Читать книгу: «El latido que nos hizo eternos»

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28001 Madrid
© 2020 Carmen Pilar Marco López
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El latido que nos hizo eternos, n.º 282 - noviembre 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1375-008-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
Un portazo rompió el silencio de la vivienda.
Desde hacía casi un año, el mismo tiempo que llevaba habitada, los golpes y gritos eran constantes en aquel lugar.
La mayoría de los vecinos del edificio ya conocía el temperamento de Amanda, pero ninguno se atrevía a llamarle la atención, ni a presentar una queja en las juntas trimestrales. Y no era porque la joven fuese una persona fuerte, que dejase fuera de combate con un derechazo a su oponente. Sino porque se rumoreaba que estaba emparentada con personas que podían hacerte desaparecer con tan solo mover un dedo.
Si no hubiera sido así, estaban seguros de que hubiesen podido sacarla de aquel exclusivo edificio, uno de los más caros de Madrid, en menos que cantaba un gallo.
No obstante, nadie quería meterse en medio cuando estallaba la guerra entre ella y el hombre con el que vivía. Simplemente callaban y suplicaban que el berrinche acabase pronto.
Ese día no iba a ser menos. Cuando los gritos se hicieron insoportables, se escuchó el sonido de las ventanas cerrándose, mientras intentaban que sus casas quedasen lo más insonorizadas posible.
—Amanda, tranquilízate —suplicó Samuel, que ya estaba acostumbrado a los numeritos de su novia.
—¡No me voy a tranquilizar! ¡Siempre estás con lo mismo! —dio un empujón a una de las sillas del salón y esta cayó al suelo provocando otro sonido atronador—. ¡Tú lo que quieres es que me pase la vida aquí, que no me divierta!
—Eso no es verdad y lo sabes —replicó con paciencia—. Haces siempre lo que te da la gana, yo no me opongo a nada.
—¡Claro! Porque me paso la vida peleándome contigo para que no te entrometas en mis cosas.
—Cielo. —Colocó una mano sobre su hombro para que se calmase—. Puedes hacer lo que quieras, pero creo que este mes ya has gastado bastante. Estamos casi en números rojos.
—Habla por ti, Samuel, tú estarás en números rojos, yo no —lo atacó, mientras apartaba su mano y lo fulminaba con sus rasgados ojos marrones—. Con una sola llamada tengo el dinero que me dé la gana.
—No podemos estar aprovechándonos de la fortuna de tu hermano toda la vida. Tenemos que aprender a valernos por nosotros mismos —argumentó, intentando que entrase en razón.
Amanda resopló, mientras hacia una mueca de desprecio con los labios. Negó con la cabeza, consiguiendo que su cabello castaño se balancease hacia los lados y que algunos mechones tocasen sus mejillas.
—Mira, no tengo por qué estar discutiendo esto contigo. La próxima semana me voy a ir de viaje con Inma, te guste o no —le anunció. Dio la vuelta y caminó hasta su dormitorio.
Este era bastante amplio, luminoso, gracias a un ventanal que daba a un espacioso balcón, desde el que tenían unas vistas privilegiadas al bonito jardín comunitario.
La habitación, decorada con modernidad, estaba presidida por una enorme cama estilo japonés y un par de mesillas de noche. Tenía aseo propio, porque Amanda así lo exigió, y un enorme vestidor en el que almacenaba toda su ropa, que no era poca.
Samuel la siguió y se adentró también en la habitación, se colocó detrás de ella y cruzó los brazos.
—Y ¿cómo se supone que va a pagarse Inma el viaje? —se carcajeó con sorna—. No tiene dónde caerse muerta.
—Se lo voy a pagar yo —respondió con orgullo.
—¿Tú? Dirás que se lo va a pagar tu hermano, porque no has trabajado en tu vida para poder tener dinero propio.
Aquellas palabras le hicieron apretar los labios. Se dirigió hacia su mesilla de noche y le dio un manotazo a la lámpara que había sobre ella, para, después, volver a encarar a su novio.
—¡Eres un desgraciado! ¡Te encanta rebajarme! Te sientes superior cuando me dices eso, ¿verdad?
—Mi intención no es esa —se defendió—. Solo quiero que abras los ojos, que te des cuenta de que en la vida no podemos hacer siempre lo que nos gustaría. Tenemos unas obligaciones todos los meses, un piso que mantener, unas facturas que pagar.
—¡Y yo pago mi parte religiosamente! —chilló Amanda.
—No, cariño, la paga tu hermano. —Samuel suspiró y se pasó una mano por su cabello—. Nena, tienes que madurar. Tienes que empezar a trabajar o estudiar para poder tener un futuro.
—¡No! No me hace falta nada de eso, porque mi futuro va a ser igual que mi presente: cómodo y relajado. Es más, va a ser incluso mejor que ahora, ¿sabes por qué?
—Pues, no.
—Porque ya no voy a tener que aguantarte ni un minuto más —boceó fuera de sus casillas—. ¡Hemos terminado!
Los ojos de él casi se le salieron de sus órbitas. Dio un pequeño paso hacia Amanda.
—¿Qué… qué dices?
—¡Que se acabó! ¡Que no te aguanto! —Entró al vestidor y sacó su ropa sin cuidado—. Ya puedes tener la vida ordenada que quieres. ¡Ahora puedes ser responsable, puedes madurar y puedes irte a la mierda tú solito!
La cara de Samuel estaba desencajada. No había esperado ese final.
—Pero, nena, no… no lo estarás diciendo en serio, ¿verdad?
—¿Quieres que te lo vuelva a repetir? Porque yo creo que no me he reído en ningún momento —dijo con desprecio.
—Amanda… —No podía ni parpadear por el shock—. Tú sabes que nos queremos con locura, no nos hagas esto por una tontería.
—No. Yo no te quiero. Dejé de sentir eso por ti el día que comenzaste a interrumpir mi vida con tus consejitos de abuela. —Se mesó el cabello y terminó de sacar la ropa de los cajones—. No quiero estar atada a ninguna carga, y tú lo eres para mí. Quiero disfrutar de la vida, que ya bastante jodida es de por sí.
Samuel tragó saliva, sin saber qué decir. Finalmente reaccionó.
—¿Y ya está?
—¿Qué más quieres? ¿Que contrate a una orquesta para dejarlo contigo? —rio con desprecio.
—¡No, quiero que recapacites, porque me dejas a mí toda la mierda!
—¿De qué estás hablando?
—Te vas y me dejas con la carga de la hipoteca de un piso que elegiste tú, ¿recuerdas? Casi te da un ataque cuando te sugerí comprar otro más barato. Tenía que ser este. Y ¿ahora te largas y te desentiendes de todo?
—Sí —respondió con frescura—. Y si tienes algún problema al respecto, puedes hablar con mi hermano.
Dio media vuelta y cogió una maleta del fondo de su vestidor.
—¡Tu hermano, tu hermano! ¿Cuándo vas a dejar de ser una niña mimada?
—Lo que sea o deje de ser, cariñito, ya no es asunto tuyo. —Cerró la maleta y la arrastró hacia el exterior de la habitación.
Cruzó la vivienda, seguida por Samuel, que todavía no podía creer que todo aquello estuviese pasando de verdad.
Al verla abrir la puerta, la agarró por la muñeca.
—Amanda, espera —suplicó—. No te vayas, te quiero.
Ella lo miró de arriba abajo y resopló.
—¿Sí? Pues, yo no quiero volver a verte en lo que me queda de existencia. Adiós, Samuel. Espero que seas súper feliz con tu vida aburrida, tu madurez y tu hipoteca.
Y, tras decir aquello, salió de la casa y cerró la puerta, dando el último portazo en aquel edificio.
El rostro de Bruno mostraba preocupación.
No podía dejar de observar a su compañero, con el ceño fruncido.
Desde hacía casi dos años, no era el mismo. Ya no recordaba cómo era salir con él a tomarse unas cañas, bromear por cualquier tontería o, simplemente, ver un partido de fútbol como lo hacían antes.
En la actualidad, Oliver solo se relacionaba con él por cuestiones de trabajo. Y, cuando lo hacía, no reconocía a la persona que fue en el pasado. Desde aquel desafortunado accidente, se había vuelto taciturno, osco, frío y distante. Echaba de menos al Oliver de siempre. Echaba de menos al cabrón que se llevaba a las tías de calle con tan solo una sonrisa. Pero, sobre todo, echaba de menos verlo feliz y relajado.
Se conocían desde la adolescencia, y jamás pensó que algún día se convertiría en aquel ser, casi sin alma, que tenía delante.
—¿Estás seguro de querer hacerlo?
—Sí. —Ni siquiera miró a Bruno, que permanecía sentado en el salón de su casa.
Su amigo suspiró y se pasó una mano por su cabello, corto y moreno.
—No tienes por qué ir. Hay más agentes que pueden ocupar tu puesto.
—No quiero que nadie ocupe mi puesto —respondió con cansancio, dando el último trago a su cerveza y recostándose en el sillón, sin prestar atención a su amigo, que lo observaba con el ceño fruncido.
—Oliver, por favor, no te juegues la vida de esa forma.
—Alguien se la tendrá que jugar, ¿no? —Se levantó de golpe y fue hacia la cocina a por algo más de beber.
Un par de años atrás, el piso de Oliver era un coqueto estudio, pulcro y muy ordenado, que hacía las delicias de las chicas a las que llevaba para divertirse. Sin embargo, ahora estaba descuidado, y tan desmejorado como su dueño. Los botes de cerveza se apilaban sobre la mesa auxiliar del salón, había ropa amontonada sobre uno de los sofás y en la cocina los platos sucios formaban una montaña en el fregadero.
Bruno fue tras él y se quedó apoyado en el marco de la puerta, observando a Oliver.
Cómo había cambiado. Y no solo en temperamento, sino que su apariencia física también se había resentido durante todo ese tiempo.
Casi no quedaba nada del atractivo hombre de ojos avellana. Tenía aspecto cansado, con ojeras. La barba, mal recortada, lo hacía parecer mucho mayor de lo que era. Y su cuerpo atlético y fuerte había dejado paso a una pronunciada delgadez, que lo hacía tener aspecto enfermizo.
—¿Por qué no le dices a Garrido que dejas el caso? —insistió.
Oliver miró a su amigo a los ojos, cansado de tanta charla, y alzó la cabeza, orgulloso.
—¿Y tú por qué no dejas de darme el coñazo? —Abrió el armario donde guardaba los vasos de cristal y sacó uno, en el que se sirvió un poco de whisky. Se llevó el contenido a la boca de un solo trago e hizo una mueca de aprensión al notar cómo el líquido le quemaba la garganta—. Últimamente todos queréis meteros en mi vida, y yo no he pedido consejo a nadie. Tengo treinta y cinco años, soy bastante mayorcito como para poder tomar mis propias decisiones.
—Si tu madre se mete, es porque te ve perdido.
Al escuchar cómo nombraba a su madre, Oliver alzó la mirada de golpe.
—¿Has hablado con ella?
—Me llamó hace unos días.
—¿Por qué coño habláis de mí a mis espaldas?
—Porque estamos preocupados, tío. —Fue hasta su lado y le puso una mano en el hombro, para intentar que se relajase un poco—. Oye, mira…
Oliver se apartó de inmediato y le lanzó una mirada de advertencia a Bruno.
—¡Ya basta! Ni tú, ni mi madre, ni nadie de este jodido mundo, va a poder convencerme de que abandone la misión. ¡No sé por qué cojones habéis decidido inmiscuiros en mis asuntos, pero que os quede claro que voy a hacer lo que me dé la gana!
—Solo queremos que vuelva el antiguo Oliver, nada más.
—No sé de qué estás hablando.
—Pues, yo sí —insistió Bruno—. Desde que pasó aquello… siento que te hemos perdido.
Al escuchar las palabras de su amigo con respecto a aquel incidente ocurrido dos años atrás, Oliver apretó los puños y cuadró los hombros.
—¡No vuelvas a nombrar ese tema! —gritó fuera de sí—. ¡En tu vida me nombres ese tema! ¡No sabes de lo que hablas! ¡Todo fue mi culpa!
—¡Fue un accidente!
—¡No, no, no! —chilló. Cogió de nuevo la botella de whisky y bebió directamente de ella. Miró a Bruno a los ojos, y con un tono de voz cansado, se dirigió a él—: Voy a ir, cumpliré con mi objetivo y detendré a ese narco. Y me da igual qué penséis sobre ello.
—Al menos asegúrame que vas a llevar cuidado.
Oliver resopló.
—¿Por qué? Si me pillan, pues uno menos. No creo que el mundo note mucho mi ausencia.
Capítulo 2
El avión de Amanda hizo escala en Tenerife, y desde allí tuvo que volver a coger un vuelo que la llevase a su destino.
La aeronave aterrizó en el aeropuerto de Alajeró, un municipio de la isla de La Gomera. Tras un breve descanso, en el que estiró las piernas, cogió un taxi que la llevó hasta el pueblo donde vivía su hermano.
Amanda observó por la ventanilla del vehículo y recorrió con la mirada el municipio de Vallehermoso, en el que Alberto había comprado una casa cinco años atrás.
Sin embargo, no tardó mucho en apartar la mirada. No le pareció un lugar interesante. Simplemente eran un par de casas juntas, en donde no había centros comerciales, ni los restaurantes de moda a los que solía ir.
—Es bonito, ¿verdad? —dijo el taxista, orgulloso del atractivo de su isla.
Lo miró de reojo, sin ni siquiera girar la cabeza, y se encogió de hombros.
—He estado en sitios mejores —indicó con desgana.
El hombre, molesto, volvió a concentrarse en la carretera.
Amanda, al ver que dejaban atrás el pueblo, frunció el ceño.
—¿No habíamos llegado ya?
