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Pasiones al acecho

Pasiones al acecho

© de los textos: Lola Hasley

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2020

Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: María Belén Lacentra

Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo

1º edición: mayo de 2020

Producción editorial: Tequisté

contacto@txtediciones.com.ar

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-31-1

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

Lola Hasley

Pasiones al acecho / Lola Hasley. - 1a ed . - Pilar : Tequisté. TXT, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-31-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Románticas. 3. Literatura Erótica. I. Título.

CDD A863

Quiero agradecer

a mi ex marido, quien me dio mi familia, lo más sagrado de mi vida. Gran compañero de cada paso de nuestros pequeños y, de manera distinta, con nuestros encuentros y desencuentros, siempre apoyando mis ideas y proyectos. ¡Este se lo debo a él!

A mis hijos, el gran destello de luz que me regaló la vida.

A mis padres, quienes me inculcaron el ansia de explorar y conocer el mundo, con valores y fortaleza.

A mis hermanos, Mechi y Marce, por siempre estar conmigo.

A mis amigas, fieles compañeras en este arduo camino de vida, las primeras lectoras de mis historias en cada momento.

A Marisel, gran persona, con quien siempre compartí la pasión y amor por la lectura.

Prólogo

Buenos Aires, marzo del 2004

—¡Yo sabía que esto iba a pasar! Nunca te creí, ¡no podías estar casándote a esta edad! —me dijo Maia que tan bien me conocía.

—Tenés que conocer el mundo, no podés anclarte con alguien así, te hubieses estancado para el resto de la vida… —añadió Nati, siempre tan real.

—¡Celebremos, chicas! ¡Ya me saqué la venda de los ojos!

Todas eran teorías de mis amigas, pero ninguna podía imaginarse la verdad. El por qué había dado marcha atrás sobre mis planes de casarme a los diecinueve años. Necesitaba correr, guardarme, esconderme en un lugar seguro. No sabía si algún día lo podría superar. Pero allí estaba, con ellas, festejando, al fin, mi valiente decisión.

La música, el alcohol, la gente… de a poco me fui mezclando con la multitud nuevamente en esa bella noche de marzo, disfrutando, soñando… Fui al baño, me mojé la cara, hacía demasiado calor. La Luz se cortó de repente.

Mi sexto sentido se puso en alerta, intentando no entrar en pánico... no podía ser ÉL. Había quedado todo muy claro…

Y lo sentí, ese olor desagradable, la respiración atrás de mi cabeza… Silencio absoluto alrededor. Yo creía haberle ganado, pero aquí estaba, sin saber cómo escapar. Tenía que ser más astuta de lo imaginado.

Con la mejor de mis sonrisas, me di vuelta, como si nada hubiese pasado. Me abrazó. Mi cuerpo paralizado tenía ganas de vomitar, se me estaban nublando las ideas. Pero logré meter la mano en mi cartera y sacar mi gas. En un segundo quedó tendido en el piso, y yo corrí lo más rápido que pude…

Capítulo I

Londres, junio del 2015

Por fin lo estoy consiguiendo. Tantos años de entrega y aquí estoy. Necesito que se me dé, ¡por favor! Mi cabeza no para de pensar. Hace 11 años que dejé Argentina para perseguir algo que no tenía muy en claro, pero ahora, a punto de lograr mi contrato, estoy segura de que todo valió la pena.

Recuerdo el día en el que estaba subiéndome al avión, con rumbo desconocido a esta hermosa ciudad. No sabía mucho inglés, pero me las arreglaría. Mis amigas lloraban en el aeropuerto de Ezeiza, reclamándome que me habían recuperado tras mi tortuosa relación con ÉL, para volver a perderme al poco tiempo. Nadie entendía esta decisión, pero yo sabía que me tenía que ir. Y que nadie podía saber a dónde.

Llegué al aeropuerto de Heathrow muy entusiasmada, con ganas de vivir una vida completamente mía. Necesitaba deshacerme de mi pasado. No sabía a qué me dedicaría ni cómo viviría, pero no me importaba. Sabía que iba a ser feliz, que este era mi destino. Tomé un taxi, con mi única valija, hacia mi nuevo departamento, prestado por la única persona que sabía en dónde me hallaba. Mi única conexión con mi pasado. Mi padrastro.

En ese taxi, me empapé de la historia de la ciudad. No podía creer la cantidad de monumentos que se observaban. Hice mentalmente una nota de lo que me gustaría recorrer en mis primeros días allí. Siempre fui amante de la historia. Allí tendría mucho para ver.

Mi departamento estaba bastante bien ubicado, sobre Picadilly St. Para ser una niña de diecinueve años, sola en su nuevo mundo, no me podía quejar. Era muy amplio y limpio. Y tenía seis meses para usarlo mientras conseguía mi lugar permanente. Pero la verdad es que no sabía por dónde empezar.

Lo primero que hice fue desempacar mis cosas, no había llevado casi nada en verdad. Pocas cosas, no quería que me recordara nada a mi vida en Argentina. Así que me fui con lo básico hasta poder ganar algo de dinero para volver a equiparme. Un par de fotos de mis amigas y de mi familia, a quienes extrañaría mucho. No sabía cuándo iba a volver a verlos, todos pensaban que me quedaría por el continente. Era una mentira necesaria, no había otra opción.

Cuando terminé, decidí salir a dar una vuelta. Tenía mi block de anotaciones, de las recomendaciones de Marce, quien tan bien conocía esa ciudad. Si bien ya no seguía casado con mi mamá, para mí siempre sería una persona muy importante. Siempre nos acompañó desde su lugar, siempre le he tenido un gran cariño. Era la única persona a la que podía confiarle mis planes, que no haría preguntas y me ayudaría en lo posible.

Como me había dicho, me dirigí a la portería. Allí estaba John, el portero. ¡Qué prolijidad que tenía!, uno en nuestro país está tan mal acostumbrado. Allí todo es impecable, la gente es educada… pero, fría. En ese momento prefería toda la vida la confianza de un argentino. Aunque después de meses de vivir allí, comprendí que esa frialdad es una fachada. En el fondo, todos terminan abriendo sus preciosos corazones.

—Buenos días, John, mi nombre es Lucía. Estoy viviendo en el departamento del señor Marcelo quien me pidió que, en cuanto me acomode, venga a verlo… Tal vez usted pueda ayudarme a acomodarme por acá.

—Buenos días, señorita. El señor me ha informado que se alojaría aquí por seis meses, espero que sea de su gusto.

—¡Muchísimas gracias! Me gustaría mucho dar un paseo, ¿podría indicarme lugares para conocer?

—Por aquí hay mucho, no sé qué lugares son de su agrado.

—Me gustaría mucho recorrer los puntos más importantes. Tal vez usted pueda indicarme cómo llegar.

—Debería ver la abadía de Westminster, el cambio de guardia en el Buckingham palace, the Windsor Castle, la Torre de Londres, the Hampton Palace… hay muchas cosas interesantes por aquí.

