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El beso de la finitud

(Ensayos de filosofancia en defensa del mundo)

El beso de la finitud

(Ensayos de filosofancia en defensa del mundo)

Óscar Sánchez

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Óscar Sánchez

Editorial Filosofía en la Calle

https://www.filosofiaenlacalle.com/editorial

filosofia.lacalle@gmail.com

ISBN: 978-84-09-37943-9

Depósito Legal: AL 286-2022

Ilustración de Jaime González Galilea, 2021

Maquetación:

german.balaguer@gmail.com

En los libros se trata de comunicar ideas, no de imprimir palabras.

John Davey, director editorial de Blackwell

Osculum cum basio necnon suavioque

James Joyce, Finn´s Hotel

Índice

Breve prefacio: cuidar del mundo, expandir el ser…

La secularización/naturalización de la ciencia

¡¡Google no tiene ni idea!! (la Sabiduría y la Vida, hoy)

¿Y si el mundo (no) fuera una simulación?

Coronavirus global y darwinismo amañado

En el 250 aniversario del nacimiento de Hegel y Hölderlin...

De Auschwitz como reducción al absurdo

El malentendido del “Realismo Especulativo” o “Nuevo Realismo”

Paul Valéry y T.S. Eliot: el paso del Tiempo a juicio…

Observaciones llanas sobre el primer Heidegger

¿Qué es “Post-modernidad”?

(Auto)Apocalypse Now

Querido mundo tonto…

“The Matrix” veinte años después

La Inteligencia Artificial y el Mago de Oz

Una, dos, tres… ¡mil Gretas Thunberg!

Tecnociencia: ¿el Séptimo de Caballería?

Disertación en torno a una (no)interpretación de los sueños

Dolce Essere Niente…

Chomsky nonagenario

El Trashumanismo y Hannah Arendt

Jürgen Habermas, la gran esperanza blanca

Migas (milonga semi-culta)

La verdadera cuestión de los “bebes a la carta”

Anti el “Anti-natalismo”

La “foto” del agujero negro o viviendo en el Supercúmulo de Virgo

Sub specie cotidianitatis

El modelo computacional o el fin de la aventura

Ludwig Wittgenstein: un hombre de verdad…

El ocaso de la virtud

O Conocer o Ser

El animal introvertido (psicosis ultrarreal)

Mecanicismo canalla

“Room” o “lo contrario” del Mito de la Caverna

Dios sin Dios (Spinoza y Leibniz)

In a Million of Years….

Tarkovsky: derrelictos…

Relatividad General y Principio Antrópico

Calidad de Muerte

Ígor Strawinsky (y lo) inteligible

El discurso del metomentodo

Lejos de la ciudad: Escenografía de “Así Habló Zaratustra”

Del Psicoanálisis como cárcel mental

“Aunque el alcohol eléctrico del rayo…”

Buenas noticias para los cetáceos

¿Por qué no Platón en el s. XXI? –una fábula filosófico/política

Fractal

Aristóteles y la “embarazosa cuestión”

De la normalidad sentida como tiranía

Vattimo ahora nihilista

Less is bore: una posible lección filosófica de la cuarentena

2.500 años de la gesta de los 300 (espartiatas)

La Filosofía o el Espejo de la Teología

“Mr. Turner”, o cuando el mundo era todavía hermoso....

De las izquierdas contra las derechas como guerras de religión

Antonio Escohotado y/o las drogas equivocadas…

“Sopinstant” de selenitas y la teoría de la Panespermia

El Infinito... ¿Y quién es ese mozo?

Cien años del Tractatus Lógico-Philosóphicus

La conspiración de los buenos alumnos (o “La educación necesaria”)

Stat Rosa Pristina Nomine: ¿Qué es una “Idea” platónica?

Ignoramus et ignorabimus: ¿Para qué sirve el “noúmeno” de Kant?

V de Vendetta, The Road y el último reducto de la libertad humana

Tal vez una ambigüedad en el pensamiento de Marx...

Amartya Sen y la ciencia jovial

Abismos clavados en abismos…

Apoteosis medieval

Decálogo escéptico contra los filósofos

Una “dictadura sin lágrimas”: Zamiátin y la transparencia

Escatología metafísica (o metafísica escatológica)

Breve prefacio: cuidar del mundo,

expandir el ser…

Me resulta personalmente muy emocionante, cada primavera, cuando en Japón se sale tradicionalmente a la calle para celebrar la fiesta de la contemplación de los cerezos en flor. No es que la cultura japonesa me resulte en absoluto familiar, todo lo contrario1. Sin embargo, la exaltación anual del blanco rosáceo en la Isla del Sol Naciente me recuerda a Aristóteles, el filósofo que sostenía que la perfección es posible, e incluso bastante frecuente, entre las cosas enormemente diversas de la Tierra. Lo que no dijo, o al menos no explícitamente, es que tal vez la tarea del ser humano sobre este extraño y abigarrado planeta –y tal vez más allá– consista precisamente en procurar llevar todas las realidades que le rodean a su floración, a su máximo esplendor. Como si todo ente fuera un sakura, un cerezo, a lo que los humanos en conjunto podríamos dedicarnos sería a despejar los obstáculos que se interponen para que se haga posible su culminación, y luego contemplar satisfechos y serenos nuestra obra, comiéndonos tal vez una bola de arroz. A esa contemplación, que nace del trabajo bien hecho, del pulimento de la faz de cada objeto, incluido cada hombre particular, es a lo que los japoneses denominan en primavera hanami respecto de las flores. Bien podría ser ese el sentido de la presencia del agente humano en el Universo: desbrozar, quitar las malas hierbas, podar, hacer espacio, dejar crecer la realidad inmúmera y realizar un hanami periódico, indefinidamente, sin un principio absoluto ni una caída del telón completa, tan sólo para que cada sakura por separado y en su totalidad se presenten ante él en su estado más óptimo.

No obstante, últimamente la especie humana tiene una imagen muy negativa de sí misma, prácticamente la opuesta. Andamos como sin ánimo y casi asumiríamos con resignación la teoría del malo de Matrix, el Agente Smith, cuando postula que quizá el hombre no sea sino el virus de la Tierra, el modo como el planeta ha proyectado destruirse a sí mismo. Y, claro, no tenemos manera alguna averiguar si es así o no. Los dos puntos de vista, tanto el de la criatura humana como homo faber, es decir, como ese ser que sabe o podría saber cómo plenificar el ser que le rodea y sustenta, como ese otro que ve en nosotros a culpables pecadores, en tanto homo destructor que han nacido para conducir al mundo en un viaje hacia el fin de la noche, son enfoques hipotéticos, entre los cuales jamás podremos decantarnos teóricamente – serían, pues, antinomias, en el lenguaje de Kant. Teóricamente no, pero en la práctica sí, y aquí está la gracia del asunto. En realidad, basta con actuar bajo la premisa de que el mundo a menudo imperfecto y accidentado necesita de nosotros para mejorar y ya estaríamos haciendo esa premisa realidad en el mismo acto de apostar por ella. Igualmente, si nuestro comportamiento se rige bajo la conjetura del Agente Smith, entonces se hará terriblemente cierta, puesto que actuaremos como la carcoma de la Tierra, seremos los exterminadores ontológicos, pero a sabiendas de que esto tendrá lugar porque lo hemos querido así, no porque nuestra presunta naturaleza intrínseca nos haya obligado a ello.

Algunas fuentes indican también que Aristóteles, el cual, desde luego, nunca estuvo ni presintió siquiera la existencia de Japón, se despedía de sus amigos con la expresión “cuida del mundo”. No “cuídate”, sino “cuida del mundo”, y, dentro de él, por supuesto, también a tí mismo. Aristóteles, además, nunca limitó su consideración del valor de lo existente exclusivamente a los humanos, como hacemos hoy en los inicios del s. XXI, ni siquiera únicamente a los organismos vivos, agrandando el círculo, a la manera del movimiento ecologista. Para él, todo era susceptible de perfección. Si hurgas en un viejo caserón y encuentra un cuchillo viejo y mellado, puedes llevar a cabo con él dos líneas de conducta posibles: o bien lo dejas como está, pero exponiéndolo como una romántica obra de arte, o bien lo limpias, lo afilas y lo haces útil de nuevo. Cuidar del mundo, si esa es la opción que finalmente escogiéramos ante el riesgo apocalíptico de una quiebra ecológica y el triunfo subsiguiente del autoritarismo en la Tierra, consistiría en expandir también nuestra atención a todas las realidades no– humanas y hasta no-vivas, como el viejo cuclillo, la calidad del aire o, qué se yo, la Aurora Boreal o la Sucesión de Fibonacci.

El que esto suscribe no es, ni por lo más remoto, ni el gran Aristóteles ni una pequeña flor de cerezo en primavera, qué más quisiera. Pero sí que entiende humildemente que la meta de cada ser (substantivo) es ser (verbo) en su máxima expresión, aunque luego se deteriore y muera, porque incluso muerta habrá servido de ejemplo de que tal objetivo es alcanzable, una y otra vez y para siempre. Los siguientes ensayos, escritos de un modo demasiado personal y bastaste crítico, en el fondo tienen el propósito pacífico y confiado de facilitar un hanami general respecto de ciertas cuestiones filosóficas controvertidas. Sólo espera, pues, que el bondadoso lector le sea en esto favorable…

1 Excepto, claro, algo de los haikus clásicos de Matsuo Basho, s. XVII:

Mi mente evoca multitud de recuerdos.

¡Estos cerezos!

La secularización/naturalización de la ciencia

La vulgaridad es un hogar. Lo cotidiano es materno. Después de una incursión larga en la gran poesía, por los montes de la inspiración sublime, por los peñascos de lo trascendente y de lo oculto, sabe mejor que bien, sabe a todo cuanto es cálido en la vida, regresar a la posada donde ríen los tontos felices, beber con ellos, tonto también, como Dios nos hizo, contento del universo que nos fue dado y dejando lo demás a los que trepan montañas para no hacer nada allá en lo alto.

Fernando Pessoa

Propongo un experimento mental fácil y casi tontorrón, a ver si con él consigo mostrar por qué los filósofos no están del todo locos ni se inventan los problemas como piensan, muchas veces sin decirlo expresamente, los legos. Imaginemos un mundo en el que, en efecto, los hechos existan y hablen por sí mismos, de modo que no puedan ser puestos en cuestión por charlatanes, sectas o ideologías políticas. No existirían los tribunales de justicia, para empezar, porque lo que el sospechoso haya cometido o no colgaría de su simple percepción inmediata como el color de su piel o su altura. Llevaría, como dicen en las películas noir, “el crimen pintado en la cara”, y a Bárcenas le pertenecería la propiedad “caja b” tan manifiestamente como su elegante pelo platino. No existiría la ciencia, tampoco, porque bastaría con dirigir tu interés a Venus en un atardecer cualquiera para conocer en el acto, como por una intuición perfecta, que Venus posee el día más largo del sistema solar –243 días terrestres–, que su movimiento es dextrógiro y que en un día venusiano el Sol sale por el oeste y se oculta por el este. No existirían tampoco, por tanto, las escuelas, ni la educación, ni esfuerzo mental alguno. ¿Para qué, si los hechos se manifiestan a sí mismos de modo nítido, inequívoco? Me siento en una silla sabiendo al detalle el número de electrones y protones que la componen, quién se ha sentado en ella antes y en qué vertedero terminará cuando yo ya haya muerto, o quizá mucho antes, a causa de la obsolescencia programada. El futuro... ya no habrá futuro. A la porra también los seguros, la lotería, el fútbol, Aramis Fuster y las ganas de vivir. No existiría el lenguaje, tampoco, haríamos todos como ese personaje de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, que llevaba en una mochila a su espalda todo lo que necesitaba comunicar a los demás, de manera que sólo tenía que señalarlo con el dedo –pero a ver cómo se señala objeto físico alguno que muestre un “oye, viniendo aquí casi me atropella un coche...” Nada estaría, pues, oculto, y si mi muerte es, como todo, un hecho, es ya, está manifestándose ahora, no habría que esperar, viviría yo en la constancia de su cómo y de su cuándo, igual que en La llegada de Villeneuve. Lo que quiero decir, en fin, por reducción al absurdo, es que resulta evidente que no vivimos en un mundo que consista en una colección de “hechos”, ni hay que entender por “mundo” el conjunto interelacionado de los hechos (“todo lo que es el caso”, decía la proposición del Tractatus), puesto que eso que he descrito muy rápidamente no se parece lo más mínimo al mundo tal y como lo conocemos, por fortuna, y lo que es aún más significativo: de ser así, expulsaría de su seno completamente al ser humano tal y como lo conocemos –vivir de ese modo requeriría la serenidad y la visión de un coro de ángeles…

Es por ello que Martín Heidegger insistió tanto en Ser y tiempo sobre el punto de que Occidente ha tenido la peculiaridad de entender el ser como presencia. Un hecho es algo presente, eso significa precisamente “hecho”: lo dado en este mismo instante –pero en el propio uso del participio ya se adivina que es cosa del pasado, o no podría estar determinado… Y, bueno, quizá haya un Dios para el que todo es dado, como pensaba la Patrística cristiana, o animales que viven como en un “eterno presente”, como decía Borges, pero está claro que nosotros no. Los seres humanos, los mortales, son cosas muy raras: viven en y de la ausencia, en y de lo que no-es, de lo que no está presente ni se ve, y por eso existen los tribunales, la ciencia, las escuelas, la matemática probabilística, el lenguaje, los seguros y el fútbol, porque estamos forzados, no nos queda más remedio, que interpretar la realidad. Es una condición horrible, incierta, angustiosa, si eres un poseur como Jean Paul Sartre, el comunista de salón, pero un extraño privilegio, una revelación del abismo real que subyace bajo toda determinación, un “don” del ser, si lo miras como Heidegger, el odioso nazi. Porque sólo el animal que interpreta su entorno y también a sí mismo erige mundos a base de sus desciframientos, siempre precarios, pero siempre nuevos y fascinantes. Dile tú a un canguro que levante un mundo sobre su pobre base de hechos elementales. Ese mundo estaría compuesto de “salto”, “hembra”, “llueve”, “alimento”, y poco más. En cambio, el Dasein, nosotros, fabrica un coche, fabrica leyes de circulación, y es capaz de comunicarle a un amigo en la calle un no– hecho mediante palabras no-reales, esas que el enfermo de alogía de Swift es incapaz de concebir ni transmitir: “oye, viniendo aquí casi me atropella un coche...” (Heidegger, en su curso de 1929, Conceptos fundamentales de la metafísica, llamaba a las cosas welt-loss, sin mundo, a los animales, welt-arm, pobres de mundo, y al Dasein, welt-bilder, constructor de mundos…).

La filosofía, por tanto, no consiste en buscar “hechos verdaderos”, como si todos los demás fueran falsos o aparentes, o no desde Kant. Consiste más bien en averiguar si a nuestra capacidad de hacer mundos corresponde alguna lógica igual para todo ser pensante. Y, la verdad, no veo por qué tendríamos que renunciar a nuestra sagrada capacidad de levantar mundos porque el tovarisch Lysenko2 fuera un fanático o un vendido del sistema comunista, o porque haya tanto charlatán de pacotilla suelto por el mundo tratando de venderte su humo y a sí mismo lo más caro posible para lo poquito que es, cosa que sucede, sobre todo, y por cierto, en el orbe capitalista. La filosofía occidental ha consistido, durante largos siglos, en el empeño de que un único lenguaje depurado de todo lastre subjetivo –hoy lo llaman “sesgos”– sea apto para identificar, espejear, recoger el mundo único a que está destinado a referirse. Esa era ya, creemos, la pretensión del poema de Parménides en el s. VI a.C., y se trata de una idea fija tan atornillada a nuestra tradición –que es esa misma tradición, esencialmente, capaz de asociarse al Dios de la Biblia hebrea pero que sobrevive tranquilamente a la muerte de tal Dios– que sólo hay que ver cómo se amosca el lógico alemán Gottlob Frege cuando se la pone en cuestión, aunque sea desde la propia matemática y a principios del s. XX, es decir, unos milenios y pico después

Nadie puede servir a la vez a dos señores. No es posible servir a la vez a la verdad y a la falsedad. Si la geometría euclídea es verdadera, entonces la geometría no euclídea es falsa; y si la geometría no euclídea es verdadera, entonces la geometría euclídea es falsa. Si por un punto exterior a una recta pasa siempre una paralela a esa recta y solo una, entonces para cada recta y para cada punto exterior a ella hay una paralela a esa recta que pasa por ese punto y cada paralela a esa recta que pasa por ese punto coincide con ella. Quien reconoce la geometría euclídea como verdadera debe rechazar como falsa la no euclídea, y quien reconoce la no euclídea como verdadera, debe rechazar la euclídea… Ahora se trata de arrojar a una de ellas, a la geometría euclídea o a la no euclídea, fuera de la lista de las ciencias y de colocarla como momia junto a la alquimia y a la astrología… ¡Dentro o fuera! ¿A cuál hay que arrojar fuera, a la geometría euclídea o a la no euclídea? Esa es la cuestión3.

¡¿Estamos o no estamos?! ¡¿Somos o no somos?! Frege el lógico, Frege el germano bismarkiano, cabreado como una mona, escandalizado y ofendido en lo más íntimo, repitiéndose como el ajo durante todo un párrafo que más parece salido de la pluma de Don Miguel de Unamuno que de la suya propia. Pero es que hasta Unamuno admitiría que la razón es una cosa y la vida otra4. Sólo se justifica en la ira justiciera que Parménides le insufla desde la distancia histórica el que Frege quiera exterminar las Geometrías No-euclídeas, que son un portento de la razón, para que queden arrumbadas junto con la Alquimia y la Astrología. Precisamente porque son falsas, en opinión de Frege… ¿qué necesidad hay de barrerlas del mapa? También el ilusionismo y la prestidigitación tienen truco y en ninguna nación se mete a los magos en la cárcel por serlo. Lo que ocurre es que Frege no le encontraba el truco a Riemann o a Lobachevski, y eso le ponía enfermo. Podías plantear una geometría tetradimensional y funcionaba, como Riemann, o una multidimensional y tiraba para adelante, como con Lobachevski. La novedosa Relatividad de Einstein se apoyaba en Riemann, y sucesivos experimentos cruciales daban la razón a ese sindios, que digo, a ese contradios. ¡Tu quoque, realidad física!: Frege se subía por las paredes. Y es que si hasta las sacrosantas matemáticas son susceptibles de una pluralidad de interpretaciones vana es nuestra fe. Suelo decir a mis alumnos que Occidente es esa entelequia histórica que se define fundamentalmente porque hubo un hombre no muy simpático, que odiaba las habas y el cuerpo, pero que amaba el cielo estrellado y gobernar una ciudad, que afirmó muy seriamente que la naturaleza está estructurada conforme a proporciones numéricas. Como otros posteriormente le hicieron caso, de aquello a poner un Airbus de 640 toneladas en el aire ha pasado, si lo miráis bien, poquísimo tiempo. El homo sapiens sapiens lleva más de 100.000 años sobre la tierra, y sólo han sido necesarios los últimos 2.500 para dar el salto de los modos musicales griegos a una mesa de mezclas, y la diferencia estriba fudamentalmente en ese sectario de Pitágoras, del que sabemos muy poco y todo en bruma de leyenda. Las matemáticas marcan la diferencia, las matemáticas son el arquetipo de toda verdad en Occidente, son en sí Occidente más allá de folclorismos como el Imperio Romano o la Iglesia Católica –estoy exagerando bastante en pro de subrayar el argumento5. La Civilización Maya también había adelantado mucho en matemáticas, pero las convirtieron en un lenguaje secreto, mistérico, reservado a los sacerdotes. Europa, en cambio, enseñaba matemáticas en las universidades medievales (el famoso Quadrivium) públicamente y sin preocuparse de latazos mágicos, que para reprimir tales tendencias ya estaba la Gestapo aristotélica de la Santa Inquisición –para algo tuvo que servir, después de todo–, y tras muchos grandes talentos engendró a un señor, Galileo Galilei, que sostuvo que “el libro de la naturaleza está escrito en caracteres matemáticos”, lo cual es una forma semiótica de tomar el relevo de Pitágoras sin comprometerse demasiado en términos ontológicos.

A Frege, en nuestro pasaje, llega un momento en ya no le importa si se impone la Geometría euclídea o la no-euclídea, sólo exige enrabietadamente que sea una y solo una, monoteísmo matemático, porque esa única coincidirá por fin con el mundo físico, que sólo puede ser, a su vez, también uno. No se da cuenta, tal vez, de que la “única versión” del mundo (de ahí nuestro término “Uni-verso”) no tiene como fuente al mundo mismo, tal como él sea, que debiera ser de alguna manera uno, sino una previa exigencia lingüística, de raigambre filosófica como hemos visto. Heidegger la llamó, después, Metafísica, en un sentido distinto a Kant o Comte. Metafísica es ese marco general del saber occidental que, al menos desde Parménides, obliga a pensar que existe un régimen de enunciados único que denota una realidad así mismo única sometida a él. O dicho más por lo largo y técnico: Metafísica es lógica de la identidad basada en una ontología de la presencia que tiene como modelo paradigmático la necesidad matemática. Pero… ¿qué significaría, bien pensado, la “unidad del mundo en sí, tal cual”? El problema no es, como lo veía Kant, que ese mundo “tal cual” pueda o no ser conocido al margen de toda representación. El problema es que aunque efectivamente fuese único, y tuviésemos acceso directo a él (como lo tendría el propio Dios en persona, Él también único y soberbiamente celoso de su unicidad al igual que el Alá musulmán, que lejos de haber muerto está bien vivo), sólo podría ser unitario siendo estático, como la esfera parmenídea. De lo estático, sin embargo, no hay manera humana o filosófica de extraer la diferencia y el movimiento, que era justamente lo que se tenía que explicar, a riesgo de terminar como los mayas, en posesión de un saber que ni se usa ni se difunde ni progresa ni sirve para nada.

Llamaré aquí “platonismo”, más que “eleatismo” –de Platón conservamos 36 textos largos, de Parménides doscientos y pico versos– a esa actitud extraña que olvida qué era “aquello que había que explicar” para declarar más reales las explicaciones que dan cuenta de ello. Y digo que es muy extraño, extrañísimo: queremos explicar por qué hay tormentas, por ejemplo, así que el platonismo consiste en evitar las nubes o los rayos concretos, y preferir la explicación general acerca de la causa de las nubes y de los rayos. Una vez explicada la tormenta, ya no es precisa la tormenta. Podría no tener lugar ninguna tormenta más en la historia natural de la Tierra y seguiría siendo una verdad incontrovertible el funcionamiento de la humedad y la electricidad en suspensión aérea, por ejemplo. Tiene más realidad, más ser, la explicación que lo explicado: esto es el platonismo del que todavía vivimos, o del que vive mucha ciencia. ¿No es asombroso? Invertir el platonismo, como fue el lema de Nietzsche, no consiste en algo raro, al estilo de Deleuze o Foucault (que hablan de extravagancias tipo “el simulacro” y demás), consiste sencillamente en devolver estatus de realidad al fenómeno sobre el cual opera la filosofía, o sea, constatar que ocurren ciertas cosas, como hemos visto al principio, que el hombre interpreta quiera o no quiera, o en cuya interpretación consiste lo humano del hombre –todo lo demás que queráis señalar como típicamente humano o proviene de aquí o es compartido con el resto de los animales. La realidad antecede analíticamente hablando al discurso humano que pretende nombrarla, y pensar al contrario es una demencia total a la que nos hemos acostumbrado y a la que yo he denominado aquí platonismo, pero que en realidad es comúnmente conocida como “ciencia”6. Un señor es científico cuando le dice, por ejemplo, a sus alumnos, que la Ley de Ohm es real sin necesidad de traer ante sus ojos un circuito eléctrico. En las practicas ya entrarán los chicos algo tímidos a comprobar torpemente que eso que decía el profe en clase se cumple, bajo las condiciones impuestas por el profe, claro, pero eso es secundario, puesto que la Ley de Ohm subsiste por encima de los experimentos chapuceros que los chavales puedan hacer, ya que existe en un lugar superior que Platón llamaba kosmos noetós, los cristianos la Inteligencia Divina, Kant el plano trascendental y Popper el Tercer Mundo.

El monologismo es lo mismo que la Metafísica, esa convicción que hemos visto en Frege de que sólo un sistema de enunciados puede dar cuenta de la realidad, de tal manera que el resultado es que los enunciados terminan por hacer las veces de la realidad única (sigo con mi ejemplo: qué es una tormenta lo encontrarás en un manual de Metereología, no en mitad del Atlántico; millares de marineros han sufrido tormentas espantosas sin saber lo que eran…) Y una realidad, por cierto, que impone necesariamente el dualismo, puesto que como sigue habiendo mundo empírico, diverso y fluyente, este mundo no es como debería ser, el pobre. Sólo la tormenta del libro de Meteorología es como debiera ser, por eso es, mientras que la de George Clooney, aunque se diga “perfecta”, se sale de los parámetros, y por eso es menos o es distorsionadamente. Todo monologismo, toda Metafísica, es dualista, le guste o no. Tenemos el mundo de las verdades eternas, que aseguran una estabilidad de la referencia para nuestro lenguaje científico y también a veces político, y está el cenagal de la vida corriente, que se mueve entre apariencias e ilusiones que habrá que corregir por grado o por fuerza. Hasta el marxismo es una filosofía dualista, puesto que establece unas Leyes de la Historia (no comulgo con los lectores de Althusser) que debieran regir las transformaciones productivas y un mundo económico-político que se empeña obstinadamente en seguir su propio rumbo. Lo que hay nunca se corresponde con lo que debería haber, pero es que lo que hay es experimentable, y lo que debería haber sólo algo puramente lógico, enunciativo… Es un disparate colosal, pero que ha conquistado enteramente el globo terráqueo. Nos trasladamos en Airbus no porque apliquemos el método científico experimental, consistente en acumular observaciones de la naturaleza y tratar de deducir de ellas leyes generales. Eso ya lo hacía Aristóteles, que era un genio absoluto, y no inventó ni la bicicleta. Viajamos en Airbus precisamente porque en cierto momento decidimos dar la espalda a la phýsis, elaborar el modelo de cómo debiera ser a nuestro criterio y luego hacerlo encajar ahí le guste o no le guste. A eso le hemos llamado racionalidad científica, y nadie lo formuló mejor que Kant, el hombre que descubrió el truco: Notwendigkeit und strenge Allgemeinheit sind sichere Kennzeichen einer Erkenntis a priori, “La necesidad y la universalidad estricta son, por tanto, señales seguras de un conocimiento a priori”, CRP, Introducción II. El “a priori”, ni que decir tiene, es la mente humana concebida como motor de conocimiento y legislación racional. Ahora ya se comprende mejor, como se ve, el disparate, la demencia del platonismo: no es que los enunciados sean más reales que los hechos, es que los humanos hacemos que los hechos, indeterminados y mudos, que, efectivamente, jamás hablan por sí mismos, entren por el aro de la estructura de nuestro entendimiento –y sobre todo, de nuestra voluntad... Comprendo que aceptar que la ciencia es cuestión de reglas nuestras, humanas, si uno admira los logros de la ciencia, es duro. Yo también admiro tales logros como el primero, pero pienso que, aunque sin duda las reglas bajo las que se mueve la ciencia (o “las” ciencias, más bien), son enormemente más formalizadas y complejas que las del baloncesto, eso no quita para que igualmente sean jugadas por hombres reales en contextos reales de prácticas determinadas. En cambio, la visión de que la ciencia es sólo una y pura, metódica y en constante evolución, de manera que nos pone en contacto con un mundo virginal, adánico, al que sólo nos queda poner nombres como Adán se los puso a las entidades del Paraíso, es ciertamente pre-platónica, o, cuanto menos, pre-kantiana. Kant detonó lo que bautizó como el “giro copernicano” de la razón teórica, como hemos visto, y desde entonces no ha habido vuelta atrás, que yo sepa. El sujeto condiciona el objeto7, y dos siglos de avances y aplicaciones después pensamos que no lo hace conforme a conceptos trascendentales o a priori, sino, más allá de Kant, de acuerdo con juegos del lenguaje plurales. Un laboratorio está repleto de juegos del lenguaje, el instrumental mismo son reglas cosificadas. Cuando el experto sale del laboratorio, o del observatorio, o de dónde sea, nos dice que nos va contar una versión de los hechos al desnudo, como si él no tuviera la formación que tiene o su lugar de trabajo no contuviese la tecnología que contiene. ¿Y a eso lo llama la Verdad, la única Verdad (aún revisable, perfeccionable, etc.)? Otras formaciones académicas distintas y otras tecnologías distintas lo mismo darían lugar a cuentos distintos, válidos según sus reglas y en su campo, que es lo que pasó con las geometrías no-euclídeas. Sin embargo, yo defiendo que todos ellos recogen realidad, siempre y cuando aboquen a una praxis humana posible, es decir, si con ellos podemos crear bienes práctico-teóricos posibles. De nuevo, esa es la realidad actual: con la Física Relativista funcionan los GPS, mientras que gracias a la Mecánica Cuántica, que no tiene nada que ver con ella, que son como Oliver y Hardy, funciona la Fibra Óptica. A Frege le daría un soponcio, quizá todavía hoy también a un profesor de ciencias en su aula muy partidario de la Gran Unificación, pero me juego lo que sea a que a uno de sus alumnos esa fragmentación le va bien y lo encuentra todo estupendo. Tengo la impresión de que las nuevas generaciones ya han perdido del todo la fe Parmenídea-Fregeana. Sus profesores tratarán de inculcársela, muy tibiamente ya, pero a ellos les resbalará cada vez más. No entenderían la furia de erradicar a Euclides, si Lobacheski está bien pensado, o al revés, para ellos todo lo que tenga sentido8 y encima produzca mejoras tangibles será bienvenido. Presiento que hasta son permeables a la idea de que no hay ciencia universal y necesaria, sino una pluralidad de interpretaciones más o menos útiles –como son de ciencias, no deben temer que les llamen posmodernos o relativistas, ellos sencillamente lo ponen o lo pondrán en práctica y asunto concluido.

