Читать книгу: «El coche de bomberos que desapareció»

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Título original: Brandbilen som försvann

© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1969.

© de la traducción: Martin Lexell y Manuel Abella, 2010.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CODI SAP: OEBO267

ISBN: 9788490067185

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Notas

1

El hombre que yacía muerto sobre la cama, primorosamente hecha, se había desprendido primero de la chaqueta y la corbata, y las colgó de la silla que estaba colocada junto a la puerta. Después se había quitado los zapatos, los dejó bajo la silla y se calzó unas zapatillas negras de piel. Luego se había fumado tres cigarrillos, que apagó estrujándolos en el cenicero de la mesilla de noche. Por último, se tumbó boca arriba en la cama y se pegó un tiro en la boca.

Un espectáculo que no era precisamente igual de primoroso.

Su vecino más cercano era un capitán del ejército prejubilado que el año anterior había resultado herido en la cadera al recibir un disparo fortuito durante una cacería de alces. Tras el accidente sufría insomnio y a menudo se quedaba despierto por las noches haciendo solitarios. Estaba a punto de conseguir terminar la partida cuando oyó el disparo al otro lado de la pared. Llamó inmediatamente a la policía.

Eran las cuatro menos veinte de la madrugada del 7 de marzo, cuando dos policías de radiopatrulla hicieron saltar los quicios de la puerta y penetraron en el piso, donde el hombre tendido sobre la cama llevaba ya muerto treinta y dos minutos. No tardaron mucho tiempo en constatar que, con una probabilidad rayana en la certeza, el individuo se había suicidado. Antes de regresar al coche para dar cuenta de la defunción por radio, echaron un vistazo por el piso, cosa que en realidad no deberían haber hecho. Además del dormitorio, la vivienda tenía un cuarto de estar, cocina, vestíbulo, baño y guardarropa. No descubrieron ninguna nota ni carta de despedida. El único texto escrito visible consistía en un par de palabras apuntadas en el bloc de notas que había junto al teléfono, en el cuarto de estar. Esas dos palabras formaban un nombre. Un nombre que los dos policías conocían perfectamente.

Martin Beck.

Era el día de santa Ottilia.

Poco después de las once de la mañana, Martin Beck salió de la jefatura sur de policía y se fue hasta la licorería situada en Karusellplan, donde se puso en la cola. Compró una botella de Nutty Solera. De camino al metro adquirió también una docena de tulipanes rojos y una caja de galletas saladas inglesas. Uno de los seis nombres que le habían caído en suerte a su madre en el bautismo era Ottilia, y había pensado acercarse a visitarla con motivo de su santo.

La residencia de ancianos era grande y muy antigua. Demasiado vieja y anticuada, o eso por lo menos pensaban quienes trabajaban en ella. La madre de Martin Beck se había mudado allí hacía un año, no por incapacidad para arreglárselas sola —a sus setenta y ocho años se seguía conservando lúcida y bastante bien de salud—, sino porque no quería convertirse en un lastre para su único hijo. Por eso se había asegurado con mucha antelación una plaza en la residencia, y cuando quedó libre una buena habitación, o lo que es lo mismo, cuando falleció el anterior ocupante de la misma, se deshizo de la mayor parte de sus pertenencias y se trasladó allí. Desde la muerte del padre de Martin Beck, diecinueve años atrás, su único apoyo era su hijo, que de vez en cuando sentía remordimientos de conciencia por no acogerla en su propia casa. Sin embargo, en su fuero interno le estaba agradecido por haberse ocupado del asunto ella sola, sin tan siquiera pedirle consejo.

Cruzó una de las dos pequeñas y desangeladas salas de estar, en las que nunca había visto a nadie, avanzó por el corredor en penumbra y golpeó con los nudillos la puerta de su madre. Cuando Martin Beck entró, ella alzó la mirada asombrada. Era bastante dura de oído, de modo que no había percibido sus discretos golpes en la puerta. Su rostro se iluminó, dejó a un lado el libro que estaba leyendo e hizo ademán de incorporarse. Pero Martin Beck se acercó hasta ella rápidamente, la besó en la mejilla y, con amable firmeza, la obligó a permanecer sentada.

—Estate quieta. Por mí no te preocupes —dijo.

Dejó las flores en sus rodillas y puso en la mesa la botella y la caja de galletas.

—Felicidades, mamá.

Ella retiró el papel que envolvía las flores y exclamó:

—¡Ay! ¡Qué flores tan preciosas! ¡Y galletas! ¿Y vino? ¿O qué es? ¡Jerez! ¡Qué detalle, hijo mío!

Se levantó y, pese a todas las protestas de Martin Beck, se acercó hasta un armario y sacó un jarrón de plata, que llenó con agua del grifo.

—Tampoco estoy tan vieja y achacosa como para no poder ponerme de pie —dijo—. Haz el favor de sentarte. ¿Qué te apetece: jerez o café?

Martin Beck se quitó abrigo y sombrero y tomó asiento.

—Lo que tú quieras —respondió.

—Pues entonces haré café. El jerez lo guardaré para invitar a mis amigas y poder presumir del hijo tan bueno que tengo. Hay que sacarles todo el partido a los buenos momentos.

Martin Beck permaneció callado observando cómo su madre encendía la placa eléctrica para luego añadir el agua y el café a la cafetera. Era pequeña y menuda; cada vez que venía a verla la encontraba más encogida.

—¿Te aburres aquí, mamá?

—¿Yo? Yo no me aburro en ningún sitio.

La respuesta le pareció demasiado rápida y alegre como para resultar creíble. Antes de sentarse, ella colocó la cafetera en la placa y el jarrón de flores sobre la mesa.

—Haz el favor de no preocuparte por mí —prosiguió—. Aquí estoy siempre ocupada. Leo, hago punto, hablo con las otras mujeres... De vez en cuando me acerco al centro a dar una vuelta, aunque la verdad es que es una pena cómo le están destruyendo todo. ¿Has visto que han tirado la casa donde estaba la empresa de tu padre?

Martin Beck asintió. Su padre había sido propietario de una pequeña empresa de transportes en el barrio de Klara, y en el lugar que antes había ocupado el edificio se alzaba ahora un complejo comercial de cristal y hormigón. Contempló la fotografía de su padre colocada sobre la cómoda, junto a la cama. La imagen había sido tomada a mediados de los años veinte, cuando Martin Beck tenía solo dos o tres años, y en ella su padre era todavía un hombre joven de mirada clara, cabello negro y brillante, peinado a un lado, y mentón desafiante. Decían que Martin Beck se parecía a él. La verdad es que él mismo no había conseguido nunca descubrir grandes semejanzas, y de existir, debían limitarse a lo físico. Recordaba a su padre como un hombre abierto y alegre, que caía bien a todo el mundo y siempre estaba riendo y bromeando. En cambio, Martin Beck se definiría a sí mismo más bien como una persona tímida y bastante aburrida. En el momento en que se hizo la foto, su padre trabajaba en la construcción, pero unos pocos años más tarde vino la gran depresión y se quedó en el paro. Martin Beck pensaba que su madre, en realidad, nunca había conseguido superar aquellos años de pobreza y miedo. Aunque luego alcanzaron un cierto desahogo económico, ella ya no pudo dejar de preocuparse por el dinero. Todavía era incapaz de comprar nada nuevo si no resultaba absolutamente indispensable, y tanto su ropa como los pocos muebles que se había traído consigo de casa estaban desgastados por el tiempo.

De vez en cuando, Martin Beck hacía algún intento de darle dinero y se ofrecía también a pagarle la cuota de la residencia, pero ella era orgullosa y testaruda e insistía en arreglárselas por sí misma.

Cuando el café empezó a hervir, Martin Beck fue a coger la cafetera y se la acercó a su madre, para que sirviera ella. Siempre había sido solícita con su hijo. Cuando este era un muchacho, ni siquiera consentía que le ayudase a fregar los platos o que hiciera su propia cama. Más adelante, Martin Beck tuvo ocasión de darse cuenta de lo desafortunado de tantas atenciones, ya que, al irse de casa, descubrió que era incapaz de hacer las tareas domésticas más simples.

Martin Beck contemplaba divertido a su madre, mientras ella ponía un terrón de azúcar en su boca, antes de sorber un trago. Nunca la había visto tomar café de esa manera. Ella captó su mirada y dijo:

—Ya ves. Cuando una es vieja, puede permitirse ciertas libertades.

Ella dejó la taza y se inclinó hacia atrás, apoyando sobre las rodillas sus delgadas manos entrelazadas, llenas de manchas oscuras.

—Bueno —dijo—. Cuéntame que tal están mis nietos.

En los últimos tiempos, con su madre, Martin Beck ponía sumo cuidado en hablar de sus hijos en términos exclusivamente positivos, pues ella consideraba que sus nietos eran más inteligentes, buenos y guapos que los demás niños. A menudo le acusaba de no reconocer sus méritos, tachándole incluso de padre incomprensivo y malvado. Él, en cambio, se consideraba bastante ecuánime en sus opiniones acerca de sus hijos y entendía que eran como la mayoría de los niños. Con la que mejor se llevaba era con Ingrid, de dieciséis años: una chica despierta e inteligente, muy popular entre sus compañeros y con mucha facilidad para los estudios. Rolf, por su parte, estaba a punto de cumplir trece años y resultaba bastante más problemático. Era perezoso y reservado, no se interesaba por el colegio, ni tampoco daba la impresión de tener ningún otro interés o talento especial. A Martin Beck le preocupaba la apatía de su hijo, pero confiaba en que fuese algo propio de la edad, y en que poco a poco el muchacho saldría de su aletargamiento. Como en ese momento no se le ocurría nada positivo que decir sobre Rolf, ni su madre iba a creerle en caso de decir la verdad, decidió eludir el asunto. Cuando terminó de relatar los últimos éxitos escolares de Ingrid, su madre le preguntó:

—¿Y Rolf no estará pensando meterse a policía cuando termine la escuela?

—No creo. Además, solo tiene trece años. Es todavía un poco pronto para empezar a preocuparse por esas cosas.

—Pues si algún día se le ocurre, tendrás que impedírselo. Nunca he llegado a entender por qué se te metió en la cabeza hacerte policía. Y hoy en día tiene que ser un oficio mucho más terrible que cuando tú empezaste. Por cierto, ¿me quieres decir por qué entraste en la policía, Martin?

Martin Beck la miró fijamente, desconcertado. Bien era cierto que ella se había opuesto a la elección profesional de su hijo veinticuatro años atrás, pero le sorprendió que volviera a sacar el asunto a esas alturas. Hacía menos de un año que se había convertido en comisario de la Brigada Nacional de Homicidios y, desde luego, sus condiciones laborales eran completamente distintas a las del joven policía que había sido entonces.

Se inclinó hacia delante y la tomó de la mano:

—Me va bien, mamá —dijo—. Ahora me paso la mayor parte del tiempo sentado en un despacho. Pero, claro, yo mismo me he hecho esa pregunta muchas veces...

Era verdad. A menudo se había preguntado por qué tomó la decisión de convertirse en policía.

Naturalmente, podría haber respondido que, durante los años de la guerra, era una buena manera de eludir ser llamado a filas. Tras dos años de moratoria por problemas respiratorios, fue declarado perfectamente sano y apto para el servicio militar. Esto podía considerarse una razón de peso. En 1944 no se aceptaban objeciones de conciencia. No obstante, muchos de los que recurrieron a este expediente para eludir el ejército, cambiaron luego de trabajo. Él, en cambio, había ido ascendiendo con los años hasta llegar a comisario. Esto debía de significar que era un buen policía, pero no lo tenía muy claro. Toda una serie de casos probaba a las claras que, en el cuerpo, los altos mandos no siempre estaban en manos de buenos policías. Ni siquiera estaba seguro de querer ser un buen policía, si por tal había que entender una persona celosa de su deber, incapaz de salirse un milímetro del reglamento. Recordaba algo que Lennart Kollberg dijo una vez, hacía mucho tiempo: «Buenos polis los hay a patadas. Tipos estúpidos que son buenos polis. Tipos inflexibles, limitados, chulos, engreídos y pagados de sí mismos, todos ellos buenos polis. Pero mejor sería si hubiera más tipos buenos metidos a polis».

Su madre salió a despedirle y pasearon un rato por el parque. La nieve derretida complicaba la marcha, y el viento helado sacudía las ramas peladas de los altos árboles. Tras caminar, entre resbalones, durante diez minutos, la condujo de nuevo hasta las escaleras y la besó en la mejilla. Luego, en la cuesta, se volvió y pudo verla todavía de pie junto a la entrada, haciéndole gestos de despedida. Pequeña, encogida, gris.

Regresó en metro hasta la jefatura sur de policía en Västberga.

De camino hacia su despacho, se asomó a la puerta del de Kollberg, que además de subinspector primero de la policía criminal era el hombre de confianza de Martin Beck y su mejor amigo. El cuarto estaba vacío. Echó una mirada a su reloj de pulsera. Era la una y media. Jueves. Adivinar el paradero de Kollberg no requería demasiadas cavilaciones. Por un momento, Martin Beck consideró la posibilidad de bajar también al restaurante para tomarse la ineludible sopa de guisantes de los jueves y hacerle compañía, pero luego se acordó de su estómago y desistió. Bastante revuelto estaba ya con las numerosas tazas de café que le había ido sirviendo su madre.

Sobre la carpeta que cubría el escritorio encontró una breve nota referida al individuo que se había quitado la vida ese mismo día.

Se llamaba Ernst Sigurd Karlsson y tenía cuarenta y seis años. Estaba soltero y su familiar más cercano era una anciana tía materna, residente en Borås. Desde el lunes había estado ausente de su puesto de trabajo en una compañía de seguros. Gripe. Según sus colegas era un hombre solidario y, por lo que ellos sabían, carente de amigos. Los vecinos afirmaban que se trataba de un hombre silencioso y tranquilo, que entraba y salía de casa a horas fijas y muy pocas veces recibía visitas. La prueba grafológica confirmaba que, efectivamente, era él quien había escrito el nombre de Martin Beck en el bloc de notas del teléfono. Y que se trataba de un suicidio resultaba del todo claro.

No había nada más que decir sobre el asunto. Ernst Sigurd Karlsson se había quitado la vida. Y como el suicidio no es un crimen en Suecia, la policía ya no podía hacer mucho más. Todas las preguntas tenían su respuesta. Menos una. Y el autor del informe había formulado también dicha pregunta: ¿ha tenido el comisario Martin Beck relación con el individuo en cuestión y podría, quizá, aportar algo?