—Me encantaría que me indicara cómo llegar. Sé que puedo tomarme el Bus Tour, pero preferiría hacerlo como si fuera de aquí, no como una turista.

—Venga, señorita, yo le indicaré cómo llegar a todos lados…

Y así comencé mis paseos por allí. Lo primero que hice fue ir a la Abadía de Westminster. Situada a pocos pasos del Támesis. Recuerdo que el día que llegué, no podía creer lo que mis ojos veían. Era una belleza difícil de igualar. Reyes, reinas, aristócratas, poetas, héroes, villanos, tantas personas formando parte de la fascinante historia de esta iglesia. Y allí estaba yo, parada, con mis ojos empapándose de años de historia. Cada paseo que hacía, más me gustaba mi nuevo lugar.

Pasaron los días, y comencé a buscar trabajo. Era de vital importancia. Si bien tenía algo de dinero que había traído conmigo y tenía unos cuantos meses para armarme, era algo que debía hacer con cierta velocidad.

Lo primero que hice fue buscar trabajo en bares. No me fue fácil en los primeros días. Al principio estaba muy ilusionada recorriendo todos los lugares cercanos a Piccadilly Circus. Pasé por Luxe, Tiger Tiger, St. Jamen Tavern, Basement… pero la suerte no estaba de mi lado. No necesitaban a nadie.

Pasaban los días y la soledad empezó a apoderarse de mí. Extrañaba a mi familia, a mis amigas, que me hablen en mi idioma. No conseguía trabajo, y ya había recorrido toda la ciudad. Mis libros comenzaban a terminarse; y yo, a desesperarme. Pero no iba a bajar los brazos, así que decidí salir de nuevo a buscar trabajo, y llegué al Green Bar del Hotel Café Royal. Aparentemente fue en un día complicado, dos de sus empleados se habían dado de baja, por lo que Melanie, la encargada del local, me tomó de inmediato. No podía creerlo. Ni siquiera me hizo una entrevista. Me dijo que le había caído como anillo al dedo y me dio un uniforme.

Fui a cambiarme y me desesperé. ¡En mi vida había trabajado! Siempre había sido la nena de mamá y de papá, no había lavado un vaso en mi vida. De hecho, hasta era fifí. Me acuerdo y me río. Ese primer día fue fatal. Cuando me alisté, salí rápido a preguntarle a Melanie qué hacer. Me asignó a Josh, quien hoy es mi gran amigo, para que me explique mi trabajo que, básicamente, era hacer lo que sea porque estaban muy atareados y tenían poco personal.

Comencé atendiendo mesas. Tomé diez pedidos en 5 minutos, estaba muy contenta con eso… hasta que fui llevándolos a las mesas y me di cuenta de que había anotado mal todos los números, y entregué los pedidos de forma equivocada. ¡¡Qué desesperación!! Pero Josh salió en mi ayuda, y lo solucionamos fácilmente. Qué cansada que terminé ese día. Trabajé doce horas de corrido, sin sentarme un minuto. Melanie, por suerte, quedó muy satisfecha, y volví al día siguiente.

Los días fueron pasando, y me encantaba mi trabajo. Sabía que era algo temporal, pero me bastaba para empezar. El sueldo no era malo, conocía gente, escuchaba historias. Me sentía acompañada en mi nueva burbuja.

Melanie y Josh se convirtieron en mis grandes confidentes. Teníamos todos vidas muy distintas, y congeniábamos a la perfección. Había otras personas trabajando con nosotros como Pili, Rose, Matt y George. El ambiente laboral era ideal. Poco a poco me fui sacando mis miedos más profundos y comencé a salir cada tanto con ellos. Recorríamos distintos lugares, nos juntábamos a comer, jugábamos cartas. Mi vida empezó a tener sentido en mi nueva ciudad. Mel era española, con lo cual, me sentía feliz de cada tanto usar un poco mi idioma.

—¿Por qué te viniste a vivir a Londres? —preguntó un día.

Terror. Pánico. Ni a mis amigas de toda la vida podía responderles la verdad. No podía traer aquello a lo que estaba formando acá, a mi nueva vida, a mi nuevo yo.

Necesitaba cambios de aire. Tengo ansias de conocer el mundo. Algún día volveré a mi amada Argentina, a mi gente, a mis amigas… Sabía que ello por ahí no pasaba nunca. Pero no quería mentir, aunque internamente sabía que ella no me creía. Mi mirada no podía ocultar cuando no decía la verdad. Pero ubicada como era, no preguntó más nada.

Josh, el loco del grupo, comandaba todos nuestros planes. Era el único londinense del grupo y, a juzgar por su aspecto, un chico “bien” (como yo) que quería hacerse “solo”, como decía. Muy valorable de su parte. Pero conocía cada calle, cada lugar, cada historia de ahí. Era muy buen guía turístico. Nos llevó a Neal Yard, una callecita hermosa. Hay un negocio de comida, otros de ropa y moda, y todos tienen colores llamativos en el frente, que los hacen únicos. Fuimos a Notting Hill, un barrio lleno de casitas bajas de dos o tres pisos muy pegadas las unas a las otras, todas de tonalidades pastel muy discretas. Los portales están delimitados por verjas de hierro; paseando por sus calles me sentía la protagonista de una película. Dowling Street, la calle de la residencia del primer ministro, Regent Street que conecta Oxford Circus con Picadilly Circus, lugar que me dejó boquiabierta con sus excelentes tiendas y la maravillosa arquitectura. Con él de la mano, comencé a sentirme una londinense.

Los meses pasaban, y yo ya estaba empezando a buscar mi nuevo departamento. Me quedaban sesenta días en el que estaba, necesitaba encontrar algo cómodo, bien ubicado y, sobre todo, barato. Nos pusimos en “plan de búsqueda”. Recorrimos distintos lugares, entre ellos el edificio más feo de Londres, al cual los diarios llamaron “una invitación al suicidio”, llamado Walkie Talkie, por su parecido a dicho aparato. Elegí uno en la zona de Convent Garden, en el edificio St. Cristopher ubicado en 9 Russell Street. Desde ahí, no me costaría tanto moverme, y tenía todo lo que yo necesitaba.

Mis días eran entretenidos. Me levantaba temprano; tomaba mi café con tostadas (mismo desayuno de toda mi vida); hacía mi clase de gimnasia que nunca abandonaría, siempre extrañando a mi entrañable amiga Jaz, mi profe de toda la vida, que tan fanática me había hecho; y me alistaba para ir a trabajar. En el Green Bar fichaba a las 11 de la mañana, y hacía horario de corrido hasta las 11 de la noche. Una vez por semana salía con mis amigos a algún lado, aunque todavía no tenía coraje para ir a bailar, por más de que hubiese unos cuantos kilómetros de distancia con mi vida pasada. Por las noches, cuando me metía en mi cama, seguía teniendo pesadillas, no sabía cuándo lograría que se terminaran. Pero era feliz y me sentía útil. Me había hecho nuevos amigos, amigos de Josh, y de Mel; y también tenía citas con algún que otro cliente, pero jamás había vuelto a dar un beso.

