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MAURICIO CAMPOS

Sin testigos


Campos, Mauricio

Sin Testigos / Mauricio Campos. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2404-1

1. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Tabla de contenidos

1  LA NOTICIA I II III IV V VI

2  LA LLAMADA VII VIII IX

3  EL ENTIERRO X XI

4  NO FUE UN SUICIDIO XII

5  LA CARTA XIII

6  LA CARTA II XIV

7  LA CARTA III XV

8  CAPÍTULO SEGUNDO – EL VIAJE I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII

9  EL PERRO QUE MUERDE I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI XVII XVIII XIX

10  CAMBIO DE PLANES I II III IV V VI VII VIII

11  DESCUBRIENDO AL ENEMIGO I II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV

12  NUEVA OPORTUNIDAD I II

Landmarks

1 Tabla de contenidos

Dedicado a la “tía” Tita, la verdadera Beatriz, a su familia y a la memoria de su esposo, Victor Hugo.

Mauricio Campos

LA NOTICIA

I

Beatriz permaneció apoyada en la mesada de la cocina por un momento, intentando descifrar cuál sería la comida ideal para el día de hoy: arroz con salsa de pollo o arroz blanco con queso y pollo al horno.

Obviamente que el pollo al horno era más llamativo, pero tampoco quería acostumbrar mal a sus hijos. Dos noches atrás, Enrique le señaló que debía ser más firme con ellos. Estaban muy caprichosos, especialmente Dieguito, el menor.

“Entonces hago un arroz con salsa de pollo. Listo”.

Se ató el cabello con una coleta. No lo tenía tan largo, por lo general nunca dejaba que sobrepasara sus hombros, pero le molestaba a la hora de cocina. El color del cabello se alineaba con el de sus ojos, un tono negro brilloso. “Ojos de bola ocho”, le decía Enrique, para fastidiarla.

Cortó unas cebollas por la mitad, las picó bien finas, en pequeños cubitos que apenas podía manejar con sus dedos. Recordó que la última vez que cortó cebollas, se lastimó un dedo y Enrique se asustó tanto que prometió comprarle una multiprocesadora cuando volviera del viaje. “Más te vale”, le había dicho ella.

Él estaba sentado, mirando tele y jugando con Diego, que estaba inquieto sobre sus rodillas. Escuchó el grito de ella y casi arroja al pequeño por los aires para acudir al lamento. Al ver la sangre brotar de su dedo índice, casi se desmaya. Sufría una fobia irracional al ver sangre. Se mareaba, se le bajaba la tensión, permanecía pálido como una tiza.

Mientras colocaba las cebollas cortadas en la olla, pensaba en aquel momento y esbozaba una sonrisa involuntaria.

Una vez que puso en marcha la salsa, puso una olla más grande para hervir el arroz. Le agregó agua, un chorrito de aceite y un puñado de sal entrefina. Siempre le gustó ponerle sal entrefina. En realidad lo aprendió de Enrique, cuando eran novios. Él no usaba otro tipo de sal.

“En media hora llegan”. Se dijo para sí, pensando en Ceci y Ana, quienes estaban en el colegio. Ambas volvían en el transporte, siempre a la misma hora: 12:30. Entraban por la puerta llenas de alegría, llevándose todo por delante.

Dieguito dormía su siesta de media mañana, como todos los días, excepto cuando estaba Enrique en casa. Era el único motivo por el cual permanecía despierto.

Dirigiendose a la ventana que daba a la calle, tomó el control remoto del televisor y puso el canal de noticias, ATC. Recordó que a la siesta tenía que visitar a Eugenia, para ver la novela en canal Nueve.

La luz del sol daba con fuerza sobre el firmamento, con más intensidad de lo habitual para aquella época del año. El verano y el duro calor se negaban a retirarse si bien faltaba una semana para la llegada formal del otoño. Las hojas de los árboles permanecían verdes y muchos vecinos tenían armadas las piletas de lona. Los pantalones cortos en los muchachos y los vestidos ligeros en la mujeres predominaban aún.

El sonido del teléfono la sacudió de su ensimismamiento. Retumbó en toda la casa, como una alarma contra incendios. Sonó dos veces antes de que ella llegara a atender.

—Hola…¿quien habla?

—¿Beti? Soy yo, Enri…

—¡Amor! ¿Cómo estás? ¿Estás bien?

La voz de él sonaba distinta, como perturbada y molesta.

—Si... si estoy bien... escuchame…¿cómo están? ¿Están bien?

—Si amor... pero…¿qué te pasa? ¿Estás bien vos?

—Si, si... pasa que…–un silencio de unos segundos–pasa que vi algo…

—¿Algo? Amor, ¿qué pasa?

—Pasó algo terrible... Fui testigo de algo que me asusta... ahora no puedo hablar pero el viernes cuando vuelva te cuento bien... dale besos a los niños…

—Amor... no sé qué es... pero cuidate…

—Si, si... estoy hablando desde la cabina en una estación de servicio. Una Esso. Estoy entre San Nicolás y Ramallo. Paré a cargar gasoil para el camión y después sigo viaje... El viernes estoy por allá... te amo…

—Yo también te amo... besos… Colgó.

Abordada por una sensación antigravitacional, permaneció estática varios segundos.

No sabía qué hacer. Que pensar.

¿Qué pasó que sea tan terrible? ¿Un accidente? ¿Un robo? ¿Un ovni? Él siempre estaba hablando de esas cosas. No, un ovni no. Si bien él creía en esas cosas, se lo tomaba con cierto humor. Seguramente le contaría si hubiese avistado uno.

La televisión emitía sonidos que en ese momento parecían inciertos, lejanos. Un bullicio similar a ladridos de una jauría de perros.

Poco a poco fue volviendo a la realidad.

La pantalla mostraba la imagen de un helicóptero hecho pedazos, apiñado contra el suelo y, en simultáneo el rostro enorme del periodista, en pantalla dividida.

“Realmente entendemos que esto es una tragedia, algo inesperado. Esperamos despertar de esta pesadilla pero aparentemente estamos en la realidad.”

A lo que quedaba del helicóptero lo rodeaban algunos policías y bomberos.

“Tenemos contacto con periodistas de la zona que han acudido al incidente trágico. Repetimos, aparentemente un accidente terrible se ha cobrado la vida de Silvano Beltra y, quien pilotaba la nave fue llevado de urgencia, con un aparente politraumatismo craneoencefálico grave.”

Beatriz impulsó su mano buscando una silla. Su cuerpo se desplomó sobre ella, sin quitar los ojos de la impactante noticia.

“Tenemos imágenes exclusivas de Canal 4 Ramallo. Agradecemos la voluntad de retransmitir para todo el país, por Argentina Televisora Color. Un hecho lamentable. Impensado.”

—¿Pero qué pasó? –preguntaba Beatriz, alterada.

“La policía está actuando en el lugar de los hechos, en conjunto con los bomberos y las ambulancias. Un trabajo notable, realmente. Repetimos: gravísimo accidente de helicóptero, en el que viajaban Silvano Beltra, ya fallecido, y Junior Mesquem, el hijo del presidente de la Nación, Raúl Mesquem. Él fue llevado en un estado complejo al hospital San Felipe, de San Nicolás de los Arroyos.”

—Enri... que…

Una extraña sensación la abordó. Un incómodo escozor que intentaba debilitar su mente.

—No…–se dijo.

“Vamos a estar pendientes de cualquier información. Nos dicen que aparentemente fue un accidente. Las primeras especulaciones que se manejan dicen que se enredó con los cables de energía del tendido eléctrico. Repetimos, el hijo del presidente de la Nación ha sufrido un accidente. Está, seguramente, en terapia intensiva en el hospital de la ciudad de San Nicolás. Estamos a la espera de novedades”

Beatriz apagó el televisor.

Su boca formaba una “o” perfecta. O tal vez un cero. Un cero sería lo más correcto.

Cero comprensión de lo que estaba sucediendo.

Cero en caer en cuenta de la gravedad del accidente del hijo del presidente.

Cero en asimilar el extraño llamado de su esposo, que viajaba por la misma zona del accidente.

—Dios mío…–se dijo.

En ese momento, sus hijas ingresaban a toda prisa por la puerta del frente.

II

—¿Seguro que llevas todo?

—Sí, mi amor... llevo todo... tranquila lagartija–respondía Enrique, mientras trataba de tranquilizar a Dieguito, quien estaba prendido de su pierna.

—¿Todo lo que necesitas? ¿O todo lo que te interesa llevar a vos?

Beatriz se dirigió a los bolsos que esperaban a un lado de la puerta de entrada.

—Voy a revisar por las dudas…

Enrique despegó a Dieguito y salió a toda prisa.

—No amor, no hace falta…

—Vos no querés que revise…

—¿Y por qué no voy a querer que revises? Ella le lanzó una mirada de desconfianza. Lo conocía bien.

Hacía años que Enrique manejaba camiones, para distintas empresas, de una punta del país a otra. En más de una oportunidad, cuando los niños aún no existían, habían hecho viajes juntos. Y si algo conocía de Enrique a la perfección era que no sabía preparar sus bolsos.

Una de las cosas que siempre llevaba y que le quitaba espacio para lo indispensable eran…

—¡Revistas! ¡Yo sabía!

—¡Amor!

—Nada de amor…¿Por qué llevás tantas revistas?

Él hizo una mueca de desentendido.

—¿Tantas? Son para pasar el rato…

Ella las sacó fuera, introdujo su mano y revolvía el contenido del bolso buscando algo.

—Y seguro que no llevas ni talco, ni dentífrico... y seguro que ni medias llevás…

—Bety…

—Nada de Bety... no digo que no lleves revistas, pero no lleves tantas... además ni alcanzas a leerlas a todas…

Luego de unos minutos, Beatriz pudo ordenar con lo indispensable los bolsos de su marido. Solo le dejó tres revistas: una de Nippur, otra de D’artagnan y una de Patoruzú.

Él, luego de protestar, se había retirado a jugar con Dieguito y las niñas, correteando en el patio. El sol brillaba a pleno en lo alto y una brisa cálida rozaba los rostros.

Ceci demostraba su felicidad de una manera más aparatosa: gritaba y reía con todas sus energías, brincaba, se enojaba con sus hermanos cuando la dejaban de lado, lloriqueaba buscando la atención de papá.

Dieguito, aunque muy demostrativo, se encarnizaba en batallas con las piernas de su padre, intentando voltearlo. Algo demasiado difícil, incluso para un adulto. Enrique medía casi un metro noventa y pesaba más de cien kilos. Sus brazos parecían dos postes de luz, y sus piernas dos columnas de carne. Sus amigos y parientes le llamaban “Gordo”, aunque “Oso” sería un apodo más adecuado.

Ana, la mayor, la más tímida, a veces se quedaba mirando a sus hermanos, estimulando de esta forma la mirada cariñosa de su padre, quien la acercaba con sus gruesos brazos y la cargaba como si pesara menos que el aire.

Beatriz, luego de ejercer de inspectora de bolsos, se acercó a la escena, en actitud contemplativa. Sonriente, sentía que estaba en plenitud. Su marido, trabajador, honesto, gracioso como pocos, tierno con los niños, cariñoso con ella. Un “oso tierno”, como solía decirle muchas veces en la intimidad.

Lo que no sabía Beatriz era que su sueño pronto se transformaría en una pesadilla de la que no podría despertar.

III

Zulma Ioman se despertó ese día con un fuerte dolor de cabeza y, además, un intenso presentimiento incómodo.

El dolor de cabeza se le pasó con una aspirina. Se empezaban a volver habituales en las mañanas de mucho calor, aunque a veces (y solo a veces), se los atribuía a una tímida depresión que ella trataba de ignorar, luego de separarse de su ex–esposo, el actual presidente de la nación, Raúl Mesquem.

En cambio, el presentimiento no podía ser engañado con una píldora. Permanecía mucho más adentro, donde los analgésicos (ni los antidepresivos) llegaban. Se trataba de una punzada en el alma. Una punzada suave, pero desagradable. Como esas espinas que apenas logran verse, pero que son sumamente dolorosas o molestas.

