Читать книгу: «Posthoméricas»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 327

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JORGE CANO CUENCA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1995.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO407

ISBN 9788424937034.

INTRODUCCIÓN
EL AUTOR: NOTICIA BIOGRÁFICA

De la vida del poeta épico Quinto de Esmirna, como de las de tantos otros autores de la Antigüedad grecolatina, son escasos los datos biográficos de los que en nuestros días podemos disponer. Lo cierto es que, en los exiguos y tardíos testimonios que con escuetas referencias a aquél se nos han conservado (pero sobre los que no hay, al menos, ninguna sombra de duda), apenas si tenemos confirmación de su identidad y de la atribución de la presente obra.

En efecto, sólo los escolios homéricos (concretamente, el escolio AD Gen a Il . II 220) y dos eruditos escritores ya del siglo XII , Juan Tzetzes (en Posth . 10, 13, 282, 522, 584 y 597; Prooemium in Il . v. 482; y los escolios a Licofrón, Alej . 61 y 1048) y Eustacio, el arzobispo de Tesalónica (en la misma Introducción a su Comentario de la Il . [pág. 5 de la edición de Leipzig] y en los comentarios a Il . I 468 y II 814 y a Od . VIII 501 y XI 546 y 592), nos llegan a transmitir el nombre del autor que nos ocupa, conocido por ellos como «Quinto», «Quinto el poeta» o (denominación ésta con gentilicio, la más común hoy, que hallamos en Tzetzes en Exeg. in Il ., pág. 772, 20 Bachmann, en Chiliades II 489 s., y en el escolio a Tzetzes, Posth . 282) «Quinto de Esmirna»; respectivamente en la lengua griega original, Kóintos, Kóintos ho poiētḗs y Kóintos ho Smyrnaîos . Asimismo, el aludido escolio y Eustacio (también en la Introducción a su Comentario de la Il ., pág. 5, donde además se nos informa de cómo el propio Quinto daba el nombre de lógos —y no ya, por cierto, de rapsōidía o «canto», como era costumbre para la poesía épica primitiva— a cada uno de los catorce libros que acabaron por configurar su poema) nos proporcionan el tradicional título de la obra, Tà metà tòn Hómēron o Tà meth’ Hómēron es decir: «Lo de después de Homero», si bien lo más apropiado y preciso sería decir, aún en el original, «Lo de después de la Ilíada de Homero», ya que en la presente obra se van a narrar, a modo de rigurosa continuación del relato de la Ilíada , los sucesos finales de la Guerra de Troya.

Fuera de estos testimonios, que apenas sí nos aportan el nombre de un autor y de su obra felizmente conservada —pero que al menos resultan fidedignos—, no poseemos detalle alguno de la vida del tal Quinto, salvo los que él mismo nos ofrece (o nos pretende ofrecer) dentro de su propia creación literaria, en el célebre pasaje autobiográfico de XII 306-313:

Y ahora, Musas, a mí, que os lo solicito, indicadme uno por uno, con claridad, los nombres de quienes penetraron dentro del caballo, de mucha cabida. Pues fuisteis vosotras quienes en las entrañas me inspirasteis todo este poema, antes incluso de que el bozo se extendiera por mis mejillas, mientras en los prados de Esmirna apacentaba mis perínclitos rebaños, no lejos del Hermo (a tres veces la distancia a la que se puede escuchar un grito), por los alrededores del templo de Ártemis, en el Jardín de la Libertad, en una parte del monte ni demasiado baja ni en exceso elevada.

Tal pasaje en principio se nos aparece repleto de datos interesantes, ya que nos asegura la patria del autor, Esmirna (en esa mención, sin duda, se fundamentaría Tzetzes para referirse en varias ocasiones, según ya hemos comentado, al autor de estas Posthoméricas como «Quinto de Esmirna»), su sorprendente ocupación, al menos previa, de pastor de ovejas y su temprana dedicación a la poesía. No obstante, un riguroso estudio de los hexámetros antes traducidos llega a cuestionarse seriamente todas esas afirmaciones, por más que quieran ser tenidas por preciosas declaraciones del mismo Quinto, hasta el punto de que pueden ser consideradas como un simple cúmulo de motivos épicos convencionales. No es difícil advertir, desde luego, que nuestro poeta comienza aquí con el típico recurso, dentro del género de la epopeya, de la invocación a las Musas en busca de inspiración, cuando el propio autor, un simple e incapaz «mortal», se ve desbordado y sin suficientes fuerzas a la hora de acometer un canto extenso y complicado: Quinto, de este modo, necesitado de «ayuda» ante la magna empresa, como se ha podido leer, de elaborar el catálogo de los numerosos caudillos griegos que se introdujeron en el célebre caballo de madera, sin duda está imitando a Homero, quien en Il . II 484-493 ya pedía de forma similar asistencia a tales diosas para afrontar el «Catálogo de las Naves». Más aún, en todo ese supuesto pasaje autobiográfico es evidente e innegable la consciente recreación del famoso proemio de la Teogonía de Hesíodo (a lo largo de sus versos 22-34), donde también se nos recuerda la sobrenatural consagración poética de quien en su juventud se dedicara al pastoreo (hecho que desde entonces queda convertido, pues, en todo un tópico del género épico: cf. también, en efecto, el fr. 2 Pfeiffer de los Aitia de Calímaco). E incluso la mención de Esmirna como su patria pudiera ser una invención más de Quinto, una interesada y tendenciosa referencia: para alguien de su condición literaria, un decidido continuador de la poesía homérica misma, tal ciudad resultaría un lugar de nacimiento en verdad prestigioso, ya que, como es bien sabido, era en la Antigüedad una de las pretendidas patrias del gran Homero (según sabemos, sus habitantes incluso le habían dedicado allí un templo: cf. el dato en Cicerón, Defensa del poeta Arquías 19, y Estrabón, XIV 1, 37). De hecho, a este respecto hemos de señalar que nuestro poeta no ha sido sólo comúnmente conocido como «Quinto de Esmirna», sino que también nos lo han presentado, hasta el siglo XVIII varios, manuscritos y, luego, ediciones (ya desde la Aldina) descendientes del códice Hydruntinus (prototipo de toda una familia, como en su momento examinaremos) como «Quinto de Calabria» 1 , pero tal circunstancia en principio tiene una sencilla explicación (aunque tampoco queda excluido por ello el que Quinto, ciertamente, pudiera proceder de esta última ciudad 2 ): fue en una villa de Calabria, en Otranto (esto es, Hydruntum) , donde el cardenal Besarión, a buen seguro entre 1452 y 1462, descubrió, contenidas en dicho códice, las hasta entonces olvidadas Posthoméricas) .

Ahora bien, a pesar de todas estas objeciones fundadas a las supuestas afirmaciones autobiográficas del propio Quinto, lo cierto es que de igual modo es posible (de hecho, a grandes rasgos, a ello se inclina en la actualidad la crítica filológica en general) defenderlas y tenerlas por veraces (obviando, por supuesto, lo que en ellas hay de evidentes licencias literarias). Y así, pocas reticencias restan hoy día a considerar la ciudad de Esmirna como la auténtica patria de nuestro poeta (por ella abogan, con diferentes puntos de vista, notables estudiosos como Ph. I. Kakridis 3 , A. S. Way 4 y, siguiendo a A. Köchly, S. E. Basset 5 ). Un argumento resulta aquí determinante: en momentos puntuales a lo largo de su obra, por parte de Quinto son notorias las precisiones topográficas y acertado el conocimiento del área de Esmirna (sin ir más lejos, en este problemático pasaje del libro XII parece situarse al final con exactitud en cierta zona montañosa de Esmirna, aun cuando a nosotros nos resulten por completo desconocidos tanto ese «templo de Ártemis» como el tal «Jardín de la Libertad» 6 ), y aun es indiscutible, en fin, su interés por otras muchas regiones de Asia Menor en general, con cierto llamativo desdén, en cambio, hacia la geografía de la Hélade). Así pues, en sus variados excursos sobre determinados parajes y la historia local, sobre las curiosidades naturales y los aparentes fenómenos prodigiosos de tales comarcas, incluso parece dar pruebas Quinto del testimonio ocular de quien por esas tierras habita y puede desplazarse para conocerlas en profundidad. Aunque no por ello tenga que dejar de ser considerado oriundo de aquel país, viene a dificultar notablemente esta impresión sobre Quinto su más que probable posición, sobre la que a continuación hemos de insistir, de sedentario poeta doctus , de erudito hombre de biblioteca que, tal como puede descubrir un atento examen de todas esas alusiones geográficas 7 , lejos de haber adquirido tan exóticos conocimientos por sus propias vivencias, trabaja de segunda mano gracias a sus numerosas lecturas, cometiendo a veces ligeros errores con las fuentes literarias manejadas, equívocos simplemente imposibles en un pretendido «poeta viajero».

También se han alzado voces en defensa de su ocupación de pastor de ovejas: ya en los Prolegomena a su edición de 1850 aceptaba A. Köchly esa faceta bucólica de Quinto, y para ello se apoyaba en los numerosos símiles que a lo largo de su obra describen las más variadas tareas propias del mundo rural (y, en este sentido, tal gusto por la vida del campo le llevaría a ofrecernos también otras muchas escenas de montaña y de caza). Pero la lectura en conjunto de las Posthoméricas permite una conclusión más evidente: Quinto demuestra un perfecto conocimiento y manejo de sus más ilustres y modélicos predecesores en el género épico, Homero, Hesíodo y Apolonio de Rodas, y aun parece bien familiarizado, según podemos alcanzar a confirmar, con la restante literatura griega en general (tragedia clásica, poesía helenística…). Es decir, como ya hemos adelantado, se nos revela Quinto todo un poeta doctus , un instruido lector formado en las bibliotecas y en los bancos de la escuela, donde ha podido conocer a los grandes escritores del pasado y, a partir de ellos, componer su propio poema (y así, de los citados autores épicos, y no de su experiencia y gusto personal, habría extraído buena parte de esos símiles de tema rural y campestre). De modo que difícilmente nos lo podemos imaginar al mismo tiempo como un rústico mozo ocupado en apacentar sus rebaños por los prados de Esmirna (y, dado que se habría tenido que formar desde muy joven, tampoco cabe pensar que primero se dedicara al pastoreo y luego, «inspirado por las Musas», abandonara esa profesión para inmediatamente ponerse a elaborar su obra). Así F. Vian rechaza, en efecto, las propias palabras del poeta (a quien varias veces califica, pues, de homme de cabinet) sobre su idílico estilo de vida en el campo, que no duda en considerar un mero artificio literario, pura imitación del famoso proemio de la Teogonía de Hesiodo 8 . Por lo demás, a propósito de este problema sobre la ocupación de nuestro autor, merece la pena exponer la peculiar cuestión que se plantea L. Rhodomann: se preguntaba este fundamental editor del texto de las Posthoméricas si la sospechosa expresión con que, según hemos leído, Quinto alude a sus ovejas, sus «perínclitos rebaños» (periklytà mêla en XII 310), no es más que una metáfora con la que quiere referirse a sus alumnos quien no era en realidad sino un profesor encargado de impartirles con cuidado y atención sus enseñanzas escolares. Pero ya M. Wh. Mansur rechazó este poco sostenible postulado: para él, la única prueba de la condición de Quinto de Esmirna como maestro sería, curiosamente, su característica monotonía en el estilo 9 . Más aún, sin mucho éxito tampoco, se ha llegado a proponer que su auténtica profesión fuera la de médico, debido a que en determinados pasajes de su poema describe ciertas enfermedades y dolencias con un notable rigor técnico —en especial, S. E. Basset ha advertido la gran exactitud con que describe los síntomas y el proceso de dos enfermedades de los ojos, la oftalmía en I 76-82 y el glaucoma en XII 395-417 10 —. Para desdeñar esta propuesta basta con volver a la tesis de F. Vian de Quinto como simple homme de cabinet : y así, por más que resulten deslumbrantes sus digresiones, antes de tema geográfico, ahora médico, o también, como por ejemplo comprobaremos, astronómico, no dejan de ser el fruto de sus muchas lecturas, conocimientos, aunque muy amplios, de segunda mano en un hombre en realidad carente de auténtico rigor intelectual (como bien señala J. Alsina, dista mucho Quinto ya de ser un poeta erudito al estilo de los helenísticos Calímaco y Apolonio de Rodas) 11 .

Por último, de entre esas declaraciones autobiográficas, también se puede aceptar con garantías, sin tantos inconvenientes como en el caso anterior de su discutida profesión, la supuesta juventud de Quinto cuando se consagró a la elaboración de estas Posthoméricas . En efecto, un estudio conjunto del estilo exhibido a lo largo de todo este poema nos muestra, en un primer momento, a un escritor falto de madurez, a un principiante inexperto en el manejo del obligado lenguaje poético (incapaz de atenuar y pulir, pues, defectos tales como las monótonas repeticiones de términos o el socorrido manejo de los típicos ejercicios retóricos), pero luego nos va descubriendo la evolución del mismo, quien mejora su expresión y, como si tomara conciencia de su propio talento, logra liberarse paulatinamente de las ataduras de sus muchos modelos y encuentra así un tono más personal. A tal conclusión determinante llega F. Vian en sus minuciosos exámenes tanto de las partes narrativas de la presente obra 12 como, en particular, especialmente, de las comparaciones en ella de continuo ofrecidas (este examen concreto revela un hecho sobremanera ilustrativo: diecinueve de los veinticuatro símiles que pueden ser tenidos por originales de nuestro poeta se localizan en los siete últimos libros de su composición final) 13 .

Queda por hablar, en fin, ineludiblemente, de la época en que se ha de situar a Quinto de Esmirna, cuestión aún más intrincada y difícil de resolver que las anteriores, dado que la tradición literaria o filológica tardía no nos ha transmitido ninguna información sobre los años en que pudo aquél llegar a florecer como poeta, y ello ha llevado a los estudiosos modernos a postular para su vida fechas del todo dispares, que van desde la misma época homérica (tal es la opinión, hoy a todas luces errónea e inaceptable, de E. A. Berthault, quien, en concreto, consideraba las Posthoméricas contemporáneas de Homero, y a Quinto su editor) 14 hasta ya el siglo VI d. C. —con lo que nuestro poeta sería incluso posterior a Nono de Panópolis, fechado hacia la mitad del siglo V d. C.—. Una datación tan tardía resulta inadmisible: parece seguro que tanto el mencionado autor de las Dionisíacas como, más aún, sus sucesores Trifiodoro y Museo (aunque, en el caso del primero, existen en la actualidad serias dudas en cuanto a sus fechas convencionalmente tan tardías 15 ) ya conocen bien a Quinto. En el inmenso poema de Nono se pueden advertir incluso puntuales imitaciones literales de los recursos estilísticos y temáticos del de Esmirna, como bien ha constatado F. Vian 16 , y, en definitiva, de ser Nono anterior a Quinto, es casi imposible imaginar, a pesar del criterio de M. Wh. Mansur 17 , que el primero no haya influido de algún modo en el segundo con su peculiar versificación y su estilo retórico). Fuera de estas dataciones tan extremas, pero desde luego sin apartarnos ya de la época romana 18 , contamos con algunas otras propuestas bastante más moderadas (y, como a continuación veremos, más acertadas y fundamentadas): A. Köchly (y ya el viejo editor Th. Chr. Tychsen) entendía que la importancia para Quinto, como en su momento debidamente examinaremos, de la idea del Destino situaba su obra en el imperio de Juliano y los años siguientes 19 ; en cambio, P. Mass sugirió que nuestro poeta incluso podría ser anterior a la era cristiana 20 ; G. W. Paschal, por su parte, postulaba para él, con mayor imprecisión, el final del siglo II y el comienzo del III (siempre, por supuesto, d. C.) 21 .

Se admite hoy día sin duda alguna que Quinto de Esmirna es un autor de época imperial (fechado comúnmente entre el III y el IV d. C. ya por los estudiosos de principios del pasado siglo, tales como A. S. Way 22 y M. Wh. Mansur 23 ), y ello gracias a dos breves indicaciones extraídas de su propia obra: en VI 531-536 se hace alusión, dentro del típico símil de herencia homérica, a la costumbre romana de las luchas entre fieras y esclavos que para dar tal espectáculo eran arrojados al anfiteatro (con lo que el poeta, por lo demás, incurre en un flagrante anacronismo, dada la legendaria época heroica en que supuestamente fija su relato), sangrientas prácticas que además sabemos que fueron prohibidas por Teodosio I (379-395 d. C.); en XIII 334-341, por otro lado, se recoge la profecía del adivino Calcante sobre la fundación de Roma junto al Tíber y su glorioso futuro por sus amplias conquistas: de acuerdo con A. Köchly y F. Vian, difícilmente se admitiría que estos versos son posteriores al 324 d. C., al nacimiento del Imperio Romano de Oriente con la fundación de Constantinopla, ya que en ellos no hay referencia alguna a Bizancio y la misma Roma parece retratada en el apogeo de su incontestable supremacía 24 . Establecido, pues, el terminus ante quem con esta última fecha tan concreta, determina a su vez F. Vian también el terminus post quem gracias a las Haliéuticas de Opiano (datadas hacia el 177-180 d. C.), poema que, según aquél, cuando en su composición ha recurrido a temas relativos a la pesca, Quinto sin duda ha seguido de cerca, no sólo en las ideas desarrolladas, sino también en la propia expresión. En fin, el editor francés sitúa a nuestro autor un prudencial medio siglo después del citado Opiano y lo fecha, por tanto, entre comienzos y mediados del III d. C., quizás, tratando de ser aún más preciso, tras del imperio de Alejandro Severo (emperador desde el 222 al 235), según deduce del significativo silencio de Filóstrato en sus Vidas de los Sofistas , donde ciertamente no se hace mención alguna de Quinto, a pesar de la abundante información en ellas ofrecida sobre los círculos literarios de Esmirna 25 .

La conclusión, pues, a la que llega F. Vian es afortunada también porque permite situar a Quinto en un siglo a cuyas tendencias literarias se ajustan perfectamente el contenido y la intención de sus Posthoméricas: si el II d. C. había cultivado ante todo la poesía didáctica, en efecto, el postulado siglo III d. C. desarrolla con predilección la vasta epopeya narrativa, trata de hacer resurgir una épica continuadora de la prestigiosa poesía homérica, aun cuando las más veces sus resultados sean meras mediocridades. A partir de su segunda mitad, ciertamente, florece de forma especial la poesía de tema mitológico, recogida en composiciones siempre de gran extensión: Néstor de Laranda, además de elaborar una extravagante Ilíada desprovista de una letra , es autor de unas Metamorfosis; su hijo Pisandro, en tiempos por cierto del mencionado Alejandro Severo, compone en sesenta libros, toda una enorme enciclopedia mitológica, las Teogamias Heroicas; en Egipto, Sotérico de Oasis escribe, entre otras varias obras, una Ariadna … Algunos de estos poetas no dudan en rivalizar directamente con Homero y en tratar a su manera la materia de las mismas Ilíada y Odisea , mientras que otros, en cambio, no abrigan tantas aspiraciones y se contentan con recrear más bien los relatos heroicos de aquel viejo Ciclo Épico que, aun destinado a completar la exposición de los episodios de la Guerra de Troya (gran parte de ellos, como es sabido, no habían sido contados por Homero), en esta época imperial, víctima al parecer de su escaso valor literario, poco a poco ha ido cayendo en el olvido y cuyas leyendas más bien se conservan y resultan accesibles, para especialistas y escritores interesados, en variados resúmenes en prosa y así, para abordar dichas leyendas, se manejan entonces ante todo los antiguos escritos de los logógrafos, tales como Ferecides y Helánico; se recurre luego a los mismos manuales de mitología, como los primeros libros de la obra de Diodoro de Sicilia y, de forma especialmente significativa, la preciosa Biblioteca de un tal Apolodoro; en este sentido (como hecho en verdad notorio), sin duda en el siglo II d. C., el gramático Proclo se ocupa en su llamada Crestomatía de ofrecernos todo un sumario de los distintos desprestigiados poemas que constituían en concreto el ciclo troyano. En esta corriente poética, pues, sin lugar a dudas, hay que ubicar a Quinto de Esmirna con sus Posthoméricas , ya que, más allá de la coincidente materia escogida, resultan indiscutibles su pretensión de seguir con fidelidad al mismo Homero y su intención de colmar el vacío existente entre sus dos epopeyas, laguna que de nuevo había quedado, como decimos, con el deterioro y la desaparición del aludido Ciclo Épico (y la aridez de los comentados resúmenes en prosa y manuales mitográficos era también merecedora de una superación en verso).

Un propósito similar todavía se puede advertir, bastantes años después (sean cuales sean sus fechas, problema que ya hemos insinuado), aunque en una composición ya de mucha menor extensión y con un contenido más concreto y delimitado, en La toma de Ilión de Trifiodoro (tal vez, en fin, un siglo posterior a Quinto) 26 . Pero, con el transcurso del tiempo, esta poesía épica aún de corte homérico poco a poco se va también olvidando para dar paso a unas creaciones que culminarán, allá por el siglo V d. C., en la figura de Nono de Panópolis, y cuyos temas serán ya estrictamente, como es bien sabido, dionisíacos.

LA OBRA: NOTICIA LITERARIA

No es apenas necesario insistir en una circunstancia innegable: la obra que nos ocupa, las Posthoméricas de Quinto de Esmirna, ha sido desde el siglo XIX poco estimada y valorada por la filología moderna, y sólo ha despertado interés entre los estudiosos por lo que en apariencia tiene de testimonio de anteriores obras perdidas o por ser a veces preciosa fuente para otros estudios, como pueden ser, evidentemente, los de mitografía. De este modo, no es de extrañar que, por sus mismos contenidos, obtenga tal composición la más sincera estima de un estudioso como A. Ruiz de Elvira 27 , y que, al mismo tiempo, en cambio, dada esa tradicional nula valoración por sus cualidades poéticas en sí, en su ejemplar y vasto repaso de la literatura griega A. Lesky poco más diga de Quinto, con evidente desprecio y desinterés por él, que resulta ser un «muñidor de versos» 28 .

Así pues, en esta última línea de común apreciación negativa, con el paso de los años los especialistas han hecho notar una y otra vez los indiscutibles defectos manifestados en su obra por Quinto, entre los cuales destacan (a modo de compendio) la servil imitación de Homero (advertida sobre todo por A. W. James 29 , aun cuando lo cierto es que los poetas épicos tardíos habían de depender de Homero casi por exigencia del género que practicaban, y a menudo, como ya sabemos, era su meta emularlo lo más posible), la monotonía (reprochada, entre otros, por S. E. Basset 30 y Th. Means 31 ) y la falta de inspiración poética (M. Wh. Mansur le niega a nuestro poeta, en efecto, cualquier atisbo de genialidad 32 ). En todo caso, la recurrente comparación (quizás inevitable, pero desde luego desmedida) de Quinto con quien era su principal fuente de inspiración, con el mismísimo Homero, no hace sino hundir sin remedio al de Esmirna, que carece del genio del autor de la Ilíada y la Odisea , y que ni siquiera puede lograr ya, tantos siglos después, reproducir la viveza y la lozanía de la ilustre épica arcaica.

No obstante, en las últimas décadas unos cuantos investigadores han optado por una estimación más positiva de la obra conjunta de Quinto de Esmirna, ya que han sabido descubrir en ella ciertos valores hasta el momento apenas atisbados por la crítica filológica. Ya en 1954, en su arriba comentado minucioso estudio sobre las comparaciones empleadas por Quinto, revelaba F. Vian una segura evolución técnica en el poeta, según la cual lograba éste liberarse poco a poco precisamente de esa servidumbre homérica (así como de su dependencia de otros muchos modelos) y alcanzaba un estilo algo más personal 33 . Pero fue unos pocos años más tarde, con la publicación en 1959 de su valiosísimo análisis ahora global sobre las Posthoméricas 34 , cuando este mismo profesor francés insistió en arrojar una nueva luz, esta vez mucho más favorable, sobre la apreciación literaria de nuestro autor. Para F. Vian, dentro de esa inevitable servil dependencia y a pesar de su falta de talento, Quinto supo ser un digno sucesor de Homero, ante todo porque fue capaz de retomar las leyendas sobre el final de la Guerra de Troya con un auténtico respeto hacia la narración homérica, es decir, tratando de remontarse hasta la misma épica arcaica, renunció a los elementos novelescos con los que en su época a menudo se recreaban esas antiguas historias, y aun se abstuvo las más veces de cualquier marca de alejandrinismo, e igualmente, manejó con espíritu crítico sus numerosísimas lecturas y acertó a quedarse con los relatos tratados de acuerdo con el espíritu de la vieja epopeya, relatos que, a pesar de su procedencia de los más variados géneros, se cuidó de presentar en un único y conveniente tono (ése que, a la postre, provoca la tan reprochada monotonía) 35 . En este mismo sentido, tres años después elaboró Ph. I. Kakridis una imprescindible monografía donde, aunque con otros puntos de vista, se ha querido también hacer justicia a Quinto, tenido por un gran poeta de su tiempo si nos atenemos a las conclusiones de un interesante artículo de A. Ferrua —según el cual el cultivo de la poesía, allá por el siglo IV d. C. en que pudo aquél haber vivido, era factible como una profesión más, para la que se requería buena voluntad, una cierta habilidad y un diestro aprendizaje de las técnicas de versificación y, por supuesto, un amplio conocimiento de los autores de la Antigüedad, pero no, precisamente, vena poética— 36 .

