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Ín­di­ce de con­te­ni­do

CA­PÍ­TU­LO 1

CA­PÍ­TU­LO 2

CA­PÍ­TU­LO 3

CA­PÍ­TU­LO 4

CA­PÍ­TU­LO 5

CA­PÍ­TU­LO 6

CA­PÍ­TU­LO 7

CA­PÍ­TU­LO 8

CA­PÍ­TU­LO 9

CA­PÍ­TU­LO 10

CA­PÍ­TU­LO 11

CA­PÍ­TU­LO 12

CA­PÍ­TU­LO 13

CA­PÍ­TU­LO 14

CA­PÍ­TU­LO 15

Agra­de­ci­mien­tos

«Cual­quier for­ma de re­pro­duc­ción, dis­tri­bu­ción, co­mu­ni­ca­ción pú­bli­ca o trans­for­ma­ción de esta obra solo pue­de ser rea­li­za­da con la au­to­ri­za­ción de sus ti­tu­la­res, sal­vo ex­cep­ción pre­vis­ta por la ley. Di­rí­ja­se a CE­DRO (Cen­tro Es­pa­ñol de De­re­chos Re­pro­grá­fi­cos). Si ne­ce­si­ta fo­to­co­piar o es­ca­near al­gún frag­men­to de esta obra (www.con­li­cen­cia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Las ma­le­tas del ol­vi­do

©2020 Pi­lar Mayo

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Di­se­ño de cu­bier­ta: Eva Ola­ya

Fo­to­gra­fía de cu­bier­ta: Shut­ters­tock

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1.ª edi­ción: oc­tu­bre 2020

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mun­do:

© 2020: Edi­cio­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 plan­ta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

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Nin­gu­na par­te de esta pu­bli­ca­ción, in­clui­do el di­se­ño de la cu­bier­ta, pue­de ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en ma­ne­ra al­gu­na ni por nin­gún me­dio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óp­ti­co, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta del edi­tor.

A mi hijo Da­niel, por ha­cer mi mun­do un poco me­jor.

CAPÍTULO 1

Gé­mi­nis: Apar­ca tus mie­dos y pon­te a tra­ba­jar para arre­glar una si­tua­ción que está afec­tan­do ne­ga­ti­va­men­te a tu vida. La se­ma­na po­dría com­pli­car­se en lo fa­mi­liar más de lo es­pe­ra­do. Ne­ce­si­ta­rás tiem­po.

Mie­do. Leo el ho­rós­co­po del día y es lo que sien­to, un mie­do irra­cio­nal por­que des­de que me des­per­té ten­go la sen­sa­ción de que algo malo me ron­da y pien­so que la pre­dic­ción para mi signo no pue­de ser más cer­te­ra. La per­so­na que lo ha es­cri­to pa­re­ce ha­ber­se ins­pi­ra­do en mí. Cie­rro el pe­rió­di­co, lo do­blo por la mi­tad y lo pon­go en el cubo del re­ci­cla­je, ¿a qué se re­fe­ri­rá cuan­do dice que arre­gle una si­tua­ción? ¿Y eso de que mi vida pue­de com­pli­car­se más? Ahí se equi­vo­ca, creo que eso es im­po­si­ble. Como si no fue­ra bas­tan­te com­pli­ca­do ya con­vi­vir con una hija amar­ga­da y re­sen­ti­da y sa­ber que tu otra hija es una in­fe­liz, aun­que de cara a la ga­le­ría ten­ga una fa­mi­lia casi per­fec­ta. Y digo casi por­que mi nie­ta es la ado­les­cen­te más re­bel­de y des­di­cha­da que co­noz­co y eso no se pue­de es­con­der.

Des­de lue­go los as­tros no se han por­ta­do bien con las mu­je­res de esta fa­mi­lia. Apa­ren­te­men­te todo fun­cio­na, pero solo fin­gi­mos. Si ras­cas un poco des­cu­bres una pá­ti­na de de­s­es­pe­ran­za en cada una de no­so­tras. Me pre­gun­to si no se­ría me­jor que pa­sa­ra algo gor­do para que reac­cio­ná­ra­mos, a pe­sar del mie­do que me da lo des­co­no­ci­do. Cual­quier cosa que des­es­ta­bi­li­ce lo que se ha con­ver­ti­do en nues­tra for­ma de su­per­vi­ven­cia me ate­rra, por­que ya es­ta­mos un poco ro­tas por den­tro. La pena es que nos he­mos acos­tum­bra­do al do­lor, a ser in­fe­li­ces cada una a nues­tra ma­ne­ra. Lo que real­men­te de­be­ría dar­me mie­do es esta ru­ti­na que nos aplas­ta y no lo que esté por ve­nir. No creo que nada pue­da ha­cer­nos sen­tir aún más des­gra­cia­das.

El so­ni­do del tim­bre me so­bre­sal­ta y me in­quie­ta. En esta ur­ba­ni­za­ción de ca­sas ado­sa­das, to­das igua­les, no sue­le ha­ber na­die a es­tas ho­ras, la gen­te está tra­ba­jan­do; solo vie­nen a dor­mir. Un pe­rro la­dra a lo le­jos rom­pien­do el si­len­cio. En­se­gui­da otros se unen a él y me pa­re­ce que es una se­ñal de lo que he leí­do hace un mo­men­to; como si las ma­las no­ti­cias es­tu­vie­ran lla­man­do a mi puer­ta, los ani­ma­les lo de­tec­ta­ran y esa fue­ra su ma­ne­ra de avi­sar­me para que no les per­mi­ta la en­tra­da.

Des­tie­rro esos pen­sa­mien­tos y, al abrir, veo a Mu­riel ves­ti­da de ne­gro de la ca­be­za a los pies, lle­na de pier­cings, con unas oje­ras que ha­cen jue­go con su ropa y una ex­pre­sión de des­am­pa­ro y tris­te­za que te da­rían ga­nas de abra­zar­la si te la cru­za­ras por la ca­lle, aun­que no la co­no­cie­ras de nada.

—Mu­riel, pasa, pero ¿qué ha­ces aquí a es­tas ho­ras? —le pre­gun­to mien­tras mi vis­ta se de­tie­ne en una mo­chi­la enor­me que trae con ella—. De­be­rías es­tar en el co­le­gio.

La arras­tro al in­te­rior y cie­rro la puer­ta. Hace mu­cho frío y no lle­va abri­go, solo un jer­sey va­rias ta­llas gran­de que pa­re­ce que quie­ra en­gu­llir­la.

—Odio a mi ma­dre, me he ido de casa —me dice mien­tras llo­ra abra­za­da a mí.

Mu­riel, mi nie­ta, que se lla­ma así por­que su ma­dre lo leyó en una no­ve­la y le gus­tó, ¡vál­ga­me Dios! Aun­que a mí el nom­bre me gus­ta, qui­zá por­que quie­ro a esta niña más que a nada. Da­ría todo lo que ten­go por­que fue­ra fe­liz. Es re­bel­de y no se ca­lla nada. Me re­cuer­da tan­to a mí que pa­re­ce más hija mía que de su ma­dre. Re­cuer­do con nos­tal­gia el día que na­ció, tan gor­di­ta, con ese olor a vida, ese co­lor ro­sa­do y esa mata de pelo ne­gra y abun­dan­te. Nada que ver con lo que es aho­ra: del­ga­da y tan pá­li­da que pa­re­ce un vam­pi­ro. El mie­do me obli­ga a ce­rrar los ojos mien­tras la abra­zo. Sé que lo que nos es­pe­ra no será me­jor que lo vi­vi­do. Sé que hay mu­cho ren­cor guar­da­do, in­jus­ti­fi­ca­do, en mi opi­nión. Si hay al­gún mo­ti­vo ocul­to, a mí se me es­ca­pa, y es muy di­fí­cil en­con­trar una so­lu­ción cuan­do no sa­bes lo que se su­po­ne que es­tás ha­cien­do mal.

—No di­gas eso nun­ca más. No es ver­dad. Tu ma­dre lo hace lo me­jor que sabe.

—Tú no tie­nes que vi­vir en esa casa. Son odio­sos los dos, unos em­bus­te­ros a los que solo les im­por­ta el di­ne­ro.

—Mu­riel, ca­ri­ño, ten­drías que ha­cer un es­fuer­zo para so­lu­cio­nar las co­sas con tu ma­dre, por­que si no el día de ma­ña­na te arre­pen­ti­rás. Aho­ra es­tás en­fa­da­da y no pien­sas con cla­ri­dad. Ve y deja la bol­sa en la ha­bi­ta­ción de Inés, anda, mien­tras lla­mo a tu ma­dre para de­cir­le que es­tás aquí.

Ya sa­bía yo que el ho­rós­co­po no se equi­vo­ca­ba: se ave­ci­na tor­men­ta. Cojo el te­lé­fono y lo sos­ten­go unos ins­tan­tes an­tes de mar­car, no quie­ro de­cir nada de lo que pue­da arre­pen­tir­me.

—¿Sí?

—Hola, Agus­ti­na, pá­sa­me a Ele­na, por fa­vor.

—Hola, se­ño­ra Am­pa­ro. La se­ño­ra no está en este mo­men­to. Si quie­re de­jar un re­ca­do…

—Agus­ti­na, dé­ja­te de cuen­tos y dile a mi hija que se pon­ga al te­lé­fono si no quie­re que me pre­sen­te en su casa con la bata y las za­pa­ti­llas que tan­to le gus­tan. —Se hace el si­len­cio al otro lado de la lí­nea. Al mo­men­to, mi hija, esa que no pa­re­ce hija mía y que se aver­güen­za de su ma­dre, se pone al te­lé­fono.

—¿Qué quie­res, mamá?

Con­tes­ta con voz de fas­ti­dio, ni si­quie­ra está aver­gon­za­da por ha­ber di­cho que no es­ta­ba.

—Tu hija está aquí con una mo­chi­la lle­na de ropa y, lo que es peor, otra lle­na de re­sen­ti­mien­to y pe­sar, esa va a ser más di­fí­cil va­ciar­la.

Cuel­go sin dar­le tiem­po a con­tes­tar, solo que­ría que su­pie­ra que Mu­riel está aquí, aun­que qui­zá no de­be­ría ha­ber­la lla­ma­do y que se hu­bie­ra preo­cu­pa­do un poco. Qué mal he de­bi­do de ha­cer­lo con ella como ma­dre. Es tris­te que tu hija sien­ta ver­güen­za por­que no es­tés a la al­tu­ra de lo que ella es­pe­ra de ti. Lo sé y me due­le no ser la ma­dre que a ella le hu­bie­ra gus­ta­do te­ner. Es como si la in­sul­ta­ra con mi pre­sen­cia.

Ele­na siem­pre fue es­pe­cial, ja­más tra­jo a nin­gún chi­co; no hu­bie­ra so­por­ta­do que vie­ran que su casa era hu­mil­de, con ta­pe­tes de gan­chi­llo en los bra­zos del sofá y unos mue­bles que más que de ma­de­ra pa­re­cían de car­tón. Lo de­bió de pa­sar fa­tal el día que vino por pri­me­ra vez con el que aho­ra es su ma­ri­do. Un ama­go de son­ri­sa apa­re­ce en mi cara al acor­dar­me de aquel día. Se pre­sen­tó en casa con un abo­ga­do que, a pe­sar de su ju­ven­tud, ya ga­na­ba mu­cho di­ne­ro. Tra­ba­ja­ba en el bu­fe­te de su pa­dre, que te­nía como clien­tes a la crè­me de la crè­me de la ciu­dad. Ya en­ton­ces era cla­sis­ta. No me gus­tó nada para ella, pre­sen­tía que no la ha­ría fe­liz y no me equi­vo­qué.

Me veo re­fle­ja­da en el cris­tal de la vi­tri­na y me re­co­lo­co el pelo, al que ya le hace fal­ta un tin­te. Cie­rro los ojos por­que no me gus­ta ver­me, pien­so que así es cómo me ve mi hija: una vie­ja con el pelo es­tro­pea­do y una bata an­cha en­ci­ma de la ropa gas­ta­da y có­mo­da que me pon­go para es­tar por casa.

Mu­riel re­gre­sa y se sien­ta con­mi­go en el sofá, el mis­mo que su ma­dre abo­rre­ce.

—La tía Inés está cada día más gor­da.

—Cada uno lle­va su pena como pue­de. —Y al de­cir eso sien­to que yo tam­po­co ges­tiono muy bien la mía—. Aho­ra cuén­ta­me qué te ha pa­sa­do.

—Mi ma­dre no me deja ir a una fies­ta el sá­ba­do por la no­che. Hago siem­pre lo que quie­ro y le da lo mis­mo, pero el sá­ba­do vie­ne el so­cio de mi pa­dre a ce­nar y te­ne­mos que in­ter­pre­tar a la fa­mi­lia fe­liz. Quie­re que me dis­fra­ce con un ves­ti­do que me ha com­pra­do, y yo le he di­cho que an­tes me cor­to las ve­nas. —Pone én­fa­sis en cada pa­la­bra, como si así tu­vie­ra más ra­zón y a mí no me que­da­ra más re­me­dio que re­co­no­cer­lo—. En­ton­ces ha em­pe­za­do a de­cir­me unas co­sas ho­rri­bles y yo le he di­cho que era una puta, por acos­tar­se con el ami­go de mi pa­dre. Me ha dado un bo­fe­tón y yo he vuel­to a lla­mar­la puta.

La úl­ti­ma fra­se la dice ba­ji­to, como si su­pie­ra que no voy a jus­ti­fi­car­lo, aun­que me gus­ta­ría que fue­ra por­que está arre­pen­ti­da.

—Mu­riel, por Dios. ¿Cómo le has di­cho eso a tu ma­dre?

—Por­que es ver­dad, todo el mun­do lo sabe. Tú tam­bién.

Apar­ta la mi­ra­da de mí por­que ima­gino que sabe que ha tras­pa­sa­do una lí­nea que no de­bía.

—No vuel­vas a de­cir eso de tu ma­dre nun­ca más, y mu­cho me­nos de­lan­te de mí, re­cuer­da que es mi hija. —Mu­riel abre la boca para re­pli­car­me, pero se arre­pien­te y no dice nada. Baja la mi­ra­da y la fija en sus bo­tas. Ima­gino que el ca­ri­ño que me tie­ne pesa más que la ra­bia que sien­te ha­cia su ma­dre; o qui­zá algo en mi mi­ra­da le ad­vier­te que es me­jor que se ca­lle—. Ya te he di­cho que cada uno lle­va su pena como pue­de. Es­cu­cha bien lo que voy a de­cir­te: nun­ca juz­gues a na­die, ja­más, aun­que su com­por­ta­mien­to te pa­rez­ca ho­rri­ble y pien­ses que tú no ac­tua­rías así. A ve­ces la vida te pone a prue­ba y no te da op­cio­nes. Tie­nes tan­to que apren­der…

Nos que­da­mos en si­len­cio y el zum­bi­do de la ne­ve­ra es lo úni­co que se oye, eso y el la­dri­do de los pe­rros, que me está po­nien­do los ner­vios de pun­ta.

—Lo sien­to —su­su­rra.

No con­tes­to, es mi ma­ne­ra de de­cir­le que es­toy en­fa­da­da, pero cuan­do bajo la mi­ra­da y veo sus cal­ce­ti­nes con un es­tam­pa­do de ga­ti­tos, que aso­man bajo las enor­mes bo­tas, cai­go en la cuen­ta de que es una niña y que no se me­re­ce pa­sar por esto. La aga­rro por el hom­bro y la atrai­go ha­cia mí. Ella se deja abra­zar y se aco­mo­da en mi pe­cho, como si qui­sie­ra es­con­der­se del mun­do y des­apa­re­cer.

Ele­na

«Puta». To­da­vía pue­do ver a Mu­riel es­cu­pién­do­me a la cara esa pa­la­bra. Puta. Lo mis­mo que de­ben pen­sar mu­chos. ¿Qué sa­brá la gen­te? Y qué sa­brá esa mo­co­sa. Me pre­gun­to cómo se ha­brá en­te­ra­do de lo de Ar­tu­ro. Soy muy cui­da­do­sa o, al me­nos, eso creía. Miro a mi al­re­de­dor y des­cu­bro lo fal­so que es todo lo que me ro­dea. Nun­ca ima­gi­né que mi vida lle­ga­ría a es­tar tan va­cía. Mire adon­de mire todo me so­bra. A lo me­jor tie­ne ra­zón mi hija y soy una puta, por­que me acues­to con el ami­go de mi ma­ri­do. Pero yo sé que él se tira a la mu­jer de su so­cio. Y no es que se can­sa­ra de mí, no tuvo tiem­po; fue así des­de el prin­ci­pio. Nues­tro ma­tri­mo­nio fue un ne­go­cio, no le hu­bie­ran ser­vi­do las mu­je­res de su cír­cu­lo, por­que al te­ner un col­chón eco­nó­mi­co don­de re­fu­giar­se le hu­bie­ran dado la pa­ta­da en cuan­to hu­bie­ran des­cu­bier­to la cla­se de per­so­na que es. Fui una in­ge­nua. Él solo bus­ca­ba una cara y un cuer­po bo­ni­to para po­der pre­su­mir. Cla­ro que yo solo que­ría su di­ne­ro, po­der vi­vir en una casa enor­me con ca­le­fac­ción en in­vierno y aire acon­di­cio­na­do en ve­rano, te­ner a al­guien que hi­cie­ra por mí las ta­reas de la casa, po­der com­prar­me todo lo que me vi­nie­ra en gana, una po­si­ción so­cial, fies­tas… ¿Qué se pue­de es­pe­rar de una re­la­ción que em­pie­za así?

