Читать книгу: «Amora»
A MOR A
Natalia Borges Polesso
A MOR A
Natalia Borges Polesso
Traducción: Julia Tomasini
COLECCIÓN
AVALANCHA
Odelia
Editora
Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
Grandes y jugosas
Primeras veces
No te desmayes, Eduarda
Abuelita, ¿usted es lesbiana?
El interior salvaje
Flor, flores, hierro retorcido
Botitas
Mi prima está en la ciudad
Dreaming
Dramaturga hermética
Los demonios de Renfield
Cómo te extraño, Clara
Marília se despierta
Diáspora lésbica
Amora
Para incriminar al corazón hay que tomarlo por sorpresa
Dios me libre
Unas piernas gruesas
Las tías
Morderse la lengua
Wasserkur o algunos motivos para no odiar los días de lluvia
Tía Marga
Inventario de la despedida: un cuento en cuatro distancias
Pequeñas y ácidas
Molotov
Bostezo
Saliva
Puños
Vals
Sueño
Extraño
Memoria
Fracaso
Templo
Profanación
| Borges Polesso, NataliaAmora / Natalia Borges Polesso. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : María Eugenia Krauss, 2020.Libro digital, EPUB - (Avalancha ; 2)Archivo Digital: onlineTraducción de: Julia Tomasini.ISBN 978-987-86-7327-11. Literatura Brasilera. 2. Cuentos Románticos. 3. Cuentos Realistas. I. Tomasini, Julia, trad. II. Título.CDD B869.3 |
ODELIA EDITORA
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e-mail: odeliaeditora@gmail.com
Diseño gráfico de tapa e interiores:
che.ca diseño
che.ca.dg
Copyright © 2015 Natalia Borges Polesso
Edición publicada a través de licencia de Editorial Dublinense Ltda.
No se permite la reproducción parcial o total de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopia, digitalización u otros medios, sin el permiso previo y escrito del editor.
Su infracción está penada por la ley 11.723 y 25.446.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
A los amores y a las amoras
Grandes y jugosas
Primeras veces
No aguantaba más eso de ser virgen. Diecisiete años, parecía un pecado. Estaba cansada de mentir a los compañeros sobre cómo había sido su primera vez. Cansada. No recordaba cuál era la verdad de la mentira que había contado y ahora agregaba datos al azar. Él tenía una Chevrolet. Pasaban 4 Non Blondes. Yo tenía una bombacha verde. Comimos papas fritas. No vive acá. ¿Verde? ¿Quién se pone una bombacha verde cuando sabe que va a coger? Todo mentira. No es que ella fuera una tarada que nunca había hecho nada, pero todavía era virgen. Y se cansó.
Iba a tercer año turno noche en una escuela pública tradicional donde tradicionalmente todos los viernes solo se cursaban las dos primeras horas. Ni los profesores aparecían en las dos últimas. La rectoría había acortado el turno de los viernes a cuatro horas, pero así y todo fracasó. Había tres bares en los alrededores de la escuela: 1) un barzucho oscuro donde unas bandas muy malas hacían covers igual de malos con instrumentos desafinados, se bebía catuaba porque era barato y porque era lo que había (la mezcla de catuaba y Fanta Uva se había establecido como la nueva moda y ciertamente comenzaría ahí la degradación del hígado de esa generación); 2) el bar del skater donde se vendía cerveza a un precio razonable y todos los tonos de Bols, se consumían drogas ilegales frente a todo el mundo, la marihuana era la más común ―ella no, a ella no le gustaban las drogas ilegales hasta ese momento― y 3) el puesto de la estación de servicio donde podía comprarse un litro de mezcla de vodka de botella de plástico y Coca Cola y se podían usar las instalaciones, léase área cubierta, baños inmundos y pared de ladrillos atrás del lavadero automático de autos. Resultado: bares llenos, escuela vacía.