—No. La dirección que me ha dado está algo más alejada del pueblo.
—¿En las afueras?
—Está en plena naturaleza.
Ella chasqueó la lengua y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Genial —resopló—. En medio de ninguna parte. Alberto, te has lucido.
Ya podía imaginar las horas muertas que le esperaban en aquel lugar. Iba a ser horrible tener que estar allí, rodeada por árboles y piedras, cuando lo que de verdad quería era bullicio. Le encantaban las aglomeraciones, el ruido de la ciudad, las avenidas llenas de comercios en los que gastar el dinero. Sin embargo, Alberto se negó a mandarle más dinero cuando lo llamó para informarle de su pelea con Samuel, y le ordenó viajar a La Gomera para que pudiesen hablar personalmente.
No quería quedarse allí. ¿Qué iba a poder hacer en ese lugar? ¿Aprenderse el nombre de los bichos autóctonos? ¿Practicar el silbo gomero?
Frustrada, sacó su teléfono móvil y ojeó los mensajes que todavía no había leído. La mayoría eran de Samuel. Le pedía que volviese con él. En algunos incluso suplicaba.
Lo guardó en su bolso. Ni loca iba a regresar con él. Samuel había sido una persona importante en su vida, habían pasado muy buenos momentos juntos, pero desde hacía tiempo pasó de ser una compañía agradable a una molestia. Ella necesitaba libertad. No quería cadenas que la atasen a nada ni a nadie, y él desde siempre se había empeñado en echar raíces y llevar una vida tranquila. No. Eso no era para ella. No quería caer en la rutina de tener un trabajo aburrido, un marido que le diese el coñazo, ni una casa llena de fotos de sus últimas vacaciones en Torrevieja.
Le costó mucho decidirse cuando le propuso irse a vivir juntos. Y cuando lo hizo, fue a regañadientes. Él le aseguró que podría seguir como hasta entonces, que nada cambiaría. Pero no fue así. Desde el primer día que se instalaron, la mentalidad de Samuel mutó. No dejaba de hablar de madurez, de sus continuos gastos en tiendas de ropa, de sus innumerables viajes con sus amigas…
Y sí, sabía que la mayoría de las personas cambiaban al llegar a cierta edad, al independizarse. No obstante, ella se negaba. Ese no era el acuerdo al que había llegado con su, hasta entonces, novio.
Le gustaba el glamour, la vida ociosa, las charlas y risas con sus conocidos. Claro estaba que a todo el mundo le gustaba eso, pero la diferencia era que ella se lo podía permitir. Su hermano le daba dinero cada vez que se lo pedía.
Metida en sus pensamientos, apenas se dio cuenta cuando el coche paró. Reaccionó al escuchar al taxista toser. Le pagó con rapidez y se incorporó del vehículo, arrastrando las maletas tras de sí.
Al levantar la vista, no pudo menos que abrir la boca.
La casa de su hermano en realidad no era una pintoresca casita en medio del bosque. Ante ella se encontraba un enorme caserío blanco de dos plantas, rodeado por una parcela gigantesca repleta de plataneras. Tan grande que le era imposible ver el final.
Hablaba muy poco con Alberto. Así que, cuando le dijo que se iba a dedicar al cultivo de plátanos, y abandonar su principal fuente de ingresos, pensó que había perdido la cabeza.
Al acercarse a la valla, que delimitaba la propiedad, vio que en el muro había unas letras de cerámica.
Las leyó.
—«El árbol». —Puso los ojos en blanco—. Qué nombre más estúpido para una casa.
No tuvo ni que tocar al timbre. Las puertas se abrieron solas.
Al levantar la cabeza, observó las dos cámaras de vigilancia que salvaguardaban el terreno.
Caminó casi doscientos metros por un camino empedrado y bordeado por palmeras desde el que se veía la plantación y a los jornaleros afanándose en su trabajo, hasta que llegó a un gran porche en el que había un cómodo balancín de hierro y mimbre, con mullidos cojines de color blanco.
Se encaminó hacia el portón de madera, por el cual se accedía al interior de la vivienda y, al llegar, este se abrió.
Ante ella apareció una mujer mayor. Era bajita, de complexión delgada, con un moño muy apretado en la nuca y con el semblante serio. La miró de arriba abajo, casi con hostilidad, y se hizo a un lado para que pudiese pasar.
—El señor Alberto la está esperando en su despacho —dijo con sequedad.
Dio la vuelta y comenzó a caminar hacia otro habitáculo.
—No sé dónde está el despacho —respondió Amanda, con las cejas alzadas y extrañada por aquel recibimiento tan frío. ¿Quién era esa mujer y por qué no había ido su hermano a recibirla?
—Segunda planta, tercera puerta a la izquierda —indicó con cansancio. Continuó su camino hasta que desapareció del recibidor.
Amanda miró a su alrededor, antes de emprender el camino hasta el despacho de su hermano, y se fijó en aquel lugar.
Era un espacio enorme, bonito, aunque sobrio, decorado con modernidad, pero sin estropear la belleza de aquel caserón colonial. Era una mezcla extraña, pero agradable. Los muebles de madera oscura otorgaban calidez a aquel amplio recibidor que, junto a las cortinas blancas y a algunas pequeñas palmeras, colocadas estratégicamente, daban la sensación de haber viajado hasta el trópico.
Dejó las maletas allí mismo y subió las escaleras, logrando que el sonido de sus tacones resonase por toda la casa.
La planta superior era igual de impresionante que la inferior. El color de la madera primaba por encima de todo, y apenas había muebles ni adornos en ella.
Encontró el despacho sin problemas. Abrió la puerta, sin tocar antes, y entró en aquella habitación con decisión. La opulencia de aquella estancia la impresionó tanto o más que el resto de la casa. El escritorio era de caoba, antiguo, de patas torneadas y bellos grabados, que admiró nada más poner sus ojos en él. Las paredes, forradas de madera oscura, estaban repletas de estanterías rebosantes de libros, los cuales parecían tan viejos como la misma edificación.
Su hermano se encontraba hablando por teléfono.
Al verla, la saludó con un movimiento de cabeza y le indicó que se sentase en una silla situada frente a él.
Casi no había cambiado nada en los años que había pasado sin verlo. Simplemente, su cabello moreno estaba salpicado por algunas canas, que lo hacían todavía más interesante.
Era un hombre guapo. Las personas que lo conocían siempre comentaban que tenía el porte de su padre. Sus ojos marrones y rasgados, su altura y su forma de fruncir el ceño.
Amanda no podía contradecir aquello, pues casi no se acordaba de su padre. Había muerto cuando ella tenía cuatro años, dejándola a cargo de su único hermano, del que la separaba una diferencia de edad de casi veinte años.
Cuando este colgó el aparato, se quedó mirándola unos segundos y le sonrió.
—¿Qué tal el viaje?
—Largo —se quejó ella—. Podrías haberte ido a vivir a China, ya de paso.
Alberto rio por la contestación de su hermana.
—Qué exagerada eres, son menos de tres horas desde la península.
—¿Y te parece poco?
Se frotó la mandíbula y la miró con interés.
—¿Qué ha pasado para que hayas decidido romper con él de esa forma?
—Lo que pasa es que Samuel me asfixiaba —se quejó, poniéndole morritos a su hermano—. No me dejaba ser yo, quería que me pudriese dentro de nuestra casa.
—¿Seguro? —preguntó sin llegar a creérselo, pues la conocía a la perfección—. Samuel siempre me ha parecido un buen hombre, y lo conozco desde hace más tiempo que tú.
—Ay, Alberto —lloriqueó como la mejor actriz—. No te puedes imaginar el infierno de vida que tenía. Era horrible.
Su hermano se echó hacia atrás en su silla y apoyó la espalda en el respaldo.
—Ya —asintió, mirándola fijamente—. ¿Y no será que eres una inmadura?
Amanda lo miró con los ojos muy abiertos.
—Pero ¿qué…?
—Hablé con él ayer. De hecho, fue Samuel el que llamó.
Ella irguió la espalda y alzó el mentón.
—¿Qué te dijo?
—Pues me confirmó lo que yo ya sabía. —Cruzó los brazos sobre el pecho—. Amanda, tienes que madurar.
—¿Cómo? —No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Sabes? La culpa es mía por haberte consentido tantas cosas. Tendría que haber sido más duro y recto contigo —dijo, más para sí que para ella—. Debería haberte cortado el grifo, no haberte dado dinero cada vez que llamabas.
—¡No! Tú hiciste lo que hubiese hecho cualquier buen hermano —lo aduló, para intentar que olvidase todo aquello.
—Sin embargo, de los errores se aprende.
Amanda alzó las cejas y lo miró con fijeza.
—¿Qué… qué quieres decir con eso?
—Que se acabó. Ya no voy a salvarte el culo cada vez que lo necesites. —La boca de ella se abrió por el asombro—. No voy a consentir que sigas por ese camino. Por tu bien. Tienes treinta y un años, ya va siendo hora de que tomes las riendas de tu vida.
—¡No jodas!
Alberto frunció el ceño por el vocabulario de su hermana.
—Se acabó el darte dinero y el sacarte de los líos en los que te metes. Se te ha acabado la vida ociosa —dijo con decisión—. Tienes que aprender a valerte por ti misma, buscar un trabajo, estudiar, salir tú sola adelante.
—¡Pero tú tienes dinero de sobra para los dos!
—El dinero se acaba, Amanda —resopló—. ¿Has pensado en eso? ¿Qué vas a hacer cuando yo no esté para ayudarte?
—Pues… —No supo qué contestar.
—Y no me digas que buscarías a algún ricachón con el que casarte, porque te desheredo ahora mismo —le advirtió—. Venga, contéstame, ¿qué harás cuando yo no esté? ¿Cómo te las vas a ingeniar ahora que no voy a darte más dinero?
Ella se levantó de la silla hecha una furia. Miró a su hermano con los labios apretados y dio un golpe en la mesa.
—¡No hace falta que montes todo este numerito! Ya me apañaré yo sola como buenamente pueda, aunque tenga que pedir limosna de puerta en puerta. ¡No quiero ser ninguna molestia para ti!
Alberto suspiró y se la quedó mirando con indiferencia.
—Yo no he dicho que no vaya a ayudarte.
—¡No! Solo me acabas de llamar niña mimada, me acabas de decir que soy una cría para ti —respondió dolida.
—Es que lo eres, para mí, siempre serás la niña pequeña a la que crie. —Rodeó la mesa para llegar a su lado y la cogió por los hombros, con cariño, intentando apaciguarla—. Quiero que te quedes aquí en El árbol. Esta casa es tanto mía como tuya.
—¡Pues deja de decir todas esas cosas sobre mí!
—Vale, lo siento —se disculpó, arrepentido. Le dio un beso en la mejilla y le sonrió. Amanda era su debilidad, siempre lo había sido desde que nació—. Me alegro de que estés aquí, de verdad.
—¿Seguro? —preguntó ella poniendo morritos.
—Sí. —La rodeó con los brazos y empezó a guiarla fuera del despacho, por el pasillo—. Mira, instálate y relájate unas semanas. Después hablaremos sobre tu futuro, ¿de acuerdo?
—Está bien. Pero no quiero que el tema del trabajo vuelva a hacernos discutir —dijo, poniendo carita de lástima.
—Cuando pase un tiempo ya decidiremos lo que hacer —indicó él zanjando el tema.
La hizo pasar a una enorme habitación blanca, con un espléndido ventanal por el que se veían todas las tierras de la plantación. En el centro de aquella estancia, había una hermosa cama con dosel. Era antigua, pero estaba en perfecto estado. Fue hasta ella y acarició la sábana bordada que la cubría, frunciendo el ceño por su inesperada aspereza. A su lado, una mesilla de noche bastante alta, delicada y majestuosa, en la que descansaba una cajita de música algo cuarteada, pero que seguía conservando su belleza. Frente a la cama, un gran armario ropero, tan antiguo como el resto de la habitación, con un espejo en una de las puertas que le devolvía su reflejo algo empañado y con un ligero abombamiento.
—Según me dijeron cuando compré la casa, esta era la habitación de la hija del terrateniente que la construyó. Una habitación digna de una princesa.
Amanda la recorrió con la mirada. Tenía que reconocer que era preciosa. Siempre había tenido predilección por las antigüedades.
—Me encanta.
—Pues es toda tuya. —Le sonrió—. Voy a mandar que te suban las maletas. —Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, pero de repente paró y volvió la vista hacia su hermana—. ¡Eh! Me alegro de que estés aquí, de verdad.
Al cerrar la puerta, dejándola sola en aquella habitación, Amanda rio contenta. Después de todo, las cosas no habían salido tan mal como pintaban en un principio. Viviría con su hermano en aquella propiedad, tendría tiempo libre para hacer lo que le viniera en gana y no tendría que aguantar más que le hablasen sobre futuro ni trabajo. Alberto había dicho que en un tiempo aclararían su situación, pero ella estaba segura de que, con sus mañas y sus artes para la interpretación, podría seguir dándose la buena vida como hasta entonces.
Capítulo 3
Oliver se encontraba sentado en una pequeña terraza, en un bar de San Sebastián de La Gomera. Tomaba un café, mientras esperaba a su contacto, y contemplaba sin mucho interés la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción.
A pesar de que siempre le gustó viajar y ver mundo, aquello no le provocaba ninguna emoción. Todas sus ilusiones y sentimientos estaban muertos.
En el pasado, jamás hubiese dejado pasar la ocasión de recorrer aquel pueblo, adentrarse en sus calles y contemplar sus monumentos, pero ya no era el mismo hombre de antes. Lo único que tenía en mente era hacer su trabajo, y hacerlo lo mejor posible. Esa era la forma de poder olvidar, de borrar los recuerdos que lo atormentaban.
