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Índice
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Créditos
Oración
Introducción a la primera edición
Introducción a la segunda edición
1. Marco biográfico
2. Su paso por la presidencia de la Acción Católica Española
3. Presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas
4. Auditora en el Concilio
5. Diálogo ecuménico
6. Presidenta de las Organizaciones Internacionales Católicas
7. Una esperanza frustrada: la Comisión Pontificia sobre la Mujer
8. Acción política
9. Última etapa
Anexo I: textos escogidos de Pilar Bellosillo
Anexo II: testimonios
Bibliografía
Notas

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Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723
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© Mary Salas Larrazábal 2021
© Teresa Rodríguez de Lecea 2021
1ª edición publicada por
Federación de Movimientos de Acción Católica Española, 2004
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050
E-mail: ventas@sanpablo.es
ISBN: 9788428560566
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Printed in Spain. Impreso en España
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En el despacho de la UMOFC
Oración
Señor Dios y Padre nuestro,
te damos gracias por la fecunda vida de Pilar Bellosillo,
por su testimonio de entrega a la causa del Evangelio,
por su amor a la Iglesia,
por su trabajo intenso y responsable
en el camino de la renovación
en el espíritu del concilio Vaticano II.
Te damos gracias por el impulso
que dio al laicado eclesial
y por su implicación constante
en la promoción de las mujeres.
Confiados en su intercesión,
ponemos en tus manos
la gracia que te pedimos nos concedas,
y que nos hagas también a nosotros
testigos valientes y comprometidos de la fe.
Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor.
Amén.
De conformidad con los Decretos de Urbano VIII en nada se pretende prevenir el juicio de la Iglesia. Con las debidas licencias.
* Para comunicar favores y gracias: bellosillopilar@gmail.com
Introducción a la primera edición
Al comenzar a escribir este libro, buscábamos varios objetivos que, ahora, al finalizar el trabajo, queremos hacer presentes en esta introducción. Tratábamos, en primer lugar, de resaltar el nombre y la obra de una mujer que ha realizado una tarea de gran significado en la segunda mitad del siglo XX. Los acontecimientos han ido muy deprisa en los últimos cincuenta años, y su nombre ha quedado casi olvidado en la memoria actual. Sin embargo, su trayectoria afecta tanto a la vida española como a la internacional, en el terreno concreto de la evolución del pensamiento religioso acerca de las mujeres. En el cambio radical que tuvo lugar entre 1950 y 1970, los años que duró la enorme esperanza que significó la apertura de la Iglesia al mundo moderno, apoyada en la teología del laicado, el ecumenismo y los derechos de la mujer, Pilar ocupó un lugar de excepción en ese impulso. Hay que recordar que ostentó los más altos cargos, nacionales e internacionales, de diversas organizaciones católicas, y que fue elegida como auditora en el concilio Vaticano II, en la primera ocasión en que la Iglesia católica abrió las puertas del aula conciliar a las mujeres.
El ámbito de la Iglesia católica es y ha sido un entorno históricamente difícil para ellas, pero Pilar puso su empeño en una tarea fundamental: la labor del reconocimiento de la igualdad de las mujeres como tarea de justicia, en la Iglesia católica y también en otras Iglesias cristianas, a través del diálogo ecuménico. Fueron años en los que la creatividad y la fuerza del pensamiento religioso hacían que fuese escuchado con admiración y respeto por todo el conjunto de la sociedad, y esos planteamientos, propugnados desde muy diferentes situaciones ideológicas, han logrado hoy ser la base fundamental del pensamiento sobre las mujeres, tanto en medios civiles como religiosos. Pero en los años cincuenta era una tarea de gigantes poner sobre el tapete el cambio de mentalidad que eso significaba.
No era fácil la tarea de reconstruir hoy la biografía de Pilar. Hacía ya años que había dejado sus responsabilidades, y las instituciones a las que perteneció no han sido muy cuidadosas con sus archivos. Por otro lado, escribir sobre la vida de una persona es siempre una tarea ardua. Hay que tratar de compaginar los datos puramente biográficos y personales, con los del contexto que rodea al personaje, datos externos de circunstancias históricas que jalonaron de manera importante su vida; pero, además, se hace necesario tratar de percibir las intenciones, deseos y frustraciones que fueron acompañando a esos acontecimientos en el transcurso del tiempo.
Por eso, nos reunimos para trabajar, de manera complementaria, Mary Salas, amiga y compañera de Pilar Bellosillo, testigo presencial de muchos de los acontecimientos y debates que se narran en el libro, cuyos recuerdos personales y conocimiento de la personalidad de Pilar son, en algunas ocasiones, la única fuente de información de que disponemos para la narración. Y Teresa Rodríguez de Lecea, historiadora del pensamiento español, especialmente el religioso, que podía contextualizar muchos de los acontecimientos, valorar actitudes y plantear preguntas desde una perspectiva menos entrañable y más objetiva, para enmarcar unas situaciones que, de otro modo, hubieran podido quedar en el terreno de los sentimientos.
Se ha realizado una cuidadosa labor de búsqueda de documentos que tratan de dar al libro el valor de documento histórico. Se ha podido disponer del archivo personal de Pilar que su hermana Carmen guarda en el domicilio familiar, y que ha proporcionado las mayores facilidades para su consulta, además de sus propios recuerdos personales y los de los hermanos y sobrinos que la conocieron. En la medida que ha sido posible, hemos revisado los archivos de la Acción Católica, nacional e internacional, de la UMOFC y la documentación y bibliografía que aparece en el último apartado de este libro. Para la búsqueda de los artículos escritos por Pilar, hubo que repasar colecciones de revistas de diferentes épocas, a veces de difícil acceso. También hemos acudido a los recuerdos de amigas y amigos, como Carmen Victory, Ángela Rosa de Silva, Mary Quereizaeta, Sagrario Ramírez, Pilar Desfilis, Mary Carmen Aldeanueva, Enrique Miret y Jesús López, además de Claire Delva, Joaquín Ruiz Giménez, Ramón Sugranyes o Ruth Epting, que han dejado constancia por escrito de esa amistad en documentos que aparecen publicados como homenaje personal.
También debemos nuestro agradecimiento a Carlos Giner, que leyó el manuscrito, haciendo una serie de observaciones y comentarios totalmente pertinentes, que han sido incorporados al texto.
Por último, hay que decir que la confección de este libro ha sido, con todo, una tarea muy grata. La personalidad de Pilar tiene rasgos entrañables, que se han pretendido resaltar. Fue una gran trabajadora, muy eficaz, con una fina inteligencia que sabía prever muchas de las dificultades que iban a aparecer. Pero su carácter unía la tenacidad a la discreción. Incluso en su correspondencia personal no aparecen sino mínimos indicios de los contratiempos y disgustos que tuvo en su tarea. Por ello, tanto sus logros como sus fracasos carecieron de la resonancia que les hubiera sido debida, siempre en aras de no herir susceptibilidades y no romper el hilo que permitiría retomar el punto donde se dejó. Que este libro sirva como homenaje a su persona, a su obra y a la de todas las personas que la acompañaron en esa lucha.
Mary Salas Larrazábal
Teresa Rodríguez de Lecea
Introducción a la segunda edición
La segunda edición de un libro es siempre un motivo de alegría para los autores. Significa que su contenido sigue vigente, que es de interés, de actualidad, y que el lector desea seguir consultando la información que en él se describe. En este caso, la alegría es doble, porque el motivo de la reedición es el comienzo del proceso de beatificación de Pilar Bellosillo, la protagonista del libro. Por ello hemos añadido a la foto que encabeza esta edición, la Oración para rogar su intervención en favor de quienes lo deseen.
Y lo que más lamento es que Mary Salas, coautora de la primera edición de esta obra, ya no esté entre nosotros, porque su alegría sería inmensa, al ver a su amiga Pilar en trance de comenzar un proceso de reconocimiento de su buen criterio de pensamiento en la renovación de la Iglesia, de sus años de trabajo por la institución y de su bondad personal.
Pilar es símbolo de una época de la historia de la Iglesia española. Aunque no sea la única, ella fue la figura femenina emblemática más representativa de un cambio de época. No fue ella sola, los cambios históricos son demasiado importantes y nunca son producidos por una sola persona: siempre requieren un núcleo, mayor o menor, de compañeras que ayuden, alienten y compartan tareas, iniciativas, triunfos y derrotas. A su lado estuvo siempre, y es de obligación debida reconocerlo, desde un principio, desde las primeras tareas, Mary Salas Larrazábal. Fue la amiga fiel que siempre la acompañó, discreta pero eficazmente. Fue quien junto con Pilar realizó las iniciativas que ambas creaban sobre todo en una primera etapa, pero siempre, recibiendo confidencias, comentando problemas, alegrías y disgustos.
Mary fue quien tuvo la idea de escribir este libro, porque ella era consciente de la importancia de la figura de Pilar, y de lo que había significado en una etapa especialmente importante tanto para la historia de la Iglesia universal como para la historia de nuestro país, España. Mary tenía la información fundamental, o sabía dónde encontrarla. Puedo decir que, juntas buscamos documentación, a veces de difícil acceso, y yo me ocupé, sobre todo, de la tarea de situar el contexto, sobre todo el español y también, en menor medida, internacional. Vayan las líneas anteriores como homenaje y recuerdo de quien fue no solo autora, sino también en gran parte coprotagonista, del contenido de este libro.
Una vez dicho esto, quisiera dibujar algunas ideas sobre el significado de la tarea que realizó Pilar desde el ángulo propiamente dicho de su fe, su pensamiento religioso y su fidelidad a la Iglesia. Me apoyaré para ello en algunos textos escritos por Pilar, que aparecen en el Anexo I de este libro. Las referencias a los hechos y documentos concretos, que narran las vicisitudes diversas de su vida, están relatadas en los capítulos que siguen. A ellos se puede acudir para buscar información concreta.
Quiero destacar, porque en diversas ocasiones lo manifiesta ella con toda claridad y sin ningún tipo de duda, que la motivación de Pilar Bellosillo durante toda su vida fue siempre la fe, la motivación religiosa, el amor a la Iglesia: «Puedo aportar mi testimonio personal y el de tantas mujeres que en el mundo entero han descubierto en su fe la fuerza y la esperanza para luchar por la liberación de la mujer, por la liberación de los oprimidos. No han descubierto esta fuerza a partir de otros argumentos, aunque los respeten, sino directamente del Evangelio»1.
Visto desde la distancia que dan los años que han pasado, podemos observar que el gran mérito de Pilar es, sobre todo, haber sabido madurar su pensamiento y su fe, pasando desde un primer momento, en su juventud transcurrida en los años cuarenta del pasado siglo, cuando creció entre las «niñas bien, que hacían el bien» (así las describía Juan Manuel Bonet) de la Acción Católica de la España de la inmediata posguerra, la España del nacionalcatolicismo. Y desde ahí, no sin esfuerzo, evoluciona hacia una mentalidad más abierta, más universal, más tolerante, siempre generosa, absorbiendo las doctrinas que inspiraron el concilio Vaticano II y sumándose entusiastamente a ellas. Después, tras la euforia conciliar y la creatividad desarrollada por los movimientos seglares, llegó el gran parón en la evolución doctrinal y de actitudes en la Iglesia, algo que la afectó personalmente a ella, deteniendo las iniciativas que habían surgido de las aulas conciliares y que habían sido encargadas a los auditores. Pilar no se desalentó. Supo encontrar fuerzas, de nuevo, en su fe, y tomó otros caminos, en particular el del ecumenismo, y siguió trabajando, ahora también en compromiso con el momento político español de la transición hacia la democracia, poniendo de su parte todo el empeño en conseguir una democracia justa, de inspiración cristiana.
Si repasamos esas etapas vemos que, después de la guerra civil, la tarea de la Acción Católica estaba bien definida: «recristianizar» la sociedad española. Se trataba de una actividad preocupada por la liturgia, el cumplimiento de las normas eclesiásticas, la misa dominical, los bautizos y las bodas religiosas. Pilar, siempre comprometida, participa de forma activa en este tipo de tareas. Pero en los viajes a las diferentes regiones y en sus visitas a parroquias destrozadas por la guerra, percibe la miseria, el analfabetismo y la penuria en la que viven las mujeres. Y comienza la tarea de facilitar la educación de esas mujeres, una educación religiosa, de buenas maneras y buenas costumbres, pero también una educación práctica, que las haga más útiles para sí mismas y para sus familias, y les proporcione una seguridad en sí mismas, autoestima e, incluso, una incipiente autonomía. Los Centros de Formación Familiar y Social fueron unas primeras bases para lo que irá siendo el desarrollo de sus criterios y de su pensamiento.
A partir de 1952, cuando es nombrada representante de la Acción Católica española en la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, UMOFC, comienza una etapa distinta en la que el conocimiento del mundo internacional supone un enriquecimiento en la reflexión y maduración de un pensamiento que no se queda ya en los problemas locales sino que pregona la necesidad de ampliar horizontes, porque los problemas son de toda la humanidad2. Hay también un cambio de vocabulario, que refleja esa evolución: sigue hablando de la necesidad de promoción y educación de la mujer, rechazando la situación de minoría de edad en la que se encuentran en la sociedad, pero ya, también, encontramos enunciado como objetivo de su actividad, el de la «liberación» de la mujer.
En sus visitas a la ONU, a Unicef, y a otros organismos internacionales por razón de su cargo como presidenta de la UMOFC, que tiene estatuto consultivo en esas instituciones, y desde 1956, cuando se internacionaliza la Campaña contra el hambre, que será el origen de Manos Unidas, insiste en la necesidad de formar expertas que sepan resolver los problemas desde un punto de vista técnico, en la necesidad de estudio de los conocimientos profesionales y, también, de los conocimientos religiosos y en el estudio y el conocimiento de la teología, vedado en ese momento para las mujeres.
Y Juan XXIII anuncia la convocatoria de un concilio de la Iglesia católica. Es un momento efervescente de los grandes teólogos católicos: Marie Dominique Chenu, Yves Congar, Henry de Lubac, Karl Rahner, y otros teólogos cristianos que elaboran la teología del laicado, de la Iglesia como pueblo de Dios, la definición del compromiso temporal, la paternidad responsable. Los cristianos se sienten concernidos y entusiasmados, porque es un diálogo en la igualdad, en la madurez, sin vetos jerárquicos que impidan hablar. La encíclica Pacem in terris presenta una Iglesia distinta, fraternal, en diálogo con el mundo, no temerosa de él. Y entre los «signos de los tiempos» que señala el Papa, el ascenso del papel social de las mujeres. Las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC), que en ese momento preside Pilar, se alistan en esa nueva visión de la Iglesia y del mundo.
Cuando el papa Pablo VI nombra a auditores y auditoras seglares para la reunión conciliar, parece que culmina el ciclo de la teología que ha estado preparando una nueva forma de Iglesia en la que las mujeres están en pie de igualdad, y sus problemas son contemplados con sensatez en esa perspectiva. Pilar narra con emoción esas sesiones, en las que participa activamente. Cuando escribe su reflexión sobre lo que significó para ella esa etapa, refleja los tres puntos que más la impactaron en su experiencia del Concilio: en primer lugar, la mujer en los textos conciliares y la perspectiva «apasionante» que despertó sobre la responsabilidad y sobre el protagonismo del seglar en la Iglesia (p. 231). Un segundo punto es la dimensión ecuménica y el tercero, la importancia de la iniciativa privada en la Iglesia, es decir, la importancia de las OIC3.