Viernes, siete horas, veinticinco minutos, tocó el timbre y mitad de la clase entró al aula. La otra mitad le hizo una señal para que ella fuera hasta el fondo de la escuela. Vio a uno de los chicos levantando la cerca de alambre y a los demás pasando por debajo. No quedaría nadie en el aula ese viernes. Todos rumbo al bar número dos. Siguió la corriente. Todos entraron, todos se sentaron, todos tomaron, todos se levantaron para ir a bailar, como un cardumen, no se separaban. Hasta que una amiga la tomó de la mano para que salieran a fumar un cigarrillo. Ella no fumaba. No le gustaba el cigarrillo. Recordaba que su padre, si bien era fumador, nunca había fumado siquiera un cigarrillo dentro de la casa. Lo prendió. Dio dos pitadas y la interrumpió una voz muy grave que le dijo que no era así como se fumaba. En absoluto. La voz era de Luís Augusto Marcelo Dias Prado, tal como se presentó. Luís Augusto Marcelo Dias Prado. El nombre era como ese juego en el que uno va tratando de apilar piezas de plástico hasta que se vuelve una cosa enorme a punto de caer. No era un buen nombre. Pero tres viernes después, ya estaban saliendo. Lo que sentía por él era inversamente proporcional a su nota en Física. Era mala en Física. Era buena en salir con él. No obstante, había una cuestión. En verdad, dos: la mentira de la no virginidad y el tema nunca mencionado.
Ocho viernes antes de conocer a Luís Augusto Marcelo Dias Prado, estaba con Letícia, su compañera fumadora y, medio borrachas en el sofá de la casa de ella, hablaron sobre Mandala, el chico gay de tercer año. Y después sobre el lugar en el que hacía recitales. Y después sobre la posibilidad de ir un día. Y después sobre la telenovela, la de las dos lesbianas que se morían en la explosión del shopping. Y después sobre qué bizarro era el mundo. Y después sobre cómo no es posible controlar esos sentimientos. Y después sobre qué ganas tenía ella de besar la boca roja de Letícia. Y después sobre cómo le gustaría a Letícia, pero solo si Víctor estuviera presente. Y después sobre cuánto le faltaba estudiar para la prueba de Física.
Todo eso había echado raíces intensas en sus sensaciones diarias. La boca roja de Letícia. Los pensamientos encerrados hacía años en algún lugar oscuro de la cabeza, ahora liberados en palabras. Palabras que fueron a parar a la cabeza de Letícia. Nunca había confesado esas cosas a nadie y todos los viernes que se sucedieron hasta el día en que fue a la casa de Luís Augusto Marcelo Dias Prado fue como si nunca las hubiera confesado.
Él no tenía auto. En la radio no pasaban 4 Non Blondes. La bombacha era bordó. No comieron papas fritas. Ella no tuvo tiempo ni de sacarse el corpiño. Todo terminó pronto. Llegó a la conclusión de que el antes había sido mejor que el durante. Después fue al baño y vio que tenía la misma cara de virgen. El pelo negro detrás de las orejas, nada de maquillaje, los hombros puntiagudos de tan flacos, un poco de sangre entre las piernas. Salió del baño con más interés por la Física que antes y le dijo que se iba. Luís Augusto Marcelo Dias Prado no entendió. Era una buena persona, a pesar del nombre, e incluso quería ser su novio. Cuando llamaba a su casa, la madre siempre se alegraba por ese vozarrón que todavía no tenía cara, pero que ya imaginaba en los almuerzos dominicales. Nunca sucedió. Ella empezó a evitarlo, a ir a las clases de los viernes, dejó de atender el teléfono y pidió a la madre que le mintiera a la voz más linda de la ciudad diciendo que no estaba en casa.
