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LORIS ZANATTA

EL POPULISMO JESUITA

Perón, Fidel, Chávez, Bergoglio

Traducción de Diego Bigongiari


“¿Existe un “populismo jesuita”? ¿América Latina es su tierra elegida? La respuesta de este libro es inequívoca: sí, existe e impregna a la historia.” Con esas preguntas, y esa afirmación, comienza Loris Zanatta su ensayo. El origen de esa historia está en la Conquista, con las primeras misiones jesuíticas, que llegan al nuevo mundo con la idea de instaurar el reino de dios en la tierra.

Luego, en el siglo XX, América Latina fue pródiga en la emergencia de líderes populistas de raíz cristiana. Sin necesidad de hacer un inventario completo, podemos citar a Juan Domingo Perón, Fidel Castro, Hugo Chávez. Más allá de sus diferencias, tienen un rasgo común: la utopía de un pueblo armónico unido a su líder por una fe política tan intensa e inflexible que es una fe religiosa. Una comunión espiritual.

Esta teología política ha tomado nuevos bríos en el siglo XXI, gracias a la presencia y la prédica del Papa Francisco. Aquellos que no participan de ella, quedan fuera del pueblo y son el enemigo. Tienen distintos nombres: liberalismo, culto de lo individual, lo extranjero, capitalismo egoísta. Proponen el odio, mientras el populismo afirma predicar el amor.

Todo está legitimado por la batalla contra quienes son hostiles a la patria soberana y la pureza original del pueblo. Pero como demuestra Loris Zanatta en este libro desafiante y esclarecedor, los resultados resultan al menos paradójicos, cuando no desastrosos. En vez de proponer modelos que generen riqueza, se lucha contra ella, porque es sinónimo de corrupción. Al mismo tiempo, se eterniza y profundiza la pobreza, que es una garantía de integridad moral. Al cabo, el auténtico legado de estos populismos jesuitas es el llamado pobrismo. Con su correlato natural: más desigualdad, más autoritarismo, más intolerancia, menos crecimiento y menos pluralismo.

Zanatta, Loris

El populismo jesuita : Perón, Fidel, Bergoglio / Loris Zanatta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Diego Bigongiari.

ISBN 978-987-628-622-0

1. Ensayo Económico. I. Bigongiari, Diego, trad. II. Título.

CDD 320.5662

Título original: Il populismo gesuita

Diseño de cubierta: Juan Balaguer

Edición en formato digital: julio de 2021

Primera edición: junio 2021

© Loris Zanatta, 2020

© 2020, Gius. Laterza & Figli, All rights reserved

© de la traducción Diego Bigongiari, 2020

© de la presente edición Edhasa, 2021

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ISBN 978-987-628-622-0

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Introducción

  1. La edad de lo sagrado El populismo, nostalgia de unanimidad La cristiandad hispánica Las misiones jesuitas La gran encrucijada Notas

  2. La edad secular La independencia La oscilación del péndulo La edad liberal La revancha Dios, patria, pueblo Populismos jesuitas: la antesala Notas

  3. Perón (y Eva) El retorno de Dios El régimen La tercera posición Evitismo Santa pobreza Notas

  4. Castro Cubanidad Un Estado cristiano Cruz y espada La nueva Roma Pobre comunismo Notas

  5. Chávez (y la teología de la liberación) La Meca El momento apocalíptico Violencia por Dios Reinos socialistas Un provinciano en el cuartel Dictadura del pueblo El cuerpo místico El Evangelio según Chávez Los últimos no serán los primeros Notas

  6. Bergoglio Aguas arriba El pueblo Apocalipsis y redención La geopolítica del papa Viva la pobreza Notas

  Conclusiones

  Índice onomástico

  Sobre el autor

Introducción

¿Existe un “populismo jesuita”? ¿América Latina es su tierra elegida? La respuesta de este libro es inequívoca: sí, existe e impregna a la historia latinoamericana. ¿Pero qué es, cómo es, dónde está? Antes de responder, página tras página, mejor precisar los límites y el alcance del título: no es provocador, sino la mejor síntesis posible de un fenómeno histórico importante y complejo.

Los límites son obvios: no todos los populismos latinos son “jesuitas”, no todos los jesuitas son “populistas”. Va de suyo, pero mejor precisarlo. Es más: el “populismo jesuita” no es exclusivo de los jesuitas. A veces su rol es masivo y evidente, otras veces es indirecto, episódico, implícito; encontraremos también jesuitas hostiles al “populismo jesuita” y populismos ignorantes o inconscientes de sus remotas raíces jesuíticas. Esta, por lo tanto, no es una historia de la Compañía de Jesús en América Latina, para nada. Los jesuitas son en parte protagonistas, pero son el adjetivo, no el sustantivo.

Entonces, ¿de qué se trata? ¿Del ave fénix? No: el “populismo jesuita” tiene límites difuminados, pero es una realidad bien concreta, cuyo alcance trasciende tales límites. Es un hilo antiguo y robusto que atraviesa la historia latinoamericana. Peronismo, castrismo, chavismo: los más potentes populismos latinos están unidos por ese hilo. En pocas palabras, es el hilo de la cristiandad hispánica, de la visión del mundo que moldeó durante siglos a América Latina.

El “populismo”, se sabe, es un fenómeno moderno, hijo de la “soberanía del pueblo”: comenzaré por lo tanto explicando qué entiendo con esta palabra abusada. Pero para llegar a los “populismos jesuitas” será bueno tomarla desde lejos, recorrer las etapas necesarias. La primera es precisamente aquella de la cristiandad hispánica: en aquella edad todavía dominada por lo sagrado, los reyes católicos ambicionaban restaurar el Reino de Dios en la tierra, crear un orden temporal que como un organismo natural replicará el diseño divino, forjar un “pueblo” puro y armónico, cohesionado y devoto a los preceptos morales de la Iglesia. Y si la realidad solía ser mucho más prosaica que semejante fin, para mantenerlo vivo lo cuidaban las órdenes misioneras, jesuitas a la cabeza. Tal fue el espíritu de las misiones en Paraguay. Las animaba una visión escatológica del mundo: evangelizar, convertir, redimir al “pueblo”, salvarse el alma salvándosela.

La segunda etapa es aquella de la “corrupción” del pueblo y de la “disgregación” de su unidad orgánica: la edad de lo sagrado vira hacia el atardecer, la edad secular avanza. Revolución científica e industrial, iluminismo, liberalismo, capitalismo y aún más: ascenso del Estado-nación y declinación de los imperios universales, separación entre política y religión, entre ciudadano y creyente, conflictos entre fe y razón, colectividad e individuo. Desde principios del siglo XVIII hasta la Primera Guerra Mundial, el Reino se derrumbó sin remedio; forzado a la defensiva, el sueño triunfal y militante de los jesuitas masticó amargo, combatió en trinchera, meditó revancha.

La tercera etapa, el corazón del libro, el objeto de cuatro de los seis capítulos, es aquella populista en sentido estricto. Es la etapa de la política de masas y del “pueblo soberano”, la edad secular, los siglos XX y XXI. Secular es una forma de decir: los populismos que florecieron entonces fueron el rostro moderno del antiguo imaginario hispánico y católico; el vehículo del rescate si no de la venganza de la cristiandad perdida. Ambicionaron fundir aquello que la modernidad liberal había quebrado, restaurar la comunidad orgánica del “pueblo”, volver a fundar el Reino. En ellos, revivió la antigua pulsión redentora de los jesuitas, se expresó el hastío largamente acumulado contra los enemigos seculares del orden cristiano: todos los populismos latinos tienen lazos especiales con la Compañía de Jesús.

Todavía unas pocas premisas. Una sobre el contenido: tirando del extremo del hilo empleado para tejer la trama de esta historia, se formará una vasta telaraña; se abrirá una ventana que dejaré entrecerrada sobre los meandros de una historia global que corre sobre la cresta entre Europa, América y el mundo; una historia que entrelaza política y religión, guerra y paz, prosperidad y miseria. Es obvio: global fue la obra misionera de los jesuitas y universal su fe. Y bien, global y universal fue también el impulso de los “populismos jesuitas”, tal como su enemigo, el racionalismo iluminista, la visión liberal del mundo. Su universalismo fue el espejo dado vuelta del universalismo que combatían.

