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Dedicatoria

A todos los que lean esta entrega y sientan que la esperanza de un mundo mejor está dentro de cada uno, así como también en la mirada de los otros.

DESPERTAR EN ARMONÍA Y EQUILIBRIO

© 2020 Pamela Castillo Silva

www.confluir.org

@pame_castillo_coach

Primera Edición

Santiago, Chile, Noviembre 2020

Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio o soporte sin la autorización de su autora, bajos las sanciones establecidas en las leyes, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos

ISBN: 978-956-402-302-1

ISBN digital: 978-956-402-302-1

Foto Portada

Oat Vaiyaboon

Instagram: @hangingpixels_photo_art

Web: hangingpixels.com.au

Dirección de Arte

Marta Infante Montt

Diseño

Lilian Ferrada S.

Acuarelas

Elvira López

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com

info@ebookspatagonia.com

Agradecimientos

Muchas gracias:

 A mi madre, por haberme enseñado el amor al campo y la belleza de lo simple

 A mi Maestra, por haberme entrenado en el descubrimiento de mi mundo interior

 A Paula, por alentarme a escribir y apoyarme en la publicación de este libro

 A Elvira, por sus hermosas acuarelas

 A todas las personas mencionadas en este libro que me han acompañado en mi caminar

Prólogo

Vivir para transformarse

Por Pepa Valenzuela

Son tiempos revueltos, tiempos acelerados estos. Tiempos de instantaneidad, de una sobreabundancia de información y reacciones en contraposición a la reflexión, al cambio, al proceso personal. Claro, porque ese proceso cuesta. No es de un día para otro. A veces toma media vida o una vida entera. Eso pensaba el otro día, a propósito de tiempos acelerados y redes sociales: que ahora existe la vida, la vida que se muestra y la vida que comenta lo que se mostró. Tantas vidas cuando apenas podemos con una, con la real, la que está en tres dimensiones, esa que tenemos por un tiempo prestado tan valioso y con la que tenemos que trabajar intensamente para transformarnos.

Este libro apuesta por ese camino. El difícil, el largo. El del autodescubrimiento personal a través de la vida, del trabajo personal del desmantelamiento, paso a paso, pregunta a pregunta, respuesta a respuesta, de nuestro envase humano. Aquí está la vida para lo que vino a ser vivida: para ser vista, observada, transformada, evolucionada hasta su siguiente nivel. Aquí está la historia de cómo un ser humano llamado Pamela Castillo - fue encontrando las pistas de su propia existencia y las respuestas para encontrarse con lo que verdaderamente era su ser. Escribo esto y siento: ay, qué tiempos estos. ¿Alguien escuchará estas cosas? ¿Alguien les dedicará tiempo ya, con tanto estímulo, tanto ruido allá afuera? Me respondo sola. Claro que sí. Ya hay muchos buscadores, que han optado por hacer silencio y empezar este viaje. Y otros que se están acercando a la orilla y que precisamente necesitan este tipo de testimonios.

Lo que hace Pamela en este libro es nadar contra la corriente - ¡qué buena noticia! – y llegar a esas almas que ya empezaron a sumergirse en otros canales de la búsqueda de la verdadera existencia. Mientras está la vida 1 para ser vivida, la vida 2 para ser mostrada y la vida 3 para ser comentada, Pamela escribe su aprendizaje espiritual vital en su Vida 1, así con mayúscula y luego en ésta, su Vida 2, en la que comparte su experiencia para arrojar luces a otros que están empezando, quienes están en el trayecto o que ya han atravesado hacia el otro lado con sus respuestas bajo el brazo. Quizás no somos mayoría (todavía), pero somos. Estamos. Y estamos haciendo cosas que puedan dejar testimonio, legado, una pista a quienes nos siguen. Recibo lo que he dado, dice un capítulo del libro. Y sí, eso es este libro: una retribución a la humanidad sobre lo que la Vida, así con mayúscula, se trata de verdad: una oportunidad preciosa, preciada en el tiempo, para descubrirnos, entender los mensajes del universo, despojarnos de lo que no nos sienta y finalmente transformarnos en lo que sí somos de verdad:

Seres divinos y luminosos.

Seres divinos que a veces, como Pamela, tienen la generosidad de compartir con otros su recorrido hacia la luz.

ÍNDICE

Parte 1 Recibo lo que he dado

Capítulo 1 Un antes y un después

Capítulo 2 El tesoro de mis respuestas

Parte 2 Mi humanidad nace en mi divinidad

Capítulo 3 Mi cosmos con dos almas

Capítulo 4 Sebastián El Indolente y yo

Capítulo 5 La guerrera huilliche

Capítulo 6 Mi madre y nuestra nostalgia

Capítulo 7 El conflicto: mi karma y su decodificación

Capítulo 8 La Escuela del no perdón

Parte 3 Lo Femenino y lo Masculino

Capítulo 9 La sinergia femenina y masculina

Capítulo 10 Las mujeres que habitan en mí

Parte 4 Del baúl de los recuerdos

Chakras y su uso terapéutico

Radioteatro: El Perdón

Radioteatro: La Culpa

Parte 1

RECIBO LO QUE HE DADO

Capítulo 1

Un antes y un después

La vida a veces se muestra hosca, pero sabia

Nací en la primavera del 64, en Santiago de Chile. Fui criada en un ambiente tradicional y muy conservador, lo que incluía estudiar en un colegio de monjas para niñas. Estudié Ingeniería Civil en la Pontificia Universidad Católica de Chile. El mundo universitario al que llegué fue radicalmente opuesto a todo lo que había conocido. Había cambiado el colegio para señoritas por la facultad más machista de mi universidad.

Si bien se asomaron atisbos de rebeldía en mi adolescencia, fui cumpliendo las metas de lo que se suponía que debería hacer para tener una vida feliz. A pesar de todo, un gran sin sentido llegó a mis 13 años como un invasor o un usurpador de sueños, y se mantendría como un huésped en mi vida hasta que el Universo interrumpió mi levedad rescatándome de una comodidad insípida.

El inicio de mi camino

Si bien mis historias se tienden a confundir en el pasado, el año 1997 dejó una impronta que hasta hoy el tiempo no ha logrado borrar.

