Читать книгу: «La casa de la don Juana»
LA CASA DE LA DON JUANA

MARGARITA MARTÍNEZ MARZÁ
LA CASA DE LA DON JUANA
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2018
LA CASA DE LA DON JUANA
© Margarita Martínez Marzá
© de la imagen de cubiertas:
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2018.
Editado por: ExLibric
c/ Cueva de Viera, 2, Local 3
Centro Negocios CADI
29200 Antequera (Málaga)
Teléfono: 952 70 60 04
Fax: 952 84 55 03
Correo electrónico: exlibric@exlibric.com
Internet: www.exlibric.com
Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.
Según el Código Penal vigente ninguna parte de este o
cualquier otro libro puede ser reproducida, grabada en alguno
de los sistemas de almacenamiento existentes o transmitida
por cualquier procedimiento, ya sea electrónico, mecánico,
reprográfico, magnético o cualquier otro, sin autorización
previa y por escrito de EXLIBRIC;
su contenido está protegido por la Ley vigente que establece
penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente
reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria,
artística o científica.
ISBN: 978-84-17334-46-8
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
MARGARITA MARTÍNEZ MARZÁ
LA CASA DE LA DON JUANA
Índice de contenido
PORTADA
TÍTULO
COPYRIGHT
ÍNDICE
DEDICATORIA
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE JUANA Y LUIS
- 1 - PARA LA VIRGEN DE AGOSTO PINTAN LAS UVAS
- 2 - CRISIS
- 3 - UNA VISITA
- 4 - REENCUENTRO
- 5 - BODA
- 6 - SALUD
- 7 - LA CASA
- 8 - SÚPLICAS
- 9 - NO PUDO SER
SEGUNDA PARTE JUANA SIN LUIS
- 10 - GUERRA CONTRA JUANA
- 11 - VIAJE Y PACTO
- 12 - SOLEDAD
- 13 - EL JUICIO
- 14 - LA HERENCIA DE JUANA
- 15 - MÁS SOLEDAD
EPÍLOGO DESPUÉS DE JUANA
- I -
- II -
ALGUNAS ACLARACIONES
BIOGRAFÍA
A la auténtica Casa de la Don Juana.
Y a cuantos hemos vivido en ella.
Y al hogar que cada cual lleve en su
corazón.
Margarita Martínez Marzá
De: Amor constante más allá de la muerte
«Su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, serán, mas polvo enamorado».
Francisco de Quevedo (1580 - 1645)
De: Más allá del amor
«Tú también perteneces a la noche.
Extiéndete, blancura que respira,
late, oh estrella repartida».
Octavio Paz (31/03/1914 - 19/04/1998)
INTRODUCCIÓN
Yo he vivido en esta casa. ¿Qué digo? Yo vivo en esta casa. Mi cuerpo se marcha, pero mi espíritu habita aquí, y nada ni nadie ha sido ni será capaz de desalojarlo jamás.
Fue proyectada hace más de un siglo para albergar el inmenso amor que mi esposo y yo nos profesábamos. Pero el proyecto no llegó a cumplirse del todo. El edificio no se terminó, excepto la vivienda principal y tan solo la habitamos un tiempo breve, aquel que quiso concedernos la vida, que es quien tuvo la última palabra. O creyó tenerla, porque nuestros sentimientos probablemente superarán la más imponente Ley Natural, la que dicen que no tiene vuelta atrás.
Nuestra historia no era una historia corriente, nuestro amor tampoco, y nosotros éramos seres predestinados desde la eternidad a gozar de delicias superiores, de magias infinitas, de un amor sin fin. Nuestro refugio debía ser tan especial como nosotros: magnífico y a la altura de nuestro amor, por eso habíamos pensado cada rincón de una casa de dos plantas, culminada por una terraza donde habitaran palomas, nuestras amigas.
En la ornamentación de la fachada, en cuyo escudo consta la fecha de su inauguración (1868), ya puede apreciarse un gusto estético, muy especial, único.
Nuestro pueblo no es muy grande, ni distinto a cualquier otro de los que hubiera conocido cuando llegué por primera vez, pero era el pueblo de él; nada más importaba. Si para algunos era uno más, para nosotros era el paraíso; cualquier lugar lo habría sido, pero el destino quiso que fuera este desde donde escribo, este que es ya mi pueblo. Se llama Frobiel.
Si venís, fijaos en la fachada de la casa de la que os hablo. Está en la calle de Fernando el Católico. Paraos un momento y detened la mirada en la ornamentación, sobre todo de los balcones del primer piso, el elegido como vivienda habitual. Veréis en el centro unos remates floreados en forma de arco, que están sobre los balcones. Y, en cada uno de ellos, observando todo lo que ocurre, un busto de mujer. Solo está en los balcones del primer piso y soy yo, Juana. Mi esposo quiso que mi rostro presidiera la planta noble de la casa, la que nosotros debíamos habitar, donde viviríamos y fundaríamos una familia a lo largo de los años. Los balcones del piso superior tienen el mismo tipo de barandillas, pero en cuanto a la ornamentación de la pared, es más sencilla, puesto que no estaba destinada a ser nuestra vivienda. No llegó a terminarse en su interior. La historia nos iba a ser adversa.
Si entráis en el interior de esta casa y os detenéis en los artesonados de los techos o en los dibujos de las baldosas multicolores, y también en los mosaicos, y observáis con ojos distintos, que no solo ven, sino que miran, quizá tengáis suerte y leáis algo de los muchos mensajes crípticos que todavía esperan un nuevo Champollión. Nos gustó, a Luis, mi esposo, y a mí, situar algunas señales y dudo mucho que se descifren alguna vez. Y eso que casi todos en el pueblo comienzan a decir que la casa tiene una especie de mal de ojo, y creen y cuentan que yo, con malas artes, la he maldecido.
¿Es que no existe la verdad?... Respecto a mí, se ha hablado y se habla tanto, se miente tanto y se inventa tanto, que, con el paso del tiempo, difícil será saber quién fue la auténtica Don Juana; pero aquí digo que he sido una mujer mucho más sencilla de lo que mi más que probable leyenda seguramente pregonará: una mujer muy enamorada; quizá, una mujer que mereció mejor suerte.
Por ello he ido dejando testimonios de mi historia, una historia que comenzó en otro lugar, el de mis antepasados. Zona de buenas huertas y buenos vinos, tierra señorial: La Rioja. Allí nací yo, en una familia de terratenientes adinerados. Nuestro apellido era original, distinto, pero precioso. Creo, con sinceridad, que ningún otro me habría definido mejor, pues significa «el más largo día o la más larga noche». Nuestro apellido (de mi padre, de Maxi, mi hermano pequeño y mío) es único en este país. Yo fui la primogénita y me bautizaron con el nombre de Juana, Juana Solsticio.
Ahora, soy de aquí y aquí voy a permanecer. No tuve hijos y la muerte me arrebató todo, llevándose a Luis, mi esposo adorado; pero quedó nuestra casa. Mi casa. Por ella velo día y noche, estoy en ella, porque es lo que queda como testigo de lo que él y yo vivimos. Fue algo superior. Es mi hogar y nada ha podido arrancarme de este espacio. Hay secretos que quiero desvelar, y con una cierta urgencia, pues mi tiempo, lo sé, no es infinito. Será el suficiente para que pueda contar, manteniendo la débil esperanza de que alguien llegue a encontrar las claves que voy dejando. Nadie nos comprendió en nuestras vidas y nadie me acompañó cuando me quedé sola. Todo está aquí, entre las paredes de esta casa, que lleva mi nombre y «Don», por expreso deseo de mi esposo; no quería que ninguna ley pudiera perjudicarme por ser mujer. Esta es la casa de la «Don Juana», todos lo saben en este pueblo. Lo que apenas se sabe es que yo deseo seguir vigilando cuando me haya ido, para que nada sea alterado. Nuestro proyecto, viva quien viva aquí, cuando yo no esté definitivamente, se ha de respetar. Creo que voy a vagar, junto con mi esposo por esta nuestra casa. Me gustaría y, ¿dónde está escrito que no puede ser?
De momento, aún estoy aquí, y se me hace largo, esperando el momento de la fusión eterna. Pero antes he de cumplir mi cometido, para proteger nuestro hogar de intrusos que la deformen y lograr que nadie pretenda cambiar radicalmente una propiedad de lo que solo es un diseño para dos, debo exigir en los correspondientes documentos que se cumpla mi voluntad y escoger a alguien en quien confíe para el traspaso de la propiedad cuando mi vida termine. Pero, además, debo contar lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que quizá pueda ocurrir y tener la esperanza de que me lea alguien que se merezca habitar esta casa, que tanto esperó y que no llegó a cumplir todas sus expectativas. Alguien, además que pueda conocerme porque mis palabras le revelarán los secretos antes de que me una con Filipo Dionisos entre las vides de La Casilla donde también habita mi esposo Luis.
En Egipto, durante siglos, los muros estaban mudos hasta que alguien desveló los secretos. Yo confío que también aquí alguien encontrará lo que quiero contarle, y será alguien que ame esta casa. Si tan solo pasa por aquí, no será capaz de descubrir, tiene que querer amar entre estas paredes, lo que hay entre ellas. Amar… Eso es demasiado pedir, pero reconozco que tiene derecho a saber, y amar esta casa es la condición. Lo diré mejor: tienes derecho, puesto que este cuaderno secreto, cuaderno que es libro de fusión de dos almas que se amaron sin tregua y sin fin, está en tus manos. Haberlo encontrado quiere decir que sientes curiosidad por la lectura, pues lo voy a dejar camuflado en la biblioteca. Si lo que te acerca a ella es hacer lotes y vender los libros, si no eres alguien que ama esta casa y lo que contiene, por favor, cuando hayas leído esto que escribo en la primera página, quema el cuaderno. Ya recogeremos nosotros las cenizas.
No sé quién eres, tú que me leerás. Si alguna vez llegas, te conoceré; ahora no puedo siquiera intuirte. También es posible que quizá no encuentres nunca lo que para ti escribo. Pero, si apareces y hallas esta mi labor, guárdala. Antes, te lo ruego, lee con ojos distintos. Todo lo escrito entre nosotros —mi esposo y yo— ha sido para encontrarnos así, en nuestras palabras. Pero ahora también pienso en ti, para que cuando me encuentres sepas la verdad, la que solo yo puedo decir: la verdad de la Don Juana.
Tengo la sensación de que el tiempo transcurre para mí con distintos parámetros. He vivido mucho en poco tiempo y, además, de forma distinta a la habitual. ¿Sabes?, quizá en este momento, solo existo para que tú, que tienes en tus manos mi relato, me hagas el regalo que nadie me ha hecho nunca, excepto Luis: comprenderme. En cada línea, en cada letra, estoy y te imagino. Y cuento lo que sucede y lo que ha sucedido y lo que todavía queda para que alguien, con el tiempo en perspectiva tenga datos para contar una verdad que a mí sola me resulta imposible.
Sin haberlo pretendido, me puse el mundo por montera y el mundo no me perdonó. Y ese mundo, que estaba formado por varios estadios, unió todas sus fuerzas contra mí. No había misericordia para quien se atrevía a transgredir lo establecido, para quien defendía algo muy elemental, natural diría yo, pero subversivo: elegir la propia forma de vivir y llevar adelante un proyecto. Hacer el propio guion, marcar el camino y que no lo elijan otros por ti. Eso a otros les pareció imperdonable y he sufrido el castigo, durísimo. Castigo multiplicado cuando las circunstancias confluyen para que el mal de uno, en este caso el mío, se convierta en beneficio para otros. Es duro y sientes ganas de dejarte llevar, de tirar la toalla, pero, sin embargo, no he claudicado.