La estructura

Insistiendo en esa línea de constantes reproches hacia la modesta obra de Quinto de Esmirna, hemos de señalar ahora otro de los defectos que con más recurrencia se le han achacado a las Posthoméricas: su lamentable falta de una estructura orgánica, dado que los catorce libros de que se componen no contienen en realidad más que una simple sucesión de acontecimientos sin otra conexión que el inevitable orden cronológico (por ejemplo, S. E. Basset ha destacado esa ausencia de una verdadera conexión a lo largo de todo el poema y la inexistencia en él de una auténtica trama 37 ). Es de notar, en cualquier caso, que esta carencia se puede justificar, y en cierto modo perdonar, si tenemos bien presentes las intenciones mismas del autor a la hora de elaborar la presente obra: su pretensión era, como es sabido, continuar la narración de la Ilíada y completar la legendaria historia hasta llegar a la caída de Troya, de modo que había de comenzar el relato in medias res , sin proemio o introducción de ningún tipo (partiendo, por lo tanto, de los sucesos inmediatamente posteriores a la muerte y los funerales de Héctor), y sin más dedicarse a contar uno tras otro los variados episodios que, en secuencia más o menos forzada, la tradición le imponía. Aun con sus frecuentes variantes y versiones dispares, desde luego, no podía apartarse Quinto apenas de la saga troyana canónica en pro de una más elaborada y cuidada composición final 38 .

Por otra parte, si bien es innegable esa falta de una rigurosa unidad a lo largo de las Posthoméricas , F. Vian ha sabido ver, dentro de su abrumadora diversidad episódica, notables elementos de cohesión al menos entre algunos pocos libros consecutivos, de suerte que en buena medida logran éstos, en sus respectivos casos, formar un todo temático y consiguen al final la gradación y culminación oportunamente exigibles. En efecto, se puede argumentar con garantías una cierta unidad de contenidos para los libros I-IX, en tanto que, a pesar de sus muchos y variados acontecimientos, presentan como indiscutibles protagonistas de los eventos de la Guerra de Troya a la familia Eácida, a Aquiles (por supuesto) y a su sucesor, su hijo Neoptólemo. Los cinco primeros libros, ciertamente, aun cuando se centran cada uno en otros personajes o episodios concretos (el I en Pentesilea, el II en Memnón, el V en el famoso «Juicio de las Armas»…), tienen como figura esencial al mismo Aquiles, de quien se cuentan sus últimas hazañas, su muerte y funerales y los juegos celebrados en su honor; los cuatro siguientes narran la incorporación al conflicto de su hijo Neoptólemo (con quien enseguida se recuperan, en una intencionada continuación de las mismas características de irreprochable héroe de epopeya, las excelencias del anterior protagonista), y su marcado enfrentamiento con su directo rival Eurípilo, el último gran aliado venido a su vez en ayuda de los troyanos, se desarrolla en ellos in crescendo hasta culminar en su trascendental duelo a mitad del libro VIII, no por casualidad emplazado, pues, en el centro mismo de todo el poema. Una estimación similar es posible, por su parte, en el caso de los libros XII y XIII (y aun, en buena medida, el XIV), puesto que se hallan plenamente dedicados a las diversas vicisitudes a propósito de la toma de Troya. En fin, no duda F. Vian en considerar las Posthoméricas como una sucesión de episodios más o menos independientes dentro de un todo ensamblado con relativa habilidad (aunque carezca a la postre de unidad global), cuyo interés dramático se recrea a su manera en cada uno de esos varios núcleos temáticos, en vez de ir progresando a través de sus catorce libros, con la debida gradación, hasta la resolución que conlleva el final de esta epopeya 39 .

Las fuentes

He aquí la cuestión, como ya apuntamos al comienzo de este gran apartado, con la que, con diferencia, se ha tratado de hacer algo más interesante y complejo el estudio de nuestro desdeñado autor. Como bien hemos ido comentando en su momento oportuno, se tiene a Quinto tanto por un ilustrado hombre de muchas lecturas como por un poeta las más veces imitador de antiguos escritores prestigiosos, de manera que son numerosas y variadas las investigaciones respecto a los autores y las obras de los que se ha servido como recurrentes modelos para su propia composición. Sucede, por lo demás, que esta fundamental cuestión de las fuentes de las Posthoméricas , si bien, por supuesto, no se encuentra de forma definitiva solucionada (de hecho, en no pocos aspectos resulta irresoluble y las lagunas son notables), sí ha recibido pleno tratamiento y se halla muy bien tratada, por parte de F. Vian en sus tan eruditas como perspicaces disertaciones 40 .

Una primera circunstancia, desde luego, se ha de tener bien presente. Sostenía A. Köchly que el único modelo de Quinto de Esmirna había sido Homero, aun cuando también aceptaba que en determinados pasajes se pudiera constatar una puntual influencia de Hesíodo y de Apolonio de Rodas 41 . En efecto, no hay duda de que a Homero se deben, como no podía ser de otro modo por las exigencias mismas del género épico, el estilo, la métrica, el vocabulario y, en definitiva, el planteamiento del poema. Pero, en todo caso, tal apreciación de A. Köchly simplifica sobremanera el problema esencial de las fuentes e impide abordarlo en la exigida profundidad: es evidente que de Homero solo no pudo nuestro poeta haber tomado los contenidos de su obra (apenas si se apuntaban en la Ilíada y la Odisea las historias que tienen cabida en las Posthoméricas) , y que, por el contrario, como manifiestan la diversidad y riqueza temática observadas en ella, las lecturas de Quinto han debido de ser muchas y variadas. Con esta premisa, pues, se ha de afrontar la difícil cuestión que ahora nos ocupa.

Dentro de ella, una notable discusión se centra en la posibilidad de que Quinto haya recurrido como fuente principal, y aun única, a los antiguos poemas que por su contenido más le facilitaban su labor, esto es, a las obras que constituían el llamado Ciclo Épico (a grandes rasgos, de los siglos VII y VI a. C.), varias de las cuales estaban encargadas, como sus Posthoméricas , de narrar los episodios finales de la Guerra de Troya y de colmar así el vacío existente entre las dos epopeyas de Homero. Ante esta sencilla evidencia, ya en 1783 Th. Chr. Tychsen tenía el firme convencimiento de que tal Ciclo había de ser el modelo fundamental de que se había servido Quinto 42 (resultan innegables, desde luego, las correspondencias temáticas de esos distintos poemas con los sucesivos libros de las Posthoméricas , tal como más tarde ha expuesto Th. Means: los cuatro primeros coinciden con el argumento de la Etiópida , los ocho siguientes con la historia de la Pequeña Ilíada , el decimotercero cuenta los mismos hechos que el Saco de Troya y el decimocuarto abarca los relatos de los Regresos) 43 ; todavía en el siglo XX , pues, esta tesis ha contado con numerosos partidarios, tales como M. Wh. Mansur (en una investigación sobre el uso de los epítetos por parte de Quinto, terminó por defender su empleo casi exclusivo de los Cíclicos, aunque sin descartar ciertas reminiscencias en él de la tragedia clásica) 44 , W. H. Willis (quien a su vez ha examinado con detalle los juegos fúnebres del libro IV, cuya estructura, orden de las pruebas y premios también le hacen posicionarse a favor del Ciclo) 45 y A. R. Sodano (dedicado a estudios monográficos sobre los episodios concretos de Pentesilea, de Memnón, de la muerte de Aquiles y de las bodas de Tetis y Peleo, se pronuncia siempre en defensa de la influencia de los Cíclicos) 46 . Por el contrario, A. Köchly, en aquella defensa a ultranza de Homero como modelo casi exclusivo de Quinto, rechazaba tales poemas con determinación, fundamentándose además en la supuesta pérdida ya del viejo Ciclo Épico en tiempos de nuestro autor y en las significativas diferencias que se observan entre los relatos del de Esmirna y los resúmenes que al menos se nos han conservado de aquellas desprestigiadas obras, como ya comentamos, gracias a la Crestomatía de Proclo 47 . Por su parte, en sus ya mencionadas investigaciones pormenorizadas, F. Vian ha refutado debidamente a esos partidarios del Ciclo y, con todo, ha optado por una plausible postura moderada: en ningún caso Quinto se ha dedicado a ofrecer una reedición simplificada y unificada de aquellas remotas composiciones, a las que aún pudiera acceder en una lectura directa, pues son demasiado notorias las discrepancias argumentales que, en efecto, podemos acertar a asegurar entre las Posthoméricas y lo que hemos alcanzado a conocer (por los escasos fragmentos y por el sumario de Proclo) del arruinado Ciclo (fuera de toda duda está, por ejemplo, el que los libros VI-XI no deben nada a la Pequeña Ilíada); antes bien, cabe imaginar que nuestro poeta recurrió a recientes (y por ello con seguridad accesibles) compilaciones mitográficas donde todavía se podían recordar, aunque ya de segunda mano, los episodios finales de la Guerra de Troya, consagrados, eso sí, por la Etiópida , la Pequeña Ilíada , el Saco de Troya y los Regresos (aunque en esta época tardía, cuando Quinto busca sus modelos para trabajar, contaminados por otras muchas variantes y versiones nuevas) 48 .

Frente a toda esta polémica en que se sostienen posturas tan discrepantes, pocas dudas ofrece, en cambio, como ya hemos apuntado en alguna ocasión, la influencia que el prestigioso género de la tragedia ha podido ejercer en Quinto a la hora de elaborar su poema. Un hecho parece del todo indiscutible: cualquier intelectual y estudioso de su época debía de contar en su biblioteca con los ejemplares de los grandes trágicos, y Quinto, pues, necesitado de modelos para su tarea, no podía ignorar en muchas de sus narraciones las magníficas (y a menudo predominantes) versiones de genios como Esquilo (empleado en menor medida, como enseguida constataremos), Sófocles y Eurípides. Así pues, son notables los ecos en las Posthoméricas de piezas como el Ayante de Sófocles —para el relato del suicidio del Telamonio en el libro V, tras el incidente del «Juicio de las Armas»—, el Filoctetes del mismo y, sobre todo (aunque en ello existen ciertas vacilaciones y reservas), el hoy perdido de Eurípides —por supuesto, para los detalles, en la segunda mitad del libro IX, de la lamentable historia de este tan formidable como desdichado guerrero—, o las Troyanas y la Hécuba de este último —para diversos episodios, a lo largo de los libros XII-XIV, relacionados con la toma de Troya, como la suerte de las cautivas y el sacrifico de Políxena—, así como, para acontecimientos ya más concretos, sus Suplicantes (de cuyo relato del suicidio de Evadne es una clara evocación el de Enone al final del libro X) y sus Fenicias (de donde se toman varios motivos para la inevitable recreación, ahora en la segunda parte del XI, de una teichomachía) . De entre las obras que por el contrario se nos han perdido, además del mencionado Filoctetes de Eurípides, se ha propuesto (aunque en cada uno de estos casos se plantean serias reticencias, debido a nuestros ya precarios conocimientos) la utilización por parte de nuestro autor, sobre todo, de los Etíopes de Sófocles y del Memnón y la Psychostasía de Esquilo (para la leyenda del caudillo aliado Memnón en todo el libro II), de los Escirios de Sófocles (para el episodio, a lo largo de buena parte del VII, de la embajada griega a Esciros con el objetivo de la incorporación de Neoptólemo a la guerra), y, en fin, del Laocoonte del mismo trágico (para los peculiares detalles del castigo de este famoso personaje, en la segunda mitad del libro XII) 49 .

Fuera de este género concreto, se puede afirmar con rotundidad, por lo demás, que Quinto ha aprovechado en su obra otras muchas de sus variadas lecturas, que si bien no se pueden llegar a tener por parte de sus modelos fundamentales, sí resultan dignas de consideración por haber servido como puntual fuente de inspiración en el desarrollo de un tema concreto o en el empleo de determinadas expresiones y recursos literarios 50 . En primer lugar, dado que nuestro poeta se había propuesto elaborar una epopeya, era inevitable que, aparte de Homero, tuviera bien presentes a sus otros dos más renombrados predecesores en el género épico, éstos son, Hesíodo (más allá de aquellas estimaciones ya de A. Köchly en los Prolegomena a su edición de 1850, M. L. Mondino, en efecto, ha observado en la obra de Quinto numerosos elementos que, aun perteneciendo propiamente a la dicción formular de este género, no se deben en su origen a Homero, sino a Hesíodo 51 ) y Apolonio de Rodas (seguro modelo para multitud de expresiones y comparaciones, así como para algunos pasajes precisos, como, entre otros estudiosos, han reconocido, una vez más, A. Köchly, M. L. Mondino y F. Vian). Por otro lado, ha aprovechado también Quinto en su poema valiosas aportaciones de la misma literatura helenística (y aun ya de la de época imperial): entre otras varias obras, la Alejandra de Licofrón (para el particular tratamiento de algunos pasajes, como, dentro sólo del libro XIII, los del destino de los Enéadas, la violación de Casandra y la prodigiosa desaparición de Laódice), las llamadas Theriaca de Nicandro de Colofón (para los minuciosos detalles de la purulenta herida de Filoctetes, en la ya referida segunda mitad del IX ), los Fenómenos de Arato (para los ineludibles excursos y símiles de tema astronómico), las Haliéuticas (o De la pesca) de Opiano (para las varias digresiones sobre tipos de pesca), las Ixéuticas de un tal Dionisio (para la metamorfosis de los etíopes compañeros de Memnón, al final del libro II), e incluso algunos simples epigramas recogidos en la Antología Palatina (como el de Antífilo de Bizancio, en VII 141, para la descripción, aquí a mitad del libro VII, de la tumba de Protesilao). Un autor en el que se descubren sorprendentes paralelismos con puntuales episodios de la obra de Quinto (sobre todo, el de la detallada recepción de Neoptólemo en el campamento aqueo, al final de ese libro VII) es el novelista Dictis, aunque lo más probable es que tanto aquél como éste en realidad hayan contado para sus relatos con fuentes literarias comunes (o quizás suceda que sus argumentos coincidentes se deban a una misma difusa formación escolar). En fin, como ya hemos apuntado con anterioridad, es muy probable que también se haya servido nuestro poeta de ciertos tratados mitográficos, que tan útiles le resultaban con sus compilaciones de las antiguas leyendas (F. Kehmptzow, sin ni siquiera haber conocido aún la ejemplar Biblioteca de Apolodoro, desarrolló ya largamente la tesis de la presencia en las Posthoméricas de un libellus mythographicus 52 ).

Finalmente, un último grupo de posibles fuentes da ocasión a nuevas duras controversias, puesto que dista mucho de considerarse resuelto el arduo problema de la pretendida influencia también en las Posthoméricas de determinadas obras ya de la literatura latina 53 . Desde Th. Chr. Tychsen 54 , muchos especialistas habían rechazado la inspiración de Quinto también en una serie de destacados autores latinos, pero tras los estudios de J. Th. Struve 55 han sido más numerosos, en cambio, los defensores de la hipótesis favorable a esta influencia. Aun cuando hay quienes entienden, de entre los primeros, que difícilmente un escritor griego volcaría su interés en las obras latinas para llegar a convertirlas en modelos de imitación (la costumbre, como es bien sabido, era la contraria: los autores latinos leían, asimilaban e imitaban a los clásicos griegos), tampoco cuesta imaginarse, tal como juzgan los segundos, que un poeta como Quinto de Esmirna, que posee un nombre latino, que se atreve a proclamar el poderío de Roma (como ya indicamos, en XIII 334-341) y que procede de una ciudad minorasiática sometida a los romanos desde el 133 a. C., haya accedido a las obras latinas en su texto original (la penetración de la lengua y la literatura latinas en ese Oriente helenizado es ya segura durante la época imperial) y haya optado por utilizarlas convenientemente para su propia composición. En opinión de estos últimos estudiosos, resultan determinantes los frecuentes paralelos entre las Posthoméricas y la misma Eneida de Virgilio (descubiertos sobre todo, por supuesto, en su libro II, donde también se contaba la caída de Troya y en concreto aparecían e intervenían de forma igualmente notoria que en aquéllas los personajes de Sinón y Laocoonte). R. Keydell ha postulado la presencia también de las Metamorfosis de Ovidio, de las Troyanas y el Agamenón de Séneca y aun del Sobre la república de Cicerón (donde se contiene el famoso «Sueño de Escipión», que habría servido de modelo para el a su vez llamado «Sueño de Neoptólemo» del libro XIV) 56 ; años más tarde, se han mantenido en esta postura filólogos como Ph. I. Kakridis (para quien, de acuerdo con R. Keydell, Quinto debe bastante a la literatura latina: no sólo a Virgilio, sino también a Ovidio y a Séneca 57 ) y M. L. Mondino (quien también acepta el uso directo de la Eneida por parte de nuestro poeta, e incluso supone el empleo de las Metamorfosis para episodios concretos como el «Juicio de las Armas» y la muerte de Memnón 58 ). Frente a esta firme posición, M. Wh. Mansur rechazaba con decisión el que Quinto hubiera manejado directamente la Eneida , y sólo admitía para él su posible vago conocimiento gracias a los estudios escolares 59 . F. Vian, mediante exhaustivos análisis de los relatos virgilianos y de los de nuestro poeta, ha llegado a la conclusión de negar cualquier aparente influencia de los autores latinos, y prefiere imaginar la existencia de anteriores modelos griegos comunes, las más veces obras de época helenística hoy perdidas; de hecho, para solucionar el caso de los supuestos paralelismos entre Quinto y Virgilio, pretende que aquella obra de un tal Pisandro (cierto autor al parecer helenístico, no el ya mencionado Pisandro de Laranda, poeta del siglo III d. C.), de la que afirmaba Macrobio (en la sorprendente declaración de Saturnales V 2, 4) que el libro II de la Eneida no era sino una traducción literal, fue el modelo, pues, de Virgilio y una de las principales fuentes de Quinto 60 . Más recientemente, en fin, M. Campbell continúa en esta línea y tampoco admite la utilización de Virgilio 61 , y así, por ejemplo, entiende que el personaje de Laocoonte que descubrimos en las Posthoméricas lo podía encontrar, tal vez, en el libro II de la Eneida , pero, de acuerdo con el planteamiento de F. Vian, no fue ése su modelo directo, sino algún poema helenístico para nosotros desconocido 62 .

El estilo

Retomando ahora, una vez más, esa fundamental idea de Quinto de Esmirna como mediocre autor formado sólo gracias a sus múltiples lecturas, el obligado examen, por otro lado, de sus rasgos literarios se centra sobre todo en hacer notar cómo a lo largo de sus Posthoméricas es del todo evidente, a causa de esa inspiración libresca, la profunda influencia en él de la enseñanza escolar de su época, circunstancia que, por cierto, como se podrá observar, le lleva no pocas veces a fracasar en su empresa de recrear la antigua epopeya homérica con sus debidas concepciones arcaicas, y es que Quinto, como bien ha advertido M. Wh. Mansur, no hacía sino recuperar artificialmente un mundo que en realidad ya no entendía 63 .

Quizás donde con mayor claridad se descubra en las Posthoméricas la formación escolar de su autor sea en su habitual tendencia a la moralización, al cuidado y decoroso planteamiento tanto de los personajes como de ciertos hechos y situaciones concretas. En efecto, buena parte de los antiguos héroes homéricos, aun a costa de perder los rasgos que más los caracterizaban e individualizaban en la Ilíada y la Odisea , aparecen aquí idealizados y se ven libres de sus tradicionales defectos. Esto se advierte sobre todo en el caso de Paris, retratado como un valiente príncipe que se esfuerza por suceder a su hermano Héctor, y no ya como el cobarde mujeriego y las más veces torpe guerrero que nos retrataba Homero. Del mismo modo, reina siempre la concordia en el campamento aqueo, bajo la incuestionable autoridad de Agamenón, y los escasos momentos de querella y enemistad son rápidamente resueltos (por ejemplo, el breve enfrentamiento entre Aquiles y Diomedes en I 767-781. Asimismo, con un marcado carácter pudoroso y una total ausencia de posibles evocaciones sensuales (por lo demás, tan del gusto de sus contemporáneos), se rememoran someramente episodios como el de la repentina pasión de Aquiles por Pentesilea (e incluso tal acontecimiento le permite al poeta exponer su negativa valoración del mero placer sexual, puesta ella en boca de Tersites a lo largo de I 723-740), y se disimulan más aún momentos escabrosos como la violación de Casandra. En fin, el indiscutible protagonista de los primeros libros, Aquiles, además de ser el héroe intachable y guerrero invencible de la Ilíada , posee ahora también trazos de mayor humanidad (así se apunta en III 422-426), y su hijo y sucesor, Neoptólemo, figura central a su vez de los siguientes libros, encarna también el ideal heroico, de forma si cabe aún más plena, por su valentía, su piedad filial, su sumisión al destino y la moderación de sus propósitos 64 .

Pero si cabe afirmar que Quinto de Esmirna nos ofrece una «épica moralizada» es ante todo por el hecho de poder verificar la consciente introducción a lo largo de toda su obra tanto de máximas como de digresiones edificantes, con una evidente pretensión de predicación ejemplar, de procurar a su poema (aunque F. Vian tiene tales enseñanzas por superficiales 65 ) los oportunos fundamentos éticos (algo por completo ausente en las epopeyas de Homero, donde, como es bien sabido, a modo de reflejo de la moral aristocrática de aquellos tiempos en ellas recreados, sus personajes carecen para nosotros de los debidos principios de comportamiento, pues en modo alguno toman conciencia de la bondad o la maldad de sus actos, sino que aspiran sólo a la estima pública, a mantener su honra y ganar honores). Así pues, destaca a este respecto (es un motivo desarrollado, ciertamente, en numerosas sentencias de la obra: I 459 s. y 738, II 76 s. y 275 s., IV 87, VI 451, VII 565 s., IX 105…) la constante exaltación del pónos , del esfuerzo, como único recurso válido para alcanzar la auténtica gloria o la misma virtud, expuesta la consecución de este último noble objetivo en repetidas ocasiones (V 49-56, XII 292-296 y XIV 195-200, con variados detalles y diversas modificaciones en cada caso) mediante la célebre alegoría del Monte o el Árbol de la Aretḗ . Por otro lado, se centra en buena medida el ideal ético de nuestro poeta en la resignación humana ante las adversidades y desgracias que nos pueda deparar el destino (éstas son, por ejemplo, el dolor por la pérdida de un ser querido, las penalidades durante la guerra, los meros padecimientos físicos…), fundamental doctrina que especialmente descubrimos en la sensata actitud y los sabios consejos tan a menudo exhibidos por el anciano Néstor (así, sobre todo, en III 5-9 y VII 30-95) o en las recomendaciones que le dispensa a su hijo el espectro de Aquiles a io largo del llamado «Sueño de Neoptólemo» (en XIV 179-227, episodio pleno, por cierto, de toda clase de estos preceptos edificantes que estamos comentando). Ante la formulación de tales peculiares ideas, no podemos pasar por alto la aparente adhesión de nuestro poeta, pues, a la corriente filosófica del estoicismo (de cuyas convicciones es a menudo portavoz, precisamente, el mencionado Néstor, convertido a todas luces en el prototipo de sabio de la Estoa 66 ), circunstancia que, a pesar de su propósito de recreación del mundo homérico, resulta innegable 67 si nos atenemos a otros muchos detalles de estas enseñanzas y doctrinas por él ofrecidas (aunque propiamente ya no tengan aquella explicada pretensión moralizante). En sus Posthoméricas está del todo presente, en efecto, esa máxima estoica de «vivir conforme a la naturaleza», y no menos se establece en ellas aquella firme creencia en la necesidad de un orden cósmico, representado aquí en esencia por el mismo Destino (sea llamado, como puntualmente iremos examinando, Aîsa, Kḗr o Kêres, Moîra o Moîrai, Móros , e incluso daímōn , y quizás anánkḗ) , que todo lo rige y todo lo gobierna, que se revela más poderoso que los mismos dioses, cediendo ante él incluso el propio Zeus (así en II 172, III 649-654, IX 414-422, XI 272-277, XIII 559 s., XIV 98-100…) 68 ; se atisban además ciertas concepciones atribuibles incluso al influjo de este estoicismo ya en las creencias populares de la Antigüedad tardía, tales como la idea de la unión de las almas de los recién fallecidos con el éter (en cierto modo reflejada en I 252 s., V 647 s., VII 41 s. y XI 465 s.) 69 o la del «alma universal» o «cósmica», planteamiento difundido por Crisipo con el que se relaciona, el recurrente concepto del ámbrotos aiṓn o «vida imperecedera» (presentado en III 319, VI 586, VIII 433 y XIV 256) 70 . Con todo, sería arriesgado considerar a Quinto un auténtico estoico, un firme adepto a los principios de esta escuela. De acuerdo con toda esa formación libresca sobre la que insistentemente venimos hablando, la que a buen seguro le ha proporcionado a nuestro poeta, aunque hombre instruido, tantos y tan variados conocimientos superficiales, es fácil imaginar que, sin más, se haya visto él impregnado también de una serie de conceptos básicos, más o menos difundidos y popularizados en su época, de esta exitosa corriente filosófica. Del mismo modo, es insostenible afirmar, como algunos estudiosos han pretendido, que Quinto llegó a conocer y aun profesar ya el mismo cristianismo, sólo por el hecho de que expone éste con rotundidad, en el controvertido pasaje de VII 87-89, cómo a las almas de los buenos y de los malvados les aguardan en la otra vida el cielo y las tinieblas como respectivos premio y castigo 71 , tanto más cuanto que resulta harto difícil ver en esos versos una segura presencia de las creencias cristianas, puesto que, a fin de cuentas, la doctrina de la inmortalidad del alma y su destino merecido en el Más Allá no es precisamente invención del cristianismo, ya que, como es bien sabido, es desarrollada con anterioridad por el orfismo, el pitagorismo y varias religiones mistéricas, y aun la hallamos tratada por Platón en República X 614c y Fedro 249a 72 .