En agosto de ese año murió mi tía Inés, después de un cáncer rápido y certero, que casi no nos dejó tiempo para aflicciones ni agonías. Sentí su sorpresiva partida como un cambio de Era. Muchas cosas se estaban gestando sin siquiera poder vislumbrarlas. Por una casualidad maldita, esa semana mi corazón se rompió de dolor por la traición de quien sería uno de mis grandes amores. ¿Cómo sostenerme en pie? O mejor dicho, ¿cómo levantarme y seguir sin siquiera saber para qué?

Recuerdo haber estado sentada en la Costanera escuchando el murmullo del río Mapocho como un calmante, mientras el resto de los mortales aprovechaba su hora de almuerzo. Venían a mi mente preguntas que jamás habían sonado en mi adoctrinada y rígida concepción de lo correcto.

 ¿Y si todo esto fuera una gran mentira?

 ¿Y si Dios no existiera y Jesús hubiera sido un hombre común y corriente, astutamente marqueteado por los siglos de los siglos?

El solo hecho de permitirme hacer estas preguntas, sin reproche ni culpa, sería el preludio de una nueva concepción de vida para mí.

Tocando un poquito de cielo

A inicios de septiembre, la primavera regalaba una mañana excepcionalmente luminosa. Al respirar podía sentir la exquisita frescura del aire, entremedio de mis suspiros, por la profunda pena. En este espléndido escenario y, estando en la oficina, comenzó un dolor en mi pecho que casi me inmovilizó. La certeza en mi buena condición de salud pudo contrarrestar el temor de estar sufriendo algún tipo de ataque al corazón. Afortunadamente vivía cerca de la oficina, así que decidí ir a descansar a la hora de almuerzo. Simplemente no tenía ganas de comer.

Camino al departamento el dolor al pecho comenzó a incrementarse conforme me acercaba a mi destino. Con dificultad pude llegar a tenderme en mi cama. Cerré los ojos y traté de no pensar en nada, solo respiraba esperando que el dolor amainara. Después de unos minutos comencé a sentirme más aliviada. En un momento empecé a ver y sentir una luz que suavemente ingresaba y se expandía hasta llegar a todos los rincones de mi cuerpo. Mi corazón estaba inundado de alegría y por primera vez en mi vida sentí plenitud. Sentí amor por todos y por todo, era tan grande que me desbordaba. No podía y no quería controlarlo; dejé que fluyera libremente. Era tal la vibración que no sentía la cama.

Fue curioso. Durante un breve extracto de tiempo recordé las aburridas clases de religión de mi colegio. Las monjas trataban de cautivarnos repitiéndonos un repertorio de frases clichés. En particular recordé cuando nos decían que el paraíso era “La eterna contemplación del Padre”. Para una chica cuasi rebelde sonaba patético pensar que el paraíso era estar mirando a un noble caballero, de barba blanca, por toda la eternidad. A pesar de todo mi murmullo interno, en ese sublime momento dije: “Si esto es estar en la presencia de Dios, esto es lo que yo quiero y elijo”.

Con una sensación de regocijo por todo lo que eso representaba en mi vida, me levanté con el deseo de compartir mi presencia con cada ser que estuviera en el camino. De regreso a la oficina noté que mi caminar era notablemente diferente al tedio que normalmente me acompañaba en mi cotidiano. Mis pies avanzaban, pero casi no sentía el suelo. En ese momento me percaté de que sentía amor hasta por quienes habían destrozado mi corazón. ¿Qué me estaba pasando?

Entendí que cualquier cuestionamiento o racionalización a esta maravillosa experiencia haría que se diluyera. Lentamente, por casi una semana, esta exquisita sensación se fue desvaneciendo. Mi pequeño cosmos no era capaz de mantenerla. Decidí que sin importar cómo, cuándo y dónde, desde ese momento sería prioridad aprender El Perdón.

El llamado

En noviembre de ese año comenzó a aparecer en mi mente una imagen, como una postal, que estaba acompañada de un llamado: “Pame, tienes que ir a Cochiguaz”. Mi única referencia de ese lugar: una pequeña localidad cerca de Pisco, en el Valle del Elqui. Allí iban personas que creían en la energía y otros temas tabúes para mí. La imagen que tenía asociada a lo esotérico era la de una mujer madura con turbante, detrás de una gran bola de cristal. Esta escena era comprensible dada la intensa contra propaganda que había escuchado por años en el colegio de monjas y en mi propia familia. Una amalgama de temor, culpa y deslealtad se mezclaba con mi racionalidad, la que lograba acallar el llamado, afirmando que era insensato.

La extraña orden me siguió día tras día, semana tras semana, hasta que por fin cedí y me dije: “voy a ir a Cochiguaz a buscar el eje magnético, pararme sobre él y sentir la energía, aunque quede carbonizada en el intento”. Invité a mi amiga Diana a esta aventura. Ella también tenía su corazón vapuleado y entusiasmada se unió a esta pequeña locura. Para ambas siempre tan fijadas en lo correcto, la palabra locura sonaba sexy. Nos regaló un alivio que iría in crescendo conforme íbamos dándole forma.

Nuestro plan comenzaría para mí el 20 de diciembre, arriba de mi 4x4 cargado con lo básico: mi carpa, un saco de dormir, lámpara de camping y cachivaches de Diana. El día 26 se uniría mi partner, que se quedaba en Santiago, para compartir la Navidad con su familia.

Después de casi un día de viaje apareció el letrero para el Valle del Elqui. En ese momento reparé en que nunca había estado en Cochiguaz, así que tendría que preguntar en el camino dónde quedaba.

Cerca del desvío a Pisco apareció la silueta de un hippie a un costado del camino. Pensé: “este sí o sí debe saber cómo llegar”. El hippie se llamaba Patricio y me preguntó por qué quería ir a Cochiguaz. Le dije que estaba en búsqueda del eje magnético. Fue inevitable. Soltó una carcajada que no pudo contener.

Patricio resultó ser una persona muy cálida que se dio el tiempo de escuchar el relato sobre mi quiebre amoroso. A esa altura la sentía como una historia añeja que me estaba aburriendo contar. Me explicó que el Valle del Elqui era famoso porque un eje de la tierra había tenido un desplazamiento y ahora se ubicaba en esa área. Me confidenció que él estaba sentado en su casa, que quedaba a un costado del camino y sin razón alguna salió, se había parado afuera a nada. Estaba intrigado preguntándose para qué había salido. En ese momento vio que alguien se acercaba en vehículo, mi 4x4, para preguntarle dónde quedaba Cochiguaz. Nos reímos de buena gana.