Otra premisa tiene que ver con el método: dado que es un largo viaje y los viajes largos cansan, este libro será sintético, se detendrá solamente en las metas y paisajes clave, caminará por el corredor sin meterse en todas las habitaciones laterales. Ello implicará algunas simplificaciones y muchas generalizaciones. Tratará de aquello que sirve al objetivo: seguir el hilo del “populismo jesuita”. Quien lee con el fusil apuntado tendrá contra qué disparar, pero atención: volteando demasiados árboles correrá el riesgo de perder el sentido del bosque. Imagino las objeciones: todo es distinto a todo y los casos que reúne este libro son distintos entre ellos. Sí y no: son casos distintos de una familia común y las afinidades familiares son aquellas que me importa subrayar.

Una última premisa sobre la finalidad del libro. Sin darle vuelta alrededor, estudia las raíces culturales de las grandes plagas históricas de América Latina: autoritarismo, pobreza, desigualdad. No pretendo dar “la” explicación: los problemas complejos no tienen explicaciones unívocas. Pero pretendo levantar el velo sobre una pista menos superficial que otras más en boga.

Finalmente, una advertencia: por amor de fluidez, el texto corta sin piedad el aparato bibliográfico. Quiero, sin embargo, aclarar que realicé años de investigación sobre cada uno de los temas tratados: puedo equivocarme, desorientar, irritar, pero sé de lo que hablo.

1. La edad de lo sagrado
El populismo, nostalgia de unanimidad

Para iniciar un libro sobre el populismo, bien que “jesuita”, mejor precisar cómo usaré la palabra. Sólo para entendernos: está en la boca de todos y cuanto más se habla, menos nos entendemos. Con las palabras sucede como con los alimentos: el exceso empacha, hasta que el abuso conduce al desuso; basta, no se puede más. Las ciencias sociales hacen su trabajo: miden, teorizan, definen. Explican qué es el populismo. Pero este es un libro de historia: para entender qué es, mejor explicar de dónde viene, ir a la búsqueda de las raíces, del sentido profundo, del núcleo más íntimo.

Al costo de poner el carro delante de los bueyes, de anticipar el término del viaje a través del “populismo jesuita”, lo aclaro enseguida: pienso que el populismo expresa la añoranza de una unidad extraviada, una inocencia perdida, una identidad disuelta y que ambiciona restaurarlas. Es, en breve, una nostalgia de unanimidad. Sé bien que es una fórmula literaria: no mide, no calcula, no traza un perímetro. Sin embargo, evocar a veces es mejor que definir; menos preciso, más profundo.

Así entendido, el populismo se injerta sobre un antiguo y robusto tronco. A la caducidad del hombre y a la imperfección de la historia, opone el llamado a un pueblo mítico, eterno, incontaminado. La unanimidad, la unidad orgánica del pueblo que el populismo evoca, no es un pacto racional, sino una comunidad de fe que protege del pecado y de los peligros del mundo. En tal sentido, el populismo es un fenómeno de origen religioso o mejor: es un modo religioso de entender la vida y la historia.

Como tal, antes aunque un régimen o un movimiento, el populismo es un imaginario: una vaga galaxia de creencias y de valores, pulsiones y expectativas, etérea pero arraigada, que se expresa en una mentalidad. Mucho menos estructurado que una ideología, tal imaginario convoca un universo moral antiguo adecuado a nuevas épocas, contextos, coyunturas, aferrándose como una trepadora sobre los muros, a ideologías más elaboradas. Es un imaginario simple, potente, maleable: invoca la protección de una identidad primigenia, la recuperación de una armonía natural, el rescate de una comunidad ideal e idealizada. A tal comunidad alude la palabra pueblo, perno léxico en torno al cual gira el populismo.

En el mundo penetrado por lo sagrado, tal ambición de salvar al pueblo se llamaba redención; en el mundo secular toma el nombre de revolución, palabra mágica de los populismos. La fe que animaba a la primera deviene religión política en la segunda: ideología erguida como verdad divina, como certificado de superioridad moral. Tal es la ideología de los “populismos jesuitas”. Su cruzada contra aquellos a quienes imputan corromper al pueblo es de tipo moral; es una guerra de religión más que un enfrentamiento político. El populismo es entonces el lema redentor a través del cual el pueblo elegido ambiciona reencontrar la tierra prometida, donde cada fractura será sanada y cada pecado, expiado. Armonía, inocencia, unidad; es más, unanimidad: así es el Reino, así lo establece el plan de Dios, así lo quiere el espíritu providencialista del cual están impregnados los populismos latinos.

¿Unanimidad de qué? De aquello que de vez en vez el populismo eleva como fundamento unívoco de la comunidad, cofre exclusivo de la identidad y de la cultura del pueblo. En un tiempo era unanimidad de fe: a cada nación su religión. En el mundo moderno es unanimidad política, ideológica, moral. Puede fundarse sobre la etnia o sobre la fe, sobre la clase o sobre la nación; incluso sobre una virtud: honestidad, justicia, misericordia. En el caso de los “populismos jesuitas” asume la semblanza del pobre, elevado a emblema de pureza espiritual, a imagen de Cristo. Lo que cuenta es que el pueblo del populismo reclama el monopolio de la moral colectiva: es la premisa a fin de que encarne al Bien en eterna lucha contra el Mal. El esquema maniqueo importa más que su contenido: en ello está el alma religiosa del populismo, su espíritu redentor.

Si la armonía a la que el populismo aspira está quebrada, en efecto, alguien tendrá la culpa: el enemigo. El enemigo es al populismo lo que el demonio al Reino de Dios. ¿Quién es? El de los “populismos jesuitas” es el nacimiento del individuo moderno que minó la unanimidad de la comunidad orgánica, la revolución científica que quebró el aura sagrada del creador, la racionalidad iluminista que fisuró la simbiosis entre fe y razón, el liberalismo que disolvió la fusión entre esfera espiritual y esfera temporal, el capitalismo que, glorificando la prosperidad, exaltó el egoísmo. Todo ello causó desorden, conflicto, pluralidad: cosas que en la visión redentora del populismo no son la fisiología de la condición humana, sino patologías que atentan contra el organismo sano llamado pueblo.

Todo ello sonará abstracto, pero un poco de paciencia: estos conceptos son los instrumentos de a bordo que usaremos durante el viaje, servirán para iluminar el camino, para orientarnos en la historia.

La cristiandad hispánica

El viaje en busca del hilo rojo del “populismo jesuita” no puede no comenzar en la cristiandad hispánica en las Américas. Fue entonces, en 1540, que nacieron los jesuitas. Y fue allí, por mandato pontificio y bajo la égida de los reyes católicos, que su fe misionera y su visión del mundo forjaron un nuevo orden.

Hablar de populismo en aquella época no tiene sentido: la “soberanía del pueblo” todavía estaba por llegar y sin ella, enseñan los expertos, no hay populismo.1 Pero más que del populismo, estamos por ahora en busca de las fuentes de su imaginario en América Latina. ¿Es posible rastrearlas en el orden social y espiritual de la monarquía católica española? En el fondo duró tres siglos y dejó como dote la lengua y la fe: no es poco. Ambicionaba crear un orden cristiano, un “régimen de cristiandad”; su misión era edificar el Reino tal como los grandes teólogos de la época lo imaginaban. Para servir a Dios y salvar las almas, debía ser un orden perfecto como la Iglesia que custodiaba la fe. ¿Y qué había de más perfecto que el cuerpo de aquel que Dios había creado a su semejanza? He aquí entonces que el orden cristiano se inspiró en el cuerpo humano, fue un orden orgánico: así era en todas partes, en la edad de lo sagrado.

