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Marcel Proust

Sobre la lectura



Proust, MarcelSobre la lectura. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012.E-Book.ISBN 978-987-599-281-81. literatura universal.CDD

Traducción: Pedro Ubertone

Ilustración de tapa y contratapa: María Rabinovich Diseño: Ixgal

Título original: Sur la lecture

© Libros del Zorzal, 2006 Buenos Aires, Argentina

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Dedico estas páginas a la Princesa Alexandre de Caraman-Chinay, cuyas “Notas sobre Florencia” habrían hecho las delicias de Ruskin, en homenaje a la profunda admiración que le tengo.

Índice

Sobre la lectura | 6

Vida de Marcel Proust | 50

Sobre la lectura

No hay quizá días de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente como aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. Todo aquello que parecía entretener a los demás nosotros lo apartábamos como un obstáculo vulgar ante un placer divino: el juego que un amigo venía a proponernos justo en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos por sobre la página o a cambiar de lugar, las provisiones para la merienda que nos habían hecho llevar y que dejábamos a nuestro costado, sobre el banco, sin tocarlas, mientras que por encima de nuestra cabeza el sol perdía fuerza en el cielo azul, la cena que nos aguardaba y de la que sólo pensábamos en salir para terminar, enseguida después, el capítulo interrumpido. La lectura nos hacía sentir la incomodidad de todo aquello, pero esta gimnasia intelectual grababa en nosotros un recuerdo tan dulce (mucho más preciado, a nuestro juicio actual, que aquello que leíamos con tanto amor) que, si se nos ocurre todavía hoy hojear los libros de antaño es simplemente como revisar esos únicos almanaques conservados de días extinguidos, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas las casas y los estanques que ya no existen.

