Читать книгу: «La ciencia de Los Simpson»

| Director de la colección: Fernando Sapiña Coordinación: Soledad Rubio |
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Títuo original: La scienza dei Simpson
Guida non autorizzata all’Universo in una ciambella
(© 2007 Alpha Test S.r.l.)
© Del texto: Marco Malaspina, 2007
© De la traducción: Enric Salom, 2011
© De la presente edición:
Càtedra de Divulgació de la Ciència, 2011
www.valencia.edu/cdciencia
cdciencia@uv.es
Publicacions de la Universitat de València, 2011
www.uv.es/publicacions
publicacions@uv.es
Producción editorial: Maite Simón
Diseño del interior y maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Communico, C.B.
Cubierta:
Diseño original: Enric Solbes
Imagen: Pere Fuster
Grafismo: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-370-8019-2
Realización ePub: produccioneditorial.com
PRÓLOGO
Me los encontré por primera vez una noche de mayo de 1995. Hacía poco que me había licenciado. Unos días después tenía que partir hacia Palestine, una pequeña ciudad anónima y deprimente en el corazón de Texas. Una pequeña ciudad que no puede ser más americana, con más de cuarenta iglesias para menos de veinte mil habitantes, y el Badulake abierto las veinticuatro horas como único lugar de reunión. Una ciudad pequeña destinada a tener sus trágicos quince minutos de fama ocho años después, el 1 de febrero del 2003, cuando del cielo de Palestine llovieron los fragmentos del transbordador espacial Columbia, que había explotado al entrar en la atmósfera, con siete astronautas a bordo, debido al desprendimiento de un fragmento de espuma aislante.
Tenía que reunirme con un grupo de astrofísicos del entonces Instituto para el Estudio y Tecnologías de las Radiaciones Extraterrestres del cnr. Mis colegas ya estaban allí, en la Columbia Scientific Balloon Facility (una base de la NASA para el lanzamiento de globos estratosféricos), para enviar un telescopio a cuarenta kilómetros de altitud para estudiar la radiación del fondo cósmico. Estábamos preocupados: los dos primeros intentos habían fallado, y casi habíamos agotado los fondos. Ese lanzamiento desde Palestine era el último que nos permitirían.
Así pues, era un domingo por la noche de mayo de 1995, debían de ser las diez o diez y media. Me estaba relajando frente al televisor, en el Canal 5. Sin prestar atención, sin ni siquiera intentar seguir lo que estaban diciendo desde la pantalla unos horribles personajes amarillos. Ya los había visto alguna vez, al zapear. También había oído hablar de ellos, creo, en periódicos y telediarios: parecían vulgares. Algunos padres se habían quejado, preocupados porque pudieran ejercer una influencia negativa sobre sus hijos. Por otra parte, unos dibujos animados que se emiten en horario nocturno algo deben tener, pensaba para mí. Y, efectivamente, algo tenían. Pero no eran las palabrotas. Más bien eran las palabras. El protagonista, un tal Homer, estaba sentado en el sofá con el mando a distancia en la mano mirando la televisión, igual que yo. También había unos tipos de la NASA que hablaban de lanzamientos espaciales –hasta aquí todo normal: cuando se habla del espacio siem-pre aparece la NASA, incluso en los dibujos animados–, solo que aquellos personajes usaban los mismos argumentos y las mis-mas palabras que utilizábamos diariamente en mi grupo de investigación: «Compañeros, corremos el riesgo de perder nuestra financiación», decían. «A América ya no le interesa la exploración espacial».1
Aquel fue mi primer encuentro con Los Simpson, la serie de animación televisiva más longeva de todos los tiempos. Estrenada en 1989, el episodio 400 se emitió en mayo del 2007, al final de la decimoctava temporada, y todo hace pensar que aún va para largo (sobre todo ahora que también se ha estrenado la versión cinematográfica, Los Simpson. La película). Unos dibujos animados con una media de sesenta millones de espectadores semanales, repartidos por más de setenta países. Existe incluso una versión en árabe, Al Shamshoom, convenientemente adaptada y censurada (donde Homer es Omar, no bebe y se mantiene alejado de las costillas de cerdo), y han sido prohibidos en Costa Rica y en la República Dominicana por su irreverencia. Los son-deos sobre el share los sitúan regularmente en los primeros lu-gares en la franja de espectadores entre los dieciocho y los cua-renta y nueve años.2 Time los ha definido como el mejor programa televisivo de los años noventa y son innumerables los premios que han conseguido,3 entre otros un Peabody Award, prestigioso galardón destinado especialmente al periodismo de investigación, concedido en 1996 a Los Simpson por «la incisiva sátira social».
De todos modos, al volver de Texas no tenía la menor idea de todo eso, ni de cómo, unos años después, Los Simpson se convertirían en un fenómeno, ni mucho menos la gran influencia que los personajes amarillos tendrían en mi vida. Sencillamente, me había olvidado de ellos. Cuando se emitió la serie por Italia 1 y luego también por la FOX, mi hijo se encargó de hacer que volvieran a mi memoria. Comenzó un periodo –que todavía dura– en el que, si emiten Los Simpson, no se puede ver nada más. Un largo periodo durante el cual, gracias también a las numerosas repeticiones, hemos visto y revisto prácticamente todos los episodios emitidos en Italia.
Y así ha sido como, episodio a episodio, comentario a co-mentario (claro, porque el impacto de la serie sobre la vida familiar tiende a alargarse más allá de los veintidós minutos de cada episodio, llegando casi a imponer un monopolio sobre cualquier tema de conversación), me he dado cuenta de que las referencias a la ciencia son un recurso muy frecuente y preciso. Y no solo porque Springfield, la pequeña ciudad donde se ambienta la serie, se parecía cada vez más a la Palestine de mi misión científica en Texas. No, había mucho más: tanto como para escribir un ensayo.
¿OTRO ENSAYO SOBRE LOS SIMPSON?
No es que falten los libros sobre esta serie, más bien al contrario. Además de la guía oficial de los episodios, The Simpson,4 una biblia en volúmenes autorizada por el creador de la serie, Matt Groening, con los años han aparecido numerosas monografías.
De 1999 es The Simpsons and Philosophy, una colección de ensayos de carácter académico, pero no por ello menos recomendables, que proponen una relectura de la historia del pensamiento basada en la filosofía de la vida de los personajes de la familia de Springfield.5 Otro clásico es The Gospel According to the Simpsons, del periodista religioso (lo que en Italia se llama un vaticanista) Mark Pinsky: un ensayo brillante, su evangelio según Los Simpson, sobre las referencias simpsonianas a las Sagradas Escrituras y el variopinto panorama religioso de la América contemporánea.6 Para quien esté interesado en los media studies, posiblemente el libro más indicado sea The Simpsons and Society, de Steven Keslowitz, dedicado a las influencias mutuas entre Los Simpson y la cultura contemporánea.7 Para una lectura menos académica y con un espectro más amplio, en cambio, está Planet Simpson: escrito por un fan incondicional, Chris Turner, cada una de sus cuatrocientas cincuenta páginas derrama anécdotas y pasión.8 Así pues, un panorama editorial en continua evolución: del 2006 es un volumen dedicado a la psicología de los protagonistas, The Psychology of The Simpsons.9 Un panorama destinado a ampliarse aún más con el estreno de la película, en la que la ciencia y en especial la ecología tienen un papel muy relevante.
