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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1999 Marion Lennox
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Fantasmas del pasado, n.º 1064 - agosto 2020
Título original: The Baby Affair
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos
de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-855-4
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
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Capítulo 1
HAY DEMASIADOS.
La enfermera Ellen Silverton alzó los ojos y suspiró. Llevaba una semana haciendo malabarismos con niños y cunitas, pero el doctor Jock Blaxton no era estúpido.
Aunque quizá podía seguir intentándolo por Tina. Tina Rafter era la última doctora que había entrado en Gundowring y si había problemas, su estancia sería la más breve del hospital. Ellen pensó en la conversación que habían tenido una semana antes. Tina estaba pálida y a punto de ponerse a llorar.
–Dejaré el trabajo, Ellen. No puedo seguir así. No se puede tener a otro niño más.
–Claro que se puede. Nadie notará la existencia de un niño más.
Nadie, excepto Jock Blaxton, que era demasiado inteligente para su propio bien. El hombre parecía tener ojos en la nuca. ¿Cómo podría distraerlo?
–¿Qué demonios quieres decir, Jock, cariño? –preguntó Ellen.
–Ellen, no me vengas con zalamerías –replicó, agitando acusadoramente las notas que llevaba en la mano–. Está pasando algo y no sé qué es. Sólo porque tengas veinte años más no…
–Y conocí a tu madre –interrumpió Ellen, tratando de reprimir una lágrima en un intento de desviar la atención sobre el número de cunas.
–Jock, tu madre era una mujer estupenda. Era mi mejor amiga…
–¡Ellen, deje de intentar distraerme! Enfermera Silverton, quiero saber ahora mismo qué pasa en el hospital.
–¿Qué demonios va a pasar?
El doctor Blaxton frunció el ceño con impotencia. ¿Estaba imaginando cosas? Gundowring era un hospital donde nunca pasaba nada. Situado en la costa sur de Gales, nutría las necesidades de más de cuatrocientos kilómetros cuadrados, pero era un lugar tranquillo, bañado por el sol.
De hecho, Gundowring era un lugar demasiado tranquilo para Jock Blaxton. Él había nacido allí y pasó los diez primeros años de su vida hasta la muerte de su madre. Veinte años después volvió para trabajar como obstetra en el hospital.
Jock había vuelto debido a los recuerdos de una infancia feliz al lado del mar y porque su mejor amigo, Struan Maitland, trabajaba como director del hospital. Struan había estado buscando desesperadamente un obstetra y había insistido mucho en que Jock aceptara el puesto. Y también porque Jock estaba inquieto… buscando a alguien a quien ni siquiera podía nombrar.
Pues bien, buscara lo que buscara, tampoco lo había encontrado en Gundowring. Jock se había esforzado mucho por adaptarse allí, pero era incapaz de aceptar la quietud de la pequeña localidad. Acababa de volver de Londres y Londres le gustaba. Blaxton quería acción en su vida y estaba decidido a encontrarla.
Pero de momento tenía que solucionar algo que estaba pasando allí. Debía concentrarse y no dejar que Ellen le confundiera. ¿Qué demonios le ocultaban?
–De acuerdo, si no me dices… –Jock tomó la carpeta que contenía las historias de los pacientes–. Hablemos claro, ¿de acuerdo? Esta historia pertenece a Jody Connor. Jody Connor ha nacido hace dos días –el hombre se dio la vuelta hasta que encontró la cunita con el nombre–. Y Jody está aquí –el hombre colocó el historial en la cesta rosa de Jody y continuó.
Ellen tragó saliva. Las cosas se estaban poniendo feas, pensó. Tina iba a tener problemas serios.
–Voy… voy a llevar al pequeño Benjamín a su madre –dijo la mujer, dirigiéndose hacia la próxima cuna–. Ya es su hora de comer. Y Lucy Fleming debería de tomar otra sesión de rayos…
Jock puso una mano sobre el hombro de Ellen y la detuvo.
–Deja a cada bebé en su sitio –ordenó el doctor–. ¡Ellen, siéntate!
–Bueno, es que…
–¡Siéntate!
La mujer se sentó finalmente.
–¡Me siento como si fuera un perro!
–Eres más que eso. Te conozco, Ellen Silverton y eres testaruda, valiente y se te da bien hacer el papel de inocente, pero… –el hombre hizo un gesto con la cabeza al ver que la enfermera comenzaba a levantarse–. No. Esta sala está bajo mi responsabilidad. Todas las enfermeras de noche me rehuyen y quiero saber por qué.
–Si quieres decir que te evitan, te puedo decir la razón. Tienes fama de…
–¿Fama? –repitió Jock, colocando los historiales en cada cuna–. ¿Qué quieres decir con eso?
–Si no sabes lo que opinan de ti, entonces eres menos inteligente de lo que yo creía –contestó Ellen, observando a Jock yendo de una a otra cuna.
Ella había hecho todo lo posible. Él iba a descubrirlo y si lo contaba… ¿Lo contaría? ¿Cómo saberlo? Desde luego ella no. Después de doce meses trabajando con él, seguía siendo un desconocido para ella.
Hubo un tiempo en que lo conoció bien. Jock había sido un niño estupendo, recordó. La madre de Jock era muy amiga de Ellen y Jock había crecido con sus propios hijos. Cuando la madre murió, al cumplir Jock los diez años, el padre sufrió una depresión y se lo llevó a vivir fuera. Ellen estuvo sin ver a Jock durante veinte años, hasta que éste volvió como un obstetra reputado, mucho más reservado y enigmático de lo que ella recordaba.
Y mucho más alto…
Medía casi dos metros y tenía un cuerpo impresionante. Con músculos y más músculos… Su cabello era negro y su rostro de facciones duras. Los ojos, de un azul oscuro, parecían los de un águila. La boca reía cuando menos lo esperabas, con una risa tan contagiosa que tenías que unirte a ella.
Sus pacientes lo amaban y todas las enfermeras solteras estaban enamoradas de él, sin dejar de preguntarse por qué seguía sin pareja y desaparecía a Sydney cada vez que podía. Ellen sabía que tenía problemas. Fantasmas del pasado que lo perseguían y le mantenían apartado de todos. Era como si tuviera miedo de comprometerse con la vida. Con el amor…
Pero nada de eso tenía que ver con el problema que Ellen tenía en ese momento. ¿Cómo explicar la existencia de una cuna de más? No podía.
–Si no puedo llevar a Benjamín a su madre tendré que explicarle lo que está pasando. Estará despierta preguntándose…
Pero Jock no era fácil de convencer. Tenía en la mano una última carpeta y había visto la cuna que le correspondía.
–Jason, aquí tienes –dijo a un bebé de una semana que lo ignoro por completo. Luego se giró. Sobraba una cuna. No se había equivocado, había un bebé de más.
–Tengo que irme…
–¡Ellen, quédate! –gruñó Jock, dirigiéndose hacia la cuna cuya cesta rosa no tenía el historial–. Sabía que tenía razón –dijo satisfecho, con los ojos brillantes–. Mis matemáticas no son del todo malas. Así que, ¿quién eres tú, pequeña?
El bebé era una niña diminuta, quizá de cuatro o cinco semanas, que no hizo caso a Jock. Su rostro pequeño parecía concentrado en dormir. Tenía la cabeza cubierta por un pelo fuerte y un rostro precioso.
