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La venganza del caído
ÁNGELES GUARDIANES I
Nathan Burkhard

Primera edición en ebook: Febrero, 2021
Título Original: La venganza del caído – Ángeles Guardianes I
© Nathan Burkhard
© Editorial Romantic Ediciones
www.romantic-ediciones.com
Diseño de portada: Olalla Pons - Oindiedesign
ISBN: 9788418616167
Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.

Cruzando por un camino angosto.
Donde la oscuridad come cada atisbo de esperanza, enjaulada, oprimida por ese mal que se expande en la tierra, que desgarra sin pena.
He perdido mi alma.
Como un soldado en batalla, luchando con heridas, la espada rota y tratando de seguir.
Sin escudo, sin casco, sin nada que dar a cambio.
Sin monedas en el bolsillo.
Sin un rastro que pueda seguir.
Destrozados como pedazos de cristal fino.
¿Para qué fui enviada? Si todo a mí alrededor se derrumba al tratar de alcanzarlo, pero aún mantengo la fuerza, levanto la cabeza y trato de no derrumbarme.
Sostengo mis piernas firmes, mis manos sujetan mi espada y una voz angelical y calmada me da la vida que necesito, aunque siempre veo que no hay salida al final del camino.
“Surge o húndete”
Nathan Burkhard
Siempre pretendí tener el control de mis acciones, tener una vida y seguir con un camino como todos, ser como muchos, no entendía que seguir a los demás era convertirme en una oveja más en un rebaño de tantos.
Varado en la distancia de mundos vacíos, viendo a qué lado cruzar, sin darme cuenta que lo que había a mi alrededor era más que simples apariencias, todo era una farsa ¿Cómo dejar esa vida atrás? ¿Cómo cerrar los ojos y tratar de engañarte a ti mismo?
Fue cuando me di cuenta que todo en esta vida no nos pertenece, somos solo almas, cuerpos de carne, corazones de piedra carentes de sentido y de emociones.
Quizás desde ese momento aprendí a ver más allá de simples máscaras, ver lo profundo del ser humano, ver en qué nos convertimos con el paso de los años. Aprendí a leer los sentimientos de los demás, logrando encontrar mucho más que historias pasadas, vi presentes, futuros y como la mirada es más que una ventana.
Descubriendo secretos que pueden destruirte pero también pueden salvarte en un determinado momento, pero en mí camino al tratar de descubrir quién soy solo encontré la devastación, dos pueblos, una guerra, y desolación que va en busca de un nuevo mundo para corromper, para dañar, para desaparecer.
Me hallo sujeto a un sueño, quizás una obsesión, prisionero de esa historia, apasionado de su gloria.
Muchas de las cosas que te rodean no son lo que aparentan. Muchos secretos son ocultados de mi perspectiva, pero la verdad de mis orígenes está en juego, sujeto a un pasado doloroso escrito con sangre, leída con amor, atrapada con odio y liberada con pasión.
Es hora de descubrir la verdadera historia de tres mundos separados por la rivalidad desde la creación, divididos por sus actos, divididos por su maldad y frialdad.
Tres puertas imposibles de sellar, quedando abiertas para toda la eternidad.
En donde la luz es oscuridad, los sueños son pesadillas, la vida es solo muerte, dolor y sufrimiento que rasga el alma y tú ser por dentro.
Una batalla imposible de ganar, una etapa difícil de calmar, pero la vida debe continuar.
LA VENGANZA DEL CAÍDO
ÁNGELES GUARDIANES I:
“Jamás hay un final”
Joseph Cooper
CAPÍTULO 1
INICIO
Les contaré la historia de su vida, de sus inicios, de cómo su vida se convirtió en un laberinto sin salida, sin nada más que ella misma entre el tiempo y el destino, conspirando para que caiga al abismo que sus enemigos cavaron exclusivamente para ella.
Cuantas veces trató de encontrar una salida a esa opresión que sentía, a la carga que sus hombros llevaban, pero le fue imposible escapar de su destino, no había manera de no seguir por el camino que le fue predicho desde su nacimiento, pero tuvo la valentía de revelarse contra los designios que le fueron impuestos desde su concepción, era tan joven, tan inocente, que era simplemente absurdo que ella entregara su vida, su alma y su corazón para la salvación de nuestra propia especie, garantizando de esa manera que los ideales de nuestros propios padres siguieran en una larga cadena que jamás se rompería, pero no contaron en que ella se revelaría contra ideales ilógicos, mundos utópicos, ella solo deseaba sobrevivir, sobrevivir en un mundo lleno de corrupción, maldad, un mundo dónde la contaminación de nuestras almas nos llevaría al caos y la destrucción propia.
Un arma mortal concebida solo para traer una línea perfecta de reyes y líderes de sangre pura, ella misma es un peligro inminente, su propia mente, su cuerpo siempre pendiente de toda amenaza, la destrucción es su aliada, pero su alma la llave para la salvación de un pueblo y su corazón sería la luz que aplacaría la oscuridad el firmamento.
Si te llegas a preguntar cómo es ella, pues es tan sencilla, simple, quizás siempre está junto a ti, alguien que cruzó por tu camino entregándote algo tan valioso que tú ni cuentas te has dado de aquel bello regalo, ella es una persona con debilidades y virtudes, con rasgos perfectos e imperfectos, quien diría que debemos aprender a ser más observadores, ya que el mundo que nos rodea guarda secretos y mundos que están en constante guerra.
Es la última generación viva de ángeles guardianes, su nombre es un significado de amor, una lucha sin límites, es nueva vida, un nuevo ciclo de esperanza y fe. Si te has llegado a preguntar si habla otra lengua que no conozcamos, te equivocas, habla como todos los demás, como tú y como yo, hablan el idioma de hombre, habla el dialecto de nuestros padres, amigos, es un humano con poderes escondidos.
Prepárate para escuchar su historia, pero para ello tendrás que abrir tu mente a un nuevo mundo, ampliar tus pensamientos, soñar despierto, te contaré como es que la llegué a conocer, como es que la tuve entre mis brazos y le dejé libre en el momento justo y necesario como un ave en cautiverio esperando por la libertad ansiada.
Pero para ello te contaré el inicio de nuestra vida y cómo la guerra devastó nuestro hogar, prepárate para una nueva historia, la verdadera historia de la humanidad.
Por un momento puedes llegar a creer que es una simple historia religiosa, pues no, va más allá de doctrinas y religiones, de creencias y fe, va más allá de lo que nosotros incluso podemos entender. Nuestra historia comienza desde un gran inicio, pero jamás se vio ningún final, donde un pasado doloroso está escrito con sangre, leída con amor, atrapada con odio y liberada con pasión.
Todo comenzó desde la creación del hombre, nacido entre teorías, teorías que desde luego has escuchado, la teoría científica y religiosa, y cómo todos te has llegado a preguntar cuál es cierta, pues te respondo, ambas son ciertas, Dios nos creó, nos formó a su imagen y al crearnos hizo ciencia. Creado para la compañía y una larga cadena de hijos, el hombre se fue corrompiendo con los años, fue tentado por el poder y que su mano podía incluso ser mejor que la de Dios mismo.
Año tras año, Dios vio cómo su hijo más amado comenzó con la destrucción de su propio ser, la destrucción de su familia, de su gente, incluso la destrucción de su propio hogar, el hombre fue matando al hombre, hasta hoy puedes verlo, la creación de bombas, guerras, el hombre se ha dado la idea que puede ser como el mismo Dios tratando de crear vida pero esa vida solo es un contaminante para su propia especie, ha creado más dolor que curas para la enfermedad, ha creado más caos que paz y desde luego ha llevado a su raza al borde de la extinción.
Quizás cansado de la mano del hombre y su destrucción, aquellos hijos que dejaron de escuchar su voz, dejándolo de lado, la maldad de aquel hijo que tanto amó comenzó a esparcirse en la tierra siendo una niebla que arrasaba con toda vida, comenzando a ser invencible, invisible ante los ojos de los demás y sobre todo indestructible, la venganza comenzó a ser parte de la vida cotidiana, el motivo más fuerte para vencer, seguir y triunfar. Pecar, de pasar de ser inocente a malévolo, de cálido a frío y calculador, el destierro y su extinción sería su castigo por dudar poder, dudar de su fuerza y sobre todo dudar de su amor. La ira fue convirtiéndose en un pecado más fuerte, creándose las armas para la destrucción de cada enemigo, la destrucción de todo aquel que ponga en duda sus palabras, su fuerza y sobre todo, verte como su potencial enemigo ante el triunfo y el éxito.
Fue entonces cuando el hombre mataba al hombre, el hermano mataba a su propio hermano, y cuando el hombre mato la esperanza de su padre. Siendo testigo de la maldad, viendo como su propio hijo comenzó su propia destrucción, la destrucción del mundo que él creo para ellos, decidió conservarlos, guardando silencio, llorando la pérdida de sus hijos, llorando por aquellos hijos a los que creó con amor, para verlos convertidos en seres oscuros llenos de malicia, fue dónde nuestro creador decidió apartarse del mundo, llenándolo de silencio.
Rendido, cansado y sobre todo decepcionado, lloró largos días y noches, hasta que de una lágrima suya fuimos creados, donde nuestros antepasados fueron los que pisaron el cielo por primera vez. Creados para cumplir una misión importante ante la vida del padre y del hijo, mostrarles de nuevo el camino hacia la salvación, devolverles la fe en sí mismos y el amor que vieron perdido con los años. Creados por una lágrima llena de pena, dolor y sobre todo con mucho amor, surgimos del polvo, agua, fuego y viento, seres con el poder de curar el alma, especímenes con el don de ver más allá de lo que los primeros hijos no pudieron.
Como poder olvidar la creación de nuestros ancestros, ya que nuestros padres jamás nos permitieron olvidar de la manera que fuimos creados, cuando el paraíso estuvo vacío, entre la combinación de su propio dolor, de una gota de su propio sufrimiento fuimos formados de tierra y roca, de agua y sal, de fuego y brasa, de viento y tempestad, cubiertos por un manto de polvo, despertaron de un sueño profundo, desnudos y cubiertos con inmensas alas, se levantaron de ese nueva tierra creada para ustedes y heredada a nosotros.
Noventa y seis seres dormidos en los pardos más verdes, cubiertos por sus inmensas alas blancas, mientras que nuevos animales acompañaban su sueño. Con un nuevo calificativo, un nombre que significaría luz, llamándoles “Inumine” aquellos nuevos seres, eran tan parecidos pero diferentes a sus primeros hijos.
Dios supo entonces que éramos la esperanza, la esperanza que ustedes necesitan, todos nuestros primeros ancestros comenzaron a levantarse y admirar ese nuevo mundo dado, mientras que la voz de nuestros creador nos dio permiso para continuar, quizás le devolvimos la fe —“Surjan hijos míos, demuéstrenme que el mundo no está infestado de maldad, demuéstrenme que aún puedo dar amor y recibirlo”
Elevando las cabezas hacia el cielo ante la poderosa voz, sonrieron y se arrodillaron ante ella, un nuevo mundo había iniciado.
Surgiendo de lo profundo de la creación, surgiendo de una lágrima y sobre todo de una bendición, dándoles el paraíso, alejado de la tierra, alejada de la raza humana, una montaña alta, donde el hombre jamás pisaría, donde su maldad jamás abarcaría. El porqué de sus nombres jamás se nos dijo, ni tampoco como fueron elegidos los patriarcas de cada clan, descubriendo con el tiempo sus poderes y su misión en la vida. Sus poderes eran combinaciones del fuego, agua, viento y tierra, cada lágrima derramada por el padre fue un don para cada hijo. Podían esconder sus alas, además de compartir sus dones con sus nuevos animales, sus protectores vivos, sus fieles amigos, animales diferentes a los comunes, con inmensas alas, poderosos y valientes como ellos.
Los Tiger Inumine, eran tigres con inmensas alas, con la oportunidad de poder convertirse en gatos comunes, sus poderes se centraban en el control del fuego, la tele trasportación, además de alimentarse de la energía y el poder de los demás, se protegían con escudos, además de poder paralizar el tiempo por lapsos cortos.
Los Crock Novo, eran los pequeños guardianes de los tesoros del reino, con la apariencia de un perro cocker spaniel, eran cazadores por naturaleza, sus poderes eran más comunes, escudos de protección.
Uno de los más temibles, eran los Seatino Novo, lobos más grandes, indomables y poderosos, podían minimizar su forma, adaptándose a tomar la forma de un lobo común, pero en su forma original, tenían una cola grande y larga, con la cual podía abrirse paso y aplastar a sus enemigos. Colmillos y garras largas las cuales podía desmembrar a sus oponentes, sus poderes se centraban en el control del agua.
Los Onux Olox, halcones de pico blanco con tornos negros, su plumaje era común, pero poseía un arma mortífera, debajo de las plumas principales, ocultaba cuchillas metálicas, que les permitía girar como un torbellino y degollar a su enemigo. Además de su grito ensordecedor, pero si el ángel que estaba bajo su protección moría, su vida se iría con él.
Los Animal Parenty, su forma era la de un oso o una pantera, sus poderes eran el control del fuego, agua, viento y tierra, tenían el don de transformarse en un ángel por lapsos cortos de tiempo con la misión de ser el mensajero del reino.
Los Daiknez L’innocent, tigres sin alas, no podían convertirse en animales pequeños, más bien ellos tenían púas de roca metálica desde su nariz hasta su cola, donde se dividían en varias ramificaciones, pudiendo ocultarlas para no lastimar a sus protegidos.
Sus padres jamás nombraron al cuarto clan, relatando partes de una historia, llegando a la conclusión, que sus padres ocultaban mucho más, nombraron a Sanel el patriarca del reino, el único Inumine que unió su vida a dos corazones, el único que dio su vida por la salvación de su pueblo y de su padre, Dios.
Supieron que la maldad de sus primeros hermanos se propagaba como una niebla difícil de detener, así que juntos crearon murallas para que el mal no los contaminara y no se propagara por sus tierras, temían que la destrucción los alcanzaran y que dieran fin a sus nuevas vidas, crearon un templo para su creador dándole gracias por ser parte de un nuevo mundo, crearon normas e iniciaron una vida maravillosa.
La palabra odio y rencor no existía, la envidia no prevalecía en sus corazones y la maldad no contaminaba sus almas, piedra por piedra construyeron un hogar, una sociedad, un mundo en lo alto de la llamada tierra, tierra que estaba prohibida para ellos, hermano que estaba prohibido conocer ante la infección que propagaba.
Sus mujeres se cubrían con vestidos blancos y sandalias a juego, sus peinados eran desde trenzas a moños, cabellos sueltos largos o cortos. Los hombres del reino, utilizaban camisas sueltas, pantalones negros con botas blancas.
Al tener cada uno un hogar, además de un templo a dónde acudir por ayuda, día tras día iban conociéndose, creciendo, viviendo y amando cada parte de su hogar, formando una familia, eligiendo una compañera para poder traer a la vida a más descendientes. Al cabo de cinco meses, las obras de construcción estuvieron terminadas, un templo para poder hablar con su padre, mientras que hogares modestos le rodeaban, protegiéndolo con grandes murallas y rejas, ventanales grandes, puertas inmensas, jardines extensos con todo tipo de rarezas; rosas, claveles, lilas; pastizales, para todo animal que deseara descansar, lagunas con patos, peces, aves tejiendo sus nidos. La bandera del reino era blanca con un sol en el centro y una luna a su lado, además de varias estrellas que iluminaban cada paso, al igual que sus habitantes, ninguno tenía marcas, eran perfectos, bondadosos, ellos no tenían diferencias, vivían unidos, vivían en una comunidad donde no existía el odio y la maldad.
Los meses comenzaron a pasar, Dios estaba orgulloso de aquellos hijos que habían comenzado a amar lo que él les había brindado, mientras que en la tierra, las grandes guerras, hambrunas, peleas, matanzas, seguían día a día, el hombre dejó de escuchar, de amar y sobre todo dejó de lado a su propio padre.
CAPÍTULO 2:
SUCESORES.
Un nuevo mundo regido por mandamientos que aseguraban la prevalencia de su raza, de sus generaciones futuras, hasta que el destino jugó un importante rol en la vida de Sanel, el joven patriarca del reino. Sosteniéndose de la balaustrada del balcón de su hogar, admiró a su pueblo, rodeado de murallas tan altas que no permitían el paso a la maldad de sus antiguos hermanos, hogares simples y él siendo el guardián del templo que habían creado para su Dios, siendo la voz de sus hermanos, aquellos sus hermanos que habían logrado procrear, mientras que él no había podido traer a la vida a ese ser que sería su sucesor. Dejando que la brisa elevara sus cabellos castaños, volvió el rostro y sus ojos avellanas se fijaron en su esposa que descansaba en la comodidad de su lecho, Deania le había entregado su vida y su futuro, robándole el corazón, sus bellos ojos verdes, su piel canela había logrado impregnarse en lo más profundo de su piel. Apretando con fuerza los puños, clavó sus uñas en la piel, cerró los ojos y por primera vez en años deseó no regir ese reino, deseo no ser el patriarca de aquel pueblo que absorbía su vida, ya que día a día lograba ver la frustración de su esposa, el brillo que poco a poco se iba perdiendo en su mirada jade, dos años sin que su vientre lograra dar el fruto deseado, dos años intentando traer a un sucesor.
Para Sanel, era una tortura ver a su esposa entre la tristeza y el llanto cada vez que recordaba que sus herederos jamás fueron concebidos, sintiéndose seca y marchita por dentro, sin poder conciliar el sueño, el joven patriarca volvió al interior de su habitación, tomó su capa y salió de allí mezclado entre el polvo de la oscuridad, la incomodad y la abrumadora noche. Con pasos sigilosos, siguió su camino hacia el otro lado de su hogar, visitar el templo sería la mejor opción, pero algo en su interior le pedía dar la vuelta y regresar con su esposa, pero no hizo caso a ese presentimiento que atenazaba sus entrañas, por un momento el camino le pareció demasiado largo, lo atribuyo a su miedo, al miedo de enfrentar a su padre y decirle, reclamarle porque había sido injusto con él, requería mucho valor y agallas, pero su padre sería el único que le brindaría el consuelo que necesitaba en esos momentos, tres años intentando traer a su mundo un nuevo heredero, pero solo consiguió aumentar la pena y la frustración de su adorada esposa.
Levantó la mirada, observando el templo, aquella monumental casa que le daba vida a la voz del padre, aquel templo sencillo que le daba la sensación de confort y compañía, tragó saliva acercándose a las rejas blancas. Su nerviosismo era extremo y muy notable, sus dientes castañeaban pero no por el frío de la noche, todo era nuevo para él, abriendo la puerta blanca, vaciló por un momento en dar el primer paso al inmenso templo, dándose cuenta que esas rejas tan blancas y sencillas le esperaban abiertas, rejas que habían deteniendo a los hombres que deseaban la exterminación de su raza y con la idea de derrocar a Dios de su trono.
Admirando la belleza de aquel santuario, pastos recién cortados, las flores recién saliendo de sus capullos, los árboles con los frutos ya maduros, las aves durmiendo en su nido, mientras que algunos animales dormían en el calor de los arbustos, soltó un suspiro lleno de frustración, era momento de saber la cruda verdad.
Subió los grandes escalones, deteniéndose un minuto a reconsiderar las cosas, volvió la cabeza para ver el camino que lo había traído hasta allí, pero la noche no le permitió ver la salida, no le permitió huir de aquella misión que tenía.
