Читать книгу: «A la deriva»
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A LA DERIVA
Créditos
A la deriva
V.1: abril de 2020
Título original: Longshore Drift
© Karen Gillece, 2006
© de la traducción, Claudia Casanova, 2017
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Corrección: Eduard Sepúlveda, Aitana Vega y Patricia Mata
Publicado por Ático de los Libros
C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª
08009 Barcelona
info@aticodeloslibros.com
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 978-84-18217-08-1
THEMA: FA
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Cofinanciado por el programa Europa Creativa de la Unión Europea

Contenido
Portada
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Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Cita
Parte I
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Parte II
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Agradecimientos
Sobre la autora
Sobre la traductora
A la deriva
Una de las voces literarias más originales de Irlanda
Todo pasa en un segundo, en un ajetreado mercado brasileño: un niño desaparece sin dejar rastro. La vida despreocupada de su madre, de viaje por América del Sur con su amante y su hijo, se detiene brutalmente.
Dos años más tarde, Lara regresa a su hogar en el suroeste de Irlanda. Allí trata de rehacer su vida y vuelve a entablar relación con su primer amor, Christian, pero el pasado no perdona.
El amor, la traición, la esperanza, la búsqueda de la felicidad en los lugares equivocados y la fe ciega palpitan en una narración tensa como un thriller y escrita con mucha sensibilidad.
Gillece escribe como si hubiera vivido ya varias vidas, domina los mecanismos de la mente humana, de sus dudas y sus temores. Su escritura es impresionante y segura.
«Un emocionante retrato de la desesperación de la mano de una autora de talento a la que no hay que perder la pista.»
The Irish Examiner
«A la deriva avanza con el mismo ritmo y la misma urgencia que un thriller. Estamos ante la confirmación de que Gillece es una de las voces literarias más originales de nuestro país.»
The Independent
«Gillece es una excelente autora literaria, hábil en el dibujo de intrincadas relaciones personales, especialmente las que fracasan. Se trata de un libro que no se olvida fácilmente.»
The Irish Times
«Esta historia es como una montaña rusa, no podrás dejar de leerla.»
Galway Now
Para Hannah y Paul O’Grady
«No todos los que vagan están perdidos.»
J. R. R. Tolkien,
El señor de los anillos. La comunidad del anillo
Parte I
Capítulo 1
Aveces, pensaba que lo veía. Su rostro se me aparecía por las esquinas, donde perdía el tiempo, arañaba las sandalias con el bordillo y balanceaba su cuerpecito de lado a lado mientras movía los pulgares por debajo de la banda elástica de sus pantalones cortos. Lo veía junto a las puertas abiertas de los coches, alzando los brazos para agarrarse al tapizado y trepar por él hasta sentarse en la parte trasera. Estos coches siempre eran modernos y cómodos, de diseño familiar, para las madres que llevaban a sus hijos al colegio… lo cual era una idea descabellada por sí sola, ya que los únicos vehículos en los que habíamos viajado eran una serie de furgonetas destartaladas y abolladas con arcoíris, flores o el sol y la luna pintados en uno de los laterales con una paleta de colores vivos muy variada. Eran trampas mortales psicodélicas. Lo veía correteando por la calle. Su pelo oscuro se levantaba con cada movimiento y la mochila le rebotaba en la espalda, aunque nunca había ido al colegio ni había tenido una cartera. Pero estas alucinaciones no seguían unas normas, y me había acostumbrado a lo absurdas que eran. En ocasiones, veía una mano que lo agarraba, le ayudaba a levantarse, tiraba de él hacia delante y me lo arrebataba de nuevo.
Sufría estos delirios desde hacía un tiempo, aunque no recordaba exactamente cuándo habían empezado. Quizá estuviesen ahí desde el principio. Y era consciente de que las altas dosis de marihuana que consumía no mejoraban la situación. Puede que pensara que, si venía a Irlanda, me libraría de ellas, que sería como sacudir un paraguas para deshacerse de las gotas de lluvia. Pero aquel día, en el tren procedente de Dublín, cuando el sueño empezaba a apoderarse de mí y mi aliento empañaba el cristal de la ventana contra la que me había apoyado, soñé que oía el delicado batir de las olas contra la orilla y que lo veía de pie sobre un banco. Tenía el cabello despeinado, la piel de la parte superior del brazo erizada y una postura orgullosa y feroz. La barriga le sobresalía hacia delante, al igual que la barbilla, y mantenía la vista fija en el mar, cuyas olas bañaban la orilla a un ritmo constante. Hacía mucho tiempo que tenía el mismo sueño, así que, de algún modo, estaba preparada. Ya había ensayado mi papel de espectadora y soñadora; seguía sus lentos pero decididos movimientos y sus pies descalzos, que caminaban con dificultad sobre la arena suave mientras pensaba que los fragmentos de conchas se le debían de clavar en sus delicadas plantas. Nunca hablaba con él ni lo tocaba en esos sueños. Mantenía las manos inmóviles y pegadas a ambos costados del cuerpo al tiempo que caminaba hacia la orilla, como si el mar lo llamara. Al verlo, recordaba sus primeros pasos, la manera en que levantaba las manos a ambos lados del pecho, con los codos flexionados mientras avanzaba balanceándose, preparado para aterrizar en el suelo. Noté la misma sensación en el pecho que entonces, la ligera expectación que se apodera de ti antes de una caída.
Quizá era porque ya lo había soñado antes, o puede que fuese debido a la repentina sacudida del tren cuando se detuvo, pero logré despertarme justo antes de que el agua le salpicara las espinillas y me libré de aquel golpe a traición directo al corazón. A través de la confusión difusa propia del final de un sueño, una voz anunció el nombre de la estación y me percaté de que había llegado. Efectivamente, ya me esperaban en el andén; uno con una sonrisa atenta y ansiosa, y, el otro, el más joven, con una mirada solemne y lúgubre. Me sentí presionada, débil y un poco mareada mientras recogía mis pertenencias. Poco después, bajé al andén y Sorcha estaba delante de mí.
—Lara —dijo.
Me observaba de una forma particular. Sus ojos eran un reflejo de su alma y en ellos veía mi vida entera y lo que ella pensaba al respecto, la imprudencia de mis viajes, la despreocupación de mis relaciones, mi caprichosa existencia y el hecho de que para ella no era ninguna sorpresa que hubiese regresado como lo había hecho. Pero también vi comprensión en ellos y, cuando me abrazó, me sorprendí al notar que se me acumulaban lágrimas en la base de la garganta. Tragué saliva para desterrarlas a las profundidades de mi estómago. Cuando Sorcha me soltó y dio un paso atrás, vi un brillo en sus ojos mientras me escudriñaba. A pesar de mi férrea voluntad, percibí un antiguo sentimiento de ira mientras me observaba con una mirada triste y melancólica.
—Vamos —dijo con dulzura—. Tengo el coche fuera.
El coche era un viejo Mercedes grande de un tono verde oliva con tapicería de cuero color crema. Era una auténtica joya vintage desvencijada. No le pegaba a Sorcha en absoluto. Al aferrarse al volante, se la veía enana en comparación con la máquina. Estaba sentada en el borde del asiento con la espalda completamente recta y tenía la vista fija en la carretera. Parecía inquietantemente desorientada en un mar de cuero mientras perforaba el ambiente con sus preguntas. Los árboles proyectaban sombras sobre el parabrisas al tiempo que avanzábamos a toda velocidad en dirección al campo y su alegre voz inundaba el espacio que había entre nosotras. Estaba llena de impaciencia y optimismo aunque respaldada por una voz temblorosa que reflejaba sus nervios, que la salpicaban como las gotas de lluvia al caer sobre un tejado.
—¿Qué tal ha ido el viaje? ¿Estás muy cansada? —preguntó alegremente.
—Bien. Ya sabes cómo es, con todas esas escalas. He pasado mucho tiempo en salas de espera.
Avril estaba sentada en la parte trasera del coche sin decir palabra, sumida en sus depresivos pensamientos de adolescente. El tono cantarín de Sorcha me ponía de los nervios. Ya estaba bastante inquieta tras el largo vuelo, y eso por no mencionar las cinco o seis copas de vodka que me habían ayudado a soportar el largo trayecto desde Brasil.
—¿Has dormido en el avión?
—No. Aunque sí he dormido un poco en el tren.
—Bueno, ya es algo. Te llevará un tiempo acostumbrarte —señaló con una ligera vehemencia.
Había ovejas desperdigadas en lo alto de las colinas y las observaba mientras me empapaba de los colores del paisaje del condado de Kerry: la neblina violácea que creaban los árboles en el horizonte y el verde exuberante del césped, incluso a finales de verano. Pensé en el paisaje que había dejado atrás: en las áridas y polvorientas llanuras moteadas de rocas escarpadas y en los cactus que apuntaban hacia el cielo como si fueran dedos espinosos. Me notaba más lúcida ahora que en el tren. De repente, estaba despierta y más alerta de lo que me había sentido en meses. Quizá era por el hecho de haber vuelto, o tal vez fuera porque había escapado de América del Sur y abandonado su búsqueda, pero parecía que tenía los ojos más abiertos, como si estuvieran absorbiendo más cosas. Las vistas, los sonidos y los olores dejaban su huella a través de mis sentidos: el graznido de las gaviotas, el olor ahumado y salado del pasto quemado, pueblos pintados con los colores del arcoíris… Una emoción repentina se apoderó de mí y, cuando empecé a hablar, un torrente de palabras invadió el coche.
—No te imaginas los controles de seguridad que había en los aeropuertos, Sorcha. Y el de Nueva York no fue el peor de todos. En Río me obligaron a coger las maletas y vaciarlas por completo, y ya habéis visto todo lo que traigo. En los demás aeropuertos, revisan el equipaje con una máquina de rayos X o algo así. Pero en Río revisan todo a mano. Y cuando digo «todo», me refiero a todo. Artículos de higiene personal, ropa interior, todo. Un hombre con guantes de látex examinó todas mis pertenencias. Te aseguro que no te gustaría tener que ponerte nerviosa sobre algo que has guardado en la maleta…
Continué explicando más cosas sobre el tema en un esfuerzo por parecer alegre, hasta que oí los nervios que se reflejaban en mi voz. Entonces, vi como Sorcha me observaba discretamente y la consternación que emanaba su mirada. Esa sensación de entusiasmo era nueva para mí. Supongo que se debía a que estaba cerca de casa y a la creciente sensación de que me dirigía hacia una vida diferente, lo cual suponía un descanso del ciclo de días y noches oscuros. Tener tantas posibilidades a mi alcance me aturdía. Pero sabía que debía controlar mi entusiasmo y mis caprichosas emociones.
—Verás cuando lleguemos al pueblo, Lara. Estoy segura de que ni lo reconocerás.
Sorcha se aferraba al volante. La alianza brillaba bajo la luz del sol y me percaté de que sus manos habían envejecido: eran ásperas y la piel que le cubría los nudillos estaba tirante. No paraba de mirarme de reojo. Trataba de asimilar que su prima, a la que no había visto desde hacía más de quince años, había vuelto. Una ligera decepción se apoderó de su rostro. Era evidente que Sorcha esperaba que compartiese mi dolor en mayor medida. Al ver su expresión mientras me esperaba en el andén me había quedado claro que estaba preparada para recibir a una mujer que seguía rota de dolor, desesperada y sumida en la tristeza y el llanto. Y sí, desde luego que pasé una temporada así, pero había aprendido que vivir en esas condiciones te dejaba sin energía y te consumía el alma. Tarde o temprano debes tomar una decisión: sucumbir a la tristeza eterna o recomponerte, armarte de valor y tratar de cambiar la situación. Y, de acuerdo, algunos días ser valiente era más difícil que otros, pero hacía dos años desde que lo había perdido y, en ese tiempo, había aprendido unos cuantos trucos.
Sorcha no era mi persona preferida del mundo, y puede que aquella tarde no fuese justa con ella, dada la historia que había entre nosotras. Pero algunas heridas se infectan. Supongo que todavía me molestaba el modo en que había utilizado su útero para sabotear nuestros planes, los míos y los de él, hacía muchos años. Mientras miraba por el rabillo del ojo a mi prima, que era el familiar vivo más cercano que tenía, observé cuánto había cambiado, de la manera en que lo hacen las mujeres. Solo era dos años mayor que yo, así que tenía treinta y seis. Había ganado un poco de peso, lo cual es inevitable después de tener hijos, pero, aun así, me sorprendió. Aún tenía los ojos del azul más claro que jamás había visto, eran grandes y estaban rodeados por unas pestañas largas cubiertas de una máscara de pestañas pegajosa que le dotaba de una expresión de asombro. Me pregunté si se habría maquillado por mí. Sus rizos rubios se habían convertido en bucles pequeños e hirsutos a lo largo de los años, como si la tensión en su cuerpo hubiese afectado a su cabello. Tuve que aguantarme las ganas de inclinarme hacia ella y estirárselos. Pero sus delicadas facciones, como las de una muñeca, eran lo que más había cambiado. Tenía una expresión seria y cansada en el rostro a pesar de su buen humor resuelto. La repentina sensación de calidez que sentí por ella me sorprendió y el paso del tiempo restó importancia a todos aquellos duros recuerdos. Me planteé un nuevo propósito: dejar que el pasado quedara en el pasado. Casi oí el sonido que hacía el papel al pasar página en mi interior.
—Me alegro de verte —dije de repente.
—Yo también me alegro de verte, Lara —contestó al cabo de unos segundos a causa de su sorpresa inicial—. Estábamos preocupados por ti. Después de todo lo que ha pasado… Me alegro de que hayas vuelto a casa.
«Casa». La palabra resonó en el silencio mientras pasábamos por Killorglan y Glenbeigh. La carretera serpenteaba a través de un valle antes de emerger y revelar la vasta extensión del mar. La luz brillaba sobre la superficie del agua, una gran masa de agua que llegaba desde el Atlántico abrigada por dos penínsulas que adquiría un color azul oscuro cuando el sol vespertino lo bañaba con su esplendor. Había olvidado lo hermoso que era y, de repente, me sentí emocionada mientras observaba por la ventanilla, me mordía una uña y el sol me calentaba la mejilla. La calidez de las posibilidades que se extendían delante de mí me invadió de nuevo, como si estuviese a punto de empezar otra vez, como si ya hubiera pasado lo peor.
—¿Crees que ha cambiado mucho? —preguntó Sorcha.
—No lo sé. Las colinas parecen más pequeñas.
—¡Comparadas con los Andes, seguro que sí!
Su cálida y melódica risa inundó el coche.
—Supongo.
—Espero que tengas fotos. Todos nos morimos de ganas de ver las fotografías de tus viajes, ¿verdad, Avril? —Su hija permaneció en silencio en el asiento de atrás, con el ceño fruncido mientras miraba por la ventanilla—. ¡Seguro que has hecho cientos de fotos! —insistió Sorcha.
—Vale.
No iba a contarle que había tirado todas las fotografías desde lo más alto del Pan de Azúcar, en Río de Janeiro, y que observé cómo las arrastraba el viento por la amplia bahía antes de esparcirlas como si fueran confeti. Fue un acto tan dramático que atrajo público. Me deshice de quince años, los arrojé al viento con un simple movimiento. Fue un impulso que después identifiqué como dramático e indulgente. Recordé que me di la vuelta antes de que cayeran del todo, ya que no quería saber dónde habían aterrizado. Tenía miedo de arrepentirme e ir a buscarlas en el último momento. En su lugar, me marché y me dirigí al teleférico de nuevo con una sensación de entumecimiento que se extendió por todo mi cuerpo.
—Bueno, hemos preparado la casa para tu llegada, ¿verdad, Avril?
La observé por el retrovisor. Era una criatura enfadada con un mohín en el rostro. Tenía los ojos pintados con delineador negro, tan lúgubres como su humor. Avril. La pequeña semilla que plantaron y arraigó antes de que me marchara. Una semilla secreta e infame. Por aquel entonces, solo era una pequeña preocupación que se escondía tras la sonrisa de Sorcha. Pero de eso hacía mucho tiempo. El parecido con su padre se hacía especialmente evidente al contemplar su rostro menudo y delicado. Tenía la misma expresión que él, con los labios y el ceño fruncido, y el mismo tono de piel oscuro. Pensé que era un alivio que no hubiese venido con ellas a buscarme, que Sorcha y Avril hubieran ido solas. No estaba segura de cómo reaccionaría ante él, al ver sus ojos y oír su dulce voz. Avril tenía quince años y era un recordatorio físico y perturbador del tiempo que hacía desde que me había ido. Me costaba mucho dejar de observarla.
—¿Todavía se llama Yankee House? —pregunté, y me giré para ofrecerle una sonrisa alentadora. Avril me devolvió una mirada seria.
—Sí —contestó con brusquedad.
Era evidente que se había enfadado conmigo por haberla obligado a pronunciar aquella sílaba y su rostro adquirió una expresión hostil. No iba a ganármela fácilmente y yo tampoco tenía la intención de ser su amiga, así que me di la vuelta y esperé hasta que alcancé a verla. Yankee House, una casita de campo de madera de color gris azulado con un porche que la rodeaba. No se parecía a las granjas tradicionales, que contaban con ventanas pequeñas y tejados inclinados, ni a los nuevos bungalós que se habían construido, con amplias ventanas y aleros exagerados, sino que recordaba a las casas de verano tradicionales de la costa este de Estados Unidos, con una puerta de malla y maceteros de arcilla con geranios marchitos en el porche y con clemátides viejas trepando por la celosía.
La había visto en mis recuerdos en varias ocasiones a lo largo de los años y recuperaba el recuerdo cuando necesitaba un poco de consuelo. Cuando el coche se detuvo en la entrada principal, cubierta de césped, tuve la sensación de que algo despertaba en mi interior, como si un recuerdo me asaltase. Durante unos segundos, casi esperé ver a mi madre salir al porche cubriéndose los ojos con la mano. Tras la casa, las olas del mar bailaban a un ritmo perezoso y se extendían por la arena húmeda. Los sonidos del mar se oían desde la distancia.
Sorcha trataba de abrir la cerradura mientras decía que más valía maña que fuerza. Sentí una extraña expectación en mi interior, algo similar al entusiasmo; un optimismo por estar en casa de nuevo. Pero después de que la puerta se abriera de golpe y las tres entráramos con mi equipaje, la emoción disminuyó. Me quedé quieta en medio del salón de mi madre y me percaté de lo poco que había cambiado. Tenía exactamente el mismo aspecto que cuando me marché: los mismos muebles, las fotografías enmarcadas de nuestros antepasados colgadas de las paredes, la puerta que llevaba del salón a la cocina, las habitaciones, el baño… Pero, por alguna razón, parecía más pequeño. En aquel momento, pensé que podía ver la casa con otros ojos, como Avril la estaría observando, a través de su mirada joven llena de desaprobación. La edad de la casa se hacía evidente en las esquinas y unos dedos del pasado rascaban la pintura de la madera. Las paredes, cubiertas de grietas y desconchadas, encerraban el eco de las voces de otras personas. Los muebles eran oscuros y austeros, y estaban deformes debido al paso de los años. Los cuerpos de otras personas les daban forma.