Después llegaron las comisiones y el encargo de informes para poner en práctica las directrices del Concilio. Pilar participó en varias, con diferentes resultados, casi todos frustrados. La UMOFC organizó un coloquio en París, en abril de 1969, para hacer una aportación a la Comisión de revisión del Código de Derecho Canónico para que este considere a las mujeres como iguales en dignidad, responsabilidad y autonomía en la Iglesia. El Memorándum que confeccionaron nunca obtuvo respuesta del Vaticano.
También trabajó intensamente para que las OIC conservaran su autonomía e independencia, y no fueran a integrar una institución más de la Curia, es decir, sometidas a la autoridad y al control eclesiástico en sus decisiones, quitándoles su autonomía.
Y, por último, y sobre todo, de mayor importancia, Pilar fue nombrada miembro de la Comisión Pontificia sobre la Mujer en la Iglesia, encargada por Pablo VI. Trabajó en ella de manera activa y apasionada pero no pudo conseguir el objetivo de reflexión y renovación que se pretendía.
Todas estas frustraciones, que indudablemente tuvieron que afectarla muy dolorosamente, no consiguieron desanimarla en su amor por la Iglesia, su fe en Jesús y su vocación de servicio al mundo religioso.
«Las mujeres se preguntan por qué la gran fuerza liberadora del Evangelio ha estado en el curso de la historia tan condicionada y contenida. Por qué la actitud de Jesús con las mujeres y con todos los oprimidos, actitud verdaderamente revolucionaria en su tiempo, tan significativa y luminosa, ha perdido su fuerza y su significado en el curso de los siglos»4.
Además del brusco parón a esas iniciativas, llega también el relevo en las instituciones internacionales, lo que la afecta de manera directa, pero Pilar encuentra un nuevo camino para su acción de evangelización y para el desarrollo de su pensamiento cristiano. Dedica entonces su esfuerzo al Foro Ecuménico de mujeres, institución que había nacido a raíz del Concilio, con el encuentro de mujeres de diferentes confesiones cristianas.
El momento político en España está muy vivo. Y ella se siente concernida por la necesidad de actuar y posibilitar un gobierno democrático en nuestro país. Se adscribe a un partido político, todavía en la clandestinidad, con su amigo y compañero Joaquín Ruiz Giménez, en lo que será Izquierda Democrática.
En la explicación que se le solicita y que da acerca del porqué de esa última decisión de participar en la vida política, encontramos de nuevo, y más detalladamente, su motivación religiosa:
«He llegado, pues a la política y la política es para mí algo muy serio. Es un mundo totalmente distinto al que he vivido hasta hace poco. Lo primero que tengo que aprender es que hay “otros” que piensan distinto de mí. Esto no quiere decir que abdique de mis principios, pero sí que no puedo imponerlos a otros que no piensan como yo. Voy a actuar de acuerdo con mi conciencia, y mi conciencia es cristiana»5.
Si buscamos hoy en día la huella de todas esas actitudes y acciones, en nuestra visión actual de la religión y de la Iglesia, podemos ver en el pensamiento y la acción de Pilar Bellosillo la simiente precursora de un pensamiento que ha tomado derroteros distintos de los que ella y sus coetáneos previeron.
El papa Francisco ha retomado algunos de esos problemas y los ha reincorporado a los temas en revisión, en concreto, el de la mujer en la Iglesia.
Sería interesante poner en paralelo las iniciativas del Concilio y de Pilar, y la situación actual de la Iglesia del siglo XXI. Posiblemente no es difícil ver en ese relato las dificultades de la relación de la sociedad actual con la Iglesia.
En suma, Pilar Bellosillo participó en el proyecto de la construcción de una nueva Iglesia más fraternal, que se sienta partícipe de los problemas del mundo moderno y de la necesidad de abordarlos como problemas de toda la humanidad, entendiendo y respetando la pluralidad de posturas y creencias en la Iglesia. Su fe, su postura y su impulso, se condensan en estas frases:
«Iglesia de Cristo, ¡cuánto te queremos!
Y te deseamos permanentemente joven y hermosa, “habitada” por Él, que te hace fecunda.
Te queremos pobre, despojada de todo poder.
Te queremos libre, para que puedas tú, también, ser libertad.
Y damos gracias al Señor, porque ya, en muchas regiones del mundo eres Iglesia de pobres y de creyentes... Iglesia mártir.
Te queremos proclamadora de la Palabra.
Te queremos misterio de comunión, sacramento de salvación.
Te queremos reveladora y “desveladora” del mundo, del que es Luz de gentes, Jesucristo el Señor.
El único que salva»6.
Teresa Rodríguez de Lecea,
diciembre de 2020
1
Marco biográfico
Preámbulo
La biografía de Pilar Bellosillo hay que situarla en una determinada época española, dentro una generación profundamente marcada por la guerra civil de 1936 a 1939, y por el ambiente religioso que se desarrolló a partir del final de la contienda. La mentalidad del bando que resultó vencedor encontró en la Iglesia y la religión sus principales apoyos ideológicos de legitimación, de manera que toda la realidad social, en mayor o menor medida, se impregnó de una óptica en la que lo religioso era elemento principal. Estamos hablando de lo que se ha denominado y aceptado por los historiadores y sociólogos como el fenómeno del «nacionalcatolicismo»1.
La doctrina nacionalcatólica pretendía ocupar todos los ámbitos de la vida, no solamente el religioso, con un esquema totalitario que basaba en la Iglesia su verdad fundamental. En nombre de una interpretación de la doctrina eclesiástica tan conservadora como limitada, se realizaba una aplicación de sus presupuestos a la totalidad de la realidad, manteniéndose siempre en unos márgenes de estrechez, mojigatería e ignorancia. La identificación patria-religión, el rechazo a la modernidad y la vertebración de la sociedad política conforme a las doctrinas eclesiásticas, tres de los principales ingredientes teóricos del nacionalcatolicismo, posibilitaron, sin embargo, que se creara en la España de Franco un cierto marco de libertad para las asociaciones católicas. Esto funcionaba dentro del espíritu de confianza en y con la Iglesia, mientras se suprimía toda posibilidad no ya de crítica, sino de mínimo debate, para cualquier otra posición ideológica. El artículo 34 del Concordato de 1953 describió bien la situación: «Las asociaciones de la Acción Católica Española podrán desenvolver libremente su apostolado, bajo la inmediata dependencia de la Jerarquía eclesiástica, manteniéndose, por lo que se refiere a las actividades de otro género, en el ámbito de la legislación general del Estado». Únicamente quedaron fuera de esta permisividad las antiguamente llamadas «obras económicas y sociales», cuya actividad dentro de la Acción Católica siempre había resultado polémica2.
Esta mentalidad, impuesta por la fuerza de las armas y configurada como voluntad política por los vencedores con la ayuda de las altas jerarquías de la Iglesia oficial, fue utilizada como instrumento de dominación cultural. Lo que ocurrió fue que esa libertad mínima otorgada a los grupos religiosos permitió desarrollar poco a poco una manera de pensar coherente con una básica adhesión a la doctrina de la Iglesia, pero diferente de la interpretación que hacían los ideólogos oficiales franquistas.
A partir del final de la II Guerra Mundial, quedó abandonada totalmente en España la inclinación por el pensamiento fascista, y se trató de buscar otros apoyos, particularmente en la Iglesia. Comienza el período del «colaboracionismo católico», con el nombramiento de Alberto Martín Artajo, presidente de la Acción Católica Nacional, como ministro de Asuntos Exteriores. Esta nueva relación del régimen franquista con la Iglesia católica produjo una serie de consecuencias muy diferentes. Fue un proceso lento y se realizó con un gran esfuerzo personal, que motivó en algunos casos angustias y tragedias de los cristianos que no lograban compaginar las propias creencias religiosas con la versión que la Iglesia daba como la correcta, en consonancia con el pensamiento político del régimen. En otros casos, ese choque de conciencia provocó una profunda crisis de fe que desembocó en el total alejamiento de la Iglesia, además de un violento anticlericalismo. Y en otros más, como es el caso de Pilar Bellosillo, fue desarrollando paulatinamente una convicción personal que no solo no se alejaba de la fe cristiana, sino que por el contrario, se afianzaba en ella, consiguiendo una capacidad de discernimiento y de madurez que la hacían más viva y responsable.
Pero esta buena relación entre el gobierno y la institución eclesiástica provocó que, en esta temprana etapa del franquismo, los únicos grupos con libertad para reflexionar y discutir fueran los que se reunían en nombre de la religión. En cualquier caso, la confrontación con las propias limitaciones y contradicciones fue provocando en estos grupos la necesidad de ampliar un horizonte que se mostraba muy restringido. De ahí que una de las maneras, si no la principal, de abrir puertas hacia otros ámbitos intelectuales fue, como han confesado muchos de los protagonistas de esta época, la salida a los organismos internacionales y el consiguiente encuentro con las muy variadas interpretaciones del mundo y las realidades sociales, no solo seculares, sino también aquellas de índole estrictamente religiosa y cristiana, que tenían opiniones bien diferentes de las posturas oficiales de la religiosidad propuestas por las autoridades españolas.
Entre los grupos más intelectuales, los primeros contactos internacionales comenzaron en las Conversaciones de San Sebastián que convocaba Carlos Santamaría, adonde acudían teólogos franceses como el dominico Padre Dubarle. Unos años más tarde, las Conversaciones de Gredos, dirigidas por Alfonso Querejazu, fueron también lugar de encuentro y de debate de personalidades como Aranguren y Laín, aunque no tenían presencia cristianos del exterior. Hay que anotar que en ninguno de los dos grupos fue nunca convocada ninguna mujer, si bien habían aparecido ya destacadas figuras femeninas intelectuales como: Lilí Álvarez y María Campo Alange.
Entre las asociaciones de cristianos auspiciadas por las jerarquías eclesiásticas encontramos desde muy pronto los grupos restaurados de la Acción Católica, y un poco más tarde, las congregaciones marianas en el círculo de influencia de los jesuitas. Se trataba en ellas de continuar una educación y una vivencia religiosas más allá de los recintos escolares. Divididos en agrupaciones por Ramas: Mujeres, Hombres y Jóvenes, esta diferenciada en masculina y femenina, tenían una fuerte subordinación a la jerarquía episcopal. Según la caracterización de Miguel Benzo en una primera etapa, la anterior a la guerra, la Acción Católica tenía una actitud agresiva frente a la sociedad civil, a la defensiva de los derechos de la Iglesia. En esta segunda etapa, la que se denomina como nacionalcatolicismo, esa actitud se convirtió en una pastoral triunfalista, que deseaba poner de manifiesto la situación de cristiandad. En la tercera, a partir de 1950, la Acción Católica comenzó una «pastoral de testimonio», tratando de cristianizar a las personas y a las estructuras3.
Poco a poco, en un proceso que fue lento, se fueron potenciando unas actividades y unos debates inmersos en la corriente de ideas que fue desembocando en la preparación y posterior celebración del concilio Vaticano II. En toda Europa corrieron esos aires de aspiración a la libertad, pero durante los años 1945 a 1966 probablemente fue en España, por las circunstancias políticas antes descritas, donde tuvieron un eco más sonoro y repercutieron con impacto más fuerte en toda la sociedad.
Observándolo desde hoy, vemos que la base teórica se fue desarrollando sobre unas ideas-fuerza, apoyadas en las doctrinas de aquellos teólogos que fueron quienes prepararon los nuevos aires del Concilio. En primer lugar, hay que nombrar la teología del laicado, trabajada por el teólogo dominico francés Yves Congar4, que destacaba la responsabilidad de todos los miembros, laicos y clérigos en el gobierno y la marcha de la Iglesia. Suponía una llamada a la autonomía de la conciencia del laico, considerado hasta entonces como un menor de edad. Ello conllevaba, sin duda ninguna, una puesta en cuestión del argumento de autoridad que utilizaba la jerarquía eclesiástica.
En segundo lugar, esto ponía sobre el tapete una nueva concepción más igualitaria de la Iglesia como pueblo de Dios. El desarrollo de esa tesis había sido expuesto por Henri de Lubac, en Meditación sobre la Iglesia5. No faltaron teólogos españoles que recogieran esos nuevos aires y publicaran las nuevas ideas: entre ellos, Miguel Benzo, consiliario de la Junta General de Acción Católica, que publicó unos años más tarde Teología para universitarios6, uno de los libros más leídos y discutidos por todos los militantes cristianos de esa generación.
En tercer lugar, la idea de la libertad religiosa, que se abría paso en el debate de las sociedades europeas secularizadas, era una necesidad sentida en la España nacionalcatólica de Franco. La situación de las otras confesiones religiosas, totalmente marginadas, era una grave afrenta a la conciencia de los católicos. El libro del jesuita alemán, Karl Rahner, Sobre el apostolado seglar. Escritos de teología7, defendía directamente el respeto a todos los hombres, en la intimidad de sus creencias.
Posteriormente potenciado por el Concilio, la necesidad de diálogo entre católicos y cristianos de otras confesiones primero, y luego con no creyentes y también con los marxistas, se abría paso en una España en la que el adjetivo «marxista» era sinónimo de persecución y prisión, pero cuyo compromiso obrero y social causaba respeto y admiración a los cristianos más concienciados.
Además de estas tres ideas, que iban creando un ambiente de cada vez mayor contestación a la España oficial, surgió, paralelo a ellos, el tema de la mujer. En el ambiente reaccionario y tradicional de la España de Franco, la Sección Femenina de Falange, dirigida por Pilar Primo de Rivera, marcaba las pautas de conducta de las mujeres españolas, especialmente en los ambientes rurales. La conservación de las tradiciones, la sujeción de la mujer al varón, fuera padre, hermano o marido, y la educación exclusivamente de cara a las tareas familiares eran las directrices fundamentales.
La figura de Lilí Álvarez destacó muy pronto cuando apareció su libro En tierra extraña8, que en dos años alcanzó cuatro ediciones. En él defendía el papel de los seglares dentro de la Iglesia, incluidas las mujeres en pie de igualdad y no de minoría de edad. También el libro de Mary Salas, Nosotras las solteras9, planteaba la teología del trabajo como realización personal y no como castigo bíblico, reclamando para las mujeres un papel social profesional. Se respiraba en ellos una religiosidad y teología vividas antes que estudiadas y aprendidas.
La Rama de Mujeres de Acción Católica había tenido una inflexión más piadosa, continuando con su trayectoria anterior a la guerra, pero evolucionó, en general, con arreglo a esas mismas pautas que hemos descrito. En ese contexto, el gran mérito de Pilar Bellosillo, junto con la mayoría de las dirigentes que la acompañaron, fue el de variar el punto de mira desde una religiosidad centrada en lo litúrgico y las obras de caridad, de la mano de esa espiritualidad seglar y la autonomía de la conciencia, hacia una «promoción de la mujer», que fue abriendo progresivamente nuevas ideas hacia la igualdad con los varones, tanto en los derechos como en las responsabilidades.