¿Quién no se acuerda como yo de aquellas lecturas hechas en tiempos de vacaciones, en las que uno iba a esconder sucesivamente esas horas del día que eran bastante apacibles e inviolables como para poder darles asilo? Por la mañana, volviendo del parque, cuando todo el mundo se había ido “a dar un paseo”, me metía en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana del almuerzo, nadie entraba excepto la vieja Félice, relativamente silenciosa, y donde no tendría por compañeros respetuosos más que a los platos pintados que colgaban de la pared, el almanaque cuya hoja del día anterior había sido arrancada recientemente, el péndulo y el fuego que hablan siempre sin exigir que uno les responda y cuyos dulces propósitos vacíos de sentido no vienen, como las palabras de los hombres, a reemplazar el de las palabras que uno lee. Me instalaba en una silla, cerca del pequeño fuego de madera, a propósito del cual, durante el almuerzo, el tío matinal y jardinero diría: “¡No hace ningún daño! Un poco de fuego se soporta muy bien; les aseguro que a las seis hacía realmente frío en el huerto. ¡Y pensar que en ocho días vienen las Pascuas!”. Antes del almuerzo que –¡lamentablemente!– ponía fin a la lectura, uno contaba todavía con dos buenas horas. De tiempo en tiempo, se escuchaba el ruido de la bomba de la cual el agua iba a manar y que hacía que uno levantara los ojos y la mirara a través de la ventana cerrada, allá, bien cerca de la única calle del jardincito que bordeaba de ladrillos y porcelanas en medialunas sus arriates de pensamientos, recogidos, parecía, en esos cielos demasiado bellos, multicolores y como reflejados por los vitrales de la iglesia que podía verse entre los techos de la aldea, cielos tristes que aparecían antes de las tormentas, o después, muy tarde, cuando el día iba a terminar. Desgraciadamente la cocinera venía con mucha anticipación a poner la vajilla. ¡Si al menos la hubiera puesto sin hablar! Pero ella se sentía obligada a decir: “Usted no está bien así; ¿y si le arrimo una mesa?”. Y nada más que para responder: “No, muchas gracias”, había que detenerse en seco y volver a traer de la lejanía la propia voz que, dentro de los labios, repetía sin ruido, corriendo, todas las palabras que los ojos habían leído; había que detenerla, hacerla salir, y, para decir educadamente: “No, muchas gracias”, darle una apariencia de vida normal, una entonación de respuesta que esa voz había perdido. La hora pasaba; a menudo, mucho antes del desayuno, comenzaban a llegar al comedor aquellos que, por el cansancio, habían abreviado el paseo, habían “tomado por el camino de Méséglise”, o aquellos que no habían salido esa mañana, “porque tenían que escribir”. Ellos afirmaban: “No quiero molestarte”, pero enseguida empezaban a acercarse al fuego, a preguntar la hora, a declarar que un buen almuerzo no estaría mal. Rodeaban con particular deferencia a aquel que se había “quedado para escribir” y le decían: “Usted ha terminado con su pequeña correspondencia”, con una sonrisa en la que había respeto, misterio, libertinaje y deferencia, como si esa “pequeña correspondencia” hubiera sido a la vez un secreto de Estado, una prerrogativa, una señal de buena fortuna y una indisposición. Algunos, sin esperar más, se sentaban con anticipación a la mesa, en sus respectivos lugares. Aquello era la desolación, ya que esa acción habría sido un mal ejemplo para los demás recién llegados, ir a hacerles creer que ya era mediodía y pronunciar demasiado temprano a mis padres la palabra fatal: “Vamos, cierra tu libro, es hora de almorzar”. Todo listo, los cubiertos estaban puestos sobre un mantel en donde solamente faltaba que trajeran, al final de la comida, el aparato de vidrio con el que el tío horticultor y cocinero hacía café, artefacto tubular y complicado como un instrumento de física que olía y donde era tan agradable ver subir a través de la campana de vidrio la ebullición repentina que dejaba luego en las paredes brumosas una ceniza perfumada y morocha; y también la crema y las fresas que el mismo tío mezclaba, en proporciones siempre idénticas, deteniéndose justo en el rosa que se buscaba con la experiencia de un colorista y la adivinación de un goloso. ¡Qué largo me parecía el almuerzo! Mi tía abuela no hacía más que probar los platos para dar su opinión con una gran suavidad, pero sin admitir la contradicción. Para una novela, para unos versos, materias que ella conocía muy bien, se remitía siempre, con una humildad femenina, a la opinión de los más competentes. Ella pensaba que aquellos eran los dominios flotantes del capricho en donde el gusto de uno solo no podía fijar la verdad. Pero sobre las cosas cuyas reglas y principios le habían sido enseñados por su madre, sobre la manera de preparar ciertos platos, de tocar las sonatas de Beethoven y de recibir invitados con amabilidad, ella estaba segura de tener una idea exacta de la perfección y de discernir si los otros se le acercaban más o menos. Para las tres cosas, curiosamente, la perfección era casi la misma: se trataba de una suerte de sencillez en los medios, de sobriedad y de carisma. Ella rechazaba con horror que se pusieran especias en platos que no las exigían, que se tocara con afectación y abuso de pedales, que al recibir invitados se saliera de la perfecta naturalidad y se hablara de sí con exageración. Desde el primer bocado, en las primeras notas, sobre una simple tarjeta de presentación, ella tenía la pretensión de saber si estaba ante una buena cocinera, un verdadero músico o una mujer educada. “Ella puede tener mucho mejores dedos que yo, pero al tocar con tanto énfasis ese andante tan simple le falta gusto”. “Es tal vez una mujer muy brillante y llena de cualidades, pero le falta tacto cuando habla de sí misma en esas circunstancias”. “Puede ser una cocinera muy sabia, pero no sabe preparar un bistec a la manzana”. ¡El bistec a la manzana! Corte del concurso ideal, difícil por su sencillez misma, especie de Sonata patética de la cocina, equivalente gastronómico de aquello que es en la vida social la visita de la dama que viene a pedirnos referencias acerca de un empleado doméstico y que, en un acto tan simple, puede a tal punto dar prueba –o faltar– de tacto y de educación. Mi abuelo tenía tanto amor propio que habría querido que todos los platos estuvieran logrados, y sabía tan poco de cocina como para descubrir cuándo salían mal. Él quería admitir que no estaban bien hechos algunas veces, muy ocasionalmente por otra parte, pero sólo por un puro efecto del azar. Las críticas siempre motivadas de mi tía abuela, que implicaban en el fondo que la cocinera no había sabido preparar tal plato, no podían dejar de parecer particularmente intolerables a mi abuelo. A menudo, para evitar las discusiones con él, mi tía abuela, después de haber degustado con el borde de los labios, no daba su opinión, lo que por otra parte nos hacía saber inmediatamente que ésta era desfavorable. Ella se callaba, pero nosotros leíamos en sus ojos suaves una desaprobación inquebrantable y reflexionada que tenía la virtud de poner furioso a mi abuelo. Él le rogaba irónicamente que diera su opinión, se impacientaba con su silencio, la apuraba con preguntas, se encolerizaba, pero uno sentía que la habrían llevado al martirio antes de poder hacerle confesar lo que mi abuelo creía: que el entremés no estaba suficientemente azucarado.

