Читать книгу: «Rescates emocionantes»

Шрифт:

Rescates emocionantes

Lori Peckham


Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido

Tapa

Dedicado a...

Un agradecimiento especial a...

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Rescates emocionantes

Título del original: Guide’s greatest rescue stories, Review and Herald Publ. Assn., Hagerstown, MD, EE.UU., 2011.

Compilación: Lori Peckham

Dirección: Claudia Brunelli

Traducción: Claudia Blath

Diseño de tapa: Leandro Blasco, Ivonne Leichner

Diseño del interior: Giannina Osorio

Ilustración: Walter Gómez (tapa); Sandra Kevorkian (interior)

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición, e - Book

MMXXI

Es propiedad. Copyright de la edición original en inglés © 2011 Review and Herald Publ. Assn. Todos los derechos reservados.

© 2012, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana. La edición en castellano se publica con permiso de los dueños del Copyright.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-384-5


Rescates emocionantes / compilado por Lori Peckham / Dirigido por ClaudiaBrunelli. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineTraducción de: Claudia Blath.ISBN 978-987-798-384-51. Vida cristiana. 2. Libro para niños. I. Peckham, Lori, comp. II. Brunelli, Claudia, dir. III. Blath, Claudia, trad.CDD 268.432

Publicado el 26 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: ventasweb@aces.com.ar

Website: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Dedicado a...

Mi hermana, Teri, que me salvó la vida al menos una vez cuando éramos chicas. Brillante, servicial y de mente rápida, todavía participa de rescates como técnica de emergencias médicas (TEM) y emergentóloga en espacios exteriores.

Un agradecimiento especial a...

El personal de Guide: Randy Fishell, editor; Rachel Whitaker, editora asociada; y Tonya Ball, asistente técnica. Estas colecciones Guide no existirían sin su maravillosa visión y ayuda.

Los que han compartido sus asombrosas historias de rescate con la revista Guide a lo largo de los años, y el personal que reconoció su valor.

Las personas que actúan con heroísmo, ya sean rescatistas entrenados, personal médico, padres, hermanos, amigos o transeúntes.

“Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13).

Capítulo 1
Carlo, el viejo dormilón

Keith Moxon


El invierno llegó de repente ese año. El termómetro había estado bajando gradualmente en los últimos dos o tres días, y luego el cielo lleno de nubes se volvió plomizo.

Para Carlo, el viejo perro San Bernardo, esa era la señal para mudarse adentro de la casa. Se estiraba cómodamente en las partes más cálidas de la sala y dormitaba por horas.

Una noche Jenny, cuando le pidieron que pusiera la mesa, no lo vio. Tropezó con esa figura adormilada y casi derramó la leche.

–¡Mamá! –estalló–, ojalá nos deshiciéramos de este perro perezoso. Es una molestia.

–¿Eso crees? –preguntó la mamá–. Yo creo que es muy agradable.

–Siempre está estorbando –gruñó Jenny.

–Si estamos jugando a la pelota, se acuesta y se echa a dormir justo encima del arco, y es tan pesado que nadie puede moverlo –añadió Pedro, el hermanito.

–Y cuando queremos hacer huerta, siempre la estropea –continuó Jenny–. El verano pasado insistía con echarse a dormir sobre mis plantas de tomate.

–Pero, chicos –dijo la mamá–, deben recordar que cuando ustedes eran pequeños, él siempre les tenía paciencia, y los llevaba a pasear sobre su lomo y nunca le importaba lo que le hicieran.

–Pero eso fue hace muchos, muchos años –objetó Pedro.

–El tío Juan dice que deberíamos pegarle un tiro y ponerle fin a sus sufrimientos. Tiene reuma –dijo Jenny.

–Y está medio ciego –añadió Pedro.

–Bueno, chicos, tal vez sea así –reconoció la mamá con un suspiro–. Pero, de todos modos no tendremos a Carlo por mucho más tiempo, y creo que debieran ser amables con él por todos los buenos momentos que les supo dar. Tienen una deuda de gratitud con él.

–¿Deuda de gratitud? ¡Bah! –dijo Jenny entre dientes.

Sin embargo, para entonces la cena estaba lista, y como a Jenny y a Pedro les encantaba todo lo relacionado con la comida, por el momento dejaron de lado lo que iban a hacer con Carlo.

Después de unos días de clima helado, hubo un período cálido y luego cayó un poco de nieve que cubrió de un blanco brillante los árboles pelados de alrededor de la casa. Uno o dos días más tarde cayó la primera nevada fuerte, con grandes bolas de nieve que descendían pesada y rápidamente, y se formó una capa de treinta centímetros en el patio. Para Jenny y Pedro, ahora era el momento para hacer bolas y muñecos de nieve, largarse en trineo y patinar.

–Vayamos a ver si ya se congeló el arroyo –le dijo Jenny a Pedro, después de largarse por trigésima vez en trineo por la colina, cerca de su casa.

–¡Sí, vamos! –exclamó Pedro.

Pero cuando Jenny miró el rostro expectante de su hermano, resonó en su mente lo que su mamá les había dicho cuando salieron a andar en trineo: “No vayan a ninguna otra parte. Vengan directo a casa”.