Podemos decir que el tema de la mujer fue un tema estrella que fue abriéndose paso cada vez con más fuerza a lo largo de esos años. Al principio, necesitaba buscar y encontrar apoyos en los textos de los papas, sobre todo en Pío XII y Juan XXIII. Cuando este último, en la encíclica Pacem in terris lo proclamó como uno de los «signos de los tiempos» que caracterizan la sociedad actual, la centralidad e importancia del tema logró su punto álgido. Pero la igualdad de la mujer, proclamada por el concilio Vaticano II y defendida por Pablo VI en diferentes ocasiones, encontró en el posconcilio fuertes resistencias para su cumplimiento, al igual que todos los temas que habían aflorado en aquel ambiente de libertad: la importancia del laico en la Iglesia, la voluntad del ecumenismo y el diálogo con los no creyentes. Sin embargo, se hacía ya muy difícil una vuelta atrás, regresar a la situación anterior de sometimiento ciego a los dictámenes de la jerarquía.
Conviene señalar que ese período, que podemos enmarcar entre los años cincuenta hasta los setenta, fue de una riqueza y una profundización religiosa extraordinarias. Los textos de los teólogos, tanto los arriba citados como muchos otros que fueron surgiendo, eran leídos con mucha atención y cuidadosamente comentados y discutidos en los grupos cristianos. Y si bien es cierto que los aires renovadores del concilio Vaticano II fueron frenados desde muchos ángulos por la propia Iglesia católica, tampoco podemos negar que la crisis de autoridad, la honestidad en la autocrítica y la libertad de conciencia que inauguraron y, en definitiva, la nueva concepción de la Iglesia como pueblo de Dios, no perdieron ya fuerza dentro de la comunidad cristiana. Las jerarquías eclesiásticas más conservadoras que pretendieron parar ese proceso, desautorizaron a dirigentes laicos y a consiliarios en un proceso que provocó una tremenda crisis durante los años 1966 y 1968, que desembocó en la práctica desaparición de aquellos movimientos seglares, en particular, de la Acción Católica. Consiliarios de tanto prestigio intelectual y moral como Miguel Benzo, Felipe Fernández Alía y Juan Gaztañaga fueron cesados y sustituidos por otros de menor compromiso y conflictividad.
Pilar Bellosillo, la dirigente española de mayor rango internacional actuó en ese momento como portavoz de la Acción Católica con el papa Pablo VI, tratando de que por lo menos no ignorase la gravedad de la situación. Su postura fue la de buscar una mediación a un conflicto que desgarró profundamente la conciencia eclesial de los cristianos del momento. Y si bien no consiguió resultados espectaculares, fue a raíz de su intervención cuando el Papa comenzó a nombrar obispos auxiliares en las diócesis españolas, que fueran relevando a la vieja generación vinculada todavía fuertemente al franquismo. Aquella crisis de la Acción Católica constituyó una más de las rupturas de la Iglesia oficial con la sociedad civil que se vienen produciendo en España en los últimos siglos, solo que esta vez, con los grupos cristianos propiamente dichos. Suceso que, sin duda, hay que poner en el origen de la difícil relación que se establece actualmente entre Iglesia y sociedad. Claramente, la profunda revisión de la Iglesia que significó el Concilio desde una renovada perspectiva religiosa y su voluntad de respeto a lo secular no tuvieron igual eco en la jerarquía y en los cristianos de base.
Esta etapa de crisis fue vivida plenamente por Pilar. Y su evolución y su comprensión del sentido de la vida y de las cosas vistas desde hoy se enmarcan a la perfección en las preocupaciones de la crónica de esa época. Tuvo el mérito y la suerte de vivir esos cambios desde una posición privilegiada de dirigente de movimientos católicos internacionales. Pero en un proceso que evolucionó muy rápidamente y que para muchas personas fue excesivo y desbordó su capacidad de asimilación, Pilar supo mantener una postura digna y coherente, sin poner en cuestión su fe ni su amor a la Iglesia, recogiendo, asumiendo y edificando las nuevas situaciones y valores que se presentaban, con una gran serenidad y capacidad de encaje.
Datos personales
Pilar había nacido el 22 de diciembre de 1913 en Madrid, en una familia tradicional de estirpe soriana. Según ella misma nos dice, su padre era un católico de talante liberal y su madre tenía una fe de estilo más tradicional10. Ella era la segunda de 8 hermanos, en un entorno familiar muy unido que fue muy importante para ella. En todos sus escritos autobiográficos aparecen alusiones a la gran familia que la rodeaba: abuelos, tíos, primos y primas, sobrinos y sobrinas. En septiembre de 1984 llegó a reunirse con 375 entre todos ellos. El lugar de encuentro, la casa familiar de los abuelos, la cual está en una aldea soriana, Derroñadas, que apenas aparece en los mapas, lejos de cualquier pueblo grande. Allí acudía todos los veranos y períodos de descanso, y cuando no podía hacerlo por tareas diversas, confiesa que lo añora, que echa de menos tanto el entorno natural, que le da paz, que le inspira ideas de integración en la naturaleza, muy importantes también para comprender el ritmo de su pensamiento, como la compañía familiar, que le da soporte afectivo, seguridad y equilibrio.
En ese ambiente sitúa Pilar también, el nacimiento de su fe cristiana. Fue una profunda creyente, con una fe sólida en Dios, expresada meridianamente en todos sus escritos, tanto en los íntimos, como en los que presentó al público. Gozaba de una gran confianza en la figura de Jesús que la mantuvo mientras vivió, convencida del sentido y la importancia de su tarea y de su vida, y que permaneció a pesar de los avatares y disgustos que la institución eclesiástica, por la que tanto trabajó, pudo producirle.
Sus primeros estudios los realizó en la propia casa familiar, con maestras particulares, y después de un curso en el colegio de la Asunción de Madrid, hizo la carrera de Magisterio en la Academia Véritas, de la Institución Teresiana entre los años 1931 y 1935. Allí conoció personalmente al padre Pedro Poveda11, del que recuerda que «estaba por la promoción total de la mujer». «Ahí está –nos dice–, el inicio de mi personal liberación: cuando soy capaz de definirme como alguien libre y responsable y voy progresivamente tomando conciencia de mi grandeza y dignidad». Define como características de la educación de las teresianas la formación humana al mismo tiempo que la formación cristiana, junto con una gran fe en Dios expresada en todos los ámbitos de la vida.
También realizó estudios de Asistente social en la Escuela de Formación Familiar y Social, de la calle Lagasca de Madrid, regentada por miembros de Les Filles de Marie, y comenzó a trabajar, antes de la guerra, como voluntaria en una academia para obreras gestionada por la Acción Católica. Cuando la situación política fue haciéndose más y más tensa, marchó a Portugal con su madre y sus hermanos. Sin embargo, Pilar tuvo tiempo de presentarse a unas oposiciones a magisterio en el mes de julio de 1936, que aprobó, pero cuya actividad, a causa de la guerra, no llegó a ejercer nunca12.

Con Pablo VI en la etapa posconciliar
La familia pasó de Portugal a Bilbao cuando ya había sido tomada por el bando nacional y allí fue nombrada presidenta parroquial de las Jóvenes de Acción Católica de Algorta. En el año 1938, en plena guerra, asistió en Zaragoza a un cursillo de dirigentes juveniles, que podemos decir que decidió su destino, porque desde entonces se comprometió definitivamente con Acción Católica, donde ininterrumpidamente desempeñó cargos nacionales hasta el año 1964.
La familia se había instalado ya en Madrid, donde Pilar vivió toda su vida, salvo las largas temporadas en las que por sus obligaciones internacionales tuvo que residir en París y en Roma. Así, desde 1951, cuando fue elegida como miembro del Consejo de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC), residía a temporadas en París, en un apartamento facilitado por esa institución. Y, durante las sesiones del Concilio, en Roma, en una residencia de religiosas.
Sus amistades más íntimas estuvieron entre sus compañeras de Acción Católica: tanto de la primera etapa en las Jóvenes, como Mercedes Baceta y Carmen Vallina; y también en las siguientes: Mary Salas, Josefita Martín Sampedro, Carmen Cachot, Sagrario Ramírez, Esperanza Gutiérrez y Carmen Wirth. Este fue también el equipo de dirigentes que renovó la Rama de Mujeres de Acción Católica. Más tarde, Carmen Victory la sustituyó como presidenta nacional, cuando las obligaciones internacionales hicieron imposible compaginar ambos cargos.
También hizo gran amistad con el sacerdote francés monseñor Lamoot, primer consiliario que encontró en la UMOFC y con su sucesor, monseñor Antonio Ramselaar, sacerdote holandés, que fue perito en el Concilio, con quien intimó de manera extraordinaria. Cuando Ramselaar cumplió 80 años, Pilar le dirigió una emotiva carta narrando algunas de las vicisitudes que habían vivido juntos. Entre ellas podemos destacar por su interés su ayuda en la elaboración del Memorándum que la UMOFC realizó y presentó, a través del Consejo de Laicos, a la Comisión Pontificia para la revisión del Derecho Canónico. Durante esa etapa, en que Pilar vivió diversos acontecimientos importantes, como aquel coloquio sobre Derecho Canónico, la elaboración del Programa de Educación liberadora, en Turnhout (Bélgica), y el Congreso de Dar es Salam, Ramselaar era consiliario de la UMOFC y ambos, estrechos colaboradores. Durante un largo viaje por África, la madre de Pilar estaba muy enferma y, al no haber facilidad de comunicaciones, su hermana Carmen le enviaba a diario un telegrama, allá donde estuviera, para mantenerle informada de la situación. Ramselaar aparecía siempre al lado de Pilar cuando llegaba el telegrama, sin duda temiendo lo peor, para reconfortar a su amiga13.
A él achaca Pilar el cambio fundamental desde el concepto de caridad al de justicia, para hablar del tema de la mujer. La justicia tiene como base la libertad, mientras que la caridad, importante para determinar la finalidad de la vida, por el amor que contiene y significa, resulta fundamental para el desarrollo religioso, pero no para resolver el tema de la mujer. Ramselaar publicó un libro, La Justice dans le monde, en el que expone estas diferencias teóricas básicas para una nueva directriz de la acción de la UMOFC.
Mantuvo también amistad fraternal con Marie de Rostu, de Les Filles de Marie, a quien conoció en su cargo internacional y que fue quien la preparó como sucesora en el cargo de presidenta de la UMOFC y la acompañó después como vicepresidenta, apoyándola en los momentos difíciles. También Claire Delva, miembro del Consejo de la UMOFC como presidenta de la Asociación Internacional de Caridad, que participó con Pilar en la Comisión Pontificia para el Estudio de la Mujer en la Sociedad y en la Iglesia. Y Denise Peeters, representante belga en el Consejo de la UMOFC, que trabajó con ella muy especialmente en el programa de la Promoción de la Mujer. Grandes amigos suyos fueron Ramón Sugranyes de Franch y Joaquín Ruiz Giménez, los dos españoles que precedieron a Pilar como presidentes de la Conferencia de las Organizaciones Internacionales Católicas (OIC).
Pilar realizó infinidad de viajes, por razón de sus cargos. Pero cabe destacar tres largos recorridos, dos por Sudamérica y otro por África. El primer viaje a América lo realizó en 1957 con la secretaria de la UMOFC, Mlle. Saint Maurice y con Carmen Wirth, vocal de la UMOFC en España. Fue un viaje de promoción de esa internacional en aquel continente. Con este objetivo recorrieron diferentes países de Sudamérica.
El segundo viaje a América tuvo como motivo una reunión de las OIC en Buenos Aires, que la UMOFC aprovechó para estimular programas de educación para la mujer por todo el continente. Acompañaban a Pilar Mary Salas, responsable de la Comisión de Educación; Carmela Rossi, vicepresidenta general, y Elena Cumella, vicepresidenta para América Latina. Pasaron a Colombia, Venezuela y México.
El viaje a África14 se realizó en 1968, con una duración de quince días. En Kinshasa hubo una reunión de las OIC de africanos francófonos, poco después de la independencia, en la que estuvieron presentes Pilar y Mary. A la vuelta se detuvieron en Camerún, Costa de Marfil y Senegal donde trabajaron el tema de promoción de la mujer con las representantes de la UMOFC en estos países, para planificar el programa de educación liberadora. Más tarde todos estos trabajos se recogieron en la reunión de Turnhout, en el que cada región presentó su programa.
Temas fundamentales en la vida de Pilar
Al realizar una visión de conjunto de la vida de Pilar Bellosillo, se puede ver con claridad que hubo una serie de temas que primaron en su interés y que fueron los que orientaron su vida y su obra. Podemos señalar fundamentalmente tres.
El tema de la mujer
Pilar estuvo desde muy pronto inquieta y preocupada por la situación de las mujeres. En la época de la posguerra española, época de necesidad y de hambre, el impacto era muy evidente: las mujeres eran quienes más duramente sufrían esa situación de precariedad, por un lado, por su condición de madres y de cuidadoras tradicionales de las necesidades de la casa y de los hijos; y, por otro lado, por su falta de preparación y educación para atender unos problemas que necesitaban de mayores conocimientos y habilidades que los que habitualmente se les habían proporcionado.
Desde su puesto en Acción Católica, primero en las Jóvenes, después en Mujeres, fue cambiando el sentido de las actividades de los grupos: desde una tónica de actividades piadosas, de celebraciones litúrgicas con mucho cuidado formal y poco contenido teórico, fue impulsando actividades con carácter más social: centros de educación, academias para obreras, etc. El horizonte de actividades se fue enriqueciendo y, desde unas tímidas incursiones en el mundo de la realidad circundante, se pudo ir evolucionando hacia una llamada de atención muy fuerte, muy rotunda a que el catolicismo, el cristianismo, la religión, no puede quedarse en posturas estéticas y espiritualistas. La Semana-Impacto fue la herramienta que años después, institucionalmente, se arbitró para que todas las integrantes de la Acción Católica tuvieran una semana, por lo menos, de reflexión, estudio y toma de decisiones acerca del lugar a ocupar en el entorno social que les rodeaba.
El sentimiento de solidaridad con las mujeres fue en Pilar muy temprano. No encontramos nunca en sus escritos, en ningún sentido, ni a favor ni en contra, comentarios acerca de los problemas políticos del momento ni de las dramáticas situaciones creadas por la guerra. No hace mención a vencedores y vencidos. Sus alusiones son a las necesidades materiales que encuentra a su alrededor, alusiones discretas y atentas a no herir la sensibilidad de quienes está hablando. Y su convencimiento de que las actividades espirituales no pueden salir adelante si las necesidades materiales no están resueltas. Ante ese panorama, hay que resaltar la convicción de Pilar de la importancia de la iniciativa de las mujeres y de su responsabilidad en la posible superación de esa situación.
Examinando su trayectoria, podemos ver que la experiencia en la España de la década de los años cuarenta, en la Rama de Jóvenes y luego en la de Mujeres, le acerca a unas determinadas necesidades y problemas, y le hacen elaborar, junto con el equipo de amigas y colegas de la Acción Católica, unas posibles soluciones que, por otro lado, serán fundamentalmente las mismas que más tarde aplicará a situaciones de otros países, cuando tenga responsabilidades internacionales.