–Ellen…
–Doctor Blaxton, de verdad tengo que irme –repitió Ellen, ya en la puerta.
–No –protestó Jock, poniendo las manos sobre la cuna del bebé–. No hasta que me la presentes.
–Tengo que buscar a…
–¿La historia? –terminó por ella Jock, con un brillo en los ojos–. Te repito que no está. Ya he revisado todas las historias y esta pequeña no tiene.
–Tiene que haber.
–Ellen…
–Mira, si crees que tengo tiempo que perder, intentando…
Ellen dio dos pasos y trató de pasar, pero Jock bloqueó la puerta.
–Ellen, ¿quién es esta niña? ¿Nos hemos convertido en una guardería?
–No seas estúpido.
–Ellen, no tiene ninguna pulsera con su nombre –la voz de Jock era implacable–. No tiene historial y no la conozco. Por mucho que lo intento, no la recuerdo. Nunca he visto a esta niña antes.
–Es paciente de Gina –declaró Ellen, sabiendo que lo que decía no podía ser creído.
Gina era la doctora Gina Buchanan, la pediatra del hospital. Gina estaba casada con Struan Maitland, el director del hospital y Gina y Struan estaban de vacaciones.
Jock hizo un gesto de impaciencia.
–Ellen, sabes de sobra que Gina está fuera. Ella y Struan se fueron de vacaciones hace dos semanas y antes de irse, Gina me habló de cada recién nacido. De esta niña no me dijo nada.
–Tiene cinco semanas.
–Cinco –repitió Jock, tomando a la niña en brazos.
Ellen pensó que Jock tenía unas manos suaves, cariñosas… ¿Sería cariñoso en ese momento?
–Entonces la conoces –dijo suavemente–. ¿Tiene nombre?
Ellen alzó la barbilla.
–Se llama Rose.
–Rose –repitió Jock.
El bebé se estiró y su pequeña carita se iluminó con una sonrisa. Jock no pudo evitar sonreír a su vez.
–Sí. Entiendo por qué la llaman Rosa. Es un bonito nombre para una niña preciosa –luego su voz cambió–. Ellen, ¿puedes decirme qué demonios está pasando aquí?
–Yo no…
–Deja de decir estupideces, Ellen. Quiero saber quién es y lo quiero saber en este momento. Quiero saber si le pasa algo y si no tiene nada, quiero saber por qué una niña aparentemente sana está aquí en este hospital. Cuéntame.
–Pero…
–Ellen.
Ellen suspiró. Y volvió a suspirar.
Luego, por fin, levantó el rostro y se encontró con la mirada de Jock. La enfermera Silverton no se acobardaba con nadie y conocía a Jock desde que era un crío.
–De acuerdo, Jock. Como te dije, su nombre es Rose y la estamos cuidando por Tina.
Jock estuvo a punto de dejar caer a la niña. La miró asombrado y luego volvió a mirar a Ellen.
–Tina… ¿La doctora Rafter?
–Sí, la doctora Rafter –contestó con voz débil–. Aceptamos…
–¿Quién aceptó?
–Está bien, yo acepté…
–¿Aceptó cuidar a la hija de la doctora Rafter?
–Tenía que dejar su trabajo de noche si yo no lo hacía –le explicó–. Jock, tú no entiendes. Tina está desesperada. No podía permitirse pagar…
–¿No puede pagar a alguien que la cuide? –preguntó con rostro incrédulo.
–Jock, no entiendes –repitió Ellen–. Tina está…
No siguió.
–Tienes razón, no lo entiendo –dijo Jock mientras su rostro adquiría un semblante peligroso–. La doctora Rafter lleva trabajando aquí sólo dos semanas. Ellen, hicimos algunas entrevistas para el puesto y no mencionó que tuviera una hija.
Ellen se puso derecha.
–No, ¿pero habría cambiado algo las cosas?
–Por supuesto que sí. Si hubiéramos sabido que dependía de nosotros para cuidar de esto…
–¡Doctor Blaxton, Rose no es una cosa! –protestó Ellen–. Esta niña se llama Rose y es preciosa. Y tú no tienes derecho a culpar a Tina. Le dije que a mí no me importaba tenerla aquí. También le aconsejé que no la mencionara…
–¿Por qué demonios… ?
–Porque sabes que Wayne Macky nunca aceptaría que Tina la tuviera aquí. No sin el permiso de Struan, y Struan estará fuera tres meses.
Los ojos de Jock se agrandaron.
–Pero, Ellen, Tina es sólo una interina y no tiene derecho a aceptar un contrato de unos meses si eso implica que tenemos que cuidar de su hija.
Jock estaba muy enfadado, pero Ellen era una irlandesa de fuerte temperamento.
–¡Ya es suficiente! Tina no es sólo una empleada. Sabes perfectamente que es del pueblo. Todos la conocemos.
–Yo no la conozco –dijo Jock–. Tina tiene veintiocho años, seis años menos que yo, lo que quiere decir que tendría cinco años cuando yo me marché. De manera que, a diferencia de ti, soy objetivo con ella.
–Y no te cae bien…
–Y no me cae bien –afirmó–. Ya le dije a Struan que me preocupaba que ella trabajara aquí. No es una persona seria y responsable. Incluso en un contrato de varios meses yo quiero una persona entregada y ya ha llegado varias veces tarde.
–Jock, Tina tiene familia aquí y la necesitan. Por eso quería este puesto…
–Ella dijo que eligió entre dos trabajos.
–Es cierto –contestó Ellen desesperada–, pero también necesita tiempo para estar con la familia. Y para cuidar de su hija…
–Y pensó que nosotros seríamos una posibilidad cómoda.
–No –aseguró Ellen–. Tina conoce a Wayne Macky, el contable del hospital, y sabe que nunca lo aceptaría. Cuando comenzó no pensaba que fuera a necesitar que le cuidaran por la noche a la niña. Cuando se enteró, quiso dejar el trabajo, pero… –Ellen se sonrojó–. Yo sabía lo mucho que necesitaba este trabajo y también lo sabían las enfermeras. Conocemos de siempre a Tina. Y si tú se lo dices a alguien…
–Te refieres a Wayne…
–Sí –contestó, con las manos en las caderas–. Sabes que Wayne lo llevaría a la directiva y…
–Echarían inmediatamente a la doctora Rafter y a su hija de aquí.
–Así es. Y si no te importa…
–¿Pero cuál es el problema entonces? ¿Qué cuidemos de Rose cada noche?
–Así es.
–Esa chica es un poco aprovechada.
–¡Lo necesita! Sé que no te gusta Tina, pero no sé por qué. Ella es una chica estupenda, si fueras un poco más agradable…
–Ellen, nosotros no tenemos un servicio de guardería aquí. Sabes que estamos siempre faltos de camas y si la niña se pusiera enferma…
–Jock… –Ellen se mordió los labios, sabiendo que en ese punto no podía defenderse.
Sabía que si la niña se contagiaba con algo sería un problema para ambas, para ella y para Tina. Aunque Tina no tenía otra posibilidad. Tina sabía que corría riesgos, pero sabía también que la desesperación la había llevado a dejar a la niña allí.
–Escucha, Ellan, no aceptaré la responsabilidad de una niña durante los tres meses que dura el contrato de la doctora Rafter, y no es justo que espere que lo aceptemos. Le pagamos un sueldo justo y ella es adulta como para saber lo que conlleva tener un hijo. Así que ahora lo que tiene que hacer es contratar a una niñera.
