar que estuviera Atenas debatiéndose por ese mismo tiempo en angustias de agonía.

Poca parte tomó Sófocles en la vida pública. Llegó a ser elegido por dos veces «estratega», una de ellas por el entusiasmo que despertó su Antígona, pero más alto servicio que con cualquier intervención militar prestó a su patria con el espíritu superior que le infundió en hora tan crítica con sus obras maestras, y sobre todo con la inmortalidad que han bastado a conferirle las pocas que han sobrevivido a la destrucción del tiempo.

Grande es el hombre que hace grande a su patria; muchos son en Grecia los que conquistaron esta grandeza, asegurándole un puesto ni disputable ni disputado entre los pueblos civilizadores; pero uno de ellos es, sin controversia posible, Sófocles.

LA CATEGORÍA DE SÓFOCLES

Comparado con sus dos grandes rivales en la escena ateniense, con Esquilo su predecesor y con Eurípides su coetáneo, los críticos están acordes en reconocerle una posición intermedia, que no responde propiamente a ningún cotejo, sino a la imposibilidad de toda verdadera comparación.

Esquilo tiene, ante todo, el mérito de la prioridad, que no lo es únicamente de tiempo, sino también de iniciación genial del desarrollo del género dramático. Tiene, además, a su favor la alteza de concepciones, la grandeza más sostenida en la entonación, la sublimidad inigualada de los revuelos líricos. Son más salientes en él y más frecuentes los nobles excesos que caracterizan a casi todos los grandes genios. Está claramente en la línea de Dante, de Shakespeare, de Goethe.

Eurípides está gozando en la actualidad de una renovación de aprecio y de interés notoria, que se explica por sus afinidades con la crisis existencialista que atraviesa el mundo. Gustan su preocupación centrada más en la ideología que en el arte, su dejo inquieto, amargo y mordaz; gustan su misma morbosidad y su inestabilidad estética tan capaz de finísimas perfecciones como de desconcertantes fallas; gustan en una palabra todas las peculiaridades del tercer trágico que le ponen en uno como plano de compañerismo con los autores modernos y le ganan fáciles simpatías.

Sófocles es otra cosa. No tiene ni la majestad y titánica rudeza de Esquilo, ni la versatilidad de Eurípides, atrayente por su misma atrevida despreocupación. Tiene en cambio lo que en vano se buscara en ellos. Sófocles es serio, es consciente, es mesurado, es el hombre que está siempre en su punto y que por lo mismo desconcierta a los que se han imaginado que constitutivo propio del genio es lo descomunal, inesperado y excesivo. De estos tiene Sófocles que hacerse perdonar su sensatez y regularidad, y la que han llamado su impecable y desesperante perfección; tiene que hacerse perdonar lo que, según evidencia el estudio comparado de la literatura universal, es la cualidad más rara, por ser, si no la más valiosa, la que supone el más difícil conjunto de virtualidades, el más estable equilibrio de dones nativos y adquiridos: a saber, la perfección sostenida, característica en que apenas ha tenido más sucesores que Virgilio, Milton y Racine. Sófocles no es el genio deslumbrante y arrebatador que subyuga y aplasta; es el genio que nos tiende la mano para elevarnos, que, con sólo que le prestemos oído, nos da la fácil ilusión de que estamos a su mismo nivel y que holgadamente percibimos tanto como él, cuando en realidad lo que ha hecho ha sido tomarnos sobre sus hombros, como con un pajarillo haría un águila caudal, y levantarnos a las alturas en las que pasea sus habituales revuelos. Sófocles es genio de intimidad que apenas se hace sentir, genio complaciente que hace por quien se le entrega más tal vez que cualquier otro.

CARACTERIZACIÓN DE SÓFOCLES

Para ser exactos habría que decir que existen en él tres genios en uno, y esta podría ser la caracterización sintética del gran trágico que, por medio siglo, fue pacífico señor del escenario de Atenas: genio dramático, genio psicológico, genio poético.

Pero ¿no sería posible afirmar lo mismo de otros muchos? ¿no constituyen estas tres capacidades el conjunto normal de prendas de todo el que escribe para el teatro? —No, porque hay quien lo hace deliberadamente en prosa, renunciando a las galas poéticas, o tal vez despreciándolas; y hay grandes dramaturgos que, contentos con cautivar por la acción, no descuellan en la psicología. De Sófocles es preciso afirmar, no solamente que es grande en la técnica dramática, grande en la pintura de caracteres y grande en la poesía con que vivifica sus tragedias, sino, además, que tiene por distintivo esencial la fusión constante y armoniosa de esta triple excelencia.

Tan indisoluble es el vínculo interno con que en él se adunan estas tres prerrogativas, que sólo el separarlas, aun sin negarlas, es desfigurar el retrato que de él se trace y falsear los juicios que sobre él se profieran. Esta es la falla de uno de los libros más sugestivos entre los que recientemente se han escrito sobre el poeta de Colono: Sófocles, el dramaturgo, de A. J. A. Waldock, Profesor de la Universidad de Sydney en Australia. Sófocles, el dramaturgo… Basta leer el título para prever las desviaciones de una crítica indebidamente particularizada. Limitarse de propósito en las tragedias de Sófocles al valor de la técnica dramática, y pretender explicar por ella sola todas las peculiaridades que se presentan, es procedimiento tan descaminado como empeñarse en resolver un sistema de ecuaciones con varias incógnitas, no considerando sino una de ellas.

EL DRAMATURGO

Aristóteles estampó en su Poética la teoría y las reglas de la dramaturgia, pero lo hizo un siglo después de Esquilo, Sófocles y Eurípides, y a vista de sus piezas. Entre estas, una le pareció que descollaba por la pureza de las líneas y lo genuino del intento, y la escogió para presentarla como paradigma de lo que podía darse como trasunto casi sin tacha del ideal dramático. Era Edipo rey de Sófocles.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
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302 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9789978774359
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