Adentrándose a la gran mansión, se adentró a las profundidades de esos cimientos que él mismo había construido, no dio ni dos pasos cuando la inmensa puerta se cerró tras él obligándole a dar un respingo ante la intensidad del golpe, tragando el duro nudo que se había formado en su garganta siguió su camino mientras que las antorchas de las paredes comenzaron encenderse solas mostrándole el camino que debía seguir, siguió por los largos pasillos hasta que el gran marco que daba a una habitación con techo ovalado tan alto que era imposible alcanzarlo con las manos, con la respiración entrecortada, Sanel tuvo la ganas irrefrenables de girar sobre sus talones y salir de allí, pero pensó en su esposa y su futuro, pensando que quizás sus fines eran egoístas por tratar de conseguir algo que no podía obtener, quizás un poco iluso por pretender que su padre se lo concedería, pero faltándole el respeto por dudar de su poder y compasión, recriminándose mentalmente por dudar de su creador.
Sin darse cuenta de una espesa neblina que cubrió sus pies, siguió su camino rumbo al altar, donde una mesa de piedra granito descansaba cubierta con una seda blanca, ocultando algo debajo. Sucumbiendo ante el miedo, sus poderes perdieron el control, haciendo que sus ojos se tornaran como esferas de luz rojas, encendiendo las llamas con mayor potencia a su alrededor, cerrando los ojos con fuerza, trató de mantener el control de sus acciones, apaciguando con un gemido el control de su fuerza, el fuego de su interior deseaba propagarse y extenderse.
Al tranquilizar su agitado corazón, observó a su alrededor, notando la mesa y los objetos que la ocupaban, se acercó, levantó la mano y tomó la seda entre sus dedos, pero la voz de Dios lo detuvo.
Elevando la vista al inmenso y alto techo notó un conjunto de nubes que se arremolinaron, un viento cálido le advirtió de su presencia —Sanel, te visto entrar al templo —su voz resonó con fuerza, como un rayo partiendo la tierra, como el viento elevando y acariciando la piel.
Sanel por un momento no deseó seguir viendo los rayos y luces que rodeaban las nubes, no deseaba seguir con aquella idea tonta, pero era demasiado tarde —¡Padre! —dudó, pero ante su vacilación, se arrodilló ante la presencia, agachando la cabeza.
—¡Hijo mío! Levántate y dime ¿Qué te trae a mi templo a esta hora?
Levantando la mirada, observando la fuente de poder del padre, levantándose con miedo, se frotó la mandíbula como un súbito gesto de cansancio —¡Padre! —suspiró con el más grande dolor de su corazón —He venido por algo tan importante para mí, pero mi miedo, las dudas tratan de invadirme —su cubrió los ojos, frustrado —No puedo —sollozó, sus hombros cayeron en cansancio —Deania, ella no puede concebir —cayó rendido al suelo.
—¿Esa es tu pregunta?
—¡No! Tengo tantas, tengo muchas, pero solo una importa —confirmó con amargura, una amargura que se notaba en el inescrutable color de su mirada —¿Tendré aquel primogénito que tanto soñé? —sus lágrimas cayeron ante sus manos.
—Sanel, acaso no te demuestro mi amor cada día, cada noche.
—Pero padre —replicó.
—No, no dudes de mi amor, jamás lo hagas, sabes bien que tus hermanos, los mortales también sufrieron ese mal, dudaron de mí, dudaron de sí mismos, no caigas en ese juego, no permitas que la oscuridad entre a este pueblo limpio —espetó el padre.
—Lo sé, sé que he dudado de ti, pero qué más puedo yo hacer cuando mi esposa no puede dar vida al hijo que tanto desea.
—¿El que desea ella o el que tú anhelas tanto? —aquella interrogante impuesta por su padre le dejó resignación.
—Creo que es verdad, siempre dices la verdad, ese hijo solo es un capricho mío, algo que deseo en la vida más que nada, Deania solo sigue mis sueños y no los propios.
—Pero aun así, tendrás tu herencia —ante aquellas palabras, Sanel levantó la vista, sin comprender como es que una herencia sería dejada sin que tuviera frutos —Ve hacia la mesa de granito, en ella se oculta tu legado hijo mío, en ella encontraras las respuestas que necesitas, pero no hoy —hizo una pausa significativa, mientras que Sanel se retorcía las manos sobre su regazo por el nerviosismo de la noche —Tendrás hijos, tus hijos tendrán hijos y sus hijos también tendrán hijos, tu sangre se esparcirá por tu pueblo, una larga cadena de primogénitos varones asegurar tu legado y el mío, pero para ello, todos deben pagar un precio ante los deseos ocultos del corazón.
—¿A qué te refieres con ello padre? —confundido, dio unos pasos hacia adelante —¡Padre! Sabes bien que Deania no puede tener hijos, una herencia no podrá ser repartida sin hijos.
—Esta noche ve con Bera, ella aguarda en su lecho, procrearas con ella, te dará al heredero que tanto anhelas, tu generación resguardara los tesoros de este hogar, de este templo y sabrá bien atesorar los secretos de la vida.
—¿Estás sugiriendo que Bera engendre a mi hijo? —se dio vuelta, tapando sus oídos, cerrando sus ojos, tratando de no imaginar cómo era posible que la mujer que amaba no podía darle el hijo que anhelaba, como un niño pequeño haciendo un berrinche se negó a escuchar la verdad.
—Sí, te doy mi permiso y bendición, podrás aceptar o rechazar lo que hoy te propuse. Pero te digo, tú eres el hijo al que dejaré mucho más que sabiduría. Te dejaré mi legado, deberás elegir bien quien será el sucesor de mi reino, con el tiempo te diré que es lo que tienes que hacer, pero desde hoy ve pensando —las nubes desaparecieron y la niebla retrocedió, sintiéndose que esa fuerza poderosa había desaparecido.
Sanel no podía articular palabra alguna, tendría que elegir entre el cariño de su esposa, romperle el corazón, o hacer realidad su sueño, pero no tenía muchas opciones si deseaba que su reino prevaleciera y su raza continuara bajo las estrictas normas que habían creado, solo que elegir entre su propio deseo y la felicidad de su esposa lo hizo sentir miserable. Sin una respuesta clara a sus dudas, se levantó, giró sobre sus talones y abandonó el templo con la misma angustia y el corazón roto.
¿Cómo tomar la decisión correcta? ¿Cómo tener entre sus brazos al hijo deseado sin lastimar a su esposa? Pensó en el dolor que le causaría, la mujer que había acariciado su rostro por la noche, la mujer que le lleno de besos cada día, el hijo que soñó jamás llegaría, aquel hijo con los ojos de su esposa, con el cabello negro, aquella ilusión se había esfumado. ¿Acaso pretendía que él indagara por su cuenta? ¿Pretendía su padre mostrarle un mundo de dolor y pena?
Sin más que hacer, regresó a su hogar, caminando por los pasillos que lo llevarían a lado de su esposa, no supo cómo es que había llegado tan rápido a su habitación, pero lograba admirar a Deania aun descansando, su respiración lenta y pausada y esos bellos ojos cerrados mostrando cuan largas eran sus pestañas, dio unos cuantos pasos para sentarse al pie de esa cama, con los codos en las rodillas, y su cabeza colgando entre sus manos, supo que no tendría el corazón para lastimar a su esposa de esa manera, concebir un hijo con Bera era traicionar y lastimar a Deania, era sumirla en lo profundo de su tristeza y odio, odio que seguro le tendría a ese hijo que ella no pudo concebir.
Deania había escuchado a su esposo salir de sus aposentos, se había levantado y lo había visto por el balcón salir de la casa e ir a pasos lentos al templo, admirando la majestuosidad de la voz de Dios, logró ver desde su punto como las nubes en un conjunto de rayos, luces y niebla se formaban en lo alto del templo, entendió entonces que su esposo estaba desesperado y que ella necesitaba entender que la decisión que Dios tomase para ellos era la correcta, al sentir su peso en la cama, se levantó con cuidado y gateando sobre las sábanas, abrazó a su esposo desde atrás, dándole leves caricias que sabía que lo reconfortarían.
Sanel al sentirle cerca, su espalda se tensó, con la boca apretada y el corazón martilleándole, tomó las manos de su esposa apretándolas contra sí —¿Cómo le diría la verdad? —de rodillas a sus espaldas, abrazándole, no tenía las fuerzas para decirle, no podía, jamás podría —Cariño —escuchó el susurró delicioso de su voz, aquel calificativo afectuoso que siempre amo de ella, la manera en como lo pronunciaba, en como sus labios soltaban aquella palabra. Sintiendo la cabeza de su amada sobre su hombro, hundiéndose aún más en su miseria —¿Qué es lo que te pasa esta noche? Te noto ausente de amor —besó su mejilla con delicadeza.
—¡Querida! —dudó por unos momentos, era un hecho que ella sabría después, pero como decírselo de la mejor manera —¿Me amaras bajo todo y sobre todo?
—¿Qué clase de pregunta es esa? —sintió la leve sonrisa de sus labios carmesí —Eres mi esposo, eres la mitad de mi alma y de mi cuerpo, ¿Cómo no amarte? Dime Sanel.
—No tengo corazón al decirte esto pero debo hacerlo —bajó la mirada, levantándose, separándose de las caricias y el calor del cuerpo de su mujer, debía darle el rostro y no ocultarse bajo las sombras y la penumbra de ese anochecer, pero era demasiado cobarde para enfrentar la realidad, necesitaría de una fuerza hercúlea para poder enfrentarse a ella.
Deania sintió la frialdad de sus palabras, con un brillo de lágrimas en los ojos, apartó la vista, sintiendo la amarga punzada de dolor en la boca del estómago, pero fue fuerte, irguiéndose de la cama, pisó el suelo y se acercó a él, pero Sanel solo la detuvo, negando con la cabeza que se aproximara. Sus piernas flaquearon, obligada a sentarse al pie de la cama, ya que no deseaba caer y desmayar por el dolor de su rechazo, mirándolo con asombro, nerviosismo y obligándose a sí misma a no llorar y demostrar dolor, aun así, extendió sus manos, mostrándole que sus brazos serían seguros, mostrándole a su esposo que ella era fuerte y no frágil como pensó al principio.
Sanel sabía perfectamente que si no iba a sus brazos el dolor sería más fuerte, estrechándola contra su cuerpo, sintiendo la calidez de ese abrazo, el amor que emanaba, no podía dejarla ir, no lo haría —¡Amor! No sé qué te aflige está noche, pero tienes que decirme que te sucede, sé que eres infeliz por no tener herederos, no te he dado el primogénito que tanto anhelas, por mi culpa has caído en desgracia.
—¡No! No digas esas cosas amada mía, no he caído en desgracia, soy yo el que te da desdicha, soy yo el que no puede hacerte feliz, mis sueños solo han ocupado tu vida, tus sueños han sido las mínimas de mis preocupaciones.
—¡Querido! No te hagas esto. Podremos salir adelante —trató de reconformarlo.
—¡No! No lo haremos, Deania. No podremos tener hijos, no puedes concebir —se soltó del agarre de su esposa de manera brusca trastrabillando hacia atrás, sus ojos eran pesados, su voz llena de amargura, pero su corazón estaba roto.
Tragó saliva ante la crueldad de sus palabras, jamás había visto de esa manera tan agresiva a su esposo, él siempre fue dulce, fue único, fue alguien que le decía las cosas con la mayor dulzura posible, logrando apartar las lágrimas que amenazaban con caer, apaciguó sus manos temblorosas en su regazo, retorciéndolas hasta el punto de dañarse, no podía seguir con esa farsa mucho más —¿Crees que no lo sé? —hizo una pausa significativa para continuar con la voz estrangulada —¿Crees que no sé de qué me hablas? Sé que no puedo darte el hijo que deseas, es cruel recordármelo.
—¿Crueldad? Es ser realista —se pasó los dedos por el cabello, cerrando los ojos, respirando profundo y callando por unos minutos —He hablado con nuestro Padre, dándome una opción muy difícil para mí, difícil de tomar. Me sugirió a Bera, ella me dará el hijo que deseo —golpeó su espalda en la pared, jalando sus cabellos en señal de impotencia mientras que cayó de rodillas en el duro suelo de su habitación, aquella noche sintió el corazón de Deania romperse en mil pedazos, juró haber sentido como ese corazón murió ante sus ojos como el suyo propio.
Nerviosa de verle atrapado en su propio deseo, se levantó caminando hacia él, arrodillándose y tomando su rostro entre sus manos, deseaba que él fuese feliz, que mejor que ver a su amado ser feliz —¿Sabes? Quiero que seas feliz —sollozó cerrando sus ojos, era la decisión más dura que había tomado en tan poco tiempo, pero era la única manera de poder darle a Sanel la oportunidad de ser padre —Por eso con mi permiso y con el de nuestro Dios, te concedo ser libre y tener descendencia con Bera, ella siempre te quiso, pero tú te uniste a mí. Ella siempre te amo, ve hoy querido esposo, cumple con cada designio que Dios te ha dado para ti y tu futuro —al sentir la caricia dulcemente torpe, tomó sus manos entre las suyas, sintiendo el calor y el temblor de su amada, levantó la mirada, pudiendo observarla con detenimiento, sus ojos aún seguían sin brillo, pero el latido de su corazón le hizo ver que aún estaba con él —Ella no unió su vida a ninguno, está esperándote, todo tiene su camino, todos tenemos un destino, si el tuyo es tener descendencia con Bera, así será, porque es designio de nuestro padre.
Desconsolado trató de no aceptar esa propuesta —¿Qué? —dio un gemido ahogado —No lo haré, no te haré daño de esa manera, tú eres la única —se alejó de su esposa, poniéndose en pie, dejándole de rodillas. Le vio caminar en círculos, sin salida a ese laberinto que se había creado por un deseo que se volvió en su contra.
—Tienes que hacerlo, surge o húndete, levántate o cae, vive o muere, decide y caminarás tienes en tus manos la verdad —mencionó con pasión —Es lo que te digo y siempre te lo diré.
—¡No! —negó efusivamente con la cabeza —Por favor, no me obligues.
—Obligación no es, es tu deseo concedido, no te preocupes por mí, mientras seas feliz yo lo seré. Le deseo la suerte y la fuerza para tu descendencia, de esa manera me harás feliz, de esa manera seré la mujer más feliz de todas.
Se volvió con violencia hacia su esposa, no entendía cómo podía despojarse de sus propios sentimientos así por así, nunca entendió la gran bondad que Deania guardaba —Yo te quiero, no lo haré, no me importa tener ese heredero, tan solo quiero pasar una vida junto a ti y la siguiente y la siguiente, hasta que nuestro círculo caiga y se rompa, hasta que nuestra vida se extinga.
Expresando su enojo, Deania se puso en pie, caminó hacia él y levantando una mano le propinó una dura bofetada, no retrocedió ante la dura mirada que su esposo le proporcionó, pero si notó la marca rojiza que se extendía sobre la mejilla en el agudo contraste de su piel pálida.
—Claro que sí, tú lo harás por nuestra raza, por nuestra gente, tú eres un elegido de Dios, tú eres su hijo y si él ordenó ello, se cumplirá pese a tu negativa. El clan de fuego debe tener a su heredero, necesita de un heredero.
Con lágrimas en los ojos, Sanel se arrodilló frente a ella abrazando sus piernas —¡No! —repetía una y otra vez —No me dejes hacerlo, te lo suplico amada, no me hagas llorar más, no hagas que mi alma se desprenda de ti, se pierda en el camino y dude de mi valía, dude de tu amor, así como he dudado de su grandeza esta noche.
Quitándole las manos de sus piernas con un fuerte manotazo, retrocedió y pudo notar que Deania había cambiado en tan pocos segundos, sus ojos no obtuvieron brillo, más bien se tornaron opacos y muertos —¡Lo harás! Lo harás por qué me amas, lo harás por mí, demuéstralo. Ve con ella —se alejó de él, mostrándole desprecio —Ve con ella y no regreses más.
Aspirando hondo, evitando verle a los ojos, ya que su expresión estaba cubierta de culpabilidad y no podía soportarlo, poniéndose de pie, su corazón oprimió su pecho con un dolor que atravesó sus entrañas, observó su reflejo en el espejo por última vez y supo que su vida no volvería a ser la misma —Si ese es el deseo que dicta tu corazón, no soy nadie para reprocharte nada —tomando su capa entre sus manos, abandonó el lecho nupcial sin una palabra más.
La soledad de la habitación la oprimió de tal manera que cayó de rodillas deshecha en lágrimas, había perdido lo único que deseó en la vida, un hijo fruto del intenso amor que sentía por su esposo, no podía verle partir, no podía despedirse bien de él, ya que las consecuencias serían no dejarle libre como el padre designó, el heredero sería hijo de Bera, mientras que su vientre creciera ella se sentiría cada vez más seca.
Sanel por un momento pensó en vagar por el pueblo, quizás hallar una manera de regresar al lado de su esposa, pero la idea de un hijo y su legado asegurado le hizo visitar a Bera, quien lo esperaba en su lecho.
La joven de rizos rojizos y ojos pardos logró distinguir la figura de Sanel entre las sombras de sus aposentos, con una sonrisa en los labios extendió la mano y lo invitó a entrar, si esa noche la visitaba era porque Dios había escuchado sus plegarias.
Compartieron la cama esa noche, sus corazones palpitaban desenfrenados ante esa unión desesperada, pero Sanel solo imaginó que esas caricias se las daba a su esposa, que esos besos eran para ella y aquellos susurros de amor eran para Deania, llegando no solo a imaginar que ese momento era solo para ella.
Los llantos de los niños habían cubierto el pueblo, dos niños fuego habían nacido nueve meses después, solo que uno de ellos sería el heredero al trono mientras que él otro crecería a la sombra de su hermano.
Deania siendo tan débil, murió en el parto, tan solo logró acariciar el rostro de su hijo y depositar en su frente un primer y último beso, mientras que sus labios pronunciaban el nombre de su primogénito y la luz de cuerpo se extinguía —Hadeo —logró pronunciar mientras que sus ojos se cerraban y un brillo cubrió su cuerpo convirtiéndola en ceniza, en luz y siendo parte del recuerdo, por un momento Sanel observó a su hijo, el fruto de su amor, era un niño hermoso sus ojos oscuros y su mata de rizos negros a un leve contraste con su piel tan blanca como la nieve de ese crudo invierno, era lo único que le quedaba de su amada Deania y lo único que atesoraría, sin embargo había olvidado que Bera también había tenido a su hijo, ambos niños habían nacido el mismo día y a la misma hora, a diferencia de su pequeño Hadeo, la madre de su segundo hijo había sobrevivido al parto, por un momento se negó a abandonar la habitación de Deania, pero era necesario visitar a Bera y luego de ello visitar el templo de su padre.
La joven madre sostuvo a su hijo entre sus brazos, mientras que sus lágrimas de regocijo brillaban y surcaban sus mejillas sonrojadas, aquel niño era tan magnifico, sus cabellos rubios como él sol, sus ojos azules como el mismo cielo y sus labios tan rojos como la sangre misma —Uran, tu nombre será Uran —no se sintió ofendida ni mucho menos minimizada ante la ausencia de Sanel por ver a Deania y estar presente en el parto de su hijo, ella sabía a la perfección que ese niño sería el predilecto, mientras que el suyo solo crecería en la sombra, pero no importaba, era suyo y era único, nada importaba mientras tuviera un pedazo de ella misma, mientras tuviera entre sus brazos el fruto del intenso amor que tenía por Sanel.
Sanel sin consuelo, le entregó el niño a Milausky, aquella amiga y confidente de ojos lavanda —Cuídalo bien —le pidió mientras salía de la habitación.
—Adónde vas —preguntó ella, sosteniendo su brazo —Tienes a tu hijo, por que abandonarlo ahora más que te necesita.
—No lo abandono, solo necesito obtener respuestas.