–Pero…
–No, Ellen –insistió Jock, apretando al bebé en los brazos–. Sé que tienes un gran corazón. Puede que no seas capaz de decírselo, pero no aceptaré algo así. Iré ahora mismo a hablar con ella.
–Jock, ¿por qué no te cae bien Tina?
–Porque es una inconsciente y no se toma en serio su trabajo. Y descubrir la existencia de esta niña es lo que me habría esperado de alguien como ella. Tenía que habérmelo imaginado. Tuvo que haber alguna razón para que ella se marchara de la ciudad. Fue su única salida.
Dicho lo cual se dio la vuelta y se dirigió al pasillo, sin despedirse de Ellen.
Tina Rafter…
Jock caminó por el pasillo con una expresión intensa en la mirada, pensando en aquella muchacha.
Él se había opuesto desde el principio a que trabajara allí. Le parecía demasiado joven… Aunque su currículum dijera que tenía casi veintinueve años, era difícil de creer.
¿Por qué habría aceptado el trabajo? Jock imaginaba que habría alguna razón para que ella interrumpiera su carrera como anestesista y se pusiera a trabajar como interina. Es más, le molestaba no poder adivinar qué era.
No podía preguntarle. Jock recordó el día en que Struan la presentó en la sala de empleados.
Tina se había mostrado alegre y cariñosa con todo el mundo, y, a primera vista, Jock pareció también contento de conocerla. Desde luego que era bonita. Era delgada y a la vez con curvas, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro y un pelo de color rojizo cuyos rizos le caían por los hombros. Tenía un caminar suave y ágil y enseguida causó buena impresión.
Pero cuando Struan cruzó la sala para presentársela a Jock, el rostro de Tina se quedó helado. Sus preciosos ojos verdes de repente se ensombrecieron con un gesto de preocupación.
La mirada aquella sorprendió a Jock. Él no estaba acostumbrado a que las mujeres reaccionaran de aquella manera. Durante aquellas dos semanas, se había intentado convencer de que eran imaginaciones suyas, pero no se equivocaba. A aquella mujer, por algún extraño motivo, él le disgustaba, y el disgusto bordeaba el desprecio.
Jock había hablado de ello con Struan. Le comentó que tal vez la muchacha tuviera problemas que ellos desconocían, Pero no le hicieron caso. Struan, Wayne Macky y otro médico antiguo del hospital la conocían desde jovencita y confiaban en ella, a pesar de Jock.
–Incluso podemos convencerla de que siga trabajando aquí con contrato fijo –había dicho Struan, antes de marcharse–. Sus antecedentes son limpios y podíamos contratarla como anestesista. Sólo tiene que hacer el examen y…
–Esa es otra cosa que no entiendo –le había dicho Jock–. ¿Por qué demonios interrumpe sus estudios para trabajar como interina?
–Problemas de familia –le había contestado Struan, sin más explicaciones–. Pero intenta convencerla para que se quede. Ya sabes que Gina y Lloyd tienen mucho trabajo y necesitaríamos otro anestesista.
Jock sólo pudo asentir. Se le ocurrió pensar que el director podía no renovarle el contrato. Pero el desprecio en aquellos ojos le confundía, no entendía el motivo. Y, para empeorar las cosas, en ese momento descubría que tampoco les había confesado la existencia de la niña… No les decía que era una madre soltera.
Aunque eso sí que podía entenderlo. Wayne, como presidente de la directiva del hospital no la perdonaría. A Jock no le importaba que tuviera una hija sin estar casada, decidió mientras iba por el pasillo. Pero si tenía pensado que se la cuidaran ellos…
La boca de Jock se hizo una línea apretada. Abrió las puertas de cristal de la sala y fue a su encuentro. Escogió el peor momento. Tina estaba siendo besada apasionadamente. Jock se detuvo y miró asombrado… luego observó.
¿A quién diablos besaba? No podía verlo. Tina era delgada y baja. Su falda y su blusa estaban cubiertas por la bata blanca y se apretaba contra un cuerpo masculino. Lo único que Jock alcanzaba a ver eran las piernas delgadas y el cabello revuelto cayéndole por los hombros. El resto estaba tapado por el hombre.
¿Y el hombre? Parecía un campesino. Era grande, fuerte e iba mal vestido. Parecía llegar directamente de cuidar vacas. Besaba a la muchacha con pasión y ella parecía responder con el mismo entusiasmo. Jock sintió en su mismo cuerpo la pasión entre hombre y mujer.
Afortunadamente la rabia lo salvó. ¡Justo a tiempo!
–¿Qué diablos pasa aquí?
La pareja se apartó de mala gana. Aunque no demostraron vergüenza o culpabilidad. El hombre se volvió y Tina le sonrió. Sus ojos verdes estaban vivos de placer y malicia.
–Harry Daniel, esto no está bien. Te dije un beso de amigo.
–Me he aprovechado –contestó Harry tranquilamente, soltando una carcajada y mirando al doctor.
–¡Se lo diré a Mary! –replicó la muchacha.
–Hazlo si quieres. Tú serás nuestra madrina de boda y ella nunca te creerá. Además… –Harry miró con placer a Tina–. Desde el mes que viene intentaré ser fiel a mi preciosa Mary. Ésta es mi última oportunidad de divertirme.
–¿Es eso lo que soy? ¿Una diversión?
El campesino se quedó pensativo y sonrió.
–Bueno, diver… Yo diría que…
Jock preferiría no haber estado allí. Miró a Harry Daniel. Lo conocía. Era un campesino de la localidad que estaba comprometido con Mary Stevenson, la maestra.
–¿Pero qué… ?
Por fin lo miraron y Harry hizo una mueca. Tina no se inmutó. Tan pronto como vio a Jock la sonrisa de sus labios se apagó. Se apartó de Harry y se dirigió hacia la bandeja que estaba preparando.
–Ya está, Harry. Vuelve el viernes y te quitaré los puntos. La cicatriz se curará pronto y estarás guapo para la boda.
Jock volvió a mirar a Harry y notó por primera vez la cicatriz en la mano del campesino.
–¿Qué te ha pasado?
–Tuve una pelea con una máquina, doctor. Me ganó ella. Nunca se puede ganar a esas máquinas infernales.
–¿Y la doctora Rafter le besó para curarlo? –preguntó, con un matiz de desaprobación.
Harry no pareció darse por aludido.
–Le dije que lloraría si no lo hacía. Que me diera ánimos para aguantar los puntos, ya sabe. Me dijo que me daría un beso al final si no gritaba y no lo hice. Nuestra Tina es la mejor. Espero que siga contando con ella cuando acabe su contrato, doctor. Ella querría que no terminara nunca.
El hombre hizo un gesto cariñoso a Tina con la mano herida y se marchó.
Hubo un silencio.
Detrás de la mesa, Bárbara, la enfermera jefe, miró con curiosidad a Jock y luego a Tina. Había estado viendo el beso de Harry y Tina y al parecer le había gustado mucho, pero en ese momento pensó que no debería quedarse. Era inteligente. Así que se fue hacia el área de recepción, aunque teniendo cuidado de mantenerse cerca para escuchar.
Tina estaba ordenando las bandejas, pero en ese momento vio lo que Jock sostenía en brazos.