¿Cuáles eran los trazos genéticos de aquel mundo orgánico basado en la fe? El primero lo conocemos: era el unanimismo. Por un lado, el orden cristiano fue preservado de la corrupción externa, de las herejías y otras creencias: súbdito y fiel eran una sola cosa. Y si así era en la península ibérica, a mayor razón en América, laboratorio de la Ciudad de Dios al reparo del cisma protestante. Por otro lado, unanimista fue el principio ordenador del Reino. Como el organismo en el cual se inspiraba, no era una suma de órganos sino un conjunto que los trascendía. Cada órgano de la sociedad tenía su función y todos juntos un solo fin: la salud del cuerpo, la salvación de las almas. Era, para decirlo en una palabra, un orden holístico. Tal principio de unanimidad excluía aquel de pluralidad. ¿Cómo concebir un órgano independiente de los otros? Estaba implícito que la célula “enferma”, el individuo no asimilable, pudiera ser sacrificado para la unidad del pueblo, para el “bien común”.2

El segundo trazo era la jerarquía. El orden cristiano era un organismo y cada órgano desarrollaba su función, pero no todos los órganos tenían la misma importancia: un dedo no vale lo que el corazón, las comunidades indígenas no valían lo que las élites comerciales. El flujo de la autoridad y del poder fluía del centro a la periferia, de arriba hacia abajo, de los cuerpos sacerdotales y militares a los súbditos y fieles. Tal era la jerarquía de roles y funciones esculpida en el plan de Dios: inmóvil, eterna.

Tercer trazo de aquel orden era el corporativismo. Era un orden de castas; cada uno tenía derechos y deberes según el cuerpo social al que pertenecía. El individuo moderno, titular de derechos universales, todavía era desconocido, allí como en otras partes. Los cuerpos daban identidad y protección; a cambio exigían lealtad y conformismo. El individuo estaba subordinado al cuerpo y los varios cuerpos formaban un pueblo, palabra que indicaba sea el pueblo que su aldea, ambos entendidos como entidades homogéneas por usos y costumbres, cultura y religión: comunidades de fe, organismos naturales.

Sobre ellas velaba el Estado cristiano. Armado de espada para convertir y de cruz para evangelizar, era un Estado ético, tanto como lo permitía la tecnología de la época. Su misión era catequizar y castigar, en los templos y en los tribunales, con la prédica y los autos de fe; su fin era moralizar al pueblo, empujarlo hacia las puertas del paraíso agitando el miedo del infierno.

Tal era, en trazos gruesos, la cristiandad hispánica de América. Al menos en teoría, en los intentos de teólogos y utopistas religiosos. En la práctica, entre la utopía y la realidad permaneció un foso profundo: como todo orden terrenal, fue un edificio imperfecto y caótico.3 Pero poco importa, a nuestros fines: para hallar las fuentes del “populismo jesuita” importa más el mundo como habría debido ser que el mundo como era, la pulsión utópica y redentora que lo animaba más que la prosaica realidad. Tal pulsión plasmó valores e instituciones, creencias y socialidad; formó un imaginario omnipresente, una cultura impregnada de religiosidad, tanto más arraigada cuanto menos racionalizada. No habría valido la pena hacer referencia a ello si en el populismo del cual buscamos las remotas raíces no resaltaran, siglos después, los mismos atributos de la cristiandad colonial: unanimismo, jerarquía, corporativismo, Estado ético. ¿Una casualidad? ¿O un parentesco?

Las misiones jesuitas

Donde más se aproximó la utopía religiosa de la cristiandad hispánica a un acabado sistema de gobierno y organización social fue, entre los siglos XVII y XVIII, en Paraguay, en las misiones jesuíticas con los guaraníes: un Estado teocrático, han escrito muchos, un Estado ético-cristiano. No es cuestión de evaluar sus pros y sus contras: la tradición católica las exalta, aquella iluminista las demuele; esto explica ya bastantes cosas. En todo caso es útil examinar su espíritu, contenido, efectos: jamás como en aquel caso, en efecto, encontramos aislados, como en un laboratorio, los elementos que, unidos entre ellos, forman la genealogía del “populismo jesuita”.

A partir del primero: el unanimismo. En las misiones, autoridad política y religiosa se fundían, ley y fe eran todo uno. Economía, familia, comercio, moral: todo era tributo a Dios. El fin no era el buen gobierno o la prosperidad material sino el estado de perfección, la salvación de las almas, el “hombre nuevo” invocado por los Padres de la Iglesia.4 Y para que el mundo externo no resquebrajara la homogeneidad del pueblo, para que la historia no contagiara su pureza moral, había que excluirlo: por lo tanto la autarquía de las misiones; la autarquía que reencontraremos en los “populismos jesuitas”.

El orden de las misiones funcionaba “a guisa de mecanismo” y era jerárquico: los padres jesuitas eran la cabeza del organismo, una casta un poco humana y muy divina que educaba al pueblo y lo disciplinaba a través de la fe. Sólo a los guaraníes más devotos y confiables les cedían el encargo de velar sobre las costumbres morales de todos los demás. Hételos así regulando en el detalle la vida de las misiones, la pública y la privada, la moral y la material: cómo construir las ciudades y cómo comportarse, cuáles productos cultivar y cuáles danzas permitir; para “ahuyentar al egoísmo del corazón de los hombres” había que “hacer desaparecer las diversidades individuales, formar una raza homogénea”.5

Unánimes y jerárquicas, las misiones eran comunidades corporativas: cada grupo tenía su función específica, cada función implicaba precisos deberes; todos juntos formaban un cuerpo donde cada uno tenía su lugar, también los “últimos”, sustraídos así al peligro del abandono: en ello consistía la “justicia social”, futuro tótem de los “populismos jesuitas”.

Sobre todo ello se recortaba el Estado ético con sus muchos instrumentos: escuela, trabajo, religión, ritos, liturgias, coros, teatros; usaba la religión para los fines del Estado y el Estado para los fines de la religión. La justicia se basaba en la confesión del pecado. El delito no era “ilegalidad” sino “culpa moral”; el castigo, incluso el más extremo, era la “penitencia”: la comunidad “reeducaba” a la célula enferma que no se uniformaba, o bien la expulsaba. La flor en el ojal del Estado jesuita era la educación de los niños, desde la más tierna edad. Entre todas las artes que les enseñaban, la predilecta era la militar, la más adecuada para inculcar las más preciadas virtudes de la cristiandad hispánica: disciplina, obediencia, espíritu de sacrificio, heroísmo, vocación de martirio; virtudes, veremos, caras a los “populismos jesuitas”. Si era necesario, los religiosos daban el buen ejemplo guiando a la guerra al ejército de la misión.

¿Y el enemigo? ¿El demonio tentador? ¿El dinero, el vicio? Para salvar almas y cuerpos, para extirpar la hierba mala del egoísmo y nivelar las condiciones de cada uno, los misioneros prohibieron la propiedad privada, madre de todo pecado: abolida la concupiscencia, borrada la competencia para destacarse, las almas puras de los guaraníes podían volar ligeras al Reino de los cielos. Moneda y comercio privado fueron limitados, trabajo y vivienda comunitarias incentivados: comunismo evangélico.

Cualquiera sea el juicio sobre las misiones, son obvias progenitoras de los “populismos jesuitas”. No sólo anticiparon sus trazos, sino también los efectos. Aquello que los jesuitas más apreciaban en los guaraníes era “el espíritu de imitación”. Disciplina y obediencia eran las virtudes más cultivadas; independencia e innovación las más desalentadas; “el árbol del conocimiento no podía crecer en el paraíso jesuítico”.6 Faltó así el estímulo para producir, crear, mejorar; tales pulsiones eran pecados de egoísmo que ensuciaban las almas a los ojos de los religiosos y de Dios. Fagocitado por la comunidad, a la que se le demandaba su sustento, el individuo no tenía ningún estímulo para el trabajo. Al conocer las misiones, los españoles se persuadieron que los guaraníes fueran “tan serenos frente a la muerte porque la vida nunca les había ofrecido ningún cambio”; la “perfección” del Reino no contemplaba el progreso. ¿La pobreza preservaba la virtud? ¿Salvaba a las almas del vicio? Viva la santa pobreza, advertían los jesuitas.7

Los jesuitas del Paraguay quisieron cambiar y mejorar la naturaleza humana. Pero la “naturaleza” se vengó: “cuerpo sin médula”, las misiones “se aflojaron sobre sí mismas”; educados en la “minoridad perpetua”, los súbditos no se volvieron ciudadanos y los menores, hombres. La pretensión de crear el Estado perfecto desembocó en la construcción de “una obra artificial” privada “de fuerza motriz interior”, incapaz de sostenerse sin “la dirección del artífice”. El único motivo de su obediencia, decían los jesuitas de los guaraníes, “es la religión”.8 La revolución es como una religión, gritarán a coro los “populismos jesuitas” incitando al pueblo a abrazar su fe.