Ya ves, Juana Solsticio se atrevió a demasiado, cruzó algunas líneas que otros habían señalado como rojas. Ha llegado el momento de valorar si mereció la pena. Eso es lo que tengo que decidir antes de decir adiós definitivamente. Eso lo sabrás, tú que tienes mi relato, el de mi vida y la de los que me han rodeado. Yo sé casi todo, desde mi perspectiva; tú lo habrás averiguado cuando termines de leerme.
Quizá este libro manuscrito, de mi esposo y mío, no llegue nunca a mano alguna. Quizá cuando vaya a unirme con él, quede escondido para siempre. Probablemente, con el paso del tiempo, esta casa se llenará de vida de la de verdad, con niños que juegan, mujeres que cantan mientras trabajan y hombres que espero hagan felices a sus familias. Habrá calor, se celebrarán cumpleaños y Navidades, se escuchará alguna vez un llanto y se procurará resolver el día a día. Esta casa se hizo para amar, pero amar es vivir. No hagas caso si te dicen que la he maldecido; al contrario, deseo que sus paredes sean testigos, durante mucho tiempo de lo que nosotros no pudimos darle: niños, ruido, aroma de cocina, conversaciones de amigos, visitas que vienen y van. Gente..., esta ha sido casa de amor un breve tiempo, pero luego se convirtió en morada del silencio. Quiero que mi casa se respete, que se cuide, pero, sobre todo quiero VIDA en mi casa.
Si tú vives aquí. Si has accedido a mí porque estabas mirando con mimo y delicadeza los libros de la biblioteca, ya de antemano estoy contenta y te doy la bienvenida a La Casa de la Don Juana.
PRIMERA PARTE
JUANA Y LUIS
- 1 -
PARA LA VIRGEN DE AGOSTO PINTAN LAS UVAS
Me gustan mis viñas. Digo mías porque lo que hay en casa es de todos y porque alguna vez heredaré todo lo que en este momento abarca mi vista. ¿Por qué llamarán El Ciego a este pueblo? Quizá, porque es imposible ver la belleza que contiene el interior de cada racimo, de cada pámpano, de cada gota de vino. Me gusta madrugar y ver amanecer entre mis uvas, que en estos días de agosto ya están entreveradas. Me paseo por los rectos surcos, perfectamente cuidados y después me dejo caer debajo de un almendro, hermoso, antiguo, en mi hamaca esperándome para dormir y soñar.
Estoy dormida, lo sé, sin embargo oigo hablar. Una voz dulce llega hasta mí y quiero abrir los ojos, no puedo y me dejo llevar. La voz me susurra y luego desaparece. En sueños me ha dicho:
—Juana, Juana… Habitarás conmigo.
Y yo, desde la profundidad del sueño he sabido que me estaban narrando mi futuro, y era tan bello.
—Juana, Juana… Nuestro hogar será un mundo exclusivo. El tiempo se detendrá en él.
—¿Quién eres?
—Soy tu Destino.
—Quiero abrir los ojos.
—Los abrirás, Juana, los abrirás. Yo ya he visto el milagro y te estoy observando mientras duermes.
Juana abre los ojos. ¿Habrá soñado? Se incorpora y ve a lo lejos las siluetas de su padre y de su hermano y una tercera algo desdibujada. Se lleva la mano a la frente para que haga de parasol. Se detienen un momento y él se da la vuelta. A ella le parece que le sonríe. Mira sus viñedos y se estremece. Desde que se durmió parece que ha obtenido la sabiduría y siente tristeza y felicidad a la vez. Sabe (¿sabe?) que su hogar estará lejos. Se dirige a casa. Es fiesta y tienen un invitado de negocios. Es 15 de agosto de 1867, no el 21 de Junio, pero Juana Solsticio tiene la sensación de que se halla ante el día más largo del año, en el verano, como reza su apellido.
¡Ay!... Llego a casa sofocada y entro por la puerta de atrás, para subir rápidamente a mi cuarto y arreglarme. Los vestidos más bonitos están en nuestra casa de Logroño, pero es igual, tengo una falda muy sujeta a la cintura y una blusa de encaje. Me apetecería dejarme suelto el pelo, que es muy largo, pero mamá frunciría el ceño. Me lo recojo, pero dejo un mechón sobre la frente y una gota de perfume en las muñecas completa la obra sencilla, que el espejo me devuelve como bien realizada.
Me llaman y me hago un poco de rogar. En casa estamos acostumbrados a invitados de negocios, pero hoy será distinto, lo he sabido en mi sueño. Mi corazón está desbocado cuando aparezco en la escalera. Unos ojos negros se clavan en mí un instante y se retiran en el acto. Pero yo he leído. Todo el salón ha sido ojos negros.
—Juana, te presento a don Luis Fernández de Almonte, hijo de nuestro socio del que tantas veces hemos hablado y que ya conoces.
—¡Ah! sí, mismo nombre, ¿verdad?
—Claro, es el hijo mayor. Tienen bodegas muy importantes en la zona vitivinícola valenciana.
Luis no hablaba. Bueno, no hablaba con palabras, porque su corazón no paraba. Yo lo oía y él oía el mío. Yo sabía ya que la vida había cambiado. Sabía el torbellino que atravesaba su cabeza y sabía que mi destino se sellaba cuando me sonrió.
—¿Te gustan las viñas, Juana?
—Me gusta dormirme bajo mi almendro y al despertar mirar las uvas.
—¡Qué interesante! —dijo mamá.
Apareció la tata.
—La mesa está servida y el señorito Iñaki ya ha llegado.
Iñaki es mi novio. El día tres de septiembre será mi pedida de mano. La boda está prevista para la Virgen del Pilar. Cuando comience 1868 seré una señora casada, la señora de Azcárate.
En la sobremesa todos han salido al jardín a tomar café. Debajo de la gran parra luce el blanquísimo mantel, sobre la mesa en la que han comido. Todos los colores son inmaculados, o eso piensa Juana. El verde, de las hojas y algo más claro el de su falda; el azul, más azul que ningún día, del cielo; el casi morado, de las uvas; y el blanco deslumbrante, del servicio de mesa, a juego con dos o tres nubecillas que van de aquí para allá, sin molestar. El encaje de su blusa y ese color negro azabache, de los ojos de él. Ella entorna los suyos y cuando los entreabre cruzan sus miradas. ¿Qué está ocurriendo? El mundo se está transformando, nada es igual, ella no es igual, nada le importa ya y sabe que no tiene sentido. ¿No tiene sentido? Sí, sí que lo tiene. Todo el sentido de su vida está ahora en esos ojos negros, pero no sabe por qué. No saberlo no significa nada, sencillamente ocurre y ya está. Es como el Sol que ilumina o como la mano que acaba de mover para retirar un mechón de pelo que le cae en la frente. Juana no sabe nada, pero, sin saber, está llena de todo el conocimiento que necesita. Qué raro es todo…
Él no es muy hablador, parece tímido y quizá esté algo pálido. De vez en cuando la mira de soslayo y ella lo nota. ¡Ah, esos ojos!... Los labios de todos dicen cosas que hasta ayer le interesaban, pero ya no. Nada le interesa, me estoy volviendo loca. Tiene que levantarse, ni siquiera se disculpa. —¡Pero, Juana…!— exclama su madre. El padre mueve imperceptiblemente la cabeza, ya está acostumbrado a ciertas rarezas de su hija. La disculpan. Luis calla y la sigue con la mirada. Ella sabe que sus ojos negros están clavados en su espalda.
En tanto, Iñaki, rompe el silencio y con su simpatía habitual comienza una nueva conversación. Iñaki es una joya: trabajador, inteligente y quiere a Juana de verdad. No se piense que es interés lo que le acerca a ella. Aunque su boda, ciertamente, será interesante, no vamos a negar eso. Él ya ha heredado las bodegas Azcárate, apellido proveniente de Euzkadi, de donde emigró el abuelo. Las viñas y las bodegas no compiten con el patrimonio de la familia Solsticio. No se necesitan, pero habiendo amor, que lo hay, ese patrimonio asociado hará de la nueva firma, cuando ella herede, la empresa vitivinícola más importante de La Rioja. Iñaki ya imagina los apellidos unidos Azcárate-Solsticio. Nadie les hará sombra. El futuro se ofrece muy prometedor.
Obviamente las viñas no dan abasto y hay que comprar vino de fuera, vino de calidad, para que las bodegas no paren nunca. A eso se debe la visita de Luis Fernández de Almonte, de la zona de la Valencia castellana. Y decimos de la Valencia castellana, porque hasta 1851, administrativamente la zona pertenecía a la provincia de Cuenca.
Buena tierra de vinos, también. Sus cepas de uva bobal proporcionan en gran medida una parte del vino que se necesita y que la tierra saturada ya no da para que las bodegas estén trabajando a pleno rendimiento. La familia de Luis Fernández de Almonte es proveedora y, esta vez, es él, como hijo mayor, el enviado a cerrar un acuerdo muy interesante para los próximos cinco años.
Luis es un hombre bastante seguro de sí mismo, en contraste con su apariencia algo frágil. Su padre es dueño de muchas tierras en su Frobiel natal. Su madre, de familia menos rica, pero más aristocrática, murió y dejó a Luis, su único hijo, un patrimonio nada despreciable. Vive en la casa familiar, aunque suele pasar mucho tiempo en el campo, donde también tiene una casa a tan solo 5 km. Esa casa, con un pinar alrededor y un camino de entrada, flanqueado por almendros, es el lugar donde más feliz se siente, donde más a gusto respira, donde camina y donde piensa. Es suya, herencia y recuerdo de la madre que apenas ha llegado a disfrutar. La cuestión es paradójica, porque a Luis no le gusta trabajar en el campo, como a su padre, incluso a su hermana, que recorren a caballo sus propiedades. A él le gusta su campo, donde están sus almendros, sus pinos y, sobre todo su «Casilla». Porque allí descansa, disfruta, se solaza, piensa…
Es posible que, por eso, Luis sea un hombre no solo frágil, sino algo solitario. El padre, que tiene una cierta preocupación, ha querido que sea él quien se desplace en los viajes de negocios; que conozca mundo. Esta vez es La Rioja, donde va por vez primera. A su vuelta comenzarán los preparativos de la boda con su prima segunda Mª Isabel de Almonte y Teruel, boda prevista para la primavera del siguiente año. Siempre se supo que se realizaría. Los niños estaban juntos a todas horas, jugaban juntos, paseaban juntos en la adolescencia y se conocían como nadie. El día que él le pidió matrimonio, ella le dijo que sabía que era el destino, no podía concebir estar al lado de ningún hombre que no fuera él. Las familias, que en realidad son una sola, se alegraron inmensamente: ya se encargaría Mª Isabel, tan desenvuelta ella, de mejorar las habilidades sociales de Luis. Él se dejaba llevar, si es el destino… Lo piensa a veces, cuando se detiene en ensoñaciones. Tiempo tendrá de comprobar que quizá llamamos destino a nuestros deseos más profundos.
Sentado en el jardín, en la sobremesa, ve a Juana, que se ha levantado y que se marcha. Al pasar junto a él, su vestido le ha rozado y ha percibido su perfume. Lo ha percibido hasta con los huesos. La ve marchar y no puede dejar de mirarla y de saber que ella sabe que la mira. ¿Qué ocurre? Iñaki dice algo y todos ríen. Él sonríe. Luego la conversación se alarga y el calor aprieta. Luis se excusa, necesita descansar.
