Читать книгу: «El desafío de Becca»

Primera edición: julio, 2015
Corrección morfosintáctica y estilística:
Editorial Vanir
Del diseño de la cubierta: ©Editorial Vanir, 2019
Del texto: Lena Valenti, 2019
www.editorialvanir.com
De esta edición: Editorial Vanir, 2019
Editorial Vanir
www.editorialvanir.com
valenbailon@editorialvanir.com
Barcelona
ISBN: 978-84-17932-31-2
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.
A mis pilares. A esas personas especiales e importantes que están conmigo día a día.
Muy especialmente se lo dedico a mi equipo Vanir.
Al niño Valen, por todos los proyectos e ideas que hemos sabido compartir, y por todas las risas que nos hemos echado imaginando escenas de este libro.
A la niña Esme, una confidente y amiga que cuida muchísimo de mí y que adoro.
A la niña Aida, la Reina de las Maras, porque siempre está ahí dispuesta a todo y porque es la persona ideal para vivir las aventuras locas que mi mente propone.
Y a mi familia, que quiero con todo mi corazón, y que siempre me hacen sentir «en casa».
Os quiero mucho. Gracias, mijitos.
Índice
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@nikitanipone #eldivandeBecca Becca, mi marido tiene fobia a gastar. En veinte años no me ha comprado nada, y dice que es porque no tengo nada que vender. #Beccarias
Supongo que estas cosas pasan.
Y no me refiero a nacer con el aspecto de Brave la princesa valiente, y el pelo de Nina en pleno auge de Eurovisión, que es un estigma que soporto con toda la dignidad de la que soy capaz. No, no me refiero a eso. Me refiero al hecho de que nuestra vida dé un vuelco de golpe, tan repentino que ni siquiera lo hayas visto venir. Como el vuelco que ha dado la mía.
Si me pongo en situación, hace un tiempo, me dejó mi novio de toda la vida, David, justo la misma noche en que me ofrecían un programa de televisión sobre fobias. A pesar del varapalo y de que mi ánimo no estaba para tirar cohetes, acepté y me agarré a la oportunidad que me brindaba Fede como si fuera el bote salvavidas que me sacaría de la tristeza y la depresión que provoca que te rompan el corazón.
Me ha costado levantar cabeza, y lo he hecho a mi manera, aunque haya sido una de esas maneras totalmente descerebradas y suicidas. Por el camino me ha atacado un perro, me he tirado de un avión, me han electrocutado y me he acostado con el hombre más guapo de todos los tiempos.
No tengo remedio. En el proceso de ayudar a Francisco, Óscar y Fayna, me he enamorado barra obsesionado de él, del cámara de televisión más endemoniadamente guapo y borde del mundo. Sí. Ha sido así.
Axel.
Y en esta misma travesía, ese diablo de ojos verdes me ha cerrado la bocaza que tengo al demostrarme que él era mucho más de lo que yo veía, más incluso de lo que podía haber imaginado, hasta el punto de que arriesgó su vida por mí.
Por eso estoy ahora en este hospital, después de que un acosador con el rostro cubierto por una máscara de Vendetta me arrollara con su Renault blanco en Santa Cruz de Tenerife y provocara que mi coche y yo nos precipitáramos por un puente. Caí al agua, apresada por el cinturón de seguridad… Y pensé que iba a morir.
Aún me duele la sensación de ver pasar toda mi vida por delante de mis ojos, y de saber que el único rostro que vería antes de cerrarlos para siempre sería el de Axel, tan asustado por mí como yo lo estaba.
Sé que antes de despertar en este hospital de Barcelona donde me han trasladado, soñaba, sumida en mi inconsciencia, con el agua fría del río o de lo que hubiera debajo del puente… No recuerdo si era un acueducto. Y revivía con increíble claridad el rescate de Axel.
Él me salvó. Él me ha salvado de muchas cosas de las que aún no soy consciente, y sé que me irán golpeando, como un mazo de la verdad, a medida que me vaya recuperando.
Dios. Recuerdo la sensación de tragar agua. El ardor de mis pulmones, la horrible agonía de no poder coger aire… Y recuerdo la imagen de un hombre sirena buceando como un poseso hacia mí, los dos igual de espantados.
Demostrando una valentía fuera de lo común y una capacidad pulmonar descomunal, Axel metió su cuerpo por mi ventana, que había dejado abierta para poder insultar al infractor del Renault. La misma ventana por la que se colaba el agua a mansalva y que me dejaba apresada igual que un pez en una pecera. Desabrochó mi cinturón y me sacó como pudo… Tirando de mí, arrastrándome con él, con su boca abierta en la mía para darme el oxígeno que me faltaba.
Recuerdo sus labios sobre los míos, y por un momento pensé, tonta de mí, que era una manera muy romántica de morir. Que no estaba tan mal. Pero en algún momento perdí el conocimiento. Cuando el coche cayó al agua, me di un fuerte golpe en la cabeza y perdí mucha sangre… Por eso desfallecí. Pero lo hice en brazos de mi salvador. Un salvador, por cierto, que había removido cielo y tierra para trasladarme a un hospital de Barcelona para que me cuidaran y para que mi familia pudiera estar junto a mí. Un salvador que, para mi sorpresa, es el hermano de mi jefe. Axel no solo era el cámara huraño de El diván de Becca. Axel era, para mi estupefacción, el hermano pequeño del Súper.
Y aquí estoy yo, con Fede, recién despertada de mi inconsciencia de tres días, intentando encajar las piezas de este rompecabezas.
Fede me mira incómodo como nunca lo había visto. No es un tema del que le guste hablar. Parece delicado. Mira, en eso sí se asemeja a Axel: no cuenta nada de su vida, a no ser que esté encerrado en una sala con su terapeuta.
Es increíble. No hay una sola característica de su físico que me recuerde a él; Fede parece diez años mayor que Axel. Tiene el pelo casi blanco, y eso le hace atractivo, un madurito a lo Richard Gere. Pero me asegura que son hermanos por parte de padre y yo quiero que me lo explique todo si eso me va a ayudar a comprender a Axel. Quiero saber toda la verdad, porque Axel me tiene el seso sorbido y es un personaje con muchas incógnitas y sombras, de esas que no me dejan dormir.
Bueno, no sé a quién quiero engañar. No son sus sombras ni sus secretos los que me tienen así. No es su halo de Rey Misterio. Es todo él. Y si Fede puede arrojar algo de luz sobre mi héroe taciturno particular, seré toda oídos.
Una vez que la enfermera y el doctor de mi caso me han explorado, hecho las preguntas pertinentes y realizado todos los controles, nos han dejado solos de nuevo. Sé que debería estar convaleciente, desorientada y perdida, y con unas ganas infinitas de dormir, eso es lo que me ha dicho el doctor. Sin embargo, aparte de la migraña que tengo, no me duele nada más, y la revelación de Fede ha sido como un chute de Red Bull.
—Tengo poco tiempo hasta que vengan tu madre y tu hermana en estampida… Tendrán muchas ganas de hablar contigo, y yo no quiero cansarte.
Me muero de ganas de verlas, pero la curiosidad me mata.
—¿Qué hay de Ingrid y Bruno? ¿Dónde están?
—Bruno tuvo que regresar a Madrid por asuntos familiares. Ingrid no deja de llamarme para saber cómo estás. Los dos estaban realmente preocupados.
—Me imagino, pobres…
—Tengo poco tiempo para poder explicarte…
—Ya, ya. Entonces, date prisa y cuéntamelo todo, Fede —le pido con premura.
—Tal vez sea mejor que te deje descansar ahora, Becca…
—Se levanta con la intención de irse, mientras se mesa el pelo canoso repeinado hacia atrás—. Acabas de despertar y…
—Fede —mi voz suena dura y desesperada—, como te largues, te mato. Te lo juro.
—Pero, Becca…
—Pero nada. No me toques las narices. Han estado a punto de matarme, y el hombre que me ha rescatado no está aquí. Tú, sí. Necesito que me digas todo lo que sabes. —Mis ojos azules no dejan de mirarlo ni una sola vez. No voy a permitir que me deje con la miel en los labios. Soy la Reina de las Maras, ¿recordáis?
Él parece recapacitar y vuelve a tomar asiento en el sillón.
—¿Qué te ha explicado Axel?
—¿De qué? —pregunto.
—En general.
—¿En general? —repito, sarcástica—. Nada en absoluto.
—Ni siquiera se atrevió a decirme que ya me había conocido ebria en la Caja del Amor—. No habla de sus cosas. No dice nada.
—Sí, es cierto —reconoce chasqueando la lengua—. Es muy reservado.
—No. He conocido a muertos más reservados que él. Él es…, es… inaccesible emocionalmente. Impermeable.
—Ya —admite como si lamentara reconocerlo—. Axel no es un tipo fácil.
—¿Quieres decir? —ironizo.
—Lo que te voy a contar, Becca, no puede salir de aquí.
—Levanta la mirada y me traspasa con su determinación—.
¿Entendido? Te lo cuento en calidad de paciente.
—Nunca diría nada. Soy experta en guardar confidencias.
—Sí, ya lo sé. —Vuelve a pasarse la mano por el pelo, que sigue igual de tieso que antes—. ¿Por dónde empiezo?
—Si quieres, te hago yo las preguntas y tú respondes a las que puedas. —Con la mano sana juego con la sábana que cubre mis piernas. Yo también estoy inquieta.
—Dispara.
—Empieza por lo de que Axel y tú sois hermanos.
—Bueno, yo nací como hijo único. Soy un Montes —se reafirma, vanidoso—. Mi padre, Alejandro, siempre ha sido un magnate de las comunicaciones, un auténtico capo de la industria. Pero lo que tenía de capo en los negocios, lo tenía de capullo con las mujeres —admite.
—Claro —asiento atando cabos—. Alejandro. Alexander.
Axel me dijo que su madre se lo puso en honor a su padre.
—Sí, así fue. Alexander Gael.
—Sí. —Sonrío con tristeza—. Tu padre es un capollo, ¿sabes?
—¿Qué? —Me mira extrañado.
—Capollo… Es —muevo los brazos nerviosa—, es la unión de capo y capullo… Es un juego de palabras, un compuesto.
—Ante la cara de loco de Fede, pongo los ojos en blanco y me rindo. No le hace gracia—. Da igual.
—¿De dónde coño sacas esas paridas, Becca?
—Ha debido de ser el golpe en la cabeza. Continúa.
—Bien. —Me mira raro y prosigue—: Mi padre ha tenido a su disposición un amplio abanico de mujeres. Muchas.
—De tal palo tal astilla, ¿eh, campeón?
—Yo solo busco el amor —se defiende.
—A ti el amor se te rompe rápido de tanto usarlo.
—No es verdad. Es solo que creo que lo encuentro y después resulta que no es así. A mi padre le pasa lo mismo.
—Sí, me imagino. Es curioso que busquéis el amor en mujeres de entre veinte y veinticinco años, con unas medidas particulares tanto de cerebro como de pechos.
—No nos juzgues por eso. Somos hombres. Es lo que nos gusta.
—Espero que no a todos.
—A casi todos —admite—. Aunque sea una combinación que no funcione. Yo tengo a mis espaldas varios matrimonios fallidos, y mi padre cuadruplica mis fracasos.
—¿Y Axel también es así? —pregunto, interesada. Fede niega con la cabeza.
—Axel es fruto de una aventura que tuvo mi padre con una belga. La única mujer que mi padre admite haber querido de verdad.
Arqueo las cejas con asombro.
—Por tanto, ¿Alejandro estaba enamorado de la madre de Axel?
—Sí. Y recuerdo muy bien esa etapa. Yo tenía diez u once años, no estoy seguro… Pero sí me acuerdo de mi madre histérica por sus escarceos y por la poca discreción de mi padre. Mi madre Claudia la llamaba la «amante gitana».
—¿La amante gitana?
—Sí… Vi una foto suya en la cartera de mi padre. Era una morena de ojos muy verdes y grandes. Como una cíngara especial. Muy guapa.
«Como Axel», pienso enternecida.
—Al parecer, mi madre revisó la agenda de mi padre, o sus cartas… O contrató a un detective privado. Vete a saber. El caso es que descubrió que tenía un lío con otra mujer. No es que antes no supiera que mi padre le era infiel con otras mujeres. Siempre lo ha sabido. Y ella lo ha aceptado a cambio de la vida que tiene. Pero mamá se preocupó cuando se dio cuenta de que la gitana no solo era un capricho. Era mucho más. No sé cuánto tiempo duró su aventura, pero sí sé que mi madre lo amenazó con decir toda la verdad sobre él y hundir su reputación. Le obligó a que abandonara a la gitana.
—Y tu padre la abandonó.
—Sí. —Fede mueve la cabeza afirmativamente, sin escrúpulos—. Pasaron los años, mi padre se divorció de mi madre, porque nunca le perdonó que no le permitiera seguir con su gitana ni que le hiciera chantaje.
—Vaya por Dios… —murmuro con sarcasmo. ¿Quién podía culpar a Claudia? Una mujer despechada puede ser muy vengativa—. ¿Cómo fue capaz tu madre?
—Sé lo que estás pensando… No es que mi padre no quisiera a mi madre. Sí lo hacía…, a su manera.
—Hay muchos hombres con una manera extraña de querer.
—Pero a quien amó verdaderamente mi padre fue a la belga.
Él no tuvo la culpa de casarse con la mujer que no tocaba.
—Ah, no, claro… No es culpa suya meterse en la cama de cualquiera que no sea su mujer. Tampoco era culpa de tu madre, ¿verdad? No me vengas con esas tonterías, Fede, porque provengo de una familia disfuncional con un padre al que le encanta adornar con cuernos las cabezas de su harén de mujeres.
—¿Qué puedo decir?
—Nada.
—En todo caso, es mi padre. —Sonríe disculpándole—. Él es así. Hay hombres infieles por naturaleza. —Se encoge de hombros—. No vamos a colgarlo por eso, ¿no? Hay cosas peores.
Resoplo y me recoloco sobre la cama.
—Continúa. Pasaron los años ¿y…?
—Diez años después, mi padre recibió una llamada de la gitana. Se moría y no tenía a nadie con quien dejar a su hijo, un hijo que era de él. Mi padre se trajo al pequeño Alexander Gael a nuestro domicilio, a vivir con nosotros. Mi madre no lo soportó. Consiguió un divorcio millonario y se fue de casa. —Fede sonríe presa de sus recuerdos—. Cuando Axel entró en nuestro palacete, era tan poca cosa… Muy delgado, muy moreno, con ojos de animal receloso… Sabía muy poco español, solo el que le había enseñado su madre. Pero hablaba inglés y belga, señal de que se habían esmerado en educarlo.
No me gusta imaginarme a Axel desvalido. Esa visión nada tiene que ver con quien es ahora. Tan duro como una roca y tan frío como un iceberg. Aunque a veces queme como el fuego.
Me lo imagino entrando en una casa completamente desconocida, con un padre que nunca estuvo a su lado y un hermano que, en cambio, sí lo reconoció. No debió de resultarle fácil darse cuenta de que no fue un niño deseado. Eso es en lo que pensaría. O, al menos, eso pensaría yo.
—¿Qué pensaste tú cuando lo viste llegar? Fede se encoge de hombros.
—Yo pensé que Axel sería el primero de una larga lista de hijos por descubrir. Y me pareció divertido y entretenido tener un hermano. Fue muy aburrido crecer solo.
—Lo adoptaste como un juguete personal.
—No, no… Axel conectó conmigo y yo me convertí en su protector. Resultó así de sencillo. La simpatía entre ambos fue fulminante. Tal vez porque sabía que los dos éramos unos desgraciados y nos reconocimos el uno al otro en nuestra desgracia.
—¿Crees que Axel necesitaba protección?
—Buf… Tener un padre como el nuestro no es fácil. Mi padre iba a ignorar al pobre chiquillo, y yo solo me encargué de que no se sintiera tan desamparado. Le protegí.
—¿Cómo fue la relación de Axel con su padre?
—Distante. Fría. Rezumaba indiferencia. Pero nunca nos faltó de nada. Siempre tuvimos lo mejor, incluso ahora, que somos tan mayores, mi padre sigue dándonos todo lo que le pedimos.
—¿Axel pide?
—Bueno, está bien, rectifico: todo lo que yo le pido. ¿Qué le voy a hacer? Soy un yuppie caprichoso y mimado.
—Materialista, es la palabra. Fede me ignora.
—Y mi hermano y yo somos los dos únicos propietarios de Telecomunicaciones Montes y Zeppelin. El monstruo de los medios —dice con voz pragmática.
—¿Y eso te hace feliz?
—A mí, sí. Pero puede que al bueno de Axel le importen bien poco las propiedades y las acciones. De hecho, nunca ha tocado nada de lo que mi padre le dio y puso a su disposición. Tiene un rollo muy alternativo.
Que un hijo diga de su padre que su relación fue lejana y helada solo significa que les hizo falta lo más importante: calor humano. ¿Eso sería suficiente para explicar la distancia que Axel se empeñó en marcar desde el primer momento conmigo?
—Fede.
—¿Qué?
—Antes has dicho que sabías que yo podía romper la coraza de Axel y que ha sido la primera vez en mucho tiempo que lo has visto realmente preocupado por alguien.
—Ajá.
Muevo rápidamente las pestañas antes de clavarlo en su sitio con mi mirada depredadora.
—¿Acaso forzaste que Axel y yo trabajáramos juntos?
Oh, maldita sea. Por el modo que tiene de esquivar mi mirada y de sonreír nerviosamente juraría que la respuesta es afirmativa.