Bueno, el arroyo estaba casi de camino a casa, solo que el trayecto era un poquito más largo. Y además, en realidad, ella era una niña grande ahora, casi una joven. Sin duda, se podía tener plena confianza en ella para apenas ir a mirar el arroyo. Cediendo a sus pensamientos, tomó la mano de Pedro y juntos partieron hacia el arroyo.

El esfuerzo a través de la nieve, después de tanto tiempo de deslizarse en trineo, les llevó más tiempo del que Jenny había calculado. Antes de llegar a destino, un niño rendido pidió descansar. “Está bien”, decidió Jenny, quizá debían olvidarse del arroyo y volver a casa.

Cuando se dieron vuelta para desandar sus pasos, por primera vez Jenny se dio cuenta de que el cielo se estaba oscureciendo. Antes de haber recorrido la mitad del camino hacia su casa, había cambiado a su característico tono plomizo que solo significaba una cosa: ¡nieve!

Quedar atrapado a pie en una tormenta de nieve en Canadá es de temer. Una pizquita de ansiedad pasó por la mente de Jenny, por lo que le pidió a Pedro que caminara más rápido.

No obstante, la naturaleza humana no puede hacer tanto. Pronto el niñito pidió descansar nuevamente y, después de eso hubo, descansos frecuentes.

Al observar las nubes amenazantes que se cernían sobre ella, Jenny apuraba lo más posible a su hermano menor, pero Pedro pronto llegó a un punto en que no pudo dar ni un paso más. Comenzaron a caer copos de nieve y, presa del pánico, Jenny tomó a Pedro, se lo subió a caballito y continuó con mucho esfuerzo.

Pero ahora, era ella a quien le venían momentos de agotamiento. La carga doble era demasiado. Bajó a Pedro al piso y cayó desplomada. Los copos de nieve comenzaron a caer cada vez con mayor intensidad, hasta que todo a su alrededor era una cortina de nieve que caía, ocultando todo de la vista.

Jenny se acurrucó junto a su hermano, diciéndole que pronto la nieve se detendría y que luego podrían continuar.

Pero las horas pasaban, y la nieve que caía suavemente no cesaba. Pedro se quedó dormido y recostó su cabeza en la falda de su hermana.

De tanto en tanto Jenny retiraba la nieve que intentaba cubrirlos, y buscaba ansiosamente una señal de que la tormenta estuviese disminuyendo, pero era en vano. En silencio, comenzó a llorar de miedo y a temblar porque el frío se filtraba por su ropa. Entonces, el cansancio comenzó a pasarle factura. Intentó luchar contra él por un tiempo, pero luego decidió dormirse una siestita. Esto la haría sentirse renovada, y entonces podría cuidar mejor a Pedro.

Mientras todavía sostenía la cabeza de su hermano en la falda, se recostó sobre un codo y cerró los ojos. Al quedarse dormida, se fue deslizando lentamente hacia abajo hasta quedar con la cabeza en la nieve.

Un manto blanco comenzó a extenderse sobre ellos. Todavía dormían cuando cayó el sol y la negrura de la noche se cerró sobre la escena.

Dos o tres horas antes de esto, la señora Curtis, en la finca, había visto que se aproximaba la tormenta. Con los primeros copos de nieve había ido hasta la ventana a examinar con sus propios ojos la ladera donde sabía que sus hijos habían ido a deslizarse en trineo. Pero no había ningún indicio de ellos allí.

Se puso el abrigo y salió corriendo hasta el establo donde su esposo estaba trabajando. Allí tampoco había ningún rastro de ellos.

Todavía no era momento para angustiarse, se dijo a sí misma la mamá, pero algo aceleraba sus pasos mientras ella y su esposo iban hasta la colina, donde encontraron el trineo abandonado casi cubierto de nieve. Ahora sin disimular su ansiedad, regresaron a la finca y salieron en diferentes direcciones para revisar todos los lugares posibles donde los niños podrían estar.

Los minutos pasaban. Los niños no aparecían. Ahora no había dudas para los afligidos padres: ¡sus hijos estaban en medio de la tormenta de nieve!

Carlo, como de costumbre, estaba dormitando junto a la estufa de la cocina. Pero su mente de repente se sacudió y se despertó por el sonido del llanto de la señora Curtis. Abrió los ojos para verla, con el rostro pálido y temblando se enjugaba los ojos con el pañuelo mientras se aferraba al brazo de su esposo que hablaba por teléfono.

Varias veces el señor Curtis colgaba el teléfono y lo volvía a levantar llamando a diferentes casas para preguntar por el paradero de sus hijos y, luego, preguntaba si alguien podía venir a ayudar a buscarlos.

Carlo no entendía todo eso, pero sus sentidos le dijeron que algo andaba mal. Caminaba lentamente por ahí, ahora curioso por toda la agitación.

La llegada de una cantidad de gente extraña en respuesta al llamado del señor Curtis pidiendo ayuda era un desafío para Carlo, y este se paseaba pesadamente, ladrando y quejándose.