Patricio ofreció hacerme una terapia de energía, pero necesitaba que me quedara hasta el otro día. Nunca había recibido terapia de ese tipo. Después, de los cinco minutos que duraba su canalización, comencé a armar mi carpa en su patio. Fue la primera noche bajo el firmamento estrellado del Valle del Elqui.

Al otro día, después de la segunda parte de la terapia, mi improvisado anfitrión me dijo que mucha gente había llegado buscando algo, y que otras tantas personas estaban ofreciendo lo que fuera para satisfacer esa búsqueda. Me advirtió: “Pame: la energía es universal, por lo que no aceptes que te cobren”. Me habló de Ramón, alguien en quien confiaba para ayudarme en ésta búsqueda. Me dio las señas para poder llegar donde Ramón quien, coincidentemente, vivía en Cochiguaz.

La comunidad

Finalmente logré llegar a la Escuela Esotérica Universal. Ramón era un hombre sereno de barba blanca que había decidido, después de la muerte de su esposa, dedicarse a la espiritualidad en su último tramo de existencia. Con los ahorros de su vida se compró ese terreno, entre la falda de un cerro y un estero de aguas cristalinas. Construyó su casa, un pequeño espacio para ceremonias y dos habitaciones que arrendaba por día. Yo estaba tan cansada que tomé una de las habitaciones, lo que me daba derecho a una vela para la noche, desayuno y una ducha con agua quitadita de hielo. Al otro día comenzaría mi entrenamiento en ese extraño mundo de las energías, un conocimiento vetado por la Santa Iglesia Católica. Para mis oídos pechoños sonaba casi subversivo, contestatario. ¿Dónde me había metido?

En la mañana del segundo día compartí el desayuno con Ramón y el matrimonio formado por Alex y Norma. Cuando me preguntaron por qué estaba ahí, medí mis palabras y dije que quería conocer el mundo de las energías, porque estaba en una fase de apertura. Sonaba cursi, pero al menos pude evitar las carcajadas. La conversación matinal giró en torno a los extraterrestres, que según mis contertulios serían maestros universales y que nos querían entregar enseñanzas. Según mis compañeros de mesa, existían libros de sabiduría que habrían sido entregados por ellos para ayudar a la humanidad. En ese momento pensé seriamente en arrancar de vuelta a Santiago, pero mi curiosidad fue más fuerte. Me contuve y terminé el desayuno con huevos revueltos y pan amasado casero, poniendo cara de interés.

Después del desayuno, Ramón se acercó y me dijo que cerca del mediodía había reservado un tiempo para conversar conmigo. Él se había tomado muy en serio lo de guiarme en mis primeros acercamientos al mundo esotérico. Llegó con unas varillas para ver cómo estaban mis chakras. “¿Qué es eso?”, le pregunté. Me explicó que los chakras son centros energéticos por donde ingresa la Energía Divina al cuerpo. Resultó que las varillas se abrían o cerraban conforme el estado de apertura del chakra. En mi caso, del cuello para abajo mis chakras lograban abrir un poco las varillas, pero de ahí para arriba se cerraban completamente. Quedé conmocionada. Rápidamente Ramón me explicó que los chakras superiores casi siempre están cerrados porque tienen que ver con la conexión directa con lo divino. En nuestra sociedad lo espiritual o sentido de divinidad está dejado de lado. Entendí que, en mi caso en particular, estar imbuida en la religión católica, que cuenta con un gran contingente de intermediarios, me había inhabilitado para creerme digna de conectarme directamente con Dios.

Después de la breve introducción al mundo esotérico, Ramón me sorprendió al sugerirme, como primera tarea de novata, leer la Biblia completa desde el Génesis. Acepté la misión como un desafío y me dediqué el resto de la semana a leerla. Como conclusión pude decir que, si los héroes del Antiguo Testamento fueron capaces de estafar a su hermano, como Jacob, vender como esclavo al favorito del clan, que era José, o arrasar a pueblos completos para honrar a Yavé, era lógico entender por qué el mundo estaba tan convulsionado.

Lo mágico comenzaba en las noches cuando nos reuníamos en un círculo. Escuchábamos con los ojos cerrados una hermosa melodía en la que sonaban campanas lejanas. Después Ramón nos guiaba en meditación hacia un jardín: un espacio lleno de flores y un sendero que conducía a un río donde nos quitábamos la ropa para purificarnos. Una vez que llegábamos a la otra orilla nos esperaba un Maestro, quien nos daría un mensaje. Ramón, curioso, me preguntó: “¿viste a tu Maestro?”. Mi respuesta era otra pregunta: ¿El Maestro Jesús? Esta meditación se repetiría todas las noches y la pregunta también.


Con los ahorros de su vida se compró ese terreno, entre la falda de un cerro y un estero de aguas cristalinas

La noche previa a la Navidad compartimos una sencilla cena. Nuestra conversación, los chistes y anécdotas nos hicieron sentir en familia. Fue extraño, me sentí contenida por esta pequeña comunidad y el cielo estrellado del Valle del Elqui, que me abrazaba mostrándome su magnificencia haciéndome sentir pequeña, pero parte de un todo. Por fin estaba sintiendo lo que era vivir el momento. Sentía mi vida en Santiago como otra vida.

Después de Navidad la llegada de Diana coincidió con la de Rafael y Nicole. Rafael era un maestro de Tai Chi en busca de un período de reflexión. Nicole era una chica bien que quería vivir de la fotografía y la artesanía en el Valle del Elqui. Su especialidad era todo lo referente a la marihuana, como los matacolas y pipas. Nicole llamaba la atención porque sus relatos inevitablemente terminaban con la frase: “Esto es una volá súper heavy, ¿cachai?”. La emocionalidad estaba dada por la pausa y el tono que usaba al pronunciar su frase. Rápidamente quedó bautizada como: “La Heavy”.

Fueron días de luz con un calor implacable, por lo que entre todos logramos revivir unas pequeñas piscinas donde compartíamos nuestros sueños, historias sin resolver o definitivamente resueltas. Nos poníamos tareas, dentro de las que destacó nuestra ascensión al cerro que nos cobijaba.

La premisa era que, si lográbamos llegar a la cima, todos nuestros sueños se volverían realidad. Es así como en la última mañana del año 1997 iniciamos la travesía, que resultó bastante más difícil de lo que pensábamos. Cuando hicimos cumbre y pudimos ver el paisaje que estaba al otro lado, todo el cansancio, las pequeñas caídas y los rasguños quedaron en el olvido. Aún recuerdo como mi corazón palpitaba a más no poder. Ante mí se mostraba toda una vida nueva que me estaría esperando cuando me decidiera a dejar atrás la antigua.