—Hiciste un gran trabajo conmigo, con mi terapia. Me ayudaste. Yo estoy tarado y pudiste arreglarme, así que pensé que si Axel te conocía, dado que tenías experiencia y buena mano con los Montes, también podías arreglarlo a él.
—No me lo puedo creer… —Dejo caer la cabeza y me presiono el tabique nasal. Siento que me van a estallar los ojos—. Ceporro descerebrado y manipulador…
—Becca, no te enfades. Te diste un golpe fuerte en la cabeza y aún se te puede reventar una vena…
—¿Me ofreciste El diván solo por eso, Fede? No entiendo nada. ¿Creíste que yo le quitaría el mal rollo a tu hermano?
¿Qué hay de mi profesionalidad?
—No, joder. Te lo ofrecí porque eres la mejor especialista en lo tuyo. Y precisamente por eso necesitaba que Axel trabajara contigo. Porque… Porque eres especial. Conectas con la gente como un puto enchufe, pelirroja. Y sabía que Axel y tú harías contacto. Porque él es un puto suicida que no le tiene miedo a nada. Ya lo habrás comprobado.
—Mi relación con Axel ha sido como un maldito cortocircuito, Fede —le recrimino—. No la puedo entender. Por poco me vuelvo loca. ¿Sabes lo que has hecho?
—Pero le has ayudado.
—¿Ah, sí? ¿A qué? No he solucionado sus problemas vinculantes con tu padre. Él nunca me habló de eso. Así que dime en qué le he ayudado, además de cabrearlo por desobedecerle y de hacer que se juegue el cuello por mí. Y no solo eso: por alguna razón, Axel piensa que todas las mujeres somos unas guarras, menos su madre, claro, que en paz descanse. ¿Tienen algo que ver las novias y las mujeres de tu padre en su conclusión?
Fede entrelaza los dedos pensativo y se inclina hacia delante, como si fuera a hacerme una confidencia.
—Bueno, mi hermano es un tipo que ha vivido mucho… Yo me he corrido unas cuantas juergas que han quemado más de la mitad de las neuronas de las que disponía. Y él ha vivido de otra manera. Por eso es así.
—No pienso jugar al Quién es Quién contigo, Fede —le advierto, enfadada—. No me gustan las vacilaciones. Ni me gusta que me ataquen ni que me persigan… Y resulta que me ha pasado todo esto desde que estoy con El diván. La pregunta es: si no llega a ser por Axel, ¿dónde narices estaría yo ahora?
—En la morgue.
Fede siempre tan directo. Me asquea pensar que tiene razón, pero está en lo cierto. Y eso hace que ronde otra pregunta por mi cabeza.
—¿Y de dónde ha sacado Axel todas esas habilidades de superhéroe?
Fede juega con su sello de M. A., el anillo de casado de su último matrimonio con una despampanante modelo sueca, mientras piensa en la respuesta.
—Mi hermano eligió una vida muy diferente a la que mi padre le ofrecía. Una vida opuesta a la mía.
—Pero está metido en el negocio audiovisual, ¿no?
—No es ejecutivo de producción ni director como yo. Él es solo el jefe de edición y un operador de cámara realmente bueno. Pero no hace mucho que lo es.
—¿Y qué era antes de meterse en este negocio? ¿Y por qué se metió?
Fede sonríe y se recuesta en el respaldo del sofá de mi habitación.
—Te aseguro que peleé mucho con él para que hiciera algo con su vida. A Axel le han pasado muchas cosas. Unas le han marcado más que otras. Y la suma de todas es el resultado de quien es hoy.
—¿Y qué le pasó?
—Eso no me corresponde a mí decírtelo, Becca.
—No me jodas. ¡No me has contado nada!
—Sí. —Se levanta y suspira como si se hubiera sacado un peso de encima—. Sabes más que nadie sobre él.
—No es verdad. Tú lo sabes todo.
—Pero yo no puedo hacer una mierda por él a pesar de todo lo que sé. Tú, sí.
—¿Cómo? Si ha desaparecido, si ni siquiera sé dónde está… —digo, aturdida. El cretino se ha largado y me ha dejado con las ganas.
—Conociéndolo, no tardará en aparecer. Tu agresor sigue suelto, y Axel va tras sus pasos.
—Pero ¿por qué motivo no deja de hacer de policía?
—Porque Axel no deja en manos de nadie lo que él puede solucionar por sí mismo. Venga —da una palmada—, ahora ya te dejo en paz. Tengo que irme y…
—Fede. —Intento incorporarme, pero me duelen hasta las pestañas—. No te vayas… Espera.
—Ya sabes lo que tenías que saber. Ahora, descansa.
—Pero… ¡si no me has contado nada! ¿Y mi recuperación?
¿Y El diván?
Él niega con esa cabeza de pelo blanco que tiene. Yo creo incluso que se lo tiñe a propósito.
—Tómate el tiempo que necesites. Hemos cubierto el primer trimestre con tus tres pacientes. Tú ocúpate de ponerte bien cuanto antes para volver a hacerte cargo de El diván. —Me guiña un ojo—. Hay tiempo, no tengas prisa por recuperarte. Mientras tanto, sigues cobrando y tienes todo pagado, Becca.
—Ven aquí y sigue contándome —digo a modo de advertencia—. Sit! Sit! O voy a exigir una indemnización por lo que he pasado.
—Adorable —dice, incrédulo y sonriente—. Descansa, preciosa.
Maldito. ¿Tan poco lo intimido? Pues sí que estoy mal.
—Al menos dime cómo localizar a Axel. ¿Dónde está?
Quiero hablar con él.
—Nadie lo sabe. Ni siquiera yo.
—Pero tú tienes localizados todos los teléfonos de los trabajadores, ¿no?
—Axel ha desconectado el suyo. Le habrá quitado el localizador. —Se encoge de hombros—. Tendrás que esperar a que sea él quien contacte contigo, si realmente desea hacerlo. Hasta que no cace a tu acosador, no descansará. Lo conozco.
—Axel no es Batman. No puede tomarse la justicia por su mano.
—Tú no le conoces. No sabes lo que es capaz de hacer. Él… Él siempre ha sido así. Da la cara por los más débiles —afirma sin titubear.
Eso me hace sentir bien. La sensación de estar protegida, de que le importas lo suficiente a alguien como para que quiera vengarte, me reconforta.
Preferiría mil veces que fuera Axel quien estuviera conmigo, en vez de su hermano con complejo de Peter Pan. Así le daría las gracias como quiero dárselas y… lo abrazaría. Porque no quiero volver a ver la expresión en su rostro como la que puso cuando me vio caer con el coche; como si ya no hubiera esperanza ni para él ni para nadie. Y le diría: «Te dejo que seas mi héroe».
Fede ha cerrado la puerta tras él y me ha dejado sola en la habitación.
La soledad, en mi estado, hace que me sienta incómoda, débil y desubicada.
Dios. Cierro los ojos para serenarme, pero cuando lo hago, solo veo la máscara de Vendetta, y después, el rostro de Axel contorsionado por el dolor y el miedo de ver cómo mi coche se despeñaba…
No. Ni hablar. Los mantendré bien abiertos.
Y me imaginaré que la persona que pica de nuevo a la puerta de mi habitación es Axel, con un ramo de rosas y una mirada de estar loco por mí que me deja sin sentido.
Sin embargo, no es su cabeza la que aparece tras la puerta.
Es la cabeza de mi hermana Carla, con su pelo lacio y negro y su cara de modelo italiana, y después aparece la de mi madre, con sus rizos blancos y caobas y sus ojos verdes y grandes llenos de lágrimas, seguida de la de mi amiga Eli, que tiene su pelo rubio recogido en una coleta alta y sus ojos negros llenos de lágrimas.
No espero nada más.
Sonrío, abro los brazos como puedo y deseo que ellas entren y se abalancen sobre mí. Y me doy cuenta de que su amor y su cariño hacen que me sienta completa y afortunada.
En este preciso momento, no necesito nada más para sanar todas mis heridas.
2
@guarriorjart #eldivandeBecca #Beccarias Mi pareja tiene un desorden a nivel general. Mi casa está patas para arriba, no recoge nada. Y cuando se lo señalo me dice que es arte abstracto. ¿? #noentiendonada
Dos días después
Podría haber elegido irme a mi casa. Yo vivo en Sant Andreu, igual que mi madre. Y mi loft de dos plantas es grande, muy luminoso y es mi hogar. Allí me sentiría segura, con mis cosas, mis libros, mis distracciones, mis series… Mi pequeño búnker antiheridas.
Pero no quiero estar sola. Necesito el calor de los míos, los abrazos de mi sobrino Iván, sus regalos pokémon, los consejos de mi madre y la cháchara —la mayor parte sin sentido— de mi hermana Carla. El silencio, ahora, me pone nerviosa.
En realidad, no dejan que haga nada. Están pendientes de mí continuamente.
Tengo el brazo izquierdo en cabestrillo. No está roto, pero sufrí una pequeña luxación en la muñeca cuando el coche de mi acosador impactó contra el mío, y tengo una contusión muy fea en el antebrazo que hace que esté completamente negro. Debo estar unos días con el brazo inmóvil. Por suerte, ya no me duele la cabeza ni sufro mareos.
Pero sí tengo pesadillas, pesadillas en las que Axel me riñe y en las que el hombre Vendetta me persigue.
Sé que me voy a recuperar del todo; lo que no sé es si me va a quedar alguna secuela psicológica de esto. Por ahora no soy muy consciente… La idea de que alguien quiera hacerme daño o acabar conmigo no es fácil de asumir, menos aún cuando no soy una persona que se granjee enemigos.
Pero no importa cuál pueda ser la secuela, ni tampoco el miedo que me atenace, porque trabajaré en ello.
Ahora estamos las tres sentadas en el balancín; mi hermana y mi madre me flanquean como si fueran mis querubines protectores.
Hemos salido al jardín de la terraza para que nos dé el aire, para que yo tenga una falsa sensación de libertad, y vea la calle y esas cosas… Escuchamos cacarear a Edurne, rodeadas del aroma de las flores que copan las paredes y las barandillas, y del olor a césped. Mi madre tiene césped natural en el suelo de la terraza, moteado por piedras lisas de color gris. Le encantan los espacios feng shui.
Nos cobijamos bajo una manta polar de cuadros rojos y negros y tomamos una tacita de chocolate con bizcochos, intentando disfrutar de esa tranquilidad y del recogimiento de estar con mi familia. En mi barrio. En mi ciudad.
Carla balancea el balancín con la punta de sus pies, cubiertos por unas manoletinas negras, y da sorbos a su chocolate, pensativa, con la mirada al frente.
Me gusta verla. Contemplo su perfil y admiro lo guapa que es; tanto, que da rabia. Pero cómo la quiero a la condenada.
Las tres meditamos sobre nuestras cosas, y creo que todas esas cosas tienen que ver conmigo. Lo sé por el silencio que domina el ambiente. Porque cuando algo nos preocupa, nos callamos. Y en estos momentos no somos capaces de decir una palabra.
—¿Sabes algo de Axel? —me pregunta Carla, de golpe. Vale. Carla sí puede.
Niego con la cabeza. Me entristece saber que Axel me ha abandonado, que no ha venido a verme ni una vez al hospital, ni tampoco me ha llamado. Me siento de nuevo como una muñeca vieja, usada, tirada… Y ni siquiera sé si tengo derecho a sentirme así. Es decepcionante sentir lo que sea que siento por él, y que sea incapaz de dar una miserable muestra de interés.
—Me gustaría conocer a ese Axel —dice mi madre—. Él te salvó.
—Sí. Me salvó, mamá —afirmo sin rodeos.
—¿No es increíble? Yo pensaba que los héroes no existían. Sí, yo también pensaba lo mismo. Pero Axel me dejó sin argumentos.
—Es un héroe un poco esquivo —señalo ácidamente—. Ni siquiera sé dónde está… Fede cree que ha ido a buscar a mi acosador. —Centro mi atención en el poso de chocolate—. Está loco. ¿Qué piensa hacer con él si lo encuentra?
—Yo sí sé lo que haría —afirma Carla sin rodeos—. Haría que se tragara sus propios huevos.
—Otra como Axel… —protesto—. No se puede ir por la vida así, Carla. —No debo regañarla, pero este tema me pone de los nervios—. Existe la ley, la policía y otros organismos para estos casos. Ese es su trabajo.
—También existen sicarios. —Carla me mira de reojo y un brillo de desafío ilumina sus pupilas mientras da un nuevo sorbo al chocolate—. Mi hermana no se toca —dice llanamente.
Yo sonrío, y el ceño de mi frente se relaja. Le paso un brazo por encima y le doy un beso en la cabeza.
—No sé quiénes os habéis creído que sois. Pero gracias.
—De nada.
—Yo también te quiero —le digo en un suspiro, algo derrengada por el panorama. Carla nos mece con más fuerza, y yo dejo caer la cabeza hacia atrás, disfrutando del vaivén—. Maldito Axel… ¿Dónde estará?
Carla vuelve la cabeza hacia mí y me estudia con muchísima atención. Sus largas pestañas se mueven arriba y abajo, y entonces abre la boca con asombro y me señala.
—¡¿Te lo has follado?!
Así. De golpe. Sin anestesia.
Mi madre ha estado a punto de escupir el chocolate, y yo ni me inmuto, ni siquiera me sonrojo. Ni tampoco lo desmiento.
Aunque debo aclarar que yo no me lo he follado. Él me ha follado a mí, como un animal, durante horas…, en dos días distintos. Muchas veces. Y me ha dejado una marca perenne en el cuerpo, y también en un rincón de mi alma.
Madre del amor hermoso… Pensar en todo lo que hizo con mi cuerpo, aún convaleciente, hace que se me despierte la patatona.
—Ha habido algo entre nosotros —admito mientras jugueteo con mi pokémon del amor entre los dedos. Es y será para siempre mi amuleto—. Pero aún no sé el qué. Aunque, visto el desinterés que parece tener por mí, creo que no ha sido nada del otro mundo para él. No ha dado señales de vida.
—¿Y para ti? —pregunta Carla. Entonces sonríe—. Uy, tienes esa cara…
—¿Qué cara?
—Una que nunca te había visto. La cara de: «No es amor lo que yo siento. Es obsesión».
—No digas tonterías.
—Esa cara te delata. —Ríe—. A ti te gusta. Normal, por otra parte. —Ya está. Mi hermana embalada—. Ese hombre está para envolverlo con un lazo de regalo todos los días. Es tan guapo, mamá, que duele verlo… —Se lleva una mano teatral al corazón—. Yo me hago guarradas viendo su foto.
—¡Carla! —exclamamos mi madre y yo, ofendidas. Ella se echa a reír y niega con la cabeza.
—Qué aburridas sois. Era una broma. Ya sé que es tuyo, hermanita…
—No, no es mío —reculo—. Yo no poseo a las personas.
Nadie posee a nadie.
—Discrepo —apunta mi hermana—. Cuando deseas y quieres a alguien, sientes que ese alguien forma parte de ti, que te pertenece. Tal vez tú no conozcas aún esa sensación porque no has sentido nada parecido todavía.
—¿Y David? —me pregunta mi madre, evaluándome, cortando de golpe la conversación sobre Axel.
—Venga, mamá. —Carla abre los brazos como si no diera crédito—. David la dejó por FaceTime, la abandonó. Ni lo nombres a ese…, ese… panolis de tres al…
—David me llamó —digo entre dientes. Me parece justo explicar que él hizo el intento de hablar conmigo. Demasiado tarde, pero lo hizo—. Quería saber cómo estaba…
—Un mes después y con el morenazo siguiéndote a todos lados, ¿cómo ibas a estar? ¡De puta madre! —suelta Carla—. Se lo dijiste, ¿no?
—¿El qué?
—Que estabas de puta madre y que ahora otro hombre ronda tus sueños.
—No le dije nada de eso. Fue una conversación sin importancia. No tuvo relevancia. —Bueno, la tuvo porque me cogí un berrinche que me llevó directamente a los brazos de Axel, pero voy a obviar ese detalle—. David y yo hemos acabado —asumo. Es curioso, porque ya no me duele como antes. Me da pena, pero no me deja hecha polvo y con ganas de cortarme las venas.
Mi madre carraspea.
—Pues… Verás, Becca…
Cuando mi madre empieza a hablar con titubeos, con las gafas resbalándole por el puente de la nariz y los ojos fijos en el suelo, sé que está a punto de decir algo que no me va a gustar nada. Y la temo.
La temo mucho.
—Puede que no te guste lo que voy a decirte.
Blanco y en botella.
—¿Qué has hecho, mamá? —Me vuelvo hacia ella, expectante y un tanto preocupada. Espero que no sea lo que me imagino.
—Cuando te ingresaron, recibí una llamada de David.
Trago saliva. Se me ha quedado la boca seca.
—¿David te llamó?
—Sí.
—Si él nunca, jamás, te llama.
—Ya.
—¿Y?
—Me dijo que había hablado contigo y que quería volver a llamarte pero que no le cogías el teléfono. Estaba un poco desesperado, se le veía ansioso… y yo estaba nerviosa porque te acababan de trasladar al Hospital Clínic de Barcelona y… Bueno… Yo…
—¿Tú qué? ¿Le dijiste lo que me pasó, mamá?
Mi madre se muerde el labio inferior, me mira por encima de la montura de sus lentes y asiente con aire culpable.
—Sí. Se lo dije, Becca. Lo siento mucho.
—No, mamá. —Me apoyo en mis rodillas y suspiro agotada, llevándome la mano a la frente—. No tenía que saberlo.
¿Qué dijo?