Una y otra vez las palabras “Pedro”, “encuéntrenlos”, “Jenny”, “perdidos”, “encuéntrenlos”, “busquen” llegaban a sus oídos perrunos y, de repente, en un arrebato de inteligencia, se dio cuenta de que Jenny y Pedro no estaban allí y de que todos estaban tratando de encontrarlos. Él sabía dónde estaban. Estaban jugando con el trineo en la colina. Él los iría a buscar.

Inadvertido para la gente que iba y venía, Carlo lentamente se dirigió a la puerta y se abrió paso en la oscuridad.

La búsqueda continuó durante toda la noche con faroles y linternas. La señora Curtis, a la que le prohibieron dejar la casa, hacía innumerables bebidas calientes e incontables sándwiches.

Al sonido de buscadores que se aproximaban, ella corría hasta la puerta y miraba con ojos vidriosos hacia la noche, exclamando:

–¿Alguna noticia?

–¡Todavía nada! ¡Todavía nada! –era la triste respuesta.

Y entonces más bebidas calientes y sándwiches, más charla, más palabras de aliento de todos.

La pobre madre no podía olvidarse del termómetro que colgaba afuera de la ventana, y trataba de no fijarse en los pequeños abrigos que colgaban detrás de la puerta de la cocina.

Y entonces, ¡los gritos! Y con los gritos, ¡los ladridos! La esperanza se precipitó como un fuego encendido, y la mamá llegó a la puerta de un salto.

A la distancia, escuchó que gritaban:

–¡Los encontramos! ¡Los encontramos! ¡Gracias a Dios!

Tratando de retener las lágrimas y las risas, la señora Curtis salió sin abrigarse al aire frío de la medianoche para recibir al tropel que se reía y gritaba. Un hombre tenía a Pedro, otro a Jenny y, en brazos de dos jóvenes, había un perro alborotado que ladraba: ¡Carlo!

–Bueno, mamá, no era necesario preocuparse por los abrigos –se rió el señor Curtis–. ¡Tenían el edredón más calentito y acogedor que te puedas imaginar!

La señora Curtis, mientras abrazaba a Jenny y a Pedro de a uno a la vez, balbuceó:

–¿Edredón? Qué... qué...

–¡Era Carlo! –dijo el grupo a coro, y luego todos se rieron de la idea.

–Yo escuché ladrar a Carlo –tomó la palabra uno de los hombres– y cuando llegamos allí, ¡estaba esta enorme cosa tirada directamente encima de los niños como una gran piel de oso! Los niños estaban profundamente dormidos y calentitos como una tostada debajo de él, en un hueco en la nieve.

–Yo me desperté algunas veces –balbuceó Pedro–. Carlo era pesado.

Y entonces todos se largaron a reír otra vez.

Fueron muchos los abrazos que hubo esa noche, no solo para los niños sino también para Carlo. Todos los que entraban tenían que frotarle la cabeza y hacerle cosquillas detrás de las orejas. Nunca había recibido tantos huesos de una sola vez. Y la atención especial no terminó aquella noche.

Desde aquel día en adelante, una niña llamada Jenny no escatimaba esfuerzos para darle afecto al perro. Carlo finalmente había comenzado a cobrarse su deuda de gratitud.

Capítulo 2
El círculo de fuego

Leonard C. Lee


Cuando era chico y vivía en Dakota del Norte, con frecuencia salía al campo a encontrarme con mi padre cerca de su hora de regreso. A veces, me dejaba volver a casa sobre el arado o en uno de los caballos.

Una tarde, cuando tenía cinco años, fui en dirección a él caminando a través del pasto alto que había sido pisoteado en parte por los caballos que iban y venían por el campo. Vi que mi padre dirigía un grupo de cinco caballos negros, tres adelante y tres atrás, que tiraban de un arado doble.

Entonces, de repente, ¡los caballos comenzaron a correr rápido! Los cascos sonaban como truenos, y venían ­directamente hacia donde yo estaba. Tra­té de correrme, pero no tuve tiempo.

Afortunadamente, los caballos me vieron y se hicieron a un lado para evitar atropellarme. Entonces divisé a mi padre parado sobre el arado agitando un látigo largo y gritándoles “¡so, so!” a los caballos. Levanté la vista y alcancé a distinguir su cara asustada cuando la rueda del surco casi dio contra mí.

Me agaché tratando de librarme del arado, y antes de poder levantarme escuché que los caballos regresaban. Todavía corrían, pero no tan rápido. Mi padre pateó la palanca, y las rejas del arado golpearon contra el pasto, levantando polvo que volaba a tres metros. Esto frenó a los caballos a un trote de distancia de mi.

Se habrían detenido, porque el pasto era pesado y duro, pero mi padre volvió a blandir el látigo, y ellos continuaron. A mi alrededor araron tres surcos dobles y parte de un cuarto. Entonces mi padre los detuvo, vino, me levantó y me puso sobre el arado mientras encendía un fósforo y quemaba todo el pasto dentro del anillo que había arado. Escarbó un círculo de un metro y medio de diámetro en el centro de la superficie incendiada y, levantándome por los hombros, me puso adentro.

–¡Quédate aquí hasta que yo regrese! –me ordenó–. No salgas de este circulito.

Había hecho todo tan rápido que no me atreví a preguntar por qué. Nunca antes había visto a mi padre así, ni hacer cosas tan rápido.