El sábado siguiente al viernes que fue a la casa de él, llamó a Letícia. Le contó sobre el día anterior y sobre cómo le había mentido en relación con su primera vez y sobre cuánto quería que las lesbianas no hubieran explotado en el shopping y sobre los sueños raros que tenía con Linda Perry y sobre cómo aquel día, en el sofá, le habría gustado besarla en la boca. Letícia, por su parte, le dijo que las primeras veces siempre eran así y que quizás él no lo había hecho bien y que quizás ella se había puesto nerviosa y que debería intentarlo de nuevo. No dijo nada sobre las lesbianas, ni sobre la telenovela, ni sobre Linda Perry, ni sobre los besos en la boca.
Recién el miércoles tuvo coraje para ir a la escuela. No podría mirar a Letícia, pero no tuvo que hacerlo, porque ese miércoles ella no fue. El jueves las cosas parecían lejanas, porque la vida funcionaba así a los diecisiete años, dentro de un tiempo elástico que se adaptaba a los humores y a aquellas necesidades tan ingenuas. El tiempo era lindo los jueves, a los diecisiete años. Entonces se encontraron. No dijo absolutamente nada sobre la conversación telefónica, tampoco Letícia. La mitad de la clase estaba organizando una fiesta en la casa de uno de los chicos para el día siguiente, por lo tanto, nada de escuela. Fue directo al lugar de la fiesta. Reventa de automóviles. Tocó el timbre y le abrió un compañero. Por detrás de un humo blanquecino vio a Letícia sentada en una silla de mimbre al lado de la parrilla. Vaso en mano. Blue curaçao y Sprite. En esa época el curaçao con Sprite era mil veces superior a la catuaba con Fanta Uva o coca con vodka en botella de plástico. Hoy están equiparados.
Todos entraron, todos se sentaron, todos tomaron, todos comieron, todos tomaron nuevamente, todos se levantaron para bailar, todos tomaron más, como un cardumen, no se separaban. Hasta que Letícia la agarró de la mano para salir a fumar un cigarrillo. Caminaba arrastrando los pies en las piedritas, mientras Letícia buscaba en los bolsillos del saco el atado de cigarrillos mentolados. Letícia sacudió algo frente a sus ojos. Era una llave. En el llavero estaba escrito “Voyage verde musgo”. Lo encontraron. Letícia abrió la puerta y se sentó en el asiento trasero. Ella la siguió, tratando de que no la engañara una expectativa que sería solo suya. No tenían auto ni edad para manejar. El Voyage no tenía radio, por lo tanto no pasaban 4 Non Blondes. La bombacha de Letícia era violeta y con encaje, la de ella era gris y el algodón estaba deshilachado más allá de lo aceptable. Ninguna tuvo tiempo de sacarse el corpiño. Fue todo muy torpe, como son generalmente las primeras veces. Llenas de dientes que se golpean y movimientos que no encajan.
Oyeron a Víctor gritando que Moisés se estaba bajando un litro de cachaza de butiá. Salieron del auto y vieron a Rodrigo y a Bruna detrás de un Tempra, levantándose los pantalones y bajándose la remera, respectivamente. Nadie vio nada, nadie comentó nada. Ellas tampoco. Letícia siguió saliendo con Víctor hasta el fin de ese año. El grupo siguió faltando a clase los viernes. Y ella aprobó Física.
No te desmayes, Eduarda
Cosas que pasan, te caés. No. Te despatarrás en el piso. Pensás que sos motivo de burla y no te movés, te quedás ahí, inerte. Los expedientes desparramados, la carpeta azul de no sé qué material a punto de estallar, tu cabeza a punto de estallar, una guerra a punto de estallar. Te levantás, subís al colectivo y la vida continúa a los sacudones. Nacés en la familia correcta, una familia que se junta los domingos en casa de la abuela, en las afueras de la ciudad. No sentís que tenés la obligación de ir, pero seguís yendo, porque siempre fue así, toda la vida. Tu mamá, tu abuela, tus tías. De pronto te das cuenta de que no hay hombres en la mesa, no hay hombres en la casa, no hay hombres en un radio de cinco kilómetros. El almacén queda a cinco kilómetros y allá tus tías alcohólicas y vos compran cerveza, cachaza y una pierna de salame artesanal. Te preguntás si será artesanal. Probás el salame y no podés distinguir la artesanía en el sabor, lo único que llegás a sentir son las aftas, y tus tías te recomiendan cachaza de árnica porque mata las aftas. Hasta ese momento vos sabías que el árnica servía para los dolores musculares. Tomás un trago de cachaza, tu vida se calienta como una tarde infernal de verano en esa playa semidesierta en la que pasaste dieciocho temporadas. Tus tías se ríen. Volvés a casa. Te acostás en tu cama, medio mareada y te preguntás cómo ese moretón en la pierna aumentó tres veces de tamaño en pocos días.