La puerta se cerró detrás de Harry y Tina dejó un vaso en la bandeja y dio un paso hacia Jock.
–Rose –dijo con suavidad, extendiendo los brazos al bebé–. ¿Ha pasado algo?
La cara de Jock tenía una expresión fría y ella no tuvo la valentía de dar otro paso. Tuvo miedo y recordó a Ellen, que le había asegurado que no habría ningún problema. Pero Tina conocía al canalla de Jock Blaxton. ¡Era un maldito canalla! Un hombre que había hecho mucho daño y allí estaba tan tranquilo, juzgándola. Bien, sólo había un modo de manejar la situación y Tina no iba a quedarse allí a esperar una bronca del doctor Blaxton. ¡De ninguna manera! Ella le había dicho a Ellen que no daría resultado y tenía razón. Así que se iría en ese momento. Recogería todo y se marcharía.
–¿Le importa que termine el turno o prefiere que me vaya ahora mismo?
Silencio.
–¿Qué me dice? –insistió, tras unos segundos, mientras se acercaba para tomar a Rose en sus brazos.
Rose seguía durmiendo. Ella miró a la niña y sintió un amor tan grande dentro que estuvo a punto de emocionarse. ¡Y ese maldito canalla! Había hecho tanto daño…
–Me iré ahora –dijo finalmente.
Jock se quedó mirándola, visiblemente enfadado.
–¿Quién se va a encargar del turno de noche? –preguntó él–. Su contrato es de tres meses, señorita Rafter.
–No.
–¿Qué significa eso?
–Quiere decir que tengo problemas personales más importantes y que algunas veces los problemas personales son el motivo de que se incumplan los contratos. En este caso ningún abogado me puede obligar a que lo finalice. También significa que no esperaré ninguna amabilidad por su parte, Jock Blaxton. Ellen me dijo que me equivocaba con usted y que reaccionaría bien si descubría lo que estábamos haciendo. Fui una estúpida por hacerle caso.
La muchacha tomó aire.
–De manera que… Me llevaré ahora mismo a Rose a casa y cobraré el jueves. Significa que tendrán que trabajar más durante un par de días, hasta que encuentren a otra interina, pero me imagino que sobrevivirá, doctor Blaxton. ¡Incluso puede sentarle bien!
Se giró sobre los talones y caminó hacia la puerta.
Pero Jock se acercó rápidamente y puso una mano sobre su hombro.
–Espere un minuto.
–No voy a aguantar ninguna bronca suya, Jock Blaxton –declaró Tina, dándose la vuelta–. Ya ha hecho suficiente daño a esta pequeña. Fui idiota dejándola cerca de usted. Y ahora déjeme pasar.
Los ojos de Jock se oscurecieron y la mano que tocaba el hombro de Tina se hizo más pesada.
–No entiendo.
–No. Esa es su especialidad.
–Tina… –Jock se apresuró tras la muchacha, obligándola a que diera la vuelta y lo mirara.
Detrás de ellos, la enfermera se asomó por la ventana de recepción.
–Escuche, ¿le importaría contarme qué demonios está pasando aquí? –exigió él–. Descubro a mi personal cuidando de su hija ilegítima, hija de la que no nos habló al aceptar el trabajo, y ahora reacciona enfadándose como si fuéramos nosotros los que estamos equivocados. Usted siempre parece estar enfadada conmigo desde que nos conocimos. Y…
Pero Tina no pudo seguir escuchando.
–¿Mi hija ilegítima? ¿Mi…?
–Pero ¿qué…?
Pero Tina no podía hablar. Estaba fuera de sí. Levantó su mano libre y le abofeteó tan fuerte como pudo. Y luego le empujó para pasar, todavía con la pequeña Rose contra su pecho.
Antes de que Jock pudiera recuperarse, Tina había desaparecido dentro del aparcamiento. Poco después oyó que arrancaba un coche y se quedó allí confuso, viéndolo desaparecer en la lejanía.
Capítulo 2
JOCK apenas tuvo tiempo para pensar en la extraña reacción de Tina durante el resto de aquella noche. Estuvo demasiado ocupado. Lo normal era que por la noche sólo se quedara un médico de guardia. Aquella noche le tocaba a Tina Rafter, que se había marchado, perdiendo su empleo, por lo que Jock tuvo que sustituirla, además de ejercer de obstetra cuando fue necesario.
Y fue necesario. Después de atender a una anciana con un ataque de ansiedad debido a la incapacidad de conciliar el sueño, Jock tuvo que atender un parto. El parto fue, además, complicado y tuvo que utilizar el fórceps. De modo que a las siete de la mañana Jock estaba exhausto.
A esa hora vio a Ellen, que ya se había cambiado, y se disponía a marcharse.
La mujer miró a Jock con gesto recriminatorio. En los hospitales de las pequeñas ciudades el respeto de las enfermeras por los médicos se desdibuja. Y si a eso se añade que Ellen había tenido a Jock en sus rodillas cuando éste era un niño, el resultado era que ese respeto desaparecía por completo.
En esos momentos era evidente que la enfermera Silverton estaba muy enfadada.
–Doctor Blaxton, no había ninguna necesidad de que despidiera a la doctora Rafter. La enfermera jefe de guardia me dijo lo que había pasado. Me contó que usted había despedido a Tina sin dejarle que se explicara siquiera… Jock, si tu madre pudiera verte ahora, se avergonzaría de ti.
Jock cerró los ojos. Se había pasado toda la noche del domingo atendiendo un parto. Toda la mañana del lunes en la consulta. La noche del lunes estaba a punto de acabar agotado. ¡No podía más!
–Ellen, yo no despedí a Tina –dijo, con los dientes apretados–. Fue ella quien se marchó. Y por lo que a mí concierne, me alegro de que así sea.
–Eso no es verdad.
–Sí que lo es. Es frívola, flirtea con los pacientes, es impuntual, incompetente y espera que el hospital se ocupe de su hija ilegítima debido a que ella es tan irresponsable que no se puede ocupar de la niña. O una tacaña, que no quiere pagar la guardería. No tengo ni idea de dónde estará el padre, pero tampoco me sorprendería que no supiera siquiera quién es.
Ellen se quedó mirándolo fijamente.
–Y ahora, si has terminado, ocúpate de decir al señor Macky que vaya buscando una sustituta para la doctora Rafter antes de irte –dijo Jock, con voz cansada–. Necesito desayunar algo y tengo consulta a las ocho.
–¿Te golpeó? –preguntó Ellen, que por fin pudo hablar. En la mejilla de Jock se podía ver la marca de cuatro dedos, pero en el tono de la mujer no había ninguna compasión–. Bárbara me dijo que ella te había golpeado. ¿Te dio fuerte?
–Sí que lo hizo. Y debería denunciarla. De todas…
Pero no pudo terminar. Ellen Silverton se adelantó y le dio una sonora bofetada en la otra mejilla.
–De parte de tu madre. Y mía también. Y ahora si quieres despedirme, adelante. Soy demasiado mayor para estar complaciéndolo, doctor Blaxton. De todos los arrogantes y autoritarios… Deberías avergonzarte.
–Debería…
–Sí, deberías –Ellen le obligó a sentarse en una silla. Él, asombrado, cedió–. Siéntate, Jock, y cállate y escucha.