—Él… se quedó muy callado. Lo único que contestó fue:
«Estoy allí inmediatamente». Y me colgó.
—¿Cómo que estaba aquí inmediatamente? ¿Qué quiere decir eso?
—Pues que venía hacia Barcelona. Que… —Sabe que va a vacilar, que está indecisa, por eso se calla de golpe para poder soltarlo todo sin filtros—. David llegó ayer a Barna. No sé dónde se hospeda…, pero me dijo que ya estaba aquí. Y que quiere verte.
—Pero aquí… ¿dónde? ¿Acaso habéis vuelto a hablar? —Me levanto del balancín indignada.
—Sí. Él me llamó ayer de nuevo y le dije que estabas en mi casa, pero que hablaría contigo antes para saber si lo querías ver. Que dependiendo de cómo estés y de lo que tú decidas, yo le avisaría.
—¡Mamá!
—Becca, entiéndeme, no pude colgarle el teléfono… —dice intentando defenderse. Ganarse a mi madre es muy fácil. Le pones una voz temblorosa y arrepentida y te da un vaso de leche caliente.
David está aquí. El hombre que yo quería como compañero de vida, y el mismo que me dejó, que me abandonó sin más, ha venido a Barcelona para verme. David tiene en alta estima su trabajo, y me sorprende que haya hecho las maletas tan rápido para estar a mi lado. No es propio de él.
No me lo puedo creer.
—Mamá, la has liado parda —le hace saber Carla negando con la cabeza—. David ya estaba fuera de la ecuación. Nos ha costado mucho sacarlo de su cabeza. No es hombre para Becca.
—Calla ya, Carla —la reprende—. ¿Tú qué sabrás lo que necesita tu hermana? Solo lo sabe ella. Nadie más.
—Mamá, hazme caso. Becca no tiene ni idea de lo que es el amor. Sabe lo que es la comodidad, el conformismo, el cariño y la complacencia. Adora la seguridad por encima de todo, porque es lo que tenía con David. Nada más. Pero eso no es amor.
—¿Y acaso tú lo sabes? Tú tampoco es que tengas mucho éxito con los hombres.
—Eso es porque no hay ninguno demasiado bueno para mí. —Levanta la barbilla con dignidad.
—Callad ya las dos. —La cabeza me va a estallar—. No… No sé qué hacer.
—No tienes que hacer nada —contesta mi hermana—. David es tu ex. Si no quieres, no tienes por qué verlo.
—No puedo tratarle así. Ha hecho un viaje muy largo para verme… Estará preocupado. —Soy una persona empática, y mi empatía despierta para lo bueno y para lo malo. Incluso cuando sé que algo me puede afectar más de la cuenta. Como encontrarme con David.
—No vas a ir a verle, Becca. —Carla se incorpora y su altura me sobrepasa por unos pocos dedos—. No pienso dejar que lo hagas. Te conozco.
—Solo voy a verle.
—He dicho que te conozco —repite, enfadada—. Eres débil. Como la mama. Si David te llora, cederás. Y si cedes, volverás a cagarla. Te ha costado abrir los ojos y darte cuenta de que él no es el hombre de tu vida…
—No sigas —le pido—. Hasta la fecha, lo ha sido. Mi vida ha cambiado, me han pasado muchas cosas, pero le quiero, le tengo mucho cariño. Y aunque ya no estemos juntos, le debo eso. No puedo cerrarle la puerta en las narices.
Carla deja caer los hombros y hace una mueca con sus labios de loba.
—Es increíble. Qué tonta eres… —Se deja caer de nuevo en el balancín—. Haz lo que te dé la gana. Allá tú. Pero no cuentes conmigo. No pienso llevarte.
—No te lo iba a pedir —le aseguro, enfurruñada—. Llamaré a un taxi.
—No puedes salir sin compañía. Y mi madre tampoco va a ir, ¿a que no, mamá? —Carla es una nazi—. Tiene que hacer de canguro de Iván. Hoy debo adelantar trabajo en el despacho, tengo que preparar un caso muy importante. Y el niño se queda aquí a dormir.
Mi madre asiente y emite una leve disculpa para conmigo. Carla es especialista en poner a todos entre la espada y la pared.
—Llamaré a Eli. Ella me ayudará. Es un poco más comprensiva.
Carla se encoge de hombros y mira hacia otro lado.
—¡Ja! Eli no te llevará. Piensa como yo. Está conmigo en esto.
—No lo creo. Eli es más sensible que tú. Y es psicóloga.
Sabrá lo que tiene que hacer.
—No estés tan segura… Eli tiene tantas neuras como tú —dice por lo bajini.
Yo hago como que no la oigo. Las peleas con mi hermana son siempre muy infantiles, hasta que sube el tono y las pullas se vuelven más directas e hirientes… Son discusiones in crescendo.
—La voy a llamar.
—A Eli déjala, ¿vale? —suelta Carla—. Está muy liada, tiene mucho trabajo ahora mismo… No podrá quedar contigo.
—¿Eli? —Los juegos mentales de mi hermana diabólica no podrán conmigo—. Eli nunca me fallaría en esto. Si se lo pido, no me dejará sola.
Dicho esto, abandono la terraza como una reina lesionada, ondeando imaginariamente mi capa tras mi espalda como una buena matriarca.
Aunque, realmente, ya no siento que tenga ningún poder.
Es curioso cómo cambian los gustos de las personas. Mi habitación en casa de mi madre tiene toques muy míos, destellos de mi personalidad. Pero dicen que, con el tiempo, una madura y se recicla. No sé si yo habré madurado mucho.
Mientras me siento en mi sillón favorito de lectura, pienso en todo lo que rodea ese habitáculo que durante tanto tiempo regenté, y en todos los objetos que lo decoran y que yo misma elegí. Por ejemplo, el teléfono de mi habitación es un gato Garfield. Cuando lo descuelgas, abre los ojos, y cuando cuelgas, los cierra. Y me sigue gustando. Me encantaba este teléfono.
Los murales realistas de mi habitación siguen siendo los mismos. Simulan un bosque al atardecer. Y debo decir que en mi loft tengo murales igualmente realistas. Uno es el skyline de San Francisco, otro es una vista panorámica de la muralla china, y el otro es una preciosa callecita de la Toscana. En eso tampoco he cambiado demasiado.
Mi madre nunca entendió por qué no empapelaba la pared de pósters de tíos buenorros, como hacían las chicas de mi edad, o como hacía Carla, que su habitación era un harén de macizos en calzoncillos. Hasta que comprendió que yo era distinta y dejó de insistir.
Mi librería, por ejemplo: toda llena de libros de ensayo o de novelas tipo Momo, Las amistades peligrosas, El esqueleto de la ballena… Me encantaban. La de mi hermana, en cambio, era como un quiosco, llena de fascículos de la Súper Pop, del Qué me dices y de novelitas de Corín Tellado. Recuerdo la primera vez que leí un fragmento de esos libros al azar, y salió algo parecido a «le dio la vuelta, la colocó sobre el colchón y la penetró con todo su ímpetu». Mi cara era un poema, mientras mi hermana se partía de la risa y me llamaba «mojigata». Y era cierto. Porque yo era muy pava. Me gustaban los chicos, pero no estaba para tonterías. Era un poco como David, pero en chica. Centrada en otras cosas antes que agenciarme un novio.
Sin embargo, Carla nunca tuvo problemas en hacer las dos cosas a la vez. Incluso tres. No sería la primera vez que la golfa de mi hermana juega a tres bandas. Y me pregunto si el tiempo también ha intentado cambiarla a ella. Es madre soltera, trabajadora, un tiburón de la abogacía, pero… sigue sola, devorando hombres como solo ella sabe hacer.
Igual que Eli, a la que voy a llamar de inmediato. Cuando Eli y Carla se conocieron, hicieron buenas migas, aunque la una se convirtió involuntariamente en la competencia directa de la otra. Y empezaron a enzarzarse en un juego muy peligroso: a ver quién ligaba más de las dos. Parecía una competición.
Y yo estaba ahí en medio, entre ellas, un poco perdida, viéndolas venir y comiéndome casi las sobras. Ya sabéis: ¿el amigo feo del tío bueno?, pues ese era casi siempre para mí. Nunca me liaba con ellos, porque no estaba tan desesperada, pero se convertían en mis amigos. Muchos de ellos ya están casados y algunos me han invitado a sus bodas y todo. Por supuesto, no he ido a ninguna. Hay que tener dignidad.
Me levanto del sillón y me tumbo en la cama arrastrando el teléfono de Garfield conmigo. Marco el teléfono de Eli y escucho pacientemente los tonos. Hasta que lo descuelga.
—¿Sí?
—Eli.
—¿Becca?
—Eres una sinvergüenza.
—Vaya, gracias.
—Desde que estoy en casa de mi madre, herida y convaleciente, no has venido a verme ni una sola vez, chingona —digo adoptando mi tono Reina de las Maras.
—Perdóname, lisensiada, pero tengo… unos días muy ocupados. Muy malos. ¿Cómo estás, mijita?
—Bien, pero tienes que venir a verme. Es una orden. Ven a comer o a cenar.
—En cuanto pueda, voy. A ver si mañana, después de las sesiones que tengo, me puedo pasar. En serio, estoy con el caso de una pareja que ha decidido hacer intercambio para reavivar sus relaciones sexuales, y ahora ella está embarazada y el marido se cree que es del otro… Un drama, vamos. Y estoy intentando apagar el incendio.
—A ti te encantan los dramas.
—Sí —sonríe con tristeza—, pero cada vez menos.
Noto algo en Eli. No sé lo que es. Lo percibí ya cuando tuve la conversación a tres en Tenerife y hablamos de Axel… Es como si estuviera distante, o como si algo le pesara demasiado. Y lo siento. Lo siento como si me pasara a mí, y no porque sea empática, sino porque Eli es mi mejor amiga.
—Eli, ¿te puedo pedir algo? Te necesito.
—Lo que tú quieras. Dime.
Sonrío. Ella es tan solícita y buena… Siempre hemos estado ahí, la una para la otra.
—Tal vez no te guste demasiado, pero tienes que pensar que lo que haces, lo haces por mí y por mi bien.
—Uy, no me gusta ese tono…
—Necesito que me lleves a un sitio para encontrarme con alguien.
—¿Para encontrarte con alguien? ¿Con quién?
Me quedo en silencio y juego con el cable del teléfono.
—¿Becca?
—David está aquí y quiere verme. —Toma. Ya lo he dicho.
—¿David? ¿Qué David?
Supongo que es tan increíble que él haya hecho eso que ni siquiera Eli lo pone en el contexto.
—Mi ex.
Esta vez es Eli quien guarda silencio durante bastantes segundos.
—¿Quién le ha avisado?
No es demasiado comprensiva, que digamos.
—Llamó a mi madre al ver que mi teléfono no respondía. Y mi madre, pobre, con todo el estado de nervios en el que se encontraba, le dijo lo que había pasado. Y ahora él ha venido a verme.
—¿Y tú quieres verle?
—Sí.
—¿Estás tonta?
—Eli, por favor…
—No, Becca. Pídeme otra cosa, pero eso no. ¿Qué ha dicho Carla?
—Lo mismo que tú —me enfurruño.
—A ver, tú sabes lo que él quiere, ¿verdad?
—No quiere eso.
—No me vengas con esas, lisensiada. David te conoce, sabe cómo tratarte… Te hará caras, te llorará, y tú, que eres más buena que el pan, le perdonarás. Y más ahora, que estás sensible. Él quiere venir para que te apoyes en él, para que veas que te quiere cuidar y que se preocupa por ti… Porque sabe que, como tú, no va a encontrar a otra. Es un listo. El problema es que lo ha sabido después de dejarte. Y tú… Tú no puedes volver con él, Becca.
—Pero ¿por qué os ponéis todas así? —Quiero aplastarle la cabeza—. Ha hecho un viaje muy largo… Solo quiero que vea que estoy bien, que deje de preocuparse y ya está.
—¿Qué hay del dios de la piscina? ¿De tu salvador?
—Nada. No hay nada. Ha desaparecido.
—Volverá. Ese tío tiene que volver… —susurra para sí.
—Eli, solo voy a ver a mi ex, al hombre que ha significado todo durante muchos años. No tiene que pasar nada más.
—No es verdad. Si le das la mano ahora, si le abres la puerta, volverá a entrar, y no encontrará ningún impedimento en ti, porque necesitas sentirte cómoda y segura, y con él lo estás.
—¡Y dale con la seguridad y la comodidad! No soy una vendedora de colchones.
—Sabes que es tu profesión frustrada. Me está pinchando, la maligna.
—Cometerás un grave error, Becca. Pensaba que ya lo habías superado.
—¡Que no voy a volver con él, joder!
—Espero y deseo que no lo hagas. Te mereces una historia de amor desgarradora, aunque te hagas caquita y te asuste.
—Yo no me hago caquita por nada.
—Eso no te lo crees ni tú. Para ti no quiero el libro de punto de cruz que tienes con David. Y no pienso ser cómplice de eso.
—Vale. —Pongo los ojos en blanco—. ¿Cuál es tu respuesta, entonces?
—No voy a llevarte.
—De acuerdo. Adiós. —Cuelgo ofendida y agraviada por su poca fe en mí.
Me imagino el rostro de Eli, rojo de la ira. Odia que le cuelguen el teléfono y la dejen con la palabra en la boca.
Nadie me cree. No quiero volver con David. Solo quiero verle y explicarle lo sucedido. Que sepa que estoy bien. Y yo, verlo bien. Y poder cerrar esta historia, aunque sea triste y dolorosa para mí.
Pero nadie me quiere acompañar, y yo no puedo salir de mi casa sin escolta, sin nadie que me acompañe.
¿Dónde se hospedará? Una intuición asoma a mi mente, y aunque intento desecharla por lo loca que es, la idea persiste en mi cabeza.
¿Será capaz?
Me medio incorporo y mi cerebro se ilumina. Puedo comprobar si lo que pienso es cierto o no. Puedo hacerlo porque, aunque no tengo mi móvil, en mi iPad sí tengo grabadas todas mis aplicaciones, las mismas que tenía en mi iPhone.
Eso quiere decir que puedo comprobar si mis desvaríos son reales. Es más, ¿cómo no he caído antes? En mi iPad lo tengo todo. Desde mis informes sobre mis pacientes de El diván hasta mi agenda telefónica al completo. Incluso el Whatsapp. Y todo se me sincroniza a diario. Dios, mi mundo se llena de posibilidades de repente.
No estoy tan incomunicada como pensaba.
Descarto abrir el mail. No quiero recibir sorpresas desagradables, y de hecho, en el hospital, Fede me pidió que siguiera sus instrucciones. Que no accediera a ninguno de los dispositivos que mi agresor pueda utilizar para contactar conmigo. Hemos decidido mantener el asunto en secreto y no levantar una polémica ni alrededor de mí ni del programa. Los hashtags van viento en popa, la popularidad del programa crece día a día. No es bueno darle mala prensa con lo que me ha pasado.
Me levanto de la cama y voy a por la maleta, la misma maleta que Ingrid se encargó de recoger de mi habitación de hotel en Tenerife y de enviar a Barcelona. Mi Ingrid piensa en todo. Es tan competente. Y yo lo lamento tanto que lo esté pasando mal por culpa de Bruno… Sé que a ella le gustaba mucho. Sé que su historia no tenía futuro. Puede que igual que la mía con Axel.
Sin embargo, las mujeres somos así de cazurras, supongo.
No he hablado con ella aún. No he hablado con nadie de El diván. He intentado recuperarme y mantenerme en mi búnker, aislada, sin teléfono, incomunicada. Pero no había caído en que no estoy incomunicada del todo.
En mi iPad está todo. Y con el wifi de casa de mi madre puedo entrar en contacto con quien quiera, y ver, como me dispongo a hacer, si mis divagaciones sobre el paradero de David son reales.
Todavía le leo la mente. A pesar de nuestra ruptura, le conozco tan bien como si lo hubiera parido. Y creo saber dónde está.
Abro mi maleta y saco mi iPad de la funda negra del teclado. Ahí está toda mi ropa sin desdoblar. No he pensado en mi maleta para nada, por eso no está deshecha.
Cojo el cargador, lo enchufo y enciendo el iPad. Pongo mi clave y espero a que todas las aplicaciones aparezcan en la pantalla.
El hecho de que me encante la tecnología me convierte en una compradora compulsiva de accesorios y aplicaciones para todo lo que tenga que ver con Apple. Soy así de consumista, y nadie lo puede remediar.
La cuestión es que compré unas cámaras de Philips InSight y las coloqué por toda mi casa. Se conectan a mi iPhone y a mi iPad, y desde mis dispositivos puedo ver en tiempo real todo lo que ocurre en el loft.
El motivo por el que quiero ver si en mi casa está todo ok es porque tengo la intuición de que, como ya he dicho, creo saber dónde está David.
Enciendo la aplicación y la imagen me muestra el salón. Mi sofá blanco con cojines de colores y búhos estampados, y mi chaise longue de piel blanca que hace masajes. El sofá está ocupado. Hay un hombre sentado en él, mirando mi pedazo de tele, que es la culpable de que me esté quedando cegata.
Ese hombre está observando todo lo que tiene a su alrededor. El pelo rubio le hace ondas en su nuca. Tiene el rostro, cincelado y clásico, un tanto ojeroso. Parece nervioso e inseguro.
Y me sorprende verlo así. Porque David nunca fue un tipo inseguro.
Y ahora parece perdido en la casa que ambos compartimos, como si ese no fuese su lugar después de haberlo sido durante años.