Luego saltó sobre el arado, sacudió el látigo y les gritó a los caballos. Ellos se alejaron corriendo, y yo me quedé preguntándome por qué se fueron a casa sin mí.

Yo no lo sabía, pero mi padre había visto un incendio en la pradera que había sido iniciado por alguna persona descuidada, y que el viento lo estaba llevando directamente hacia nuestra casa. Mi madre, mi hermana y mi hermanito estaban allí, y papá se apresuró a llegar a casa para tratar de salvarlos a ellos y a la vivienda. No teníamos vecinos cercanos, así que papá sabía que todo dependía de él.

Yo quise seguirlo a casa, pero había aprendido a obedecer. Había descubierto, a fuerza de errores que cuando mi padre me daba una orden, realmente hablaba en serio y era mejor obedecer. Así que me senté en mi circulito y esperé hasta que regresara.

Muy pronto hubo animales que comenzaron a entrar en mi círculo. Varias ardillas rayadas llegaron corriendo y luego una liebre. Los urogallos de las praderas revoloteaban encima de mi cabeza, y otras aves comenzaron a sobrevolar. Entonces comencé a sentir el olor acre del fuego, y el aire se volvió pesado y lleno de humo. Un coyote entró corriendo en mi círculo. Me echó un buen vistazo y salió corriendo para el otro lado a través del pasto alto hacia el campo que mi papá había estado arando. Un conejo con el pelaje algo quemado entró al círculo y trató de acurrucarse debajo de mí. Traté de apartarlo, pero no pude.

El aire se volvió abrasador, y me dieron ganas de salir corriendo, pero papá había dicho: “¡Quédate hasta que venga!”, y sabía que tenía que quedarme. Entonces se puso tan caliente que casi no lo podía soportar, pero tenía que hacerlo.

El fuego llegó hasta el exterior de los surcos arados a mi alrededor, y las llamas se extendían como los brazos de un gigante que trataba de arrebatarme. Mi ropa comenzó a quemarse. Di vueltas en el suelo y traté de atrincherarme en el pasto quemado, pero fue en vano. El conejo medio chamuscado y yo tratamos de escondernos uno detrás del otro.

Entonces oí el estruendo de los cascos de los caballos y supe que mi padre estaba viniendo. Traté de abrir los ojos, pero tenía la cara tan ampollada por el calor que apenas pude abrir un ojo. El equipo venía directamente por la pradera en llamas. Su pelaje negro estaba blanco del sudor y la espuma, y corrían como nunca vi correr caballos desde ese día. Papá sostenía las cuatro cuerdas en una mano y el látigo en la otra. Los caballos entraron directamente al círculo, pero no me atropellaron.

Mi papá se arrancó la camisa, húmeda de sudor, y me cubrió con ella para extinguir el fuego, porque parte de mi ropa estaba ardiendo del calor. Esto es lo último que recuerdo, porque me desperté en casa, en la cama.

Papá, con la ayuda de algunos vecinos, salvó la casa al arar surcos frente al fuego y haciendo contrafuegos. Luego el viento cambió, y el fuego comenzó a avanzar hacia mi refugio.

Papá había hecho girar a los caballos cansados y los había azotado hasta convertirlos en furias espumantes en la cabalgata salvaje para salvarme la vida. En su corazón estaba la temible pregunta: “¿Habrá obedecido mi hijo?” La vida y la muerte dependían de la palabra “obedecer”.

A menudo pienso: Ahora no estaría vivo si no hubiese obedecido a mi padre. Y algún día me acordaré de las pruebas y peligros de esta vida y pensaré: No habría obtenido la vida eterna si no hubiese obedecido a un Dios y a un Salvador amante.

Porque aprendí por experiencia que hay seguridad en la obediencia. Nuestro Padre celestial está tan interesado en nuestra seguridad eterna, como mi padre lo estuvo en mi seguridad temporal. Si obedecemos perfectamente a nuestro Padre celestial, estaremos a salvo.

Me gusta escuchar un canto titulado: “Dios es nuestro guía”, una de sus estrofas dice:

“Algunos por las aguas, algunos por los aluviones, algunos por el fuego, pero todos a través de la sangre”.

Capítulo 3
Prisionero en la haya

Ivy R. Doherty


–Me voy a cazar mapaches con los perros esta tarde –le anunció Tim a su hermano Bud–. ¿Te gustaría venir conmigo?

–No puedo –respondió Bud entre bocado y bocado de pan con miel–. Le prometí a Bill y a Joe que me encontraría con ellos a las 13:30 en el arroyo para nadar. Se desilusionarían si no apareciera.

–Sí, supongo que sí –Tim terminó su almuerzo y se levantó de la mesa.

–¿A dónde vas a cazar? –preguntó Bud.

–No estoy seguro, pero estaré fuera unas dos horas. Los perros no se han divertido en mucho tiempo.

Después de despedirse de su madre, Tim partió con los perros, un Collie y dos de caza. Divisó algunas nubes negras en el horizonte mientras se dirigían hacia el norte, pero no les dio mucha importancia.