Pero Martin Beck no podía.

Jamás había oído hablar de Ernst Sigurd Karlsson.

2

Cuando Gunvald Larsson salió de su despacho en la jefatura de policía de Kungholmsgatan, eran las diez y media de la noche y no tenía en modo alguno planes de convertirse en héroe; a menos que pudiera considerarse una proeza ir a su casa en Bollmora, ducharse, ponerse el pijama y acostarse. Gunvald Larsson pensaba en su pijama con placer. Se trataba de una prenda nueva, adquirida ese mismo día, y la mayor parte de sus colegas no habrían dado crédito a sus oídos de haber sabido su precio. De camino a casa, tenía que realizar una pequeña gestión profesional, que todo le exigiría unos cinco minutos como máximo. Cuando dejó de pensar en el pijama, se puso su abrigo búlgaro de piel de oveja, apagó la luz, cerró la puerta con llave y se marchó. El achacoso ascensor que conducía hasta los despachos de la brigada antiviolencia comenzó a fallar como de costumbre, y Gunvald Larsson tuvo que golpear dos veces con el pie en el suelo del trasto antes de que este tuviera a bien moverse. Gunvald Larsson era un grandullón que medía descalzo uno noventa y dos y pesaba más de cien kilos. Y eso se notaba cuando daba golpes con el pie.

En la calle hacía frío y viento, con ráfagas de nieve seca y arremolinada, pero su coche estaba a escasos metros, así que no tenía por qué preocuparse del tiempo.

Gunvald Larsson cruzó en coche el puente Västerbron y miró con indiferencia hacia su izquierda. Vio el Ayuntamiento, con su punto de luz amarilla sobre las tres coronas doradas que remataban la aguja de la torre, y otros miles y miles de luces que no podía identificar. Desde el puente siguió directo hasta Hornsplan, torció a la izquierda en Hornsgatan y luego a la derecha junto a la estación de metro de Zinkensdamm. Bajó por Ringvägen en dirección sur, pero a escasos quinientos metros aminoró la marcha y se detuvo.

Esa zona, pese a formar parte del centro de Estocolmo, sigue prácticamente sin edificar. Por el lado occidental de la calle se extiende un parque en pendiente, Tantolunden, y por el oriental hay un cerro, un aparcamiento y una gasolinera. Entre el cerro y la gasolinera discurre una calle lateral. Su nombre es Sköldgatan y a decir verdad, ni siquiera se trata de una calle propiamente dicha, sino más bien de un trecho de la vieja carretera, que por alguna extraña razón ha conseguido sobrevivir en una época en la que los urbanistas, con celo temerario, han arrasado este barrio de la ciudad, como casi todos los demás, privándoles de su carácter originario y borrando su idiosincrasia.

Así pues, Sköldgatan es un tramo de carretera en zigzag, de apenas trescientos metros, que conecta Ringvägen con Rosenlundsgatan y por el que, en general, solo pasan taxis sin clientes y algún que otro coche patrulla perdido. En verano constituye una especie de oasis, con sus márgenes de frondosa vegetación. Y a pesar del denso tráfico en Ringvägen y de los trenes que cruzan tronando por la línea ferroviaria que se encuentra a escasos cincuenta metros, toda una serie de marginados sociales de edad avanzada encuentran aquí, entre los arbustos, la tranquilidad necesaria para entregarse a sus botellas de vino, trozos de embutido y barajas pringosas. En invierno, por el contrario, a nadie se le pasa por la cabeza instalarse en esta zona.

Pero esa noche, el 7 de marzo de 1968, había un hombre de pie, muerto de frío, junto a los resecos arbustos del lado sur del camino. Su atención, que dejaba mucho que desear, se dirigía hacia el único edificio de viviendas de la calle, una vieja casa de madera de dos pisos. Hasta hacía un momento habían estado iluminadas dos ventanas del primer piso, desde las que llegaba ruido de música, gritos y carcajadas. Ahora, en cambio, estaban ya apagadas todas las luces, y solo se oía el viento y el lejano retumbar del tráfico. El individuo situado entre las matas no se hallaba allí por voluntad propia. Era policía, se llamaba Zachrisson y en el fondo estaba deseando estar en cualquier otra parte.

Gunvald Larsson salió del coche, se alzó el cuello del abrigo y se caló el gorro de piel hasta las orejas. Luego cruzó la ancha calle a grandes zancadas, pasó la gasolinera y continuó abriéndose camino por entre la nieve medio derretida. Por lo visto, la concejalía de obras públicas no pensaba que mereciera la pena malgastar sal en tan irrelevante tramo de vía. La casa quedaba a unos setenta y cinco metros, a una altura ligeramente superior a la del camino y formando un pronunciado ángulo con este. Gunvald Larsson se detuvo justo delante de la casa, echó un vistazo a su alrededor y dijo a media voz:

—¿Zachrisson?

El hombre escondido entre los arbustos se removió y salió a su encuentro.

—Malas noticias —dijo Gunvald Larsson—, vas a tener que quedarte aquí otras dos horas. Isaksson se ha puesto enfermo.

—¡Joder! —se lamentó Zachrisson.

Gunvald Larsson recorrió la zona con la mirada. Luego hizo una mueca de descontento y comentó:

—Es mejor colocarse arriba, en lo alto del cerro.

—Sí, claro, si lo que quieres es pelarte el culo de frío —respondió Zachrisson con misantropía.

—No. Para tener la perspectiva adecuada. ¿Ha pasado algo?

El otro negó con la cabeza.

—Ni una mierda —dijo—. Hace un rato han celebrado una especie de fiesta ahí arriba. Ahora parece que están sobando.

—¿Y Malm?

—Él también. Hace tres horas que apagó la luz.

—¿Ha estado solo todo el tiempo?

—Sí, eso parece.

—¿Eso parece? ¿Ha salido alguien de la casa?

—Yo no he visto a nadie.

—¿Entonces qué has visto?

—Desde que estoy aquí han entrado tres personas. Un tipo y dos tías. Llegaron en un taxi. Creo que iban a la fiesta esa.

—¿Crees? —le preguntó Gunvald Larsson en tono inquisitivo.

—Sí, ¡qué coño puedo hacer sino creerlo! No tengo...

Al hombre le rechinaban los dientes hasta tal punto que tenía dificultades para hablar. Gunvald Larsson lo escrutó con mirada crítica y preguntó:

—¿Qué es lo que no tienes?

—Visión de rayos X —contestó Zachrisson entre dientes.

Gunvald Larsson sentía inclinación por el rigor más extremo, y mostraba poca comprensión hacia las debilidades humanas. Como jefe era cualquier cosa menos popular y muchos le tenían miedo. En caso de haberle conocido un poco mejor, Zachrisson no habría osado expresarse de esa manera, esto es, con naturalidad. Pero ni siquiera Gunvald Larsson podía ignorar que el pobre hombre estaba extenuado y muerto de frío, y que su condición general y capacidad de observación difícilmente iban a mejorar en las próximas horas. Vio claro lo que debía hacerse, pero pensó que no por ello había que mirar para otro lado. Gruñó irritado y preguntó:

—¿Tienes frío?

Zachrisson soltó una carcajada hueca mientras intentaba quitarse los cristales de hielo de las pestañas.

—¿Que si tengo frío? —dijo con fatigada ironía—. ¡Qué va! Estoy como los tres jóvenes judíos en el horno ardiente.

—No te hagas el gracioso —replicó Gunvald Larsson—. Estás aquí para hacer tu trabajo.

—Sí, perdona, pero...

—Y parte del trabajo consiste, entre otras cosas, en saber abrigarse bien, y que de vez en cuando hay que desentumecer los miembros. Porque si no, lo mismo pasa algo y tú te quedas sin capacidad de reacción, como un jodido muñeco de nieve. Y te aseguro que entonces no te hará tanta gracia... después.

A Zachrisson, la conversación empezó a darle mala espina. Temblando incómodo, respondió:

—Ya, claro. Si no hay problema, pero...

—No, sí que hay problema —le interrumpió Gunvald Larsson enfadado—. Resulta que este asunto es de mi entera responsabilidad y no me da la gana que venga a jodérmelo ningún chapucero de la policía ordinaria.

Zachrisson tenía solo veintitrés años y era un agente de policía ordinario. En este momento estaba adscrito a la sección de protección del segundo distrito. Gunvald Larsson era veinte años mayor y subinspector primero de la policía criminal en la brigada antiviolencia de la policía de Estocolmo. Cuando Zachrisson abrió la boca para responder, Gunvald Larsson alzó su enorme mano derecha y dijo malhumorado:

—Ni una palabra más, gracias. Vete a la comisaría de Rosenlundgatan y tómate un café o lo que sea. En media hora exacta te quiero de vuelta aquí, desentumecido y alerta, así que venga, muévete.

Zachrisson se fue. Gunvald Larsson consultó su reloj de pulsera, suspiró y susurró:

—Niñatos.

Luego se dio la vuelta, atravesó el matorral y comenzó a subir el cerro, de escasa altura, refunfuñando y maldiciendo para sus adentros cuando las gruesas suelas de goma de sus zapatos italianos no conseguían adherirse con firmeza a las rocas cubiertas de hielo.

Ambos tenían razón: Zachrisson al afirmar que el cerro no ofrecía protección alguna frente al viento del norte, que se te metía inmisericorde hasta los tuétanos; y él mismo al sospechar que el lugar ofrecía un punto de observación inmejorable. La casa quedaba justamente enfrente de él, un poco por debajo. Nada que sucediera en el edificio o sus inmediaciones podía escapar a su mirada. Los cristales de las ventanas estaban total o parcialmente cubiertos por hielo cristalizado y no se percibía luz tras ellos. El único signo de vida era el humo que salía por la chimenea, y que, tras adquirir un tono blanco debido a la helada, era dispersado por el viento y se elevaba en grandes volutas de algodón hasta el oscuro firmamento sin estrellas.

En la cima del cerro, Gunvald Larsson no dejaba de mover los pies a un lado, a otro mientras abría y cerraba los dedos en el interior de sus guantes forrados de piel. Antes de hacerse policía había trabajado en la Marina, primero en la Armada y luego en barcos mercantes del Atlántico norte. Muchas guardias de invierno en cubierta le habían enseñado el arte de mantenerse caliente. Además, era experto en este tipo de misiones de vigilancia, aunque últimamente se limitaba, en general, a organizarlas. Llevaba ya un rato de guardia en el cerro cuando creyó percibir el débil y ligero temblor de un resplandor tras la ventana situada más a la derecha en el piso de arriba, como si alguien hubiera prendido una cerilla, por ejemplo para encender un cigarrillo o para consultar la hora. Gunvald Larsson dirigió una mirada rutinaria a su reloj de pulsera. Pasaban cuatro minutos de las once. Desde la marcha de Zachrisson habían transcurrido, por tanto, dieciséis minutos. En este momento estaría seguramente sentado en la comisaría del distrito de Maria, despachando grandes cantidades de café y lamentando su suerte ante los policías de guardia uniformados. Un placer, en cualquier caso, de corta duración, pues pasados como mucho siete minutos tendría que volver a ponerse en marcha. Eso, si no quería que le cayese encima la reprimenda del siglo, pensó hoscamente Gunvald Larsson.

Luego, dedicó unos minutos a considerar cuántas personas podían hallarse en el inmueble. La vieja casa de madera estaba dividida en cuatro apartamentos, dos en la planta baja y dos en el primer piso. Arriba a la izquierda vivía una mujer soltera de unos treinta años con tres hijos, todos de diferentes padres. Eso era casi todo lo que sabía sobre ella y le parecía suficiente. Debajo de ese apartamento, en el piso izquierdo de la planta baja, vivía un matrimonio de ancianos, de unos setenta años, que llevaban residiendo allí desde hacía casi medio siglo. En cambio, los otros tres pisos variaban de inquilino bastante más a menudo. El marido bebía y, pese a su venerable edad, era cliente habitual en los calabozos de la comisaría del distrito de Maria. En la planta superior, a la derecha, residía un individuo también muy conocido por la policía, aunque por delitos bastante más serios que unas borracheras crónicas de fin de semana. A sus veintisiete años, había sido condenado ya seis veces a penas de cárcel de diferente duración, acusado de una amplia gama de delitos, desde conducción en estado de embriaguez y apropiación indebida hasta delito de lesiones y robo. Su nombre era Roth y él era quien estaba celebrando una fiesta, en compañía de otro individuo y dos amistades femeninas. Ahora habían parado ya el tocadiscos y apagado la luz, tal vez para dormir, tal vez para proseguir las celebraciones de alguna otra manera. Y era en su piso donde alguien había prendido una cerilla.

Debajo de este apartamento, en la planta de abajo a la derecha, vivía la persona a la que Gunvald Larsson se encargaba de vigilar. Conocía su nombre y su aspecto físico; sin embargo, por muy ridículo que pueda parecer, no tenía ni la menor idea de por qué había que mantener vigilado a dicho sujeto.

La explicación era la siguiente: Gunvald Larsson era eso que los periodistas, cuando se exaltan, suelen denominar un «cazador de asesinos». Y como en esos momentos no había ningún asesino que cazar, había quedado a disposición de otra brigada, donde se le había encomendado este trabajo de vigilancia como complemento a sus ocupaciones habituales. Habían puesto bajo su mando un grupo de cuatro hombres, apresuradamente configurado para este fin, y le habían encomendado una misión muy simple: encargarse de que el tipo en cuestión no desapareciera ni sufriera percance alguno, además de observar con quiénes se relacionaba.

Ni siquiera se había molestado en preguntar de qué iba el asunto. Muy probablemente, se trataba de drogas. En los últimos tiempos, todo parecía girar en torno a la droga.

La vigilancia duraba ya diez días, y lo único con lo que había entrado en contacto el individuo de marras eran una puta y dos botellas de aguardiente.

Gunvald Larsson miró su reloj. Las once y nueve minutos. Quedaban ocho minutos.

Bostezó y levantó los brazos para golpearse los costados, a fin de entrar en calor.

En ese preciso instante, la casa saltó por los aires.