Y a pesar de eso, me sorprende lo bien que queda en esa estampa, en ese hogar que forjamos juntos y que ahora es solo mío. Se me llenan los ojos de lágrimas al comprender que él sigue teniendo llaves de mi casa, que se ha atrevido a ir directamente allí, como si tuviera pleno derecho. Cuando ya no lo tiene. Porque a pesar de lo mucho que lo quiero, él ha perdido sus privilegios.
Y con más ganas y con más razón, necesito ir a verlo y decírselo a la cara.
Trago saliva y me seco las lágrimas de la cara.
Abro el Whatsapp. Podría ponérselo fácil a David y escribirle. Podría decirle que le estoy viendo, y podría suavizar la situación empezando a hablar por este medio. Pero no me apetece. No es así como deben ser las cosas. Ya es suficiente.
Me doy cuenta de que entre todos los mensajes que no he abierto estos días, entre los cuales hay algunos de Ingrid y de Bruno, busco uno solo. Un solo mensaje, no pido más, de la persona que sí quisiera ver y sí quisiera saber de ella.
Pero Axel no ha escrito nada. No se ha puesto en contacto conmigo.
Es como cuando abres el horno y el bizcocho aún no está hecho, y entonces se desinfla. Así me quedo yo. Desinflada.
Pero no me voy a quedar parada. No señor. Axel me ha hecho algo, ha hecho algo conmigo, y no hablo del sexo… Me ha tocado de un modo extraño y que aún intento desentrañar.
¿Cómo puedo estar loca por un hombre que apenas conozco?
De Becca:
Estoy bien, gracias por preguntar.
De Becca:
Quiero que me vengas a ver. ¿Dónde demonios estás, Axel?
De Becca:
Joder, Axel. ¿No me vas a contestar? Deja lo que estás haciendo y vuelve. Quiero hablar contigo. Olvidas que tengo el pelo así porque soy bruja.
Te voy a poner una vela negra.
De Becca:
Muy bien. Como quieras. Capullo.
Oye, pues por Whatsapp parezco realmente convincente, con un par lleno de autoridad y poderío. Espero unos minutos más para ver si me contesta.
Pero nada. Nada de nada. No sé si está en línea o no. Supongo que si quisiera saber de mí, ya lo habría hecho, ¿no?
Dios, con lo controlador que es, debe de estar realmente cabreado conmigo por lo que hice. Desobedecerle no estuvo bien.
Y en ese momento de derrota y autocompasión, recibo un nuevo mensaje, que puede rescatarme del hoyo momentáneo en el que me encuentro.
De FaynaFujitsu:
Becca, mueve el culo. Estoy en Barcelona.
Envíame localización que quiero ir a verte. Y te callas.
Me echo a reír y me da un subidón de alegría.
Fayna, mi recién descubierta amiga de Tenerife, viene a salvarme del ostracismo y de mi cautiverio.
Es como un rayo de luz entre tanta oscuridad.
Y voy a abusar de él.
3
@garfielderanaranja #eldivandeBecca #Beccarias
¿Creéis que la irascibilidad es un trastorno? Mi ex marido me dice que estoy llena de odio.
Ay… Esas ganas de acariciarle la cara con las ruedas de un tractor…
Mi madre y Carla observan a Fayna a caballo entre la sorpresa y la curiosidad.
Fayna está en la entrada de la casa, con una mochila colgada a la espalda. Lleva su collar eléctrico de perro al cuello. Se ha peinado con una cola alta que marca más sus facciones redonditas y guapas. Muestra una sonrisa enorme y radiante, y se ha vestido con lo poco que tiene de manga larga.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto, feliz.
—Venir a verte, prenda. Chacha, ¡qué frío hace aquí! Ahora mismo me acompañas a comprarme bufandas y guantes de esos que usáis la gente normal. —Es lo primero que me dice antes de abrir los brazos y cobijarme entre ellos, tratándome con todo el cuidado que puede—. Becca, amiga, no me puedo creer que te pasara eso. En cuanto Axel me lo dijo, saqué dinero de donde no tenía para coger mi primer avión y venirme a tu tierra. Ha sido culpa mía. Todo. Me siento muy mal —asegura, afectada.
—Pero ¿qué dices? —replico yo apartándome—. No tuviste nada que ver.
—Yo te pedí que fueras a ver a mi amiga y…
—Fue un accidente. —Miro de reojo a mi madre y a mi hermana para que no metan la pata y no expliquen lo que saben.
Nadie más puede saber lo sucedido—. La carretera era muy estrecha y yo perdí el control.
—¿De qué mierda hablas? —replica Fayna mirándome fijamente a los ojos—. No tuviste un accidente. ¿El golpe te afectó a la cabeza?
—¿Qué?
—Te sacaron de la carretera, loquera. Un lunático obsesionado contigo lo hizo. No me engañes.
Tengo una aplicación en mi móvil. Se llama MomentCam.
Dispone de cientos de emoticonos y caras en movimiento para enviar por mensaje. En este momento, mi cara es como la del emoticono con los ojos colgando y la mandíbula desencajada.
—Pero… ¿qué? ¿Cómo sabes tú eso?
—Me lo dijo Axel después de llamarle treinta veces en menos de media hora, preocupada por ti. Lo cansé —me guiña un ojo—, y él me lo contó todo. Fue escueto, pero contundente. —Fayna mira alrededor y sonríe a mi madre—. ¿Es tu madre?
—Sí, perdón. —No tengo tiempo de sentirme avergonzada por no presentar a mi familia. Pero estoy en estado de shock. Axel habla más con Fayna que conmigo. Lo voy a freír a whatsapps desde mi iPad hasta que me conteste—. Mamá, Carla. Esta es Fayna. La traté de su narcolepsia. Fayna, estas son mi madre y mi hermana.
—Oh —Carla arquea las cejas negras y sonríe divertida—, ¿te… dormías de pie?
Fayna deja ir una carcajada y bizquea.
—De pie, sentada, de rodillas, a cuatro patas, jugando a los bolos… Me dormía de todas las maneras, maricón.
Carla parpadea, se echa a reír y dice nerviosa:
—Ah… ¿Me has llamado «maricón»?
—No, no… Es una expresión de las islas. Al parecer, somos más africanos de lo que creemos. Nadie nos comprende.
Mi madre le da dos besos, sin poder ocultar su consternación.
—Pero ¿ahora estás bien? —pregunta mi hermana—. Es decir, ¿Becca te ayudó? ¿Mi hermana puede tratar también esas patologías?
—Becca me electrocutó y me puso un collar de perro al cuello. Solucionó el problema en un abrir y cerrar de ojos.
—Dios mío. Cariño… —susurra mi madre mirándome como si me viera por primera vez.
—No fue así… La idea no fue mía en realidad. —Intento explicarles que fue Axel quien pensó en el dispositivo, pero no me dejan.
—Ah, pero no se preocupe —intenta calmarla Fayna—. No me duele. Solo impide que me duerma, hace que me vuelen los zapatos y me muerda la lengua como si mis dientes fueran una grapadora. Ya está.
—Igual lo llevas a demasiada potencia… —murmuro entre dientes mientras la invito a entrar en mi casa.
—No. Está bien así. Me gusta. Hace que abra los ojos de golpe. Ahora duermo solo por las noches. Cuando toca. —Fayna deja su mochila y se estira, haciendo crujir los huesos de su espalda—. Me gusta tu casa. Pero me tienes que ayudar a encontrar un hotel por aquí, Becca.
—¿Hotel? —pregunta mi madre—. No vas a buscarte ningún hotel. Puedes quedarte aquí.
—No, muchas gracias. No quiero molestar. Solo me quedaré esta noche —asegura con humildad—. Quería asegurarme de que esta mujer llena de rizos —me señala con el pulgar— estaba bien. Puedo quedarme en algún hostal o…
—No, ni hablar. Tú conoces a Axel, ¿verdad? —pregunta mi hermana, muy interesada.
—¿Que si conozco al hombre follable? Bah… ¿Por qué?
¿Acaso ustedes no?
—No en persona.
—Ese hombre es pura dinamita, morena.
Mi madre y Carla se miran y sonríen con malicia.
—Definitivamente, tú te vas a quedar aquí.
Mi familia es como la Cosa Nostra. Consiguen todo lo que quieren. Las dos están ávidas de información, y resulta que Fayna es un caudal incontinente de revelaciones.
Aun así, no voy a darles tiempo para que comiencen a interrogarla, porque me voy a llevar a Fay de compras por Barcelona, y, de paso, ella me acompañará a mi loft.
Tengo un encuentro que consumar y alguien tiene que venir conmigo.
La Maquinista. El paraíso de cualquier persona caprichosa. Tengo la suerte de que ese centro comercial está en el mismo Sant Andreu y es una máquina de hacer dinero, con un montón de ocio, restaurantes y tiendas de todo tipo.
A mí me encanta ir de compras, que conste. Y eso es justamente lo que he hecho. Me he comprado un iPhone 5C verde, que necesito con urgencia después de que el otro se hundiera en el río. Lo conectaré a mi ordenador y pasaré la última copia de la sincronización del iPad al equipo. Así tendré mi nuevo teléfono exactamente igual a como tenía el otro. Jobs fue un visionario que sabía que el mundo estaba lleno de torpes como yo que perderían su teléfono tantas veces como la acosaran. Fayna por poco se hace el haraquiri al ver lo que vale un aparatito de esos. Ella sigue con su Blackberry rosa, y de ahí no la sacan.
Después de recoger una nueva tarjeta micro, he comprado calzado y ropa. Supongo que necesito gastar dinero para sentirme mejor en estos momentos. Todas las mujeres lo hacemos. O casi todas.
Me he dado el gustazo de hacerle un par de regalos a Fayna y le he comprado un abrigo con capucha de esquimal, que necesitará con este frío que empieza a asolar Barcelona, aunque solo sea para un día.
Ella, en cambio, se ha comprado guantes de lana negros, y un gorro marrón con unas orejas de oso. No entiendo cómo se ha comprado eso, de verdad que no comprendo esos gustos. Pero ella estaba superfeliz con su nueva adquisición, y parecía una niña contemplando su reflejo en el espejo, así que no he querido decirle nada.
Después se ha vuelto loca, y ha hecho que nos paremos en un Burger King para llenar su combustible de hidratos y grasas saturadas. Adoro esa comida basura, así que la he acompañado con un Big King XXL y un brownie con nata, que no quemaré ni en un mes. Pero me da igual, porque estoy nerviosa por mi encuentro con David, y muy triste y decepcionada por no saber nada de Axel. Comer me irá bien. No tengo intención de convertirme en una ballena, pero a veces el cerebro necesita azúcar, y yo estoy bajo mínimos.
Después de varios menús, cogemos un taxi para dirigirnos a mi loft. Fayna apura su segundo Long Chicken y bebe de su Coca-Cola normal sin dejar de interrogarme, porque está claro que puede hacerlo todo a la vez.
—¿Y dices que vamos a tu loft para…?
—Nada. Solo quiero recoger ropa interior que tengo ahí.
Ella me mira de soslayo y rebaña con la punta de su lengua una gota de mayonesa que reposaba en la comisura de sus labios.
—Prueba otra vez. Mientes muy mal, pelirroja.
Fayna parece salida del mundo Harry Potter. Es de esas personas que te hacen creer que viven en su propia realidad, que conviven con la sociedad ajena a casi todo, al margen del sistema. Pero me equivoco mucho si pienso eso, porque es una fachada. Una fachada que hace que pase inadvertida y que nadie la tenga en cuenta, para así, con esa discreción, enterarse de todo. Joder, debería haberse dedicado al espionaje o algo de eso…
—No miento.
—No, claro que no. —Su rostro es una careta de incredulidad—. Algo te incomoda mucho. No dejas de pensar en ello. Estás como ida. Una parte de tus hemisferios está conmigo, feliz de que te acompañe y de verme aquí. La otra… La otra está en Narnia. ¿De qué se trata? No le has dicho a tu madre ni a tu hermana que te ibas a pasar por el loft. Las has convencido de que nos íbamos de compras y después regresaríamos a vuestra morada, pequeña Padawan. ¿Por qué? Es mejor que me lo digas, porque no pienso dejarte sola ni a sol ni a sombra.
Increíble. Esta mujer con aspecto de soñadora incorregible psicoanaliza a las personas mejor que algunos psicoterapeutas que conozco.
—David está allí.
—¿David? ¿Quién es David? —pregunta con interés, prestándome toda su enérgica atención.
Aprovecho el trayecto en taxi para contarle toda la historia entre David y yo. Nuestra vida juntos, su traslado a Estados Unidos, nuestra relación a distancia y la ruptura de nuestra historia de amor.
Fayna frunce el ceño y no da crédito a lo que oye. Pero cuando acabo de narrarle todo, lo único que me suelta es:
—¿Y Axel?
—¿Qué pasa con él?
—Tú te mueres por los huesos de ese hombre… ¿Para qué vas a hablar ahora con tu ex? ¿Por qué quieres verle? ¿No irás a volver con él?
Me irrita que todos crean eso, que me vean capaz de olvidar lo que me hizo en el momento más importante de mi carrera. No puedo ignorar el hecho de que tiró los años más bonitos de mi vida por la borda.
—Ha hecho un largo viaje para verme. No hemos acabado mal —aclaro—, y tampoco es mi enemigo. Puedo hablar con él de forma civilizada, para que vea que me estoy recuperando y que no tiene que preocuparse de nada y… Y acabaremos como amigos.
—¿Y qué narices hace en tu casa? ¿Le permites que entre así como así? ¿Aún tiene llaves?
—No me riñas.
—No te riño. Pero —chasquea los dedos frente a mi cara— ¡despierta! David es tu ex. Es un hombre. Los hombres son primitivos.
—David no es primitivo —respondo en su defensa—, es educado y él no entiende de esos instintos cavernícolas.
—Mira, te voy a decir lo que le pasa: se dio cuenta de que la cagó al dejarte, te llamó y se enteró de que estabas en una discoteca pasándotelo bien… Se puso celoso, su radar antimoscones se encendió y barajó la posibilidad de que tú estuvieras con otro hombre. Como así fue… —Arquea las cejas—. Y ahora ha venido a marcar territorio en tus horas más bajas. Quiere que veas que se preocupa por ti y que tú vuelvas a contar con él.
—¡No! Él no es así… Tuvimos una bonita relación. No nos separamos porque nos llevásemos mal o porque no nos quisiéramos. Me dejó porque estaba cansado de no verme. —Sigo defendiéndole, a pesar de todo—. Él no es de marcar territorio ni nada de eso…
—Poca sangre tendrá en las venas, entonces.
—No, te equivocas. No es su estilo.
—Su estilo es tener los pocos pantalones de dejarte tirada por FaceTime, ¿verdad?
—No seas injusta. No es mala persona.
—Y tú no seas tonta, Becca. —Me mira con condescendencia—. La distancia que dices que fue la culpable de lo vuestro puede romper solo aquellas relaciones que no son vinculantes ni verdaderas. Para él, lo vuestro no lo fue. Además, teniendo al moreno de ojos verdes tan preocupado por ti…
—¡Ja! ¿Preocupado? —Siento inquina hacia él, a pesar de que me salvó la vida. Y lo noto. Lo noto por el veneno en la punta de mi lengua—. Tú sí estabas preocupada. Por eso, en cuanto has podido, has venido a verme. Para Axel no soy nada. Solo un par de buenos polvos. Eso son las mujeres para él. No me vino a ver al hospital ni una sola vez, ni siquiera me ha llamado, ni me ha escrito… —Incluso diciéndolo en voz alta, me duele pensar eso. Me lastima saber que no quiere saber nada de mí. Si estuviera tan preocupado, habría leído los mensajes y me habría contestado, ¿no? Pero ni eso. Maldito esquivo.
—Vale, tranquila, Hermione. No me pareció eso. Te miraba como si fueras comestible… —Su voz se vuelve más ronca—. Era… tan, tan intenso —parece que sus ojos se cierran; vuelve a beber de su Coca-Cola hasta que se la acaba—. Mira, es pensar en él y… —Se señala las piernas, que se le abren ligeramente—.
¡Zas!
Yo me echo a reír. Es una guarrilla.
—Uish… Ahí viene, amiga… Que viene… —me avisa; antes de que sus cuerdas vocales se relajen y empiece el primer ronquido, coloca su mano sobre mi rodilla, para agarrarse.
—¿El qué? ¿Qué viene? —pregunto, preocupada.
Fayna aguanta la respiración, echa la cabeza hacia atrás y cierra un ojo. El otro se le voltea. Aprieta los dientes y da tres espasmos como la niña del Exorcista.
El ruido sordo del motor del collar se detiene.
Acaba de recibir una descarga eléctrica dentro del taxi. Y no se ha desmayado. Increíble.
—¡Chaaasss! ¡Hija de puta, la tacones! —exclama cogiendo aire otra vez y echándose a reír—. ¡Esto es tan bueno!
Yo la miro horrorizada. No será como un orgasmo, ¿o sí? Para ella parece que sí. Y lo más asombroso es que ha aprendido a controlarlo.
—En serio, yo creo que tienes ese trasto muy fuerte… ¿Y si te da una embolia? Quizá deberías bajarlo.
—Antes me arranco la lengua a cachos —asegura totalmente despierta, con las mejillas rojas por el subidón de adrenalina—. Además, no está al máximo de su potencia. Estoy bien. No te preocupes.
—Ya hemos llegado —nos interrumpe el taxista.
Miro a través de la ventana y me fijo en la fachada de mi loft. No voy a mentiros. Tengo miedo y tristeza. Sé que cuando vea a David, las sensaciones no serán las mismas que cuando estábamos juntos.