—Las tienes, solo que te niegas a entender —exclamó.
—No las hay —respondió quitando con brusquedad la mano de Milasuky de su brazo y abandonando el hogar que una vez le perteneció, obtener las respuestas que necesitaba era algo importante para él, así que decidido y dolido ante la pérdida de su esposa, subió al templo una segunda vez, pero en esta ocasión no sería para aclarar sus dudas.
Empujando las puertas del templo con fuerza, se adentró a las profundidades de ese lugar sagrado, solo para ver que Dios le esperaba en esa ocasión, las nubes se arremolinaban en lo alto como la primera vez, la niebla espesa cubrió sus pies, pero se notaba que las nubes carecían de brillo y luz —Un heredero pedí, pero dos han nacido y el precio fue exacto el que dijiste, la vida de Deania a pago de dos hijos —le reclamó a su padre, esta vez no hizo la usual genuflexión, tan solo gritó con un odio y resentimiento.
—El destino ha hablado —su voz resonó con fuerza, obligando a Sanel a levantar la mirada al cielo —Y el precio ha sido pagado.
—¿A cual de esos dos niños deberé dejar mi legado? No podré elegir a uno sin que él otro crezca a la sombra del otro, cómo elegir un heredero y sucesor cuando uno podrá obtener las grandezas del reino que me entregaste mientras que él otro el vacío y el odio por el otro.
—Acércate a la mesa —le ordenó, quien por un momento dudó en acercarse a la mesa de piedra, dando pasos tentativos admiró que bajo la tela había un tesoro que Dios resguardaba —Lo que hay allí consérvalo, pero no le abras hasta que estés seguro de entregarlo al hijo correcto.
Quitando la seda, logró ver un cofre de madera labrado a la perfección, sus bordes eran dorados y con un sello extraño, un rombo perfectamente dibujado, con una x en su interior, dividida por el centro, por el lado de arriba la mitad de un redondo, un triángulo adentro, como una pirámide iluminada por la luna llena, en ambos extremos de la X se encontraban la luna a la izquierda y el sol a la derecha; debajo de la x, un rombo pegado a la base, unido con una base triangular de cabeza. Adornado con lanzas en cada punta del rombo, para los extremos curvas que daban una forma casi extraña, como una enredadera.
Sin embargo, el objeto que llamó más su atención, fue la daga que yacía en un cojín rojo, una daga de 25 cm de largo, con un mango de oro y bordes de titanio, incrustada por los bordes con piedras de colores rojo, azul, blanco y café, mientras que su cuerpo era una hoja de titanio reluciente y una inscripción con el nombre “Bendora”.
Su mano fue directamente hacia la daga, antes de que pudiera acariciarla por completo, su cuerpo experimentó cierto temor, soledad, un frío, un aroma nauseabundo, entre ellos a flores muertas, un suelo infértil, animales muertos; opacando su vista percibió en ella oscuridad, llanto y sufrimiento, sucumbiendo ante el miedo, no pudo aguantar las ganas de preguntar —¿Y está daga?
—No vuelvas a tocarla, en ella habita la muerte de mis hijos más fieles, en ella guarda la sangre de aquellos con noble corazón, un antiguo tesoro, es el inicio del mal convertido en sólido y guarda un poder incalculable, con ella podrás dar muerte al enemigo, dar muerte a todo aquel que intente dañarte. Solo un corazón puro podrá darle un buen uso, un corazón desinteresado podrá liberar su verdadero poder. Mis hijos, tus hermanos los humanos, probaron el poder de esa daga, sucumbiendo a los deseos más oscuros, destruyendo sueños, toda fuerza, bondad y compasión, necesitando de almas frescas para poder vivir, además de ser la única arma que podrá destruirte Sanel, destruir a los tuyos y tu generación, les quitara no solo la vida, sino también el alma, quedaran atrapados en la oscuridad. Es la única arma que podrá derrocarme de mi trono, su nombre es Bendora. En ella se encuentra la última gota de mi poder, en ella está mi esencia, tratando de neutralizar el mal que hay, si cae en manos equivocadas, traería al mundo la maldad, traería el juicio final, por eso te elegí a ti Sanel, tú eres el único que podrá ayudarme en este viaje al futuro, has sido elegido por el pueblo, elegido por mí —hizo una pausa intentando continuar —Pero no es lo único que te pediré resguardar, el mal se acerca y con ello mi derrota, pero para asegurar que mi creación quede intacta te haré entrega de mi poder, poder que conservaras hasta el fin de tus días y entregaras al hijo que sea digno de resguardar mi vida.
—¿Tu poder? —negó con la cabeza ante la idea, él no deseaba tener poder, solo ser feliz, pero fue demasiado tarde, un rayo cayó a los pies de Sanel, surgiendo de la tierra misma una enredadera de luz dorada que fue subiendo lentamente por las piernas del joven padre, sentía como las espinas de esas rosas se calvaban y adentraban con fuerza a su piel, gritó ante el dolor que rasgaba y cercenaba su cuerpo, apretó la mandíbula y cerró los puños con fuerza mientras que una luz intensa rodeo todo su cuerpo y de la nada todo cesó, cayendo rendido al suelo, trató de levantarse pero fue inútil, algo en su interior le daba un peso que ni el mismo podía cargar.
—Estoy débil hijo mío, el dolor que me causan mis primeros hijos está agotándome, no confió en nadie más, pásalo de generación en generación, asegúrate que el hijo que elijas para esa misión sea puro de corazón, ya que si elijes erróneamente las consecuencias de tu decisión será la destrucción de tu raza, de tu pueblo, de mi creación.
—No puedes hacerme elegir, tengo dos hijos —hundió su rosto entre sus manos.
—Pásalo de generación en generación, sé que hallarás la forma. Encontrará los secretos más profundos del poder, la mezcla de ciencia y creencia, dando un poder inimaginable, podrás tener el control de todo lo que se le antoje, yo estoy débil Sanel, los humanos han debilitado mi vida lentamente, con tantas guerras, con tanta maldad, por eso te digo, cuida el cofre, resguarda esa daga y resguarda mi poder y será como si cuidaras de mí.
—Padre, no me des esa carga tan pesada —suplicó el patriarca.
—Tu corazón es el que dictará la respuesta —se dio un silencio estremecedor entre los dos.
—Deberás decirme por quien elegir, darme una pista para no equivocarme —pidió una señal.
—Te la daré a su tiempo —sin más explicación el lugar se tornó oscuro ante los ojos de ese ángel desesperado, quien cayó rendido y sumido en un profundo sueño.
CAPÍTULO 3:
LA RIVALIDAD
Pero la memoria de dos grandes reyes marcaría el destino de su pueblo, memorias falsas llenas de rivalidad, egoísmo y orgullo mentiras que llenaron el reino de arrogancia hacia ellos mismos, hacia sus propios corazones. Perdiendo el sueño de ser libres, perdiendo la paz que supuestamente perduraría en su gente.
Mandamientos seguidos por años, batallas sin fin, dos hermanos cuyo destino era gobernar, cruzaron sus caminos en torno a la sangre y pelearon batallas en las cuales perdieron más que la vida, perdieron el amor por sí mismos. Dos hermanos cuyas diferencias eran abismales, siendo contrincantes desde su nacimiento, la rivalidad de estos dos sobrepasaba los límites del mismo tiempo.
Hadeo había logrado perfeccionar las técnicas de la batalla, las artes oscuras, mientras que arrastraba al pueblo entero en su nueva visión del poder y la destrucción. Sin embrago su hermano Uran había logrado labrar la tierra, organizar su reino y dar la paz que aclamada por muchos era una bendición,
Sanel dándose cuenta que ambos hijos llevaban fuerzas superiores dentro, pudo notar y elegir a su sucesor con todo el dolor de su corazón, por un largo tiempo su corazón dictaminó que Hadeo el fruto de su amor de su adorada esposa sería el indicado a gobernar, pero le llevó largos años darse cuenta que se engañaba y que su amado hijo llevaba la oscuridad en su interior, mientras que Uran podría dar vida y seguir adelante con la misión que Dios encomendó a su raza, pero el mal ya había entrado a su pueblo, se expandía como una enfermedad lenta, matando cada alma buena a su paso.
Tras el asesinado de Bera, el padre de ambos muchachos no pudo encontrar al culpable, pero sentenció a su mejor amiga y confidente a la perdición del bajo mundo ante su traición, ella le aseguró que ambos hijos serían la destrucción de sus pueblos que arrasaría con la vida misma, pero se negó a escucharla, pero que equivocado había vivido, dándose cuenta que la condena de Milasusky había sido tan injusta como la muerte de su bella Bera.
Tomando la decisión correcta, pero condenando a sus hijos a la guerra eterna, cansado y agotado ante la fuerza de ese poder que lo consumía lentamente vivió veinte años desde que Dios le había hecho entrega de ese poder hambriento, postrado en la cama que fue testigo del nacimiento de su hijo Hadeo y de la muerte de su madre, Sanel sintió que la muerte estaba cubriéndolo con su manto, así que con las ultimas fuerzas que le quedaban, sonrió al ver a sus dos hijos arrodillados a ambos lados de la cama, extendió la mano y acarició el rostro de su amado hijo Hadeo, quien con una sonrisa curvando de sus labios dio por hecho que el poder sería suyo, pero al ver que la mano de su padre acarició de igual manera el rostro y los cabellos rubios de su hermano, la sonrisa de sus labios se fue borrando poco a poco.
Sanel exhaló su último aliento, mientras que su mano aun sostenía la cabeza de su legítimo sucesor —Te obsequio mi poder, Uran —sus dedos avejentados rozaron la mandíbula de su elegido, mientras que el eco de su nombre traspaso las fronteras e hizo temblar los cimientos de su hogar, ambos hermanos levantaron la cabeza y observaron como un brillo poderoso rodeó a su padre, y de la nada una esfera de color dorada salió de la boca de Sanel y con una fuerza extrema voló hacia Uran, lanzándolo por los aires y golpeando duramente su espalda contra la pared, sintió como ese poder abría un hueco en su pecho mientras que todo su cuerpo comenzaba a sentir un dolor indescriptible.
Hadeo se levantó, trastabillando hacia atrás y cayendo, sin dejar de parpadear por el poder que sintió en el aire, era algo que por derecho le pertenecía. Miró a su hermano y pudo sentir sus gritos que rasgaba su garganta, fue tanto el poder que emanaba esa luz que Hadeo fue expulsado por una fuerza invisible sacándolo de la propia habitación, en el suelo tuvo que cubrirse con los brazos ante esa luz incandescente y cegadora mientras que los rayos y truenos surgían de lo más profundo del cielo.
No supo cuento tiempo paso, pero cuando sintió que el calor de la luz bajaba, bajo los brazos y notó que su padre ya no estaba y que su hermano Sanel estaba de rodillas tratando de buscar aire.
Hadeo se puso de pie y caminó de regreso a la habitación, por un instante deseó levantar su espada y arrebatarle a ese hermano suyo lo que por derecho le correspondía, pero lo único que logró fue hacer puños a sus costados y tratar de calmar ese odio que surgía de loa más profundo de su ser —Levántate, qué tu pueblo te espera.
Uran levantó el rostro, cansado ante la extraña sensación que se propagaba por su cuerpo, se disculpó —Lo siento, hermano —la opresión de su pecho se acrecentaba hasta el punto de quitarle el aire —No fue mi elección.
—Ninguno la tuvo, ahora muchos Inumine dependen de ti, espero que seas un buen gobernante —espetó.
—Hablas como si todo terminara entre nosotros, cómo si abandonarás esta tierra, tu tierra.
—Somos enemigos hermano mío, y no dudaré en encontrar la manera de arrancarte el corazón y tomar lo que por derecho me corresponde.
—Sabes que no tuve elección —respondió Uran llevándose la mano al pecho y tratando de levantarse del suelo
—Yo tampoco la tengo —giró sobre sus talones y siguió con su camino.
—Hadeo, sabes que jamás te haría daño —gritó tras él, por un momento Hadeo consideró seguir con su camino pero algo en su interior le hizo detenerse en seco, volverse ante él y con una sonrisa sardónica colgando de sus labios no dudó en decirle una cruda verdad.
—Aun sabiendo que yo maté a tu madre —su barbilla sobresalió obstinadamente, mientras que el brillo de su mirada oscura le garantizó que aquella confesión era cierta.
Uran se puso de inmediato de pie y sin poder pensarlo dos veces, corrió hacia su hermano, extendió sus alas que habían tomado un color dorado, lo tomó del cuello sacándolo de la habitación y traspasando varios muros, mientras que la sonrisa de Hadeo seguía intacta, cayendo en un duro golpe contra las mesas de la feria del pueblo, levantándose, limpió con el dorso de su mano los hijos de sangre que corrían por sus labios, levantó la mirada y logró ver a Uran descender con las alas extendidas mostrando su magnificencia y nuevo poder —Dijiste que nada cambiaria entre nosotros, hermano mío.
Uran extendió sus alas y estas emitieron un sonido ante el viento y el polvo que rozaba su bello plumaje —¡Maldito! Regocijarte ante la muerte de un inocente, mi madre nunca daño a nadie y tú tratas de regodearte ante su muerte —exclamó enfurecido con puños sobre sus costados y listo para matar a su hermano sin compasión alguna, sin la compasión que él tampoco tuvo al tomar la vida de su madre.
Hades se recompuso de inmediato, extendió sus alas y mostró que sus plumas eran de un color plateado y brillante —Sabes que no podrás terminar la pelea Uran.
—La terminaré —prometió manteniéndose firme, cuadró los hombros, sus ojos se oscurecieron.
—Tuve el gusto de matar a tu madre, tuve el gusto de sentir su sangre en mis manos.
—¿Tú? ¿Tú fuiste? —no podía dar crédito a lo que escuchaba —Fuiste el causante de la muerte de mi madre. ¡Tú! ¡Tú! Eres un bastardo —gritó, su expresión y su voz se volvieron planas de repente —¿Por qué?
—Mide tus palabras quien será o es el bastardo, no decías que haga lo que haga seria tu hermano.
—Jamás te lo perdonaré, mataste a mi madre, eso no te lo perdonare jamás —sus ojos apartaron las lágrimas —Era tan pequeño cuando me la arrancaste de mi lado, me escuchas ¡Jamás te perdonaré!
—Como si me importara, te mataré y gozaré verte poco a poco morir hermanito querido y a tu generación —Hades elevó las manos y lo llamó haciendo burla de aquella pelea, y acatando ese llamado, ambos hermanos corrieron y sus cuerpos colisionaron en un duro golpe que hizo retumbar los mismos cielos, destruyeron todo a su paso, mientras que los puños golpeaban la carne y la sangre manchaba sus nudillos.
El tumulto y los gritos de mujeres al ver como destruían todo a su paso, entre golpes, muestras de poder, las prácticas inofensivas de hace tantos años eran batallas campales ese día. Destruyeron parte del mercado de algunos hermanos, soltaron a animales de granja, destrozaron las tiendas de algunos comerciantes, fue tanto el daño que los sus protectores tuvieron que intervenir.
Odotnet, el guardián de Uran al sentir los gritos y el tumulto, extendió sus alas y sobrevoló los campos, el tigre al ver que una tormenta de polvo y truenos arrasaba con parte de la aldea supo de inmediato que esa pelea solo la causaría es par de hermanos testarudos, aterrizando con fuerza detrás de la multitud que escapaba despavorida por el caos que ambos causaban con su pelea, dando un rugido estremecedor, se abrió paso entre la gente que huía de allí —¡Basta ya! —gritó con fuerza y un eco aturdidor se despendió de su gran boca haciendo que ese par de hermanos cayera de rodillas cubriendo sus oídos ante la fuerza de ese sonido más que desesperante —Parecen par de críos, ustedes dos —pero no logró completar la frase cuando el llamado de Dios obligó a todos a elevar los rostros hacia el cielo, nubes grises envueltas entre rayos, luces rojas y el sonido retumbante de aquellos truenos bajar al pueblo.
Ambos hermanos se levantaron del suelo y admiraron el desastre que habían ocasionado, el llamado de Dios era urgente y ellos estaban a un paso de ser juzgados.
CAPÍTULO 4:
JUZGADOS
Ambos hermanos extendieron sus alas, el llamado de Dios era urgente y por el desastre que habían ocasionado su presencia era requerida de manera inmediata, extendieron sus alas y se elevaron por los cielos, aterrizando al mismo tiempo, extendieron sus alas y se vieron entre sí sin articular palabra, ambos ingresaron al templo de Dios, caminando por la misma ruta que su padre había hecho por años.
La puerta se abrió recibiéndoles, dando un paso adelante, vieron la habitación de tonos blancos y luces destellantes a su alrededor, una neblina espesa cubrió sus pies, mientras que la puerta detrás de ellos se cerró con fuerza dando inicio al juicio que determinaría sus vidas.
—Me he dado cuenta de sus peleas —exclamó Dios con fuerza —La destrucción que han ocasionado no tiene perdón, han roto sus propias reglas, han ido contra los mandatos de su padre y han roto la paz entre mis demás hijos.
—¡Padre! No somos dignos de entrar a su casa ni de escuchar tu voz —en ese instante Uran mostró su respeto, arrodillándose ante la presencia del Supremo, pero fue interrumpido por su hermano.
—Alardeas demasiado.
Dios al escuchar que Hadeo estaba lleno de rencor, un sentimiento que inicio en sus primeros hijos, decidió no ser blando con él, le había dado la oportunidad de seguir, pero simplemente se ensaño con el poder que su padre no le heredo —Tus palabras —hizo una pausa significativa —Tus palabras son idénticas a la de mis primeros hijos, te han marcado ¿Cuándo has pisado la tierra?
Al escuchar ello respondió con enojo —Te equivocas, yo no he pisado la tierra, pero veo que tienes preferencias, no eres neutral como dicen los demás.
—Te equivocas Hadeo, te equivocas, estas marcado por sus pecados, has absorbido sus malos sentimientos, has venido contaminado —espetó con fuerza, haciendo retumbar su voz por el templo, moviendo los cimientos —Has cometido un grave pecado, arrebataste la vida a un ser inocente y el asesinato no tiene perdón, sabes cuales son las consecuencias de tus actos Hadeo
—Matar por obtener lo que por derecho me corresponde no es ningún crimen, no cuando el que arrebata es tu propio hermano —le lanzó una mirada centellante en rabia y odio a su joven hermano —Yo debía ser el heredero al poder de Dios, yo debía ser quien resguardara la daga y el cofre sagrado, pero te tuvo que elegir a ti, al bastardo que destruyo la vida de mi madre.
—Mi madre no tenía culpa de nada, fue mandato de Dios que mi padre uniera también su vida con mi madre, ya que Deania no podía darle el hijo que anhelaba.
—¡Pero nací! —gritó —Nací y tú arruinaste todo, me arrebataste todo —rugió, con las venas de sus largos brazos hinchadas ante el enojo y la ira que se expandían por su sistema.
—¡Basta ya! —una ráfaga de viento envolvió a Hadeo —Sabes muy bien que cuando te crearon fue improvisto, tu madre era infértil. Deberías mostrar sensatez, pero todo lo contrario, has dividido a mis hijos, luchas contra tu hermano tratando de derrocar su buena fe, tratas de derrocarme.
—¿Buena fe? Tú destruiste todo, tienes tanto poder, pero ¿Por qué no lo tengo yo también?
Truenos sonaron con fuerza, Dios estaba enojado —Mi poder es único, como mi amor también, no tengo preferido, yo quiero a todos sin preferencia y sin excepción, has sido cegado por el poder, la avaricia ¡Estas tratando de ser más que todos!