3

El incendio comenzó con un estallido ensordecedor. Las ventanas del piso derecho de la planta baja salieron disparadas y una buena parte de la fachada lateral pareció desprenderse de la casa, al tiempo que enormes llamas de color azul gélido salían al exterior por las ventanas destruidas. Gunvald Larsson seguía en la cima del cerro, con los brazos extendidos, como una estatua del Redentor, contemplando paralizado lo que sucedía al otro lado del camino. Pero solo por un instante. Luego echó a correr, bajó deslizándose y resbalando por la pendiente rocosa y, sin dejar de blasfemar, cruzó el camino y se dirigió a la casa. Durante la carrera, las llamas cambiaron de color y condición, adquiriendo un tono anaranjado y lamiendo las paredes de madera en su ávido ascenso. Además, tuvo la sensación de que una parte del tejado había comenzado a inclinarse sobre el lado derecho de la casa, como si se hubiese venido abajo una parte de los cimientos. En cuestión de segundos, el apartamento de la planta baja quedó completamente devorado por las llamas y, antes de que Gunvald Larsson alcanzara la escalera de piedra que daba acceso a la puerta exterior, las llamas se extendieron también a las habitaciones de las viviendas del piso superior.

Al abrir la puerta de golpe, comprendió que era ya demasiado tarde. La puerta derecha del corredor había saltado de sus quicios y bloqueaba la escalera. Ardía como un enorme pedazo de leña y el fuego se propagaba escaleras arriba. Recibió una sacudida de intenso calor, que le obligó a echarse hacia atrás, escocido y deslumbrado, tambaleándose escaleras abajo. Desde dentro podían oírse desesperados gritos de seres humanos dominados por el dolor y el miedo a la muerte. Según sus cálculos, en el edificio se hallaban en ese momento como mínimo once personas, irremediablemente atrapadas en una auténtica trampa mortal. Sin duda, algunas de ellas estaban ya muertas. Las ventanas de la planta baja arrojaban haces de fuego como si se tratara de un lanzallamas.

Gunvald Larsson echó una rápida mirada a su alrededor, intentando descubrir una escalera o alguna otra cosa que pudiera servirle de ayuda. Pero no vio nada.

En el piso de arriba se abrió una ventana y entre el humo y las llamas creyó distinguir a una mujer, o más bien una chica, que presa del pánico gritaba aguda e histéricamente. Gunvald Larsson se llevó las manos a la boca, formando un embudo, y gritó:

—¡Salte! ¡Salte hacia la derecha!

La chica estaba ya subida a la ventana, pero vacilaba.

—¡Salte! ¡Vamos! ¡Tan lejos como pueda! ¡Yo la cojo!

La muchacha saltó. Cruzó el aire, yendo a dar directamente sobre él, y Gunvald Larsson se las arregló para atrapar el cuerpo, pasando el brazo derecho entre las piernas y el izquierdo alrededor de los hombros. No pesaba mucho, como máximo cincuenta o cincuenta y cinco kilos, y Gunvald Larsson la cogió al vuelo con pericia de experto. Ni siquiera llegó a tocar el suelo. En el mismo instante en que la tomó en sus brazos giró en redondo para protegerla del fragor de las llamas, avanzó tres pasos y la depositó en el suelo. La chica no tendría más de diecisiete años. Estaba desnuda y temblaba de pies a cabeza, gritando como una loca y sacudiendo la cabeza en todas las direcciones. Por lo demás, no pudo advertir en ella ningún daño.

Cuando se volvió, había ya otra persona más en la ventana, un hombre envuelto en una especie de trozo de tela. El fuego se había recrudecido. Un humo denso se filtraba por todo el tejado, y en la parte derecha del mismo las llamas habían empezado a irrumpir entre las tejas. Si los jodidos bomberos no vienen dentro de poco... pensó Gunvald Larsson, aproximándose todo lo posible a las llamas. El entramado de madera crujía y crepitaba mientras ráfagas de chispas ardientes caían inmisericordes sobre su rostro y sobre el abrigo de piel de oveja, donde prendían lentamente para luego extinguirse, echando a perder la costosa prenda. Gritó con todas sus fuerzas, intentando que su voz se impusiera sobre el fragor del incendio:

—¡Salte! ¡Tan lejos como pueda! ¡A la derecha!

En el momento mismo en que el hombre saltaba empezó a arder el trozo de tela en que iba envuelto. El hombre lanzó un penetrante alarido en plena caída e intentó desprenderse de la tela ardiente. Esta vez, el aterrizaje no resultó igual de afortunado. El hombre pesaba bastante más que la muchacha, volteó, dio con su brazo izquierdo en el hombro de Gunvald Larsson y acto seguido cayó pesadamente, golpeándose la clavícula contra el suelo adoquinado del patio. En el último segundo, Gunvald Larsson consiguió interponer su enorme mano izquierda entre el suelo y la cabeza del individuo, evitando de esta manera que se rompiera el cráneo. Le tumbó en el suelo y le quitó la sábana incendiada, quemando así sus propios guantes. El hombre estaba también desnudo, a excepción de un anillo nupcial de oro. Gemía terriblemente y entre gemido y gemido emitía un sonido gutural e incomprensible, como un chimpancé imbécil. Gunvald Larsson lo arrastró unos metros y lo dejó tumbado en la nieve, fuera del alcance de las tablas incendiadas que caían de la casa. Nada más volverse saltó una tercera persona, una mujer en sujetador negro procedente del piso superior derecho que en ese momento estaba siendo devorado por las llamas. El fuego había prendido en su cabello rojo y cayó demasiado cerca de la pared.

Gunvald Larsson se precipitó hacia ella entre tablas de madera ardiendo y otros escombros caídos del edificio y logró sacarla a rastras de la zona de inminente peligro; sofocó con nieve el fuego de sus cabellos y la dejó allí tendida. Pudo advertir que sus quemaduras eran muy graves. Aullaba enloquecida y se retorcía de dolor como una lombriz. Además, al parecer, la caída había sido mala y una de sus piernas yacía extendida en un ángulo completamente antinatural en relación con el cuerpo. Era algo mayor que la otra mujer —tendría quizá unos veinticinco años— y pelirroja, incluso entre las piernas. Por raro que pudiera parecer, la piel de su vientre no había sufrido daños, y se veía blanca y flácida. Las peores heridas las tenía en el rostro, piernas, espalda y pechos, donde el sujetador de nailon, al arder, se le había pegado a la piel.

Cuando por última vez alzó la mirada hacia el apartamento que ocupaba la parte derecha de la planta superior, pudo ver una fantasmagórica figura que ardía como una antorcha y que, con los brazos levantados sobre la cabeza, se hundía en una espiral sobrecogedora hasta desaparecer finalmente de su campo visual. Gunvald Larsson supuso que se trataba del cuarto participante en la fiesta y constató que se encontraba ya más allá de toda ayuda humana.

El fuego había alcanzado el desván y las vigas que sostenían el tejado, bajo las tejas. Se levantaban pesadas nubes de humo y Gunvald Larsson podía oír los agudos chasquidos del entramado de madera de abeto presa de las llamas. De repente, se abrió la ventana situada en el extremo izquierdo de la planta superior y alguien empezó a gritar pidiendo socorro. Gunvald Larsson echó a correr y descubrió a una mujer en camisón blanco que se inclinaba sobre el alféizar con un hatillo apretado contra el pecho. Un niño. Por la ventana abierta salía una columna de humo, pero de momento, al parecer, no había todavía llamas en el piso, por lo menos no en la habitación en la que se encontraba la mujer.

—¡Socorro! —gritó desesperada.

Como el incendio todavía no había alcanzado de pleno ese lado de la casa, Gunvald Larsson pudo aproximarse bastante al muro hasta colocarse casi justo debajo de la ventana.

—¡Échelo! —bramó.

La mujer no dudó ni un instante y soltó al niño tan de inmediato que a Gunvald Larsson casi le pilló desprevenido. Vio cómo el hatillo bajaba directamente a su encuentro, extendió los brazos en el último momento y lo tomó entre sus manos, más o menos como un portero de fútbol que atrapa un lanzamiento de falta. El crío era muy pequeño. Gimoteaba un poco, pero no gritaba. Gunvald Larsson permaneció unos segundos con el bebé abrazado. Carecía de la más mínima experiencia con niños y ni siquiera podía recordar con seguridad haber tenido antes otro entre sus brazos. Por un momento pensó que quizá lo había cogido y estrujado con demasiada fuerza. Luego se agachó y puso el hatillo en el suelo. Mientras estaba todavía inclinado, pudo oír cómo alguien se acercaba corriendo y alzó la mirada. Era Zachrisson que venía jadeando y rojo como un cangrejo.

—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Cómo...?

Gunvald Larsson clavó sus ojos en él y le espetó:

—¿Dónde cojones están los bomberos?

—Tendrían que estar aquí... quiero decir... que me di cuenta del incendio desde allá arriba, en Rosenlundsgatan... así que salí corriendo a llamar por teléfono.

—Pues echa a correr otra vez, ¡joder! Y mira a ver si te traes un camión de bomberos y una ambulancia...

Zachrisson se dio la vuelta y echó a correr.

—¡Y la policía! —le gritó Gunvald Larsson mientras Zachrisson se alejaba.

Por el camino, a Zachrisson se le cayó el sombrero y se detuvo para recogerlo.

—¡Gilipollas! —gritó Gunvald Larsson.

Luego volvió a la casa. Toda la planta superior era ahora un infierno de ruido y llamas. También el desván parecía ser pasto del fuego. La columna de humo que salía por la ventana era mucho mayor, y la mujer del camisón blanco aparecía ahora acompañada de otro niño, un chico rubio de unos cinco años, vestido con un pijama azul floreado. La mujer arrojó al crío de forma tan rápida y precipitada como la vez anterior, pero esta vez Gunvald Larsson estaba mejor preparado y recibió al muchacho entre sus brazos extendidos con toda tranquilidad. Curiosamente, el chaval no parecía estar asustado ni lo más mínimo.

—¿Cómo te llamas? —le gritó a Gunvald Larsson.

—Larsson.

—¿Eres bombero?

—¡Sal de aquí, joder! —le respondió poniéndolo en el suelo.

Cuando volvió a mirar hacia arriba, recibió en la cabeza el impacto de una teja. Estaba candente y aunque el gorro de piel amortiguó el golpe, por un momento su vista se nubló. Notó en la frente un dolor abrasador y sintió cómo la sangre corría por su rostro. La mujer en camisón había desaparecido. Habrá ido a buscar al tercer crío, pensó. En ese mismo momento la mujer regresó a la ventana con un gran perro de porcelana, que arrojó inmediatamente. Cayó contra el suelo y se hizo pedazos. Acto seguido, saltó ella misma. Esta vez, las cosas no salieron del todo bien. La mujer se precipitó encima de Gunvald Larsson, que cayó a plomo contra el suelo con ella encima. Gunvald Larsson se golpeó en la espalda y la coronilla pero enseguida la echó a un lado y comenzó a levantarse. La mujer del camisón blanco parecía sana y salva, pero su mirada era fija y vacía. Gunvald Larsson la miró y dijo:

—¿No tiene usted otro hijo más?

La mujer clavó sus ojos en él, resolló y comenzó a aullar como una bestia herida.

—Apártese y encárguese de los otros dos —dijo Gunvald Larsson.

El fuego había prendido en la totalidad de la planta superior y las llamas salían ya por la ventana desde la que había saltado la mujer. Quedaban todavía los dos viejos del apartamento de la planta baja, situado a la izquierda. Al parecer, las llamas aún no habían llegado hasta allí pero ellos, en cualquier caso, no habían dado signos de vida. Sin duda el apartamento estaría lleno de humo. Y el hundimiento de la techumbre parecía solo cuestión de minutos.

Gunvald Larsson echó un vistazo en busca de algo que pudiera servirle y descubrió a pocos metros un pedrusco. Estaba adherido al suelo como consecuencia de la helada, pero consiguió arrancarlo. Podría pesar unos veinte o veinticinco kilos. Lo levantó por encima de su cabeza con los brazos extendidos y lo arrojó con toda su fuerza contra la ventana situada más a la izquierda de la planta baja. La ventana se vino abajo en una lluvia de astillas y trozos de cristal. Se alzó hasta el marco, dio contra un estor que cedió, luego contra una mesa que se vino abajo y finalmente él mismo fue a parar al suelo, en mitad de la habitación, donde el humo era denso y sofocante. Tosió y se llevó a la boca su bufanda de lana. Luego arrancó el estor y recorrió el apartamento con la mirada. En las estancias colindantes bramaban las llamas. En el reflejo vacilante desde fuera descubrió a una persona que yacía agazapada como un bulto en el suelo. Era la vieja. Tomándola en volandas, condujo el flácido cuerpo hasta la ventana, la cogió por las axilas y, con todo el cuidado posible, la depositó en el suelo, donde se derrumbó al instante junto a la base del muro de piedra. Al parecer, seguía con vida pero había perdido la conciencia.

Tras tomar aliento regresó al piso, arrancó la cortina de la otra ventana y rompió los cristales con una silla. El humo ya no era tan denso, pero pudo ver cómo las vigas del techo se arqueaban y grandes llamas de color anaranjado comenzaban a entrar por la puerta que daba al vestíbulo. No tardó más de quince segundos en encontrar al hombre. Ni siquiera había tenido tiempo de salir de la cama, pero seguía vivo y emitía una débil y quejumbrosa tos.

Gunvald Larsson arrancó la manta, se echó al viejo a la espalda, atravesó la habitación con él encima y trepó hacia el exterior en mitad de una lluvia de chispas. Tosía con un tono profundo y veía con dificultad, debido a la sangre que salía de su herida en la frente mezclándose con el sudor y las lágrimas.

Con el anciano todavía a hombros, arrastró a la mujer lejos de las llamas y los dejó juntos en el suelo. Luego quiso comprobar si la mujer continuaba respirando. Así era. Se quitó el abrigo de piel de oveja y apagó varias ascuas que habían brotado en ella. Luego envolvió a la muchacha desnuda en su abrigo, que seguía gritando histéricamente, y se la llevó al lugar donde estaban los demás. También se quitó la chaqueta de tweed y cubrió con ella a los dos niños. Y entregó su bufanda de lana al hombre desnudo que enseguida se la enrolló alrededor de la cadera. Finalmente, se fue hasta la pelirroja, la tomó en volandas y la condujo hasta el punto de reunión. Apestaba y sus gritos partían el corazón.