Sobre la cama alguien tiene puesta la vista fijamente en el techo. Un rayo de sol, que se cuela entre las rendijas de la persiana, impacta en un cristal, como una lágrima que cuelga de una gran lámpara. El cristal actúa como prisma, que descompone la luz en los colores del arco iris. No puede apartar la mirada. Lo imagina envolviéndolo en vueltas sin fin. La sensación casi le proporciona alivio en la canícula de agosto. Aquellos colores sin fin reflejan las vueltas del cerebro de un hombre, que, muy quieto, ve también pasar, como un torbellino, la figura con encajes blancos de Juana Solsticio.
Es la hora cansina de la siesta, cuando todo se detiene y hasta pensar cuesta esfuerzo. Por eso Luis no piensa, tan solo se deja llevar de su pensamiento que no es lo mismo. Los sonidos del campo que se cuelan por su ventana parecen decir el nombre de ella sin cesar: «Jua-na», «Jua-na»… en un bucle sin fin. Nunca le ha ocurrido nada parecido y tampoco le ha ocurrido sentirse tan ágil y tan cansado a la vez. Además, el negocio que ha venido a cerrar le parece secundario. De pronto cree verla flotando en el aire y ya no percibe los cristales de roca de la lámpara ni el arco iris. Un instante después esas figuras se desvanecen. Surgen las palabras. Brotan sin cesar, pese a que no hay interlocutor. ¿Y qué importa? Cuando se tiene algo que decir hay que decirlo y si no hay oídos que escuchen, uno se escucha a sí mismo. O escribe lo pensado y se lee después. Lo importante es expresarse. ¿Es eso lo importante?... ¡Qué poca cosa!, ¡qué soledad! Alguien ha de escuchar lo que se dice para ella, o para él, si no quizá las palabras se diluyan en el agua. O, peor, quizá tengamos que crear una estancia para guardar el tesoro que hemos encontrado. Pero las estancias suelen convertirse en cárceles interiores. Todo es un remolino de ideas y Luis no puede dejar su mente en blanco. Siente fatiga y, a la vez, flota. Luis no es Luis; es una contradicción que respira.
Él no lo sabe, pero alguien muy inteligente y muy conocedor de las esencias dirá cuando hayan pasado unos años:
Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar,
la monedita del alma
se pierde si no se da.
Aunque Luis muera antes de que Antonio Machado exprese la sustancia del amor, aunque Luis escriba poemas muy distintos, aunque Luis no sepa qué le ocurre en esta tarde de agosto de 1867, Luis ya no es el mismo que cuando salió de Frobiel. Ahora sí, ahora es cuando su destino, si es que destino hubiere, se ha sellado. No hay un porqué, no, no lo hay. Lo más importante de la vida suele estar relacionado con el más puro azar, dueño y señor de nuestro origen y, quizá, de nuestra muerte y, muy probablemente, de nuestra felicidad o desdicha.
Pero las palabras que acuden a la mente de Luis van todas a confluir en una, un nombre propio: Juana. Ni siquiera se pregunta por qué, tiene sueño y está cansado, se deja llevar, como si la corriente lo arrastrara.
Juana, Juana… Luego le invaden sensaciones y nombres que no puede organizar.
No se puede hilar nada, pensamos a golpes o quizá Luis piensa así, invadido de Juana en todos sus poros. Y adquiere certezas conforme pasa el tiempo, ¿cuánto? ¿Un minuto?, ¿dos horas?... No lo sabe y es irrelevante. Solo comprende, cuando ha transcurrido lo suficiente para impregnarse de la verdad, que su destino es Juana. Y lo sabe con una firmeza que va más allá de lo razonado y lo razonable. Tampoco se plantea análisis sobre la intuición o el enamoramiento repentino. ¡No!, no es necesario, tiene un conocimiento que va más allá de cualquier análisis, de cualquier cuestión razonada. Desde ese momento sabe que su vida está unida a Juana, solo hay que darle un poco de tiempo al tiempo. Él mismo se siente perplejo y más de una vez pensará sobre ello. Sabe, pero no en base a qué. Que el mundo de los sentimientos sea muy complejo no quiere decir nada. Además, ¿por qué, se pregunta Luis, debe entender, algo que a él se le presenta de forma evidente?
Muchas vidas están cambiando y nada lo hace sospechar. Iñaki habla animadamente en el salón con el padre de Juana. Pasan horas de conversación entre bromas y asuntos serios y notan que la tarde está cayendo. Es hora de dar el paseo de cada atardecer. Enseguida irán apareciendo todos y saldrán hasta la hora de la cena. Les gusta la casa de El Ciego, aunque el domicilio principal está en Logroño. Pero aquí viven más a gusto: es la tierra de la madre y tienen a su alrededor viñas y la gran bodega, que trabaja a pleno rendimiento día y noche. Puede decirse que este es el verdadero hogar.
El primero en aparecer es Maxi, el hijo pequeño. Tan solo se lleva año y medio con Juana y le encanta dejarse querer. Sabe que compartirá el gran patrimonio de los Solsticio y que heredará dinero en metálico, pero sueña despierto con ser dueño de todo. Por supuesto que sus deseos no los conoce ni el cuello de su camisa. Dicharachero y dispuesto a todo, nunca adulador. Juana lo adora y le hace confidencias.
Hoy, a la hora de la siesta, su hermana le ha preguntado por el invitado y él enseguida ha notado un brillo de interés en los ojos de ella. No ha escatimado alabanzas hacia Luis, una especie de intuición le avisa de que ese hombre puede ser un filón de suerte para él. Por eso, durante el paseo, no ha quitado ojo a las miradas que ambos se dirigían de forma fugaz, sin que nadie se diera cuenta. Él sí se ha percatado, incluso en algún momento ha llamado aparte a Iñaki para decirle cualquier cosa y dejar a solas unos instantes a los dos.
Esos instantes breves, ¡qué maravillosos han sido! Y no por el atardecer, ni por las palabras, ni por los aromas. ¡No!, han sido maravillosos porque cuando caminaban uno junto al otro se detenía el Tiempo y desaparecía el Espacio; tan solo existía la presencia del otro. Y esa presencia era como una inundación sobre los sentidos. Los dos lo sentían. Ninguno lo había sentido antes y cada uno sabía que al otro le estaba sucediendo lo mismo. Pero guardaban silencio, con saberlo había suficiente. Apenas se miraron y, sin embargo, ya se estaban impregnado él de ella y ella de él.
Al día siguiente hablaron más. El negocio estaba cerrado y todas las gestiones terminadas, Luis iba a regresar pronto a casa. Durante la sobremesa de la comida se había hablado de la boda, e Iñaki había dicho a Luis que le encantaría que asistiera como testigo. Juana estaba más pálida y callada que de costumbre y Maxi excesivamente comunicativo. Se habló de los proyectos de futuro, del viaje de novios, regalo de él y que era un secreto, se comentó lo divino y lo humano. En algún momento las miradas de Juana y Luis se cruzaron y transmitieron una infinita tristeza. Juana se excusó pronto, alegando jaqueca y Luis oía pero no escuchaba.
Después de cenar ambos coincidieron en el jardín y sin comentario previo comenzaron a caminar. No se contaron las revelaciones que habían tenido y en ningún momento se habían sincerado. No hacía falta. Fue ella quien tomo la iniciativa y lo atrajo hacia sí. Sus labios se unieron con dulzura y pasión a la vez. Después, ninguno podría haber precisado cuánto duró aquel eterno beso. Todo estaba dicho, aunque no se hubieran pronunciado palabras. Planeaban por encima de todo y no sentían en ese momento las inmensas dificultades que tenían. Las conocían perfectamente, pero se sentían fuertes para afrontar cualquier contratiempo. Pareciera que se atrevieran con todo, menos a renunciar a lo que habían encontrado y que tenía el nombre de Juana para él y de Luis para ella.
—Espérame —dijo Luis, sin añadir nada más.
Ella le acarició el cabello ondulado. Puso ambas manos en sus mejillas y lo besó de nuevo.
—Esperarte es lo único que tengo que hacer en la vida.
No hablaron de la proyectada boda con Iñaki, ni de cómo se iba a resolver el grave problema que se estaba planteando. No hubo estrategia alguna, solo certezas: él había dicho que esperara y ella esperaría. Nada más.
Volvieron a besarse con hambre, anticipándose a tantos y tantos besos que les quedaban por darse. Y luego se separaron sin pronunciar la palabra «adiós».
Y no se dieron cuenta de que no estaban solos. La oscuridad de la noche fue cómplice de Maxi, que se encontraba cerca de allí. Al oírles llegar, se ocultó detrás de un árbol para pasar inadvertido. Cuando ellos, que caminaban muy juntos, se detuvieron y se besaron, el hermano quedó casi como una estatua. Estaban muy cerca y creían que nadie les observaba. Los vio, porque la luna iluminaba la escena. Se acurrucó más. Cuando terminaron aquellos besos de pasión insólita para dos casi desconocidos, los oyó: él pedía que la esperara y ella le decía que era lo único que tenía que hacer en la vida. Siguió muy quieto en aquel lugar durante un rato. Estaba impresionado, incrédulo. Acababa de ser testigo, eso lo intuía, de algo que probablemente diera un giro a su vida.
Al día siguiente, de madrugada, Luis se marchó a su tierra. Durante el desayuno el padre comentó que las cosas no podían ir mejor: su niña querida se iba a casar e iba a ser muy feliz y la empresa caminaba viento en popa. Estaba pletórico por tener a los hijos que cualquiera desearía. La madre sonrió satisfecha, Maxi sonrió enigmáticamente y Juana sonrió con melancolía.
Aparentemente, un día como cualquier otro comenzaba.
- 2 -
CRISIS
—Juana, cariño, si no comes más se te va a quedar grande el traje de novia.
—He comido suficiente, mamá. Por favor no tengas siempre los ojos encima de mí.
—Bueno, ya sabes que yo no me meto en nada, pero hija, reconoce que estás rara.
—Será el calor, mamá, o yo qué sé. Las personas no somos robots y no estamos siempre igual. Déjame.
La madre calla y reprime una lágrima. Juana está distinta, arisca, malhumorada y parece no darse cuenta. Esta vez reacciona y se acerca a su madre.
—Discúlpame mamá, últimamente estoy algo nerviosa. Será la boda.
—¿La boda? Pero si va a ser la boda del año. Si Iñaki te adora. Si vas a hacer un viaje de ensueño. Si, además, vas a vivir cerca de nosotros ¿Qué te ocurre, Juana?
—No lo sé, mamá, estoy confusa, creo que aún soy joven y que no debería casarme tan pronto.
—No pensabas igual el mes pasado.
—Se cambia, mamá. Quizá es que estoy fatigada. Déjame, no tengo ganas de hablar. Voy a echarme un ratito, hasta que caiga la tarde.
Soledad Méndez se queda muy quieta en el porche viendo como su hija entra en casa. No acaba de entender a la juventud de hoy. Bien distinto es el porvenir de su hija, que fue el de ella. Procedente de Santander, tuvo que dejar su domicilio y su familia para siempre y seguir a su marido cuando se casó. Bien joven, por cierto, pues solo tenía veinte años. Se tuvo que acomodar a tierra, casa y gentes que no eran las suyas. Criar hijos mientras el marido estaba fuera, tardando a veces dos o tres días en venir. Nunca se le ocurrió quejarse. Intentó adaptarse y lo consiguió. Con esfuerzo, por supuesto. Pero ella nunca había sido caprichosa y se amoldó hasta hacer de aquella tierra y aquellas gentes las suyas propias.