La noche de mi cumpleaños, el 7 de septiembre, mi primer cumpleaños allí, mis amigos me prepararon una fiesta sorpresa. Preguntaron a Nino, el dueño del hotel, si podía prestarnos el salón luego de nuestro turno de trabajo, a lo que accedió. Yo me había lookeado para una salida después del trabajo, no sabía que sería ahí. Tenía puesto un vestido verde esmeralda, sin espalda y bastante al cuerpo que me había comprado en una tienda obligada por Josh en uno de nuestros paseos, pero tengo que reconocer que me quedaba muy bien. Mis stilettos de Ricky Sarkany, una de mis pocas cosas de Argentina, y un sobre que hacía juego. Me sentía muy bien.

Al terminar nuestro turno de trabajo, veía que todos estaban todavía muy ocupados, sin entender por qué. Melanie, me tapó los ojos con un pañuelo y me llevó al salón. Comencé a escuchar música y cuando me dejaron ver, estaban todos mis amigos y gente que no conocía, y el salón estaba decorado para la ocasión. Mis ojos se llenaron de lágrimas al notar, entre todas esas personas, a mi mejor amiga Nati. No sé cómo llegó hasta ahí, pero me hacía tanta falta que mi abrazo a ella fue interminable. Con una de sus miradas, noté que después tendríamos mucho de qué hablar. La música empezó a sonar, mozos empezaron a traernos comida de todos lados. Estaba feliz, esto era increíble. Mis amigos bailaban, comían y tomaban; yo, pegada a Nati cual abrojo adolescente.

De repente sentí la necesidad de un descanso, de estar sola cinco minutos, así que, sin que nadie lo notara, salí con mi Marlboro Box y un Campari en la mano. Me abrigué, como siempre en esta ciudad ya hacía frío. Mientras contemplaba la noche en silencio, noté que la puerta se volvía a abrir, y vi al hombre más lindo del mundo salir hacia donde yo estaba. Era un completo Adonis. Morocho, los ojos turquesas más impresionantes que había visto, medía aproximadamente un metro noventa y tenía un cuerpo de infarto. Por primera vez en mucho tiempo, me imaginé con un hombre. Mi cara debía ser un poema, no podía dejar de mirarlo.

—Buenas noches, Lucía, le deseo un feliz cumpleaños, espero que la esté pasando muy bien en su fiesta.

—Muchísimas gracias. La verdad es que no me esperaba todo esto. Fue una sorpresa muy linda, es un cumpleaños muy especial para mí.

—Sí, me han comentado.

—No sé cómo ese italiano, que dicen que es un amargo, nos prestó este lugar, pero la verdad es que estoy encantada.

—Ah, ¿el italiano quién es?

—Nino, el dueño de este hotel. Me han dicho que es un viejo engreído, que solo piensa en él mismo, que se cree que se lleva el mundo por delante. Pero le tendré que agradecer por este préstamo.

No había terminado de hablar, cuando apareció Josh, también un poco achispado por el alcohol…

—¡Ey, Lu!, estábamos con Nati buscándote por todas partes, no te podíamos encontrar. Imaginé que habrías salido con “tus puchitos”. Veo que tuviste el placer de conocer al jefe, ¿cómo le va señor Nino?

—¿¿Qué?? ¿Señor Nino?

—No tuve el placer de presentarme a la señorita, soy Nino Cervara, el dueño del hotel. Un placer haberle prestado mi salón para un evento tan especial.

—Señor, disculpe… yo no sabía, me había imaginado… Soy Lucía Black, una de sus empleadas. Le ruego que me perdone.

Y salí corriendo. Literalmente me quería morir. Les conté a mis amigos lo que había sucedido y no podían parar de reírse. ¿Quién me había dicho a mí que Nino era viejo? ¿Cómo me iba a imaginar que ese pedazo de hombre era al que todos temían tanto, cuando parecía tan dulce? ¡¡Mi buena vida estaba llegando a su fin!! Al día siguiente seguro que me echaba…

Logré olvidarme de mi desatinado suceso, mientras que Josh y Melanie me contaron cómo habían logrado dar con Nati… decir que fue con ella y no con otra de las chicas, porque si no se habría hecho vox populi mi paradero. Ella, al darse cuenta de mi desaparición, se tomó el primer vuelo sola, sin decir una palabra. Sabía que algo pasaba y también sabía que no se lo iba a contar. Josh, un día, mientras yo distraídamente leía una y otra vez correos viejos, logró sacar la dirección de su email, así se pusieron en contacto. Le dijo la sorpresa que me harían y ella sin dudarlo se apareció. Se quedaría un mes en mi casa, mes que se extendería mucho tiempo más.

Luego de un par de Camparis más con mis amigas, decidí ir a disculparme con el jefazo, a ver si había forma de no perder mi trabajo al día siguiente. Recorrí el salón varias veces, pero ya no estaba. Di el tema por zanjado. Si me echaba, me echaba. Esa noche era muy especial para mí, no pensaba amargarme. Supliqué, literalmente, al DJ que me ponga mi amado reggaetón y música cachengue, a lo cual después de aguantarme diez minutos, accedió. Nos quedamos bailando hasta las 4 de la mañana y, ya agotada, volví con mi querida amiga y sus bártulos a mi hogar.

Abrí los ojos y sentí un terrible dolor de cabeza. Empecé a acordarme de la noche anterior, de la fiesta divina que me hicieron, miré al costado y vi que mi amiga ya no estaba en la cama. El olor a café me inundó y me levantó para arrancar el día.

No tenía tiempo para mi preciada hora de gimnasia, y tampoco muchas ganas, así que pasé por alto la vestimenta. Fui en pijama a mi cocina y ahí me encontré con Nati. Qué alegría que me dio.

—¿Me vas a explicar qué hacés viviendo en Londres cuando dijiste que te quedarías por América y que darías señales de vida rápido?

—¡Hola, amiga! Dejemos esta charla para otro momento. Estoy feliz de que estés acá conmigo. Pero hay cosas de las que no puedo hablar todavía. Por vos y por mí. Disfrutemos el tiempo que tenemos para estar juntas. Por favor, no digas en dónde estamos, nadie puede saber… es peligroso.

—Tiene que ver con ÉL, ¿no?

—Sí, mejor dejémoslo acá. Mientras que no sepa nunca en dónde estoy, voy a poder ser feliz.

—Lu, sabés que él en algún momento lo va a saber, ¿no?

—Tal vez ya para ese entonces, haya logrado superarme. Mientras tanto, mejor dejar las cosas así, ami. No quiero que nadie tenga problemas por mí, por no escuchar cuando me dijeron las cosas y meterme con ÉL. Ahora tiene que ser así. Yo soy muy feliz acá, extraño horrores a todos, pero mi vida es muy linda.