Luego contempló la casa, ya enteramente pasto de las llamas. El incendio era brutal e imparable. Varios coches particulares se habían detenido en la parte baja del camino y unas cuantas personas desconcertadas comenzaban a bajar de los vehículos. Sin prestarles atención, Gunvald Larsson se quitó su destrozado gorro de piel y se lo puso en la coronilla a la mujer del camisón blanco. Luego repitió la pregunta que ya le había hecho unos minutos antes:

—¿Tiene usted un hijo más?

—Sí... Kristina... Su cuarto está en el desván.

Dicho esto, la mujer prorrumpió en un llanto incontenible.

Gunvald Larsson asintió con la cabeza.

Ensangrentado, renegrido, empapado de sudor y lleno de desgarrones, se hallaba en mitad de un grupo de personas histéricas, conmocionadas, inconscientes, gimientes y agonizantes que no paraban de gritar. Como en un campo de batalla.

El aullido desgarrador de las sirenas se impuso al fragor de las llamas.

Y, golpe, llegaron todos: depósitos de agua, camiones con escalera, coches de policía, ambulancias, policías motorizados y los altos mandos de los bomberos en turismos pintados de rojo.

También Zachrisson.

Dijo:

—¿Cómo...? ¿Qué ha pasado?

En ese preciso instante el tejado se vino abajo y la casa quedó convertida en una almenara que crepitaba alegremente.

Gunvald Larsson miró su reloj. Desde el momento en que estaba en la cima de la colina, pasando frío, habían transcurrido dieciséis minutos.

4

La tarde del viernes 8 de marzo, Gunvald Larsson estaba sentado en un despacho en la jefatura de policía de Kungholmsgatan. Llevaba puesto un jersey blanco de cuello alto y un traje gris claro con bolsillos sesgados. Tenía vendadas ambas manos, y con el emplasto que cubría su cabeza recordaba poderosamente el popular retrato del general Von Döbeln durante la batalla de Jutas. Exhibía además varias tiritas en rostro y cuello. Parte de su cabello rubio, que llevaba peinado hacia atrás, se había chamuscado, así como las cejas. Pero sus ojos, de un color azul claro, conservaban su habitual mirada inexorable y descontenta.

En el despacho también había unas cuantas personas más.

Por ejemplo, Martin Beck y Kollberg, que habían sido convocados desde su lugar de trabajo en la Brigada Nacional de Homicidios, en Västberga. Y también Evald Hammar, que era comisario jefe y, por lo pronto, estaba al cargo de la investigación. Hammar era un tipo alto y corpulento, cuya frondosa melena leonina había ido encaneciendo durante los largos años de servicio en el cuerpo. Había comenzado ya a contar los días que le faltaban para jubilarse y consideraba todo acto criminal de cierta gravedad como una ofensa personal.

—¿Dónde están los otros? —preguntó Martin Beck.

Como de costumbre, se mantenía un poco al margen, junto a la puerta, de pie y con el codo derecho apoyado en un archivador.

—¿Qué otros? —preguntó Hammar, consciente de que la composición del equipo de investigación estaba enteramente a su cargo. Tenía influencia suficiente para convocar al personal que prefería y con quienes estaba acostumbrado a trabajar.

—Rönn y Melander —aclaró Martin Beck con estoicismo.

—Rönn está en el hospital de Söder y Melander en el lugar del incendio —respondió Hammar secamente.

Los periódicos vespertinos estaban desplegados sobre el escritorio de un enfurecido Gunvald Larsson, y crujían entre sus manos vendadas.

—¡Reporteruchos de mierda! —exclamó empujando hacia Martin Beck uno de los periódicos—. Échale un vistazo a esa foto.

Se trataba de una imagen a tres columnas en la que aparecía un joven ataviado con gabardina y sombrero de ala corta que, en pie y con gesto afligido, señalaba con un bastón los restos todavía humeantes de la casa de Sköldgatan. Detrás de él, a un lado, ocupando el margen izquierdo de la fotografía, estaba Gunvald Larsson, mirando fijamente a la cámara con ojos de borrego.

—Bueno, quizá no hayas salido muy favorecido —dijo Martin Beck—. ¿Quién es el individuo del bastón?

—Un tal Zachrisson. Un novato del segundo distrito. Un cretino integral. Lee el texto.

Martin Beck leyó el texto que figuraba al pie de la foto:

El héroe del día es Gunwald Larsson (derecha), subinspector primero de la policía criminal que realizó una actuación heroica durante un incendio nocturno, salvando la vida de varias personas. Aquí lo vemos examinando los restos de la casa, enteramente destruida por las llamas.

—Esos jodidos chapuceros no solo no saben distinguir entre derecha e izquierda —murmuró Gunvald Larsson, sombrío—. Encima...

No dijo nada más, pero Martin Beck comprendió a qué se refería. Y asintió mentalmente. Encima, habían escrito mal su nombre. Gunvald Larsson contempló la fotografía con disgusto y apartó el periódico de un manotazo.

—Encima, salgo con cara de tonto.

—Es lo que tiene ser famoso —dijo Martin Beck.

Kollberg, que no tragaba a Gunvald Larsson, no dejaba de echar involuntarias miradas furtivas a los periódicos esparcidos a su alrededor. No todas las fotografías se prestaban a la confusión. Y todas las portadas aparecían engalanadas con la mirada fija de Gunvald Larsson junto a unos impactantes titulares.

Héroe, proeza y sabe dios qué más, pensaba Kollberg suspirando desalentado. Estaba sentado en su silla, gordo y flácido, con los hombros encogidos y los codos apoyados en la mesa.

—Así que nos encontramos en la peculiar situación de no saber qué es lo que ha pasado —dijo Hammar hoscamente.

—No tiene nada de peculiar —replicó Kollberg—. En lo que a mí respecta, yo casi nunca sé qué es lo que está pasando.

Hammar lo examinó con mirada crítica y puntualizó:

—Quiero decir que no sabemos si el incendio ha sido provocado o no.

—¿Por qué tendría que haber sido provocado? —preguntó Kollberg.

—Optimista —intervino Martin Beck.

—Joder, está más claro que el agua que ha sido provocado —exclamó Gunvald Larsson—. La casa prácticamente saltó por los aires delante de mis propias narices.

—¿Y estás seguro de que el incendio comenzó en el apartamento de ese tal Malm?

—Sí. Casi al cien por cien.

—¿Cuánto tiempo llevabas vigilando la casa?

—Más o menos media hora. En persona. Y antes estuvo el borrego ese de Zachrisson. ¿A qué coño viene este interrogatorio?

Martin Beck se frotó el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha. Luego preguntó:

—¿Y estás seguro de que nadie entró ni salió durante todo ese tiempo?

—Sí, claro que estoy seguro, joder. Lo que no sé es qué pudo pasar antes de llegar yo. Zachrisson dijo que entraron tres personas y que no salió nadie.

—¿Y esa información es fiable?

—No creo. Parece especialmente idiota.

—No lo dices en serio —intervino Kollberg.

Gunvald Larsson lo miró irritado y replicó:

—¿A qué cojones viene todo esto? Yo estaba allí y la puta casa empezó a arder. Con once personas dentro. Y conseguí sacar a ocho.

—Sí, ya me he enterado —comentó Kollberg mirando los periódicos de refilón.

—¿Estamos seguros de que solo perecieron tres personas? —inquirió Hammar.

Martin Beck extrajo unos papeles del bolsillo interior de su chaqueta y se puso a examinarlos. Luego dijo:

—Parece que sí. El tal Malm, uno que se llamaba Kenneth Roth y que vivía encima de Malm, y también Kristina Modig, que se hallaba en su habitación en el desván. Tenía solo catorce años.

—¿Y por qué vivía en el desván? —preguntó Hammar.

—Ni idea —respondió Martin Beck—. Ya lo averiguaremos.

—Hay un montón de cosas que habrá que averiguar, joder —dijo Kollberg—. De momento, ni siquiera sabemos si esa es la identidad de los tres muertos. Además, eso de que había once personas no es más que una suposición, ¿a que sí, señor Larsson?

—Y los que lograron salir, ¿quiénes son? —preguntó Hammar.

—Para empezar, no lograron salir —le corrigió Gunvald Larsson—. Yo los saqué. Si no llego a estar allí, no se salva ni Dios. Segundo, tampoco me dediqué a apuntar sus nombres. La verdad es que tenía otras cosas de que preocuparme.

Martin Beck miró pensativo al gigantón cubierto de vendas. Gunvald Larsson solía expresarse sin muchos remilgos, pero semejante descaro con Hammar solo podía interpretarse como megalomanía o como consecuencia de un derrame cerebral.

Hammar frunció las cejas.

Martin Beck hojeó sus papeles y luego, intentando distraer la atención, comentó:

—Bueno, yo aquí tengo por lo menos los nombres: Agnes y Herman Söderberg. Casados, sesenta y ocho y sesenta y siete años de edad. Anna-Kajsa Modig y sus dos hijos, Kent y Clary. La madre tiene treinta años, el chico cinco y la niña siete meses. Además, otras dos mujeres, Carla Berggren y Madeleine Olsen, de dieciséis y veinticuatro años, y un tipo llamado Max Karlsson. No sabemos su edad. Los tres últimos no vivían en la casa, estaban de visita. Al parecer, en casa de Kenneth Roth, que murió abrasado.

—Ninguno de esos nombres me dice nada —comentó Hammar.

—Ni a mí tampoco —dijo Martin Beck.

Kollberg se encogió de hombros.

—Roth era un ladrón —dijo Gunvald Larsson—. Söderberg es alcohólico y Anna-Kajsa Modig prostituta. Lo digo por si os sirve de algo...

Sonó un teléfono y Kollberg respondió. Se acercó el bloc de notas y sacó el bolígrafo del bolsillo de la pechera.

—Ah, eres tú. Sí, dime.

Los otros lo miraban en silencio. Kollberg colgó y dijo:

—Era Rönn. Bueno, esto es lo que hay: Madeleine Olsen, al parecer, no va a salir de esta. Sufre quemaduras en el ochenta por ciento del cuerpo, además de conmoción cerebral y una complicada fractura del fémur.

—Era pelirroja en todos los sitios —dijo Gunvald Larsson.

Kollberg lo miró con curiosidad y luego continuó:

—El viejo Söderberg y su parienta están intoxicados por inhalación de humo pero tienen bastantes posibilidades de salir adelante. Max Karlsson sufre quemaduras en el treinta por ciento del cuerpo y sobrevivirá. Carla Berggren y Anna-Kajsa Modig han salido físicamente ilesas, pero se encuentran ambas en profundo estado de shock, igual que Karlsson. De momento, no se puede hablar con ninguno de ellos. Los únicos que están bien son los dos críos.

—O sea, que podría tratarse de un incendio corriente —dijo Hammar.

—Y una mierda —replicó Gunvald Larsson.

—¿Por qué no te vas a casa y te acuestas un rato? —le sugirió Martin Beck.

—Eso os gustaría, ¿eh?

Diez minutos más tarde se presentó Rönn en persona. Miró atónito a Gunvald Larsson y exclamó:

—¿Qué diablos estás haciendo aquí?

—Buena pregunta —replicó Gunvald Larsson.

Rönn miró a los demás con cara de reproche:

—¿Estáis locos o qué? Venga Gunvald, vámonos.

Gunvald Larsson se levantó dócilmente y se dirigió hacia la puerta.

—Un momento —intervino Martin Beck—. Solo una pregunta. ¿Por qué estabas vigilando a Göran Malm?

—No tengo ni la más remota idea —respondió Gunvald Larsson. Y salió.

Un silencio atónito se instaló en el despacho.

Pasados unos minutos, Hammar murmuró algo incomprensible y salió. Martin Beck se sentó, cogió un periódico y se puso a leer. Treinta segundos más tarde, Kollberg siguió su ejemplo. Permanecieron así, en un silencio sombrío, hasta el regreso de Rönn.

—¿Dónde lo has dejado? —preguntó Kollberg—. ¿En el zoo de Skansen?

—¿A qué te refieres? —dijo Rönn—. ¿Dejar? ¿A quién?

—Al señor Larsson.

—Si te refieres a Gunvald, está en el hospital de Söder. Conmoción cerebral. No va a poder hablar ni leer en varios días. ¿Y de quién es la culpa?

—Bueno, mía no, desde luego —repuso Kollberg.

—Pues sí, es precisamente tuya. Ahora mismo te daba una hostia y me quedaba tan a gusto...

—No me eches la bronca, hombre —se quejó Kollberg.

—Haría algo más que echarte la bronca... Siempre te has comportado como un bruto con Gunvald, pero esto se lleva la palma.

Einar Rönn era de Norrland, un tipo tranquilo y bonachón, que no solía perder la compostura. En los quince años que llevaba tratándolo, era la primera vez que Martin Beck lo veía enfadado.

—Bueno, no deja de ser una suerte que, por lo menos, tenga un amigo —dijo Kollberg con sorna.

Rönn dio un paso hacia él, apretando los puños. Martin Beck se levantó precipitadamente para interponerse entre ambos. Luego se volvió a Kollberg y dijo:

—Vale ya, Lennart. No empeores todavía más las cosas.

—Tú tampoco eres mucho mejor —le espetó Rönn a Martin Beck—. Sois un par de imbéciles.

—Bueno, ya está bien —dijo Kollberg incorporándose.

—Tranquilízate, Einar —le dijo Martin Beck a Rönn—. Tienes razón, deberíamos habernos dado cuenta de que le pasaba algo.

—Sí, la verdad es que sí —replicó Rönn.

—Pues yo no noté nada especial —comentó Kollberg tranquilamente—. Supongo que habría que estar a su mismo nivel intelectual para...

Se abrió la puerta y entró Hammar.

—¿Por qué tenéis esa cara? —preguntó—. ¿Qué está pasando aquí?

—Nada —repuso Martin Beck.

—¿Cómo que nada? Einar está rojo como un cangrejo hervido. ¿Os vais a liar a puñetazos? Por favor, señores, nada de brutalidad policial.

En ese momento sonó el teléfono y Kollberg se agarró al auricular como un náufrago a la tabla de salvación.

Poco a poco, el rostro de Rönn fue recuperando su color habitual. Solo la nariz siguió roja, pero eso también era habitual.

Martin Beck estornudó.

—¿Y cómo coño voy a saberlo yo? —exclamó Kollberg por teléfono—. Además, ¿a qué cadáveres se refiere?

Colgó, suspiró y dijo:

—Era un idiota del Instituto de Medicina Forense, que quería saber cuándo se podrán levantar los cuerpos? Pero ¿es que quedan cuerpos?