Ahora imaginemos, que es como empezamos, que unos científicos muy listos de cualquier país que tenga dinero para experimentación (y actualmente tiene que ser mucho, mucho dinero) se encuentran ante fenómenos tan extraños a nivel grande, mediano o pequeño que elaboran una tercera opción teórica. O el escándalo sería mayúsculo, o habría que admitir el pluralismo. Nadie acusaría hoy a la actual Física escindida en relativista-macro y cuántica-micro de relativismo epistemológico. ¿Qué impide que eso pueda ocurrir cualquier día, con el grado de innovación teórica e instrumental que vamos alcanzando? El pluralismo tiene además una ventaja, pues presupone poder enjuiciar a la propia ciencia, ya que si muchos modelos son posibles y efectivos, vamos a ver bien a qué fines prácticos nos conduce cada uno de ellos. Ese juicio lo produciría la libertad pública, democrática, de escoger un determinado modo de vida, y negar esa dimensión de la libertad que implica también a la ciencia es perfectamente factible hoy, pero resulta anticuado, cerril, cuando hasta los poderosos más visibles y sospechosos del planeta se permiten el lujo de variados negacionismos. Si ellos pueden por qué nosotros no. Por eso, y para ir acabando, la inversión más consecuente y completa del platonismo, y por tanto del monologismo, es el pluralismo. No lo es el nihilismo, el nihilismo sólo constituye la negación del platonismo, pero no su solución positiva. En positivo, si afirmamos que lo que hay es la realidad que experimentamos (no por casualidad William James denominaba al pragmatismo también “empirismo radical”9), entonces los esquemas racionales con los que tratamos de explicarla no son más que modelos. Y los modelos, potencialmente, pueden ser muchos, dependen del uso coherente de nuestra imaginación. El gran Aristóteles señalaba, en los libros metafísicos, que la naturaleza es como una gran diana: raro será que quien opine sobre ella no acierte en un lugar más o menos central de su inmensa área. Cada cultura, hasta cada individuo, posee una imaginación distinta, que proviene a su vez no de la pura arbitrariedad, sino del proyecto de sentido en el que está embarcada. Ese proyecto de sentido pertenece a la propia realidad humana, no interviene ningún dualismo en esto. Si consiguiésemos hacer consciente el hecho de que ponemos un mundo inteligible cada vez que llevamos a cabo nuestro proyecto no nos llevaríamos esas decepciones tan enormes que caen como un baño de agua fría sobre la Metafísica. Aparte del pobre Frege, no habría que argumentar, por ejemplo, cosas como que es que es el “marxismo real” nunca se ha puesto en práctica, y que en realidad los dirigentes históricos de los marxismos reales no han estado a la altura del reto, etc. Sencillamente, el modelo no ha encajado bien con la realidad circunstante, y la realidad debe tener la última palabra. Quizá en otro tiempo, quizá en otras circunstancias, quizá lo que se quiera, pero lo cierto es que real ha sido muy real, y la tentación de pensar que es así precisamente cómo esa teoría se conjugaría siempre con el mundo industrial moderno (generando tiranos, corrupción, burocracia y miedo entre la población) no me parece tan censurable como a tantos.

La ciencia es una actividad humana. Decir esto tan elemental ha precisado de sacudirse mil losas puestas sobre nuestros hombros desde tiempos históricos. “Es una actividad humana” significa lo mismo que significaba para Karl Popper antes de que le diese el ataque de platonismo de su vejez, o sea, que es algo que hacemos los humanos con nombres y apellidos, en aras de obtener ciertos efectos sobre nuestro entorno, que la mayoría de las veces no lleva a ninguna parte y otras veces da lugar a súbitas transformaciones que nos liberan tanto como nos esclavizan. Probamos, la pifiamos y volvemos a probar. Decía Popper que no hay un método científico, como soñaba Descartes, lo que hay es una técnica creativa de resolver problemas, y eso es la ciencia. A cada problema su método correspondiente, el que acertemos a crearnos para la ocasión. El señor, señora o equipo mixto que se ponen a la faena no son la viva encarnación de la función transcendental kantiana, o de las proposiciones protocolarias del Círculo de Viena, o de megaentes así. Son gente que hace cosas para otra gente mediante prácticas que han aprendido de gente precedente. Por supuesto que esa gente, la comunidad científica, constituye la antítesis de las prácticas de los curas y los políticos, esa otra gente que vive del palo y la zanahoria, es decir, de cebarnos y asustarnos alternadamente (excepción hecha de nuestra querida “Fashionaria”, admirable política y ser humano). Pero si a menudo se dejan seducir y terminan por dar por válido lo que sus patrocinadores quieren que den por válido, podemos culparles, sentirnos decepcionados, pero no protestar de que han traicionado el Infalible Sacramento de la Ciencia Objetiva. Nos han traicionado a nosotros, a la humanidad a la que sirven, y punto, lo otro es una quimera peligrosa que ya usó Lysenko para sus estúpidos fines políticos. Los discípulos de Popper (Kuhn, Lakatos, Feyerabend) no hicieron más que hegelianizar al maestro, en los dos primeros casos, o nietzcheanizarlo, en el tercero. Pues no hacía ninguna falta. “¡El universo abierto!”, dijo Karl Popper, y aunque uno no tire cohetes con el resto de su obra, esa fue su más grande y valiosa aportación a la epistemología y al pensamiento en general.

Pidamos a la ciencia un mayor escrúpulo en el ejercicio de sus tareas que a otras disciplinas, pero no le pidamos la gran fantasía de ser la clave arquimédica de no se sabe qué gigantomaquias trascendentes de la especie humana, al estilo de transhumanistas y “otros alucinados del más allá”. Hora es ya de naturalizar la actividad científica, de secularizar la última de las fes de Occidente una vez que ya todas las demás surcan los cambios culturales como pueden. La pandemia del coronavirus ha puesto ante nuestras narices que la ciencia se abre paso a trompicones, como todo, y está abierta a interpretaciones y costumbres, como todo. No desaprovechemos tampoco esta oportunidad de ser welt-bilder, pues, por volver a Don Miguel de Unamuno –yo no soy unamuniano más que en esto:

Y es que el punto de partida lógico de toda especulación filosófica no es el yo, ni es la representación –Vorstellung– o el mundo tal como se nos presenta inmediatamente a los sentidos, sino que es la representación mediata o histórica, humanamente elaborada y tal como se nos da principalmente en el lenguaje por medio del cual conocemos el mundo (Ibídem, pág. 187).

2 Lo menciono porque se saca siempre a colación cuando se trata de discriminar entre la ciencia ideologizada y esa que decimos libre, sin prejuicios ni control social, y que por supuesto es siempre la que nos pilla más cerca aunque sea costosa y privada.

3 Uber Euklidische Geometrie, citado y traducido en Los lógicos, pág. 106, Jesús Mosterín, Austral.

4 “¡Y es mejor que le falte a uno razón que no el que le sobre!”, El sentimiento trágico de la vida, pág. 82, Ediciones Folio.

5 Puesto que, en efecto, sin tales formidables vehículos históricos no hubiera llegado a ninguna parte, y la idea, si es que a esta barbaridad descomunal se la puede llamar simplemente “idea”, hubiera quedado abortada y olvidada. No es descartable en absoluto que exista vida inteligente en otros planetas que sólo emplee las matemáticas para hacer cuentas.

6 Es decir, que sí, que finalmente la filosofía es locura, pero locura productiva, no nefelibata, como también la ciencia, en el sentido de Hegel, cuando dijo aquello que para la compresión común “el mundo de la filosofía es un mundo al revés”.

-Sobre la esencia de la crítica filosófica en general, y su relación con el estado actual de la filosofía en particular.

7 Esto es todavía más difícil de negar en el Antropoceno. Ya hemos visto que la matemática misma, sin la que no existiría la ciencia moderna, es ya toda una formidable mediación entre el hombre y la naturaleza (incluida esa parte de la naturaleza que es el propio hombre, por cierto, sometido a pesquisa y control computacional). Aristóteles la había rechazado porque a su juicio era puramente mental, dado que implica un operativo estrictamente sintáctico sin referentes semánticos. Dices “dos” y no dices a qué dos cosas o substancias reales te refieres, sólo dices uno más uno, por ejemplo, o raíz cuadrada de cuatro, no “dos patitos”. Pero Galileo la abrazó con gran entusiasmo, y funcionaba espléndidamente en un mundo previamente reducido a relaciones cuantificables… No obstante, la matemática misma es hoy plural, y recuerdo perfectamente haber leído a una experta en fractales que la geometría fractal es una cartografía posible de la realidad, no una realidad. El propio Einstein escogió la geometría de Riemann porque le casaba bien, simplemente.

8 Las geometrías no-euclídeas tienen sentido matemático, teórico, aunque no puedan ser construibles en la intuición (en la Imaginación Trascendental, por decirlo de nuevo con Kant).

9 Que escribió, en las charlas conocidas como Pragmatismo: “¿por qué ha de ser “el uno” más excelente que el “cuarenta y tres” o que el “dos millones diez”?” No se puede sobrestimar el valor de esta tremenda afirmación.

¡¡Google no tiene ni idea!! (la Sabiduría y la Vida, hoy)

La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre las ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay un camino suave hacia el futuro, pero le buscamos las vueltas o nos abrimos paso entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de que todos los firmamentos que se hayan desplomado.

El amante de Lady Chatterley, D. H. Lawrence.

Hace un cuarto de hora me ha llamado mi hijo mayor desde un lejano camping para contarme cosas de niños. Un pájaro se había caído de un nido y entre todos lo habían vuelto a subir. Luego, el pobre (los pájaros son maravillosos, y además son los únicos descendientes de los dinosaurios), se había vuelto a caer, o se había tirado, ya no se puede saber, con el resultado de una pata rota. Entonces mi hijo ha buscado en Google qué hacer con un pajarillo maltrecho y tal vez suicida. Me cuenta que en un vídeo le han dicho que no hay que alimentarlo ni meterlo en casa, de modo que han vuelto a dejarlo en el nido. Me ha parecido alucinante. O sea, como a nadie le importa nada un pajarito, excepto a cuatro conservacionistas locos que padecen el síndrome de Casandra, lo que te recomiendan en Internet es que no te ocupes de él, que va a ser peor. El porqué, naturalmente, no lo dan. Como soy profesor, le digo a mi hijo que Google no es un maestro de nada, que los maestros tienen que ser capaces de dar razón de lo que dicen, como sostenía Aristóteles con otros términos –no soy yo tan pedante para haberle soltado esto último al chaval. Pero me quedo con mi pronto iracundo: Google no tiene ni idea, Google es un buscador que como mucho entiende de índices de popularidad. Y parece que esa popularidad adultera los contenidos, si es que lo primero que ha encontrado mi hijo ha sido un llamamiento a la inacción o a la omisión de ayuda, algo que, si se tratara de un humano, sería delito, al menos en el mundo civilizado.

Así que me pregunto quién es maestro hoy, quién sabe algo más allá del mundo del Know-How y de las técnicas aplicadas, es decir, me hago la vieja pregunta por la naturaleza de la sabiduría. Porque bien puede ser que no quede nada de ello, que las viejas imágenes del sabio arquetípico hayan quedado caducas o sean una estafa de feria y estemos mejor sin ellas, supuesto que la realidad del s. XXI se haya convertido en demasiado compleja y plural para ser abrazada por una visión holística que pretenda ofrecer respuestas inequívocas acerca del fin último de nuestras acciones. La pregunta que obsesionaba a Lenin y Chernischevsky, ¿Qué hacer?, a lo mejor no tiene nunca respuesta clara, o tiene tantas respuestas como contextos o como intereses en los le quepa difractarse. Entre la Paradoja de las Consecuencias, la Ignorancia Racional, la Paradoja de Arrow, el Efecto Mariposa, el Principio de Indeterminación de Heisenberg, el Gato de Schrödinger, el Teorema de Gödel, la Ley de Murphy, las Perogrulladas de los expertos, el “No recuerdo nada” de los políticos y el “A mí que me registren” de la ciudadanía, toda certeza se ha venido abajo excepto la saturación porcentual de la muerte, siempre a un cien por cien de los casos –pero hasta eso es meramente inductivo, y falsos sabios hay que prometen recortarlo… Bruno Latour anda últimamente promocionando la idea de lo que él y otros llaman Teoría del Actor-Red, o del Actante-Rizoma, según la cual nada puede ser conocido si no es parcial y localmente a través de modelizaciones provisionales que componen escenarios intrincados en los que el elemento humano se mezcla con sus instrumentos, lo social con lo natural y con lo tecnológico, y donde lo que funciona como objeto de estudio son por tanto amalgamas reticulares abiertas en las que participan en igual rango agentes humanos, maquínicos, medioambientales, corpus normativos, estrategias discursivas, etc. Es una idea que tiene visos de ser cierta, anticipada por la Teoría de Sistemas y la Teoría de Redes, para la cual Internet, claro, ofrece hoy el paradigma oportuno10, pero da la sensación de que es inmanejable, de que nada se puede hacer realmente útil con ella más que una montaña de tesis doctorales a cargo de un equipo multidisciplinar de becarios, como sucede, a mi juicio, con la obra de Michel Foucault –a ambos proyectos les ocurre eso mismo: que son proyectos exclusivamente académicos, pretendiendo ser otra cosa, pero eso es algo muy común al pensamiento de los últimos cien años: después de todo, la Filosofía deja el mundo como está, decía en un acto de honestidad Ludwig Wittgenstein...

Pero si Google en el fondo no sabe nada, sino que más bien da gato por liebre en la mayoría de los casos, a quién o a qué podemos recurrir. Lo que entendemos por Inteligencia Artificial, aunque ya insertada con o sin permiso en nuestras vidas, todavía está en mantillas. Y aunque no lo estuviese, yo personalmente no delegaría mis decisiones más arriesgadas o comprometidas en una maraña de circuitos que para colmo no he programado yo (y si alguien comparte la visión de Yuval Harari11 de que la libertad es una ilusión es que jamás ha sentido el vértigo dramático de un sí o de un no, y por tanto no ha vivido o ignora que ha vivido, que todavía es peor). Tampoco podemos responder a la manera protagórea, señalando que cada uno tiene su propia respuesta, y que el individuo, o la cultura a la que pertenece, es la medida de todas las cosas. No podemos porque atravesamos una emergencia inédita, con los pies al borde de un precipicio, o en medio de la tormenta perfecta, entre la pandemia, el cambio climático, una recesión económica y los populismos de derechas. Justamente la pandemia ha venido a mostrar, a fortiori, que la ciencia es ya tecnociencia, y como tal dependiente de sus fuentes de financiación, de factores ideológicos (Bolsonaro y Trump se pueden permitir acusar a sectores enteros de la ciencia de izquierdistas: dan por sentada pues la ciencia como discurso), de negociaciones concretas con la verdad, como ya pregona Latour, y, a fin de cuentas, mucho menos efectiva de lo que creíamos. La covid-19, pese a todo, es una enfermedad muy benigna, de no haberlo sido hubiésemos sucumbido todos en la espera incierta de la vacuna. Ahora que es la hora de la economía, comprobaremos también, por desgracia, como los economistas, esos material boys in a material world, tampoco dominan ciencia alguna, excepto si por ciencia entendemos un relato a posteriori. La pandemia ha sido, en efecto, la prueba de estrés de la fortaleza de la tecnociencia, y el resultado es que se ha mostrado impotente para detener hasta hoy lo que seguramente ella misma ha desencadenado. Estos últimos meses hemos descubierto con pavor que se nos da mucho mejor encender fuegos que apagarlos, como a los bomberos inversos de Ray Bradbury...

Los primeros sabios de Occidente fueron legisladores, como Solón y Licurgo, y sus conciudadanos les estuvieron agradecidos y les honraron durante generaciones. Sólo Simón Bolívar recibe hoy un culto semejante en el Cono Sur, y ese tributo es ridiculizado por el mundo desarrollado. Los physiologoi fueron los sabios de la naturaleza, aquello que se mueve por sí mismo, y hoy tendrían el crédito de los ecologistas o de los geólogos del Antropo-obsceno, poco por el momento. Sócrates sí, Sócrates es un sabio incuestionable, pero únicamente en círculos culturales. El Sócrates histórico probablemente fuera un pícaro, pero en todo caso echó a la historia las ideas de la no-violencia, de la mutua conversión entre conocimiento y virtud y la performance misma de su ejemplo personal, que fertilizó muchas escuelas y proporcionó el icono del sapiente guasón, anciano y desastrado, a lo Gandalf. Ni Zenón, ni Pirrón ni Diógenes ni Epicuro están a la altura simbólica y mitopoiética de Sócrates, del que son hijos putativos, y encima Sócrates –él mismo o su ventrílocuo Platón– construyó semejante modelo de sabiduría a la escala de la polis griega, mientras que su progenie espiritual pocas veces fue capaz de salir siquiera de su casa. Por esa razón, el único personaje del imaginario de la sapiencia que rivaliza con Sócrates, sacrificio de su vida incluido, es Jesús de Nazaret. El Jesús de los Evangelios es menos amoroso de lo que nos han contado, más exigente y con mayor espíritu de secta, pero aporta con respecto a la ironía socrática una entrega personal a su misión que San Pablo extendió a una universalidad virtual. Jesús debió ser una persona impresionante, como Sócrates, pero creo que Sócrates no suscribiría en su literalidad el Sermón de la Montaña. Ningún antiguo grecorromano desearía sentirse manso, pobre, perseguido por la justicia y miserable hasta la médula, ni siquiera los estoicos, aunque con ello se ganase las recompensas de ultratumba que también imaginara Platón. El caso de Aristóteles es distinto, él fue el sabio del estudio, el razonamiento y la contemplación, con Aristóteles se piensa, no se predica ni se enfervoriza a nadie...

He mencionado al estoicismo. Esa sí que es la escuela que amamanta sin cesar y sin merma por el paso del tiempo a todos los que se han querido sabios en Occidente. Hay estoicos en todas las épocas, estoicos son poetas, políticos, científicos, filósofos e incluso antifilósofos como Nietzsche o Foucault. Llamas a las puertas de una secta actual, pongamos la Cienciología, y el único núcleo decente de sus doctrinas es netamente estoico. Preguntas a la gente por la calle y si das con alguien muy joven será vagamente epicúreo, pero si das con alguien muy mayor será rigurosamente estoico. El estoicismo es la filosofía del dominio radical de las pasiones, y por tanto del individualismo extremo no economicista. Es verdad que algunos estoicos han sido hábiles en política, y que diseñaron una Física de la interrelación de todo con todo –como Latour, por cierto–, pero en último término el sabio estoico cumple con su deber individualmente, y si los demás no son capaces de controlarse pues peor para ellos. Spinoza llega a decir que el sabio es como si fuese de una especie biológica distinta a la del resto de sus congéneres, bestias sin duda inferiores, y Nietzsche opina igual bajo su intuición del Superhombre –el hombre tal como lo conocemos ha de perecer para que sea posible el Superhombre, nada más y nada menos. Estar apegado al destino, Amor Fati, eso que de todos modos va a suceder, es la forma más común y exitosa de la sabiduría en nuestra historia, aunque para alcanzarla haya que matar las emociones como se mata un nervio en el dentista: ajo y agua. Dionysos y el Crucificado son extremos que se tocan en ese punto: no eres quién para resistir lo inevitable, haz de la necesidad virtud y aprende a amar aquello que te supera descomunalmente, sea el Logos Cósmico, Dios, la Substancia o el Eterno Retorno... También Foucault, aunque pregona algo así como la guerra de guerrillas perpetua al poder –sin explicar jamás el porqué de esa valoración negativa del tegumento social–, cree imposible que esas escaramuzas lleguen nunca más allá de su propio ejercicio, y Nietzsche, uno de sus mentores, afirma en el Zaratustra que toda sabiduría es vana, que después de todo más nos valdría dejar de pensar tanto y forjar una paideía en la que el hombre se forme para guerrero y la mujer para solaz del guerrero. Occidente es, en mi opinión, mucho más espartano/estoica que cristiano/agustinista en la concepción de la ética del sabio, por mucho que haya mucho despistado psicoanalista refiriéndose machaconamente a eso de la “rémora judeo-cristiana”...

El cristianismo, que originariamente es una religión y no una escuela de sabiduría, tampoco ha hecho tanto daño, en mi opinión. Es cierto que ha creado la Inquisición, que el clero es constitucionalmente repugnante, y que en España se ha cebado con la educación y varias áreas más, pero en su matriz abrigaba el perdón, la compasión12, la abolición de las clases sociales, el amor hacia la Creación entera desde el de Asís y la renuncia al dinero y a las vanidades del mundo en los monasterios o las ordenes mendicantes. ¿Quién es sabio para la religión cristiana? Pues cualquiera que, sin necesitar siquiera saber leer o escribir, ponga su vida al servicio del entorno externo a sí mismo. La adoración a Dios es lo primero, por supuesto, pero el siguiente escalón es el interés por la prosperidad y mejoramiento de Sus Obras y Designios en este mundo –así lo dice Leibniz y me parece que no es por quedar bien. Como no hay ironía socrática en nada de esto, y el alcance de su propósito es absoluto, es natural que el cristianismo produzca historias de entusiastas “buenos” –santos– tanto como de entusiastas malos –fanáticos–, grandes redenciones y grandes masacres, pero no otra cosa sucede con el marxismo. Frente a esto, la erudición y el arte renacentistas, o la forzosidad de romper con el pasado de los modernos son sin duda ideales de sabiduría más urbanizados, más sosegados, pero también más tibios y mundanos. Se ha querido siempre ver en Descartes el pionero del pensamiento moderno, y lo es tanto porque simboliza el giro subjetivista del saber como porque su gesto principal es negativo: se trata de deshacerse de las tradiciones. Aquí ya divisamos nuestro mundo, dijo Hegel. Si la Filosofía continúa siendo hoy, aun de modo ya muy crepuscular, el lugar clásico y prestigioso de la sabiduría, es en cuanto que pone en crítica implacable el peso del pasado e invita al discípulo a pensar por sí mismo. Eso es, al menos, lo que te dirá cualquier profesor del ramo, cualquiera de sus alumnos e incluso un diputado de un Parlamento. El sabio como aquel que se queda voluntariamente desnudo sin perspectiva alguna de llegar a vestir el traje de una nueva fe jamás, y mucho menos el traje nuevo del emperador... Atrévete a saber, dice con vehemencia el gran Kant: no se aprende Filosofía sino que se aprende a filosofar...

Pero no es cierto del todo, y esta es, sin duda, la máscara del sabio más equívoca, más ambigua, que además tiene la enorme documentación de las cuatro últimas centurias en su contra. El hombre barroco, y luego ilustrado, que presume de ir desnudo de prejuicios, en realidad lo que esconde es algo sencillo de enunciar, pero difícil de desentrañar: ya no cargo prejuicios relativos a una interpretación de la naturaleza o de la divinidad porque ahora yo defino mis propios conocimientos y mis propias normas morales, y ello con el mismo carácter de necesidad y universalidad que emanaba de la Naturaleza o de Dios. Por eso Kant formulaba ese sapere aude con tanto vigor. Atrévete que encontrarás, y lo que encontrarás está más cerca de ti de lo que crees, más aún: eres tú, adecuadamente purificado –la sabiduría siempre resulta de una purificación, desde Empédocles y Pitágoras en adelante. El propio Kant se sometió a sí mismo en cierto momento a un conjunto de máximas vitales estrictas que hicieran posible “un nuevo Kant”, y a este proceso lo denominó palingénesis, volver a nacer. El sabio moderno, ilustrado, no duda de todo, no se queda en pelota viva como nos quiere hacer creer, sino que vuelve a nacer –una conversio no por casualidad semejante a la cristiana–, y con ello se inviste de un orden epistémico tan rígido o más como el del estoicismo o la teología. Sólo que ahora, quién traicione o subvierta las Categorías del Entendimiento o el Imperativo Categórico, traiciona a la Humanidad entera en el interior de sí mismo (en cierto sentido es mucho peor que la Iglesia, porque si mi vecino ofende a Dios, no tiene por qué ser asunto mío, allá él, sobre todo si soy protestante, pues que haga penitencia, pero si nos ofende a todos se hace con ello inhumano, inaceptable en la comunidad de los vivos... Fin de la Inquisición; Incipit Monsieur Guillotin...) No obstante, me parece que esa cristalización del sabio como hombre sumamente recto y que conoce los límites inviolables pero positivos del ser humano que nos brinda Kant es de lo mejor que tenemos hoy. ¿Qué, si no? ¿El señor que dice “ir hacia una estrella, sólo eso”, y que “sólo un dios puede salvarnos”, mientras él espera la caída de los higos chumbos, inspirándose en Hölderlin o Rilke? ¿El propio Wittgenstein, un hombre religioso atormentado y terriblemente perfeccionista? ¿Steve Jobs, que encarna la sabiduría estilo Disney de alcanzar tus sueños a toda costa aunque te descalabres o pises cuellos ajenos por el camino? ¿La sabiduría rústica y ruin de un Benjamín Franklin, que enseña al hombre hecho a sí mismo a ahorrar, ser frugal, mirar por el futuro y construir un imperio “tacita o tacita”? ¿O, por el contrario, el epicúreo contemporáneo, desatado, que se gasta una fortuna en sus caprichos sin parar mientes en el destrozo que deja a su paso –aunque lo sabe y sufre algo por ello, sobre todo en lo que toca a su propio destrozo: “Epicuro de Esparta”, cantaba Joaquín Sabina–, al tiempo que deja caer sentencias a sus allegados acerca de lo efímero de la vida y lo necesario de exprimirla a tope? Richard Rorty fue el último, hasta donde yo sé, que formuló un ideal de sabiduría individual y colectivo, al que denominó “ironista liberal”. Un ironista liberal está infinitamente más cómodo con la vida que le ha tocado que Kant, tanto que se puede permitir ponerla en cuestión en la teoría, siempre que no se la toquen en la práctica. El ironista liberal sabe que lo que sabe no es más que una concreción histórica de la sabiduría como hay tantas, de manera que hasta se siente un poco artista, ya que es capaz de moverse a otros lugares mentales en los que ser otra cosa, pensar y sentir de otro modo. Eso sí, las instituciones que protegen esa libertad, aunque meramente pragmáticas, se justifican por sí solas, de modo que Rorty llamará a la policía si pones un pie en su propiedad en nombre del ironismo relativista. Rorty propone, en fin, algo así como el Sócrates insatisfecho y el cerdo satisfecho de Stuart Mill fundidos en un solo molde de sabio mantenido con en un equilibrio precario.