En segundo lugar, debe también Quinto de Esmirna a la escuela aquel evidente gusto suyo por las digresiones didácticas, aquella tendencia suya (en modo alguno, desde luego, heredada de Homero) a los detallados excursos sobre temas, como con anterioridad comentamos, de astronomía, medicina, geografía y, sobre todo, mitología. Pero, como ya sabemos y F. Vian nos vuelve a insistir 73 , es inexacto hablar, al referirnos a esta práctica de nuestro modesto poeta, de auténtica poésie savante (aun cuando G. W. Paschal sí trata de ver en algunos de los datos médicos o astronómicos ofrecidos por Quinto verdaderas informaciones eruditas 74 ): siendo los suyos en realidad unos lectores en un nivel de cultura más bien media o mediocre, las más de las veces (salvo en el caso de algunas preciosas y acertadas noticias geográficas tomadas de las fuentes oportunas, como las que, en varias e insistentes ocasiones, conciernen a la Caria y la Licia) se contenta nuestro poeta, para elaborar tales llamativas digresiones, con hacerse eco de leyendas locales con elementos fantásticos (son las de tal naturaleza las que realmente más parecen interesarle: en I 291-306, la de la portentosa roca en que supuestamente fue transformada Níobe sobre el monte Sípilo, de la cual manan inagotables aguas; en II 556-566, la de la sobrenatural formación del río Paflagonio con las gotas de sangre del cadáver de Memnón; en II 642-655, la de la metamorfosis de sus compañeros etíopes en las aves llamadas «memnones»; en VII 408-411, la de los prodigiosos olmos situados alrededor de la tumba de Protesilao en Eleunte; en XI 92-98, la del fuego inextinguible de la «roca de Hefesto» en Cilicia, que abrasa las raíces de las palmeras cercanas sin que dejen éstas de echar abundantes frutos…), o sin más toma para ellas vagas reminiscencias (este recurso ya nada nos debe sorprender) de sus muchas lecturas, de obras ya autorizadas y de sobra conocidas (como es el caso, por ejemplo, para las cuestiones de astronomía, de los Fenómenos de Arato).

En fin, dada toda esta presencia de la formación escolar, era evidente que la misma retórica había de dejar su impronta en la obra que nos ocupa, en algunas ocasiones concretas de forma especialmente notoria, como es el caso (ya reparaba en ello Eustacio, el comentarista de Homero) de la tetralogía de discursos entre Ayante y Odiseo en la inevitable recreación del famoso «Juicio de las Armas» (a lo largo de V 180-317). En efecto, en las Posthoméricas puede uno descubrir con facilidad, junto a los esperables y obligados discursos de claro origen épico (es decir, la exhortación al combate, el lanzamiento de un desafío, las invectivas dirigidas a un adversario cobarde, las palabras altivas e injuriosas pronunciadas frente al enemigo muerto o moribundo, los lamentos fúnebres…), un buen número de intervenciones que se deben, en cambio, a los típicos ejercicios retóricos practicados en la escuela: éstos son, en general, el elogio, la invectiva, la exhortación, la consolación (simple variante de la exhortación moral) y las palabras de bienvenida (variados tipos de discursos que, como ha señalado F. Vian, tienden aquí a reproducirse con insistencia y a alargarse en detrimento del diálogo) 75 . Por otro lado, a este respecto de la significativa influencia de la retórica, también se puede constatar en nuestro poema el empleo de otros muchos de sus habituales recursos, tales como la hipérbole, el epíteto efectista, más grandilocuente que descriptivo, y aun los simples adjetivos de significado vago y general (los epítetos «colorless and monotonous», como aprecia M. Wh. Mansur 76 ); no faltan tampoco los pretendidos efectos de contraste y de simetría, ni las extensas ékphraseis , en su caso, ahora sí por herencia homérica, dedicadas ante todo a la descripción de las primorosas y labradas armas de algún destacado héroe: en V 6-120, las mismas armas de Aquiles (de las que ya se ocupara Homero en Il . XVIII 478-613); en VI 200-293, el escudo de Eurípilo; en X 180-205, el tahalí y el carcaj de Filoctetes. Con todo, M. Wh. Mansur entiende que, por lo menos, no se halla Quinto tan sometido a tales técnicas retóricas como cabría esperar en un autor de su época (para él, la influyente práctica de esos ejercicios de escuela sólo resulta alarmante, en realidad, en su a menudo repetitivo y cargante uso de los símiles, por lo demás, de corte genuinamente homérico) 77 .

Por lo demás, también es posible afirmar que, en el terreno de la misma métrica, igualmente resulta manifiesta la cultura adquirida por Quinto de Esmirna gracias a su amplia formación y, de este modo, es tan resuelto ese manejo suyo del legado tradicional. De acuerdo con el minucioso estudio de F. Vian 78 , cierto es que, para afrontar su ardua tarea de poeta, en no pocas ocasiones tiende nuestro autor a la comodidad mediante el empleo de sencillos expedientes de versificación, tales como el manejo de las formas adjetivales más largas, que con gran facilidad pueden rellenar notables espacios de un hexámetro (enseguida insistiremos en el intenso uso, por parte de Quinto, de estos epítetos), pero en conjunto se puede concluir que es capaz el de Esmirna de someter sus versos a cuidadas y exigentes normas de composición, de modo que su técnica se nos revela elegante y, aunque más libre que la de un Calímaco, acaba por ser más exigente que la del mismo Homero.

Y es que Quinto, en definitiva, en lo que atañe también a los recursos de estilo, en toda esta línea de inspiración suya en una larga tradición escolar (que se adscribe, por supuesto, a la concepción de la epopeya que tanto combatía el mencionado Calímaco), tiene al legendario autor de la Ilíada y la Odisea por modelo último, por inexcusable maestro, pero sucede que a menudo se excede en su papel de fiel epígono, hasta el punto de que, a causa de tal práctica, F. Vian llega a calificarlo de «hiperhomérico» 79 . Por ejemplo, los inevitables epítetos son casi cuatro veces más frecuentes en estas Posthoméricas que en las Argonáuticas del mismo Apolonio de Rodas, como bien ha advertido M. Wh. Mansur 80 , y su empleo, según ya hemos apuntado, es desmedido y superficial, hasta resultar del todo inútiles, para nada descriptivos, sino sólo capaces de expresar con vaguedad cualidades como la inmensidad, la fuerza y el horror (estas tres con tan fastidiosa como huera recurrencia). Y su vocabulario en general tiende a la uniformidad, a retomar y reutilizar de continuo, sin más problemas, los muchos elementos heredados de su principal modelo (en efecto, hasta el 80% de ese vocabulario es homérico, según ha constatado G. W. Paschal 81 ), situación que se ha de reseñar especialmente, además de en el caso de los comentados epítetos, en el de los participios y en el de los adverbios (cuyo uso es a veces realmente banal). Con todo, ya sabemos que hoy día Quinto de Esmirna no es considerado un vulgar imitador servil: antes bien, se esfuerza, según podemos alcanzar a observar, en evitar la monotonía fruto de todo ese obstinado empleo de los recursos heredados de su admirado Homero, en buscar de algún modo la variedad, que trata de lograr, ciertamente, con la combinación y la transformación puntuales de las viejas fórmulas homéricas, y aun con la modificación habitual de sus propias expresiones, ya sea en su valor métrico o en su mismo sentido. No obstante, como concluye F. Vian 82 , en este juego de variaciones puramente formales sigue pesando demasiado la rutina y Quinto no consigue depurar ciertos lamentables defectos, tales como son las mecánicas repeticiones de términos exactos en breves intervalos o la pérdida de precisión y vitalidad de que gozaban muchos vocablos en la antigua épica arcaica. Quizás semejantes negligencias pudiera haberlas evitado con una sistemática revisión, supuestamente, pues, no llevada a cabo, de la primera redacción de su poema, aunque, en definitiva, como ya se ha apuntado con anterioridad, tengamos sin más presente que un autor de su escaso talento tampoco estaba capacitado ya, tantos siglos después, para procurarle viveza y lozanía a un género tan convencional como lo era entonces el de la epopeya.

EL TEXTO: NOTICIA DE SUS MANUSCRITOS, EDICIONES Y TRADUCCIONES

Resta por hablar, con brevedad y sin excesivas disquisiciones técnicas, de los avatares de la transmisión y recepción del texto mismo de las Posthoméricas , exposición que hoy día realmente no nos resulta complicada gracias a las clarificadoras y concluyentes investigaciones llevadas a cabo por F. Vian 83 . Gracias a ellas, podemos ahora afirmar con rotundidad, como primera idea fundamental, que todos nuestros manuscritos de Quinto de Esmirna (es decir, los que de algún modo contenían su poema y se nos han podido conservar) son posteriores a la mitad del siglo XV y provienen de dos claros prototipos, los códices H e Y (tal vez, pues, del XIV ), que en cambio, lamentablemente, se nos han acabado por perder.

El primero de estos dos prototipos mencionados, el H, no es sino el ya conocido códice Hydruntinus , descubierto, según nos informa la Vida de Coluto incluida en el Ambrosianus 661 (Q 5 sup.) , por el cardenal Besarión, como ya sabemos, a buen seguro entre 1452 (año de la toma de Constantinopla) y 1462 (fecha inscrita ya sobre uno de sus descendientes directos, el D que a continuación vamos a señalar), en el monasterio de San Nicolás de Cassoli, cerca de la villa de Otranto (esto es, Hydruntum) , en Calabria (hecho que supuso, como en su momento ya comentamos, el que a nuestro poeta comúnmente se le conociera hasta el siglo XVIII , en varios manuscritos aún y luego en las primeras ediciones de su obra, como Quintus Calaber o «Quinto de Calabria»). Este Hydruntinus , hallazgo que significó, por supuesto, la recuperación de las hasta entonces olvidadas Posthoméricas y, en consecuencia, el comienzo de los estudios modernos sobre Quinto de Esmirna, por desgracia, como sabemos, se nos ha perdido, pero sí conservamos su primera copia, fiel y cuidada, encargada ya por el propio Besarión, el Ambrosianus D 528 inf . (el anunciado códice D), al que se deben a su vez otras muchas copias valiosas: el Laurentianus LVI 29 (el T), el Neapolitanus gr. II E 24 (el L), el Matritensis gr. 4566 (o, como lo designa F. Vian, Lasc .1 , por ser copia ordenada por Constantino de Láscaris, de la que deriva, en especial, el Matritensis gr. 4686 , o Lasc .2 , esta vez de la mano del propio Láscaris) y un manuscrito b , de menor calidad ya, para nosotros representado por sus varios descendientes, el Neapolitanus gr. II F 11 (el N), el Vindobonensis phil. gr. 5 (el R) y un códice d , que a su vez ha servido de modelo al Scorialensis Σ II 8 (el E) y aun ya a la primera edición impresa, la Aldina (o Ald.). Por lo demás, tras haber sido utilizado, pues, para el establecimiento del inestimable Ambrosianus D 528 inf ., el Hydruntinus fue luego víctima de notables degradaciones al haber ido recibiendo correcciones absurdas y en exceso audaces, deteriorada forma (que F. Vian designa como Hc o Hydruntinus correctus) bajo la que dio lugar a nuevas copias: el Urbinas gr. 147 (el U, que, con todo, resulta ser, tras ese D, la copia más fiel de este prototipo), el Barberinus gr. 166 (el Q, cuyas particulares faltas comunes al U anterior invitan a postular un intermediario perdido entre ellos dos y ese Hc ) y el Cantabrigiensis Corporis Christi Collegii 81 (el C), la más reciente copia directa de Hc , que permite constatar cómo se habían agravado las degradaciones del Hydruntinus y de la que proceden, en fin, el Marcianus gr. Z 456 (el V) y el Bruxellensis gr. 11.400 (el B).

El segundo prototipo, igualmente hoy día extraviado, como sabemos, es el manuscrito Y, cuyo principal representante es el Neapolitanus gr. II F 10 (el P, pues también es conocido como Parrhasianus , por haber pertenecido al humanista J. Parrasio); contamos con otros dos descendientes suyos menos valiosos y más problemáticos: el denominado Nr , resto de una segunda copia, pues, de Y, consiste en realidad en las variae lectiones inscritas en el margen y en el interlineado del ya conocido manuscrito N, y el Monacensis gr. 264 (el M), notablemente incompleto, sólo conserva dos segmentos de la obra, desde su inicio hasta IV 10 y el libro XII entero. Debido a un curioso accidente de transpapelación de un folio en su ancestro común 84 , podemos acertar a saber que este prototipo Y es en realidad una copia anterior a H y también mejor, de modo que su descendiente P resulta ser, de entre todos nuestros manuscritos, el que merece la mayor confianza (en efecto, al desaparecido Hydruntinus , en cambio, por lo que leemos en sus copias conservadas, se le puede achacar un número importante de omisiones y de faltas, imputables a la negligencia de su copista, aunque tampoco se ha de subestimar su gran valor: Y, aunque en su conjunto más cuidado, es obra de un copista instruido que, dada su formación, puede haber llegado a introducir en él caprichosas conjeturas personales, mientras que el tal autor de H, menos cultivado pero también por ello más modesto, a menudo ha debido conservar mejor la fisonomía del original).

En fin, H e Y proceden de ese ancestro común antes mencionado de pasada, el llamado Ω, pretendido arquetipo para cuya datación no contamos con ningún criterio seguro, aunque cabría la posibilidad de situarlo en el siglo XIII , tal vez entre los años 1260-1280, de acuerdo con la sugerencia de F. Vian. Por lo demás, permanece del todo oscura la historia del texto de las Posthoméricas en los aproximadamente diez siglos que en ese caso separarían a Quinto de Esmirna (recuérdese que el mencionado editor francés acababa por situar a nuestro autor, con grandes garantías, entre comienzos y mediados del III d. C.) de este ancestro común a él más cercano; y, desde luego, no acierta a aportamos nada valioso la casi inexistente tradición indirecta de esos siglos intermedios, constituida por los dos únicos autores, ya del siglo XII , por cierto, que llegan a referirse, más en alusiones que en citas propiamente dichas, al poema de Quinto (éstos son, como ya expusimos al principio, Eustacio y, sobre todo, Tzetzes, en cuyas propias Posthoméricas podemos al menos advertir, por las indicaciones que hace a algunos pasajes concretos de la obra que nos ocupa, que leía precisamente el texto correcto de ese arquetipo Ω).

En cuanto a las ediciones, la princeps , como ya hemos adelantado, fue la Aldina, que, derivada, pues, de defectuosas transcripciones del Hydruntinus , vio la luz en Venecia en 1504 ó 1505, junto con los textos, por cierto, de Trifiodoro y Coluto. Un siglo más tarde, en 1604, realiza L. Rhodomann una elaborada edición bilingüe (con traducción al latín) que aparece en Hannover; le sigue, en 1734, la de J. C. de Pauw, la última en referirse a nuestro autor como Quintus Calaber , pues éste será ya conocido invariablemente como «Quinto de Esmirna» a partir de la edición siguiente, la de Th. Chr. Tychsen, de 1807. En París, en 1840, F. S. Lehrs publica a su vez, en la Bibliothèque Didot, una edición, con traducción además al latín (basada en la anterior de L. Rhodomann), también de estas Posthoméricas , junto con los poemas de otros varios autores griegos; tras ello, vienen las ediciones de A. Köchly, valiosa por sus Prolegomena y comentarios incorporados, aparecida en 1850, en Leipzig, y de A. Zimmermann, de 1891, publicada en la Bibliotheca Teubneriana con un extenso aparato crítico. Ya en el finalizado siglo XX , para la colección bilingüe Loeb Classical Library edita asimismo la obra de Quinto, concretamente en 1913, A. S. Way, quien se limita a reproducir el texto de A. Köchly con ciertas correcciones de A. Zimmermann; finalmente, todas estas ediciones se han visto notablemente mejoradas y superadas por la casi definitiva de F. Vian (no sólo por su concienzudo establecimiento del texto, sino también por sus introducciones general y a cada uno de los catorce libros y por sus profusas y sabias notas), publicada para la colección Budé (o Les Belles Lettres) en tres sucesivos volúmenes, de 1963, 1966 y 1969 85 .

De las traducciones a las principales lenguas modernas, en fin, hemos de señalar, ante todo, su notable escasez a lo largo de estos últimos siglos (además, la mayoría de ellas adolece de resultar hoy día muy antiguas, y a veces incluso han quedado incompletas), como bien cabría esperar, desde luego, en el caso de nuestro autor, poeta épico, según de sobra ya sabemos, de tan poca calidad y que tan exiguo interés ha sabido despertar. En lengua italiana, por ejemplo, si nos ceñimos a las traducciones más recientes y dignas por ello de reseñarse (tenemos noticia de algunas otras al menos completas, pero publicadas a comienzos del siglo XIX ), A. Taccone se ha ocupado precariamente de estas Posthoméricas entre 1910 y 1912, pues sólo ha vertido en su idioma el libro I completo, y del II y el III apenas si ha realizado sucesivas traducciones parciales; ya en las últimas décadas, G. Pompella ha ido abordando en sendas ediciones bilingües (dada la escasa trascendencia de sus textos establecidos, no las hemos mencionado antes) los libros I y II en 1979, los III-VII en 1987 y, por fin, los VIII-XIV en 1993. En alemán, por su parte, podemos destacar otras dos traducciones, aunque ya bastante anticuadas: la de C. F. Platz, en tres volúmenes aparecidos entre 1857 y 1858, y la de J. J. C. Donner, de 1866-1867. En lengua inglesa, por otro lado, contamos con la traducción (por cierto, en pentámetros yámbicos) de la ya conocida edición bilingüe llevada a cabo por A. S. Way, publicada, como sabemos, para la Loeb Classical Library en 1913; más tarde, en 1968 edita la Universidad de Oklahoma The war at Troy. What Homer didn’t tell , una traducción, con las debidas introducción y notas, realizada por F. M. Combellack. En Francia, por último, apareció la primera traducción del poema de Quinto en 1800, obra en dos volúmenes de R. Tourlet; al término de este siglo XIX , en 1884, elabora una nueva versión E. A. Berthault; y finalmente, para su también ya comentada estupenda edición bilingüe en tres tomos (de 1963-1969, en la colección Budé, según sabemos), preparó F. Vian, como no podía ser de otro modo, una precisa y atinada traducción (muy valiosa, además, por sus ya mencionadas introducciones y notas).

En España, por lo demás, ha sido muy peculiar la suerte que ha corrido Quinto de Esmirna a lo largo de todos estos siglos. Hasta hace escasos años, su presencia en la lengua castellana, como era de esperar, había resultado exigua (y aún es inexistente, desde luego, en los restantes idiomas de la Península Ibérica): según nos informa M. Menéndez Pelayo, el valenciano Vicente Mariner, bibliotecario de El Escorial, realizó en 1635 una versión de los catorce libros compuestos por nuestro poeta, aunque sólo del griego al latín (no hubo entonces, por tanto, traducción al castellano), sin que llegara a lograr su publicación (se conserva su manuscrito, por cierto, en la Biblioteca Nacional de Madrid) 86 ; y también M. Menéndez Pelayo nos aporta la preciosa noticia de que, ya en el siglo XVI , F. Sánchez de las Brozas, el famoso Brocense, tradujo pequeñas partes de las Posthoméricas para dos de sus obras, los Emblemas y las Silvas 87 . Pero en la década de los 90 del ya finalizado siglo XX , curiosamente, ha conocido en España el poema de Quinto, por el contrario, hasta dos traducciones completas, aceptables y dignas obras de sendos especialistas (quizás sea ello una ilustrativa muestra de la renovada apreciación actual por nuestro autor, positiva valoración por la que han abogado, como en su momento ya indicamos, algunos estudiosos recientes, a la cabeza de los cuales se encuentra, por supuesto, el francés F. Vian): en 1991 aparece en Ediciones Clásicas la traducción de I. Calero Secall, y en 1997, en Alcal/Clásica, la de F. A. García Romero.

La presente traducción

Para la realización de nuestra traducción, por último, hemos contado como edición crítica básica, como no podía ser de otro modo, con la ya bien conocida de F. Vian, y aun hemos tenido a mano los textos de A. Zimmermann y de A. S. Way, si bien como mero apoyo y sin prestarles excesiva atención, sólo para ciertos casos puntuales. De las traducciones existentes, por otro lado, que con atención hemos podido leer y consultar para elaborar la nuestra propia, hemos manejado ante todo, por supuesto, las dos publicadas en lengua castellana, tanto la de I. Calero Secall como la de F. A. García Romero, aunque con especial predilección, desde luego, por esta última.

En fin, como antes manifestamos, hemos manejado como edición crítica básica la casi insuperable de F. Vian, cuya autoridad apenas sí nos hemos atrevido a cuestionar, de manera que hemos seguido su texto establecido sin discusiones y con exagerada fidelidad, hasta el punto de que sólo hemos decidido apartarnos de él, por motivos muy concretos, en tres pasajes puntuales, que a continuación señalamos y que en su debida ocasión explicaremos con las oportunas notas a pie de página:



1 Para las citas abreviadas en las notas, cf. la nota bibliográfica final.

2 Cf. el comentario de TH . MEANS en «Incidental observations on the Argonautica and Post Homerica…» , pág. 339.

3 Cf. PH . I. KAKRIDIS , Kóintos Smyrnaîos …, pág. 5.

4 Cf. A. S. WAY , Quintus Smyrnaeus …, pág. VI.

5 Cf. S. E. BASSET , «The Laocoon episode…», pág. 243.

6 Cf. las aclaraciones de F. VIAN en Quintus de Smyrne … I, pág. X y nota 1.

7 Así lo propone F. VIAN , ahora en Quintus de Smyrne … I, pág. XIII.

8 Cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. IXs.

9 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 63.

10 Cf. S. E. BASSET , «The Laocoon episode…», págs. 251s.

11 Cf. J. ALSINA , «Panorama de la épica griega tardía…», págs. 154s.

12 Cf. F. VIAN , Recherches …, págs. 175-182.

13 Cf. ahora F. VIAN , «Les comparaisons de Quintus de Smyrne…», págs. 48 s.

14 Cf. E. A. BERTHAULT , La guerre de Troie …, pág. VIII.

15 Cf. la datación de B. GERLAUD (ya en nuestra era, mitad del siglo III y comienzos del IV ) en Triphiodore. La prise d’Ilion , París, 1982, págs. 8 s.

16 Cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XIX, n. 4.

17 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 56, n. 5.

18 Las razones literarias definitivas para considerar a Quinto de Esmirna al menos un poeta de época imperial las hallamos con detalle convenientemente expuestas por F. VIAN en Quintus de Smyrne … I, págs. XIX-XXI.

19 Cf. A. KÖCHLY , Quinti Smyrnaei Posthomericorum … (la ya antes mencionada fundamental edición de 1850), págs. V s.

20 Según el precioso testimonio aportado por F. VIAN en Quintus de Smyrne … I, pág. XIX, n. 1.

21 Cf. G. W. PASCHAL , A study of Quintus …, págs. 13-21.

22 Cf. A. S. WAY , Quintus Smyrnaeus …, pág. VI.

23 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 56.

24 Cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XXI.

25 Cf. ahora F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. XXI s.

26 Este breve poema ya ha tenido la debida acogida en la Biblioteca Clásica Gredos, con introducción, traducción y notas de E. FERNÁNDEZ GALIANO , en LICOFRÓN , Alejandra , TRIFIODORO , La toma de Ilión . COLUTO , El rapto de Helena , BCG 102, Madrid, 1987.

27 Cuando en sus complejos estudios mitográficos ha de recurrir a los valiosos testimonios aportados por las Posthoméricas , son varias las ocasiones en que queda manifiesto su aprecio por esta obra (cf., por ejemplo, las palabras que, mencionada sin más de pasada, se le dedican en A. RUIZ DE ELVIRA , Mitología clásica , 2.a ed., Madrid, 1982, pág. 394).

28 Cf. A. LESKY , Historia de la literatura griega , versión española de J. M.a DÍAZ -REGAÑÓN y B. ROMERO , Madrid, 1968, pág. 848.

29 Cf. A. W. JAMES , «Some examples of imitation…», pág. 77.

30 Cf. S. E. BASSET , «The Laocoon episode…», pág. 250.

31 Cf. TH. MEANS , «Incidental observations on the Argonautica and Post Homerica …», pág. 339.

32 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, págs. 2 y 68.

33 Cf. F. VIAN , «Les comparaisons de Quintus de Smyrne…», pág. 42.

34 Esta obra, ya citada en una ocasión anterior con la oportuna abreviación, son sus fundamentales Recherches sur les Posthomerica de Quintus de Smyrne , París, 1959.

35 Cf. toda esta valoración de F. VIAN en sus conclusiones de Recherches …, págs. 108 s.

36 Cf. PH . I. KAKRIDIS , Kóintos Smyrnaîos …, pág. 218.

37 Cf. S. E. BASSET , «The Laocoon episode…», págs. 250s.

38 Para esta justificación de la escasa estructura resultante en las Posthoméricas , cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XXVI.

39 Para todas estas perspicaces apreciaciones del editor francés, cf. también F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XXVI.

40 Cf., ante todo, el extenso y completo estudio de F. VIAN , Recherches …, págs. 17-109, y, en una exposición posterior más resumida, Quintus de Smyrne … I, págs. XXVIII-XXXV.