—¿Alguno de los caballeros aquí presentes se ha dado una vuelta por el lugar de los hechos? —preguntó Hammar ácidamente.

Nadie respondió.

—Tal vez no estaría mal hacer una excursión hasta allí —sugirió Hammar.

—Yo tengo papeleo que hacer —dijo Rönn vagamente.

Martin Beck se dirigió hacia la puerta. Kollberg se encogió de hombros, se levantó y fue tras él.

—Tiene que tratarse de un incendio corriente —dijo Hammar con obstinación y para sus adentros.

5

El lugar del incendio estaba tan bien acordonado que los simples mortales no podían ver otra cosa que policías de uniforme. Nada más salir del coche, Martin Beck y Kollberg fueron abordados por dos de ellos.

—¡Quietos ahí! ¿Adónde se creen ustedes que van? —les preguntó uno con aires de suficiencia.

—Además, ¿no ven que no se puede aparcar así? —intervino el otro.

Martin Beck pensó en sacar su credencial pero Kollberg le hizo un gesto en sentido contrario y dijo:

—Perdone, ¿cuál es su nombre, señor agente?

—Eso a usted no le importa —replicó el primero.

—Venga, circulen —dijo el otro—. No vaya a haber problemas...

—Desde luego que los va a haber —repuso Kollberg—. La cuestión es para quién.

El malhumor de Kollberg se reflejaba de manera muy manifiesta en su aspecto exterior. Su gabardina de color azul oscuro se movía con el viento, no se había preocupado de cerrar el cuello de la camisa, la corbata sobresalía por el bolsillo derecho de la chaqueta y el abollado y viejo sombrero negro caía sobre el cuello. Los agentes de policía intercambiaron miradas de complicidad. Uno de ellos dio un paso al frente. Ambos tenían las mejillas sonrosadas y grandes ojos azules. Martin Beck advirtió que habían llegado a la conclusión de que Kollberg no estaba sobrio y se disponían a echarle el guante. Sabía que Kollberg era capaz de hacerlos pedazos en menos de un minuto, tanto física como psíquicamente, y que las posibilidades de que amanecieran en el paro a la mañana siguiente resultaban muy considerables. Y como no quería que nadie tuviera que lamentar ninguna desgracia ese día, Beck sacó al instante su credencial y se la puso delante de las narices al agente que se mostraba más agresivo.

—No tendrías que haberlo hecho —le espetó Kollberg enfurecido.

Martin Beck miró a los dos agentes y luego dijo sosegadamente:

—Os queda mucho por aprender. Vamos, Lennart.

Las ruinas del incendio ofrecían un espectáculo lamentable. A primera vista, de la casa solo quedaban los fundamentos de piedra, una de las chimeneas y una enorme pila de tablones carbonizados mezclados con chatarra retorcida, ladrillos cubiertos de hollín y tejas caídas. Sobre todo ello se cernía un acre hedor a humo y materia quemada. Media docena de expertos ataviados con guardapolvos grises recorrían la zona a cuatro patas, registrando cuidadosamente la ceniza con bastones y pequeñas palas. En el patio se habían instalado dos grandes cribas. Las mangueras yacían todavía sobre la tierra, como serpientes, y abajo en el camino había aparcado un camión de bomberos. En el asiento delantero, dos bomberos jugaban a los chinos.

A unos diez metros de allí estaba plantado un personaje alto y sombrío, con la pipa en la boca y las manos hundidas en los bolsillos del abrigo. Era Fredrik Melander, inspector de la brigada antiviolencia de la policía de Estocolmo y curtido en cientos de arduas investigaciones. Era universalmente conocido por su capacidad para el razonamiento lógico, su extraordinaria memoria y su tranquilidad imperturbable. Dentro de un círculo más reducido de colegas era sobre todo conocido por su curiosa capacidad para hallarse en el lavabo cuando más se le necesitaba. Su sentido del humor no era del todo inexistente, pero sí muy discreto. Por lo demás, se trataba de una persona parca y aburrida que no aportaba nunca ideas repentinas o iluminaciones súbitas. En resumen: un policía de primera clase.

—Hola —saludó sin quitarse la pipa de la boca.

—¿Qué tal va eso? —preguntó Martin Beck.

—Despacio.

—¿Algún resultado?

—La verdad es que no mucho. Estamos siendo muy cuidadosos. Llevará su tiempo.

—¿Y eso? —preguntó Kollberg.

—Cuando llegaron los bomberos la casa estaba ya arrasada, y se derrumbó antes de que empezaran los trabajos de extinción. Echaron agua a mansalva y consiguieron apagar el fuego bastante deprisa. Luego, hacia la madrugada, las temperaturas bajaron y se congeló todo formando una especie de enorme pastel.

—Pues qué bien —dijo Kollberg.

—Si he entendido bien, van a tener que ir desmantelando el túmulo, pelándolo estrato por estrato.

Martin Beck tosió y preguntó:

—¿Y los cuerpos? ¿Han encontrado ya alguno?

—Uno —respondió Melander.

Se sacó la pipa de la boca y señaló con el mango hacia la parte derecha de la casa derruida.

—Allí —dijo—. Debe tratarse de la chica de catorce años, la que dormía en el desván.

—¿Kristina Modig?

—Sí, ese era su nombre. Van a dejarla ahí toda la noche. Pronto oscurecerá, y solo quieren trabajar con luz solar.

Melander sacó la petaca, llenó su pipa con mucho cuidado y la encendió. Luego dijo:

—¿Y qué tal os va a vosotros?

—Divinamente —respondió Kollberg.

—Sí —dijo Martin Beck—. En especial a Lennart. Primero ha estado a punto de liarse a puñetazos con Rönn...

—¿De verdad? —preguntó Melander alzando un poco las cejas.

—Sí, y luego ha estado a punto de ser detenido por ebriedad por dos agentes de policía...

—Vaya, vaya —replicó Melander tranquilamente—. ¿Y qué tal está Gunvald?

—En el hospital. Conmoción cerebral.

—Anoche un buen trabajo.

Kollberg contempló los restos de la casa. Luego se sacudió y comentó:

—Sí, hay que reconocérselo. ¡Joder, qué frío!

—No tuvo mucho tiempo —dijo Melander.

—No, la verdad es que no —constató Martin Beck—. ¿Cómo pudo la casa arder en tan poco tiempo?

—Los bomberos no se lo explican.

—¿Ah, no? —dijo Kollberg.

Miró de soslayo el camión de bomberos aparcado y cambió de tema:

—¿Por qué siguen todavía esos tipos por ahí? Ya no queda nada que pueda arder, aparte de su propio camión.

—Labores de control después de la extinción —explicó Melander—. Trabajo rutinario.

—Cuando yo era pequeño —dijo Kollberg— se declaró un incendio en un cuartel de bomberos en algún sitio, que ardió con todos los camiones dentro mientras los bomberos permanecían fuera mirando el fuego fascinados. No recuerdo dónde fue.

—Bueno, la verdad es que no fue del todo así. Sucedió en Uddevalla —le corrigió Melander—. Concretamente el 10 de...

—Joder, ¿es que uno no puede ni disfrutar tranquilo de sus recuerdos infantiles? —le interrumpió Kollberg.

—Entonces, ¿qué explicación dan del incendio? —preguntó Martin Beck.

—Ninguna —dijo Melander—. Están esperando los resultados del informe técnico. Igual que nosotros.

Kollberg, descontento, miró a su alrededor.

—Joder, qué frío hace —repitió—. Y además apesta como una tumba abierta.

—Es una tumba abierta —dijo Melander muy serio.

—Venga, vámonos de aquí —le dijo Kollberg a Martin Beck.

—¿Adónde?

—A casa. ¿Qué se nos ha perdido aquí?

Cinco minutos más tarde viajaban en su coche, en dirección sur.

—¿De verdad que ese cabrón no sabía por qué seguía a Malm? —preguntó Kollberg mientras cruzaban el puente de Skanstull.

—¿Te refieres a Gunvald?

—¿A quién si no?

—No, no creo que lo supiera. Pero no estoy seguro.

—El señor Larsson no es, desde luego, un portento intelectual, pero...

—Es un hombre de acción —dijo Martin Beck—. Y eso también puede tener sus ventajas.

—Ya, pero ¿no te parece demasiado raro que no tuviera ni idea de lo que se traía entre manos?

—Bueno, sabía que vigilaba a un tipo y quizá eso le bastaba.

—¿Y cómo puede ocurrir una cosa así?

—Muy sencillo. El tal Göran Malm no tenía nada que ver con la brigada antiviolencia. Los que le habían detenido eran de otra brigada. Intentaron aplicarle la prisión preventiva, pero no pudo ser. Fue puesto en libertad, pero no querían que desapareciera. Y como estaban agobiados de trabajo, le pidieron ayuda a Hammar, que encargó a Gunvald organizar la vigilancia, como una especie de trabajo extra.

—¿Y por qué precisamente a él?

—Desde la muerte de Stenström, se considera que Gunvald es el que mejor hace ese tipo de trabajos. En cualquier caso, ha resultado un auténtico golpe de genio.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que ha salvado la vida de ocho personas. ¿Cuántas crees que hubiera podido sacar Rönn de esa trampa mortal? ¿O Melander?

—Desde luego, tienes razón —dijo Kollberg melancólicamente—. Por cierto, quizá debería pedirle perdón a Rönn.

—Creo que sí.

El tráfico en dirección sur era especialmente denso a esa hora del día. Pasado un rato, Kollberg preguntó:

—¿Y quién pidió que lo vigilaran?

—No lo sé. Supongo que la brigada de robos. Con trescientos mil casos al año, o los que sean, entre hurtos y robos, los pobres no tienen tiempo ni de tomarse un café. El lunes lo averiguaremos. No será difícil.

Kollberg asintió e hizo avanzar el coche otros diez metros. Luego, tuvo que detenerlo otra vez.

—Lo más probable es que Hammar tenga razón —dijo—. Se tratará de un incendio corriente.

—Bueno, resulta sospechosa la rapidez con la que comenzó el fuego —repuso Martin Beck—. Y Gunvald ya dijo que...

—Gunvald es un imbécil —replicó Kollberg—. Y además, siempre imagina cosas. Hay un montón de explicaciones naturales.

—¿Por ejemplo?

—Algún tipo de explosión. Puede que uno de los individuos fuera ladrón y tuviera un montón de explosivos en casa. O latas de gasolina en el armario. O tubos de gas. Ahora bien, el tal Malm no debía de ser precisamente un pez gordo, ya que le soltaron. Parece absurdo que alguien pusiera en peligro la vida de once personas simplemente para deshacerse de él.

—Aun aceptando que se tratara de un incendio intencionado, nada nos obliga a pensar que el objetivo tuviera que ser precisamente Malm —comentó Martin Beck.

—No. Eso es cierto —admitió Kollberg—. Al parecer, hoy no es mi día.

—No, la verdad es que no —asintió Martin Beck.

—Bueno, el lunes ya veremos.

Y así terminó la conversación.

En Skärmarbrink, Martin Beck bajó del coche y tomó el metro. No sabía qué le disgustaba más: si los atestados vagones de metro o las caravanas de coches que avanzaban a paso de tortuga. En cualquier caso, viajar en metro ofrecía una ventaja: era más rápido. Aunque tampoco tenía motivos para apresurarse en llegar a casa.

En cambio, Lennart Kollberg sí los tenía. Vivía en Palandergatan, en Skärmarbrink, con una atractiva esposa llamada Gun y una hija que acababa de cumplir seis meses hacía tres días. Su mujer estaba tumbada boca abajo en la alfombra de nudos del salón, leyendo lo que parecía ser el cuadernillo de un curso a distancia. Apretaba en la boca un lápiz amarillo y, junto al cuadernillo abierto había una goma de borrar roja. Llevaba puesta una vieja chaqueta de pijama y movía con indolencia sus largas piernas desnudas. Lo miró con sus grandes ojos castaños y exclamó:

—Dios, qué cara tienes.

Kollberg se quitó la americana y la tiró a una silla.

—¿Está dormida Bodil?

Ella asintió.

—He tenido un día jodido —dijo Kollberg—. Todo el mundo iba a por mí. Primero Rönn, nada menos, y luego dos maderos imbéciles del distrito de Maria.

Los ojos de Gun centellearon.

—¿Y tú no tuviste ninguna culpa?

—Bueno, ahora en cualquier caso estoy libre hasta el lunes.

—Yo no voy a pegarte. ¿Qué quieres que hagamos?

—Me apetece salir a cenar a un sitio cojonudo y tomarme al menos cinco chupitos de aguardiente.

—¿Nos lo podemos permitir?

—Sí, joder, estamos todavía a día 8. ¿Podemos encontrar niñera?

—Sí, seguro que Åsa se encargará.

Åsa Torell era viuda de policía, aunque solo tenía veinticinco años. Había sido pareja de un subinspector primero de policía llamado Åke Stenström, muerto a tiros cuatro meses antes en el interior de un autobús.

La mujer que yacía en el suelo frunció sus grandes cejas oscuras y pasó con fuerza la goma de borrar por el cuaderno.

—Bueno, hay otra posibilidad —dijo—. Podemos ir a la cama. Es más barato y más divertido.

—La langosta Vanderbilt es también divertida —replicó Kollberg.

—Piensas más en llenar la barriga que en hacer el amor —se quejó Gun—. Y eso que solo llevamos casados dos años.

—De eso nada. Además, he tenido una idea mejor —dijo Kollberg—. Vamos primero al restaurante a cenar y meternos cinco chupitos y luego nos acostamos. Anda, llama a Åsa.

El teléfono, que tenía un cable alargador de seis metros, se encontraba ya en mitad de la alfombra. Gun extendió el brazo y lo arrastró hacia sí. Marcó un número y obtuvo respuesta enseguida.

Mientras hablaba giró sobre su espalda, levantó las piernas y apoyó las plantas del pie en el suelo. La chaqueta del pijama se subió un poco.

Kollberg miraba a su mujer. Contemplaba ensimismado la ancha franja de vello tupido y negro como el carbón que se extendía sobre su bajo vientre y comenzaba, de mala gana, a ralear entre sus piernas. Mientras escuchaba, Gun dirigía la mirada al techo. Pasado un rato, levantó la pierna izquierda y se rascó el empeine.

—Ya está —dijo mientras colgaba—. Vendrá. Pero tardará como una hora en llegar. Por cierto, ¿te has enterado de la última?