Mi pasado está ahí. El hombre que más he querido en mi vida está ahí. Voy a verle con la convicción de dejarle las cosas claras. Y después le pediré que me devuelva las llaves de mi casa.
Ese es mi hogar ahora. Ya no es el suyo.
Le pido al taxista que me espere lo que vaya a tardar en entrar y salir. Y a Fayna le digo que se quede dentro del coche.
—No. Voy a ir contigo —me dice haciendo el ademán de bajarse del taxi.
—No. Por favor.
—Soy tu guardaespaldas.
—No va a pasar nada. Es solo mi ex. Vamos a hablar y ya está. Quédate aquí, por favor.
Fayna refunfuña y se cruza de brazos, contrariada por mi decisión.
—No tardes.
—No —respondo, y cierro la puerta del coche.
Camino con decisión hasta la entrada de mi casa, y juego nerviosa con las llaves.
Es el momento de acabar con esto, con la tensión, con la inseguridad y con la esperanza de que alguna vez pudiéramos volver a estar juntos.
Porque es imposible. Porque él me dejó. Me decepcionó y rompió la única realidad que yo conocía: la de que íbamos a estar juntos para siempre y que uno era el alma gemela del otro.
Las promesas se las lleva el viento. Hace mucho que no piso mi casa.
Y ahora que entro en el rellano y huelo el olor a bosque, producto de los ambientadores sistemáticos que tengo en todas las salas, ahora que veo el color lila de las paredes del amplio hall y que piso la alfombra de IKEA de «Ola k ase, ¿entra o ke ase?», los recuerdos, la melancolía y la verdad de mi situación me golpean como una bofetada realista. No regresé al loft después de que David me dejara porque no me veía capaz de vivir allí sabiendo que él ya no iba a volver.
El techo se me habría caído encima.
Porque ese hogar se ha convertido en una caja de grajeas amargas. Porque cada pastillita que saco de ella guarda un momento con David, esconde mi vida en pareja con él; una vida en la que yo era feliz.
Y duele mucho cortar con eso. Pero es lo justo para los dos. Abro la puerta que conecta el recibidor con el salón, y le huelo antes de verlo. David sigue usando un perfume de Miyake que siempre me ha gustado mucho.
Cierro los ojos y me puede la congoja. Creo que puedo con esto, pero la verdad es que no lo hago muy bien. Porque nadie manda en la mente y en el corazón. Y hay apegos demasiado fuertes y dependientes.
Ni siquiera le odio cuando lo veo, de pie, frente al sofá.
Su rostro angelical está ahora lleno de inseguridad y tormento. Tiene el cabello rubio un poco alborotado. Él nunca lo lleva así, excepto cuando se levanta. David tiene una buena mata de pelo, pero siempre lo lleva engominado.
Yo sé que no llevo mis mejores galas; solo unos leggings ajustados, unas Air Max azules, mi jersey blanco de punto y una chaqueta Biker de piel color azul claro, con hombros estructurados y detalles guateados.
Me retiro el pelo de la cara y lo dejo hecho una maraña loca sobre mi cabeza. Tengo la boca seca y una bola de pena en mi garganta que no me deja tragar ni respirar.
David abre los brazos y los deja caer. Sus ojos almendrados me miran con intensidad y sonríen, algo acharados y retraídos, como si le diera vergüenza estar ante mí.
Y me duele verle y contemplar el rostro que tanto quise, y que tanto daño me hizo. Me dejó de lado. Me abandonó. Cortó con todo. Se fue.
¿Cómo espera que reaccione ahora?
—Ha sido un atrevimiento venir aquí, ¿verdad? —me dice con voz pesada.
Yo me relamo los labios y miro alrededor. David está ahí, como un mueble más, pero no ha tocado nada, no ha dejado huella en mis cosas.
Sí en mi vida.
—Sí, un poco sí —contesto, afligida. Si supiera cómo me entristece no poder sonreírle y abrazarle ni preguntarle cómo está.
—¿Cómo estás, cabecita loca?
Hago un puchero e intento ser fuerte. Él siempre me cuidó, a su manera, pero me cuidó. Y yo siento que ahora no cuento con ese apoyo. Es tan contradictorio. Una parte de mí quisiera ser dura como Carla o Eli. La otra parte es muy como mi madre. Tiene compasión y valora más lo bueno que lo malo. Esas son las desventajas de haber querido tanto a una persona.
Me encojo de hombros.
—Voy tirando. —Carraspeo y esta vez sí, clavo mis ojos claros en los suyos acaramelados.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Tengo cámaras. —Las señalo con mi índice. Tengo cámaras en las estanterías, ocultas, y en todas partes. Están activadas. Y cuando algo se mueve dentro de mi casa, me manda una alerta con un vídeo, para que vea lo que pasa. Pero sin mi teléfono no he podido recibir ninguna alerta. Menos mal que tenía el iPad.
David sonríe y asiente con la cabeza.
—Me hiciste caso. Al final las pusiste.
—Sí.
Debo admitir que él me dijo que las pusiera, que iba a vivir sola y que una mujer como yo no podía estar sin vigilancia. Estaba obsesionado. Al principio de irse a Estados Unidos tenía fobia a que yo me quedara sola. Se pensaba que alguien me iba a violar o a hacerme cualquier cosa. Según él, yo era demasiado guapa, debía tomar precauciones por mi propio bien. Según yo, él sabía que era un caos y un despiste con piernas, y se imaginaba que un día de estos podía dejarme la casa abierta con las llaves dentro.
David no deja de mirarme la cara. Sé que estudia mis rasguños y mis moratones, el cabestrillo y mis dedos casi azules por el hematoma. Tengo la apariencia de alguien a quien han apalizado.
Y entonces David dice algo en voz baja, exhala con rabia, acorta la distancia conmigo y me aplasta contra él, abrazándome con una fuerza y una necesidad que jamás sentí antes en su compañía.
Me quedo muy quieta.
Intento asociar esa demanda con lo que él era antes, y no lo consigo. Huelo en su ropa la colonia y su aroma personal, siempre a limpio.
No me doy cuenta de que exhalo por la boca y de que acabo abrazándolo también, como si acabara de hacer un home run.
—Becca… Por poco me muero del susto cuando tu madre me dijo lo que te había pasado —murmura sobre mi cabeza, abrazándome como si no quisiera soltarme nunca.
Yo no sé por qué, pero arranco a llorar. Bueno, sí sé por qué. David era para mí una especie de refugio, y supongo que el hecho de verle de nuevo, y de que esté ahí, ha liberado todas mis reservas y mis defensas se han ido a pique.
Hundo la cara en su pecho y mancho toda su camisa blanca con el rímel. A él no parece importarle, y a mí menos. Necesito desahogarme.
Necesito…
David me acuna el rostro entre sus manos. Conozco esas manos; siempre fueron suaves conmigo. Entonces me besa en la boca. Y mi cabeza reconoce ese beso. Lo recuerda. Y todo se engrana para que vuelva a sentir lo mismo que hace un tiempo. Para que acepte ese beso y para que vuelva a unos meses atrás, cuando sabía lo que quería y estaba conforme con mi vida, con mi pareja, con mi tranquilidad.
Sin embargo, en la transición de esos recuerdos, algo choca con mi yo actual. No es eso lo que quiero sentir, porque ya no va conmigo, no encaja con quien soy ahora. Ese beso no hace que casi deje de respirar y que mi cabeza dé vueltas. No es así como quiero sentirme cuando me besan. Me bastaba antes, antes de mi impasse, antes de El diván y de mi viaje a Tenerife… Me bastaba antes de Axel.
Ahora no. Ahora, esa adoración que me profesa David, esa pasión calmada y amable, no despierta nada en mí. Solo viejos recuerdos que no hace falta reavivar. Porque esos recuerdos, esa Becca, esa relación, a él no le parecieron suficientes una vez, y por eso me dejó.
Cuando me doy cuenta de lo que pienso, advierto que estoy apoyada en la barra americana de la cocina office y que él no deja de besarme, que tengo su lengua en mi boca y que me extraño al sentirla contra la mía.
Decido cortar el beso colocando mi mano sana en su camisa y apartándolo. Retiro la cara y lo miro consternada, pero manteniendo la calma.
—¿A qué ha venido eso? —le pregunto, incómoda.
—A que te echo de menos, y a que estoy arrepentido por lo que te hice —responde pegando su frente a la mía—. No quiero volver a perderte. Quiero que vuelvas conmigo. Eres lo más importante para mí… Quiero recuperarte.
—Vale, para. —Levanto un dedo y lo hago callar, alejándome de él y saliendo del improvisado ring, donde me había arrinconado contra las cuerdas—. No necesito escuchar esto ahora…
—Pero yo necesitaba decírtelo —me asegura, angustiado.
Nunca le había visto así. En los cinco años que estuvimos juntos, nunca lo vi tan perdido y desesperado por demostrar su verdad.
Doy media vuelta, cojo un vaso de cristal del armario y lo lleno de agua, a falta de whisky…, que es lo que de verdad me apetecería tomar. Un ardiente lingotazo que arrasara con mis remordimientos y mi estupefacción.
¿Qué se han creído los hombres? ¿Que pueden apartar y recogerla a una como si se tratara de basura? No. Serdo.
Una vez, cuando mi sobrino Iván era pequeño y aún no controlaba el castellano y dominaba mejor el catalán, Carla se propuso enseñarle inglés. Un día le preguntó: «Cariñi, ¿cómo se dice “cerdo” en inglés?». Iván, con todo el popurrí de idiomas que tenía en el coco, le soltó: «Ssserdo». No dejamos de reír en toda la noche.
Los hombres, muchos, son unos serdos.
David no puede hacer esto conmigo. Conmigo no. Lo peor es que me da pena verlo así. Me gustaría que estuviera bien y que no pasara tragos amargos como los que yo he pasado. Porque se pasa realmente mal. Y no quiero lo mismo para él.
Sin embargo, se han girado las tornas. Es él quien viene a buscarme hoy. Y yo la que decide que no quiere estar con él.
—David. —Consigo beberme todo el vaso y lo dejo en la pica—. Ha pasado tiempo desde que me dejaste…
—¿Tiempo? Un mes y medio es una mierda, Becca.
—¿Un mes y medio sin saber de ti? Créeme, da para mucho —le aseguro con amargura—. Para lo que no da es para que me beses y creas que podemos estar juntos otra vez.
—Me sigues queriendo. No puedes haber olvidado todo lo nuestro en tan poco tiempo.
—Tú lo olvidaste en una sesión de FaceTime, ¿verdad? —Punto para mí—. No puedes pretender venir a mi casa, sin mi permiso, y recuperarme así como así.
—No… Lo sé. —Se pasa la mano por la nuca, atribulado—. Créeme si te digo que el primero que se sorprende por actuar así soy yo. No suelo hacer estas cosas. Pero, Becca… —Vuelve a acercarse a mí—. No estoy bien. Quiero volver contigo. Quiero que me perdones por lo que te dije. Sé que ahora es pronto… Que necesitas tiempo.
—No. No necesito tiempo.
—No lo decidas ahora tan rápido —protesta con la confianza de alguien que me conoce a la perfección—. Sé que te hice daño y que estás ofendida. Pero romper contigo fue una decisión desastrosa. La he cagado. Y quiero enmendarlo.
Cierro los ojos y suspiro. No es así de fácil. Los palos lastiman, y agreden la confianza. La traición de alguien a quien se quiere tanto es lo peor que puede experimentar una persona. Y yo lo he experimentado.
—David, ¿por qué lo hiciste? —susurro—. ¿Por qué así?
¿Por qué me diste tan poca importancia como para echarme de tu vida a través de una pantalla de ordenador? ¿Tan poco me merecía? Tú no solo eras mi compañero, eras mi mejor amigo. Me dejaste tan rota…
Él hace un mohín, a punto de perder el control, pero se recompone rápidamente.
—No quería esa vida ni para ti ni para mí. Quería que estuviéramos juntos. Vivir separados el uno del otro es como morir, Becca. Y pasaba el tiempo y nuestra situación no cambiaba… Yo… supongo que olvidé las razones por las que te quería tanto.
El olvido. Maldito asesino.
—Pues ha cambiado ahora más que nunca —le aseguro—. Para mí, la distancia no era un problema porque, por encima de todo, creía en el amor que te tenía. Pero me diste un buen mazazo. Está claro que yo te quería más que tú a mí.
—No hagas comparaciones. Tú no puedes medir cómo son mis sentimientos.
—Pero sí puedo medir tus acciones. Y una acción vale más que mil palabras. Dime y sé sincero.
—¿Qué? —Se sostiene en la barra americana.
—¿Ha habido otra mujer? ¿Es por eso? Dímelo, David, porque prefiero esa verdad a seguir perdida preguntándome qué mierda te pasó.
Él levanta la cabeza de golpe y niega con vehemencia.
—¡No! ¡¿Cómo puedes pensar eso?!
—Bueno, no me mires así. Me parecía imposible que me dejaras, y lo hiciste. Mi pregunta es muy normal.
—No ha habido nadie. Solo yo, y mi soledad. Eso es lo que ha acabado conmigo —reconoce intentando acercarse a mí de nuevo.
—No —lo detengo extendiendo la mano—, quédate donde estás.
Él me hace caso.
Es hermoso. David es un tipo atractivo aunque esa cara de preocupación no le favorece.
—Becca… Quiero estar contigo —me dice con voz dulce y suplicante—. Deja que te cuide. Vente conmigo a Estados Unidos y recupérate allí de tus lesiones. Retomemos lo nuestro. Yo… te necesito. No quiero volver a dejarte ir. He pensado mucho todo este tiempo. He tardado demasiado en reaccionar, pero pensé muchísimo sobre lo nuestro.
Ir a Estados Unidos con él. La cuestión se resume en olvidarme de todo, pasar un tiempo allí y después volver y continuar con la misma relación, hasta que uno de los dos se movilice de nuevo, o hasta que alguno de los dos se canse.
—Volveríamos a lo mismo.
—Estaríamos juntos. Separados por un océano —sonríe melancólico—, pero juntos. Hablaríamos todos los días. Hasta que cree mi propia sucursal aquí en Barcelona y por fin podamos vivir juntos como queremos.
—Es el mismo proyecto de antaño. Esperar a que te den las riendas y puedas montar una empresa donde te dé la gana, siendo tú tu propio jefe… Pero, mientras tanto, todo seguirá igual —asumo, sometida por la situación—. Y eso sin considerar que en algún momento te gires de nuevo y decidas dejarme otra vez hecha polvo, sin alma. —Niego con la cabeza, más segura que nunca de mi decisión—. No, David. No quiero esto. Por tu bien y por el mío, esto se ha acabado.
Me saco una espina que me deja herida y me duele. Pero sanará.
—No se ha acabado —dice, apasionado. Sus ojos se oscurecen y me atraviesan con su furor—. Acepto que me des calabazas ahora, Becca. Entiendo tus reticencias y que sientas antipatía por mí ahora mismo…
—No, David. Te quiero, de verdad. No siento antipatía. Jamás podría sentir antipatía por ti. Pero precisamente porque te quiero, no me gustaría que nos hiciéramos más daño luchando por algo que no es posible. Me decepcionaste. De un día para otro me sacaste de tu vida, así como así. Y no puedo borrar esa sensación ni de mi cabeza ni de mi corazón. No puedo luchar contra eso. Y quiero que te vayas.
—Está bien. —No, no lo está. Su pose indica que seguirá peleando—. No me importa. Me voy ahora. Pero esperaré. Te juro que esperaré. Eres la mujer de mi vida, y no quiero estar con nadie más. —Se da la vuelta y recoge la chaqueta que había dejado colgada en el perchero de la entrada—. Te amo, Becca. Solo quiero que lo sepas.
—David, por favor. —Dejo caer la cabeza, agotada.
—Puede que me vuelva a Estados Unidos con las manos vacías, pero no voy a retirarme. Voy a estar ahí para ti. Y cuando decidas volver, te abriré las puertas. No quiero a otra. Solo a ti. Te estaré esperando.
David se abrocha la cremallera de la cazadora mientras camina hacia mí. Se detiene justo delante y me levanta la barbilla con suavidad.
—No tienes por qué irte —le digo con mi mejor tono—. Puedes pasar la noche aquí, y mañana mirar el vuelo de vuelta con calma.
—¿Pasaríamos la noche juntos?
Yo me quedo un rato callada, mirándolo incrédula. ¿Es que no ha escuchado nada de lo que le he dicho?
—No, David. Yo duermo en casa de mi madre.
Él me dirige una sonrisa que encubre mi mismo pesar. A veces nos equivocamos y hacemos las cosas mal, pero toda acción conlleva una reacción, y el perdón absoluto y el olvido nunca están garantizados.
Yo le perdono, pero no olvido lo que me hizo, y eso me preserva para que no me haga daño una segunda vez.
—Yo tampoco puedo pasar la noche aquí sin ti.
—No seas tonto.
—Tú no vives aquí por lo mismo, Becca. Los recuerdos hacen daño, ¿verdad?
No digo ni que sí ni que no, pero le devuelvo la mirada.
—Dame un beso de despedida, cabecita loca.
Me duele el corazón, me aflige que esto acabe, pero no puedo agarrarme a él solo porque es lo bueno conocido. Porque sería fácil volver a quererle como antes. Eso lo tengo muy claro. Pero he cambiado. Estos días me han cambiado. Me he dado cuenta de que no quiero esto. No sé lo que quiero, pero esto no. Levanto la cabeza y accedo a ese beso. Un beso de agradecimiento y cariño sincero por todo lo vivido, por todo lo que le quise.