Naturalmente, tampoco podía faltar una monografía sobre la relación entre Los Simpson y la ciencia: acaba de salir en Estados Unidos What’s Science Ever Done for Us,10 de Paul Halpern, que promete mostrar todo lo que Los Simpson puede enseñarnos sobre física, robótica, vida y universo. Para confirmar que en estos dibujos animados hay realmente mucha ciencia. Hasta el punto de poder editar dos libros de carácter muy diferente. El de Halpern es en cierto modo complementario del volumen que tenéis en las manos: aquí trataremos sólo tangencialmente Los Simpson como un pretexto didáctico, y nos concentraremos en cambio en la relación turbulenta –y no siempre educativa– entre ciencia y sociedad, sean amarillas o no.
He aquí un breve resumen del libro: después de una necesaria introducción sobre cuánta y qué ciencia hay en Los Simpson, encontraréis siete capítulos con siete temas diferentes.
Empezaremos con la energía, que en el caso de Springfield es ante todo nuclear. El segundo capítulo está dedicado a la ecología, desde la biodiversidad y las cuestiones ambientales hasta la eliminación de los residuos. En el tercero hay una amplia panorámica sobre medicina y sanidad, tema muy querido por Los Simpson. El cuarto capítulo está dedicado a un tema crucial para los habitantes de Springfield, la alimentación en todas sus facetas (desde las dietas para adelgazar y engordar hasta el alcoholismo y las intoxicaciones alimentarias). En el quinto encontramos espacio y astronomía, acompañados por Stephen Hawking, con incursiones en la difícil relación entre científicos y ciudadanos. Las ciencias experimentales y el método científico son los protagonistas del siguiente capítulo, entre laboratorios improvisados y aulas escolares. Y, para terminar, un capítulo dedicado completamente a una polémica paradigmática de la relación entre ciencia y sociedad, como aquella –antigua, pero al mismo tiempo, resulta embarazoso decirlo, muy actual– entre darwinismo y creacionismo.
UNA FAMILIA EN EL SOFÁ
Pero antes de aventurarnos en este territorio, vamos a conocer a nuestros compañeros de viaje: todos forman parte de la misma familia, una familia tradicionalista, pendenciera, disfuncional y cohesionada hasta lo inimaginable. Claro, porque Los Simpson es ante todo una comedia familiar en la que cada relato se desarrolla y adquiere significado –con rarísimas excepciones– en el microcosmos de los cinco protagonistas. Un microcosmos recluido gran parte del día entre los muros familiares. O mejor dicho, en el sofá de casa. Homenajeado de mil maneras en los breves gags que forman la sintonía inicial (denominados, precisamente, «gag del sofá»), gracias a su ubicación estratégica ante el televisor, el sofá de la casa de los Simpson es mucho más que un simple mueble: si la serie tiene un centro de gravedad, está precisamente allí, en aquel sofá marrón de dimensiones bastante modestas, pero capaz de acoger cómodamente a la familia al completo: el perro, Pequeño-ayudante-de-Santa-Claus; el gato, Bola-de-nieve-dos, y los cinco humanos.
Empecemos por el cabeza de familia, el dueño casi indiscutible del mando a distancia. Homer, treinta y seis años, su peso oscila entre 108 y 118 kilos (pero en un episodio supera los 136), es una masa amarilla y blandengue, una parodia viva de las peores características del macho adulto contemporáneo. Homer es obeso, Homer es reaccionario, Homer es ignorante, cariñoso, cobarde, despistado, oportunista, incompetente. Homer sabe ser cruel, Homer vive para la televisión, la cerveza Duff y las rosquillas, Homer es irresponsable. Homer es tan irrefrenable como solamente lo es otro personaje en la historia de la literatura mundial: el Falstaff de Enrique IV. La similitud no es tan inadecuada como los devotos de Shakespeare podrían temer: Homer, como el inolvidable Sir John Falstaff, es exagerado en el sentido de que nos contiene a todos. Es más grande que nosotros, que sus guionistas, que su creador, Matt Groening. Porque tiene una capacidad única de suscitar en los espectadores una empatía total e incondicional, una actitud de indulgencia hacia el mundo, hacia los demás y hacia él mismo que es más fuerte que cualquier discriminación entre error y razón, mezquindad y nobleza. Y con el gordo caballero shakespeariano, Homer tiene en común, como veremos, otros numerosos e irresistibles defectos.
Marge, treinta y cuatro años, cuarenta y seis y medio de pie, es la adorada esposa de Homer. Ama de casa, se la reconoce enseguida por su excéntrico peinado, una torre de pelo color azul#56. Equilibrada y conformista, no desprecia los placeres del sexo, es más, a veces llega a animar con alguna inocente perversión. A diferencia de su marido, republicano por principios (aunque en uno de los episodios llegó a las manos con el expresidente de Estados Unidos George Bush sénior), Marge ha votado dos veces por el demócrata Jimmy Carter. En una encuesta auténtica publicada por la BBC, resultó ser la «madre ideal».11
Homer y Marge tienen tres hijos. Bart, de diez años, con el improbable grupo sanguíneo «doble cero negativo», es el heredero espiritual de Tom Sawyer: incorrecto, apático, vulgar y mentiroso como el padre, irreverente y brillante, tiene destellos de sensibilidad tan excepcionales como encantadores. Se le perdona todo.
Lisa, ocho años, es una Mafalda contemporánea. Centro moral e intelectual de la familia, una vez se autodefinió como «la niña más triste de segundo de primaria».12 Es la extremista de la serie, independiente, radical en todas sus pasiones y honesta hasta la médula. Al mismo tiempo, es tan teleadicta como su hermano y tiende a enamorarse del chico (o del suplente) equivocado. Sus pasiones: el saxo, los ponis y la ciencia. En una entrevista, Matt Groening declaró que Lisa es el personaje que más le atrae, «quizá el único que conseguirá irse de Springfield».13
Maggie, finalmente, tiene un año y cero palabras,14 pero de todos modos logra comunicarse de manera envidiable con el chupete, que no abandona nunca. Olvidada a menudo por la familia (Homer, a veces, olvida incluso su existencia), ha sido valorada por el lector óptico de la caja del supermercado de Springfield en 847,63 dólares.
En definitiva, la quintaesencia de la familia nuclear. Para bien y para mal. Pero los Simpson son una familia nuclear también en la acepción científica del término, como veremos en el capítulo 1.
AGRADECIMIENTOS
La idea de este libro nace de una tesis que preparé para el máster en comunicación de la ciencia de la sissa. Tesis que no habría podido escribir sin la ayuda de Rossella Castelnuovo, mi directora de tesis, y tan apasionada de la ciencia y de Los Simpson como yo: es para ella, pues, mi primer agradecimiento. Pero el paso de una tesis a un libro es grande, realmente más que mi pierna: si finalmente se ha conseguido la transformación, el mérito es todo de Martha Fabbri, directora de la colección Galápagos, que me ha acompañado con paciencia y creatividad hasta la palabra fin. Giò ha sido la primera lectora del libro, y gracias a su aliento no he cedido a la tentación de que fuera también la última y única. Los amigos y amigas que me han tenido constantemente al día sobre cualquier artículo o información que saliera sobre Los Simpson son demasiados para citarlos, a todos ellos mi agradecimiento. Y también a todos los voluntarios que cuidan, creo que por pura pasión, de la página <www.snpp.com> y su versión italiana <www.snipp.org>: sin su magnífico trabajo ni siquiera hubiera podido comenzar el libro. En cuanto a Franci, ¿qué puedo decir? El mando ha estado siempre en sus manos.