—Sí, lo sé. Todo a su tiempo. Ya me contarás. Sabés que pase lo que pase, siempre voy a estar con vos.

—¡¡Obvio!! Lo sé, hermanas de la vida, como decimos siempre.

—Bueno, contame un poco de este potro de Josh… cuando le pasé mi teléfono y me mandó una foto con vos, así me hubiese dicho que estabas en el Congo, me iba haciendo la vertical. ¡Qué bueno que está!

—Jaaa. Sí, es un divino Josh, pero sabés que no es mi estilo. Es mi amigo, un amor de persona, podrían hacer linda pareja… Veremos cuando me acompañes al trabajo qué onda pegan. ¿Vos viste el papelón que yo hice ayer, Nati? Ahora que pienso… no sé si seguiré teniendo mi trabajo. Me quiero morir. ¿Cómo doy marcha atrás? ¿Quién me manda a mí a ser tan bocona?

—Quedate tranquila. Se notaba que estabas achispada. No parecía tan ogro como todos decían. Seguro que te entiende. Y, a lo sumo, seguiremos recorriendo lugares juntas. Trabajando ahí, seguro conseguís trabajo en otros lugares rápido. Además, olvídate, es un bombonazo. Habría que secuestrarlo como adorno, un ADORNIS para la mesa de luz. No estaría mal, ¿no?

—Veremos… Lo último que debe querer es que lo secuestre después de las barbaridades que dije. Además, acá la buena vida se me acabó, amiguita querida. Si no trabajo, estoy al horno, y la verdad es que estoy contenta por lo que encontré en el bar. Me quiero mooooorir Nat, ¡¡soy una bestia!! ¡¡Siempre tan bocona!! ¿Qué hora es? A las 11 tengo que entrar, así que debería apurarme.

—Son las doce menos cuarto, honey.

—¿Qué? ¡¡¡No!!! Encima si llego tarde, peor, me voy volando. Quedate como en tu casa.

Me metí en la ducha a toda velocidad, no sabía ni cómo me llamaba todavía. Llegué al trabajo dieciséis minutos después, sesenta y un minutos tarde, esperando que nadie lo notara o, al menos, no el jefazo. Mis amigos estaban ya en sus puestos, riéndose de la noche anterior. Cuando me vieron entrar, me dieron un sobre del jefazo. No podía ser. Tenía que estar a las 12:15 en su despacho en el último piso. Al menos no iba a notar que llegue tarde, ¿o sí? Mis manos transpiraban sin parar mientras esperaba el ascensor con los dos cafés que me pedía que le suba… aunque, en realidad, todavía no entendía por qué yo tenía que hacer esto, si no era parte de mi trabajo. El tiempo de espera se me hacía eterno, hasta que llegué al lugar correspondiente hecha un manojo de nervios. ¿Qué querría? No podía parar de preguntármelo. ¿Me despediría en persona?

Cuando se abrió la puerta del ascensor, ya había pensado todas las excusas posibles para disculparme, pero ninguna tenía sentido. No sabía ni qué decir. Me iba a tener que morder la lengua y comerme la regañina. No tenía otra opción. Con mi mejor cara de perrito mojado, toqué la puerta del despacho. Imponente. En mi vida había visto una puerta así. Al abrirse, sale primero una rubia impresionante, de otro planeta, creo que hasta las mujeres se enamorarían de ella. Me quedé helada. Salió abrochándose la camisa. ¿Podía ser? ¿Encima del miedo que tenía, le tocaba la puerta justo en ese momento? Pero él me había citado a esa hora… mi cabeza iba a explotar.

—Adelante, señorita Black.

Momento de tomar coraje. Entré y me quedé de piedra. El despacho era el derroche de plata más grande que vi en mi vida. Todo revestido en madera, muebles de primera categoría, envidiable… pero impersonal. Yo le hubiese agregado detalles, fotos, algo más mío. Pero no. Al ver eso comencé a entender un poquito lo que decía la gente del jefe… Mi cabeza disparaba a cualquier pensamiento con tal de no afrontar lo que se me venía. Y lo vi. Nino, ahí sentado, mirándome con los brazos en jarra y cara de muy pocos amigos.

—Buenos días, señor. Disculpe la interrupción, pero me han entregado un sobre en el cual decía que debía estar 12:15 en su despacho con dos cafés.

—Sí, uno es para vos; y el otro, para mí.

—Le agradezco, señor, pero si no le importa, le dejo el suyo y yo bajo, que en el bar hay muchísimo trabajo.

—No te preocupes, querida, sabés que vos y yo tenemos que hablar un buen rato.

—Si es por mis comentarios de ayer, quiero pedirle disculpas… yo no sabía que usted…

—Me quedó muy en claro que no sabías quién era, acepto tus disculpas, pero no te cité por eso.

—¿No? Me quiere despedir, ¿no?

—Lo pensé… nadie me había dicho tan directamente lo que pensaban de mí, aunque, claro, ya llegaron esas cosas a mis oídos. Pero la cité por otra cosa. La chica que acaba de ver salir, Anette, mi ex secretaria ha sido despedida. Yo tengo un viaje urgente a Grecia al cual debería partir mañana, y necesito que usted venga como mi asistente personal. Tengo muy buenas referencias con respecto a su trabajo y es justo lo que estoy necesitando. Me gusta su bajo perfil. Sé también que en la fiesta había una amiga suya de Argentina, me tomo el trabajo de analizar muy bien quién está en mi hotel, así que le dije a Josh que la contrate para reemplazarla el tiempo en que no estemos. Serán entre tres semanas y un mes. Recorreremos distintos lugares. Hoy tómese el día libre, y mañana a las 8 de la mañana la recogerá mi chofer por su departamento para llevarla al aeropuerto.

No podía creer lo que estaba escuchando. ¿Yo, de secretaria? ¡Si él supiera que mi primer y único trabajo había sido en el bar atendiendo mesas y charlando con mis compañeros! Ni los tragos sabía hacer. Pero cómo decirle que no… titubeé. Además, tenía muchísimo miedo de compartir un mes con este espécimen. ¿Cómo iba a poder controlar mi cuerpo? Mis pensamientos iban transformándose en cosas peligrosas, y no justamente por trabajo.

—No se preocupe que esto obviamente se le pagará aparte, señorita. Y, a la vuelta, supongo que la agencia ya me habrá conseguido una secretaria nueva, con lo cual, usted podrá volver a su trabajo en el bar.

—Perfecto, señor. Así lo haré. Mañana a las 8 estaré esperando. Muchas gracias.

—Ah, señorita… prepárese… este mes será muy interesante. Tómese el resto del día libre para descansar un poco antes de comenzar su nuevo empleo.

Salí despavorida. Esperé al ascensor riéndome como una loca. Lo que estaba pasando era muy irreal. ¿Yo, de secretaria en las costas de Grecia? ¿Podía llevar bikini? No tenía ni ropa para ese trabajo. Debía ir urgente con Nati a recorrer tiendas. Bajé a toda prisa a contarles a Melanie y Josh mis novedades, pero ya estaban al tanto. Llegué a casa a las 13.