David se recrea más que yo, pero yo ya no le sigo el juego.
—Anda, vete —le digo volviendo el rostro.
—Esperaré lo que haga falta. No me olvides, Becca.
Me besa la frente por última vez, mira a su alrededor y sale de mi casa con paso firme, aunque no es eso lo que de verdad querría. Lo que de verdad querría es quedarse, pasar la noche conmigo y, al despertarnos juntos, que todo siguiera como antes.
Pero eso ya es imposible.
Porque mi corazón ya no es el mismo.
El hombre tornado ha pasado por él y lo ha dejado colgando de un hilo.
Y necesito aclarar con Axel si soy yo la única que está así.
4
@Beccarias #eldivandeBecca Cuqui, soy tu picha.
¿Te casas conmigo?
Mi madre adora preparar cenorrios. Y mi hermana es una trolera.
Por eso me ha sorprendido verla sentada a la mesa para cenar, escuchando atentamente a Iván, mi sobrino adorable, cuando ella misma me había dicho que tenía mucho trabajo en el bufete y que iba a pasar toda la noche ahí, que por eso no venía conmigo hasta el loft para encontrarme con mi ex, motivo por el cual mi madre tampoco podía hacerlo, pues debía encargarse de Iván.
Así que yo, para vengarme, no les he contado nada de mi escena con David, y he obligado a Fayna a que guarde silencio sobre lo ocurrido, o de lo contrario le subiría por la noche la potencia del collar y la dejaría chamuscadita.
Mi madre es muy exagerada para las comidas y las cenas. Eli, al principio de venir a casa a comer o a cenar, decía que creía que mi madre lo que quería era cebarla para luego cocinarla. Tardó en acostumbrarse a sus menús, pero cuando lo hizo, ya nunca más quiso comer otra cosa. Sus platos tienen ese efecto: luego siempre quieres más.
Fayna está ayudando a mi madre a servir los platos, que va trayendo uno a uno al salón, comiéndose la mitad por el camino. Contemplo la mesa con agrado, porque luce mucho. Ha puesto la panera, las copas grandes de vino, mucho pica pica, unas servilletas de colores que compró en IKEA, sus sangrías marca registrada, y ha horneado un pan italiano que solo ella sabe hacer y que más de un vecino ha venido a preguntar por la receta. Y la muy perra no se la da a nadie.
Y eso me encanta.
Me distraigo con el móvil y vuelvo a abrir los mensajes, a ver si por casualidad Axel se ha equivocado y me ha escrito. Pero no. No caerá esa breva. Así que abro el MomentCam y con mi rostro monto un emoticono de mí misma, taladrando un culo con una Black and Decker.
Algo parecido a esto:
De Becca:
Seguro que si te hiciera esto sí contestarías. Cuando te vea no habrá ni saludo.
Voy a taladrarte el esfínter.
No sé ni por qué me esfuerzo en hablar con Axel. No le interesa hablar conmigo. Soy como un ente invisible para él.
Y lo único que yo quiero es que me conteste y me diga que está bien. Me da igual si ha encontrado o no al tipo que me hizo esto; solo me interesa saber que a él no le ha pasado nada. Parezco paranoica y desesperada. Lo sé.
El timbre de mi casa hace que dé un respingo. Mi cuerpo y mi mente siguen alerta, vigilando mi entorno, sin acabar de encontrar la paz que me robaron en Tenerife. Son los síntomas de haber sufrido una agresión como la de hace unos días.
Y lo comprendo. Comprendo mis mecanismos de defensa. Solo tengo que dejar que pase el tiempo para que el miedo desaparezca. Aunque me costará.
Carla se da cuenta y me mira de reojo.
—Es Eli. Le he dicho que venga a cenar —me explica con cara de disculpa.
Cuando pasa por detrás de mí, me coloca la mano en la espalda y me besa la cabeza.
—No seas tonta, tata —me susurra—. Aquí nadie te hará daño.
Su ternura hace que me emocione. Carla tiene esos puntos: puede ser una borde y una egocéntrica, pero sabe ser cariñosa y protectora; al menos, conmigo.
Eli entra en el comedor como una bala, mientras Carla le grita desde la puerta: «¡Hola a ti también, eh!», con ese tonito insufrible que gasta.
Eli me abraza por detrás con todo su cariño. Ella es cálida, tierna y afectuosa, y es un caudal de buena energía, calma y mansa. Me besa en la mejilla y me dice:
—¿Cómo estás, Debo?
—Pues aquí, Vane —contesto—, aguantando a la Jessi y al Joshua.
Ella sonríe, pero me suelta de golpe y se da la vuelta cuando escucha la voz de Fayna.
—Chacha… Aquí todas son altas y delgadas. Dan asco —murmura dejando los últimos platos sobre la mesa.
Eli nos mira a la una y a la otra como si siguiera la pelota durante un partido de tenis.
—¿Hola? ¿Quién eres? —pregunta, sorprendida.
—Soy la Fay. —Le da dos besos y coge una hogaza de pan italiano mientras la mira de arriba abajo—. ¿Tú eres la psicóloga del sexo?
—No… Bueno, soy terapeuta de parejas.
—Lo que digo: más follar y menos dialogar. —Mastica con los ojos semicerrados por el placer—. Ese es el problema de las relaciones actuales, que se olvidan de darle al tema y anteponen sus propias satisfacciones a las de la pareja.
Carla se sienta sonriente a la mesa y añade:
—Qué lista es esta chica.
—Tita Eli, ¿qué es follar? —pregunta Iván mientras da un sorbo a su zumo de frutas.
Carla mira al crío con preocupación, pero es Eli quien sale al paso. Iván la adora y ella a él.
—Nada, cariño. Poner en orden el follaje de los árboles… Las hojas que se caen al suelo y eso…
—Entonces, ¿los basureros de las calles están todo el día follando?
—Pasapalabra —murmura, divertida, Carla, que ahora mira fijamente a Eli.
Yo no lo puedo aguantar y me echo a reír. Eli pone los ojos en blanco y niega con la cabeza, y Fayna nos mira como si estuviéramos grilladas, que más o menos es justo como estamos.
Mi madre acerca las sangrías al paso de:
—Creo que me he pasado con la ginebra.
Fay se sienta a su lado, frunce el ceño y sé que está pensando: «Pero ¿qué clase de sangrías hace esta mujer?».
En cambio, se sirve el primer vaso y susurra, feliz:
—Me encanta esta familia. Bueno, es que mi familia es así.
Disfuncional, adorable, simpatiquísima y está fatal de la cabeza.
Durante la cena me han preguntado directamente si me he encontrado con David. Por supuesto, ese y Axel han sido los temas estrella de la velada.
Yo he toreado la cuestión como mejor he podido.
Los han comparado a los dos. Axel ha ganado por goleada, aunque Fayna ha puesto la nota de humor cuando ha dicho:
—Axel es Dios, pero cuando yo vi a David salir de la casa de Becca, pensé que también estaba para hacerle un favor detrás de otro.
Y ahí se revolucionó todo. Fayna lo había soltado. Tuve que aguantar el chaparrón de mi hermana y de Eli: que por qué había ido a verlo, que qué hacía David en mi casa, que si me había devuelto las llaves, que eso no podía ser, que quién se había creído que era… Y que yo era una mema.
Mi madre me miró en todo momento con gesto comprensivo. Sabe que no es fácil romper una relación de tanto tiempo y creo que se siente orgullosa de mí, de que al menos haya ido a hablar con él.
Gracias a Dios, la suposición de mi madre sobre la ginebra era acertada; en efecto, se le fue la mano, y eso provocó que pronto estuvieran todas fuera de juego.
Fayna se fue a dormir a la habitación de invitados, la que mejor insonorización tiene de toda la casa. Y menos mal, porque ronca como una condenada. Antes de acostarse, me aseguré de quitarle el collar para dormir, porque con lo que le ha subido el alcohol, ella no iba a ser capaz, y no quería que muriese de una sobrecarga eléctrica.
Mi madre se retiró a su dormitorio, y Carla y Eli se fueron a dormir a la habitación de mi hermana, porque tiene una cama de matrimonio más grande y porque a Eli le daba miedo dormir conmigo, no fuera a ser que me hiciera daño sin querer, porque se mueve mucho cuando está en los brazos de Morfeo y yo aún tengo cardenales.
—No te preocupes, tata —me había dicho mi hermana antes de cerrar la puerta de mi habitación—. Si Eli me da un golpe, yo se lo devuelvo. —Me guiñó un ojo y me dejó a oscuras.
A lo que Eli contestó:
—Cállate ya.
Y aquí estoy, en plena noche, a solas en mi cuarto, actualizando mi teléfono por fin, y conectándome con el mundo. La pantalla del móvil alumbra con su luz mi rostro fantasmagórico, mientras repaso todos mis contactos y leo y releo todos los mensajes de Whatsapp que he recibido.
¿Y qué creéis que ha pasado? ¿Que me ha contestado Axel? Pues claro que no.
Quiero llamarle la atención, y dudo entre decirle o no que Fede me ha contado muchas cosas sobre su vida mientras estaba en el hospital. Pero no sé si eso lo alejaría de mí definitivamente. Porque es increíblemente reservado, y él se siente seguro mientras siga siendo una incógnita para los demás.
Pero ya no lo es para mí. Sé que hay claroscuros en su vida que Fede no me ha querido contar. Del mismo modo, sé que no quiero perderme ni un detalle más de él, y me encantaría conocerlo de los pies a la cabeza, en profundidad, cuan largo y ancho es.
Por el amor de Dios, este hombre me tiene sorbido el seso, hasta el punto de que pienso más en él que en mi acosador. En él y en su manera de hablarme, de mirarme sin perder un solo detalle de mi rostro, de tocarme como si no hubiera un mañana, de besarme como si quisiera alimentarse de mi boca. Es tan sensual. Tan sexual. Tan… irresistiblemente sucio e intenso en la cama, que es un mundo nuevo para mí. Y deseo explorarlo.
Me muero de ganas de volverlo a ver, porque estoy absoluta e irrevocablemente loca por él. Y es una barbaridad, creedme. Porque, ¿quién se enamora hoy en día tan perdidamente de una persona que no conoce demasiado y que sabe que le puede atropellar el corazón? ¿Qué tiene Axel que me ha enamorado? Su belleza es un punto a favor, por supuesto. Pero eso no lo hace todo. Entonces, ¿qué despierta tal magnetismo en mí? Su halo misterioso, su presencia oscura y vengativa, su sonrisa de depredador, su voz rasgada… Hay una larga lista de puntos que me llaman la atención en él.
Sin embargo, creo que precisamente son los puntos que no muestra, esos detalles que guarda cerrados a cal y canto, los que me tienen más intrigada y los que provocan que quiera acercarme a él como una polilla a una bombilla, aun a riesgo de que me queme los ojos y las alas.
Necesito volverlo a ver para descubrirlo. Es preciso que hablemos. Pero para eso, él también tiene que querer verme a mí, y con los siguientes capítulos de El diván aún por rodar, y el hecho de que se supone que ha desaparecido para ir en busca de mi acosador, creo que tenemos muchas cosas que decirnos como para no volver a vernos. Él no puede lanzar una bomba de la invisibilidad y borrarse de mi vida así de fácil. Además, ¿qué fue lo que vivimos él y yo en Tenerife? ¿Solo varios polvos y ya está? Yo no lo siento así, pero como él me diga lo contrario, me hundirá en la miseria.
Mientras elimino todos los mails que han ido a parar a la bandeja de entrada de mi correo, uno nueva entra de repente.
Fijo mis ojos en el nombre del remitente. No hay nombre. Un correo totalmente en blanco.
Algo sube por mi columna vertebral y eriza el vello de mi nuca. Y reconozco esa sensación: es el miedo. Está de más decir que me considero una mujer valiente, y que las últimas experiencias vividas, a pesar de que han resquebrajado un poco esa armadura brava que creo llevar conmigo, no han menguado mi arrojo para enfrentarme a todo tipo de situaciones. Para ayudar a enfrentar las fobias a los demás, mi empatía y yo hemos tenido que conocer muchos miedos, y muy variopintos, algunos irracionales, unos más complicados que otros.
Pero este miedo que siento ahora tiene una razón de ser. Mi intuición no me engaña.
Mi dedo tembloroso hace clic para abrir el correo. No debería haberlo hecho. Debería haberlo guardado y que lo abriera Axel cuando regresase…, si es que regresa. Pero no he podido aguantar la curiosidad. Soy como ese personaje de una peli de miedo que se separa del grupo y que sabes que la va a palmar por listo.
Yo no voy a morir por abrir un mail, pero las consecuencias pueden ser nefastas para mi actual estado emocional. ¿Y eso me importa? ¡Pues claro que sí! De todos modos, lo voy a abrir.
La pantalla de mi ordenador se queda en negro. Y entonces aparece él. El desconocido con la máscara de Vendetta. Está mirando al frente; me mira a mí directamente. Inclina la cabeza hacia un lado y, de repente, se oye una risa diabólica, y tanto ese gesto como sus carcajadas se convierten en un bucle insoportable que no tengo paciencia ni estómago para sobrellevar.
Se me hiela la sangre y cierro la tapa de mi portátil de un golpe seco.
Me agarro las piernas y me hago un ovillo, sentada encima de la cama. Hundo la cara entre mis rodillas, sin poder detener mis temblores, y me echo a llorar.
Mi habitación está a oscuras, casi como mi alma.
No sé quién es esa persona que intenta hacerme daño. ¿Por qué me escribe a mi correo personal? ¿Lo conoce todo sobre mí? Nunca he tenido problemas con nadie. ¿Por qué alguien querría acabar con mi vida? ¿Qué le he hecho?
Sea como sea, estoy aterrorizada. No dejo de pensar en mi familia. ¿Y si el psicópata intenta hacerles daño? Tal vez no es buena idea quedarme en casa de mi madre. Puede que lo mejor sea irme a la mía. O volver a Madrid.
No… Lo que necesito es ponerme a trabajar inmediatamente, intentar recuperar la normalidad perdida. El trabajo mantendrá mi mente ocupada, ayudará a que me centre en los problemas de los demás en vez de en los míos. Eso no quiere decir que desaparezcan, claro está. Pero así, con tanto miedo e inseguridad, no puedo continuar. No sirvo para esconderme.
Mañana sin falta llamaré a Fede y le diré que prepare al equipo para empezar a grabar los siguientes episodios. O me pongo con El diván en breve, o la que se va a volver fóbica e hipocondríaca seré yo.
Lo que no pienso permitir es que un correo me amargue la existencia.
Al día siguiente
Fayna y yo hemos sido las últimas en levantarnos. Carla y Eli tenían que madrugar para ir a trabajar, y mi madre ha tenido que llevar al pequeño Iván a la escuela.
Fay y su viaje relámpago para venir a verme acaban hoy. Y le estaré eternamente agradecida por ello, porque verla me ha ayudado. Es un torrente de energía positiva, y de eso necesito a raudales.
Su avión sale al mediodía, así que he decidido que mi madre, ella y yo nos vayamos a desayunar juntas a Cup & Cake, un café superespecial en la calle Enric Granados, con tonos blancos y suelo de madera, lámparas de diseño y un ambiente chic y muy tranquilo. Sus muebles envejecidos le dan un aspecto vintage, y no hay esquina ni jarrón floreado que no tenga al lado un expositor escalonado o un plato lleno de cupcakes para todo tipo de paladares, ya sean dulces o salados. Es un paraíso.
Mi madre y yo, con lo golosas que somos, hemos ido varias veces. Es un sitio que nos encanta. Y como hoy se va la tinerfeña, creo que antes de subirse al avión tiene que probar esas magdalenas llenas de crema y tintadas de mil colores diferentes. Se va a volver loca.
Hemos cogido mi coche, y puedo admitir, sacando pecho, que conduzco yo. No he nombrado para nada el mail de la noche anterior, ni pienso hacerlo, por eso de que si no lo menciono, parece menos real.
Por ahora no he tenido ninguna crisis, ni me ha venido a la cabeza la imagen de un loco disfrazado sacándome de la cuneta de nuevo. Aunque eso no quita que al tocar el volante no haya revivido la secuencia y un leve sudor frío no haya perlado mi mente. Sin embargo, todo ha desaparecido cuando he pisado el acelerador. Solo tengo que centrarme en conducir, en mi carril y en todos los estímulos que despierten en mí las señales de tráfico. Con ello consigo apartar de mi mente todo lo demás; la clave está en mantenerla ocupada.
He dejado el cabestrillo en casa y me he colocado una muñequera rígida ergonómica de color azul oscuro y que consiguió mi hermana nada más salir del hospital. Al menos siento que tengo más libertad en los dos brazos, y que aunque sigo teniendo moratones, mi aspecto mejora y no parezco tan impedida.
Hace un frío de mil demonios. Ayer por la noche, para ahondar todavía más mi psicosis nocturna, hubo tormenta y granizó.
Cuando hemos bajado del coche, las tres teníamos las mejillas rojas por el viento cortante que yermaba las adorables vías de Barna. Fayna se ha puesto su gorro de oso con orejas y su abrigo nuevo, y va más feliz que unas pascuas. Yo llevo un gorro de lana negro y un abrigo Hilfiger del mismo color con capucha de esquimal.
Nada más llegar al Cup & Cake, Fay ha abierto los ojos igual que una niña pequeña, mirándolo todo como si estuviera en Disneyland.
—He muerto y estoy en el cielo —susurra haciendo reír a mi madre.
—Yo también pensé lo mismo al entrar aquí por primera vez —le cuenta ella.