Y te acordás.
Cosas que pasan, Laura y Mauro al final del pasillo, cerca de la ventana, conversando como si fueran íntimos. Laura que acaricia el brazo de Mauro, él que se ríe. La carpeta estaba muy pesada, lo que me hizo pensar que tendría mucho trabajo esa tarde y probablemente todo el fin de semana. Bajé la escalera insultando mentalmente a Laura, porque realmente era muy puta. Había cortado conmigo la semana pasada y ahora ya estaba charloteando con Mauro, el profesor de derecho penal. Yo me había preocupado por ayudarla, le hice los resúmenes, cambié horas de trabajo para estudiar con la sinvergüenza esa ¿y para qué? Para que me diera una patada en el culo y después ir a lo que importaba, bien en el medio del culo, pelmaza. Nunca fui buena para insultar. Bajé el primer tramo de la escalera y pensé en comprar un té caliente, la idea me reconfortó. Cuando llegué al descanso, oí una voz que me llamaba, miré hacia arriba y vi a Tábata. ¡Hola, Eduarda! No vas a trabajar mucho, ¿no? Buen fin de semana. Hola, Tábata. No te preocupes, chau. Alargué la pierna para dar un paso más y sucedió. La rodilla flexionada, la planta del pie lista para encontrarse con la firmeza del suelo, pero no. Entonces, el segundo que precede al desastre, ese en el que pienso que no debería haber hecho algo que hice. Y la caída. Yo, ahí abajo, despatarrada, mientras los papeles seguían volando a mi alrededor. Durante unos cinco, diez segundos, me pregunté si estaba viva, si estaba bien y si valía la pena levantarme del piso. La gente que estaba en el aula frente a la escalera vino corriendo junto con una avalancha de voces. ¿Estás bien? ¡Dios mío! ¡No te muevas! ¿Podés moverte? ¿Pueden juntar eso? Hay unas hojas ahí atrás.¿Solo eso tenías en las manos? ¿Cómo pasó? Hagan espacio para que pueda respirar. Pestañé de forma algo lenta, creo, y cuando abrí los ojos vi la cara preocupada de Laura justo encima de la mía. Eduarda, ¿estás bien? ¿Qué pasó? Me levanté enseguida. Estoy bien, gente, estoy bien. Gracias, alcanzame la carpeta. Tengo que irme. Buen fin de semana.
En la calle respiré hondo y sentí que las costillas gimieron. Las palpé. Aparentemente no había nada quebrado, pero la pierna me dolía muchísimo. Fui arrastrando el pie hasta la parada. El colectivo no tardó en pasar. Puse la carpeta sobre las piernas y saqué el celular. Hola, ma. Hola. Me caí, estoy bien, estoy yendo a casa. ¿Eduarda, hija, cómo que te caíste? ¿Dónde? Rodé por la escalera. ¿Cómo, Eduarda? ¿Qué escalera? La escalera de la facultad. ¿Y qué tipo de escalera es? ¿De qué estaba hecha? ¿Qué querés decir, mamá? ¿Era de metal, de madera, de granito, tenía las líneas amarillas, tenía la alfombrita de goma, estaba dentro de las normas de seguridad, Eduarda? Ma, era la escalera de la facultad, creo que es de granito y tiene esa alfombrita de goma. Pero, Eduarda, ¿la goma estaba bien? ¿No se estaba levantando? ¿Habías tomado algo? No, mamá. ¿No qué, Eduarda? ¿No estaba bien o no tomaste nada? No tomé nada. Pero ¿cómo te caíste entonces, Eduarda? Ma, estoy llegando, ahora hablamos.