—No, ¿qué pasa?

—Åsa se ha apuntado a la Academia de Policía.

—Joder —dijo como ausente—. ¿Gun?

—¿Sí?

—Se me ha ocurrido un plan que es todavía mejor que el anterior. Primero nos acostamos, luego nos vamos al restaurante y tomamos cinco aguardientes y luego volvemos y nos acostamos otra vez.

—Eso ya roza la genialidad —dijo Gun—. ¿Aquí, en la alfombra?

—Sí. Llama al Operakällaren y reserva una mesa.

—Búscame el número, anda.

Kollberg pasaba las hojas de la guía de teléfonos y, al tiempo, se desabrochaba la camisa y el cinturón. Finalmente encontró el número y pudo oír cómo su mujer marcaba las cifras.

Luego ella se sentó, se sacó la chaqueta del pijama por la cabeza y la tiró al suelo.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Jugar con mi virtud?

—Exacto.

—¿Por detrás?

—Como quieras.

Ella soltó una risilla y comenzó a darse la vuelta, despacio y con agilidad. Luego se puso a cuatro patas, con las piernas muy abiertas, la cabeza morena inclinada hacia abajo y la frente apoyada en los antebrazos.

Tres horas más tarde, cuando se estaban tomando el sorbete de jengibre, Gun le recordó a Kollberg algo en lo que este no había vuelto a pensar desde que vio desaparecer a Martin Beck en dirección a la estación de metro.

—Ese incendio tan espantoso —dijo—. ¿Crees que ha sido provocado?

—No —respondió Kollberg—. No lo creo ni por un momento. Todo tiene un límite.

Llevaba más de veinte años trabajando como policía y debería haber sido más prudente en sus afirmaciones.

6

El sábado hizo sol y se fundió la nieve.

Martin Beck se despertó despacio, con una inusual sensación de bienestar. Yacía quieto, con la cara hundida en la almohada, intentando captar algún sonido que le permitiera determinar si era tarde o temprano. Oyó el canto de un mirlo en el bosquecillo al otro lado de la ventana, y también gotas pesadas, que caían con chapoteo irregular sobre la pastosa aguanieve del balcón; los coches que pasaban por la carretera y el frenazo lejano de un convoy de metro al llegar a la estación; la puerta de la casa del vecino al cerrarse; ruidos en las cañerías y, de repente, en la cocina al otro lado de la pared, un estrépito que le hizo abrir los ojos, seguido por la voz de Rolf:

—¡Mierda!

Luego Ingrid:

—Pero ¿cómo puedes ser tan torpe?

E Inga, que les chitaba para que se callaran.

Alargando el brazo, cogió los cigarrillos y las cerillas pero tuvo que incorporarse, apoyado en el codo, para poder sacar el cenicero que se hallaba debajo de un montón de libros. Había estado leyendo sobre la batalla de Tsushima hasta las cuatro de la madrugada, y el cenicero rebosaba de colillas y cerillas usadas. Cuando no se sentía con ganas de levantarse a vaciarlo antes de dormir solía ocultarlo bajo un libro para no tener que oír luego las profecías de Inga, quien auguraba que un buen día amanecerían todos carbonizados por su costumbre de fumar en la cama.

Su reloj de pulsera marcaba las nueve y media, pero era sábado y tenía el día libre. Libre en un doble sentido, pensó satisfecho pero sintiendo a la vez una pequeña punzada de remordimiento. Iba a quedarse solo los dos próximos días. Inga se marchaba con su hermano a la casa de campo que este tenía en Roslagen y pensaba quedarse allí con los niños hasta el domingo por la tarde. Naturalmente, Martin Beck también había sido invitado, pero como la posibilidad de pasar un fin de semana solo en casa se le antojaba un placer fuera de lo común, al que no se sentía capaz de renunciar, había pretextado trabajo para no tener que ir con ellos.

Apuró su cigarrillo antes de levantarse y luego se llevó el cenicero al cuarto de baño, donde lo vació. Pasó por alto el afeitado y se puso unos pantalones de color caqui y una camisa de pana. Luego volvió a colocar en la estantería el libro sobre Tsushima. Transformó rápidamente la cama en sofá y se fue a la cocina.

La familia estaba congregada en torno a la mesa desayunando. Ingrid se levantó, se acercó al armario a coger una taza para su padre y se la llenó de té.

—Ay, papá, ya podrías venir con nosotros —dijo—. Mira qué tiempo más bueno hace. Sin ti, no es tan divertido.

—Es una pena, pero no puede ser —respondió Martin Beck—. Me encantaría, de verdad, pero...

—Tu padre tiene que trabajar —terció Inga agriamente—. Como siempre.

Volvió a sentir remordimientos. Pero luego pensó que se lo pasarían mejor sin él, puesto que al hermano de Inga la presencia de Martin le servía siempre como pretexto para sacar todo tipo de botellas y acabar borracho perdido. En estado sobrio, el hermano de Inga no era, a decir verdad, una persona muy interesante, pero borracho resultaba poco menos que insoportable. Había en él, en cualquier caso, un aspecto positivo y era que por principio solo bebía si le acompañaban. Martin Beck siguió el hilo de sus pensamientos y llegó a la conclusión de que, en realidad, mintiendo y quedándose en casa hacía una buena acción, pues con su ausencia obligaría a su cuñado a mantenerse sobrio.

Justo después de alcanzar tan favorable conclusión, su cuñado llamó a la puerta. Cinco minutos más tarde, Martin Beck comenzaba a disfrutar de su anhelado fin de semana.

Todo sucedió a pedir de boca. Inga le había dejado provisiones en el frigorífico, pero aun así prefirió salir a comprar comida. Entre otras cosas, adquirió una botella de Grönstedts Monopole y seis cervezas de alta graduación. Luego dedicó lo que quedaba del sábado a instalar la cubierta en su maqueta del Cutty Sark, en la que llevaba varias semanas sin poder trabajar. Cenó albóndigas frías, pan negro con huevos de corégono y camembert, y se bebió dos cervezas. Tomó también café y coñac y se quedó viendo una vieja película americana de gánsteres que daban por televisión. Luego se preparó un baño y se metió en la bañera a leer La dama del lago de Raymond Chandler, echando de vez en cuando mano al coñac, colocado a una cómoda distancia encima del inodoro.

Se sentía estupendamente, sin pensar en ningún momento en el trabajo y ni en la familia.

Tras el baño se puso el pijama, apagó todas las luces menos la lámpara de lectura de su escritorio y continuó leyendo y bebiendo coñac, hasta que se sintió achispado, tuvo sueño y se fue a la cama.

Pasó acostado buena parte de la mañana del domingo. Luego, sin quitarse el pijama, se puso a trabajar en la maqueta del barco. No se vistió hasta después de mediodía. Por la tarde, cuando su familia estaba ya de vuelta, se fue al cine con Rolf e Ingrid y estuvieron viendo una película de vampiros.

Fue un fin de semana perfecto, y el lunes por la mañana, descansado y pletórico, se aplicó inmediatamente a la tarea de averiguar quién era realmente el tal Göran Malm y qué tipo de asuntos podían haber pesado sobre su conciencia. Se pasó las horas de la mañana en los despachos de varios colegas en la jefatura de policía de Kungsholmen y luego hizo una rápida visita a los juzgados. Cuando regresó para comunicar los resultados de sus pesquisas descubrió que no había nadie con quien hablar, pues todos habían salido a comer.

Llamó a la jefatura sur y, para su sorpresa, al otro lado del aparato se encontró directamente con Kollberg, que solía ser el primero en irse a comer, sobre todo los lunes.

—¿Cómo es que no te has ido a comer?

—Estaba a punto de salir —respondió Kollberg—. Y tú, ¿dónde estás?

—Ahora mismo en el despacho de Melander. ¿Por qué no te vienes a comer por aquí? Así te tendré a mano. En cuanto aparezcan Melander y Rönn echaremos un vistazo al caso de Göran Malm. Eso, suponiendo que Melander sea capaz de abandonar el lugar del incendio. En cualquier caso, me he estado informando un poco sobre Malm.

—Vale —dijo Kollberg—. Pero antes voy a ver si encuentro a Benny, para darle instrucciones.

—Si es que tal cosa es posible —añadió.

Benny Skacke acababa de ser nombrado subinspector de la policía criminal. Se había incorporado a la Brigada Nacional de Homicidios dos meses antes, reemplazando a Åke Stenström. Stenström tenía veintinueve años cuando murió y sus colegas lo consideraban un crío, especialmente Kollberg. Benny Skacke era dos años más joven. Martin Beck cogió el magnetófono de Melander y, mientras esperaba a los otros escuchó la cinta que le habían prestado en los juzgados. Cogió un papel y se puso a tomar notas.

Rönn llegó a la una en punto. Un cuarto de hora más tarde, Kollberg abrió la puerta de un tirón y dijo:

—Bueno, vamos a ver qué tenemos.

Martin Beck cedió su silla a Kollberg y se colocó junto al archivador.

—Se trata de robos de vehículos —dijo—. Y de tráfico de coches robados. Durante el último año, el número de robos no aclarados ha aumentado hasta tal punto que hay motivos para sospechar que una o varias bandas, grandes y bien organizadas, se están dedicando a vender coches robados. Y también, probablemente, a sacarlos del país. Al parecer, Malm era una pieza en todo este engranaje.

—¿Una pieza grande o pequeña? —quiso saber Rönn.

—Yo diría que pequeña —respondió Martin Beck—. Tal vez, incluso muy pequeña.

—¿Qué hizo para que lo detuvieran? —preguntó Kollberg.

—Espera un momento y os lo cuento todo desde el principio —dijo Martin Beck.

Sacó sus notas y las puso a su lado en el archivador. Luego comenzó a hablar, de manera fluida y desenvuelta.

—Hacia las diez de la noche del día 24 de febrero, Göran Malm fue detenido en un control de tráfico dos kilómetros al norte de Södertälje. Se trataba de un simple control rutinario, y su detención fue pura casualidad. Conducía un Chevrolet Impala de 1963. El coche parecía estar en buenas condiciones, pero como se vio que Malm no era su propietario se procedió a comprobar si la matrícula figuraba en la lista de coches robados. La matrícula, efectivamente, estaba en la lista, pero pertenecía a un Volkswagen, no a un Chevrolet. Parece ser que al coche, por error o por puro azar, se le asignó una matrícula falsa que resultó ser la de un coche robado. En un primer interrogatorio Malm declaró que el coche se lo había prestado su propietario, que era amigo suyo. Dicho propietario se llamaba Bertil Olofsson. El nombre lo dio el propio Malm y figuraba también en la documentación del coche. Luego resultó que el tal Olofsson era un viejo conocido de la policía. De hecho, hacía ya tiempo que la policía venía sospechando que se dedicaba a ese tipo de negocios con coches. Unas semanas antes de la detención de Malm, habían conseguido reunir una serie de pruebas contra Olofsson, pero no pudieron pillarle. Y todavía sigue en paradero desconocido. Malm declaró que Olofsson le había prestado el coche porque durante un tiempo no lo iba a necesitar, ya que se proponía viajar al extranjero. Cuando los colegas que sospechaban de Olofsson y habían comenzado ya a seguirle la pista se enteraron de lo de Malm y de cómo la policía le había echado el guante de forma casual, intentaron que el juez dictara prisión preventiva. Estaban convencidos de que Olofsson y Malm, de una manera o de otra, eran cómplices. Cuando fracasaron en sus intentos... pues no lograron meterle en prisión, ahora os explico por qué... encargaron a Gunvald vigilar a Malm, con el consentimiento de Hammar. Confiaban en que, de esta manera, conseguirían llegar hasta Olofsson y que esto a su vez quizá serviría para desarticular toda la banda. Suponiendo que se trate de una banda. Y que, de haberla, Olofsson y Malm pertenezcan a ella.

Martin Beck cruzó el despacho y apagó su cigarrillo en el cenicero de la mesa.

—Y eso sería todo —dijo—. No, espera, hay otra cosa: la tarjeta de inspección técnica y el resguardo del impuesto de vehículos eran falsificaciones, claro. Muy bien hechas, por cierto.

Rönn se rascó la nariz y preguntó:

—¿Y por qué soltaron a Malm?

—Por falta de pruebas —respondió Martin Beck—. Ahora lo oiréis.

Se inclinó sobre el magnetófono.

—El fiscal solicitó prisión preventiva para Malm como sospechoso de receptación —dijo—. Medida motivada por el riesgo de que Malm, si quedaba suelto, podía entorpecer la instrucción.

Encendió el magnetófono y rebobinó la cinta.

—Aquí está. El interrogatorio que el fiscal le hizo a Malm.

FISCAL: Bueno, señor Malm, ha oído usted la exposición que de los hechos acontecidos el 24 de febrero de este año he hecho ante este tribunal. ¿Quiere usted relatar lo sucedido con sus propias palabras?

MALM: Sí. Bueno, todo ocurrió más o menos como usted dice. Yo iba por la carretera de Södertälje y de repente me veo un coche de policía... Era uno de esos controles de policía... Yo me paré, claro, y... bueno, cuando los policías vieron que el coche no era mío me llevaron a comisaría.

F.: Muy bien. ¿Y cómo es que viajaba usted en un coche que no era suyo, señor Malm?

M.: Bueno, se me ocurrió ir a Malmö a ver a un conocido. Y como Berra se había...

F.: ¿Berra? ¿Se refiere usted a Bertil Olofsson?

M.: Sí, eso es, Berra, o sea, Olofsson, me prestó su trasto durante un par de semanas. Yo tenía que ir a Malmö de todos modos, así que me organicé para ir mientras tenía coche, y así no tener que coger el tren. Además, es más barato. Bueno, cogí el coche y me fui. ¿Cómo iba a saber yo que el coche lo habían mangado?

F.: ¿Y cómo es que el señor Olofsson le prestó su coche así sin más, y además tanto tiempo? ¿Es que él no lo necesitaba?

M.: No, dijo que se iba al extranjero, así que no lo necesitaba.

F.: Vaya, así que tenía intención de irse fuera. ¿Y cuánto tiempo pensaba estar fuera?

M.: Eso no lo dijo.

F.: ¿Y usted podía quedarse con el coche todo el tiempo, hasta que volviese?

M.: Sí, si hubiera querido. Si no, podría haberlo dejado en su aparcamiento. Vive en una de esas casas en las que cada piso tiene su propia plaza de garaje.