Nada de lo dicho, pues, nos sirve para la emergencia que habitamos hoy y habitaremos tal vez para siempre. Estamos encerrados en esta bola sin duda maravillosa pero que se va a pique, y lo único que está claro es que la supervivencia digna será asunto de colaboración colectiva, de actantes en red como dice Latour. El viejo ideal del sabio se ha tornado en orteguiano, de modo que el sabio será el sabio y sus circunstancias, y si no las salva a ellas no se salvará a sí mismo. El estoicismo profundo de nuestro esqueleto occidental nos ha impuesto desde siempre la manía desarraigable de que el hombre de verdad es, primero varón, y luego autosuficiente. La autarquía, el valerse uno únicamente de uno mismo, moral y cognoscitivamente, es el secreto de la moral en Occidente, y lo que sabemos de Oriente no parece que sea muy distinto –por eso, por cierto, los sabios han de aparecer viejos, incluso el propio Dios: resulta más fácil al hombre marchito y cada vez más ensimismado en sus recuerdos sujetar sus pasiones... Pues bien, esto es lo que ya no puede ser, no porque se haya quedado obsoleto sin más, o porque, como apunta el feminismo, sea agresivo y triste, sino porque es una manera de ser (una forma de subjetivación, una tecnología del yo, que diría Foucault) que nos introduce más a fondo en la tormenta perfecta, en vez de sacarnos o por lo menos bandearnos en ella. Yo no sé lo que hay que hacer, o si no el sabio sería yo, y no tengo ni la edad, ni la preparación ni la posición social ni los redaños necesarios. Pero me gusta mucho este famoso pasaje de un discurso de Václav Havel, ex presidente de la República Checa fallecido en 2011, que pese a ser un genuino animal político consiguió, como Nelson Mandela, no dejar del todo de ser un ser humano –y hasta un escritor, un dramaturgo y un filósofo...¿tal vez un sabio…?:

La esperanza no es un pronóstico (...) Siento que sus raíces más profundas están (...) en las raíces de la responsabilidad humana (...) La esperanza, en su sentido profundo y poderoso, no es lo mismo que la alegría de que las cosas vayan bien o la voluntad de invertir en iniciativas que, obviamente, se dirigen a un éxito temprano, sino más bien la capacidad de trabajar por algo porque es bueno, no sólo porque tiene una oportunidad de éxito. Cuanto más poco prometedora es la situación en la que demostramos esperanza, más profunda es esta. La esperanza no es lo mismo que el optimismo. No es la convicción de que algo va a salir bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulte (...) Es también esta esperanza, sobre todo, la que nos da la fuerza para vivir y probar continuamente cosas nuevas, incluso en condiciones que parecen tan desesperadas como las nuestras, aquí y ahora.

La expresión clave es, para mí, la “convicción de que algo tiene sentido”. Desde luego, no puede tener sentido dejarnos llevar por el desastre mientras que tocamos como la orquesta del Titanic. La sabiduría, hoy, debe tener que ver con alentar esperanzas, pero esperanzas bien informadas, con sentido. Sencillamente porque la esperanza no es un estado del alma, sino una actividad de la persona entera. Aquel que no espera lo mejor –y no “una estrella”, en abstracto, como Heidegger–, aun a sabiendas de que su anhelo no está garantizado por nada ni nadie, tampoco hace nada para conseguirlo, y por tanto se enreda en un círculo vicioso, en una profecía autocumplida. Así resulta fácil ser sabio, incluso profeta.

Como me duele una muela, y no pienso ir al dentista, adivino que lo voy a pasar mal. Es tonto, pero además tiene poco mérito. Lo que tiene mérito es decir “sólo sé que no sé nada, como Sócrates, pero si me duele una muela lo que parece tener sentido es dejar de comer bombones y abrirme una cuenta en una clínica odontológica; no tengo seguridad de que eso vaya a eliminar el dolor, y mucho menos a hacerme feliz, pero al menos no es estúpido, y siempre es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado jamás, como dijera Lord Tennyson” (buscadlo en el ignorante del Google si no os lo creéis...), es decir, haber intentado hacer algo, obtener alguna victoria, que quedarse cruzado de brazos. Ya se ha dicho, en fin, alguna vez, en una afortunadísima expresión: contra el estoicismo, “el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”...

10 Aunque en realidad lleno de trampas, como he intentado hacer ver arriba. La teoría del actante-red da nuevos motivos para ello, puesto que me parece que implica dos cosas: la disolución del Sujeto y una Ontología Pluralista. El que el Sujeto moderno se diluye en un plexo inestable de referencias cruzadas –empleando un ejemplo de Latour, un avión no es un avión, ni siquiera es la compañía aérea que fleta el avión: es la tecnología que lo hace posible, la economía que permite construirlo y tasa el precio del pasaje, la extracción social de la tripulación, la calidad del catering, una crisis mundial, como vemos ahora, y un largo etc.–, lo muestra bien a las claras el hecho de que los sujetos tradicionales se han vuelto no débiles, como quería Vattimo, sino completamente estúpidos e incompetentes. El poder político de un Trump, que sembraba más caos que orden, el poder económico de un Musk, que amenaza con la facultad de dar un golpe de estado donde le apetezca, al tiempo que denuncia la cuarentena por “fascista”, la actuación antiespañola de ciertos partidos españoles, la inoperatividad completa de organismos internacionales como la OMS, la descoordinación entre estados incluso dentro de la UE, etc., todo ello hace pensar, al menos a mí, que el Sujeto hegeliano de una presunta Acción Racional no es que haya muerto, como proclamaba Foucault, es que ha caído en brazos de la estolidez total. Esta mañana he visto en YouTube un spot que, en su concisión, podría representar la estética de un mundo verdaderamente mejor y centrado en aquellas prácticas que mantienen la vida y la tornan habitable en vez de destruirla y arrasarla; pues bien, era un anuncio de una marca de cerveza. ¿Es, pues, el marketing de una cerveza el nuevo Sujeto epocal? Si hay algo más que sabiduría individual sobre la Tierra, y esto ya es de por sí muy discutible, sería algo así como el acervo, el patrimonio, el archivo, el repositorio de todo el saber de la humanidad, el nous poietikós aristotélico, en fin, y eso, en mi opinión, está muy lejos todavía de serlo ese latifundio en disputa y lleno de rastrojos y malas hierbas que es hoy en día Internet. Sin embargo, sólo eso, el Entendimiento Agente, merecería el puesto del Sujeto pospandemia, de instancia de la Razón Práctica no absoluta y en permanente reemsamblaje, pero a ver qué o quién lo encarna, visto lo visto… (Pido perdón por esta larguísima nota, pero aún me queda algo por decir. Tal vez el único pronóstico en el que Nietzsche acertó plenamente fue en el de la caracterización de “el último hombre”, aquella modalidad de humanidad crepuscular que es la más inteligente y feliz que jamás haya existido en la historia, pero a la vez la más profundamente imbécil y balbuciente…).

11 Si Voltaire fue, en el s. XVIII, el filósofo no sistemático ni metafísico al que alguien calificó de “un caos de ideas claras”, Foucault fue el Voltaire del s. XX, ese hombre ilustrado pero pesimista cuyo enemigo no fue la Iglesia, la Monarquía o la simple necedad humana, sino la forma de Estado que salió reconstituida de Mayo del 68, y un filósofo ni sistemático ni metafísico tampoco al que yo calificaría como “el orden riguroso y metódico de las ideas confusas”…

12 No confundir con la compasión colectiva representada por las cabezas visibles que vemos en los informativos estos días, o con la compasión de las ayudas al Tercer Mundo, menos aún con la de las donaciones de los milmillonarios a la americana. Mientras que la primera es pura liturgia de reafirmación del poder tras el revuelo, las segundas no son más que realizaciones varias de la máxima que dice que “cuando el mercado no tiene compasión, la compasión tiene mercado”... (Curiosamente, por cierto, el liberalismo siempre pensó que el ser humano es malo y rapaz hasta la médula, pero creó un espacio de economía política propicio a dar salida a ese egoísmo e insolidaridad –con la excepción de la filantropía eventual de los ricos–, mientras que el marxismo siempre confió en la bondad última del hombre, muy al modo anarquista, y sin embargo dio lugar a sistemas sociales donde esa generosidad y espíritu comunal eran draconianamente vigilados y controlados, por si acaso… Es por eso, en general, que ser sabio en Geología o en Astrofísica es incomparablemente más fácil que serlo en cosas humanas, ya que el hombre como tal es el tema de estudio más retorcido del universo).

¿Y si el mundo (no) fuera una simulación?

No existe sino esta vida que nos mata.

Proverbio uruguayo

Hasta en los dibujos animados para niños he visto formulada la que parece ser la pregunta metafísica por excelencia del s. XXI: ¿y si el mundo fuera todo él una enorme simulación, como en Matrix? Está tematizada en clips científicos simulados de YouTube, se la hacen filósofos simulados en el aula delante de sus alumnos o en un congreso repleto de espectadores simulados, y lo cierto es que cualquier persona simulada, sola en su cuarto y reflexionando sobre las rugosidades del techo –eso le ha ocurrido hasta al gran Joan Manuel Serrat…–, da en hacérsela a sí mismo a ver si así se libra de los problemas reales que le aguardan en cuanto cruce la puerta. Es tal el poder taumatúrgico que ha adquirido la tecnología desde que tenemos dispositivos móviles (cuando hubiese sido mucho mejor desarrollar la energía de fusión), que ya todos creemos que los chismes lo pueden todo, que no hay límite a lo que los ingenieros y los programadores podrían construir para nosotros o incluso contra nosotros. Si eso lo ensamblamos además con cierto narcisismo fracasado del individuo cableado del Primer Mundo (intentamos querernos más que nada en el mundo, como nos vende la publicidad, de verdad que lo hacemos, pero no lo conseguimos, maldita sea, y entonces nos pasamos al consumo de los placebos de la felicidad), la duda cartesiana está servida: ¿no será toda esta porquería de vida mía una gigantesca simulación por ordenador y yo el único sujeto realmente existente? ¿O estaremos todos enchufados a un Gran Bluff, como los cerebros en la cubeta de Hilary Putnam, víctimas cortazarianas de la imposibilidad estética y lírica de asomarnos al Otro Lado? Yo, que nunca me he hecho esa pregunta, siendo sincero, tal vez porque desde muy temprano tuve un hermano pequeño e incordión que tome en el acto por real, o porque tengo pocas luces, creo sin embargo que no, que es una hipótesis más que falsa, inútil, escapista y absurda, e intentaré explicar sucintamente el porqué.

Primero, porque si todo fuese una Simulación Cósmica, automática como en Matrix, u orquestada en tiempo real como en El show de Truman, habría que señalar antes que nada simulación de qué. En la película de Peter Weir está claro: se simula una correcta vida americana en una edge city, pero esto no es una simulación en el sentido de la interrogación metafísica del friki, es sencillamente una impostura, una tomadura de pelo y seguramente un delito muy grave en la persona inocente y cándida de Jim Carrey. En Matrix, lo que se simula es el Nueva York de finales del s. XX, y lo que se busca con ello es convertir nuestros cuerpos en baterías vivientes bulbosas, de un modo muy poco creíble, porque si eso pudiera hacerse ya se habría esclavizado a todos los animales y de paso a todos los desgraciados habitantes del Tercer Mundo, que soñarían vivir unos en La Arcadia y los otros en Park Avenue. Los barrios de casas sin tiendas ni plaza central de los suburbios de las ciudades norteamericanas existen, y Nueva York también, o existió, y tenía kitschies Trump Towers diseminadas por ahí (por cierto… ¿y si fue él quien planeó el 11-S para acabar con sus competidores?), así que esa no es cuestión metafísica alguna, ni está a la altura siquiera de La vida es sueño de nuestro Calderón de la Barca. La verdadera incertidumbre es, por tanto, si esta vida mía y la de mis parientes y amigos que parece tan fácil, tan rodada (en Siria nadie se ha preguntado los últimos diez años si los bombarderos son reales ontológicamente o sólo epifenoménicamente: son reales y punto…), pero a la vez tan falta de expectativas y tan poco ilusionante ya13, no será, ¡la diosa lo quiera!, una extraña simulación, simulación de nada, que tenga un oportuno interruptor de apagado, un botón de “escape”, una caída de telón o lo que fuera que nos saque de aquí14. Y eso es lo que no tiene sentido, porque una simulación que no simula nada equivale a decir una realidad, puesto que la realidad o no de algo se mide no por lo que esconde detrás, como los operadores de un teatro de guiñol, sino por lo que es capaz de hacer, por su comportamiento posible. Si la CIA, un suponer, tuviera un aparato como el de la obertura de Dune, una caja del dolor en la que metes la mano y te la abrasa, pero sólo mentalmente, eso no dejaría de ser considerado tortura por Amnistía Internacional. O si en un interrogatorio al sospechoso se le hace creer que han cogido a su hijo y le ha clavado un cigarrillo en la piel en la habitación contigua, su declaración ulterior no valdría legalmente un pimiento.

Es real lo que obra, decía Unamuno, no lo que es. Lo que es o no es no lo sabremos nunca a ciencia cierta, ni incierta, a decir verdad15. Como se ha señalado mil veces con otros ejemplos, de la misma manera que una hormiga es constitucionalmente ciega a lo que pueda significar coger un taxi, yo puedo no hacerme cargo en absoluto de realidades que superan por completo mi entendimiento y modo de existencia. Pero sí sé una cosa, y es que cuando yo necesito coger un taxi para llegar urgentemente al aeropuerto, o la hormiga transportar un grano de arroz al hormiguero para beneficio de la comunidad, mi creencia en que aquello que tengo entre manos existe es totalmente real, y la inercia de la hormiga en sacrificarse por el bien de sus congéneres también. No quiero decir que el curso de mi creencia sea real, pero lo creído tal vez no, a la manera de Descartes, sino justamente al revés. Que exista fehacientemente el negocio que me lleva a Texas por avión es lo que origina mi acción de coger el taxi, y que exista el procomún del hormiguero es lo que justifica el esfuerzo que se está tomando Antz. Los efectos no pueden ser más reales que sus causas, y si un científico listillo quiere convencernos de que los negocios son una convención y el bien público del hormiguero un instinto, fuera de los cuales tan sólo existen cuerpos, o procesos físicos, o el mecanismo evolutivo, o el Gen Egoísta, el que vive en la irrealidad es él, y además no ha oído hablar del emergentismo de sistemas, que es fascinante. No son los organismos, o la evolución, los que se sirven de simulacros como los negocios o el altruismo para continuar su estúpida tarea de prolongarse indefinidamente, es la lógica interna de los negocios de los hombres, o del altruismo de las hormigas, la que se vale de esa especie de leyes básicas de funcionamiento del devenir para alcanzar sus fines, a menudo torciéndolas astutamente –Newton formuló la Ley de Gravedad, pero la física de un avión se apoya en ella para despegar. De modo análogo, que el Universo sea una simulación o no importa poco, ya que sea como fuere ese trasfondo ontológico es aquello que por un motivo u otro, o por ninguno (y los humanos, en mi opinión, jamás resolveremos ese misterio, ni falta que nos hace, porque nuestro élan es crecer…), resulta imprescindible para que el asesinato de Kennedy o una novela de Faulkner puedan tener lugar.

Tal vez existan los dioses, y palpen el tejido de lo real. Pero si tú eres un simple mortal, y al pedirle salir a alguien te responde que no podría decidirlo, porque lo mismo estamos viviendo una simulación global, no es que sea un espíritu soñador o perplejo, es que te está dando unas calabazas como unos panes de grandes. La hormiga no puede pensar, entendiendo por pensar la forzosidad de tener que gestionar futuros alternativos, que es el fastidio eterno, y a la vez el privilegio magnífico, del Dasein. No obstante, todos esos futuros que se nos abren a cada paso son tan simulados como reales, reales en tanto simulados, simulados en tanto reales. “-¡Mamá, quiero ser artista!”; “-Hijo, tú lo flipas…”: tanto él hijo como la madre tienen razón a la vez. El hijo se ha inventado ese futuro mirándose al espejo disfrazado de Lizza Minnelli, o sea que es cierto que lo flipa, pero ese flipe es mejor que fliparse de que vas a ser Pablo Escobar, de manera que sí, puestos en la tesitura prefiere ser artista. La gran pregunta metafísica del s. XXI, con los problemas verdaderamente apocalípticos que tenemos encima, debería ser entonces “¿y si el mundo no fuera de ningún modo una simulación?” Porque en tal caso habría que salir de habitación, olvidarse de la metafísica de salón, sacar la basura previamente separada, no pensar que el tío durmiendo en un portal es un perdedor, encaminarse a una ONG o lo que sea a ver en qué se puede ayudar, despedirse del saltamontes del parque no vaya a ser que se extinga mañana, dejar de tomarse en serio las superproducciones americanas y desengañarse un poco de las ideologías circulantes leyendo por ejemplo a René Girard, cuando escribe, en Mentira romántica y verdad novelesca (de 1961)…

El novelista, por su parte, desconfía de las deducciones lógicas. Mira a su alrededor y se mira a sí mismo. No descubre nada que anuncie la famosa reconciliación. La vanidad stendhaliana, el esnobismo proustiano y el subterráneo dostoyevskiano son la nueva forma que adopta la lucha de las conciencias en un universo de no-violencia física y, si es necesario, de no-violencia económica. La fuerza no es más que el arma más grosera para unas conciencias enfrentadas entre sí y corroídas por su propia nada. Privadas de esta arma, nos dice Stendhal, fabricarán otras nuevas que los siglos pasados no han sabido prever. Elegirán nuevos terrenos de combate, al igual que esos jugadores empedernidos a los que una legislación paternalista es incapaz de proteger de ellos mismos pues, a cada prohibición, inventan nuevas maneras de perder su dinero. Sea cual fuere el sistema político y social que se consiga imponerles, los hombres no alcanzarán la felicidad y la paz con la que sueñan los revolucionarios, ni la armonía balante que horroriza a los reaccionarios. Siempre se entenderán lo suficiente como para no entenderse nunca. Se adaptarán a las circunstancias que parecen menos propicias a la discordia e inventarán incansablemente nuevas formas de conflicto.

Pues eso es la realidad empírica: lo que obra, lo que opera, lo que tiene lugar, siempre e incansablemente atravesando “nuevas formas de conflicto”. Tanto es así, que todas las modalidades de simulación que hemos proyectado aposta los hombres también implican su propia problemática, o nadie se hubiera interesado en ellas ni las hubiese engendrado –nos encanta complicarnos la vida, que nadie se haga el disimulado. Únicamente se pueden calificar de completa simulación los paraísos sin fin ni dificultades que te venden desde la religión, la política, el amor romántico, el aprender/divirtiéndose o el marketing; de esos sí que hay que salir huyendo, como si fueran demogorgons…

13 En El Topo de John Le Carré lo dice el malo, el agente doble, Colin Firth en la película: a ver si es que estamos permitiendo que el mundo occidental se nos esté volviendo tan feo y desesperanzado como lo fue el bloque soviético…

14 ¿Y cómo podríamos saber jamás que efectivamente hemos “salido de aquí”? Como ocurre en Origen de Nolan, a una capa de sueño podría seguirle otra, y las matriuskas continuar ilimitadamente. Neo es un poco ingenuo, si después toda una vida en Matrix da por hecho que Morféo y Sion no son otra simulación. Por eso los filósofos pre-modernos, que son mucho más inteligentes de lo que los modernos nos han querido hacer creer –yo los tengo por muy superiores–, hacían notar que un proceso explicativo no puede retornar al infinito, y que si, por ejemplo, un reflejo de luz llega hasta la pantalla de mi ordenador, es posible que a su vez provenga de otro reflejo, pero ese encadenamiento no puede llevarse al infinito. Si en mi pantalla hay un reflejo, es que con toda seguridad existe una fuente de luz que por su parte no es un reflejo, y de ahí la Filosofía Primera y la Física de Aristóteles, así como las Cinco Vías de Santo Tomás. Una imitación precisa de un modelo originario para serlo, diga lo que diga Jacques Derrida.

15 Antonio Escohotado solía decir, muy leibnizianamente, que real es todo aquello cuyo infinito, inagotable detalle concreto es imposible de reproducir o simular. Es muy bonito, pero eso es precisamente lo que los tecnólogos están tratando de subsanar mediante sus famosos algoritmos. Un algoritmo no es más que una “instrucción” cibernética, pero queda mejor decir “algoritmo”, para impresionar a la gente lega. No es impensable un algoritmo de diseño que detalle infinitamente un objeto virtual, sería como el Cálculo Infinitesimal de Leibniz aplicado a una realidad artificial: no se da toda su inagotable concreción en acto, pero la función puede estipular cada infinitésimo particular, que es como el Dios de Leibniz calculó el cualitativamente infinito mundo creado y también todos los infinitos mundos posibles e inexauribles que descartó…

Coronavirus global y darwinismo amañado

Las grandes cosas son cumplidas por hombres que no sienten la impotencia del hombre. Esta insensibilidad es preciosa.

Paul Valéry

La ciencia jamás se ha construido con “evidencias empíricas”. Lo empíricamente evidente es, por ejemplo, que las piedras caen, pero el humo sube, de manera que a partir de eso es imposible deducir la Ley de Gravedad de Newton. La ciencia consiste en imaginarse una situación hipotética, y después tratar de verificarla mediante un operativo matemático. Así fue, sin ir más lejos, como Einstein llegó primero hasta la formulación especial y luego hasta la ampliación general de la Relatividad, a través de dos actos de su imaginación que nos ha descrito honestamente. Por lo visto, ni siquiera era un gran matemático, Einstein. Si los que le precedieron, como Maxwell y Lorentz, no vieron lo que él vio, pese a ser mejores científicos que él y no trabajar de chupatintas en Berna es por eso: porque no lo “vieron”, sin más. Y para verlo había que imaginarlo. Si quieres ser científico y para ello crees que tu deber principal es acumular evidencias empíricas, llegarás a ser un gran coleccionista, como Don Giovanni, o un gran taxonomista, como Linneo, pero nunca pasarás de la epagogé, es decir, de la “inducción” aristotélica. Con la epagogé en la mano se es un estudioso honrado, que no fuerza a la naturaleza a confesar leyes generales que no la corresponden, pero nunca llegarás a nada, nadie conocerá tu nombre y no recibirás ningún gran premio.

Charles Darwin se vio en esa misma tesitura. La teoría de la evolución ya había sido concebida por otros antes que él, incluido su propio abuelo. Y Charles tenía en su poder una colección de observaciones de las Islas Galápagos realmente excepcional, con las que algo tenía que hacer. En un principio, escribió El origen de las especies aplicando sobre tal asombroso material un vago evolucionismo que, de todas formas, ya estaba en el aire de su tiempo. Pero entonces comenzó a cartearse con un economista liberal, británico como él, Herbert Spencer, al que todo ese pack teórico-empírico, como decimos ahora, le venía que ni pintado. Enseguida se dio cuenta de que si ponía a Darwin de su lado, con ello ponía de parte del liberalismo nada menos que a la Naturaleza entera. La “naturaleza”, como concepto –como realidad nunca sabremos lo que es, entre otras cosas porque nos subsume–, siempre ha sido una chica fácil, que se ha terminado yendo con unos y con otros, con los de un bando y con los del contrario. Si tienes la garantía de “La Naturaleza” ya has vencido, puesto que nada hay fuera de ella, y por tanto nadie te puede refutar...

Según parece, conforme Darwin intercambiaba impresiones con Spencer, su posición se fue endureciendo. Y no solamente había evolución en sentido lato, sino evolución hacia los más aptos, “selección de los más fuertes”, exactamente igual que el plano político-social de la economía victoriana, que abarcaba tres cuartas partes del globo, y así lo fue introduciendo Charles en sucesivas ediciones de su obra. Qué demonios signifique “los más fuertes” nadie lo sabrá jamás, tampoco (otro ejemplo bien gráfico: cae un meteorito y extermina a todos los Tyrannosaurus Rex del planeta, que ahora dicen que hasta tenían alas, liquidando también al genial Marc Bolan, pero respeta a su presas, esos mamíferos ratoniles diminutos que estaban escondidos en su madrigueras para que no les cazase el Rex; pues ahora, conforme al darwinismo genuino de Darwin, esos bichos temblorosos y sin alas pasan a ser los más adaptados, y, conforme al oportunista Spencer, por tanto “los más fuertes”...), pero eso no importa, si non e vero e ben trovato, es decir, suena ideológicamente justo como Spencer desea que suene y como sigue sonando hasta hoy entre los más ruines y malnacidos de la Tierra. Y suena a algo como esto: los pobres, y los débiles, al paro o al hoyo, es Ley de Vida, que ya lo dijo el mayor naturalista de todos los tiempos16. Hoy está ocurriendo algo parecido, tengo la sensación. Esta mañana me doy un pequeñísimo paseo por Madrid, barrio de Arganzuela, con objeto de recoger unas gafas –que me otorgan ventaja adaptativa, pero no sexual, paradoja que ya atribuló al propio Darwin–, ciudad y distrito que presuntamente están en fase 0,5, y compruebo una vez más sin sorpresa que todos los mamíferos ratoniles hemos salido tranquilamente de nuestras madrigueras como si todo hubiera vuelto al fin a la normalidad. No a la “Nueva Normalidad”, que suena a eslogan hipster para vender ropa casual, sino a la normalidad/normal, la de toda la vida, pero en modalidad inclusiva, con el único peaje inédito de la mascarilla de la que pronto protestarán los fabricantes de carmín o los del muy digno Club de los Mostachudos. Hemos sobrevivido, una vez más, los más fuertes. Los que tenían trabajo precario, fuera, los ancianos con pocas perras, fuera, los negocios pequeños, fuera, los autónomos, fuera, los sin-techo, esos ya estaban fuera, los maestros, veremos cómo los recortamos, y los sanitarios vocacionales, esos que se han sacrificado por la “felicidad del mayor número” –los evolucionistas cognitivistas/neurocientíficos actuales también son utilitaristas, aunque no lo sepan–, convertidos en mártires de la pública o en contraejemplos de la privada. El darwinismo social de Galton, o de Spencer, exigía una lucha por la supervivencia en igualdad de condiciones, lo que en términos de mercado se conoce como “competencia perfecta”. El problema es que jamás ha existido la competencia perfecta, ni en la naturaleza ni en el ecosistema humano, y menos ahora, que el segundo engloba ya enteramente al primero – y es a eso a lo que denominamos “Antropoceno”. Si el hombre come vacas, pues cría vacas, y le son indiferentes los delfines, que allá se las compongan con el plástico de los océanos. Y si China mata a trabajar a sus súbditos aún más que EEUU, que ya es decir, pues gana irremediablemente la partida global, y ni una cosa, ni la otra, ni la sustracción de las vacas de la Sexta Extinción Masiva, ni el hecho de que el capitalismo de Estado sea más eficaz que el libertarismo, han sido naturales, ni más “fuertes” ni más “aptas”, digan lo que digan Spencer, Tort, Wilson y toda la actual Alt-Right supremacista blanca.