Al girar la cabeza, vio acercarse a la camarera del bar, una joven muy bonita, morena y delgada, con una sonrisa contagiosa.
La chica llegó hasta su mesa y dejó la cuenta en ella.
—Espero que le haya gustado nuestro café —comentó con simpatía.
—Estaba bien —dijo él mientras sacaba la cartera de su bolsillo.
—¿Es usted turista? Nunca lo he visto por aquí —se interesó la joven.
Oliver la miró con fijeza, sin percatarse de que tenía el ceño fruncido. No le gustaba que le hicieran preguntas. Y aunque aquella era una mujer preciosa y muy amable, no estaba por la labor de seguir con la conversación.
—Aquí tiene el dinero —farfulló.
Ella se lo quedó mirando, contrariada. Cogió las monedas y le sonrió. Pero antes de marcharse volvió a hablarle.
—Me… me preguntaba que si… sigue por aquí en una hora… quizás le apetezca otro café después de que termine mi turno.
Oliver la contempló. Sin embargo, lo hizo como si allí no hubiese nadie, como si aquella joven fuese invisible.
—No tengo tiempo para tonterías, señorita.
La chica asintió con rapidez, algo molesta por aquel rechazo.
—Que tenga un buen día. —Y tras esa leve despedida, caminó con orgullo, moviendo las caderas de forma exagerada, hacia el interior del establecimiento.
Él resopló y centró su mirada de nuevo en la parroquia.
¡Cómo había cambiado su vida!
Años atrás, no habría dejado pasar la ocasión de conocer a una chica guapa. Incluso hubiese sido él quien le hubiera pedido su número de teléfono. No obstante, ya no buscaba nada de nadie, no necesitaba acercamientos, ni cariño por parte de las féminas. Lo único que quería era que lo dejasen en paz.
—¿Oliver Berenguer?
Al alzar por segunda vez la cabeza, se encontró con un hombre joven. Castaño, fornido, aunque demasiado bajito para poder soportar tanto músculo él solo. Lo miraba con seriedad, casi con exasperación.
—Soy yo.
—Genial. —Sin más preguntas, le hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera y empezó a hablarle sin asegurarse de que lo hacía—. Soy tu contacto en La Gomera, el inspector Marín. Tengo el coche aparcado en aquella esquina.
—¿Coche? Pensaba que mi trabajo iba a ser aquí.
El hombre negó con la cabeza.
—Ya me avisaron de que los agentes de tu departamento eran unos inútiles. Espero que tú no seas como ellos. Todavía no entiendo el por qué han tenido que daros el caso a vosotros y no a la policía de aquí.
Oliver se lo quedó mirando fijamente. Aquel agente era un payaso.
—Lleva cuidado con tus palabras —le advirtió—. Puedes decir lo que quieras de mis superiores, pero conmigo… respeto.
El inspector Marín dejó de andar y giró para poder mirarlo a los ojos. Tras unos segundos de aguantarse la mirada, su boca se curvó.
—Perfecto, un chulito de la península.
Oliver se acercó un poco más a él, en actitud altiva.
—Escúchame bien, imbécil isleño, deja de mear para marcar tu territorio y dime dónde voy a tener que hacer mi trabajo, que es por lo que estoy aquí.
El agente rio por su contestación y asintió.
Sin decir ni una palabra más, lo guio hasta su vehículo, un Tata ranchera de color blanco. Era viejo, estaba bastante sucio y al sentarse en él comprobó que también era incómodo, los muelles del asiento se clavaban por todas partes.
Cuando arrancó, el inspector Marín comenzó a hablar.
—Supongo que los inútiles de tu departamento te habrán puesto al corriente sobre nuestro objetivo.
Oliver asintió y se aclaró la voz:
—Alberto Robles, cincuenta y cinco años, natural de Madrid. Desde que tiene uso de razón se ha dedicado a negocios turbios y nada claros. En la actualidad se le investiga por tráfico de cocaína.
Marín apartó la vista de la carretera y observó a Oliver unos segundos.
—No solo por ser un simple camello. Si se demuestra toda la información que se tiene sobre él, nos encontraremos con el mayor traficante de drogas que ha habido en España. Ese hijo de perra se ha forrado con el negocio, y cuenta en su haber, supuestamente, con tres muertes por ajuste de cuentas.
Oliver asintió, pues ya conocía toda esa información.
—Deja de contarme historias y dime hacia dónde vamos —lo apremió sin paciencia—. Mis superiores recibieron información vuestra para que yo llegase a San Sebastián de La Gomera.
Marín rio.
—¿Pensabas que íbamos a daros su dirección? Entonces eres más memo de lo que imaginaba.
—Cuidado con tus palabras —le advirtió.
—Ya, ya… —rio. Cuadró los hombros y se aclaró la voz—. Creo que no hubiese sido muy inteligente daros la dirección correcta. Y no es porque seáis estúpidos, sino porque ese tío tiene espías por todos lados. ¿Qué pasaría si alguno de ellos se entera de que vas hacia donde vive Robles? Serías hombre muerto al segundo de pisar su propiedad, guapito de capital. ¿Qué me dices a esto?
Oliver asintió.
—Que tiene lógica.
—¡Joder! En algo estamos de acuerdo —rio.
—¿Y a dónde vamos?
—Alberto Robles compró una vieja plantación llamada El árbol en las afueras del municipio de Vallehermoso, la reformó y tiene un negocio rentable con el cultivo de plátanos. Negocio que, por supuesto, es una tapadera para lo que de verdad le interesa: la droga. —Se removió en el asiento y continuó—: Tenemos a un agente dentro de la plantación, trabajando como jornalero. Consiguió que Robles te contratase a ti también.
—Espera. —Oliver lo miró extrañado—. ¿Contratado?
—Claro, ¿qué esperabas? ¿Que te metiéramos a vivir en su casa, con él? —se carcajeó—. No sé si en la capital sabéis algo del cultivo de plátanos, pero vas a tener que ensuciarte las manos, guapín. Trabajarás como cualquier jornalero, vivirás allí, pero en la casa destinada a los trabajadores, e intentarás descubrir cuándo y dónde va a producirse el envío de la cocaína. De hoy en adelante, dejarás de llamarte Oliver Berenguer y pasarás a ser Oliver Pérez, nacido en Guadalajara y viviendo en La Gomera desde hace ocho años.
—Entendido. —Cogió el falso carnet y se lo guardó en el bolsillo—. No sabía que todavía, en la actualidad, existiesen las casas para los jornaleros. Pensaba que era algo que había desaparecido.
—Las hay, pero prácticamente no se usan. Todo el mundo tiene casa propia y prefiere desplazarse cada día a su trabajo. —Despegó unos segundos la vista de la carretera para mirarlo—. El árbol cuenta con una casa para los trabajadores enorme. Tiene casi sesenta habitaciones.
—¿Están todas ocupadas?
—No, según nos dijo nuestro hombre, que también se queda allí, viven en ella seis trabajadores. Todos inmigrantes sin casa.
Oliver asintió. No le hacía gracia tener que quedarse en ese lugar, con gente a la que no conocía, pero era su trabajo y lo haría.
Pasaron el resto del camino en silencio. Ninguno de los dos hombres quiso sacar un tema de conversación.
Marín detuvo el vehículo cinco kilómetros antes de llegar a Vallehermoso. Aparcó en una pequeña explanada de un camino rural. Allí les esperaba otro coche. Salieron del vehículo y se encontraron, a medio camino, con el ocupante.
Era un hombre de mediana edad, orondo y prácticamente calvo. Tenía una expresión amable, incluso les sonrió cuando estuvo a su lado.
Oliver se despidió, con un leve levantamiento de cejas, de Marín y montó con el otro.
Mauro, que así se llamaba, apenas le habló durante el trayecto, y eso fue algo que agradeció. Estaba cansado del viaje, lo que de verdad le apetecía era dormir.
Cuando llegaron a El árbol ya era de noche, así que Oliver apenas pudo ver nada de aquel lugar.
Caminaron por un sendero empedrado, por la parte de atrás de la casa, y entraron en una enorme edificación de piedra. Dentro se notaba frescor, y era de agradecer pues había hecho un día de lo más caluroso.
En aquel lugar no se escuchaba ni el más mínimo ruido.
Mauro le mostró, de forma escueta, la vieja cocina, la sala donde se reunían a comer y el baño.
Lo acompañó, escaleras arriba, por un pasillo kilométrico, lleno de puertas a su derecha, y le mostró su habitación.
Oliver la miró sin mucho interés, pues no había nada que valiese la pena admirar. En aquel lugar solo había una cama, una mesilla de noche con una pata rota, un armario viejo y una pequeña ventana por la que apenas se podía ver nada.
—Mañana vendré a las seis a por ti. —Mauro bostezó por el sueño—. Hoy es tarde para hablar del caso, pero cuando venga te pondré al día sobre lo que tienes que hacer aquí. No salgas de la habitación hasta entonces, ¿de acuerdo?
—Sí —contestó sin ganas.
Al quedarse a solas, se sentó sobre el lecho. Era incómodo, duro y lleno de bultos. Genial.
No sacó la ropa de su mochila. Estaba tan cansado que decidió dejarlo para el siguiente día.
A pesar de todo, del viaje desde la península, del comportamiento de Marín y de aquella cama tan incómoda, tenía ganas de ver lo que le deparaba aquella misión. Sabía que era peligrosa, sabía que si lo descubrían sería hombre muerto, pero había algo que lo hacía seguir hacia delante. Quizás, en su círculo de amigos y familiares, lo llamasen loco, pero no tenía nada que perder, pues ya lo perdió todo. El árbol era una forma de escapar de su vida, una manera de no tener que recordar todos los días al hombre que una vez fue. Una forma de olvidar que una vez fue feliz.
Capítulo 4
Amanda odiaba a la gente chismosa. No podía evitarlo, era algo que le sobrepasaba. Cada vez que se encontraba con alguien así, la miraba con desprecio y daba media vuelta.
No obstante, ¿qué podía hacer cuando tenía que convivir con ese tipo de personas?
Llevaba dos días en El árbol y, desde el minuto uno, tuvo que hacer frente a miradas envenenadas y cuchicheos a su espalda.
Había hablado con su hermano sobre el tema, pero Alberto se reía y le quitaba importancia.
—Es una mujer mayor, se divierte de esa forma —le decía—. No se lo tomes en cuenta.
—¿Que no lo tome en cuenta? —resopló ella—. Cada vez que me cruzo con ella por el pasillo noto como si me traspasase con la mirada.
—Mira, Amanda, Dolores lleva muchos años conmigo. Incluso desde antes de venir a La Gomera. Puede parecer seria y estirada, pero hace muy bien su trabajo y jamás he tenido una queja sobre ella.
Recordó el gesto severo de la mujer y apretó los labios. La tal Dolores fue desagradable incluso cuando la recibió el día de su llegada.
—Me hace sentir mal, Alberto. No puedo caminar tranquila por la casa.
—¡No seas exagerada! —rio él.
—¡No lo soy! —exclamó enfadada—. ¡Esa mujer es el demonio! Esta mañana la he escuchado murmurar sobre mí. Decía que soy una mantenida, que lo he sido toda mi vida, y que pobre del hombre que acabe conmigo. ¡A eso no hay derecho!
Alberto comenzó a carcajearse.
—Vamos, no le hagas caso. Tiene mucho tiempo libre y lo ocupa en lo que sea.
—Y ahora ha decidido ocuparlo en despellejarme, ¿no?
Su hermano negó con la cabeza y suspiró.
—Mira, tú haz oídos sordos a lo que dice, ya se cansará.
—Claro, pero mientras tanto tengo que estar soportando todo esto.
—Ya verás qué pronto se olvida de ti. Eres la novedad. Cuando pasen unos días, ni se acordará de que vives aquí. —Caminaron por el salón de la casa y salieron al porche, donde corría una ligera brisa—. Le tengo mucho cariño a esa señora, es buena y me quiere como a un hijo. Estoy seguro de que a ti también lo hará.
—No sé yo qué decirte —contestó poniendo los ojos en blanco.
Alberto se miró el reloj de muñeca y chasqueó la lengua.
—Tengo que irme, Amanda. Me esperan en veinte minutos para una reunión.
Ella asintió, acostumbrada a las obligaciones de su hermano.
—¿Cómo va el negocio?
—Muy bien —asintió—. Los plátanos están dando más beneficios de lo que me imaginaba.
—¿Es mejor que tu trabajo anterior?
—Bueno… hay que ir poco a poco. Una finca tiene mucho trabajo —añadió sin querer entrar demasiado en el tema.
—Nunca me dijiste en qué trabajabas antes de mudarte a La Gomera.
—En nada importante, por eso lo dejé —dijo zanjando el tema con rapidez. Le dio un beso en la frente, a modo de despedida, y se marchó a su despacho.
Al quedarse sola, miró a su alrededor y pensó en qué hacer. Necesitaba que le diese un poco el aire. Llevaba dos días encerrada en El árbol y sentía que le faltaba incluso la respiración. No estaba acostumbrada a esa vida apartada de la civilización. Necesitaba movimiento, gente, ir de compras, gastar dinero…
Decidida, cogió las llaves del coche de su hermano y montó en él. Aunque fuese por un par de horas, tenía que salir de la plantación y perder de vista a aquella gente que la miraba como si fuese un parásito.
Oliver escuchaba al capataz con atención.
Aquel hombre era un experto en el cultivo de plataneras. A sus sesenta y dos años, había trabajado en las mejores fincas de las islas, consiguiendo una producción nada desdeñable de plátanos en cada cosecha.
Cuando, esa madrugada, Mauro había ido a por él a su habitación, esperaba que la jornada de trabajo fuese dura, por ser la primera y estar desentrenado en esa labor, pero jamás se hubiese imaginado que aquel oficio lo dejaría hecho polvo.