Se trata de soluciones y estrategias basadas en el sentido común, sin grandes proyectos ni campañas, pero que van asentando sólidamente unas herramientas de trabajo y, sobre todo, la apelación a la educación y a la responsabilidad de las mujeres.
La mujer y la Iglesia
En realidad, es este un segundo tema en conexión directa con el anterior. Pilar fue madurando sus ideas sobre la mujer, expresadas en cursillos, conferencias y escritos, que eran criticados y matizados tanto por la práctica que desarrollaba en los centros que la Acción Católica iba creando, como por convicciones teóricas que se iban haciendo cada vez más maduras y firmes, al contacto con diversas instancias del más alto nivel académico. No es de extrañar pues, que cada vez fuera más evidente la contradicción que las teorías de la Iglesia mantenían con su práctica. Esa contradicción se manifestó públicamente en el concilio Vaticano II. Pilar estaba presente en el aula conciliar y allí quedó puesta de relieve esa contradicción, de manera flagrante. De esa manera, a partir de ese momento, las mujeres católicas que tenían alguna representación eclesiástica se pusieron a la tarea de lograr que se llevara a la práctica la convicción de la dignidad de la mujer y de su igualdad con los varones.
La experiencia del concilio Vaticano II impactó fuertemente toda una época, toda una generación. La experiencia personal que Pilar nos cuenta fue espléndida: ver el debate y la discusión abierta sobre temas de trascendencia tanto para la Iglesia como para el mundo. Por otro lado, la extrañeza de los padres conciliares al ver allí a un grupo de mujeres, y casi no saber cómo tratarlas, pero manteniendo una relación de igualdad que, como dice Pilar «por lo que conozco, no ha tenido continuidad». Allí eran las mujeres las consultadas para los temas que las concernían, porque: «Nosotros, decía el patriarca Máximos IV, tenemos complejo de viejos solterones» (Conclusiones del primer día. Sugerencias). También en el Concilio se incrementa para Pilar, la relación con importantes intelectuales españoles y extranjeros, creyentes de otras confesiones religiosas.
Su pensamiento respecto a ese tema está descrito en un artículo con el expresivo título «Justicia para la mujer dentro de la Iglesia»15. Sin embargo, ese texto fue publicado en 1971, es decir, después de que hubieran ocurrido los múltiples desaires y la marcha atrás de las posiciones de la Iglesia con respecto a los intentos de las mujeres de lograr una reforma de la situación de la mujer dentro de la institución, tal y como se explica en los capítulos siguientes.
Pilar nunca habló de sí misma como feminista. Al contrario: en esos años esa palabra significaba desgarro, ruptura, violencia. Ella nunca creyó en la posible eficacia de tales conductas. Siempre fue sensata, comedida; reflexionaba largamente cada decisión. Sin embargo, una vez tomada una postura, la llevaba adelante por encima de todo. Tenía constancia, una lógica de sentido común que proporcionaba solidez al trabajo bien hecho y bien pensado, por tanto, sin vuelta de hoja. Tuvo conflictos muy fuertes, con el episcopado español y con la Curia romana. Pero formalmente siempre tuvo la discreción, el cuidado de no hacer un escándalo de ello.
Tal actitud le sirvió para no romper la relación con una estructura, la eclesiástica, tan formal, tan jerárquica, tan estructurada. Porque tal ruptura hubiera significado el fin de la actividad central de Pilar y también la renuncia a su objetivo a largo plazo, es decir, actualizar, modificar, renovar el papel de la mujer en la Iglesia.
Un profundo amor a la Iglesia
Pilar se presenta como una persona profundamente religiosa, que orienta su vida desde muy pronto hacia el servicio de la Iglesia. Su fe es profunda y sencilla, en el sentido de que no es una fe atormentada, que busque respuestas a problemas, como fue tan habitual en una etapa en la que el existencialismo estaba presente en todas las cuestiones, y especialmente en las religiosas, sino más bien una práctica cotidiana y confiada en las enseñanzas de la Iglesia, sin grandes problemas teóricos. Su interés y su misión, tal y como las vio con claridad, consistieron en potenciar a la Iglesia desde dentro y en tratar de desarrollar esas enseñanzas que recibía con la misma lógica interna que llevaban dentro de sí mismas. Como muchos otros católicos reflexivos y consecuentes, quedó deslumbrada con la convocatoria del concilio Vaticano II, y hace suyos sus objetivos: renovar la Iglesia, evangelizar el mundo y rehacer la unidad visible de los cristianos.
Pero ese deslumbramiento, y el entusiasmo que llevaba consigo, quedó puesto a prueba de manera verdaderamente dura en el posconcilio. Las afirmaciones literales que se habían hecho en el aula conciliar y, desde luego, la lógica interna que soportaba aquellas afirmaciones quedaron contrariadas en muchos aspectos. Algunos de ellos, como el tratamiento del tema de la mujer dentro de la Iglesia, con una grave falta de coherencia que, en el caso de Pilar, dado el entusiasmo por el tema y los puestos de relevancia, que ella tenía en las organizaciones internacionales dependientes de la Iglesia, suponían una fuerte decepción incluso a nivel personal.
Sin embargo, es admirable ver que nunca deja Pilar de confiar en la Iglesia de Cristo. Habla de momentos difíciles, incluso «dramáticos», pero jamás se le ocurre –por lo menos no lo dice–, que eso pueda ser motivo para marcharse de la Iglesia, o para pasar a una actitud pasiva, ante tamañas dificultades.
Por el contrario, Pilar toma siempre decisiones de prudencia y discreción, optando por no dar al público noticia de las graves anomalías de la Comisión Pontificia sobre la Mujer, en aras de no dañar a la Iglesia. Una decisión que puede ser opinable, de la que se puede discrepar en cuanto a la funcionalidad de cara a lograr los objetivos que se proponía, pero que tiene la clara y siempre sostenida intención de su amor a la institución. No se trata únicamente de un silencio pasivo, sino que, inmediatamente, se pone manos a la obra en los terrenos que para ella eran prioritarios: el ecumenismo y la labor eclesial, entendida como labor de comunidad, lo más amplia, numerosa y plural posible. Aquella primitiva solidaridad con las mujeres, nacida de la mirada de las necesidades y problemas que acuciaban en momentos duros en cuestiones materiales, se va convirtiendo a lo largo de su vida en una solidaridad profundizada en lo que las mujeres son capaces y deben hacer en un mundo que tiene sus dificultades, a veces enormes, pero siempre con posibilidad de ser superadas. En una de sus últimas intervenciones llamaba a esa Unión Mundial de Mujeres, dentro de la Iglesia y fuera de ella.
Por eso, termina la reflexión sobre su vida, con la frase, «al final de esta jornada, tenemos que decir al Señor que estamos dispuestas a empezar de nuevo»16.
2
Su paso por la presidencia de la Acción Católica Española
Pilar Bellosillo entró a formar parte del Consejo de Jóvenes de Acción Católica después de un cursillo realizado en 1938, en Zaragoza, en plena guerra civil. A los 25 años tomó la decisión de dedicar su vida totalmente a la Iglesia, propósito en el que perseveró y que realizó de manera ejemplar a lo largo de toda su existencia.
Presidenta nacional de las Jóvenes
En 1940 fue nombrada presidenta nacional de las Jóvenes de Acción Católica en sustitución de María Madariaga que, por cumplir la edad reglamentaria, debía pasar a la Rama de Mujeres. Esta sustitución no fue fácil porque María Madariaga había sido una presidenta con una personalidad muy marcada y Pilar Bellosillo llegaba con poca experiencia. Sin embargo, con su buen hacer, su sencillez y su don de gentes, tardó poco tiempo en hacerse aceptar. Tenía el claro propósito de crear un equipo de trabajo, en el que figuraron, entre otras, Mercedes Boceta y Juanita Espinós como vocales de Propaganda, Carmen Enríquez de Salamanca y Mª Luisa Fuertes que organizaron el secretariado de Universitarias, Mary Muñoz como tesorera y Carmen Vallina.
Recién acabada la guerra civil la tarea más inmediata era reconstruir la Acción Católica. En primer lugar, las propias oficinas del Consejo Nacional. Las dirigentes nacionales de las Jóvenes de Acción Católica al tener acceso a su sede social en Madrid se la encontraron completamente saqueada. Hubo que reconstruir todo desde la primera ficha hasta el último mueble, según frase que consta en la memoria correspondiente. El día 26 de abril de 1940 se inauguró el nuevo secretariado con una misa oficiada por el vicario de Madrid-Alcalá y la asistencia de dirigentes nacionales de todas las Ramas y de la Junta Técnica. El consiliario de la Acción Católica, Félix Bueno, obispo de Tortosa, bendijo los locales.
También fue preciso reconstruir la Acción Católica en las diócesis en las que había desaparecido a consecuencia de la larga contienda. Ello obligó a Pilar Bellosillo a realizar numerosos viajes de propaganda y a tener intervenciones públicas en diferentes localidades de España. En la memoria del año 1942 se afirmaba que esta propaganda había sido especialmente intensa, y se habían celebrado cerca de 350 actos en distintas diócesis. Pilar Bellosillo viajaba habitualmente con Mercedes Boceta, que era la secretaria del Consejo Superior. En 1942 visitaron juntas Ceuta, Melilla y Tánger, que entonces era un protectorado bajo la tutela de España. Allí quedaron muy impresionadas de la atención que los franciscanos dedicaban a la Acción Católica.
Entre estos actos públicos eran muy relevantes las ceremonias de apertura y clausura de curso, las imposiciones de insignias a las nuevas socias, a menudo con escenografía muy espectacular, jóvenes ataviadas con traje negro y mantilla, autoridades y banderas. Existen numerosas fotografías donde puede verse a Pilar Bellosillo llevando dicho atuendo.
Pero ya por entonces se iba viendo que era preciso que las actividades no se limitaran a la tarea de reconstrucción. Al ver la situación de la España de posguerra, el espíritu apostólico que movía a aquellas jóvenes exigía iniciar nuevas obras e intensificar la formación de la juventud a través de círculos de estudio, conferencias y cursillos, academias nocturnas, etc. La educación como instrumento de superación fue una constante que marcó para siempre a Pilar. El Consejo Superior de las Jóvenes de Acción Católica impulsó los estudios y programas sobre dogma, moral y liturgia. Se inauguró también una biblioteca que se inició con 500 volúmenes y se comenzó la publicación de diferentes revistas: Circular de dirigentes. Normas y Orientaciones, cuya tirada total en conjunto fue de 50.000 ejemplares. Solo en el año 1940, como consta en la memoria correspondiente, fueron 1.181 los centros en que se celebraron círculos de estudios con un total de 32.296 sesiones de trabajo, 242 cursillos y 1.639 conferencias.
Las Jóvenes de Acción Católica organizaban numerosos actos piadosos: tandas de ejercicios espirituales a los que asistían miles de asociadas y de simpatizantes, retiros, peregrinaciones, misas de comunión como entonces se decía, porque al ser obligatorio el ayuno total desde la noche anterior para poder comulgar, había misas tardías en las que no se distribuía la comunión.
Pilar Bellosillo se ocupó también de la acción en favor de las jóvenes obreras. Se crearon centros especiales para ellas y academias de formación similares a las que habían existido en la etapa anterior a la guerra, para las que se redactó un reglamento.
En 1942 se inició la acción con jóvenes universitarias. Carmen Enríquez de Salamanca, que acababa de licenciarse en Filosofía y Letras, fue encargada de su organización. Se actuó con gran minuciosidad buscando en cada universidad las mejores candidatas posibles para ofrecerles asistir a un cursillo de formación que tuvo lugar en Algorta, en el colegio del Sagrado Corazón, en julio de 1942. Fue seleccionado un grupo entre las jóvenes que reunían dos condiciones: tener buen expediente académico y contar con la recomendación de dos instituciones de su localidad. Las clases fueron impartidas por profesores muy prestigiosos: Manuel García Morente, Alejandro Martínez Gil y Salvador Muñoz Iglesias. La directora del curso fue Carmen Enríquez de Salamanca y la secretaria Mª Luisa Fuertes. Asistieron estudiantes de las universidades de Madrid, Barcelona, Salamanca, Oviedo, Murcia, Santiago, Valencia, Valladolid, Zaragoza, Granada, La Laguna. Fue tal la eficacia del curso que el año siguiente se había creado la sección de universitarias de Acción Católica en todos los distritos de España. En agosto de 1943 se celebró un cursillo similar en el colegio del Sagrado Corazón de Placeres, en Pontevedra, con profesores como Jesús Iribarren y Baldomero Jiménez Duque. De esta sección de universitarias salieron años más tarde muchas de las dirigentes nacionales e internacionales: Sagrario Ramírez, Rosita Menéndez, Mª Jesús Fuertes, Carmen y Mary Salas, Piluca Rodríguez, etc.
No hay constancia de que Pilar Bellosillo tuviera en esta época ninguna iniciativa personal especial salvo cumplir escrupulosamente sus tareas, trabajar en equipo y alejar toda tentación de protagonismo, quizá por marcar una diferencia con la etapa anterior. Sin embargo, hay que tener en cuenta que tenía sobre sí una gran responsabilidad ya que en el año 1942 la Rama de Jóvenes de Acción Católica llegó a contar con 100.000 asociadas, de las cuales 36.000 figuraban como activas, y se mantenían en funcionamiento 2.297 centros. Este fue para Pilar un período de preparación para las extraordinarias tareas que acometió más tarde.
Ella misma ha escrito el proceso que siguió en su vida:
«Descubro, siendo muy joven, que mi fe no es un privilegio para mi sola, sino una gracia que debo compartir, y que si estoy en la Iglesia no es solo para beneficiarme de ella, sino para ponerme a su servicio. La guerra civil fue, para cuantos la vivimos, una experiencia muy dura. Una vez terminada había mucho que reconstruir. Es el momento en el que tomo el compromiso de dedicarme al apostolado, compromiso que va a durar toda mi vida. Es el comienzo de una aventura personal apasionante que aún no ha terminado»1.
De la actividad de Pilar Bellosillo en la Rama de las Jóvenes de Acción Católica no conocemos mucho más. Carmen Enríquez de Salamanca, que trabajó con ella en aquellos años, recuerda sobre todo que supo rodearse de gentes competentes a las que dejaba actuar sin ponerles límite. La segunda de las tres etapas de la Acción Católica descritas por Miguel Benzo, coincide en general con esta etapa de Pilar:
«La Acción Católica posterior a 1939 respondió a una “pastoral de autoridad”. La ilusión de una unanimidad religiosa conquistada para siempre le hizo participar de un clima triunfal. Por eso, porque en el optimismo del momento se creía asegurada la orientación cristiana de toda la sociedad española, más que preocuparnos por dar testimonio en los distintos ambientes, más que de la atracción de los que no creen a la fe, más que de la inspiración cristiana de las estructuras sociales, la Acción Católica es la proclamación pública por parte de los seglares de su permanencia y fidelidad a la “cristiandad victoriosa”. Ese es el sentido que adquieren entonces las insignias, los estandartes y los desfiles espectaculares. La Acción Católica busca, más que la formación profunda de sus miembros, la presencia en todas las parroquias de España, en todas las ceremonias religiosas e incluso civiles»2.