Después del almuerzo, retomaba mi lectura enseguida; sobre todo si la jornada era un poco calurosa, uno subía “a retirarse a su cuarto”, lo que me permitía, por la pequeña escalera con peldaños muy cercanos, llegar rápido a mi habitación, en el único piso bajo en el que, una vez franqueadas las ventanas, bastaba con dar un salto de niño para encontrarse en la calle. Iba a cerrar mi ventana sin haber podido esquivar el saludo del armero de enfrente, quien, con el pretexto de bajar sus persianas, venía todos los días después del almuerzo a fumar su cigarro delante de la puerta y saludar a los pasantes, que, a veces, paraban a charlar. Las teorías de William Morris, que han sido tan constantemente aplicadas por Maple y los decoradores ingleses, decretan que una habitación no es bella sino a condición de contener solamente cosas que nos sean útiles y que toda cosa útil, aunque fuese un simple clavo, no esté disimulada, sino que sea bien visible. Arriba de la cama con triángulos de cuero y enteramente descubierta, sobre las paredes desnudas de esas habitaciones higiénicas, algunas reproducciones de obras maestras. A juzgar por los principios de esa estética, mi cuarto no era de ninguna manera bello, puesto que estaba lleno de objetos que no podían servir para nada y que disimulaban púdicamente, hasta tornar el uso extremadamente difícil, aquellos que servían para alguna cosa. Pero es justamente a partir de esos objetos que no estaban allí para mi comodidad –parecían en cambio haber aparecido por voluntad propia– que mi cuarto destellaba belleza. Esas altas cortinas blancas que escondían a las miradas la cama ubicada en el fondo cual santuario; multitud de cubrepiés de seda suave, colchas guateadas con flores, cubrecamas bordados, fundas de almohada de batista, bajo la cual desaparecía el día, como un altar en el mes de María bajo los festones y las flores, y que para poder acostarme, iba a posar con precaución sobre un sillón en donde me permitían pasar la noche; al lado de la cama, la trinidad de vidrio con dibujos azules, el azucarero parecido y la garrafa (siempre vacía desde el día anterior a mi llegada por orden de mi tía, que temía vérmela “volcar”), suertes de instrumentos del culto naranjo emplazada cerca de ellos en una ampolla de vidrio– que no me hubiera creído con licencia para profanar ni incluso con la posibilidad de utilizarlos para mi uso personal, como si hubieran sido cálices consagrados, pero que consideraba largamente antes de desvestirme, con el temor de derribarlos mediante un falso movimiento; esas pequeñas estolas que lanzaban sobre el respaldo de los sillones un abrigo de rosas blancas que no debían estar despinadas, porque cada vez que había terminado de leer y quería levantarme me daba cuenta de que me había quedado pegado a él; esa campana de vidrio bajo la cual, aislado de los contactos vulgares, el péndulo peroraba en la intimidad para caracolas venidas de lejos y para una vieja flor sentimental, pero que era tan pesada de levantar que, cuando el péndulo paraba, nadie, excepto el relojero, habría sido lo suficientemente imprudente como para intentar alzarla; ese blanco mantel de guipur que, tirado como un revestimiento de altar sobre la cómoda ornada por dos floreros, una imagen del Salvador y un boj bendito, la hacía parecerse a la Santa Mesa (un reclinatorio, que quedaba ahí todos los días, cuando uno había “terminado el cuarto”, acababa por redondear la idea), pero cuyas hilachas siempre metidas en el hueco de los cajones terminaban tan completamente su juego que yo no podía jamás tomar un pañuelo sin hacer caer en el mismo movimiento la imagen del Salvador, floreros sagrados, boj bendito y sin tropezarme yo mismo después de aferrarme al reclinatorio; esta triple superposición al fin de pequeñas cortinas de estambre, de grandes cortinas de muselina y de telas aún más grandes de bombasí, siempre sonrientes en su blancura de espino a menudo soleada, pero en el fondo muy molestas por su torpeza y obstinación en jugar alrededor de las barras de madera paralelas y enredarse las unas en las otras y todas en la ventana ni bien yo quería abrirla o cerrarla, un segundo cortinado siempre listo, si lograba apartar un primero, el otro venía inmediatamente a tomar su lugar en las junturas tan perfectamente bloqueadas por ellos que la obra podría haber sido realizada sin problemas por un arbusto de espinos reales o por nidos de golondrinas que habrían tenido la fantasía de instalarse allí, de modo que esa operación, tan simple en apariencia, de abrir y cerrar mi ventana, no lograba jamás llevarla a cabo sin el auxilio de alguien de la casa; todas esas cosas que no solamente no podían responder a ninguna de mis necesidades sino que aportaban por lo menos un estorbo, por propia satisfacción, y que evidentemente no habían sido nunca colocadas allí para la utilidad de nadie, poblaban mi cama de pensamientos personales, con ese aire de predilección, de haber elegido vivir allí y de encontrarse a gusto que tienen a menudo, en un claro del bosque, los árboles, y, al borde de los caminos o sobre los viejos muros, las flores. Estos objetos