La cena de Año Nuevo consistió en preparar unos choripanes que habíamos comprado en el pueblo. Jugamos al amigo secreto regalándonos unos presentes que tenían como condición ser elaborados por nosotros mismos. La ceremonia de entrega de regalos tuvo toda la formalidad que se espera de un evento como este. Fui la amiga secreta de La Heavy, y como regalo recibí un matacola hecho de bambú. Si bien no fumo marihuana, quedé profundamente agradecida de Nicole, que me dijo: “Este es para si algún día te animas”.

Mi última noche en la escuela participé de la meditación guiada como todos los días. Pero al momento de atravesar el río no quise imaginar a nadie sino solamente sentir. Esta vez, en la calma previa a la despedida, pude ver una gran luz y dentro de ella, la silueta de una mujer. Ramón se acercó para preguntarme si había visto a mi Maestro.

–Vi a una mujer–, respondí.

–Ramón, ¿hay Maestras?­–, pregunté.

Él solo me sonrió.

Al momento de partir, Ramón me regaló un cassette con la música que usábamos en la meditación para que no me sintiera sola en mi regreso a Santiago. Desgraciadamente extravié el cassette, pero esa melodía quedó guardada en mi memoria. Pasaron más de veinte años para volver a reencontrarme con esos sonidos.

El encuentro

A mi regreso a Santiago, retomar mis actividades me fue enredando en la vorágine de lo inmediato. A pesar de la rutina, me sentía más liviana. Había logrado perdonar, aceptar y liberarme de lo que no fue. El regalo de mi viaje fue haber enfrentado a uno de mis mayores tabúes: el mundo esotérico.

Cada vez me sentía más desconectada de los dogmas católicos. No respondían a ninguna de mis inquietudes. Una vez me encontré con uno de los curas de la parroquia donde asistían mis padres. Sin ninguna contemplación le pregunté: “¿Qué piensa de la reencarnación?”. Su respuesta me sorprendió al contarme que había estudiado a fondo el tema, había leído mucho -porque siempre le había hecho ruido- hasta convencerse de que no era posible, o no hubiera podido seguir su camino como sacerdote.

Con el tiempo pude ver que mi tibia permanencia al alero de la iglesia católica se debía a mi profundo amor al maestro Jesús. Mi respuesta llegó a mediados del año 2000. Sin saber para qué un día entré a la iglesia El Bosque, donde antaño solía asistir. Cerré mis ojos y claramente me vi afuera de la iglesia, en la vereda. Caminando hacia mí un hombre me sonreía amablemente. Usaba barba y cabello largo amarrado. Estaba vestido de jeans y camisa deportiva con las mangas arremangadas hasta los codos. Reconocí enseguida su transparente mirada, él era el Maestro Jesús versión 2.0. Ese encuentro significó para mí su invitación a seguirlo por caminos diferentes a los que conocía. Me sentí liberada.

En una clase de danza hindú las alumnas estábamos tratando de mantener el ritmo vigoroso de la profesora. Destacaba una chica muy joven a quien se le hacía fácil seguir las coreografías. Durante el descanso ella contó que su mamá “daba energía”. Recordé las instrucciones de Patricio, el hippie del Valle del Elqui. Le pregunté si su mamá cobraba por dar terapia y me respondió que no, porque la energía era universal. Me dio el teléfono de Irene, su madre con quien me comuniqué al otro día. Ella era una enfermera muy jovial, que junto con darme terapia me invitó a tomar unos cursos, para que aprendiera a canalizar la energía directamente.

Tomé los cursos de energía que eran preparación para el encuentro con la Maestra de la enseñanza en julio del 2001. Que agradable sorpresa fue encontrarme con una mujer vital y moderna hablando de las cosas de la energía con un desplante y soltura que nunca había visto.

En la meditación de despedida y cierre del curso la reconocí: ella era la Maestra que me estaba esperando al otro lado del río en la meditación de mi última noche en Cochiguaz. Fui su discípula por 18 años hasta que ella decidió retirarse de la vida activa.

En todo el tiempo que compartimos como Maestra y discípula me guio para que pudiera ir entendiendo el porqué de las cosas que había vivido. Las buenas y las malas. Para que descubriera el sentido de la trascendencia y la belleza de lo sagrado. Este maravilloso caminar nunca ha cesado, siempre una nueva aventura, una nueva conexión con lo que fue, lo que es y lo que será.

Una invitación

Con los años fui desarrollando mi parte espiritual y creativa en paralelo a mi vida profesional. Después comenzaron las invitaciones a dar talleres de crecimiento personal e inteligencia espiritual. Con el tiempo descubrí que las personas me compartían sus historias para que les diera otra mirada a lo que estaban viviendo. Al principio lo tomaba como una especie de talento en bruto, pero con el tiempo entendí que tenía que ver con mi propósito de vida.

Después de 28 años mi vida laboral entró en una fase de desgaste irreversible. Yo amé mucho a la ingeniería, pero con el tiempo nuestra complicidad dio paso al desdén. En los últimos años comencé a odiarla porque me hacía sentir atada a la nada. Ambas habíamos transmutado: la ingeniería cada vez más cambiante, más millennial y yo cada vez más sosegada, buscando pausas y descubriendo la delicadeza de los detalles. Cada una buscando nuevos horizontes. Mi intuición me advirtió que nuestra separación era inminente y que debía prepararme, porque ya no habría vuelta atrás.

El año 2018 tomé un curso de psicodrama que resultó ser una maravillosa terapia. Pude cerrar algunos pendientes que todavía se resistían a marcharse definitivamente. En uno de los talleres trabajamos nuestra adolescencia. Nos conectamos con esa energía que es inspiración y aventura.

Fue mágico. Al término de la sesión formamos un círculo alrededor de una gran olla virtual. Ahí se estaba cocinando nuestro futuro, a fuego lento. Como ingredientes básicos pusimos nuestros sueños y lo que queríamos vivir más adelante. Era extraño. No tenía claro dónde quería estar, sino más bien donde no quería estar. Me dije: “No más de lo mismo”. Sabía cómo quería sentirme en el futuro: libre. Empapada de este sentimiento, puse en la gran olla las emociones de libertad y satisfacción por ser quien era.