41 Cf. A. KÖCHLY , Quinti Smyrnaei Posthomericorum Libri XIV , págs. XXVI ss.

42 Cf. TH . CHR . TYCHSEN , Commentatio de Quinti Smyrnaei …, pág. 32 (y cf. luego, tras la publicación dos años después, en 1785, del hasta entonces desconocido sumario de Proclo, cómo mantiene esta opinión en su edición de 1807, págs. LVI-LXXVIII.)

43 Cf. TH . MEANS , «Incidental observations on the Argonautica and Post Homerica …», pág. 340.

44 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, págs. 46-53.

45 Cf. W. H. WILLIS , «Athletic Contests in the Epic…», págs. 398 y 410.

46 Ver artículos citados en la bibliografía.

47 Cf. A. Köchly, Quinti Smyrnaei Posthomericorum …, págs. XXVI ss.

48 Cf. F. VIAN , Recherches …, págs. 87-94.

49 Para una breve exposición de esta sencilla cuestión sobre la influencia de la tragedia clásica en las Posthoméricas (y para una oportuna relación también, puesto que nosotros no hemos estimado necesario reseñarlos arriba, de los especialistas modernos que más han abogado por tal fundamental presencia en la obra de Quinto), cf. F. VIAN , Recherches …, págs. 94 s.

50 Para todas estas posibles fuentes de las que a continuación vamos a hablar, cf. las exposiciones de F. VIAN en Recherches …, págs. 101-107 y en Quintus de Smyrne … I, págs. XXX-XXXII.

51 Cf. M. L. MONDINO , Su alcune fonti di Quinto Smirneo …, págs. 32-34.

52 Cf. F. KEHMPTZOW , De Quinti Smyrnaei fontibus …, págs. 4 ss.

53 Para los pertinentes planteamientos de toda esta última cuestión, cf. también F. VIAN , Recherches …, págs. 95-101 y Quintus de Smyrne … 1, págs. XXXII-XXXV.

54 Cf., en su ya conocida edición de 1807, págs. LIXs.

55 Cf. J. TH . STRUVE , De argumento carminum epicorum …, II.

56 Cf. R. KEYDELL , «Quintus von Smyrna und Vergil…», págs. 254-256 y «Seneca und Cicero bei Quintus von Smyrna…», págs. 81-88.

57 Cf. PH . I. KAKRIDIS , Kóintos Smyrnaîos …, pág. 8.

58 Cf. M. L. MONDINO , Su alcune fonti di Quinto Smirneo …, pág. 72.

59 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 55.

60 Cf. F. VIAN , Recherches …, págs. 96-101

61 Cf., ya en el prefacio de su estudio, M. CAMPBELL , A commentary on Quintus Smyrnaeus Posthomerica XII …, pág. VII.

62 Cf. M. CAMPBELL , A commentary on Quintus Smyrnaeus Posthomerica XII …, pág. 133.

63 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 2.

64 Para todas estas consideraciones sobre las tendencias moralizantes de Quinto de Esmirna en sus Posthoméricas , cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. XXXV-XXXVII.

65 Cf., en concreto, F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XXXVII.

66 Cf., para esta representación del viejo rey de Pilos, F. A. GARCÍA ROMERO , «Un estoico en Troya: Néstor en los Posthomerica …», págs. 197-202.

67 Cf. esta observación en PH . I. KAKRIDIS , Kóintos Smyrnaîos …, pág. 164.

68 Para la importancia del Destino en la obra de Quinto de Esmirna, cf. ahora F. A. GARCÍA ROMERO , «El Destino en los Posthomerica …», págs. 101-106.

69 Cf. PH . I. KAKRTDIS , Kóintos Smyrnaîos …, pág. 175 y F. A. GARCÍA ROMERO , «El Nuevo Testamento y los Posthomerica …», pág. 105, notas 13 y 14.

70 Cf. este último concepto en F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XVIII.

71 Cf. el tratamiento de esta polémica cuestión en F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XVII; PH . I. KAKRIDIS , Kóintos Smyrnaîos …, págs. 175s.; y F. A. GARCÍA ROMERO , «El Nuevo Testamento y los Posthomerica …», págs. 105-108. Por lo demás, se ha pretendido descubrir aquí una notable influencia del cristianismo también en la ya comentada tendencia moralizante de nuestro autor, en su deliberada humanización de los personajes, como ya explicamos, pero M. WH . MANSUR atribuye sin más tal circunstancia a un progresivo refinamiento del código pagano (en The treatment of Homeric characters …, pág. 59).

72 Así lo han advertido F. VIAN en Quintus de Smyrne … II, pág. 98 y PH . I. KAKRIDIS en Kóintos Smyrnaîos …, pág. 180.

73 Cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. XXXVIIs.

74 Cf. G. W. PASCHAL , A study of Quintus …, págs. 77s.

75 Cf. todas estas observaciones sobre la presencia de la retórica escolar en las Posthoméricas , pues, en F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. XXXIX s.

76 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 68, n. 7.

77 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, págs. 60 s.

78 Cf. tal estudio (del que aquí sólo ofrecemos algunas exiguas apreciaciones) en F. VIAN , Recherches …, págs. 212-249 (y, en general, cf. también B. J. RODRÍGUEZ PÉREZ , «Estudios métricos sobre los Posthomerica …», págs. 225-251).

79 Cf. tal calificativo en F. VIAN , Recherches …, pág. 94.

80 Cf. M. WH . MANSUR , The treatment of Homeric characters …, pág. 78.

81 Cf. G. W. PASCHAL , A study of Quintus …, pág. 22.

82 Cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. XLI s.

83 Seguimos ahora, en efecto, su rápido planteamiento de toda esta cuestión en F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. XLV-LI (pero cf. su completo y profundo estudio previo de Histoire de la tradition manuscrite de Quintus de Smyrne , París, 1959; y más tarde, en 1965, sus matizaciones de «Nouvelles remarques sur les manuscrits de Quintus de Smyrne…», págs. 48-55).

84 Cf. este peculiar incidente en F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, pág. XLVIII.

85 Para sus principios y criterios de edición en esta magna obra, cf. F. VIAN , Quintus de Smyrne … I, págs. LI-LIII.

86 Cf. M. MENÉNDEZ PELAYO , Biblioteca de traductores españoles (Edición Nacional de sus obras completas), III, Madrid, 1953, pág. 74.

87 Cf. ahora M. MENÉNDEZ PELAYO , Biblioteca de traductores españoles … IV, págs. 232s. Estas dos valiosas informaciones transmitidas por tan eximio filólogo y crítico literario español, por cierto, nos las aporta en exclusiva I. CALERO SECALL en su Introducción a Quinto de Esmirna …, págs. 47 s.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA
EDICIONES

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LIBRO I

Una vez que a manos del Pelión 1 fue abatido Héctor, semejante a un dios, y la pira lo devoró y la tierra hubo cubierto sus huesos 2 , los troyanos permanecían en la ciudad de Príamo, temerosos de la gran furia del Eácida 3 de audaz espíritu: como las vacas en la espesura no se arriesgan a encontrarse [5] con un terrible león, sino que huyen en tropel escondiéndose entre ramajes espesos, así ellos en la ciudad temblaban ante ese poderoso guerrero, al recordar a cuantos antaño arrebató la vida cuando se lanzó furioso por las desembocaduras [10] del Escamandro ideo 4 , y a cuantos aniquiló mientras escapaban al pie de la gran muralla, y cómo abatió a Héctor y lo arrastró alrededor de la ciudad, y a los otros que masacró a lo largo del infatigable mar cuando llevaba [15] por primera vez la perdición a los troyanos 5 . Con el recuerdo de aquello, permanecían ellos en la ciudad; a su alrededor sobrevolaba una angustiosa pena, como si ya ardiese Troya bajo un fuego luctuoso.

Y entonces, desde las corrientes del Termodonte 6 de ancho curso, llegó Pentesilea, revestida de la belleza de las [20] diosas, por dos motivos: por arder en deseos de una guerra luctuosa y, ante todo, por evitar una odiosa y vergonzosa reputación, no fuera que alguien en su propio pueblo la injuriara con reproches debido a su hermana Hipólita, por la cual se acrecentaba su pena: pues le había dado muerte ella con su robusta lanza, no de forma intencionada, sino al tratar [25] de alcanzar a una cierva 7 . Por ello llegó entonces a la tierra de la muy gloriosa Troya. Y además, su corazón belicoso la empujaba a purificarse de la funesta mancha del asesinato y a aplacar con sacrificios a las espantosas Erinies, que, irritadas a causa de su hermana, desde aquel mismo [30] instante la acosaban invisibles, pues ellas siempre dan vueltas alrededor de los pies de los culpables, y no hay quien, tras haber cometido una falta, escape a estas diosas 8 . Con ella venían detrás otras doce, todas ilustres, todas deseosas de guerra y de odiosa batalla; ellas eran sus sirvientas, aun [35] siendo tan insignes. Pero entre todas sobresalía con mucho Pentesilea: como cuando en el vasto cielo destaca entre todas las estrellas la divina luna, una vez ha quedado especialmente brillante, al ser el éter rasgado por las nubes muy resonantes, [40] cuando duerme la enorme furia de los vientos que soplan con violencia, así destacaba ella entre todas las que acudían presurosas. Allí estaban Clonia, Polemusa, Derínoe, Evandra, Antandra y la divina Bremusa, también Hipótoe, y [45] además Harmótoe, de negros ojos, Alcibia, Antíbrote y Derimaquea, y con ellas Termodosa, muy orgullosa de su lanza; todas éstas seguían a ambos lados a la valiente Pentesilea 9 . Y como desciende del inquebrantable Olimpo Eos 10 , con el corazón lleno de orgullo por sus resplandecientes caballos, [50] en compañía de las Horas 11 de hermosos bucles, y entre todas ellas sobresale por su rutilante aspecto, aun siendo aquéllas irreprochables; tal marchó Pentesilea a la ciudad troyana, destacada entre todas las Amazonas. Los troyanos, que se precipitaban a su alrededor desde todas partes, mucho [55] se maravillaron cuando vieron a la hija de gruesas grebas del infatigable Ares 12 , semejante a los bienaventurados, puesto que en su rostro se vislumbraba una apariencia a la vez terrible y radiante, tenía una sonrisa encantadora, sus ojos seductores bajo las cejas brillaban de forma igual a los rayos del sol, y el pudor sonrojaba sus mejillas, sobre las [60] que se extendía una gracia divina revestida de vigor.

Las gentes estaban alegres, a pesar de haber sentido antes gran aflicción: como cuando, tras contemplar desde el monte los campesinos a Iris 13 surgiendo desde el mar de anchos caminos, cuando ansían la lluvia divina, puesto que sus [65] tierras, deseosas del agua de Zeus, están ya secas, por fin el enorme cielo se ve envuelto en la oscuridad, y ellos, al observar el feliz presagio del viento y de la lluvia que se halla cerca, se alegran, a pesar de haber llorado antes por sus campos; así entonces los hijos de los troyanos, cuando vieron [70] dentro de su patria a la terrible Pentesilea, ávida de guerra, se llenaron de gozo, pues la esperanza de una buena ventura, cuando llega al corazón de un hombre, disipa la angustia luctuosa.

Por ello también el espíritu de Príamo, que mucho gemía y sentía gran aflicción, experimentó cierto regocijo en su [75] fuero interno. Como cuando un hombre que mucho ha sufrido por sus ojos ciegos, deseoso de ver la sagrada luz o morir, gracias al esfuerzo de un médico irreprochable o a un dios que aparta las tinieblas de sus ojos, vuelve a ver la luz del día, pero no como antes, a pesar de lo cual siente una [80] pequeña alegría después de tanta angustia, mas aún conserva el tremendo dolor de su padecimiento, que subsiste bajo sus párpados 14 ; así vio entonces el hijo de Laomedonte 15 a [85] la terrible Pentesilea: se alegró un poco, pero sentía aún mayor aflicción por sus hijos muertos. Condujo a la reina a su palacio y sin cesar le hizo honores de buena gana, como a una hija que de lejanas tierras regresa a casa al cabo de veinte años, y le ofreció manjares de toda clase, como los que toman los insignes reyes cuando, después de aniquilar a [90] los pueblos enemigos, banquetean en festines, orgullosos de su victoria. Le entregó regalos hermosos y opulentos, y se comprometió a darle otros muchos, si socorría a los diezmados troyanos 16 . Ella prometió una hazaña por la que nunca un mortal había albergado esperanzas: matar a Aquiles, destruir el amplio ejército de los argivos y arrojar al fuego sus [95] naves. ¡Insensata!, pues no tenía idea de cuánto mejor que nadie era Aquiles, experto en el manejo de la lanza, en la batalla destructora de guerreros 17 .

Cuando la escuchó, la excelsa hija de Eetión, Andrómaca, tales cosas se dijo en su corazón:

«¡Desdichada! ¿Por qué con orgullosos pensamientos [100] proclamas semejante cosa? Pues no posees tú fuerzas suficientes para luchar contra el intrépido Pelión: pronto enviará contra ti la muerte y la destrucción. ¡Miserable! ¿Por qué ha enloquecido tu corazón? Sin duda se hallan cerca de ti el final que trae consigo Tánato y el Destino decretado por una divinidad 18 . Héctor era mucho mejor que tú con la lanza, y [105] sin embargo, aun siendo tan poderoso, fue abatido, y gran pesadumbre causó a los troyanos, pues todos como a un dios lo miraban en la ciudad: era él, mientras se hallaba en vida, una gran gloria para mí y para sus padres, semejantes a dioses. [110] ¡Ojalá un túmulo de tierra me hubiera cubierto, antes de haber perdido él la vida por obra de una lanza que le atravesó la garganta! Ahora, lamentablemente, un dolor indecible he contemplado, cuando a aquél alrededor de la ciudad lo arrastraban de manera salvaje los caballos de cascos veloces de Aquiles, quien me ha dejado viuda de mi esposo legítimo, lo cual me supone una terrible aflicción todos los días».

[115] Así se dijo en su corazón la Eetione 19 de hermosos tobillos, recordando a su marido, pues una gran pena por el esposo muerto se acrecienta en las mujeres virtuosas.

El sol, recorriendo su órbita con rápida revolución, se sumergió en la profunda corriente del Océano, y se extinguió [120] la luz del día. Cuando ellos acabaron la bebida y la sabrosa comida, las sirvientas extendieron gratos lechos en las moradas de Príamo para Pentesilea, de audaz espíritu. Ella, tras marchar allí, se echó a dormir, y un profundo sueño la [125] envolvió y le cubrió los ojos. Pero desde lo alto del éter, por indicación de Palas, llegó la furia del engañoso Oniro 20 , para que, al contemplarlo, se convirtiera ella en una calamidad para los troyanos y para sí misma, cuando se lanzara presurosa contra los escuadrones de la batalla. Así lo maquinó la valiente Tritogenía 21 : sobre ella se colocó el funesto Oniro, que había adquirido la figura de su padre, y éste la animaba [130] a combatir audazmente cara a cara contra Aquiles, de ágiles pies. Ella, al oírlo, sintió una completa alegría en su corazón, pues se pensó que ese mismo día realizaría una gran hazaña en el espantoso tumulto 22 . ¡Insensata!, pues hizo caso precisamente al pernicioso Oniro vespertino 23 , que a la [135] raza de los muy sufridos hombres hechiza en sus lechos al proferir en demasía palabras burlonas, y que entonces a ella la engañó animándola a echarse al combate.

Pero cuando llegó la Erigenía 24 de rosados tobillos, entonces Pentesilea, infundiendo a su corazón un gran vigor, saltó de la cama y se puso en los hombros las armas bien labradas [140] que el dios Ares le entregó. En primer lugar, sobre sus blancas piernas colocó unas grebas de oro, que le quedaban muy bien ajustadas; se vistió luego una coraza resplandeciente; [145] de sus hombros colgó, llena de orgullo, una gran espada, a la que todo alrededor bien enfundaba una vaina trabajada en plata y marfil; tomó el divino escudo, parecido al círculo de la luna 25 , que sobre el Océano de profunda corriente se alza medio llena con sus curvos cuernos: [150] tal brillo indecible lanzaba éste; en su cabeza colocó un casco empenachado con crines de oro. Así se puso ella en su cuerpo las elaboradas armas 26 : se veía igual al relámpago que desde el Olimpo envía a la tierra la cólera del infatigable [155] Zeus, que indica así a los hombres la furia de la lluvia, de sordo estruendo, o el rugido incesante de los muy silbantes vientos.

Al punto se apresuró a salir a través de la sala y cogió dos jabalinas bajo su escudo, y con la diestra un hacha de [160] doble filo que la terrible Eris 27 le entregó para que fuera prodigiosa ayuda en la guerra devoradora de vidas. Orgullosa de ella, marchó enseguida fuera de las murallas, animando a los troyanos a encaminarse a la batalla que reporta gloria; ellos de inmediato la obedecieron, pues se reunieron los insignes caudillos, aun cuando antes no se arriesgaban éstos a enfrentarse a Aquiles, ya que él a todos abatía. Ella, no [165] obstante, poseía un incontenible orgullo: se montó en su caballo, uno hermoso y muy veloz que la esposa de Bóreas, Oritía, le regaló antaño como obsequio de hospitalidad, cuando fue a Tracia 28 , y que incluso aventajaba a las veloces Harpías 29 ; montada entonces en él, abandonó los altos [170] palacios de la ciudad la noble Pentesilea: la animaban las funestas Keres 30 a encaminarse a la vez a su primer y último combate. Muchos troyanos, con pies que ya no iban a regresar, seguían a ambos lados a la atrevida muchacha hacia un despiadado combate, en tropel, como ovejas detrás del carnero, [175] que, cuando marchan todas a la vez, corre delante gracias a la pericia del pastor; así la seguían entonces, lanzados con tremenda violencia, los troyanos de gran vigor y las Amazonas de poderoso ánimo. Y como la Tritónide 31 cuando [180] marchó contra los Gigantes 32 , o Eris, incitadora de tumultos, al precipitarse a lo largo del ejército, tal iba entre los troyanos la veloz Pentesilea.

Entonces, alzando sus muy sufridas manos hacia el Cronión 33 , el excelso hijo del opulento Laomedonte lanzó una [185] súplica volviéndose hacia el ilustre templo de Zeus Ideo 34 , que siempre contempla a Ilio con sus ojos:

«¡Escucha, padre: permite que el ejército aqueo caiga este día a manos de la reina Aréyade 35 , y a ella, por el contrario, tráela sana y salva de vuelta otra vez a mi mansión, [190] por respeto a tu prodigioso hijo, el poderoso Ares, y a ella misma, porque se asemeja a las celestiales diosas de forma asombrosa y sus orígenes se remontan a tu divina estirpe! ¡Ten compasión de mi corazón, puesto que muchos males he soportado con la muerte de mis hijos, que las Keres me arrebataron a manos de los argivos en el frente de batalla 36 ! ¡Ten compasión, mientras aún vivimos unos pocos portadores [195] de la noble sangre de Dárdano 37 , mientras aún la ciudad no se encuentra arrasada, para que también nosotros tomemos un respiro en la espantosa matanza de Ares!».

Así dijo con grandes súplicas. Entonces un águila, emitiendo agudos chillidos, con una paloma ya agonizante entre sus garras, se lanzó con precipitación por su izquierda. En [200] su fuero interno tuvo miedo el espíritu de Príamo, y se dijo que ya no vería regresar viva del combate a Pentesilea. Ello lo iban a cumplir así en verdad las Keres aquel día: él sentía una gran aflicción en su desgarrado corazón.

Los argivos a lo lejos se asombraron, cuando vieron precipitarse [205] a los troyanos y a la Areide 38 Pentesilea: aquellos, semejantes a fieras que en los montes llevan la muerte luctuosa a los rebaños de espeso vellón, y ella, igual a la llamarada de fuego que sobre las matas secas se aviva al desencadenarse [210] el viento. Y alguien, entre los que estaban congregados, dijo tales palabras:

«¿Quién ha reunido, tras la muerte de Héctor, a los troyanos, esos que decíamos que ya no se enfrentarían a nosotros llenos de ardor? Ahora de repente se lanzan muy ansiosos de pelea. Sin duda alguien en medio les anima a echarse [215] al combate: se podría decir que es un dios, puesto que planea una gran hazaña. Pero, ¡ea!, arrojemos en nuestro pecho una audacia insaciable y acordémonos de nuestra valerosa fuerza, pues tampoco nosotros lucharemos este día contra los troyanos sin ayuda de los dioses».

[220] Así habló. Y ellos, tras colocarse sus brillantes armas, salieron fuera de las naves, revestidos de cólera sus hombros. Se encontraron, semejantes a las fieras carnívoras, en el sangriento combate; por igual poseían hermosas armas: [225] lanzas, corazas, escudos de gran vigor y robustos cascos; cada uno golpeaba sin piedad con el bronce el cuerpo de otro: se teñía de rojo el suelo troyano.

Entonces Pentesilea acabó con Molión, Persínoo, Iliso, Antíteo y el valiente Lerno, con Hipalmo, Hemónides y el [230] poderoso Elasipo. Derínoe acabó con Laógono y Clonia con Menipo, quien antaño desde Fílace siguió a Protesilao 39 para luchar contra los troyanos de gran vigor. Al morir éste, se turbó el corazón de Podarces Ificléyada 40 , pues a él lo quería [235] especialmente entre sus compañeros. Al punto atacó él a Clonia, semejante a una diosa: su robusta lanza le atravesó de parte a parte el vientre, y rápido se derramó por esa lanza su negra sangre, a la que siguieron todas sus entrañas. Por ella se encolerizó entonces Pentesilea, y a Podarces le hirió [240] con su muy larga lanza en el grueso músculo de su brazo derecho, y le cortó sus sanguinolentas venas y la negra sangre le brotó a borbotones por la herida abierta; él entonces se retiró hacia atrás en medio de gemidos, pues la angustia mucho le había domeñado el corazón. Al alejarse, les sobrevino a los filacios una pena indecible; él, a escasa distancia del [245] combate, pronto murió en brazos de sus compañeros 41 .

Idomeneo 42 le acertó a Bremusa con su enorme lanza en el seno derecho, y al punto le quebró su corazón. Ella cayó igual a un fresno que, aun descollante, en los montes cortan [250] los leñadores, y que al desplomarse lanza a la vez un silbido y un estrépito doloroso; así, profiriendo un grito lastimero, cayó ella: todos sus miembros los aflojó la muerte y su alma se mezcló con las brisas de muchos soplos 43 . Meríones 44 acabó con Evandra y Termodosa cuando se lanzaban por el [255] devastador combate: a una introduciéndole en el corazón su lanza, a otra clavándole bajo el vientre su espada; a ellas con precipitación las abandonó la vida. A Derínoe la abatió el poderoso hijo de Oileo 45 tras alcanzarla en la clavícula con su puntiaguda lanza.

[260] A Alcibia y Derimaquea el Tidida 46 les cortó a ambas las cabezas, y con ellas sus cuellos, justo por encima de los hombros, con su funesta espada: ambas cayeron como terneras a las que un hombre al instante priva de vida al cortarles [265] con su robusta hacha los tendones del cuello; así cayeron ellas, abatidas a manos del Tidida, en la llanura de los troyanos, lejos de sus cabezas. Sobre sus cuerpos Esténelo 47 mató al poderoso Cabiro, que llegó desde Sesto 48 deseoso de guerrear contra los argivos, mas no regresó de nuevo a su [270] patria. A causa de su muerte se encolerizó Paris en su corazón, y disparó contra Esténelo, mas no lo hirió, a pesar de sus deseos, pues la flecha 49 se desvió hacia otro lado, adonde las Keres inexorables la dirigían: mató de inmediato a Evénor, de broncíneo cinturón, que desde Duliquio 50 llegó [275] para luchar contra los troyanos. Al morir éste, se turbó el hijo del ilustre Fileo 51 : se lanzó con gran rapidez, como un león contra los rebaños de ovejas; todos ellos a la vez se estremecieron ante ese poderoso guerrero. Mató, pues, a Itimoneo y a Agelao Hipásida, que, venidos desde Mileto, lanzaban [280] contra los dánaos su grito de guerra a las órdenes de Nastes, semejante a un dios, y del magnánimo Anfímaco, quienes habitaban el Mícale, las blancas cimas del Latmo, los enormes valles de Branco, la costera Panormo y las corrientes del Meandro de profundo curso, que hacia la tierra poblada de viñedos de los carios, desde Frigia, abundante en [285] rebaños, marcha serpenteando por sus muy curvadas orillas 52 . A éstos mató Meges en el combate; y de nuevo abatió a otros, a cuantos alcanzó con su negra lanza, pues en su pecho le infundió audacia la Tritogenía, para que condujera a [290] sus enemigos al día aciago.

Polipetes 53 , caro a Ares, abatió a Dreseo, a quien dio a luz la divina Neera 54 , unida en su lecho al muy prudente Tiodamante a los pies del nevado Sípilo, donde los dioses [295] convirtieron en piedra a Níobe, cuyas abundantes lágrimas se derraman aún de lo alto de una escarpada roca, y junto a ella gimen las corrientes del rugiente Hermo y las muy altas cumbres del Sípilo, sobre las que siempre se extiende alrededor una niebla odiosa para los pastores. Es ella una gran [300] maravilla para los mortales que allí acuden, porque se asemeja a una mujer muy llorosa que, profiriendo gemidos en medio de funestos dolores, derrama innumerables lágrimas: esto dirías que es lo que realmente ocurre, cuando de lejos la observas; mas cuando cerca de ella te llegas, parece sin más una escarpada roca o un saliente del Sípilo. Pero ella, dando [305] satisfacción a la devastadora cólera de los bienaventurados, llora aún entre las rocas, semejante a una mujer afligida 55 .