—Nunca supiste como era, pero ahora ya me conoces. Tus tontos Inumine sufrirán, seré más poderoso y temido, lograré obtener el poder que tanto resguardas, obtendré la tierra y destruiré todo a mi paso —gritó desquiciándose —Y no podrás evitarlo. No serás más mi Dios. No te guardare respeto, te maldeciré cada día por la vida que me diste, y por la de mi hermanito. Nuestra guerra jamás tendrá fin.
Pero Dios no podía dejar de lado aquel crimen, le perdonaría tantas cosas, menos matar, menos manchar sus tierras con sangre inocente —¡Hadeo! Por ese motivo, te condeno a vivir penando, pero no en estas tierras de paz, sino en los infiernos, donde perecerás toda la eternidad —un rayo cayó en medio de ambos hermanos abriendo la tierra y mostrando un mundo inferior, un mundo lleno de lamentos y sufrimiento. Sin importar quien siguió a Hadeo y dio cabida a sus ideas revolucionarias, cayeron al mundo creado para ellos, siendo arrastrados cruelmente, separando familias, llevándose consigo almas inocentes.
El Inumine marcado por la maldad, no cerró la boca, quería ser escuchado, debía ser escuchado —Yo gobernaré mi mundo, pero las tierras que les heredaste a los Inumine serán mías, la tierra también. Veras que tus queridos Inumines y mortales no vivirán para siempre. Te derrocaré de tu trono ¡Querido Padre! —hizo burla al referirse como padre.
El altísimo dando razón a las maldiciones de su hijo Hadeo —Tienes razón, tendrás poder, pero no más que yo, tendrás tierras, pero se te presentaran límites los cuales no podrás romper, tendrás pertenecías suficientes, pero no conseguirás más. Y así sucesivamente, todo lo tuyo tendrá límites. Tú no serás llamado Inumine, serás llamado Demonio, serás separado por especie, no serás el patriarca, te condeno a no ser el único, no tendrás alas, caminaras arrastrándote, no te elevaras, mientras los otros si podrán. El trono que tanto has ansiado, no será para ti, se presentaran dos más, dos más reclamaran su poder y derecho a él, tu maldad y avaricia seguirá intacta, tu veneno se esparcirá formando en la tierra, discusión y dolor —hizo una pausa tratando de calmar su enojo, otra vez más sus hijos lo habían defraudado —Uran, dejarás de ser un Inumine para ser conocido como un Ángel, lamentablemente correrán el mismo destino, tú y los tuyos, tendrán abundancia, sanaras el alma de los que tu hermano a lastimado, tu misión será reparar los daños que los demonios causarán, darán fe y esperanza de mi existencia, mostrarás a mis hijos humanos que los amo a pesar de todo.
Las tierras comenzaron a temblar, los que acompañaron a Hadeo cayeron a las profundidades de ese nuevo mundo creado, fueron despojados de sus alas blancas, para convertirlas en alas tan negras cómo sus almas condenadas, negro como el alma del ser que los obligó a perecer, sus gritos eran tan profundos, aturdidores, devastadores que fueron opacados por los truenos y rayos que cayeron esa temporada en la tierra.
—Y así se cumplirá, yo viviré en lo profundo de mi creación, observando, pero no intervendré en estos asuntos y el cielo será para los Ángeles, grandes extensiones, grandes campos. Y el hogar de los demonios será llamado infiernos, serán cavernas frías y tenebrosas, sin luz que iluminé sus caminos y sus almas. Mientras a ti Uran, este juicio te dará un obsequio, tendrás poder, pero no más que el mío. Mi último obsequio para ti será este medallón —de una mesa de piedra una cadena delgada de oro rodeó su cuello, el medallón tenía tallado un Lobo con alas envuelto en llamas, mientras que la misma forma se pintó en su muñeca derecha —Este medallón será tu legado, lo pasaras de generación en generación, en el guardaras tu poder a la hora de morir, dejando una defensa a tus seres queridos. Si se unen los medallones tendrán el poder de las tres fuentes. El medallón es poder, es la clave para dominar, para tener al mundo en sus manos, poder destruir o dar vida a este mundo que yo he creado. Que así sea y así sea escrito. Estos medallones serán su castigo, por ambición y rencor, morirán por ellos, mataran por ellos, pero jamás encontraran la clave de la vida, jamás verán cuál será su significado. Ustedes mismos traerán el fin al mundo, pero no por sus manos, sino de otros, los demonios serán lo opuesto a los ángeles, como los ángeles lo opuesto a los demonios. El mundo no sabrá esta historia, no conocerán la rivalidad de dos hermanos de sangre, enemigos de corazón. No sabrán del inicio de cómo mis hijos han traicionado mi confianza, de cómo rompieron mi corazón. Solo la última generación sabrá el porqué de lo que he hecho hoy, la última será testigo de un nuevo poder. Yo no seré culpable de esta destrucción, ya que el juicio está en sus propias manos.
En ese momento, el segundo medallón rodeó el cuello de Hadeo con fuerza, asfixiándole, obligándole a retroceder y caer al abismo que él mismo había creado, el chacal con alas era el símbolo de su traición, marcando su alma así como su piel mientras que sus gritos ante el dolor de sentir como arrancaban sus alas se expandió por el mundo.
—Uran sabes cuál es tu misión. Los nuevos patriarcas serán elegidos por el medallón, su marca será idéntica para sus dueños, excepto para sus demás hermanos, ellos solo serán marcados con el animal de poder.
Dividiéndose nuevamente, Uran llevó consigo la marca del lobo envuelto en llamas en su muleca derecha, Hadeo llevó consigo al chacal en su muñeca izquierda, dejando cuatro medallones al cuidado de sus guardianes más fieles, los Crock Novo en espera de la llegada de los tres al trono que dividirían el poder que tanto habían ansiado ese par de hermanos.
Fue entonces cuando el mundo de los cielos se separó, siendo el lobo, el delfín y el halcón, los tres animales que cuidarían de los cielos, mientras que en el inframundo, el chacal, el murciélago y el tiburón. En ese instante, todos comenzaron a ser marcados con el animal de su clan, separando a los aldeanos de los patriarcas. El dolor marcó a todos y sin excepción.
CAPÍTULO 5:
SEPARACIÓN
Marcados, separados por fuentes de poder, un distinto significado, distinta especie, Dios simplemente decidió no volver a intervenir, su corazón ya no resistió un duro golpe como ese, todo lo que amo estaba destruyéndose poco a poco por la ambición de muchos.
Uran cayó de rodillas, debilitado, mientras que el remolino del templo desapareció, sintiendo una sensación de vacío en el corazón —¡Padre! ¡Padre! —quiso escuchar su voz, pero todo fue en vano, habían dejado de escucharlo y con ello se dio cuenta que caminarían ciegamente por el mundo.
Cuando logró lentamente recomponerse y salió del templo, admiró la destrucción y el caos que habían ocasionado, su pueblo estaba destruido, las casas estaban hechas pedazos y la tierra comenzó a cerrarse lentamente.
Las mujeres llorando de rodillas, hombres tratando de sacar a algunos atrapados, los animales estaban descontrolados, el caos era parte de su reino y todo por culpa de su hermano, aquel hermano que siempre lo odio, aquel hermano que había dado muerte a su madre.
Caminó entre la multitud viendo los daños, viendo a mujeres que habían perdido a sus hijos, hijos que perdieron a sus padres y hermanos, tendría que volver a comenzar, comenzar un reino nuevo, pero esta vez con mano dura, no dejaría que su pueblo sufra las consecuencias de sus actos, no otra vez.
Con la idea de reconstruir un reino más seguro, Uran tomó el control absoluto de su reino siendo déspota y autoritario, cumpliendo la promesa que una vez se hizo, no volvería a ver a su gente destruida. El templo quedo intacto, pero construyó un reino a base de su propio sudor, sus lágrimas y su soledad, un reino donde las reglas se acatarían y que la traición solo se pagaría con la muerte.
Odotnet, su fiel guardián le acompañó todos los días, velando sus noches, velando por sus sueños, protegiendo su vida, tratando de mitigar la venganza del corazón de su protegido ya hecho hombre, apaciguando sus intentos de matanza, sabía que en un futuro Uran se enfrentaría a nuevas batallas y guerras, pero no podría saber a ciencia cierta si su protegido regresaría triunfante o derrotado, vivo o muerto o simplemente se mantendría alejado de las guerras.
Formando una guardia que proteja su reino, formando una escolta que resguarde su trono y sobre todo tratando de asegurar su corazón en altas murallas que nadie pueda tocar. Mudándose al que en un inicio fue el templo de Dios, convirtiéndole en un palacio de almas murallas, columnas anchas, habitaciones amplias, ventanales inmensos, mientras que en centro del jardín que su madre amo una vez, resguardaría la daga y el cofre con su vida, mientras que el poder de Dios corriera por su sangre, él llevaría a su pueblo a la victoria ante la guerra sin fin con el mundo del que fue una vez su hermano.
Su reino quedo en la parte más alta de la montaña, contrayendo murallas a su alrededor, para que ningún hermano pueda cruzar el umbral entre la vida y la muerte, entre la sanación y enfermedad, entre el recuerdo y el olvido y sobre todo entre la fe y la duda en sí mismos, aislándolos del mal de sus otros hermanos, escribiendo las reglas de su reino. Como consecuencia de su paranoia, escribió las reglas en la puerta del palacio, siete reglas, en total.
I. Cada domingo visitarás el templo
II. No pisarás fuera de los límites de tu reino
III. No tratarás de bajar a los mundos inferiores al tuyo
IV. Cada niño se enlistará en el entrenamiento militar
V. No desobedecerás las órdenes del patriarca.
VI. La traición y el asesinato serán condenados a muerte.
VII. Respetarás a tu madre y a tu padre.
Pasaron diez años, años en los que Uran había quedado atrapado entre su pasado y su venganza, siempre al atardecer observaba por la ventana de su palacio, como su gente comenzaba a iniciar nuevamente, pero las ansias de encontrar una puerta directa al infierno para obtener la vida de su hermano lo carcomía día a día.
—Creo que estas yendo demasiado lejos con todo este control Uran —expresó Odotnet, observándolo desde el quicio de la puerta, pero la respuesta de Uran fue solo un bufido.
—Y yo creo que los años están ablandándote —no dejó de ver por la ventana, apoyado en el umbral, con las manos detrás de su espalda.
—¡Uran! —quiso continuar pero su protegido no se lo permitió.
—Creo que la conversación no nos llevara a nada positivo —Uran había creado un ejército para que resguardara su mundo del caos que podía llegar, estaba seguro que Hadeo no se rendiría como él tampoco, tomaría venganza como también le arrancaría el corazón.
Sin embargo, Hadeo había oprimido su resentimiento, pero no dejaba de pensar en una salida de ese mundo al que estaba condenado, pero en el transcurso de diez años su corazón encontró un breve momento de paz cuando una hermosa joven de cabellos lacios y rubios, mirada azul como el cielo obtuvo su amor, su corazón y apaciguo ese fuego de venganza. Su nombre era Pasifae, la bella y tierna Pasifae.
Al paso de unos años más, Uran se tranquilizó, Odotnet le ayudó a olvidar, pero los recuerdo siempre lo invadían de noche, dándole las peores pesadillas, para ello, su guardián lo acompañaba cada noche a caminar por el campo de su palacio, Odotnet no lo llevaba a las partes bajas del reino, solo lo llevaba a lugares que le ayudasen a olvidar, a vivir y sobre todo a seguir, pero el testarudo Rey maquinaba como un reloj a cada instante, no hallaba la manera, la forma de poder entrar al mundo de su hermano y destruirlo, sabía perfectamente que Hadeo no descansaría hasta obtener el poder que Dios le dio, fue su promesa y siempre cumplía sus promesas y no permitiría que su pueblo sufra las consecuencias, debía dejar el poder de su padre y de Dios en un lugar seguro dónde su hermano no podría alcanzarlo, un lugar donde solo sus generaciones pudieran encontrar.
Mientras él pensaba en como destruir a su enemigo, Hadeo había dejado de lado las peleas y sus promesas, casándose con Pasifae y trayendo un heredero al trono infernal, pero no le dio el lugar que correspondía en su corazón, solo buscaba la forma de salir, pero sin éxito, la locura se apropió de él, como resultado un diario donde el frenesí y la demencia se hicieron presentes. Pasifae no le perdonó que dejara a su hijo Sagia de lado por una absurda venganza que consumió su alma como también su vida.
Uran no se quedaba atrás, buscaba la manera de romper sus propias reglas, aunque Dios se encargó que ninguno cruzara los mundos a su antojo, aunque las búsquedas frenéticas de ambos hermanos para hallar una salida y seguir con sus planes iniciales, no descansaron hasta encontrar la puerta que les abriría el camino a varios mundos, incluyendo el de los humanos.
En uno de sus tantos paseos, Uran se encontraba caminando por los pequeños bosques al norte de su palacio, cuándo encontró lo que buscó por años, caminó con descuido resbalando por una senda de arbustos, chocándose con una tapa de concreto que estaba oculta entre las ramas.
—¡Uran! ¿Uran? —gritó desesperado Odotnet al verle caer y rodar por los arbustos.
Su mirada se posó en el sello labrado en la tapa, era la misma forma labrada del cofre que le fue encomendado, pero estaba en desorden, las piezas no concordaban con la del cofre. No recordaba que esa imagen la tenía en su propia casa, solo recordaba que la había visto en algún lugar, dándose cuenta que debajo de ese sello una puerta se escondía.
—Estoy... Estoy bien —respondió acariciando el sello, sintiendo el calor y la fuerza que desprendía con un solo toque.
Simultáneamente, Hadeo cabalgaba por sus bosques, su caballo se detuvo de repente, negándose a continuar —¡Harre! Vamos…Anda —pero se negó a cooperar, bajándose de su caballo vio las ramas secas y hojas marchitas ocultar algo de concreto, era extraño, era un bosque con ramas y hojas secas, oscuridad y piedras, pero concreto no era parte de las tierras que él poseía.
Quitando las ramas y las hojas, encontró el sello, el mismo sello. Su mano acarició los bordes, sintiendo que una fuerza extrema estaba en medio de la piedra y el sello, ya nada podría detenerlos, ya nada se interpuso en el camino de ambos hermanos.
El poder los oprimió de tal manera que ambos no pudieron encontrar la paz que necesitaban, no pudieron encontrar paz en sus familias, en su hogar, en su mundo. Pasaron tres años en una larga búsqueda de una llave que pudiera abrir la puerta, la solución perfecta para poder armar el rompecabezas, pero nada, no había nada que les pudiera ayudar a abrir esa puerta, pasaba horas de horas en las noches tratando de descifrarlo, hasta que una de esas tantas, Uran recordó el cofre que sus guardianes resguardan en el interior del palacio —¡Señor mío! —subiendo de nuevo a su caballo, galopo de regreso, cruzando los pasillos de su hogar, abrió las inmensas puertas que resguardaban los tesoros que había heredado, se acercó a la gran mesa de concreto y logró ver el sello del cofre, era el mismo, solo que el orden estaba alterado, mientras él estaba demasiado ocupado con la puerta y la manera de abrirla. Regresando en su caballo, logró mover piedra por piedra, hasta que el sello estuvo completo, pero nada paso, estuvo a punto de regresar a casa, pero de pronto el sello dio un brillo deslumbrante, el ruido fue como cristal romperse, la tapa de concreto quedo destrozada dando paso a un camino lleno de árboles gigantes, tétricos y sombríos.
Sin miedo, apretó las riendas de su caballo y le obligó a seguir por ese camino que él no conocía y que podría correr peligro, adentrándose a las profundidades de ese bosque mesófilo, lleno de niebla, las ramas caían y los árboles morían al paso de la niebla, los ruidos eran estremecedores, ya que al pasar los crujidos de los árboles daban la sensación de que estos cobraban vida mientras se seguía el camino, ese era el mundo de los demonios, aquel mundo condenado, aquel mundo donde vivía su hermano, donde todo a su paso llegaba a morir, sin embargo logró ver un segundo camino que daba a una pradera de altas montañas, un camino exhaustivo y largo que lo llevaba al mundo de sus hermanos humanos, aquellos que decepcionaron al Padre como ellos también lo llegaron a decepcionar.
CAPÍTULO 6:
EL PODER DE MATAR
Uran siguió observando con detenimiento, su caballo desacelero el ritmo, caminando con cuidado por las anchas ramas y raíces de los árboles, tomando uno de los caminos más tétricos, siguió galopando con cuidado, hasta que la presencia de alguien siguiendo sus pasos lo hizo desenvainar su espada, bajar del caballo y esperar a la presencia que sigilosamente lo espiaba —¡Uran! ¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó su guardián y amigo Odotnet.
—¡Cielos! —cerró los ojos y guardó su espada al ver al tigre caminando hacia él mientras que un grupo de soldados escoltaba al tigre —¿Qué rayos haces aquí? —le preguntó hosco —No era necesario traer una escolta.
—Creo que esa pregunta debería hacerla yo, has roto la puerta que impedía el paso de nuestros enemigos a nuestro reino, sabes que eso no se puede deshacer, estaremos vulnerables a ataque y todo por tu necedad.
—Sabes a la perfección que es algo que debí haber hecho hace ya mucho tiempo —guardó su espada y volvió a montar su caballo, apretó las riendas y continuo con su camino.
—Eres vulnerable Uran, si llegas a morir todo estará perdido, no has dejado un heredero que siga con la tradición que tu padre encomendó, cómo dejarás que el poder de Dios caiga en manos enemigas —le reprendió.
—No hay enemigo que pueda conmigo, si acabo con Hadeo todo acabará, tendremos paz.
—¡Te equivocas! Tú obtendrás paz, nosotros la guerra.
—Si has venido solo a molestar, regresa por dónde has venido, no te necesito —siguió su camino por el largo camino de la oscuridad.
—Siquiera sabes que tus poderes son obsoletos aquí, es un lugar neutro, por lo visto este camino impide que canalicemos nuestros poderes —le explicó Odotnet a lo que Uran solo respondió con un simple ¡Uhm!
Claro que lo sabía, ya que deseó utilizar su poder para iluminar más su camino pero se dio con la sorpresa que era mortal, además de que su nariz extrañamente sangrara —Sabes que he esperado muchos años, demasiado años para poder encontrar este camino.
—Peor te arriesgas a adentrarte a las profundidades de un mundo que no es conocido por nosotros.
—Vale la pena.
—¡Vale la pena morir por nada!
—No moriría por nada, moriría vengando a mi madre, destruyendo al enemigo y obteniendo de una vez por todas, la paz que todos necesitamos.
—Tenemos paz, solo que tú te empeñas a desatar una guerra.
—No interesa ya —respondió Uran sin mirar a su guardián y siguiendo su camino.
—Si no valoras tu vida valora la vida de tus soldados, velos —gritó, haciendo que Uran volviese el rostro mirando a sus soldados que cabalgaban detrás de ellos los habían seguido —¡Míralos!, valora por piedad sus vidas, son jóvenes al igual que tú, pero si no aprecias vivir, ellos sí, regresa y cuando estés preparado busca tu absurda venganza, pero ahora solo regresa.
—¿Absurda? —sé detuvo para enfrentar a su guardián —¿Absurda has dicho? —sus ojos se llenaron de un destello de ira, un tono desdeñoso y la boca en un gesto hosco —Mató a mi madre y aun así llamas absurda al querer obtener justicia —trató de explicar sus motivos.
Odotnet sabía bien la respuesta —¡Justicia! Llamas a esto justicia, no lo es ¡Te equivocas! Es venganza lo que deseas —miró a los soldados —Regresaremos ahora —rugió.
