Читать книгу: «Las maletas del olvido»
Índice de contenido
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
Agradecimientos
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Las maletas del olvido
©2020 Pilar Mayo
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Diseño de cubierta: Eva Olaya
Fotografía de cubierta: Shutterstock
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1.ª edición: octubre 2020
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2020: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
www.ed-versatil.com
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
A mi hijo Daniel, por hacer mi mundo un poco mejor.
CAPÍTULO 1
Géminis: Aparca tus miedos y ponte a trabajar para arreglar una situación que está afectando negativamente a tu vida. La semana podría complicarse en lo familiar más de lo esperado. Necesitarás tiempo.
Miedo. Leo el horóscopo del día y es lo que siento, un miedo irracional porque desde que me desperté tengo la sensación de que algo malo me ronda y pienso que la predicción para mi signo no puede ser más certera. La persona que lo ha escrito parece haberse inspirado en mí. Cierro el periódico, lo doblo por la mitad y lo pongo en el cubo del reciclaje, ¿a qué se referirá cuando dice que arregle una situación? ¿Y eso de que mi vida puede complicarse más? Ahí se equivoca, creo que eso es imposible. Como si no fuera bastante complicado ya convivir con una hija amargada y resentida y saber que tu otra hija es una infeliz, aunque de cara a la galería tenga una familia casi perfecta. Y digo casi porque mi nieta es la adolescente más rebelde y desdichada que conozco y eso no se puede esconder.
Desde luego los astros no se han portado bien con las mujeres de esta familia. Aparentemente todo funciona, pero solo fingimos. Si rascas un poco descubres una pátina de desesperanza en cada una de nosotras. Me pregunto si no sería mejor que pasara algo gordo para que reaccionáramos, a pesar del miedo que me da lo desconocido. Cualquier cosa que desestabilice lo que se ha convertido en nuestra forma de supervivencia me aterra, porque ya estamos un poco rotas por dentro. La pena es que nos hemos acostumbrado al dolor, a ser infelices cada una a nuestra manera. Lo que realmente debería darme miedo es esta rutina que nos aplasta y no lo que esté por venir. No creo que nada pueda hacernos sentir aún más desgraciadas.
El sonido del timbre me sobresalta y me inquieta. En esta urbanización de casas adosadas, todas iguales, no suele haber nadie a estas horas, la gente está trabajando; solo vienen a dormir. Un perro ladra a lo lejos rompiendo el silencio. Enseguida otros se unen a él y me parece que es una señal de lo que he leído hace un momento; como si las malas noticias estuvieran llamando a mi puerta, los animales lo detectaran y esa fuera su manera de avisarme para que no les permita la entrada.
Destierro esos pensamientos y, al abrir, veo a Muriel vestida de negro de la cabeza a los pies, llena de piercings, con unas ojeras que hacen juego con su ropa y una expresión de desamparo y tristeza que te darían ganas de abrazarla si te la cruzaras por la calle, aunque no la conocieras de nada.
—Muriel, pasa, pero ¿qué haces aquí a estas horas? —le pregunto mientras mi vista se detiene en una mochila enorme que trae con ella—. Deberías estar en el colegio.
La arrastro al interior y cierro la puerta. Hace mucho frío y no lleva abrigo, solo un jersey varias tallas grande que parece que quiera engullirla.
—Odio a mi madre, me he ido de casa —me dice mientras llora abrazada a mí.
Muriel, mi nieta, que se llama así porque su madre lo leyó en una novela y le gustó, ¡válgame Dios! Aunque a mí el nombre me gusta, quizá porque quiero a esta niña más que a nada. Daría todo lo que tengo porque fuera feliz. Es rebelde y no se calla nada. Me recuerda tanto a mí que parece más hija mía que de su madre. Recuerdo con nostalgia el día que nació, tan gordita, con ese olor a vida, ese color rosado y esa mata de pelo negra y abundante. Nada que ver con lo que es ahora: delgada y tan pálida que parece un vampiro. El miedo me obliga a cerrar los ojos mientras la abrazo. Sé que lo que nos espera no será mejor que lo vivido. Sé que hay mucho rencor guardado, injustificado, en mi opinión. Si hay algún motivo oculto, a mí se me escapa, y es muy difícil encontrar una solución cuando no sabes lo que se supone que estás haciendo mal.
—No digas eso nunca más. No es verdad. Tu madre lo hace lo mejor que sabe.
—Tú no tienes que vivir en esa casa. Son odiosos los dos, unos embusteros a los que solo les importa el dinero.
—Muriel, cariño, tendrías que hacer un esfuerzo para solucionar las cosas con tu madre, porque si no el día de mañana te arrepentirás. Ahora estás enfadada y no piensas con claridad. Ve y deja la bolsa en la habitación de Inés, anda, mientras llamo a tu madre para decirle que estás aquí.
Ya sabía yo que el horóscopo no se equivocaba: se avecina tormenta. Cojo el teléfono y lo sostengo unos instantes antes de marcar, no quiero decir nada de lo que pueda arrepentirme.
—¿Sí?
—Hola, Agustina, pásame a Elena, por favor.
—Hola, señora Amparo. La señora no está en este momento. Si quiere dejar un recado…
—Agustina, déjate de cuentos y dile a mi hija que se ponga al teléfono si no quiere que me presente en su casa con la bata y las zapatillas que tanto le gustan. —Se hace el silencio al otro lado de la línea. Al momento, mi hija, esa que no parece hija mía y que se avergüenza de su madre, se pone al teléfono.
—¿Qué quieres, mamá?
Contesta con voz de fastidio, ni siquiera está avergonzada por haber dicho que no estaba.
—Tu hija está aquí con una mochila llena de ropa y, lo que es peor, otra llena de resentimiento y pesar, esa va a ser más difícil vaciarla.
Cuelgo sin darle tiempo a contestar, solo quería que supiera que Muriel está aquí, aunque quizá no debería haberla llamado y que se hubiera preocupado un poco. Qué mal he debido de hacerlo con ella como madre. Es triste que tu hija sienta vergüenza porque no estés a la altura de lo que ella espera de ti. Lo sé y me duele no ser la madre que a ella le hubiera gustado tener. Es como si la insultara con mi presencia.
Elena siempre fue especial, jamás trajo a ningún chico; no hubiera soportado que vieran que su casa era humilde, con tapetes de ganchillo en los brazos del sofá y unos muebles que más que de madera parecían de cartón. Lo debió de pasar fatal el día que vino por primera vez con el que ahora es su marido. Un amago de sonrisa aparece en mi cara al acordarme de aquel día. Se presentó en casa con un abogado que, a pesar de su juventud, ya ganaba mucho dinero. Trabajaba en el bufete de su padre, que tenía como clientes a la crème de la crème de la ciudad. Ya entonces era clasista. No me gustó nada para ella, presentía que no la haría feliz y no me equivoqué.
Me veo reflejada en el cristal de la vitrina y me recoloco el pelo, al que ya le hace falta un tinte. Cierro los ojos porque no me gusta verme, pienso que así es cómo me ve mi hija: una vieja con el pelo estropeado y una bata ancha encima de la ropa gastada y cómoda que me pongo para estar por casa.
Muriel regresa y se sienta conmigo en el sofá, el mismo que su madre aborrece.
—La tía Inés está cada día más gorda.
—Cada uno lleva su pena como puede. —Y al decir eso siento que yo tampoco gestiono muy bien la mía—. Ahora cuéntame qué te ha pasado.
—Mi madre no me deja ir a una fiesta el sábado por la noche. Hago siempre lo que quiero y le da lo mismo, pero el sábado viene el socio de mi padre a cenar y tenemos que interpretar a la familia feliz. Quiere que me disfrace con un vestido que me ha comprado, y yo le he dicho que antes me corto las venas. —Pone énfasis en cada palabra, como si así tuviera más razón y a mí no me quedara más remedio que reconocerlo—. Entonces ha empezado a decirme unas cosas horribles y yo le he dicho que era una puta, por acostarse con el amigo de mi padre. Me ha dado un bofetón y yo he vuelto a llamarla puta.
La última frase la dice bajito, como si supiera que no voy a justificarlo, aunque me gustaría que fuera porque está arrepentida.
—Muriel, por Dios. ¿Cómo le has dicho eso a tu madre?
—Porque es verdad, todo el mundo lo sabe. Tú también.
Aparta la mirada de mí porque imagino que sabe que ha traspasado una línea que no debía.
—No vuelvas a decir eso de tu madre nunca más, y mucho menos delante de mí, recuerda que es mi hija. —Muriel abre la boca para replicarme, pero se arrepiente y no dice nada. Baja la mirada y la fija en sus botas. Imagino que el cariño que me tiene pesa más que la rabia que siente hacia su madre; o quizá algo en mi mirada le advierte que es mejor que se calle—. Ya te he dicho que cada uno lleva su pena como puede. Escucha bien lo que voy a decirte: nunca juzgues a nadie, jamás, aunque su comportamiento te parezca horrible y pienses que tú no actuarías así. A veces la vida te pone a prueba y no te da opciones. Tienes tanto que aprender…
Nos quedamos en silencio y el zumbido de la nevera es lo único que se oye, eso y el ladrido de los perros, que me está poniendo los nervios de punta.
—Lo siento —susurra.
No contesto, es mi manera de decirle que estoy enfadada, pero cuando bajo la mirada y veo sus calcetines con un estampado de gatitos, que asoman bajo las enormes botas, caigo en la cuenta de que es una niña y que no se merece pasar por esto. La agarro por el hombro y la atraigo hacia mí. Ella se deja abrazar y se acomoda en mi pecho, como si quisiera esconderse del mundo y desaparecer.
Elena
«Puta». Todavía puedo ver a Muriel escupiéndome a la cara esa palabra. Puta. Lo mismo que deben pensar muchos. ¿Qué sabrá la gente? Y qué sabrá esa mocosa. Me pregunto cómo se habrá enterado de lo de Arturo. Soy muy cuidadosa o, al menos, eso creía. Miro a mi alrededor y descubro lo falso que es todo lo que me rodea. Nunca imaginé que mi vida llegaría a estar tan vacía. Mire adonde mire todo me sobra. A lo mejor tiene razón mi hija y soy una puta, porque me acuesto con el amigo de mi marido. Pero yo sé que él se tira a la mujer de su socio. Y no es que se cansara de mí, no tuvo tiempo; fue así desde el principio. Nuestro matrimonio fue un negocio, no le hubieran servido las mujeres de su círculo, porque al tener un colchón económico donde refugiarse le hubieran dado la patada en cuanto hubieran descubierto la clase de persona que es. Fui una ingenua. Él solo buscaba una cara y un cuerpo bonito para poder presumir. Claro que yo solo quería su dinero, poder vivir en una casa enorme con calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, tener a alguien que hiciera por mí las tareas de la casa, poder comprarme todo lo que me viniera en gana, una posición social, fiestas… ¿Qué se puede esperar de una relación que empieza así?
Aunque si él no me hubiera engañado primero no sé si yo le estaría poniendo los cuernos. Supongo que sí, porque la vida que imaginé juntos no resultó ser lo que esperaba.