Unos a otros se iban causando una matanza y una muerte dolorosa. Pues el terrible Tumulto daba vueltas en medio de los ejércitos; cerca de él se hallaba el funesto fin que trae [310] consigo Tánato; y a su alrededor deambulaban las perniciosas Keres acarreando esa luctuosa matanza. En el polvo se quebraron aquel día los corazones de muchos troyanos y argivos, y se alzaba un gran griterío. Pues no cesaba la gran cólera de Pentesilea, sino que, como una leona en las altas [315] montañas salta sobre las vacas tras haberse precipitado a través de un valle de profundos riscos, ávida de la sangre que mucho le reconforta el corazón, así saltó entonces sobre los dánaos la doncella Aréyade. Ellos hacia atrás se retiraban con el corazón estupefacto; y ella los perseguía, como la [320] ola del mar de sordo retumbo a las rápidas naves, cuando el viento presuroso despliega las blancas velas y rugen por todos lados los promontorios, al bramar el ponto contra la extensa orilla de la costa: así perseguía y diezmaba ella los escuadrones de los dánaos; y los amenazaba, henchida de gran [325] orgullo en su corazón:

«¡Ah, perros! ¡Cómo vais a pagar hoy la alevosa afrenta cometida contra Príamo! Pues nadie escapará a mi fuerza para ser la alegría de sus queridos padres, hijos y esposas: al morir, yaceréis como pasto de las aves y las fieras, y ni un [330] túmulo de tierra siquiera caerá sobre vosotros. ¿Dónde está ahora la fuerza del Tidida? ¿Dónde la del Eácida 56 ? ¿Dónde también la de Ayante 57 ? Pues es fama que ellos son los mejores, pero no se atreverán a combatir cara a cara contra mí, no sea que sus almas, arrancadas de sus miembros, las arroje yo entre los muertos».

[335] Dijo, y, con orgullosos pensamientos, se lanzó sobre los argivos con una violencia semejante a la de Ker 58 . Abatió a una buena parte del ejército, unas veces con su hacha de corte profundo, y otras blandiendo su aguda jabalina; su ágil [340] caballo le portaba el carcaj y el arco inexorable, por si en medio del tumulto sangriento le sobrevenía la necesidad de las dolorosas flechas y del arco. Rápidos guerreros la seguían, los hermanos y amigos de Héctor, que de cerca combatía, respirando al poderoso Ares 59 en su pecho; éstos diezmaban [345] a los dánaos con sus bien pulidas lanzas de fresno. Ellos, semejantes a ligeras hojas o a gotas de agua, caían uno tras otro, y mucho gemía una indescriptible tierra, bañada en sangre y cubierta de cadáveres, mientras los caballos, traspasados por flechas o por lanzas de fresno, relinchaban por [350] última vez al exhalar su ímpetu vital. Ellos 60 , agarrando el polvo a manos llenas, se convulsionaban; y los caballos troyanos, lanzados a la carrera desde atrás, como a la mies los pisoteaban, al haber caído entre los muertos.

Uno de los troyanos, con enorme alegría, se maravilló cuando vio a Pentesilea lanzarse por entre el ejército, semejante [355] a una oscura tempestad que en el ponto se desencadena cuando la fuerza del sol llega a Capricornio 61 ; y con vanas esperanzas dijo:

«Amigos, ¡qué evidente es que hoy ha venido del cielo una de las inmortales, para luchar contra los argivos y darnos [360] satisfacción de acuerdo con la voluntad de tenaz decisión de Zeus, que rápido se ha acordado de Príamo, de gran vigor, quien le ha hecho ver que posee su sangre inmortal! Pues no creo estar viendo a esta mujer, tan audaz y con esas espléndidas armas, sino a Atenea, o a Enío 62 , de violento [365] ánimo, o a Eris, o a la ilustre Letoide 63 ; y creo que ella hoy sobre los argivos va a arrojar la muerte luctuosa y que va a incendiar con devastador fuego sus naves, en las que antaño vinieron a Troya maquinando contra nosotros males: vinieron [370] para traernos una irrefrenable aflicción a manos de Ares, pero no regresarán a la Hélade otra vez para ser la alegría de su patria, puesto que una divinidad nos protege».

Así habló uno de los troyanos, con total alegría en su corazón. ¡Insensato!, pues no se imaginó el penoso desastre que se precipitaba sobre él mismo, sobre los troyanos y sobre [375] la propia Pentesilea. Todavía no había llegado el horrísono fragor a oídos de Ayante, de poderoso ánimo, y de Aquiles, destructor de ciudades, sino que ambos estaban echados en torno a la tumba del Menecíada 64 recordando a su [380] compañero, y el duelo mantenía a cada uno en un lado. A ellos uno de los bienaventurados los retenía lejos del tumulto, para que muchos cumpliesen su doloroso destino abatidos a manos de los troyanos y de la noble Pentesilea, que, precipitándose contra ellos [***] 65 , albergaba nefastas intenciones; se acrecentaban aún más su fuerza y su audacia [385] por igual; y nunca se lanzaba en vano a la refriega, sino que siempre desgarraba las espaldas de los que huían o el pecho de quienes se abalanzaban de frente. Estaba toda ella bañada en sangre caliente; sus miembros eran ligeros cuando se lanzaba a la carrera; la fatiga no sometía su intrépido corazón, sino que poseía un ímpetu inquebrantable. Pues a ella [390] todavía […] 66 la glorificaba el malvado Destino; mas, situado lejos de la batalla, se gloriaba éste de una forma funesta, porque no mucho después iba a abatir a la doncella a manos del Eácida; las tinieblas lo ocultaban alrededor; a ella la hostigaba de continuo sin dejarse ver y la conducía hacia una [395] aciaga muerte, glorificándola por última vez 67 . Ella aniquilaba a uno en cada lado: como cuando, lanzándose dentro de un jardín cubierto de rocío, una ternera en primavera, deseosa de deliciosa hierba, se precipita, al no encontrarse allí el amo, de uno a otro lado, dañando todas las plantas que recientemente han brotado, y a unas las devora y a otras las [400] destroza con sus patas; así, lanzada entre la multitud contra los hijos de los aqueos, la doncella Enialia 68 a unos los mató y a otros los puso en fuga.

Las troyanas a lo lejos admiraban las belicosas hazañas de esa mujer. Entonces el deseo de batallar se apoderó de Hipodamía, la hija de Antímaco y esposa de Tisífono, firme [405] en la lucha 69 . Enardecida en su poderoso espíritu, pronunció audaces palabras, animando así a sus compañeras al luctuoso combate; la audacia le despertó ese vigor 70 :

«¡Amigas, dotemos a nuestro pecho de un valiente corazón, semejante al de nuestros maridos, que por la patria luchan [410] contra los enemigos en defensa nuestra y de nuestros hijos, sin tomarse nunca un respiro en esta calamidad! 71 . ¡Infundamos pasión también nosotras a nuestro espíritu y atendamos a esa misma batalla! Pues no vamos tan a la zaga [415] de los hombres de gran vigor, sino que el ímpetu que hay en ellos, también está en nosotras; iguales son los ojos y las rodillas, semejante es todo, común a todos es la luz y el aire que a raudales corre, y no es distinto el alimento. ¿Qué otro privilegio dispuso la divinidad para los hombres? Por tanto, [420] ningún miedo tengamos de la batalla. ¿Es que no veis cómo esa mujer supera con mucho a los hombres que de cerca combaten? Próximas a ella no se hallan ni su familia ni su ciudad, y sin embargo, en defensa de un rey extranjero lucha de corazón y de los hombres se despreocupa, en tanto que [425] infunde a su espíritu audacia y un funesto designio. A nuestros pies, por el contrario, yacen aquí y allá las desgracias: a unas sus queridos hijos y esposos se les han muerto en torno a la ciudad, otras lloramos a nuestros padres que ya no existen, otras se afligen por la pérdida de sus hermanos y parientes; [430] no hay nadie que no tome parte en una calamitosa desdicha, y nuestra única esperanza es contemplar el día de la esclavitud. Por tanto, atormentadas como estamos, no demoremos más el combate, pues vale más morir en la batalla que luego, por penosa obligación, con nuestros hijos pequeños [435] ser conducidas por extranjeros al cautiverio, una vez la ciudad esté incendiada y nuestros maridos ya no existan».

Así dijo, y a todas ellas les sobrevino el deseo del odioso fragor: con precipitación se apresuraron a salir en armas delante de la muralla, deseosas de socorrer a su ciudad y a sus [440] gentes; muy excitado se encontraba su ánimo. Como cuando dentro de una colmena mucho zumban las abejas por no ser ya invierno, cuando se preparan para ir al prado y no les es grato quedarse dentro, sino que se invitan unas a otras a dirigirse fuera, así las troyanas, apresurándose camino de la refriega, se animaban las unas a las otras: lejos dejaron sus [445] lanas y canastillas y a las dolorosas armas echaron mano. Y entonces fuera de la ciudad junto con sus maridos y las fuertes Amazonas habrían aquéllas perecido en la batalla, si a ellas, lanzadas a la carrera, no las hubiera detenido la de prudentes pensamientos, Teano 72 , que las habló con sabias [450] palabras:

«¿Por qué al terrible tumulto, deseosas de echaros al combate, ¡desdichadas!, de forma insensata os lanzáis, vosotras que nunca antes os echasteis a combatir en la batalla, pero que ahora, inexpertas como sois, ardéis en deseos de una insufrible hazaña? Pues no será vuestra fuerza igual a [455] la de los dánaos, que bien saben batallar. A las Amazonas, en cambio, desde un principio les agradaron el inexorable combate, la equitación y cuantas tareas ocupan a los hombres; por ello siempre aflora en ellas un ánimo belicoso y no son inferiores a los hombres, ya que ese adiestramiento ha [460] acrecentado la gran fuerza de su ánimo y les impide a sus rodillas temblar. Y ella es fama que es hija del poderoso Ares (por tanto, no le conviene a ninguna mujer convertirse en su rival), o tal vez sea una de las inmortales, que ha acudido en respuesta a nuestras plegarias. Todos los hombres tienen el mismo origen, pero cada uno se dedica a una tarea, [465] y la mejor tarea es aquella que realiza uno que en sus mientes posee los debidos conocimientos. Así pues, apartaos del estruendoso combate y aprestaos al telar dentro de vuestras [470] mansiones: nuestros maridos se cuidarán de la guerra. Pronto habrá esperanza de una buena ventura, porque vemos morir a los aqueos y se incrementa la fuerza de nuestros guerreros. No hay miedo a una desgracia, pues ni los implacables enemigos tienen asediada la ciudad, ni existe la dolorosa necesidad de que incluso combatan las mujeres».

[475] Así habló. Ellas la obedecieron, por ser de mayor edad, y sólo de lejos contemplaron ya la batalla. Aún estaba Pentesilea abatiendo a los ejércitos: temblaban todos los miembros de los aqueos, y no había para ellos modo de escapar a la luctuosa muerte, sino que perecían como cabras baladoras [480] bajo las terribles mandíbulas de una pantera. No se apoderaba ya de esos guerreros el deseo de batallar, sino el de huir: cada uno iba por un lado, unos tras arrojar sus armas de los hombros al suelo, otros incluso con sus armas; también los caballos, sin sus aurigas, se daban a la fuga. Entre los que se [485] lanzaban al ataque reinaba la alegría, mas grande era la pena de los que perecían; por completo agotados, no les quedaba ya fuerza alguna. Corta vida tenían todos aquellos a los que alcanzaba ella en el aterrador frente de batalla. Como cuando una luctuosa tempestad descarga con fuerza sobre unos [490] enormes árboles en plena floración, y a unos, arrancados de raíz, los arroja por tierra, y a otros, desgarrados por el tronco, los esparce por lo alto, y, una vez tronchados, quedan amontonados los unos sobre los otros; así yacía entonces en el polvo el nutrido ejército de los dánaos, por voluntad de las Moiras 73 y por la lanza de Pentesilea.

Pero cuando las naves estaban a punto de ser incendiadas a manos de los troyanos, Ayante, firme contra el enemigo, [495] escuchó los gemidos y le dijo al Eácida 74 :

«Aquiles, un inmenso griterío ha llegado a mis oídos, como si se hubiera entablado una gran batalla. ¡Ea, vamos!, no sea que los troyanos se adelanten y junto a las naves hagan sucumbir a los argivos y a la flota prendan fuego. Sobre [500] ambos caerán entonces dolorosos reproches, pues no conviene que unos descendientes del gran Zeus deshonren el sagrado linaje de sus padres 75 , quienes también la espléndida ciudad de Troya saquearon antaño con sus lanzas en [505] compañía del valiente Heracles 76 , [***] de Laomedonte 77 . Así también creo que han de obrar hoy nuestras manos, porque en ambos se acrecienta una gran fuerza».

Así dijo, y le obedeció la audaz fuerza del Eácida, pues en sus oídos escuchó también éste un luctuoso clamor. Ambos [510] se precipitaron sobre sus resplandecientes armas; ataviados con ellas, se colocaron frente al tumulto. Mucho resonaron sus hermosas armaduras, y se excitó su ánimo de forma igual que el de Ares: tan grande fue la fuerza que a ambos, lanzados a la carrera, les concedió la Infatigable 78 [515] que el escudo agita. Los argivos se alegraron cuando vieron a esos dos poderosos guerreros, semejantes a los hijos del gran Aloeo, que un día convinieron en colocar sobre el vasto Olimpo unos enormes montes, el escarpado Osa y el Pelio de alta cima, para así alcanzar, ávidos como estaban, el [520] cielo 79 ; de tal manera tomaron posición entonces en la funesta batalla los Eácidas 80 , para gran regocijo de los ansiosos aqueos, bien dispuestos ambos a destruir las tropas de los enemigos. A muchos abatieron con sus invencibles picas: [525] como cuando dos leones, asesinos de vacas, al encontrarse en la espesura unas pingües ovejas lejos de sus queridos pastores, las matan a toda prisa, hasta beberse su negra sangre y saciar de vísceras su vientre de mucha cabida; así ambos hicieron sucumbir a ese inmenso ejército de guerreros.

Entonces Ayante acabó con Déyoco y el belicoso Hilo, [530] con Eurínomo, amante de la guerra, y el divino Enieo. Luego el Pelida acabó con Antandra y Polemusa, y también con Antíbrote, después con Hipótoe, de gran ánimo, y sobre ellas, con Harmótoe. Marchó él contra todo el ejército, en compañía del Telamoníada de gran corazón; a sus manos los [535] compactos y sólidos escuadrones sucumbieron fácil y rápidamente, como un umbroso bosque bajo el fuego al que en la espesura del monte con fuerza aviva el viento.

Cuando la valiente Pentesilea los vio lanzarse cual fieras por el espantoso tumulto, se precipitó contra ambos, como [540] en la espesura, con funesto corazón, una terrible pantera, sacudiendo de forma espantosa su cola, se abalanza contra los cazadores que la acechan, quienes, revestidos de sus armas, aguardan su acometida confiados en sus picas; así aguardaban [545] esos belicosos guerreros a Pentesilea, con sus lanzas en alto, mientras retumbaba a su alrededor el bronce con cada movimiento. La primera en arrojar su muy larga lanza fue la noble Pentesilea; llegó hasta el escudo del Eácida, pero rebotó hecha pedazos, como desde una roca: tales eran los [550] inmortales dones del muy sagaz Hefesto 81 . Ella, no obstante, con sus manos apuntaba otra impetuosa jabalina contra Ayante y a ambos amenazaba:

«Ahora de mi mano ha salido en vano una lanza, pero creo que con ésta de inmediato destruiré esa furia y ese ánimo de ambos, que os jactáis de ser, entre los dánaos, [555] hombres poderosos: más llevadero será entonces para los troyanos, domadores de caballos, el desastre de la guerra. ¡Vamos, llegaos más cerca de mí a través del tumulto, para que veáis cuánta fuerza alberga el pecho de las Amazonas! Mi origen se debe a Ares: no me engendró un varón mortal, [560] sino el mismísimo Ares, insaciable del grito de guerra; por ello mi furia es muy superior a la de los hombres».

Dijo con gran [***] 82 , y ellos se rieron. Al instante alcanzó [565] la lanza la greba toda de plata de Ayante, pero no se hundió en su hermosa piel, aun ansiosa como estaba de llegar a ella: no había decretado el destino que las luctuosas puntas de las armas enemigas se tiñeran en la batalla con la sangre de aquél 83 . Ayante no se preocupó ya de la Amazona, sino que se lanzó entonces contra el grueso de los troyanos; [570] dejó a Pentesilea sólo para el Pelión, porque en su fuero interno su ánimo sabía que para Aquiles, por violenta que ella fuera, fácil sería la empresa, como para el halcón la paloma.

Mucho se lamentó ella por haber arrojado en vano sus lanzas; entre burlas le dijo entonces el hijo de Peleo:

[575] «¡Mujer, cuán inútiles han sido las palabras con las que orgullosa llegaste, ávida de combatir contra nosotros, que, entre los héroes que sobre la tierra habitan, somos con mucho los mejores. De la estirpe del muy resonante Cronión nos jactamos de proceder: temblaba ante nosotros incluso el [580] veloz Héctor, aun cuando desde lejos nos viera lanzarnos al luctuoso combate; mi lanza lo mató, aunque era poderoso. Por completo ha enloquecido tu corazón, pues una gran osadía has cometido hoy al amenazarnos con la muerte. Pero de [585] inmediato te va a llegar tu día postrero: pues ni siquiera tu padre Ares te va a librar ya de mí, y recibirás el castigo de un aciago destino, como la cervatilla que en los montes se topa con un león asesino de vacas. O no ha llegado a tus oídos el gran número de cuerpos que junto a las desembocaduras del Janto cayeron a nuestras manos 84 , o, si te enteraste [590] de ello, los bienaventurados te han arrebatado el juicio y la mente, para que las inexorables Keres te devoren».

Tras hablar así, se lanzó con ímpetu blandiendo en su robusta mano la enorme lanza, asesina de ejércitos, que con esfuerzo había fabricado Quirón 85 . Al punto hirió a la valiente Pentesilea sobre su seno derecho, y a borbotones corrió [595] la negra sangre. De inmediato se le aflojaron los miembros y arrojó de su mano la gran segur; la noche ensombreció sus ojos y hasta el diafragma penetraron los dolores. Pero aún así recobró el aliento y vio cómo su enemigo estaba ya a [600] punto de tirarla de su veloz caballo: dudó entre desenvainar con la mano su gran espada y aguardar la acometida del rápido Aquiles, o saltar con ímpetu de su velocísimo caballo y suplicarle a ese guerrero divino y prometerle enseguida bronce en abundancia y oro, algo que en su interior ablanda [605] el corazón de los hombres mortales, por muy brusco que uno sea, por si con ellos se dejaba persuadir la devastadora fuerza del Eácida, o si, por consideración en su ánimo a su misma edad, le concedía el día del regreso, deseosa como estaba de escapar.

[610] Así meditaba eso, pero los dioses decidieron de otra manera. Pues en cuanto ella con presteza se movió, mucho se encolerizó el hijo de Peleo 86 , y al punto la traspasó tanto a ella como el cuerpo de su caballo, de huracanados cascos. Igual que en los espetones, sobre el fuego abrasador, ensarta [615] uno unas vísceras, ávido de comida, o como en los montes un cazador, tras arrojar su luctuosa jabalina, con gran ímpetu atraviesa por medio del vientre a una cierva, y, tras volar de parte a parte, su poderosa punta se clava en el tronco de una encina de alto follaje o de un pino; así entonces a Pentesilea, a la vez que a su muy hermoso caballo, de frente la [620] ensartó con su ansiosa pica el Pelida. De inmediato se mezcló ella con el polvo y con la muerte, tras haber caído con decoro por tierra; no hubo espectáculo vergonzoso que mancillara su excelso cuerpo 87 : se inclinó, todo lo grande que era, sobre su vientre, entre convulsiones alrededor de la [625] lanza, y quedó recostada sobre su rápido caballo. Como un abeto tronchado por la violencia del helador Bóreas, el más alto por los extensos valles y el bosque, al que, para su propia gloria, nutre junto a un manantial la tierra; tal se desplomó de su veloz caballo Pentesilea: por muy admirable que ella fuera, se quebrantó su vigor.

Cuando la vieron morir en la batalla, los troyanos, temblorosos, [630] a toda prisa se precipitaron hacia la ciudad, por un gran dolor afligidos en su corazón. Como cuando, tras desencadenarse el viento sobre el vasto ponto, unos marineros, a pesar de haber perdido su nave, escapan a la muerte, sólo [635] unos pocos que mucho han penado dentro del calamitoso mar, y por fin se les aparece cerca la tierra y también una ciudad, y ellos, con todos sus miembros agotados por la luctuosa fatiga, salen del mar a la carrera, muy apenados por su nave y por sus compañeros, a los que bajo terribles tinieblas arrastró la ola; así los troyanos, una vez habían huido de la [640] guerra hasta la ciudad, lloraban todos a la hija del invencible Ares y a los ejércitos que en el luctuoso combate habían perecido.

Exultante ante ella, mucho se ufanaba el hijo de Peleo:

«Yaz ahora en el polvo como pasto de perros y aves, ¡desdichada! ¿Quién te engañó para que te enfrentaras a mí? [645] ¿Acaso anunciaste que regresarías de la batalla y te llevarías indecibles regalos entregados por el anciano Príamo, después de matar a los argivos? Pero ese propósito tuyo no lo cumplieron los inmortales, ya que somos con mucho los mejores héroes 88 , gran luz para los dánaos y calamidad para los [650] troyanos y para ti, infortunada, pues las tenebrosas Keres y tu propio espíritu te incitaron a abandonar las tareas de las mujeres y a encaminarte a la guerra, ante la que incluso los hombres tiemblan».

Tras hablar así, extrajo el hijo de Peleo su lanza de fresno del veloz caballo y de la terrible Pentesilea; ambos se [655] convulsionaban, abatidos por una sola pica. De la cabeza le quitó su casco resplandeciente, semejante a los rayos del sol o al fulgor de Zeus; incluso caída ella entre el polvo y la [660] sangre, su rostro, bajo sus encantadoras cejas, se mostró hermoso, a pesar de estar muerta. Los argivos la rodearon y, cuando la vieron, se maravillaron, porque se asemejaba a los bienaventurados. Pues yacía por tierra entre sus armas, como la indomable Ártemis, hija de Zeus, mientras duerme, [665] cuando tiene sus miembros agotados después de haber estado disparando por los altos montes a los rápidos leones. La hizo entonces admirable, aun entre los muertos, la propia Cípride de hermosa corona, compañera de lecho del poderoso Ares 89 , para así causar aflicción incluso al hijo del irreprochable Peleo. Muchos desearon, cuando hubieran regresado [670] a sus casas, poder acostarse en sus lechos con una esposa como ella. También Aquiles sentía sin cesar gran tormento en su corazón, por haberla matado y no habérsela llevado como su divina mujer a Ftía, de hermosos potros, ya que por su talla y su belleza resultaba ella intachable e igual a las inmortales 90 .

[675] En su fuero interno a Ares, lleno de aflicción su corazón, le invadió el dolor a causa de su hija. De inmediato saltó del Olimpo, semejante al terrible rayo, siempre resonante, que Zeus envía y que de su infatigable mano se precipita resplandeciente sobre el ponto infinito o sobre la tierra, y a cuyo [680] alrededor se estremece el gran Olimpo; tal se precipitó Ares con sus armas a través del anchuroso aire, muy apenado en su corazón una vez se enteró del aciago destino de su hija, pues mientras marchaba por el amplio cielo, las Auras, diosas hijas de Bóreas 91 , le contaron el aciago fin de la doncella. [685] Él, cuando lo escuchó, igual a un huracán se posó sobre los montes ideos 92 : bajo sus pies se sacudían los enormes valles y los barrancos de profundas simas, los ríos y todos los ilimitados pies del Ida. Y entonces a los mirmídones 93 les hubiera ocasionado un día cargado de lamentos, si [690] el propio Zeus no lo hubiera espantado desde el Olimpo con sus terribles relámpagos y sus crueles rayos, que ante sus pies volando cayeron en tropel, a través de un cielo despejado, con unas tremendas llamaradas. Él, al contemplarlos, comprendió la muy rugiente advertencia de su resonante padre, y se detuvo, a pesar de que iba lanzado al tumulto de la [695] guerra. Como cuando desde una escarpada atalaya con violencia arranca una piedra de descomunal tamaño, a la par que los vientos, la lluvia de Zeus, o tal vez la lluvia y el rayo, y retumban los valles al rodar ella con gran violencia, y bajo un incansable estruendo se precipita ésta con frecuentes [700] rebotes, hasta que llega a un lugar llano y al punto se detiene, a pesar de sus deseos; así Ares, el poderoso hijo de Zeus, en contra de su voluntad, aunque estaba ansioso, se detuvo, porque ante el soberano de los bienaventurados por igual [705] ceden todos los Olímpicos, ya que es con mucho el mejor de ellos y posee una fuerza indescriptible. Su impetuosa mente lo apremiaba, mientras daba él vueltas a muchas ideas, unas veces, temblando ante la terrible amenaza del muy indignado Crónida 94 , a regresar al cielo; otras, a no preocuparse de [710] su padre, sino bañar sus indestructibles manos en la sangre de Aquiles. Pero al final su corazón le recordó cuántos hijos de Zeus fueron en la guerra también abatidos, a los que ni siquiera él en el momento de su muerte pudo socorrer 95 . Por ello marchó entonces lejos de los argivos, pues, igual que [715] los Titanes, iba a yacer abatido por un luctuoso rayo 96 , si maquinaba otra cosa en contra de la voluntad del inmortal Zeus 97 .