Por la mañana, en otro sector de la ciudad, Junior salía de su casa a bordo de su Nissan Pathfinder, con buen ánimo y descansado.

Se dirigió a paso lento a la confitería Rambla, donde se encontraría con parte de su custodia personal. Unos agentes especiales que su mismo padre le habría asignado.

Junior se sentía un completo “nene de papá” al tener que salir con sus guardianes, pero trataba de agradar a sus padres. No temía tanto por su integridad física, de lo contrario no se subiría a un vehículo para correr a más de 150 kilómetros por hora para competir en el rally. Los accidentes que tuvo corroboraron su espíritu temerario. Un año antes destruyó en un mismo día un Peugeot 405 y un Renault 18.

Le fastidiaban las custodias, pero su madre insistía en que no debía manejarse solo.

Antes de hacer nada, sabía que no podía olvidarse de saludar a su madre. Ya era más que una costumbre, una necesidad. Ese día iba a competir en un importante Rally y sabía que el beso de mamá iba a quitarle parte de los nervios que llevaba encima.

Estuvo casi media hora con ella recibiendo los típicos consejos sobreprotectores.

—Por favor, hijo... tené cuidado…¡se me ponen los pelos de punta con solo pensar que vas a competir hoy! No sé cómo voy a hacer para aguantar…

—Mamá…

—De verdad te digo... por favor... tené cuidado hijo... no sabés cuanto te quiero…

—Yo también mamá... tranquila, no es la primera vez que participo de una carrera…

—Ya sé, pero nunca me voy a acostumbrar…

Había querido estar más tiempo con Zulma, pero tenía que regresar a “La Rambla”. Allí lo estaban esperando sus íntimos amigos Cesar Joya y Lautaro Lencina junto a sus custodios, con quienes debía ir a la Residencia de Olivos para buscar el helicóptero y de ahí viajar a Rosario.

El jefe de su custodia había decidido que fueran menos los agentes que lo acompañasen. Eso le hizo ruido a Junior, que recordó entonces lo que le decía su madre:

“Tenés que rotar la custodia cada tanto, chancho”.

A sabiendas de que contaba con menos integrantes que se ocuparan de su seguridad personal y con total resignación, Carlitos decidió igualmente seguir adelante en el trayecto que lo llevaría a la ciudad de Rosario.

A las 9:20 hs. y, luego de encontrarse con Silvano Beltra, partió de la morada presidencial con destino a Don Torcuato, donde arribó a las 10:10 hs a efectos cargar combustible.

Menos de dos horas más tarde, Junior se iba a encontrar cara a cara con la muerte.

IV

—Tené cuidado en la ruta, amor…

—Sabés que siempre tengo cuidado. Tengo una familia hermosa que me espera... Escucháme: el viernes voy a volver a la noche ¿no me esperás con unas milanesas a la napolitana?

Beatriz lo tomó de las orejas, y atrajo su rostro hacia el suyo.

—Sos un gordo…

Él hizo un gesto, señalando su cuerpo.

—¿Hace falta que te convenza de eso?

—... Y por eso te amo…–le dio un beso, aprovechando que los niños aún correteaban en el patio–... porque en invierno no me hace falta una estufa... te tengo a vos, mi osito tierno…

—Mi osita…

El sonido del teléfono los sacudió del idilio momentáneo.

—Hola…¿quién habla?

Una voz rasposa respondió del otro lado de la línea.

—¿Cómo quien habla?

—Y si no hablás, ¿cómo querés que sepa?

—¿Ya te vás?

—En diez minutos…¿por?

—¿Vas a Rosario, no?

—Si…

—Alcanzáme un pedazo... hasta Villa Maria…

—¿Te vas a entregar a la cárcel? Con una risa tenue, le respondió:

—Todavía no, pero voy a ver si tienen lugar para el lunes.

—¿El lunes?

—Voy a cobrar una plata que me deben, y capaz que me quede hasta el domingo allá.

—Sos terrible, Enano…

—¿Me llevás?

.–Dale... si…

—Te espero en la ruta…

—Bueno…

Cortó, ante la atenta mirada de Beatriz.

—¿Quién era? ¿Mi hermano?

—Si, el “enano”... quiere que lo alcance hasta Villa María... y se queda de festichola hasta el domingo…

—Pobre Ester, mi cuñada…

—A lo mejor me prendo y lo acompaño… Ella le asestó una cachetada en el brazo.

—¡Ni se te ocurra!

—¡Tranquila, mi pechocha! Sabés que no lo haría…

Se abrazaron nuevamente, completando el beso interrumpido por la llamada.

Unos minutos después, estaba al pie de la cabina del camión, abrazando a sus niños.

Finalmente saludó a Beatriz.

—Cuando vuelva te traigo una sorpresa…–le susurró al oído. Ella sonrió, sonrojándose.

Días más tarde, reclamaría esa promesa a un cajón cerrado.

V

Siempre renegó de su cabello. No del color, negro azabache brilloso, sino del tipo de cabello. Ondulado, pero no sedoso, sino seco. Con frecuencia lo cepillaba, no solo por las mañanas, también por las tardes y, a veces, cuando no estaba muy cansada, por la noche, antes de acostarse a dormir. A menudo acudía a la peluquera amiga para hacerse la permanente. Le agradaba sentir los rizos. A Enrique le fascinaban. Podía pasarse horas acariciando cada bucle.

Frente al espejo, con el televisor de fondo, Beatriz manipulaba el cepillo, buscando descargar la tremenda ansiedad que sentía.

Estaba atenta al teléfono, su marido podía llamar en cualquier instante, pero además, estaba pendiente de las noticias.

Desde el mediodía, cuando regresaron las niñas, no había hecho otra cosa. Deambular por la casa, pensativa, nerviosa. Se ocupó de los niños, los mandó a jugar al patio, los mandó a tomar la merienda.

A la tarde vino a visitarla su hermana, Teresa, a quien le contó sobre la llamada de Enrique. Sus acotaciones sólo impulsaron la duda más allá de la imaginación.

“... en el hospital San Felipe, de San Nicolás, donde se hallaba internado. El hijo del presidente, acompañado por el automovilista Silvano Beltra, sufrió un accidente, hoy, cuando viajaba rumbo a la ciudad de Rosario en un helicóptero. En el kilómetro 111 de la ruta 9, enganchó un cable de alta tensión y se precipitó a tierra, muriendo en el acto el automovilista Silvano Beltra. Junior fue llevado de urgencia al hospital, donde se le intentó hacer una intervención quirúrgica, pero sufrió dos paros cardíacos, y se abandonó la idea de hacerlo. El presidente de la Nación abandonó inmediatamente una reunión que tenía en la Casa Rosada, para viajar a Rosario. Se comunicó con el director del hospital donde se encontraba su hijo, para ordenar un traslado inmediato a Buenos Aires, pero aquel se opuso, ya que consideraba el riesgo. Junior falleció fruto de una fractura de la base del cráneo, y múltiples contusiones. Repetimos: acaba de fallecer, fruto de un terrible accidente en helicóptero, el hijo del presidente de la Nación, Junior Mesquem”.

Beatriz apagó el televisor, pero se quedó mirando la pantalla. No lograba entender porque esta noticia le producía escalofríos en el alma. El mensaje que él le entregó, el tono de su voz, el silencio de las últimas horas parecía esconder relación con el incidente del hijo del presidente.

¿Qué relación había entre Enrique y la muerte de Junior Mesquem? ¿Por qué Enrique dijo que “pasó algo terrible”?

“Pasó algo terrible…¿Qué, Enrique? ¿Qué fue? ¿Viste cómo se accidentó el helicóptero del hijo del presidente?”“Fui testigo de algo que me asusta…”

—Testigo. Él fue testigo. ¿Del accidente? ¿Él estaba ahí cuando pasó?–cavilaba, ahora en voz alta.

En las rutas, Enrique había sido testigo de varios accidentes. Incluso se aventuró a ayudar a los accidentados hasta que llegara la ambulancia o los bomberos. Sabía algo de primeros auxilios y tenía un corazón dedicado a ayudar al prójimo. Eso fue lo que llamó también la atención de Beatriz. Si hubiese sido solo el accidente, le diría. Pero prefirió cubrirlo con un manto de suspenso.

“ahora no puedo hablar…¿por qué no me contaste, amor mio? Estoy con el corazón en la boca…” “pero el viernes cuando vuelva te cuento bien”

—Volvé, amor mío. Volvé Enrique…

VI

Esa noche no logró conciliar el sueño. Era imposible.

Parecía inevitable la conexión entre el accidente de Junior Mesquem y el llamado de Enrique. Él estaba en la estación de servicios, a metros de donde ocurrió. Él la llamó minutos después de la tragedia.

“En el noticiero dijeron que había sucedido alrededor de las 11. 40–12. 00 hs. Enrique se comunicó con ella pasadas las 12. Estaba cargando combustible.”

Beatriz tomaba notas mentales, mientras rodaba de un lado a otro de la cama.

Intentaba hacer fuerzas para vencer el insomnio pero no lo conseguía.

Esas notas se dispersaron en infinitas conjeturas.

Necesitaba más información. Más datos. Todo parecía tan intrigante. Hasta el viernes en que él volviera no estaría tranquila.

Pero más allá del esquema que formara en su mente, con los datos periodísticos y las palabras en la llamada de su esposo, lo que más le inquietaba el alma era la frase impactante que sonaba como un eco: “ahora no puedo hablar”.

No lograba acuñar esa frase con el hecho de que haya sido testigo de un accidente. Por lo general, cuando uno ve un accidente se asusta, eso es normal, pensaba ella. Entonces, ¿por qué no pudo hablar? ¿lo estaba esperando la policía o los bomberos para que dé su versión del accidente? ¿Estaba conmocionado? ¿Había alguien esperando usar el teléfono público y por eso el apuro?

Se concentró en esa última posibilidad.

A veces las respuestas más simples son las que realmente aciertan. Recordó cuántas veces, en los viajes de Enrique, al demorar su regreso, las conjeturas ganaban terreno en su cabeza, arrojando dardos de ansiedad. Esas suposiciones caían a tierra cuando la realidad era otra. A veces, simplemente un neumático pinchado, o se detenía a descansar al costado de la ruta, o paraba a comer, famélico de hambre.

Pero esta vez, una corazonada inquieta impedía que abrazara la posibilidad de una explicación sencilla.

Algo olía mal.

Al colarse la claridad del sol por las rendijas de la persiana, comprendió que la sorprendía el amanecer.

“Ya es de día”, se dijo, apesadumbrada.

No lograba descansar en sus pensamientos. Le daba la sensación de tener un tornado de ideas en su cabeza. De a momentos se alejaba, pero luego reaparecía con todas las fuerzas, y devastaba cualquier vestigio de paz.

Se levantó de la cama, apagó el ventilador y caminó en pijama hasta la cocina, no sin antes echar una ojeada al reloj. Las 6 y 15.

Miró por la ventana del frente, que daba a la calle.

El alumbrado público iluminaba los baches de las calles del barrio Los Pinares, de Almafuerte.

Aún estaba oscuro, pero el amanecer comenzaba a disipar la noche.

Se hizo un café, bien cargado, en la cafetera que Enrique le regaló para el aniversario, dos meses atrás.

Dio un par de sorbos y caminó con sigilo hasta la pieza de los niños. Dormían.

Tan despreocupados que les tuvo una sana envidia.

“Mis tesoros”.

Luego se sentó frente al televisor.

No sabía si encenderlo sería lo mejor. Lo más probable era que siguieran con las mismas noticias. Mirar una película sería lo mejor.

Se concentró durante una media hora en una película de terror, pero aún así sus pensamientos estaban latentes.

“Miedo”

“No puedo hablar ahora”

“Llamame de nuevo, Enrique”.

A las 07. 15 comenzó la rutina, despertar las niñas para darles el desayuno y esperar el transporte.