F.: ¿Y ha regresado el señor Olofsson?

M.: No, que yo sepa.

F.: ¿Y sabe usted dónde puede estar?

M.: No, lo mismo está todavía en Francia, o adonde haya ido.

F.: ¿Y usted no tiene coche propio, señor Malm?

M.: No.

F.: Pero ¿lo ha tenido?

M.: Sí, pero hace mucho.

F.: ¿Solía Olofsson dejarle el coche otras veces?

M.: No, solo esta vez.

F.: ¿Cuánto tiempo hace que conoce a Olofsson?

M.: Un año o así.

F.: ¿Se ven a menudo?

M.: No mucho. De vez en cuando.

F.: ¿Qué quiere decir usted con «de vez en cuando»? ¿Una vez al mes? ¿Una vez a la semana? ¿Con qué frecuencia?

M.: Sí, quizá una vez al mes. O dos.

F.: Entonces ¿se conocen bastante bien?

M.: Bueno... supongo.

F.: Si él le presta su coche así sin más es porque se conocen ustedes bastante bien...

M.: Sí, claro.

F.: ¿Qué oficio tiene Olofsson?

M.: ¿Qué?

F.: ¿En qué trabaja Olofsson?

M.: No lo sé.

F.: ¿Lo conoce usted desde hace un año y no sabe en qué trabaja?

M.: No, nunca hemos hablado de eso.

F.: Y usted, ¿en qué trabaja?

M.: Ahora no hago nada en concreto... o sea, en estos momentos.

F.: ¿Y en qué suele usted trabajar?

M.: En diferentes cosas. Depende de lo que sale.

F.: ¿Cuál ha sido su último trabajo?

M.: De pintor de coches, en un taller de Blackeberg.

F.: ¿Y de esto cuánto tiempo hace?

M.: El verano pasado. Luego, en julio, el taller cerró y me quedé en la calle.

F.: ¿Y después? ¿Ha buscado usted otro trabajo?

M.: Sí, pero no he encontrado nada.

F.: ¿Y cómo se las ha arreglado usted económicamente, si lleva sin trabajo... vamos a ver... casi ocho meses?

M.: Sí, no ha sido fácil, la verdad.

F.: Pero de algún sitio habrá sacado usted el dinero, señor Malm, ¿no es así? Tiene usted que hacer frente a un alquiler, y también hace falta comer.

M.: Bueno, tenía algo ahorrado, y alguna vez también me han prestado.

F.: Por cierto, ¿qué tenía usted que hacer en Malmö?

M.: Visitar a un amigo.

F.: Antes de que Olofsson se ofreciera a prestarle el coche, usted pensaba ir hasta allí en tren. Viajar a Malmö en tren sale bastante caro, como usted mismo acaba de comentar. ¿Se lo podía usted permitir?

M.: Bueno...

F.: ¿Desde cuándo tenía Olofsson el coche ese, el Chevrolet?

M.: No lo sé.

F.: Pero usted tuvo que haber visto el coche que tenía cuando se conocieron...

M.: No me fijé.

F.: Señor Malm, usted ha trabajado mucho con coches, ¿no es verdad? Ha sido usted pintor de coches, según ha dicho. ¿No resulta extraño que no reparara usted en el tipo de coche que tenía un amigo? Y de haber cambiado de coche, ¿tampoco se habría fijado?

M.: No, no pensé en eso. Además, tampoco veía su coche muy a menudo.

F.: Señor Malm, ¿no será que usted estaba ayudando a Olofsson a vender el coche?

M.: No.

F.: Pero usted sabía que Olofsson se dedicaba a traficar con coches robados, ¿no es cierto?

M.: No, no lo sabía.

F.: No hay más preguntas.

Martin Beck paró el magnetófono.

—Un fiscal inusualmente cortés —dijo Kollberg bostezando.

—Pues sí —añadió Rönn—. E ineficaz.

—Sí —asintió Martin Beck—. Luego soltaron a Malm y Gunvald se puso a vigilarlo. Esperaban llegar hasta Olofsson a través de Malm. No es ni mucho menos improbable que Malm trabajara para Olofsson, pero, teniendo en cuenta el nivel de vida de Malm, no parece que sus servicios le reportaran grandes beneficios.

—Además era pintor de coches —añadió Kollberg—. No va mal cuando se trafica con coches robados.

Martin Beck asintió.

—Y a ese Olofsson —intervino Rönn—, ¿no es posible cogerle?

—No, sigue desaparecido —repuso Martin Beck—. Es perfectamente posible que Malm dijera la verdad durante el interrogatorio, cuando afirmó que Olofsson se había ido al extranjero. Ya aparecerá.

Kollberg golpeó irritado el brazo de la silla.

—Al que no logro entender es al cretino de Larsson —dijo mirando de refilón a Rönn—. Vamos a ver: ¿cómo puede decir que no sabía por qué vigilaba a Malm?

—Es que no tenía por qué saberlo —objetó Rönn—. Y no empieces otra vez a meterte con Gunvald.

—Ya, pero, joder, por lo menos tenía que haber sabido que había que estar pendiente de Olofsson. Si no, ¿de qué servía la vigilancia?

—Pues, sí —dijo Rönn pausadamente—. Bueno, cuando se recupere se lo preguntas, ¿no?

—¡Bah! —soltó Kollberg.

Y se desperezó con tanta fuerza que hizo crujir las costuras de su chaqueta.

—Bueno —continuó—. En cualquier caso, todo este rollo de los coches a nosotros ni nos va ni nos viene. Menos mal.

7

El lunes por la tarde, todo parecía indicar que Benny Skacke, por primera vez desde que ejercía como subinspector de la Brigada Nacional de Homicidios, iba a asumir la investigación de un asesinato.

O, al menos, un homicidio.

Estaba sentado en su despacho, en la jefatura sur, ocupado en la tarea que Kollberg le había encomendado antes de salir hacia Kungsholmsgatan, y que consistía en atender el teléfono y clasificar copias de informes en diferentes carpetas. La distribución avanzaba despacio, pues se leía todos los informes de cabo a rabo antes de dejarlos en las carpetas. Benny Skacke era ambicioso y tenía que reconocer, por más que le doliera, que aunque había aprendido todo lo que sobre investigación criminal se podía aprender en la Academia de Policía, apenas había tenido ocasión de trasladar sus conocimientos a la práctica. En espera de una oportunidad que le permitiera exhibir su potencial talento en este campo, intentaba por todos los medios beneficiarse de la experiencia de sus colegas de mayor edad. Uno de esos medios consistía en escuchar sus conversaciones siempre que ello fuera posible, cosa que a Kollberg comenzaba a sacarle de quicio. Otro medio era leer viejos informes. Y a eso precisamente se dedicaba cuando sonó el teléfono.

Era uno de los funcionarios de la agencia de notificación jurídica, cuyas oficinas estaban en el mismo edificio:

—Tengo aquí a un individuo que dice que viene a denunciar un crimen —dijo un tanto confundido—. ¿Os lo mando o...?

—Sí, dile que suba —repuso al instante el subinspector primero Skacke.

Colgó el teléfono y salió al pasillo para recibir a su visitante. Mientras tanto, le dio por pensar qué había estado a punto de decir el hombre de la agencia de notificación en el momento de ser interrumpido. O... ¿qué? Tal vez: «¿O le digo que vaya a la policía?». Skacke era un joven sensible.

El visitante subió la escalera despacio y vacilante. Benny Skacke le abrió la puerta acristalada e involuntariamente se echó para atrás al percibir el áspero hedor a sudor, orines y alcohol rancio. Precedió al individuo hasta su despacho y le señaló la silla situada delante del escritorio. En lugar de sentarse de inmediato, el hombre esperó a que hubiera tomado asiento el propio Skacke.

Skacke examinó al individuo que ocupaba la silla de las visitas. Aparentaba una edad entre cincuenta y cincuenta y cinco años, apenas mediría más de metro sesenta y cinco y estaba muy delgado. Sin duda no pesaría más de cincuenta kilos. Tenía el pelo ralo, de color rubio ceniza, y ojos de un tono azul pálido. Una tupida red de vasos capilares cubría su nariz y sus mejillas. Las manos le temblaban y en su ojo derecho se contraía un músculo. Su traje marrón estaba gastado y lleno de manchas, y el chaleco de punto que llevaba bajo la chaqueta estaba remendado con hilos de diferente color. El individuo apestaba a alcohol, pero no parecía borracho.

—Bueno, así que quería usted denunciar algo. ¿De qué se trata?

El individuo se miró las manos. Entre sus dedos movía nerviosamente una colilla.

—Puede fumar si quiere —dijo Skacke ofreciéndole la caja de cerillas por encima de la mesa.

El individuo cogió la cajetilla, encendió la colilla, soltó una tos seca, estridente, y levantó la mirada:

—He matado de un golpe a la parienta —dijo.

Benny Skacke extendió la mano para coger su libreta de notas y, con una voz que a él mismo le pareció tranquila y plena de autoridad, preguntó:

—¿Ah, sí? ¿Dónde?

Deseaba que Martin Beck o Kollberg hubiesen estado.

—En la cabeza —repuso el individuo.

—No, no me refería a eso. Le preguntaba que dónde está ella.

—Ah, ya. En casa. Dansbanevägen, 11.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Skacke.

—Gottfridsson.

Benny Skacke apuntó el nombre en la libreta y se inclinó hacia delante, con los brazos apoyados en la mesa.

—¿Puede contarme cómo sucedió todo, señor Gottfridsson? ¿Qué es lo que pasó?

El individuo llamado Gottfridsson se mordía el labio inferior.

—Sí —dijo—. Bueno, llegué a casa y ella comenzó a insultarme y a armar jaleo. Yo estaba cansado y no tenía ganas de bronca, así que le pedí que se callara, pero ella no dejaba de insultar y dar voces. Al final se me hincharon las narices y la agarré del cuello. Ella empezó a darme puntapiés y a revolverse, así que le di varias veces en la cabeza. Luego se desplomó. Pasado un rato, me asusté e intenté reanimarla, pero siguió tirada en el suelo.

—¿Y no llamó a un médico?

El hombre negó con la cabeza.

—No —dijo—. Pensé que si ya estaba muerta, no tenía mucho sentido un médico.

Permaneció callado un rato. Luego añadió:

—Yo no quería hacerle daño. Pero es que me sacó de mis casillas. Si ella no me hubiera atosigado...

Benny Skacke se levantó y cogió su abrigo del perchero colocado junto a la puerta. No sabía bien qué hacer con el hombre. Mientras se ponía el abrigo, dijo:

—¿Por qué vino usted aquí, en lugar de dirigirse a una comisaría normal y corriente? Hay una muy cerca.

Gottfridsson se levantó y se encogió de hombros.

—Creí que... pensé que una cosa así... que asesinatos y eso...

Benny Skacke abrió la puerta del pasillo.

—Señor Gottfridsson, lo mejor será que me acompañe.

Con el coche apenas tardaron un par de minutos en llegar hasta la casa donde vivía Gottfridsson. El hombre hizo el trayecto en silencio. Las manos le temblaban violentamente. Precedió a Skacke mientras subían por las escaleras. Una vez arriba, Skacke le quitó la llave y abrió la puerta.

Entraron en un pequeño recibidor oscuro con tres puertas, todas ellas cerradas. Skacke miró a Gottfridsson inquisitivamente.

—Ahí dentro —dijo el hombre señalando la puerta de la izquierda.

Skacke avanzó tres pasos y abrió la puerta.

En la habitación no había nadie.

Los muebles estaban deslucidos y polvorientos, pero daban la impresión de hallarse en su lugar, y no se apreciaban señales de lucha. Skacke se volvió y contempló a Gottfridsson, que seguía todavía clavado en la puerta de entrada.

—Aquí no hay nadie —dijo. Gottfridsson lo observó fijamente. Mientras avanzaba hacia la puerta levantó la mano para señalar algo.

—Pero... —murmuró—. Pero si estaba aquí.

Miró desconcertado a su alrededor. Luego cruzó el recibidor y abrió la puerta de la cocina. En la cocina tampoco había nadie.

La tercera puerta conducía al cuarto de baño. Allí tampoco había nada digno de mención.

Gottfridsson se mesó el cabello ralo.

—¡Pero bueno! —dijo—. Si yo mismo la vi tirada aquí.

—Sí —repuso Skacke—. Puede ser. Pero por lo visto no estaba muerta. ¿Cómo llegó usted a esa conclusión, por cierto?

—Se veía —dijo Gottfridsson—. Ni se movía ni respiraba. Y estaba fría. Como un cadáver.

Skacke se frotó el mentón, haciendo sonar los incipientes pelos de la barba.

—A lo mejor solo parecía un cadáver —concluyó.

A Skacke se le ocurrió pensar que el individuo quizá le estuviera tomando el pelo, que toda la historia era invención suya. A lo mejor ni siquiera tenía esposa. No parecía excesivamente conmovido por su muerte, ni tampoco por su posterior resurrección y desaparición final. Examinó el suelo en el que, según Gottfridsson, había yacido la mujer. No se apreciaban restos de sangre ni de ninguna otra cosa.

—Bueno —concluyó Skacke—. En cualquier caso, lo cierto es que aquí no está. Habría que preguntar a los vecinos.

Gottfridsson rechazó la idea enérgicamente.

—No, no lo haga. No nos llevamos muy bien con ellos. Además, a estas horas no están en casa.

Luego entró en la cocina y se sentó en una silla plegable.

—Pero ¿dónde coño se habrá metido esta tía?

En ese mismo instante se abrió la puerta de la entrada y apareció en el recibidor una mujer gruesa, de baja estatura. Llevaba bata y chaqueta de punto y se había liado a la cabeza un pañuelo a cuadros. Traía una bolsa de red en una de las manos.

En un primer momento, Skacke no supo qué decir. Tampoco la mujer dijo nada. Cruzó junto a él a paso apresurado y se metió en la cocina.

—¡Vaya! ¡Así que has tenido el valor de volver a casa, canalla! —dijo.

Gottfridsson se quedó mirándola fijamente y abrió la boca para decir algo. Dando un golpe, la mujer dejó la bolsa de red sobre la mesa de la cocina y continuó:

—¿Y quién es ese? ¡Aquí a casa no se viene a mamar, no será porque no te lo tengo dicho! ¡A tus compañeros de borrachera te los llevas a otro sitio!

—Perdone —intervino Skacke inseguro—. Su marido pensó que le había sucedido a usted una desgracia y...