Y es que, pensándolo, hasta la expresión “selección natural”, rubricada finalmente por el propio Darwin, a quién tantos adoran (yo también, pero cuando estudiaba orquídeas; ahora prefiero adorar a Stephen Jay Gould) induce a equívoco. Remite a la selección artificial, en la que él estaba pensando realmente, donde, en efecto, la selección se produce conforme a la finalidad del criador, como en el caso de las vacas. Sin embargo, por lo que el darwinismo fue tan revolucionario no fue por eso. Fue porque eliminaba toda idea de finalidad en la naturaleza, que ya Kant había convertido en un postulado estético en la Crítica del Juicio. Lo que implica el viejo darwinismo, antes de la intervención de Spencer... ¿cómo me lo explicaría a mí mismo y al lector? Echemos mano de un experimento mental, como hacía Einstein, mutatis mutandi. Supongamos que tengo una ametralladora, y veinte enemigos delante, como en la Gran Guerra. Pero soy un novato, y estoy muerto de miedo. Aprieto el gatillo y disparo sin mirar. Tengo tanta suerte –es un decir…– que diecinueve mueren y sólo uno sobrevive. Sería una falacia de manual decir que ha sobrevivido “el más apto”. El que ha sobrevivido no puede ni creérselo, todavía se está pellizcando, ha sido pura chiripa. Pues lo mismo ocurre con la naturaleza tal como la concibe el primer Darwin, y por eso resulta una visión tan terrible y los cristianos se le echaron de esa manera encima. La naturaleza acribilla a los organismos con dificultades ambientales, depredadores, catástrofes inesperadas y amenazas de todo tipo. La especie, o el individuo que sobrevive no es el o la mejor preparada, menudo disparate, ¿preparado para qué exactamente? ¿y preparado mediante qué providencia natural?, sino el que por pura casualidad tenía la alteración que encajó. Es como si yo estoy tan loco que salgo todos los días con paraguas en Sevilla, hasta que cae una lluvia ácida de esas de las que nos hablaban antes, y entonces el único loco de la ciudad salva el pellejo. Así, según el verdadero Darwin, un Darwin pre-político, sólo el taradete del paraguas transmitirá sus genes taradetes, en perjuicio del futuro. Todo lo que no sea este esquema explicativo, y entienda que la evolución es un progreso, es en realidad lamarckiano. Sin embargo, por aquí y por allí todos los poco instruidos que escriben o dan charlas sobre neurociencias y esas cosas mantienen ese mismo concepto positivo de “evolución”. Un concepto muy empresarial, claro, muy de ideología del “prepárate para las transformaciones inminentes que te van a cambiar la vida te guste o no, pero es que además te van a gustar, te tienen que gustar, si no quieres ser un fósil…” De hecho, escuché en la radio que los milmillonarios, los muy zorros, ya se están agenciando las zonas ecológicamente protegidas del planeta, para cuando aumente la temperatura a 2 grados o más. El dinero, ese sí, hace la función, el órgano y lo que sea menester...

Pero el darwinismo no era eso. Para el darwinismo original no hay algo así como “evolución”, no como agente ni tampoco como resultado. Lo que hay es matanza sistemática, y suertudos que se libran. Malthusianismo exagerado, masacrófilo, otro economista liberal inglés. En el mundo real de los humanos los suertudos se buscan su chance intencionadamente, como esos privilegiados que se compran grandes terrenos agraciados por un clima adecuado por lo que pueda pasar. Por eso yo personalmente prefiero el neolamarckismo, puesto que al volver a creer en las finalidades inmanentes a los procesos naturales espera más, mucho más de una naturaleza que ya hemos reequilibrado en nuestra contra. Si fuésemos darwinistas puros no tendríamos muchos motivos para defender a esa madrastra parricida, y con eso me refiero tanto a la naturaleza como a la prótesis tecnológica con la que ya, de hecho, la tenemos envuelta y proveyéndonos de todos nuestros caprichos. Desde el viejo punto de vista del darwinismo social, una ideología que ha atravesado exitosamente todo el s. XX hasta hoy (inventando el IQ para discriminar a los negros norteamericanos, luego el coaching y otras lindezas parecidas que ya están de nuevo al cabo de la calle), es cierto que vamos a salir mejores de esta crisis sanitaria. Pero “mejores” en el sentido trampeado, amañado, no natural sino artificial, del darwinismo social, ese que indica que los que han sobrevivido lo han hecho con una ayudita venida de fuera, y no por sus propios medios. Si llega a ser por nuestros propios medios, el hoy llamado “sinfinamiento” hubiera durado dos días, y al tercero todos de vuelta al yugo pero tosiendo y con una extraña fiebre. Y si llega a ser por nuestros propios medios, Florentino Pérez estaba tan tieso como cualquier víctima de una residencia administrada con fondos buitre, esas lobas con piel de corderas. Aquellos, pues, países o individuos que vayamos superando las siguientes oleadas y rebrotes del Destino (Azar y Destino coinciden en estar más allá del control humano), seremos más aptos, más fuertes, sin duda, pero en una acepción muy concreta que ni es darwinista de Charles ni es nada agradable o mínimamente moral.

Así que, en mi modesta opinión, tres cosas a considerar: una, cuando oigáis hablar de darwinismo, o del Gen Egoísta, agarraos la cartera y apuntaos corriendo a la Marea Blanca y a la Verde; dos, de esta saldremos con mucha imaginación, y no sólo con evidencias empíricas, que hasta el populismo de derechas ha entendido que son fácilmente “fakeables” (eso de Stalin: “jamás confiaría en una estadística que no hubiera manipulado yo mismo”): y tres, y la más importante, cuando oigáis hablar de la “Naturaleza”, esa bella y hospitalaria dama que nos ha dado vida y que acogerá nuestras cenizas en su maternal seno pero que también genera virus malos –o si no malos, surgidos del Antropoceno pero contra el Antropoceno–, recordad que muy a menudo no es tan reticente como parece a aceptar sobornos...

16 Darwin no sabía que áspera sátira de la humanidad y especialmente de sus conciudadanos escribía al demostrar que la competencia libre, la lucha por la vida, celebrada por los economistas como la conquista más alta de la historia, es el estado moral del reino animal (Friedrich Engels, en La comedie inhumaine de André Wurmser).

En el 250 aniversario del nacimiento de Hegel y Hölderlin...

El secreto del Idealismo Alemán, dijo en una ocasión el único maestro vivo que he reconocido como tal, por lo menos en Filosofía, es que la Libertad es el fundamento de la Lógica. Parece que nadie sabe esto tan sencillo de formular, pero tan rico en consecuencias, en los circuitos filosóficos hispánicos, así que lo trato de explicar hasta donde yo llego, que será poco. La única manera de dar cuenta de por qué el ser humano no parece estar sometido a la causalidad natural, como lo están, según el mecanicismo moderno, todos los demás entes, es postulando que el hombre se ha colocado a sí mismo como Sujeto, situando en ese mismo acto ontológico a la naturaleza como Objeto suyo. Esto no sucede, claro, en el interior del individuo particular, aunque algún Stirner o algún Nietzsche hayan coqueteado con esa idea tan peligrosa –muy peligrosa porque entonces tú, lector, serías Objeto mío como yo lo soy tuyo, de modo que la guerra por determinar cuál de los dos es el verdadero Sujeto estaría servida... El individuo particular es demasiada poca cosa para semejante proeza ontológica –este lenguaje épico mío no es en absoluto ajeno a Fichte, por ejemplo–, somos demasiado cuerpo menesteroso y mortal, demasiada conciencia pobre y deficiente, meros “yo(es) empíricos”, por decirlo en términos de Kant. Únicamente el Yo Trascendental puede haber ejecutado la operación antropogónica (me inventó un tanto el término, quiero decir en virtud de la cual lo humano del hombre se funda y se origina de y en el propio hombre), ese agarrarse a sí mismo de la coleta y sacarse del charco, como hiciera por aquel entonces un literario Barón de Münchaussen. Como es un acto originario, no responde a una causa anterior. Sería absurdo decir que la Voluntad Pura Práctica de Kant o el “Yo es yo” de Fichte se deben, por ejemplo, a que el hombre fue el único animal que consiguió tener las extremidades superiores libres, o que descubrió cómo encender fuego, o cuyo cerebro se desarrolló en mayor tamaño respecto de su cuerpo. Mucho mayor es el cerebro de un elefante y permanece enteramente inmerso en el flujo natural. No: el Yo se ha autopuesto, y esa autoposición consiste –no consistió, es presente– en arrojar fuera de sí la naturaleza para poder conocerla, de modo que tanto Kant, como Fichte, como Schelling y Hegel coinciden en que el nombre de ese acto, o actividad, o el “factum de una actividad”, o tathandlung (“echacto” lo traduce Ernesto Castro, cacofónicamente en mi opinión, pero tratando noblemente de fundir “hecho” y “acto”), es Libertad.

Tal vez no me exprese bien, ni para los nuevos ni para los veteranos en Filosofía, pero el índice de que uno lo ha comprendido es cuando se da cuenta de que una visión grandiosa, tremebunda. El ser humano, entendido en tanto función de conocimiento, y no en tanto “tú”, “yo” y “él” (lo mismo valdría un alienígena con tentáculos si es un pulpo pensante), se ha arrancado por su propio pie del barro y en la otra cara de ese impulso ha troquelado la naturaleza en las coordenadas estrictas de su Razón. ¿Por qué? Pues por Libertad. No hay nada más ateo que decir esto, cualquier otro ateísmo es de risa, y, de hecho, todos los mencionados, desde Kant17 hasta Hegel, fueron acusados –señaladamente Fichte– de ateísmo. ¿Qué puede haber más ateo que colocar al Sujeto desempeñando el papel de Dios, de un Dios finito todavía en Kant, pero infinito a partir de Fichte? Kant todavía podía permitirse en último extremo una postura fideísta, es decir, que podía defender la fe por motivos más personales que racionales, aunque reservándola un rincón diminuto en el trazado sistemático del criticismo. Pero ya para Fichte Dios no es más que un símbolo, el símbolo del orden comunitario mundial inteligible, es decir, de la confianza en la República Universal de los Sabios de Kant. No fue Nietzsche quien escribió por primera vez que “Dios ha muerto”, sino Hegel, el filósofo de Viernes Santo especulativo, lo que ocurre es que Nietzsche le sacó mucho más partido. Y la vida del pobre Hölderlin, esa especie de Merlín de la poesía, como le califica Zweig, no fue otra cosa sino una elegía cantada al apartamiento de los dioses griegos, una despedida de Grecia y también de Spinoza, lo que traducido en el lenguaje de la época significa la nostalgia romántica hacia el sentimiento de la Naturaleza como una Unidad Substancial Divina de la que formamos parte todos, sin mediación alguna, sin intervención de las categorizaciones propias del pensamiento, precisamente eso que el Idealismo Absoluto hegeliano venía a abolir terminantemente y para siempre18...

¿Qué es, entonces, el mundo? Pues no otra cosa que el No-Yo, o sea, el territorio del que nos hemos arrancado para poder convertirlo en el escenario de nuestra acción moral (o inmoral, puramente estética y divina en la opinión posterior de Nietzsche, que es el que, a través de Schopenhauer, radicaliza y oscurece el Idealismo). El mundo es el conjunto de los obstáculos –stoss: Fichte– que nos ponemos para aplicar nuestro esfuerzo como individuos y como especie, para hacer posible la aventura ilimitada de la Libertad del ser racional. Hay rocas para que la marea rompa contra ellas en la forma de olas, metaforizó Hölderlin en su juventud de alumno de Fichte. O, en un ejemplo mucho más nazi de cosecha posterior… ¿para qué sirven las montañas, sino para escalarlas? ¿O el resto de los pueblos del mundo, sino para conquistarlos? Ahora, esto no tiene nada de nada, pero nada que ver esto con el “idealismo” entendido a la manera epistemológica o gnoseológica de Ernst Mach o de Gustavo Bueno, por ejemplo, que lo tomó así de José Ortega y Gasset. “Idealismo” significa justamente lo contrario de la visión infantil según la cual el cosmos entero no es más que un “dato inmediato de la conciencia”, por decirlo con Bergson. Es todo lo contrario, porque “idealismo” no es ingresar el mundo en la conciencia, en el Yo, sino ingresar el Yo en el mundo, encajarlo de un martillazo teórico/práctico que torne el mero ser del exterior en un deber-ser racional. La Libertad se autopone, ningún factor biológico o circunstancial previo la ha generado, como les gusta pensar a los humilladores del orgullo humano –a los dogmáticos o materialistas, en el sentido de Fichte–, y cuando lo hace pone también el mundo bajo las condiciones de la Lógica Trascendental, o sea, válida universalmente por cuanto que describe el cómo, la manera específica en que tiene lugar ese acto de correlación, o, mejor dicho, en el que se inaugura la correlación sujeto/objeto (y, por cierto, el “materialista” Marx está totalmente en este bando, y no en el de un reduccionista actual, cuya “materia” es algo totalmente pulverizado ya en una miriada de desquiciados quarks y gluones...).

Schelling, Hölderlin, Hegel, compañeros de piso en Tubinga, condiscípulos ebrios del Seminario Protestante, plantaron un árbol para conmemorar la Libertad surgida en la Revolución Francesa y bailaron en torno a él. Esos tres niñatos precoces se conjuraron para llevar a Kant más allá de Kant, y con ello poner la Historia Occidental patas arriba. Les salió tan bien, tan espectacularmente bien, que, sin haberlos ellos querido, ya del Objeto apenas queda más que la ruina ecológica, un montón de baratijas y un planeta casi totalmente homogeneizado, y del Sujeto una muchedumbre dispersa, sumisa y últimamente confinada en su casa rumiando cómo arreglar el desaguisado. A los 250 años del nacimiento de Hegel y Hölderlin, sería una lástima que se perdiese el rastro de esa genealogía de lo que somos, tan sólo porque a alguien le dé por decir que se ha superado a Hegel; hasta Nietzsche, que fungía de anti-alemán y anti-idealista, tuvo sus momentos hölderlinianos, retomando la fuerza catalizadora de los dioses griegos frente a ese Dios cristiano tan “dementor”, en la terminología de Harry Potter, o cuando en Humano, demasiado humano escribe este párrafo tan inspirado, pero tan hegeliano, demasiado hegeliano también...:

Vuelve sobre tus pasos, pisando las huellas dejadas por la humanidad en su penosa gran marcha por el desierto del pasado: así aprenderás de la manera más cierta adónde toda humanidad futura ni puede ni le está permitido encaminarse de nuevo. Y al querer con todas tus fuerzas atisbar de antemano cómo se atará el nudo del futuro, tu propia vida cobra el valor de un instrumento y medio de conocimiento. Tienes en tu mano lograr que todas tus vivencias, las tentativas, yerros, faltas, ilusiones, pasiones, tu amor y tu esperanza, sean absorbidos sin residuos por tu meta. Esta meta es la de convertirse uno mismo en una cadena necesaria de eslabones culturales y deducir de esta necesidad la necesidad en la marcha de la cultura universal. Cuando tu mirada se haya hecho lo bastante fuerte para ver el fondo en el oscuro pozo de tu ser y de tus sentimientos, tal vez se te hagan también visibles en su espejo las lejanas constelaciones de culturas futuras. ¿Crees tú que semejante vida con semejante meta es demasiado ardua, demasiado desprovista de cualquier comodidad? Entonces todavía no has aprendido que no hay miel más dulce que la del conocimiento y que las nubes de aflicción que sobre ti se ciernen deben servirte de ubre de la que ordeñarás la leche para tu solaz. Sólo cuando envejezcas advertirás cómo prestaste oídos a la voz de la naturaleza, de esa naturaleza que gobierna el mundo a través del placer: la misma vida que tiene su vértice en la vejez, tiene también su vértice en la sabiduría, en ese dulce resplandor solar de un constante júbilo espiritual; ambas, la vejez y la sabiduría, te las encuentras en una misma cresta de la vida: así lo ha querido la naturaleza. Entonces es hora y no ningún motivo para enfadarse que se aproxime la niebla de la muerte. Hacia la luz tu último movimiento; un hurra por el conocimiento tu último suspiro.

O el propio Hölderlin, todavía optimista, en Grecia:

Tanto vale el hombre y tanto vale el esplendor de la vida,

Los hombres a menudo son amos de la naturaleza,

Para ellos la tierra hermosa no está escondida,

Sino que con dulzura se desnuda mañana y tarde.

Los campos abiertos son como los días de la siega,

Alrededor se extiende espiritual la vieja Leyenda,

Una vida nueva vuelve siempre a nuestra humanidad,

Y el año se inclina aún una vez silenciosamente.

(Versión de Vicente Huidobro)

17 Todavía peor: Kant de “nihilismo” por Jacobi, que tuvo que inventar el famoso término aposta para ello.

18 O no tan para siempre. Heidegger lo que intentará será pensar tal substancia en el interior de esas mediaciones históricas, atravesando todas ellas pero sin quedar fijada o presa en ninguna, y para ello apela precisamente a Hölderlin.

De Auschwitz como reducción al absurdo

Una tradición ya con cierta raigambre histórica y oriunda de las altas esferas de la cultura judía (Theodor Adorno, por ejemplo, era judío) obliga a aquel que roza el tema de Auschwitz o, más en general, del Holocausto, a algo así como la mudez por decreto, ya que se entiende que lo que allí sucedió no tiene parangón en los Anales de la Humanidad y representa algo así como la epifanía pavorosa del Mal Absoluto. Naturalmente, esto no sólo no es así, sino que es imposible que sea así. Los seres humanos, condicionados o amparados –cada uno distinga en este punto según su humor, yo prefiero pensar lo primero19, pero seguramente sucedan las dos cosas– por los constructos abstractos de los que se ha dotado, han cometido atrocidades igual de radicales desde tiempos inmemoriales, sin ir más lejos Leopoldo de Bélgica aniquiló casi a título personal (puesto que la compañía de explotación era propiedad suya y no de su reino) a una mayor cantidad de gente que la Alemania nazi en sus peores años de exterminio calculado y no bajo unas formas menos crueles precisamente. El horror es el horror, y no viene al caso ponerse a medir un mayor o menor grado de horror en diferentes momentos de la historia o en diversos sujetos nacionales de carnicerías; cuando un pueblo determinado se ha visto en la posibilidad de ejercer una fuerza desmesurada sobre otro para lograr un objetivo material concreto y ha logrado persuadir a sus miembros de que tal cruzada era justa, pocos se han puesto límites éticos en lo que a destruir al prójimo se trata, y, lo que es aún más horrible: probablemente las víctimas hubieran hecho lo mismo de haber tenido la ocasión. El periplo del hombre sobre la tierra no ha sido ningún camino de rosas precisamente, y si hoy pensamos que hemos alcanzado cierta cota de civilidad, o eso nos parece a la zona rica del mundo, es debido a que esa cota está muy bien protegida por armas otrora inimaginables y por campañas de propaganda audiovisual cuyo alcance y penetración jamás hubieran podido concebirse en el pasado (en comparación, el pobre Augusto, primer emperador de Roma, creía el hombre que para ser querido bastaba con poner su cara en las monedas, promover juegos en el Coliseo y repartir trigo…).

La diferencia, pues, entre el complejo de Auschwitz y los crímenes masivos anteriores que ha registrado la historia no reside en el horror, ni en la cantidad, ni en la vileza del régimen nazi, ni en nociones religiosas como la del Mal Absoluto. Reside, en mi opinión, en el carácter industrial, fabril, del exterminio. Eso es, creo, lo tremendo. Los nazis cogieron a polacos, rusos, bielorrusos, romanís, homosexuales y poco más tarde judíos y los sometieron a un proceso enteramente racional de aprovechamiento humano. Quiero decir que sí, que se les asesinaba de modo horrendo, a hombres, mujeres y niños considerados no arios o anti-arios, como los judíos, pero no sin antes robarles hasta las muelas de oro, vender su ropa y pertrechos, ponerles a trabajar hasta la extenuación, experimentar con ellos como cobayas y, aunque muy minoritariamente, obtener jabón de sus cadáveres. Las SS llegaron a cobrar a los judíos por el viaje en tren hasta los campos, a administrar sedantes a los recién llegados para que no gritasen o escuchasen los gritos, y a poner en marcha potentes motores mientras funcionaban las cámaras de gas para tapar el sonido de los estertores de la muerte. Se oye muchas veces decir que todo esto, todas estas técnicas puestas al servicio de los fines megalómanos del Reich constituyen la mayor irracionalidad de la historia del mundo, y por eso ante ellas sólo cabe la reacción del silencio. Pero en realidad es un poco al contrario: desde la misma construcción de Auschwitz, pasando por la Conferencia de Wannsee donde se decidió la Solución Final (existe una excelente película alemana sobre aquello que es obligatorio ver), y hasta el mismísimo momento del abandono nazi de los campos, todo fue de una racionalidad extraordinaria, si es que lo que deseas es exprimir hasta el fondo a unos prisioneros a los que vas a acabar gaseando. Para cuando el último paso se hace ineludible –lo que los gerentes de los campos llamaban un “musulmán”: un hecho polvo o un enfermo–, la lógica de la sobreexplotación del hombre por el hombre ha llegado tan hondo que lo que lo que ejecutas ya no es nadie, ya no es nada, sólo un desecho corporal esquelético que arrojar a una fosa común y que posee menos valor que el simple jabón.

Por eso me parece que Adorno y Horkheimer, después de todo, tenían razón en ese aspecto. Auschwitz fue algo así como –lo digo con mis palabras– la reducción al absurdo más espantosa y bestial del Occidente moderno. Capitalismo tanto como estajanovismo han exigido por igual del ser humano que dé todo lo que pueda de sí mismo en beneficio de su empresa, o de su negocio, o de su Estado, o de su país. “Trabajar duro” es un orgullo del que aún se jactaba George W. Bush, el lema de cualquier marca o asociación que presuma bien sea de competitividad o bien de altruismo. Debes deslomarte por lo que sueñas, hijo mío, a mí nadie me ha regalado nada. Veo esta mañana a la hora del telediario el anuncio de un programa que por lo visto vuelve esta noche, Maestros de la costura, donde los concursantes corren de un lado para otro a toda mecha para terminar antes, hacerlo mejor, ser seleccionados y lograr colocarse en donde sea. Arbeit macht frei, “el trabajo os hará libres”: esta era la leyenda que estaba inscrita en el forjado de la entrada de Auschwitz. Menos mal que es universalmente conocida como divisa de la infamia, porque si no montones de corporaciones la querrían para sí mismas. El ejemplo, o contraejemplo, de Auschwitz siempre nos sirve para recordar el crimen descomunal que no puede volver a ocurrir (en Alemania, de hecho, conservan alambradas y torretas que se pueden ver desde la autopistas; los alemanes son un pueblo profundamente arrepentido20, y no es para menos), pero también, a mi juicio, de que el trabajo no nos hace nada, ni libres ni felices, si es otro el que te coacciona a hacerlo y si no encuentras satisfacción alguna en ello. Hace dos meses, un compañero mío se jubiló, y dejó escrita una cosa graciosa, algo así como: “¡ay, cuantos años de servicio hacen falta para llegar a ser inservible!” La lección de los campos de concentración, exterminio y –ahora lo podemos decir– trabajo y aprovechamiento del “capital humano” cuyo máximo exponente fue Auschwitz debe ser también esa, más allá de la reducción al absurdo también de la guerra, del odio racial y de la pesadilla xenófoba: que una persona inservible no es lo mismo que una persona muerta, que no vivimos para formar parte del engranaje técnico de ningún proyecto grandioso de un grupo de visionarios dementes, y que un ser humano nace al mundo y a su vida propia y peculiar, no a secundar los sueños faraónicos de los que nos preceden o coexisten –por cierto, que ahora sabemos que incluso los esclavos que levantaron las pirámides a latigazos no eran tales, como nos ha enseñado Hollywood celebrando la Semana Santa cristiana, sino trabajadores contratados.

Al final, hay que dar siempre la razón en todo a Hannah Arendt. El Holocausto fue horrible, Auschwitz el infierno sobre la tierra, una mancha indeleble en la reputación de la humanidad, pero en el fondo lo peor es que fue banal. El régimen nazi, en aquellos campos tan milimétricamente planeados, en los que no se desperdiciaba nada, lo que hacía era abastecerse de recursos para ganar la guerra y de paso sentirse superior a sus adversarios, reales o inventados. Hubo escaramuzas y episodios por parte de rusos y aliados tan horrorosos como esos campos, aunque a menor escala y mucho menos célebres, que no voy a contar aquí (léase el no muy formal pero sí entretenidísimo La Segunda Guerra Mundial contada para escépticos de Juan Eslava Galán). La diferencia, ya lo he dicho, es el carácter de fábrica, de matadero ingente de seres humanos en el que metes por un lado un hombre y sacas por el otro cenizas y rentabilidad. Esto, me temo, sigue ocurriendo, a veces delante de nuestras narices, pero más frecuentemente en tierras lejanas. Como versificaba la poetisa rusa –que fueron los que realmente vencieron a los nazis…– Anna Ajmátova en “Último brindis”...

Bebo por la casa destruida

por mi vida terrible

por la soledad entre los dos

y por ti yo bebo.

Por la mentira de los labios traicioneros

por el frío mortal de los ojos

por el mundo brutal y tosco

por lo que Dios no salvó.

19 Al decir esto me asemejó a Rousseau, y a los muchos roussonianos que han existido después de él (los anarquistas, por ejemplo), pero lo cierto es que, como siempre con Rousseau, hay mucha trampa conceptual. No se puede, en efecto, decir que amas al ser humano pero aborreces sus producciones institucionales, que sería como admirar a la araña pero no las telas de que se vale para subsistir. ¿Cómo se puede entender cabalmente la idea de que los humanos somos dos cosas, lo que empíricamente somos, que incluye el régimen nazi pero también Amnistía Internacional, y lo que deberíamos ser, que nunca ha tenido lugar exactamente pero que es a lo que debemos tender? Esta dualidad, esta disociación, o es religiosa –el hombre es un ángel caído–, o es psicoanalítica –el malestar de la cultura–, o es un bello desiderátum pero no un factum.

20 Imaginad por un momento que de España se hiciese una película, una serie o una novela cada año de un gran éxito internacional que tratase de nuestras vergüenzas en la conquista de América, haciéndonos aparecer como salvajes que ladran en vez de hablar. No sabríamos dónde meternos, y eso es justamente lo que les ocurre a los alemanes actuales. No obstante, mi madre estuvo hace poco y me contó que la guía de su visita en autobús por tales siniestros lugares no se cortaba en hacer el elogio de Hitler en lo que tuvo de gran reanimador de Germania, pese a sus conocidos errores…

El malentendido del “Realismo Especulativo” o “Nuevo Realismo”

Las cosas son las maestras del hombre.