La gran encrucijada

Cuanto se ha visto hasta ahora, se dirá, no era tan peculiar: así eran, mutatis mutandis, las sociedades de la edad de lo sagrado, unanimistas, jerárquicas, corporativas; y así los Estados, en todas partes abocados, en cuanto les fuera posible, a catequizar y moralizar al pueblo. Sin embargo, mientras los jesuitas edificaban en Paraguay el Estado cristiano, en los Reinos protestantes de Europa del Norte germinaban las primeras semillas de las grandes revoluciones científicas y filosóficas destinadas a mutar el curso de la historia.9 De corazón pulsante de la historia global, la cristiandad hispánica estaba cayendo a los márgenes; del Mediterráneo católico, la llama del cambio estaba llegando al Mar del Norte protestante y así en las Américas, del Sur al Atlántico Norte. Nada mejor que las misiones ilustraba por qué tales revoluciones eran impensables en el universo ideal jesuita; por qué Isaac Newton no habría jamás hallado terreno fértil para sentar las bases de la ciencia moderna, Adam Smith del progreso económico, John Locke del liberalismo político. Sus teorías estaban en la mirilla de los jesuitas: heréticas, deístas, materialistas. Se comprende: exaltaban aquello que ellos combatían, o sea libertad de pensamiento, nuevas tecnologías, prosperidad económica, experimentación científica; aquello que en Paraguay era pecado, para ellas era virtud. Lo sagrado cedía así el paso a la ciencia, las doctrinas especulativas retrocedían frente a los conocimientos “útiles”, que tendían a mejorar la vida de los hombres más que a salvar su alma. En breve: el corazón religioso de la filosofía natural se estaba abriendo a una visión más secular del mundo. La España católica estaba pronta a ofrecer aguerrida resistencia; la América hispánica aún más.

No todo el clero católico ni todos los jesuitas europeos, se sabe, fueron en realidad extraños a tanta fibrilación intelectual: varios iluministas se formaron en sus escuelas.10 Pero fueron excepciones a la regla: el iluminismo, para dar un nombre unívoco a una galaxia irregular, se volvió su enemigo jurado. ¿Cómo podía ser de otro modo? Erosionaba el unanimismo introduciendo el germen del pluralismo; rompía jerarquías sociales inmutables; minaba el corporativismo en nombre del individualismo. Y promovía el progreso material, la incipiente fuga de la “santa pobreza”, que para los jesuitas era prenda de pureza moral. Entonaba finalmente un canto fúnebre del Estado ético abriendo el camino a la separación entre Estado e Iglesia, política y religión, ciudadano y fiel. Era un peligro mortal: entonces, para la cristiandad hispánica; luego, para el “populismo jesuita”.

Si ello explica la denodada resistencia al iluminismo en España, aun más lo ilustra en la América hispánica, laboratorio cristiano protegido por el océano. ¿Cuáles condiciones habían favorecido en Europa el nacimiento de la República de las Letras? ¿De la densa red de intelectuales y científicos, filósofos, físicos e inventores? ¿Qué impulsó la ola iluminista? Los factores clave fueron el pluralismo y la competencia. El pluralismo religioso introducido por la Reforma se tradujo en pluralismo político en diversos Estados; los perseguidos en un Reino eran acogidos en otro, las ideas prohibidas en un lugar eran promovidas en otra parte, aquello que en una universidad era herético en otra era protegido. Pluralismo y competencia fueron fraguas de pensamiento crítico e innovación, creatividad y libertad.11 Y bien: ninguna de tales condiciones existía en la América hispánica. El unanimismo religioso y político inhibió la libertad intelectual y el progreso económico. Como en las misiones jesuitas, la imitación derrotó a la experimentación, la obediencia a la originalidad, el conformismo a la libertad, la fe a la razón.

En el siglo XVIII, entonces, una gran encrucijada se abrió frente a la cristiandad hispánica. ¿Qué hacer? ¿Medirse con la historia o aferrarse a la fe? ¿Abrirse o cerrarse? ¿Obstinarse en perseguir la utopía cristiana o afrontar el mar abierto del cambio? Los Borbones extrajeron las consecuencias: para frenar la declinación y competir con las potencias en ascenso, la religión debía ceder terreno y dejar campo a reformas administrativas, económicas, militares. También en América, donde las nuevas ideas sedujeron a las élites criollas, a las que más que la salvación moral les importaba el libre comercio y el espejismo del progreso. La expulsión de los jesuitas en 1767 y la supresión de la orden en 1773 sancionaron el traumático pasaje de la edad de lo sagrado a la edad secular.12

¿Todo concluido, entonces? ¿Las bisagras sobre las cuales giraba la cristiandad hispánica fueron arrolladas y enterradas por la cepilladora iluminista? ¿La historia desmembró el plan de Dios? ¿El padre putativo de los “populismos jesuitas” murió entonces y su paternidad por lo tanto es una fantasía histórica? Ciertamente no. Es verdad que para la Iglesia en general y para los jesuitas en particular comenzó una larga travesía del desierto y que ellos quedaron expuestos a los vientos liberales que erosionaron los pilares materiales y espirituales del orden cristiano. Pero ni la utopía del Reino ni el imaginario redentor perecieron. Menos que menos en América, adonde aquellos vientos llegaban amortiguados y era más sólida la coraza del unanimismo cristiano: sus raíces calaban muy a fondo en el terreno para ser erradicadas; debilitadas sí, extirpadas nunca.

Para nutrirlas estaba pronto a saltar el resorte del revanchismo católico. Si las que atentaban contra la cristiandad hispánica eran ideas y valores de la herejía protestante, si las élites criollas la traicionaban desposándolas, hétela prestándose a devenir, idealizada, el símbolo de la identidad extraviada, del Reino perdido. El “populismo jesuita” estaba todavía lejos sobre la línea del horizonte, pero sus ingredientes comenzaban a ensamblarse: frente a la élite liberal, corrupta por el egoísmo y contagiada por el individualismo, se erguía el pueblo cristiano, pobre y moral, libre de tentaciones y custodio de la identidad eterna de la patria; el Mal y el Bien. Lejos de desplomarse, el ideal que había inspirado la Ciudad de Dios de los jesuitas en Paraguay comenzaba a transmutarse en mito identitario, en recuerdo de una edad de oro destruida por los bárbaros protestantes y materialistas y sus caballos de Troya: los ricos, la burguesía, el demonio.

Notas

1 C. Rovira Kaltwasser, P. Taggart, P. Ochoa Espejo y P. Ostiguy, The Oxford Handbook of Populism, Oxford University Press, Oxford, 2017.

2 R.M. Morse, New World Sounding: Culture and Ideology in the Americas, John Hopkins University Press, Baltimore, 1989.

3 J.H. Elliott, Empires of the Atlantic World. Britain and Spain in America, 1492-1830, Yale University Press, New Haven, 2006.

4 L. Clossey, Salvation and Globalisation in the Early Jesuit Missions, Cambridge University Press, Cambridge, 2008.

5 E. Gothein, Lo Stato cristiano-sociale dei Gesuiti nel Paraguay, La Nuova Italia, Florencia, 1928.

6 R. Southey, History of Brazil, Longman, Londres, 1822.

7 M. Haubert, La vida cotidiana de los indios y jesuitas en las misiones del Paraguay, Temas de Hoy, Madrid, 1991.

8 E. Gothein, Lo Stato cristiano-sociale, op. cit.

9 J. Mokyr, A Culture of Growth, Princeton University Press, Princeton, 2016.

10 H.F. Cohen, How Modern Science Came into the World: Four Civilizations, One 17th-Century Breakthrough, Amsterdam University Press, Ámsterdam, 2012.

11 J. Mokyr, The Enlightened Economy, Yale University Press, New Haven, 2009.

12 D.K. Van Kley, Reform Catholicism and the International Suppression of the Jesuits in Enlightenment Europe, Yale University Press, New Haven-Londres, 2018.