Entonces los belicosos hijos de los argivos de gran vigor con presteza despojaron de sus ensangrentadas armas a los cadáveres, precipitándose por todas partes. Muy afligido se hallaba el hijo de Peleo al contemplar en el polvo la encantadora gracia de la doncella; por ello desgarraban su corazón [720] funestos sufrimientos, igual que antaño, cuando fue abatido su compañero Patroclo. Mas Tersites 98 en su cara lo injurió con malvadas palabras:

«¡Aquiles, de horribles entrañas! ¿Cómo es que en tu pecho una divinidad ha seducido tu ánimo a causa de una nefasta Amazona, que contra nosotros muchos males ansiaba [725] maquinar? Tú, que en tus entrañas posees un corazón loco por las mujeres, te preocupas como si se tratara de una muy prudente esposa, a la que con regalos pretendiste deseoso de convertirla en tu legítima mujer. ¡Ojalá se hubiera ella adelantado en el combate a alcanzarte con la lanza, ya [730] que demasiado se deleita tu corazón con las mujeres y en tus perniciosas entrañas, cuando ves a una, nada te cuidas de las gloriosas hazañas a la excelencia debidas! ¡Desdichado! ¿Dónde están ahora tu fuerza y tu cordura? ¿Dónde el ímpetu de un rey irreprochable? ¿Es que desconoces cuánto pesar [735] les ha sobrevenido a los troyanos, locos por las mujeres? Pues nada hay más funesto para los mortales que el placer ávido de lecho, que vuelve insensato a un hombre por muy prudente que sea. Al esfuerzo acompaña la gloria: al guerrero valiente le son gratas la fama de la victoria y las hazañas de Ares, mientras que al que huye de la guerra le gusta la [740] cama de las mujeres 99 ».

Con grandes injurias le habló, y en su corazón mucho se irritó el Pelida, de gran ánimo. Al punto, con su fuerte mano le golpeó entre la mandíbula y la oreja: todos sus dientes a la vez salieron desparramados por el suelo, y él mismo cayó [745] de cabeza; por su boca salía la sangre a borbotones; de inmediato escapó de sus miembros el ánimo cobarde de ese hombre inútil. Se alegró entonces el ejército de los aqueos, pues a ellos, siendo como era él un canalla, sin excepción los injuriaba con su malvada palabrería: era él, pues, la vergüenza [750] de los dánaos. Y uno de los argivos, ágiles en el combate, dijo así:

«No está bien que con los reyes sea insolente un hombre inferior, ni en público ni a escondidas, porque una terrible cólera entonces lo acosa: hay justicia, y a la lengua desvergonzada la castiga Ate 100 , que a los mortales no hace sino acarrearles de continuo dolor tras dolor».

[755] Así habló uno de los dánaos, e, indignado en su corazón, el Pelida de gran ánimo le dirigió tales palabras:

«Yaz ahora en el polvo, olvidado de tus insensateces, pues con un hombre superior no debe medirse uno malvado como tú, que ya antes también el paciente corazón de Odiseo [760] con crueldad turbaste, al proferir innumerables denuestos. Pero yo, el Pelida, no me he mostrado contigo igual, pues he quebrado tu ánimo, incluso sin haberte golpeado con toda la fuerza de mi robusta mano. A ti te ha envuelto un inexorable destino, y por tu debilidad has perdido la vida. ¡Ea!, márchate lejos de los aqueos y entre los muertos pronuncia [765] tu palabrería».

Así habló el intrépido hijo del Eácida de audaz espíritu. El Tidida fue el único de los argivos que se irritó con Aquiles por la estrepitosa muerte de Tersites, ya que aseguraba ser de su misma sangre, pues era él el poderoso hijo del noble [770] Tideo, y aquél el de Agrio, igual a un dios, de Agrio, que era hermano del divino Eneo; y Eneo engendró un hijo, belicoso entre los dánaos, Tideo, del que nació a su vez un fornido hijo, Diomedes 101 . Por ello se disgustó él con la muerte de Tersites 102 . Y entonces habría alzado sus manos [775] contra el Pelión, si no lo hubieran detenido los mejores hijos de los aqueos, que en tropel mucho lo apaciguaron; así también al otro lado retuvieron al propio Pelida. Iban ya a contender con las espadas los caudillos de los argivos, pues les [780] incitaba una nefasta cólera. Pero ellos hicieron caso a los consejos de sus compañeros 103 .

Muy compadecidos de la insigne Pentesilea, los reyes Atridas 104 , llenos también ellos de admiración, permitieron a [785] los troyanos llevársela con sus armas a la ciudad del muy glorioso Ilo 105 , cuando escucharon el mensaje enviado por Príamo: dentro de sí anhelaba él depositar en la gran tumba del opulento Laomedonte 106 , junto con sus armas y su caballo, a la doncella de poderoso ánimo. Y así erigió para ella [790] una pira, elevada, ancha, delante de la ciudad; encima colocó a la doncella con abundantes riquezas, cuantas convenía que en el fuego ardieran junto con el cadáver de una reina de hermosas posesiones. Y la devoró la gran furia de Hefesto, la llama devastadora; las gentes alrededor, cada uno por [795] su lado, rápidamente apagaron luego la pira con oloroso vino. Tras recoger sus huesos, en abundancia vertieron sobre ellos dulce ungüento, y los colocaron en una cóncava urna; en torno a ellos echaron por encima la pingüe grasa de una vaca que destacaba entre los rebaños que en los montes [800] ideos pacen. Tras llorarla como si se tratara de su querida hija, los troyanos, muy afligidos, la enterraron junto a la bien construida muralla, sobre una descollante torre al lado de los restos de Laomedonte, para dar así satisfacción a Ares y a la propia Pentesilea 107 . A su lado sepultaron también a cuantas Amazonas la habían acompañado al combate [805] y habían sido abatidas por los argivos, pues no les negaron los Atridas la tumba de muchos llantos, sino que a los troyanos, hábiles guerreros, les permitieron retirarlas del alcance de los dardos, igual que a los otros que también habían perecido. Pues contra los muertos no hay resentimiento, sino que son dignos de compasión los enemigos cuando ya no [810] existen, una vez han perdido la vida.

Los argivos, por su parte, entregaron al fuego los cuerpos de muchos héroes que, al igual que aquéllos, perecieron y fueron abatidos a manos de los troyanos en el frente de batalla. Gran aflicción sintieron por sus muertos, pero, más que a ningún otro, lloraban al valeroso Podarces. Pues en el [815] combate no iba él a la zaga de su noble hermano Protesilao; mas ya hacía tiempo que el excelso Protesilao yacía víctima de Héctor, y ahora aquél, herido por la lanza de Pentesilea, había causado también a los argivos una amarga pena 108 . Por ello, lejos de él enterraron la masa de cadáveres; y sólo [820] a aquél le erigieron con gran esfuerzo una tumba muy visible, ya que audaz había sido su corazón. Y tras sepultar aparte el miserable cuerpo del inútil Tersites, se encaminaron a las naves, de hermosas proas, para de todo corazón glorificar al Eácida Aquiles. Y cuando la resplandeciente [825] Eos había marchado bajo el Océano y en torno a la tierra se extendió la divina Noche 109 , entonces en las tiendas del opulento Agamenón banqueteó el violento Pelida; con él los [830] demás caudillos disfrutaron en el festín hasta la llegada de la divina Eos.


1 Patronímico aplicado a Aquiles como «hijo de Peleo». Optamos por transcribir este Pēleíōn con su forma correspondiente y no dejarlo en un simple «Pelida» (de Pēleídēs ), forma a la que sin más distinción suelen recurrir los traductores (de Quinto o de cualquier otro autor épico) por ser desde HOMERO la más corriente y divulgada como patronímico de este héroe (si bien aquél es igualmente homérico).

2 Se resumen en este comienzo, que, por cierto, no presenta la habitual y ya tópica invocación a un dios o a la Musa como fuente de inspiración, los sucesos finales narrados en la Ilíada (muerte y funerales de Héctor), poema con el que enlaza directamente Quinto, quien de este modo se presenta como claro continuador de Homero; tal vez por ello se omita precisamente esa invocación introductoria.

3 Otro habitual calificativo de Aquiles, que por su padre Peleo era nieto de Éaco, hijo de Zeus y legendario rey de la isla de Egina.

4 El Escamandro es el célebre río de la Tróade que, por su cercanía a Troya, tiene ya notable presencia en la Ilíada . Se le califica aquí de «ideo» por su proximidad también al monte principal de la región, el Ida.

5 En estos últimos versos se recuerdan algunas de las hazañas que Aquiles lleva a cabo en los cantos XXI y XXII de la Ilíada , cuando regresa al combate después de la muerte de su querido Patroclo: la gran masacre que a orillas y dentro del Escamandro provoca entre los troyanos y sus aliados peonios (Il . XXI 1-210); su devastadora persecución de los enemigos cuando se retiran a Troya en desbandada (Il . XXI 520-611); y la muerte de Héctor y el maltrato de su cadáver (Il . XXII 248-404 y también XXIV 14-21, si bien el detalle concreto de que Aquiles arrastró alrededor de la ciudad de Troya el cuerpo de Héctor, atado con correas a su carro, es posterior a Homero: se encuentra en EURÍPIDES , Andr . 107s. y luego en VIRGILIO , En . I 483). Pero al final se evoca también un episodio anterior a los acontecimientos de la Ilíada , ya que éste se desarrolla a comienzos de la guerra: en una travesía por mar, camino aún de Troya, Aquiles conquista hasta doce ciudades vecinas, como se recuerda en Il . IX 328 y Od . III 105 s.

6 Río de la Capadocia tradicionalmente asociado a las Amazonas, pues, según ciertas leyendas, a sus orillas se hallaba Temiscira, capital del imaginario país de estas mujeres guerreras: cf. ESQUILO , Prometeo Encadenado 723-725; DIODORO DE SILICIA , IV 16, 1; APOLODORO , Bib . II 5, 9.

7 Quinto parece contaminar los dos motivos que en otros autores se atestiguan para la presencia de Pentesilea en Troya: según afirma TZETZES en Posth . 14-19, en los relatos de HELÁNICO (F. Gr. Hist . I A, 4, fr. 149) y Lisias (¿?) ésta acude a la guerra en busca de gloria; en cambio, en DIODORO DE SILICIA (II 46, 5), APOLODORO (Epít . V 1) y SERVIO (Com. a En . I 491), se presenta en Troya para purificarse del crimen involuntario cometido contra su hermana Hipólita (tal sería el resultado de combinar los datos parciales de estos tres autores). Esta última versión, que tal vez se remonte a la Etiópida , trataba sin duda de justificar de algún modo la presencia de Pentesilea como aliada de los troyanos, ya que en principio las Amazonas eran sus enemigas tradicionales, según se atestigua en Il . III 188 s., donde Príamo manifiesta haber combatido contra ellas en su juventud.

8 Las Erinies son tradicionalmente las diosas encargadas de castigar a los parricidas (independientemente de que su crimen haya sido voluntario o no). La misma necesidad de aplacar a estas diosas vengativas la hallamos en APOLONIO DE RODAS , Arg . IV 698-717.

9 El breve catálogo de estas doce Amazonas se inspira en el de las Nereidas de Il . XVIII 39-49. Sus nombres, salvo el de Hipótoe, ya mencionada por HIGINO (Fáb . 163, 1) como Amazona y por TZETZES (Posth . 176) como parte también de las tropas de Pentesilea, son aparentemente invención del propio Quinto, que para ellas en general ha recurrido a unos definitorios nombres parlantes: Clonia es «La tumultuosa», Polemusa «La que guerrea», Derínoe «La de mente combativa», Evandra «La muy varonil», Antandra «La pareja a un hombre», Bremusa «La bramadora»…

10 Como se podrá observar sobre todo en el libro II, Eos es en QUINTO DE ESMIRNA la diosa del día (de ahí que no hayamos traducido su nombre por «Aurora», en referencia únicamente al amanecer), y por tanto, la encargada no ya sólo de disipar la noche y traer la luz, sino también de propagarla a lo largo de toda la jornada hasta el ocaso durante su recorrido en carro por la bóveda celeste.

11 Las doce Horas, fieles compañeras de Eos, situadas a lo largo de la órbita del sol, representan aquí por igual las doce horas del día o los doce signos zodiacales (cf. II 501-506) y al mismo tiempo presiden también las estaciones (cf. II 594-602).

12 Pentesilea es hija del dios Ares, considerado habitualmente padre también de las Amazonas Hipólita y Antíope (que aparecen en las leyendas de Heracles y Teseo) o incluso de las Amazonas en general.

13 Iris parece ser aquí considerada una mera personificación del arco iris, si bien luego aparecerá en su tradicional papel de mensajera y asistente de los dioses.

14 Este símil en que se presenta a un hombre aquejado de oftalmía resulta ser uno de los más originales y precisos de Quinto de Esmirna. Para S. E. BASSET («The Laocoon episode…», pág. 251), junto con la minuciosa descripción de los síntomas del glaucoma de Laocoonte en XII 395-417, demuestra ciertos conocimientos oftálmicos por parte de Quinto. Cf. introducción.

15 Príamo, cuyo padre Laomedonte fue el anterior monarca de Troya, rey perjuro por excelencia que engañó a Apolo y Posidón para que rodearan con inexpugnables murallas su ciudad a cambio de un salario que luego no les pagó (cf. HOMERO , Il . VII 452s. y XXI 441-457; HELÁNICO , F. Gr. Hist . I A, 4, fr. 26a y b; PÍNDARO , Ol . VIII 31-47; APOLODORO , Bib . II 5, 9; HIGINO , Fáb . 89, 1…), y que igualmente prometió entregarle a Heracles, en recompensa por la liberación de su hija Hesíone (dispuesta para ser sacrificada a un monstruoso cetáceo que había enviado Posidón como castigo por la anterior afrenta), los caballos divinos que en otro tiempo Zeus le regaló a Tros, abuelo de Laomedonte, como reparación por el rapto de su hijo Ganimedes, y que finalmente no le dio a pesar de cumplir Heracles lo acordado: cf. HOMERO , Il . XX 145-148; HELÁNICO , F. Gr. Hist . I A, 4, fr. 26b; DIODORO DE SILICIA , IV 42, 1-7; APOLODORO , Bib . II 5, 9; VALERIO FLACO , Arg . II 451-578; HIGINO , Fáb . 89, 2-4…); tiempo después, el héroe se vengó preparando una expedición militar contra la ciudad, que supuso la primera Guerra de Troya y que acabó con su conquista y saqueo, en el que Heracles mató a Laomedonte y a todos sus hijos, a excepción precisamente de Príamo: cf. HOMERO , Il . V 640-642; HELÁNICO , F. Gr. Hist . I A, 4, fr. 26b; PÍNDARO , Ístm . VI 26-35; DIODORO DE SILICIA , IV 32, 1-5; APOLODORO , Bib . II 6, 4; HIGINO , Fáb . 89, 4.

16 En estos versos de I 85-92 nos encontramos con la típica escena de recepción del guerrero, que QUINTO va a repetir en esquemas muy similares con la llegada de Memnón (II 111-123) y de Eurípilo (VI 133-185).

17 Nótese cómo Pentesilea (a diferencia de Memnón en II 148-155) se muestra orgullosa e imprudente y realiza unas promesas desmesuradas que desde el primer momento el poeta épico omnisciente advierte que en modo alguno ésta va a ser capaz de cumplir y que van a suponer bien pronto su ruina.

18 Una buena muestra de la presencia que en Quinto tiene la doctrina del estoicismo es la importancia que en su obra alcanzan las distintas figuras que representan al destino ineludible (cf. F. A. GARCÍA ROMERO , «El Destino en los Posthomerica …», págs. 101-106): como luego con la Kḗr o la Moîra , aquí nos encontramos con la Aîsa , el «Destino» como mera abstracción convertida apenas en divinidad (de ahí que la hayamos adaptado con su correspondiente traducción). Es distinto el caso de Tánato, abstracción ahora de la Muerte, pero con mucha mayor identidad y tradición mítica (por ello en esta ocasión hemos respetado la transcripción de su nombre): representado como un joven alado, es ya mencionado por HESÍODO como hijo de la Noche (Teog . 212) y tiene ciertas actuaciones concretas: lucha contra Heracles por el alma de Alcestis (en EURÍPIDES , Alc . 840-849 y 1139-1142) y es encadenado por el astuto Sísifo y luego liberado por Ares (según FERECLDES , F. Gr. Hist . I A, 3, fr. 119).

19 Patronímico de Andrómaca, «hija de Eetión», rey de la vecina Tebas Hipoplacia, que Aquiles tiempo atrás conquistó y saqueó con la consiguiente muerte del monarca: cf. Il . VI 395-397 y 414-424.

20 El Óneiros designa concretamente al «Ensueño», esto es, a aquellas imágenes que se ven durante el hýpnos , el «sueño» entendido, a diferencia de lo anterior, como la acción misma de dormir, para la que también existe una abstracción, Hipno, tradicionalmente considerado hermano de Tánato: cf. HOMERO , Il . XIV 231 y XVI 682, y HESÍODO , Teog . 211 s.

21 Epíteto de Atenea ya varias veces empleado por HOMERO (Il . IV 515, VIII 39…), pero de complicada interpretación. Se suele explicar como una referencia al nacimiento de Atenea junto al río Tritón (cf. HESÍODO , fr. 343 MERKELBACH -WEST ), río localizado en Arcadia o en el norte de África, donde se encuentra también la laguna Tritónide, igualmente asociada a esta diosa (cf. PAUSANIAS , IX 33, 7).

22 Se imita aquí el célebre episodio del «Sueño de Agamenón» (HOMERO , Il . II 5-75), en que es Zeus quien, tramando una derrota de los aqueos, envía al Ensueño para incitar con excusas a su caudillo supremo a retomar el combate. No obstante, es probable que Quinto no esté aquí aplicando sin más este motivo a su personaje, sino que tal «Sueño de Pentesilea» responda a una auténtica tradición, pues también lo hallamos (en otras circunstancias, pero con la misma intención) en TZETZES , Posth . 119-135.

23 Existía en la Antigüedad la creencia de que los sueños tenidos antes de la media noche resultaban engañosos y los inmediatamente anteriores al amanecer, en cambio, veraces: cf. PLATÓN , Critón 44a; HORACIO , Sátiras I 10, 31-35; OVIDIO , Heroidas XIX 195.

24 Epíteto de Eos que se refiere a ella como «nacida de la mañana». Quinto lo emplea con gran frecuencia, hasta el punto de convertirse en un nombre más de la diosa del día (cf. nota 10).

25 Se trata de la péltē , el escudo de los tracios con forma de luna en cuarto creciente: cf. HERÓDOTO , VII 75; EURÍPIDES , Alc . 498; ARISTÓFANES , Lis . 563; y especialmente, VIRGILIO , En . I 490 s., donde aparecen la propia Pentesilea y sus Amazonas con tales escudos.

26 En esta escena típica de equipamiento del guerrero, Quinto dota a Pentesilea de un armamento variado y excesivo: en este pasaje se ciñe la Amazona las armas distintivas de los hoplitas (poco apropiadas para combatir en el caballo en que ésta va a estar todo el tiempo montada), pero más adelante toma el hacha de doble filo (I 158s.) y, sin haber sido mencionado antes, porta el arco (I 338-341), armas que (junto con el escudo de mimbre o gérron) sí son características de las Amazonas.

27 Eris, la «Discordia», da lugar al «Juicio de Paris» y, en consecuencia, a la Guerra de Troya. Dada su naturaleza, Quinto la asocia frecuentemente a los acontecimientos de la guerra, con lo que queda estrechamente relacionada con Ares y puede explicarse aquí el trato que con ella tiene su hija Pentesilea.

28 Oritía es, efectivamente, la esposa de Bóreas, el Viento del Norte, y con él residía en Tracia, país con el que es fácil imaginar que Pentesilea tuviera también relación, ya que, además de encontrarse allí tradicionalmente los dominios de su padre Ares (por ser Tracia un lugar tenido por primitivo, salvaje y hostil), era uno de los territorios (para el otro, cf. nota 6) en que supuestamente se situaba el reino de las Amazonas (de hecho, la Etiópida presentaba a Pentesilea como venida de Tracia, según parece desprenderse del resumen de PROCLO , pág. 105, líns. 22-24 ALLEN ).

29 Las Harpías son espantosas criaturas femeninas aladas, dedicadas a toda clase de rapiña (su nombre sugiere la idea de «Raptoras»), para lo cual están dotadas de gran velocidad (destacada ésta ya por HESÍODO en Teog . 267-269).

30 Las Keres (hijas de la Noche ya en HESÍODO , Teog . 217) son en Quinto de Esmirna las personificaciones por excelencia de la muerte y del destino: muy a menudo aparecen cuando se señala la suerte fatal de un guerrero o se relata el momento mismo de su caída.

31 Otro epíteto de la diosa Atenea, en el que parece haber también referencia a su relación con el río Tritón o la laguna Tritónide (cf. nota 21).

32 En la lucha que se desencadena entre los dioses Olímpicos y los Gigantes, la llamada Gigantomaquia, Atenea tiene una notable participación: de acuerdo con APOLODORO (Bib . I 6, 1s.), es ella quien se trae a Heracles para combatir al lado de los dioses —condición indispensable, según un oráculo, para su victoria final—; lucha además contra Encélado, a quien sepulta bajo la isla de Sicilia; y mata también a Palante, al cual desuella para usar su piel como protección en la batalla: origen de la famosa égida.

33 Esto es, Zeus, hijo de Crono.

34 Zeus recibe la advocación de Ideo por su relación con el Ida (cf. nota 4), en una de cuyas cimas, el Gárgaro, poseía un santuario (cf. HOMERO , Il . VIII 47s. y XVI 604s.) y se dedicaba a menudo a observar las batallas que en la llanura troyana se desataban: cf. Il . XI 181-184 y XXIV 290 s.

35 Peculiar patronímico de Pentesilea como «hija de Ares».

36 En la traducción no hemos conservado la expresión original, «en las fauces del combate», ya que preferimos ofrecer la idea que encierra tal imagen («en vanguardia», «en primera línea de combate»).

37 Dárdano, hijo de Zeus y la Atlántide o Pléyade Electra, fue quien, tras llegar por mar a la Tróade y establecerse en la región, se convirtió en el fundador de la estirpe real troyana (para un rápido repaso de ésta, cf. II 140-144).

38 Otro patronímico de Pentesilea; cf. nota 35.

39 Desde Fílace, una aldea de la Tesalia Ftiótide, Protesilao había traído un contingente de cuarenta naves. Este guerrero griego fue el primero en caer muerto en la Guerra de Troya, a poco de producirse su desembarco: según HOMERO (Il . II 698-702), murió alcanzado por un enemigo anónimo, pero la tradición posterior pretendía que había sido abatido a manos del propio Héctor. Cf. APOLODORO , Epít . III 30, e HIGINO , Fáb . 103, 1.

40 Podarces, hijo de Íficlo, es hermano de Protesilao y, a su muerte, su sucesor en el mando: tal situación la detalla ya HOMERO en el «Catálogo de las Naves» (Il . II 695-710).

41 La muerte de Podarces es la mayor hazaña que Pentesilea lleva a cabo en su corta intervención en la Guerra de Troya. Según APOLODORO (Epít . V 1), en cambio, es Macaón el caudillo al que Pentesilea da muerte (QUINTO DE ESMIRNA , como luego veremos en VI 391-435, reserva la victoria sobre éste para Eurípilo).

42 Idomeneo, cuyo padre es Deucalión, hijo del famoso rey Minos, es el caudillo del contingente cretense (cf. sus tropas en Il . II 645-652). En este primer episodio de batalla, Quinto hace repaso de los principales próceres griegos mencionados en el homérico «Catálogo de las Naves».

43 Responde a una creencia popular de época imperial (creencia en la que tiene presencia sin duda el estoicismo) la idea de que los vientos eran los conductores de las almas de los difuntos: cf. también, más adelante, II 550-587 (los mismos vientos transportan el cadáver de Memnón); IV 4-9 (hacen lo propio con el cuerpo de Glauco); V 647 s. (se recuerda cómo el alma de Heracles, en el momento de su apoteosis, se mezcló con el éter); VII 41 s. (es el alma del fallecido Macaón la que ha volado a los aires), etc.

44 Meríones, pariente de Idomeneo —el padre de aquél era Molo, quien, según APOLODORO (Bib . III 3, 1), era un hijo bastardo de Deucalión, el padre de Idomeneo—, se encuentra también al mando de los ejércitos cretenses (cf. Il . II 650 s.).

45 El hijo de Oileo es Ayante —no el Telamonio, evidentemente—, caudillo del contingente locrio, que acude a Troya con cuarenta naves (cf. Il . II 527-535).

46 Tidida, esto es, «hijo de Tideo», es el patronímico con que habitualmente se designa a Diomedes, uno de los caudillos del contingente argivo (cf. Il . II 559-568) y, tras Aquiles y Ayante Telamonio, sin duda alguna el mejor guerrero griego en Troya. Es célebre especialmente su aristeía a lo largo de todo el canto V de la Ilíada .

47 Esténelo es otro de los caudillos del ejército argivo (cf. Il . II 563 s.), habitual compañero y asistente de Diomedes en la batalla.

48 Principal ciudad del Quersoneso Tracio, situada en la costa occidental del Helesponto frente a Abido. Sesto y Abido son célebres por la leyenda de Hero y Leandro.