Antonio, que así se llamaba el capataz, se había apiadado de él y lo había sacado de su puesto inicial en el desmane de las plantas.
—Recuerdo mi primer día de trabajo, fue en una finca de Gran Canaria. Tenía solo doce años —dijo el hombre, mientras le daba unas palmaditas en la espalda, cosa que no agradó a Oliver—. Cuando acabé la jornada y llegué a mi casa, vomité todo lo que había comido ese día. Es un trabajo muy pesado, pero gratificante. Al menos lo es para mí, siempre me ha encantado lo que hago.
Oliver asintió, pero no dijo ni una palabra, simplemente continuó caminando al lado del hombre por una de las más de veinte hectáreas de la plantación.
Antonio, al no recibir respuesta, suspiró. Miró a su alrededor y saludó a uno de los jornaleros, que continuaba con el desmane y cortaba los racimos para conseguir que los próximos adquiriesen el tamaño requerido.
—¿Has conducido alguna vez un camión? —preguntó, fijando su atención de nuevo en Oliver.
—Nunca.
—Mmm… vale. —Se encogió de hombros.
Continuaron caminando en silencio. Era un silencio incómodo, pero a Oliver le traía sin cuidado. No estaba allí para hacer amigos, sino para conseguir información sobre Alberto Robles.
Sí, tendría que trabajar como el que más, pues no quería que aquel hombre lo despidiese por inútil, pero de ahí a estrechar lazos con ellos…
El camión se encontraba en uno de los extremos de la finca, aparcado en medio del camino asfaltado que llevaba a las cocheras de la casa. Allí, varios hombres cargaban enormes racimos de plátanos verdes, que más tarde transportarían a la fábrica donde los limpiarían y dividirían para su exportación.
Al verlos llegar, los jornaleros saludaron a Antonio con un movimiento de cabeza, sin dejar de trabajar ni un momento.
—¿Habéis parado ya para descansar? —preguntó. Al recibir una negativa por parte de los trabajadores, asintió—. Tomaos treinta minutos.
Los tres jornaleros dejaron los racimos que llevaban en las manos y se marcharon hablando entre ellos.
—Oliver, encárgate tú de su trabajo mientras descansan —le mandó. Él asintió y, sin mediar palabra, se dirigió hacia la montaña de plátanos para comenzar con la tarea—. Quédate aquí, ahora mismo vuelvo.
Al quedarse a solas, se limpió el sudor de su frente. Estaba siendo un día muy caluroso, y trabajar al sol era un infierno. A pesar de todo, continuó cargando los racimos sin parar. Pesaban muchísimo. Si sus cálculos no fallaban, cada racimo rondaría los cuarenta kilos. Sin embargo, no paró ni un segundo de trabajar. El dolor de espalda, el dolor de brazos, el agotamiento y el intenso calor, lo ayudaban a no pensar, a dejar la mente en blanco. Aquello, aunque pareciese de locos, le daba paz. Su cerebro, concentrado en el trabajo, dejaba los recuerdos de lado, y era una sensación agradable. No había culpabilidad, tristeza, ni rabia.
No obstante, su tranquilidad duró poco.
El sonido del claxon de un coche le hizo levantar la cabeza.
Era un Mercedes de color negro, y el conductor parecía como poseído por el diablo. No dejaba de pitar, rompiendo el silencio que envolvía la plantación.
Oliver dejó el racimo sobre el remolque y miró con atención el automóvil, mientras se secaba el sudor de su frente. No entendía el porqué de aquel escándalo.
La puerta del conductor se abrió, y por ella apareció una mujer con la cara desencajada por el enfado.
Cerró la puerta de un golpe y comenzó a caminar hacia él, mientras su espeso cabello castaño, ondeaba por el viento.
Andaba con el cuerpo rígido, pero con un exagerado movimiento de caderas. Oliver observó su vestimenta. Llevaba un ligero vestido blanco, hasta los muslos, y unos tacones con los que muy pocas mujeres eran capaces de mantenerse en pie. Pero ella lo hacía con soltura.
—¿Qué hace ese camión en medio del camino? —chilló la mujer cuando llegó a su lado.
Él la fulminó con la mirada. ¿Quién era ella y por qué gritaba de esa forma? Había leído todo el informe policial sobre Alberto Robles y sabía que no estaba casado, ni tenía ninguna relación amorosa.
Oliver la miró más detenidamente. Era guapa. Aunque no poseía esa belleza por la que los hombres babeaban.
La chica apretó los labios, al ver que no contestaba.
—¿Estás sordo o eres tonto? —preguntó faltándole al respeto—. ¿Qué cojones hace ese camión en medio del camino?
—Estamos cargando los plátanos —contestó sin ganas.
Ella miró el remolque a medio llenar y resopló.
—¡Quítalo!
—No.
—¿Qué? —vociferó sin poder creer lo que escuchaba—. Mira, jornalero, si yo te digo que lo quites, lo quitas y punto.
—No. Lo haré cuando el capataz me dé la orden —respondió armándose de paciencia. Le molestaba sobremanera la gente estúpida, y esa mujer se llevaba la palma.
Amanda apretó los puños y lo miró a los ojos. Aquel tío se estaba buscando una buena.
—¡Más vale que lo hagas! —le advirtió—. ¿Tú sabes con quién estás hablando? ¡Te estás buscando el despido, muerto de hambre!
Oliver ladeó la cabeza y frunció el ceño. Ya se estaba cansando de aquella idiota.
—No sé quién eres, ni me importa —ladró—. Y moveré el camión cuando el capataz me lo diga.
Ella dio una patada en el suelo, consiguiendo que unas cuantas piedrecitas del camino saliesen despedidas.
—¡Esto es el colmo! Se te va a caer el pelo, estúpido. —Sacó del bolsillo de su pantalón su teléfono móvil y comenzó a marcar.
Sin embargo, en ese momento llegó Antonio, seguido por otro hombre.
—¿Qué pasa aquí?
Amanda levantó la cabeza y guardó el móvil.
—Pues, pasa que este… —miró a Oliver con desprecio— hombre no quiere mover el camión para que pueda salir de la plantación.
Antonio asintió y le habló al otro que había llegado con él.
—Apártalo, la señorita Robles tiene que irse.
Oliver la miró con los ojos abiertos al escuchar el apellido.
No podía ser. Si no era su mujer… ¿Quién era ella?
—Gracias —dijo Amanda, sonriendo al haberse salido con la suya. Miró al jornalero por encima del hombro y rio con picardía—. A ver si aprendes quién manda aquí. —Dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el coche. Pero a medio camino frenó y volvió a mirarlo—. ¡Y haz el favor de afeitarte!
Arrancó el coche y salió de El árbol acelerando en exceso.
Oliver miró a Antonio, con el ceño fruncido, y se dirigió a él.
—¿Quién es?
—Es la hermana del señor Robles. La señorita Amanda.
Volvió la mirada hacia el camino, por donde había desaparecido el vehículo, y se acarició el mentón.
En los informes ponía que su hermana vivía en Madrid. ¿Qué estaba haciendo allí?
No le dio demasiada importancia. Quien le interesaba de verdad era Alberto. Que ella estuviese en la plantación no le suponía ningún inconveniente para conseguir lo que había ido a hacer. Cogería a aquel narco y cumpliría con su trabajo.
Lo único que pedía era no volver a encontrarse con aquella arpía, porque la próxima vez no frenaría su lengua. Odiaba a las personas que pasaban por encima de los demás, a los que se creían superiores por su dinero. Y esa mujer era el demonio en tacones.
Capítulo 5
Amanda dio media vuelta, quedando tumbada boca arriba en la hamaca que había junto a la piscina, situada en la parte de atrás de la casa. Era una de las zonas más tranquilas de la plantación, en la que no se sentía vigilada por nadie. Aquel lugar no era tan amplio como el resto de la propiedad, pero le gustaba la intimidad que otorgaban los árboles que rodeaban el cercado, y el sonido de la depuradora, que hacía correr el agua.
La piscina en sí tampoco era tan grande ya que, cuando la construyeron, Alberto lo creyó conveniente, pues apenas tenía tiempo de relajarse en ella. Aun así, tenía dos duchas, un jacuzzi en uno de los extremos y, al fondo, una gran barbacoa, que por su aspecto parecía no haber sido usada nunca.
Amanda se dio la vuelta, quedando acostada boca abajo. Llevaba allí casi una hora y sentía cómo el sol le abrasaba la piel.
Un mes en La Gomera y ya se le notaba una barbaridad el moreno de su cuerpo, pues pasaba la mayor parte del día allí, recostada al sol o metida en el agua. Sin embargo, se aburría. Apenas había salido de El árbol, y cuando lo hacía era por unas horas.
Paseaba por Vallehermoso, recorría sus comercios y compraba ropa, la cual no había llegado a estrenar porque no tenía amigos con los que salir.
En la plantación tampoco había nada con lo que entretenerse, a no ser que estuviese en la piscina.
Se pasaba la mayor parte del tiempo sola. Y eso no le gustaba. Siempre había estado acompañada con amigos, con gente que la hacía reír. Pero allí… Su hermano trabajaba la mayor parte del día y, si decidía pasear por la casa, se encontraba con las miradas y cuchicheos de la señora que trabajaba en ella.
Así que pasaba las horas dando vueltas desde la piscina a su dormitorio.
En aquel lugar sí que se encontraba bien. Esa habitación, antigua y romántica, le daba paz. No sabía qué tenía de especial aquella estancia, pero le gustaba estar en ella. Se sentía segura.
No obstante, seguía aburriéndose. A veces, maldecía a su hermano por haber decidido mudarse a aquel lugar. Si se hubiese quedado en Madrid, viviendo en la casa de sus padres, todo hubiera sido diferente. Pero no, Alberto prefería aquel sitio inhóspito y alejado del resto del mundo.
El sonido de su teléfono móvil le hizo dar un salto. Al mirar la pantalla, vio el nombre de una de las personas que más quería en la vida.
—¡Inma! —gritó nada más descolgar.
—Hola, nena —respondió ella al otro lado de la línea telefónica—. ¿Cómo va todo por La Gomera?
Amanda se incorporó de la hamaca y, cogiendo la toalla, caminó hacia su habitación.
—Uf, esto es muy aburrido, no sé si aguantaré mucho tiempo aquí. —Suspiró—. Aunque, claro, no sé dónde voy a ir si no. Alberto ha decidido comportarse como un hermano responsable y me ha cortado el grifo.
—¿Qué dices?
—Pues eso, que nada de derrochar, nada de más dinero para viajes y, lo peor de todo, me ha dicho que tengo que empezar a trabajar en algo.
Un silencio se hizo al otro lado del teléfono.
—Estarás mal, ¿verdad? —La voz de Inma tembló y se escuchó su llanto—. Me imagino…
Amanda se quedó en silencio. ¿Su amiga lloraba por aquello?
—Estoy bien, no te preocupes por mí.
—Ya, ya…
—No estás así por esto, ¿qué pasa?
—Nada —dijo de inmediato, casi atragantándose con el llanto.
—Inma, no se llora por nada. ¿Qué ha pasado?
Otro silencio.
—Estoy embarazada.
El corazón de Amanda saltó en su pecho.
—¿Qué? —chilló—. ¡Pero eso es genial! ¡Enhorabuena!
—Sí, gracias —dijo mientras seguía sin dejar de llorar.
—Jorge estará muy contento, dale la enhorabuena de mi parte.
Al nombrar a su pareja, Inma lloró más fuerte, dejando a Amanda sin palabras.
—Jorge ya no está, Amanda. Me ha abandonado.
—¿Qué estás diciendo?
—Pues eso —señaló—. Cuando nos enteramos de la noticia, me dijo que no estaba preparado para ser padre y se largó.
Amanda se llevó las manos a la boca y negó con la cabeza.
—Joder —musitó.
—¡Ay! ¿Qué voy a hacer yo ahora? —sollozó destrozada—. No tengo adónde ir, no tengo dinero, ni trabajo, no tengo una puta casa para meterme, mi casero me ha dado hasta final de mes para largarme.
—¿Y tus padres?
—Ellos no quieren saber nada de mí. Dicen que soy una inmadura y que me las apañe sola.
—¿De cuánto tiempo estás?
—De casi tres meses.
—¿No has pensado en abortar?
—Sí, lo pensé —admitió—. Pero no soy capaz. Es mi bebé, no tiene la culpa de esto.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
—Pues, la única opción que tengo es ir a los Servicios Sociales y explicarles mi situación.
Amanda se quedó callada durante unos segundos. No podía permitir que su amiga pasase por aquella experiencia.
—No, no vas a ir a ese lugar —dijo con decisión—. Te vienes conmigo, a Vallehermoso.
—Amanda, cariño, no tengo dinero ni para el viaje. Estoy llamando con los últimos minutos de mi tarifa telefónica —gimió.
—No te preocupes, mi hermano lo pagará. Te quedarás aquí, con nosotros.
—Estás loca —expresó—. Alberto no va a querer, ya bastante dinero gasta contigo.
—Tú por eso no te preocupes. Eres mi mejor amiga, y no te voy a dejar tirada.
Alberto caminaba por la plantación de El árbol acompañado por su capataz.
Todos los días lo hacía. Le gustaba ver cómo su tierra prosperaba y daba frutos. Al principio, cuando decidió meterse en el negocio de los plátanos, no estaba del todo convencido. Sus asesores y abogados le aconsejaron no hacerlo. El plátano, decían, era muy poco rentable, con muchos gastos y mano de obra. Y era verdad. Invirtió bastante dinero para acondicionar la finca y en comprar maquinaria. Sin embargo, en esos momentos, se daba cuenta de que merecía la pena.
Con la ayuda de Antonio, todo iba sobre ruedas.
El hombre sabía lo que hacía y la producción era excelente.