José Ortega y Gasset, Origen y epílogo de la Filosofía

Uno de los rasgos principales por los que se reconoce a un profesor de Filosofía, sobre todo en España –ignoro si se debe a la formación tomista de los más mayores de ellos–, es por su inveterada afición a explicar las grandes doctrinas del pasado mediante ejemplos tomados de las “cosas” humildes encontradas más a mano en un aula docente. Así, las filosofías de la antigüedad se tornan perfectamente evidentes cuando son aplicadas a mesas, tizas o pizarras (¿o no será al revés, y “mesa”, “tiza”, y “pizarra” son los genuinos paradigmas ideales en los que se inspiró Platón, que también daba clases? ¿sería capaz Aristóteles de argumentar su teoría de las formas substanciales cuando paseaba con sus pupilos por los alrededores del Liceo, o éstos debían transportar consigo para auxiliar al maestro una pizarra, una tiza y, naturalmente, una mesa?) Y cuando se trata de Marx o Hegel –la Geistphilosophie–, nada mejor que referirse al atuendo de la concurrencia, o a la relación dialéctica amo/esclavo que representa la gran tarima del profesor frente a los pobres pupitres del alumnado. ¿Y qué hacer si nuestra escuela favorita es, un suponer, el pragmatismo? Entonces se convierte en protagonista el hecho mismo de que estemos todos en este aula concreta, las razones individuales y sociales que nos han movido a congregarnos y los sacrificios de posibilidad que ha hecho cada uno para tomar esta determinada decisión, etc. Ortega y Gasset, por lo menos, y para variar, exponía su (“su” es un decir: la había leído en Nietzsche, y éste en Leibniz) doctrina del perspectivismo con una célebre manzana que se tomaba la molestia de traerse al aula o al teatro desde casa –o, cuando menos, de un árbol del jardín del campus: los árboles dan también para mucho…

Pues bien, hay un puñado de señores muy serios, franceses y de otras nacionalidades, que parecen haberse tomado esa costumbre didáctica más bien facilista en su literalidad y elevarla a corriente o movimiento filosófico desde 2007. Afirman que la posmodernidad del último cuarto del siglo XX ha consistido en el triunfo del textualismo y el constructivismo, es decir, de aquellas filosofías que entendían que no hay realidad, sino tan sólo un tejido de significados puestos por el puro signo –Derrida– o por actos sociales de poder/saber –Foucault, etc. Como esto es manifiestamente una locura, estos nuevos pensadores, en vez de preguntarse a sí mismos si no estarán equivocados en la exégesis de su inmediato pasado, pasan a dar por buena esa evaluación y diagnóstico para mejor criticarlo y fundar una nueva escuela de pensamiento. Se hacen llamar, entonces, “realistas especulativos” porque interpretan que las pobres mesas, tizas y pizarras han sido transformadas en polvo de irrealidad por los sucios y perversos posmodernos y que lo que hay que hacer ahora es rescatarlas de una especie de Wáter de Nulidad y devolverles su estatus ontológico. En esa batalla, surcada de mil pequeñas polémicas, llevan desde entonces hasta ahora, y mi opinión, que es lo que quisiera dar aquí en unas pocas líneas, es que resulta fácil refutar al maniqueo tonto, pero a costa de que lo que te salga después sea tonto también. Porque... cómo diablos va a dudar realmente nadie de la presencia de la realidad más allá de la conciencia humana, subjetiva o trascendental (volveré muy poco sobre eso), quién puede ser tan necio que piense de verdad que si abandono la manzana de Ortega en la mesa del típico profesor de Filosofía ataviado de pana no me la voy a encontrar dos semanas después maravillosamente putrefacta, sin que en ello haya tenido que ver nada la presencia de mi conciencia ante el objeto? ¿O quién puede ser tan iluso, tan distorsionadamente oriental, que dude de que cuando un árbol cae –ya digo que lo de los árboles es también muy socorrido; los árboles, esos venerables abuelos de la Tierra…– y nadie esté cerca, ni una pequeña ardilla, ni una miserable lombriz, ni un ratón, para oír la caída, el sonido se produce de todos modos, manifiestamente?

Bueno, pues sí, ha habido filósofos muy ilustres que han sido tan necios, ilusos y orientaloides como para instilar memeces así en sus lectores, pero no muchos ni los mejores. George Berkeley sobre todo, pero con fines beatamente religiosos. Arthur Schopenhauer, después, llevando a Kant allí donde el prusiano jamás hubiera querido ir (Kant había escrito contra Berkeley explícitamente en CRP, y contra Fichte en su correspondencia personal). Y, tal vez, Ernst Mach entrando ya en el s. XX, y creyendo con ello recuperar el espíritu de David Hume. Fuera de estos tres, máximos exponentes de hacer de la filosofía una pieza de ocultismo de opereta21, aunque sin duda con gran genialidad conceptual, no se me ocurre nadie realmente relevante que nos diese gato por liebre y Representación por Realidad. Platón no, Platón se daba perfecta cuenta, a mi parecer, de que el mundo del devenir no sería tan ilusorio si pudiera ser reglamentado por las disciplina de las Ideas, y Aristóteles no digamos, Aristóteles dio forma a la concepción filosófica de la sustancia que estos filósofos actuales reivindican, aunque él de una manera mucho más matizada (puesto que, de nuevo a mi modo de ver, Aristóteles sabía perfectamente que ousía es una categoría del lenguaje, es decir, algo que está entre la realidad y el pensamiento y por tanto que es en cierto modo Trascendental en el sentido de Kant). Pero en la escolástica cristiana, e incluso antes, en la Alta Edad Media, esas aportaciones de Aristóteles se reificaron, de modo que ya teníamos “cosas” en el sentido que las entendemos hoy, como cuerpos físicos receptores de propiedades y enunciables mediante atributos. A eso se agarran la escuela del Realismo Especulativo, queriendo convencernos de algo tan normal como de que las tales cosas están ahí antes de que ninguna conciencia las perciba, más aún: que la propia conciencia humana es una cosa entre las cosas, asuntos todos ellos de los que nadie en su sano juicio dudaría. A Descartes se le acusa a menudo de no haber sido capaz de romper amarras con el tomismo de su juventud, pero lo cierto es que cuando dice “res cogitans” está corroborándonos que no está tan chalado como para creer en el solipsismo metódico propuesto previamente por él mismo...

De modo que creo que el problema está en otra parte, en concreto en el malentendido acerca de la interpretación del Idealismo Alemán. Me explico. Como la filosofía desde Kant hasta Heidegger se dice en alemán y además se escribe en un estilo difícil y oscuro, la mitad de la población filosofante mundial se ha quedado con la versión fácil de que “idealismo” significa que el pensamiento crea la realidad, y por tanto que Hegel es el extravagante que habría dicho que todo es Espíritu en Movimiento regido por la Lógica Absoluta, y por consiguiente que no hay cosas, sino únicamente operaciones del Yo enredado consigo mismo. Ortega, por ejemplo, lo ve así, atribuyéndoselo a Descartes. Y, claro, es tal el desatino que se puede fundar un movimiento filosófico en el s. XXI que se difunda por Internet para cargarse minuciosamente semejante locura. De hecho, Hegel había escrito claramente que la pura percepción sin categoría es la nada, así que ya está, sin intelecto no hay cosa, Hegel fue el filósofo que intentó acabar con las mesas, las tizas y las pizarras de nuestros ejemplos docentes, el muy engreído. No parece importar nada que Kant hubiese hablado mil veces del noúmeno22, que el mismo Hegel se refiriese al noúmeno kantiano como algo que debe ser fenomenizado, que Marx, en sus Manuscritos económico-filosóficos, aclarase más gráficamente lo que Hegel quiso decir, o que Heidegger dedicase medio Ser y tiempo al trato semiótico y utilitario del Dasein con las cosas, sin las cuales no es nada (Graham Harman, uno de los conjurados del Nuevo Realismo, se pasó diez años leyendo a Heidegger, hizo una tesis doctoral y todavía sigue hecho un lío). Pues no es tan complicado, si se me permite la inmodestia. Hegel jamás pensó que la realidad no existe, que la manzana no está ahí cuando no la miro, lo que dice es que la percepción desnuda de la manzana no es posible, que siempre está mediada por la proyección del sujeto. El ser humano, aunque es del todo cierto que es un animal y hasta una “cosa” más, consiste en aquella función de conocimiento que “pone” sobre las percepciones confusas juicios, valores, apreciaciones y funcionalidades sociales. No es lo mismo un jamón de bellota en la cultura musulmana que en la española, pese a los siglos de Al-Ándalus, eso lo sabe cualquiera. Lo que pasa es que luego Hegel añade a esta obviedad que el sujeto al conocer la manzana o el jamón se conoce también a sí mismo en un largo proceso en el que concurre la negatividad, pero eso ya es otra historia, nunca mejor dicho. Pero del Idealismo Absoluto de Berkeley, o del mundo reducido a representación totalizante y sin resquicio de la Voluntad de Schopenhauer, que daba clase en el aula de al lado de Hegel pero ayuno de alumnos –haberlos “representado”…– niente di niente.

O sea, que es el significado eventual de las cosas lo que la Filosofía ha indagado, no la existencia o no de las “cosas mismas”, como las llamaba Husserl, que otro que tal bailaba (también últimamente se está intentando hacer de Husserl un realista, con el partido que le sacó y aún le saca la Iglesia Católica…) Los alegres muchachos del Realismo Especulativo creo que no han captado esto, y que van convirtiendo en problema algo que jamás lo fue. Ellos hablan de la “crítica de la correlación”, que es la relación sujeto– objeto, y se preguntan si eran o no reales los dinosaurios antes de que hubiera humanos para olerlos, tocarlos, verlos o servirles de cena. A esto lo denominan, con una pedantería de la que luego acusan a sus predecesores posmodernos, el archi-fósil. El Idealismo Alemán no consiste, como dice Sartre –El ser y la nada–, que no existe el Egipto antiguo, sino la Egiptología. El Idealismo Alemán, tan incomprendido hoy como seguido en su momento, consiste en señalar que hubo Egipto de los faraones, sin duda, pero su inteligibilidad no reside en las ruinas que nos pueda haber legado, sino que esa inteligibilidad es puesta por los egiptólogos en un proceso gradual de investigación. Y eso es todo, señores: la “correlación” no es en absoluto necesaria si no aspiras a obtener el sentido, el significado verdadero de algo que claro que estaba ya ahí antes de que posases tu interés en ello. Un glaciar es un archifósil prehumano, pero si quieres saber cómo funciona un glaciar, qué es un glaciar, en qué condiciones se produce el glaciar, etc., no te va a servir de nada hacer un viaje al Perito Moreno a pasar frío. O sí te va a servir, pero si extraes muestras, realizas mediciones, preguntas a los lugareños y finalmente piensas sobre todo ello. Hegel es mucho más complejo que todo eso, pero no es ningún estúpido “acosmista”. Si no haces nada de lo dicho, si el sujeto científico no asume al glaciar como objeto (en alemán Gegenstand, lo que “está en frente de”l sujeto o conciencia) de conocimiento y se pelea por tornar ese noúmeno fenómeno, es lo mismo que los defensores de las “cosas” lo llamen archifósil o Juana la Loca, ya que no sabrán nada cierto sobre él. Por eso la mejor divisa del Idealismo Alemán la aportó el Fausto de Goethe: Al principio fue la acción…

Como se ve, no es para tanto. Y, sin embargo, los del Realismo Especulativo se han pasado años enzarzados unos con otros por dictaminar si la “cosa en sí”, Die Frage nach dem Ding, por decirlo con Heidegger, es pasiva o activa, hipercosa o agregado, opaca o abierta, muerta o animista, oscura o matematizable, etc… Todo ello para derrotar a una posmodernidad que jamás existió –eso sí que no existió–, en la que los teóricos habrían sustituido las mesas por textos de mesas, las tizas por la construcción social de las tizas o las pizarras por la Teoría de Género de las pizarras… Derrotada esa posmodernidad fantasmagórica y de lo fantasmagórico, se veían dispuestos y preparados para fundar una post-post-modernidad flamante en la que la consideración por el ser estaría antes que la antropología, y la conciencia de la contingencia antes que los discursos legaliformes. Es decir: exactamente el programa de la posmodernidad real tal como lo entendía, por ejemplo, Gianni Vattimo leyendo a Nietzsche23 y Heidegger. Tiene guasa la cosa, por seguir hablando de cosas. Todo un sutil y poliédrico delirio a partir de una burda exégesis del pasado filosófico. También Bertrand Russell tiene un famoso artículo en el que se pregunta si una mesa es un conjunto de átomos perforados por enormes abismos de vacío o es un enser doméstico de almuerzo o estudio, como indican el Lebenswelt e Ikea a su manera. Pues es las dos cosas, señor, y muchas más, porque de lo que hablamos es del significado de una mesa de acuerdo con un determinado proyecto humano. De ahí que el que más medallas se haya colocado en la pechera de todo el Nuevo Realismo sea Markus Gabriel, al hablar de la pluralidad de los “campos de sentido”. Es tan mal lector del pasado como los demás, pero bueno... En sí, una mesa es un trozo de materia moldeado en una fábrica conforme con un esquema ingenieril realizado seguramente en una computadora que si la dejas ahí mil años retornará a la cruda naturaleza y le saldrán ramas, como aseguraría Aristóteles hace 2500 años. Con las tizas y las pizarras no me meto, que nos las han cambiado por rotuladores y punteros y velledas y superficies electrónicas de esas; así ya no tiene gracia, habrá que poner mejores ejemplos…

No obstante, uno siempre se puede poner místico de lo que le apetezca. Creo haber leído algo de Walter Benjamin en donde decía que las cosas se comunicaban entre ellas, y me gusta la idea. Voy más allá, incluso, y me parece que el sonido que continuamente hacen las sustancias es para expresarse a ellas mismas en su esencia. Un sonido metálico es el metal mismo, y connota su dureza y su lisura, por ejemplo. Pero no voy a meterme en esos jardines, que no deseo ser un Neo-nuevo-realista-especulativo, o no aquí y ahora, al menos. El pluralismo ontológico es una gran opción, en efecto, y es también cierto que el planteamiento moderno de la filosofía ha sido ya hace mucho superado por las circunstancias, pero esa no es una alternativa pos-pos-moderna, lo cual es ridículo e ignorante, sino precisamente posmoderna sin más. Puesto que esta pléyade de autores aciertan en su diagnóstico de la modernidad, aunque de un modo algo simplista, sería absurdo sostener que la posmodernidad no es –nada de fue: es– nada más que la decadencia y deshilachamiento de la modernidad. El devenir de ese deshilachamiento es ya el marco mismo, la condición del pluralismo, y, como Markus Gabriel dice, de la multiculturalidad, de manera que difícilmente esta última podría ser una objeción contra la posmodernidad a favor de un nuevo paradigma. Insisten mucho, estos señores, en que configuran un nuevo “paradigma”: me temo que tampoco tienen claro el concepto. Y, desde luego, orquestan la ceremonia de la confusión también, a mi juicio, pidiendo para la actualidad una “ciencia unificada”, que para colmo es la suya cuando esa suya es intrínsecamente diversa. Pero, hombres de Dios –Quentin Mellaissoux lo es– ¡cómo diablos va a ser precisamente “unificada” si estamos hablando de pluralismo!... Está mejor pensado, en cambio, y a mi juicio, cuando pretenden constituir la koiné filosófica de nuestro tiempo, imitando lo que Vattimo decía en los ochenta de la Hermenéutica, porque la koiné es un espacio de diálogo y confrontación, una especie de nueva lengua común, y no un resultado preestablecido o devenido de tal confrontación como se entiende que es precisamente un paradigma. Por eso no tendría Markus Gabriel que hablar de multiculturalidad, sino de interculturalidad –a no ser que por pluralismo entienda multiplicidad: ese hombre tiene un gran lío en la cabeza, y sin embargo es prepotente… En fin, creo, en plan prepontente yo también, que estos filósofos han exhumado algo importante, pero con medios pobres y confundiendo bastante los términos. Que los dioses, ya que no los libros, y en su calidad de seres interobjetivos, les sean propicios...

21 Los favoritos de Borges, y en general de todo aquel esteta empeñado en que todo es ficción, y, si no lo es, debería serlo, ese tipo de personajes que está por todas partes hoy hablándonos de la necesidad humana de narrar y escuchar narraciones, porque eso nos hace mejores, más ilusionados, más ricos, en un mundo de inhumanidad económica y tecnocientífica. Nunca les preguntes si lo que realmente están defendiendo es, como hiciera Oscar Wilde sin disimulo alguno, la forzosidad de la mentira en nuestras pobres vidas de miembros de superestados megapoblados e hiperatomizados. (Markus Gabriel, en cambio, asume a Borges como suyo propio, mostrando que no se entera, o es que el que no se entera soy yo…).

22 Con toda seguridad Kant había leído esta frase con la que Leibniz atacaba a Locke: “nada hay en el intelecto que no haya estado en la experiencia, salvo el intelecto mismo….” Todo un arranque espectacular para la filosofía crítica, aquella que entiende por existencia “posición absoluta del objeto”, y de ahí la refutación kantiana de San Anselmo y de Descartes.

23 De nuevo en mi modesta opinión, Nietzsche no tenía que haber escrito eso de “no hay hechos, sino interpretaciones”, lo que tenía que haber escrito es “no hay hechos puros, sino hechos interpretados y hechos de interpretación”…

Paul Valéry y T.S. Eliot: el paso del Tiempo a juicio…

Testa cabal, diadema irreprochable, yo soy en tu interior secreto cambio.

Paul Valéry, El cementerio marino

En mi opinión, cuando alguien dice que un científico, un arquitecto o un filósofo resultan “muy poéticos”, entonces hay que echarse a temblar o echarse a reír. A temblar si se trata de los dos primeros casos, y a reír si por el contrario de trata del último. Que un filósofo sea rapsódico, confuso, cursi o altisonante (pongamos Lucrecio, Nietzsche, Unamuno, Zambrano y un largo etcétera), antes podía ser peligroso, pero hoy ya no, ahora ese tipo de pensamiento, si es que es pensamiento, esta desconectado de toda praxis y por eso tiene más lectores que nunca. En cambio, que un científico o un arquitecto se pongan a cortejar a las Musas con sus respectivas profesiones puede ocasionar que reviente una central nuclear, o que se te caiga el techo de pladur encima. Por supuesto, científicos o arquitectos tienen perfecto derecho a sus veleidades artísticas, pero en su tiempo libre o por escrito (véanse los casos de Richard Feynmann dibujando chicas desnudas en las servilletas de locales de strip-tease entre ecuación y ecuación, o Le Corbusier, casi nazi, en Cuando las catedrales eran blancas…) Los filósofos, sin embargo, no. Bastante desprestigio tiene ya la filosofía a causa de las deliciosas aberraciones francesas como para además travestirse de lirismo, que va a parecer que estamos ahí para embelesar a Ana Rosa Quintana. No obstante, lo que sí me parece grandioso y ejemplar es que sea al revés, es decir, que los poetas sean filósofos (y no, horror, científicos o arquitectos...) Así enfocado, no se producen trastornos inapropiados e indecorosos, pues no se trata entonces de que el filósofo apele a la imprecisión de la intuición, sino de que el poeta recurra a la demarcación del concepto, pero teniendo como ventaja además no renunciar a la belleza expresiva. Casos se han dado, como los de Donne o Rilke, pero yo quería ahora referirme al s. XX.

En el siglo pasado, en efecto, se ha producido excelsa poesía, no menor en absoluto a la de centurias anteriores, si nos olvidamos de Virgilio, Dante o Milton. En dos de esos hitos más fundamentales encuentro yo como una especie de querella, de litigio entre pares. La cuestión a disputar es la naturaleza del tiempo, que comparece como acusado, donde el fiscal es T.S. Eliot y el abogado defensor Paul Valéry. Aunque en realidad el poema de Valéry, El cementerio marino, vino antes, en 1920, y todos deberíamos leerlo, porque es una maravilla, y está en Internet en una traducción que yo no manejo. Los Cuatro cuartetos de Eliot, por su parte, son de 1945, y se les nota eso, se les nota que a la poesía le han caído miles de bombas de la Segunda Guerra Mundial encima. También debería leerse universalmente, sin esperar un segundo, y también está entero en Internet en una versión que no conozco (yo he leído ambos en Alianza y Cátedra, respectivamente). Pues bien, Eliot, el poeta y crítico británico más admirado y seguido del modernismo, el amo de las letras anglosajonas de mitad del s. XX, arranca de esta manera su primer cuarteto:

Tiempo presente y tiempo pasado

Están ambos quizá presentes en el tiempo futuro,

Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.

Si todo tiempo es eternamente presente

Todo tiempo es irredimible.

Lo que podía haber sido es una abstracción

Y permanece como posibilidad perpetua

Sólo en un mundo de especulación.

Lo que podía haber sido y lo que ha sido

Apuntan a un fin, que es siempre presente.

Las pisadas resuenan en la memoria

Bajando el pasillo que no tomamos

Hacia la puerta que nunca abrimos A la rosaleda.

Mis palabras resuenan Así, en tu mente.

Pero con qué propósito

Removiendo el polvo en un cuenco de pétalos de rosa.

No lo sé.

Que no nos engañe el “no lo sé” en el que he interrumpido la transcripción. Antes de llegar a ese vahído lírico el poeta ha realizado afirmaciones metafísicas muy serias. Ha dicho, en pocas líneas, que todo lo que situamos en el pasado y en el futuro está en el presente, es presente, y que ese presente es eterno como tal presencia detenida. Dicho con otras palabras: no hay tiempo, el tiempo es una ilusión, que es lo propio de la metafísica cristiana. Los críticos del Crítico, o sea, los críticos de Eliot, han visto en ello un rasgo biográfico, puesto que Eliot era anglicano, y por tanto creía en la versión británica de Dios. Desde el punto de vista de Dios, es cierto, el tiempo no pasa, y Él habita un eterno presente bajo el cual todos los sucesos de la Creación son contemplados simultáneamente. De ahí que Eliot niegue los contrafácticos, lo que es decir las posibilidades que creemos que pudieran haberse dado, pero que no lo hicieron, como la victoria de Hitler en la novela El hombre en el castillo del chalado de Philip K. Dick. Piensa Eliot que lo que ha ocurrido es lo que tenía que ocurrir impepinablemente, y que es fantasía especular acerca de si Hitler hubiera vencido en Rusia o él mismo hubiera bajado aquel pasillo (menuda traducción: pongamos “pasadizo” o “escaleras” en vez de “pasillo”). Así mismo, y yendo más lejos que la Mecánica Cuántica y las Leyes de la Termodinámica, el futuro está cerrado, y todo lo que va a suceder es como si hubiera sucedido ya.

Bueno, pues frente a esta criogenización, a esta caquexia o anquilosamiento del tiempo ejecutada por Eliot, tenemos los bellísimos y paganos versos de Valéry –y ya es infrecuente que el que esto suscribe no anteponga un isleño a un galo–, de los cuales hago constar no los mejores, sino los más claros:

¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!

¿Me has traspasado con la flecha alada

Que, cuando vibra volando, no vuela?

¡Me crea el son y la flecha me mata!

¡Oh sol, oh sol!… ¡Qué sombra de tortuga

Para el alma: si en marcha Aquiles, quieto!

¡No, no! ¡De pie! ¡La era sucesiva!

¡Rompa el cuerpo esta forma pensativa!

¡Beba mi seno este nacer del viento! Una frescura, del mar exhalada,

Me trae mi alma… ¡Salada potencia!

¡A revivir en la onda corramos!

Magnífico. Se percibe perfectamente la mano del traductor, que es Jorge Guillén. No y no al eleatismo por venir de Eliot. Las paradojas de Zenón (apostilla: este hombre pasa por ser todo cerebro, pero creo recordar que murió bajo tortura y para no soltar prenda se cortó la lengua con los dientes…) son sobradamente conocidas por todos, sea porque se han visto en Bachillerato o sea porque se ha leído a Borges. El único filósofo clásico que se ha enfrentado directamente a ellas fue Henri Bergson, y bastante bien por cierto. Lo que apuntó Bergson fue que Aquiles sí podría alcanzar a la tortuga, porque el impulso de salida del héroe es una realidad dinámica que sólo puede ser geometrizada después, es decir, que únicamente cuando Aquiles ya ha avanzado podemos aplicar una escala estática sobre sus pasos y dividirlos, si nos da la gana, infinitamente (que es, por cierto, de lo que trata el Cálculo Diferencial). El Movimiento es, pues, lógicamente anterior a la Geometría que lo mide, entre otras cosas porque, si no, nada habría por medir. Vuelta, pues, al sentido común. Heidegger, en la conferencia Tiempo y ser, de 1962, hace una observación yo suelo mencionar a veces, porque en el fondo es graciosa –Heidegger no es habitualmente nada gracioso–, a saber: Porque el tiempo mismo pasa. Y, sin embargo, mientras pasa constantemente, permanece como tiempo. Decimos que el tiempo mismo es el que pasa, pero es un hecho que siempre está aquí, o ahí, o doquiera; el tiempo es precisamente la única cosa, por decirlo así, que no pasa con el tiempo. Ni siquiera a los muertos se les “acaba el tiempo”, puesto que hace 250 años que murió Beethoven, por ejemplo. Eliot hace trampa, como aquel bolero, Reloj no marques las horas. Si el reloj se detuviera, entonces el amante tampoco gozaría de su amada, porque estaría paralizado como en las inmediaciones de un agujero negro. También lo canta así la banda MClan, de modo absurdo –son licencias poéticas–, cuando en Quédate a dormir Carlos Tarque dice “que pasen treinta años antes de mañana”. Eso, además de la noche de pasión más larga del cosmos, que para sí la quisiera el mismísimo Zeus, es una petición de matrimonio en toda regla…

De modo que entiendo que el juicio lo gana el abogado defensor, Paul Valéry, y el tipo jurídico bajo el que recae la sentencia lo sentó antes Nietzsche, al denominarlo “la inocencia del devenir”. Todos, a diario, y en todas partes del mundo, y más cuanto más mayores nos hacemos, nos lamentamos de lo rápido que pasa el tiempo, y de que “parece que fue ayer”… Es totalmente cierto, pero no es por ello el tiempo un devorador de vida, de una manera casi medieval, sino un donador de vida y de realidad. Como señalaba Heidegger, el tiempo siempre está ahí, dando más de sí, volviendo sobre sí mismo como una rueda para que nuevas cosas nazcan, nuevos sucesos tengan lugar. Nos quejamos mucho del tempus fugit, pero luego nos parece fatal, por ejemplo, que la Iglesia Católica o el Islam no se actualicen a la altura del s. XXI. Ergo no nos gustaría nada que las cosas siguieran siempre idénticas, pero tampoco que su transformación fuera tan radical que no hubiera Dios que las reconociera. Eliot negaba la contingencia, o eso que hoy Quentin Meillassoux denomina paradójicamente “la necesidad de la contingencia”, es decir, que-no-pueda-ser-que-no-sea-todo-contingente. ¿Podría Eliot haber tomado ese pasadizo, haber abierto aquella puerta y haberse acercado a la rosaleda? Pues no podemos saberlo, la contingencia no es un dato empírico, pero quien no haya sentido el vértigo de una decisión, el dolor de la libertad, quién al cruzar la calle piense que es lo mismo mirar hacia los lados o no porque el hecho de ser atropellado dos segundos después ya está escrito, es que es tonto de remate o es que no ha vivido jamás. El tiempo pasa y no pasa a la vez, para dejar sitio al acontecer, que es una visión muy heideggeriana también. Se da retirándose, y al hacerlo enriquece la realidad. Y no digo “enriquece” en sentido figurado o poético, sino literalmente. Es más exuberante un mundo en el que estoy yo, y luego mi hijo, a uno en el que sólo estoy yo, eterna y cansinamente. Lo digo mal, ni siquiera es un mundo más rico: es un mundo más mundo. Ayer escuché un anuncio de un tonto videojuego que se promocionaba con este grito: “¡podrías estar jugando eternamente!”. Pues entonces no os lo compréis, eso no es un mero juego, es heroína infográfica. Sólo hay un juego que se puede jugar una y otra vez, porque en él está la esencia misma del cosmos, el Fuego de Heráclito, y hasta tal juego aguanta mal el paso de la edad. Es –aquí sí que me pongo erudito a la violeta– el juego abrasador del corazón, muy propio de poetas más que de filósofos, y que Eliot debía conocer y con toda seguridad conocía. Arquíloco de Paros lo versificaba así, nada menos que en el siglo VIII a. C. (Fragmento 57 D):

Corazón, de tantas cuitas maltratado, corazón,

¡ea, arriba! al enemigo tenlo a raya, y frente a él

pon el pecho; de los odios y emboscadas plántate

cerca y firme; y más, si vences, no te ufanes por doquier.