—¿Este hdp te echó de verdad?

—No… no te imaginas, Nat. Vestite, que tenemos que rajar. Tengo que ir urgente a comprarme ropa. Tengo que irme un mes con él para hacerle de secretaria porque rajó a la suya… aunque no sé, cuando subí a su despacho, la mina estaba abrochándose la camisa mientras salía. Cosa de locos. Medio raro. El tema es que me pidió que la reemplace un mes, porque tiene que viajar urgente y demás. No tengo ropa para ese trabajo. Así que acompañame a comprarme un par de cosas.

A los 20 minutos estábamos ambas en un taxi camino a Canary Wharf, dado que en el centro comercial Canada Square hay más de doscientas tiendas. Ahí seguro que algo encontraría. Había pensado en ir a Bond Street o Mayfair, pero no podría pagar nada de los locales de esa zona, así que opté por ir a algo más del estilo de mi bolsillo. Además, en el shopping estaban Oasis y Zara, en los cuales iba a conseguir ropa de secretaria. Fueron las peores 7 horas de mi vida. Recorrimos todo. Me dolían los pies de caminar… Nati me hizo probar todo de todos los locales. Pero entonces estaba feliz con mis diez conjuntos nuevos, aunque la ropa formal no sea la que más me gusta. También habíamos elegido un par de bikinis y ropa de playa, por si acaso tenía tiempo libre. Un traje de baño entero, por si tenía que acompañar a mi jefe a algún lado que lo requiera. A las 8 de la noche, estábamos en mi sillón con una pizza, un par de cervezas y mi valija lista, deliberando por qué me había seleccionado a mí.

A las 10 estaba felizmente dormida, sin saber qué me depararía mi próximo mes.

Capítulo 2

¡Apagate despertadoooooor! Fue lo primero que pensé. Estaba agotada, y no tenía nada de ganas de subirme a ese barco. Ahora que tenía a mi hermana del alma en mi casa y era tan feliz en Londres, tener que irme un mes me mataba. Había tenido una noche más que difícil, me había despertado muchísimas veces pensando en cómo zafar, pero no había escapatoria. Necesitaba ese trabajo, y no tenía manera de decirle que no. Me levanté, me puse un conjunto que me había comprado el día anterior, el cual era bastante formalito. Salí del cuarto; y Nati, como siempre, estaba esperando con la cámara de fotos para reírse de mi cara eternamente con esa vestimenta que no me gustaba para nada. Pantalón negro ancho, camisa blanca, unos tacos de 15 centímetros que me mataban los pies; y, maquillada. Nada peor para un día a las 7 de la mañana… Tomé mi café, y sonó el timbre, agarré mi valija y bajé.

Abajo me esperaba un chofer en un Audi último modelo, por lo menos iba a ir cómoda. Durante el trayecto, me indicó que el señor me esperaría en el VIP del aeropuerto y de allí saldríamos a las 11 de la mañana rumbo a Grecia. No tenía ni idea qué iba a hacer, pero empecé a leer la carpeta de actividades que también me había entregado. Aparentemente, tendría que acompañarlo a todas sus reuniones y encargarme de que nunca le falte nada. No parecía difícil, pero era algo que nunca había hecho. Estaba nerviosa porque, además, no tenía idea de cómo era. Los chismes del hotel no eran muy buenos, aunque a mí me había caído bien.

Llegamos a horario y despaché mi valija. Subí a donde debía, y cuando llegué estaba sola. Pase así treinta y cinco minutos, y él no aparecía. Entré en pánico, tenía miedo de haberme equivocado de lugar. Yo los únicos vuelos que me había tomado eran los más baratos y eso del VIP no entraba en mis planes. Comencé a impacientarme, hasta que una señorita bastante mona vino a buscarme, y me llevó directamente al avión, sin que llamen ni nada… se ve que Nino estaba acomodado. Él estaba ahí, hablando por teléfono y con cara de pocos amigos. Saludé y me senté muy callada. Comenzaron a subir todos los pasajeros, obvio que nosotros estábamos en primera. La azafata me ofreció algo para tomar y, aunque hubiese elegido el champagne que me dijo, agarré un vaso de jugo de naranja.

Cuarenta minutos después, estábamos despegando. Nino había dejado de hablar por teléfono y había comenzado a explicarme lo que tenía que hacer. El vuelo a Atenas duraba tres horas y media, y de allí partíamos de inmediato a nuestra primera reunión, que era por la zona. Un chofer nos esperaría con las maletas en el auto.

Llegamos al hotel Grande Bretagne, en Atenas. Era increíble. Pero mucho no pude mirar. Nos dirigimos directo a una oficina, en la cual nos esperaban varias personas… ahí pude darme cuenta de que yo era la secretaria del dueño del hotel. Me dieron una computadora y anoté todo lo que me parecía importante de lo que hablaban. Todo en inglés, obvio; y aunque llevaba buen tiempo viviendo en Londres, pasé por alto bastantes cosas que no entendía, pero cuando le pasé mi informe, no se quejó, con lo cual, creía haberlo hecho muy bien. Después de 5 horas de reunión, nos fuimos a la casa en la que nos alojaríamos, en la zona de Psihiko. Llegamos a una mansión increíble, moría por poder mostrarle todo esto a mi gente y mandar fotos, ¡mis amigas colapsarían! Pero desde que había dejado Argentina, no mandaba nada, nadie podía saber mi ubicación real…. Era mejor así, no iba a volver a pensar en eso. Los días de trabajo fueron muy intensos, iba todo bien. Nino no era tan ogro como decían, a mí me trataba bien, era muy caballero. Podía decir que me gustaba, aunque sería algo imposible.

Dos semanas después, debíamos trasladarnos a una playa en la que se brindaría una fiesta en honor a él. ¡Cuando me enteré me quería morir, no tenía idea de qué ponerme, eso no estaba en mis planes!

—Señor, disculpe, ¿podrá darme dos horas libres para ir a comprarme ropa antes de irnos? Yo no sabía que tendríamos eventos tan importantes de noche y la verdad es que no me traje nada.

—No te preocupes, Lucía, ya me ocupé de eso. Cuando lleguemos al hotel, tendrás tu conjunto esperándote… Espero que sea de tu agrado.

Noté una picardía especial en sus ojos. Era la primera vez que me hablaba de esa manera. Y me puse bastante incómoda. ¿Cómo iba a saber mi talle? Nunca me había mirado más que para darme órdenes de trabajo, y la verdad es que dudaba mucho de que conociera mis gustos, pero no podía decir nada.

—Muchas gracias, entonces, señor.