Volviéndose para mirar a sus soldados, supo que no estaban preparados para una batalla como esa, así que dio vuelta a su caballo y regresó a paso lento —Lo hago solo por ello.
—Si respetas a tu pueblo, olvida esa venganza.
—Yo respeto a mi pueblo, pero también amé a mi madre ¿Acaso eso no me da motivo para obtener justicia?
—Sí, pero no por tu propia mano —le miró de reojo con una expresión dura y eso era un mal presagio, tendría problemas.
—Recuérdame no traerte a la próxima.
—Recuérdame tú a mí donde dejaste tu poco juicio.
Regresaron al palacio tras largas horas a caballo, Uran había seguido sin darse cuenta que su viaje había sido más largo de lo que incluso él esperaba. Cuando llegó al palacio se deshizo de su armadura, dejó su espada y se encerró en sus aposentos, necesitaba saber que era lo que escondía el final de ese camino, ya que todo era incierto, podía ser el infierno, podía ser otro mundo aparte de los conocidos, o simplemente un callejón sin salida, sentado al pie de su cama, se restregó el rostro con ambas manos debido a su frustración, entonces sintió la presencia de aquella doncella que cuidaba de él, estaba observándolo desde el umbral de la puerta con una bandeja en mano —Mi señor —dijo la joven castaña de ojos pardos.
Uran levantó el rostro y se fijó en ella, la había visto incontables veces en el palacio, pero jamás le prestó la debida atención —¿Qué quieres? —preguntó con brusquedad, pero de pronto se arrepintió de ser hostil con la joven, mascullando una maldición se disculpó —Lo siento, qué deseas.
—Vine a asearle, mi señor, sé que su paseo fue largo y debe estar cansado.
Uran cayó rendido al pie de su cama y se empujó a sí mismo sobre sus codos —No creo que sea lo mejor en estos momentos —Ladeó la cabeza observando a la jovencilla —¿Cuál es tu nombre niña?
Ruborizándose, mordió su labio inferior y sonrió —Tirsa, mi señor.
Levantándose de la cama de un salto, se acercó a la joven y admiró lo bella que era —¿Hace cuánto que estas al servicio de la casa?
—Tan solo cinco años, mi señor —la joven amedrentada bajó la cabeza y evitó verle a los ojos, ya que temía que Uran viera los sentimientos que guardaba su corazón.
—No me digas señor, solo Uran. Dime Uran —llevó un dedo a la barbilla de la joven levantando su rostro, notando que era incluso más bella de lo que pensó —¿Eres casada?
—¡No!
—¿Deseas unir tu vida a alguien en especial? —volvió a preguntar, incomodando a la joven Tirsa.
—Sí, pero él no me quiere ni me mira —admiró las facciones de aquel rey resentido, pero sabía que en el fondo tenía un gran corazón.
—Qué clase de ciego no aprecia tu belleza —exclamó acercándose tanto a Tirsa que acercó sus labios a los de la joven nerviosa.
—Tú —pensó ella, pero tan solo calló y sintió el aliento de Uran sobre sus labios, pero de la nada, Uran se irguió y se alejó de ella, volviendo a sentarse al pie de su cama —Ve a casa Tirsa, esta noche ha sido demasiado larga.
Hadeo, por otro lado, no tuvo suerte en poder descifrar el sello y pasó sus días escribiendo un diario de trece capítulos en los cuales relató cómo fue condenado y despojado de sus tierras, cómo fue que Dios lo lanzó sin compasión a un mundo oscuro y de cavernas, describiendo el poder de cada ser que él conoció y como los despojados y arrojados al infierno conservaron parte de su esencia pero condenados a subsistir en un mundo de oscuridad y penuria.
Describió a los ángeles y como llegaron a controla el fuego, movimiento de objetos con la mente, campos de fuerza, tele trasportación, precognición.
Para aquellos que controlaban el agua, absorbían poderes, telepatía, agilidad y reconocimiento de poderes, podían ver dentro de los demás, saber sus sentimientos y pensamientos, Tele trasportación.
Para los del clan viento, sus poderes eran la manipulación de objetos, poder reconstruirlos, manipulación del sueño, tele trasportación. No decía como destruirlos, pero si descubrió que sus poderes se anulaban con el titanio.
Los poderes de su clan, no eran tan diferentes como los de sus enemigos los ángeles, los poderes de Hadeo eran control del fuego, telequinesis, telepatía, paralizar a sus enemigos, agilidad y tele trasportación, pero lamentablemente fue el único de su especie que no logró conservar sus alas como recordatorio a su traición,
Para el control de agua, absorción de poderes y energía, tele trasportación, campos de fuerza.
Control de viento, esos demonios eran considerados los más fuertes, telequinesis, telepatía, infligir dolor físico, invisibilidad, manipulación de recuerdos, posesión.
No podían trasportarse de un mundo a otro ante los sellos que resguardaban cada entrada, sus alas podían salir sin dolor y por lo poco que sabía en infierno solo era el comienzo a la eterna agonía que le esperaba por ir contra los mandamientos de su padre.
CAPÍTULO 7:
GENERACIONES.
Pasaron años desde que el mundo fue dividido, aquellos dos hermanos convertidos en hombres, gobernantes que priorizaban el bienestar de su pueblo, pero todo cambió esa noche de tormenta, una tormenta que azotó el reino con gran fuerza, Uran tuvo la idea de poder armar y preparar tropas en siete días, llevando consigo a los animales Inumine con ellos. Solo necesitaría suerte y la manera adecuada de poder llevar las tropas, pero su guardián Odotnet se opuso que a que él les acompañara en esa primera expedición, ya que no sabían que peligros podía contener ese camino y más sabiendo que Uran no había dejado herederos que pudieran tomar el mando y resguardar el poder de Dios, así que preparó todo para ese viaje dejando a su hijo Foat y su familia resguardados en el palacio, además de dejándoles al cuidado de Tirsa.
Estaba todo preparado, solo necesitaba un golpe de suerte para poder dar con su hermano y darle muerte, tuvo miles de ideas de cómo hacerle agonizar, así que en medio de la noche sacó la Daga que su padre le dio, empuñándola con fuerza, tomó a unos de sus caballos, apretó las riendas y se adentró a las profundidades de ese bosque mesófilo dejando a atrás a sus propios soldados, desobedeciendo las ordenes de Odotnet y arriesgándose a morir sin dejar el legado de Dios en manos propicias.
Tirsa le había visto inquieto esa tarde, lo vio visitar la habitación donde los tesoros de su pueblo eran resguardados, mientras que vestido con su armadura dorada y afilando su espada supo de inmediato que él se adelantaría a las órdenes del guardián, no supo en que momento dejó el palacio pero cuando se acercó por la ventana a observar a las tropas, lo vio escabullirse de la guardia montado en su caballo y siguiendo rumbo al nuevo camino que había en su mundo, sus nerviosa la traicionaron y ahogando un gemido, supo de inmediato que Uran no regresaría de aquella expedición, pues para él no era una simple exploración, era desatar la guerra —¡Dios mío! —gimió, al verle tomó su capa y corrió tras él, llamándole a la distancia mientras que la tormenta azotaba el reino —¡Uran! ¡Uran! —gritó con desesperación, mientras que el frío caló sus huesos, sus cabellos mojados goteaban y sus ojos trataron de buscarlo pero le fue imposible ante la fina lluvia. Por un momento pensó en seguirle, pero supo que nada ganaría con ello, así que fue en búsqueda de Odotnet ya que era el único que sabría qué hacer en ese momento, corrió por la aldea y lo encontró en la plaza, que listos con una tropa estaban ya por comenzar su camino, corrió hacia él y con un nudo en la garganta trató de explicarle y que se diera prisa —Tienes que ir tras él, Uran se ha adentrado a las profundidades de ese bosque sin compañía más que su espada y la daga de Bendora, con ello desatará una guerra ¡Date prisa! Uran cometerá una locura —su corazón martillaba y el nudo en su garganta no le permitía respirar con normalidad, le vio con sus grandes ojos pardos.
—Solo quiero que me prometas una cosa Tirsa, si no regreso con vida, cuida a mi familia, protege a Uran sé que tú serás su esposa —se acercó a ella, besando su mejilla y cerrando sus grandes ojos, desde que se abrió esa puerta él tuvo ya un mal presentimiento que atenazaba sus entrañas —Te doy mi bendición, despierta a todos, que se preparen porque hoy, esta noche de tormenta, una batalla iniciara —deslizó sus alas y una luz roja iluminó su cuerpo haciendo que desapareciera, había sido tele trasportado a la base de roca.
Los soldados con paso firme comenzaron a seguir su camino sin romper filas hasta la base del sello, necesitaban estar preparados para lo peor, comenzaron adentrarse en el terreno desconocido en medio de la oscuridad, la lluvia cubriría sus pasos, como los truenos y rayos iluminarían su camino.
Tirsa no pudo más y sus lágrimas resbalaron por sus mejillas, corrió al palacio donde utilizó su máximo poder de concentración, deslizó sus alas, el dolor y angustia de no ver más a Uran era la fuerza que necesitaba, levantó la vista a los cielos y gritó con la fuerza de miles de ondas sonoras, su cuerpo comenzó a formar una campo de fuerza roja a su alrededor —Ángeles, la batalla ha comenzado —la luz que había formado su cuerpo se extendió por todo el reino, despertando a grandes y chicos, guardianes y mensajeros. Quedando débil, cayó de rodillas, con la respiración entrecortada y el alma en un hilo, temía perder a Uran.
El caprichoso patriarca, pasó por la puerta perdiéndose en la oscuridad, apretó las riendas de su caballo y lo obligó a correr por ese camino escabroso, árboles con raíces menos profundas, más cortas y pesadas, la niebla espesa y el ambiente húmedo solo habían que la luz de la antorcha fuera menos, pero aun así siguió su camino.
Odotnet pudo distinguirlo y corrió tras él, no lo perdería, no lo perdería como pasó con su padre —¡Uran! Espérame muchacho —trató de detenerle, a los pocos minutos de llamarle, la sombra se detuvo —No trates de ser el héroe, tienes un pueblo que te necesita, una mujer que te espera.
—Por favor Odotnet, no podré vivir con esto en mi vida.
—¡Testarudo! Solo estas poniendo en riesgo el poder de Dios que yace en tu sangre, no te das cuenta que si mueres todos estaremos perdidos —sonó más una súplica, pero Uran se mantuvo obcecado.
—¡Déjame! Lo que he iniciado debo ponerle fin, abrí la puerta y yo la sellaré.
—No seas tonto muchacho el sello está roto y la puerta ha sido vulnerada, crees acaso que podrás cerrarla, es sencillamente imposible, regresa, regresa y deja esta tonta idea atrás.
—Lo siento Odotnet, pero mi espíritu y corazón deberán descansar.
—Está bien. Pero si sales de aquí, quiero que protejas a mi familia, pero también que formes una familia con Tirsa, ella te ama, ella hizo todo lo que hizo por ti, arriesga su vida, dale el mayor obsequio y cásate con ella —sabía que algo malo pasaría y que regresar al reino con vida no era una opción.
—Deja de hablar cosas sin coherencia. Regresaras, aunque pasara algo, tu familia estará conmigo y mi generación.
Siguiendo con su camino, trataron de adivinar que más seguía adelante, con sus poderes anulados lo único que los protegía era la espada y la daga que Uran había hurtado del palacio, no supieron cuánto tiempo llevaron caminando, pero lograron ver el mismo sello que Uran había roto días atrás, por un instante Odotnet respiro tranquilo, podía convencerlo de regresar a casa ya que el sello infernal por lo visto estaba intacto —El sello demoniaco está intacto, no rompas la línea, no rompas la puerta, tienes esa opción Uran ¡Piensa bien!
Reacio a escuchar, tocó la pared de piedra y sintió el poder que esta emanaba —Tiene la misma combinación, podemos hacer esto, no te preocupes —miró fijamente a su guardián, mientras este sabía que el peligro era inminente.
—Sabes que si rompes ese sello no habrá vuelta atrás, tu raza y futura generación serán vulnerables a nuevos ataques y quizás una guerra.
—Una guerra que yo ganaré —y sin más movió las piezas rompiendo el sello y abriendo para siempre la puerta de los infiernos.
La pared se derrumbó piedra por piedra, dando paso a un camino de rocas negras y más oscuridad, Uran subió a su caballo y continuó su camino hasta que logró ver que seguido de ese bosque, las partes bajas de los infiernos comenzaban a dar forma, campos cubiertos con hojas secas, pequeñas casas, no había un palacio, no había murallas, solo inicios de un mundo, logró ver a lo lejos un ejército que resguardaba el pueblo, mientras que el sonido de una corneta anunció el cambio de guardia, quiso ir e infiltrarse entre la noche y la oscuridad de ese mundo, pero se detuvo al ver a su hermano a unos cuantos metros, estaba sentado en su caballo mientras que apretaba con fuerza las riendas, una gran capa negra cubría su espalda y sus cabellos largos le conferían los rasgos más hermosos y oscuros, Hadeo había envejecido, había madurado, se quedó observándole por un instante y sin saber cómo tuvo las agallas salió de su escondite y caminó por el bosque —Hadeo —gritó el nombre de su hermano, quien volvió el rostro y abriendo los ojos de par en par no daba crédito a quien volvía a ver después de tantos años.
Perdiendo el control del caballo este desbocado se levantó y relincho, haciendo caer a su jinete y cayendo bruscamente contra el cuerpo de su amo, Hadeo intentó levantarse, quitar el peso del caballo pero le fue sencillamente imposible.
—¡Vamos Uran! Deja a tu hermano, sea lo que sea, es tu hermano —rogó Odotnet tras su protegido.
Acercándose a su hermano, lo vio peleando con el cuerpo del pesado caballo, observándose fijamente, ambos quedaron en silencio, Hadeo reaccionó e intentó quitar el cuerpo del caballo de sus piernas pero sin éxito, entre segundos se observaron por última vez a los ojos —¡Rompiste el sello! ¿Cómo lo has logrado? —preguntó aturdido ante su visita.
—El odio que te he guardado me ha ayudado a encontrar la manera de poder cruzar tu mundo.
—¡Uran! —logró pronunciar su nombre. Deslizando la daga de Bendora, la apretó con fuerza y le apuñaló el corazón, los gritos de Hadeo se escucharon por el reino haciendo temblar el lugar, viéndole convertirse en piedra y ceniza, por un momento pensó hallar paz, pero lo único que lo invadió fue remordimiento.
La guardia al sentir que su rey había muerto, lograron ver a Uran y su inconfundible armadura dorada y la daga en mano junto a las cenizas de su jefe, tomando sus armas en manos corrieron ante ese guardián para de igual manera arrebatarle la vida.
Odotnet al ver que se acercaban varios demonios, le ordenó que regrese de inmediato al castillo —¡Vete! Lárgate de aquí —extendió sus alas, no permitiría que más gente derramara su sangre por algo innecesario.
Uran al ver la decisión de su guardián, se negó a salir —¡No! No lo haré.
—¡Vete! Sal de aquí, yo los detendré, tendrás tiempo para salir de aquí —observó por última vez a su amigo, pero no le abandonó deslizó su espada y comenzó a luchar contra los demonios que venían a su alcance, logró matar a varios, pero ver un ejército venir contra ellos era demasiado, tomando las riendas del caballo de su hermano, subió a él y comenzó a galopar junto a Odotnet por los bosques del inframundo, pasaron el sello mientras que el ejército demoniaco les daba seguimiento, estaban a pocos metros de llegar al reino, pero Odotnet no dejaría que traspasaran las murallas, si lo hacían todo estaría perdido, deteniéndose volvió la vista a Uran quien se detuvo también —¿Qué haces? Sigue, sigue —le pidió a gritos Uran.
—Debes llegar a la muralla y advertir a todos, ellos jamás se detendrán.
—Pero debes seguir, no ganaras nada entregándote.
—Podré calmar sus ansias de venganza y su sed de sangre, acabamos de matar a su rey y ellos querrán lo mismo.
—Lo querrán siempre, si te entregas será un sacrificio en vano, pelea junto a mí, pero pelea para resguardar las murallas —apretó las correas y siguió su camino junto a su tigre protector, al llegar a las puertas del cielo, bajó del caballo y dándole un golpe en el lomo lo dejó libre, tomando su espada y acompañado de sus soldados se inició la primera guerra por el poder.
Muchos murieron esa noche, pero ganaron la batalla, Uran salió victorioso, pero perdió a su mejor amigo por su necedad y capricho, no le escuchó cuando debió hacerlo, cansado y con la espada en mano, observó que sus pocos soldados seguían de pie resguardando su entrada, mientras que los pocos demonios no tuvieron más opción que retroceder y regresar a su reino, agotados por la batalla se quedaron de pie ante su entrada por miedo a una represalia, pero Uran no pudo más, cayendo de rodillas, soltó su espada y tomó la tierra de su reino entre sus puños, su error había costado la vida de inocentes, su error le había costado la paz.
Tirsa había resguardado en el palacio a mujeres, niños y ancianos, pero cuando los gritos y los temblores de sus tierras ante la pérdida de sus soldados cesaron, supo que la batalla había terminado, terminado momentáneamente, ya que los demonios no se rendirían con facilidad, sangre habían derramado, sangre deberían reclamar, vivirían entre guerras y morirían en guerra, Tirsa no que equivoco en aquella predicción.
Sentir una humedad sobre su frente le hizo arrugar el ceño, estaba cansado pero necesitaba volver al portal, necesitaba resguardar las murallas de su reino, pero una dulce mano le impidió levantarse —Debo regresar a la muralla —dijo entre el dolor y el cansancio.
—La muralla está bien resguardada —le dijo Tirsa limpiando sus heridas.
—¿Cuántos días llevo en cama? —preguntó observando a la joven castaña.
—Llevas cinco días, tus heridas sanan lentamente.
—Mis heridas son la menor de mis preocupaciones —se irguió torpemente de la cama y quiso levantarse, Tirsa sin más remedio le ayudó a ponerse de pie, sosteniendo el duro cuerpo de aquel Rey.
—Debes descansar o las heridas se abrirán.
—Déjame ver por la ventana, quiero ver por la ventana.
—No veras destrucción, lucharon y dieron su vida misma protegiendo la entrada, no hubo pérdidas más que tus soldados y de Odotnet —con la mano libre, logró abrir la ventana y le mostró su reino, y en efecto todo estaba como el recordaba, a excepción de un grupo de soldados y guardianes resguardando la entrada que por su capricho él abrió.
—¿Cada cuanto cambian la guardia de la entrada?
—Tratamos de hacerlo cuatro veces al día, no sabemos cuándo podrán atacar —lo llevó de regreso al pie de su cama.
Uran levantó el rostro y admiró a Tirsa, entonces las palabras de su fiel amigo tuvieron sentido —Se mi esposa, se la madre de mis hijos y ayúdame a gobernar —le vio a los ojos, observando su belleza por primera vez, perdiéndose en su ardiente mirada, sabía que ella era una de las mejores mujeres, una dama, una mujer que lucharía y daría la vida por su reino.
Sin palabra alguna por segundos, se acordó del rostro de Odotnet y la las palabras que dijo —Lo único que le pido es que interceda por el bienestar de la familia de Odotnet, que sus hijos vengan a vivir al palacio cuando sea su esposa —bajó la mirada, tratando de ocultar el inmenso amor que le tenía.
Con su mano sana, levantó el rostro de la muchacha —No ocultes ese amor —se levantó y acercó a ella dándole un beso lento, corto y apasionado —Ellos siempre estarán a nuestro lado.