1 David Mirkin: «Homer en el espacio exterior», 24 de febrero de 1994 (1F13). Para todas las citas se indica el guionista, el título del episodio en español, la fecha de la primera emisión en Estados Unidos y, entre paréntesis, el código de producción. Buscar la lógica que hay tras los enigmáticos códigos de producción asociados a los capítulos es uno de los pasatiempos preferidos de los fans de Los Simpson. Pero estos códigos tienen la incuestionable ventaja de ser unívocos, permitiendo a estudiosos y apasionados de todo el mundo identificar sin ambigüedad cada capítulo, independientemente de la traducción del título o de la localización de los guiones.
2 Para estos datos, Mark Pinsky: The Gospel According to The Simpson: The Spiritual Life of the World’s Most Animated Family, Westminster John Knox Press, Louisville, 2001.
3 Para una lista completa de los reconocimientos oficiales, hasta el 2004, Chris Turner: Planet Simpson: How a Cartoon Masterpiece Defined a Generation, Da Capo Press, Cambridge, ma, 2004.
4 Ray Richmond y Antonia Coffman (eds.): The Simpsons: A Complete Guide to Our Favorite Family, Harper Perennial, Nueva York, 1997 (temporadas 1-8). Scott M. Gimple (ed.): Simpsons forever! A Complete Guide to Our Favorite Family, Harper Perennial, Nueva York, 2002 (temporadas 9-10). Jesse L. McCann (ed.): Simpsons Beyond Forever! A Complete Guide to Our Favorite Family, Harper Perennial, Nueva York, 2002 (temporadas 11-12).
5 William Irwin, Mark Conrad y Aeon Skoble (eds.): The Simpsons and Philosophy. The D’oh of Homer, Open Court, Chicago, 2001.
6 Mark I. Pinsky: The Gospel According to the Simpsons, cit.
7 Steven Keslowitz: The Simpsons and Society. An Analysis of Our Favorite TV Family and Its Influence in Contemporary Society, Hats Off Books, Tucson, 2004.
8 Chris Turner: Planet Simpson, cit.
9 Alan Brown y Chris Logan (eds.): The Psychology of The Simpsons: D’Oh!, Benbella Books, Dallas, 2006.
10 Paul Halpern: What’s Science Ever Done for Us? What The Simpsons Can Teach Us About Physics, Robots, Life, and the Universe, John Wiley & Sons, Nueva York, 2007.
11 La encuesta fue encargada por la Mothers’ Union –una asociación internacional con sede en Londres– y fue ampliamente comentada por la BBC en marzo del 2003.
12 Al Jean y Mike Reiss: «El blues de la mona Lisa», 11 de febrero de 1990 (7G06).
13 Entrevista emitida por la FOX el 6 de abril de 1999.
14 En realidad, al final de Jeff Martin: «La primera palabra de Lisa», 3 de diciembre de 1992 (9F08), mientras está sola en su habitación, Maggie se quita el chupete y –¡doblada nada menos que por Liz Taylor!– la oímos finalmente pronunciar su primera palabra: «Papá».
Introducción
¿QUÉ CIENCIA HAY EN LOS SIMPSON?
Para evitar equívocos, comencemos con una advertencia fundamental: si esperáis pasar el próximo examen de física sometiéndoos a veinticuatro horas sin pausa en compañía de Homer y Bart, pues probablemente obtendréis un suspenso. Del mismo modo quedaréis decepcionados si os sentáis ante Los Simpson con las expectativas de quien se dispone a ver un documental sobre el cambio climático. Los episodios de Los Simpson no son píldoras de ciencia encapsuladas en un blíster amarillo y divertido, ni un SuperQuark basado en la risa. Es verdad que dentro de estos dibujos hay algunos documentos científi-cos que recuerdan en clave de parodia los que pasan por televisión y de los cuales se puede aprender alguna cosa, aunque solo sea porque –a diferencia de muchos documentales auténticos– estos tienen una extraña tendencia a quedarse grabados en la memoria de manera indeleble. Pero Los Simpson no enseña la ciencia. Mejor dicho: no enseña los contenidos de la ciencia, las nociones básicas de materias como matemáticas, química o biología. Y en los casos, que no son pocos, en los que podría correr el riesgo de hacerlo, los guionistas son lo bastante hábiles para acelerar el ritmo de las ocurrencias para que resulten casi ininteligibles, reduciendo prácticamente a cero el peligro de que los espectadores aprendan alguna cosa.
Pongamos un ejemplo. En el episodio «El cometa de Bart»,1 al director de la escuela de Bart y Lisa, Skinner, en un determinado momento se le escapa una imprecación: «¡Maldito el que inventó el helio!», exclama, con los puños dirigidos a un globo con un ridículo retrato suyo. «¡Maldito Pierre Jules César Janssen!». Resulta ingenioso, porque el astrónomo francés, incluso no habiendo inventado el helio (uno de los primeros elementos que se formaron en el universo originario, imaginamos), fue en efecto quien lo descubrió en 1868, analizando las líneas espectrales del sol. Pero el director Skinner no tiene tiempo de terminar la frase porque rápidamente la atención se detiene sobre algo bastante más interesante: el responsable del sabotaje al globo, es decir, Bart. Y el Janssen refunfuñado entre dientes queda así rápidamente archivado: casi nadie se habrá dado cuenta (a no ser el grupo de maniáticos que vuelven a ver una y otra vez los episodios a cámara lenta para después discutir el más mínimo detalle en foros y sitios ultraespecializados,2 a quienes manifiesto mi simpatía, porque sin su valiosa contribución posiblemente este libro no existiría). Salvado el peligro, en fin: por esta vez, nadie podrá señalar Los Simpson como dibujos animados didácticos.
MATEMÁTICAS CON... DEJADEZ
Los guionistas de la serie adoran correr estos riesgos. Especialmente los relacionados con las matemáticas, diseminadas a ma-nos llenas en los lugares y en las ocasiones más improbables, pero siempre puestas en un segundo plano, recurriendo a técnicas al límite de lo subliminal, como la descrita anteriormente. Y no se trata de aritmética de escuela de primaria.
En el ultraconceptual «Homer», uno de los argumentos secundarios del episodio «Especial de Halloween de Los Simp-son VI»,3 se narra el paso de Homer del mundo bidimensional de los dibujos animados a un espacio cartesiano virtual en 3D. En un determinado momento se entrevén, apenas unos ins-tantes, en semitransparencia y sin ningún comentario, estas fórmulas: 1 + 1 = 2 (y hasta aquí...), P = NP (esta ya es más compleja, porque remite a una clase de problemas del álgebra computerizada) y finalmente, entre muchas otras:
178212 + 184112 = 192212
Apenas dura unos fotogramas. Además, la concentración de los espectadores viene súbitamente arrebatada por la pérfida ocurrencia de Selma,4 la cual, ante la desaparición de Homer en el universo 3D, empeñado en preguntarse qué es aquel extraño lugar donde nunca había puesto el pie, contesta cáustica: «¿La ducha?».
Sin embargo, la última igualdad citada merece una atención mayor: si fuera verdad, sería la demostración, nada más y nada menos, de que el legendario último teorema de Fermat, según el cual no existen soluciones enteras positivas para la ecuación an + bn = cn para valores de n mayores de 2, es falso. Pero ¿cómo aparece allí? ¿Una casualidad, una coincidencia? Parece que no. Al menos por dos motivos.