–Pero…
–Ni una palabra más hasta que acabe –Ellen estaba furiosa–. En primer lugar, Tina es una chica estupenda. Y no sabes por lo que ha tenido que pasar…
–Yo no…
–Silencio, doctor Blaxton. En segundo lugar, Rose Maiden no es la hija de Tina. Así que no es extraño que te abofeteara al acusarla de ser la irresponsable madre de una niña ilegítima. ¡Después de lo que está haciendo por ella! Y la acusas de promiscuidad…
–Le vi besando a Harry Daniel en…
–Ya lo sé. Bárbara me lo dijo. Y también me dijo que tú parecías celoso. Tina y Harry han sido amigos íntimos desde pequeños y Harry va a casarse el mes próximo con Mary, la mejor amiga de Tina en el instituto. Así que no creo que sea promiscua por besar a ese hombre.
–Pero si Rose no es hija de Tina…
–Ya te dije que Rose era hija de la hermana de Tina.
–Y entonces, ¿por qué no cuida la hermana de su propia hija?
–No puede. Christie fue internada en un hospital de Sydney hace una semana por agotamiento y depresión posparto.
–No…
–¿No qué? ¿No te lo crees? Tú prefieres pensar que Tina es una frívola y una promiscua? ¿Es eso? –protestó Ellen–. Y yo que pensé que eras un buen hombre… Me avergüenzo de ti y tu madre se revolvería en la tumba si pudiera ver en lo que te has convertido.
Ellen se dio la vuelta y se marchó.
–¡Ellen!
La voz de Jock, la desesperación en ella, hizo que Ellen se detuviera.
–Ellen, creo que es mejor que me digas lo que está pasando. De acuerdo –continuó, mientras ella se daba la vuelta–, puede que me haya hecho una opinión equivocada, pero… si supiera qué es lo que pasa…
–Doctor Blaxton, no es asunto mío…
–Ellen.
–¿Sí?
–Siéntate. Y ahora cuéntamelo todo, por favor. ¿Quién es la hermana de Tina?
Ellen dio un suspiro. Puede que no todo estuviera perdido. Puede que si ella hiciera un esfuerzo…
–La hermana de Tina se llama Christie Maiden. Vive fuera de la ciudad, en una granja.
–Entiendo –mintió él–. O sea que Christie tuvo una hija, Rose, aquí hace cinco semanas.
–Sí.
–Eso debió de ser mientras yo estaba de vacaciones en Londres.
Seguía sin entenderlo. Como único obstetra del distrito conocía a todas las mujeres embarazadas, o eso pensaba. Y nunca había oído hablar de esa tal Christie Maiden.
–Entonces… la debió de atender en el parto Henry Roddick, ¿no es así?
Era el médico a quien él había pagado una fortuna para que se encargara de todo mientras él estaba fuera.
–Si tú no la atendiste, me imagino que fue Henry –replicó Ellen–. Yo imaginé que habías sido tú. Eso es lo que me dijo Tina, pero yo también estaba fuera.
–Pero… –Jock hizo un gesto con la cabeza–. Si tuvo el niño aquí, si Christie es alguien de aquí, ¿cómo es que no la conozco? Yo estuve sólo dos semanas fuera. ¿Cómo es que no le hice las revisiones normales?
–Puede que no se hiciera ninguna –dijo Ellen–. Tuvo problemas desde el comienzo.
–¿Por qué?
Ellen se encogió de hombros y dio un suspiro. Luego extendió las manos.
–Es una larga historia.
–Puedes intentar contármela.
–La verdad es que no lo sé todo, pero creo que… Tina dice que el marido de Christie se marchó cuando estaba de dos meses. Vivían en una granja como a diez kilómetros de la ciudad y apenas hay casas alrededor. Ya tenían dos hijos, uno de cuatro y otro de dos. En lugar de buscar ayuda, Christie trató de salir adelante ella sola. Casi nadie en la ciudad se enteró de que Christie estaba embarazada. Yo tampoco. Nadie la vio.
–Pero terminó viniendo aquí.
–Eso creo.
–¿Tenemos el historial?
–Estará en el archivo. Puedes buscarlo si quieres.
–¿No crees que me interesa? –preguntó Jock, con el ceño fruncido–. ¿Crees que me da igual?
–Yo no he dicho eso.
–Pero lo crees y desapruebas mi reacción. ¿Por qué no me lo contaste desde el principio? ¿Y ahora por qué se ha ido Tina?
–Ella está cuidando de los niños. Buscó este trabajo porque estaba preocupada por su hermana que, efectivamente, tuvo que ingresar en el hospital. Así que Tina se ha quedado a cargo de los otros dos. Me imagino que Tina está pagando a una chica para que la ayude y poder dormir algo durante el día, pero esa chica no puede quedarse por la noche, de manera que Tina se trae aquí a Rose.
–¿Y quién más lo sabe?
–Sólo las enfermeras de guardia.
–¿Y Gina y Struan?
–No. Saben por qué Tina volvió, pero no saben que trae a Rose al hospital.
–¿Por qué no?
Ellen se encogió de hombros.
–Christie no estaba en el hospital todavía cuando ellos se marcharon. Además Tina no quiere que mucha gente sepa que su hermana necesita tratamiento psiquiátrico. Esta es una ciudad pequeña donde se juzga mucho a las personas. Bueno, quizá no mucho, pero Christie tiene miedo de que a raíz de esto la puedan considerar una enferma mental. Al parecer ni siquiera quiso que la atendieran aquí, Tina la tuvo que llevar a Sydney.
–¡Diablos!
–Es cierto. ¿Lo crees? Y tú lo has puesto mucho peor. Y ahora, si me disculpas, será mejor que me vaya. Si quieres que te llame a la agencia de interinos antes de irme…
–Déjalo –contestó Jock pensativo–. ¿Podrías…? ¿Podrías pedir a Tina que volviera al hospital? ¿Decirle que entiendo lo de la niña?
–No.
–¿Por qué no?
–Porque si quieres que vuelva, creo que tendrás que ser tú quien se lo pida. Ella es muy orgullosa y tú la echaste, Jock. Tú lo solucionas.
Eran las cinco de la tarde cuando Jock llegó a la granja de la hermana de Tina. Había encontrado la dirección en su historial médico, pero no estaba bien detallada. Así que le fue difícil llegar y al hacerlo, tampoco estaba seguro de haber llegado al lugar correcto.
La casa estaba situada en las estribaciones de las montañas. Era un edificio destartalado rodeado de eucaliptos y helechos por todas partes.
Había gallinas flacas y una vaca de mirada triste que observó el coche de Jock. ¿Había llegado al lugar que buscaba? Jock estuvo a punto de darse la vuelta, pero oyó una risa procedente de la parte trasera de la casa. Era una voz infantil.
–Estoy viendo a Ally…
Entonces Tina salió desde detrás de la casa. Aunque no era la doctora limpia de bata blanca que Jock conocía. Iba vestida con unos vaqueros viejos y una camiseta. No llevaba zapatos y su pelo rojo flotaba al viento. En los brazos llevaba un bulto enrollado que sujetó con una mano para subir los escalones del porche de entrada a la casa corriendo.
–¡Te hemos visto, Ally Maiden! Ahora te toca a ti –entonces Tina bajó los escalones de nuevo y se dirigió hacia un lado de la casa, donde había un pequeño que comenzó a gatear tras ella.
Todavía con el bulto en uno de los brazos, tomó al pequeño y lo puso en la cadera con la mano libre.