Aun­que si él no me hu­bie­ra en­ga­ña­do pri­me­ro no sé si yo le es­ta­ría po­nien­do los cuer­nos. Su­pon­go que sí, por­que la vida que ima­gi­né jun­tos no re­sul­tó ser lo que es­pe­ra­ba.

Y mi ma­dre, ¿quién se cree que es para dar con­se­jos? Una mu­jer car­ga­da de su­pers­ti­cio­nes que no la de­jan vi­vir. ¿En se­rio cree que no nos da­mos cuen­ta de sus ma­nías? La tele, con el vo­lu­men en el nú­me­ro vein­ti­dós o en el doce, se­gún el rui­do que haya de fon­do, ni uno más ni uno me­nos; las pin­zas de ten­der la ropa de co­lor ama­ri­llo, siem­pre en la ces­ta, ja­más las usa, por­que el ama­ri­llo da mala suer­te, pero tam­po­co las tira; los za­pa­tos bien co­lo­ca­dos, ali­nea­dos como sol­da­dos el día del des­fi­le. Lo que me pa­re­ce más in­creí­ble es su for­ma de ha­cer la com­pra: sie­te to­ma­tes, sie­te man­za­nas, sie­te pa­ta­tas, da igual si so­mos dos o doce a co­mer, siem­pre sie­te; en cam­bio, si tie­ne que com­prar le­chu­gas solo coge las que ne­ce­si­ta. ¿Por qué las en­sa­la­das no tie­nen que ser sie­te? ¿Y qué pasa con las san­días o los me­lo­nes? Pa­re­ce que tam­po­co tie­nen que ser sie­te, gra­cias a Dios. Está ob­se­sio­na­da con el ho­rós­co­po: se cree todo lo que lee y cada ma­ña­na bus­ca el sig­ni­fi­ca­do de lo que ha so­ña­do en un dic­cio­na­rio de sue­ños. Esas su­pers­ti­cio­nes son tí­pi­cas de gen­te in­cul­ta y de pue­blo. Me pone en­fer­ma cuan­do sale de casa con esa bata de los chi­nos en­ci­ma del pan­ta­lón y con las za­pa­ti­llas de an­dar por casa, aun­que sea para ir a casa de su ami­ga, que está a una man­za­na.

—Se­ño­ra.

Le­van­to la vis­ta de la re­vis­ta que es­toy ojean­do; he pa­sa­do las ho­jas con tan­ta ra­bia que al­gu­nas se han ras­ga­do.

—Dime, Agus­ti­na.

—¿Cuán­tos se­rán a la hora de la cena?

—Es­ta­ré yo sola, aun­que no hace fal­ta que pre­pa­res nada, voy a sa­lir.

—Como diga la se­ño­ra.

Tiro la re­vis­ta en­ci­ma de la mesa y me aso­mo a la ven­ta­na. La ciu­dad está ilu­mi­na­da, el trá­fi­co no des­can­sa y en cada co­che via­ja una his­to­ria: al­gu­nas tris­tes; otras, me ima­gino que car­ga­das de bue­nas no­ti­cias. De esas, hace tiem­po que no lle­gan a esta casa.

San­tia­go pien­sa que soy ton­ta, pero es­toy al tan­to de todo. Sé que es­ta­mos en nú­me­ros ro­jos, que debe di­ne­ro a mu­cha gen­te y que los ne­go­cios no es­tán sa­lien­do como él es­pe­ra­ba. Aun así, no ha sido ca­paz de de­cir­me nada, se­gui­mos con el mis­mo rit­mo de vida. Yo es que no me lo ex­pli­co, aun­que la ver­dad es que tam­po­co pre­gun­to, por­que no me con­vie­ne. Lo que sé lo es­cu­ché en al­gu­na con­ver­sa­ción de las mu­chas que tie­ne por te­lé­fono. Soy tan in­vi­si­ble a sus ojos que a ve­ces se le ol­vi­da que no vive solo. Co­rro la cor­ti­na y voy a mi ha­bi­ta­ción. Los ta­co­nes se hun­den en la al­fom­bra de pelo, que cues­ta un di­ne­ral, igual que todo lo que hay en esta casa. Un piso gran­de y lu­jo­so en el que nun­ca me he sen­ti­do có­mo­da, ni si­quie­ra al prin­ci­pio, a pe­sar de ser todo lo que an­he­la­ba cuan­do es­ta­ba sol­te­ra. Los cua­dros que cuel­gan de las pa­re­des ni me gus­tan ni los en­tien­do, ade­más, no me trans­mi­ten nada.

Mien­tras bus­co qué po­ner­me, un buda enano que San­tia­go com­pró en un via­je a la In­dia y al que le tie­ne un ca­ri­ño es­pe­cial, me mira des­de la có­mo­da. Me acer­co y lo so­pe­so. To­da­vía no en­tien­do por qué pagó tan­to di­ne­ro por él, debe creer que tie­ne po­de­res má­gi­cos. Lo tiro al vá­ter y des­car­go el agua de la cis­ter­na.

Me ten­go que ves­tir, he que­da­do con Ar­tu­ro. Tam­bién es­toy har­ta de esta si­tua­ción; cual­quier día le doy puer­ta. ¿Por qué sigo que­dan­do con él? No es­toy enamo­ra­da, es solo atrac­ción, me pone ca­chon­da. Aun­que ten­go que re­co­no­cer que, si no lo veo en va­rios días, lo echo de me­nos; a pe­sar de que nues­tros en­cuen­tros sean fu­ga­ces y no com­par­ta­mos más que sexo. Des­de lue­go a él le con­vie­ne más que a mí esta re­la­ción: tie­ne una puta dis­po­ni­ble a pre­cio de sal­do. En­tre no­so­tros no hay prohi­bi­cio­nes ni ta­búes.

Me pre­gun­to por qué si­gue con su mu­jer. Yo no aban­dono a San­tia­go por­que me que­da­ría sin nada, pero no es su caso. Él tie­ne un buen tra­ba­jo y no tie­ne hi­jos; que es la ex­cu­sa que uti­li­zan la ma­yo­ría de los hom­bres in­fie­les para no rom­per sus ma­tri­mo­nios. Nun­ca ha­bla­mos de ella, me pa­re­ce­ría una fal­ta de res­pe­to. Aun­que su­pon­go que eso es lo que pasa cada vez que me acues­to con su ma­ri­do. ¡Qué hi­pó­cri­ta pue­do lle­gar a ser!

En­tro al ves­ti­dor enor­me y lu­jo­so y que hoy, des­pués de lo que ha pa­sa­do con Mu­riel, me re­pug­na, como todo en esta casa. Sien­to ra­bia ha­cia mi ma­dre por amar­gar­me el día, bus­co algo pro­vo­ca­ti­vo y arras­tro las per­chas en la ba­rra des­car­tan­do pren­das. Eli­jo un ves­ti­do ajus­ta­do de pun­to ne­gro con es­co­te en uve, un li­gue­ro y unas me­dias tam­bién ne­gras y unos za­pa­tos ro­jos de ta­cón que lo vuel­ven loco. No me pon­go su­je­ta­dor —el bis­tu­rí hace mi­la­gros— y pue­do per­mi­tir­me lu­cir un buen es­co­te sin uti­li­zar­lo. Arre­glar­me para ir a su en­cuen­tro me pone a cien. Nun­ca he sido una mo­ji­ga­ta, pero Ar­tu­ro es el úni­co hom­bre que me pro­vo­ca esta cla­se de de­seo, es­tas ga­nas de más. En nues­tros en­cuen­tros no hay ter­nu­ra ni con­ver­sa­cio­nes, ni nos que­da­mos en la cama abra­za­dos des­pués del sexo. Nos ve­mos, sa­tis­fa­ce­mos nues­tros de­seos se­xua­les, aun­que no los del alma —algo que a mí me ha­ría mu­cha más fal­ta— y se aca­bó, has­ta el pró­xi­mo en­cuen­tro.

Ya en el taxi, lla­mo a Mu­riel; no lo coge. Ya me lo es­pe­ra­ba, pero aun así, esa ma­ne­ra de ig­no­rar­me me due­le. Es­pe­ro que se le pase la ra­bie­ta pron­to, aun­que si está con mi ma­dre no ten­go que pa­sar­me el día dis­cu­tien­do con ella por cual­quier cosa, es ago­ta­dor. Se­gu­ra­men­te aho­ra es­ta­rán ce­nan­do las tres en la sa­li­ta, como la lla­ma mi ma­dre, con dos ba­rras de la es­tu­fa eléc­tri­ca en­cen­di­das, nun­ca una ni tres.

¿Des­de cuán­do tie­ne esas ma­nías? No sa­bría de­cir­lo. El día que mi pa­dre se lar­gó para no vol­ver nun­ca más, Inés y yo éra­mos muy pe­que­ñas, qui­zá em­pe­za­ron a raíz del aban­dono. Qué pa­ra­do­ja, mi ma­dre y mi her­ma­na aban­do­na­das por sus pa­re­jas y yo, que pa­ga­ría lo que fue­ra por qui­tar­me de en­ci­ma a San­tia­go, ten­go que car­gar con él. Sé que se­ría más fe­liz sola. No lo so­por­to. Me irri­ta todo lo que hace: leer el dia­rio por las ma­ña­nas mien­tras desa­yu­na­mos sin dig­nar­se a di­ri­gir­me la pa­la­bra, la ma­ne­ra de ajus­tar­se las ga­fas con­ti­nua­men­te y, lo peor de todo, cuan­do se equi­vo­ca al di­ri­gir­se a mí y con­fun­de mi nom­bre con el de su aman­te, por­que sé que lo hace a pro­pó­si­to. Le ten­go tan­ta ma­nía que me saca de qui­cio has­ta que res­pi­re, suer­te que la casa es enor­me y coin­ci­di­mos poco. A ve­ces me sor­pren­do ima­gi­nan­do que tie­ne un ac­ci­den­te y ya no ten­go que aguan­tar­lo más, des­pués me sien­to una ar­pía por desear­le la muer­te. Se­ría mu­cho más sen­ci­llo se­pa­rar­me, pero me ate­rra te­ner que em­pe­zar de cero y sé que me de­ja­ría sin nada.

Lo de la cena del sá­ba­do me pro­vo­ca has­tío. For­ma par­te de la co­me­dia de mi ma­tri­mo­nio: aun­que cada uno haga su vida, hay obli­ga­cio­nes de las que no pue­do es­ca­quear­me. Fer­nan­do, el so­cio de San­tia­go, es un cer­do ba­bo­so; no me pue­de dar más asco cómo me mira.

Pago al ta­xis­ta y cie­rro la puer­ta de­ma­sia­do fuer­te, como si qui­sie­ra des­car­gar mi ra­bia a gol­pes, por­que no soy ca­paz de ha­cer­lo de otra ma­ne­ra. En­tro en el as­cen­sor que me lle­va­rá al sép­ti­mo cie­lo, al piso del pe­ca­do y la lu­ju­ria. Por un rato me ol­vi­da­ré de mi ma­ri­do, de que no lo quie­ro, de que mi hija es una in­fe­liz, de que a ve­ces me doy asco por lo am­bi­cio­sa que soy y de que, a pe­sar de te­ner­lo casi todo, no ten­go nada.

Me de­ten­go de­lan­te de la puer­ta y re­ti­ro el dedo del tim­bre. ¿Es esto lo que quie­ro? Po­dría de­jar a San­tia­go para po­der en­con­trar a al­guien con quien com­par­tir mi vida. Aún soy jo­ven y quie­ro sen­tir la ma­gia del enamo­ra­mien­to, pero no me ima­gino otro tipo de vida que no sea la que ten­go aho­ra. Mi dedo, como si tu­vie­ra vida pro­pia, toca el tim­bre sin aten­der mis du­das

CAPÍTULO 2

Ge­mi­nis: Si quie­res que se arre­gle una si­tua­ción fa­mi­liar que te per­tur­ba ten­drás que po­ner de tu par­te. Con­tro­la tu ge­nio para que todo vuel­va a la nor­ma­li­dad.

No de­be­ría leer el ho­rós­co­po, al me­nos no cuan­do hay algo que no mar­cha bien, por­que si me dice algo malo me paso todo el día es­pe­ran­do que su­ce­da. Tiro del ca­ble de la plan­cha y la dejo en­ci­ma del már­mol para que se en­fríe sin ha­ber plan­cha­do nada, lo que aca­bo de leer me an­gus­tia.

Que con­tro­le mi ge­nio, dice. Bas­tan­te me guar­do, a ve­ces son tan­tas co­sas que pien­so que, si no las suel­to, aca­ba­rán aho­gán­do­me. Cuan­do Mu­riel baje a desa­yu­nar ha­bla­ré con ella; no quie­ro ni pen­sar cómo debe sen­tir­se y lo que le ron­da­rá por la ca­be­za. Con quien de­be­ría ha­blar tam­bién es con Inés, no pue­de se­guir así, está su­frien­do y yo con ella.

No es la pri­me­ra mu­jer a la que aban­do­nan, aun­que sí una de las po­cas a las que de­jan el día an­tes de la boda. Fue te­rri­ble, lo re­cuer­do como si fue­ra ayer. El ves­ti­do de no­via col­ga­do en la lám­pa­ra del co­me­dor para que no se arru­ga­ra. Ella tan con­ten­ta, tan ilu­sio­na­da. Siem­pre tuvo buen ca­rác­ter, no se pa­re­ce en nada a Ele­na, no pue­den ser más di­fe­ren­tes. Pa­re­ce que la es­toy vien­do, pa­sean­do por casa con el pi­ja­ma y los ta­co­nes para que no le hi­cie­ran daño al día si­guien­te. Le hi­cie­ron daño, pero no fue­ron los za­pa­tos.

No en­tien­do por qué él es­pe­ró al día an­tes para de­cir­le que no se ca­sa­ba, qué co­bar­de. Aun­que, pen­sán­do­lo bien, po­dría de­cir­se que rom­per con ella an­tes de em­pe­zar un ma­tri­mo­nio que los ha­bría he­cho in­fe­li­ces a am­bos fue un ges­to va­lien­te. Aho­ra la úni­ca in­fe­liz es Inés, y me cam­bia­ría por ella para evi­tar ver­la así. Ese día, mi pe­que­ña no per­dió solo a su pa­re­ja, per­dió la au­to­es­ti­ma, la ilu­sión, la con­fian­za... Des­pués per­dió mu­cho más: se que­dó sin tra­ba­jo, sin ami­gas… Al prin­ci­pio la es­cu­cha­ban, pero todo el mun­do se can­sa, ade­más, se ais­ló, no sa­lía de casa y no con­tes­ta­ba al te­lé­fono.

Está hun­di­da, pero no quie­re sa­lir del pozo, se pasa el día en pi­ja­ma o en chán­dal, con esa cha­que­ta lar­ga de pun­to que pa­re­ce un abri­go y que tie­ne un agu­je­ro en la man­ga. Me en­tran ga­nas de arras­trar­la a la ba­ñe­ra para la­var­le el pelo, ese pelo gra­so pe­ga­do a la cara que lle­va suel­to todo el día como si qui­sie­ra es­con­der­se de­ba­jo de él.