Ya en el ascensor me había arrepentido de haberle contado y cuando la puerta del departamento se abrió supe que me había equivocado rotundamente. Eduarda, ¿qué te pasó en el pelo? Me miré en el espejo y vi que la gomita del pelo estaba más hacia el lado izquierdo, en una colita mal hecha y que yo parecía algo entre Punky Brewster y Elvira, la reina de las tinieblas. ¡Eduarda, estás toda rasgada! Tenía un corte en la remera y otro en el pantalón, pero no estaba toda rasgada. Ma, no me siento bien. ¿Te golpeaste la cabeza, Eduarda? Ma, rodé por la escalera, me golpeé la cabeza unas tres veces por lo menos. ¡Eduarda, tenemos que ir ya al hospital! ¿Cómo no llamaron a una ambulancia, Eduarda? ¡El SAMU! Ma, solo quiero sacarme estos pantalones y acostarme un poco.
Cuando saqué una pierna de los pantalones, vi en el espejo narcisista y probatorio del living el moretón del tamaño de una mano abierta que subía. Lo apreté fuerte con la punta de los dedos y sentí un dolor que me mareaba. Ma, no me estoy sintiendo bien. Acostate, Eduarda, acostate ahí en el sofá. Iba a pedir un vaso de agua, pero la voz no me salió, se me nubló la vista y empecé a transpirar. ¿EDUARDA? ¿EDUARDA? ESTÁS PÁLIDA. NO TE DESMAYES, EDUARDA. VOY A BUSCARTE UN VASO DE AGUA, ¿QUERÉS AGUA, EDUARDA? ¿EDUARDA? ¿QUERÉS AGUA? Me habría desmayado si no fuera por la voz chillona de mi mamá, que era como una aguja en los tímpanos. Tenía muchas ganas de reírme, pero empeoraba el dolor. Me acordé de Laura y de Mauro en el fondo del pasillo. Lo que era risa se volvió llanto entrecortado, de esos que salen de una cara apretada, arrugada de dolor. Pero no tenía voz, solo sollozaba y me sentía débil, con ganas de haberme muerto, de haberme caído de frente, quebrado el cuello, todos los dientes, de haberme mordido la lengua, de haber quedado paralítica. ¿EDUARDA? Mi mamá me abanicaba con una National Geographic. Era la que tenía una chica afgana sin nariz. Los talibanes se la habían cortado como aviso para que no tratara de dejar a la familia de nuevo. Quería haberme casado con Laura, o con Mauro, no sé. Quería haberme ido de casa. Con uno de los dos habría sido más fácil, creo. Eduarda, te está volviendo el color. Me miré de lejos en el espejo del hall. Me vi la boca deformada del llanto mudo y deshice la mueca. Era solo dolor. Físico y moral. Eduarda, ¿estás bien? Voy a llevarte al hospital ahora mismo. No hace falta, ma. Solo quiero un vaso de agua. ¿Un vaso de agua? ¿Por qué no me lo dijiste antes, Eduarda? ¿Tenés que hacer todo este escándalo? Casi me muero con vos en este estado ¿y querés un vaso de agua? Sí, ma, un vaso de agua y un Rivotril, ¿hay Rivotril? No tengo, solo diazepam. Puede ser. Y salió por la puerta golpeando las pantuflas de patas de perro. EDUARDA, ¡no hay diazepam! Solo hay alprazolam, pero te va a tranquilizar igual, ¿lo querés? Sí. Voy a tomar uno también, porque casi me matás del susto, mirá cómo tengo el corazón, acá en la garganta, casi me matás. Acá tenés, ¿no querés comer nada antes? No, ma, solo quiero dormir. Mañana vamos a casa de la abuela. Sí, ya sé. ¿Cómo sabés? Porque siempre