El director del taller nos pidió que cerráramos los ojos y no pensáramos en nada, sólo sentir cómo el Universo estaba preparando una poción mágica para cada uno. En un instante el director nos dijo que nos fijáramos en las imágenes que íbamos a recibir. Yo recibí dos imágenes: en la primera, estaba sentada con una polera a rayas azul y blanco, con pantalones y alpargatas blancas. El lugar era en una playa que no conozco. Me veía en unos cuatro o cinco años más, serena y feliz. En la segunda imagen estaba dentro de una acogedora casa retro, en una sala llena de libros. Estaba escribiendo con una máquina antigua un texto que me tenía sumergida. Me llamó la atención que no estuviera usando mi computador o algo más moderno. Dos semanas después mi jefe me comunicó que la compañía había decidido prescindir de mis servicios.

Decidí profesionalizarme estudiando coaching ontológico en la Escuela Newfield Network, donde me entregaron herramientas para ser un apoyo a quienes lo piden en mis charlas, talleres o directamente en sesiones de coaching. El trabajo realizado para mi sanación me permitió descubrir los regalos de la búsqueda de la armonía y el equilibrio.

**********

Aquí me encuentro escribiendo mi libro. Es mi entrega. Un regalo para quienes les interese compartir un punto de partida. Una invitación, o un pequeño empujoncito para el descubrimiento del maravilloso mundo interior a través de observar la propia vida.

Capítulo 2

El tesoro de mis respuestas

La respuesta que buscamos está en la pregunta correcta

Las respuestas a las situaciones que me producían desasosiego no estaban en mi baúl de respuestas automáticas, heredadas o copiadas.

Fue necesario proveerme de algunos elementos básicos para alcanzar el tesoro que albergaba las respuestas que he ido recibiendo. La lista que usé la presento a continuación:

 Audacia para avanzar a pesar de los miedos que puedan aparecer;

 Espíritu aventurero que permita asombrarnos con los nuevos paisajes internos que descubramos;

 Intuición para escuchar a quienes puedan ayudarnos;

 Grandes dosis de ternura para cruzar el umbral del perdón y así acceder a la libertad.

Me amo y me acepto como soy

En un breve encuentro que tuve con mi Maestra al poco tiempo de conocerla, me dijo que tenía que aprender a amarme porque yo no me amaba. Fue un balde de agua fría. Después del shock inicial me pregunté: “Si yo no me amaba, entonces ¿qué era amarse?”

Pensé: “puedo aprender de quien sabe y entiende lo que quiero aprender”. Mi coach sería el amor. En mis meditaciones canalizaba la energía que era amor divino puro. Este proceso lentamente les permitió a mis células acostumbrarse a una mayor vibración. Al mismo tiempo comencé a comprender por qué las cosas no resultaban como quería o simplemente no sucedían.

Llegó a mí un libro que me ayudó mucho: Usted puede sanar su vida, de Louise L. Hay. En el libro ella postula que el problema raíz de todos los demás es que no nos amamos. El amor a nosotros mismos comienza con la disposición a aceptarnos en vez de criticarnos. Explica el poder de las afirmaciones para poder cambiar creencias negativas por positivas.

Me propuse repetir una de las afirmaciones favoritas de Louise L. Hay: “Me amo y acepto como soy”. La recomendación era repetir esta frase unas 300 veces al día. Hice una innovación a este método aprovechando la canalización de la Energía Universal al momento de pensar la afirmación. La potente combinación de este pensamiento de alta vibración con la energía era equivalente a repetirla cincuenta veces a viva voz. La energía aceleró el proceso y los resultados fueron maravillosos. Empecé a sentirme más segura para cambiar actitudes que fueron reflejando un mayor amor a mí y hacia los demás. Desde ese entonces hago este ejercicio cada cierto tiempo porque la baja vibración de nuestro planeta me tiende a confundir.

Con el tiempo fui descubriendo el sentido de mi vida como piezas de un rompecabezas. Algunas piezas aparecieron rápidamente. Otras tardaron muchos años en revelarse. Si bien todavía me falta mucho para completar mi puzzle, el paisaje de algunas áreas se ve con mayor claridad.

La travesía

Un día, tan igual como otros tantos, fui al gimnasio a hacer mi rutina de 20 minutos de caminadora más la serie de pesas y máquinas que aparecían en mi hoja de entrenamiento. El gimnasio tenía una serie de pantallas que mostraban distintos programas para hacer más llevadera la tediosa caminata en banda. Como diría mi mamá, “cansa y no llena”. Después de unos minutos mareada por la música y los programas de televisión, decidí cerrar los ojos y concentrarme en mi caminata. Era importante estar atenta para no caerme, mis pasos estaban marcados por la máquina.

En un instante desapareció la música de altos decibeles. Aparecí caminando detrás de un grupo de niños que se dirigían a su escuela. Su caminar coincidía perfectamente con el ritmo de la caminadora. Sin más, sabía que estaba en Alemania a principios del siglo pasado, antes de la Primera Guerra Mundial. El sol primaveral estaba radiante y el aire fresco me sugería que había llovido la noche anterior. Después de mantenerme unos instantes tras la caravana, pregunté ¿Quiénes son ellos? Mi respuesta fue un acercamiento de esta película a uno de los chicos. Tendría unos doce años, era rubio y con algunos kilos de sobrepeso. Vestía pantalones cortos y calcetines altos. En ese momento supe que ese chico fui yo, en mi vida anterior a ésta. Lo veía por detrás y a medida que aumentaba el acercamiento comenzó a girar su mirada hacia mí. La expectación que generó ese encuentro me sacó de la escena y abruptamente volví al gimnasio. No sabía qué pensar. No pude continuar con la rutina de ejercicios y me fui a casa.

Esa fue la primera vez que tuve una regresión. Recordé al cura de la parroquia de mis padres. Sentí ganas de contarle que sus sospechas acerca de la reencarnación eran reales. Después recordé a mi Maestra cuando nos habló la primera vez del ser interno y supe que era cierto. Ahora no tenía absolutamente ninguna duda sobre esto.