Horas más tarde recibiría la peor noticia de su vida.

LA LLAMADA

VII

“Desde su... domicilio”

Se escucha la voz del periodista, en la calle, rodeando un automóvil, junto con un cúmulo de cables, cámaras y más reporteros. Parecía una manada de hienas hambrientas, enloquecidas rodeando la presa herida.

Dos mujeres aparecen en la escena, despavoridas. Madre e hija. Zulma y su hija, intentando subirse al vehículo.

“Señora Zulma que… ” dice el periodista, tratando de poner el micrófono frente a sus narices. “¡Basta, salgan de aquí!”, le grita la hija, extendiendo la mirada y reprendiendo al resto de los inoportunos reporteros.

Aparecen dos sujetos de traje. Uno de ellos le corta el espacio al periodista que intentó la pregunta, y el otro ayuda a subir a Zulma, en la parte trasera, y a su hija, adelante.

“¿Qué saben de Junior... Zulmita?”

Ella lo ignora, y cierra la puerta con gran fuerza, a la vez que el chofer empieza a desplazar el vehículo.

Todo pasa muy rápido, en apenas segundos, pero la imagen es fuerte, y quedará grabada muchos años en la memoria de toda una nación.

En primera plana se ve la salida del Renault 9, a toda prisa.

“Salen entonces Zulmita Mesquem y su hija Zulma…”se equivoca el periodista, confundido quizá en el frenesí de la nota fallida, “... presuntamente rumbo al aeropuerto metropolitano, con una fuerte custodia, para luego salir rumbo a Ramallo, San Nicolás, al lugar en el que se encuentra internado, en grave estado, Junior Mesquem”.

En los títulos, mientras el reportero hablaba, se leía: MURIÓ JUNIOR MESQUEM.

VIII

Cerca de las 18 hs, Ana y Ceci salieron a casa de su abuela, acompañadas de su tía, “Coca”.

Habían estado casi toda la siesta jugando, corriendo de un lado a otro de la casa,

riendo a carcajadas.

Poco le molestó a Beatriz, que no quitaba los ojos del teléfono que colgaba aun lado del modular, ni del televisor, que no dejaba de arrojar datos de importancia sobre la muerte de Junior Mesquem. Ahora estaban con el velatorio, que contaba con la asistencia de miles de personas.

Junior era un personaje muy querido en el pueblo argentino. No era el típico hijo de presidente, ricachón, acostumbrado a las comodidades de la alta esfera de la sociedad. No. Él se trataba de un salvaje, libre de las ataduras de los protocolos, del status. Junior se manejaba por la vida como un amante del riesgo, un enamorado de la pasión. Pasión por los autos, en primer lugar. Y pasión por lo extremo. El rally conformaba su deleite. Arriesgar su vida en este tipo de eventos le añadía ese toque de desarraigo con el clasicismo típico de los encumbrados.

La gente amaba eso del hijo del presidente. Lo sentía más cercano. Ir a una carrera y poder verlo atravesar las pistas, a toda velocidad, derrapando, acelerando, saludando a veces. Eso hacía que la muerte de Junior tuviese ese matiz extra de dolor.

Beatriz también se veía afectada, pero no precisamente por la muerte de Junior, sino por el llamado de Enrique. Y su silencio.

De a ratos sentía bronca.

¿Por qué la dejó con tremenda sensación, con tan grave sentimiento de incertidumbre? Cuando llegara a casa la iba a escuchar. La iba a tener que oír.

Saludó a las niñas con un beso.

Dieguito, tranquilo como siempre, jugaba con un camión de plástico duro, en el jardín.

—Te las traigo en una hora, más o menos…

—Si, “Coca”, no hay problema. Si se portan mal, me decís. Y ustedes... háganle caso a la tía. Y no hagan renegar a la abuela ni al tío Cacho…

—No, mamá…–respondía Ceci, la más atrevida de las dos– pero él es el odioso…

—Bueno... pero lo mismo. ¡Le hacen caso a la tía!

Cuando se fueron, Beatriz se dirigió al baño, no sin antes arrojar una mirada más al jardín, para corroborar a Dieguito.

No estuvo ni medio minuto en el baño cuando escuchó el estridente sonido del timbre del teléfono.

Maldijo haber ido al baño.

Maldijo que la llamaran cuando entraba al baño. Sonó por segunda vez, mientras abría la puerta.

Casi se cae, al resbalar con un juguete en el piso. Se recuperó, al momento que sonaba por tercera vez.

Corrió a toda prisa los cuatro metros que la separaban, con la mano extendida. No terminó el tercer llamado.

—¡Hola! ¡Hola... quien es!

—Buenas tardes.–una voz gutural la saludaba del otro lado.

—¡Si! ¿Quién habla?–La excitación en el tono de su voz le impedía reaccionar.

—¿Señora Beatriz?

—¡Si, si... soy yo! ¿Qué pasa? ¿Quién es usted?

—Señora Beatriz. Necesito que se tranquilice. Por favor. Tome aire, respire hondo…

—¿Pero... quién es usted que me manda a respirar, maleducado de cuarta?

—Señora Beatriz. Le tengo que comunicar algo importante. Por favor, necesito que se tranquilice.

Unos segundos después, más relajada, ella respondió.

—Bien, ya estoy tranquila. ¿Quién es usted y qué quiere decirme?

—Usted es Beatriz Moralez, cuyo esposo es Enrique Dorcalino…

—Esa misma…¿pasó algo con mi esposo? ¿Quién es usted?

—Tranquila. Yo soy el jefe de su esposo, el dueño de la empresa transportista, del camión que él manejaba. Esta tarde nos llamaron desde la comisaría de San Nicolás, buscando al jefe de su marido, que soy yo.

Una pausa incómoda.

El sonido de estática amplificaba el suspenso.

—Señora Beatriz…¿está con alguien en casa?

—Solo está mi hijito, el menor…

—Necesito que sea fuerte…

—¡No…!

—Lo que voy a contarle…

—¡No.. no…!

—Su esposo…

—Por favor... no... no lo diga…

—Lo siento... él... está muerto…

—¡NOOOOOO! ¡NOOOO! ¡Mi Enrique, nnoooo! ¿Por qué?¿Por qué?

Siguieron varios minutos de un intenso lamento, lágrimas, y el pequeño Dieguito que lloraba, sin entender nada, abrazado a su pierna.

—Señora Beatriz…¿sigue en línea? ¿Me logra oír?

La voz gutural insistió varias veces, ya que seguía escuchando el llanto del otro lado.

Con un hilo de voz, ahogada en lágrimas, ella respondió.

—Estoy... acá estoy... digame, por favor…¿qué le pasó?

—Señora... su marido... se suicidó…

El impacto fue tal, que Beatriz olvidó respirar por unos segundos.

IX

—¿SUICIDIO? ¿De qué me está hablando?

El dolor en su mente se transformaba en un mar de confusión. No lograba asimilar la noticia. Esperaba un accidente, un vuelco, pero…¿un suicidio?

—Señora Beatriz, así fue. Él se disparó en la cabeza con el arma que llevaba siempre…

—Eso no es así... no... no, Enrique no…

De repente, la herida que se había trazado en su pecho cambiaba de tamaño. Una tormenta de perplejidad la comenzaba a asolar.

—Señora, lo siento pero así sucedió…

—No... no, usted no sabe nada... él... él jamás haría eso... ni por asomo…

—Señora, me informaron de la comisaría de San Nicolás. Lo hallaron con el revólver en la mano, y la herida en la cabeza.

La imagen le hizo sentir un escalofrío profundo en la espalda. Sintió fuertes náuseas.

—Pero... no... Enrique no haría algo así…

—Mire... yo no quiero entrar en ese tema. Mi propósito solo era avisarle, y comunicarle mi pesar. Enrique era un gran trabajador. Honesto. Puntual. Laburador. Lamento mucho esta pérdida. Y quiero que sepa que haremos los trámites lo más rápido posible para que usted cobre el seguro de vida... le estaremos confirmando…

—Bueno... gracias…

—En cuanto al cuerpo, me tomé el atrevimiento de confirmar su dirección a la comisaría de San Nicolás. Ellos se pondrán en contacto con la comisaría en Almafuerte, y le avisará a usted los trámites para que su esposo sea enviado.

—Está bien…–respondió Beatriz que, abandonando la postura defensiva ante la imposibilidad del suicidio, se rendía al dolor nuevamente, con un sollozo seco.

—Señora Beatriz... para lo que necesite no tiene más que avisarme. Tienen el número de teléfono de la empresa. Mañana le enviaré por correo el pago adeudado por el mes que ha trabajado. Mis condolencias para su familia…

—Gracias…

Apenas se cortó la llamada, ella levantó del suelo a su hijo, lo abrazó y con las pocas fuerzas que le quedaban, lo llevó al comedor.

—¿Querés ver dibujitos, Dieguito?

Lo ubicó ante la pantalla, le preparó una leche en la mamadera, y se marchó a su habitación. Lo único que quería era llorar.

EL ENTIERRO

X

El presidente aparecía en imágen, con los brazos colgando, flácidos, sin vida. Mucha gente lo rodeaba, algunos tratando de dispersar el camino, otros ayudando a llevar el cajón.

“El presidente de la Nación... con... lágrimas en sus ojos... transportando... rumbo... a la carroza que lo conducirá... a su hijo…”

La descripción del hecho es pausada, respetuosa. El periodista que lo hace conserva el pudor y modula la voz para no producir efectos contrarios a la solemnidad y el dolor del duelo.

El grupo de hombres trajeados, con el presidente a la cabeza, caminan lento, con cierta torpeza. El féretro es llevado por muchos, con sumo cuidado.

“... al cementerio islámico de San Justo. Además de la carroza fúnebre, otros siete coches portando coronas... más de 600 coronas y presentes florales que han sido traídos a este lugar... y ahora quince autos que acompañaran este cortejo…”

El grupo de hombres que sostenían el cajón, avanzaban hacía el coche fúnebre. Un obispo caminaba cerca del presidente, con las manos detrás de la espalda. Su rostro compungido mostraba empatía.

“... a lo largo de la avenida del Libertador y avenida General Paz para luego tomar hacia el cementerio de San Justo…”

En escena aparece Zulmita Mesquem, con una rosa en la mano, siendo saludada por un hombre mayor, de formidable estatura. El sujeto parecía un gigante al lado de ella.

Luego la cámara enfoca al interior del automóvil en el que estaba Raúl Mesquem, con expresión abrumada, atribulada.

“Mesquem y sus hermanos emprenderán en unos instantes nada más, el desplazamiento, junto a todo el cortejo fúnebre, hacia el cementerio... de San Justo... momentos de mucho dolor se están viviendo en la Residencia de Olivos…”

Una fila interminable de autos irrumpen en las vertientes pavimentadas de la ciudad, rumbo al cementerio.

El último adiós a Junior Mesquem. Al menos de su cuerpo.

XI

Un pétalo se desprendió y planeó suavemente el espacio que lo separaba de la rosa a la tapa de algarrobo del féretro de Enrique. Fue una caída lenta, pero segura. Gradual, pero definitiva. Nadie iba a agacharse a recoger el pétalo. Quedaría allí, hasta secarse, hasta convertirse en polvo.

La rosa completa cayó luego, esta vez impulsada por la mano de Beatriz. No hizo ruido al chocar con el cajón cerrado. Se deslizó paulatinamente hacia un costado, después hacia abajo. Al fondo del olvido.

La rosa dejaría de ser. Su función en este mundo terminaba en aquel ataúd, en el frío del firmamento. Su esplendor perecería. Su fulgor se desvanecería tristemente en aquel húmedo y gélido espacio. Ya nadie la admiraría. Nadie se detendría a observarla. Estaba condenada a desfallecer en este entierro.

En esto meditaba Beatriz, ilustrando la condición de su espíritu, mientras en su mente sonaba Nocturnes, de Chopin, la Op. 9, n 2. Una melodía curiosa, que siempre atrajo su atención, por no ser lo suficientemente triste ni pretender ser alegre. No reparó en saber por qué aquella melodía que tanto gustaba a su esposo ahora se reproducía en sus pensamientos, en este preciso momento.