vamos, ma. Claro que siempre vamos, es tu abuela. Cuando no esté más con nosotros, ahí la vas a extrañar, ahora no lo valorás. Vamos mañana y volvemos el domingo a la noche. ¿Vos pensás que podés manejar, Eduarda? No sé, ma. Mañana veo. ¿Vas a llevar todo ese montón de cosas, Eduarda? No vas a tener ni tiempo de hablar con las tías, vos siempre trabajando, siempre estudiando, no pensás en la familia. Creés que sos autosuficiente, pero no lo sos. Ma, necesito terminar unas cosas, pero voy a tener tiempo de quedarme con ustedes, no te preocupes. No estoy preocupada, Eduarda, estoy dándote un consejo. Después te caés por ahí y no sabes por qué. En ese momento no sabía si lo que mi mamá decía tenía algún sentido o si el remedio estaba haciendo efecto. ¿Vas a dormir en el sofá, Eduarda? No. Me levanté, fui al baño arrastrando los pantalones que seguían a la altura del tobillo de una pierna y me acosté.
Eduarda, son las once. ¿Levantamos todo y salimos a la ruta? Llamó tu abuela. Sí, ma, ya vamos. También llamó esa amiga tuya, Laura. Un hielo me bajó por la espalda y se me aflojaron las piernas, me agarré al marco de la puerta. ¿Qué quería? Saber cómo estabas, ¿no? Eduarda, le pregunté cómo había sido el golpe y me dijo que no lo había visto, pero que sus compañeros dijeron que la cosa fue fea. Parece que volaste los tres primeros escalones y después rodaste hasta abajo, no saben cómo no te quebraste nada, el cuello. El hielo se derritió en la calentura de rabia y vergüenza.
La casa de mi abuela es un lugar tranquilo, en un barrio que simula tener aires del interior. No necesita mucho, la verdad, porque esa ciudad ya es medio del interior, pero la intención de ser una chacra paga los beneficios de media hora de ruta. La huerta, unos árboles frutales que mis tías llaman floresta, los perros, los gatos, un horno a leña. Mis tías estaban plantando especias en la huerta, fui a ayudar. El olor de la albahaca y el romero se me impregnó en las manos. Después del almuerzo, Eduarda, vamos al almacén a tomar un trago para mejorar esa cara. Claro. Tu madre nos contó que te caíste de una escalera. Sí, me caí. ¿Y te duele, hija? No mucho, la pierna está medio violeta. Cuidate, gurisa, la cabeza en las nubes. Sí, voy a cuidarme, tía. Soy la persona más centrada de esa familia, la de peor suerte también, pensé en decir, pero no lo dije. El domingo viene Rose a almorzar. Buenísimo, tía.
Mi mamá tiene tres hermanas, Marga, Rose y Deise, que es adoptada y más chica que yo. Cuando mi abuelo murió, mi abuela adoptó a la tía Deise de una pareja que no podía cuidarla. Mi abuela nunca hizo luto, es como si fingiera hasta hoy que nada ocurrió. Ninguna de mis tías está casada. Marga y Deise viven con la abuela. Rose vive en otra ciudad por el trabajo y mi mamá vive en el centro por mí, dice. Porque era más fácil para que estudiara. Mi abuelo y mi papá se murieron en el mismo accidente de auto. Mi mamá tampoco habla. Nunca le pregunté nada. Y así somos, sin muchas preguntas. No sé si es un asunto prohibido o si nos comportamos así porque simplemente así son las cosas. ¡Eduarda! Vino un auto, una amiga tuya.