—Esta mañana he mandado echar pesticidas en aquel sector —le informó el viejo capataz—. Vi que las plataneras tenían cochinilla.
—¿Es muy grave? —dijo él, sabiendo que, si no cogían a tiempo la plaga, podía ser fatal para la planta.
—En unos días estarán limpias.
Alberto asintió y continuó caminando con tranquilidad.
—Perfecto, no me gustaría que… —Dejó de hablar al escuchar unos gritos.
Provenían de la casa de los trabajadores. Miró a Antonio con el ceño fruncido y corrieron hacia allá, para ver qué ocurría. Al llegar, encontraron a una mujer en el suelo, llorando, mientras que uno de sus jornaleros la golpeaba con un cinturón.
Con una furia ciega, separó a aquel desaprensivo de ella.
—¿Qué coño pasa aquí? —inquirió con autoridad mientras que la mujer seguía tirada en el suelo, sin dejar de llorar.
—¡Esta puta va a pagar lo que ha hecho! —rugió el jornalero, intentando zafarse de su agarre—. ¡Me ha quemado los pantalones! ¡Es una inútil! ¡No sabe hacer nada bien, ni siquiera planchar!
Al escuchar el escándalo, varios hombres se acercaron a ver lo que ocurría.
—¡Lleváoslo de aquí! —ordenó—. No quiero volver a verlo en mis tierras. Está despedido.
Los operarios hicieron lo que se les mando y el maltratador desapareció entre insultos.
Alberto se acercó a la mujer y la ayudó a incorporarse. Apenas lo miró a la cara, sus ojos estaban fijos en el suelo, llenos de lágrimas.
—¿Quién eres y qué haces aquí?
—Me llamo Fayna —contestó ella entre sollozos—. Soy la esposa del hombre que me estaba golpeando.
—¿Y qué haces en mi plantación? —volvió a preguntar.
—Vivo aquí, en la casa de los jornaleros.
Alberto miró a Antonio con el ceño fruncido. Esa casa era para sus trabajadores, no viviendas familiares.
—No sabía nada —se excusó el viejo capataz.
—Nadie sabía nada —asintió ella—. Mi marido me advirtió de que debía quedarme en la habitación, que no estaba permitido que estuviese allí.
—¿Y entonces por qué estabas aquí?
—Porque no tengo a dónde ir —señaló, mirándolo por primera vez a los ojos.
Alberto la contempló con atención. Era alta y delgada. Tenía el cabello negro, lacio y largo, despeinado por la pelea. De su cara apenas se podía distinguir nada, pues además de la tierra que había pegada en ella, la tenía llena de moratones. Sus ojos, medio cerrados por la hinchazón, eran marrones, pero lo que de verdad le conmovió fue la tristeza que había en ellos. Se notaba que habían pisado su espíritu, que la habían modelado a base de palos.
—¿Pasabas todo el día encerrada?
—No, bueno… limpiaba un poco dentro de la casa, cuando los trabajadores no estaban. Ustedes, los hombres, son muy sucios.
Alberto sonrió.
—¿Sí?
—Sobre todo en la cocina —asintió Fayna.
—¿Por qué aguantabas que te pegasen? Por tu aspecto se nota que no es la primera vez.
Ella alzó la cabeza y volvió a mirarlo a los ojos.
—Ya le he dicho que no tengo a dónde ir.
Alberto se pasó una mano por su cabello, sin dejar de mirarla. No podía culparla por eso. Si él hubiese pasado hambre y penurias, seguro que hubiera hecho algo semejante.
—¿Quieres trabajar para mí? —le ofreció.
Fayna se llevó una mano al pecho, por la emoción y asintió de inmediato.
—Sí, gracias. —Las lágrimas volvieron a bañar sus ojos.
—A partir de mañana, limpiarás mi casa, junto con la mujer que lo hace en estos momentos, y ayudarás a la cocinera.
Ella cayó al suelo, llorando agradecida.
—No sé cómo podré pagarle, es usted bueno, señor Robles, un buen hombre.
Alberto la ayudó a incorporarse de nuevo.
—No hay nada que agradecer. Es un trabajo, se te pagará si lo haces bien.
Fayna asintió con decisión, sin poder creer que aquello estuviese ocurriendo. Dio media vuelta y se dirigió hacia la casa de los trabajadores. No obstante, Alberto la detuvo.
—¿Adónde vas?
—A la habitación, me quedaré allí hasta mañana.
—No, sigue habiendo reglas. Esta casa es solo para los jornaleros, nadie más puede vivir aquí.
Ella agachó la cabeza y asintió.
—Entiendo. Pues, voy a coger mis cosas y me iré.
—Antonio te acompañará a mi casa.
—¿Qué? —La mujer abrió los ojos tanto como la hinchazón le permitió—. ¿A su casa?
—Te quedarás en una habitación destinada para el servicio, al igual que mis otras dos internas.
Capítulo 6
Amanda estaba aburrida. Ya no recordaba las veces que había mirado su cuenta en las distintas redes sociales, contado las anillas de las cortinas o probado los modelitos nuevos que tenía en el armario.
No quería pensar en que todavía quedaban varias horas hasta que anocheciese. Le gustaba la noche, era el mejor momento del día. Veía a su hermano, cenaba con él y hablaba con alguien.
No recordaba haberse sentido tan sola jamás. Incluso había ratos en los que se llegaba a plantear hacer algo con su vida, solo por el simple hecho de estar ocupada.
Cansada de estar encerrada, abandonó su habitación y bajó por las escaleras. Al llegar al salón, vio una cara nueva en él. Era una mujer morena. Limpiaba la vitrina donde se encontraba la cristalería que Alberto heredó de su madre. La mujer volvió la vista y a Amanda se le encogió el estómago. Tenía la cara amoratada. Se quedaron observándose unos segundos y cada una volvió a lo suyo.
Al seguir caminando, atravesó el vestíbulo y salió al porche. Allí estaba Dolores, la señora que la recibió el primer día, limpiando los ventanales. Al escuchar sus pasos, fijó sus arrugados ojos en ella.
—Deje de mirarme, señora, se le van a salir los ojos —soltó con orgullo.
Pasó por su lado con actitud altiva y continuó andando por un sendero que llevaba hacia la piscina. Al llegar allí resopló. No le apetecía pasar el resto de la tarde tumbada en la hamaca, ni bañándose.
Se colocó la mano sobre los ojos, a modo de visera, para poder ver sin que le molestase el sol y, a lo lejos, en la parte oeste de las tierras de la plantación, vio un pinar.
Nunca había prestado atención a aquella zona, de hecho, jamás le había interesado la naturaleza. Quizá fue el aburrimiento o el necesitar estirar las piernas, pero se descubrió andando hacia allí, por un sendero cubierto por matorrales silvestres. Se notaba que hacía mucho tiempo que nadie cruzaba por él. Tenía que ir bordeando las plantas y apartar alguna de ellas para poder pasar.
Llegó al pinar muerta de calor, pero la sombra que proporcionaba le encantó. Incluso corría cierta brisa.
Aquel lugar era más grande de lo que se veía a lo lejos. De hecho, parecía un pequeño bosque, el bosque privado de El árbol.
Se adentró en él, maravillada por el trino de los pájaros y la paz que se respiraba. Tenía que reconocer que era un lugar bello. Los pinos eran viejos, altos y robustos. Acarició uno y lo rodeó. Parecía el más grande de todos, su grosor era impresionante.
Algo la hizo mirar hacia arriba y lo que descubrió la dejó con la boca abierta. En aquel pino había una casita, de madera y algo descuidada. Tenía una ventana a punto de caer y la puerta medio abierta.
Sonrió. Le encantaba. En su infancia siempre soñó con tener una, pero en Madrid era imposible, al vivir en el centro de la ciudad.
Buscó la forma de poder subir, pero descubrió la escalera enredada en una rama.
—No está muy alta —se dijo para sí misma.
Si trepaba por el tronco unos dos metros, podría llegar a ella y soltarla.
Cayó al suelo varias veces, pues no conseguía apoyar bien los pies en el tronco. Las manos se le magullaron casi por completo, pero al final lo logró.
De un tirón soltó la escalera y subió por ella. Al pisar la madera del suelo de la casita, esta crujió. Debía llevar cuidado. No sabía si algún tablón estaba podrido. Lo último que quería era caerse desde allí y romperse el cuello.
Empujó un poco la puerta y esta se abrió emitiendo un chirrido. Dentro había poca luz, y la que había era culpa de la ventana rota. Casi a tientas y caminando muy despacio, abrió todas las ventanas. Al mirar alrededor no pudo menos que sonreír y taparse la boca. Era una casita preciosa. Algo vieja y maltratada por el tiempo, no obstante, aquello no hacía más que darle un encanto especial.
Si sus cálculos no fallaban, contaría con unos veinte metros cuadrados repartidos en una sola estancia. Un salón muy bonito, con muebles de madera, mecedora y un diván. En una esquina, había una improvisada cama hecha con sábanas y cojines, y, a su lado, un precioso escritorio tallado.
Las cortinas, al igual que las ventanas, estaban rotas por el paso del tiempo, pero se distinguía un estampado floral en ellas, a juego con el tapete de la mecedora.
Era todo muy femenino. Decorado con gusto, sin demasiados adornos. Amanda estaba segura de que esa casa también había pertenecido a la hija del antiguo terrateniente. Sonrió al pensar en que ellas habían sido las dos únicas personas en pisar aquella casa. Separadas por el tiempo, pero en el mismo lugar.
Relajada y sin dejar de sonreír, se acercó al escritorio. Acarició su fina madera y apreció el tallado tan elaborado que había en ella. Le hacía falta un lijado y una mano de pintura, pues su color blanco original había desaparecido casi por completo.
Con curiosidad, abrió el primero de los cajones. En él había dos lapiceros antiguos y una pluma estilográfica perfectamente metida en su caja. Y grabada en ella dos letras, la i y la m. El nombre de su dueña, supuso.
Al abrir el segundo cajón encontró un libro. Lo sacó y limpió un poco la portada, pues estaba llena de polvo. Era un diario. Tragó saliva y abrió la primera página. En ella, había escrito, con letras perfectas y muy elaboradas, el nombre de su dueña: Propiedad de Inés Machado.
Inés. Así se llamaba el ama de aquella casita, y la de la habitación en la que actualmente dormía. La hija del antiguo terrateniente de El árbol.
Pasó a la siguiente página y lo primero que vio fue una fecha: doce de octubre de mil novecientos tres.
—Joder —farfulló asombrada.
Sin embargo, antes de que pudiese leer nada más, el sonido de unos matojos al ser pisados la distrajo. Metió el diario en el cajón y se asomó por la ventana rota. Allí, muy cerca del pequeño bosque, había un hombre escondiéndose entre los matorrales.
Entrecerró los ojos para intentar enfocar mejor. ¿Quién era?
En una de las veces, él giró la cabeza y Amanda consiguió reconocerle.
—¡El imbécil de la barba! —exclamó—. ¿Qué está haciendo aquí?
Apretó los labios, enfadada. ¿Acaso quería espiarla?
Sin pensárselo dos veces, salió de la casita y bajó por las escaleras, que colgaban a un lado del pino. Si ese tiparraco pensaba que se iba a salir con la suya, la llevaba clara.
Capítulo 7
Oliver observaba a Alberto Robles a través de un matorral.
Se había escabullido de su trabajo al verlo pasear con un hombre que jamás había visto por allí. Iba trajeado y tenía pinta de ser otro pez gordo del mundo del narcotráfico.
Les separaba mucha distancia, así que no podía escuchar nada de lo que hablaban, pero acababan de darse la mano, como sellando un trato.
Tenía que acercarse más a ellos, era la única forma de poder cazarlos haciendo negocios. Dio un paso hacia delante, intentando que no le descubriesen. Con cada sonido que hacían los matojos al ser pisados, contenía el aliento.
—¡Eh, jornalero!
Al escuchar aquella voz femenina, se sobresaltó. Su corazón comenzó a latir a un ritmo frenético. En cuestión de milésimas de segundos pudo levantar la vista para ver si Alberto Robles lo había visto, pero él y su socio habían cambiado de dirección y le daban la espalda, ajenos a lo que ocurría a su alrededor.
Sin embargo, su tranquilidad duró poco, pues reconoció la voz que casi lo delata. Con la mandíbula apretada, dio la vuelta y se encontró con la hermana de Robles. Esa estúpida mujer, había estado a punto de descubrirlo. ¡Maldita loca!
Al mirarla a la cara, comprobó que su semblante seguía siendo el mismo que el del día que la vio por primera vez. Cara de vinagre.
—¿Qué estás haciendo aquí, en mi bosque? —inquirió ella con los brazos en jarras.
—Dando una vuelta —gruñó Oliver, sin ganas de hablar.
Amanda soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—¿Dando una vuelta? ¿Escondido en un matorral?
—Se me había caído algo al suelo, ¿vale? —dijo con aversión.
—¡A mí no me engañas, obrerucho! —respondió señalándolo con el dedo—. ¡Me estabas espiando!
Una carcajada escapó de la boca de Oliver al escuchar aquello.
—¿Yo, a ti? —Negó con la cabeza—. Creo que sueñas.
—Me estabas mirando escondido entre esos matojos. —Se apartó el pelo de la cara y lo observó con altivez—. Mira, no tienes que fingir, ya sé la verdad. Pero no va a poder ser, ¿sabes? Yo no salgo con jornaleros, lo siento.
Oliver puso los ojos en blanco y suspiró por lo tonta que era esa mujer.
—¿En serio? ¿De verdad piensas que me gustas? ¡Despierta, guapita, porque lo único que quiero de ti es perderte de vista! —escupió con hostilidad.
Amanda lo fulminó con la mirada. Nadie, jamás en la vida, le había dicho algo así. ¡Ella gustaba a todos los hombres!