En primer lugar, la demostración del último teorema de Fermat, después de haber ocupado a generaciones de matemáticos durante más de tres siglos, fue finalmente anunciada, con gran eco mediático, apenas unos meses antes de la emisión de este episodio.5 Pero el hecho más desconcertante es que, intentando verificar con una calculadora la tercera igualdad que aparece en el dibujo animado, ¡se comprueba que es correcta! ¿Cómo es posible, si el teorema de Fermat ha sido demostrado? Las posibilidades son dos: o los mejores matemáticos del mundo, incluido Fermat, se han equivocado, o la igualdad de Los Simpson es errónea. En realidad, el error está en nuestra calculadora: basta con usar una con una pantalla de más de diez dígitos, y nos damos cuenta de que la igualdad encontrada por Homer no aparece: el redondeo hace que parezca verdadera.
De todos modos, llegados a este punto, hay que descartar definitivamente la improbable hipótesis de que esta igualdad haya aparecido allí por pura casualidad. En efecto, detrás de aquel puñado de fotogramas está la mano del guionista David Cohen, licenciado en física por Harvard y máster en informática teórica por Berkeley. Precisamente con vistas a este episodio, Cohen creó un software hecho a propósito para encontrar las cuasi soluciones del teorema de Fermat.
Pero la historia no termina aquí: hay algo mejor. O peor, como se prefiera. Algunos fans de la serie (y de las matemáticas) hicieron saber a los autores que habían advertido que la igualdad parecía ser falsa, ya que el primer miembro era impar mientras que el segundo era par. Pero los autores se tomaron la revancha en la primera ocasión que tuvieron. En «El mago de Evergreen Terrace»,6 Homer, con unas buenas gafas, se dedica a escribir en la pizarra esta otra igualdad:
398712 + 436512 = 447212
El truco siempre es el mismo, pero esta vez se necesitará una buena calculadora para desvelarlo, puesto que aquí los dos miembros de la igualdad son pares.
Este recurso a las cuasi soluciones pone en evidencia otra cosa. En primer lugar, que ya sea entre los guionistas, ya entre los espectadores de Los Simpson, hay personas con un trasfondo científico muy importante, y sobre esto volveremos. Pero también que Los Simpson es un dibujo animado lo suficientemente complejo como para poderlo disfrutar en diversos niveles: no es necesario entender la referencia a la topología hiperbólica puesta en boca del profesor Frink en «Homer»7 para disfrutar la aventura del mismo Homer, absorbido por un agujero negro en el universo de tres dimensiones. Del mismo modo que no es necesario conocer el último teorema de Fermat para apreciar un episodio tan divertido como «El mago de Evergreen Terrace». Con todo, para quien lo conoce y tiene la suficiente rapidez visual para captar lo que aparece en la pizarra, el placer se eleva a la duodécima potencia, igual como los términos de la igualdad.
Al fin y al cabo, tal vez esté aquí la verdadera clave de las referencias recogidas en Los Simpson, la total despreocupación con que se presentan: un dibujo animado más ingenuo y barato no habría encontrado ningún inconveniente en entretenerse en un banal E = mc2 en vez de en el teorema de Fermat; en cambio, en esta serie una referencia de especialista se quema en menos de un segundo, aunque seguramente el software de Cohen haya necesitado horas de programación.
Y cuando Los Simpson recurre a la celebérrima ecuación einsteiniana lo hace con negligencia, y con una ironía tan delicada que fascina: el pesado encargo se confía a la pequeña Maggie, la hija de un año, que aún no habla. Y no en un episodio cualquiera, sino al inicio de un episodio con un significativo título: «Bart, el genio».7
Mientras los demás miembros de la familia se dedican a desafiarse a Scrabble, Maggie está jugando sola en el suelo con un alfabeto hecho de letras en forma de cubo. Sin pensarlo dos veces, empieza a apilarlas una encima de otra: primero una U, después una Q, una S, una C, una M y, finalmente, una E. Apenas un instante y rápidamente la niña hace lo que haría cualquiera de su edad: con un manotazo impaciente destruye la construcción. Y con ello la ecuación más famosa de la historia: emcsqu, precisamente E = mc2. ¿Otra coincidencia?
CIENTÍFICOS EN DOS DIMENSIONES
Así como en «Homer»17 asistimos a la incursión de Homer en nuestra realidad tridimensional, en la serie también ocurre el caso contrario: científicos que pasan a formar parte del reparto del dibujo animado. No nos referimos al ficticio profesor Frink, una caricatura en bata blanca a la cual se le asigna la imagen estereotipada del investigador, tan obsesivo en su campo de competencia como inadecuado en la vida social (hasta el punto de proponer a una colega, después de haber ingerido un afrodisíaco, «darse al loco disfrute del ciclotrón»),8 sino a científicos auténticos, de carne y hueso, que se dejan caer en el dibujo animado. ¿En qué sentido?
Hay que saber que uno de los fenómenos más peculiares de Los Simpson, desde la primera temporada, es el de los artistas invitados: personajes famosos que aparecen en forma de dibujo animado en el interior de los episodios. Los hay prácticamente en todos los episodios, y se trata de invitados relevantes: normalmente personajes del mundo del espectáculo y de la música, como los Red Hot Chili Peppers, los U2, Glenn Close, Liz Taylor, Larry King o Dustin Hoffman. Pero también de otros ámbitos: así vemos a Homer jugando a tenis con Andrea Agassi, o a Ronaldo tratando de impostora a Lisa durante un partido de fútbol. En una ocasión aparece incluso el exprimer ministro inglés Tony Blair, a quien Marge llama confidencialmente Tony.
La participación de las estrellas invitadas no se limita a introducir en las historias su doble animado: por su aspecto son auténticas animaciones, pero la voz es la suya propia (en la versión original en inglés, evidentemente). En otras palabras, el doblador de Tony Blair no es otro que el exprimer ministro británico en persona.
Junto a cantantes, actores, deportistas y políticos, entre los artistas invitados que han prestado su imagen y su voz a Los Simpson hay algunos científicos. Exactamente tres.
Uno es el premio Nobel de química Dudley Herschbach, quien diecisiete años después del prestigioso reconocimiento –conseguido en 1986 por investigaciones sobre la dinámica de los procesos químicos elementales–, apareció en un episodio de la serie para entregar a su vez un Nobel al profesor Frink.9 Un cameo, el suyo, que puede asegurarle más notoriedad que el propio Nobel: «¡Parece ser –declaró un poco perplejo a abc News– que lo que más impresiona a la gente de mi currículo personal es mi aparición en Los Simpson!».10
Las otras dos apariciones remiten, en cambio, a científicos tan conocidos, incluso por el gran público, que no deberían ver su carrera eclipsada por los pocos minutos pasados en Springfield. Uno es el gran paleontólogo Stephen Jay Gould, quien interpretó una versión bastante desmitificadora de él mismo en un episodio de 1997, cinco años antes de su desaparición. El otro es el astrofísico más famoso del mundo, Stephen Hawking, entre otras cosas fan incondicional de la serie, y que ha declarado que es el mejor programa emitido nunca en televisión.11 Pero tendremos ocasión de detenernos largamente sobre los dos episodios a lo largo del libro, porque se trata de momentos clave para entender el papel de la ciencia en estos dibujos.