Y mi madre, ¿quién se cree que es para dar consejos? Una mujer cargada de supersticiones que no la dejan vivir. ¿En serio cree que no nos damos cuenta de sus manías? La tele, con el volumen en el número veintidós o en el doce, según el ruido que haya de fondo, ni uno más ni uno menos; las pinzas de tender la ropa de color amarillo, siempre en la cesta, jamás las usa, porque el amarillo da mala suerte, pero tampoco las tira; los zapatos bien colocados, alineados como soldados el día del desfile. Lo que me parece más increíble es su forma de hacer la compra: siete tomates, siete manzanas, siete patatas, da igual si somos dos o doce a comer, siempre siete; en cambio, si tiene que comprar lechugas solo coge las que necesita. ¿Por qué las ensaladas no tienen que ser siete? ¿Y qué pasa con las sandías o los melones? Parece que tampoco tienen que ser siete, gracias a Dios. Está obsesionada con el horóscopo: se cree todo lo que lee y cada mañana busca el significado de lo que ha soñado en un diccionario de sueños. Esas supersticiones son típicas de gente inculta y de pueblo. Me pone enferma cuando sale de casa con esa bata de los chinos encima del pantalón y con las zapatillas de andar por casa, aunque sea para ir a casa de su amiga, que está a una manzana.
—Señora.
Levanto la vista de la revista que estoy ojeando; he pasado las hojas con tanta rabia que algunas se han rasgado.
—Dime, Agustina.
—¿Cuántos serán a la hora de la cena?
—Estaré yo sola, aunque no hace falta que prepares nada, voy a salir.
—Como diga la señora.
Tiro la revista encima de la mesa y me asomo a la ventana. La ciudad está iluminada, el tráfico no descansa y en cada coche viaja una historia: algunas tristes; otras, me imagino que cargadas de buenas noticias. De esas, hace tiempo que no llegan a esta casa.
Santiago piensa que soy tonta, pero estoy al tanto de todo. Sé que estamos en números rojos, que debe dinero a mucha gente y que los negocios no están saliendo como él esperaba. Aun así, no ha sido capaz de decirme nada, seguimos con el mismo ritmo de vida. Yo es que no me lo explico, aunque la verdad es que tampoco pregunto, porque no me conviene. Lo que sé lo escuché en alguna conversación de las muchas que tiene por teléfono. Soy tan invisible a sus ojos que a veces se le olvida que no vive solo. Corro la cortina y voy a mi habitación. Los tacones se hunden en la alfombra de pelo, que cuesta un dineral, igual que todo lo que hay en esta casa. Un piso grande y lujoso en el que nunca me he sentido cómoda, ni siquiera al principio, a pesar de ser todo lo que anhelaba cuando estaba soltera. Los cuadros que cuelgan de las paredes ni me gustan ni los entiendo, además, no me transmiten nada.
Mientras busco qué ponerme, un buda enano que Santiago compró en un viaje a la India y al que le tiene un cariño especial, me mira desde la cómoda. Me acerco y lo sopeso. Todavía no entiendo por qué pagó tanto dinero por él, debe creer que tiene poderes mágicos. Lo tiro al váter y descargo el agua de la cisterna.
Me tengo que vestir, he quedado con Arturo. También estoy harta de esta situación; cualquier día le doy puerta. ¿Por qué sigo quedando con él? No estoy enamorada, es solo atracción, me pone cachonda. Aunque tengo que reconocer que, si no lo veo en varios días, lo echo de menos; a pesar de que nuestros encuentros sean fugaces y no compartamos más que sexo. Desde luego a él le conviene más que a mí esta relación: tiene una puta disponible a precio de saldo. Entre nosotros no hay prohibiciones ni tabúes.
Me pregunto por qué sigue con su mujer. Yo no abandono a Santiago porque me quedaría sin nada, pero no es su caso. Él tiene un buen trabajo y no tiene hijos; que es la excusa que utilizan la mayoría de los hombres infieles para no romper sus matrimonios. Nunca hablamos de ella, me parecería una falta de respeto. Aunque supongo que eso es lo que pasa cada vez que me acuesto con su marido. ¡Qué hipócrita puedo llegar a ser!
Entro al vestidor enorme y lujoso y que hoy, después de lo que ha pasado con Muriel, me repugna, como todo en esta casa. Siento rabia hacia mi madre por amargarme el día, busco algo provocativo y arrastro las perchas en la barra descartando prendas. Elijo un vestido ajustado de punto negro con escote en uve, un liguero y unas medias también negras y unos zapatos rojos de tacón que lo vuelven loco. No me pongo sujetador —el bisturí hace milagros— y puedo permitirme lucir un buen escote sin utilizarlo. Arreglarme para ir a su encuentro me pone a cien. Nunca he sido una mojigata, pero Arturo es el único hombre que me provoca esta clase de deseo, estas ganas de más. En nuestros encuentros no hay ternura ni conversaciones, ni nos quedamos en la cama abrazados después del sexo. Nos vemos, satisfacemos nuestros deseos sexuales, aunque no los del alma —algo que a mí me haría mucha más falta— y se acabó, hasta el próximo encuentro.
Ya en el taxi, llamo a Muriel; no lo coge. Ya me lo esperaba, pero aun así, esa manera de ignorarme me duele. Espero que se le pase la rabieta pronto, aunque si está con mi madre no tengo que pasarme el día discutiendo con ella por cualquier cosa, es agotador. Seguramente ahora estarán cenando las tres en la salita, como la llama mi madre, con dos barras de la estufa eléctrica encendidas, nunca una ni tres.
¿Desde cuándo tiene esas manías? No sabría decirlo. El día que mi padre se largó para no volver nunca más, Inés y yo éramos muy pequeñas, quizá empezaron a raíz del abandono. Qué paradoja, mi madre y mi hermana abandonadas por sus parejas y yo, que pagaría lo que fuera por quitarme de encima a Santiago, tengo que cargar con él. Sé que sería más feliz sola. No lo soporto. Me irrita todo lo que hace: leer el diario por las mañanas mientras desayunamos sin dignarse a dirigirme la palabra, la manera de ajustarse las gafas continuamente y, lo peor de todo, cuando se equivoca al dirigirse a mí y confunde mi nombre con el de su amante, porque sé que lo hace a propósito. Le tengo tanta manía que me saca de quicio hasta que respire, suerte que la casa es enorme y coincidimos poco. A veces me sorprendo imaginando que tiene un accidente y ya no tengo que aguantarlo más, después me siento una arpía por desearle la muerte. Sería mucho más sencillo separarme, pero me aterra tener que empezar de cero y sé que me dejaría sin nada.
Lo de la cena del sábado me provoca hastío. Forma parte de la comedia de mi matrimonio: aunque cada uno haga su vida, hay obligaciones de las que no puedo escaquearme. Fernando, el socio de Santiago, es un cerdo baboso; no me puede dar más asco cómo me mira.
Pago al taxista y cierro la puerta demasiado fuerte, como si quisiera descargar mi rabia a golpes, porque no soy capaz de hacerlo de otra manera. Entro en el ascensor que me llevará al séptimo cielo, al piso del pecado y la lujuria. Por un rato me olvidaré de mi marido, de que no lo quiero, de que mi hija es una infeliz, de que a veces me doy asco por lo ambiciosa que soy y de que, a pesar de tenerlo casi todo, no tengo nada.
Me detengo delante de la puerta y retiro el dedo del timbre. ¿Es esto lo que quiero? Podría dejar a Santiago para poder encontrar a alguien con quien compartir mi vida. Aún soy joven y quiero sentir la magia del enamoramiento, pero no me imagino otro tipo de vida que no sea la que tengo ahora. Mi dedo, como si tuviera vida propia, toca el timbre sin atender mis dudas
CAPÍTULO 2
Geminis: Si quieres que se arregle una situación familiar que te perturba tendrás que poner de tu parte. Controla tu genio para que todo vuelva a la normalidad.
No debería leer el horóscopo, al menos no cuando hay algo que no marcha bien, porque si me dice algo malo me paso todo el día esperando que suceda. Tiro del cable de la plancha y la dejo encima del mármol para que se enfríe sin haber planchado nada, lo que acabo de leer me angustia.
Que controle mi genio, dice. Bastante me guardo, a veces son tantas cosas que pienso que, si no las suelto, acabarán ahogándome. Cuando Muriel baje a desayunar hablaré con ella; no quiero ni pensar cómo debe sentirse y lo que le rondará por la cabeza. Con quien debería hablar también es con Inés, no puede seguir así, está sufriendo y yo con ella.
No es la primera mujer a la que abandonan, aunque sí una de las pocas a las que dejan el día antes de la boda. Fue terrible, lo recuerdo como si fuera ayer. El vestido de novia colgado en la lámpara del comedor para que no se arrugara. Ella tan contenta, tan ilusionada. Siempre tuvo buen carácter, no se parece en nada a Elena, no pueden ser más diferentes. Parece que la estoy viendo, paseando por casa con el pijama y los tacones para que no le hicieran daño al día siguiente. Le hicieron daño, pero no fueron los zapatos.
No entiendo por qué él esperó al día antes para decirle que no se casaba, qué cobarde. Aunque, pensándolo bien, podría decirse que romper con ella antes de empezar un matrimonio que los habría hecho infelices a ambos fue un gesto valiente. Ahora la única infeliz es Inés, y me cambiaría por ella para evitar verla así. Ese día, mi pequeña no perdió solo a su pareja, perdió la autoestima, la ilusión, la confianza... Después perdió mucho más: se quedó sin trabajo, sin amigas… Al principio la escuchaban, pero todo el mundo se cansa, además, se aisló, no salía de casa y no contestaba al teléfono.
Está hundida, pero no quiere salir del pozo, se pasa el día en pijama o en chándal, con esa chaqueta larga de punto que parece un abrigo y que tiene un agujero en la manga. Me entran ganas de arrastrarla a la bañera para lavarle el pelo, ese pelo graso pegado a la cara que lleva suelto todo el día como si quisiera esconderse debajo de él.
A veces pienso que está trastornada. Ha engordado un montón de kilos, está obesa y le da igual, porque no para de comer. Y aunque es descuidada con su aspecto nunca deja de pintarse los labios de rojo. Da verdadera pena verla con esa ropa, ese pelo y esos labios rojos. Se pasa el día hundida en el sofá o acostada escuchando música, siempre las mismas canciones de desamor, me las sé de memoria. El vestido de novia sigue colgado detrás de la puerta de su habitación. Al principio no quise quitarlo de ahí, pensaba que necesitaba un tiempo de duelo, pero ya está durando demasiado. Echo tanto de menos a mi hija, esta no es ella, es una réplica, una copia barata y de mala calidad. Está amargada. Lo peor que te puede pasar es vivir amargada, estar triste es malo, pero sentir rencor es horrible.
Llaman por teléfono y dejo que suene cuatro veces antes de cogerlo, es otra manía, pienso que si lo cojo antes será una mala noticia. Propaganda de telefonía, pensaba que sería Elena; cómo puede descuidar así a su hija; yo moriría por las mías y a ella parece que no le importe, no entiendo cómo puede ser así.