A casi dos kilómetros de la casa, el Collie comenzó a ladrar con furia, y los sabuesos estaban más alborotados todavía. “¡Arriba en esa haya! ¡Arriba en esa haya!” parecían tratar de decirle a Tim.

¡Sí, allí estaba! Justo lo que todos habían esperado encontrar: un mapache gris y sedoso que miraba con indignación el revuelo de abajo.

–Bueno, mapache –Tim se dirigió al animal–, Collie, Terry y Spoty no pueden subir para buscarte, y tú no tendrás la amabilidad de bajar, así que subiré por ti.

El mapache lo miró con asombro. Todavía no estaba dispuesto a darse por vencido. Tim trepó por el tronco del árbol, con las venas llenas de emoción. ¿Qué pensaría Bud del hecho de que él atrapara un mapache?

Dos ramas más, y estaría a la altura del mapache. Los perros ladraban frenéticamente, y el mapache estaba medio mareado observándolos alternadamente a ellos y a Tim que se iba acercando cada vez más. Una rama más, ahora, y Tim estaría allí.

Trepó los últimos metros, mientras el sudor brotaba de su rostro. ¡Lo logré!, se felicitó.

Pero no iba a ser tan fácil atrapar al mapache. Cuanto más se le acercaba Tim, el mapache avanzaba más hacia la punta de la rama. Tim sintió que la rama se dobló peligrosamente y tuvo que retroceder a una rama más baja a esperar. Los perros impedirían que el mapache bajara, así que no había peligro de que se escapara.

Mientras esperaba, Tim advirtió que las nubes se cerraban cada vez más y se volvían más amenazantes, y que estas estaban mucho más cerca de lo que las había visto la primera vez. Se sentó a silbar una tonada y a seguir el ritmo con el pie contra el tronco del árbol, que sonaba a hueco.

Entonces de repente, el mapache fue directamente a donde él quería que fuese, dándole la espalda a Tim mientras miraba hacia abajo a los perros. Como un rayo, Tim subió al árbol. Extendió la mano para alcanzar el premio, pero justo cuando su mano se apoderaba del animal, ¡crash! ¡Tim se encontraba cayendo por el interior del tronco ahuecado! Su ropa se enganchó en un pedazo de madera seca y esto redujo el impacto de su caída, pero no lo detuvo, y en un instante Tim era un prisionero en el fondo de la gran haya.

Punzadas heladas de miedo hincaban su espina dorsal. ¿Alguien lo encontraría allí alguna vez? Su casa estaba a casi dos kilómetros de distancia. Nadie podría oírlo, aunque gritara a todo pulmón. No le había dicho a nadie en qué dirección saldría. Y estaba muy oscuro allí adentro, era un lugar muy mal ventilado y espeluznante. El único rayo de luz provenía de un agujerito en el suelo.

Los perros comenzaron a gemir. Entonces Tim tuvo una idea.

–¡Ve a casa, Collie! –exclamó Tim a voz en cuello–. ¡Ve a casa, Collie!

Tim esperó, poniendo la oreja lo más pegada posible al suelo, hasta donde se lo permitía el espacio dentro del árbol. Escuchaba para saber si todavía había tres perros aullando o solo dos.

Todavía había tres que aullaban con todas las ganas. Una vez más Tim le gritó a Collie que fuera a casa y luego esperó. Esta vez solo los dos sabuesos formaban un dúo. ¡Collie se había ido! Pero ¿conseguiría ayuda?

Tim supo cuando llegó la noche, porque el punto de luz en el fondo del árbol se desvaneció y desapareció. Los perros aullaban solo a intervalos ahora. A medida que los minutos se convertían en horas, el rugido de los truenos se aproximaba cada vez más y, por algún lado, desde arriba, los salpicones de lluvia comenzaron a abrirse paso a través del oscuro hueco.

Tim comenzó a pensar en su casa. Mamá y papá, ¿estarían preocupados por él? ¡Por supuesto que sí! Y estaba en lo cierto: en ese mismo momento lo estaban buscando, orando y pidiéndole a Dios ayuda para poder encontrarlo sano y salvo. Prometieron que harían todo lo posible por él.

¿Qué estaba haciendo Bud? ¡Cómo deseaba que su hermano hubiese ido con él! Tim pensó en todas las cosas ruines que le había dicho y hecho a Bud. Recordaba cuán a menudo había desobedecido a sus padres, y prometió solemnemente que, si Dios lo sacaba de esta pesadilla terrible, ¡sería un niño más bueno!

Poco tiempo después Bud, que esperaba solo en casa mientras sus padres buscaban a Tim, oyó que alguien arañaba y ladraba en el tejido de la puerta de atrás. Se precipitó para abrirla, pero Tim no estaba allí, solo vio a Collie. Rápidamente, Bud escribió una nota para contarles a sus padres que Collie había venido a casa y que él pensaba hacer que el perro lo guiara hasta donde estuviese su hermano. Bud se puso el impermeable y las botas, y partió, guiado por Collie.

Bud nunca antes había estado afuera en una noche así. ¿Y si Tim se había caído y se había roto un brazo o una pierna? ¿Y si los rayos...? Su mente se negaba a pensar en esto al comienzo, pero finalmente tuvo que hacerlo. ¿Y si Tim estaba muerto? Bud le prometió a Dios que si Tim volvía a casa sano y salvo, sería mejor hermano.