Era Laura, que hacía maniobras encima del cantero de hortensias de mi abuela. No dije nada, no cambié la cara de quien está plantando albahaca. Vine a ver cómo estabas. Estoy bien, Laura, ¿y vos y Mauro están bien? ¿De qué estás hablando, Eduarda? Estoy hablando de que los vi charlando en el pasillo el viernes, ¿o lo vas a negar? Laura puso cara de incrédula, me miró y fue abriendo la boca lentamente. Laura, por favor, no lo niegues, es feo mentir tan mal. Eduarda, le estaba contando a Mauro que me fue bien en la prueba porque vos me ayudaste. ¿Estás loca, Eduarda? Estábamos hablando de vos. Le dije que quería volver con vos y él me dijo que le parecía una buenísima idea, entonces vine hasta acá porque él me dijo que viniera, pero ahora no sé si me parece muy buena idea. Por favor, Laura, basta. Eduarda, te llamé ayer y hoy temprano y tu mamá dijo que estabas descansando, es verdad, desde el martes que estoy queriendo hablar con vos y parece que estuvieras evitándome. ¿Qué es esta charla ridícula, Laura? ¿Qué? Ok, ok. Ya me dijiste lo que tenías que decir, ahora andate. Laura me miró dolida y fue hasta el auto mientras mi mamá gritaba. EDUARDA, ¿TU AMIGA NO SE QUEDA A ALMORZAR?
El sábado se me hinchó la boca de aftas. Mi abuela tiene el don de hacer las salsas de tomate más ácidas de la galaxia. Siempre que hace pasta con tomate, casi instantáneamente se me llena la boca de heridas. Pasé la tarde y la noche leyendo procesos y mordiéndome la piel de alrededor. Sabía que el domingo tendría que socializar.
No dormí, me levanté del sillón y fui a tomar un café a la cocina. Mi abuela ya se preparaba para hacer el almuerzo. Esa era la tradición. Llenarse de comida desde la llegada hasta la hora de irse. Abuela, ¿no se cansa de cocinar? ¿Y qué otra cosa puedo hacer, hijita? Me gusta cocinar, el tiempo pasa, la vida pasa, y por lo menos comemos, y vos sabés, con la boca llena se habla menos y con la panza llena más todavía, se piensan menos pavadas, y vos sos muy flaca, hijita, tenés que comer más y pensar menos. Pero yo no hablo tanto, ¿no, abuela? No hablás nada, sería bueno que hablaras un poco y no que te quedes con todo ahí adentro, esas ideas todas mezcladas, cosas que una ve y cosas que una inventa, así no se puede. Es verdad, abu. Ella tenía razón. Cosas que vemos mezcladas con cosas que inventamos. Y yo haciéndome la fría, la equilibrada, rodando escaleras abajo.
En el almacén, por la tarde, mis tías me dieron cachaza de árnica para probar y me preguntaron si lo que me afligía era un hombre; porque si andaba triste y de cara larga, solo podía ser un hombre. No es hombre. No, claro. Y se mataron de risa. Yo seguí con la misma cara de quien está plantando albahaca. Tomé la cachaza y después otra, más dulce. Comí un pedazo de salame que me revolvió el estómago y después le pedí a mamá que condujera a casa. ¿Por qué, Eduarda? Porque tomé mucho, ma, esta vez tomé. Ay, Eduarda, me matás así, manejo yo entonces.
Te acostás en tu cama, medio mareada y te preguntás cómo ese moretón en la pierna aumentó tres veces en pocos días. Tratás de encontrarle una explicación para lo morado, para el mareo, para la vida, quizás. Seguro que forzaste la pierna más de lo necesario. Condujiste. Sabés que cuando las cosas se mezclan de esa forma en tu cabeza es porque estás cansada. Estás exhausta. Y ves que las paredes del cuarto giran. Cerrás los ojos, respirás hondo y pensás que en un momento una está arriba con los pensamientos bien firmes sobre los hombros y enseguida las piernas vuelan por encima de la cabeza.