—Buenos días, abuela.
—Buenos días. —Al girarme veo a Muriel en la puerta de la cocina y pienso en lo menuda que se ve en pijama. Sin gota de maquillaje es una niña, aunque se empeñe en disfrazarse de adulta—. ¿Has descansado?
—No mucho, la tía Inés ha estado llorando toda la noche, y me daba tanta pena… Ya ha pasado mucho tiempo, y ese tío era un gilipollas, ya debería estar bien. He intentado hablar con ella, pero no me contesta. ¿Por qué tiene el vestido de novia colgado detrás de la puerta?
Saca una botella de Cacaolat de la nevera y bebe a morro.
—No lo sé, por más vueltas que le doy no encuentro explicación, y ella no habla de eso. Una vez lo guardé mientras se duchaba y, cuando se dio cuenta de que no estaba, se volvió loca. Voy a ver si baja a desayunar con nosotras.
Hace nada que me he levantado y ya estoy agotada. Subo la escalera para ir a la habitación de Inés arrastrando los pies, como si lo que llevo a cuestas pesara demasiado. Odio esta casa y pienso que nos trae mala suerte. Llamo a la puerta, Inés no contesta y, en cuanto oye que entro, se tapa la cabeza con la sábana. Me siento en el borde de la cama y le pongo una mano en el hombro.
—Inés, ven a desayunar con nosotras, anda, Muriel necesita compañía y yo soy mayor, no entiendo de cosas de jóvenes. Te vendrá bien madrugar un poquito, después podemos ir al centro comercial, necesitas ropa, y así te distraes. —El bulto que hay debajo de la sábana y que se supone que es mi hija no se mueve ni contesta, es como si hablara con la pared. —Está bien, haz lo que quieras, pero te vas a arrepentir del tiempo que estás desperdiciando, tirándolo a la basura. El tiempo es lo más valioso que tenemos, no vuelve nunca, no podrás recuperarlo jamás. ¿Por qué te empeñas en ser infeliz? Tu actitud es masoquista, ¿te acuerdas de cómo eras antes? Derrochabas alegría, igual agotaste tus reservas y por eso ahora no te queda nada. Nadie se merece este sufrimiento, Inés. Si ese hombre no quería estar contigo, peor para él. Tú estás aquí, dejándote la vida, escondida detrás de ese pijama viejo, montañas de donuts y ese pintalabios rojo, y él seguramente no se acuerda de ti ni un segundo del día. Déjame ayudarte, no sabes lo que supone para mí ver como desaprovechas tu vida de esta manera absurda.
Me da la sensación de que se ha encogido. Me duele hablarle así y acabo callando; le diría muchas más cosas, pero no quiero hacerle más daño. Espero unos instantes en los que Inés no se mueve, casi parece que no respire, como si además de estar muerta por dentro lo estuviera también físicamente. Me levanto de la cama y salgo de la habitación sin obtener respuesta. Me dan ganas de entrar de nuevo, arrastrarla escaleras abajo y echarla a la calle para no tener que ver en lo que se ha convertido. ¿Qué clase de madre soy que me veo incapaz de ayudar a mi hija?
Después de desayunar acerco a Muriel, que se ha disfrazado de nuevo, al instituto. Esa ropa y ese maquillaje para parecer más dura no engañan a nadie. Tengo hora en la peluquería para ponerme el tinte y ella me dice que volverá a casa con una amiga, que no me preocupe. Al despedirnos me da un abrazo, siento su cuerpo menudo entre mis brazos y pienso que es tan frágil que la vida podría destrozarla de un zarpazo en un suspiro. Espero en el coche hasta que la pierdo de vista, porque se camufla entre un montón de adolescentes, y me siento vieja, como si la vida ya no tuviera sentido para mí porque no me tiene nada nuevo reservado.
En la peluquería tengo que esperar un poco y la cabeza no deja de dar vueltas. Tengo una revista en las manos, aunque no leo nada, estoy escuchando a la mujer que está sentada a mi lado y no sé si reírme o llorar. Está hablando con la peluquera, dando lecciones de cómo ser una buena madre y una perfecta ama de casa. Me parece increíble.
Dice que no hay que apuntar a los niños a actividades extraescolares, que es mejor estar con ellos, que hay padres que los aparcan allí para quitárselos de encima. Nada de precocinados, a ella le gusta cocinar. Para cenar, verdura y pescado a la plancha; si algún día toca pizza, como un extra, no por norma, la masa la hace ella. La comida no se sirve en la cocina, aunque sea más incómodo hay que llevar la sopa al comedor, con una sopera. Hay que dedicar tiempo a los hijos, dice, porque si no, luego te salen mal. La miro con descaro y ella me sonríe, como si pensara que le estoy dando la razón. Me fijo en que luce una manicura perfecta y que va pintada como una puerta, por lo que se ha tenido que pasar un buen rato delante del espejo. Además va vestida de manera impecable, no me la imagino haciendo todo eso que predica. Me estoy poniendo enferma. Qué mierda de madre y ama de casa he debido de ser. Además de haberlo hecho tan mal nunca he tenido una sopera.
La madre perfecta no existe, aunque para mí estaría más cerca de serlo la que cría a sus hijas sola porque su marido desaparece para siempre después de decidir que quiere vivir la vida y que le viene grande el oficio de padre. La que se levanta a las cinco de la mañana para dejar la comida preparada porque trabaja tantas horas en una mierda de fábrica que si no cocinara de madrugada no tendría tiempo para estar con ellas después. La que no se da un capricho nunca porque el dinero no alcanza y, a ratos, está tan agotada que le molestan hasta sus hijas. Y llega incluso a plantearse si no hubiera sido mejor no tenerlas, para arrepentirse enseguida de esos pensamientos que hacen que se sienta una mala persona y una madre nefasta. Esa misma que miente a lo grande y les dice que su padre se ha tenido que ir a trabajar fuera, que no viene a verlas porque está muy lejos y trabaja mucho para que no les falte de nada, porque su papá las quiere más que a nada en el mundo. Después, de noche, a escondidas, escribe cartas que echa al correo para que ellas piensen que se las ha escrito él.
Los recuerdos duelen, a pesar del tiempo que ha pasado, y por un instante pienso que me echaré a llorar, porque ellas no eligieron a su padre, la culpable fui yo, que no supe elegir. La mujer de la manicura perfecta me ha estropeado el día, sigue hablando sin parar, no se calla y me está dando dolor de cabeza. Intento no escucharla, cosa que me resulta muy difícil. Las ganas de llorar aprietan y pienso en que a lo mejor si hubiera tenido una sopera y hubiera hecho todas esas cosas que dice mi marido no se hubiera ido con otra.
Le digo a la peluquera que no me encuentro bien, que vendré otro día, y me voy a casa. Me siento derrotada y me pregunto si la situación que están viviendo ahora mis hijas es una consecuencia del abandono de su padre y de haber tenido una madre a veces ausente, porque no podía llegar a todo, y a veces absorbente por el mismo motivo, y no sé si todas estamos tocadas psicológicamente ni hasta cuándo seremos capaces de soportar esta situación.
Inés
Ya se han ido. ¿Por qué no me dejarán tranquila? Qué pesada que es mi madre. Sé que se preocupa por mí, pero a ella no la dejaron plantada el día antes de su boda con el piso montado ni tuvo que llamar a los invitados para anular la ceremonia sin saber qué decir. ¿Qué explicación podía dar? ¿Que el novio había descubierto que estaba enamorado de otra mujer, a pesar de que el día antes había hecho el amor con la que estaba a punto de convertirse en su esposa y con quien iba a compartir el resto de su vida?
A ratos lo disculpo diciéndome a mí misma que fue honesto: no me quería y no hubiéramos sido felices. Pero la mayoría del tiempo lo odio por lo que me hizo: no había necesidad de esperar tanto, debió haberme dejado antes. Y esa manera cobarde de decírmelo, por teléfono, sin atreverse a dar la cara.
¿Cómo es que no me di cuenta antes? Me martirizo pensando eso, en lo ciega que estuve. Quizá si no hubiera sido tan ingenua no lo hubiera pasado tan mal después. Perder algo que no es perfecto no duele tanto, aunque para mí él lo era y nuestra relación también. Lo peor de todo fue tener que ir a recoger mis cosas al piso en el que íbamos a vivir. Me dio la sensación de estar vaciando los armarios de un difunto. Me había imaginado lo doloroso que debía ser deshacerse de las pertenencias de un ser querido cuando fallece; y ahí estaba yo, sacando cosas de los cajones, llenando cajas y maletas sin poder parar de llorar; con mi madre ayudándome e intentando animarme a su manera, que no siempre es la mejor. Tendría que haberle hecho caso y haber llenado una maleta de recuerdos y de pasado, como si todo lo que viví con él no hubiera existido, cerrarla y tirar la llave. Pero ¿cómo se hace eso? «Inés, deja una maleta vacía y llénala de las cosas que quieras olvidar, tómate tu tiempo y mete todo lo que no quieras recordar porque te hará daño. La dejaremos tirada por el camino, así, cuando tengas la tentación de recordar, pensarás en que es mejor olvidar, mete lo que duele en una maleta y abandónala». No quise decirle que no, aunque me parecía ridículo. Estaba tan hecha polvo que todo me daba igual. Lo que a cualquiera le parecería un disparate, en mi madre es lo más normal del mundo. Me dejó sola en una habitación con una maleta vacía abierta, una libreta y un boli, para que hiciera una lista con todo de lo que quería deshacerme. La tiramos en un contenedor antes de llegar a casa. Lástima, porque abandoné la maleta allí, pero traje conmigo lo que tendría que haberse quedado en su interior y no soy capaz de hacer que desaparezca.
Cuando lo analizo, pienso que ya debería sentirme bien, pero el amor es irracional. Cada vez estoy más gorda, todo me queda pequeño y, como salgo poquísimo, ni me visto. Lo único que conservo de mi vida anterior son los labios pintados de rojo. Esa boca que tanto le gustaba a él. Siempre me decía que mis labios estaban hechos para ser besados. Cuando me miro al espejo es lo único bonito que veo. La cara me ha engordado y la papada me tapa el cuello hasta un punto que parece haber desaparecido; sin embargo, no puedo dejar de comer. Como no tengo bastante con mi madre, anoche Muriel me hizo sentir fatal.