Acomodé todas mis cosas y a las dos horas salimos. Estaba realmente muy aburrida. No veía la hora de que pasen esas dos semanas para volver a mi querido Londres. Allí me di cuenta cuánto me había enamorado de esa ciudad y cuánto quería a mis nuevos amigos. Ahora que Natalia estaba conmigo, y no tenía dudas de que a la brevedad iban a llegar algunas otras, porque ella no se iba a quedar callada, no quería saber más nada con Grecia. En verdad no tenía idea de cómo, en las siguientes dos semanas, iba a cambiar ese pensamiento.

Nuestro destino fue Santorini, casitas blancas, mar color turquesa en el horizonte, perfumes mediterráneos y referencias mitológicas. Además, era muy romántico y tenía vida nocturna. Si me daba un par de días libres, estaba tocando el cielo con las manos. Me enamoré en cuanto llegué. Nos instalamos en el Hotel Majestic, de elegantes vistas, 2 bares y spa que, obviamente, también eran de Nino.

En cuanto llegamos me dio el resto del día y hasta las 5 de la tarde del día siguiente para descansar, y pude usar todas las cosas del hotel gratis. A las 17.30 me buscaría para asistir a la fiesta. ¡Qué felicidad me generó!

Usé el spa, me di una vuelta por la playa, recorrí un poco la ciudad y, cuando me cansé, volví al hotel para meterme un rato a la pileta y aprovechar para leer un poco. Marisel, una amiga de Argentina, me había acercado al mundo de la lectura y, en ese país, Florencia Bonelli estaba de moda. Me había llevado su último libro en mi computadora portátil, así que me dedicaría a leerlo. Marlene se llamaba.

Estaba muy compenetrada en mi lectura, ¡hasta que una morocha despampanante se cayó encima mío con un licuado con el que me empapó! Me quería morir. Me pidió disculpas, me dio su toalla para secarme y se sentó junto a mí para charlar. Su nombre era Lali, quien hoy es una de mis grandes amigas europeas. En realidad, era Argentina, y tenía casi mi edad, pero había ido a vivir a España con sus padres a los catorce. A los dieciocho decidió viajar para conocer muchos lugares antes de decidir qué hacer; y, medio enojados, los padres le dieron un año y medio para que lo hiciese. Mientras charlamos, vi bajar a mi jefe. Todas las miradas femeninas cayeron sobre él... Lali siguió mi mirada y comenzó a reírse.

—Otra enamorada del dueño…

—¡No! Es mi jefe. Ahora me dio unas horas libres, por eso estoy acá.

—Jajajajaja soy una bruja yo, me doy cuenta de todo. Esa mirada no es de “empleada”. Vos estás enamorada, aunque no quieras reconocerlo.

Hacía tanto que no pensaba en el amor. Tenía tanto miedo de sentir. Pero, claramente, el jefazo me gustaba y mucho. En mi vida había visto a alguien tan lindo, pero era imposible.

—¡Es imposible! Es mi jefe. En realidad, yo trabajo en el bar de uno de los hoteles, pero como se quedó sin secretaria el día anterior al viaje, me preguntó si podía venir, y acá estoy. Otra opción no tenía. Encima, el día previo a eso, en una fiesta, sin saber que era él, le dije los comentarios de los empleados, un papelón.

—Jajaja esto termina mal, ya te lo digo yo. No terminás este viaje sin estar con él. Y te aseguro que este espécimen de hombre te convence de lo que quiera.

—No creo, querida Lali, necesito trabajar, y ya sabés lo que se dice… “donde se come…”

—Jajajajaja ya veremos…

Y así seguimos un rato más. Él nunca se dio cuenta de que estaba yo ahí. O eso creía en ese momento. Dos horas después, me estaba bañando para salir. Mi nueva amiga me había hablado de un par de lugares que había para conocer, y la verdad es que no sabía si tendría otra noche libre, por lo que me apunté. A las 9 nos encontramos en la recepción del hotel y nos fuimos. El plan era el Koo Club, en Fira, que estaba bastante de moda.

Llegamos, y nos fuimos directamente afuera, nos pedimos unos tragos y seguimos charlando. Aparecieron unos amigos de ella, que conocía gente en todos lados. El grupo tenía muy buena onda y había un par de niños bastante bonitos. Me puse a bailar con un par. Luego decidí ir a fumarme un cigarrillo, pero sola. Quería estar un rato tranquila. Estaba distraída cuando, de repente, sentí una mano en mi espalda. Al darme vuelta noté que era Nino, no entendía nada. Me pidió que lo acompañara y me sacó del boliche sin que pudiera decirle nada a mi amiga. Me subí al auto, y me quedé pegada contra una ventana. Muchas ideas pasaron por mi cabeza hasta que, en una distracción, lo tenía pegado a mi cara, literalmente, partiéndome la boca. Mi cabeza empezó a volar muy alto, y todas las mariposas que venía conteniendo se liberaron. Fue el mejor beso que me dieron en la vida. No podía parar, aunque sabía que debía hacerlo. Eso no podía estar pasando y, además, él nunca me había dado una señal. Estaba muy confundida. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que le daba un beso a alguien? Ya ni me lo acordaba.

Como estaba medio achispada, decidí aprovechar el momento. Ya mañana me arrepentiría, pero necesitaba eso. Subió el chofer, y él se alejó rápido. Me quedé pasmada, y no sabía hacia dónde mirar. El viaje lo hicimos en silencio, mis mejillas ardían a un rojo vivo. No sabía en dónde meterme. Me sentía usada. Yo, que tan bien la estaba pasando, ¿me saca, me parte la boca y encima me deja así? No podía ser.

Llegamos al hotel, y me bajé apresuradamente del auto. Comencé a caminar sin mirar atrás. Me subí al ascensor rezando para que se cierren las puertas sin que suba nadie. Lo estaba logrando. Apreté el 5, donde estaba mi habitación. Me apoyé contra la pared, cuando la puerta se abrió de nuevo. Y Nino apareció en mi campo de visual.

Ni lo miré. No quería, no podía. Las puertas se cerraron, y se acercó a mí rapidísimo. No le permití volver a tocarme, ni pensaba permitírselo.

—Lucía, sé que no entendés nada. Te saqué de tu programa, te llevé a mi auto, te besé y, luego, no permití que nadie lo vea. Pero lo que me generás es muy fuerte, quiero que seas mía y de nadie más, para siempre. Para eso, tenés que entender muchas cosas. Conmigo nada es fácil y no quiero que los empleados de mi hotel piensen que sos una diversión para mí, porque te colaste en mi cabeza. Por eso me alejé en el auto

—Woooooow, disculpe, señor, pero usted no me conoce. No puedo haberme colado en su cabeza, porque ni siquiera me dirige la palabra, más que para ladrarme como un perro y darme órdenes. No tiene idea sobre mí, y no me gusta que me usen.

—Jajaja, ese carácter es lo que me gusta de vos. Desde que me dijiste en tu cumpleaños que era un viejo cascarrabias, supe que ibas a ser mía. Te analizo a cada segundo del día, sé todo de vos. Aunque algunas cosas no las entiendo, ya me las explicarás. Y sabé que el NO como respuesta acá no existe.