A ve­ces pien­so que está tras­tor­na­da. Ha en­gor­da­do un mon­tón de ki­los, está obe­sa y le da igual, por­que no para de co­mer. Y aun­que es des­cui­da­da con su as­pec­to nun­ca deja de pin­tar­se los la­bios de rojo. Da ver­da­de­ra pena ver­la con esa ropa, ese pelo y esos la­bios ro­jos. Se pasa el día hun­di­da en el sofá o acos­ta­da es­cu­chan­do mú­si­ca, siem­pre las mis­mas can­cio­nes de desamor, me las sé de me­mo­ria. El ves­ti­do de no­via si­gue col­ga­do de­trás de la puer­ta de su ha­bi­ta­ción. Al prin­ci­pio no qui­se qui­tar­lo de ahí, pen­sa­ba que ne­ce­si­ta­ba un tiem­po de due­lo, pero ya está du­ran­do de­ma­sia­do. Echo tan­to de me­nos a mi hija, esta no es ella, es una ré­pli­ca, una co­pia ba­ra­ta y de mala ca­li­dad. Está amar­ga­da. Lo peor que te pue­de pa­sar es vi­vir amar­ga­da, es­tar tris­te es malo, pero sen­tir ren­cor es ho­rri­ble.

Lla­man por te­lé­fono y dejo que sue­ne cua­tro ve­ces an­tes de co­ger­lo, es otra ma­nía, pien­so que si lo cojo an­tes será una mala no­ti­cia. Pro­pa­gan­da de te­le­fo­nía, pen­sa­ba que se­ría Ele­na; cómo pue­de des­cui­dar así a su hija; yo mo­ri­ría por las mías y a ella pa­re­ce que no le im­por­te, no en­tien­do cómo pue­de ser así.

—Bue­nos días, abue­la.

—Bue­nos días. —Al gi­rar­me veo a Mu­riel en la puer­ta de la co­ci­na y pien­so en lo me­nu­da que se ve en pi­ja­ma. Sin gota de ma­qui­lla­je es una niña, aun­que se em­pe­ñe en dis­fra­zar­se de adul­ta—. ¿Has des­can­sa­do?

—No mu­cho, la tía Inés ha es­ta­do llo­ran­do toda la no­che, y me daba tan­ta pena… Ya ha pa­sa­do mu­cho tiem­po, y ese tío era un gi­li­po­llas, ya de­be­ría es­tar bien. He in­ten­ta­do ha­blar con ella, pero no me con­tes­ta. ¿Por qué tie­ne el ves­ti­do de no­via col­ga­do de­trás de la puer­ta?

Saca una bo­te­lla de Ca­cao­lat de la ne­ve­ra y bebe a mo­rro.

—No lo sé, por más vuel­tas que le doy no en­cuen­tro ex­pli­ca­ción, y ella no ha­bla de eso. Una vez lo guar­dé mien­tras se du­cha­ba y, cuan­do se dio cuen­ta de que no es­ta­ba, se vol­vió loca. Voy a ver si baja a desa­yu­nar con no­so­tras.

Hace nada que me he le­van­ta­do y ya es­toy ago­ta­da. Subo la es­ca­le­ra para ir a la ha­bi­ta­ción de Inés arras­tran­do los pies, como si lo que lle­vo a cues­tas pe­sa­ra de­ma­sia­do. Odio esta casa y pien­so que nos trae mala suer­te. Lla­mo a la puer­ta, Inés no con­tes­ta y, en cuan­to oye que en­tro, se tapa la ca­be­za con la sá­ba­na. Me sien­to en el bor­de de la cama y le pon­go una mano en el hom­bro.

—Inés, ven a desa­yu­nar con no­so­tras, anda, Mu­riel ne­ce­si­ta com­pa­ñía y yo soy ma­yor, no en­tien­do de co­sas de jó­ve­nes. Te ven­drá bien ma­dru­gar un po­qui­to, des­pués po­de­mos ir al cen­tro co­mer­cial, ne­ce­si­tas ropa, y así te dis­traes. —El bul­to que hay de­ba­jo de la sá­ba­na y que se su­po­ne que es mi hija no se mue­ve ni con­tes­ta, es como si ha­bla­ra con la pa­red. —Está bien, haz lo que quie­ras, pero te vas a arre­pen­tir del tiem­po que es­tás des­per­di­cian­do, ti­rán­do­lo a la ba­su­ra. El tiem­po es lo más va­lio­so que te­ne­mos, no vuel­ve nun­ca, no po­drás re­cu­pe­rar­lo ja­más. ¿Por qué te em­pe­ñas en ser in­fe­liz? Tu ac­ti­tud es ma­so­quis­ta, ¿te acuer­das de cómo eras an­tes? De­rro­cha­bas ale­gría, igual ago­tas­te tus re­ser­vas y por eso aho­ra no te que­da nada. Na­die se me­re­ce este su­fri­mien­to, Inés. Si ese hom­bre no que­ría es­tar con­ti­go, peor para él. Tú es­tás aquí, de­ján­do­te la vida, es­con­di­da de­trás de ese pi­ja­ma vie­jo, mon­ta­ñas de do­nuts y ese pin­ta­la­bios rojo, y él se­gu­ra­men­te no se acuer­da de ti ni un se­gun­do del día. Dé­ja­me ayu­dar­te, no sa­bes lo que su­po­ne para mí ver como des­apro­ve­chas tu vida de esta ma­ne­ra ab­sur­da.

Me da la sen­sa­ción de que se ha en­co­gi­do. Me due­le ha­blar­le así y aca­bo ca­llan­do; le di­ría mu­chas más co­sas, pero no quie­ro ha­cer­le más daño. Es­pe­ro unos ins­tan­tes en los que Inés no se mue­ve, casi pa­re­ce que no res­pi­re, como si ade­más de es­tar muer­ta por den­tro lo es­tu­vie­ra tam­bién fí­si­ca­men­te. Me le­van­to de la cama y sal­go de la ha­bi­ta­ción sin ob­te­ner res­pues­ta. Me dan ga­nas de en­trar de nue­vo, arras­trar­la es­ca­le­ras aba­jo y echar­la a la ca­lle para no te­ner que ver en lo que se ha con­ver­ti­do. ¿Qué cla­se de ma­dre soy que me veo in­ca­paz de ayu­dar a mi hija?

Des­pués de desa­yu­nar acer­co a Mu­riel, que se ha dis­fra­za­do de nue­vo, al ins­ti­tu­to. Esa ropa y ese ma­qui­lla­je para pa­re­cer más dura no en­ga­ñan a na­die. Ten­go hora en la pe­lu­que­ría para po­ner­me el tin­te y ella me dice que vol­ve­rá a casa con una ami­ga, que no me preo­cu­pe. Al des­pe­dir­nos me da un abra­zo, sien­to su cuer­po me­nu­do en­tre mis bra­zos y pien­so que es tan frá­gil que la vida po­dría des­tro­zar­la de un zar­pa­zo en un sus­pi­ro. Es­pe­ro en el co­che has­ta que la pier­do de vis­ta, por­que se ca­mu­fla en­tre un mon­tón de ado­les­cen­tes, y me sien­to vie­ja, como si la vida ya no tu­vie­ra sen­ti­do para mí por­que no me tie­ne nada nue­vo re­ser­va­do.

En la pe­lu­que­ría ten­go que es­pe­rar un poco y la ca­be­za no deja de dar vuel­tas. Ten­go una re­vis­ta en las ma­nos, aun­que no leo nada, es­toy es­cu­chan­do a la mu­jer que está sen­ta­da a mi lado y no sé si reír­me o llo­rar. Está ha­blan­do con la pe­lu­que­ra, dan­do lec­cio­nes de cómo ser una bue­na ma­dre y una per­fec­ta ama de casa. Me pa­re­ce in­creí­ble.

Dice que no hay que apun­tar a los ni­ños a ac­ti­vi­da­des ex­tra­es­co­la­res, que es me­jor es­tar con ellos, que hay pa­dres que los apar­can allí para qui­tár­se­los de en­ci­ma. Nada de pre­co­ci­na­dos, a ella le gus­ta co­ci­nar. Para ce­nar, ver­du­ra y pes­ca­do a la plan­cha; si al­gún día toca piz­za, como un ex­tra, no por nor­ma, la masa la hace ella. La co­mi­da no se sir­ve en la co­ci­na, aun­que sea más in­có­mo­do hay que lle­var la sopa al co­me­dor, con una so­pe­ra. Hay que de­di­car tiem­po a los hi­jos, dice, por­que si no, lue­go te sa­len mal. La miro con des­ca­ro y ella me son­ríe, como si pen­sa­ra que le es­toy dan­do la ra­zón. Me fijo en que luce una ma­ni­cu­ra per­fec­ta y que va pin­ta­da como una puer­ta, por lo que se ha te­ni­do que pa­sar un buen rato de­lan­te del es­pe­jo. Ade­más va ves­ti­da de ma­ne­ra im­pe­ca­ble, no me la ima­gino ha­cien­do todo eso que pre­di­ca. Me es­toy po­nien­do en­fer­ma. Qué mier­da de ma­dre y ama de casa he de­bi­do de ser. Ade­más de ha­ber­lo he­cho tan mal nun­ca he te­ni­do una so­pe­ra.

La ma­dre per­fec­ta no exis­te, aun­que para mí es­ta­ría más cer­ca de ser­lo la que cría a sus hi­jas sola por­que su ma­ri­do des­apa­re­ce para siem­pre des­pués de de­ci­dir que quie­re vi­vir la vida y que le vie­ne gran­de el ofi­cio de pa­dre. La que se le­van­ta a las cin­co de la ma­ña­na para de­jar la co­mi­da pre­pa­ra­da por­que tra­ba­ja tan­tas ho­ras en una mier­da de fá­bri­ca que si no co­ci­na­ra de ma­dru­ga­da no ten­dría tiem­po para es­tar con ellas des­pués. La que no se da un ca­pri­cho nun­ca por­que el di­ne­ro no al­can­za y, a ra­tos, está tan ago­ta­da que le mo­les­tan has­ta sus hi­jas. Y lle­ga in­clu­so a plan­tear­se si no hu­bie­ra sido me­jor no te­ner­las, para arre­pen­tir­se en­se­gui­da de esos pen­sa­mien­tos que ha­cen que se sien­ta una mala per­so­na y una ma­dre ne­fas­ta. Esa mis­ma que mien­te a lo gran­de y les dice que su pa­dre se ha te­ni­do que ir a tra­ba­jar fue­ra, que no vie­ne a ver­las por­que está muy le­jos y tra­ba­ja mu­cho para que no les fal­te de nada, por­que su papá las quie­re más que a nada en el mun­do. Des­pués, de no­che, a es­con­di­das, es­cri­be car­tas que echa al co­rreo para que ellas pien­sen que se las ha es­cri­to él.

Los re­cuer­dos due­len, a pe­sar del tiem­po que ha pa­sa­do, y por un ins­tan­te pien­so que me echa­ré a llo­rar, por­que ellas no eli­gie­ron a su pa­dre, la cul­pa­ble fui yo, que no supe ele­gir. La mu­jer de la ma­ni­cu­ra per­fec­ta me ha es­tro­pea­do el día, si­gue ha­blan­do sin pa­rar, no se ca­lla y me está dan­do do­lor de ca­be­za. In­ten­to no es­cu­char­la, cosa que me re­sul­ta muy di­fí­cil. Las ga­nas de llo­rar aprie­tan y pien­so en que a lo me­jor si hu­bie­ra te­ni­do una so­pe­ra y hu­bie­ra he­cho to­das esas co­sas que dice mi ma­ri­do no se hu­bie­ra ido con otra.

Le digo a la pe­lu­que­ra que no me en­cuen­tro bien, que ven­dré otro día, y me voy a casa. Me sien­to de­rro­ta­da y me pre­gun­to si la si­tua­ción que es­tán vi­vien­do aho­ra mis hi­jas es una con­se­cuen­cia del aban­dono de su pa­dre y de ha­ber te­ni­do una ma­dre a ve­ces au­sen­te, por­que no po­día lle­gar a todo, y a ve­ces ab­sor­ben­te por el mis­mo mo­ti­vo, y no sé si to­das es­ta­mos to­ca­das psi­co­ló­gi­ca­men­te ni has­ta cuán­do se­re­mos ca­pa­ces de so­por­tar esta si­tua­ción.

Inés

Ya se han ido. ¿Por qué no me de­ja­rán tran­qui­la? Qué pe­sa­da que es mi ma­dre. Sé que se preo­cu­pa por mí, pero a ella no la de­ja­ron plan­ta­da el día an­tes de su boda con el piso mon­ta­do ni tuvo que lla­mar a los in­vi­ta­dos para anu­lar la ce­re­mo­nia sin sa­ber qué de­cir. ¿Qué ex­pli­ca­ción po­día dar? ¿Que el no­vio ha­bía des­cu­bier­to que es­ta­ba enamo­ra­do de otra mu­jer, a pe­sar de que el día an­tes ha­bía he­cho el amor con la que es­ta­ba a pun­to de con­ver­tir­se en su es­po­sa y con quien iba a com­par­tir el res­to de su vida?

A ra­tos lo dis­cul­po di­cién­do­me a mí mis­ma que fue ho­nes­to: no me que­ría y no hu­bié­ra­mos sido fe­li­ces. Pero la ma­yo­ría del tiem­po lo odio por lo que me hizo: no ha­bía ne­ce­si­dad de es­pe­rar tan­to, de­bió ha­ber­me de­ja­do an­tes. Y esa ma­ne­ra co­bar­de de de­cír­me­lo, por te­lé­fono, sin atre­ver­se a dar la cara.

¿Cómo es que no me di cuen­ta an­tes? Me mar­ti­ri­zo pen­san­do eso, en lo cie­ga que es­tu­ve. Qui­zá si no hu­bie­ra sido tan in­ge­nua no lo hu­bie­ra pa­sa­do tan mal des­pués. Per­der algo que no es per­fec­to no due­le tan­to, aun­que para mí él lo era y nues­tra re­la­ción tam­bién. Lo peor de todo fue te­ner que ir a re­co­ger mis co­sas al piso en el que íba­mos a vi­vir. Me dio la sen­sa­ción de es­tar va­cian­do los ar­ma­rios de un di­fun­to. Me ha­bía ima­gi­na­do lo do­lo­ro­so que de­bía ser des­ha­cer­se de las per­te­nen­cias de un ser que­ri­do cuan­do fa­lle­ce; y ahí es­ta­ba yo, sa­can­do co­sas de los ca­jo­nes, lle­nan­do ca­jas y ma­le­tas sin po­der pa­rar de llo­rar; con mi ma­dre ayu­dán­do­me e in­ten­tan­do ani­mar­me a su ma­ne­ra, que no siem­pre es la me­jor. Ten­dría que ha­ber­le he­cho caso y ha­ber lle­na­do una ma­le­ta de re­cuer­dos y de pa­sa­do, como si todo lo que viví con él no hu­bie­ra exis­ti­do, ce­rrar­la y ti­rar la lla­ve. Pero ¿cómo se hace eso? «Inés, deja una ma­le­ta va­cía y llé­na­la de las co­sas que quie­ras ol­vi­dar, tó­ma­te tu tiem­po y mete todo lo que no quie­ras re­cor­dar por­que te hará daño. La de­ja­re­mos ti­ra­da por el ca­mino, así, cuan­do ten­gas la ten­ta­ción de re­cor­dar, pen­sa­rás en que es me­jor ol­vi­dar, mete lo que due­le en una ma­le­ta y aban­dó­na­la». No qui­se de­cir­le que no, aun­que me pa­re­cía ri­dícu­lo. Es­ta­ba tan he­cha pol­vo que todo me daba igual. Lo que a cual­quie­ra le pa­re­ce­ría un dis­pa­ra­te, en mi ma­dre es lo más nor­mal del mun­do. Me dejó sola en una ha­bi­ta­ción con una ma­le­ta va­cía abier­ta, una li­bre­ta y un boli, para que hi­cie­ra una lis­ta con todo de lo que que­ría des­ha­cer­me. La ti­ra­mos en un con­te­ne­dor an­tes de lle­gar a casa. Lás­ti­ma, por­que aban­do­né la ma­le­ta allí, pero tra­je con­mi­go lo que ten­dría que ha­ber­se que­da­do en su in­te­rior y no soy ca­paz de ha­cer que des­apa­rez­ca.

Cuan­do lo ana­li­zo, pien­so que ya de­be­ría sen­tir­me bien, pero el amor es irra­cio­nal. Cada vez es­toy más gor­da, todo me que­da pe­que­ño y, como sal­go po­quí­si­mo, ni me vis­to. Lo úni­co que con­ser­vo de mi vida an­te­rior son los la­bios pin­ta­dos de rojo. Esa boca que tan­to le gus­ta­ba a él. Siem­pre me de­cía que mis la­bios es­ta­ban he­chos para ser be­sa­dos. Cuan­do me miro al es­pe­jo es lo úni­co bo­ni­to que veo. La cara me ha en­gor­da­do y la pa­pa­da me tapa el cue­llo has­ta un pun­to que pa­re­ce ha­ber des­apa­re­ci­do; sin em­bar­go, no pue­do de­jar de co­mer. Como no ten­go bas­tan­te con mi ma­dre, ano­che Mu­riel me hizo sen­tir fa­tal.