AUTORES ROBADOS A LOS LABORATORIOS
Aún hay una última categoría de científicos cuya presencia impregna la serie: los propios autores. Los Simpson es una creación de Matt Groening, genial creador de tiras cómicas des-de la adolescencia, pero que no es precisamente un científico, de acuerdo. Los personajes de la serie se inspiran en gran parte en la biografía de Groening, en su familia y en su infancia en Portland, en Oregón. Pero, como suele suceder con producciones de esta envergadura y longevidad, en los guiones de los cuatrocientos episodios que se han realizado hasta hoy han participado muchos escritores: un centenar; aunque muchos se han limitado a redactar un único episodio. De todos modos, se trata de un conjunto realmente heterogéneo de autores, con una particularidad bastante insólita: muchos entre los más prolíficos tienen formación científica. Como ha declarado el propio David Cohen en una entrevista,12 es realmente extraño encontrar tal concentración de científicos –él se define así– en la industria televisiva.
Como esto puede ayudar a explicar, al menos en parte, las frecuentes referencias a la ciencia que hay en la serie, vale la pena mencionar brevemente los currículos de algunos guionistas, incluyendo las publicaciones:
J. Stewart Burns, autor de seis episodios, entre ellos «El hombre mono» (una parodia mordaz del creacionismo, sobre la que hablaremos más adelante), se licenció en matemáticas en Harvard el 1992, con una tesis sobre el álgebra de los conjuntos. Al año siguiente obtuvo un máster en matemáticas en Berkeley.
David X. Cohen (del cual ya hemos tenido ocasión de decir que se licenció el 1986 en física en Harvard y cuatro años después obtuvo un máster en informática teórica en Berkeley), junto con Manuel Blum, publicó en Discrete Applied Mathematics un artículo titulado «On the problem of sorting burnt pancakes» (nada menos que «Sobre el problema de la selección de los creps quemados»). Hijo de dos biólogos, durante años quiso ser científico. Ha firmado trece de los episodios más mordaces de la serie, entre otros, dos obras maestras como «Lisa la vegetariana» y «Lisa la escéptica».
Al Jean, que ha firmado diecisiete episodios, se licenció en matemáticas en Harvard en 1981.
Ken Keeler, con siete episodios en su haber, se licenció con matrícula de honor en Harvard en 1983. Obtuvo el doctorado, siempre en matemáticas aplicadas y siempre en Harvard, con una tesis sobre la representación de los morfismos y sobre la optimización de métodos de codificación para la segmentación de imágenes. Junto con otro autor de la serie, Jeff Westbrook, ha publicado en Discrete Applied Mathematics el artículo «Short encodings of planar graphs and maps».
George Meyer, que además de haber escrito doce episodios y de ser uno de los principales productores de la serie, ha sido definido por The New Yorker como «el hombre más divertido detrás de la serie más divertida jamás emitida por televisión»,13 se licenció en Harvard en bioquímica el 1978.
Bill Odenkirk tiene un doctorado en química inorgánica, obtenido en la Universidad de Chicago en 1995; es autor de cuatro episodios.
Matt Warburton, con siete episodios firmados, se licenció en el 2000 en Harvard en neurociencia.
Jeff Westbrook, con tres episodios, después de licenciarse en física e historia de la ciencia en Harvard, consiguió el doctorado en informática teórica en la Universidad de Princeton en 1989, con una tesis sobre algoritmos para grafos dinámicos. Posteriormente fue profesor asociado en Yale, en el Departamento de Informática, y también trabajó en los laboratorios de la AT&T.
En definitiva, sin miedo a exagerar, se podría decir que Los Simpson es en buena medida un producto de las faculta-des científicas de la Ivy League, la red de las universidades pri-vadas más prestigiosas de Estados Unidos.14 De hecho, las revistas científicas, a medida que van descubriendo la insólita afinidad electiva, rivalizan por acoger colaboraciones sobre Los Simpson y entrevistas a estos guionistas robados a los laboratorios. Desde «Science Newsk» en Seed, hasta «Physics World» en la propia Science, no faltan los artículos dedicados a la serie. Incluso Nature, tanto en la edición digital como en la edición en papel, dedicó un amplio espacio a una entrevista a Al Jean.15
COSAS IMPORTANTES QUE NO QUEREMOS SABER
Alusiones constantes a las matemáticas avanzadas, científicos como estrellas invitadas e investigadores entre los guionistas: sería suficiente para convertir Los Simpson en la serie animada más atenta a la ciencia que se haya producido jamás. Sin embargo, si todo se limitara a eso, la presencia de la ciencia en la serie se reduciría a un mero divertimento: un guiño tan ingenioso e inteligente como se quiera, pero totalmente irrelevante con respecto a la grandiosidad y a la potencialidad del que probablemente –el tiempo lo confirmará– es el icono cultural más importante de nuestra época. Lo cierto es que Los Simpson no es un producto elaborado para un público reducido, para unas decenas, o como mucho centenares de miles de espectadores capaces de captar las referencias matemáticas o de indicar con seguridad los campos de investigación de Hawking o de Gould: Los Simpson es en sí un producto elaborado, pero para decenas de millones de personas en el mundo.
Esto cambia muchas prioridades. En el 2003, por ejemplo, la bbc propuso un sondeo on line para decidir quién era «el americano más grande de todos los tiempos». Respondieron más de 37.000 personas. El resultado, si se piensa en el perfil medio de los usuarios de la bbc, es impresionante: en primer lugar, con más del 47% de las preferencias, Homer Simpson. Seguido, en este orden, por Abraham Lincoln, Martin Luther King, Thomas Jefferson, George Washington..., ninguno de los cuales superaba el 10% de los votos.16
¿Qué significa esto? En primer lugar, que los personajes de Los Simpson están destinados a contar, en el imaginario colectivo, mucho más que figuras muy eminentes y en cierto sentido también públicas como Gould y Hawking. En otras palabras: tecleando en la Wikipedia la voz Los Simpson no se menciona a Stephen Jay Gould; en cambio, tecleando Stephen Jay Gould se habla efectivamente de su participación en la serie.
Así las cosas, si la presencia de la ciencia en la serie se redujera realmente a la modalidad comentada hasta ahora, sería, por una parte, una presencia superflua, y por otra una señal de que Los Simpson, al proponer su cáustica y mimética parodia de la sociedad, ha terminado ignorando, o menospreciando, uno de los aspectos más importantes: la ciencia en sí.
En realidad, la ciencia que impregna la serie no es solo una simpática retahíla de divertimentos como los citados anteriormente: es mucho, mucho más. Es la misma ciencia que impregna nuestra vida cotidiana: medio ambiente, genética, biotecnología, energía y todos los grandes temas a los que nos enfrentamos cada día.
De esta ciencia, que salta a ambos lados de los límites que unen y separan el mundo amarillo y dimensional de Los Simpson del nuestro, es de lo que vamos a tratar en las siguientes páginas. Una ciencia con los límites desconchados, una ciencia impura, una ciencia que se alía, se enfrenta y se confunde sin parar con la política, con la economía, con la religión y con la ética. Se asemeja más a la ciencia que encontramos en las páginas de noticias de un diario que a la que encontramos en el suplemento semanal dedicado a ella. Es la ciencia recogida en el instante en que se concreta como problema o como solución, en el instante en que irrumpe en nuestro lugar de trabajo, en nuestras relaciones familiares, en la mesa a la hora de cenar, viendo la televisión. No es el problema energético en su complejidad, el calentamiento global o la investigación médica, sino el black-out que nos deja en la oscuridad, la elección vegetariana de una hija que en la sentada ambientalista se ha enamorado de uno de los jóvenes líderes, la angustia de descubrir en el propio adn los marcadores de una patología degenerativa. No faltan los experimentos de laboratorio, pero generalmente se trata del laboratorio escolar durante la ho-ra de ciencias. También la medicina, en Los Simpson, es la misma con la que entramos en contacto en la sala de espera de nuestro médico de atención primaria. En definitiva, la ciencia con la c minúscula con la que nos encontramos cada día.