«Tita, no puedes estar así, ese tío era un gilipollas. ¿No veías cómo le miraba las tetas a mi madre? Debería darte igual que te dejara, hay más hombres y más guapos. Estás muy gorda, con lo guapa que eras. ¿Por qué no llamas a tus amigas? No sales nunca. Además, a veces es mejor estar sola. Mira, mi madre no quiere a mi padre ni él la quiere a ella, eso es peor que que te dejen. Cuando sea mayor, si me caso, no quiero estar con una persona que no me quiera, prefiero que me deje, como te pasó a ti. ¿Para qué estar con un hombre que no te quiere? Eso es engañar al otro aunque no le pongas los cuernos. Mis padres no hacen nada juntos, no se quieren ni se soportan. A mí tampoco me quieren. —Suspiró y esperó un poco antes de seguir hablando—. Les da igual lo que haga, no se preocupan si me voy a casa de una amiga el fin de semana y no los llamo, ellos no me llaman para nada, no saben si estoy bien o si me ha pasado algo. Alguna vez he llegado a casa borracha después de una noche de fiesta y ni siquiera me han reñido, han hecho como que no han visto nada. A ti la abuela te quiere y se preocupa por ti, qué suerte, y tú llorando por ese imbécil. ¿Por qué no te descargas una app para buscar pareja? —Ahí le cambió la voz, estaba emocionada con su ocurrencia y noté cómo se incorporó en la cama—. Ponemos una foto falsa por si te encuentras a algún conocido, a lo mejor conoces a alguien interesante, aunque sea para hablar, puede ser divertido. Esta noche te lo piensas y me dices algo. Tita, te quiero. Mucho. Buenas noches».
Me dio mucha pena por ella y por mí. Pensar que tus padres no te quieren debe de ser horrible, aunque no fui capaz de decirle que yo también la quiero. Estuve esperando a que apagara la luz de la lamparita, pero ni quedándonos a oscuras me salió decírselo. Me senté en la cama y me quedé un rato así, esperando a ver si era capaz de decirle que no estaba sola y que la quería. Me hubiera gustado meterme en su cama y abrazarla, pero pensé que no cabríamos las dos, porque estoy muy gorda, y que yo igual le daba asco. Solo un abrazo, eso me hubiera gustado, acompasar mi respiración a la suya. ¿En qué me estoy convirtiendo? Quiero a esta niña como si fuera mía, a veces pienso que la quiero más que su propia madre. Cuando era pequeña pasaba muchas temporadas en casa; sus padres viajaban mucho, es lo que tiene ser rico. Mi hermana está ciega. ¿No se da cuenta de que toda esa rebeldía es para llamar la atención? Ella está feliz de la vida solo con que Agustina le diga «señora esto, señora lo otro». ¡Qué ridícula! No la envidio para nada, hay cosas que el dinero no puede comprar.
Saco un paquete de dónuts de chocolate y me siento con la caja en el regazo. Paseo la vista por la cocina y veo todo perfectamente ordenado, no hay nada fuera de su sitio: los botes de las especias con la etiqueta hacia delante; los paños de cocina doblados todos igual, perfectos; las bolsas de plástico dentro de un tarro de cristal, meticulosamente dobladas. Me chupo los dedos antes de coger otro dónut. A mi hermana le ponen enferma las manías de mi madre; a mí me dan igual, la mujer no hace daño a nadie. Se cree mejor que nosotras. No viene casi nunca y, cuando lo hace, me mira con cara de asco, debe de odiar a los gordos; ella luce cuerpazo de gimnasio y tetas operadas.
Si hubiera algo que me devolviera las ganas de vivir… Necesito un empujón, yo sola no puedo. Al principio estaba hundida, algo después hice un esfuerzo, pero ya me fue imposible. Sé que por mucho tiempo que pase y, aunque me recupere, nunca volveré a ser la misma: algo se rompió dentro de mí el día que me dejó. El pasado no deja de venir a visitarme, me lleva de paseo, me monta en el tren de los recuerdos, un tren del que no me quiero bajar, y poco importa que abandonara esa maleta en el camino, la tristeza viaja ligera de equipaje.
CAPÍTULO 3
Soñar con pestañas: Es de mal augurio. Si sueña que se le caen significa que algo va a ir mal. Soñar que tiene las pestañas cortas quiere decir que va a llorar mucho por una desgracia.
Como si necesitase un recordatorio de lo que está pasando, la pantalla del ordenador se encarga de advertirme para que no me olvide. ¿Para qué habré mirado el significado del sueño? ¡Qué tontería! ¿Cómo va a saber nadie lo que significa un sueño? Es mejor no hacer caso, creerse estas cosas es de gente inculta, como dice Elena.
Hoy es sábado, el día de la cena con la familia del socio de mi yerno. Muriel se ha empeñado en que no va y su madre en que vaya. Ahora es cuestión de ver quién puede más. Esta noche la llamaré, ayer la llevé a su casa para que se sentara a la mesa en esa dichosa cena. Después, si quiere, puede mudarse conmigo. Nunca se lo he permitido, aunque me lo ha pedido montones de veces. Tenía la absurda esperanza de que las cosas se arreglarían entre ellas, pero me temo que eso no va a pasar. Solo espero que, con el paso del tiempo, mi hija se dé cuenta de lo mal que lo está haciendo. Muriel no se merece pasar la adolescencia en esa casa, tan falta de amor y tan llena de mentiras y engaños.
Salgo a comprar y no puedo quitarme de la cabeza lo absurdo que es buscar el significado de los sueños. Me siento en un banco porque no me encuentro bien. Desde hace años tengo unas manías que no logro dejar atrás. Estoy convencida de que si dejo de hacer determinadas cosas, sucederá algo malo. Como si que las mujeres de mi casa seamos unas infelices no fuera ya suficiente catástrofe. Todas somos desgraciadas. Estamos dejando escapar la vida, como se escapa la arena de la playa entre los dedos cuando quieres retenerla en tus manos.
Cuando el padre de mis hijas me abandonó no tuve tiempo para lamentarme. Claro que lloraba, cada día, pero seguí viviendo. Tuve que criarlas yo sola, sin ayuda y sin dinero; pero no recuerdo esa época como una etapa gris. A nuestra manera, lo pasábamos bien. Les escondí mi pena, o eso pensaba yo. Quizá no lo hice tan bien y ahora repiten un patrón aprendido. ¿Cuándo empezaron a torcerse las cosas? No lo sé, pero sí sé que no se arreglarán porque doble las toallas de una manera determinada o ponga los libros ordenados de más gruesos a más finos, ni por tener que poner la lavadora siempre en el número tres. Nunca he puesto otro programa, da igual si hay mucha ropa o poca. Me da pavor hacer las cosas de otra manera. Lo he intentado y soy incapaz.
Hoy presiento que me van a dar una mala noticia, parece que llame al mal tiempo, así que decido dejar de hacer todas esas cosas irracionales y disparatadas propias de una mente enferma.
Entro al supermercado, respiro hondo y agarro el carro con fuerza. Cojo una bolsa y la lleno de naranjas, sin contarlas. Luego los tomates, tampoco los cuento. Rompo la rutina de empezar por un pasillo y llegar hasta el final —aunque no necesite nada de esos estantes— antes de pasar al siguiente.
Ya en las cajas, evito la número siete y la doce, las de siempre, y me voy a la uno. Estoy sudando y me tiemblan las manos, me siento como una kamikaze. Salgo del supermercado y dejo las bolsas en el maletero de cualquier manera. Al montarme en el coche apoyo la cabeza en el volante y cierro los ojos, estoy mareada. Ya está, lo he conseguido, esto es lo que deben de sentir los adictos cuando se están desintoxicando.
De camino a casa, me siento eufórica y canto en voz baja mientras sigo el compás de la música, repiqueteando en el volante con los dedos.
Cuando aparco, apago la radio sin esperar a que termine la canción, al contrario de lo que suelo hacer. Entro en casa y, al guardar la compra, arrugo las bolsas de plástico. Estoy contenta y sigo tarareando mientras saco las que están perfectamente dobladas en un tarro de cristal y las desdoblo, hago bolas con ellas y las meto otra vez, apretujadas. Desordeno los botes de las especias y cambio el orden de los vasos, intercalando los altos con los pequeños de café. Pienso en que nosotras, las tres, tenemos los sentimientos desordenados por una u otra razón y me pregunto si no vendrán de ahí mis manías. Igual intento compensar el caos que tengo en mi vida con el orden en mi casa.
Ya está anocheciendo y la euforia ha desaparecido. No logro sacudirme la estúpida sensación de que algo va a salir mal. No hago más que mirar el reloj. Estoy deseando que den las doce para que llegue mañana, como si fuera una cenicienta moderna y el castigo por saltarme las normas terminara a esa hora. Me arrepiento de todo lo que he hecho y ordeno los botes de cocina, no puedo con este caos.
Decido llamar a Muriel, se pondrá contenta cuando le diga que puede venirse a vivir aquí, si quiere.
A lo mejor le va bien estar una temporada separada de su madre, hasta que logren entenderse. No me coge el teléfono y me extraña, ayer le escribí y tampoco contestó. A veces tarda en hacerlo y otras se le olvida, pero no dos días seguidos. Cuando le envío un wasap y veo que no le llega, respiro hondo y me digo que tengo que tranquilizarme. Probablemente se habrá quedado sin batería. Decido llamar a su casa, Elena estará porque hoy es la cena, si la llamo al móvil no lo cogerá y después se excusará diciendo que estaba muy ocupada, cuando lo único que tiene que hacer es decidir qué modelito va a ponerse.
—Residencia de los Cano. Dígame.
—Agustina, soy yo. Déjate de tanta ceremonia y dile a mi nieta que se ponga.
—La señorita no está.
—Pues que se ponga mi hija.
—Ay, señora, la señora Elena me pidió que no la molestara, se enfadará conmigo si le llevo el teléfono.
—Una madre no debería ser motivo de molestia. Llévale el teléfono y dile que, si no se pone, juro por Dios que no volveré a dirigirle la palabra. —Agustina le repite mi amenaza, y la rabia crece dentro de mí cuando escucho que dice en voz baja que soy una pesada.
—Mamá, ¿qué quieres? Me estoy vistiendo para la cena, no tengo tiempo de sermones.
—¿Dónde está Muriel? He llamado para hablar con ella.
—Aquí no está. Se supone que estaba en tu casa. Desde que se fue no ha vuelto. —Al oír su respuesta siento miedo, el miedo al que se refería el horóscopo hace unos días. ¿Dónde diablos estará Muriel? Y lo que es peor, ¿estará bien?
—Ayer la llevé a tu casa, me dijo que iba a hablar contigo, que si no volvía era porque estaba todo arreglado y que se quedaba allí. La dejé en la puerta.
—Pues aquí no está. Ya ves que se ha empeñado en fastidiarme la cena.
—Elena, no sabes dónde está tu hija ni dónde ha dormido, ¿y solo te preocupa esa maldita cena?
—Mamá, no seas dramática, estará en casa de alguna amiga. Mañana aparecerá para restregarme por la cara que se ha salido con la suya.
—Si le pasa algo, no te lo perdonaré nunca.
La certeza de que ha ocurrido una desgracia me golpea el estómago dejándome sin aliento. Algo ha sucedido, lo sé como se saben esas cosas que presientes y en las que no quieres pensar por temor a que se hagan realidad. Llamo a Teresa inmediatamente. Teresa es mi amiga y además es vidente. Le explico lo ocurrido y me dice que estará aquí en dos minutos.
Voy a la habitación de Inés, que sigue acostada y le retiro las sábanas bruscamente.
—Muriel ha desaparecido —le digo gritando—. Levántate, tenemos que ir a buscarla.
—¿Que ha desaparecido?, explícate. ¿Y a dónde hay que ir a buscarla? ¿La has llamado al móvil?