llenaban mi cuarto de una vida silenciosa y diversa, de un misterio en el que mi persona se encontraba a la vez perdida y encantada; hacían de esta habitación una suerte de capilla en la que el sol –cuando atravesaba las pequeñas baldosas rojas que mi tío había intercalado en lo alto de las ventanas– picaba sobre los muros después de haber regado el espino de las cortinas, surgían resplandores tan extraños como si la pequeña capilla hubiera estado encerrada en una nave mayor con vitrales; y en donde el ruido de las campanas llegaba con tanto eco a causa de la proximidad entre nuestra casa y la iglesia –a la cual, por otra parte, en las grandes fiestas, los monumentos nos llevaban por un camino de flores– que yo podía imaginar que habían sonado en nuestro techo, justo encima de la ventana de la que yo saludaba frecuentemente al cura con su breviario, a mi tía volviendo de alguna larga caminata o bien al niño del coro que nos traía hostias. En cuanto a la fotografía de Brown de la Primavera de Botticelli o al moldeado de la Mujer desconocida del museo de Lille, que, en los muros y sobre la chimenea de las habitaciones de Maple, son la parte concedida por William Morris a la belleza inútil, debo confesar que en mi cuarto estaban reemplazados por una suerte de dibujo que representaba al príncipe Eugenio, terrible y bello con su dormán; quedé muy extrañado al percibirlo una noche, en un gran barullo de locomotoras y granizo, siempre terrible y bello, en la puerta de un buffet de estación, en donde servía de anuncio para una especialidad de galletas. Sospecho hoy que mi abuelo lo habría recibido, como prima, de la magnificencia de un fabricante, antes de instalarlo para siempre en mi habitación. Pero entonces no me preocupaba por su origen, que me parecía histórico y misterioso, y no me imaginaba que pudieran existir otros ejemplares de aquello que consideraba una persona, un habitante permanente de ese cuarto que no hacía más que compartir con él y en donde lo encontraba todos los años, siempre parecido a sí mismo. Llevo ahora mucho tiempo sin verlo, y supongo que no lo volveré a ver jamás. Pero si una fortuna tal me adviniese, creo que él tendría muchas más cosas para decirme que La Primavera de Botticelli. Dejo para las personas con buen gusto ornar su casa con las reproducciones de las obras maestras que admiren y descargar su memoria del trabajo de conservarles una imagen preciosa, confinándolas a un marco de madera tallada. Que los cuartos se conviertan en la imagen misma del gusto propio y sean llenados solamente con las cosas que esa facultad pudiera aprobar. En cuanto a mí, no me siento capaz de vivir y pensar más que en una habitación en donde todo sea creación y el lenguaje de vidas profundamente diferentes de la mía, con un gusto opuesto al mío, en donde no encuentre nada de mi pensamiento consciente, en donde mi imaginación se exalte al sentirse sumergida en el seno de mi noyo; no me siento feliz sino al poner el pie –en la avenida de la Estación, sobre el Puerto, o en la plaza de la Iglesia– en uno de esos hoteles de provincia con largos corredores fríos en donde el viento de afuera lucha con éxito contra los esfuerzos de la calefacción, en donde el mapa de geografía detallada del barrio es todavía el único ornamento de los muros, en donde cada ruido no sirve más que para revelar el silencio luego de haberlo desplazado, en donde los cuartos guardan un perfume de encierro que el gran viento viene a lavar, aunque sin borrarlo, y que las narices aspiran cien veces para traerlo a la imaginación, que está encantada con ello, que lo hace posar como a un modelo para intentar recrearlo con todo su contenido de pensamientos y recuerdos; en donde por la noche, cuando uno abre la puerta de su cuarto, tiene la sensación de violar toda la vida que permaneció allí dispersa, de tomarla osadamente de la mano cuando, una vez cerrada la puerta, avanza un poco más, hasta la mesa o hasta la ventana; de compartir una suerte de libre promiscuidad sobre el canapé, ejecutado por el tapicero del lugar a la manera de lo que él creía era el gusto de París; de tocar por todos lados la desnudez de esa vida en el designio de turbarse a sí mismo por su propia familiaridad, dejando aquí y allí cosas, haciéndose el amo en este cuarto lleno hasta los bordes del alma de los otros y que guarda hasta en la forma de los morillos y el dibujo de las cortinas la impronta de su sueño, al caminar con los pies desnudos sobre un tapiz desconocido; esta vida secreta, entonces, uno tiene el sentimiento de encerrarla consigo cuando va, temblando, a asegurar la cerradura; de empujarla delante suyo en la cama y de acostarse al fin con ella en las grandes sábanas blancas que le muestran por encima la figura, mientras que, bien cerca, la iglesia toca para toda la ciudad las horas de insomnio de los muertos y los enamorados.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
31 марта 2025
Объем:
61 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9789875992818
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Правообладатель:
Bookwire
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