El día más triste de su vida.

La tarde más tétrica y lúgubre de su existencia.

Su rostro, escondido detrás de unas enormes gafas oscuras, solo mostraba labios pálidos, secos, quebradizos. Las lágrimas se habían acabado. Su alma se transformó en un desierto árido en el que sólo brillaba una pequeña luz. Un vestigio muy exiguo, lejano pero presente.

Ese vestigio era la estupefacción.

El suicidio de Enrique transmitía eso: estupefacción. Y desorientación.

A pesar del dolor tremendo al recibir la noticia y, luego, entre gritos, llantos, lamentos, transmitirla a su hermana, “Coca”, que traía de nuevo a los niños, a pesar de ello, aún quedaba la llama de la desorientación, del saber que un suicidio era imposible.

La llegada del cuerpo de Enrique fue dolorosa, en extremo.

El velatorio, con pocos parientes, fue extenuante, agotador. Entre el dolor que rasgaba su alma y el dolor compartido por los afectos, el cuerpo se desplomó, se desprendió de sus fuerzas.

Todo esto fue un viaje tenebroso con escalas escabrosas, no obstante, esa llama estaba allí.

Ahora, en pleno entierro del cuerpo amado de su esposo, esa llama de la duda permanecía potente. Lejana, si. Aturdida por la congoja, si. Pero latente.

En el fondo, Beatriz sabía que esa llama mantendría su alma despierta un tiempo más.

Sus ojos miraban el cajón, observaban cada palada de tierra que comenzaba a cubrirlo. Pero sus pensamientos no estaban allí.

Su mente divagaba entre el dolor y la incoherencia. El dolor de la pérdida, y la incoherencia de la pérdida.

Ella lloraba a su esposo fallecido, a aquel que tanto amaba. Al papá que los niños no podrán esperar más. El padre amoroso que ya no jugará en el jardín. El hombre montaña pero tierno como un bebé. Aquel que se paraba en la puerta de la pieza, mientras ella aún dormía, y le despertaba para tomar unos mates. Aquel que conoció en un baile del grupo Chébere, varios años atrás. Amante del cuarteto, del asado y de la familia. Aquel con el que vacacionaban en el colectivo motorhome, en las playas del atlántico, o en las sierras de Córdoba.

Ella lloraba a su compañero que tanto los amaba, que renunció a sus amigos, a las salidas, a la fiesta, para formar un proyecto de vida juntos.

El dolor era inmenso. La pérdida irreparable.

La ausencia inconmensurable.

Sin embargo, allí estaba mucha gente llorando a un hombre caído. Un débil personaje que se rindió ante la... ¿adversidad? Una persona que decidió acabar con su existencia de la manera más espantosa.

Beatriz no conocía a este Enrique.

Alguien que disparó un revólver en su cabeza, contra sí mismo, contra su esposa, contra sus hijos. Alguien infeliz, que no supo soportar, que permitió la desidia.

Allí estaba Dieguito, en brazos de sus tías. Este Enrique, ¿no pensó en su Dieguito? ¿Y qué de las horas de risas? ¿Y qué de las promesas de llevarlo con él, y enseñarle a ser camionero? ¿Y qué de enseñarle a manejar las herramientas?

Beatriz sintió la llama del desconcierto avivarse en medio de estas reflexiones.

Una llama que se convertía en el fuego de la certeza.

No.

No era el Enrique débil, atormentado al que estaba enterrando. Ese no era su Enrique.

El Enrique del suicidio no era el suyo.

Esa certeza se asentaba en su corazón, como un bálsamo fresco que, en medio de la aflicción, le otorgaba algo a que aferrarse.

Enrique no se suicidó.

NO FUE UN SUICIDIO

XII

Pasaron varios días, llenos de desconsuelo, de inevitable confusión, con noches interminables de insomnio, cargadas de café, de radio, de lágrimas, de pastillas, de la cama al baño, y del baño a la cocina, de la cocina al jardín, en medio de la oscuridad nocturna, mientras los niños dormían.

Días inagotables, con las visitas de los parientes, de hermanas, de hermanos, de cuñados, de mamá, de amigos.

Días que pasaban muy lentos, muy despacio. Sin sentido, sin valor, sin significado.

En ellos sentía su alma naufragar en un mar de caras conocidas pero que nada podían aportar. Caras humanas que parecían sombras descaradas de un consuelo vacío, un consuelo con sabor a nada.

En uno de esos días apareció su cuñado, “Enano”, la última persona conocida sobre la tierra que había estado con Enrique.

Apenas tocó a la puerta, con timidez (sus días de borrachera surgieron antes del anuncio de la muerte de su esposo y duraron hasta días después del entierro), Beatriz supo que era él.

Se levantó de la silla.

Daban las 10 de la mañana en el reloj de pared del comedor.

“El inútil de mi hermano”.

Con brutalidad abrió la puerta.

Él estaba de pie, con la gorra sostenida por su dos manos, a la altura del pecho. Tenía una mirada triste, culpable por no haber estado en un momento tan trágico con su hermana.

—¿Me podés decir... qué querés acá, inservible?

—Para Bety... yo... yo no sabía... me enteré recién hoy. Vos sabés que estuve de caravana y después me quedé a laburar allá... tenemos una obra…

—Pasá…–le dijo ella, dándole la espalda, dirigiéndose a la cocina.

—¿Querés unos mates?

—Si, dale…

Puso la pava al fuego, con agua hasta la mitad. Buscó el mate que tenía yerba vieja. La tiró en el tacho de basura.

—¿Cómo... cómo estás... Bety?–preguntó él, con la suavidad y precisión de quien camina sobre un lago congelado.

Ella volteó hacia él.

—¿Cómo estoy? ¿Cómo estoy? Sentate... yo te voy a contar como estoy… Él se sentó y ella tomó un vaso de vidrio sobre la mesada.

Lo estrelló contra el suelo.

—¡Así estoy! ¡Toda rota! ¡Cómo querés que esté!–partió en llanto. Él se acercó, abrazándola.

Ella lo golpeó, una y otra vez.

—¿Dónde estabas... dónde estabas…?

—Perdoname, Bety... perdoname... soy una porquería…

—¡Sos un borracho... eso sos!

—Si. Ya sé. Él era mi amigo... vos sabés que más que mi cuñado era mi hermano... yo lo amaba al gordo…

Luego de un llanto que culminó en el pecho de su hermano, se sentaron a tomar unos mates.

Ella le contó los pormenores del velatorio y del entierro. Los parientes que la visitaron. La llamada de Chiche, uno de los 12 hermanos, desde Piedra del Águila avisando de su tristeza y su ausencia. El dolor que sentía. La desazón de sus hijos. La casa vacía, apagada, sin vida.

—Bety... yo me enteré cuando llegué a casa. Me dijo Ester. Dice que fue suicidio…

—Asi es hermano... eso dijeron. Suicidio. Lo encontraron con la cabeza destruida y el revólver en la mano.

—Bety... mirá... yo no creo que sea suicidio…No es posible...

—Contame hermano…¿qué conversaron cuando te llevó? ¿Te dijo algo llamativo, algo fuera de lugar, algo que indicara que no estaba bien?

—Mirá Bety…–hizo un par de sorbos con el mate, para continuar su respuesta–... yo te puedo asegurar que Enrique estaba bien. Él estaba feliz. En el viaje charlamos pavadas, de los muchachos de la obra, algunas anécdotas para reírnos. Pero en los momentos que hablamos serio, que hablamos con el corazón–se golpeaba el pecho– te aseguro que no vi ni un rastro de estar disconforme con la vida que llevaba. Tenía planes. Me contó algo... prometé que no vas a llorar, Bety…

—No te puedo prometer eso…

—Está bien. Él me contó un secreto. Dijo que estaba preparando una sorpresa para vos.

Ella sintió que se le rasgaba el alma.

—¿Para... p–p–para ... mí?

—Sí, Bety... el Gordo era un buen hombre. Mirá que yo no soy sentimental, pero este tipo me hizo que lo quisiera con todo... él estaba preparando un viaje a las cataratas. Dijo que vos siempre soñaste con ir y que nunca se daba. Tenía todo armado para dentro de dos meses, para la semana de mayo. Quería ir en el colectivo casa.

—No te puedo creer…–dijo ella, cubriéndose la frente con las manos, mientras de sus ojos se desprendían las lágrimas.

—Si Bety... él no se pudo haber suicidado. ¿Por qué? ¿Por qué motivo lo haría? Era feliz. Hablaba de las nenas, de la picuda de la Ceci, de la inteligencia de la Yani... y por sobre todo, se derretía con el gordito chico, el Dieguito. Tenía planes para él. Me dijo que lo quería llevar con él en el camión. Que no veía la hora de que creciera un poco más para llevarlo.

—No tenía motivos…

—No Bety, no los tenía…

Ella se limpió la cara. Se levantó de la silla, se sirvió un vaso con agua, y luego de tomar, miró fijo a Hugo.

—Hermano... yo te tengo que contar algo que no le conté a nadie.

—¿Qué Bety?

—Prometé que no le vas a contar a nadie…

—Sabés que si es serio, a nadie…te lo juro por la vieja–se besó los dedos en señal de una cruz.

—El día anterior a que me avisaran de la muerte de Enrique, él me llamó…

—¿Él te llamó?

—Si. Desde una estación de servicio. Estaba asustado. Nervioso. Dijo que había sido testigo de algo terrible, algo que le daba miedo. Dijo que no me podía contar. Que cuando llegara a casa me iba a contar.

—Bety, esto es grave... él vio algo jodido…

—Esperá... lo más llamativo de esto es que en el lugar en el que estaba Enrique, a unos metros, se dio el accidente de Junior Mesquem…

—¿Ahí cerca?

—A metros…

—Esperá, Bety... esperá…¿vos pensás que…?

—Yo no pienso nada. Yo solo te cuento lo que pasó.

—Pero qué tiene que ver el accidente de Junior con lo que vio Enrique…¿vos pensás que él vio el accidente?

—Hermano... me parece que es más que obvio que sí... el punto es, ¿por qué estaba asustado, nervioso, y sin poder contarme nada después de ver un accidente? Por lo general estás asustado, con nervios pero podés hablar.

—Esto es muy raro…

—Lo raro es que Enrique se “suicidó”...

—Bety… confirmalo en tu cabeza: Enrique no se suicidó.

LA CARTA

XIII

Pasaron varios días desde el encuentro con Hugo, su hermano.

Las tardes se fueron acortando. Los amaneceres demoraban su salida, el gris del otoño se asentaba con fuerza, como preámbulo a un frío invierno.

Los árboles, teñidos de amarillo, eran sacudidos por los vientos del sur. Las hojas se paseaban por las veredas, sin rumbo.

Las noches comenzaban a silenciarse, se acallaba el bullicio del verano, anticipando el mutismo invernal.

Beatriz pasaba algunas tardes con los niños, paseando rumbo al lago Piedras Moras. A veces recibía la visita de algún hermano o hermana. Principalmente “Coca”, o Teresa. Conversaban de cosas pasajeras, de asuntos sin importancia.

Pero muchos días, cuando quedaba sola, cuando nadie la estaba acompañando, no lograba evitar la realidad de su sufrimiento.

En esos momentos, colocaba la reposera de Enrique, ponía la mesa de mate al medio, se sentaba en la suya y cebaba mates a la nada. A veces cerraba los ojos y su pensamiento traía de nuevo su imagen. Recordaba situaciones, que la hacían reír, pero siempre la hacían llorar. Porque el dolor no repara en alegrías.

El dolor la sostenía constantemente, con una fuerza inusitada.

La sensación de ausencia parecía insoportable, imposible de sostener.

Lo que más lamentaba era no poder descartar, con evidencias reales, con pruebas fehacientes, la mentira del suicidio. “Porque es una mentira”, se repetía cada vez que pensaba en ello. “Es una descarada mentira”. Y luego caía en la impotente desdicha de no saber como hacer para demostrarlo.