Sorcha, que no se había percatado de mi cambio de humor, se apresuró hasta la habitación para dejar las bolsas en una muestra de fuerza y rapidez combinada. Volvió unos minutos después y me dedicó su mejor sonrisa optimista.
—He dejado tus cosas allí —dijo con alegría—. También tienes la cama hecha.
—Gracias —contesté. No sabía muy bien cómo me sentía con respecto a lo de dormir en la cama en la que había fallecido mi madre, a pesar de que ya habían pasado dos años—. Te estás portando muy bien conmigo.
—Tonterías.
Eché un vistazo a mi alrededor y me sorprendió ver la huella de Sorcha allí donde mirara. Estaba presente en los suelos barridos y los muebles brillantes, en las cortinas festoneadas y las sábanas perfectamente planchadas. Cuando pasé por las habitaciones como si fuera una sombra, me quedó claro que Sorcha había estado en la casa los últimos quince años. Había ordenado todo, limpiado todas las superficies y fregado el suelo. Su presencia era evidente hasta en el trapo bien doblado que reposaba sobre el grifo del fregadero. Estaba en todas partes, y yo, en ninguna.
Un cansancio repentino se apoderó de mí y oí la voz que habitaba en mi cabeza. «Aguanta, Lara. Poco a poco». Y recordé por qué estaba allí, por qué había regresado a aquel lugar. El pensamiento me tranquilizó.
—¿Qué te parece si preparo un poco de té para todas? —sugirió Sorcha.
La oía tararear mientras trajinaba en la cocina. Metí la mano en mi bolso, encontré los cigarros y rocé con la mano la bolsa hermética que contenía un paquete de papel de fumar y unos cuantos gramos de marihuana que había comprado en un pub cerca de la estación de tren de Heuston. Me recordé a mí misma que solo era para casos de emergencia. Todavía sentía cierta esperanza en mi interior, tenía la creencia de que podía aguantar sin ella. Además, no estaba segura de que a Sorcha le entusiasmara la idea de verme drogada.
Abrí el paquete de cigarros y me detuve cuando saqué uno y noté que Avril me observaba.
—¿Quieres uno? —pregunté, y le ofrecí el paquete.
Dirigió la vista de inmediato hacia la puerta de la cocina, de donde emanaba una multitud de ruidos, y negó con la cabeza rápidamente. Se sentó delante de mí y me miró atentamente con sus grandes ojos marrones. Entonces, me di cuenta de que tenía motas de color ámbar en el iris, como su padre. La luz que había en sus ojos cambió. Ahora reflejaban un ápice de respeto. Encendí el cigarrillo, me llené los pulmones de humo y estiré el brazo para acercar el cenicero con forma de vieira que había en la mesa. Avril habría aceptado el cigarrillo si su madre no hubiese estado en la casa. Le dediqué una sonrisa, aunque me sentí un poco culpable por tentarla.
Sorcha salió de la cocina con una bandeja.
—Aquí tienes —dijo casi sin aliento. Colocó la bandeja sobre la mesita y le dio unos golpecitos a Avril en la pierna para que le dejara sitio en el sofá—. Te sentará bien.
Observé el chorrito de té que vertió en las tazas y el modo en que doblaba el meñique cuando servía la leche. Tenía un aire elegante que me hacía sentir ordinaria y desgarbada, con mis uñas mordidas y despeinada.
—Ah, esto es para ti —añadió, y señaló hacia un pequeño montón de cartas apiladas detrás de la tetera—. Son algunas cartas dirigidas a ti que han llegado hace poco a nuestra casa. Tendrás que ir a la oficina de correos para decirles que puedes volver a recibir correspondencia aquí.
Acepté la taza que me ofreció e hice un esfuerzo por sentarme recta, tratando de imitar su postura. Me coloqué el pelo detrás de las orejas, me alisé la falda y la estiré para que me cubriera las rodillas. Entre nosotras había un desequilibro del que era plenamente consciente: ella, bien vestida y almidonada; y yo, cansada y desaliñada. Pero, más allá de eso, había una deuda pendiente. Lo notaba en la casa, tan bien cuidada; aquel lugar era un recordatorio tácito de todo lo que había pasado; en especial, del hecho de que había cuidado a mi madre, Lillian.
—Estas tazas… —dijo Sorcha mientras las observaba con cierto respeto—… eran las preferidas de Lillian.
Las tazas eran pequeñas, delicadas y tenían un asa curvada demasiado pequeña en la que solo cabía el dedo de un niño pequeño, y una gran rosa de té grabada en la superficie de la porcelana, con sus hojas y su tallo espinoso. Levanté la vista de mi taza y me di cuenta de que a Sorcha le empezaba a temblar la boca y la barbilla, aunque se recompuso rápidamente.
—Fue muy tranquilo —dijo en voz baja. Sus susurros inundaron la estancia—. Al final, se fue en paz.
Durante unos segundos, no supe muy bien cómo contestar, porque no dejaba de pensar en el significado de «al final», en los episodios de dolor implícitos que tuvieron lugar antes de morir.
—Siento mucho no haber estado aquí —comenté con sinceridad—. Ojalá pudiera haber estado con ella.
—Lillian decía que no quería obligarte a venir. «No molestéis a Lara», nos advertía. Odiaba pensar que te obligaba a venir, cuando todavía estabas buscando a…
Dejó la frase inacabada y, durante unos segundos, las tres nos quedamos sentadas sin decir nada. Avril tenía la vista fija en su taza. Percibía su incomodidad.
En mitad del silencio, algo cambió en el ambiente y creció una tensión nueva. Sorcha estaba armándose de valor para hacer algo; lo supe porque tenía la mandíbula tensa. Me observó con una mirada vacilante y dubitativa, e inmediatamente supe lo que iba a decirme.
—Lara, siento mucho lo de tu hijo.
Las palabras se quedaron flotando en el aire, pesadas y sinceras. No se oía nada, salvo el latido constante de la marea. Avril levantó la mirada y fijó la vista en mi rostro.
—Es algo horrible… como madre, me imagino por lo que has pasado y lo duro que habrá sido.
Aquellas palabras parecieron amenazar toda la fuerza y la claridad con las que me había armado. La esperanza a la que me había aferrado parecía haberse evaporado. Y con ella, mi propósito de no utilizar el contenido de la bolsa hermética que tenía en el bolso. No podía fingir que no estaba pensando en el momento en que oliese el aroma del aire calcinado alrededor del extremo irregular de un porro encendido.
—Lo siento muchísimo —susurró Sorcha.
Todo el mundo decía siempre que lo sentía. La gente no sabía qué otras palabras ofrecer después de que alguien hubiese vivido un acontecimiento trágico. Sobre todo cuando eras víctima del robo de tu hijo. Pero «lo siento» se quedaba corto. ¿Y qué sentían exactamente? Ellos no me lo habían arrebatado. No habían sido ellos quienes se habían despistado, cautivados por los ojos de otra persona, mientras él desaparecía entre la multitud. Llevaba dos años escuchando a gente decirme que lo sentía.
—Debió de ser horrible para ti… —repitió, y después añadió con vacilación y astucia—:… y para tu marido.
—No es mi marido —contesté lacónicamente de inmediato. De acuerdo, lo admito, fue más bien a la defensiva—. Nunca nos casamos.
—Sí, claro. Ya lo sabía —respondió a modo de disculpa, y negó con la cabeza por haberse equivocado—. ¿Cómo se llamaba?
—Alejo —susurré tan suavemente que mi voz pareció una caricia.
—Alejo —repitió, y asintió con la cabeza al recordar el nombre—. Tu madre nos contaba cosas sobre él, decía que hablabas mucho de él en las cartas que le enviabas. Creo que le gustaba. Le gustaba cómo sonaba. «Será bueno para ella», comentó una vez. Es una lástima que nunca llegara a conocerlo. Ni a tu hijo. Ignatius, ¿no? —preguntó, pronunciando el nombre con cautela—. Se llamaba así, ¿no?
—Ignacio —la corregí, y después añadí agresivamente—: Se llama así. No está muerto.
Justo en ese momento, se me quebró la voz y tuve que contener el repentino llanto que me ascendía por la garganta. Me quedé muy quieta y me concentré en la bandeja que había entre nosotras y en el montón de cartas que asomaban tras la tetera.
—Es un nombre bastante inusual —comentó Sorcha en voz baja y con un tono compasivo al cabo de unos minutos. No pretendía ofenderme. Solo intentaba ayudar. Me acordé de lo bien que nos llevábamos antes—. Hoy en día ya no se oyen esos nombres bíblicos.
Fue idea de Alejo. Quería llamar a nuestro hijo como su padre.
«¿Por qué no?», dije por aquel entonces. «Es mejor que llamarlo como el mío».
—Nunca lo llamábamos así —expliqué con la voz calmada—. Nacio. Así lo llamábamos.
—Nacio —repitió Sorcha, como si estuviera probando el sonido de aquellas sílabas.
En momentos como aquel, sentía que algo se retorcía en mi interior; el pesar que se había apostado dentro de mí. Vivía en algún lugar de mi cuerpo, tras las costillas y debajo del corazón. En estas situaciones, notaba como se expandía y se estiraba como un gato, y se me revolvían las entrañas.
Ninguna de las tres dijo nada durante unos minutos y, entonces, sacudí la cabeza bruscamente.
—Perdón —dije, y me obligué a sonreír. Hice un enorme esfuerzo por animarme—. Todavía me cuesta hablar de él.
—Es normal.
—Y he tenido un día muy largo. Se me hace raro estar aquí otra vez.
Traté de reírme brevemente para deshacernos de la tensión que reinaba en el ambiente y Sorcha sonrió con amabilidad.
—Debes de estar agotada. Será mejor que te dejemos descansar.
Se puso en pie y se alisó la falda con un suave movimiento. Observé como sus tacones repiqueteaban contra el suelo y el dobladillo de la falda se le levantaba mientras se dirigía hacia la puerta principal con Avril. A pesar de su compasión y de su preocupación sincera por mí, sabía que no quería que Sorcha se quedase conmigo en la casa, con su corte de pelo perfecto, su vida respetuosa e impoluta, mientras sentía lástima por mí y me juzgaba en silencio. Parecía muy capaz y responsable, y sabía que nunca habría permitido que le ocurriera a uno de sus hijos algo así. Solo el hecho de pensar en ello me hacía sentir culpable y avergonzada de nuevo. Cerraron la puerta al salir y, entonces, el ruido cesó por completo.
La casa se sumió en el más absoluto silencio y noté que todos mis antepasados me observaban con detenimiento desde los marcos. Sentía sus miradas frías y acusatorias. Estaban por todas partes; me juzgaban desde la repisa de la chimenea y me escudriñaban desde las viejas paredes de la casa. Me incliné hacia delante y agarré el bolso, decidida a preparar un remedio que me rescatara de mis emociones. La casa era muy antigua. Crujía y se quejaba con cada uno de mis movimientos y con la ráfaga de los vientos procedentes del Atlántico, que golpeaban los costados y el techo de la vivienda. Las puertas se cerraban con delicadeza, las habitaciones susurraban por los rincones y el rumor de los recuerdos se deslizaba por las paredes.
Encendí el porro, me recosté sobre los cojines y, durante diez maravillosos minutos, me sumí en el olvido. Y durante ese tiempo, dejé de pensar en la casa en la que estaba y no reflexioné sobre si había sido una buena idea regresar al hogar de mi infancia. Olvidé al hombre de ojos ambarinos que vivía en el otro extremo de la playa y toda la historia que había entre nosotros. Y, lo más importante de todo, no pensé en el inmenso océano que se veía desde la ventana y que me separaba de mi hijo. Pasé diez felices minutos con la mente en blanco. La luz entraba por la ventana que había detrás de mí e iluminaba la mesa de café cubierta de tazas a medio beber. Sobre la superficie del té frío estaba formándose una capa turbia. El montón de cartas seguía allí y, desde la distancia, vislumbré una postal colorida que me resultaba familiar. El corazón casi se me sale del pecho cuando la cogí de la pila y le di la vuelta. La postal estaba en blanco: no estaba firmada ni tenía nada escrito, excepto mi nombre, la dirección y el matasellos. Pero no necesitaba ver su firma para saber que era de él. Había vuelto a la carretera y estaba haciendo la misma ruta que habíamos recorrido juntos numerosas veces.
La postal era de Cuzco, un pueblo pequeño de Perú, en el corazón de los Andes. Lo llamaban «el ombligo del mundo». Eché un vistazo a las fotografías cuadradas de sus calles: puertas de madera pintadas con colores vivos; una mujer mestiza con bombín, una falda colorida y ancha, y el pelo largo y negro recogido en dos trenzas; la tosca catedral iluminada por la noche; una gran masa de nieve que cubría las cimas de los Andes, tan majestuosos y benévolos. Recorrí la postal con los dedos e imaginé que estaba allí, de vuelta en el lugar en el que nos habíamos conocido hacía tantos años…
Estaba sentada con las piernas cruzadas en una esquina de la Plaza de Armas, a la sombra del Balcón de Cuzco. Delante de mí, había una caja abierta con bisutería de cuero hecha a mano y con cuentas de colores. Solo atraía algunas miradas curiosas y vendí cuatro cosas a unas chicas suecas. Seguía un poco mareada y tenía náuseas de vez en cuando. Mi cuerpo aún no se había acostumbrado a la falta de oxígeno y la altitud. Desde mi posición estratégica en el lateral de la plaza, observaba los majestuosos edificios coloniales; parecían muy sólidos en comparación con las barriadas por las que había pasado desde Lima. El sol brillaba con fuerza aquel día, y la luz iluminaba el agua que brotaba de la fuente y aportaba un aspecto limpio a los adoquines. Más allá de la ciudad, se erigían los Andes, tan imponentes y cercanos que parecían un brazo protector que rodeaba Cuzco.
Había llegado el día anterior y, por fin, me había quitado de encima a Stan, el hombre con el que me había enrollado en Caracas. Era un exmarine de Estados Unidos y tenía una ristra de carreras empezadas a sus espaldas. Durante dos años, había sido aprendiz de soplador de vidrio en Texas; había estado a punto de obtener la licencia de piloto de avionetas; había intentado meterse en los negocios de internet cuando estaban en alza, pero le habían aconsejado mal y había invertido en la empresa equivocada. Era lo que mi madre habría llamado un perdedor. Cuando lo conocí en Venezuela, tenía una bolsa entera llena de cannabis y una cámara Instamatic. Compartió su botín conmigo y satisfizo sus ansias de fotografiar. No me importaba posar cuando estaba colocada y me convencía a mí misma diciendo que era lo mismo que hacer topless en la playa.
Pero, al cabo de un tiempo, empezó a aburrirme y a serme indiferente. Sentía que las sesiones fotográficas me arrancaban pedazos del alma, y había algo en el peso de sus inquietantes silencios que me hizo sospechar de Stan, así que, cuando llegué a Cuzco, tras escabullirme de Lima en mitad de la noche, me sentía demasiado cansada y sucia como para seguir adelante.
Alejo no me dijo hasta mucho más tarde que me había observado durante todo aquel día, sentado al otro lado de la calle en el puesto que tenía delante de la fuente, en la plaza. Estaba demasiado cansada como para fijarme en alguien, abrumada por el intenso aroma de la comida y la humareda, e impresionada por el ruido y el ajetreo del lugar, con bocinazos cargados de ira, las exclamaciones de los vendedores ambulantes y las estruendosas pisadas de las hordas de personas que pasaban por Cuzco antes de adentrarse en el Valle Sagrado y tomar el Camino Inca. Y, además, estaba nerviosa. Temía descubrir que Stan me había seguido al percatarse de que los doscientos dólares que guardaba en el fondo de su petate habían desaparecido. Pero no lo vi en ningún momento. Cuando el sol comenzó a esconderse tras las montañas, Alejo dejó su puesto y se acercó a mí. Levanté la vista y posé los ojos en los suyos, pequeños y oscuros, y en su amplia sonrisa fanfarrona de dientes cuadrados, tan blancos que hacían que su boca pareciera demasiado grande en comparación con su cara. Tenía las manos en los bolsillos y llevaba el pelo, negro y largo, colocado detrás de las orejas. Por debajo de la gorra de béisbol, asomaba la sombra de un flequillo y mascaba hojas de coca lentamente.
—¿De dónde eres? —preguntó con un movimiento rápido de cabeza. Leí el mensaje de su camiseta: «Intégrate o pírate».
—De Irlanda —contesté.
—Ah, Irlanda. —Parecía que su sonrisa se había ensanchado y su buen humor le iluminó la cara cuando echó un vistazo a mi puestecito de bisutería—. Los irlandeses sois gente con mucho talento y muy creativa. —Asintió con la cabeza—. Artistas, escritores y músicos.
Por un instante, me pregunté si estaba haciéndose el gracioso y riéndose del penoso puesto de bisutería que tenía delante de mí. Ni siquiera era mío. Lo había robado de debajo de la litera de una chica colombiana en un hostal en Miraflores, desesperada por encontrar algo que pudiese empeñar. No soportaba la idea de tener que llamar de nuevo a cobro revertido a mi madre, a Irlanda, para pedirle que me enviara más dinero. Y allí estaba, ofreciéndole una sonrisa bañada por la luz del atardecer, agradecida por su cumplido. Si quería pensar que era una persona creativa, adelante, aunque el único talento que tenía era el don de enrollarme con hombres malos y meterme en líos.
—Bienvenida a Cuzco, irlandesa —añadió con una sonrisa pícara. Observé cómo regresaba a su puesto de productos de cuero, con cinturones, bolsos y pulseras hechas a mano por él.
El corazón me latía a un ritmo frenético. Pensé que era amor, aunque lo cierto es que podría haber sido simplemente a causa de la altitud. No obstante, era propensa a enamorarme a primera vista, y había algo en su forma de caminar despreocupada, con los hombros relajados y las manos metidas en los bolsillos con cierta indiferencia, que lo hacía parecer alguien tan completo, satisfecho y en paz con el mundo que daba la sensación de que nada malo podía pasarle. Deseaba un poco de lo que él tenía: seguridad en sí mismo, naturalidad y serenidad. Pero, sobre todo, lo que de verdad quería desde la primera vez que lo vi era reposar mi cuerpo agotado sobre el suyo.
Observé la postal y entrecerré los ojos para leer la fecha. Le di vueltas una y otra vez, mientras hacía cálculos en silencio. Se me aceleró el pulso al pensar que había vuelto al lugar donde nos conocimos. Sostuve la tarjeta entre las manos y saboreé las imágenes capturadas en la postal. A pesar de todo el tiempo que había pasado, sentí su molesta presencia de nuevo.