Desde ese día Uran, aprendió a amar, a respetar sus códigos, a su gente y sobre todo respetar la vida que su padre alguna vez le dio. Se unió a Tirsa y cumplió lo prometido, llevó a la familia de su guardián a casa, construyó una escultura de mármol en su honor, como héroe de batallas y con una inscripción debajo de esa estatua del amigo perdido —“Da gracias a la vida por darte lo que tienes, agradece a tu gente por el amor que te tiene, pero lo más importante, deja el pasado atrás, sigue y disfruta de lo que hoy tienes y trata de imaginar lo que mañana llegues a tener”
Fue una lección dura para ese Rey, pero tuvo la sensatez de continuar gobernando y tratando de impedir el paso de los demonios a su reino, ante el nacimiento de su hijo Adel, al tener al bello niño entre sus brazos supo que no podía resguardar más el poder de Dios, que su misión era resguarda a su familia y a su pueblo y vivir con el peso de esa misión sobre sus hombros solo le acabaría como hizo con su joven padre.
Resguardando la daga, y el cofre que contenía en su interior cuatro profecías que hablaban del pasado, presente y del futuro, en el escribiría las pistas necesarias para que el elegido liberé el poder de Dios y le ayude a vencer el mal del mundo por tercera vez, puesto que una guerra se desataría en los mundos y destruiría todo a su paso.
Con ayuda de Tirsa, sacó el obsequio de Dios de su cuerpo, resguardándolo en un una placa hexagonal de plata, con el sello del cofre de Bendora como pista, guardó en ese metal el poder de Dios, el poder de Sanel y ofrenda a ese nuevo sello su poder mismo, Uran se convirtiéndose en mortal por decisión propia, convirtiéndolo en una tradición, las generaciones de fuego debían reguardar el poder de Dios y dar como ofrenda antes de su muerte sus dones para así asegurar que el sello permaneciera oculto y resguardado y así hacer obsoleto el uso del medallón, era la única manera de garantizar la prevalencia de la humanidad.
Al haber expuesto a su raza a un posible exterminio, abrió puertas que le fueron imposibles de cerrar al pasar del tiempo, pero logró ver un poco de luz en tanta oscuridad, con la creación del sello garantizaba que en el futuro sus predecesores pudieran hallar la manera de cerrar las murallas que él por su intransigencia abrió, con ello podrían invocar a su raza y dar inicio al ritual que devolvería a Dios a la vida cuando el mal ya se expandiera por el mundo, entonces creo el sello que haría resurgir el poder de Dios con siglos de ofrendas y así devolviéndole a ese padre ausente la vitalidad, devolviendo la fe y la vida.
Y en otra parte del mundo, dejó a Triassag, el sello con el cual los jefes del trono que vendrían podrían depositar su poder y dar inicio al juicio, con la forma de un círculo tenía al norte al fuego al sur al sello de agua, al este la tierra y al oeste el sello de viento, mientras que en el centro un hexágono como pieza faltante, allí tendría que depositarse el poder de Dios.
Descubrió de mala manera que el fin estaba más cerca de lo que él mismo pensaba, descubriendo que el cofre que resguardaba, contenía cuatro papiros, en ellos revelaba los secretos del mundo, el nombre de los salvadores, así como el final de la historia. En cada profecía, al final de cada una, se encontraba dibujada una fracción del sello de cofre, un indicio que con el tiempo los encargados de destruir al mal descubrirían.
La primera profecía narraba como todos fuimos creados, como el hombre había tentado contra Dios y contra sí mismo. Al inicio de la creación sus nombres eran Inumine y eran cuatro especies distintas. Ese rollo estaba envuelto por un listón blanco y un anillo con la forma de un halcón desplegando sus alas, mientras una ráfaga de viento lo envolvía, el mismo sello del medallón.
La segunda profecía, en ella narraba como la cuarta especie fue despojada del reino por las manos de Sanel, ya que el jefe del clan advirtió sobre el mal que traería uno de los hijos del Clan Fuego, prediciendo una de las batallas más poderosas de dos hermanos, Hadeo y Uran. Ese rollo estaba envuelto en un listón marrón y un anillo con la forma de un tigre con una ráfaga de Tierra se desplegaba de sus alas.
La tercera profecía, en ella revelaba que después de siglos, una de las generaciones traería la paz a ambos reinos, uniendo sus fuerzas tratando de evitar más guerras. Siendo los tres al trono de cada reino como Dios dispuso. Hablando de todas las generaciones de Uran han donado su poder antes de morir, depositándole en el sello que el patriarca construyó, bajando a la tierra cada 70 años depositando su poder. Ese rollo estaba envuelto por un listón azul, y un anillo con la forma de un delfín nadando en el mar, las aguas envolviendo su cuerpo.
La cuarta profecía, revelaba en nombre de la última generación de cada especie, incluyendo del reino de los infiernos, como todos los clanes regresarían a la lucha por salvar la vida de muchos, incluyendo sus vidas mismas. En ella no daba información de quien ganaría esa batalla, solo daba los nombres de esos muchachos que serían la última generación viva de ángeles, la última generación de guardianes y protectores. Este último papiro no revelaba mucho, envuelto con un listón rojo y el sello de un lobo con alas envuelto en llamas.
En cada papiro había un fragmento de poder, mínimo pero era un tesoro invaluable de las generaciones pasadas, siendo un tesoro más que guardar para los ángeles y cómo predijo, los años pasaron y los hijos de aquellos dos rivales crecieron, formando su familia, convirtiéndose en hombre, convirtiéndose en jefes de estado, vivieron años de infinitas guerras para solo un años de paz, la destrucción marco a ese pueblo, como marco también a sus tradiciones.
El hijo de Hadeo, Sagia le enseño a su hijo Hur todo lo que tenía que saber sobre los demonios y sus rivales, y así pasaron los medallones a sus sucesores varones.
El hijo de Uran, Adel le enseñó y mostró a su hijo Wuk y a su hija Jeka como es que la vida en el reino se vio amenazada por los demonios y el hermano de su abuelo, enseñándoles la ubicación del sello y de Triessag, mostrándoles que depositar su poder como ofrenda garantizaba que la maldad llegara a su fin y que esa tradición debía seguirse hasta que la llegada de los tres al trono, trono que sería dividido y daría años de paz, pero también traería a las puertas a la destrucción. Jamás cambiaron la historia, pero nunca se dieron cuenta que ambos hermanos fueron los responsables de una guerra que jamás terminaría. Dos hermanos que fueron rivales desde su nacimiento, nombres que yacen en el muro del conocimiento y del recuerdo, memorias de dos grandes que perduraron en la historia, memorias llenas de rivalidad, egoísmo, guerra y sangre
Como Dios lo predijo, sus hijos tuvieron hijos y sus hijos también tuvieron hijos, el reino fue poblado, mientras que las ideas de guerra y matanzas también crecieron, hasta que la llegada de uno de los tres al trono fue cumplida, un miembro directo de la línea de Uran, un hijo, primogénito y descendiente, y su nombre era Linus, el último de los grandes.
CAPÍTULO 8:
LOS TRES AL TRONO.
Después siglos y siglos de batallas, la lucha entre reinos persistió, al igual que sus ideas de conquista y devastación, donde nuevos enemigos habitaron el reino, para luego ser despojados de sus habilidades, ser destruidos lentamente mientras que eran despojados de sus almas y de llegar a la gracia de Dios padre.
Fue entonces, para términos de los años de 1940, en plena guerra entre los mundos, cuando el infierno trataba de conquistar las tierras de los ángeles, y los ángeles destruir desde raíz el mal, nacieron seis niños entre el cielo y el infierno, Dios les había advertido a los primeros reyes de esos nacimientos, los tres al trono para cada reino habían llegado al fin.
Conocidos como guardianes blancos, tres varones nacidos de distintas familias, tres ángeles que tomarían el poder a la mayoría de edad, Linus que siguió la generación de Uran, de sus antepasados, fue el que nació primero, tomando el trono demasiado joven ante la muerte prematura de su padre.
Dos años después de su nacimiento, nació el segundo niño del clan de agua, naciendo con la marca de los reyes, el delfín rodeado de una ráfaga de agua, fue bautizado como Firop, para luego de seis años, nació Begord, con la marca del clan de viento.
Mientras que los demonios también tuvieron triple nacimiento de distinta madre y padre, eran varones, Druagar nació tres años antes que Linus, descendiente directo de Hadeo, Triaco guardián oscuro del clan agua nació el mismo día que Linus y Alianu era el guardián oscuro del viento, era menor de todos los guardianes, naciendo dos años después de Begord.
Tras el nacimiento de cada uno, los medallones se prepararon para recibir a sus elegidos, llegando a sus manos el día en que nacieron, la barra de protección se desvanecía lentamente al disminuir el poder que concentraban cada sello, sin importar donde estaba esos niños, los medallones cruzaron mundos para llegar a sus propietarios, cruzaron todo obstáculo para llegar a aquellos que darían vida al inicio del juicio.
Sin embargo no fue el único que tuvo que pasar por una dura prueba, la caída fue dura, la sensación de ardor, de frío, hizo que su cuerpo no solo cambiara, sino que le hizo aún más débil de lo que solía ser, lo habían arrojado de su tierra, de aquella tierra que le pertenecía por derecho, le habían arrebatado lo que él consideraba suyo. Cansado por el agotador viaje, quedó en el suelo por horas, solo para despertar siendo diferente y ver que pertenecía a un mundo oscuro, un mundo al que siempre vio como un mundo destruido por un Dios que nunca supo comprender.
En medio del polvo, de las cenizas y el dolor, trató de ver a su alrededor, era un mundo extraño, pero había sido condenado sin remordimiento y miedo alguno al lanzar a uno de los suyos al infierno, tratando de levantarse sintió el dolor de su espalda, le había arrancado las alas sin compasión arrebatándole lo único que atesoraba, de pie supo que el infierno sería su nuevo hogar, su padre no había hecho intento alguno de rescatarlo, solo lo reprendió y observó cómo ese hermano suyo lo había lanzado a un lugar al que posiblemente no sobreviviría, su nombre solo traería la muerte así que opto por dejar también atrás el nombre que su padre le había dado.
Adrex, el padre de Linus, le enseñó todo lo que sus ancestros le enseñaron a él, su hermano menor Olap había muerto en batalla en día en que su segundo hijo nació, siendo un gran golpe para él. Sin que los ancestros de Uran se olvidaran de lo prometido, nombró a las generaciones de Odotnet guardianes oficiales del reino, creciendo junto a las generaciones, resguardándoles, siendo el último de la generación Miaka.
Desde el nacimiento de los Guardianes blancos, las guerras se intensificaron, las muertes superaron números, mientras que la gente del pueblo solo clamaba paz y rendición, la vida estaba siendo más difícil, los sueños estaba desmoronándose, como también la esperanza de vivir en un mundo tranquilo, que solo era una nube que se disipaba a la realidad violenta de su reino.
Un reino extenso, con estatuas de cada rey al trono, mientras que cada guardián que murió junto a aquellos reyes también tenían su tributo, Linus paseaba por aquellos caminos mientras que la sombra de aquellos grandes líderes lo escoltaban hasta el palacio que habían construido con el tiempo, quizás en ese momento su visión cambio, muchos le atribuyeron a Linus un parecido con el primer patriarca angelical, era tan parecido a Uran, que muchos decían que era la reencarnación de su antepasado, con cabellos rubios, ojos pardos, un cuerpo atlético resultado de tantos años de entrenamiento, aunque su padre le negaba participar en las guerras, a ello, Linus no se perdonó jamás el no poder sostener la mano de su padre al morirá la edad de 25 años su familia había sido destruida por la ambición de dos pueblos que deseaban a toda costa el poder y el cayó en aquella maraña también, cometiendo el terrible error de tomar justicia por su propia mano.
Los padres de aquellos dos herederos murieron por la misma mano y al mismo tiempo, obligado a hacerse cargo del trono demasiado joven, como también tomar a Miaka como su protector y guardián, ambos comenzaron a hacer de ese nuevo reino en ruinas por las guerras un lugar mejor.
Cuentan que en la última semana de invierno, los dos reyes faltantes, tocaron a la puerta de Linus, pero no aclamando el trono, sino justicia y paz, puesto que las guerras y las invasiones a su hogar les habían arrebatado a sus padres, cómo olvidar que en esa semana de invierno, observó por la ventana la espesa nieve que cubría su reino, sintiendo la nostalgia de la pérdida de su padre, quedó dormido en su cómoda otomana, Miaka estaba recostado en la alfombra, siendo calentado por el fuego de la chimenea, entonces sintió el ruido insistente de la puerta, poniéndose de pie, caminó hasta su amigo, despertándole —¡Linus! Linus debes despertar, alguien llama a la puerta.
—Calma Miaka, debe ser el viento —se movió acomodándose, pero su amigo insistió.
—Vamos flojo ¡Levántate! —Miaka movió la otomana haciéndole caer, obligándole a tomar su espada y bajar las escaleras del palacio.
—¿Quién toca la puerta a estas horas? —se preparaban para atacar, Miaka contenía en su boca un esfera de fuego listo para atacar, Linus con su poder de telequinesis abrió la puerta. Pero antes de poder dañar a alguien, observaron bien, deteniéndose a tiempo se dieron cuenta de que aquellos golpeteos insistentes provenían de dos jóvenes, encapuchados y mojados por la tormenta y tiritando de frío por el mal clima de ese invierno.
—Mi señor, debemos hablar con usted —replicó uno de ellos mientras sujetaba de la mano al otro muchacho de 14 años aproximadamente.
—¿Que desean? —Miaka preguntó molesto.
—Queremos hablar sobre la marca —subieron sus mangas, mostrando el tatuaje de los reyes, aquel símbolo que marcaba la diferencia entre aldeanos y reyes. Linus al ver la marca en sus muñecas, soltó la espada que cayendo al suelo el sonido del titanio quedo acentuado en el silencio del palacio, ya que la llegada de los dos sucesores que Dios predijo tiempo atrás, conllevaba a que la breve época de paz terminaría dando inicio a una de las mayores guerras que arrasaría con todo a su paso, incluso con la vida de la tierra, iniciando el juicio final.
Miaka observó el rostro de Linus, no sabía que decirle, estaba confundido, aun no sabía mucho sobre el reino, pero las únicas palabras que pudo articular fueron duras de decir —Sus padres ¿Viven? —pero la negativa de ambos fue dolorosa, habían perdido a sus padres en la última invasión de los demonios.
Linus caminó hacia ambos muchachos, invitándoles a pasar, sosteniendo sus hombros, dándoles la fuerza que necesitarían, desde ese día el reino de los cielos se dividió en tres, tres legítimos patriarcas y herederos del trono, tres Guardianes Blancos que traerían junto a su reinado la paz que su pueblo tanto anhelo.
Año tras año, iban creciendo, enseñando a su pueblo nuevas costumbres, por otro lado, los jefes del infierno fueron llevados al poder para calmar las disputas entre ellos mismos, para ellos no fue fácil compartir el trono, Druagar con 26 años, no podía permitir que los intrusos que una vez un Dios predijo le quitaran lo que más amaba, no quería que nadie ingresara al reino que una vez su padre construyó con años de sacrificios hasta que su prematura muerte a manos de Uran desató la guerra y el exterminio de su raza.
Triaco con 23 años y el pequeño Alianu con 10 años, tomaron el mando, tratando de concluir las rebeliones internas, pero todo era imposible de controlar con reyes tan jóvenes en el trono.
Cada gobernante fue evolucionando como jefes de estado, haciéndose hombres ante las leyes y listos para tomar el mando y regir sus reinos, decidieron entonces hacer una tregua, Guardianes Oscuros y Blancos estaban cansados de las grandes guerras, de la sangre que brotaba de sus muros y la gran línea de estatuas en honor a sus reyes caídos, ya que había pasado casi diez años desde la última batalla y no deseaban derramar más sangre inocente. Tomando la iniciativa, mandaron mensajeros a dar la tregua, los demonios de la misma manera enviaron a sus mensajeros, reuniéndose en la puerta de ambos reinos, el lugar donde los poderes eran anulados, el puente de Denba, aquel camino extenso entre ambos mundos, camino que fue descubierto por Uran.
Ambos reinos decididos a terminar con las batallas y la sangre, se reunieron una mañana de otoño, era mediodía, la niebla ocultaba la visión de sus botas, el camino fue agotador, pero a caballo fue fácil de cruzar.
Cubiertos con sus capas, frente a frente, el silencio por un momento se volvió incomodo, pero Linus levantó la mano y se deshizo de su capucha, mostrando su rostro y su conformidad ante una tregua, bajando del caballo, de pie ante los tres oscuros espero de igual manera que ellos dieran paso a una tregua.
Triaco siguió sus pasos y bajó del caballo, se acercó a Linus y extendió su mano, ambos guardianes estrecharon sus manos en un fuerte apretón, por primera vez en siglos dos rivales lograban dar una señal de conformidad y paz —Bienvenidos —espetó Linus.
—Gracias por invitarnos —respondió Triaco.
—¿Qué nos ha motivado a pelear por siglos? —preguntó a los presentes.
—Nacimos en guerra, moriremos en guerra —espetó Alianu, que para ser joven sus ideales de guerra le atribuían a ser el más déspota y sádico en batalla.
—Terminemos con esta guerra impuesta, evitemos que nuestro pueblo siga pereciendo —expresó Linus.
—Una tregua sería lo más sensato, ya que —llamó con su dedo índice a un único soldado que los había acompañado esa noche —¡Siurt! —un joven de cabellos rubios, piel blanca y una característica que no pasó desapercibida en los guardianes blancos fue un ojo color negro y otro azul —Mi joven soldado es hijo de Aert un ángel de descendencia agua, mientras que su padre fue un soldado demoniaco de fuego, sus poderes son asombrosos, ya que controla a ambos clanes —explicó Druagar —He aquí soldados que podrán ganar nuestras batallas sin problema, podrán tomar sus tronos en un chasquido, pero…
De la nada, Alianu bajó de su caballo y sin remordimiento alguno apuñaló al joven soldado por la espalda, arrancándole la vida y arrancando su corazón sin remordimiento alguno en su mirada —Allí está su tregua —dijo —Garantizamos que sus tronos jamás serán tocados.
Linus por un momento se quedó en silencio ante la muerte de ese joven soldado, pero les dio la razón, aquella raza solo sería una amenaza ante su trono, ante la paz que perduraba y un peligro ante el ritual que con años cada descendiente cumplía al depositar su poder en el sello de Triessag antes de ir a batalla, ya que si morían en el campo solo garantizaban que el enemigo tuviera una llave para desatar la destrucción.
—Cómo mi hermano dice, evitemos que nuestro pueblo siga muriendo, pero también evitemos que nuestros tronos se vean amenazados por esa raza, una nueva raza llamada Axiul`s, sus poderes son más que los nuestros, su habilidad y destreza inigualable, unamos fuerzas pero para destruir al verdadero enemigo —aseguró el joven rey demoniaco de fuego.
—Si evitamos que más gente cruce nuestros límites, dejarían de dar vida a esa nueva raza que nos amenaza, esa raza superior a nosotros, daríamos fin a esa especie que quizás nos traiga problemas, como lo hicieron una vez nuestros antepasados —exclamó Druagar.
—Esa nueva especie nos traerá muchos problemas, debemos evitar que se reproduzcan, los Axiul’s son la nueva especie, controlan las fuerzas más oscuras y las fuerzas de luz, son invencibles —recalcó Triaco —Como especies parecidas, evitemos una nueva guerra, el pacto será no cruzar ninguna frontera, así podremos vivir en paz, evitar que esa nueva especie tome el control de nuestro reino y trate de derrocarnos. Aseguremos la prevalencia de nuestras generaciones, como también su lugar en lo alto de sus reinos.