Si puede sorprender la frecuencia con que los términos científicos reaparecen en la serie, no es tanto porque haya una cantidad anómala, sino porque los guionistas de Los Simpson poseen una perspectiva –es triste decirlo, pero es así– más cercana a la realidad que la que parece guiar las redacciones de algunos de nuestros telediarios. En ellos, ciencia y medicina se ven relegadas a disputarse los minutos de cierre con gas-tronomía, moda y cotilleos. Para dar paso rápidamente a los deportes.
Pero la ciencia también puede ser «un charlatán que te arruina una película contándote el final», como dice en cierta ocasión Ned Flanders, el adorable beato de Springfield, agregando: «Bien, yo digo que hay cosas que nosotros no quere-mos saber. ¡Cosas importantes!».17 Pues sí, la ciencia de Los Simpson también es eso: algo de lo que se puede tener miedo, que puede incomodar. No porque el progreso en sí asuste a los habitantes de Springfield, normalmente predispuestos a aceptar cualquier inútil artilugio tecnológico capaz de saciar durante un instante su alegre consumismo. Al contrario, muchos protagonistas de Los Simpson desconfían de la racionalidad que humilla mitos y creencias, de la inteligencia que excluye, de la duda y de la misma curiosidad. En pocas palabras, de la esencia del pensamiento científico, cuya defensa suele recaer completamente en la pequeña Lisa. Pero tranquilos, la ciencia no podría estar en mejores manos; si hay alguien que está empeñada en saber las cosas importantes hasta el fondo es ella. Y tal vez es precisamente en el enfrentamiento y en los diálogos, a menudo tensos, entre Lisa y el resto de personajes donde Los Simpson consigue representar los rasgos más ambiguos y complejos de lo que es la ciencia hoy, en el imaginario global de este inicio de milenio.
1 John Swartzwelder: «El cometa de Bart», 5 de febrero de 1995 (2F11).
2 El más impresionante de los cuales es sin lugar a dudas <www.simpsonsmath.com>, de Sarah Greenwald y Andrew Nestlerdove: recoge y comenta centenares de referencias, más o menos directas, a las matemáticas presentes en la serie. Una referencia obligada para cualquier estudiante o profesor de matemáticas apasionado de Los Simpson.
3 David X. Cohen: «Especial de Halloween de Los Simpson VI», 29 de octubre de 1995 (3F04).
4 Selma Bouvier es una de las inolvidables hermanas de Marge (la otra es Patty: las dos son fumadoras empedernidas y cínicas a más no poder y se encuentran entre los personajes más conseguidos de tota la galería simpsoniana).
5 El matemático inglés Andrew Wiles demostró el tenaz teorema en 1994.
6 John Swartzwelder: «El mago de Evergreen Terrace», 20 de septiembre de 1a998 (5F21).
7 Jon Vitti: «Bart, el genio», 14 de enero de 1990 (7G02).
8 Bill Oakley y Josh Weinstein: «El abuelo contra la impotencia sexual», 4 de diciembre de 1994 (2F07).
9 John Swartzwelder: «La casa-árbol del terror XIV», 2 de noviembre del 2003 (EABF21).
10 Ashley Phillips: «Science and The Simpsons: A Match Made in Springfield», abc News, 26 de julio del 2007.
11 Lawrie Mifflin: «Homer meets dottor Hawking», The New York Times, 12 de mayo de 1999. Ver también R. P. Crease: «Science and The Simpsons», Physics World, enero del 2001.
12 Entrevista concedida el 29 de enero del 2002 a fourwheeldrive.com.
13 David Owen: «Taking Humor Seriously – George Meyer, the funniest man behind the funniest show on tv», The New Yorker, 13 de marzo del 2000.
14 En Harvard se han licenciado también la mayoría del resto de guionistas, aunque no sea en materias científicas.
15 Nature Podcast, edición del 26 de julio del 2007; en papel, Brendan Maher: «Mmm... Pi», Nature, 448, 2007, pp. 404-405.
16 Los datos aportados son los definitivos, disponibles on line en la página de la BBC: <http://news.bbc.co.uk/1/hi/programmes/wtwta/2997144.stm>.
17 David X. Cohen: «Lisa, la escéptica», 23 de noviembre de 1997 (5F05).
Capítulo 1
UNA FAMILIA NUCLEAR
Es exactamente en el minuto seis del primer episodio de la serie cuando la ciencia, en un sentido amplio, aparece en Los Simpson. Y no es un inicio simpático. El fotograma que lo anuncia es una guirnalda navideña que dice «Feliz Navidad de parte de la central nuclear de Springfield». Detrás de ella, símbolo universal e inconfundible de la energía atómica (o del mismo Springfield, al menos para las generaciones posteriores al referéndum sobre las nucleares), dos imponentes torres de refrigeración, con el átomo de Bohr a modo de decoración. Pero no es el hecho de saber que Springfield no es un municipio desnuclearizado el que da a la ciencia, en la primera aparición en la serie, un regus-to cuando menos desagradable. El problema es otro, mucho más dramático. Y se anuncia por los altavoces de la central mientras Homer, empleado responsable de la seguridad del sector 7G, lleva a cabo con imperturbable negligencia el control de los sensores, para lanzarse seguidamente con avidez sobre las adoradas rosquillas. «Hola», dice la voz como un graznido del señor Burns, el archimillonario tío Gilito de Springfield, además de propietario del complejo nuclear:
Estoy orgulloso de anunciaros que hemos podido incrementar la seguridad en la central nuclear sin aumentar el coste para el consumidor, ni hacer mella en las subidas destinadas a la Administración. Sin embargo... para vosotros, operarios pseudoespecializados, no habrá paga extraordinaria. ¡Feliz Navidad!
Sin paga extraordinaria, de acuerdo. Pero se podría objetar: ¿qué relación tiene con la ciencia de Los Simpson? ¿No es un poco forzado enmarcar en el ámbito de la ciencia temas de economía y de política laboral, más propios de reivindicaciones sindicales que de un experimento de laboratorio? En efecto, es así; la que se muestra en este episodio, y en general en toda la serie, es una ciencia que podríamos calificar como mínimo de sucia, contaminada, impura. Pero lo que la ensucia es el inadecuado e inevitable impacto con la realidad. Y en particular con aquella realidad que, por resumirlo en una palabra, podemos denominar mercado. Se puede hablar de energía nuclear refiriéndose exclusivamente a elementos como los isótopos del uranio y las radiaciones nucleares, es verdad. Como también es verdad que una reacción nuclear se rige solamente por parámetros físicos. Pero en el momento en que pasamos del papel y de las simulaciones al inicio de una reacción en cadena para producir energía entran en escena otros protagonistas: la seguridad, los residuos, las inquietudes más o menos justificadas de los ciudadanos. Y, en poco tiempo, al balance energético calculado por el físico teórico se une el balance económico redactado por el ejecutivo, donde en las columnas de las entradas y las salidas no figuran solamente uranio y energía, sino también términos como impuestos y pagas extraordinarias.