Y si te vencen, no te metas en tu casa a sollozar;

no, sino goza en lo gozoso, y en los males no sin fin

penes; mira cómo al hombre olas llevan y olas traen…

Observaciones llanas sobre el primer Heidegger

Que hay hechos, cosas, es el principio del pensamiento. Aristóteles escribió que la filosofía arranca en el asombro de que hay mundo, o sea, de que suceden cosas. Pero, ¿se les puede llamar “cosas”, o eso es ya una interpretación? Si las “cosas” son de un carácter muy simple, como, por ejemplo, un meteorito de dos metros que cayó hace unos años en Sri Lanka, no hay problema en llamarlo “cosa”, aunque en realidad se trata de un fenómeno, que diría Kant, o de un suceso, que diría Einstein. Porque el ciervo al que le caiga cerca no va a pensar “¡diantres, un meteorito!”, de manera que no es suficiente con la percepción del impacto para determinar la naturaleza del objeto. Incluso aunque el ciervo se acerque al cráter y vea la piedra humeante, sigue sin percibir “un meteorito”. Los hombres percibimos el impacto filtrado por una precomprensión determinada, en este caso altamente universalizada hoy y de índole científica. Siglos de Astrofísica han sido necesarios para fijar el lenguaje que permite entender el comportamiento de un meteorito, que no es nada evidente por sí mismo, que no es inmediato como el escozor para un bebe. Que es una construcción cultural o social, por tanto, como muchos dicen ahora, pero no remitida a una nada sumamente maleable, como en el caso del género, sino a bólidos reales y muy sólidos que cruzan el espacio a gran velocidad. En base a esa construcción cultural de la que carece el ciervo, o el hotentote del s. XVIII, lanzamos una expectativa, y, en efecto, ciertos científicos estuvieron esperando el aterrizaje del meteorito para investigarlo. Por tanto, nadie niega que haya hechos, fenómenos o sucesos, eso es de majaderos que han interpretado estúpidamente a Nietzsche (ya se sabe: “no hay hechos sino interpretaciones”24), lo que se niega es que, un vez que tienen lugar, hablen por sí mismos en ausencia de cualquier lenguaje. Que es lo que le pasa al ciervo, o al hotentote, de tal manera que no entiende nada y sale corriendo por si acaso. Como los hombres enunciamos lo que pasa en el mundo, dejamos los hechos como tales muy atrás y definimos no cosas, sino nuestros fines con las cosas. ¿Qué es, entonces, un “meteorito”? Pues lo que el astro-geólogo de turno predice que va a caer y sobre lo que planea hallar o no hallar en él rastros de la formación del Universo, por ejemplo, y eso puede ser dicho de antemano y enseñado en las universidades en el lenguaje de la ciencia astro-geológica. Porque incluso para decir algo tan elemental como que un meteorito es, como poco, una “cosa” bien tangible, dura y física, hace falta también una filosofía, la de Aristóteles en concreto. ¿Cuál es la sustancialidad del objeto-meteorito, dónde está su unidad intrínseca, en qué consiste su materialidad compuesta? Aristóteles confeccionó su lista de categorías, aún a sabiendas de que “cosas” propiamente dichas no hay, lo que hay son sucesos, fenómenos, lo-que-se-aparece-o-tiene-lugar. Pero para hacer ciencia en serio debemos entendernos de algún modo claro y preciso, de modo que habrá que empezar examinando la relación entre la sustancia y sus accidentes, el suceso meteorito y el suceso “está ardiendo por haber atravesado la atmósfera”... Todos estamos a favor de la ciencia, así que todos aceptamos que caen frecuentemente meteoritos sobre la Tierra y que habrá que estudiarlos aunque cueste dinero de esta u otra institución o laboratorio porque es bueno para el progreso del conocimiento, como dicta la precomprensión y los fines de mi cultura específica, y porque llamarlo de otro modo, aunque es perfectamente posible, sería en realidad barbarie o atraso...

Pero ahora alejémonos un poco de algo tan simplón como una caída de meteorito y pensemos en la acción humana, que, encima, entraña intenciones. Alguien mete una zancadilla a alguien, como la reportera húngara aquélla que quiso impedir el paso de los refugiados sirios en 2015... ¿Fueron sus intenciones un hecho manifiesto o hay que descifrarlas necesariamente? ¿Qué pasó exactamente aquel día de la avalancha de refugiados en términos históricos y políticos? ¿Mereció aquella chica el despido o la reprobación pública que obtuvo o no? ¿Debe hacerse un juicio de algún tipo sobre su conducta o sobre la actitud de Occidente en general acerca de esos diez horribles años de guerra civil? El mundo sucede, acontece, dicen los heideggerianos que pululan por ahí, pero resulta que determinarlo conforme a un lenguaje preciso e inequívoco que nos incline hacia un curso de acción u otro es asombrósamente más difícil de lo que nos hace creer el cientificismo (el cientificismo, como tal, consiste en hacernos pasar las teorías por hechos, como si la hipótesis de la naturaleza del meteorito fuese tan cósica, tan fenoménica, como la caída del meteorito mismo, pero luego no tienen ningún empacho en cambiar de opinión, formular una hipótesis nueva e imponernos creer entonces que también es un hecho: toca ahora olvidarse del anterior…).

A no ser que seamos honestos y digamos: voy a juzgar cierto tipo de sucesos de acuerdo con una plantilla previa, es cierto, pero es que esa plantilla previa responde no a lo que las “cosas” son, que sólo un tirano podría decirlo en función de sus propios intereses, sino a lo que queremos hacer, a lo queremos –y esto es lo realmente importante– ser con ellas... ¿O es que nunca nadie ha discutido con sus hijos o con su cónyuge, o con el guardia urbano, o con sus compañeros de trabajo? Al final, el que dogmatiza acerca de lo que realmente está pasando, sin sombra alguna de duda, estropea la relación humana o doblega a los demás, mientras que si de lo que se está hablando es de quiénes queremos ser respecto a esto incierto que ha pasado, el asunto cambia mucho y creo yo que para bien. El pensamiento del primer Heidegger consiste en señalar eso, que el trato del hombre con los meteoritos, o con las zancadillas, no es tan sencillo como pensábamos, y que los asuntos acerca de los que cabe una definición epistémica pura son poquísimos o prácticamente ninguno –de ahí la famosa última proposición del Tractatus de Wittgenstein–.

Metafísicamente, todo arranca de la convicción moderna, sobre todo kantiana, de que todo lo que es característicamente humano sucede en una sobrenaturaleza inteligible, que Kant denomina el Reino de los Fines. La naturaleza, de por sí, es pasiva, y produce procesos pasivos, mecánicos en la res extensa y tribales en la res cogitans. Esto segundo es lo que estudian los antropólogos y los psicoanalistas desde el siglo XIX, y supone un obstáculo a la plenificación de la Ilustración tal como la entiende Kant, que es como la han entendido todos después de él. Porque el milagro –y es un auténtico milagro en los términos más estrictos– es que ha acontecido la libertad a los hombres, y esa libertad es una actividad que se sobrepone a la naturaleza y funda un mundo nuevo, enteramente nuestro. Kant, Hegel, Marx… dan por hecho que ese mundo nuevo es racional, que depende del uso abstracto y anónimo del logos, que por una suerte de desgarro o exteriorización que quiebra la necesidad natural podemos hablar, y el hablar mismo funda instituciones racionales de las que los ciervos no tiene ni intuición. Pero lo cierto es que no tendría por qué pensarse así, ya que bien pudiera ser que el desgarro donde surge la libertad al romper el ser humano con la naturaleza virgen fuera ilógico, artístico, como lo piensa contra todos ellos Friedrich Nietzsche.

Enfocar la división naturaleza/cultura como lo que es siempre igual a sí mismo y por tanto bueno frente a lo que es obra nuestra y cambia y por tanto malo es un poco vetusto y beato, pero lo encontramos todavía hoy por todas partes, desde el ecologismo hasta la publicidad. Lo cultural, lo artificial, como pecado humano, fruto del deseo; lo natural, lo otorgado por Dios, como bien siempre olvidado y traicionado. Siempre traicionado porque los humanos no paramos de inventarnos nuevas cosas o nuevas reglas (generalmente van unidas) que convierten aquello idealizado como “natural” en asunto de un pasado añorado que quizá nunca existió. Si lo natural fuese tan evidente y generoso como se nos predica, no se entiende para qué íbamos una y otra vez a construir por encima de ello. El quid de la cuestión está en que no hace falta pensar en esa construcción como un suceso cuasi-milagroso, cuasi-sobrehumano, como lo vio el Idealismo Alemán. Si se trata de hablar, del lenguaje, resulta que el lenguaje es una práctica completamente natural en un entorno antropológico cualesquiera. No todos los niños escriben, pero sí todos los niños hablan, a no ser que sufran alguna malformación. Noam Chomsky, por ejemplo, reconoce que hablamos de modo natural, pero con eso no se conforma: quiere además que el parloteo tenga lugar conforme a la Gramática Generativa, y de ahí directamente al kantiano Reino de los Fines que también suscribió Marx. Pero si no eres sublime como ellos, basta con señalar que hablamos y que al hablar nos comunicamos acerca de este mundo, pongamos por caso.: “esa madera es mala para edificar porque no soporta la humedad, vamos a buscar otra”; cosas de este estilo son las que hablamos los seres humanos...

A lo que quería llegar es a que lo que llamamos “cultura” es el modo en que la naturaleza se modula en nosotros, sin dejar de ser naturaleza. Cierta madera de por sí no es ni buena ni mala, lo es sólo respecto a edificar en zonas húmedas. Usar el cedro en vez del nogal para levantar casas no es traicionar a la naturaleza ni, por el contrario, es un milagro laico, ni desatinos semejantes, es únicamente vida práctica, la que hacemos los hombres en sociedad con fines enteramente inmanentes (e.d., en este caso no calarnos…) Si a Arnold Schönberg le dio por proponer una alternativa armónica a la clásica la pregunta es para qué nos puede servir, qué estilos expresivos nuevos puede inaugurar en nuestras vidas, no si es natural o artificial, Providencia o pecado. Igual el nogal es bueno por su fragancia en la estación seca, y entonces también nos sirve. Hay mucho místico suelto por ahí, en mi opinión, por el simple motivo de que el mero sentido común no da para sentirse muy filósofo, impresionar a las masas o vender libros. Los lenguajes sirven a las necesidades, pero a la vez, sin pretenderlo, las modulan, las reinventan, y todo ese proceso por el que medios se hacen fines y fines medios se da y permanece enteramente dentro de la realidad, sin distinción alguna entre realidad natural o realidad cultural –es realidad, ser, y con eso se ha dicho mucho, si no todo.

Heidegger se adelanta a Wittgenstein aportándole además un trasfondo mayor. El existente (cada existente, o la existencia en un sentido trascendental) humano no es un aparato de registro de la realidad, sino que siempre consiste en un interés determinado en ella, aunque sea el más básico de sobrevivir. Pero incluso éste es ridículo aplicado al Dasein. Nunca el Dasein ha tenido que limitarse a sobrevivir, esto es paleontología barata nacida de la tonta visión del evolucionismo economicista. Desde el principio, originariamente, somos religión, sociedad, cultura: Musiké, que, no en vano, es como los griegos llamaban al conjunto de la cultura en tanto juego. Porque, a diferencia de los animales, vivimos en un universo determinado de sentido, seguramente a causa de que la conciencia de la temporalidad nos proporciona conciencia a su vez de las posibilidades, o sea, de que nada “es” definitivamente, sino que todo “puede ser” de otra manera. Conciencia, pues, de la contingencia. No existe distinción entre naturaleza y cultura porque todo lo que los hombres hacemos se da dentro de ese universo de sentido que Heidegger denomina en Ser y tiempo “comprensión”. Tan pre-comprendido es, cuando me enfrento con él, un tigre como un PC. Lo que pre-comprendo de ambos antes incluso de haberlos experimentado directamente yace en el lenguaje: Don´t ask for the meaning, ask for the use, como reza el lema de los herederos de Wittgenstein. Si necesitara experimentar minuciosamente cada cosa o cosilla, concreta o abstracta, que tuviera que aprender habría de vivir tres mil años sólo antes de estar medianamente preparado para a la vida adulta. El lenguaje en que nacemos ya nos lo da aprendido, y el Dasein aprende a manejarlo sin necesidad alguna de tener contacto inmediato con la realidad mencionada por las palabras. La comprensión, además, no es algo lanzado caprichosamente al mundo, sino algo que ya ha pasado su prueba con la realidad, que ya funciona como vida práctica de una comunidad dada y por tanto en lo que se anuda de un modo singular el ahí y el ser-ahí, o la circunstancia y el hombre que diría Ortega (pero Ortega ponía el peso en el hombre, no en el ahí…).

Toda esta operación es algo natural para nosotros, a la vez que algo que configura culturas según proyectos. El sentido se da, con toda espontaneidad, en múltiples configuraciones, naturales y culturales a la vez. “Naturales”, porque en ellas consiste espontáneamente la acción del Dasein (y esto no es constructivismo tal como lo entienden los hijos e hijas adoptivos de Foucault); “culturales”, en tanto que de facto son muchas y no una, y sólo en este aspecto (y esto no es relativismo, puesto que hay un criterio de demarcación: hay muchas posibilidades de cultura que funcionan porque la realidad responde a ellas en cierto marco, pero otras que no; hay muchos síes, pero también algunos noes...) Así que no hay algo así como una “armonía virginal” previa a la presencia de un Dasein que busca en la configuración de los sonidos un proyecto determinado (música para el ardor guerrero, para la festividad, etc.), por seguir con la polémica en torno a Schönberg, así como tampoco hay una “armonía construida” enteramente artificial que nos hayamos inventado de la nada en vista a ningún interés (este último error es más frecuente hoy: el romanticismo kantiano aquel de que es que el arte careces de fines, que se agota en una pura (no)actividad contemplativa...) Pues bien: tanto el meteorito, como el papel que cumple un meteorito en nuestra cultura tecnocientífica, como la zancadilla, y el significado político de la zancadilla, que es indistinguible de ella (no se hubiera producido la primera sin el segundo), es lo que Heidegger llama aquí “entes”, o “lo ente” en general. Pero en el momento en que a alguien le dé por pensar que esto que escribo no es ciencia experimental seria, “de pata negra”, que recuerde dos cosas: la primera, que el propio Heidegger puntualiza que exactitud no es lo mismo que rigor; y la segunda, que eso ya lo dijo Rudolf Carnap de Heidegger y su propia escuela –llámese Círculo de Viena, Positivismo o Empirismo lógico…– murió en los años cincuenta por incapacidad de referirse con una proposición atómica a un hecho atómico “aquí y ahora”.

Ser y tiempo no era un texto fácil, pero tampoco es la Ciencia de la Lógica de Hegel. Se trata de pensar desde el no-Fundamento, y nadie estaba ni estamos acostumbrados a ello, y los profesionales de la ciencia menos. Y pensar desde el no-Fundamento al margen del Sujeto, que también suena raro pero no es más que decir que cuando hables de algo, procura atender a ello tal como se te muestra, no a la relación de tu presunta Conciencia con ese objeto, que es lo que hacía el maestro de Heidegger, Edmund Husserl. En el fondo, Martin Heidegger fue un fenomenólogo hasta el final, pero sin partir del Yo o la Conciencia…

24 Más exactamente: todos los detractores de la posmodernidad sin haber leído nada, incluidos los realistas especulativos, que algo habrán leído… La confusión es tal, que ni saben que es justamente la modernidad la que convirtió en evanescentes a las “cosas”, haciendo del entero orbe de la significación del mundo el objeto de la proyección del sujeto.

¿Qué es “Post-modernidad”?

En los últimos años ya no se habla de Post-modernidad más que para usar el término como saco de pegar. La Post-modernidad, para una gran mayoría que tampoco sabe bien lo que sea “Modernidad”, parece que significa dar de lado a la realidad y a la ciencia para cultivar quimeras decadentes, como en una suerte de decline and fall de la hegemonía cultural occidental. Visto así, tendríamos a nuestros enemigos en casa, los posmodernos serían aquellos que ponen explosivos en los cimientos de nuestra propia civilización, como unos payasos dementes, como los Joker de la filosofía y de la estética. Resulta, pues, muy fácil señalarlos con el dedo y refutarlos, lo cual se ha hecho desde todos los frentes, ya que permite al detractor un lucimiento fácil a cambio de una solución simplista. ¿Quién diablos, por ejemplo, podría estar a favor de la ablación de clítoris en África, o en contra de las vacunas en el mundo entero? Pues bien, todos aquellos que desean hacer sus primeras armas en el pensamiento acusan a los posmodernos de esas salvajadas y creen que así han logrado el puesto de alférez de la filosofía actual. De esta guisa, lo que termina ocurriendo es que alguien como yo encuentra por todas partes ataques a una posmodernidad inexistente desde posiciones que son ellas mismas posmodernas y no lo saben. A este absurdo se suma la desmedida notoriedad del librito de Lyotard, que está muy bien pero del que él mismo confesó (se cuenta en Los orígenes de la postmodernidad, de Perry Anderson, Anagrama, que hay que leer) que había inventado todas sus citas bibliográficas. Con lo que Post-modernidad significa el hundimiento de los meta-relatos, y ya está, aunque nadie sepa a qué meta-relatos se refiere Lyotard ni qué papel han jugado en la historia de nuestra cultura. Por todo ello, recomiendo leer de verdad el librito, un encargo del gobierno de Canadá al filósofo francés, además del estupendo y claro libro de Anderson y todavía más, si se quiere, uno sencillo, el Posmodernidad de David Lyon, en Alianza.

Pero vamos a “mojarnos” ya, como se dice en la calle. Se ha dicho alguna vez que la posmodernidad es la única época de la historia humana que tiene fecha de nacimiento exacta, citando al arquitecto Charles Jencks:

Por suerte la muerte de la Arquitectura Moderna puede situarse en un momento preciso del tiempo. A diferencia de la muerte legal de una persona, que está convirtiéndose en un complejo asunto de ondas cerebrales contra latidos del corazón, la Arquitectura Moderna se acabó de golpe… La Arquitectura Moderna murió en Saint Louis, Missouri, el 15 de julio de 1972 a las 3,32 de la tarde (más o menos) cuando a varios bloques del infame proyecto Pruit-Igoe se le dio el tiro de gracia con dinamita… Pruit-Igoe se construyó de acuerdo con los ideales más progresistas del CIAM y fue premiado por el Instituto Norteamericano de Arquitectos cuando se diseñó en 1951 (…) Su estilo purista, metáfora del hospital saludable y limpio, tenía además la intención de infundir, por medio del buen ejemplo, las correspondientes virtudes en sus habitantes. La bondad de la forma haría bueno el contenido, o por lo menos haría que se portasen bien; la planificación inteligente de un espacio abstracto promocionaría un comportamiento sano… Estas ideas simplistas, tomadas de las doctrinas filosóficas del racionalismo, del conductismo y del pragmatismo, demostraron ser tan irracionales como las doctrinas mismas. La Arquitectura Moderna como hija de la Ilustración era heredera de sus ingenuidades congénitas.

¿Qué pasó exactamente aquel día, a esa precisa hora? Pues pasaron dos cosas no pequeñas histórica y culturalmente hablando. La primera fue que un complejo de viviendas consideradas el no-va-más del Estilo Internacional de Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Lloyd Wright y tantos otros fueron abandonadas por sus privilegiados inquilinos, que se habían aburrido de ellas. Cada milímetro de la edificación y de la disposición interna estaba diseñado para hospedar al Hombre Ideal, al Sujeto que ha alcanzado la Mayoría de Edad Kantiana, y ese interfecto tan extraño no se presentó por allí. Los que sí se fueron a vivir ahí fueron personas normales, anómalas y defectuosas, que terminaron hasta la coronilla –expresión que dice Alessandro Baricco que está en extinción– de una casa tan perfectita e idéntica a la de sus vecinos. Así que intentaron rehacerla a su modo, y como no pudieron, se marcharon. Adiós al Ich denke kantiano convertido en Ich baue arquitectónico; hasta nunca al utopismo moderno y bienvenidos a la Post-modernidad. Porque la conclusión inevitable es que no queremos una existencia racional y uniforme ni regalada, lo que queremos es la nuestra, aunque sea diferente y discordante. Quisimos ser sinceros, pero en realidad somos auténticos, conforme a la distinción del gran crítico literario Lionel Trilling. Pruit-Igoe tuvo que ser dinamitado, a la porra para siempre con el Trascendental kantiano impuesto desde fuera.

La segunda cosa que ocurrió con aquella demolición fue que la Arquitectura se convirtió en el símbolo del nuevo modo de sentir. Durante siglos, Occidente había confiado incondicionalmente en el logos, en el discurso, puesto que somos aquello que somos capaces de reflexionar mediante la palabra, sea en la ciencia, en la filosofía o en la literatura. Ahora, desde el 15 de julio de 1972 a las 3,32 de la tarde, más o menos, somos aquello que somos capaces de experimentar, en el sentido del lugar donde vamos a alojarnos, a vivir. Yo vivo en cierto domicilio, pero también en mi afición a los cómics. No tengo por qué dar razón de mi afición a los cómics, no tengo por qué ir a un sesudo y pelma psicoanalista para que me diagnostique síndrome de Peter Pan o regresión, soy en mis cómics, vivo en ellos y ya está. También en este sentido, que no es el que apunta Lyotard, han caído los meta-relatos en la cultura occidental. No es ya sólo, por tanto, que ya no legitimen nada colectivo, sobre todo el meta-relato basado en una Filosofía de la Historia, es que nadie recurre a ellos ya ni para justificarse a sí mismo. Yo soy donde estoy y lo que hago, punto, no pienso rendir cuentas a nadie. Con todo, la construcción que a mí me parece más representativa de la Post-modernidad es la conocida como la Casa Danzante de Praga, en la que, según dicen, Frank Gehry pensaba, efectivamente, en remedar una pareja de baile –en concreto Fred Astaire y Ginger Rogers–, pero el conjunto lo mismo podría sugerir, creo yo, un borracho que busca el camino a casa sostenido por un amigo o una ola rompiendo con fuerza contra un muelle, si a uno le da la gana...

En cualquier caso, creo que la Casa Danzante de Praga encarna una excelente metáfora. La posmodernidad no es una época que sigue a la Modernidad con el único y avieso fin de socavarla y dejar paso franco a los bárbaros o a los frívolos; la posmodernidad, tomada en serio, es como la Casa Danzante. La posmodernidad es un modo de cultura en el que prima el habitar sobre el explicar, así como la lógica espacial sobre la lógica temporal, y por eso la Arquitectura reemplaza a la Idea como símbolo de praxis humana fundamental. Pero es que, además, la Casa Danzante se sitúa en Praga, esa ciudad que en el pasado siglo ha orillado casi desde la periferia la historia de Europa occidental, sujeta a la fría disciplina soviética pero con sus propias desviaciones “primaverales”. Quintín Racionero, filósofo ya desgraciadamente fallecido, entendía la posmodernidad no como una epocalidad determinada, o no exactamente, sino más bien como la coexistencia polémica de, cuanto poco, dos al mismo tiempo, al modo de los dos módulos de la Casa Danzante, el sereno y el ebrio. De esta manera, es posmoderno un enfoque nuevo (una observación interna, diría Niklas Luhmann) arrojado sobre la Modernidad misma pero sin abolir ésta más que en su pretensión monológica25, de igual manera que el cuerpo de pilares curvos se apoya en su compañero más clásico contagiándole algo de su embriaguez pero sin hacerle perder su apostura erguida. El entorno praguense, por otra parte, resulta también propicio para el espíritu de la Post-modernidad por cuanto que mezcla sin empacho esos estilos procedentes de distintos lugares y tiempos conviviendo pacíficamente en una suerte de topología de las formas arquitectónicas tradicionales. Por último, una edificación está enclavada en un paisaje urbano concreto, en el que vive de verdad la gente, y no tiene nada que ver con una de esas estampas de angustia expresionista abstracta con que habitualmente se quiere epatar al lector de filosofía del s. XX. Se dirá que busco demasiadas connotaciones a una mera metáfora visual, pero es que el mundo (el ser, el universo, si se prefiere) parece consistir en una saturación de sentidos vagamente relacionados más que en una ausencia absoluta de Sentido Originario y Definitivo, como nos han pretendido hacer creer desde metafísicas nihilistas en las que, en efecto, es imposible realmente habitar…

Y es que los seres humanos del s. XXI vivimos ya más en espacios que en tiempos, por decirlo de forma no demasiado figurada. No porque el planeta se nos haya quedado de repente chico, o porque creamos menos ya en la épica de la Historia, o por el dato estadístico de que muchos podamos contar con un mayor margen de años de vida por delante –bueno, por todo eso, sí, también, y por algunas observaciones más. La épica de la Historia consistía en algo en lo que todavía se siente sumergida mucha gente, esa sensación, tan presente en las novelas, la prensa y el cine, de que cuando un sujeto particular se juega algo en una peripecia bien delimitada en la geografía y en la cronología, lo que está haciendo, aun inconscientemente, es participar de una lucha más grande y oscura. Esa lucha es oscura puesto que está gestando un Tiempo nuevo, que sólo se vislumbra confusamente, y es grande ya que supera ampliamente por su escala y consecuencias a lo que los actores piensan que se están jugando personalmente. Los grandes titulares de los periódicos, o los títulos ampulosos de novelas y películas así lo anuncian –por ejemplo, El instante más oscuro…,– pretendiendo que definen a posteriori y en general lo que se presenta con detalle en sus contenidos: gente más o menos corriente, o gente que llegará a ser grande pero aún no lo sabe y por el momento actúan y se perciben como personas corrientes, viviendo la inmediatez de acontecimientos de repercusiones colosales. Un destino histórico se escribe entre líneas de la noticia que leemos, de los párrafos que recorremos o de las escenas que contemplamos (la ventaja del cine es que la música ofrece inequívocamente esos acentos épicos al espectador), un destino que mueve la acción y que se enrosca en la trama, de manera que todo adquiere un mayor dramatismo, una luz en claroscuro que subraya cada incidente. Cada decisión pone en marcha un futuro, cada carácter imprime un tono y hasta los crímenes más horrendos se constituyen como el síntoma de los dolores de un parto ciclópeo…

Es un mundo terrible, ciertamente, aquel en que domina el Tiempo, lo cronológico. O lo era. Siempre había que sobrevivir entre contradicciones, esperando a que se resuelvan, volviendo a hundirse en ellas, como Indiana Jones atravesando esforzadamente un campo de minas tiroteado por los nazis. Bajo cada paso, un volcán, bajo cada posibilidad, una herida. En cambio, el mundo en el que domina el espacio, lo geográfico, es más plano, pero más tranquilo. El que viaja en el mundo cronológico cambia con el propio viaje, se metamorfosea, y ya nunca volverá a ser el mismo. El que viaja en el mundo del espacio ve cambiar al mundo por el que viaja, pero él permanece siendo él mismo, o sea, nadie en particular, un viajero. No se producen metamorfosis, tan solo desplazamientos. Caben migraciones, por ejemplo, en las que no se arrase a nadie, no se triture o se revuelva al pueblo de acogida. El lenguaje común lo dice, con agudo instinto: pasan dos años y uno vuelve al trabajo que dejó guardado en un cajón, o a la partida de ajedrez en la que estaba metido, y dice “¿dónde lo habíamos dejado?...” Atención: dónde, no cuándo… El “cuándo” no cambia las reglas del juego de aquel trabajo, o del ajedrez. El “dónde”, en cambio, marca un lugar concreto en que se detuvo la aplicación de aquellas reglas para dejar fijada una posición. De esa posición hay que volver a arrancar. Nuestra vida, repito, consiste ya más en esas posiciones que en los momentos determinados que pudieran proseguirlas o interrumpirlas. Me toca el rato de ser padre, por lo tanto lo que vivo es la situación –que ya se ve que es una metáfora espacial– de ejercer en la posición del padre; me toca el rato de ser ciudadano, por tanto lo que experimento es la situación de ejercer la posición de introducir el voto en la urna, etc. Son tiempos, luego son espacios. Si fueran sólo tiempos, me desgarraría interiormente al pasar de unos a otros, pero como también son espacios, me desplazo llanamente de unos a otros sin contradicción, en el mejor de los casos. Mucho de lo que hoy llamamos “conciliación laboral y familiar” no es más que eso: no hay que preguntarse ya si “soy” madre, trabajadora o ciudadana: eres cada una de esas funciones en el espacio que te corresponde para ellas.