Cuando nació Juana, pronto se dio cuenta de que la niña tenía frecuentes cambios de humor. A veces era un cascabel, pero otras era hermética. En esas ocasiones era mejor no intentar acercarse. La madre sufría porque la veía sola sentada bajo un árbol y hubiera preferido sentarse a su lado y hablar, pero el miedo al rechazo se lo impedía. Sin duda, Juana era muy suya, muy particular. Sin embargo, tenía un corazón de oro, era capaz de quedarse sin comer para dar su plato y parte de sus pertenencias a una caravana de gitanos que acamparan en los alrededores, y se volcaba en su perrita Sissí, a la que colmaba de caricias. Luego, cuando recibían visitas de personas de su clase social, se escaqueaba y se escondía en su cuarto.
Iñaki la comprendía muy bien. Era un chico inteligente, o, mejor, avispado. Sabía que el matrimonio con ella, siendo hijo mayor de otro de los mayores bodegueros de Rioja era algo perfecto, se mirase como se mirase. Además, quería a Juana y la conocía bien. Amigo del hermano, había entrado en casa desde niño y Juana no tenía secretos para él. Al menos era lo que él creía. Eran, ante todo, buenos amigos y se apreciaban mucho. Había un gran cariño entre ellos, y él, desde luego, estaba convencido de que todo aquello era una base sólida para programar un futuro próspero desde todos los puntos de vista.
Últimamente la notaba con algún cambio de humor, pero Iñaki no se alarmaba mucho por eso, la conocía bien, era su carácter, ya se le pasaría. Pensaba llevarla de viaje de novios a París a que conociera lo último, lo más moderno, lo más avanzado. Luego, quizá, fueran a Londres. Volvería vestida como lo que era, una gran señora y, así, estrenarían su nuevo hogar. Las cosas irían bien, seguro.
Mientras Juana descansaba, Maxi, el hermano, se acercó a la madre, que finalmente había decidido quedarse en una hamaca en el porche de entrada.
—Hola, mamá. ¿Descansando?
—Lo intento hijo, lo intento.
—Pero no puedes, por lo que veo.
—La verdad es que no.
—Estás preocupada afirmaba, no preguntaba—. Es Juana, ¿verdad?
—Está muy rara. Ahora quiere retrasar la boda. Dice que es muy joven.
—Y tú, ¿qué opinas?
—Yo no sé qué pensar.
—Yo sí.
—¿Sí qué?
—Sí sé qué pensar.
—Mira, hijo, no me hables con medias tintas, que estoy confusa y cansada y no sé cómo tratar a tu hermana. Además no la veo feliz.
—Es que no es feliz.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Me lo ha dicho. Te lo voy a contar porque tú eres nuestra madre y lo que ocurre es muy serio y está por encima de cualquier posible secreto.
—Me estoy poniendo nerviosa, ¿qué pasa?
—Creo que Juana se ha enamorado.
—Se enamoró hace tiempo, ahora se va a casar.
—No lo has entendido, se ha enamorado de otro.
—¿De otro? —preguntó extrañada y pálida—. No se ha movido de aquí en todo el verano. Espera, ¿no será?...
—Sí, en efecto, lo que piensa es lo que hay. Me lo ha confesado y me ha hecho jurar que no se lo diría a nadie. —Mentía con todo el descaro, Juana nada le había dicho, pero eso no suponía un problema para Maxi—. Lo está pasando muy mal y yo creo que mi deber es ayudar a que esto, que no tiene sentido, se le ponga fin de alguna manera. Por eso te lo cuento.
—Pero si ese chico solo estuvo aquí dos o tres días y, además es muy callado y, por lo que sé, también está a punto de casarse. Debes de estar equivocado.
—Pues si he de creer lo que ella me ha contado, no lo estoy. Parece ser que ha sido un flechazo fulminante. Él le ha dicho que lo espere y ella está decidida a esperar lo que haga falta. Por eso está demorando su boda, pronto dirá que no se quiere casar.
—No doy crédito, esto es una locura, una rareza, que espero que se le pase cuando estén separados un tiempo. Uno no rompe sus proyectos y su vida de la noche a la mañana.
—Ellos parece que sí.
—Hablaré con tu padre, hay que buscar una solución antes de que sea demasiado tarde.
—Haz lo que consideres, pero te ruego que no me delates. Que ella no sepa que te lo he contado, porque lo consideraría una traición en toda regla. Ya la conoces.
—No te preocupes. Te has portado como un buen hijo y como un buen hermano. Sabremos guardarte el secreto.
Cuando la madre se marchó, Maxi pensó que la vida es muy injusta: él era trabajador, se volcaba en el negocio de la familia, hasta el punto de que todo lo demás era secundario para él. Era un hijo obediente, de carácter nada conflictivo y jamás había dado una preocupación a sus padres. Pero era año y medio más joven que Juana, puro azar, y eso lo condenaba a ser segundón eternamente. No es que fuera a quedarse sin patrimonio, pero no podría compararse al de su hermana. ¿Era justo aquello? Pensaba que no, y máxime cuando Juana tenía la cabeza a pájaros y solo pensaba en amores maravillosos de dos días y otras lindezas. O lo que es lo mismo: pensaba solo en ella, y nada más que en ella. Y por ese motivo todos iban de cabeza. Sintió una punzada de resentimiento ante lo que consideraba totalmente fuera de toda lógica y justicia. Si todo se presentaba bien, las cosas se pondrían en su sitio, ya lo creo que sí.
El hecho de que Juana fuese heredera y no su hermano varón, contravenía las costumbres de la época. Había sido decisión de sus padres en el momento en que la Soledad Méndez, recién casada, se quedó embarazada.
Soledad –la futura madre– era hija única y había heredado el patrimonio familiar ya, porque su padre había fallecido joven. Desde jovencita estaba al tanto de los negocios y, al casarse, siguió pendiente de ellos hasta que su primer embarazo. Nunca se desentendió de ellos del todo, estaba muy al tanto. Su esposo, dueño de bastantes viñedos, se incorporó inmediatamente a la gestión y, unidas ambas haciendas, no hubo quien les hiciera competencia. Hablaron un día de que había sido una suerte que ella fuera hija única, porque de lo contrario, de haber tenido un hermano varón, aunque no hubiera sido el primogénito, ella habría quedado relegada a un segundo lugar y ahora, su casa, el porvenir de todos, no sería el mismo. Incluso ella jamás habría tenido parte en gestión alguna del negocio familiar, ni siquiera hubiera tenido información privilegiada.
Decidieron que debía ser el azar y no el sexo quien decidiera la primogenitura y, así, en su primer embarazo, ya sabían que nacería un heredero o heredera, independientemente del sexo. Si era niña, se educaría en el ambiente del negocio familiar y este se acrecentaría el día de mañana cuando decidiera casarse, y si su estado no le permitía estar al tanto de los negocios, algo lógico, el esposo, al igual que sucedía en el matrimonio de ellos, llevaría la batuta en los momentos delicados de embarazos y crianzas. Eso sí, ella jamás quedaría al margen y siempre tendría un papel activo en las decisiones importantes. Así lo pensaban y así lo resolvieron en los documentos adecuados, pese a tener un hijo varón, después de que naciera Juana. Maxi, tenía parte activa en el negocio, pero no estaba previsto que se partiera en dos en el futuro. Bodegas Solsticio debía continuar y pasar de padres a hijos. Un sistema parecido al del hereu catalán.
Aparentemente, Maxi nunca estuvo en desacuerdo. Volcado totalmente en los negocios de la familia, tras graduarse con brillantez, trabajaba con gran eficiencia, sin comentar jamás aquella decisión, que le perjudicaba en extremo. Su hermana, y heredera de las tres cuartas partes (el patrimonio completo de la madre y la mitad del padre), tenía tendencia a la melancolía. Muy inteligente pero con bastantes altibajos. Los padres vivían siempre muy pendientes de ella, más que de él, que se desenvolvía como la seda, era muy trabajador y no había dado un problema en la vida. Pero a solas, muchas veces, había pensado en su mala suerte. Hoy, después de haber hablado con su madre, intuía que esta quizá podía cambiar. Esta vez Juana estaba a punto de cometer una locura que sus padres no iban a consentir. Era cuestión de no poner piedras en las ruedas de ella y favorecer ese acontecimiento. Si Juana se empecinaba en dejar a Iñaki y casarse con Luis, se marcharía a la tierra de aquel. No había que ser un lince para darse cuenta lo que eso supondría. A esas horas estaba seguro de que madre estaba hablando con el padre y que ambos buscarían soluciones al problema que se estaba planteando. Estaba claro que, en estas circunstancias, él, Maxi Solsticio, debía ser el hijo y hermano perfecto. Era lo que le beneficiaba en grado sumo.
Luis, Luis, Luis, Luis… ¿Por qué viniste y envenenaste mi alma? ¿Qué has hecho? Nada, ya sé que no has hecho nada. No, no es cierto: me has mirado y me has atravesado con tus ojos negros y has roto todos los trajes que me cubrían y ahora soy como una recién nacida que han de depositar en tus brazos. ¿A quién le puedo contar esto? Ni siquiera a ti. Bueno a ti sí, porque me comunico contigo. Sé que lo que pienso, lo que siento, lo que sufro. Lo que vivo y no vivo te llega. Lo sé visceralmente. Lo sabe cada poro de mi cuerpo, que es tuyo desde el mismo momento en que nos besamos.
En este instante no sé a ciencia cierta dónde estás, pero seguro que te has quedado parado, con la mirada fija y callado. Si hablabas con alguien, te habrás excusado, porque te estoy visitando, estoy contigo. Te noto, te siento, Luis. Siento el calor de tu mano, el sabor de tus labios y lo que más me conmueve: los rizos de tu pelo deslizándose entre mis dedos.
Pero físicamente estás lejos y necesito alguna señal tuya. Me dijiste que te esperara y te voy a esperar. Hablaré con mis padres y con mi novio, aplazaré mi boda y me sentaré en la puerta hasta que te vea aparecer. Te hablo como si te escribiera, pero no lo hago por miedo a que me descubran, desde el campo es complicado llegar a correos. Es igual, entre tú y yo hay telepatía, lo noto y sé que te llega el mensaje.
Ven a por mí, mi amor, yo estoy dispuesta a vivir contigo como sea y donde sea, ¡qué más da! Tampoco me importa que me consideren loca. En todo caso, de amor. Ni soy la primera, ni seré la última. Apenas tomo alimentos, solo tengo hambre de ti. Ven, que te espero.
Dos días, dos eternos días han transcurrido sin que nadie hiciese mención a problema alguno en la familia. Doña Soledad había hablado con su marido y había llorado sin ruido sobre su hombro en una noche larga en la que ambos estuvieron en vela, abrazándose, como si de esta forma, muy juntos, ahuyentaran los malos augurios que se presentaban. A pesar del mucho tiempo transcurrido desde su boda, el cariño inmenso que se tenían permanecía intacto. Habían decidido hacer heredera a su hija y no comprendían por qué ella no valoraba el hecho de haber nacido en esa familia. Cualquier otra no le habría proporcionado todo lo que tenía en esta, sin ser desdeñable el amor que recibía y el ambiente cálido en el que había vivido siempre. Esta vez los padres estaban dolidos de verdad y comenzaban a cuestionar si había sido acertada la idea de hacerla heredera universal de la madre. Probablemente Juana no era la persona más capacitada, de hecho no parecía valorar los bienes materiales, siempre sumergida en ensoñaciones. Pero esto era demasiado. Quizá, y eso esperaban, se le pasara, porque de lo contrario el problema sería gravísimo. La boda con Iñaki ya tenía fecha, incluso el traje estaba confeccionado y todo marchaba como la seda. Ellos ya eran mayores y poco a poco, confiando en sus hijos y en su yerno, se irían retirando. Pero todo se iría al traste si lo que le había contado Maxi a su madre era cierto. Así que cada día se miraban en el desayuno expectantes, como si algo grave fuese a ocurrir. Y ocurrió.