2. La edad secular
La independencia

Las furibundas polémicas con los iluministas de la segunda mitad del siglo XVIII no resultaron beneficiosas para los jesuitas: los Estados, incluidos aquellos más católicos como los ibéricos, los veían como humo en los ojos. Eran ellos, pensaban, su rígido dogmatismo y su enorme poder, los que obstaculizaban las necesarias reformas, los que inhibían la modernización.1 Pero no fueron las únicas causas de su desgracia. Una larga cadena de eventos condujo al crepúsculo al siglo de oro jesuita y mandó al triturador, por ahora, al imaginario sobre el cual habían edificado sus fortunas: la emancipación de los Países Bajos, la revolución estadounidense, la revolución francesa, la invasión napoleónica, la Constitución de Cádiz; finalmente el colapso del imperio español, la pérdida de América. Pobres jesuitas: peor no podía irles. Por ventura ya los reyes católicos habían pensado en sacarlos por la puerta y el papa, en borrarlos: atenuaron así la humillación. Algunos se vengaron sosteniendo la emancipación americana. ¿Por qué no, si la Corona imitaba los ideales seculares de los franceses? ¿Si ella, en primer lugar, había dado la espalda al orden cristiano?

Pero tampoco esa alternativa les resultó: con la independencia llegó a América la “política nueva”, la soberanía del pueblo. El constitucionalismo que barrió el área atlántica estaba en las antípodas del organicismo jesuita; en el orden político se veía un contrato racional, ya no más un organismo natural. ¿La centralidad del individuo socavaba aquella de la comunidad? ¿El hombre pretendía suplantar a Dios? ¿El Estado usurpaba antiguas funciones de la Iglesia? Las Constituciones eran peor que el demonio.2

No todo estaba perdido, naturalmente. ¡Al contrario! Aterrorizados por la revolución constitucional y los ejércitos napoleónicos, el papa y los soberanos de la Restauración corrieron al abrigo: retornó el absolutismo y regresaron también los jesuitas para protegerlo; en 1814, Pío VII restableció la Compañía. Pero llevar hacia atrás las agujas de la historia era imposible: las nuevas ideas habían implantado raíces, tanto en España como en América, incluso en el seno del clero: muchos sacerdotes habían combatido en su nombre por la independencia americana, dando así la espalda a aquello que quedaba de la cristiandad hispánica y de sus principios teocráticos; a la idea jesuita de “gobernar a los hombres a través de la religión”.

Se inauguró entonces en América Latina un movimiento pendular que escandió los ciclos históricos del entero siglo XIX, el siglo liberal por excelencia. Y por qué no, también del siglo XX. ¿En qué consistía? Simple: la oleada liberal se reveló bastante robusta como para erosionar los presupuestos religiosos del antiguo orden, pero no tanto como para abatirlos y fundar uno nuevo y sólido basado en sus principios. Si ya le resultaba difícil realizarlo en Europa, figurémonos en América Latina, donde la planta del unanimismo tenía raíces aún más profundas. La regla no escrita de los ciclos que se sucedieron fue entonces esta: a cada arrogante avanzada del individuo sobre las corporaciones, del pluralismo sobre la unanimidad, del Estado laico sobre el Estado ético seguía, con un brusco retroceso, la poderosa reacción de la sociedad orgánica centrada en la Iglesia y capaz de movilizar al pueblo. Y viceversa: a cada regurgitación clerical seguía un ulterior arranque liberal. Sucedía así que el continente que había apenas conquistado la independencia colmado de bellas esperanzas no lograba avanzar ni volver atrás. Estaba en medio del vado, entre Constituciones escritas para los ángeles y luchas a puñal entre caudillos decididos a ocupar el lugar que en otro tiempo había ocupado el rey católico a la cabeza del organismo político y religioso. Un caos, un desastre.3

Fue dicho retroceso, tras los primeros fracasos de los jóvenes Estados latinoamericanos, lo que llevó de nuevo a los jesuitas a la brecha. Descorazonados, muchos patriotas latinos llegaron a la conclusión que en aquel mundo impregnado de religiosidad tradicional y rígidas estructuras corporativas, el liberalismo era una planta exótica que no se aclimataba. El primero en comprenderlo fue quien menos nos hubiéramos esperado: ¡Simón Bolívar, no ciertamente un discípulo de la Compañía de Jesús! La realidad, convino, era la que era: por historia y por cultura, para huir de la anarquía y no caer en la tiranía, la América hispánica todavía necesitaba un rey, aunque se lo llamara presidente; un rey armado de cruz y de espada, ya que el gobierno de los hombres no podía, en aquella región de escasas Luces, sino pasar por la religión. La amalgama entre fe y política recuperó así el terreno perdido; no todo, pero muchísimo, si se piensa que los jesuitas habían sido expulsados pero ahora habían regresado y todos los cortejaban.

La oscilación del péndulo

La restauración de los antiguos soberanos en los tronos europeos y el caos en que se precipitó la América Latina independiente dieron nueva vida a los valores del antiguo orden. ¿Quién, mejor que los jesuitas, era capaz de apuntalar los fundamentos religiosos? Hételos así de nuevo en el escenario, más vitales que nunca: antes en Europa, luego en ultramar. Era la primera victoria contra los enemigos iluministas, la revancha de la fe sobre la razón, de la comunidad orgánica sobre los órdenes constitucionales. Dados por muertos, habían resurgido. Tenían óptimos motivos para celebrar.

Pero fue una victoria a medias, quizá ni siquiera. Europa continuó a ser barrida por ráfagas revolucionarias hasta aquella que, en 1848, destrozó el continente y dejó patas para arriba al sistema de la Restauración. Pésimas noticias para los jesuitas. En América Latina no fue mejor. Como enloquecido, el péndulo continuó oscilando con violencia entre polo católico y polo liberal. Es más, la ola del 48 europeo lamió las costas alimentando una nueva generación de liberales radicales, decididos a extirpar de una vez por todas las raíces hispánicas y católicas, unanimistas y corporativas. Es culpa de ellos, pensaban, el crónico desorden político, el opresivo oscurantismo ideológico, el insuperable retraso económico. Para los jesuitas volvió la noche: un pobre destino incumbía sobre su sueño de fundir Estado e Iglesia, política y religión; de restaurar la comunidad orgánica del pueblo bajo la égida del Estado cristiano. El primero en hacer sonar los tambores de guerra fue Benito Juárez en México. Era masón y liberal: ¿podía haber peor enemigo de los jesuitas? ¿Un más tremendo sepulturero del Reino de Dios en la tierra?4

Su Reforma fue un tremendo palazo para quien aun aspiraba a reanudar el hilo cortado de la utopía cristiana. Tanto más que muchos países lo emularon, si bien cada uno a su modo y según sus tiempos. Quitaron a la Iglesia la jurisdicción mantenida por siglos sobre la vida de cada individuo. Los nacimientos, antes anotados por los curas en el registro parroquial, pasaron a la competencia del registro civil; el matrimonio, que en otro tiempo había sido un sacramento y nada más, devino un contrato civil; incluso los muertos se sustrajeron al monopolio eclesiástico con la secularización de los cementerios. Pero aun más duros fueron los golpes asestados a la educación de la juventud, corazón de la cristiandad, esfera predilecta de los jesuitas. El Estado comenzó a instituir sistemas escolares públicos y laicos, sustraídos al tradicional control de los religiosos.

Fue un trauma, seguido por el golpe definitivo, al menos en las intenciones: el asalto a las riquezas de la Iglesia, la nacionalización de sus bienes, la venta de sus tierras. El Estado liberal pretendía así fomentar la economía mercantil y la propiedad privada: fuentes de cada pecado, para los jesuitas. Peor que así al antiguo orden cristiano no podía irle. O bien sí: tan agitados eran los tiempos y tan fuerte soplaba el viento de las ideas liberales que parte del clero no resistió a su fascinación. Había entonces curas “liberales”. A los jesuitas les sucedió sentirse incomprendidos incluso entre los muros domésticos.

Y, sin embargo, ni siquiera entonces el péndulo se detuvo sobre uno de sus polos. Siguió oscilando de aquí para allá sin pausa. Precisamente porque el imaginario orgánico de la cristiandad antigua se batía en retirada frente al avance de las nuevas ideas, la Iglesia reaccionó. Meditaba venganza, y de la venganza, los jesuitas eran la punta de lanza. Les correspondía a ellos hacer sonar la carga contra el liberalismo, el eterno enemigo. Si el Estado y las élites se habían vuelto enemigos de Dios, había que reconquistar el Estado y cristianizar a las élites. Penetrando al primero y convirtiendo a las segundas donde era posible; abatiéndolas si no quedaba otro camino. La causa de la cruz ameritaba el uso legítimo de la espada.