—¿Qué dices? Pero si se te nota —insistió—. Desde que me viste no has parado de pensar en mí, y te han podido las ganas de verme.
—Yo creo que tanto sol te afecta al cerebro. —Se acercó a su lado y cuando los separaban escasos centímetros, le susurró—: Antes prefiero cortejar a un muflón.
Amanda gritó por la rabia.
—¡Pues mejor! ¡Porque jamás en la vida hubiese salido contigo, jornalero, muerto de hambre!
—¿No conoces más insultos? —preguntó con odio.
—¡Sí! —No sabía qué decir y eso la enfadaba todavía más—. Y… y… ¡Aféitate! ¡A ver si te crees que eres un leñador!
Oliver se carcajeó al escucharla. Ya no recordaba cuánto tiempo hacía desde la última vez que rio de verdad.
Amanda miró hacia todos lados, intentado encontrar más argumentos para poder cargar contra él. Había herido su orgullo.
—¡Vete de aquí! ¡Esta parte de la finca es privada! ¡Los jornaleros no pueden estar en este lugar!
Oliver sonrió con malicia y le hizo una pequeña reverencia antes de darse la vuelta y empezar a caminar hasta su lugar de trabajo.
—¡Estúpido, obrerucho, jornalero! —continuó gritando mientras él se iba.
Cuando lo perdió de vista, cogió una piedra y la lanzó todo lo lejos que pudo. Estaba muy enfadada. Jamás en su vida la habían humillado así. ¡Ella gustaba a todo el mundo! Con el orgullo herido, y muy cabreada, tomó camino hacia la casa. El diario tendría que esperar. En esos momentos solo tenía ganas de despellejar a cierto jornalero barbudo.
A pesar de lo cabreada que llegó a la casa, cuando vio a Alberto esperándola para cenar el enfado se esfumó. Le apetecía hablar un rato con él. Al menos, esa sí que sería una conversación agradable; hablaría con alguien inteligente, y no con un don nadie que se creía el no va más.
¿Que no le gustaba? ¡Bah, eso no había quién se lo creyese!
Rememoró su cara. Pues él tampoco era gran cosa. Había visto millones de chicos mejores que ese. Alto, delgado y con una barba mal cuidada.
Bueno, debía de admitir que tenía unos ojos muy bonitos… y unas facciones bastante agradables… ¡Y una nariz perfecta! ¡Mierda, ese tío era muy guapo! ¡Era el puñetero dios de los leñadores! ¡Lo tenía que admitir aunque no quisiera! Eso sí, su personalidad era inaguantable. No había conocido a nadie más estúpido que él en la vida. No obstante, no sabía lo que tenía ese jornalero que… ¡le gustaba, maldita sea!
El sonido de unas pisadas le hizo olvidar aquel altercado. Al girar la cabeza volvió a encontrarse con la mujer del rostro amoratado. Llevaba un trapo en la mano y se disponía a limpiar la mesilla auxiliar del salón.
—Fayna —dijo Alberto, que cenaba frente a Amanda, llamando su atención—. Deja eso para mañana, puedes ir a descansar.
Ella asintió con mucha rapidez, como si le diese vergüenza hacerlo, y se retiró por el pasillo que llevaba a las habitaciones de los internos.
Amanda se quedó observándola hasta que la perdió de vista. Alzó la mirada hacia su hermano y mesó su cabello castaño.
—¿Quién es?
Alberto dejó el tenedor sobre el plato.
—La mujer de un jornalero. Bueno, un antiguo jornalero —rectificó.
—¿Qué le ha pasado en la cara?
—Ese desgraciado le pegaba. La encontramos tirada en el suelo mientras la golpeaba.
Ella asintió sin decir ni una palabra y continuó con su cena. Jamás había conocido a nadie que hubiese sido víctima de un maltrato. Amanda había tenido una vida fácil, cómoda y segura. No sabía de qué forma actuar ante esas situaciones. Aun así, sentía pena por ella. Ninguna persona merecía ser golpeada, y todavía menos por la persona que decía amarla. Se llevó el tenedor a la boca y masticó con lentitud.
—Alberto. —Ambos alzaron la vista ante la llamada de Dolores—. Hay una mujer en la puerta que dice que es amiga de su hermana.
—Déjala pasar.
Amanda se levantó de su asiento y fue al encuentro de Inma, que entró en el salón con los ojos hinchados de tanto llorar.
—Ay, Amanda —gimoteó mientras se abrazaban—. ¿Por qué me pasa esto a mí?
—No te preocupes, ahora vais a estar bien, el bebé y tú —la consoló acariciando su barriguita, la cual ya empezaba a asomar con sus tres meses de gestación.
Inma miró a Alberto con una sonrisa tímida.
—Gracias por aceptarme en tu casa, no sé cómo voy a poder pagártelo. —Se enjugó las lágrimas—. Si no fuese por ti, estaría viviendo en la calle.
Él se levantó y fue junto a ellas. Conocía a la amiga de su hermana desde que era una cría. Sabía que, al igual que Amanda, le gustaba la vida fácil y relajada, que jamás se había preocupado por estudiar o buscar un trabajo. No obstante, no podía dejarla abandonada a su suerte.
—No te preocupes ahora por eso. —Le dio unas palmaditas en el hombro—. Ya encontraremos algo en lo que puedas trabajar cuando tengas al bebé.
Inma asintió. Quizá, en el pasado, la palabra trabajo hubiese sido como nombrar algún tipo de veneno. Sin embargo, saber que dentro de ella había una personita, le hizo abrir los ojos. Ese bebé no se merecía una madre irresponsable, e Inma iba a hacer todo lo que estuviese en su mano para poder sacarlo adelante y tuviese una vida feliz.
—Amanda —dijo Alberto—, enséñale su habitación.
Ella asintió y cogió la mano de su amiga. Subieron las escaleras y abrió una puerta, muy cerca de su propia habitación. No era tan bonita como la suya, ni con esa extraña magia que lograba darte paz, pero era un dormitorio amplio, limpio y cómodo, ya que tenía aseo propio.
Hablaron largo y tendido varias horas, poniéndose al día sobre sus vidas, hasta que Inma se quedó dormida mientras le acariciaba el cabello.
Antes de marcharse, le dio un beso en la mejilla y la arropó un poco con una sábana, ya que de noche refrescaba y no quería que cogiese frío. Cerró la puerta tras de sí y se dirigió a su propia habitación, pero al agarrar el pomo se arrepintió. Había algo que la llamaba.
Sin que nadie la viese, dejó la casa y tomó rumbo al pinar. No llevaba chaqueta y el airecillo era frío. Pero no le importó. Continuó andando por el sendero que llevaba hasta la casita del árbol.
Cuando estuvo arriba, lo primero que hizo fue abrir el cajón del escritorio donde se encontraba el diario. Se acomodó en la mecedora, quitando un poco el polvo que la cubría y observó por segunda vez aquel pequeño libro. Era de color verde pálido, pero los años lo habían vuelto blanquecino.
Lo abrió. El nombre de su dueña volvió a aparecer en la primera página: Inés.
Al pasar a la siguiente, se sintió nerviosa. Era la primera persona en muchos años que leía aquello. De hecho, estaba segura de que solo su dueña lo había hecho. Con un inexplicable nudo en el estómago, sus ojos se posaron en las primeras letras de aquel diario.
12 de octubre de 1903
Querido diario:
Esta mañana padre nos ordenó hacer el equipaje.
Todavía no soy capaz de dejar de llorar al pensar que, en unos días, abandonaré mi amada Ciudad Real para tomar rumbo a un lugar que ni siquiera sé situar en el mapa.
Ni las súplicas de madre, ni las mías, han logrado hacerlo cambiar de parecer. Siento tal tristeza y amargura en mi corazón, que apenas puedo respirar. ¿Acaso no entiende que mi vida está aquí?
En La Gomera perderé toda la vida social de la que gozo hoy en día. No volveré a saber de mis amistades, no podré asistir a los almuerzos en casa de doña Josefa, ni tampoco podré disfrutar de las veladas de la temporada.
Rosa, por el contrario, está ilusionada con la idea de cambiar de ciudad. No ceja en su griterío, canturrea por todos lados que va a vivir en una enorme y lujosa mansión. Pero, claro, mi hermana es solo una niña de diez años, no entiende lo horrible que va a ser para nosotras.
Padre repite, una y otra vez, que es su oportunidad de poder cumplir con la promesa que le hizo al abuelo en su lecho de muerte. Sin embargo, a mi parecer, lo único que lo mueve es su afán por el dinero. Está convencido de que la plantación de plátanos es un negocio de lo más rentable. Y yo no lo dudo, pero su ilusión de vivir siendo un gran terrateniente, va a ser nuestra muerte.
Hace unos días, cuando regresó de su último viaje, en el que se aseguró de que la casa estaba terminada, nos dijo que la había bautizado como El árbol. Cuando madre le preguntó el porqué de ese nombre, contestó que se le ocurrió cuando vio el hermoso laurel que crecía junto a la entrada de la propiedad. A mí me pareció un sinsentido, como nuestra marcha a ese lugar.
Quizá, lo mejor de todo esto, es que cuando llegue conoceré a mi prometido. Madre dice que es un joven muy apuesto, gallardo y educado, que posee una gran plantación al otro lado de la isla. Su nombre es Pedro Ribera, y tengo la esperanza de que me devuelva a mi amada Cuidad Real, cuando se celebre el enlace, y sepa que aquel lugar no es de mi agrado.
Amanda se sobresaltó al escuchar un ruido procedente del exterior. Cerró el diario y lo guardó donde lo había encontrado.
No le gustaba reconocerlo, pero se había asustado. ¿Quién sabía si se podía haber colado algún loco en la plantación? Aquel bosque estaba lejos de la casa, si gritaba nadie la escucharía. El diario tendría que esperar.
Recordó lo que había leído en él. Entendía a Inés al no querer abandonar su ciudad. Ella también echaba de menos Madrid.
Mirando hacia todos lados, bajó de la casita y recorrió el camino hasta la casa, corriendo todo lo rápido que sus piernas le permitieron.
Capítulo 8
Alberto observaba a Fayna mientras esta pasaba la escoba por el porche. Hacía más de quince días que la mujer trabajaba en su casa y no había cruzado con ella más de dos palabras seguidas.
Se la veía triste, taciturna. Comprendía que no estuviese pasando por su mejor momento, pues los golpes de la cara y los malos tratos por parte de su marido habían debido de causarle mucho dolor.
Dejó el teléfono a un lado, cuando terminó de hablar con un socio sobre un cargamento que debía salir en unas horas, y caminó hasta donde se encontraba ella.
Fayna, al verlo acercarse, abrió mucho los ojos y continuó barriendo con nerviosismo. No sabía por qué, pero el dueño de aquella plantación la ponía nerviosa.
—Buenos días —la saludó con simpatía.
—Hola —murmuró sin quitar la mirada del suelo.
—Parece que hoy va a hacer calor.
—Sí —asintió muy deprisa y sin dejar de mover la cabeza, consiguiendo que un par de mechones de su cabello escapasen de su coleta.
Alberto la observó con más atención. Era guapa, aunque los moratones cubrían casi la totalidad de su rostro se podía adivinar que poseía una gran belleza.
—No tienes por qué sentirte incómoda conmigo —comentó con amabilidad—. Aquí nadie va a hacerte daño.
Fayna alzó la cabeza y lo miró por primera vez a los ojos.
—Gracias, señor, le agradezco todo lo que ha hecho por mí.
—No me las des —le quitó importancia—. Trabajas muy bien y me alegro de tenerte entre mis empleados.
Ella asintió y sonrió de forma tímida. Sin saber qué más decir, continuó barriendo. Alberto se mesó el cabello y se humedeció los labios.
—¿Te duelen mucho los golpes?
—Un poco. Pero desaparecerán en unos días, no se preocupe.
—No tienes que llamarme de usted —rio él—. Me haces sentir viejo.
—Es lo correcto —replicó Fayna, sin mirarlo—. Es como se dirigen a usted los demás empleados. ¿Por qué iba a ser yo diferente?
Él se quedó callado, sin saber qué decir. Tenía razón. Todos los trabajadores se referían a él en ese término. Entonces, ¿por qué no le gustaba que ella lo hiciera? Algo molesto, asintió. Se pasó una mano por la frente y dio un paso hacia atrás.
—Bueno, pues te dejo que continúes, que pases un buen día.
—Gracias, señor —dijo Fayna sin volver a mirarlo.
Alberto caminó hacia el salón de la casa. No entendía por qué se sentía irritado. Ella no había dicho nada que fuese ilógico o descabellado. Sin querer pensar más en ello, volvió a coger su teléfono y marcó el número de otro contacto con el que tenía que tratar un tema de vital importancia para sus negocios.
Amanda se despertó temprano. Era muy raro que sus ojos se abriesen antes de las doce del mediodía, pero esa mañana no podía seguir en la cama.
Como sabía que Inma continuaba dormida, bajó a la planta baja y desayunó sola. Alberto acababa de salir para verse con un contacto, y en la casa solo estaba ella y los empleados.
Esquivó las miradas venenosas de Dolores, dispuesta a ignorar a la mujer, y dio buena cuenta de su café.
Al acabar, pensó en ir a la piscina, como era costumbre desde que vivía allí, pero no lo hizo. En su lugar salió a pasear por la plantación.
Por el calor que hacía a esas horas de la mañana, sabía que iba a ser un día fuerte. Aun así, siguió caminando entre las plataneras.
Cada pocos metros se cruzaba con algún jornalero, que educadamente la saludaba al verla. Cuando se cansó, dio la vuelta dispuesta a regresar al caserío. Sin embargo, al hacerlo, vio a un hombre sin camiseta, que cortaba racimos de plátanos con mucha rapidez y maestría.