«Tita, no pue­des es­tar así, ese tío era un gi­li­po­llas. ¿No veías cómo le mi­ra­ba las te­tas a mi ma­dre? De­be­ría dar­te igual que te de­ja­ra, hay más hom­bres y más gua­pos. Es­tás muy gor­da, con lo gua­pa que eras. ¿Por qué no lla­mas a tus ami­gas? No sa­les nun­ca. Ade­más, a ve­ces es me­jor es­tar sola. Mira, mi ma­dre no quie­re a mi pa­dre ni él la quie­re a ella, eso es peor que que te de­jen. Cuan­do sea ma­yor, si me caso, no quie­ro es­tar con una per­so­na que no me quie­ra, pre­fie­ro que me deje, como te pasó a ti. ¿Para qué es­tar con un hom­bre que no te quie­re? Eso es en­ga­ñar al otro aun­que no le pon­gas los cuer­nos. Mis pa­dres no ha­cen nada jun­tos, no se quie­ren ni se so­por­tan. A mí tam­po­co me quie­ren. —Sus­pi­ró y es­pe­ró un poco an­tes de se­guir ha­blan­do—. Les da igual lo que haga, no se preo­cu­pan si me voy a casa de una ami­ga el fin de se­ma­na y no los lla­mo, ellos no me lla­man para nada, no sa­ben si es­toy bien o si me ha pa­sa­do algo. Al­gu­na vez he lle­ga­do a casa bo­rra­cha des­pués de una no­che de fies­ta y ni si­quie­ra me han re­ñi­do, han he­cho como que no han vis­to nada. A ti la abue­la te quie­re y se preo­cu­pa por ti, qué suer­te, y tú llo­ran­do por ese im­bé­cil. ¿Por qué no te des­car­gas una app para bus­car pa­re­ja? —Ahí le cam­bió la voz, es­ta­ba emo­cio­na­da con su ocu­rren­cia y noté cómo se in­cor­po­ró en la cama—. Po­ne­mos una foto fal­sa por si te en­cuen­tras a al­gún co­no­ci­do, a lo me­jor co­no­ces a al­guien in­tere­san­te, aun­que sea para ha­blar, pue­de ser di­ver­ti­do. Esta no­che te lo pien­sas y me di­ces algo. Tita, te quie­ro. Mu­cho. Bue­nas no­ches».

Me dio mu­cha pena por ella y por mí. Pen­sar que tus pa­dres no te quie­ren debe de ser ho­rri­ble, aun­que no fui ca­paz de de­cir­le que yo tam­bién la quie­ro. Es­tu­ve es­pe­ran­do a que apa­ga­ra la luz de la lam­pa­ri­ta, pero ni que­dán­do­nos a os­cu­ras me sa­lió de­cír­se­lo. Me sen­té en la cama y me que­dé un rato así, es­pe­ran­do a ver si era ca­paz de de­cir­le que no es­ta­ba sola y que la que­ría. Me hu­bie­ra gus­ta­do me­ter­me en su cama y abra­zar­la, pero pen­sé que no ca­bría­mos las dos, por­que es­toy muy gor­da, y que yo igual le daba asco. Solo un abra­zo, eso me hu­bie­ra gus­ta­do, acom­pa­sar mi res­pi­ra­ción a la suya. ¿En qué me es­toy con­vir­tien­do? Quie­ro a esta niña como si fue­ra mía, a ve­ces pien­so que la quie­ro más que su pro­pia ma­dre. Cuan­do era pe­que­ña pa­sa­ba mu­chas tem­po­ra­das en casa; sus pa­dres via­ja­ban mu­cho, es lo que tie­ne ser rico. Mi her­ma­na está cie­ga. ¿No se da cuen­ta de que toda esa re­bel­día es para lla­mar la aten­ción? Ella está fe­liz de la vida solo con que Agus­ti­na le diga «se­ño­ra esto, se­ño­ra lo otro». ¡Qué ri­dí­cu­la! No la en­vi­dio para nada, hay co­sas que el di­ne­ro no pue­de com­prar.

Saco un pa­que­te de dó­nuts de cho­co­la­te y me sien­to con la caja en el re­ga­zo. Pa­seo la vis­ta por la co­ci­na y veo todo per­fec­ta­men­te or­de­na­do, no hay nada fue­ra de su si­tio: los bo­tes de las es­pe­cias con la eti­que­ta ha­cia de­lan­te; los pa­ños de co­ci­na do­bla­dos to­dos igual, per­fec­tos; las bol­sas de plás­ti­co den­tro de un ta­rro de cris­tal, me­ticu­losa­men­te do­bla­das. Me chu­po los de­dos an­tes de co­ger otro dó­nut. A mi her­ma­na le po­nen en­fer­ma las ma­nías de mi ma­dre; a mí me dan igual, la mu­jer no hace daño a na­die. Se cree me­jor que no­so­tras. No vie­ne casi nun­ca y, cuan­do lo hace, me mira con cara de asco, debe de odiar a los gor­dos; ella luce cuer­pa­zo de gim­na­sio y te­tas ope­ra­das.

Si hu­bie­ra algo que me de­vol­vie­ra las ga­nas de vi­vir… Ne­ce­si­to un em­pu­jón, yo sola no pue­do. Al prin­ci­pio es­ta­ba hun­di­da, algo des­pués hice un es­fuer­zo, pero ya me fue im­po­si­ble. Sé que por mu­cho tiem­po que pase y, aun­que me re­cu­pe­re, nun­ca vol­ve­ré a ser la mis­ma: algo se rom­pió den­tro de mí el día que me dejó. El pa­sa­do no deja de ve­nir a vi­si­tar­me, me lle­va de pa­seo, me mon­ta en el tren de los re­cuer­dos, un tren del que no me quie­ro ba­jar, y poco im­por­ta que aban­do­na­ra esa ma­le­ta en el ca­mino, la tris­te­za via­ja li­ge­ra de equi­pa­je.

CAPÍTULO 3

So­ñar con pes­ta­ñas: Es de mal au­gu­rio. Si sue­ña que se le caen sig­ni­fi­ca que algo va a ir mal. So­ñar que tie­ne las pes­ta­ñas cor­tas quie­re de­cir que va a llo­rar mu­cho por una des­gra­cia.

Como si ne­ce­si­ta­se un re­cor­da­to­rio de lo que está pa­san­do, la pan­ta­lla del or­de­na­dor se en­car­ga de ad­ver­tir­me para que no me ol­vi­de. ¿Para qué ha­bré mi­ra­do el sig­ni­fi­ca­do del sue­ño? ¡Qué ton­te­ría! ¿Cómo va a sa­ber na­die lo que sig­ni­fi­ca un sue­ño? Es me­jor no ha­cer caso, creer­se es­tas co­sas es de gen­te in­cul­ta, como dice Ele­na.

Hoy es sá­ba­do, el día de la cena con la fa­mi­lia del so­cio de mi yerno. Mu­riel se ha em­pe­ña­do en que no va y su ma­dre en que vaya. Aho­ra es cues­tión de ver quién pue­de más. Esta no­che la lla­ma­ré, ayer la lle­vé a su casa para que se sen­ta­ra a la mesa en esa di­cho­sa cena. Des­pués, si quie­re, pue­de mu­dar­se con­mi­go. Nun­ca se lo he per­mi­ti­do, aun­que me lo ha pe­di­do mon­to­nes de ve­ces. Te­nía la ab­sur­da es­pe­ran­za de que las co­sas se arre­gla­rían en­tre ellas, pero me temo que eso no va a pa­sar. Solo es­pe­ro que, con el paso del tiem­po, mi hija se dé cuen­ta de lo mal que lo está ha­cien­do. Mu­riel no se me­re­ce pa­sar la ado­les­cen­cia en esa casa, tan fal­ta de amor y tan lle­na de men­ti­ras y en­ga­ños.

Sal­go a com­prar y no pue­do qui­tar­me de la ca­be­za lo ab­sur­do que es bus­car el sig­ni­fi­ca­do de los sue­ños. Me sien­to en un ban­co por­que no me en­cuen­tro bien. Des­de hace años ten­go unas ma­nías que no lo­gro de­jar atrás. Es­toy con­ven­ci­da de que si dejo de ha­cer de­ter­mi­na­das co­sas, su­ce­de­rá algo malo. Como si que las mu­je­res de mi casa sea­mos unas in­fe­li­ces no fue­ra ya su­fi­cien­te ca­tás­tro­fe. To­das so­mos des­gra­cia­das. Es­ta­mos de­jan­do es­ca­par la vida, como se es­ca­pa la are­na de la pla­ya en­tre los de­dos cuan­do quie­res re­te­ner­la en tus ma­nos.

Cuan­do el pa­dre de mis hi­jas me aban­do­nó no tuve tiem­po para la­men­tar­me. Cla­ro que llo­ra­ba, cada día, pero se­guí vi­vien­do. Tuve que criar­las yo sola, sin ayu­da y sin di­ne­ro; pero no re­cuer­do esa épo­ca como una eta­pa gris. A nues­tra ma­ne­ra, lo pa­sá­ba­mos bien. Les es­con­dí mi pena, o eso pen­sa­ba yo. Qui­zá no lo hice tan bien y aho­ra re­pi­ten un pa­trón apren­di­do. ¿Cuán­do em­pe­za­ron a tor­cer­se las co­sas? No lo sé, pero sí sé que no se arre­gla­rán por­que do­ble las toa­llas de una ma­ne­ra de­ter­mi­na­da o pon­ga los li­bros or­de­na­dos de más grue­sos a más fi­nos, ni por te­ner que po­ner la la­va­do­ra siem­pre en el nú­me­ro tres. Nun­ca he pues­to otro pro­gra­ma, da igual si hay mu­cha ropa o poca. Me da pa­vor ha­cer las co­sas de otra ma­ne­ra. Lo he in­ten­ta­do y soy in­ca­paz.

Hoy pre­sien­to que me van a dar una mala no­ti­cia, pa­re­ce que lla­me al mal tiem­po, así que de­ci­do de­jar de ha­cer to­das esas co­sas irra­cio­na­les y dis­pa­ra­ta­das pro­pias de una men­te en­fer­ma.

En­tro al su­per­mer­ca­do, res­pi­ro hon­do y aga­rro el ca­rro con fuer­za. Cojo una bol­sa y la lleno de na­ran­jas, sin con­tar­las. Lue­go los to­ma­tes, tam­po­co los cuen­to. Rom­po la ru­ti­na de em­pe­zar por un pa­si­llo y lle­gar has­ta el fi­nal —aun­que no ne­ce­si­te nada de esos es­tan­tes— an­tes de pa­sar al si­guien­te.

Ya en las ca­jas, evi­to la nú­me­ro sie­te y la doce, las de siem­pre, y me voy a la uno. Es­toy su­dan­do y me tiem­blan las ma­nos, me sien­to como una ka­mi­ka­ze. Sal­go del su­per­mer­ca­do y dejo las bol­sas en el ma­le­te­ro de cual­quier ma­ne­ra. Al mon­tar­me en el co­che apo­yo la ca­be­za en el vo­lan­te y cie­rro los ojos, es­toy ma­rea­da. Ya está, lo he con­se­gui­do, esto es lo que de­ben de sen­tir los adic­tos cuan­do se es­tán des­in­to­xi­can­do.

De ca­mino a casa, me sien­to eu­fó­ri­ca y can­to en voz baja mien­tras sigo el com­pás de la mú­si­ca, re­pi­que­tean­do en el vo­lan­te con los de­dos.

Cuan­do apar­co, apa­go la ra­dio sin es­pe­rar a que ter­mi­ne la can­ción, al con­tra­rio de lo que sue­lo ha­cer. En­tro en casa y, al guar­dar la com­pra, arru­go las bol­sas de plás­ti­co. Es­toy con­ten­ta y sigo ta­ra­rean­do mien­tras saco las que es­tán per­fec­ta­men­te do­bla­das en un ta­rro de cris­tal y las des­do­blo, hago bo­las con ellas y las meto otra vez, apre­tu­ja­das. Des­or­deno los bo­tes de las es­pe­cias y cam­bio el or­den de los va­sos, in­ter­ca­lan­do los al­tos con los pe­que­ños de café. Pien­so en que no­so­tras, las tres, te­ne­mos los sen­ti­mien­tos des­or­de­na­dos por una u otra ra­zón y me pre­gun­to si no ven­drán de ahí mis ma­nías. Igual in­ten­to com­pen­sar el caos que ten­go en mi vida con el or­den en mi casa.

Ya está ano­che­cien­do y la eu­fo­ria ha des­apa­re­ci­do. No lo­gro sa­cu­dir­me la es­tú­pi­da sen­sa­ción de que algo va a sa­lir mal. No hago más que mi­rar el re­loj. Es­toy desean­do que den las doce para que lle­gue ma­ña­na, como si fue­ra una ce­ni­cien­ta mo­der­na y el cas­ti­go por sal­tar­me las nor­mas ter­mi­na­ra a esa hora. Me arre­pien­to de todo lo que he he­cho y or­deno los bo­tes de co­ci­na, no pue­do con este caos.

De­ci­do lla­mar a Mu­riel, se pon­drá con­ten­ta cuan­do le diga que pue­de ve­nir­se a vi­vir aquí, si quie­re.

A lo me­jor le va bien es­tar una tem­po­ra­da se­pa­ra­da de su ma­dre, has­ta que lo­gren en­ten­der­se. No me coge el te­lé­fono y me ex­tra­ña, ayer le es­cri­bí y tam­po­co con­tes­tó. A ve­ces tar­da en ha­cer­lo y otras se le ol­vi­da, pero no dos días se­gui­dos. Cuan­do le en­vío un wa­sap y veo que no le lle­ga, res­pi­ro hon­do y me digo que ten­go que tran­qui­li­zar­me. Pro­ba­ble­men­te se ha­brá que­da­do sin ba­te­ría. De­ci­do lla­mar a su casa, Ele­na es­ta­rá por­que hoy es la cena, si la lla­mo al mó­vil no lo co­ge­rá y des­pués se ex­cu­sa­rá di­cien­do que es­ta­ba muy ocu­pa­da, cuan­do lo úni­co que tie­ne que ha­cer es de­ci­dir qué mo­de­li­to va a po­ner­se.

—Re­si­den­cia de los Cano. Dí­ga­me.

—Agus­ti­na, soy yo. Dé­ja­te de tan­ta ce­re­mo­nia y dile a mi nie­ta que se pon­ga.

—La se­ño­ri­ta no está.

—Pues que se pon­ga mi hija.

—Ay, se­ño­ra, la se­ño­ra Ele­na me pi­dió que no la mo­les­ta­ra, se en­fa­da­rá con­mi­go si le lle­vo el te­lé­fono.

—Una ma­dre no de­be­ría ser mo­ti­vo de mo­les­tia. Llé­va­le el te­lé­fono y dile que, si no se pone, juro por Dios que no vol­ve­ré a di­ri­gir­le la pa­la­bra. —Agus­ti­na le re­pi­te mi ame­na­za, y la ra­bia cre­ce den­tro de mí cuan­do es­cu­cho que dice en voz baja que soy una pe­sa­da.

—Mamá, ¿qué quie­res? Me es­toy vis­tien­do para la cena, no ten­go tiem­po de ser­mo­nes.

—¿Dón­de está Mu­riel? He lla­ma­do para ha­blar con ella.

—Aquí no está. Se su­po­ne que es­ta­ba en tu casa. Des­de que se fue no ha vuel­to. —Al oír su res­pues­ta sien­to mie­do, el mie­do al que se re­fe­ría el ho­rós­co­po hace unos días. ¿Dón­de dia­blos es­ta­rá Mu­riel? Y lo que es peor, ¿es­ta­rá bien?

—Ayer la lle­vé a tu casa, me dijo que iba a ha­blar con­ti­go, que si no vol­vía era por­que es­ta­ba todo arre­gla­do y que se que­da­ba allí. La dejé en la puer­ta.

—Pues aquí no está. Ya ves que se ha em­pe­ña­do en fas­ti­diar­me la cena.

—Ele­na, no sa­bes dón­de está tu hija ni dón­de ha dor­mi­do, ¿y solo te preo­cu­pa esa mal­di­ta cena?

—Mamá, no seas dra­má­ti­ca, es­ta­rá en casa de al­gu­na ami­ga. Ma­ña­na apa­re­ce­rá para res­tre­gar­me por la cara que se ha sa­li­do con la suya.

—Si le pasa algo, no te lo per­do­na­ré nun­ca.