Tengo la convicción de que la vida es un viaje a este planeta-escuela para aprender lecciones que nos permitirán evolucionar. Para esto vivimos muchas experiencias que nos mostrarán si logramos aprobar el nivel y pasar al siguiente. De lo contrario, volvemos al punto de partida. No es extraño sentir que vivimos la misma escena una y otra vez, donde solo cambian los actores y la escenografía, pero la trama se mantiene. En estas escenas, si actuamos nuestro papel usando el mismo guion, obtendremos el mismo cierre. Si no prestamos atención, comenzamos a creer que la vida es así, encerrándonos dentro de un realismo que nos paraliza.

Mi travesía a este planeta comenzó en el vientre de mi madre. En ese período de transición mi conexión con lo divino era equivalente a la unión con mi mamá a través del cordón umbilical y la placenta. La contención con la divinidad, que me envolvía y protegía, era equivalente al líquido amniótico de la bolsa uterina. Toda mi energía estaba al servicio del desarrollo y término de mi gestación.

Mi viaje incluía un programa de lecciones previamente acordadas para lograr mi cometido. En mi equipaje estaban mis talentos y los recursos que requería para tener éxito en esta nueva vida. Todo lo que necesitaba entender se me revelaría conforme a mi avance. Existía un detalle: toda esta claridad no sería tangible al momento de encarnar. Desde el momento de nacer tendría que encontrar mis claves para la decodificación en un mundo donde no había cabida para el misterio y el asombro.

Siempre admiré en los bebés su confianza para expresar libremente sus emociones. Su convicción en su propia capacidad creadora está intacta. La pregunta que me mantuvo ocupada por mucho tiempo fue: “si yo también fui bebé, ¿qué pasó con el entendimiento de mi perfección?”.

Fui descubriendo que durante mi niñez y adolescencia no recibí las claves correctas para conectarme con mi capacidad creadora, ni para desarrollar mis talentos y dones. Por el contrario, recibí mucha información impregnada de miedo, culpa, tristeza y rabia. Terminé por adoptar una realidad que me excluía de la posibilidad de cambiar y de ser protagonista de mi vida. Era como partir a un viaje de estudios y terminar en otro país completamente desconocido y sin pasaporte.

Si supieran quién soy, no me querrían

En la previa a mi nacimiento, las apuestas a favor de que el segundo hijo de mis padres fuera un varón eran muy superiores a que naciera una niña. A mi papá, si bien le gustaba la idea, no estaba ansioso por ello. Contrariamente mi mamá estaba convencida que por fin tendría a su primer hijo varón; sus comadres así lo pronosticaban por la forma de la panza y otras creencias de ese estilo.

Todo estaba dentro de lo esperado hasta que llegó la fecha estimada para el parto. Sin embargo, para ese día mi mamá todavía no había tenido contracciones. El atraso de mi llegada fue aumentando sin ningún motivo aparente. El obstetra le comunicó a mi madre que, si bien todo se veía normal, esperaría algunos días más. Si no, procedería a una cesárea. El último día del plazo llegaron las ansiadas contracciones y después de un parto relativamente expedito, nací. Cuando el doctor le informó a mi mamá que yo era una niña, ella lloró desconsolada, porque ansiaba la llegada de un hijo.

Nelly, mi madre, después del desencanto inicial rápidamente me aceptó como su nueva hija y se ocupó de lubricar mi piel de recién nacida, que se había secado por la excesiva permanencia en la bolsa uterina. Finalmente buscó un nombre adecuado para mí, porque solo había tenido uno en mente: Rodrigo.


Descubrí que mi demora para nacer era por temor a no ser acogida como nueva integrante de mi familia, ya que esperaban a otra persona

Muchos años después descubrí que mi demora para nacer era por temor a no ser acogida como nueva integrante de mi familia, ya que esperaban a otra persona. Apareció en mi vida apenas tuve conciencia una sentencia que me acompañaría por muchos años: “Si supieran quién soy, no me querrían”.

Nuestra vida está llena de respuestas que se manifiestan abiertamente para que las podamos ver. A medida que estemos atentos ganaremos expertiz y podremos encontrar nuestras claves para la decodificación de nuestro programa. Algunas veces las respuestas están atrapadas en nuestro árbol genealógico por lo que se hace necesario mirar hacia atrás, antes de nuestro tiempo.

Mis ancestros

Siempre llamó mi atención un profundo sentido de orfandad y abandono que me dificultaba pertenecer a cualquier grupo o entidad. No me hacía sentido dado que nunca había sido abandonada. Todo lo contrario, mis padres, en especial mi madre, siempre estuvieron pendientes de mí y de mis hermanas. En mi juventud supuse que se debía a mi timidez, pero a pesar que fui trabajándola con buenos resultados, ese sentimiento seguía arraigado.

Mirando mi árbol genealógico pude comprender todos los cruces de destinos que sucedieron en el pasado para que pudiera nacer, vivir y contar la historia que he tenido.

Mi familia por parte de mi padre estaba compuesta por personas de gran esfuerzo. Mi abuelo, un hombre maravilloso, tuvo que crecer rápidamente para hacerse cargo de su familia por la temprana partida de su padre. Mi abuela, una mujer espléndida, tuvo una difícil niñez de abandono que finalmente afectó su psiquis de adulta joven, presentando cuadros de esquizofrenia. Ella hablaba poco, pero le encantaban los paseos al campo o la playa. Mis abuelos tuvieron un hermoso matrimonio que terminó con la partida de mi abuela después de un infarto. Mi abuelo, de pura pena, la siguió dos años después.

Mi papá era un niño de unos siete años cuando su mamá tuvo que ser internada por su esquizofrenia. Junto a su hermano un año menor tuvieron que aprender a vivir solos porque mi abuelo los tenía que dejar encargados para poder ir a trabajar. Esta dura infancia hizo de mi padre un hombre fanfarrón que escondía al niño asustado que tenía en su corazón.

Mi familia por parte de mi madre se dedicaba a la agricultura. Hijos del rigor y la austeridad. Los padres de mi abuela Raquel tuvieron seis hijos, que siendo niños sufrieron la partida de su padre. Su madre, Petita, crió sola a sus hijos, con mucho esfuerzo y valentía.

Mi abuelo materno, Ramón, también fue huérfano de madre se crio con su padre y madrastra. Mis abuelos se casaron jóvenes. Raquel tenía 17 años y Ramón, 19. Su matrimonio duró apenas once años; mi abuela falleció a los 28 años, dejando a sus cinco hijos huérfanos.