49 Recuérdese que Paris actúa en la batalla ante todo como arquero, hecho que está en consonancia con su carácter más bien cobarde —al menos en la Ilíada (III 15-57), pero no tanto ya en Quinto de Esmirna—, pues en la antigua poesía épica es notable el desprecio que hay por el arco como arma, ya que éste parece propio de aquellos que no se atreven a combatir cara a cara y de cerca.

50 La más importante de las islas Equínades del Mar Jonio, junto a la desembocadura del río Aqueloo.

51 El hijo de Fileo, como luego se indica, es Meges, caudillo del contingente procedente de Duliquio y las otras islas Equínades (cf. Il . II 625-630).

52 Quinto evoca aquí, a la vez que completa, la descripción que HOMERO hace de Caria en Il . II 867-875, pasaje en que se recuerdan las tropas que de esta región de Asia Menor han llegado como aliadas de los troyanos y que efectivamente capitanean Nastes y Anfímaco. El Mícale es un promontorio frente a la isla de Samos, en la desembocadura del tortuoso río Meandro; el Latmo es un monte donde supuestamente se hallaba la cueva de Endimión, el joven amado por Selene o la Luna (cf. APOLONIO DE RODAS , Arg . IV 57 s. y PAUSANIAS , V 1, 3-5); Branco fue un bello pastor del que se enamoró Apolo, tras lo cual fundó aquél en su honor el célebre oráculo de Dídima y se convirtió en el antepasado de la famosa dinastía sacerdotal de los Bránquidas (cf. CALÍMACO , fr. 229 PFEIFFER , y ESTRABÓN , XIV 1, 5); al oeste de Dídima se halla la región costera de Panormo.

53 Polipetes, hijo de Pirítoo, el famoso amigo íntimo de Teseo, comandaba junto con Leonteo el contingente de los lápitas (cf. Il . II 738-747).

54 Debido a la leyenda que a continuación se va a recordar, esta Neera tal vez sea la hija de Níobe que menciona APOLODORO en Bib . III 5, 6, y que en esta versión de Quinto (a diferencia de la de Apolodoro) habría escapado a la masacre que entre los Nióbidas provocaron Apolo y Ártemis.

55 Se evoca aquí la historia de Níobe, la hija de Tántalo que por sus insolencias contra Leto perdió a todos sus hijos, asaeteados a su vez por los de esta diosa, Apolo y Ártemis, tras lo cual acabó transformada en roca y trasladada al Sípilo, monte de su país de origen, Lidia, a cuyos pies corre el río Hermo. La leyenda, evocada ya en HOMERO (Il . XXIV 602-617), fue objeto de numerosas recreaciones literarias (cf., especialmente, OVIDIO , Met . VI 146-312), pero Quinto, debido a su gusto por las digresiones geográficas con elementos fantásticos, parece más bien evocar esta historia movido por sus impresiones personales, ya que el Sípilo se hallaba cerca de su patria. Esmirna, y el poeta podía haber observado en directo el «misterioso» fenómeno de la fuente que brotaba de esta roca con supuesta forma de mujer.

56 Aquiles (cf. nota 3).

57 Se trata de Ayante Telamonio —distinto, pues, del Ayante Oilíada antes mencionado—, el poderoso caudillo del contingente venido de Salamina (cf. Il . II 557 s.) y primo de Aquiles, a quien en estos instantes acompaña lejos de la batalla, como luego se descubre en I 376-380.

58 Esta Ker única puede ser una de las imprecisas Keres, hijas de la Noche que, como ya hemos visto (cf. nota 30), generalmente aparecen en grupo, o bien concretamente la Ker que, en Teog . 211, HESÍODO señala aparte como hija también de la Noche, mencionada junto con Moro, Tánato, Hipno, Momo… y distinta aparentemente de esas otras Keres, que en Teog . 217 aparecen, en cambio, al lado de las Moiras.

59 Es un recurso literario muy frecuente el emplear al propio dios Ares para aludir por metonimia al hecho mismo de la guerra o, como en este caso, al furor o ardor bélico manifestado en combate.

60 Se habla ahora, evidentemente, de los guerreros griegos agonizantes, y no ya de sus caballos previamente aludidos. Seguimos aquí, pues, la acertada interpretación de F. VIAN , con la que se puede conservar la lectura de los manuscritos (cf. sus Recherches …, págs. 205 s.).

61 Esto es, cuando acontece el solsticio de invierno (Quinto parece imitar a ARATO , Fenómenos 286 y 291-294).

62 Enío es una oscura diosa de la guerra (corresponde a la romana Belona), compañera por tanto de Ares: cf. Il . V 333 y 590-595 y PAUSANIAS , I 8, 4.

63 La «hija de Leto», esto es, Ártemis, diosa en realidad nada guerrera o belicosa, pero sí salvaje, indómita e igualmente letal con sus flechas.

64 El «hijo de Menecio», esto es, Patroclo, el íntimo amigo de Aquiles muerto a manos de Héctor en la Ilíada . Su tumba, según ESTRABÓN (XIII 1, 32), se encuentra en el cabo Sigeo, con lo que efectivamente se halla bastante retirada del campo de batalla troyano.

65 A mitad del verso 383 el texto se encuentra corrupto y necesariamente hay que admitir una laguna de al menos un verso; hasta la mitad, pues, del siguiente ahora establecido, con el resto de ese 383 transmitido.

66 El verso 389a, aunque ofrecido por todos los manuscritos, es incorrecto métricamente y carece de sentido en este lugar. Parece deberse más bien a un comentario marginal que trataba de explicar el sentido de los versos 389-395 («debido a que la Moira que la incitaba contra el renombrado Aquiles» es lo que aquél viene a decir simplemente) y que más tarde fue considerado un verso auténtico por algún copista.

67 Con «glorificaba», «se gloriaba» y «glorificándola» tratamos de reproducir los distintos verbos que en el texto griego original presentan en su formación la raíz de kŷdos , «gloria».

68 Pentesilea recibe la forma femenina de Enialio, el nombre de un antiguo dios de la guerra identificado con Ares. «Enialio» es ya en HOMERO un sobrenombre suyo: cf. Il . II 651, XIII 519, XVIII 309…

69 Los versos 404-406 son tremendamente confusos y ofrecen una gran variedad de lecturas: aquí seguimos la versión de F. VIAN (el tal Tisífono quizás coincida con el hijo de Príamo muerto en XIII 215, si bien aquí el nombre de este personaje plantea también problemas textuales); en la lectura de A. Köchly, que se aparta notablemente de los manuscritos y que, no obstante, siguen A. Zimmermann y A. S. Way, nos encontramos, en cambio, con una Tisífone hija de Antímaco y esposa de Meneptólemo.

70 El episodio que ahora se va a desarrollar, con el intento por parte de las mujeres troyanas de entrar en combate, parece inspirado en los acontecimientos que narra VIRGILIO en En . XI 891-895, donde la muerte de la amazona Camila provoca en las mujeres de Laurento la misma reacción de defender a toda costa su asediada patria. El papel que van a tratar de desempeñar aquí las troyanas resulta verdaderamente atípico en Quinto, ya que en su obra no tienen en general las mujeres una destacada actuación y quedan reservadas para las escenas de duelo. Resultan por tanto meramente circunstanciales los alegatos que a favor de la condición de la mujer va a pronunciar inmediatamente Hipodamía.

71 En los versos 409-412 del texto griego falta el verbo en forma personal de la oración principal, anacoluto que era imposible conservar en la traducción.

72 Teano, además de sacerdotisa de Atenea (según Il . VI 297-311), es la esposa de Anténor, el famoso troyano que fue siempre contrario a la guerra y partidario de la devolución de Helena y los tesoros robados por Paris a Menelao; cf. APOLODORO , Epít . III 28 s. y V 21, y TITO LIVIO , I 1, 1-3.

73 Diosas tradicionalmente encargadas de señalar y ejecutar el destino de cada individuo, ante todo el momento de su muerte. Bien definidas ya desde HESÍODO , que fija su número en tres y da a conocer sus nombres, si bien les atribuye dos orígenes por completo distintos: hijas de la Noche en Teog . 217 y de Zeus y Temis en 904; en Quinto cumplen un papel muy similar al de las Keres (cf. notas 30 y 58).

74 El Eácida es una vez más Aquiles, quien, como se adelantó en I 376-380, se encuentra retirado del combate en compañía de este Ayante, el Telamonio.

75 Peleo y Telamón, padres de Aquiles y Ayante respectivamente, son en Quinto hijos de Éaco (cf. nota 3). Se sigue así una tradición que sin duda se remonta al Ciclo Épico y que no se encuentra aún en HOMERO , quien no declara en ningún momento que Peleo y Telamón sean hermanos y, en consecuencia, Aquiles y Ayante primos (en HOMERO , Telamón y Ayante no son considerados, en efecto, descendientes de Éaco, pero QUINTO DE ESMIRNA llama al primero «Eácida» en IV 450 y al segundo en III 244).

76 Alusión a la primera Guerra de Troya (cf. nota 15). Es notable en ella la participación de Telamón (cf. APOLODORO , Bib . II 6, 4), mientras que la de Peleo sólo está claramente atestiguada en PÍNDARO , fr. 172 SNELL -MAEHLER , y EURÍPIDES , Andr . 796-801.

77 Tras el verso 505 hay que imaginar sin duda una laguna de un verso, en el que evidentemente se haría alusión a la venganza que Heracles se tomó para castigar el perjurio de Laomedonte (cf. también nota 15).

78 «Infatigable» (Atrytṓnē) es otro epíteto de Atenea ya empleado por HOMERO (Il . II 157, V 115…).

79 Con el propósito de alcanzar el cielo y atacar a los dioses, los llamados Alóadas, los gigantescos Oto y Efialtes, colocaron el monte Osa sobre el Olimpo y el Pelio sobre el Osa —todos ellos montes de Tesalia próximos entre sí—, pero fueron entonces víctimas de las flechas de Apolo o de un ardid de Ártemis: cf. Od . XI 305-320 y APOLODORO , Bib . I 7, 4.

80 Aquiles y Ayante (cf. nota 75).

81 Alusión a las armas que Hefesto forjó para Aquiles a petición de su madre Tetis (cf. Il . XVIII 369-617). Queda así claro que el Eácida antes mencionado, como casi siempre, no es Ayante, sino Aquiles.

82 Hay aquí una nueva laguna, que ocuparía buena parte del verso 563 conservado y el principio del siguiente ahora establecido.

83 Alusión, en apariencia, a la invulnerabilidad que tradicionalmente, al igual que a Aquiles, se le atribuía a Ayante, y que, como la de su primo, no era total: desconocida por Homero, debe remontarse a la Etiópida , que Quinto parece seguir, si bien resulta difícil afirmar esto con garantías, ya que en V 482-486 Ayante se suicida sin problemas clavándose su propia espada (cf., en cambio, las dificultades con que se encuentra en las Tracias de ESQUILO , fr. 83 NAUCK ). Parece entonces que en Quinto Ayante es inmune a los golpes de las armas enemigas, pero no a los lanzados por su propia mano.

84 Se recuerda una vez más (cf. nota 5), la masacre que Aquiles provocó en el Escamandro, río que también recibe ese nombre de Janto. Sorprende que Aquiles, que a lo largo de esta intervención está hablando en nombre también de su primo, continúe aquí usando el plural, ya que Ayante no participó en realidad en la batalla junto a ese rio.

85 El sabio Centauro Quirón (en algunas leyendas educador de Aquiles: cf. APOLODORO , Bib . III 13, 6) le había regalado en sus bodas a Peleo una magnífica lanza hecha con madera de fresno del monte Pelio, la cual luego heredó Aquiles, que era el único capaz de manejarla: cf. Il . XVI 140-144.

86 Sin corregir los manuscritos (se hace a partir de A. Köchly, pero lo evita F. Vian), se entiende que Pentesilea, una vez se ha decidido por la segunda de las alternativas que meditaba, se mueve con rapidez para descabalgar y suplicarle a Aquiles, pero éste interpreta su gesto como un ataque y se encoleriza.

87 Nótese cómo insiste Quinto en la decorosa muerte de la Amazona, trato pudoroso que es extensible a las demás mujeres que en su obra aparecen (cf. especialmente IV 188-192). Contamos, no obstante, con otras descripciones semejantes de doncellas caídas: EURÍPIDES , Héc . 568-570; OVIDIO , Met . XIII 479 s.; NONO DE PANÓPOLIS , Dion . XVII 220-224; TZETZES , Posth . 198.

88 Aquiles continúa utilizando el plural y, por tanto, hablando en nombre también de su primo Ayante, dando así gloria por igual, con la victoria que él solo acaba de lograr, a ambos Eácidas.

89 Cípride (Kýpris) es un epíteto de Afrodita, relacionado en apariencia con el nombre griego de Chipre (Kýpros) , isla a la que esta diosa llegó tras su nacimiento en las aguas del mar (cf. HESÍODO , Teog . 188-199) y donde existía un importante culto en su honor. Sus amores adúlteros con Ares son famosos por el detallado y jocoso relato que de ellos hace HOMERO en Od . VIII 266-369.

90 Dado su carácter austero, Quinto apenas profundiza en este repentino enamoramiento de Aquiles por Pentesilea, narrado en la Etiópida (según PROCLO , pág. 105, líns. 25-27 ALLEN ) y luego señalado por PROPERCIO , III 11, 13-16; NONO DE PANÓPOLIS , Dion . XXXV 21-29; o TRIFIODORO , 39.

91 La genealogía de estas diosas, mera personificación de los soplos del aire, es original de Quinto. No obstante, como en el caso de Pentesilea y Oritía (cf. nota 28), es comprensible que tengan relación el dios tracio Ares y estas hijas de Bóreas, viento del Norte que residía igualmente en Tracia.

92 Cf. lo advertido en nota 4.

93 Los mirmídones, originarios de la isla de Egina, pero instalados con Peleo en la Tesalia Ftiótide, constituyen las tropas que ante Troya dirige Aquiles: cf. Il . II 681-694 y XVI 155-220.

94 Otro patronímico para referirse a Zeus como «hijo de Crono».

95 Quinto tiene aquí presente, sin duda, el episodio de la muerte de Sarpedón, caudillo licio aliado de los troyanos que muere a manos de Patroclo sin que su padre Zeus pueda evitarlo (cf. HOMERO , Il . XVI 419-683). En efecto, tanto en Homero como en Quinto de Esmirna, incluso Zeus, a pesar de su preeminente poder y su autoridad incuestionable, está sometido a los designios del destino ineludible.

96 Se evoca aquí la famosa Titanomaquia, batalla en la que Zeus y los nuevos dioses Olímpicos hubieron de combatir por el poder contra las antiguas divinidades, especialmente los Titanes encabezados por Crono (cf. HESÍODO , Teog . 617-819 y APOLODORO , Bib . I 2, 1). En tal lucha, Zeus empleó por vez primera las armas que para él habían forjado los Cíclopes, el trueno, el relámpago y el rayo.

97 Esta intervención de Ares —todo un añadido circunstancial: hasta ahora Ares no ha aparecido en el relato ni se ha preocupado de la batalla o de su hija— recuerda a la de Il . XV 100-142, donde el dios se entera de la muerte de otro hijo suyo, Ascálafo, y trata también en vano de bajar a la llanura troyana a vengarlo.

98 Tersites, según HOMERO (Il . II 212-221), era el más indigno de los aqueos en Troya: feo y deforme, se caracteriza por su insolencia y sus injuriosas palabras, lanzadas sin reparo contra sus superiores. Ello le vale en Il II 221-277 una severa reprimenda por parte de Odiseo, que no duda en golpearlo con su cetro.

99 Las advertencias que Tersites hace en contra de ese placer sexual desmedido que nada bueno reporta al hombre están en consonancia con la moralidad acostumbrada por Quinto de Esmirna, pero resultan del todo exageradas e injustificadas al ser aquí aplicadas a Aquiles, nada mujeriego y guerrero irreprochable.

100 Átē es la «Ofuscación» de que en sus actos son víctimas los hombres por obra de los dioses. Bien personificada en HOMERO (Il . IX 504-512 y XIX 91-133), de igual modo la presenta Quinto, aunque no se advierte ya con claridad ese estado de «ceguera mental» que implicaba: cf. F. A. GARCÍA ROMERO , «La intervención psíquica…», pág. 111.

101 En HOMERO (Il . XIV 115-117) son hermanos Eneo y Agrio, pero Tersites no parece ser hijo del segundo —dadas sus características y el rapapolvo que recibe (cf. nota 98), no parece pertenecer a una estirpe heroica—. Debió de ser en la Etiópida donde se le dio un origen mucho más ilustre al ser incluido en esta familia real de Etolia y quedar emparentado con Diomedes (cf. APOLODORO , Bib . I 8, 6).

102 A pesar de los lazos de sangre, sorprende este disgusto de Diomedes por la muerte de Tersites, no ya sólo porque hubiera de aborrecer de todos modos la infame naturaleza de su pariente, sino porque en el Ciclo Tebano éste era enemigo suyo: según APOLODORO (Bib . I 8, 6), los hijos de Agrio destronaron al anciano Eneo, por lo que Diomedes acudió en ayuda de su abuelo y mató a la mayoría de aquéllos, si bien Tersites y su hermano Onquesto escaparon y más adelante acabaron con Eneo en una emboscada.

103 Tal muerte de Tersites era ya narrada por la Etiópida: según el resumen de PROCLO (págs. 105, líns. 25-29, y 106, lín. 1 ALLEN ), ocasionaba una revuelta en el ejército griego y Aquiles tenía que marchar a Lesbos para ofrecer sacrificios a Apolo, Ártemis y Leto y ser purificado del crimen por Odiseo. Quinto no incluye en su relato nada de esto y se conforma con reducir las consecuencias del asesinato de Tersites a este conato de enfrentamiento entre Aquiles y Diomedes.

104 Como es sabido, Agamenón y Menelao, «hijos de Atreo» y caudillos principales del ejército griego, pues eran ellos quienes, por el rapto de la esposa del segundo, Helena, habían organizado la expedición de castigo contra Troya. Aunque Menelao, rey de Esparta (cf. Il . II 581-590), es el marido injuriado que ansía venganza, en realidad el jefe supremo de las tropas es Agamenón, soberano de la poderosa y rica Micenas: cf. Il . II 569-580.

105 Ilo, hijo de Tros y padre de Laomedonte (cf. nota 15), fue, en virtud de un oráculo, el fundador de Troya, de la que también era epónimo pues, como es sabido, recibe ésta igualmente el nombre de Ilio.

106 La tumba de Laomedonte se hallaba en lo alto de las Puertas Esceas, y de su inviolabilidad, según una creencia, dependía la suerte de Troya: cf. SERVIO , Com. a En . II 241.

107 Quinto recrea con fidelidad el tipo de ritual funerario descrito por HOMERO , con las debidas escenas de duelo, la incineración del cadáver en una pira, el depósito de las cenizas en una urna y la inhumación de estos restos en una tumba: cf. Il . XXIII 109-257 y XXIV 719-804.

108 Sobre las muertes de Protesilao y Podarces, cf. notas 39-41.

109 La Noche, aunque simple personificación, es una diosa primigenia bien definida desde HESÍODO , quien en Teog . 211-225 la convierte en madre de una importante prole de siniestras abstracciones conceptuales: Moro, Ker y Tánato (representaciones diversas de la «Muerte»), Hipno (el «Sueño»), los Ensueños, Momo (la «Burla»), las Moiras, Némesis (la «Venganza»), Eris (la «Discordia»), etc.

LIBRO II

Cuando sobre las cumbres de los resonantes montes llegó la brillante luz del indestructible sol, seguían alegres en sus tiendas los poderosos hijos de los aqueos, muy orgullosos del infatigable Aquiles. Los troyanos, en cambio, lloraban [5] en la ciudad, y sentados por los torreones montaban guardia, ya que de todos se había apoderado el miedo, no fuera que por encima de la gran muralla saltara ese poderoso guerrero y a ellos los matara y a todo le prendiera fuego. En medio de éstos, desolados como estaban, habló el anciano Timetes 110 :

«Amigos, ya no acierto a imaginarme qué baluarte habrá [10] para nosotros en esta nefasta guerra, una vez ha caído Héctor, que de cerca combatía, quien era antaño la gran fuerza de los troyanos: ni siquiera él escapó a las Keres, sino que fue abatido a manos de Aquiles, ante quien creo que incluso [15] un dios, que le saliera al encuentro en la batalla, perecería, igual que en el tumulto abatió a esa que los demás argivos temían, a la valiente Pentesilea; pues era ella asombrosa: yo, cuando la vi, creí que uno de los bienaventurados desde el [20] cielo había venido hasta aquí para traernos alegría, mas no era ello verdad. Pero, ¡ea!, deliberemos qué es mejor para nosotros: que luchemos aún contra los odiosos enemigos o que huyamos de inmediato de una ciudad que está perdida; [25] pues no podremos ya rivalizar con los argivos, si lucha el inexorable Aquiles en el combate».

Así dijo, y le respondió el hijo de Laomedonte:

«Amigo y demás troyanos y esforzados aliados, no hemos de alejarnos, llenos de temor, de nuestra patria, ni hemos de [30] combatir ya contra los enemigos lejos de la ciudad, sino desde las torres y la muralla, hasta que llegue Memnón 111 , de poderoso ánimo, trayendo consigo innumerables tropas de gentes que habitan Etiopía, la de negros mortales 112 . Pues imagino que él está ya cerca de nuestra tierra, puesto que, [35] muy afligido en mi corazón, no hace mucho que le envié un mensaje: él me prometió que con gusto se ocuparía de todo una vez llegase a Troya; espero que esté ya cerca. Pero, ¡ea!, aguantad un poco más, porque es mucho mejor morir con [40] arrojo en el tumulto que huir y vivir entre extranjeros con deshonra».

Habló el anciano, pero al sensato Polidamante 113 ya no le era grato el combate, por lo que pronunció bienintencionadas palabras:

«Si con tanta certeza Memnón te aseguró que de nosotros apartaría la aciaga destrucción, no me opongo a aguardar [45] en la ciudad a ese guerrero divino; pero temo en mi corazón que, cuando llegue con sus compañeros, sea también abatido aquel hombre, y para otros muchos de los nuestros se convierta en una desgracia, pues más terrible se hace cada día la fuerza de los aqueos. Pero, ¡ea!, no huyamos lejos de nuestra ciudad para tener que soportar, por penosa cobardía, [50] una gran deshonra al habernos trasladado a tierra extranjera, ni permanezcamos en la patria para morir en la refriega contra los argivos; sino que todavía ahora, aunque tarde, sería mejor devolverles a los dánaos a la gloriosa Helena y sus riquezas, todas las que de Esparta se trajo y [55] otras más, hasta entregarles el doble de aquéllas, para proteger así nuestra ciudad y a nosotros mismos, antes de que pueblos hostiles se hayan repartido nuestras posesiones y haya consumido la villa un fuego destructor. Ahora, ¡ea!, en vuestro fuero interno hacedme caso, pues no creo que otro [60] entre los troyanos os dé mejor consejo. ¡Ojalá Héctor hubiera también escuchado antes mi indicación, cuando trataba yo de retenerlo dentro de la patria! 114 ».

Así dijo el excelso y fuerte Polidamante; a su alrededor los troyanos, al escucharlo, asintieron dentro de sí, pero [65] abiertamente no dijeron palabra; pues todos, temblorosos, respetaban a su soberano y a Helena, aun cuando por su culpa perecían. Mas a aquél, a pesar de su valentía, mucho lo injurió Paris en su cara:

«Polidamante, tú no eres sino un cobarde que del combate huye, y no albergas en tu pecho un corazón firme contra [70] el enemigo, sino miedo y pánico; tú te jactas de ser el mejor en el consejo, mas conoces los peores planes de todos. Pero, ¡ea!, aléjate del combate y aguarda sentado en tus mansiones; los demás, en cambio, a mi lado se armarán [75] en la ciudad, hasta que hallemos grato remedio de esta guerra despiadada. Pues sin esfuerzo ni penosa guerra no acrecientan los hombres su gloria y sus hazañas; a los niños pequeños y a las mujeres les es muy grata la huida: al de aquéllas se asemeja tu ánimo. Cuando te hallas en el combate, [80] no confío yo en ti, pues destruyes la audaz fuerza de todos».

Con grandes injurias le habló; irritado, Polidamante a su vez le replicó, pues no temía él gritarle cara a cara, ya que es odioso, malvado e insensato quien en público muestra cariñosos [85] halagos, pero otras cosas revuelve en su corazón y a escondidas insulta al que no está presente. Por ello entonces mucho injurió abiertamente al divino soberano:

«¡Oh tú, el más funesto para mí de todos los hombres que sobre la tierra habitan! Tu audacia nos trajo desgracias, tu determinación ha soportado una guerra interminable y la [90] soportará, hasta que veas aniquilada, junto con sus gentes, tu patria. ¡Que no me domine a mí una audacia tal, sino que tenga yo siempre un precavido reparo y prospere así sana y salva mi casa!».

Así dijo; él nada respondió a Polidamante, pues recordó cuántos disgustos les había causado a los troyanos y cuántos [95] aún les iba a ocasionar, puesto que su ardoroso corazón le incitaba a morir antes que hallarse lejos de Helena, comparable a una diosa, a causa de la cual los hijos de los troyanos montaban guardia desde lo alto de su elevada ciudad, esperando a los argivos y al Eácida Aquiles.