En el árbol, Tim seguía esperando. Las piernas le dolían porque no podía ni sentarse ni acostarse, aprisionado en ese espacio siniestro.

¿Qué fue eso? Bud se detuvo en seco, y Collie se acurrucó bien a su lado. Bud paró la oreja en dirección al viento. Había escuchado un grito.

Estaban cerca de una haya, y los sabuesos se abalanzaron para lamer a Bud en todos los lugares que tenía disponibles para lamer.

–¿Dónde está Tim? ¿Dónde está Tim? –les exigía Bud, pero lo único que hicieron fue volver a lamerlo.

Se llevó las manos a la boca y gritó el nombre de Tim, y justamente al lado de él salió una respuesta apagada:

–Estoy adentro del hueco de la haya, Bud. Estoy empapado, y tengo las piernas paralizadas. Es horrible estar aquí.

–¿Te lastimaste, Tim?

–¡No, pero sácame de aquí!

Bud no tenía ninguna soga, hacha o alguna otra cosa que pudiera ayudarlo.

–Mantén la calma –gritó–. Voy a buscar a mamá y a papá.

Bud volvió corriendo a su casa y allí encontró a sus padres, porque habían regresado por un minuto para ver si Tim había vuelto. El padre y varios vecinos partieron con Collie para que los guiara nuevamente. Bud protestó diciendo que él debía ir para mostrarles el camino, pero estaba temblando de frío y empapado, y su mamá lo hizo quedar adentro. Porque había muchas hayas y el terreno era tan grande que Bud solo podría darles una vaga idea de dónde encontrar a Tim.

Collie iba adelante, pero el esfuerzo de correr de acá para allá ya comenzaba a notarse en él. Después de un corto tiempo, se tendió en el piso y no se movió de allí.

Se escuchaba un débil ladrido a la distancia. El padre agudizó su oído hacia donde provenía el viento, como había hecho Bud antes, y tuvo la certeza de haber escuchado a uno de los sabuesos. El grupo de salvamento salió a toda prisa.

–¿Estás allí, Tim? –gritó el papá.

La única respuesta fue un aullido de los sabuesos. Llamó una y otra vez.

De repente, frente a él salió un grito apagado que casi era un sollozo.

–Estoy aquí, papá. Justo aquí. Debes estar cerca de mí, porque puedo escucharte claramente.

El corazón de los rescatistas se llenó de alivio. Ahora el problema era sacar al prisionero. Podían usar el hacha o el serrucho que habían llevado, pero Tim no se podía mover, así que podría ser peligroso usar esas herramientas filosas. Se necesitarían hachazos fuertes para cortar el árbol, y al hacerlo, una parte blanda podría ceder de repente y el hacha podría pegarle a Tim. Si el árbol caía demasiado pronto, Tim podría lastimarse más que con un hachazo. El serrucho presentaba dificultades similares.

Había solo una salida razonable, y era usar una soga. Pero incluso esto tenía sus inconvenientes. ¿Cuán estrecho era el túnel dentro del árbol? Si los pedazos de la madera vieja sobresalían hacia el centro del árbol, la cuerda ¿llegaría hasta donde estaba Tim? El muchacho estaba muy cansado a esta altura, ¿podría agarrarse de la soga? ¿Podría encontrarla si la bajaban y esta no lo tocaba?

El hombre más joven del grupo se ofreció para subir la soga al árbol. Luego, decidieron que debía ir un segundo hombre para alumbrar y prestar toda la ayuda que fuese necesaria. La haya estaba húmeda y resbalosa, y pasó algún tiempo hasta que el primer hombre llegó hasta la abertura y comenzó a bajar la soga.

Finalmente, la cuerda tocó la cara mojada y entumecida de Tim que, tomándola con todas sus fuerzas, se agarró bien mientras era arrastrado hacia arriba. La rama en la que su ropa se había enganchado la tarde anterior ahora lo rasguñó mucho. Se había puesto contento la primera vez porque le amortiguó la caída, pero la subida fue muy diferente.

Se preguntaba si sus piernas todavía estaban allí. Una vez que dejó el piso no podía sentirlas. ¿Podría volver a caminar? Pero lo principal en ese momento era salir del árbol, y para salir tenía que agarrarse bien, así que dejó de preocuparse y se concentró en sostenerse bien.

–Tiren fuerte –suplicó con una voz cansada y ansiosa.

¡Eso! ¡Eso! ¡Arriba, arriba! Lo lograron. Lo bajaron con la cuerda hasta los brazos de su padre. Tim no se pudo contener más y se largó a llorar.

El padre y los hombres se turnaban para transportar a Tim hacia su casa. Los primeros rayos del alba brillaban a través de las últimas nubes de la tormenta cuando los rescatistas cansados y el muchacho rendido llegaron a la casa.

Bud y la mamá estaban pegados a la cama de Tim cuando llegó el médico. Él dijo que quince horas en un árbol húmedo y hueco, parado en una sola posición todo el tiempo, no era bueno para nadie. Pero que Tim era joven, y en pocos días podría sentirse como nuevo, ¡como si nada! Tim por un buen tiempo no quiso saber nada de la lluvia ni de árboles.