Pero ¿realmente estos pocos segundos del primer episodio de Los Simpson quieren aludir a todo eso? ¿No puede ser un simple chiste, que ha ido a parar allí por casualidad, para reír a costa de la ineptitud y la mala suerte de Homer? Tal vez sí. Si no fuera porque una situación similar se repite tan solo un minuto después. Aunque en esta ocasión no viene de la mano de lo nuclear, sino de la medicina. Mientras Homer se consuela por la pérdida de la paga extra, recordando que la previsora Marge ha ahorrado lo suficiente para comprar algún regalo que poner bajo el árbol, la escena se traslada al interior de una clínica privada de dermatología. Allí el resto de la familia Simpson espera descubrir si es posible quitar el tatuaje permanente –en forma de corazón, con la palabra MOTH–1 que Bart, haciendo creer que tiene veintiún años, se acaba de hacer grabar en el brazo derecho. «Sí, señora Simpson, podemos quitar el tatuaje de su hijo –explica el dermatólogo–, es un sencillo procedimiento de bombardeo de láser. Sin embargo, es más bien caro –se apresura a agregar rápidamente–. Y exigimos el pago al contado en efectivo».
Los Simpson tiene buena memoria, y coherencia interna para dar y vender. Los tatuajes permanentes no desaparecen como por arte de magia de un episodio a otro; para quitarlos se necesita el láser, exactamente como nos ocurre a nosotros, y el láser tiene su precio. En definitiva, si esperáis médicos altruistas, estáis avisados: este es el dibujo animado equivocado. Y como es fácil de suponer, el precio de la intervención es suficiente para hacer desaparecer hasta el último céntimo de los ahorros de Marge.
En resumen, en menos de un minuto, el rostro duro de la ciencia –aquel en el cual los nobles fundamentos del progreso tienden a ceder el sitio al trato despiadado de Wall Street– ha conseguido arruinar las navidades de la familia Simpson. No está mal, como primer acercamiento. Y tan solo es el inicio.
DANOS HOY NUESTRA NUCLEAR DE CADA DÍA
Para entender la relación de amor-odio que une la central nuclear del señor Burns con los habitantes de Springfield, en primer lugar hay que tener presente que ella es el auténtico corazón que mueve la ciudad. Un poco como podía serlo la Olivetti para Ivrea en los años ochenta; no solamente por el binomio indivisible en el plano productivo, porque está fuera de toda duda que toda la economía de Springfield gira alrededor de la central, sino también y sobre todo en el plano simbólico, por la identificación entre ciudad y central en el imaginario colectivo. Dentro y fuera de la ficción. El equipo de béisbol de la ciudad, por ejemplo, está esponsorizado por el señor Burns y se llama Los Isótopos de Springfield, en una clara referencia a los isótopos uranio 235 y plutonio 239, combustibles nucleares por excelencia. Y no es casualidad que el más completo y detallado recurso disponible en Internet sobre Los Simpson, el insustituible The Simpsons Archive, tenga la dirección <www.snpp.com>, donde snpp significa Springfield Nuclear Power Plant: la central nuclear de Springfield. Los habitantes le están agradecidos, a veces incluso son devotos de esta, Homer a la cabeza. Esta es su oración de cabeza de familia el día de Acción de Gracias ante el imprescindible pavo, con toda la familia reunida alrededor de la mesa y la enésima crisis familiar aún en marcha:
Señor, te damos gracias sobre todo por la energía nuclear, la fuente energética más limpia y segura que existe. Sin contar con la solar, que es tan solo un sueño científico.2
Desgraciadamente, el hambre prevalece sobre la espiritualidad, imponiendo un abrupto final a la oración al Ser supremo, pronunciada toda de un tirón. Pero si rebobinamos la cinta, encontramos abundante material sobre el cual meditar. En primer lugar, ¿qué clase de dibujos animados son, donde el protagonista, aunque esté con problemas hasta el cuello, no pierda la ocasión de la tradicional oración en la mesa para abandonarse a una digresión con Dios sobre las políticas energéticas? El sarcasmo es evidente, de acuerdo. Pero aquí hay algo más. Por parte de los autores del episodio hay un dominio del problema que va más allá de las demandas de un guión de dibujos animados: los argumentos que ponen en boca de Homer –la seguridad y el bajo impacto ambiental de la nuclear, la utopía de una difusión en breve tiempo y a gran escala de la energía solar– son exactamente los mismos utilizados por expertos y políticos partidarios de lo nuclear. Los que solemos oír también aquí entre nosotros, en Italia, a medida que los recuerdos de Chernóbil se van difuminando y las amenazas del black-out y el calentamiento global son más frecuentes. Como ya hemos visto, uno de los rasgos más característicos del modo que tiene de aparecer la ciencia en la serie es precisamente la sublime despreocupación, que raya casi el desprecio, con que los guiones de Los Simpson condensan en pocos segundos un considerable currículo de conocimientos y referencias, hasta dejarlo hecho papilla, letanía sin sentido, ocurrencias que casi pasan inadvertidas por su fulminante rapidez.
Selma, una de las dos cuñadas de Homer, no se deja impresionar por la habilidad oratoria del cabeza de familia: «La peor plegaria que he escuchado jamás», proclama tajante. Pero Homer no es un tipo que se deje influir por un comentario negativo. He aquí otra de sus memorables oraciones a la mesa, pronunciada unos episodios después, en el trascurso de la misma temporada:
Y gracias especialmente por la energía nuclear, que hasta el día de hoy aún no ha causado ninguna fatalidad comprobada. Al menos en este país... Amén.3
En esta ocasión el comentario se debe a Marge, y es demasiado halagador: «¡Tienes el don de la palabra, Homer!». Vaya. Y también hay que admitir que su marido está al día: en toda la larga historia nuclear de Estados Unidos, no ha habido nunca ninguna víctima. Al menos comprobada, como se apresura a precisar Homer. En un informe del National Cancer Institute se estima que, tras realizar centenares de pruebas nucleares –especialmente en los años cincuenta– en el tristemente famoso Nevada Test Site, se ha liberado a la atmósfera la suficiente radiación como para provocar, a lo largo de los años siguientes, entre 10.000 y 75.000 casos de cáncer de tiroides.4
En todo caso, el único incidente nuclear americano grave, el ocurrido el 28 de marzo de 1979 como consecuencia de la fusión parcial de uno de los dos reactores de la central de Three Mile Island, en Pennsylvania, no causó víctimas. Y, a pesar de los numerosos incidentes, la misma afirmación se podría hacer a propósito de la central nuclear de Springfield, al menos hasta el 9 de diciembre del 2001: cuando en Estados Unidos se emite por primera vez el episodio «Aquellos patosos años»,5 en el transcurso del cual se descubre que en la central del señor Burns efectivamente ha ocurrido al menos un accidente mortal, aunque hace ya algunos años, y quien se dejó la piel fue el padre de Waylon Smithers (el lameculos de Burns), en una heroica intervención para poner remedio a una avería en la central.
¡ALEGRÍA Y ENERGÍA!