Fue así que aun encajando dolorosas cachetadas, la Iglesia las devolvió tremendas. El espíritu de los tiempos le soplaba en contra, pero guay a darla por muerta. Sucedió incluso que coronara el sueño, en Ecuador, de restaurar el Estado teocrático. A tal fin, en los años 60 del siglo XIX el presidente Gabriel García Moreno convocó a los jesuitas. Los cuales fueron en todas partes invocados y combatidos, invitados y expulsados según la oscilación del péndulo. Sus fortunas o desgracias fueron el termómetro de la incesante lucha entre el alma religiosa y el alma secular de la región.5

Sucedía también en Europa, donde los nuevos Estados italiano y alemán chocaron con la Iglesia, y las leyes laicas francesas cayeron como cuchillas sobre las órdenes religiosas. Pero el orden cristiano y el legado holístico estaban mucho más arraigados en América Latina. La cristiandad hispánica allí había imperado durante siglos sin que nada la molestara. Al liberalismo le costaba salir de las limitadas fronteras de las clases instruidas; el pueblo, en su mayoría mestizo, negro o indígena, desconfiaba de las élites ricas y blancas; a ellas oponía como un escudo su tradicional imaginario religioso. También la erosión de la herencia corporativa a manos de la modernidad capitalista fue lenta y limitada: la gran modernización que entonces se iniciaba era impulsada por los terratenientes y por la exportación de materias primas, no por la burguesía y la industria.

La intacta vitalidad de la tradición orgánica en pleno auge liberal se hizo evidente precisamente en México, el país más potente y poblado. No hay que maravillarse: ¿había una sociedad más plasmada por la cristiandad hispánica? Justamente porque el régimen de cristiandad era sólido y omnipresente, el intento de extirparlo fue radical, pero vehemente fue su reacción. La Reforma, en breve, desencadenó una larga cadena de cruentas guerras civiles entre dos mundos irreconciliables, dos universos ideales antitéticos. En otras partes el choque fue menos violento, pero estalló en todos lados.6

Guiando la reacción contra las élites liberales estaba el clero, agitando la cruz. Tras él se alzaron los campesinos indígenas invocando a Cristo Rey. No es que el orden cristiano los favoreciera: todo lo contrario. Pero en la sociedad orgánica tenían su rol, su cuerpo social, su identidad. La modernidad amenazaba con disgregarlos. Invocando al “pueblo cristiano” contra las “élites paganas”, el clero y los conservadores apelaron incluso a las potencias extranjeras. Fue entonces que Napoleón III envió a las tropas a proteger la cristiandad en peligro.

Por cuanto al final los liberales volvieran a tomar las riendas y los franceses batieran al clero en retirada, los dados estaban echados: Iglesia, militares y pueblo, la tríade del “populismo jesuita”, asediaban al Parlamento, los partidos y la propiedad privada, las bisagras del orden liberal. Era sólo la primera alarma: la entrada en escena del pueblo no era de buen auspicio para los ideales seculares. Lo era en cambio, y cómo, para la utopía cristiana jesuita. Con el pueblo, los jesuitas tenían una antigua confianza; en él, en su pobreza, vivían íntegros la moral cristiana y el imaginario orgánico. Había que cultivarlo y transformarlo en el ariete de la reconquista.

La edad liberal

Aquella comprendida entre fines del siglo XIX y la Primera Guerra Mundial fue, por definición, la edad liberal en ambas orillas latinas del Atlántico. Parte de América Latina se enganchó al tren británico que estaba cambiando el mundo y prosperó; parte lo perdió y se quedó, grosso modo, donde estaba. Los países más ricos y potentes lograron establecer los fundamentos del Estado y crear órdenes políticos estables; órdenes fundados sobre las instituciones del constitucionalismo liberal: ¿qué edad liberal habría sido, si no? Todos aquellos Estados asestaron ulteriores golpes de pico a la cristiandad antigua. Algunos incluso separaron Estado e Iglesia. El régimen cristiano parecía entonces un remoto recuerdo, la vaga nostalgia de los clericales, un pasado muerto y sepultado.

Dado que la Iglesia pareció adecuarse a los nuevos tiempos, muchos dedujeron que se había plegado a las élites seculares y al triunfo del capitalismo; que los jesuitas, perdida la furia redentora de otros tiempos, se habían transformado en sirvientes de los regímenes liberales, portamaletas de las oligarquías, cortesanos de los ricos y potentes a los que en otro tiempo habían combatido invocando la pureza cristiana del pueblo. Nada, pretende esta vulgata, tenían en común estos jesuitas pronos frente al triunfo liberal con aquellos de San Ignacio, menos todavía con aquellos “progresistas” que, decenios más tarde, alimentaron a los “populismos jesuitas”.7

¿Fue así? ¿De veras aquel orden religioso batallador y radical, decidido a restaurar el Reino y convertir a los infieles, llevó agua al molino de la “burguesía liberal”? ¿Se rindió con armas y equipaje al enemigo? ¿En serio los jesuitas vistieron entonces los oscuros paños “reaccionarios” entre dos gloriosas épocas “progresistas”? Tal vulgata esconde en realidad el hilo que une la entera historia jesuita en América Latina; el hilo de la cruzada antiliberal en nombre del orden cristiano.

Bien mirado, si es verdad que al culminar la edad liberal la Iglesia se aquietó y con ella los jesuitas, lo es también que ello ocurrió porque las clases dirigentes liberales volcaron agua clerical en su vino secular. Quien más quien menos, los regímenes liberales latinoamericanos alcanzaron con la Iglesia un tácito modus vivendi. Más bien que insistir con arrancar las raíces de la tradición hispánica, se convencieron que con ella convenía convivir, se resignaron a hacer las cuentas con la consabida realidad: era imposible gobernar al pueblo sin religión. La misma ideología positivista adoptada por aquellos regímenes era sospechosa: su organicismo parecía hecho a propósito para entenderse con la herencia católica. Quizá por eso proliferó tanto en el mundo hispánico.8

Por lo tanto, a medida que la modernización avanzaba y el pueblo golpeaba a las puertas reclamando su cuota de riqueza y participación, el entendimiento con la Iglesia se tornaba siempre más pesado para las élites liberales. A cambio de ello, ¿cómo impedir que reconstruyera sus fuerzas? Fue así que nació “el mundo católico”, una densa red de diarios, asociaciones, sindicatos; así surgieron nuevas diócesis y seminarios. Los jesuitas se instalaron en la guía de las escuelas más prestigiosas, donde las mismas élites liberales enviaban a estudiar a sus hijos. Muchos de ellos, pasada la confianza positivista en el progreso, iniciaron entonces el camino que los llevó de nuevo a los brazos de la Iglesia, a batirse para restaurare omnia in Christo, a engrosar el río del “populismo jesuita”. El tiempo de la reconquista se aproximaba.

En tanto, sin embargo, había que extirpar la hierba mala del “catolicismo liberal”. No bastaba con el enemigo a las puertas, ¡se había incluso introducido en casa! En tal cruzada destacaron los jesuitas, fueron como en otros tiempos el ejército del papa. ¿Cómo tolerar el connubio de la fe con la herejía liberal, la convivencia con las ideas anticristianas del iluminismo? El activismo pedagógico y publicista de los jesuitas se lanzó contra ello y contra “los errores” del liberalismo; no ahorró nada ni nadie, en la estela del célebre Syllabus de Pío IX: democracia liberal, parlamentarismo, libertad de prensa, libertad de conciencia; el Estado laico más que cualquier otra cosa.