Mi abuelo Ramón, después de unos años, se volvió a casar. Mi madre fue criada por su abuela Petita, que ya no era tan joven. Ella sentía que no le quedaba mucho tiempo y entrenó a mi mamá para poder llevar la casa. Después de un accidente cardiovascular ella también se marchó. La vida no espera y a los catorce años mi mamá se hizo cargo de la casa hasta los 23 años, cuando decidió emigrar a Santiago.

Siempre me sentí más cercana a mi familia materna. Fue una grata sorpresa cuando, ya cercana a mis 30 años, mi madre me mostró una foto de Raquel, un año antes de morir. Quedé impresionada al ver el enorme parecido que teníamos. Los ojos, forma del rostro, nariz. Fue como verme en otra época.

Me llamó la atención que el común denominador de ambas ramas eran relatos de huérfanos y abandonados. En mi ADN estaba el miedo heredado al abandono y la no pertenencia. Por esta razón no era suficiente con observar mi vida desde mi nacimiento. La memoria de mi vida también estaba en mis células.

Honro a mis ancestros y agradezco ser parte de su descendencia. Fueron personas que, a pesar de haber tenido vidas difíciles, especialmente en su niñez, fueron capaces de salir adelante con esfuerzo y coraje. Heredé dolores, miedos y soledades, pero también su fuerza, valentía y perseverancia, que han sido pilares fundamentales para enfrentar mis travesías por los desiertos que he atravesado.

El joven soldado

Intentando recordar un episodio de mi niñez, acudí donde María Inés, una psicóloga que utiliza la regresión en caso de ser necesario. Le expliqué que muchas veces en meditación lograba recordar una época de mi niñez, pero algo me paralizaba. Le pedí su ayuda. Ella me dijo que lo podíamos intentar, pero que a veces el alma puede querer mostrar otras cosas.

Cuando comenzó la sesión, empecé a retroceder en el tiempo y sin más me encontraba en el vientre de mi madre en el momento del parto. Estaba oscuro y sentí un frío intenso. Mi mamá estaba asustada y triste. No me gustó estar ahí. Quise salir, pero en vez de retornar hacia mi infancia me encontré en medio de la Primera Guerra Mundial. El chico que había visto en mi primera regresión ya había crecido y se había transformado en un joven soldado del ejército alemán, que venía de regreso después de la fallida invasión del sur de Francia. Junto a otros soldados estaban buscando a un desertor que había huido. El joven estaba herido y oculto en una casa y a pesar de su deplorable estado de salud se lo iban a llevar como prisionero.

Le comenté a María Inés lo que estaba recordando y que no sabía qué hacer. Me dijo que no me asustara y que tratara de indagar más sobre lo que me estaban mostrando.

El soldado estaba afuera de la casa mirándome cómo invitándome a salir de la habitación donde estaba el joven desertor. Comenzamos a caminar y señala a una mujer. Era la madre del desertor viendo este trágico espectáculo. Pude sentir la rabia y el dolor de su impotencia.

–¿Qué puedo hacer?–, volví a preguntar.

–Si quieres decir o hacer algo es el momento–, me respondió María Inés.

Sin saber qué hacer o decir, comencé a seguir al soldado que se acercaba a la madre. Me puse frente a la mujer y desde lo más profundo de mi corazón le dije: “Te pido perdón por todo el daño que te he hecho en esta vida y en todas las otras”. En cuanto terminé la frase me pregunté: “¿qué significa todas las otras vidas?”. En ese momento vi como todo se pixelaba y la escena comenzó a desintegrarse en un torbellino. Algo me arrastró o succionó y terminé de vuelta en el vientre materno, pero ahora todo estaba muy luminoso. Sentí una tibieza que me envolvía y pude ver el rostro de mi madre, feliz de reconocerme.

Entendí que la mujer a quien le había pedido perdón era mi mamá en esta vida y que la frase original a la que me había acompañado hasta ese momento era: “Si ella supiera quien soy, no me querría”.

El joven soldado alemán sobrevivió a esa guerra, pero murió al término de la Segunda Guerra Mundial.

Después de las experiencias que había vivido, entendí la importancia de la Ley Universal del dar y recibir. Si recibía algo en una experiencia, era porque yo había dado algo primero en esta vida o en otra.

Dar y recibir

La Ley Universal del dar y recibir se entiende como: lo que damos se nos devuelve. Si bien esta ley no existe para hacernos sentir culpables por las situaciones que no nos gusten, a muchos nos puede haber parecido un sin sentido: “¿Cómo yo voy a querer pasar por esto?”. Después de aceptar esta ley, pude comenzar a encontrarle sentido a muchas cosas de mi vida. Si no creía que era posible que algo sucediera, sencillamente no sucedería. Si quería ser valorada y amada, sería necesario sentirme merecedora de valoración y amor.


Ciclo virtuoso de la Ley Universal: dar y recibir

El dar y recibir lo entendí como un feedback universal. Después de aceptar que había recibido lo que había entregado, me conecté con la buena noticia de que mi capacidad creadora no se había marchado. De hecho, la había estado usando para crear mi vida, pero de manera inconsciente. A medida que aprendiera a usar las claves correctas para la decodificación, iría recuperando mi conexión con lo divino. Podría apreciar la belleza de mi mundo interior en interacción con los otros, en armonía y equilibrio.

Existe un flujo energético que siempre actúa: recibo la energía que doy en la misma vibración. En nuestra sociedad existe una condena al acto de recibir. Las frases típicas que nos han acompañado son: es mejor dar que recibir, dar hasta que duela, la felicidad está en dar y no en recibir, entre otras. Estas afirmaciones pueden atentar contra el fluir virtuoso de estas energías. Si freno el recibir, estoy empobreciendo mi entrega.

Se puede hacer fácil valorar a quienes amo, pero ¿qué pasa con los que no están en ese grupo? Si mi anhelo es recibir más valoración, cariño y comprensión, tendré que ponerme en una disposición más generosa y de mayor apertura para dar más valoración, cariño y comprensión.

La Energía Universal es inteligente y no tolera intenciones solapadas de manipulación. Por esta razón, es necesario separar el dar de la intención de recibir. Lo que recibiré no depende de mí. Si mi dar es honesto y libre, puedo confiar en que recibiré lo que corresponde a ese nivel de vibración. El dar tiene implícito el sentido de darme a mí misma como ser, legitimándome como persona.

Ejemplos de la experiencia de darme que he vivido:

 Darme la importancia que merezco. Yo soy importante para la divinidad, sino fuera así, simplemente no existiría. Tomar conciencia de que somos importantes va de la mano con entender que los demás también lo son.