Pensaba en la imagen de su esposo. ¿Suicida? ¿Enrique era un pobre infeliz que acabó quitándose la vida? ¿Tan desdichada era su vida? ¿Tanta amargura le transmitió ella y sus hijos?

Fue una mañana de frío, a mediados de Abril, cuando recibió la posibilidad que estaba esperando, la respuesta a muchas preguntas que se había hecho.

Estaba regando las flores del frente, cuando un hombre pálido, flaco, ojeroso, vestido con el uniforme del correo argentino, descendió de su bicicleta y se acercó a ella, con una mirada esquiva.

“Seguro vive con su madre”, pensaba Beatriz. Una muletilla que repetían con Enrique para definir ciertas personas en base a sus comportamientos con los demás.

—¿Señora Beatriz Moralez de Dorcalino?

—La misma…

—Correo–dijo, alargando un sobre sin remitente–tiene que firmar la planilla.

—Si…–respondió ella, estupefacta, sin quitar la vista del sobre.

—Lindas flores…–agregó el cartero, nervioso–las tiene bien cuidadas…

Ella desvió la mirada de la planilla, en la que estaba imprimiendo la firma, para centrarla en aquel desconocido.

—¿Qué son? ¿geranios?

—Disculpe que le responda así, pero…¿acaso es usted jardinero aparte de cartero?

Él se puso más nervioso, guardó la planilla en la cartera, movió la gorra en señal de saludo y se retiró sin mirar atrás. Subió a su bicicleta y se marchó.

Beatriz lo quedó mirando, esbozando media sonrisa.

“Todavía tengo ese toque”.

El “toque”, que siempre le recordaba Enrique, se trataba de una actitud de firmeza en ella, un sistema de defensa ante “tarados”, como solía decir él.

Dio vuelta el sobre, tenía su dirección, su nombre completo, pero ningún remitente. Rápidamente ingresó a su casa, puso la carta sobre la mesa y se sentó a contemplarla.

No sabía a ciencia cierta por qué, pero algo le indicaba que esa carta era importante.

Corroboró que Dieguito siguiera mirando dibujos en el televisor, y se sirvió un vaso de agua. Con cautela abrió el sobre, retirando el pliegue que estaba pegado, evitando romper la carta o lo que sea que contuviera.

Una vez abierto, retiró el contenido. Dos hojas escritas con una tinta negra, en una letra manuscrita, de grandes rasgos.

Se dirigió de manera directa al final de la carta. Zulma Ioman.

Permaneció atónita, observando los caracteres de la escritura. El nombre de ella y su firma.

“Esto... es imposible…”, se dijo, llevando una mano a su boca abierta. Volvió al inicio de la carta.

“Estimada compañera de dolor”

—Muy bien…–se dijo, asintiendo– esto es interesante.

Le temblaban las manos, apenas si podía sostener el papel.

10/04/1995

“Estimada compañera de dolor:

Quizá le resulte un atrevimiento de mi parte dirigirme a usted con esta etiqueta, pero me pareció la más acertada y, cuando acabe de leer y comprender la sustancia de esta carta, le aseguro que estará de acuerdo.

Entiendo el dolor que usted sufre.

No porque perdí a mi esposo, a un compañero de vida, como creo que debe haber sido el suyo para usted. Entiendo el dolor de la pérdida, el dolor de la ausencia.”

Beatriz sintió una compunción que le impedía tragar. Tomó un trago de agua y siguió leyendo.

“el dolor que parece no tener fin, porque la ausencia no tiene fin. ¿Cómo se reemplaza a aquello que una más ama y que ya no volverá? ¿Cómo se tapa ese hueco vacío, en donde nuestra alma sangra sin freno?

Yo sé que no es lo mismo perder un esposo que perder un hijo. Son dolores diferentes. Son expectativas distintas. Pero el dolor es dolor, y el amor es el mismo. La herida es similar.

Por ello, le ruego, lea esta carta completa, para que junto a mí avancemos en el oscuro túnel del dolor, quizá, la respuesta a nuestras preguntas se encuentre más cerca de lo que pensamos.

Le cuento por qué le escribo.

Decidí hacer esta carta porque usted forma parte de mi realidad. Por una jugada extraña de la vida, nuestros caminos se han cruzado, y creo que para siempre.

He de aclarar este punto.

Yo sé, a ciencia cierta, que mi hijo NO SUFRIÓ UN ACCIDENTE.

Y sé, a ciencia cierta, que su esposo NO COMETIÓ SUICIDIO.

Seguro que debe de estar espantada en este punto. No me baso en conjeturas livianas ni en el deseo de una madre despechada con el destino. No. Me baso en evidencias claras.

Lo que sucedió fue un ATENTADO. Mi hijo, Junior, fue ASESINADO A SANGRE FRÍA. Su esposo, Enrique Dorcalino, fue ASESINADO A SANGRE FRÍA, por haber sido TESTIGO OCULAR DEL ASESINATO DE JUNIOR.

Beatriz temblaba entera.

Su piel estaba pálida, fría, pero por dentro sentía una llama que la quemaba.

Dejó las hojas sobre la mesa, por un instante, y rompió en llanto, tapándose la cara.

Un llanto de alegría en medio de tanta tristeza. La alegría de la verdad. La alegría de conocer aquello que estaba velado.

Durante unos segundos cerró los ojos, con una media sonrisa, inundada de lágrimas.

“Si, yo sabía que es imposible que sea suicidio”.

Tomó nuevamente la carta en sus manos, y prosiguió leyendo.

“Los medios de comunicación tratan de hacer quedar a mi hijo como el “insensato que manejó de forma temeraria un helicóptero, un inmaduro que jugaba con el vehículo”. ¡Por favor!

Junior trasladó en su helicóptero al presidente George H. W. Bush y al Embajador de Israel. Un irresponsable no podría haber hecho eso. Incluso trasladaba a su padre permanentemente. Mi hijo era un excelente piloto.

Lo del accidente es mentira.

Recibimos amenazas. Llamadas extrañas. Él sabía que algo pasaría, pero no sabía qué. Temía por nuestra seguridad. Por la suya.

Antes de morir, Junior me dijo que lo iban a matar en cualquier momento.

¿Acaso fue casualidad? ¿Acaso debo cerrar los ojos ante la evidencia?

El cráneo de mi hijo fue reemplazado, de eso estoy segura. ¿Por qué? ¿Será porque tenía un balazo en él?

¿Y su esposo? ¿Acaso es casualidad su muerte? Respóndame si es que él era un hombre infeliz.

Digame que piensa, por favor.

Sé que mi hijo fue asesinado. Y se que su esposo también. Tan claro como las amenazas que recibió el propietario del campo donde cayó el helicóptero.

Si. Eso no lo verá en los medios de televisión, medios mercenarios que se venden al mejor postor.

Y sé que puede haber más víctimas de esta locura.

¿Somos compañeras del dolor, verdad?

No pretendo simplemente un oído que empatice con mi sufrimiento. No pretendo solo informarla. No quiero que usted piense que mi interés radica en apoyarme en su hombro y ser consolada, y a la vez consolarle a usted.

Le animo a más.

Le animo a que abrace a sus hijos y desenmascare la mentira en la que de seguro la ha envuelto esta tragedia.

Mi hijo tendrá la justicia que merece.

Aquellos que han abrazado la impunidad verán la sombra de la equidad cernirse sobre sus hombros.

Con gran estima… Zulma Ioma

Mi dirección, por si decide responder a este mensaje es la casilla de correo Alberdi y Suipacha 3344, piso 4 B, Buenos Aires, C F.

¿Con qué otra palabra podría describir su sensación? Estupor, Terror, indignación, frustración.

Pero a la vez, alivio. La frescura de la verdad revelada, de la respuesta necesaria, de la confirmación de una certeza del alma.

Sentía como si Enrique fuera liberado de una acusación. Finalmente, él no fue culpable de rendirse a la vida.

Quería salir, y gritar a los cuatro vientos que su Enrique no era el que enterraron hace unas semanas atrás. El que tenía doble cara: feliz con su familia pero encerrado en una cárcel con demonios que lo llevaron a tomar tan drástica decisión.

Quería avisar a todos de su inocencia. Él sufrió el aborto de su juventud. Sus deseos pronto tendrían eco en la realidad.

LA CARTA II

XIV

18/04/1995

Estimada compañera de dolor… Por supuesto que somos compañeras del dolor, si las dos tenemos este dolor en el pecho que nos duele y nos lastima.

Yo la verdad que doy vueltas y vueltas y no logro recuperarme de la muerte de mi esposo, de mi Enrique, pero que se le va a hacer. Él no va a volver más, y yo creo que lo voy a extrañar cada día más.

Mis hijos dan vueltas, preguntan, las nenas lloran, y el más chico, Dieguito, se para en la ventana para ver si su papá llega con el camión.

Pero no le escribo esto para contarle mis penas, señora Zulma, para nada.

Le escribo para darle gracias por escribirme a mi, un piojo como dirían. una mujer del pueblo, que lo que menos pensaba era que usted me iba a escribir a mi. Así que gracias por hacerlo y contarme todo lo que me contó.

La verdad me quedé como piedra cuando leí la carta. Parece de terror todo esto y lamento mucho lo que le pasó a su hijo. Lo que no logro entender es a su marido, que es cierto, están divorciados pero es el padre de su hijo, y además el presidente, él debería investigar este tema. Un asesinato, com dice usted, es un asunto serio, pero quien soy para cuestionar al presidente, ¿no?

Yo también le escribo para contarle que voy a seguir adelante, pero quiero ir más allá. Quiero que mi Enrique tenga una memoria honrosa. A él lo enterraron como un cobarde, como un pobre tipo, pero él fue un héroe. Él estuvo ahí y seguro algo vio como dice usted, y quiero que él sea recordado como un gran tipo, como lo fue. Un esposo hermoso y un padre muy especial.

Y para hacer esto debo ir un poco más allá. Quiero investigar este asunto pero quiero saber si cuento con su apoyo.

Mi idea es ir a aquella ciudad de Ramallo y a San Nicolás y averiguar. Alguien debe saber más. Quizá contrate a alguien, no sé. Tampoco quiero perder el tiempo ni el dinero. Tal vez usted está investigando por su lado, por lo que me contó parece que sí. Yo también quiero hacerlo.

Pero como le dije, quiero contar con su apoyo.

Espero que esta decisión que tomé sea de su agrado y podamos aclarar toda esta mentira.

A su disposición… Beatriz Moralez de Dorcalino.

Revisó la carta, para corregir los errores de ortografía, la leyó un par de veces, la dobló y la colocó en el sobre, que ya tenía la dirección a la que sería enviada.

Hugo la miraba serio.

—¿Estás segura, “Gorda”?

—¿A vos qué te parece? ¿Qué no estoy segura? Él sonrió.

—Ya sé que estás segura pero…

—¿Pero qué, Hugo?

—No, nada... los chicos... el Dieguito, la Ceci... la Ana…

—Los voy a dejar un tiempo con la Coca... ya te dije..

—Si, no es eso... pasa que, bueno, mirá... puede que sean tipos jodidos… Ella le puso una mano sobre el hombro.

—¿Tenés miedo de que me pase algo?

—Y si... que se yo…

—¿Y para qué creés que pensé en llevarte a vos?

LA CARTA III

XV

23/04/1995

Compañera del dolor...

Beatriz. Me ha conmovido su carta, sus palabras, la descripción de su familia destrozada.

Quiero que usted cuente con mi apoyo, no solo de palabra, sino de otras formas.

Escribame cuando tenga información.

Haga como la carta que me envió, de forma express.

Conozco varios detectives privados, es decir, tengo sus contactos, gracias a un contacto intermediario. Son difíciles de conseguir serios. La mayoría son policías retirados, ex militares, o algunos que han estudiado por correo.