Por no hablar del capitalismo. ¡Cuántas polémicas contra la satánica ley de la demanda y de la oferta, cuántas excomulgaciones de la lógica impersonal del mercado, de la propiedad privada que nutría al egoísmo! El capitalismo era la forma más degenerada de la apostasía liberal, el mayor elemento de corrupción del pueblo inocente, la más poderosa fuerza disgregadora de la comunidad orgánica. ¿Servía para sustraer a muchas personas de la miseria? Jamás: causaba desigualdad y basta. Contra ello, el antiguo imaginario jesuita militante y triunfalista recobró vigor, el sueño nunca olvidado de restaurar el Reino volvió a brillar. Se trataba sólo de afinar las armas, formar un ejército, retomar centímetro tras centímetro el terreno perdido.9

La revancha

En América Latina la Gran Guerra no se combatió en las trincheras, pero tuvo efectos tan disruptivos como en Europa. Marcó el final de un mundo y el inicio de una nueva época. El libre comercio cedió a las sirenas proteccionistas; la razón, a los reclamos del espíritu; el cosmopolitismo, al nacionalismo creciente. La edad liberal marchaba hacia el crepúsculo y el alba de los nuevos tiempos anunciaba los “populismos jesuitas”. Para la Iglesia latinoamericana había llegado la hora de la revancha. La guerra, los conflictos sociales, la revolución bolchevique, los cambios de las costumbres, de las modas, de los roles familiares: lo habíamos dicho, tronó la frondosa batería de diarios, revistas y radios católicas sobre la estela de la Civiltá Cattolica en Roma;10 habíamos advertido que disolviendo la unión entre Estado e Iglesia, ciudadano y fiel, pretendiendo colocar al hombre en el lugar de Dios, el liberalismo habría destruido la unidad orgánica del pueblo y sembrado el desorden en el creado.

Para remediar, urgía fundar un “nuevo orden cristiano”: tal fue la cruzada del revanchismo católico entre las dos guerras. Por cultura e inclinación polémica, organización e influencia, visión estratégica y ramificación global, la guiaron los jesuitas. ¿Pero qué era el “nuevo orden cristiano”? Se trataba del “retorno a una sociedad de tipo orgánico”.11 Si tal era el fin, y dado que no hay historia que no se edifique con los materiales del pasado, era previsible que el “nuevo orden” asumiera en el mundo hispánico las semblanzas de la cristiandad antigua, orgánica por definición. El Estado cristiano debía aplastar al Estado laico; la nueva cristiandad, abatir a las élites descristianizadas; la comunidad de fe, volver a poner en su lugar al individuo. Contra el Estado liberal, la Iglesia invocó a la “nación católica”, la fe del pueblo. Comenzaba el largo viaje de la restauración cristiana, el rescate del pueblo de la esclavitud y el retorno a la tierra prometida. Ya pocos recordaban las misiones jesuitas.

Pero su espíritu se cernía: el nacionalismo celebraba la catolicidad contra el protestantismo anglosajón; las corporaciones, contra la democracia liberal; la cruz y la espada, contra los partidos y el Parlamento. Cada país siguió su vía y caminó con sus tiempos, pero casi todos fueron en la misma dirección: “el nuevo orden cristiano”. Obvio. ¿El liberalismo no era culpable de haber dividido aquello que Dios y la naturaleza querían unido? ¿El nacionalismo no invocaba una identidad antigua y popular pero traicionada por las élites inspiradas por ideas “extranjeras”? Estaba descontado que palpitara el corazón religioso de aquella identidad, que re-emergiera la fe que impregnaba a la cultura del pueblo. El grueso del nacionalismo hispánico fue por lo tanto católico y luchó por un orden cristiano. Peruanidad, cubanidad, argentinidad: a ello aludían las invocaciones a la “esencia” de la nación. Lo admitieran o no, eran todas ramas nacionales de un solo tronco universal, herederos de la cristiandad hispánica. El mito de la hispanidad, que había quedado en pedazos tras las guerras de independencia, volvió a brillar en los escritos de los intelectuales católicos y en las cartas pastorales de los obispos. Primero en los años Veinte, cuando Miguel Primo de Rivera reverdeció sus fastos; luego con tonos de cruzada cuando Francisco Franco desencadenó la guerra civil. Para la Iglesia y los nacionalistas latinos fue el ajuste de cuentas entre las dos Españas, las dos Américas, sus almas inconciliables; la guerra de los ejércitos de Dios contra el demonio iluminista y sus hijos degenerados.12

Si el horizonte de la revancha católica era la restauración de una sociedad de tipo orgánico y la mecha de la reacción antiliberal fue la guerra civil española, no asombra el encendido debate que estalló entonces sobre la licencia, para los católicos, de colaborar con los fascismos. ¿No expresaban una idea orgánica de nación? ¿No eran los sepultureros del orden y del ethos liberal? ¿No eran unanimistas, jerárquicos, corporativos? ¿No postulaban el Estado ético? Los “fascismos católicos” tenían algo de familia. El salazarismo portugués, el franquismo español, el mismo fascismo italiano cosecharon consensos entre los nacionalistas católicos latinoamericanos.

Su diana predilecta fue Jacques Maritain, culpable de negar la dignidad de “cruzada” a la insurrección franquista, decidido a conciliar cristianismo y democracia.13 Contra él y sus adeptos en el mundo hispánico, marcados a fuego como “católicos liberales”, la Iglesia latinoamericana con los jesuitas a la cabeza descargaron artillería pesada. No era cuestión de “cambiar a los hombres”, se oía desde los púlpitos y en los conventos, sino de cambiar “el sistema”; “revolución” era la palabra en boca de todos, “redención” querían decir, restaurar el Reino, conquistar el Estado y por mano del Estado expiar el pecado liberal, catequizar al pueblo, convertir a los enemigos o eliminarlos. La utopía cristiana era la misma de otro tiempo, impermeable al devenir de la historia. De otro modo, ¿qué utopía hubiera sido?

No eran sólo palabras: el liberalismo capituló casi en todas partes frente al prepotente retorno de la sociedad orgánica. El imaginario religioso antiguo demostró su vitalidad, reveló no haber sufrido mucho el siglo de prédica liberal; el substrato orgánico de la cristiandad ibérica había sido arañado, pero permanecía íntegro. Nada lo probó mejor que los regímenes que surgieron en Brasil y México. No eran todavía “populismos jesuitas” pero anticipaban sus trazos. El Estado Novo creado en 1937 por Getúlio Vargas en Brasil aludía al homónimo régimen portugués; era unanimista, jerárquico, corporativo. El Estado cristiano volvió al timón: ejército e Iglesia eran sus dos pilares. Las instituciones liberales se fueron al desván: cerrado el Parlamento, abrogados los partidos, censuradas las libertades individuales. La economía mercantil se inclinó frente a la primacía de la política, al Estado productor. Los jesuitas vieron a sus principios ideales retomar auge, triunfar su modelo pedagógico y su influencia, plasmar la vida del país.14

El caso mexicano es aun más indicativo, no obstante las apariencias. Desde ya, porque los “vencedores” de la violenta revolución que estalló en 1910 fueron los liberales. Herederos de Benito Juárez, se lanzaron contra la Iglesia; y como en otro tiempo, clero y campesinos reaccionaron invocando a Cristo Rey y empuñando las armas. Sin embargo, aquello que a primera vista pareció el triunfo del liberalismo más anticlerical se presentó bajo otra luz cuando en los años Treinta el presidente Lázaro Cárdenas pacificó al país y estableció los pilares del nuevo orden: un orden unanimista, jerárquico, corporativo. Uno era el partido, rodeado apenas por escuetas hojas de higuera; vertical la organización social; compuesta por corporaciones dicha organización social. Para ser el orden nacido de una revolución liberal, era el menos liberal jamás visto y el más similar al antiguo imaginario cristiano. Tanto que instituyó un nuevo sistema educativo para predicar la fe revolucionaria y anteponer el Estado al mercado, la producción colectiva a la propiedad privada, la moral al dinero.

La Iglesia mexicana no podía aplaudir: aquel orden la condenaba a la marginalidad. Probó así el efecto indeseado de la restauración cristiana en edad secular, donde no era más imaginable que el clero guiara al Estado cristiano. Para guiarlo, ahora, había un líder, un régimen, un movimiento; ellos eran la nueva clase sacerdotal, los fundadores de la nueva religión, la religión del pueblo. Por cuanto desplazadas por semejante evolución, en todo caso las autoridades religiosas no tardaron en reconocer en el nuevo orden los típicos trazos de la utopía cristiana. Por lo tanto, aprendieron a convivir con el nuevo régimen.15 Cárdenas, por su parte, poco a poco ingresó al panteón de los héroes cristianos celebrados por los “populismos jesuitas”.