—Sí, no contesta. He llamado a casa de tu hermana, hace dos días que no sabe nada de ella, pensaba que estaba aquí, con nosotras. Hoy es la cena, se habrá escapado. Dos días por ahí, ¿dónde estará?, ¿dónde habrá dormido? No me ha llamado, tiene que haberle pasado algo. Si le ha pasado algo malo, me muero, es culpa mía, tendría que haberla dejado quedarse aquí. Tenemos que ir a la policía. Ahora viene Teresa, ella nos dirá si está bien. No tendría que haber pagado en esa caja, ni haber cogido la fruta sin ton ni son, ¿por qué me habré saltado los pasillos del supermercado? Voy a doblar bien las bolsas mientras llega Teresa.
—Mamá, por favor, no te entiendo, para.
Inés me mira asustada y es la primera vez desde hace mucho tiempo que veo algo en sus ojos y en su actitud que no es desidia ni apatía; y, por un instante que dura solo una milésima de segundo, me alegro de que algo la haya hecho reaccionar, aunque sea la desaparición de Muriel. No sé si eso me convierte en una mala persona, pero ahora no tengo tiempo para juzgarme. Abro el armario y le tiro la ropa encima de la cama.
—Vístete.
—Tranquilízate —dice—, ahora voy. Y cuéntame otra vez lo que ha pasado, porque no entiendo nada.
El timbre nos salva a las dos: a mí porque evita que le diga a Inés lo que pienso sobre su cobardía para enfrentarse a los problemas —sé que mis palabras pueden hacerle mucho daño y después me arrepentiría—; y a ella, porque si lo escuchara la hundiría para siempre, y eso es lo que menos necesitamos en estos momentos.
—Teresa —susurro.
Inés
Suena el timbre, será Teresa.
Me da miedo mi madre, no entiendo nada de lo que me ha dicho, no dejaba de andar de un lado a otro de la habitación llorando mientras decía que Muriel había desaparecido, no sé qué dice de la fruta, del supermercado y de unas bolsas de plástico. No la había visto nunca así, ¿qué habrá pasado? Le escribo un mensaje a Muriel, mi madre y el móvil no son buenos amigos, la mayoría de las veces se equivoca de destinatario cuando envía los wasaps; otras la llamas y cuelga e incluso ni contesta porque dice que no suena. Como mis mensajes no le llegan, la llamo. Muriel tiene el móvil apagado y eso sí que es extraño, porque mi sobrina anda todo el día con el teléfono en la mano, no dejaría que se quedara sin batería.
Me pongo el chándal deprisa y, cuando salgo de la habitación, me encuentro a mi madre y a su amiga en la cocina cogidas de la mano. Teresa, con su inseparable falda larga de vuelo, sus dedos llenos de anillos y su larga melena negra suelta y brillante, como una cíngara de las que aparecían en los cuentos que mi madre me leía de pequeña.
En cuanto me ve, se levanta y se acerca a abrazarme.
—Inés, mi niña, pero qué guapa estás.
Teresa huele a incienso y a limón, a misterio y a buena persona. Y sé que lo dice de verdad, ella ve a la gente más o menos agraciada en función de su aura. «El físico no importa», dice siempre. A lo mejor es porque ella es una de las mujeres más guapas que he visto jamás, la edad no le ha restado belleza.
—Muriel está viva. Ya se lo he dicho a tu madre. Ahora tenemos que ir a buscarla, nos necesita. No podemos perder tiempo.
Me quedo paralizada, porque ni se me había pasado por la cabeza que alguien hubiera podido hacerle daño a mi sobrina. Y aunque no creo en fantasmas ni auras ni adivinas ni creo que Teresa sea vidente, me obligo a pensar que lo que dice es verdad. Salgo de casa con ellas sin saber a dónde vamos y tengo que volver a entrar para coger las llaves del coche. Antes de cerrar la puerta, cojo la foto de Muriel que hay en el recibidor y la meto en el bolso sin detenerme a sacarla del marco.
En el coche, mi madre vuelve a contarme lo que ha pasado, esta vez con más calma. Está hundida, no deja de retorcerse las manos, como si tuviera frío, y no se me ocurre qué decirle para tranquilizarla. Las palabras se me quedan atascadas en la garganta porque todas me parecen huecas y sin sentido.
La primera parada es la comisaría, no se nos ha ocurrido otra cosa. El mosso d’esquadra que nos atiende es muy joven. Mi madre empieza a hablar deprisa sin darle opción a preguntar nada, dispara las palabras como balas. Cuando termina, el mosso nos indica que esperemos, que enseguida nos avisarán para que podamos poner la denuncia, y nos señala una sala de espera que está desierta. Nos sentamos en unas sillas de plástico atornilladas al suelo. Van pasando los minutos y no nos llaman, a pesar de que no hay nadie más esperando. Hacemos cábalas sobre dónde puede estar Muriel. Entro en su Instagram por si puede darnos una pista, pero desde hace dos días no hay actividad en ninguna de sus redes. La llamo y, otra vez, una voz enlatada me informa de que el número al que llamo está apagado o fuera de servicio, y, a pesar de que sé que volverá a hacerlo, vuelvo a marcar con la absurda esperanza de que se haya quedado sin batería y cuando lo ponga a cargar atenderá a mi llamada. La espera se me hace eterna. Mi madre se acerca de nuevo al policía, que está dentro de su cubículo, separado de la gente por una mampara. El tipo teclea algo en el ordenador, parece que esté metido en una pecera. Golpea el cristal con los nudillos y el mosso levanta la cabeza con cara de fastidio.
—¿Tardarán mucho en llamarnos? —pregunta—. Como no hay nadie más…
—Señora, la llamarán cuando puedan, ya le he dicho que se siente.
Entonces mi madre pierde los papeles.
—¿Que me siente? No tengo tiempo para sentarme. ¿Es que no ha oído nada de lo que le he dicho? Mi nieta ha desaparecido, hace dos días que no sabemos nada de ella y solo tiene quince años. Haga el favor de avisar a alguien y que venga enseguida si no quiere que entre yo misma —vocea, golpeando el cristal que nos separa del policía con el bolso y señalándolo con el dedo en un gesto amenazante—. ¿Es que está sordo? ¡Mueva su puto culo y haga su trabajo!
Teresa y yo intentamos apartarla del cristal y que se calme, pero no podemos con ella, está fuera de sí. Golpea el cristal furiosa una y otra vez y nos aparta a empujones. Enseguida aparecen otros dos policías. No hace falta que intervengan. Al verlos, mi madre para de gritar y de dar golpes, se coloca bien el abrigo y se arregla el pelo.
—Venimos a poner una denuncia —dice, como si acabáramos de entrar y no hubiera pasado nada.
Nos hacen pasar a una sala y Teresa se queda fuera, esperando. Supongo que estarán acostumbrados a ver de todo, pero damos verdadera pena: mi madre con la cara desencajada de llorar y el pelo revuelto después de la batalla que ha librado ahí fuera, el abrigo encima de la ropa que tenía puesta en casa; yo con un chándal viejo porque no me cabe otra cosa y un abrigo largo de punto con un roto en una manga —un agujero igual que el que tengo en mi vida y me empeño en llenar de comida—; y Teresa, que parece una gitana de feria, con sus amuletos colgados del cuello, sus pulseras de bisutería barata y esos pendientes de aro enormes.
El policía que nos atiende parece tomarse en serio lo que le explica mi madre, por suerte. Es un hombre mayor que debe estar a punto de jubilarse, mi madre se dirige a él como «agente». Si no fuera por lo dramático de la situación, la escena tendría tintes cómicos. Después de tomarnos declaración, el «agente», como lo ha bautizado mi madre, nos da una copia de la denuncia y un papel donde anota su número de móvil.
—Aquí tiene mi número, no dude en llamarme para cualquier cosa, a la hora que sea. Ya tengo sus datos, la mantendré informada. No se preocupe, lo más probable es que se presente en casa, como si nada, después de dos noches de fiesta. Ahora, váyanse a casa.
Salimos de la comisaría, no sin que antes mi madre le dirija una mirada asesina al policía que nos atendió cuando llegamos. Nos montamos en el coche, pero no arranco, porque no sé a dónde ir. A casa no es una opción, nos volveremos locas esperando. Se me ocurre que Muriel podría estar con su mejor amiga del instituto, o que igual ella sabe algo, se pasan horas hablando por el móvil. No tengo su teléfono, pero sé donde vive, porque la he llevado con el coche algunas veces.
Al llegar, nos abre la puerta su madre. Le explicamos la situación y ella llama a su hija, que es una réplica exacta de Muriel: igual de delgada, igual de pálida y va vestida de negro de la cabeza a los pies. Nos dice que no sabe nada, que también hace dos días que no la ve. Pero yo no sé si creérmelo, porque mira al suelo mientras habla y lo hace de manera mecánica, como aprendida. Según ella, Muriel nunca ha dicho nada de irse de casa, no sabe dónde puede estar, no conoce a nadie que pueda saber dónde está, no sabe dónde podemos ir a preguntar, no, no, no...
No nos movemos de la puerta, como si sospecháramos que la niña y la madre mienten y la tienen secuestrada. Respiramos sin más. No nos movemos ni le damos las gracias, permanecemos ahí, de pie, las tres, con los brazos caídos y sin atrevernos a recorrer los escasos diez metros que nos separan del coche.
La madre nos dice que lo siente y empuja a su hija hacia el interior de la casa. Debe de alegrarse de que no sea ella la que ha desaparecido. Nos vamos igual que hemos venido, sin saber nada.
De repente, el incipiente chispeo coge fuerza y, al ir a sacar las llaves, se me caen al suelo. Mierda. Tanteo la acera con las manos, no se ve nada y el agua nos empapa mientras mi madre alumbra con la linterna del móvil. Cuando las encuentro y entramos al coche estamos caladas, pero me da igual; no siento el frío y estoy segura de que ellas tampoco. Estamos completamente perdidas, no quiero ni imaginar que Muriel no volverá y que nunca sabremos lo que pasó, como les ocurre a esas familias que salen en las noticias y que luego aparecen en esos programas de televisión donde se aprovechan de su desgracia para conseguir audiencia.
—Vamos a casa de tu hermana.
—Mamá, no creo que sea buena idea, la llamaremos por teléfono.
—Te he dicho que vamos a casa de tu hermana.
Mi madre es una mujer fácil y de buen carácter, pero cuando está enfadada, más que hablar, sentencia.
Arranco el coche sabiendo que esta noche se romperá algo entre nosotras tres. Ese hilo que nos mantenía unidas desde que nos quedamos solas y que, aunque haya estado a punto de quebrarse muchas veces, hemos conseguido mantener intacto.
Cuando paro el motor, sigue lloviendo y, a pesar de ello, al salir, no corremos, no tenemos prisa y ya estamos empapadas. Teresa dice que nos espera en el coche y mi madre la obliga a venir con nosotras.