Capítulo 2
El coche se balanceó ligeramente a causa del portazo durante unos segundos. Después, se hizo el silencio, y Christy y Sorcha observaron cómo su hija subía la empinada cuesta asfaltada que llevaba a la casa. A mitad de camino, se recolocó la mochila que llevaba colgando del hombro y se apartó el mechón de pelo marrón que parecía cubrirle el rostro continuamente. En silencio, Christy se maravilló de la habilidad de Avril para transmitir completo aburrimiento mediante el lenguaje corporal.
—Bueno, al menos ya hemos conseguido librarnos de uno de ellos —dijo Christy, y se rio momentáneamente mientras daba marcha atrás con el coche. Entonces, recordó que su hijo seguía en el asiento trasero y lo miró a través del espejo retrovisor—. No te ofendas, Jimbo.
El niño no levantó la vista de su Game Boy.
—¿Qué tal vamos de tiempo? —preguntó Sorcha al tiempo que bajaba el parasol y observaba a Avril desde la distancia.
—Mal. Llegamos tarde, como siempre —anunció.
Aquella noche estaba contento, sorprendentemente animado, y tenía el cuerpo alerta para recibir el torrente de adrenalina que le recorría las venas.
Nos alejamos del bordillo. Christy se apoyó en el claxon y miró a Avril. La chica no respondió y se metió en la casa sin mirar atrás ni una sola vez.
Mientras conducía, era consciente de que Sorcha no paraba de tocarse el rizo que le caía sobre la frente, como si apartárselo continuamente garantizara que no le volvería a caer sobre la cara.
—Le dije a Stella que llegaríamos a las ocho —murmuró Sorcha, distraída.
—Creo que nos perdonará por llegar quince minutos tarde —respondió Christy en voz baja.
Iban a casa de Stella y Guy Naseby para tomar algo ligero y unas copas. Christy pensó irónicamente que era muy propio de Stella hacer una invitación tan descarada como aquella, describiendo perfectamente lo que debían esperar de la velada. Casi oía su voz, haciendo la invitación por teléfono, en su tono sonoro y potente. Normalmente, Christy eludía esas invitaciones. Pensaba que Stella era una déspota y en más de una ocasión la había llamado «trol», aunque nunca se lo había dicho a la cara. Guy era más tolerable que su escandalosa y gorda mujer, pero Christy siempre desconfiaba de gente la hippie y bohemia como ellos. Detrás de sus túnicas de estopilla y sus sandalias, detectaba un cierto aroma a capitalismo. Guy y Stella habían llegado de Inglaterra hacía cuatro años. Christy los llamaba «intrusos», aunque lo cierto es que él había hecho lo mismo, pero desde más cerca. Eran los dueños de una tienda de artesanías en lo que antes era una iglesia. Se llamaba The Old Oratory. El interior estaba pintado de color blanco y tenía las vigas de madera al descubierto y vidrieras de colores. Había jerséis, cerámicas y una sección de paraguas hechos con shillelaghs. De fondo sonaba Enya en bucle. «Malditas cachiporras», le susurró Christy a Sorcha la primera vez que visitaron la tienda; la curiosidad sacó lo mejor de él. Pero Sorcha no pensaba como él.
—Hacía falta que viniese un extranjero para enseñarnos cómo hay que hacerlo —comentó Sorcha para gran asombro de Christy.
Le sorprendía la obstinación de su mujer por mantener aquella amistad. Durante tres años, después de que Stella crease un club de lectura y reclutara a Sorcha, habían participado en una pantomima de intercambios sociales, que incluían cenas, tardes jugando a las cartas, noches de fondue e incluso una sesión de tarot, un recuerdo horrible. Sin embargo, mientras conducía, Christy se sintió aliviado por pasar la tarde en su compañía. Agradeció la distracción que le proporcionarían. No creía que pudiese soportar otra larga noche solo en casa junto a Sorcha. No esa noche.
Lara había vuelto. Increíble, le resultaba imposible creerlo, después de tantos años. No estaba seguro de cómo se sentía al respecto. Durante una semana, desde el momento en que sonó el teléfono para anunciar su llegada, había sentido una mezcla de temor, duda y emoción absoluta. A veces, incluso se notaba aturdido. Sentía que todos estos sentimientos y la repentina emoción que lo embargaba era algo peligroso, y desconfiaba de sus propias reacciones. Por ello, sugirió que fuera Sorcha quien recogiera a Lara en la estación.
—Le hará más ilusión verte a ti —dijo.
Y, durante todo el día, evitó la playa, aquel trecho de arena que había entre su casa y la de ella, porque tenía miedo de encontrársela. Necesitaba estar preparado, no sabía muy bien cómo actuar con ella ni cómo lidiar con su dolor, aunque, al mismo tiempo, se moría de curiosidad. A lo largo del resto del día, pensó de vez en cuando en la casa al final de la playa. Trataba de imaginarse qué hacía en aquel momento, si se había instalado, qué aspecto tendría después de tanto tiempo… Se le pasaban por la mente todas estas preguntas, una después de otra, pero no se atrevía a pronunciarlas en voz alta por miedo a parecer demasiado ansioso o necesitado de conocer las respuestas. Al principio, escuchó a Sorcha hablar sobre su prima y los cambios a los que se había enfrentado. Intentó adoptar una actitud fría e indiferente para que pareciera que no prestaba mucha atención a la conversación, mientras, en su interior, se sentía realmente ilusionado. Notaba que su mujer se mostraba algo distante y cautelosa. Christy tenía la impresión de que bailaban el uno alrededor del otro, haciendo piruetas verbales; ninguno de los dos estaba dispuesto a preguntar sobre el pasado.
Sorcha se miró en el retrovisor. Finalmente, el pelo le hizo caso. Suspiró con alegría, lo cual indicaba que tenía ganas de disfrutar de la velada después del día que había tenido.
—¿Crees que deberíamos haberle preguntado si quería venir con nosotros? —comentó Sorcha, y lo sacó de su ensimismamiento.
—¿A quién?
—A Lara. De algún modo, me siento mal por haberla dejado sola. Es la primera noche que pasa aquí después de tanto tiempo.
—Seguramente quiere estar sola. Debe de estar cansada. Dale tiempo para que se instale.
—Pobre Lara —comentó Sorcha.
Christy sintió de repente que la emoción se apoderaba una vez más de él.
—Tiene un aspecto horrible —añadió Sorcha, y se esforzó por detectar algo tras su tono compasivo. Quizá un indicio de que estaba satisfecha. Sin embargo, no captó nada y se sintió culpable por pensar tan mal de ella—. Ha envejecido.
—Como todos.
—Cierto. Pero me ha sorprendido lo mayor que parece. No sé, una parte de mí esperaba verla igual que cuando se marchó. Radiante. Joven.
—Bueno, es lo que tiene pasar muchas horas al sol —comentó con sensatez.
—No. No es eso. Parece tan…
—¿Tan qué? —preguntó, y se quedó callado, esperando a que contestara, con los ojos fijos en la carretera. Estaba preparado para escuchar la palabra. De repente, se sintió impaciente por saber a qué se refería, por conocer todos los detalles.
—Rota —contestó al fin.
Al oír aquella palabra, se le heló la sangre. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y despertó una emoción inesperada en su interior. En aquel momento, aparcó en el camino de entrada de la casa y vio que Stella salía al porche con un vestido ancho de color mostaza. Christy apagó el motor y abrió la puerta. Se alegraba de poder apartar la vista de su mujer. Temía que la expresión de su rostro revelase sus pensamientos.
La cena se convirtió en una oportunidad para Stella y Guy de exhibir sus talentos. Se enorgullecían de su autosuficiencia.
—¿Qué te ha parecido el queso de cabra, Christy? —preguntó Stella. Sus mejillas enrojecidas brillaban bajo la luz de las velas.
—Estaba riquísimo.
—¡Sabía que te gustaría! —La mujer rompió a reír—. Es un queso con un carácter fuerte y variable. ¡Un poco como tú!
Christy reflexionó sobre sus palabras durante unos segundos y decidió no darle importancia.
Pensó que esas cosas estaban poniéndose de moda. Cada vez oía a más personas hablar de la calidad de sus verduras orgánicas o de sus métodos de encurtir alimentos. Pero Guy y Stella lo habían llevado al extremo. ¡Si hasta tenían su propia cabra, por Dios!
Se sentó en el sofá hundido que habían intentado acolchar con media docena de cojines esparcidos y, con el estómago lleno, observó la habitación que lo rodeaba con la mirada empañada ligeramente por la neblina perezosa y placentera del vino tinto. En el sofá de enfrente, Stella y Sorcha estaban sentadas con los cuerpos girados, frente a frente. El voluminoso vestido de Stella le ocultaba las piernas. Desde su posición, veía sus mejillas de color carmesí y los hoyuelos que se le formaban a medida que hablaba, con vivacidad. Junto a aquella vibrante masa femenina, Sorcha parecía pequeña y delgada, igual que cuando la conoció, y se sintió orgulloso de ella. Se dio cuenta de lo mucho que se había esforzado por tener un buen aspecto esa noche —llevaba máscara de pestañas, un elegante vestido negro y zapatos de tacón con tiras finas, que contrastaba con el bohemio atuendo del trol— y sintió una chispa de gratitud. Las mujeres estaban hablado sobre su club de lectura. Solo captaba algunos fragmentos de su conversación.
—Me parece maravilloso. El sentido del humor y el modo en que captura la voz del padre…
—Y la de la madre.
—Sí, pero admitámoslo, Sorcha, capturar la voz de la madre no suponía un problema para ella. Quiero decir, ya lo ha hecho otras veces. Pero capturar la del padre…
Christy no sabía qué pensar de su club de lectura. Había sido ocurrencia de Stella, por supuesto; una reunión mensual de mujeres («¿por qué solo de mujeres?», se preguntaba) en The Old Oratory presidida por Stella y con Sorcha como secretaria. Había leído algunas de las minutas de esas reuniones escritas en su ordenador y le sorprendía la forma en que las personalidades de todas las presentes se plasmaban en la pantalla. Sorcha se mostraba seria, tímida y ambivalente con respecto al material de lectura, pero, al mismo tiempo, ansiosa por complacer al resto: «A Sorcha le gustó, no lo recomendó ni lo rechazó, y le pareció que estaba muy bien escrito». Sin embargo, Stella era muy estridente, directa, agresiva y dejaba clara su opinión: «Stella declaró que el último libro de Eugenides era una obra de arte y que era incluso mejor que su novela anterior, Las vírgenes suicidas. Una representación maravillosa de la traición del acervo génico y de su capacidad para dejar una marca indeleble en las vidas de las generaciones futuras. Una lectura imprescindible».
Christy acabó lo que le quedaba de vino y pensó en su propia novela, para la que aún no tenía título. Se preguntó cómo la recibirían las integrantes del club de lectura si algún día conseguía acabarla y qué comentarios perspicaces le ofrecerían si pudieran leerla. Lo cierto es que no sabían nada sobre esta novela; había mantenido oculta su faceta de escritor después del desastre del recital de poesía. Hacía dos años de aquello, pero el recuerdo todavía lo atormentaba. La remembranza magnificaba lo ocurrido: veía a todas aquellas mujeres perplejas y a él mismo, en el medio, recitando con un tono exageradamente afectado para contrarrestar sus nervios. Se lo había tomado demasiado en serio. Hizo una mueca al recordar lo ocurrido.
Elijah estaba sentado entre Stella y Sorcha. Era un niño de diez años pálido y delgado. Parecía que había heredado una buena parte del material genético de su padre y muy poco del de su madre. Stella le pasaba las manos por el pelo, oscuro y largo, y lo enroscaba alrededor de su dedo mientras hablaba. Parecía que Elijah no se daba cuenta. Estaba absorto en la revista que tenía delante de él, la Guía de la buena comida. Christy pensó que el niño ya estaba condenado. ¿Qué esperanzas podía tener si sus padres lo educaban en casa? En parte, Elijah era la razón por la que estaban allí; Sorcha quería que los dos chicos entablaran una amistad. Su hijo estaba sentado en un puf a sus pies y apenas había hablado en toda la velada. Ninguno de los dos niños parecía interesado en hablar con el otro. Jim era muy vergonzoso y Elijah prefería la compañía de los adultos. Christy dirigió la vista a Sorcha y trató de que lo mirara, pero no vio decepción en su rostro ante el fracaso de sus esfuerzos por que los dos fueran amigos. Estaba enfrascada en la conversación.
—Ya estoy aquí —anunció Guy cuando salió de la cocina con una botella de vino en cada mano—. Pasadme las copas, que no os dé vergüenza.
A pesar de su estilo de vida saludable, Guy y Stella bebían bastante.
El vino era un Bordeaux Clairet intenso y ligeramente dulce. No tendría que haber bebido tanto. Tenían que volver a casa en coche. Pero los pensamientos no le dieron tregua durante toda la noche y, al parecer, no era capaz ni de controlar su mente ni su ingesta de alcohol.
—¿Se lo has enseñado a él? —preguntó Guy a Stella.
—¡Madre mía, se me había olvidado por completo!
Guy atravesó la habitación a zancadas y rebuscó por las estanterías unos instantes antes de localizar el recorte de prensa.
—Aquí está. Lo vi en el diario el sábado pasado y Stella y yo nos acordamos de ti enseguida.
Christy fijó la vista en el recorte y leyó los detalles sobre un nuevo concurso de poesía que organizaba The Irish Times con un premio de diez mil euros para el mejor libro de poesía. Sintió un peso en el pecho y dio un sorbo a su copa de vino mientras consideraba la posibilidad.
—¿Qué opinas? ¿Es perfecto para ti, verdad? —preguntó Guy, muy animado.
—Sí. Es fantástico. Tendré que leer las bases para enterarme de todos los detalles, por supuesto. Quizá hay reglas que excluyen algunos volúmenes según el año de publicación y esas cosas…
—¡Tonterías! —lo interrumpió Stella—. No tendrás ningún problema. ¡Seguro que podrás participar!
Guy le dio una palmadita alentadora en el brazo. El entusiasmo y la fe que tenían en él fue como un golpe en el estómago. Entre los libros sobre agricultura orgánica, educación en el hogar y buen sexo, se encontraba un fino volumen con sus poemas, con la cubierta blanca y el título y su nombre en una tipografía roja con florituras: Temporada de salmones, de C. E. Archibald. En la cubierta, había un salmón brincando que había dibujado Stella. Lo de utilizar sus iniciales había sido cosa suya; le parecía más decoroso para un poeta. Al menos, eso había creído en ese momento.
—Tienes que apuntarte —añadió Stella, y Christy le dedicó una amplia sonrisa.
—Supongo que merece la pena intentarlo.
—Se volverán locos, te lo aseguro, Christy. ¡Les encantarás! ¡Y, madre mía, si no es así, es que les pasa algo grave, o que están mal de la cabeza!
Christy continuó sonriendo y asintiendo mientras esperaba a que dejara el tema. Stella poseía una cálida vivacidad que podía resultar agotadora. A veces, Christy se sentía un poco cansado después de hablar con ella y escuchar su risa estridente y su aguda voz. La verdad es que también le asombraba el hecho de que lograra respirar con lo mucho que le debían de pesar los pechos. Siempre había sido una defensora acérrima de su trabajo, algo por lo que se había sentido agradecido al principio. Pero, ahora, empezaba a sentir que el gran entusiasmo de Stella era una carga muy pesada.
Habían pasado dos años desde la publicación de su libro. Lo cierto es que «libro» era un término muy generoso para describirlo, ya que eran veintitrés poemas, impresos y encuadernados, y lo había pagado todo de su bolsillo. Llevado por el optimismo, había pedido trescientos ejemplares. La mayoría seguían en el cajón de su escritorio y desprendían en silencio un aroma a fracaso que impregnaba todo su despacho. Aquel episodio de su vida parecía envuelto por una nube de humillación: su impaciencia y entusiasmo, avivados por el eufórico apoyo de Stella; el hecho de que había permitido que lo convencieran para publicarlo; y la humillación provocada por el fracaso de su proyecto en público. Todavía recordaba el silencio ensordecedor que lo había recibido en la sala de profesores de la escuela. Las miserables felicitaciones que murmuraron algunos de sus colegas apenas lo consolaron.
En un momento de la agradable velada, Christy y Guy salieron al porche a fumar. En mitad de aquella apacible noche, los aromas del jardín les daban la bienvenida. Olió las lilas y la dulce fragancia de la madreselva antes de que Guy encendiera el cigarro y el aroma a tabaco lo inundara todo. A la altura de sus ojos, había un árbol cuyas ramas crujían con el peso de manzanas agridulces. Parecía que una parte de su buen humor, de su alegría, se había desvanecido. Había sido por culpa de la mención del concurso de poesía, que le había hecho recordar sus fracasos. Deseaba que todo el mundo olvidara el pasado.
—Sorcha nos ha contado que tienes una vecina nueva.
—Sí. Bueno, no exactamente.
—¿Y eso?
—Vivió aquí hace muchos años. Es la prima de Sorcha. Digamos que los tres crecimos juntos.
—Vaya. Por lo que sé, ha vivido una experiencia trágica —comentó Guy mientras exhalaba el humo del cigarro.
—Sí.
A Christy se le hizo un nudo en la garganta. No sabía si podía confiar en Guy, un hombre que llevaba su prematuro pelo canoso y largo recogido en una coleta. Era un hombre lento que le daba muchas vueltas a las cosas, y a Christy le daba la impresión de que, tras sus pequeños ojos azules, se escondía una persona fría y calculadora. También se preguntaba qué les había contado Sorcha de Lara y su historia.
—Dime, Christy —dijo Guy, que se quedó con el cigarro a medio camino de la boca. El hombre bajó el tono de la voz y añadió con complicidad—: Esta tal Lara, ¿es atractiva?
Christy se sonrojó. A su espalda, la risa de Stella resonaba en el interior de la casa.
—No lo sé. Todavía no la he visto. A ver, sí que lo era, pero… han pasado muchos años —tartamudeó Christy. La repentina lascivia que había aparecido en el rostro curtido de Guy lo sorprendió.
—Hay algo en las tragedias que hacen que las personas adquieran una belleza característica, ¿no crees?
Guy le dio una fuerte calada a su cigarro antes de apagarlo en la barandilla y tirar la colilla al jardín, un gesto que sorprendió a Christy y que reforzó sus sospechas de que aquel hombre era un farsante.
—Una mujer joven y afligida resulta muy sexy. No sé. Quizá sea el reto de consolarla. Las posibilidades que brinda una situación como esa. ¿Sabes a qué me refiero?
Christy lo sabía. Una mujer rota, pensó. Hablaba de la vulnerabilidad. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna durante unos minutos y, en el silencio, sintió que la imaginación de Guy despegaba y sus propias defensas bajaban. Le rondaban la mente todas las preguntas que no había hecho a Sorcha, las que se moría por plantear. «¿Ha preguntado por mí?». «¿Me ha mencionado?». Había cierta desesperación en ambas. Llevaba todo el día pensando en ella.
«Es ridículo», se dijo a sí mismo. «Estás siendo ridículo. Patético». Había pasado mucho tiempo; ya era agua pasada. Y después de lo que había vivido, la relación que habían tenido debía de parecerle a Lara algo completamente insignificante.
El camino de regreso a casa transcurrió en silencio. Jim estaba dormido en el asiento trasero del coche y Sorcha miraba por la ventanilla, con la vista fija en la oscuridad. Christy sentía que le pesaba la cabeza después de beber tanto vino, por lo que conducía lentamente y con cuidado mientras los faros del coche iluminaban la estrecha y sinuosa carretera. Sorcha movió la mano y comenzó a acariciarle el muslo con delicadeza. Era una señal de que quería que Christy le hiciera el amor cuando llegaran a casa. Se le encogió el corazón. Recordó una serie de noches de viernes, apoyado sobre los antebrazos y moviéndose sobre el cuerpo de su mujer con la cara girada hacia un lado de la almohada mientras ella lo agarraba por los hombros. Christy se movía en su interior y fantaseaba. Últimamente no dejaba de pensar que quizá ese acto era algo que los dos debían soportar en lugar de disfrutar.
Mientras conducía por delante de unos viejos barracones a lo largo de la carretera que cruzaba el río y por el terraplén, recordó la palabra que Sorcha había dicho antes: «Rota». Le sorprendió la súbita punzada de dolor que le había provocado. Aquella era una palabra que jamás habría asociado a Lara. Incluso la última vez que la había visto, cuando lo miró con los ojos llenos de dolor, resentimiento e incredulidad, aún había algo de rebeldía, terquedad y fuerza en ella. Sintió que los nervios le erizaban la piel de la nuca y de los hombros cuando evocó aquella mirada. Puede que quisiera ver aquella mirada, para no sentirse tan culpable.
Habían pasado casi dieciséis años, pero recordaba los detalles de aquel día con intensidad: el empalagoso aroma de la repostería que se adhería a las paredes de la casa, el calor que hacía en aquella habitación, el siseo y los chisporroteos de la turba en la chimenea, todos los familiares que se apretujaban en aquel pequeño espacio, los besos en las mejillas, la cantidad de veces que había dado la mano, las felicitaciones que le resonaban en los oídos… No quería que le organizaran una fiesta; se había opuesto completamente a ello. Pero, por aquel entonces, empezaba a descubrir que nadie daba mucho valor a lo que él quería. Oía el frufrú de las faldas de las mujeres, que se paseaban con tazas de té y platos de comida, y el sonido agudo de sus voces mientras los hombres permanecían sentados, malhumorados, comiendo sándwiches, bebiendo whisky y haciendo comentarios en voz baja. Sorcha estaba sentada en el centro, con las mejillas sonrojadas a causa de la emoción y con un semblante satisfecho y —¿era verdad lo que veían sus ojos?— ¿triunfal? Sintió que un aire cálido le llenaba los pulmones, se le hizo un nudo en la garganta y, de repente, supo que tenía que salir de ahí.
Aquel día, el cielo estaba cubierto de nubes iracundas, que se deslizaban por el cielo sobre un mar de peltre. Cuando escapó de la casa, una salada brisa le azotó la corbata y el cabello. Estaba confuso e incluso le faltaba el aliento. Tenía las ideas desordenadas. Era como si la vida hubiera cambiado de marcha de repente y lo hubiese pillado desprevenido. Tan solo tenía veintiún años, sin embargo parecía que la juventud ya era una cosa del pasado y que sus nuevas responsabilidades lo perseguían. La cadena de acontecimientos que él mismo había puesto en marcha empezaba a cobrar vida propia. En ese momento era imparable, y lo abrumaba y desconcertaba. En medio de la confusión de sus pensamientos, olvidó por un momento las rocas que flanqueaban el camino a ambos lados. Se tropezó, cayó al suelo y se raspó las manos y las rodillas con la gravilla. Sintió cómo se le desgarraba la piel cuando las piedrecitas se le clavaron en la mano.
—¡Joder! —exclamó. Se levantó rápidamente y se giró hacia la casa.
Esperaba que nadie lo hubiese escuchado. No estaba seguro de poder soportar que alguien lo viese así y le preguntara qué había pasado. Se los imaginaba de pie en el umbral y a sus suegros observándolo desde la distancia. El padre de Sorcha tenía una huraña expresión de rechazo en el rostro, su madre, un aspecto ansioso y sombrío, y su propio padre, un semblante pesaroso. Pero lo peor de todo era Sorcha. Se la imaginaba observándolo en silencio con aquellos grandes ojos azules y el ceño fruncido. No tendría que decir nada. Podía leerle el rostro perfectamente. Y ella entendería que lo que Christy le había dicho —las palabras que había murmurado en un débil intento de mostrar entusiasmo— no eran más que mentiras. No lo había dicho en serio.
Se pasó las manos por las perneras de los pantalones para sacudirse la arenilla de las manos y se apresuró hacia la arena gris. Sentía cómo se endurecía a medida que se aproximaba a la orilla. La marea estaba baja e incrementó la velocidad cuanto más cerca estaba, ansioso por poner distancia entre la casa y él. Se llevó las manos al cuello de la camisa, se quitó la corbata y la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Cuando estaba a punto de llegar al final de la playa, donde las rocas parecían largas losas de color gris azulado, echó a correr, casi sin aliento, mientras las primeras gotas de lluvia le salpicaban las mejillas. Entonces, la vio desde la distancia. El viento le sacudía el pelo con fuerza y la trémula espiral de humo de su cigarro se fundía con el aire. Estaba apoyada contra una roca y todavía llevaba el uniforme de color azul marino, lo cual era una protesta ya de por sí. Aunque ella estaba de espaldas, Christy sabía cómo se sentía al observar su postura. Tenía la cabeza ladeada de forma desafiante, los hombros tensos y se agarraba con fuerza a la roca sobre la que estaba sentada.
Cuando se acercó, Lara se giró para mirarlo, y Christy vio que las lágrimas le rodaban por las mejillas, cortadas y rojizas a causa del viento. Le sorprendió verla llorando. No se lo esperaba.
—No voy a ir —dijo con la voz rota, a modo de advertencia—. No te molestes en invitarme, porque no iré. No pienso ser testigo de esta farsa.
—Lara —dijo él, y dio un paso hacia ella.
De repente, la chica apartó la mirada de él y tiró su cigarrillo a medias a la poza. La intensidad de su gesto hizo que Christy se detuviera. Sabía que debía tener cuidado con ella.
—Yo no quería —empezó a decir, vacilante. Su voz adquirió un tono agudo y absolutamente infantil—. Tienes que entender que no quería que…
—Para —lo interrumpió, y negó con la cabeza de una forma tan tajante que le dejó claro que no permitiría que le diera explicaciones, que no le importaban sus palabras, sus ruines excusas.
Fue como si aquella palabra marcase una línea de separación de todo cuanto habían compartido. Lara no tenía interés en escucharlo hablar de su dolor, no quería que le contara que lo ocurrido había hecho trizas todas sus esperanzas y sus sueños. De poco servía ya.
—Y si crees que me quedaré para veros jugar a la familia feliz, estás muy equivocado.
Cuando Lara acabó la frase, Christy tuvo la sensación de que algo muy pesado se asentaba en su pecho, algo que le arrebató todo rastro de ligereza en su interior. Durante toda su vida, todos los días, los meses y los años que tenía por delante, y las esperanzas que tenía se desvanecieron. La calamidad de su despreocupación le alcanzó y fue como si alguien le diera una patada en el estómago.
—Me iré sin ti —dijo con claridad. Se giró y lo miró para que observara la actitud desafiante que reflejaban sus ojos, para mostrarle que podía ser fuerte sin él—. Puede que me hayas dejado tirada, pero puedo hacerlo sin ti.
—Estoy seguro de que sí —contestó con ligera admiración.
De repente, algo cambió en ella. Su mirada desafiante desapareció y Christy vio el dolor que escondían sus ojos. No podía ocultárselo. Sintió que Lara se preguntaba «¿por qué?» y una chispa de rabia prendió en su interior. ¿Acaso no veía que su vida sería peor? ¿No entendía que ella era la afortunada? ¿Que todavía era libre? Sin embargo, antes de que tuviera la ocasión de preguntárselo, Lara se alejó de la roca, se dio la vuelta para encararlo y se apartó los mechones de pelo que tenía en la cara.
—Me han dicho que te vas a Italia… —mencionó con frialdad. Trató de mostrarse despreocupada, aunque ya era demasiado tarde—… de luna de miel.
—Sí —respondió Christy mientras notaba como la pesadumbre se asentaba en su pecho.
—No será lo mismo, lo sabes, ¿verdad? —Fijó la vista en él y le sostuvo la mirada durante unos instantes con unos ojos tan fríos y grises como el mar—. No será lo mismo en absoluto.
Y, entonces, se dio la vuelta, y Christy observó cómo se alejaba por la playa, entera y orgullosa. Cuando se acercó a su casa, aceleró el ritmo y, prácticamente, echó a correr. Mientras tanto, él se preguntó a qué se había referido. ¿No sería lo mismo para quién?
¿Acaso sabía Lara en aquel momento cómo irían las cosas? ¿Intuía lo que ocurriría en el futuro? ¿Cómo era posible? ¿Cómo podría haber sabido que mientras él se pasearía entre las ruinas de Pompeya, Sorcha se sentaría delicada y pacientemente en la sombra, mientras se abanicaba con el sombrero, enmascaraba su aburrimiento y se moría de ganas de que Christy volviera? ¿Cómo era posible que Lara hubiese previsto que los quejidos y el cansancio de hacer cola para entrar en la galería Uffizi bajo el calor abrasador de Florencia lo pondrían de los nervios? ¿Que le provocarían una irritación muy poco familiar? Lara no podía saber que tendría que recordarse a sí mismo que su nueva esposa estaba embarazada y que era injusto hacer que esperase bajo el sol. Por muy bien que los conociera a ambos, era imposible que hubiese imaginado que acabarían pasando su luna de miel tumbados bajo parasoles al lado de la piscina del hotel, sin apenas dirigirse la palabra, mientras él se perdía toda la historia y la cultura de Italia.
Los campos eran negros y una calma inquietante reinaba en el terreno que había a su alrededor. El cansancio lo invadía poco a poco mientras conducía y le nublaba la mente. Tensó los músculos de la espalda y sintió todas las contracturas que le recorrían la columna. La mano de Sorcha todavía reposaba en su muslo. Tenía una sensación peculiar, aunque era incapaz de describirla. Recordó la frialdad que reflejaban los ojos de Lara el último día que habían hablado. Todo rastro de calidez y cercanía se había desvanecido de ellos. Intentó deshacerse de aquellos pensamientos y centrarse en la carretera que tenía delante, en los faros que iluminaban el asfalto y las nubes que brillaban bajo la luz de la luna sobre las montañas que se veían a lo lejos. «No será lo mismo en absoluto». Al bajar la ventanilla, oyó los rugidos del mar.
Capítulo 3
Me entrevistó en su oficina. Delante de nosotros, había dos capuchinos de máquina enfriándose; la espuma se endurecía en los vasos de cartón. No estaba preparada para aquello teniendo en cuenta que esa mañana me había despertado con un fuerte dolor de cabeza, el estómago vacío y con náuseas. Hacía tiempo que no tenía una resaca así, y me había llevado un tiempo recomponerme. Había conseguido salir a rastras de la cama y me había quedado en cuclillas en la bañera, bajo la alcachofa, durante quince minutos. Después, me había vestido con la ropa más sobria y decente de que disponía, me había recogido el pelo en una coleta y, con una selección de cosméticos, esbocé sobre mi rostro el de una persona sana y con posibilidades de encontrar trabajo.
De algún modo, había llegado a tiempo y, cuando leí el cartel de la puerta —Alan Woodgate, gerente—, traté de imaginar qué clase de persona poseía un nombre tan sencillo y ordinario al mismo tiempo. Me imaginaba que sería un hombre alto que se movía como si sus articulaciones fueran mecánicas, de esos que te dan un firme apretón de manos. No me decepcioné del todo cuando lo vi.
—Así que ¿eres de por aquí? —preguntó el señor Woodgate sin levantar la vista de mi solicitud—. ¿Del pueblo?
—Sí, pero he vivido bastante tiempo fuera.
—Sí, ya veo…
Su cabeza tenía un aspecto céreo bajo la luz del despacho y tenía algunos cabellos levantados alrededor de la coronilla. Era joven, alto, se estaba quedando prematuramente calvo y tenía una nuez muy puntiaguda que era incapaz de dejar de observar y que subía y bajaba mientras bebía el capuchino. Estaba sentado encorvado frente a mi solicitud, con un bolígrafo entre los labios, y releía los detalles de mi vida. Detrás de él había una ventana que daba al supermercado, pero, desde donde yo estaba sentada, solo veía las luces fluorescentes que colgaban del techo como si fueran vigas y me cegaban. Aún me dolían los ojos por culpa de los excesos de la noche anterior. También estaba un poco preocupada por la información que contenían aquellas páginas. Había escrito mi solicitud con la vieja máquina de escribir de mi madre cuando iba un poco colocada.
—Vaya, has tenido una carrera accidentada, si me permites el comentario —dijo.
El hombre levantó la vista y me miró con una sonrisa divertida. Se toqueteó la corbata y apoyó los codos sobre la mesa.
—Sí, pero, tal y como dice en mi solicitud, he trabajado en el sector servicios.
—En lavanderías, bares, mercados, restaurantes… —enumeró con una voz nasal—. El último lugar en el que trabajaste antes de marcharte del país fue el bar Wimpy, en High Street.
—Exacto.
—Y, dime, ¿por qué dejaste el trabajo?
Pensé en el Wimpy, donde trabajaba después de las clases y durante las vacaciones de verano con otras tres chicas. Llevábamos delantales a rayas y nos dedicábamos a freír patatas mientras nos turnábamos para escoger una canción de la gramola. Las ventanas estaban grasientas, había una capa de suciedad sobre los mostradores, Madonna, Aha y Tina Turnes sonaban por el equipo de música, y el pelo y la piel me olían a grasa. Me encantaba aquel trabajo. Me habría gustado quedarme allí si Matt, el propietario, con seis hijos y una barriga cervecera que le sobresalía de los pantalones, no hubiese tratado de empotrarme contra el mostrador y besarme una noche que me tocaba cerrar. Después de aquello, no pude regresar.
—Tenía exámenes. Necesitaba tiempo para estudiar.
—Pero no hiciste los exámenes de acceso a la universidad. Lo pone aquí. —Señaló el formulario con el bolígrafo—. No acabaste los estudios.
—Bueno, no —contesté, avergonzada—. Pasó algo y decidí viajar. Pensaba que podría regresar y hacer los exámenes a la vuelta.
—Pero no lo hiciste.
—No. Supongo que me distraje.
—¿Durante dieciséis años?
—Exacto —dije, y traté de sonreír como si fuese una mujer segura de sí misma que no estaba a punto de vomitar en cualquier momento a causa del cuarto de botella de Southern Comfort que se había bebido la noche anterior.
A juzgar por la mirada de desaprobación que vi en su rostro, supuse que mi sonrisa no lo había convencido. Quería preguntarle qué importancia tenían los exámenes de acceso a la universidad para reponer estantes. Porque la verdad es que no lo necesitaba, y ambos lo sabíamos. Tuve un impulso repentino de echarme a reír ante aquella situación tan absurda: estaba sentada en aquel despacho, resacosa, mientras me entrevistaba un capullo plasta y Ronan Keating sonaba de fondo por los altavoces del supermercado. Sabía que me daría el puesto de trabajo, pero no hasta que hubiese sacado toda mi historia a relucir para ejercer su autoridad sobre mí y mostrarme quién era el jefe antes de que fichara. Así que me quedé sentada, aguantándome la risa que amenazaba con escaparse. Curiosamente, era optimista a pesar de la resaca; estaba segura de que conseguir el trabajo estaba al alcance de mi mano. Al fin, tendría una rutina, un poco de estabilidad en mi vida.
Lo dejó pasar y revisó algunos detalles más. Entonces, cuando se preparaba para terminar la entrevista y apilaba los papeles cuidadosamente, me dio la impresión de que relajaba los hombros cuando se recostó en la silla, me miró y preguntó:
—¿Qué te hizo volver? ¿Por qué te marchaste de Sudamérica?
De repente, sin preaviso, me encontré en Chile de nuevo, en San Pedro, en el polvoriento puesto fronterizo del desierto de Atacama.
«Vuelve a casa», me dijo Alejo con la mano apoyada en mi pecho, ligera pero firme, para que me sintiera anclada a la cama, aunque no era una amenaza. «Vuelve a Irlanda».
Recuerdo que me ardían los ojos y la sequedad que sentía en la garganta mientras intentaba reincorporarme en la cama, pero su mano no me lo permitía. Traté de protestar y sentí un gusto amargo en la boca; mis palabras estaban recubiertas de alambre de espino, tan afilado como una cuchilla. Dejé que cortaran el aire que había entre nosotros. Durante un instante, Alejo cerró los ojos, sus pequeños ojos negros, y los párpados ocultaron la luz que había en ellos. Cuando los abrió de nuevo, solo vi tristeza.
«Se acabó, Lara», dijo. «Se acabó».
Oí el ruido del motor de una furgoneta que estaba fuera y sabía que eran los demás, que lo esperaban; lo habían escogido a él antes que a mí. Sentí que me rompía en mil añicos bajo el peso de su mano, azotada por una nueva sensación de traición.
Se levantó de la cama y, tras él, vi su petate al lado de la puerta, preparado para cuando tuviese que marcharse. Me pregunté durante cuánto tiempo había estado planeando su fuga.
«¿Qué haré sin ti?», pregunté. Incluso ahora, cuando recordaba aquel momento, me odiaba a mí misma por ello, por ser tan débil y dependiente. No obstante, ignoró la pregunta.
«Cuídate, cariño», susurró mientras me miraba con su dulce rostro lleno de dolor y pesar; su mirada me decía que tenía que hacerlo, que no le había dejado otra opción. Lo había llevado al límite, y si no se iba ahora, quizá nunca sería capaz de hacerlo.
¿Qué otra cosa podía hacer aparte de regresar a casa? ¿Qué alternativa me quedaba? Me abandonó en un pueblecito en mitad del desierto de Atacama. No conocía a nadie más en aquel lugar. Apenas me quedaba dinero. No podía volver a aquella carretera polvorienta sin él. No tenía ni ánimo ni fuerzas para empezar a buscarlo otra vez. «Vete a casa», me había dicho. ¿Acaso no se había dado cuenta de que el único hogar que había conocido de verdad era él?
Pero eso no fue lo que le conté a aquel hombre calvo y pálido, atrapado por su propia autoridad burocrática, que me observaba con expectación y las manos cruzadas sobre mi exitosa solicitud.
—Porque no había nada que me retuviera allí.
—Es un gilipollas —me confirmó Ger el primer día—. Es importante que lo sepas ya.
Estábamos juntos en el pasillo de la repostería, apilando natillas en las estanterías. Ger tenía bastante estilo para colocarlas de forma que las etiquetas estuvieran orientadas hacia delante y perfectamente alineadas. Dimos un paso atrás para observar nuestra obra maestra mientras intercambiábamos comentarios sobre Alan, que estaba en su despacho.
—Un día, tuvo el descaro de hacer un comentario sobre el aspecto de mi uniforme —continuó Ger, e hizo una mueca—. No es que esté sucio o desgastado. «Te va un poco justo, ¿no crees?», me dijo el muy capullo.
Ger y yo llevábamos camisas de color azul y pantalones azul marino, pero parecía que su uniforme se le ajustaba más a su cuerpo. Cuidaba su aspecto. Tenía el pelo negro recubierto de gomina y se lo peinaba con un tupé en la parte delantera, como Tintín. Llevaba anillos en casi todos los dedos. Se había pasado la mañana enseñándome las normas y los gajes del oficio. Me alegraba que fuera joven y tuviera encanto, pero, sobre todo, que pareciera no estar al tanto de mi situación. Había más gente en la sala de personal, algunas chicas que recordaba de la escuela, cuyas silenciosas miradas exhaustivas sugerían que sabían quién era, que habían oído lo que le había ocurrido a Nacio.
El supermercado se llamaba Crazy Prices. Era un lugar frío para mi gusto; los refrigeradores zumbaban y enfriaban el ambiente. Todo estaba tan bien colocado, tan bien expuesto y era tan aséptico… Durante todo el tiempo que había pasado en Perú, no había visto ni un solo supermercado. Nunca. Allí, los mercados eran al aire libre, y los pocos que estaban cubiertos no tenían nada que ver con este lugar desinfectado e iluminado por fluorescentes. Mientras trabajábamos, le conté a Ger mil detalles sobre los bloques rotos de cemento; las básculas antiguas; las manos sucias con las uñas rotas que agarraban la fruta de los puestos, o sacaban cereales o legumbres de sacos abiertos; las mesas que goteaban grasa y sangre al suelo, que se acumulaba en las alcantarillas; los perros que olisqueaban y rebuscaban; y el ruido, los constantes repiqueteos y zumbidos de los comercios. Frunció el ceño, repugnado. Era joven y tenía un gran sentido de la estética. Siempre olía a colonia. Crazy Prices, con su música anodina que se filtraba por los altavoces, era su hábitat natural, un lugar tranquilo y antiséptico en comparación con los mercados que yo recordaba.
El tiempo pasaba rápidamente. Los días eran muy ajetreados, y me sorprendió que el trabajo me pareciese gratificante. Al tercer día, Alan —o el señor Woodgate, como él insistía en que lo llamáramos— me informó de que en un par de semanas me pondría al frente de una caja registradora.
—Cuando hayas demostrado que eres digna de mi confianza —dijo.
Me quedé mirándolo fijamente mientras pronunciaba aquellas palabras. Lo cierto es que me gustaba más ocuparme de los estantes, apilar, ordenar y reponer el stock. Podía perderme en mis propios pensamientos mientras trabajaba. Me sorprendía a mí misma pensando en Alejo cada vez con más frecuencia. No pensaba en dónde estaría o con quién, pero me acordaba del tiempo que habíamos pasado juntos, y repetía los recuerdos una y otra vez en mi mente, como si fueran una película antigua; como si, al hacerlo, los mantuviese vivos. Una parte de mí tenía miedo de olvidarlos para siempre tras haberme marchado de aquel lugar. Se me había pasado por la cabeza ponerlos por escrito, e incluso había tratado de hacerlo en alguna ocasión, pero el resultado había sido un tanto vergonzoso y parecía un híbrido entre una novela romántica, una guía de viajes y las confesiones de una porrera. Era mejor sumergirme en los recuerdos mientras ordenaba latas de fruta en almíbar. Me ayudaba a seguir adelante.
A veces, Ger me pillaba absorta en mis pensamientos.
—¿En qué piensas? —preguntaba en un tono escandaloso, como si yo estuviese reflexionando sobre los espeluznantes detalles de algo en concreto.
Cuando Alan vino y me dijo lo de las cajas registradoras, pensé sobre aquel día en Cuzco, el segundo, en que la lluvia llegó de los Andes. Estaba tan empapada que parecía que el agua me calaba los huesos.
Me acordaba de cómo, al igual que muchas otras mañanas de aquel año en Perú, me había despertado el ruido que hacían otras personas; los gemidos, los bostezos y la tos; ruidos a los que me había acostumbrado. Aquel hostal era mejor que otros en los que me había quedado, donde el miedo me quitaba el sueño y siempre tenía que estar alerta por la noche. No me había percatado de que llovía hasta que salí fuera. Estaba muy ansiosa por ir de nuevo al lugar donde lo había conocido. Hacía tiempo que no me sentía tan entusiasmada con alguien y, por extraño que fuera, me sentía sobria y embriagada a la vez. Me acordaba de aquellos ojos, del modo en que me habían mirado durante unos segundos y después se habían apartado, y de que sentí que algo me atravesaba el corazón. Pero cuando vi el tiempo que hacía, sentí una presión enorme en el pecho y mis esperanzas se desvanecieron. Algo similar a la desesperación me invadió y se apoderó de mi cuerpo.
La Plaza de Armas estaba desierta. Los chorros de agua de la fuente apenas se veían a través de la incesante capa de lluvia, que transformó el suelo en una superficie resbaladiza y traicionera. Las personas se cobijaban bajo los balcones y en las tiendas del paseo. Era como si la actividad que había llenado las calles el día anterior hubiese sido un sueño. Los vendedores ambulantes no estaban por ninguna parte. Se habían llevado con ellos las bolsas, los cinturones y la bisutería que exponían en sus mantos étnicos. Solo estaban los trabajadores de los restaurantes que sostenían menús abiertos e intentaban atraer a los turistas para que se refugiaran de la lluvia. Recordaba haber estado en una esquina de la plaza y notar que el agua de las alcantarillas me empapaba los tobillos. Indecisa, empecé a sentir pánico. Estaba desesperada por encontrarlo y sentía que se me escapaba. Fui de pub en pub y pasé por Los Perros, Crosskeys y el African Bar. Pero no estaba en ninguno de ellos. Sabía que era peruano por sus facciones: era bajito y de piel morena. Y cabía la posibilidad de que viviera en Cuzco y que estuviera alterándome por una nimiedad. Pero también sabía qué clase de persona era: de esas que sienten la llamada de la carretera, de las que se ponen nerviosas cuando permanecen demasiado tiempo en un mismo sitio, de esas que se marchan de un lugar simplemente para evitar el mal tiempo, sin mirar atrás.
Finalmente, me senté a las puertas de la catedral. Estaba encogida junto a la entrada, rechazada, empapada. El frío me calaba hasta los huesos. «¿Qué estoy haciendo?», me pregunté, y sentí la desesperación que se formaba en mis entrañas. Los turistas observaban la lluvia desde el interior de la catedral, pero yo no me atrevía a unirme a ellos por miedo a atraer a la mala suerte; ya me había hartado de eso. No sé cuánto tiempo estuve allí sentada, pero fue lo bastante como para que parase de llover, el sol se asomara entre los nubarrones e iluminara el agua de los charcos que se habían formado en el suelo, y la plaza cambiara de aspecto. Vi que los turistas salían a recibir la luz del sol y sentí que me entraba sueño. La cabeza me pesaba tanto como las extremidades, empapadas. Y justo cuando estaba cerrando los ojos, oí una voz que provenía de arriba.
—Hola, irlandesa.
Me olvidé de inmediato de la ropa mojada y de que tenía el pelo húmedo, y noté que mi corazón se animaba mientras una sensación cálida me invadía por dentro.
Fuimos a un bar que había detrás de la catedral y, de camino, nos detuvimos en una tienda para turistas, donde me compré una camisa de Inca Kola, me cambié en la tienda y saboreé la sensación de sentir el algodón seco contra la piel. En el bar, nos sentamos en un cubículo que había al final, tomamos chicha y hablamos. Tenía la voz suave y melosa; era un hilo de frases rotas musicales. Había aprendido inglés en la carretera, gracias a los extranjeros que había conocido por el camino. Me contó cosas de su vida y yo le conté algunas de la mía. Pero, por algún motivo, me daba la sensación de que los detalles de mi pasado no le afectaban. No necesitaba saber dónde había estado, a quién había conocido o qué había hecho. Me miró fijamente con sus ojos negros y brillantes; era como si pudiera verme el alma. Nunca me había sentido tan expuesta.
Aquella noche no regresé al hostal. Uno de sus amigos tenía un apartamento en vía del Piso y le había dejado quedarse en una de sus habitaciones. Después de que acabara de llover, las calles se habían quedado en silencio y seguían vacías, como si el agua hubiese limpiado la ciudad y se hubiera llevado consigo todo el ruido. También había tranquilidad en aquella habitación mientras lo abrazaba, deslizaba los pies por detrás de sus piernas y lo acercaba a mí. Había tanto silencio que lo oía todo: los latidos de su corazón contra el mío y el sonido que hacían nuestras pieles cuando se rozaban.
Poco a poco, comencé a sentir que algo importante estaba pasando. Sin duda alguna, todo lo que tenía a mi alrededor había adquirido una nueva calidad. Las cosas brillaban más y eran más definidas, y el aire amplificaba el sonido. Me aferré a su cuerpo. Quería perderme en él y sentir cómo nos fundíamos. Después, nos quedamos estirados en medio de la oscuridad, mientras le apartaba el pelo negro azabache de la cara y le pasaba los dedos por la curva de sus redondeadas mejillas; unas diminutas marcas de viruela le cubrían la base de la mandíbula. Su respiración se ralentizó y sentí el peso de su cabeza sobre mi brazo cuando se durmió. Pero no traté de moverlo. No quería apartarme de él. Por alguna razón que no lograba describir, me abrumaba una sensación de que tenía un destino. Me quedé tumbada, escuchando la silenciosa quietud. Mi corazón se había quedado mudo después del frenesí salvaje que lo había visitado y, al igual que las calles, llenas de vida y brillantes, sentí que yo también estaba limpia. Finalmente, caí en los brazos de Morfeo.
Para celebrar que hacía una semana que era una ciudadana con trabajo remunerado, utilicé mi descuento para empleados para comprar pintura. La selección era bastante penosa, ya que solo había débiles tonos magnolia, melocotón y avena. Observé las muestras de colores mientras me mordía el labio y, al final, perdí la paciencia.
—A la mierda —dije, exasperada, y agarré dos botes de una mezcla de un tono amarillo mantequilla, un rodillo, una cubeta y unas cuantas brochas.
Estaba cansada de mí misma y del espacio que ocupaba. Me dije que empezaría por la casa y le daría un aspecto nuevo, antes de empezar conmigo.
Me percaté de que el pueblo estaba muy tranquilo para ser un viernes por la noche cuando lo atravesé cargada con todo el kit de manualidades que había comprado, y me pregunté de nuevo por qué recordaba aquel pueblo como un lugar elegante. Me había marchado en 1989, el mismo año en que cayó el muro de Berlín, cuando mil personas fallecieron en la masacre de la plaza de Tiananmén y Jomeini declaró la fetua a Salman Rushdie. Y ahora, Alemania se había convertido en un país completamente diferente, Irlanda mandaba delegaciones de comercio a China y Salman Rushdie, que ya no se ocultaba, salía en las noticias debido a su joven y bella mujer, y veía como todo había cambiado durante mi ausencia. El pueblo tenía un aspecto derrotado y parecía raído y achaparrado a la sombra de las montañas. Los videoclubs se habían multiplicado, al igual que los cibercafés. Todos los edificios que había en la calle principal tenían doble acristalamiento, marcos de plástico blancos y paneles que habían sustituido a las antiguas ventanas carcomidas con cristal ondulado que recordaba.
Mi madre me había mantenido al tanto de todos los cambios por los que había pasado el pueblo en nuestras conversaciones telefónicas, poco frecuentes y esporádicas. Al principio, era yo quien acaparaba toda la conversación con mi entusiasmo febril, en medio de calles polvorientas, mientras le metía monedas al teléfono de la cabina y charlaba de todas las cosas que había hecho, los lugares que había visto y las personas que había conocido. Por lo general, estaba borracha antes de llamar y creo que mi madre lo sabía; la desaprobación y la preocupación retumbaban en sus silencios. Pero cuando conocí a Alejo, me pareció que percibió el cambio que hubo en mí y comencé a sentir que se relajaba al otro lado de la línea, oía el tintineo de su risa en mi oído. Sin duda, se alegraba de que me hubiera asentado. Y por eso, años más tarde, después de que naciese Nacio, durante aquel primer año que pasamos viajando con Roger y aquellas dos chicas danesas, cuando empecé a sentir que Alejo y yo nos distanciábamos cada vez más, vi que había algo entre él y Sylvie, la chica del pelo color maíz, y sentí el primer indicio de sospecha, fui incapaz de contárselo a mi madre. No podía confesarle toda la preocupación y confusión que sentía.
En su lugar, me quedaba callada, y la voz de mi madre me llegaba en aquellos silencios, llenaba la distancia que había entre nosotras y me contaba todas las cosas que habían pasado en el pueblo; que iban a restaurar la peluquería, lo cual la obligaría a ir hasta Killorglan para cortarse y teñirse el pelo; que la escuela de monjas iba a cerrar y que se rumoreaba que el colegio de chicos pasaría a ser mixto; que el Departamento de Justicia iba a trasladar su sede al pueblo y que habían construido un edificio nuevo al lado del puerto. Escuchaba todas estas noticias sin ni siquiera pensar en lo que significaban y me limitaba a centrarme en la paz que me aportaba la voz de mi madre, me dejaba envolver por ella. Hacia el final, en nuestras últimas conversaciones, después de que Nacio hubiese desaparecido, cuando su voz sonaba débil al otro lado de la línea y le costaba respirar, no me di cuenta de lo que aquello significaba. Estaba tan consumida por la tristeza, que me había invadido por completo, que a veces tenía que taparme la boca con la mano para silenciar mi llanto.
A medida que dejaba el pueblo detrás de mí, sentí que el sol de la tarde me calentaba la espalda. Me centré en la carretera que tenía bajo los pies y caminé a un ritmo lento y constante. Las asas de los botes de pintura se me clavaban en las manos, pero persistí. Tenía muchísimos planes de redecoración y regeneración, y una necesidad enorme de hacer que las cosas parecieran nuevas. Delante de mí vi tractores y apisonadoras. Hombres vestidos de naranja pavimentaban la carretera mientras una nube de humo ascendía del asfalto como si fuera una neblina de calor. Caminaba lentamente y contemplé la montaña Killealan en la distancia, que había adquirido un color purpúreo que destacaba con el cielo blanco. Las moras crecían en los zarzales embrollados que había al lado de la carretera y de los setos brotaban las fucsias de septiembre. El sol brillaba con fuerza y, de repente, quise quitarme la ropa, tumbarme en el mar y sentir que las olas me empujaban lentamente y la espuma me acariciaba la piel.
Advertí que un coche ralentizaba el ritmo a mi espalda y me aparté a un lado para dejarlo pasar, sin embargo se detuvo junto a mí. A través de la ventanilla del asiento del copiloto vi a un hombre que se inclinaba y entrecerraba los ojos a causa del rayo de luz que le daba en plena cara. Traté de recordar quién era y tardé unos segundos en recuperar su imagen más joven y sin barba de entre las tinieblas de mi mente. Resollé. Su cara me sorprendió: la seriedad que reflejaban sus ojos, las cejas arqueadas que los enmarcaban… Era una cara que había conocido a la perfección hacía mucho tiempo.
—Eres tú —dije con incredulidad en la voz.
—Sí.
Christy sonrió y, muy a mi pesar, el corazón me rebotó de un lado a otro en el pecho.
—He visto que ibas cargada —comentó, y señaló los botes de pintura—. Llevas mucho material ahí. Te puedo acercar, si quieres.
—Ah, bueno… vale. Gracias.
Sentí una gran conmoción en mi interior, y supongo que él también la sentía mientras los dos salíamos tambaleándonos de la caverna sellada de la historia que habíamos compartido. Christy se mostraba relajado conmigo, pero percibía su comportamiento forzado, notaba el esfuerzo que le suponía actuar así. Dejé mis cosas en el asiento trasero. Era plenamente consciente de los latidos de mi corazón, desbocado en mi pecho.
—Gracias —dije.
Hice el amago de subirme al asiento delantero y me detuve cuando lo vi revolver un montón de hojas y colocarlas a mis pies mientras me sentaba y me ponía el cinturón.
—Perdona —respondió, en referencia a los papeles—. Cosas del colegio.
—Ah.
Durante un minuto, se hizo un silencio incómodo. Condujo con cuidado, no dijo ni una palabra y, en todo ese tiempo, pensé en cómo había sido tiempo atrás; recordé la seriedad de su mirada juvenil, la nobleza de sus facciones, la ternura que se vislumbraba si prestabas atención… Había algo de orgullo en su cara, su estructura ósea le confería un aspecto majestuoso, pero sus cálidos ojos, enmarcados por unas pestañas largas, lo suavizaban. Tuve la tentación de mirarlo, de escudriñarlo de verdad. Quería ver si quedaban trazas del rostro que yo recordaba, de aquella cara que había significado algo para mí.
—Bien —dijimos a la vez, casi en la misma respiración, y nos reímos.
—Tú primero —se ofreció.
—¿Cómo estás? —pregunté mientras los nervios que sentía se me acumulaban en la base de la garganta.
No sabía qué sentir al respecto. Hacía tiempo que la ira hacia él se había desvanecido; se había disipado con el tiempo y otras cosas la habían eclipsado. Sin embargo, mientras nos mirábamos el uno al otro en aquel coche, noté algo en mi interior: un recelo residual, una sensación de incertidumbre.
—Estoy bien —afirmó—. Iba a… bien, pensé en llamarte para verte, pero supuse que sería mejor darte un poco de tiempo para instalarte.
—Vale.
—Entonces… ¿te has instalado ya? ¿Te las apañas?
—Sí.
—Bien.
Al estar a solas con él en un espacio tan reducido, era consciente de mis movimientos, de mi respiración, de la desnudez de mis piernas y de los monosílabos que intercambiábamos. Me preguntaba qué pensaba de mí, de los cambios que observaba en mi cuerpo, del pelo y la piel secos a causa del sol, de las arrugas, de las marcas que me había dejado la ansiedad y el duelo. Pero lo que más me sorprendió fue el deseo de que no pensara mal de mí; un antiguo anhelo y la voluntad de complacerlo. Jugueteé con la cremallera de mi sudadera mientras pensaba en qué decir.
—He encontrado trabajo. En Crazy Prices.
—¿Ah, sí?
Su voz se volvió más aguda al pronunciar la última sílaba.
—No es nada especial, solo repongo los estantes.
—Genial. Me alegro.
—No está mal.
—Entonces, ¿te quedarás una temporada?
—Puede.
Asintió, pensativo, mientras digería la información, y vi un destello de la escrupulosa mirada juvenil que recordaba. En ese momento pensé en el aspecto que tenía cuando nos conocimos: tenía una expresión vergonzosa y su rostro reflejaba cierta arrogancia. Tenía las facciones oscuras, las manos en los bolsillos con un gesto de despreocupación y esbozó una sonrisa misteriosa que hizo que se me acelerara la respiración, por inexplicable que fuera.
—Seguro que te parece extraño… —dijo, e hizo una pausa para aclararse la garganta—. Volver. Después de todo el tiempo que ha pasado.
—Sí, supongo. En cierto modo, parece diferente.
—¿En qué sentido?
—Pues, mira, para empezar, la casa parece más pequeña. Está llena de cosas y de esquinas oscuras. No lo soporto.
Me miró de reojo y me percaté de lo dramática que sonaba. Entonces, me apresuré por diluir mis palabras.
—Tan solo necesito hacer algo con ella, limpiarla y transformarla en un lugar cálido de nuevo.
Asintió, pensativo.
—Es una buena casa —comentó.
—Sí. Pero no es mi casa. O, al menos, no lo parece.
—¿Tú crees?
—Ni siquiera parece que sea la casa de mi madre, si soy sincera. —Me miró de nuevo antes de fijar la vista en la carretera—. Para mí, todavía es la casa de la tía de Lillian. No ha cambiado prácticamente nada desde entonces.
Lo observé por el rabillo del ojo con dificultad. Tenía la barba oscura, como el pelo, pero las primeras canas la moteaban. No lo recordaba con barba. Le hacía parecer mayor, le daba un aspecto distinguido. Tenía el pelo corto y me imaginé que, si lo hubiese tenido más largo, se le habría rizado como cuando era joven. Se le empezaba a clarear por la zona de la frente y advertí que se lo peinaba hacia delante para combatir la señal de envejecimiento; aquel era un pequeño rastro visible de vanidad.
—Avril me ha dicho que Yankee House todavía está en pie —dije, y vi como se le curvaban los labios hacia arriba y esbozaba una ligera sonrisa.
—Bueno, hace tiempo que no oigo a nadie llamarla así.
Tenía los labios largos y rectos, y la barba perfectamente recortada, pero había un rastro de la ternura de su juventud en sus facciones. Se hacía visible en sus ojos marrones que reflejaban la luz a través de su oscuridad. Me pregunté cómo sería besar de nuevo aquella fina línea que era su boca, cómo sería sentir la suavidad de su mandíbula aterciopelada en mi cara. Me pasé la mano por el pelo rápidamente en un movimiento salvaje para quitarme aquella imagen de la cabeza.
—Iba a ver si podía reparar el antiguo Datsun de mi padre. Ir caminando desde el pueblo es una matada —añadí—. Sigue en el cobertizo que hay detrás de la casa, aunque Dios sabe en qué estado estará.
—Me había olvidado de que había un coche —comentó de manera pensativa—. Lillian nunca lo utilizó.
No le expliqué que mi madre odiaba aquel coche: la pintura rojo chillón, la tapicería de color caramelo… Era igual que mi padre: estridente y extravagante. Nunca entendió por qué se lo había dejado. «Te dejo el coche», le escribió en una nota, como si fuera un gran regalo para ella. ¿Es que nunca se dio cuenta de que lo odiaba? ¿De que jamás lo conduciría?
—A estas alturas seguramente está como para llevarlo al desguace —contesté en voz baja.
—Puedo echarle un vistazo, si quieres —se ofreció con un tono de voz comedido y, al mismo tiempo, ligeramente entusiasmado.
Me sorprendió que se ofreciera a ayudarme con el coche. No parecía la clase de hombre acostumbrado a juguetear con motores. Tenía las uñas demasiado limpias y la ropa, impoluta. Su aspecto era el de alguien escrupuloso y delicado. La seriedad de su actitud sugería que estaba más cómodo perdiéndose entre las páginas de un libro que debajo de un coche. Se dio cuenta de lo poco que lo conocía ahora. Lo único que tenía de él eran recuerdos. Los años los habían convertido en completos desconocidos. Quizá era mejor así.
—Vale —respondí—. Si no es molestia…
—Para nada.
La carretera serpenteaba entre las colinas hasta llegar al mar. A lo lejos, se veía el mar, de un azul aguamarina bajo la calima. Era tan raro estar sentada en el asiento del copiloto de un coche de nuevo —el sitio reservado para la esposa— con un hombre al volante que me sentí nerviosa. Había tensión entre nosotros, un silencio cargado de preguntas. ¿Pero qué sentido tenían ahora todas esas preguntas? Todo lo que había querido preguntarle se desvaneció de mis pensamientos; todas las preguntas candentes se habían enfriado con el paso de los años. Se hizo un silencio, aunque no era hostil; me parecía relajante.
Y, entonces, pasó algo. La radio llevaba sonando de fondo todo el tiempo, como si fuera un murmuro constante de voces, pero, en ese momento, en el silencio, las oí con claridad. Era la emisora local, y el presentador estaba leyendo los obituarios. Esa práctica mórbida y peculiar era una de las cosas de aquel rincón del mundo que había olvidado. Nos quedamos en silencio mientras una oleada de incomodidad inundaba el espacio que había entre nosotros y escuchábamos con atención los detalles de todas aquellas personas que habían fallecido antes de que se inclinara rápidamente y cambiara de emisora.
—Perdona —murmuró, y colocó la mano sobre el volante de nuevo.
La música de los Who llenó el coche de música. «The Seeker» empezó a sonar por los altavoces y los dos nos quedamos quietos mientras escuchábamos la letra.
I asked Bobby Dylan,
I asked The Beatles,
I asked Timothy Leary,
But he couldn’t help me either.
Lo miré fijamente y vi que se había sonrojado. Advertí que se sentía avergonzado por el hecho de que hubiese oído hablar sobre muerte. Le ardían las mejillas y miraba hacia todos los lados. Sentí su humillación. De repente, parecía tan ridículo que una carcajada empezó a formarse en mi interior. Traté de contenerme, pero no pude evitarlo y rompí a reír estrepitosamente. Fue como un grito ahogado, como un hipo sonoro. Christy me miró, confundido, y noté que estaba a punto de soltar otra carcajada. Y, entonces, no pude frenar la hilaridad. Era imposible de contener, emanaba de mis labios como si fuera una cascada. Asombrado, me miró mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas. No podía controlarme. En ese momento, él también comenzó a reír. Los dos estábamos sentados en la parte delantera del coche, tratando de respirar mientras reíamos a carcajada limpia. Y de la fuente más inesperada, de las circunstancias más ridículas, sentí que me deshacía de un gran peso que llevaba sobre los hombros. Noté como me liberaba de ello y la ternura que había debajo de tanta hilaridad.
Cuando conseguimos dejar de reír, me sentí liviana y etérea, como si alguien hubiese abierto una ventana en mi interior y una ligera brisa me atravesara enérgicamente. Y, así, sin más, supe que todo iría bien entre nosotros, que la ira, el dolor y los años que habían pasado no significarían nada. Puede que él también lo notase, porque aunque había dejado de reír, seguía sonriendo. Poco después, detuvo el coche en el camino de la entrada de la casa, cubierto de césped.
—Bueno… —dije mientras me quitaba el cinturón y le sonreía—. Gracias por traerme.
—Para eso estamos, Lara —contestó con amabilidad, y me miró a los ojos por primera vez en todo el trayecto.
Salí y saqué los botes de pintura del asiento trasero. Entonces, cerré la puerta y miré por la ventanilla abierta de nuevo.
—¿Entonces…?
—Entonces… quizá me pase algún día de la semana que viene para echar un vistazo al coche.
—Claro. Genial.
Se hizo un silencio muy breve antes de que arrancara el coche y, entonces, algo se me pasó por la cabeza y lo solté sin más.
—¿Christy? ¿Es el diminutivo de Christopher?
Era algo que nunca supe y que nunca se me había ocurrido preguntar. Su rostro adquirió una expresión de sorpresa mezclada con confusión y dejó de hacer lo que estaba haciendo.
—Christian —contestó en voz baja, y añadió en un tono diferente—: Pero ya nadie me llama así.
No sé por qué se lo pregunté, pero había algo tan triste en aquella última confesión después del alegre momento y las risas que habíamos compartido que me obligó a decir al marcharme:
—Gracias por traerme, Christian.
Esperó a que recogiera la compra y a que me metiera en casa. Noté que me observaba mientras caminaba y sentí que tenía la mirada clavada en mí. Cuando crucé el umbral sana y salva y cerré la puerta, oí que el coche se alejaba de la casa.
Capítulo 4
Después de cenar se refugió en su estudio —una habitación pequeña con una ventana que daba al mar— para trabajar en su libro. Abrió el documento de Word en el capítulo siete y echó un vistazo al último párrafo que había escrito. La obra había nacido hacía un año como una historia sobre celos, avaricia y corrupción; narraba la pelea entre dos hermanos por unos terrenos y la trama secundaria involucraba a una mujer de la que ambos estaban enamorados. Pero, tras escribir las primeras treinta mil palabras, Christy empezó a temer que el escenario fuese demasiado provinciano y que eso confiriera al relato un sentimiento nostálgico en lugar del estilo contemporáneo que esperaba. Así que había retrocedido y reescrito la historia de modo que uno de los hermanos estuviese relacionado con una red de pedófilos en internet, un movimiento radical que sospechaba que no era del todo convincente. Al mirar las últimas frases que había escrito, las palabras se emborronaron y se convirtieron en nubes. Christy apartó los ojos del monitor y recorrió la habitación con la mirada.
Había pasado una semana desde aquel trayecto en coche y, al cerrar los ojos, vio de nuevo sus piernas descubiertas, el destello de diversión en su boca, el oscuro pesar que reflejaban sus ojos… Y oyó su voz, la forma en que pronunciaba su nombre…
«Para», se dijo a sí mismo mientras sacudía la cabeza para despejarse.
El estudio era su santuario, un lugar al que escapaba cuando las voces de su familia se volvían estridentes e insoportables. Un sitio que le ofrecía tranquilidad para escribir su libro. En las paredes, había colgado pósteres de los lugares que quería visitar junto a sus mapas, algunos de ellos de la época de su padre. El atlas también era de su padre y recordaba con cariño las horas que habían compartido estudiando minuciosamente las zonas rosas y verdes. Christy había intentado hacer que su hijo se interesara por los misterios de esos destinos remotos, pero, aunque a Jim parecía gustarle sentarse y escuchar, la falta de brillo en sus ojos reflejaba aburrimiento y desinterés. Sus hijos no mostraban entusiasmo por sus pasiones y sus pasatiempos, y eso entristecía a Christy. Exhibían el mismo desdén por la poesía y la literatura. Aunque físicamente se parecían mucho a él, sobre todo Avril, sus personalidades le resultaban lejanas y extrañas. ¿Cómo era posible que los genes de Sorcha se hubieran acumulado e impuesto sobre los suyos de una forma tan abrumadora? ¿O acaso tenía más que ver con su papel de madre, la influencia que había tenido en ellos y con el hecho de que había tenido mucho más éxito que él a la hora de ejercer su identidad?
Dirigió la vista de nuevo al monitor y tecleó unas cuantas palabras más, una descripción de la chica en el centro del triángulo amoroso; cabello oscuro, unos vaqueros desgarrados, chanclas y una mirada salvaje.
Paró de teclear. Se había dejado llevar por un momento; resopló y se tranquilizó a sí mismo. Sin embargo, el texto que tenía delante parecía aburrido y anodino, y Christy no estaba lo bastante concentrado como para dotarlo de energía, así que, en su lugar, comenzó a navegar por internet.
Desde el día en que la había llevado a su casa en coche, sentía que algo comenzaba a apoderarse de él; era como si tuviese algo en la sangre, algo que le costaba identificar. El cambio le había parecido extraordinario. A Christy le resultaba increíble que todo el mundo lo mirase del mismo modo. No obstante, era consciente del distanciamiento creciente entre él y su familia, que se había creado con tanto sigilo que prácticamente no se había dado cuenta. Pero aquella noche, durante la cena, advirtió la distancia que los separaba. Sorcha y Avril estaban finalizando otra larga y tediosa discusión. Ambas mostraban sus personalidades llevadas al extremo: su hija se había retraído, oculta tras una cortina de pelo, y unas densas olas de furia la cubrían; su esposa forzaba cierto entusiasmo, una alegría extenuante, en un intento por restar importancia a lo ocurrido. A Christy le pareció que Sorcha chillaba demasiado e imaginó sus cuerdas vocales hinchadas, púrpuras y refulgentes. Jim cenaba en silencio, tarareando para sí mismo, y Christy observó que el chico recorría la superficie de la mesa con una mirada perezosa y sonámbula. Se preguntó, no por primera vez, qué era exactamente lo que ocupaba los pensamientos de su hijo. Christy creía que aquella mirada inescrutable y distraída era una especie de defensa, como un sólido muro que se levantaba entre ellos. En muchos sentidos, su hijo era un completo desconocido para él, mucho más que el resto.
El móvil de Avril, que no dejaba de sonar y vibrar, interrumpió la cena.
«Deja eso», le ordenó mientras su pulgar se deslizaba sobre el aparato, tecleando frenéticamente. La joven le lanzó una mirada acusatoria antes de dejar el móvil sobre la mesa con cierta brusquedad.
Le enfurecía el continuo intercambio de mensajes de texto; el constante movimiento de su pulgar, los pitidos de las respuestas entrantes y las risillas y sonrisas privadas que provocaban. Se preguntó con quién estaría comunicándose y recordó a las chiquillas con las que antes jugaba y lo mucho que disfrutaba de sus correteos por la casa y de los chillidos y las carcajadas que acompañaban sus juegos. Pero en algún momento de los últimos dos años, esas niñas inocentes se habían convertido en unas señoritas de mirada insolente, irrespetuosas y desdeñosas. Se sentía incómodo en su presencia, como si lo evaluaran en silencio. Cuando salía de la habitación, rompían a carcajadas y él sentía que la sangre se le subía a las mejillas. Parecía que Avril pasaba horas al teléfono, encerrada en conversaciones y murmullos urgentes. Le desconcertaba lo mucho que tenían que hablar esas chicas. Y también le asombraba la forma en que el tono de su hija cambiaba según la persona a la que se dirigiese. «¡Papá!», le soltaba de forma concisa y brusca, como si diera una puñalada al aire, mientras que, cuando hablaba con sus amigas, subía el tono y canturreaba al despedirse. «¡Adióóóóós!», decía, antes de volver a ponerse de mal humor. Cómo añoraba su risa, la simple felicidad que había en ella…
«¡Por el amor de Dios, sonríe!», quería decirle, entre risas, para quitarle gravedad.
Pero el tiempo en que podía darle órdenes, incluso si las formulaba con ligereza, había quedado atrás. Avril lo consideraría una agresión, un intento de suprimir su independencia, y ya sabía qué respuesta le espetaría: «¿Por qué iba a sonreír?».
Durante la cena, mientras un aire negro y pesado se cernía sobre ellos, Christy miró a su hija y, al ver que tenía el ceño fruncido, se dijo para sí mismo: «Una vez quise a esta chica».
Christy se reclinó en la silla. Su mente vagaba por esos pensamientos negativos mientras hacía una búsqueda en Google: «Niños desaparecidos Brasil». Se sorprendió al ver el número de páginas web que aparecieron. Echó un vistazo por encima y eligió una de ellas. A medida que la página se cargaba, poco a poco, unos rostros empezaron a observarlo, casi todos de chicos adolescentes. Los miró por encima antes de modificar la búsqueda a chicos que hubiesen desaparecido hacía dos años. Una serie de huellas dactilares aparecieron en la pantalla —en tal cantidad que resultaba alarmante— y pasó el cursor por encima de cada una de ellas en busca de detalles, con paciencia. No tardó mucho en encontrar lo que buscaba. Ignacio Moreno de Salvatore. Se distinguía por su edad. Era el único niño de cuatro años en medio de un mar de adolescentes. La foto no era muy nítida —una instantánea durante unas vacaciones—. Christy la escudriñó de cerca y trató de encontrar en aquel pequeño y oscuro rostro trazas de Lara. Tal vez había algo de ella en la curva de su boca o en el travieso brillo de sus ojos. Notó que se le encogía el pecho y que el aire abandonaba sus pulmones, y deseó no haberlo hecho. Se sentía como un mirón contemplando con despreocupación aquel dolor.
La puerta se abrió a su espalda y se obligó a concentrarse. Se inclinó rápidamente y minimizó el documento Word en la parte inferior de la pantalla cuando Sorcha cerró la puerta del estudio.
—Hola —dijo, y pasó por su lado. Christy detectó una diminuta fisura de cansancio en su voz—. No te molesto, ¿verdad?
—Claro que no.
Sorcha caminó hasta la ventana y se apoyó en el alféizar, con los brazos cruzados bajo el pecho mientras contemplaba el mar. A veces había en ella una quietud, una contención, que le resultaba calmante. Sorcha poseía una gracia natural que, de algún modo, parecía adquirir un matiz de conmoción, incluso belleza, en momentos de tristeza o cansancio. Quería algo de él —lo supo al ver cómo se dirigía con decisión a la ventana y la postura silenciosa que adoptó— y esperó a que comenzara. Suponía que quería hablar de Avril. Últimamente casi todas sus conversaciones parecían girar en torno a su hija adolescente; ambos estaban desconcertados y confundidos por los cambios que estaba experimentando.
—Dios, me agota —dijo Sorcha en un suspiro. Christy quedó complacido al ver que había acertado—. Últimamente parece que estemos librando una batalla continua con ella.
—Solo es una racha —comentó con sensatez—. Ya se le pasará.
—Y mientras ¿qué hacemos? ¿Nos quedamos de brazos cruzados y observamos cómo las hormonas se apoderan de ella? Madre mía, podría matar a alguien cuando se pone así.
—Bueno, es un consuelo saber que es poco probable que mate a alguien que no sea de la familia. —Le sonrió—. Tú y yo somos las principales víctimas potenciales.
—En serio, Christy. Esto no puede seguir así. —Negó con la cabeza y sus rizos se sacudieron. De pronto, adquirió una expresión de arrepentimiento afectuoso—. Esta mañana me ha dicho que parezco una paleta. No es cierto, ¿verdad?
Su rostro dejaba al descubierto tal dolor que un sentimiento protector afloró en él.
—No, claro que no.
Aún le conmovía la desconfianza de su esposa hacia sus hijos, el poder que ejercían sobre ella. Recordaba con claridad un día en que había vuelto del trabajo cuando Avril todavía era un bebé y las encontró a las dos, a su esposa y su hija, con la cara roja y llorando, una lágrimas de furia e indignación, y la otra, lágrimas de aflicción y desconsuelo por lo que su madre había hecho. Era la primera vez que Sorcha había golpeado a su hija en un momento de ira. Aquel día, Christy la abrazó contra su pecho, meciéndola suavemente, y escuchó sus murmullos de remordimiento. Algo en su interior quería volver a sentirla así de cerca; añoraba aquellos tiempos en que un simple abrazo era suficiente para mejorar las cosas.
—Aun así… —dijo Sorcha, esa vez con firmeza—. Uno de nosotros tiene que hablar con ella.
—¿Quieres que lo haga yo?
—¿Lo harías? Yo lo he intentado hasta la saciedad. A ti te escuchará.
—Lo dudo mucho.
—Por favor…
La observó. No estaba convencido de que sus palabras fueran a surtir ningún efecto en Avril: lo que había ocurrido durante la cena era una prueba más que evidente de que era incapaz de comunicarse con ella. La máscara de cabello tras la cual ocultaba la cara había sido la gota que había colmado el vaso. Aquello lo irritaba muchísimo. Deseaba que se lo apartara con un gancho, una diadema o algo. Durante la cena, se había quedado sentado en la mesa, observando cómo se llevaba la comida a la boca y su tenedor desaparecía tras aquella cortina de pelo.
«Por el amor de Dios, Avril», le había espetado mientras notaba que aferraba con fuerza el tenedor y el cuchillo. «¿Quieres recogerte el pelo de una vez?».
Ella había actuado como de costumbre: le dirigió una mirada vacía antes de levantarse, arrastrando con furia la silla sobre las baldosas, y marcharse indignada de la habitación.
«Más le vale volver y terminarse la cena», le había dicho Christy a Sorcha en un tono prácticamente amenazador.
«Déjala», había respondido su esposa, agotada, al tiempo que se oyó un portazo en la planta superior, seguido por una música estridente; Christy notó que su apetito disminuía.
—Por favor… —suplicó en ese momento Sorcha, y él sintió la necesidad de apaciguarla.
—Vale, cariño, lo intentaré.
Pareció que algo se destensaba en su cuerpo cuando Christy accedió. Sorcha relajó los hombros, aliviada por deshacerse de aquella carga. Le sonrió, alejó los brazos del pecho y se separó del alféizar. Se detuvo detrás de su silla, se inclinó para besarle en la coronilla y él le acarició la mano, que descansaba sobre su hombro.
—Gracias.
—No me des las gracias hasta que no haya hablado con ella.
Sorcha tenía el rostro apoyado sobre su cabeza y Christy notó que miraba la pantalla que tenía delante.
—¿Cómo va el libro?
—Bien.
—¿Has tenido alguna noticia más de aquella agente?
Christy se tensó ligeramente ante aquella mención y se revolvió en la silla.
—No, todavía no. Primero tengo que mandarle el resto del libro, ¿recuerdas? Entonces se pondrá en contacto conmigo.
—¿Todavía no lo has hecho?
—No, Sorcha, aún no he terminado.
Se le quebró la voz al sentir una repentina irritación y le soltó la mano. No podía evitarlo: el hecho de que hubiese mencionado a la agente le había molestado. En ese momento deseaba no haberle dicho nada y se arrepintió de la versión de los hechos que le había ofrecido y de la forma en que había permitido que atase cabos, haciéndole pensar que prácticamente había terminado la novela cuando lo cierto era que apenas había comenzado a escribirla.
—¿Te has enterado de algo más sobre el certamen de poesía?
—Por Dios, Sorcha, ¿de qué va esto? —soltó en un suspiro. No pudo evitarlo.
—Solo preguntaba.
Una tensión se apoderó del ambiente tras su repentino estallido. Sorcha dio un paso atrás, como si percibiera su incomodidad y su desánimo ante la mención de la poesía.
—Bueno, te dejo seguir trabajando. —Pero antes de marcharse, añadió—: Avril está en la playa. Creo que irá a visitarla.
—¿En serio?
—Sí, creo que la idolatra un poco. Y, sinceramente, no estoy segura de que sea una buena idea. Para ninguna de las dos.
—¿Por qué dices eso?
—Venga ya, Christy. Lara no es el mejor ejemplo a seguir para una adolescente muy influenciable, ¿no crees? Además, ya tiene sus propios problemas. No creo que quiera que Avril esté encima de ella todo el rato.
—Sí, supongo que tienes razón.
—¿La has visto ya?
—La vi un momento. La llevé a casa el otro día.
—No me lo habías dicho.
—¿No? Se me debió de pasar —contestó, intentando sonar relajado y simular una calma que no sentía.
—¿Cómo la viste?
—Ah, pues eso, cansada, triste y algo distraída.
Notó que se le sonrojaba el rostro y se giró hacia el ordenador para que ella no lo viese. Por un momento, pareció que se hacía el silencio entre ellos y, entonces, oyó el pomo de la puerta girarse.
—Sorcha…
—¿Mmm? —musitó, y se dio media vuelta para mirarlo de nuevo.
—No le habrás dicho nada a Stella, ¿verdad? Sobre la novela, sobre lo que dijo la agente, ¿no?
Lo miró durante lo que pareció un largo instante y, luego, arqueó las cejas. Su rostro reflejaba una perfecta inocencia.
—No. No, claro que no. —Y, luego, cambiando de tema, inclinó la cabeza hacia la ventana, que mostraba un cielo que oscurecía—. Ahí está.
Por un momento, Christy no supo de quién hablaba y se giró hacia el mar. Pero, entonces, dirigió la vista a Sorcha. Su esposa pareció oír la pregunta que se hacía y algo en ella se tensó.
—Me refería a Avril —añadió antes de marcharse en silencio.
Christy caminó hacia el crepúsculo. El aire se introducía en su pecho y le llenaba los pulmones. Inhaló y sintió que se expandía en su interior. El camino que llevaba a la playa adquirió un tono argentino en la penumbra y se dirigió con cuidado hacia la orilla. Le resultaba más fácil respirar en el exterior; tenía más espacio para pensar. Junto a él, las olas rompían como si fueran explosiones saladas. Más adelante, cerca de la punta de las rocas, vio a Avril. La chica caminaba entre los restos que el mar había depositado y que pronto reclamaría.
La observó mientras caminaba, balanceando las caderas, sin ser consciente de que la observaban. Había desarrollado una nueva forma de andar, una especie de paseo indolente y ostentoso que expresaba hasta la última gota de apatía de la que podía hacer gala. Llevaba unos zapatos negros con unos enormes tacones, como mínimo de unos siete centímetros. Odiaba esos zapatos y había protestado enérgicamente cuando llegó a casa con ellos, exigiendo que los devolviese. Era demasiado joven para llevarlos, argumentó; por el amor de Dios, si todavía estaba desarrollándose. Le provocarían una mala postura en el futuro. Pero también había perdido esa batalla.
Le parecía que los cambios que estaba experimentando erosionaban poco a poco prácticamente todo lo que una vez había conocido y amado de su pequeña, su primogénita. Ese mismo verano, en la playa, se había quedado estupefacto al contemplar la metamorfosis que había sufrido su cuerpo, esa voluptuosidad que se había apoderado de ella y la había transformado. Christy no estaba preparado para la velocidad con que la adolescencia se había instalado, ni para ver cómo su cuerpo caía en las garras de aquellas hormonas dañinas. Sufría unos cambios de humor violentos. Lo ponía nervioso acercarse a ella y se preparaba mentalmente para lidiar con sus enojos, pataletas y rabietas repentinas antes de entrar en casa. Todavía la quería, pero últimamente tenía que recordárselo a sí mismo cada vez más a menudo.
La alcanzó al llegar a las largas rocas lisas. La llamó y aligeró el paso cuando Avril se giró y lo esperó. A medida que se acercó, vio el recelo que reflejaban sus facciones, la mirada apagada, severa y atenta con que lo observaba.
—¿Qué? —preguntó con hosquedad cuando su padre la alcanzó, recuperando el aliento.
—¿Podemos hablar un momento?
—Supongo —contestó, y se encogió de hombros.
—Mira, cariño… —empezó a decir, y exhaló en un intento por adoptar una actitud racional—. Siento haberte hablado así antes. Lo que he dicho sobre tu pelo…
—A mi pelo no le pasa nada.
—Lo sé, lo sé. Es que a veces te tapa la cara, y tienes una cara preciosa.
No parecía muy convencida. Christy dirigió la vista más allá de ella, a la espuma que bañaba la playa, y sugirió que siguiesen caminando. Durante un rato, ninguno de los dos pronunció palabra alguna y pensó en cómo abordar el tema de su comportamiento, las peleas que tenía con su madre y su insolencia, algo que él no podría tolerar durante mucho más tiempo. Pero había algo tan agradable en aquel silencio, casi mágico, que no quería estropearlo. Hacía tiempo, Avril y él eran muy buenos amigos. Desde su nacimiento, se había sentido embargado por un poderoso deseo de protegerla, acompañado de una especie de asombro por todo lo que hacía. Cuando tenía dos años, le fascinaban las mariposas. «Parimosas», las llamaba ella, y Christy nunca se vio capaz de corregirla. Sintió una punzada de tristeza el día que descubrió cómo se pronunciaba de verdad. Y, en ese momento, en una oscuridad creciente, quiso ser su amigo de nuevo.
—¿Así que vas a ver a Lara?
—Ajá.
—Parece que últimamente pasas mucho tiempo con ella.
—Sí. Mola.
—Sí, supongo que sí.
—No es como los demás adultos, ¿sabes? No me está diciendo siempre si no debería estar en casa o si no se preguntarán mis padres dónde estoy ni ningunas de esas mierdas. Me deja hacer lo que quiera.
Christy contuvo el impulso de regañarla por emplear aquel vocabulario soez y se preguntó exactamente qué permitía Lara hacer a su hija que no pudiese hacer en casa.
—¿Y qué hacéis? —dijo con indiferencia.
—La ayudo con la casa. La está renovando.
—¿Renovando?
—Sí, está quitando todas esas fotos viejas, pintando las paredes, ya sabes, ese tipo de cosas.
—Claro.
Intentó recordar cómo era la casa mientras Lillian aún vivía. Había largos rollos de papel matamoscas colgando del techo, con moscas pegadas a él como si fueran grosellas. Aquellas espirales pegajosas repletas de cadáveres negros le provocaban náuseas. También lo hacía el olor de la casa, sobre todo hacia el final, cuando Lillian ya estaba muy mal y el desagradable olor del desinfectante contrarrestaba una hediondez todavía peor. Pero el papel matamoscas ya no estaría ahí, e imaginaba que la fuerte brisa que entraba por las puertas y las ventanas abiertas se habría llevado aquel hedor.
—He hecho esta cinta para Lara —dijo tímidamente.
—¿Qué le has grabado?
—The Cure, Interpol, The Bravery, Franz Ferdinand y The Killers —enumeró, y Christy percibió en su tono de voz que estaba orgullosa de esos grupos, de que le gustasen.
—¿The Bravery? —interrogó—. ¿Quiénes son?
—Oh, es un grupo muy chulo —contestó entusiasmada, y toda su hostilidad desapareció. Observó cómo le ondeaba el pelo alrededor del rostro. Avril había bajado la guardia y mostraba el apasionante optimismo que tenía cuando era una niña. Christy notó la sangre que bombeaba su corazón y un antiguo sentimiento de amor familiar por su hija se apoderó de él—. Tienes que ver uno de sus videoclips. Hay una hilera enorme de fichas de dominó en una especie de fábrica grande y un montón de mecanismos se activan cuando las piezas los alcanzan. Es muy guay.
—Suena guay.
Sintió la calidez del buen humor que compartían de nuevo. Lo agradeció después de todos los silencios tensos y hostiles cargados de amenazas tácitas. Hacía unas semanas, durante una discusión, Avril le había dicho que era un perdedor. Le sorprendió que utilizara aquel término y se quedó sin palabras. Después de decirlo, la expresión pareció flotar en el aire entre ellos, resonando con violencia. ¿Cómo supo qué palabra usar, el adjetivo que iba directo al corazón de todas sus inseguridades, aquella palabra incriminatoria que lo hería más que ninguna otra? No le consolaba que la emplease para describir a otras personas. Para Avril, el mundo entero parecía estar poblado de perdedores, inútiles, imbéciles, idiotas y gilipollas.
Los cambios en su hija lo preocupaban: la forma en que se alejaba de él, el nuevo vocabulario que utilizaba y la negatividad de este, así como su nueva habilidad para herirlo con el más mínimo golpe. Pero durante aquel corto paseo por la playa, mientras la noche se cernía sobre ellos y Christy observaba unas cuantas estrellas dispersas sobre sus cabezas, olvidó esa mirada que a veces le dirigía, aquella expresión cercana al odio, una mueca que aunaba aversión y vergüenza. Esa mirada lo dejaba helado.
En la distancia, hacia el final de la costa, sobre las rocas donde rompían y estallaban las olas, una luz brillaba en la oscuridad. Era extraño ver el tenue y áspero brillo que asomaba por aquellas ventanas tras dos años de oscuridad. Alcanzaron el empinado tramo de escalones que serpenteaba sobre la arena y la hierba hasta el desvencijado porche. Entonces, vio pasar una sombra por la ventana, una figura delgada, y algo se aceleró en su pecho. Lara.
Por un instante, se sintió confuso; no estaba seguro de lo que debía hacer. No había hablado con su hija, como le había prometido a Sorcha. Sin embargo, sentía que había progresado con ella.
—Bueno, dejo que te vayas.
—Vale.
Permanecieron unos instantes de pie, mirándose en la oscuridad mientras las olas derramaban con su murmullo agua sobre la arena.
—Ah, y una cosa, Avril…
—¿Sí?
—Dale un respiro a tu madre, ¿vale?
La chica reflexionó sobre aquellas palabras durante un momento.
—Adiós, papá —dijo, y la huella de ternura en su voz le dio esperanzas.
La observó subir los escalones y percibió optimismo en sus pasos ligeros sobre las tablas de madera. Más arriba, oyó una puerta abrirse, y la luz que brotó de repente del interior hacia los escalones le bañó el rostro. Escuchó cómo se saludaban y esperó a que se giraran hacia él, pero, en su lugar, entraron en la casa y cerraron la puerta.
Esperó un momento, con la vista puesta en la ventana. Casi quería verla surgir de entre las sombras, llamándolo e invitándolo a entrar. Permaneció allí dos o tres minutos antes de dar media vuelta, enfadado consigo mismo por pensar tal estupidez. Se recolocó la chaqueta y regresó caminando por la playa, solo en la oscuridad, mientras el mar avanzaba a su lado.
Capítulo 5
Sorcha estaba sentada al fondo del Old Oratory, en el sitio que Stella llamaba el muelle del café, esperando pacientemente. A su alrededor, unas voces se mezclaban con la música que emitían los altavoces, una cadencia lenta y rítmica, mientras ella observaba el vapor que emanaba de la taza de café que sostenía entre las manos. Había algo placentero en el hecho de sentarse sola y calentarse las manos con una taza de loza. Era un lujo no tener nada más que hacer, solo sentarse y esperar.
Un año antes, Sorcha había visitado a su médico de cabecera, un hombre alto y de aspecto decente que había sido su doctor desde niña, y le había hablado de su duelo. Había ido a verlo ante la insistencia de Christy. La preocupación de su esposo por sus constantes ataques de llanto y su propia alarma ante la neblina de apatía que se había asentado con tenacidad sobre sus pensamientos la llevaron a buscar ayuda profesional. Ocurrió unos meses después de la muerte de Lillian, pero todavía se sentía frágil y extenuada. Temía que la atiborrasen a antidepresivos o la remitieran a un psiquiatra, de modo que, cuando el doctor le sostuvo las manos, fijó sus ojos penetrantes en los suyos y le dijo: «Sorcha. Debes aprender a tratarte mejor», una nueva oleada de emociones la abatió. De repente, los ojos del doctor eran demasiado amables y su voz, demasiado compasiva.
Tomar café y tarta en el muelle del café era uno de los pequeños lujos que se permitía, un ritual del que disfrutaba. Le gustaba pensar que era una parte de su medicación mental. Levantó la vista y vio a Stella en la barra, atendiendo a un cliente y articulando «dos minutos» en su dirección. Pero a Sorcha no le importaba esperar; podía vagar en sus proprios pensamientos. Debía atesorar aquellos momentos de soledad, arrancados del clamor incesante del día a día. Admitió para sus adentros que la aliviaba el hecho de que el verano hubiera acabado. Ahora que los niños y Christy habían vuelto a la escuela, tendría la casa para ella de nuevo. Aquel verano en concreto había sido más estresante que los demás. La nueva agresividad de Avril, con sus repentinos arranques de mal genio, habían hecho mella en todos. Christy había respondido como de costumbre: se retiraba a su estudio o se marchaba a la playa para pasear a solas. Todavía la sorprendía su necesidad de estar solo. Su hijo parecía haber heredado algo de esa naturaleza. Esa era otra de sus preocupaciones: la tendencia que tenía Jim a retraerse, esa quietud suya y lo que significaba. Saltaba a la vista que su hijo no tenía amigos, y esto le resultó más que evidente durante los meses de verano. Le rompía el corazón verlo quedarse en casa constantemente, holgazaneando delante de la tele con los ojos vidriosos o encerrado en su cuarto con una Game Boy y cómics. Era algo que había compartido con Stella durante una de sus charlas mientras tomaban café. Y cuando vio que Stella se acercaba, tras haberse zafado al fin de sus tareas, Sorcha se preguntó si debería mencionarlo de nuevo, sobre todo teniendo en cuenta el fracaso de su intento por juntar a Jim y Elijah la otra noche.
—Por fin —dijo Stella, y se desplomó en el estrecho banco con un corto y sonoro suspiro. Su rostro resplandecía con salud y benevolencia mientras se inclinaba y sujetaba a Sorcha de las muñecas. Stella era una persona a quien le encantaba el contacto físico, algo que a Sorcha todavía le resultaba encantador tras varios años de amistad—. ¿Cómo estás, querida?
—Bien. Por fin soy libre.
—Ah, sí. ¡La vuelta al cole! —Se detuvo para remover el azúcar de su café y golpeó la cuchara contra el borde tres veces con vivacidad—. Guy está en casa hoy, dando clase a Elijah.
Para Sorcha, había algo pintoresco en su decisión de educar a su hijo en casa. Ni ella ni Christy tendrían bastante paciencia como para sentarse durante todo el día con alguno de sus hijos. Lo máximo que podía hacer era repasar los deberes con Jim durante una hora en la mesa de la cocina.
—¿Lara no viene? —preguntó Stella, y Sorcha se sonrojó al recordar que había comentado con despreocupación que invitaría a su prima la próxima vez que quedaran.
—No. Tenía que trabajar.
—Oh, qué pena. Bueno, seguro que la conoceré pronto.
Sorcha sonrió, dio un sorbo a su taza y escuchó a Stella hablar sobre los planes que tenía para la siguiente reunión del club de lectura, pero, mientras estaba allí sentada, en silencio, pensó en Lara, en la incomodidad que parecía persistir entre ellas y en cómo esta había amenazado en convertirse en auténtica hostilidad cuando había ido a visitarla.
Al principio, Lara pareció un poco sorprendida cuando abrió la puerta. Parpadeó ante la luz como si acabara de despertarse mientras Sorcha esperaba en el porche, con una gran sonrisa. Su propia voz le resultó estridente cuando le preguntaba con vivacidad si era un mal momento.
«No, no. Pasa», dijo Lara, y le sujetó la puerta.
Sorcha la siguió hacia el interior y se detuvo en seco mientras observaba las paredes, más luminosas y más limpias de lo que recordaba. Y, entonces, se dio cuenta: las fotos habían desaparecido. Aquellas fotos enmarcadas, en blanco y negro, en sepia, con colores desvaídos, las fotos que Lillian adoraba, ya no estaban.
«¡Las fotos!», exclamó antes de poder evitarlo. «¿Qué ha pasado?».
Había un tono de acusación en su voz, no pudo ocultarlo, y oyó la respuesta de Lara, cautelosa y controlada.
«Me daban muy mal rollo», respondió suavemente, «así que me he deshecho de ellas».
Sorcha trató de impedirlo, pero dio un grito ahogado.
«Pero Lillian…».
«Lillian las detestaba».
«¡Eso no es cierto!».
Entonces, Lara la miró y Sorcha supo que se había pasado de la raya al utilizar aquel tono de voz y haber hecho aquella pausa cortante en la conversación. Había tensión entre ellas, una confrontación tácita que hacía que pudiese estallar una discusión en cualquier momento. A Sorcha no le gustaban las discusiones. La hacían sentirse herida e indefensa. Al final, apartó la mirada de Lara y forzó una sonrisa mientras contemplaba las paredes.
«Bueno, es agradable y luminoso», añadió débilmente.
Durante los siguientes veinte minutos, permaneció sentada conversando con su prima mientras tomaban té, escuchando cómo su falsa voz resonaba en aquella habitación recién pintada mientras Lara fumaba un cigarrillo tras otro.
No le contó nada de eso a Stella.
—¿Qué tal lo llevan los niños? —preguntó su amiga.
—Bueno, ya sabes, Avril todavía tiene esos cambios de humor. Lo bueno es que está fuera de casa hasta las cuatro todos los días, así que tengo unas cuantas horas de respiro.
—¿Y Jim?
—Jim. Bueno, lo cierto es que parece el mismo de siempre. Resulta difícil saberlo, no habla mucho de la escuela. Me cuesta saber en qué piensa.
Cuando lo había recogido el día anterior, se quedó sentada en el coche y observó cómo un torrente de chicos salía de la entrada del colegio. Todos estaban bronceados y tenían un aspecto saludable tras el verano, pero entonces apareció su hijo, pálido y cabizbajo, con la mirada clavada en el suelo y solo como de costumbre, y su preocupación por él aumentó.
—¿Has hablado con sus profesores? —preguntó Stella.
—No, la última vez que hablé con ellos fue cuando acabó el curso. Nos aconsejaron que quizá sería buena idea que repitiera curso antes de empezar el instituto.
Stella se mordió los labios y asintió con sabiduría. Sorcha ya sabía cuál era la estridente opinión de su amiga con respecto a aquel tema. Había escuchado sus enfurecidos comentarios sobre el sistema educativo, sus severas advertencias sobre el bullying y la vulnerabilidad de los chicos en particular. Había aceptado en silencio libros y recortes de revistas que hablaban sobre el creciente índice de suicidio entre chicos adolescentes mientras el miedo se arremolinaba en su interior. Hubo un tiempo en que enseñaba esos artículos a Christy, pero ya no, no desde lo ocurrido con el poema de Betjeman. Stella, que pensaba que solo estaba ayudándolos, creyó que era necesario acometer a Christy desde otro ángulo, uno que se ajustase a su personalidad, de modo que presentó a Sorcha un poema escrito por John Betjeman sobre su experiencia del acoso escolar llamado «Pecado original en la costa de Sussex» y, como una tonta, Sorcha se lo había enseñado a Christy. Su reacción fue explosiva.
«¿Qué pretende con esto?», rugió su esposo, zarandeando el poema e iracundo. «¡Es algo muy propio de Stella y de su sabiduría de segunda mano, joder! Tomar prestadas las palabras de otro para asustarnos… ¿Qué espera que hagamos, sacar a Jim de la escuela? ¿Enviarlo a su pequeña escuela de segunda para que le llenen la cabeza de sus tonterías hippies y lo conviertan en un friki como Elijah?».
Por supuesto, Sorcha no mencionó a Stella su reacción. Nunca le contaría el recelo que sentía Christy, ni mucho menos revelaría que Elijah le parecía un chico demasiado precoz, delgaducho y con ojos saltones. En una ocasión, Sorcha se quedó pasmada al oírle decir que Elijah parecía un personaje de una novela de ciencia ficción y no un humano de verdad. Había advertido que los comentarios de su marido sobre Stella, Guy y Elijah se habían vuelto mezquinos en los últimos dos años y sospechaba que se debía principalmente a aquel libro de poesía.
—¿Y qué opina Christy de hacer que repita curso? —preguntó Stella, rescatando a Sorcha de la espiral destructora de sus pensamientos.
—Cree que no es buena idea, que no sería más que una pérdida de tiempo. Parece que piensa que solo está pasando por una mala racha.
Mientras las palabras salían de su boca, se dio cuenta de que esa era la respuesta de Christy a todo lo relacionado con sus hijos. Sintió una punzada de rabia hacia él.
—Hablando de Christy… —empezó a decir Stella. Sus ojos adquirieron un brillo cómplice—. Llamé a The Irish Times para preguntar sobre el certamen de poesía ¡y resulta que puede presentarse! —Se inclinó hacia atrás triunfalmente e inclinó la cabeza como si dijese: «¡Toma ya!».
—Oh. Vale.
—¿No es estupendo?
—Por supuesto. ¡Es genial!
Sorcha oyó la debilidad que había en su voz y recordó el pequeño suspiro que emitió Christy cuando sacó el tema en su estudio. No era un hombre propenso a suspirar, y aquella pequeña y exasperada exhalación la preocupó. Nunca habían hablado de la gran desilusión que le provocaba su poesía. Preferían dejar aparcado el tema en los límites de su matrimonio, acumulando polvo. Ignoraban todo el doloroso episodio que rodeaba el silencio ensordecedor que había recibido su publicación, la forma en que había sido ignorado por todos los periódicos y revistas. Solo hubo una reseña, una, un pequeño párrafo no demasiado entusiasta en el Kerryman, apenas un murmullo. Y luego estaba la vergüenza que sentía por haberse gastado tanto dinero en imprimir copias que jamás se vendieron, por no hablar de la humillación privada que había sufrido aquella noche, en el Old Oratory, mientras escuchaba a su marido leer su obra en voz alta, con un estilo farragoso, ampuloso y exageradamente arrogante. Al mirar a su alrededor, vio las miradas ausentes de los presentes y sintió una fuerte punzada de dolor provocada por su marido, por su pomposa declamación, por lo ridículo que resultaba, al tiempo que se percató de repente de lo horribles que eran sus poemas. También se sintió culpable por haberle permitido hacerlo, por no haber tratado de protegerlo de las heridas que provoca la crítica o la frialdad de ser ignorado. Se ruborizó de nuevo al recordarlo.
—¡Asegúrate de decirle que presente el libro! —le ordenó Stella, que golpeó la mesa con su regordete índice para dar énfasis a sus palabras.
—Lo haré.
—Y si no lo presenta, ¡entonces lo haré yo misma!
Sorcha sabía que no era una simple amenaza. Era consciente de que Stella tenía una actitud posesiva al respecto. Esto se hizo aparente desde el momento en que Stella leyó los poemas por primera vez e inició su enérgica campaña de apoyo. Su actitud posesiva se vio fortalecida cuando Christy le pidió que diseñase la cubierta, una petición que, según Stella, era un honor recibir. Stella se veía a sí misma como una especie de mecenas debido a que era dueña de una tienda de artesanías que apoyaba a artistas locales y a su predisposición a celebrar lecturas y talleres después de la jornada laboral en el Old Oratory. Sorcha sabía que lo hacía con buena voluntad, aunque fuese algo inapropiado. Puede que por eso le hubiese contado a Stella lo de la agente de Londres, algo que le había hecho sentir pequeñas punzadas de remordimientos desde entonces.
—Stella —dijo con vacilación Sorcha—, ¿recuerdas lo que te conté la otra noche sobre la agente?
—¡Ay, Dios mío! —Stella dejó su café sobre la mesa y volvió a sostenerle la muñeca—. ¿Le ha dicho algo más?
—¡No, no! No es eso. Es que… ¿te importaría no decírselo a nadie? Es decir, no hay problema en que se lo cuentes a Guy, por supuesto, pero quizá deberías decirle que lo mantenga en secreto.
—Claro. ¿Por qué? ¿Hay algún problema?
—No, no pasa nada. —Sorcha emitió una risa nerviosa—. Es solo que se suponía que no debía decírselo a nadie, no me di cuenta.
—¿Christy está delicado con el tema? —preguntó Stella con una sonrisa—. Tranquila, cariño, lo entiendo perfectamente. Estos artistas…
—Sí —concordó Sorcha, preguntándose si debería mencionar a Stella que tampoco debía decir nada a Christy. Quizá fuese el alegre entusiasmo con el que su compañera se terminó el café antes de inclinarse hacia delante para acariciarle la mano o la culpabilidad que sentía en su interior, pero, finalmente, decidió no decirle nada.
Stella se despidió de ella con un abrazo en la puerta y, mientras conducía de vuelta a casa, Sorcha se preguntó de nuevo por qué le había hablado a su amiga sobre la agente. Aquella noche iba un poco borracha. Sintió que una ansiedad que le resultaba familiar prendía en su interior mientras Stella hablaba sin parar sobre el certamen de poesía; tal vez lo dijera para que dejara el tema, ya que Christy se sentía visiblemente incómodo al respecto. ¿O tenía más relación con su firme esperanza de que daría algún resultado? Recordaba la emoción en la voz de Christy, aunque comedida, cuando le contó que la agente de Londres a la que había visto en un festival literario había leído los tres capítulos que le había mandado y había mostrado un claro interés. «Claro interés», había empleado esas mismas palabras. ¿O acaso le había hablado a Stella de la agente por alguna otra razón?
Mientras dejaba atrás el pueblo, recorrió con la mirada las coloridas crocosmias que flanqueaban el asfalto. Las nubes se desplazaban velozmente sobre las montañas al frente y Sorcha se percató de que su amistad con Stella había cambiado. Ya hacía un tiempo que era consciente de que trataba de arreglar su relación con Stella después del daño que había sufrido en Clonakilty. Lo había bautizado como «el incidente de Clonakilty». Había sido una tontería, sin embargo, lo ocurrido permanecía en su conciencia, a pesar de que estaba convencida de que la culpa no había sido suya.
Ninguna de las dos habló del tema durante las semanas siguientes; no hubo mención alguna a las cosas que se dijeron, las palabras hirientes ni las confesiones embarazosas. Pero Sorcha lo recordaba todo con claridad. Stella sugirió que las dos fuesen a pasar la noche a Clonakilty. Había un artista allí al que Stella quería conocer con vistas a encargarle obras para el Old Oratory. Lo conocerían, echarían un vistazo a sus cerámicas y pasarían el resto del día mimándose en el spa del hotel Inchydoney. Mientras conducía, Sorcha recordó, algo avergonzada, su cobarde gratitud ante la invitación, lo contenta que estuvo de recibirla. Sorcha creía que algunas personas tenían un don para la amistad, y ella no lo poseía. Cuando echaba la vista atrás, veía un montón de amistades fallidas, arruinadas de algún modo o descuidadas hasta extinguirse. Le preocupaba que su hijo fuese igual que ella. Tal vez por eso lo había estado empujando hacia Elijah, del mismo modo que sus padres la habían empujado hacia Lara. Pero Stella tenía un don para la amistad en abundancia. Reunía fácilmente a la gente a su alrededor; tenía una especie de magnetismo que atraía, un encanto envolvente. Según Christy, Stella era una abusona, y Sorcha era consciente del hecho de que algunos de sus conocidos consideraban que Stella era una repelente. Pero aquella radiante tarde de julio, mientras partían en el Land Rover de Guy, se sintió feliz de estar envuelta en ese encanto, totalmente dispuesta a estar junto a ella.
Hablaron sin parar durante todo el viaje hasta el este de Cork. Sorcha se sinceró sobre lo preocupada que estaba por Jim, por su reticencia y su incapacidad de relacionarse con otros chicos de su edad. Habló de Avril y le dijo que sus cambios de humor empezaban a preocuparla. Y Stella habló largo y tendido sobre sus preocupaciones financieras, suyas y de Guy, el descenso de turistas aquel verano y las repercusiones que tenía en su comercio. Le confió a Sorcha secretos del antiguo matrimonio de Guy: le contó que su primera esposa lo estaba dejando seco con la manutención y lo frustrante que era para Stella verse obligada a mantenerse al margen y no decir nada.
Cuando llegaron al hotel y se acicalaron, decidieron empezar una botella de vino en el bar antes de ir a casa del artista para ver su obra. Sorcha no estaba segura de si la causa fue el hecho de que bebieran antes de comer algo o la alegría general del buen humor que compartía, pero se emborracharon rápidamente. La conversación dio un giro hacia temas más personales, más íntimos. Stella le contó que quería otro bebé, pero Guy insistía en que no podían permitirse tener otro hijo. Eso la desconsolaba y estaba enfadada con Guy por mostrarse tan terco con ella mientras se rendía tan fácilmente ante las exigencias de su primera esposa. Asimismo, Sorcha le habló de las circunstancias en torno a su matrimonio. Le contó que Avril había sido un accidente, que se había quedado embarazada antes de que ella y Christy estuviesen casados o prometidos y le habló de la vergüenza y el miedo que sintió en aquel momento.
«¿Por qué lo llaman así, “quedarse embarazada”?», preguntó Stella.
«No lo sé. En realidad es una estupidez».
Rieron sin poder contenerse, abrigadas por la calidez del entorno y el efecto desinhibidor del vino.
Stella habló —bueno, no, en retrospectiva, alardeó— de su vida sexual con Guy. Le contó que era un amante muy receptivo y creativo, y que estaba dispuesto a aplazar su propio placer hasta que ella alcanzase el orgasmo.
«Pues entonces es todo un caballero», bromeó Sorcha. De repente, sintió timidez, perdida en esa conversación y recelosa de que le tocase hablar de su propia vida sexual tras el intercambio de confidencias. No podía evitar sentirse fuera de lugar; un puritanismo natural se apoderó de ella. Pero su comentario pasó de largo a Stella, que acababa de empezar.
«Antes de mudarnos a Irlanda —comentó entre risas, enseñando los dientes manchados de vino—, éramos amigos de una pareja. Digamos que teníamos mentalidades afines. Una noche, después tomarnos unas copas de vino, bueno, mejor dicho, después de muchísimas copas de vino, digamos que experimentamos».
Sorcha abrió los ojos como platos, sorprendida. No pudo evitarlo. Lo que la sorprendió todavía más fue la terrible sensación de asco que la invadió mientras Stella narraba su noche de pasión, el ir y venir de un dormitorio a otro.
«¿No te sentiste… incómoda —balbució Sorcha— la próxima vez que los viste? ¿No te morías de la vergüenza?».
«¡Bobadas! Nos echamos unas buenas risas», añadió con una sonrisa cómplice que hizo que Sorcha se preguntara si hubo un segundo encuentro, o incluso un tercero.
Stella había acordado que irían a la casa del artista, Neil Swift, a cenar y él demostró iniciativa al servir la cena en su propia vajilla hecha a mano. Sorcha no sabía de qué se conocían Stella y Neil; era difícil de deducir dada la creciente embriaguez de su amiga. Stella pareció tomar las riendas de la conversación, arrastrándolos con la marea de sus frenéticas anécdotas, sus eufóricas confesiones y sus coqueteos jocosos. Al otro lado de la mesa, Sorcha observaba silenciosamente a su anfitrión. Tenía un rostro pequeño y compacto, los ojos claros y un pelo gris y de aspecto suave que parecía flotar sobre su cabeza. No podía despegar los ojos de su cabello. Tenía la piel de color avellana, curtida por el clima, y hacía que sus ojos parecieran todavía más azules. El hombre se percató de que lo observaba y Sorcha apartó la vista y notó cómo se sonrojaban sus mejillas. Neil se reía afablemente de las bromas que hacía Stella y parecía no inmutarse ante el abundante consumo de vino de su amiga, que arrastraba las palabras y mostraba una franqueza cada vez mayor debido a su estado de embriaguez. Llevaba un jersey azul marino con un par de agujeros que revelaban la prenda de algodón blanco que llevaba debajo. Tenía un aspecto ligeramente descuidado que despertaba cierta simpatía en Sorcha, incluso un sentimiento protector, aunque sonase absurdo entonces. Sorcha era una mujer que se aferraba a la anticuada idea de que los hombres eran criaturas que necesitaban que alguien se ocupase de ellos. Y al observar la pequeña casa de campo de aquel hombre, vio signos de abandono por todas partes: en las telarañas que colgaban de los rincones más altos del techo, en los visillos amarillentos de las ventanas o en el sofá descolorido y destrozado en el que Stella se desplomó tras la cena. De hecho, las únicas cosas que no estaban quebradas, gastadas o mugrientas eran los platos y vasos que él mismo había hecho a mano, en tonos azules, grises y verdes; los colores subían y bajaban por la arcilla y formaban patrones ondulados, como el mar.
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