Si he de recomendar, le recomiendo dos: Hector Larrosa y Mascarpone. Mascarpone es muy serio, correcto y eficiente. No cobra caro, pero demora un poco más, es muy cuidadoso. Lo tomé para averiguar infidelidades de mi esposo. Su nombre, obviamente no es Mascarpone, es un enigma.

Larrosa es buen detective, por lo que me contaron, pero es difícil de llevar. Me contaron que bebe demasiado y es bastante malhumorado. Tuve el agrado de conocerle en una investigación que él realizó, pero hace muchos años ya.

Le doy este número de teléfono (01) 820–9764. Llame y pregunte por “Ocaso”. A él dígale que la manda “La Riojanita primera”. Él le va decir donde encontrar a cualquiera de los dos. No tenga miedo. Son gente confiable, pero precavida.

Con estas recomendaciones le envió, en forma de apoyo a esta causa, la suma de 6. 000 dólares (US$ SEIS MIL) le subrayo para que no haya dudas, si falta es el correo el responsable.

En cuanto al comentario que hizo de mi esposo, es acertada su sospecha. Se asemeja a la mía, y con eso le digo todo.

Yo no puedo contratar un investigador privado, dado que muy pocos querrían vincularse en un PROBLEMA DE ESTADO (le aclaro: en caso de comprobarse que fue un asesinato adquiere el carácter de asunto de estado, y ningún investigador privado se quiere involucrar en algo así).

Desde ya, mi admiración a su persona, y estoy a su disposición, para lo que necesite.

No hace falta que le recomiende,(y le exijo) hermética discreción sobre nuestra relación y el motivo de la tal.

Zulma Iomad.

CAPÍTULO SEGUNDO – EL VIAJE

I

Cuando Beatriz llamó al número que Zulma le indicó, fue atendida por una voz rasposa, masculina.

—¿Quién?

—Hola, “Ocaso”... soy Estela…–Hugo, su hermano y ahora su nuevo ayudante en la aventura que iniciaban, le había advertido que no diera su nombre real, lo cual le pareció un consejo acertado–llamo para dar con el paradero de Larrosa. O de Mascarpone…

—No conozco a ninguna Estela…¿por qué razón debería de hacerte ese favor, querida?

Hugo se agarró la cabeza.

—Empezaste mal…–le susurró. Tendrías que haber dado el nombre de Zulma... ese de “la riojana”…

Beatriz estaba nerviosa. No sabía quién estaba del otro lado, ni si tendría otra oportunidad de llamar en caso de que cortara.

—Mire, “querido”, yo no sé quién es usted, pero a mi me manda la “Riojanita primera”.

Silencio.

—¿Me va a dar la dirección o no? La voz rasposa tosió con fuerza.

—Mire, Elena…

—Estela.

—Bueno... Estela... si realmente ella le dio este número, es por algo importante. Yo le doy una dirección, pero usted es responsable de encontrarlos y de decirles quien le pasó la data. Yo no quiero problemas.

—Quédese tranquilo. No va a tener problemas.

—Mascarpone no la va a atender, está en México. Vuelve en dos meses. Larrosa está en Rosario. Pero dudo que la atienda.

—¿Y por qué?

El hombre sonrió. Su sonrisa parecía la de un perro.

—No conoce a Larrosa. Encima él se separó de su esposa hace unos meses. Si quiere tratar, trate.

—¿Y para qué me quiere dar la dirección, si no me va a atender? ¿Está bien de la cabeza?

—Relax, bebota... no sé quién sos, ni que león te comiste, pero respetame… Hugo cerraba los ojos y se mordía la mano.

—Yo no soy bebota, no me comí un león y te dije mi nombre: Estela. El respeto se gana, querido. Me dijiste que me ibas a dar la dirección, y ahora resulta que es la dirección de dos personas con las que no puedo contar. Si eso es digno de respeto, decime que no lo es…

Pasaron unos segundos en silencio. Beatriz temió lo peor.

—¿Por qué no bajás un cambio, loca? ¿Así querés conseguir las cosas?–le reprochó su hermano, que caminaba de un lado a otro, nervioso.

—Hola... hola... cortó.

—No, no corté. Estoy buscando la dirección en una libreta, Estelita…

—Estela, por favor…

—Anote... Calle Laprida y Casablanca, Rosario. Tercer piso. Departamento 22, “el loco”...

—¿Tengo que reírme?

—Estela... Usted parece ser una fiera... sería lindo conocernos, me gustan las mujeres así, intratables…

—No soy una fiera. Soy una viuda que busca venganza, gracias por la data… Cortó.

—¿Estás loca Gorda?–le recriminó su hermano.

—Hugo... a partir de ahora, se acabó la Beatriz débil…

II

Un martes por la mañana Beatriz subió a un Chevallier que la llevaba a ella y a su hermano en un viaje directo a Rosario. El colectivo apareció a horario por la terminal de ómnibus de Almafuerte.

Hugo se había ofrecido a ayudarla en esta “misión”(término que decidió usar porque le daba un aire de película de agentes secretos) siempre y cuando ella le dejara tener sus momentos de “diversión”. Dichos momentos de “diversión” consistían en desenfrenadas maratones etílicas. Hugo era adicto al alcohol. Su esposa lo conoció de esa manera, en un baile de la Mona Jimenez, cuando ella recién iniciaba sus cambios hormonales y él ya frecuentaba bodegones.

—Llevalo, a ver si por lo menos con vos se porta un poquito mejor…

—Quedate tranquila, cuñada, que yo lo voy a tener cortito como patada de chancho.

Apenas salieron de la casa, Hugo le recordó el trato:

—Vos acordate cual era el trato: yo te acompaño, pero vos dame unas “licencias”, mis momentos de “diversión”.

—Tu mujer es la imagen viva de la falta de suerte…

Beatriz no lograba entender a su cuñada, como podía tolerar a su hermano y sus borracheras.

“Él lo único que tiene es que toma... por lo demás es atento, ayuda en la casa, y por sobre todo, es guapísimo (trabajador)”.

Aún así, no conseguía descifrar la relación entre ambos.

Si bien coincidía en que, mientras estaba sobrio, su hermano exhibía una sensatez envidiable, no asimilaba la posibilidad de soportar a alguien con tremendos desparpajos.

Enrique aparecía en sus pensamientos. Un hombre equilibrado, prudente, estable. Sus emociones ordenadas, sus pensamientos armónicos. Cuanto lo extrañaba, mientras le comparaba con su hermano. No quería pensarlo, pero a veces se cruzaba por su mente, como una estrella fugaz por la noche, la queja de por qué personajes como su hermano seguían de pie, y hombres como Enrique partían sin más.

Cuantos Enriques parten por día, pensaba, en tanto el colectivo avanzaba a paso firme sobre la ruta 36, rumbo a Río Tercero, de allí a Villa María, para terminar en Rosario.

Pasaron delante del Lago Piedras Moras, cuyas aguas estaban tranquilas, reposadas. El sol daba de lleno en la superficie, en la que pululaban algunos patos. Debajo de esas aguas tan llamativas quedaba sepultado parte del antiguo pueblo. Cuando el nivel del dique descendía, por las escasas lluvias en la región, asomaba la punta de la vieja iglesia católica.

La curva pronunciada, motivo de varios accidentes, dibujaba una elíptica con barrio Pinares, uno de los barrios más antiguos de Almafuerte, donde vivían su madre, Adela, y su hermano, “Cacho” o “Esculapio” como le llamaban. Allí creció ella también, junto a sus hermanos, si bien varios de ellos fueron dados en adopción, ante la imposibilidad de mantenerlos. Un episodio de su infancia cargado de sinsabores. Una niñez caracterizada por la escasez y el desapego. Una adolescencia más dura aún, con la lucha por la supervivencia. Solo cuando se casó alcanzó cierta meseta económica y emocional.

Más adelante aparecía la estación de servicios Petrobras, en el cruce entre la ruta 36 y la ruta 5. Si se sigue la 36 se atravesaba el dique Piedras Moras, una obra de arquitectura faraónica que contiene la fuerza del río Ctalamochita, convirtiéndolo en el actual embalse de agua. En verano da placer pararse sobre el barandal del puente y observar el chorro que emana de alguna de las compuertas y, de fondo, mirando hacia Rio Tercero, el impactante verde de los árboles que acompañan el curso del río, como una inmensa garganta natural. Todo el paisaje parece concluir en esa parte. A los costados del dique, unas paredes de rocas trabajadas muestran una dureza que contrasta con el valle que, más abajo, impresiona con su verdosidad y una serenidad digna de una postal.

Pero el colectivo en el que viajaban Beatriz y Hugo siguió su rumbo por la ruta 5, ignorando tanta belleza paisajística. Lejos de eso, avanzaba hacia el llano.

Hugo dormía. Apenas subió al colectivo y acomodó su bolso de mano, apoyó su cuerpo sobre la butaca, para quedarse dormido en menos de cinco minutos. En realidad, no habían salido de Almafuerte aún cuando dejó a Beatriz hablando sola.

Ella hurgó su cartera. Una cartera grande, de cuero, que comprara en uno de los viajes de vacaciones con la familia, en Catamarca, cuando cumplieron el cuarto aniversario de casados. En la cartera tenía varias cosas personales, entre ellas la billetera.

Comprobó que en la billetera estuviera el dinero.

Tenía temor de dejarlo ahí. Era un riesgo, pero tampoco podía dejarlo en el bolso, mucho menos llevar ese fajo de dólares en los bolsillos.

Pensó en depositarlo en algún banco, hacer una cuenta y guardarlo, pero no tenía cómo comprobar su procedencia. Y eso podría traerle problemas.

Siguió revisando la cartera.

Allí estaban las cartas de Zulma, por si las necesitaba. Un desodorante a bolilla, un monedero, un maquillaje.

Y en el fondo, reluciente, uno de los regalos de Enrique para defenderse.

Un revólver Smith Y Wesson . 38, corto. Jamás lo usó, simplemente se limitó a esconderla en lo más alto del placard de su habitación.

Si tenía que usarlo lo haría, pensó. Lo haría.

III

—¿Le vas a mentir, “Gorda”?–preguntó Hugo, sorprendido.

—No creo que agarre el caso si le digo la verdad…

—¿Y si se da cuenta?

—¿De qué?

—De que le estamos mintiendo... de qué va a ser…

—La única forma es que vos habras la boca... y espero que no lo hagas…

—Gorda, sabés que no lo voy a hacer. Mirá si te voy a mandar al frente.

—Te conviene que no. La idea es que no le digamos lo de Zulma. Si hay un atentado como dice ella, y es un problema de estado, el detective se va a borrar del mapa. Y nosotros quedamos como vinimos.

Hugo miraba por la ventanilla del colectivo.

Faltaba media hora para llegar a Rosario, pero el trecho parecía interminable.

—Apenas lleguemos buscamos un hotel y nos alojamos, cerca de donde vive Larrosa. En la terminal nos subimos a un taxi y que no lleve hasta allá.

—¿Lo querés contactar hoy?

—No. Mañana lo buscamos. Hoy descansamos.

—Espectacular. Me da tiempo de divertirme un rato.

—Hugo…

—Es un chiste, “Gorda”...

—Y acordate, soy Estela... no soy más Beatriz... ni “Gorda”...

—Bueno “Gorda”–respondió Hugo, partiendo la seriedad de la conversación con una risa estridente. Tenía una risa contagiosa, lo que hizo que su hermana también riera.

Siguieron conversando cosas triviales hasta llegar a la terminal de ómnibus. Bajaron los bolsos y subieron a un taxi.

Beatriz le indicó la dirección aproximada, no queriendo dar la exacta, para borrar rastros.

—¿Un hotel cerca?

—Conozco algunos. ¿Los llevo a alguno en especial, es decir, de calidad?

—No, uno más o menos. Tampoco que sea un rancho–respondió Hugo, mientras se distraía con el ritmo de la ciudad.

—¿Están de luna de miel?–preguntó el taxista. Ambos se miraron y sonrieron.

—No–dijo ella–somos... hermanos.

—Ah, mirá vos. ¿Están de visita?