—Mamá…
Ella no me mira, tiene la vista fija en la puerta del ascensor; quiero decirle que no sea muy dura con Elena, pero Teresa me aprieta el brazo y, cuando la miro, niega con la cabeza pidiéndome que guarde silencio.
Cuando Agustina abre la puerta y nos ve, pone cara de espanto. Mi madre la aparta con la mano y entramos en la casa. Desde el recibidor se oye el murmullo de la conversación que proviene del comedor. Vamos dejando un reguero de agua a nuestro paso y, cuando entramos, se hace el silencio más absoluto.
—Mamá, qué sorpresa. Pero estáis empapadas, pasad a mi habitación, os secáis y buscamos algo de ropa.
Elena hace ademán de levantarse, su cara es un poema, está avergonzada y se nota que quiere que desaparezcamos de la vista de sus invitados.
—Nos vamos enseguida, no te molestes —dice mi madre lanzándole la denuncia que ha sacado del bolso—. Tu hija lleva dos días desaparecida y tienes la sangre fría de estar ahí sentada sin importarte lo que le haya pasado. Claro, hay que aparentar delante de la gente que todo está bien. Pues permíteme que te diga que nada está bien, que tu hija es una desgraciada y que eres una egoísta por dejar que sufra de esa manera y mirar para otro lado. El dinero no puede comprarlo todo. ¿Ya no te acuerdas de lo feliz que fuiste cuando no teníamos nada? Estás echando tu vida a perder. No sé qué clase de persona he criado, desde luego, no pareces hija mía.
Esto último, más que enfadada, lo dice con pena. Se da media vuelta y sale del comedor con nosotras detrás. Mientras mi madre le escupía estas palabras, mi cuñado jugaba con el tapón del vino como si la cosa no fuera con él y Muriel no fuera hija suya. Los invitados se miran entre ellos, incómodos por lo violento de la situación.
La fiesta ha terminado por hoy.
Elena
Esta niña me va a matar a disgustos. ¿Dónde demonios se habrá metido? Es tan cabezota como mi madre. Se empeñó en joderme la cena, no se imagina lo importante que era. Estamos a punto de perderlo todo. Si Santiago no llega a un acuerdo con su socio, estamos perdidos. Anoche me confesó que estamos en sus manos, no me dio muchas más explicaciones, solo que estamos jodidos de verdad. Me bebo el zumo y dejo las tostadas. Hace días que no voy al gimnasio, tampoco tengo hambre, después de la escena de anoche, ¡qué vergüenza! ¿Cómo se le ocurrió a mi madre presentarse con mi hermana y con Teresa? Y con esas pintas… Parecían las protagonistas de una película de terror. Qué dramática que es. Estoy convencida de que Muriel está en casa de alguna amiga.
Es la primera vez que veo así a mi madre, estaba desencajada. Me parece increíble que siempre esté de buen humor, con la mierda de vida que lleva. Desde que mi padre se fue, no ha dejado de trabajar como una mula. Si echo la vista atrás, la recuerdo siempre sonriendo, por muy mal que estuvieran las cosas. A pesar de quedarse sola tan joven nunca trajo a otro hombre a casa. ¿Habrá tenido alguna aventura? Yo creo que no. No nos parecemos en nada. Tiene razón al decir que fui feliz. Se empeñó a toda costa en que sus dos hijas lo fuéramos. Quiero a mi madre, aunque ella piense que no. Es lo mismo que piensa mi hija de mí, que yo no la quiero. Claro que quiero a Muriel, a lo mejor no he sido una madre como lo fue la mía, pero nunca le ha faltado nada. Cada vez que discutimos me dice que ojalá fuera como las madres de sus amigas, así que seguro que estará en casa de alguna de ellas. Cuando vuelva va a estar castigada una buena temporada.
He perdido la cuenta de las llamadas que he hecho al móvil de Muriel. Cada vez que oigo el mensaje del contestador siento que las piernas me flojean, como si esa voz se estuviera burlando de mí y me dijera que ya es demasiado tarde, que debería haber mostrado interés por la dueña de ese teléfono mucho tiempo atrás. Opto por intentar averiguar si está con alguna amiga. No tengo muchos números, solo los que he intercambiado con algunas madres para estar más tranquila. A medida que voy haciendo llamadas, me voy poniendo nerviosa. Es imposible que no esté en casa de alguna de ellas. Nunca había hecho algo así. Hasta ahora estaba tranquila, pero me da miedo hacer la última llamada, porque no sé qué haré si no obtengo la respuesta que quiero. Cuando termino de hablar con la última de sus amigas, un sudor frío me recorre el cuerpo. No puede ser, nadie la ha visto desde hace dos días y nadie sabe dónde puede estar. La angustia se apodera de mí, no sé qué hacer. ¿Dónde puede estar? Por favor, que no le haya pasado nada malo. ¿Cómo he podido estar tan tranquila sin saber nada de ella? Voy a su habitación, abro el armario y cojo una sudadera, hundo mi cara en la prenda para olerla y lloro porque no sé dónde está ni si estará bien. Llamo a su padre, que anoche se fue con Fernando a tomar la última copa y todavía no ha vuelto.
—Dime.
—Muriel no está con ninguna de sus amigas, no la han visto desde hace dos días. No sé qué hacer, deberíamos ir a la policía. ¿Y si le ha pasado algo malo? Nunca se había ido de casa. Santiago, por Dios, dime algo —le pido al ver que no contesta.
—Ahora no puedo hablar, si le hubiera pasado algo malo ya nos hubiéramos enterado. Y a la policía ya han ido los Ángeles de Charlie, así que tranquila —dice refiriéndose a mi madre, a mi hermana y a Teresa.
—Eres un ser despreciable.
Cuelgo el teléfono y siento asco hacia mi marido —tanto como hacia mí misma—, por no habernos preocupado antes.
Registro los cajones tirando las cosas al suelo, para ver si encuentro algo que me dé una pista sobre dónde puede estar. Encuentro una bolsa de plástico con pastillas y otra con marihuana, pero nada que me indique su paradero. En el armario, debajo de la ropa, hay un álbum del colegio con sus trabajos de cuando era pequeña. Me siento culpable. Esto debería tenerlo yo guardado, para enseñárselo cuando fuera mayor, como hacía mi madre con nosotras.
Lo abro y paseo la vista por los dibujos infantiles y la caligrafía grande y redonda. Al cerrarlo, veo que en la parte de atrás hay escrita una frase, con rotulador negro, en mayúsculas, que me golpea con fuerza y me llena de pena. No sé cuándo la habrá escrito, pero la letra es de ahora, nada que ver con la caligrafía infantil del álbum.
«Mis padres no me quieren».
Cinco palabras que me parten en dos. Voy al salón, lleno un vaso de whisky que me bebo de un trago, y lanzo el vaso con fuerza contra la puerta. Detrás va la botella, que se hace añicos al chocar contra el marco. Doscientos setenta euros a la mierda. Daría todo lo que tengo por recuperar a Muriel.
«Mis padres no me quieren». La frase se repite en mi cabeza sin parar. Qué egoísta he sido, pero todavía estoy a tiempo. Juro por Dios que si no le pasa nada, pasaré más tiempo con ella y le diré que la quiero, aunque me dé vergüenza por la falta de costumbre y porque se hace mayor. Nos iremos de viaje si ella quiere, las dos solas; nunca hemos hecho nada juntas. No podría soportar que le hubiera pasado algo. Aunque me guste la vida que llevo no soy un monstruo, sería capaz de renunciar a todo a cambio de que estuviera bien. El suelo de la habitación está sembrado de ropa, pijamas, bragas, sujetadores, camisetas… da la sensación de que han entrado a robar. Tiro las pastillas y la marihuana al váter, doblo la ropa con cuidado sin dejar de llorar y la recojo para que cuando vuelva lo encuentre todo bien. Me doy cuenta de que lo que estoy haciendo es absurdo, algo que haría mi madre, no yo, pero no sé qué otra cosa hacer.
Inés
Hoy es el primer día, desde hace muchos meses, que no tengo hambre. No he comido nada desde hace horas. Además de la angustia de no saber dónde estará Muriel y si estará bien, siento una pena inmensa al ver a mi madre comprobando, una y otra vez, que todo está como ella cree que debería. Ha ordenado la compra que trajo ayer y que había guardado de cualquier manera. Lo que más pena me ha dado ha sido verla tirar la fruta que compró justo ayer: solo ha conservado siete piezas de cada. Se siente culpable porque el único día que decide saltarse todas esas absurdas normas, la desgracia entra por la puerta a lo grande. Ahora está en el salón con Teresa invocando no sé a qué santos o espíritus, cogidas de las manos, con los ojos cerrados y montones de velas y amuletos encima de la mesa. Parece que ha envejecido de golpe, en tan solo unas horas. Su postura es la de una mujer vencida, con los hombros caídos y la cabeza gacha. La casa huele a incienso, odio ese olor, me recuerda al día del accidente.
Estábamos en casa de Teresa, preparando una fiesta sorpresa para Luz, por su noveno cumpleaños. Ella y yo teníamos la misma edad. Éramos amigas y compañeras de clase, casi hermanas, porque nos habíamos criado juntas. Recuerdo los globos, las serpentinas, los platos decorados con personajes de Disney, la cartulina con el «Felicidades, Luz» y el número nueve. Los regalos envueltos en papel brillante, amontonados en un rincón; los bocadillos y el pastel enorme de chocolate, con las velas preparadas para ser sopladas y conceder el deseo pertinente.
Yo no hacía más que asomarme a la ventana para ver si la veía llegar. Su padre las había llevado a ella y a su hermana a la piscina para que tuviéramos tiempo de preparar la sorpresa. De pronto, Teresa dejó caer una bandeja con vasos antes de depositarla sobre la mesa. El suelo del comedor se sembró de diminutos trozos de cristal. Pensamos que había sido un accidente. «Teresa, corre, vamos a barrer los vidrios, que Luz está a punto de llegar», le dije al ver el desastre. «Luz no vendrá», me contestó. No entendí su respuesta y tampoco me gustó el tono en que lo dijo. Mi madre —que estaba recogiendo el estropicio— se levantó y dejó caer los trozos de cristal que tenía en la mano. Jamás olvidaré la expresión del rostro de Teresa. Fue a la cocina y cogió una caja de cerillas, encendió incienso y velas y se sentó en el sofá a esperar. Mi madre le preguntaba qué pasaba, asustada, y le pedía por favor que le dijera algo, pero ella no respondía. Yo no entendía lo que estaba sucediendo y me daba miedo Teresa, muda, inmutable, mirando al vacío como si no tuviera ojos.
Aunque era pequeña me di cuenta de que algo no estaba bien, así que me senté y no pregunté nada más. Teresa lo supo, no sé cómo, pero lo supo antes de que vinieran a darle la mala noticia. Cuando sonó el timbre, me levanté corriendo para abrir, ya estaban aquí, no pasaba nada, pero mi madre me detuvo y me indicó que me sentara de nuevo. Abrió la puerta y se encontró con dos policías preguntando por Teresa. A mi hermana y a mí nos llevaron a una habitación y cerraron la puerta. Pero incluso con la puerta cerrada podíamos escuchar el llanto de Teresa, un llanto desesperado. La muerte se había colado en la fiesta por sorpresa y se había convertido en la protagonista, como a ella le gusta. Un borracho se había saltado un semáforo llevándose por delante el coche donde viajaba Luz con su padre y su hermana, matándolos a los tres en el acto. En un segundo, Teresa había perdido a toda su familia.