—Ustedes deben de verme en los huesos para traerme a este lugar —murmura mientras me sigue para coger una mesa.
Después de tomar asiento y ver la carta de muffins y demás, hemos pedido un combinado de todo. Me muero de ganas de hincarle el diente a esos icings y glaseados deliciosos. Espero que su dulzura y su melosa textura acaben por enterrar la amargura que tengo por no saber nada del demonio. Ya sabéis quién es; ese cuyo nombre no quiero nombrar. Dicen que si pronuncias su nombre tres veces frente a un espejo, se te aparece y te hace las de Caín. Y a mí ya me ha hecho una gorda: ignorarme cuando más lo necesitaba. Por eso no lo nombraré. Lo juro.
Nos han traído los cupcakes y los han acompañado con un café con leche decorado con una hoja de helecho, o eso me parece a mí. Entre nosotras se ha instaurado un silencio provocado por el éxtasis de probar esos pedazos de cielo divinos. Yo he cogido dos de oreo y los estoy degustando como si cada mordisco fuera una inyección de vida.
—Es una pena —digo rompiendo el momento, hablando con la boca llena— que esto tan rico engorde tanto y colapse las arterias.
—A mí no —dice Fay degustando su tercera magdalena.
Y no será la última; le quedan dos más.
—¿A ti no qué? —pregunto sorbiendo del café con leche.
—A mí no me engordan —asegura, muy convencida. Frunzo el ceño y acabo de tragar lo que me queda en la boca.
No puede hablar en serio cuando pesa unos noventa kilos y no mide más de uno cincuenta.
—¿Ah, no?
—No. Es genética —afirma, complacida consigo misma, con las comisuras moteadas por azúcar glas—. Puedo comer lo que me dé la gana, que a mí no me engorda. Soy afortunada.
Mi madre está a punto de decirle algo, pero es una mujer sabia, así que me mira de reojo y le da la razón como a los locos, aunque se sienta más descolocada que un pingüino en un desierto.
Puede que Fayna no tenga complejos y se encuentre maravillosamente bien. Y si esa es su realidad, mucho mejor para ella.
La tinerfeña ataca el cuarto cupcake y me mira fijamente.
—¿Sabes algo de Axel? —pregunta con verdadero interés. No pronuncies su nombre… No lo pronuncies…
—No. No sé nada de él.
—No sé por qué no te llama —murmujea para sí misma—.
Ayer le dije que hiciera el favor de decirte algo, que…
—¿Cómo has dicho?
Todo lo que me rodea desaparece de inmediato. Mis ojos y mis oídos focalizan solo las palabras que acaban de salir de la boca de Fayna. ¿Me está insinuando que Axel ha hablado con ella? ¿Con ella sí y conmigo no? ¿Cómo funciona esto?
—¿Hablas con Axel?
—¿Te enfadarás si te digo que sí?
—No —miento como una bellaca.
—Ya. Pues no hablo con él —dice a la defensiva—. Ayer probé suerte, le escribí y le dije que estaba en tu casa para ver cómo te encontrabas.
Me inclino hacia delante y la miro como si fuera el lobo disfrazado de abuelita. Me extraña que ella no me diga «qué ojos tan grandes tienes».
—¿Él te contestó?
—Solo me preguntó si estabas bien. Le envié una foto que nos hicimos en La Locomotora.
—La Maquinista —la corrijo.
—Eso. En La Maquinista, delante de los cines.
—¿Le enviaste una foto nuestra? —Sé que mi tono no es amable. ¿Qué foto le envió de todas las que nos hicimos? Espero que no fuera ninguna con mi aspecto curly girl en todo lo alto.
—Sí. ¿Te has enfadado?
—No, Fay. —Vale, miento más que pestañeo, pero no estoy enfadada con ella; lo que estoy es muy cabreada con él: me ofende que pase de mi cara así, y que a Fay se digne a contestarle—. ¿Y te dijo algo más?
—No. Ya sabes cómo es… Parco en palabras.
Sí. Sí sé cómo es. Bueno, en realidad no sé muy bien cómo es. Por ahora, conozco una parte de él, muy a fondo, en posición horizontal y contra la pared, pero son aspectos superficiales, sin importancia. Para ser honesta, aún no sé quién es Axel, pero intento comprenderlo y conocerlo, aunque él no me lo permita.
—Solo le envié la foto y le dije que estabas mejorando. Le pregunté cuándo pensaba ir a verte, y pasó una bola del desierto. —Mueve las manos simulando el vuelo de una mosca—. Ya sabes… Fiu, fiu. Me quedé sola.
Esto no va a quedar así. No pienso rendirme.
Tal vez Axel no sepa cuándo venir a verme, tal vez no quiera venir a verme, pero yo sí sé cómo atraerle. Y puede que no lo conozca en profundidad y que sea un perfecto desconocido para mí en muchas facetas. Sin embargo, lo que sí sé, y en esto no me equivoco, es que es un controlador más que un protector, y no soportaría que nadie le arrebatara el mando de algo.
Si lo pongo bajo presión, ¿actuará como espero de él? Lo veremos.
5
@controbrujalola #eldivandeBecca #Beccarias #sabesquetienesunproblemacontroladorcuando Abro el Whatsapp. Veo mi último mensaje: 22.45 h. Veo su última conexión 23.59 h. Afilar la catana.
Me cuesta despedirme de mi simpática amiga tinerfeña. En poco tiempo he creado un vínculo muy fuerte con ella, y prueba de ello es que, sin tener apenas dinero, se ha esforzado y ha hecho un viaje exprés solo para interesarse por mí y asegurarse de que estoy bien. Y eso dice mucho de ella, sobre todo que le importo.
Es lo que estoy comentando ahora con mi madre en el coche, de vuelta a nuestra casa. A veces no necesitas pasar años con alguien para que esa persona haga un clic contigo, una conexión especial. En ocasiones, solo basta una mirada o una sonrisa que toque algo en tu interior, que presione un botón que te coligue para siempre. Y eso me ha pasado en poco tiempo con dos personas.
Me pasó con Axel nada más verlo. Me quedé clavada en sus ojos y dije: «Aléjate, porque aquí hay problemas». Y no he errado. Y con Fayna me pasó igual, aunque la impresión que me dio fue muy distinta, pensé: «Atenta, porque aquí viene alguien especial». Y así ha sido también.
—Recuerda que insonorice la habitación para cuando venga otra vez Fay.
Mi madre está sentada a mi lado. Con ese gesto sereno, de sonrisa imperecedera, limpia sus gafas con una toallita morada, como si ya estuviera de vuelta de todo, y espera a que yo le pregunte por qué, aunque sé a qué responde el comentario.
A mí me encanta satisfacerla y darle bola.
—¿Por qué?
—Porque ronca como un oso con sinusitis. Menos mal que no vive nadie encima de nosotras.
Me muero de la risa. Es cierto, los ronquidos de Fayna esta noche han sido espectaculares. De haber tenido vecinos, posiblemente habrían llamado a la estación de sismología para comprobar si en Sant Andreu había un terremoto. Claro está que para dormir no utiliza el collar. Es el único momento del día en el que se lo quita. Haga ruido o no por las noches, me alegra saber que la hemos ayudado tanto y que le hemos echado un capote para que su vida regrese a la normalidad.
—Es una chica muy buena —añade mi madre.
Yo asiento orgullosa y me detengo en un semáforo.
—Lo es.
—Eli y Carla piensan lo mismo.
—Lo sé. Sabía que les iba a gustar.
—Hablando de ellas… —dice como quien no quiere la cosa. Mi madre es perra vieja y no engaña a nadie—. ¿Tú sabes si les ha pasado algo?
Ese comentario me pilla desprevenida.
—¿Si les ha pasado algo? ¿Algo como qué?
—No sé… Están raras. Como si se hubieran peleado.
—¿Pelearse Eli y Carla? —Finjo sorpresa—. Menuda novedad.
La Vane y la Jessi se quieren mucho, pero por alguna razón decidieron hacerse la competencia en todo la una a la otra. Es una competitividad sana, no como la que dicen que siente CR7 hacia D10S.
—Se habrán peleado por haberse comprado los mismos zapatos, o ligado al mismo chico —murmuro pensando en ello—. Son como el perro y el gato: territoriales, aunque no pueden vivir la una sin la otra.
—No sé… Yo las veo raras. Si se han peleado, esta vez lo han hecho de verdad —sentencia.
En este momento es cuando me doy cuenta de que estoy más centrada en mi recuperación y en mis paranoias que en lo que me rodea, porque si no me he dado cuenta de lo que les pasa a mis dos chicas favoritas es porque he tenido que estar muy ensimismada con mis historias.
—¿Tú cómo estás, cariño? ¿Fue duro lo de David?
En fin, esa es mi madre. Hace que pases de un tema a otro con la misma rapidez con que le pasan los pantallazos a Mercedes Milá en las galas. Así está la pobre, que a veces tiene que hacer malabarismos para leerlo todo.
—Sí. —Creo que un «sí» contundente es mucho más locuaz que una charla íntima sobre cómo me siento.
—Una nunca se acaba de reponer de una gran decepción. Después, se intenta recuperar la normalidad, se lucha por que todo sea igual que antes…, pero nunca lo es. Una vez te rompen, es muy difícil recomponer todos los pedazos. Siempre hay algún cacho que se pierde en la refriega. Y por ahí, por esos vacíos que dejan esos pedazos —confirma pasándose el cacao por los labios—, se fugan todos los rencores y las discusiones. Todo se puede volver a agrietar. Todo se echa en cara.
—Tú nunca perdonaste a papá.
—No. No pude. Aunque lo tuyo y lo mío son casos muy diferentes. Yo sabía que si el polla loca de tu padre me engañó con una mujer tantas veces, sin mala conciencia ni remordimientos, podía hacerlo muchas veces más, como quisiera. Y aunque me doliera, y a pesar de cuánto lo quería, no podía permitirme el lujo de vivir como una cornuda, porque no daría para marcos de puertas. ¿Y sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que tu padre mantiene que yo soy la única mujer que ha amado. El problema es que aunque me ame, para él todo conejo es follable, ¿entiendes? Me quiere a mí, pero desea a muchas.
—Es triste.
—Lo es. Jorgito tiene una enfermedad fatal. —Me mira por debajo de sus gafas—. Es una fobia. Y tú sabes mucho de eso.
¿Adivinas cuál es?
—Claro. Tiene miedo a hacerse mayor y morir de un infarto por la viagra… —Mi madre se ríe pero no me quita la razón—. No quiere envejecer. Por eso siente esa necesidad de estar con tantas, y la mayoría, más jóvenes que él. Les pasa a muchos.
—En realidad, muchos hombres son infieles. Aunque sea de mente. —Mira por el retrovisor y niega con la cabeza—. He perdido la fe en ellos.
—Pues líate con una mujer, mamá. Nunca se sabe.
—No, creo que no me interesa —dice ella, muy sincera—. No me hace falta compañía. Estoy bien como estoy. Tengo a mis hijas, a mi nieto, mi casa, una familia que adoro… No me siento sola ni necesitada de alguien a mi lado para que me complemente, porque mi gente me hace sentir completa. Además, una mujer puede ser mucho más complicada que un hombre. Demasiada progesterona. Demasiada emotividad.
—Cierto.
—Pero tú… Tú eres muy joven aún para encerrarte en ti misma, Becca. —Posa una mano sobre la mía, la que agarra el cambio de marchas.
—¿Quieres que me líe con una mujer? —pregunto, asombrada, tomándole el pelo.
—No. Que si lo haces, es tu decisión, tú verás… Pero tienes tiempo para decidir lo que quieres y para dar mil oportunidades. Aunque esa idea romántica del amor y de la pareja eterna se haya esfumado de tu cabeza por culpa del desengaño, no es definitivo. Puede que esa alma gemela no fuera tu primera pareja. Solo eso. Tal vez pusiste un listón muy alto. Tenías la idea de que acertarías a la primera y que no errarías.
Yo me remuevo en el asiento, algo incómoda por la observación.
—Sea como sea, era mi listón.
—Lo era. Pasado. El listón cambia cada día en función de los acontecimientos que sorteamos. Pero tienes que estar dispuesta y accesible para que te vean y te encuentren, Becca. Tienes que darte tiempo y darles cancha a los demás para que te conozcan. Porque tú, hija mía, brillas mucho. —Se inclina un poco hacia mí y me sonríe con compasión—. Pero también tienes una fobia.
—¿En serio?
—Ya lo creo que sí. Eres especialista en ayudar a los demás a reconocerlas y a aceptarlas, y en cambio no ves tus propios miedos.
—Eso no es verdad. Sí los veo —respondo, un poco presionada.
—No los ves. Eres fuerte y ocultas tu debilidad con una capa de fortaleza y seguridad en ti misma.
—¿Eres psicóloga ahora? —replico pisando el acelerador más de la cuenta. Esta conversación me pone nerviosa.
—No. Peor. Soy tu madre. Y ya estás desacelerando, jovencita.
Vale. Levanto levemente el pie del pedal.
—¿Y qué fobia tengo, según tú?
—Ah, una muy normal. El matrimonio de tu padre y mío ha provocado daños colaterales en Carla y en ti. Y lo lamento mucho. A Carla le generó unas ansias increíbles de ser querida y de encontrar una pareja, una figura masculina que le hiciera creer en los cuentos de hadas, pero puso manos a la obra a lo loco, sin medir las consecuencias, sin pensar. Y acabó con un manta sin un gramo de amor en su cuerpo. Se dejó llevar demasiado. Es muy impulsiva, y aunque ahora está madurando, se ha estrellado muchas veces. Por eso ahora utiliza a los hombres como bastoncillos de las orejas y huye de las relaciones largas y serias.
—Vale, me parece una buena observación. ¿Y qué me provocó a mí vivir vuestra separación y tener un padre que se cree el dueño de Playboy?
—¿A ti? Fácil. Te convirtió en una mujer que iría siempre a lo seguro. Que nunca se dejaría llevar tanto como lo hice yo, que vería el amor con pragmatismo y como una necesidad, no como un sentimiento real. Así te protegerías siempre de acabar como tu madre.
—Te equivocas —niego muy seria—. Yo quería a David.
Muchísimo. E igualmente he acabado muy mal.
—No digo que no, pero a veces nos convencemos de algo porque es lo que creemos que necesitamos, porque decidimos que eso es lo mejor para nosotros. Pero ¿sabes qué, cielo?
—¿Qué?
—Que el amor no se decide. No se planea. No se contiene. El amor de verdad arrasa —sentencia sin margen de error—, te abofetea y, cuando te das cuenta, te hace descender unos rápidos sin chaleco salvavidas. Tragas agua, te ahogas, sufres, gritas, te diviertes… Es totalmente incontrolable. Te expone a la mayor de las decepciones y a la más cruel de las agonías. Y es a eso a lo que tú más temes.
—¿A agonizar?
—No. Temes perder el control. Lamento mucho ver que sufres por David, porque sé que sentías que lo amabas, porque te convenciste de ello y ya te iba bien así. Pero hasta que alguien no te empuje lo suficiente como para soltar todas las riendas que sujetan al caballo que hay en ti, nunca, y me apena mucho decir esto, nunca conocerás el regalo más grande de esta vida: el agridulce del amor.
Que conste que he leído muchos ensayos sobre el Amor y sus dependencias. Que soy fan de El diario de Noah, Un paseo por las nubes y Ghost. ¿Y quién no? ¿Quién no ha llorado con esas películas? ¿Quién no ha fantaseado con esas historias? Cualquier mujer quiere soñar con vivir algo así. Bueno, menos en Ghost, claro está. Nadie quiere que el amor de su vida la palme, aunque luego se te presente como un fantasma.
Pero mi madre es mucho más convincente hablando de amor que cualquiera de los libros que he leído o de los largometrajes que he visto. ¿Por qué? Pues porque es sabia.
Ahora bien, ¿tiene razón cuando señala sin tapujos que tengo una tara emocional? Carla y Eli siempre me lo han echado en cara, con un tono mucho más brusco y menos «maternalista» que ella. Pero, en el fondo, decían lo mismo.
Si supieran cómo me siento respecto a Axel, lo mucho que llegué a descontrolarme con él en las islas, y las huellas, emocionales y físicas, que dejó en mí, ¿pensarían que sigo siendo tan controladora? Y lo peor es que tampoco me gusta que los demás crean que estoy totalmente abducida por alguien. ¿Por qué?
¿Por qué no me he abierto a mi madre y le he contado toda la verdad? ¿Por qué no lo he hecho con Eli y Carla sabiendo que me harían la ola al descubrir que me he rebozado en noches de sudor y sexo con Axel? Me habrían aplaudido y, tal vez, animado a seguir adelante.
Si tengo que ser honesta, sé la respuesta. Es porque me da miedo hablarles de Axel en estos términos cuando él sigue tan lejos de mí, tan despegado, tan indiferente… Porque si yo me ilusiono y me vuelvo majara, como creo que me estoy volviendo, y él me rechaza, serían dos desplantes muy serios en poco tiempo. Y una tiene un orgullo y una dignidad y cosas de esas, y no me gusta verme en una posición débil. Cada una tiene sus taras, oye.
Sea como sea, lo cierto es que, aunque aborrezco sentirme como me siento, perdida y muy desorientada respecto a mi vida, Axel me ha hecho algo. Me ha obsesionado. Duermo pensando en él. Esto es muy grave. Nunca me había dormido imaginando situaciones con un hombre como las que me he imaginado con él. Reencuentros tórridos, lacrimógenos, agresivos y llenos de desdén. Secuencias fantasiosas, cabalgando los dos a lomos de un caballo, trotando por las orillas de una playa paradisíaca, a cámara lenta, acompañados de la música de «Si no estás», de Belén Arjona; copiando la escena de El diario de Noah en la que salen de su paseo en barca, cae el diluvio universal y se enzarzan a hacer el amor.