Tragedias a parte, ¿cómo se explica el entusiasmo acrítico de los habitantes de Springfield hacia lo nuclear? Para descubrirlo vamos al tercer capítulo de la serie, «La odisea de Homer».6 El episodio comienza con la clase de Bart de excursión escolar a la central nuclear. Como preludio de la visita a las instalaciones, se pasa un documental a los estudiantes sobre la «potencia del átomo... que nos sirve para que funcione todo, desde vuestra videoconsola hasta las máquinas que hacen el algodón dulce», presentado por el inefable Smithers, vestido para la ocasión con bata blanca. Nada más apagarse las luces de la sala comienza una película deteriorada con el significativo título de La energía nuclear, nuestra amiga incomprendida.7
«Cuando la mayor parte de la población piensa en la energía nuclear piensa en esto –comienza una voz en off mientras discurre por la pantalla una amenazante secuencia de explosiones con un gran hongo atómico–, pero cuando hablamos de la energía nuclear, nosotros entendemos esto». Y aparece una idílica escena con una sonriente familia de los años cincuenta: la madre con el aspirador, el padre con el ventilador, la hija escuchando música y el hijo que ve la televisión y juega con el trenecito eléctrico. «Pero ¿qué es realmente la energía nuclear? –continúa el narrador con el habitual estilo divulgativo–. Yo no lo sé, pero conozco a alguien que lo sabe: Sonrisa Joe Fisión».
Para alegría de todos los escolares, llegados a este punto entra en escena el elocuente Sonrisa Joe Fisión en persona; un personaje avispado y pillo como pocos, con un gran sombrero de vaquero sobre un cuerpo con forma de átomo de Bohr. «Ho-la, devoradores de energía. Yo soy Sonrisa Joe Fisión, vuestro guía atómico que os llevará al extraño y apasionante mundo de la energía nuclear» es su fulgurante comienzo, al cual sigue una procesión de personajes en forma de barra chorreantes de sudor. «Y estas son barras de uranio 235. Hola Uran, ¿cómo va?», continúa Joe Fisión. «Estáis a punto de salpicar. ¿Tenéis calor, muchachos?». «Sí –responden ellos–, estamos encendidos. ¡Somos radioactivos!». Y Joe Fisión: «Yo también, ¿qué me decís de una buena zambullida en la piscina?». «¡Yuhuuu, qué bien!» saltan de alegría Uran y sus compañeros tirándose a la piscina, donde el agua, cuando entra en ebullición, pone en movimiento las turbinas que generan energía.
Diálogos que pasan a ritmo frenético, personajes muy vivos: no hay que sorprenderse si, de una investigación realizada por el Science Museum de Londres con motivo de la exposición del 2004 Energy: Fuelling the Future, se desprende que los escolares –poco conocedores del carbón y afines– saben mucho de energía nuclear. Y esto se debe a que ven asiduamente Los Simpson.8
Pero volvamos a nuestros escolares y a las maravillas de lo nuclear. Para ser objetivos, en este punto del documental deberíamos afrontar un pequeño detalle. Más que los accidentes y los costes de producción, lo que continuamente perturba el sueño y no deja dormir a ingenieros y políticos pronucleares son los residuos. Y, efectivamente, hacen su puntual aparición bajo la apariencia de pequeños e impertinentes monstruitos azules. En Scanzano Jonico –el lugar que desde el 2003 debería albergar, según un desastroso estudio de la Sociedad de Gestión de Plantas Nucleares, todos los residuos nucleares de Italia– habría sembrado el pánico. Pero para poner en apuros a Sonrisa Joe Fisión se necesita algo más: «Parece ser que ha quedado algún residuo nuclear por aquí y por allá –exclama divertido–, pero no importa: los pondré donde nadie los encontrará en un millón de años o más». Un periodo que no se ha elegido por casualidad, el millón de años o más: el neptunio-237, por ejemplo, habitualmente presente en los residuos nucleares, permanece radioactivo más de dos millones de años. Pero no supone ningún problema para nuestro amigo Joe; después de deshacerse de él con elegancia, escondiéndolo con el recogedor bajo un felpudo, puede finalmente llegar a la siguiente conclusión: «Ahora ya sabéis toda la verdad sobre la energía nuclear, nuestra amiga ahora un poco menos incomprendida. Así pues, ¡alegría y energía!».
Y nosotros, en nuestra querida Italia desnuclearizada, a años luz de la criminal Springfield del señor Burns, ¿podemos estar contentos? El episodio con el documental de Sonrisa Joe Fisión se emitió por primera vez en Estados Unidos el 21 de enero de 1990. Apenas un año más tarde, la Jolly Rosso –atención con el elocuente apelativo de nave de los venenos– embarrancó en circunstancias bastante extrañas en el trecho costero entre Amantea y Campora San Giovanni, en la provincia de Cosenza. Catorce años después, en el 2004, una investigación de Riccardo Bocca aparecida en L’Espresso relacionó el accidente con un desconcertante escenario de ocultación de residuos peligrosos, seguramente radioactivos.9 ¿Ocultos dónde? Bajo nuestro felpudo preferido, donde nadie los encontrará en un millón de años o más: en el mar.
VIDA ARRIESGADA EN EL SECTOR 7G
Si el problema de la eliminación de los residuos preocupa principalmente a los expertos, para el gran público el fantasma nuclear está representado sobre todo por los accidentes en los reactores, y por las consiguientes fugas radiactivas. Un miedo que tomó consistencia casi indeleble, al menos en el imaginario europeo, a la una y veintitrés del 26 de abril de 1986, con la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania. Desde entonces, o mejor dicho desde el día siguiente –ya que las autoridades soviéticas se guardaron bien de anunciar el desastre, delegando el honor de la comunicación a la misma nube radiactiva, que desplazándose hacia occidente dejaba un reguero de contadores Geiger enloquecidos–, ya no es posible hablar de energía nuclear sin que vuelvan a la memoria recuerdos inquietantes de setas, derivados de la leche y productos agrícolas dejados perder por estar potencialmente contaminados.
Para los ciudadanos de Springfield, los accidentes nucleares y el riesgo de contaminación están tan a la orden del día que ya resultan habituales. Hasta el punto que una barra de plutonio –envuelta en una luminosa aureola verde desalentadora– está entre los pocos huéspedes fijos del breve gag de apertura. Lanzada a las propias espaldas con negligencia al sonar la sirena que anuncia el fin del turno de trabajo, Homer se la encuentra poco después mientras conduce camino a su casa entre la camisa y la espalda, y la tira enfadado por la ventanilla del coche, con el peligro de golpear de lleno a Bart y haciéndola rodar peligrosamente cerca de una alcantarilla. Tanto si se produce un accidente en la central como si no, la pesadilla de la contaminación está presente desde el inicio de cada capítulo.
Pero ¿por qué se producen –o hay riesgo de que se produzcan– tantos accidentes en la central del señor Burns? Las similitudes con las causas que originaron los accidentes más graves ocurridos en la realidad, desde Three Mile Island hasta Chernóbil, son notables: en su origen hay siempre un cóctel mortal de escaso mantenimiento y errores humanos. Y a propósito de estos últimos, en la Springfield Nuclear Power Plant la incompetencia del personal ocupa evidentemente un lugar relevante, al menos por el hecho de que el inspector de seguridad es el propio Homer: la quintaesencia de lo que no debería ser un encargado en una central nuclear.
En un ensayo sobre la opción nuclear, el profesor Bernard Cohen, de la Universidad de Pittsburgh, uno de los mayores analistas mundiales del accidente de Chernóbil, describe así las violaciones de los reglamentos y más en general el contexto laboral que contribuyeron al desastre:
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