Dios, patria, pueblo

La reconquista católica culminó en los años Treinta y viajó sobre las alas del revival clerical y militar. Cruz y espada, ya pernos de la cristiandad hispánica, oscurecieron a los frágiles regímenes constitucionales. No sólo en las pequeñas y atrasadas repúblicas centroamericanas, sino también en los países más grandes y modernos. La ola de golpes de Estado militares que barrió a la región en 1930 no dejó dudas: el péndulo estaba separándose del polo liberal y oscilando veloz hacia el polo orgánico. La Iglesia bendice las armas de los ejércitos cristianos. La Acción Católica disputó plazas y masas a los enemigos. La Santa Sede guio el rescate. Cosa jamás sucedida, el Congreso eucarístico internacional de 1934 se realizó lejos de Europa, bajo la gran cruz izada sobre las avenidas de Buenos Aires, en el corazón del país más rico, joven y potente de América Latina. La Argentina se candidateó así para devenir la capital de la cristiandad de ultramar, para edificar el orden cristiano al reparo de los vientos seculares que soplaban en el viejo continente.16

Sin embargo, para abrir el Mar Rojo y conducir al pueblo elegido a la tierra prometida había que derrotar a muchos enemigos, extirpar las causas de su disgregación. No sólo el liberalismo, repetía el clero nacionalista, sino también su fruto más venenoso, el comunismo ateo. Contra él, la Iglesia lanzó fuego y llamas pero elaboró una respuesta refinada. El imaginario orgánico de la cristiandad antigua, el orden teocrático de las misiones jesuitas, nuevamente se volvieron útiles. En su universo ideal, cada uno tenía su lugar en el organismo, todos estaban incluidos. No bastaba entonces con combatir al comunismo; había que impedir que el proletariado se transformara en su víctima. En Europa había sucedido, pero las raíces cristianas eran más robustas en América. Urgía por lo tanto actuar para prevenir la revolución. ¿Cómo? Conquistando el Estado, manu militari si era necesario. El Estado cristiano luego habría unido al pueblo en una comunidad unánime, incluidos los obreros, distribuyendo panes y peces, echando a la basura la inmoral ley del mercado. La oportunidad para hacerlo variaba mucho de un país a otro, pero tal era el espíritu que animaba a la Iglesia y al mundo católico en América Latina.17

Para prevenir la revolución comunista y frenar la descristianización, tomar las riendas del Estado y transformarlo en el instrumento de la reconquista cristiana, era, sin embargo, antes que nada necesario apuntar las armas contra el padre de todos los enemigos: el liberalismo, la tradición iluminista, causa primera de la destrucción del orden religioso. El nuevo orden cristiano implicaba abatir al Estado liberal, a sus instituciones, a sus principios filosóficos. A tal fin, era clave el llamado nacionalista al pueblo. Si el pueblo era el custodio de la identidad nacional, si tal identidad no expresaba un pacto racional llamado Constitución sino en una comunidad natural centrada en torno a la religión católica, entonces el liberalismo era una excrescencia antinacional, anticristiana, ilegítima; era enemigo de Dios, de la patria y del pueblo. Un enemigo por demás al servicio de las potencias protestantes en las que había nacido, enemigas de la civilización hispánica. El antiimperialismo católico, el odio hacia los valores encarnados por los Estados Unidos, era por lo tanto un odio antiguo; no dependía de su hegemonía, sino que tenía que ver con su ideología. En aquellos años abundaron las cartas pastorales que lanzaban invectivas contra la “penetración protestante y liberal”, a menudo vinculada a la “conspiración” hebrea.

El que acabó triturado en la morsa, cada vez más, fue el catolicismo liberal: un oxímoron, para el imaginario orgánico prevalente en la Iglesia y en el pueblo. Conservó influencia sólo donde la esfera política más se había emancipado de la religiosa: sobre todo en Uruguay, en parte en Chile. Por lo demás, el catolicismo liberal tuvo un feo final. Aislado, censurado, quedó como un débil testimonio sumergido por la entusiasta adhesión de la Iglesia y de los católicos a los “populismos jesuitas”. Y precisamente los jesuitas latinoamericanos fueron protagonistas de la reconquista católica. No solos, ni del todo compactos, pero fueron los más lúcidos teóricos del nuevo orden cristiano, los más celosos custodios de la memoria del Reino, los más batalladores arquitectos de la unión de Dios, Patria y pueblo. El clima era ideal: el liberalismo agonizaba, el comunismo avanzaba, los conflictos de la moderna sociedad de masas difundían la percepción de división y disgregación. Eran todos ingredientes favorables al renacimiento de un orden orgánico, para restablecer la armonía perdida fundada sobre una fe unívoca.

A tal fin, los jesuitas se valieron de muchos instrumentos, golpearon muchas teclas de un amplio teclado. Condujeron antes que nada una guerra ideológica. La restauración del Reino pasaba por su victoria, por el triunfo de la única verdad, del “totalitarismo cristiano” como estaba en boga decir. Sus círculos de estudio, sus revistas, sus radios y sus célebres predicadores fueron laboratorios y megáfonos de la reconquista. El instrumento doctrinal fue el poderoso revival de la filosofía tomista, el blindaje con el cual cargaron contra el liberalismo y el socialismo.18

Pero los jesuitas fueron también entre los primeros en aferrar la importancia, para refundar la comunidad orgánica, de reconquistar al pueblo. Y en el pueblo, a los trabajadores, los más sensibles a las sirenas del comunismo. Dejando de lado su costra atea, ¿no era quizá una ideología colmada de reclamos cristianos? Y la sociedad moderna, con sus grandes grupos sociales, ¿no era la sociedad de cuerpos por excelencia? ¿No estaba permeada de pulsiones colectivas y comunitarias hostiles al espíritu individualista y burgués del liberalismo? Ninguna época se prestaba mejor que la moderna para actualizar el orden corporativo de otro tiempo. De ahí la acción pastoral entre los obreros, la creación de sindicatos, el sostén de sus reivindicaciones. Citaban en voz alta las encíclicas sociales de León XIII y Pío IX, de ellas recordaban el objetivo de evangelizar a la clase obrera y mejorar sus condiciones de vida. No lo hacían en una perspectiva “reformista” sino en un horizonte “redentor”: no había otra solución si no demoler el orden liberal, la verdadera raíz del mal, y refundar un Estado cristiano garante de la colaboración entre las clases, de la armónica conciliación de todos los intereses.19

Para alcanzar tal fin, instrumentos predilectos fueron, donde posible, las fuerzas armadas. En los raros casos en los que las instituciones representativas de la democracia liberal habían alcanzado un satisfactorio grado de solidez, la revancha católica se quebró contra sus procedimientos y los “populismos jesuitas” no encontraron terreno fértil para emerger. Pero en otras partes la reconquista pasó por la guerra a muerte del orden cristiano contra el orden liberal. En aquellos casos, la Iglesia inhibió la formación de partidos católicos: los partidos eran instrumentos del sistema que buscaba abatir, símbolo de la fragmentación de la unidad orgánica del pueblo que ella ambicionaba restaurar. Formar un partido católico habría significado admitir que los católicos eran “parte” y no “todo”, que la nación no era católica en su integridad y en su “cultura”.

Por ello fue tan intensa, en gran parte de la región, la acción doctrinaria y pastoral de la Iglesia en las fuerzas armadas: conferencias, retiros espirituales, capellanes militares, misas de campaña, celebraciones religiosas. Incluso antes que protector de las fronteras y garante de la Constitución, el ejército se irguió en custodio de la identidad católica de la nación; de institución estatal se transformó en tutor moral del pueblo. De las revistas católicas y militares llovieron invocaciones al “soldado cristiano que ocupa un lugar privilegiado en el corazón de Jesús”, a la unión de la cruz y la espada contra la herejía liberal, al Dios de los ejércitos pronto a echar mano a la espada de la redención. Apocalipsis y redención, pecado y expiación: los binomios maniqueos del mesianismo religioso resonaron en los cuarteles. Tropeles de sacerdotes y coroneles se lanzaron a ambiciosos intentos de revisión histórica para expugnar del pasado todo rastro de liberalismo y fundir en un haz nación y religión.20

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Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
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191 стр. 2 иллюстрации
ISBN:
9789876286220
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