La cer­te­za de que ha ocu­rri­do una des­gra­cia me gol­pea el es­tó­ma­go de­ján­do­me sin alien­to. Algo ha su­ce­di­do, lo sé como se sa­ben esas co­sas que pre­sien­tes y en las que no quie­res pen­sar por te­mor a que se ha­gan reali­dad. Lla­mo a Te­re­sa in­me­dia­ta­men­te. Te­re­sa es mi ami­ga y ade­más es vi­den­te. Le ex­pli­co lo ocu­rri­do y me dice que es­ta­rá aquí en dos mi­nu­tos.

Voy a la ha­bi­ta­ción de Inés, que si­gue acos­ta­da y le re­ti­ro las sá­ba­nas brus­ca­men­te.

—Mu­riel ha des­apa­re­ci­do —le digo gri­tan­do—. Le­ván­ta­te, te­ne­mos que ir a bus­car­la.

—¿Que ha des­apa­re­ci­do?, ex­plí­ca­te. ¿Y a dón­de hay que ir a bus­car­la? ¿La has lla­ma­do al mó­vil?

—Sí, no con­tes­ta. He lla­ma­do a casa de tu her­ma­na, hace dos días que no sabe nada de ella, pen­sa­ba que es­ta­ba aquí, con no­so­tras. Hoy es la cena, se ha­brá es­ca­pa­do. Dos días por ahí, ¿dón­de es­ta­rá?, ¿dón­de ha­brá dor­mi­do? No me ha lla­ma­do, tie­ne que ha­ber­le pa­sa­do algo. Si le ha pa­sa­do algo malo, me mue­ro, es cul­pa mía, ten­dría que ha­ber­la de­ja­do que­dar­se aquí. Te­ne­mos que ir a la po­li­cía. Aho­ra vie­ne Te­re­sa, ella nos dirá si está bien. No ten­dría que ha­ber pa­ga­do en esa caja, ni ha­ber co­gi­do la fru­ta sin ton ni son, ¿por qué me ha­bré sal­ta­do los pa­si­llos del su­per­mer­ca­do? Voy a do­blar bien las bol­sas mien­tras lle­ga Te­re­sa.

—Mamá, por fa­vor, no te en­tien­do, para.

Inés me mira asus­ta­da y es la pri­me­ra vez des­de hace mu­cho tiem­po que veo algo en sus ojos y en su ac­ti­tud que no es de­si­dia ni apa­tía; y, por un ins­tan­te que dura solo una mi­lé­si­ma de se­gun­do, me ale­gro de que algo la haya he­cho reac­cio­nar, aun­que sea la des­apa­ri­ción de Mu­riel. No sé si eso me con­vier­te en una mala per­so­na, pero aho­ra no ten­go tiem­po para juz­gar­me. Abro el ar­ma­rio y le tiro la ropa en­ci­ma de la cama.

—Vís­te­te.

—Tran­qui­lí­za­te —dice—, aho­ra voy. Y cuén­ta­me otra vez lo que ha pa­sa­do, por­que no en­tien­do nada.

El tim­bre nos sal­va a las dos: a mí por­que evi­ta que le diga a Inés lo que pien­so so­bre su co­bar­día para en­fren­tar­se a los pro­ble­mas —sé que mis pa­la­bras pue­den ha­cer­le mu­cho daño y des­pués me arre­pen­ti­ría—; y a ella, por­que si lo es­cu­cha­ra la hun­di­ría para siem­pre, y eso es lo que me­nos ne­ce­si­ta­mos en es­tos mo­men­tos.

—Te­re­sa —su­su­rro.

Inés

Sue­na el tim­bre, será Te­re­sa.

Me da mie­do mi ma­dre, no en­tien­do nada de lo que me ha di­cho, no de­ja­ba de an­dar de un lado a otro de la ha­bi­ta­ción llo­ran­do mien­tras de­cía que Mu­riel ha­bía des­apa­re­ci­do, no sé qué dice de la fru­ta, del su­per­mer­ca­do y de unas bol­sas de plás­ti­co. No la ha­bía vis­to nun­ca así, ¿qué ha­brá pa­sa­do? Le es­cri­bo un men­sa­je a Mu­riel, mi ma­dre y el mó­vil no son bue­nos ami­gos, la ma­yo­ría de las ve­ces se equi­vo­ca de des­ti­na­ta­rio cuan­do en­vía los wa­saps; otras la lla­mas y cuel­ga e in­clu­so ni con­tes­ta por­que dice que no sue­na. Como mis men­sa­jes no le lle­gan, la lla­mo. Mu­riel tie­ne el mó­vil apa­ga­do y eso sí que es ex­tra­ño, por­que mi so­bri­na anda todo el día con el te­lé­fono en la mano, no de­ja­ría que se que­da­ra sin ba­te­ría.

Me pon­go el chán­dal de­pri­sa y, cuan­do sal­go de la ha­bi­ta­ción, me en­cuen­tro a mi ma­dre y a su ami­ga en la co­ci­na co­gi­das de la mano. Te­re­sa, con su in­se­pa­ra­ble fal­da lar­ga de vue­lo, sus de­dos lle­nos de ani­llos y su lar­ga me­le­na ne­gra suel­ta y bri­llan­te, como una cín­ga­ra de las que apa­re­cían en los cuen­tos que mi ma­dre me leía de pe­que­ña.

En cuan­to me ve, se le­van­ta y se acer­ca a abra­zar­me.

—Inés, mi niña, pero qué gua­pa es­tás.

Te­re­sa hue­le a in­cien­so y a li­món, a mis­te­rio y a bue­na per­so­na. Y sé que lo dice de ver­dad, ella ve a la gen­te más o me­nos agra­cia­da en fun­ción de su aura. «El fí­si­co no im­por­ta», dice siem­pre. A lo me­jor es por­que ella es una de las mu­je­res más gua­pas que he vis­to ja­más, la edad no le ha res­ta­do be­lle­za.

—Mu­riel está viva. Ya se lo he di­cho a tu ma­dre. Aho­ra te­ne­mos que ir a bus­car­la, nos ne­ce­si­ta. No po­de­mos per­der tiem­po.

Me que­do pa­ra­li­za­da, por­que ni se me ha­bía pa­sa­do por la ca­be­za que al­guien hu­bie­ra po­di­do ha­cer­le daño a mi so­bri­na. Y aun­que no creo en fan­tas­mas ni au­ras ni adi­vi­nas ni creo que Te­re­sa sea vi­den­te, me obli­go a pen­sar que lo que dice es ver­dad. Sal­go de casa con ellas sin sa­ber a dón­de va­mos y ten­go que vol­ver a en­trar para co­ger las lla­ves del co­che. An­tes de ce­rrar la puer­ta, cojo la foto de Mu­riel que hay en el re­ci­bi­dor y la meto en el bol­so sin de­te­ner­me a sa­car­la del mar­co.

En el co­che, mi ma­dre vuel­ve a con­tar­me lo que ha pa­sa­do, esta vez con más cal­ma. Está hun­di­da, no deja de re­tor­cer­se las ma­nos, como si tu­vie­ra frío, y no se me ocu­rre qué de­cir­le para tran­qui­li­zar­la. Las pa­la­bras se me que­dan atas­ca­das en la gar­gan­ta por­que to­das me pa­re­cen hue­cas y sin sen­ti­do.

La pri­me­ra pa­ra­da es la co­mi­sa­ría, no se nos ha ocu­rri­do otra cosa. El mos­so d’es­qua­dra que nos atien­de es muy jo­ven. Mi ma­dre em­pie­za a ha­blar de­pri­sa sin dar­le op­ción a pre­gun­tar nada, dis­pa­ra las pa­la­bras como ba­las. Cuan­do ter­mi­na, el mos­so nos in­di­ca que es­pe­re­mos, que en­se­gui­da nos avi­sa­rán para que po­da­mos po­ner la de­nun­cia, y nos se­ña­la una sala de es­pe­ra que está de­sier­ta. Nos sen­ta­mos en unas si­llas de plás­ti­co ator­ni­lla­das al sue­lo. Van pa­san­do los mi­nu­tos y no nos lla­man, a pe­sar de que no hay na­die más es­pe­ran­do. Ha­ce­mos cá­ba­las so­bre dón­de pue­de es­tar Mu­riel. En­tro en su Ins­ta­gram por si pue­de dar­nos una pis­ta, pero des­de hace dos días no hay ac­ti­vi­dad en nin­gu­na de sus re­des. La lla­mo y, otra vez, una voz en­la­ta­da me in­for­ma de que el nú­me­ro al que lla­mo está apa­ga­do o fue­ra de ser­vi­cio, y, a pe­sar de que sé que vol­ve­rá a ha­cer­lo, vuel­vo a mar­car con la ab­sur­da es­pe­ran­za de que se haya que­da­do sin ba­te­ría y cuan­do lo pon­ga a car­gar aten­de­rá a mi lla­ma­da. La es­pe­ra se me hace eter­na. Mi ma­dre se acer­ca de nue­vo al po­li­cía, que está den­tro de su cu­bícu­lo, se­pa­ra­do de la gen­te por una mam­pa­ra. El tipo te­clea algo en el or­de­na­dor, pa­re­ce que esté me­ti­do en una pe­ce­ra. Gol­pea el cris­tal con los nu­di­llos y el mos­so le­van­ta la ca­be­za con cara de fas­ti­dio.

—¿Tar­da­rán mu­cho en lla­mar­nos? —pre­gun­ta—. Como no hay na­die más…

—Se­ño­ra, la lla­ma­rán cuan­do pue­dan, ya le he di­cho que se sien­te.

En­ton­ces mi ma­dre pier­de los pa­pe­les.

—¿Que me sien­te? No ten­go tiem­po para sen­tar­me. ¿Es que no ha oído nada de lo que le he di­cho? Mi nie­ta ha des­apa­re­ci­do, hace dos días que no sa­be­mos nada de ella y solo tie­ne quin­ce años. Haga el fa­vor de avi­sar a al­guien y que ven­ga en­se­gui­da si no quie­re que en­tre yo mis­ma —vo­cea, gol­pean­do el cris­tal que nos se­pa­ra del po­li­cía con el bol­so y se­ña­lán­do­lo con el dedo en un ges­to ame­na­zan­te—. ¿Es que está sor­do? ¡Mue­va su puto culo y haga su tra­ba­jo!

Te­re­sa y yo in­ten­ta­mos apar­tar­la del cris­tal y que se cal­me, pero no po­de­mos con ella, está fue­ra de sí. Gol­pea el cris­tal fu­rio­sa una y otra vez y nos apar­ta a em­pu­jo­nes. En­se­gui­da apa­re­cen otros dos po­li­cías. No hace fal­ta que in­ter­ven­gan. Al ver­los, mi ma­dre para de gri­tar y de dar gol­pes, se co­lo­ca bien el abri­go y se arre­gla el pelo.

—Ve­ni­mos a po­ner una de­nun­cia —dice, como si aca­bá­ra­mos de en­trar y no hu­bie­ra pa­sa­do nada.

Nos ha­cen pa­sar a una sala y Te­re­sa se que­da fue­ra, es­pe­ran­do. Su­pon­go que es­ta­rán acos­tum­bra­dos a ver de todo, pero da­mos ver­da­de­ra pena: mi ma­dre con la cara des­en­ca­ja­da de llo­rar y el pelo re­vuel­to des­pués de la ba­ta­lla que ha li­bra­do ahí fue­ra, el abri­go en­ci­ma de la ropa que te­nía pues­ta en casa; yo con un chán­dal vie­jo por­que no me cabe otra cosa y un abri­go lar­go de pun­to con un roto en una man­ga —un agu­je­ro igual que el que ten­go en mi vida y me em­pe­ño en lle­nar de co­mi­da—; y Te­re­sa, que pa­re­ce una gi­ta­na de fe­ria, con sus amu­le­tos col­ga­dos del cue­llo, sus pul­se­ras de bi­su­te­ría ba­ra­ta y esos pen­dien­tes de aro enor­mes.

El po­li­cía que nos atien­de pa­re­ce to­mar­se en se­rio lo que le ex­pli­ca mi ma­dre, por suer­te. Es un hom­bre ma­yor que debe es­tar a pun­to de ju­bi­lar­se, mi ma­dre se di­ri­ge a él como «agen­te». Si no fue­ra por lo dra­má­ti­co de la si­tua­ción, la es­ce­na ten­dría tin­tes có­mi­cos. Des­pués de to­mar­nos de­cla­ra­ción, el «agen­te», como lo ha bau­ti­za­do mi ma­dre, nos da una co­pia de la de­nun­cia y un pa­pel don­de ano­ta su nú­me­ro de mó­vil.

—Aquí tie­ne mi nú­me­ro, no dude en lla­mar­me para cual­quier cosa, a la hora que sea. Ya ten­go sus da­tos, la man­ten­dré in­for­ma­da. No se preo­cu­pe, lo más pro­ba­ble es que se pre­sen­te en casa, como si nada, des­pués de dos no­ches de fies­ta. Aho­ra, vá­yan­se a casa.

Sa­li­mos de la co­mi­sa­ría, no sin que an­tes mi ma­dre le di­ri­ja una mi­ra­da ase­si­na al po­li­cía que nos aten­dió cuan­do lle­ga­mos. Nos mon­ta­mos en el co­che, pero no arran­co, por­que no sé a dón­de ir. A casa no es una op­ción, nos vol­ve­re­mos lo­cas es­pe­ran­do. Se me ocu­rre que Mu­riel po­dría es­tar con su me­jor ami­ga del ins­ti­tu­to, o que igual ella sabe algo, se pa­san ho­ras ha­blan­do por el mó­vil. No ten­go su te­lé­fono, pero sé don­de vive, por­que la he lle­va­do con el co­che al­gu­nas ve­ces.

Al lle­gar, nos abre la puer­ta su ma­dre. Le ex­pli­ca­mos la si­tua­ción y ella lla­ma a su hija, que es una ré­pli­ca exac­ta de Mu­riel: igual de del­ga­da, igual de pá­li­da y va ves­ti­da de ne­gro de la ca­be­za a los pies. Nos dice que no sabe nada, que tam­bién hace dos días que no la ve. Pero yo no sé si creér­me­lo, por­que mira al sue­lo mien­tras ha­bla y lo hace de ma­ne­ra me­cá­ni­ca, como apren­di­da. Se­gún ella, Mu­riel nun­ca ha di­cho nada de irse de casa, no sabe dón­de pue­de es­tar, no co­no­ce a na­die que pue­da sa­ber dón­de está, no sabe dón­de po­de­mos ir a pre­gun­tar, no, no, no...

No nos mo­ve­mos de la puer­ta, como si sos­pe­chá­ra­mos que la niña y la ma­dre mien­ten y la tie­nen se­cues­tra­da. Res­pi­ra­mos sin más. No nos mo­ve­mos ni le da­mos las gra­cias, per­ma­ne­ce­mos ahí, de pie, las tres, con los bra­zos caí­dos y sin atre­ver­nos a re­co­rrer los es­ca­sos diez me­tros que nos se­pa­ran del co­che.

La ma­dre nos dice que lo sien­te y em­pu­ja a su hija ha­cia el in­te­rior de la casa. Debe de ale­grar­se de que no sea ella la que ha des­apa­re­ci­do. Nos va­mos igual que he­mos ve­ni­do, sin sa­ber nada.

De re­pen­te, el in­ci­pien­te chis­peo coge fuer­za y, al ir a sa­car las lla­ves, se me caen al sue­lo. Mier­da. Tan­teo la ace­ra con las ma­nos, no se ve nada y el agua nos em­pa­pa mien­tras mi ma­dre alum­bra con la lin­ter­na del mó­vil. Cuan­do las en­cuen­tro y en­tra­mos al co­che es­ta­mos ca­la­das, pero me da igual; no sien­to el frío y es­toy se­gu­ra de que ellas tam­po­co. Es­ta­mos com­ple­ta­men­te per­di­das, no quie­ro ni ima­gi­nar que Mu­riel no vol­ve­rá y que nun­ca sa­bre­mos lo que pasó, como les ocu­rre a esas fa­mi­lias que sa­len en las no­ti­cias y que lue­go apa­re­cen en esos pro­gra­mas de te­le­vi­sión don­de se apro­ve­chan de su des­gra­cia para con­se­guir au­dien­cia.

—Va­mos a casa de tu her­ma­na.

—Mamá, no creo que sea bue­na idea, la lla­ma­re­mos por te­lé­fono.

—Te he di­cho que va­mos a casa de tu her­ma­na.

Mi ma­dre es una mu­jer fá­cil y de buen ca­rác­ter, pero cuan­do está en­fa­da­da, más que ha­blar, sen­ten­cia.

Arran­co el co­che sa­bien­do que esta no­che se rom­pe­rá algo en­tre no­so­tras tres. Ese hilo que nos man­te­nía uni­das des­de que nos que­da­mos so­las y que, aun­que haya es­ta­do a pun­to de que­brar­se mu­chas ve­ces, he­mos con­se­gui­do man­te­ner in­tac­to.