—Usted está muy mal acostumbrado. Si piensa que me voy a tirar a sus pies como todas las demás, está equivocado. Si quiere mandarme de nuevo a Londres, me voy mañana muy feliz, pero mi respuesta es que no, lo siento.

Y, gracias a Dios, se abrió la puerta. Bajé lo más rápido que pude, y me metí en mi cama a la velocidad de la luz, después de asegurarme de que mi puerta estaba bien trabada. ¿Qué se piensa este tipo? ¡Estamos todos locos!

Me estaba despertando. ¿Lo había soñado o había sido real? El Adonis me había besado, y lo mandé a freír churros… ¿cómo voy a dar la cara? Me quedaban 10 días de trabajo, y no me podían despedir. ¡Ay, diosito! Tendré que disculparme otra vez, es mi única opción.

Me quedé en mi cuarto todo el día. Puse música en mi iPod, me di un buen baño de inmersión y comencé a prepararme. Tenía que estar impecable. El vestido que había en mi vestidor era maravilloso. En mi vida había visto una cosa así. Era largo hasta el piso, negro, con un increíble tajo hasta arriba de toda la pierna. No tenía espalda y tenía un escote muy sofisticado. El talle era perfecto. Y me quedaba pintado. No podía creer que le hayan embocado. Debía salir más caro que el alquiler de mi piso. Tenía también unos zapatos de 20 centímetros color plateados y un sobre que le hacía juego a la perfección; una cadena de oro blanco con un corazón y unos aros a juego. Me sentía una reina; así que jugué ese papel. Y decidí salir del cuarto con esa actitud. Si no le había gustado lo de la noche anterior, problema suyo. Yo había estado dispuesta en su momento, pero después… Mi nueva amiga me había llamado todo el día, pero no había tenido ánimo para hablarle. Ya la llamaría al día siguiente, con todo el diario junto, ahora no sabía qué hacer.

Se hicieron las 17.30, y yo, como siempre, estaba lista hace rato, escuchando Aerosmith para recobrar fuerzas. Golpearon la puerta, y respiré muy profundo antes de salir con mi sonrisa más perfecta… Pero no estaba él, me había mandado a buscar por un empleado. Me quería morir. Me desmoralicé, pero era de esperar. El dueño del hotel no iba a estar tocándole la puerta a su secretaria, ¿no? Bajamos en silencio, el señor había tenido que salir más temprano y me esperaba directamente en la fiesta que se celebraba en la mansión de un amigo suyo, con vistas a la playa, obvio. Tal vez la arena y el agua de mar distrajeran un rato mi cabeza.

El lugar era alucinante. Estaba todo impecable, la decoradora tenía muy buen gusto. Cuando llegué había muchísima gente, entre la que ya conocía a varios por las reuniones de los últimos días. A él obvio que no lo vi hasta una hora después, cuando salió de un despacho con cara de pocos amigos y me tiró sus cosas para que las acomode. Lo seguí por todos lados atendiendo sus necesidades, hasta que la parte formal terminó y se puso a tomar algo con los amigos. Me acerqué a la barra y me pedí un trago. Se acercó un chico, bastante lindo, que parecía estar colgado como yo y nos pusimos a hablar. Era uruguayo, trabajaba para el dueño de casa. Qué raro encontrarme con alguien de mis pagos por ahí, pero pasé un buen rato charlando de cosas conocidas para mí.

Nino, cada tanto, me cruzaba un par de miradas, a las que yo no respondía porque no entendía su cara de pocos amigos, y tampoco me importaba. Me puse a bailar con mi nuevo amigo Martín, y me estaba divirtiendo en grande. El pobre chico no paraba de hablarme de su novia, a quien no veía hacia dos meses y extrañaba un montón, pero solo con escuchar una tonada conocida yo era feliz. El jefe lo llamó y volví a quedarme sola. Tenía ganas de huir, pero debía estar a disposición de mi jefe hasta que terminara la fiesta, así que le avisé al chofer que iba a dar una vuelta por la playa, por si me necesitaban para algo.

Caminé una hora, con zapatos en la mano izquierda y un trago en la derecha. Se me había ido el miedo, podía caminar en paz, pero ÉL volvía a mi mente cada vez que algo me recordaba a mis tiempos en Argentina, sumado a lo de la noche anterior, mi cabeza era un desastre. Decidí sentarme a descansar, no tenía ganas de volver a la fiesta y, si me necesitaban, me buscarían. Hacía mucho calor, pero me escondí atrás de una piedra y me acosté, perdí la noción del tiempo y me quedé dormida. Sentí a alguien alzándome, pero pensé que era un sueño, porque mis pesadillas habían desaparecido hacía un tiempo…

Me sobresalté. ¿La fiesta? ¿En dónde estoy? ¿Qué pasó? Abrí los ojos y me encontré en la cama del Adonis, con él sentado, mirándome fijo.

—Mmm, ¿hola?

—Te quedaste dormida en la playa.

—Sí, perdón. Salí a dar una vuelta y estaba cansada. Me senté a descansar un rato y aquí estoy.

—Me desesperé, no te encontraba, y mi chofer me dijo que estarías en la playa… te buscamos, pero no estabas, hasta que vi tus pies atrás de la roca.

—Discúlpeme, no era mi intención asustarlo.

—¿Me podés tutear?

—No entiendo por qué debería hacer eso, usted es mi jefe.

—Sabés que no es lo que yo pienso.

—Pues no se nota mucho lo que usted…

No me dejó terminar de hablar. Me comió la boca otra vez, y no me quise resistir. Sentí la loba que tenía domada hacía mucho tiempo liberarse. Mis manos se aferraron a su cuello, y salté encima de él. Allí descubrí que mi vestido estaba tirado en el piso, y yo, con un bóxer y una remera suya, cosa que muy sexy no me pareció, aunque debo decir que mucho tiempo no me duró. Él estaba en shorts y en cuero. Qué cuerpo tenía, por Dios, mis manos no podían dejar de tocar todos sus rincones. Mis pezones estaban duros como una piedra, lo cual notó muy rápido, porque me sacó la remera automáticamente. Su boca empezó a bajar lento por mi cuello, hasta ellos. Se metía en la boca uno y el otro alternándolos en tiempos perfectos, mientras que sus manos iban y venían por mis muslos. Hacía tanto que no sentía esto que estaba desesperada por apurar el trámite, así que me tiré arriba de él, y empecé a bajar yo. Llegué hasta el lugar indicado, y me di cuenta de que era enooooooorme, y yo ya virgen, nuevamente, empecé a entrar en pánico. Pero me convencí de que podría, y comencé a jugar con mi boca, notando que le gustaba mucho. Cuando estaba todo dispuesto para la mejor parte, escuchamos TOC TOC, pero hicimos de cuenta que no había existido. Seguimos en nuestro juego. Volví a subir, nos besamos, agarró el preservativo y se lo puso. Me senté arriba suyo, comenzó a introducirla y TOC TOC, TOC TOC, TOC TOC.