—¡Una desgracia! —bufó la mujer—. Él sí que es una desgracia.

Se dio la vuelta y se quedó mirando a Skacke con cara de pocos amigos.

—Se me ocurrió darle un buen susto. El tío vuelve a casa por las buenas y se pone a pegarme, después de haber estado por ahí bebiendo durante días. ¡Hasta aquí hemos llegado!

La mujer se quitó el pañuelo. Tenía un pequeño moratón en la mandíbula, pero por lo demás parecía en perfecto estado.

—¿Y qué tal está usted? —preguntó Skacke—. ¿No ha sufrido usted lesiones?

—¡Bah! —exclamó—. Me tiró al suelo de un empujón y a mí se me ocurrió quedarme tumbada y hacer como que me había desmayado.

Luego se volvió nuevamente hacia el marido.

—Te has asustado, ¿eh?

Avergonzado, Gottfridsson miró de soslayo a Skacke y murmuró algo.

—¿Y entonces usted quién es? —preguntó la mujer.

Skacke captó la mirada de Gottfridsson y respondió escuetamente:

—Policía.

—¿Policía? —gritó la señora Gottfridsson.

Se puso en jarras y se inclinó por encima de su marido que permanecía agazapado en la silla de cocina con cara de pena.

—¿Te has vuelto loco? —gritó—. ¡Traer aquí a la pasma! ¿A quién se le ocurre?

Luego se incorporó y se encaró furiosa con Skacke.

—¿Y qué clase de policía es usted? ¡Meterse en casa de personas inocentes de esta manera! ¡Hay que ver! ¿No tendría por lo menos que enseñar la chapita antes de colarse en la casa de la gente decente?

Skacke se apresuró a sacar su placa de identificación.

—¿Subinfractor criminal?

—Subinspector criminal —corrigió Skacke pálido.

—¿Y qué clase de crímenes esperaba usted descubrir aquí, a ver? Yo no he cometido ningún crimen, ni mi marido tampoco.

Se colocó junto a Gottfridsson y le pasó el brazo por encima del hombro, a modo de protección.

—¿Tiene algún papel que le autorice a campar por sus respetos en nuestra casa? —le preguntó a su marido—. ¿A ti te ha enseñado algún papel, Ludde?

Gottfridsson negó con la cabeza pero no dijo nada. Skacke dio un paso adelante e intentó decir algo, pero fue interrumpido de inmediato por la señora Gottfridsson.

—Se larga ya mismo o me doy el gusto y le denuncio por allanamiento de morada. Váyase antes de que me enfade.

Skacke miró al individuo, que no apartaba los ojos del suelo. Luego se encogió de hombros, dio la espalda a ambos cónyuges y regresó, un tanto alterado, a la jefatura sur.

Martin Beck y Kollberg aún no habían regresado de Kungholmsgatan. Seguían todavía en el despacho de Melander y habían vuelto a poner la cinta del interrogatorio con Malm, esta vez para Hammar, que se había dejado caer por la tarde para saber si habían conseguido algún resultado.

El humo que despedían los cigarrillos de Martin Beck y el puro de Hammar se cernía sobre el despacho como una neblina, y Kollberg contribuyó también a la contaminación atmosférica, improvisando un fuego en el cenicero con las cerillas gastadas y los paquetes de tabaco vacíos. Finalmente, Rönn vino a empeorar aún más la situación, al abrir la ventana y permitir que se introdujera en la habitación la atmósfera urbana más contaminada de todo el norte de Europa. Martin Beck tosió y dijo:

—Suponiendo que haya que tomar en consideración la teoría del incendio provocado, la cosa se complica si tenemos en cuenta que todos los testigos están hospitalizados y no se puede hablar con ellos.

—Pues sí —dijo Rönn.

—La verdad, yo no creo que se trate de un incendio intencionado —intervino Hammar—. Pero antes de extraer conclusiones precipitadas debemos esperar a que Melander termine su trabajo en el lugar de los hechos y el laboratorio forense emita su informe.

Sonó el teléfono. Kollberg extendió el brazo para descolgar el auricular al tiempo que echaba el rascador de una caja de cerillas vacía en la pequeña hoguera que había formado en el cenicero. Estuvo escuchando medio minuto.

—¿Cómo? —exclamó con tan sincero asombro que los demás reaccionaron al instante—. Gracias —dijo Kollberg y colgó.

Clavó una mirada ausente en Martin Beck y dijo:

—Caballeros, tengo una sorpresa que resultará muy de su agrado. Göran Malm no falleció víctima de las llamas.

—¿Qué quieres decir? —intervino Hammar—. ¿Es que no estaba en la casa?

—Oh, sí. Estaba carbonizado y prácticamente formaba un amasijo con el colchón. El que llamaba era el mismísimo forense. Dice que Malm estaba ya muerto y bien muerto antes de declararse el incendio.

8

La enfermera de la planta en la que estaba ingresado Gunvald Larsson habló de forma dura e inflexible:

—No puedo tomar en consideración una cosa así —dijo—. Será todo lo importante que usted quiera, pero lo principal es que el señor Larsson se recupere, y esto no sucederá si ustedes no paran de molestarle llamándolo por teléfono constantemente. Necesita reposo absoluto, son órdenes del médico. Lo mismo le dije al señor Kollberg, que llamó hace un rato. ¡Menudo maleducado! Quítense de la cabeza la idea de hablar con él hasta, como muy pronto, mañana. Adiós.

Martin Beck se quedó sentado con el auricular en la mano. Luego se encogió de hombros y colgó.

Estaba en su despacho, en la jefatura sur de policía. Eran las ocho y media de la mañana del martes, y ni Kollberg ni Skacke se habían dejado ver aún. No obstante, Kollberg parecía estar ya en camino y tendría que aparecer de un momento a otro.

Martin Beck volvió a descolgar el auricular, marcó el número de la comisaría del distrito de Maria y preguntó por Zachrisson. No estaba. Empezaba su turno a la una.

Martin Beck abrió un nuevo paquete de Florida, encendió un cigarrillo y se quedó mirando a través de la ventana abierta. El panorama que se desplegaba ante sus ojos no era precisamente de lo más sugestivo. Un deprimente polígono industrial y una autopista con las vías en dirección al centro atestadas de resplandecientes vehículos que avanzaban a trompicones, a paso de tortuga. Martin Beck odiaba los coches, y se sentaba al volante solo en casos de extrema necesidad. Tampoco se sentía a gusto en el edificio de Västberga que, a título provisional, albergaba las dependencias de la policía, y esperaba con impaciencia el día en que terminase la remodelación del viejo edificio de la jefatura de Kungsholm y todos los departamentos desperdigados volviesen a reunirse bajo un mismo techo.

Martin Beck dio la espalda al ominoso panorama, entrelazó las manos detrás de su cuello y se puso a pensar, con la mirada fija en el techo.

Cuándo, cómo y por qué había muerto Göran Malm. Qué vínculo podía haber entre su muerte y el incendio. Una teoría obvia sería que alguien, en un primer momento, hubiera asesinado a Malm para luego provocar el incendio en un intento de eliminar las huellas. Pero, en tal caso, ¿cómo se las habría arreglado el asesino para entrar en la casa y luego volver a salir, sin ser descubierto por Gunvald Larsson o Zachrisson?

Martin Beck oyó los pasos rápidos y decididos de Skacke por el pasillo. Pasado un rato llegó también Kollberg. Dio un puñetazo en la puerta de Martin Beck, asomó la cabeza, dijo hola y desapareció. Cuando regresó, se había desprendido del abrigo y la chaqueta y aflojado el nudo de la corbata. Se sentó en la silla para los visitantes y dijo:

—He intentado hablar con Gunvald Larsson por teléfono, pero no ha habido manera.

—Ya lo sé —replicó Martin Beck—. Yo también lo he intentado.

—En cambio, sí que he podido hablar con el tal Zachrisson —dijo Kollberg—. Le he llamado a casa esta mañana. Gunvald Larsson llegó a Sköldgatan a eso de las diez y media y Zachrisson se fue al rato. Dice que el último signo de vida que advirtió en el piso de Malm fue que la luz se apagó a las ocho menos cuarto. También afirma que, aparte de los tres invitados de Roth, en toda la tarde no entró ni salió nadie por el portal. Pero tampoco se puede saber si estuvo con los ojos abiertos todo el tiempo. Tal vez se quedó adormilado un rato.

—Sí, podría ser —repuso Martin Beck—. Pero ¿no te parece poco probable que alguien haya tenido la suerte de entrar por el portal y luego salir del mismo sin ser visto?

Kollberg suspiró y se acarició la barbilla.

—Pues sí, la verdad es que resulta poco probable. ¿Qué hacemos ahora?

Martin Beck estornudó tres veces y Kollberg le deseó salud en cada una de las ocasiones. Martin Beck le dio las gracias educadamente.

—Yo, por mi parte, pienso irme a hablar con el forense —dijo.

En ese momento llamaron a la puerta. Skacke entró y se plantó en medio del despacho.

—Sí, ¿qué quieres? —le preguntó Kollberg.

—Nada —respondió Skacke—. Solo quería enterarme de si había novedades sobre el incendio.

Viendo que no recibía respuesta ni de Kollberg ni de Martin Beck, continuó vacilante:

—Quiero decir, por si podría hacer algo...

—¿Has tomado café? —preguntó Kollberg.

—No —respondió Skacke.

—Pues entonces, para empezar, puedes ir a buscar los cafés —le ordenó Kollberg—. Para mí, tres pasteles mazarin. ¿Tú qué quieres, Martin?

Martin Beck se puso en pie y se abrochó la chaqueta.

—Nada —dijo—. Ahora mismo salgo para el Instituto de Medicina Forense.

Se guardó en el bolsillo el paquete de Florida y las cerillas y pidió un taxi.

El forense que realizó la autopsia resultó ser un catedrático de pelo blanco, de unos setenta años. Era ya forense en los tiempos en que Martin Beck se estrenó como agente de patrulla y le había dado clase en la Academia de Policía. Desde entonces habían trabajado juntos en una larga serie de casos y Martin Beck sentía un gran respeto por los conocimientos y la experiencia del hombre.

Llamó a la puerta del despacho del forense en el Instituto de Solna, oyó el traqueteo de una máquina de escribir y entró sin esperar respuesta. El profesor estaba sentado delante de la ventana, de espaldas a la puerta, y escribía a máquina. Terminó el párrafo y sacó el folio del rodillo antes de volverse y descubrir a Martin Beck.

—Hola —dijo—. Ahora mismo te estaba haciendo un informe preliminar. ¿Qué tal?

Martin Beck se desabrochó el abrigo y se dejó caer en el sillón de visitas.

—Tirando —respondió—. Todo este asunto del incendio es un poco desconcertante. Además, me he resfriado. Pero todavía no estoy para que me hagas una autopsia.

El profesor lo miró inquisitivamente y dijo:

—Deberías ver a un médico. No es bueno andar siempre acatarrado.

—¡Bah, médicos! No es por meterme con tus dignos colegas, pero aún no han aprendido a curar resfriados.

Sacó su pañuelo y se sonó con fuerza.

—Bueno, a ver, cuéntame —siguió—. Me interesa sobre todo Malm.

El profesor se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa delante suyo.

—¿Quieres verlo? —preguntó.

—Preferiría no hacerlo —respondió Martin Beck—. Me daré por satisfecho con lo que tú me cuentes.

—Bueno, la verdad es que no es un espectáculo muy agradable —comentó el forense—. Ni los otros dos tampoco. ¿Qué es lo que quieres saber?

—Cómo murió.

El profesor sacó un pañuelo y comenzó a limpiar los cristales de sus gafas.

—Eso, por desgracia, no lo sé. Ya os lo he contado casi todo. Lo que he podido constatar es que estaba ya muerto cuando empezó el incendio. Cuando el fuego estalló se hallaba tumbado en su cama y completamente vestido. De esto no hay duda.

—¿Puede su muerte deberse a algún tipo de violencia externa? —preguntó Martin Beck.

El forense negó con la cabeza.

—No creo —respondió.

—¿No hay heridas ni lesiones en el cuerpo?

—Sí, claro que sí. Muchas. La temperatura era altísima y él se hallaba en «posición de esgrima». La piel estaba llena de grietas, pero se produjeron después de su muerte. Hay también algunas contusiones, probablemente debidas a la caída de las vigas del techo o de otros objetos, y el cráneo estalló desde dentro por el calor.

Martin Beck asintió. No era la primera vez que había visto a personas que habían muerto calcinadas y sabía lo fácil que era, para un profano, creer que las heridas eran anteriores al fallecimiento.

—¿Y cómo has llegado a la conclusión de que ya había fallecido antes de comenzar el incendio? —preguntó.

—En primer lugar, no se han hallado indicios de que la circulación sanguínea persistiese todavía en el momento en que el cuerpo comenzó a sufrir la acción del calor. Además, no hay restos de humo ni de hollín en pulmones y bronquios. Los otros dos tenían los órganos respiratorios llenos de manchas de hollín y sangre en las mucosas. En su caso, no hay ninguna duda de que murieron después de declararse el incendio.

Martin Beck se levantó, se acercó a la ventana y se puso a mirar la calle. Uno de los vehículos amarillos de la concejalía de obras públicas se dedicaba a echar sal sobre la gris y fangosa aguanieve, casi derretida. Suspiró, encendió un cigarrillo y dio la espalda a la ventana.

—¿Existe alguna buena razón para pensar que fue asesinado? —preguntó el profesor.

Martin Beck se encogió de hombros.

—Me cuesta creer que murió espontáneamente justo antes de que la casa ardiera —respondió.

—Los órganos internos estaban sanos —dijo el forense—. Lo único digno de mención es que el nivel de monóxido de carbono en la sangre era un poco alto, si se tiene en cuenta que no llegó a inhalar el humo del incendio.

Martin Beck permaneció allí todavía media hora más, antes de regresar a la ciudad. Al bajar del autobús en Norra Bantorget y respirar el aire contaminado de la terminal de autobuses pensó que probablemente no había nadie residente en la ciudad que no padeciera intoxicación crónica por monóxido de carbono.

Por un momento, consideró la trascendencia que podían tener las palabras del forense sobre el nivel de monóxido de carbono en la sangre del muerto, pero luego descartó el asunto y continuó su descenso hacia la atmósfera del metro, todavía más viciada.

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Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
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290 стр. 1 иллюстрация
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9788490067185
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