Martin Heidegger siempre se mantuvo bastante fiel a su obra originaria, nodriza de todas las demás, Ser y tiempo. Pero si alguna pega o corrección le puso posteriormente fue esa: quizá lo del “tiempo” no estuvo lo suficientemente fino, lo suficientemente bien pensado... Si el ser humano, el Dasein, es sobre todo su proyecto (Entwurf, también “diseño”, en el alemán normal de 1927 y todavía hoy), el ex-tasis del futuro, no es porque con ello se esté secundando la escuela historicista romántica, como tan a menudo hacen espontáneamente la prensa, las novelas y el cine (o el existencialismo francés, pero vaciándolo de toda esperanza). Es, más bien, porque nuestros proyectos iluminan zonas de la existencia que sirven de estancias de sentido, de hábitats de realidad. Tan real es ser padre como ciudadano, son proyectos que a veces se entrecruzan –si exijo más parques infantiles–, que a veces se separan –si firmo por más horas de colegio–, que proliferan interiormente –si, en otro ejemplo, asumir un cargo público me obliga a poner escolta a mis hijos, y ellos les cogen cariño, etc.–, pero en los que, en cualquier caso, el mero paso del tiempo no determina nada substancial. El tiempo pasa, pero antes de que nos mate definitivamente –a cada uno de nosotros, pero no a los que nos siguen–, la cuestión siempre será en qué posición me encuentro respecto de mis proyectos, qué lugar lógico, en la lógica de tales proyectos, ocupo ahora (y, yendo más lejos, como he insinuado: la muerte no acaba con los proyectos de una persona o cultura, igualmente hay que tenerla prevista para intentar no perder del todo el control respecto de los movimientos que se realizarán después; un padre/madre-ciudadano/a modélico/a tiene entre sus proyectos dejar un buen recuerdo, una cómoda situación económica y de imagen a su familia, testar para repartir posesiones y tareas, etc.; la postura del que dice “con la muerte acaba todo” es inmoral y oligofrénica…).

De hecho, cada vez más, los lugares del mundo son lugares lógicos más que lugares temporales. A nadie le importa cuándo se construyó Las Vegas (homenajeo aquí al también arquitecto Robert Venturi), lo que importa es cómo funciona Las Vegas. Si voy a ser jugador de backgammon, además de padre, trabajador, ciudadano y, quién sabe, ecologista o adicto al hachís, tendré que asumir las reglas de ese nuevo espacio horteraza y posmoderno que es un casino de Las Vegas. De nuevo toda mi vida se reubica y entonces el nuevo espacio se entrecruza, separa o prolifera con los demás anteriores, de manera que tendré que ver si un padre debería tener licencia para apostar tanto en un casino como para jugarse los ahorros de la universidad de sus hijos, si un ecologista está a favor del derroche capitalista o si mi adicción al hachís va a hacer que arriesgue más de lo debido. No todos los proyectos son compatibles con todos, no hay una elongación fáustica que permita vivirlo todo (la vida de una sola persona o de una sola cultura es finita no únicamente en el tiempo), pero las personas y las culturas humanas contamos con una amplitud satisfactoria siempre que se den dos condiciones: primera, que la carestía material no nos ahogue; segunda, que no crea que me define una identidad inalterable. Es decir, una identidad con la que supuestamente nací, y si acabo con la cual ya no soy yo, me convierto en el desgarro aquel en que te envuelven las metamorfosis entre pavorosas y esperanzadas de la Lógica del Tiempo. Descreer de algo así me parece una manera más sana y posmoderna de ver las cosas. La madre trabajadora y ciudadana también puede ser oyente de Metallica, que es enteramente compatible con sus restantes proyectos, y debe existir una legalidad jurídica y un sistema de costumbres que ampare esta pluralidad vital, más exterior que interior, una vez esté garantizada la subsistencia material. A cada cosa, su espacio, pero ello no significa que exista un espacio previo, prefijado, para cada cosa. No, al menos, en la Naturaleza, o en la Historia, de haberlo tendrá que encontrarse en las convenciones pactadas entre los hombres, y pactadas precisamente para facilitar la coexistencia, que es, también, un término de raigambre espacial –el que varias cosas existan juntas, sin por ello aniquilarse mutuamente, y, sólo en este sentido, a la vez… Hace años había un anuncio de televisión muy elegante de una marca que no recuerdo que decía que “el mayor lujo es el espacio”. Podría hacerse una lectura arquitectónica, urbanística, misantrópica, astrofísica o lo que se quiera de ello. Yo creo que, posmodernamente, tendríamos que hacer de ese lema una lectura estrictamente civilizatoria…

La Post-modernidad, en fin, como se ve, no tiene nada que ver con el foucaultismo, que está muy presente, por ejemplo, en la Teoría de Género. Supongo que esto es lo que quieren ciertos teóricos decir con “constructivismo”. La Post-modernidad, en cambio, es una reflexión acerca de en qué sentido el capitalismo globalizado (o “capitalismo tardío”, como dice Jameson obteniéndolo de Mandel) ha transformado el carácter de nuestra cultura, introduciendo elementos que nos estaban previstos en la Modernidad, tergiversando de un modo peculiar, pues, esta concreta fase última de la modernidad. Pueden ser constructivistas en el sentido de que precisamente la globalización ha mostrado un mundo plural que no puede ser reducido a la unidad moderna, y ese gran cruce de caminos de lo plural contemporáneo puede ser manejado, puede ser intervenido, porque en él desaparece el fundamento que se apoyaba en lo Natural-Único o en una Filosofía de la Historia. De modo que no es que no haya normalidad, que decir “normalidad” sea mencionar la Bicha, la represión de los diferentes –que siempre lo son sexualmente, como si no fuésemos más que genitales–, es que existen muchas maneras de normalidad (la yanomama, la hamer, etc.), pero todas ellas bien diferenciadas de las maneras también variadas de la anormalidad o de la patología. Los psiquiatras, desde Sacks, cuando quieren vendernos sus libros de curiosidades se ponen todos ellos muy posmodernos, pero ni el mismo Foucault, con toda su capacidad de exhumar archivos, podría convencernos de que un psicótico no es un psicótico sino un individuo distinto que se viste como su madre… (lo de la canción de Fito y fitipaldis: raro, no digo diferente digo raro…).

El espacio, la topología, como lógica, tiene la ventaja frente al tiempo, como lógica, de que el sentido, o el significado variable de las cosas, se da a la vez. Volviendo a mis ejemplos maluchos de antes, yo puedo ser padre, profesor, drag-queen y aficionado a las carreras de coches ilegales. Si alguien me obliga a determinar mi identidad “verdadera”, en términos de tiempo no puedo defenderme: mi afición a las carreras ilegales, por ejemplo, parece contradictoria con mi oficio de profesor modélico. O soy una cosa o soy la otra, ahora mismo, en este preciso instante, señor juez. Pero en términos de espacio, mi identidad comprende todas esas dimensiones yuxtapuestas, como una pared en la que pongo todas las fotos en las que salgo conduciendo o salgo aleccionando. Señor juez, es que en un lado de la pared hago una cosa, en el contrario, la otra, mi mundo, mi lógica, es así. ¿Puede mi abogado alegar esquizofrenia? No, porque no las hago al mismo tiempo, aunque estén en mí a la vez, sencillamente son como habitaciones de mi personalidad, puertas que abro cuando quiero, sin tener que dar cuenta de su unidad profunda, la cual hasta yo mismo desconozco... A la lógica de la identidad, que fuerza a que cada ente coincida con su concepto intemporal es a lo que llamamos hoy Metafísica. Quien utilice Metafísica en otro sentido es muy libre de hacerlo, pero seguramente esté recayendo en lo mismo que denuncia. Post-modernidad es post-metafísica, y puesto que la metafísica de la Modernidad ha sido la Política (el Estado es, en efecto, quien sustituye a Dios en la legitimación y distribución del significado de cada suceso en su esfera de influencia), la Posmodernidad también es post-política, como el nombre de la columna de El Confidencial de Esteban Hernández.

Pondré un último ejemplo, esta vez bueno, me parece, y tomado de una estética rabiosamente actual. La Post-modernidad se centra tanto en la estética no porque adore la belleza, sea una pose elitista y venda basuras muy caras en las galerías de arte, que también. Lo es porque asume la crítica de Nietzsche a la confusión entre moralidad y cientificidad, y entiende que efectivamente las comunidades humanas se guían por valores, y deben poseer valores –las tablas viejas y nuevas que decía Nietzsche–, pero esos valores no son un dato empírico, ni intuitivo, ni adaptativo ni mucho menos religioso, son lo que parece que son: las convicciones de base sobre las que se construye tal comunidad. Por tanto, no una deducción de quién sabe qué leyes de la Naturaleza (la Selección Natural, por ejemplo) o del Hombre (el Imperativo Categórico), sino una voluntad de habitar cierto estilo de vida que quizá haya olvidado que lo es. A un romano de la Roma imperial no había que preguntarle por el fundamento racional del derecho al poder universal de Roma: Roma es la Luz, los demás son unos bárbaros y no hay más que hablar. Por fortuna, hoy somos menos brutos y hemos hecho consciente ese mismo proceso mental. Tenemos las normas que tenemos porque nos gusta tenerlas, y ese “gusta” es más estético que moral, o moral en tanto estético. Pero mi ejemplo va a ser estético en su forma más coloquial, y en este caso no va a tratar de Arquitectura.

Lo que llamamos hoy el “fenómeno Rosalía”, y que busca a toda costa la internacionalidad, es un fenómeno enteramente posmoderno. Una mujer que estudió una carrera de flamenco, que hizo una tesis doctoral cantada, que luego tuvo profesores altamente exclusivos, que habla perfectamente inglés –pídale usted a Robe Iniesta que hable inglés…–, que habla de su propio trabajo como de una investigación (sobre los celos, en el caso del segundo álbum, El mal querer) y como un proyecto en curso, que posee una gran pericia técnica compositiva y audiovisual… Rosalía no es que sea un producto concebido por una mente empresarial oculta, es que es posmodernidad químicamente pura. A quien toda esa amalgama de hecho le parezca demasiado deliberada, demasiado artificial, frente al, pongamos por caso, genio natural de Charlie Parker (o Bach, no recuerdo dónde leí que Johann Sebastián Bach no fue lo suficientemente culto como para apreciar lo genial que era, pero me suena a fake-history), es que todavía ve las cosas a la manera moderna. La propia Rosalía habla de las tradiciones que retoca, mezcla y reexpone como “codificaciones”, y afirma que “todo está inventado”, y que por tanto lo más que se puede hacer es si acaso “jugar con el contexto”. Tiene 27 años y ya es enteramente consciente de la performatividad del arte, de la ironía posmoderna y de que el pasado es el reservorio del presente, como ya practicaban los neoclásicos como Stravinsky. Sólo hay que pensar en Janis Joplin, y poner al lado a Rosalía, para darse cuenta en este punto de la diferencia entre Modernidad y Post-modernidad. Rosalía lidera su trayectoria, como ella dice, empodera a la mujer, aprovecha el exotismo que tiene el flamenco para el público extranjero, se muestra agradecida, humilde y feliz frente a sus adoradores, actuando en esto como una vulgar “triunfita”… ¿Qué tiene que ver nada de esto con Charlie Parker o con Janis Joplin? Janis se levantaría tarde, iría a ensayar con una cerveza en la mano, flirtearía con los miembros de su banda, se iría de fiesta ácida después, etc., etc. El rock era esa mala/buena vida, frente a la cual, como digo, Rosalía es la empresaria de sí misma, Madonna multiplicada por dos con nail-art en las manos y agudo cerebro posmoderno. Está claro que, pese a lo que ella misma canta en Con altura, no irá pronto pa´ la sepultura, mientras que Janis sí lo hizo (hasta ese tópico de la tradición, el Club de los 27, puede ser transformado, reutilizado, parasitado, cambiado posmodernamente de contexto…).


Todo esto es lo que se me ocurre a mí acerca de algo que ya digo que sólo parece estar ahí para que sus adversarios puedan dar un puñetazo en la mesa y espetar simplezas, simplezas por cierto expresadas muy posmodernamente y en formatos que en la Modernidad no existían. David Harvey o Fredric Jameson presentan, de esta forma, la Post-modernidad como el estilo de vida y del gusto propio de ese capitalismo que nunca termina de morir, y sin duda tienen razón, pero ambos son viejos marxistas y valoran este hecho negativamente, lo cual ya no es tan indiscutible (el marxismo es, en esto, enteramente como el complejo de Pruit-Igoe, pero en el mundo de la lucha política). La Post-modernidad es, más bien, una inflexión, un pliegue en el interior de la Modernidad, no su negación o su decadencia. Nadie en su sano juicio rechazaría el conjunto de los Derechos Humanos, por decir algo de grandísima envergadura y muy valioso. Esta polémica ya no es tan enconada como en los años noventa del pasado siglo, pero sin duda sigue viva, y no silenciada o ya clausurada del todo por la actual situación de parón cultural mundial neoliberal y digitalizado. Pero advierto que interesarse de neuvo por ello puede emborrachar, como le ocurrió al módulo izquierdo de nuestra querida Casa Danzante de Praga...

25 No sólo en el sentido filológico de monólogo, sino en el filosófico de discurso que no se sabe discurso y que se cree el único válido, acepción desde la cual se opone no a relativismo –ningún discurso es válido– si no a pluralismo –todos lo son–, como hemos visto más arriba.

(Auto)Apocalypse Now

El hombre es el pastor del ser, no el señor del ser.

Martín Heidegger

La noticia de que sobre un octavo de las especies vivas (animales y también vegetales) de la Tierra pende una espada de Damocles ecológica por obra de la sobre-explotación humana estaba entre las primeras páginas de los periódicos hace unos meses, y hoy ya se ha hundido hasta las páginas irrelevantes de las alarmas perroflauticas a las que nadie atiende. Sin embargo, se trata de un hecho descomunal, proclamado por un informe de 1500 páginas avalado por la ONU que recoge una investigación de tres años en la que han participado 145 expertos de 50 países con la colaboración de 310 especialistas más y en la que se examinan las transformaciones de la biodiversidad del último medio siglo. Es decir, que no hablamos de un eslogan electoral del PACMA, ni de otra pequeña sombra sobre nuestra mala conciencia apadrinada por Greenpeace o por el hijo o la nieta de Félix Rodríguez de la Fuente. En un mundo menos ensimismado en su estrafalario espectáculo humano (el ensayista italiano Roberto Calasso se pasó la vida señalando con toda razón que la religión predominante de la sociedad actual es la auto-adoración humana), una conmoción como esta sería portada durante un año, se leería en aviones-anuncio sobrevolando las playas durante las vacaciones, daría que hablar a los parroquianos en los bares y en el dentista y movilizaría un millar de iniciativas cursis en Internet y en las escuelas. En vez de eso, da la sensación de que nos hemos convertido en una raza tan insensible y ciega que para que nos estremeciese lo más mínimo el destino animal y vegetal que nos rodea haría falta plantear más bien el negocio diametralmente opuesto: ofrecer la oportunidad a los ricos más cansados de todo, por ejemplo, de darse el gusto de eliminar cruelmente y con sus propias manos al último ejemplar de una especie a cambio de una fuerte suma (esto puede parecer una exageración misantrópica mía, pero estoy convencido de que en realidad bastaría con proponer dentro de unos años el intercambio bajo cuerda y lejos de las cámaras para conseguir un buen montón de clientes de renombre…) Porque, no puede caber ninguna duda al respecto, frente a un holocausto brutal y anunciado como este cualquier noticia acerca de la rebelión de Guaidó, los pactos del PSOE o el final de Juego de tronos es sencillamente ridícula e insignificante, como comparar la Peste Negra que asoló Europa con el resfriado primaveral de un caniche.

Se diría que al ser humano no le basta con extinguirse él mismo, como proponen los antinatalistas (no sin antes hacerse un selfi apocalíptico poniendo morritos y sacando mentón al abismo), antes tiene que llevarse por delante al resto de sus compadres de planeta. Los científicos de este informe han insistido mucho estos días –y llevan insistiendo décadas– en que la reducción de la biodiversidad y el deterioro natural irreversible implica una grave amenaza sobre el nivel de vida de que gozamos los hombres y las mujeres del Primer Mundo, pero a mí me parece que este es un argumento secundario, pueril. Por proponer una analogía, no se le puede decir a un niño que es malo contaminar un río porque así no podrá bañarse ni beber de él después. No: a un niño hay que enseñarle que es malo contaminar un río porque sí, porque el río es un dios, como en El viaje de Chihiro, aunque esta sea una visión mitológica, entre hindú y como de Mark Twain, de un río. La idea de que toda presencia natural en la Tierra, sea animada o inanimada, tenga que ser vista como un recurso económico posible o como una utilidad disponible para una empresa humana rentable o para recreo y diversión del hombre es ya el germen mismo de la destrucción masiva que hoy estamos afrontando. Conozco a mucha gente, sin ir más lejos, que odia a las palomas de ciudad (una especie, por cierto, que jamás se extinguirá por sí sola si no la aniquilamos nosotros), a las que califica despreciativamente de “ratas con alas”, por su supuesta capacidad de transmitir enfermedades infecciosas o por producir heces corrosivas para la anatomía de los edificios. A mí me parece, sin embargo, que es una gloria ver bandadas de palomas dispersándose en cualquier plaza, y que no me imagino las plazas frente a las basílicas de San Marcos o de San Pedro, en las que estuve de niño, sin ellas. Desde luego que habría que controlar su loca fertilidad, pero no sustituirlas por drones con forma de paloma a las que los viejos alimenten con la batería de su móvil, pongamos por caso –pero si esta idea le parece a ud. una bobada sólo espere que a una start-up se le ocurra implementar la aplicación correspondiente… Estamos locos, estamos peor que una bandada de palomas infecciosas y zombis, y lo malo es que lo sabemos, que nos lo advierten todos los días y nos hacemos los suecos –con perdón de los suecos, mucho más civilizados sin duda que muchos otros países del mundo. Vamos camino de preferir un mundo en el que nuestros hijos se regalen con una variedad infinita pero absolutamente indiscernible de videojuegos cuyo argumento es siempre el de derramar sangre a que sigan coexistiendo en el futuro con un millón de especies vivas que se van a perder irremisiblemente en el tiempo, como lágrimas en la lluvia… Ya no habrá zoólogos, ya no habrá botánicos, por no haber no habrá ni las gárgolas parlantes de la catedral de Notre Dame, sólo habrá escapistas adictos a la conexión virtual, como en el Ready Player One de Spielberg o el Metaverso de Zuckerberg26. Y fuera de la conexión, el Desierto de lo Real…

Ayer, una de las mentes pensantes involucradas en el informe de la ONU, un tal Robert Watson, ex presidente nada menos que del Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES), declaraba algo tan revolucionario pero a la vez tan elemental como esto: “necesitamos un paradigma económico modificado para un futuro más sostenible”. Cuando hasta un señor que no está metido en política se adentra en terrenos anticapitalistas o post-capitalistas seguramente sin pretenderlo expresamente es que la historia humana está dando un giro crucial, o que debería darlo pronto. Sería estupendo, sería ejemplar, que lo hiciéramos, pero, ya puestos, no de cualquier manera. Que lo hiciéramos, sí, que acertáramos a ser tajantes y severos con quien hubiera que serlo y detener este autoapocalipsis absurdo, promovido por nosotros mismos en contra de todo, pero en nombre de la subsistencia misma, casi sagrada, del dios-rio, de todos los dioses-río de la Tierra, no por evitar o no evitar quedarnos ulteriormente sin agua potable o sin poder bañarnos en ellos. Llamadme carca, llamadme meapilas, llamadme conservacionista o llamadme beato supino de Gaia, pero incluso a la hora trivial de bañarse o beber, creo que a nuestros hijos y nietos nostálgicos de la Madre Tierra ni una piscina rellena de champán francés les parecerá en el futuro lo mismo…

26 El “Metaverso” es, por cierto, la inversa absoluta de la Zona de Tarkovsky en Stalker. Mientras que el Metaverso tendría un dueño absoluto, un Dios plagado de defectos y ambiciones (Zuckerberg aspira a ser el James Halliday de Ready Player One) que diseñaría hasta el último milímetro de nuestros avatares y cursos posibles de acción, la Zona consiste en la incertidumbre completa acerca del próximo instante o del próximo lugar, no teniendo más dueño que el misterio. Allí donde el Metaverso es artificial y superior –de ahí el “meta”– al mundo analógico, la Zona es pre-humana, sobrenatural, pero inmanente. El reino que Zuckerberg pretende no es, como el del cristianismo, de este mundo, pero sus “milagros” nos van a costar muy caros, en tanto que los de la Zona podían ser mortíferos, sí, pero al menos no beneficiaban a nadie... Lo peor, en cualquier caso, me parece que es lo primero que he apuntado: la realidad, lo óntico como tal, a partir de ahora va a ser privatizado, y eso es algo que jamás había ocurrido en su totalidad en el mundo analógico o natural. Las grandes empresas tecnológicas como el agente ontológico del futuro inmediato es un panorama como para echarse a temblar...

Querido mundo tonto…

Añorar el pasado es correr tras el viento.

Proverbio ruso

Ya ha entrado en funcionamiento a modo de prueba y en versión soft –pero, al menos, gratuita– el cacareado 5G, el anchísimo de banda de procedencia china que, según nos dicen (porque de estas cosas no se hacen referéndums, se imponen sin más como una glaciación al planeta o la calvicie a un cuarentón), supondrá la revolución definitiva en nuestro trato con las demás personas y con todos los objetos que nos rodean, personas y objetos que prácticamente serán indistinguibles bajo la forma de procesos complejos de reconfiguración de la realidad, una especie de telequinesis ontológica a nivel mundial y de estructura supuestamente reticular que conecte las entidades sin necesidad de cables, una suerte “todo participa de todo” presocrático –recuérdese al viejo Anaxágoras– para activar el cual bastará con mover nuestros familiares y flexibles deditos. Pulsar un botón (Santiago Alba ya lo hecho notar muy gráficamente en algunos lugares de su obra) como el gesto metafórico clave de nuestro tiempo, ese que muestra como con el mínimo esfuerzo y de la manera vitalmente más económica se puede transmitir una decisión que transforma sectores del mundo y los pone bajo nuestro entero control. Pulso un botón y abro mi coche, pulso un botón y despido a un empleado, pulso un botón y apuesto al póker on line, pulso un botón y borro del mapa la ciudad milenaria de Pekín, pongamos por caso…

Es como una avalancha, tenemos que asumir que en menos de veinte años hemos pasado de un mundo analógico a otro digital, y que más pronto o más tarde regirá muchos aspectos de nuestra vida una Inteligencia Artificial. “El algoritmo os hará libres” será el lema que figurará en el frontispicio de cualquier vivero de empresas, pese a que los expertos nos advierten de que nadie sabe bien qué puede salir de determinados algoritmos. Pero tendremos que asumir también los algoritmos, se nos dice, porque representan lo mejor de nosotros mismos: son como nuestro cerebro en su dimensión iterativa pero sin el lastre del cuerpo y los sesgos cognitivos que trampean la brújula que nos orienta hacia el futuro. Digitalizar el mundo, añaden, es “intelegentizar” más el mundo, como si el mundo antes fuera rematadamente tonto, de modo que poder saber desde el trabajo qué alimentos van a caducar en tu nevera y te conviene cenar esa misma noche es un progreso mayor para la humanidad que, no sé, haber creado espacios con acceso para inválidos y plazas de aparcamiento reservadas para ellos. Yo ya soy mayor, qué le voy a hacer, pero tampoco tanto como para que de mi modesta vida no pueda decir que he pasado de ver como se instalaban los primeros porteros automáticos a contemplar ahora como pretenden que los coches se conduzcan solos, y sin embargo es así, yo he visto abrirse la primeras salas de videojuegos cutres en una esquina del barrio y en unos pocos años mis hijos querrán –espero que no, aunque suene tentador– que me coloque un visor de realidad inmersiva (virtual, aumentada… apócrifa en cualquier caso) para fingir que paso mi jubilación en las Bahamas rodeado de mulatas complacientes.

El problema no es que yo eche de menos las entrañables imperfecciones e imprevistas sorpresas del mundo analógico, o que tenga ya una edad en que todo cambio me parezca ineluctablemente un cambio a peor, que también, el problema es que todo esto me parece una pérdida absoluta de autonomía para la humanidad en general y para el hombre de la calle en concreto. No es que, en realidad, seamos los seres humanos unos animales nada independientes, y el sueño adánico de ser un lobo solitario solo nos convertiría en cuerpos sucios, roñosos y patéticos al cargo de un alma gutural y embrutecida. Somos, antes al contrario, una extensión de las construcciones que nos protegen, las instituciones que nos clasifican y las redes de servicios que nos cuidan. Hasta el pensamiento, el gusto estético y la opinión libre, de la que nos sentimos tan envanecidos en las sociedades democráticas, se nos da ya enteramente procesada, y en dosis constantemente renovadas que pagamos muy a gusto, cuanto lo cierto es que podríamos vivir varias vidas tan sólo redescubriendo la cultura del pasado. Pero al menos hasta hace poco podíamos alentar en la ficción de un cierto control de nuestras vidas, sobre todo en lo más elemental, puesto que yo me hacía la comida, yo escogía a mis amigos, yo defraudaba o no a Hacienda y yo me compraba un CD, o eso me parecía. El 5G, las miles de aplicaciones, el Internet of Things, Alexa, etc., nos ofrecen la tentación de darnos todo eso automatizado, como si una serie de esclavos sin personalidad (aunque con voz, como querían los amos romanos...) se ocuparan hasta del mínimo capricho de hombre anónimo. ¿Habéis visto Her, la película de Joaquín Phoenix y Scarlett Johansson? No era una historia acerca del amor en el inmediato futuro, era una parodia del amor romántico cuyo desenlace daba la razón al escéptico. El protagonista se dedicaba a escribir cartas de amor para otros: bien podría haberse escrito a sí mismo una amante imaginaria, en vez de intimar con una inteligencia electrónica. Como en el Be Right Back de Black Mirror (02/01), incluso materializada en un cuerpo una situación así no puede durar mucho, y terminará mal. Somos de tal manera que, digan lo que digan algunos filósofos que van de transgresores, la mayoría –o antes al menos era la mayoría…– necesitamos rodearnos de gente, cosas y actividades que llamemos nuestras, y que creamos que son de verdad, que hay algo de autenticidad en ellas, no la adquisición de un producto en serie o la repetición de un gesto amañado (los “mochufos” de la última novela de Santiago Lorenzo, Los asquerosos, serían ese tipo de gente que tiene a gala disfrutar de lo que les han vendido como disfrutable, pero hasta ellos tienen que justificarse ante sí mismos pensando que son de alguna manera únicos en su modo de reproducir los patrones de la masa).