Al tercer día, después de un espeso silencio de Juana y de muchas horas encerrada en su cuarto, se dirigió a toda la familia.
—No voy a casarme por ahora.
Todos dejaron los cubiertos sobre la mesa y la miraron sin pronunciar palabra, pero preguntando con los ojos.
—No me voy a casar con Iñaki —repitió.
—¿No te vas a casar o no te vas a casar con Iñaki? —dijo la madre, con un cierto retintín.
Después de unos minutos, que se hicieron eternos, Juana dijo:
—No me voy a casar con Iñaki.
—¿Y podemos saber por qué? —espetó el padre, sin poder ocultar su mal humor, que nada bueno presagiaba.
—No estoy enamorada de él.
—A buenas horas, mangas verdes —dijo la madre—. ¿Y caes en la cuenta ahora, que ya está organizada la boda?
—Sí.
Que Juana solo contestase con un monosílabo, dejó a todos sin palabras.
—No es que sea caprichosa —prosiguió—, es que las circunstancias me han hecho caer en la cuenta de que no estoy verdaderamente enamorada. Mejor saberlo antes que después.
Como todos seguían callados sin quitarle la vista de encima, prosiguió:
—No puedo querer a Iñaki, porque quiero a otro.
—¡Ya está bien! —casi gritó el padre—. La vida no es un capricho para hacer lo que nos apetezca en cualquier momento. Después de años con Iñaki, de tener tiempo suficiente para conocer cada detalle de tus sentimientos, te das cuenta de que no lo quieres, con la boda preparada. ¿Eres irresponsable? ¿Nos tomas el pelo o quizá vives de capricho?
La madre miraba al padre muy seria y casi con temor, nunca lo había visto así de enfadado y Maxi no abría la boca.
—Comprendo que doy la sensación de irresponsable, pero no lo soy. He vivido confundida. Sin conocer a nadie, excepto a Iñaki, a quien tengo un gran cariño, creía que eso era el amor. Hasta que otro… otro hombre me ha demostrado lo contrario.
—¿Qué hombre es ese con tantos dones?
—No te burles. Es Luis Fernández de Almonte.
—Solo ha estado aquí unos días —intervino la madre.
—Lo sé. Pero ha sido suficiente. He… Hemos sufrido como una revelación: sabemos que estamos destinados el uno para el otro.
—Pero él también está prometido —insistió la madre—, y creo que se casa pronto.
—Solo se casará conmigo.
—¿Tan segura estás?
—Tan segura como que yo solo me casaré con él.
De nuevo se hizo el silencio. La madre se dio cuenta de que por ese camino no iban a ningún sitio y dio un giro a la conversación.
—Bueno, demos tiempo al tiempo. Solo te pido que no te precipites, la vida no se acaba hoy, ni mañana. Tómate unos días de descanso, quizá unas pequeñas vacaciones, para pensar despacio. Después volvemos a hablar. ¿Qué opinas?
—¿Por qué no te vas unos días a Comillas, con tía Elvira? Allí no agobia el calor como aquí y de pequeños lo pasábamos muy bien —intervino su hermano mientras dedicaba a su hermana una sonrisa amplia y tranquilizadora—. Yo puedo asumir todo el trabajo, que ahora, en agosto, es menor. Dentro de un mes estarás nueva y podrás ver con total claridad.
—Ya veo con claridad.
—Bien, pues estarás más descansada. Se puede retrasar la pedida de mano unos días.
—Tengo que hablar con Iñaki. Y no penséis que cambiando el escenario van a cambiar mis sentimientos, ni mis proyectos.
—No te apresures, que te conozco —dijo la madre, intentando tener calma—. Nada se pierde con pensar antes de actuar. Lo que tenga que ser será. Puedes decirle, y es bien cierto, que, de momento necesitas descanso y que se puede retrasar la pedida de mano una semana.
—Bien, ya veré qué le digo.
—Pues me pongo en contacto con la tía.
Juana salió del comedor. El padre estaba pálido y la madre desencajada. Maxi, con una sonrisa que desdramatizaba la situación, les dijo que todo iba a arreglarse. Juana era muy soñadora, seguro que una temporada en otro ambiente, le hacía olvidar, o al menos enfriar ese amor tan fulminante. Los padres debían estar tranquilos, esos amores como brasas, pronto se queman y se desvanecen.
Brasa próxima a desvanecerse… Esa era la esperanza de los padres de Juana Solsticio. Brasa permanente, que arde sin consumirse, era lo que la propia Juana sentía. Y no solo lo sentía, también sabía que duraría tanto como durase la vida de los dos. Juana era una mujer culta, aficionada a la poesía y conocedora de los clásicos. Siempre le había producido un cierto escalofrío el soneto de Quevedo Amor constante después de la muerte. Aun sin conocer a Luis sabía desde muy adentro, como si lo supiese con las vísceras, que era posible lo que decía y que a ella le producía cierto escalofrío:
[…] Alma que prisión de todo un dios ha sido
venas que humor a tanto fuego han dado
medulas que han gloriosamente ardido
su cuerpo dejarán, no su cuidado,
serán cenizas, más tendrán sentido
polvo serán mas polvo enamorado.
Francisco de Quevedo
Era el cuerpo el verdadero dios adorado, no el alma. Y ese cuerpo glorioso en el fuego del amor, no desaparecería, porque, aunque se convirtiera en cenizas, serían cenizas enamoradas. Juana lo entendía con lucidez, porque cada átomo de su cuerpo anhelaba y amaba a Luis y sabía que incluso cuando dejara de pensar o de lo que venimos en llamar «vivir», sus átomos seguirían anhelando los de él. Tenían que estar juntos, para que toda la eternidad los cuerpos estuvieran fundidos. Esa fusión era el amor para ella, no un proyecto de familia, ni unas afinidades, ni siquiera un apoyo mutuo. Sin saberlo, siempre había anhelado más y había sabido qué era aquello cuando se encontró con Luis. Nada en este mundo la haría desistir. Estaba segura de que él sentía lo mismo, lo había sabido cuando le había pedido que lo esperara, con total seguridad de que volvería a por ella. Quizá solo los dos sabían con certeza absoluta, qué más daba. Posiblemente la llamarían loca, daba igual. Ahora querían mandarla fuera a descansar, eso se suponía, a poner tierra de por medio. Bien, iría a Comillas, o a donde fuera. Su misión era esperar y le daba igual un sitio que otro. No quería disgustar a sus padres y si así quedaban más tranquilos, los complacería.
Preparó un pequeño equipaje y decidió que solo iba a insinuar algo de lo que sentía a su hermano Maxi y a su novio Iñaki. A Maxi, porque en el fondo necesitaba el apoyo moral de alguien, y creía que el hermano se lo daría, y a Iñaki, porque se merecía que fuera sincera con él. No lo quería y no debía tenerlo engañado. No iba a casarse con él y debía decírselo cuanto antes, no tenía dudas al respecto.
El hermano se mostró comprensivo, le allanó el camino. No debía preocuparse. En su ausencia todo funcionaría como la seda. Él ya era una pieza fundamental en las bodegas, pero podía asumir perfectamente el trabajo de ella. Lo importante era que descansara, que se encontrara fuerte y que volviera con alegría y estímulos renovados. Fue prudente y no dijo una sola palabra respecto a Iñaki. Ella esperaba que quizá aquel saliera a colación y tenía preparado todo tipo de respuestas. Pero no hizo falta, Maxi actuó como si no existiese tal noviazgo, como si no estuvieran próximos a casarse Iñaki y ella, como si no tuvieran ya una casa amueblada y a falta de los últimos detalles, como si nunca se hubiera nombrado la idea descabellada de estar enamorada de un forastero, que solo había estado con ellos poquísimos días. Juana lo agradeció. En ningún momento sospechó planificación alguna por parte de Maxi, contrariamente, lo adornó todavía de más cualidades. Aquel hermano era una persona, no solo excelente, sino competente y trabajadora. Sintió un cierto alivio, cuando ella se marchara a otro lugar y abandonara todo, los padres, las tierras, las bodegas, el patrimonio familiar… todo estaría bien atendido, pues ella no era imprescindible. Ella, Juana Solsticio, veía con claridad que estaba predestinada a vivir con Luis y a seguir ambos un mismo destino y ese destino estaba lejos. No pensaba renunciar, pero sentía cierta inquietud, también ansiedad y sentido de culpa, por fallar a las expectativas de los suyos. Pero si con el hermano todo se iba a deslizar como la seda, aquella parcela de inquietud desaparecería. Sí, debía estar agradecida a Maxi. Lo abrazó con fuerza y, tal como tenía por costumbre, deslizó sus dedos entre su pelo. Luego le proporcionó un sonoro beso y, acto seguido, dio media vuelta para que no viera que se le llenaban los ojos de lágrimas. Al girarse con los ojos nublados, no pudo ver que en los de él no se apreciaba emoción alguna. Eso sí, sonrió ampliamente en tanto que llevaba ambas manos a su nuca, sujetándola, en un gesto de satisfacción.
Para el paseo de esa tarde con Iñaki, Juana se arregló con esmero. Habitualmente llevaba el pelo recogido, pero en esta circunstancia lo dejó suelto, pensando que cuando lo viera su madre no le iba a parecer bien. Pero a ella eso le daba igual. Eligió una falda en un tono azul pálido y una blusa blanca de encaje. Siempre había oído que su piel parecía terciopelo, pero hoy se podría afirmar con mayor motivo, quizá por el tono castaño veteado de rubio de su pelo, o por los tonos muy claros de su ropa. Se miró en el espejo y supo que estaba especialmente bella, algo más delgada, pero sin que se notara mucho. Lo que sí apreció, porque saltaba a la vista, era el brillo especial de sus ojos, parecía febril.
Iñaki la esperaba en el sofá del salón. Hablaba animadamente con Maxi. Ella los observó un instante desde el rellano del primer piso. Apoyada en la baranda observó un rato el salón desde esa perspectiva. La invadió una cierta melancolía, allí había sido feliz y pensó que, cuando se marchara, probablemente no volvería. Era una corazonada. Nadie le había cerrado la puerta, pero estaba a punto de dar un paso que, quizá, no fuera comprendido jamás y sin vuelta atrás. Se giró y vio una esquina de su cama por la puerta entreabierta. ¡Cuántos sueños en aquella estancia, estando despierta y estando dormida, cuántos anhelos! Sintió un pequeño escalofrío. Era la tarde en que debía hablar seriamente con Iñaki y antes de viajar a Comillas iba a sincerarse por completo. Quedaría claro que no habría pedida de mano, porque se anulaba la boda. Y la gran preocupación, incluso la ansiedad, llegó a apoderarse de ella: el temor al daño que sufriría Iñaki, su sorpresa. Juana siempre había apreciado a Iñaki, se conocían de toda la vida y tenían planes de futuro. Pero todo eso era cuando ella no sabía lo que suponía la llama que ahora la consume y que se ha adueñado de su vida. Sintió por primera vez miedo, casi pavor, ante lo desconocido que le esperaba, como si se encontrara ante un precipicio. Se sujetó físicamente en la barandilla y mentalmente se aferró al recuerdo de Luis. «Nada me faltará y nada me sobrará», se repitió para darse fuerzas. «Estos son los peores momentos, no quiero hacer daño y, sin embargo, lo voy a hacer. Necesito ayuda y la tengo, porque sé que estás ahí, Luis. Sé que me acompañas siempre».