Cuando más tarde Bud observaba cómo dormía Tim, recordaba que había pensado que Tim podría estar muerto y que había prometido solemnemente que, si Tim volvía a casa sano y salvo, sería un hermano más amable y considerado. Cuando la mamá y el papá entraron en puntillas en el cuarto, recordaron que habían orado para que Tim volviera a salvo, y que habían prometido a Dios y a sí mismos que harían todo de su parte para ayudar a Tim para convertirse en un buen hombre, si se salvaba y volvía con ellos.

Al final de la tarde, Tim abrió los ojos y sonrió. De pie junto a su cama estaban el papá, la mamá y Bud, y cuando los vio a todos allí, recordó que debía ser mejor hermano e hijo, porque Dios había oído su clamor. Nadie dijo ninguna palabra acerca de lo que habían prometido, pero todos parecieron comprender lo que había en el corazón del otro.

¿Y el mapache? ¡Ah, sí! ¡Se escapó!

Capítulo 4
Veintidós horas en el mar

Kay Heistand


El botecito se inclinaba peligrosamente sobre la cresta de una ola elevada. Calvin Swinson cayó de costado, pero al momento recuperó el equilibrio.

Era un caluroso día de verano. Los tres alumnos de la secundaria, Calvin Swinson y los hermanos Ben y Bill Wade, habían estado trabajando en un barco camaronero durante sus vacaciones de verano. Después de una larga noche de trabajo arduo se habían ido a dar un chapuzón en las aguas saladas del Golfo y, ahora, estaban regresando al barco grande en un bote de cinco metros y medio.

Entonces dieron contra otra ola. Esta tumbó el bote completamente y arrojó a los muchachos al agua.

Calvin salió chapoteando y riéndose. Con todo el optimismo de sus 18 años aceptó el accidente con calma. Pero, su sonrisa desapareció cuando vio que el bote se había ido a pique. Los muchachos estaban fuera de la vista del barco camaronero y fuera de vista desde tierra firme. Y fue en ese momento en que se dieron cuenta de que no tenían chalecos salvavidas. De repente, la situación se volvió muy seria.

Calvin era un excelente nadador, pero es difícil nadar o flotar en aguas turbulentas. Con enormes brazadas logró acercarse a los dos hermanos.

–Será mejor que nos mantengamos juntos –gritó–. Así será más fácil que nos encuentre el barco.

Bill y Ben estuvieron de acuerdo, pero decirlo era una cosa, y lograrlo era imposible.

Calvin hizo todo lo posible, pero parecía que las olas maliciosamente intentaban separarlo de sus amigos. Ben y Bill se turnaban para ayudarse: uno flotaba mientras el otro lo sostenía para que descansara.

Aunque Calvin luchó, no le quedó más remedio que mirar mientras sus amigos se alejaban de él.

Al principio no se preocupó demasiado. No habían ido muy lejos del barco, y sin duda alguien notaría su ausencia y comenzaría a buscarlos. Sin embargo, luego se supo que todos los que estaban a bordo del camaronero se habían ido a dormir, cansados de la agotadora noche. Nadie descubrió durante muchas horas que los tres muchachos no habían vuelto de su paseíto. Para entonces, era demasiado tarde para encontrar algún rastro de ellos.

Calvin siguió nadando, ¡e intentando mantenerse despierto! Le sobrevino un deseo abrumador de dormir, un gran anhelo de entregarse en los brazos de la inconciencia. Pero no bien se relajaba y se hundía en las verdes profundidades, los pececitos le mordisqueaban los dedos de los pies. El sobresalto lo asustaba y se despertaba, y comenzaba a nadar nuevamente. Posteriormente comentó que, para él, los peces fueron agentes directos de Dios, enviados para mantenerlo despierto.

Calvin nunca había sido un muchacho particularmente religioso. Quedó huérfano de muy pequeño y fue criado por una tía anciana que casualmente lo había llevado a toda iglesia que estuviese cerca de donde vivieran. Sin embargo, de repente, allí, solo, rodeado por las vastas y desoladas expansiones del mar y del cielo, Calvin se puso a pensar en la vida. Su vida, y el propósito por el que habría sido puesto en esta tierra por 18 cortos años. ¡Y ahora parecía como si estuviese a punto de dejarla! ¿Cuál sería la razón que estaba detrás de todo eso? Calvin estaba tan cansado que ya no podía pensar más. No había más nada que hacer que tratar de seguir vivo y orar.

Y ahí, flotando, nadando, hundiéndose en las aguas saladas del golfo de México, Calvin aprendió a orar. Aprendió a hacerlo, no con los labios, no por casualidad, sino con el corazón.

El largo y caluroso día declinó, y Calvin perdió toda noción del tiempo. Al principio, la frescura de la oscuridad de la noche le trajo alivio del sol abrasador del día, pero pronto se heló y comenzó a temblar de frío. Ya tenía el cuerpo quemado por el sol; la piel de gallina lo torturaba.

Flotaba lo más y mejor que podía, pero se había levantado viento en la costa del Golfo, como todas las noches, y las elevadas olas le llenaban la cara de sal y lo enceguecían.