Cuan­do paro el mo­tor, si­gue llo­vien­do y, a pe­sar de ello, al sa­lir, no co­rre­mos, no te­ne­mos pri­sa y ya es­ta­mos em­pa­pa­das. Te­re­sa dice que nos es­pe­ra en el co­che y mi ma­dre la obli­ga a ve­nir con no­so­tras.

—Mamá…

Ella no me mira, tie­ne la vis­ta fija en la puer­ta del as­cen­sor; quie­ro de­cir­le que no sea muy dura con Ele­na, pero Te­re­sa me aprie­ta el bra­zo y, cuan­do la miro, nie­ga con la ca­be­za pi­dién­do­me que guar­de si­len­cio.

Cuan­do Agus­ti­na abre la puer­ta y nos ve, pone cara de es­pan­to. Mi ma­dre la apar­ta con la mano y en­tra­mos en la casa. Des­de el re­ci­bi­dor se oye el mur­mu­llo de la con­ver­sa­ción que pro­vie­ne del co­me­dor. Va­mos de­jan­do un re­gue­ro de agua a nues­tro paso y, cuan­do en­tra­mos, se hace el si­len­cio más ab­so­lu­to.

—Mamá, qué sor­pre­sa. Pero es­táis em­pa­pa­das, pa­sad a mi ha­bi­ta­ción, os se­cáis y bus­ca­mos algo de ropa.

Ele­na hace ade­mán de le­van­tar­se, su cara es un poe­ma, está aver­gon­za­da y se nota que quie­re que des­apa­rez­ca­mos de la vis­ta de sus in­vi­ta­dos.

—Nos va­mos en­se­gui­da, no te mo­les­tes —dice mi ma­dre lan­zán­do­le la de­nun­cia que ha sa­ca­do del bol­so—. Tu hija lle­va dos días des­apa­re­ci­da y tie­nes la san­gre fría de es­tar ahí sen­ta­da sin im­por­tar­te lo que le haya pa­sa­do. Cla­ro, hay que apa­ren­tar de­lan­te de la gen­te que todo está bien. Pues per­mí­te­me que te diga que nada está bien, que tu hija es una des­gra­cia­da y que eres una egoís­ta por de­jar que su­fra de esa ma­ne­ra y mi­rar para otro lado. El di­ne­ro no pue­de com­prar­lo todo. ¿Ya no te acuer­das de lo fe­liz que fuis­te cuan­do no te­nía­mos nada? Es­tás echan­do tu vida a per­der. No sé qué cla­se de per­so­na he cria­do, des­de lue­go, no pa­re­ces hija mía.

Esto úl­ti­mo, más que en­fa­da­da, lo dice con pena. Se da me­dia vuel­ta y sale del co­me­dor con no­so­tras de­trás. Mien­tras mi ma­dre le es­cu­pía es­tas pa­la­bras, mi cu­ña­do ju­ga­ba con el ta­pón del vino como si la cosa no fue­ra con él y Mu­riel no fue­ra hija suya. Los in­vi­ta­dos se mi­ran en­tre ellos, in­có­mo­dos por lo vio­len­to de la si­tua­ción.

La fies­ta ha ter­mi­na­do por hoy.

Ele­na

Esta niña me va a ma­tar a dis­gus­tos. ¿Dón­de de­mo­nios se ha­brá me­ti­do? Es tan ca­be­zo­ta como mi ma­dre. Se em­pe­ñó en jo­der­me la cena, no se ima­gi­na lo im­por­tan­te que era. Es­ta­mos a pun­to de per­der­lo todo. Si San­tia­go no lle­ga a un acuer­do con su so­cio, es­ta­mos per­di­dos. Ano­che me con­fe­só que es­ta­mos en sus ma­nos, no me dio mu­chas más ex­pli­ca­cio­nes, solo que es­ta­mos jo­di­dos de ver­dad. Me bebo el zumo y dejo las tos­ta­das. Hace días que no voy al gim­na­sio, tam­po­co ten­go ham­bre, des­pués de la es­ce­na de ano­che, ¡qué ver­güen­za! ¿Cómo se le ocu­rrió a mi ma­dre pre­sen­tar­se con mi her­ma­na y con Te­re­sa? Y con esas pin­tas… Pa­re­cían las pro­ta­go­nis­tas de una pe­lí­cu­la de te­rror. Qué dra­má­ti­ca que es. Es­toy con­ven­ci­da de que Mu­riel está en casa de al­gu­na ami­ga.

Es la pri­me­ra vez que veo así a mi ma­dre, es­ta­ba des­en­ca­ja­da. Me pa­re­ce in­creí­ble que siem­pre esté de buen hu­mor, con la mier­da de vida que lle­va. Des­de que mi pa­dre se fue, no ha de­ja­do de tra­ba­jar como una mula. Si echo la vis­ta atrás, la re­cuer­do siem­pre son­rien­do, por muy mal que es­tu­vie­ran las co­sas. A pe­sar de que­dar­se sola tan jo­ven nun­ca tra­jo a otro hom­bre a casa. ¿Ha­brá te­ni­do al­gu­na aven­tu­ra? Yo creo que no. No nos pa­re­ce­mos en nada. Tie­ne ra­zón al de­cir que fui fe­liz. Se em­pe­ñó a toda cos­ta en que sus dos hi­jas lo fué­ra­mos. Quie­ro a mi ma­dre, aun­que ella pien­se que no. Es lo mis­mo que pien­sa mi hija de mí, que yo no la quie­ro. Cla­ro que quie­ro a Mu­riel, a lo me­jor no he sido una ma­dre como lo fue la mía, pero nun­ca le ha fal­ta­do nada. Cada vez que dis­cu­ti­mos me dice que oja­lá fue­ra como las ma­dres de sus ami­gas, así que se­gu­ro que es­ta­rá en casa de al­gu­na de ellas. Cuan­do vuel­va va a es­tar cas­ti­ga­da una bue­na tem­po­ra­da.

He per­di­do la cuen­ta de las lla­ma­das que he he­cho al mó­vil de Mu­riel. Cada vez que oigo el men­sa­je del con­tes­ta­dor sien­to que las pier­nas me flo­jean, como si esa voz se es­tu­vie­ra bur­lan­do de mí y me di­je­ra que ya es de­ma­sia­do tar­de, que de­be­ría ha­ber mos­tra­do in­te­rés por la due­ña de ese te­lé­fono mu­cho tiem­po atrás. Opto por in­ten­tar ave­ri­guar si está con al­gu­na ami­ga. No ten­go mu­chos nú­me­ros, solo los que he in­ter­cam­bia­do con al­gu­nas ma­dres para es­tar más tran­qui­la. A me­di­da que voy ha­cien­do lla­ma­das, me voy po­nien­do ner­vio­sa. Es im­po­si­ble que no esté en casa de al­gu­na de ellas. Nun­ca ha­bía he­cho algo así. Has­ta aho­ra es­ta­ba tran­qui­la, pero me da mie­do ha­cer la úl­ti­ma lla­ma­da, por­que no sé qué haré si no ob­ten­go la res­pues­ta que quie­ro. Cuan­do ter­mino de ha­blar con la úl­ti­ma de sus ami­gas, un su­dor frío me re­co­rre el cuer­po. No pue­de ser, na­die la ha vis­to des­de hace dos días y na­die sabe dón­de pue­de es­tar. La an­gus­tia se apo­de­ra de mí, no sé qué ha­cer. ¿Dón­de pue­de es­tar? Por fa­vor, que no le haya pa­sa­do nada malo. ¿Cómo he po­di­do es­tar tan tran­qui­la sin sa­ber nada de ella? Voy a su ha­bi­ta­ción, abro el ar­ma­rio y cojo una su­da­de­ra, hun­do mi cara en la pren­da para oler­la y llo­ro por­que no sé dón­de está ni si es­ta­rá bien. Lla­mo a su pa­dre, que ano­che se fue con Fer­nan­do a to­mar la úl­ti­ma copa y to­da­vía no ha vuel­to.

—Dime.

—Mu­riel no está con nin­gu­na de sus ami­gas, no la han vis­to des­de hace dos días. No sé qué ha­cer, de­be­ría­mos ir a la po­li­cía. ¿Y si le ha pa­sa­do algo malo? Nun­ca se ha­bía ido de casa. San­tia­go, por Dios, dime algo —le pido al ver que no con­tes­ta.

—Aho­ra no pue­do ha­blar, si le hu­bie­ra pa­sa­do algo malo ya nos hu­bié­ra­mos en­te­ra­do. Y a la po­li­cía ya han ido los Án­ge­les de Char­lie, así que tran­qui­la —dice re­fi­rién­do­se a mi ma­dre, a mi her­ma­na y a Te­re­sa.

—Eres un ser des­pre­cia­ble.

Cuel­go el te­lé­fono y sien­to asco ha­cia mi ma­ri­do —tan­to como ha­cia mí mis­ma—, por no ha­ber­nos preo­cu­pa­do an­tes.

Re­gis­tro los ca­jo­nes ti­ran­do las co­sas al sue­lo, para ver si en­cuen­tro algo que me dé una pis­ta so­bre dón­de pue­de es­tar. En­cuen­tro una bol­sa de plás­ti­co con pas­ti­llas y otra con ma­rihua­na, pero nada que me in­di­que su pa­ra­de­ro. En el ar­ma­rio, de­ba­jo de la ropa, hay un ál­bum del co­le­gio con sus tra­ba­jos de cuan­do era pe­que­ña. Me sien­to cul­pa­ble. Esto de­be­ría te­ner­lo yo guar­da­do, para en­se­ñár­se­lo cuan­do fue­ra ma­yor, como ha­cía mi ma­dre con no­so­tras.

Lo abro y pa­seo la vis­ta por los di­bu­jos in­fan­ti­les y la ca­li­gra­fía gran­de y re­don­da. Al ce­rrar­lo, veo que en la par­te de atrás hay es­cri­ta una fra­se, con ro­tu­la­dor ne­gro, en ma­yús­cu­las, que me gol­pea con fuer­za y me lle­na de pena. No sé cuán­do la ha­brá es­cri­to, pero la le­tra es de aho­ra, nada que ver con la ca­li­gra­fía in­fan­til del ál­bum.

«Mis pa­dres no me quie­ren».

Cin­co pa­la­bras que me par­ten en dos. Voy al sa­lón, lleno un vaso de whisky que me bebo de un tra­go, y lan­zo el vaso con fuer­za con­tra la puer­ta. De­trás va la bo­te­lla, que se hace añi­cos al cho­car con­tra el mar­co. Dos­cien­tos se­ten­ta eu­ros a la mier­da. Da­ría todo lo que ten­go por re­cu­pe­rar a Mu­riel.

«Mis pa­dres no me quie­ren». La fra­se se re­pi­te en mi ca­be­za sin pa­rar. Qué egoís­ta he sido, pero to­da­vía es­toy a tiem­po. Juro por Dios que si no le pasa nada, pa­sa­ré más tiem­po con ella y le diré que la quie­ro, aun­que me dé ver­güen­za por la fal­ta de cos­tum­bre y por­que se hace ma­yor. Nos ire­mos de via­je si ella quie­re, las dos so­las; nun­ca he­mos he­cho nada jun­tas. No po­dría so­por­tar que le hu­bie­ra pa­sa­do algo. Aun­que me gus­te la vida que lle­vo no soy un mons­truo, se­ría ca­paz de re­nun­ciar a todo a cam­bio de que es­tu­vie­ra bien. El sue­lo de la ha­bi­ta­ción está sem­bra­do de ropa, pi­ja­mas, bra­gas, su­je­ta­do­res, ca­mi­se­tas… da la sen­sa­ción de que han en­tra­do a ro­bar. Tiro las pas­ti­llas y la ma­rihua­na al vá­ter, do­blo la ropa con cui­da­do sin de­jar de llo­rar y la re­co­jo para que cuan­do vuel­va lo en­cuen­tre todo bien. Me doy cuen­ta de que lo que es­toy ha­cien­do es ab­sur­do, algo que ha­ría mi ma­dre, no yo, pero no sé qué otra cosa ha­cer.

Inés

Hoy es el pri­mer día, des­de hace mu­chos me­ses, que no ten­go ham­bre. No he co­mi­do nada des­de hace ho­ras. Ade­más de la an­gus­tia de no sa­ber dón­de es­ta­rá Mu­riel y si es­ta­rá bien, sien­to una pena in­men­sa al ver a mi ma­dre com­pro­ban­do, una y otra vez, que todo está como ella cree que de­be­ría. Ha or­de­na­do la com­pra que tra­jo ayer y que ha­bía guar­da­do de cual­quier ma­ne­ra. Lo que más pena me ha dado ha sido ver­la ti­rar la fru­ta que com­pró jus­to ayer: solo ha con­ser­va­do sie­te pie­zas de cada. Se sien­te cul­pa­ble por­que el úni­co día que de­ci­de sal­tar­se to­das esas ab­sur­das nor­mas, la des­gra­cia en­tra por la puer­ta a lo gran­de. Aho­ra está en el sa­lón con Te­re­sa in­vo­can­do no sé a qué san­tos o es­pí­ri­tus, co­gi­das de las ma­nos, con los ojos ce­rra­dos y mon­to­nes de ve­las y amu­le­tos en­ci­ma de la mesa. Pa­re­ce que ha en­ve­je­ci­do de gol­pe, en tan solo unas ho­ras. Su pos­tu­ra es la de una mu­jer ven­ci­da, con los hom­bros caí­dos y la ca­be­za ga­cha. La casa hue­le a in­cien­so, odio ese olor, me re­cuer­da al día del ac­ci­den­te.

Es­tá­ba­mos en casa de Te­re­sa, pre­pa­ran­do una fies­ta sor­pre­sa para Luz, por su no­veno cum­plea­ños. Ella y yo te­nía­mos la mis­ma edad. Éra­mos ami­gas y com­pa­ñe­ras de cla­se, casi her­ma­nas, por­que nos ha­bía­mos cria­do jun­tas. Re­cuer­do los glo­bos, las ser­pen­ti­nas, los pla­tos de­co­ra­dos con per­so­na­jes de Dis­ney, la car­tu­li­na con el «Fe­li­ci­da­des, Luz» y el nú­me­ro nue­ve. Los re­ga­los en­vuel­tos en pa­pel bri­llan­te, amon­to­na­dos en un rin­cón; los bo­ca­di­llos y el pas­tel enor­me de cho­co­la­te, con las ve­las pre­pa­ra­das para ser so­pla­das y con­ce­der el de­seo per­ti­nen­te.

Yo no ha­cía más que aso­mar­me a la ven­ta­na para ver si la veía lle­gar. Su pa­dre las ha­bía lle­va­do a ella y a su her­ma­na a la pis­ci­na para que tu­vié­ra­mos tiem­po de pre­pa­rar la sor­pre­sa. De pron­to, Te­re­sa dejó caer una ban­de­ja con va­sos an­tes de de­po­si­tar­la so­bre la mesa. El sue­lo del co­me­dor se sem­bró de di­mi­nu­tos tro­zos de cris­tal. Pen­sa­mos que ha­bía sido un ac­ci­den­te. «Te­re­sa, co­rre, va­mos a ba­rrer los vi­drios, que Luz está a pun­to de lle­gar», le dije al ver el de­sas­tre. «Luz no ven­drá», me con­tes­tó. No en­ten­dí su res­pues­ta y tam­po­co me gus­tó el tono en que lo dijo. Mi ma­dre —que es­ta­ba re­co­gien­do el es­tro­pi­cio— se le­van­tó y dejó caer los tro­zos de cris­tal que te­nía en la mano. Ja­más ol­vi­da­ré la ex­pre­sión del ros­tro de Te­re­sa. Fue a la co­ci­na y co­gió una caja de ce­ri­llas, en­cen­dió in­cien­so y ve­las y se sen­tó en el sofá a es­pe­rar. Mi ma­dre le pre­gun­ta­ba qué pa­sa­ba, asus­ta­da, y le pe­día por fa­vor que le di­je­ra algo, pero ella no res­pon­día. Yo no en­ten­día lo que es­ta­ba su­ce­dien­do y me daba mie­do Te­re­sa, muda, in­mu­ta­ble, mi­ran­do al va­cío como si no tu­vie­ra ojos.