Miró fijamente a Iñaki desde su posición de privilegio, y este debió de notarlo porque desvió la vista hacia arriba y sus ojos se encontraron. Movió su mano para saludarla. Maxi también lo hizo. Decidida bajó las escaleras y ellos se pusieron en pie. Se dieron un beso en la mejilla. Iñaki, que siempre sintió pasión por el pelo de su novia, lo alabó sin cesar. Ella permaneció callada y seria.
Y así, los dos, se dirigieron hacia la puerta para dar su paseo. Él irradiando felicidad y Juana pensando que las piernas le flaqueaban.
—Creo que nunca te había visto tan guapa como esta tarde. Me encanta tu pelo, siempre deberías llevarlo así.
—Mamá dice que las mujeres debemos llevar el pelo recogido. Suelto es solo para la intimidad.
—¿Quizá es hoy una tarde íntima?
—En cierto modo sí. Voy a estar ausente unas semanas y quería despedirme.
—Ya me ha dicho tu madre cuando he llegado, que te vas unos días a Comillas para descansar. Te encuentran últimamente algo desmejorada. La verdad es que has adelgazado y estás algo pálida.
—No duermo muy bien.
—Entonces, aciertas cambiando de aires. Estar cerca del mar te vendrá de maravilla.
—¿Has pensado que tenemos la pedida de mano para el 3 de septiembre?
—Sí, lo he pensado. ¿Qué has decidido al respecto? ¿Lo retrasamos unos días?
—No lo retrasamos, lo cancelamos.
—¿Qué has dicho?
—Que lo cancelamos. No nos vamos a casar.
—De momento, quieres decir. No te encuentras bien y estás con pocas fuerzas. No te preocupes, lo importante es que te repongas.
—Iñaki —Juana se paró en seco y se le quedó mirando fijamente—, no me voy a casar contigo, ni ahora ni nunca.
Iñaki no contestó en ese momento. Miró fijamente a su novia, como queriendo llegar hasta el fondo de su alma y se separó un paso de ella. Después de unos instantes le dijo:
—¿Qué ha ocurrido para que dejes de quererme?
—Me he dado cuenta de que era cariño y no verdadero amor lo que sentía por ti.
—¿Así, de pronto, de la noche a la mañana, cuando ya tenemos la fecha de la boda?
—Podría decirse, simplificando mucho, que así ha sido.
—¿Y cuál ha sido el desencadenante que te ha abierto los ojos? Si me haces el favor, porque no entiendo nada.
—Lo comprendo.
—Pues te felicito, pero yo querría saber qué ha ocurrido, si es que ha ocurrido algo. ¿Te he molestado en alguna ocasión? ¿Te he decepcionado?
—Todo lo contrario, tu trato ha sido exquisito.
—Juana, por favor, me voy a volver loco.
—Quiero a otro hombre. Ya está, ya lo he dicho.
Iñaki se apartó y se sentó en un banco próximo. Parecía que las piernas no quisieran sujetarlo. No dijo nada. Juana prosiguió.
—Es Luis Fernández de Almonte. Ya sé que no tiene mucho sentido —dijo esquivando la mirada asombrada de su prometido—. Ha sido fulminante. No hemos hecho nada, ni él ni yo, para que sucediera lo que ha sucedido.
—¿Y qué ha sucedido?, Juana.
—Nada y todo. Hemos sido tocados como por un rayo que nos acerca el uno al otro irremisiblemente. Ya sé que es incomprensible, pero ha pasado. Él también está prometido y con fecha de boda, pero me dijo que lo esperara, y yo, desde ese día, sé que lo tengo que esperar, que mi vida no tiene sentido sin él.
—Pero todo esto es absurdo y disculpa pero, no os conocéis, no sabéis el uno del otro. Creo con sinceridad que lo que os ocurre no es más que un impulso emocional. Si recapacitas tendrás que reconocerlo y admitir que no es razonable jugárselo todo a esa carta. Es arriesgadísimo, o peor, descabellado. Perdona que sea tan crudo, pero pienso que si no lo ves, si él tampoco lo ve, sufrís algún tipo de ceguera emocional. Date tiempo, por favor: No tomes decisiones en caliente y ahora te hablo como amigo, como alguien que te quiere bien.
—Lo entiendo, lo entiendo. Sé que desde fuera se ve así y que no podéis comprender lo que nosotros ya sabemos. Hoy he querido ser sincera, porque tú no mereces otra cosa. No sé expresarlo mejor. Es así, y para nosotros, claro y definitivo.
Iñaki calló largamente. Pensaba, mientras miraba a Juana, que alguna alteración nerviosa la había afectado. Se dio cuenta de que no eran palabras ni razonamientos lo que hacía falta en ese momento, sino arroparla y darle su tiempo. Intuyó por qué sus padres habían pensado en que marchara a Comillas, buscaban un recurso para que despejara su mente y pensara con claridad. Su cabeza iba a toda velocidad y llegó a la conclusión de que no eran argumentos lo que haría cambiar de opinión a Juana. No sabía qué, quizá reposo, alejarse de aquel hombre que la había trastornado, retrasar una boda que, a la vista estaba, le causaba estrés… No sabía nada, excepto que aquello no lo iba a resolver con palabras. Decidió no darle más vueltas, sino que la arropó, no le echó nada en cara y la trató con afecto. Deseaba que descansara junto al mar. Él, en tanto, buscaría la ocasión para tener una conversación seria, de hombre a hombre con Luis Fernández de Almonte. A ese… a ese no le perdonaba nada. Y así con dulzura, se dirigió a Juana y le dijo:
—Eres noble, eso siempre te lo tendré que agradecer. Ahora te vas a marchar a Comillas, si quieres retomamos la conversación cuando vuelvas, en estos momentos no me siento con fuerzas.
—Como tú quieras, pero no voy a cambiar de opinión.
—No te pido nada, Juana. Te sigo queriendo. Ya hablaremos. ¿Me dejas que acaricie tu pelo?
Juana lo abrazó. Era inmenso el cariño que sentía por Iñaki y se le rompía el corazón por el daño que le hacía. Pero era necesario, Luis la esperaba y ella debía arreglar con honestidad todos sus asuntos.
Volvieron a casa en silencio. A la mañana siguiente ella salió hacia Comillas.
Por la noche Iñaki cenó en casa de los Solsticio. Todos estaban inmensamente preocupados, el más animoso era Maxi, que decía que no había que preocuparse mucho, que sería cosa pasajera. Los demás permanecieron taciturnos. Cuando Luis expuso su intención de desplazarse para hablar seriamente con Luis Fernández de Almonte, toda la familia estuvo de acuerdo.
- 3 -
UNA VISITA
Luis Fernández de Almonte Frías era de Frobiel. Decir Frobiel, es decir viñas, carros, mulos, mirar al cielo y ver si llueve o graniza. Decir Frobiel, es decir vino. La familia de Luis Fernández de Almonte, padre, siempre había vivido de las viñas. Heredó muy joven, se casó en cuanto terminó el servicio militar y tuvo una hija. Su mujer enfermó pronto de un tumor cerebral y él la cuidó día y noche el tiempo que vivió. Pero a los treinta y dos años era viudo y con una niña pequeña. La vida era cada vez más triste y penosa para él. Por eso, cuando retomó amistad con otra mujer, bastantes años más joven que él, a la que conocía desde siempre, le propuso matrimonio. Ella tan solo tenía diecinueve años cuando se casaron y veinte cuando nació el hijo, que recibió el mismo nombre que el padre: Luis.
La esposa, Teresa Madrid, era una mujer delicada. Un catarro mal curado en la adolescencia la había tenido siempre tosiendo. Sus padres, que podían permitírselo económicamente, la habían llevado a varios médicos en Valencia. Todos los años pasaban un mes en la playa, realizando baños de ola que, a decir de los expertos, eran muy buenos, pero, sobre todo, era en la finca de campo La Casilla, situada a 5 km y rodeada de viñas, almendros y olivos, donde más tiempo pasaba y donde mejor se encontraba. El primer vómito de sangre le sobrevino estando embarazada de seis meses. Se llevó inmediatamente las manos al vientre, sabiendo lo que significaba aquello y habló con su hijo, que aún no había nacido. Le dijo que no se preocupara, que aunque no pudiera abrazarlo y besarlo todo lo que quisiera, no habría hijo en el mundo más querido que él. Y que siempre, siempre, velaría para que fuera feliz. Tuvo que ser su hermana quien se hiciera cargo del niño, porque la tuberculosis es contagiosa. Cuando nació, apenas estuvo un instante en sus brazos. Instantes imborrables que la marcaron a fuego. Era madre, pero no podía gozar de su hijo. Lo veía desde la ventana de la planta baja de la casa de su marido, donde vivían, o cuando iban a la finca, pero sin besarlo. Aquello, no poderlo besar ni abrazar era durísimo. Cuando se llevaban al niño lloraba amargamente, en un llanto sin fin.
Teresa era dueña de un buen patrimonio, una finca rústica importante, La Casilla, era de ella, fruto de la partición de herencia de su padre. También era de su propiedad una casa muy deteriorada, pero céntrica. Casi podía considerarse un solar. Inteligente y muy consciente de su situación, llamó un día al notario y le mostró un testamento hológrafo, en el que dejaba a su hijo heredero universal. Pudo darle bienes, pero el mayor de todos, su abrazo infinito no pudo, murió sin haberlo apretado fuertemente contra su pecho, sin besarlo hasta cansarse, sin juguetear con él. Eran los tiempos de la maldita enfermedad, que se los llevaba jóvenes. Pero consiguió que su hijo no se contagiara y él supo, porque ella se encargó de que el mensaje le llegara, del amor de que era objeto. Por ello apreciaba de forma muy especial su herencia. Pero, era inevitable, la muerte de la madre en una edad en que tanto se necesita, supuso para Luis una enorme carencia. Además, era un chico tímido, bastante callado y muy soñador. Bien distinto del padre y de su hermana mayor, Julia.
De madrugada padre e hija ya estaban en el campo. Les gustaba pisar tierra, mirar los racimos, estar en primera fila con los braceros. Luis, sin embargo, no sentía esa vocación. Estar en La Casilla era para él respirar a gusto, mirar por el telescopio, pasear, leer y escribir tranquilo, sentir a su madre junto a él…
Bien claro estaba, el campo era la elección de Luis como escape, como lugar de ocio, pero no para el trabajo. En este sentido, prefería colaborar en la economía de casa con todo aquello que tuviera que ver con la burocracia o con los viajes y convenios comerciales, que requerían los negocios de su padre. Viajaba para promocionar los vinos y era el encargado perfecto para llevar toda la documentación y supervisión de la bodega. Pero al padre le hubiese gustado que hubiera sido al revés. Hubiera querido ver a su hijo a caballo, paseando por las viñas al amanecer, dando órdenes a los agricultores que les trabajaban las tierras. Poco a poco se conformó. Luis, además, había querido estudiar y tenía conocimientos de enología, pero también de Literatura e Historia. No había obtenido titulaciones universitarias, pero sí que había asistido a muchas clases, realizado cursos en Valencia y leído por cuenta propia; un verdadero autodidacta. Con una gran curiosidad y sed de saber, nada le era ajeno, ese era motivo también del gusto con que realizaba todos los viajes para los que se le requería, viajes que hacía con los ojos muy abiertos. Finalmente, todo redundaba en beneficio de los vinos de la familia, que se vendían muy bien por todo el país, y el negocio familiar prosperaba.