–¿Qué te parece, Tim? Hemos encontrado a Ally –dijo Tina, con una sonrisa de triunfo y dando una vuelta completa para regocijo del pequeño.
Pero Tim había visto a Jock y miraba el coche deportivo con la boca abierta.
–Un coche, tía Tina. ¡Un coche!
La tía Tina se dio la vuelta y se quedó helada. No vio el coche deportivo, sólo vio a Jock. Al doctor Jock Blaxton en persona. ¡Jock Blaxton allí! Su peor pesadilla la perseguía. Entonces Ally llegó corriendo. Era una niña de unos cuatro años con el mismo cabello de su tía.
–Creí que nunca me encontrarías. Estuve mucho tiempo escondida…
Entonces también ella vio a Jock. Se detuvo y miró… y luego se dirigió a Tina y la tomó de la mano. Ésta sólo quería meterse en la casa y cerrar la puerta. Aunque si cerraba de un portazo, la casa se caería en pedazos, pensó con amargura. No había ningún lugar seguro donde esconderse. Si se hiciera realidad el cuento del lobo que tira una casa soplándola, esa sería la casa.
Jock caminó por el sendero que llegaba a la casa. El viento movía su pelo oscuro y sus ojos azul oscuro estaban entrecerrados para evitar el sol de la tarde. Era un lobo de verdad. Tina retrocedió un paso y los niños se agarraron más a ella. Parecía asustada, pensó Jock. ¿Por qué?
–¿Tina? –dijo, deteniéndose al pie de las escaleras, observando al pequeño grupo.
Tina prefería que no subiera las escaleras. Parecían a punto de derrumbarse.
–Sí, soy yo –dijo, con una voz fría.
Luego se volvió hacia su sobrina, como si buscara algo que decir.
–Ally, éste es el doctor Blaxton. Es el hombre del que te hablé esta mañana. Doctor Blaxton, ésta es mi sobrina Alison, la llamamos Ally. Y éste es mi sobrino Timothy.
Jock notó los dos pares de ojos que lo miraban juzgándolo. La pequeña alzó la barbilla desafiante, como si lo conociera bien.
–Hiciste llorar a mi tía Tina –dijo severamente–. No nos gustas, doctor Blaxton. Aunque tengas un coche bonito creo que es mejor que te vayas.
Jock tragó saliva. Desde luego no se lo ponían fácil.
–No quería hacer llorar a tu tía.
–¿Entonces por qué lo hiciste?
–Me equivoqué.
Seis ojos lo miraban, bueno, ocho contando al bebé apretado contra el pecho de Tina. Todos eran de un verde intenso y todos tenían la misma luz detrás. Todos eran pelirrojos. Parecía que los niños eran hijos de la muchacha.
–¿Has venido a decirle que lo sientes? –preguntó Ally con curiosidad.
–No hace falta que diga que lo siente, Ally. No quiero sus disculpas.
–Te hizo llorar.
–Yo fui tonta. Tonta por enfadarme. El doctor Blaxton no tiene nada que ver con nosotros. No tenía por qué haber conseguido que llorara –entonces levantó también ella la barbilla y miró a Jock con ojos fríos y duros–. Por favor, váyase.
–Tina, lo siento –declaró Jock, con voz desesperada–. No tenía por qué haber supuesto que Rose era hija tuya… Fue…
–¿Viene a disculparse por eso? ¿Eso es todo? ¿Por sugerir que tenía una hija ilegítima? Ese no ha sido el único daño que ha hecho… –su voz se apagó, ahogada por la furia.
Luego hubo un silencio tenso. Ni los niños fueron capaces de hablar.
–Tina, no sé qué quieres decir.
–¿Me está diciendo que no sabe el daño que ha hecho?
–No.
–No sabe… –los ojos de Tina parecieron echar chispas–. ¡No lo sabe! Admite a mi hermana en el hospital, la atiende en el parto y le da el alta veinticuatro horas después. ¡Veinticuatro horas! Y sólo porque está en la seguridad social. A pesar de estar agotada al borde de la muerte, de estar muriéndose de hambre y de no tener a nadie que la ayude en casa. Por no mencionar la depresión. Pero usted la echó porque no puede ganar ningún dinero con ella y no le importa lo más mínimo cómo está.
Tina era una persona más bien baja, pero lo que le faltaba de estatura le sobraba de personalidad y fuerza.
–Así que no se preocupó por ella. Ni siquiera en los detalles más fáciles. No contactó con el centro de asuntos sociales para que enviaran alguien a su casa. No tuvo ninguna ayuda. Mi hermana llegó a casa después de una noche en el hospital y los vecinos le devolvieron a los otros dos niños. Nadie me llamó hasta dos semanas más tarde, que fue cuando tomé un avión en Brisbane para llegar y encontrarme…
Tina cerró los ojos.
–Esto fue lo que me encontré –apretó a los pequeños contra ella–. Mamá está enferma, ¿verdad? Pero ahora está en el hospital y se pondrá pronto bien. Mi hermana necesitaba un médico y no lo tuvo. Así que ahora… no lo necesitamos. No lo necesitamos para nada. Creo que será mejor que se vaya cuanto antes para que no me enfade más.
Hubo un silencio prolongado. Se oyó el grito de un pájaro procedente de los árboles que rodeaban la casa. Pareció una acusación. El mundo entero parecía acusar a Jock Blaxton.
Quizá el pájaro tuviera razón. Quizá Tina tuviera razón. ¡Maldita sea! Jock se sintió horriblemente culpable. Puede que no fuera tan responsable como Tina creía, pero era suficientemente responsable. Él necesitaba unas vacaciones y había contratado a Henry Roddich sin conocer bien su profesionalidad.
–Tina, yo no atendí a tu hermana en el parto –dijo con suavidad–. Yo estaba fuera. ¿De verdad te dijo ella que fui yo quien la atendió?
Tina abrió los ojos de par en par.
–Eso es una locura. Sí, me habló del doctor Blaxton…
–¿Estás segura de que no sabía que el médico que le correspondía era yo y me tomó por tanto por el doctor Roddick? Si estaba tan mal, puede que no escuchara bien el nombre del doctor que la estaba atendiendo.
–No… –Tina estaba pálida–. Creo…
–Tina, fue el doctor Roddick quien atendió a tu hermana. Después de que Ellen me contara que Rose era la hija de tu hermana, busqué el historial de tu hermana. Yo nunca vi a Christie. No vino a verme ni siquiera una vez durante el embarazo. De acuerdo a las notas de Henry, no había ninguna ficha de ella. El parto fue una sorpresa para Henry. Fue un parto normal y le dio el alta veinticuatro horas después. Él no encontró ningún motivo para que no se marchara.
Tina estaba con la boca abierta y los ojos le ocupaban prácticamente toda la cara.
–Quiere decir… que no fue usted.
–Así es.
–¡Oh, no!
–Creo… que los dos hemos cometido una injusticia –dijo Jock–. Deberíamos empezar de nuevo y aclarar lo que pasó.
Los ojos de Tina se cerraron momentáneamente. Luego los abrió despacio.
–Pero… le hice estar toda la noche trabajando. Tenía una mujer de parto y el resto de los pacientes. Tiene que estar agotado…
–He sobrevivido.
–Le he hecho daño.
–Lo merecía.