Al fijarse mejor, reconoció al hombre de la barba.
Lo observó con detenimiento.
Tenía buen cuerpo. Algo delgado para su gusto, pero aun así le agradaba. Su piel brillaba bañada por el sudor.
Sonrió mientras sus ojos lo recorrían de arriba abajo. Era atractivo, y había algo que la llamaba. Se pasó un dedo por los labios y su sonrisa se hizo todavía más grande. Recordó los anteriores encuentros con él y su mal carácter. ¿Sería verdad que ella no le gustaba? No podía sacarse de la cabeza sus palabras. Jamás, ningún hombre le había dicho algo semejante. Estaba segura de que, si se lo proponía, podía tenerlo comiendo de su mano en menos que cantaba un gallo. ¡Y lo iba a demostrar!
Con decisión, se acercó a su lado. Amanda carraspeó para llamar su atención y él apartó la mirada de la platanera.
—Buenos días, jornalero —lo saludó con gracia.
Oliver la observó como si nada, y volvió a lo que estaba haciendo, sin hacerle el mínimo caso.
Algo molesta por su falta de cortesía, cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿No te enseñaron de pequeño a saludar? Es de mala educación no hacerlo, ¿sabes?
—Yo solo tengo educación con quien se la merece —respondió con sequedad.
—¡Vaya! —Amanda frunció el ceño. Abrió la boca para contestar algo mordaz, pero recordó su propósito. Expulsó el aire de sus pulmones y la sonrisa regresó a sus labios—. No soy tan mala persona como para que ni siquiera me saludes.
—Eso es lo que crees tú —soltó, sin mirarla.
Ella hizo una mueca con los labios y asintió.
—Todavía no sé cómo te llamas, porque tienes nombre, aparte de toda esa barba, ¿no?
Oliver paró de trabajar y la miró con ojos fríos.
—Tengo. Pero a ti no te importa. Puedes seguir llamándome jornalero, obrerucho o estúpido. Se te da muy bien hacerlo, si mal no recuerdo.
Amanda alzó la cabeza y curvó los labios.
—Prefiero saber tu nombre.
—Y yo prefiero que te vayas y me dejes hacer mi trabajo.
Ella abrió la boca para contestar la primera barbaridad que se le ocurriese. No obstante, en vez de hacerlo, se humedeció los labios y asintió.
—Oye, ya sé que no hemos empezado con muy buen pie, pero me gustaría que al menos tuviésemos un trato más cordial. Después de todo, eres un trabajador de la plantación de mi hermano.
Oliver maldijo en silencio y colocó los brazos en jarra. ¿Es que acaso esa mujer no entendía el castellano? No quería tener nada que ver con ella, ni con nadie. Solo quería hacer su trabajo, meter entre rejas a Alberto Robles y volver a su vida de mierda. Punto.
—Escucha atentamente, porque no voy a volver a repetirlo. —La miró a los ojos con fijeza—. No me gustas, no quiero tener ninguna clase de trato contigo y lo único que quiero es que desaparezcas de mi vista. ¿Te queda claro, o tengo que hacerte un croquis con las instrucciones?
Aquello dejó a Amanda helada. Apretó los puños hasta que sus nudillos tomaron una tonalidad blanquecina. ¿Quién cojones pensaba que era ese tío para tratarla así? ¡Ella era Amanda Robles! Era una persona importante, con poder. Su hermano era respetado y temido por muchísima gente. No iba a permitir que la rebajasen de ese modo.
—¿Sabes lo que te digo, obrerucho barriobajero? ¡Que te puedes pudrir! —Lo señaló con el dedo índice, con actitud altiva—. Lo último que quiero es mezclarme con gentuza como tú.
—¿No me digas? ¿Qué haces ahí, entonces?
—¡Quería ser amable con la servidumbre! —soltó de forma peyorativa—. Aunque, está visto que no tenéis la suficiente clase como para continuar con una conversación decente.
—¿Y por qué no te largas ya?
—¡Tú no eres nadie para decirme lo que tengo que hacer! —exclamó fuera de sus casillas—. ¡Limítate a trabajar, que para eso se te paga!
—Eso estaba haciendo hasta que llegaste a dar el coñazo —bufó cansado de aquella estúpida situación y de la insoportable hermana de Robles.
Amanda abrió los ojos por lo que acababa de decir aquel desgraciado. Apretó los labios y lo miró en silencio, como si quisiese deshacerlo. Dio media vuelta y caminó hacia el pinar. Por nada del mundo iba a quedarse con ese imbécil. Prefería encerrarse en la casita del árbol y pasar el día alejada de gente tan impresentable como él. ¡Y eso es lo que haría! Se sentaría en la mecedora, cogería el diario y olvidaría que alguna vez se cruzó con ese jornalero.
25 de octubre de 1903
Querido diario:
La pasada noche conocí a mi futuro esposo. Tal y como prometió madre, Pedro Rivera es un hombre apuesto y de buena familia. Apenas crucé un par de palabras con él, sin embargo, fueron suficientes como para darme cuenta de que ese caballero no es el que hubiese elegido para compartir mi vida. Si bien es cierto que tiene porte de galán y muy buena apostura, su comportamiento déspota con los sirvientes y su abultado ego no me permitirá verlo como alguien a quien pudiese amar.
No obstante, padre está encantado por la unión. Dice que pronto se celebrarán las nupcias y que mi soltería terminará. Deberé ejercer como dueña y señora de su casa y ocuparme de todas esas cosas para las que nos instruyen a las mujeres.
Rosa y madre están felices. Piensan que es el hombre ideal, que cualquier mujer desearía estar en mi lugar, pero yo no lo creo. Cuando eso ocurra, mi vida será vacía, encerrada en aquella otra plantación donde no conozco a nadie. Me sentiré sola y mi familia no estará para animarme. Sé que es mi deber hacerlo, y también que ninguna buena señorita osaría a oponerse a semejante unión, así que, continuaré guardando silencio y reservando todo mi amor para el momento en que Dios me bendiga con un hijo.
Desde que llegué a La Gomera, he estado afligida y melancólica. Si bien es verdad que es una bella plantación, la soledad de la que está rodeada me hace desear regresar a mi preciada Ciudad Real.
Padre, que es una persona de lo más perspicaz, se ha percatado de mi estado de ánimo e intenta que me mantenga ocupada. Es un hombre bondadoso y, aunque jamás podré perdonarle del todo nuestro cambio de vida, sé que ama a su familia y haría lo que fuese por ella. Tanto es así, que mandó construir una pequeña casa en uno de los pinos de la propiedad, para Rosa y para mí. Sin embargo, a mi pequeña hermana apenas le interesa, así que la he convertido en mi refugio. En el lugar al que acudo cuando la tristeza me golpea y recuerdo mi maravilloso pasado. Quizás, jamás consiga volver a sonreír como lo hacía antes, pero, allí, en aquella casa en las alturas, fantaseo con un mundo mejor, con una existencia plena en la que nadie, excepto yo misma, decide lo que tengo que hacer con mi vida.
Oliver estuvo gran parte del día pensando en el encontronazo con la hermana de Robles. Si bien era verdad que esa mujer lo sacaba de sus casillas, y lo hacía desear partirle el cuello… por otro lado, notaba cómo su sangre hervía cada vez que discutían, y eso lo hacía sentirse un poco más vivo. Era tan extraño notar que el embotamiento de su cabeza desaparecía cuando ella estaba presente… Ese reto constante, esas ganas de intentar ser más inteligente que ella y fundir sus comentarios mordaces a base de ingenio.
Llevaba más de dos años viviendo en una burbuja, en su mundo interior. Cometió un error imperdonable en el pasado y no se merecía ser feliz. No obstante, esa mujer conseguía que todo su cuerpo le prestase atención.
Era una niña mimada. La persona más pomposa y repelente del mundo, que trataba a los trabajadores como a inferiores. Pero, aun así, no podía evitar que la sonrisa curvase sus labios al recordar sus pullas. Amanda Robles no era una mujer bonita, al menos no era la belleza clásica que las modas ponían de modelo. Era llamativa. Sí, esa era la palabra. Su cabello castaño, sus ojos grandes, rasgados y marrones, sus labios demasiado finos, su piel nívea y su cuerpo delgado y sin demasiadas curvas. No había en ella nada que llamase la atención, ni que fuese demasiado atrayente, sin embargo, esa lengua viperina y su forma de actuar, era para él como un trozo de hierro imantado. Le gustaban las personas difíciles, pues él mismo se consideraba una. Eran todo un misterio y, por eso mismo, siempre intentaba no acercarse demasiado a ellas.
Con Amanda, aquello no iba a ser un problema, pues después de su última pelea no iba a querer estar a menos de cien metros de él.
El capataz fue hasta su lado cuando la noche estaba a punto de caer. Había sido un día largo y duro, y su cuerpo necesitaba un descanso.
El viejo Antonio le puso una de sus manos callosas en el hombro, y le sonrió.
—Buen trabajo, chico, hoy te has ganado el sueldo. Se nota que quieres aprender y que te esfuerzas por hacer las cosas bien —lo felicitó—. Si sigues así, pronto te explicaré todo lo relacionado con el cultivo de la planta.
Oliver alzó una ceja y se limpió el sudor de la frente.
—¿Tanto misterio hay en la siembra de los plátanos? Plantas el bulbo y lo dejas crecer, ¿no?
Antonio rio.
—Es mucho más complicado que eso. Hay que asegurar que el drenaje de la tierra sea el óptimo, eliminar la vegetación periódicamente, conseguir un buen apuntalamiento para contrarrestar el peso de la planta, cubrir los plátanos con bolsas para proteger de las plagas, y todo lo relacionado con el desmane, el abono y la fumigación.
—¿Todo eso para conseguir unos putos plátanos?
—Sí, además, tendrás que aprender a reconocer las diferentes especies que cultivamos.
—¿Aquí cultiváis más de una?
—En El árbol se cultivan dos variedades: la Gran Enana y la Brier.
—¿Tenéis muchos compradores? —preguntó interesándose por los negocios de Alberto Robles.
—Tenemos los suficientes como para poder salir adelante.
—O sea, que el negocio no va tan bien como parece —comentó como si nada, pero pensando en la otra fuente de ingresos de su patrón. Estaba claro. Robles utilizaba la venta de plátanos como tapadera.
—El plátano nunca ha sido un negocio demasiado lucrativo. Hemos tenido buenos años, pero por lo general, si no hay pérdidas, podemos estar satisfechos.
Cuando Antonio se despidió de él hasta el día siguiente, Oliver se enclaustró en su habitación. Comió algo que se preparó en la cocina comunitaria, habló con sus superiores sobre el nulo avance de la investigación.
Estuvo pensando en lo que hacer para lograr acercarse al narco. Era prácticamente imposible cruzarse con él, apenas pasaba tiempo en la plantación, y cuando lo hacía siempre iba acompañado por Antonio u otro hombre al que no conocía de nada, y al que debía investigar también, pues, podía ser que la clave estuviese ahí.
No había forma de enterarse de asuntos jugosos, porque los trabajadores nunca hablaban directamente con el patrón. Cualquier duda que pudiesen tener se la comentaban a Antonio y el viejo se la trasmitía al magnate.
¿Qué podía hacer para lograr avanzar? ¿Qué se le estaba escapando? El otro agente infiltrado estaba en su misma situación. Hablaba poco con Mauro para no levantar sospechas, sin embargo, se lo confesó una noche cuando coincidieron en la cocina de la casa de empleados. Robles parecía estar blindado.
Sin embargo, ¿y si…?
Cuando aquella idea se le pasó por la cabeza, dio un salto en la cama. Se incorporó de ella y se dio un par de golpes en la frente. ¡Claro! ¡Tenía la solución delante de sus narices! ¡Su hermana!
Amanda Robles.
A ella no era tan difícil verla por la plantación. Llevaba en El árbol un mes y se había topado con esa mujer odiosa muchas veces.
Sí, no se soportaban. Su mutua repulsa había sido inminente desde que se conocieron. No obstante, esa mañana ella parecía querer que las cosas cambiasen entre ellos. Se mostró más amable, hasta que Oliver consiguió sacarla de sus casillas.
¡Eso era! ¡La utilizaría! Conseguiría hacer de tripas corazón y lograría ser su amigo para poder conseguir información sobre su hermano. ¡Era un buen plan! Esa mujer podría ser todo lo altiva que quisiese, pero si era como las demás féminas que conocía, en cuanto tuviesen algo de confianza, le daría la información sin ni siquiera darse cuenta.
Lo único que debía conseguir era que esa boba lo perdonase. Ambos se habían dicho cosas bastante fuertes.
Trataría de ser amable con ella, le bailaría el agua y le haría cumplidos, aunque por dentro tuviese ganas de vomitar solo de pensarlo.
Capítulo 9
Después de visitar la conocida playa de Alojera, Amanda e Inma pasearon por el casco urbano de Vallehermoso. Allí, el gran número de viviendas antiguas, pintadas de alegres colores y cubiertas de teja árabe, hacían las delicias de visitantes y autóctonos. A su alrededor, pequeñas tiendas cuya visita era recomendada si querías comprar productos tradicionales de la isla, como la miel de palma, el queso artesano o la mistela.
Caminaron observando la vida en aquel pueblo, sorprendiéndose de la cantidad de opciones de alojamiento para los turistas, que parecían acudir a ese lugar en bandadas. Tomaron asiento en un banco situado justo en la plaza del ayuntamiento y comieron un par de tostadas con almogrote, que la cocinera les preparó en El árbol.
—Nunca había probado esto —comentó Inma con la boca llena—. ¿Qué es? Parece paté, pero pica un poco.
—Según mi hermano, el almogrote es una especie de mojo elaborado a base de queso añejo, aceite y pimienta.