—¡Hermanos! Unamos nuestros soldados y resguardemos cada reino, evitando que más ángeles y demonios escapen a la tierra. Matar a toda aquella criatura que no sea ángel o demonio, esas dos especies son las únicas que existieron todo este tiempo —exclamó Linus preocupado —Son las dos especies que rigieron desde la creación de nuestro mundo.
—¡Aceptamos! —dijeron los seis al unísono, girando sobre sus talones, montando sus caballos y regresando a casa. Había quedado muy claro que las fronteras no debían cruzarse, así evitarían guerras, evitarían que más gente muriera y sobre todo evitar que una nueva especie reine en su hogar.
Los guardias resguardaban las puertas, evitando que crucen los portales para los otros mundos, incluyendo la tierra y así por más de diez años, la tranquilidad en el reino fue vista con buenos ojos, las guerras habían cesado, pero la sangre seguía siendo derramada en sus tierras.
Como habían prometido, buscaron en el reino a todo aquel ser que no fuera considerado ángel o demonio, matando a esa nueva especie que ponía en riesgo sus tronos y su fuerza, mataron a cuanto Axiul`s encontraban, no les importó que fuesen niños, ancianos, mujeres o recién nacidos, las manos de Linus quedaron manchadas por sangre inocente.
Los guardianes de ambos reinos, trataron de detener esa nueva raza, matando a todos aquellos que rompan las leyes de juntar sangres de distintas especies, viéndolos como amenazas, como una amenaza para la paz y tranquilidad de su reino y tratar de poner en riesgo la tregua que hicieron con sus hermanos Oscuros.
Miaka fue testigo de toda la crueldad de Linus y sus hermanos, matando a los hijos inocentes, frutos de ese amor prohibido, utilizando la daga de Bendora, la única arma que era capaz de destruirlos y arrancar sus almas de la tierra convirtiéndoles en polvo. Miaka no estaba de acuerdo con ese plan maquiavélico, no estuvo de acuerdo con la nueva faceta de su protegido y amigo, siendo testigo de las tardes de primavera convertidas en tardes negras, de amaneceres con manos manchadas de sangre inocente. Estaba convirtiéndose en el tirano que una vez fueron sus antepasados, matando a su propia gente, a sus propios hermanos y sobre todo a aquellos niños que no tenían la culpa de los errores de sus padres.
Pensó que su matrimonio con Triored cambiaría su perspectiva, pero fue peor, buscaba y trataba de dar fin a esa raza, mientras que aseguraba el puesto de su heredero en lo alto de del reino.
Triored era mucho menor que Linus, ella era muy hermosa, con la piel cremosa, los ojos azules como los ríos de su pueblo, los cabellos largos y rizados, del color del sol, dorados en el día, castaños en la noche. Su joven esposa estuvo sumida en el miedo y el asco al ver a ese Rey déspota y cruel, verlo regresar con las manos manchadas de sangre solo le obligaban a apartarse de él y deseaba con todas sus fuerzas no concebir al heredero que Linus tanto deseaba.
CAPÍTULO 9:
DESCUBRIMIENTO DE LA CUARTA PROFECÍA
Firop y su esposa Riatua había logrado traer al mundo a un nuevo sucesor, Ïlarian era el hijo perfecto, el heredero perfecto, pero lo que más la desconcertó a la joven Triored fue que Firop no hiciera nada para proteger a su segundo hijo, había impuesto que su primogénito fuese el heredero a su trono y poder, quizás por el miedo que aplacaba su corazón cometió el sacrilegio de abrir el cofre que era resguardado en lo más alto del palacio.
Sin poder conciliar el sueño, tras los sueños crueles de acunar a un niño entre sus brazos para que luego este le sea arrancado sin piedad, Triored se sentía cada vez más frustrada consigo misma.
Firop ya tenía entre sus manos a un niño, a ese hermoso niño que ya cumplió un dos y era tan vivaracho, tan inteligente para su edad, siempre al verlo las lágrimas le amenazaban con aflorar y por primera vez en mucho tiempo deseó no haberse casado con el primogénito y heredero y que quizás su hermano menor hubiese sido una mejor opción, pero Linus no le dio a escoger, Triored cerró los ojos y trató de no recordar cómo es que fue nombrada la prometida del rey.
No era una mujer vengativa y mucho menos rencorosa, era conocida por su gran corazón, pero no soportaba ver al hijo de Riatua, sintiendo envidia por esos momentos, no aguantaba ver aquellas manitas acariciar los cabellos de su madre y como olvidar aquellos penetrantes ojos azules, la belleza de tan pequeño niño le causaba insomnio, un desvelo infernal, despertándola cada noche por el recuerdo, obligándola a levantarse y deambular por los pasillos del reino.
Esa noche, bajó las gradas de sus aposentos, caminando hasta la parte trasera del palacio, observó por el gran ventanal la lluvia intensa, así como la oscuridad, pero una ranura de luz llamó su atención en el templo que Sanel y sus primeros hermanos construyeron para Dios.
Abrió la puerta con cuidado, cubriéndose con sus manos del frío, cruzando el jardín a grandes zancadas, con el corazón martilleando en su pecho, levantó la mano para poder abrir la puerta, pero lo único que consiguió fue que esta se abriera sin que ella la tocara, entró a la sala, sintiendo que una neblina cálida cubrió sus pies, además del crujido de la puerta que al cerrarse sola la hizo respingar del susto. Entonces vio la mesa cubierta de una seda blanca, se acercó con cuidado, viendo desaparecer ante sus ojos el campo de fuerza que lo cubría, tomando entre sus manos el cofre, lo vio abrirse sólo para mostrarle el contenido, cuatro papiros enrollados con lazos y anillos sellándoles.
Entonces vio el listón rojo, deslizando sus dedos sobre el sello, sintiendo la fuerza que emanaba, sin querer lo abrió con cuidado, leyendo las inscripciones antiguas, encontrando una noticia devastadora.
Los salvadores del destino, traerán consigo la señal del amor.
Los salvadores son Ángeles de Paz, Guardianes Blancos, son en realidad.
Una niña llena de cálida expresión.
Pertenece al fuego, es de la casa del Gran Uran, un símbolo de paz.
Expresión del mundo, luz del Día separa la noche de todos los Días.
Su color será el rojo, su sello el Lobo en todo su esplendor y ardiente corazón.
Su nombre verdadero Alox. Hija de Linus y Triored. Linaje directo del grandioso Uran.
Sacrificara su poder para escuchar la voz del todo poderoso, don que perdimos por las batallas y el mal.
Separados por la muerte, aislados con dolor.
Crecerán separados, con una familia de humanos.
Que les dará lo necesario como cariño y comprensión, son fieles al destino que los encadena y oprime con temor.
Acompañados de un fiel amigo, el protector vivo, guardián del linaje, ese será su destino.
Un tigre, un salvador, es mitad animal, mitad ángel guardián.
Miaka para ella será un padre más, se asegurara que resguardar la prevalencia de la sangre real.
Alas blancas, corazón de hierro.
La debilidad y temor es el amor verdadero.
Serán como mortales, vivirán como tal, serán humanos con la diferencia de que tendrán poderes para proteger al bien del mal.
Sin preocupación y fascinación traer a la vida un mundo de sueño y libertad para amar
Los medallones de gran poder darán inmortalidad y acceso a la puerta de Dios como única opción, control sobre el mundo y toda la creación.
El peligro es extremo, regresaran a su reino y verán el pasado, presente y futuro, verán nacer la vida de un nuevo imperio unido.
Darán vida al nuevo linaje real ese es su destino.
Cubriendo su boca con el puño, amortiguó un grito ahogado, sus ojos no resistieron más las lágrimas, dejándolas caer por su rostro, se dio con la sorpresa de que todo lo que vio pasar frente a sus ojos era cierto, incluyendo las murmuraciones, todo era real, era y estaba escrito en esos pedazos de papel antiguo, al descubrir ese gran secreto, guardó el papiro cerrando la caja, el poder de protección cubrió de nuevo los cofres.
Salió corriendo de lugar, entre sollozos y las manos temblorosas, como era posible que su hija sea la clave para la destrucción de los enemigos y la nueva raza que llegaría al mundo.
Subió a sus aposentos, cerró la puerta tras sí, recargándose en ella trató de recuperar el control de sus piernas temblorosas, pero no logró tranquilizar su agitado corazón.
—Veo que has descubierto la verdad.
Triored dio un respingo ante la voz de su esposo —¡Linus! ¿Qué haces aquí? —le vio sentado al borde la cama, con los codos sobre las rodillas y sus hombros hundidos.
—Acaso está prohibido que un esposo visite el lecho de su esposa.
—En este caso sí, ya que nunca lo visitas —ocultó el temblor de sus manos detrás de su espalda.
—Veo que tu curiosidad te ha llevado lejos querida Triored —se levantó de la cama y quiso dar un paso hacia su esposa.
—No te me acerques, me das asco —trató de alejarse de su marido, pero solo logró enfurecerlo.
—No Triored, me amas y puedo comprobarlo por el brillo de tus ojos —sonrió con sorna ante el sonrojo de su esposa.
Parpadeó resulta a ahuyentar sus lágrimas —Vete de aquí, no quiero verte. Como compartir mi vida con un asesino, que no tiene remordimiento alguno al matar a tantos inocentes.
Linus se acercó a ella a grandes zancadas sosteniéndola de los brazos, evitando que huyera de él —Mis antepasados hicieron lo mismo ¿Qué ha cambiado?
—Tú lo has hecho, solo te casaste conmigo por esa profecía. Por eso tú obligaste a tu hermano —no logró completar la frase ya que Linus la interrumpió abruptamente.
—¡Calla! Sabes bien que no podemos hablar de él, no cuando su nombre ha sido borrado de todo registro en nuestro mundo.
—Gracias a ti —negó con la cabeza, no deseaba permanecer ni un segundo más atada a ser sin remordimiento —No quiero tener hijos, no sabiendo lo que le sucederá.
—Pero los tendremos.
—No si puedo impedir que el curso de la cuarta profecía. Tendremos una hija, será nuestra salvación, pero la perderemos, me obligaras a perderla, deberá dar su poder a cambio, su vida y su esencia, mientras que Ïlarian como único varón ocupará el trono.
—Sabes que es un sacrilegio que paga con sangre. Romper el sello de una profecía se paga con sangre.
—Pues mátame de una vez, despójame de mis alas y lánzame a los infiernos.
—Sabes que nunca podría hacerte daño.
—¡Pero lo harás! ¿Nuestra hija morirá? ¿¡Morirá!? —gritó sujetando con fuerza de las prendas de su esposo.
—Lo siento, es nuestro destino —extendió su brazo y cerró delicadamente los ojos de su esposa susurrándole al oído —Lo que estos ojos tan hermosos han visto, no podrás decirlo ni esparcir por el mundo, pero déjale una señal de vida a nuestra pequeña Alox, la cadena de primogénitos será rota y con ello el destino de nuestra hija será el sufrimiento, la extinción de nuestra raza se acerca.
—Solo te pido que le lleves a un lugar seguro cuando todo esto termine —respondió, pero al escuchar las palabras de Linus, se le ocurrió una gran idea, guardaría silencio después de lo que leyó, pero le daría a su hija las pistas necesarias para poder seguir con vida.
Cuando amaneció, mandó a elaborar una bola de nieve y cristal, con la estructura de un palacio blanco con bordes de oro, una imagen viva de su reino, pero en cada torre un compartimento secreto y con una inscripción que le daría esperanza y como también una idea de lo que ella resguardaría “Serás grande, tú ataras a la maldad y desataras la verdad, eres un corazón valiente, eres poderosa con una gran mente, no te dejes vencer por los que te lastiman, cuando estés triste mira este reino y liberaras mi alma que te seguirá por siempre – Con amor mamá”
Con una tristeza muy profunda, dudas que se acumularon en su corazón, sentía que una espada cortaba su corazón en pedazos, susurrándose cada mañana —Tendré que aceptar mi destino, pero veré crecer a mi hija a través de esta esfera o mejor no tener ese hijo que morirá por muchos —levantando esa esfera, por días y horas, hasta que un desmayo, confirmó su temor más grande.
CAPÍTULO 10:
TRISTE REALIDAD.
Haber pasado años en un mundo que no fue suyo, obligado a permanecer en lo más bajo cuando en su otra vida fue un príncipe, convertido en esclavo ambicionó el poder y el trono, por sus venas corría sangre de los grandes, un pedazo de escoria que ambicionaba más de lo que le dieron, era el peor de los demonios del clan, su avaricia era única, su maldad era extendida por los años y fue subiendo de puesto conforme mostraba una de las máscaras que tenía, estaba decidido a terminar con esa tregua que tanto impidió que los infiernos se expandieran, terminar con los culpables de arrebatarle lo que más amó en la vida, obligando a ocultar su amor y condenarlo a una tierra que jamás le perteneció.
Era distinto a los demás, su rostro era pálido, cabellos largos sujetos a una coleta, con dos mechones de cabellos que caían por ambos lados de su rostro, sus cejas eran tan oscuras como la noche, sus ojos negros y sus labios tan rojos como la sangre, daban en él la imagen perfecta de ente malévolo, su nombre fue conocido por muchos, pero luego olvidado por los que vinieron, su nombre era Piora.
Había pasado años tras año tratando de encontrar la manera de regresar a su hogar, pero al ser convertido en un demonio toda esperanza moría como sus ganas de seguir sirviendo a reyes y herederos.
Los meses pasaban y el vientre de Triored comenzaba a notarse, estaba muy asustada, cada día y cada noche rezaba a Dios para que libere a su hija de esa presión tan grande, se sentía cada vez más deprimida, temía por la vida de su hija, deseando que ella sea libre, deseando que fuese libre para poder tomar las decisiones que necesitaba. Triored a veces observaba por la ventana a Ïlarian, era tan fuerte, sentía rabia al ver como ese niño se desarrollaba con tanta fuerza y habilidad, mientras su hija no disfrutaría de lo que ese niño de cuatro años hacía en esos momentos.
Ïlarian era demasiado fuerte para su edad, con sus inmensos ojos siempre miraban a Triored, haciéndole sentir una sensación extraña, un vacío que solo la consumía por dentro, sintiendo repulsión por ese niño que le quitaría mucho a su hija. No era como los demás ángeles, era muy ágil y captaba los movimientos muy rápido, le encantaba luchar, pelear con espadas, en otras palabras le encantaba practicar y desarrollar su poder, muchos decían que él sería perfecto para gobernar, ser un soldado fuerte y ágil, diciendo que traería la victoria a su reino.
Linus siempre estaba presente en las prácticas del hijo de su hermano, llegando a verle crecer, disfrutar de sus travesuras y su esposa lo acusó en incontables ocasiones de preferirle antes que al fruto que llevaba en el vientre. Sumida en una gran depresión, se vio abandonada por su esposo, quien no se vio interesado en ese embarazo, pasando sola y paseando por los jardines del reino, observaba como las estaciones cambiaban.
Su nacimiento no estaba previsto hasta comienzos de abril de ese año, justo cuando la primavera comenzaba en el reino, pero no fue como lo previsto. El reino esperaba con algarabía la llegada de ese primogénito, muchos decían ¡Será un varón de asombrosa expresión! Muchos susurraban, ¡Será un lindo varón tan fuerte como el padre, pero tan encantador como la madre! Cuando la verdad era que sería una niña, la niña que traería al mundo la destrucción del pueblo y la guerra de nuevo a sus hogares.
Estaban tan preocupados por sus propios intereses que no se dieron cuenta que alguien había roto la alianza, merodeando por su mundo en busca del tesoro que Linus resguardaba, encontrando la manera de poder entrar a los cielos y tomar lo que por derecho le correspondía.
CAPÍTULO 11:
MOTIVO DE GUERRA.
Los Guardianes Oscuros sabían de los dones que tuvo Uran, como vio el mundo y condenó a su hermano al fuego eterno, pero jamás supieron los verdaderos secretos que ocultaban los Guardianes Blancos, tenían tantos motivos de guerra, pero su pacto con los ángeles hizo que su manera de pensar cambiara.
Piora escuchaba todas las conversaciones de sus amos, como todo demonio, sus sentimientos nunca eran verdaderos, era hipócrita, repulsivo, le gustaba que los soldados se enfrentaran a cada momento, le gustaba formar disturbios y sobre todo disfrutaba de las muertes. En las antiguas guerras, los demonios se querían apoderar de la daga de Bendora, pensando que el poder de Dios estaba guardado allí, año tras año trataban de conseguirlo, pero no pudieron porque lo resguardaban de una manera descomunal, pero los medallones serían los que le darían un poder absoluto sobre los tres mundos creados por Dios.
Solo la venganza que transcurría por años, el pensamiento de los demonios de querer gobernar marcaron su existencia entre guerras y sangre. El destino del ángel salvador estaría marcado, ya que con su nacimiento iniciaría la guerra de tres mundos. Toda esta historia era un terrible laberinto de guerras, sangre y sufrimiento, solo la paz llegaría si daba un sacrificio a cambio de la redención de su pueblo.
Sin embargo Hadeo dejó en su diario las debilidades de cada uno, como podían morir los guardianes y como obtener el poder que le fue arrebatado, para ello realizó una técnica antigua de magia, permitiéndole retornar al mundo de los vivos y tomar lo que le pertenecía, pero aquello solo se darían con el cuerpo de un descendiente de su hermano, para ello necesitaría ingredientes difíciles de conseguir, Piora halló el manuscrito, cayendo en las manos equivocadas, consiguió leer cada parte de ese libro, mostrándole que la magia antigua era más poderosa que la actual.
Sangre de la muñeca de los últimos descendientes vivos, derramada por la Daga de Bendora, siete gotas con exactitud.
Buscar al Ángel descendiente de Uran, que sea el más fuerte de su tribu en poder.
Sangre y gotas, poder por encontrar, dame la fuerza para poder invocar.
Poderes de Hadeo, poderes llenos de maldad, dame los poderes que necesito.
Poderes, vengan a mí, denme la vida de su gran servidor, él que posee esta sangre, la muerte llegara para él, no te preocupes, nada pasara, tus fieles amigos te esperan ya.
Deberás de buscar al ángel más fuerte, su corazón y su espíritu furiosos deben estar, deberás darle ce quid, para que el poder de manipulación de mente y posesión hagan mucho efecto, matando del ángel su parte noble, su alma pura, para que muera lentamente..
Un consejo amigo mío, hazte ver como su conciencia, podrás engañarlo de esa manera y obedecerá todo lo que le muestres o digas. Este hechizo se podrá romper solo si alguien lo necesita, si su corazón ya no es suyo y le pide al ángel que vuelva.
Piora había planeado algo magnifico, algo que lo liberaría de esa prisión y ese tortuoso trabajo, creando magia mucho más poderosa, creó un espejo del cual le ayudaría a pasar de un reino a otro sin ser detectado, el espejo de Tuyuned, espejo que le ayudaría a moverse entre los mundos, espiando los mínimos movimientos de sus contrincantes, dándole la oportunidad de ver al amor que le arrebataron.
Espejo de poder, espejo del futuro no liberes al prisionero por ser oscuro, no liberes al prisionero por ser luz.
Solo quedara atrapado si la maldad está cerca de él.
Y será liberado si los dos ángeles de la visión derraman una gota de sangre encima de este vidrio de separación.
Mientras que los guardianes oscuros no pensaban en atacar y gobernar el mundo, vivían en paz, sin guerras y perjuicios ante cada especie de bien y mal. El pensamiento de Piora era gobernar a los tres mundos cielo, tierra y subsuelos, tener el poder de Dios, juntarse con los enemigos trayendo al mundo la desgracia, pero siempre y cuando él conserve el poder del todo poderoso y derrocarlo de su trono.