 Darme el tiempo que necesito para mí. Dejar de posponer lo que mi corazón siente que es necesario hacer por mí, sin el freno de mis juicios.

 Darme la oportunidad de que las cosas pueden ser diferentes

 La libertad de darme un gusto, sin culpa.

 Darme cuenta de que lo que resisto ver, entender o aceptar, persiste en mi vida

Pueden existir muchas razones para que una persona se cierre a recibir. Estas generalmente se originan en la niñez; una experiencia traumática, recibir muchas críticas, no recibir valoración como personas o por lo que hacemos, con amor. Ejemplo: Sacarse buenas notas y recibir un con su deber nomás cumple.

Si trabajamos esta maravillosa ley, veremos cómo nuestra capacidad de recibir sana y potencia el círculo virtuoso del dar y recibir.

La belleza de la ley está en su simpleza y profundidad. Es universal porque es igual para todos, independientemente de la condición social, económica o nivel académico. Nos conecta con la grandeza de la vida. Nos habla a través de los detalles de nuestro cotidiano y no conoce la rutina. Nunca un día es igual a otro.

La física cuántica me entregó valiosa información y una nueva manera de interpretar la ley del dar y recibir. A nivel subatómico, la energía responde a nuestra atención y se convierte en materia. Es decir, la realidad que vemos no es antojadiza. No nos condena, solo es la ilusión o respuesta de nuestra propia manera de ver al mundo.

Joe Dispenza, en su libro Deja de ser tú, menciona que en promedio emitimos cerca de 60.000 pensamientos diarios, de los cuales el 90% son reiterativos. Cerca del 80% de nuestros pensamientos son negativos o de baja vibración. Si queremos cambiar nuestra realidad, será necesario fijarnos en qué tipo de observadores estamos siendo. En otras palabras, escuchar nuestros pensamientos y entender de dónde vienen.

El cerebro, nuestro emisor de pensamientos, cuenta con un sofisticado sistema de transmisión que nos permite sentir emociones acordes a la vibración de estos. Los pensamientos de alta vibración nos conectan con emociones elevadas como: amor, alegría, ternura y gratitud. Por el contrario, pensamientos de baja vibración nos llevan a emociones como: ira, odio, tristeza, vergüenza, culpa. Es decir, entregamos un pensamiento y recibimos una emoción.

Un ejercicio que he trabajado con buenos resultados es: por lo menos durante un mes grabar todos los días unos tres acontecimientos que me hayan llamado la atención durante el día. En la noche tranquilamente escucho mis testimonios poniendo atención en qué palabras uso y qué emociones afloran. De esta manera voy descubriendo qué tipo de observadora soy. Paso a paso, con mucha ternura y autocontención, se puede cambiar nuestra realidad.

Errores y aciertos

Aplicando mi racionalidad, definí a una situación que me incomodaba como un problema. Si lograba implementar la solución correcta a mi problema, la situación sería resuelta. De lo contrario, se mantendría mi problema original junto a otros que pudieran aparecer al actuar erróneamente.

Existían errores que podía considerar menores o cotidianos. Cada uno en particular no era relevante. Si era una situación aislada, no tendría mayor repercusión en mi vida. Sin embargo, pequeños errores cotidianos repetidos constantemente afectaban directamente mi vida, transformándose en grandes errores o problemas mayores.

A continuación, narro la experiencia de Carla, una colega y amiga. Con ella trabajamos de manera bastante artesanal nuestros errores cotidianos para transformarlos en aciertos.

Carla

Carla trabajaba en una oficina de insumos para la gran minería. En casa la esperaban su marido, dos hijos y su madre. Siempre estaba cansada y con un sentimiento de culpa por no estar el tiempo suficiente con su familia, especialmente con sus hijos. Además del cansancio, iba siempre atrasada y con una sensación de estar corriendo tanto en el trabajo como en su casa. Ella estaba convencida que su problema era el manejo del tiempo. Sin embargo, en su narrativa era notoria la ausencia de una declaración básica: Decir no. Aceptaba todas las tareas o favores que le pedían tanto en la oficina como en su casa.

Para Carla, tratar de manejar el tiempo no solucionaba su problema. Por lo tanto, insistir en hacerlo era un error que solo aumentaba su ansiedad. Cuando dimos otra mirada pudo observar que la ausencia del no en su vida tenía que ver con su afán de siempre complacer a los demás. Entendió que aprendió de niña esta actitud, viendo a su mamá desempeñarse de la misma forma como madre y esposa. Esta situación se potenciaba al estar inserta en una sociedad como la nuestra, donde decir que no puede ser tomado como una ofensa. En su caso, decir que no tenía asociado miedos como perder su trabajo, que pensaran que no era capaz o simplemente que era una mala persona. Sin embargo, sus temores venían de una afirmación que decía: “Yo no merezco ser considerada”.

El trabajo de recodificación de Carla consistió en cambiar su clave: Yo merezco lo mejor y lo acepto ahora. En paralelo tomó conciencia de que para desempeñar de buena manera sus actividades necesitaba disponer de su tiempo y energía para lograrlo. En caso de estar sobrecargada, era necesario informar con tiempo a su jefe para que reasignara las actividades dentro del equipo. Si Carla no informaba de su agenda copada, no podía esperar que su jefe se enterara. En su casa comenzó a pedir ayuda al resto de la familia. La nueva afirmación le permitió atreverse a introducir el “no puedo” en su cotidiano. Al principio se sentía un tanto forzada, pero con el tiempo fue adquiriendo destreza hasta poder llegar a decir; no quiero.

El episodio en la vida de Carla suele ser el relato de muchas mujeres por su multiplicidad de roles. Fue una lección dentro del programa de lecciones de su travesía. Gracias a poder observar a su madre, ella se observó a sí misma. Pudo ver en una escena algo que vino a aprender. Desde ese momento de claridad cambió su actitud de constante crítica hacia su madre por comprensión y gratitud. Su toma de conciencia le reveló que después de una seguidilla de errores había encontrado la solución a su problema inicial. Su clave también le reveló que, así como le costaba decir no, le costaba recibir un no por respuesta. A medida que se permitió expresar no en su vida se le fue haciendo más fácil aceptar los no, reduciendo su nivel de frustración.

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Дата выхода на Литрес:
18 марта 2025
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157 стр. 13 иллюстраций
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9789564023021
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