Sus ojos se cerraron. El bendito sueño lo llamaba, y se hundió a dos metros en las aguas acogedoras. Allí un dolor agudo en uno de los dedos del pie lo sobresaltó y lo despertó. ¡Una vez más un pez que lo mordisqueó le había salvado la vida!

Dos veces durante la noche, Calvin vio las luces de las embarcaciones pesqueras. Se arruinó la garganta de tanto gritar, pero sus gritos se perdían con el ruido de la vibración de las máquinas. Los barcos pasaban de largo y, a medida que las luces iban desapareciendo en la oscuridad, la desesperación de Calvin se hacía absoluta.

Pero Calvin ya no sentía miedo de morir. En su mente ahora no había lugar para otra cosa que no fuera su nueva fe en Dios, la fe que había nacido y había crecido a través de la oscura desesperación de esa larga noche. Ya no oraba: “Por favor, querido Dios, envía un barco para salvarme”. Ahora el tema principal de su oración era: “Que se haga tu voluntad. Soy tu siervo. Si es tu voluntad, llévame al descanso. Solo existes tú”.

Palabras, versículos y oraciones olvidadas que había aprendido en los días de su niñez volvían a su mente. Y mientras oraba y descansaba en los brazos de Dios, Calvin seguía luchando, nadando, flotando.

Despuntó el nuevo día y, de repente, con el resplandor del sol naciente, un gran barco camaronero apareció encima de él. El deseo de vivir volvió a arder en el muchacho, y gritó saltando lo más alto posible del agua, agitando los brazos frenéticamente. ¡Cuánto deseaba tener un pedazo de tela para hacer señas!

Todos sus gritos fueron arrastrados por las olas cálidas y relucientes que subían y bajaban ante sus ojos desesperados. Parecía que no había nadie en la cubierta del barco. El sol brillaba sobre el agua metálica. El barco estuvo a un metro de Calvin y siguió de largo. Desapareció en el horizonte como el juguete de un niño y, con él, se fue la última esperanza de Calvin.

De allí en más, ninguna cosa física tuvo un verdadero significado para él. Flotaba, se hundía y nadaba de a ratos, guiado por un poder mayor a sí mismo. Su corazón joven dejó de luchar, dedicó su alma a Dios y encontró la paz. Así fue que con una sensación de anticlímax Calvin oyó la vibración de los motores de otro camaronero que se acercaba en dirección a él.

En medio de una bruma de dolor y sin poder creer de que la vida estaba a punto de comenzar otra vez para él, Calvin fue rescatado. Su cuerpo ampollado fue colocado con mucho cuidado en un cabestrillo, fue levantado de las aguas y el camaronero se dirigió hacia Port Aransas.

Un susurro de agradecimiento a Dios fueron las primeras palabras que salieron de entre sus labios secos. Calvin dejó de tomar el agua fresca que un marinero le daba con cuchara y que le causaba mucho dolor al tragar, para decir:

–Dios los envió, ¿verdad?

El marinero se ruborizó pero asintió. Su oficial superior, un capitán de cabello gris, dijo:

–Parecía como que estabas casi muerto cuando te encontramos.

–Sí, así es –dijo Calvin con dificultad–. Pero Ben y Bill... ¿dónde están ellos?

–Ellos están bien. Fueron recogidos por un camaronero después de estar en el agua casi diez horas. Se tenían el uno al otro para sostenerse, y uno nadaba mientras el otro descansaba. Incluso encontraron una tabla que flotaba, y eso ayudó a salvarles la vida. Pero tú, muchacho... –el capitán sacudió la cabeza asombrado–. ¿Cómo te mantuviste con vida? ¿Te diste cuenta de que estuviste en el agua casi 22 horas? Nosotros habíamos perdido toda esperanza de encontrarte incluso, pero algo nos impulsaba a continuar con la búsqueda.

–Dios hizo que continuaran con la búsqueda –dijo Calvin fervientemente.

–¿Qué fue lo que te sostuvo, Calvin? –el marinero le ofreció otro sorbo de agua y le sostenía la cabeza en alto mientras él bebía.

–¡Dios enviaba pececitos para morderme! –el muchacho sonrió y movió los dedos de los pies agradecido.

–Solo la magnífica condición física del muchacho y el aguante lo mantuvieron vivo. Es un milagro –le susurró el marinero con reverencia a su capitán.

Los ojos sabios del hombre mayor se posaron por largo tiempo sobre el joven gigante de ojos azules y cabellos rubios que había librado una batalla tan terrible contra la naturaleza y había ganado.

–Sí, es un milagro, un milagro de Dios –coincidió.

Calvin no los escuchó. Sus ojos se empañaron al mirar hacia el futuro. En su corazón había una oración de agradecimiento a Dios, a quien había aprendido a creer y a amar durante su larga prueba. Sus ojos vacilaron y se cerraron. Pero antes de quedarse dormido susurró: “Dios, solo existes tú. Mi vida siempre te pertenecerá a ti”.

Бесплатный фрагмент закончился.

313,46 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
144 стр. 24 иллюстрации
ISBN:
9789877983845
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги