Читать книгу: «La madre del ingenio»
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CONTENIDOS
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Inventos
1. En el que inventamos la rueda y, al cabo de cinco mil años, por fin la añadimos a una maleta
2. En el que arrancamos el coche sin rompernos la mandíbula
Tecnología
3. En el que llegamos a la Luna gracias a los sujetadores y las fajas
4. En el que descubrimos la diferencia entre la fuerza de un caballo y la fuerza de una mujer
Feminidad
5. En el que nace un gran invento en Västerås y partimos a la caza de ballenas
6. En el que las influencers se hacen más ricas que los hackers
Cuerpo
7. En el que el cisne negro resulta tener cuerpo
8. En el que Serena Williams derrota a Garri Kaspárov
Futuro
9. En el que nos olvidamos de preguntar por Mary
10. En el que decidimos no quemar el mundo en la hoguera
Notas
Bibliografía Agradecimientos
Sobre la autora
La madre del ingenio
Página de créditos
La madre del ingenio
V.1: febrero de 2022
Título original: Mother of Invention
© Katrine Marçal, 2021
© de la traducción, Cristina Riera Carro, 2022
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2022
Todos los derechos reservados.
Ilustración de cubierta: © Graham Samuels
Corrección: Carmen Romero
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-18216-44-2
IBIC: NHTB
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
La madre del ingenio
¿Por qué tardamos cinco milenios en añadir ruedas a una maleta?
¿Cómo nos llevaron los sujetadores a la luna? Y ¿cómo sería el mundo si escucháramos a las mujeres? La autora best seller Katrine Marçal nos muestra las sorprendentes formas en que nuestras ideas sobre el género, muy arraigadas, nos impiden avanzar. Todos los días se ignoran inventos extraordinarios e ideas innovadoras en un mundo que continúa al servicio de los hombres. Pero no tiene por qué ser así. Desde los orígenes de los tiempos, las mujeres han tenido un papel clave en la sociedad y han ofrecido soluciones ingeniosas para algunos de los problemas más irritantes. Recientemente, han sido ellas quienes han transformado la manera en que compramos por internet, revolucionado la vida de personas con diversidad funcional y hecho del cambio climático una prioridad política.
A pesar de estos éxitos, todavía nos cuesta encontrar y financiar ideas rompedoras que podrían cambiar el futuro del planeta, y solo destinamos el tres por ciento del capital de riesgo a proyectos fundados por mujeres. Nuestros prejuicios sobre hombres y mujeres siguen determinando nuestras decisiones económicas. Durante mucho tiempo, hemos subestimado las consecuencias del machismo y la forma en que ha frenado el desarrollo económico y social. La contundente crítica de Katrine Marçal deja las cosas claras y nos demuestra cómo, en tiempos de crisis, la creatividad e inteligencia de las mujeres es precisamente lo que puede salvarnos.
Una llamada de atención sobre los efectos del machismo en la economía y la tecnología
«Una advertencia inteligente, ingeniosa y fascinante. Me ha encantado.»
Caroline Criado Perez, autora de La mujer invisible
Para Guy
Inventos
1
En el que inventamos la rueda y, al cabo de cinco mil años, por fin la añadimos a una maleta
Bernard Sadow era un padre de familia de Massachusetts que trabajaba en la industria del equipaje. Era alguien que recibía un sueldo por sentarse ante su escritorio, día sí y día también, y pensar sobre el comercio de las maletas.1 A sus cuarenta y tantos, se había convertido en el vicepresidente de US Luggage y no se le daba mal su trabajo.
Corría el año 1970 y Sadow volvía a casa tras unas vacaciones con su mujer y sus hijos en Aruba. En los meses de invierno, esta isla holandesa del Caribe recibía la visita de numerosos estadounidenses acomodados en busca de un clima más cálido.
Sadow salió del coche a las afueras del pequeño aeropuerto y agarró las maletas de su familia. Una maleta de setenta centímetros podía contener alrededor de doscientos litros de equipaje y pesar hasta veinticinco kilos, así que con una en cada mano apenas podía equilibrar el peso y avanzar atropelladamente hacia los mostradores.
Esto ocurrió en la época en la que aún era posible presentarse en la terminal veinte minutos antes del despegue. Los treinta y tantos secuestros de aviones que se producían al año en Estados Unidos no habían desencadenado aún la introducción de los detectores de metal o la contratación de personal destinado a evitar que uno embarcara en el avión con una pistola en el bolsillo trasero.2
Ahora bien, el problema que Sadow afrontaba en este viaje de vuelta a casa era otro, un problema al que gran parte de los aeropuertos más importantes del mundo dedicaban muchos trabajadores. Los pasajeros sudaban como pollos, molestos por tener que arrastrar las maletas de un lado a otro de las salas de embarque y a través de unas terminales en constante expansión.
Pero había ayuda a su disposición: por una módica suma, los botones se ocupaban del equipaje y la única alternativa era una compleja red de carritos. Los botones, sin embargo, no eran ni mucho menos omnipresentes y, para poder acceder al sistema de carritos, uno primero tenía que encontrarlo, así que Sadow optó por la opción a la que recurría la mayoría de la gente: cogió las maletas de su familia y las llevó él mismo.
Pero ¿por qué?
Esta es la pregunta que Sadow se plantearía ese día y cambiaría su sector para siempre.
Mientras hacía cola ante la aduana, Sadow se fijó en un hombre que supuso que trabajaba en el aeropuerto.3 Estaba moviendo una máquina pesada sobre una tarima con ruedas. Mientras el trabajador se movía rápidamente junto a él, el hombre de negocios se fijó en las cuatro ruedas que se deslizaban por el suelo del aeropuerto. Sadow bajó la vista a sus propias manos, con los nudillos blancos de agarrar las maletas, y, de pronto, dijo a su mujer: «Ya sé lo que necesita el equipaje: ¡ruedas!».
Cuando llegó su casa en Massachusetts, desenroscó cuatro ruedecitas de un armario y las incorporó en una maleta. Entonces añadió una correa al artilugio y lo paseó, pletórico de alegría, por casa. Era el futuro.4 Y lo había inventado él.
Todo esto ocurría cuando apenas hacía un año que la NASA había mandado a tres astronautas al espacio en el mayor cohete que se había construido nunca. Con millones de litros de queroseno, oxígeno e hidrógeno líquidos como combustible, el Apolo 11 se había liberado de la fuerza gravitacional de la Tierra. Disparados al espacio a una velocidad de unos 32 000 kilómetros por hora, los astronautas habían penetrado la órbita, más débil, de la Luna; navegado el oscuro vacío y dado los primeros pasos de la humanidad sobre un polvo lunar que olía a fuegos artificiales usados.
Con todo, cuando Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins volvieron a la Tierra, agarraron las maletas por las asas y cargaron con el equipaje de la misma manera en que se había hecho desde el nacimiento de la maleta moderna a mitad del siglo xix. La pregunta, entonces, no es cómo se le ocurrió a Bernard Sadow que las maletas deberían tener ruedas. La pregunta es: ¿cómo no se nos había ocurrido antes?
La rueda se considera uno de los inventos más fundamentales de la humanidad. Sin la rueda no hay carros, coches ni trenes, no hay ruedas hidráulicas para aprovechar la energía hidráulica, ni tornos cerámicos en los que elaborar jarras para acarrear dicha agua. Sin la rueda no tenemos ruedas dentadas, turbinas de avión ni centrifugadoras, ni sillas de paseo, bicicletas ni cintas transportadoras. Pero antes de la rueda llegó el círculo.
El primer círculo del mundo seguramente se dibujó en la arena con un palo. Tal vez alguien había visto la luna o el sol y decidió reproducir su forma. Corta el tallo de una flor y tienes un círculo. Tala un árbol y encontrarás sus anillos anuales. Lanza una piedra a un lago y verás las ondas que se generan en la superficie. El círculo es una forma que surge una y otra vez en la naturaleza: desde células hasta bacterias, desde pupilas hasta cuerpos celestiales. Y en el exterior de cualquier círculo siempre puedes dibujar otro. Esto, en sí mismo, es el principal misterio del espacio.
Para el cuerpo humano, sin embargo, el círculo no es natural.5 Tu dentista te dice que te laves los dientes con pequeños movimientos circulares, pero no lo haces: te los cepillas de un lado a otro. El brazo humano prefiere líneas rectas. Esto se debe al modo en que están dispuestos los músculos y el sistema de tendones y uniones musculares que los conecta a nuestros huesos. No hay ninguna parte del cuerpo humano que sea capaz de rotar trescientos sesenta grados: ni la muñeca, ni el tobillo, ni el brazo. Inventamos la rueda para lograr lo que nuestro cuerpo no puede hacer.
Durante mucho tiempo, los historiadores han afirmado que la primera rueda del mundo se inventó en Mesopotamia. Era un torno de alfarero, es decir, que no se usaba para el transporte. Pero ahora hay especialistas que creen que hubo mineros que sacaban carros de mineral de cobre por los túneles de los montes Cárpatos mucho antes de que los mesopotamios empezaran a hacer vasijas en discos circulares.6 La rueda más antigua del mundo que aún sobrevive data de hace cinco mil años. Se descubrió en Eslovenia, a unos veinte kilómetros al sur de Liubliana.7 En otras palabras, para resolver su problema con el equipaje, Bernard Sadow se percató de que podía utilizar una tecnología que tenía al menos cinco milenios de antigüedad.
La patente de su invención llegó dos años más tarde, en 1972. En la solicitud, escribió: «El equipaje se desliza, en realidad […]. Cualquier persona, independientemente de su tamaño, fuerza o edad puede tirar con facilidad del equipaje sin esfuerzo ni denuedo».8
De hecho, ya existían patentes similares de maletas con ruedas, pero Bernard Sadow no lo sabía al principio, cuando se le ocurrió la idea. Fue la primera persona que convirtió la idea en un producto con éxito comercial y, por lo tanto, se lo considera el padre de la maleta con ruedas.9 Pero el motivo por el cual fue necesario que transcurrieran cinco mil años para llegar a este punto es más difícil de explicar.
La maleta con ruedas se ha convertido en un ejemplo arquetípico de cómo la innovación puede ser un proceso muy lento. Aquello que es tan evidente «que salta a la vista» puede estar ante nuestras narices una eternidad antes de que se nos ocurra hacer algo al respecto.
Robert Shiller, ganador del premio Nobel de Economía, ha sugerido que muchas invenciones tardan tiempo en consolidarse precisamente porque no basta solo con una buena idea.10 La sociedad también debe percibir la utilidad de la idea. El mercado no siempre sabe lo que más le conviene y, en este caso en concreto, la gente no le veía sentido a ponerles ruedas a las maletas. Sadow presentó su producto a los encargados de compras de casi todos los grandes almacenes más importantes de Estados Unidos y, al principio, todos declinaron su propuesta.11
No se trataba de que creyeran que la idea de una maleta con ruedas fuera mala.12 Simplemente, no pensaban que nadie quisiera comprar este producto. Una maleta estaba hecha para cargar con ella, no para arrastrarla sobre unas ruedas.
«Me rechazaron en todos lados donde me presenté» contaría él más tarde. «Me tomaban por loco».13
Un día, el nuevo producto llegó a oídos de Jerry Levy, vicepresidente de la cadena de grandes almacenes Macy’s. Lo arrastró por su despacho y luego hizo llamar al encargado de compras que lo había rechazado y le ordenó que lo comprara.14 Demostró ser una sabia decisión. Pronto Macy’s empezó a promocionar la nueva maleta usando las mismas palabras de la solicitud de patente de Sadow: «La maleta que se desliza». Y hoy en día es imposible imaginarse un mundo en el que las maletas con ruedas no sean la norma.
Robert Shiller argumenta que es muy fácil decirlo ahora, en retrospectiva. El autor señala que el inventor John Allan May había tratado de vender una maleta con ruedas cuatro décadas antes que Sadow. May se había dado cuenta de que, a lo largo de la historia de la humanidad, los humanos habían puesto ruedas a una variedad de objetos cada vez mayor: cañones, carritos, carretillas; en definitiva, cualquier cosa que pudiera considerarse pesada. Una maleta con ruedas era, simplemente, la evolución natural de esta lógica. «¿Por qué no hacer pleno uso de la rueda?» preguntó, cuando presentó su idea a más de cien grupos distintos de personas. Pero nadie se lo tomó en serio. De hecho, se rieron en su cara. ¿Hacer pleno uso de la rueda? ¿Y por qué no poner ruedas a las personas? Entonces, ¡podríamos rodar nosotros! Qué práctico, ¿no?15
John Allan May nunca llegó a vender ninguna maleta.
Los economistas suelen trabajar partiendo de la asunción de que los humanos actúan de forma racional. Pero en realidad nos sobreestimamos y a menudo damos por sentado que todos los buenos inventos ya existen. Por extensión, solemos rechazar las nuevas ideas que nos parecen algo demasiado «simple» o «evidente». Imaginamos que la tecnología que tenemos al alcance de la mano es la mejor que puede haber ahora mismo, un supuesto razonable en nuestro día a día. Si las neveras se abren desde enfrente y los coches se controlan con el volante, debe ser por una buena razón, creemos. Sin embargo, este es el mismo modo de pensar que hace que se nos pasen por alto cosas evidentes, como ponerle ruedas a las maletas.
Robert Shiller no quiere dejar el tema; lo retoma una vez tras otra en su obra. En su libro Narrative Economics (El relato de la economía), el famoso economista sugiere que nuestra resistencia a las maletas con ruedas puede explicarse por la presión de grupo, que a menudo juega un papel en el escepticismo que suscitan las ideas «modernas».16 Asumimos que si nadie más (sobre todo nadie que creamos que tiene éxito) está haciendo algo al respecto, tiene que haber una razón racional y profundamente arraigada que explique por qué no debemos hacerlo tampoco nosotros. ¿Y si es perjudicial… o incluso peligroso? En definitiva, más vale malo conocido que bueno por conocer. Si nadie más lleva ruedas en la maleta, entonces no tiene sentido que lo intentemos. Esta forma de pensar nos impide avanzar. Shiller, no obstante, no estaba del todo satisfecho con esta explicación. El problema de la maleta con ruedas es peliagudo: ¿por qué íbamos a insistir en cargar con nuestro equipaje cuando hacerlo rodar es mucho más fácil?
Nassim Taleb es otro ensayista de fama mundial que se ha preguntado sobre el misterio de la maleta con ruedas. Tras haber cargado con maletas pesadas por aeropuertos y estaciones de tren durante años, quedó estupefacto por su propia aceptación ciega del statu quo. Analizó este fenómeno en su libro Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden.17
Taleb considera que nuestra incapacidad de poner ruedas a las maletas es una parábola de la frecuencia con la que solemos ignorar las soluciones más simples. Como humanos, aspiramos a lo más difícil, grandioso y complejo. La tecnología de poner ruedas a una maleta puede parecer muy evidente a posteriori, pero eso no significa que fuera evidente antes.
Del mismo modo, nada garantiza que se haga uso de la nueva tecnología solo porque se ha inventado. Al fin y al cabo, hemos necesitado cinco mil años para ponerle ruedas a una maleta, un periodo de tiempo demasiado largo en contexto, quizá. Pero en el ámbito de la medicina, por ejemplo, es habitual que transcurran décadas desde el momento en el que se realiza un descubrimiento y el momento en el que el producto resultante llega al mercado.18 Entre muchos otros factores, ver el potencial de una nueva tecnología exige que la persona adecuada esté en el lugar adecuado en el momento adecuado. En muchos casos, ni siquiera el inventor es plenamente consciente de las implicaciones que tiene lo que ha inventado. A menudo es necesario que venga otra persona y lo vea para descubrir cómo podría aplicarse, alguien con la capacidad instintiva de ver cómo la nueva tecnología puede transformarse en un producto.
Y si no aparece nadie con este tipo de habilidad, lo más probable es que la invención no sirva para nada. Muchas cosas asombrosas pueden quedarse «a medio inventar» durante siglos, sugiere Taleb. Puede que tengamos la idea, pero no sepamos qué hacer con ella.
«¿Por qué no estáis haciendo nada con esto? ¡Pero si es una genialidad!», gritó un Steve Jobs de veinticuatro años después de ver cómo se movía el puntero por la pantalla de un ordenador por primera vez.19 Esto ocurría en Xerox Parc, un centro de investigación comercial de California que fue la cuna de algunos de los mejores ingenieros informáticos y programadores del mundo en la década de 1970. Jobs había logrado que lo invitaran a una visita turística por el legendario centro a cambio de ofrecerle a Xerox la oportunidad de comprar 100 000 acciones de Apple por un millón de dólares. Resultó ser un mal negocio. Para Xerox.
La causa de la emoción de Jobs era un artilugio de plástico denominado «ratón», que uno de los ingenieros de la visita había usado para mover un puntero por la pantalla de un ordenador. En la pantalla, aparecían «iconos» que abrían y cerraban «ventanas». La clave estaba en que el ingeniero no hacía funcionar el ordenador con órdenes escritas, sino con clics. En otras palabras, Xerox había inventado tanto el ratón como la interfaz gráfica de usuario moderna.20 El único problema es que no veían el potencial de lo que habían creado.
Jobs, en cambio, sí.
Jobs se llevó la idea del ratón y la interfaz gráfica de usuario a Apple y el 24 de enero de 1984 la compañía lanzó su Macintosh, la máquina que llegaría a definir lo que hoy denominamos «ordenador personal».
Con el simple clic de un ratón, podías meter cosas en «ficheros» que veías en la pantalla con forma de iconos. Los Macintosh de Apple costaban 2495 dólares la unidad y cambiarían el mundo. La agudeza de Jobs consistió en darse cuenta de que el ratón que Xerox le había mostrado era mucho más que un simple botón con un cable: era el dispositivo que permitiría que la gente normal empezara a usar los ordenadores. Si Jobs nunca hubiera visitado Xerox ese día, quién sabe, tal vez hubiésemos tenido que esperar cinco mil años para la invención del ordenador moderno. Esto es justo lo que defiende Taleb: las innovaciones no son tan evidentes como lo parece después, en retrospectiva. Steve Jobs fue una persona bastante excepcional, al fin y al cabo: no hay mucha gente que posea su capacidad de ver cómo la nueva tecnología puede usarse para crear nuevos productos.
De una forma parecida, solemos pensar que la invención de la rueda revolucionó el mundo de inmediato, ya que la rueda es, sin duda, la obra de un genio. Con ella, las personas pudieron reducir la fricción, hacer palanca y transportar lo que antes había sido inamovible.
Nos imaginamos que alguien, hace todos esos miles de años, tuvo un momento repentino de iluminación, volvió corriendo a su aldea y, preso de la alegría, explicó a sus compañeros la genial idea que había tenido cuando había visto cómo los troncos de árboles rodaban por el bosque. Sus vecinos debieron de quedarse anonadados y maravillados mientras esa persona les describía su idea, conscientes de que, desde ese momento en adelante, nada en sus vidas volvería a ser igual. Todo iría sobre ruedas.
Pero las cosas no fueron exactamente así. De hecho, durante mucho tiempo, la rueda fue una de esas ideas brillantes que eran maravillosas en teoría, pero no tanto en la práctica.
Como las medias a prueba de roturas.
En el apogeo del Imperio romano, los legionarios romanos, con escudos y cascos con penacho, marcharon desde Roma hasta Bríndisi y desde Albania hasta Estambul, cruzando un imperio conectado por sus calzadas de piedra. Las calzadas romanas eran ideales para que los hombres desfilaran en sandalias. Sin embargo, no lo eran tanto para el transporte sobre ruedas.
Esto se debe a que, cuando construyeron las calzadas, los romanos colocaron grandes losas planas sobre capas de hormigón que a su vez descansaban sobre piedras pequeñas y sueltas. Cuando los carruajes tirados por caballos avanzaban pesadamente por las calzadas, sus ruedas con montura de hierro dejaban surcos en las carísimas losas del emperador, para gran disgusto de este. Así que las autoridades hicieron lo que suelen hacer en situaciones como esta: regularlo. El emperador fijó límites de carga para los carruajes con ruedas, y no fueron generosos.21
Con el paso de los siglos, poco a poco se le dio la vuelta al sistema romano y las grandes losas soportaban las piedras más pequeñas y redondas encima. Esto significó que, de pronto, los vehículos con ruedas podían pesar mucho más sin destruir la estructura de las calzadas por las que transitaban. Pero este sistema no estaba exento de problemas. Cuando las ruedas de un carruaje rodaban por su superficie, empujaban las piedras pequeñas hacia los lados de las calzadas. Por eso había que tener un mantenimiento constante, que era a la vez caro y problemático. De pronto, nuevos procesos, como los sistemas de mantenimiento de las calzadas, eran muy necesarios para que todo funcionara, pero ¿quién iba a asegurarse que se hacía el mantenimiento?
No fue hasta el siglo xviii, cuando el inventor escocés John McAdam se dio cuenta de que las piedras pequeñas podían ser angulares, que la rueda vivió su gran avance en Europa. A diferencia de las piedras redondas que las ruedas de carros echaban hacia fuera, las piedras angulares estaban comprimidas y gracias a eso las calzadas de McAdam no perdían su forma llana.
Sin embargo, había un pero. Lo cierto era que las piedrecitas de su sistema tenían que ser de la medida exacta para que se mantuviera el efecto. Por consiguiente, se colocaron peones a lo largo de los extremos de las calzadas y se les encomendó que rompieran las piedras en piezas de la forma justa y adecuada. Gran parte de estos trabajadores eran mujeres y niños. Para que la rueda revolucionara el mundo, el mundo primero tuvo que adaptarse a la rueda. Y eso requirió tiempo. Eso sin mencionar todos estos trabajos, que precisaban de mucha mano de obra.
A veces ni siquiera valía la pena intentarlo. En Oriente Medio se preferían los camellos a las ruedas como método de transporte. Se trataba de una decisión económica: los camellos eran mucho más baratos de usar: marchaban a diario con cargas de doscientos cincuenta kilos, alimentados por un puñado de ramitas espinosas y hojas secas que masticaban durante horas y horas. Sus rutas no tenían que pavimentarse con piedrecitas con la angulosidad precisa, porque los camellos se movían con libertad por la arena. Esto es lo que suele ocurrir con la innovación: puede que la nueva tecnología sea una absoluta genialidad, pero no siempre es económica. Con todo, cuesta imaginar una explicación económica de este tipo sobre el motivo de que las ruedas no se unieran a las maletas hasta 1972.22
Durante mucho tiempo, los viajes de ocio fueron una actividad reservada solo para la clase alta. Los nobles jóvenes colocaban sus posesiones en baúles tan grandes como armarios y partían en un viaje formativo que los llevaría a París, Viena y Venecia. Por supuesto, cuando uno disponía de sirvientes que cargaran con todos sus bienes, no le hacía mucha falta una maleta con ruedas.
Los viajes en sí también eran muy distintos. En The Emigrants (Los emigrantes), una serie de novelas de Vilhelm Moberg sobre una familia sueca que no tenía un duro y partió hacia América en busca de una vida mejor, los protagonistas meten todos sus bienes materiales, vestimenta y herramientas de carpintería en enormes bultos de metal, madera y cuero. Estos «baúles americanos», como llegaron a conocerse en Suecia, se fabricaban para que pudieran soportar largos viajes en barco, no para facilitar su transporte. Además, las ruedas servían de poco si regresar a Suecia no era una posibilidad.
De hecho, lo que hoy denominamos «maleta» no comenzaría a existir hasta finales del siglo xix, con el despertar del turismo de masas moderno. Fue con los silbidos de los trenes y los bocinazos de los barcos de vapor que la gente empezó a viajar por placer, y lo hizo con un nuevo tipo de bolsa. La innovación de esta bolsa se erigía en la parte superior, donde todo el mundo la podía ver: el asa. Eso es lo que distinguió la maleta moderna de sus predecesoras: que podía agarrarse con solo una mano.
Cuando viajar empezó a popularizarse, las principales estaciones de ferrocarril de Europa se inundaron de botones, que ayudaban a los pasajeros con su equipaje. Pero, a mitad del siglo xx, el número de botones era cada vez más reducido, así que, con mayor frecuencia, los pasajeros llevaban su propio equipaje o usaban carritos.23
En el año 1961, la revista de sociedad británica Tatler publicó un artículo sobre esta problemática. A su parecer, los productos que había en el mercado no eran adecuados para los objetivos de esta nueva era y la industria del equipaje debía idear algo nuevo. Al fin y al cabo, vivían en una era y una economía en las que las personas (sí, incluso los lectores de Tatler) tenían que cargar cada vez más con sus propias maletas. Ibas a sudar como un cerdo antes de llegar siquiera a la aduana de Madrid, anunciaba la revista.24 Había que hacer algo al respecto.
Muchas de las maletas que había en el mercado tenían asas hechas de cuero de alta calidad, pero de todas formas dejaban marcas como «líneas de tranvía» en las manos, según Tatler. Después de que uno recorriera los doscientos metros necesarios para hacer transbordo de tren en la frontera con España, se plantearía darse por vencido. Se trataba de un problema enorme para la nueva generación de trotamundos. Así que en Tatler se arremangaron y aportaron su granito de arena: probaron nuevos modelos de maleta para ver hasta qué punto eran cómodas de llevar.
Por supuesto, podías comprar una maleta en Harrods para simplificar tu viaje, como les dijeron a sus lectores. Estos ilustres grandes almacenes británicos vendían una maleta de lujo que Tatler afirmaba que ofrecía una de las asas más cómodas del mercado. Pero, como ya sabemos, el buen gusto no es barato. Tatler, por tanto, instó a la industria a centrarse en la innovación en términos de diseño. La gran esperanza era que se idearan nuevas asas con materiales punteros, aunque esperaban que no fuera demasiado pedir que no cortaran la circulación.
Tatler, sin embargo, no contemplaba las ruedas. Ese mismo año, 1961, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en el primer humano en llegar al espacio. Podíamos llevar gente al espacio, pero parecía que éramos incapaces de concebir maletas con ruedas. A partir de aquí, las cosas empiezan a ser desconcertantes.
De hecho, en la prensa británica se pueden encontrar anuncios de productos en los que se aplica la tecnología de la rueda a una maleta ya en la década de 1940. No se trata de maletas con ruedas per se, sino que son un artilugio conocido como «el botones portátil», un dispositivo con ruedas que podía atarse mediante correas a tu maleta para que pudieras llevarla rodando. En otras palabras, existía un producto comercial que hacía posible que uno se montara su propia maleta con ruedas. Entonces, ¿por qué esta idea no cuajó?
El nuevo artilugio de correas y ruedas se vio por primera vez en la estación del ferrocarril de Coventry en 1948.25 El periódico local informó de que causó furor. Según el artículo, un botones había recorrido el pasillo apresurado para ayudar a una «bonita joven morena y de complexión menuda» con su maleta grande y pesada. «No, gracias, ya la llevo yo», le había replicado ella. Entonces, se agachó, agarró la correa de color caqui y, con aire triunfante, tiró de su maleta con ruedas anexionadas hacia el tren que esperaba. La gente trataba de verla a través de las ventanas del tren, revelaba el artículo, además de añadir una imagen sospechosamente detallada de la mujer en cuestión en el andén.
Para un lector moderno, esta pieza tiene todas las características de algún tipo de estrategia publicitaria. Daba la casualidad de que la empresa que había patentado el producto era de Coventry y en el artículo se citaba a ambos inventores.26 Vieron un futuro brillante para su idea innovadora, sobre todo «en esta época de escasez de mano de obra».
Y aquí encontramos la primera pista para resolver el misterio. La historia en el periódico sobre la mujer que deslizaba su maleta por el andén de la estación se encuentra en realidad en una sección de The Coventry Evening Telegraph titulada «Mujeres y el hogar», junto con consejos de cocina escritos de forma impecable («[La] margarina mezclada con verduras crudas ralladas o cortadas bien finas […] constituye una pasta excelente para untar un sándwich»). Lo que se insinuaba era que solo las mujeres necesitaban hacer rodar las maletas. Los hombres, en cambio, podían seguir cargando con ellas, puesto que ellos tienen, de media, entre un 40 y un 60 % más de fuerza en la parte superior del cuerpo que las mujeres y, cuando se carga con una maleta, son los brazos, la espalda y los hombros los que se llevan la peor parte del peso. En general, aunque no siempre, eso hace que sea más duro para las mujeres.
Respecto a los dos inventores de Coventry, ni que decir tiene que su nuevo producto iba dirigido, sobre todo, a las mujeres. Los inventores llegaron incluso a producir una maleta con ruedas, ya que llegaron a la conclusión no muy descabellada de que, si una clienta podía añadir ruedas a una maleta mediante correas, la empresa también las podía colocar en la maleta desde el principio. Así, manufacturaron una maleta con ruedas mucho antes de que se le ocurriera a Bernard Sadow. Pero era un producto muy nicho y demasiado barato para las mujeres inglesas, y no prosperó.27 Que un producto para mujeres pudiera hacer la vida más fácil a los hombres y transformar el mercado del equipaje a nivel mundial no era una idea que el mundo de la década de 1960 estuviera listo para concebir.
En 1967, una mujer de Leicestershire escribió una carta incisiva al editor de su periódico local. Poseía una bolsa con ruedas incorporadas mediante correas, del tipo que los inventores de Coventry habían producido dos décadas antes. Pero, cuando la había subido a su autobús local en 1967, el conductor la había obligado a comprar un billete adicional para la bolsa, con el argumento de que «cualquier cosa que llevara ruedas era considerada un cochecito». La pasajera, sin embargo, no quedó convencida y preguntó: «¿Si hubiera subido al bus con patines de ruedas, ¿se me cobraría como pasajera o como cochecito?».28
Un hombre que tenía buenas razones para reflexionar sobre el tema de las mujeres y las cargas pesadas era Sylvan Goldman, propietario de una cadena de colmados estadounidenses en la década de 1930.29
Como cualquier buen hombre de negocios, Sylvan Goldman estaba interesado en maximizar los beneficios de sus tiendas. Se había dado cuenta de que la mayor parte de las personas que compraban comida en sus supermercados eran mujeres, pero también de que nunca compraban más de lo que podían llevar en uno de los cestos de la tienda. Llegados a este punto, por lo general, hay dos formas de crecer como empresa: o logras más clientes o vendes más a los que ya tienes. El problema de Sylvan Goldman era que la segunda estrategia parecía estar limitada a lo que las mujeres podían cargar.
Así que Goldman empezó a pensar en qué podría ayudar a las mujeres a llevar más comida a la caja, a poder ser dejándoles una mano libre para que pudieran coger todavía más productos de las estanterías. Fue ese el momento en el que (cuarenta años antes que Bernard Sadow) recurrió a la rueda. Inventó el primer carrito de la compra del mundo y lo introdujo en sus tiendas.
¿Y qué ocurrió entonces?
Que nadie quiso usarlos. Se negaban. Al final, Goldman tuvo que contratar a modelos que llevaran el carrito por la tienda solo para normalizar el concepto. Muchos hombres veían el carrito como una afrenta personal: «¿Me estás diciendo que con mis fuertes brazos no voy a ser capaz de cargar con una puñetera cestita como esta?», gritaban.30 En otras palabras, antes de que su invención lo hiciera multimillonario, Sylvan Goldman tuvo que hacer frente a la idea de que no era propio de un hombre llevar un carrito de ruedas. Era una idea bastante arraigada.
Y, sobre todo, con una larga historia detrás.
En el siglo xv, el poeta Chrétien de Troyes contó la historia de Lanzarote, el desdichado caballero que se enamora de la reina Ginebra, traiciona a su mejor amigo, el rey Arturo, y no consigue encontrar el Santo Grial.31 En el poema de Chrétien de Troyes, secuestran a Ginebra, lo que obliga a Lanzarote a buscar a su querida reina por el largo y ancho mundo. Tras haber perdido su caballo, avanza a duras penas por un camino ataviado con toda su tintineante armadura, cuando un enano pasa por su lado con una carreta.
—¡Enano! ¿Has visto pasar a la reina? —le grita.
El enano no le responde ni sí ni no. Le hace una oferta al desventurado caballero.
—Si te subes al carro, mañana te contaré lo que le ocurrió a la reina —le dice.
Bien, podría parecer que sale ganando con esta oferta: no solo Lanzarote se libra de caminar, sino que además recibe la información que está buscando. Pero, en realidad, el enano le acaba de pedir que realice uno de los gestos más degradantes que existen para un caballero: subirse a un vehículo sobre ruedas. Para un lector del siglo xii estaría implícito, pero no es tan evidente hoy en día, puesto que ¿por qué habría que considerar que la rueda es impropia de un hombre?
En la Antigüedad, guerreros y reyes habían montado carros de guerra a través de los campos de batalla y habían cruzado el Tíber con carros tirados por caballos con prisioneros bárbaros a remolque. Es evidente que dichos carros tenían ruedas. Pero, a medida que la caballería fue ganando importancia militar y estratégica, el carro (y con él, la rueda) cayó en desgracia. Permitir que uno fuera arrastrado sobre un vehículo con ruedas ya no era compatible con ninguna forma de caballerosidad masculina. Este es el quid del dilema que afronta Lanzarote y lo que hace que la oferta del enano sea tan perversa.32
La intención del poema es demostrar cuán bajo es capaz de caer el noble Lanzarote en nombre de la reina Ginebra y el amor. Tan bajo como sea necesario, según parece, pues al final se sube al carro. De esta forma, las ruedas empiezan a rodar hacia el trágico final de su historia.
Pero volvamos a Bernard Sadow y a su innovador invento, la maleta con ruedas. En una de las pocas entrevistas que dio el inventor, expuso lo difícil que fue que cualquier cadena de grandes almacenes estadounidenses le comprara la idea.
«En ese momento, imperaba un espíritu masculino. Los hombres solían llevar el equipaje a sus mujeres. Era… lo más natural, supongo».
En otras palabras, la resistencia del mercado a la que se enfrentaba la maleta era una cuestión de género. Este pequeño factor es algo que los economistas, quienes llevan mucho tiempo reflexionando sobre por qué hemos tardado tanto en poner ruedas a las maletas, han pasado por alto.
No fuimos capaces de apreciar la genialidad de una maleta con ruedas porque no se ajustaba a nuestra visión imperante sobre la masculinidad. En retrospectiva, esto nos puede parecer rocambolesco. ¿Cómo pudo esta noción tan arbitraria de que «un hombre de verdad carga con su maleta» demostrar ser lo suficientemente sólida para obstaculizar lo que ahora percibimos como una innovación de una lógica aplastante? ¿Cómo pudo la visión predominante de la masculinidad ser más obstinada que el deseo del mercado de hacer dinero? ¿Y cómo pudo la sola idea de que los hombres deben cargar con los bultos pesados evitar que viéramos el potencial de un producto que llegaría a transformar una industria global?
Estas preguntas constituyen la esencia de este libro. Porque resulta que el mundo está lleno de personas que preferirían morir antes que liberarse de ciertas nociones sobre la masculinidad. Doctrinas como «los hombres de verdad no comen verdura», «los hombres de verdad no van al médico por minucias» y «los hombres de verdad no tienen relaciones sexuales con condón» matan de forma literal a hombres de verdad, de carne y hueso, cada día. Las ideas que tiene nuestra sociedad sobre la masculinidad son algunas de las nociones más rígidas que tenemos y nuestra cultura suele valorar la preservación de ciertos conceptos de la masculinidad por encima de la propia muerte. En este contexto, tales ideas son sin duda lo bastante poderosas como para impedir la innovación tecnológica durante cinco milenios. Pero no estamos acostumbrados a reflexionar sobre la relación entre el género y la innovación de esta forma.
En un anuncio de una maleta con ruedas de 1972, una mujer con una minifalda y tacones altos tiene problemas para arrastrar una maleta grande y pálida. La mujer aparece en blanco y negro, simbolizando el pasado. El futuro, por otra parte, pasa pavoneándose justo por delante, en forma de otra mujer que lleva un traje marrón andrógino y un pañuelo en el cuello a modo de corbata. Esta mujer (la viva imagen de la modernidad) lleva una maleta con ruedas. Avanza sonriendo y con la mirada levantada hacia la libertad.
La maleta con ruedas solo empezó a tener éxito cuando la sociedad cambió. En la década de 1980, más mujeres empezaron a viajar solas, sin un hombre que cargara con su equipaje, o del que se esperara que cargara con el equipaje, o que corriera el riesgo de que se pusiera en duda su masculinidad si no lo hacía.33 La maleta con ruedas trajo consigo el sueño de una mayor movilidad para las mujeres: una sociedad en la que era tan normal como aceptado que las mujeres pudieran viajar sin un acompañante masculino.
En la película de Hollywood de 1984, Tras el corazón verde, protagonizada por Michael Douglas y Kathleen Turner, el personaje de Turner se lleva una maleta con ruedas a la jungla. La maleta es del mismo tipo que inventó Bernard Sadow: las ruedas están situadas en el lado largo y ella la arrastra mediante una correa. Se le vuelca una vez tras otra entre la densa vegetación tropical, para exasperación eterna de Michael Douglas. Este, por su parte, trata de salvarlos de los malos mientras se cuelga de lianas y busca una esmeralda gigantesca y legendaria. En este contexto, la maleta de Kathleen Turner es un elemento cómico que no deja de tumbarse.
Sin embargo, era un problema real de las maletas que se basaban en el modelo original de Bernard Sadow. Como las ruedas estaban instaladas en el lado largo y no en el corto, las primeras maletas con ruedas no eran demasiado estables. Tenías que tirar de ella con cuidado y lentitud mediante una correa de piel, a poder ser sobre una superficie lisa.
A principios de la década de 1980, la compañía danesa Cavalet ya se había dado cuenta de que podía evitarse este problema colocando las ruedas en el lado más corto.34 Pero como Samsonite, el gigante de la industria, decidió mantener la posición original de las ruedas, este modelo fue el estándar hasta 1987. Fue entonces cuando el piloto estadounidense Robert Plath creó el equipaje de cabina moderno.35 Giró la maleta de Sadow por un lado y la hizo más pequeña. Y a partir de ahí, sí, la rueda finalmente revolucionó la industria del equipaje.
El nuevo producto pronto se convirtió en el último grito. Al principio iba destinado al personal de cabina de las aerolíneas, quienes empezaron a arrastrar sus maletas con ruedas por los suelos lisos de las terminales con sus uniformes elegantes mientras los pasajeros las contemplaban boquiabiertos. Ellos también querían una.
Pronto, todas las compañías de equipajes tuvieron que seguir su ejemplo y la maleta pasó de ser algo que se llevaba del asa a algo que se arrastraba detrás de ti. Esto, a su vez, empezó a influir en el diseño de los aviones y de los aeropuertos. De pronto, gran parte de la industria tuvo que reconstruirse y repensarse. El mercado entero cambió.
La maleta de cabina de Robert Plath se convirtió en un elemento característico del arsenal del hombre de negocios moderno, junto con el discreto deslizar de las ruedas sobre los suelos anónimos de los aeropuertos en zonas horarias lejanas. Se convirtió en un símbolo de la globalización. Los hombres de hoy en día no parecen sentirse amenazados por un juego de ruedas de tres centímetros, pero no hace demasiado, en la década de 1970, sí lo hacían.
No fue hasta que no llegamos a la Luna y volvimos que estuvimos listos para desafiar nuestras nociones de masculinidad lo suficiente como para empezar a colocar ruedas en las maletas. Los grandes almacenes y los encargados de compras que al principio se habían negado a invertir en el producto se dieron cuenta de que los roles de género estaban cambiando: la mujer moderna quería ser capaz de viajar sola y el hombre ya no tenía esa necesidad de demostrar su valía a través de la pura fuerza física.
La propia capacidad de tener estos pensamientos fue el ingrediente que faltaba y que era necesario para hacer realidad la maleta de ruedas. Tenías que ser capaz de concebir que los consumidores masculinos priorizarían la comodidad por encima de su impulso de cargar con los bultos. Y tenías que ser capaz de concebir que las mujeres viajarían solas. Solo entonces podías ver lo que llegaría a ser la maleta con ruedas: una innovación totalmente lógica.
No es difícil entender por qué las tripulaciones de los aviones se convirtieron en las precursoras reales de la maleta con ruedas. Fueron las primeras en adoptar el producto a larga escala y se convirtieron en anuncios de carne y hueso cuando se paseaban por los suelos de los aeropuertos. Eso sin contar que en su mayoría eran mujeres que (seguro que lo has adivinado) viajaban solas. La maleta con ruedas vivió su avance más importante cuando el número de azafatas aumentó.
En resumen, la maleta empezó a rodar cuando cambiamos nuestra perspectiva sobre el género: que los hombres deben cargar con el peso y que la movilidad de las mujeres tiene que ser limitada. El género resuelve el misterio de por qué tardamos cinco mil años en ponerle ruedas a nuestro equipaje.
Quizás esta respuesta resulte sorprendente. Al fin y al cabo, no nos imaginamos que lo «delicado» (las nociones de feminidad y masculinidad) sea capaz de impedir el avance de lo «robusto» (el avance constante tecnológico).
Sin embargo, esto fue justo lo que ocurrió con la maleta. Y si pudo ocurrir con la maleta, entonces, nuestras nociones sobre el género deben de ser en realidad muy sólidas.
2
En el que arrancamos el coche sin rompernos la mandíbula
La mujer escribió que se llevaba a los niños a ver a su madre. Pero no dijo cómo. Su marido asumió que habrían ido en tren. Esto ocurría el agosto de 1888 y las vacaciones de verano acababan de empezar en el Gran Ducado de Baden, un estado sudoccidental del Imperio germánico, que se había unificado hacía relativamente poco.1
Esa mañana, Bertha Benz maniobró con cuidado el carruaje sin caballos para sacarlo de la fábrica en la que su marido lo había construido.2 Sus dos hijos adolescentes, Eugen y Richard, la ayudaron. El día despuntaba y no querían despertar a nadie, aún menos a su padre, Karl Benz. Solo cuando estuvieron a una distancia suficiente de la casa encendieron el motor, antes de turnarse para conducir y recorrer los noventa kilómetros que los separaban de Pforzheim, un pueblo situado en un extremo de la Selva Negra. Nadie había realizado un viaje como este antes, razón por la que Bertha tuvo que robar el vehículo.
Karl Benz había sido categórico con que su invención se denominara «carruaje sin caballos». Durante años, el vehículo había sido la sensación local de Mannheim, la ciudad pulcra y cuidada que era el hogar de la familia Benz. La primera vez que Karl Benz había conducido su carruaje sin caballos delante de un público invitado para la ocasión, estaba tan entusiasmado con su invención que la condujo derecha a la pared del jardín. Tanto él como Bertha, que estaba sentada a su lado, salieron disparados de cabeza cuando los ladrillos hicieron picadillo la rueda frontal de ese carruaje de tres ruedas. No se pudo hacer otra cosa que llevar los trozos de metal a la fábrica y volver a empezar.
Deberíamos tener presente que Bertha había invertido casi la totalidad de su capital en esta invención. Primero invirtió toda su dote en la empresa. Luego, convenció a sus padres para que le dieran un anticipo de la herencia. Los 4244 gulden que recibió y destinó al negocio de su marido habrían sido suficientes para comprarles una casa de lujo en Mannheim. Sin embargo, Bertha Benz lo gastó todo en el sueño de un motor de cuatro tiempos capaz de propulsar un carruaje sin caballos. Tras años de pruebas, el primer automóvil del mundo funcionaba.3 Llegaba a una velocidad de dieciséis kilómetros por hora y tenía un motor de cuatro tiempos de gasolina y un solo cilindro. El Benz Patent-Motorwagen, como se llamaba el vehículo, tenía 0,75 caballos de potencia, pero lo más importante era que funcionaba.
Al principio, Karl Benz había probado su carruaje sin caballos de tres ruedas por la noche, para no causar ningún revuelo. Al ver el coche, los niños solían ponerse a gritar, los ancianos se dejaban caer de rodillas y hacían la señal de la cruz, mientras que los trabajadores de las carreteras daban media vuelta y salían corriendo, dejando las herramientas desperdigadas a sus espaldas. Los más supersticiosos creían que el mismísimo demonio había llegado en un carruaje que gruñía sobre tres ruedas infernales, tirado por una fuerza invisible. Y lo más importante: el mercado dudaba de su utilidad. ¿Para qué servía esa máquina?
Para empeorar las cosas, Karl Benz, cuyo nombre pasaría un día a la historia como parte de Mercedes-Benz, en realidad no era un buen hombre de negocios.4 Aunque había comenzado a vender su vehículo a principios de 1888 (unos dos años después de que le aprobaran las patentes), el carruaje sin caballos había demostrado ser más popular en Francia que en Alemania. En su tierra natal, Benz se había enfrascado en largas discusiones con las autoridades locales y la policía sobre la velocidad a la que se le permitiría moverse. ¿Debía permitírsele siquiera circular dentro de los límites de la ciudad? Al final, los reguladores transigieron, y por fin, la invención de Karl Benz causó revuelo en un espectáculo casi futurista en la feria de la tecnología del Imperio germano en Múnich.
Karl Benz por fin recibió la atención que merecía y ganó su medalla. Pero ¿cuál era su concepto comercial, en el fondo? Aunque casi nadie dudaba de que la máquina que había construido Benz iba a encontrar muchos usos, el carruaje en sí mismo los convencía menos. ¿Qué utilidad tenía? Esta fue la razón por la que Bertha Benz se levantó a las cinco de la mañana del 5 de agosto de 1888.
Pforzheim, donde vivía la madre de Bertha, estaba situado a noventa kilómetros de Mannheim. Bertha y sus hijos idearon un plan para conducir hasta allí sin que Karl lo supiera (por diversión, sí, pero también para demostrar que su invención no solo era una nueva máquina, sino un nuevo medio de transporte).
El trayecto hasta Pforzheim (donde llegaron, triunfantes, unas quince horas después, solo para descubrir que la abuela no estaba) estuvo lleno de incidentes. Bertha ya había previsto que el carruaje sin caballos se averiaría más de una vez y, en este sentido, no salió defraudada.
Lo primero que sucedió fue una obstrucción en el tubo del combustible y, para desatascarlo, Bertha usó uno de los alfileres de su sombrero. Más adelante, tuvieron que aislar un cable de encendido que había quedado expuesto, para lo que vino muy bien una de las ligas que llevaba. Bertha, Eugen y Richard se turnaron para conducir, pero siempre que se acercaban a una colina, los muchachos tenían que bajar y empujar: el motor no se llevaba bien con las pendientes. Bertha se sentaba en el asiento del conductor y pedía a los vecinos que les echaran una mano. Si las cuestas eran arduas, las pendientes eran, directamente, espeluznantes: el coche de trescientos sesenta kilos frenaba solo de milagro, usando una palanca a la derecha del asiento. Nadie había conducido un carruaje sin caballos a una distancia tan larga, ni tampoco cruzando tantas colinas, y los bloques de frenado del Benz Patent-Motorwagen 3 pronto se gastaron. Cuando se detuvieron en la aldea de Bauschlott, Bertha pidió a un zapatero que los recubriera con cuero.
Y así, ella y sus hijos inventaron las primeras guarniciones de freno del mundo.
El agua supuso un problema constante. El motor necesitaba refrigerarse de forma regular para evitar que explotara. Bertha y sus acompañantes sacaron agua de donde pudieron: tabernas, ríos y (en un caso extremo) de la acequia junto a la que pasaron. En el pueblo de Wiesloch, al sur de Heidelberg, se detuvieron para comprar Ligroin, una fracción de petróleo usada habitualmente como disolvente de laboratorio, para reabastecerse de combustible. El farmacéutico local, Willi Ockel, les vendió la botella sin saber que, al hacerlo, se había convertido en la primera gasolinera del mundo.
Cuando Bertha Benz llegó a Pforzheim por la tarde, le mandó un telegrama a Karl. Su marido no estaba enfadado, solo asombrado, y cuando Bertha y sus hijos volvieron a Mannheim al día siguiente, Karl decidió dotar de una marcha menor al carruaje sin caballos para afrontar mejor las colinas de la Selva Negra. Y el resto del mundo, claro. A finales de año, un modelo actualizado del Benz Patent-Motorwagen 3 se producía de forma comercial y, hacia 1900, Karl Benz era el mayor fabricante de coches del mundo.
Fue una mujer quien emprendió el primer trayecto de larga distancia en coche del mundo. Sin embargo, el mundo pronto llegó a la conclusión de que las mujeres conducían peor que los hombres. Una mujer no era una criatura que uno pudiera dejar sola y desamparada en un vehículo motorizado. No: era un ser frágil, creado por Dios para que se atara corsés y se moviera por el mundo ataviada con quince kilos de enaguas, sombreros de ala ancha y guantes largos. La ciencia afirmaba que era débil, tímida, que se asustaba con facilidad y que cualquier estimulación de su cerebro podría tener un efecto adverso en su útero. Ninguna de estas ideas sobre la idoneidad de las mujeres para conducir eran en absoluto nuevas.
En su día, el Imperio romano había tratado de solucionar los problemas de tráfico de Roma prohibiendo a las mujeres que fueran en carruaje. Moverse por las calles de Roma no era tarea sencilla: las callejuelas estrechas serpenteaban tejiendo un intrincado entramado de callejones y además uno tenía que lidiar con un enjambre de vendedores de ajo, mercaderes de plumas y productores de aceite de oliva. En muchos puntos de la ciudad solo podía pasar un carro a la vez, de modo que se mandaba a los esclavos para que se adelantaran y detuvieran cualquier vehículo que se aproximara, como si fuesen semáforos con patas, de carne y hueso y de propiedad privada.5
Roma estaba en guerra con Cartago en esa época y eso había conducido a una prohibición de diversas formas de consumo de lujo cuya motivación era política: nadie quería irse a África a morir mientras veía cómo la clase alta disfrutaba de todo tipo de lujos. Así que el objetivo fue limpiar las calles de Roma de cualquier cosa que la población local pudiera considerar una preocupación y, por consiguiente, hacer mella en el espíritu de lucha. ¿Y había algo que fuera más decadente que una mujer sobre ruedas? Se promulgó una prohibición de los carruajes de mujeres, que hizo enfurecer de sobremanera a las ricas matronas de Roma. Pero más aún, el poeta Ovidio afirmó que, hasta que no se revocó la prohibición, las mujeres llegaron incluso a abortar los fetos de sus vientres como forma de protesta.
A principios del siglo xx, el problema no era tanto la decadencia que comportaba una mujer sobre ruedas, sino la idea de que simplemente no estaban capacitadas. Una mujer era demasiado inestable a nivel emocional, débil a nivel físico e inferior a nivel intelectual como para ocupar el asiento del conductor, según se creía. Era el mismo argumento que se usaba contra ella cuando se abordaba su derecho a votar y su derecho a recibir estudios superiores, dos otras cosas a las que las mujeres estaban intentando acceder durante esa época. Las mujeres se subían a los coches en unos años en los que su papel en la vida pública se estaba discutiendo como nunca antes. Y todos esos debates sobre quiénes eran y de qué eran capaces se abrieron camino poco a poco y fundamentaron el desarrollo tecnológico.6
En ese tiempo, los coches se hacían por encargo para el consumidor. Podías pedir lo que quisieras y el coche se construía a tu medida. La mayoría de los fabricantes de coches no tenían tiempo de invertir grandes cantidades de energía mental para pensar en el mercado en su totalidad, así que improvisaban.
La gente de la época usaba un amplio abanico de medios de transporte de una forma un tanto arbitraria, desde las dos piernas hasta caballos, burros, trenes, tranvías e incluso coches. Y los propios coches podían funcionar de muchas formas distintas: con gasolina, electricidad o vapor. A principios de siglo, un tercio de la totalidad de los coches de Europa eran eléctricos. Y en los Estados Unidos incluso más.
Sería fácil imaginar a los fabricantes de coches de gasolina y de coches eléctricos de la época discutiendo sin parar sobre qué tecnología era la mejor. Sin embargo, en los primeros años del automóvil, lo que los fabricantes querían promocionar en realidad era la superioridad de su producto en comparación con los caballos y los carros. Lo cual era lógico, puesto que el mercado del transporte tirado por caballos era el que querían invadir.
Los coches de la época que funcionaban con gasolina (los sucesores del Benz Patent-Motorwagen 3 que Bertha Benz había conducido hasta Pforzheim) eran bastante poco fiables. Difíciles de arrancar y muy ruidosos, no eran tanto un vehículo, sino más un estilo de vida en una máquina de pistones a presión que salpicaba gasolina por doquier. Eran máquinas viriles para viajar a toda velocidad, coches que podían llevarte lejos de casa y (si Dios quería) devolverte. Era el coche del aventurero, y la aventura, como ya sabemos, es para los hombres. No para las mujeres.
Como consecuencia, pronto surgió la idea de que el coche eléctrico era más «femenino».7 Se lo percibía como el sucesor más natural de la calesa tirada por caballos, mucho más que al coche de gasolina, un vehículo que simplemente te llevaba adonde quisieras ir. El coche de gasolina, en cambio, en muchos sentidos no era tanto un medio de transporte sino más bien un deporte para los temerarios jóvenes (varones) a los que les gustaba fardar de dinero. El columnista automovilístico estadounidense Carl H. Claudy escribió: «¿Ha habido alguna vez una invención que ofrezca una comodidad más absoluta a la mitad femenina de la humanidad que el carruaje eléctrico?».8 ¿Acaso no era práctico para una mujer poder ahorrarse el lavado de crines, cascos y colas que comportaba una calesa tirada por caballos? Así, solo tenía que pedir un coche a la cochera. Ni que decir tiene que esto solo se aplicaba a las mujeres más acaudaladas.
Por otro lado, el coche de gasolina necesitaba que se le diera a la manivela solo para arrancarlo. Se trataba de una operación sudorosa y a menudo también peligrosa. Primero tenías que colocarte junto al motor y tirar de un cablecito que sobresalía del radiador, luego agarrar la manivela y dar unos cuantos tirones hacia arriba, entonces ir al asiento del conductor, arrancar el motor, volver junto al motor, sujetar la manivela en la posición correcta y, finalmente, darle unas cuantas vueltas decisivas para arrancarlo.
En contraposición, los coches eléctricos podían encenderse desde el asiento del conductor. Además, eran silenciosos y fáciles de mantener. El primer coche que llegó a superar los cien kilómetros por hora era, de hecho, eléctrico.9 Con el tiempo, sin embargo, los coches de gasolina los adelantaron y los eléctricos se convirtieron en la opción más lenta y fiable.
«Los eléctricos […] seducirán a cualquiera que esté interesado en un vehículo completamente silencioso, inodoro, limpio y elegante que siempre está listo», reza un anuncio escrito de 1903.10 La imagen que lo acompaña muestra a dos mujeres con sombrero, guantes y sonrisas de oreja a oreja. Una mujer conduce mientras la otra se sienta a su lado alegremente. Las curvas del coche eléctrico eran delicadas.
Un anuncio de 1909 muestra un enfoque similar y anima al consumidor varón a comprar un coche eléctrico para «Su futura esposa o su esposa desde hace varias primaveras».11 El mensaje: este es el coche para las personas que valoran la comodidad. Sin gasolina, sin aceite, sin manivela, sin riesgo de explosión ni de que el vestido se te incendie. Ven y cómpralo sin preocupaciones.
En Taking the Wheel, la historiadora Virginia Scharff cita a comentaristas estadounidenses de la época que sostenían que: «No debería concederse el permiso de conducir a nadie que tenga menos de dieciocho años […] y en ningún caso a una mujer, a menos que, tal vez, sea un coche propulsado por electricidad».12 Alrededor de 1900, los coches eléctricos aceleraban más rápido y estaban equipados con unos frenos más seguros en comparación con los coches de gasolina. En muchos sentidos, eran la opción ideal para moverse por la ciudad, pero, debido al problema de las baterías, no podían ir demasiado lejos. La batería necesitaba cargarse aproximadamente cada sesenta kilómetros, y los coches presentaban dificultades en las carreteras en mal estado que había fuera de las grandes ciudades. Sin embargo, estas características solo parecían convertirlo en el vehículo más adecuado para las mujeres a ojos del mercado: al fin y al cabo, las mujeres no necesitaban ir demasiado lejos. De hecho, era casi mejor si no podían.
¿Por qué iba a necesitar una mujer un coche? Más allá de para visitar a sus amigas, ir a comprar o a dar una vuelta con los niños, claro. El coche para mujer era un vehículo distinto al coche para hombre. ¿Era un coche, siquiera? ¿Tal vez podía verse más como un cochecito, que permitía a la mujer a meterse dentro junto con los niños? De hecho, un columnista automovilístico escribió: «De ninguna otra forma le puede dar tanto el aire a un niño en tan poco tiempo como mediante el uso del automóvil […]. No sería incorrecto denominar al eléctrico como el cochecito para bebé moderno».13 En esa época, el coche era percibido como un medio de transporte «limpio»: a diferencia de los caballos, no dejaba la calle llena de excrementos.
Ya funcionaran con electricidad o gasolina, las primeras generaciones de coche eran muy caras. Henry Ford fue el estadounidense que lo cambió todo. En 1908, creó su Model T, que funcionaba con gasolina y pretendía dar acceso al mundo del automóvil a los estadounidenses de a pie. El Model T costaba ochocientos cincuenta dólares cuando salía de la línea de producción en Detroit, Míchigan, y pretendía ser un vehículo para todo el mundo. El propio concepto de negocio de Ford era crear un coche que fuera tan económico que incluso los trabajadores que lo fabricaban pudieran conducirlo. El ahora legendario Model T llegó a conocerse como el coche «que ponía el mundo sobre ruedas». La única pregunta es: ¿de quién era ese mundo, en realidad?
El mismo año que Henry Ford lanzó su revolucionario Model T, compró un coche eléctrico para su esposa, Clara. Se creía que este modelo era más apropiado para ella. El coche eléctrico de Clara Ford distaba mucho del estruendoso Model T. Era una salita de lujo sobre ruedas, un salón motorizado en el que podía dar la bienvenida a sus amigas mientras daban una vuelta tranquila por la ciudad.14 Clara Ford no disponía de volante, sino que gobernaba el vehículo desde atrás, usando dos cañas de timón: una para ir hacia adelante y la otra para ir hacia atrás.15 El coche tenía jarrones integrados para flores y espacio para que tres damas viajaran cómodamente.
Las estaciones de carga para coches eléctricos pronto empezaron a brotar en los distritos comerciales de las grandes ciudades de Estados Unidos para que las mujeres ricas pudieran cargar el coche mientras compraban. La conductora femenina de principios de la década de 1900 distaba mucho de la Bertha Benz que desatascó el tubo del combustible con una aguja del sombrero cerca de la Selva Negra en Alemania. De hecho, muchos habían empezado a percibir el coche como el tipo más intolerable de consumo de lujo que había. Los automóviles eran vehículos brillantes que transportaban mujeres con largos collares de perlas desde su casa hasta el palco de la ópera. Woodrow Wilson, el vigésimo octavo presidente de los Estados Unidos, estaba preocupado por si inducían a las masas a empezar una revolución. En otras palabras, es la misma situación que vivieron las matronas de Roma que llevaban sus carruajes por las calles llenas de esclavos.
Cada vez más, los coches eléctricos se desarrollaron pensando en las mujeres. Fueron los primeros coches a los que se les instaló un techo, por ejemplo, ya que se suponía que las mujeres (a diferencia de los hombres) querían resguardarse de la lluvia para «conservar su pulcritud inmaculada, mantener su peinado intacto», en particular.16 Del mismo modo, fueron los fabricantes de coches eléctricos quienes pensaron en colocar palancas y botones para que no se engancharan los vestidos de las mujeres. El eléctrico se convirtió en el coche que podía conducirse con falda, no debido a su asociación con lo femenino, sino porque era una fuerte demanda del mercado al que se dirigía.
No obstante, la industria eléctrica no siempre estuvo satisfecha con que se la asociara con el «sexo débil». Fabricaban coches de ciudad de alta tecnología, fiables, y la industria creía que deberían haber interesado a cualquiera que quisiera llegar al trabajo a tiempo sin el traje salpicado de gasolina. E. P. Chalfant, un miembro de la junta de Detroit Electric, escribió, con cierto resentimiento: «Los vendedores de coches de gasolina han tildado al coche eléctrico de vehículo para los ancianos y enfermos y para las mujeres».17 Otro hombre expresó una queja similar sobre cómo sus amigos le habían aconsejado que no se comprara un coche eléctrico: «Era considerado un coche para ancianas», declaró.18
Su asociación con lo femenino había posicionado el coche eléctrico en el lugar equivocado dentro del mercado, creía Chalfant. Al fin y al cabo, ¿quién era el que tomaba la decisión sobre qué coche debía comprarse una familia? El hombre, por supuesto. Esto significaba que era a él a quien tenían que adaptarse los coches eléctricos y no a las mujeres. En 1910, Detroit Electric trató de contrarrestar la imagen femenina del coche eléctrico presentando un nuevo modelo para hombre, el llamado Gentlemen’s Underslung Roadster (el descapotable colgante para caballeros).
No tuvo éxito.
En 1916, la revista de la industria estadounidense
publicó una serie de artículos en los que analizaba las desafortunadas asociaciones comerciales del coche eléctrico con lo femenino. «Lo que es afeminado o tiene esa reputación no encuentra la simpatía del hombre americano». Y, más adelante: «Sea o no “de sangre roja” y “viril”, en el estricto sentido físico, al menos sus ideales sí que lo son». En otras palabras, si a las mujeres les gustaba algo, ya fuera un coche o un color, el hombre medio estadounidense siempre iba a distanciarse de ello por cuestión de principios. Por desgracia, eso fue lo que había ocurrido con el coche eléctrico, concluía la revista.
Por supuesto, era tan ilógico como absurdo. En realidad, los coches eléctricos eran igual de apropiados para los hombres que para las mujeres. Pero, tal y como señalaba la revista, no se puede esperar que quien compra un coche use la lógica o el razonamiento de esta forma. «Tras haber asociado la afeminación con el eléctrico, lo descarta de su mente y compra un coche de gasolina sin pensárselo».19 Dicho de otro modo, si quería sobrevivir, la industria del coche eléctrico tenía que mejorar su construcción de coches viriles: se acabaron los jarrones de cristal y los asientos suaves.
Lo que ocurrió, sin embargo, fue justo lo contrario. Los coches eléctricos no se volvieron «más viriles», o al menos no hasta que Elon Musk los revolucionó un siglo más tarde. El coche de gasolina copó el mercado. No solo se volvió más barato, gracias a Henry Ford, sino que también se «feminizó».
Henry Leland era el presidente ejecutivo de Cadillac Motor Company a principios de la década de 1900. Nacido en una granja de Vermont, había servido junto a Abraham Lincoln en la Guerra de Secesión y más tarde compró uno de los negocios automovilísticos desmantelados de Henry Ford para fundar Cadillac. «Cuando compras un Cadillac, compras un viaje de ida y vuelta» era el eslogan de la empresa. Constituía el coche de gasolina de lujo y, en esta época, el lujo consistía justo en eso: en tener un coche que no tuviera que arrastrarse hasta casa.
En muchos sentidos, fue Henry Leland quien asestó el golpe mortal al coche eléctrico y la ironía es que todo empezó con un incidente que estaba muy relacionado con el género. Leland a menudo lo contó como la trágica historia de Byron Carter.
Byron Carter era uno de los amigos de Leland.20 La historia original, ahora legendaria, es que un día Carter se detuvo en un puente cerca de Detroit para ayudar a una conductora. El coche se le había calado y no era capaz de hacerlo arrancar con la manivela. Nótese que no tenía un coche eléctrico: de haberlo tenido, podría haberlo arrancado desde el asiento del conductor, no hacía falta manivela. Pero, a estas alturas, la industria del automóvil también había empezado a promocionar coches de gasolina al público femenino. Incluso había opciones con puertas más anchas que ofrecían mayor espacio para las faldas. Y, lo que tal vez era más importante, la mayoría de las familias solo tenían un coche, al que la mujer también tendría acceso. La mayoría de las mujeres preferían coches de gasolina por la velocidad. Así pues, había una mujer que se había quedado tirada en un puente de Detroit, en un Cadillac de gasolina que no era capaz de arrancar.
Hacer arrancar un coche de gasolina siempre había sido complicado. Pero a medida que la tecnología había evolucionado, solo se volvió más complicado y peligroso, dada la mayor potencia del motor. Cuando Byron Carter se detuvo en el puente ese día funesto, lo esperaba un combate atroz contra una máquina infernal.
Por supuesto, como era todo un caballero, Carter se arremangó y se ofreció a ayudar a la mujer. Resultaría ser la decisión equivocada, porque la mujer, que se quedó sentada en el coche, se había olvidado de ajustar la bujía. La manivela salió disparada de la mano de Carter y le dio directamente en la mandíbula. Le destrozó el hueso y al cabo de unos días, murió a causa de complicaciones derivadas de las heridas.
Para Henry Leland, fue la gota que colmó el vaso. Carter había sido amigo suyo y, para empeorar las cosas, el coche que lo había matado había sido un Cadillac. Leland se sentía responsable, así que tomó la decisión de eliminar la manivela. Sin duda, tenía que ser posible usar electricidad para arrancar un coche de gasolina y, por tanto, encenderlo desde el asiento del conductor sin manivela, pensó. Valía la pena intentarlo de verdad (aunque solo fuera para evitar que otro amigo se le muriera mientras ayudaba a una mujer incapaz en el arcén de la carretera).
En un relativamente corto espacio de tiempo, Cadillac logró construir un arranque eléctrico para los coches de gasolina. El único problema residía en que era demasiado grande para que cupiera en ningún coche. Leland necesitaba ayuda. Así fue cómo encontró a Charles F. Kettering. En un granero de Ohio.
Charles F. Kettering era un ingeniero muy dotado que ya había construido la primera caja registradora eléctrica del mundo. La primera vez que había visto un coche había sido durante su luna de miel, cuando se había topado con un doctor cuyo flamante vehículo se había averiado y se había apartado a un lado de la carretera.21 Kettering abrió el capó y logró detectar el problema, y así empezó su fascinación por los coches. Él y unos cuantos compañeros más empezaron a encontrarse en un granero después de su jornada laboral, donde trataban en mejorar los coches de la época de distintas formas. Más adelante, fundarían una empresa que Kettering bautizaría como Delco.
Y Henry Leland recurrió a Delco cuando necesitó ayuda para mejorar (y sobre todo para reducir) el arranque eléctrico que Cadillac había construido.
Kettering necesitó tres años para solucionar el problema. Su innovación consistía en un motor eléctrico que también funcionaba como generador. Era todo un sistema compacto que hacía arrancar el motor y luego creaba su propia electricidad a través del movimiento del motor. Esto, a su vez, hacía que se encendieran las luces del coche.
En 1912, Cadillac lanzó su Model Thirty, el primer coche producido de forma comercial con un arranque eléctrico y también con luces eléctricas. La empresa ganó el prestigioso premio Dewar Trophy por su innovación. El nuevo arranque podía controlarse desde un botón del salpicadero o desde el suelo, o con un pedal, cualquiera de las opciones era mucho más fácil que tener que salir y darle a la manivela. Cadillac incluyó de inmediato el arranque eléctrico como componente estándar de todos sus modelos de coche y muchas otras empresas pronto siguieron su ejemplo. Algunas, sin embargo, vacilaron al considerar que la invención de Kettering no era tanto una mejora para todo el mundo, sino una concesión para las mujeres. Aunque sin duda rebosaba elegancia, el artilugio no era necesario, creían.
El New York Times describió la innovación como «un nuevo elemento de comodidad y conveniencia para la mujer».22 Entre líneas se leía que eran las mujeres las que no eran capaces de hacer funcionar la manivela: eran ellas las que formulaban todas estas exigencias para que la conducción fuera fácil y para ellas habían tenido que inventar el arranque eléctrico. El arranque eléctrico solo se incorporó de fábrica en el Model T de Ford en la década de 1920. Hasta entonces, cualquiera que quisiera arrancar su Ford sin una manivela tenía que comprar un producto adicional.23
«Las mujeres pueden conducir coches Ford con la mayor libertad y comodidad si se aseguran de que el coche está equipado con un arranque y un sistema de luces eléctrico Splitdorf-Apelco», rezaba un anuncio. «Deja que ella conduzca tu Ford», rezaba otro.24 Pero lo que Kettering había hecho en realidad había sido coger una de las mejoras del coche eléctrico (la habilidad de arrancar el motor desde el asiento del conductor) e incorporarlo al coche de gasolina. Por consiguiente, nació un producto que poseía los beneficios del coche de gasolina combinado con la comodidad del eléctrico. ¿A alguien le sorprende que este fuera el coche que acabara imperando en el mundo?
Con todo, queda pendiente la pregunta: ¿por qué la industria automovilística insistió durante tanto tiempo en que hubiera dos mercados: uno para los hombres y otro para las mujeres? Al fin y al cabo, la mayoría de las familias solo podían permitirse un solo coche. Entonces, ¿por qué no habían tratado de crear antes un coche que gustara tanto a los hombres como a las mujeres?
Mientras la industria del coche eléctrico de Estados Unidos estaba ocupada quejándose de sus connotaciones femeninas, Charles F. Kettering había cogido las nociones «femeninas» de la comodidad y la seguridad y las había incorporado al coche de gasolina. Este fue el principio de un largo proceso en el que gran parte de los «lujos» femeninos de los que la industria automovilística se había reído tanto al principio se fueron convirtiendo en la norma. A medida que fueron pasando los años, el coche de gasolina se volvió cada vez más eléctrico. Se «feminizó».
Y acaparó todo el mercado.
Transformó el acto de conducir: pasó de ser una afición extravagante de las clases altas a una actividad para la población en general. Mientras los coches de gasolina necesitaran darle a la manivela, no eran de utilidad para nadie que necesitara llegar a tiempo al trabajo y, por consiguiente, siguieron siendo un objeto de ocio o deporte. Al integrar en el coche de gasolina lo que durante tanto tiempo se habían considerado valores «femeninos», los fabricantes agrandaron el mercado y el coche pasó de ser un producto especializado a el objeto que hoy en día vemos en todos los trayectos.
«Debemos concluir que la influencia femenina es, en gran medida, responsable de los cambios más evidentes que se han operado en el diseño de coches de gasolina de un año a otro», informó Electric Vehicles. La revista ofrecía, como ejemplos de esta influencia, el tapizado más suave y profundo, las líneas más bonitas, los controles más simples y el arranque automático. Todo esto se describía como «pruebas de las concesiones realizadas al sexo débil».25
Lo más interesante es que la industria continuó durante mucho tiempo atribuyendo este tipo de exigencias a la comodidad exclusiva de las mujeres. Eran las mujeres las que querían comodidad, además de seguridad, en sus coches (al parecer a los hombres les daba absolutamente igual morirse). Eran las mujeres las que no querían mancharse la ropa de gasolina y eran las mujeres las que querían ser capaces de encender el motor sin romperse la mandíbula. Por supuesto, esto es rocambolesco. ¿Por qué durante tanto tiempo se consideró que la comodidad era un lujo femenino opuesto a la innovación tecnológica más puntera? ¿Por qué la conveniencia, la falta de esfuerzo, la belleza y la seguridad eran cualidades que solo se podía concebir que pidieran las mujeres? ¿Por qué era tan poco plausible que un consumidor masculino quisiera un coche que pudiera arrancar sin arriesgarse a una muerte gangrenosa? ¿Por qué se asumió durante tanto tiempo que los hombres querían calarse hasta los huesos cuando conducían bajo la lluvia? ¿Y por qué se daba por supuesto que querían un coche que rugiera y apestara por norma?
Según la perspectiva del historiador tecnológico Gijs Mom, fue el coche eléctrico y no el de gasolina el que ganó al caballo como medio de transporte. El coche de gasolina de la época era demasiado inferior a nivel tecnológico. Una vez se hubo derrotado al caballo, sin embargo, el coche de gasolina copó el mercado. Mom señala que no tuvo nada que ver con el hecho que los coches de gasolina fueran más baratos de fabricar: solo empezaron a ser más baratos después de haber echado prácticamente al coche eléctrico del mercado. Dicho de otro modo: el triunfo del coche de gasolina no se debió a su precio, sino a otros factores.26
Una razón importante fue, por supuesto, los múltiples problemas que presentaban las baterías de los coches eléctricos. La tecnología de las baterías aún estaba en pañales y los partidarios del coche eléctrico no consiguieron construir una infraestructura que pudiera compensar estos problemas (una red de puntos de intercambio de baterías, por ejemplo). Pero también había un factor «cultural».
Y estaba relacionado casi de forma exclusiva con el género.27
Lo que tenían en común los fabricantes de coches de gasolina y eléctricos era una tendencia compartida a menospreciar cosas que se les había enseñado a percibir como «femeninas». La industria del coche eléctrico construía coches para mujeres, pero no lograron ver que gran parte de las cualidades «femeninas» que poseían sus coches eran, en realidad, universales.
De la misma forma, muchos fabricantes de coches de gasolina se aferraron con uñas y dientes a la idea de que un hombre de verdad arrancaba el coche con manivela. Así, ambos limitaban el tamaño de su mercado. Todo para defender una idea de masculinidad que, en esencia, no tenía sentido.
En el caso de Henry Leland, solo cambió su perspectiva cuando su amigo Byron Carter murió de la gangrena provocada por la mandíbula rota (según cuenta la leyenda, al menos). Fue el momento decisivo tras el que terminó poniéndose en contacto con Charles F. Kettering, lo que provocó que este integrara las consideradas preferencias «femeninas» y «masculinas» y creara un solo producto para todo el mundo. Y este, como ya sabemos, es un mercado bastante grande.
Incluso hoy en día, más de un siglo después, los historiadores y los periodistas a menudo describen el arranque eléctrico como una innovación ideada para las mujeres. Kettering es descrito como un héroe debido a que su arranque eléctrico (además de su demostración de destreza en ingeniería masculina) abrió la puerta a las conductoras femeninas.
Cuando encargó el arranque eléctrico para Cadillac, Henry Leland seguramente pensaba de una forma similar. El modo en el que enmarcó la historia de la muerte de Carter sin duda apunta en esa dirección y sugiere que el arranque eléctrico era una medida necesaria para evitar que más hombres murieran ayudando a mujeres desventuradas con la manivela.
Sin embargo, la innovación de Kettering era, en realidad, otra cosa. Su invención redefinió la frontera entre la conducción de los hombres y de las mujeres y, de esta forma, creó un nuevo mercado para todo el mundo. Esta es la razón por la que el arranque eléctrico fue tan revolucionario; no porque permitiera que las mujeres condujeran. Ya lo hacían y muy bien.
Si no, que se lo pregunten a Bertha Benz.
Es necesario plantearse: ¿habrían salido de forma distinta las cosas si nuestra percepción sobre el género hubiera sido otra? Hace un siglo, los motores eléctricos, taxis y buses recorrían gran parte de las metrópolis más grandes del mundo. Y luego, desaparecieron. La tecnología impulsada por la gasolina se convirtió en la forma dominante de tecnología y trajo consigo la contaminación, el ruido y los olores. ¿Si la sociedad de principios del siglo xx no hubiera menospreciado el coche eléctrico por ser femenino, habría seguido la historia otros derroteros?
No se puede negar que la infraestructura del coche eléctrico de hace ciento veinte años contenía elementos que parecen modernos hoy en día. Por ejemplo, a principios de 1900, uno podía alquilar coches eléctricos o pagar por kilómetros para conducirlos. Los taxis eléctricos recorrían las calles de muchas ciudades, recogiendo pasajeros. Lo que el consumidor quería, tal como muchos empresarios del coche eléctrico sostenían, era trasladarse de un punto A a un punto B, no una máquina cara aparcada delante de casa. Los aristócratas rurales estaban encantados de poder confiar en una red de nuevos coches eléctricos y no tener que llevarse el caballo y el carruaje hasta la ciudad.
En otras palabras, nuestro concepto del transporte podría haberse desarrollado de una forma más cercana a las ideas de uso compartido del coche desde el principio de haber ganado el coche eléctrico. O como mínimo, si no hubiera desaparecido. Ese mundo habría terminado siendo igual de avanzado a nivel tecnológico que el mundo que al final construimos, solo que habría sido distinto.
En Estados Unidos, en el siglo xix, una empresa de coche eléctrico construyó un garaje central en Nueva York con un sistema semiautomático de última generación que podía cambiar baterías de coche en setenta y cinco segundos.28 Entonces (igual que ahora) la batería era el principal problema del coche eléctrico. Pero aunque las baterías eléctricas, debido a su propia naturaleza, necesitaban tiempo para cargarse, en teoría era posible construir un sistema que pudiera compensar esta espera. Esto era justamente lo que esta empresa trató de hacer. Los coches entraban, se les instalaba una batería cargada en cuestión de minutos y volvían a salir. Era otra forma de pensar.29 Si uno de estos modelos de negocio hubiera tenido éxito, tal vez no hubiésemos llegado a ser propietarios de coches como lo somos hoy en día. No habría sido tan obvio, de la misma forma en que tener una buena vida necesariamente implicaba tener dos coches casi idénticos listos delante de casa. O que las ciudades tenían que ser lugares dominados por los coches donde los conductores esperarían uno tras otro a que los semáforos se pusieran en verde. La innovación no solo radica en las máquinas que construimos, sino en la lógica que nace de esas máquinas.
William C. Whitney era un inversor estadounidense que en 1899 recaudó un millón de dólares para construir una red nacional de coches eléctricos en Estados Unidos. Ya había ejercido un papel importante en la electrificación de la red de tranvías de Nueva York, lo que le había supuesto una gran fuente de ingresos. Los coches parecían el siguiente paso.
Whitney imaginaba un sistema de transporte eléctrico que uniera todo el país. Los trenes eléctricos circularían de ciudad en ciudad y dentro de las ciudades imperarían los tranvías y los coches eléctricos. La idea era que los habitantes de las ciudades no tuvieran que comprarse nunca un coche: serían capaces de ir donde quisieran usando la red de transporte eléctrico. Los caballos y los carros serían sustituidos por coches eléctricos, silenciosos y limpios, concebía él. Entonces, el sistema entero se exportaría a Ciudad de México, París y demás. Whitney pensaba a lo grande. Era de ese tipo de personas: si hubiese estado vivo a día de hoy, sin duda habría dado una TED Talk grandilocuente sobre el tema.
Pero las cosas no le fueron tan bien.
Solo un año después del lanzamiento de la red de Nueva York, la empresa había perdido casi por completo la confianza de sus clientes. Las operaciones estaban muy mal gestionadas y los conductores no sabían lo que hacían. Todo dependía del sistema de cambios rápidos de batería, que eran caras, pero no cuidaban de las baterías como debían y muchas se rompían. En 1901, la empresa se vio obligada a cerrar. Sin embargo, no era la primera vez en la historia que una idea grandiosa fracasaba por una falta general de visión empresarial. Otra persona podría haber llevado el modelo más allá. En lugar de eso, murió, junto con el coche eléctrico.
Y ahora, más de un siglo después, estamos tratando de reinventar la rueda y rescatar al eléctrico. Elon Musk, sin arriesgarse, ha diseñado sus coches sin un solo jarrón de cristal incorporado y hoy en día hay más hombres que mujeres que conducen coches eléctricos. En cambio, los jóvenes se cuestionan cada vez más la necesidad de tener coche propio. No obstante, todo, desde la idea moderna de la libertad personal hasta la planificación comunitaria, está fuertemente arraigado en la lógica del coche de gasolina. La misma que condujo a Bertha Benz hasta Pforzheim.
Fue la capacidad del coche de gasolina de llevarte donde quisieras lo que ganó al final. El coche eléctrico representaba la seguridad, el silencio y la comodidad. No hay nada que sea esencialmente femenino en estos valores. Si acaso, son valores humanos. Por desgracia, lo que hemos elegido tildar de «femenino» no puede percibirse como universal y humano. Y si el coche eléctrico era «femenino», eso significaba que debía ser «inferior»: una de las nociones que quiso combatir la incipiente industria del coche eléctrico. Si su tecnología no hubiera llegado a percibirse como femenina (y por tanto, de menos importancia), ¿habría tenido éxito el coche eléctrico? Evidentemente, es imposible responder. Los problemas de batería eran innegables. Con todo, si se hubieran construido infraestructuras sociales para compensarlo, podría haber funcionado, al menos en las grandes ciudades. Pero no pudo ser.
Lo que Charles F. Kettering logró conseguir con su arranque eléctrico fue convertir el coche de gasolina en un coche universal. Se negó a ver la comodidad de arrancar el coche sin arriesgarse a sufrir una lesión como una característica que fuera solo «para las mujeres». La industria del coche eléctrico no hizo nada parecido para combatir los prejuicios ligados a ella (de haber sido posible, claro). Entonces, los coches de gasolina empezaron a ser más económicos y la gasolina también. Los intentos posteriores de revivir el coche eléctrico se toparon también con una resistencia poderosa por parte de la industria petrolera.
Dicho de otro modo: no podemos saber si el coche eléctrico de principios del siglo xx representaba un mundo que podría haber existido de verdad. En cambio, lo que sí podemos afirmar es que pocas cosas condicionan nuestro modo de pensar con tanta trascendencia como nuestras ideas sobre el género. Influyen hasta en las máquinas que decidimos construir.
Y en el futuro que somos capaces de concebir para la humanidad.
Tecnología
3
En el que llegamos a la Luna gracias a los sujetadores y las fajas
La mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, los aviones japoneses atacaron Pearl Harbor. Abram Spanel supo al instante que eso se traduciría en problemas para su negocio.1
La empresa de Spanel fabricaba productos de látex comercial. Su último éxito había sido la Living Girdle (faja viva), un ceñidor de látex que esculpía el cuerpo de las mujeres estadounidenses para que se ajustara la figura con cintura de avispa que dictaba la moda de la época. La faja te rodeaba, comprimía y te hacía más delgada, todo esto sin cortar el suministro de oxígeno al cerebro.
Hacía ya tiempo que cambiar de forma según los gustos imperantes era uno de los muchos deberes del cuerpo femenino. Pero la faja de látex no era un corsé de varillas, sino una prenda revolucionaria que no solo adelgazaba a la mujer, sino que también le permitía inclinarse y atarse los cordones de los zapatos. Su innovadora composición le ofrecía una novedosa libertad de movimientos. Incluso podía jugar al tenis con la faja, afirmaban los anuncios. Sin duda, sudaría mucho, pero se suponía que incluso esta característica del ceñidor de látex tenía sus ventajas: una mujer que sudaba era una mujer que bajaba de peso, dictaba la lógica. La faja de látex le quitaría los michelines o, como mínimo, se los recolocaría en el lugar que les correspondía: bajo las costillas.
Pero entonces los aviones japoneses dinamitaron cualquier esperanza de que Estados Unidos se mantuviera al margen de la guerra en curso. Los cadáveres fueron arrastrados por el mar hasta las costas hawaianas y solo uno de los buques de guerra de la flota del Pacífico de los Estados Unidos logró escapar intacto del ataque japonés. Spanel se dio cuenta de que, por el momento, el látex se reservaría para los neumáticos de camión y los impermeables militares, no para las fajas de las señoras. ¿Qué podía hacer?
No era una persona que se dejara llevar fácilmente por el pánico. Spanel había ganado millones de dólares con la industria de las aspiradoras cuando solo tenía veintitantos y estaba convencido de que incluso después de lo de Pearl Harbor sería capaz de encontrar la forma de seguir adelante. Pero el 8 de diciembre de 1941, las tropas japonesas atacaron lo que entonces era la Malasia británica. Entonces sí que tuvo un problema grave. Resulta que la Malasia británica era donde crecían los árboles del caucho. El domingo, Spanel había visto cómo diezmaba su mercado nacional y el lunes se había quedado sin cadena de suministro.
Para el negocio, esto resultó ser lo mejor que le podía haber ocurrido.
El árbol del caucho puede crecer hasta cuarenta metros de altura. Si se le rasga la corteza con un cuchillo, empezará a sangrar látex directamente sobre tus manos. Este líquido puede solidificarse y convertirse en cualquier cosa: desde neumáticos hasta fajas y guantes quirúrgicos.
En la selva amazónica, la naturaleza había repartido los árboles del caucho a lo largo de millones de hectáreas. Pero, en 1876, el inglés Henry Wickham se las arregló para mandar más de setenta mil semillas del árbol del caucho a Gran Bretaña y, con este gesto, cambió por completo el equilibrio del comercio internacional.
Debido a sus ideas respecto a la superioridad blanca, a Wickham le gustaba contarlo como si fuera una aventura victoriana e intrépida de contrabando de plantas. ¡Los autóctonos ni siquiera entendían lo valiosos que eran los árboles! ¡Qué listo había sido al embaucarlos!2 Pero nada de esto era cierto.
En realidad, Wickham necesitó la ayuda de los indígenas amazónicos para reunir muestras botánicas. Cada semilla medía dos centímetros de longitud, de forma que no podía meterse setenta mil semillas en el bolsillo y salir corriendo. Pero ¿por qué dejar que la verdad arruine una buena historia? En 1938, una película alemana representaba a Wickham enfrentándose en combate con una anaconda amazónica en la jungla. Todas estas historias encajaron muy bien en Inglaterra: tenían el racismo justo para el gusto inglés.
Pero su popularidad no las hizo menos ficticias.
Wickham no era un aventurero; era un imperialista británico bastante normal con un conocimiento botánico limitado. Con todo, consiguió redefinir el comercio internacional…, con el tiempo.
Los árboles, como bien sabemos, tardan en crecer.
En esa época, tanto las plantas siderúrgicas como las compañías ferroviarias y las fábricas reclamaban caucho. Los cables de telégrafo, las mangueras de riego y (no menos importantes) los neumáticos se fabricaban a partir de ese producto. En vistas de una demanda tan grande como esa, los británicos mandaron las semillas de Wickham a sus colonias en Asia por mediación de los Jardines Botánicos Reales de Kew, situados en el sureste de Londres. En Malasia descubrieron que el caucho podía extraerse durante todo el año y que los insectos locales no se ensañaban con los nuevos árboles. Las pujantes plantaciones de caucho demostraron ser capaces de producir mucho más que la selva natural de América del Sur.
Fueron necesarias unas cuantas décadas (y unas cuantas burbujas financieras del caucho) para que la producción en las plantaciones aumentara, pero, para cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, alrededor del 90 % del caucho del mundo procedía de la Malasia británica. Y esta fue la razón por la que Abram Spanel se encontró en semejante atolladero tras el ataque japonés a Pearl Harbor.
Estados Unidos incrementó enseguida su producción de caucho sintético. Spanel, a su vez, se adaptó a la economía de guerra. Su empresa detuvo la producción de fajas de látex, manteles de picnic y pañales de látex y consiguió mantenerse a flote fabricando botes salvavidas para el Cuerpo de Marines de Estados Unidos y cascos para la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Cuando volvió la paz, Spanel estaba listo para afrontar una nueva era de artículos de consumo a medida que el gasto privado en América del Norte repuntaba.
Christian Dior definió la silueta de posguerra desde el París recién liberado. Las cinturas estrechas y las faldas gráciles estaban a la orden del día y el látex de Spanel volvió a envolver el cuerpo femenino. El dinero llovía a raudales.
En 1947, su empresa, ILC, se fraccionó en cuatro divisiones. La parte que fabricaba fajas cambió de nombre y pasó a llamarse Playtex.3 Además de fajas, también empezaron a producir sujetadores, que tuvieron un gran éxito. El cambio de nombre fue acompañado de un gran esfuerzo para posicionar la marca en el mercado de las consumidoras femeninas. Playtex patrocinaba un programa de televisión de tarde para amas de casa y continuó su agresiva estrategia publicitaria en las revistas semanales. La empresa consiguió enseguida que su nombre se convirtiera en sinónimo de ropa interior femenina, de una forma similar a la que hoy en día la marca Spanx se asocia a un tipo concreto de fajas moldeadoras.
No obstante, después de la guerra, Spanel también mantuvo la división militar de la empresa. Al fin y al cabo, las cosas le habían ido muy bien y no había razón para cerrarla. Las fuerzas armadas seguían comprando grandes cantidades de equipamiento. Así, ILC invirtió en un programa de investigación que tenía por objetivo hacer evolucionar la producción de esta división. Pronto comenzaron a desarrollar cascos y vestimenta para las fuerzas aéreas y el cuerpo de marines. La ropa interior femenina diseñada para moldear el cuerpo y la munición militar pueden parecer dos cosas muy distintas para ser producidas bajo un mismo techo comercial, pero la flexibilidad era la mismísima esencia del producto. El modelo comercial se adaptó al material, por así decirlo.
Y así fue como, cuando Neil Armstrong descendió por las escaleras del módulo lunar en julio de 1969, lo hizo en un traje espacial hecho por unas costureras que tenían mucha experiencia en el extenuante arte de coser ropa interior femenina.
En el vacío absoluto no hay temperatura. Por consiguiente, en el espacio no hay temperatura. Pero sí que hay partículas individuales en el espacio que la tienen. El calor se absorbe y se emite a través de la radiación, de forma que la temperatura del astronauta depende del equilibrio entre el calor que irradia su cuerpo y el calor que irradian las lejanas estrellas.
Las temperaturas en la cara soleada de la Luna pueden llegar a los 120 °C, mientras que en la cara oculta pueden bajar hasta los -170 °C. La temperatura general del universo, en cambio, es menor a los tres grados por encima del cero absoluto (el punto en el que nada se mueve). En pocas palabras: para que un ser humano sobreviva en el espacio, tiene que llevar ropa.
La única pregunta es: ¿de qué tipo?4
Una cosa sería fabricar un traje de metal, una armadura, una construcción dura en la que el astronauta pueda orinar, defecar, respirar y sobrevivir. Pero un astronauta también tiene que ser capaz de moverse: inclinarse, torcerse, estirarse, saltar y llegar hasta la arena lunar, agarrar un tornillo que se haya caído con los dedos y volver a colocarlo en su lugar. Tiene que poder hacer todo esto y, al mismo tiempo, estar protegido de los micrometeoritos que pasan a su alrededor una velocidad de 36 000 kilómetros por hora.
Estados Unidos decidió enviar a un hombre a la Luna en 1961. Que sería un hombre se decidió ese mismo año, cuando se impuso la norma de que solo los pilotos de caza estadounidenses podían convertirse en astronautas. Y como las mujeres estadounidenses no podían ser pilotos de caza, solo quedaron los hombres. En 1963, la URSS mandó a una mujer cosmonauta, Valentina Tereshkova, al espacio. Pero (a diferencia de todo lo que hizo la Unión Soviética en materia espacial) Estados Unidos no dedicó ni medio pensamiento a esta cuestión.
Sea como fuere, un hombre estadounidense tenía que ir a la Luna y había que vestirlo con algo. Así, en 1962, la NASA pidió a ocho empresas privadas que la ayudaran a desarrollar un traje espacial. Una de estas empresas no tenía ningún tipo de experiencia con el espacio, pero sí mucha con el látex. Se trataba, claro está, de ILC, la empresa de Abram Spanel, orgulloso fabricante de ropa interior femenina de éxito bajo el nombre de la marca Playtex.
ILC presentó un traje espacial que, a diferencia de otros diseños, era muy maleable. Al fin y al cabo, era la especialidad de la empresa. El traje estaba hecho de veintiuna capas de tejido que tenían que coserse a mano. Este traje espacial tan maleable fue el que ganó. La NASA, sin embargo, tenía sus reservas y no terminaba de atreverse a dejar que una empresa de producción de ropa interior tomara las riendas de la fabricación de trajes espaciales.
Su solución fue convertir a ILC en subcontratista de Hamilton Standard, una empresa especializada en tecnología militar. La idea era que las dos empresas trabajaran juntas para desarrollar el nuevo traje espacial. Pero el choque cultural entre los confeccionadores de sujetadores de ILC y los fabricantes de cañones de Hamilton fue monumental y los trajes espaciales que resultaron de esta colaboración forzosa eran inservibles.
No obstante, Neil Armstrong seguía necesitando algo que ponerse.
En 1965, la NASA organizó otra competición. En Houston, tres trajes diferentes de tres empresas distintas fueron sometidos a veintidós pruebas separadas.5 De nuevo, los trajes maleables y cosidos a mano de ILC ganaron de calle. En el informe que se entregó al general de las fuerzas aéreas se señalaba que ninguna de las otras opciones se podían comparar siquiera con el traje de ILC. «No hay segunda opción», se afirmaba en el informe. Seguramente, se debía a incidentes como que el casco de uno de los trajes alternativos salió despedido en una de las pruebas o a que los hombros de otro eran tan anchos que el astronauta no podía volver a entrar por la escotilla del módulo lunar. Si en vez de una prueba hubiese pasado en el espacio, el pobre hombre se habría quedado tirado en la Luna para siempre… Pero, por suerte, solo estaba en Houston, Texas.
¿Quién había dicho que la ropa no importaba?
ILC había salido victorioso por segunda vez, pero aún no se atrevía a creer que se le fuera a permitir formar parte del proceso de llevar a la humanidad a la Luna y más después de lo mal que había salido su colaboración forzosa con Hamilton Standard, de forma que invirtieron todavía más en investigación.
En 1968, ILC quería demostrar a la NASA lo que había podido conseguir. En vez de mandar un informe, llevaron su nuevo traje espacial al campo de fútbol de un instituto cercano. Uno de los técnicos de ILC se colocó el traje y lo grabaron corriendo, chutando la pelota, lanzándola y pasándola. El hombre se retorcía, se estiraba, se agachaba y se tocaba los pies. El traje no era en absoluto un corsé de varillas.
Así fue como los trajes espaciales del Apolo acabaron siendo una prenda maleable, cosida a mano por costureras especializadas en ropa interior femenina. Y menos mal que fue así: antes de que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pisaran la Luna en julio de 1969, tuvieron que cambiarse de traje dentro del módulo lunar, un proceso que les llevó tres horas. Al final, uno de ellos se giró de tal forma que el tanque de oxígeno rompió un disyuntor. Por desgracia, como Aldrin señaló, era «el disyuntor esencial necesario para mandar la energía eléctrica al motor de ascenso que nos despegaría a Neil y a mí de la Luna».6
Ups.
En la Tierra, en Houston, los técnicos trabajaron toda la noche para tratar de solucionar el problema. Al final, Aldrin resolvió el asunto metiendo un bolígrafo en el disyuntor. Esto les permitió a él y a Armstrong despegar de la Luna. Con todo, es fácil imaginar cuánto daño podrían haber provocado los astronautas si hubieran tenido que moverse en una armadura rígida de metal durante todo el viaje. Pero no fue el caso.
Los trajes espaciales maleables estaban cosidos por mujeres, ya que eran quienes ejercían la mayor parte de trabajos de costura en esa época. ILC trasladó a sus mejores costureras de la producción de sujetadores y del montaje de pañales de látex a la división espacial. Por supuesto, fue necesaria cierta adaptación: por ejemplo, las costureras recibieron máquinas de coser especiales, ideadas para coser solo una puntada cada vez. Era la única manera de asegurar costuras rectas y perfectas. Al fin y al cabo, los trajes espaciales presentan un conjunto de requisitos muy distintos a los de los sujetadores, aunque ambos sirvan para mitigar los efectos de la gravedad o la falta de esta.
Las costureras también tenían prohibido usar agujas, a pesar de que cada traje espacial constaba de unas veintiuna capas y cuatro mil trozos de tela. Si clavas una aguja en un traje espacial, se crea un agujero. Y por muy pequeño que sea el agujero, podría dejar que el frío y mortal espacio se cuele dentro y te mate. Por esta misma razón, ILC instaló una máquina de rayos X que escaneaba todas y cada una de las capas de tejido en busca de alfileres y agujeros.
Sin embargo, en conjunto, los trajes no eran el problema. Tampoco las costuras, ni las máquinas. No, el principal problema a lo largo del estresante proceso de producción fue la comunicación con el cliente.
Es decir, la NASA.
Y en particular, el problema era que los ingenieros de la NASA no sabían cómo comunicarse con las costureras de ILC. Y las costureras, a su vez, no sabían cómo comunicarse con los ingenieros de la NASA. La mayor parte del tiempo, hablaban sin escucharse los unos a los otros, lo que a menudo provocó graves malentendidos. Y todo se reducía al hecho de que no hablaban el mismo idioma.
La NASA exigía dibujos técnicos, mientras que las costureras usaban patrones. La NASA exigía una documentación detallada para cada componente usado en el traje, que debía incluir su origen (lo habitual en el ámbito de la construcción de motores de aviones). Y a las costureras, con el debido respeto, eso les importaba un comino. Tenían cuatro mil pedazos de tela que unir y el conocimiento sobre cómo se comportaba dicha tela, que a menudo no podía expresarse en términos de ingeniería. No servían de nada los dibujos técnicos. Su conocimiento procedía de otro mundo, el de las telas maleables y las agujas afiladas.
Cuando ILC entregó su primer traje espacial en 1967, al principio la NASA se negó a aceptarlo, no debido a ningún defecto técnico, sino a que los requisitos de documentación del proceso de producción «no se estaban cumpliendo».7
Tras muchos problemas, ILC terminó contratando a un grupo independiente de ingenieros titulados que incorporaron al proceso. Su cometido era actuar como intermediarios entre la NASA y las costureras. Debían traducir el idioma de las agujas y el hilo al de la ingeniería y, así, contentaron a los burócratas de la NASA.
Para gran regocijo de la NASA, los recién contratados ingenieros redactaron páginas y páginas de documentos, que era justo lo que quería la NASA. Una gigantesca pila de papeles para cada uno de los trajes espaciales, rematada con montones de dibujos técnicos.
Pero las costureras no usaban estos dibujos técnicos. Una de ellas lo expresó de la siguiente manera: «Puede que en el papel todo se vea muy bien, pero lo que yo voy a coser no es ese papel».
Al fin y al cabo, las pilas de papel cumplían una función importante: tranquilizar a la NASA. Los dibujos técnicos comunicaban la habilidad de las costureras al cliente en un lenguaje que el cliente comprendía.
Y demostró ser crucial.
Hoy en día, esos trajes blancos se nos vienen a la cabeza enseguida cuando alguien menciona el aterrizaje en la Luna de 1969: una imagen de tela maleable que contrasta con el paisaje gris, lleno de cráteres, de un cuerpo celestial desconocido. Los trajes para ir a la Luna se convirtieron en los iconos de esa expedición y en la historia universal se tradujeron y clasificaron como la misma encarnación del Apolo 11.
De no haber sido por una tecnología que tenía un milenio de antigüedad, la de la aguja y el hilo, nunca habríamos llegado a la Luna. Es una tecnología que se suele asociar más a las mujeres que a los hombres. Tradicionalmente, la labor de confeccionar la ropa de la familia ha recaído en las mujeres y, por consiguiente, coser es una tecnología que no solemos percibir como una tecnología per se. Sin embargo, esto no cambia el hecho de que las naves espaciales siguen necesitando estar envueltas en capas de materiales maleables y brillantes, cosidos con precisión para lograr un aislamiento térmico en el espacio.
La NASA aún tiene costureras contratadas hoy en día. Si quieres llevar una cámara digital al espacio, por ejemplo, primero necesitarás una funda cosida con la que recubrirla y la funda tendrá que tener una forma que te permita usar la cámara y cambiar la batería sin tener que quitarte los guantes, lo que hace que una funda para una cámara no sea fácil de confeccionar. A pesar de eso, a menudo consideramos que las cosas que son blandas y maleables son menos técnicas.
Esta actitud se debe, en gran parte, a su relación con las mujeres.
La tecnología es aquello que los hombres crean a partir de metales duros para matar grandes animales, según se nos enseña. Quizá no se expresa de esta forma explícitamente, pero sin embargo es la narrativa que oímos cuando somos pequeños. Érase una vez (en la prehistoria), los humanos nos sentábamos tiritando de frío en cuevas, hasta que a uno de nuestros antepasados se le ocurrió fijar una piedra afilada en un palo y usarlo para matar a un mamut. Y así empezó una larga trayectoria de avance tecnológico.
De este modo, imaginamos que nuestro deseo de innovación está inextricablemente relacionado con nuestro deseo de matar y someter al mundo que nos rodea. Pero ¿es este discurso realmente cierto? ¿Y cuáles son sus consecuencias económicas?
La mayoría de nosotros hemos oído alguna vez que todo, desde la penicilina producida en masa hasta las máquinas de pilates, se creó por primera vez para el ejército. La lucha de las principales potencias por el dominio de los cielos condujo al desarrollo de la aviación y su carrera para llegar a la Luna nos proporcionó los cohetes, los satélites y el velcro. Sin la bomba atómica, no tendríamos energía nuclear; sin el radar, no tendríamos microondas. Los submarinos, las radios, los semiconductores, incluso internet: todo nació, de forma directa o indirecta, de las guerras mundiales del siglo xx.
En la Segunda Guerra Mundial, el propio Winston Churchill invirtió parte de su tiempo en inventar una excavadora de trincheras gigantesca conocida originalmente como White Rabbit Number Six (Conejo blanco número seis).8 No fue un gran éxito. Aun así, el hecho de que el primer ministro británico dedicara su tiempo a supervisar la construcción de semejante máquina ilustra hasta qué punto las innovaciones se consideraban cruciales en la campaña bélica.
Quien poseyera los mejores artilugios ganaría.
La realidad del campo de batalla era bastante menos tecnológica. Cuando Adolf Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, lo hizo con 3250 tanques alemanes, grandes y resistentes, sí. Pero también con 600 000 caballos.9 La Segunda Guerra Mundial no estaba tan mecanizada como se nos ha inducido a imaginar. Cuando visitamos un museo sobre la guerra, vemos filas y filas de máquinas brillantes expuestas con orgullo, pero los animales usados para acarrear la artillería hasta el frente no se muestran con el mismo protagonismo; al fin y al cabo, no es un zoo. Y así, en cierto modo, se nos engaña.
Además, muchos de los inventos ideados para ganar la guerra no contribuyeron de forma significativa a alcanzar dicho objetivo. El desarrollo de la bomba atómica costó dos mil millones de dólares.10 Con los mismos recursos, Estados Unidos podría haber comprado los suficientes aviones y bombas para causar el mismo número de muertes.11 Si el objetivo hubiese sido bombardear Japón hasta la saciedad, claro.
Esto nos conduce hasta el quid económico de la cuestión: la guerra, por su propia naturaleza, elimina mucho más valor económico del que crea a través de la innovación.12 La mayor parte de los historiadores económicos están de acuerdo en este punto.13 Y, la verdad sea dicha, es bastante evidente. Entonces, ¿por qué creemos que es necesaria la violencia y la muerte para crear algo nuevo?
Sir Henry Tizard fue el asesor científico principal del Ministerio del Aire y el Ministerio de Producción Aeronáutica de Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Como tal, jugó un papel muy importante en el desarrollo de todo tipo de artefactos, desde radares hasta motores a reacción, pasando por la energía nuclear. La conclusión de sir Tizard, tal como la comunicó en un discurso de 1948, era que, con la posible excepción de ciertas ramas específicas, la guerra no hizo avanzar la ciencia lo más mínimo. En conjunto, opinaba que en tiempo de guerra «el avance del conocimiento se ralentiza».14
Reduces el mundo a añicos, pero luego logras producir la penicilina en masa a partir de la devastación. Ni que decir tiene que la distribución en masa de la penicilina fue una bendición, pero no hay ninguna ley de la naturaleza que sostenga que el bien solo puede nacer del mal de esta forma. Que tienes que matar a seis millones de personas para conseguir crear internet: un inmenso sacrificio humano a los dioses de la tecnología, que a su vez nos recompensaron con el velcro y el radar.
El hambre agudiza el ingenio, dice el refrán, pero también ayuda si hay dinero de por medio. La guerra (o la amenaza de una) suele movilizar a los Estados para que inviertan todo lo que tienen en innovación. ¿Dónde estaríamos ahora si hubiésemos invertido tanto en hacer algo al respecto de la emergencia climática como hicimos durante la Guerra Fría? Todo indica que estaríamos un poco más cerca de la solución. Sin embargo, seguimos obstinados con la idea de que la inventiva humana necesita de cierta cantidad de sangre y muerte para entrar en acción. Esto deriva de la flagrante mala interpretación de nuestra propia historia tecnológica.
Una mala interpretación provocada por nuestra terca insistencia en excluir a las mujeres.
Si la tecnología a la que se dedican las mujeres no puede ser considerada como tal, mientras que los hombres se ven obligados a especializarse en la guerra con mayor frecuencia, entonces nuestra comprensión de la historia de la tecnología va a atribuir un peso demasiado importante a la violencia y a la muerte.
Nuestra habilidad para fabricar y usar herramientas data de hace millones de años. Incluso nuestros parientes, los chimpancés, crean herramientas. Esto ha provocado que los especialistas crean que las primeras herramientas no estaban hechas de piedra, sino de ramas, palitos y otros materiales muy perecederos. «Muy perecederos» en este contexto significa que es poco probable que sobrevivan más de 350 000 años. Esta es la razón por la que no sabemos demasiado sobre estas herramientas: han desaparecido.
Pero de ninguna manera se ha demostrado que las primeras herramientas que inventó la humanidad fueran para cazar y, por consiguiente (probablemente), las inventaran hombres. Pongamos como ejemplo el palo excavador: un palo de madera que afilamos y endurecimos mediante el fuego hasta crear puntas rígidas. Estos palos abrieron todo un mundo de posibilidades para la humanidad. Con un palo excavador, de repente podías acceder al subsuelo, donde había insectos deliciosos a los que hincarles el diente, por no mencionar el ñame, un tipo de boniato que podía crecer hasta medir casi un metro de longitud, lo que hacía que fuera casi imposible desenterrarlo solo con las manos.15
No sabemos qué llegó primero, si la lanza o el palo excavador. Lo que nos interesa es la narrativa: asumimos que la lanza debió de llegar antes. La innovación humana debió de empezar con un arma. El primer inventor debió de ser un hombre. Sin embargo, es igual de posible que los palos afilados fueran inventados por mujeres para recolectar comida y más tarde se adaptaran para cazar.
La razón por la que creemos que las mujeres inventaron el palo excavador deriva de la división de las labores en la mayor parte de las sociedades cazadoras-recolectoras. Los hombres solían cazar y las mujeres, recolectar. En esto nos diferenciamos del reino animal: solo hay que ver a cualquier leona, tigresa, leopardo, loba, osa, zorra, comadreja, marsopa u orca hembras. También había cazadoras entre los humanos: el descubrimiento reciente del esqueleto de una mujer de nueve mil años de antigüedad con herramientas de caza ha provocado una revisión de nuestras suposiciones sobre los roles de género en las tribus antiguas.16
No se sabe cómo ocurrió, pero entre los humanos llegó un momento en el que las mujeres empezaron a pasar la mayor parte de su tiempo criando a los niños y preparando la comida y la vestimenta de su familia. Esta es la razón por la que los especialistas creen que probablemente fueran las mujeres quienes inventaron tanto el mortero como el molino de mano y quienes idearon cómo recolectar, transportar y preparar la comida.
Del mismo modo, lo más probable es que fueran las mujeres, puesto que se especializaron en esto desde un punto de vista económico, quienes descubrieron que la comida podía ahumarse o conservarse con miel o sal. Cocinar es una tecnología. Comporta una gran cantidad de invenciones físicas y químicas y también provocó o contribuyó al desarrollo de otras tecnologías como la fundición, la cerámica y el teñido. Cocinar implica técnicas y procesos que no solo tienen que descubrirse, sino que hay que experimentar con ellos para convertirlos en sistemas efectivos y reproducibles. La invención de la cocina tuvo mucha más enjundia que el hecho de que a alguien, por accidente, se le cayera un cerdo en el fuego y se diera cuenta que le gustaba el olor del chisporroteo.
Entonces, ¿por qué asumimos que los garrotes y las lanzas fueron nuestras primeras herramientas? Esto nos obliga a aceptar la idea de que la fuerza motora de la invención humana está relacionada de alguna forma con el impulso de dominar el mundo que nos rodea. Cuando se excluye a las mujeres de la narrativa, la humanidad se convierte en otra cosa. Y seguimos, de esta forma, engañándonos sobre nuestra propia naturaleza. Una de las consecuencias más graves del patriarcado es que nos hace olvidarnos de quiénes somos en realidad.
Si tomáramos los aspectos de la experiencia humana que hemos clasificado como femeninos y los reconociéramos como universales, cambiaríamos la definición entera de lo que significa ser humano. El quid del problema siempre ha sido que lo humano siempre ha equivalido a lo masculino. La mujer es una especie de complemento, hecha, como sabemos, a partir de una sola costilla.
Hay múltiples ejemplos de esto en el ámbito cultural. En la obra Hamlet, de William Shakespeare, un príncipe danés blanco habla en nombre de toda la humanidad, motivado por su angustia existencial. Y, hasta cierto punto, tiene razón. El problema reside en todas las personas a quienes no se les ha otorgado el mismo derecho a ser universales y cómo esto, a su vez, limita nuestra idea de lo que significa ser humano.
La historia de alguien que da a luz, por ejemplo, no se considera igual de universal que la historia de un hombre en el campo de batalla. Al parecer, las historias sobre nacimientos no nos ilustran sobre la alegría y el dolor humanos, la violencia del cuerpo o las cosas que hacemos por las personas a las que queremos. Las historias sobre nacimientos son percibidas en la cultura moderna como «femeninas»: no se espera que conmuevan a alguien que no está dando a luz, que no ha dado a luz o que no va a dar a luz. Como si salir de una vagina y ver la luz del sol no fuera, literalmente, la experiencia más universal que puede haber.
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