Presidenta nacional de las Mujeres
En 1946, después de cumplir los 30 años, como indicaban los reglamentos, pasó Pilar a la Rama de Mujeres dejando el Consejo de las Jóvenes en manos de Carmen Enríquez de Salamanca. El traspaso de poderes fue muy cordial y tuvo lugar en una asamblea reglamentaria celebrada en Azpeitia donde se bailó el aurrescu en un ambiente festivo. Pronto fue llamada a formar parte del Consejo superior de las Mujeres de Acción Católica como secretaria de Propaganda primero, vicepresidenta después y presidenta desde 1952. Su presidencia marcó numerosos cambios y fue fecunda en obras.
Los cambios, según su estilo de actuar, fueron suaves y paulatinos y solo se notaron pasado un tiempo. Pilar Bellosillo sustituyó en la presidencia a María González de Castejón, que era hija de los condes de Aybar. Todo el antiguo equipo de colaboradoras era de parecida extracción social: señoras en general cultas y dedicadas seriamente a su trabajo, pero sin cualificación profesional. Las reuniones reglamentarias se celebraban por las mañanas puesto que por la tarde tenían otros compromisos sociales. Para realizar el trabajo administrativo tenían contratadas a personas que eran tratadas con toda consideración y que recibían un salario justo, pero a las que no se consideraba miembros de la asociación.
Al cabo de poco tiempo las nuevas vocales del Consejo eran mujeres más jóvenes, casi todas universitarias, con compromisos profesionales. Las reuniones empezaron a celebrarse por la tarde porque la mañana estaba dedicada a tareas del mundo laboral. Con el tiempo, las personas ocupadas del trabajo administrativo fueron socias de la Acción Católica que necesitaban una compensación económica para dedicarse a estos menesteres. Como consecuencia, sin notarse mucho, todo cambió. Hay que hacer constar en honor de las antiguas vocales que recibieron a las nuevas con la mejor disposición y hasta con alegría, puesto que valoraban la renovación que se iba haciendo. Mary Salas, que fue una de las que entró en esta etapa, recuerda con qué buena voluntad pedían su opinión señoras de mucha más edad y experiencia.
Además de estos cambios personales, en los años cincuenta la Acción Católica en general y la Rama de Mujeres en particular experimentarán otros de mayor envergadura. Muchas causas contribuyeron a ello, pero dos fueron determinantes: la apertura al mundo internacional y el reconocimiento de los movimientos especializados en la reforma estatutaria, que tuvo lugar el año 1959 pero había ido gestándose progresivamente en años anteriores.
En 1952 Pilar Bellosillo entró a formar parte del Consejo de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC), que en estos años tenía mucha vitalidad y estaba presidida por una mujer francesa de gran personalidad, Marie de Rostu. La Rama de Mujeres de Acción Católica de España pertenecía a la UMOFC desde hacía muchos años, pero en la época inmediatamente anterior sus representantes acudían a las reuniones internacionales con la idea de que tenían que aportar más que recibir. De alguna forma participaban en la creencia de que España era la «reserva espiritual» de Europa. En la década de los cincuenta ese espíritu fue cambiando y las mujeres españolas, a través de Pilar Bellosillo, empezaron a mirar a la UMOFC como un punto de referencia de donde les podían venir nuevas ideas.
En mayo de 1954 se reunió en Madrid el Consejo de la UMOFC, como paso previo al congreso internacional que tuvo lugar en Fátima inmediatamente después. Fue recibido por el Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica, presidido por Pilar Bellosillo, que era también vocal del Consejo de la UMOFC desde 1952. Muchas mujeres españolas tuvieron entonces la ocasión de conocer a dirigentes de otros países que ocupaban cargos de responsabilidad en organizaciones católicas y también en el mundo civil, algunas de las cuales eran expertas y consultoras ante diferentes organismos de las Naciones Unidas con las cuales la UMOFC mantenía estatuto de consulta.
Para entonces el Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica de España estaba tan compenetrado con la acción de la UMOFC, a través de Pilar Bellosillo y su equipo, que, bajo su impulso, había iniciado en 1953 un programa de promoción, similar al que la organización internacional estaba llevando a cabo en sus asociaciones del mundo entero con el fin de sensibilizar a las mujeres para la nueva dimensión que estaba adquiriendo su papel dentro de la sociedad.
El programa de la UMOFC se apoyaba en los repetidos llamamientos que Pío XII había hecho a las mujeres para que asumieran las nuevas responsabilidades que se les exigían y para que se adhirieran a su proyecto de convertir el mundo de «selvático en humano». La mujer era una de las fuerzas que el Papa quería incorporar a este plan de acción. Ya en abril de 1939, al poco tiempo de su elección, en su primer discurso a las mujeres católicas, Pío XII las invitó a tomar parte en el combate y a actuar con valor: «La mujer debe asumir sus responsabilidades en todos los terrenos y hacer frente a las exigencias de un apostolado efectivo». En octubre de 1945, el llamamiento a las mujeres católicas de Italia se hizo apremiante: «Vuestra hora ha sonado, mujeres y jóvenes católicas. La vida pública os necesita». Dos años más tarde, en 1947, dirigiéndose al Congreso Internacional de Ligas Católicas Femeninas, precisó aún más su pensamiento: «Antes, la mujer católica solo había pensado desempeñar dignamente el papel de gobernar un hogar sano o de servir a Dios en el claustro; pero ahora sale afuera y aparece en la arena para tomar parte en la lucha». Las mujeres católicas aceptaron el desafío lanzado por el Papa y dedicaron su atención prioritaria a la tarea de formar a sus afiliadas.
En España, las mujeres de Acción Católica se sumaron a esa tarea iniciando un plan de formación a fin de «hacer de la mujer una personalidad perfecta y una verdadera cristiana». Para lograr este objetivo emprendieron un serio estudio sobre esta cuestión tomando como base cuatro documentos de Pío XII: la carta a la presidenta de la Federación de Mujeres de la Acción Católica de Alemania, del 17 de julio de 1952, cuyo texto comenzaba: «En los momentos actuales hace falta dotar a la mujer de una recta personalidad cristiana»; el discurso a las mujeres católicas de Italia del 21 de octubre de 1945, titulado: «La personalidad de la mujer cristiana consiste en conservar e incrementar los valores humanos y sobrenaturales que Dios le ha dado»; el discurso al Congreso Internacional de las Ligas Católicas Femeninas «Programa de acción», de 11 de octubre de 1947, y el radiomensaje de Navidad de 1952, sobre «La despersonalización del hombre moderno».
A fin de facilitar el trabajo que debían llevar a cabo todos los centros de Acción Católica de España, el Consejo Superior de Mujeres publicó un folleto3 del que se hicieron varias ediciones y donde se recogían los cuatro documentos citados con subtítulos y notas realizadas para facilitar su manejo. Paralelamente se editó otro folleto, con siete guiones de trabajo de diversos autores que servían de base para los círculos de estudio. El séptimo guion, titulado: «La personalidad de la mujer cristiana y la vida católica internacional», estaba firmado por Pilar Bellosillo4.
En los años siguientes el programa continuó con la publicación de sucesivos folletos: el estudio de la personalidad de la mujer «en la vida familiar» (1954), como «miembro de la Iglesia» (1955) y «en la vida social» (1956). Del último fue autor Félix Obieta, conocido especialista en la materia que era entonces secretario del Instituto Social León XIII. Los textos se estudiaban en todos los centros parroquiales y organizaciones nacionales y diocesanas a lo largo de un curso completo.
Desde la perspectiva actual los planteamientos de aquel plan de formación nos parecen muy moderados porque, aunque incitaban a las mujeres a tomar nuevas responsabilidades, seguían haciendo hincapié en la tarea primordial de esposa y madre. Pero, a pesar de todo, suponían una apertura en aquella sociedad en la que las mujeres tenían muy limitadas sus posibilidades de acción. Conviene recordar que en aquellos años las mujeres en España eran consideradas como menores sujetas a tutela y les estaba prohibido acceder a numerosas profesiones.
El plan de formación, a través de una pedagogía activa, que se detalla en los folletos, sirvió sobre todo para iniciar a las militantes a pensar por su cuenta y a extraer sus propias conclusiones.
Tres realizaciones notables
Dando un paso más, a finales de los años cincuenta Pilar Bellosillo, como presidenta nacional de las Mujeres de Acción Católica, puso en marcha tres realizaciones muy importantes en las que se implicó muy personalmente: los Centros de Formación Familiar y Social, la Campaña contra el hambre y la Semana-Impacto. Cada una de ellas requiere una explicación más detallada.
1º Los Centros de Formación Familiar y Social
Las Mujeres de Acción Católica, desde sus comienzos en 1919, bajo el impulso del cardenal Guisasola5, tuvieron una gran preocupación social y, conscientes de la precaria situación cultural de la mujer, dedicaron una atención fundamental a su educación. Posteriormente, con Pío XI, la Acción Católica tomó un tinte más marcadamente apostólico y religioso, pero, en los años cuarenta, Pío XII, como hemos visto, pidió a las organizaciones femeninas católicas del mundo entero que trabajasen en la formación integral de la mujer para que fuera capaz de asumir las nuevas responsabilidades que la sociedad le exigía.
En esta línea se sitúan los Centros de Formación Familiar y Social, un proyecto que empezó a gestarse en 1956, año en el que la UMOFC lanzó una encuesta a todas sus organizaciones afiliadas del mundo entero, para conocer la formación que las mujeres católicas recibían a través de dichas organizaciones. El resultado fue muy contundente. Las organizaciones de la UMOFC impartían una intensa formación religiosa, seguida de una fuerte formación familiar; pero la formación cultural era escasa y menor aún la formación de tipo social, político o cívico. Sin duda se pensaba que estas facetas de la formación humana no eran competencia de las organizaciones religiosas. El hecho cierto es que la encuesta puso de relieve que las mujeres católicas mostraban unas fuertes carencias culturales que, según los comentarios hechos por la UMOFC en sus boletines, ponían en riesgo la misma formación religiosa por la falta de base en que sustentarla.
La UMOFC ponía de manifiesto esa carencia de una forma muy gráfica. Utilizando libros de tamaños diferentes, cada uno de los cuáles correspondía a la proporción de las horas dedicadas por las organizaciones católicas a cada tipo de formación, se intentaba construir una pirámide, con el resultado de que la formación religiosa caía por tierra al apoyarse en una formación cultural muy exigua. En consecuencia, la UMOFC incitó a sus organizaciones miembros a emprender una acción cultural de gran profundidad y amplio alcance.
Pilar Bellosillo estudió con su equipo la forma de llevar a cabo esta acción en España. Apoyando un proyecto que la Comisión de Apostolado Rural, presidida por Ángela Rosa de Silva, venía considerando desde hacía tiempo, se pensó en actuar en primer lugar en favor de las mujeres casadas del medio rural, que tenían mayor necesidad y menores oportunidades de acceder a la cultura. Hay que tener en cuenta el elevado índice de analfabetismo rural femenino que entonces había en España.
La Sección Femenina había acometido una tarea de formación doméstica y familiar que quedaba reducida al ámbito de la familia. Mientras que la Acción Católica, siguiendo el espíritu de las organizaciones internacionales, intentó abrir el horizonte de la formación de las mujeres, más allá de lo puramente familiar, iniciando un camino innovador. El proyecto del equipo de Pilar Bellosillo intentaba un plan de formación «integral», en el que se incluía el cultivo de todas las facetas de la persona, siguiendo los documentos de la UNESCO, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de la JOC francesa, y también de la pedagogía de Paulo Freire. Las primeras publicaciones de este autor en España aparecieron en la Editorial Marsiega en el año 1972, en la colección Fondo de Cultura Popular, dirigida por Mary Salas.

Presidenta de las Jóvenes de Acción Católica
Esa labor se realizó en centros especiales, creados con esta finalidad y localizados siempre que era posible fuera de los templos y las sacristías para facilitar la asistencia de las personas más alejadas de la Iglesia, porque se decidió que los Centros de Formación debían distinguirse bien de los de Acción Católica.
Desde el primer momento se vio claro que esta educación, muy ambiciosa en su planteamiento, no podía abordarse sin una cierta profesionalización de las educadoras. Pilar Bellosillo insistía en que la buena voluntad no era suficiente. Para conseguir esta profesionalización se pensó, por una parte, en formar a estas instructoras a través de un curso largo y exigente; y por otra, que recibieran una retribución económica.
El primer curso para instructoras se dio en Madrid del 27 de marzo al 30 de abril de 1959. Se trataba de una experiencia piloto que requería un régimen de internado de mes y medio de duración. Asistieron 40 mujeres seleccionadas por las diócesis de Albacete, Astorga, Bilbao, Calahorra, Cartagena, Cuenca, Huelva, Madrid-Alcalá, Orihuela, Pamplona, San Sebastián, Santiago, Sevilla, Tenerife, Toledo, Tudela, Tuy, Valladolid, Vitoria y Zaragoza. Los temas eran: formación religiosa, cívica y social; familia: deberes conyugales y educación de los hijos; cultura general elemental: geografía, historia, matemáticas, ciencias naturales, puericultura; medicina de urgencia; economía doméstica, cocina y valor nutritivo de los alimentos, y pequeñas industrias rurales: avicultura, apicultura y cunicultura. La formación familiar y doméstica, a cargo de Ángela Rosa de Silva y Esperanza Luca de Tena, tuvo mucha importancia porque se pensó que esta faceta de la personalidad de la mujer no debía descuidarse aunque se intentara ampliar y superar. La formación social y cívica estuvo a cargo de Tomás Malagón, consiliario de la HOAC y autor de la Semana-Impacto. Intervinieron también María Sabater, directora de la Escuela Familiar y Social de Madrid que formó en España a las primeras asistentes sociales, y Leonor Meléndez, doctora en Sociología. La formación religiosa estuvo a cargo de Carmen Bellosillo.
Las enseñanzas prácticas, como apicultura, avicultura y cunicultura, que entonces se pensó que podrían ayudar a que las mujeres del mundo rural tuvieran unos ingresos supletorios que mejorasen su débil economía, se impartieron en la Casa de Campo a cargo de responsables de Sindicatos respectivos. Pero se suprimieron en cursos sucesivos porque tras una cuidadosa evaluación, se vio que no resolvían lo que se pretendía.
Al finalizar el curso había que superar dos exámenes escritos. Pilar Bellosillo pidió la opinión personal de cada una de las participantes sobre la finalidad de los centros. Para dar importancia y solemnidad a esta iniciativa, tanto este primer curso como algunos de los posteriores, fueron clausurados por el nuncio y el obispo consiliario de la Acción Católica, monseñor Zacarías de Vizcarra, que hizo la entrega de diplomas. Entre las nuevas instructoras se eligió a Mary Carmen Aldeanueva para que actuara como instructora nacional, responsable de supervisar los centros que se fueran abriendo en las diócesis. Empezó su trabajo el día 1 de junio de 1959.
Las características generales de esta experiencia piloto, con ciertas modificaciones fruto de la experiencia, fueron repitiéndose cada año. El segundo curso para instructoras tuvo lugar en Soria y el tercero en Bilbao. Una de las instructoras que se formó en este cursillo, misionera de OCASHA (Obra de Cooperación Apostólica de Seglares Hispano Americanos), partió después para Chile, para desarrollar la misma iniciativa en ese país.