Aun­que era pe­que­ña me di cuen­ta de que algo no es­ta­ba bien, así que me sen­té y no pre­gun­té nada más. Te­re­sa lo supo, no sé cómo, pero lo supo an­tes de que vi­nie­ran a dar­le la mala no­ti­cia. Cuan­do sonó el tim­bre, me le­van­té co­rrien­do para abrir, ya es­ta­ban aquí, no pa­sa­ba nada, pero mi ma­dre me de­tu­vo y me in­di­có que me sen­ta­ra de nue­vo. Abrió la puer­ta y se en­con­tró con dos po­li­cías pre­gun­tan­do por Te­re­sa. A mi her­ma­na y a mí nos lle­va­ron a una ha­bi­ta­ción y ce­rra­ron la puer­ta. Pero in­clu­so con la puer­ta ce­rra­da po­día­mos es­cu­char el llan­to de Te­re­sa, un llan­to de­ses­pe­ra­do. La muer­te se ha­bía co­la­do en la fies­ta por sor­pre­sa y se ha­bía con­ver­ti­do en la pro­ta­go­nis­ta, como a ella le gus­ta. Un bo­rra­cho se ha­bía sal­ta­do un se­má­fo­ro lle­ván­do­se por de­lan­te el co­che don­de via­ja­ba Luz con su pa­dre y su her­ma­na, ma­tán­do­los a los tres en el acto. En un se­gun­do, Te­re­sa ha­bía per­di­do a toda su fa­mi­lia.

Mi ma­dre no qui­so de­jar­la sola, así que nos que­da­mos a pa­sar la no­che en su casa. Yo tuve que dor­mir en la cama de Luz y fui muy cons­cien­te de que es­ta­ba dur­mien­do en la cama de mi ami­ga muer­ta.

To­dos los en­tie­rros son dra­má­ti­cos, pero los de los ni­ños… De­be­ría es­tar prohi­bi­do que la muer­te vi­nie­ra a bus­car­nos de pe­que­ños. La igle­sia es­ta­ba lle­na a re­bo­sar de com­pa­ñe­ros del co­le­gio, de ve­las, de in­cien­so y de pena.

Des­de ese día aso­cio el olor a in­cien­so con la des­gra­cia. Pero hoy no me atre­vo a de­cir nada, me ca­llo y rezo en si­len­cio pi­dien­do que Mu­riel esté bien y que vuel­va pron­to. Has­ta ayer me daba igual no te­ner nada que ha­cer, pero hoy no so­por­to mi pro­pia apa­tía y tam­po­co ver a mi ma­dre tan quie­ta y tan en si­len­cio —ella que es puro al­bo­ro­to—.

Al es­cu­char el tim­bre mi­ra­mos ha­cia la puer­ta, como si tu­vié­ra­mos vi­sión de ra­yos X y pu­dié­ra­mos ver a tra­vés de ella. ¿Se­rán bue­nas no­ti­cias? ¿O pa­sa­rá lo mis­mo que aquel día de ju­lio de hace ya tan­tos años?

—Voy yo —dice mi ma­dre arras­tran­do la si­lla al le­van­tar­se.

Con­ten­go la res­pi­ra­ción, y solo la dejo es­ca­par cuan­do veo a Ele­na al otro lado de la puer­ta, im­pe­ca­ble­men­te ves­ti­da, como siem­pre, pero con la cara des­en­ca­ja­da por el llan­to. Nin­gu­na de las dos dice nada, se mi­ran un ins­tan­te y lue­go se abra­zan. Ele­na se afe­rra a mi ma­dre como si te­mie­ra que ella tam­bién pu­die­ra des­apa­re­cer si la suel­ta. Te­re­sa se acer­ca a mí y me ro­dea la cin­tu­ra con su bra­zo. Yo sigo con los bra­zos cru­za­dos, no soy ca­paz de co­rres­pon­der a su abra­zo, no quie­ro que me con­sue­len, no sé dón­de está Mu­riel, si es­ta­rá ti­ra­da en al­gún si­tio, o si le ha­brá pa­sa­do al­gu­na cosa peor que ni si­quie­ra me atre­vo a pen­sar del mie­do que me da.

CAPÍTULO 4

Gé­mi­nis: Cues­tio­nes re­la­cio­na­das con tu vida per­so­nal y fa­mi­liar con las que ha­bías te­ni­do di­fi­cul­ta­des van a so­lu­cio­nar­se. Aun­que to­da­vía tie­nes mu­cho tra­ba­jo por de­lan­te.

Cie­rro el pe­rió­di­co y lo dejo en la es­tan­te­ría, Dios quie­ra que el ho­rós­co­po acier­te, da­ría todo lo que ten­go por ver a Mu­riel en­trar por la puer­ta y que es­tu­vie­ra bien. A lo me­jor se fue para cas­ti­gar a su ma­dre y aho­ra le da mie­do vol­ver. No he­mos dor­mi­do nada, toda la no­che en vela, daba la sen­sa­ción de que es­tá­ba­mos ve­lan­do a un di­fun­to. Me nie­go a pen­sar eso, Mu­riel está viva. Te­re­sa me lo ha ase­gu­ra­do, sé que no me en­ga­ña­ría en una cosa así. Esta es la peor no­che que paso des­de hace mu­cho tiem­po, solo es com­pa­ra­ble a la que vi­vi­mos hace ya mu­chos años, cuan­do ocu­rrió la te­rri­ble des­gra­cia que dejó a Te­re­sa huér­fa­na, no de pa­dre y de ma­dre, huér­fa­na de fa­mi­lia, que es mu­cho peor.

Gra­cias a Dios mi hija ha reac­cio­na­do, me dejé la piel in­ten­tan­do in­cul­car­le unos va­lo­res. Ya fra­ca­sé en mi ma­tri­mo­nio, no po­dría so­por­tar ha­ber fra­ca­sa­do tam­bién como ma­dre. Es­ta­mos de­ses­pe­ra­das, no sa­be­mos qué ha­cer, esta si­tua­ción es frus­tran­te.

Cuan­do en­tro en casa veo cómo me mi­ran y me doy cuen­ta de que no lle­vo nada en las ma­nos. Hace un rato dije que iba a com­prar algo para desa­yu­nar —ne­ce­si­ta­ba sa­lir de casa— y he vuel­to sin nada. Leí el ho­rós­co­po en el pe­rió­di­co de la ga­so­li­ne­ra y un pe­que­ño hilo de es­pe­ran­za hizo que me ol­vi­da­ra de todo lo de­más.

Los mi­nu­tos pa­san y se con­vier­ten en ho­ras, Ele­na en­tra y sale de la co­ci­na al co­me­dor con­ti­nua­men­te, solo se oye el gol­pe­teo de los ta­co­nes, eso y el tic­tac del re­loj. Me le­van­to y le qui­to las pi­las, Ele­na se sien­ta, como si se las hu­bie­ra qui­ta­do a ella tam­bién.

El so­ni­do del tim­bre nos saca de la in­mo­vi­li­dad y el mu­tis­mo. No sé si sien­to te­mor o ali­vio al es­cu­char­lo. Nos le­van­ta­mos las cua­tro y sa­li­mos al re­ci­bi­dor. Al abrir, casi me cai­go al ver a la ami­ga de Mu­riel, por un mo­men­to pen­sé que era ella. Van ves­ti­das igual, pa­re­cen clo­nes.

—Hola.

—Hola, pasa por fa­vor —digo echán­do­me a un lado.

—No. Solo que­ría de­cir­le una cosa. —Ha­bla con la ca­be­za baja, sin mi­rar­nos a la cara, como el otro día—. A ve­ces va­mos a la ma­sía aban­do­na­da que hay al lado del ce­men­te­rio, co­no­ce­mos a al­gu­nos de los chi­cos que vi­ven allí. Ten­go que irme o lle­ga­ré tar­de al ins­ti­tu­to.

Sin dar­nos tiem­po a pre­gun­tar­le nada se da la vuel­ta para re­unir­se con un chi­co que la está es­pe­ran­do un poco más aba­jo, mon­ta­do en una moto.

Sin de­cir ni una pa­la­bra, como si hu­bié­ra­mos es­ta­do es­pe­ran­do una or­den, nos po­ne­mos los abri­gos y sa­li­mos dis­pa­ra­das ha­cia el co­che. Me paso todo el tra­yec­to has­ta la ma­sía re­zan­do, pro­me­tien­do co­sas sin pa­rar, co­sas que, un se­gun­do des­pués de ha­ber pen­sa­do en ellas, ya me pa­re­cen ab­sur­das; que más le dará a Dios que deje de ame­na­zar a mi hija de que voy a ir a su casa con bata y za­pa­ti­llas como hago aho­ra para mo­les­tar­la; o que pro­me­ta de­jar de ir a ver a mi ma­ri­do a es­con­di­das, como hago de vez en cuan­do des­de que des­cu­brí que nun­ca se mar­chó de la ciu­dad y que tie­ne otra fa­mi­lia con otras hi­jas y otros nie­tos, que no le mo­les­tan ni le vie­nen gran­des. Tam­po­co me pa­re­ce im­por­tan­te de­cir que voy a de­jar de co­mer­me los dul­ces que trae Inés a casa, a es­con­di­das tam­bién, por­que los ten­go prohi­bi­dos por el mé­di­co. Por más que pien­so, no se me ocu­rre ni un pe­ca­do que ofre­cer a Dios a cam­bio de que me de­vuel­va a Mu­riel, no se me ocu­rre nada que me cues­te un gran sa­cri­fi­cio. En­ton­ces, Inés, que está sen­ta­da a mi lado, me coge la mano y la aprie­ta en un ges­to ca­ri­ño­so. Y sien­to que es tan des­gra­cia­da que le pro­me­to a Dios que me voy a de­jar la vida para que mi hija vuel­va a ser fe­liz, que no voy a des­can­sar ni un día has­ta que vuel­va a ver­la como era an­tes. Le voy a arran­car la pena que tie­ne ins­ta­la­da en el co­ra­zón, cla­ro que, para que eso su­ce­da, te­ne­mos que en­con­trar a Mu­riel, si no es así nin­gu­na de no­so­tras po­dre­mos sa­lir de la os­cu­ri­dad, ni si­quie­ra Ele­na, que apa­ren­ta ser una roca. Cuan­do ter­mino de ha­blar con Dios, sien­to un ali­vio enor­me. Sé que va­mos a en­con­trar a Mu­riel y que esto que ha pa­sa­do ha sido para ha­cer­nos reac­cio­nar.

Nos ba­ja­mos del co­che y nos acer­ca­mos a la casa. Nos re­ci­ben un mon­tón de pe­rros que la­dran pe­ga­dos a la reja de la en­tra­da. Tras ella, ve­mos una es­pe­cie de pa­tio sem­bra­do de bom­bo­nas de bu­tano, si­llas de plás­ti­co vie­jas, mon­ta­ñas de cha­ta­rra y bo­te­llas va­cías ti­ra­das, ade­más de bol­sas de ba­su­ra. El es­pa­cio está com­ple­ta­men­te aban­do­na­do. No po­de­mos en­trar, en la ver­ja hay una ca­de­na con un can­da­do. La za­ran­deo y el rui­do en­lo­que­ce a los pe­rros, que no pa­ran de la­drar. Aun­que rom­pié­ra­mos el can­da­do, cosa im­po­si­ble, los ani­ma­les nos im­pe­di­rían el paso. Gri­ta­mos lla­man­do a Mu­riel para ver si sale al­guien, pero no ob­te­ne­mos res­pues­ta.

—Hay que lla­mar a la po­li­cía.

Bus­co en mi bol­so el nú­me­ro de te­lé­fono que me dio el agen­te, los pe­rros se ca­llan y, cuan­do le­van­to la ca­be­za, veo a un chi­co del­ga­do y des­gar­ba­do. Los pe­rros co­rren ha­cia él. Tie­ne el pelo lleno de ras­tas, un aro en la na­riz y va­rios más en las ore­jas. Lle­va un palo en la mano y se acer­ca a la puer­ta con aire ame­na­zan­te.

—¡Jo­der!, me­nu­do es­cán­da­lo, ¿qué pasa?

—Abre la puer­ta, ve­ni­mos a bus­car a mi nie­ta. Si no abres, lla­mo aho­ra mis­mo a la po­li­cía.

—¿Y se pue­de sa­ber quién es su nie­ta?

—Se lla­ma Mu­riel y no nos ire­mos de aquí sin ella.

—No co­noz­co a nin­gu­na Mu­riel —dice con des­ga­na.

Se da la vuel­ta rién­do­se de no­so­tras y nos hace la pei­ne­ta, me aga­cho y le lan­zo una pie­dra que cojo del sue­lo y que le da en la ca­be­za. Suel­ta el palo y se lle­va las ma­nos a la par­te del crá­neo don­de ha no­ta­do el im­pac­to.

—¡Hi­jas de puta! Jo­der con las pu­tas chi­fla­das, ¿es­táis lo­cas o qué? Os he di­cho que no co­noz­co a nin­gu­na Mu­riel, si no os lar­gáis aho­ra mis­mo suel­to a los pe­rros —dice mien­tras se acer­ca a la puer­ta de en­tra­da, dán­do­le una pa­ta­da con fuer­za. Los pe­rros la­dran sin pa­rar. Inés saca una foto del bol­so y se la en­se­ña.

—Solo tie­ne quin­ce años, si está ahí den­tro ten­drás pro­ble­mas, no nos mo­ve­re­mos de aquí y lla­ma­re­mos a la po­li­cía.

—¿Quin­ce? ¡Vaya mier­da! Pa­re­cía más ma­yor —con­fie­sa mien­tras or­de­na a los pe­rros que se ca­llen y abre la puer­ta. El ali­vio que sien­to es tan gran­de que creo que me voy a des­ma­yar—. Ya os la po­déis lle­var, está con la pá­li­da, no quie­ro líos. Y no to­quéis nada.

En­tra­mos de­trás de él, se de­tie­ne, nos ame­na­za con el dedo y nos re­pi­te que no to­que­mos nada. La casa da ver­da­de­ro asco, hue­le a ba­su­ra y pa­re­ce un ver­te­de­ro, así que no sé qué es lo que no quie­re que to­que­mos. Re­pri­mo una ar­ca­da y me tapo la boca con un pa­ñue­lo, el olor es nau­sea­bun­do. Ten­go que aga­rrar a Te­re­sa para que nos siga, se ha que­da­do pa­ra­li­za­da mi­ran­do al­re­de­dor, asus­ta­da. Nun­ca en mi vida ha­bía vis­to tan­ta ba­su­ra acu­mu­la­da. En un rin­cón hay un par de chi­cos be­bien­do cer­ve­za. Uno de ellos aca­ri­cia una ba­rra de hie­rro al ver­nos apa­re­cer. El que nos ha abier­to la ver­ja le hace un ges­to con la mano y se re­la­ja, ig­no­rán­do­nos. Sue­na una mú­si­ca de fon­do que pa­re­ce sa­li­da del in­fierno y eso me lle­va a pen­sar que si el in­fierno exis­te debe ser algo pa­re­ci­do a esto. Hay col­cho­nes ti­ra­dos en el sue­lo con man­tas vie­jas y su­cias en­ci­ma. Una mu­jer duer­me en uno de ellos y no pue­do de­jar de mi­rar­le los pies, que aso­man por de­ba­jo de la man­ta, tan su­cios que es­tán com­ple­ta­men­te ne­gros, como si los hu­bie­ra me­ti­do en un saco de car­bón. El mu­cha­cho que nos guía se de­tie­ne, apar­ta una sá­ba­na col­ga­da de una cuer­da y se­ña­la un bul­to que hay ti­ra­do en­ci­ma de un sofá, tan vie­jo como todo lo de­más.

—Ahí está. Ya po­déis sa­lir de aquí ca­gan­do le­ches si no que­réis que os eche a los pe­rros.

Nos aba­lan­za­mos so­bre ella, está blan­ca y su­dan­do, tie­ne la ropa man­cha­da de vó­mi­to seco y las oje­ras más pro­nun­cia­das que nun­ca. La le­van­ta­mos, la sa­ca­mos de allí y la me­te­mos como po­de­mos en el co­che. Ele­na la acu­na como si fue­ra un bebé y no deja de llo­rar y ha­blar­le ba­ji­to. Le doy gra­cias a Dios por ha­ber­me es­cu­cha­do. A lo me­jor te­nía­mos que pa­sar por esto para que mi hija re­cu­pe­ra­ra a la suya y yo pue­da sal­var a Inés. Mu­riel no ha di­cho ni una pa­la­bra, tam­po­co creo que pue­da. No es el mo­men­to de pe­dir ex­pli­ca­cio­nes. Te­re­sa tam­bién ha en­mu­de­ci­do, pa­re­ce es­tar en shock.