Mi madre no quiso dejarla sola, así que nos quedamos a pasar la noche en su casa. Yo tuve que dormir en la cama de Luz y fui muy consciente de que estaba durmiendo en la cama de mi amiga muerta.
Todos los entierros son dramáticos, pero los de los niños… Debería estar prohibido que la muerte viniera a buscarnos de pequeños. La iglesia estaba llena a rebosar de compañeros del colegio, de velas, de incienso y de pena.
Desde ese día asocio el olor a incienso con la desgracia. Pero hoy no me atrevo a decir nada, me callo y rezo en silencio pidiendo que Muriel esté bien y que vuelva pronto. Hasta ayer me daba igual no tener nada que hacer, pero hoy no soporto mi propia apatía y tampoco ver a mi madre tan quieta y tan en silencio —ella que es puro alboroto—.
Al escuchar el timbre miramos hacia la puerta, como si tuviéramos visión de rayos X y pudiéramos ver a través de ella. ¿Serán buenas noticias? ¿O pasará lo mismo que aquel día de julio de hace ya tantos años?
—Voy yo —dice mi madre arrastrando la silla al levantarse.
Contengo la respiración, y solo la dejo escapar cuando veo a Elena al otro lado de la puerta, impecablemente vestida, como siempre, pero con la cara desencajada por el llanto. Ninguna de las dos dice nada, se miran un instante y luego se abrazan. Elena se aferra a mi madre como si temiera que ella también pudiera desaparecer si la suelta. Teresa se acerca a mí y me rodea la cintura con su brazo. Yo sigo con los brazos cruzados, no soy capaz de corresponder a su abrazo, no quiero que me consuelen, no sé dónde está Muriel, si estará tirada en algún sitio, o si le habrá pasado alguna cosa peor que ni siquiera me atrevo a pensar del miedo que me da.
CAPÍTULO 4
Géminis: Cuestiones relacionadas con tu vida personal y familiar con las que habías tenido dificultades van a solucionarse. Aunque todavía tienes mucho trabajo por delante.
Cierro el periódico y lo dejo en la estantería, Dios quiera que el horóscopo acierte, daría todo lo que tengo por ver a Muriel entrar por la puerta y que estuviera bien. A lo mejor se fue para castigar a su madre y ahora le da miedo volver. No hemos dormido nada, toda la noche en vela, daba la sensación de que estábamos velando a un difunto. Me niego a pensar eso, Muriel está viva. Teresa me lo ha asegurado, sé que no me engañaría en una cosa así. Esta es la peor noche que paso desde hace mucho tiempo, solo es comparable a la que vivimos hace ya muchos años, cuando ocurrió la terrible desgracia que dejó a Teresa huérfana, no de padre y de madre, huérfana de familia, que es mucho peor.
Gracias a Dios mi hija ha reaccionado, me dejé la piel intentando inculcarle unos valores. Ya fracasé en mi matrimonio, no podría soportar haber fracasado también como madre. Estamos desesperadas, no sabemos qué hacer, esta situación es frustrante.
Cuando entro en casa veo cómo me miran y me doy cuenta de que no llevo nada en las manos. Hace un rato dije que iba a comprar algo para desayunar —necesitaba salir de casa— y he vuelto sin nada. Leí el horóscopo en el periódico de la gasolinera y un pequeño hilo de esperanza hizo que me olvidara de todo lo demás.
Los minutos pasan y se convierten en horas, Elena entra y sale de la cocina al comedor continuamente, solo se oye el golpeteo de los tacones, eso y el tictac del reloj. Me levanto y le quito las pilas, Elena se sienta, como si se las hubiera quitado a ella también.
El sonido del timbre nos saca de la inmovilidad y el mutismo. No sé si siento temor o alivio al escucharlo. Nos levantamos las cuatro y salimos al recibidor. Al abrir, casi me caigo al ver a la amiga de Muriel, por un momento pensé que era ella. Van vestidas igual, parecen clones.
—Hola.
—Hola, pasa por favor —digo echándome a un lado.
—No. Solo quería decirle una cosa. —Habla con la cabeza baja, sin mirarnos a la cara, como el otro día—. A veces vamos a la masía abandonada que hay al lado del cementerio, conocemos a algunos de los chicos que viven allí. Tengo que irme o llegaré tarde al instituto.
Sin darnos tiempo a preguntarle nada se da la vuelta para reunirse con un chico que la está esperando un poco más abajo, montado en una moto.
Sin decir ni una palabra, como si hubiéramos estado esperando una orden, nos ponemos los abrigos y salimos disparadas hacia el coche. Me paso todo el trayecto hasta la masía rezando, prometiendo cosas sin parar, cosas que, un segundo después de haber pensado en ellas, ya me parecen absurdas; que más le dará a Dios que deje de amenazar a mi hija de que voy a ir a su casa con bata y zapatillas como hago ahora para molestarla; o que prometa dejar de ir a ver a mi marido a escondidas, como hago de vez en cuando desde que descubrí que nunca se marchó de la ciudad y que tiene otra familia con otras hijas y otros nietos, que no le molestan ni le vienen grandes. Tampoco me parece importante decir que voy a dejar de comerme los dulces que trae Inés a casa, a escondidas también, porque los tengo prohibidos por el médico. Por más que pienso, no se me ocurre ni un pecado que ofrecer a Dios a cambio de que me devuelva a Muriel, no se me ocurre nada que me cueste un gran sacrificio. Entonces, Inés, que está sentada a mi lado, me coge la mano y la aprieta en un gesto cariñoso. Y siento que es tan desgraciada que le prometo a Dios que me voy a dejar la vida para que mi hija vuelva a ser feliz, que no voy a descansar ni un día hasta que vuelva a verla como era antes. Le voy a arrancar la pena que tiene instalada en el corazón, claro que, para que eso suceda, tenemos que encontrar a Muriel, si no es así ninguna de nosotras podremos salir de la oscuridad, ni siquiera Elena, que aparenta ser una roca. Cuando termino de hablar con Dios, siento un alivio enorme. Sé que vamos a encontrar a Muriel y que esto que ha pasado ha sido para hacernos reaccionar.
Nos bajamos del coche y nos acercamos a la casa. Nos reciben un montón de perros que ladran pegados a la reja de la entrada. Tras ella, vemos una especie de patio sembrado de bombonas de butano, sillas de plástico viejas, montañas de chatarra y botellas vacías tiradas, además de bolsas de basura. El espacio está completamente abandonado. No podemos entrar, en la verja hay una cadena con un candado. La zarandeo y el ruido enloquece a los perros, que no paran de ladrar. Aunque rompiéramos el candado, cosa imposible, los animales nos impedirían el paso. Gritamos llamando a Muriel para ver si sale alguien, pero no obtenemos respuesta.
—Hay que llamar a la policía.
Busco en mi bolso el número de teléfono que me dio el agente, los perros se callan y, cuando levanto la cabeza, veo a un chico delgado y desgarbado. Los perros corren hacia él. Tiene el pelo lleno de rastas, un aro en la nariz y varios más en las orejas. Lleva un palo en la mano y se acerca a la puerta con aire amenazante.
—¡Joder!, menudo escándalo, ¿qué pasa?
—Abre la puerta, venimos a buscar a mi nieta. Si no abres, llamo ahora mismo a la policía.
—¿Y se puede saber quién es su nieta?
—Se llama Muriel y no nos iremos de aquí sin ella.
—No conozco a ninguna Muriel —dice con desgana.
Se da la vuelta riéndose de nosotras y nos hace la peineta, me agacho y le lanzo una piedra que cojo del suelo y que le da en la cabeza. Suelta el palo y se lleva las manos a la parte del cráneo donde ha notado el impacto.
—¡Hijas de puta! Joder con las putas chifladas, ¿estáis locas o qué? Os he dicho que no conozco a ninguna Muriel, si no os largáis ahora mismo suelto a los perros —dice mientras se acerca a la puerta de entrada, dándole una patada con fuerza. Los perros ladran sin parar. Inés saca una foto del bolso y se la enseña.
—Solo tiene quince años, si está ahí dentro tendrás problemas, no nos moveremos de aquí y llamaremos a la policía.
—¿Quince? ¡Vaya mierda! Parecía más mayor —confiesa mientras ordena a los perros que se callen y abre la puerta. El alivio que siento es tan grande que creo que me voy a desmayar—. Ya os la podéis llevar, está con la pálida, no quiero líos. Y no toquéis nada.
Entramos detrás de él, se detiene, nos amenaza con el dedo y nos repite que no toquemos nada. La casa da verdadero asco, huele a basura y parece un vertedero, así que no sé qué es lo que no quiere que toquemos. Reprimo una arcada y me tapo la boca con un pañuelo, el olor es nauseabundo. Tengo que agarrar a Teresa para que nos siga, se ha quedado paralizada mirando alrededor, asustada. Nunca en mi vida había visto tanta basura acumulada. En un rincón hay un par de chicos bebiendo cerveza. Uno de ellos acaricia una barra de hierro al vernos aparecer. El que nos ha abierto la verja le hace un gesto con la mano y se relaja, ignorándonos. Suena una música de fondo que parece salida del infierno y eso me lleva a pensar que si el infierno existe debe ser algo parecido a esto. Hay colchones tirados en el suelo con mantas viejas y sucias encima. Una mujer duerme en uno de ellos y no puedo dejar de mirarle los pies, que asoman por debajo de la manta, tan sucios que están completamente negros, como si los hubiera metido en un saco de carbón. El muchacho que nos guía se detiene, aparta una sábana colgada de una cuerda y señala un bulto que hay tirado encima de un sofá, tan viejo como todo lo demás.
—Ahí está. Ya podéis salir de aquí cagando leches si no queréis que os eche a los perros.
Nos abalanzamos sobre ella, está blanca y sudando, tiene la ropa manchada de vómito seco y las ojeras más pronunciadas que nunca. La levantamos, la sacamos de allí y la metemos como podemos en el coche. Elena la acuna como si fuera un bebé y no deja de llorar y hablarle bajito. Le doy gracias a Dios por haberme escuchado. A lo mejor teníamos que pasar por esto para que mi hija recuperara a la suya y yo pueda salvar a Inés. Muriel no ha dicho ni una palabra, tampoco creo que pueda. No es el momento de pedir explicaciones. Teresa también ha enmudecido, parece estar en shock.