La presidenta nacional, Pilar Bellosillo, y la vocal de Apostolado Rural, Ángela Rosa de Silva, visitaron al ministro de Educación, Jesús Rubio y García Mina, para mostrarle el programa y pedirle una ayuda económica. Únicamente consiguieron que el Ministerio comprara 500 ejemplares del libro Para ti, mujer, editado por la Comisión de Apostolado Rural.
De aquellas 38 instructoras que estaban en posesión del diploma que se exigía para poder abrir un centro de Formación Familiar y Social, algunas empezaron a actuar inmediatamente. En el curso siguiente funcionaban ya centros en Valladolid, Medina del Campo, Benavente, Vigo, La Coruña, Lorca, Yecla, Sevilla, Tudela y Valencia. En Soria había cuatro, en Noviercas, Agreda, Olvega y Burgo de Osma, respectivamente.
Enseguida se hizo patente que la obra de los centros empezaba a tomar una dimensión que exigía dotarles de autonomía fuera del secretariado de Apostolado Rural. Pilar Bellosillo y Ángela Rosa de Silva de común acuerdo juzgaron conveniente crear al efecto una Comisión Nacional bajo la responsabilidad directa de Mary Salas, una de las vicepresidentas del Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica. De esta comisión formaron parte las vocales del Apostolado Rural y del Apostolado Obrero. En ella tuvo también un papel relevante Mary Carmen Aldeanueva, contratada como directora técnica, que había completado su formación, obteniendo la titulación de asistente social.
Los Centros de Formación Familiar y Social tuvieron desde un principio el carácter de entidades de educación de adultos en un sentido moderno que no se limitaba a impartir unas enseñanzas, sino que atendía conjuntamente al saber, al ser y al hacer de las personas; entidades educativas cuya finalidad era preparar a las mujeres de los medios populares para que fueran capaces de estar a la altura de las exigencias de una sociedad en mutación. En contraste con lo que hacía entonces la Sección Femenina, y muy conscientes de ello, las Mujeres de Acción Católica, impulsadas por Pilar Bellosillo y su equipo, se propusieron superar la formación para la vida familiar y doméstica y propiciaron la apertura al mundo y a las responsabilidades de la vida ciudadana. Estos centros tenían como objetivo lograr mujeres libres y responsables, esposas capaces de comprender, madres mejores, consumidoras avisadas, amas de casa más eficaces, ciudadanas conscientes y cristianas por elección.
En un documento interno mecanografiado de los años sesenta, la Comisión de los Centros, de la que formaban parte Mary Salas, Mary Carmen Aldeanueva, Mª Inés Carrera, Ángela Rosa de Silva y Juliana Gómez, expuso cómo entendían entonces estas expresiones. El texto dice literalmente lo siguiente:
«Mujeres libres y responsables. El ser humano se distingue por ser racional y libre, pero parece que la mujer, al revés que el varón, estuviera dispensada de usar la razón. Calificada de intuitiva y sentimental, queda casi reducida al instinto. En el mejor de los casos, puede regirse por las “razones del corazón” que la razón no entiende. Pero la mujer, como el varón tiene que tomar decisiones, resolver problemas, ser eficaz en su acción.
Mejores esposas y madres, se habla constantemente de la crisis de la familia, se buscan y ensayan nuevas fórmulas de convivencia que respondan a las necesidades de los tiempos. Aún no sabemos cómo será la familia del futuro, pero no cabe duda de que el papel asumido por la mujer será diferente. En primer lugar, ya desde ahora no acepta convertirse en una función, sino que aspira muy legítimamente a lograrse como individuo. Por eso, exige, no solo un hipotético respeto, honor y consideración sino una relación de igualdad con su pareja.
La mujer debe estar siempre y en todo a la par del marido. Y esto afecta también a las relaciones íntimas y a la paternidad responsable. Nos cuesta admitirlo, pero el hecho real es que en los medios populares está muy extendido un control de la natalidad que se ejerce de mil maneras, casi todas con perjuicio físico y psíquico para la mujer. En consecuencia, en un tanto por ciento muy elevado, las relaciones matrimoniales se convierten en una tortura para ellas, de las que procuran huir usando mil triquiñuelas que las mujeres se transmiten unas a otras. Los Centros de Formación Familiar y Social procuran impartir una información clara y delicada sobre el particular, respetando todas las conciencias y explicando la postura de la Jerarquía católica sobre el tema.
Consumidoras avisadas. Habitualmente la mujer es la que administra el presupuesto familiar, por lo tanto, casi toda la publicidad se dirige a persuadir a las posibles compradoras, con lo cual la mayoría de las veces se compran, no los artículos necesarios, sino los que los anunciantes han impuesto como necesarios.
La venta a plazos que se ha convertido en un nuevo señuelo, tiene sus ventajas, pero debe reunir unas condiciones: no sobrepasar un tanto por ciento razonable de los ingresos mensuales, no exceder un número limitado de mensualidades, etc. Una consumidora avisada no nace, sino que se hace a través de la experiencia, la educación y el autodominio.
Ciudadanas conscientes. Es casi un lugar común afirmar que a la mujer no le interesan los asuntos públicos, que su vida está centrada en el hogar. Si esto fuera así, que habría que demostrarlo, la educación debería esforzarse por corregir esta tendencia.
Amas de casa más eficaces. Las mujeres españolas, en general, son excelentes amas de casa, pero se toman demasiado trabajo. Hasta ahora resultaba casi inevitable, pero ya la colada no se hace a mano, la compra no tiene que ser diaria desde que existe el frigorífico, el polvo se combate con la aspiradora y la cocina de carbón se ha convertido en una pieza de museo. Los Centros de Formación Familiar y Social han adoptado el lema puesto en circulación por las mujeres católicas de Bélgica “menos tiempo para las cosas y más para las personas”. Se trata de simplificar las tareas domésticas, de forma que la casa esté al servicio de sus habitantes y no al revés».
2º La Campaña contra el hambre en el mundo
Fue una iniciativa lanzada por la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, que en el año 1955 publicó un Manifiesto de gran resonancia en el que declaraba la guerra al hambre. Con una visión que se anticipó a su tiempo, el Manifiesto decía lo siguiente:
«Nosotras, mujeres del mundo entero, llamadas por la naturaleza a dar la vida, protegerla y alimentarla, no podemos aceptar por más tiempo que las fronteras del hambre se inscriban en nuestro globo con trazos de muerte.
Mujeres católicas, llamadas por Jesucristo para dar testimonio de un amor universal y efectivo por la familia humana, no podemos resignarnos al hecho de que la mitad de la humanidad sufra hambre.
No queremos que se den soluciones perezosas y criminales a este trágico problema: la guerra, la limitación de la natalidad, son soluciones falsas, soluciones ineficaces, soluciones de muerte.
Sabemos, y queremos que se sepa, que existen soluciones de vida, y que, si la conciencia mundial reacciona, dentro de algunas generaciones las fronteras de hambre habrán desaparecido.
Es una certeza apoyada en estudios científicos y consolidada por el hecho de que las Instituciones internacionales, oficiales y privadas, tales como la Asistencia Técnica de las Naciones Unidas, la Organización para la Alimentación y la Agricultura, así como diversos organismos para migraciones, están en pie de obra.
Ciertamente que la tarea es gigantesca, pero las posibilidades técnicas de nuestra época están a su altura.
Ciertamente que ella requiere los poderosos medios de acción que poseen los Gobiernos y la coordinación de estos medios de acción a plan internacional.
Pero, la acción, para ser eficaz, debe ser amplia y rápida, y no puede serlo sin el extremo apoyo de la opinión mundial: esta la tenemos en nuestras manos en gran parte.
Mujeres de sesenta países, agrupadas en número de treinta y seis millones en la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas, nosotras disponemos, con los millones de ejemplares de nuestros Boletines Nacionales, de un instrumento único de penetración en los innumerables hogares del mundo entero. Llevaremos también el problema a la gran prensa, capaz de presentar a sus lectores las tareas esenciales de nuestro tiempo. Nos dirigimos, con el mismo objeto, a los responsables del cine, de la radio, de la televisión.
A todos estos grandes medios de información pediremos que abran en el espíritu de los hombres el camino hacia una economía de las necesidades, en lugar de la reinante economía de la pura ganancia.
Apoyaremos los esfuerzos de las instituciones privadas y oficiales que insistan en resolver el problema de manera positiva y conforme a los postulados de la conciencia humana y cristiana.
Daremos a conocer los progresos de la ciencia, que, utilizada con fines pacíficos según los fines del Creador, pueden elevar rápidamente el nivel de vida humana. Intensificaremos nuestra ayuda a los servicios de migración.
A través de nuestros organismos y asociaciones, en mayor escala aún, daremos impulso a la enseñanza casera y a la economía doméstica, sabiendo que una de las llaves del problema se halla en la utilización más racional de todos los recursos alimenticios de que dispone la mujer en todos los hogares del mundo.
Recordemos a los pueblos más favorecidos el deber que tienen de vivir más sobriamente.
En fin, con otros sostendremos las “empresas piloto” cuya realización está ya en estudio.
Nuestro Congreso Mundial de Roma, en abril de 1956, será el punto de partida de una acción en gran escala. Desde ahora realizaremos los estudios preparatorios.
Un solo obstáculo en la lucha contra el hambre sería insuperable: creer la victoria imposible.
Ahora bien, todas unidas y en conexión con todos aquellos que se consagran a la misma tarea, podemos mucho más de lo que creemos. No se necesita más para acometer la empresa.
Declaramos la guerra al hambre».
Todo esto se decía en 1955 cuando parecía que el mundo había aceptado la existencia del hambre como un mal inevitable y cuando ni siquiera la FAO había iniciado todavía su campaña contra el hambre que dio comienzo el año 1960.
El Manifiesto, traducido al francés, al inglés, al alemán y al español, fue enviado a 37 agencias de prensa y radio de 21 países.
Enseguida empezaron a realizar sus campañas nacionales las mujeres católicas de diferentes países: todas pedían la celebración de un día de ayuno voluntario, como signo de solidaridad con los hambrientos y organizaban una colecta con cuyo importe costearían proyectos piloto en diferentes puntos del Tercer Mundo.
Todas hablaban de las tres hambres que aquejan a la humanidad: hambre de pan, hambre de cultura, hambre de Dios.
En 1957 se celebró en Roma el Congreso de la UMOFC, y con ese motivo, se realizó una reunión oficial en la sede de la FAO, en presencia de mister Sen, su presidente en aquel momento.
Una de las más llamativas propuestas de ese manifiesto es la afirmación de que «se puede acabar con el hambre, si hay voluntad de hacerlo». Y también, «la más importante dificultad para acabar con el hambre en el mundo es creer que no se puede lograr».
Las Mujeres de Acción Católica iniciaron la campaña en España en 1959, en colaboración con Cáritas. Sus objetivos eran dos6: en primer lugar, «es preciso y urgente crear una opinión pública de repulsa contra una situación de injusticia: no es posible tolerar que millones de hermanos nuestros sufran hambre y necesidades, mientras existen grandes tierras sin cultivar y mientras otras personas desperdician sus alimentos»; en segundo lugar, «colaboraremos con los organismos gubernamentales de todos los países que se ocupan del problema, para que este deje de existir lo más pronto posible».
Son los años del desarrollismo: el optimismo oficial ayuda a que España se incorpore a una Campaña contra el hambre, dirigida a los países del Tercer Mundo, marcando, pues, distancias con ellos. Pero la argumentación interpelaba también muy directamente a las circunstancias que estaban viviendo millones de españoles que debían emigrar a Europa para conseguir escapar de condiciones de miseria. Y otra circunstancia que no podemos olvidar es que en el año 1959 había sido elegido papa monseñor Ángel Roncalli, Juan XXIII. El muy diferente estilo de preocupaciones se advierte en este papado desde muy pronto. En un folleto de Mary Salas7, aparecen dos citas suyas: «Es preciso que las riquezas que se obtienen de la tierra se pongan, según exigen los mandamientos de Dios y la justicia, a disposición de todos». «Es preciso que se mejore la distribución de los bienes terrenos, que se rompan las barreras del egoísmo, del interés...». No estamos, pues, ante una motivación exclusiva de caridad cristiana, sino, más bien al contrario, la justicia es el argumento principal aducido, tanto desde la organización internacional como en la campaña nacional.
La campaña iba dirigida muy directamente a las amas de casa: «Formaremos generaciones de mujeres que sean buenas productoras y buenas consumidoras», se dice en el número de la revista Senda ya citado. Apelan a las responsabilidades de las mujeres, y resaltan el valor de sus decisiones: «Las amas de casa son también productoras muchas veces y en este terreno es preciso también una educación», dice Carmen Wirth, delegada en España de la UMOFC, y cuando la periodista, Mary Salas, pregunta con escepticismo: «Perdona Carmen, pero en España no creo...», la respuesta es contundente: «En España también. Nuestras pequeñas industrias agrícolas están en manos de mujeres generalmente: el ganado doméstico, la avicultura... Es necesario producir racionalmente»8. Se trata, pues, de una directa alusión a los Centros de Formación Familiar y Social mencionados más arriba. La entrevista acaba con una advertencia muy clara: «No podemos olvidar a Egipto o a la India... pero tampoco podemos pasar indiferentes al lado de miserias muy cercanas para no ver más que las que están lejos. Debemos preocuparnos por todos los hombres».
Para evitar suspicacias el primer año no se hizo colecta, y en los demás años se trató de conseguir una forma de compromiso personal muy doméstico. Se solicitaba únicamente el importe de un pequeño ayuno: merienda, café, postre... que significaba muy poco en el gasto familiar, una cantidad pequeña, pero que implicaba una voluntad y un compromiso muy personal de ayuda, especialmente de las amas de casa.
En 1960 la campaña proyectaba comenzar el 15 de febrero, y culminar en la semana de 9 al 16 de junio. Ese año se recaudaron 500.000 pesetas. La segunda campaña tuvo mejor resultado: 1.100.052 pesetas. Aunque la Campaña contra el hambre empezó en España más tarde que en otros países, pronto fue cobrando impulso. En 1965, la cifra de recaudación fue de 13 millones de pesetas en España, 6 millones de pesos de la República Argentina, 545 millones de marcos recaudados por las católicas alemanes y 3.200.000 dólares aportados por las francesas. En 1966 el salto de cifras en España fue espectacular, en aquel año se llegó a 23.248.262 de pesetas.
Desde el principio se quería que la campaña no fuera una manifestación benéfica más de las ya existentes. Ya entonces se afirmaba que no se trataba de cubrir una necesidad, sino de promover una obra productiva y continuada, encaminada a remediar una de las tres hambres9. Se citaba la frase de san Agustín: «Se da pan a los que tienen hambre, pero mejor sería que nadie tuviera hambre».
El impulso inicial dado a la Campaña contra el hambre por las mujeres de Acción Católica fue creciendo en años posteriores hasta dar paso, en el año 1968, a la organización Manos Unidas, asociación con mucho prestigio entre las ONG dedicadas al desarrollo.
La Campaña contra el hambre planteaba un problema que las Mujeres de Acción Católica prefirieron no afrontar directamente: el problema del control de la natalidad, uno de los mecanismos que las organizaciones internacionales oficiales y neutras proponían como medio de resolver el problema del hambre.