Al lle­gar a casa me cam­bio de ropa, ne­ce­si­to des­pren­der­me del olor de esa casa. De ca­mino al co­me­dor, al pa­sar por el baño, veo que Mu­riel, sen­ta­da en la taza del vá­ter, es­ti­ra la mano, como si qui­sie­ra aca­ri­ciar a su ma­dre, que está aga­cha­da qui­tán­do­le las bo­tas; sin em­bar­go, la re­ti­ra an­tes de lle­gar a to­car­le la ca­be­za, como si le die­ra mie­do por­que en vez de su ma­dre fue­ra un pe­rro de raza pe­li­gro­sa y no su­pie­ra cómo va a reac­cio­nar. Ele­na no se sien­te có­mo­da con el con­tac­to fí­si­co, abra­zar­la es como abra­zar a un ár­bol, y aun­que por un se­gun­do me dan ga­nas de en­trar para con­so­lar a Mu­riel, no lo hago, no quie­ro qui­tar­le el si­tio a su ma­dre, no aho­ra. Al sa­lir de nue­vo al co­me­dor es­cu­cho un ge­mi­do, es como un mau­lli­do de gato. Bus­co con la mi­ra­da de dón­de pro­vie­ne has­ta que mis ojos se de­tie­nen en Te­re­sa, que está de pie con un bul­to ocul­to bajo el abri­go y la cul­pa es­con­di­da en la mi­ra­da.

—Te­re­sa, ¿no te ha­brás traí­do un gato de esa ma­sía lle­na de mier­da? Es­ta­rá in­fes­ta­do de pul­gas.

Sa­li­mos de allí tan de­pri­sa y tan ali­via­das por ha­ber en­con­tra­do a Mu­riel que no me fijé en nada más. Se abre el abri­go y saca una sá­ba­na su­cia con algo que se mue­ve den­tro, me la tien­de y me quie­ro mo­rir cuan­do veo a un bebé. Es una bebé, ne­gra como una no­che sin luna, qué pe­que­ña y qué del­ga­da.

—Te­re­sa, ¿qué has he­cho?

Cómo pue­den com­pli­car­se las co­sas cuan­do me­nos te lo es­pe­ras. ¿En qué es­ta­ría pen­san­do Te­re­sa cuan­do co­gió a la niña? ¿Qué va­mos a ha­cer aho­ra?, no po­de­mos que­dar­nos con ella.

Inés me mira des­de la puer­ta de la co­ci­na, aun­que no dice nada, sé que se pon­drá de mi par­te, lo que yo de­ci­da le pa­re­ce­rá bien, aun­que no lo esté o aun­que sea un dis­pa­ra­te. Ele­na, como siem­pre, será la que pon­ga el pun­to sen­sa­to. Nada de so­ñar, que des­pués los sue­ños no sa­len bien, lo sabe por ex­pe­rien­cia.

Dejo a la niña en­ci­ma de la mesa y la ob­ser­va­mos para ver si está bien. A pri­me­ra vis­ta no tie­ne mar­cas de gol­pes, solo está su­cia. Oigo los ta­co­nes de Ele­na acer­cán­do­se y pien­so en que ya no te­ne­mos tiem­po de es­con­der­la. Nin­gu­na de las tres nos gi­ra­mos a mi­rar­la, nos da mie­do cómo va a reac­cio­nar, se­gui­mos in­cli­na­das en la mesa mi­ran­do a la niña de es­pal­das a Ele­na.

—Mu­riel está en la cama, no me pue­do creer la suer­te que he­mos te­ni­do, no quie­ro pen­sar qué le po­dría ha­ber pa­sa­do si su ami­ga no… ¿Qué es­táis mi­ran­do? —dice al ver que no le ha­ce­mos caso.

Nos se­pa­ra­mos un poco para de­jar que la vea. Se acer­ca a la mesa, abre mu­cho los ojos, pa­re­ce que se le van a sa­lir de las cuen­cas, y se tapa la boca con las dos ma­nos.

—¿Pero de dón­de ha­béis sa­ca­do a esta niña?

Si­len­cio por res­pues­ta.

—La ha­béis co­gi­do de la casa. Es­táis lo­cas. Nos pue­den de­nun­ciar por se­cues­tro. Lo que me fal­ta­ba. Sa­lir en las no­ti­cias como una de­lin­cuen­te. —No para de an­dar de un lado a otro y ha­bla más para sí mis­ma que para no­so­tras—. Es­ta­mos a pun­to de per­der todo lo que te­ne­mos. Lo úl­ti­mo que ne­ce­si­ta­mos es un es­cán­da­lo. Te­re­sa, dame a la niña, su ma­dre la es­ta­rá bus­can­do. —De re­pen­te, se de­tie­ne, coge el abri­go que está en­ci­ma del sofá, se lo pone y le tien­de las ma­nos a Te­re­sa pi­dién­do­le a la niña, que la aprie­ta con­tra su pe­cho, con fuer­za. La niña em­pie­za a llo­rar, su­pon­go que ten­drá ham­bre.

—Te­re­sa, dá­me­la.

Te­re­sa no con­tes­ta, pero en su mi­ra­da hay de­ter­mi­na­ción, no se la en­tre­ga­rá. No sé qué de­mo­nios le pasa a mi hija, hace solo unos mi­nu­tos es­ta­ba llo­ran­do de ali­vio por ha­ber re­cu­pe­ra­do a Mu­riel y aho­ra pa­re­ce que solo le im­por­ta evi­tar un es­cán­da­lo. Ha es­ta­do a pun­to de per­der lo más va­lio­so que tie­ne y no ha apren­di­do nada. Ya sé que no po­de­mos que­dár­nos­la, pero no es ne­ce­sa­rio lle­var­la allí otra vez. No creo que su ma­dre esté muy preo­cu­pa­da si la dejó sola en un si­tio como ese, con un frío del de­mo­nio y ro­dea­da de bo­rra­chos que po­drían ha­ber­le he­cho cual­quier cosa.

—Mamá, eres in­te­li­gen­te, sa­bes que no po­déis que­dá­ros­la.

—La niña se que­da. —Me pon­go al lado de Te­re­sa e, in­me­dia­ta­men­te, Inés se une a no­so­tras. For­ma­mos un es­cu­do para no de­jar­la pa­sar.

—No sa­bes lo que di­ces, ¡esto es un de­li­to! Ha­béis se­cues­tra­do a un bebé.

—Lo úni­co que te im­por­ta es que na­die se en­te­re de que tu vida es una far­sa. Te da igual que esta niña es­tu­vie­ra ti­ra­da en­tre ra­tas y ba­su­ra.

—No pre­ten­do lle­var­la a aque­lla casa, me ofen­de que pien­ses eso, ha­bla­ba de lle­var­la a la po­li­cía.

Quie­ro creer­la, por­que de lo con­tra­rio no po­dré vol­ver a mi­rar­la a la cara.

—Me voy, no quie­ro ser cóm­pli­ce de esto. Ma­ña­na ven­dré a re­co­ger a Mu­riel, no creo que aho­ra sea el me­jor mo­men­to para que vuel­va a casa, es­pe­ro que se­páis lo que es­táis ha­cien­do.

Coge el bol­so y, an­tes de que sal­ga, la al­can­zo en la puer­ta y la aga­rro del bra­zo.

—Jú­ra­me que no pen­sa­bas lle­var­la allí otra vez.

Sor­pre­sa. En su cara veo sor­pre­sa o qui­zá de­cep­ción y creo que me he equi­vo­ca­do con ella. Pri­me­ro por pen­sar que es la cla­se de per­so­na que ha­ría una cosa así y des­pués por ha­cér­se­lo sa­ber. Su si­len­cio me pesa como una losa y pre­fe­ri­ría que me di­je­ra lo in­jus­ta que soy o cual­quier otra cosa, pero no dice nada y veo tris­te­za en sus ojos. La suel­to y sale de casa de­ján­do­me con un sen­ti­mien­to de cul­pa que no voy a ser ca­paz de sa­cu­dir­me en mu­cho tiem­po. Vuel­vo des­pa­cio al co­me­dor y me acer­co a Te­re­sa, que pa­re­ce una leo­na dis­pues­ta a de­fen­der a su cría.

—Te­re­sa, no pue­des que­dar­te a la niña. Ele­na tie­ne ra­zón, aun­que me dé co­ra­je re­co­no­cer­lo. No pue­des te­ner­la es­con­di­da, ¿y si se pone en­fer­ma?, cuan­do crez­ca ten­drá que ir al co­le­gio…

—Con­tra­ta­ré a un abo­ga­do, la adop­ta­ré. No po­de­mos de­jar­la allí aban­do­na­da, se mo­ri­rá, y si la en­tre­ga­mos a la po­li­cía la lle­va­rán a Ser­vi­cios So­cia­les y no sa­be­mos qué pa­sa­rá con ella.

—Eso no es po­si­ble, no te de­ja­rán que­dár­te­la, sa­bes que ten­go ra­zón.

Me di­ri­jo a Inés, que aún no ha di­cho nada.

—Inés, ve al cen­tro co­mer­cial, com­pra le­che en pol­vo, un bi­be­rón y algo de ropa. —De mo­men­to es lo úni­co que se me ocu­rre, des­pués ya ve­re­mos lo que ha­ce­mos.

Dejo a la niña con Te­re­sa y voy a ver cómo está Mu­riel. Me in­dig­na que Ele­na se haya ido de­ján­do­la aquí. Po­dría ha­ber­se que­da­do ella tam­bién. Es evi­den­te que no está có­mo­da con no­so­tras, pero eso no es ex­cu­sa. Mi nie­ta está des­pier­ta, aun­que cie­rra los ojos al ver­me. Me sien­to en la cama, le paso la mano por el pelo y cojo su mano en­tre las mías, dan­do gra­cias a Dios de nue­vo por ha­bér­me­la de­vuel­to. Tie­ne mala cara, los la­bios mo­ra­dos y un ara­ña­zo en la fren­te, pa­re­ce que está muer­ta de frío y no para de ti­ri­tar. Me meto con ella en la cama y la abra­zo por la es­pal­da, como cuan­do era pe­que­ña, y rom­pe a llo­rar; es un llan­to hon­do y car­ga­do de pena, su cuer­po me­nu­do se sa­cu­de y la aprie­to con fuer­za, como si es­tu­vie­ra he­cha de pie­zas y qui­sie­ra evi­tar que se des­mon­ta­ra. En este mo­men­to de­tes­to a Ele­na con toda mi alma.

Ele­na

Es­toy ra­bio­sa y no sé por qué. De­be­ría es­tar fe­liz, pero hay algo den­tro de mí que me em­pu­ja a no ser­lo. Le doy una pa­ta­da a una lata que hay en el sue­lo y el lí­qui­do que que­da­ba den­tro me man­cha los za­pa­tos de ante como si se ven­ga­ra de mí. El taxi tar­da y vuel­vo a lla­mar para que­jar­me des­car­gan­do toda mi frus­tra­ción con la mu­jer que está al otro lado del te­lé­fono. Cuan­do lle­ga y me subo la­dro la di­rec­ción al con­duc­tor ha­cién­do­le sa­ber que no ten­go ga­nas de con­ver­sa­ción. La pre­gun­ta que me ha he­cho mi ma­dre si­gue ta­la­drán­do­me el ce­re­bro: si ha pen­sa­do que soy ca­paz de ha­cer eso es por­que pien­sa que soy una per­so­na ho­rri­ble. ¿Eso es lo que trans­mi­to? Ten­go ga­nas de llo­rar. Hace ape­nas unos ins­tan­tes pa­re­cía que todo em­pe­za­ba a re­com­po­ner­se, que vol­vía­mos a ser algo pa­re­ci­do a una fa­mi­lia —aun­que to­da­vía que­da­se mu­cho para vol­ver a ser lo que fui­mos— y, de re­pen­te, todo se ha he­cho añi­cos de nue­vo.

No pien­so de­cir­le a San­tia­go que Mu­riel está bien. Ni si­quie­ra ha lla­ma­do para pre­gun­tar­me si sé algo de ella. Qué mier­da de ma­tri­mo­nio, qué mier­da de vida. ¿En qué es­ta­rá pen­san­do mi ma­dre? Te­re­sa siem­pre ha sido rara, mís­ti­ca, es­pi­ri­tual, no sé cómo de­fi­nir­la, pero pen­sa­ba que mi ma­dre era más sen­sa­ta. Esa niña solo nos trae­rá pro­ble­mas. No quie­ro ni pen­sar en la re­per­cu­sión que ten­dría esto si se su­pie­ra. Se­ría el fi­nal. Las ar­pías del club de te­nis ten­drían car­na­za para me­ses.

Nun­ca me han acep­ta­do. ¿Por qué me em­pe­ño y me arras­tro tan­to, con la de des­pre­cios que me han he­cho? Ja­más he en­ca­ja­do en su mun­do de lujo y per­fec­ción. A pe­sar de fre­cuen­tar los mis­mos cen­tros de be­lle­za, las mis­mas tien­das ex­clu­si­vas de ropa, siem­pre se han en­car­ga­do de re­cor­dar­me que yo so­bro, que mi ori­gen es hu­mil­de. Or­ga­ni­zan ce­nas a las que no me in­vi­tan y des­pués se en­car­gan de ha­cer­me sa­ber lo bien que se lo han pa­sa­do. ¿Por qué ten­go la ne­ce­si­dad de agra­dar a esas mu­je­res que no va­len nada? Cla­ro que, aho­ra mis­mo, re­cor­dan­do las ba­je­zas que les he per­do­na­do, creo que yo val­go me­nos que ellas.

Re­cuer­do el úl­ti­mo via­je que or­ga­ni­za­ron, un fin de se­ma­na a unas ca­ba­ñas de lujo en­ci­ma de unos ár­bo­les. «Algo di­fe­ren­te», di­je­ron, en ple­na na­tu­ra­le­za, sin ta­co­nes, sin ropa de fies­ta, so­las, sin ma­ri­dos. Eli­gie­ron el fin de se­ma­na del cum­plea­ños de Mu­riel, por­que pen­sa­ban que no iría, que se li­bra­rían de mí. Aun así me com­pro­me­tí a ir, les dije que Mu­riel ya era ma­yor y que le da­ría igual que yo no es­tu­vie­ra por­que pre­fe­ría ce­le­brar­lo con sus ami­gas. Que­da­mos a las nue­ve, el si­tio al que íba­mos es­ta­ba cer­ca, a tan solo una hora de nues­tra ur­ba­ni­za­ción. Lle­gué un poco an­tes al pun­to de en­cuen­tro y me ex­tra­ñó no en­con­trar­me con na­die. Cada vez que se acer­ca­ba un co­che me le­van­ta­ba del ban­co don­de ha­cía rato que las es­pe­ra­ba por si eran ellas. Cuan­do pa­sa­ban vein­te mi­nu­tos de la hora se­ña­la­da com­pren­dí que se ha­bían ido sin mí. Las lla­mé por te­lé­fono, y solo me di­je­ron que yo me ha­bía con­fun­di­do con la hora, que ha­bía­mos que­da­do a las ocho. No les ex­tra­ñó que no apa­re­cie­ra. Pen­sa­ron que a lo me­jor me lo ha­bía pen­sa­do me­jor y que fi­nal­men­te me que­da­ba en casa para es­tar con mi hija en su cum­plea­ños. «Ven­te si quie­res, tu cama está li­bre», así que, una vez más me arras­tré y fui de­trás de ellas. Las ele­gí a ellas en lu­gar de a Mu­riel. ¿Por qué ten­go la ne­ce­si­dad de ser acep­ta­da en su cír­cu­lo? To­da­vía hoy no lo sé, pero em­pie­zo a no so­por­tar­las.

Ten­go un do­lor de ca­be­za ho­rri­ble y no sé cómo voy a ma­ne­jar la si­tua­ción con Mu­riel. Am­bas ne­ce­si­ta­mos tiem­po. Ma­ña­na iré a casa de mi ma­dre como si no hu­bie­ra pa­sa­do nada. No es el mo­men­to de ha­cer re­pro­ches, ade­más, temo que ella ten­ga más co­sas que re­pro­char­me a mí que yo a ella.

Al lle­gar a casa me en­cuen­tro a San­tia­go en el sofá con el por­tá­til en el re­ga­zo. No le­van­ta la vis­ta cuan­do en­tro, ni pre­gun­ta de dón­de ven­go; ni si­quie­ra pre­gun­ta por su hija. Paso por su lado sin mi­rar­lo para ir a mi ha­bi­ta­ción y lla­mo a Ar­tu­ro.

—Ten­go ga­nas de ver­te.

No ten­go que de­cir nada más.

Me du­cho, me vis­to de puta de lujo y voy a su en­cuen­tro, a ol­vi­dar­me por un rato de San­tia­go, de mi hija, de mi ma­dre, de Te­re­sa, de la niña ne­gra, de las ar­pías y, so­bre todo, de lo que he he­cho con mi vida.

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9788417451080
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