–No, no lo merecía –admitió sinceramente Tina–. No tenía derecho a llevarme a Rose al hospital. Ellen fue quién me dijo que podía hacerlo. Pero…
–Y yo tenía que haber sabido toda la historia antes de hablarle.
–¡Perdóneme!
La pequeña Ally, que había estado mirando a uno y a otro con visible impaciente tiró de la mano de su tía.
–Tía Tina, ¿te has hecho amiga del doctor Blaxton?
–No lo sé –dijo Tina, con una sonrisa débil–. Lo estoy pensando.
–Yo creía que el doctor Blaxton era…
–No digas nada, Ally. Creo que me he equivocado con el doctor.
–¿Eso quiere decir que podemos dar una vuelta en su coche?
Tina abrió la boca y luego la cerró. De repente, una sonrisa iluminó su rostro. La sonrisa que Jock había visto ofrecer a todos menos a él. La sonrisa que hechizó a Jock desde el primer momento y que hizo más doloroso su desprecio. Y ahora esa sonrisa era para él.
–¡Oh, Ally…! –Tina movió la cabeza y sus ojos se humedecieron–. ¡Maldita sea!
Dejó a su sobrino en el suelo y luego extendió la mano hacia Jock.
–Doctor Blaxton, no sabe lo agradable que es saber que no tengo que odiarlo –declaró.
«Lo mismo pienso yo».
Esa sonrisa estaba provocando sensaciones extrañas en el interior de Jock. Tomó la mano firme de Tina y las sensaciones se hicieron más fuertes. Esa muchacha era diferente a todas las que había conocido anteriormente. Tina no llevaba maquillaje. Sus ojos eran claros y brillantes. Sinceros. Tenía manchas de leche en la camiseta y el bebé estaba pegado a sus senos como si fueran suyos. ¡Esa era la típica escena que a él le habría hecho correr!
–¿Cómo… cómo está Rose? –consiguió decir. Y su voz sonó ronca.
–Como ve. Nos permite hacer todo, siempre que la llevemos a ella. Es muy sociable. Pero en este momento tiene sueño.
–¿Por qué… ? –su voz no le salía con firmeza–. ¿Por qué no está en el hospital con su madre? –preguntó, pensando que en los casos de depresión posparto separar a la madre del hijo empeora la situación–. No entiendo.
Había muchas cosas que no entendía. Una de ellas era por qué sus piernas le temblaban delante de aquella muchacha. Aquellos ojos… Pero el rostro de Tina volvió a ponerse triste…
–No creo… –la muchacha suspiró y la luz de sus ojos se apagó–. Puede que no entienda lo mal que estaba mi hermana cuando yo llegué –Tina acarició a la niña–. Ally, ¿por qué no vas con Tim a recoger algunos huevos? Si hacemos una tortilla al doctor Blaxton y lo tratamos bien, puede que os lleve a dar una vuelta en su coche.
–¿De verdad? –preguntaron ambos niños a la vez, mirando fijamente a Jock.
Jock extendió las manos y sonrió agradecido. Ese pequeño grupo era como una red de seda que lo estaba atrapando suavemente. Debería irse a casa y acostarse, pero esos ojos verdes…
–De verdad –contestó Jock–. Una vuelta en coche es muy poco pago a cambio de una tortilla.
Ally tomó a su hermano de la mano y ambos salieron corriendo hacia el gallinero.
Jock se quedó con Tina… y con el bebé.
Capítulo 3
PERMANECIERON en pie, con la puesta de sol al fondo, sin saber por dónde empezar. Los pies descalzos de Tina se movían inquietos, mientras Rose se estiraba y movía las manitas. Tina parpadeó. Le encantaba sentir a Rose, pero Jock le ponía nerviosa… Le hacía sentirse muy joven, muy torpe.
–Entre. Le daré un poco de limonada –dijo finalmente–. Bueno, parece que le he secuestrado para que cene con nosotros. ¿Podrá soportarlo?
–¿Disfrutar de una tortilla hecha en casa y llevar a dos niños en mi coche? –dijo Jock, forzando una sonrisa–. Puedo aguantarlo. Por cierto, ahora que somos amigos, puedes tutearme. Llámame Jock.
–Muy bien, Jock, nos tutearemos.
La siguió dentro de la casa observando el cuerpo de Tina. Estaba muy guapa en vaqueros y descalza. Allí en la casa, con o sin bebé, estaba maravillosa.
El interior de la casa era como el exterior. La pobreza era visible en cada ángulo. Jock se detuvo en la puerta de la cocina y miró a su alrededor. Se notaba que Tina debía intentar mantenerla ordenada. La casa estaba limpia, pero era lo único que se podía decir de ella. Los muebles eran escasos. Había una mesa o algo parecido, pero sin sillas a su alrededor. El suelo hacía tiempo que había perdido el linóleo que lo había cubierto en algún momento y era de madera desnuda.
El único toque de color lo daba una jarra de cristal que había sobre la mesa. Era un color rojo fuerte que hacía juego con el cabello de Tina. Ésta se fijó en que Jock miraba la jarra.
–Cambiamos las rosas cada mañana –dijo, acariciando a Rose sin darse cuenta–. Me hace sentirme bien.
–¿Por qué…? ¿Por qué está viviendo tu hermana en un sitio como éste? Es espantoso. No creo que tenga necesidad de ello. Hay asistentes sociales que podrían ayudarla. Le darían por lo menos algunos muebles.
–Lo harán. Ahora sí, antes no pudieron.
–¿Puedo preguntar por qué?
Tina se encogió de hombros. Llenó un cazo con agua y lo puso al fuego. Luego colocó un plato con fruta sobre la mesa y se sentó frente a Blaxton.
–Por el orgullo de mi hermana. Siempre ha sido testaruda y muy fuerte, además de orgullosa. Sólo que ahora… el marido de Christie tuvo una aventura con otra mujer –declaró Tina, mirando a Jock a los ojos–. Con una adolescente. Christie lo descubrió cuando estaba embarazada de dos meses. Ray, el marido, quiso que abortara, a pesar de que antes sí que había querido tener otro niño.
–¿Y ella se negó?
–Por supuesto que se negó –Tina miró a la niña, como si el pensamiento fuera horrible.
Y lo era. Tina sonrió a la pequeña y se inclinó para darle un beso en la cabeza.
–Christie quería esta niña. Ama a sus hijos. Ama… a Ray.
–¿Entonces?
–Entonces Christie se marchó unos días con los niños, para pensar a solas. Pero fue una estupidez. Mi hermana debió de creer que Ray iba a asustarse e ir detrás de ella, pero no lo hizo. Cuando finalmente volvió, Ray se había llevado todas las cosas. Vendió todo lo que tenía valor, hasta las alfombras del suelo. Se llevó todo el dinero del banco y las tarjetas de crédito. Se llevó hasta las bombillas.
–Oh, no…
–Y Christie, en vez de pedir ayuda, simplemente se quedó asustada –continuó Tina con tristeza–. Nuestros padres murieron hace unos años. Yo estaba en Brisbane trabajando y ella no me dijo nada.
–Pero debiste enterarte.
–¿Cómo podía enterarme? Yo estaba ocupada con mi propia vida, con la carrera y pensaba que… Christie ni siquiera me contó que esperaba un hijo. No la había visto desde navidades. La llamé y ella me habló con total normalidad de Ray y de los niños, como si nada hubiera pasado.