En los medios católicos se hablaba de «paternidad responsable», no tanto como método concreto de reducción de la natalidad, sino como un planteamiento radicalmente distinto de los premios a las familias numerosas que proponía el franquismo oficial. No todos los hijos que «Dios quiera», sino los que la pareja estuviera decidida a asumir responsablemente después de madura reflexión.
3º La Semana-Impacto
Si los Centros de Formación estaban dedicados sobre todo a las mujeres rurales y de medios populares, y la Campaña contra el hambre suponía la apertura de horizontes hacia problemas más allá del ámbito nacional, la Semana-Impacto buscaba remover la conciencia de las mujeres de Acción Católica en los problemas inmediatos de la situación de nuestro país.
La preocupación por la formación social cobró mayor urgencia a través de la relación que la Rama de Mujeres mantuvo con los movimientos obreros, que empezaban a cobrar mayor auge a partir de la reforma de los estatutos de la Acción Católica, promulgados por los obispos en 1959.
Las Mujeres de Acción Católica, que se relacionaban día a día con las dirigentes de la HOAC femenina, descubrieron que este movimiento utilizaba un método de formación cuyos frutos eran evidentes. Con espíritu realista pensaron en utilizar aquella arma que tenían tan cerca y pidieron al consiliario de la HOAC, don Tomás Malagón, que elaborara para ellas un cursillo de formación. Así se hizo, y del 3 al 7 de noviembre del año 1958 don Tomás Malagón y Pilar Bellosillo dirigieron conjuntamente en Madrid el primer cursillo de este tipo que se denominó Semana-Impacto y produjo los frutos esperados. Asistieron 51 cursillistas de 31 diócesis y cinco consiliarios.
Algún revuelo debió producir aquella iniciativa porque en abril de 1960, don Alberto Bonet, secretario general de la Acción Católica, le pidió a Pilar Bellosillo que le enviase un informe sobre la Semana-Impacto, según decía, para entregarlo a la Dirección Central de la Acción Católica. Ella lo hizo así en un documento de cinco folios sin fecha, acompañados de una carta, también sin fecha, en la que pedía que «tengan en consideración el bien que se está logrando» y que «no se precipiten».
El informe de Pilar Bellosillo consta de dos partes. En la primera expone las características que presentaban las socias de la Rama de Mujeres: pasividad, cristianismo muy individualista, carencia absoluta de sentido social, imposibilidad de adaptar el apostolado a las necesidades del momento. En resumen, mujeres muy buenas, muy piadosas, con muy buena voluntad, incluso generosas, pero «incapaces» de llevar sobre sus hombros la responsabilidad de una tarea apostólica seria que exige profundidad creciente en la vida cristiana; apertura, impulsada por la caridad, conciencia viva de ser militantes, en una Iglesia militante, sensibilidad, afinada por un sentido social cristiano; tendencia constante a adaptarse a la realidad. Por otra parte, añade Pilar Bellosillo, los congresos internacionales de Apostolado Seglar, especialmente el segundo, habían planteado la necesidad de revisar a fondo la formación de base.
La segunda parte del informe explica las circunstancias en las que nació la Semana-Impacto, en la Rama y para la Rama, y expone los resultados que se estaban logrando en la formación de las militantes: apertura a un cristianismo más completo, más comunitario, más sinceramente consecuente, con mayor sentido social, mucho más realista: «Los resultados obtenidos hasta el momento, dice Pilar Bellosillo, son consoladores y por lo tanto estamos muy esperanzadas de que se va a lograr una vitalización de la organización desde la raíz».
La Dirección Central de la Acción Católica pretendió que «en la próxima edición» del manual de la Semana-Impacto se suprimieran «algunos párrafos», aunque nunca llegó a especificar cuáles eran los párrafos conflictivos. Superadas estas suspicacias la Rama siguió su camino con ciertas cautelas.
Los textos de la Semana-Impacto, cuyo autor era Tomás Malagón, consiliario de la HOAC en aquellos años, habían sido publicados en 1959 por el Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica en una edición restringida de 250 ejemplares numerados para uso exclusivo de los consiliarios. El libro lleva el nihil obstat de José Mª García Lahiguera. Se editó también un folleto con indicaciones para los directores de la Semana y un manual para la directora porque el cursillo siempre era dirigido por un consiliario y una dirigente seglar.
El cursillo se desarrollaba en régimen de internado, a través de una serie de charlas y propuestas de trabajos prácticos. En la primera charla –reservada al consiliario–, se explicaba cómo el apostolado se basa en dos virtudes: la prudencia y la responsabilidad. Prudencia, para conocer la propia situación y saber que este mundo puede ser redimido, tal y como quería Cristo, y responsabilidad, ante la propia conciencia, ante los otros, ante la Iglesia, ante Cristo.
Con el método del Ver-Juzgar-Actuar, Malagón proponía una serie de meditaciones sobre el mundo actual, materializado y descristianizado, incluidos los cristianos. De esa reflexión derivaba una autocrítica severa: ¿por qué los cristianos han llegado a esa situación de descristianización? Se hace necesaria la re-educación del pueblo cristiano, de cara a ser más personas, más combatientes y más cristianos.
La primera meditación se titulaba «Con Cristo o contra Cristo», recordando la célebre de «Las dos banderas» de los ejercicios ignacianos. Después de esa enérgica toma de postura, se pasaba a plantear en extenso una meditación sobre «La Iglesia como cuerpo místico de Cristo», destacando las diferentes funciones de la jerarquía, que tiene como misión enseñar, y la de los laicos, que tienen como misión cristianizar el mundo. De ahí la necesidad de ser apóstoles.
La modernización del lenguaje, de los ejemplos, y la concreción a las circunstancias del momento tenían una polarización inesperada para la época. En el capítulo «El papel de la mujer en la realización del mundo de Dios, del mundo mejor» dice: «Así como hoy estamos asistiendo a la irrupción en la historia de la clase obrera y de los pueblos de color, ha llegado también la hora de la mujer, que durante mucho tiempo ha sufrido cómo se la tenía en un concepto de inferioridad». El modelo es la Virgen María, que fue educadora de Cristo, colaboradora, y administradora. Y al señalar esta capacidad reconocida de las mujeres, anota Malagón:
«Es posible que la Hacienda Pública, los consejos de administración, etc., estén esperando a las mujeres para enderezarse»10.
Sin duda ninguna, el vocabulario y los conceptos empleados eran novedosos para la época, aunque hoy puedan advertirse algunos detalles menos satisfactorios. Por ejemplo, en las explicaciones en que aconseja: «No usurpar su puesto (del hombre)». Y a continuación: «No estorbarle: animarle y consolarle...».
El segundo día se trataba ya centralmente de las obligaciones que impone al laico la dimensión social: la capacidad social del grupo y la importancia de la seglaridad. Este es el siglo de los seglares, así como hubo otros en los que la religiosidad se desarrollaba en los monasterios. Y el tercer día trataba de: «El tema fundamental de nuestro tiempo: la lucha de clases, la ausencia de Cristo, la dimensión social». En el año 1959, en la España franquista, solamente hacer mención de la lucha de clases era una provocación. Como meditación final se proponía el objetivo del cursillo que era la labor y la misión de la Acción Católica, su propuesta por parte de los papas, destacando lo más avanzado y positivo de sus planteamientos.
La Semana-Impacto se extendió por todo el mundo, llegó incluso al Japón, y, por supuesto, a América Latina.
Estas tres obras que acometió Pilar Bellosillo en su etapa de presidenta de las Mujeres de Acción Católica por sí solas justificarían toda una vida, pero en realidad fueron el comienzo de una acción más universal.
Cuando en 1961 fue nombrada presidenta de la UMOFC dio un salto a la vida internacional, aunque de hecho no cesó en la presidencia española hasta 1963. El nuevo nombramiento la obligó a pasar temporadas en París delegando las responsabilidades de España en el equipo que había formado. En la presidencia la sustituyó Carmen Victory.
Sin embargo, aún entonces, no se desconectó de las preocupaciones de la Acción Católica española, de forma que vivió muy intensamente la llamada «crisis de la Acción Católica» en la que intervino directamente, cuando en los primeros meses del año 1968, el equipo de seglares que se había elegido para dialogar con la jerarquía en aquellos momentos difíciles le pidió que informase directamente a Pablo VI de lo que estaba ocurriendo en España. Ella lo hizo así en el curso de una audiencia particular que le había sido concedida para tratar de otros asuntos.
Pilar Bellosillo nunca escribió lo que había pasado en aquella larga entrevista, pero lo contó en repetidas ocasiones a sus amigos más íntimos. Ella había sido encargada de informar al Papa de la situación y de transmitirle la postura de los dirigentes nacionales de la Acción Católica española que estaban dispuestos a dimitir colectivamente si no se lograba un entendimiento. Empezó por decirle que no quería comprometerle ni pedía su aprobación. Pilar, que no esperaba una respuesta directa, pensaba que el Papa podía haber desaprobado la conducta de los dirigentes españoles, pero no fue así. Por el contrario, se sintió absolutamente acogida y tratada con gran respeto. Salió de la entrevista con mucha paz11. Como se dijo más arriba, a partir de aquel momento, comenzaron los nombramientos de obispos auxiliares jóvenes, de espíritu conciliar.
Pilar Bellosillo ejerció la presidencia de las mujeres de Acción Católica de España durante 17 años y a partir de 1963 se concentró en una amplia actividad a nivel internacional.
3
Presidenta de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas
En 1952, Pilar Bellosillo fue elegida para representar a las mujeres de Acción Católica de España en el consejo de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC) que entonces estaba presidida por Marie du Rostu, una mujer excepcional, de gran cultura y extensas relaciones. A través de ella y de la UMOFC, Pilar conectó con las nuevas corrientes eclesiales que se estaban gestando en aquel momento y con los teólogos que, todavía en relativo silencio, estaban elaborando la teología que en la década posterior constituyó la base del concilio Vaticano II.
Fue también para ella una ocasión de salir del estrecho círculo en el que entonces se movía la vida española y una atalaya desde la que pudo otear un mundo cultural más amplio y más abierto.
La UMOFC en los años cincuenta
La UMOFC, que había conocido diferentes denominaciones a lo largo de su historia, en los años cincuenta tenía una gran vitalidad y englobaba a más de cien organizaciones de los cinco continentes. Había sido creada en el año 1910 como «federación al servicio de la Iglesia universal y de la comunidad humana, en la que tienen cabida las agrupaciones de mujeres católicas de todos los países, encuadradas o no en la Acción Católica oficial, cualesquiera que sean sus métodos de formación y apostolado con tal de que estos estén aprobados por la Jerarquía»1.
Como Organización Internacional No Gubernamental (ONG), gozaba de un estatuto consultivo en el Consejo Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones Unidas y en organismos especializados en los que tenía representantes permanentes como la UNESCO (París), la OIT (Ginebra), la FAO (Roma), la UNICEF (Nueva York) y el Consejo de Europa (Estrasburgo). Estas representantes exponían sus informes en cada una de sus reuniones estatutarias, lo que permitía a las consejeras estar al día de todos los problemas vivos del mundo. No todas eran igual de activas, pero pronto se advirtió que Pilar Bellosillo se implicaba muy especialmente y se sentía muy compenetrada con la presidenta, Marie du Rostu. Ello hizo que el Consejo acordara celebrar en Madrid una reunión de su Junta directiva, como paso previo a la concentración que tendría lugar posteriormente en Fátima, y que encargara a las Mujeres de Acción Católica de España la ponencia sobre «La personalidad de la mujer» que se presentaría en aquella ciudad portuguesa.
En consecuencia, en mayo de 1954 un grupo de mujeres católicas de diferentes países se congregó en Madrid en los locales del Consejo Superior de Mujeres de Acción Católica. De Francia llegó la presidenta general, Mlle. du Rostu, y la secretaria señorita de Saint Maurice; de Holanda, la secretaria general adjunta, señorita Suaagemakrers; de Argentina, la vicepresidenta Celina Piñeiro; de Portugal, Irene Carmo; de Italia, Carmela Rossi; de Alemania, la señorita Ziliken, y de Suiza, la señora Morard, presidenta de la Obra Internacional de Protección a la Joven. A ellas se unió Pilar Bellosillo que formaba igualmente parte del Consejo. Asistió también a la reunión el entonces consiliario, monseñor Lamoot.
Aparte de las sesiones privadas, en las que se trataron asuntos de orden interno, el martes día 11 de mayo tuvo lugar una sesión pública a la que asistieron numerosas mujeres de la Acción Católica y de otras asociaciones de apostolado que tuvieron ocasión de conocer a las dirigentes de la UMOFC. La impresión de profesionalidad y competencia que transmitieron no afectó solo a las mujeres sino también al entonces secretario general de la Acción Católica, don Alberto Bonet, que, presente en la reunión de Madrid y posteriormente en el encuentro de Fátima, escribió sobre estos acontecimientos hasta tres artículos que se publicaron en la revista Ecclesia en números sucesivos. El último lo dedica a la acción de la UMOFC en los organismos internacionales comentando la intervención de la secretaria general con estas palabras: «Ninguno de los presentes olvidará la conferencia de la secretaria general sobre “La presencia y acción en los organismos internacionales”, por el pleno dominio del tema y la perfecta claridad de su exposición... No se trata, decía, de asambleas católicas, y su criterio está dominado por el dato positivo, por la técnica, sin atención y más bien con recelo frente a toda posición doctrinal... Surgen con frecuencia problemas graves, cuya solución puede producir efectos distintos, según los pueblos, y por ello exige del consultor o consultora católicos una extremada prudencia y un profundo sentido del matiz»2.
El encuentro regional de Fátima se englobaba dentro del estudio emprendido por la UMOFC sobre la personalidad de la mujer cristiana que debía durar varios años y culminar en el congreso programado para el año 1957. El estudio se iba desarrollando por grupos lingüísticos. En el monte Santa Odilia se habían congregado en 1953 las mujeres de lengua alemana. En Fátima habían sido convocadas las de lengua castellana, francesa, italiana y portuguesa, aunque asistieron también norteamericanas.
Para establecer contacto directo con las organizaciones de Iberoamérica e implicarlas más directamente con el trabajo de la UMOFC, en 1957 se desplazó hasta aquel continente un equipo formado por la secretaria general Mlle. de Saint Maurice, el consiliario monseñor Lamoot, Pilar Bellosillo y Carmen Wirth, vocal de la UMOFC en el Consejo Superior de las mujeres de Acción Católica de España. Conectaron con las organizaciones de mujeres católicas de México, Costa Rica, Panamá, Ecuador, Perú, Chile, Argentina y Colombia, donde tuvo lugar la reunión más importante. El viaje estuvo patrocinado y financiado por la UNESCO. Pilar Bellosillo volvió muy impresionada de las potencialidades que descubrió en las mujeres americanas. En una entrevista que le hicieron para la revista de las Mujeres de Acción Católica contestó así a la pregunta de si habían llegado a alguna conclusión:
«Sí, a una que resume todas: llegamos al convencimiento de que es necesario formar la personalidad femenina para que pueda estar a la altura de su misión. Es algo que venimos haciendo hace años, pero ahora nos hemos afianzado en nuestro criterio y pensamos concretar más... Las mujeres del mundo entero necesitan una recia preparación religiosa, cultural, familiar social y cívica para hacer frente a los problemas del mundo actual»3.