—Algo así…

—¿Parientes?

—No. Amigos. Más bien, conocidos…

—Ah, mirá vos... visitando conocidos…

—¿Usted es policía?

—No señora. Pregunto, de curioso nomás…

—¿Cuánto le pagan?

—¿A mí?

—A usted le hice la pregunta.

—¿Cómo cuánto me pagan?

—Por meterse en cuestiones ajenas…¿cuánto le pagan? Porque debe ser millonario…

—Perdón señora... es la costumbre... no es mala intención.

Hugo no podía contener la risa. Se tapaba la cara, enrojecida. Beatriz, sin embargo, mantenía el rostro serio, pétreo.

Algo que la sacaba de quicio era la inoportunidad. Le fastidiaban las personas con la falta de tacto, de sensibilidad para adecuarse en su lugar.

Transitaron en silencio las últimas calles antes de llegar a destino.

Cuando estacionaron en la vereda del hotel, el taxista giró hacia atrás. Tenía una mirada inofensiva, casi suplicante.

—Le ruego me disculpe la impertinencia…

—Está disculpado. La próxima tenga más tacto.

—Le aseguro que lo tendré. Es usted una mujer firme…

Ella le dio el dinero por la tarifa, mientras Hugo le abría la puerta para salir.

—Y usted alguien que reconoce su error.

—Tome mi tarjeta.–un rectángulo de cartón bastante ajetreado, que decía “TAXIS EL RÁPIDO” y dos números de teléfono– Si necesita un taxi y ando cerca, llame a este número, es de la central. El de abajo lo anoté yo. Es el mío, de la casa. Si quiere un viaje particular, después de las 20 hs hago algunas horas por mi cuenta.

—Trabaja bastante…

—Hay que trabajar, si no…

—Disculpe lo corrija: hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar.

—Así es señora…

—Estela. Estela Fuentes.

—Estela Fuentes. Yo soy Jerónimo Maciel. A su servicio. Un hombre de cuarenta y tantos, viudo, sin hijos, no tiene mucho por que vivir más que el trabajo... gracias por el consejo…

—Hasta luego, Jerónimo– guardó la tarjeta descolorida en el monedero que estaba en la cartera– no hacía falta que me diera un resúmen de su vida – sonrió, tratando de disipar cualquier malestar– pero le agradezco su honestidad.

—A su servicio, Estela...

El taxi, un Peugeot 504 color amarillo, salió acelerado perdiendose entre el río de autos sobre la calle.

Eran casi las dos de la tarde.

Se registraron en el hotel, con los nombres falsos y descansaron.

Mientras Beatriz dormía, Hugo aprovechó para salir a buscar algo para tomar.

IV

Beatriz despertó sobresaltada, sudando y desorientada luego de haber soñado por enésima vez con Enrique.

Por unos segundos pensó que estaba en su casa y creyó que Dieguito la estaba llamando. Tardó un poco en caer en cuenta en tiempo, espacio y realidad.

El sueño fue el mismo de siempre: Enrique sentado en su camión, hablando alegremente, pero su voz no se oía. De repente el camión comenzaba a avanzar, sin que nadie lo manejara, él seguía hablando como si nada. Ella salía corriendo, desesperada, y lo veía entrar en una densa niebla, para perderse en ella.

Se levantó de la cama con pocas fuerzas, casi trastabillando. Se puso de pie, caminó en dirección a la ventana, la cual daba a la calle, y corrió la cortina. Era de noche. El viaje, los nervios, la novedad. Todo ayudaba a que su cuerpo se sintiera agotado.

Se frotó los muslos con fuerzas, como queriendo despertar sus piernas.

Abajo se veían las luces de decenas de autos que circulaban de aquí para allá.

Tratando de borrar los sedimentos de los recuerdos del sueño que tuvo, llevó sus pensamientos a la misión que estaba llevando a cabo.

Había varias cosas que decidió no contarle a su hermano, por el simple hecho de no involucrarse con datos que él podría sacar a luz en algún momento de embriaguez.

No le contó del arma. Ni de la cantidad de dólares que llevaba. Mucho menos de que Zulma y ella se pusieran en contacto nuevamente. Detalles que prefirió guardar por seguridad.

Hugo no necesitaba saberlo todo.

Ella le pidió que la acompañara para no sentirse sola, solo por eso. Sabía que, con probabilidades firmes, él la haría renegar más que ayudarla, pero si en alguien confiaba, era en él. Aparte de su esposo, no conocía a nadie más honesto y leal que su hermano. Irresponsable, sí. Incorregible, sí. Pero leal y honesto como pocos.

La ciudad de Rosario representaba un desafío para una pueblerina como ella.

Toda la vida la había hecho en Almafuerte, un pequeño pueblo, casi ciudad, del interior de Córdoba y, si bien visitó muchas veces Córdoba ciudad, no era lo mismo.

Venir a Rosario a buscar un detective que la ayude a desentrañar el misterio de la muerte de su esposo se trataba de algo muy diferente que ir a realizar unos trámites o a pasear al zoológico.

Contempló los edificios, algunos de elevada estatura que se erguían a lo lejos, otros más pequeños que estaban más cerca.

Se dirigió a la habitacion de Hugo. No estaba.

“No te puedo creer”, se dijo. Caminó hasta el baño.

Nada.

Tomó un abrigo, sacó un poco de dinero, y bajó a recepción por el ascensor. No se lo cruzó en el camino.

“No te puedo creer”, repetía una y otra vez.

En recepción, un hombre sesentón, flaco, anguloso, la atendió con un humor desagradable. En sus ojos, desprovistos de hospitalidad se veía reflejada la hosquedad.

—Hola, disculpe ¿no ha visto a mi hermano?

—Y qué sé yo quién es su hermano…

Beatriz se sorprendió por la respuesta, pero hizo caso omiso.

—Está bien. Es un muchacho bajito, de mi estatura, pelo lasio, negro azabache. Es menudo, flaquito.

—¿Es un pibe?

—No, no... es de mi edad más o menos…

—Ah, no es un pibe…–dijo el hombre, con una sonrisa burlona. Beatriz pasó por alto la burla.

—¿Lo vio? Es cordobés... estamos parando juntos…

—¿Hermano?–agregó él, levantando las cejas, con picardía.

Ella se quedó en silencio. Lo miró fijo, haciendo que este borrara la sonrisa de su rostro.

—¿A usted nunca le acomodaron las ideas?

El hombre, nervioso, cambió su semblante. Se mostró un poco más cooperativo.

—Mire, señora... no vi a nadie así, ni entrar ni salir.

—Gracias por nada... ese inútil va a terminar mal…

Beatriz se dirigió a la puerta de entrada para esperar en la vereda. Se apartaba a grandes zancadas furiosas.

—¿Cuál es el problema con ese “hermano”?–preguntó el hombre, mientras ella se alejaba.

—El problema es que se va a meter en problemas.

—¿Se puede saber qué hizo?

Ella volteó a él, visiblemente disgustada.

—No sé qué hizo, pero sé que puede llegar a hacer.

El recepcionista se mostró turbado. Abrió grandes los ojos, despegandose de la banqueta en la que estaba sentado.

—¿Cómo... que puede llegar a hacer?

—Usted sabe algo.

Él bajó la cabeza.

—Mire. Yo no quiero problemas. Él vino y me dio un poco de dinero. Rogó que no contara que lo había visto. No sabía que estaba por hacer algo raro…Acá siempre entra gente para engañar a su esposa o esposo, andan de paso... pensé que era algún marido que no quería que nadie supiera de él en este lugar...

—Algún día por dinero van a ocultar a un delincuente…

—Ese hombre... es…¿alguien peligroso?

—No. Pero puede ser. ¿Qué le dijo?

—Nada más que eso. Que haga de cuenta que no lo vi.

—¿Estaba sobrio?

—Si…

—Mire, lo voy a buscar. Si viene antes que yo se va a dar cuenta.

—Señora, no me haga llamar a la policía…¿qué está sucediendo?

—Nada hombre... mi hermano es un borracho... fue a tomar vino a algún lugar…¿sabe de algún tugurio donde se junten a tomar?

—Pensé otra cosa…¿por qué no me dijo antes que solo era un borracho?

—Porque ustedes los hombres son fáciles para cubrirse las macanas que se mandan…

Él sonrió, ya con rostro relajado.

—Sé de un bar, como a dos cuadras. Es un lugar no muy agraciado…llegue a la esquina, por la izquierda, doble a la derecha y camine. “Por una cabeza se llama”. ¿usted se va a meter ahí?

—Si tengo que hacerlo, lo hago.

—No le recomiendo. Es un juntadero de bebedores empedernidos…

—Y es justo eso lo que voy a buscar…

V

—Mira, cordobés... la cosa era así... estábamos comiendo en casa mi cuñado, muy de chancho y vino, cuando cae la piba a avisarnos que el tipo ese se hizo el vivo…¡y con la otra piba!

Hugo solo reía.

Todo era motivo de risa.

Un insulto, un chiste, una conversación emotiva, un recuerdo.

El humo que se elevaba de los cigarrillos formaba poco a poco una nube densa, que no se movía. Una nebulosa cada vez más espesa que permanecía sobre la cabeza de los más de quince hombres que, dispersados por el espacio del bar, bebían, jugaban a las cartas, conversaban. Algunos ya estaban ebrios, como Hugo. Otros hacía minutos que llegaban.

Una barra larga de madera separaba al dueño del bar y sus botellas de los clientes. Apoyados en la barra estaban dos de ellos, uno de pelo cano y el otro calvo, conversando y fumando con un vaso de ginebra cada uno.

En cuatro mesas de plástico, separadas una de otra, estaba el resto. En una de ellas estaba Hugo, acompañado de un personaje que ni siquiera conocía, pero al que le pagaba lo que tomaba. Decía llamarse Pablo, pero le decían “Popeye”, por el tamaño de sus antebrazos.

La luz escasa que provenía de dos bombillas en los extremos del salón, de un color naranja, impedía que se revelaran por completo los rostros.

Cuando Beatriz llegó a la vereda, frente al bar, se detuvo a leer el cartel. “Por una cabeza”. Al dueño del bar le gustaba el tango. Era la música que sonaba cuando estaba allí, de pie, cargada de nervios, pensando que quizá fue un error venir.

“El error fue traer a ese alcohólico conmigo”, se recriminaba. Intentó asomarse adentro.

La puerta estaba a medio abrir.

Salvo el cartel, y la cantidad de bicicletas apoyadas en la pared, nada indicaba que allí había un bar.

Una ventana chica, bien alta, no servía para apreciar las personas que estaban adentro.

Tomó el picaporte, tiró con suavidad y apoyó un pie en el interior. Tres tipos en una de las mesas se percataron de ella.

—¡Epa! Pase belleza…–gritó uno de ellos. Ella dio media vuelta y salió como un rayo.

Las carcajadas retumbaban en las paredes.

No consiguió ver si estaba su hermano. Tenía que intentarlo de nuevo. Pensó en abandonarlo, pero no. No quería el cargo de conciencia. Más allá de todo, era su hermano. No se trataba de un niño, pero sentía que estaba a su cargo. Ester se lo reclamaría.

Volvió a entrar, ignorando el escandaloso vocerío que se levantó. Allí estaba, de espaldas a ella.

Fue hasta su mesa, se puso de frente a él, quitándole el vaso que tenía en la mano. Él se puso blanco. Saltó de la borrachera a la sobriedad en un segundo.

—Bety…

Ella le agarró con fuerza la oreja y lo levantó de la silla.

Todos reían a carcajadas, pero uno de ellos, desencajado por la borrachera, se levantó de su silla, tambaleando, tomando con fuerza los hombros de Beatriz.

—¿Qué hacés, demente?–le dijo ella.

—Vení, mami…–respondió él, abrazándola.

Ella seguía prendida de la oreja de Hugo, forzandolo a salir del bar, pero fue arrastrada por el borracho.

—¡Soltame basura!