No mucho después les llegó el belicoso Memnón, Memnón, [100] soberano de los oscuros etíopes, que venía trayendo consigo un innumerable ejército. A su alrededor, gozosos lo contemplaron los troyanos por la ciudad, como los marineros, después de una devastadora tempestad, a través del éter observan, ya exhaustos, el brillo de la giradora Hélice 115 ; así [105] las gentes se alegraban en torno a él, y más que ninguno, el Laomedontíada, pues su corazón albergaba la firme esperanza de que con el fuego destruyeran las naves los guerreros etíopes, ya que tenían un rey prodigioso, y ellos mismos eran numerosos y todos con ansia se lanzaban hacia Ares 116 . [110] Por ello sin cesar honró al excelso hijo de la Erigenía con magníficos obsequios y un espléndido festín. Entre ellos conversaban durante la comida de ese banquete: el uno describiendo a los caudillos de los dánaos y cuántas desgracias había soportado; el otro, la vida por siempre inmortal de su [115] padre y su madre Eos 117 y las corrientes de la infinita Tetis 118 y el sagrado oleaje del Océano de profundo curso, los confines de la inquebrantable tierra y los ortos del sol, todo [120] su viaje desde el Océano 119 hasta la ciudad de Príamo y las cimas del Ida, y cómo masacró con sus robustas manos al sagrado ejército de los crueles sólimos 120 , que en su marcha lo detuvieron, lo que les acarreó la desgracia y un irresistible destino. Esto así lo relató, y además cómo conoció innumerables [125] pueblos de hombres; al escucharle, se regocijó el ánimo de aquél, quien con deferencia le dirigió respetuosas palabras:

«¡Oh, Memnón! Es obra de los dioses el que os vea yo a tu ejército y a ti en nuestros palacios. ¡Ojalá cumplan ellos también mi deseo de contemplar a todos los argivos aniquilados [130] a la vez por tu pica! Pues en todo te asemejas a los indestructibles bienaventurados de forma asombrosa, como ningún otro de los héroes que sobre la tierra habitan; por eso creo que a aquéllos les vas a acarrear una matanza luctuosa. Pero ahora, ¡ea!, deleita tu corazón hoy con mi banquete; luego, en cambio, lucharás como es debido». [135]

Tras hablar así, alzó con sus manos una copa de gran cabida y dio de corazón la bienvenida a Memnón con ese sólido vaso de oro, insigne obra que le entregó el muy sagaz Patizambo, Hefesto, cuando se casó con la Ciprogenía 121 , a [140] Zeus, de gran fuerza 122 ; éste se la dio como obsequio a su hijo Dárdano, comparable a un dios; éste se la regaló a su hijo Erictonio, y Erictonio a Tros, de gran corazón; él, a su vez, se la dejó entre sus bienes a Ilo; éste se la dio a Laomedonte; Laomedonte, a su vez, se la regaló a Príamo 123 , que [145] iba a entregársela a su hijo, pero ello no lo cumplió una divinidad. De aquella muy hermosa copa se quedó en su corazón maravillado Memnón al tocarla, y tales palabras dijo en respuesta:

«En el festín no debe uno mostrar una prodigiosa jactancia, [150] ni tampoco hacer promesas, sino banquetear con calma en la sala y trazar convenientes planes; si soy o no valiente y vigoroso, lo sabrás en la guerra, que es donde se ve la fuerza de un hombre 124 . Ahora, ¡ea!, ocupémonos del descanso y no bebamos durante la noche: dañino es para el que ansía [155] luchar el vino excesivo y el doloroso insomnio».

Así dijo; maravillado, se dirigió a él el anciano:

«Participa tú en el banquete como quieras, y haz caso de ti mismo, pues no te forzaré en contra de tu voluntad. No conviene retener al que se marcha del banquete ni al que se [160] queda echarlo de la sala: tal es entre los hombres la norma».

Así habló. Él abandonó la mesa y se fue a la cama por última vez. Al mismo tiempo se fueron otros invitados para ocuparse de su descanso; pronto les 125 sobrevino un sueño profundo.

Mientras tanto, en las mansiones de Zeus, amontonador de relámpagos, banqueteaban los inmortales; en medio de [165] ellos, por conocerlos bien, el padre Cronión proclamaba los acontecimientos del horrísono tumulto:

«Conoced, dioses, todos los que a mi alrededor os halláis, el penoso desastre que mañana en la guerra ha de sobrevenir, pues en uno y otro bando veréis el ímpetu de muchísimos caballos entre sus carros abatido y a los hombres [170] aniquilados. Por muy preocupado que esté por ellos uno de vosotros, quédese quieto y no acuda a mis rodillas para suplicar 126 , pues las Keres son también para nosotros inexorables 127 ».

Así habló en medio de ellos, a pesar de que esto bien lo sabían, para que, aun indignados, todos se apartaran de la guerra y no vinieran en vano a suplicar por un hijo o un ser [175] querido dentro del indestructible Olimpo 128 . Cuando esto oyeron del muy resonante Crónida, en su pecho se contuvieron y ante su rey no dijeron palabra, pues un temor infinito le tenían. Marcharon afligidos adonde se hallaban sus respectivas [180] moradas y lechos; en torno a ellos, a pesar de ser inmortales, se extendió sobre sus párpados el lánguido alivio del sueño.

Cuando sobre las cumbres de los escarpados montes se precipitaba por el vasto cielo el brillante Lucífero 129 , que [185] para ir a su trabajo despierta a los atadores de gavillas que con gran placer duermen, entonces al belicoso hijo de la Erigenía, portadora de la luz, le abandonó el sueño por última vez; él, acrecentando en su interior su fuerza, ansiaba ya combatir contra los enemigos. Eos, en cambio, en contra de [190] sus deseos ascendió al vasto cielo. Y entonces los troyanos se ciñeron en su cuerpo las hostiles armas, y a toda prisa junto a ellos, los etíopes y todos los pueblos aliados que en torno al violento Príamo se habían congregado. Con gran rapidez se precipitaron delante de la muralla, semejantes a [195] las oscuras nubes que el Cronión, al desencadenarse una tempestad, por el anchuroso aire reúne. Al punto ocuparon ellos la llanura entera: se desplegaron de forma igual a las langostas devoradoras de trigo, que, como una nube o una lluvia copiosa, insaciables se lanzan sobre la tierra de anchas llanuras, ocasionando a los mortales un hambre odiosa; [200] así marcharon ellos, muchos y poderosos: al precipitarse al ataque, la tierra se constreñía y a sus pies se levantaba el polvo. Los argivos a lo lejos se asombraron, cuando los vieron lanzarse al ataque; de inmediato se ciñeron en su cuerpo [205] el bronce, confiados en la fuerza del Pelida. Éste marchaba en medio semejante a los muy vigorosos Titanes, orgulloso de sus caballos y su carro; sus armas resplandecían por doquier de forma igual a los relámpagos. Como desde los confines del Océano, abrazador de la tierra, viaja hasta el cielo el brillante Helio 130 , iluminador de los mortales, y a su alrededor [210] sonríen la fértil tierra y el éter; tal se precipitó entonces entre los argivos el hijo de Peleo. Así también marchó entre los troyanos el belicoso Memnón, del todo igual al impetuoso Ares; a ambos lados, lanzados a la carrera, seguían los ejércitos de buena gana a su caudillo.

Al punto los largos escuadrones de ambos bandos, troyanos [215] y dánaos, se echaron al combate, y entre ellos sobresalían los etíopes. Con gran estruendo entrechocaron, como las olas del ponto al congregarse desde todas partes los vientos en la estación del invierno; se masacraban los unos a los otros arrojándose sus bien pulidas lanzas de fresno, y entre [220] ellos se extendían como el fuego el lamento y el estrépito. Como cuando los muy resonantes ríos lanzan grandes gemidos en su curso hacia el mar, cuando de parte de Zeus llega una lluvia muy violenta, mientras por encima retumban sin descanso las nubes, al afilarse unas con otras, y se escapa una llamarada de fuego; así bajo los pies de los combatientes [225] la descomunal tierra resonaba, y a través del divino aire un horrendo clamor se precipitaba, pues de forma terrible gritaban ellos desde ambos bandos.

Entonces el Pelida acabó con Talio y con el irreprochable Mentes, ambos de gran renombre. Alcanzó también las cabezas de otros muchos: como un violento huracán bajo [230] tierra se desencadena contra unas mansiones y al instante todas quedan por el suelo esparcidas, arrancadas de sus cimientos, pues mucho se estremece en sus profundidades la tierra 131 ; así ellos, presos de una repentina muerte, cayeron en el polvo por obra de la lanza del Pelión, pues muy excitado se hallaba su ánimo.

[235] Del mismo modo en el otro bando el excelso hijo de la Erigenía diezmaba a los argivos, semejante al funesto Destino, que a las gentes provoca una nefasta y odiosa ruina. En primer lugar acabó con Ferón al alcanzarle en el pecho con [240] su aciaga lanza, y luego mató al divino Ereuto, ambos deseosos de guerra y de odiosa batalla, que junto a las corrientes del Alfeo habitaban Trío 132 y a las órdenes de Néstor habían marchado a la sagrada ciudad de Ilio. Cuando derribó a éstos, se dirigió contra el hijo de Neleo 133 , ávido de [245] matarlo, pero delante de él se llegó Antíloco 134 , parejo a un dios, y le arrojó su enorme lanza; no le acertó, pues se retiró un poco, pero acabó con su querido compañero, el Pirrásida Étope 135 . Aquél, encolerizado por su muerte, saltó sobre Antíloco, como un león de poderoso ánimo sobre un jabalí, que por igual sabe luchar contra hombres y fieras, pues irresistible [250] es su embestida; así se lanzó él con rapidez, mas con una amplia piedra lo hirió Antíloco. Pero no se quebró su corazón, porque su robusto casco le protegió de una muerte dolorosa; de forma espantosa, herido como estaba, se enardeció en su pecho el corazón; resonó entonces su yelmo; aún [255] más se enfureció contra Antíloco y se inflamó su poderoso vigor. Por ello al hijo de Néstor, a pesar de ser hábil lancero, le golpeó sobre la tetilla; su fornida pica penetró hasta el corazón, por donde rápida les llega a los mortales la perdición 136 .

Al caer éste muerto, a todos los dánaos les sobrevino la [260] aflicción, y más que a ninguno, a su padre Néstor le llegó el dolor hasta las entrañas, por haber sido su hijo abatido ante sus ojos: pues no hay peor sufrimiento para los mortales que cuando los hijos perecen a la vista de su padre. Por eso, a [265] pesar de la firmeza de su fuerte corazón, su espíritu se afligió al haber sido su hijo abatido por la malvada Ker. Con precipitación llamó a Trasimedes 137 , que se encontraba lejos:

«Ven a mí, ínclito Trasimedes, para que al asesino de tu hermano y mi hijo rechacemos lejos de su odioso cadáver, o [270] también nosotros a su lado pongamos fin a nuestra luctuosa desdicha. Si en tu pecho albergas miedo, tú no eres hijo mío ni perteneces a la estirpe de Periclímeno, quien incluso se [275] atrevió a enfrentarse a Heracles 138 . Pero, ¡ea!, echémonos al combate, pues a menudo otorga la necesidad gran fuerza a los que luchan, por inútiles que sean».

Así dijo, y al escucharlo aquél, turbaron su ánimo crueles dolores. Al punto llegó cerca de él Fereo 139 , de quien también se apoderó la aflicción con la muerte de su soberano; [280] para combatir contra el poderoso Memnón, se lanzaron ellos dos por el sangriento tumulto. Como cuando unos cazadores, por los boscosos repliegues de un monte escarpado, muy ansiosos de una presa, se abalanzan contra un jabalí o [285] un oso, ávidos como están por matarlo, mas él se arroja sobre ambos y se defiende, con impetuoso ánimo, de la violencia de esos hombres, así también encerraba Memnón orgullosos pensamientos. Ellos llegaron cerca, pero no fueron capaces de matarlo con sus enormes lanzas de fresno, pues [290] las puntas se desviaron lejos de su cuerpo, ya que mucho las apartaba la Erigenía. Pero las lanzas no cayeron en vano a tierra, sino que, ávido como estaba, Fereo, de poderoso ánimo, de inmediato derribó a Polimnio, hijo de Meges, y a Laomedonte 140 lo mató el poderoso hijo de Néstor, irritado por su hermano, al que en la refriega Memnón masacró y a [295] continuación despojó con sus infatigables manos de su armadura toda de bronce, sin preocuparse del violento Trasimedes ni del noble Fereo, ya que era muy superior; ellos lo temían como dos chacales a un gran león que a un ciervo acosa, sin arder en deseos ya de dar un paso adelante. Terribles [300] lamentos lanzó Néstor al contemplarlos de cerca, y llamó a sus otros compañeros para que marcharan contra los enemigos; él mismo se habría arrojado también desde el carro a combatir, pues, una vez muerto su hijo, la pena lo empujaba a la lucha sin tener en cuenta sus fuerzas. A punto [305] estaba de yacer al lado de su querido hijo, como uno más entre los muertos, pero a él, lanzado a la carrera, se dirigió Memnón, de poderoso ánimo, compadecido en su corazón de un hombre de la misma edad que su padre:

«Anciano, no me conviene luchar contra ti, que posees mayor edad, porque al menos acierto ahora a apreciar ésta: [310] me creía yo que tú eras un guerrero joven y belicoso que a los enemigos se estaba enfrentando, y mi ánimo audaz esperaba que ésta fuera una hazaña digna de mi mano y de mi lanza. ¡Ea!, retírate lejos de la refriega y de la odiosa matanza; retírate, no sea que por imperiosa necesidad, aun en contra de mis deseos, te alcance y, por combatir con un hombre [315] mucho mejor, caigas junto a tu hijo: que no refieran luego las gentes que también tú fuiste un insensato, pues no conviene enfrentarse a alguien superior».

Así habló. El anciano, por su parte, le respondió con estas palabras:

«Memnón, vano es todo eso que proclamas, pues nadie dirá que es insensato quien a causa de su hijo se echa a [320] combatir contra los enemigos, para así rechazar lejos de su cadáver, en medio del tumulto, al despiadado asesino de hijos. ¡Ojalá se conservara aún íntegra mi fuerza, para que [325] conocieras mi lanza! Tú ahora muestras una total arrogancia, porque el espíritu de un guerrero joven es audaz y muy ligera su mente; por ello profieres, con altivos pensamientos, palabras necias. Si hubieras acudido a enfrentarte a mí cuando era joven, no se habrían alegrado por ti tus seres [330] queridos, por muy fuerte que fueras. Ahora, por el contrario, me veo abrumado por esta horrible vejez, como un león al que un simple perro con audacia ahuyenta de un aprisco lleno de corderos, y que, a pesar de sus ansias, no se defiende contra él, pues ya no se conservan iguales ni sus dientes ni su ímpetu, y destrozado por el tiempo se halla su corazón; [335] así tampoco alberga ya mi pecho una fuerza como la de antes. Sin embargo, soy aún mejor que muchos hombres, y ante pocos cede mi vejez».

Tras hablar así, se apartó un poco, y dejó a su hijo tirado [340] en el polvo, pues en absoluto poseía ya él en sus ágiles miembros una fuerza como la de antaño: por una muy sufrida vejez se veía agobiado. Así también se retiraron Trasimedes, experto en el manejo de la lanza, Fereo, de poderoso ánimo, y todos los demás compañeros, llenos de temor porque mucho les hostigaba ese funesto guerrero.

[345] Como cuando de los altos montes se precipita un río de profundos remolinos, borbollando con interminable fragor, en tanto que Zeus extiende sobre los hombres un día nublado, desencadenando así una gran tempestad, y por todas partes retumban los truenos a la vez que los relámpagos, al chocar [350] de continuo las divinas nubes 141 , y los hondos labrantíos quedan inundados al descargar sobre ellos una horrísona lluvia, y alrededor resuenan de forma espantosa por todos los montes las torrenteras, así rechazaba Memnón a los argivos hacia las costas del Helesponto, y al perseguirlos, causaba estragos en retaguardia. Entre el polvo y la sangre muchos [355] perdieron la vida a manos de los etíopes, y se manchaba la tierra con el crúor de los dánaos que sucumbían; gran alegría sentía Memnón en su corazón al lanzarse sin cesar contra las filas de los enemigos, y a su alrededor se cubría de cadáveres el suelo troyano. No flaqueaba él en el tumulto, pues esperaba ser luz para los troyanos y para los dánaos [360] calamidad. Pero lo engañaba la Moira de muchos lamentos, que cerca de él se había colocado y lo incitaba a la refriega. A su alrededor luchaban sus ayudantes de gran vigor: Alcioneo, Niquio y Asíades, de gran ánimo, Meneclo, hábil [365] lancero, Alexipo, Clidón y otros más deseosos de batalla, que también se esforzaban en el combate, confiados en su rey. Entonces a Meneclo, cuando se lanzaba contra los dánaos, lo mató el Nelida 142 ; irritado por su compañero, Memnón, [370] de poderoso ánimo, masacró a un nutrido grupo de guerreros. Como cuando un cazador en los montes se abalanza 143 sobre unas ágiles ciervas, reunidas en masa, gracias a la pericia de sus hombres, dentro de tenebrosas redes, en la última trampa de la montería, y alegres se hallan los perros, que ladran sin parar, y él, ávido como está, con su jabalina [375] ocasiona a las velocísimas cervatillas una matanza luctuosa; así Memnón diezmó a un nutrido ejército, y a su alrededor sus compañeros se alegraron. Los argivos huían de ese perínclito guerrero: como cuando de un escarpado monte [380] se desploma una descomunal piedra, que desde lo alto de un barranco el infatigable Zeus echa abajo al alcanzarla con su luctuoso rayo, y, al estrellarse por los espesos encinares y las extensas cañadas, resuenan los valles y en el bosque tiemblan, si se encuentran paciendo cuando por arriba viene [385] rodando, las ovejas, las vacas o algún otro animal, aunque, al llegar ella, esquivan su terrible e inexorable ímpetu; así temían los aqueos la lanza del poderoso Memnón, que contra ellos se precipitaba.

Entonces cerca del fuerte Eácida llegó Néstor, y muy afligido por su hijo, le dijo estas palabras:

[390] «Aquiles, egregio baluarte de los argivos de gran vigor, ha sucumbido mi hijo querido y, una vez muerto, con sus armas se ha quedado Memnón: temo que su cuerpo sea presa de los perros. ¡Ea!, acude rápido a defenderlo, porque amigo es quien se acuerda de su compañero fallecido y se aflige por el que ya no existe».

[395] Así dijo, y al escucharlo aquél, invadió el dolor su corazón. Cuando atisbó por el luctuoso tumulto a Memnón, que con su pica seguía aniquilando en masa a los argivos, al instante dejó a todos los troyanos entre los que con sus manos causaba estragos en otros escuadrones, y, ávido de batalla, [400] llegó frente a él, irritado por Antíloco y los demás fallecidos. Aquél cogió con sus manos una piedra, que los mortales colocaron como linde de una llanura de buenas espigas, y la arrojó contra el escudo del infatigable Pelión ese divino guerrero. Sin estremecerse ante aquella piedra de descomunal [405] tamaño, al instante él se le acercó, blandiendo por delante su enorme lanza, a pie, ya que sus caballos se hallaban detrás del tumulto, y por encima del escudo se la hundió en el hombro derecho. Aquél, aun herido, seguía luchando con ánimo intrépido, y golpeó el brazo del Eácida con su robusta lanza; se derramó entonces su sangre. En vano se alegró ese [410] héroe, y al punto se dirigió a aquél con arrogantes palabras:

«Ahora creo que, abatido a mis manos, con la muerte vas a cumplir tú un aciago destino y no vas a escapar ya de la refriega. ¡Desdichado! ¿Por qué aniquilabas tú sin piedad a los troyanos, vanagloriándote de ser con mucho el mejor [415] de todos los guerreros y de haber nacido de una madre inmortal, de una Nereida 144 ? Pero ya te ha llegado el día fatal, porque de origen divino soy yo, el poderoso hijo de Eos, al que lejos criaron las Hespérides, blancas como lirios, junto a la corriente del Océano 145 . Por ello no evito el inexorable [420] combate contra ti, pues bien sé cuán superior es mi divina madre a esa Nereida de la que tú te jactas de ser hijo. Aquélla ilumina a los bienaventurados y a los mortales, y gracias a ella se llevan a cabo, dentro del indestructible Olimpo, todas las buenas y gloriosas tareas que sirven de provecho a [425] los hombres; ésta, en cambio, sentada en las estériles grutas del mar, habita junto a los monstruos marinos, orgullosa entre los peces, inactiva e invisible. Yo no me cuido de ella ni la igualo a las celestes inmortales».

Así dijo, y le replicó el audaz hijo del Eácida: [430]

«Memnón, ¿cómo es que ahora funestos pensamientos te empujan a enfrentarte a mí y a medirte conmigo en la refriega? Yo soy superior a ti en fuerza, linaje y talla, pues [435] participo de la muy ilustre sangre del magnánimo Zeus y del fornido Nereo 146 , que engendró a las muchachas marinas, las Nereidas, a las que honran los dioses en el Olimpo, y por encima de todas, a Tetis, la de reconocido ingenio, ya que antaño recibió en sus mansiones a Dioniso, cuando miedo [440] tuvo éste de la violencia del pernicioso Licurgo, y también porque al bienintencionado artesano del bronce, a Hefesto, lo acogió en sus moradas tras haber caído del Olimpo, e incluso porque al Señor del fúlgido rayo lo liberó de sus ataduras 147 ; de ello se acuerdan los Uránidas que todo lo ven, y [445] a mi madre Tetis la honran en el muy divino Olimpo. Reconocerás que es una diosa, cuando mi broncínea lanza llegue hasta tu hígado, arrojada por mi fuerza. Al igual que a Héctor por Patroclo, a ti te castigaré, irritado como estoy, por Antíloco, pues no has derribado al compañero de un guerrero [450] cobarde. Pero, ¿por qué, iguales a niños sin juicio, estamos aquí quietos relatando las hazañas de nuestros progenitores y las nuestras? Cerca está Ares, cerca también nuestro vigor».

Tras hablar así, echó mano a su muy larga espada, y Memnón a su vez hizo lo mismo; con rapidez se atacaron el uno al otro. Lleno de orgullo su corazón, sin cesar se golpeaban los escudos que Hefesto forjó con su inmortal arte 148 , [455] lanzándose continuas acometidas; entre sí se tocaban, de uno y otro lado, los penachos en su casco encajados. Zeus, que apreciaba por igual a uno y otro, les infundió fuerza y los hizo infatigables y más corpulentos, en nada iguales a los hombres, sino a los dioses; con ambos se regocijaba [460] Eris. Ellos, ansiosos por hundir de inmediato sus filos en la carne, dirigían su furia a menudo entre el escudo y el casco de alto penacho, y otras veces, en cambio, un poco por encima de las grebas y por debajo de la labrada coraza, [465] bien ajustada a sus robustos miembros; lanzados ambos con ímpetu, a su alrededor resonaban las inmortales armas en sus hombros. Entre tanto, llegaba al divino éter el clamor de los troyanos, los etíopes y los argivos de gran ánimo, que a uno y otro lado combatían; a sus pies se alzaba el polvo hasta [470] el vasto cielo, ya que una gran hazaña se llevaba a cabo. Como se extiende la niebla sobre los montes al desencadenarse la lluvia, cuando los estruendosos torrentes se desbordan debido al agua que se precipita, y ruge entonces cada barranco de forma indescriptible, y todos los pastores se estremecen ante esas tempestuosas corrientes y esa niebla, [475] grata a los devastadores lobos y a las demás fieras, cuantas cría un indescriptible bosque; así flotaba en torno a sus pies un polvo dañino, que incluso la excelsa luz del sol ocultó al ensombrecer el éter; una nefasta calamidad abatía a los ejércitos [480] en medio del polvo y de la batalla, de aciago destino. Del combate apartó aquél con precipitación uno de los bienaventurados, pero las devastadoras Keres a uno y otro lado incitaban a los veloces escuadrones a combatir sin descanso en la luctuosa lucha; no puso fin Ares a la espantosa matanza, [485] y por todas partes se manchaba la tierra de la sangre derramada: se deleitaba la negra Muerte 149 . Se cubría de muertos esa llanura, grande y criadora de caballos, que entre sus corrientes encierran el Simunte y el Janto, que descienden del Ida hasta el sagrado Helesponto 150 .

[490] Pero cuando ya se prolongaba demasiado la larga lucha de los combatientes, y por igual se redoblaba en ambos la furia, entonces los Olímpicos los contemplaron desde lejos: unos deleitaban su corazón con el indestructible Pelión, [495] otros con el divino hijo de Titono y Eos. En lo alto retumbaba el vasto cielo, en torno bramaba el ponto y alrededor se estremecía bajo los pies de ambos la oscura tierra. Al lado de Tetis temblaban todas las hijas del magnánimo Nereo, y un indescriptible miedo tenían por el poderoso Aquiles. [500] Temía por su querido hijo la Erigenía, aun cuando entonces marchaba con sus caballos a través del éter; cerca de ella las hijas de Helio se habían quedado maravilladas alrededor de la órbita divina, la excelsa carrera de un año que al infatigable [505] Helio Zeus confió, gracias a la cual todo vive y se extingue al transcurrir el tiempo cada día sin interrupción con el rodar de los años 151 . Y entonces se habría producido entre los bienaventurados un inexorable combate, si por indicación de Zeus, de grandes retumbos, no se hubieran colocado rápidamente junto a ambos, cada una en un lado, las dos Keres: [510] una, sombría, marchó hacia el corazón de Memnón; la otra, brillante, alrededor del valiente Aquiles; al verlo, los inmortales lanzaron grandes gritos: al punto se apoderó de unos una espantosa pena, y a otros les invadió una feliz y radiante alegría.

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