Todas estas acciones sirvieron para preparar el Congreso Internacional de la UMOFC que tuvo lugar en Roma, del 29 de septiembre al 4 de octubre de 1957, bajo el mismo lema: «La personalidad de la mujer cristiana». Fue un acontecimiento verdaderamente internacional porque asistieron 700 congresistas de 65 países de los cinco continentes frente a los congresos anteriores en los que predominaban las europeas.
Todas aquellas mujeres parecían estar de acuerdo en la necesidad de promocionar a la mujer, a fin de que ocupase en la sociedad el puesto al que tenía derecho.
Las ponencias fueron claras al respecto y causaron un gran impacto. Carmela Rossi, vicepresidenta de la UMOFC y presidenta nacional de las Mujeres de Acción Católica de Italia, habló sobre la misión de la mujer en el mundo. Afirmó con energía que la mujer debía tener en sí misma la fuerza y la disponibilidad de expresar su pensamiento y realizar su misión, que no era solo familiar, y mucho menos biológica, sino que se abría a la vida cívica en todos sus sectores: económico, político, administrativo... Para ello se requería superar aquel sentimiento de minoría de edad o aquel complejo de inferioridad y pasividad con que se habían conformado tantas mujeres durante tanto tiempo.
Las reivindicaciones del congreso de la UMOFC a favor de una actuación pública de la mujer, que iban más lejos de lo que permitían las leyes de algunos países entre ellos España, llenaron de entusiasmo a las españolas presentes y las confirmaron en el camino que tímidamente habían empezado a recorrer dirigidas por Pilar Bellosillo. Fueron entonces bien conscientes de que sus planteamientos chocaban con los que regían en España y que su concepto de la misión de la mujer era distinto del sustentado por la Sección Femenina.
Nombramiento de presidenta
Para entonces Pilar Bellosillo estaba tan compenetrada con los planteamientos de la UMOFC que era ya una pieza clave dentro de su Consejo. No fue de extrañar que, en la asamblea del año 1961, cuando fue necesario elegir una nueva presidenta para sustituir a Mlle. du Rostu que había cumplido su mandato, tuviera ella la mayoría de los votos. El Vaticano la eligió dentro de la terna que se le presentaba reglamentariamente y Pilar asumió este nuevo compromiso que suponía un salto cualitativo. Nunca hasta entonces una mujer española había llegado a estos niveles de responsabilidad dentro de la Iglesia.
Ella lo sintió como un desgarramiento. Anteriormente había asumido muchos compromisos como presidenta del Consejo Superior de las Mujeres de Acción Católica de España y como vocal del Consejo de la UMOFC, pero trabajaba apoyada en un equipo de mujeres españolas. Cuando la presidenta saliente y el consiliario le mostraron el telegrama del Vaticano que confirmaba su elección y le pidieron que les siguiera, ella sintió, y así lo dijo, que algo se le rompía por dentro al darse cuenta de que ya no era un miembro de la delegación española sino una persona al servicio de todas las asociaciones de la UMOFC. A partir de ese momento su campo de acción se amplió y también su disponibilidad.
Como presidenta de la UMOFC, Pilar tuvo que hacer numerosos viajes por Europa, vivir durante muchas temporadas en París donde residía el secretariado de la Unión Mundial, visitar la India, Canadá y Estados Unidos, hacer una nueva visita a varios países de Iberoamérica y convivir en África con dirigentes nativas de aquel continente.
Poco después fue nombrada auditora del concilio Vaticano II y entonces sus estancias en París se alternaron con largas temporadas en Roma donde le fue preciso vivir durante las sesiones conciliares. De ello hablaremos en otro momento.
El inmediato posconcilio
El concilio Vaticano II suscitó una visión renovada de la misión del pueblo de Dios y por lo tanto del papel de los laicos y las laicas en la Iglesia. En la UMOFC ello dio lugar a un nuevo impulso que llevó a intensificar su programa de actividades conducente a que las mujeres católicas fueran capaces de tomar su plena responsabilidad en la vida personal y familiar, en la vida social y en la Iglesia.
El Congreso Internacional celebrado en Roma en 1967, en torno al «Diálogo hombre-mujer», fue una manifestación de aquella voluntad. El Congreso había sido preparado por una encuesta a escala mundial en la que se recogieron datos concretos sobre el grado de libertad que la mujer disfrutaba en el matrimonio, en la vida cívico-social y en la Iglesia. La encuesta tuvo un gran éxito: una abrumadora cantidad de contestaciones llegaron a la sede de la UMOFC desde todos los países del mundo, hasta alcanzar la cifra de 15 kilogramos de papel4. En unas jornadas de estudio, previas al Congreso, celebradas en París en 1966, se analizaron las contestaciones recibidas.
Este congreso, convocado bajo el lema «La mujer, co-artífice de la humanidad nueva», fue la continuación de aquellas Jornadas. Puesto que la mayoría de las contestaciones a la encuesta se quejaban, algunas amargamente, de sus escasas posibilidades de colaboración a todos los niveles, se trató de estudiar la forma de establecer un fecundo diálogo «hombre-mujer» en vistas a la construcción de una humanidad nueva.
El padre Frisque, profesor de eclesiología en el Seminario de la Misión de Francia, en una lección magistral sentó las bases profundas de «El diálogo hoy, en el mundo y en la Iglesia». Hablar de diálogo en el plano de las relaciones humanas es exigir que todo encuentro con otro sea auténtico. No existe verdadero encuentro mientras intentemos adueñarnos de él o atraerle a nuestras propias ideas, ni cuando, aun aceptando la conversación y la acción común, exista la decisión de no cambiar nada de uno mismo. El verdadero encuentro con el otro es cambio y compromiso sincero dentro del mayor respeto mutuo.
Los trabajos del congreso abrieron a la UMOFC muchos horizontes nuevos en el camino del diálogo dentro de su propio seno y con respecto a otras organizaciones. Las congresistas pidieron una intensificación de las relaciones con otras organizaciones en el plano internacional y también a nivel nacional, en los respectivos países.
En el III Congreso Mundial de Apostolado Seglar que había tenido lugar en Roma inmediatamente antes, dirigentes católicos del mundo entero analizaron lo que el concilio Vaticano II había aportado a su acción apostólica y aprobaron el 17 de octubre de 1967 una serie de resoluciones que hicieron historia en la vida de las organizaciones católicas. La resolución V, que trata sobre «La mujer en la Iglesia», dice así:
«Considerando que el Bautismo incorpora a los seres humanos (hombres y mujeres) a Cristo, constituyéndoles “personas” en la Iglesia sin distinción ninguna.
Recordando las palabras de san Pablo (Gál 3,28) que condena toda discriminación entre los seres humanos.
Convencido de que el lugar de la mujer en la Iglesia depende de circunstancias sociales y culturales y que su estatuto en los países en desarrollo está evolucionando hacia una igualdad completa de derechos entre el hombre y la mujer.
El III Congreso Mundial para el Apostolado de los Laicos expresa su deseo de que la Iglesia dé a las mujeres plenos derechos y responsabilidades como cristianas, y que se emprenda un serio estudio doctrinal sobre el lugar de la mujer en el orden sacramental y dentro de la Iglesia.
El Congreso pide por otra parte: que mujeres competentes sean incluidas en todas las comisiones pontificias; que mujeres cualificadas sean consultadas en la revisión de los cánones que especialmente conciernan a las mujeres, con el fin de reconocer plenamente la dignidad de la mujer y dar a todas las mujeres mejores posibilidades al servicio de la Iglesia»5.
La UMOFC hizo suya esta resolución y, como consecuencia, Pilar Bellosillo impulsó muy activamente la creación, dentro de la Unión Mundial, de un grupo de trabajo que llevó por nombre «La mujer en la Iglesia» y trabajó muy intensamente en los años sucesivos bajo la dirección de una de las vicepresidentas, la norteamericana Lilian O’Connor. Este grupo de trabajo analizó las respuestas recibidas en la encuesta realizada el año 1966, sobre todo en lo que se refería a la situación de la mujer en la Iglesia. Los resultados, no por previstos, impresionaron menos a las responsables de la UMOFC. Las mujeres católicas del mundo entero, que se consideraban fieles hijas de la Iglesia, experimentaban un sentimiento muy vivo de dominación y discriminación. Decían: «En la mayoría de las parroquias las mujeres limpian el templo y guisan, justamente durante los grandes acontecimientos de la vida parroquial». Incluso las que padecían una situación de subdesarrollo que en nada favorecía el despertar de una conciencia crítica elevaban sus quejas, como un grupo de campesinas indias que se expresaban así: «En realidad nuestros pastores no desean que intervengamos. Piensan que somos demasiado ignorantes y estúpidas para intervenir. Deseamos ser educadas sobre ciertas cuestiones. Queremos libros que nos formen y no sacerdotes que nos den órdenes»6.
Coloquio sobre la mujer en el Derecho Canónico
De aquella encuesta se derivó el compromiso de desvelar públicamente la realidad de discriminación que sufrían las mujeres dentro de la Iglesia para hacerla evolucionar. Entre otras acciones, la UMOFC organizó un coloquio sobre «La mujer en la Iglesia y en el Derecho Canónico» que tuvo lugar en París los días 16 y 17 de abril de 1969 con asistencia de destacadas personalidades, entre ellas María Lourdes Pintasilgo que poco después fue primera ministra en el Gobierno de Portugal.
Pilar Bellosillo abrió el coloquio con unas palabras en las que presentó el programa que se iba a desarrollar y expuso el objetivo que se perseguía. Consistía este en hacer una aportación positiva a la Comisión de revisión del Código de Derecho Canónico que se había constituido en el Vaticano, aportación que quería dejar claros los criterios que debían inspirar el nuevo código, a fin de que las mujeres tuvieran en él el mismo rango y valor que los hombres, como miembros bautizados en la Iglesia.
«Hemos apelado sobre todo a especialistas, expertos y expertas, que deberán introducirnos en un mundo que no nos es familiar», dijo Pilar. «Ellos tendrán un papel particularmente importante en este Coloquio ya sea por sus exposiciones, ya sea por sus aportaciones específicas en el curso de nuestros intercambios y trabajos». Y añadió: «No se trata solo de un trabajo de expertos sino de algo que interesa a los cristianos que tienen la experiencia y son los testigos de la vida cristiana. La legislación se hace para las personas que después corren el riesgo de ser víctimas de una legislación inadecuada»7.
Dos ponentes muy cualificados, Jean Marie Aubert, profesor de teología de la universidad de Estrasburgo y Ivonne Pellé-Douël, profesora de Filosofía en la Universidad de Nanterre y autora del libro Etre femme8 analizaron cada uno desde su óptica respectiva la nueva imagen de mujer que se estaba perfilando.
Un estudio del Código de Derecho Canónico en revisión corrió a cargo de Hildegard Burgin-Kreiss, abogada y notaria suiza, que puso de relieve sus deficiencias y señaló que en el nuevo deberían suprimirse todos los cánones que comportan una discriminación de la mujer, insistiendo en la necesidad de que fuera un código abierto para recoger las diversidades de los diferentes países y continentes. Hubo también otras ponencias complementarias.
Después de una serie de trabajos de grupo en los que se recogieron las intervenciones de los participantes, se redactó un memorándum en el que, tras unas breves consideraciones, se solicitaba la modificación del Código de Derecho Canónico, de forma que los textos conciliares que piden el reconocimiento de la mujer, especialmente en la constitución pastoral Gaudium et spes y en el decreto Apostolicam actuositatem, no se convirtieran en letra muerta. Se señalaban también algunos cánones que deberían ser suprimidos o sometidos a una nueva redacción, por ejemplo el nº 93 el cual indicaba que la mujer no separada legítimamente necesariamente tenía por domicilio el del marido; el nº 98 que permitía a la mujer pasar al rito del marido, si no tenía el mismo, pero no a la inversa; el nº 709 por el que las mujeres solo podían ser inscritas en las cofradías para tener derecho a las indulgencias y gracias espirituales, pero sin ninguna función; el canon 759 prescribía que el bautismo no solemne puede ser administrado por cualquier persona, pero, si hay un sacerdote presente será preferido a un diácono, un diácono a un subdiácono, un clérigo a un laico y un hombre a una mujer; el canon 813 prohibía a las mujeres ayudar a la misa, salvo que no hubiera un hombre para hacerlo y, en ese caso debía colocarse a distancia del altar; el canon 1.262 trataba de la deseable separación de los hombres y las mujeres en los templos y de la obligación que tenían estas de cubrirse la cabeza; el canon 1.380 daba la posibilidad de excluir a las mujeres de las facultades de Teología, etc.
Como anexo al memorándum se incluyó un trabajo del consiliario de la UMOFC, monseñor Ramselaar, sobre: «Si la mujer podría recibir el sacramento del orden y si ello convendría». Monseñor Ramselaar afirmaba que no pretendía sino una observación personal acerca de cómo se planteaba la cuestión en aquel momento, a fin de que sirviera de orientación general para las organizaciones miembros de la UMOFC. Presentaba algunos de los argumentos en favor y en contra y concluía diciendo que sin una renovación profunda de la vida cristiana el problema sería insoluble.
Dos meses después de la celebración de este coloquio, en junio de 1969, la UMOFC amplió el memorándum en él elaborado porque estimaba que era su deber incluir los siguientes ruegos:
«Que los derechos fundamentales de la persona humana, que implican que se reconozca a la mujer igualdad de condiciones con el hombre en la realización de su vocación humana, en la vida familiar, cívica, social y eclesial, sean introducidos y aplicados en la legislación de la Iglesia.
Que los “derechos humanos” tal y como están formulados en la encíclica Pacem in terris adquieran fuerza de ley en la medida que les corresponde.
Que se supriman todas las prescripciones o medidas que supongan o indiquen una discriminación en detrimento de la mujer. En el Derecho Canónico en vigor, existen una serie de cánones discriminatorios o que han sido superados por la vida moderna.
Que toda referencia a los textos de la Escritura y sus aplicaciones correspondan a la comprensión y a la interpretación, sólida y crítica, que se hace hoy día de la Biblia, con el fin de evitar prejuicios estereotipados o actitudes paternalistas erróneas, y que se saquen las consecuencias en el campo de la teología.
Que en la terminología jurídica se cuide de emplear la palabra “laico” en un sentido aplicable al hombre y a la mujer.
Que en todos los campos en los que los laicos gozan de una responsabilidad o toman parte activa en la vida de la Iglesia, se reconozca y se admita, como cosa normal, una colaboración adecuada entre hombres y mujeres.
Teniendo en cuenta la diversidad de culturas, nos parece conveniente que la nueva formulación del Derecho Canónico sea lo más parecida posible a la formulación de una ley-cuadro, que dé orientaciones a las diversas codificaciones pedidas por las diferentes culturas del mundo.
Que la adaptación del Derecho Canónico, exigida por las nuevas circunstancias, sea prevista en las prescripciones del Código».
Este mismo año 1969 se hizo llegar este memorándum a las instancias correspondientes del Vaticano. Nunca se recibió contestación.
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