Parezco una quinceañera. Esto es tan absurdo… Y tan nuevo.
Soy como una perra posesiva que cree que tiene derechos sobre él, cuando yo odio la posesividad. Nadie posee a nadie.
¿Qué chorrada es esa? ¿Por qué endemoniada razón no pongo en práctica mis credos con Axel?
Pues porque no surten ningún efecto. Algo hierve en el centro de mi pecho cuando me digo que esto solo ha sido sexo, un rollo, unos intercambios fogosos sin ningún otro vínculo que no sea el de satisfacerse el uno al otro. Me revelo contra esa idea, porque no me reconozco en ella, porque quiero conocer al Axel del que me habló Fede, un tío multimillonario, que lo tiene todo y que renuncia a toda esa comodidad. Quiero conocer al niño que se crió con su madre belga, al defensor de los más débiles, al protector.
Y el desgraciado no es capaz ni de mandarme un mensaje. Así que, con toda mi frustración acumulada, he hecho algo que no debería haber hecho… Sí. Me estoy convirtiendo en la mujer de los «no debería haber…». Esa es mi nueva identidad, y estoy adoptando el papel de la lerda de las pelis que siempre muere primero. Soy una suicida.
El caso es que he dejado a mi madre en casa, hablando por teléfono con una amiga suya con la que va mucho al «teatro del bueno» que hay en Cataluña, y me he ido a dar una vuelta, a ver si desconecto un poco.
He cargado con mi pala de pádel y mi bolsa y me he fugado cual tránsfuga hasta mi club de Badalona. Necesito coger ritmo, comprobar que aunque mi zurda esté magullada, mi diestra sigue en forma, y puedo hacer vida normal. Y quiero corroborar que voy bien de reflejos y de rapidez. Que mi cabeza está en orden.
Y aquí estoy, en el Badalona Pádel Club, aparcando mi Mini precioso y discretamente amarillo en el parking que hay fuera de las instalaciones. Justo debajo de las pistas de pádel hay un supermercado Spar, y me va perfecto porque quiero llenar el congelador de helados de vanilla y cookies y nueces de macadamia, a pesar del frío invierno.
Salgo del coche y cierro con el mando automático. Me cuelgo el paletero al hombro y entro en el club.
Genial, ahí están Mario y Sandra, que me saludan con los brazos abiertos. Quiero que me metan en algún partido y ver si así puedo desahogarme a gusto. Y además quiero que me pongan con hombres. No busco condescendencia, necesito mucha caña.
Apago el móvil, lo guardo en el bolsillo pequeño de la bolsa y me preocupo solo de jugar. Y por un momento fantaseo con que mi vida es, en realidad, todo lo sencilla que parece ser.
Al acabar el partido y despedirme de mis amigos del club, me voy de allí sin ducharme. No me apetece entretenerme en el vestuario y salir demasiado tarde, porque tampoco quiero preocupar a mi madre. Suficiente he hecho ya con irme sin avisar. Raro será que no hayan llamado a la policía.
Al menos, ahora me siento mucho mejor, más desahogada, más descansada. La verdad es que se han empleado conmigo y me han agotado.
Me abrigo bien para no enfriarme. A las seis de la tarde ya anochece en noviembre, y ahora son las siete y media. Alrededor de los faros del parking hay un halo de humedad. Sale vaho de mi boca cuando respiro, y acabo estornudando.
—Jesús.
Me quedo completamente helada.
Y en ese momento, alguien cubre mi boca y me tira hacia atrás, escondiéndome en la calle de detrás del club, donde nadie nos puede ver, donde nadie podrá oírme gritar.
No oigo nada.
Me está diciendo algo al oído pero tengo toda la sangre en las orejas y en la cabeza y soy incapaz de prestarle atención. Pero es su olor el que me aparta del arredramiento y el pavor. Entre la espesa neblina del miedo y de la sensación de ser nuevamente asediada, oigo su voz y me dejo envolver por esa esencia especial.
No solo huele a Axel. Es Axel.
—… loca por salir sola cuando ordené que te acompañaran a todas partes… Insensata… ¡Estúpida! ¡Deja de darme patadas! Eso, encima de que me ha dado un susto de muerte, el cretino va y me insulta. Aprovecho para morderle uno de sus dedos con fuerza, como si fuera Aquiles con la salchicha de Francisco.
Axel sisea y me aparta de golpe, empujándome hacia delante. Me doy la vuelta cuando recupero el equilibrio y lo miro, perpleja.
Él está parapetado tras la oscuridad, su alta y ancha figura me deja inmóvil. Es intimidante y aún no le he visto la cara. Si avanzara un paso, la luz de la farola lo alumbraría y yo podría ver su rostro por fin.
—Me has asusta… ¡Joder! ¡Qué co…! —exclamo con voz débil—. ¿Cómo…? ¿Cuándo has llegado…? ¿Por qué…? ¿Cómo sabes que…? —Las palabras salen atropelladas de mi boca.
—Cállate —me ordena de repente, señalándome inquisitivamente—. No tienes derecho a hablar. Te dije que no podías salir sola. —Me mira de arriba abajo y noto cómo clava sus ojos en mis piernas descubiertas—. No me jodas, Becca. ¿Y vas así? ¿Con esa minifalda?
Hijoputation. Esto es el colmo.
—¿Eso es todo lo que tienes que decirme? —Recupero el aplomo y la compostura. Me ha dado tanto miedo que tengo ganas de echarme a llorar. Y encima no ha pronunciado ni una palabra amable. Nada que indique que ha estado pensando en mí—. Me dejas sola en el hospital, no hablas conmigo desde hace días… —lo señalo con el dedo—, y ahora me sorprendes por la espalda para decirme que qué hago con minifalda. ¿Tú eres idiota?
—¿Que si yo soy…? —gruñe.
Esta vez sí. Axel da un paso al frente y deja que por fin la luz de la farola enfoque sus facciones. Qué atrevidas, las luces. A mí se me cae todo al suelo, porque, aunque parece que me odia y que no muestra un resquicio de simpatía por mí, cosa que puedo entender pero que me sienta verdaderamente mal, su guapura, su masculinidad descarada y desafiante, corta mi respiración y anula cualquier argumento en mi defensa que se le ocurra a mi cabeza.
Y es que sé que Axel me tiene el seso sorbido por todo lo que me oculta; pero es ese rostro que me muestra, el que puedo ver con facilidad, lo que me encoge por dentro y me convierte en puré, en una pasta blanda y trémula que languidece al hervir demasiado. Yo hiervo con él, de furia y de deseo. Y, al mismo tiempo, me irrita y me fastidia de todas las maneras habidas y por haber.
Axel me agarra por la parte superior de los brazos y me sacude, juntando su cara a la mía, hablándome entre sus blancos dientes apretados. Huelo su aliento mentolado y fijo mis ojos azules en los de él, tan verdes y tan anhelados que me hiere verlos de nuevo.
Soy estúpida de verdad. No sé qué me pasa. Él aquí, echándome una bronca de padre y muy señor mío, y yo pensando en sus ojos… Necesito terapia. Pero ya.
No consigo sintetizar lo que ocurre, excepto su contacto con mi piel. Sus dedos marcan mi carne igual que hierros candentes. Es como si me tocara por todas partes.
—¿Me llamas idiota a mí, que tuve que sacarte del fondo de un río porque te fuiste sin mi permiso? —Me agita con fuerza y mi cola alta da bandazos adelante y atrás—. ¿Y me insultas cuando no creías que alguien pretendía hacerte daño y te reías de mis suposiciones? ¡Estúpida niñata ególatra! ¡Por poco la diñas, cabeza de chorlito, y todo por tus ansias de salirte siempre con la tuya!
No alza la voz, pero escupe las palabras con tanta furia y tiene las venas del cuello tan hinchadas que no hace falta que me dé a entender que me está gritando con todo su corazón. Como las mayúsculas en los foros y los blogs. Pues Axel hace lo mismo, pero entre dientes.
Ahora ya me está haciendo daño, seguro que me salen moretones… Pero me importa un pimiento. Él está aquí. Me ha seguido, no sé cómo ni cuándo… Ni entiendo cómo demonios sabía dónde estaba. Joder, ¿cómo lo ha sabido?
—¿Te lo has pasado bien estos días? Apuesto a que has hecho todo lo que no te dejé hacer, rizos.
Me ofendo porque esta es su manera de interesarse por mí: tratándome mal.
—No seas cromañón. ¡Solo he estado con mi familia! ¡Mi madre y mi hermana han hecho de guardianas! ¡Te he hecho caso en todo, para mi deshonra!
Lo empujo con fuerza por el pecho, y nada. Soy como Sansón cuando le cortaron el pelo y quiso tirar las columnas del templo de Salomón, que dijo: «Si eso, ya os caéis vosotras». Pues, si eso, ya se moverá Axel.
—¿Que me has hecho caso, dices? ¡¿Como ahora?! ¡¿Pasándote mis recomendaciones por el arco del triunfo?! ¡¿Y por qué te han dejado salir sola?!
—No rices el rizo, Axel. Ellas no sabían que había decidido ir a entrenar un poco… ¿Y tú cómo sabías dónde estaba? —pregunto intentando mantener la calma—. Me estás haciendo daño. Suéltame. —No rehúyo su mirada.
Entonces me suelta, como si el contacto conmigo le repugnara.
—Tengo mis propios métodos.
—Me imagino, estás llenito de misterios… ¿Cómo lo sabías? Me merezco una explicación —le exijo mientras me froto los brazos.
Lo miro de arriba abajo. Viste con su estilo característico: entre sport y casual. Da igual, tampoco sabría definir cómo viste. La cuestión es que con esa sudadera polo negra, sus tejanos y sus zapatillas Converse de piel está demasiado bueno.
Y yo sigo demasiado cabreada con él. Y, también, feliz por verle.
Qué mierda ser bipolar. Me encanta.
—¿Te mereces una explicación? ¿Tú? ¿Por qué?
Sonríe con desdén. Y no me gusta, porque vuelve a tratarme tan despectivamente como al principio, como si no hubiéramos compartido nada en Tenerife.
Me desinflo rápidamente, y lo que siento me da miedo. Está muy disgustado y creo que me odia mucho.
—Axel… No me hables así. Pensé que vendrías a verme al hospital, al menos una vez. —Intento suavizarlo—. Yo… quería hablar contigo. Pregunté por ti nada más despertarme… Quería verte. Y Fede me dijo que te habías ido a buscar al tipo que me hizo eso. Y no me lo podía creer.
—Sí. Créetelo.
—Hay gente que se puede encargar de eso —le regaño.
—No si lo que quieres es discreción.
—Podría haberte hecho daño, Axel —digo señalándole el pecho, preocupada—. No eres mi guardaespaldas, ¿no lo entiendes?
Él se envara.
—O podría haberle hecho daño yo a él. ¿Tan poca fe tienes en mis posibilidades, rizos?
Suelto un bufido de frustración.
—Solo me preocupo por ti. Odiaría que te hicieran daño por mi culpa.
—Demasiado tarde —dice en voz baja.
—Ah… ¿Y… bien? —Mi voz sale como un pitido frágil—.
¿Has encontrado a Vendetta?
—No. Es escurridizo.
No me cuenta nada más, aunque sabe que me muero de ganas de recibir información. Es muy difícil hablar con alguien que te estudia como si cada palabra que sale de tu boca fuese mentira. Me incomoda ser el centro de atención de tanta hostilidad.
—¿Por qué lo pensaste, Becca? —pregunta abruptamente.
—¿Eh? ¿El qué?
—Que iría a verte al hospital.
—¿Có…? ¿Cómo que por qué, zopenco? Porque… —No puedo fingir que me duele que borre lo nuestro y que le dé tan poca importancia, pero por mi honor que lo voy a hacer—. Porque… me salvaste, y… somos amigos, ¿no? Los amigos se preocupan por los suyos.
—¿Eres mi amiga, Becca?
—¿Es una pregunta? Yo creía que sí —contesto de puntillas—. ¿No?
—No sé. Tenemos conceptos diferentes de la amistad. Los amigos se respetan —camina a mi alrededor como un felino dispuesto a devorarme— y no hacen nada que vaya en contra del otro, ¿me equivoco?
—Sé dónde quieres ir a parar —protesto—. No soy tonta, soy psicoterapeuta. —Voy a ponerle los puntos sobre las íes. No me gusta que jueguen conmigo—. No me vas a poner nerviosa. Estás enfadado porque crees que me reí de ti cuando decidí marcharme para ver a la amiga de Fayna. Pensé que sería un momento, que…
—Te dije que si me desobedecías, o si hacías algo que no debías, me enfadaría y las cosas cambiarían.
—¡Sí, lo sé! —Abro los brazos y hago aspavientos—. Pero no podía fallar a Fayna. Me iba al día siguiente, creía que podía hacer un viaje rápido, visitarla y ya está…
—¿Y ya está? ¿Y qué fue lo que no te quedó claro de «tienes un acosador pisándote los talones»?
Vale. No tengo disculpa. Él me avisó y yo le fallé. Agacho la cabeza y acepto mi veredicto, señalada con total evidencia. Es mi culpa.
—Tienes razón. Fue culpa mía —le concedo—. Debí reunirme contigo en el hotel y no ir a Santa Cruz sola… Debí hacerte caso. ¿Contento?
—No.
—¿No? ¿No aceptas mis disculpas? Perdóname, Axel. Lo siento mucho.
Axel deja caer la cabeza hacia atrás y se presiona la frente con fuerza.
—¿Me estás tomando el pelo? ¡¿Y qué coño haces sola otra vez?! ¿Te gusta coquetear con el peligro, Becca? ¿O quieres matarme de un disgusto? ¿Y por qué estás jugando a pádel? ¿No estás lesionada?
—¡No me agobies! Yo… ¡no sé lidiar con esto! ¡¿Vale?! Odio estar encerrada, odio no tener liberad… ¡No quiero vivir así! —me defiendo como puedo.
—Y no tendrás que hacerlo cuando hayamos cogido al tipo que te acosa, Becca. Pero, mientras tanto, no puedes hacer lo que te venga en gana, ¡joder! —Se desespera—. Tienes que hacerme caso, ¿entendido? No queremos que los medios sepan lo que pasa, lo hemos encubierto todo para que El diván esté protegido y siga con su éxito, por eso me encargo yo de todo…
—¿Y quién eres tú? ¿Eh? ¿Me vas a contestar a eso? ¿Por qué un jefe de cámara quiere hacer de superhéroe? Deja a los profesionales que se encarguen.
—Si yo te contara, rizos…
—Hay cosas que no hace falta que me las cuentes porque ya me las ha contado tu hermano —admito con algo de veneno resabiado.
Axel se queda de piedra, como una figura de hielo, fría y consternada. Siento ser tan brusca, pero con personas como él hay que ir muy de frente. No quiero tener que andar de puntillas con alguien que ha estado enterrado tan adentro de mi cuerpo que aún lo siento detrás del ombligo. No tiene ningún sentido para mí.
—Fede no tenía derecho… —susurra, decepcionado—. Le dije que no se metiera.
Se asombraría de lo metido que está Fede en lo nuestro.
—Pero ¿qué más da? ¿Qué crees que voy a hacer yo con esa información, Axel? —Doy un paso adelante e ignoro todas las señales de peligro que emanan de su cuerpo tenso. Pongo una mano sobre su mejilla y noto que está caliente en contraste con mi mano helada—. Me hubiera encantado que fueras tú quien hablara conmigo y me contara todas esas cosas. Creo que te he demostrado que soy buena confidente. ¿Por qué no confías en mí?
Axel levanta una mano, me coge de la muñeca y, sin sonreír ni cambiar su tono, me dice:
—Tienes las manos heladas. Estás pasando frío. —Aun así, se preocupa por mí.
—Claro que estoy pasando frío. Estamos a ocho grados y voy en falda corta.
—¿Quieres volver a tu casa? ¿Te llevo?
—¿Eh?
Sus ojos nacidos en el Caribe me traspasan y de repente adquieren un tono lleno de ardor.
—Que si tienes prisa por volver a tu casa, rizos.
—¿Es que… hay otra opción? —pregunto tanteándolo emocionada.
Él parpadea y siento cómo su cerebro se pone a trabajar.
—Tú ganas. Dile a tu madre que estás conmigo.
—Uy, sí… Seguro que eso la tranquilizará mucho —ironizo.
—Díselo. Y acompáñame a mi hotel. Allí hablaremos de lo que tú quieras. Aquí no.
—¿A tu hotel?
—Sí.
—¿Y… me contarás todo lo que yo quiero saber? Él asiente con serenidad.
—De acuerdo, entonces.
Cedo con la esperanza de que él se abra a mí, y de que ambos compartamos tiempo juntos. Creo que lo necesitamos.
Dejo que Axel me acompañe hasta mi coche, que está a pocos pasos de nosotros, y por el retrovisor, todavía incrédula por saber que voy a pasar la noche con él en Barcelona, hablando por fin y abriéndose a mí, observo cómo se sube a un jeep Renegade negro de cristales tintados.
Dios, cómo le pega ese todoterreno. Él pasa por delante del Mini y yo arranco y le sigo.
Bueno, parece que después de muchos días de estar en la inopia, finalmente hago algo que tiene sentido para mí, algo que realmente quiero hacer.
Conocer a Axel.
El hombre que monopoliza mis pensamientos.
Mi salvador.
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