Y así, con esta forma de vida, Luis se había forjado una mentalidad abierta y un contacto con el mundo poco usual, pero con menos relación con su padre que su hermana Julia, siempre a su lado, siempre en casa o acompañándolo al campo. Julia en realidad era el brazo derecho de don Luis Fernández de Almonte y su ser más entrañable. En el fondo, el padre hubiera deseado que las cosas hubieran sucedido de otra forma. Pero callaba y, de puertas para fuera, vivían de forma envidiable, al decir de los vecinos, que los veían casi como modélicos.
Luis lo sabía. Él había tenido un apego especial por la madre, aunque nunca la hubiera podido abrazar a gusto. Ahora con ella muerta, cuando no viajaba, pasaba muchas horas en La Casilla, en la salita donde había visto apagarse su vida durante las breves visitas que le había podido hacer. Allí, Luis escribía en un cuaderno. Era una costumbre desde la adolescencia. Escribía generalmente versos y, después, lo guardaba en un armario y lo cerraba con llave. Intuía que a su padre no le agradaría y al resto de familia y conocidos ni se planteaba que lo conocieran. Sabía que nadie lo comprendería, no se esperaba de él que fuera precisamente un poeta, y no consideraba preciso revelar su intimidad. Cada vez se fue haciendo más introvertido.
En cierto modo había tenido suerte. Desde muy niño venía a casa a compartir sus juegos su prima segunda Mª Isabel de Almonte y Teruel. Eran de la misma edad y hacían juntos los deberes. Algunos días era Luis quien iba casa de ella. Su hermana era de otra generación y lo trataba como una madrecita, le daba consejos o le reñía. Con su prima era distinto, porque eran cómplices, se conocían bien, se querían y se adivinaban.
A nadie le extrañó que un buen día, cuando Mª Isabel ya había cumplido los diecinueve años, anunciaran que eran novios. Estaba cantado. Todo el mundo actuó como si lo esperaran. Los padres de ella le prepararon una casa, como es costumbre en Frobiel y pronto se comenzó a hablar de boda.
Luis incluso le escribió alguna poesía y en la primavera de 1867 pensaron que para la próxima ya estaría todo listo y sería buen momento para casarse. Lo decidieron el día que ella cumplió veinte años. Ella le dijo que aquello era el destino, lo sabía o lo intuía, igual daba, y él aceptó con una sonrisa. En aquellos momentos no sabía muy bien qué era lo que denominan «destino». Pronto lo sabría.
Ese verano llegó una carta de El Ciego, como otras veces, solicitando vino para las Bodegas Solsticio. Casi siempre habían resuelto el negocio por medio de cartas, pero esta vez el padre pidió a Luis que se desplazara, porque la venta era importante. Luis estuvo muy de acuerdo, era la parte de su trabajo que más le gustaba. Tardó varios días en realizar el viaje, pero en agosto llegó a donde debía conocer sin ningún tipo de dudas ese significado que no comprendía: el «destino». Porque lejos, muy lejos de casa, en La Rioja, en un pueblo llamado El Ciego, este lo aguardaba desde siempre.
Cuando llegó la familia Solsticio lo recibió de forma tan afable, quedó sorprendido. Le ofrecieron hospedarse con ellos el tiempo que durasen las gestiones. Era verano y la casa familiar de Logroño estaba cerrada. Allí casi en mitad del campo, entre viñas, y muy próximo a la bodega, la vida parecía distinta. Desayunaban casi a la salida del sol y paseaban por el campo antes de que el astro se dejara caer con fuerza.
El 15 de agosto celebraban en esa casa la Asunción y el cumpleaños de la madre. Luis estaba invitado a una comida especial. Se lo dijeron en cuanto llegó y tuvieron el detalle de brindarle hospitalidad. En su primer día, después de deshacer el equipaje, bajó pronto a la zona de estar y apenas se apercibió de que alguien, que caminaba sin hacer ruido, se acercaba al comedor. Era Juana, la hija. El encaje de su blusa, sus ojos muy expresivos y algo melancólicos, el perfume que emanaba, lo dejaron sin palabras. Se miraron un instante mientras los presentaban. Se dieron la mano. Tiempo después, él todavía recordaría el tacto de aquella piel suave y aquellos dedos finos. No hablaron mucho, pero algo le sucedía. Era como si Juana, convertida en presencia que llenara toda la estancia, lo envolviera. Su sensibilidad era más rápida que su pensamiento. No podía razonar. Aquello no tenía sentido. No quería mirarla y no quería dejar de mirarla. Tomó partida la discreción. Apenas probó bocado. Ella tampoco. Alegando jaqueca se retiró pronto, era la hora de la siesta. Se tumbó en la cama y sintió que el tacto de la mano invadía todo su cuerpo. Musitaba palabras sin sentido y se dio cuenta con asombro de que necesitaba acariciarla. Apenas la conocía, pero ya estaba en él desde siempre. ¿Se estaría volviendo loco? El mundo entero desaparecía, su novia, el negocio que allí le había llevado, su padre, todo. Solo su madre parecía sonreírle y animarle. ¿Dónde estaría su madre? Se sintió desvalido, como un recién nacido. Finalmente se durmió. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero al despertar era de noche. Salió afuera. Las chicharras comenzaban a cantar. Se encontró con Maxi, hijo de la familia. Era un chico encantador, con un cierto parecido a Juana. Hablaba mucho y él escuchaba, interviniendo solo ocasionalmente. Pronto se les añadió Iñaki, novio de Juana. Habló de su próxima boda. Luis creía que estaba escuchando historias irreales, Juana casada con ese chico, no lo podía imaginar. Por primera vez, estando en medio de la conversación, la sintió entre sus brazos, siendo suya, solo suya. Se excusó y entró en casa. Se dirigió a la biblioteca. No había nadie. Comenzó a hojear libros y uno le llamó la atención, lo cogió y se sentó en un sillón para leer un rato. Al poco tiempo oyó la puerta. Se hizo un ovillo y consiguió quedar invisible entre las orejas de aquel gran confort. Después analizaría por qué había adoptado esa actitud, si no tenía nada que ocultar. No la vio pero la sintió. La biblioteca se impregnó de una presencia. No era solo un aroma, era mucho más. No la veía, pero sabía sin lugar a la más mínima duda que Juana estaba allí. Y sabía más, sabía que ella también notaba la presencia de él. Era algo espiritual y muy corporal a la vez. Ella quedó quieta, quizá delante de alguna estantería, y él lo supo. Lo sabía todo y no por sonido ni ruido alguno. Supo que se comunicaban, que se intuían, se notaban, se fundían. Se encontraron y durante unos instantes ambos muy quietos, con los ojos cerrados y sin señal alguna del otro, permanecieron juntos. Fue algo muy inquietante para Luis, que no acertaba a comprender bien qué sucedía en realidad en su mente y en su corazón.
Pasados unos instantes Juana se marchó y Luis cerró el libro, que depositó con cariño en su lugar. Ya no eran los mismos, pero todavía no lo sabían a ciencia cierta. Sin embargo. El poso de aquel hecho fue determinante para que un par de días después ella estuviera en sus brazos y él, como si fuese algo convenido le pidiera:
—Espérame, por favor.
Y también para que ella, que creía estar ante una revelación, le contestase con total seguridad:
—No tengo otra cosa que hacer, salvo esperarte.
Y cuando había llegado aquel instante superior, había sabido el sabor de sus besos y había sentido su cuerpo pequeño a través de la ropa, en aquel abrazo que no podría decir cuánto duró. Si muriera ahora ya estaría cumplido su ciclo. No importaba que no hubiera habido más efusión amorosa que aquella, ¡no!, se había culminado un amor completo, pues se habían entregado en un abrazo. Y de igual forma que un todo no es la suma de sus partes, el amor no es más amor por más o menos detalles sexuales o por más o menos frecuencias o por más o menos partículas de cuerpo. Ellos ya eran total y eternamente el uno del otro. Lo sabían ambos, como sabían que muy pocos o nadie lo iban a comprender. Qué más daba, tampoco se iban a explayar en detalles. Posiblemente ni siquiera entre ellos supieran verbalizarlo.
Luis, ya en Frobiel, con el negocio de La Rioja terminado, estaba en La Casilla. Había dicho a su padre y hermana que necesitaba descansar unos días y a ellos les pareció algo normal, ya que había heredado de su madre una salud delicada y de vez en cuando pasaba algún día en el campo.
La Casilla era una gran finca. Estaba dividida en tres parcelas: una la que ocupaba la casa, con un pozo anejo bastante profundo, que proporcionaba el agua necesaria, cuando no quedaba en el aljibe, que recogía el agua de la lluvia; otra era la planta baja con las zonas de estar y la cocina; y un primer piso, con los dormitorios, que daban todos a una gran terraza. En ella se habían instalado mecedoras y, en un rincón, una zona con mesa y sillones de mimbre. A Luis le encantaba la mecedora, con respaldo de rejilla. Pasaba allí las horas, cuando ya era de noche.
Las noches en el campo son distintas. Si no hay nubes y estás muy atento, vas viendo aparecer las estrellas y cuajarse el cielo con ellas. Luis no sabía qué era más bello si las noches de luna llena o aquellas en que, ausente el satélite, podía distinguir las constelaciones, que conocía desde pequeño. Curiosamente había sido su madre, una de las pocas veces en que había convivido con ella, quien le enseñó a distinguir la Osa Mayor y Menor. Y la Estrella Polar. Le dijo que se fijara bien, que si encontraba el Norte nunca se perdería. Luis tenía aquellas palabras bien guardas y las recordaba, sobre todo en las noches de verano, cuando cantan las cigarras y en soledad absoluta miraba el cielo. A veces usaba prismáticos, pero en general prefería mirar a simple vista desde su mecedora. De vuelta del viaje, después de la experiencia de la biblioteca, sabedor de que su vida ya había cambiado, miró el cielo una vez más y se detuvo en la Estrella Polar. Recordó las palabras de su madre y se dirigió mentalmente a ella para decirle que había encontrado el Norte y que ya nunca andaría perdido. Allá afuera, en el campo, un camino de almendros, que señalaba la entrada a la casa, y los pinos que la rodeaban, eran sombras que cambiaban de forma. Pero él no se percataba, solo tenía ojos para el cielo y pensamiento para Juana y para su madre. Balanceándose, poco a poco se durmió.
Al día siguiente se dedicó a recorrer toda su finca. Además de la zona de vivienda, con almendros, pinar y un pequeño jardín, había otras dos, una de viña. Extensa. Los agricultores contratados tenían que trabajar muchas anegadas. Por descontado que había un encargado, que también tenía su casa a una distancia no muy lejana de la principal. Un hombre imprescindible, el alma de la finca, fiel como nadie, muy trabajador e incondicional de su madre, cuando vivió. Era Antonio. Lo conocía desde niño y se sentía querido por él como si fuera su hijo. Y por su mujer, Avelina, que cuidaba, multiplicándose, no solo su casa, sino también La Casilla. Además, preparaba comida para el marido y dos hijos varones, que trabajaban los campos, como todos allí. Hacía café para los agricultores y era el alma mater de la finca. Su marido la adoraba, pese a no ser una mujer agraciada y, observando aquel matrimonio, había intuido Luis por vez primera qué era aquello del Amor con mayúsculas.