–¿Y qué hizo para conseguir dinero?
–No lo sé. Creo que ni siquiera se puso en contacto con los asistentes sociales para pedir una ayuda. Tiene las gallinas y la vaca, así que los niños podían tener, por lo menos, huevos y leche. No acudió a los vecinos y los pocos amigos que tiene tampoco se enteraron. Ella estaba muy avergonzada…
Jock cerró los ojos, pensativo. Una mujer sola embarazada luchando contra una vida que se había roto en pedazos. Christie habría necesitado un doctor, pero ni siquiera él pudo atenderla en el parto.
–Y luego tuvo a Rose.
–Entonces sí se vio obligada a pedir ayuda –la voz de Tina era triste y Jock imaginó que se estaba culpando por no haber estado a su lado. Por no haber imaginado que pasaba algo–. No tenía coche, lo habían comprado y no tenían dinero para pagar las letras. Así que cuando se puso de parto, tuvo que caminar hasta el próximo pueblo para pedir ayuda. Las gentes del pueblo no son particularmente amables, pero cuando vieron el estado en que estaba Christie… Después, cuando Rose tenía dos semanas, me llamó por fin diciéndome que me necesitaba.
–Y viniste.
Jock miraba fascinado el rostro de Tina.
–Sí, y me encontré a Christie al borde de la muerte –continuó. Y Jock supo que estaba viendo a su hermana en ese momento–. Christie daba de comer a los niños, pero era lo único que podía hacer. Apenas hablaba y no comía. Intenté llevarla al hospital de aquí, pero ella se negó. Así que la llevé a Sydney.
–¿Sin el bebé?
–No había problema en que ingresara en el hospital con Rose, pero ella necesitaba estar sola. Necesitaba tiempo para recuperarse y comenzar a pensar en su futuro. Tiempo para descubrir que es posible vivir después de lo que tuvo que sufrir.
–Tiempo para descubrir que se puede vivir con orgullo –añadió Jock.
Tina lo miró.
–Veo que lo entiendes –dijo sorprendida.
Lo observó y sintió una necesidad terrible de cariño. Había estado sola con todo aquello durante tanto tiempo y ahora… Ahora el consuelo le llegaba desde donde menos lo esperaba.
Mucho más que consuelo. Un sentimiento de… Un sentimiento que no entendía. Como si ese hombre fuera parte de sí misma.
–Es solo que… es una locura –dijo, tratando de calmarse–. Pero Christie ha sido siempre tan fuerte… Siempre ha sido una persona dinámica y activa. Pero esto la ha destrozado, la ha derrumbado. Está tan enferma…
–¿Cuánto tiempo estará en el hospital?
–Quizá la pueda traer a casa la semana que viene. Los niños y yo iremos a verla el domingo –Tina dudó un momento–. Aunque creo que podremos ir antes, ahora que no tengo trabajo.
–Sí que tienes trabajo –Jock agarró la mano de ella entre las suyas, estremeciéndose al darse cuenta de lo delicada que era su piel–. Diablos, Tina, ¿por qué no se lo dijiste a nadie?
–Sí que lo hice –replicó ella, mirando sus manos entrelazadas. Luego apartó la suya lentamente, al darse cuenta de que llevaban juntas demasiado tiempo–. Se lo dije a Ellen, a Struan y a Gina. Sabía que a Christie no le iba a gustar, pero esa gente tenía que conocer la verdad.
–Podrías habérmelo dicho a mí también.
–No, debido a…
–Debido a que pensabas que era yo quien habría tratado a Christie así. La disculpaste a ella sin antes…
–Lo siento, Jock –dijo con voz temblorosa–, pero pensé que habías sido tú quien había asistido el parto. Y además, quien quiera que fuese, debería ser castigado…
Tina lo miró, buscando que él la comprendiese.
–Jock, Christie era anoréxica. Es imposible que no se dieran cuenta cuando la pesaron en Sydney. Y tú fuiste quien contrató a ese hombre –dijo, con la mirada encendida.
–Lo sé y acepto mi parte de culpa. Sé que no lo hice bien. Pero dime qué puedo hacer ahora para arreglarlo.
La respuesta de Tina fue inmediata.
–Devolverme mi puesto de trabajo.
–Por supuesto. Pero ¿estás segura de que deberías trabajar en el hospital? ¿No estás ya demasiado ocupada?
–Sí, pero estoy tan arruinada como Christie.
–No lo entiendo. ¿No estabas recibiendo un sueldo?
–¿Me creerías si te dijera que tengo deudas?
–No, no te creería –dijo Jock, con una sonrisa débil–. Así que dime la verdad.
Tina dudó sólo un momento. A Jock no le incumbía el estado de sus finanzas, ni lo que le sucediera a su familia, pero viendo la calidez de su mirada no pudo resistirse a confesarle la verdad.
Afuera, se oyeron las risas de los niños que regresaban con los huevos.
–Tenemos siete –se oyó gritar a Ally–. ¡Siete!
–¡Vaya coche! –dijo Tim.
–Podemos dejar aquí los huevos y mirar el coche –dijo Ally–. Pero sólo un momento, Tim, que la tía Tina nos está esperando.
Y también Jock estaba esperando a que Tina le contara todo.
–Nuestros padres murieron cuando yo tenía dieciséis años y Christie, diecinueve –dijo Tina despacio–. Trabajé para pagarme los estudios, pero no cobraba suficiente para costear todos los gastos, así que Christie me ayudó. Y ése es uno de los motivos por los que yo ahora me siento tan mal, viendo que ella está arruinada. Pero aún así tuve que pedir un préstamo y todavía estoy pagando las letras. Así que no puedo permitirme pasar los próximos seis meses con Christie y los chicos, aunque me gustaría mucho.
–Deja que te ayude.
Tina lo miró extrañada.
–¿Otro préstamo? No, gracias, doctor Blaxton, pero no.
–¿Qué te gustaría hacer ahora si no fuera por el dinero?
–Eso es absurdo. No puedo…
–Dímelo.
Ese hombre tenía una especie de magia que hacía que todo pareciera mejor. Como si la situación se pudiera arreglar…
–Me gustaría llevarme a los chicos a Sydney hasta que Christie estuviera suficientemente bien para volver a casa. Y luego continuaría trabajando aquí igual que estaba.
–¿Con Rose en el trabajo y pagando a alguien para que estuviera aquí?
–Exacto.
–No funcionará.
–Lo sé, pero…
–Mira, Henry es el responsable de todo esto y tú podrías demandarlo. Y yo me vería involucrado puesto que lo contraté.
–Lo sé, pero ya te dije que no… –intentó defenderse Tina.
–En cualquier caso, estoy en deuda con tu hermana. Además, si tú no tienes dinero, yo sí que lo tengo. Soy soltero y mi único vicio hasta ahora han sido los coches. Así que haré que venga una estudiante de enfermería que estuvo el otro día en el hospital buscando trabajo. Allí no había ninguna vacante, pero aquí sí que la hay.
–Jock, yo…
–Cállate, no hago esto por ti, sino por tu hermana. Así que no tienes derecho a negarte. Haré que Marie venga aquí. Se instalará en la casa y cuidará de los niños, que estarán encantados con ella.
–Pero…
–Te llevarás a los pequeños a Sydney, traerás a Christie a casa y tú podrás volver al trabajo una vez te cerciores de que Marie es de tu agrado.
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