Al llegar a casa me cambio de ropa, necesito desprenderme del olor de esa casa. De camino al comedor, al pasar por el baño, veo que Muriel, sentada en la taza del váter, estira la mano, como si quisiera acariciar a su madre, que está agachada quitándole las botas; sin embargo, la retira antes de llegar a tocarle la cabeza, como si le diera miedo porque en vez de su madre fuera un perro de raza peligrosa y no supiera cómo va a reaccionar. Elena no se siente cómoda con el contacto físico, abrazarla es como abrazar a un árbol, y aunque por un segundo me dan ganas de entrar para consolar a Muriel, no lo hago, no quiero quitarle el sitio a su madre, no ahora. Al salir de nuevo al comedor escucho un gemido, es como un maullido de gato. Busco con la mirada de dónde proviene hasta que mis ojos se detienen en Teresa, que está de pie con un bulto oculto bajo el abrigo y la culpa escondida en la mirada.
—Teresa, ¿no te habrás traído un gato de esa masía llena de mierda? Estará infestado de pulgas.
Salimos de allí tan deprisa y tan aliviadas por haber encontrado a Muriel que no me fijé en nada más. Se abre el abrigo y saca una sábana sucia con algo que se mueve dentro, me la tiende y me quiero morir cuando veo a un bebé. Es una bebé, negra como una noche sin luna, qué pequeña y qué delgada.
—Teresa, ¿qué has hecho?
Cómo pueden complicarse las cosas cuando menos te lo esperas. ¿En qué estaría pensando Teresa cuando cogió a la niña? ¿Qué vamos a hacer ahora?, no podemos quedarnos con ella.
Inés me mira desde la puerta de la cocina, aunque no dice nada, sé que se pondrá de mi parte, lo que yo decida le parecerá bien, aunque no lo esté o aunque sea un disparate. Elena, como siempre, será la que ponga el punto sensato. Nada de soñar, que después los sueños no salen bien, lo sabe por experiencia.
Dejo a la niña encima de la mesa y la observamos para ver si está bien. A primera vista no tiene marcas de golpes, solo está sucia. Oigo los tacones de Elena acercándose y pienso en que ya no tenemos tiempo de esconderla. Ninguna de las tres nos giramos a mirarla, nos da miedo cómo va a reaccionar, seguimos inclinadas en la mesa mirando a la niña de espaldas a Elena.
—Muriel está en la cama, no me puedo creer la suerte que hemos tenido, no quiero pensar qué le podría haber pasado si su amiga no… ¿Qué estáis mirando? —dice al ver que no le hacemos caso.
Nos separamos un poco para dejar que la vea. Se acerca a la mesa, abre mucho los ojos, parece que se le van a salir de las cuencas, y se tapa la boca con las dos manos.
—¿Pero de dónde habéis sacado a esta niña?
Silencio por respuesta.
—La habéis cogido de la casa. Estáis locas. Nos pueden denunciar por secuestro. Lo que me faltaba. Salir en las noticias como una delincuente. —No para de andar de un lado a otro y habla más para sí misma que para nosotras—. Estamos a punto de perder todo lo que tenemos. Lo último que necesitamos es un escándalo. Teresa, dame a la niña, su madre la estará buscando. —De repente, se detiene, coge el abrigo que está encima del sofá, se lo pone y le tiende las manos a Teresa pidiéndole a la niña, que la aprieta contra su pecho, con fuerza. La niña empieza a llorar, supongo que tendrá hambre.
—Teresa, dámela.
Teresa no contesta, pero en su mirada hay determinación, no se la entregará. No sé qué demonios le pasa a mi hija, hace solo unos minutos estaba llorando de alivio por haber recuperado a Muriel y ahora parece que solo le importa evitar un escándalo. Ha estado a punto de perder lo más valioso que tiene y no ha aprendido nada. Ya sé que no podemos quedárnosla, pero no es necesario llevarla allí otra vez. No creo que su madre esté muy preocupada si la dejó sola en un sitio como ese, con un frío del demonio y rodeada de borrachos que podrían haberle hecho cualquier cosa.
—Mamá, eres inteligente, sabes que no podéis quedárosla.
—La niña se queda. —Me pongo al lado de Teresa e, inmediatamente, Inés se une a nosotras. Formamos un escudo para no dejarla pasar.
—No sabes lo que dices, ¡esto es un delito! Habéis secuestrado a un bebé.
—Lo único que te importa es que nadie se entere de que tu vida es una farsa. Te da igual que esta niña estuviera tirada entre ratas y basura.
—No pretendo llevarla a aquella casa, me ofende que pienses eso, hablaba de llevarla a la policía.
Quiero creerla, porque de lo contrario no podré volver a mirarla a la cara.
—Me voy, no quiero ser cómplice de esto. Mañana vendré a recoger a Muriel, no creo que ahora sea el mejor momento para que vuelva a casa, espero que sepáis lo que estáis haciendo.
Coge el bolso y, antes de que salga, la alcanzo en la puerta y la agarro del brazo.
—Júrame que no pensabas llevarla allí otra vez.
Sorpresa. En su cara veo sorpresa o quizá decepción y creo que me he equivocado con ella. Primero por pensar que es la clase de persona que haría una cosa así y después por hacérselo saber. Su silencio me pesa como una losa y preferiría que me dijera lo injusta que soy o cualquier otra cosa, pero no dice nada y veo tristeza en sus ojos. La suelto y sale de casa dejándome con un sentimiento de culpa que no voy a ser capaz de sacudirme en mucho tiempo. Vuelvo despacio al comedor y me acerco a Teresa, que parece una leona dispuesta a defender a su cría.
—Teresa, no puedes quedarte a la niña. Elena tiene razón, aunque me dé coraje reconocerlo. No puedes tenerla escondida, ¿y si se pone enferma?, cuando crezca tendrá que ir al colegio…
—Contrataré a un abogado, la adoptaré. No podemos dejarla allí abandonada, se morirá, y si la entregamos a la policía la llevarán a Servicios Sociales y no sabemos qué pasará con ella.
—Eso no es posible, no te dejarán quedártela, sabes que tengo razón.
Me dirijo a Inés, que aún no ha dicho nada.
—Inés, ve al centro comercial, compra leche en polvo, un biberón y algo de ropa. —De momento es lo único que se me ocurre, después ya veremos lo que hacemos.
Dejo a la niña con Teresa y voy a ver cómo está Muriel. Me indigna que Elena se haya ido dejándola aquí. Podría haberse quedado ella también. Es evidente que no está cómoda con nosotras, pero eso no es excusa. Mi nieta está despierta, aunque cierra los ojos al verme. Me siento en la cama, le paso la mano por el pelo y cojo su mano entre las mías, dando gracias a Dios de nuevo por habérmela devuelto. Tiene mala cara, los labios morados y un arañazo en la frente, parece que está muerta de frío y no para de tiritar. Me meto con ella en la cama y la abrazo por la espalda, como cuando era pequeña, y rompe a llorar; es un llanto hondo y cargado de pena, su cuerpo menudo se sacude y la aprieto con fuerza, como si estuviera hecha de piezas y quisiera evitar que se desmontara. En este momento detesto a Elena con toda mi alma.
Elena
Estoy rabiosa y no sé por qué. Debería estar feliz, pero hay algo dentro de mí que me empuja a no serlo. Le doy una patada a una lata que hay en el suelo y el líquido que quedaba dentro me mancha los zapatos de ante como si se vengara de mí. El taxi tarda y vuelvo a llamar para quejarme descargando toda mi frustración con la mujer que está al otro lado del teléfono. Cuando llega y me subo ladro la dirección al conductor haciéndole saber que no tengo ganas de conversación. La pregunta que me ha hecho mi madre sigue taladrándome el cerebro: si ha pensado que soy capaz de hacer eso es porque piensa que soy una persona horrible. ¿Eso es lo que transmito? Tengo ganas de llorar. Hace apenas unos instantes parecía que todo empezaba a recomponerse, que volvíamos a ser algo parecido a una familia —aunque todavía quedase mucho para volver a ser lo que fuimos— y, de repente, todo se ha hecho añicos de nuevo.
No pienso decirle a Santiago que Muriel está bien. Ni siquiera ha llamado para preguntarme si sé algo de ella. Qué mierda de matrimonio, qué mierda de vida. ¿En qué estará pensando mi madre? Teresa siempre ha sido rara, mística, espiritual, no sé cómo definirla, pero pensaba que mi madre era más sensata. Esa niña solo nos traerá problemas. No quiero ni pensar en la repercusión que tendría esto si se supiera. Sería el final. Las arpías del club de tenis tendrían carnaza para meses.
Nunca me han aceptado. ¿Por qué me empeño y me arrastro tanto, con la de desprecios que me han hecho? Jamás he encajado en su mundo de lujo y perfección. A pesar de frecuentar los mismos centros de belleza, las mismas tiendas exclusivas de ropa, siempre se han encargado de recordarme que yo sobro, que mi origen es humilde. Organizan cenas a las que no me invitan y después se encargan de hacerme saber lo bien que se lo han pasado. ¿Por qué tengo la necesidad de agradar a esas mujeres que no valen nada? Claro que, ahora mismo, recordando las bajezas que les he perdonado, creo que yo valgo menos que ellas.
Recuerdo el último viaje que organizaron, un fin de semana a unas cabañas de lujo encima de unos árboles. «Algo diferente», dijeron, en plena naturaleza, sin tacones, sin ropa de fiesta, solas, sin maridos. Eligieron el fin de semana del cumpleaños de Muriel, porque pensaban que no iría, que se librarían de mí. Aun así me comprometí a ir, les dije que Muriel ya era mayor y que le daría igual que yo no estuviera porque prefería celebrarlo con sus amigas. Quedamos a las nueve, el sitio al que íbamos estaba cerca, a tan solo una hora de nuestra urbanización. Llegué un poco antes al punto de encuentro y me extrañó no encontrarme con nadie. Cada vez que se acercaba un coche me levantaba del banco donde hacía rato que las esperaba por si eran ellas. Cuando pasaban veinte minutos de la hora señalada comprendí que se habían ido sin mí. Las llamé por teléfono, y solo me dijeron que yo me había confundido con la hora, que habíamos quedado a las ocho. No les extrañó que no apareciera. Pensaron que a lo mejor me lo había pensado mejor y que finalmente me quedaba en casa para estar con mi hija en su cumpleaños. «Vente si quieres, tu cama está libre», así que, una vez más me arrastré y fui detrás de ellas. Las elegí a ellas en lugar de a Muriel. ¿Por qué tengo la necesidad de ser aceptada en su círculo? Todavía hoy no lo sé, pero empiezo a no soportarlas.
Tengo un dolor de cabeza horrible y no sé cómo voy a manejar la situación con Muriel. Ambas necesitamos tiempo. Mañana iré a casa de mi madre como si no hubiera pasado nada. No es el momento de hacer reproches, además, temo que ella tenga más cosas que reprocharme a mí que yo a ella.
Al llegar a casa me encuentro a Santiago en el sofá con el portátil en el regazo. No levanta la vista cuando entro, ni pregunta de dónde vengo; ni siquiera pregunta por su hija. Paso por su lado sin mirarlo para ir a mi habitación y llamo a Arturo.
—Tengo ganas de verte.
No tengo que decir nada más.
Me ducho, me visto de puta de lujo y voy a su encuentro, a olvidarme por un rato de Santiago, de mi hija, de mi madre, de Teresa, de la niña negra, de las arpías y, sobre todo, de lo que he hecho con mi vida.
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