Pasó por la casa y entró. Antonio no estaba, pero sí Avelina, que elaboraba quesos con destreza. ¡Qué ricos eran! Lo invitó a sentarse un rato y le sacó un vaso de vino de la cosecha del año anterior y un plato con jamón y queso, todo de elaboración propia. Aquello era delicioso. Avelina le comentó que lo encontraba cambiado y él sonrió. Le preguntó y él se encogió de hombros «Vaya, se me nota», pensó, pero no dio ninguna explicación. Ella le preguntó si se quedaba algún día en la finca, y, como le contestó afirmativamente, le dijo que iría más tarde a prepararle la comida y a darle un repaso a la casa. Luis pensó que era más que afortunado con aquellos caseros que se ocupaban de todo: casa, tierras… Quería a aquella mujer casi como a una madre y ella lo mimaba. A lo mejor otro día le contaría lo de Juana, pero hoy todavía no.
Anduvo luego un rato largo y abandonó la zona de viña para entrar en el olivar. Era extenso y de él obtenían todos los años una cosecha importante de aceituna, que se llevaba a la almazara donde se obtenía un aceite de muy buena calidad. Si todo marchaba bien, si no había heladas tardías o granizadas terribles, las tierras de La Casilla era un patrimonio muy importante y eran solo de él. Su padre le ayudaba en la gestión de la finca, de igual modo que él colaboraba en las fincas de su padre, pero no se entregaba en cuerpo y alma. Se reservaba una parcela para estar solo, para mirar el cielo, para escribir lo que no leía nadie. El padre estaba algo preocupado por esta forma de ser del hijo, pero la hermana le decía que no había que hacer mucho caso, que cada cual tiene su carácter y que Luis sería un Fernández de Almonte del que no habría queja alguna. Eso se vería, estaba segura. Así tranquilizaba un poco al padre, que no las tenía todas consigo.
Luis estuvo un par de días en La Casilla para ordenar sus ideas. Tenía planeado hablar después con su familia y con su novia y ponerse en marcha para reunirse con Juana. La última noche, a la luz del quinqué, abrió su cuaderno de poemas y le escribió la primera de muchas poesías que pensaba para ella.
UN DÍA CUALQUIERA
Era un día cualquiera
y salió el Sol.
La noche no tuvo sitio,
el Mundo fue nuestro,
las sombras volaron
y hubo luz.
La sinfonía del campo
nos ofreció
su más brillante fragmento.
Las notas ascendieron muy alto
y el lecho de hierba, fresco y blando,
nos envolvió
en nuestro sueño
El tiempo se escondió
respetuoso.
No hubo antes ni después.
Solo un AHORA.
Instante fugaz y eterno,
porque la vida entera
se fundía en un beso.
L. F. A., 1866.
La leyó y pensó que aunque no era cierto, a fecha de entonces, podía expresar sin trabas lo del «lecho de hierba fresco y blando», ellos se habían sentido así, tal cual se expresaba en aquel poema. Y porque este se adelantaba a los acontecimientos, que estaban por llegar, más pronto que tarde. Lo leyó un par de veces y besó la hoja, ya se lo enseñaría a Juana cuando ambos estuvieran en las mecedoras. O cuando se hubieran besado desde que cayera la noche hasta el amanecer en un lecho así. Porque aquello llegaría, ya lo creo que llegaría, no era una mera ensoñación, sino un adelanto de la realidad, de eso estaba seguro.
En el mes de agosto aprieta mucho el calor en Frobiel. Después de comer no se ve un alma por la calle y el pueblo parece muerto. Es al caer la tarde cuando todo parece despertar del letargo y tomar vida. Se abren las puertas de las casas y las mujeres sacan sus sillas pequeñas de enea para sentarse juntas a charlar y pasar la velada hasta la hora de la cena. Los hombres normalmente van al café, a cualquiera de los dos que hay en el pueblo, a echar la partida: dominó o cartas. En la trastienda se juega dinero, pero con disimulo, es la gran preocupación de las mujeres, pero no hablan de ello en la calle, solo en casa y es motivo de fuertes discusiones.
Aquel día era como cualquier otro. El calor sofocante y la hora, 5:30, no invitaban a salir cuando llamaron a la puerta de la casa de Luis Fernández de Almonte. En principio nadie abrió, así que quien fuera volvió a llamar con la aldaba de bronce, bien bruñida. Esta vez los golpes sonaron con fuerza. Desde dentro una voz que se acercaba dijo:
—¡Ya va, ya va!
Cuando Flora, la cocinera, abrió se encontró cara a cara con un desconocido bien vestido y, pese al calor, sin muestras de desaliño. Un hombre joven, moreno, de cabello y ojos negros. Flora creyó que se habría equivocado y que se despediría, pero no fue así. El hombre se presentó.
—Buenas tardes. Mi nombre es Iñaki Azcárate y desearía ver a don Luis de Almonte, hijo (olvidó «Fernández», pero eso era frecuente).
—¿Le espera? No me ha dicho nada al respecto.
—No, lo cierto es que no he anunciado mi visita, por lo que pido disculpas. Pero nos conocemos. Soy de El Ciego en La Rioja, donde él ha estado no hace mucho en un negocio de vinos. Deseo saludarlo, hablar con él.
Flora no hizo más averiguaciones, no era competencia suya, pero bien que se dio cuenta de que estaba ante un auténtico señor. A la legua los distinguía ella. Le sonrió y le hizo pasar a una salita con ventana enrejada a la calle, que en ese momento estaba desierta.
—Enseguida aviso a don Luis. ¿Quiere un refresco, mientras espera?, hace un calor insoportable.
—No, no, muchas gracias. He llegado hace dos horas y he descansado en la posada. No necesito nada.
Flora se retiró, pensando que aquello era una rareza, un señor como aquel hospedado en la posada. Si era amigo de la familia, lo lógico era que se hospedase en casa, como era habitual, y si no era amigo, ¿por qué habría hecho un viaje tan largo en este tiempo de tanto bochorno?... La posada. ¡Dios santo! Ni siquiera tenía la categoría de hostería, claro que allí no había otra cosa. Era el lugar donde se hospedaban viajantes, feriantes y novios de chicas del pueblo, cuando eran de fuera. Bueno, no era asunto suyo. Lo que sí que le correspondía era avisar a Luis, pero estaba durmiendo la siesta y ¿quién era ella para despertarlo? Claro que tampoco era cuestión revelar intimidades a un forastero, a quien nada importaba si allí se dormía la siesta o no. La culpa era de él por venir a horas tan intempestivas. O no, la culpa era de ella por abrir. Daba igual, intentaría arreglarlo. Volvió sobre sus pasos dispuesta a decirle lo que se le ocurriera al forastero, pero en ese momento vio a Luis que entraba en la cocina. Él también la vio.
—Hola, Flora. ¿Queda limonada? Tengo una sed espantosa.
—¿Ya te has levantado? —Flora lo tuteaba porque lo conocía desde muy pequeño. Era como de la familia. Como Luis no había podido tener apenas contacto con su madre, ella lo había mimado y cuidado hasta la saciedad. Aunque tenía dos hijas ya casadas, a veces se preguntaba, sintiéndose culpable, si las quería menos que a su Luis. Lo consideraba la niña de sus ojos y creía leer en él, al menos sus estados de ánimo.
—Ya me he levantado, sí. Tengo cosas que hacer esta tarde, aunque ganas bien pocas, ¡vaya calor!
—Pues no sé si tendrás tiempo de hacerlas, porque tienes una visita.
—¿Una visita?
—Si, y parece importante, porque viene de muy lejos solo para verte.
—Explícate de una vez.
—Se llama don Iñaki Azcárate y viene desde La Rioja.
Luis cambió de color. Se quedó tan pálido que Flora pensó que se iba a desmayar allí mismo. Intuyó que algo grave pasaba, pero no dijo nada. Le acercó una silla y le llevó la limonada. Unos instantes después estaba repuesto. En tanto, la mente de Luis era como un torbellino: allí estaba el novio de Juana y era algo que desde sus adentros esperaba. Eso quería decir que ella había hablado y que se había plantado. Habría contado lo de ellos y habría roto con él. Esto debía de haber sido tan sumamente insólito que Iñaki había decidido desplazarse, en pleno agosto, para aclarar el asunto, a un pueblo donde ni hostería en condiciones había. Era, pues, su momento. Había llegado el instante de dar la cara. Instante que iba a ser muy complejo, pues él, contrariamente a Juana, todavía no había abierto la boca y no había puesto en antecedentes de lo que ocurría a nadie. Ahora debía hablar con Iñaki y aquello iba a desencadenar una cascada de acontecimientos: su padre, su hermana, Mª Isabel… Debía haberse explicado antes con todos ellos, pero cómo podía imaginar esto. Él tenía planeado hablar poco a poco con cada uno y luego ver la forma de traer a Juana a Frobiel, de casarse con ella. Pero sin traumas, sin rupturas graves. Él, Luis, no era hombre de ir por las bravas en la vida. Ahora todo se precipitaba y, de golpe, tenía que decidir, hablar y resolver precipitadamente. Estaba asustado.
Tragó la limonada y tragó saliva. Subió un momento a su cuarto y se miró al espejo a ver qué aspecto tenía, estaba demacrado. Se pellizcó las mejillas y se peinó un poco. Se cambió de camisa y se puso unos zapatos nuevos. ¿Por qué cambiaba los zapatos?, no lo sabía, obraba un poco por impulso. Intentó tranquilizarse y para ello pensó en Juana. Cerró los ojos y la vio. Era como si estuviese allí, le sonreía y extendía la mano derecha hacia él. Llevaba la blusa de encaje y la falda verde hoja. Lo miraba y le transmitía paz. Y supo que no era un recuerdo, sino una presencia real. Inexplicable pero cierta. La sentía en cada uno de sus poros y fue sintiéndose valiente, decidido, tierno, sabio y lleno de razón a la vez. Si media hora antes le hubieran preguntado, no habría podido explicar esto, pero, recordó, no era la primera vez que sucedía. Esa intuición, esa comunión total sin verse ni tocarse siquiera, ese saber que todo es posible y que nada había que mereciera la pena si no lo vivían juntos, ya lo habían sentido. ¿Por qué le había dicho que lo esperara y ella le había contestado que sí, sin titubear un instante? Luis, que unos momentos antes se sentía débil, sin saber cómo afrontar el problema que se le venía encima, notó que era fuerte y que podría con todo.
Ya no dudaba cuando abrió la puerta de la salita y saludó con cordialidad, dando la mano, a Iñaki Azcárate. Este se le quedó mirando, estaba más delgado y bastante pálido, pero irradiaba una serenidad que no se le había conocido antes.
Dos hombres se observan y mantienen la mirada unos instantes. Ambos saben lo que piensa el otro, pero uno, Iñaki, desconoce las motivaciones profundas de su ahora adversario, Luis.
Iñaki tenía una novia, una fecha de boda y una vida organizada. El futuro muy previsible, y nada, que el supiera, había sucedido para que todo diera un cambio radical y absoluto. Y, sin embargo, había cambiado. Algo insólito había sucedido, un hombre forastero, un invitado, a quien se trató con exquisita cortesía, se hospedó en casa de la familia Solsticio. Nada del otro mundo. Había ido a El Ciego a cerrar un negocio y se le habían abierto todas las puertas. Pero ese hombre se había comportado con total deslealtad y se había entrometido en la privacidad más sagrada, interponiéndose en el compromiso matrimonial de la hija de sus anfitriones. Y lo peor, aprovechando su hospitalidad generosa. El prometido de la hija, considerando que aquello era inadmisible, se había desplazado hasta el domicilio de esa persona (a muchos km de distancia) que tan pocos escrúpulos demostraba. Exigía una explicación de Luis Fernández de Almonte, que así se llamaba el intruso. No se iría sin ella. Y lo hizo saber con claridad, controlando apenas su indignación.
Бесплатный фрагмент закончился.