¿Tan malo era el mundo tonto, tan fácil de olvidar, tan desechable...? No me refiero, claro, a aquella caricatura del pasado –seguramente sería incluso peor…– en la que el suelo de las calles era de barro, las señoras tiraban los restos fecales por la ventana, los curas daban de hostias en sus templos y existía el derecho de pernada. Me refiero a no hace tanto, cuando gente sin Smartphone inventó la electricidad, la anestesia, el laicismo, el pacifismo, el sufragismo, la prensa y el prêt-á-porter, por poner unos cuantos ejemplos. Se podía pasear por la calle, y si bien te podían atracar, no había cámaras vigilando. Había pocos coches atufando el aire, convivían todavía con los caballos y, además de que los adolescentes bebidos no se mataban tanto en ellos (excepción hecha del animal de Bayard Sartoris...), eran incomparablemente más bonitos que los actuales. Los músicos tocaban instrumentos reconocibles, y algunos incluso seguían rascando tripas mientras que el barco se hundía. Muchos de los médicos eran médicos de pueblo, que había que sacar de la cama por la noche y que conocían personalmente tus antecedentes familiares (el 5G, en cambio, promete cirujanos sin rostro que te hagan una intervención por control remoto, eso si entre tanto unos piratas chantajistas no te han hackeado la salud…). La gente volcaba sus experiencias y anhelos en palabras escogidas, las mejores para las que habían sido educados desgranar, mientras que hoy se nos amenaza con verter las grandes obras de la Literatura en forma de emoticonos –va en serio. Si uno quería ir a la compra, tenía que desplazarse personalmente hasta el mercado y hablar con los tenderos, que trataban de embaucarte con técnicas mucho menos sibilinas y más francas que una foto retocada en un catálogo virtual. La pornografía estaba al alcance de los adultos, pero había que llamar a una puerta, entrar en un local sórdido, mirar unas fotos “artísticas”, tomarse una absenta excitante y culpable, disimular la erección correspondiente… Los niños jugaban al balón, las niñas a la comba, el tonto del pueblo andaba suelto por el barrio, el vecino de la mala uva nunca llamaba a la policía, los bares no tenían wifi y los cigarrillos mataban lenta y poéticamente. Los ricos y famosos iban al hipódromo o a la ópera, a dejarse ver, pero no se inyectaban botox, ni esnifaban coca, ni gritaban en los programas de televisión: solo las virtudes del vino o de la ginebra o de la hipocresía galante ya les hacían sentir en alguna medida que eran más guapos y jóvenes de lo que realmente eran, y desde luego mucho más que nosotros... Los pobres practicaban la picaresca, los criados tenían tu color de piel, los artistas se morían de hambre, no había polución, Marte tenía canales de riego, y un largo etc....

Yo comprendo que muchas personas en todo el mundo van a recibir el 5G como maná del cielo, pero hay que recordar la frase del clásico, aunque sólo sea porque ya nadie va a recordar a los clásicos: timeo danaos et dona ferentes, es decir, “temo a los griegos incluso cuando traen regalos” (o, ante todo, cuando traen regalos, habría que decir…) Porque la gran pregunta no es ya cuánto nos van a espiar, qué datos no nos van a robar, sino, a mi juicio, la que interroga por lo que viene después. Supongamos que unos cuantos privilegiados en la Tierra tenemos ya hipercuerpos, que nos administra e incluso gobierna una IA (lo siento, pero a mí este acrónimo siempre me suena a rebuzno), que existe la teletransportación, que tenemos el dispositivo móvil injertado directamente en el hipotálamo… ¿Y entonces qué? ¿Cuál sería el siguiente paso? Da la impresión de que nuestras actuales utopías ya no hablan del perfeccionamiento moral de la especie, tan sólo de placer, dominio y confort. Personalmente, echo de menos también eso del mundo tonto de nuestros padres y abuelos: no conseguían ser realmente cínicos (Maquiavelo, Nietzsche, Mencken, Friedman) ni intentándolo con todas sus fuerzas, siempre les salía todo envuelto en las brumas de un ideal. Pronto, las vidas de nuestros padres y abuelos nos parecerán vidas de titanes, de gigantes capaces de lidiar por sí solos con problemas enormes y desagradables, como arar la tierra, redactar constituciones, pedir la mano de una mujer, cambiar una rueda, parir a pelo o afeitarse a navaja. Serán también ridículos, sin duda, con su machismo residual, sus cortas vidas, sus estúpidas ilusiones, su pasión cazurra y su conformismo con los básicos cinco sentidos. Todavía hoy, vivimos en una mezcla entre el mundo tonto de hace unos siglos y el mundo que se va paulatinamente “inteligentizando”, como en el De Civitas Dei de San Agustín, pero llegará un día en que las ortopedias tecnológicas y el Rey-Algoritmo (ni Platón llegó a imaginar esto…) lleguen hasta el último rincón de nuestras vanas y fútiles existencias y entonces no hará ni siquiera falta un Juicio Final. Ese día, el último y proverbial loco desaseado y viejo, cubierto de harapos y con flores en sus mugrientas greñas, se subirá a un cajón de madera destartalado –en Speaker´s Corner, seguramente, que estará siendo grabado 24 horas al día como Times Square– y recitará de un tirón las siguientes enigmáticas palabras con voz ronca y cascada, agitando con su mano de un lado a otro una botella semivacía, mientras se aleja su público absorto en un visor de las Bahamas…

Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Son cosas ambas que no debo buscar fuera de mi círculo visual y limitarme a conjeturarlas como si estuvieran envueltas en tinieblas o se hallaran en lo trascendente; las veo ante mí y las enlazo directamente con la conciencia de mi existencia. La primera arranca del sitio que yo ocupo en el mundo sensible externo, y ensancha el enlace en que yo estoy hacia lo inmensamente grande con mundos y más mundos y sistemas de sistemas, y además su principio y duración hacia los tiempos ilimitados de su movimiento periódico. La segunda arranca de mi yo invisible, de mi personalidad y me expone en un mundo que tiene verdadera infinidad, pero sólo es captable por el entendimiento, y con el cual (y, en consecuencia, al mismo tiempo también con todos los demás mundos visibles) me reconozco enlazado no de modo puramente contingente como aquél, sino universal y necesario.

La primera visión de una innumerable multitud de mundo aniquila, por así decir, mi importancia como siendo criatura animal que debe devolver al planeta (sólo un punto en el universo) la materia de donde salió después de haber estado provisto por breve tiempo de energía vital (no se sabe cómo). La segunda, en cambio, eleva mi valor como inteligencia infinitamente, en virtud de mi personalidad, en la cual la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad y aun de todo el mundo sensible, por lo menos en la medida en que pueda inferirse de la destinación finalista de mi existencia en virtud de esta ley, destinación que no está limitada a las condiciones y límites de esta vida.

Kant, I.: Crítica de la razón práctica, conclusión (Losada, Buenos Aires 1977, p. 171).

“The Matrix” veinte años después

Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿acaso el aparente?... ¡No! , ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el aparente!

F. Nietzsche, Crepúsculo de los ídolos.

Apenas recuerdo la segunda parte de The Matrix, Matrix Reloaded, sólo que aparecía Sion como una orgía primitiva y magmática y que había una suerte de Inteligencia Artificial lebniziana que calculaba todas las combinaciones de sucesos y de ahí derivaba una especie de “mejor de los simulacros posibles”, o algo similar. El resto eran peleas de inspiración japonesa, estilo La casa de las dagas plateadas, en las que la coreografía era muy artística pero nadie parece hacerse realmente nunca daño (ya sé, eso sí, que los Wachowski Bros. están en deuda con muchas ideas de animés como Ghost in the Shell). Tampoco me queda nada en la cabeza de la tercera parte, ni siquiera el título (¿Requetematrix? ¿La Matrix que me amo? ¿De Matríx al cielo?), excepto un gran duelo final en el que se venía a concluir que Bien y Mal se necesitan mutuamente y que el destino de Neo está enlazado al de su Némesis, el Agente Smith, no en vano los dos visten casi igual y lucen las mismas Rayban cool de moda sin patillas. De manera que si algún experto en el universo/Matrix lee esto, le ruego o más bien ruegolé que no sea cruel y deje en comentario las oportunas explicaciones que me ilustrarían, en vez de simplemente tacharme de ignorante alevoso y acusarme de preferir otras sagas menos sutiles y arduas para consumo y devoración de adolescentes con problemas de acné –de los anillos me quedo también sólo con la primera, las secuelas y precuelas de Star Wars me parecen puro juguete de merchandising, y de los rápidos y furiosos creo que sólo he visto una que no protagonizaba Vin Diesel ni el otro cachas moreno. Únicamente, pues, puedo hablar con la autoridad tan liquida como posmoderna de un simple aficionado de la primera Matrix, donde estaban todas las novedades visuales y argumentales importantes de la trilogía, y que se estrenó en 1999, dato que, por cierto, aporta Morfeo en la propia película, aunque sea para desenmascararlo a renglón seguido. Porque The Matrix no tiene lugar el último año antes del cambio de milenio, que es en el que cree que vive el incauto espectador, sino cien años después, casi terminado el s. XXI, lo que ocurre es que la civilización que tenemos proyectada coercitivamente en nuestros cerebros (en una cubeta…, como decía Hilary Putnam) recrea algo ya arcaico y legendario, el apogeo del Imperio Norteamericano, de igual modo que el s. XXII a. C. pudo haberlo sido del imperio egipcio, con la diferencia de que el New York de 1999 es mucho más representativo de la humanidad que, pongamos por caso, Akenatón, y por ahí quería yo empezar.

Resulta significativa la escena en la que el Judas de este evangelio que es The Matrix, Cifra, pacta con el enemigo una vida nueva mientras saborea un trozo de carne roja. Porque en el fondo tiene razón: incluso en el papel del Faraón, sería muy poco agradable vivir en el antiguo Egipto, donde un mal resfriado te puede matar, mientras que ser rico en la Gran Manzana a fin de milenio ofrece posibilidades de lujo y placer inconcebibles en cualquier otra época de la historia. Pero es que, insisto, Judas tiene razón, aun siendo un inmoral, y eso nos lleva directos al meollo ideológico de la película. ¿Para qué escoger la pastilla roja, que, como dicen bien claro Morfeo, tan sólo te ofrece la verdad, si luego llevas una vida penosa, vistiendo monos ásperos y comiendo puré de avena? ¿Acaso por librar la batalla por la independencia de la humanidad, que han sido convertidos en pilas vivientes, en fuentes de energía esclavas o en mentes disociadas de sus cuerpos como en el San Junipero de Black Mirror? ¿Por qué lo que en aquel episodio era una bendición en The Matrix es una condena, si casi podríamos apostar el cuello a que el 99’999 por 100 de la población mundial (y no digamos del Tercer Mundo…) preferiría Matrix a esa gruta atávica o afgana de cuerpos sudorosos que parece ser Sion? De hecho, Morfeo, Neo, Trinity y los demás en absoluto renuncian a Matrix. Todo lo contrario: aprovechan todo lo que pueden sus ventajas, y son, en Matrix, una versión muy mejorada de sí mismos. Y, de hecho, eso mismo que hacen los protagonistas con naturalidad es lo que hacemos ya todos entrado el s. XXI, es decir, justo después de ver con complacencia The Matrix hace ya veinte años. Neo no ha elegido la pastilla roja y no la azul, se ha quedado con las dos, de ese modo puede saber la verdad y abandonar la esclavitud, pero sin dejar de entrar y salir de Matrix cuando se le antoje. El Judas en cambio sí que elige, más honestamente en mi opinión: elige la pastilla azul, que simboliza el olvido, quizá porque piensa que qué le importa a él después de todo la servidumbre de su cuerpo si su mente goza libre por las autopistas de la sensación que le ofrece Matrix. Eso, creo yo, es muy parecido a lo que hace la mayor parte de la humanidad en la actualidad, si gobiernos y corporaciones se lo permiten. Ya nadie se plantea esos dilemas desgarradores propios de la filosofía occidental, desde la caverna de Platón hasta la “reificación” de la Escuela de Frankfurt, dilemas tremendos entre la realización o no de la Libertad de la Esencia Humana en la Historia. Uno simplemente nace (“se nos cultiva”, se dice en la película, lo cual está a muy pocos años de ocurrir…), ve qué panorama le ha caído en suerte, calcula si le compensa entregar la mayor parte de su energía a cambio de ocasionales bocados de carne roja de mentirijillas y toma su decisión. Es una decisión pragmática, en ella no tiene ninguna cabida la consideración por las venerables Verdad o Libertad. A Neo la verdad y la libertad le convienen mucho, porque él es el Elegido, y adquiere superpoderes asombrosos dentro de la arquitectura interactiva de Matrix, pero a Cifra eso no le sirve de nada, para él la verdad y la libertad no consisten más que en reclutar nuevos voluntarios en la guerra de lo feo contra lo bello, de la mala vida contra la buena vida, del tosco Sion frente al moderno New York. Un inmigrante, hoy, así mismo, no se pregunta por la emancipación general del hombre o por las raíces de su patria chica, sencillamente sale por patas de su país en cuanto tiene ocasión, pero no porque no sea un intelectual o un buen patriota, sino porque lo que nos importa ahora a todos antes que nada es vivir bien, es poder cuidar a nuestros hijos, es poder tener una casa y un coche y si eso jugar a los bolos el fin de semana con los vecinos pseudo-clónicos de la urbanización.

Se cita mucho la secuencia de la Vida de Brian en la que los cuatro perroflautas del Partido de Liberación Judaico reniegan de otros partidos disidentes que son idénticos a ellos, pero es igual de genial y se olvida a veces esa otra escena en la que los mismos personajes examinan lo que deben al dominio romano. Sin querer hacen una lista y les sale muy favorable al aborrecido imperio, y ridícula respecto de lo que son capaces de hacer por ellos mismos. La pandilla de Morfeo podría haber hecho esa misma comparativa, para terminar apoyando la decisión escandalosa por conservadora de Cifra, pero no lo hacen porque ellos no tienen al pobre Brian en sus filas, sino al mismísimo Cristo en la figura de Keanu Reeves. No obstante, Neo en su apoteosis no viene a acabar con el mundo aparente en nombre del mundo verdadero, no es el Elegido porque vaya a destruir Matrix. Es el Elegido, ojo, porque va a conseguir una alianza ventajosa con Matrix de tal manera que ya no exista una distinción entre mundo verdadero y mundo aparente, entre diversión y trabajo, entre el puré de avena y la chuleta de buey, entre saber karate y bailar, entre tu voluntad y el entorno, o entre una lluvia de caracteres verdes sobre fondo negro y el cuerpo grácil y futurista de Trinity. Me parece que la película The Matrix, al filo del s. XXI, trataba de eso, de forma consciente o inconsciente. Trataba de hacernos creer que no debemos sentir vergüenza de que exista la ciudad New York a la vez que existe el país de Sierra Leona, porque todo es una ilusión que podemos modificar a nuestro deseo. El ser humano no está en ningún sentido “alienado” por sus propias producciones materiales y sociales, el ser humano tiene la fuerza suficiente como para liberarse de la peor de las tiranías, siempre que su rebelión coincida estrictamente con su integración. Es una idea difícil, pero que sin embargo damos por hecha un poco todos en la práctica diaria: este mundo que habitamos jamás será un paraíso sin mácula (el agente Smith dice que Matrix se diseñó en un primer momento como una utopía y la humanidad lo rechazó), pero tampoco un infierno sin remisión, hay que amoldarse a él haciendo a la vez que él se amolde a nosotros. The Matrix, la película, fue estéticamente rompedora, pero en realidad no acierta en nada. Hay teléfonos fijos, cabinas, móviles que parecen walkie-talkies e Internet ni se divisa. Eso se mezcla con cosas mágicas o vetustas como la vieja oráculo, que realmente no pinta nada aunque actúe bien, o la habitación donde se desarrolla la primera e impresionante conversación de Morfeo con Neo, que es como de otro siglo, más amplio, más oscuro y más noble –las zonas de transición entre la realidad y Matrix suelen estar en penumbra. Pero todo ello produce un resultado inquietante, muy americano (en el sentido de que parecen entender que la libertad consiste en esclavizarse a sí mismos), y muy característico también de las ensoñaciones del movimiento trashumanista actual: no hay distinción real, tampoco, entre la libertad y la esclavitud del hombre, o dicho de otra manera, esa distinción es obsoleta, santurrona, metafísica, a mí qué me importa que comercien con mis datos, por ejemplo, o que el coltán se extraiga con sangre, mientras que pueda bajarme un montón de aplicaciones fantásticas…

Si alguna vez has pensado así, en esta y muchas otras cuestiones semejantes, o sencillamente lo has dejado correr, no te culpes a ti mismo, no es más que un signo de los tiempos, un cambio imperceptible pero brutal de mentalidad, una forma de cinismo o de hedonismo compartido; a veces te molesta, sientes que algo falla, que no todo está en su sitio, pero es que, quieras o no, 20 años después, the Matrix has you…

La Inteligencia Artificial y el Mago de Oz

En una democracia, el pueblo puede hace cualquier cosa y debe saber que no debe hacer cualquier cosa. La democracia es el régimen de la autolimitación y es, pues, también el régimen del riesgo histórico –otra manera de decir que es el régimen de la libertad– y un régimen trágico.

Cornelius Castoriadis, Los dominios del hombre.

El relato de legitimación típico de una tiranía no puede ser más simple: “o yo (/nosotros) o el caos”. Es casi lo que decía Hobbes, fundador del pensamiento político moderno, para justificar su Leviatán, y lo mismo que le dice un padre a su hijo o un cónyuge a otro para retener desde el victimismo su derecho a dictar las normas domésticas. Chumy Chúmez hizo hace décadas –pero podría ser hoy, podría ser lo que está dibujando esta misma tarde El Roto– una viñeta genial sobre eso: cuando el draculíneo dictador enuncia esa dicotomía desde una tribuna, la masa le responde “¡El caos! ¡el caos!”. Con el caos termina V de vendetta, el cómic, en la idea, de tradición milenarista, de un caos purificador, de un desorden que desde el fondo del crimen y del grado cero de la Ley restaurase una sociabilidad inocente, prístina como la del jardín del Edén. Pero no existe, en realidad, la posibilidad de un caos absoluto, que siempre estará atravesado de nuevos enlaces, de amagos de pactos, de simbiosis concretas e inestables, como no existe la posibilidad del orden absoluto, que siempre estará horadado de organizaciones mafiosas, de prácticas para-legales, de corrupciones toleradas y asimiladas. Entre esos dos extremos tenemos que movernos, los seres humanos, a la hora de organizar una siempre difícil convivencia. Es decir, que no es que la Utopía no sea tristemente posible porque el hombre particular siempre termina dejándose arrastrar por sus peores pasiones (todas las utopías y cacotopías escritas que conocemos lo primero que han hecho es justamente diseñar cuál sería la nueva fontanería armoniosa de las pasiones humanas…), sino que, al contrario, la Utopía es felizmente imposible porque la sociedad humana no es como la sociedad perfecta de las hormigas, las termitas o las abejas –la trilogía excelsa de Maurice Maeterlinck–, dado que está abierta a la interpretación, al disenso y a la diferencia. Quién se lamente de que los seres humanos no seamos pozos cristalinos de virtud, y no funcionemos en comunidad como maquinitas solidarias, que sepa que debería disminuir considerablemente de tamaño, expulsar su esqueleto hacia fuera como una coraza, perder la facultad de hablar y desarrollar un par de antenas. Pero no creo que los avances de la ingeniería genética, aunque asombrosos, jamás vayan a dar para tanto… (ni la fórmula magistral de Michel Douglas en las dos películas Marvel de Ant-Man).

Sin embargo, parece que el sueño occidental de la trama racional total sin merma –o, lo que es más descabellado, como expresión de– de la libertad más acendrada vuelve en nuestros días de tecnolatría histérica (hay que ver lo que nos han impactado cosas tan tontas como subir nuestras fotos instantáneamente al ciberespacio, acabo de leer que existe gente que hasta se alquila falsos amigos de verano para lucirlos en Instagram…) bajo la figura de la Inteligencia Artificial. Yo la IA la imagino haciéndonos el servicio que nos han hecho los animales durante milenios: o bien poniendo la fuerza y la paciencia necesarias para los trabajos pesados, como los bueyes, los caballos o los elefantes, o bien poniendo su habilidad en tareas finas y delicadas, como polinizar las flores en el caso de las mencionadas abejas, a las cuales, por cierto, ya andamos exterminando a base de pesticidas desde hace tiempo. Sería, esa, una gran contribución al progreso, el que máquinas hiciesen lo que nadie querría hacer en su lugar, exonerando con ello a los animales, a los contables, a los controladores aéreos, a los estibadores, a las prostitutas (en Japón ya tienen interfaces para todo…), etc., que son seres sensitivos cuya primera misión biológica y existencial en este universo que muchos dicen absurdo es amar y sentirse amados el mucho o poco tiempo que les toque vivir –y la segunda, ya si acaso, el decidir, si pueden y les dejan, en qué condiciones ambientales y sociales van a llevarlo a cabo con la suficiente o al menos alguna satisfacción.

Sin embargo, tenemos noticia casi diaria de visionarios actuales con trajes caros y empresas tecnológicas a sus espaldas que creen que no, que la IA debe ir mucho más allá, que debe adquirir conciencia –en este punto siempre sacan a colación a Skynet, para subrayar inmediatamente que no se trata de eso– y ocupar puestos directivos, tomando decisiones por nosotros y empleando su gran capacidad de cálculo en acertar milimétricamente con nuestras necesidades y deseos de cada momento. La IA, pues, como mente/colmena, como el mayordomo infalible de la humanidad, como la Ley del Padre de Freud abrazando el Ello, como estaliniana ingeniera colectiva de almas, como la Gran Hermana positiva del homólogo de Orwell y como Morgan Freeman vestido de blanco en Como Dios… O sea, que de verdad entienden que “Inteligencia Artificial” significa que vamos a crear una supercomputadora en la que se centralicen todas las funciones mentales, materiales y libidinales de una población humana o, lanzados a delirar, de toda la humanidad en su conjunto, y desde ella conseguir la felicidad integral heterodirigida, dado que tal supercomputadora bienhechora no tendrá sentimientos y por tanto se regirá por el más puro e implacable ejercicio de administración sin atención a favoritismos o mamandurrias. Recuerdo, al menos, un relato corto de Isaac Asimov sobre esto, en el que, además, algo salía mal, o no habría habido historia (y es que algo tendrá que salir mal también con una IA así, o pereceríamos de tedio). Pues bien, a mí eso me recuerda más bien a El mago de Oz, ese cuento de hadas con que los norteamericanos que iban apoderándose del mundo trataron de rivalizar con la rica tradición cuentística europea y árabe que parasitaba Disney, y que convirtieron en película hace exactamente ochenta años.

El mago de Oz, como la IA que sueñan los visionarios techies, en principio parece una entidad superpoderosa que va a solucionar todos los problemas, pero al final de la película descubrimos que es un señor normal y patético valiéndose de un teatrillo de guiñol. El tipo huye y deja al cargo de todo al hombre de hojalata, al espantapájaros y al león cobarde, a los que ha seducido con un vulgar placebo. Luego en su fuga pierde a Dorothy, la cual se da cuenta finalmente de que la fantasía debe acabar y de que “no hay nada como el hogar”. Me parece que si una inmensa IA tratase, como María Cristina, de gobernarnos, sucedería algo muy parecido. Al principio infundiría respeto, como un oráculo repleto de sabios algoritmos, y dejaríamos la mayor parte de nuestros asuntos en sus manos, por miedo a nosotros mismos y a nuestra humana falibilidad. Pero enseguida algo fallaría, y vendríamos a intuir que tras la voz tonante del Destino no hay más que un débil hombrecillo aún más falible que nosotros, que es el que ha programado la cosa e incardinado en ella su ideología e intereses particulares haciéndolos pasar por generales, universales y de validez científica intemporal. El camino de baldosas amarillas que conducía a Oz habría sido bonito y esperanzador, de eso no cabe duda, pero ahora sabríamos, espero que no demasiado tarde, que no se derrota con HAL 9000 a la Malvada Bruja del Oeste, que la bruja sobrevive siempre bajo diferentes disfraces, que son ficciones distintas y que después de todo no hay nada como el hogar. Y el verdadero hogar a la medida del hombre es, como he insinuado antes, la apertura a la interpretación, el disenso y la diferencia, es decir, el uso regulado pero no restringido de la palabra en un contexto democrático. O, como escribía Karl Popper en su obra más política (¿publicarán dentro de unos años un libro de teoría política cibernética? ¿lo concebirá y escribirá la propia IA arquetípica?):

Nunca podemos volver a la presunta inocencia y belleza de la sociedad cerrada. Nuestro sueño de Cielo no puede ser alcanzado en la tierra. Una vez comenzamos a confiar en nuestra razón y a usar nuestras capacidades críticas, una vez sentimos la llamada de las responsabilidades personales y, con ello, la responsabilidad de avanzar en el conocimiento, no podemos volver a un estado de sumisión implícita a la magia tribal. Para esos que han comido del árbol del conocimiento, el paraíso está perdido. Empezando con la supresión de la razón y la verdad, deberíamos terminar con la destrucción más brutal y violenta de todo lo que es humano. No hay vuelta a un estado armonioso de naturaleza. Si volvemos a él, debemos volver a las bestias. Pero, si deseamos seguir siendo humanos, entonces sólo hay un camino, el camino de la sociedad abierta.

En una sociedad abierta y autocrítica no hay lugar para leyes científicas de la conducta humana individual y colectiva. Lo que es útil para medir y predecir el movimiento de un fotón no sirve para la maraña de deseos, angustias y prejuicios que es una psique humana. Vamos a tomarnos en serio eso de que el cerebro humano es el aparato más complejo del universo. Existen ya máquinas capaces de aprender a innovar jugadas de ajedrez o de Go, pero su capacidad sigue siendo incomparable con lo que un cerebro es capaz de recoger de su simple experiencia. La riqueza de la experiencia, y no la esquematicidad del cálculo, debe ser el dispositivo rector de la acción humana; una máquina, por sofisticada que sea, no alcanzará jamás, en mi opinión, la comprensión multitarea de un niño de ocho años. Sólo para pillar un chiste ya haría falta que Skynet hubiera vivido tanto como un niño de ocho años, en su colegio, con sus padres, con sus sensaciones corporales, con sus frustraciones y con el movimiento parabólico de un balón en el aire, entre un billón de cosas trabadas entre sí y difíciles de desbrozar. Y un chiste no es una certeza de ningún tipo, como la carga de un fotón, es un mero juego del lenguaje –sólo eso, pero no hay chistes en el resto del universo, y fotones a montones. Al hombre lo que es del hombre y a la Inteligencia Artificial lo que es de la Inteligencia Artificial. Implementemos en el futuro la tecnología todo lo que podamos, pero quedando siempre claro que el ámbito de la decisión es nuestro, o lo será del farsante que se esconde entre bambalinas tirando de los cables de la máquina. José Ortega y Gasset escribía, en su famosa Rebelión de las masas, un libro bastante elitista por otra parte…

La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a última ratio (…) La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la acción indirecta. El liberalismo es el principio de derecho político según el cual el poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo –conviene hoy recordar esto– es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a la minoría y es, por lo tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo: más aún, con el enemigo débil.

Quizá soy muy ignorante, pero no veo en qué podría ayudarnos en esto una IA, excepto en realizar pronósticos y contar los votos. O en engañarnos por las redes, como sucedió con el Brexit, para que se vea bien que lo del pseudo-deus ex maquina es ya posible. Es cierto que toda democracia se combina con elementos oligárquicos, como ya decía Aristóteles hace mucho tiempo. En caso contrario, pensaba el filósofo, la democracia sería la tiranía de los pobres sobre los ricos, lo cual no le gustaba. La verdad es que casi toda la filosofía occidental ha sido elitista, desde los presocráticos y Platón hasta Nietzsche y el propio Ortega. Eran, también, ellos o el caos. Sería ya el colmo que permitiésemos que una elite oscura y secreta dirigiese nuestras vidas bajo el decorado de una máquina perfecta consciente de sí misma que vendría a salvarnos de nosotros mismos. Eso ya tenía truco incluso somewhere over the rainbow…

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