—Está bueno —dijo llevándose lo que le quedaba de pan a la boca.
Amanda rio y le dio su tostada, a la que apenas le había dado un bocado.
—Toma, come, te hace más falta que a mí.
Inma le sonrió y cogió lo que le daba. Le dio un nuevo bocado y cerró los ojos, disfrutando del sabor. Amanda la miró sin poder dejar de sonreír.
—¿Te has dado cuenta de que nuestras vidas han dado un giro tremendo?
—Y tanto. Hace no demasiado tiempo pensábamos en irnos de viaje, vivir y ver mundo… y ahora… míranos. Yo embarazada y sin un lugar donde caerme muerta. Y tú de vuelta con tu hermano.
—Y encima voy a tener que decidir si estudio o trabajo —resopló Amanda—. Alberto está convencido de que tengo que hacer algo con mi vida.
Inma suspiró y se encogió de hombros.
—Tú no sé, pero yo sí que voy a tener que empezar a buscar algo. No tengo dinero, y si sigo así no voy a poder ni mantener a este bebé. —Dejó el trozo de pan a su lado y tragó saliva. Resopló e intentó que las lágrimas no regresasen a sus ojos—. Nunca pensé que me vería así, embarazada y sola. Ni mis padres han querido saber de mí.
—No estás sola, me tienes a mí, y a Alberto. Jamás vamos a dejar que te ocurra nada.
—Pero no puedo estar toda la vida aprovechándome de vosotros. Tengo que conseguir trabajo, y encontrar una casa para cuidar a este bebé cuando nazca.
—¿Aquí? —le preguntó Amanda—. ¿Vas a buscar una casa en Vallehermoso?
—Sí, de todas formas, en la península no me espera nadie. En la isla, al menos, os tengo a vosotros.
—Yo no creo que tarde demasiado en irme de La Gomera —admitió Amanda—. No estoy acostumbrada a esta vida tan tranquila. Me paso el día sin saber qué hacer. No hay bares de moda, no hay centros comerciales, ¡no hay de nada! Estoy todo el día metida en El árbol viendo cómo la señora que limpia la casa me fulmina con la mirada y me llama aprovechada a mi espalda. Sin embargo, mi hermano no me va a volver a dar más dinero, así que, hasta que no consiga un poco, tendré que quedarme.
—¿Por qué no vuelves con Samuel? Al menos en Madrid tenías casa propia —le sugirió.
—¡Ni muerta! Ese tío se pasaba el día condicionándome y pidiéndome que madurase. Además, ya no le quiero.
Inma sonrió y acarició el brazo de su amiga.
—La verdad es que sí somos unas crías inmaduras, Amanda. Tenemos treinta y un años… y no hemos logrado nada significativo en la vida.
—Tú vas a tener un bebé, ¿te parece eso poco significativo?
—No, lo que me parece es que ya está bien de holgazanear. Quiero que este niño sea feliz, quiero ser una buena madre. Así que, a partir de mañana, buscaré trabajo.
Se levantaron del banco y caminaron hasta donde se encontraba el coche de Alberto. Amanda abrió la puerta e Inma se acomodó en el asiento del copiloto. Cuando ella misma fue a sentarse y a meter la llave en el contacto, vio en la esquina de la calle una pequeña mesita de té, justo al lado de un contenedor de basura. Era de madera antigua, con preciosas incrustaciones de circonitas turquesa alrededor de ella. No llevaba cristal y una de sus patas estaba quebrada.
Siguiendo un impulso, salió del coche y caminó hasta el mueble, bajo la atenta mirada de Inma. Lo cogió y apreció lo bonito que era.
De vuelta al coche, con la mesa entre las manos, le sonrió a su amiga.
—¿Qué haces con esa basura? ¿Te vas a hacer chatarrera?
—No es basura. —La echó al maletero y montó de nuevo al coche—. Es una mesa preciosa y solo hay que pegarle la pata.
—¿Solo hay que pegarle la pata? —repitió Inma con los ojos muy abiertos.
—Bueno, quizás también habría que darle un lijado y una mano de barniz. Pero me ha dado pena verla tirada en el suelo.
—No me lo puedo creer —resopló su amiga.
Amanda rio y se encogió de hombros.
—¿Quién sabe si el dueño de ese mueble era algún antiguo terrateniente de Vallehermoso? ¿No te has parado a pensar en que, quizás, esa mesa ha sido testigo de algún acontecimiento importante de la historia? —Al decir aquello pensó en Inés, y en su diario.
—Historia no sé, pero carcoma… puede que tenga bastante.
La semana laboral de Oliver pasó de forma lenta. La espalda le dolía por el continuo esfuerzo de cargar los racimos de plátanos en los camiones, y su estado de ánimo era más sombrío que de costumbre. Su plan para lograr un acercamiento con Amanda no había sido posible todavía, pues ella parecía haber desaparecido del mapa.
No obstante, sabía que ese tipo de investigaciones llevaban bastante tiempo, así que debía cargarse de paciencia e intentar que las cosas fluyesen por sí mismas. Al final, los culpables acababan delatándose solos, pues confiaban tanto en su poder que terminaban metiendo la pata hasta el fondo.
Cargó el último racimo en el camión y se secó el sudor de la frente.
El capataz, que observaba desde el otro lado del camino, le hizo una señal para que se tomase el descanso de mediodía. Tenía una hora y media para comer y cambiarse de ropa, la que llevaba estaba totalmente mojada por el sudor.
En su habitación se cambió de camiseta y bajó a la cocina comunitaria para calentar una sopa que compró en el supermercado del pueblo. Se la tomó sentado en una de las sillas del comedor, en el que estaban los demás jornaleros. Nunca se sentaba junto a ellos, prefería estar solo.
Acabó de comer y giró la cabeza hacia la ventana. Desde ella se podía apreciar toda la plantación y la casa de Alberto Robles. Visto desde lejos, El árbol era una estampa preciosa, ya que el verdor de las plataneras y la majestuosidad de la casa te hacían desear pasar horas y horas contemplando su particular paisaje.
Cuando estaba a punto de regresar a su habitación, la puerta de la gran casa se abrió y por ella salió Amanda.
Se levantó de un salto de la silla, dispuesto a hablar con ella. Era su oportunidad para lograr el acercamiento con la hermana del narco. Corrió por el camino de tierra y frenó en seco al darse cuenta de que Amanda se acababa de sentar en el porche, sobre el balancín.
Llevaba un liviano vestido rosa, de tirante fino y largo hasta la rodilla, el cabello recogido en una coleta alta y unas sandalias de cuero. Miraba hacia el horizonte, pensativa, como si nada más importase. Oliver sintió nervios al acercarse a ella. Si no lograba que esa mujer comenzase a verlo con otros ojos, tendría que pensar en buscar otra forma para descubrir a su hermano. Todo dependía de lo que ocurriese a continuación.
Se apoyó en la repisa de la balaustrada del porche y tragó saliva antes de llamar su atención. Amanda todavía no lo había visto.
—Tiene que ser muy interesante eso en lo que estás pensando —dijo rompiendo el silencio y logrando que ella girase la cabeza sobresaltada.
Se levantó del balancín y lo encaró de pie, pues de esa forma podía mirarlo desde arriba, al estar ella en el porche.
—¿Qué haces aquí? ¿Es que no tienes trabajo, jornalero? —escupió con enfado, recordando las anteriores discusiones con él.
—Estoy descansando.
—¿Mi hermano te paga para que descanses?
—No, pero tengo derecho a comer, ¿sabes?
—Yo no veo nada en tu boca —añadió cruzándose de brazos—. ¡Así que, largo!
Oliver apretó la mandíbula y se obligó a ser suave con ella. «Por la investigación», se recordó. Sonrió de forma forzada y ladeó la cabeza, observando sus enormes ojos marrones y su bonito cabello castaño.
—¿Siempre eres tan dura con la gente?
—No, soy dura con los impresentables como tú.
—El otro día me preguntaste mi nombre —apuntó con tranquilidad—. Me pareció que querías una tregua.
—Locura transitoria, lo llaman —señaló con altivez—. Porque no le veo otra explicación a que quisiese saber algo más de un simple obrero.
—¡Guau! Eso ha sido un golpe bajo.
—Será un golpe en las pelotas como no desaparezcas de mi vista, ¿te queda claro?
Él sonrió sin poder evitarlo. Esa mujer tenía agallas.
—¿De verdad serías capaz de pegarme?
—No, de hecho, no suelo perder mi tiempo con quien no merece la pena.
Amanda bajó del porche y se colocó frente a él, cosa que la ponía en desventaja, pues Oliver era bastante más alto. Sin embargo, no le tenía miedo. Estaba en la plantación de su hermano, si osaba tocarle un pelo, lo pondrían de patitas en la calle. Lo miró a los ojos y arqueó una ceja, esperando que dijese algo.
—Tenías razón, hemos empezado con muy mal pie.
—Por tu culpa, claro —escupió ella.
—El otro día estaba un poco enfadado —se disculpó notando que la tensión poseía su cuerpo. Si por él hubiese sido, no se hubiera vuelto a acercar a la hermana de Robles jamás. Sí, era verdad que su forma de ser arisca y belicosa le atraía, no obstante, Oliver prefería mil veces cortarse una mano que tener algo que ver con la hermana de aquel narco. Aun así, prosiguió—: Te debo una disculpa.
—¿Y quién te ha dicho que la quiero?
—Me pareció ver un acercamiento por tu parte.
—Pues, te pareció mal. —Jamás le diría que hirió su orgullo. La última vez que se vieron, la trató fatal.
Oliver estaba comenzando a perder los nervios. Se había disculpado, había sido amable, se había rebajado, cuando lo que de verdad le apetecía era perderla de vista. No obstante, su trabajo estaba primero, así que tendría que sacar la artillería pesada, aunque aquello le apeteciese lo mismo que darle un sorbo al agua del mar.
—Tenías razón —dijo él sin más.
—Razón, ¿en qué, si puede saberse?
—Me gustas.
—¿Perdona? —Amanda alzó las cejas y se obligó a permanecer impasible.
—Pues… que me pareces una mujer muy interesante —añadió él, mirándola a los ojos y obligándose a mantenerle la mirada, aunque se sintiese incómodo haciéndolo—. El otro día estaba enfadado por un tema laboral.
—¡Lo sabía! —Alzó la cabeza y sonrió.
—Sí, se nota que eres una mujer muy perspicaz —añadió él intentando no soltar una carcajada. ¡Qué tía más tonta!
—Tengo un sexto sentido para estas cosas.
Oliver apretó los labios para no resoplar.
—De verdad que lo siento. Me gustaría que nuestra relación fuese cordial, al menos.
—Eso no depende de mí solamente.
Él asintió. Estiró un brazo y abrió la mano para estrechar la suya.
—Soy Oliver.
—Amanda, aunque creo que ya lo sabías. —Apretó su mano y la apartó de inmediato, pues notó una especie de corriente eléctrica recorrerla—. Sin rencores.
—¿De verdad?
—De verdad —repitió Amanda exultante, pues a ella también le parecía un hombre muy guapo. Dio un par de pasos hacia atrás y se despidió de él con un movimiento de brazo—. Que te vaya bien, Oliver.
Antes de que él contestase, Amanda tomó el camino hacia la casita del árbol. No obstante, sus labios no podían borrar la sonrisa que lucía. Estaba contenta. Siempre era un chute de adrenalina gustarle a un hombre, y si ese hombre era tan apuesto como Oliver, todavía mejor.
Sin dejar de pensar en ello, subió por la escalera que colgaba de la rama. Se sentó en la mecedora, cogió el diario de Inés entre las manos y lo abrió por la página en la que se había quedado leyendo.
27 de octubre de 1903
Querido diario:
Hoy, por primera vez en mis diecinueve años de edad, he visto a una persona de piel oscura. No he podido evitar mirarlo con atención, pues jamás había contemplado semejante espectáculo. Su tonalidad, su altura, sus labios gruesos, y esas facciones tan peculiares.
En Ciudad Real, había escuchado a mis primas hablar sobre ese tipo de personas, sin embargo, el tener a una justo delante, ha sido una experiencia inolvidable. Tanto fue así que, padre, con el cual paseaba por la plantación, tuvo que reprenderme, pues no es de buena educación que una jovencita observe con tanta atención a nadie, y todavía menos a un jornalero proveniente del extranjero.
No obstante, y pese a sus regaños, ha sido lo más interesante que me ha ocurrido nunca. Y creo que él ha sentido lo mismo, he notado que sus ojos se posaban en mí más tiempo del adecuado, aunque, claro, qué va a saber ese hombre extranjero sobre los buenos modales.
Sus ojos marrones recorrían mi cuerpo, haciéndome sentir incómoda. Nadie me había mirado con tanta intensidad. Creo que el rubor ha llegado a bañar la totalidad de mis mejillas y un revuelo se ha apoderado de mi estómago. Me hubiese gustado acercarme a él y preguntarle por la vida en su país. Sobre sus costumbres, sus tradiciones.
¡Ay, querido diario! Creo que voy a ser incapaz de conciliar el sueño esta noche. ¡Quiero saber más!
Madre dice que siente miedo cada vez que sale de casa y se encuentra con el hombre de la piel oscura. No cree que sea una buena persona, pues Dios, según ella, nos creó a su imagen y semejanza y, en las iglesias, no hay imágenes de personas de piel morena. Aunque, estoy segura de que se equivoca y sus palabras están movidas por el desconocimiento. O, quizás, soy yo la audaz y debería apartar de mi cabeza todas esas ideas necias sobre él. Puede ser que, lo que me ocurre es que, al pasar tantos días alejada de mi Ciudad Real querida, me haya convertido en una descarada y una intrépida. Y también puede ser que el miedo por mis nupcias con Pedro Rivera me esté llevando al delirio.
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