—Nino, sé que estás ahí, abrime ya, no me importa que estés con tu gatito de turno.

Lo miré incrédula.

—¿Puede ser? No, yo para esto no estoy. Me volví a retar, mentalmente. ¿Quién me manda? ¿Qué hago haciendo esto? Debería haber salido corriendo. Y, encima, ¿quién es la loca que grita así desde la puerta?

—Tranquila, no es lo que vos pensás.

—¿Que no es lo que yo pienso? ¿Me estás cargando?

—Por favor, confiá en mí.

—Dejé de confiar en los hombres hace mucho tiempo. No sé por qué confié en vos pensando que eras diferente, pero la verdad es que fue un gran error. Necesito volver a Londres mañana mismo, por favor. No puedo seguir acá.

—Si querés volver mañana mismo, vas a volver, pero primero vas a hablar conmigo. Si no, no vas a salir de este hotel te lo prometo. Por favor, dejame resolver este problema y escuchame. No es lo que vos pensás. Y a los de seguridad los voy a matar.

—Decime la forma de salir de este cuarto que tenés, que parece un departamento, sin que me vean, no quiero tener problemas por algo que nunca pasó ni pasará.

—Tranquila, salí por la puerta que está cruzando la otra puerta, sale al otro lado. Nadie te va a ver. Y ahí en el sillón tenés ropa cómoda, yo me ocupo de que después te lleven tus cosas.

Salí corriendo, literalmente. Pero no a mi cuarto. Del hotel no me iban a dejar salir, pero tenía que lograr que no me encuentren, así que le toque la puerta a Lali, ella iba a ayudarme de alguna manera, de eso estaba segura. Toqué la puerta con urgencia, desesperada. Abrió volando. Mi cara debía ser un poema porque me hizo pasar sin siquiera saludar. Cerró la puerta, y empecé a llorar. Le conté todo lo que me había sucedido desde que desaparecí de nuestras salidas y nunca le atendí el teléfono.

Tan gentil como es me escuchó, pacientemente, sin abrir la boca ni una sola vez. Cuando terminé mi cuento, empapada en lágrimas, la muy zorra se empezó a reír a carcajadas. ¡La quería matar! Su opinión era que estábamos completamente “colados” el uno por el otro y que acomodaríamos todos esos cruces incómodos, que no pasaba nada. Yo estaba indignada. No pensaba volver a verlo nunca más, aunque no sabía cómo lo lograría, dado que necesitaba el trabajo como sea, ya que también me pagaba el bendito alquiler. Sin más fuerzas para hablar o pensar, me quedé profundamente dormida en la cama de mi amiga.

Un par de horas más tarde, cuando me desperté, volví a mi cuarto a preparar mis cosas. Aquello se me estaba haciendo demasiado pesado, reabría mis cicatrices y no podía soportar nada que me desequilibrase ni un solo minuto.

Agarré el teléfono del cuarto, y llamé a Nati, para distraerme un poco. Hablamos largo rato, obviamente, no le dije una sola palabra acerca de Nino. Ella me comentaba lo encantada que estaba con Melanie y Josh, y que estaba pensando en quedarse por un tiempo indeterminado, lo cual me puso muy feliz, porque sabía que lo decía de verdad. A los cuarenta minutos, sonó la puerta de mi cuarto, por lo que corté mi llamada para ver quién era.

—El señor Nino la solicita con urgencia en su habitación, señorita.

—Gracias.

Me vestí más o menos presentable, y fui a encarar la situación convencida de que no iba a permitir otra vez que se me vaya de las manos.

—Buenos días, señor, me dijeron que usted me estaba esperando —le dije cuando me abrió.

Su cara era indescriptible. Tenía una mirada de fuego que me hizo erizar la piel. Me hizo pasar, y cerró la puerta atrás mío. Me temblaban un poco las piernas…

—Te dije que no era lo que pensabas, que ibas a hablar conmigo…

—No se preocupe señor, usted a mí no tiene que darme explicaciones de nada, le pido disculpas por mi comportamiento. No volveré a sacar mi carácter afue…

No me dejó terminar de hablar, lo tuve encima mío, besándome como si me fuera a comer, y no me pude contener. Nuestros cuerpos se pegaron, mi cabeza sabía que eso no era lo correcto, pero simplemente no podía salirme. Tanto tiempo sin permitir a alguien entrar en mi vida, que se me hacía imposible reconocer que aquello me estuviera pasando. Sus besos comenzaron a prenderme fuego, comenzó a bajar lentamente por mi cuello hasta que llegó a mis pezones. Los chupaba muy pero muy lento, y mi entrepierna comenzó a sentir punzadas de placer… cuando no pude soportarlo más, agarré su pene entre mis manos, bajé lentamente, y lo metí en mi boca sin dejar de mirarlo a los ojos…

«¡Basta! ¡Me vas a hacer acabar así, no puedo creer lo que me generás!», me dijo. Me permití seguir con él en mi boca, subiendo y bajando en distintas velocidades, haciéndolo morir de placer…

En determinado momento, me alejó de él y me acostó en la cama, su lengua en mi sexo hinchado me nubló la razón. Desesperadamente le pedí que se meta dentro de mí, y explotamos juntos de placer, con una violencia que no recordaba haber sentido en mi vida.

Me recosté en su cama, y esperé que mis latidos se calmen. Mi cerebro conectó con lo que había pasado, volví a mis cabales, con sentimientos encontrados…

—Nino, discúlpeme, no sé cómo permití esto… Usted es mi jefe, yo necesito mucho este trabajo, no puedo permitirme perderlo y esto… esto no debería haber pasado. Por favor, no me despida.

—Lucía… nunca la despediré. Usted se va a casar conmigo, créame lo que le digo. Es mi alma gemela, lo supe desde el mismísimo momento en que la vi en el balcón del hotel…

—Disculpe, señor, me parece que a usted algo le hizo mal. Nosotros no nos conocemos. Yo no puedo entregarme a nadie, voy a vivir sola toda mi vida. Además, ya vengo de una historia muy complicada, como para meterme en una situación conflictiva con terceras personas, que ya es la segunda vez que sin querer me la cruzo… no puedo. Le pido, por favor, que mantengamos las formas…

—La dejaré pensar eso señorita… pero créame, usted y yo terminaremos esta vida juntos… mientras tanto iré resolviendo asuntos, que no son lo que usted cree, pero a su debido momento, nos contaremos todo.

Me levanté, y salí corriendo. La seguridad de sus palabras me dio terror, no quería creerle, pero algo en mi interior sabía que eso era verdad. En muy poco tiempo, de alguna manera, se me había metido en la piel, y yo no lo podía permitir. Demasiado de mí había quedado en ese pasado, al cual no quería volver de ninguna manera, pero, si volvía a abrirme a alguien, lo iba a tener que hacer.

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9789874935311
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