Todos reían, excepto “Popeye”, que se levantó de su silla, caminó con rostro serio y apartó al borracho de un tirón. Este cayó de espalda al suelo y no se podía levantar.

Beatriz le hizo un gesto de agradecimiento.

—De nada señora... y cuide a su marido... es un buen hombre.

—Si, claro…–respondió ella, saliendo del bar.

En la vereda, Hugo vomitaba, manos en los muslos, sobre una bicicleta.

—Eso, eso... vomitá bien, que quiero que estés lúcido para que me escuches… Adentro, las risas y la música aumentaban de sonido.

El dueño del bar se paró en el umbral de la puerta.

—Señora... su marido tiene que pagar unos tragos…

—No es mi marido. Es mi hermano. Y ya se lo pago.

El hombre volvió adentro, meneando la cabeza, dándole paso a otro cliente que entraba.

—Mirá la vergüenza y el escándalo, Hugo…¡sos un desastre…! ¡Para qué te habré traído!

—¿Qué querés que haga Bety?

—¡Dejá de decirme Bety porque te dejo acá en medio de la nada!

Le asestó una cachetada en la espalda, y regresó al bar.

Apenas entró todos comenzaron a reír, excepto el cliente que recién entraba. Este parecía no encajar con el resto. Tenía una mirada adusta, elegante, pero recia. Flaco, pero fornido. Tenía los ojos entrecerrados, con las cejas enarcadas hacia arriba. Su nariz respingada y la expresión de su rostro parecía señalar que tenía ascendencia europea. Vestía un sobretodo gris, que le cubría las piernas al estar sentado.

“Demasiado fino para este bar de mala muerte”, pensó Beatriz. Se aproximó a la barra y sacó algunos billetes del bolsillo.

—Vamos a tomar algo, mami…–le gritaron desde una de las mesas.

—Dejen tranquila a la señora. Va a pagar las deudas de su marido–dijo el dueño del bar.

—¿Cuánto debe ese inútil?

—Unos cien pesitos, querida... mirá, Larrosa–dijo, señalando con la cabeza al cliente que recién entraba–aprendé... que tu mujer te pague los tragos…

El hombre sacudió la cabeza, aportando media sonrisa, desentendido de la situación.

Beatriz le arrojó una mirada fulminante.

—¿Larrosa? ¿Señor Larrosa? ¿Héctor Larrosa?–preguntó, con asombro.

—Si, el mismo. ¿Te conozco?–respondió el hombre, casi sin inmutarse. Todo parecía importarle poco y nada.

—No, señor... pero lo estaba buscando.

—Uh, Larrosa... te buscan las mujeres.–dijo el dueño del bar, divertido.

—¿A mi me busca usted? ¿Y para qué?

—Para un trabajo, pensaba ir a su casa. Me dieron su dirección.

—No vivo más ahí. Me corrió mi mujer hace... unas semanas.

—Disculpe, no sabía... necesito hablar con usted. Es un trabajo…

Él se acercó a ella. Olía una mezcla de tabaco con sudor de días. Sus dientes amarillentos revelaban días sin cepillarse. Su cabeza de cabellera cana brillaba en la oscuridad.

—No hago más trabajos…

—Pero usted me puede ayudar... le voy a pagar…

—Soy caro.

—Tengo dinero…–Beatriz sacó con precaución un billete de cien dólares.

—Interesante. Pero no... no estoy de humor para nada…

—¿Es por su mujer?

—¿Ahora sos consejera de matrimonios?

—No, disculpe…

Larrosa le dio la espalda, con el vaso de ginebra en la mano. Daba la sensación que era lo único que le importaba.

—¿Ni siquiera me va a escuchar?

—No.

Beatriz golpeó la barra con el puño con tal fuerza que hizo tambalear una botella de cerveza sobre ella.

—¿Usted es detective, no?

—Así dicen…

—Tengo un trabajo para usted... le voy a pagar bien. ¿No le interesa?

—En este momento me interesa este bello vaso de ginebra... beberlo y después beber otro, y así hasta que me canse.

Necesitaba a este detective. Zulma se lo recomendó, motivo suficiente para insistir o morir en el intento.

Pensó en Enrique. Pensó en sus hijos y la necesidad de descubrir la verdad de la muerte de su esposo.

Por ahora solo tenía la atención de sus anchas espaldas. Salió a la vereda, para verificar el estado de su hermano. Seguía en la misma posición.

Un charco de vómito delante de él evidenciaba su condición. Se acercó a él.

—¿Estás bien, Hugo?

Un gruñido fue la respuesta.

—Larrosa está ahí dentro.

—¿Quién?

—El detective. A quien vinimos a buscar.

—¿Está ahí? ¿En el bar?

—Si. En el bar.

Hugo pasó el antebrazo por su boca, se enderezó, tomándose la cabeza, y se acercó a ella.

—¿Ya se te pasó la borrachera?

—¿Quién dijo que estaba borracho?

—Mirá... no hagas que te saque la oreja de un tirón. Él se rió.

—Tranquila, Bety. Estoy bien... mirá…¿querés que haga equilibrio?

—¿Qué, trabajás en el circo también?

—¿Dónde está Larrosa? ¿Hablaste con él?

Beatriz se dio vuelta y caminó hacia el cordón cuneta, mirando para ver si pasaba algún taxi.

—Si... y la verdad que no quiere saber nada. Dice que…¿Hugo? Su hermano había entrado otra vez al bar.

—Pero…¿será posible? ah, esta vez me va a escuchar. ¡Lo voy a dejar acá, me voy! Tomando coraje nuevamente, entró al bar.

Hugo estaba conversando con Larrosa, abrazados y sonriendo. Beatriz estaba estupefacta.

VI

—¿Hugo?

Ambos se palmeaban, hablaban como grandes amigos, sonreían. Voltearon a mirarla.

—Ella es mi hermana, “Sucio”...

—¿”Sucio”?–preguntó ella, perpleja.

—Ya la conocí recién, “Enano”... no le caigo muy bien… Hugo largó una carcajada.

Beatriz seguía anonadada, sin comprender. De repente sintió un apretón fuerte en el brazo. Otra vez el mismo borracho que volvía al ataque.

—¡Soltame!–gritó.

Larrosa se levantó de su banqueta y sacó de un empujón al cargoso.

—¿Se busca problemas, querida? Mejor espere afuera a su hermano.

—Quiero saber como se conocen…

Hugo se acercó a ella y le habló al oído.

—Lo conocí en Villa María, cuando me llevó Enrique la última vez. Estaba al lado de la ruta, con el auto roto. Con tu esposo paramos, le dimos una mano. Conversando le dije que iba a Villa María, se ofreció a llevarme, paramos en un bar, nos emborrachamos juntos, y después no lo vi más hasta ahora.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque no sabía su nombre. Solo le decía “Harry el Sucio”, porque es parecido, pero nada más…

—Si, tiene un parecido notable...

Beatriz abrazó a Hugo con fuerza.

—¡Esto es un milagro!

Larrosa interrumpió el momento.

—Señora, disculpe que interrumpa el encuentro familiar…¿puedo seguir tomando con mi amigo, por favor?

Ella asintió.

—Esperá afuera–le pidió Hugo, guiñando un ojo.

VII

Frente al bar solo había un edificio de tres pisos y casas particulares. Cruzando la esquina brillaba un restaurante pequeño, llamado “El gitano”.

Sentada a una de las mesas tomaba un café Beatriz, observando sin distracción hacia el bar. Esperaba el momento en que aquellos dos decidieran salir, tambaleantes de ebriedad, con certeza.

En “El Gitano”, desde una pequeña radiograbadora sonaba un flamenco suave, Moritas Moras, de José Reyes y Manero Baliardo, acompañados por la insuperable guitarra de Manitas de Plata.

Aunque no entendía las palabras gitanas del lamento flamenco, la melodía le causaba una sensación de relajamiento inevitable.

No era la primera vez que escuchaba a Manitas de Plata.

Con Enrique, antes de casarse, cuando aún no llegaban los hijos, tenían una pareja amiga de gitanos. Los conocieron en un baile. Por lo general los gitanos son muy excluyentes, pero estos parecían un caso aparte. En varias ocasiones se juntaron con ellos a salir a los bailes, y antes de ir comían un buen asado, tomaban cerveza y escuchaban música. Ellos amaban el flamenco y la rumba gitana. Así conoció a Manitas de Plata.

Mientras escuchaba la melodía, el recuerdo le hizo derramar unas lágrimas. Eso y la “casualidad” del encuentro entre Hugo y Larrosa.

No podía asimilar lo increíble de la situación. Enrique estuvo con aquel que, posiblemente, investigara su muerte.

Mientras observaba por uno de los dos ventanales del restaurante, uno de los mozos se acercó a su mesa.

—Disculpe, señora, pero estamos por cerrar.

—Bueno. Dígame, ¿tiene idea a qué hora cierra el bar “Por una cabeza”?

—¿Qué bar, señora?

—No, ninguno. Gracias... termino mi café y me voy.

—Si, disculpe.

Bebió los últimos sorbos y salió a la vereda.

El reloj marcaba la una de la mañana. Hacía unas tres horas que estaban allí dentro.

Caminó, nerviosa, hacia el bar.

La noche estaba fría, las calles vacías y silenciosas. Soplaba una brisa suave, gélida.

Sintió un poco de miedo y lamentó no haber traído la cartera con el revólver.

No estaba más que a cinco metros de la puerta cuando de adentro salían abrazados Hugo y Larrosa. Tambaleando. A carcajadas. Hablando entrecortado.

Llegaron a la vereda, tropezaron y cayeron de cara al piso.

—¡Qué desgracia la mía!–se dijo Beatriz.

Ambos no dejaban de reír y de cantar una canción indescifrable. Larrosa se puso de pie como pudo, la miró fijamente y la señaló.

—Mirá quien vino, Enano…¡la cana!

Ella pensó si todo aquello no era una pérdida de tiempo.

¿Un borracho de cuarta era la persona que desmantelaría la muerte de Enrique? Pero Zulma no podría estar tan errada. Quizá el hombre estaba atravesando una crisis por la separación con su esposa. No tenía otra forma de explicar lo que sus propios ojos comprobaban.

Ayudó a levantar a Hugo, que apenas podía mantenerse en pie.

—¿Quiere que lo llevemos a su casa, Larrosa?–preguntó ella, con fastidio.

—¿Casa? ¿Tengo casa? No tengo más casa... mi mujer si... ella tiene casa... y el perro…¡mi perro! ¡Mi perro…! ¿cómo se llama mi perro? ah, se llama…¿cómo se llama?

Beatriz se puso al medio de ambos, pasó los brazos por sus hombros, haciendo de equilibrio. Larrosa medía unos diez a quince centímetros más que ella, por lo que le fue difícil poder sostenerlo.

—A unas cuadras está el hotel. Espero que no nos caigamos los tres.

Pero no fue así. Antes de llegar a la esquina cayeron de bruces sobre la fría vereda.

Beatriz maldijo en voz alta, mientras los dos se reían sin freno.

Se pusieron de pie. Ella, nuevamente, se puso entre ambos, para intentar sostenerlos.

—¿Cómo se llama mi perro? Mi mujer... mi perro... ah, yo ya le dije... no tomo más, mi mujer sabe que yo no tomo más... mi perro toma... toma... mi perro se llama…¿cómo se llama mi perro?

Las cuadras que los separaban del hotel se hicieron interminables. Y el discurso de Larrosa se repetía una y otra vez: el nombre perdido de su perro, su mujer, la casa, su promesa de no tomar más, llantos, risas.

Hugo en cambio parecía dormir caminando. No decía ni una palabra. Sus ojos estaban abiertos pero su alma parecía haber bajado las persianas hasta nuevo aviso.

Cuando llegó al hotel, Beatriz los dejó en la vereda y pidió ayuda al recepcionista.

—Esta vez le doy dinero si me ayuda.

—Por la plata baila el mono–respondió él. Subieron los dos borrachos a las habitaciones.

—Larrosa. Mañana cuando estés fresco me vas a deber una– le dijo ella.

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