Debía preparar muy bien su plan maestro, la segunda fase de su plan para matar a los oscuros, necesitaría la daga, pero ¿Quién podría traicionar a su gente estando del lado de un demonio? ¿Quién odiaría tanto a su gente para traicionarle de esa manera?
Era un día común para todos, se acercaba casi mediodía, era 29 de Febrero, como todas las tardes, Triored caminaba por los jardines del palacio, la nieve había marchitado sus adoradas plantas, su abrigo se arrastraba por la nieve dejando sus huellas en la nieve, acarició su vientre, temiendo, sufriendo, llorando por esa criatura cuyo destino seria cruel.
En esos momentos, mientras caminaba a paso lento, cuando su mente trabajaba en ver el futuro de su pequeña, el dolor se hizo intenso, haciéndole caer al suelo de rodillas —¡NO! —trató de aguantar el dolor. Sus acompañantes al verla caer, corrieron ante ella, llevándola al palacio, estaba entrando en labor de parto.
Un día no particular, cuyo destino era unir su corazón y salvar a su especie, salvar a la tierra de las situaciones más temibles de la historia de la humanidad. Luchar junto al ángel que le robaría el corazón, ser invencibles contra el mal, liberando a más de un mundo, dando libertad y la paz necesaria para seguir.
Recostada en una cama de sábanas de seda, donde un dosel cubría sus dolores y sus lágrimas, dos ángeles trataron de calmarla, que entre su nerviosismo y el dolor de tener al bebé, entre gritos aclamaba por su hermana —¿Dónde está Sagira? ¿Dónde está Sagira? —con sus manos arrugaba las sábanas.
—Señora, por favor no se desespere, su hermana ya está en camino —trató de tranquilizarle una de sus doncellas.
Faltaban horas para el esperado nacimiento, era casi las 14:30 de la tarde, el sol se ocultaba entre las nubes, mientras que los copos de nieve caían, los gritos de dolor de Triored se escuchaban por todo el reino.
De pronto entre gritos y sollozos, el mundo se tornó oscuro, ya que la luna opacaba los rayos del sol, un eclipse total, daba homenaje al nacimiento de la salvadora. Tras la breve oscuridad, una sombra de capa negra se escabulló por el palacio recorriendo sigilosamente los pasillos, subió las escaleras, retomando el mismo camino que los primeros ángeles, encontrando la habitación donde el tesoro era resguardado, tomó la daga y guardándola para sí.
Todos estaban ocupados en sentir los lloriqueos del ángel cuyo destino era sobrevivir, la guardia y los demás ángeles esperaban en las afueras del palacio, pendientes del balcón, pendientes de ver al dulce niño que iluminaría sus destinos. Como todas las generaciones tuvieron un varón, era obvio que un varón nacería de Triored y Linus.
Los gritos de la madre se escuchaban, hasta que en un minuto, todo se detuvo, los gritos y llantos, hasta que de pronto un dulce lloriqueo se escuchó. La partera tomó al bebé y su rostro que llenó de alegría estuvo fue drenado de vida poco a poco —Es niña… es niña mi señor —se la entregó en los brazos a Linus, pero aquel padre primerizo no estuvo contento, tomó a su hija entre sus brazos como si fuese una mera obligación.
Tomándola entre sus brazos, caminó hasta el balcón abriendo las puertas y mostrándosela al mundo que tanto él amaba —Hermanos, ésta es mi hija, una niña después de tantos años... Su nombre será Alox.
El pueblo al escuchar que era una niña guardó silencio, esa noticia no era esperada, era la primera niña después de siglos y generaciones en tener una línea perfecta en varones como primogénitos, al ver su tranquilidad y paciente dulzura, todos ellos expresaron su alegría, elevaron sus manos festejando al nuevo miembro de esa familia tan unida.
Mientras que el pueblo estaba reunido ante el nacimiento de una princesa, la daga en esos momentos de algarabía salía del reino, tomando un atajo bastante corto, el espejo de Tuyuned, que fue llevado al reino de Linus como obsequio por la nueva buena. Sin saber quién era el traidor, sin saber quién odiaría tanto a su raza para ayudar al malévolo esclavo a reducir en cenizas tantos mundos.
Tenía pocos días de nacida, muchos vieron en ella una nueva esperanza de vida, pero por ser niña, no desearon enseñarle muchas cosas como a Ïlarian. Ese pequeño niño que su madre observaba al practicar, mientras que su voz delicadamente le susurraba —Tú serás más grande que él, mi niña —siempre le daba ánimos, siempre le daba a fuerza, ya que Linus simplemente se alejó de ellas.
Triored no se despegaba de su hija, le asfixiaba con sus cuidados, no deseaba que jugara con otros niños del reino, al protegerle le convirtió en una niña tan tímida y dependiente de ella, la convirtió en alguien insegura de sí misma, dependiente de amor.
Los días para ella eran largos, no salía de la habitación, no dejaba que ninguna niñera le cuide ni toque, los juguetes eran muchos, pero su madre hacia que mantenga su distancia a ellos, alejando los espejos, peines y peligros que podía quitarle la vida, Triored vivió convencida que su niña era frágil tan frágil como el cristal.
A los cinco meses de nacida, Triored quiso cuidarla ella misma, despidiendo a toda niñera y doncella que se interponga con el cariño de su hija y su cuidado, Linus no trató de convencerla de que sus decisiones eran erróneas, solo se alejó, dejándola sola con la tristeza y la pena, con la sensación que ningún día era suficiente con su hija.
En las noches vigilaba su sueño, vigilaba su respiración, poniendo uno de sus dedos en su nariz a cada momento, temía que su vida acabara, temía perderla como había perdido a Linus, al ser niña, pensó que sería frágil, quizás en algún punto acertó.
Su padre jamás tomo interés en su primogénita, solo le observaba de lejos, no compartía mucho cariño con ella, no se acercaba, no la sostenía en brazos, quizás en el fondo deseo tener un niño, deseo que su hija fuese parecida a Ïlarian y por ello pasaba más tiempo con el niño que con su propia hija.
Los meses para Triored se hicieron tan cortos, deseaba paralizar el tiempo y que su pequeña no creciera, deseaba arrullarla en sus brazos por siempre, alejarla del mal, alejarla de la maldición que Linus había arrojado sobre ella por ser quien era.
Tras el año de su nacimiento, se negó a realizar alguna fiesta para ella, así que Linus se vio obligado a pasar ese día fuera, mientras que Triored y su hija se pasaron el día confinadas en la habitación. Para esa misma noche, donde su sueño era fuerte, que ni un rayo lograría despertarle, en los infiernos no sería igual. Los tres guardianes oscuros, se encontraban en el comedor del infierno, a la luz de velas negras sentados alrededor de la mesa rectangular.
El gobierno de los oscuros traía muchos conflictos, Triaco aún más preocupado de lo normal, trató de ser racional —Que trato podemos hacer para la paz de nuestros hermanos y gente, todo se está yendo al garete, muchos piden la liberación, otro reino en que vivir.
Sin esperanzas el hermano mayor intentó explicar miles de cosas —No podemos hacer nada más, hemos realizado un trato con los ángeles de no atacar ni proteger a la tierra, no podemos romper la alianza.
Alianu con una gran satisfacción —Pero todo está perfecto ¿no creen ustedes? La situación de nuestro reino es normal.
Triaco enojado levantándose de la mesa, golpeó con sus puños la negra madera —Será para tus hermanos, mi gente muere de frío y hambre, la muerte de ese esclavo no me importa en absoluto, pero ha quebrado la confianza de mi gente, solo quiero tener un poco más de respeto, ellos se llevan la gloria, mientras que nosotros somos la escoria —Observándose entre sí dejaron de lado la conversación, para no discutir más se levantaron de la mesa, guardando silencio se retiraron a sus aposentos.
Cada uno tomó direcciones distintas, Triaco como todas las noches cabalgaba vigilando la guardia y los cambios. Druagar junto a Alianu, caminaron por pasillos distintos, abriendo las puertas de sus habitaciones, ingresaron para poder descansar de la ardua rutina de todos los días. Mientras que Piora escuchó toda la conversación detrás de la puerta, aprovechó esa discusión para seguir sus planes sobre los tres guardianes de los subsuelos.
Era muy tarde, aprovechando que la gente dormía, Triaco tenía la costumbre de cabalgar en las noches a un árbol de frutos negros, cuyas hojas caían secas por tanto dolor que el oscuro propinaba al visitar ese lecho seco. Era la única manera de pensar, en ver las cosas de distinta manera.
Al llegar a ese árbol, bajó de su caballo, acariciando el regazo del animal —Buen chico, buen chico —caminó lentamente arrodillándose ante el roble, haciendo a un lado las pequeñas ramas y hojas secas, dejó ver una lápida de color gris, cuyo nombre borroso no se leía, ya que el tiempo se encargó de borrar cada canalillo que la escritura.
Abrazándose a sí mismo, unas pequeñas lágrimas salieron de ese corazón de piedra —Te amaba tanto, amor mío me dejaste solo… me dejaste con ella, tan pequeña, indefensa —agachándose, besó la lápida —Te extraño demasiado, eras todo para mí, quizás hay un motivo para reunirme contigo, pero la sangre y mi legado impide que cometa suicidio.
En ese momento mientras que el dolor se expandía, una sombra oscura caminó lentamente hacia él, sin el más mínimo ruido, logró acercarse por su espalda, tomando con su mano fría el cuello del oscuro, sin permitirle defenderse —Deseaba tanto este puesto, pero tú me humillabas día a día como un maldito esclavo —besó la mejilla del oscuro.
—Aléjate de mí ¿Qué deseas? —sintió un filo presionando su garganta, hasta sentir que cortaba lentamente su cuello, dándose cuenta que era la daga de Bendora.
—Si tanto le amas reúnete con ella, reúnete con tu amada Ferryem.
—¡Piora! No hagas algo de lo que puedes arrepentirte, déjame ahora y haremos como si esto jamás sucedió —se quedó inmóvil, al sentir la daga de Bendora y su poder, era más fácil negociar que sufrir una muerte dolorosa y lenta.
—No hay trato, te concederé el deseo que más anhelas, reunirte con tu esposa —cortándole en cuello, sin darle opción de defenderse, arrancó el medallón de su cuello, mientras el cuerpo del oscuro se convirtió en polvo, en nada, sin dejar rastro sería fácil para Piora continuar con su plan.
Al ver el cuerpo hecho cenizas, lanzó un pañuelo blanco con las iniciales de Linus, subió al caballo regresando al reino dejando al animal en los establos, sin hacer mención a nada, se reguardó en sus aposentos.
Abrió la gran puerta, ingresando a su habitación, deslizó el medallón de su bolsillo, contemplando su imagen por muchos minutos. Al ver el brillo del medallón, lo tentó a ponérselo, obedeciendo sus impulsos, lo hizo, sintiendo como el poder del medallón ingresó a su en una nube negra. Piora absorbió el poder de Triaco, convirtiéndose en un demonio base fuego y agua, se convertiría en un ser inmortal e indestructible si poseía el poder de todos. Cayó sobre la cama, quedando inconsciente por el poder que había tomado, no despertó hasta la mañana siguiente.
Al despertar, salió de su habitación, encontrándose con los dos oscuros, quienes hacían su paseo rutinario de las mañana —Buenos días, ¿has visto a mi hermano? desde anoche no le hemos visto —preguntó uno de los oscuros.
—¡Señor! En verdad no sé qué responder… mencionó un viaje largo, se sentía apenado por la pérdida de su esposa, aún el dolor viene a él, creería que deberían darle tiempo para pensar.
Sabiendo los dos hermanos del sufrimiento de Triaco tras la pérdida de su esposa, comprendieron dejando pasar los días. Fueron siete días, siete días donde Piora logró perfeccionar su plan, perfeccionar su técnica, así tomaría el control del infierno, y tendría un año para planificar el ataque a los ángeles. Pero todo lo haría a su tiempo, sin dejar rastros.
A casi ocho días después de la muerte de uno de los oscuros, siguió el turno de Druagar; era de noche, los guardias ya estaban en posición como siempre, él salía de una de las habitaciones del castillo —Las amo, no vemos mañana —cerró la puerta continuando su camino por los pasillos, se acercó a su habitación, abrió la puerta entrando y caminó por esa alfombra tibia de colores oscuros.
Sentándose en la cama, una sonrisa de felicidad y algarabía visitaron su rostro. Sin embargo no se había dado cuenta de que el enemigo vigilaba sus movimientos.
Al soñar e imaginar una vida, Druagar estaba pensativo y fuera de su mundo, imaginado una vida de familia, fue en donde la misma sombra que atacó al primer guardián, se hizo presente, avanzando sobre la cama, degollándole de igual manera.
Esa sombra, se levantó de la cama y arrancó nuevamente el medallón de su cuello —Veo que te haces ilusiones de una familia que no tendrás jamás —el cuerpo cayó encima de las sábanas manchándolas, Piora dejó que el cuerpo se consumiese, para luego incendiar la habitación con una esfera de fuego. La batalla estaba cerca, solo faltaba uno de los oscuros y debía ser esa noche, si dejaba pasar el tiempo, él no tomaría el control.
Salió de la habitación nuevamente rumbo a la habitación de Alianu, escabulléndose, se ocultó detrás de las cortinas de la habitación. Tras la espera, el último oscuro se acercó a sus aposentos, sostenía la mano de una joven de cabellos grises, entre sonrisas y besos.
La muchacha se acercó a su oído susurrando algo, robándole una sonrisa y mucha felicidad, entre sonrisas la levantó en brazos, besándole y dándole vueltas —Vamos bájame, bájame, me estoy mareando amor.
El oscuro acatando la orden de la muchacha, la bajo —Espérame dentro de una hora en los jardines, debemos decirle a todos esta noticia.
Soltó la mano de la muchacha dejándole en los pasillos, corriendo a sus habitaciones, abrió la gran puerta cerrándole de inmediato, asomándose a su ropero, sacó una cajita de color azul oscuro —Sé que será parte de mi vida —en ese momento la sombra salió de su escondite degollando a Alianu.
Su cuerpo cayó al suelo, observando a su asesino, el cubrió sus heridas tratando de evitar su muerte, pero no pudo, ya era demasiado tarde, la daga estaba consumiendo su vida, al igual que consumió la de sus hermanos.
Se acercó al cuerpo muerto de Alianu, observándole como se consumía en cenizas, arrebatándole su medallón —Creo que esto es mío.
Piora cometió tres delitos, marcando su existencia triple vez, tomó los dos últimos medallones restantes, colgándoselos en el cuello, donde dos tatuajes nuevos cubrieron su brazo, el dolor era tan grande, pero su afán de venganza era mucho más fuerte que el dolor, nada comparado a la gran satisfacción de obtener lo que más ambicionaba; aguantándolo, sin gritar, sus venas sobresalían de su cuello, su piel se tornaba morada de tanto dolor. Su cuerpo se rodeó de una luz negra inmensa que lo asfixiaba. De pronto tres animales salieron de la nada, un murciélago, un chacal y un tiburón, colapsaron el cuerpo del esclavo, dándole el poder del control de la magia y mente. Siendo más poderoso que nunca, podía controlar los poderes de los tres clanes, pero aún le faltaba el poder de los guardianes de luz, para tener el control absoluto y derrocar a Dios, ser invencible, pero para ello debía ordenar sus ideas e idear un plan bastante grande.
Al salir de la habitación, fingió una escena, fingiendo aturdimiento y pena tras la muerte de los guardianes oscuros, convertidos en polvo, salió de allí como loco gritando —¡Ayuda! —llamaba a los guardias, avisando de un ataque improvisto de los ángeles, tomando el control de todo, habló con su pueblo.
Todos al escuchar los gritos desgarradores del esclavo, salían de sus casas, salían de sus trabajos para observar tremendo alboroto, tenía en su mano el pañuelo de Linus y lloraba las muertes de sus reyes. Reunió a todos los demonios, grandes y chicos, fingiendo extremo dolor por la pérdida, fue donde tomó el control de todo en los infiernos, comenzó a hablar de los asesinos que mataron a los guardianes, siendo el único testigo de esos asesinatos.
Desatando la maldad entre ellos, llamando a todos con sus gritos de una libertad que supuestamente no existía —¡Hermanos! —vocifero a todo pulmón —Preparemos todo... Matemos a los que nos despojaron de todo. Los ángeles morirán, sus generaciones no se difundirán por el mundo, así como ellos nos quitaron la libertad, nosotros le quitaremos mucho más que ello. Su vida, a sus amigos, a sus hermanos e hijos, ¡Mataremos a sus primogénitos y a sus habitantes!
El pueblo al escuchar las ideas de Piora no dudaron en seguirle —¡Piora tiene razón! —gritaban cada vez más fuerte, gritos que se escuchaban por todo el reino.
Mientras que ese hombre cuya sed de poder se encontraba frente a miles de pobladores, una persona cuyo rostro no se veía, seguía de pie junto a él totalmente cubierta con una capa negra.
Era la misma que le hizo entrega de la daga, estaba en los infiernos, junto a su nombrado rey. Al desatar una de las revoluciones más grandes de ese reino, le nombraron rey de los infiernos, siguiendo sus órdenes.
Esa misma noche entre sueños y pesadillas, Linus se despertó de una manera desesperante, el sudor había cubierto su rostro y cuerpo, levantándose de la cama, caminó con rapidez hasta la alcoba de Triored, abrió la puerta y entró en completo silencio, notando la cuna de su hija, se acercó a ella y acarició su pequeña cabeza por primera vez, quiso darle un beso pero algo dentro de él se lo impidió.
Vio a Miaka recostado en el tapete a un lado de la cuna, estaba protegida, pero no por mucho tiempo, girando sobre sus talones siguió su camino, hallándose de pronto frente al portal que sus antepasados abrieron.
Caminando horas tras horas esa noche, tomó el camino al reino de los humanos, visitando el mundo que una vez estuvo prohibido para nosotros, pero que nuestros antepasados visitaban antes de morir, encontrando bellas praderas, riscos y un acantilado que le llevaría el mundo real, extendió sus alas, tomando vuelo se lanzó ante ese acantilado.
Perdiéndose entre las nubes, perdiéndose entre las estrellas, encontró el sello de generaciones depositando su poder, debía evitar que algo malo pase, evitar que el mal llegue a su familia. Apareció entre un jardín de flores muy bellas, iluminaciones muy potentes, aterrizando, estiró sus alas, subió las pequeñas escaleras húmedas, entró a una pequeña casa abierta donde las flores abundaban, observando que el adorno del suelo, tenía la forma de un disco hexagonal con la marca del cofre que paso de generación en generación. De pie, erguido ante el sello, extendió sus manos y sus alas, formando entre sus dedos una esfera de fuego —Hoy doy mi sacrificio de amor. Triessag dame la fuerza que requiero —susurró dejando caer la esfera de fuego en medio del círculo, una luz muy brillante salió de su cuerpo, rodeándole varias veces, el sello se abrió, tomando la esfera de poder que había salido de su cuerpo.
Agotado tras ese breve ritual, descanso una hora ocultándose de los humanos tras un pasillo. Extendió nuevamente sus alas emprendiendo vuelo una vez más, regresando a casa, aparentando que nada de ello había pasado, no tenía mucho poder, solo el amor a su familia le mantenía. Retornó a casa, entre el dolor y debilidad, logró continuar su camino a pie, demorando más de lo previsto.
Regresó al castillo, recostándose en su cama, había perdido todo el poder que tenía, el que le obsequiaron y el que paso de generación en generación, volviendo a su medallón obsoleto, tan solo era una simple llave para abrir un candado, el candado del juicio final.
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